‘Malos tiempos en El Royale’: Una última noche en la frontera


Drew Goddard, autor de guiones de algunas de las series más importantes de unos años para acá y director de La cabaña en el bosque (2012), posiblemente solo necesite una historia contundente y dramática para hacerse un nombre. Pero lo que está fuera de toda duda es de que estamos ante uno de los jóvenes autores con más talento de las nuevas generaciones de directores y guionistas. Su última película es un ejemplo en todos los sentidos, aunque todavía evidencia una necesidad de afinar algunos aspectos.

Porque si algo tiene Malos tiempos en El Royale es originalidad. Originalidad en su guión, en el tratamiento del mismo y en su puesta en escena. Con evidentes influencias al cine de Tarantino, el director compone una obra que, como si de una cebolla se tratara, se desprende capa a capa de su planteamiento inicial para desvelar los secretos de unos personajes a cada cual más complejo. Es cierto que en este proceso se deja algunas cosas de cierta relevancia por el camino, pero eso no impide que la cinta se comprenda y se disfrute. El hecho de que la historia se construya sobre los secretos del pasado de cada personaje y los propios secretos del hotel permite al film crecer dramáticamente hasta alcanzar un clímax un tanto atípico en el que la frontera entre héroes y villanos se diluye para ofrecer una pequeña muestra de la sociedad en la que cada uno lucha contra sus propios demonios y persigue sus propios intereses.

Visualmente hablando, estamos ante un film tan clásico como original, que a través de esa frontera entre California y Nevada construye toda una imaginería pocas veces vista. Los contrastes entre los diferentes escenarios, desde ese aparcamiento en el que la lluvia no para de caer hasta el pasillo en el que se espía a los huéspedes, pasando por la recepción o las propias habitaciones, ayudan a crear un ambiente malsano en toda la ficción, que de nuevo recuerda a Tarantino por su uso cromático de los diferentes ambientes y el contraste no solo entre ellos, sino con los propios personajes, todos ellos sumamente atractivos y todos ellos interpretados notablemente por los actores.

Entre sus puntos más débiles quedan algunas motivaciones poco explicadas y cierta falta de ambición en algunas secuencias, no solo en la narración utilizada sino en el propio guión. Pero en todo caso, Malos tiempos en El Royale es una obra notable, entretenida, con personajes apasionantes y una puesta en escena impecable. Habrá quienes la tachen de copia a obras como Pulp Fiction (1994) o Four Rooms (1995), pero nada más lejos de la realidad. Puede que la estética evoque en determinados momentos a la obra y el estilo de Tarantino, pero Goddard tiene personalidad propia, y su segunda película como director nos sitúa ante un autor a tener en cuenta.

Nota:7,5/10

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‘Overlord’: el ejército de los mil años


La idea de Hitler antes y durante la II Guerra Mundial era construir un imperio de mil años que no tuviera oposición alguna. Partiendo de esa base y de los experimentos nazis que se revelaron al término del conflicto bélico, el nuevo film de Julius Avery (Son of a gun) compone un relato en el que soldados, zombis y superhombres se dan cita para ofrecer un entretenimiento puro y duro en el que la acción apenas tiene descanso. Y todo eso partiendo del origen histórico de la Operación Overlord (más comúnmente conocido como el Desembarco de Normandía).

No es casualidad, por tanto, que el inicio de Overlord sea una suerte de homenaje al inicio de Salvar al soldado Ryan (1998), en lugar de por mar por aire. Evidentemente, ni este film es el clásico de Spielberg ni los directores son comparables, pero ya avanza el ritmo que va a tener posteriormente la cinta. A partir de ese momento la trama desarrolla con acierto tanto a personajes como el argumento, planteando los puntos de giro de forma pausada, tomándose el tiempo para explorar los arquetipos que se presentan en la historia y para abordar la revelación de la información. En este sentido, es especialmente reseñable la secuencia en la que el protagonista descubre los experimentos nazis que se desarrollan bajo el objetivo de su misión, todo un ejercicio de tensión dramática.

