‘Supergirl’, feminismo y diversidad en su quinta temporada


Es muy interesante analizar la evolución que ha tenido la serie Supergirl desde que hace cinco años se emitiera su primer episodio. Cinco temporadas en constante cambio de la mano de Ali Adler (serie The new normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg, estos últimos autores del resto de adaptaciones modernas de superhéroes DC para televisión. La última etapa, marcada por el coronavirus, como es lógico, da un paso más en esa evolución hacia un producto concienciado con los derechos de las mujeres y el colectivo LGTBI+. Un paso que transforma la serie prácticamente en un producto donde las mujeres lo son absolutamente todo, relegando a los hombres a villanos o a meros acompañantes de la acción.

Y personalmente, no me parece una mala apuesta. Arriesgada en el mundo en el que vivimos, es cierto, pero idónea para normalizar algunos aspectos de la sociedad que no están, ni de lejos, integrados plenamente. Sin ir más lejos, de ser así estos 19 episodios no incidirían tanto en algunos problemas a los que se enfrentan estos colectivos diariamente, en el caso de la serie con la pátina de los superpoderes, claro está. Bajo este punto de vista, la serie ofrece una combinación única e interesante de conflicto dramático y social, y efectos digitales que, en algunos casos, permiten demasiado ver el cartón piedra que hay debajo. El problema de la serie es otro, y es algo que viene arrastrando desde hace ya algunas temporadas. Los acontecimientos ocurridos en el crossover habitual de cada temporada, que perfectamente podrían haber permitido reorganizar algunos conceptos narrativos, solo ha servido como elipsis en la trama para darle un nuevo impulso al villano por antonomasia de los kryptonianos, Lex Luthor (interpretado con bastante solvencia por Jon Cryer -serie Dos hombres y medio-).

Dicho de otro modo, la serie sigue sin encontrar un camino propio para progresar en busca de un objetivo. Sí, los personajes, cada uno en su medida, ponen rostro a valores morales y éticos, pero ninguno de ellos termina de encajar correctamente. El arco dramático de cada trama se antoja un poco arbitrario, sin que se nutran unos de otros salvo, tal vez, para ahondar en las diferencias entre la heroína y su mejor amiga, a la vez también su enemiga. Y sí, es un recurso tan válido como cualquier otro, pero el problema es que apenas sí existen consecuencias para todo lo que ocurre en cada episodio. A pesar de las enemistades, de los distanciamientos entre personajes, e incluso los peligros que corren sus vidas, los protagonistas siguen mostrándose igual, sin que se modifique ostensiblemente su personalidad y, por lo tanto, sin que evolucionen. Soy consciente de que estamos hablando de Supergirl, una serie de superhéroes y todo lo que eso conlleva, pero no dar pasos hacia adelante y mantenerse siempre en el mismo punto, sobre el que da vueltas una y otra y otra vez, está llevando a la serie por un sendero peligroso.

Y luego nos encontramos con el modo en que está transformándose la trama, o mejor dicho el tratamiento de la misma. De sus primeros pasos a lo que tenemos ahora ha cambiado radicalmente en su aspecto, no así en el modo de desarrollar las historias. De mujer de acero que salva el mundo con falda, ha pasado a llevar los mismos pantalones que su primo. Y de ser una serie en la que hombres y mujeres comparten cartel, la serie ha pasado a ser una producción eminentemente femenina. Los personajes masculinos, al menos los protagonistas, han ido saliendo de la historia de forma progresiva, algunos sustituidos por otros personajes masculinos pero la mayoría por sus alter ego femeninos. De seguir esta evolución, parece que el siguiente nombre de la lista es el de David Harewood (Agente contrainteligente), marciano que ya tiene una compañera -y posible sustituta- marciana. Como decía, no es una mala apuesta, aunque sí arriesgada. Pero apostar por una producción que ponga de relieve problemas sociales y de integración no va a mejorar las debilidades innatas que tiene la trama.

Poca oscuridad

Supergirl le ocurre algo similar a The Flash, y es que sus personajes apenas tienen diferentes caras dramáticas. Esto provoca que las tramas sean excesivamente lineales, sin conflictos ni retos dramáticos a los que se tengan que enfrentar los héroes. Es cierto que la chica de acero, al igual que Superman, viene a representar los valores más nobles de la Humanidad, pero el hecho de no mostrar demasiados sentimientos humanos negativos (tan solo hacia el final de la temporada parece plantearse algo similar) hace que el rol se distancie cada vez más del espectador. Y no basta únicamente con secuencias de acción bien resueltas o un cierto toque cómico a muchos diálogos. La serie reclama algo más profundo, tal vez no demasiado, pero sí al menos que permita introducir nuevos conceptos dramáticos.

Pero incluso pasando por alto la definición algo arquetípica del personaje al que da vida Melissa Benoist (Día de patriotas), su modelo de personaje no encuentra contrapeso en el resto de protagonistas y de secundarios. Todos los personajes, salvo contadas excepciones, o son héroes o son villanos. O son buenos hasta el límite, o son malos hasta la médula. Esto impide, por definición, lograr una narrativa que enganche al espectador, o al menos que pueda sorprenderle más allá de que el antagonista gane en algunas ocasiones y el grupo de héroes haga lo propio en muchas otras. Esta ausencia de conflicto trata de suplirse con esos conflictos sociales, familiares y personales que protagonizan los secundarios, pero que nunca adquieren el peso que deberían, por lo que al final el interés por la trama va disminuyendo. Es cierto que los protagonistas se enfrentan a retos externos enormes (dioses, otros alienígenas, mentes criminales,…), pero eso no viene acompañado de un conflicto interno. Es más, las pocas ocasiones en las que algo similar se plantea, se soluciona de un modo excesivamente rápido.

Esta quinta temporada, en líneas generales, ahonda en los problemas que la serie viene arrastrando. Con cada capítulo parece ponerse una piedra más en ese camino que no termina de encajar, y en el que lo único positivo que se puede sacar es la presencia de más y más mujeres que representan, cada una en su estilo, la diversidad social que existe hoy en día. Es, sin duda, el mayor valor de una producción que, en lo que a drama y desarrollo argumental se refiere, ha perdido un poco el norte. Lo cierto es que ese abrupto final por la pandemia abre la puerta, como ha ocurrido en otras series, a plantear una siguiente temporada que comience por todo lo alto y que permita, esta vez sí, enderezar algunos de los puntos débiles de la serie. Habrá que ver si eso es posible. Por lo pronto, todo apunta a que terminará creándose una especie de grupo de mujeres -escoltado por unos cuantos hombres- que lucharán contra el mal. Y con esta premisa, las posibilidades son infinitas si se hace correctamente y se plantea con los suficientes conflictos internos que se sumen, y aporten profundidad, a los ya de por sí espectaculares retos externos.

Pero hasta que eso llegue, lo que nos encontramos es que Supergirl se confirma como la producción superheroica con mayor diversidad y más femenina de la televisión. Y la verdad, tal y como suelen plantearse este tipo de ficciones, es un soplo de aire fresco. El problema es que eso no se acompaña con tramas sólidas ni personajes interesantes. Todos los roles son arquetípicos, con fortalezas y debilidades simples y directas, sin que ninguno de ellos presente más de una cara en lo que a personalidad se refiere. Y si lo hace, es algo temporal y como recurso narrativo por necesidades del guión. No existe, por tanto, una evolución de los personajes, entre los que los secundarios, dicho sea de paso, tienen un peso en la narrativa cuanto menos cuestionable, apareciendo y desapareciendo según convenga.

