‘The Walking Dead’ se tambalea en el final de la 8ª temporada (y II)


The Walking Dead, la serie, hace mucho que tomó un camino propio con respecto a The Walking Dead, el cómic. Es más, desde la primera temporada siempre ha presentado elementos que la hacen tener vida propia, incluso aunque su estructura sea similar, en desarrollo y personajes, a la obra original de Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore. Pero el final de la mid season de la octava temporada supuso la verdadera ruptura con el desarrollo de la historia en las viñetas, y la segunda parte de esta última etapa ha sufrido las consecuencias.

Porque, aunque sigue manteniendo en cierto modo el sentido básico de la trama (una guerra entre colonias, un combate final, la decisión de cambiar la forma de hacer las cosas y volver a construir una sociedad), algo hay que no termina de cuadrar en esta reinterpretación de las viñetas. Estos ocho últimos episodios desprenden en todo momento la sensación de que algo no encaja, de que a pesar de ser algo lógico lo que se ve en pantalla, subyace algo incómodo en el tratamiento de la historia. Y ese algo es, precisamente, el tratamiento de los personajes.

Esta última parte de la temporada 8 de The Walking Dead no logra de asentarse sobre las bases que convirtieron a esta serie en lo que ha sido. Demasiados personajes, poco tiempo para desarrollarlos y una concatenación de decisiones a cada cual menos justificada han llevado a esta ficción a presentar la que posiblemente sea la etapa más débil y cuestionada de todas. Vayamos por partes. La presencia de tantas comunidades con tantos personajes relevantes ya empezó a plantear problemas en temporadas anteriores, pero al existir un denominador común bajo el nombre de Negan (Jeffrey Dean Morgan, visto en Proyecto Rampage) la definición de los mismos era relativamente fácil. Pero una vez que este denominador pierde fuerza los roles empiezan a actuar de forma individualizada, lo que obliga a dedicarles más tiempo. Y teniendo en cuenta que hay una guerra de por medio, ese tiempo se reduce considerablemente, con todo lo que eso implica para poder profundizar en los protagonistas.

A esto se suma la situación creada en el último episodio de mitad de temporada. La muerte de un personaje imprescindible como el de Carl Grimes no solo desequilibra todo lo que va a ocurrir a continuación (en la historia que continúa en el cómic es pieza clave para los acontecimientos), sino que provoca un auténtico estallido entre los protagonistas que da lugar a muchas irregularidades. Es cierto que su salida de la trama responde a la necesidad de paliar una debilidad del propio cómic y dar una motivación sólida al héroe interpretado por Andrew Lincoln (Pago justo) en su idea de construir un futuro alejado de la violencia, pero hay que preguntarse si realmente ha merecido la pena el precio a pagar en el resto de esta historia.

Todos contra todos

Esa pregunta puede contestarse desde dos puntos de vista diferentes. Por un lado, es evidente que el coste de sacrificar un personaje con tanto futuro no compensa todo lo ocurrido a continuación. Para empezar, el viaje emocional del rol de Lincoln, complejo y bien planteado, no tiene un desarrollo correcto, en parte por lo mencionado anteriormente acerca de la proliferación de personajes. Y en cierto modo, la deriva que han tenido otros personajes a partir de este acontecimiento de mitad de temporada no ha sido la mejor. Prueba de ello es, por ejemplo, la salida “honrosa” que se ha dado al atormentado personaje de Lennie James (Blade Runner 2049), que pasa a jugar en esa especie de segunda división que es, al menos por ahora, Fear the walking dead.

Aunque sin duda el giro más inesperado es el gancho que cierra esta octava temporada de The Walking Dead, una especie de declaración de intenciones de sus creadores de hacer un futuro en el que todos se vuelvan contra todos, en el que los amigos se ataquen entre ellos y en el que, en definitiva, el caos vuelva a adueñarse de la trama. Este giro narrativo deja sensaciones encontradas. La primera reacción es la de rechazo a que el grupo protagonista se fragmente y que personajes que se han apoyado se enfrenten. Pero por otro lado, el planteamiento de odio que se ha hecho durante toda esta etapa justifica sobradamente el giro, ofreciendo un nuevo aliciente a una serie que esta temporada había perdido ritmo e intensidad dramática (salvo honrosas excepciones). Y este es el segundo punto de vista desde el que se puede analizar esta segunda parte de la temporada. Este final vendría a justificar la muerte de Carl Grimes, pues lejos de generar esa utopía parece que podría terminar siendo más bien una pesadilla. Y todo eso con los Susurradores llamando a las puertas, como parece intuirse en algunos de los planos.

Resulta curioso analizar cómo la serie parece estar optando por las limitaciones presupuestarias antes que por un correcto tratamiento dramático. Si la indefinición ha sido el rasgo definitorio en buena parte de la temporada, las dificultades técnicas parecen estar detrás de algunas decisiones. La muerte de la mid season es un buen ejemplo. La pelea final entre Rick y Negan es otro. De hecho, puede que sea el más claro. Y de nuevo, aunque toma la esencia de la obra que adapta a la pequeña pantalla, la resolución resulta pobre, huérfana de dramatismo o de intensidad emocional. Dos hombres alrededor de un árbol que dejan a un lado la brutal pelea en la que el héroe de esta historia termina teniendo que utilizar un bastón. Es cierto que la decisión final de Rick adquiere dramatismo gracias al desarrollo de la historia que lleva a ese instante, pero no hay que obviar el hecho de que un protagonista herido físicamente y de gravedad que perdona la vida a su enemigo es una imagen mucho más impactante.

Así las cosas, el final de esta octava temporada de The Walking Dead deja, como el resto de los 16 episodios, un sabor agridulce. La presencia de tantos personajes y algunas decisiones narrativas ponen de manifiesto que la serie necesita un cierto impulso. La llegada de Negan, tan impactante como espléndida, no se ha sabido explotar en un desarrollo posterior adecuado. Sí, ha habido guerra. Sí, la crueldad del antagonista parecía no tener límites. Pero llegado el clímax esperado, todo eso parece haberse desvanecido. La muerte de un personaje clave como el hijo de Rick, con todo lo polémico que puede llegar a ser, y la continuidad de otro como Negan abre las puertas a unas posibilidades dramáticas casi infinitas que podrían compensar esta octava etapa.

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4ª T. de ‘Silicon Valley’, competitivos hasta las últimas consecuencias


Para considerar como exitosa a una ficción como Silicon Valley, a estas alturas la serie debería haberse convertido en un fenómeno que, sea por el motivo que sea, no es. Sin embargo, eso no quiere decir que esta producción creada por John Altschuler (serie The good family), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie Lopez) no sea una de las más frescas, desenfadadas y dinámicas de la parrilla actual. Y lo es porque, tomando como punto de partida el mundo tecnológico, analiza en realidad las relaciones y los comportamientos humanos y sociales que pueden encontrarse en cualquier otro ámbito de la sociedad, lo que infiere al resultado final una visión mucho más extensa y compleja de lo que aparentemente puede parecer. Y su cuarta temporada ahonda más si cabe en esta complejidad.

Y es que bajo la apariencia de comedia gamberra estos 10 episodios exploran ideas como la lucha por el poder dentro de una empresa, la consecución del éxito a cualquier precio o la traición de la amistad en los negocios. Lo hace, por supuesto, con los extremos personajes que protagonizan esta historia, pero incluso así es fácil apreciar situaciones, diálogos e incluso actitudes fácilmente identificables con algún momento de la vida real. Lo interesante, lo que hace de esta serie algo diferente, es precisamente el contraste que generan los personajes y las peculiaridades que les convierten en únicos.

