‘Abracadabra’: hipnótico costumbrismo


He de confesar que la última película de Pablo Berger, Blancanieves (2012) no me impactó tanto como parece que ocurrió con crítica y público. Es cierto que la reflexión a la que invitaba era interesante, pero algo tuvo que no llegó a conmoverme como esperaba. Y lo mismo ocurre con su nueva historia, un drama costumbrista con el machismo y un cierto grado de violencia como telón de fondo y la fantasía como vehículo para una historia que cuenta más de lo que a primera vista podría parecer.

Porque Abracadabra tiene muchas interpretaciones, desde la social a la puramente humana, pasando por la ironía de muchos de sus personajes e incluso por una suerte de terror que en algún que otro momento parece querer llevar la trama por derroteros muy diferentes a los que podría preverse. Todas estas formas de analizar esta cinta se traducen en un guión sólido, plagado de tantos momentos cómicos como dramáticos, con un final simbólico y a la vez esperanzador, y con un reparto que, en pocas palabras, está insuperable, en especial el trío protagonista formado por Maribel Verdú (15 años y un día), Antonio de la Torre (Caníbal) y José Mota (Ekipo Ja). Todo ello conforma una obra que se mueve por escenarios físicos y dramáticos conocidos, pero que a través del objetivo de Berger parecen adquirir un aroma diferente, a veces más rancio y a veces más surrealista.

Entonces, ¿qué hay de malo? En realidad nada. El problema radica en la narrativa de Berger, tan sobria como inexpresiva. Salvo en su tramo final, y en alguna secuencia puntual, el director lleva la cinta con pulso firme pero sin demasiada personalidad en lo que a propuesta visual se refiere. Tal vez se deba al hecho de que la historia, a pesar de sus elementos originales, no deja de ser en el fondo algo que ya ha sido contado en otras ocasiones con una mayor fuerza dramática. Y tal vez se deba también a que en ningún momento parece apostar por ninguno de los géneros a los que pertenece, quedándose en tierra de nadie e impidiendo una conexión más profunda con lo que ocurre en pantalla. Sí, entretiene e invita a la reflexión, sobre todo con su mensaje final, pero todo transcurre como si de un mero relato inocente se tratara. Y eso no concuerda con la sensación que deja en el espectador.

Al final, Abracadabra se pierde ligeramente en su indefinición. El toque cómico de Mota, cuya labor en la cinta se aprecia más allá incluso de su propio personaje, contrasta de forma radical con la violencia y el embrutecimiento del rol de De la Torre. Y en medio de todo eso, una Verdú a ratos divertida, a ratos aterrada, a ratos dramática. Esta amalgama no logra funcionar, o al menos no a la altura del contenido del relato, muy superior en conceptos, desarrollo de personajes y trasfondo moral y social, de lo que la puesta en escena sugiere. Es, en resumen, una película que hace reír, que siempre se ve con una sonrisa incluso en sus momentos más dramáticos, y que arroja un mensaje que tiende a olvidarse demasiado rápido, sobre todo por la gravedad y la importancia del mismo en la sociedad en la que vivimos.

Nota: 6,5/10

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‘Vivir de noche’: el pasado siempre vuelve


Ben Affleck dirige y protagoniza 'Vivir de noche'.Con cada película que hace, Ben Affleck (Argo) se confirma por partida doble. Se confirma con un director más que notable, con un lenguaje narrativo sobrio a la par que bello y sumamente expresivo. Y se confirma como un actor muy limitado, sobre todo si da vida a personajes con una expresividad relativamente alta. Su último film como director, guionista y actor confirman la máxima, lo que puede llegar a dejar un sabor agridulce en el paladar para los amantes del cine de gánsteres y, en general, para los amantes del buen cine.

En efecto, Vivir de noche es un film completo y complejo en el que más allá de la violencia del mundo en el que se desarrolla la trama, durante la Ley Seca de Estados Unidos, se aborda en realidad la evolución de una sociedad convulsa, marcada por una Gran Depresión y el miedo a lo diferente. En este marco, Affleck desarrolla una historia (basada en una novela de Dennis Lehane, autor de ‘Mystic River’ o ‘Shutter Island’) de un modo extremadamente lineal pero con muchas ramificaciones que enriquecen la aparente simplicidad de la propuesta. Con un reparto de altura y una factura técnica impecable, la cinta aborda temas como el racismo, la violencia y, sobre todo, el modo en que el pasado marca nuestras vidas incluso cuando parece que ha quedado definitivamente enterrado. El final, en este sentido, es tan impactante como esclarecedor. La historia, asimismo, está salpicada de secuencias de acción brillantemente ejecutadas, sobre todo el clímax final.

El problema es el propio Affleck. Si bien es cierto que su personaje adolece de cierta melancolía durante buena parte del metraje, el actor no logra imprimirle la naturalidad que debería, sobre todo en la segunda mitad de la trama. De hecho, contrasta sobremanera con el resto del reparto y, especialmente, con los personajes con los que comparte más planos. No son pocos los momentos en los que resta emotividad y dramatismo a las escenas compartidas, amén de un discurso pro igualdad racial que, aunque intenso, está enunciado con una falta de sentimiento bastante evidente. Todo ello termina por afectar a algunas partes del desarrollo dramático.

