‘Los Increíbles 2’: como si no hubiera pasado el tiempo


Han pasado 14 años, pero en realidad no ha pasado el tiempo. En ningún sentido. Este es uno de los motivos por los que se habla de la ‘magia del cine’. El director Brad Bird, el genio detrás de algunas de las joyas de la animación de los últimos años gracias a Pixar, ha logrado algo muy difícil: un viaje al pasado para las generaciones que hace más de una década disfrutaron, se emocionaron y crecieron con Los Increíbles. Pero lo ha hecho alejado de nostalgias o de autorreferentes, contando una nueva historia que continúa las aventuras de esta familia con la esencia, el sabor y la maestría que ya tuvo la primera parte.

De este modo, Los Increíbles 2 se convierte en todo lo que una secuela debe ser. Visualmente arrolladora, la cinta posee más acción, más espectacularidad y más superhéroes. Pero al mismo tiempo, y esto es lo que hace que estemos ante una nueva joya de la animación, es que la cinta ofrece mucho más que una mera continuación de las aventuras. Si la primera cinta exploraba los secretos en una familia y cómo la unión de sus miembros era la forma de enfrentarse a los problemas, esta segunda parte ahonda en las inseguridades del padre de familia, en la aceptación de los roles dentro del grupo familiar y en las relaciones entre padres e hijos.

Y lo hace con una historia que, aunque en cierto modo previsible, no deja de fascinar a cada paso que da gracias a los equilibrios dentro de su trama con las diferentes historias que en ella se desarrollan. Si el drama y la acción los aporta la parte de la superheroína y sus aventuras, el punto irónico y cómico está representado por ese Mr. Increíble que debe aprender a ser “increíble” también en su casa, con sus hijos, lidiando con problemas comunes como los deberes, las primeras relaciones de su hija con chicos o el cuidado de un bebé que, en este caso, en lugar de descubrir el mundo descubre sus poderes. Atentos a este pequeño que desarrolla todo su potencial en algunas de las secuencias más hilarantes y perfectamente desarrolladas del metraje.

El hecho de que la trama transcurra desde el punto en el que terminó la primera parte ayuda a que Los Increíbles 2 nos lleve de viaje al pasado, pero es solo un lugar desde el que comenzar. El viaje es mucho más complejo, más enriquecedor y más divertido que todo eso. La cinta de Bird, que vuelve a demostrar su talento, puede entenderse en varios niveles, y esto la convierte casi en un clásico automático. Sí, es diversión, acción, espectacularidad y una animación impecable. Pero también es drama familiar. Y es conflicto emocional. Y es comedia. Incluso tiene algunos toques de comedia adolescente. En definitiva, un film que es más de lo que podría pensarse a simple vista. Un film imprescindible.

Nota: 9/10

Anuncios

4ª temporada de ‘The Flash’, o cómo narrar desde la derrota del héroe


Con sus más y sus menos, The Flash ha logrado encontrar un hueco narrativa y dramáticamente hablando. Un hueco definido por un delicado equilibrio entre el humor y el drama, en el que el primero sirve de “desengrasante” para el segundo sin llegar a convertir en una burla el concepto de este producto. Sin embargo, en dicho equilibrio existen fluctuaciones, y la cuarta temporada es, posiblemente, una de las más dramáticas vistas hasta ahora. Posiblemente no para los protagonistas, pero sí en el tratamiento de la serie creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (autores de Arrow) y Geoff Johns.

Y es que estos 23 episodios ofrecen un interesante análisis del tratamiento de la narración. A diferencia de etapas anteriores en las que las historias episódicas entroncaban de forma tangencial con la trama principal, en esta ocasión el grueso del argumento se encuentra bajo el paraguas del villano al que da vida con notable acierto Neil Sandilands (Proteus). Salvo los capítulos destinados a crossovers entre las series de DC Cómics, en términos generales nos encontramos ante una dedicación exclusiva de toda la trama al enfrentamiento entre héroe y villano. Eso no impide que existan historias autoconclusivas en muchos episodios, pero todas ellas están, de algún modo, relacionadas con la trama principal.

El principal efecto de esta apuesta es que la cuarta temporada de The Flash es un constante crecimiento dramático, generando tensión a cada paso y sentando las bases del clímax del último episodio. Y aunque es cierto que el héroe siempre debe enfrentarse a retos mayores que él mismo para superarlos y superar sus propias limitaciones, en esta ocasión la constante es el fracaso, la idea de luchar contra un destino ya escrito del que no se puede escapar. Más allá de la resolución final y el concepto empleado para que el bien se imponga al mal (el amor, la amistad, ser fiel a uno mismo), lo más relevante es el viaje por esta tanda de episodios, en el que todos y cada uno de los personajes pierde algo realmente importante, en una constante derrota que va más allá de la simple dinámica que mueve todo conflicto.

Dicho de otro modo, en esta ocasión no hay una perspectiva de que las victorias tengan más peso que las derrotas. Es evidente que el resultado final siempre será positivo, al menos en términos generales, pero durante toda la temporada lo que se plantea es llevar hasta límites fuera de lo común al héroe, que debe enfrentarse a la derrota no solo física, sino también emocional (la muerte de su amigo), intelectual y de sus propios poderes. Contrariamente a lo que pueda parecer, esta estrategia narrativa lo que provoca es una mayor identificación con el héroe. Es cierto que la trama presenta altibajos, en buena medida provocados por la falta de interés de algunos personajes y algunas tramas secundarias, pero en líneas generales lo que nos encontramos es ante un constante desafío para el velocista.

