‘La primera purga: La noche de las bestias’: tradiciones americanas


El fenómeno de la serie ‘La noche de las bestias’ es cuanto menos curioso. Con una premisa tan interesante como novedosa (una noche al año el crimen es legal), el desarrollo de todas y cada una de las películas siempre ha sido un tanto decepcionante respecto a las expectativas creadas. Consecuencia de esto, a medida que han pasado los años el espectador se acostumbra, sabe lo que va a ver y, por lo tanto, espera lo que debe esperar de estas historias. Eso, sumado a que cada film explora diferentes aspectos sociales y sociológicos, han convertido esta saga en un loable experimento. Y la última entrega es la mejor prueba de ello.

A diferencia de las anteriores películas, La primera purga: La noche de las bestias aborda los orígenes de este universo ya conocido. Esa combinación entre lo conocido y el inicio de esta “tradición americana” provoca un fenómeno pocas veces visto en una película. Con una estructura idéntica a las últimas entregas, esta historia es posiblemente la más profunda en lo que a contenido sociológico se refiere. Planteado todo como un experimento, el desarrollo dramático termina revelando que dicho experimento, además de estar manipulado, es en realidad una herramienta política para controlar a la sociedad, y sobre todo para someter, atacar y destruir las clases bajas y marginales de las ciudades.

Desde ese punto de vista, la película ofrece multitud de reflexiones, tanto históricas como actuales (referencia implícita a Donald Trump incluida) sobre el modo en que se forjan determinados hitos. Pero más allá de eso y de cierta violencia bien ejecutada desde un punto de vista cinematográfico, el film ofrece pocos alicientes, más o menos como toda la serie. Los personajes, arquetípicos, apenas ofrecen cambios dramáticos, salvo el hecho de que en el último momento se ven obligados a sobrevivir. Los giros argumentales son más bien escasos y previsibles. Y el modo en que se desarrollan algunos aspectos de la trama no termina de ser consciente, recurriendo a que los personajes conozcan, casi de forma divina, lo que está ocurriendo hasta el más mínimo detalle sin que exista un tratamiento previo acorde.

Por tanto, La primera purga: La noche de las bestias puede ser vista de dos formas. Por un lado, como un producto más que trata de explotar una serie de películas de relativo éxito e interés con una historia idéntica para narrar los orígenes del universo mostrado. Por otro, como un film que complementa y supera, en muchos aspectos, a sus predecesores, cargando la narrativa con un ideario sociológico no visto hasta ahora. En el equilibrio de ambos extremos se encuentra este film que, sin ser notable, sí entretiene lo suficiente como para no resultar tedioso en ningún momento.

Nota: 6/10

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‘Predicador’ explora la importancia del miedo y la falta de fe en su 2ª T.


Si algo bueno tienen las adaptaciones literarias, de cómics o de cualquier otro producto cultural es poder apreciar las diferentes narrativas y argumentales entre el cine (o la televisión) con el original. No se trata de decir si uno es mejor que otro; ni siquiera consiste en intentar adivinar lo que va a ocurrir a continuación, utilizando la ventaja de conocer el original. En realidad, lo más interesantes es comprobar cómo una historia puede contarse de muchas formas diferentes aunque tenga, en esencia, el mismo desarrollo. Y eso es lo que, con éxito, está logrando Preacher (Predicador), que en su segunda temporada continúa esa incansable búsqueda de Dios, pero con muchos e imprescindibles matices.

Ahora que queda poco más de un mes para que comience la tercera temporada en Estados Unidos, es importante comprender que esta segunda etapa de la serie creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Supersalidos) y Seth Rogen (The interview) difiere notablemente del cómic creado por Garth Ennis y Steve Dillon en su desarrollo, pero no en su esencia. Más allá de la búsqueda divina, ‘leit motiv’ de esta trama, lo interesante se encuentra en los matices y, sobre todo, en la perfecta conjunción entre personajes y escenarios, entre dramatismo y humor negro. Bajo este prisma, la serie se convierte en algo único, un deleite para los sentidos que explora las miserias del ser humano… y de aquellos que no son del todo humanos.

De nuevo, la dinámica generada entre los tres protagonistas es lo que sustenta todo el relato. Esta segunda temporada de Predicador demuestra, y esto es algo a tener muy en cuenta para un guionista iniciado, que dicha dinámica no tiene que ser, necesariamente, positiva. Ni siquiera estar en el mismo nivel dramático en todo momento. Si en la primera etapa los tres personajes estaban íntimamente ligados por diferentes tipos de relaciones (creando un triángulo sólido), en estos 13 episodios dichas relaciones quedan fracturadas por los intereses y los problemas personales, que chocan unos con otros y alejan a los protagonistas. Así, la búsqueda del predicador interpretado por Dominic Cooper (Warcraft: El origen) deja de lado el miedo al que debe enfrentarse el rol de Ruth Negga (Loving) por El Santo de los Asesinos. Y en medio de todo esto, un vampiro que trata primero de ser el padre que nunca fue y, después, afrontar sus propios errores como hombre y como vampiro.

