‘Reservoir Dogs’, el thriller que definió el estilo Tarantino


Quentin Tarantino presentaba en este 2019 la que posiblemente sea su mejor película (o una de las mejores en una corta pero extraordinaria filmografía). Érase una vez en… Hollywood contiene todos y cada uno de los elementos que definen su cine, incluida una violencia que, en esta ocasión, se limitaba casi en exclusiva a una espectacular secuencia final. Este título llegaba después de que hace 27 años sorprendiera a propios y extraños con Reservoir Dogs, un thriller dramático que se convirtió, por méritos propios, en el primer clásico en la carrera del director.

Guste o no su estilo visual y su narrativa, cargados ambos de una violencia explícita en imágenes y en lenguaje, lo cierto es que el considerado como primer film de Tarantino (en realidad, ese honor le corresponde a El cumpleaños de mi mejor amigo, de 1987) es un ejemplo extraordinario de cómo realizar una presentación en sociedad como director. Con una trama simple donde las haya (un grupo de criminales da un golpe que sale mal y deben averiguar por qué) y apenas una única ubicación, el director tiene una libertad absoluta para manejar los tiempos narrativos, la puesta en escena y las posibilidades interpretativas de un elenco simplemente extraordinario. Y con apenas unos pocos elementos logra una tensión dramática que ni siquiera directores con más trayectoria son capaces de plantear en muchos de sus films. Esto se debe, fundamentalmente, al manejo de los elementos que ya Alfred Hitchcock (Con la muerte en los talones) definió como fundamentales para cualquier intriga, y que tienen que ver con la información que manejan los personajes y la que tiene el espectador.

A través de un goteo constante de datos sobre lo ocurrido (que nunca se llega a ver, y que en realidad tampoco es necesario mostrar), Tarantino construye un sólido castillo dramático en el que unos personajes que no se conocen prácticamente de nada deben afrontar no solo una situación que les llega sobrevenida (el golpe fallido y la traición), sino el modo en que cada uno de ellos hace frente a eso. Esta dualidad es la que genera el conflicto, acentuando los problemas, las dudas y los objetivos de cada personaje en un contexto ya de por sí comprometido. Reservoir Dogs es un gran ejemplo de cómo construir una tensión dramática en constante aumento, finalizando en una apoteosis de violencia que ni Shakespeare habría imaginado para ‘Hamlet’, en la que los personajes tienen el final que les corresponde y tal vez no el que querríamos como espectadores.

De hecho, el tratamiento de los personajes es algo muy interesante de analizar que requeriría dedicar varios textos. Tarantino construye un delicado equilibrio entre buenos y malos, entre héroes y villanos para que, una vez llegan los títulos de crédito finales, no exista ni lo uno ni lo otro. Partiendo de la base de que todos son criminales, durante el ajustado metraje de poco más de hora y media el espectador va distinguiendo entre buenos y malos dentro de los ladrones del banco. Las diferentes personalidades de cada uno de ellos no les hace posicionarse de un lado o de otro, simplemente les convierten en humanos, y como tales logran empatizar -unos más y otros menos- con el espectador. Ahí entra en juego lo que mencionaba al principio de la complejidad dramática. A la situación ya de por sí difícil en la que se encuentran los personajes se añaden sus incompatibilidades de personalidad y, también, los lazos casi paterno-filiales que se establecen entre algunos de ellos. Ahí surge la que posiblemente sea la mayor riqueza argumental del film: cómo las relaciones pueden no solo dificultar un trabajo, sino hacernos perder la perspectiva de lo que realmente está ocurriendo.

Estilo Tarantino

Pero ante todo, Reservoir Dogs contiene muchos de los elementos, si no todos, que definen el “estilo Tarantino”. Más allá de la violencia, la profusión de sangre o el lenguaje agresivo, el director pone en práctica en el film algunos de los conceptos que le han convertido en el icono y el referente cinematográfico que es hoy en día. Para empezar, el uso de la música y canciones que aparentemente tienen poco o nada que ver con lo narrado para acentuar, precisamente, el carácter dramático de lo que se está viendo en escena. Un contraste no demasiado habitual en el séptimo arte porque es difícil de lograr. Es más, la banda sonora, ya sea creada expresamente para el film o compuesta por temas ya escritos (alguno muy conocidos o que se han hecho famosos a raíz del film que acompañan), suele realizar una narración paralela de lo que se ve, potenciando el carácter que posea la escena.

Tarantino logra ese efecto con la técnica inversa. En realidad, no es algo único de la música. Sus films están cargados de contrastes entre extremos, desde el vestuario hasta los diálogos. Y esta historia que ahora analizamos no es menos. Frente a los ladrones trajeados, unos jefes que van en chándal o con camisa; frente a unos personajes con nombres de colores (de los que luego se llega a conocer la verdadera identidad de algunos), unos líderes que sí tienen nombre; y frente a la violencia de la historia, unos diálogos iniciales que nada tienen que ver con lo que va a ocurrir. Y cuando digo nada es absolutamente nada. El director de Pulp Fiction (1994) eleva a la máxima expresión artística el concepto de small talk, esa charla que no lleva a ninguna parte pero que sirve para cubrir vacíos. Bueno, en manos de Tarantino estas charlas sí adquieren cierto significado, pues aunque no aporten información sobre la trama, permiten conocer mucho mejor a los personajes, su forma de ver el mundo.

Y luego está la descomposición temporal que hizo mundialmente famosa en el film mencionado antes. Aunque en esta ocasión no está tan desarrollada como en películas posteriores, ya se aprecia un manejo de los tiempos narrativos único, enriquecedor y, ante todo, muy inteligente. El director utiliza estos saltos temporales para aportar intriga y tensión dramática, desvelando información reclamada por el espectador a medida que va conociendo más y más de los personajes. El modo en que les contratan, su huida del golpe fallido, sus momentos previos a la reunión inicial. Con un puñado de secuencias Tarantino logra componer un mosaico lo suficientemente enriquecedor como para que el espectador comprenda las motivaciones de cada uno, su verdadero rol en la trama y, sobre todo, la red de amistades y traiciones que sustenta toda la historia. Por supuesto, esta desestructuración de la narrativa tiene un objetivo argumental basado en la intriga, cosa que no tienen algunos de sus films posteriores, pero es un primer paso para esa posterior apuesta cinematográfica.