‘The Flash’ pierde ligeramente el rumbo en su sexta temporada


Una vez terminada la serie Arrow, quedan sus “retoños”, que deberían de haberse visto más afectados por las consecuencias de ese final de lo que realmente ha terminado siendo. Eso, unido a las consecuencias que provoca la pandemia de coronavirus y una apuesta por blanquear a los personajes, ha dado como resultado temporadas muy irregulares. Y por mucho que corra, The Flash no se libra de este efecto en su sexta temporada. El cúmulo de circunstancias ajenas a la ficción es evidente, pero como en todo, hay una parte de desgracia externa y otra de responsabilidad interna. Y esta última debería ser la que más preocupara a Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (ambos creadores de la serie del arquero esmeralda) y Geoff Johns, autor de la serie Titans.

Aun reconociendo los problemas sobrevenidas de la serie, tanto la pandemia como el embarazo de una de sus protagonistas (lo que ha obligado a reducir la presencia del personaje en pantalla y a calcular muy bien cómo narrar sus apariciones), esta tanda de 19 episodios (reducida por la COVID-19) tiene sus propios problemas a resolver. Problemas no solo dramáticos, sino narrativos e, incluso argumentales. Para empezar, el modo en que la trama utiliza los acontecimientos del crossover, más determinantes que nunca, resulta cuanto menos irrisorio, por no decir ridículo. En realidad, no afecta prácticamente nada a pesar del impacto que tiene en la vida de los protagonistas. Su mundo sigue igual antes que después. Emocionalmente hablando, sus personajes pasan un duelo y un dolor en cuestión de minutos. Y desde un punto de vista argumental, lejos de dirigir la serie en una dirección fresca y novedosa, se ha pasado por encima como lo que es, una isla en medio de todas las series que conforman este universo televisivo de DC, conocido como el Arrowverse.

Da la sensación de que el desarrollo de The Flash en esta sexta temporada estaba ya planificado con o sin esos episodios que narran una aventura entre las diferentes series, lo cual demostraría que estas ficciones están pensadas sobre un concepto concreto e inamovible da igual los acontecimientos que en ella ocurran. Y en el caso del velocista escarlata, ese concepto es la familia, el equipo y el sacrificio por aquellos que nos importan. Lo llamativo es que todo eso podría haberse mantenido exactamente igual pero introduciendo al personaje en un mundo más oscuro a raíz de los acontecimientos, pero en lugar de eso se opta por un desarrollo más blanco, con conflictos morales y retos externos a superar, eso sí, sin la preciada velocidad, o al menos no toda la que tiene. Más allá de todo lo dicho anteriormente, este conflicto es posiblemente el más interesante de toda la serie desde que comenzará allá por 2015. Un héroe que debe enfrentarse a su sacrificio, su lucha y su deber sin las armas que le pueden permitir ganar. Sin duda, es un leit motiv extraordinario.

Ahora bien, ¿cómo se desarrolla esa idea? Desde un punto de vista narrativo, la temporada presenta muchos altibajos. Existen demasiados villanos de peso en una sola temporada. Mientras que en etapas anteriores siempre ha habido un gran antagonista y “malos” menores con los que lidiar episodio a episodio (más o menos como en un videojuego en el que ir superando pruebas), aquí se presentan enemigos con mucha carga dramática, muy elaborados como para durar un puñado de episodios. Desconozco si la razón ha venido motivada por el coronavirus, aunque por el diseño argumental no lo parece, pero en cualquier caso nos encontramos ante un problema muy propio de algunas producciones. Básicamente, tener menos capítulos para cada antagonista implica menos desarrollo, motivaciones más toscas, planes menos elaborados. Esto, a su vez, genera un doble efecto, pues mientras que el espectador identifica al villano como el principal rival a derrotar, su poco desarrollo hace que se quede en solo un intento. Tal vez con una temporada completa, este cambio de “malos” no habría tenido tanta repercusión, pero la pandemia ha provocado que la segunda parte de la trama se quede a medias para tratar de cerrar la historia. Con un solo villano habría ocurrido lo mismo, pero el bagaje dramático de toda una temporada habría paliado un poco la frustración, amén de haber permitido que el cierre de temporada fuera más completo.

Espejito, espejito

Con todo, esta sexta temporada de The Flash deja algunas ideas interesantes que la falta de tiempo obliga a desarrollar en la siguiente etapa. Para empezar, ese universo al más puro estilo ‘Alicia a través del espejo’, en el que los personajes allí encerrados empiezan a sufrir las consecuencias de un confinamiento en un reflejo de la realidad. No es la primera vez que la serie se adentra en universos paralelos o planos de la existencia diferentes, pero sí es la primera, o al menos de las pocas ocasiones en que ese universo se nos muestra y, sobre todo, se puede desarrollar dramáticamente hablando, aunque sea dentro de los parámetros de una serie tan blanca y aparentemente inofensiva como esta. Extraño sería que esta línea argumental derivase en algo más oscuro de lo que suele ser en esta producción superheroica.

Y si esto es, por decirlo de algún modo, el reto externo al que se enfrenta el héroe, en el otro extremo de la ecuación nos encontramos con los desafíos internos en forma de pérdida de poderes. Es cierto que en esta etapa, más concretamente en el tramo final, esta variable argumental ha servido únicamente para aportar algo de dramatismo, pero no ha sido un condicionante realmente contundente para el desarrollo argumental. Dicho de otro modo, aunque el personaje interpretado por Grant Gustin (Krystal) no cuenta con su poder al máximo nivel, sigue siendo capaz de derrotar a los villanos de segundo nivel. Lo cierto es que esa indefinición dramática no le hace ningún bien a la serie, aunque al menos sí introduce un nuevo reto a superar en la próxima temporada, lo que unido a la villana y a ese universo tras el espejo podría generar, si se elabora en profundidad, una interesante trama en el comienzo de los próximos episodios.

El otro gran problema de la serie, consecuencia de esa falta de objetivo claro en su tratamiento, son los secundarios. Ya sean nuevos o veteranos, todos ellos tienen una definición más bien débil, algunos quedando completamente deslavazados y relegados a meros apoyos argumentales y narrativos sin una historia propia. Lejos quedan aquellas tramas secundarias que, además de definir mejor a estos roles, aportaban algo de frescura y humor a la trama. En la temporada que nos ocupa, todo eso ha sido sustituido por tratar de abordar la relación entre dos de esos secundarios (sin demasiado éxito) y por intentar desarrollar, aunque mínimamente, algunos aspectos de otros personajes que, aunque llamados a tener algo más de peso en la trama, se han ido descolgando de la historia hasta convertirse casi en meros testigos. Da la impresión de que, con tanto personaje de calado o con superpoderes, los creadores no han tenido claro qué dirección tomar, optando por la más sencilla pero a la vez la más dañina para la ficción, y que no es otra que dejar morir en el olvido a estos personajes. Eso, o que los actores han optado por ir apareciendo cada vez menos en la producción.

