‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Supergirl’, o cómo convertir una 1ª T. en un cúmulo de referencias


Melissa Benoist da vida a 'Supergirl' en su primera temporada.Si Arrow fue la punta de flecha del mundo DC en la televisión, The Flash se ha convertido en el producto irónico y destinado a distraer al espectador. Y con estas referencias, la nueva superheroína necesitaba diferenciarse de algún modo de sus predecesores. Es por eso que Supergirl ha tenido que recurrir a una fórmula ya conocida aunque no por ello menos eficaz. Ali Adler (serie The new normal) y los creadores de este mundo superheroico en televisión, Greg Berlanti y Andrew Kreisberg, optan por el humor adaptado a una serie de referencias cinéfilas, seriéfilas y de los cómics originales que buscan en todo momento hacer las delicias de los más fieles seguidores, pero que pierden por el camino una importante máxima narrativa.

Dicha máxima es, precisamente, que cualquier historia tiene que intentar llegar al máximo número de receptores posible. Ahí estuvo, por ejemplo, el éxito del arquero verde. El problema de esta prima del hombre de acero es que en su primera temporada de 20 episodios apenas ha tenido una definición propia. Todo en ella recuerda a algo, sobre todo si se tiene cierto conocimiento del universo en el que transcurre la historia. El dibujo de la heroína principal, a cargo de Melissa Benoist (Whiplash), no tiene grandes dilemas internos y presenta unos valores rectos que la convierten en una “niña buena”. Los villanos, ya sean terrícolas o extraterrestres, la atacan por miedo, por ignorancia o por venganza. Y ella al final salva el mundo aunque el mundo no quiera ser salvado.

El arco dramático de la protagonista y de estos primeros pasos de Supergirl se convierte, de este modo, en un refrito de historias, en una sucesión de aventuras que, aunque tiene un cierto hilo conductor dramático relacionado con el pasado de los protagonistas, en el fondo no ofrece ninguna carga dramática añadida a un presunto trasfondo moral o personal de la heroína. Dicho de otro modo, con roles más o menos planos las historias se vuelven, pues eso, planas, y en consecuencias las aventuras, recurriendo a notables efectos digitales, buscan únicamente un entretenimiento sencillo, directo e intrascendente.

Con todo, esta primera temporada logra en su tercio final ofrecer al espectador algo más, una cierta complejidad dramática que desvela ciertas caras ocultas hasta ese momento de muchos de los personajes principales. Esto, unido a decisiones poco ajustadas a la recta moral de la heroína, hacen que la trama apunte a algo diferente que habrá que descubrir en su segunda etapa, estrenada hace algunas semanas y que, aunque es evidente que no modificará sustancialmente su esencia, sí podría aportar algo más de entramado narrativo a un desarrollo excesivamente lineal y deliberadamente carente de conflictos reales más allá del malo de turno al que derrotar.

Secundarios al poder

Curiosamente, y esto empieza a ser algo habitual en este tipo de producciones, los personajes más interesantes son los secundarios. Frente a la debilidad inherente del personaje de Supergirl (debilidad dramática, claro está), roles como el de Calista Flockhart (serie Cinco hermanos) o el villano/aliado interpretado por Peter Facinelli (Crepúsculo) se convierten muchas veces en auténticos protagonistas de la trama por encima de la mujer de acero. Y esto, en cierta medida, también es una traslación de lo que le ocurre al personaje de Superman, lo que no deja de confirmar que esta serie es una suerte de reinterpretación de sus aventuras en clave femenina, cuando en realidad debería ser algo diferente.

Y me explico. Frente a la ausencia de Lois Lane o de Lex Luthor, los creadores de la serie se han buscado a una periodista con garra y que lucha por lo que considera correcto que interpreta magníficamente Flockhart, no sin ciertas referencias a aquel rol que plasmó para la eternidad Margot Kidder en Superman (1978), y que al final se convierte en un modelo para la joven heroína tanto dentro como fuera de la redacción en la que trabaja. Del mismo modo, aunque de forma menos evidente, la interpretación de Gene Hackman (Sin perdón) en aquel film también está presente en la labor de Facinelli, a medio camino entre el odio a lo que no conoce y la necesidad de hacer el bien. Por supuesto, la influencia de Lex Luthor se aprecia más en el aspecto del odio.

Ambos personajes son, sin embargo, solo un ejemplo de lo que ocurre en esta serie. En realidad, la historia sobre esa organización secreta que protege al planeta de los extraterrestres o todo lo que tiene que ver con el pasado de la protagonista son los grandes pilares narrativos en los que se sustenta esta primera temporada. Y en mayor o menor medida, aunque todos ellos cuentan con la heroína como nexo de unión, en realidad el personaje de Benoist no deja de ser eso, un nexo que podría cambiarse o sustituirse y no pasaría nada, o al menos no demasiado. Dicho de otro modo, su influencia en las diferentes historias que aparecen en la trama es mínima, en algunos casos nula.

Todo ello convierte a esta primera temporada de Supergirl en un producto excesivamente limpio, sin conflictos dramáticos excesivamente complejos y con una clara apuesta por el entretenimiento más simple y directo. Y es una apuesta tan legítima como cualquier otra, pero el problema es que los personajes carecen de dimensión y tienden a convertirse en estereotipos. Eso por no hablar del desarrollo plano de las tramas. La esperanza se encuentra en el final de la temporada, más agresivo y marcado por el impacto dramático de algunas decisiones que, esperemos, abra una nueva vía narrativa en la segunda temporada. Por supuesto, no espero que sea un cambio radical, pero sí al menos una modificación de la tendencia que se sigue hasta ahora.

