‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

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La 4ª T. de ‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ divide… ¿pero vence?


Es relativamente habitual que en los cómics de superhéroes una trama dure varios números. Un arco argumental que permite a la historia llevar al héroe de turno por un camino, presentando de paso un nuevo villano (o nuevos aspectos de uno conocido) y generando todo un terremoto en lo narrado anteriormente. Y aunque es algo positivo en las viñetas, encadenar estos arcos en una única temporada de televisión puede ser contraproducente. Ese trasfondo subyace en la cuarta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., cuyo argumento (o argumentos) lleva a los protagonistas a vivir muchas, tal vez demasiadas aventuras. En manos del espectador queda que eso sea algo bueno o malo, pero lo que está claro es lo que aporta y lo que resta.

Entre lo primero cabe destacar el modo en que esta serie creada por Maurissa Tancharoen, Jed Whedon y José Whedon, guionista y creadores de la serie Dollhouse, amplía el universo de Marvel tanto en la pequeña pantalla como en la grande. Si bien es cierto que la conexión entre largometrajes y capítulos es prácticamente nula en esta temporada, a lo largo de los 22 episodios se introducen nuevos personajes conocidos por los seguidores de la Casa de las Ideas, el más destacado El Motorista Fantasma, interpretado por Gabriel Luna (Transpecos) y cuya presencia en la trama termina por resultar clave. El hecho de que los héroes ya sean conocidos permite dedicar tiempo a explorar el trasfondo dramático tanto de este rol como de los villanos de turno, profundizando en cierto modo en una base narrativa que traspasa el mero espectáculo visual que, en efecto, ofrece.

Esta cuarta etapa de Agentes de S.H.I.E.L.D. ahonda además en las relaciones entre los protagonistas, planteando nuevos conflictos tanto internos como externos, tanto románticos como morales, que permiten al espectador conocer un poco mejor a sus héroes. La evolución de la trama, con ese arco argumental en un mundo alternativo, plantea la posibilidad de percibir a los héroes desde un prisma diferente, más oscuro si se prefiere, y cuyas consecuencias, vistas levemente al final de esta temporada, deberían tener más peso en los próximos episodios. El modo en que cada personaje afronta la realidad que cree vivir en ese mundo artificial ayuda a crear una brecha en un grupo que parecía demasiado unido, demasiado homogéneo, devolviendo algo de conflicto que, aunque termina resolviéndose de forma un tanto apresurada, debería dejar un rastro en la personalidad de cada rol.

La serie ha permitido también depurar la presencia de algunos secundarios que, aunque interesantes, aportaban poco o nada al conjunto. En este sentido, la serie termina con el núcleo duro de estos espías unido de nuevo, a diferencia del inicio de los capítulos y con un nuevo reto por delante que, esperemos, tenga un desarrollo algo más amplio que el de esta temporada. Porque sí, la presencia de dos grandes arcos argumentales (algo que, en mayor o menor medida, ya ocurrió en la tercera temporada) ha ayudado a la trama a profundizar en algunos personajes, en incorporar a otros nuevos y en dotar al conjunto, en general, de una mayor espectacularidad. Pero en el lado opuesto de la balanza hay aspectos que lastran al conjunto, y muchos tienen que ver precisamente con lo bueno que ofrece la temporada. Dicho de otro modo, son las dos caras de una misma moneda.

Menos tiempo, más prisas

Posiblemente lo más complejo de esta etapa de Agentes de S.H.I.E.L.D. radica precisamente en los dos arcos argumentales que presenta. Si bien es cierto que tienen un nexo de unión, éste parece recordarse y olvidarse según convengan, utilizándolo para plantear los conflictos y recuperándolo únicamente para un giro narrativo final que, literalmente, puede interpretarse como un ‘Deus ex machina’. Y esto no es casual. De hecho, es una consecuencia directa del poco tiempo narrativo que tienen sus creadores para utilizar los recursos a su alcance. El hecho de tener que plantear dos comienzos, dos nudos y dos desenlaces en poco más de 20 episodios obliga a economizar el espacio dramático, aportando por lo más evidente y dejando los elementos secundarios en un cajón hasta que sean necesarios. Es un poco lo que ocurre con algunas de las líneas dramáticas de los protagonistas que antes mencionaba: sí, es cierto que aportan mayor profundidad al conjunto, pero solo de forma temporal. Su resolución es tan rápida que apenas parece provocar mella en la personalidad de los héroes.

El gran problema, al menos narrativamente hablando, es que la temporada no da pie a poder ahondar demasiado en algunos personajes secundarios y en su modo de influir en la trama principal, ya sea en la primera o en la segunda. Esta cuarta etapa plantea así varios conflictos emocionales y varias relaciones amorosas que parecen quedarse simplemente en eso, en planteamientos que, si es necesario, se retomarán en el futuro. Y la palabra clave es “necesario”, porque la realidad es que, de mantenerse esta idea de dos arcos argumentales por temporada, lo cierto es que no quedará demasiado tiempo (entre nuevos villanos, nuevos peligros y nuevas aventuras) para retomar determinados asuntos donde se quedaron.

