‘Déjame salir’: el negro está de moda


No sé si la frase que da nombre a esta crítica, escuchada en uno de los diálogos de la película en cuestión, es acertada o no, pero de lo que no cabe duda es de lo que representa, tanto dentro como fuera del film. Y en este sentido, el debut en la dirección de Jordan Peele puede considerarse un éxito, ahondando en los conflictos raciales y en la sensibilidad de los espectadores. Otra cosa, sin embargo, es el producto cinematográfico en sí.

Porque, en efecto, en lo que a contenido social, moral, sociológico e incluso cinematográfico Déjame salir es una cinta cuanto menos interesante, que aprovecha con acierto la tensión dramática que generan los incongruentes detalles que percibe el protagonista y, por ende, el espectador. El trasfondo racial que se percibe casi en cada plano queda acentuado por una dirección un tanto simple de Peele, que se aleja de efectismos (más allá de los estrictamente necesarios) para optar por una sobriedad que contrasta, y mucho, con una banda sonora demasiado amiga de las estridencias. Si a esto sumamos un reparto notable, sobre todo los secundarios, nos encontramos con una historia que camina por la delgada frontera entre el thriller más oscuro y el terror más adolescente, dejando para el recuerdo algunos hallazgos visuales.

El problema es que la carga y el análisis social que el film hace del racismo termina perdiéndose por un tratamiento previsible, plagado de tópicos y secuencias reutilizadas. Antes o después, el espectador es capaz de anticiparse a los acontecimientos, a los giros de guión e, incluso, a la naturaleza de los personajes. Y una vez ocurre, el desarrollo de la trama se vuelve monótono, aderezado por algunas ideas racistas que dan cuenta de la crueldad de la sociedad, pero monótono al fin y al cabo. Dado que una película debe ser entendida como un todo en el que cada parte funciona de forma coordinada con el resto, la irregularidad de su desarrollo termina lastrando las buenas ideas que traspasan la pantalla para quedarse grabadas en el subconsciente.

Una vez se encienden las luces, Déjame salir muestra todas sus caras, las mejores y las peores, y se define como un film irregular, con un interesante contenido que invita a la reflexión pero un tratamiento poco arriesgado, más interesado en recorrer los caminos que cientos de films ya han marcado antes en lugar de llevar la trama por territorios más ignotos. Puede que esa sea la clave para que el espectador se centre en el mensaje y la visión sobre el racismo que emana de la historia, pero también es la clave para entender que la cinta, como producto, podría haber sido mejor.

Nota: 6,5/10

‘Alien: Covenant’: el infierno original en un paraíso moderno


No hay nada como volver al principio para recuperar la esencia de algo. Al menos en parte. Por supuesto, eso no es garantía de nada, pero siempre es un buen comienzo para enderezar un barco que zozobra. La saga ‘Alien’ ha ido, indefectiblemente, de más a menos, y aunque soy partidario de defender lo que representa Prometheus (2012) en este universo, es indudable que no está a la altura de lo que el propio Ridley Scott logró en 1979. La nueva entrega, a medio camino entre el clásico y la modernidad, tiene las virtudes del primero y los vicios de la segunda, y es en esta combinación de ADNs donde el director logra crear un híbrido más que interesante.

Porque a pesar de los defectos de Alien: Covenant, sus aspectos positivos convierten a este film en una obra inquietante, eficaz en su relato y con un pulso narrativo firme y directo. Bueno, tal vez directo no sea el mejor apelativo a tenor de todo el trasfondo que posee, pero desde luego Scott vuelve a demostrar que es capaz de generar tensión dramática prácticamente con una pared. En este sentido, el film aprovecha un desarrollo dramático prácticamente calcado al original para explorar nuevas formas de terror, nuevas vías de crear estos monstruos que continúan evolucionando, esta vez de forma más coherente que en entregas anteriores y con una explicación tan eficaz como perturbadora.

