Temporada 8 de ‘Juego de Tronos’, un gran final para los Siete Reinos


Ya está. Lo que hace ocho años comenzó como la adaptación de una serie de novelas de corte fantástico medieval ha llegado a su fin como el fenómeno televisivo de las últimas décadas. Un fenómeno que ha trascendido su propia dimensión de puro entretenimiento seriéfilo para convertirse en un estudio de estrategias políticas y una confrontación de pasiones encontradas. Y si bien es cierto que esto da buena muestra del grado de relevancia que ha adquirido Juego de tronos, también ha jugado en contra de la octava y última temporada creada por David Benioff (Troya) y D.B. Weiss, ya conocidos como D&D. Personalmente, creo que con sus errores y sus prisas por terminar, que los tiene, estos seis episodios finales son la conclusión sobresaliente a una historia desarrollada en casi una década.

Y sí, digo sobresaliente porque en realidad estos capítulos vienen a ser lo que el tercer acto es a una película, es decir, la conclusión a todas las tramas abiertas a lo largo de los años. Sobre todo las principales. Esto ha provocado que el desarrollo dramático se haya centrado fundamentalmente en los conflictos bélicos largamente esperados, ambos con consecuencias catastróficas tanto visual como sociológicamente. En este aspecto, sus creadores aprovechan las oportunidades que ofrecen las propias características de la serie para componer una huída hacia adelante, un constante recorrido a marchas forzadas para solventar algunos de los conflictos planteados, madurados e incluso enquistados a lo largo de estas temporadas. Habrá quien piense que todo ha sido muy rápido, que solo ha interesado lo visual por encima de la intriga política. No falta razón, pero es que si hubiera sido de otra manera no estaríamos ante el final, sino ante una transición a otra historia diferente.

Las dos principales batallas de esta temporada, desarrolladas no por casualidad en las dos grandes ciudades de Juego de tronos, son un ejemplo de pulso narrativo. La primera, en Invernalia, juega de forma magistral con la iluminación, con el terror de la noche y las características de los muertos. Los movimientos de cámara permiten en todo momento conocer la ubicación de todos los personajes allí citados aunque la historia solo se centra en los principales. Y me explico. El episodio está estructurado de tal manera que la trama solo necesita seguir a los protagonistas para poder narrar cada detalle de la batalla. Y esto, teniendo en cuenta la complejidad de la narrativa, es algo que todo realizador debería estudiar si tiene que enfrentarse a algo similar. La segunda, en Desembarco del Rey, es más bien un derroche de tensión dramática, con ese tañer de campanas que debería marcar un final y, sin embargo, marca un inicio. Y aunque este episodio tiene algunos de los momentos más irregulares de la serie, no deja de evidenciar la fuerza narrativa de una serie construida a fuego lento… nunca mejor dicho.

No cabe duda de que estos seis episodios (algunos de ellos de una duración similar a una película) se han planteado única y exclusivamente para cerrar tramas. Algunas de ellas quedan ligeramente abiertas en el último episodio. Otras se cierran de forma coherente y otras, sencillamente, se antojan algo apresuradas en su resolución. Todas ellas, con sus altibajos, forman sin embargo un mosaico narrativo y visual espléndido, con una serie de discursos y argumentaciones finales que demuestran, por un lado, el peso dramático del rol de Peter Dinklage (Vengadores: Infinity War), diluido un poco entre tanta guerra, y por otro, que la serie ha sido y siempre será un estudio político de los intereses y luchas de poder entre facciones, se llamen familias o con cualquier otro nombre que se les quiera dar. Es cierto que esta última temporada peca en exceso de una cierta aceleración de acontecimientos, sobre todo tras la batalla de Invernalia, y eso es posiblemente lo más censurable del conjunto, pero en todo caso la evolución de los personajes encuentra su encaje en su desarrollo de temporadas pasadas.

Dictadores y demócratas

De hecho, la serie recupera de nuevo esa idea de tiranos dictadores y nobles demócratas que tan bien ha funcionado en el pasado. Para muchos el problema radicará en las figuras que representan cada uno de los bandos. Estoy hablando del rol de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), que ha pasado de ser libertadora a convertirse poco menos que en una versión femenina de Hitler. Sus discursos e ideas en el episodio final de esta temporada de Juego de tronos confirman un viraje moral que podría considerarse inconsistente, pero que analizado fríamente tiene una más que clara justificación. Para empezar, durante toda la serie se ha hablado en varias ocasiones del legado familiar de locura y megalomanía; y aunque siempre ha atacado a tiranos y esclavistas, lo cierto es que todo aquel que se ha opuesto a sus designios ha tenido un final poco benévolo. Es cierto que en estos seis episodios su evolución parece precipitarse con demasiada urgencia, pero eso no es óbice para que la base sobre la que se sustenta exista realmente y se haya fraguado durante las siete temporadas previas.

Hay que señalar, en este sentido, la estética dictatorial de esos planos del último episodio, con grandes banderas ondeando sobre ruinas, ejércitos uniformados y discursos más propios de la época más oscura de Europa. Las palabras del personaje de Dinklage despejan las posibles dudas que pudiera haber. Como decía antes, este episodio ocho viene a confirmar que la serie nunca ha abandonado ese cariz puramente político y estratégico, por mucho que haya tenido descansos dramáticos favoreciendo la acción pura y dura. Las tensiones entre los personajes de Clarke y Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) son el mejor ejemplo de ello. Con todo, la serie deja decisiones dramáticas cuestionables. Dado que es necesario acentuar el carácter conquistador de la Madre de Dragones, Benioff y Weiss convierten el rol de Lena Headey (300) en una mujer vulnerable, alejada por completo de la tirana y déspota reina que fue antaño. Algo con poca justificación, ya que la masacre de hombres, mujeres y niños indefensos ya es de por sí suficiente argumento para convertir a una salvadora en una tirana. Su muerte es, posiblemente, el momento más innecesariamente melodramático de toda la serie, amén de no corresponder con la evolución del personaje durante toda la serie.

Ahora bien, la resolución de todas las tramas y del futuro de cada uno de los personajes supervivientes es sencillamente brillante. La argumentación con la que se corona al nuevo rey viene a confirmar un cambio mínimo para que todo siga igual. Dejando a un lado la cuestionable presencia de algunos personajes en esa especie de concilio final en torno al rey (¿de verdad era necesario recuperar personajes que no aparecían desde hacía varias temporadas?), cada uno de los protagonistas termina donde tiene que terminar, el lugar al que pertenece en cuerpo y, sobre todo, alma. Una nueva generación de personajes, cada uno retomando papeles interpretados por veteranos en las anteriores temporadas, que viene a introducir sangre nueva en una historia que perfectamente podría continuar con intrigas políticas, recelos, ambiciones y luchas de poder. Un final continuista para una trama marcada por la destrucción de una guerra que ha dejado muchos, muchísimos cadáveres por el camino. Un final que comienza con la reconstrucción de un mundo arrasado por el hielo y el fuego.

Juego de tronos termina como debería terminar. Al menos la serie de televisión. Habrá que ver si tiene algo en común con las novelas que deba publicar George R. R. Martin. Pero como producto audiovisual esta octava temporada ha demostrado que la pequeña pantalla es capaz de ofrecer tensión dramática, un lenguaje visual complejo y bello, una evolución compleja de sus personajes y un final que, casi con toda probabilidad, no dejará indiferente a nadie. Como dice el personaje de Dinklage (en uno de sus muchos y brillantes momentos del último episodio), nada une más que una buena historia. Una historia no puede ser derrotada, y si crece lo suficiente puede llegar a ser incontrolable. Algo de todo eso tiene esta última tanda de episodios. Y dado su éxito, es evidente que no gustará a todo el mundo, que cada uno de los espectadores tendrá su versión de lo ocurrido. Eso es lo más atractivo de la serie. Personalmente, y con las irregularidades evidentes que tiene esta etapa, creo que estamos ante una conclusión más que digna de una trama tan compleja como esta. Pero ante todo hemos llegado al final de una era. Nada volverá a ser lo mismo después de esta guerra de Poniente. La televisión ha cambiado, abriendo la puerta a nuevas y complejas producciones. Solo el tiempo dirá si ha sido para bien o para mal. Y de nuevo, como dice Tyrion Lannister, preguntadme dentro de diez años.