Puede que Vivir de noche no sea una película intensa, pero sin duda es una obra muy rica en matices. Tanto que es importante no perder detalle del desarrollo de la trama. Con un equilibrio espléndido entre drama y acción, entre el bien y el mal, Affleck logra como director una cinta compleja que reflexiona sobre el modo en que nuestras acciones tienen consecuencias, sobre cómo el pasado nos acosa hasta encontrarnos en el momento que menos se espera. Todo ello en un contexto social que muchas veces se pasa por alto en este tipo de films. El problema es, como suele ocurrir en sus películas, que él mismo se pone delante de las cámaras. Aunque, hay que reconocerlo, no es algo insalvable en este caso.

Nota: 7,5/10

4ª T. de ‘Ray Donovan’, o cómo llevar al límite a un personaje


Familia y crimen, más unidos que nunca en la cuarta temporada de 'Ray Donovan'.Los seguidores de Ray Donovan habrán apreciado que la serie creada por Ann Biderman (serie Southland) suele separar de forma más o menos clara los problemas familiares del protagonista con sus “problemas laborales”. Ya en la tercera temporada comenzó a cambiar esta dinámica, y en los 12 episodios que conforman su última etapa televisiva dicho cambio no solo continúa, sino que parece confirmarse con un viaje a los infiernos del rol interpretado magistralmente por Liev Schreiber (Spotlight).

En efecto, la fusión de tramas que comenzó en los anteriores capítulos adquiere en esta nueva temporada un cariz mucho más violento y dramático, enfocando el trabajo narrativo hacia la creación de una única trama principal con ramificaciones secundarias, en lugar de diversas tramas con influencias sobre la historia protagonista. El resultado de todo ello es un mundo mucho más rico e interconectado en el que las decisiones de cada personaje tiene relevancia, al menos, para el antihéroe de esta historia. Pero también, y eso es quizá lo más interesante, genera consecuencias para todos ellos, incluyendo las últimas incorporaciones de roles secundarios.

La ingeniería narrativa de Ray Donovan, por tanto, alcanza un nuevo nivel, más sofisticado y complejo, confirmando la evolución de esta más que notable serie. El viaje del protagonista a lo largo de los episodios se revela como una suerte de epifanía con la que llega a comprender que ha abandonado su verdadera naturaleza. Y lo más curioso es que la temporada comienza, precisamente, con un Ray Donovan que parece haber encontrado el camino correcto para salir de la espiral de violencia en la que está sumergido.

Pero como decimos, este viaje no sirve únicamente para descubrir que el personaje de Schreiber no podrá cambiar, sino para comprender que trabajo y familia están íntimamente ligados, algo que siempre se ha intuido a lo largo de la serie pero que ahora toma forma. Y esto se consigue gracias, sobre todo, a una evolución de los acontecimientos narrados en la anterior temporada, es decir, tomando como punto de partida algo ya conocido por el espectador; una continuidad que dota de una mayor entidad a la serie, que por cierto alcanza unas cotas de violencia bastante inusitadas en una ficción ya de por sí bastante agresiva.

Entre boxeadores anda el juego

En esta evolución, sin embargo, la cuarta temporada de Ray Donovan tiene sus más y sus menos. El carácter integrador de su narrativa se sustenta en algunas historias secundarias que podrían considerarse, cuanto menos, excesivamente largas. Desde luego, el ejemplo más claro es el del boxeador y su relación incestuosa con su hermana. La forma en que se aborda esta trama, al menos narrativamente hablando, resulta excesivamente circular, volviendo sobre el único conflicto una y otra vez sin que nunca llegue a resolverse, como si fuera necesario alargar su presencia en la historia hasta el final de la temporada.

Si bien es cierto que se adorna con diversos conflictos menores, y que de hecho permite a la serie reformular algunos de sus conceptos dramáticos, sobre todo los que tienen que ver con la familia Donovan y la relación entre el protagonista y el hermano interpretado por Eddie Marsan (La verdad duele), el tratamiento dado tanto a la historia como a los secundarios que la protagonizan resulta un tanto incongruente en tanto en cuanto se repite el conflicto en demasiadas ocasiones, dando además soluciones temporales que se antojan similares, muy similares.

El otro ejemplo, aunque en esta ocasión menos evidente, es el de la historia protagonizada por Jon Voight (Más allá). En esta temporada, más que nunca, su personaje parece fuera de órbita de la trama principal. De hecho, los acontecimientos de este desarrollo no parecen tener mucho impacto en las secuencias más relevantes. Pero solo lo parece, porque de hecho la función de esta línea argumental es la de acercar posturas entre el protagonista y su padre, ahondando la serie en el concepto familiar que resulta fundamental en su concepción. Sí es cierto que el regreso una y otra vez a los mismos errores de este personaje pueden antojarse un recurso algo manido después de cuatro años, pero la realidad es que, por un lado, permite hacer evolucionar la historia, y por otro cuenta como epicentro con uno de los actores más en forma de la serie, por no hablar de un personaje que termina por hacerse querer.

En cierto modo, Ray Donovan logra en esta cuarta temporada la que posiblemente sea la mejor historia de la serie, demostrando que todavía tiene margen de crecimiento. La búsqueda por parte de sus creadores de una nueva fórmula que aúne los dos pilares fundamentales de la serie en un único desarrollo dramático augura un futuro brillante si se trata de forma coherente y sin perderse en la necesidad de concesiones dramáticas, algo que por otro lado no parece propio de esta ficción. Es raro encontrar una serie capaz de mejorar temporada tras temporada incluso con sus posibles errores, y Ray Donovan es de esos raros productos.

