‘El vicio del poder’: un poder ejecutivo individual… y efectivo


A medio camino entre el documental, la comedia y el drama. Ese es el delicado equilibrio, y buena base del éxito, que logra Adam McKay (La gran apuesta) con su film sobre la vida y cuestionable obra de Dick Cheney. Una película compleja narrativamente hablando, irónica a cada paso que analiza y terriblemente trágica por cuanto expone unos hechos que cambiaron el rumbo del mundo de un modo tan crudo y desnudo que es difícil no plantearse muchas cuestiones sobre los dirigentes que nos gobiernan.

Pero vayamos a lo que nos importa, y es que este El vicio del poder es una cinta diferente, notablemente superior a casi todas las que pueden verse actualmente en una sala de cine. Y lo es porque su director logra conjugar de forma magistral todos y cada uno de los elementos de cualquier película, desde una caracterización y una interpretación sencillamente impecables hasta una banda sonora minuciosamente escogida que ensalza el verdadero significado de las escenas (ese final con la banda sonora de West Side Story es el mejor ejemplo). Todo ello compone un relato en el que el montaje es clave, pues no solo aporta ese toque documental al conjunto, sino que permite al espectador apreciar el subtexto que muchas veces puede no identificarse en este tipo de historias políticas. Un montaje que, por ejemplo, juega con la posibilidad de un final feliz para el planeta si Cheney se hubiera retirado a tiempo de su carrera política. Por cierto, a aquellos que hayan seguido la serie House of cards puede que les resulten familiares ciertos aspectos de la carrera de este político.

Posiblemente el mayor problema de este film sea su excesiva duración. La vida de Cheney, por muchos intensos momentos que tuviera, no aguanta un relato de más de dos horas, y ni siquiera la extraordinaria interpretación de Christian Bale (La promesa), más allá de sus 18 kilos de más, logra sostener el relato en muchos tramos. Por cierto, que Bale es en realidad la punta de lanza de un reparto en estado de gracia. Pero volviendo al ritmo narrativo de la cinta, McKay, a pesar de su extraordinaria labor, no es capaz de equilibrar adecuadamente los cambios de interés dramático que tiene el film. Y es algo que se nota incluso en el lenguaje visual. Las secuencias más importantes e interesantes están abordadas con un ritmo casi frenético, mientras que las más irrelevantes se afrontan casi con un lenguaje academicista, carente de la personalidad que caracteriza al film.

Esta irregularidad es la que impide que El vicio del poder sea una obra brillante, aunque no tanto como para que no estemos hablando de una película más que notable. Su montaje, el humor con el que afronta algunos de los hechos más oscuros de la reciente historia de Estados Unidos, la labor del reparto (más allá de transformaciones o caracterizaciones), el narrador y su relación con los hechos o la música componen un relato que no solo entretiene en su mayoría, sino que invita a reflexionar sobre lo que ha ocurrido en el mundo en los últimos 20 años. Que una película ofrezca al espectador la base para un debate, aunque sea interno, y le obligue a mirar los acontecimientos más recientes con otros ojos es ya de por sí algo por lo que merece la pena revisionar varias veces esta cinta. Y si lo hace con el estilo personal y transgresor de McKay, el interés se multiplica.

Nota: 8,5/10

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‘Bumblebee’: Primer contacto


Que la saga ‘Transformers’ estaba agotada creativamente hablando es algo incuestionable. La deriva de las películas, a cada cual más espectacular y con mayores destrucciones del planeta, terminó por distanciarse mucho del espíritu de aquel primer film en el que, ante todo, la historia giraba en torno a un chico, su primer coche y cómo se veía envuelto en un conflicto de dimensiones galácticas. Por eso esta cinta sobre uno de los personajes más icónicos de este grupo de robots se puede entender como un primer contacto, un regreso a los orígenes no solo de esta saga, sino de lo que siempre fueron los Transformers.

