‘Supergirl’ se convierte en el corazón de la diversidad en su 4ª T.


En algún momento, con la reflexión que permite la distancia de los años, se debería abordar en profundidad el trato que la televisión está dando a los superhéroes, sobre todo a ese llamado Arrowverse con personajes de DC Cómics. Porque lo visto en la cuarta temporada de Supergirl es tan interesante en su concepción dramática como fallida en su desarrollo. Y es que los 22 episodios de esta etapa no solo no logran enganchar al espectador, sino que pierden fuerza a medida que entremezcla tramas como si de una amalgama narrativa se tratara.

Pero vayamos por partes. La serie creada por Ali Adler (serie The new normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos responsables de ArrowThe Flash) se ha confirmado en esta parte de la historia como el “corazón” de la diversidad en el mundo DC, algo que tendrá su continuidad dentro de poco con la llegada de Batwoman. La serie ha dedicado buena parte de su tiempo, a mi modo de ver con acierto dramático, a explorar los conflictos personales y sociales que aún hoy sigue generando la diversidad sexual. Y digo con acierto porque eso se suma a los conflictos racistas que siempre han estado latentes en el personaje (tanto en este como en Superman) sobre los miedos que genera lo desconocido. De hecho, sus creadores se han esmerado en plantear los alienígenas como una versión fantástica de la inmigración en Estados Unidos, lo que adquiere aún más importancia a tenor de las medidas tomadas desde la Casa Blanca.

En esta cuarta temporada de Supergirl todo eso se agudiza hasta el punto de elevarlo, precisamente, hasta la Casa Blanca, con ese personaje interpretado por Sam Witwer (serie Érase una vez) que se convierte en una suerte de líder de una secta al más puro estilo Ku Klux Klan. Este villano protagoniza buena parte de un arco argumental que comienza de un modo relativamente sólido pero que termina por ser casi una autoparodia. A todo ello se añaden nuevos personajes llamados a quedarse (al menos un tiempo) y que aportan un carácter de diversidad sexual sumamente interesante y reflexivo. De hecho, los autores de la serie no dudan en vincular directamente el odio racial con el odio homofóbico, estableciendo vínculos que van más allá del entretenimiento y la fantasía que ofrece esta ficción.

Esta mayor complejidad emocional de la serie se suma, y encaja bastante bien, a los planteamientos iniciales de la superheroína, que la verdad es que no han cambiado prácticamente nada desde la primera temporada. Los secundarios siguen llenando un cierto vacío de la protagonista, cuya dualidad entre su identidad secreta y su figura de Supergirl sigue siendo el motor de la serie, alcanzando en esta ocasión cotas mucho mayores de lo visto hasta ahora. Se puede decir que la cuarta etapa lleva todos los planteamientos iniciales a límites mucho mayores, obligando al espectador a plantearse muchas cuestiones al tiempo que es capaz de distraer durante los tres cuartos de hora que dura cada episodio aproximadamente. El problema está en el formato elegido, en cómo han vestido todo este trasfondo dramático y emocional. Y sobre todo en cómo han desarrollado los arcos dramáticos de cada personaje y cómo han planteado la sucesión de tramas secundarias.

Rusos y fascistas

Y es un gran problema, porque la sensación final que deja la cuarta temporada de Supergirl es la de una serie para adolescentes muy blanca, con pocas luces y sombras, en la que los buenos son muy buenos y los malos son muy malos, sin sacrificios, dudas o errores de por medio. Esto, desde un punto de vista cinematográfico, hace que la serie sea completamente plana, sin giros argumentales de relevancia ni conflictos dramáticos atractivos. Y lo que es peor, diluye en buena medida el mensaje de tolerancia que plantea desde un inicio, reduciéndolo a un mero complemento para las aventuras de la Chica de Acero que, por cierto, abandona la idea de estar a la sombra de Superman para, directamente, convertirse en él, asumiendo de paso a sus villanos.

De aquí se deriva, en cierto modo, el otro gran problema de la historia. La entrada en escena de Lex Luthor (serie Dos hombres y medio), aunque atractiva por lo que aporta el personaje, deja de lado buena parte de lo construido hasta ese momento. Mejor o peor, la serie se había enfocado hacia la intolerancia y el fascismo. La presencia del archienemigo de Superman, aunque bien integrada en el conjunto de la trama, absorbe absolutamente todos los elementos anteriores de la trama, fagocitándolos en su propio beneficio para narrar algo totalmente diferente. Algo que no tiene que ser necesariamente negativo si no fuera porque, en lugar de buscar un desarrollo más o menos coherente, se opta por la vía rusa, esa Hija Roja cuyo recorrido es más bien corto y una suerte de plan maquiavélico que, de rebuscado, no termina de ser creíble.

Las tramas secundarias, además, no acaban de encajar demasiado bien. No tanto en el desarrollo de la temporada, donde sí se integran bastante bien unas con otras, sino en el impacto que pueden tener a futuro en los personajes. Da la sensación de que todo el periplo dramático que viven los secundarios es única y exclusivamente una excusa para desarrollar otros conceptos, sin que luego existan verdaderas consecuencias sobre ellos. Esto, evidentemente, no se sabrá hasta que avance la serie en las siguientes temporadas, donde posiblemente se recuperen algunos de los conflictos que se han quedado sin resolver en esta etapa, pero en cualquier caso poner a cualquier personaje ante un desafío externo (o interno) y que después de superarlo no se vea ninguna evolución dramática siempre es un fallo narrativo importante.