Se puede decir que Reservoir Dogs abre la puerta a todo un cine que ha marcado a generaciones y, sobre todo, ha redefinido una forma de entender el séptimo arte. Pero sobre todo es un ejemplo de lo que pueden conseguir los directores noveles que busquen lanzar su primera historia. Con una premisa sencilla, apenas un escenario y un puñado de actores (eso sí, actores de un nivel extraordinario), Tarantino construye un thriller con tensión dramática en constante crecimiento, donde las traiciones y las sospechas construyen un laberinto que queda resuelto con elegancia y una maestría fuera de toda duda. El modo en que se inserta toda la información al espectador, llevándole por un camino cargado de giros argumentales, forma ya parte de la historia del cine.

‘Ray Donovan’ cierra su violenta espiral en una 7ª temporada final


Lo cierto es que nadie lo esperaba. Ray Donovan nunca ha sido una serie que haya acaparado millones de seguidores ni innumerables premios, pero su calidad narrativa, dramática y de producción hacía que siempre estuviera entre las nominadas a casi todo. Sin embargo, ha sido cancelada tras una séptima temporada que, es cierto, cierra la espiral de violencia planteada durante todos estos años, pero todavía deja muchos cabos sueltos que, lamentablemente, ya nunca podrán resolverse.

Estos últimos 10 episodios de la ficción creada por Ann Biderman (serie Southland) no solo abordan cómo la familia protagonista vive sus peores momentos, sino también el origen de toda una violencia y un mundo de autodestrucción a través de esos maravillosos flashbacks sobre la juventud del personaje que ya ha inmortalizado Jon Voight (La búsqueda: El diario secreto), verdadero motor de todos los conflictos y puntos de giro de la temporada y, en cierto modo, de la serie. Pero ante todo, la temporada vuelve a abordar la moralidad de los actos del protagonista, aunque con un matiz que no es menor: ahora sus acciones tienen un impacto no solo en su familia más cercana, sino en prácticamente todo el universo dramático de la serie. Y me explico. A diferencia de lo que ocurría en etapas anteriores, ahora el protagonista interpretado por Liev Schreiber (La quinta ola) -¿para cuando un premio para este actor?- está completamente solo, sin la protección de ningún mecenas y expuesto a personajes sin los escrúpulos que tiene él. De ahí que se vea obligado a afrontar situaciones nunca antes vistas, policía incluida.

La introducción en la trama de este matiz convierte la séptima y última temporada de Ray Donovan en una carrera contrarreloj en la que el espectador es capaz de ver cómo se aproxima la tragedia. Así como en etapas anteriores el drama se apoderó de la historia hasta impregnar prácticamente cada plano, aquí la dualidad entre el bien y el mal, la toma de decisiones y el carácter de los personajes impactan de lleno en el desarrollo de la trama principal hasta redefinirla sobre la marcha en varias ocasiones. A esto se suman varias historias secundarias que, esta vez sí, no solo tienen una vida propia lejos de la protagonizada por Raymond Donovan, sino que su impacto en el conjunto de la serie es tal que deja un final de violencia y muerte que afecta de lleno a cada uno de los personajes. Lo cierto es que el final de la temporada deja abierto todo un mundo de posibilidades, amén de señalar el camino del interesante arco dramático de muchos personajes, en especial el interpretado por Kerris Dorsey (Don’t tell Kim), cuya evolución a lo largo de la serie, y en esta etapa final en especial, ha sido de las más interesantes de toda la producción, pasando de convertirse en una joven idealista a una mujer que comprende, acepta y desarrolla su papel como miembro de la familia.

Antes de finalizar este apartado, es necesario destacar el tratamiento que los creadores de la serie dan a los secundarios de la familia. El viaje existencial del hermano interpretado por Eddie Marsan (The Gentlemen: Los señores de la mafia) ahonda aún más, si cabe, en su complejidad psicológica, marcada por su enfermedad y sus sentimientos encontrados con respecto a su familia y a sí mismo. Pero en esta temporada adquieren incluso más relevancia el resto de hermanos, golpeados por los actos del padre y por sus malas decisiones, consolidando la idea que se ha planteado siempre durante toda la serie acerca del camino que siempre toman estos personajes, incluso cuando se pone ante ellos la posibilidad de hacer lo correcto. Mención especial merece el personaje de Graham Rogers (serie Quantico), rol que nunca ha parecido encajar en la familia y que viene a representar la conciencia olvidada de todos y cada uno de los integrantes del clan Donovan. Su final es tan trágico como previsible por la falta de recorrido a la que estaba llegando, pero eso no impide sentir cierta lástima por un papel al que se termina cogiendo cariño.

Pasado y presente sin futuro

Aunque sin duda, lo más relevante de esta temporada de Ray Donovan, y lo que la hace diferente a todo lo visto anteriormente, es que resuelve el acontecimiento del pasado que ha marcado el devenir de los personajes de un modo u otro. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la muerte de la hermana del clan Donovan, mencionada prácticamente en cada etapa y que, por fin, se aborda de frente. Y como no podía ser de otro modo, lo hace con un flashback sencillamente magistral, en el que no solo se analizan los motivos por los que se produce la muerte, sino la desestructuración de una familia abocada al crimen y la ausencia de un padre que siempre ha sido un criminal de tres al cuarto manipulado, despreciado y traicionado por el resto. Comprender el modo en que empezó todo no solo ahonda en los conflictos familiares del protagonista con su padre, sino que permite apreciar mucho mejor los matices de la personalidad tan sobria del rol de Schreiber, amén de conocer sus inicios en el mundo del crimen.

La serie aprovecha su habitual estructura narrativa para generar el paralelismo necesario entre pasado y presente, incluso sabiendo que no existe un futuro más allá del episodio 10 de esta temporada final. Al igual que ha ocurrido en otras etapas, un encargo es el detonante de la acción principal en estos capítulos, aunque con un matiz. En esta ocasión el encargo procede del hombre que le introdujo en el mundo del crimen. La narración en paralelo permite al espectador conocer tanto las diferencias como las similitudes que vive el protagonista, pero también genera algo que nunca antes se había visto en la serie: todas las tramas están relacionadas a través de ese motor dramático que es la presencia de la familia (socia y enemiga al mismo tiempo) que, en cierto modo, ha marcado el devenir de casi todos los personajes. A diferencia de lo ocurrido años antes, las historias, en mayor o menor medida, están condicionadas por las traiciones, los secretos y los errores del pasado. Esto, lejos de implicar la historia, la engrandece, pues el espectador tiene acceso a un hecho contado pero nunca mostrado anteriormente.