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5ª T. de ‘Vikingos’, luchas fratricidas en lugar de saqueos y conquistas


7Habrá quien piense que tras la muerte de Ragnar Lothbrok, la serie Vikingos debería haber puesto punto final a su desarrollo. Y aunque puedo coincidir hasta cierto punto, la realidad es que la quinta temporada de esta ficción con base histórica creada por Michael Hirst (serie Los Tudor) ha continuado con acierto su narrativa de la lucha entre vikingos y británicos, explorando las posibilidades que ofrece el vacío dejado por un personaje tan inolvidable como el interpretado por Travis Fimmel (Warcraft: El origen). A pesar de todo, algo ha cambiado en general en la producción.

Pero comencemos primeros por esas “posibilidades”. Esta etapa de 20 episodios se podría resumir en la idea de que los hijos terminan por matar el legado de su padre. Y por matarse por él. Tras narrar las guerras impulsadas por el conocimiento en las anteriores temporadas, Hirst ahonda ahora en las luchas internas del clan vikingo, en cómo los hijos de un rey mítico luchan por lo que consideran suyo. Los efectos secundarios de esto, con cambios de bando y alianzas inesperadas, resulta interesante por cuanto pueden tener de histórico, aunque dramáticamente hablando debilitan el desarrollo del argumento, que por momentos se convierte en una suerte de péndulo que bascula de la enemistad a la alianza. Lo que es incuestionable es la capacidad de sus creadores para mantener el pulso dramático del conjunto, ya sea a través de giros argumentales o del uso de un lenguaje visual rompedor.

Porque, más allá de sus debilidades, que las tiene, esta quinta temporada de Vikingos presenta una cantidad inusual de giros dramáticos, algunos de ellos realmente inesperados e impactantes. Y en ambos bandos. En cierto modo, esta tanda de capítulos ha servido para eliminar varias tramas secundarias que o bien estaban llegando a su fin, o bien no tenían cabida desde el primer momento. El hecho de que desaparezcan algunos de los personajes importantes de la historia dota al conjunto de una entidad dramática enorme. Y para muestra un botón: el modo en que se termina con la conspiración en el reino de las Islas Británicas, con infanticidio incluido. Sencillamente aterrador. Pero no es lo único. Aunque pueda parecer que ofrece un desarrollo dramático menor, la difícil relación entre los personajes del bando vikingo se agudiza de manera inteligente y sofisticada, teniendo como grandes hitos unos enfrentamientos tan sangrientos y brutales como es habitual en esta serie.

Michael Hirst aprovecha las diferentes personalidades de los hijos de Lothbrok para componer una intrincada telaraña de intereses, deseos, traiciones y remordimientos que va más allá de los enfrentamientos físicos que se suceden a lo largo de la temporada. De hecho, y como es habitual en las ficciones de este guionista, los diálogos tienden a esconder más secretos y motivaciones que las luchas fratricidas. Así, resulta mucho más interesante la evolución de Ivar (Alex Høgh Andersen, visto en A war) y su locura “divina” cada vez mayor, que las victorias o derrotas que pueda sufrir. De hecho, la progresiva obsesión de este personaje es el principal motor dramático de esta temporada, pues actúa prácticamente en todas las tramas secundarias que se producen en uno y otro bando.

Floki, el conquistador

Con todo, esta quinta temporada de Vikingos tiene un problema importante. Bueno, en realidad son dos, aunque uno parece haber terminado con el último episodio. Dicho problema es que estos hijos de Ragnar no logran, en líneas generales, alcanzar el grado de dramatismo que sí tuvo la lucha fratricida de temporadas anteriores. Ya sea por los actores, porque son más personajes (y por lo tanto es necesario más tiempo para definirlos) o sencillamente porque no tienen el carisma ni el magnetismo del primer protagonista, lo cierto es que planea sobre todo el arco argumental una sensación de indiferencia, como si importase poco qué ocurre con muchos de estos personajes. Y remarco lo de “muchos”, porque lo cierto es que algunos de ellos sí asumen el peso de la trama de forma natural, como es el caso de Bjorn, al que da vida de forma sobresaliente Alexander Ludwig (El único superviviente).

Aunque desde luego el camino más tortuoso, y el que ha ido perdiendo interés a marchas forzadas, ha sido el del rol interpretado por Gustaf Skarsgård (serie Westworld). Su Floki, perdido tras la muerte de Ragnar, ha tomado una deriva imprecisa, a medio camino entre gurú y ermitaño, entre enviado de los dioses y loco. La trama secundaria que él lidera en esa nueva tierra es un punto débil de la temporada, no solo porque tiene poco interés por sí sola, sino porque resta metraje a otros arcos narrativos y aporta muy poco al conjunto. Dicho de otro modo, no tiene relación con el resto del relato, convirtiéndose en un cuerpo extraño dentro del devenir de la trama. En todo caso, incide en la idea de que el pueblo vikingo no va a cambiar, y a pesar de la distancia siempre va a llevar consigo un carácter forjado durante décadas. Esta idea, que en cierto modo subyace también en el resto de la serie (de ahí que un personaje como Ragnar Lothbrok sea tan interesante, porque es diferente), termina por llevarse por delante absolutamente todo de esa trama secundaria, y es de suponer que no tendrá cabida en la próxima temporada, o que será testimonial.

Y es una lástima, porque el rol de Floki, al igual que ocurre con muchos de los que han tenido un importante peso en la serie, sería un maestro para las nuevas generaciones, ayudando a crear un puente entre la primer etapa de la ficción y la que ahora está comenzando. En todo caso, lo que sigue estando intacto es el espíritu general de la serie, ahondando en tradiciones y conflictos históricos y mostrando, paso a paso, las estructuras sociales y los sistemas de gobierno de aquella época. En este sentido, la serie sigue siendo ejemplar, adentrándose además en nuevos territorios dramáticos, desde amores imposibles a las dudas de incipientes reyes. Todo ello conforma un paisaje sumamente atractivo a pesar de las debilidades, cada vez mayores, de una historia que ha perdido una parte enorme de su esencia.

Pero Vikingos sigue. Hirst crea en esta quinta temporada un interesante puzzle de traiciones, guerras y ansias de poder que dibuja un paisaje de intereses políticos sumamente atractivo. Puede que no todas las piezas encajen a la perfección, y de hecho la serie empieza a dar síntomas de cansancio, pero eso no impide que deje algunos momentos imborrables, a la altura de lo que se ha podido ver en temporadas anteriores. La clave para disfrutar de estos 20 capítulos está en comprender y aceptar que la trama ha evolucionado, que la historia continúa y que una vez muertos los reyes, los hijos quieren hacerse con el control del poder. La clave, en definitiva, radica en que la trama ha dado un giro sustancial, pero que sigue manteniendo buena parte de su esencia.

‘Baywatch: Los vigilantes de la playa’: un episodio de una serie cutre de los 90


Hay películas que nacen única y exclusivamente para satisfacer eso que se conoce como ‘placer culpable’. Y si son adaptaciones de otros productos previos, suelen tener más efecto en aquellas generaciones que han crecido con sus historias. Pasa siempre, para bien y para mal. Y la nueva comedia de Seth Gordon (Cómo acabar con tu jefe) no es, ni mucho menos, una excepción. Es más, es el mejor ejemplo. Posiblemente lo mejor de la cinta sea que es consciente de esto, que no huye de ello y que incluso lo abraza, parodiando la serie de televisión original y riéndose de sí misma como pocas cintas son capaces de hacer.