El inicio de ‘Star Wars’ llega a los cines con ‘Rogue One’


estrenos-16diciembre2016Varios son los estrenos que se presentan en la cartelera española este viernes, 16 de diciembre, pero en realidad todo parece estar eclipsado por el que es uno de los títulos más esperados, sobre todo por los fans de ‘Star Wars’. Y es que el primero de los spin off que se están preparando para completar el mundo galáctico creado por George Lucas llega a las salas de cine españolas. Con todo, para aquellos que busquen algo diferente a la espectacularidad y la acción de esta propuesta, también hay donde elegir.

Pero desde luego, la cinta más esperada es Rogue One: Una historia de Star Wars, cuya historia se ambienta tiempo antes de aquel primer film dirigido por Lucas y titulado Star Wars: Una nueva esperanza. En concreto, la trama narra cómo un puñado de héroes de la rebelión lograron hacerse con los planos de la Estrella de la Muerte que, posteriormente, pudieron destruir gracias a Luke Skywalker. Aventura, acción y espectaculares efectos especiales son los ingredientes de este film que llega el jueves y que está dirigido por Gareth Edwards (Godzilla) y protagonizado por Felicity Jones (Inferno), Mads Mikkelsen (Doctor Strange), Alan Tudyk (Oddball), Donnie Yen (Dragón), Ben Mendelsohn (Exodus: Dioses y reyes), Forest Whitaker (La llegada), Diego Luna (Blood father) y Alistair Petrie (El rostro de un ángel), entre muchos otros.

En lo que respecta al resto de estrenos, destaca la británica El infiltrado, film dirigido por Brad Furman (Runner Runner) que adapta el libro de Robert Mazur, policía que se infiltró en una banda de narcotraficantes colombianos junto a otros dos compañeros. Bryan Cranston (Trumbo: la lista negra de Hollywood), John Leguizamo (Hermanísimas) y Diane Kruger (De padres a hijas) dan vida al trío protagonista, a los que se suman Amy Ryan (El puente de los espías), Benjamin Bratt (Infiltrados en Miami) y Juliet Aubrey (El jardinero fiel).

También es interesante Operación Anthropoid, coproducción de Reino Unido, Francia y la República Checa que narra el atentado contra Reinhard Heydrich, uno de los más temidos jerarcas nazis e ideólogo del Holocausto. Conocido como ‘El carnicero de Praga’ o ‘El Verdugo’, su asesinato a manos de la resistencia checa entrenada por el ejército británico se enmarca dentro de una operación orquestada por Winston Churchill para desestabilizar el nazismo en la zona. Dirigida por Sean Ellis (Metro Manila), la cinta está protagonizada por Jamie Dornan (Cincuenta sombras de Grey), Cillian Murphy (En el corazón del mar), Charlotte Le Bon (El desafío), Toby Jones (El hombre que conocía el infinito) y Bill Milner (Winter).

Desde Francia llega el drama Éternité, adaptación de la novela de Alice Ferney acerca de los encuentros que dan vida a un árbol genealógico, desde una joven de 20 años que se casa en el siglo XIX hasta su nieta, que recorre un puente de París para encontrarse con su novio 100 años después. Dirigida por Tran Anh Hung (Tokio Blues), la película cuenta con un notable reparto encabezado por Audrey Tautou (La delicadeza), Bérénice Bejo (El pasado), Mélanie Laurent (Enemy), Jérémie Renier (Saint Laurent) y Pierre Deladonchamps (El desconocido del lago).

Francia también está presente en El tesoro, film que produce junto a Rumanía y que ha sido escrito y dirigido por Corneliu Porumboiu (12:08 al este de Bucarest). La cinta, de 2015, arranca cuando un joven padre al que le gusta leerle a su hijo las aventuras de Robin Hood para ayudarle a dormir recibe la visita de su vecino. El motivo no es otro que explicarle que cabe la posibilidad de que en su jardín haya enterrado un tesoro. Aunque al principio no lo cree, sus ganas de aventuras podrán finalmente con su escepticismo. Cuzin Toma (Ursul), Corneliu Cozmei, Adrian Purcarescu y Cristina Cuzina Toma encabezan el reparto.

Otro de los estrenos puramente europeos es La comuna, cinta con capital danés, sueco y de los Países Bajos cuya historia se centra en un matrimonio que, al heredar un viejo caserón, decide invitar a vivir a varios amigos a la vivienda. Desde ese momento todas las decisiones se toman en común, y las discusiones se convierten en lo habitual. Pero el delicado equilibrio se verá amenazado cuando el hombre, profesor de arquitectura, se enamore de una alumna suya que se ha mudado a la casa. Dirigida por Thomas Vinterberg (La caza), este drama cuenta en su reparto con Ulrich Thomsen (serie Banshee), Fares Fares (El niño 44), Trine Dyrholm (Alguien a quien amar), Ole Dupont (Comeback), Julie Agente Vang (Rosita) y Lars Ranthe (Kartellet).