En su contra juega el hecho de que estamos ante una serie B notable, y por lo tanto puede no ser tomada demasiado en serio. Pero no hay que confundirse. Avery desarrolla un film sencillo en el fondo (para muchos puede que demasiado sencillo) pero bien elaborado, con personajes prototipo que permiten un desarrollo de la acción sin intermitencia alguna. Es cierto que los personajes apenas tienen trasfondo dramático; es cierto que en varias ocasiones el desarrollo es demasiado previsible. Pero en este caso las carencias se suplen con un tratamiento entregado a la ciencia ficción y a la acción, amén de algunos toques de humor y, por supuesto, unos momentos de lo más sangriento.

Overlord es puro entretenimiento para los amantes de la ciencia ficción y la acción. Con un guión sencillo y directo, y unos personajes más bien planos pero que funcionan a las mil maravillas tanto dentro de la trama como entre ellos, Avery desarrolla una trama que apenas se detiene, evitando así que se planteen dudas en el espectador. Los puntos de giro hacen avanzar la acción por un camino que en muchos momentos es previsible, pero que en este caso no por eso deja de funcionar. Y eso es gracias fundamentalmente a que la película utiliza sus armas con inteligencia, conociendo sus limitaciones y explotando sus ventajas. El consejo de J.J. Abrams (Super 8) se aprecia en cada plano.

Nota: 7/10

‘Bohemian Rhapsody’: Dios salve a Queen


No han sido pocas las críticas que han atacado duramente la nueva película de Bryan Singer (Valkiria). Pero esta, desde luego, no va a ser una de ellas. Porque si algo bueno tiene este biopic de Freddie Mercury es, por un lado, que recupera la figura de esta leyenda de la música y, por otro, que evidencia la admiración que sigue despertando 27 años después de su muerte. Pero es que además el planteamiento narrativo, con sus altibajos, es notable.

Vaya por delante que este tipo de historias son, por lo general, bastante menos fascinantes de lo que a priori puede pensarse, normalmente porque las vidas privadas de los artistas no tiene tanto interés como su música. En este sentido, Bohemian Rhapsody no es una excepción, presentado algunos pasajes que pueden carecer del ritmo que sí tiene el resto del film. Pero son precisamente esos momentos los que resultan más interesantes, al aproximarse de un modo muy personal al hombre detrás de Freddie Mercury, a un joven cuya vida estuvo marcada por la peor soledad que existe: aquella que se siente estando rodeado de personas. A este respecto la labor tanto del director como del protagonista (Rami Malek, visto en la serie Mr. Robot) es simplemente impecable, y permite apreciar el claro contraste entre la vida del cantante y la que llevaron el resto de componentes de la banda, uno de los detonantes de sus posteriores decisiones.

Pero si algo tiene de extraordinario este film es que esos momentos aparentemente carentes de ritmo son, en realidad, los compases previos a la creación de los mayores éxitos de la banda. Gracias al planteamiento dramático el espectador se aproxima a las luchas y los procesos que dieron lugar a temas como ‘Another one bites the dust’ o ‘We will rock you’. Si a eso sumamos el tratamiento que Singer da a las giras musicales y, sobre todo, ese concierto Live Aid que se muestra casi de forma íntegra, lo que obtenemos es un homenaje a una familia más que a una banda de rock. Un homenaje a una forma de entender la música que, valga la redundancia, no entiende de etiquetas. Un homenaje, en definitiva, a cuatro jóvenes cuya genialidad fue encontrarse, respetarse y saber aprovechar el talento que cada uno tenía.