Todo ello haciendo frente a las consecuencias de sus actos en la anterior temporada, lo que eleva el grado de complejidad no solo de la trama principal, sino de los personajes. En cierto modo, esta séptima temporada se antoja como conclusión de muchas historias, pero también abre la puerta a muchos otros tratamientos nuevos que se van a quedar sin desarrollar. El final tan impactante con el que se cierra esta etapa deja una sensación incómoda, necesitando saber el siguiente paso de una lucha que, como plantean estos episodios, va a extenderse más allá en todos los sentidos, tanto en tiempo como en personajes. Sí es cierto, y es algo que hay que mencionar, que la serie deja a un lado a algunos personajes que, en mayor o menor medida, han tenido un impacto significativo en la trama, pero independientemente de que pueda gustar más o menos, es un signo claro de que la historia evoluciona manteniendo, a pesar de todo, su esencia más pura.

¿Y cuál es esa esencia? La séptima y última temporada de Ray Donovan posiblemente sea la mejor respuesta. Violencia, familia, los pecados del pasado, las traiciones y la muerte son el pan nuestro de cada día de unos personajes (todos ellos extraordinarios) que buscan su felicidad y conseguir una vida mejor por la vía rápida, sufriendo las consecuencias del fracaso constante. Tan solo el protagonista que da nombre a la serie parece comprender que el camino es otro, pero dado que ha crecido y vive en un mundo al margen de la ley, siempre termina por verse envuelto en una espiral de crimen (cuando no la inicia él mismo, claro está). La inesperada conclusión de la serie deja muchos interrogantes, y este es sin duda su mayor debilidad, pero también es, posiblemente, una de las etapas más completas, complejas e interesantes de estos siete años.

4ª T. de ‘Preacher’, o cómo terminar una serie siendo fiel al cómic


Cualquiera que se haya acercado a las páginas de Preacher habrá podido comprobar el contenido irreverente y transgresor que esconde su historia. Ángeles y demonios haciendo el amor, un reverendo que prefiere el puño a la palabra, un Dios cobarde que se escapa del cielo, un vampiro irlandés, un Santo de los Asesinos capaz de acabar con todo el Cielo, un heredero de Dios con severos problemas,… Y la lista de decadencia, pecado y degradación podría seguir. Y la serie basada en el cómic de Garth Ennis y Steve Dillon no se queda atrás. Pero si algo confirma su cuarta y última temporada es que, aun siguiendo a pies juntillas el espíritu de la serie, hay cabida para una reinterpretación original, divertida, igualmente desafiante y, si eso es posible, mucho más violenta y sangrienta.

Porque eso ha sido, en esencia, esta serie llevada a la pantalla por Sam Catlin (serie Breaking bad), Evan Goldberg (Malditos vecinos 2) y Seth Rogen (Los amos del barrio). Estos 10 últimos episodios son, literalmente, un viaje al infierno en la tierra en el que héroes y villanos se mezclan en una religión que está más presente que nunca. Con esa conclusión de la búsqueda del protagonista la serie aprovecha para dar rienda suelta a mucho de su humor más ácido y negro, como esa reunión entre Jesucristo y Hitler para acordar el desarrollo del Apocalipsis. Y si al humor lo acompañamos de una violencia bastante explícita en muchos de sus pasajes, lo que nos encontramos es ante una producción visceral, fresca y diferente que ha sabido mantener su tono desde la primera temporada y ser fiel a la esencia del cómic pero dándole una nueva vida a su conveniencia, enfocando algunos personajes desde otro punto de vista (es el caso del Dios interpretado por Mark Harelik –La batalla de los sexos-) o dando más protagonismo a otros, como son los padres de la criatura que el protagonista lleva en su interior.

El problema de esta reinterpretación es que algunos aspectos de la obra original se pierden, o quedan reducidos a la mínima expresión. Claro que, por otro lado, introduce nuevas ideas que son tanto o más transgresoras y delirantes que las del cómic de Ennis y Dillon. Sobre lo primero, Preacher, la serie, deja de lado muchas historias secundarias que, aunque es cierto que no llevaban a ninguna parte, ni siquiera en el cómic, sí permitían dotar al conjunto de un aspecto decadente, casi paródico e indudablemente perturbador. Estoy hablando, por ejemplo, de la meteórica carrera musical del personaje interpretado por Ian Colletti (Windsor), que aquí queda en poco menos que un sueño. Diferente es el caso de la secuencia en esa mansión de perversión que, aunque narrada a modo de flashback, sí permite un hermoso y brutal homenaje a Oldboy (2003). Aunque corta, y aparentemente menos profunda que en las ilustraciones en papel, es lo suficientemente interesante como para plantear varios dilemas morales y dejar sobre la mesa interesantes propuestas narrativas.

Respecto a lo segundo, esas nuevas ideas que introduce la serie, esta cuarta y última temporada se centra en la feroz crítica al catolicismo y a un Dios que hace planes con los hombres para lograr un beneficio personal y, hasta cierto punto, cobarde. De hecho, este último aspecto es lo que marca buena parte de la personalidad de este omnipresente y todopoderoso personaje (lo que, por definición, le hace menos poderoso). Sus pactos con esa organización secreta, que domina el mundo a través de la religión, para evitar aquello que le aterra son tan simples como reveladores del origen de sus motivaciones. Pero no es lo único, ni mucho menos. La reunión para definir los términos del Apocalipsis y las almas que se llevan el Cielo y el Infierno es tan irónica como divertida (por cierto, la concepción del Infierno, planteada desde los primeros compases de la serie, es sencillamente extraordinaria), y el viaje del héroe al Cielo para afrontar la lucha que le espera desprende igualmente un aire de crítica ácida que completa una atractiva imagen de la producción.

