‘Molly’s Game’: El póker no es un juego de azar


Aaron Sorkin, creador de series como El ala oeste de la Casa Blanca y guionista de películas como La red social (2010), nunca ha sido un autor fácil. Más bien al contrario, su forma de narrar historias, con personajes complejos, cargados de matices y un bagaje cultural, social y político interminable, obliga a mantener una inusitada atención a lo que se narra, incluso aunque esto pueda parecer una tontería. Su primera película como director no es diferente, y aunque en este caso la realidad no supere a la ficción, su sello sigue dejando algunos momentos realmente extraordinarios.

Momentos que superan, con mucho, la propia historia. Porque más allá de un guión estándar y un desarrollo bastante lineal, sin grandes giros argumentales, el argumento de Molly’s Game, basado en la vida de Molly Bloom, tiende a perderse en su propio juego. El juicio al que se enfrenta la protagonista se convierte en una mera excusa para narrar la vida de esta ‘princesa del póker’, como se la llegó a denominar, una vida rodeada de personalidades y nombres (y hombres) importantes que, más allá del glamour y la sensación de estar siempre en el límite de la legalidad, aporta más bien poca profundidad dramática. Ese es el gran problema del film, que su base argumental, aunque pueda tener interés en un primer momento por los orígenes de la protagonista (magistralmente narrados, por cierto), pierde fuerza a medida que se adentra en la trama y no se generan los conflictos necesarios para que pueda crecer dramáticamente hablando.

El resultado es un film correcto, sin grandes giros pero que es capaz de ofrecer algo en compensación, y es la labor de Sorkin como guionista y unos actores extraordinarios. Curiosamente, es hacia el tercio final cuando todos ellos ofrecen lo mejor de sí mismos. El director y guionista compone un tour de force espléndido para mostrar la vulnerabilidad de un personaje aparentemente fuerte y abordar los orígenes de sus decisiones, en un diálogo entre Jessica Chastain (La casa de la esperanza) y Kevin Costner (Lo mejor para ella) que deja sin palabras. Aunque posiblemente el momento cumbre sea la defensa que hace Idris Elba (100 calles) de la protagonista, en uno de los mejores y más intensos monólogos de los últimos años. Posiblemente el final del film sea lo más atractivo del excesivo metraje, pero hay que reconocer que a lo largo de las dos horas y 20 minutos de duración hay momentos que juegan con la ironía, con el drama y sí, con el póker, que aderezan la por otro lado lineal historia.

En cierto sentido, Molly’s Game es un claro ejemplo de que una historia más bien sencilla puede adquirir peso dramático si los nombres encargados de contarla ofrecen su mejor versión. Claro que esta película, como todo lo que toca Sorkin, no es apta para todos los gustos. Diálogos densos, cargados de información, irónicos y rápidos, muy rápidos. Secuencias complejas, con argot del póker que a los profanos les sonará a chino. Y una duración innecesaria. Habrá quien no acepte estas premisas, pero aquellos que sí lo hagan disfrutarán de unos actores extraordinarios, de un desarrollo dramático sin grandes giros pero cargado de momentos interesantes, algunos brillantes. Como se menciona en un momento de la película, “el póker no es un juego de azar”. El cine tampoco, y el primer film dirigido por Aaron Sorkin es la prueba.

Nota: 6,75/10

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‘El gran showman’: El arte de emocionar y entretener con cada plano


Es muy difícil que una película, un libro, una canción emocionen y apasionen durante toda su duración. Por eso cuando se encuentra se disfruta como nunca. Y eso es precisamente lo que ocurre con el debut en la dirección de Michael Gracey, un musical sobre el nacimiento del circo, el entretenimiento y la figura de P.T. Barnum que se aleja de controversias y sombras para apostar por la luminosidad de unos espectaculares y espléndidos números musicales acompañados de unas canciones que deberían de recibir algún que otro premio.