La cuarta temporada de Supergirl, por tanto, se revela como un producto incompleto. Por un lado, se consolida como la ficción más diversa de este universo televisivo. Racismo, homofobia, xenofobia, … son conceptos subyacentes a la fantasía, los efectos especiales y las aventuras superheróicaso. Y en este sentido es digno de alabar el esfuerzo de sus creadores por integrar todas estas historias bajo un mismo paraguas. Pero estos 22 capítulos adolecen de falta de ritmo narrativo. Ni las historias secundarias logran tener entidad propia, ni la historia principal del personaje interpretado por Melissa Benoist (Día de patriotas) resulta lo suficientemente atractiva, lastrada por un exceso de formalidad y una falta de complejidad dramática del personaje. Esto deriva en una serie sumamente lineal en la que los episodios, cargados de dinamismo, se suceden y se consumen tan rápido como se olvidan.

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‘Supergirl’ deja de volar en su tercera temporada


No, no es que la chica de acero pierda sus poderes. Simplemente, la tercera temporada de esta serie creada por Ali Adler (The new normal), Greg Berlanti (serie Arrow) y Andrew Kreisberg (serie The Flash) directamente ha perdido el norte, y todo aquello que en un primer momento convirtió a esta producción en algo entretenido ha desaparecido. Cambio de cadena, cambio de rumbo dramático, … Sea cual sea el motivo, lo cierto es que estos 23 episodios ofrecen una imagen muy poco atractiva de la heroína de DC Cómics, y convierten esta ficción en una de las peores de superhéroes de la programación televisiva actual.

Y el motivo no es otro que tratar de convertir esta serie en una “serie de chicas”, en el peor sentido de la expresión. En un evidente esfuerzo por intentar separar la imagen de esta superheroína de la que arroja Superman, sus creadores han optado por convertir sus aventuras y sus retos en una suerte de comedia/drama adolescente en cuya trama la protagonista se enfrenta a problemas propios de una chica. O mejor dicho, a problemas poco trascendentes. De este modo, en lugar de recorrer una senda algo más compleja, como las dificultades de compaginar trabajo y labor de superhéroe, las relaciones con personajes que caminan al borde de convertirse en villanos o, incluso, tocar temas como el racismo o la xenofobia (algo que hoy en día, por cierto, habría dado a la serie un impulso difícil de calcular), sus creadores optan por quedarse en el enredo amoroso, en la decepción romántica y en las idas y venidas de sentimientos y personajes que, la verdad, aportan más bien poco al desarrollo de la trama. ¿De verdad no se puede hacer una serie protagonizada por mujeres que no hable de corazones rotos, o al menos que no sea este su principal conflicto?

No cabe duda de que Supergirl, como serie en su conjunto, es la que peor parada sale de estas decisiones, pero entrando en el detalle nos encontramos diferentes niveles a solventar. Para empezar, la trama. El arco argumental de esta tercera temporada está, en general, planteado de forma algo tosca, sin giros argumentales de relevancia y, lo que es peor, intentando generar esos cambios narrativos introduciendo elementos que resultan poco creíbles, y eso que estamos en una producción de ciencia ficción donde, por definición, se puede ampliar un poco más el abanico de posibilidades dramáticas. Sin ir más lejos, el hecho de que un fragmento de Krypton se salvara resulta algo risible. Junto a esto, el modo de presentar a la villana de turno, en un fallido intento de generar algo parecido a la intriga por conocer su identidad, evidencia una falta de rumbo dramático alarmante, posiblemente motivada por unas historias secundarias que aportan poco o nada al conjunto, salvo para reubicar las piezas sobre el tablero para la siguiente tanda episódica.

En efecto, los personajes secundarios habituales de la serie son los que más sufren el desarrollo sin rumbo fijo de estos capítulos. El ejemplo más claro es el del rol interpretado por Chyler Leigh (Brake), una hermana que ha pasado por tantas fases dramáticas que se antoja una suerte de comodín que utilizar cuando no se sabe por dónde continuar un argumento. Pero no es la única. La historia de Marte, aunque en parte necesaria para cerrar ese arco argumental, resulta algo anodina, despertando poco interés y recurriendo al desarrollo más lacrimógeno posible. Algunos personajes entran y salen de la historia sin más relevancia que la necesaria para un momento concreto. Y todo ello con la presencia de esos viajeros del futuro introducidos con calzador para dar rienda suelta al triángulo amoroso y que terminan por ser la excusa perfecta para un cambio de personaje innecesario de cara a la cuarta etapa. Eso sí, una cosa hay que reconocer. A la hora de eliminar a un personaje de una historia siempre se recurre a un fallecimiento, un largo traslado, una enfermedad, etc., pero… ¿un destierro al futuro? Eso sí es originalidad.

¿Hay futuro?

Esta es la pregunta que se plantea tras ver la tercera temporada de Supergirl. Evidentemente, existirá siempre que sus creadores y la cadena de emisión quieran, pero otra cosa muy diferente será la aceptación que pueda tener entre los seguidores. Desde luego, la cuarta etapa ya está preparada para comenzar en Estados Unidos a mediados de octubre, pero mucho tendrá que rectificar para poder levantar de nuevo el vuelo, nunca mejor dicho. Y como siempre, todo está relacionado con el tratamiento de personajes y el desarrollo dramático de la historia.