Tal vez haya sido una estrategia necesaria para recuperar de un modo más o menos coherente al grupo inicial de estos agentes, sobre todo tal y como terminó la anterior temporada. Y de hecho, a tenor del final, lo consiguen. Pero el problema sigue siendo el tiempo. El tiempo y las prisas por resolver ciertos conflictos, ciertos dramas secundarios que, siendo sinceros, consolidan la imagen general del desarrollo dramático del conjunto. El hecho de que algunas relaciones personales entre los protagonistas, con todo lo que arrastran detrás temporada tras temporada, planteen conflictos y los resuelvan en un puñado de episodios puede ser positivo para la dinámica de la narrativa, pero no encaja todo lo bien que debería con lo contado hasta ahora. Y ese es un problema (o una seña de identidad, según se mire) de la serie, que parece estar cada vez más introducida en una carrera hacia adelante que le beneficia cada vez menos, al menos en lo que a calidad dramática se refiere.

Porque sí, en espectacularidad hay pocas series que compitan ahora mismo con Agentes de S.H.I.E.L.D. Más allá de las secuencias de acción y de los efectos especiales, la serie ha logrado un nivel de complejidad conceptual y narrativa casi únicas. El problema es que lo ha hecho dejando por el camino demasiados cadáveres, y no me refiero a los villanos derrotados. Su apuesta por una narrativa directa, basada en la idea de que todo, absolutamente todo, está al servicio de la trama principal del momento y del villano de turno, está obligando a eliminar el peso de algunas historias secundarias. Ya sea el enemigo o algún aliado temporal, los nuevos personajes cada vez son definidos de un modo más esquemático, lo necesario para que tengan cierta consistencia. Retomar una única trama por temporada ayudaría a profundizar en estas ideas y dotarían de mayor peso a la serie, aunque habrá que esperar a ver cuál es la apuesta de la quinta temporada.

‘Supergirl’ se entrega a la comedia dramática adolescente en su 2ª T.


No voy a defender que Supergirl sea una gran serie de superhéroes. Más bien, un entretenimiento inocente con superpoderes y efectos especiales de por medio. Pero la primera temporada presentaba, en cierto modo, varios conceptos interesantes relacionados con el mundo de los cómics y, en concreto, de DC Cómics. Todo eso parece haberse perdido, o al menos atenuado, en los 22 episodios de la segunda parte, que terminaron de emitirse en Estados Unidos en mayo y que, durante su desarrollo, han pasado por todo tipo de cambios para reubicar a la heroína de la capa en un contexto más adolescente, más romántico si se prefiere, con problemáticas que, en el fondo, se alejan en su mayoría de los valores promulgados en la anterior etapa.

Posiblemente todo esto tenga algo que ver (o mucho) con el cambio de cadena, pero sea como fuere la serie creada por Ali Adler (serie The New Normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos autores de Arrow) ha dado un giro conceptual más que notable, tanto por el sentido que han adquirido las aventuras de la última hija de Krypton como por el tratamiento que los personajes, sobre todo los secundarios, han pasado a tener. Y este es el caso más llamativo. A lo largo de la primera temporada se construyeron una serie de relaciones y se presentaron diversas tramas secundarias que parecían estar llamadas a complementar los combates de la prima de Superman. De golpe y porrazo, o mejor dicho a golpe de teclado, sus responsables han eliminado buen parte de ese universo construido, han desaparecido personajes que tuvieron cierto impacto en la historia y se ha dado un nuevo sentido a algunos personajes. El caso más evidente es el de la hermana de la protagonista, interpretado por Chyler Leigh (Brake).

Muchos cambios, en efecto, pero lo relevante es si influyen, y cómo, en el desarrollo de Supergirl. Desde luego, la respuesta más inmediata y genérica es que sí, influyen y mucho. Y como en cualquier producción, la subjetividad juega un papel fundamental. Por un lado, todas estas modificaciones aportan al conjunto mayor dinamismo, incidiendo más en la aventura y en el carácter despreocupado y “blanco” de la serie. Dicho de otro modo, la segunda temporada acentúa el carácter más luminoso de la protagonista y, por ende, de la serie, acercándola a otras producciones como The flash en su primera temporada. Poco importa que el villano de turno sea más o menos poderoso; poco importan las dificultades de la heroína. Al final, todo sale bien, en algunos casos con ayuda (la incorporación de Superman, al que da vida Tyler Hoechlin -serie Teen wolf– es de lo más acertado de la trama) y en otros por su cuenta, lo que resta gravedad a la narración y la presenta como puro entretenimiento.