Y todo eso es Bumblebee. Con sus debilidades, que las tiene, la cinta combina a la perfección espectáculo con un tratamiento bastante elaborado de las relaciones entre humanos y robots más allá de la guerra que siempre es un telón de fondo. Un vínculo que se pudo ver en la primera entrega y en la serie de animación original que, además, está homenajeada en varios momentos de este film de Travis Knight (Kubo y las dos cuerdas mágicas), quien sin ser Michael Bay (ni lo pretende), ofrece al espectador un relato bien narrado, huyendo de efectismos habituales en este tipo de cintas. El guión, por tanto, se sustenta más en los personajes que en los puntos álgidos de la acción, planteando más una historia de amistad que una batalla, una lucha por comprender aquello que es diferente más que un conflicto entre buenos y malos.

Por tanto, y con efectos especiales de por medio, nos encontramos ante un film algo más personal de lo que pudieron ser las últimas entregas de la saga, si es que algo así es posible con una cinta de robots alienígenas. Con todo, la historia sigue siendo excesivamente simple. El cambio de chico por chica en el rol protagonista no evita que exista la sensación de estar ante un desarrollo prácticamente igual al del film original, incluyendo algunos toques cómicos que pueden extrapolarse de una cinta a otra. Esto resta cierta originalidad al relato, lo que unido al hecho de ser un spin-off de la taquillera saga hace que el conjunto pierda algo de brillo propio, eclipsado siempre por el recuerdo de todas las películas anteriores, sea bueno o malo.

Esto, sin embargo, no es, o no debería, ser óbice para disfrutar de una aventura sumamente entretenida que devolverá a la infancia a más de uno, sobre todo con ese inicio en Cybertron. Bumblebee tiene todo los que debería tener un film de estas características, pero carece de algo fundamental: originalidad. Lo más trágico de todo es que no es algo de lo que pueda huir, teniendo en cuenta la cantidad de películas con estos seres de protagonistas. Que ahora el protagonista sea este escarabajo amarillo sin duda es un soplo de aire fresco y supone un buen primer contacto para un posible reinicio de la saga, pero en ningún momento este relato logra desprenderse de la sensación de ser un producto más de una producción en serie. Pero un buen producto al fin y al cabo.

Nota: 6,5/10

‘Aquaman’: la punta del tridente


La estrategia de DC Cómics para llevar a la gran pantalla a sus principales superhéroes es cuanto menos curiosa. Sin un orden claro, ha preferido mostrar primero las aventuras en común que las historias personales de cada uno. Aunque lo más llamativo es, sin duda, que están siendo los personajes que rodean a Superman y Batman, principales baluartes de la casa de cómics, los que están dotando a este nuevo universo de mayor consistencia. El último en sumarse es el rey de los mares, y lo hace con un entretenimiento puro y clásico que aprovecha las últimas tecnologías para dar rienda suelta a la imaginación.

Porque otra cosa no, pero Aquaman desprende imaginación por las cuatro esquinas de cada fotograma. Tampoco es que su historia no diera pie a ello. El diseño de producción de Atlantis y de las criaturas que habitan en las profundidades alcanza su máxima expresión en los planos generales, donde el director James San (Sentencia de muerte) dan rienda suelta a su capacidad de aprovechar las posibilidades que ofrecen los grandes espacios en lo que a movimiento y trasfondo visual se refiere. Pero acompañando este lenguaje visual el espectador encuentra una historia íntima, de búsqueda y superación de los miedos y limitaciones propias del héroe, con una trama planteada a modo de pruebas de Hércules a cada cual más complicada y en la que el trofeo es un tridente para controlar los mares.

Y bajo este prisma, la cinta se revela como un viaje que recuerda las clásicas producciones de los mitos griegos o romanos. Mezclando acción y humor a partes iguales, al final lo más interesante es el buen sabor de boca del viaje, más que el viaje en sí o las fases por las que pasa. Y también en este aspecto más, digamos, introspectivo, Wan demuestra un manejo de la cámara y de la narración fuera de toda duda, tanto en las impecables secuencias de acción (que sacan el máximo partido al entorno acuático) como en los diálogos, algunos de ellos ciertamente interesantes e, incluso, con un mensaje medioambiental y social que aporta una crítica pocas veces vista en este tipo de producciones. A la historia podría habérsele pedido algo más, puede que mucho más. Mayor complejidad emocional de los personajes, mayor intriga, algo más de desafío tanto externo como interno para el héroe. Pero eso no quita para que no pueda disfrutarse.

