La 2ª T. de ‘Billions’ confirma que en la guerra todo vale para ganar


Posiblemente Billions sea uno de los mejores ejemplos actuales en los que la relación antagonista entre dos personajes es capaz de nutrir y sostener una trama de 12 episodios. La primera temporada dejó claro que la lucha entre estos dos protagonistas iba a ser encarnizada, pero la segunda tanda de capítulos que ahora nos ocupa es capaz no solo de llevar esta particular guerra entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, objetivo principal de la continuación, sino que lo hace evolucionando las tramas secundarias e integrándolas de forma consciente en la principal, ofreciendo un mosaico dramático mucho más complejo y desarrollando algunas de las ideas ya planteadas en la primera parte hasta alcanzar un grado excepcional en su calidad.

A todo ello se suma, en varios episodios, un tratamiento formal original, alejado de la narrativa tradicional que suele ofrecer esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del libreto de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin. En efecto, la trama no solo juega con el duelo moral y legal que se plantea entre estos dos personajes, sino que aprovecha diversos puntos de inflexión en el desarrollo de la temporada para ofrecer al espectador una visión diferente de la historia, ya sea en forma de flashback, ya sea con una rápida reinterpretación final de todo lo acontecido en un capítulo que aporta una visión nueva y fresca de lo ocurrido. Dichos recursos aportan, además, mayor profundidad a los antagonistas y a sus motivaciones, confirmando algo que ya parecía claro en la primera temporada: que están dispuestos a llegar a donde sea con tal de destruir a su adversario.

En este sentido, lo más interesante de Billions radica en el hecho, precisamente, de que no existen límites a esta obsesión. Y cuando digo que no existen, es que realmente no existen. Un ejemplo claro es el que protagoniza el fiscal interpretado por Paul Giamatti (San Andrés), que es capaz de perder millones de dólares de un fondo personal y arruinar a los que llama amigos con tal de tender una elaborada trampa al gestor al que vuelve a dar vida Damian Lewis (Un traidor como los nuestros), en el que sin duda es el giro más impactante de la temporada tanto por el cambio de rumbo de la trama como por las implicaciones morales y sociales que plantea a la mayoría de personajes, sobre todo para un fiscal capaz de cruzar todas las fronteras. Pero no es el único caso. Esta guerra deja en esta segunda etapa una escalada de ataques que llevan la trama hasta un nivel que va a ser difícil de superar en sucesivas entregas, aunque visto lo visto cualquier cosa puede pasar.

Y ya que mencionamos a Giamatti y Lewis, es imprescindible hacer hincapié en la labor de ambos actores. Como ya ocurriera en la primera temporada, los dos son capaces de aportar a sus roles un mayor dramatismo, mayor fanatismo y, en definitiva, dotarlos de muchas más dimensiones y matices de los que a priori se muestran sobre el papel. En concreto, estos últimos episodios cargan más la narración sobre los hombros del primero, que no solo sale victorioso, sino que es capaz de revelar facetas hasta ahora ocultas del fiscal. Su plan para atrapar a su archienemigo, su forma de tejer tramas con sus subordinados e, incluso, el modo en que maneja la situación con su esposa, demuestran tanto la verdadera naturaleza de este rol como la excepcional labor de Giamatti en los momentos clave.

Las mujeres, a escena

Antes apuntaba que las tramas secundarias en la segunda temporada de Billions han adquirido mayor relevancia. Bueno, lo justo sería decir que sin ellas posiblemente sería imposible articular la evolución dramática de estos capítulos. En efecto, mientras que en la primera parte de la serie las historias ajenas a la lucha entre los protagonistas parecían servir únicamente como herramienta dramática a utilizar en el momento clave para ofrecer un giro argumental, en esta nueva tanda de episodios se convierten en ramificaciones fundamentales para llevar la historia hasta donde sus guionistas desean. Muchos son los ejemplos, desde esa extraña joven interpretada por Asia Kate Dillon (Hitting the wall) que debería tener, y esperemos que así sea, mayor protagonismo en el futuro, hasta la investigación a la que es sometido el fiscal interpretado por Giamatti.

Pero entre todas ellas destacan dos, las dos que afectan a las mujeres de los protagonistas, de nuevo interpretadas por Maggie Siff (serie Hijos de la Anarquía) y Malin Akerman (Sácame del paraíso). Si bien es cierto que estos roles son fundamentales para entender la dinámica antagonista que sustenta todo el relato, también hay que reconocer que hasta ahora eran casi testimoniales, sobre todo el de Akerman, limitándose a ser daños colaterales en una guerra en la que se ven inmersas casi sin comerlo ni beberlo. Sin embargo, en estos capítulos las tornas cambian, adquiriendo un papel más activo y, sobre todo, determinante en la forma de afrontar los desafíos de los héroes (o antihéroes) de turno. Es cierto que la presencia de Siff siempre ha sido muy activa, pero es ahora cuando aporta un mayor peso e influencia a la relación entre los papeles de Giamatti y Lewis, siendo determinante en algunas decisiones y, sobre todo, poniendo la relación con su marido, el fiscal, en un punto cuanto menos comprometido.