De hecho, el film posee varias lecturas, algunas más interesantes que otras. Desde la mera y simple acción espacial hasta el trasfondo sociológico, filosófico e incluso religioso, la cinta explora en mayor o menor medida los diferentes aspectos que componen la complejidad del espíritu humano. Y esto es, a su vez, lo que juega en su contra. La cinta tarda en arrancar en lo que a trama se refiere, sus reflexiones rompen en muchos momentos el ritmo narrativo de la historia y, es cierto, aprovecha en demasía la estética y la estructura del primer film, hasta el punto de introducir personajes similares, entornos conocidos y, lo peor de todo, una previsibilidad en las decisiones de sus personajes y en las apuestas dramáticas que restan fuerza al film.

En realidad, Alien: Covenant es un puente casi perfecto entre lo que representó Prometheus y lo que ha sido la saga original. Aterradora, inquietante, dramática por momentos y espléndidamente rodada, la nueva película de Scott demuestra que la serie de terror espacial puede ofrecer todavía muchos y enriquecedores matices a este universo. Sí, es cierto que los aliens ahora se crean por otros medios, que se cambia una reunión en torno a una mesa por una camilla y que su desarrollo se desinfla un poco al final ante lo previsible del argumento. Sin embargo, todo eso no impide que sea una obra notable capaz de perturbar con el uso que el director hace de las sombras y de las posibilidades del guión. Y ojo a la labor de Michael Fassbender (La luz entre los océanos), auténtico héroe, villano y todo lo que se quiera decir de él. El resto del reparto, por suerte o por desgracia, no están a su altura. Más o menos como ocurre con su personaje y el resto de la tripulación.

Nota: 7,5/10

‘Z, la ciudad perdida’: lo que esconde la obsesión con el Amazonas


Después de seis películas, el director James Gray (Two lovers) se ha convertido en uno de esos autores de Hollywood capaces de sacar adelante proyectos complejos en lo dramático y en lo técnico. Y desde luego, su último proyecto no se aparta de esta idea. Incluso si solo atendemos a la duración de la historia, que transcurre a principios del siglo XX, y a los numerosos acontecimientos por todo el mundo que la nutren, la película ya recuerda a las grandes épicas del Hollywood clásico. Pero por suerte, hay mucho más.

Z, la ciudad perdida es una obra mastodóntica en todos los sentidos. Visualmente incomparable, con unos escenarios tan variopintos como la selva amazónica, la Inglaterra de principios de siglo o las trincheras de la I Guerra Mundial, el film explora, más que la simple búsqueda de aventuras, el constante equilibrio entre el deber y la familia, entre una obsesión y el deber con aquellos que son más cercanos a nosotros. En este sentido, Gray compone con un puñado de protagonistas todo un cosmos en el que, incluso los secundarios, abordan de algún modo esta dualidad, esta confrontación dramática que termina convirtiéndose en el motor de una historia cuyo final, por cierto, es de los más elegantes y bellos que se podían realizar teniendo en cuenta el desenlace de la historia real que relata.

Posiblemente el mayor problema del film sea su duración. A pesar de que la obra es capaz de mantener el interés durante buena parte de su metraje, sobre todo cuando la selva es la protagonista, es inevitable que el ritmo decaiga en numerosas ocasiones, lo que le hace flaco favor, además al reparto. Y es que, aunque la labor del director con los actores es espectacular, no impide que sus carencias interpretativas se perciban a lo largo de las casi dos horas y media de duración, fundamentalmente en aquellos momentos más dramáticos. Con todo, es de justicia reconocer su trabajo en un film que abarca décadas, y en el que los personajes pasan por diferentes etapas de su vida. En este sentido, el tratamiento del guión, que presenta de forma diferente a los protagonistas dependiendo del momento, es formidable.

Pero a pesar de sus debilidades, Z, la ciudad perdida es una de las aventuras épicas más atractivas e interesantes de los últimos años. Gray es capaz de crear un universo fascinante, un mundo con el que demuestra que lo inexplorado todavía tiene cabida en una sociedad que tiene cualquier rincón del mundo al alcance de un clic. Con una puesta en escena elegante y sobria, el director explora las pasiones de un hombre obsesionado no solo con un descubrimiento, sino con el honor, su familia y la reparación de su nombre. En realidad, y aunque la ciudad perdida sea el Mcguffin, lo verdaderamente relevante son las motivaciones que llevan a estos hombres a volver a la selva amazónica hasta en tres ocasiones. Es ahí donde la obra alcanza su mayor expresividad, y donde el espectador puede encontrar todo lo que esconde el film.