Pero por otro, convierten a la historia en una producción más de corte adolescente, con problemas amorosos que parecían superados, incluso, en algunos momentos de la primera temporada. Y esto, a priori, no sería algo negativo si no fuera porque el recorrido de estas tramas secundarias, al menos hasta el tercio final de la historia, es prácticamente inexistente, lo que evidencia la falta de fuerza de las mismas. Esto obliga a un tratamiento circular, es decir, a presentar un desarrollo positivo, un conflicto (si no el mismo, muy similar) que ponga en valor aún más la relación romántica, una disculpa (verbal o de acción) y vuelta a empezar. Posiblemente lo mejor de este caso es que, con el final que han tenido estos 22 capítulos, se ha apostado fuerte por hacer avanzar la acción y plantear una tercera temporada con nuevos retos. Al menos a tenor de las últimas imágenes.

Los Luthor, omnipresentes

Dejando a un lado el tratamiento dramático de la historia, la segunda temporada de Supergirl también confirma una idea que parecía entreverse en la primera tanda de episodios, y es el hecho de que sus creadores parecen haber hecho una apuesta clara por convertir este universo en la versión femenina de Superman, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Si en la anterior temporada se hizo a través de varios villanos tradicionalmente asociados al hombre de acero, en estos capítulos la presencia de la familia Luthor no hace sino confirmar ese aire de homenaje al superhéroe más icónico de DC. Y como no podía ser de otro modo, el nombre del archienemigo de Superman está representado por mujeres. No una, sino dos. Es evidente que su presencia en esta temporada, además de apoyar algunas tramas secundarias, tiene por objetivo crear toda una estructura que permita construir una auténtica confrontación héroe-villano capaz de perdurar en el tiempo y que sea ajena, en cierto modo, a las historias de cada temporada.

De este modo, el clan Luthor está llamado a convertirse en el otro pilar fundamental de la serie, una suerte de enemigo con el que jugar al gato y al ratón con el espectador. La labor en este caso de Katie McGrath (Jurassic World) y la química con Melissa Benoist (El viaje más largo) serán fundamentales para poder sostener el delicado equilibrio entre la amistad y la enemistad de ambos personajes, así como para decantar hacia un lado u otro en el momento exacto y con un desarrollo coherente.

Lo que también parece que va a aprovechar la serie es toda la iconografía cultural generada alrededor del héroe de la capa roja, lo que por cierto consolida esa versión femenina de Superman en que parece convertirse esta serie (y que personalmente considero que es un error). La presencia en esta temporada de Teri Hatcher, la Lois Lane de Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman, unida a la ya conocida de Dean Cain (Superman en la misma serie) crean todo un metalenguaje que los más fieles seguidores del personaje y sus diferentes adaptaciones en cine y televisión comprenderán mejor que nadie. El guiño de Kevin Sorbo, protagonista de otra conocida serie como es Hércules: Sus viajes legendarios, apoya además la teoría de que la serie contará con la presencia de actores a los que se asocia con clásicos personajes del cine o la televisión.

No se puede decir que Supergirl haya sido nunca una serie oscura, o al menos dramática, como puede serlo Arrow. Sin embargo, esta segunda temporada ha experimentado un giro hacia el drama adolescente que ha afectado significativamente al desarrollo de la trama. Primero porque han surgido personajes casi de la nada que han arrastrado con ellos una serie de historias secundarias cuyo encaje en el universo ya creado de la trama principal es cuanto menos cuestionable. Segundo porque ha habido secundarios que, o bien se han quitado de en medio de un plumazo, o bien se les ha dado una salida un tanto, digamos, increíble (que el fotógrafo James Olsen se convierta en justiciero es de lo más surrealista que puede existir). El final de la temporada, abierto como es habitual, deja la esperanza de que, una vez sentadas todas las bases del cambio experimentado en estos 22 episodios, la serie recupere cierta normalidad.

‘Superman/Batman/Wonder Woman: Metropolis’, fusión de cómic y expresionismo alemán


He de reconocer que la idea inicial de esta sección era la de abordar volúmenes que analizaran los diferentes aspectos del cine, ya fuera en su parte más técnica o en lo referente a géneros, historia o entrevistas. Por eso puede resultar extraño hablar aquí de un cómic, pero sus implicaciones cinematográficas y la calidad de su relato es tal que es conveniente hacer un breve análisis de lo que puede aportar al séptimo arte, o de lo que el cine aporta a las viñetas de Superman/Batman/Wonder Woman: Metropolis, un recopilatorio de tres volúmenes creados por RAndy Lofficier, Jean-Marc Lofficier y Ted McKeever, y que enmarcan los orígenes de estos tres superhéroes de DC Cómics en un relato marcado por el expresionismo alemán.