Sea como fuere, la sexta temporada de The Flash se convierte en una de las más pobres desde un punto de vista narrativo, argumental y dramático. La pandemia mundial ha tenido parte de responsabilidad, sin duda, pero el peso de la culpa recae en un tratamiento con pocas ideas, en unos personajes que se han perdido poco a poco en la historia, centrada ahora en los problemas del héroe. Es cierto que esta adaptación de cómic no ha sido nunca de una profundidad emocional y dramática excesiva, pero siempre ha mantenido una dinámica, un equilibrio entre humor, drama y acción que ahora se ha roto. Y es importante que se restituya, con los secundarios actuales o con otros nuevos, pero desde luego el velocista no es capaz de cargar sobre sus hombros todo el peso de la serie. Como si de un episodio se tratara, estos episodios han demostrado que la fuerza está en el apoyo de los amigos, en los secundarios. Y en un rumbo claro, porque correr hacia adelante sin un objetivo no sirve de nada.

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ se enmienda a sí misma en su 6ª T.


Siempre he considerado que eso de traer personajes de entre los muertos, por muy original que sea la causa, es algo que debilita cualquier historia. Primero porque parece un recurso pobre de los guionistas, y segundo porque resta dramatismo y elimina el desarrollo de los acontecimientos que llevaron a este momento. Y con la sexta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no voy a cambiar dicha opinión. De hecho, reafirma con bastante contundencia ambos extremos por mucha originalidad que le impriman al conjunto sus creadores, los hermanos Joss Whedon (Los Vengadores) y Jed Whedon (serie Dollhouse) y Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse).

Porque, en efecto, estos 13 episodios vienen a demostrar que aunque la originalidad campe a sus anchas y que la historia no solo encaje a la perfección en lo visto hasta ahora, sino que la desarrolle hacia un nuevo terreno, recuperar a personajes ya fallecidos no termina de funcionar del todo bien. No solo eso, sino que debilita notablemente el conjunto. Tras el final de la quinta temporada, que como dijimos en este mismo espacio cerraba un ciclo, se abría un camino con fecha de caducidad que podría haber permitido no solo incorporar nuevos personajes, sino ahondar en los protagonistas a través de su duelo, su forma de afrontar una ausencia y una pérdida de semejante magnitud. Y aunque en los primeros compases de esta etapa es lo que plantea, la trama pronto entra de lleno en una espiral que aunque entretenida, no termina de ajustarse como debería al tono que ha tenido la serie hasta ahora.

Y poco importa que uno de los actores interprete ahora a un villano para reconvertirse, como gancho final, en una suerte de inteligencia artificial. Poco importa también que se viaje a través del espacio y del tiempo para recuperar a otro de los personajes antes de que fallezca. El proceso para llegar a esos puntos de giro dramáticos es lo verdaderamente relevante, y es aquí donde también falla la serie. Posiblemente se deba a la compresión de la historia en apenas 13 capítulos, la mitad de lo que suelen tener las temporadas de Agentes de S.H.I.E.L.D. Bueno, en realidad es evidente que es por eso. Es cierto que hasta ahora cada etapa contenía dos grandes arcos argumentales que ocupaban una mitad de los capítulos, pero una y otra se nutrían de forma orgánica, por lo que muchos personajes secundarios pivotaban sobre una y otra parte de la temporada para crecer dramáticamente y, sobre todo, poder explicar muchos de los acontecimientos que se desarrollaban. Todo eso aquí se pierde, limitándose a contar rápidamente una trama que, en cierto modo, parece hecha más para recuperar a actores que parecían perdidos que para desarrollar la historia.

La verdad es que esta premisa da un poco al traste con todo el trabajo realizado hasta este momento. Es cierto que la serie nunca ha sido un modelo a seguir en composiciones dramáticas, pero sí había logrado alcanzar un estilo narrativo propio basado en una fusión de acción, tramas de ciencia ficción con mayor o menor complejidad, y sobre todo con unos personajes que, a pesar de lo fantástico de las tramas, siempre se atenían a unas normas dramáticas básicas. Sin embargo, esta sexta temporada rompe por completo con todo esto, al menos a partir de mitad de temporada. A pesar de contar con una premisa interesante (de la que hablaremos a continuación), sus creadores optan por una evolución cuanto menos infantil, con los personajes reuniéndose en una especie de lucha final apocalíptica en la que algunos mueren pero sobreviven (y sí, es una incongruencia, pero así ha sido esta tanda de episodios). Entre medias, unos villanos sin demasiado trasfondo dramático que solo sirven para recuperar al personaje de Clark Gregg (Falsa evidencia) en un proceso cuanto menos cuestionable.

Mariposas

Y este último punto ha sido uno de los que posiblemente afecte en mayor medida a la calidad dramática de la historia, muy relacionado a su vez con la corta duración de esta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. En efecto, el hecho de que sean únicamente 13 capítulos obliga a una economía narrativa que no afecta en nada a los protagonistas, pero que sí tiene cierto impacto en los antagonistas. En realidad, es una consecuencia lógica. Tras los acontecimientos de la quinta temporada, y por mucho que se recuperen personajes aparentemente perdidos, los héroes ya se conocen, tienen un trasfondo dramático, humano y social construido durante varios años. Eso permite, a estas alturas de la historia (que en una tradicional película de tres actos vendría a ser el clímax), que sus creadores vayan directos al grano en lo que a sus tramas individuales y colectivas se refiere.

Pero no ocurre así con los villanos. Es cierto que la historia de los dos principales antagonistas se explica hacia el final de esta etapa en una conclusión que, dicho claramente, parece un poco forzada para que los acontecimientos deriven en lo que derivan posteriormente. Pero más allá de ellos, el resto de personajes a los que deben hacer frente los héroes tienen un trasfondo dramático cuanto menos escaso, en algunos casos inexistente. Esto provoca, a diferencia de años anteriores, que no se comprendan motivaciones, objetivos ni anhelos o miedos. Y todo eso, en definitiva, resta interés al conjunto, planteándose la trama como “buenos contra malos” en una definición tan binaria que se convierte en arquetípica y previsible. No es que esta serie Marvel sea un alarde de complejidad moral o dramática, es cierto, pero todos los personajes, en mayor o menor medida, desarrollaban una personalidad que ayudaba a comprender sus acciones aunque no se estuviera de acuerdo. Aquí, simple y llanamente, hacen lo que hacen porque tienen que hacerlo.

Con todo, esta tanda de episodios logra generar el suficiente interés como para aguantar hasta el final. Y lo hace porque, a pesar de todos los problemas que arrastra, parte de la premisa de continuar narrando lo ocurrido con los protagonistas tras los acontecimientos de la anterior temporada. Es por eso que quizá la parte más interesante sea la primera mitad, al ver a un grupo de héroes teniendo que lidiar con la pena de una gran pérdida mientras afrontan una nueva amenaza. El modo en que cada uno asume el dolor construye una complejidad emocional y dramática muy interesante que, por desgracia, poco a poco se va perdiendo para que la acción y esa extraña explicación alienígena se hagan un hueco. No es que haya un punto en el que todo cambia, sino que es un proceso progresivo hacia una conclusión que, curiosamente, abre la puerta a un nuevo universo narrativo… o mejor dicho, un nuevo tiempo narrativo.