A decir verdad, El gran showman se puede considerar un musical clásico, una obra con un espíritu que evoca las grandes obras del género y que apuesta en todo momento por hacer avanzar a los personajes a golpe de nota musical y coreografía. Y la apuesta es todo un éxito. Las posibilidades que ofrecen tanto la historia como el escenario en el que se desarrolla son exprimidas al máximo por Gracey, quien se aleja de montajes atropellados y opta por grandes planos que permitan apreciar el movimiento de los personajes en pantalla, llenando a su vez de color y diversión una historia que, por otro lado, tiene un arco argumental algo sencillo pero incuestionablemente bien elaborado. En la retina quedan números como el protagonizado por Hugh Jackman (Australia) y Zac Efron (Malditos vecinos 2) en un bar (atentos al camarero, pieza fundamental del show), el de la pareja de jóvenes enamorados o el de los ‘freaks’ en plena fiesta de la alta sociedad.

Desde luego, el film es uno de los mejores del año, o al menos de los últimos meses. Sus nominaciones a los Globos de Oro, y sus más que probables nominaciones a los Oscar, así lo atestiguan. Pero eso no implica que la película no pueda dar más de sí. En ese intento por hacer un film brillante, alegre y luminoso la trama se aleja de los momentos más polémicos en la vida de este personaje al que da vida Jackman de forma magistral. A lo largo de la historia se mencionan aspectos como la manipulación de Barnum, su obsesión por entrar en las clases altas para demostrar su valía o, incluso, la utilización de esos ‘freaks’, como se les conocía entonces, para medrar. Son aspectos planteados en la trama, y aunque algunos de ellos dan pie a un cierto dramatismo, tienden a superarse de un modo más bien aséptico, sin generar excesivos conflictos y que sirvan únicamente para un nuevo y espléndido número musical.

Y aún teniendo en cuenta esto, El gran showman es capaz de sobreponerse a sus debilidades y revelarse como un film espléndido, un entretenimiento en estado puro cargado de color, diversión, romance, ciertas dosis de drama y, sobre todo, música, mucha música. Los amantes del género tienen una cita imprescindible, pero cualquier espectador que busque pasar unos ajustados 105 minutos inolvidables no debería pasar por alto esta alternativa. Con un reparto en estado de gracia en líneas generales, Gracey compone todo un espectáculo al más puro estilo P.T. Barnum. Habrá quienes consideren que no es arte, que no está al nivel cultural que se debería exigir. Tampoco lo pretende, pero incluso sin pretenderlo la belleza y el sentimiento de felicidad que desprende en cada plano es abrumador.

Nota: 8/10

‘Una vida a lo grande’: la increíble película menguante


Al igual que sus anteriores películas, la nueva historia dirigida por Alexander Payne (Entre copas) plantea un debate sobre diferentes aspectos sociales. Y al igual que las anteriores, el contenido tiende a ser mejor que la forma en que se narra esa historia. Uno de los principales efectos secundarios de esto es que su nuevo film tiene una duración excesiva para el viaje que este nuevo hombre menguante realiza para encontrarse a sí mismo.

Porque Una vida a lo grande es en realidad eso, un viaje a lo largo de años de un personaje mediocre, que sueña con una vida mejor que siempre busca en decisiones por motivos equivocados. En este sentido, el contexto utilizado para mostrar dicha aventura no podría ser más idóneo: un nuevo proceso científico-médico capaz de reducir el tamaño de la gente, creando una población menos contaminante y más respetuosa con el medio ambiente. Este último aspecto abre un interesante debate planteado a lo largo del metraje entre lo que lleva a la gente a reducir su tamaño, si la verdadera conciencia para salvar el planeta o el egoísmo de tener una vida mejor.

Es en ese debate en el que se sitúa siempre el personaje de Matt Damon (Un lugar para soñar), tendiendo siempre a cometer el mismo error una y otra vez, algo que incluso se menciona de forma explícita en algún momento del film. Y ese es el principal problema de la trama. Apenas existe evolución por parte del protagonista. A medida que avanza la historia, y una vez superado el espléndido momento de la reducción de tamaño, el arco argumental del héroe parece estancarse, como si no tuviera un objetivo claro. Y aunque ese es realmente el sentido de su viaje, las constantes dudas le llevan a plantearse siempre las mismas preguntas sin darlas respuesta, lo que termina siendo excesivamente repetitivo y resta relevancia tanto al ritmo de la narración como al interés por el argumento.