‘The Flash’ trata de avanzar mientras se mueve en círculos en su 2ª T.


'The Flash' tendrá que correr más que nunca en su segunda temporada.Cualquier producción de ciencia ficción tiene un problema congénito que, en principio, debería ser de fácil solución: la propia fidelidad a sus normas. Esto es, que cualquier mundo imaginario se rige por una serie de pilares que lo definen, y a los que el director/creadores deben ajustarse. ¿Algo sencillo, no? Pues no siempre. Y en una serie como The Flash, donde los viajes en el tiempo empiezan a ser más o menos como coger el coche para visitar a los parientes, este riesgo es, si cabe mayor. Es el principal problema de la segunda temporada de esta producción creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (ambos responsables de otra serie de DC ComicsArrow) y Geoff Johns, guionista de varios productos ambientados en el mundo de estos superhéroes.

Con esto no quiero decir que estos 23 episodios sean malos, más bien al contrario. La trama ha logrado algo que parecía poco probable, y es utilizar un villano mayor en todos los aspectos al de la primera temporada, al que da vida con cierta irregularidad Teddy Sears (serie Masters of Sex). En este sentido, la historia no solo continúa los acontecimientos de la etapa anterior, sino que desarrolla toda una serie de subtramas que se nutren entre ellas para crear un mundo más complejo, no necesariamente más oscuro pero sí, al menos, más original, dinámico y autosuficiente. Es por ello que la segunda temporada ofrece al espectador más de lo que provocó el éxito de los primeros episodios, desde la acción al drama, pasando por el romance y ciertos toques irónicos.

Desde luego, los fans encontrarán en esta nueva temporada de The Flash toda una iconografía que, como es habitual desde su inicio, se apoya con evidencia manifiesta en las historias y personajes salidos de Arrow, serie a la que la historia de la televisión posiblemente termine por situar como la punta de flecha (nunca mejor dicho) de una cadena de producción superheroicas a cada cual más espectacular u oscura, dependiendo de la apuesta dramática. Pero volviendo al velocista, el arco argumental de esta etapa, con un enemigo más veloz y con esa segunda Tierra en la que muchos personajes tienen poderes, es indudablemente más interesante, ofreciendo puntos de giro tan dramáticos como definitorios para el futuro de la serie, lo cual no deja de ser una buena noticia en una producción de este estilo.

Claro que esto tiene una cara B que no es tan positiva. La serie, más allá de algunos villanos nuevos, pivota sobre los mismos personajes que protagonizan la serie desde el comienzo. Salvo la introducción del rol interpretado por Keiynan Lonsdale (La hora decisiva), que tendrá mucha más importancia en la próxima temporada, el resto son personajes ya conocidos. Incluso aquellos que murieron al final de la primera temporada resurgen de sus cenizas, eso sí, como otro personaje con motivaciones diferentes pero con un resultado de sus decisiones sospechosamente familiar. Es más, muchos de los villanos no dejan de ser una suerte de lado oscuro de los protagonistas, lo que al final provoca una sensación agridulce: la propuesta es original en tanto en cuanto ofrece un repaso a los matices entre dos realidades paralelas, pero evidencia falta de originalidad al convertir en villanos a los héroes de turno, aunque solo sea por unos minutos.

Futuro incierto

Pero lo más peligroso de esta segunda temporada de The Flash es el futuro que deja para la próxima etapa. No voy a desvelar aquí cuál es el final para aquellos que todavía no hayan tenido ocasión de verlo, pero baste decir que, más o menos como el resto de la serie, encierra en su interior aspectos tan positivos como negativos, amén de una serie de lecturas que pueden generar no pocos problemas para los creadores de la serie y para aquellos que, sin ser estrictamente fans del personaje, se hayan acercado a esta trama por curiosidad, interés o simple entretenimiento. ¿Y qué es ese final? Bueno, en grandes líneas una reescritura de todo lo visto hasta ahora.

Y ese es el problema. La decisión del protagonista, interpretado de nuevo por Grant Gustin (serie Glee), quien por cierto parece estar madurando junto con el personaje, posee una serie de implicaciones morales y emocionales sumamente interesantes. Para empezar, la constante lucha interior entre los deseos personales y la decisión correcta, que no solo no tienen que ver, sino que generan situaciones casi antagónicas. La opción final elegida, aunque comprensible y atractiva desde un punto de vista dramático y narrativo, crea una serie de variables de muy difícil solución, entre otras cosas porque crea una suerte de carta blanca para rehacer todo aquello que se considere oportuno.

Este tipo de decisiones son arriesgadas, no solo por lo dicho anteriormente, sino porque permite recuperar personajes del pasado. La estrategia puede haber tenido cierto interés en la segunda temporada, por aquello de los mundos paralelos y lo llamativo del primer impacto al ver personajes muertos volver a la vida. Pero repetir la fórmula por tercera vez puede ser demasiado, amén de modificar (habrá que ver en qué grado) las relaciones entre los personajes. En este sentido, hay cierta similitud entre varios momentos de la primera y la segunda temporada, como si el protagonista corriese en círculos que se repiten más o menos fielmente, en lugar de ir hacia adelante.

