‘Puñales por la espalda’: el agujero del donut


Las novelas de Agatha Christie han dado numerosas y magníficas películas de intriga y cierto toque de humor. Superarlas suele ser un ejercicio banal que no lleva a ningún sitio. Por eso muchos directores tratan de refrescar el género utilizando los mismos parámetros pero introduciendo ciertos componentes que acentúen el humor, la intriga o ciertos conflictos. Lo que no es tan habitual es conocer la identidad del asesino al comienzo de la historia y conocer, sobre todo, cómo se perpetró el crimen.

Eso es lo que propone Rian Johnson (Looper), y lo hace con una agilidad narrativa y una eficacia poco habituales en el cine. Porque a partir de ese momento, Puñales por la espalda cambia ligeramente su sentido para dejar de ser una producción al uso sobre un asesinato y descubrir la identidad del criminal, y pasar a convertirse en un juego del ratón y el gato entre un investigador, el culpable de la muerte, y un caso mucho más complejo de lo que cabría esperar inicialmente. Bajo esta premisa, la trama sabe crecer y ofrecer al espectador un espectáculo fascinante e interesante, con unos personajes complejos en su definición y magníficamente interpretados por un reparto de lujo. Y lo hace sobre una narrativa que se construye en base a flashbacks que, como piezas de un puzzle, ofrecen una fotografía de lo que ocurrió… o mejor dicho, de lo que ocurrió pero no se vio. Y este es uno de los grandes aciertos del film.

La película, como todas las historias de este tipo, se construye sobre los recuerdos de cada personaje sobre los momentos previos a la muerte. Pero son recuerdos distorsionados, manipulados por los auténticos acontecimientos. Y una vez conocidos, el resto de la historia se centra en aquello que no aparece inicialmente en la trama, y que se revela como una línea argumental alternativa que, si el espectador está atento, puede desvelarse, o al menos intuirse, por una única frase. Lo cierto es que la resolución final, cargada de giros dramáticos, explica gráficamente las motivaciones, acontecimientos y decisiones que llevaron al crimen que se investiga, pero es el camino lo verdaderamente gratificante. A todo ello habría que sumar, en menor medida, la crítica social que contiene la historia, con una familia rica y clasista, una enfermera inmigrante y un servicio invisible a los ojos de la clase alta. En este sentido, la imagen final de la película es totalmente gráfica.

De este modo, Puñales por la espalda se revela como un thriller con tintes de comedia fresco y original, con un mensaje que va más allá de la mera intriga criminal y que, sobre todo, transgrede lo suficiente las normas del género para distanciarse de otras producciones y tener un alma propia. Tiene algunos problemas, como el hecho de que algunos secundarios no están lo suficientemente desarrollados, pero son problemas menores que quedan reducidos ante la magnitud que adquiere la trama, cuya resolución, por cierto, es la guinda a todo un proceso de investigación digno de la reina del misterio.

Nota: 8/10

‘Objetivo: Washington D.C.’: habrá bajas, pero serás tú


Los espectadores más jóvenes, aquellos que han crecido con la saga ‘Transformers’ o ‘Fast & Furious’, tal vez solo conozcan por referencias, o como cine “clásico”, que hubo una época en la que el cine de acción era más artesanal que digital, en el que lo importante eran los personajes y una buena ejecución visual más que la espectacularidad de los efectos. Hoy en día es difícil encontrarlo, y precisamente por eso la saga protagonizada por Gerard Butler (Un hombre de familia) resulta tan refrescante en el panorama cinematográfico actual.

No es un alarde de originalidad. De hecho, Objetivo: Washington D.C. es bastante previsible (al villano “activo” se le identifica casi desde el principio, y al villano “en la sombra” un poco más tarde). Y sin duda, si alguien quiere buscarle la lógica a algunas de sus secuencias sencillamente va a fracasar. Pero eso es algo que va implícito en este tipo de historias. Superado eso, lo que nos encontramos es un relato sencillo, directo, cargado de humor, acción y efectividad que explota al máximo las posibilidades de sus actores y de sus escenarios, construyendo un crescendo dramático que utiliza buena parte de los recursos que ya se han demostrado efectivos en estas historias.

En este sentido, esta tercera parte de la saga tiene el aroma de otras cintas de aventuras y de acción de los años 80 y 90. Desde la traición del amigo hasta la presencia del padre que todavía puede enseñar algo a su hijo, la película bebe de numerosos referentes para revelarse como un entretenimiento puro, sin más ambición que la que puede tener cualquiera de las tres películas que conforman esta trilogía. Simplemente, sabe lo que es, ofrece lo que puede ofrecer y lo hace con honestidad y calidad en su propuesta. Tal vez no sea mucho para los estándares de hoy en día, pero desde luego logra dejar un buen sabor de boca con sus aciertos y sus fallos, que son muchos en ambos lados de la ecuación.

Desde luego, Objetivo: Washington D.C. tiene muchos errores, tanto en su desarrollo como en su planteamiento de guión. Y por supuesto, que nadie exija realismo. Pero Butler vuelve a demostrar el interés que despierta, cómo es capaz de acaparar toda la atención de cualquier historia por muy buenos actores que le rodeen. Carga sobre sus hombros el peso del relato, y es él el que es capaz de elevar el tono y la calidad del mismo en muchas ocasiones gracias a ese equilibrio que encuentra entre la ironía, la chulería y la gravedad de las situaciones que vive su personaje. La historia es simple, arquetípica y previsible. Pero es el tratamiento que necesita (en su gran mayoría al menos) para permitir que brillen otros aspectos de la trama. Y lograr ese delicado punto intermedio sigue siendo un arte al alcance de pocos. Como dice el personaje de Butler en un momento dado: “Habrá bajas, pero no serás tú”.