En cierto modo, Una vida a lo grande va de más a menos, como su protagonista. El comienzo, aunque pausado, es brillante en su exposición de los motivos que llevan al protagonista a reducir su tamaño. Y el proceso al que se somete está contado de un modo brillante. Pero a partir de ese momento la historia, como su personaje, parecen perder un sentido claro. Y con esto pierde ritmo, interés y fuerza dramática. Sí, el debate entre responsabilidad social y egoísmo se mantiene hasta el final. Sí, el viaje del héroe está marcado por sus dudas acerca de su verdadero yo. Pero carece de grandes conflictos, y eso termina, en último término, por perjudicarle.

Nota: 6,5/10

‘Jumanji: Bienvenidos a la jungla’: pulse ‘Start’ si se atreve


Cuando en 1995 se presentaba Jumanji se hacía como una aventura familiar, un entretenimiento en torno a algo tan tradicional como un juego de mesa. Pero después de dos décadas, aquel film se ha convertido en una película de culto para varias generaciones, en un derroche de imaginación, humor, drama y acción con varias lecciones a aprender. Por eso se antojaba algo innecesario este remake/secuela que, en esta ocasión, se traslada a la jungla en lugar de traer la jungla a nuestro mundo.

Los tiempos cambian, y con ellos las formas de entretenimiento. Y por extensión, la de este juego de supervivencia selvático. Sin una explicación clara de los motivos por los que se convierte en videojuego, la mecánica de la película viene a ser la misma, salvo por detalles que restan la magia que sí tuvo la original: esa necesidad de jugar con dados, las consecuencias de hacer trampas y, sobre todo, las amenazas a las que se enfrentan los protagonistas. Es el contexto en realidad lo que convierte a esta aventura en una mera producción sin más recorrido que la distracción durante dos horas, amén de unos efectos especiales más correctos que otra cosa.

La cinta, desde luego, cumple con su función. El ritmo y las secuencias de acción se equilibran con el relato de la trama y un tratamiento que los aficionados a los videojuegos reconocerán al instante. Si a esto sumamos que los héroes tienen la mentalidad de unos adolescentes que no comprenden lo que ocurre, la combinación es hilarante por momentos, dejando vía libre a los actores para dar rienda suelta a un contraste entre físico y personalidad, entre el personaje de videojuego y el personaje en la vida real. Contraste que muchas veces salva un tratamiento más bien pobre de la historia, que tiende a olvidarse de los riesgos de la selva (como en la original) y se queda solo con los grandes animales que habitan entre los árboles.

Así, Jumanji: Bienvenidos a la jungla ofrece y confirma lo que se espera de ella, es decir, vivir una aventura durante las dos horas que dura esta historia. Con momentos divertidos y otros cargados de adrenalina, la película deja al margen el drama familiar o los problemas de los jóvenes para contar un relato cargado de acción, héroes y villanos de videojuego y PNJ. Y ese es precisamente lo que la convierte en una cinta que se olvida tan rápido como se consume. La falta de trasfondo, o al menos de un mensaje capaz de calar más que los músculos de Dwayne Johnson (serie Ballers), cuyo carisma por cierto salva buena parte del film, es lo que hace cuestionable esta adaptación, sobre todo para aquellos que vivieron y crecieron con el recuerdo del niño convertido en mono por hacer trampas en un juego de mesa.

Nota: 5,5/10

‘Star Wars: Los últimos Jedi’: una nueva generación


Habrá quien acuse a la saga de Star Wars de repetir esquemas, de que no ha habido un giro narrativo importante desde El imperio contraataca, allá por 1980. Y es cierto, todo en estas películas huele y sabe conocido. Pocas sorpresas en lo que a guión se refiere, por tanto. Ahora bien, eso no impide que no se puedan disfrutar, sobre todo si la fórmula se sigue paso a paso y se añaden las dosis necesarias de espectáculo, humor y drama.