No cabe duda de que el protagonista interpretado por Thomas Middleditch (Joshy) es la joya de la corona. Sobre sus hombros recae todo el peso narrativo (y casi todo el peso cómico) de Silicon Valley. Y en esta cuarta temporada no lo es menos. El viaje al éxito de este personaje choca de lleno con su personalidad, y eso genera algunas de las situaciones más surrealistas no solo de la temporada, sino de toda la serie. Pero como decía antes, también es el origen de los conflictos que dotan a esta ficción de algo más que las clásicas comedias de situación. En esta ocasión, la aparente falta de escrúpulos, las traiciones a los que son sus amigos o la obsesión por lograr su objetivo contrastan con su personalidad inocente, por momentos tímida, que siempre le han catalogado como el clásico pardillo.

Aunque los mejores elementos que definen a la serie, al menos en lo que a construcción dramática se refiere, son sus secundarios. Con entidad propia, los personajes que se mueven en la órbita del protagonista son capaces de desarrollar sus propias historias más allá de la trama principal. No mucho, porque al fin y al cabo es una comedia de poca duración, pero sí lo suficiente como para crear un mundo casi único en la serie. En algunos casos han llegado a tener más relevancia en esta temporada que el propio protagonista, una estrategia que ha permitido liberar ligeramente el arco argumental principal y nutrirlo con historias y personajes que sirven de apoyo a momentos puntuales de la acción. Y aunque parezca contradictorio, este es precisamente uno de los problemas que empieza a arrastrar la serie.

Regreso al ostracismo

En efecto, Silicon Valley está adquiriendo una dimensión que, para empezar, tiene difícil ajuste en una sitcom de corta duración como es el formato actual. Las historias de los protagonistas que dan pie a las situaciones más hilarantes del arco argumental se empiezan a sumar a tramas secundarias que apenas tienen importancia en el argumentario principal. La suma de todo ello está impidiendo que las decisiones de los protagonistas y algunas de las situaciones se basen en un correcto desarrollo, supeditando todo a una serie de momentos en los que, cada vez más, se deben introducir todo tipo de elementos para tratar de hacer avanzar todas las tramas creadas.

Lo bueno es que esta cuarta temporada ha sabido aprovechar eso en un desarrollo todavía más histriónica y surrealista de lo visto hasta ahora. El caos que parece generar la suma de tramas deriva en un caos en los propios personajes, llevando al límite de la moral, e incluso físico, al protagonista y sus compañeros. En cierto modo, una vuelta al ostracismo inicial de unos personajes que, a pesar de la experiencia obtenida en estos años de serie, siguen mostrando un cierto aire pardillo e inocente en muchos aspectos, lo que les obliga a luchar contra su propia ineptitud y sus propios demonios. El mejor ejemplo de esto es el final de esta etapa, con ese camión vacío al haber dejado un reguero de piezas, cables y material informático, amén de un nuevo enfrentamiento que parece avecinarse entre los dos antagonistas principales de la serie.

Lo malo, por poner una nota negativa al conjunto, es que si se siguen sumando más tramas sin dar solución a las ya iniciadas la serie no va a ser capaz de comprimir en los pocos y cortos episodios que dura cada temporada toda la complejidad dramática que se está construyendo. Es necesario, por tanto, ir solucionando algunas historias (como de hecho ya se ha hecho en algunos casos en esta etapa) para poder hacer que la serie avance, que los protagonistas logren finalmente el objetivo marcado en la primera temporada y que, en cierto modo, ha cambiado ya, al menos en su forma, que no en su fondo. De esta evolución depende, por tanto, no solo el carácter hilarante y divertido de la serie, sino su capacidad dinámica y su frescura, así como el correcto desarrollo de los personajes y, en el fondo, que el toque alocado y algo surrealista del conjunto no acabe por engullir a la calidad narrativa y dramática que tiene.

Por lo pronto, la cuarta temporada de Silicon Valley ha sabido aprovechar el caos que generan tantas tramas para situar a unos extraordinarios personajes en una situación extraordinaria, al menos para ellos. Y eso ha llevado a la historia a un nuevo nivel de histrionismo y de surrealismo, enfrentado a los protagonistas con sus propios miedos, sus propias limitaciones y sus propias fronteras morales. Resulta interesante comprobar cómo estas situaciones hacen crecer la trama, convirtiéndola en un producto más maduro y al mismo tiempo afrontando el riesgo de transformarse en algo que deje de ser la magnífica serie que es. Estos 10 episodios son para disfrutar de esa transformación; los peligros deberán afrontarse en la próxima etapa.

‘Ray Donovan’ muestra la importancia de los secundarios en su 5ª T.


En líneas generales, Ray Donovan es una serie más que notable. Dramáticamente intensa, con un reparto espléndido y unas tramas sólidas, esta serie creada por Ann Biderman (Smila: Misterio en la nieve) es un claro ejemplo de que una buena ficción, sea en cine o televisión, siempre deberá sustentarse en los mismos principios antes mencionados. Pero por si esto no fuera suficiente, la quinta temporada es todo un ejercicio digno de estudiar en las clases de guión. Los 12 episodios que conforman esta etapa demuestran que toda historia, para ser completa, necesita de unos secundarios extraordinarios.

La trama de esta temporada viene a confirmar, además, algo que se intuía desde el comienzo de la serie: que el personaje de Paula Malcomson (Los juegos del hambre) era la piedra angular no solo de las interacciones entre personajes, sino del desarrollo dramático y de los conflictos que han nutrido a esta ficción desde sus primeros episodios. El modo en que Biderman trata a este personaje y toda su línea argumental en esta etapa es sencillamente perfecto, alternando pasado y presente sin más indicaciones que los personajes y sus diferentes representaciones físicas. Eso, y el impacto que tiene en el protagonista, un Liev Schreiber (El caso Fischer) inmenso al que los Globos de Oro, un año más, han dejado de lado en los premios (suma cinco nominaciones seguidas por este papel).

Precisamente el modo en que estos dos personajes afrontan el conflicto es lo que genera el contraste dramático y la profundidad emocional a la que posiblemente sea la mejor temporada de la serie. A través de flashbacks, el relato compone un puzzle del que hace partícipe al espectador, que más allá de los problemas laborales de Donovan debe prestar especial atención a los saltos temporales constantes en cada episodio. El arco argumental, por tanto, se nutre a cada paso, jugando con precisión con la información que tiene el espectador. Se genera de este modo un suspense único, una intriga por conocer los detalles de lo acontecido y narrado en el primer episodio de esta etapa de Ray Donovan. Y mientras algunas cosas se desvelan con cierta celeridad, otras se antojan casi un misterio que reta al espectador a resolverlo antes de verlo en pantalla.

Un delicado equilibrio que tiene como principal problema la debilidad del resto de tramas secundarias, amén del tratamiento que se da a algunos de los personajes habituales de la serie. Empero, y aunque de esto hablaremos más adelante, es importante señalar que a pesar del protagonismo del personaje de Schreiber, cada temporada ha tratado de poner el foco sobre alguno de los miembros de la familia Donovan. En mayor o menor medida, cada bloque de episodios ha narrado la historia con un secundario diferente como apoyo dramático a los problemas laborales del protagonista, idea que culmina de forma apabullante en esta quinta temporada y que obliga a plantearse no solo cómo continuará la trama sin un rol clave, sino si será capaz de superar el pico dramático de esta etapa.

Problemas secundarios

Como decía antes, uno de los problemas de Ray Donovan en esta tanda de episodios es la debilidad de las tramas secundarias que tienen poco o nada que ver con el epicentro dramático de la acción. A diferencia de anteriores temporadas, donde todo tenía una mejor y mayor integración, en estos 12 capítulos la relevancia y la intensidad de los principales acontecimientos obligan a quitar tiempo de desarrollo a otras historias, que se convierten casi en un trasfondo narrativo para enmarcar el arco argumental principal, siendo utilizadas solo como apoyo en determinadas ocasiones y, eso sí, aprovechadas para plantear conflictos dramáticos para la sexta temporada.