Mayor cambio es el que experimenta el papel de Akerman, sobre todo porque su influencia no solo se extiende a la trama principal, sino incluso a la secundaria que protagoniza Siff. Su desaparición durante varios días, su fuerza a la hora de tomar determinadas decisiones o el modo en que afronta las mentiras de su marido la convierten en un factor determinante para entender la temporada. Pero es que además los creadores de la serie la dibujan con un trazo mucho más definido para convertirla en una suerte de archienemiga del personaje de Siff, es decir, creando una segunda línea de confrontación entre las esposas de los respectivos maridos involucrados en una guerra sin cuartel para destruirse mutuamente. El paralelismo es evidente, lo que abre una serie de posibilidades apasionantes, sobre todo si se logra dotar de autonomía esta segunda trama y se consigue que ambas se nutran mutuamente.

La segunda temporada de Billions es, por tanto, todo lo que puede esperarse de la continuación de una historia. Todo lo bueno, quiero decir. El desarrollo dramático envuelve la trama de un carácter más oscuro, la confrontación entre los antagonistas permite un mayor conocimiento de los personajes, y la complejidad aumenta a medida que nuevas tramas secundarias con nuevos o conocidos personajes se incorporan a la principal, nutriéndola y ampliando el abanico de caminos narrativos. Es, en definitiva, una aplicación de la fórmula ‘más y mejor’ realizada con coherencia, sin caer en el histrionismo o el exceso que perfectamente podrían haber sido seña de identidad en estos episodios. Y lo más atractivo es que la temporada termina con un final ejemplar que deja todo listo para que la partida entre el fiscal de dudosas prácticas y el gestor de fondos con una actividad sospechosamente ilegal continúe.

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1ª T. de ‘Billions’, una incomparable guerra intelectual y legal


Todo guión debería tener como pilares fundamentales una historia sólida y unos personajes bien definidos. Dicho así, suena tan sencillo como teórico. El trabajo posterior, por supuesto, siempre es mucho más complicado. Pero cuando se logra, cuando realmente se consigue una armonía entre trama y personajes, es cuando una historia crece casi de forma orgánica, lo cual por cierto puede ser un problema si no se controla correctamente. La serie Billions es el último ejemplo de que se puede lograr. Es más, de que a cualquier ficción le pueden faltar el resto de elementos y aún así convertirse en una auténtica joya dramática.

Para quienes no se hayan acercado todavía a la primera temporada de esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del guión de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin, la serie aborda la batalla intelectual y legal entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, en medio de la cual se encuentran la mujer del primero, que trabaja para el segundo. Resumido así, el argumento puede parecer excesivamente simple o soporífero, depende de a quién se pregunte. Pero ahí reside precisamente la magia de estos primeros 12 episodios. No voy a negar que exige mucho del espectador, tanto en lo que se refiere a atención como en conocimientos financieros o legales, pero la recompensa es extraordinaria.

Para empezar, la trama está construida sobre los miedos y las propias miserias de cada personaje. A pesar de que todos, aparentemente, son triunfadores, los protagonistas recurren a artimañas y subterfugios, a influencias y cauces de dudosa legalidad para lograr sus respectivos objetivos. Es evidente que eso se aprecia mejor en el fiscal interpretado por un excepcional Paul Giamatti (San Andrés), pero también se aprecia, sobre todo hacia el final de esta primera temporada de Billions, en su enemigo, al que da vida un espléndido Damian Lewis (serie Homeland). Esto permite a la serie abordar los diferentes conflictos desde una perspectiva diferente, aportando matices e interpretaciones diferentes y mucho más enriquecedoras de lo que inicialmente podría pensarse de la acción propia de cada secuencia.

Asimismo, el desarrollo dramático, a diferencia de otras ficciones, tiene siempre un único objetivo que, en cierto modo, podría entenderse que es la conversación entre los protagonistas en su episodio final. Para poder llegar a ese maravilloso cara a cara los creadores construyen un relato creciente de ataques mutuos, de sibilinos golpes bajos y de decisiones cuestionables que, además de enrarecer el contexto en el que se mueven los personajes, enriquece la aparentemente sencilla trama que plantea. A todo esto se suma, aunque no es lo más determinante, una narrativa visual que juega en muchos momentos con los tiempos dramáticos, despistando al espectador hasta el punto de identificarse con los protagonistas según necesidades dramáticas.

Entre actores anda el juego

Pero como decimos, lo relevante en Billions son los personajes, y más concretamente los actores. Dejando a un lado el duelo dramático entre ambos personajes, posiblemente lo más relevante sea el modo en que el tratamiento desgrana progresivamente el trasfondo emocional de cada uno de los roles. Esta información, ofrecida con cuenta gotas, genera un doble efecto, primero de cierta sorpresa e incluso choque emocional, y luego de comprensión y hasta tristeza. Sea como fuera, el caso es que poder comprender el pasado y los aspectos más íntimos de los dos protagonistas permite al espectador no solo anticipar ciertos movimientos (algo complicado en este tipo de series), sino aceptar determinadas decisiones poco comprensibles sin dicha información.

A todo ello contribuyen de forma imprescindible los actores, Tanto Lewis como Giamatti componen dos enemigos íntimos tan sólidos como inigualables. Si la definición de los personajes sobre el papel es compleja, ambos intérpretes acentúan los valores dramáticos hasta cotas insospechadas. Posiblemente donde más se aprecie sea en sus momentos de mayor bajeza moral, cuando recurren a todo tipo de estratagemas para poder salir vencedores en esta especie de partida de ajedrez que se establece entre ellos. Es en los rincones más oscuros de los personajes donde más disfrutan los actores, y donde logran sacar el máximo partido dramático de sus decisiones y sus acciones, repercutiendo en el resto de las tramas.

