4ª T. de ‘Gotham’, o el nacimiento de Batman en un mundo de villanos


La serie sobre el origen de Batman está llegando a su fin. La duda que se plantea es si ese fin se debe a que el desarrollo dramático de la historia no da para más, o más bien porque la ficción ha entrado en terrenos algo peligrosos y difíciles de solucionar, y es mejor terminar con todo antes de que sea demasiado tarde. Los 22 episodios de su cuarta temporada, ahora que la última etapa ha comenzado su andadura, son en este sentido ciertamente reveladores, pues mientras que por un lado la serie mantiene un estilo visual e interés dramático relativamente sofisticado, por otro se incorporan personajes y, sobre todo, se utilizan recursos narrativos algo cuestionables para forzar algunos de los giros argumentales.

Y es que la serie creada por Bruno Heller (serie Roma) ha llevado hasta el extremo la idea de que una historia es tan buena como lo son sus villanos. Más allá de la transformación del joven Bruce Wayne en el Caballero Oscuro de Gotham, lo más interesante de la producción siguen siendo los malos de turno, encabezados por un Pingüino que ya ha convertido en un referente el actor Robin Lord Taylor (En el frío de la noche). La amplia selección de criminales que se adueñan (o lo intentan) de las calles de esta oscura ciudad crece casi de forma exponencial a medida que avanza una trama, por otro lado, algo irregular al no tener muy claro en qué arco dramático debe centrarse. Y en este crecimiento, como suele ocurrir, hay luces y sombras, no tanto por la definición y reinterpretación de algunos personajes como por los recursos utilizados para crearlos o, mejor dicho, hacerlos evolucionar.

Estos claroscuros se producen, en líneas generales, precisamente por esa proliferación de villanos en Gotham. Son tantos, casi todos ellos interesantes, que dedicarles el tiempo necesario para desarrollar sus motivaciones y sus personalidades es sencillamente inviable, incluso para una serie de esta duración. Esto obliga a sus creadores no solo a reducir procesos narrativos, lo cual es ya de por sí arriesgado, sino a utilizar elementos narrativos cuanto menos cuestionables. Uno de ellos es ese presunto romance que vive Enigma (espléndido Cory Michael Smith –First Man (El primer hombre)– ahondando en la bipolaridad del personaje), un motor dramático que, aunque encaja, resulta algo forzado en su desarrollo y, sobre todo, en una resolución con una escalada de presunta inteligencia. Menos coherencia tiene lo que le ocurre a Poison Ivy, personaje que ya fue evolucionado con un Deus ex machina y que ahora vuelve a utilizar el proceso para resurgir como el personaje definitivo, con el rostro de Peyton List (serie Mad Men). Que todo se deba a un cambio de actriz o a una necesidad dramática es indiferente, este rol es posiblemente el que menos se ha tratado en el guión, y es algo que se nota en cada paso que da.

Aunque sin duda lo más sorprendente es lo que ocurre con el Joker. El caos, la dualidad moral y la locura de este personaje lo han convertido sin duda en el gran referente del universo Batman, y la labor de Cameron Monaghan (serie Shameless) en los primeros compases de su presencia en la serie fue sencillamente perfecta, dotando al rol de una maldad que ha ido evolucionando a pasos agigantados. El problema es que llegó un punto en que era difícil de controlar la escalada de destrucción de un personaje que, aunque parezca lo contrario, es sumamente inteligente y calculador. De ahí que fuera necesario modificar sustancialmente su definición, para lo que se ha recurrido, nada más y nada menos, a un gemelo mucho más inteligente pero en el que la maldad estaba igualmente instalada. Dicho de otro modo, sin necesidad de recurrir a otro actor se sustituye un personaje por otro, similar en el fondo pero diferente en sus formas. Para gustos los colores, pero este intento de cambio de personalidad cambiando el personaje y manteniendo el actor no termina de encajar, sobre todo porque este gemelo parece haber salido de la nada después de que el Joker hiciera acto de presencia hace ya tanto tiempo.

Batman begins

Más allá de estos problemas en su narración, lo cierto es que la cuarta temporada de Gotham ahonda en el nacimiento de Batman como héroe, y en este sentido la serie crece notablemente. Es cierto que lo hace sosteniéndose en algunos pilares dramáticos cuanto menos cuestionables (la historia con Ra’s al Ghul, sus problemas con Alfred, su etapa de fiesta constante, …), pero en líneas generales logra el propósito para el que nació esta ficción, que no es otro que mostrar cómo surge el héroe, cómo empieza Batman, y cómo se forja la relación con James Gordon, al que vuelve a dar vida Ben McKenzie (El marido de mi hermana). Y mientras que en temporadas anteriores estos elementos parecían ir por caminos independientes, en esta ocasión empiezan a confluir antes de la temporada final.

En efecto, aunque las historias de Bruce Wayne y Gordon discurren de forma casi paralela, cada vez son más los momentos en que se cruzan y, lo que es más importante, empiezan a tener un cariz más dramático y más intenso, toda vez que se produce la transformación del héroe y debe mantener esa doble identidad en secreto. Por cierto, es importante señalar la labor de David Mazouz (serie Touch) y cómo asume poco a poco los cambios que se producen en el protagonista. He de reconocer que el actor siempre me ha parecido que estaba en formación, y que necesitaba mucho recorrido. Pero en esta cuarta temporada demuestra una gran capacidad para expresar multitud de emociones y situaciones que vive el protagonista, y sobre todo para sostener sobre sus hombros las diferentes identidades que debe asumir según el entorno en el que se encuentra.

Todo ello conforma una etapa interesante, que conecta con las raíces de este personaje y con lo que los aficionados en general han podido encontrar en las películas y las historias más conocidas del Hombre Murciélago. Soy consciente de que la serie se toma licencias en muchos momentos, del mismo modo que como producción audiovisual asume riesgos y decisiones dramáticas que son muy cuestionables y que debilitan el conjunto. Pero la mayoría de esas decisiones se toman, de forma acertada, en arcos argumentales secundarios, en historias que, aunque nutren el conjunto, tienen poco o ningún efecto sobre la principal. Esto genera un doble efecto. Por un lado, debilita el desarrollo general, pero por otro permite a la historia del héroe elevarse ajena al resto, sin verse perjudicada.