Un problema de DC

Ahora bien, esta cuarta temporada de The Flash está empezando a presentar un problema que parece común a todas las producciones de DC, y es la acumulación de secundarios que aportan poco o nada a la historia del héroe. Es cierto que muchos de ellos, puede que la mayoría, crean un contexto dramático que, al fin y al cabo, define toda la serie, pero el problema de incluir tantos secundarios, algunos con más importancia que otros, algunos con poderes, es que todos ellos necesitan de cierto tiempo para desarrollarse, para evolucionar y participar activamente en la historia. Y eso se traduce en más minutos, más dedicación y, por tanto, más espacio robado a la trama principal.

Esta etapa ha podido resolverlo con acierto en muchas ocasiones, como es el caso del nuevo superhéroe interpretado por Hartley Sawyer (Thursday), pero en otros la participación de los secundarios se ha vuelto, digamos, satélite, quedando como recurso de apoyo cuando fuera necesario, por mucho que su rol tuviera, en teoría, mayor peso dramático. Posiblemente la mejor prueba de esta acumulación de héroes sea el final, donde algunos personajes parecen llamados a desaparecer (al menos de momento) para aligerar y simplificar tanto la trama como las relaciones entre los personajes. Sea como fuere, lo cierto es que se empieza a ver muchos personajes que entran y salen de la trama sin demasiada influencia, únicamente para expandir el universo ‘Flash’, y esta intermitencia puede jugar en contra de la historia si no se lleva por el buen camino. De hecho, Arrow ya se ha visto obligada a aligerar su historia de personajes.

Aunque como siempre ocurre en esta serie, posiblemente el punto de giro más interesante sea el gancho final para la siguiente temporada. Y es aquí donde entra en juego otro de los elementos más indentificables de esta ficción que, curiosamente, no han tenido demasiado protagonismo en esta etapa. Me refiero a los viajes en el tiempo. Mientras que años atrás los cambios en el espacio-tiempo han dado pie a historias, cambios y villanos, en esta ocasión todo ha transcurrido en el campo de la mente y el presente físico. De ahí que el final de esta temporada abra una interesante puerta a una trama que requerirá de un minucioso tratamiento, y que sin duda será objeto de muchos análisis por parte de los fans más acérrimos del personaje.

En cierto modo, se puede decir que la cuarta temporada de The Flash viene a demostrar que la serie puede ser extremadamente dramática si se lo propone, pero sobre todo confirma una madurez que no tenía al principio. Con un héroe atormentado por los errores que comete y el sufrimiento que eso causa, un villano que parece no poder ser derrotado y unos protagonistas que afrontan pérdidas de todo tipo, estos episodios suponen un constante giro dramático hacia un abismo que, no por tener un final previsiblemente feliz, es menos angustioso. Curiosamente, las constantes derrotas del héroe provocan un doble y contradictorio efecto: por un lado permiten una interesante narración desde el punto de vista de la derrota, pero por otro genera cierto desapego en algunos momentos de la historia. En cualquier caso, esta es posiblemente la etapa más oscura y dramática hasta la fecha.

‘Arrow’ cierra ciclo aglutinando conceptos en su sexta temporada


Cuando una serie alcanza una determinada duración se plantea la duda de cómo mantener el interés con un crecimiento constante basado en giros de guión. Es algo que define este formato y que no ocurre en el cine. El caso de Arrow es cuanto menos curioso. El final de la quinta temporada fue, sin lugar a dudas, apoteósico, y dejaba abierto un futuro prometedor. Que esas promesas se hayan cumplido depende en buena medida de las expectativas de cada espectador, pero hay algo que puede considerarse relativamente objetivo: la ficción creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggeheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie The Flash) ya no es la misma.

Y no lo es por muchos motivos, pero fundamentalmente porque en esta sexta temporada se dan cita todos los miedos, todas las inseguridades y todos los conflictos planteados a lo largo de estos años en una suerte de puzzle de difícil solución (a tenor del final más bien imposible). Eso sí, lo hacen con una trama novedosa, diferente a lo visto hasta ahora y sumamente compleja. Posiblemente sea por ello que en varios momentos de estos 23 episodios el ritmo de la historia decae ante la imposibilidad de equilibrar correctamente los dos mundos en los que se mueve el protagonista, y ante la necesidad de poner punto y final a varias tramas secundarias que se han arrastrado durante demasiado tiempo.

Respecto al primer aspecto, es evidente que el principal motor narrativo de esta sexta temporada de Arrow se sustenta sobre la cara pública (y política) del héroe y su actividad nocturna. Una suerte de doble juego en el que el objetivo, en ambos casos, es salvar la ciudad, por la fuerza o por la ley. Sin duda, esta doble cara es idónea para albergar los principales conflictos de la trama, tanto el interior como el exterior. Las dudas del héroe sobre su actividad como Flecha Verde contrastan con la necesidad de enfundarse el traje y combatir a un enemigo que, sin tener grandes superpoderes, posiblemente sea uno de los más temibles de estos años. Un interesante conflicto con varias ramificaciones que luego abordaremos, pero que también deja varias irregularidades dramáticas y de ritmo.

En cuanto al segundo, la necesidad de destinar tiempo y recursos narrativos a diversas historias secundarias que habían quedado “colgadas” de la anterior temporada ha obligado a sus responsables a desviar la atención de lo realmente importante. El caso más evidente es el de la hermana del protagonista, interpretada de nuevo por Willa Holland (Legión). Su relevancia en la trama, si alguna vez fue alta, ha quedado en nada con la evolución de la historia, y su presencia se había convertido casi más en una molestia que en un apoyo dramático para el héroe. De ahí que se haya buscado una salida útil, recuperando para ello viejos amores que, aunque es un capítulo algo débil dentro del conjunto, se integra relativamente bien en el mismo.