Con todo ello, Aquaman es la última punta de un tridente que inició El hombre de acero en 2013 y continúa Wonder Woman en 2017. Y ya están anunciadas próximas entregas individuales de los superhéroes. Entre medias, por supuesto, producciones conjuntas con mayor o menor atractivo. Pero lo que pone de manifiesto esta aventura del rey de Atlantis es que una buena película de superhéroes nunca, jamás, debe nacer con pretensiones mayores que el entretenimiento. Para muchos esto siempre será una desventaja, pero personalmente creo que es lo que aporta la magia. En el caso que nos ocupa, un entretenimiento con un sabor clásico, sostenido con una trama de pura aventura y envuelto con unos efectos digitales modernos pero de concepción antigua. Esa unión entre pasado y presente es similar a la planteada en el film entre tierra y mar. Y en ambos casos el personaje al que da vida Jason Momoa (Sugar mountain) es la punta de lanza, o en este caso del tridente.

Nota: 7/10

‘Mortal Engines’: devorados por el pasado


Muchos especialistas critican la falta de ideas en el cine, donde secuelas, precuelas, remakes y adaptaciones parecen proliferar más cada año. Pero lo que se comenta menos es la falta de ideas en la literatura, sobre todo en la adolescente, donde las historias parecen ser siempre las mismas pero vestidas con diferente disfraz. Algo así le ocurre a la primera película de Christian Rivers como director. Visualmente espectacular, se desinfla con un contenido sin brillo.

Y es que Mortal Engines, a pesar de tener una base conceptual interesante, no desarrolla absolutamente nada las posibilidades dramáticas del conjunto. El desarrollo del guión se vuelve predecible desde su primer punto de giro, el modo en que la información se ofrece al espectador es totalmente inadecuado, revelando posibles hitos dramáticos antes de tiempo o de un modo que resta, precisamente, dramatismo. A esto se suman unos personajes poco interesantes y excesivamente arquetípicos: una joven que clama venganza, un joven inocente que se convierte en héroe, un villano que anhela el pasado para dominar el futuro, … De hecho, se podría decir que al film le ocurre un poco lo que le sucede al malo de turno, interpretado por Hugo Weaving (Jasper Jones), por cierto lo mejor de la cinta: que termina siendo devorado por un pasado que no ha entendido y, sobre todo, no ha respetado.

Porque si lo hubiera hecho posiblemente la sensación de estar ante algo que tiende a “tomar prestado” todo tipo de elementos de otras películas no existiría, o al menos no sería tan acentuado. Porque lo cierto es que bajo este tratamiento irregular de la trama se esconden algunas reflexiones interesantes, como el modo en que la sociedad puede llegar a autodestruirse y cómo no conocer bien el pasado puede terminar por provocar un nuevo mal. Pero todo ello, como lo realmente importante en este film, se queda únicamente como algo anecdótico, una puntualización a pie de página de un relato que tiende a la espectacularidad por la vía más directa, es decir, la que no necesita de una mínima reflexión por parte del espectador.

Así, Mortal Engines es un vehículo, nunca mejor dicho, de entretenimiento puro y duro, que a pesar de la originalidad de algunas de sus premisas (ciudades que se mueven, hombres inmortales, …) no ofrece nada más que eso, imágenes apabullantes, efectos especiales y digitales a cada cual más elaborado y una puesta en escena algo sencilla pero efectiva. Pero una vez desenvuelto este proyecto, dentro no hay nada o muy poco. Desde luego no todo lo que se supone que debe rellenar las más de dos horas de metraje. El cine postapocalíptico adolescente, una vez superadas las sagas iniciales, no parece ser capaz de ofrecer nada nuevo.