Precisamente las tramas secundarias pueden ser uno de los puntos más débiles de la serie, y no porque no estén bien estructuradas. Más bien, la lucha principal entre estos personajes y todo lo que ello conlleva (investigación, estrategias, traiciones, etc.) está construida de tal modo que el resto de líneas argumentales pensadas para complementar parecen menos brillantes. Y aunque es cierto que ciertos romances de personajes secundarios resultan algo irrelevante (al igual que episodios protagonizados por tramas anexas), una reflexión posterior permite apreciar el conjunto como un complejo puzzle en el que las piezas están en un delicado equilibrio que pivota sobre la complejidad del mundo en el que se mueven los personajes.

Billions es, a todas luces, una de las mejores producciones de la televisión. La primera temporada es un perfecto juego del gato y el ratón en el que, curiosamente, no se termina de tener demasiado claro quién representa a uno y a otro. La lucha entre estos personajes alcanza cotas sobresalientes, terminando con un diálogo en el último episodio simplemente memorable. A su alrededor se construye todo un mundo de traiciones, mentiras e intereses que supera con creces la mera investigación judicial, afectando de diferente forma a todos y cada uno de los personajes. Una obra construida al milímetro desde sus cimientos, sumamente recomendable para todo aquel que disfrute con la interpretación.

Nolan envía a McConaughey en un viaje ‘Interstellar’ por la cartelera


Estrenos 7noviembre2014Nuevo viernes, nuevo fin de semana y nuevas películas que llegan a la cartelera. En esta ocasión, eso sí, con el evidente atractivo de la nueva historia surgida de la mente de los hermanos Nolan (El caballero oscuro) que, a tenor de las primeras imágenes, puede convertirse en uno de los films del año. Pero por supuesto, este 7 de noviembre viene cargado de otros títulos para todos los gustos, desde comedias familiares hasta dramas sociales, pasando por cintas de animación para los más pequeños. Se puede decir que, tras una época de transición, el cine ha entrado definitivamente en el otoño, época de cintas más dramáticas que espectaculares que cuentan algo más que una sucesión de secuencias de acción.

Así que comenzamos con Interstellar, dirigida por Christopher Nolan y con guión escrito a cuatro manos por él mismo y por su hermano Jonathan. Un drama enmarcado en la ciencia ficción y los viajes espaciales que sigue a un grupo de viajeros espaciales cuya misión es utilizar un agujero de gusano y llegar a los confines donde el ser humano no había podido llegar antes con la intención de localizar un lugar para que la Humanidad pueda subsistir después de que la Tierra haya quedado inhabitable. Las primeras imágenes ya ofrecen una idea de la espectacularidad y el intimísimo que se combinan en esta historia protagonizada por un reparto simplemente espectacular: Matthew McConaughey (Dallas Buyers Club), Jessica Chastain (Mamá), Anne Hathaway (Los miserables), Michael Caine (Ahora me ves…), Wes Bentley (American Beauty), Bill Irwin (La boda de Rachel), Casey Affleck (Adiós pequeña, adiós), Topher Grace (Spider-Man 3), John Lithgow (El origen del Planeta de los Simios), Ellen Burstyn (serie Political animals) y David Oyelowo (El mayordomo).

Muy distinta es la nueva comedia familiar producida por la factoría Disney que adapta el libro de Judith Viorst. Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso comienza cuando un chico de 11 años vive el peor día de su vida, una sucesión de desafortunadas coincidencias que le harán preguntarse si este tipo de cosas solo le ocurren a él, entre otras cosas porque su optimista familia no parece hacerle mucho caso. Sin embargo, cuando poco después sean sus padres y sus hermanos los que vivan una auténtica pesadilla personal comprenderá que todos, en mayor o menor medida, pueden vivir uno de esos días horribles en sus vidas. Miguel Arteta (Rebelión adolescente) es el encargado de poner en imágenes la historia y de dirigir a Steve Carell (Los amos de la noticia), Jennifer Garner (Butter), Ed Oxenbould (Paper planes), Dylan Minette (Prisioneros), Kerris Dorsey (serie Ray Donovan) y Megan Mullally (The kings of summer).

También estadounidense, aunque con colaboración francesa, es El amor es extraño, drama dirigido por Ira Sachs (El juego del matrimonio) que gira en torno a una pareja homosexual que, tras décadas de vida conjunta, deciden casarse al amparo de la nueva ley que reconoce su unión. A su vuelta de la luna de miel, sin embargo, las cosas cambian, y su nueva situación hace que despidan a uno de ellos. Pronto comprueban que no pueden pagar la hipoteca de su piso, por lo que deben mudarse a uno mucho más pequeño y barato. Una reunión de amigos y parientes les servirá para comprobar el apoyo real que tiene su decisión y para encontrar la forma de salir de su situación. John Lithgow, que esta semana repite con Interstellar, y Alfred Molina (Spider-Man 2) son los principales protagonistas, a los que acompañan Marisa Tomei (Los idas de marzo), Cheyenne Jackson (Lola versus), Charlie Tahan (Siempre a mi lado) y Tatyana Zbirovskaya (Zelimo).