División y fuerza

No es el único, claro está, y esa obligación de poner punto y final a varios de estos personajes obligaba a desviar la atención de lo verdaderamente importante, que no es otra cosa que los efectos de la dualidad del protagonista sobre el resto de elementos de la trama. De ahí que los instantes más atractivos e interesantes de esta sexta temporada de Arrow sean, precisamente, en los que los dos mundos en los que vive el arquero esmeralda chocan y se contaminan uno con otro. Independientemente de que todo obedezca a un plan magistral del villano al que da vida Kirk Acevedo (El amanecer del planeta de los simios), lo cierto es que los conflictos generados entre la política y la batalla en las calles son el verdadero motor de estos 23 capítulos, y los que aportan mayor dramatismo al conjunto.

Un dramatismo que, de nuevo, se traduce en dos niveles. Por un lado, el puramente personal y moral, en el que el héroe debe afrontar una decisión que marcará su futuro y, por extensión, el de la serie, al menos durante buena parte de la siguiente temporada. Este aspecto es, posiblemente, el más atractivo desde un punto de vista puramente dramático. Pero por otro, ese conflicto también tiene la lectura externa en forma de división de los héroes, de recelos, miedos y sospechas en un grupo hasta ahora más o menos cohesionado. Siendo este el aspecto más visual y narrativo, no cabe duda de que es el que mejor puede plasmar la batalla interna del héroe y, al mismo tiempo, las derrotas morales que sufre a manos de su enemigo. El equilibrio logrado entre ambos niveles es lo que convierte a esta etapa en un producto diferente a lo visto hasta ahora, y en el punto de partida de una cierta reinterpretación de la serie en un futuro no demasiado lejano.

Relacionado con esto, y no por casualidad, en esta sexta etapa asistimos a una suerte de resumen de todo lo que ha sido la serie. Desde ese primer villano ahora reconvertido en amigo a ese otro amigo reconvertido en villano con cierta conciencia de lealtad, pasando por el regreso a los orígenes del arquero y su lucha en solitario, estos episodios recuperan viejos elementos, antiguos iconos y clásicos conflictos para ofrecer un final cerrado de una etapa, una conclusión más o menos certera del periplo del héroe hasta ese momento. Y tampoco es coincidencia que la serie termine con el protagonista entre rejas, situación muy próxima a la que tenía al comenzar, presuntamente encerrado en una isla desierta. En este sentido, se puede interpretar esta temporada como circular tanto dentro de su propio desarrollo como enmarcada dentro del conjunto.

Dicho todo ello, la sexta temporada de Arrow ofrece muchas lecturas, pero no todas ellas bien expuestas. Sólida desde un punto de vista narrativo, dramáticamente hablando posee demasiados altibajos que no solo hacen que decaiga el ritmo, sino que pueden llevar al espectador a perder atención de lo narrado. Si se logra superar este punto, lo que nos encontramos es una inteligente propuesta a modo de resumen y reinicio de las peripecias del arquero esmeralda, con un desarrollo dramático de personajes tan intenso como angustioso en algunos momentos, y cuyo final supone el adiós de algún que otro personaje secundario de peso a lo largo de estos años. Lo dicho, esta etapa de Flecha Verde dice adiós a una época. ¿Lo que viene será igual de interesante?

‘Ant-Man y la Avispa’: mínimos cuánticos


Entretenimiento enorme, historia microscópica. Esa es la máxima (y la mínima) de esta secuela de un superhéroe que ya en su primera entrega podría haber dado algo más, tuvo una especie de interesante redención en la Guerra Civil superheróica de Marvel y confirma su poco recorrido en solitario en su segunda película.

En efecto, y por mucho que añadan otro insecto en el título, Ant-Man y la Avispa demuestra que este superhéroe no tiene mucho donde escarbar para encontrar un trasfondo dramático sólido. Tal vez sea por el carácter humorístico y el tono burlón de la narrativa, pero lo cierto es que esta continuación se toma menos en serio incluso que el film original. Más allá de chistes y gags recurrentes, el arco argumental carece de lo más básico de una historia: el conflicto. Sí, es cierto que existe un conflicto personal (el arresto domiciliario), uno emocional (el love interest no del todo correspondido) y uno externo (la villana de turno), pero ninguno de ellos llega a resultar real. Da la sensación de estar más bien ante un episodio de transición de alguna de las numerosas series más limpias de superhéroes, en las que el o la protagonista siempre logra su objetivo casi sin despeinarse.

Y sus responsables lo saben. A tenor del resultado, eran conscientes desde el primer momento. La apuesta por el humor y, sobre todo, el ritmo frenético del desarrollo imprime al conjunto un tono jocoso, casi infantil, que intenta hacer olvidar que estamos ante una película carente de fondo. Visualmente poderosa, manejando las escalas de forma magistral y con unas secuencias de acción brillantes en muchos momentos, la cinta logra combinar con acierto humor, adrenalina y ciertos toques dramáticos (lo justo para que no sea una comedia al uso). De ahí que el sabor de boca que deja no sea demasiado amargo y mantenga la línea iniciada por la anterior película.