Nota: 7,5/10

‘El círculo’: ser lo que no somos delante de una cámara


Pros y contras de la tecnología. Beneficios y riesgos de tener todos nuestros datos en internet, ya sea desperdigados por el espacio digital o condensados en una única cuenta. Eterno debate que, en la nueva película de James Ponsoldt (Aquí y ahora), escribe un nuevo episodio cuya aportación al debate es más bien escasa. Y no porque no invite a la reflexión o no exponga claramente la dualidad de un mundo en constante, rápido y peligroso desarrollo, sino porque, como película, plantea un tratamiento dramático cuanto menos cuestionable. Muy a pesar del excelente reparto que tiene, todo sea dicho.

Desde luego, lo más llamativo de El círculo es su apuesta visual y muchos de los hitos que conforman su trama. Bebiendo de producciones previas, ya sean cinematográficas o televisivas, Ponsoldt apuesta por el caos que generan millones de mensajes incapaces de ser leídos en un formato visual que puede llegar a ser confuso, pero que en el fondo termina por llegar al espectador del modo adecuado a lo que se quiere transmitir. A esto se suma un diseño de producción que se nutre directamente del funcionamiento de los grandes gigantes de internet, a los que por cierto el argumento hace una crítica cuanto menos contundente, al menos durante su primera mitad. Todo ello conforma un desarrollo inicial interesante que, sin embargo, se desinfla de forma alarmante.

Y es que, como se menciona en un momento del film, todos nos comportamos diferente delante de una cámara. Da la sensación de que la historia no quiere en ningún momento tomar partido a favor o en contra de la tecnología. En una suerte de búsqueda del equilibrio entre lo bueno y lo malo, la cinta se queda en tierra de nadie, convirtiéndose en una huída hacia adelante de la protagonista que, para denunciar los riesgos de una transparencia absoluta y poner en evidencia a sus jefes, decide recurrir al máximo extremo de la transparencia. Todo ello después de sufrir en sus carnes las nefastas consecuencias de que toda su vida sea retransmitida por una cámara. Pero no queda ahí la cosa. La cinta se centra tanto en el personaje de Emma Watson (saga Harry Potter) que se olvida de dar algo de “cariño”, aunque sea mínimo, a algunas tramas secundarias, sobre todo a la de la mejor amiga, cuya evolución está narrada de forma tan escueta que da la sensación de que se ha quedado algo por el camino en la sala de montaje.

El verdadero problema de El círculo es pura y sencillamente dramático. El tratamiento del guión es tosco, plagado de referencias a otros films e historias previas similares que han abordado, si no este, otros temas relacionados. Y eso se nota a pesar de los actores, más que nada porque lo que podría dar un aire diferente al relato, como son las tramas secundarias, se reducen a la mínima expresión, siendo totalmente inconexas y, hasta cierto punto incomprensibles. Da la sensación de que la historia comienza de un modo pero, a mitad de desarrollo, comprende que hay una cámara que observa lo que está ocurriendo, tratando de rectificar y comportarse como algo que no es. O dicho de otro modo, la película comienza apuntando en una dirección para cambiar de rumbo, hacerlo sin una explicación coherente y terminar de un modo cuanto menos cuestionable.

Nota: 6/10

‘La excepción a la regla’: no es oro todo lo que reluce


Hay nombres de Hollywood que simplemente elucubrando sobre una posible película logran que medio firmamento cinematográfico se comprometa a participar. Esto, claro está, tiene el riesgo de que luego la historia no sea lo esperado, pero la posibilidad de compartir cartel con algunos de los mitos del séptimo arte siempre es más atractiva que el hecho de que sea un film mediocre. Y aunque eso puede comprenderse en jóvenes actores con incipientes carreras, también se aplica a los más veteranos. Pues bien, todo eso y más es la nueva película de Warren Beatty (Enredos de sociedad), que no dirigía una película desde hace 15 años y en la que, ya sea porque nadie quería su proyecto o por mantener el absoluto control creativo, ejerce de productor, guionista, director y actor.