Cada lector que se acerque a este recomendable ejemplar decidirá cuál de las tres historias es la mejor, pero sin duda la que afecta al hombre de acero es la más fiel a la que posiblemente sea la cinta más icónica del movimiento cinematográfico surgido en los años 20. La utopía futurista de Metrópolis (1927) creada por Fritz Lang adquiere en estas páginas una interpretación cuanto menos interesante que obliga a una reflexión sobre el bien y el mal, sobre el perdón y la venganza, que enriquece la ya de por sí completa obra del director alemán. Resulta sorprendente comprobar cómo encaja la historia de Clark Kent (rebautizado como Clarc Kent-son) en la trama original. A pesar de los cambios de nombres y de ciertas licencias dramáticas, los creadores de este cómic logran una fusión perfecta entre ambos relatos, entre ambos lenguajes, y la mejor evidencia son las primeras viñetas, que narran casi exactamente igual el comienzo de la película

Y es que si la historia deja sin palabras, el dibujo de McKeever resulta casi apabullante. Con un trazado que rememora en todo momento el arte de comienzos del siglo XX, el autor imprime un dramatismo único al trágico relato de este joven que quiere construir una ciudad mejor en la que amos y obreros convivan sin someterse los segundos a los primeros. Un dramatismo acentuado además por el recurso del color, puramente expresionista (aunque menos que la historia de Batman, de la que hablamos a continuación). Por supuesto, y como mencionaba antes, existen ciertas licencias dramáticas necesarias en un relato de superhéroes, sobre todo en lo referente al modo de derrotar al villano de turno. Y aunque para muchos pueda resultar algo forzado, en líneas generales encaja perfectamente en el tratamiento del resto de la trama, lo que evidencia la grandeza y universalidad de una obra como Metrópolis, capaz de acoger en su seno dramático cambios notablemente marcados.

Batman, el Nosferatu

Posiblemente el relato más fiel a una película del expresionismo alemán sea el de Superman, pero sin duda el que mejor capta el espíritu visual de este movimiento cinematográfico es el que tiene como protagonista a Batman. Tomando como referencia dos obras clave como Nosferatu (1922) y El Gabinete del Dr. Caligari (1920), la historia se adentra en las sombras para abordar un relato mucho más lúgubre, marcado por la muerte, la desesperación y la manipulación. Sobre estos tres pilares narrativos el cómic construye un relato en el que los juegos de sombras son fundamentales, siguiendo la estela de las dos películas que toma como referencia y proyectando este expresionismo en un nuevo lenguaje.

De nuevo, y más allá de las necesarias concesiones al mundo de los superhéroes, combate entre Batman y Superman incluido, las referencias cinematográficas parecen impregnar todas y cada una de las viñetas. Con unos personajes mucho más retorcidos física y moralmente hablando, el relato de este Hombre Murciélago/Nosferatu acoge en su seno igualmente buena parte del significado que este movimiento cinematográfico tuvo en su momento. La lucha contra el dominio de un hombre sobre el resto de hombres, la locura que afecta a unos personajes que poco a poco se acercan más a monstruos que a seres humanos, e incluso la idea de controlar el destino se asoman en estas páginas en las que la noche se impone al día, y las sombras a la luz.

Wonder Woman, la Amazona Azul

El tercer relato, centrado en el personaje de Wonder Woman, es sin duda el más “tradicional”, si es que dicho término se puede aplicar en el caso que analizamos aquí. Los motivos son varios, entre ellos que las películas que toma como referencia, El ángel azul (1930) y El Dr. Mabuse (1922), aunque encajan dentro del expresionismo alemán, se alejan notablemente de los conceptos y características que definieron este movimiento, sobre todo la primera. Es cierto que se mantienen algunos de los conceptos ya mencionados, destacando la idea de que un individuo sea capaz de ejercer un control físico y psicológico sobre el resto, pero el tratamiento visual se aleja ostensiblemente de lo visto en los dos anteriores volúmenes, al igual que ocurre, en cierto modo, en la apuesta visual de las películas.

Y desde luego, es la historia más “superheróica” y menos “expresionista” de las tres. Dicho de otro modo, el relato de esta Mujer Maravilla se sumerge de forma más evidente en los parámetros e iconos tradicionales del relato de este tipo de superhéroes, alejándose al mismo tiempo de todo aquello que aporta el movimiento cinematográfico alemán. Desde un punto de vista puramente visual también destaca esta apuesta, con un trazo más definido y un tratamiento del color más rico, abandonando los contrastes de luces y sombras, algo que destaca sobremanera en el tramo final de esta historia, donde por cierto se da cita la versión expresionista de muchos personajes de DC Cómics.

En cualquier caso, este último relato es el colofón de una trilogía apasionante, tanto para los amantes del cómic como para los apasionados del expresionismo alemán. Las conexiones entre las viñetas y los fotogramas de las películas mencionadas son tan evidentes en algunos casos que las fronteras entre uno y otro lenguaje desaparecen, evocando en sus páginas el movimiento de las máquinas de esa ciudad de obreros y amos, las sombras del primer vampiro del cine o la seducción de un ángel azul. Y aun siendo superhéroes, los personajes quedan relegados muchas veces a un mero hilo conductor de una historia que les supera y en la que los géneros se mezclan para ofrecer un producto único, una fusión entre cine y cómic que inevitablemente obliga a revisionar las películas casi al tiempo que se leen las páginas. No es un libro de cine, pero pocos libros de cine son capaces de lograr esto.

‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Guardianes de la galaxia Vol. 2’: éxitos del pasado, errores del presente


La división cinematográfica de Marvel parece haber encontrado el camino para lograr el éxito casi con cada nueva película que hace. Da igual que sea un superhéroe o varios, que sean muy conocidos o casi clandestino. Combinar ironía, algo de humor blanco, ciertas dosis de drama elaborado lo justo para no bajar el ritmo y, sobre todo mucha acción, parecen ser los pilares de los taquillazos que de un tiempo a esta parte está consiguiendo la compañía. Sin embargo, la base sobre la que construir todo ello es idéntica a cualquier film: una buena historia. Y es algo que no se debería perder de vista, pues la segunda aventura de estos defensores galácticos peca, precisamente, de esto.

Es innegable que Guardianes de la galaxia Vol. 2 es entretenida, hace reír (a algunos más que a otros) y tiene algunas escenas realmente espectaculares, sobre todo en sus primeros compases con ese plano secuencia en el que la acción, curiosamente, transcurre en segundo plano, lo que no deja de ser una idea diferente y loable. Y sí, la trama explora, aunque sea mínimamente, cómo evoluciona la relación de estos variopintos personajes en un grupo cuya unión se mantiene gracias a un frágil equilibrio entre el amor y la exasperación. En este sentido se podría decir que la cinta de James Gunn (Super), cuya labor tras las cámaras es intachable, ofrece más en todos los sentido, lo cual por cierto es lo que cabría esperar de una obra como esta.

Pero el problema es el trasfondo del asunto. Mientras que su predecesora tenía una historia relativamente compleja, que incluso encajaba dentro de los planes de desarrollo a nivel global de Marvel, esta segunda parte se desinfla a medida que pasan los minutos en lo que a argumento se refiere. Con la excusa de buscar los orígenes del protagonista, la cinta se pierde en un sinfín de caminos ya investigados en numerosas películas, cayendo en una previsibilidad que, por desgracia, termina restando frescura al conjunto. Da la sensación de que, en ese intento de superar el reto de más y mejor, la cinta se centra mucho en el “más” y se deja por el camino el “mejor”, recurriendo a herramientas manidas y algo arquetípicas. La ironía y mala leche de los personajes queda anulada, en parte, por esto, y es eso lo que termina por descafeinar una película que, por lo demás, mantiene el espíritu original.

Desde luego, Guardianes de la galaxia Vol. 2 no es mejor que la primera parte, ni mucho menos. Su falta de ambición a la hora de buscar una trama fresca y diferente hace que la cinta se vuelque por completo en los elementos que engalanaron la original historia de la cinta inicial. Dicho de otro modo, la saga parece encaminarse hacia un futuro vacío de contenido pero tan dinámico y espectacular que hará que dos horas se conviertan en dos minutos. Y eso es un peligro. Todavía se puede reconducir la situación, está claro, y prueba de ello son los minutos iniciales de esta continuación, todo un ejercicio de buen cine, narrado con originalidad y en el que la acción, el humor y la inteligencia se mezclan para dar unos minutos de auténtico oro. Hay esperanza, sí, pero sin el fondo la forma al final se pierde.

Nota: 6/10

‘Batman: La LEGO película’: apuesta siempre al negro


Batman deberá recurrir a sus amigos para vencer en 'Batman: La LEGO película'.El estreno hace unos años de La LEGO película (2014) fue una sorpresa para propios y extraños. No solo por la animación, sino por el mensaje que lanzaba a los más pequeños y, sobre todo, por un giro final tan original como significativo. Y puestos a explotar este mundo de construcción, qué mejor que hacerlo con la versión de uno de los mayores superhéroes del cómic cuya presencia en el cine ha sido, además, habitual en los últimos años. La pregunta es si es algo diferente o simplemente más de lo mismo.

La respuesta es un poco de ambas. Desde un punto de vista narrativo, la historia es un viaje por el trasfondo del personaje de DC Cómics a lo largo de los años, pero también por el cine (puede que los más pequeños no entiendan alguna referencia). Momentos como ese repaso a las versiones cinematográficas y televisivas del hombre murciélago, la introducción de fotogramas de algunas películas o la presencia de personajes de referentes del cine como King Kong, Harry Potter o El Señor de los Anillos convierten a esta cinta en algo más que otra simple historia de superhéroes en la que el héroe termina derrotando al villano. Su capacidad de combinar historias, personajes y referentes otorga al conjunto una versatilidad única que impide que el ritmo decaiga, al menos no demasiado, durante sus 105 minutos.