En cierto modo, la sexta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. tiene una doble interpretación. Por un lado, es el comienzo de un epílogo a una historia que debería haber terminado hace un año. Por otro, es una etapa de transición hacia un final que podría ser prometedor. En ambos casos, sin embargo, estamos hablando de una etapa menos intensa dramáticamente hablando, igual de espectacular en lo que a acción se refiere, y que apunta maneras en su intensidad emocional. La historia va de más a menos en esto último, y de menos a más en cuanto a forma. A la espera de ver cómo finaliza la serie, se puede decir que la penúltima temporada no ha alcanzado la complejidad de las anteriores. Tampoco se pretendía, es cierto, pero se podría haber buscado otra fórmula que no fuera “resucitar” a personajes cuyas muertes habían dado un giro dramático espectacular a una ficción de estas características.

‘The Flash’ ahonda en el drama familiar en su quinta temporada


A pesar de que su estructura dramática es similar, The Flash se distanció desde el primer momento de su “progenitor” televisivo, Arrow, para dar una imagen algo más limpia, blanca, estéril. Su quinta temporada, aunque introduce algo más de dramatismo y una cierta oscuridad, mantiene en esencia esta apuesta pero introduciendo un nuevo elemento. O mejor dicho, reforzando en todos los frentes abiertos la idea de familia y todos los valores que ello conlleva.

En efecto, los 22 episodios de esta etapa de la serie creada por Greg Berlanti (El club de los corazones rotos), Geoff Johns y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Eli Stone) abordan en cada una de sus líneas dramáticas las tensiones en el seno de una familia, los conflictos y el modo en que cada miembro afronta dichas situaciones. En realidad, es algo que se viene trabajando desde los propios orígenes del personaje, pero en esta ocasión existe un matiz diferente, y es que los secundarios también viven ese concepto en sus propias historias, influyendo de forma más o menos directa en el resultado final y en el desarrollo de la trama principal. Incluso el villano está motivado por los vínculos familiares, recurriendo a la venganza por un accidente en el que su sobrina queda en coma. Todo ello, en efecto, refuerza el mensaje, e incluso lo hace más profundo, más consistente e interesante para los estándares que suele ofrecer esta ficción.

Ahora bien, esa reiteración conceptual también da al traste con la riqueza dramática y emocional del nutrido grupo de protagonistas. El hecho de que todos sus conflictos estén vinculados a padres que son villanos, a hijas engañadas o a la forma en que se relacionan unos y otros impide explorar nuevos conflictos, nuevos arcos argumentales capaces de aportar algo más a la trama. Por ejemplo, en etapas anteriores personajes como los de Danielle Panabaker (Time lapse) y Carlos Valdes descubrían sus poderes y se enfrentaban a sus propios demonios. Y aunque en estos capítulos se sigue manteniendo esa duda interna acerca de sus capacidades, queda relegada a un segundo plano, más como una consecuencia de algo superior que como una motivación en sí misma. En este sentido, por tanto, da la sensación de que cada aspecto previo de la trama queda supeditado a esa pátina de conflicto paterno filial que impregna absolutamente todo.

Y es una lástima. Es cierto que The Flash nunca ha sido una serie compleja. Más bien al contrario, su tratamiento siempre ha sido bastante lineal y, por qué no decirlo, previsible. Con todo, se mantenía siempre un pequeño as bajo la manga en forma de giros argumentales que pudieran producir, al menos, alguna sorpresa o imprevisto menor. Pero lo que nos encontramos en esta quinta temporada es una simplificación llevada al extremo de todas las historias. Ni siquiera los elementos externos que, en principio, deberían haber enriquecido la trama principal resultan interesantes. Al contrario, se convierten únicamente en meras muletas narrativas de la historia del héroe, sin tener recorrido ni vida propia más allá de servir al desarrollo del arco dramático protagonizado por Grant Gustin (Krystal), lo que hace que la serie pierda fuerza e interés, y que termine por ser un producto sin mayor recorrido que derrotar al villano de turno, quien por cierto, por muy poderoso que pueda parecer, siempre es derrotado sin grandes costes personales.

Gran familia feliz

Todo esto no impide, sin embargo, que esta ficción superheroica resulte entretenida. Al menos lo suficiente como para verla sin necesidad de reflexionar demasiado acerca de lo que sucede en pantalla. Los cada vez más elaborados efectos especiales, unido al tono irónico que tiene en general el tratamiento de personajes y a un villano que, con sus irregularidades, resulta interesante en su dibujo y puesta en escena, permiten que la serie se desarrolle de un modo bastante correcto (lo que no quiere decir apasionante). Y al igual que pasara con Arrow, el universo del hombre más rápido de la Tierra sigue expandiéndose en lo que a personajes se refiere, explorando presente, pasado y futuro para introducir nuevos roles que integran esta gran familia feliz que representa el Equipo Flash y su entorno.

En este contexto es necesario señalar lo que ocurre con Tom Cavanagh (El inventor de juegos) y los múltiples personajes que interpreta no solo en esta quinta temporada de The Flash, sino en toda la serie. De ser el primer villano de la historia (rol que, por cierto, vuelve a interpretar en estos episodios) ha pasado a dar vida al mismo personaje de universos diferentes, cada uno con sus particularidades y siempre un apoyo para el resto de personajes. En esta ocasión, una suerte de versión francesa de Sherlock Holmes especializado en seguir la pista y capturar al villano de la temporada en cada una de las realidades en las que existe. Más allá de la mejor o peor definición del rol, es digno de mención el trabajo tan diferente que hace el actor en cada temporada, dotando a cada personaje de una entidad y profundidad diferente, pero siempre siendo pieza importante no solo para derrotar al antagonista, sino para hacer avanzar la acción. Lástima que su distinta presencia en cada temporada impida ahondar algo más en el trasfondo, motivaciones, miedos y secretos de cada uno de los personajes.

De hecho, la diferente presencia del actor en cada temporada es uno de los alicientes de la serie, aportando siempre el mismo trabajo pero bajo prismas diferentes. Una pequeña originalidad de una serie que cada vez parece más entregada a la repetición de conceptos, de recursos narrativos, sin ofrecer giros interesantes que sean capaces de renovar el tono de la serie o, al menos de hacerlo parecer algo diferente a lo que se ha visto en estos cinco años. La originalidad inicial, así como el impacto de los efectos visuales, ha dejado paso a un retorno constante a las mismas ideas, incluyendo los viajes en el tiempo. La historia necesita de nuevos retos narrativos, incluso diría que de nuevos personajes capaces de aportar algo diferente a la dinámica del grupo. Pero mientras eso llega, lo que queda es una temporada simpática, entretenida en algunos momentos pero bastante condescendiente con sus propias limitaciones.