Nota: 6/10

‘Robin Hood. Forajido, héroe, leyenda’: modernizando la Edad Media


Existe una tendencia relativamente reciente de querer actualizar los mitos y las leyendas de personajes clásicos de la cultura popular, entiendo que para hacerlos más atractivos. El problema de estas historias intregradas en la cultura popular es que las reinterpretaciones deben hacerse con pies de plomo, pues si no se puede terminar haciendo algo como esta nueva versión del famoso ladrón que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, es decir, una especie de Edad Media modernizada donde las Cruzadas son un combate bélico actual y donde Robin Hood se convierte casi más en El Zorro en algunos momentos.

Lo cierto es que la cinta de Otto Bathurst es un entretenimiento puro y duro, pero hecho sin demasiada cabeza. El uso y abuso de la cámara lenta y los cambios de ritmo en la grabación tratan de imprimir al conjunto una épica de la que carece de forma natural, pero se queda a medio camino. Bueno, en realidad este Robin Hood se queda a medio camino de casi todo lo que propone. Porque esta aventura de acción incluye humor y acción, pero también reivindicación política y, como mencionaba antes, incluso reinterpretación medieval de los combates bélicos actuales. Posiblemente esto sea lo más impactante de todo; su comienzo se asemeja a una incursión en alguna remota región árabe, con unos cruzados pertrechados con una suerte de chaleco antibalas y cambiando los fusiles por arcos. Todo en esta secuencia inicial sienta las bases de lo que luego será un irregular relato.

Con todo, el esfuerzo por reinterpretar el trasfondo de los personajes resulta encomiable. De hecho, puede ser lo más interesante del film, lo cual tampoco quiere decir mucho si tenemos en cuenta que tanto el desarrollo de la trama como las secuencias del relato no terminan de estar acordes a los protagonistas. Y eso es, entre otros motivos, porque el guión no llega nunca a encontrar su verdadera definición. Da la sensación de que en ningún momento narra nada propio, tomando ideas de diferentes películas. El hecho de que haya unas minas en las que los pobres son explotados, que se produzca una revuelta popular, que el joven Hood entrene sus habilidades a las órdenes de un maestro, … En definitiva, estamos ante una historia construida sobre piezas de otras, lo que hace que tenga pies de barro en cuanto se rasca un poco su superficie.

Habrá quienes accedan a este Robin Hood. Forajido, héroe, leyenda con la única pretensión de entretenerse, y lo conseguirán. Pero incluso aunque solo se busque eso, la cinta presenta numerosas incongruencias en su intento de ser más espectacular, más dinámica y más atractiva de lo que en realidad es. Los recursos narrativos del director Otto Bathurst se antojan limitados, excesivamente similares a los de otros directores con una mayor capacidad visual, y la trama nunca logra tener un espíritu propio. Es más, a pesar de la modernización de este mito y de la Edad Media que muestra, este Robin de Loxley no tiene demasiado de Robin de Loxley. Tal vez sea porque se presenta como los orígenes del personaje. En cualquier caso, la puerta está abierta a una segunda parte que, por el bien de este héroe, esperemos que sea diferente.

Nota: 5/10

‘Ralph rompe Internet’: quien tiene un amigo tiene un tesoro


Cualquier secuela tiene que ofrecer algo más que el original. Pero, ¿qué hacer cuando el original ya de por sí rompe moldes? Bueno, ahí está el ejemplo de la saga Shrek y, ahora, el de la saga Ralph. Porque si la primera entrega era un delirio de originalidad narrando el mundo tras los recreativos, ahora la historia va un paso más allá y se sumerge en el vasto mundo de Internet a todos los niveles, incluyendo la Internet oscura. La pregunta es si la historia aporta algo nuevo.

Y la respuesta es un tímido ‘sí’. Tímido porque la dinámica del argumento no resulta demasiado novedosa, toda vez que la aventura vuelve a abordar los miedos de los protagonistas y la necesidad de reconocimiento por parte de los demás como algo más que un mero personaje de videojuego y/o villano. Sin embargo, sí existe un paso adelante en la base conceptual del relato, revelándose como una continuación también en este aspecto. Así, Ralph rompe Internet es un relato sobre la amistad y la necesidad de encontrarse a uno mismo en una relación de esas características. Ahí radica la parte más interesante del conjunto, que tiene su traducción en un apasionante apartado visual.