Ahora bien, el trasfondo, el mensaje que proyecta, es similar al que ya lanzó su predecesora, y aunque es evidente que el diseño tiene que ser necesariamente igual, su director Chris McKay recurre a herramientas, gags y tópicos que no solo se utilizaron en la anterior película de LEGO, sino en muchas otras historias. Esto no es necesariamente un problema, sobre todo para los más jóvenes de las salas de cine, pero sí puede afectar en cierto modo al interés que suscita, amén de perjudicar al ritmo en muchos momentos del film. Es de agradecer, sin embargo, que incluso con esos estereotipos la cinta es capaz de reírse de sí misma y burlarse de sus propias limitaciones, lo cual es buen síntoma.

Desde luego, Batman: La LEGO película no es mejor que la anterior cinta de este mundo de construcción, entre otras cosas porque la película ha perdido el factor sorpresa. Pero tampoco es peor, ni mucho menos. A pesar de jugar con conceptos similares y de recurrir en muchos casos a un humor parecido, tiene una narrativa tan dinámica, con tantas referencias, que hace las delicias de cualquier fan del personaje, e incluso de aquellos que sencillamente conozcan por encima su historia. Amistad, familia, diversión y humor unen a héroes y villanos en este Gotham City de piezas y bloques, por lo que, en efecto, si hay que apostar por algo en este film, es por el negro.

Nota: 6,5/10

‘Supergirl’, o cómo convertir una 1ª T. en un cúmulo de referencias


Melissa Benoist da vida a 'Supergirl' en su primera temporada.Si Arrow fue la punta de flecha del mundo DC en la televisión, The Flash se ha convertido en el producto irónico y destinado a distraer al espectador. Y con estas referencias, la nueva superheroína necesitaba diferenciarse de algún modo de sus predecesores. Es por eso que Supergirl ha tenido que recurrir a una fórmula ya conocida aunque no por ello menos eficaz. Ali Adler (serie The new normal) y los creadores de este mundo superheroico en televisión, Greg Berlanti y Andrew Kreisberg, optan por el humor adaptado a una serie de referencias cinéfilas, seriéfilas y de los cómics originales que buscan en todo momento hacer las delicias de los más fieles seguidores, pero que pierden por el camino una importante máxima narrativa.

Dicha máxima es, precisamente, que cualquier historia tiene que intentar llegar al máximo número de receptores posible. Ahí estuvo, por ejemplo, el éxito del arquero verde. El problema de esta prima del hombre de acero es que en su primera temporada de 20 episodios apenas ha tenido una definición propia. Todo en ella recuerda a algo, sobre todo si se tiene cierto conocimiento del universo en el que transcurre la historia. El dibujo de la heroína principal, a cargo de Melissa Benoist (Whiplash), no tiene grandes dilemas internos y presenta unos valores rectos que la convierten en una “niña buena”. Los villanos, ya sean terrícolas o extraterrestres, la atacan por miedo, por ignorancia o por venganza. Y ella al final salva el mundo aunque el mundo no quiera ser salvado.

El arco dramático de la protagonista y de estos primeros pasos de Supergirl se convierte, de este modo, en un refrito de historias, en una sucesión de aventuras que, aunque tiene un cierto hilo conductor dramático relacionado con el pasado de los protagonistas, en el fondo no ofrece ninguna carga dramática añadida a un presunto trasfondo moral o personal de la heroína. Dicho de otro modo, con roles más o menos planos las historias se vuelven, pues eso, planas, y en consecuencias las aventuras, recurriendo a notables efectos digitales, buscan únicamente un entretenimiento sencillo, directo e intrascendente.

Con todo, esta primera temporada logra en su tercio final ofrecer al espectador algo más, una cierta complejidad dramática que desvela ciertas caras ocultas hasta ese momento de muchos de los personajes principales. Esto, unido a decisiones poco ajustadas a la recta moral de la heroína, hacen que la trama apunte a algo diferente que habrá que descubrir en su segunda etapa, estrenada hace algunas semanas y que, aunque es evidente que no modificará sustancialmente su esencia, sí podría aportar algo más de entramado narrativo a un desarrollo excesivamente lineal y deliberadamente carente de conflictos reales más allá del malo de turno al que derrotar.

Secundarios al poder

Curiosamente, y esto empieza a ser algo habitual en este tipo de producciones, los personajes más interesantes son los secundarios. Frente a la debilidad inherente del personaje de Supergirl (debilidad dramática, claro está), roles como el de Calista Flockhart (serie Cinco hermanos) o el villano/aliado interpretado por Peter Facinelli (Crepúsculo) se convierten muchas veces en auténticos protagonistas de la trama por encima de la mujer de acero. Y esto, en cierta medida, también es una traslación de lo que le ocurre al personaje de Superman, lo que no deja de confirmar que esta serie es una suerte de reinterpretación de sus aventuras en clave femenina, cuando en realidad debería ser algo diferente.