Quizá este sea el mayor reproche que se le puede hacer a la segunda temporada de The Flash. La serie parece tener miedo a afrontar sus decisiones hasta las últimas consecuencias, recurriendo a conceptos narrativos y fantásticos que justifiquen la presencia de personajes ya fallecidos, de roles aparentemente secundarios y de tramas (sobre todo el ‘love interest’ del protagonista, que va camino de convertirse en un quiero y no puedo) que avanzan solo para volver a retroceder. Soy consciente de que la producción es mucho más limpia y clara de lo que es Arrow, pero eso no debería ser óbice para que avance en el sentido que se considere más oportuno, afrontando con valentía lo que esté por llegar. Y esa es la palabra clave, sobre todo en una ficción con la velocidad como eje central: avanzar.

‘Arrow’ ahonda en el drama y la oscuridad en su cuarta temporada


'Arrow' se enfrenta a su mayor enemigo en la cuarta temporadaParece mentira, pero ya son cuatro temporadas. Cuatro años en los que el género de superhéroes en la pequeña pantalla ha experimentado un crecimiento exponencial, y lo ha hecho tomando como base las primeras producciones, aprovechando su éxito para catapultar nuevos títulos. Y son cuatro años. Por aquel entonces Arrow llegó de la mano de Greg Berlanti (serie Eli Stone), Marc Guggenheim (Linterna Verde) y Andrew Kreisberg (serie Boston legal) sin demasiadas aspiraciones, tal vez para convertirse en una ficción de culto para los más acérrimos fans del personaje de DC Cómics. Pero no solo ha traspasado esa barrera, sino que se ha convertido en algo serio, algo más que personajes disfrazados, secuencias de acción y villanos muy, muy… villanos.

Los 23 episodios de su cuarta temporada confirman, de hecho, que la serie se atreve con todo. Aunque solo sea por ese comienzo en el cementerio, que presagia un giro dramático fundamental en la trama, esta etapa merece ser considerada como la más compleja desde un punto de vista dramático y narrativo. Su posterior desarrollo, con las limitaciones y carencias propias de la serie (y que siguen ahí sin visos de querer mejorar), confirma la idea de estar ante un reto interesante. Los creadores de la trama juegan en todo momento con la ventaja de conocer el momento, el lugar y la víctima que ocupa esa tumba, lo que aprovechan para dotar a la historia de numerosos giros argumentales de diferente intensidad e interés, pero que en su conjunto componen lo que toda historia debería ser: un crescendo dramático hasta el esperado clímax.

Pero esta nueva temporada de Arrow también ofrece otros aspectos a considerar dentro de esa evolución que ha vivido la serie. Para empezar, el cambio de nombre del personaje interpretado cada vez con más solvencia por Stephen Amell (Cerrando el círculo), así como su aspecto, ambos más próximos a la imagen de los cómics. Un cambio en principio simplemente formal que, en realidad, es la punta de algo mucho mayor. Aunque visualmente la serie ha mejorado en el tratamiento de sus secuencias de acción y en el diseño de sus decorados, la evolución más interesante se encuentra en el trasfondo emocional de los protagonistas. Unos personajes incapaces de dejar de mentirse a si mismos y a los que les rodean, que son incapaces de confiar ya sea por no herir a los que aman o por buscar el modo de enfrentarse a sus enemigos. Una complejidad que genera algunos de los momentos más dramáticos de la trama, y que desde luego aportan un aspecto más oscuro a la ficción.

A todo ello se suma, como es habitual, el trasfondo de la ya famosa isla en la que el personaje de Amell vivió varios años. Una isla “desierta” que estaba más poblada que Tokio, y por la que han pasado desde militares hasta, como es el caso, buscadores de poderes místicos. Pero todo vale, o al menos eso parece, para explicar el pasado de este arquero y los conocimientos que ha adquirido. Conocimientos, por cierto, que no se limitan a la isla, como ya se pudo comprobar en la anterior temporada. Y aunque el dinamismo que imprimen los saltos del pasado al presente ayuda en muchas ocasiones a la trama cuando esta se estanca en conflictos personales, empieza a resultar algo extraño, por no llamarlo de otro modo, que todo vaya a ocurrir en esa isla. En fin, cosas de la ficción.

Fuertes y débiles

Lo que desde luego deja clara esta cuarta temporada de Arrow es que la serie, a pesar de sus matices, es una historia de buenos contra malos, de héroes cuya fortaleza se mide no solo por los problemas personales que afrontan, sino por la fuerza de los villanos a los que se enfrentan. Y en esta ocasión, más que nunca, la magia está muy presente, lo que acentúa más si cabe esa dualidad del bien y del mal. El malo de turno, al que da vida espléndidamente Neal McDonough (serie Mob city), no deja de ser la encarnación del mal más absoluto, capaz de destruir lo que ama con tal de lograr sus propósitos. Y su fuerza, nutrida por las vidas que quita, no deja de ser el reto de un héroe que debe ahondar en su bondad para poder superarlo. Dicho de otro modo, el tradicional conflicto del bien contra el mal.

Pero estos 23 episodios también demuestran que la serie, como cualquier otra producción, tiene puntos fuertes y débiles. Afortunadamente, los creadores de esta ficción son lo suficientemente hábiles como para potenciar los primeros y disimular los segundos. Empero, esta etapa ha puesto de manifiesto que la producción tiende a un cierto melodrama carente de recorrido y en el que los personajes (y porqué no, los actores) no saben desenvolverse. Las idas y venidas de amistades, amores y relaciones familiares varias no hacen sino crear una suerte de trasfondo telenovelesco que hace flaco favor a la historia. Es cierto que es necesario para completar y dotar de más densidad a la serie, pero eso no quiere decir que no se pueda hacer de otro modo, o que al menos se opte por algo menos evidente.