Porque si algo caracteriza al film es el modo de presentar Internet. Sencillamente brillante. Elementos como la barra de búsqueda, los vídeos de Youtube, los ‘likes’, los molestos anuncios al navegar o los virus se tornan aquí en seres con personalidad propia, en criaturas con una función para dar servicio a un conjunto de usuarios que se mueve a través de vehículos voladores. En este sentido, la Internet oscura o el modo de tratar la vida de los videojuegos en Internet cuando se apagan las pantallas resulta a la vez conocida y refrescante, por cuanto es capaz de reinterpretar incluso a su predecesora. Y como ejemplo, las princesas Disney, sin duda uno de los momentos más hilarantes y surrealistas de todo el metraje, junto tal vez con el viaje del protagonista a esa Internet oscura.

Con una calidad técnica notable y un mensaje de calado para los más pequeños, Ralph rompe Internet es, ante todo, un viaje al interior de uno mismo, a encontrar la esencia de lo que nos define y a lograr que los demás nos acepten como somos. Todo ello con una imaginación desbordante y, cómo no, con todo tipo de conocidos personajes de los videojuegos. En definitiva, todo lo que una secuela debería ser, pues aunque en algunos momentos pierda ritmo y su planteamiento no diste mucho de la original, ofrece en general más de todo, incluyendo cierta profundidad dramática en los personajes. Ah! y no perderse la escena postcréditos, todo un alarde de imaginación y metalenguaje que arranca una sonora carcajada.

Nota: 7/10

‘Viudas’: ¿víctima o verdugo?


Cinco años. Ese es el tiempo que ha pasado desde que Steve McQueen (Hunger) se puso tras las cámaras de un largometraje. Eso no quiere decir que haya estado parado, pero sí indica el tiempo que se ha tomado para madurar su siguiente film, un thriller clásico en su desarrollo pero atípico en su concepción, con numerosos giros argumentales finales que construyen un relato crudo, frío y poco dado a concesiones.

Porque, en efecto, Viudas tiene todos los ingredientes que una buena cinta de suspense puede tener. Un golpe que sale mal, una venganza, una amenaza de muerte y un segundo golpe para resarcir una deuda, todo ello mezclando la política con los bajos fondos. En este sentido, puede que el guión sea poco ambicioso en sus primeros instantes, limitándose a plasmar con elegancia los conceptos vistos en infinidad de títulos similares. Y puede que esta sea la mayor de sus debilidades, toda vez que hay momentos en los que es ciertamente previsible. Sin embargo, esto queda equilibrado con la concepción del relato, que pone el foco en algo que hasta ahora siempre formaba parte de las tramas secundarias.

El hecho de que sean las mujeres de los ladrones las que se pongan manos a la obra, ninguna de ellas metida en el mundo delictivo de sus maridos, aporta no solo originalidad, sino un interés muy concreto y un dramatismo con el que el director juega en todo momento. Con este punto de partida McQueen compone una historia de redención cuyo final, en contra de lo que pueda parecer, es de todo menos previsible. Si bien es cierto que el primer gran punto de giro se produce más bien pronto en el desarrollo, eso lejos de ser un problema se convierte en una oportunidad de introducir nuevos giros que, aunque no resultan tan impactantes, aportan un mayor grado de complejidad al sentido final de los acontecimientos.

Un final que eleva, y mucho, la por otro lado notable labor realizada durante todo el metraje de Viudas. Metraje largo y a veces previsible pero que en manos de McQueen se convierte en un viaje dramático de primer orden, con algunos hallazgos visuales sencillamente apabullantes, como el comienzo en la furgoneta o una conversación durante un trayecto en coche. El director aprovecha los recursos que le ofrece la narración para crear un relato único, duro y calculado en el que los actores ofrecen una labor espléndida y en la que los héroes y los villanos se confunden para dejar claro que las víctimas, en este caso las mujeres, toman las riendas de sus historias.