Y me explico. Frente a la ausencia de Lois Lane o de Lex Luthor, los creadores de la serie se han buscado a una periodista con garra y que lucha por lo que considera correcto que interpreta magníficamente Flockhart, no sin ciertas referencias a aquel rol que plasmó para la eternidad Margot Kidder en Superman (1978), y que al final se convierte en un modelo para la joven heroína tanto dentro como fuera de la redacción en la que trabaja. Del mismo modo, aunque de forma menos evidente, la interpretación de Gene Hackman (Sin perdón) en aquel film también está presente en la labor de Facinelli, a medio camino entre el odio a lo que no conoce y la necesidad de hacer el bien. Por supuesto, la influencia de Lex Luthor se aprecia más en el aspecto del odio.

Ambos personajes son, sin embargo, solo un ejemplo de lo que ocurre en esta serie. En realidad, la historia sobre esa organización secreta que protege al planeta de los extraterrestres o todo lo que tiene que ver con el pasado de la protagonista son los grandes pilares narrativos en los que se sustenta esta primera temporada. Y en mayor o menor medida, aunque todos ellos cuentan con la heroína como nexo de unión, en realidad el personaje de Benoist no deja de ser eso, un nexo que podría cambiarse o sustituirse y no pasaría nada, o al menos no demasiado. Dicho de otro modo, su influencia en las diferentes historias que aparecen en la trama es mínima, en algunos casos nula.

Todo ello convierte a esta primera temporada de Supergirl en un producto excesivamente limpio, sin conflictos dramáticos excesivamente complejos y con una clara apuesta por el entretenimiento más simple y directo. Y es una apuesta tan legítima como cualquier otra, pero el problema es que los personajes carecen de dimensión y tienden a convertirse en estereotipos. Eso por no hablar del desarrollo plano de las tramas. La esperanza se encuentra en el final de la temporada, más agresivo y marcado por el impacto dramático de algunas decisiones que, esperemos, abra una nueva vía narrativa en la segunda temporada. Por supuesto, no espero que sea un cambio radical, pero sí al menos una modificación de la tendencia que se sigue hasta ahora.

‘Doctor Strange’: la magia del ‘toque Marvel’


Benedict Cumberbatch da vida al 'Doctor Strange' de Marvel.Pocos personajes van quedando del extenso Universo Marvel que no tengan su adaptación a la gran o a la pequeña pantalla. Y a medida que se van sucediendo los superhéroes la saturación y el cansancio narrativo, que no visual, se va notando. La película que dirige Scott Derrickson (Sinister) es una evidencia de que siempre es mejor una buena historia que los orígenes de un personaje, por muy dramáticos que sean. Mejor aún: es infinitamente más interesante ver cómo se forja un héroe con una buena trama.

Y como le ocurre al protagonista de Doctor Strange al comienzo de la cinta, la película parece un quiero y no puedo, un intento de contar algo sumamente interesante que se solventa con minutos frenéticos cargados de efectos en el último tercio del film. Hasta entonces, esta historia protagonizada magníficamente por Benedict Cumberbatch (Amazing Grace) aborda de forma excesivamente larga el surgimiento de un hechicero y su viaje por las artes místicas. Más allá de críticas culturales o religiosas con poco fundamento, el verdadero problema del film es que está descompensado.

Descompensado en todos sus aspectos. Narrativamente hablando, es demasiado parsimoniosa al comienzo para acelerarse sin demasiado sentido al final. Interpretativamente hablando, el extraordinario elenco de actores está muy por encima de lo que puede ofrecer la cinta. Y visualmente, la historia saca mucho partido de sus escenas, pero la puesta en escena de Derrickson, más especializado en tenebrosos sustos y atmósferas agobiantes, es ciertamente limitada y en algunos momentos caótica.

Por fortuna, existe eso que se llama ‘toque Marvel’, y que podríamos entender como el entretenimiento sin daño ni maldad que permite al espectador pasar dos horas entretenidas. El problema es que cuando se compara Doctor Strange con otras grandes superproducciones similares no termina de funcionar correctamente. Lejos parecen quedar las épocas de Iron Man, Capitán América o Spider-man, tres personajes cuyas historias en el cine han sabido explicarse de forma mucho más orgánica. La magia de La Casa de las Ideas funciona en este caso, pero solo para salvar al espectador de una historia irregular.

Nota: 6,5/10

1ª T. de ‘Jessica Jones’, thriller de superhéroes sin mostrar poderes


'Jessica Jones' deberá derrotar a Kilgrave en la primera temporada.Si hace no demasiado tiempo se hablaba del diferente trato que Marvel daba a sus superhéroes en el séptimo arte, ya fuera en cine o televisión, respecto al que estaba dando DC Cómics, ahora el sentido de esa reflexión ha cambiado. Como si de vasos comunicantes se tratara, el tratamiento juvenil y despreocupado de personajes como Spider-man, Capitán América o Iron Man está pasando a superhéroes como Flash o Supergirl, mientras que la madurez y el tono oscuro de las historias está llegando a producciones como Daredevil o la que ahora nos ocupa, Jessica Jones. La primera temporada de esta última es el claro ejemplo de que se pueden hacer producciones serias, descarnadas y con un ácido sentido del humor a pesar del componente fantástico que inevitablemente tienen que tener.