España y Argentina producen El faro de las orcas, drama basado en la novela de Roberto Bubas que sigue el viaje de una madre con su hijo autista hasta la Patagonia Argentina. Allí conocerán a un guardafauna con una relación muy especial con las orcas de esta zona del mundo. La relación que establecen los tres cambiará sus vidas para siempre. Gerardo Olivares (Entrelobos) dirige esta película protagonizada por Maribel Verdú (Felices 140), Osvaldo Santoro (Séptimo), Ana Celentano (La isla del viento), Joaquín Rapalini (Las Ineses), Joaquín Furriel (Cien años de perdón) y Ciro Miró (Que Dios nos perdone).

También es una coproducción, en este caso entre España y República Dominicana, el drama romántico Falling, cinta escrita y dirigida por Ana Rodríguez Rosell (Buscando a Eimish) cuya trama arranca cuando un hombre decide invitar por un día a su ex mujer a República Dominicana, donde vivieron algunos de sus mejores años. Si ella acepta, después de esas 24 horas le entragará las llaves de la casa que ambos tienen en Berlín. Tiempo que, además, el aprovechará para tratar de cambiar los recuerdos que su ex tiene de su relación. El reparto está encabezado por Emma Suárez (Julieta), Birol Ünel (Noche de venganza), Alejandrina Castillo, Gabriel Tineo y Celines Toribio (America).

Puramente latinoamericana es Violencia, ópera prima escrita y dirigida en 2015 por Jorge Forero que cuenta con capital colombiano y mexicano y cuyo argumento se divide en tres historias protagonizadas por tres personajes rodeados de una violencia que está por encima de ellos. A través de sus pequeñas decisiones para poder sobrevivir se aborda la realidad de un país y la tragedia de la guerra. Rodrigo Vélez (El vuelco del cangrejo), Nelson Camayo (El páramo) y David Aldana son los protagonistas.

Finalmente, una de animación. Axel, el pequeño gran héroe es una producción china de 2014 que alerta sobre los riesgos del cambio climático con una historia que transcurre en el planeta Cacahuete, donde un joven alborotador de un pueblo que padece una sequía extrema emprenderá un viaje en busca de un bosque que ha visto en sueños y que podría ser la salvación no solo de sus vecinos, sino de todo el planeta. La cinta supone el debut en el largometraje de Leo Lee.

‘Animales nocturnos’: la belleza de una historia de violencia


La belleza y la violencia se dan cita en 'Animales nocturnos' de Tom Ford.Son solo dos películas a sus espaldas, pero Tom Ford ha logrado hacerse un hueco como director de prestigio. Un hombre soltero, dirigida en 2009, supuso su debut, pero su nuevo film es una consagración en un tipo de arte diferente al que nos tiene acostumbrado este diseñador de moda. Lo cierto es que habrá muchos para los que los calificativos se acaben a la hora de definir esta película, y no es de extrañar. Todo en ella, hasta el más mínimo detalle, está pensado para narrar una historia llena de contrastes, tan sencilla y directa como compleja e interpretable.

Y ese puede que sea el mayor atractivo de Animales nocturnos, al menos en lo que se refiere a su contenido. Con un desarrollo dramático que salta de la ficción al presente para viajar al pasado, la maestría de Ford a la hora de narrar la trama es brillante, logrando no solo que el espectador pueda seguir perfectamente el hilo argumental, sino aplicando un sentido artístico a las transiciones pocas veces visto en una película. Más allá de esto, el hecho de que convivan en el relato hasta tres momentos diferentes (con tres historias casi independientes) hace que la cinta posea varios niveles interpretativos que discurren de forma paralela hasta un punto final en común que, como no podía ser de otro modo, quedan maravillosamente reflejados en el rostro de una impecable Amy Adams, que tiene serias opciones de lograr un Oscar, ya sea por esta interpretación o por la de La llegada.

En realidad, Adams es solo un ejemplo a destacar de un reparto ejemplar. Y junto al reparto, el resto de elementos. Desde la banda sonora, a medio camino entre lo perturbador y lo emotivo, hasta la fotografía, pasando por la composición dramática del plano o el lenguaje visual y sonoro utilizado durante todo el film. Todo en esta película desprende un aire preciosista y detallista, tan bello y cautivador como violento y algo desagradable. Nada se deja al azar en esta historia, e incluso los paisajes parecen estar diseñados para transmitir determinadas emociones al espectador. Y es gracias a esto que la película adquiere una nueva dimensión, engrandeciendo una ya de por sí interesante trama.

Desde luego, Animales nocturnos es una de las cintas del año. No haré ninguna apuesta sobre cuántas nominaciones logrará, pero sí parece claro que una película de Tom Ford volverá a competir por varias estatuillas. Y no es de extrañar. Pocos directores actuales son capaces de transmitir tanto en un solo plano como, por ejemplo, el que cierra esta historia. Y muy pocos son capaces de sacar tanto de sus actores, de sus decorados y de todos los elementos que componen una película. Se le puede acusar de pretencioso, de algunos diálogos insustanciales o de una estética que, para muchos, puede no concordar con lo que se cuenta. Pero nada de eso es relevante ante la belleza y la perfección que emana cada fotograma de esta película.