Y aunque pueda parecer contradictorio, tres arcos argumentales tan diferentes, tan propios, son los que hacen avanzar la trama de un modo sólido y único. Y es que, a pesar de líneas narrativas independientes, todo se desarrolla bajo el mismo paraguas, que no es otro que la falta de fe. Ya sea en Dios o en uno mismo, esta temporada aborda precisamente eso, la pérdida de nosotros mismos, de nuestra verdadera forma de ser. Da igual cual sea el origen (errores propios, miedo a la muerte, un camino que parece llevar a ninguna parte), lo cierto es que el resultado termina siendo el mismo para cada uno de los protagonistas. Y el modo en que lo afrontan, en solitario y alejados del resto, es lo que permite explorar sus debilidades de un modo que, de otro modo, no se podría.

Infierno y El Grial

En medio de esa búsqueda de la fe, la confianza y el sentido a nuestros actos, Predicador logra la máxima expresión de lo que comentábamos al inicio de este texto: las diferencias y similitudes entre el original y la adaptación. Entre las primeras destaca sobremanera el tratamiento que la serie hace del infierno. Muy en la línea de lo creado por Ennis y Dillon, ese infierno condena a las almas a revivir una y otra vez su recuerdo más doloroso, el que más les aterra. Y de nuevo, el humor más negro que pueda pensarse. Evidentemente, en un lugar tan malvado solo pueden estar los personajes más perversos de la Historia, entre ellos el propio Hitler. Este pequeño espacio de relato propio es utilizado por la ficción para volver a demostrar que en el relato nada es lo que parece, que todo se tergiversa hasta hacerlo más perverso bajo una imagen de cotidianidad. Así, ese infierno planteado como una cárcel casi militar sitúa a Hitler ante un infierno propio cuanto menos sorprendente, y a todas luces divertido.

En contraposición, la organización de El Grial está planteada casi como un calco de lo visto en los cómics, incluido el carácter de Herr Starr (Pip Torrens, visto en La chica danesa). Es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de esta segunda temporada, básicamente porque su presencia en el desarrollo dramático posterior es imprescindible para comprender el viaje del héroe. De ahí que los guionistas aprovechen esa falta de fe del protagonista a la hora de buscar a Dios para introducir esta organización, establecer las relaciones dramáticas entre ellos y sentar las bases del posterior conflicto que se vaya a desarrollar. Y aquí puede verse, en su máximo esplendor, la estructura argumental de esta temporada, construida de forma orgánica para que todas las líneas narrativas se nutran unas de otras. Lejos de plantear historias secundarias que corran de forma paralela a la principal (que también hay algo de esto), los creadores aprovechan los conflictos aparentemente secundarios para influir, en mayor o menor medida, en la historia principal protagonizada por Jesse Custer.

De este modo, la trama es capaz de crecer. Si antes hablábamos de la diferencia entre la primera y la segunda temporada en lo que a las relaciones entre los tres protagonistas se refiere, ahora es conveniente señalar que esto no deja de ser una forma de trasladar la dinámica que debe existir en una secuencia, en un acto y en un episodio (o una película) a un concepto mayor como es una serie de varias temporadas. Del éxito logrado en la primera temporada se pasa a las decepciones que se viven en esta segunda etapa. Y lo más probable es que la tercera temporada ahonde en estas diferencias y en el pasado de los protagonistas, a tenor de algunos datos ofrecidos en estos 13 capítulos. Pero eso es adelantar acontecimientos. La realidad es que la estructura dramática de esta entrega logra crecer en la adversidad, construyendo con mimo y cuidado los conflictos tanto internos de cada personaje como externos (ya sea entre amigos o enemigos).

Lo cierto es que la segunda temporada de Predicador confirma a esta serie como una de las más irreverentes que existen actualmente. Nada en ella está dejado al azar, ya sea por seguir la línea argumental del cómic, ya sea incorporando sus propios escenarios y tramas. El humor negro, la ironía y la violencia que roza el absurdo siguen siendo, por suerte, las señas de identidad de la serie, pero hay algo más. Algo que hace que la trama crezca, que los personajes adquieran más complejidad. Y en este caso, ese algo son sus miedos, sus errores del pasado y su frustración por no poder solventarlos como, hasta ahora, habían podido afrontar todos los conflictos. En definitiva, ponerles ante sus debilidades para que puedan crecer en la adversidad. Así las cosas, la serie afronta ahora, de continuar la estela del cómic original, los momentos más oscuros y dramáticos de todos. Teniendo en cuenta la originalidad y la frescura que aportan los guionistas, la expectación es máxima.