El caso más palpable tal vez sea el de Felicity, papel interpretado por Emily Bett Rickards (Brooklyn) que ha pasado por todo, desde rupturas sentimentales hasta parálisis, pasando por dramas familiares y un reencuentro idóneamente producido en medio de una crisis que sirva para desvelar verdades y acercar posiciones. Pero es solo uno de los múltiples ejemplos. En cierto modo, esta temporada ha sido la más “familiar” de todas las que hasta ahora se han sucedido (y eso teniendo en cuenta que la familia siempre ha sido un pilar de la trama), pero lo ha sido de forma algo tosca en algunos momentos, con situaciones introducidas de forma poco natural y al albor de un dramatismo muchas veces innecesario.

Con todo, la cuarta temporada de Arrow vuelve a demostrar la buena salud de la serie. Tal vez no haya logrado alcanzar el nivel de otras etapas, pero en cualquier caso ha sabido avanzar en una historia a través de decisiones nada fáciles, con giros argumentales ciertamente arriesgados y, en todo caso, apostando más por la oscuridad que por la luz, al contrario que su protagonista. Eliminar, o al menos suavizar, las debilidades dramáticas supondrá, muy probablemente, una vuelta a un sendero de puro entretenimiento, de dinamismo y eficacia narrativa. Pero eso, por ahora, es algo secundario.

‘The Flash’ crece en la 1ª T gracias a su estructura dramática


Grant Gustin es el hombre más rápido del mundo en la primera temporada de 'The Flash'.El ‘boom’ superheroico que hace unos años invadió las salas de cine (y que ha provocado toda una mega estructura narrativa que durará varios años) se ha trasladado de forma definitiva a la pequeña pantalla. A los exitosos experimentos de ArrowAgentes de S.H.I.E.L.D. se suman muchos otros personajes que no solo tienen sus propias historias, algunas mejores que otras, sino que conforman un universo particular que, a menos que algo o alguien lo estropee, se terminará fusionando con el del cine. Pero no adelantemos acontecimientos. Por ahora, analicemos otro de los productos que más éxito han tenido, y cuya segunda temporada ya está emitiéndose. Me refiero a The Flash, personaje cuya presentación tuvo lugar, precisamente en la serie protagonizada por Stephen Amell (Cerrando el círculo).

Creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, responsables de la construcción del universo televisivo de DC Comics, la primera temporada de esta entretenida serie ejemplifica como pocas los problemas y las virtudes que suelen tener este tipo de producciones, así como las herramientas necesarias para superarlos o aprovecharlas, según sea el caso. Los primeros compases de estos 23 episodios son, en pocas palabras, una apuesta episódica cuyo valor no supera la simple presentación de personajes y sus respectivas tramas, así como una retahíla de villanos a cada cual más original que sirven al espectador para crecer junto al protagonista, al que da vida de forma notable Grant Gustin (serie Glee). De este modo, el trasfondo dramático de la historia, que no desvelaré por aquello de los spoilers, queda en un segundo plano.

O al menos eso puede parecer. Porque lo cierto es que es aquí donde se aprecia la elaboración dramática de la historia. En prácticamente cada episodio se dejan una serie de píldoras narrativas que aportan un nuevo grano de arena a la senda que conduce al espléndido final que tiene la temporada. Pequeñas dosis dramáticas, algunas como ganchos de final de episodio y otras como parte de la historia del capítulo, que permiten al espectador completar un puzzle y entender, al fin, lo que se trata de contar en esta primera etapa. Esta táctica, si bien no es novedosa, sí es el soporte fundamental para que The Flash no caiga en la autocomplacencia, limitándose a una sucesión de villanos. De hecho, y a medida que se acerca al final, los enemigos del velocista de Central City son cada vez menores, dejando más espacio para la auténtica e interesante trama principal.

A esta estrategia se suma un tono divertido, en algunos casos casi infantil, que ayuda a quitar mucha gravedad a lo visto en la pequeña pantalla. A diferencia de la ficción del arquero verde, los primeros episodios del rojo corredor son simplemente entretenimiento y diversión, sin grandes dramas y con mucha ironía. La gravedad que desprende Arrow, y que ha sido uno de sus éxitos, aquí brilla por su ausencia en la mayor parte del desarrollo dramático. Contrariamente a lo que pueda pensarse, esta apuesta se ajusta más tanto al carácter del personaje como a la propia dimensión de la serie, más fantástica. Dicho de otro modo, es un producto para pasar el rato más que para identificarse con los problemas y dudas morales del protagonista. Y si eso se entiende desde el principio, no debería haber ningún problema.

Pasado, presente y futuro

En este sentido, y que me disculpen los más fervientes seguidores de The Flash, la serie tiene más de una producción Marvel que de una producción DC. La primera siempre se ha caracterizado por productos más inocentes, con más acción y menos oscuridad en sus tramas, mientras que la segunda… bueno, no hay más que ver lo que representa la trilogía del Caballero Oscuro. De ahí que esta primera temporada pueda resultar un cuerpo extraño dentro de la estructura dramática que DC imprime a sus historias. Sin embargo, es solo una impresión. La resolución final de estos primeros 23 episodios deja claro que no estamos ante una producción al uso. Asimismo, la introducción de personajes de Arrow, que generan un flujo entre ambas series de lo más enriquecedor, dotan a la trama de la seriedad que podría faltarle en algunos momentos.