En líneas generales, por tanto, esta cuarta temporada de Gotham no solo mantiene el desarrollo dramático presentado en anteriores etapas, sino que ofrece un ligero giro argumental en el protagonista, acorde a lo visto hasta ahora pero profundizando en sus raíces. Dicho de otro modo, Batman hace sus primeras apariciones, aunque todavía no sea digno de ese nombre. Y todo ello con una cartera de villanos sencillamente impecable, a pesar de la evolución y definición de muchos de ellos. De hecho, no es difícil realizar varias categorías de criminales, lo que da buena cuenta no solo de la amplia variedad, sino del diferente tratamiento que da la serie a estos personajes. Es cierto que muchos de sus elementos son cuestionables, pero no impactan tanto en el conjunto como para que se vea afectado.

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‘Glass’: héroes (y villanos) de carne y hueso


Diferenciarse en el mundo de los superhéroes en el cine es cada vez más complejo. La proliferación de adaptaciones, personajes e historias ha llevado a este subgénero a repetirse en muchas ocasiones, y por lo tanto a debilitar las tramas y los superhéroes y supervillanos que las protagonizan. Por eso la nueva película de M. Night Shyamalan (El incidente) resulta gratificante a pesar de sus evidentes limitaciones.

Más allá del hecho de unir dos historias totalmente diferentes bajo un mismo arco dramático, Glass es una reflexión no solo sobre la estructura argumental de los cómics y de las historias que nutren sus páginas, sino sobre el efecto y el impacto que este elemento de la cultura popular tiene en la sociedad y en el imaginario colectivo. Con una historia sencilla a la par que directa, el director y también guionista desgrana algunos ejes dramáticos y recursos narrativos de este arte, fundiendo cine y tebeo a través de un metalenguaje ya utilizado en una de las historias sobre las que pivota el film. Y lo hace, además, controlando al milímetro los giros argumentales, marca de la casa Shyamalan, con una profundidad en los personajes que, aunque irregular, termina por dotar al conjunto de una suerte de equiparación entre cómic y realidad.

El problema del film, y no es un problema menor, es un final que retuerce la trama, que trata de dar hasta un triple sentido a lo que se ha narrado. Y a diferencia de otras historias del director, la historia en este caso no ofrece el trasfondo necesario para tanto giro dramático. Esto termina por convertir la historia en una parodia de sí misma, intentado explicar que los superhombres existen entre nosotros pero haciéndolo con quiebros finales para, presuntamente, despistar al espectador de algo que, en realidad, se sabe desde el principio. A esto se suma una cierta ralentización en el ritmo narrativo en varios momentos, algo que se trata de compensar, fundamentalmente, con la labor de James McAvoy (Inmersión), aunque sin conseguirlo del todo.

En definitiva, Glass es un film que va de más a menos, que sienta unas buenas bases dramáticas y ofrece al espectador una reflexión acerca de nuestra sociedad, nuestra cultura y, por qué no, el cine de superhéroes. Pero lo hace con el inconfundible estilo de Shyamalan, para bien y para mal. La necesidad de incorporar giros argumentales que transformen la historia en algo más, en algo diferente, termina por tener el efecto opuesto. Menos sorpresas finales posiblemente habrían dejado un relato más lineal y simple, pero habrían reafirmado este film como un entretenimiento visual para completar una suerte de trilogía. En lugar de eso, da la sensación de que pretende ser más de lo que ya es de por sí, limitando su propio potencial.

Nota: 7/10

‘Venom’: el simbionte se independiza de Spider-Man


Tratar de separar el origen del simiente conocido como Venom de Spider-Man parece una tarea harto difícil, sobre todo si se hace de cara a fans de los cómics poco tolerantes a los cambios. Y la verdad es que la nueva película de Ruben Fleischer (Bienvenidos a Zombieland) es una buena prueba de ello, no tanto por las críticas de acérrimos seguidores de los personajes como por la necesidad de crear una historia paralela que justifique buena parte de la naturaleza de un villano/antihéroe que imita los poderes del hombre araña.

En este sentido, la historia de Venom se encuentra a medio camino entre lo interesante del tratamiento del personaje y las incoherencias de algunos de sus tramos narrativos. Un equilibrio que es el origen de algunas de sus irregularidades. Mientras que el rol protagonista al que da vida espléndidamente bien Tom Hardy (London Road) evoluciona de forma compleja a través de esa dualidad en su mente que representa la lucha entre el bien y el mal, lo que en definitiva aporta un trasfondo dramático sólido para toda la historia, el desarrollo dramático tanto del villano como de las tramas secundarias quedan poco definidos, por no hablar de algunas de las motivaciones de este antihéroe en el tercio final del film, que sencillamente no tienen un trasfondo lógico o, al menos, sustentado claramente con lo narrado anteriormente.

Sus debilidades son más que evidentes, es cierto, y los más puritanos posiblemente pongan el grito en el cielo ante los orígenes de este personaje y cómo se ha contado la historia. Pero con todo y con eso, el metraje apenas pierde el pulso. A las secuencias de acción (espectaculares aunque algo caóticas en algún momento) se suman ciertos toques de humor que ayudan a aligerar la carga dramática del protagonista, lo que aporta al conjunto un tono perfecto de entretenimiento sin más objetivo que el de distraer durante casi dos horas que en ningún momento llegan a hacerse pesadas gracias fundamentalmente al trabajo de sus actores.