Menos secundario, más desarrollo principal

Como todo buen final de serie que se precie, la cuarta temporada de Preacher se centra en los protagonistas, sobre todo en el rol interpretado por Dominic Cooper (Warcraft: El origen). Y como todo final de serie que se precie, también cierra los cabos sueltos de las tramas secundarias que todavía quedaban pendientes. El único “pero” que se le puede poner a estos 10 capítulos es, precisamente, que el tratamiento de sus secundarios, sobre todo de aquellos menos determinantes, resulta algo difuso, casi testimonial. Esto es algo aparentemente anecdótico en el desarrollo del argumento principal, pero sin embargo sí se aprecia, y mucho, en personajes con cierta relevancia a lo largo de varios momentos de la historia, pues ahora quedan relegados a una resolución dramática apresurada. En realidad, es algo que tenía que pasar, y en este sentido no es algo necesariamente negativo. Pero la sensación de haber estado presenciando un desarrollo durante tres años para tener finales algo apresurados resulta incómoda.

Aunque repito, es algo habitual, y hasta cierto punto normal, llegar a este punto. Esta cuarta y última temporada pone toda la carne en el asador para afrontar la lucha del Predicador que da nombre a la serie. Una lucha que, además, sus creadores se encargan de acentuar con violencia, sangre y un humor aún más negro del visto hasta este momento. Todas las historias secundarias, y todos los personajes, se ponen al servicio de esta resolución con tintes épicos que, aunque sigue de forma bastante fiel el cómic, decide ir un paso más allá en el tono transgresor de la historia. De ahí que el villano principal, interpretado magistralmente por Pia Torrens (serie Poldark) sufra todo tipo de tragedias físicas para, después, quedar convertido en una especie de parodia de Adonis. O que el Apocalipsis, como comentábamos antes, sea abordado casi más como una negociación entre empresas que como la ira divina. Eso por no hablar de la personalidad de Dios, la cual creo que es mejor descubrir para poder disfrutar de la serie en su conjunto.

Los creadores de la serie, como guinda del pastel, optan por dar a todos los supervivientes un final feliz. Lo cual no significa que sea un final feliz para los espectadores. Porque a diferencia del cómic, esta producción narra el final para cada uno de los personajes, héroes o villanos. El hecho de que estas imágenes finales planteen que el mal y el bien siguen existiendo entre nosotros es una extraordinaria conclusión para una historia en la que la frontera entre ambas ha quedado muchas veces algo difusa, y en la que no se duda en ningún momento en recurrir a la violencia para defender ambas posturas. Eso sí, el final para el trío protagonista no podría ser mejor, con ese sacrificio del personaje de Joseph Gilgun (Infiltrado) una vez que su vida, aquella que formó con los únicos a los que pudo llamar amigos, llega a su fin. Y por si algún fan de las viñetas de Ennis y Dillon se lo pregunta, El Santo de los Asesinos no podría tener un final más adecuado y fiel al cómic.

La cuarta temporada de Preacher desde luego que cumple con las expectativas que se esperan de esta historia. De hecho, puede que en algunos aspectos hasta las supere. Y desde luego, es un final más que notable para una serie diferente, irreverente, por momentos escatológica, fresca y dinámica en la que religión, pecado, vampiros, ángeles y demonios se dan cita. Lo malo es que se acabe. Y no solo porque es un producto altamente recomendable, sino porque estos últimos episodios evidencian que habría sido necesario, al menos, alargar la duración para darle un final adecuado a muchas tramas secundarias que quedan un poco comprimidas en su resolución. Pero es el peso con el que cargan las últimas temporadas habitualmente, fruto de presiones de producción, de audiencia o, incluso, creativas. Con todo, estamos ante una de las ficciones más rompedoras de la televisión.

La 4ª T. de ‘Empire’ ahonda en las consecuencias de la violencia


El género musical en las series no suele terminar con final feliz en lo que a tratamiento y desarrollo se refiere. Son muchos los ejemplos en los que, o bien se opta por reducir cada vez más el papel de las canciones y los números musicales en la trama, o bien directamente la producción se cancela. Por eso el fenómeno Empire resulta tan interesante. Con su cuarta temporada se reafirma como una ficción en la que la música mueve absolutamente todo, y en la que el carácter casi telenovelesco se convierte en un trasfondo dramático que añadir a las notas y las letras de rap, R’n’B y hip hop que nutren cada episodio. El problema tal vez sea, precisamente, esa cierta tendencia al tratamiento telenovelesco de la historia.

Los 18 episodios de esta temporada vuelven a poner de relieve la labor de los actores, de todos ellos, pero también ahonda en los conflictos dramáticos entre ellos y, sobre todo, pone el foco sobre un aspecto que siempre ha estado sobrevolando esta serie creada por Lee Daniels (El mayordomo) y Danny Strong (Rebelde entre el centeno), y es el papel que juega la violencia en todo el desarrollo. Partiendo de la amnesia del rol interpretado por Terrence Howard (St. Vincent), la temporada explora cómo el mundo violento en el que siempre se han movido los protagonistas les marca en todas sus decisiones y su forma de mirar el mundo, haciendo siempre lo que sea necesario para sobrevivir. La dualidad en el personaje de Howard y cómo sus dos personalidades mantienen ese debate interno es un comienzo interesante que, aunque tratado de forma un tanto irregular, sí cumple su función de introducir ciertas dudas y generar el debate en torno a algo que parecía instalado en el ADN de la serie y sobre lo que no parecía querer cuestionarse nada en absoluto.

De hecho, este comienzo de Empire, más allá de otras consideraciones, viene a explorar también cómo la violencia engendra violencia, e incluso cómo un personaje aparentemente bondadoso (como es el protagonista cuando sufre amnesia) se ve arrastrado a todo tipo de violencia, ya no solo procedente de la familia sino de factores externos. En este sentido es destacable el personaje de Demi Moore (Como reinas) como catalizador y como vehículo dramático de esa catarsis del protagonista, aunque hay que mencionar igualmente que el desarrollo dramático de este pequeño arco argumental resulta algo incompleto, por no decir apresurado, lo que provoca que el trabajo evolutivo del personaje de Howard, aunque eficiente, quede un poco cojo en su profundidad dramática. Dicho de otro modo, todo parece hacerse a gran velocidad para poder volver al camino emprendido en las anteriores temporadas.