El resultado de esta La excepción a la regla puede analizarse, si se quiere, desde dos puntos de vista. Por un lado, el reparto y la puesta en escena. Los actores conforman un microcosmos en el que los sueños, las esperanzas, las frustraciones y los traumas del pasado tienen un peso fundamental para entender buena parte del desarrollo dramático del film. La pareja protagonista, aunque con poco carisma, logra aportar cierta presencia a unos roles, por otro lado, bastante arquetípicos. Todo ello narrado por un Beatty sobrio que juega, y mucho, con las luces y sombras, físicas y metafóricas.

Pero el problema que arrastra la historia es, valga la redundancia, la propia historia. El relato construido por el director y guionista peca casi siempre de imperfecciones que se acumulan hasta hacerse insoportables, llevando a los personajes a situaciones inconexas, muchas de ellas carentes de un trasfondo dramático coherente que justifique sus decisiones. La personalidad de Howard Hughes, además, imprime al relato un absurdo caos del que no se libra, por desgracia, ningún aspecto de la cinta, en la que entran y salen personajes secundarios sin demasiado objetivo, dejando en el espectador muchas veces la sensación de que se han dejado muchas cosas en la sala de montaje. De hecho, hay secuencias que directamente parecen cortadas antes de tiempo.

Así las cosas, La excepción a la regla se convierte más en una reunión de grandes y conocidos nombres de Hollywood que en un drama sólido y sobrio sobre el amor prohibido, el dolor del pasado o la búsqueda de lo que realmente queremos. Su desarrollo, marcado por cierto caos y la intermitencia de muchas líneas argumentales, termina por imprimir al conjunto un cierto tedio, impidiendo al espectador seguir la narración y el arco dramático de algunos roles. Da la sensación de que Warren Beatty ansiaba poner en marcha este proyecto fuera como fuera, y el resultado, a pesar de todas las estrellas que integran el reparto, no es ni mucho menos brillante.

Nota: 5/10

‘Guardianes de la galaxia Vol. 2’: éxitos del pasado, errores del presente


La división cinematográfica de Marvel parece haber encontrado el camino para lograr el éxito casi con cada nueva película que hace. Da igual que sea un superhéroe o varios, que sean muy conocidos o casi clandestino. Combinar ironía, algo de humor blanco, ciertas dosis de drama elaborado lo justo para no bajar el ritmo y, sobre todo mucha acción, parecen ser los pilares de los taquillazos que de un tiempo a esta parte está consiguiendo la compañía. Sin embargo, la base sobre la que construir todo ello es idéntica a cualquier film: una buena historia. Y es algo que no se debería perder de vista, pues la segunda aventura de estos defensores galácticos peca, precisamente, de esto.

Es innegable que Guardianes de la galaxia Vol. 2 es entretenida, hace reír (a algunos más que a otros) y tiene algunas escenas realmente espectaculares, sobre todo en sus primeros compases con ese plano secuencia en el que la acción, curiosamente, transcurre en segundo plano, lo que no deja de ser una idea diferente y loable. Y sí, la trama explora, aunque sea mínimamente, cómo evoluciona la relación de estos variopintos personajes en un grupo cuya unión se mantiene gracias a un frágil equilibrio entre el amor y la exasperación. En este sentido se podría decir que la cinta de James Gunn (Super), cuya labor tras las cámaras es intachable, ofrece más en todos los sentido, lo cual por cierto es lo que cabría esperar de una obra como esta.

