‘Predator (2018)’: regresa el cine de los 80


Es difícil enfrentarse a un clásico. Ya sea dirigiendo un remake o una secuela, cuando un film alcanza esa categoría el resultado de continuar su estela no suele ser demasiado satisfactorio. Las numerosas películas con el Depredador como protagonista son un buen ejemplo, de ahí que esta nueva secuela pueda generar, en principio, cierto recelo. Pero solo en principio.

De hecho, las dudas quedan resueltas en los primeros minutos de Predator gracias a un guión que tampoco se toma a sí mismo demasiado en serio y a un director, Shane Black (Kiss Kiss, Bang Bang) que vuelve a demostrar su pericia tras las cámaras dotando al conjunto de un dinamismo incomparable y constante, equilibrando perfectamente las secuencias de acción (algunas realmente espectaculares) con la mínima trama que sostiene la cinta. Sin embargo, nada funcionaría si la película no conociera al dedillo su lugar dentro de la saga. Esto permite al guión constantes referencias al film original de 1987, pero también homenajear un tipo de cine que parece extinguido, y que en cierto modo se recupera con la ironía suficiente como para que no se convierta en una amalgama de clichés.

Dicho de otro modo, la película entretiene, es dinámica y divertida, y contiene una violencia acorde a los nuevos tiempos. Todo ello, evidentemente, deja agujeros relativamente importantes en el guión que el espectador puede optar por engrandecerlos o por dejarse llevar y superarlos sin mayores problemas. Asimismo, la película introduce elementos un tanto fuera de lugar que no terminan de encajar del todo en el concepto original de la criatura. Pero dejando a un lado esas ideas, que por otro lado se pueden achacar a la evolución de los tiempos, lo cierto es que la cinta se revela como una digna secuela.

Desde luego, Predator es la mejor de las secuelas modernas, una historia sencilla pero bien construida, que introduce al espectador de forma directa en una espiral de acción, humor y violencia en la que los actores, todos ellos sin excepción, disfrutan como nunca, y eso se traslada no solo a sus personajes, sino al conjunto del relato. Con especial mención a Sterling K. Brown (Marshall) como villano de turno; sencillamente impecable. Se puede decir que la nueva cinta de Black es una regresión a un tipo de cine perdido, un cine de puro entretenimiento, de tramas lineales, con pocos puntos de giro pero bien construidas, y que a pesar de ciertas incongruencias de guión terminan dejando un buen sabor de boca.

Nota: 7/10

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‘La monja’: terror infernal de andar por casa


En muy poco tiempo el díptico de ‘Expediente Warren’ se ha convertido en todo un referente del cine de terror. Su uso de los ambientes, el reparto sólido y, sobre todo, unas historias con una cierta base de verdad (sobre todo la segunda entrega) las han convertido por derecho propio casi en clásicos modernos. Y todo ello ha derivado en una explotación sin miramientos del fenómenos, con derivados que poco o nada tienen que ver con ambos films, ni en temática ni en tratamiento. El último de esos films es el que dirige Colin Hardy (The Hallow), una rápida sucesión de sustos y lugares comunes.

Y es que el principal problema de La Monja es que no tiene historia. O al menos una no muy desarrollada. Lo justo para situar a dos personajes con un pasado y el enemigo a batir. El resto es una carrera contrarreloj de poco más de 90 minutos en la que los estridentes sustos se suceden casi sin descanso, y en la que queda poco margen para ahondar en algo que no sea arrancar algún que otro grito del espectador. Con esto, resulta difícil poder alcanzar algún grado de empatía con los protagonistas, salvo tal vez con el rol interpretado por Jonas Bloquet (Tonnerre), quien por cierto aporta un toque cómico a la historia que es de lo mejor del film, y que podría haber sido mucho más relevante si la trama hubiera ahondado en el terror auténtico.

Esto no quita para que la cinta logre entretener, en buena medida gracias a su ajustado metraje. Cuando Hardy opta por dar vida al escenario tétrico y decrépito en el que se desarrolla la historia, el film crece en intensidad, mostrándose como una producción que juega con los tiempos, que aprovecha las posibilidades de los pasillos, las criptas o los cementerios para construir todo un ambiente de tensión dramática. El problema es que, una vez creado, parece empeñado en destruirlo con una sucesión de momentos que terminan por dar al traste con ese punto de partida, con escenas más visuales en las que la criatura aparece en su máximo esplendor, sea en la forma que sea.