Nota: 7/10

‘Superlópez’: en España, la mediocridad es un grado


De un tiempo a esta parte las adaptaciones de los tebeos españoles a la gran pantalla están teniendo un éxito más que aceptable, y eso se debe fundamentalmente a que se ha logrado captar la base de sus historias. En el caso que nos ocupa, queda resumida perfectamente en una frase del guión: “En España, para triunfar hay que ser mediocre”. Y bajo esa premisa se presenta esta comedia de aventuras y acción, aunque no como podría esperarse.

Porque Superlópez cuenta, como no podía ser de otra manera, con un protagonista algo mediocre, patoso y, hasta cierto punto, patético, con un trabajo poco ambicioso y que siempre llega tarde. Que sea el elegido para salvar a la Humanidad parece el comienzo de un mal chiste. Pero la labor de Javier Ruiz Caldera (Anacleto: Agente secreto) tras las cámaras, unido a un guión sin demasiadas sorpresas pero solvente, convierten esta cinta en un relato entretenido, divertido, con una ácida crítica a nuestra sociedad, que por cierto es uno de sus puntos más fuertes. A lo largo de su metraje, ajustado y poco dado a la narrativa innecesaria, la cinta repasa todos y cada uno de los males de una España en la que la envidia es el deporte nacional y la posibilidad de que alguien destaque por méritos propios parece ciencia ficción.

Posiblemente lo peor del conjunto sea, precisamente, que la cinta ofrece un relato lineal, sin giros argumentales y siguiendo todos los pasos ya conocidos del cine de superhéroes, sobre todo de ‘Superman’. Y es cierto, no hay novedad ninguna, pero eso no hace que el film sea mediocre, al contrario. Es más, el aspecto algo cutre y simplón es intencionado. La cinta es un alarde de técnica y profesionalidad, con un reparto en estado de gracia, unos efectos especiales más que solventes y un humor que arranca más de una carcajada y que mantiene la sonrisa en todo momento. Poco más se puede pedir a una aventura de este tipo, que incluso deja el terreno allanado para una futura continuación.

Desde luego, Superlópez no es una obra culmen del cine de superhéroes, pero tampoco lo pretende. Sencillamente aglutina todos los conceptos del cómic creado por Jan a modo de parodia de Superman y los pasa por el filtro de la sociedad española actual para presentar un film solvente, divertido, entretenido y notable. Muchos se quedarán con la sencillez de su propuesta visual, con ese superhombre con disfraz hecho por su madre e incapaz de cumplir con todas sus obligaciones. Pero como en toda película de superhéroes, hay más de lo que se ve a simple vista, y en este caso es el subtexto social y la ácida crítica a una forma de ser que premia lo corriente por delante de lo sobresaliente. Y eso no es capaz de ofrecerlo cualquier película.

Nota: 7/10

‘Malos tiempos en El Royale’: Una última noche en la frontera


Drew Goddard, autor de guiones de algunas de las series más importantes de unos años para acá y director de La cabaña en el bosque (2012), posiblemente solo necesite una historia contundente y dramática para hacerse un nombre. Pero lo que está fuera de toda duda es de que estamos ante uno de los jóvenes autores con más talento de las nuevas generaciones de directores y guionistas. Su última película es un ejemplo en todos los sentidos, aunque todavía evidencia una necesidad de afinar algunos aspectos.

Porque si algo tiene Malos tiempos en El Royale es originalidad. Originalidad en su guión, en el tratamiento del mismo y en su puesta en escena. Con evidentes influencias al cine de Tarantino, el director compone una obra que, como si de una cebolla se tratara, se desprende capa a capa de su planteamiento inicial para desvelar los secretos de unos personajes a cada cual más complejo. Es cierto que en este proceso se deja algunas cosas de cierta relevancia por el camino, pero eso no impide que la cinta se comprenda y se disfrute. El hecho de que la historia se construya sobre los secretos del pasado de cada personaje y los propios secretos del hotel permite al film crecer dramáticamente hasta alcanzar un clímax un tanto atípico en el que la frontera entre héroes y villanos se diluye para ofrecer una pequeña muestra de la sociedad en la que cada uno lucha contra sus propios demonios y persigue sus propios intereses.

