Daños colaterales de la violencia en la 6ª T de ‘Hijos de la Anarquía’


Los 'Hijos de la Anarquía' deben encontrar una nueva sede en la sexta temporada.Hay pocas series capaces de mantener un alto nivel dramático temporada tras temporada. Y son muchas menos las que dejan al espectador pegado al asiento con una sensación de tensión del modo en que lo hace Hijos de la Anarquía. Su sexta temporada ha sido, en todos los sentidos, una joya de la televisión que, como viene siendo habitual en la producción creada por Kurt Sutter (serie The Shield), no tendrá el reconocimiento que pide a gritos etapa tras etapa. Y es que si algo se ha conseguido en estos nuevos 13 episodios es encaminar la brutalidad de la que siempre ha hecho gala la serie hacia un ocaso brillantemente planificado y mejor ejecutado que elimina del tablero flecos que lastraban la acción y dirige su futuro hacia un dramatismo que augura una venganza incluso más salvaje de lo visto hasta ahora. ¡Ah¡, y para aquellos que todavía no hayan podido ver la temporada, encontrarán en este análisis diversos spoilers que no pueden ignorarse.

A pesar de ese ocaso, de esa evidente luz al final del túnel que se percibe en buena parte de la temporada, la estructura narrativa sigue intacta. Sus responsables vuelven a jugar con la intriga de los planes elaborados por el personaje de Charlie Hunnam (Pacific Rim) y el resto de miembros del club, cuyas crisis internas siempre quedan apartadas ante los problemas que les llegan desde el exterior. La forma en que SAMCRO aborda su salida del negocio de las armas se antoja algo menos elaborada que las maquinaciones ideadas en temporadas anteriores, pero como compensación se vuelven más brutales, demostrando una vez más que un golpe sobre la mesa muchas veces surte más efecto que días de conversaciones. El episodio en el que todo se desarrolla, que no por casualidad coincide con el comienzo del tercer acto del arco dramático de la temporada, es tan salvaje como brillante, tan liberador como coherente con el devenir de los personajes y la serie. La muerte del personaje de Clay, de nuevo con los rasgos de Ron Perlman (Hellboy), es uno de esos momentos delicados para cualquier guionista por la relevancia que posee dramáticamente hablando. Su resolución no podría haber sido mejor, equilibrando el odio y el respeto hacia un rey caído.

Una de las mejores bazas que siempre ha exhibido Hijos de la Anarquía es la relación que todos los acontecimientos tienen entre sí. En la anterior temporada se plantearon una serie de nuevos secretos que en esta ocasión, más que resolverse, generan nuevas controversias que llevan a varios personajes al límite. Sin ir más lejos, la unión con el personaje de Jimmy Smits (Madres e hijas) se basa cada vez más en las decisiones personales del club, lo que provoca una de las líneas argumentales de la próxima y última temporada. Empero, posiblemente el personaje que mejor represente dichos secretos sea el de Theo Rossi (Kill theory), cuya evolución a lo largo de las últimas etapas ha sido de las más dramáticas e interesantes de la serie. Su pasado afroamericano y su traición al club le llevan a una tortura personal e interna que genera toda una oleada de traumas, malas decisiones y peores consecuencias. Puede que se haya alargado en exceso su tratamiento, pero sin duda ha sido eso lo que permite que la conclusión de la temporada sea, al menos para él, lo suficientemente siniestra como para convertirle en un muerto andante.

Y aunque en esta ocasión son menos evidentes, las referencias a la obra de William Shakespeare siguen nutriendo el conjunto para convertirlo en una obra diferente que no permite ni un segundo de descanso o distracción. Cualquier conversación, cualquier mirada o detalle, se convierten en determinantes para entender el futuro. Ahí está, por ejemplo, la confesión que hace el personaje de Rossi en un intento de suicidio, algo que precipita los acontecimientos hacia un final que se antoja trágico. Y ahí está, por supuesto, la confidencia por la que el rol interpretado por Katey Sagal (Jack and the beanstalk) termina dando un giro inesperado a esta temporada. Esta secuencia de pocos minutos remite directamente a diferentes obras del dramaturgo inglés, lo que en último lugar consolida el carácter dramático de la serie casi por encima de la violencia que utiliza para resolver los conflictos.