Y eso es lo que hace Ryan Johnson (Los hermanos Bloom) en esta octava entrega de la saga, segunda de la tercera trilogía. Visualmente poderosa (el combate final es de lo más hermoso de la saga), esta nueva aventura galáctica es un deleite para los sentidos, con una notable y apasionante batalla inicial que sienta las bases de lo que va a ser todo el desarrollo posterior. Y si bien el arco argumental es bastante simple (los rebeldes huyendo de la Primera Orden), las diferentes tramas secundarias que se dan cita, así como la historia de Rey (de nuevo con los rasgos de Daisy Ridley –Scrawl-), nutren sobradamente la sencillez de su planteamiento.

Con todo, esta sencillez en el argumento permite ahondar en algunos aspectos ya planteados en la anterior parte. Para empezar, el viaje de la protagonista y el modo en que debe elegir entre luz y oscuridad, algo que recuerda mucho al viaje que ya hizo Luke Skywalker en la cinta de 1980. Pero posiblemente lo más interesante sea la personalidad de Kylo Ren y su entrega por completo al Lado Oscuro. Con Adam Driver (serie Girls) explotando los matices del personaje, el rol toma las riendas de los villanos de la saga al menos durante la próxima película, protagonizando algunos de los momentos más interesantes de esta entrega.

Pero si por algo destaca esta Star Wars: Episodio VIII – Los últimos Jedi es por mostrar el cambio de generación de la saga galáctica. Los nuevos y jóvenes personajes dan un paso al frente para cargar sobre sus hombros el peso narrativo y el futuro de la historia. Atrás quedan Luke Skywalker, Han Solo o Leia, cuya participación, si es que se produce, quedará reducida a algo meramente testimonial. El futuro parece asegurado ante el carisma que presentan muchos secundarios y el interés que despierta el pasado y el futuro de los protagonistas. Posiblemente la historia siga sin deparar grandes sorpresas, pero a estas alturas nadie debería de esperar más que espectáculo, un desarrollo correcto y mucha diversión. Y eso esta película lo cumple con creces.

Nota: 7,5/10

‘Suburbicon’: lo que se esconde bajo el racismo


Una de las primeras cosas que se explica a la hora de escribir un guión es que el subtexto es fundamental. Los personajes, y por extensión la película, deben contar algo que no sea lo que se ve a simple vista. Conseguir esto es todo un arte, no tanto porque sea complicado encontrar el equilibrio entre lo que se cuenta y lo que realmente se quiere contar, sino porque lo que se ve en pantalla muchas veces no va acorde al verdadero contenido de la trama. Todo esto es lo que se puede descubrir bajo la cándida apariencia de lo nuevo de George Clooney (Buenas noches, y buena suerte) como director, aunque al igual que el pueblo en el que se desarrolla la acción, todo en la cinta parezca prefabricado.

Tal vez sea porque son los hermanos Coen (Fargo) dos de los firmantes del guión. Y es que más allá del interés del libreto, sobre todo en su tratamiento, el argumento está plagado de lugares comunes, sobre todo de la filmografía de estos directores. Eso termina por generar una sensación de estar ante algo conocido, ante unos personajes que aportan poco a una historia ya contada. Y lo que es peor, ante un final que se intuye y se puede prever con cierta antelación. Todo ello puede provocar que, a primera vista, este drama con tintes de comedia negra que se desarrolla en Suburbicon resulte un poco decepcionante, y hasta cierto punto lo es. A ello se suma que el desarrollo dramático tanto de la trama principal como del contexto social en el que se enmarca no son todo lo fluidos que cabría esperar, lo que genera unas depresiones en el ritmo narrativo que invitan a desconectar de la historia.