Los primeros 13 episodios de esta ficción creada por Melissa Rosenberg, guionista de la saga Crepúsculo, utilizan una estrategia narrativa que viene usándose desde los orígenes de la Humanidad. La trama aborda a la protagonista en mitad de una crisis personal marcada por un pasado turbulento que, alcoholismo y personalidad aparte, está definido a su vez por un trauma psicológico tan profundo como imposible de olvidar. Y es esta base emocional la que define todo un arco dramático espléndido que extiende sus raíces a todas las tramas secundarias que se dan cita en la temporada. En cierto modo, es la definición perfecta de que el pasado no solo nos define como personas, sino que siempre vuelve para atormentarnos.

Todo ello convierte a Jessica Jones en algo más que una entretenida serie de superhéroes capaces de hacer cosas extraordinarias. De hecho, y eso parece ser marca de la casa Netflix, los efectos son más bien sencillos, limitándose en su mayoría a elementos tangibles que aportan, si cabe, más veracidad al relato. Esta primera etapa convierte a esta investigadora privada en víctima de malos tratos, de un acoso psicológico que genera una agresividad y una especie de ansiedad por la autodestrucción que impregnan todo lo que se puede ver en las imágenes, incluyendo los decorados. En cierto modo, los poderes de la protagonista, que interpreta notablemente bien Krysten Ritter (Big eyes), quedan en un segundo plano en el tratamiento argumental, que se centra más en las emociones y en la lucha contra un pasado representado por un extraordinario David Tennant (serie Gracepoint).

Este interés por el aspecto más introspectivo del personaje de Ritter, unido a la ausencia en muchos episodios de muestras de fuerza o de violencia destructiva, convierten a la serie en un producto fresco, diferente, más cercano al thriller o al género policíaco que a la aventura o la acción. Por supuesto, el tratamiento de los personajes está unido a un diseño de producción impecable, capaz de diferenciar en todo momento los diferentes ambientes en los que se mueven los personajes, amén de la incomodidad que sugieren cuando se mezclan entre ellos. Dicho todo esto, la serie también deja espacio para los fans, pero el hecho de que ofrezca algo más para el público en general la convierte en una de esas producciones dignas de ver.

Crudeza superheróica

Así que sí, Jessica Jones se acerca más a un thriller policíaco que a una “peli de superhéroes”. Su tono oscuro y la ausencia de poderes en muchos de sus tramos la convierten en una producción atípica, casi tanto como su protagonista. Y aportan al conjunto, además, una crudeza conceptual pocas veces vista en televisión, y no digamos ya en un producto de este tipo. Crudeza que está ligada, por otro lado, a la presencia del villano. A medida que éste adquiere más protagonismo, la dureza de las escenas va en aumento, hasta el punto de mostrar algunas imágenes sencillamente escalofriantes, muertes incluidas.

Y eso es algo que no solo no suele verse en este tipo de cómics o en este tipo de series, sino que es difícil encontrarlo en productos ajenos al terror o al thriller más violento. No quiere esto decir que la ficción creada por Rosenberg sea una especie de salvaje intriga en clave superheróica, pero sí es indicativo del cariz que se ha querido imprimir al desarrollo dramático, ajeno a concesiones románticas o adolescentes y más entregado a un pesimismo y derrotismo que conduce a los personajes hasta sus propios límites, empujándoles en muchas ocasiones hacia un vacío del que tratan de huir constantemente.

Pero como decía antes, la serie también tiene espacio para el fenómeno fan. La presentación en sociedad de un personaje como Luke Cage, interpretado por Mike Colter (Brooklyn Lobster), es posiblemente la mejor prueba de que se pretende construir un universo similar al que ya existe en la gran pantalla. Su participación en la historia deja, además, interesantes aspectos no solo de cara al futuro, sino también para comprender mejor el desarrollo dramático de la protagonista. De nuevo, el personaje de Colter aúna ese carácter puramente superheróico con un trasfondo dramático notable, y cuyas consecuencias solo se comprenden a medida que se desarrolla la historia.

En definitiva, lo que ofrece Jessica Jones es una historia, un elaborado desarrollo dramático de los personajes para sustentar una historia tan oscura y trágica como los propios protagonistas. No se trata de crear un entretenimiento; ni siquiera de adaptar un nuevo cómic. Es más bien la necesidad de tomar como excusa a estos roles con poderes para abordar problemas reales con los que los espectadores se identifican. De ahí la ausencia de un despliegue de efectos especiales al uso, optando más por el minimalismo. Y de ahí también que vengan a la cabeza conceptos como violencia psicológica, autodestrucción personal o conflictos morales. Todo ello está ahí, y está narrado de tal modo que traspasa la frontera del clásico superhéroe. Es cierto que Jessica Jones es una antiheroína, pero es que su serie tampoco es tópica.

Diccineario

Cine y palabras

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