No quiere esto decir que no haya futuro. Esta quinta temporada de The Flash deja algunas ideas realmente interesantes, como esas modificaciones en el periódico que marca la desaparición del protagonista, la creación de la cabecera digital en la que se publica la noticia y algunas otras ideas que comienzan a vertebrar ese evento con el desarrollo de la serie. Ha sido algo incipiente, es cierto, pero al igual que ocurriera en etapas anteriores, se plantean varios hitos dramáticos que, si se saben explotar en la siguiente tanda de episodios, podría llevar la ficción por un camino interesante. Habrá que ver cómo se compagina eso con el nuevo villano, y sobre todo con esa idea de poder quitar los poderes con una mera inyección. Por el momento, esta temporada se queda más bien como un producto que puede verse y, en algunos momentos, disfrutarse, pero que en ningún caso hace avanzar realmente la acción en una dirección clara, plantando sin embargo la semilla de varias ideas que podrían germinar de forma muy atractiva.

‘Arrow’ descarrila en su final cambiando futuro por pasado en la 7ª T.


Apenas faltan diez episodios para que el origen del Universo DC en televisión llegue a su fin. Con una última temporada corta ya confirmada, presumiblemente para cerrar algunos cabos sueltos, Arrow ha concluido su séptima etapa (y en cierto modo, se podría decir que concluye la trama principal) con esa sensación de estar en el inicio del fin. Un sentimiento sin duda con cierta carga emotiva. Pero también con una sensación de agotamiento dramático en muchas de sus tramas secundarias, e incluso en varios aspectos de la principal. Y eso, por desgracia, no solo no es emotivo, sino que empaña un poco el buen trabajo realizado con anterioridad.

La verdad es que, viendo el desarrollo de estos 22 episodios, la serie creada por Greg Berlanti (serie You), Marc Guggenheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Boston Legal) plantea la duda sobre un hipotético y adecuado final allá por la quinta temporada. Y es que, una vez alcanzados los cinco años de pasado ficticio en la isla, sus creadores han optado por mostrar el futuro de los personajes en lugar del pasado del protagonista. Una estrategia arriesgada que funciona por momentos, y que plantea el diálogo entre presente y futuro como dos acontecimientos relativamente vinculados, en lugar de ser uno explicación de los comportamientos del otro. Cabe señalar que es interesante comprobar la evolución de los secundarios, y de hecho es prácticamente el único aliciente de esos flashforward que ofrece la trama. Porque lo cierto es que la historia de esta etapa en ningún momento logra tener un claro objetivo final. Y esto se ve claramente en los villanos.

Al igual que otras ficciones televisivas, Arrow ha optado en esta etapa por dividir su estructura dramática en dos mitades claramente diferenciadas, cada una con un villano al que derrotar. Tal vez por aquello de tener que terminar de forma urgente, tal vez por falta de ideas, lo cierto es que este doble antagonismo impide, como de hecho se hacía en fases anteriores, explorar en profundidad los conflictos personales del héroe interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) y cómo las relaciones entre los miembros del equipo sufrían alteraciones. En esta séptima temporada todo parece producirse de forma mucho más acelerada, perdiendo de vista el trasfondo de los personajes y dando vía libre al avance de la trama a base de secuencias de acción. Cierto es que, estando al final del arco argumental completo de toda la serie, centrarse en el drama sería dar vueltas sobre lo mismo hasta no llegar a ningún sitio, pero en cualquier caso se echan en falta ciertos alicientes dramáticos en las líneas argumentales secundarias.

Dicho de otro modo, el rol interpretado por Amell queda en esta temporada relegado a un mero apoyo dramático para dar un contexto a las historias secundarias, verdaderas protagonistas de este ciclo (al fin y al cabo, son las que protagonizan la historia en el futuro). Y aunque esto debería haber permitido explorar mejor cierta complejidad dramática en los tira y afloja de los miembros del equipo Arrow, contando para ello con un importante bagaje dramático de seis temporadas, lo cierto es que sencillamente se convierten en una especie de equipo bien avenido en el que no hay problemas, y en el que el pasado parece haber desaparecido. Esto provoca que mucha de la fuerza de algunos personajes se diluya de forma ostensible. Por no hablar del hecho de que algunos secundarios directamente se han borrado de la partida, abandonando la serie o limitando su aportación a capítulos muy puntuales. No cabe duda de que estamos ante un final, pero como en muchas ocasiones, dicho final no logra cuadrar de forma exacta todos sus caminos narrativos abiertos.

De la cárcel… ¿al espacio?

Lo más llamativo de esta séptima temporada de Arrow tal vez sea su capacidad para mezclar todo tipo de líneas argumentales que afectan al protagonista, llevándole de la cárcel a terminar yéndose a un viaje por el espacio. Tal vez si esto se hubiera desarrollado de forma más pausada a lo largo de, digamos, dos temporadas, todo habría encajado mejor, pero la urgencia de condensar en 22 capítulos tanto giro argumental ha terminado por afectar al conjunto. Si el rol de Amell se convierte esta etapa en una especie de contexto dramático para desarrollar y finalizar las tramas secundarias, la falta de objetivo claro convierte dicho contexto en una burbuja explosiva que termina por dificultar el desarrollo de lo que interesa. Los constantes cambios en el viaje del héroe impide al resto del equipo asentarse en una idea o concepto, cambiando según las necesidades y luchando contra corriente.

Incluso la presencia de una villana como la interpretada por Sea Shimooka, que tiene su primer gran papel en esta serie, no termina de funcionar a pesar de la fuerza que de hecho tiene sobre el papel. El problema radica, posiblemente, en que sus motivaciones son algo endebles, modificando los orígenes del héroe hasta sus raíces más profundas de un modo demasiado irregular. A esto hay que sumar esa organización criminal que, de nuevo por cuestiones de tiempo, no termina de ser tan amenazante como cabría esperar. Se puede decir que el gran problema de esta temporada es el tratamiento argumental. Aunque los personajes ya están de vuelta de todo, lo que hace comprensible menos desarrollo de sus historias, eso no es motivo para que se pierdan en un mar de conflictos superheróicos resueltos de un modo cuanto menos simplista.

Esta penúltima temporada, aunque entretenida y con un diseño de las secuencias de acción mucho más elaborado y complejo, pierde sin embargo cierta fuerza dramática en un desarrollo argumental que no se decanta por nada en concreto, afanado en mostrar antagonistas y en llevar la historia en una dirección muy concreta sin preocuparse demasiado de cómo es el camino recorrido. Y en este contexto, aunque los personajes son las víctimas, también destacan algunas evoluciones demasiado forzadas de roles como el de Emily Bett Rickards (Brooklyn), quien pasa de inocente a violenta, y de agresiva de nuevo a damisela en apuros en apenas un suspiro. Eso por no hablar, como mencionaba anteriormente, de ausencias de personajes o, lo que es más grave, de la recuperación intermitente de otros para la conveniencia dramática de la serie. Cuando esto se produce es que existe una falta de coherencia importante. Por fortuna, ha ocurrido en el tramo final de la ficción, por lo que podría llegar a encontrarse una justificación en las necesidades de guión.