Todo esto hace que La monja sea una producción muy diferente y algo alejada del mundo de ‘Expediente Warren’, por mucha escena inicial y final que trate de unir ambos films. No es que sea una mala cinta de terror o no encuentre acomodo dentro del género, es que en ningún momento está planteada como un producto con alma propia. El guión apenas tiene desarrollo dramático, y el poco que tiene se antoja arquetípico, visto en cientos de producciones de corte similar en las que la religión es el eje central. La mano de Hardy tras las cámaras tampoco aporta algo novedoso, y su uso de los recursos terroríficos es algo tosco (con todo, tiene algún momento inspirado). Tan solo el reparto logra aportar cierta entidad a sus personajes. A decir verdad, con todos los elementos en la mano, su potencial era mayor del que finalmente se muestra en pantalla.

Nota: 6/10

‘Mamá y papá’: amor mortal de padres a hijos


A Brian Taylor (Crank: Alto voltaje) se le pueden achacar muchas cosas, pero falta de originalidad no es precisamente una de ellas. Si a eso le sumamos un lenguaje visual algo histriónico, con tendencia al movimiento excesivo (en algunos casos sin sentido) y a un actor como Nicolas Cage (Como perros salvajes) dando rienda suelta al desenfreno más absoluto, nos encontramos con esta extraña y alocada cinta en la que el instinto maternal y paternal se torna en unas ansias irrefrenables de matar a la progenie.

En efecto, todo eso es Mamá y papá. Una cinta que dedica el tiempo justo a la presentación de personajes y de la situación de partida para entrar de lleno en una locura a medio camino entre el drama y el humor negro, muy negro. Con referencias a todo tipo de películas, desde el clásico Los pájaros (1963) hasta la versión de Zack Snyder de Amanecer de los muertos (2004), Taylor construye un relato que, más allá de su fuerza visual y un montaje cuanto menos curioso, pone sobre la mesa algunas reflexiones interesantes sobre la sociedad, la relación paterno filial y los sacrificios que hace cada uno de los miembros de una familia por el bien de todos.

Quizá el mayor problema del film sea ese, que simplemente deja sobre la mesa interesantes elementos en los que podría haber ahondado algo más. Eso, y que Taylor se entrega en exceso en algunos momentos a ese estilo visual tan particular, introduciendo planos innecesarios que, aunque acentúan la sensación de caos y psicosis, perfectamente se podrían haber ahorrado. En el lado opuesto de la balanza, dos hechos fundamentales: por un lado, el director opta por no recurrir al gore al que invita la premisa de la cinta, lo que no solo remarca ese cierto humor negro que desprende el relato, sino que dota al conjunto de una elegancia inesperada. Por otro, la introducción de un tercer factor en la trama: los abuelos. Su presencia en el tercio final del film es un punto de giro tan evidente y a la vez eficaz que permite desatar completamente el surrealismo de la historia, gracias entre otras cosas a un Lance Henriksen (Un gran día) en estado de gracia.

Desde luego, Mamá y papá no es tanto como parece en un primer momento. Ni es tan violenta, ni tan sangrienta, ni desde luego tan alocada como podría pensarse. Pero precisamente en ese control de una historia que podría salirse de madre con facilidad es donde está lo mejor de la cinta dirigida con acierto por Taylor. Visualmente impactante en algunos momentos, aunque el argumento se limita solo a plantear los hechos, la locura que aportan Cage, Henriksen y Selma Blair (Hellboy), esta última la más siniestra de los tres, y el humor que desprenden algunas situaciones hacen de esta cinta una delicia de lo más surrealista a disfrutar y descubrir.

Nota: 7/10

‘The Equalizer 2’: un buen plato de venganza


Denzel Washington (Fallen) ha hecho de todo en su carrera. De todo menos una secuela. Este es uno de los atractivos del nuevo film de Antoine Fuqua (Los amos de Brooklyn), pero desde luego no el principal ni el más relevante. Porque lo más interesante de la cinta es, en realidad, su superioridad dramática, visual e interpretativa con respecto al original, todo ello gracias a una historia mejor construida aunque irremediablemente previsible.