Sin embargo, este film tiene muchas lecturas. Para empezar, el paralelismo entre la sociedad racista y el protagonista al que da vida un espléndido Matt Damon (Tierra prometida). Ambos acusan siempre a elementos externos de sus propios errores, de sus propios complejos. Asimismo, la creciente violencia contra la familia afroamericana que se muda al barrio es directamente proporcional a la violencia que desencadenan las decisiones de este padre de familia. Y por último está la relación entre dos niños que no entienden el mundo de los adultos, ni sus odios infundados ni sus intrigas. Todo ello genera un trasfondo social sumamente interesante, una metáfora sobre ese odio al otro, ese miedo a lo externo que, en realidad, procede de nuestras propias debilidades y de nuestros propios complejos.

Se puede decir que Suburbicon, el pueblo, es el todo. Y Suburbicon, tan solo una parte que ejemplifica ese todo. Dicho de otro modo, la familia que protagoniza esta trama es el reflejo de una sociedad aparentemente perfecta que, en cuanto se introduce un elemento que, bajo su punto de vista, distorsiona esa perfección, saca a relucir los instintos más bajos y mediocres para atacar a lo que es diferente y disimular así sus propias mezquindades. Y aunque la narrativa y el tratamiento pueden resultar algo irregulares, el contenido es sumamente revelador. Se dice que una película debe ser capaz de ofrecer al espectador algo más de lo que ve a simple vista. Bueno, el tándem Clooney-Coen desvela lo que realmente se esconde tras el racismo.

Nota: 6/10

‘Coco’: un viaje sensorial al Mundo de los Difuntos


Una película Pixar se ha convertido, por derecho propio, en un fenómeno cinematográfico en sí mismo. La factura técnica impecable, la originalidad de sus historias y el tratamiento de las mismas han convertido estos films en obras, literalmente, para todos los públicos, con un notable mensaje en valores y una universalidad de sus argumentos fuera de toda duda. De ahí la expectación sobre su nueva obra, y de ahí también las expectativas sobre su posible calidad o fracaso.

Una expectación que, a grandes rasgos, queda más que satisfecha. Coco es, en todos los sentidos, una experiencia sensorial única. Visualmente fascinante y poderosamente colorida, el viaje de este niño por la Tierra de los Difuntos es todo un relato sobre la amistad, los ídolos, la familia y los recuerdos. Con algunos detalles tanto argumentales como narrativos magistrales, la película esconde una importante moraleja y un fundamental mensaje sobre la memoria de nuestros familiares y cómo ellos siguen vivos mientras se mantengan en nuestros pensamientos. En este sentido, la historia logra traspasar las fronteras de México para narrar algo universal tomando como referente la colorida tradición del país centroamericano.

Otra cosa distinta es el argumento en sí. A pesar de la originalidad de la propuesta y del calado dramático de sus mensajes finales, lo cierto es que la cinta peca en algunos momentos de déjà vu. Muchas de sus tramas recuerdan, hasta cierto punto, a otras historias de la propia compañía. Es lo que ocurre cuando tu trayectoria fílmica está construida sobre obras de arte que ya forman parte, en su mayoría, del imaginario popular. Con todo, y a pesar de estas ciertas “irregularidades”, la realidad es que este viaje de música, pasión y familia hace las delicias de grandes y pequeños.

Porque Coco puede y debe ser disfrutada por toda la familia. Sin excepción. Los más pequeños disfrutarán con la imaginación y el derroche de originalidad visual que desprende la película, pero también aprenderán, aunque sea de forma subconsciente, la importancia de la familia, de seguir nuestros deseos y nuestras pasiones, y de escoger bien a nuestros modelos a seguir. Lo cierto es que la cinta atrapa de tal forma al espectador que sus deficiencias quedan en un segundo plano. Ahora bien, eso no significa que no existan, y si Pixar no quiere caer en una decadencia argumental debería empezar a buscar temas sólidos que tratar en sus nuevas y, con toda probabilidad, originales tramas nuevas.

Nota: 7,5/10

‘Perfectos desconocidos’: el eclipse telefónico de la verdad


Qué puede haber de malo en que un grupo de amigos que se conoce desde hace muchos años compartan sus llamadas y mensajes durante una cena? Pues a tenor de lo visto en la nueva película de Álex de la Iglesia (Los crímenes de Oxford), mucho. Y es que esta comedia negra, adaptación de la película italiana homónima de 2016, es un compendio de giros argumentales, algunos más previsibles que otros, dinámico y, sobre todo, autodestructivo.