A partir de este momento, esta cuarta temporada retoma sus orígenes, volviendo a narrar la lucha por este imperio musical y mediático. Y aunque en cierto modo siguen siendo luchas familiares, lo cierto es que la trama evoluciona para mostrar un núcleo familiar más cohesionado (dentro de sus rupturas habituales) en contra de amenazas externas. Así, la serie cambia el paso para introducirse en algo más que la violencia pura y dura, explorando territorios algo más desconocidos para los protagonistas como la lucha comercial y las intrigas políticas. Todo ello, como no podía ser de otro modo, con una música exquisita como telón de fondo, y con una evolución de los personajes apasionante, algunos tomando el testigo de la violencia, otros huyendo y otros siendo víctimas de los tejemanejes mafiosos.

Venganzas y reconciliaciones

La segunda mitad, aproximadamente, de esta cuarta temporada de Empire se presenta como algo totalmente diferente a lo visto en la primera parte. Si el debate sobre la violencia copaba el arco dramático principal de los primeros episodios, el pasado y cómo influye en nuestro presente y nuestro futuro es la gran temática del tramo final. La introducción en la trama del personaje de Forest Whitaker (Redención) supone un revulsivo interesante a la dinámica establecida en temporadas anteriores. Como mencionaba antes, la violencia tradicional de esta ficción da paso a una encarnizada lucha por el poder en territorios más políticos, más comerciales, y por lo tanto en los que la violencia física desaparece o, al menos, se disimula más.

A través de la gran labor de Whitaker la serie se adentra en un pasado desconocido hasta el momento, en unas relaciones humanas y profesionales nuevas para el espectador que ayudan a comprender algo mejor el devenir de los protagonistas y, sobre todo, las ansias de poder y venganza de muchos secundarios. En este sentido, y relacionado con el pasado, cabe destacar el final de uno de los secundarios de estas temporadas. Un final marcado, cómo no, por la violencia, pero también con elementos diferentes en tanto en cuanto, y a diferencia de ocasiones anteriores, el crimen es utilizado en su contra por ese pasado que vuelve para golpear a los protagonistas donde más les duele, destruyendo las relaciones creadas durante las temporadas anteriores. Resulta sumamente interesante comprobar la evolución de este enemigo y su arco dramático durante la temporada, y cómo los creadores de la serie han introducido los elementos necesarios para construir una traición a fuego lento que, por cierto, tiene el éxito que no han tenido las anteriores.

Dicho de otro modo, mientras que en etapas anteriores la trama abordaba los conflictos de una forma algo más directa (siempre con cierto grado de intriga familiar), en esta ocasión los movimientos son más sutiles, ocultos como están en estrategias financieras e, incluso, en el manejo y la manipulación de artistas. Y obtienen el resultado que no habían obtenido los ataques frontales. Eso no quiere decir, por supuesto, que la violencia no haga acto de presencia, sobre todo el último episodio. Pero incluso esa violencia con la que termina la serie combina igualmente la brutalidad con la sutileza, abriendo la puerta a una nueva forma de entender esta ficción o, al menos, a un nuevo estilo a combinar con el que hasta ahora se había visto.

Se puede decir que la cuarta temporada de Empire cambia en cierto modo algunos aspectos de su tratamiento visto hasta ahora. La introducción de la amnesia del protagonista y la presencia de Whitaker aportan al conjunto un punto de vista diferente, arrojando cierta luz sobre diferentes aspectos de la trama. Sin embargo, existe un cierto carácter apresurado que perjudica al desarrollo de la historia. Tal vez sea por el hecho de que la temporada se divide en dos partes bastante diferenciadas, pero lo cierto es que, sobre todo la primera mitad, tiene un tratamiento algo burdo, sin ahondar demasiado en las motivaciones de los secundarios que son el verdadero motor de la historia. Esto se soluciona o bien desarrollando mejor esta estructura o volviendo a la anterior, donde todas las historias secundarias se aunaban bajo un único paraguas. Pero en cualquier caso, el Imperio sigue dejando buenas sensaciones y buena música.

‘La primera purga: La noche de las bestias’: tradiciones americanas


El fenómeno de la serie ‘La noche de las bestias’ es cuanto menos curioso. Con una premisa tan interesante como novedosa (una noche al año el crimen es legal), el desarrollo de todas y cada una de las películas siempre ha sido un tanto decepcionante respecto a las expectativas creadas. Consecuencia de esto, a medida que han pasado los años el espectador se acostumbra, sabe lo que va a ver y, por lo tanto, espera lo que debe esperar de estas historias. Eso, sumado a que cada film explora diferentes aspectos sociales y sociológicos, han convertido esta saga en un loable experimento. Y la última entrega es la mejor prueba de ello.

A diferencia de las anteriores películas, La primera purga: La noche de las bestias aborda los orígenes de este universo ya conocido. Esa combinación entre lo conocido y el inicio de esta “tradición americana” provoca un fenómeno pocas veces visto en una película. Con una estructura idéntica a las últimas entregas, esta historia es posiblemente la más profunda en lo que a contenido sociológico se refiere. Planteado todo como un experimento, el desarrollo dramático termina revelando que dicho experimento, además de estar manipulado, es en realidad una herramienta política para controlar a la sociedad, y sobre todo para someter, atacar y destruir las clases bajas y marginales de las ciudades.

Desde ese punto de vista, la película ofrece multitud de reflexiones, tanto históricas como actuales (referencia implícita a Donald Trump incluida) sobre el modo en que se forjan determinados hitos. Pero más allá de eso y de cierta violencia bien ejecutada desde un punto de vista cinematográfico, el film ofrece pocos alicientes, más o menos como toda la serie. Los personajes, arquetípicos, apenas ofrecen cambios dramáticos, salvo el hecho de que en el último momento se ven obligados a sobrevivir. Los giros argumentales son más bien escasos y previsibles. Y el modo en que se desarrollan algunos aspectos de la trama no termina de ser consciente, recurriendo a que los personajes conozcan, casi de forma divina, lo que está ocurriendo hasta el más mínimo detalle sin que exista un tratamiento previo acorde.

Por tanto, La primera purga: La noche de las bestias puede ser vista de dos formas. Por un lado, como un producto más que trata de explotar una serie de películas de relativo éxito e interés con una historia idéntica para narrar los orígenes del universo mostrado. Por otro, como un film que complementa y supera, en muchos aspectos, a sus predecesores, cargando la narrativa con un ideario sociológico no visto hasta ahora. En el equilibrio de ambos extremos se encuentra este film que, sin ser notable, sí entretiene lo suficiente como para no resultar tedioso en ningún momento.