El resultado es que esta séptima temporada de Arrow se deja muchas cosas por el camino. Pierde efectividad dramática, cierta oscuridad emocional, deja a sus personajes en una cierta deriva narrativa y trata de comprimir en un puñado de episodios algo que en otras ocasiones ha durado varias temporadas. Todo ello da buena cuenta de que el final de la serie debería, al menos, haberse planteado con algo más de previsión. Eso si no pensamos que podría haberse terminado perfectamente tras la quinta temporada, sexta a lo sumo. Ahora solo nos queda esperar un último epílogo en forma de mini temporada que, en base al final de esta etapa, no contará con varios personajes importantes (puede que incluyendo el protagonista), lo que permite hacerse una idea de lo que podría ser. Son los riesgos de alargar en exceso una historia.

‘Spider-Man: Lejos de casa’: resolviendo el misterio del cómic


Spider-Man ha vuelto a casa. No lo hizo en la anterior película en solitario. Curiosamente, lo logra en esta segunda aventura, y lo hace lejos de su Nueva York natal. Habrá quien achaque a este regreso a la esencia del personaje al cambio de localización, pero la realidad es que el cambio se encuentra en el guión, que aprovecha al máximo las posibilidades dramáticas del personaje y, sobre todo, del villano.

Porque la historia, en efecto, ahonda por completo en los dramas que siempre han acompañado al Hombre Araña. Lejos de dotarle de una gran responsabilidad ante grandes eventos intergalácticos, Spider-Man: Lejos de casa sitúa al protagonista en los clásicos dilemas entre su interés personal y su responsabilidad como héroe, haciéndole crecer en pantalla en las dos horas que dura el film. El rol al que vuelve a dar vida con extraordinario acierto Tom Holland (Edge of winter) comienza siendo un adolescente enamoradizo para terminar asumiendo sus errores, las consecuencias de los mismos y los sacrificios para enmendarlo. Tal vez era necesario ver una vez más esto en pantalla (al fin y al cabo, es la misma estructura dramática que el incidente que le lleva a ser un héroe), pero la verdad es que funciona como un engranaje preciso, convirtiendo la historia en una mezcla perfecta entre drama, humor adolescente, acción y una espectacularidad fuera de toda duda.

Buena parte de la responsabilidad del éxito radica en su villano, un Jake Gyllenhaal (Okja) que engrandece a Mysterio no solo para consolidar sus motivaciones, sino para hacer mucho más dura la madurez que alcanza el héroe en esta historia. Sin necesidad de muertes impactante o de giros argumentales inesperados (salvo el de la primera escena post-créditos, que deja el futuro en una gran incógnita y recupera a uno de los mejores personajes y actores de las primeras películas), el villano construye un plan que obliga al héroe a asumir sus errores y, sobre todo, a ser consciente de todas sus capacidades y poderes, en concreto de ese “cosquilleo” de Peter Parker, como lo llaman en el film. Los fans de los cómics posiblemente puedan prever de antemano el desarrollo de la historia, pero eso no impide disfrutar de unas secuencias de acción tan espectaculares como bien diseñadas, sobre todo la de Londres y ese primer encuentro de Spider-Man con la fuerza del villano, todo un alarde de traslación a imagen en movimiento de las pesadillas que vive en los cómics y que resuelve el misterio de cómo hacer una buena adaptación al séptimo arte. Jon Watts, director de la primera entrega, parece haber solventado algunos errores narrativos para sacar todo el partido a la dinámica que genera el héroe arácnido.

Desde luego, Spider-Man: Lejos de casa no solo es una extraordinaria película de superhéroes, bien rodada y con personajes sólidos. Es, ante todo, un tratamiento minucioso y preciso de un personaje complejo, en constante lucha entre sus deseos personales y sus obligaciones, y siempre con temor a perder a sus seres queridos. Son ideas que se repiten, y que incluso utiliza el villano de turno para su propio beneficio. Incidir reiteradamente en estos conceptos dota al conjunto de una profundidad dramática que hacía tiempo que no se veía en las historias del personaje. Puede resultar algo infantil en algunos momentos, pero esto no es impedimento para disfrutar de una obra muy muy completa, un broche de oro a esta etapa del Universo Cinematográfico Marvel y una declaración de intenciones en toda regla.

Nota: 8/10

‘X-Men: Fénix Oscura’: pocas cenizas de las que resucitar


Después de escribir los guiones de las últimas aventuras mutantes, Simon Kinberg ha decidido debutar en la dirección de largometrajes con esta historia que adapta una de las sagas más famosas de los X-Men. Y más allá de que la aproximación a las páginas de Marvel haya sido más o menos fiel, como película presenta dos debilidades demasiado contundentes como para obviarlas y no permitir que influyan en el resultado final.

Para empezar, el tratamiento de la historia es excesivamente lineal y simplista. X-Men: Fénix Oscura carece de giros argumentales que generen cierto interés en el espectador, convirtiendo a estos personajes cargados de habilidades sobrehumanas y traumas del pasado en meros vehículos para hacer que la historia avance a golpe de efecto especial. A diferencia de películas pasadas, los personajes apenas dejan aflorar algo del conflicto interno y externo que mantienen, y tan solo sale a relucir cuando conviene. En este sentido es importante matizar además que lo poco que el director (y también autor del guión) rasca de la superficie de los protagonistas se queda en eso, en una mera muestra de intenciones que no se desarrolla posteriormente, sirviendo únicamente como trampolín para una secuencia final espectacular, eso sí, en un tren en marcha.

El otro gran problema de la cinta es la falta de unos enemigos sólidos. La trama juega en todo momento con la delgada y difusa línea que separa el bien del mal. Algo que siempre ha estado presente en estos personajes y que es de agradecer que se mantenga. Pero una vez revelado el verdadero villano de la cinta (y ¡oh, sorpresa!, no es el personaje del título), la película pierde algo de interés tanto porque el villano carece de un trasfondo dramático atractivo como porque el personaje de Sophie Turner (serie Juego de Tronos) parece no desarrollar todo el poder que, en teoría, podría mostrar. A pesar de sus limitaciones, la película plantea la constante lucha entre el bien y el mal dibujada no solo en este personaje, sino en las decisiones de todos los mutantes que aparecen en el film, independientemente de su categoría como héroes o villanos, lo que aporta cierta complejidad (tampoco mucho) a una historia carente, por otro lado, de una gran espectacularidad, a excepción de su tercio final, donde se invierte todo el dinero que se había ahorrado previamente.

Desde luego, X-Men: Fénix Oscura es la cinta más débil de la nueva saga mutante. Curiosamente, igual que X-Men: La decisión final, que también abordaba la historia del mismo personaje. No sé si será casualidad o es que este arco narrativo tiene dificultades para dar su salto a la gran pantalla, pero en cualquier caso estamos ante un film con excesivas irregularidades, espectacular en su tratamiento visual pero carente de giros narrativos y con un desarrollo de personajes más bien plano en el que la dualidad entre el bien y el mal que siempre ha estado presente en estas historias, aunque sobrevuela prácticamente toda la cinta, solo se explora a fondo en los momentos en los que la trama lo necesita como recurso argumental. Es entretenida, es cierto, pero muestra síntomas de agotamiento mutante.