Autodestructivo para los personajes, que no para la historia. Es más, la estructura argumental de Perfectos desconocidos, a modo de obra teatral, apenas tiene irregularidades en su ritmo narrativo, aprovechando las posibilidades que ofrecen siete personajes y sus respectivos secretos a lo largo de dos horas. Con inteligencia, el guión salta de uno a otro con frescura y naturalidad, teniendo como epicentro del drama tragicómico la tecnología y la fantasía que rodea un eclipse de luna como el que sirve de excusa para algunos de los momentos más hilarantes y surrealistas de la trama. Al buen tono del film contribuyen, en este caso más que nunca, un plantel de actores espléndido. Por supuesto, habrá quien prefiera a uno u a otro, pero en líneas generales la interpretación y el partido que saca de la misma De la Iglesia es sencillamente brillante.

Con todo, habrá quien piense que esta no es una historia de Álex de la Iglesia, y en cierto modo tiene razón. La historia a priori parece alejada de los cánones excesivos a los que nos tiene acostumbrados el director, pero eso es solo a priori. La realidad es que el desarrollo de la trama, incluyendo un final de corte fantástico con varias interpretaciones, es histriónico, con personajes al borde de sus posibilidades y con una realidad inicial destruida por la locura de unos roles con miedo a perder lo que tienen y a afrontar las consecuencias de sus actos, con los que por cierto provocan la concatenación de revelaciones que se ve en pantalla. Con todo, la trama peca a veces de demasiado teatral, con alegatos algo forzados a favor o en contra de un determinado tema, o con largos diálogos para tratar de desgranar la personalidad de los personajes.

Pero es un problema menor. La realidad es que Álex de la Iglesia utiliza un lenguaje visual dinámico y fresco, acorde con el propio desarrollo de la trama y con el que saca el máximo partido no solo al trasfondo social y dramático de esta comedia, sino a un grupo de actores a la altura de las circunstancias. Una película compleja en su sencillez, con numerosas capas interpretativas que invitan a pensar no solo en los secretos de aquellos a los que, en teoría, mejor conocemos, sino en los riesgos de las nuevas tecnologías y en cómo éstas han cambiado nuestra forma de relacionarnos. Y todo ello riéndonos a carcajada limpia.

Nota: 7/10

‘Asesinato en el Orient Express’: pasajeros sin piedad


El principal hándicap de adapta al cine una novela mundialmente conocida que, además, es un clásico de la literatura de misterio, está precisamente en el argumento y, sobre todo, en la identidad del asesino. Y si además ya se ha llevado anteriormente a la gran pantalla con un buen plantel de actores, el desafío parece casi insalvable. De ahí que uno pueda preguntarse qué aporta esta nueva versión de la obra de Agatha Christie realizada y protagonizada por Kenneth Branagh (Cenicienta). Y la respuesta no es sencilla.

En efecto, la historia de Asesinato en el Orient Express no resulta especialmente atractiva para aquellos que ya conozcan el desenlace. A pesar de estar bien elaborada y con sólidos cimientos dramáticos, perfectamente planteados y desarrollados en sus momentos clave, lo cierto es que la trama puede llegar a resultar monótona en algunos momentos. Eso por no hablar del hecho de que su resolución no termina de arrojar demasiada luz al proceso por el cual el gran detective protagonista es capaz de establecer todas las conexiones entre los personajes.

Sin embargo, algo hay en esta versión que atrae poderosamente. Para empezar, un reparto plagado de estrellas y nombres del séptimo arte, algunos con mayor calidad artística que otros, pero todos ellos, en general, a un nivel extraordinario, fruto sin duda de la labor de Branagh. Lo más interesante, sin embargo, es la apuesta visual del director. Con una fotografía que explota al máximo las posibilidades del escenario nevado y acotado en el que se desarrolla la parte más importante de la trama, Branagh aprovecha todo lo que da de sí un vagón de tren para encontrar recursos narrativos soberbios. En la memoria quedan el descubrimiento del cadáver y la resolución final, claro homenaje a la pintura de ‘La última cena’ (en concreto, y en mi opinión, a la obra de Leonardo Da Vinci, pero eso queda a discreción del espectador).