‘Deadpool 2’: la familia es lo primero


Vaya por delante que disfruté mucho, muchísimo, de aquella inteligente e irónica gamberrada titulada Deadpool. Con ese film de 2016 Ryan Reynolds (Criminal) lograba dos cosas: adaptar fielmente al cine un personaje tan controvertido como este mercenario, y hacer olvidar sus anteriores incursiones en el cine de superhéroes. Ahora, dos años después y habiendo sentado las bases, ¿puede ofrecer algo nuevo una continuación? Bueno, nuevo realmente no, pero dos horas de diversión, violencia y un humor muy muy negro, eso es incuestionable. Y en los tiempos que corren, esto convierte a esta cinta en algo fuera de lo común.

Aunque más allá de violencia extrema, palabrotas y un sinfín de referencias culturales modernas, la realidad es que Deadpool 2 es, ante todo, una historia, el camino de un antihéroe que, como él mismo explica en el film, toca fondo para volver a levantarse y encontrarse a sí mismo. Y ese camino, con sus altibajos en una película que en algún que otro momento se hace un poco lenta, está sólidamente construido, equilibrando drama y humor a partes iguales para aprovechar los conflictos externos a los que se enfrenta el héroe como mecanismos para desenredar su propio arco dramático interno, centrado en su necesidad de encontrar un significado a su vida, una familia que se le ha arrebatado. Dicho de otro modo, todo lo que ocurre en el film está enfocado a explorar los dilemas morales a los que se enfrenta este mercenario.

Y hasta ahí la parte más, digamos, seria cinematográficamente hablando. Porque esta cinta de David Leitch (Atómica) es puro entretenimiento, pura diversión que debe ser entendida como una parodia de… bueno, de absolutamente todo. La mano firme del director en las secuencias de acción logra algunos de los momentos más impactantes del relato, pero es el guión el verdadero protagonista de esta historia. Su capacidad para reírse de todo, desde el cine de superhéroes hasta de su propio protagonista (el actor, no el personaje, que también) hacen de esta segunda parte un delirio del metalenguaje cinematográfico que permite al relato traspasar sus propias fronteras cinematográficas para incrustarse de lleno en nuestra realidad. A este festival ayudan mucho los cameos, incluyendo los nuevos X-Men, un fugaz Brad Pitt (La gran apuesta), y unos títulos de crédito iniciales simplemente insuperables, de nuevo parodiando una saga caracterizada por sus ‘intros’ (es decir, James Bond). Por cierto, atentos a los textos que aparecen.

En definitiva, Deadpool 2 es más de lo que ya ofreció la primera parte. Y lo es en todos los sentidos. Más acción, más violencia, más humor y, sobre todo, más historia. No implica que sea necesariamente mejor, pero la realidad es que sí que lo es. Como suele pasar en todos estos films, una vez se ha narrado el origen del personaje, la película se centra de lleno en sus motivaciones, en sus miedos y los retos que debe afrontar. Y lo hace sin perder una pizca de todo aquello que convierte a este mercenario bocazas en lo que es. Lo mejor que se puede decir de esta segunda parte es que deja con ganas de más, con ganas de seguir explorando la psicología de este antihéroe y de verle agujereado, troceado y golpeado mientras salva el mundo.

Nota: 8/10

‘El justiciero’: a tiros con la serie B


Tipos duros, policías desbordados, venganza, crimen y una justicia fuera de la ley que aceptan incluso aquellos encargados de hacer cumplir las normas. Con todo lo que ha avanzado el cine, hay géneros y fórmulas que parecen tener siempre, sea la época que sea, un cierto interés para los espectadores. Y si eso se acompaña de un reparto y un director con cierto peso, el resultado es un film con sabor de serie B que, al menos, permite pasar un par de horas de entretenimiento.

Y precisamente eso es lo que propone Eli Roth (El infierno verde) en El justiciero, nueva versión de la novela escrita por Brian Garfield que ya fue llevada al cine en 1974 con Charles Bronson (Los siete magníficos). Entretenimiento que saca, o al menos lo intenta, los instintos más primarios del ser humano. Una suerte de reflejo de la justicia que muchos, en algún momento, habrán querido que se haga con alguna situación injusta que las fuerzas de la ley no son capaces de solucionar. Con un guión lineal, escaso de giros dramáticos pero cargado de secuencias violentas (y sangrientas, que en eso Roth es un maestro), la cinta no busca hacer reflexionar. Ni siquiera plantea algún tipo de intriga o suspense. Simple y llanamente, acción. Y eso no es necesariamente malo.

Eso no quiere decir, claro está, que sea bueno. A pesar de su carácter de serie B, de su planteamiento deliberadamente simplista y de la eficacia narrativa de Roth para sacar el máximo partido a la espiral de violencia en la que se introduce el protagonista interpretado por Bruce Willis (Mercancía peligrosa), lo cierto es que la película en ningún momento parece tomarse demasiado en serio a sí misma. Esto funciona por momentos, pero falla a la hora de la verdad, es decir, en aquellos puntos críticos de la trama donde el drama predomina sobre la violencia, o donde la tensión debe sobrevolar las secuencias. La falta de fuerza dramática se sustituye con una banda sonora algo estridente y, en ocasiones, innecesaria, lo que no ayuda al resultado final.