Pero el problema es el trasfondo del asunto. Mientras que su predecesora tenía una historia relativamente compleja, que incluso encajaba dentro de los planes de desarrollo a nivel global de Marvel, esta segunda parte se desinfla a medida que pasan los minutos en lo que a argumento se refiere. Con la excusa de buscar los orígenes del protagonista, la cinta se pierde en un sinfín de caminos ya investigados en numerosas películas, cayendo en una previsibilidad que, por desgracia, termina restando frescura al conjunto. Da la sensación de que, en ese intento de superar el reto de más y mejor, la cinta se centra mucho en el “más” y se deja por el camino el “mejor”, recurriendo a herramientas manidas y algo arquetípicas. La ironía y mala leche de los personajes queda anulada, en parte, por esto, y es eso lo que termina por descafeinar una película que, por lo demás, mantiene el espíritu original.

Desde luego, Guardianes de la galaxia Vol. 2 no es mejor que la primera parte, ni mucho menos. Su falta de ambición a la hora de buscar una trama fresca y diferente hace que la cinta se vuelque por completo en los elementos que engalanaron la original historia de la cinta inicial. Dicho de otro modo, la saga parece encaminarse hacia un futuro vacío de contenido pero tan dinámico y espectacular que hará que dos horas se conviertan en dos minutos. Y eso es un peligro. Todavía se puede reconducir la situación, está claro, y prueba de ello son los minutos iniciales de esta continuación, todo un ejercicio de buen cine, narrado con originalidad y en el que la acción, el humor y la inteligencia se mezclan para dar unos minutos de auténtico oro. Hay esperanza, sí, pero sin el fondo la forma al final se pierde.

Nota: 6/10

‘Power Rangers’: Go Go Power Rangers


Es evidente que un remake como el que nos ocupa está enfocado casi en exclusiva a aquellos jóvenes que en los años 90 se maravillaban con un grupo de adolescentes enfundados en coloridos trajes que luchaban contra criaturas alienígenas con artes marciales y con robots que, en aquella época, parecían más unos muñecos articulados que otra cosa. Y bajo este prisma debe entenderse la cinta de Dean Israelite (Project Alamanac), cuya labor tras las cámaras se limita, casi en exclusiva, a no empañar el recuerdo de todos esos niños que, ahora adultos, acuden a las salas.

Y en este sentido, Power Rangers es todo un espectáculo a disfrutar. Con las dosis de humor justas repartidas a lo largo del metraje, el tratamiento que el film hace de esta conocida historia incorpora una serie de elementos que dotan al conjunto de un contexto dramático al menos más elaborado que la sencillez de los episodios que comenzaron a emitirse allá por 1993. Más adulta y, en cierto sentido, oscura, la cinta profundiza, aunque solo sea por las necesidades del formato cinematográfico, en la personalidad de cada uno de los héroes, en sus conflictos internos y externos y en el modo en que deben encontrar aquello que les une. Y si a esto se suman los homenajes a la serie original, ya sea con cameos de los actores o con la sintonía en momentos clave de la trama, el resultado es una obra enfocada claramente para los fans.

Ahora bien, ¿y el resto de espectadores? Bueno, ahí radica el problema. El film, a grandes rasgos, es un episodio largo que, como decimos, permite explorar algunos aspectos dramáticos menos elaborados en la serie, pero es un capítulo al fin y al cabo. Su desarrollo dramático es lineal, posiblemente demasiado, plagado de lugares comunes y con algunos personajes, sobre todo los secundarios, definidos con brocha gorda en un intento de tapar las carencias de una historia que solo sabe mirar en una dirección. De ahí que a muchos espectadores no demasiado familiarizados con el mundo de estos guerreros la cinta les pueda resultar algo tediosa, lenta incluso.

Como suele ocurrir con todas las películas, que Power Rangers guste más o menos depende en buena medida del grado de aceptación previo y del grado de afición a la serie original. Puede que su calidad dramática sea cuestionable, que su desarrollo sea previsible y que sus protagonistas no pasen de demostrar que han disfrutado enfundándose en sus llamativos trajes de colores. Pero es que no creo que la cinta pretenda nada más que ofrecer a los fans una revisión de esta historia con nuevos y mejorados efectos, adaptada a los modernos tiempos de la riqueza interracial, y en un intento de mantener el espíritu con el que debutó en la pequeña pantalla. Y eso se consigue con creces.