Nota: 8/10

‘La chica del tren’: juegos de memoria


Emily Blunt es 'La chica del tren' que presencia un asesinato.Si al terminar la nueva película de Tate Taylor (Criadas y señoras) uno empieza a recordar Perdida (2014), de David Fincher, es normal. Ambos films comparten una estructura narrativa, una temática y unos personajes cuyos caracteres se parecen vagamente, en algunos casos demasiado. Y evidentemente, la primera sale perdiendo respecto de la segunda. Pero el problema de La chica del tren no es parecerse a algo ya visto, sino su propio concepto de la historia.

Esta película, que adapta la famosa novela de Paula Hawkins, es en realidad un juego de memoria, una intriga basada en las lagunas de una alcohólica. Bajo esa premisa se construye una trama ciertamente débil, tópica como pocas que logra mantenerse a flote principalmente gracias a la labor de sus actores, sobre todo de Emily Blunt (Into the woods) y Justin Theroux (Zoolander 2), que aportan solidez a unos personajes ya de por sí bien construidos. Pero más allá de esto, la historia se revela excesivamente previsible, desvelando el principal secreto a mitad de metraje y, por tanto, dando pistas sobre la identidad del asesino.

Ahora bien, resulta interesante el arco dramático de la protagonista y cómo su mente se reconstruye poco a poco, no solo en los acontecimientos que centran este thriller, sino en un pasado que nos hace creer una cosa para luego revelarnos algo muy diferente. Es aquí donde más similitudes se pueden encontrar con la historia de David Fincher, y también donde la obra de Taylor tiene más debilidades. No en vano, a pesar del efectismo que supone dar un giro a la interpretación dramática de los acontecimientos, la realidad es que la historia deja algunas lagunas importantes que no pueden justificarse con la resolución de la historia.

Y a toda esta irregularidad se suma una narrativa algo pesada y reiterativa de Donovan. Durante muchos momentos La chica del tren quiere incidir en el alcoholismo de la protagonista, en los problemas que eso le genera con todos los que la rodean y en sus propias dudas morales. Y todo ese tiempo se quita de, por ejemplo, desarrollar más la relación con algunos secundarios que podría haber dotado de más carga dramática al giro interpretativo que pretende dar. Al final, la película se hace entretenida, puede que interesante para muchos espectadores, pero tiene más humo que fuego, y la sensación que produce es que pretende jugar más con la memoria que con los hechos ocurridos.

Nota: 6/10

‘Banshee’ finaliza su última temporada fiel a su estilo


El protagonista de 'Banshee' será sospechoso en la última temporada.Puede parecer una obviedad, incluso algo insustancial, pero el final de Banshee ha sido uno de los más coherentes, serios y fieles al tono general de la producción que he visto en los últimos años. Puede que sea porque muchas series son obligadas a terminar antes de tiempo; o puede que sea porque no se ha plegado nunca a estándares televisivos al uso. El caso es que la ficción creada por David Schickler y Jonathan Tropper (Ahí os quedáis) termina como tiene que terminar en su última temporada, sin concesiones de ningún tipo y con un futuro para sus personajes que, aunque parece previsible, colma las expectativas. ¿La pega? Que deja con ganas de más.

Esta cuarta etapa, de ocho episodios, es una de las mejores muestras de que cualquier producción debe no solo plantearse en un periodo concreto de tiempo (cuatro años en nuestro caso), sino que debe respetarse. Si se consigue esto y se tiene buen material entre manos, como es el caso, buena parte del éxito ya está conseguido. Centrándonos en lo que a esta última temporada se refiere, la trama aprovecha los acontecimientos con los que terminaba la anterior para situar a los personajes rotos, muchos al borde del abismo y con más secretos de los que inicialmente aparentan. Esto, unido a la muerte de uno de los roles importantes en la trama, ha obligado a sus responsables a adquirir un tono más dramático, menos violento, y abordar a modo de thriller policíaco buena parte del desarrollo dramático.

El principal beneficio de esta opción es que la trama ahonda de forma notable en las emociones de los personajes, muchas veces dejadas a un lado en pos de la acción desenfrenada que tanto caracteriza a Banshee. Y no me refiero solo a los protagonistas, sino a los principales secundarios. Todos ellos muestran de forma mucho más evidente los conflictos internos que viven, sus anhelos y sus recelos, sus odios y sus esperanzas. Y como en muchos casos estos deseos se enfrentan, el resultado es una dramatización más compleja de las relaciones que se establecen entre roles ya conocidos para el espectador. Dicho de otro modo, la serie es capaz de ofrecer algo nuevo (o al menos algo que nos permite conocer mejor a los protagonistas). Puede que para muchos llegue tarde, pero personalmente creo que es una forma más que digna de poner el broche de oro a una historia que, si algo bueno tiene, es que nunca ha engañado a nadie en sus intenciones.

Asimismo, el cambio de status y roles de muchos de los personajes ofrece un panorama novedoso e interesante para la serie. Evidentemente, esto representa, como en muchas otras producciones, una forma de explicar que estamos ante una suerte de epílogo, pero en el caso de esta trama el mensaje es algo más complejo: el mal se ha impuesto al bien. Prueba de ello es el criminal al que se deben enfrentar los héroes en esta última etapa, que en principio representa al mismísimo diablo y que en su final se desinfla de forma notable, posiblemente por la falta de espacio para un mejor desarrollo y porque, con villanos como los mostrados a lo largo de estos años, es difícil estar a la altura.

Los villanos parecen haberse hecho con el poder en la cuarta temporada de 'Banshee'.