Un homenaje, por cierto, expuesto de forma inteligente, alejado del drama en el que se convirtió la vida de Mercury en los últimos años. Bohemian Rhapsody es un film sobrio que navega por los temas que se han convertido en himnos generación tras generación, y lo hace con la sencillez y elegancia que caracteriza a Singer. En la memoria queda la actuación de Malik y, sobre todo, algunos conceptos que maneja el film, desde la familia hasta la soledad, pasando por la redención y, como no, esa maravillosa música que nunca deja de sonar. Un viaje por el hombre detrás de la leyenda que a muchos quizá no guste. Y puede que no sea una obra maestra, pero desde luego sí es un film espléndido, que se disfruta de principio a fin y que ayuda a comprender mejor a ese hombre cuya vida terminó en 1991.

Nota: 7,5/10

‘El cascanueces y los cuatro reinos’: sin nueces que cascar


Cuesta creer que una película con los actores, directores y diseño de producción que tiene esta nueva propuesta de Disney sea, sin embargo, tan anodina, tan falta de contenido. Tal vez sea por una indefinición en su arco narrativo, por el uso y abuso de los efectos digitales o por el carácter infantil que se imprime a una historia que podría haber dado mucho más de sí con un enfoque un poco más adulto, pero la realidad es que esta obra de fantasía, moraleja y paso a la madurez se queda a medio camino de ninguna parte.

Y fundamentalmente es porque El cascanueces y los cuatro reinos no contiene una historia desarrollada. Más bien, su argumento parece una excusa para mostrar unos mundos fantásticos y poder justificar el gasto de millones en efectos digitales. Los personajes, salvo contadas excepciones, apenas tienen recorrido dramático; la trama es lineal, sin giros argumentales significativos (salvo un único cambio de roles que se convierte en lo más interesante de la historia) y, sobre todo, se generan unos vacíos argumentales que para los más pequeños pueden pasar desapercibidos, pero para los adultos resultan un tanto alarmantes.

A su favor juega el hecho de que va de menos a más, lo cual tampoco es algo de admirar dado el arranque del film. Su comienzo, sospechosamente similar al de ‘Alicia en el País de las Maravillas’, está marcado por una falta absoluta de interés, tanto en los personajes como en los conflictos que viven. Tan solo en su tramo final, cuando protagonista y antagonista se enfrentan, la cinta adquiere algo más de interés, aunque tampoco demasiado. La falta de fuerza dramática a cada paso de la historia genera una frustración mayúscula, entre otras cosas porque la historia sí permite apreciar elementos que podrían haber sido mucho más dramáticos, pero que se suavizan en pos de una inocencia que roza el ridículo.

Y es una lástima, porque el trasfondo de El cascanueces y los cuatro reinos es interesante, así como la moraleja que se sustrae del mismo, con la madurez, la responsabilidad y la inteligencia como grandes argumentos. Pero ni el guión ahonda en eso ni sus directores son capaces de ofrecer algo más que una visión estandarizada de las secuencias. Tampoco ayuda que los personajes no tengan una definición más profunda. En el aire quedan preguntas sobre el origen de muchos de los protagonistas, sus motivaciones, las relaciones surgidas a raíz de los conflictos internos y externos, y un extenso etcétera. Que una película para toda la familia plantee tantas preguntas de calado y las deje sin respuesta ya es un síntoma de que sus carencias superan con creces el poco interés que pueden tener sus aspectos más positivos.

Nota: 5/10

‘La noche de Halloween’: Cómo hemos cambiado (todos)


Los fans, los verdaderos fans que hace 40 años se estremecieron con el mal personificado en Michael Myers, tienen una cita ineludible con el asesino en serie. Pero que sea ineludible no significa que no puedan terminar el encuentro algo decepcionados. Porque esta nueva sesión de asesinatos y violencia tiene mucho de la original de la que hace las veces de secuela y, en muchos aspectos, homenajea, pero nunca logra librarse del sino de los tiempos.