De hecho, los cambios tanto de roles como de su relevancia en la trama en el último episodio de esta temporada podría indicar, al menos, un final para muchos elementos secundarios sin relevancia alguna, como la subtrama de Marte. Ahora bien, existen otros aspectos tal vez menores pero que hacen mella en la buena marcha de la trama. Para empezar, el personaje de Leigh necesita un objetivo, una motivación exclusiva y, como consecuencia, un peso más relevante en la trama. No es que ahora no lo tenga, pero este rol parece ser utilizado como cajón de sastre para historias con poco peso que nada tienen que ver con la principal, además de ser un comodín cuando no se sabe cómo continuar en algún momento.

También es importante que se elimine cierta tendencia al romanticismo. No es que no tenga que existir un love interest (al fin y al cabo, es uno de los tres pilares importantes que puede ser usado en cualquier historia), pero da la sensación de que esta serie tiene la necesidad de incluir cuantas más historias románticas mejor, y eso termina por restar tiempo para narrar los elementos más importantes del arco argumental, o lo que es igual de malo, quita espacio para desarrollar otras tramas secundarias que poco a poco se han ido abandonando y parecen haberse convertido en residuales, como es el caso de la historia de Guardián.

Al contrario de lo ocurrido con ArrowThe FlashSupergirl no parece haber encontrado su espacio narrativo. O mejor dicho, lo ha encontrado, pero en una tendencia descendente que perjudica cada vez más sus historias. Esta tercera temporada confirma que la trama ha derivado por completo en una comedia romántica adolescente en la que nada parece irle mal a la protagonista a pesar de que el desarrollo dramático trate de aparentar que, en efecto, se encuentra en una situación desesperada. Es una lástima, porque aunque optara por una línea clara y sin lados oscuros, esta superheroína tiene más potencial que el que ahora mismo se está mostrando. Y todo apunta a que no se va a cambiar en un futuro inmediato, al menos no en lo más importante.

‘Supergirl’ se entrega a la comedia dramática adolescente en su 2ª T.


No voy a defender que Supergirl sea una gran serie de superhéroes. Más bien, un entretenimiento inocente con superpoderes y efectos especiales de por medio. Pero la primera temporada presentaba, en cierto modo, varios conceptos interesantes relacionados con el mundo de los cómics y, en concreto, de DC Cómics. Todo eso parece haberse perdido, o al menos atenuado, en los 22 episodios de la segunda parte, que terminaron de emitirse en Estados Unidos en mayo y que, durante su desarrollo, han pasado por todo tipo de cambios para reubicar a la heroína de la capa en un contexto más adolescente, más romántico si se prefiere, con problemáticas que, en el fondo, se alejan en su mayoría de los valores promulgados en la anterior etapa.

Posiblemente todo esto tenga algo que ver (o mucho) con el cambio de cadena, pero sea como fuere la serie creada por Ali Adler (serie The New Normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos autores de Arrow) ha dado un giro conceptual más que notable, tanto por el sentido que han adquirido las aventuras de la última hija de Krypton como por el tratamiento que los personajes, sobre todo los secundarios, han pasado a tener. Y este es el caso más llamativo. A lo largo de la primera temporada se construyeron una serie de relaciones y se presentaron diversas tramas secundarias que parecían estar llamadas a complementar los combates de la prima de Superman. De golpe y porrazo, o mejor dicho a golpe de teclado, sus responsables han eliminado buen parte de ese universo construido, han desaparecido personajes que tuvieron cierto impacto en la historia y se ha dado un nuevo sentido a algunos personajes. El caso más evidente es el de la hermana de la protagonista, interpretado por Chyler Leigh (Brake).

Muchos cambios, en efecto, pero lo relevante es si influyen, y cómo, en el desarrollo de Supergirl. Desde luego, la respuesta más inmediata y genérica es que sí, influyen y mucho. Y como en cualquier producción, la subjetividad juega un papel fundamental. Por un lado, todas estas modificaciones aportan al conjunto mayor dinamismo, incidiendo más en la aventura y en el carácter despreocupado y “blanco” de la serie. Dicho de otro modo, la segunda temporada acentúa el carácter más luminoso de la protagonista y, por ende, de la serie, acercándola a otras producciones como The flash en su primera temporada. Poco importa que el villano de turno sea más o menos poderoso; poco importan las dificultades de la heroína. Al final, todo sale bien, en algunos casos con ayuda (la incorporación de Superman, al que da vida Tyler Hoechlin -serie Teen wolf– es de lo más acertado de la trama) y en otros por su cuenta, lo que resta gravedad a la narración y la presenta como puro entretenimiento.

Pero por otro, convierten a la historia en una producción más de corte adolescente, con problemas amorosos que parecían superados, incluso, en algunos momentos de la primera temporada. Y esto, a priori, no sería algo negativo si no fuera porque el recorrido de estas tramas secundarias, al menos hasta el tercio final de la historia, es prácticamente inexistente, lo que evidencia la falta de fuerza de las mismas. Esto obliga a un tratamiento circular, es decir, a presentar un desarrollo positivo, un conflicto (si no el mismo, muy similar) que ponga en valor aún más la relación romántica, una disculpa (verbal o de acción) y vuelta a empezar. Posiblemente lo mejor de este caso es que, con el final que han tenido estos 22 capítulos, se ha apostado fuerte por hacer avanzar la acción y plantear una tercera temporada con nuevos retos. Al menos a tenor de las últimas imágenes.