Desde luego, nadie debería esperar de Venom más de lo que es a simple vista. Su falta de encaje en el Universo Cinematográfico Marvel juega a favor y en contra de esta película. A favor porque le da libertad para explorar una historia completamente diferente, con nuevos orígenes, nuevos personajes y un tono a medio camino entre la oscuridad del simbionte, la bondad del reportero interpretado por Hardy y el humor que desprende el relato. En contra porque esa falta de marco hace que la combinación de historias y personajes termine por generar ciertos problemas narrativos y de definición de personajes. En cualquier caso, es una producción entretenida y que se disfruta en prácticamente todo su metraje. ¡Y atentos a la escena post créditos, primera piedra de una posible secuela!

Nota: 7/10

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ termina ciclo en su quinta temporada


Parece una regla narrativa, pero en realidad es más bien una idea aceptada a base de práctica y de miles de series realizadas a lo largo de los años. Aunque lo importante es que una ficción tenga la duración planteada para contar bien la historia (es decir, sin intereses comerciales de ningún tipo), lo cierto es que muchas de las grandes series parecen plantearse para tener cinco temporadas, como mucho una o dos más. Y esto es lo que le ocurre a Agentes de S.H.I.E.L.D. Sin ser una serie inolvidable ganadora de infinidad de premios, esta ficción con superhéroes, acción y humor integrada en el Universo Marvel ha sabido no solo mantenerse en plena forma dramática y narrativa, sino que en su quinta temporada cierra ciclo de forma más que correcta, dejando un pequeño epílogo a modo de sexta y última temporada ya confirmada.

Y como no podía ser de otro modo, dicho cierre tiene como principal motor al Agente Coulson, rol que Clark Gregg lleva interpretando 10 años desde que apareciera por primera vez en Iron Man (2008). La serie creada por Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse), Jed Whedon y Joss Whedon (Los Vengadores) ha pivotado desde el primer momento sobre este personaje, y aunque a lo largo de los años ha crecido en complejidad dramática y ha incorporado interesantes personajes, el epicentro de toda la trama siempre ha sido ese agente con fe ciega en la causa que defiende. Todo esto viene a cuento porque los 22 episodios de esta penúltima temporada representan el viaje final del héroe, un recorrido que más allá de la acción es una especie de cesión del testigo para que un nuevo líder tome el control. El problema, y de ahí el final inminente de la serie, es que ninguno de los otros protagonistas, aún con su evidente interés, tiene madera de protagonista.

Esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., al igual que las anteriores, divide su trama en dos partes diferenciadas claramente. Sin embargo, y a diferencia de años atrás, en esta ocasión ambas historias están intrínsecamente relacionadas por la causa y efecto que generan los saltos temporales. La idea del bucle temporal adquiere una fuerza dramática inusitada que no solo provoca una tendencia creciente del drama e incluso cierto suspense, sino que da lugar a un clímax final y a una resolución de la historia tan interesante como compleja, trastocando el tratamiento de los protagonistas realizado hasta ese momento al tener que enfrentarles con sus propios miedos, sus fobias y sus secretos más escondidos. El hecho de presenciar el futuro e intentar cambiarlo a pesar de repetir siempre los mismos actos (sin darse cuenta de ello, claro está), aporta una complejidad dramática única a la temporada, pero también un cierto desasosiego al tener en todo momento la sensación de estar asistiendo a un destino inevitable.

Evidentemente, los héroes logran su misión, pero a diferencia de otro tipo de series, no es un final feliz. Más bien la resolución de esta etapa es agridulce. Durante los 22 capítulos la trama gira en torno, ya sea directa o indirectamente, la salvación del rol de Gregg. Resulta muy interesante analizar cómo funciona a la perfección esta premisa en el tratamiento de toda la temporada, fruto de una construcción de personajes coherente y sólida. En efecto, la lucha de todos los personajes por su líder no solo se antoja lógica, sino incluso necesaria. Y la evolución orgánica de todas las tramas alrededor de este desencadenante no podría ser más exquisita, toda vez que son varios los momentos en los que el espectador, aun teniendo en mente una idea aproximada de lo que puede ocurrir, se encuentra ante un abismo dramático cuyo final no puede vislumbrar. Dicho de otro modo, aunque la victoria de los protagonistas es obligada, las consecuencias de dicha victoria, tanto personales como materiales, son totalmente inesperadas. Y este es uno de los principales atractivos de esta etapa.

Cerrando flecos

Todo ello no quiere decir que esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no tenga ‘peros’. En demasiados momentos la trama recurre a ciertos Deus ex machina que, aunque bien encajados en la evolución dramática, se antojan irreales (y hablamos de una producción puramente fantástica), demasiado milagrosos. Y eso no es únicamente por el modo en que se presentan dichos momentos, sino porque para resolver determinadas situaciones aparentemente irresolubles se recupera la presencia de personajes de temporadas anteriores que, de un modo u otro, solucionan la papeleta narrativa que en ese momento tienen los creadores de la serie. Todo ello juega en perjuicio de algo fundamental de esta producción, que es la capacidad del equipo de superar cualquier situación.

Asimismo, y aunque la temporada vuelve a dividirse en dos partes bien diferenciadas, el desarrollo de ambas ha tenido muchas historias secundarias, y según como se mire puede que demasiadas. El intento de rizar el rizo de una historia y unos personajes ya de por sí complejos lleva a esta etapa a convertirse en una espiral constante de situaciones casi insostenibles, de desafíos que van más allá de las capacidades mentales y físicas de los protagonistas. Y aunque este viaje hay momentos que resta credibilidad al relato, también es cierto que ahonda en las múltiples caras de los protagonistas, enriqueciéndolos a ellos y a la trama, que se llena con todo tipo de matices, algo poco habitual para este tipo de producciones. En este sentido, es interesante estudiar el delicado equilibrio que manejan los guionistas entre el crecimiento natural y orgánico de la historia, nutriéndose de las historias secundarias y los conflictos entre los personajes, y las dificultades que tienen para resolver determinadas situaciones, llegando al extremo de utilizar esos Deus ex machina que antes mencionaba.