Aunque lo que mejor define a esta ficción es la unión entre pasado, presente y futuro que se mantiene a lo largo de todo el arco dramático, y que afecta a todos los personajes en mayor o menor medida. Ese juego entre ciencia, fantasía y superhéroes genera una serie de conexiones entre los diferentes espacios temporales que siempre influyen en el desarrollo de la trama, lo que a su vez crea una mayor complejidad en la narrativa. Nada ocurre por azar, y desde luego ninguna trama, por secundaria que sea, queda sin explicación, que es más o menos sólida. Esta complejidad y el humor que desprenden muchos de sus personajes logran ese delicado equilibrio que permiten a una serie no caer en la autoparodia o en la soberbia, y que la convierten en una producción a disfrutar.

Pero esta unión va más allá. A comienzos de los años 90 se produjo otra serie en torno a este personaje. Aquella ficción estaba protagonizada por John Wesley Shipp (serie Dawson crece) en el papel que ahora interpreta Grant, cuyo padre en la ficción es… el propio Shipp. Pero no es la única conexión. En aquella serie de hace 20 años Mark Hamill, el inolvidable Luke Skywalker de la saga ‘Star Wars’, daba vida al mismo villano que interpreta en esta nueva versión, y que ha pasado estas dos décadas en la cárcel preparando su “obra maestra”, como él mismo dice en un episodio. Y esos son solo dos ejemplos de la relación que los guionistas han tratado de establecer entre aquel Flash del pasado y el que ocupa nuestro presente y nuestro futuro más inmediato.

Lo que se desprende de la primera temporada de The Flash es puro entretenimiento. Sin las pretensiones dramáticas de Arrow, la serie busca en todo momento divertir sin preocupaciones, aunque contando para ello con una sólida trama principal y una cartera de villanos interpretados por rostros conocidos de la pequeña pantalla, desde Wentworth Miller y Dominic Purcell (protagonistas de Prison break) hasta Liam McIntyre (serie Spartacus). Desde luego, es una serie que va de menos a más hasta un clímax notable que deje una buen sabor de boca y que permite pensar en un futuro prometedor para esta producción, sobre todo si tenemos en cuenta que las flujos narrativos entre el arquero y el velocista de DC son cada vez más sólidos.

‘Arrow’ lleva la trama hasta sus últimas consecuencias en la 3ª T


Ra's Al Ghul es el principal villano de la tercera temporada de 'Arrow'.Ya lo comenté durante el análisis de la segunda temporada de Arrow, pero no está de más reafirmarlo. La serie sobre el enmascarado verde es a la televisión lo que la trilogía de Batman dirigida por Christopher Nolan (Interstellar) es al cine. La tercera temporada de esta producción creada por Greg Berlanti, Marc Guggenheim y Andrew Kreisberg (serie Eli Stone) ha confirmado que estamos ante una de las ficciones más completas, frescas y diferentes de la televisión actual. Y lo más importante: es capaz de reinventarse a sí misma y de servir como plataforma para todo un mundo seriéfilo cuyas consecuencias todavía estamos por ver.

Hablar de la complejidad de la trama y de la calidad de los personajes tal vez sea, a estas alturas, algo irrelevante. Estos nuevos 23 episodios logran mantener la tensión dramática de etapas anteriores gracias, sobre todo, a la absoluta falta de especulación con el género. Es una serie sobre superhéroes, sobre justicieros enmascarados, y sus creadores comprenden los límites y las posibilidades que eso conlleva. Gracias a unos roles fieles a sí mismos que logran evolucionar lo suficiente para no resultar repetitivos, la trama de esta temporada explora no solo caminos ya conocidos (el love interest del protagonista, la aparición de antiguos enemigos, etc.), sino que incorpora nuevas historias que se integran en el conjunto para modificar el mundo del protagonista de forma irremediable.

Y este es sin duda el gran acierto de Arrow. Estamos tan acostumbrados a que en estas producciones los villanos aparezcan y desaparezcan sin dar demasiadas explicaciones que cuando la trama se plantea para justificar todo este vaivén resulta sumamente interesante. En efecto, en esta tercera temporada recupera protagonismo el villano de la primera etapa, un John Barrowman (serie Torchwood) que vuelve a convertirse en uno de los mejores atractivos de la producción. Pero lejos de hacerlo con ansias de venganza su papel en la trama resulta refrescante en tanto en cuanto se dota al personaje de entidad propia, de motivaciones y objetivos que van más allá del simple enfrentamiento con el héroe de turno. Evidentemente, la forma de presentarlo tiene también una notable importancia, pues el espectador no descubre la esencia hasta el desenlace final, pero más allá de todo eso ofrece al desarrollo dramático de la serie en su conjunto una complejidad admirable.

La incorporación de un villano tradicional del Universo DC como es Ra’s Al Ghul, al que da vida estupendamente Matt Nable (Riddick), aporta la novedad a la historia y, sobre todo, un “más difícil todavía” que parecía imposible a tenor del final que tuvo la segunda temporada. Y lo hace, como casi todo en la serie, sin miedo a las consecuencias dramáticas que pueda tener su evolución. Lejos de pirotecnias, efectos especiales o espectaculares secuencias de acción (que las hay, y muy conseguidas), Berlanti, Guggenheim y Kreisberg optan más por las consecuencias de las acciones y decisiones de los personajes. Esto ofrece al espectador una sucesión de puntos de giro dramáticos que no dejan lugar para el aburrimiento en ningún momento. Sin desvelar demasiado a aquellos que todavía no hayan podido verla, esta temporada depara importantes sorpresas que sitúan la trama en un panorama incomparable para la cuarta entrega episódica ya confirmada.