Uno de los casos más curiosos es el de los hijos, interpretados por Kerris Dorsey (Moneyball: Rompiendo las reglas) y Devon Bagby (Broken Ghost). Por un lado, en esta temporada se ha intentado integrar más en la trama a la joven, introduciéndola de lleno en la historia principal y siendo, en cierto modo, motor de cambio de muchas de las secuencias a lo largo de los episodios. En este sentido, ha venido a sustituir al rol de Malcomson como el contrapunto femenino a una historia eminentemente masculina. Pero por otro, el papel del adolescente ha tomado una deriva cuanto menos cuestionable. El personaje parece alejarse cada vez más del interés dramático de la serie, y eso queda más que patente en las situaciones en las que se le ubica. No solo no tienen un nexo de unión claro con el resto del argumento, sino que podrían interpretarse como una forma sutil y progresiva de dejarle fuera de esta ficción definitivamente. Habrá que ver si se le intenta integrar en un futuro cercano o si, por el contrario, se convertirá en un personaje episódico que aparezca cuando sea necesario un apoyo dramático.

Aunque lo más interesante ocurre con el rol de Jon Voight (Más allá). Si durante todas las temporadas anteriores ha sido un punto de inflexión en la historia, un contrapunto a medio camino entre la comedia y el drama para la trama principal, en esta quinta temporada su influencia parece haber quedado en un segundo plano. Su arco argumental, aunque sigue siendo el contrapunto cómico de la serie, se aleja mucho de la influencia que sí tuvo en etapas previas. Tanto que camina de forma paralela durante buena parte de la temporada, siendo integrada en el resto únicamente para explicar algún matiz del pasado o, y esto es sumamente importante, para sentar las bases de los nudos dramáticos que están a punto de venir, y que a todas luces volverán a tener el conflicto padre-hijo como telón de fondo.

Cómo será que el mundo de Ray Donovan ha sido sacudido desde sus cimientos que ni siquiera la trama relacionada con su trabajo que habitualmente tiene un peso específico más que notable en esta quinta temporada solo sirve para plantear la trama principal y para generar ciertas situaciones anómalas en la vida del protagonista. Y todo ello es, ni más ni menos, porque lo relevante en esta temporada de inflexión es la vida personal de este fascinante personaje. Cómo cambia su día a día, las relaciones con hermanos, hijos y resto de la familia y, sobre todo, la fragilidad de un hombre aparentemente irrompible ante la pérdida del amor de su vida, por mucho que durante toda la duración de la serie se haya podido poner en duda. En cierto modo, esta ha sido la temporada más humana y más íntima de toda la serie, ofreciendo una faceta del héroe nunca antes vista. Personalmente, ha sido la mejor etapa de toda la ficción a pesar de ciertas irregularidades en el contexto dramático y en los secundarios. A partir de ahora se abre un nuevo escenario que revitaliza una serie que, en realidad, no necesitaba ningún empujón para seguir siendo uno de los productos más frescos, dinámicos, apasionantes e interesantes de la televisión.

‘Nashville’ acepta con honradez su inminente final en la 5ª T.


Una serie no es únicamente una buena historia, un buen reparto o una factura técnica impecable. A menudo las producciones para la pequeña pantalla pecan de un desarrollo que desvirtúa por completo el sentido inicial de la trama. Eso por no hablar de finales poco adecuados a lo visto durante los años que dure la ficción. Ya sea por exigencias de las audiencias, de la productora o de otros “factores externos”, las series terminan muchas veces de un modo incoherente. Por eso cuando una ficción como Nashville encarrila su evidente final con la humildad, la seriedad y la honradez que ha mostrado a lo largo de todas sus temporadas, debe ser admirada o, al menos reconocida.

Su quinta temporada, de nuevo con 22 episodios, es la prueba fehaciente de que una serie puede terminar sin grandes aspavientos, sin conclusiones forzadas o sin incongruencias dramáticas. Esto no quiere decir que la serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) haya perdido su esencia, al contrario. Posiblemente sea más dramática que nunca. Pero precisamente por el desarrollo y los acontecimientos que se relatan en esta etapa, y el modo en que se tratan las diferentes tramas que componen este universo country, el argumento se ha vuelto mucho más sincero con el espectador de lo que podría haberlo sido hasta ahora.

En realidad, lo que ha hecho Nashville es dar rienda suelta a su dramatismo, pero utilizando para ello el cierre de todas y cada una de las historias secundarias, amén de la trama principal. A estas alturas, y con la sexta temporada ya empezada, los seguidores sabrán del giro de mitad de temporada tan impactante como determinante. Este punto de inflexión es el que marca el camino a seguir hacia el final, utilizando ese momento para iniciar el cierre paulatino y gradual de todas las historias. Y lo hace fiel a su estilo, es decir, generando una escalada dramática que explora todos los sentimientos habidos y por haber en una relación y en la vida misma.

Por supuesto, esto no quiere decir que la serie mejore o empeore. Simplemente esta quinta temporada sabe aprovechar lo construido hasta ahora para concretar un final para sus personajes sin transformarlos hasta hacerlos irreconocibles. Evidentemente, si la serie no ha gustado hasta ahora esto no hará que gane seguidores, pero aquellos que sigan sus tramas encontrarán en estos capítulos un comienzo del fin sumamente enriquecedor. Fundamentalmente porque ese punto de inflexión de mitad de temporada ha permitido a la serie hacer crecer a sus personajes, volverlos más maduros al enfrentarlos con sus propios miedos. En cierto modo, por primera vez en toda la serie los roles evolucionan y dejan de tener un comportamiento cíclico, lo que podría entenderse como una mejora dramática de la ficción.

Rellenar el vacío

Visto así, la ausencia del personaje de Connie Britton (American Ultra) se puede entender como la llave que ha desbloqueado algunos problemas de construcción de Nashville. Por un lado, ha sido el motor dramático de la mitad de esta quinta temporada. El Acontecimiento (así, en mayúsculas, porque pocas veces una serie afronta algo de semejante envergadura antes de su episodio final) se halla detrás de prácticamente todas las motivaciones del resto de personajes. En mayor o menor medida, la pérdida de este rol determina las frustraciones, las decisiones, los anhelos, los miedos y, por qué no, las alegrías que llenan el vacío de la segunda mitad de esta etapa. El hecho de que este importante personaje no vuelva a aparecer en la serie facilita que otros secundarios adquieran entidad propia, más de la que habían tenido hasta ese momento, ahondando en su personalidad y en su arco dramático.

Por otro lado, y está muy relacionado con los dicho anteriormente, el hecho de que se corte de raíz con esta trama personal obliga a Khouri a completar los espacios que hasta ahora ocupaba, ya fuera directa o indirectamente. Y para ello, además de incluir nuevas canciones (personalmente el tema ‘Saved’ cantado por Lennon Stella es el mejor de toda la serie), ha sido necesario introducir nuevos secundarios, potenciar el carácter dramático de otros y hacer avanzar las tramas del resto. Es a esto a lo que me refería al mencionar que la serie crece dramáticamente. Las historias circulares de muchos secundarios, con constantes idas y venidas sobre los mismos conflictos sin lograr un avance real, podían tener un cierto sentido como contexto argumental, pero una vez que dan el paso a la primera línea dramática no son coherentes.

Ahora bien, en esta parte final de la quinta temporada se aprecia un cierto aire a recta final. El hecho de que estas tramas secundarias hayan adquirido más protagonismo solo tiene sentido, y así parece plantearse en la serie, como epílogo a una historia que ya no da más de sí. Esto es algo que se confirma en el hecho de que la sexta etapa es al última, es cierto, pero la realidad es que sus personajes, y por extensión los actores, son conscientes de que la historia es, en realidad, la vida de Rayna Jaymes, y sin ella no puede subsistir mucho más tiempo. Pero a diferencia de otras ficciones, en lugar de apostar por un abrupto final se ha optado por cerrar todas las historias, siempre con la sombra de la protagonista como telón de fondo, y poder así poner el broche perfecto a la serie.