Y es que esta es la principal debilidad de The Equalizer 2, algo que también ocurría en la primera parte. La trama se desarrolla de forma directa, sin prácticamente ningún giro dramático que pueda producir sorpresa alguna o que desvele algún tipo de información inesperada que modifique por completo el sentido de la trama. El rol de Washington avanza en la historia sin que nada ni nadie pueda plantarle cara, descubriendo pistas que nadie más encontraría y acabando con grupos de enemigos casi sin despeinarse. Así las cosas, la película podría parecer casi anodina, pero precisamente en la sencillez de su guión es donde también encuentra su mayor virtud.

A diferencia de la primera película, en esta ocasión la trama ahonda en el pasado del protagonista, lo que otorga a la trama un trasfondo dramático sumamente interesante. Es este trasfondo, marcado por la traición, la venganza y el dolor, el que hace crecer la historia en su contenido, que no en su forma. Si a esto se suma un actor de la categoría de Washington y un director como Fuqua, lo que nos encontramos es un thriller solvente que mejora algunas de las carencias que tuvo el original, sobre todo en su ritmo narrativo, para ofrecer al espectador un producto directo, fácilmente consumible pero con una cierta intriga interna que juega en todo momento con el presente y el pasado del protagonista.

En este sentido, The Equalizer 2 deja momentos para el recuerdo. Al igual que la primera parte, la trama crece en espectacularidad y acción hasta un clímax tan fantasioso como visualmente espectacular. Pero más allá de eso, las motivaciones del héroe, su sentido del deber mezclado con la venganza y la labor de Fuqua tras las cámaras hacen de esta continuación un producto más complejo e interesante, que funciona perfectamente de forma individual y que es capaz de suplir sus evidentes carencias argumentales. Un thriller de acción perfecto para dos horas de entretenimiento puro que, además, se pasan en un suspiro.

Nota: 7/10

‘Los Increíbles 2’: como si no hubiera pasado el tiempo


Han pasado 14 años, pero en realidad no ha pasado el tiempo. En ningún sentido. Este es uno de los motivos por los que se habla de la ‘magia del cine’. El director Brad Bird, el genio detrás de algunas de las joyas de la animación de los últimos años gracias a Pixar, ha logrado algo muy difícil: un viaje al pasado para las generaciones que hace más de una década disfrutaron, se emocionaron y crecieron con Los Increíbles. Pero lo ha hecho alejado de nostalgias o de autorreferentes, contando una nueva historia que continúa las aventuras de esta familia con la esencia, el sabor y la maestría que ya tuvo la primera parte.

De este modo, Los Increíbles 2 se convierte en todo lo que una secuela debe ser. Visualmente arrolladora, la cinta posee más acción, más espectacularidad y más superhéroes. Pero al mismo tiempo, y esto es lo que hace que estemos ante una nueva joya de la animación, es que la cinta ofrece mucho más que una mera continuación de las aventuras. Si la primera cinta exploraba los secretos en una familia y cómo la unión de sus miembros era la forma de enfrentarse a los problemas, esta segunda parte ahonda en las inseguridades del padre de familia, en la aceptación de los roles dentro del grupo familiar y en las relaciones entre padres e hijos.

Y lo hace con una historia que, aunque en cierto modo previsible, no deja de fascinar a cada paso que da gracias a los equilibrios dentro de su trama con las diferentes historias que en ella se desarrollan. Si el drama y la acción los aporta la parte de la superheroína y sus aventuras, el punto irónico y cómico está representado por ese Mr. Increíble que debe aprender a ser “increíble” también en su casa, con sus hijos, lidiando con problemas comunes como los deberes, las primeras relaciones de su hija con chicos o el cuidado de un bebé que, en este caso, en lugar de descubrir el mundo descubre sus poderes. Atentos a este pequeño que desarrolla todo su potencial en algunas de las secuencias más hilarantes y perfectamente desarrolladas del metraje.

El hecho de que la trama transcurra desde el punto en el que terminó la primera parte ayuda a que Los Increíbles 2 nos lleve de viaje al pasado, pero es solo un lugar desde el que comenzar. El viaje es mucho más complejo, más enriquecedor y más divertido que todo eso. La cinta de Bird, que vuelve a demostrar su talento, puede entenderse en varios niveles, y esto la convierte casi en un clásico automático. Sí, es diversión, acción, espectacularidad y una animación impecable. Pero también es drama familiar. Y es conflicto emocional. Y es comedia. Incluso tiene algunos toques de comedia adolescente. En definitiva, un film que es más de lo que podría pensarse a simple vista. Un film imprescindible.

