‘Riverdale’, intriga policíaca con tintes adolescentes en su 1ª T.


Las adaptaciones de cómics de superhéroes en cine y televisión se han convertido en algo tan habitual, rutinario incluso, que cuando se produce un salto de las viñetas a la pantalla de un personaje sin superpoderes resulta cuanto menos intrigante. Y si es de unos cómics tan conocidos como los de Archie (de los que han salido personajes como la bruja Sabrina o ‘Josie y las Pussycats’), la intriga se convierte en curiosidad, sobre todo si se hace una ficción capaz de combinar el sentido original de estos personajes con una trama puramente policíaca, con asesinato de por medio y con numerosos sospechosos a los que apuntar. Todo eso y más es Riverdale, serie creada por Roberto Aguirre-Sacasa (Carrie), cuya primera temporada de 13 capítulos es un ejercicio de equilibrismo entre el espíritu adolescente y el drama adulto.

Porque, en efecto, la esencia de los cómics de Archie se mantiene, con un joven pelirrojo envuelto en una especie de triángulo amoroso con dos chicas, una rubia y otra morena. Pero a partir de esta premisa, que se deja caer a lo largo del arco argumental de estos primeros episodios para no olvidarla en ningún momento, la serie toma un sendero muy diferente, convirtiendo este pacífico pueblo en una especie de escenario propio de Agatha Christie en el que todos los personajes, o casi todos, tienen un interés oculto y, por lo tanto, son potenciales asesinos del joven cuyo cadáver desencadena la acción. Un ‘Twin Peaks’ adolescente que ofrece algo más a los espectadores que la simple problemática de este tipo de series, lo que permite además que la trama avance en una dirección muy concreta, algo que siempre es de agradecer.

En efecto, Aguirre-Sacasa aprovecha la intriga principal de Riverdale para deshacer el triángulo amoroso, al menos en esta primera temporada, y dar salida a una situación que podría haberse encallado fácilmente desde el primer momento. A través de esta conexión entre los diferentes aspectos del argumento, la serie compone un mosaico de personajes a través de diferentes generaciones que se auto enriquece a medida que se va tirando del enmarañado hilo que compone el misterio que rodea a este típico pueblo estadounidense. Es precisamente la investigación de los jóvenes lo que, por ejemplo, pone al descubierto varias mentiras y secretos ocultados durante años, logrando de esta forma solventar también varias de las tramas secundarias que amenazaban con enredar de forma innecesaria una historia bien construida.

Que esta serie adolescente se desmarque notablemente del carácter que suelen tener este tipo de producciones se debe fundamentalmente a esa apuesta por un suspense más propio de un thriller policíaco, lo cual no solo redunda en su beneficio, sino que abre muchas más posibilidades dramáticas para un futuro que llegará a Estados Unidos en octubre. Un futuro, por cierto, que ya planta su semilla en el último episodio de esta primera tanda de capítulos, lo que me lleva a otro acierto en la trama: resolver el caso policial en una única temporada permite, por un lado, explorar nuevas historias, nuevos dramas y, en caso de ser necesario, viejos triángulos amorosos. Pero por otro, evita que la serie caiga en su propia trampa y se quede girando sobre los mismos pilares narrativos una y otra vez.

Adolescentes nuevos y veteranos

Posiblemente otro de los atractivos de Riverdale sea su reparto. En lugar de optar por caras famosas o conocidas que pudieran atraer al gran público (y deslucir algo el resto de interesantes elementos de esta ficción), sus responsables han optado por combinar caras semidesconocidas para los roles principales con rostros más asentados entre los espectadores para los personajes que rodean a los cuatro protagonistas. Actores algunos de ellos, por cierto, que tuvieron su momento de fama adolescente hace años, lo que añade un plus de interés para una parte del público que pueda acercarse a este drama de suspense.