Han pasado 40 años, en efecto, y al igual que la sociedad ha cambiado, también lo ha hecho el cine. Y La noche de Halloween es un documento que permitirá a generaciones posteriores ver dichos cambios. Estamos ante una historia completamente plana, lineal, sin giros argumentales a destacar (salvo uno ligeramente interesante hacia el final del metraje) y con personajes que parecen fotocopiados de mil y una películas de este tipo. La trama arranca bien, jugando con el recuerdo de los crímenes de 1978 y con esa idea del mal puro que se ha construido durante estas décadas. Pero una vez la máscara entra en escena, la cinta pierde fuerza, entregándose por completo a un slasher algo descafeinado que es víctima de la corrección social imperante actualmente. En este sentido, poca sangre, aunque la que se muestra es digna de aplauso.

A su favor juegan, sin embargo, algunos elementos. Para empezar, la puesta en escena de David Gordon Green (Stronger), quien juega con las posibilidades de los planos generales para crear ambientes cargados de tensión dramática. También es digno de mención los intentos por transgredir, aunque sea dentro de los límites de la autocensura. En el recuerdo queda el asesinato de un niño o algunos crímenes visualmente impactantes. A todo ello se suma un diseño de producción que, aunque actual, sigue teniendo cierto aire de décadas pasadas que transporta al espectador a una época en la que la violencia en este tipo de films alcanzaba cotas más altas.

No cabe duda de que el gran problema de La noche de Halloween es su guión. Aunque con un inicio interesante, la trama pierde interés a medida que se entrega a los asesinatos, sobre todo porque se plantea como una especie de viaje con un enfrentamiento final que se anuncia, detalles incluidos, casi desde el primer minuto. Si a eso sumamos algunos diálogos y actuaciones sencillamente horribles, nos encontramos con un film irregular que logra sus mejores momentos en algunos asesinatos y en el ambiente que es capaz de crear. Una secuela que, visualmente, está a la altura del original, pero que narrativamente deja mucho, muchísimo que desear. Al menos entretiene, que es más de lo que pueden decir otras producciones similares.

Nota: 6/10

‘Slender Man’: terror sin alma de la era digital


Hace no demasiado tiempo la existencia de videoclubes permitía una categoría de películas ‘directas a vídeo’, entre las que podían encontrarse verdaderas joyas de cualquier género pero también, y en su mayoría, obras de bajo presupuesto y de una calidad técnica y artística más bien baja. Ahora, de vez en cuando llega a las salas de cine alguna producción de este tipo, como es el caso que nos ocupa. Desconozco los motivos que llevan a estrenar algo como Slender Man, pero desde luego el resultado es muy mediocre, lo cual por otro lado no resulta ninguna sorpresa.

Solo con echar un vistazo a su argumento la cinta ya se perfila como un relato arquetípico y previsible, pero eso podría ser un inconveniente relativamente bien solventado si no fuera porque el resto de elementos de esta película de terror son igualmente previsibles. Partiendo de la base de que no genera en ningún momento ni el miedo ni el suspense que cabe esperar de una producción de estas características, esta película que toma como referente el primer mito creado en la web no ofrece nada interesante al espectador. Las protagonistas no solo tienen una definición típica, sino que están perfiladas con trazo grueso, sin motivación ni mucho menos contraste.

Posiblemente lo peor, sin embargo, sea el hecho de que el mito de este personaje se aborda de un modo superficial, resolviendo en unos minutos su definición como si de algo incómodo se tratara. La cinta no opta en ningún momento ni por asumir alguna de las definiciones que en internet se hace de esta criatura, ni por aportar algo nuevo al personaje, lo cual por cierto habría sido un giro cuanto menos curioso. Pero no. Guionista y director evidencian una incomodidad notable a la hora de narrar esta historia, sin ofrecer un lenguaje visual y dramático adecuado, tomando planos de algún que otro film y planteando una historia plana, sin giros argumentales y con muy pocos sustos que hagan al espectador estremecerse en la butaca. Eso sí, gritos todos los que queramos y alguno más, como si de una slasher movie se tratara.