Los Luthor, omnipresentes

Dejando a un lado el tratamiento dramático de la historia, la segunda temporada de Supergirl también confirma una idea que parecía entreverse en la primera tanda de episodios, y es el hecho de que sus creadores parecen haber hecho una apuesta clara por convertir este universo en la versión femenina de Superman, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Si en la anterior temporada se hizo a través de varios villanos tradicionalmente asociados al hombre de acero, en estos capítulos la presencia de la familia Luthor no hace sino confirmar ese aire de homenaje al superhéroe más icónico de DC. Y como no podía ser de otro modo, el nombre del archienemigo de Superman está representado por mujeres. No una, sino dos. Es evidente que su presencia en esta temporada, además de apoyar algunas tramas secundarias, tiene por objetivo crear toda una estructura que permita construir una auténtica confrontación héroe-villano capaz de perdurar en el tiempo y que sea ajena, en cierto modo, a las historias de cada temporada.

De este modo, el clan Luthor está llamado a convertirse en el otro pilar fundamental de la serie, una suerte de enemigo con el que jugar al gato y al ratón con el espectador. La labor en este caso de Katie McGrath (Jurassic World) y la química con Melissa Benoist (El viaje más largo) serán fundamentales para poder sostener el delicado equilibrio entre la amistad y la enemistad de ambos personajes, así como para decantar hacia un lado u otro en el momento exacto y con un desarrollo coherente.

Lo que también parece que va a aprovechar la serie es toda la iconografía cultural generada alrededor del héroe de la capa roja, lo que por cierto consolida esa versión femenina de Superman en que parece convertirse esta serie (y que personalmente considero que es un error). La presencia en esta temporada de Teri Hatcher, la Lois Lane de Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman, unida a la ya conocida de Dean Cain (Superman en la misma serie) crean todo un metalenguaje que los más fieles seguidores del personaje y sus diferentes adaptaciones en cine y televisión comprenderán mejor que nadie. El guiño de Kevin Sorbo, protagonista de otra conocida serie como es Hércules: Sus viajes legendarios, apoya además la teoría de que la serie contará con la presencia de actores a los que se asocia con clásicos personajes del cine o la televisión.

No se puede decir que Supergirl haya sido nunca una serie oscura, o al menos dramática, como puede serlo Arrow. Sin embargo, esta segunda temporada ha experimentado un giro hacia el drama adolescente que ha afectado significativamente al desarrollo de la trama. Primero porque han surgido personajes casi de la nada que han arrastrado con ellos una serie de historias secundarias cuyo encaje en el universo ya creado de la trama principal es cuanto menos cuestionable. Segundo porque ha habido secundarios que, o bien se han quitado de en medio de un plumazo, o bien se les ha dado una salida un tanto, digamos, increíble (que el fotógrafo James Olsen se convierta en justiciero es de lo más surrealista que puede existir). El final de la temporada, abierto como es habitual, deja la esperanza de que, una vez sentadas todas las bases del cambio experimentado en estos 22 episodios, la serie recupere cierta normalidad.

‘Supergirl’, o cómo convertir una 1ª T. en un cúmulo de referencias


Melissa Benoist da vida a 'Supergirl' en su primera temporada.Si Arrow fue la punta de flecha del mundo DC en la televisión, The Flash se ha convertido en el producto irónico y destinado a distraer al espectador. Y con estas referencias, la nueva superheroína necesitaba diferenciarse de algún modo de sus predecesores. Es por eso que Supergirl ha tenido que recurrir a una fórmula ya conocida aunque no por ello menos eficaz. Ali Adler (serie The new normal) y los creadores de este mundo superheroico en televisión, Greg Berlanti y Andrew Kreisberg, optan por el humor adaptado a una serie de referencias cinéfilas, seriéfilas y de los cómics originales que buscan en todo momento hacer las delicias de los más fieles seguidores, pero que pierden por el camino una importante máxima narrativa.

Dicha máxima es, precisamente, que cualquier historia tiene que intentar llegar al máximo número de receptores posible. Ahí estuvo, por ejemplo, el éxito del arquero verde. El problema de esta prima del hombre de acero es que en su primera temporada de 20 episodios apenas ha tenido una definición propia. Todo en ella recuerda a algo, sobre todo si se tiene cierto conocimiento del universo en el que transcurre la historia. El dibujo de la heroína principal, a cargo de Melissa Benoist (Whiplash), no tiene grandes dilemas internos y presenta unos valores rectos que la convierten en una “niña buena”. Los villanos, ya sean terrícolas o extraterrestres, la atacan por miedo, por ignorancia o por venganza. Y ella al final salva el mundo aunque el mundo no quiera ser salvado.

El arco dramático de la protagonista y de estos primeros pasos de Supergirl se convierte, de este modo, en un refrito de historias, en una sucesión de aventuras que, aunque tiene un cierto hilo conductor dramático relacionado con el pasado de los protagonistas, en el fondo no ofrece ninguna carga dramática añadida a un presunto trasfondo moral o personal de la heroína. Dicho de otro modo, con roles más o menos planos las historias se vuelven, pues eso, planas, y en consecuencias las aventuras, recurriendo a notables efectos digitales, buscan únicamente un entretenimiento sencillo, directo e intrascendente.

Con todo, esta primera temporada logra en su tercio final ofrecer al espectador algo más, una cierta complejidad dramática que desvela ciertas caras ocultas hasta ese momento de muchos de los personajes principales. Esto, unido a decisiones poco ajustadas a la recta moral de la heroína, hacen que la trama apunte a algo diferente que habrá que descubrir en su segunda etapa, estrenada hace algunas semanas y que, aunque es evidente que no modificará sustancialmente su esencia, sí podría aportar algo más de entramado narrativo a un desarrollo excesivamente lineal y deliberadamente carente de conflictos reales más allá del malo de turno al que derrotar.