Y es ahí donde Baywatch: Los vigilantes de la playa logra sus mejores momentos, que no son cumbres en el séptimo arte pero que, por lo menos, logran arrancar varias carcajadas. Narrativamente hablando, la película es, como uno de los personajes menciona en un momento dado, un episodio de una serie cutre de los 90. En efecto, el argumento, si es que existe, es totalmente plano, sin giros dramáticos y con un desarrollo deliberadamente lineal. Sus personajes, arquetípicos hasta resultar cansinos, funcionan gracias a la química de sus dos protagonistas y, porqué no, a la gracia y calidad de algunos secundarios. Y es que resulta curioso comprobar cómo este reparto, sin estar entre lo mejor de la interpretación, sabe dotar a sus respectivos roles de una entidad que no tienen sobre el papel, elevando ligeramente el nivel de la cinta.

Pero seamos serios, estamos ante una producción diseñada para vender entradas, palomitas y todo tipo de merchandising que se pueda imaginar. No tiene otro objetivo, y prueba de ello es que se olvida casi tan rápido como se consume. Bueno, puede que más rápido. Con un diseño visual vistoso, valga la redundancia, la cinta logra no aburrir demasiado gracias a un buen equilibrio entre la acción y el humor (lo del argumento, repito, lo dejamos en ‘Se busca’). De hecho, cuando más puntos pierde es cuando trata de ponerse algo dramática y da a sus personajes una situación adversa a la que enfrentarse, evidenciando no solo las carencias de sus actores, sino de su propia trama, incapaz de soportar un mínimo peso de algo que no sean los músculos, los bañadores y las cámaras lentas explotando los atributos de sus protagonistas femeninas.

Así que sí, Baywatch: Los vigilantes de la playa es un capítulo más de aquella mítica serie que tanto definió la cultura de alguna que otra generación. Y como tal episodio largo, es más simple que los salvavidas que utilizan los protagonistas. Lineal, sin contrapesos dramáticos, con personajes a cada cual más simple y con arena, mar y sol, la cinta es capaz de sobrevivir casi dos horas. Lo mejor: su intrascendencia, el humor utilizado y las tomas falsas finales. Lo peor: que no ofrece nada. Se podría haber evitado, es cierto, pero la nostalgia es la nostalgia. Aunque una cosa hay que reconocer a esta cinta: conoce sus limitaciones, las respeta y las explota. Al menos no insulta la inteligencia del espectador.

Nota: 5,5/10

‘American Horror Story: Hotel’ recupera el espíritu de la serie


Evan Peters y Wes Bentley protagonizan 'American Horror Story: Hotel'.Tras varios altibajos en la serie, American Horror Story ha logrado, en su quinta historia, algo que muy pocas producciones consigue: devolver al formato las ideas iniciales en lo que a suspense, ambientación, personajes y trama se refiere. Sin el impacto ni la novedad que supuso aquella primera temporada, Hotel es sin duda una de las mejores temporadas de esta ficción creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie Glee).

Y si bien es cierto que Coven ya supuso una recuperación de ese espíritu, estos 12 capítulos representan lo que podría denominarse como una continuación directa de la historia de la casa encantada. No por los personajes, sino por el concepto general de la trama. Un hotel plagado de fantasmas, vampiros y asesinos es lo que da pie a una historia que, sin embargo, se centra más en el concepto del amor. Tal vez eso sea lo que le ha faltado a la serie en otras etapas; tal vez no. Lo cierto es que el delicado equilibrio entre ese sentimiento y la violencia característica de la producción crean un espectáculo incomparable.

Un padre atormentado por la pérdida de un hijo, una madre condenada a vivir en un hotel lleno de fantasmas para estar junto a un hijo que la odia y una vampiresa que una vez experimentó el amor verdadero son solo algunos de los ejemplos. Desde un punto de vista conceptual, American Horror Story: Hotel se revela más bien como una historia de búsqueda, de añoranza por lo perdido y por un pasado que, aunque dentro de esos muros parece no cambiar, en realidad se dejó atrás hace mucho tiempo.

Por supuesto, a todo esto se suma el incomparable espacio elegido, un edificio decadente, ajeno al tiempo o a las modas y en el que cada sala, cada rincón, es una trampa mortal para los visitantes. Desde su dueño, un espléndido Evan Peters (X-Men: Días del futuro pasado), al que es más necesario que nunca ver en versión original, hasta el ya famoso papel de la cantante Lady Gaga, Globo de Oro incluido, todos los habitantes de ese edificio parecen condenados, lo quieran o no, a matar a los visitantes, litros y litros de sangre mediante, claro está.

Lady Gaga logró un Globo de Oro por su rol en 'American Horror Story: Hotel'

Regreso a la narrativa de personajes

Y a pesar del espectáculo visual que supone esta quinta temporada, American Horror Story: Coven es sobre todo una historia de personajes. Al igual que ya ocurrió en algunas temporadas anteriores, que no en todas, el origen de los protagonistas, sus obsesiones, sus fobias y sus motivaciones, quedan patentes en sendos episodios a través de una narrativa de sus respectivos pasados para terminar confluyendo, de un modo u otro, en finales comunes. En esta ocasión, además, con la dificultad añadida de tener dos grandes protagonistas (la ya mencionada Gaga y el policía al que da vida Wes Bentley –American beauty-) como principales pilares, lo que obliga a dividir en dos el tiempo de la historia. ¿Cómo se logra mantener unido el desarrollo dramático sin que parezca, como ocurrió en Asylum, que cada cosa ocurre por su cuenta? La respuesta es Evan Peters.

Su personaje, tan sádico como enigmático, se termina por convertir en una suerte de nexo de unión de todas las historias, tal vez porque es el corazón de ese hotel, o tal vez porque, simplemente, es un personaje muy humano dentro de su violencia. Su caso, posiblemente, sea el mejor ejemplo del entramado dramático que logra crearse entre todos los personajes, ya sean secundarios, principales e, incluso, episódicos. De ahí que sea tan importante el pasado de los mismos, y de ahí que cobren especial relevancia aquellos momentos en los que se abordan las claves de su llegada a ese hotel maldito.

Pero si el contenido dramático es importante, la forma que se le da a todas esas historias es simplemente hipnótica. Elegante, fascinante, visceral, sangrienta, atemporal. Cualquier calificativo puede servir para definir un entorno único, una apuesta escénica en la que la sangre emana a borbotones para dar paso a una nueva vida en la que, no por casualidad, los implicados deben encontrar un motivo para enderezar sus fantasmagóricas vidas, que habitualmente, por no decir siempre, tiene que ver con el asesinato. La presencia, además, de personajes aparecidos en temporadas anteriores otorga al conjunto un halo de continuidad interesante que, en cierto modo, cierra un círculo iniciado con la primera y maravillosa temporada.

Así las cosas, American Horror Story: Hotel es, posiblemente, la etapa de esta serie que más se aproxima a lo vivido en aquella casa encantada hace ya varios años. Por su ambientación, el trauma de sus personajes e incluso la definición de muchos de ellos, esta historia es digna heredera de aquella. Pero es mucho más. Falchuk y Murphy parecen haber aprendido de algunos errores cometidos en el pasado y han sido capaces de crear muchos historias independientes bajo un mismo techo que, aparentemente, no tienen nada en común, pero cuyo desarrollo termina irremediablemente unido a las habitaciones de este macabro hotel. O a su dueño, que para el caso viene a ser lo mismo. Sin duda, una de las mejores temporadas de la serie.

La 5ª T de ‘Glee’ no se sobrepone a la pérdida de Cory Monteith


La quinta temporada de 'Glee' ha sufrido muchos altibajos.La quinta temporada de Glee ha sido fiel reflejo de las consecuencias que tiene la improvisación. La muerte de Cory Monteith (Monte Carlo) supuso un duro golpe no solo para el equipo técnico y artístico, sino para el propio desarrollo dramático de la ficción. Sus creadores, Ian Brennan (Flourish), Brad Falchuck y Ryan Murphy (ambos responsables de la serie American Horror Story), no han sido capaces de sobreponer la trama a la ausencia de su principal protagonista masculino. Lo que es peor, los intentos por encauzar el rumbo han sido incluso más perjudiciales para el conjunto, que ha visto mermada su calidad y el interés de la audiencia de forma alarmante.