Esperar de El justiciero algo más que una vía de escape a nuestros deseos más oscuros sería esperar lo imposible. Pero incluso esta serie B podría ser algo mejor. Puliendo algunos aspectos de su narrativa tanto visual como sonora podríamos estar hablando de un film sobrio, no excelente pero sí notable. En cambio, estamos ante casi dos horas de un camino de venganza en el que todo sale bien porque todo el mundo entiende los motivos por los que se hace lo que se hace. Venganza sin sobresaltos, sin apenas giros argumentales y con mucha acción, mucha violencia y mucha sangre. Para ver en una sobremesa.

Nota: 6/10

‘Abracadabra’: hipnótico costumbrismo


He de confesar que la última película de Pablo Berger, Blancanieves (2012) no me impactó tanto como parece que ocurrió con crítica y público. Es cierto que la reflexión a la que invitaba era interesante, pero algo tuvo que no llegó a conmoverme como esperaba. Y lo mismo ocurre con su nueva historia, un drama costumbrista con el machismo y un cierto grado de violencia como telón de fondo y la fantasía como vehículo para una historia que cuenta más de lo que a primera vista podría parecer.

Porque Abracadabra tiene muchas interpretaciones, desde la social a la puramente humana, pasando por la ironía de muchos de sus personajes e incluso por una suerte de terror que en algún que otro momento parece querer llevar la trama por derroteros muy diferentes a los que podría preverse. Todas estas formas de analizar esta cinta se traducen en un guión sólido, plagado de tantos momentos cómicos como dramáticos, con un final simbólico y a la vez esperanzador, y con un reparto que, en pocas palabras, está insuperable, en especial el trío protagonista formado por Maribel Verdú (15 años y un día), Antonio de la Torre (Caníbal) y José Mota (Ekipo Ja). Todo ello conforma una obra que se mueve por escenarios físicos y dramáticos conocidos, pero que a través del objetivo de Berger parecen adquirir un aroma diferente, a veces más rancio y a veces más surrealista.

Entonces, ¿qué hay de malo? En realidad nada. El problema radica en la narrativa de Berger, tan sobria como inexpresiva. Salvo en su tramo final, y en alguna secuencia puntual, el director lleva la cinta con pulso firme pero sin demasiada personalidad en lo que a propuesta visual se refiere. Tal vez se deba al hecho de que la historia, a pesar de sus elementos originales, no deja de ser en el fondo algo que ya ha sido contado en otras ocasiones con una mayor fuerza dramática. Y tal vez se deba también a que en ningún momento parece apostar por ninguno de los géneros a los que pertenece, quedándose en tierra de nadie e impidiendo una conexión más profunda con lo que ocurre en pantalla. Sí, entretiene e invita a la reflexión, sobre todo con su mensaje final, pero todo transcurre como si de un mero relato inocente se tratara. Y eso no concuerda con la sensación que deja en el espectador.

Al final, Abracadabra se pierde ligeramente en su indefinición. El toque cómico de Mota, cuya labor en la cinta se aprecia más allá incluso de su propio personaje, contrasta de forma radical con la violencia y el embrutecimiento del rol de De la Torre. Y en medio de todo eso, una Verdú a ratos divertida, a ratos aterrada, a ratos dramática. Esta amalgama no logra funcionar, o al menos no a la altura del contenido del relato, muy superior en conceptos, desarrollo de personajes y trasfondo moral y social, de lo que la puesta en escena sugiere. Es, en resumen, una película que hace reír, que siempre se ve con una sonrisa incluso en sus momentos más dramáticos, y que arroja un mensaje que tiende a olvidarse demasiado rápido, sobre todo por la gravedad y la importancia del mismo en la sociedad en la que vivimos.

Nota: 6,5/10

‘Vivir de noche’: el pasado siempre vuelve


Ben Affleck dirige y protagoniza 'Vivir de noche'.Con cada película que hace, Ben Affleck (Argo) se confirma por partida doble. Se confirma con un director más que notable, con un lenguaje narrativo sobrio a la par que bello y sumamente expresivo. Y se confirma como un actor muy limitado, sobre todo si da vida a personajes con una expresividad relativamente alta. Su último film como director, guionista y actor confirman la máxima, lo que puede llegar a dejar un sabor agridulce en el paladar para los amantes del cine de gánsteres y, en general, para los amantes del buen cine.