Secundarios al poder

Curiosamente, y esto empieza a ser algo habitual en este tipo de producciones, los personajes más interesantes son los secundarios. Frente a la debilidad inherente del personaje de Supergirl (debilidad dramática, claro está), roles como el de Calista Flockhart (serie Cinco hermanos) o el villano/aliado interpretado por Peter Facinelli (Crepúsculo) se convierten muchas veces en auténticos protagonistas de la trama por encima de la mujer de acero. Y esto, en cierta medida, también es una traslación de lo que le ocurre al personaje de Superman, lo que no deja de confirmar que esta serie es una suerte de reinterpretación de sus aventuras en clave femenina, cuando en realidad debería ser algo diferente.

Y me explico. Frente a la ausencia de Lois Lane o de Lex Luthor, los creadores de la serie se han buscado a una periodista con garra y que lucha por lo que considera correcto que interpreta magníficamente Flockhart, no sin ciertas referencias a aquel rol que plasmó para la eternidad Margot Kidder en Superman (1978), y que al final se convierte en un modelo para la joven heroína tanto dentro como fuera de la redacción en la que trabaja. Del mismo modo, aunque de forma menos evidente, la interpretación de Gene Hackman (Sin perdón) en aquel film también está presente en la labor de Facinelli, a medio camino entre el odio a lo que no conoce y la necesidad de hacer el bien. Por supuesto, la influencia de Lex Luthor se aprecia más en el aspecto del odio.

Ambos personajes son, sin embargo, solo un ejemplo de lo que ocurre en esta serie. En realidad, la historia sobre esa organización secreta que protege al planeta de los extraterrestres o todo lo que tiene que ver con el pasado de la protagonista son los grandes pilares narrativos en los que se sustenta esta primera temporada. Y en mayor o menor medida, aunque todos ellos cuentan con la heroína como nexo de unión, en realidad el personaje de Benoist no deja de ser eso, un nexo que podría cambiarse o sustituirse y no pasaría nada, o al menos no demasiado. Dicho de otro modo, su influencia en las diferentes historias que aparecen en la trama es mínima, en algunos casos nula.

Todo ello convierte a esta primera temporada de Supergirl en un producto excesivamente limpio, sin conflictos dramáticos excesivamente complejos y con una clara apuesta por el entretenimiento más simple y directo. Y es una apuesta tan legítima como cualquier otra, pero el problema es que los personajes carecen de dimensión y tienden a convertirse en estereotipos. Eso por no hablar del desarrollo plano de las tramas. La esperanza se encuentra en el final de la temporada, más agresivo y marcado por el impacto dramático de algunas decisiones que, esperemos, abra una nueva vía narrativa en la segunda temporada. Por supuesto, no espero que sea un cambio radical, pero sí al menos una modificación de la tendencia que se sigue hasta ahora.

‘El viaje más largo’: el arte de un romance repetido


Britt Robertson y Scott Eastwood protagonizan 'El viaje más largo'.Desde luego, no creo que nadie espere algo diferente de una película en cuyos títulos aparece el nombre de Nicholas Sparks, autor de novelas como ‘El diario de Noa’. Los pilares narrativos son, en esencia, los mismos. Una relación romántica en el presente, otra en el futuro y las conexiones que se puedan establecer entre ambas. Pero incluso en esa repetición se pueden obtener algunos logros, lo que habitualmente es debido a la mano hábil del director de turno, en este caso George Tillman Jr. (Líos de familia).

Y es que El viaje más largo encuentra su mejor recurso en el ritmo que Tillman le imprime al desarrollo dramático, sobre todo a las secuencias de rodeo que nutren el film. Gracias a ellas el guión, que adolece de cierta tendencia al dramatismo adolescente, adquiere una mayor entereza en el paralelismo entre pasado y presente que establece el guión. Un paralelismo, por cierto, que se da no solo en los planos, muchos de ellos similares, sino también en la propia historia, marca de la casa de Sparks.

Aunque desde luego la mejor baza que tiene el film son sus actores, sobre todo los cuatro que conforman las parejas protagonistas. La química entre ellos es capaz de hacer olvidar en muchos momentos que estamos ante un drama adolescente que, en realidad, tiene diversos problemas narrativos que, en otro contexto, podrían generar problemas en el desarrollo de la trama. Y es que no hay que olvidar el tipo de película que es, el público al que se dirige y, sobre todo, el autor literario que hay detrás del proyecto.

Con todo eso en mente, El viaje más largo se puede entender como un drama romántico adolescente más, similar a otros ya realizados sobre las novelas de Sparks y con un final previsto casi antes de que se apaguen las luces. Pero más allá de eso, el ritmo narrativo, los actores y varios momentos bien resueltos la elevan por encima de sus propias posibilidades para crear una historia interesante aunque irregular en intensidad dramática.

Nota: 6/10

‘Whiplash’: latigazo de genialidad interpretativa


Miles Teller y J.K. Simmons protagonizan 'Whiplash', de Damien Chazelle.La respuesta a si es necesario un gran villano para obtener una gran película la da el nuevo trabajo de Damien Chazelle como director y guionista (Guy and Madeline on a park bench). Sin los dos grandes actores que protagonizan uno de los mejores duelos interpretativos del año la cinta no sería lo que es. Pero eso sería simplificar en exceso lo que el espectador se encontrará una vez se apaguen las luces. La música lo baña todo, es cierto, pero bajo ella se esconde algo mucho más interesante: un thriller dramático que toma la música como pretexto, no como necesidad.