Ahora bien, si algo define este film es la ya clásica escena post-créditos, que vendría a reafirmar la idea de que el film es en realidad una especie de excusa para presentar a estos personajes de cara al macro evento cinematográfico que continuará lo narrado en Vengadores: Infinity War. El final de Ant-Man y la Avispa deja literalmente sin palabras al espectador, respondiendo a una de las preguntas que muchos fans se habrán hecho en los últimos meses. Así las cosas, esta continuación es… pues eso, una continuación. Dramáticamente aporta poco a los personajes. Eso sí, con pocas películas se podrán pasar un par de horas más divertidas y entretenidas.

Nota: 6/10

‘Vengadores: Infinity War’: infinitamente Marvel


Han pasado 10 años desde aquella primera aventura de Iron Man. 10 años en los que Marvel ha construido, algunas veces con más acierto que otras pero siempre con mimo y cuidado, todo un universo en el que poder desarrollar las aventuras de sus personajes, sus motivaciones, sus debilidades y los conflictos que les definen a lo largo de los años. Y todo eso desemboca aquí, en una macroproducción superheróica en la que nada se deja al azar y todo, absolutamente todo, tiene un objetivo: convertir a este film en el mayor espectáculo de la historia. Que lo haya conseguido o no es cuestión de puntos de vista, pero algo queda claro: se puede conseguir.

Porque en efecto, Vengadores: Infinity war es un espectáculo. Pero también es una historia, un drama capaz de generar desasosiego, de enfrentar a estos personajes capaces de cosas extraordinarias ante un enemigo invencible, ante ese desafío que, como se menciona en la película, les hará fracasar estrepitosamente. Toda historia debe construirse, al menos en teoría, sobre un crecimiento constante de tensión, de acción o de drama. En el cine de superhéroes esto, habitualmente, se traduce en combates que ponen al héroe ante un desafío cada vez mayor que debe superar para, al final, enfrentarse a la gran amenaza. Y aunque esta cinta de los hermanos Russo (Capitán América: El soldado de invierno) responde a esa idea, ese crecimiento dramático está construido sobre desafíos fallidos, sobre una lucha en la que el villano vence constantemente, hasta un final que… que aquí no revelaré, pero que puede generar cierto desasosiego.

Se trata, por tanto, de una producción compleja, de una obra de arte del género que merece ser reconocida como tal. Nada de enfrentamientos cuyo final se conoce de antemano; nada de momentos narrativos que restan ritmo al conjunto. Todo en el film se construye con el único objetivo de ofrecer una historia dinámica, profunda, en la que las motivaciones son lo primero y los efectos (sencillamente espectaculares, dicho sea de paso) lo segundo. Es más, pocas veces podrá verse que uno de los momentos más dramáticos de un film lo protagonice un villano que debe luchar entre lo que persigue y la única persona a la que alguna vez ha querido. Y los hermanos Anthony y Joe imprimen al conjunto un estilo visual brillante, aprovechando al máximo los planos generales de las batallas y las posibilidades de los numerosos superhéroes que aparecen a lo largo del metraje.

Desde luego, Vengadores: Infinity War es la cinta que todo fan lleva esperando 10 años. Pero es más. Es un relato sobre el fracaso, sobre la lucha contra un destino que parece escrito y que es incapaz de ser cambiado. Una lucha frustrante, en definitiva. Y no hay nada más satisfactorio, dramáticamente hablando claro esta, que ver a un héroe caído para volver a levantarse. Y dado que en este caso son decenas de ellos, la sensación agridulce que deja el final del film se multiplica de forma exponencial. Ahora sí, Marvel ha logrado alcanzar un clímax dramático en su cine, un nivel que posiblemente no sea tan adulto como el de su principal competidor, DC Cómics, pero sin duda sí ha sabido profundizar más que en otras ocasiones. Y desde luego, ha dado una lección sobre cómo construir este tipo de relatos tan complejos, cómo introducir a cada uno de los personajes y cómo mostrar la derrota individual de cada uno. ¿Tiene algo malo entonces? Bueno, mucha gente la verá sólo como una más de superhéroes. Y, por supuesto, que hay que esperar un año para el desenlace.

Nota: 9/10

La 3ª T. de ‘Gotham’ consolida a sus villanos para crear a Batman


Hay una ley no escrita que establece que toda buena película debe tener un extraordinario villano. Evidentemente, no todas las grandes historias cuentan con grandes villanos… o con villanos propiamente dichos. Pero desde luego, un gran villano sí eleva de categoría cualquier historia. Y partiendo de esa base, la tercera temporada de Gotham ha optado por hacer avanzar la trama a pasos bastante agigantados para confirmar el giro dramático que está dando la serie y convertirla en una historia de superhéroes más que detectivesca. Para ello se ha apoyado en su cartera de villanos, dotándoles de una mayor entidad y aprovechando eso para desarrollar, a su vez, a un joven Bruce Wayne magníficamente interpretado por David Mazouz (serie Touch).

En efecto, estos 22 episodios de la serie creada por Bruno Heller (serie Roma) ahonda notablemente en la personalidad de todos y cada uno de los villanos que a lo largo de los episodios anteriores han ido apareciendo en la trama, amén de incorporar otros nuevos. Con más o menos acierto según sea el caso, el resultado final es que la complejidad que han adquirido no solo estos antagonistas, sino también su forma de relacionarse con el resto de personajes, hacen que la serie haya dejado de ser una original producción policíaca ambientada en la ciudad que da nombre a la ficción para convertirse en un mosaico criminal de intereses contrapuestos, de motivaciones enriquecidas por el odio, la venganza y el poder. Todo eso convierte a Gotham en esa ciudad del crimen que necesita de un salvador, de un héroe al margen de una limitada ley que no puede hacer frente a todas esas amenazas.