En efecto, Vivir de noche es un film completo y complejo en el que más allá de la violencia del mundo en el que se desarrolla la trama, durante la Ley Seca de Estados Unidos, se aborda en realidad la evolución de una sociedad convulsa, marcada por una Gran Depresión y el miedo a lo diferente. En este marco, Affleck desarrolla una historia (basada en una novela de Dennis Lehane, autor de ‘Mystic River’ o ‘Shutter Island’) de un modo extremadamente lineal pero con muchas ramificaciones que enriquecen la aparente simplicidad de la propuesta. Con un reparto de altura y una factura técnica impecable, la cinta aborda temas como el racismo, la violencia y, sobre todo, el modo en que el pasado marca nuestras vidas incluso cuando parece que ha quedado definitivamente enterrado. El final, en este sentido, es tan impactante como esclarecedor. La historia, asimismo, está salpicada de secuencias de acción brillantemente ejecutadas, sobre todo el clímax final.

El problema es el propio Affleck. Si bien es cierto que su personaje adolece de cierta melancolía durante buena parte del metraje, el actor no logra imprimirle la naturalidad que debería, sobre todo en la segunda mitad de la trama. De hecho, contrasta sobremanera con el resto del reparto y, especialmente, con los personajes con los que comparte más planos. No son pocos los momentos en los que resta emotividad y dramatismo a las escenas compartidas, amén de un discurso pro igualdad racial que, aunque intenso, está enunciado con una falta de sentimiento bastante evidente. Todo ello termina por afectar a algunas partes del desarrollo dramático.

Puede que Vivir de noche no sea una película intensa, pero sin duda es una obra muy rica en matices. Tanto que es importante no perder detalle del desarrollo de la trama. Con un equilibrio espléndido entre drama y acción, entre el bien y el mal, Affleck logra como director una cinta compleja que reflexiona sobre el modo en que nuestras acciones tienen consecuencias, sobre cómo el pasado nos acosa hasta encontrarnos en el momento que menos se espera. Todo ello en un contexto social que muchas veces se pasa por alto en este tipo de films. El problema es, como suele ocurrir en sus películas, que él mismo se pone delante de las cámaras. Aunque, hay que reconocerlo, no es algo insalvable en este caso.

Nota: 7,5/10

4ª T. de ‘Ray Donovan’, o cómo llevar al límite a un personaje


Familia y crimen, más unidos que nunca en la cuarta temporada de 'Ray Donovan'.Los seguidores de Ray Donovan habrán apreciado que la serie creada por Ann Biderman (serie Southland) suele separar de forma más o menos clara los problemas familiares del protagonista con sus “problemas laborales”. Ya en la tercera temporada comenzó a cambiar esta dinámica, y en los 12 episodios que conforman su última etapa televisiva dicho cambio no solo continúa, sino que parece confirmarse con un viaje a los infiernos del rol interpretado magistralmente por Liev Schreiber (Spotlight).

En efecto, la fusión de tramas que comenzó en los anteriores capítulos adquiere en esta nueva temporada un cariz mucho más violento y dramático, enfocando el trabajo narrativo hacia la creación de una única trama principal con ramificaciones secundarias, en lugar de diversas tramas con influencias sobre la historia protagonista. El resultado de todo ello es un mundo mucho más rico e interconectado en el que las decisiones de cada personaje tiene relevancia, al menos, para el antihéroe de esta historia. Pero también, y eso es quizá lo más interesante, genera consecuencias para todos ellos, incluyendo las últimas incorporaciones de roles secundarios.

La ingeniería narrativa de Ray Donovan, por tanto, alcanza un nuevo nivel, más sofisticado y complejo, confirmando la evolución de esta más que notable serie. El viaje del protagonista a lo largo de los episodios se revela como una suerte de epifanía con la que llega a comprender que ha abandonado su verdadera naturaleza. Y lo más curioso es que la temporada comienza, precisamente, con un Ray Donovan que parece haber encontrado el camino correcto para salir de la espiral de violencia en la que está sumergido.

Pero como decimos, este viaje no sirve únicamente para descubrir que el personaje de Schreiber no podrá cambiar, sino para comprender que trabajo y familia están íntimamente ligados, algo que siempre se ha intuido a lo largo de la serie pero que ahora toma forma. Y esto se consigue gracias, sobre todo, a una evolución de los acontecimientos narrados en la anterior temporada, es decir, tomando como punto de partida algo ya conocido por el espectador; una continuidad que dota de una mayor entidad a la serie, que por cierto alcanza unas cotas de violencia bastante inusitadas en una ficción ya de por sí bastante agresiva.

Entre boxeadores anda el juego

En esta evolución, sin embargo, la cuarta temporada de Ray Donovan tiene sus más y sus menos. El carácter integrador de su narrativa se sustenta en algunas historias secundarias que podrían considerarse, cuanto menos, excesivamente largas. Desde luego, el ejemplo más claro es el del boxeador y su relación incestuosa con su hermana. La forma en que se aborda esta trama, al menos narrativamente hablando, resulta excesivamente circular, volviendo sobre el único conflicto una y otra vez sin que nunca llegue a resolverse, como si fuera necesario alargar su presencia en la historia hasta el final de la temporada.