Puede parecer un poco exagerado valorar la calidad de un producto en base a la presencia o ausencia de uno de sus actores, pero en el caso que nos ocupa todo apunta a ello. No tanto por la calidad interpretativa de Monteith, sino por lo que su personaje representa dentro del mundo de la serie. Estos 20 nuevos episodios (se eliminaron dos de la parrilla por decisión de la cadena) han carecido de un auténtico nexo de unión entre el pasado y el futuro de los protagonistas, o lo que es lo mismo, entre Nueva York y el instituto. Un nexo que en teoría representaría Monteith y con cuya ausencia la ficción ha quedado deslavazada, sin un objetivo claro y con personajes que entraban y salían de escena como fantasmas por las habitaciones, sin más mérito que alguna canción bien cantada. Así, el dramatismo y un cierto toque irónico en las historias narradas quedan en esta temporada sin la fuerza que tuvieron en épocas anteriores, entre otras cosas porque también se ha perdido buena parte de la esencia de su argumento.

La principal consecuencia de todo esto es el sacrificio de todo aquello que definió Glee en sus primeras temporadas, es decir, del instituto. La introducción de nuevos personajes en la pasada temporada, que estaban llamados a tomar el relevo, no ha logrado el éxito necesario, entre otras cosas porque los personajes no poseen el bagaje cultural y dramático que sí poseían los originales. Ni sus protagonistas son marginados en el instituto ni sufren burlas constantes por parte de abusones… al menos no de forma explícita como sí ocurrió en los primeros episodios. En este sentido, poco a poco la evolución dramática de los conflictos ha ido trasladándose a Nueva York, donde los veteranos han vuelto a demostrar, incluso con guiones menos elaborados, los motivos por los que fueron elegidos en primera instancia. El final de esta quinta temporada deja patente que la serie pretende mirar hacia el futuro y no hacia el pasado.

Aunque si hay un personaje sacrificado en toda esta huída hacia delante que ha sido la penúltima temporada es el de Jane Lynch (Síndrome postdivorcio), cuya acidez ha sido notablemente suavizada. Su evolución ha sido de más a menos a lo largo de estos episodios, protagonizando algunos momentos realmente brillantes pero dejando en el recuerdo la sensación de decadencia, de pérdida de solidez y profundidad. Su pérdida, más que ninguna otra, roba a la serie la posibilidad de mantener un tono crítico y un contraste cómico que haga las veces de contrapeso a la música, las canciones y el optimismo que desprenden sus roles principales. Es, en definitiva, la representación más evidente del dicho “nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”.

Sin plan a la vista

La quinta temporada de Glee ha dejado, además, numerosos hitos de dudosa credibilidad por el camino. No me refiero tanto a la pérdida de los personajes más jóvenes (entre los que, por cierto, muy pocos tenían la calidad para representar un auténtico relevo), sino a numerosos roles secundarios que no han podido, o no han sabido, encontrar su sitio en la trama. Sobre todo en la línea argumental de Nueva York, la aparición de algunos personajes parecía responder a la necesidad de ofrecer al espectador nuevas alternativas en un mundo musical más rico en matices. Eso por no hablar de que abrían la puerta a varias tramas secundarias que podían ayudar a dar un giro algo más adulto y dramático al carácter general de la ficción.

El resultado, sin embargo, ha sido el contrario. Aquellos que sigan la serie posiblemente no hayan notado nada a primera vista, pero un leve repaso mental a la evolución de los personajes secundarios basta para preguntarse qué ocurre con ellos, cuándo desaparecen de la historia y por qué sucede. Esta sucesión de vanos intentos por nutrir el desarrollo de la temporada ha jugado en su contra, pues en ningún momento han supuesto un auténtico giro argumental, ni siquiera un conflicto dramático real que genere impacto sobre el futuro de la trama. Su entrada y salida de escena queda supeditada, por tanto, a las meras necesidades de sus creadores, y no tanto de la historia. En otras palabras, aparecen cuando se necesita un apoyo argumental, y desaparecen cuando los huecos son completados con otros personajes, otras historias y otros números musicales.

Antes mencionaba que estos episodios representan una “huída hacia delante” por parte de la serie. Y en efecto, así sucede. El problema es que en ese proceso no hay una planificación estratégica sólida. Da la sensación de que lo único importante es terminar por resolver el futuro de su protagonista, una Lea Michele (Noche de fin de año) a la que la serie cada vez se le queda más pequeña. El resto de personajes, incluso aquellos con una cierta relevancia, giran a su alrededor esperando resolver sus tramas personales de la mejor forma posible, algunos con éxito y otros no sin muchos contratiempos. El último episodio de la temporada deja a los personajes principales a las puertas de un salto cualitativo en sus vidas, pero lo hace desperdigándolos por diferentes localizaciones, por lo que la duda ahora es saber si la serie será capaz de afrontar semejante abanico de posibilidades.

Desde luego, visto lo ocurrido con la quinta temporada, no parece probable que Glee sea capaz de enderezar su historia, al menos no de una forma equilibrada y sólida. Se puede decir que estos episodios han sido caóticos desde un punto de vista argumental, con personajes que entraban y salían, con historias resueltas de forma abrupta y con poca coherencia, y con números musicales menos impactantes que en etapas anteriores. Eso no quiere decir que no deje momentos para el recuerdo, como el episodio dedicado a Monteith, cuya presencia se ha dejado sentir durante todo el desarrollo. Pero en líneas generales lo cierto es que la pérdida de su personaje ha generado un vacío tan inesperado y trágico que la serie no ha podido sobreponerse.

‘Black Mirror: White Christmas’, evolución formal de una serie futurista


Jon Hamm es el principal protagonista de 'Black Mirror: White Christmas'.Hay muchas series que son consideradas de forma general como una serie de culto. Pero en ese grupo son muy pocas las que pueden demostrarlo con hechos. Tener el poder de producir un único episodio especial navideño que se convierta, además, es una especie de capítulo único de una hipotética temporada es uno de esos hechos demostrables. Bajo este punto de vista, Black Mirror: White Christmas es la confirmación de que esta serie ha logrado traspasar fronteras y convertirse en un referente cultural. Y eso con menos de una decena de episodios en total. Pero como no se trata de alabar por alabar la serie creada por Charlie Brooker (serie Dead set), vamos a analizar los principales pilares que dotan a este episodio de la calidad que desprende.

Sin duda uno de los aspectos formales más llamativos de este capítulo especial es su propia estructura narrativa, planteada como una trama con tres subtramas que abordan problemáticas tecnológicas diferentes pero que, en definitiva, conforman una única historia completa definida por el planteamiento, el nudo y el desenlace. La sutileza con la que Brooker aborda estas tres fases del desarrollo dramático es ejemplar, impidiendo en todo momento que la historia caiga en la explicación fácil y optando por un planteamiento más natural y menos evidente. Esto provoca que durante los primeros minutos el espectador no llegue a comprender la magnitud de lo que ocurre en pantalla, intuyendo a través de diálogos un aspecto mínimo de lo que realmente ocurre. Es a través de las tres historias que la trama principal se desvela, precipitándose en su tercio final y adquiriendo todo su sentido gracias a lo visto anteriormente.

Este manejo del tempo narrativo se convierte, en definitiva, en lo mejor de Black Mirror: White Christmas desde un punto de vista narrativo (que no formal), y crea uno de los múltiples nexos de unión con el resto de la serie. A esto habría que sumar el carácter crítico hacia la tecnología y cómo su uso puede terminar no solo con la vida que siempre hemos conocido, sino con nuestra propia conciencia, nuestra propia necesidad de comunicarnos y relacionarnos. Esta ironía, la de utilizar la tecnología para aislarnos del mundo (voluntaria u obligatoriamente), es la que subyace en el seno de esta magnífica historia que hace honor a la calidad del resto de episodios, amén de volver a replantear muchas premisas básicas que actualmente están implantadas en nuestra sociedad.