Nota: 6/10

‘Preacher’ explora la importancia del miedo y la falta de fe en su 2ª T.


Si algo bueno tienen las adaptaciones literarias, de cómics o de cualquier otro producto cultural es poder apreciar las diferentes narrativas y argumentales entre el cine (o la televisión) con el original. No se trata de decir si uno es mejor que otro; ni siquiera consiste en intentar adivinar lo que va a ocurrir a continuación, utilizando la ventaja de conocer el original. En realidad, lo más interesantes es comprobar cómo una historia puede contarse de muchas formas diferentes aunque tenga, en esencia, el mismo desarrollo. Y eso es lo que, con éxito, está logrando Preacher (Predicador), que en su segunda temporada continúa esa incansable búsqueda de Dios, pero con muchos e imprescindibles matices.

Ahora que queda poco más de un mes para que comience la tercera temporada en Estados Unidos, es importante comprender que esta segunda etapa de la serie creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Supersalidos) y Seth Rogen (The interview) difiere notablemente del cómic creado por Garth Ennis y Steve Dillon en su desarrollo, pero no en su esencia. Más allá de la búsqueda divina, ‘leit motiv’ de esta trama, lo interesante se encuentra en los matices y, sobre todo, en la perfecta conjunción entre personajes y escenarios, entre dramatismo y humor negro. Bajo este prisma, la serie se convierte en algo único, un deleite para los sentidos que explora las miserias del ser humano… y de aquellos que no son del todo humanos.

De nuevo, la dinámica generada entre los tres protagonistas es lo que sustenta todo el relato. Esta segunda temporada de Predicador demuestra, y esto es algo a tener muy en cuenta para un guionista iniciado, que dicha dinámica no tiene que ser, necesariamente, positiva. Ni siquiera estar en el mismo nivel dramático en todo momento. Si en la primera etapa los tres personajes estaban íntimamente ligados por diferentes tipos de relaciones (creando un triángulo sólido), en estos 13 episodios dichas relaciones quedan fracturadas por los intereses y los problemas personales, que chocan unos con otros y alejan a los protagonistas. Así, la búsqueda del predicador interpretado por Dominic Cooper (Warcraft: El origen) deja de lado el miedo al que debe enfrentarse el rol de Ruth Negga (Loving) por El Santo de los Asesinos. Y en medio de todo esto, un vampiro que trata primero de ser el padre que nunca fue y, después, afrontar sus propios errores como hombre y como vampiro.

Y aunque pueda parecer contradictorio, tres arcos argumentales tan diferentes, tan propios, son los que hacen avanzar la trama de un modo sólido y único. Y es que, a pesar de líneas narrativas independientes, todo se desarrolla bajo el mismo paraguas, que no es otro que la falta de fe. Ya sea en Dios o en uno mismo, esta temporada aborda precisamente eso, la pérdida de nosotros mismos, de nuestra verdadera forma de ser. Da igual cual sea el origen (errores propios, miedo a la muerte, un camino que parece llevar a ninguna parte), lo cierto es que el resultado termina siendo el mismo para cada uno de los protagonistas. Y el modo en que lo afrontan, en solitario y alejados del resto, es lo que permite explorar sus debilidades de un modo que, de otro modo, no se podría.

Infierno y El Grial

En medio de esa búsqueda de la fe, la confianza y el sentido a nuestros actos, Predicador logra la máxima expresión de lo que comentábamos al inicio de este texto: las diferencias y similitudes entre el original y la adaptación. Entre las primeras destaca sobremanera el tratamiento que la serie hace del infierno. Muy en la línea de lo creado por Ennis y Dillon, ese infierno condena a las almas a revivir una y otra vez su recuerdo más doloroso, el que más les aterra. Y de nuevo, el humor más negro que pueda pensarse. Evidentemente, en un lugar tan malvado solo pueden estar los personajes más perversos de la Historia, entre ellos el propio Hitler. Este pequeño espacio de relato propio es utilizado por la ficción para volver a demostrar que en el relato nada es lo que parece, que todo se tergiversa hasta hacerlo más perverso bajo una imagen de cotidianidad. Así, ese infierno planteado como una cárcel casi militar sitúa a Hitler ante un infierno propio cuanto menos sorprendente, y a todas luces divertido.

En contraposición, la organización de El Grial está planteada casi como un calco de lo visto en los cómics, incluido el carácter de Herr Starr (Pip Torrens, visto en La chica danesa). Es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de esta segunda temporada, básicamente porque su presencia en el desarrollo dramático posterior es imprescindible para comprender el viaje del héroe. De ahí que los guionistas aprovechen esa falta de fe del protagonista a la hora de buscar a Dios para introducir esta organización, establecer las relaciones dramáticas entre ellos y sentar las bases del posterior conflicto que se vaya a desarrollar. Y aquí puede verse, en su máximo esplendor, la estructura argumental de esta temporada, construida de forma orgánica para que todas las líneas narrativas se nutran unas de otras. Lejos de plantear historias secundarias que corran de forma paralela a la principal (que también hay algo de esto), los creadores aprovechan los conflictos aparentemente secundarios para influir, en mayor o menor medida, en la historia principal protagonizada por Jesse Custer.

De este modo, la trama es capaz de crecer. Si antes hablábamos de la diferencia entre la primera y la segunda temporada en lo que a las relaciones entre los tres protagonistas se refiere, ahora es conveniente señalar que esto no deja de ser una forma de trasladar la dinámica que debe existir en una secuencia, en un acto y en un episodio (o una película) a un concepto mayor como es una serie de varias temporadas. Del éxito logrado en la primera temporada se pasa a las decepciones que se viven en esta segunda etapa. Y lo más probable es que la tercera temporada ahonde en estas diferencias y en el pasado de los protagonistas, a tenor de algunos datos ofrecidos en estos 13 capítulos. Pero eso es adelantar acontecimientos. La realidad es que la estructura dramática de esta entrega logra crecer en la adversidad, construyendo con mimo y cuidado los conflictos tanto internos de cada personaje como externos (ya sea entre amigos o enemigos).