No sin violencia

Ahora bien, quien pueda pensar de lo dicho hasta ahora que Banshee ha traicionado su espíritu (al menos parte de él), se equivoca. Es cierto que la trama es, en cierto modo, más oscura, más centrada en el suspense que en la acción. E incluso se puede considerar algo menos esperanzadora, si es que alguna vez ha llegado a serla. Pero eso no implica que no sea violenta. Para aquellos que hayan seguido la historia desde el principio, simplemente decir que también en este ámbito se cumplen las expectativas. Tal vez no todas, y desde luego no del modo esperado, pero se cumplen, lo que reitera la idea de estar ante una serie completa.

Desde luego, uno de los personajes más atractivos que ha dejado la serie es el interpretado por Matthew Rauch (Sin frenos), cuya capacidad de intimidar únicamente con una pajarita y unas gafas es inmensa. El futuro de su rol, por si a alguien le cabían dudas, debía ser tan violento, salvaje y sangriento como la vida de su personaje, y desde luego que así es. Otro cantar son los motivos de su muerte. Son coherentes, sólidos y hasta cierto punto comprensibles, pero en el desarrollo de su arco dramático no deja de existir un cierto componente casi forzado, a medio camino entre el subordinado que quiere proteger a su jefe y que sabe que está haciendo algo mal. Y eso, visto lo visto a lo largo de estas temporadas, chirría un poco en el personaje; sobre todo si atendemos al modo de morir, en el que parece casi pedir clemencia o perdón.

Y aunque su final es sin duda el más espectacular, no es el único marcado por la violencia o la muerte. Es más, ese comienzo de la cuarta temporada en el que el mal parece haberse adueñado del pueblo termina justamente en el lado opuesto, extirpando dicho mal en todas sus formas (léase personajes) de forma brutal. Ya sea un amish reconvertido en mafioso o un neonazi con ansias de poder, el final evidencia que la serie quiere y necesita apuntar a un “final feliz” en el que el bien y el orden terminen por imponerse. Ahora bien, entrecomillo final feliz porque, en realidad, el final es el que tiene que ser, ni feliz ni triste, ni alegre ni catastrófico. Simplemente, la serie termina como es debido.

Y eso significa que los protagonistas, criminales al fin y al cabo, no pueden tener lo que el espectador podría esperar. Así, Banshee termina su cuarta y última temporada con unos personajes rotos en lo más profundo de su ser, destrozados por una lucha constante contra los demonios que les rodean y atormentados por las decisiones que les han llevado hasta donde están. Y terminan solos, lo cual resulta muy significativo acerca del tono general de esta ficción que se ha consolidado, en tan solo cuatro etapas, como un producto fresco, dinámico, apasionante y complejo dramática y visualmente. Una serie, en definitiva, recomendable e incluso obligada. Y termino como he comenzado: lo peor de todo es que deja con ganas de más.

‘Mad Dogs’, la construcción de personajes como pilar de la serie


Ben Chaplin, Michael Imperioli, Romany Malco y Steve Zahn dan vida a los cuatro 'Mad Dogs'.Uno de los mayores beneficios que tiene el ‘boom’ seriéfilo que vive occidente en estos momentos es la capacidad de las grandes cadenas de nutrirse no solo de productos originales. También es capaz de mirar más allá de su ombligo (léase sus fronteras) y encontrar ideas, productos y narrativas capaces de adaptarse con excelentes resultados. Fue el caso de dos series como The KillingThe Bridge, y es el caso también de Mad Dogs, obra creada por Cris Cole que adapta su serie homónima producida en Reino Unido.

Su trama, para aquellos que no hayáis podido ver la versión norteamericana, que es en la que me centraré hoy, narra el viaje de cuatro amigos a Belice para visitar a un quinto miembro del grupo que ha logrado hacer fortuna. Una mansión en un entorno paradisíaco es el punto de partida, sin embargo, para un viaje a los rincones más oscuros del alma. El asesinato inicial de ese quinto amigo es el desencadenante de una carrera por salvar sus vidas que, y esto es lo más interesante de todo, hará aflorar las evidentes diferencias que existen en todo grupo de personas, incluso en aquellas que aparentemente se tienen en gran estima.

Y digo que es lo más interesante porque, más allá de la dinámica narración de estos 10 episodios, más allá del idílico entorno o de la acción desenfrenada que tiene en algunos momentos, Mad Dogs siempre se vuelve más atractiva cuando ahonda en las relaciones personales de los personajes interpretados por Ben Chaplin (Cenicienta), Michael Imperioli (serie Los Soprano), Romany Malco (Plan en Las Vegas) y Steve Zahn (Dallas Buyers Club). Cuatro protagonistas tan diferentes entre ellos, tan únicos, que la compañía mutua que se profesan pone al descubierto, a medida que se van presentando situaciones de riesgo, sus notables carencias humanas y morales.

El equilibrio que consigue Cole y la inteligencia del desarrollo dramático ofrecen al espectador una estructura sólida que permite conocer a los personajes como si fuéramos uno más de ese heterogéneo grupo. Y aunque eso puede llegar a convertirles en predecibles, a lo largo de los episodios los puntos de giro generan tal impacto que obliga a los protagonistas a tomar decisiones más allá de sus propias personalidades, lo que se traduce en un constante tour de force que engancha a la par que divierte.