Pasamos ahora a las novedades españolas, y entre ellas destaca Justi&Cia, último largometraje del actor Álex Angulo (El día de la bestia), fallecido el pasado mes de julio. A medio camino entre la comedia y el drama, el argumento sigue la decisión de un ex minero que, harto de la situación que le ha tocado vivir, decide convertirse en un justiciero social. Para ello se aliará con un jubilado cuya vida le resulta monótona. Ópera prima de Ignacio Estaregui, en el reparto también encontramos a Hovik Keuchkerian (Los días no vividos), Antonio Dechent (La última isla), Marta Larralde (Todas las mujeres) y Juanma Lara (Al final del camino), entre otros.

España y México se encuentran detrás de Espacio interior, drama producido en 2012 que supone el debut en la dirección de Kai Parlange. La historia comienza cuando un joven es secuestrado y recluido en un pequeño cuarto. Obligado a revelar información sobre sus seres queridos, el joven se abandona a la suerte ante la sensación de haber traicionado a su familia. Sin embargo, cuando está al borde de la muerte un pequeño atisbo de esperanza le hará comprender que ni su mente ni su espíritu están secuestrados, lo que le llevará a buscar la redención. Entre los actores principales encontramos a Kuno Becker (El cartel de los sapos), Ana Serradilla (La otra familia), Hernán Mendoza (Caja negra), Gerardo Taracena (Apocalypto) y Rocío Verdejo (Desafío).

Aunque la producción más internacional es sin duda Blue Lips. España, Estados Unidos, Brasil, Italia y Argentina son los países tras este drama cuya premisa es cuanto menos curiosa, sobre todo en lo que al apartado técnico se refiere. Seis personajes de diferentes países que por distintos motivos viajan a Pamplona verán cómo sus vidas se cruzan en plenas fiestas de San Fermín. Hasta aquí todo normal. Lo interesante es que cada uno de esos personajes está dirigido por un director. O lo que es lo mismo, la película tiene seis directores que coincidieron en la ciudad española para rodar los planos que reúnen a todos sus actores. Daniela De Carlo (Qualquer gato Vira-Lata), Gustavo Lipsztein (Travesía mortal) y los debutantes Julieta Lima, Antonello Novellino, Nacho Ruipérez y Nobu Shima son los directores, mientras que frente a la cámara tenemos a Dudu Acevedo (1972), Simone Castano, Keona Cross, Mariana Cordero (Tres días), Malena Sánchez (Tiro de gracia) y Avi Rothman (Missed connections).

La actriz francesa Audrey Dana (Torpedo) debuta en el largometraje con la comedia gala French women, que como su propio título indica cuenta con un reparto casi en exclusiva femenino. Su trama sigue las vidas de 11 mujeres que representan todos los aspectos y rangos sociales de Francia, desde la madre con hijos que dedica su vida a su familia hasta las mujeres de negocios. Todo un alegato en favor del papel de las mujeres en la sociedad actual que cuenta con la participación de nombres como Isabelle Adjani (Bon boyare), Alice Belaïdi (Fonzy), Laetitia Casta (El fraude), Julie Ferrier (En la flor de la vida), Audrey Fleurot (Intocable), Géraldine Nakache (Los infieles), Vanessa Paradis (Café de flore), Alice Taglioni (La presa) y la propia Dana.

Del 2013 es Los niños del cura, comedia dramática producida en Croacia y dirigida por Vinko Bresan (Marsal) que comienza cuando un joven cura llega a una pequeña isla para hacerse cargo de los pocos habitantes que acuden a la iglesia. En un intento de aumentar la natalidad de la zona, inicia un plan en colaboración con el farmacéutico del pueblo que consiste en perforar los preservativos antes de venderlos. Sin embargo, las consecuencias de esta iniciativa serán totalmente inesperadas. Marija Skaricic (Shahada), Kresimir Mikic (Solo entre nosotros), Nisa Butijer (Majka asfalta), Inge Appelt (Bella boina) y Ana Begic (Nije kraj) son algunos de los actores principales.

La única representante del género de animación es Dixie y la rebelión zombi, producción española dirigida a cuatro manos por Beñat Beitia y Ricardo Ramón, productor y director respectivamente de la anterior entrega de esta saga, Papá, soy una zombi (2011). En esta ocasión la trama encuentra a la protagonista viviendo la vida que siempre soñó, algo que cambia cuando sus viejos amigos zombis le avisan de que está a punto de iniciarse una rebelión de los muertos que amenaza con destruir a los vivos. La joven adolescente será la única capaz de detener la guerra, aunque para ello tendrá que decidir si realmente está dispuesta a poner en peligro a sus amigos.

Terminamos con un documental un poco especial, pues en su desarrollo combina música y drama a partes iguales. 20.000 días en la Tierra es un reflejo de los procesos creativos y la vida íntima del músico e icono cultural Nick Cave a lo largo de 24 horas que servirán, además, para exponer todo aquello que convierte al ser humano en lo que es. Dirigida por Iain Forsyth y Jane Polar (Run for me), la película cuenta, además de con el propio Cave, con personajes como Susie Black, el músico Warren Ellis, Darian Leader, el actor Ray Winstone (Noé) y Kylie Minogue.