Y es que más allá de una banda sonora magistral, de unos actores simplemente excepcionales o de una fotografía que saca el máximo provecho a los claroscuros de los que se nutre dramáticamente Whiplash (latigazo en español), lo que genera auténtica electricidad en pantalla es la narrativa empleada por Chazelle, un joven director que a través de una planificación asfixiante transmite no solo la ansiedad del joven protagonista por convertirse en el mejor batería de jazz del mundo, sino la claustrofobia y la angustia de tener que enfrentarse a un profesor dispuesto a sobrepasar todos los límites para lograr la perfección. Gracias a su puesta en escena el director sitúa al espectador literalmente en las sangrantes manos que sujetan las baquetas. El resultado es un esfuerzo físico y mental que une ficción y realidad, personajes y público.

Por cierto, unos personajes emblemáticos. Es cierto que Miles Teller (Noche de marcha) adopta como suyo un rol que evoluciona maravillosamente hacia la obsesión, dejando atrás a familia y amigos para entregarse por completo a la música, incluso a costa de su salud. En este sentido, el magistral final es un claro ejemplo de lo que ocurre cuando uno no tiene nada que perder. Ahora bien, J.K. Simmons (El buen doctor) alcanza la perfección. Su rol sobre el papel ofrece muchas posibilidades, pero el actor logra dotarlo de una falsa candidez que hace aún más agresivo su carácter violento y dictatorial. Impacta desde su primera aparición en pantalla, aunque es de nuevo la secuencia final la que permite definir en un único plano su auténtico carácter. Es sin duda uno de los personajes del año.

Genialidad, electrificante, intensa, angustiosa, impactante, … todo esto y mucho más puede aplicarse a Whiplash, e incluso así corremos el riesgo de quedarnos cortos en la definición. La película es redonda, ni más ni menos, una obra que lleva al límite la razón y la pasión para revelarse como un desafío para la mente y el cuerpo. Los actores son geniales; el guión posee los giros necesarios para enganchar al espectador; la música es maravillosa. Pero todos esos elementos por separados no harían un gran film. Es la armoniosa conjunción de todos ellos a través de la puesta en escena y la planificación lo que crea el espectáculo que es esta pequeña joya.

Nota: 9/10

Los Globos de Oro acaparan los estrenos de la cartelera española


Estrenos 16enero2015La temporada de premios arrancó el pasado domingo con los Globos de Oro, y este fin de semana la cartelera española se nutre de muchas de sus nominadas y ganadoras. Claro que no solo de premiados viven las salas. Hoy viernes, 16 de enero, aterrizan también algunos de los últimos éxitos de terror aplaudidos por crítica y público y la última aventura de Liam Neeson (Non-Stop) como el gran héroe de acción en el que se ha convertido. Pero como siempre, comencemos el repaso por los títulos más relevantes.

Y debemos hacerlo con La teoría del todo, cinta británica que narra la vida del famoso físico Stephen Hawking desde su juventud en Cambridge. Basada en el libro escrito por su mujer, Jane Hawking, la película aborda el proceso degenerativo que sufrió su cuerpo a causa de una enfermedad que, a los 21 años, le daba una esperanza de vida de dos años. Sin embargo, el amor de la pareja no solo logró superar la enfermedad, sino convertirle en la mente más brillante de los últimos tiempos, algo que también trajo consecuencias negativas a su relación. Dirigido por James Marsh (Shadow dance), este intenso drama biográfico está protagonizado por Eddie Redmayne (Los miserables) y Felicity Jones (Hysteria), quienes dan vida a la pareja protagonista. Junto a ellos encontramos a Charlie Cox (Stardust), Emily Watson (La ladrona de libros), Simon McBurney (Magia a la luz de la luna), David Thewlis (El quinto poder) y Harry Lloyd (Jane Eyre).

Si nos fijamos en lo que nos llega desde Hollywood, una de las propuestas más interesantes es Whiplash, drama ambientado en el mundo de la música escrito y dirigido por Damien Chazelle (Guy and Madeline on a park bench) que narra la obsesión de un joven baterista de jazz por alcanzar la fama y la perfección en una elitista escuela de música. Su vida cambia cuando uno de los profesores, cuyos métodos se podrían considerar violentos, le acoge bajo su protección para lograr su objetivo. La obsesión de uno y los métodos de otro llevarán al joven por un camino que pondrá en peligro su salud física y mental. Miles Teller (Project X) es el protagonista, aunque los focos parecen centrarse más en su antagonista, al que da vida J.K. Simmons (Spider-man). Además, en el reparto destacan Melissa Benoist (serie Glee), Paul Reiser (Esto es todo amigos) y Austin Stowell (Love and honor).

También estadounidense es Siempre Alice, film escrito y dirigido a cuatro manos por Richard Glatzer y Wash Westmoreland (La última aventura de Robin Hood) que adapta la novela de Lisa Genova en la que se narra cómo una profesora de neurología debe luchar contra el alzheimer, enfermedad a la que se enfrenta a una edad muy temprana. Julianne Moore (Carrie) es la gran protagonista de este intenso drama, en el que además podemos ver a Kristen Stewart (Crepúsculo), Kate Bosworth (Perros de paja), Alec Baldwin (Blue Jasmine), Shane McRae (Criadas y señoras) y Hunter Parrish (No es tan fácil).