Nota: 6/10

‘Ghost in the Shell’: sobre todo, el alma de la máquina


Muchas veces tendemos a olvidar que una adaptación es eso, una adaptación. Dicho de otro modo, que no todo tiene que ser absolutamente fiel al original. Los más puristas e intransigentes tienden a olvidarlo, y eso impide muchas veces que no veamos el alma dentro de la máquina, la historia detrás del tratamiento dramático. Y con una legión de fans como la que tienen el manga de Masamune Shirow y la versión animada de 1995 de Mamoru Oshii (Avalon), es lógico que este film dirigido por Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador) pueda ser despedazado. Pero precisamente la película invita a eso, a ver el alma de la máquina.

Es posible que la historia haya sido adaptada a las necesidades narrativas y dramáticas de Hollywood. Y desde luego no seré yo quien defienda la labor de Sanders como director, quien a pesar de intentarlo tiende a una narrativa más bien estándar. Pero entre sus varios defectos se alza una virtud fundamental: su guión mantiene la esencia de la historia original, abordando la delicada frontera entre humanidad y robótica, entre cuerpo y alma. En medio del thriller que protagoniza la historia se pueden apreciar píldoras interesantes que reflexionan sobre lo que nos hace humanos, sobre los beneficios y los riesgos de integrar cuerpo humano y partes cibernéticas para mejorar al hombre. Y sobre todo, se reflexiona sobre el camino que sigue una sociedad constantemente comunicada en la que el flujo de datos puede llevar a hackear un cerebro en cualquier lugar.

A esto se suma, por un lado, una banda sonora excepcional, y por otro una puesta en escena que va un paso más allá del film original para acercarse más a lo que ya imaginó Ridley Scott en Blade Runner (1982). Visualmente poderosa, la cinta posee además un interesante giro dramático hacia la mitad de su ajustado metraje que cambia completamente el sentido argumental de la historia para pasar de la persecución de un criminal que mata a través de las conexiones digitales a una búsqueda del pasado y la verdad de la protagonista. Todo ello hace de esta versión en carne y hueso una obra más compleja de lo que puede entenderse a simple vista, capaz de aprovechar los momentos más simbólicos y recordados de la cinta de animación para introducirlos en una historia relativamente nueva que, eso sí, continúa reflexionando a su manera sobre los mismos temas.

Lo cierto es que este Ghost in the Shell, versión 2017, es víctima de sus propias necesidades. La visión de Hollywood (y la occidental en general) determina el modo en que se plantea y desarrolla la trama, menos simbólica y más tangible. Por fortuna, se ha logrado mantener el espíritu de la historia original. Pero más allá de sus posibles debilidades (narrativas sobre todo, y el hecho de que Takeshi Kitano se comunique con el resto de personajes en otro idioma), lo cierto es que el grueso de todos sus elementos funcionan como una máquina bien engrasada. El tratamiento visual, la música, un reparto más que notable (con especial mención a Scarlett Johansson, Pilou Asbæk y Kitano) y la filosofía que encierra su desarrollo dramático conforman una interesante fusión que confirma que cuerpo y máquina pueden convivir en armonía.

Nota: 7/10

‘La cura del bienestar’: un malsano soplo de aire fresco


Existía un notable interés por ver lo que era capaz de hacer Gore Verbinski (Rango) en su regreso tras las cámaras después de las duras críticas recibidas con su último film. Alejado de grandes superproducciones y efectos millonarios, el director ha optado por un thriller de pura serie B, con doctores locos, curas milagrosas y conspiraciones centenarias. Una historia compleja visual y narrativamente hablando, una tela de araña delicadamente elaborada que obliga al espectador no solo a seguir atentamente la trama, sino a cuestionarse casi cada fotograma que ve en pantalla.

En este sentido, La cura del bienestar es un soplo de aire fresco, utilizando para ello una atmósfera malsana y decadente. La puesta en escena del director, perturbadora como pocas, pone a prueba la sensibilidad de cualquiera, optando por exponer ante los ojos del espectador las secuencias más duras sin cortes ni recursos de ningún tipo. Pero a la crudeza de algunas de las imágenes se suma un arco argumental sólido en líneas generales que plantea interrogantes de forma progresiva para evitar caer en el tedio, logrando un incremento de la intriga cuya resolución, sin embargo, no es la más adecuada.