El origen de todo

A lo largo de esta tercera temporada de Arrow no son pocas las ocasiones en que, ya sea a través de diálogos o de nuevos personajes, se deja patente que el personaje interpretado por Stephen Amell (Cerrando el círculo), quien por cierto tendrá un papel relevante en la próxima secuela de Las Tortugas Ninja, ha sido el origen de todo un universo en el que los héroes y superhéroes enmascarados tienen un papel protagonista. Es, de hecho, una de las líneas argumentales que sostienen la trama principal, ahondando en el debate personal y colectivo que se abre entre los protagonistas acerca de la responsabilidad para salvar la ciudad del héroe. Esto ha permitido, además, la aparición de nuevos héroes en la historia, alguno con serie propia (The Flash) y otros a punto de protagonizar la suya (Legends of Tomorrow). Coincidencia o no, el origen de ambos se produce en esta magnífica serie de la mano de sendas explosiones.

Pero más allá de estos detalles y de la unión de tramas entre las series de DC que actualmente están en curso, lo más interesante es el trasfondo dramático que esa idea de “el origen de todo” deja en la historia y sus personajes. Curiosamente, en esta ocasión el pasado de Oliver Queen no resulta tan relevante para esta idea, lo que no quiere decir que no tenga su repercusión en el desarrollo de los acontecimientos. En cierto modo, el componente dramático camina de la mano del componente puramente físico, nutriéndose uno de otro de forma mutua pero ofreciendo al espectador dos niveles diferentes de relato. Esto, en definitiva, no hace sino aportar un mayor grado de interés.

La temporada ha servido también para hacer un poco de limpieza entre los personajes. Quizá uno de los talones de Aquiles más peligrosos de la producción era que algunos secundarios tendían a quedarse estancados ante la falta de tiempo para desarrollarlos, generando un inevitable lastre respecto al resto. Era el caso, por ejemplo, de los roles de Willa Holland (Perros de paja) y de Katie Cassidy (Pesadilla en Elm Street), que parecían destinados a ser simples espectadores cuyo conocimiento de la realidad se antojaba casi incoherente. A lo largo de estos episodios ambos personajes evolucionan (alguno mejor que otro) para convertirse en verdaderos activos de la trama, dotándoles de una identidad secreta que les permita integrarse en el grupo de forma natural. Claro que para eso ha sido necesario el sacrificio de otros dos personajes. La idoneidad del cambio queda a gusto del consumidor.

Lo que está claro es que con este cambio y con la resolución final de esta tercera temporada de Arrow la serie ha dado un giro notable respecto al inicio de la primera etapa. Un cambio natural, obligado por el desarrollo dramático de los personajes y por el camino que ha tomado la propia serie, siempre dispuesta a explorar nuevos caminos que lleven a los personajes a tomar decisiones comprometidas. Tal y como queda el tablero de juego la cuarta temporada se antoja apasionante, sobre todo por poder comprobar cómo encajarán todos los cambios en la nueva trama y en los propios personajes. Si los creadores mantienen el criterio, la serie seguirá siendo uno de los productos más atractivos de la televisión.

‘Arrow’ logra superarse en su 2ª T uniendo pasado, presente y futuro


'Arrow' deberá enfrentarse a su mayor enemigo en la segunda temporada de la serie.Hace poco afirmaba en este espacio que las adaptaciones de cómics, novelas gráficas y superhéroes están viviendo una época dorada. Uno de los principales culpables de este fenómeno es la serie Arrow, cuya segunda temporada ha terminado hace menos de 15 días. La forma en que esta ficción ha abordado el tema de los héroes enmascarados recuerda mucho a la trilogía de El Caballero Oscuro, es cierto, pero en esta nueva tanda de episodios ha sabido ir más allá. Ha sabido encontrar un sentido propio, una identidad que la define no solo como un entretenimiento en estado puro, sino como una producción de calidad ajena a sus propias circunstancias.

Puede que muchos detractores no encuentren grandes diferencias entre la primera temporada y estos nuevos 23 capítulos. Y en cierto modo, la estructura narrativa es similar, con esos viajes al pasado del protagonista en una isla desierta o las investigaciones eventuales contra villanos arquetípicos. Pero quedarse en eso sería muy injusto para la serie, además de tremendamente parcial. Si algo define (y definirá a largo plazo) a esta temporada es su capacidad para superar sus propias barreras. La dramatización episódica ha dado paso, sobre todo a partir de la mitad de la temporada, a una concepción seriada, a una mayor continuación en las tramas principales y secundarias, y a una mayor profundización en los personajes. Esto, evidentemente, ha tenido sus pros y sus contras, de los que hablaremos más adelante, pero en líneas generales la serie ha sabido evolucionar notablemente, sobre todo en personajes y entramado emocional, lo que sin duda ha beneficiado al conjunto.

En efecto, la segunda temporada de Arrow ha ahondado más en los traumas del pasado del personaje de Stephen Amell (Cerrando el círculo) y cómo esto afecta a sus relaciones familiares, que encuentran en la tragedia uno de los momentos más impactantes y soberbios de la serie en general. Igualmente, la necesidad de ampliar el marco superheróico de la producción ha obligado a incorporar nuevos personajes, ya sean villanos y héroes, que lejos de restar fortaleza a lo visto hasta ahora han logrado consolidar la nueva estructura dramática, gracias fundamentalmente a que sus tramas secundarias han sabido encontrar nexos de unión con la trama principal, que para colmo tiene sus orígenes en los propios orígenes del personaje protagonista, un Oliver Queen del que Amell, por suerte o por desgracia, no va a poder desprenderse en mucho tiempo.