Nota: 7/10

‘El sótano de Ma’: este sótano es de cartón piedra


Hay películas cuyo truco se ve a kilómetros. Películas en las que el cartón piedra es tan evidente que se convierte en el centro de todas las miradas, restando peso a otros elementos como los actores o el lenguaje que utiliza el director. Pues bien, a la última película de Tate Taylor (Pretty ugly people) le ocurre exactamente eso, solo que en lugar de un decorado excesivamente falso lo que se descubre casi antes de entrar en la sala es el meollo de la intriga, lo que destruye por completo el sentido final de la trama.

Así, El sótano de Ma solo ofrece al espectador algún que otro susto con efecto sonoro incluido, un final algo desagradable (tampoco mucho, que tiene que tener clasificación para adolescentes) y, eso sí, unos actores adultos que aportan la entereza que necesita la película incluso cuando ya está todo al descubierto. Y lo cierto es que no son pocos estos elementos, pero desde luego no suficientes para sostener el interés de la película, que por otro lado se desarrolla con una corrección formal envidiable, introduciendo los elementos del pasado de forma inteligente y transitando por todas las fases de los personajes que suelen poblar estas historias.

Pero nada de eso impide que el espectador deduzca en apenas unos minutos el sentido de toda esta pantomima montada por el rol de Octavia Spencer (Familia al instante), que por cierto vuelve a demostrar la extraordinaria actriz que es con un rol muy alejado de su registro habitual. El gran problema de la cinta, y es fundamental, radica en el supuesto suspense que rodea a la protagonista es destruido por el propio planteamiento de los elementos dramáticos. Desde el momento en que la protagonista busca el pasado de los jóvenes (es más, desde que ve la furgoneta en la que viajan), ya es de suponer, a grandes rasgos cuál será el desarrollo posterior. Esto resta peso dramático al conjunto de la historia, convirtiendo un potencial thriller en una mera propuesta de terror suave. Muy suave.

Estamos, por tanto, ante un quiero y no puedo de Taylor. El sótano de Ma pasa a convertirse en un título menor, en una curiosidad cinematográfica en tanto en cuanto tiene un reparto de altura pero un guión fallido en el que, eso sí, los efectos sonoros y la violencia final son indispensables. Pero eso no es suficiente, al menos no para lo que plantea inicialmente. Octavia Spencer logra aportar a su papel la profundidad suficiente como para que el espectador se pregunte si todo es por venganza, por deseo de un amor no correspondido o por un trauma adolescente. Pero esa es la única intriga del metraje, que para ser de unos ajustados 99 minutos tiene momentos de depresión narrativa y dramática. Una lástima, porque el planteamiento de la historia ofrece muchas posibilidades, incluyendo una versión más gore o algo más al estilo de Carrie (1976). Pero el camino elegido ha terminado por restar credibilidad a todo.

Nota: 5,5/10

‘Riverdale’ se pierde entre demasiadas tramas en su 3ª temporada


Riverdale se ha caracterizado, desde sus inicios, en su poco miedo a reinventarse constantemente. La serie creada por Roberto Aguirre-Sacasa (Carrie) ha sabido alejarse del tono limpio de los cómics en los que se basa para reconvertir las historias de este grupo de adolescentes en una mezcla de intriga, romance adolescente y aventura de instituto. Pero en su tercera temporada esta ficción ha llevado esta máxima hasta un límite que ha roto la magia que unía todo, convirtiendo la producción en una sucesión de giros argumentales a cada cual más inexplicable, en algunos casos absurdos y, en la mayoría de ellos, carentes de demasiado interés.

El porqué de esto es sencillo. Las primeras temporadas de la serie tenían un arco argumental principal muy bien definido. En él participaban todos los protagonistas, en mayor o menor medida. Y las pocas historias secundarias existentes no solo estaban a la sombra de la principal, sino que se limitaban a un par de personajes, siendo el resto componentes de un mosaico de fondo enriquecedor y, por momentos, capaz de robar algo de protagonismo a los cuatro héroes de turno. Pero en los 22 episodios que ahora nos ocupan todo eso ha cambiado. Los protagonistas no tienen un rumbo fijo y, lo que es más preocupante, las historias principales y secundarias se confunden hasta el punto de coexistir en un mismo grado de relevancia dramática, generando un caos argumental innecesario en el que los personajes no encuentran un sendero claro por el que avanzar. Dicho de otro modo, la existencia de tantas historias impide al espectador discernir el objetivo principal de esta etapa, y con ello los personajes abandonan sus metas y motivaciones para convertirse en meros peones de una partida de rol fallida (y esto, para aquellos que hayáis visto la serie, os sonará de algo).