Si hay que sacar algún punto positivo a Slender Man es el hecho de que no tiene un final feliz, de que ofrece una sensación de fatalidad casi desde el comienzo de la pesadilla que viven las protagonistas. Pero eso no basta para compensar sus múltiples fallos. Ni el guión ofrece nada nuevo a un mito creado en el mundo de lo digital ni la realización aprovecha las posibilidades del personaje para generar todo tipo de situaciones terroríficas. Es sencillamente una obra hecha sin espíritu, sin un interés por algo más que tratar de terminar el trabajo. De hecho, la obra se desarrolla de forma casi tan zombificada como las víctimas de esta criatura con evidentes influencias de muchos otros mitos, entre ellos los de H. P. Lovecraft.

Nota: 3/10

‘First Man (El primer hombre)’: un pequeño paso para el cine


¿Podría Damien Chazelle (Whiplash) realizar una película sin la música como eje principal? Esa pregunta se planteó tras el anuncio de que el viaje a la Luna de Neil Armstrong iba a ser su nuevo proyecto. Ahora, dicha duda queda resuelta en un relativo ‘No’. Porque la realidad es que la música sigue teniendo un papel fundamental en la historia, pero el pulso narrativo y dramático que el joven director demostró en sus dos anteriores films se diluye en exceso en el intimismo que imprime al relato.

Lo que sí vuelve a demostrar Chazelle es un lenguaje audiovisual único, bello, magistralmente ejecutado para transportar al espectador al universo que crea en cada film. En este sentido, First Man (El primer hombre) nos convierte en astronautas por un día, metiéndonos en la piel de Armstrong y compartiendo su punto de vista, sus sentimientos, sus miedos y sus logros. En este sentido, la práctica ausencia de planos generales combinada con planos cortos y subjetivos crean esa sensación de angustia en muchos momentos del relato. Bajo esta premisa, resulta interesante analizar la narrativa de los despegues o el alunizaje, así como los viajes espaciales, alejados de espectaculares planos en la inmensidad del universo para situarnos en lo poco que se ve desde el interior de un traje de astronauta.

El principal problema se halla, por tanto, en el propio guión. El pulso narrativo es sumamente irregular, incapaz de abordar los verdaderos sentimientos de fondo del protagonista, presentado como un hombre frío con sentimientos muy encerrados en su interior. La cinta, aunque plantea algunos conflictos emocionales, no ahonda demasiado en ellos, limitándose a relatar la carrera espacial y el trabajo de los astronautas sin dedicar demasiado tiempo, por ejemplo, al impacto de la prematura muerte en el seno familiar, siempre presente pero nunca analizada en detalle. Asimismo, las diferentes historias secundarias sencillamente se quedan en una suerte de contexto a la del protagonista.

Desde luego, First Man (El primer hombre) podría dar más de sí… o tal vez no. La sensación de estar ante una historia sin mayor épica que la de poner un pie en la Luna y escuchar la histórica frase se agranda a medida que pasan los minutos. Ni la labor maravillosa de Chazelle tras las cámaras ni la de los actores delante de ellas (el reparto está sencillamente perfecto) pueden disimular la falta de garra dramática de la historia, que se limita a relatar hechos sin entrar demasiado en los aspectos más polémicos y conflictivos del relato (los muertos del programa espacial, los conflictos personales y familiares, la competición espacial con la URSS, etc.). La cinta lo mira todo desde un punto de vista personal, pero parece olvidarse que en esa perspectiva también tienen cabida el resto de elementos que conforman el mundo que nos rodea. Lo que hizo Armstrong fue un gran paso para la Humanidad; lo que ha hecho Chazelle es un pequeño paso para el cine.

Nota: 6,5/10

‘Venom’: el simbionte se independiza de Spider-Man


Tratar de separar el origen del simiente conocido como Venom de Spider-Man parece una tarea harto difícil, sobre todo si se hace de cara a fans de los cómics poco tolerantes a los cambios. Y la verdad es que la nueva película de Ruben Fleischer (Bienvenidos a Zombieland) es una buena prueba de ello, no tanto por las críticas de acérrimos seguidores de los personajes como por la necesidad de crear una historia paralela que justifique buena parte de la naturaleza de un villano/antihéroe que imita los poderes del hombre araña.