De hecho, de los cuatro protagonistas el único más conocido es Cole Sprouse, el hijo de Ross en Friends y uno de los gemelos de las series protagonizadas por Zack y Cody para Disney Channel. Para el resto se puede decir que es su primer papel relevante, y desde luego aprueban con nota el reto. Ya sea Archie Andrews (K.J. Apa, visto en la serie The Cul de Sac), Betty Cooper (Lili Reinhard -Los reyes del verano) o Veronica Lodge (Camila Mendes, para la que literalmente es su primera incursión ante las cámaras), todos ellos quedan definidos como personajes poliédricos, más complejos de lo que inicialmente parecen ser. Su complejidad se va desarrollando a medida que avanza la serie, creciendo con ella y aportando una profundidad mayor a algunas de las decisiones y actuaciones que se producen en la segunda mitad de la trama.

Aunque posiblemente el personaje interpretado por Sprouse sea el más interesante. Narrador de esta compleja y dramática historia, el rol de Jughead pasa de ser espectador a implicarse en la acción, de ser el amigo de… a un activo fundamental para entender buena parte de los acontecimientos que se narran. Y el joven actor no solo se encuentra a la altura del reto, sino que es capaz de dotar a su personaje de una perturbadora mirada que encuentra su justificación en un final de arco dramático tan esperado como interesante por el modo en que cambia las reglas del juego tanto para él como para los que le rodean. Sin duda será uno de los elementos más difíciles de abordar en los capítulos que están por venir, sobre todo porque posiblemente de él dependa buena parte de la coherencia de toda la serie.

Sea como fuere, y sin adelantar acontecimientos, la primera temporada de Riverdale trata de alejarse del rol de producción adolescente para adentrarse en el thriller dramático al más puro estilo de las series policíacas. Y el intento ha sido un éxito. A pesar de algunos matices secundarios que pueden chirriar ligeramente en el desarrollo normal de la serie (algunas historias secundarias, como la de Archie con una de las Pussycat, es poco menos que innecesaria), lo cierto es que estos 13 episodios son un buen ejemplo de que se puede hacer algo para el público adolescente sin recurrir a los romances imposibles, a problemas de instituto o a conflictos con los padres. En mayor o menor medida, todo esto está presente en esta ficción, pero de un modo casi secundario, complementario a una intriga principal cuya resolución no solo resulta impactante, sino que deja una puerta abierta a una segunda temporada igual de interesante.

‘Atómica’: La espía que destrozó Berlín en 1989


Que actores como Charlize Theron (Lugares oscuros), James McAvoy (Trance) o John Goodman (Día de patriotas) decidan trabajar en la primera película de un director como David Leitch debería ser suficiente para, al menos, despertar la curiosidad del más incrédulo. La combinación de estos nombres, con todo lo que eso conlleva artística y visualmente hablando, han dado lugar a un producto que, si bien es cierto que bebe de muchos films similares anteriores, ofrece un espectáculo único, un complejo puzzle de espionaje, acción y drama que deja algunos de los momentos más interesantes del panorama cinematográfico actual, al menos en lo que a apartado formal se refiere.

Puede que Atómica sea, desde el punto de vista del argumento, algo enrevesada. Basándose en la novela gráfica escrita por Antony Johnston, el film tiende, sobre todo en su tercio final, a rizar el rizo del espionaje, a situar la trama en un nivel de complejidad que no termina de encajar con el tono previo que ha tenido la narración, obligando a una especie de final triple que alarga innecesariamente la historia y que, aunque da un sentido muy distinto a todo lo visto durante las casi dos horas de metraje, también plantea otras dudas que no quedan resueltas como deberían. Eso por no hablar de que la definición de algunos secundarios se realiza de forma tan esquemática que tiende a perderse en la maraña de personajes y tramas que suelen definir este tipo de historias.

Con todo, y aunque parezca increíble, este es un mal relativamente menor. La película de Leitch es un espectáculo visual en todos sus sentidos, desde una puesta en escena que juega con inteligencia con los colores y la calidez o frialdad de la luz, hasta algunos hallazgos visuales sencillamente perfectos, como es ese largo plano secuencia que comienza en la calle, pasa por varias peleas dentro de un edificio y termina en el agua. Eso por no hablar de la intensidad de las secuencias de acción, cortesía de un director curtido en este tipo de situaciones (ha sido especialista y director de segunda unidad de este tipo de secuencias en otros films). Todo ello aporta a esta historia un sabor único, a medio camino entre la decadencia y el kitsch, que se acentúa por una banda sonora imprescindible para melómanos.