La prueba más evidente de esto está en el protagonista interpretado por K.J. Apa (Nuestro último verano). La labor del actor en esta tercera temporada de Riverdale es encomiable, sobre todo por ser capaz de aguantar el tipo con un rol incapaz de definirse. Posiblemente haya pocos personajes que hayan pasado por tantas fases dramáticas como Archie Andrews, que en apenas un puñado de episodios pasa de ser presidiario a prófugo, de prófugo a estudiante y de ahí a boxeador. Eso por no hablar de su participación en esa macropartida de rol que abordaremos más adelante. Al final, el espectador se encuentra con la misma sensación de desorientación que el héroe, es cierto, pero eso no beneficia al conjunto dramático, más bien al contrario, resta interés al devenir de un personaje que parece incluirse en un ámbito diferente cada dos por tres solo por exigencias del guión (eso sí, sin camiseta).

Y luego nos encontramos con la trama supuestamente principal. La partida de rol que deben desentrañar los jóvenes héroes de esta ficción tiene todos los elementos para ser un juego psicológico tan sádico como tétrico. Y de hecho lo es en muchos episodios. El problema es que a lo largo de la misma se van introduciendo tantos elementos disuasorios que terminan por echarse a perder, eso por no hablar del uso nada disimulado de los personajes secundarios, que tan pronto están sumergidos de lleno en esta espiral de locura que es ‘Grifos y gárgolas’ como se dedican a otros menesteres, como si el juego de rol dejara de tener relevancia en una ciudad inmersa a todos los niveles en la obsesión que genera este juego. Es esa falta de continuidad en determinados episodios lo que crea desconexión, no tanto del desarrollo general de la serie como de sus personajes y de ciertas tramas secundarias que tienden a ocupar más espacio narrativo del que teóricamente deberían.

El Rey y la Capucha

La resolución de esta temporada de Riverdale es igualmente… extraña, por decirlo de algún modo. Si bien las motivaciones que se esconden detrás tienen una interesante carga dramática, vinculando además todas las temporadas y convirtiendo la serie en un producto global (no únicamente en aventuras que empiezan y finalizan con cada etapa), el modo de resolverlo cuenta con unos giros argumentales algo excesivos, recuperando personajes presuntamente muertos y creando una especie de clímax de pesadilla en el que los acontecimientos se convierten en una sucesión de puntos de giro a cada cual más irreal (incluso bajo la premisa de esa última partida de rol que comienza de un modo ciertamente atractivo). En realidad, es un final acorde a la temporada; el problema es que la temporada ha sido, de por sí, un delirio constante de idas y venidas dramáticas muchas veces desvinculadas unas de otras.

Un claro ejemplo es todo ese arco argumental centrado en el personaje de Lili Reinhart (Alguien está vigilándote) y esa comunidad sectaria en la que se introducen familiares y amigos. A pesar de los intentos por incluirla y vincularla con el resto de tramas, en ningún momento logra ser parte de la historia de la serie, convertida más en una suerte de apéndice con vida propia al que recurrir en determinados y necesarios momentos. El hecho de que los personajes se vayan introduciendo en ese universo paralelo cada vez más y que, sin embargo, no parezca tener efectos en la vida de la serie más allá de secuencias puntuales es algo que termina por debilitar al conjunto, que parece temeroso de explorar esta historia y ver sus posibilidades dramáticas reales. Solo al final del trayecto, cuando todo se precipita, adquiere interés. El hecho de que hayan quedado las puertas abiertas a continuar este arco dramático en la cuarta temporada da una idea de que tal vez, y solo tal vez, habría sido mejor dejar los tejemanejes de esta secta para otro momento, y destinar todos los esfuerzos a la partida de rol en vivo que los personajes son obligados a jugar.

La serie deja varios momentos muy interesantes. Sin ir más lejos, esa recreación de la vida de los personajes adultos durante su etapa de instituto, utilizando para ello a los actores jóvenes (que, por cierto, adquieren notablemente bien los gestos y rasgos definitorios de los adultos) y vistiéndoles, al menos en un primer momento, de forma muy parecida al cómic, en especial a Jughead. Asimismo, el desarrollo de la vida personal del rol al que da vida Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) también permite ampliar la mirada sobre este universo adolescente, y aunque es víctima del tratamiento errático de la serie a todos sus elementos, no deja de ofrecer aspectos enriquecedores que, esperemos, tengan continuidad en el futuro de esta ficción. De hecho, no es únicamente esta trama secundaria la que resulta interesante, lo que invita a pensar que sus creadores siguen haciendo crecer el trasfondo sobre el que se dibujan las tramas principales, aunque en este caso lo hacen de un modo algo irregular.

El principal problema de la tercera temporada de Riverdale es la excesiva carga de líneas argumentales. Para que cualquier ficción funcione de forma orgánica es necesario que exista una trama principal y varias secundarias, eso es indudable. Pero a esta definición hay que añadir que el peso dramático de cada una de ellas tiene que ser diferente. Tienen que complementarse. Y en esto es en lo que ha fallado la serie en esta etapa, planteando varios arcos dramáticos con un mismo peso específico, lo que obliga a destinar tiempo y metraje para su desarrollo, restándoselo a otros elementos que, por desgracia, hacen que la serie cojee en muchos momentos, perdiendo algo de interés y, lo que posiblemente sea la peor parte, presentando una evolución errática y sin consolidar las motivaciones de los personajes. Solo cabe esperar que la serie vuelva a una senda algo más pausada, manteniendo ese espíritu de reinventarse constantemente pero sin los excesos de estos episodios.

‘El hijo’: ¿es un pájaro? ¿es un avión? ¿pero qué es?