El final de los finales

Hijos de la Anarquía le queda una temporada, pero todo apunta a que será una temporada para resolver ciertos flecos que todavía quedan colgando de esta sexta entrega. La verdad es que el episodio final, con el brutal asesinato de Tara (Maggie Siff, vista en Hazme reír), es la verdadera conclusión de una serie definida por la muerte y la violencia. Es lo que suele ocurrir cuando un personaje que se define como “intocable” no solo es tocado, sino mutilado. Independientemente del vacío que deja en la serie, su ausencia es lo que podríamos definir como un totum revolutum, un clímax que pone patas arriba todo el mundo que rodea a la serie. Sobre todo si tenemos en cuenta que junto a su cuerpo aparece el de otro rol secundario de relativa importancia. Esa estampa final enrojecida por el color de la sangre es el colofón perfecto para una ficción en la que los daños colaterales siempre han estado muy presentes, como demuestra el hecho de introducir en esta etapa a una chica cuya madre murió en el accidente del padre del protagonista, o los acontecimientos del primer episodio, uno de los mejores de la temporada narrativamente hablando.

De hecho, y aunque pueda resultar chocante y hasta irritante, la decisión de terminar con el personaje se ajusta a esa idea de los efectos secundarios. Un grupo de personajes que viven en y de la violencia pueden morir. Es su ley de vida, y el espectador lo acepta como algo factible y lógico. Pero que desaparezcan personajes en principio inocentes es algo que deja una huella mayor y genera un mayor daño a los protagonistas. Parece lógico pensar que el rol de Hunnam debe sobrevivir a todo lo que le ocurra, pero sería imperdonable que un hombre con tantos claroscuros no sufra algún tipo de castigo. Ya lo vivió con la muerte de su mejor amigo, y ahora le toca el turno a alguien más cercano. Con esto, Sutter cierra el principal arco dramático de la serie para resolver en los últimos episodios las venganzas y traiciones que todavía puedan quedar pendientes.

Todo esto me lleva a un concepto nuevo en esta temporada. Los que sigan la serie con asiduidad habrán comprobado que los planes de este club de moteros siempre se resuelven con un golpe maestro que les coloca en la cúspide de los diferentes reinos que luchan por el poder. Ahora bien, lo que nunca se había planteado es que se intrigase de forma paralela. El hecho de que el personaje de Siff elabore un intrincado plan para alejarse de SAMCRO es algo que hasta ahora se había mantenido, en mayor o menor medida, al margen. El espectador, como buen miembro del club, asiste un tanto ignorante a lo que planea la mujer del protagonista hasta que ya es demasiado tarde. Sus recursos, adquiridos en cierto modo por su convivencia con el personaje de Sagal, reflejan no solo sus deseos de romper lazos con ese mundo de violencia, sino el grado de integración que tiene con dicho entorno. Una dualidad que la actriz logra expresar con acierto y que enriquece y hace más complejas las relaciones humanas entre los personajes.

La anterior temporada de Hijos de la Anarquía presentó al protagonista con un líder implacable y violento que contrastaba con la imagen previa que se tenía de él. Esta temporada ahonda en dicho carácter para evidenciar los problemas que surgen y las consecuencias imprevistas que tiene el salvaje mundo en el que vive. Gracias al equilibrio entre intriga, acción y drama que derrocha, esta etapa se convierte en una de las mejores de toda la ficción, y posiblemente en la más sangrienta de todas. Una temporada, eso sí, con un cierto sabor amargo en el fondo del paladar. No es que algo chirríe en el conjunto (si acaso algunas actitudes de Maggie Siff, necesarias por otro lado para hacer avanzar la acción). El problema es que se acaba. Sobre estos 13 episodios planea la sensación de que una etapa termina. Eso sí, la conclusión se anuncia épica.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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