Si bien es cierto que se adorna con diversos conflictos menores, y que de hecho permite a la serie reformular algunos de sus conceptos dramáticos, sobre todo los que tienen que ver con la familia Donovan y la relación entre el protagonista y el hermano interpretado por Eddie Marsan (La verdad duele), el tratamiento dado tanto a la historia como a los secundarios que la protagonizan resulta un tanto incongruente en tanto en cuanto se repite el conflicto en demasiadas ocasiones, dando además soluciones temporales que se antojan similares, muy similares.

El otro ejemplo, aunque en esta ocasión menos evidente, es el de la historia protagonizada por Jon Voight (Más allá). En esta temporada, más que nunca, su personaje parece fuera de órbita de la trama principal. De hecho, los acontecimientos de este desarrollo no parecen tener mucho impacto en las secuencias más relevantes. Pero solo lo parece, porque de hecho la función de esta línea argumental es la de acercar posturas entre el protagonista y su padre, ahondando la serie en el concepto familiar que resulta fundamental en su concepción. Sí es cierto que el regreso una y otra vez a los mismos errores de este personaje pueden antojarse un recurso algo manido después de cuatro años, pero la realidad es que, por un lado, permite hacer evolucionar la historia, y por otro cuenta como epicentro con uno de los actores más en forma de la serie, por no hablar de un personaje que termina por hacerse querer.

En cierto modo, Ray Donovan logra en esta cuarta temporada la que posiblemente sea la mejor historia de la serie, demostrando que todavía tiene margen de crecimiento. La búsqueda por parte de sus creadores de una nueva fórmula que aúne los dos pilares fundamentales de la serie en un único desarrollo dramático augura un futuro brillante si se trata de forma coherente y sin perderse en la necesidad de concesiones dramáticas, algo que por otro lado no parece propio de esta ficción. Es raro encontrar una serie capaz de mejorar temporada tras temporada incluso con sus posibles errores, y Ray Donovan es de esos raros productos.

El inicio de ‘Star Wars’ llega a los cines con ‘Rogue One’


estrenos-16diciembre2016Varios son los estrenos que se presentan en la cartelera española este viernes, 16 de diciembre, pero en realidad todo parece estar eclipsado por el que es uno de los títulos más esperados, sobre todo por los fans de ‘Star Wars’. Y es que el primero de los spin off que se están preparando para completar el mundo galáctico creado por George Lucas llega a las salas de cine españolas. Con todo, para aquellos que busquen algo diferente a la espectacularidad y la acción de esta propuesta, también hay donde elegir.

Pero desde luego, la cinta más esperada es Rogue One: Una historia de Star Wars, cuya historia se ambienta tiempo antes de aquel primer film dirigido por Lucas y titulado Star Wars: Una nueva esperanza. En concreto, la trama narra cómo un puñado de héroes de la rebelión lograron hacerse con los planos de la Estrella de la Muerte que, posteriormente, pudieron destruir gracias a Luke Skywalker. Aventura, acción y espectaculares efectos especiales son los ingredientes de este film que llega el jueves y que está dirigido por Gareth Edwards (Godzilla) y protagonizado por Felicity Jones (Inferno), Mads Mikkelsen (Doctor Strange), Alan Tudyk (Oddball), Donnie Yen (Dragón), Ben Mendelsohn (Exodus: Dioses y reyes), Forest Whitaker (La llegada), Diego Luna (Blood father) y Alistair Petrie (El rostro de un ángel), entre muchos otros.

En lo que respecta al resto de estrenos, destaca la británica El infiltrado, film dirigido por Brad Furman (Runner Runner) que adapta el libro de Robert Mazur, policía que se infiltró en una banda de narcotraficantes colombianos junto a otros dos compañeros. Bryan Cranston (Trumbo: la lista negra de Hollywood), John Leguizamo (Hermanísimas) y Diane Kruger (De padres a hijas) dan vida al trío protagonista, a los que se suman Amy Ryan (El puente de los espías), Benjamin Bratt (Infiltrados en Miami) y Juliet Aubrey (El jardinero fiel).

También es interesante Operación Anthropoid, coproducción de Reino Unido, Francia y la República Checa que narra el atentado contra Reinhard Heydrich, uno de los más temidos jerarcas nazis e ideólogo del Holocausto. Conocido como ‘El carnicero de Praga’ o ‘El Verdugo’, su asesinato a manos de la resistencia checa entrenada por el ejército británico se enmarca dentro de una operación orquestada por Winston Churchill para desestabilizar el nazismo en la zona. Dirigida por Sean Ellis (Metro Manila), la cinta está protagonizada por Jamie Dornan (Cincuenta sombras de Grey), Cillian Murphy (En el corazón del mar), Charlotte Le Bon (El desafío), Toby Jones (El hombre que conocía el infinito) y Bill Milner (Winter).