‘El juez’: típico delito de difícil defensa


Robert Downey Jr. debe defender a su padre, 'El juez' del lugar en el que creció.Una película es la suma de muchos factores. Esa podría ser la parte técnica. La parte artística radica en que combinar todos ellos para que el resultado sea óptimo no siempre es el mismo proceso, por lo que no siempre sale bien. Es evidente que una buena base (léase, un buen guión) adelanta trabajo y esfuerzos, pero sin buenos actores o un buen director queda deslucido. Esta reflexión tiene mucho que ver con la nueva película de David Dobkin, artífice de comedias como El cambiazo (2011) o Los rebeldes de Shangai (2003), pues se apoya demasiado en un único elemento y se olvida de tratar con la misma seriedad el resto de pilares dramáticos.

O lo que es lo mismo, es demasiado reparto para tan poco guión. Comenzando por esto último, El juez peca de demasiada tolerancia a los clichés, tanto narrativos como interpretativos. Nada en esta historia de redención y reencuentro es original. Es más, cualquier espectador que esté familiarizado con este tipo de dramas judiciales será capaz de adivinar el tono general del metraje con tan solo escuchar los primeros compases de la banda sonora, que al igual que el desarrollo dramático se inspira en mil y una historias contadas con anterioridad. A esto se une una planificación sobria, con poca personalidad (hay algunos planos interesantes, pero poco más) e incapaz de sacar todo el partido a las claves que sustentan la trama principal.

Dichas claves pasan por la relación padre-hijo que cargan sobre sus hombros Robert Downey Jr. (El solista) y Robert Duvall (Open range), dos ejemplos de un reparto simplemente brillante que es capaz de aprovechar el poco jugo que ofrecen sus tópicos personajes. Sobre todo Duvall, pues hay que decir que Downey Jr., aunque solventa bien los matices de su rol, sigue siendo Downey Jr. En realidad, la película se aguanta más o menos bien gracias a unos actores que aportan pequeños matices en sus miradas que remiten a un pasado que ellos conocen y que el espectador descubre poco a poco, lo que enriquece el plano emocional y la evolución que sufren los protagonistas. El problema es que esto no es suficiente para que el metraje se alargue hasta las dos horas y media aproximadamente, por lo que el film termina siendo algo tedioso, repetitivo y alargado en su resolución.

Así, El juez se convierte en un quiero y no puedo, en una especie de telefilm con buenos actores que oculta sus carencias con una única virtud. Y como ocurre con los delitos en los que las evidencias señalan hacia el verdadero culpable, ni siquiera el abogado defensor es capaz de ganarse al jurado. Vamos, que ni siquiera un espectacular plantel de actores es capaz de borrar la sensación de tedio que provoca el film hacia su tercio final, curiosamente cuando la película debería tener mayor carga dramática. Esto es debido, fundamentalmente, a que la película gira en todo momento alrededor de los remordimientos y la mala relación entre los dos protagonistas, lo que unido a una excesiva duración obliga a la historia a enrocarse sobre sí misma en un frustrado intento de crear mayor carga dramática. Correcta, es cierto, pero no aguantaría las pesquisas de un agresivo abogado.

Nota: 5,5/10

‘The equalizer’: el cronómetro de la venganza


Denzel Washington es 'The equalizer', el protector en la película de Antoine Fuqua.Denzel Washington se está especializando en un tipo de personajes que le van como anillo al dedo, al menos de momento. Hombres duros, entrenados, con un sentido de la justicia muy arraigado y solitarios. Hombres como el de El fuego de la venganza (2004), El libro de Eli (2010) o lo último de Antoine Fuqua, con el que ya coincidió en Training Day (2001). De hecho, la colaboración de actor y director en este 2014 explota al máximo la presencia del primero, hasta el punto de llevar sobre sus hombros una carga en muchos momentos demasiado pesada y salir airoso del intento.

Porque más allá de la violencia y de la hábil mano de Fuqua, The equalizer (El protector) es simple y llanamente Denzel Washington. La facilidad del intérprete para intimidar con una simple mirada permite al film rememorar viejas glorias de ese subgénero dentro del cine de acción como es el de la venganza. Sin necesidad de gritos ni de grandes secuencias de lucha, la trama logra satisfacer los deseos más íntimos del espectador, quien no necesita mucho para ponerse de parte de este justiciero cuyo repertorio en lo que a formas de matar se refiere es interminable. De hecho, tampoco es conveniente esperar mucho más. La presencia del actor eclipsa prácticamente todos los elementos que le acompañan, desde los actores (ni siquiera el villano está a la altura de su gélida mirada) hasta el guión, cuyo ritmo es un tanto irregular.

Es más, posiblemente estaríamos ante un thriller interesante si no fuera porque esta adaptación de la serie de los años 80 del siglo pasado no logra encajar todas sus piezas de forma correcta. El inicio, en el que se define al protagonista, se alarga en exceso; el desarrollo trata de decantarse por la historia, pero lo cierto es que lo único que logra es retrasar lo inevitable. Y su conclusión, tan épica como previsible, tiene un epílogo un tanto reiterativo (la venganza siempre alcanza el origen). Si el film logra mantener el tipo es gracias a que su director saca mucho partido a las secuencias de acción gracias a esa manía del personaje de cronometrar absolutamente todo. Sobre todo al primer encuentro con los rusos, todo un alarde narrativo que no escatima en violencia explícita. Todo ello unido a la labor de Washington que, como decimos, es el alma de esta historia.