Pero la importancia de estos nuevos capítulos no se limita a una mayor complejidad dramática y emocional (siempre dentro de los marcos propios de una producción de estas características, no lo olvidemos). Ni siquiera tiene que ver con la espectacular puesta en escena y el elegante estilo visual de sus luchas cuerpo a cuerpo, cuya máxima expresión se alcanza en un episodio final simplemente apoteósico y perfecto. No, su verdadera importancia, aquello por lo que ha superado sus propias dimensiones, es el hecho de influir notablemente en el pasado, el presente y el futuro de todo un mundo ficticio generado a su alrededor. Al igual que ha hecho Marvel con sus películas y la serie sobre S.H.I.E.L.D. (y que está haciendo el director Zack Snyder con su Batman vs. Superman: Dawn of Justice), la serie creada por Greg Berlanti (serie Political Animals), Marc Guggenheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie Boston legal) ha sido el entorno en el que nuevos superhéroes ha surgido con la intención de tener sus propias series, como es el caso de Flash, al que dará vida Grant Gustin (serie Glee) y cuya propia producción contará con el arquero enmascarado como modelo a seguir.

Grandes villanos

Aquellos que sigan la serie con asiduidad sabrán que uno de los pilares conceptuales de Arrow es que los errores del pasado siempre regresan al presente para ajustar cuentas. Esta temporada ha sido, en ese sentido, un modelo de estructura narrativa, sobre todo si atendemos a la forma en que los secretos y las consecuencias de los actos de los protagonistas se han desarrollado a lo largo de la trama. Para poder analizarlo, sin embargo, es necesario revelar algunos detalles que siempre intentamos ocultar en Toma Dos, por lo que sugiero que si usted, lector, no ha terminado de ver la serie, no siga leyendo. Una vez hecho el correspondiente aviso, retomamos el análisis para abordar esa idea que comentábamos antes acerca del pasado, el presente y el futuro.

Hay muchas teorías cinematográficas que afirman que toda gran película (léase serie o ficción audiovisual) debe tener un gran villano. La primera temporada contó con la inestimable presencia de John Barrowman (serie Torchwood), quien por cierto todavía tiene mucho que decirle al arquero verde, pero en líneas generales presentaba a un villano diferente en cada episodio, lo que a la larga hacía entretenida a la serie pero sin llegar a convertirla en nada más que un entretenimiento de alta calidad. Empero, la reconversión en villano del personaje de Manu Bennett (serie Spartacus), actor que parece haber nacido para este tipo de roles, ha aportado a las aventuras del superhéroe un grado más de complejidad, enlazando una vieja rivalidad con temas como la venganza, el odio o el dolor. Gracias a su aportación, la cual no parece que vaya a terminar con estos 23 capítulos, la serie alcanza un nivel superior al logrado en su presentación en sociedad, erigiéndose como un producto más cuidado en su arco dramático y en su factura técnica. La concepción de Bennett de Deathstroke eleva al personaje pro encima de los demás, incluido el protagonista, dotándole de numerosos matices que generan al mismo tiempo atractivo e inquietud.

Ni qué decir tiene que su sangre fría para torturar psicológicamente al protagonista es de lo mejor que aporta a la serie (el momento del asesinato de la madre es imprescindible), además de ese suero capaz de crear un ejército de superhombres cuyo resultado no es otro que un apocalíptico final por las calles de la ciudad. Su presencia, como decimos, eleva el tono general de la producción, permitiendo al resto de personajes, además, desarrollar algo más sus posibilidades. Claro que si hay una cara tan luminosa siempre tiene que haber una cruz algo más sombría, y esta la representa el personaje de Katie Cassidy (Pesadilla en Elm Street), no tanto por la actriz como por los guionistas, que relegan al rol a una evolución inconstante y carente de objetivo durante buena parte de la temporada. Sus problemas personales nunca logran encajar como deberían en el contexto de los acontecimientos a pesar de los intentos de integrarla, y eso se debe fundamentalmente a que nunca parece existir una utilidad para su presencia, sobre todo cuando el resto de personajes, en mayor o menor medida, aportan algo a la trama, aunque solo sean complicaciones.

De todo esto se desprende que Arrow es una serie magnífica. Y estos nuevos episodios lo son en su gran mayoría. Pero no hay que olvidar que estamos hablando de una serie de superhéroes. Si alguien pretende poner al mismo nivel a esta producción con, por ejemplo, True detective, que ni lo intente. Las aventuras de este arquero enmascarado han alcanzado un nivel singular, es cierto, pero siempre dentro de los márgenes que acotan el mundo de los superhéroes y los cómics. Por supuesto, ambas características no son antagónicas. La serie ha sabido sobreponerse a su propia imagen de producto distraído para ser la punta de flecha de una estrategia mucho mayor: la creación de un universo en la pequeña pantalla que, al menos en esta producción, tiene todas las papeletas para dejar huella.