Volvemos a Europa con V3nganza, tercera entrega de la saga protagonizada por Liam Neeson que dirige Olivier Megaton, autor de Venganza: Conexión Estambul. Escrita y producida por Luc Besson (Lucy), la historia sitúa al héroe en medio de una conspiración y una caza al hombre que ya no solo le involucra a él, sino también a su familia. Tras la muerte de su ex esposa, todas las sospechas recaen sobre este agente especial que deberá recurrir a todas sus habilidades para huir de las fuerzas de seguridad y encontrar a los verdaderos culpables. El reparto se completa con Maggie Grace (Sed de venganza), Famke Janssen (X-Men), Forest Whitaker (El mayordomo) y Dougray Scott (Mi semana con Marilyn).

El terror cuenta esta semana con dos representantes muy distintas. Por un lado Somos lo que somos, producción de 2013 que cuenta con capitales estadounidense y francés y que se basa en el guión de la cinta mexicana de 2010 Somos lo que hay. Su historia narra cómo una familia de antiguas costumbres ve revelados sus secretos más macabros cuando una lluvia torrencial arrasa la vivienda en la que, durante años, han acumulado mentiras y secretos cada vez más insoportables. Jim Mickle (Vampiros del hampa) se pone tras las cámaras, mientras que el reparto está integrado por Bill Sage (Boy wonder), Ambyr Childers (serie Ray Donovan), Julia Garner (Las ventajas de ser un marginado), Kassie Wesley DePaiva (Terroríficamente muertos), Laurent Rejto (Francine) y Jack Gore.

Aunque sin duda la más esperada es Babadook, cinta australiana que llega precedida de un enorme éxito de crítica y público, y que muchos califican como el relevo de los grandes monstruos del terror. Ópera prima de Jennifer Kent, su trama arranca con la vida que una mujer y su hijo tratan de llevar después de la muerte violenta del marido y padre. Mientras que ella no logra sobreponerse, el pequeño sufre unas intensas pesadillas con una criatura que amenaza con matarles. Cuando un libro de cuentos titulado “The Babadook” aparece en su casa, el niño asegura que el monstruo del relato es el mismo que se le aparece en sueños. Preocupada, la mujer decide medicar al pequeño, pero eso solo desencadenará que la presencia se vuelva más real. Essie Davis (Burning man), Noah Wiseman, Daniel Henshall (Around the block), Hayley McElhinney (My mother Frank) y Tim Purcell dan vida a los principales personajes.

La propuesta más internacional es Héctor y el secreto de la felicidad, adaptación de la novela de François Lelord producida entre Reino Unido, Alemania, Canadá y Sudáfrica. Bajo la dirección de Peter Chelsom (Serendipity), el argumento gira en torno a un psiquiatra que trata en su consulta de Londres a los miembros más selectos de la sociedad. Pero aunque sus vidas son aparentemente perfectas, todos ellos tienen en común una falta de felicidad abrumadora, lo que llevará al hombre a iniciar un viaje por todo el mundo para encontrar la fuente de la felicidad. Comedia, aventura y drama se dan cita en esta cinta protagonizada por Simon Pegg (Star Trek: En la oscuridad), Rosamund Pike (Perdida), Toni Collette (serie Rehenes), Christopher Plummer (Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres), Jean Reno (El chef, la receta de la felicidad) y Stellan Skarsgård (El médico), entre otros.

Y esta semana terminamos con la española Historias de Lavapiés, drama de humor negro escrito y dirigido por Ramón Luque (El proyecto Manhattan) que, aunque centra su atención en un profesor de instituto que vuelve al centro tras un año sabático, en realidad es un reflejo de la situación social actual del barrio en el que transcurre la acción y de España en general. A través de los ojos de este profesor asistimos a los problemas de los niños por la falta de recursos, a la situación de los inmigrantes o a la supervivencia de los sin techo. El reparto está encabezado por Guillermo Toledo (Los amantes pasajeros), Sandra Collantes (Una palabra tuya), Rafael Reaño (Tiempo de tormenta), Lidia Cardona (serie La pecera de Eva) y Javier Gutiérrez (La isla mínima).

Cuarta temporada de ‘Glee’, una versión 2.0 marcada por la tragedia


Los números musicales de 'Glee' tienen nuevos protagonistas en la cuarta temporada.No es muy habitual ver en una serie de televisión, sobre todo si es coral, que sus protagonistas se dispersen en diferentes ciudades y escenarios. Principalmente porque supone unos quebraderos de cabeza importantes en lo que a producción y desarrollo dramático se refiere. Si ya es complicado desarrollar tramas cuando hay tantos personajes, ni qué decir tiene que situarles en diferentes lugares impide una relación fluida entre ellos, y por tanto una falta de conexión entre los arcos argumentales. Tal vez por eso había bastante expectación por ver cómo se desarrollaba la cuarta temporada de Glee, que inevitablemente obligaba a captar nuevos talentos y a hacer malabarismos con todos los veteranos que ya no iban a tener un protagonismo tan destacado en esta ficción musical.