Lo cierto es que la segunda temporada de Predicador confirma a esta serie como una de las más irreverentes que existen actualmente. Nada en ella está dejado al azar, ya sea por seguir la línea argumental del cómic, ya sea incorporando sus propios escenarios y tramas. El humor negro, la ironía y la violencia que roza el absurdo siguen siendo, por suerte, las señas de identidad de la serie, pero hay algo más. Algo que hace que la trama crezca, que los personajes adquieran más complejidad. Y en este caso, ese algo son sus miedos, sus errores del pasado y su frustración por no poder solventarlos como, hasta ahora, habían podido afrontar todos los conflictos. En definitiva, ponerles ante sus debilidades para que puedan crecer en la adversidad. Así las cosas, la serie afronta ahora, de continuar la estela del cómic original, los momentos más oscuros y dramáticos de todos. Teniendo en cuenta la originalidad y la frescura que aportan los guionistas, la expectación es máxima.

‘Deadpool 2’: la familia es lo primero


Vaya por delante que disfruté mucho, muchísimo, de aquella inteligente e irónica gamberrada titulada Deadpool. Con ese film de 2016 Ryan Reynolds (Criminal) lograba dos cosas: adaptar fielmente al cine un personaje tan controvertido como este mercenario, y hacer olvidar sus anteriores incursiones en el cine de superhéroes. Ahora, dos años después y habiendo sentado las bases, ¿puede ofrecer algo nuevo una continuación? Bueno, nuevo realmente no, pero dos horas de diversión, violencia y un humor muy muy negro, eso es incuestionable. Y en los tiempos que corren, esto convierte a esta cinta en algo fuera de lo común.

Aunque más allá de violencia extrema, palabrotas y un sinfín de referencias culturales modernas, la realidad es que Deadpool 2 es, ante todo, una historia, el camino de un antihéroe que, como él mismo explica en el film, toca fondo para volver a levantarse y encontrarse a sí mismo. Y ese camino, con sus altibajos en una película que en algún que otro momento se hace un poco lenta, está sólidamente construido, equilibrando drama y humor a partes iguales para aprovechar los conflictos externos a los que se enfrenta el héroe como mecanismos para desenredar su propio arco dramático interno, centrado en su necesidad de encontrar un significado a su vida, una familia que se le ha arrebatado. Dicho de otro modo, todo lo que ocurre en el film está enfocado a explorar los dilemas morales a los que se enfrenta este mercenario.

Y hasta ahí la parte más, digamos, seria cinematográficamente hablando. Porque esta cinta de David Leitch (Atómica) es puro entretenimiento, pura diversión que debe ser entendida como una parodia de… bueno, de absolutamente todo. La mano firme del director en las secuencias de acción logra algunos de los momentos más impactantes del relato, pero es el guión el verdadero protagonista de esta historia. Su capacidad para reírse de todo, desde el cine de superhéroes hasta de su propio protagonista (el actor, no el personaje, que también) hacen de esta segunda parte un delirio del metalenguaje cinematográfico que permite al relato traspasar sus propias fronteras cinematográficas para incrustarse de lleno en nuestra realidad. A este festival ayudan mucho los cameos, incluyendo los nuevos X-Men, un fugaz Brad Pitt (La gran apuesta), y unos títulos de crédito iniciales simplemente insuperables, de nuevo parodiando una saga caracterizada por sus ‘intros’ (es decir, James Bond). Por cierto, atentos a los textos que aparecen.

En definitiva, Deadpool 2 es más de lo que ya ofreció la primera parte. Y lo es en todos los sentidos. Más acción, más violencia, más humor y, sobre todo, más historia. No implica que sea necesariamente mejor, pero la realidad es que sí que lo es. Como suele pasar en todos estos films, una vez se ha narrado el origen del personaje, la película se centra de lleno en sus motivaciones, en sus miedos y los retos que debe afrontar. Y lo hace sin perder una pizca de todo aquello que convierte a este mercenario bocazas en lo que es. Lo mejor que se puede decir de esta segunda parte es que deja con ganas de más, con ganas de seguir explorando la psicología de este antihéroe y de verle agujereado, troceado y golpeado mientras salva el mundo.

Nota: 8/10

‘El justiciero’: a tiros con la serie B


Tipos duros, policías desbordados, venganza, crimen y una justicia fuera de la ley que aceptan incluso aquellos encargados de hacer cumplir las normas. Con todo lo que ha avanzado el cine, hay géneros y fórmulas que parecen tener siempre, sea la época que sea, un cierto interés para los espectadores. Y si eso se acompaña de un reparto y un director con cierto peso, el resultado es un film con sabor de serie B que, al menos, permite pasar un par de horas de entretenimiento.

Y precisamente eso es lo que propone Eli Roth (El infierno verde) en El justiciero, nueva versión de la novela escrita por Brian Garfield que ya fue llevada al cine en 1974 con Charles Bronson (Los siete magníficos). Entretenimiento que saca, o al menos lo intenta, los instintos más primarios del ser humano. Una suerte de reflejo de la justicia que muchos, en algún momento, habrán querido que se haga con alguna situación injusta que las fuerzas de la ley no son capaces de solucionar. Con un guión lineal, escaso de giros dramáticos pero cargado de secuencias violentas (y sangrientas, que en eso Roth es un maestro), la cinta no busca hacer reflexionar. Ni siquiera plantea algún tipo de intriga o suspense. Simple y llanamente, acción. Y eso no es necesariamente malo.

Eso no quiere decir, claro está, que sea bueno. A pesar de su carácter de serie B, de su planteamiento deliberadamente simplista y de la eficacia narrativa de Roth para sacar el máximo partido a la espiral de violencia en la que se introduce el protagonista interpretado por Bruce Willis (Mercancía peligrosa), lo cierto es que la película en ningún momento parece tomarse demasiado en serio a sí misma. Esto funciona por momentos, pero falla a la hora de la verdad, es decir, en aquellos puntos críticos de la trama donde el drama predomina sobre la violencia, o donde la tensión debe sobrevolar las secuencias. La falta de fuerza dramática se sustituye con una banda sonora algo estridente y, en ocasiones, innecesaria, lo que no ayuda al resultado final.