En este sentido, la historia de Venom se encuentra a medio camino entre lo interesante del tratamiento del personaje y las incoherencias de algunos de sus tramos narrativos. Un equilibrio que es el origen de algunas de sus irregularidades. Mientras que el rol protagonista al que da vida espléndidamente bien Tom Hardy (London Road) evoluciona de forma compleja a través de esa dualidad en su mente que representa la lucha entre el bien y el mal, lo que en definitiva aporta un trasfondo dramático sólido para toda la historia, el desarrollo dramático tanto del villano como de las tramas secundarias quedan poco definidos, por no hablar de algunas de las motivaciones de este antihéroe en el tercio final del film, que sencillamente no tienen un trasfondo lógico o, al menos, sustentado claramente con lo narrado anteriormente.

Sus debilidades son más que evidentes, es cierto, y los más puritanos posiblemente pongan el grito en el cielo ante los orígenes de este personaje y cómo se ha contado la historia. Pero con todo y con eso, el metraje apenas pierde el pulso. A las secuencias de acción (espectaculares aunque algo caóticas en algún momento) se suman ciertos toques de humor que ayudan a aligerar la carga dramática del protagonista, lo que aporta al conjunto un tono perfecto de entretenimiento sin más objetivo que el de distraer durante casi dos horas que en ningún momento llegan a hacerse pesadas gracias fundamentalmente al trabajo de sus actores.

Desde luego, nadie debería esperar de Venom más de lo que es a simple vista. Su falta de encaje en el Universo Cinematográfico Marvel juega a favor y en contra de esta película. A favor porque le da libertad para explorar una historia completamente diferente, con nuevos orígenes, nuevos personajes y un tono a medio camino entre la oscuridad del simbionte, la bondad del reportero interpretado por Hardy y el humor que desprende el relato. En contra porque esa falta de marco hace que la combinación de historias y personajes termine por generar ciertos problemas narrativos y de definición de personajes. En cualquier caso, es una producción entretenida y que se disfruta en prácticamente todo su metraje. ¡Y atentos a la escena post créditos, primera piedra de una posible secuela!

Nota: 7/10

‘Ha nacido una estrella’: Ha nacido un director


Es sumamente complicado llevar a la gran pantalla una historia que ya ha sido adaptada en varias ocasiones. La comparación con las anteriores versiones es inevitable. Tal vez por eso sea tan interesante el primer trabajo de Bradley Cooper (Aloha) como director y guionista, porque es capaz de, a partir de una historia conocida, imprimir matices que enriquecen, y mucho, tanto los personajes como la trama. Y que eso se logre en una primera película hace que esta sea aún más interesante.

Porque, en efecto, la premisa básica de Ha nacido una estrella es conocida. Pero no así sus personajes. Cooper construye un universo complejo en torno a la pareja protagonista, sobre todo en lo referente al personaje que él mismo interpreta. A la premisa base de que la decadencia de este rol se mezcla con los celos y el ascenso de su pareja se suman un pasado complejo, marcado por un cierto sentimiento de abandono, un presente ahogado en alcohol y, en cierto modo, un atisbo de coherencia disfrazada por la brutalidad de sus borracheras que le permite comprender que su pareja, aquella chica a la que él descubre, está perdiendo su identidad por lograr algo efímero.

Todo ello convierte a este personaje en el verdadero motor de la trama, robando cierto protagonismo a una Lady Gaga (Machete Kills) cuya voz brilla en todo su esplendor en un personaje igualmente sólido pero algo más arquetípico. A todo ello se suma una puesta en escena intimista casi desde el primer plano, recurriendo a movimientos de cámara que capten los sentimientos de los personajes para marcar una evolución dramática más detallada, y huyendo todo lo posible de los previsibles planos generales (que también existen) en los macroconciertos que se suceden a lo largo de la cinta. Cooper sustenta así a unos personajes marcados por la tragedia intensificando los buenos y los malos momentos, las decisiones y un final cuya elegancia está fuera de toda duda. Todo ello define a un director con un futuro brillante.