Pero esta temporada es también la del cierre de flecos secundarios que pudieran quedar sueltos, lo que es una prueba más que evidente de que su final está próximo. El caso más evidente es el del coronel interpretado por Adrian Pasdar (Run), personaje que ha vivido un largo viaje en el que ha pasado de ser enemigo de los héroes a su aliado, para terminar convertido en un supervillano cuyo giro dramático podría ubicarse a medio camino entre esa evolución natural y los cambios forzados por las necesidades de guión. Pero en cualquier caso, la labor de Pasdar convierte a este personaje en uno de los más interesantes de la temporada, si no el que más, creando un villano complejo, marcado por un sentido del deber corrompido por un poder que cree dominar pero que en realidad le domina. Su figura, aunque secundaria, resume a la perfección el espíritu dramático de esta temporada.

Tal vez esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no sea la mejor de todas, pero sin duda se encuentra entre los referentes de la serie. Y lo es porque, a pesar de sus limitaciones y de sus puntos débiles, se atreve a ir más allá, a explorar nuevos terrenos dramáticos jugando con el espacio y el tiempo para desarrollar una historia autosuficiente que, en realidad, no necesitaría del trasfondo dramático que arrastra de las anteriores temporadas. Los personajes se enfrentan a su presente no tanto conociendo su pasado como, ante todo, conociendo el futuro y la tragedia a la que se enfrentan. Y ese conocimiento único es el motor del drama y cierto suspense que nutre toda esta etapa. La resolución, tan emotiva como trágica, no deja indiferente. Ahora tan solo queda poner el punto final con una sexta temporada que sitúe a los protagonistas ante su futuro.

‘Los Increíbles 2’: como si no hubiera pasado el tiempo


Han pasado 14 años, pero en realidad no ha pasado el tiempo. En ningún sentido. Este es uno de los motivos por los que se habla de la ‘magia del cine’. El director Brad Bird, el genio detrás de algunas de las joyas de la animación de los últimos años gracias a Pixar, ha logrado algo muy difícil: un viaje al pasado para las generaciones que hace más de una década disfrutaron, se emocionaron y crecieron con Los Increíbles. Pero lo ha hecho alejado de nostalgias o de autorreferentes, contando una nueva historia que continúa las aventuras de esta familia con la esencia, el sabor y la maestría que ya tuvo la primera parte.

De este modo, Los Increíbles 2 se convierte en todo lo que una secuela debe ser. Visualmente arrolladora, la cinta posee más acción, más espectacularidad y más superhéroes. Pero al mismo tiempo, y esto es lo que hace que estemos ante una nueva joya de la animación, es que la cinta ofrece mucho más que una mera continuación de las aventuras. Si la primera cinta exploraba los secretos en una familia y cómo la unión de sus miembros era la forma de enfrentarse a los problemas, esta segunda parte ahonda en las inseguridades del padre de familia, en la aceptación de los roles dentro del grupo familiar y en las relaciones entre padres e hijos.

Y lo hace con una historia que, aunque en cierto modo previsible, no deja de fascinar a cada paso que da gracias a los equilibrios dentro de su trama con las diferentes historias que en ella se desarrollan. Si el drama y la acción los aporta la parte de la superheroína y sus aventuras, el punto irónico y cómico está representado por ese Mr. Increíble que debe aprender a ser “increíble” también en su casa, con sus hijos, lidiando con problemas comunes como los deberes, las primeras relaciones de su hija con chicos o el cuidado de un bebé que, en este caso, en lugar de descubrir el mundo descubre sus poderes. Atentos a este pequeño que desarrolla todo su potencial en algunas de las secuencias más hilarantes y perfectamente desarrolladas del metraje.

El hecho de que la trama transcurra desde el punto en el que terminó la primera parte ayuda a que Los Increíbles 2 nos lleve de viaje al pasado, pero es solo un lugar desde el que comenzar. El viaje es mucho más complejo, más enriquecedor y más divertido que todo eso. La cinta de Bird, que vuelve a demostrar su talento, puede entenderse en varios niveles, y esto la convierte casi en un clásico automático. Sí, es diversión, acción, espectacularidad y una animación impecable. Pero también es drama familiar. Y es conflicto emocional. Y es comedia. Incluso tiene algunos toques de comedia adolescente. En definitiva, un film que es más de lo que podría pensarse a simple vista. Un film imprescindible.

Nota: 9/10

4ª temporada de ‘The Flash’, o cómo narrar desde la derrota del héroe


Con sus más y sus menos, The Flash ha logrado encontrar un hueco narrativa y dramáticamente hablando. Un hueco definido por un delicado equilibrio entre el humor y el drama, en el que el primero sirve de “desengrasante” para el segundo sin llegar a convertir en una burla el concepto de este producto. Sin embargo, en dicho equilibrio existen fluctuaciones, y la cuarta temporada es, posiblemente, una de las más dramáticas vistas hasta ahora. Posiblemente no para los protagonistas, pero sí en el tratamiento de la serie creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (autores de Arrow) y Geoff Johns.

Y es que estos 23 episodios ofrecen un interesante análisis del tratamiento de la narración. A diferencia de etapas anteriores en las que las historias episódicas entroncaban de forma tangencial con la trama principal, en esta ocasión el grueso del argumento se encuentra bajo el paraguas del villano al que da vida con notable acierto Neil Sandilands (Proteus). Salvo los capítulos destinados a crossovers entre las series de DC Cómics, en términos generales nos encontramos ante una dedicación exclusiva de toda la trama al enfrentamiento entre héroe y villano. Eso no impide que existan historias autoconclusivas en muchos episodios, pero todas ellas están, de algún modo, relacionadas con la trama principal.