Pocos son los “peros” que se le pueden poner a este episodio, pero eso no implica que no existan. Algunas de las ideas tecnológicas utilizadas no terminan de ser excesivamente originales, sobre todo aquellas relacionadas con el bloqueo visual de los personajes y el uso de los ojos a modo de cámaras con los que poder manejar nuestro entorno según nuestras necesidades. Esto, utilizado ya en el tercer episodio de la primera temporada, se convierte sin duda en un elemento imprescindible en la trama, pero se antoja una mera evolución de algo ya planteado, lo que contrasta notablemente con otras propuestas tecnológicas como la “galleta”, que por cierto protagoniza el mejor fragmento del capítulo, al menos para el que esto suscribe.

Actores del futuro

Claro que catalogar esto como algo negativo en Black Mirror: White Christmas sería realmente injusto. La forma en que Brooker integra la tecnología en la sociedad y cómo esta se aprovecha de ella para mejorar diferentes aspectos de su funcionamiento es simplemente brillante. El desarrollo de los personajes, que lejos de crecer dramáticamente hablando van desvelando su verdadera naturaleza a medida que avanza la trama, es fascinante. E incluso las tres historias narradas, a pesar de tener una relevante presencia en la trama principal, pueden ser consideradas como entes independientes capaces de tener vida propia. Dicho de otro modo, su creador ha sido capaz de condensar los tres episodios habituales de una temporada en una única entrega, más larga, con una estructura ligeramente diferente. Una evolución de lo ya tradicional en una serie futurista.

Aunque sin duda el mayor atractivo de la serie, al menos desde un punto de vista promocional, ha sido su soberbio reparto, encabezado por un Jon Hamm (serie Mad Men) impecable y demostrando que tiene lo que hay que tener para responder positivamente a los rumores que lo sitúan en la órbita de The Walking Dead como el próximo gran villano. Su interpretación de un personaje capaz de someter a sus semejantes a través del diálogo, de un hombre acostumbrado a lograr lo que quiere simplemente con hablar, se desarrolla a lo largo de la hora que dura el episodio. Desde este punto de vista, el castigo al que es sometido no podría ser más ejemplar. Pero no es el único. Rafa Spall (La vida de Pi), Oona Chaplin e incluso una muy secundaria Natalia Tena (ambas vistas en la serie Juego de Tronos) logran dotar a sus respectivos roles de una profundidad mayor de la esperada, aportando un grado de desesperación motivado por la tecnología realmente alto.

Prueba de ello es, por ejemplo, el último plano del capítulo, un final que viene a representar la tortura que puede suponer para el ser humano el uso indebido de la tecnología. Se puede decir que, al fin y al cabo, lo que inicialmente nace para ayudar a la sociedad adquiere una función tétrica y violenta en manos de su propio creador, lo que convierte estos avances tecnológicos en una herramienta más de tortura y de violencia física y psicológica para con sus semejantes. En este sentido, este nuevo episodio puede entenderse en líneas generales como un alegato que confirma la evolución tecnológica de la sociedad, pero un análisis más en profundidad permite apreciar que dicha evolución no tiene necesariamente que ser positiva, advirtiendo del mal uso que el ser humano tiende a hacer de todos sus recursos.

Sea cual sea la interpretación, y sea cual sea el interés que pueda despertar Black Mirror: White Christmas en el espectador, lo que sí parece claro es que estamos ante un episodio especial que no solo mantiene el nivel creativo, dramático y crítico de toda la serie, sino que confirma a esta producción como uno de esos productos de culto capaces de mover la maquinaria necesaria para producir un único ejemplar. Guste o no, las reflexiones que promueve en el espectador la distancian notablemente de otras series de ciencia ficción planteadas como una evasión de la realidad, y la elevan a una categoría diferente. La pregunta que empieza a sobrevolar todos los episodios es: ¿será posible que el hombre alcance este grado de integración tecnológica? Y lo más importante, ¿seremos capaces de controlarla? Esperemos que la respuesta se encuentre en unos próximos capítulos tan espléndidos como estos.

‘Graceland’ se entrega a la fórmula más simple en su 1ª temporada


Imagen promocional de los protagonistas de 'Graceland'.Por norma general los experimentos audiovisuales han de ser, al menos, tenidos en cuenta. Es la mejor forma de descubrir nuevas historias y nuevos puntos de vista. Pero hay ocasiones en que dichos intentos ofrecen un resultado muy distinto, incapaces de concretar su propio sentido y generando sensación de impotencia. No se trata, pues, de que sean productos de mayor o menor calidad, sino que se ajusten a la propuesta que hacen. La nueva serie de Jeff Eastin (Ladrón de guante blanco) toma como punto de partida un hecho verídico de lo más interesante para convertirlo en un thriller de acción en el que la trama presenta muchas más aristas de lo que el formato permite, lo que termina por eliminar los matices. En este sentido, la primera temporada de Graceland, estrenada en 2013 en Estados Unidos, es un frustrado intento de combinar acción y profundidad dramática que se queda en tierra de nadie, aunque más cerca de la acción que de otra cosa.

Su argumento, en realidad, es bastante simple. Un joven agente del FBI recién salido de la academia es destinado a una casa de la costa en la que deberá convivir con agentes de otros cuerpos de seguridad (DEA y Aduanas, además del propio FBI) y ganarse su ascenso. Sin embargo, su trabajo pronto se ve envuelto en una investigación federal al que es su supervisor en la casa, un mítico agente del que se sospecha que puede traficar con los alijos de droga incautados, convirtiéndose en un agente infiltrado entre sus propios compañeros, con los que desarrolla poco a poco un vínculo de amistad. A priori, la ficción de Eastin posee todos los ingredientes para desarrollarse como un oscuro thriller en el que los secretos, las mentiras y los recelos marquen el ritmo de los acontecimientos. Sin embargo, ya desde el primer episodio algo no termina de encajar.

Y lo cierto es que, aunque no lo parezca, es algo de agradecer. Me refiero al hecho de que Graceland no engaña a nadie con su episodio piloto, uno de los más flojos narrativamente hablando que pueden encontrarse últimamente. Con una duración equivalente a dos episodios (de ahí que la temporada varíe entre 12 y 13 episodios en según qué países), este primer contacto con la serie es, cuanto menos, discutible. Por decirlo de forma concisa, la primera parte del piloto cuenta casi con tantas imágenes de recurso, muchas de ellas repetidas hasta en cinco ocasiones, como secuencias dramáticas. O lo que es lo mismo, por cada diálogo y secuencia con los principales protagonistas hay un impasse de gente jugando en la playa o paseando, surferos y oleaje. Un formato que rompe por completo la narrativa, alarga en exceso el metraje y resta gravedad a lo que los personajes dicen o hacen.

Por supuesto, es algo que se repite de forma habitual a lo largo de la primera temporada, lo cual da una idea del cariz que toma la serie a lo largo de su evolución, que por otro lado es muy distinta dramáticamente hablando. A este respecto cabe aclarar que esta primera entrega (la segunda ya se ha emitido en USA) comienza algo deslavazada para, poco a poco, conformar una estructura en torno a los secretos del personaje de Daniel Sunjata (El diablo viste de Prada), el único algo menos arquetípico y auténtico interés dramático de la serie. Secretos que poco a poco se van desvelando y que terminan por erigir un pasado, un presente y un futuro muy interesantes, sobre todo el pasado. Es gracias a este rol que la serie logra avanzar a pasos agigantados hacia un desenlace mucho más logrado de lo que cabría esperar, aunque siempre en el marco común del entretenimiento y la distracción que definen a la serie.