Se puede decir, en este sentido, que Gotham (la serie) empieza a ser realmente Gotham (la ciudad). Más allá de la impecable ambientación, el escenario en el que se desarrollan todas las tramas toma forma y se prepara para recibir al caballero oscuro, que en cierto modo hace acto de presencia en el plano final de esta tercera temporada. Y todo ello, como decimos, es gracias precisamente a que los villanos comienzan a tomar conciencia de sí mismos, a dejar de ser meros secundarios para dar un paso al frente y ser protagonistas de historias que no solo discurren paralelas a la principal, sino que influyen de un modo más o menos notable en la misma. A pesar de los errores, que los tiene principalmente en la construcción de algunas tramas, el resultado final es el de una composición de intereses, antagonistas, violencia y caos que resulta de lo más sugerente. Y ante esa amenaza, apenas dos nombres.

El arco argumental del detective Gordon, interpretado de nuevo por Ben McKenzie (El marido de mi hermana), ha ido perdiendo interés en favor no solo de los villanos, sino del propio Mazouz y su viaje para encontrar a Batman. A pesar de seguir llevando sobre sus hombros el principal peso de la historia, su personaje en esta etapa realiza un recorrido cuanto menos cuestionable, que le hace ser detective privado, policía, infiltrado en una organización secreta, superar una droga que nadie más es capaz de controlar y salvar una ciudad. El hecho de que su trayectoria de redención no le convierta en el principal atractivo de la serie debería ser argumento suficiente para comprender que no está funcionando, que se está convirtiendo en un secundario, en un nexo de unión entre otras historias más interesantes. Si a esto añadimos el espléndido crecimiento del personaje de Bruce Wayne, con un prometedor futuro por delante como auténtico protagonista, lo que tenemos es un cambio de foco dramático sabiamente elaborado y disimulado con un contexto cada vez mejor.

Porque sí, porque hay que hacerlo

Todo ello no impide, sin embargo, que esta tercera temporada de Gotham no presente algunos puntos débiles. Y como es lógico, si son los villanos los que más crecen en esta serie, también son ellos los que registran algunas de las mayores flaquezas. Los problemas de estos últimos episodios podrían resumirse en un Deus ex machina constante a lo largo de la trama, si bien en esta ocasión ni hay un dios ni hay una máquina. Es más bien, el poder puntual de la ciencia. Eso y las conspiraciones que se desarrollan a lo largo del arco argumental. Pero vayamos por partes. Los aspectos más “mundanos” de la serie, aunque estructurados correctamente (lo que da facilidades para el desarrollo de personajes), han necesitado en no pocas ocasiones de giros argumentales cuanto menos cuestionables. No por su falta de coherencia; no por ser algo inconexo con el resto de la historia. Más bien, porque se han forzado situaciones que para crear conflictos que de otro modo habrían sido difíciles de explicar.

Desde el hecho de que el personaje de McKenzie sea capaz de vencer una droga que ningún otro personaje es capaz de controlar, hasta el camino oscuro que emprende el joven Bruce Wayne, las tramas han tenido un recorrido algo accidentado. Cabe pensar que en algunos casos, como el de esa especie de conspiración para acabar con la ciudad y utilizar el rol de Mazouz como arma, las incógnitas se resolverán poco a poco en los siguientes episodios de la cuarta temporada. Pero otros casos son más llamativos. La incorporación de nuevos secundarios cuya única función es la de ser detonante de un elemento desequilibrante en la historia es alarmante, lo que genera un doble problema. Por un lado, la proliferación de personajes relativamente insustanciales complica la posibilidad de estar atentos a todas las ramificaciones que posteriormente se desarrollan. Y por otro, su presencia resta tiempo y espacio al desarrollo de otras tramas, lo que obliga a condensar motivaciones, decisiones y acciones en un periodo más corto, derivando en esa sensación de que en los arcos argumentales hay momentos en los que todo ocurre casi “porque sí”.

Aunque no cabe duda de que uno de los casos más sonados es el de Ivy Pepper, que ya va camino de convertirse en Poison Ivy. Y en esta ocasión sí que es la ciencia la que tiene mucho que ver con esa idea de que todo ocurre “porque tiene que ser así”. Ya sea por cuestiones narrativas, ya sea por cuestiones dramáticas, el cambio de actriz, crecimiento del personaje incluido, genera más dudas que certezas. Partiendo de la base de que se produce casi por un accidente científico, queda plantearse porqué logra los poderes y conocimientos sobre plantas que logra, amén de los motivos para ese crecimiento en cuestión de segundos del personaje, que ahora está interpretado por Maggie Geha (¿Cómo se escribe amor?). En efecto, y según lo visto en esta tercera temporada, parece que hay dos motivos para esta evolución. Por un lado, dramático: el personaje no se estaba desarrollando adecuadamente y era necesario explicar sus poderes. Por otro, narrativo: es necesario sumar a un villano de esta categoría al plantel de adultos de la trama y darle un mayor protagonismo del que tenía hasta ahora.

El problema es el modo en que se ha hecho. Y eso se puede aplicar a muchos aspectos de la tercera temporada de Gotham. Es cierto que son aspectos secundarios, al menos respecto al desarrollo principal y al modo en que ha terminado esta etapa, pero sí desvelan algo arriesgado: el uso de recursos poco o nada narrativos que no tienen justificación alguna en el resto de las tramas. A priori no debería de ser motivo de alarma teniendo en cuenta la sólida construcción de los principales personajes, sean héroes o villanos, pero el hecho de que el rol de McKenzie haya perdido parte de su interés y que se estén introduciendo más y más villanos invita a pensar que esos detalles secundarios podrían adquirir la categoría de relevantes. Por suerte Batman también está empezando a hacer acto de presencia, y si eso se trabaja como hasta ahora, es garantía de éxito.