Desde luego, esta quinta etapa de Nashville es, con diferencia, la más dramática de todas. Sin un gancho final como en anteriores ocasiones, la serie ha optado por un punto de inflexión dramática como nunca se había intentado hasta ahora en esta ficción. El resultado no podría ser más interesante, al menos a la hora de analizar el tratamiento. La ausencia de la protagonista facilita la progresión del resto de secundarios, cohibidos tras la figura inmensa del rol de Britton. Así que sí, la producción crece y evoluciona. Esto no quiere decir que sea extraordinaria o que no siga presentando importantes problemas en su concepción, pero sí implica que mejora, al menos dentro de su forma de tratar las tramas y las relaciones entre personajes. Y sobre todo afronta con naturalidad que ha llegado su final. Y eso es algo digno de alabar, sobre todo porque no todas las series son capaces de llegar hasta ese punto.

‘Tin Star’ explora la delgada línea entre policía y criminal en su 1ª T.


Al igual que ocurre con el cine, existen series menores que, aunque no posean la profundidad dramática o la factura narrativa de los grandes títulos, son capaces de ofrecer algo original, algo, por lo menos, alejado de la fórmula clásica del éxito. Es, por ejemplo, el caso de Tin Star, ficción escrita por Rowan Joffe (28 semanas después) que, aunque con un comienzo titubeante y un desarrollo algo inconexo, concluye su primera temporada de 10 episodios con un gancho que abre la puerta a unas posibilidades narrativas amplias y cargadas de matices dramáticos. Eso sí, siempre y cuando sea capaz de superar varios e importantes problemas que presenta.

La trama arranca con una familia huyendo de madrugada de su casa. Poco tiempo después, un enmascarado dispara con la intención de matar al padre, sheriff del pueblo y exalcohólico, pero termina matando al hijo pequeño. La historia da un salto temporal para narrar cómo esa familia llegó a esa localidad casi al mismo tiempo que una importante compañía industrial que promete trabajo a los habitantes de la localidad. Empiezan entonces a sucederse varios crímenes, entre ellos el del hijo del policía, que parecen apuntar a la empresa. A medida que avance la investigación para encontrar al culpable de la muerte de su hijo, el jefe de policía volverá a caer en viejos hábitos y tendrá que ajustar cuentas con su pasado.

Posiblemente lo que más destaque de Tin Star sea su reparto. Con un soberbio Tim Roth (Los odiosos ocho) a la cabeza, los intérpretes adoptan no solo sus respectivos roles, sino que los dotan de una complejidad dramática lo suficientemente sólida para no caer en el ridículo. Porque, y no es incompatible una cosa con la otra, buena parte de los problemas de la serie son las relaciones de algunos personajes y, sobre todo, su forma de afrontar las revelaciones y los giros argumentales de la trama. De ahí que la labor de los actores sea, en muchas ocasiones, fundamental. La culpabilidad del personaje de Roth, el modo en que se aleja de su familia para hacer lo que tiene que hacer y la violencia creciente que utiliza en su búsqueda de venganza es sin duda el motor de la trama, pero junto a ello se desarrollan varias historias secundarias que ayudan a crear un contexto dramático interesante, aunque como ya he dicho, sumamente irregular.

El caso más evidente puede que sea el de Christina Hendricks (serie Mad Men), cuyo rol parece el más desaprovechado, posiblemente porque la historia de la compañía con oscuras intenciones queda en un segundo plano ante la fuerza del protagonista y de su antagonista. En efecto, el juego entre los personajes de Roth y Oliver Coopersmith (serie Dickensian) es sin duda lo mejor de esta primera temporada, principalmente porque su enfrentamiento evoluciona desde una mera animadversión hasta un conflicto con raíces dramáticas tan antiguas como arraigadas. Esto permite a la ficción crecer en intensidad emocional, pero también introducir diferentes aspectos y elementos a su alrededor que permiten plantear, durante el desarrollo dramático, las bases para elaborar la verdadera idea de la serie: la delgada línea entre el bien y el mal, entre un policía y un criminal.

Daños colaterales

El principal problema, y la principal virtud, es que con esta apuesta por una trama principal tan potente el resto de elementos de Tin Star quedan eclipsados. Problema porque se intuyen historias secundarias y personajes cuanto menos interesantes para contar con un desarrollo mínimo. Virtud porque se centra en explorar esa especie de doble faceta del protagonista, que personifica ese reflejo entre policía y criminal, dos roles que en este caso solo están separados por esa estrella de hojalata a la que hace referencia el nombre de la serie. Y relacionado con ello, como mencionaba, encontramos el rol de Coopersmith, capaz de aportar intriga y complejidad dramática a la trama; al menos la suficiente como para ahondar en esa espiral de violencia y alcohol en la que se sume el personaje de Roth. De inicial novio de la hija, correcto y educado, a ser un personaje con muchas sombras para terminar generando un desenlace con tantos daños colaterales que es difícil de cuantificar. En realidad, y puede que eso sea lo más atractivo del personaje, es la viva imagen del suspense según lo definía Hitchcock, pero también de la sorpresa, algo que lo convierte en motor dramático en el tercio final de la serie.

Dejando a un lado a estos dos personajes, y hablando de daños colaterales, esta primera temporada pierde fuelle siempre que dirige su atención a elementos que nada tienen que ver con esta historia principal. Ya he mencionado todo lo que rodea a la historia y los personajes de la industria que se instala en el pueblo. En este caso, sin embargo, su falta de peso radica en que esta trama secundaria, aunque comienza estando relacionada con la principal en cierto sentido, pronto se desvía para tratar de caminar sola… y termina tropezando, pese a los vanos intentos de unirla, aunque sea de forma casi anecdótica, con los personajes principales. La falta de interés que genera la historia protagonizada por el personaje de Hendricks (que esperemos tenga más importancia en la segunda temporada) hace que las secuencias que protagoniza tengan cada vez menos relevancia, lo que deriva en una desconexión y algo de irregularidad en el ritmo de la serie.

Pero no es el único caso. La presencia de secundarios que aportan más bien poco, por no decir nada, es más bien alta. El caso más evidente es el del personaje interpretado por Ryan Kennedy (serie Defiance), un joven policía con valores y principios que choca con un jefe que se toma la justicia por su mano. Aunque en un principio pueda resultar atractiva la premisa de este conflicto secundario, el tratamiento y el modo en que se desarrolla es más bien inocuo, sin generar realmente ningún giro dramático interesante, convirtiendo este rol en una caricatura de lo que podría ser, y dejándolo solamente como una especie de pardillo que no es capaz de ver lo que ocurre a su alrededor. A él se suman toda una serie de roles que, en efecto, ayudan a crear el contexto de la trama, pero que no tienen más recorrido que el necesario para, en un momento dado, hacer avanzar la acción en uno u otro sentido. Este constante goteo de secundarios sin demasiado que aportar termina por robar espacio dramático a lo realmente interesante, desviando así la atención y rompiendo el ritmo de una trama principal que va in crescendo de forma notable.

Dicho todo esto, Tin Star se convierte en su primera temporada en una producción que ofrece muchos elementos interesantes y, sobre todo, diferentes a lo que se suele ver en la pequeña pantalla. Una ficción que camina constantemente entre los dos lados de la ley para terminar dejando sobre la mesa la idea de que la línea entre el criminal y el policía se difumina cuando todo adquiere un carácter personal. Elementos interesantes, sí, pero también muchos aspectos que lastran el correcto funcionamiento de esta trama. Rowan Joffe apuesta, sin demasiado éxito, por crear todo un universo de historias secundarias que, al final, terminan por ser un impedimento para desarrollar lo verdaderamente importante e interesante. Existe potencial, y mucho, sobre todo en un reparto espléndido y en algunos personajes tan complejos como atractivos, pero la serie necesita desprenderse de elementos superfluos. Algunos es evidente que terminarán por desaparecer; otros, como la historia protagonizada por Hendricks, deberían integrarse más para no perder relevancia.