Nota: 9/10

‘Misión: Imposible. Fallout’: más imposible que nunca


Creo que nadie auguraba en 1996 que la adaptación de Brian de Palma (Misión a Marte) de la famosa serie de televisión Misión: Imposible daría, más de 20 años después, hasta cinco continuaciones y millones de euros en ingresos para una franquicia que, a diferencia de muchas otras, ha sabido reinventarse cuando ha sido necesario pero siempre manteniéndose fiel a un estilo y unos elementos básicos. Esta sexta entrega es la última evidencia de lo bueno y lo malo de esta saga.

La cinta dirigida por Christopher McQuarrie, director de la anterior entrega, continúa en cierto modo los acontecimientos de esta con un estilo áspero en su narrativa y espectacular en su puesta en escena. Con secuencias de acción brillantemente ejecutadas (la pelea en el baño deja sin palabras), la trama vuelve a recurrir al engaño y la intriga para construir toda una persecución en la que, por momentos, no se sabe si los protagonistas son perseguidores o perseguidos. El hecho de que se recupere un villano como el interpretado por Sean Harris (Un lugar solitario para morir) ya da una idea del tono sombrío de la historia, de nuevo con agentes infiltrados y traiciones a las más altas instancias de la inteligencia mundial.

En este sentido, esta nueva ‘Misión: Imposible’ hace honor a su nombre, estructurando milimétricamente la trama para dosificar los giros argumentales en un exitoso intento por hacer que el ritmo no decaiga. Sin embargo, un elemento falla, y es la presunta sorpresa por conocer la identidad del villano que acompaña a Harris en esta historia. Si uno es un poco atento a los planos utilizados por el director, la identidad queda revelada casi al final del primer acto, lo que deja alrededor de dos horas de metraje en las que las presuntas sorpresas quedan completamente anuladas. De ahí que la apuesta por la acción sea tan importante, pues sin ella posiblemente la cinta se desinflaría a marchas forzadas. Acción, por cierto, que se descontrolada en su tramo final, persecución aérea y combate posterior incluidos. Todo un alarde de lo peor que puede ofrecer la saga, algo que se vio en la segunda entrega.

Con todo esto en cuenta, Misión: Imposible. Fallout se convierte en el espectáculo que cabría esperar. Una producción marcada por la acción bien ejecutada, por una trama sólida que retoma una historia precedente y que, salvo ciertos inconvenientes en su manejo de los secretos y de la intriga. En cierto modo, esta nueva aventura contiene lo mejor y lo peor de la saga. Lo mejor, sin duda, los juegos de identidades, los engaños y los constantes giros argumentales en los que nada es lo que parece, e incluso lo que realmente es muchas veces puede reinterpretarse. Lo peor es esa tendencia a la acción sin sentido, a la espectacularidad que haga gala del título en su sentido más extremo, cuando algo más sencillo tiene el mismo o mejor efecto. Pero desde luego, para pasar un buen rato disfrutando de los escenarios, la intriga y la acción, esta es la elección perfecta.

Nota: 7,5/10

‘Mamma Mia! Una y otra vez’: ¿cómo puedo resistirme a ti?


Lo principal a la hora de hacer una historia es tener algo que contar. Puede parecer algo simple, pero las salas de cine están repletas de películas sin historia, limitadas únicamente a una sucesión de escenas de acción, chistes de dudosa gracia o canciones sin un nexo en común. Y si eso ocurre en films originales, qué no pasará en las secuelas, precuelas, remakes y demás producciones. Por eso el regreso de la música de ABBA es algo tan gratamente disfrutable, porque en todo momento está donde debe estar.

Y eso es, ni más ni menos, que en el entretenimiento inocente y musical que ya tuvo la original. Las canciones del famoso grupo vuelven a fundirse con una historia fresca, dinámica, cargada de humor y drama. Porque, a diferencia de la primera parte, Mamma Mia! Una y otra vez tiene un notable lado dramático, fundamentalmente por la presencia siempre constante del personaje de Meryl Streep (Ricki), que aporta un tono algo más lacrimógeno al conjunto y provoca una continua nostalgia que no logran ni muchos actores o actrices, ni muchas películas. Y para ejemplo, el final en la iglesia, tan bello como enternecedor y emocionante. Es el clímax, en realidad, de un camino creciente sembrado de emotivas referencias que funciona como un reloj para arrancar las lágrimas y, posteriormente, dibujar la sonrisa en los labios del espectador. Un cúmulo de emociones que demuestran que esta cinta tiene entidad por sí sola.