 

‘Liga de la Justicia’: en busca de la unidad


Puede que la estrategia de Warner Bros.DC Cómics con las adaptaciones de los superhéroes a la gran pantalla no sea clara, pero si algo puede asegurarse casi con rotundidad es que Zack Snyder (Watchmen) ha conseguido unirlos a los principales personajes en una obra fresca, entretenida, dinámica y narrativamente sólida, al menos lo suficiente como para no derivar en un producto extenso y carente de ritmo.

Y el reto no era precisamente sencillo, teniendo en cuenta que a diferencia de Marvel, tan solo tienen película propia algunos de los protagonistas. Sin embargo, el desarrollo dramático de Liga de la Justicia, lejos de apostar por una consecución de diálogos innecesarios o secuencias de acción apabullantes sin demasiada narrativa, opta por presentar a los protagonistas en su ambiente, con una sencilla acción o algún diálogo enfocado a desarrollar la trama. A esto se suma la presentación del conflicto, con un villano al que son incapaces de derrotar de forma individual, sentando a su vez las bases de todo el desarrollo posterior y de las decisiones tomadas que se convierten, por extensión, en interesantes puntos de giro. Por supuesto, esto no quiere decir que estemos hablando de una película que pueda ser considerada sobresaliente. Existen varios puntos débiles en su guión, entre ellos las motivaciones de algunos personajes, que quedan definidas de forma algo esquemática, o la falta de profundidad en las relaciones entre los personajes, que debilitan a su vez algunas partes del desarrollo.

Con todo, esto puede que no debiera ser considerado como una debilidad. Porque la realidad es que esta cinta no pretende erigirse como un referente. Al contrario, parece planteada como un entretenimiento. Muy bueno, pero entretenimiento al fin y al cabo. Y en esto Snyder es un maestro. Alejado del abuso que ha hecho en los últimos films de sus más característicos recursos (cambios de ritmo, cámaras lentas, etc.), el director apuesta por un aspecto formal más sobrio, en el que deja su personal huella pero que permite respirar al espectador. A pesar de las carencias del apartado de efectos digitales, lo cierto es que la labor tras las cámaras ofrece, por ejemplo, un final digno de un film de estas características, amén de varios momentos dramáticos brillantes en los que se aprovechan todos los elementos, desde los efectos hasta la fotografía o el sonido.

Desde luego, Liga de la Justicia no es una obra cúlmen del género superheróico, pero cumple su objetivo. Es más, lo hace brillantemente. Snyder logra quitarse ciertas obsesiones para narrar una historia sólida, fresca y dinámica en la que el humor hace de puente entre la acción y el drama. Su reparto, aunque irregular en sus interpretaciones (Gal Gadot vuelve a ser la mejor con mucha diferencia), desprende una comodidad pocas veces vista, lo que ayuda a que la historia adquiera un ritmo propio en las diferentes historias secundarias que se dan cita en esta aventura. No es perfecta, pero sí sienta las bases, en la línea que ya lo hizo Wonder Woman, para el futuro de las adaptaciones de esta casa.

Nota: 7/10

El cambio generacional llega a ‘The Big Bang Theory’ en su 10ª T.


No estoy particularmente en contra de una serie longeva. Cada producción debe tener las temporadas necesarias, sin alargar el chicle del éxito de forma innecesaria ni tampoco recortar en el desarrollo dramático de las historias para reducir su duración. Dicho esto, creo que The Big Bang Theory está empezando a sufrir el mal de las sitcoms que duran más de lo que deberían, o al menos cuyas tramas muestran signos de cansancio. Porque si su novena temporada ya inició el camino a la madurez de sus protagonistas, en esta décima etapa de 24 episodios se puede decir que estamos metidos de lleno en esa presunta vida adulta de estos jóvenes. Y esto tiene visos de alargarse.

Este cambio narrativo, al menos en lo que a su fondo se refiere, no debería ser algo negativo en la serie creada por Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (Los líos de Caroline). De hecho, y desde una cierta perspectiva, resulta interesante comprobar cómo los amigos protagonistas afrontan los problemas de una vida en pareja y de una madurez a la que no estaban acostumbrados hasta ahora, teniendo como momento culmen el final de esta temporada, que aquellos que hayan comenzado a ver la undécima ya sabrán cómo se resuelve. Esta apuesta por hacer avanzar la serie, sin lugar a dudas, es positivo por dos motivos evidentes. Por un lado, porque se aleja de la estructura clásica de este tipo de producciones en la que los protagonistas apenas evolucionan y los cambios se producen más por elementos externos. Y por otro, porque se abren nuevas posibilidades dramáticas y se amplía el abanico argumental.

Sin ir más lejos, en esta temporada se ha incidido más en la relación del grupo con varios personajes secundarios y episódicos, se han explorado tramas secundarias que se habían dejado un poco de lado por necesidades de guión, e incluso se han potenciado algunos aspectos de la personalidad de roles como el de Kunal Nayyar (Dr. Cabbie) que se habían quedado en un segundo plano. Todo ello es gracias a la nueva situación que viven los protagonistas. Los cambios de estatus en la trama principal afectan directamente a las líneas argumentales secundarias, que a su vez se renuevan para amoldarse y reaccionar ante las novedades en la principal. Se aprecia de este modo un tratamiento orgánico de la trama, algo que siempre es de agradecer porque fortalece el universo friki y cómico creado en The Big Bang Theory.