‘American Horror Story’ es grande de nuevo con ‘Cult’


Es difícil poder comparar las temporadas de American Horror Story. Bueno, en realidad es difícil hacerlo con cualquier serie antológica. El hecho de que cada temporada tenga su historia propia e independiente (a pesar de los detalles que tratan de relacionar de algún modo los universos de cada etapa) hace más compleja la tarea de analizar en un contexto general el tratamiento y el desarrollo de las tramas. Pero teniendo esto en cuenta, la séptima temporada, titulada Cult, posiblemente sea la más compleja de todas, con una historia cuyo tratamiento puede resultar algo inconexo en algunos momentos pero que, no cabe duda, posee un amplio abanico de matices y connotaciones que van más allá de la propia trama.

Partiendo de la elección de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, los creadores Brad Falchuk y Ryan Murphy, autores de Glee, crean todo un universo en el que los remordimientos, la culpa, el odio, los intereses personales y el rencor se adueñan del relato de forma progresiva para exponer el proceso de creación de una secta personalista. En estos 11 episodios la trama muestra, de este modo, los motivos por los que los diferentes protagonistas deciden sumarse a la causa del rol interpretado espléndidamente por Evan Peters (El efecto Lázaro), así como el modo en que se desarrolla este culto a un personaje capaz de embaucar a los que están a su alrededor. Posiblemente esto sea lo más terrorífico de unos capítulos que huyen del terror de temporadas anteriores y apuesta más por el thriller, pues las connotaciones y el paralelismo con lo ocurrido durante las elecciones norteamericanas es más que notable. No en vano, el último episodio lleva por título ‘Great Again’ (grande de nuevo), el mensaje de campaña de Trump.

En cierto modo, American Horror Story: Cult es un reflejo de la sociedad norteamericana actual y, sobre todo, de la radicalización de una sociedad que parece haberse dividido entre los defensores de Trump y sus detractores. Y no hay término medio, como también ocurre en la serie. Desde el primer episodio, y a través de la transformación de los personajes que se narra con saltos temporales, la trama aborda ese proceso de radicalización partiendo de la base, precisamente, del miedo o del apoyo a lo que Trump representa, evidentemente llevado hasta el extremo. Este aspecto conecta la historia con el mundo real de un modo como nunca antes se había logrado, pero también logra mucho más.

Y es que este punto de partida es también la excusa para abordar algunas de las sectas y los cultos más violentos de Estados Unidos, incluyendo el de Charles Manson. A lo largo de varios episodios la serie aprovecha no solo para narrar cómo evoluciona el plan del personaje de Peters para llegar a la Casa Blanca desde un humilde ayuntamiento, sino el paralelismo y las diferencias entre todos estos cultos a la persona liderados siempre por una persona carismática capaz de ver las debilidades de sus seguidores para poder aprovecharse de lo que puedan aportar a su plan. Resulta sumamente interesante, en este sentido, poder comprobar cómo mezcla violencia y política, sobre todo porque invita a imaginar y fantasear con las motivaciones ocultas de algunas de las decisiones que toman los dirigentes reales.

Demasiados personajes para la narrativa

Con todo, y aunque el argumento traspasa muchas veces la frontera entre realidad y ficción, la narrativa de esta American Horror Story: Cult tiende a ser inconexa, muchas veces algo caótica. Y el problema radica en la enorme cantidad de personajes que habitan este mundo de política, violencia y manipulación. Muchos personajes que, además, tienen un peso específico en la trama más que notable. El hecho de que los principales protagonistas tengan una relación bastante estrecha obliga a los creadores, al menos, a explicar parte de su pasado, y por extensión de sus motivaciones. Y a su vez, esto impone la necesidad de dedicar minutos de historia a ellos.

El resultado de todo ello es que estos 11 capítulos no solo deben dar constantes saltos en el tiempo narrativo, algo habitual en esta serie, sino que en numerosas ocasiones narra acontecimientos sin un claro nexo de unión con lo expuesto anteriormente. Es evidente la confusión que puede generar esto (algo que tampoco sienta mal al resultado final, por cierto), y aunque en último término todo tenga un sentido y una explicación, la falta de una relación clara tanto temporal como espacial de algunas secuencias puede hacer que el espectador pierda el hilo de la narrativa, e incluso el interés. Con todo, este es un problema que se resuelve solo a medida que la trama avanza. Superados los primeros episodios de la temporada, la trama se revela como un complejo puzzle de objetivos y motivaciones personales en el que se hace grande Sarah Paulson (Los archivos del Pentágono), que hace suyo un personaje que pasa de la debilidad a la fortaleza más absoluta y al que dota de una entidad extraordinaria, potenciando tanto la fragilidad inicial como la maquiavélica venganza final, acentuada incluso más por una conclusión sumamente interesante.

No es, por supuesto, el único ‘pero’ que se le puede poner a esta séptima historia de la serie antológica. Algunos roles no terminan de resultar sólidos en sus motivaciones para unirse a la secta, del mismo modo que muchos secundarios resultan un tanto redundantes, posiblemente en un afán de potenciar el carisma del protagonista. Pero al fin y al cabo, son problemáticas de la trama que pueden considerarse menores, incluso anecdóticas. En realidad, la fuerza del relato termina por superar las dificultades para imponerse gracias no solo al modo en que evoluciona esta secta, sino también, y sobre todo, a sus actores. De la frustración o la euforia iniciales por la victoria de Trump a los ataques y los asesinatos para terminar por relacionar política y crimen, poder y control emocional. La evolución de los personajes, acorde a la de la trama, abre una ventana a un mundo de emociones que, como decía al comienzo, reflejan lo que debe sentir la sociedad norteamericana a tenor de las imágenes que llegan desde Estados Unidos.

Decir que esta es la mejor temporada de American Horror Story es, como decía al inicio, muy aventurado. Habrá quien prefiera un relato más sangriento, otro más tétrico u otro más fantástico. Pero de lo que no cabe duda es de que esta séptima etapa es la que tiene más relación con la situación real de la sociedad. En este sentido, los episodios que conforman Cult se revelan como unos de los más complejos de la serie, tanto por los matices que introduce su relación con la actualidad política como los paralelismos que parecen establecerse de forma subconsciente en el espectador. A esto se suma una trama sutil y brutal dependiendo del momento, con una conclusión muy sugerente que, al igual que el resto de la historia, da pie a todo tipo de interpretaciones. Y todo ello coronado con un reparto de lujo en el que destacan los intérpretes tradicionales de la serie, capaces de dotar de versatilidad y profundidad a unos personajes ya de por sí complejos. Sin duda una de las temporadas más recomendables de esta ficción.

2ª temporada de ‘Stranger things’, más personajes y ciencia ficción


Una de las máximas de cualquier serie es que tiene que evolucionar. Sea como sea, tienen que existir cambios suficientes para que la ficción crezca. En algunos casos es introduciendo nuevos personajes y, con ellos, nuevas tramas. En otros, situando a los protagonistas ante nuevos retos personificados en villanos. Y en otros, como ocurre con la segunda temporada de Stranger things, profundizando más en los elementos que ya fueron planteados en la primera temporada. Y esto tiene su lado positivo y su lado negativo, y el éxito o fracaso de estos 9 episodios nuevos radica no solo en los ojos con los que los vea el espectador, sino en la habilidad de los hermanos Matt y Ross Duffer (serie Wayward Pines) para inclinar la balanza hacia los aspectos más positivos del relato.