Pero esta segunda parte es, ante todo, espectáculo. Conteniendo algunos números musicales que nada tienen que envidiar a la original (el restaurante y la llegada de los barcos a la isla son los dos mejores ejemplos), la cinta dirigida con acierto por Ol Parker (Ahora y siempre) no pretende ser nunca más de lo que puede esperarse de ella. Sin grandes giros argumentales, con algunos momentos muy previsibles y, todo hay que decirlo, posibles fallos de guión relativos a la continuidad con la primera parte, el relato funciona gracias a la frescura de sus protagonistas (Lily James –Cenicienta– está espléndida), a una narrativa sin altibajos y a la facilidad para combinar el pasado y el presente del relato. Todo ello aderezado con un final cuya guinda del pastel lleva el nombre de Cher (Pegado a ti).

Habrá quien diga que Mamma Mia! Una y otra vez es más de lo mismo. Y sí, es más música, más ABBA, más paisajes idílicos y más entretenimiento. Pero también tiene algo nuevo que permite mantener la frescura, algo diferente que la convierte en una producción propia, capaz de funcionar de forma independiente y con el dinamismo que tuvo la cinta original. Una más que digna secuela que hace las delicias de los fans de la película y es capaz de arrancar la sonrisa y el ritmo a cualquier espectador. ¿Cómo resistirse a eso?

Nota: 7/10

‘El rascacielos’: la jungla en llamas


Que la nueva película de Rawson Marshall Thurber (Cuestión de pelotas) bebe de películas como Jungla de cristal (1988) y El coloso en llamas (1974) es evidente, así que no entraré a valorar las diversas referencias que puede tener esta cinta de acción a detalles y conceptos vistos en esos films. No, lo realmente interesante es si la cinta tiene entidad propia como para aportar algo nuevo al género en el que se enmarca, o al menos para distraer durante casi dos horas. Y la respuesta es un “sí” con matices.

Porque desde luego que El rascacielos entretiene. Desde su punto de partida con un espectacular edificio de sofisticada tecnología hasta su conclusión marcada por la acción y un toque dramático poco habitual en este tipo de films, la cinta posee un ritmo trepidante, alternando el desarrollo de la historia (mínimo, como es habitual) con espectaculares secuencias donde la adrenalina se adueña del conjunto. El lenguaje narrativo empleado por Marshall Thurber, además, explota al máximo algunos de los momentos más icónicos del film, generando una mayor ansiedad a las situaciones que vive el protagonista al que da vida Dwayne Johnson (Un espía y medio), quien por cierto vuelve a demostrar su personalidad y carisma a la hora de dar vida a estos personajes.

Ahora bien, el film flaquea en aspectos importantes. Para empezar, el guión apenas tiene profundidad dramática. El desarrollo de la historia no solo es lineal y previsible, sino que no aporta en ningún momento un auténtico punto de inflexión o un suspense ante un futuro incierto. Los buenos son los buenos, los malos son los malos y aquí ganan los que ganan y pierden los que pierden. En este sentido, el film no ofrece nada nuevo salvo los nuevos efectos y una narrativa que, eso sí, no pisa el freno prácticamente en ningún momento, lo cual es de agradecer porque ayuda a pasar por alto algunas de sus debilidades.

Con sus aciertos y sus debilidades El rascacielos ofrece lo que promete, ni más ni menos. Acción, adrenalina, algo de contenido dramático para que no sea un cúmulo de efectos especiales, y una duración ajustada que deja poco margen para el aburrimiento. Ni pretende ser un drama de supervivencia ni una historia de superación del héroe. Simplemente, una cinta de acción para la época veraniega con claras influencias de clásicos del género. Con lo bueno y lo malo que eso conlleva.

Nota: 6/10

‘La primera purga: La noche de las bestias’: tradiciones americanas


El fenómeno de la serie ‘La noche de las bestias’ es cuanto menos curioso. Con una premisa tan interesante como novedosa (una noche al año el crimen es legal), el desarrollo de todas y cada una de las películas siempre ha sido un tanto decepcionante respecto a las expectativas creadas. Consecuencia de esto, a medida que han pasado los años el espectador se acostumbra, sabe lo que va a ver y, por lo tanto, espera lo que debe esperar de estas historias. Eso, sumado a que cada film explora diferentes aspectos sociales y sociológicos, han convertido esta saga en un loable experimento. Y la última entrega es la mejor prueba de ello.