En líneas generales, el experimento ha tenido éxito. La forma que han tenido sus responsables, Ian Brennan, Brad Falchuk y Ryan Murphy (estos últimos creadores de American Horror Story), de situar a los personajes que desaparecían al final de la anterior etapa dentro de la trama es a la vez sencilla, lógica y atractiva. Salvo los personajes más emblemáticos de la serie, el resto se han convertido en una especie de modelos a seguir, de iconos a imitar por parte de las nuevas generaciones de este coro de instituto que de vez en cuando aparecen en pantalla para aportar aquello que se ha perdido con su ausencia. En este sentido, ha quedado demostrado una vez más que en Estados Unidos, para triunfar, hay que ser realmente bueno. Los “sustitutos” de los miembros que han dejado el grupo musical son, cada uno en su estilo, igual o mejores que sus predecesores.

La incorporación de Melissa Benoist (Tennessee), Becca Tobin (serie Wiener & Wiener), Blake Jenner (Cousin Sarah) y sobre todo Jacob Artist (serie How to rock), un auténtico descubrimiento, han supuesto un soplo de aire fresco, una revisión a los talentos de las tres temporadas anteriores que han permitido a la serie evolucionar, aunque solo sea en su estilo musical. Así, esta especie de “Glee 2.0” enriquece todo lo visto con anterioridad, pues más allá de reemplazar a unos personajes por otros lo que logra es un equilibrio entre la sustitución dentro del llamado Glee club (incluso se dedica un episodio por si quedasen dudas al respecto) y la complementariedad dentro de la trama general de la serie, la cual por cierto sigue manteniendo un estrecho margen de desarrollo, aunque dejando el espacio suficiente para tratar algunos escabrosos temas como los tiroteos en los institutos, en el que es uno de los episodios más impactantes y destacados de toda la serie.

Pero como decimos, el desarrollo dramático de la serie no tiene el espacio deseado. Sin duda, la necesidad de destinar minutos a los números musicales (algunos de ellos, por cierto, sencillamente inmejorables) quita tiempo a una profundización en el argumento. Empero, en el caso de estos nuevos 22 episodios el problema radica más en esa idea planteada al principio del texto: la dispersión de personajes. Con la serie dividida entre Nueva York y el instituto McKinley la necesidad de centrar la atención en uno u otro sitio provoca que no siempre se atienda como se debe a lo que ocurre con cada uno de los personajes. Del mismo modo, el hecho de que haya nuevos roles que se suman a los ya existentes crea nuevas tramas y nuevos conflictos. Y si bien es cierto que la producción sale airosa del reto, no es menos cierto que en determinados momentos de esta cuarta temporada puede llegar a generar confusión algunos de los acontecimientos que se suceden al no existir un nexo de unión claro entre ellos, explicado para la ocasión a través de diálogos o ágiles flashbacks.

El anuncio de la tragedia

No voy a dejar pasar la ocasión de mencionar la trágica muerte de Cory Monteith (Lo que no se ve), principal protagonista de la serie junto a Lea Michele (Noche de fin de año), y pareja de esta en la vida real. Al menos en España, la emisión de esta cuarta temporada de Glee ha estado marcada por la noticia, sabiendo que estos 22 capítulos son los últimos del joven actor que el pasado 13 de julio era hallado muerto en la habitación de un hotel de Vancouver a causa de una sobredosis. Ya se ha anunciado que en la próxima temporada habrá un capítulo dedicado exclusivamente a este tema y a su desaparición definitiva de la trama, algo que en cierto modo parecía anunciarse en los episodios finales de esta entrega.

He de reconocer que la forma de recuperar a su personaje me ha parecido tan original como algo ridícula, en cierto modo acorde con la naturaleza del rol que interpretaba Monteith. Retirado del ejército por dispararse sin querer en una pierna, la presencia del principal protagonista masculino de la producción ha otorgado al conjunto aquello para lo que fue creado, es decir, liderazgo. Cierto es que puede no ser el mejor bailarín ni cantante del grupo, pero sus creadores se han esforzado por presentarle durante todas las temporadas como un líder nato, y destruir eso quitándole de la serie habría sido una peligrosa carta a jugar. Su vuelta como profesor sustituto del grupo de jóvenes cantantes no solo permitía su presencia de forma periódica, sino que acentuaba la idea de que Glee estaba sufriendo una transformación, una sustitución de sus principales iconos por sangre nueva o, en su caso, sangre veterana reubicada en nuevos puestos.

Y a pesar de todo, no ha tenido el peso que cabría esperar. A pesar de su encontronazos con la impagable Jane Lynch (Los tres chiflados), a pesar de ponerse la armadura de caballero para salvar a su eterna novia y a pesar de sus éxitos como maestro del club musical, no ha sido regular. Y no lo ha sido precisamente por esos escarceos con las drogas. La mejor y mayor evidencia de esto son sus dos episodios finales, durante la filmación de los cuales el actor se encontraba internado en un centro de desintoxicación. En estos episodios se producen los éxitos tanto del Glee club como del personaje de Michele, acontecimientos ambos que ponen las bases para el desarrollo de la quinta temporada. Algo que, por desgracia, ya se da en otros episodios de esta temporada, pero que pasa totalmente inadvertido, curiosamente, por la imposibilidad de mostrar a todos los personajes en todos los capítulos.

La verdad es que esta cuarta temporada de Glee ha estado marcada por la tragedia. No solo por la muerte de Monteith, sino por la temática de algunos de sus episodios. Pero la serie logra superar su propio reto, en parte repitiendo esquemas y en parte aportando nuevos talentos que suponen un buen relevo generacional. Eso sí, el futuro que se plantea es igualmente difícil. La desaparición del personaje de Finn obliga sin duda a reestructurar el desarrollo dramático de la serie y de la trama principal. Habrá que ver cómo logran equilibrar todos los elementos.

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