Una habilidad que queda patente al ver el resultado de este nuevo homenaje al cine de ciencia ficción de los años 80. Superado el elemento sorpresa de su ambientación, la trama se ha vuelto más adulta para adentrarse en el mundo Del Revés planteado en su primera etapa y en la amenaza que suponen las criaturas de este otro lado. Y aunque la trama vuelve a utilizar el mismo desarrollo (al menos de forma esquemática) que tan buen resultado obtuvo en los primeros episodios, lo cierto es que el peso dramático que adquieren personajes adultos como el sheriff interpretado por David Harbour (Escuadrón Suicida) dota al conjunto de una visión más global y más compleja de lo planteado inicialmente.

Y es que aunque pueda parecer excesivamente simple, la trama ya no se centra en la búsqueda de un niño desaparecido, sino en la lucha directa y sin cuartel contra la amenaza de las criaturas de ese otro mundo. Mientras que la primera temporada tenía un carácter más aventurero adolescente (y que cada cual lo asocie a la película que crea oportuno), esta segunda etapa de Stranger things se entrega por completo a la ciencia ficción, a la lucha contra algo de otro mundo al que cuesta derrotar y no se llega a entender nunca. El cambio de concepto es evidente, pero eso no implica que sea peor. Sencillamente, era necesario buscar una salida a un planteamiento que no podía repetirse, y dado que el elemento sorpresa de la ambientación ya ha caducado (aunque sigue siendo espléndido), la opción elegida ha sido la de enfocar la trama hacia ese formato.

Para gustos los colores, por supuesto, pero personalmente creo que es acertado. Para empezar, ha permitido a la serie mantener buena parte de su esencia al tiempo que ha agrandado sus miras y sus objetivos, abriendo la puerta a nuevas posibilidades narrativas. Y lo más importante, ha introducido nuevos personajes que, a su vez, ha sido catalizadores de importantes cambios en los protagonistas, adultos y niños, que les ha permitido crecer dramáticamente hablando. Desde los problemas amorosos de unos preadolescentes hasta los conflictos románticos de adolescentes y adultos, pasando por el modo en que cada uno de ellos se enfrentan a esa amenaza procedente de otro mundo. Todo ello, aunque de forma sutil, hace que la visión de esta serie cambie. Desde un punto de vista narrativo, la apuesta de los hermanos Duffer no podría ser más idónea.

Referencias, más referencias

Y dado que mencionamos los nuevos personajes, es conveniente señalar que no todos los secundarios introducidos en esta nueva temporada tienen el mismo peso. De hecho, algunos resultan un tanto anodinos. Es el caso, por ejemplo, de todo el periplo de Eleven, el rol interpretado por Millie Bobby Brown (serie Intruders). Aunque necesario para explorar los orígenes de este personaje, lo cierto es que esa especie de viaje al Lado Oscuro se antoja poco elaborada. Sí, explica muchos elementos que definen a esta niña con poderes, pero al mismo tiempo plantea ciertas dudas sobre la necesidad de volverse, aunque sea por un instante, una delincuente.

Posiblemente este sea uno de los conceptos de Stranger things más cuestionables, amén de la aparición de una chica en el grupo de niños que causa una cierta revolución romántica en los protagonistas. Carente de originalidad, esta dinámica solo podrá tener justificación si se desarrolla de forma coherente en la próxima temporada, y sobre todo si no cae en los arquetipos vistos en miles de historias de este tipo. Eso sí, la presencia de esta joven interpretada por Sadie Sink (The Bleeder) convierte al grupo en un reflejo del que protagoniza It. Y precisamente las referencias al cine de terror y ciencia ficción más emblemático es uno de los elementos a aplaudir en esta segunda temporada.

En efecto, la trama está plagada de momentos que homenajean a grandes e inmortales títulos del género. La inclusión de Sean Astin, Sam en la saga ‘El Señor de los Anillos’ y uno de los protagonistas de Los Goonies (1985) así lo confirma. Pero hay mucho más. El final que se desarrolla en las instalaciones militares desiertas y plagadas de criaturas es una evidente referencia a Parque Jurásico (1993); la referencia a Los cazafantasmas (1984) ni siquiera es necesario analizarla; la secuencia que comparten en una casa los personajes de Charlie Heaton (El secreto de Marrowbone) y Natalia Dyer (After Darkness) antes de acostarse es un claro homenaje a Indiana Jones y el templo maldito (1984). Y como ellas, numerosos detalles, algunos más evidentes que otros, que confirman esta serie como una referencia constante a clásicos del cine y, sobre todo, a los directores que los hicieron posibles.

Puede parecer que Stranger things ha dejado de ser Stranger things. Pero lo cierto es que, como toda buena serie, ha evolucionado. ¿Hacia dónde? Por el momento, hacia una trama mucho más rica, compleja y abierta de lo que fue la primera temporada. El peso dramático de los adultos ha pasado de meros secundarios en la órbita de unos jóvenes que buscan a su amigo desaparecido a protagonistas de pleno derecho en una lucha contra un mal mayor. Si a esto se une la complejidad que adquiere ese enemigo y el cambio producido en los arcos argumentales de los jóvenes protagonistas, lo que nos encontramos es una segunda temporada que ofrece más en todos los sentidos. Y hasta cierto punto, ese es el objetivo de toda continuación, aunque en este caso la introducción de nuevos personajes y las consecuentes nuevas tramas secundarias generan un doble fenómeno. Por un lado, esa riqueza dramática y de ciencia ficción ya mencionada. Pero por otro, se expande el tanto el mundo presentado en los primeros episodios que se diluye el tratamiento de algunos protagonistas, provocando una cierta sensación de abandono de los mismos. Sea como fuere, con una tercera temporada confirmada existe margen para continuar desarrollando y profundizando en este universo, potenciando todo lo bueno que lo define y tratando de minimizar los problemas de ese crecimiento dramático.

‘Fargo’, más drama y un humor negro irregular en la 3ª temporada


Se conoce como serie de antología a aquella producción en la que cada episodio o temporada tiene una historia diferente con personajes diferentes. En los últimos tiempos son varios los ejemplos, desde American Horror StoryTrue Detective. Los atractivos de este formato son evidentes: historias autoconclusivas, tratamiento concentrado, personajes que se renuevan cada poco tiempo, tramas dinámicas, etc. Pero también tiene sus inconvenientes, y es el hecho de que no todas las historias tengan el mismo nivel dramático. Ha pasado en prácticamente todas estas producciones, y Fargo no es ajena. La ficción creada por Noah Hawley (serie Bones) e inspirada en la homónima película de los hermanos Coen (¡Ave, César!) alcanza su tercera temporada con diferencias sustanciales en su tratamiento, a pesar de querer mantener la misma estructura que en etapas anteriores.

Unas diferencias que, aunque puedan parecer sutiles y podo determinantes, la realidad es que han provocado que estos 10 nuevos capítulos no hayan causado la misma sensación que las dos temporadas previas, que por cierto sí tenían algo en común, aunque fuera de un modo muy indirecto. Dichas diferencias se hayan en el peso dramático de los personajes y, sobre todo, en la carga de humor negro de la historia, más dramática que las anteriores o, si se prefiere, menos irónica. A esto se añaden algunos personajes secundarios algo irregulares, introducidos casi por necesidad más que por una auténtica construcción del relato. Eso por no hablar de ese personaje con toques divinos que se cuela en mitad de la historia en varias ocasiones.

Pero volviendo al tratamiento de la historia, esta tercera temporada de Fargo carga mucho las tintas sobre la relación de los hermanos gemelos interpretados por un espléndido Ewan McGregor (La Bella y la Bestia). Tanto que se olvida de definir algo mejor no solo a los secundarios, sino al otro personaje principal de este tipo de historias: el o la policía encargada del crimen que centra la trama, en esta ocasión interpretada por Carrie Coon (serie The Leftovers). Mientras que los roles de McGregor cargan sobre sus hombros el peso dramático y cómico del argumento, el de Coon se limita a potenciar la inocencia y, hasta cierto punto ingenuidad, característica de estos personajes, obviando el necesario toque cómico que siempre han tenido.