La verdad es que Atómica apenas da respiro al espectador para acomodarse en su butaca. Y entre medias, las suficientes secuencias narrativas para explicar el contexto, la trama y la doble moral de muchos de los personajes. Una cinta de espionaje que sin duda evocará varios héroes masculinos del género, y que en esta ocasión tiene a una belleza como Theron repartiendo mamporros con cualquier objeto a su alcance. Espectacularidad, adrenalina y mucha intriga, aunque esta última puede terminar por resultar algo irreal según se acepten o no los falsos finales que presenta. En cualquier caso, es un mal que puede poner una mancha en el expediente de esta espía en el Berlín de 1989, pero que no resta valor al resto de su historia.

Nota: 7/10

La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

‘Las confesiones’: la reflexión del silencio


La nueva película de Roberto Andò (Viva la libertad) es engañosa… casi tanto como los dirigentes políticos a los que se critica con sutil dureza a lo largo del metraje. Es engañosa, en efecto, pero eso no es, en este caso, algo negativo, más bien al contrario. Gracias a ese engaño, a ese juego de magia en el que el director dirige la mirada hacia la mano equivocada, el espectador se encuentra ante un relato tan sobrio como intrigante.

Gracias al punto de giro final, la cinta adquiere un significado completamente diferente al sentido en el que se desarrolla la trama. Y lo más importante, ofrece una interpretación fresca y nueva de lo visto a lo largo de su hora y casi cincuenta minutos. Mientras que el relato se construye sobre un secreto que puede cambiar el rumbo del mundo tal y como lo conocemos, su clímax, además de cambiar dicha idea, da buena cuenta de la importancia del silencio en un hombre (perfecto Toni Servillo –Gomorra-, como por otro lado suele ser habitual) que, más que guardar un secreto de confesión, lo que hace es reflexionar con inteligencia sobre las posibilidades que tiene de marcar las diferencias.

La conclusión es, posiblemente, lo más loable de esta historia, más allá del espléndido reparto y de un lenguaje narrativo serio y académico. Y posiblemente lo más criticable sea el propio desarrollo, con algunos personajes poco definidos cuyo papel, sin embargo, se antoja importante. Eso y el ritmo imprimido por los silencios del protagonista, que se trasladan a una cadencia visual preciosista pero cuyo ritmo es irregular. A pesar de ello, el film deja momentos para el recuerdo, desde el deprimente mundo de opulencia en el que viven los dirigentes hasta ese final con los políticos aterrados por el perro de uno de ellos, que parece rebelarse ante lo que está a punto de hacer su amo.

Desde luego, Las confesiones invita a la reflexión, no solo sobre la sociedad actual y lo que nuestros dirigentes políticos hacen con nuestro futuro o el modo en que entienden la economía, sino también sobre la relevancia que adquiere la reflexión en un mundo en el que prima la inmediatez. El silencio permite, en este caso, apreciar todo el ruido a nuestro alrededor, todas las presiones y pasiones que tratan de inclinar la balanza hacia sus propios intereses. La debilidad que presenta en su desarrollo impide que estemos ante una gran obra, pero no que sea recomendable.

Nota: 6,5/10

‘Déjame salir’: el negro está de moda


No sé si la frase que da nombre a esta crítica, escuchada en uno de los diálogos de la película en cuestión, es acertada o no, pero de lo que no cabe duda es de lo que representa, tanto dentro como fuera del film. Y en este sentido, el debut en la dirección de Jordan Peele puede considerarse un éxito, ahondando en los conflictos raciales y en la sensibilidad de los espectadores. Otra cosa, sin embargo, es el producto cinematográfico en sí.