Ha nacido una estrella es ante todo un brillante drama en el que los miedos, las fobias y el amor se muestran detrás de un manto de alcohol, celos y música. Su mayor punto débil es el ritmo, que decae en varios momentos y alargan la historia de un modo innecesario, sobre todo la trama ya está en pleno desarrollo. Pero con todo y con eso, el espectador asiste a una introspección pocas veces vista en pantalla, en la que una única mirada es capaz de revelar todo, en la que la música es vehículo narrativo perfecto para exponer conflictos, romances, recelos y odios. Y desde luego, esa falta de ritmo no impide disfrutar de un notable drama realizada por un interesante director.

Nota: 8/10

‘El reino’: corrupción a todos los niveles


Todo conduce al final. Y ese final resume a la perfección no solo lo que narra la nueva película de Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone), sino lo que ha sido España durante décadas. Y todavía es. Los poderes que realmente controlan el país, las corrupciones, los intereses partidistas, … todo queda reflejado en ese duelo magistral entre Antonio de la Torre (El autor) y Bárbara Lennie (Las furias), libros de cuentas de por medio. Pero hasta llegar a ese momento lo que tenemos entre manos es una obra tan intensa como esclarecedora.

Porque si algo logra El reino es hacer comprender algo mejor al espectador cómo ha funcionado la corrupción en un partido como el PP. El director, con mano firme, crea un relato sobrio, tenso, por momentos siniestro, en el que no hace falta dar nombres para identificar a ciertos personajes protagonistas de los últimos años. A través de conversaciones veladas, de miradas y de titulares informativos Sorogoyen se adentra lenta pero inexorablemente en la mentalidad de un grupo de personas que en ningún momento pensaron en lo bueno o malo de sus actos (de nuevo nos remitimos al final del film), pero que en todo momento actúan por su propio interés disfrazado por convicción propia de luchar por su familia. En este sentido, el relato muestra claramente las contradicciones en las que cae no solo el protagonista, sino todos los que le rodean.

Quizás el único hándicap del conjunto sea su duración, algo excesiva en determinados fragmentos del relato que hace que el ritmo decaiga ligeramente. Sin embargo, la fuerza de sus actores, todos ellos magistrales, y el hecho de saber que la cinta es una dramatización de algo que ocurrió realmente (o al menos con una base importante de realidad) ayudan a sobrellevar los momentos más pausados de una historia, por otro lado, sumamente gratificante. Así, la cinta invita constantemente a reflexionar, ya sea sobre el funcionamiento de una corrupción institucionalizada a la que el protagonista llega una vez entra en el partido (aquello de “siempre se ha hecho”), sobre el papel de los medios de comunicación en el tratamiento de este tipo de informaciones (los consejos de administración cuentan con personas afines a los políticos) o sobre la responsabilidad que tienen o creen tener los autores de dichas corruptelas.

Al final, El reino se convierte en un thriller político en el que no hay buenos ni malos. Eso lo deja claro el diálogo final al que hacía referencia al comienzo. Un diálogo en el que la culpa se reparte, pero no para hacer menos culpable al protagonista, más bien al contrario. De la Torre construye un rol único, magistral en sus matices y su desesperación, cuya única motivación es salvar su cuello aunque sea haciendo caer a todos los que alguna vez fueron presuntamente sus amigos. Pero su responsabilidad no queda eclipsada por la que tienen el resto de roles de la trama, desde empresarios a periodistas. Más bien al contrario, lo que hace es evidenciar un sistema social enfermo, corrupto hasta límites que solo se pueden intuir. Es por eso que la frase final de Lennie mirando a cámara adquiere tanta relevancia: ¿Es usted consciente de que lo que ha hecho está mal? Lo que cabe preguntarse es a quién va dirigida esa pregunta, si al político corrupto o a una sociedad que ha permitido y albergado eso.

Nota: 8/10

Diccineario

Cine y palabras

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