Arquetipos y olvidos

Hace un momento decía que el personaje de Sunjata es el menos tópico de todos. En efecto, si algo caracteriza a Graceland y perjudica el potencial de la historia son sus protagonistas, una suerte de cuadrilla de amigos en la que cada uno tiene un papel del que no debe, o no puede, salirse. El boy scout rubio y guapo; el mexicano gracioso y juerguista; el atormentado y problemático afroamericano; y las guapas, cuya definición es si cabe menos rica que la de sus compañeros de reparto. Todo ello hace que el desarrollo sea bastante previsible, sobre todo porque sus reacciones dan al traste con las consecuencias menos obvias de algunos acontecimientos. Acontecimientos que, por cierto, encuentran un final interesante aunque un tanto incompleto.

Sin desvelar demasiado a aquellos interesados en adentrarse en Graceland, hay que decir que el arco argumental de la primera temporada resuelve el principal conflicto de forma más o menos satisfactoria, situando a todos los personajes justo donde ellos desean para el comienzo de la siguiente temporada. El problema es que algunas de las tramas secundarias iniciadas a lo largo de los episodios quedan en el aire. Es cierto que es práctica habitual y que posiblemente sea el argumento principal en la siguiente etapa, pero dada la estrecha relación que tienen con la historia principal (la investigación por corrupción del agente del FBI) resulta llamativo que dichas líneas de trabajo se olviden por completo para luego retomarlas, como si la gravedad de la situación no pidiera a gritos una mayor integración y peso específico en la ficción.

Un olvido que supone, además, el colofón a la gran herramienta narrativa de Eastin: el gancho episódico. Por regla general las series utilizan dos sistemas para enganchar al espectador: el impacto de los propios acontecimientos o un hecho que da un giro por completo al sentido de la historia, sea real o falso. No es difícil encontrar ejemplos de ambos, al igual que no es difícil hacerse una idea del tipo de serie que utilizan uno u otro. En el caso que nos ocupa, los ganchos de cada uno de los episodios plantean una vuelta de tuerca más hacia un tono más oscuro, más serio, pero su desarrollo en el siguiente capítulo echa por tierra todo lo que podría ganarse con el giro. De este modo, renqueante y sin demasiadas expectativas, la trama avanza mediante artificios que, eso sí, cumplen su función a la perfección, al menos hasta que el espectador se cansa de ellos.

Se puede decir, por tanto, que Graceland es una serie de acción sin más pretensiones que la de sumarse al carro de productos policíacos o federales con un trasfondo que lucha por ir más allá sin conseguirlo. En cierto modo, Eastin se enfrenta a los acontecimientos sin tener en cuenta sus innumerables repercusiones que puedan tener, desarrollando su plan aunque eso vaya en contra, en muchas ocasiones, de lo que la lógica podría invitar a pensar. Una serie que entretiene si no se reflexiona mucho sobre ella o si se atiende al villano principal, único elemento transgresor en una historia, por otro lado, típica, tópica y previsible. Que en una casa vivan agentes del FBI, la DEA y Aduanas es algo interesante; que dichos agentes respondan a estereotipos de los que poco puede esperarse no lo es tanto. Y que este tipo de apuestas terminen por rendirse al formato menos elaborado es una lástima.

La humildad de las ‘Tortugas ninja’, una historia sencilla y divertida


En 1990 las 'Tortugas Ninja' llegaron al cine de la mano de Steve Barron.Uno podría pensar que adaptar al cine una serie de animación, una saga de videojuegos o unos juguetes exitosos es una apuesta segura. Sin embargo, hay personajes que, por el motivo que sea, no funcionan del mismo modo en pantalla grande. El inminente estreno de Ninja Turtles vuelve a poner el foco sobre las cuatro tortugas ninja que en la década de los 80 del pasado siglo hicieron las delicias de jóvenes en medio mundo. Unos personajes cuyas aventuras cubrieron un amplio espectro de formatos, desde la televisión hasta los cómics, pasando por el merchandising y una línea de muñecos que ha evolucionado con el paso de los años. Su éxito fue tal que en 1990 se llevaron sus aventuras a la pantalla grande, dotando a los personajes animados de una presencia real. El resultado fue Tortugas Ninja, una producción sencilla, honesta y divertida cuya máxima aspiración era, y es, ser fiel a los conceptos más básicos de la serie, algo que funcionó en esta entrega, no así en las siguientes.

Conceptos que pasan por narrar los orígenes de estos héroes creados por Kevin Eastman y Peter Laird, que han dedicado su vida a expandir y nutrir este particular universo. Dirigida por Steve Barron (Los caraconos), la cinta aborda las primeras aventuras de las tortugas contra su archienemigo, Schredder, así como los problemas a los que deben enfrentarse, tanto externos como internos. Con todo, limitar el contenido dramático de la cinta a una mera sucesión de secuencias de acción y de humor sería un tanto superficial. Es cierto que vista en perspectiva la trama posee muchos puntos débiles y un aire muy particular que define a muchas obras independientes realizadas en esos años, pero es justo destacar algunos aspectos, sobre todo en sus tramas secundarias, que ofrecen un interesante reflejo de la sociedad que siempre ha estado presente en sus aventuras.

El más destacable es, sin duda, su enfoque de una juventud que no encuentra su sitio en la sociedad, que se siente perdida y abandonada por un mundo adulto que no parece comprenderla. Los momentos que transcurren en la guarida del villano, con esos adolescentes y niños entregándose a vicios tanto de adultos como de jóvenes, remiten, en cierto modo, a la historia de Pinocho y la corrupción de la inocencia, siendo además un cuadro malsano de una generación que no parecía tener una planificación a largo plazo. Las diferentes tribus urbanas que se dan cita remiten a otros films que abordan esa temática, aunque lo hace de una forma algo menos trágica.

Otro pilar importante que define a estas Tortugas Ninja es el concepto de familia y de individualismo. La primera mitad del film aborda la problemática personalidad de Raphael, al que pone voz Josh Pais (serie Ray Donovan), la tortuga con peor genio. Su tendencia a la soledad y a no aceptar sus errores o su lugar dentro del grupo es lo que define dramáticamente al film, que por otro lado presenta unas personalidades excesivamente simplificadas y autoparódicas. El tratamiento de este rol, así como la idea de familia del clan liderado por Schredder (James Saito, visto en la serie Eli Stone), ahondan en la idea de que la familia se encuentra allí donde realmente hay alguien que se preocupa, aunque ello suponga muchas veces alcanzar situaciones incómodas. Una moraleja un tanto simple, es cierto, pero que funciona bien en el contexto de la película gracias al tono general y al público al que va dirigido, que por cierto es tratado en todo momento con respeto.

Humor y efectos de última generación

Antes hablaba de la perspectiva de los años. Desde luego, la película de Barron puede ser vista hoy como una de esas pequeñas joyas en las que todo, absolutamente todo, era físico y real. En una época en la que los efectos digitales logran todo lo que se pueda imaginar, las técnicas utilizadas en aquel 1990, las más modernas del momento tal y como se anunció, aportan un grado de veracidad entrañable que beneficia a la historia de forma notable. Eso no impide, claro está, que muchas de sus secuencias pierdan algo de fuerza al ver a unas criaturas moverse sin demasiada agilidad y hacerlas pasar por silenciosos ninjas. Pero con todo, el trabajo de los efectos mecánicos y de las coreografías permite al film absorber todo el espíritu de los personajes originales, tanto humanos como mutantes.

En este sentido no hay que olvidar el sentido del humor que derrocha Tortugas Ninja, lo que la convierte en una obra destinada claramente al público juvenil y a una cierta inocencia que, por suerte o por desgracia, no tienen los adolescentes de ahora. El lado positivo es que la película se muestra en todo momento como un entretenimiento, sabiendo cuál es su objetivo y sin intentar ser algo que no es. Lo malo es que desde un punto de vista narrativo posee algunas flaquezas que, aunque son neutralizadas en parte por el dinámico desarrollo de la trama, no llegan a ocultarse del todo. La más evidente es la similitud de las tortugas, que pierden de este modo las diferentes naturalezas que las definían en la serie de televisión (el líder, el científico, el serio y el juerguista). Por otro lado, los personajes humanos principales, interpretados por Judith Hoag (serie Nashville) y Elias Koteas (Shutter Island) carecen de profundidad, limitándose a ser un fiel reflejo de lo que puede encontrarse en la animación.