Esperar de El justiciero algo más que una vía de escape a nuestros deseos más oscuros sería esperar lo imposible. Pero incluso esta serie B podría ser algo mejor. Puliendo algunos aspectos de su narrativa tanto visual como sonora podríamos estar hablando de un film sobrio, no excelente pero sí notable. En cambio, estamos ante casi dos horas de un camino de venganza en el que todo sale bien porque todo el mundo entiende los motivos por los que se hace lo que se hace. Venganza sin sobresaltos, sin apenas giros argumentales y con mucha acción, mucha violencia y mucha sangre. Para ver en una sobremesa.

Nota: 6/10

‘Abracadabra’: hipnótico costumbrismo


He de confesar que la última película de Pablo Berger, Blancanieves (2012) no me impactó tanto como parece que ocurrió con crítica y público. Es cierto que la reflexión a la que invitaba era interesante, pero algo tuvo que no llegó a conmoverme como esperaba. Y lo mismo ocurre con su nueva historia, un drama costumbrista con el machismo y un cierto grado de violencia como telón de fondo y la fantasía como vehículo para una historia que cuenta más de lo que a primera vista podría parecer.

Porque Abracadabra tiene muchas interpretaciones, desde la social a la puramente humana, pasando por la ironía de muchos de sus personajes e incluso por una suerte de terror que en algún que otro momento parece querer llevar la trama por derroteros muy diferentes a los que podría preverse. Todas estas formas de analizar esta cinta se traducen en un guión sólido, plagado de tantos momentos cómicos como dramáticos, con un final simbólico y a la vez esperanzador, y con un reparto que, en pocas palabras, está insuperable, en especial el trío protagonista formado por Maribel Verdú (15 años y un día), Antonio de la Torre (Caníbal) y José Mota (Ekipo Ja). Todo ello conforma una obra que se mueve por escenarios físicos y dramáticos conocidos, pero que a través del objetivo de Berger parecen adquirir un aroma diferente, a veces más rancio y a veces más surrealista.

Entonces, ¿qué hay de malo? En realidad nada. El problema radica en la narrativa de Berger, tan sobria como inexpresiva. Salvo en su tramo final, y en alguna secuencia puntual, el director lleva la cinta con pulso firme pero sin demasiada personalidad en lo que a propuesta visual se refiere. Tal vez se deba al hecho de que la historia, a pesar de sus elementos originales, no deja de ser en el fondo algo que ya ha sido contado en otras ocasiones con una mayor fuerza dramática. Y tal vez se deba también a que en ningún momento parece apostar por ninguno de los géneros a los que pertenece, quedándose en tierra de nadie e impidiendo una conexión más profunda con lo que ocurre en pantalla. Sí, entretiene e invita a la reflexión, sobre todo con su mensaje final, pero todo transcurre como si de un mero relato inocente se tratara. Y eso no concuerda con la sensación que deja en el espectador.

Al final, Abracadabra se pierde ligeramente en su indefinición. El toque cómico de Mota, cuya labor en la cinta se aprecia más allá incluso de su propio personaje, contrasta de forma radical con la violencia y el embrutecimiento del rol de De la Torre. Y en medio de todo eso, una Verdú a ratos divertida, a ratos aterrada, a ratos dramática. Esta amalgama no logra funcionar, o al menos no a la altura del contenido del relato, muy superior en conceptos, desarrollo de personajes y trasfondo moral y social, de lo que la puesta en escena sugiere. Es, en resumen, una película que hace reír, que siempre se ve con una sonrisa incluso en sus momentos más dramáticos, y que arroja un mensaje que tiende a olvidarse demasiado rápido, sobre todo por la gravedad y la importancia del mismo en la sociedad en la que vivimos.

Nota: 6,5/10

‘Vivir de noche’: el pasado siempre vuelve


Ben Affleck dirige y protagoniza 'Vivir de noche'.Con cada película que hace, Ben Affleck (Argo) se confirma por partida doble. Se confirma con un director más que notable, con un lenguaje narrativo sobrio a la par que bello y sumamente expresivo. Y se confirma como un actor muy limitado, sobre todo si da vida a personajes con una expresividad relativamente alta. Su último film como director, guionista y actor confirman la máxima, lo que puede llegar a dejar un sabor agridulce en el paladar para los amantes del cine de gánsteres y, en general, para los amantes del buen cine.

En efecto, Vivir de noche es un film completo y complejo en el que más allá de la violencia del mundo en el que se desarrolla la trama, durante la Ley Seca de Estados Unidos, se aborda en realidad la evolución de una sociedad convulsa, marcada por una Gran Depresión y el miedo a lo diferente. En este marco, Affleck desarrolla una historia (basada en una novela de Dennis Lehane, autor de ‘Mystic River’ o ‘Shutter Island’) de un modo extremadamente lineal pero con muchas ramificaciones que enriquecen la aparente simplicidad de la propuesta. Con un reparto de altura y una factura técnica impecable, la cinta aborda temas como el racismo, la violencia y, sobre todo, el modo en que el pasado marca nuestras vidas incluso cuando parece que ha quedado definitivamente enterrado. El final, en este sentido, es tan impactante como esclarecedor. La historia, asimismo, está salpicada de secuencias de acción brillantemente ejecutadas, sobre todo el clímax final.

El problema es el propio Affleck. Si bien es cierto que su personaje adolece de cierta melancolía durante buena parte del metraje, el actor no logra imprimirle la naturalidad que debería, sobre todo en la segunda mitad de la trama. De hecho, contrasta sobremanera con el resto del reparto y, especialmente, con los personajes con los que comparte más planos. No son pocos los momentos en los que resta emotividad y dramatismo a las escenas compartidas, amén de un discurso pro igualdad racial que, aunque intenso, está enunciado con una falta de sentimiento bastante evidente. Todo ello termina por afectar a algunas partes del desarrollo dramático.

Puede que Vivir de noche no sea una película intensa, pero sin duda es una obra muy rica en matices. Tanto que es importante no perder detalle del desarrollo de la trama. Con un equilibrio espléndido entre drama y acción, entre el bien y el mal, Affleck logra como director una cinta compleja que reflexiona sobre el modo en que nuestras acciones tienen consecuencias, sobre cómo el pasado nos acosa hasta encontrarnos en el momento que menos se espera. Todo ello en un contexto social que muchas veces se pasa por alto en este tipo de films. El problema es, como suele ocurrir en sus películas, que él mismo se pone delante de las cámaras. Aunque, hay que reconocerlo, no es algo insalvable en este caso.

Nota: 7,5/10

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