Cómic en estado puro en la primera temporada de ‘Arrow’


Stephen Amell protagoniza la serie 'Arrow'.Con el paso de los años está siendo más y más evidente la influencia narrativa y dramática que la trilogía de ‘El Caballero Oscuro’ dirigida por Christopher Nolan (Insomnio) ha ejercido sobre ese particular género que es el cine de superhéroes. Y eso que solo han pasado 8 años desde el estreno de Batman Begins. Hasta ahora, dicha influencia era percibida únicamente en las salas de cine, pero la emisión de la primera temporada de Arrow en la televisión ha abierto el ámbito de influencia. La serie, creada por Greg Berlanti (serie Los increíbles Powell), Mark Guggenheim (serie FlashForward) y Andrew Kreisberg (serie Boston Legal) es una adaptación del cómic de DC Flecha Verde, personaje que guarda no pocas similitudes con el protagonista de la trilogía de Nolan y que, al menos en esta adaptación, posee numerosos puntos en común con las historias de otros superhéroes y, quizá lo más importante, es un cómic trasladado en esencia a la pantalla.

En concreto, el protagonista es un joven multimillonario que, tras ser rescatado de una isla desierta en la que sobrevivió durante más de cinco años, inicia una cruzada para limpiar su ciudad de criminales, tarea en la que utilizará a una serie de aliados. Evidentemente, el hombre que regresa no es el mismo que se fue, ni moral ni físicamente. Para lograr su objetivo utiliza una lista de nombres que su padre le entrega antes de morir y un disfraz similar al de Robin Hood, así como un arco con el que dispara todo tipo de flechas verdes modificadas.

Como suele ocurrir en este tipo de historias, lo más interesante no es la premisa inicial, sino la evolución de las diferentes historias que se dan cita alrededor del superhéroe. Y si bien es cierto que la producción no se caracteriza por una gran profundidad dramática, no es menos cierto que logra mantener el espíritu de cualquier historia de superhéroes, o dicho de otro modo no insulta al espectador. Los personajes, al menos en su gran mayoría, poseen un desarrollo limitado, siendo en muchas ocasiones algo arquetípicos: el joven vengador enmascarado, el interés romántico del protagonista, el compañero sensato y consejero, o la familia preocupada e ignorante de las actividades al margen de la ley. Pero más allá de todo eso, estos primeros 23 episodios poseen el interés necesario para seguir las aventuras sin realizar demasiadas preguntas, principalmente por poseer el conjunto una lógica interna que nunca se incumple.

Por otro lado, uno de los pilares más interesantes de la serie, al menos de esta primera temporada, es la alternancia constante entre presente y pasado, entre la lucha contra el mal y los acontecimientos que convirtieron en héroe a este joven náufrago. Estos dos relatos alternos, además de ofrecer una información mucho más detallada y una perspectiva más amplia de la trama, otorgan la posibilidad de centrarse en uno cuando el otro sea excesivamente débil, o de abandonarlo si lo exige el desarrollo del episodio, como de hecho ha ocurrido en alguna ocasión, manteniendo así el interés y un cierto nivel formal.

Un villano final

El arquero deberá hacer frente a un poderoso villano en la primera temporada de 'Arrow'.El otro gran interés de la trama de esta primera entrega ha sido la presencia de un villano que controla al resto de objetivos de este arquero verde. En este sentido, hay que remarcar que la temporada ha evolucionado desde una estructura episódica y autoconclusiva a una trama cuyo valor reside en la forma de afectar al resto de historias y de personajes. Lo que comienza como casos aislados que el héroe debe resolver termina por convertirse en una lucha contra un supervillano que amenaza con destruir la ciudad y que, además, controla al resto de villanos y posee muchas similitudes con el personaje de Norman Osborn, enemigo de Spider-man.

La forma en que se produce este cambio es lo realmente relevante, pues lo que comienza siendo una trama secundaria (o si se prefiere paralela) termina por adquirir protagonismo, hasta el punto de involucrar, como decimos, a todos los personajes protagonistas en la historia, provocando en el último episodio una serie de giros dramáticos algo sorprendentes en este tipo de argumentos, una de las pruebas más evidentes de la influencia que mencionábamos al inicio. Un cambio orgánico que se nutre de una previsión narrativa muy calculada y que permite a los responsables de la serie tener el tiempo suficiente de sentar las bases morales de cada uno de los integrantes de la serie.

Por supuesto, lo que no puede faltar es la acción y las diferentes secuencias de persecución y lucha. Con una factura técnica muy elevada, uno de los mayores atractivos visuales es comprobar cómo un arquero es capaz de acabar con varios enemigos a base únicamente de disparar flechas y golpear con su arco. En este sentido, los momentos de combate, sobre todo ese esperado final entre el protagonista y el villano Flecha Negra, son espectaculares. Casi tan espectaculares, de hecho, como ver el despliegue físico de su protagonista, un Stephen Amell (serie Sin cita previa) que aporta todo lo necesario tanto físicamente como dramáticamente hablando.

Al final, esta primera temporada de Arrow demuestra que en televisión no son todo médicos y abogados, dramas o comedias. También existe un hueco para las producciones más sencillas y directas, aquellas que buscan única y exclusivamente entretener al espectador y saciar el interés de los fieles seguidores de los cómics y los superhéroes. La serie lo consigue con creces, y aunque su evolución sea más bien limitada, tampoco cabe exigir más a este tipo de historias. El final de esta primera temporada, sin embargo, deja abierto un futuro incierto en el que, sin duda, deberán aparecer nuevos villanos y héroes. Todo sea bienvenido siempre y cuando mantenga el espíritu que la ha convertido en un producto digno de disfrutar.

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