Por supuesto, todo ello solo tiene relevancia si uno se acerca a un film de estas características con la idea del análisis concienzudo. Pero incluso en este aspecto sale ganando, pues a pesar de sus fallos la cinta funciona incluso años después de su estreno. Su frescura y la sencillez de su desarrollo la convierten en una obra sin pretensiones, es cierto, pero también aportan un dinamismo que la hace avanzar sin demasiado tiempo para parar a pensar en el trasfondo social y humano de los personajes. Es cierto que buena parte de la ironía y la comicidad pueden resultar un tanto repetitivos, pero en líneas generales la humildad con la que está realizada obliga a una cierta tolerancia a los errores, algo que no tuvieron las sucesivas secuelas y que, es de suponer, no tiene la nueva versión, más digital, espectacular y con un mayor presupuesto.

Para muchos Tortugas Ninja es un pequeño clásico del cine de aventuras juvenil. En cierto modo, así es. No pasará a los anales del cine, y desde luego no es un film indispensable que todo adolescente deba ver alguna vez en su vida. Pero su fórmula funciona. Es fresca, divertida y entretenida. Es lo que busca y es lo que consigue. Y lo más importante: logró adaptar de forma correcta a unos personajes que, a medida que han pasado los años, cada vez han tenido menos suerte en su salto a la gran pantalla. Puede que esa humildad sea la clave. Puede que su falta de pretensiones haga que el espectador termine encantado al no tener expectativa alguna. O puede simplemente que sea el trabajo serio y decidido de unos profesionales que sabían lo que tenían que hacer. Sea como fuere, esta primera aventura de los cuatro hermanos mutantes tenía todo lo que podía esperarse de ella. Ni más ni menos.

‘Hannibal’ desarrolla su inteligencia y su violencia en la 2ª temporada


Mads Mikkelsen da vida a 'Hannibal' en la espléndida segunda temporada.Aunque pueda parecer lo contrario, es mucho más complicado escribir sobre una buena producción que sobre una mala. Y si el objeto del texto es algo como la serie Hannibal, la tarea es casi titánica. Reducir a un puñado de párrafos la complejidad y calidad de este producto que recoge los años del personaje previos a las novelas de Thomas Harris es inútil. Es más, puede que ni siquiera un análisis individualizado de cada episodio permita una comprensión completa de la serie creada por Bryan Fuller (serie Criando malvas). Si la primera temporada fue un derroche de inteligencia, elegancia y buen gusto, esta segunda tanda de episodios es mucho más violenta y salvaje, pero al mismo tiempo mucho más inteligente. O lo que es lo mismo, una delicia para los seguidores del caníbal más famoso de la ficción.

La verdad es que vista en perspectiva la evolución de la serie en estos 13 episodios hay que reconocer que parecía complicado poder llevar a los personajes de la producción por un camino que no fuese el típico y tópico, sobre todo teniendo en cuenta que en la anterior temporada todos ellos eran marionetas al servicio del personaje interpretado por Mads Mikkelsen (La caza). Sin embargo, y sin necesidad de realizar giros argumentales excesivos o que desentonen, Fuller desvía el desarrollo hacia un destino inesperado, libre de ataduras y coherente. Se puede decir que las marionetas que antes bailaban al son de un ser superior tienen ahora mayor conciencia de sus propios actos, rebelándose contra lo que antes creían como cierto. Esto no significa, ni mucho menos, que no sigan estando controladas, pero sí que existe ahora un conflicto mucho más interesante, más sutil y que requiere de una atención a los detalles mucho mayor.

La traducción más directa de esto es el juego del gato y el ratón que inician los dos protagonistas. Con el detonante del asesinato de una agente del FBI (uno de los más impactantes de la temporada), los personajes de Mikkelsen y Hugh Dancy (Martha Marcy May Marlene) desatan un peligroso y subrepticio duelo intelectual de mortal desenlace, como de hecho se muestra en esa secuencia inicial del episodio que abre la temporada, lo que en términos de Hannibal se traduciría por un aperitivo. Como digo, la muerte de este personaje abre un abanico de posibilidades narrativas que afecta a todos los personajes, principales y secundarios, y permite introducir nuevos roles que conectan directamente con las tramas narradas en los libros y en las películas, como es el caso del papel interpretado por Michael Pitt (serie Boardwalk Empire), cuya trascendencia puede ser notable.

Así, y aunque la trama involucra de forma más directa a otros personajes, el peso vuelve a recaer en la pareja protagonista y la particular relación de amistad que ambos cultivan. Lo más interesante de esta segunda temporada es que el espectador, aun cuando responda a las exigencias de una serie como esta, está a merced de los acontecimientos, identificándose como un personaje más y dudando de la cordura de los roles protagonistas, de los que nunca puede esperarse nada. Es aquí donde reside la genialidad de estos nuevos episodios, pues lejos de incidir de nuevo en los parámetros de la primera temporada, permite a los personajes evolucionar y madurar, abriéndoles los ojos a un mundo macabro y salvaje en el que ellos mismos son objetivos. Y como suele ocurrir, dicho despertar llega demasiado tarde.

Rienda suelta a los instintos

Pero como decía al inicio, Hannibal no solo ha sabido buscar una vuelta de tuerca a su desarrollo dramático desde un punto de vista intelectual. También lo hace en el plano visual, desarrollando al máximo las secuencias oníricas del personaje de Dancy y ofreciendo al espectador todo un repertorio de mensajes simbólicos que, lejos de crear confusión, permiten una mejor comprensión de las intenciones, inquietudes y roles morales de todos los personajes. Momentos como la pesca en el río, el ciervo y su correspondiente versión humanoide o la transformación de Will Graham en ciervo permiten acceder a mensajes visuales que, de otro modo, tendrían que ser intuidos o desarrollados mediante otras técnicas. El hecho de optar por esta alternativa, más allá de que encaje en el sentido general de este thriller psicológico, es uno de los grandes aciertos de la producción.

Y si el duelo entre los dos protagonistas alcanza en la segunda temporada de Hannibal cotas insospechadas, el carácter caníbal del personaje de Mikkelsen tiene en estos episodios carta blanca para hacer prácticamente lo que se le antoje. La anterior temporada jugaba con la idea de no mostrar la verdadera naturaleza de Hannibal Lecter, utilizando la sutileza y el montaje para transmitir los movimientos en las sombras del personaje. Ahora, sin embargo, la brutalidad de su personalidad adquiere todo su esplendor. No solo se le ve cocinando miembros y órganos humanos, sino que el sadismo y la superioridad física y mental del Dr. Lecter se desarrollan sin traba alguna. Dar de comer a un individuo su propia pierna, manipular a sus semejantes para que maten por él o utilizar cuerpos a modo de campo de cultivo son solo algunas de las aficiones que expresa este hipnótico personaje al que, por cierto, Mikkelsen da vida de forma simplemente magistral, permitiendo olvidarse por un momento de la labor que hizo Anthony Hopkins en El silencio de los corderos (1991), Hannibal (2001), con la que por cierto guarda alguna conexión y El dragón rojo (2002).