Desde Francia llega el drama Éternité, adaptación de la novela de Alice Ferney acerca de los encuentros que dan vida a un árbol genealógico, desde una joven de 20 años que se casa en el siglo XIX hasta su nieta, que recorre un puente de París para encontrarse con su novio 100 años después. Dirigida por Tran Anh Hung (Tokio Blues), la película cuenta con un notable reparto encabezado por Audrey Tautou (La delicadeza), Bérénice Bejo (El pasado), Mélanie Laurent (Enemy), Jérémie Renier (Saint Laurent) y Pierre Deladonchamps (El desconocido del lago).

Francia también está presente en El tesoro, film que produce junto a Rumanía y que ha sido escrito y dirigido por Corneliu Porumboiu (12:08 al este de Bucarest). La cinta, de 2015, arranca cuando un joven padre al que le gusta leerle a su hijo las aventuras de Robin Hood para ayudarle a dormir recibe la visita de su vecino. El motivo no es otro que explicarle que cabe la posibilidad de que en su jardín haya enterrado un tesoro. Aunque al principio no lo cree, sus ganas de aventuras podrán finalmente con su escepticismo. Cuzin Toma (Ursul), Corneliu Cozmei, Adrian Purcarescu y Cristina Cuzina Toma encabezan el reparto.

Otro de los estrenos puramente europeos es La comuna, cinta con capital danés, sueco y de los Países Bajos cuya historia se centra en un matrimonio que, al heredar un viejo caserón, decide invitar a vivir a varios amigos a la vivienda. Desde ese momento todas las decisiones se toman en común, y las discusiones se convierten en lo habitual. Pero el delicado equilibrio se verá amenazado cuando el hombre, profesor de arquitectura, se enamore de una alumna suya que se ha mudado a la casa. Dirigida por Thomas Vinterberg (La caza), este drama cuenta en su reparto con Ulrich Thomsen (serie Banshee), Fares Fares (El niño 44), Trine Dyrholm (Alguien a quien amar), Ole Dupont (Comeback), Julie Agente Vang (Rosita) y Lars Ranthe (Kartellet).

España y Argentina producen El faro de las orcas, drama basado en la novela de Roberto Bubas que sigue el viaje de una madre con su hijo autista hasta la Patagonia Argentina. Allí conocerán a un guardafauna con una relación muy especial con las orcas de esta zona del mundo. La relación que establecen los tres cambiará sus vidas para siempre. Gerardo Olivares (Entrelobos) dirige esta película protagonizada por Maribel Verdú (Felices 140), Osvaldo Santoro (Séptimo), Ana Celentano (La isla del viento), Joaquín Rapalini (Las Ineses), Joaquín Furriel (Cien años de perdón) y Ciro Miró (Que Dios nos perdone).

También es una coproducción, en este caso entre España y República Dominicana, el drama romántico Falling, cinta escrita y dirigida por Ana Rodríguez Rosell (Buscando a Eimish) cuya trama arranca cuando un hombre decide invitar por un día a su ex mujer a República Dominicana, donde vivieron algunos de sus mejores años. Si ella acepta, después de esas 24 horas le entragará las llaves de la casa que ambos tienen en Berlín. Tiempo que, además, el aprovechará para tratar de cambiar los recuerdos que su ex tiene de su relación. El reparto está encabezado por Emma Suárez (Julieta), Birol Ünel (Noche de venganza), Alejandrina Castillo, Gabriel Tineo y Celines Toribio (America).

Puramente latinoamericana es Violencia, ópera prima escrita y dirigida en 2015 por Jorge Forero que cuenta con capital colombiano y mexicano y cuyo argumento se divide en tres historias protagonizadas por tres personajes rodeados de una violencia que está por encima de ellos. A través de sus pequeñas decisiones para poder sobrevivir se aborda la realidad de un país y la tragedia de la guerra. Rodrigo Vélez (El vuelco del cangrejo), Nelson Camayo (El páramo) y David Aldana son los protagonistas.

Finalmente, una de animación. Axel, el pequeño gran héroe es una producción china de 2014 que alerta sobre los riesgos del cambio climático con una historia que transcurre en el planeta Cacahuete, donde un joven alborotador de un pueblo que padece una sequía extrema emprenderá un viaje en busca de un bosque que ha visto en sueños y que podría ser la salvación no solo de sus vecinos, sino de todo el planeta. La cinta supone el debut en el largometraje de Leo Lee.

‘Animales nocturnos’: la belleza de una historia de violencia


La belleza y la violencia se dan cita en 'Animales nocturnos' de Tom Ford.Son solo dos películas a sus espaldas, pero Tom Ford ha logrado hacerse un hueco como director de prestigio. Un hombre soltero, dirigida en 2009, supuso su debut, pero su nuevo film es una consagración en un tipo de arte diferente al que nos tiene acostumbrado este diseñador de moda. Lo cierto es que habrá muchos para los que los calificativos se acaben a la hora de definir esta película, y no es de extrañar. Todo en ella, hasta el más mínimo detalle, está pensado para narrar una historia llena de contrastes, tan sencilla y directa como compleja e interpretable.