Pero esta evolución tiene dos caras, y es que los personajes están dejando, poco a poco, de ser aquellos que enamoraron a los espectadores al comienzo de la serie. Sí, resulta muy interesante ver a Leonard, a Sheldon, a Penny, a Howard y a Raj afrontar el matrimonio, la convivencia en pareja, el respeto por los gustos del otro, la paternidad, etc. Y precisamente la lucha entre sus diferentes formas de ser, sus pasados y sus futuros es lo que genera algunas de las situaciones más hilarantes y divertidas de la temporada. Pero como esta situación no puede sostenerse, poco a poco ese aspecto friki, que siempre seguirá existiendo, dejará paso, como de hecho ya hace en esta etapa, a una cierta responsabilidad. Y eso es lo que puede terminar por afectar al conjunto de la serie.

Sin problemas internos

Es más, en esta décima temporada de The Big Bang Theory ya se han ido perdiendo buena parte de los elementos que han definido a la serie durante estos años. Para empezar, han desaparecido casi por completo los problemas internos en el grupo. Tanto es así que lo único que parece generar algo de conflicto es el propio Sheldon Cooper (de nuevo con Jim Parsons –Figuras ocultas– en estado de gracia), cuya actitud con su novia es el catalizador de algunos de los momentos más dramáticos de estos episodios. Pero salvo esto, el resto de personajes parecen haber encontrado una estabilidad única, capaz de suprimir los problemas de pareja y de convertirles en un cúmulo de tolerancias hacia las excentricidades del otro. Y aunque es lógico, pues no van a estar peleando toda la vida, también resta dinamismo a buena parte del ritmo de la serie.

En este sentido, la ficción ha perdido fuerza de forma evidente. Se ha tratado de sustituir con agentes externos que incidan en la dinámica del grupo y haga aflorar cierta rivalidad entre ellos, cierto dinamismo que devuelva esa irritabilidad a Sheldon, esa inseguridad a Leonard. Y gracias a eso se ha logrado, pero de forma intermitente. No me malinterpreten. La serie sigue siendo una de las más divertidas de la televisión actual, con algunos gags hilarantes y con constantes referencias a la ciencia, los cómics y los videojuegos que harán las delicias de los espectadores más frikis. Pero mientras que antes existía una cierta satisfacción tras la carcajada en el sofá y la risa enlatada de las escenas, ahora esa carcajada parece esconder cierto anhelo por una dinámica dramática que se está perdiendo, y que dado que la serie está avanzando como está avanzando, parece que no va a ser posible recuperar.

Así las cosas, es necesario comprender que la serie empieza a ser algo diferente. En algunos casos incluso nuevo. Y tiene que ser entendido tanto por guionistas como por espectadores. Los primeros para poder sacar el máximo partido a las nuevas situaciones que viven los protagonistas partiendo de la base de que la dinámica detrás del éxito de las aventuras y desventuras de estos amigos se halla en las diferencias de carácter y en cómo afrontan la convivencia juntos. Y los segundos porque solo entendiendo estos cambios podrán disfrutar al máximo de esta producción como han hecho hasta ahora. La clave, de nuevo, está en el guión y en el tratamiento de los personajes, que a pesar de madurar y evolucionar deben seguir siendo capaces de mostrar sus diferencias como hasta ahora, y no perderse en la rutina de la madurez.

De ahí que esta décima temporada de The Big Bang Theory sea la mejor prueba de los riesgos que corre una serie cuando se ve obligada a evolucionar sin entender bien las bases de sus dinámicas dramáticas y cómicas. Es la mejor prueba porque, por suerte, la ficción ha perdido solo parte de su esencia, manteniendo intacta buena parte de su comicidad y de los aspectos que más la definen, entre ellos unos protagonistas que ya son parte de la historia de la televisión. El peligro está en el futuro y en el tiempo que se quiera estirar el éxito, pues de ello depende que el espectador mantenga en su cabeza la fantasía de unos personajes o los vea madurar y decaer en la pequeña pantalla. Por lo pronto, la evolución cada vez es más evidente, y aunque se está haciendo de forma orgánica a lo largo de varias temporadas, ya nunca volveremos a ver a ese grupo que comenzó hace tantos años. El cambio generacional de los personajes ha llegado.

‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

La 4ª T. de ‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ divide… ¿pero vence?


Es relativamente habitual que en los cómics de superhéroes una trama dure varios números. Un arco argumental que permite a la historia llevar al héroe de turno por un camino, presentando de paso un nuevo villano (o nuevos aspectos de uno conocido) y generando todo un terremoto en lo narrado anteriormente. Y aunque es algo positivo en las viñetas, encadenar estos arcos en una única temporada de televisión puede ser contraproducente. Ese trasfondo subyace en la cuarta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., cuyo argumento (o argumentos) lleva a los protagonistas a vivir muchas, tal vez demasiadas aventuras. En manos del espectador queda que eso sea algo bueno o malo, pero lo que está claro es lo que aporta y lo que resta.

Entre lo primero cabe destacar el modo en que esta serie creada por Maurissa Tancharoen, Jed Whedon y José Whedon, guionista y creadores de la serie Dollhouse, amplía el universo de Marvel tanto en la pequeña pantalla como en la grande. Si bien es cierto que la conexión entre largometrajes y capítulos es prácticamente nula en esta temporada, a lo largo de los 22 episodios se introducen nuevos personajes conocidos por los seguidores de la Casa de las Ideas, el más destacado El Motorista Fantasma, interpretado por Gabriel Luna (Transpecos) y cuya presencia en la trama termina por resultar clave. El hecho de que los héroes ya sean conocidos permite dedicar tiempo a explorar el trasfondo dramático tanto de este rol como de los villanos de turno, profundizando en cierto modo en una base narrativa que traspasa el mero espectáculo visual que, en efecto, ofrece.