El principal efecto de esta apuesta es que la cuarta temporada de The Flash es un constante crecimiento dramático, generando tensión a cada paso y sentando las bases del clímax del último episodio. Y aunque es cierto que el héroe siempre debe enfrentarse a retos mayores que él mismo para superarlos y superar sus propias limitaciones, en esta ocasión la constante es el fracaso, la idea de luchar contra un destino ya escrito del que no se puede escapar. Más allá de la resolución final y el concepto empleado para que el bien se imponga al mal (el amor, la amistad, ser fiel a uno mismo), lo más relevante es el viaje por esta tanda de episodios, en el que todos y cada uno de los personajes pierde algo realmente importante, en una constante derrota que va más allá de la simple dinámica que mueve todo conflicto.

Dicho de otro modo, en esta ocasión no hay una perspectiva de que las victorias tengan más peso que las derrotas. Es evidente que el resultado final siempre será positivo, al menos en términos generales, pero durante toda la temporada lo que se plantea es llevar hasta límites fuera de lo común al héroe, que debe enfrentarse a la derrota no solo física, sino también emocional (la muerte de su amigo), intelectual y de sus propios poderes. Contrariamente a lo que pueda parecer, esta estrategia narrativa lo que provoca es una mayor identificación con el héroe. Es cierto que la trama presenta altibajos, en buena medida provocados por la falta de interés de algunos personajes y algunas tramas secundarias, pero en líneas generales lo que nos encontramos es ante un constante desafío para el velocista.

Un problema de DC

Ahora bien, esta cuarta temporada de The Flash está empezando a presentar un problema que parece común a todas las producciones de DC, y es la acumulación de secundarios que aportan poco o nada a la historia del héroe. Es cierto que muchos de ellos, puede que la mayoría, crean un contexto dramático que, al fin y al cabo, define toda la serie, pero el problema de incluir tantos secundarios, algunos con más importancia que otros, algunos con poderes, es que todos ellos necesitan de cierto tiempo para desarrollarse, para evolucionar y participar activamente en la historia. Y eso se traduce en más minutos, más dedicación y, por tanto, más espacio robado a la trama principal.

Esta etapa ha podido resolverlo con acierto en muchas ocasiones, como es el caso del nuevo superhéroe interpretado por Hartley Sawyer (Thursday), pero en otros la participación de los secundarios se ha vuelto, digamos, satélite, quedando como recurso de apoyo cuando fuera necesario, por mucho que su rol tuviera, en teoría, mayor peso dramático. Posiblemente la mejor prueba de esta acumulación de héroes sea el final, donde algunos personajes parecen llamados a desaparecer (al menos de momento) para aligerar y simplificar tanto la trama como las relaciones entre los personajes. Sea como fuere, lo cierto es que se empieza a ver muchos personajes que entran y salen de la trama sin demasiada influencia, únicamente para expandir el universo ‘Flash’, y esta intermitencia puede jugar en contra de la historia si no se lleva por el buen camino. De hecho, Arrow ya se ha visto obligada a aligerar su historia de personajes.

Aunque como siempre ocurre en esta serie, posiblemente el punto de giro más interesante sea el gancho final para la siguiente temporada. Y es aquí donde entra en juego otro de los elementos más indentificables de esta ficción que, curiosamente, no han tenido demasiado protagonismo en esta etapa. Me refiero a los viajes en el tiempo. Mientras que años atrás los cambios en el espacio-tiempo han dado pie a historias, cambios y villanos, en esta ocasión todo ha transcurrido en el campo de la mente y el presente físico. De ahí que el final de esta temporada abra una interesante puerta a una trama que requerirá de un minucioso tratamiento, y que sin duda será objeto de muchos análisis por parte de los fans más acérrimos del personaje.

En cierto modo, se puede decir que la cuarta temporada de The Flash viene a demostrar que la serie puede ser extremadamente dramática si se lo propone, pero sobre todo confirma una madurez que no tenía al principio. Con un héroe atormentado por los errores que comete y el sufrimiento que eso causa, un villano que parece no poder ser derrotado y unos protagonistas que afrontan pérdidas de todo tipo, estos episodios suponen un constante giro dramático hacia un abismo que, no por tener un final previsiblemente feliz, es menos angustioso. Curiosamente, las constantes derrotas del héroe provocan un doble y contradictorio efecto: por un lado permiten una interesante narración desde el punto de vista de la derrota, pero por otro genera cierto desapego en algunos momentos de la historia. En cualquier caso, esta es posiblemente la etapa más oscura y dramática hasta la fecha.

‘Arrow’ cierra ciclo aglutinando conceptos en su sexta temporada


Cuando una serie alcanza una determinada duración se plantea la duda de cómo mantener el interés con un crecimiento constante basado en giros de guión. Es algo que define este formato y que no ocurre en el cine. El caso de Arrow es cuanto menos curioso. El final de la quinta temporada fue, sin lugar a dudas, apoteósico, y dejaba abierto un futuro prometedor. Que esas promesas se hayan cumplido depende en buena medida de las expectativas de cada espectador, pero hay algo que puede considerarse relativamente objetivo: la ficción creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggeheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie The Flash) ya no es la misma.

Y no lo es por muchos motivos, pero fundamentalmente porque en esta sexta temporada se dan cita todos los miedos, todas las inseguridades y todos los conflictos planteados a lo largo de estos años en una suerte de puzzle de difícil solución (a tenor del final más bien imposible). Eso sí, lo hacen con una trama novedosa, diferente a lo visto hasta ahora y sumamente compleja. Posiblemente sea por ello que en varios momentos de estos 23 episodios el ritmo de la historia decae ante la imposibilidad de equilibrar correctamente los dos mundos en los que se mueve el protagonista, y ante la necesidad de poner punto y final a varias tramas secundarias que se han arrastrado durante demasiado tiempo.

Respecto al primer aspecto, es evidente que el principal motor narrativo de esta sexta temporada de Arrow se sustenta sobre la cara pública (y política) del héroe y su actividad nocturna. Una suerte de doble juego en el que el objetivo, en ambos casos, es salvar la ciudad, por la fuerza o por la ley. Sin duda, esta doble cara es idónea para albergar los principales conflictos de la trama, tanto el interior como el exterior. Las dudas del héroe sobre su actividad como Flecha Verde contrastan con la necesidad de enfundarse el traje y combatir a un enemigo que, sin tener grandes superpoderes, posiblemente sea uno de los más temibles de estos años. Un interesante conflicto con varias ramificaciones que luego abordaremos, pero que también deja varias irregularidades dramáticas y de ritmo.

En cuanto al segundo, la necesidad de destinar tiempo y recursos narrativos a diversas historias secundarias que habían quedado “colgadas” de la anterior temporada ha obligado a sus responsables a desviar la atención de lo realmente importante. El caso más evidente es el de la hermana del protagonista, interpretada de nuevo por Willa Holland (Legión). Su relevancia en la trama, si alguna vez fue alta, ha quedado en nada con la evolución de la historia, y su presencia se había convertido casi más en una molestia que en un apoyo dramático para el héroe. De ahí que se haya buscado una salida útil, recuperando para ello viejos amores que, aunque es un capítulo algo débil dentro del conjunto, se integra relativamente bien en el mismo.

División y fuerza

No es el único, claro está, y esa obligación de poner punto y final a varios de estos personajes obligaba a desviar la atención de lo verdaderamente importante, que no es otra cosa que los efectos de la dualidad del protagonista sobre el resto de elementos de la trama. De ahí que los instantes más atractivos e interesantes de esta sexta temporada de Arrow sean, precisamente, en los que los dos mundos en los que vive el arquero esmeralda chocan y se contaminan uno con otro. Independientemente de que todo obedezca a un plan magistral del villano al que da vida Kirk Acevedo (El amanecer del planeta de los simios), lo cierto es que los conflictos generados entre la política y la batalla en las calles son el verdadero motor de estos 23 capítulos, y los que aportan mayor dramatismo al conjunto.

Un dramatismo que, de nuevo, se traduce en dos niveles. Por un lado, el puramente personal y moral, en el que el héroe debe afrontar una decisión que marcará su futuro y, por extensión, el de la serie, al menos durante buena parte de la siguiente temporada. Este aspecto es, posiblemente, el más atractivo desde un punto de vista puramente dramático. Pero por otro, ese conflicto también tiene la lectura externa en forma de división de los héroes, de recelos, miedos y sospechas en un grupo hasta ahora más o menos cohesionado. Siendo este el aspecto más visual y narrativo, no cabe duda de que es el que mejor puede plasmar la batalla interna del héroe y, al mismo tiempo, las derrotas morales que sufre a manos de su enemigo. El equilibrio logrado entre ambos niveles es lo que convierte a esta etapa en un producto diferente a lo visto hasta ahora, y en el punto de partida de una cierta reinterpretación de la serie en un futuro no demasiado lejano.

Relacionado con esto, y no por casualidad, en esta sexta etapa asistimos a una suerte de resumen de todo lo que ha sido la serie. Desde ese primer villano ahora reconvertido en amigo a ese otro amigo reconvertido en villano con cierta conciencia de lealtad, pasando por el regreso a los orígenes del arquero y su lucha en solitario, estos episodios recuperan viejos elementos, antiguos iconos y clásicos conflictos para ofrecer un final cerrado de una etapa, una conclusión más o menos certera del periplo del héroe hasta ese momento. Y tampoco es coincidencia que la serie termine con el protagonista entre rejas, situación muy próxima a la que tenía al comenzar, presuntamente encerrado en una isla desierta. En este sentido, se puede interpretar esta temporada como circular tanto dentro de su propio desarrollo como enmarcada dentro del conjunto.

Dicho todo ello, la sexta temporada de Arrow ofrece muchas lecturas, pero no todas ellas bien expuestas. Sólida desde un punto de vista narrativo, dramáticamente hablando posee demasiados altibajos que no solo hacen que decaiga el ritmo, sino que pueden llevar al espectador a perder atención de lo narrado. Si se logra superar este punto, lo que nos encontramos es una inteligente propuesta a modo de resumen y reinicio de las peripecias del arquero esmeralda, con un desarrollo dramático de personajes tan intenso como angustioso en algunos momentos, y cuyo final supone el adiós de algún que otro personaje secundario de peso a lo largo de estos años. Lo dicho, esta etapa de Flecha Verde dice adiós a una época. ¿Lo que viene será igual de interesante?

‘Ant-Man y la Avispa’: mínimos cuánticos


Entretenimiento enorme, historia microscópica. Esa es la máxima (y la mínima) de esta secuela de un superhéroe que ya en su primera entrega podría haber dado algo más, tuvo una especie de interesante redención en la Guerra Civil superheróica de Marvel y confirma su poco recorrido en solitario en su segunda película.

En efecto, y por mucho que añadan otro insecto en el título, Ant-Man y la Avispa demuestra que este superhéroe no tiene mucho donde escarbar para encontrar un trasfondo dramático sólido. Tal vez sea por el carácter humorístico y el tono burlón de la narrativa, pero lo cierto es que esta continuación se toma menos en serio incluso que el film original. Más allá de chistes y gags recurrentes, el arco argumental carece de lo más básico de una historia: el conflicto. Sí, es cierto que existe un conflicto personal (el arresto domiciliario), uno emocional (el love interest no del todo correspondido) y uno externo (la villana de turno), pero ninguno de ellos llega a resultar real. Da la sensación de estar más bien ante un episodio de transición de alguna de las numerosas series más limpias de superhéroes, en las que el o la protagonista siempre logra su objetivo casi sin despeinarse.

Y sus responsables lo saben. A tenor del resultado, eran conscientes desde el primer momento. La apuesta por el humor y, sobre todo, el ritmo frenético del desarrollo imprime al conjunto un tono jocoso, casi infantil, que intenta hacer olvidar que estamos ante una película carente de fondo. Visualmente poderosa, manejando las escalas de forma magistral y con unas secuencias de acción brillantes en muchos momentos, la cinta logra combinar con acierto humor, adrenalina y ciertos toques dramáticos (lo justo para que no sea una comedia al uso). De ahí que el sabor de boca que deja no sea demasiado amargo y mantenga la línea iniciada por la anterior película.

Ahora bien, si algo define este film es la ya clásica escena post-créditos, que vendría a reafirmar la idea de que el film es en realidad una especie de excusa para presentar a estos personajes de cara al macro evento cinematográfico que continuará lo narrado en Vengadores: Infinity War. El final de Ant-Man y la Avispa deja literalmente sin palabras al espectador, respondiendo a una de las preguntas que muchos fans se habrán hecho en los últimos meses. Así las cosas, esta continuación es… pues eso, una continuación. Dramáticamente aporta poco a los personajes. Eso sí, con pocas películas se podrán pasar un par de horas más divertidas y entretenidas.

Nota: 6/10

‘Vengadores: Infinity War’: infinitamente Marvel


Han pasado 10 años desde aquella primera aventura de Iron Man. 10 años en los que Marvel ha construido, algunas veces con más acierto que otras pero siempre con mimo y cuidado, todo un universo en el que poder desarrollar las aventuras de sus personajes, sus motivaciones, sus debilidades y los conflictos que les definen a lo largo de los años. Y todo eso desemboca aquí, en una macroproducción superheróica en la que nada se deja al azar y todo, absolutamente todo, tiene un objetivo: convertir a este film en el mayor espectáculo de la historia. Que lo haya conseguido o no es cuestión de puntos de vista, pero algo queda claro: se puede conseguir.

Porque en efecto, Vengadores: Infinity war es un espectáculo. Pero también es una historia, un drama capaz de generar desasosiego, de enfrentar a estos personajes capaces de cosas extraordinarias ante un enemigo invencible, ante ese desafío que, como se menciona en la película, les hará fracasar estrepitosamente. Toda historia debe construirse, al menos en teoría, sobre un crecimiento constante de tensión, de acción o de drama. En el cine de superhéroes esto, habitualmente, se traduce en combates que ponen al héroe ante un desafío cada vez mayor que debe superar para, al final, enfrentarse a la gran amenaza. Y aunque esta cinta de los hermanos Russo (Capitán América: El soldado de invierno) responde a esa idea, ese crecimiento dramático está construido sobre desafíos fallidos, sobre una lucha en la que el villano vence constantemente, hasta un final que… que aquí no revelaré, pero que puede generar cierto desasosiego.

Se trata, por tanto, de una producción compleja, de una obra de arte del género que merece ser reconocida como tal. Nada de enfrentamientos cuyo final se conoce de antemano; nada de momentos narrativos que restan ritmo al conjunto. Todo en el film se construye con el único objetivo de ofrecer una historia dinámica, profunda, en la que las motivaciones son lo primero y los efectos (sencillamente espectaculares, dicho sea de paso) lo segundo. Es más, pocas veces podrá verse que uno de los momentos más dramáticos de un film lo protagonice un villano que debe luchar entre lo que persigue y la única persona a la que alguna vez ha querido. Y los hermanos Anthony y Joe imprimen al conjunto un estilo visual brillante, aprovechando al máximo los planos generales de las batallas y las posibilidades de los numerosos superhéroes que aparecen a lo largo del metraje.

Desde luego, Vengadores: Infinity War es la cinta que todo fan lleva esperando 10 años. Pero es más. Es un relato sobre el fracaso, sobre la lucha contra un destino que parece escrito y que es incapaz de ser cambiado. Una lucha frustrante, en definitiva. Y no hay nada más satisfactorio, dramáticamente hablando claro esta, que ver a un héroe caído para volver a levantarse. Y dado que en este caso son decenas de ellos, la sensación agridulce que deja el final del film se multiplica de forma exponencial. Ahora sí, Marvel ha logrado alcanzar un clímax dramático en su cine, un nivel que posiblemente no sea tan adulto como el de su principal competidor, DC Cómics, pero sin duda sí ha sabido profundizar más que en otras ocasiones. Y desde luego, ha dado una lección sobre cómo construir este tipo de relatos tan complejos, cómo introducir a cada uno de los personajes y cómo mostrar la derrota individual de cada uno. ¿Tiene algo malo entonces? Bueno, mucha gente la verá sólo como una más de superhéroes. Y, por supuesto, que hay que esperar un año para el desenlace.

Nota: 9/10

La 3ª T. de ‘Gotham’ consolida a sus villanos para crear a Batman


Hay una ley no escrita que establece que toda buena película debe tener un extraordinario villano. Evidentemente, no todas las grandes historias cuentan con grandes villanos… o con villanos propiamente dichos. Pero desde luego, un gran villano sí eleva de categoría cualquier historia. Y partiendo de esa base, la tercera temporada de Gotham ha optado por hacer avanzar la trama a pasos bastante agigantados para confirmar el giro dramático que está dando la serie y convertirla en una historia de superhéroes más que detectivesca. Para ello se ha apoyado en su cartera de villanos, dotándoles de una mayor entidad y aprovechando eso para desarrollar, a su vez, a un joven Bruce Wayne magníficamente interpretado por David Mazouz (serie Touch).

En efecto, estos 22 episodios de la serie creada por Bruno Heller (serie Roma) ahonda notablemente en la personalidad de todos y cada uno de los villanos que a lo largo de los episodios anteriores han ido apareciendo en la trama, amén de incorporar otros nuevos. Con más o menos acierto según sea el caso, el resultado final es que la complejidad que han adquirido no solo estos antagonistas, sino también su forma de relacionarse con el resto de personajes, hacen que la serie haya dejado de ser una original producción policíaca ambientada en la ciudad que da nombre a la ficción para convertirse en un mosaico criminal de intereses contrapuestos, de motivaciones enriquecidas por el odio, la venganza y el poder. Todo eso convierte a Gotham en esa ciudad del crimen que necesita de un salvador, de un héroe al margen de una limitada ley que no puede hacer frente a todas esas amenazas.

Se puede decir, en este sentido, que Gotham (la serie) empieza a ser realmente Gotham (la ciudad). Más allá de la impecable ambientación, el escenario en el que se desarrollan todas las tramas toma forma y se prepara para recibir al caballero oscuro, que en cierto modo hace acto de presencia en el plano final de esta tercera temporada. Y todo ello, como decimos, es gracias precisamente a que los villanos comienzan a tomar conciencia de sí mismos, a dejar de ser meros secundarios para dar un paso al frente y ser protagonistas de historias que no solo discurren paralelas a la principal, sino que influyen de un modo más o menos notable en la misma. A pesar de los errores, que los tiene principalmente en la construcción de algunas tramas, el resultado final es el de una composición de intereses, antagonistas, violencia y caos que resulta de lo más sugerente. Y ante esa amenaza, apenas dos nombres.

El arco argumental del detective Gordon, interpretado de nuevo por Ben McKenzie (El marido de mi hermana), ha ido perdiendo interés en favor no solo de los villanos, sino del propio Mazouz y su viaje para encontrar a Batman. A pesar de seguir llevando sobre sus hombros el principal peso de la historia, su personaje en esta etapa realiza un recorrido cuanto menos cuestionable, que le hace ser detective privado, policía, infiltrado en una organización secreta, superar una droga que nadie más es capaz de controlar y salvar una ciudad. El hecho de que su trayectoria de redención no le convierta en el principal atractivo de la serie debería ser argumento suficiente para comprender que no está funcionando, que se está convirtiendo en un secundario, en un nexo de unión entre otras historias más interesantes. Si a esto añadimos el espléndido crecimiento del personaje de Bruce Wayne, con un prometedor futuro por delante como auténtico protagonista, lo que tenemos es un cambio de foco dramático sabiamente elaborado y disimulado con un contexto cada vez mejor.

Porque sí, porque hay que hacerlo

Todo ello no impide, sin embargo, que esta tercera temporada de Gotham no presente algunos puntos débiles. Y como es lógico, si son los villanos los que más crecen en esta serie, también son ellos los que registran algunas de las mayores flaquezas. Los problemas de estos últimos episodios podrían resumirse en un Deus ex machina constante a lo largo de la trama, si bien en esta ocasión ni hay un dios ni hay una máquina. Es más bien, el poder puntual de la ciencia. Eso y las conspiraciones que se desarrollan a lo largo del arco argumental. Pero vayamos por partes. Los aspectos más “mundanos” de la serie, aunque estructurados correctamente (lo que da facilidades para el desarrollo de personajes), han necesitado en no pocas ocasiones de giros argumentales cuanto menos cuestionables. No por su falta de coherencia; no por ser algo inconexo con el resto de la historia. Más bien, porque se han forzado situaciones que para crear conflictos que de otro modo habrían sido difíciles de explicar.

Desde el hecho de que el personaje de McKenzie sea capaz de vencer una droga que ningún otro personaje es capaz de controlar, hasta el camino oscuro que emprende el joven Bruce Wayne, las tramas han tenido un recorrido algo accidentado. Cabe pensar que en algunos casos, como el de esa especie de conspiración para acabar con la ciudad y utilizar el rol de Mazouz como arma, las incógnitas se resolverán poco a poco en los siguientes episodios de la cuarta temporada. Pero otros casos son más llamativos. La incorporación de nuevos secundarios cuya única función es la de ser detonante de un elemento desequilibrante en la historia es alarmante, lo que genera un doble problema. Por un lado, la proliferación de personajes relativamente insustanciales complica la posibilidad de estar atentos a todas las ramificaciones que posteriormente se desarrollan. Y por otro, su presencia resta tiempo y espacio al desarrollo de otras tramas, lo que obliga a condensar motivaciones, decisiones y acciones en un periodo más corto, derivando en esa sensación de que en los arcos argumentales hay momentos en los que todo ocurre casi “porque sí”.

Aunque no cabe duda de que uno de los casos más sonados es el de Ivy Pepper, que ya va camino de convertirse en Poison Ivy. Y en esta ocasión sí que es la ciencia la que tiene mucho que ver con esa idea de que todo ocurre “porque tiene que ser así”. Ya sea por cuestiones narrativas, ya sea por cuestiones dramáticas, el cambio de actriz, crecimiento del personaje incluido, genera más dudas que certezas. Partiendo de la base de que se produce casi por un accidente científico, queda plantearse porqué logra los poderes y conocimientos sobre plantas que logra, amén de los motivos para ese crecimiento en cuestión de segundos del personaje, que ahora está interpretado por Maggie Geha (¿Cómo se escribe amor?). En efecto, y según lo visto en esta tercera temporada, parece que hay dos motivos para esta evolución. Por un lado, dramático: el personaje no se estaba desarrollando adecuadamente y era necesario explicar sus poderes. Por otro, narrativo: es necesario sumar a un villano de esta categoría al plantel de adultos de la trama y darle un mayor protagonismo del que tenía hasta ahora.

El problema es el modo en que se ha hecho. Y eso se puede aplicar a muchos aspectos de la tercera temporada de Gotham. Es cierto que son aspectos secundarios, al menos respecto al desarrollo principal y al modo en que ha terminado esta etapa, pero sí desvelan algo arriesgado: el uso de recursos poco o nada narrativos que no tienen justificación alguna en el resto de las tramas. A priori no debería de ser motivo de alarma teniendo en cuenta la sólida construcción de los principales personajes, sean héroes o villanos, pero el hecho de que el rol de McKenzie haya perdido parte de su interés y que se estén introduciendo más y más villanos invita a pensar que esos detalles secundarios podrían adquirir la categoría de relevantes. Por suerte Batman también está empezando a hacer acto de presencia, y si eso se trabaja como hasta ahora, es garantía de éxito.

 

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