Nota: 6/10

‘Gotham’ llega a un final caótico en su quinta temporada


En este fenómeno superheroico en el que vivimos las nuevas producciones tratan de ofrecer algo diferente, ya sea en el tratamiento de los personajes, en la estética o en el apartado visual. Bajo esta idea nació hace cinco años Gotham, serie que buscaba narrar los orígenes de Batman a través de la figura del Comisario Gordon, uno de los secundarios más importantes e icónicos del universo del Caballero Oscuro. Pero lo que comenzó con esta idea pronto derivó en algo notablemente diferente, hasta el punto de ser una reinterpretación de los cómics en formato más… digamos adolescente. Y fruto de eso es esta quinta y última temporada, entregada por completo al caos y la destrucción para tratar de justificar y, ante todo, encajar el diferente desarrollo de los personajes con el inicio de las aventuras de Bruce Wayne como el Hombre Murciélago.

La labor de Bruno Heller (serie Roma) como creador, y del resto de guionistas y responsables de la serie, queda completamente difuminada en el intento de encajar más villanos en una trama que ya no daba mucho más de sí. La falta de objetivo claro se apreció ya en el tratamiento de un enemigo tan importante como el Joker durante la temporada pasada, con algunos Deus ex machina que no encajaban con el desarrollo hasta ese momento. Ahora el descontrol se extiende a otros personajes, haciendo que algunos de ellos queden completamente caricaturizados, que otros desaparezcan por necesidades dramáticas y que otros, simplemente, experimenten giros argumentales cogidos con pinzas. El motivo de esto no es otro que la necesidad de contar mucho en muy poco tiempo. Los 12 episodios de esta etapa, casi la mitad de lo habitual, y la complejidad de la historia que se presenta obligan a tomar decisiones un tanto cuestionables, llevando a los personajes a un límite dramático con poca coherencia. Y no digo con esto que la serie haya sido un alarde de sentido común, pero si por algo se ha caracterizado siempre ha sido por unos personajes bien construidos.

Nada de esto significa que Gotham pierda ritmo, más bien al contrario. Su frenético desarrollo imprime al conjunto una dinámica única pocas veces vista en la serie. Por decirlo de otro modo, es el clímax de cualquier historia. Sus secuencias de acción, ese planteamiento de gran flashback respecto de un punto de partida ya de por sí impactante, y ese episodio final con Batman haciendo acto de presencia son algunos de los elementos que denotan que estamos en la recta final de la historia. Y sí, resulta muy entretenido, pero única y exclusivamente si no se reflexiona sobre lo que ha llevado a los personajes hasta esa situación. De hacerlo, es fácil encontrar no pocas incongruencias y situaciones encajadas a la fuerza para tratar de que el final (que es también el comienzo de la leyenda del superhéroe) pueda justificar, de algún modo, las historias más conocidas de Batman.

En este proceso de simplificación final sin duda los mayores perjudicados son los villanos que, para qué negarlo, han sido el alma de la serie durante varias temporadas. Papeles como el de Robin Lord Taylor (En el frío de la noche) o Cory Michael Smith (First Man) quedan reducidos a una caricatura de lo que eran; el rol de Erin Richards (El estigma del mal) evoluciona de un modo que parece casi imposible. Y no hablemos de lo que ocurre con el Joker, que comenzó sus andanzas como un grandísimo y psicópata villano, cambió de rumbo con el cambio de hermano y ha terminado siendo una extraña criatura a medio camino de ninguna parte, tratando de justificar así, en teoría, la dualidad y la psicopatía del principal archienemigo del Caballero Oscuro. A todo ello se suman dos nuevos villanos, el motor de esta temporada que, sin embargo, son dibujados de un modo algo simple, motivados únicamente por una sed de venganza tan básica como directamente resuelta.

Una nueva Gotham

Lo cierto es que todo ello compone una nueva Gotham, tanto en el concepto de serie como en la propia ciudad en sí. Quizá por ello el objetivo último de esta quinta temporada haya sido la destrucción de los edificios como símbolo de una ruptura con el pasado, con todo lo que se había construido hasta ese momento narrativa y conceptualmente. En este sentido, esta conclusión de 12 capítulos (bueno, en realidad es más bien 11+1) se puede interpretar como un apéndice para cerrar algunas tramas secundarias, dejar abiertas para el futuro otras tantas y, sobre todo, dar pie a la transformación definitiva del protagonista interpretado por David Mazouz (serie Touch), quien por cierto ha alcanzado la mayoría de edad mientras se emitía esta última etapa.

Pero esta interpretación no puede obviar el hecho de que todos los acontecimientos se han precipitado. La evolución de los villanos ha sido, como explicaba anteriormente, excesivamente acelerada, tanto para los ya conocidos como para los nuevos. Eso por no hablar de algunos giros de guión tan forzados que cuesta mucho aceptarlos, no digamos ya encajarlos dentro de la narrativa de un modo natural y orgánico. Y en esta sucesión de tropiezos dramáticos de la serie se encuentra también el final del que, en teoría, tendría que haber sido el protagonista. El personaje de Jim Gordon ha quedado relegado por completo a una suerte de vehículo narrativo para contar el proceso de madurez de Bruce Wayne, amén de ser el nexo de unión entre secundarios mucho más interesantes que él. En esta última etapa adquiere algo más de protagonismo, es cierto, retomando el rol que se le presumió en sus orígenes.

Posiblemente lo más interesante de la temporada, con sus aciertos y sus fallos, sea el episodio final, que se aleja sensiblemente del espíritu de la serie para sumergirse en el lenguaje narrativo propio de Batman, evitando mostrar al personaje en todo momento salvo ese último plano con el que la serie conecta con el universo del superhéroe. Un capítulo en el que se sientan las bases de las relaciones que los aficionados ya conocen y que, en mayor o menor medida, habían sido modificadas para desarrollar las historias de la serie. Y aunque esta conclusión pueda ser, objetivamente hablando, sumamente interesante, su encaje en la serie queda un poco en entredicho. El problema no es tanto de lo narrado en esos últimos minutos, sino de la evolución de las tramas, que parecen haber crecido sin el necesario control para ajustarse a ese final que, en mayor o menor medida, estaba previsto. Posiblemente si esta temporada hubiera durado algo más ese ajuste entre desarrollo y final habría sido mayor.

En cualquier caso, Gotham es una serie diferente, con una extraordinaria estética que bebe de las influencias de cómic y películas y con un diseño de personajes, sobre todo villanos, más que notable. El problema que ha tenido toda esta ficción ha sido el camino seguido por las historias, tanto principales como secundarias, sobre todo a partir de la tercera temporada. Es algo que ha tenido su cúlmen en esta quinta y última etapa, en la que la falta de tiempo narrativo y la poco coherencia de la trama han obligado a precipitar los acontecimientos sin dotarlos de evolución interna, lo que termina generando un cierto caos que, aunque ayuda en cierto modo al sentido final de la temporada (con esa especie de guerra en las calles de la ciudad), no hace justicia al resto de la producción. Eso sí, se agradece el esfuerzo para encajar todo lo narrado con el origen de Batman en ese último episodio.