A diferencia de las anteriores películas, La primera purga: La noche de las bestias aborda los orígenes de este universo ya conocido. Esa combinación entre lo conocido y el inicio de esta “tradición americana” provoca un fenómeno pocas veces visto en una película. Con una estructura idéntica a las últimas entregas, esta historia es posiblemente la más profunda en lo que a contenido sociológico se refiere. Planteado todo como un experimento, el desarrollo dramático termina revelando que dicho experimento, además de estar manipulado, es en realidad una herramienta política para controlar a la sociedad, y sobre todo para someter, atacar y destruir las clases bajas y marginales de las ciudades.

Desde ese punto de vista, la película ofrece multitud de reflexiones, tanto históricas como actuales (referencia implícita a Donald Trump incluida) sobre el modo en que se forjan determinados hitos. Pero más allá de eso y de cierta violencia bien ejecutada desde un punto de vista cinematográfico, el film ofrece pocos alicientes, más o menos como toda la serie. Los personajes, arquetípicos, apenas ofrecen cambios dramáticos, salvo el hecho de que en el último momento se ven obligados a sobrevivir. Los giros argumentales son más bien escasos y previsibles. Y el modo en que se desarrollan algunos aspectos de la trama no termina de ser consciente, recurriendo a que los personajes conozcan, casi de forma divina, lo que está ocurriendo hasta el más mínimo detalle sin que exista un tratamiento previo acorde.

Por tanto, La primera purga: La noche de las bestias puede ser vista de dos formas. Por un lado, como un producto más que trata de explotar una serie de películas de relativo éxito e interés con una historia idéntica para narrar los orígenes del universo mostrado. Por otro, como un film que complementa y supera, en muchos aspectos, a sus predecesores, cargando la narrativa con un ideario sociológico no visto hasta ahora. En el equilibrio de ambos extremos se encuentra este film que, sin ser notable, sí entretiene lo suficiente como para no resultar tedioso en ningún momento.

Nota: 6/10

‘Ant-Man y la Avispa’: mínimos cuánticos


Entretenimiento enorme, historia microscópica. Esa es la máxima (y la mínima) de esta secuela de un superhéroe que ya en su primera entrega podría haber dado algo más, tuvo una especie de interesante redención en la Guerra Civil superheróica de Marvel y confirma su poco recorrido en solitario en su segunda película.

En efecto, y por mucho que añadan otro insecto en el título, Ant-Man y la Avispa demuestra que este superhéroe no tiene mucho donde escarbar para encontrar un trasfondo dramático sólido. Tal vez sea por el carácter humorístico y el tono burlón de la narrativa, pero lo cierto es que esta continuación se toma menos en serio incluso que el film original. Más allá de chistes y gags recurrentes, el arco argumental carece de lo más básico de una historia: el conflicto. Sí, es cierto que existe un conflicto personal (el arresto domiciliario), uno emocional (el love interest no del todo correspondido) y uno externo (la villana de turno), pero ninguno de ellos llega a resultar real. Da la sensación de estar más bien ante un episodio de transición de alguna de las numerosas series más limpias de superhéroes, en las que el o la protagonista siempre logra su objetivo casi sin despeinarse.

Y sus responsables lo saben. A tenor del resultado, eran conscientes desde el primer momento. La apuesta por el humor y, sobre todo, el ritmo frenético del desarrollo imprime al conjunto un tono jocoso, casi infantil, que intenta hacer olvidar que estamos ante una película carente de fondo. Visualmente poderosa, manejando las escalas de forma magistral y con unas secuencias de acción brillantes en muchos momentos, la cinta logra combinar con acierto humor, adrenalina y ciertos toques dramáticos (lo justo para que no sea una comedia al uso). De ahí que el sabor de boca que deja no sea demasiado amargo y mantenga la línea iniciada por la anterior película.

Ahora bien, si algo define este film es la ya clásica escena post-créditos, que vendría a reafirmar la idea de que el film es en realidad una especie de excusa para presentar a estos personajes de cara al macro evento cinematográfico que continuará lo narrado en Vengadores: Infinity War. El final de Ant-Man y la Avispa deja literalmente sin palabras al espectador, respondiendo a una de las preguntas que muchos fans se habrán hecho en los últimos meses. Así las cosas, esta continuación es… pues eso, una continuación. Dramáticamente aporta poco a los personajes. Eso sí, con pocas películas se podrán pasar un par de horas más divertidas y entretenidas.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

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