Desde luego, la serie no es apta para estómagos sensibles. La imaginación a la hora de mutilar cuerpos llega a ser indescriptible. Víctimas como panales, como una paleta de colores o hasta como una especie de animal son solo algunos de los artísticos cuadros que crea el caníbal protagonista. Pero con todo y con eso, es el final de la temporada lo que realmente deja sin aliento. El primer episodio de esta segunda tanda comienza, como ya he dicho, con una secuencia de acción poética que deja a algunos personajes principales en una situación límite e interesante por las consecuencias evidentes que conlleva. Empero, no es hasta la conclusión del último episodio cuando dicha secuencia encuentra su explicación, por otro lado espléndida. La resolución de esos acontecimientos, precipitando el final de prácticamente todos los roles protagonistas, es de lo mejor que se puede ver en televisión ahora mismo. Si a esto le sumamos el pequeño extra que puede verse tras los títulos de crédito, el resultado es simplemente impactante, dejando el mundo de Lecter tan abierto que aventurarse a predecir por dónde evolucionará la trama en el futuro es absurdo.

Personalmente, Hannibal es de las mejores series que el aficionado puede encontrar. Es cierto que exige del espectador algo más que sentarse frente al televisor o la pantalla, pero la recompensa es sensacional. Esta segunda temporada, cuyos episodios llevan por título un plato de la cocina japonesa, supone un paso más en todos los aspectos, evitando estancarse en la repetición de conceptos para llevar a los personajes un paso más allá y explicar las consecuencias que esto puede tener. Es indudable que este thriller requiere de estómagos fuertes y de un interés por el personaje de Lecter, pero en cualquier caso su factura técnica, con una iluminación y concepción visual sublimes, y su base narrativa, sostenida en unos personajes espléndidamente complejos, son incuestionables. Ahora queda comprobar si la tercera temporada es capaz de recomponer el fragmentado mundo que deja la conclusión de estos episodios.

‘The americans’ supera sus problemas familiares en la 2ª temporada


Keri Russell y Matthew Rhys tendrán en Lee Tergesen un peligroso enemigo en la segunda temporada de 'The Americans'.Hay veces que cuesta distinguir si una serie mejora por iniciativa propia o si, por el contrario, la percepción del espectador mejora simplemente porque sabe lo que le espera. Cuando The americans presentó su primera temporada las expectativas puestas en esta intriga de espías en plena Guerra Fría no terminaron de cubrirse. Sí, el thriller tenía todos los componentes y su desarrollo era muy completo, pero algo no terminaba de encajar: la tapadera de los dos protagonistas, con una familia por la que se preocupaban y un matrimonio de conveniencia que hacía aguas por todas partes, temblaba cada vez que su creador, Joseph Weisberg (serie Falling skies), trataba de incidir en ella. Era algo a solucionar, y lo cierto es que su segunda temporada ha logrado enderezar la serie para convertirla en lo que se esperaba de ella en su debut: un thriller enriquecido por el drama familiar.

En cierto modo, la trama familiar ha desaparecido como línea argumental independiente para integrarse en el desarrollo del arco principal, que esta vez se centra en un único proyecto que parte, además, del asesinato de dos espías soviéticos a los que los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (serie Cinco hermanos) consideraban amigos. Este brutal acontecimiento deriva en una enrevesada trama política y militar cuyas ramificaciones afectan al resto de tramas secundarias, que devuelven el favor aportando numerosos matices que enriquecen la venganza de los dos protagonistas. Como puede apreciarse de este repaso general, la práctica totalidad de los argumentos que se desarrollan en estos 13 episodios están relacionados con el espionaje. De ahí que no quede espacio para los conflictos familiares, salvo cuando influyen en la trama principal como agente activo.

Esto no implica, sin embargo, que Weisberg se olvide por completo de ello. De hecho, buena parte del desarrollo dramático de la trama principal posee, en mayor o menor medida, una influencia familiar notable. Ya sea de forma explícita o como simple referencia, la pareja protagonista debe afrontar los problemas de una hija adolescente que empieza a sospechar de su actitud con el día a día de su labor como espías. Y si bien la evolución del personaje interpretado por Holly Taylor (Ashley) puede resultar algo irritante en algunos momentos, su presencia es tan relevante que se vuelve incluso imprescindible, sobre todo teniendo en cuenta la sorprendente resolución de la temporada, que por cierto enfoca el futuro de The americans en una dirección de lo más interesante por lo poco trabajada que ha estado en el cine y la televisión.

La fusión entre familia y espionaje, algo que fallaba en la primera temporada, es lo que hace crecer a esta segunda parte hasta convertir la serie en un producto atractivo y complejo. Pero como toda buena ficción, debe tener un villano acorde al nivel dramático de los protagonistas. Y ese rol corre a cargo de Lee Tergesen (serie Generation kill), quien compone un personaje violento e inteligente que representa una auténtica amenaza, a diferencia de lo que podría entenderse que hacía Noah Emmerich (Super 8) en los anteriores episodios. La influencia de Tergesen va en aumento a la par que la complejidad de la trama, hasta convertirse en un catalizador de los acontecimientos durante los últimos episodios, dando rienda suelta a una amenaza para la que no están preparados ninguno de los implicados. Una amenaza, por cierto, que permite al espectador asomarse un poco más al entramado de las comunicaciones soviéticas, lo que a todas luces mejora el resultado.

El FBI y los rusos

Durante sus primeros episodios The americans trató de ofrecer una especie de imagen global del espionaje entre Estados Unidos y la URSS. En principio, dicha imagen tenía su máximos representantes en los personajes de Russell, Rhys y Emmerich, este último como agente del FBI. Sin embargo, el thriller que se intuía no terminaba de cuajar, lo cual a su vez debilitó esa primera parte. Dado que el villano adquiere otros rasgos en estos nuevos capítulos, el FBI en su conjunto pasa a un segundo plano para convertirse en protagonista absoluto de la trama secundaria principal, adquiriendo con ello una relevancia que, de algún modo, no tenía anteriormente. Gracias a esta nueva “libertad”, la serie logra desarrollar toda una intriga política y tecnológica en torno a la creación de Internet, en sus orígenes ARPANET.

Ya he mencionado que esta segunda temporada posee una mejor y mayor integración de todos sus elementos, ofreciendo al espectador una imagen más completa. Prueba de ello es el hecho de que esta línea argumental secundaria nace de la trama principal, o mejor dicho del brutal asesinato inicial, cuyo desarrollo se bifurca para dar vida a todos y cada uno de los personajes. Así, toda la lucha entre el FBI y la URSS tiene sus consecuencias en la investigación de la pareja protagonista, y viceversa. En este sentido hay que destacar la evolución que sufre el personaje de Emmerich al ser menos dependiente de la familia de espías. Su papel en la trama, sobre todo la relación que mantiene con el personaje de Annet Mahendru (Escape from tomorrow), se convierte en uno de los procesos dramáticos más interesantes de la serie al convertirle en un títere en manos soviéticas.

Esto, unido a nuevos personajes llamados a adquirir un mayor peso dramático y a la situación en la que quedan otros secundarios, ofrece una amplia gama de posibilidades para esta trama desarrollada en las altas instancias del espionaje. Se establecen así dos niveles narrativos que discurren de forma paralela pero que tienen numerosos puntos en común, además de consecuencias inolvidables en cada uno de los entornos. Todo ello cambia sustancialmente el panorama de la serie y la otorga una madurez necesaria, así como una oscuridad que se intuía en la primera temporada, pero que ahora adquiere una mayor relevancia gracias, entre otras cosas, a la evolución de los dos protagonistas en lo que su forma de entender la lucha se refiere.

Todo esto convierte a esta nueva temporada de The americans en un producto superior a lo que se conocía hasta ahora. Puede que sea porque las expectativas a raíz de la primera temporada estaban un poco bajas, pero en cualquier caso es indudable que la serie ha sufrido un lavado de cara interesante, centrándose en el frágil equilibrio entre la dinámica familiar y los encargos de espionaje. Y lo mejor de todo es que gracias a ese equilibrio la serie ha podido encontrar nuevas vías dramáticas y ha desarrollado varios niveles narrativos que, aunque propios, son dependientes uno de otro. La conclusión de la temporada, con una serie de revelaciones inesperadas, deja en el aire un futuro muy atractivo que, esperemos, siga las indicaciones iniciadas a lo largo de estos episodios.

Diccineario

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