‘Vengadores: Endgame’: y Marvel reinventó el cine


En una época de series y consumo inmediato, Marvel ha logrado, una vez más, lo imposible: que nos sentemos tres horas seguidas para ver lo que podría calificarse como el evento del año… no, de la década… no, del cine moderno. No dudo que haya detractores del cine de superhéroes, considerándolo poco menos que un producto de marketing pensado para adolescentes y frikis. Y aunque haya algunas películas que puedan responder a ese estereotipo, la Casa de las Ideas ha demostrado que este género es algo más. Vengadores: Endgame es la prueba definitiva de ello.

La película de los hermanos Russo, autores la precedente Vengadores: Infinity war, es sencillamente indescriptible. Y contrariamente a lo que pueda pensarse, no lo es por el aluvión de efectos digitales que contiene. Ni siquiera por la inmensidad de su trama. Lo es por la complejidad de sus personajes, por el desarrollo dramático de unos acontecimientos trágicos y traumáticos y el modo en que un grupo de personajes deciden afrontarlos. Esto confirma que toda buena película necesita explorar las motivaciones, los miedos y los deseos de sus personajes, llevarlos a situaciones límite y mostrar cómo reaccionan ante ellas. Y da igual cuál sea el contexto. En el caso que nos ocupa, todo ello con un inteligente toque humorístico en los momentos adecuados, aliviando la tensión dramática. El único problema, si es que puede considerarse así, es que existen tantos personajes que muchos quedan relegados a meros testimonios presenciales.

Pero Vengadores: Endgame es más, muchísimo más. Ahora que las series de televisión parecen haberse adueñado del entretenimiento, esta película confirma que si la pequeña pantalla puede beber de influencias cinematográficas, el séptimo arte puede hacer lo propio con el formato episódico. Desde este punto de vista, esta conclusión podría entenderse como el último capítulo de una primera temporada que ha durado 11 años y ha tenido 22 capítulos. Y en cierto modo, así está planteado. Desde que se estrenara Iron Man en 2008 todo lo que se ha visto en cada una de las películas estaba perfectamente planificado para formar parte de una macrohistoria mucho mayor y compleja que ha derivado en este ‘fin de partida’. No se trata simplemente de presentar personajes y juntarlos luego en otra película. No, cada acontecimiento, cada cambio, trauma, decisión y victoria (o derrota) han definido todo para llegar a este punto. Y esa es la esencia misma de cualquier producción seriada.

Y por si hubiera dudas de ello, la propia estructura dramática del film se encarga de asentar la idea. A lo largo de su desarrollo (y sin desvelar nada de la trama), la cinta viaja por el pasado de los personajes y por momentos de otros títulos de Marvel tanto física como psicológicamente. El espectador asiste a una introspección mucho mayor de los héroes que durante más de una década le han acompañado. Se produce así una mayor comprensión de sus motivaciones, de sus decisiones, de su ira y su temor. Pero sobre todo se logra un grado de empatía con todos ellos difícil de alcanzar en un film normal y corriente. A esto contribuye, claro está, haberles visto crecer a lo largo de cada film. Posiblemente muchos ya os hayáis dado cuenta, pero esta descripción de personajes es exactamente la misma que se puede hacer en una serie, que basa buena parte de su éxito en que los personajes pueden desarrollarse durante más tiempo que en una película.

Si no he mencionado nada de los efectos especiales o la acción no ha sido deliberado. Es sencillamente que la profundidad dramática de la cinta relega las espectaculares batallas a un segundo plano. Tal es la complejidad de Vengadores: Endgame. Y tal es el homenaje que Marvel rinde a sus fans, a los que ofrece un producto final más que excepcional. Los hermanos Russo, con su habitual y notable pulso narrativo, logran que las tres horas de duración sean un suspiro. Su sello se deja ver en cada plano, especialmente en ese combate final con plano secuencia marca de la casa. ¿Y el final? Pues el que debería ser, ni más ni menos, títulos de créditos incluidos. La película deja clara una cosa: que es el fin de una era y que nada volverá a ser lo mismo. Pero también deja la sensación de estar ante algo tan grandioso que será difícil de superar, tanto en espectacularidad como en carisma de sus protagonistas. En los años 60 Marvel revolucionó los cómics; ahora ha hecho lo mismo con el concepto mismo del cine, traspasando la propia dimensión de película autoconclusiva o de la secuela.

Nota: 9,5/10

‘¡Shazam!’: la fórmula Marvel


La trayectoria de Dc Cómics en el cine no está siendo tan exitosa como la de Marvel, eso es más que evidente. Por muchos motivos que darían para varias páginas de análisis, sus personajes no logran la aceptación de crítica y público que, en general, sí tienen los de la Casa de las Ideas. Tal vez por eso la llegada de este gamberro y paródico superhéroe es un soplo de aire fresco entre la rectitud de Superman y la gravedad de Batman.

Desde luego, ¡Shazam! es diferente a todo lo visto hasta ahora del Universo DC. Fresca, divertida, dinámica, con claras referencias al cine de los años 80 (película Big incluida) y a los superhéroes de esta compañía, la película es entretenimiento puro, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y ante todo, funciona gracias a un guión que nunca llega a tomarse en serio a sí mismo, pero que gracias a eso es capaz de explotar al máximo conceptos como la familia, la fuerza del grupo y el bien contra el mal. Una fórmula simple en su planteamiento y groseramente evidente en su desarrollo que logra su único objetivo: hacer que las más de dos horas de duración se pasen en un suspiro para hacer olvidar malas experiencias previas.

A todo ello contribuyen un Zachary Levi (Spiral) que disfruta con un personaje desenfadado e infantil y un Mark Strong (El caso Sloane) que vuelve a demostrar su calidad como actor incluso en papeles de este tipo. Ellos dos soportan el peso narrativo y dramático de una historia dibujada con trazo grueso pero que no necesita mucho más. El guión, aunque previsible punto por punto y con un humor por momentos ridículo, juega bien los pocos elementos que tiene para convertir la historia, como casi todas las de superhéroes, en una moraleja sobre el poder, la responsabilidad, el amor y la verdadera familia. Como suele ocurrir en estos casos, el arco narrativo no depara giros inesperados (ni se los plantea), aunque tampoco los busca, y apuesta por un diseño visual limpio, simple en su paleta de colores. Dicho en pocas palabras, la cinta logra mucho con lo poco que realmente ofrece.

Y ahí está la magia de ¡Shazam!. Mientras que DC se había afanado hasta ahora por ofrecer un profundo trasfondo dramático de sus personajes (y no había funcionado como cabría esperar), ahora apuesta por la fórmula de Marvel: más entretenimiento, conceptos básicos pero universales y un tono más desenfadado que permite potenciar los momentos dramáticos. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que la cinta dirigida por David F. Sandberg (Nunca apagues la luz) no tenga un mensaje claro y un cierto desarrollo dramático, pero realmente está planteado de forma arquetípica. Esto podría ser algo malo si la película se tomara en serio a sí misma, lo que no es el caso. Esa capacidad de burlarse de su propia entidad y de utilizar el viaje del héroe como excusa para parodiar a otros personajes solo puede entenderse como un acierto, tanto porque hace gala de sus propias limitaciones como porque toca la tecla exacta en todos los espectadores: ¿cómo reaccionaríamos si tuviéramos poderes de la noche a la mañana? Y para esta pregunta no hay edad.

Nota: 7/10

Diccineario

Cine y palabras

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