The equalizer (El protector) es, en definitiva, un thriller de acción al uso que se salva por sus dos figuras principales. Frases épicas, peleas antológicas y un final que, aunque se conoce de antemano, es la guinda del pastel. El resto, aunque interesante, aporta más bien poco, por no decir nada. La película trata de desmarcarse de lo que se espera de ella al incidir en el aspecto pausado y algo inquietante de la persecución del protagonista, pero al final esto juega en su contra al retrasar algo que todos, incluyendo los propios personajes, saben y esperan. Esto es lo que lleva al film a durar más de dos horas, metraje a todas luces excesivo. Tal vez con algo menos de reflexión y algo más de acción directa estaríamos ante un producto más ajustado a su propio planteamiento.

nota: 6/10

Los efectos digitales y el subtexto de ‘Tron’, pilares de su influencia


Los programas de 'Tron' tienen un aspecto muy similar al de sus creadores.Casualidad o no, el estreno de ¡Rompe Ralph! este 2012 ha coincidido con el 30 aniversario de uno de los títulos más influyentes en el campo de los efectos digitales y con el que la cinta de animación comparte más de un elemento. Y curiosamente, en aquel ya lejano 1982 también llegó de la mano de Disney. Nos referimos a Tron, clásico protagonizado por Jeff Bridges (Iron Man) en el que un programador lograba acceder, literalmente, al interior de un ordenador, viéndose obligado a sobrevivir en una serie de juegos con la esperanza de encontrar a Tron, un programa de seguridad que podría ayudarle a escapar y a recuperar el control de sus programas y videojuegos, robados por la empresa para la que trabajaba.

Siendo sinceros, la película dirigida y escrita por Steven Lisberger (La furia del viento) ha adquirido su estatus como referente gracias principalmente al buen trato que el tiempo ha dado tanto a su historia como a su diseño de producción. Su trama supone una combinación bastante original de los sueños y miedos de una sociedad que empezaba a familiarizarse con los videojuegos y los ordenadores. Gracias al original vestuario y a la estructura narrativa planteada casi como si de un auténtico videojuego se tratara (el protagonista debe superar una serie de fases para alcanzar el objetivo final), los espectadores pueden ver en ella una proyección de lo que se siente al controlar un personaje de un videojuego. Del mismo modo, la posibilidad de desaparecer en el mundo digital y la falta de conexión con el mundo real (como se narra al comienzo de su secuela, Tron: Legacy) son unos riesgos que, en la actualidad, se están convirtiendo en algo casi tangible.

En este sentido, el contenido de Tron estuvo adelantado a su tiempo, pero puede que eso no sea lo más llamativo, al menos no a simple vista. Lo cierto es que sin llegar a tener unos efectos digitales fascinantes (incluso teniendo en cuenta la época en la que nos encontramos), la película sí se ajusta bastante bien al diseño pixelado y sencillo de los videojuegos e interfaces de los años 80, lo que le ha permitido tanto revelarse como un producto de su década, como mantener un espíritu casi inocente y nostálgico, reforzando por derecho propio su posición en la historia del cine.

Pero el film es mucho más que una apuesta por los efectos digitales. De poco servirían todos ellos si no existiera detrás, más allá del contenido sociológico, una historia de justicia, legalidad empresarial y amistad. Y aunque el título de la obra hace referencia al nombre de un programa, el verdadero protagonista no deja de ser un hombre al que le han robado toda su obra, en este caso los videojuegos que ha creado. Bridges, quien ya era conocido por entonces, da a su personaje una entidad algo mayor de la que cabría esperar en una cinta de aventuras futurista como esta, convirtiéndolo en un hombre que busca hacer justicia y recuperar lo que es suyo.

Mundos paralelos

Esa búsqueda de justicia es el nexo de unión entre los dos mundos. Mundos, por cierto, que tienen una semejanza sorprendente con lo que hoy en día es el mundo digital y el físico. Tron deja claro que el contraste entre ambas realidades, más allá de programas, pistas de información y edificios, reside en la ley del más fuerte que reina en el mundo cibernético. Por supuesto, apenas existe una legislación tal y como se entiende en la sociedad, dejando huecos y resquicios para poder hacer y deshacer a su antojo.

A nivel argumental, los paralelismos no terminan ahí. El protagonista es un ente extraño y amenazante tanto en el mundo digital como en el edificio que alberga el ordenador en el que se introduce. Su mejor amigo, interpretado por Bruce Boxleitner (La niñera perfecta), es el que le ayuda a entrar en el edificio… y es el mismo que pone los rasgos a Tron, programa que le ayudará a escapar de ese mundo. Incluso el dirigente de la compañía que le roba su obra (David Warner) se convierte en ese espacio alternativo en el Programa Maestro que trata de eliminarlo a toda costa.

Unas similitudes que reflejan, de un modo u otro, los numerosos puntos coincidentes entre ambas realidades, alertando empero del peligro que existen en sus también múltiples diferencias. En el ámbito de la sociedad la desaparición de una persona es investigada; en el mundo digital la muerte simplemente representa borrar un programa. En la realidad la lucha por los derechos sobre una obra se realiza de forma legal; en el ciberespacio es a través de combates cuerpo a cuerpo y carreras con motos luminosas. En el mundo físico todo el mundo está identificado; en el digital es posible ocultarse tras programas e identidades falsas.