¿Un Superman villano? Pues la idea ya es de por sí sugerente, sobre todo para aquellos que conozcan los orígenes del personaje narrados en los cómics o en el clásico de 1978. Pero la película que nos ocupa es de todo menos sugerente. Y eso es casi lo más interesante del film de David Yarovesky (The hive), porque lo cierto es que en ningún momento llegamos a saber qué género estamos viendo.

Y es una lástima, porque El hijo tiene todos los elementos necesarios para ser una apasionante cinta de ciencia ficción o una terrorífica apuesta de suspense y angustia. Sin embargo, el desarrollo dramático de la historia, y de los propios personajes, se queda en tierra de nadie. Comienza como una combinación de intriga y ciencia ficción para adentrarse levemente en el género del humor y terminar en una suerte de terror con epílogo informativo. Tanto género para una película con un argumento tan sencillo y directo, amén de una ajustadísima duración, impide asentar una interpretación de esta historia que, además, plantea varias ideas sin llegar a desarrollar ninguna. Para muestra un botón. Da la sensación por momentos de que el guión pretende jugar con el suspense de saber quién se esconde bajo la máscara, mostrando casi una doble personalidad en el personaje del joven Jackson A. Dunn (serie Legendary Dudas), quien por cierto es de lo mejor de la cinta. Sin embargo, esta suerte de apuesta por el suspense se queda en nada al ir mostrando poco a poco la transformación del adolescente, terminando por lastrar a la cinta.

Eso no impide que el film sea entretenido, ni que contenga algunos momentos especialmente desagradables y, según se mire, gore. Yarovesky poco puede aportar a la simpleza de la trama, pero su mano se deja ver en la narrativa de los crímenes que comete el joven extraterrestre que asume sus poderes, cual avispa en un nido de abejas (y la referencia no es casual, como tampoco lo es en la cinta), con la adolescencia. Pero nada de esto logra que el espectador se sumerja completamente en la película. Y eso se debe, fundamentalmente, a ciertos desequilibrios de guión, dando mucha prioridad a diálogos que dan vueltas sobre el mismo tema y dejando a un lado la evolución del adolescente. Es cierto que su transformación tiene un origen exógeno más que endógeno (cambios hormonales, comprensión del mundo, …), pero no son pocos los momentos en los que parece mostrar una cierta bondad en su interior. Ya sea una lucha interna entre el bien y el mal o una forma de manipular a los que le rodean (opto por lo segundo), falta un desarrollo más profundo de esta idea para conocer mejor al personaje más allá del símil con avispas y abejas.

De este modo, El hijo es un producto a medio camino de todas partes. Su indefinición en el género es casi lo de menos. La película plantea varias ideas que no termina de desarrollar, por no hablar de unos interesantes personajes que se dibujan con trazo grueso. El joven protagonista parece moverse en algunos momentos por impulsos de rabia adolescente, mientras que en otros parece estar dominado por una fuerza superior. La relación entre padres e hijo, fundamentalmente la de la madre, se mueve en unas arenas movedizas dramáticas que por momentos parecen consolidarse y por momentos hunden lo logrado hasta ese momento. Como entretenimiento no es una mala propuesta, sobre todo para los amantes del gore y la violencia. Sus momentos de acción, sobre todo en su clímax, son espectaculares. Pero una película no puede vivir solo de esto, sobre todo cuando plantea componentes dramáticos mucho más complejos.

Nota: 6/10

‘True Detective’ crece en dramatismo volviendo a su origen en su 3ª T.


Después de una segunda temporada cuanto menos diferente (en formato y contenido) y cuatro años de descanso, Nic Pizzolatto ha regresado a los orígenes de True Detective en su tercera historia, independiente por completo de las anteriores pero con un claro regusto a la primera, con la que por cierto crea puentes dramáticos que permiten ubicar las historias en un mismo universo narrativo. El también guionista de Los siete magníficos (2016) vuelve a componer un relato en tres partes para abordar de nuevo abusos y posibles relaciones con ritos de diversa índole. Sin embargo, en esta ocasión eso es casi lo de menos.

Porque a diferencia de la primera temporada, estos 8 episodios resultan mucho más interesantes si la mirada se dirige hacia el otro lado, es decir, hacia los policías que investigan la desaparición de dos niños. En efecto, vuelven a ser dos roles complejos, con tantos matices que es casi imposible mencionarlos todos, pero con un aliciente añadido: más allá de sus personalidades, los roces que puedan tener y el modo en que evolucionan, lo interesante es el trasfondo emocional de ambos, los traumas que les impulsan a actuar y, sobre todo, cómo afrontan la realidad. En este sentido, el papel interpretado por Mahershala Ali (Green Book), que lleva el peso de la narración, es todo un ejemplo de complejidad emocional. Marcado por los horrores de la guerra y los problemas de memoria que cada vez se agudizan más, su recuerdo de los acontecimientos del caso, de los detalles y de los pasos dados quedan en cuestión constantemente, jugando su creador con la idea de que lo que podríamos estar viendo es fruto de su mente, y no lo que realmente ocurrió.