Y al perder esa ironía esta pata de la estructura dramática queda coja. En efecto, la investigación policial se vuelve un tanto anodina, sin interés más allá de que se resuelva cuanto antes para poder ver qué ocurre con los culpables y con los secundarios involucrados en el crimen. Dicho de otro modo, este tipo de personaje, que en temporadas anteriores había tenido un papel protagonista, queda aquí relegado a un secundario importante cuya historia, dicho sea de paso, carece del interés necesario para soportar el peso de su historia. Esto provoca un desequilibrio dramático que se aprecia en el ritmo y el interés de las secuencias, y que termina por generar una irregularidad que puede hacer muy cuesta arriba el seguimiento del argumento.

Secundarios, siempre los secundarios

El personaje de Coon, al poder compararse con temporadas anteriores, puede que sea el caso más evidente, pero no es ni mucho menos el único. De hecho, la trama está cargada de secundarios que entran y salen de la trama sin aportar gran cosa al conjunto, salvo tal vez acentuar más si cabe el carácter surrealista y absurdo de buena parte de una historia que, vista en su conjunto, tiene menos humor del que podría esperarse y más drama del que sin duda tuvieron las anteriores etapas (y eso que algunas fueron sumamente dramáticas).

Pero estas irregularidades no convierten esta tercera temporada de Fargo en una producción mediocre. De hecho, sigue estando muy por encima de la media que suele verse en la pequeña pantalla. Y ello es fundamentalmente gracias a unos personajes y unos actores que, salvo los casos ya comentados, son simplemente brillantes. Entre ellos destaca, como también es habitual en todas las temporadas de esta ficción, el villano, interpretado ahora por David Thewlis (Wonder Woman). Misterioso y desagradable como pocos, este personaje logra hacerse con el control de la trama casi al instante, tanto dramática como figuradamente. Su presencia en pantalla es, literalmente, tan cautivadora como repugnante, absorbiendo la atención del espectador de forma casi hipnótica. Es sin duda el gran atractivo de esta etapa, y con él dos roles secundarios cuyo valor es mejor que se compruebe por uno mismo.

De hecho, tiene tal relevancia en el desarrollo de la historia que, a diferencia de temporadas anteriores, el episodio final termina precisamente con cerrando el arco argumental de su particular trama, enfrentándole con el rol interpretado por Coon en un final, todo hay que decirlo, tan hermoso y simbólico como sencillo. El hecho de que ambos personajes terminen enfrentándose cara a cara, así como el final que tiene uno de los protagonistas interpretado por McGregor, viene a convertirse en el broche perfecto entre los dos extremos de esta ficción. Villano y policía se enfrentan cara a cara en un diálogo que aúna los diferentes elementos del irregular desarrollo de la trama, amén de cerrar la historia de una forma original y eficaz.

El mejor resumen de esta tercera temporada de Fargo podría ser que, aun sin alcanzar las cotas dramáticas e irónicas e sus predecesoras, es una ficción muy superior a lo que puede verse en la televisión. De nuevo con esos incomparables parajes nevados como telón de fondo, la historia, con sus numerosas irregularidades, ofrece de nuevo una enrevesada historia en la que asesinato, culpabilidad, crimen organizado y humor absurdo se combinan para mostrar un mundo tan surrealista como las situaciones que viven sus personajes. Es cierto que sobran secundarios, que hay secuencias innecesarias y que el peso dramático de los protagonistas es tan irregular que termina perjudicando el desarrollo dramático, pero con todo y con eso sigue arrancando una sonrisa sarcástica. Y lo más importante, sigue siendo Fargo.

‘Fear the Walking Dead’ aclara sus ideas en la 3ª temporada


La evolución que ha tenido Fear the Walking Dead durante sus tres primeras temporadas ha sido, cuanto menos, irregular. Con un notable comienzo, el desarrollo dramático de la historia ha sido errático, en buena medida determinado por el gran número de personajes, sus excesivamente diferentes historias secundarias y la sensación de que el arco argumental todavía se estaba tratando de encontrar a sí mismo. Pues bien, buena parte de sus problemas parecen haberse solucionado en estos 16 episodios que componen la tercera entrega de esta ficción nacida bajo la sombra de The walking dead. Buena parte, pero no todos.

En cierto modo, esta nueva temporada de la serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) y el autor del cómic en el que se basa la serie original, Robert Kirkman, es una purga de todos aquellos elementos innecesarios en la historia, tanto dramáticos como narrativos. Y entre ellos, por supuesto, destacan los personajes. Para empezar, las tramas de los diferentes personajes se han unificado en un único elemento. Se acabó, por tanto, el ubicar a cada rol protagonista en un escenario diferente. Más allá de los beneficios económicos y de producción que eso conlleva, dramáticamente hablando permite a la serie centrar la atención no solo en un grupo de supervivientes muy concreto, sino que potencia el desarrollo de las relaciones entre personajes, de sus conflictos y el modo en que reaccionan juntos (o separados) ante la adversidad.

A esto se suma la eliminación de muchos roles que, siendo sinceros, se habían vuelto anodinos o eran, casi desde el principio, totalmente innecesarios. El ejemplo más evidente es el de Cliff Curtis (Resucitado), cuyo papel desde el comienzo de Fear the Walking Dead ha estado marcado por una alarmante indefinición ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor. Y aunque se le ha intentado integrar, lo cierto es que su personalidad no tenía cabida en una serie de este tipo, al menos no como el presunto líder que debería ser. De ahí su desaparición. Otra cuestión es el modo en que desaparece, bastante criticable por lo ridículo que resulta. A él se añaden otros, tanto principales que habían participado desde el principio como secundarios incorporados en esta tercera temporada. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo la serie está empezando a adquirir la estructura dramática de su modelo a seguir, con villanos humanos diferentes en cada temporada y concentrando la atención en un pequeño grupo de personajes.

Porque sí, la serie tiene muchos secundarios, pero al igual que en la serie original, el peso de la trama recae en unos pocos, que además se han reducido ostensiblemente en esta etapa, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la historia como en el escenario en el que se desarrolla la trama. El hecho de que todo se haya concentrado en apenas cinco personajes ha permitido, además, desarrollar más en profundidad la personalidad de los mismos, ahondando en sus miedos, en sus capacidades y, sobre todo, en su pasado. Esto ha permitido algunos momentos sumamente interesantes, como el regreso a las drogas del rol de Frank Dillane (En el corazón del mar), una situación tan dramática como surrealista si se tiene en cuenta el mundo apocalíptico en el que ocurre todo. En definitiva, esta tercera temporada se ha librado de lastres para concentrar el foco en los aspectos más interesantes, potenciándolos a su vez al tener más tiempo para poder realizar un mejor tratamiento.

Problemas zombis

Con todo, esta etapa de Fear the Walking Dead sigue arrastrando numerosos problemas de las anteriores temporadas, como si de los muertos vivientes a los hace referencia el título se tratara. Para empezar, una cierta indefinición en su trama. Mientras que su serie matriz muestra un claro objetivo del grupo protagonista, en esta ficción apocalíptica los protagonistas se dispersan tanto física como psicológicamente, sin un sendero claro ni, aparentemente, un objetivo a alcanzar, salvo tal vez el de sobrevivir, que no es poco en este tipo de ficciones. No es poco, pero no es suficiente, sobre todo porque la serie provoca una y otra vez la sensación de estar ante algo inacabado, como si se hubiera iniciado la trama sin tener claro hacia donde dirigirla. Y eso termina afectando, en cierto modo, a los personajes.