Sí, Tron supuso toda una revolución, más por su forma de representar el interior de un ordenador que por la calidad de sus efectos digitales. Sin embargo, lo más interesante cabe encontrarlo en un estudio más a fondo de su subtexto y, sobre todo, compararlo con la evolución que ha sufrido la sociedad desde entonces, pasando de interactuar de forma presencial a moverse casi en exclusiva a través de un ordenador. Es en este aspecto donde la película adquiere su relevancia y donde reside su auténtica importancia como hito dentro del devenir de la ciencia ficción.

La justicia, el amor y la intriga acaparan los estrenos en España


Semana tras semana, el verano cinematográfico deja paso a la época de proyectos más sólidos dramáticamente hablando y más intensos en un sentido emocional. Atrás quedan los aparatosos efectos digitales, las superproducciones o las comedias sin sentido… o casi. Lo cierto es que, aunque ya hay títulos que se revelan como “serios”, todavía hay lugar para propuestas de entretenimiento puro, y en este sentido el fin de semana del 7 de septiembre es un ejemplo claro, uniendo adaptaciones de cómic con intensas historias dramáticas e intrigas que mezclan pasado y presente.

Sin ir más lejos, uno de los títulos más llamativos es la nueva adaptación de las aventuras futuristas del Juez Dredd. Aunque no es la primera vez que visita las pantallas (en 1995 lo hizo con el rostro de Sylvester Stallone), sí es la primera vez que lo hace en 3D, una técnica que se presume importante para la historia que aborda. Dredd 3D cuenta la lucha de dos policías/jueces/ejecutores que, en un lejano futuro en el que la Humanidad vive en ciudades donde la única ley es la de estos jueces, deben hacer frente a la amenaza de una mujer que controla toda la distribución de una potente droga nueva capaz de alterar la percepción del tiempo. Dirigida por Pete Travis (Endgame), tiene como principal protagonista a Karl Urban (Star Trek), al que acompañan Olivia Thirlby (La hora más oscura) y Lena Headey (300) como principales reclamos. Acción, efectos y mucha violencia son las cartas de presentación de esta nueva versión.

Para los amantes de la comedia romántica llega a las pantallas españolas Eternamente comprometidos, un nuevo producto de la mano de Judd Apatow (Virgen a los 40) dirigido por Nicholas Stoller (Paso de ti) en el que se narra las dificultades de una pareja para casarse después de haberse comprometido poco tiempo después de empezar a salir, lo que generará las dudas acerca de la idoneidad de su relación. Con Jason Segel (Lío embarazoso) como protagonista y co-guionista junto al director, el rostro femenino lo pone Emily Blunt (La pesca del salmón en Yemen), mientras que secundarios como Chris Pratt (Dime con cuántos), Alison Brie (Scream 4) o Rhys Ifans (The amazing Spider-man) completan el reparto.

El otoño cinematográfico se estrena con uno de los dramas más intensos que veremos en las pantallas, o al menos así se anuncia. The deep blue sea, adaptación de la obra de teatro de Terence Rattigan, narra el escandaloso romance entre la mujer de un juez del Tribunal Supremo y un ex piloto de la RAF en plenos años 50 del pasado siglo. Dirigida por Terence Davies (La casa de la alegría), autor también del guión, la pareja protagonista está formada por Rachel Weisz (El legado de Bourne) y Tom Hiddleston (Thor), a los que acompañan actores como Simon Russell Beale (Persuasión) y Ann Mitchell (Asesinato por decreto). Los amantes del drama y de las historias de amor imposibles encontrarán en ella un título imprescindible.

La propuesta terrorífica llega de la mano de una nueva posesión demoníaca/infernal con una historia verídica como base argumental. Bajo el título The possession y con un cartel ciertamente perturbador, la historia sigue los desesperados intentos de un padre por encontrar el mal que afecta a su hija después de que esta abra una caja en la que, al parecer, estaba escondido un demonio que debe ser devuelto a la caja antes de que consuma a la pequeña. Atmósfera asfixiante y momentos de terror que los seguidores del género disfrutarán de lo lindo en esta película de Ole Bornedal (La sustituta) que protagonizan Jeffrey Dean Morgan (La víctima perfecta), Natasha Calis (serie La tapadera), Kyra Sedgwick (Phenomenon), Jay Brazeau (Insomnio) y Madison Davenport (Parasomnia).

Aunque sin duda uno de los estrenos más comentados es el de Todos tenemos un plan, lo nuevo de los responsables de El secreto de sus ojos (2009) con Viggo Mortensen (La carretera) y Soledad Villamil (No sos vos, soy yo) como principales protagonistas. Esta intriga gira en torno a un hombre que, aburrido de su vida y deseando escapar de su rutina, se hace pasar por su hermano gemelo, muerto poco tiempo antes, y se va a vivir al Delta del Tigre, zona en la que ambos vivieron de pequeños y en la que su hermano tenía negocios criminales en los que el protagonista se verá envuelto de forma involuntaria. Dirige el conjunto la debutante en el largometraje Ana Piterbarg, autora del guión, y entre el reparto también se hallan nombres como el de Daniel Fanego (Rehén de ilusiones), Javier Godino (La voz dormida) y Sofía Gala (Tetro).