Visualmente hablando, estamos ante un film tan clásico como original, que a través de esa frontera entre California y Nevada construye toda una imaginería pocas veces vista. Los contrastes entre los diferentes escenarios, desde ese aparcamiento en el que la lluvia no para de caer hasta el pasillo en el que se espía a los huéspedes, pasando por la recepción o las propias habitaciones, ayudan a crear un ambiente malsano en toda la ficción, que de nuevo recuerda a Tarantino por su uso cromático de los diferentes ambientes y el contraste no solo entre ellos, sino con los propios personajes, todos ellos sumamente atractivos y todos ellos interpretados notablemente por los actores.

Entre sus puntos más débiles quedan algunas motivaciones poco explicadas y cierta falta de ambición en algunas secuencias, no solo en la narración utilizada sino en el propio guión. Pero en todo caso, Malos tiempos en El Royale es una obra notable, entretenida, con personajes apasionantes y una puesta en escena impecable. Habrá quienes la tachen de copia a obras como Pulp Fiction (1994) o Four Rooms (1995), pero nada más lejos de la realidad. Puede que la estética evoque en determinados momentos a la obra y el estilo de Tarantino, pero Goddard tiene personalidad propia, y su segunda película como director nos sitúa ante un autor a tener en cuenta.

Nota:7,5/10

‘Overlord’: el ejército de los mil años


La idea de Hitler antes y durante la II Guerra Mundial era construir un imperio de mil años que no tuviera oposición alguna. Partiendo de esa base y de los experimentos nazis que se revelaron al término del conflicto bélico, el nuevo film de Julius Avery (Son of a gun) compone un relato en el que soldados, zombis y superhombres se dan cita para ofrecer un entretenimiento puro y duro en el que la acción apenas tiene descanso. Y todo eso partiendo del origen histórico de la Operación Overlord (más comúnmente conocido como el Desembarco de Normandía).

No es casualidad, por tanto, que el inicio de Overlord sea una suerte de homenaje al inicio de Salvar al soldado Ryan (1998), en lugar de por mar por aire. Evidentemente, ni este film es el clásico de Spielberg ni los directores son comparables, pero ya avanza el ritmo que va a tener posteriormente la cinta. A partir de ese momento la trama desarrolla con acierto tanto a personajes como el argumento, planteando los puntos de giro de forma pausada, tomándose el tiempo para explorar los arquetipos que se presentan en la historia y para abordar la revelación de la información. En este sentido, es especialmente reseñable la secuencia en la que el protagonista descubre los experimentos nazis que se desarrollan bajo el objetivo de su misión, todo un ejercicio de tensión dramática.

En su contra juega el hecho de que estamos ante una serie B notable, y por lo tanto puede no ser tomada demasiado en serio. Pero no hay que confundirse. Avery desarrolla un film sencillo en el fondo (para muchos puede que demasiado sencillo) pero bien elaborado, con personajes prototipo que permiten un desarrollo de la acción sin intermitencia alguna. Es cierto que los personajes apenas tienen trasfondo dramático; es cierto que en varias ocasiones el desarrollo es demasiado previsible. Pero en este caso las carencias se suplen con un tratamiento entregado a la ciencia ficción y a la acción, amén de algunos toques de humor y, por supuesto, unos momentos de lo más sangriento.

Overlord es puro entretenimiento para los amantes de la ciencia ficción y la acción. Con un guión sencillo y directo, y unos personajes más bien planos pero que funcionan a las mil maravillas tanto dentro de la trama como entre ellos, Avery desarrolla una trama que apenas se detiene, evitando así que se planteen dudas en el espectador. Los puntos de giro hacen avanzar la acción por un camino que en muchos momentos es previsible, pero que en este caso no por eso deja de funcionar. Y eso es gracias fundamentalmente a que la película utiliza sus armas con inteligencia, conociendo sus limitaciones y explotando sus ventajas. El consejo de J.J. Abrams (Super 8) se aprecia en cada plano.

Nota: 7/10

Diccineario

Cine y palabras

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