Y es que ese es el gran problema del film. Bueno, de este y de muchos similares. El argumento se enreda de tal modo que su resolución resulta un tanto tosca, bruta si se prefiere, sobre todo si se compara con la sutileza de muchos de sus momentos a lo largo de las dos horas y media que dura. Metraje, por cierto, excesivo, con demasiados epílogos y conclusiones que, aunque es cierto que dan sentido a muchas de las tramas secundarias abiertas, alargan demasiado una historia que se podría haber resuelto en hora y media, sobre todo porque (y esto posiblemente sea otro fallo del guión) el espectador intuye quién es quién en esta historia desde los primeros minutos, por lo que alargar la intriga, al final, rompe con la buena marcha que había tenido el film.

Su resolución, aunque alargada, no impide disfrutar de La cura del bienestar, sobre todo porque deja en el espectador la necesidad de reflexionar sobre todo lo ocurrido, de unir todas las piezas del puzzle planteadas a lo largo de la trama. Una obra exigente psicológica y visualmente que atrapa al espectador en esos malsanos entornos de los hospitales antiguos tan dados a experimentos, que en este caso removerán algún que otro estómago. Y aunque pueda gustar más o menos, el hecho de que obligue a una reflexión posterior ya es de por sí un logro en los tiempos que corren.

Nota: 6,5/10

‘Redención’: sangre, sudor y lágrimas


Pocos subgéneros acogen mejor las historias de superación personal que el pugilístico. La lucha física y mental de un hombre enfrentado a un rival (que suele representar la sociedad y sus propios miedos) al que tiene que derrotar con sus puños y su fuerza de voluntad tiene algo redentor, como el propio título de esta película refleja. Es fácil identificarse con ellos. Y si la historia además está bien construida y cuenta con auténticos maestros delante y detrás de las cámaras, el resultado, aunque mejorable, suele ser inolvidable.

Y eso es precisamente lo que ocurre con Redención. Si bien es cierto que el guión de Kurt Sutter, creador de la serie Hijos de la Anarquía, puede ser previsible en sus planteamientos y su desarrollo, no por ello deja de ofrecer una serie de conflictos dramáticos inteligentemente planteados, introducidos en la trama de forma precisa para impedir que el ritmo decaiga. A ello se suma una realización brillante de Antoine Fuqua (Training Day), quien vuelve a demostrar que es capaz de exprimir al máximo las posibilidades de todos sus films, explorando el dramatismo a través de planos arriesgados y sumamente emocionales (viscerales en este caso). Lo cierto es que todo en este film encaja casi a la perfección, creando un armonioso conjunto en el que brilla con luz propia Jake Gyllenhaal (Enemy), uno de esos pocos actores capaces de dotar de mayor dramatismo a un personaje a priori mas simple.

El mayor problema, y no es algo anecdótico, está precisamente en el guión. La trama, aunque bien desarrollada, deja por el camino algunas historias secundarias que podrían haber nutrido mucho más (y mucho mejor) el contexto de violencia y arribismo en el que se mueve el protagonista. Centrada como se centra en la historia del boxeador y su hija, la historia deja a un lado a ciertos personajes secundarios que aportan mucho en los pocos momentos en los que tienen cierta presencia, planteando la duda acerca de la idoneidad de que hubieran tenido más peso dramático en el desarrollo argumental.

En cualquier caso, es algo que suele achacarse a estas historias. El boxeo es lo que tiene, y lo cierto es que el espectador tiende a esperar poco más de este tipo de tramas. Lo importante siempre es si estos films son capaces de superar las expectativas, y en el caso de Redención lo consigue con creces. Desde un espléndido reparto hasta un director con un lenguaje visual propio y apasionante, pasando por una banda sonora idónea y una fotografía que explota al máximo las posibilidades del cuadrilátero, el film ofrece al espectador todo y más, aunque lo hace desde un punto de partida previsible y algo lineal.

Nota: 7/10

Diccineario

Cine y palabras

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