Este grado mayor de complejidad en la tercera temporada de True Detective se complementa, y de qué modo, con el papel de Stephen Dorff (Bajo un sol abrasador), un hombre práctico, algo rudo pero de buen corazón cuya evolución en la trama es, simple y llanamente, de lo mejor de toda la serie. Si bien en los primeros compases de la trama se antoja un secundario interesante, a medida que se desvelan sus diferentes capas dramáticas, sobre todo en su etapa más anciana, va adquiriendo una mayor profundidad emocional que, además, permite a la historia jugar con un doble final representado en dos hombres con visiones muy diferentes del caso que llevaron hace tantos años, y de la vida en general. Y es este el verdadero corazón de estos capítulos. Por mucho que la realidad sea una, cada uno de nosotros tendemos a quedarnos con la verdad que nos interesa, aquella que nos ofrece algo que comprendemos y, en el caso de este crimen, aquella que ofrece la serenidad que los personajes llevan buscando durante décadas.

De hecho, esta idea subyace prácticamente en todas las líneas argumentales y en cada uno de los secundarios que aparecen a lo largo de los tres tiempos dramáticos en los que se divide la temporada. Mientras que unos optan por enterrar lo ocurrido buscando una solución capaz de dar sentido a su teoría del crimen, otros vuelven una y otra vez a los hechos en busca de algo más, ya sea por morbo, interés o, como le ocurre al protagonista, la sensación de que hay algo más. En realidad, esta dualidad suele estar muy presente siempre en el thriller policíaco, sobre todo si hay una pareja protagonista. Pero en el caso de la serie de Pizzolatto no es un mero recurso narrativo para hacer avanzar la trama, sino que se convierte en el leit motiv que permite al argumento explorar nuevos caminos dramáticos. Ese es el éxito y lo que aporta esta notable temporada.

Secundarios en la imagen

Ahora bien, esta tercera etapa de True Detective no solo ofrece al espectador una base narrativa y dramática compleja y próxima al impacto que generó la primera. Si algo tienen de diferencial estos episodios es el tratamiento visual de cada episodio y, sobre todo, unos secundarios tanto o más sólidos que los protagonistas, algunos de ellos con unas tramas capaces de sustentar los momentos más débiles de los arcos argumentales principales. Respecto al aspecto puramente formal, la serie vuelve a recurrir a un cierto ambiente malsano promovido por la presencia de iconos sectarios o que remiten a códigos secretos de carácter violento o delictivo. Pero hay mucho más. El cambio en la iluminación de cada época narrativa va acompañado de un lenguaje formal también algo diferente de una etapa a otra. A esto se añade el modo en que relaciona unos años con otros a través de los recuerdos, lo que está intrínsecamente unido a los saltos temporales que permiten explicar algunas de las motivaciones y de los orígenes de muchos acontecimientos.

Todo ello conforma un trasfondo complejo, vivo, dinámico y en constante evolución en el que los dos policías protagonistas crecen en dramatismo al ir mostrando su forma de enfrentarse a los hechos, descubriendo así su personalidad llena de matices, traumas y miedos. Pero no solo les permite evolucionar a ellos. Los personajes secundarios también guardan ciertos ases bajo la manga que les lleva, al menos en los casos más importantes, a adquirir un peso específico en la trama muy alto. El caso más significativo es, evidentemente, el de Carmen Ejogo (Alien: Covenant), esa esposa/profesora/escritora cuyo rol, aunque desaparece en algunas de las épocas de la trama, sigue comunicándose con el protagonista, siendo una suerte de guía espiritual en el camino del héroe hacia la redención y la verdad. Y es solo un ejemplo, pues prácticamente todos los personajes contienen una gran cantidad de caras dramáticas que, gracias a la estructura narrativa de la serie, se van desvelando de forma desordenada para hacer más intensa la intriga.

Y este es posiblemente uno de los aspectos más interesantes de la serie en su conjunto. Más allá de la espléndida definición de los personajes, dotados de una complejidad marcada no solo por su propio pasado y su forma de ser, sino por la sociedad en la que se desenvuelven en cada instante, es importante estudiar el modo en que se construye la trama. Su desarrollo lineal se forma a través de fragmentos desordenados, armónicos en su caos, capaces de nutrirse unos de otros para revelar información fundamental en el momento preciso. Ese equilibrio entre orden y desorden se basa en que cada parte de la trama, cada época, posee un desarrollo dramático coherente, salpicado de vez en cuando por algún recurso narrativo rupturista, mientras que los diferentes bloques de la trama se desarrollan, en conjunto, de forma totalmente irregular, sin seguir necesariamente un paralelismo natural. Esto permite, por ejemplo, que información conocida en el presente revele, de repente, algún hecho desconocido del pasado, y esa revelación permita, a su vez, comprender algo que se lea posteriormente en otra época.

Explicado así puede que resulte algo confuso, pero la realidad es que al final de la tercera temporada de True Detective, al igual que ocurrió en las anteriores, lo que nos encontramos es con un intenso thriller y, sobre todo, un profundo y complejo estudio de la psicología de unos personajes traumatizados no tanto por un caso por resolver como por los traumas de un pasado que ha condicionado irremediablemente su vida, sus relaciones y su modo de entender el mundo. Los 8 capítulos de esta etapa confirman a la serie como un producto único, una obra con muchos niveles de interpretación y, en esta ocasión, con un final que abre un sinfín de posibilidades interpretativas, no tanto sobre el sentido de la temporada como de la propia realidad del ser humano y el modo en que se enfrenta a su mundo y su realidad. Y cuando el cine o la televisión son capaces de eso, de trascender su propia dimensión para convertirse en una reflexión y un reflejo de nuestro entorno, es cuando nos encontramos ante algo indispensable.