Esta cuarta etapa de Agentes de S.H.I.E.L.D. ahonda además en las relaciones entre los protagonistas, planteando nuevos conflictos tanto internos como externos, tanto románticos como morales, que permiten al espectador conocer un poco mejor a sus héroes. La evolución de la trama, con ese arco argumental en un mundo alternativo, plantea la posibilidad de percibir a los héroes desde un prisma diferente, más oscuro si se prefiere, y cuyas consecuencias, vistas levemente al final de esta temporada, deberían tener más peso en los próximos episodios. El modo en que cada personaje afronta la realidad que cree vivir en ese mundo artificial ayuda a crear una brecha en un grupo que parecía demasiado unido, demasiado homogéneo, devolviendo algo de conflicto que, aunque termina resolviéndose de forma un tanto apresurada, debería dejar un rastro en la personalidad de cada rol.

La serie ha permitido también depurar la presencia de algunos secundarios que, aunque interesantes, aportaban poco o nada al conjunto. En este sentido, la serie termina con el núcleo duro de estos espías unido de nuevo, a diferencia del inicio de los capítulos y con un nuevo reto por delante que, esperemos, tenga un desarrollo algo más amplio que el de esta temporada. Porque sí, la presencia de dos grandes arcos argumentales (algo que, en mayor o menor medida, ya ocurrió en la tercera temporada) ha ayudado a la trama a profundizar en algunos personajes, en incorporar a otros nuevos y en dotar al conjunto, en general, de una mayor espectacularidad. Pero en el lado opuesto de la balanza hay aspectos que lastran al conjunto, y muchos tienen que ver precisamente con lo bueno que ofrece la temporada. Dicho de otro modo, son las dos caras de una misma moneda.

Menos tiempo, más prisas

Posiblemente lo más complejo de esta etapa de Agentes de S.H.I.E.L.D. radica precisamente en los dos arcos argumentales que presenta. Si bien es cierto que tienen un nexo de unión, éste parece recordarse y olvidarse según convengan, utilizándolo para plantear los conflictos y recuperándolo únicamente para un giro narrativo final que, literalmente, puede interpretarse como un ‘Deus ex machina’. Y esto no es casual. De hecho, es una consecuencia directa del poco tiempo narrativo que tienen sus creadores para utilizar los recursos a su alcance. El hecho de tener que plantear dos comienzos, dos nudos y dos desenlaces en poco más de 20 episodios obliga a economizar el espacio dramático, aportando por lo más evidente y dejando los elementos secundarios en un cajón hasta que sean necesarios. Es un poco lo que ocurre con algunas de las líneas dramáticas de los protagonistas que antes mencionaba: sí, es cierto que aportan mayor profundidad al conjunto, pero solo de forma temporal. Su resolución es tan rápida que apenas parece provocar mella en la personalidad de los héroes.

El gran problema, al menos narrativamente hablando, es que la temporada no da pie a poder ahondar demasiado en algunos personajes secundarios y en su modo de influir en la trama principal, ya sea en la primera o en la segunda. Esta cuarta etapa plantea así varios conflictos emocionales y varias relaciones amorosas que parecen quedarse simplemente en eso, en planteamientos que, si es necesario, se retomarán en el futuro. Y la palabra clave es “necesario”, porque la realidad es que, de mantenerse esta idea de dos arcos argumentales por temporada, lo cierto es que no quedará demasiado tiempo (entre nuevos villanos, nuevos peligros y nuevas aventuras) para retomar determinados asuntos donde se quedaron.

Tal vez haya sido una estrategia necesaria para recuperar de un modo más o menos coherente al grupo inicial de estos agentes, sobre todo tal y como terminó la anterior temporada. Y de hecho, a tenor del final, lo consiguen. Pero el problema sigue siendo el tiempo. El tiempo y las prisas por resolver ciertos conflictos, ciertos dramas secundarios que, siendo sinceros, consolidan la imagen general del desarrollo dramático del conjunto. El hecho de que algunas relaciones personales entre los protagonistas, con todo lo que arrastran detrás temporada tras temporada, planteen conflictos y los resuelvan en un puñado de episodios puede ser positivo para la dinámica de la narrativa, pero no encaja todo lo bien que debería con lo contado hasta ahora. Y ese es un problema (o una seña de identidad, según se mire) de la serie, que parece estar cada vez más introducida en una carrera hacia adelante que le beneficia cada vez menos, al menos en lo que a calidad dramática se refiere.

Porque sí, en espectacularidad hay pocas series que compitan ahora mismo con Agentes de S.H.I.E.L.D. Más allá de las secuencias de acción y de los efectos especiales, la serie ha logrado un nivel de complejidad conceptual y narrativa casi únicas. El problema es que lo ha hecho dejando por el camino demasiados cadáveres, y no me refiero a los villanos derrotados. Su apuesta por una narrativa directa, basada en la idea de que todo, absolutamente todo, está al servicio de la trama principal del momento y del villano de turno, está obligando a eliminar el peso de algunas historias secundarias. Ya sea el enemigo o algún aliado temporal, los nuevos personajes cada vez son definidos de un modo más esquemático, lo necesario para que tengan cierta consistencia. Retomar una única trama por temporada ayudaría a profundizar en estas ideas y dotarían de mayor peso a la serie, aunque habrá que esperar a ver cuál es la apuesta de la quinta temporada.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: