‘Los hermanos Sisters’: conflicto de modelos sociales


El género western posee unos elementos definitorios muy concretos más allá de vestuarios, épocas y escenarios. Tal vez por eso la nueva película de Jacques Audiard (De óxido y hueso), aunque ambientada en el Lejano Oeste, ofrece al espectador muchas más lecturas a todos los niveles, desde el visual al puramente sociológico, componiendo una sinfonía muy entretenida que, además, obliga necesariamente a reflexionar durante varias horas.

Porque la premisa inicial de estos dos bandoleros a sueldo realizando un trabajo pronto da paso a una interpretación mucho más profunda y compleja tanto de los personajes como del mundo en el que se desarrolla la serie. Con un tono marcadamente crepuscular, la historia ahonda en las diferencias de un mundo marcado por la violencia y la codicia y otro muy diferente en el que la educación, el respeto a la ley y la convivencia definen a los individuos. Esta dualidad se haya en cada aspecto del film, desde las diferencias entre Los hermanos Sisters, a los que dan vida de forma espléndida John C. Reilly (Convención en Cedar Rapids) y Joaquin Phoenix (Irrational man) hasta los contrastes entre el polvo del camino y la elegancia de San Francisco, por no hablar de la utopía que menciona el rol de Riz Ahmed (Circuito cerrado) hacia el final del metraje.

A todo ello se suma una puesta en escena que aprovecha al máximo las posibilidades de la historia. Audiard vuelve a demostrar su amplio registro formal con escenas como la inicial, con una oscura noche solo iluminada por el fuego de los disparos, o la iluminación tenue de las calles de pueblos y ciudades. El director francés pone al servicio de la historia y sus actores tanto imagen, música (magnífica banda sonora de Alexandre Desplat, dicho sea de paso) y lenguaje para desarrollar y captar el sentido de las miradas, de los diálogos e incluso de las penurias que pasa la pareja protagonista para alcanzar su destino, retornándoles al final al que fuera el inicio de sus vidas.

Lo que nos encontramos en Los hermanos Sisters es un western atípico, alejado de heroicas gestas o desafíos casi imposibles. En realidad, los dos protagonistas son más bien decadentes, y la historia reflexiona sobre el modelo social y la lucha entre la violencia y la armonía. Y por ello, amén de un director con personalidad capaz de atrapar al espectador con su capacidad para generar belleza, es por lo que el film se descubre como una obra diferente, enriquecedora, capaz de sobrevivir a su propio metraje para dejar su poso en la conciencia una vez se encienden las luces de la sala. Puede que algunos de sus tramos carezcan del ritmo necesario, pero tanto si se es aficionado al género como si no, es una película que nadie debería perderse.

Nota: 8/10

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‘Keepers. El misterio del faro’: la espiral de la muerte


Allá por 1900 tres fareros de la isla de Eilean Mor, una de las que forman las islas de Flannan (Escocia), desaparecieron sin dejar rastro. En las instalaciones no se encontró ninguna pista sobre lo que podría haber ocurrido. De hecho, todo parecía perfectamente ordenado. Este misterio es la premisa para construir un thriller atípico, alejado del componente morboso o terrorífico y con una profundidad dramática poco habitual. Un thriller en el que la mayor parte del motor que mueve la trama se encuentra en las miradas y los pensamientos de los personajes, y no tanto en sus acciones, que sirven más bien como puntos de giro dramático.

Con esta idea Kristoffer Nyholm, director de un referente del thriller como es la serie Forbrydelsen (The killing), construye un viaje a las miserias del alma humana, a los confines del odio, el miedo y la venganza. Para ello aprovecha al máximo las características de sus tres personajes, a los que mina mental y físicamente hasta hacerlos caer, y con ellos la cordura en un ambiente tan solitario y gris como es una isla en el norte de Europa. Como si fuesen los tres pilares sobre los que se asienta una construcción, la fractura de cada uno de los personajes hace tambalear hasta su autodestrucción las relaciones entre ellos, pero lo que es más importante, acaba con su humanidad a pesar de sus intentos por preservarla. En este sentido, el lenguaje visual del director, aprovechando al máximo los primeros planos (y las posibilidades que le ofrecen los notables actores) y narrando con elegancia y fuera de plano algunos momentos más escabrosos, potencia esa sensación de que los protagonistas van perdiendo poco a poco aquello que les hace hombres para terminar siendo otra cosa.

Y aunque todo ello termina atrapando al espectador en una espiral de tragedia, Keepers. El misterio del faro peca en varios momentos de un ritmo algo lento, sobre todo en una primera parte en la que se narra el modo de vida de esta profesión. A mejorar el ritmo no contribuye, desde luego, que los aspectos más interesantes de la historia se desarrollen con miradas y sin palabras. La introspección de la cinta, algo deliberadamente buscado para consolidar el mensaje final del film, puede llevar a muchos espectadores a creer que no ocurre nada, o casi nada, durante sus poco más de 100 minutos. Desde luego, acción e intriga tiene poca, pero también hay actualmente pocas historias capaces de introducirse en la mente de los personajes, desgranarla y dar una coherencia a los sentimientos a los que nos enfrentaríamos cualquiera de nosotros en esa situación.

Por supuesto, Keepers. El misterio del faro da una respuesta a ese misterio, valga la redundancia. Pero eso es lo de menos. Lo verdaderamente atractivo del film es el viaje que hace cada uno de ellos una vez que se desencadenan unos acontecimientos que les introducen cada vez más en una trágica espiral de la que no logran salir. Es cierto que su ritmo visual es algo lento, del mismo modo que es cierto que algunos pasajes de la historia están narrados de forma algo esquemática y críptica (algo propio del estilo nórdico). Pero también estamos ante un interesante drama emocional, ante tres hombres que afrontan unos acontecimientos para los que no están preparados y que terminarán por destruirles en todos los sentidos. Es un film menor, de eso no cabe duda, pero no por ello es menos recomendable.

Nota: 6/10

‘Vengadores: Endgame’: y Marvel reinventó el cine


En una época de series y consumo inmediato, Marvel ha logrado, una vez más, lo imposible: que nos sentemos tres horas seguidas para ver lo que podría calificarse como el evento del año… no, de la década… no, del cine moderno. No dudo que haya detractores del cine de superhéroes, considerándolo poco menos que un producto de marketing pensado para adolescentes y frikis. Y aunque haya algunas películas que puedan responder a ese estereotipo, la Casa de las Ideas ha demostrado que este género es algo más. Vengadores: Endgame es la prueba definitiva de ello.

La película de los hermanos Russo, autores la precedente Vengadores: Infinity war, es sencillamente indescriptible. Y contrariamente a lo que pueda pensarse, no lo es por el aluvión de efectos digitales que contiene. Ni siquiera por la inmensidad de su trama. Lo es por la complejidad de sus personajes, por el desarrollo dramático de unos acontecimientos trágicos y traumáticos y el modo en que un grupo de personajes deciden afrontarlos. Esto confirma que toda buena película necesita explorar las motivaciones, los miedos y los deseos de sus personajes, llevarlos a situaciones límite y mostrar cómo reaccionan ante ellas. Y da igual cuál sea el contexto. En el caso que nos ocupa, todo ello con un inteligente toque humorístico en los momentos adecuados, aliviando la tensión dramática. El único problema, si es que puede considerarse así, es que existen tantos personajes que muchos quedan relegados a meros testimonios presenciales.

Pero Vengadores: Endgame es más, muchísimo más. Ahora que las series de televisión parecen haberse adueñado del entretenimiento, esta película confirma que si la pequeña pantalla puede beber de influencias cinematográficas, el séptimo arte puede hacer lo propio con el formato episódico. Desde este punto de vista, esta conclusión podría entenderse como el último capítulo de una primera temporada que ha durado 11 años y ha tenido 22 capítulos. Y en cierto modo, así está planteado. Desde que se estrenara Iron Man en 2008 todo lo que se ha visto en cada una de las películas estaba perfectamente planificado para formar parte de una macrohistoria mucho mayor y compleja que ha derivado en este ‘fin de partida’. No se trata simplemente de presentar personajes y juntarlos luego en otra película. No, cada acontecimiento, cada cambio, trauma, decisión y victoria (o derrota) han definido todo para llegar a este punto. Y esa es la esencia misma de cualquier producción seriada.

Y por si hubiera dudas de ello, la propia estructura dramática del film se encarga de asentar la idea. A lo largo de su desarrollo (y sin desvelar nada de la trama), la cinta viaja por el pasado de los personajes y por momentos de otros títulos de Marvel tanto física como psicológicamente. El espectador asiste a una introspección mucho mayor de los héroes que durante más de una década le han acompañado. Se produce así una mayor comprensión de sus motivaciones, de sus decisiones, de su ira y su temor. Pero sobre todo se logra un grado de empatía con todos ellos difícil de alcanzar en un film normal y corriente. A esto contribuye, claro está, haberles visto crecer a lo largo de cada film. Posiblemente muchos ya os hayáis dado cuenta, pero esta descripción de personajes es exactamente la misma que se puede hacer en una serie, que basa buena parte de su éxito en que los personajes pueden desarrollarse durante más tiempo que en una película.

Si no he mencionado nada de los efectos especiales o la acción no ha sido deliberado. Es sencillamente que la profundidad dramática de la cinta relega las espectaculares batallas a un segundo plano. Tal es la complejidad de Vengadores: Endgame. Y tal es el homenaje que Marvel rinde a sus fans, a los que ofrece un producto final más que excepcional. Los hermanos Russo, con su habitual y notable pulso narrativo, logran que las tres horas de duración sean un suspiro. Su sello se deja ver en cada plano, especialmente en ese combate final con plano secuencia marca de la casa. ¿Y el final? Pues el que debería ser, ni más ni menos, títulos de créditos incluidos. La película deja clara una cosa: que es el fin de una era y que nada volverá a ser lo mismo. Pero también deja la sensación de estar ante algo tan grandioso que será difícil de superar, tanto en espectacularidad como en carisma de sus protagonistas. En los años 60 Marvel revolucionó los cómics; ahora ha hecho lo mismo con el concepto mismo del cine, traspasando la propia dimensión de película autoconclusiva o de la secuela.

Nota: 9,5/10

‘La Llorona’: terror con sello de fábrica


Cada generación ha tenido su modelo de cine de terror. Desde el slasher hasta el gótico, pasando por el gore o el de fantasmas. Todos ellos tienen al menos un film que los define, una cinta modelo sobre la que se construyen el resto, normalmente con menor fortuna. Y muchas de ellas dirigidas por autores debutantes. Pues uniendo todas estas piezas obtenemos La Llorona, una producción con claro sello de fábrica, hecha en cadena y aportando más bien pocos elementos novedosos, salvo tal vez llevar a la gran pantalla un mito latinoamericano.

La primera película de Michael Chaves contiene todos los elementos para generar sustos. De hecho, su desarrollo dramático está tan bien medido que prácticamente se pueden prever los sobresaltos que vivirá el espectador. Bajo este prisma, la cinta sí aporta algo interesante, y es el hecho de que la lucha entre víctima y espíritu acosador se muestra en su máximo esplendor, obteniendo con ello una narrativa más sincera, más física, y por lo tanto un poco alejada de rezos, juegos de luces y sombras y palabras en latín (que algo de todo esto tiene, no obstante). El problema, y no es un problema menor, es que ni los personajes están bien definidos, ni la historia resulta lo suficientemente interesante como para sumergir al espectador en un viaje al corazón del mal.

Más bien al contrario. Sus similitudes con otras cintas ambientadas en este mismo universo, el que se inició con Expediente Warren: The Conjuring, convierten a esta nueva aventura terrorífica en un producto visto una y mil veces, en una propuesta que depende en buena medida de la voluntad del espectador para poder atraparle. Dicho de otro modo, es necesario entrar en la sala con una predisposición muy alta. Más que una ambientación, lo que propone son sustos puntuales, algunos muy previsibles, lo que da lugar a una cierta sensación de déjà vu y, lo que es peor, una comparación con producciones similares, con las que por cierto sale muy mal parada. El ejercicio de análisis es bien sencillo: si se cambia el mal que acecha, los miembros de la familia y el nombre del cura, curandero, medium o lo que sea, obtendremos el título de más de una película reciente de terror.

Y todo eso es La Llorona. Ni más ni menos. Y la verdad es que tampoco pretende ser otra cosa. Es una producción que sabe lo que ofrece, lo que busca y lo que pide. Eso no la hace ni mejor ni peor, pero sí confirma esa idea con la que comenzaba este texto, y es que estamos en una nueva generación de terror que necesita renovarse con urgencia. Los productos empiezan a tener ese aroma a diseño de fábrica, a cadena de montaje. El primer susto en el minuto 10, el siguiente en el 20, el tercero alrededor del 25, etc.; una familia, preferiblemente madre soltera; unos niños con sensibilidad especial/sentido muy desarrollado de la curiosidad; un personaje que ayude a la familia y que esté vinculado, de un modo u otro, con la fe; y un lenguaje visual en el que primen la poca iluminación y los movimientos de cámara acompañados de estridentes ruidos o notas musicales. Puede que todo esto sea efectivo (como ocurre con muchos otros productos de consumo), pero aporta muy poco.

Nota: 6/10

‘El día que vendrá’: no todo es lo que parece


Hay veces que la realidad supera la ficción, pero hay muchas otras en las que no. Y hay ocasiones en las que la ficción no es capaz de ahondar correctamente en el trasfondo de la realidad. Digo esto porque la nueva película de James Kent (Testamento de juventud), que adapta una novela de Rhidian Brook basada en los hechos que vivió su propia familia, plantea varios temas interesantes que, sin embargo, no termina de desarrollar, ya sea por falta de tiempo o por ineficacia.

En cualquiera de los casos, la realidad es que El día que vendrá parece mucho más de lo que finalmente es. Y en líneas generales, lo que falla en el film es el desarrollo. Porque los elementos están presentes. Las diferentes personalidades del trío protagonista, el trasfondo de odio y rencor tras una guerra, el dolor y la falta de comunicación, el romance prohibido, … Incluso los secundarios odiosos están presentes. A todo ello se suma un diseño de producción minimalista pero eficaz, y unos actores sencillamente inmensos, cada uno aportando unos matices enriquecedores a sus ya de por sí complejos personajes.

Pero mucho de todo lo que acabo de escribir termina siendo aportado por la imaginación del espectador, o si se prefiere por el subtexto. En realidad, la película avanza a trompicones, sin un desarrollo progresivo de la historia. El mejor ejemplo es el del romance prohibido, un amor que surge casi de la nada y que, aunque puede llegar a entenderse, sencillamente se plasma en pantalla como si fuera natural, algo que tenía que pasar porque así estaba previsto. Pero hay mucho más. Apenas existe conflicto, no ya por el love interest de la historia, sino porque el rol interpretado por Jason Clarke (All I see is you) no reacciona ante las injusticias que ve a su alrededor, a pesar de que intenta siempre hacer el bien. Las tramas secundarias tampoco quedan bien definidas, siendo esbozadas lo justo para contribuir a dotar de una leve complejidad al trío romántico protagonista.

Con todo, El día que vendrá deja algunos momentos sumamente interesantes, reflejo de que la película contiene más de lo que realmente muestra. El diálogo final de un matrimonio destrozado por la pérdida es una buena muestra, así como comprobar que no todos somos lo que parecemos ser por nuestro entorno o las circunstancias. Son esas secuencias, la mayoría protagonizadas por alguno de los tres protagonistas, las que impulsan la historia y abren la puerta a una profundidad dramática que invita a reflexionar sobre el odio, el perdón y cómo el dolor de una pérdida es idéntico en cualquier bando de una guerra. Pero invita, no ahonda en ellos. En cierto modo, gracias a estos momentos y al espléndido reparto que tiene, el film ha llegado a las salas. No todo es lo que parece, ni en la historia ni la propia película.

Nota: 6/10

‘¡Shazam!’: la fórmula Marvel


La trayectoria de Dc Cómics en el cine no está siendo tan exitosa como la de Marvel, eso es más que evidente. Por muchos motivos que darían para varias páginas de análisis, sus personajes no logran la aceptación de crítica y público que, en general, sí tienen los de la Casa de las Ideas. Tal vez por eso la llegada de este gamberro y paródico superhéroe es un soplo de aire fresco entre la rectitud de Superman y la gravedad de Batman.

Desde luego, ¡Shazam! es diferente a todo lo visto hasta ahora del Universo DC. Fresca, divertida, dinámica, con claras referencias al cine de los años 80 (película Big incluida) y a los superhéroes de esta compañía, la película es entretenimiento puro, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y ante todo, funciona gracias a un guión que nunca llega a tomarse en serio a sí mismo, pero que gracias a eso es capaz de explotar al máximo conceptos como la familia, la fuerza del grupo y el bien contra el mal. Una fórmula simple en su planteamiento y groseramente evidente en su desarrollo que logra su único objetivo: hacer que las más de dos horas de duración se pasen en un suspiro para hacer olvidar malas experiencias previas.

A todo ello contribuyen un Zachary Levi (Spiral) que disfruta con un personaje desenfadado e infantil y un Mark Strong (El caso Sloane) que vuelve a demostrar su calidad como actor incluso en papeles de este tipo. Ellos dos soportan el peso narrativo y dramático de una historia dibujada con trazo grueso pero que no necesita mucho más. El guión, aunque previsible punto por punto y con un humor por momentos ridículo, juega bien los pocos elementos que tiene para convertir la historia, como casi todas las de superhéroes, en una moraleja sobre el poder, la responsabilidad, el amor y la verdadera familia. Como suele ocurrir en estos casos, el arco narrativo no depara giros inesperados (ni se los plantea), aunque tampoco los busca, y apuesta por un diseño visual limpio, simple en su paleta de colores. Dicho en pocas palabras, la cinta logra mucho con lo poco que realmente ofrece.

Y ahí está la magia de ¡Shazam!. Mientras que DC se había afanado hasta ahora por ofrecer un profundo trasfondo dramático de sus personajes (y no había funcionado como cabría esperar), ahora apuesta por la fórmula de Marvel: más entretenimiento, conceptos básicos pero universales y un tono más desenfadado que permite potenciar los momentos dramáticos. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que la cinta dirigida por David F. Sandberg (Nunca apagues la luz) no tenga un mensaje claro y un cierto desarrollo dramático, pero realmente está planteado de forma arquetípica. Esto podría ser algo malo si la película se tomara en serio a sí misma, lo que no es el caso. Esa capacidad de burlarse de su propia entidad y de utilizar el viaje del héroe como excusa para parodiar a otros personajes solo puede entenderse como un acierto, tanto porque hace gala de sus propias limitaciones como porque toca la tecla exacta en todos los espectadores: ¿cómo reaccionaríamos si tuviéramos poderes de la noche a la mañana? Y para esta pregunta no hay edad.

Nota: 7/10

‘Dumbo’: de vuelta a la niñez


Dejando a un lado las críticas que se le pueden hacer a Disney por el modo en que endulza todo tipo de historias y personajes, lo cierto es que la casa de Mickey Mouse ha nutrido la imaginación de varias generaciones con la magia que desprenden sus historias. Su apuesta por los remakes en imagen real está logrando un doble efecto: que muchos niños se acerquen a las historias clásicas de la productora de un modo más moderno, y que los millones de adultos que crecieron viendo estas fantasías vuelvan a ser niños. Y la última de estas versiones cumple con lo establecido.

Porque desde luego, Dumbo es todo lo que puede esperarse de ella. Divertida, mágica, enternecedora, y ante todo una lección de cómo hacer el bien y tomar las decisiones correctas siempre se impondrá al mal. En este sentido, uno de los retos superados con nota es el de trasladar la acción de la cinta de animación a una con personajes de carne y hueso. El guión opta con acierto por hacer que la trama se apoye en los personajes humanos no solo para que asuman el tono dramático de la historia, sino para que se conviertan en vehículo de los sentimientos del pequeño paquidermo protagonista. En este proceso, por ejemplo, destacan sobremanera momentos tan inolvidables como la vista de Dumbo a su madre encarcelada y, sobre todo, esa alucinación de elefantes rosas que Tim Burton (Eduardo Manostijeras) tan bien ha sabido plasmar en pantalla.

El problema puede estar, precisamente, en el director y en un protagonista encarnado por Colin Farrell (Noche de miedo) que está definido con brocha un poco gorda. Dado que Burton se pone tras las cámaras posiblemente podría esperarse algo más de transgresión narrativa, algo más de oscuridad en una historia muy “pulcra” a todos los niveles. Lo cierto es que aquello que convirtió al director en el maestro de la fantasía queda ya muy lejos, y solo en algunos detalles pueden verse todavía destellos de aquel realizador. Al fin y al cabo, es un producto Disney, y como tal debe entenderse. Más allá de eso, la historia se desarrolla sin distracciones, rellenando los momentos de depresiones narrativas con tramas secundarias que dotan de algo más de complejidad al conjunto, convirtiendo el film en una producción que puede leerse en muchos niveles.

Dumbo es, por tanto, magia en estado puro. Los adultos que recuerden con cariño la historia de este pequeño elefante capaz de volar gracias a una pluma encontrarán en esta nueva versión las claves para volver a ser niños, y aunque la historia pueda resultar previsible, a estas alturas no creo que nadie entre en una sala de cine buscando algo diferente, ni siquiera estando el nombre de Tim Burton tras las cámaras. Es, en definitiva, un paso más en el camino de remakes que prepara la productora, y que tiene como próximas citas AladdinEl Rey León. Puede que no sea de las mejores, y desde luego no está a la altura del clásico de 1941, pero sin duda hemos vuelto a nuestra niñez.

Nota: 6,5/10

‘Escape Room’: un puzzle sin sangre y demasiado sencillo


El fenómeno cada vez más creciente de las ‘Escape Room’ no podía ser obviado por el séptimo arte. Y cómo no, la apuesta ha sido una producción de terror con reminiscencias lejanas (muy lejanas) a Cube (1997) y Saw (2004). Y digo muy lejanas porque la cinta dirigida por Adam Robitel (The taking) es una obra descafeinada y aséptica que pretende ser el inicio de una nueva saga y se queda en un pulcro ejercicio de… bueno, de algo.

Lo cierto es que Escape Room no ofrece nada al espectador, salvo la idea de resolver puzzles para sobrevivir que, además, están relacionados en cierto modo con el pasado de cada uno de los protagonistas. Y no es una mala idea, sobre todo porque ofrece algunos hallazgos visuales como esa sala del revés que genera algunos de los momentos de mayor tensión del relato. Sin embargo, ya sea por miedo o por falta de olfato dramático, la película se queda a mitad de todo. Sin llegar a ser un thriller que explore en profundidad el pasado de cada uno de los personajes, tampoco es una cinta que se entregue a la violencia más descarnada, más bien al contrario. Salvo alguna escena al final, el resto de muertes ocurren siempre fuera de cámara o son suavizadas por algún elemento en plano.

Y a pesar de todo, la historia podría haber funcionado si no fuera por un final que, en un intento por dejarlo todo atado y bien atado para una continuación ya confirmada, termina por quitar efectividad al conjunto. Se suele decir que en el cine de terror es mejor insinuar que mostrar claramente, pero la película de Robitel opta por lo segundo, sin dejar margen a la imaginación y mostrando claramente toda una organización dedicada a estas salas de escape mortales al servicio de los poderosos. Sin sangre, sin intriga, la película además no ofrece al espectador el aliciente de desconocer la identidad de los villanos, lo que sin duda sería un gancho para la segunda parte.

Al final, Escape Room es un quiero y no puedo, un carrusel de trampas mortales en el que el único interés es ver el orden en el que los personajes van desapareciendo. Diría incluso que el interés está en ver cómo mueren, pero la apuesta visual del director elimina cualquier atisbo posible. Sí, es dinámica. Y sí, el trasfondo dramático de los personajes aporta la suficiente entidad como para no ser una simple película de terror adolescente descafeinada. Pero más allá de eso, aporta poco, por no decir nada, salvo el interés que pueda despertar entre los espectadores para acudir a una auténtica Sala de Escape y probar a resolver los acertijos. Eso sí, sin que las vidas estén en juego.

Nota: 6/10

‘El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie)’: ¿qué más podemos hacer?


Los biopics, sobre todo si es de personajes muy conocidos, tienen el riesgo inherente no solo de contar con un final ya conocido, sino de no alcanzar ni representar fielmente al protagonista de turno. Por eso una cinta como la nueva de Jon S. Baird (Filth, el sucio) resulta tan gratificante. Por eso y porque más allá de lo que se ve en pantalla, la obra ahonda en una serie de temas universales que la convierten automáticamente en una cinta más que recomendable.

Para empezar, El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie) toma como premisa la relación de los dos famoso actores cómicos de la primera mitad del siglo XX para ofrecer una radiografía precisa sobre la amistad, la traición, el fin de una era y, sobre todo, cómo el ser humano afronta el final de su vida cuando sabe que se acerca, ya sea profesional o vital. En este sentido, el guión logra un equilibrio perfecto entre el drama que viven dos personajes en el ocaso de sus carreras y el humor que siempre desprendieron Stan Laurel y Oliver Hardy, marcando el contraste entre amistad y profesión, entre la cara personal y pública de ambos actores, incluso cuando la frontera entre ambas se difumina. Así, el espectador asiste al trasfondo de las bambalinas, a la cara más amarga de la fama y a una amistad rota por una disputa de hace lustros que se recompone poco a poco sencillamente por la perspectiva que da el paso del tiempo.

En todo esto la labor de Baird, con un lenguaje visual sencillo pero eficaz que retrotrae en varios momentos a la época del cine mudo, es fundamental. Su pulso firme saca el máximo partido y ofrece una belleza admirable a los números cómicos, acentuando esa sensación agridulce de ver a dos actores en las que son sus últimas funciones y, en algunas ocasiones, arriesgando su salud sencillamente porque “¿qué otra cosa iban a hacer?”, como apunta uno de ellos en un momento dado. Y si hay que destacar algo, eso es la labor inconmensurable de John C. Reilly (Un dios salvaje) y Steve Coogan (Ideal home), que asumen sus personajes hasta mimetizarse con ellos, en un ejercicio interpretativo sencillamente impecable. Es gracias a ellos que la película, en cierto sentido, se convierte en el último trabajo, la última función que la pareja cómica no pudo realizar. Y hablando de actores, no puedo dejar pasar la mención a Rufus Jones (El extranjero), quien da vida al promotor de la gira por Reino Unido y cuyo personaje es el contrapunto perfecto al resto de roles.

El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie) no es, por tanto, un film para nostálgicos ni cinéfilos. Más bien, es una obra que profundiza en unos personajes y una época marcados por la comedia, descubriendo en el camino el drama y los conflictos emocionales de ambos protagonistas. La principal carencia del film es su previsibilidad, y puede que una cierta falta de ritmo habitual en films de estas características. Pero ambos son conceptos con los que estas historias conviven, y consciente de ello el guión logra elevarse por encima y ofrecer una historia íntima de entrega, de amistad, de sacrificio. Esto no es solo un biopic, es un canto de cisne.

Nota: 7,5/10

‘Mula’: arrollado por el avance de la tecnología


La nueva película de Clint Eastwood (Sully) como actor y director tiene muchas capas de interpretación, como suele ocurrir con buena parte de los films de este maestro del séptimo arte. Una película con un interesante mensaje, complejo y fraguado a fuego lento durante las casi dos horas de metraje que, sin embargo, se pierde en muchos momentos por unas tramas secundarias un tanto irregulares.

La premisa base de Mula es sencillamente perfecta. Un hombre arrollado por el avance tecnológico que ha perdido a su familia por su obsesión por un trabajo que ahora le traiciona. A partir de esta idea Eastwood compone un relato adusto, trágico en algunos momentos y cómico en muchos otros, pero siempre en los márgenes de un drama cuyo final, si no se conoce de antemano, se intuye al comienzo del segundo acto. El director y actor crea un personaje que no es de esta generación, mucho menos de este mundo tecnológicamente avanzado y políticamente correcto. Habrá quien ponga etiquetas políticas al rol de Eastwood, más si tenemos en cuenta la ideología del director, pero nada más lejos de la realidad. Es, sencilla y llanamente, un hombre anclado en una época de éxito que ha sido incapaz de adaptarse a un mundo cambiante, pero que termina por recibirlo con los brazos abiertos.

La mejor prueba de ello es cómo comienza a transportar la droga: por una necesidad económica y, al menos al principio, “engañado” por todo un cártel al que, sin embargo, termina ganándose. En líneas generales, la trama principal es lo suficientemente sólida como para aguantar por sí misma el peso de todo el film, si bien es cierto que en no pocos momentos el relato se vuelve un poco tedioso y repetitivo (como de hecho debió de ser en muchas ocasiones el caso real en el que se basa). El problema, y no es menor, son los secundarios, o mejor dicho las tramas secundarias. Porque mientras que todo el reparto está en plena forma ofreciendo un paisaje muy atractivo, las historias que protagonizan son demasiado endebles, sobre todo las relativas a la investigación de la DEA. Su falta de interés termina por restar a la historia principal, y con ello aburrir en algunos momentos al espectador.

Pero a pesar de todo, Mula es una película diferente, anclada en otro tiempo tanto dramática como visualmente. La mano firme de Eastwood compone un relato que ya no suele verse en el cine. En este sentido, el mensaje del avance imparable de la tecnología trasciende la propia trama para dar el salto a nuestro entorno en un ejercicio metalingüístico que se ve poco últimamente. Es cierto que las tramas secundarias son algo irregulares, y que hay tramos del film sin demasiado ritmo. Pero es una obra a descubrir en el mundo de los efectos especiales y la espectacularidad visual. El intimismo con el que narra, la sensibilidad y la ironía, son elementos todos ellos que hacen diferente esta historia. Al menos un poco diferente.

Nota: 7/10

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