‘Keepers. El misterio del faro’: la espiral de la muerte


Allá por 1900 tres fareros de la isla de Eilean Mor, una de las que forman las islas de Flannan (Escocia), desaparecieron sin dejar rastro. En las instalaciones no se encontró ninguna pista sobre lo que podría haber ocurrido. De hecho, todo parecía perfectamente ordenado. Este misterio es la premisa para construir un thriller atípico, alejado del componente morboso o terrorífico y con una profundidad dramática poco habitual. Un thriller en el que la mayor parte del motor que mueve la trama se encuentra en las miradas y los pensamientos de los personajes, y no tanto en sus acciones, que sirven más bien como puntos de giro dramático.

Con esta idea Kristoffer Nyholm, director de un referente del thriller como es la serie Forbrydelsen (The killing), construye un viaje a las miserias del alma humana, a los confines del odio, el miedo y la venganza. Para ello aprovecha al máximo las características de sus tres personajes, a los que mina mental y físicamente hasta hacerlos caer, y con ellos la cordura en un ambiente tan solitario y gris como es una isla en el norte de Europa. Como si fuesen los tres pilares sobre los que se asienta una construcción, la fractura de cada uno de los personajes hace tambalear hasta su autodestrucción las relaciones entre ellos, pero lo que es más importante, acaba con su humanidad a pesar de sus intentos por preservarla. En este sentido, el lenguaje visual del director, aprovechando al máximo los primeros planos (y las posibilidades que le ofrecen los notables actores) y narrando con elegancia y fuera de plano algunos momentos más escabrosos, potencia esa sensación de que los protagonistas van perdiendo poco a poco aquello que les hace hombres para terminar siendo otra cosa.

Y aunque todo ello termina atrapando al espectador en una espiral de tragedia, Keepers. El misterio del faro peca en varios momentos de un ritmo algo lento, sobre todo en una primera parte en la que se narra el modo de vida de esta profesión. A mejorar el ritmo no contribuye, desde luego, que los aspectos más interesantes de la historia se desarrollen con miradas y sin palabras. La introspección de la cinta, algo deliberadamente buscado para consolidar el mensaje final del film, puede llevar a muchos espectadores a creer que no ocurre nada, o casi nada, durante sus poco más de 100 minutos. Desde luego, acción e intriga tiene poca, pero también hay actualmente pocas historias capaces de introducirse en la mente de los personajes, desgranarla y dar una coherencia a los sentimientos a los que nos enfrentaríamos cualquiera de nosotros en esa situación.

Por supuesto, Keepers. El misterio del faro da una respuesta a ese misterio, valga la redundancia. Pero eso es lo de menos. Lo verdaderamente atractivo del film es el viaje que hace cada uno de ellos una vez que se desencadenan unos acontecimientos que les introducen cada vez más en una trágica espiral de la que no logran salir. Es cierto que su ritmo visual es algo lento, del mismo modo que es cierto que algunos pasajes de la historia están narrados de forma algo esquemática y críptica (algo propio del estilo nórdico). Pero también estamos ante un interesante drama emocional, ante tres hombres que afrontan unos acontecimientos para los que no están preparados y que terminarán por destruirles en todos los sentidos. Es un film menor, de eso no cabe duda, pero no por ello es menos recomendable.

Nota: 6/10

‘Feedback’: mensaje sin retorno


El thriller psicológico, por sus propias características, es un género que puede resultar tan apasionante como decepcionante. Apasionante porque la intriga que plantea, los giros argumentales que se suceden y el modo en que se va desvelando la información atrapan al espectador. Y decepcionante porque todos los misterios y preguntas planteadas durante su desarrollo pueden no tener una explicación satisfactoria. O pueden sencillamente dejar indiferente, que tal vez sea peor. El caso de la primera película de Pedro C. Alonso se encuentra a medio camino de ambos extremos.

La premisa de Feedback es de lo más interesante, con un locutor de radio a punto de desvelar un secreto que puede remover los cimientos de la sociedad y dos asaltantes que secuestran el estudio para obligarle a confesar un terrible crimen de su pasado que él desconoce. Durante buena parte del metraje Alonso dirige con pulso firme el suspense y los momentos más violentos del relato para poner a los personajes, y de paso al espectador, en una situación límite. Su apuesta visual y el lenguaje que emplea no solo dan cuenta de un director con personalidad, sino que acentúan en muchos momentos la sensación de angustia extrema que vive el protagonista, al que da vida un Eddie Marsan (serie Ray Donovan) en estado de gracia.

Sin embargo, como suele ocurrir con estas historias, una vez reveladas las identidades de los asaltantes y, sobre todo, una vez conocida la verdad detrás de todo este suspense, la película tiende a perderse en su propio planteamiento, entregándose a la violencia sin control y perdiendo Alonso, precisamente, el control del relato que hasta ese momento había mantenido con inteligencia. Esto permite, sin embargo, plantear la reflexión de que nunca llegamos a conocer a alguien hasta que se encuentra en una encrucijada realmente trágica, en la que tenga que elegir entre la vida y la muerte, ya sea física, profesional o de cualquier otro tipo. Pero incluso para plantear este debate no era necesario llegar a los extremos de violencia, en algunos casos poco justificada, a los que llega.

Así, Feedback se plantea como un interesante thriller, puede que con premisas más que conocidas y un planteamiento algo arquetípico. Pero su desarrollo desde luego está marcado por momentos inesperados que pretenden romper, al menos momentáneamente, con los estándares del género (otra cosa es que el resultado sea efectivo). El problema, sin embargo, es responder a las expectativas creadas, y ahí es donde falla, como muchos otros films del género. No es una mala película, al contrario. Visualmente hipnótica, con un uso de la luz y los colores sencillamente maravilloso, con un reparto más que notable y una música que ayuda al caos que se crea en el relato. Pero el guión, con algunos diálogos un poco débiles, crece demasiado para el final que plantea. No decepciona, pero tampoco termina de satisfacer.

Nota: 6,5/10

1ª T. de ‘Castle Rock’, idónea carta de presentación del universo King


Stephen King es el maestro del terror, de eso no cabe la más mínima duda. Pero el autor de novelas como ‘El Resplandor’, ‘Carrie’ o ‘It’ es mucho más. De hecho, quien haya leído alguno de sus libros puede que haya percibido dos constantes muy claras (amén de otros muchos elementos, por supuesto). Por un lado, el manejo de pasado y presente en sus historias; por otro, que el desarrollo no responde tanto al terror puro y duro como a la intriga, gracias al juego que realiza con las diferentes tramas y los elementos de suspense que siempre están presentes. Y todo ello está presente en la primera temporada de Castle Rock, un alarde narrativo sencillamente espléndido ambientado en el universo King que, al igual que las novelas, juega al despiste con el espectador para terminar por revelarle algo mucho más interesante y complejo de lo que podría imaginar en un principio.

Y todo ello en apenas 10 episodios. Sus creadores, Sam Shaw y Dustin Thomason, autores de la serie Manhattan, parten de un acontecimiento tan concreto como un suicidio para hilvanar todo un complejo mundo en el que el caos, la violencia y la locura parecen entremezclarse solo para arrojar luz sobre un fenómeno aún más enriquecedor. En este sentido, la trama crece, y de qué modo, a lo largo de cada capítulo, incluso en aquellos en los que todo parece derivar en un absurdo o en los que se narran acontecimientos aparentemente independientes de todo el arco argumental. Pero no, al igual que cualquier novela de King, cada acontecimiento tiene un motivo, cada suceso está relacionado con el resto, y cada personaje tiene su motivación. Y por supuesto, algunas referencias a personajes y acontecimientos de sus obras, lo que hará las delicias de los fans.

De ahí que esta primera temporada de Castle Rock sea puro Stephen King sin necesidad de adaptar una novela. De hecho, captura su esencia bastante mejor que muchas de las películas o series que sobre su obra se han hecho a lo largo de los años. Y en esto tiene mucho que ver esa idea de utilizar el terror más como un concepto que sobrevuela la trama que como algo tangible (aunque tiene sus momentos). En su lugar, estos capítulos exploran temas tan interesantes como la locura, la incomprensión de la mente de acontecimientos nunca antes vistos, o los equilibrios existentes entre nuestro mundo y otras realidades. Todo ello, por supuesto, sustentado no solo en una trama más que notable, sino en un reparto en estado de gracia capaz de enriquecer sus personajes con unos matices que ofrecen al espectador, en algunas ocasiones, pistas sobre lo que está ocurriendo. Aunque, al igual que a los protagonistas, nos costará comprenderlo un poco al principio.

Porque, en efecto, esta serie es un auténtico rompecabezas en el que el espectador se sumerge primero para nadar a contracorriente y luego para dejarse llevar por el desarrollo. Y en ese cambio de postura frente a la ficción tienen mucho que ver los actores, como mencionaba antes. Fundamentalmente André Holland (Moonlight), Bill Skarsgård (It) y Sissy Spacek (Criadas y señoras). Los dos primeros porque establecen un duelo interpretativo profundo, primero como un abogado que lucha por un cliente y, más adelante, como las dos caras de una misma moneda, uno sin comprender lo ocurrido y otro instando a la acción. Y la tercera porque se convierte en eje fundamental de buena parte del relato. Es el anclaje para los diferentes espacios temporales y las diferentes realidades que se dan cita en la trama. En cierto modo, Spacek asume como propio el papel que en la ficción juegan las piezas de ajedrez, aportando mayor dramatismo si cabe a la condición particular de su rol y a la intriga del conjunto.

Henry Matthew Deaver

Pero evidentemente, el peso de la historia recae en los cuatro hombros de los dos protagonistas. Lo más interesante de esta primera temporada de Castle Rock es la evolución que viven ambos roles, sobre todo el de Holland. Lo que comienza siendo un misterio con tintes casi satánicos termina convirtiéndose en una reflexión sobre los mundos paralelos, las realidades alternativas y cómo eso genera unos efectos devastadores en la realidad en que nos encontremos. Curiosamente, todo comienza con el nombre que los dos protagonistas comparten, Henry Matthew Deaver, y con el modo en que los personajes secundarios afrontan, desde la ignorancia, lo que ocurre con el personaje de Skarsgård, ya sea con el suicidio inicial o las numerosas situaciones de caos y violencia que desata el desequilibrio entre universos.

Porque bajo la premisa de una obra de ciencia ficción con dosis de terror, lo que la trama esconde es una interesante reflexión acerca de los efectos y las consecuencias de modificar el equilibrio que existe en el universo (lo que, a su vez, se puede extrapolar a nuestro día a día) cuando se introduce un elemento externo que no tiene cabida en una realidad ya conformada. A lo largo de sus episodios esta etapa inicial plantea una serie de interrogantes que, aunque inicialmente pueden no tener nada que ver con la trama principal, terminan adquiriendo sentido cuando se resuelve dicha incógnita central. Dicho de otro modo, la ficción presenta numerosas ramificaciones, líneas argumentales secundarias y secuencias aparentemente inconexas que terminan por confluir en una línea argumental conjunta y global, desvelando al espectador el verdadero mapa dramático al que está asistiendo.

Esto, como ocurre con muchas historias de Stephen King, tiene un problema, y es que en no pocas ocasiones la trama se desvía demasiado de su objetivo principal. Y al ser una historia narrada en capítulos se corre el riesgo, como de hecho ocurre en alguna que otra ocasión, de que el espectador pierda el hilo de lo que se estaba contando o, lo que es más grave, el interés en una historia ciertamente original. Posiblemente este sea el mayor hándicap de la producción: su planteamiento narrativo resulta muchas veces rupturista, algo quebradizo. Es cierto que esto ayuda a crear un universo inclusivo, fascinante y rico dramáticamente hablando, pero también impide seguir el ritmo del arco dramático principal, obligando a prestar atención durante demasiado tiempo a situaciones y personajes secundarios que aportan poco o nada al conjunto, salvo tal vez asentar la conclusión final más de lo que ya estaría sin esas breves tramas secundarias.

Pero si el espectador queda atrapado en la red de Castle Rock la realidad es que se sumergirá en un universo apasionante, visualmente poderoso y dramáticamente inesperado. Terror, fantasía y drama se dan la mano en una historia que es puro Stephen King aunque no se base en ninguna novela ni relato concreto. El modo en que sus creadores utilizan los tiempos narrativos y dosifican la información para dirigir la historia por donde desean en todo momento es digno de estudio. Y si a todo ello sumamos un reparto excepcional, lo que nos encontramos es con una historia diferente, fresca, intrigante y capaz de demostrar que en televisión todavía queda margen para la originalidad y, sobre todo, que es posible enriquecer el universo de un escritor que lleva décadas perfeccionándolo y desgranándolo.

‘Destroyer: Una mujer herida’: la importancia del tiempo


El tiempo no lo cura todo. Hay heridas que permanecen, que parecen cicatrizadas pero que pueden volver a abrirse con un pequeño roce. Bajo esta premisa se construye la nueva película de Karyn Kusama (Jennifer’s body), y es precisamente el tiempo el que acapara toda la atención de una trama con una Nicole Kidman (El sacrificio de un ciervo sagrado) sencillamente inmensa.

La historia de Destroyer: Una mujer herida, en realidad, podría considerarse más bien simple si no fuera por el manejo de los tiempos narrativos del guión, que siguiendo el ejemplo de películas previas juega con el antes y el después en el orden narrativo para ofrecer al espectador un giro argumental final que cambia por completo la perspectiva de todo lo visto hasta ese momento. Al menos modifica en cierto modo parte de la interpretación que da el espectador a los acontecimientos. De otro modo, es decir, si la historia se desarrollara de forma lineal, posiblemente estaríamos ante una obra más mediocre de lo que es, amén de que cuenta con un reparto en buen estado de forma. La labor de Kusama, por otro lado, tampoco ofrece demasiado a la cinta, toda vez que se limita a narrar de un modo aséptico, sin ninguna huella personal y sin demasiada garra en los momentos más tensos de la trama.

En realidad, junto al manejo de los tiempos dramáticos la película se sostiene gracias a la labor de Kidman, quien sostiene sobre sus hombros el paso de un tiempo que ha destrozado a su personaje. Un tiempo en el que el arrepentimiento, la culpa y la venganza han consumido su vida hasta el punto de destruir sus relaciones, su trabajo y su salud. En esta situación, y ante el regreso de sus demonios después de tantos años, la actriz asume el viaje sin retorno de su personaje y lo nutre con matices gracias a los saltos temporales que se dosifican con acierto a lo largo de un metraje algo excesivo pero en cierto modo necesario. Así, lo que en principio no es más que una investigación con conexiones pasadas se convierte en una forma de exorcizar demonios, en una viaje de aceptación de unos errores que han pesado durante demasiado tiempo, y en una venganza disfrazada de justicia en la que todo sacrificio es poco para lograr el ansiado final.

De este modo, Destroyer: Una mujer herida se aleja de las motivaciones de películas similares protagonizadas por hombres para ofrecer una visión relativamente nueva sobre el tiempo y el efecto que tiene en nuestras vidas. Y lo hace con crudeza, con algunos momentos de violencia descarnada que, aunque rodados con mano excesivamente simple, no dejan de generar un impacto en el espectador. El giro final aporta un sentido completamente distinto al conjunto, pero no impide que la labor de Kidman brille por sí sola. Un personaje complejo, atormentado, destruido por sus decisiones y sin nada que perder que la actriz eleva de categoría dramática en un film, por otro lado, demasiado lineal hasta sus minutos finales.

Nota: 7/10

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