Diversión malsana

Porque sí, Mad Dogs es divertida. Algo malsana, pero diversión al fin y al cabo. Y digo malsana porque, si nos paramos a pensar un segundo qué haríamos cada uno de nosotros en esa situación, la risa es lo último que se pasa por la cabeza. Pero volviendo al análisis puramente cinematográfico, la originalidad de la propuesta se sustenta no tanto en el punto de partida y el posterior desarrollo de los acontecimientos, que también, sino en el delicado equilibrio que crea Cris Cole entre drama, humor negro, acción y aventura.

En efecto, a pesar de que la serie es una ficción basada en sus sólidos personajes, a los que los actores aportan, por cierto, una entidad única, el desarrollo dramático es lo suficientemente dinámico como para no convertirse en un melodrama o, por el contrario, en una parodia de sí mismo. Las diferentes situaciones a las que hacen frente cambia por completo la forma de ser de los cuatro amigos. En este caso, lo interesante estriba en que no es un cambio necesariamente a mejor. A diferencia del tradicional tratamiento, los personajes no comienzan siendo mediocres para alcanzar una superioridad moral. O viceversa. No, simplemente son personajes humanos que, al enfrentarse a situaciones extraordinarias, crecen en todos los sentidos y en todas direcciones.

Precisamente este tratamiento humano de una situación casi irreal es lo que podría considerarse como la base de toda la serie. Evidentemente, muchos pensarán que el modo de actuar no se corresponde con la realidad. Es posible, pero lo cierto es que todo en esta serie está calculado al milímetro para exponer al máximo las fortalezas, debilidades y carencias de cada uno de los antihéroes que protagonizan este thriller. Y eso, más allá de su apariencia realista y de sus desequilibrios formales o dramáticos (que los tiene, aunque afortunadamente son pocos), es lo que finalmente termina por acaparar toda la atención.

Así que sí, Mad Dogs es una serie de personajes. Una comedia dramática con el thriller como trasfondo que mezcla drogas, corrupción, venganza y supervivencia a partes iguales. Una obra de cuatro amigos tan humanos y reales que resulta increíble que vivan situaciones semejantes. Pero ese punto intermedio entre realidad y ficción, entre humor y angustia, es lo que engrandece a unos personajes que terminan por ser el verdadero centro de atención. Dicho de otro modo, el entorno paradisíaco de Belice no es más que eso, un entorno. Perfectamente podría haberse ambientado en una gran urbe. Y el resultado, muerte arriba, muerte abajo, habría sido el mismo. La conclusión parece evidente: la construcción de personajes es, al menos en este caso, la piedra angular del relato.

‘American Horror Story: Hotel’ recupera el espíritu de la serie


Evan Peters y Wes Bentley protagonizan 'American Horror Story: Hotel'.Tras varios altibajos en la serie, American Horror Story ha logrado, en su quinta historia, algo que muy pocas producciones consigue: devolver al formato las ideas iniciales en lo que a suspense, ambientación, personajes y trama se refiere. Sin el impacto ni la novedad que supuso aquella primera temporada, Hotel es sin duda una de las mejores temporadas de esta ficción creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie Glee).

Y si bien es cierto que Coven ya supuso una recuperación de ese espíritu, estos 12 capítulos representan lo que podría denominarse como una continuación directa de la historia de la casa encantada. No por los personajes, sino por el concepto general de la trama. Un hotel plagado de fantasmas, vampiros y asesinos es lo que da pie a una historia que, sin embargo, se centra más en el concepto del amor. Tal vez eso sea lo que le ha faltado a la serie en otras etapas; tal vez no. Lo cierto es que el delicado equilibrio entre ese sentimiento y la violencia característica de la producción crean un espectáculo incomparable.

Un padre atormentado por la pérdida de un hijo, una madre condenada a vivir en un hotel lleno de fantasmas para estar junto a un hijo que la odia y una vampiresa que una vez experimentó el amor verdadero son solo algunos de los ejemplos. Desde un punto de vista conceptual, American Horror Story: Hotel se revela más bien como una historia de búsqueda, de añoranza por lo perdido y por un pasado que, aunque dentro de esos muros parece no cambiar, en realidad se dejó atrás hace mucho tiempo.

Por supuesto, a todo esto se suma el incomparable espacio elegido, un edificio decadente, ajeno al tiempo o a las modas y en el que cada sala, cada rincón, es una trampa mortal para los visitantes. Desde su dueño, un espléndido Evan Peters (X-Men: Días del futuro pasado), al que es más necesario que nunca ver en versión original, hasta el ya famoso papel de la cantante Lady Gaga, Globo de Oro incluido, todos los habitantes de ese edificio parecen condenados, lo quieran o no, a matar a los visitantes, litros y litros de sangre mediante, claro está.

Lady Gaga logró un Globo de Oro por su rol en 'American Horror Story: Hotel'

Regreso a la narrativa de personajes

Y a pesar del espectáculo visual que supone esta quinta temporada, American Horror Story: Coven es sobre todo una historia de personajes. Al igual que ya ocurrió en algunas temporadas anteriores, que no en todas, el origen de los protagonistas, sus obsesiones, sus fobias y sus motivaciones, quedan patentes en sendos episodios a través de una narrativa de sus respectivos pasados para terminar confluyendo, de un modo u otro, en finales comunes. En esta ocasión, además, con la dificultad añadida de tener dos grandes protagonistas (la ya mencionada Gaga y el policía al que da vida Wes Bentley –American beauty-) como principales pilares, lo que obliga a dividir en dos el tiempo de la historia. ¿Cómo se logra mantener unido el desarrollo dramático sin que parezca, como ocurrió en Asylum, que cada cosa ocurre por su cuenta? La respuesta es Evan Peters.