Y es que, aunque el hecho de centrar la trama en un puñado de roles ha beneficiado al desarrollo dramático de la historia, esta todavía sigue presentando irregularidades en su tratamiento debido, precisamente, a esa aparente falta de objetivo. Los personajes no parecen dispuestos a luchar por nada salvo ellos mismos, por sobrevivir un día más en lugar de intentar establecer una zona de seguridad. Sí, hay intentos, pero dado que ninguno de ellos termina por tener éxito, el balance final es el de arcos argumentales marcados por la llegada a un lugar y su posterior destrucción. Y ello sin contar con villanos realmente relevantes, lo que hace aún más complicado aceptar algunas de las premisas que se han planteado, por ejemplo, en esta tercera temporada.

Estos nuevos 16 episodios tampoco logran librarse de la definición de algunos de los supervivientes. A pesar de la evidente evolución que han sufrido los protagonistas, algunos de ellos todavía mantienen ciertas reminiscencias de una personalidad anodina, a medio camino entre la inocencia, la pasividad o la incomprensión de lo que ocurre. Y esto, aunque en determinados momentos puede ser provechoso para acentuar el contraste entre los roles, en muchos otros se convierte en un lastre para que la acción avance, al menos de forma progresiva. En este sentido, y unido a esa idea de supervivencia día a día que antes mencionaba, la serie parece moverse en círculos constantes con los que los personajes, por fortuna, están evolucionando, pero que les sume en una espiral que les lleva a vivir similares situaciones una y otra vez.

Solo cabe esperar que Fear the Walking Dead pueda librarse de esta estructura circular para seguir avanzando hacia un futuro que, con la eliminación de personajes y el final de esta tercera temporada, promete ser sumamente interesante. Porque el gancho final de temporada de esta entrega es, posiblemente, de los mejores que ha tenido la serie desde sus inicios, situando a los personajes en un escenario complejo, marcado por la muerte y la destrucción. En cierto modo, estos 16 capítulos marcan un cambio de tendencia; no radical, pero sí lo suficiente como para que se aprecie algo diferente. Los problemas siguen ahí, pero se suavizan. Si se logran eliminar, o al menos sí cambiar progresivamente, la serie podría deparar un mundo apocalíptico apasionante.

8ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), o cómo narrar con saltos temporales


Una de las mayores críticas que se puede hacer a The Walking Dead es su irregularidad en el ritmo dramático y narrativo. Me considero un fiel defensor tanto de esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) como del cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore, que toma como referencia para hacer avanzar la acción pero al que, en líneas generales, cada vez tiende más a ignorar en los detalles dramáticos. Volviendo al ritmo, la primera mitad de esta octava temporada es posiblemente el ejemplo más claro de que en esta serie siempre parece que no pasa nada aunque termina pasando de todo.

De hecho, estos primeros 8 episodios, salvo un comienzo frenético y brutal en el que los combates entre las diferentes facciones humanas copan prácticamente toda la narrativa, el resto se vuelve excesivamente contemplativo, tratando de ahondar en cada uno de los personajes de forma individual y cómo se enfrentan a la guerra abierta contra los Salvadores de Negan (al que vuelve a dar vida un espléndido Jeffrey Dean Morgan –Premonición-). Esto, en cierto modo, impide que se pueda seguir el hilo argumental principal, no solo por los numerosos saltos espaciales que existen, sino porque esta ficción postapocalíptica tiene ya tantos personajes que abordar las emociones de todos ellos resulta una tarea ardua y, por momentos, imposible de realizar.

A eso se suma que muchos de los roles secundarios han adquirido un protagonismo algo innecesario. Bueno, innecesario no, pero desde luego sí excesivo para lo que se puede esperar de ellos. Este ascenso a la primera línea dramática obliga a restar minutos de otros protagonistas de The Walking Dead, y a su vez por tanto se resta interés y profundidad a algunas decisiones, conversaciones y reacciones. Posiblemente una de los elementos que más se ven afectados sea la relación padre hijo entre los roles de Andrew Lincoln (Pago justo) y Chandler Riggs (Piedad), olvidada por necesidades dramáticas obvias y que, en esta parte de la temporada, parece querer recuperarse, aunque de forma un poco tosca. Se podría decir, en este sentido, que este comienzo de temporada tal vez sea uno de los más débiles en su conjunto, aunque eso no quiere decir que sea necesariamente malo, al contrario. La serie sigue manteniendo un alto nivel interpretativo, narrativo y visual, con algunos momentos no aptos para estómagos sensibles.

Con todo, lo más llamativo y sorprendente de esta primera mitad de la octava temporada son los constantes saltos temporales en la narrativa, desde el ya inolvidable comienzo en el que Rick Grimes, envejecido y dolorido, se mueve por una sociedad casi utópica, hasta los momentos en que un personaje se halla en una situación extrema a la que se llega con el desarrollo del episodio. Dichos saltos, más allá de acentuar el caos en el que viven los protagonistas, logran un efecto dramático impecable, situando al espectador en la posición de conocer la situación de los personajes antes de que vivan los acontecimientos. Se juega así con la doble sensación de algo conocido y de peligro ante lo que todavía no se conoce. Dicho de otro modo, es la definición más exacta de tensión dramática que se ha visto en esta serie.

Personajes sin futuro

Todo ello ayuda a paliar, en cierto modo, las carencias de este comienzo de temporada de The Walking Dead en lo que a ritmo e intensidad dramática se refiere. Aunque como es habitual en esta producción, la narrativa se mueve a golpe de martillo. O de bate de baseball, si se prefiere. Después de la tormenta siempre llega la calma, es cierto, pero… ¿y detrás de la calma? Bajo esta premisa, estos 8 episodios vienen a ser un compendio reducido de las diferentes fases de una guerra, desde el conflicto directo hasta los movimientos de espionaje, pasando por la preparación de una contraofensiva o la destrucción de la retaguardia.

En este contexto bélico, los saltos temporales adquieren especial relevancia. Ver al personaje de Lincoln, por ejemplo, llamar a unos puestos avanzados sin obtener respuesta para comprender, minutos más tarde y con un sinfín de acontecimientos entre medias, que los vigilantes de dichos puestos han desaparecido. Escuchar una arenga a las tropas para, minutos después, comprender lo que ha motivado dicha arenga. Y así sucesivamente. Este juego con el tiempo dramático no solo aporta un interesante recurso narrativo a estudiar, sino que genera en el espectador la doble sensación de caos visual e intensidad emocional. Y eso es algo que en una serie en la que en muchos episodios parece no ocurrir nada resulta muy valorado.

Con todo, lo que vuelve a definir a esta ficción es el poco apego que se tiene a los personajes. Poco importa que sean héroes o villanos, protagonistas o secundarios. Si un rol tiene que desaparecer por necesidades dramáticas, desaparece. Y hago especial mención a este elemento porque el gancho de mid season es posiblemente el más impactante, abrumador e inesperado de todos estos años. No desvelaré aquí lo que ocurre en los últimos minutos del episodio 8; tan solo mencionaré que, de confirmarse lo que a todas luces parece evidente, sería el mayor cambio con respecto al cómic, pero es que además trastocaría las dinámicas dramáticas de un modo que pocas veces se ha visto en televisión. Un cambio tan brutal como apasionante, pues abriría las puertas a un nuevo mundo en el tratamiento dramático de esta serie.

En resumidas cuentas, esta primera mitad de la octava temporada de The Walking Dead podría ser uno de los más débiles en muchos aspectos, pero sin duda uno de los más interesantes desde el punto de vista narrativo. El protagonismo que adquieren algunos personajes resulta algo innecesario, es cierto, pero el modo en que se narra la historia, el juego de sus creadores con los tiempos dramáticos y la aportación de los actores compensa la falta de ritmo que tiene en algunos momentos. Eso y un final que dejará con al boca abierta a cualquier fan. La espera para la segunda parte se hará eterna.

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Cine y palabras

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