Todo ello convierte este Asesinato en el Orient Express en una interesante experiencia visual, en un relato conocido visto con otros ojos y una interesante revisión del mensaje final de esta obra, en la que el bien y el mal se combinan hasta difuminar sus fronteras para convertir la investigación por asesinato en una reflexión sobre la justicia, la venganza y el dolor. Puede que aporte poco desde un punto de vista dramático, pero el modo en que se presenta es sumamente poderoso, y si esto se une a una sólida historia como esta, es muy sencillo y entretenido disfrutar de este viaje en tren.

Nota: 6,5/10

‘Liga de la Justicia’: en busca de la unidad


Puede que la estrategia de Warner Bros.DC Cómics con las adaptaciones de los superhéroes a la gran pantalla no sea clara, pero si algo puede asegurarse casi con rotundidad es que Zack Snyder (Watchmen) ha conseguido unirlos a los principales personajes en una obra fresca, entretenida, dinámica y narrativamente sólida, al menos lo suficiente como para no derivar en un producto extenso y carente de ritmo.

Y el reto no era precisamente sencillo, teniendo en cuenta que a diferencia de Marvel, tan solo tienen película propia algunos de los protagonistas. Sin embargo, el desarrollo dramático de Liga de la Justicia, lejos de apostar por una consecución de diálogos innecesarios o secuencias de acción apabullantes sin demasiada narrativa, opta por presentar a los protagonistas en su ambiente, con una sencilla acción o algún diálogo enfocado a desarrollar la trama. A esto se suma la presentación del conflicto, con un villano al que son incapaces de derrotar de forma individual, sentando a su vez las bases de todo el desarrollo posterior y de las decisiones tomadas que se convierten, por extensión, en interesantes puntos de giro. Por supuesto, esto no quiere decir que estemos hablando de una película que pueda ser considerada sobresaliente. Existen varios puntos débiles en su guión, entre ellos las motivaciones de algunos personajes, que quedan definidas de forma algo esquemática, o la falta de profundidad en las relaciones entre los personajes, que debilitan a su vez algunas partes del desarrollo.

Con todo, esto puede que no debiera ser considerado como una debilidad. Porque la realidad es que esta cinta no pretende erigirse como un referente. Al contrario, parece planteada como un entretenimiento. Muy bueno, pero entretenimiento al fin y al cabo. Y en esto Snyder es un maestro. Alejado del abuso que ha hecho en los últimos films de sus más característicos recursos (cambios de ritmo, cámaras lentas, etc.), el director apuesta por un aspecto formal más sobrio, en el que deja su personal huella pero que permite respirar al espectador. A pesar de las carencias del apartado de efectos digitales, lo cierto es que la labor tras las cámaras ofrece, por ejemplo, un final digno de un film de estas características, amén de varios momentos dramáticos brillantes en los que se aprovechan todos los elementos, desde los efectos hasta la fotografía o el sonido.

Desde luego, Liga de la Justicia no es una obra cúlmen del género superheróico, pero cumple su objetivo. Es más, lo hace brillantemente. Snyder logra quitarse ciertas obsesiones para narrar una historia sólida, fresca y dinámica en la que el humor hace de puente entre la acción y el drama. Su reparto, aunque irregular en sus interpretaciones (Gal Gadot vuelve a ser la mejor con mucha diferencia), desprende una comodidad pocas veces vista, lo que ayuda a que la historia adquiera un ritmo propio en las diferentes historias secundarias que se dan cita en esta aventura. No es perfecta, pero sí sienta las bases, en la línea que ya lo hizo Wonder Woman, para el futuro de las adaptaciones de esta casa.

Nota: 7/10

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Cine y palabras

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