Su personaje, tan sádico como enigmático, se termina por convertir en una suerte de nexo de unión de todas las historias, tal vez porque es el corazón de ese hotel, o tal vez porque, simplemente, es un personaje muy humano dentro de su violencia. Su caso, posiblemente, sea el mejor ejemplo del entramado dramático que logra crearse entre todos los personajes, ya sean secundarios, principales e, incluso, episódicos. De ahí que sea tan importante el pasado de los mismos, y de ahí que cobren especial relevancia aquellos momentos en los que se abordan las claves de su llegada a ese hotel maldito.

Pero si el contenido dramático es importante, la forma que se le da a todas esas historias es simplemente hipnótica. Elegante, fascinante, visceral, sangrienta, atemporal. Cualquier calificativo puede servir para definir un entorno único, una apuesta escénica en la que la sangre emana a borbotones para dar paso a una nueva vida en la que, no por casualidad, los implicados deben encontrar un motivo para enderezar sus fantasmagóricas vidas, que habitualmente, por no decir siempre, tiene que ver con el asesinato. La presencia, además, de personajes aparecidos en temporadas anteriores otorga al conjunto un halo de continuidad interesante que, en cierto modo, cierra un círculo iniciado con la primera y maravillosa temporada.

Así las cosas, American Horror Story: Hotel es, posiblemente, la etapa de esta serie que más se aproxima a lo vivido en aquella casa encantada hace ya varios años. Por su ambientación, el trauma de sus personajes e incluso la definición de muchos de ellos, esta historia es digna heredera de aquella. Pero es mucho más. Falchuk y Murphy parecen haber aprendido de algunos errores cometidos en el pasado y han sido capaces de crear muchos historias independientes bajo un mismo techo que, aparentemente, no tienen nada en común, pero cuyo desarrollo termina irremediablemente unido a las habitaciones de este macabro hotel. O a su dueño, que para el caso viene a ser lo mismo. Sin duda, una de las mejores temporadas de la serie.

‘Objetivo: Londres’: No podrán con nosotros


Gerard Butler acaba con toda una conspiración terrorista en 'Objetivo: Londres'.El éxito que tuvo hace tres años Objetivo: La Casa Blanca no tuvo nada que ver con la acción a raudales que desprendía cada fotograma. Ni siquiera la ironía de su protagonista, un Gerard Butler (El soldado de Dios) que podría acabar con un país entero mientras juega al parchís. No, el verdadero secreto de aquel film residía en la original propuesta de atacar un símbolo de Estados Unidos y en la relación que se establecía entre los personajes principales, amén de una narrativa más que solvente. Esa frescura, en cierto modo, se pierde en esta secuela y se sustituye con un mensaje mucho más patriótico y de rabiosa actualidad. Que eso sea algo bueno, malo o regular depende de cada uno.

Lo que está claro es que Objetivo: Londres es frenética, con un ritmo incesante a base de explosiones, tiroteos y combates cuerpo a cuerpo. Un ritmo que apenas deja tiempo para un mínimo desarrollo y que, por extensión, obliga al espectador a aceptar una serie de carencias que se disimulan, algunas mejor que otras, con la ironía del protagonista, la valentía del presidente interpretado por Aaron Eckhart (Love happens) y la lucha de los servicios de inteligencia británicos. Todos estos elementos conforman un conjunto distraído, divertido a ratos y a todas luces entretenido, que deja algunos detalles sobre los que reflexionar, aunque solo sea desde un punto de vista cómico.

La parodia de los principales dirigentes políticos europeos (en contraposición al heroico líder norteamericano, claro está) es el punto de partida de la denuncia social y política del film, cuyo final son dos discursos más patriotas que los padres de la Constitución cuyo contenido, en resumen, es que por mucho terrorismo que exista, nunca doblegarán a Occidente. Hasta cierto punto, este contenido político resulta interesante analizado en el contexto que vive el mundo actualmente, pero se vuelve pura panfletada en el contexto dramático de la historia, en la que un solo hombre, además de recorrerse Londres a pie, es capaz de acabar él solito con toda una organización terrorista.

Pero tal vez una crítica en este sentido sea exigirle demasiado a Objetivo: Londres. Lo cierto es que la película de Babak Najafi (Sebbe) es un entretenimiento puro, con todos los ingredientes para sacar una sonrisa, para generar espectáculo y para despertar ese sentimiento que solo Estados Unidos sabe sacar. Visualmente potente (el plano secuencia del ataque final es espléndido), su trama tal vez sea excesivamente lineal, sin grandes sobresaltos y con villanos secretos más previsibles que el movimiento de un péndulo. Pero repito, tal vez sea exigir demasiado. Al final, esta secuela es, pues eso, una secuela. Restada la originalidad de la primera, lo que resta es un buen film de acción. Y eso no es necesariamente malo.

Nota: 6/10

Diccineario

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