Y ese puede que sea el mayor atractivo de Animales nocturnos, al menos en lo que se refiere a su contenido. Con un desarrollo dramático que salta de la ficción al presente para viajar al pasado, la maestría de Ford a la hora de narrar la trama es brillante, logrando no solo que el espectador pueda seguir perfectamente el hilo argumental, sino aplicando un sentido artístico a las transiciones pocas veces visto en una película. Más allá de esto, el hecho de que convivan en el relato hasta tres momentos diferentes (con tres historias casi independientes) hace que la cinta posea varios niveles interpretativos que discurren de forma paralela hasta un punto final en común que, como no podía ser de otro modo, quedan maravillosamente reflejados en el rostro de una impecable Amy Adams, que tiene serias opciones de lograr un Oscar, ya sea por esta interpretación o por la de La llegada.

En realidad, Adams es solo un ejemplo a destacar de un reparto ejemplar. Y junto al reparto, el resto de elementos. Desde la banda sonora, a medio camino entre lo perturbador y lo emotivo, hasta la fotografía, pasando por la composición dramática del plano o el lenguaje visual y sonoro utilizado durante todo el film. Todo en esta película desprende un aire preciosista y detallista, tan bello y cautivador como violento y algo desagradable. Nada se deja al azar en esta historia, e incluso los paisajes parecen estar diseñados para transmitir determinadas emociones al espectador. Y es gracias a esto que la película adquiere una nueva dimensión, engrandeciendo una ya de por sí interesante trama.

Desde luego, Animales nocturnos es una de las cintas del año. No haré ninguna apuesta sobre cuántas nominaciones logrará, pero sí parece claro que una película de Tom Ford volverá a competir por varias estatuillas. Y no es de extrañar. Pocos directores actuales son capaces de transmitir tanto en un solo plano como, por ejemplo, el que cierra esta historia. Y muy pocos son capaces de sacar tanto de sus actores, de sus decorados y de todos los elementos que componen una película. Se le puede acusar de pretencioso, de algunos diálogos insustanciales o de una estética que, para muchos, puede no concordar con lo que se cuenta. Pero nada de eso es relevante ante la belleza y la perfección que emana cada fotograma de esta película.

Nota: 8/10

‘La chica del tren’: juegos de memoria


Emily Blunt es 'La chica del tren' que presencia un asesinato.Si al terminar la nueva película de Tate Taylor (Criadas y señoras) uno empieza a recordar Perdida (2014), de David Fincher, es normal. Ambos films comparten una estructura narrativa, una temática y unos personajes cuyos caracteres se parecen vagamente, en algunos casos demasiado. Y evidentemente, la primera sale perdiendo respecto de la segunda. Pero el problema de La chica del tren no es parecerse a algo ya visto, sino su propio concepto de la historia.

Esta película, que adapta la famosa novela de Paula Hawkins, es en realidad un juego de memoria, una intriga basada en las lagunas de una alcohólica. Bajo esa premisa se construye una trama ciertamente débil, tópica como pocas que logra mantenerse a flote principalmente gracias a la labor de sus actores, sobre todo de Emily Blunt (Into the woods) y Justin Theroux (Zoolander 2), que aportan solidez a unos personajes ya de por sí bien construidos. Pero más allá de esto, la historia se revela excesivamente previsible, desvelando el principal secreto a mitad de metraje y, por tanto, dando pistas sobre la identidad del asesino.

Ahora bien, resulta interesante el arco dramático de la protagonista y cómo su mente se reconstruye poco a poco, no solo en los acontecimientos que centran este thriller, sino en un pasado que nos hace creer una cosa para luego revelarnos algo muy diferente. Es aquí donde más similitudes se pueden encontrar con la historia de David Fincher, y también donde la obra de Taylor tiene más debilidades. No en vano, a pesar del efectismo que supone dar un giro a la interpretación dramática de los acontecimientos, la realidad es que la historia deja algunas lagunas importantes que no pueden justificarse con la resolución de la historia.

Y a toda esta irregularidad se suma una narrativa algo pesada y reiterativa de Donovan. Durante muchos momentos La chica del tren quiere incidir en el alcoholismo de la protagonista, en los problemas que eso le genera con todos los que la rodean y en sus propias dudas morales. Y todo ese tiempo se quita de, por ejemplo, desarrollar más la relación con algunos secundarios que podría haber dotado de más carga dramática al giro interpretativo que pretende dar. Al final, la película se hace entretenida, puede que interesante para muchos espectadores, pero tiene más humo que fuego, y la sensación que produce es que pretende jugar más con la memoria que con los hechos ocurridos.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

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