Otro thriller con tintes románticos, aunque este ambientado en la II Guerra Mundial poco antes del ataque a Pearl Harbor, lleva por título Shangai. Esta producción del 2010 está dirigida por Mikael Håfström (El rito) y sigue la investigación de un agente secreto en la China ocupada por los japoneses en torno a la muerte de un compañero y amigo. Las pesquisas le llevan hasta un jefe de la mafia y su bella mujer, con la que empezará un juego amoroso que pondrá a prueba sus lealtades y la resolución del misterio. John Cusack (El enigma del cuervo), Chow Yun-Fat (Tigre y dragón), Ken Watanabe (Origen) y Gong Li (La linterna roja) son sus principales protagonistas, a los que cabe añadir secundarios como David Morse (Contact), Franka Potente (Corre Lola, Corre) y Jeffrey Dean Morgan.

Para aquellos que busquen una distracción en su sentido más puro llega a España Step Up: Revolution, nueva entrega de la saga de baile en la que la música, los bailarines y las coreografías imposibles buscan como excusa de su existencia una historia lo más sencilla, típica y previsible posible. En este caso es la llegada de la hija de un acaudalado hombre de negocios a Miami con el sueño de convertirse en bailarina. Una vez en la ciudad conocerá (y se enamorará) a un joven líder de una banda de baile que ansía ganar un concurso y lograr así un patrocinador que les lleve a la fama. Scott Speer (The LXD: The secrets of the Ra) es su director, mientras que Cleopatra Coleman (serie Vecinos), Misha Gabriel Hamilton (Clerks II), Ryan Guzman, Michael ‘Xeno’ Langebeck y Stephen Boss (Step Up 3D) son algunos de los bailarines del reparto.

También vuelve este fin de semana José Luis Garci, y lo hace reviviendo a un personaje que vuelve a estar muy de moda en los últimos años: Sherlock Holmes. Con Holmes & Watson: Madrid days, el director de El abuelo (1998) sitúa al inmortal investigador privado y a su compañero en el Madrid de Benito Pérez Galdos debido a una serie de asesinatos que podrían haber sido cometidos por Jack el destripador. Gary Piquer (Mal día para pescar) y José Luis García Pérez (Desechos) forman la pareja protagonista, mientras que Leticia Dolera (De tu ventana a la mía), Macarena Gómez (Verbo), Manuela Velasco (Amigos…), Carlos Hipólito (Amores locos) y José Corbacho (Los límites del control) dan vida a otros personajes relevantes de la trama.

Desde Alemania llega El río que era un hombre, producción del 2011 dirigida por Jan Zabeil, quien debuta así en el largometraje. La historia gira en torno a la odisea personal de un hombre que se queda solo en medio de un territorio virgen de Botswuana después de que el anciano pescador que le guiaba muera. Tras días librando una batalla con la muerte, el joven llega a un poblado en el que, lejos de mejorar, deberá hacer frente a nuevas dificultades que amenazan con hacerle perder el control. Alexander Fehling (Malditos bastardos) es el principal protagonista de este drama en el que también participan Sariqo Sakega y Obusentswe Dreamar Manyim.

Por último, en el ámbito del documental nos llega Sólo es el principio, historia francesa del 2010 dirigida por Pierre Barougier (Nous resterons sur Terre) y Jean-Pierre Pozzi, quien debuta de esta forma en este formato, que gira en torno a la importancia de la educación desde las edades más tempranas siguiendo varias clases de filosofía para niños en las que éstos, con edades comprendidas entre los tres y los cuatro años, expresan sus impresiones sobre el amor, la felicidad, la muerte, la inteligencia, …, obligándoles a pensar y reflexionar por sí mismos.

‘Silencio de hielo’: la justicia es ciega, la injusticia… muda


Hay películas que terminan dejando una sensación de desahogo, de ira ante una situación injusta que tiene fácil solución. La segunda película del suizo Baran bo Odar camina irremediablemente por este sendero en una trama que provoca a cada paso al espectador, que pone a prueba la paciencia de los personajes y que insufla de tensión incluso situaciones que, a priori, podrían no tener mayor relevancia.

Lo cierto es que el film, a pesar de su aspecto sencillo y lineal (que lo es), se compone de numerosos elementos que conforman un paisaje casi desolador, un mundo en el que las niñas no pueden tener independencia ante la posibilidad de que un coche rojo se las lleve para tirarlas a un lago. En este sentido, se podría decir que es casi un cuento macabro con moraleja. Lo interesante surge cuando se analiza desde el punto de vista de los criminales, auténticos protagonistas de la historia y que tienen a la policía como comparsas en un baile que solo ellos entienden.

La tortuosa y viciada relación entre los dos criminales a lo largo de más de 20 años es lo que da vida al arco narrativo. Sus especiales gustos en cuestión de sexo, unidos al secreto del asesinato cometido en los años de juventud, provocan reacciones muy dispares, pero incluso en este ámbito existe la injusticia, otro de los temas principales que subyacen en el relato. Mientras que uno se repugna y odia por lo ocurrido, el otro parece aceptarse tal y como es, haciendo todo lo posible por volver a compartir sus gustos.

Pero lo que golpea definitivamente la moral del espectador es su final, tan realista como desolador. Gracias a la ineptitud de la policía (reflejada en un jefe exageradamente inútil) y a las ansias por resolver los crímenes, ninguno de los dos criminales es capturado en un sentido estricto, aunque la acusación termina cayendo solamente sobre uno de ellos. Un relato sobrio, muy tenso (sobre todo gracias a la música de Michael Kamm y Kris Steininger), que encuentra su mayor debilidad en un cuerpo de policía bastante incoherente, y que puede ser lo que más chirríe de todo el film.

Nota: 6,5/10

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