Porque, en efecto, en lo que a contenido social, moral, sociológico e incluso cinematográfico Déjame salir es una cinta cuanto menos interesante, que aprovecha con acierto la tensión dramática que generan los incongruentes detalles que percibe el protagonista y, por ende, el espectador. El trasfondo racial que se percibe casi en cada plano queda acentuado por una dirección un tanto simple de Peele, que se aleja de efectismos (más allá de los estrictamente necesarios) para optar por una sobriedad que contrasta, y mucho, con una banda sonora demasiado amiga de las estridencias. Si a esto sumamos un reparto notable, sobre todo los secundarios, nos encontramos con una historia que camina por la delgada frontera entre el thriller más oscuro y el terror más adolescente, dejando para el recuerdo algunos hallazgos visuales.

El problema es que la carga y el análisis social que el film hace del racismo termina perdiéndose por un tratamiento previsible, plagado de tópicos y secuencias reutilizadas. Antes o después, el espectador es capaz de anticiparse a los acontecimientos, a los giros de guión e, incluso, a la naturaleza de los personajes. Y una vez ocurre, el desarrollo de la trama se vuelve monótono, aderezado por algunas ideas racistas que dan cuenta de la crueldad de la sociedad, pero monótono al fin y al cabo. Dado que una película debe ser entendida como un todo en el que cada parte funciona de forma coordinada con el resto, la irregularidad de su desarrollo termina lastrando las buenas ideas que traspasan la pantalla para quedarse grabadas en el subconsciente.

Una vez se encienden las luces, Déjame salir muestra todas sus caras, las mejores y las peores, y se define como un film irregular, con un interesante contenido que invita a la reflexión pero un tratamiento poco arriesgado, más interesado en recorrer los caminos que cientos de films ya han marcado antes en lugar de llevar la trama por territorios más ignotos. Puede que esa sea la clave para que el espectador se centre en el mensaje y la visión sobre el racismo que emana de la historia, pero también es la clave para entender que la cinta, como producto, podría haber sido mejor.

Nota: 6,5/10

‘La cura del bienestar’: un malsano soplo de aire fresco


Existía un notable interés por ver lo que era capaz de hacer Gore Verbinski (Rango) en su regreso tras las cámaras después de las duras críticas recibidas con su último film. Alejado de grandes superproducciones y efectos millonarios, el director ha optado por un thriller de pura serie B, con doctores locos, curas milagrosas y conspiraciones centenarias. Una historia compleja visual y narrativamente hablando, una tela de araña delicadamente elaborada que obliga al espectador no solo a seguir atentamente la trama, sino a cuestionarse casi cada fotograma que ve en pantalla.

En este sentido, La cura del bienestar es un soplo de aire fresco, utilizando para ello una atmósfera malsana y decadente. La puesta en escena del director, perturbadora como pocas, pone a prueba la sensibilidad de cualquiera, optando por exponer ante los ojos del espectador las secuencias más duras sin cortes ni recursos de ningún tipo. Pero a la crudeza de algunas de las imágenes se suma un arco argumental sólido en líneas generales que plantea interrogantes de forma progresiva para evitar caer en el tedio, logrando un incremento de la intriga cuya resolución, sin embargo, no es la más adecuada.

Y es que ese es el gran problema del film. Bueno, de este y de muchos similares. El argumento se enreda de tal modo que su resolución resulta un tanto tosca, bruta si se prefiere, sobre todo si se compara con la sutileza de muchos de sus momentos a lo largo de las dos horas y media que dura. Metraje, por cierto, excesivo, con demasiados epílogos y conclusiones que, aunque es cierto que dan sentido a muchas de las tramas secundarias abiertas, alargan demasiado una historia que se podría haber resuelto en hora y media, sobre todo porque (y esto posiblemente sea otro fallo del guión) el espectador intuye quién es quién en esta historia desde los primeros minutos, por lo que alargar la intriga, al final, rompe con la buena marcha que había tenido el film.

Su resolución, aunque alargada, no impide disfrutar de La cura del bienestar, sobre todo porque deja en el espectador la necesidad de reflexionar sobre todo lo ocurrido, de unir todas las piezas del puzzle planteadas a lo largo de la trama. Una obra exigente psicológica y visualmente que atrapa al espectador en esos malsanos entornos de los hospitales antiguos tan dados a experimentos, que en este caso removerán algún que otro estómago. Y aunque pueda gustar más o menos, el hecho de que obligue a una reflexión posterior ya es de por sí un logro en los tiempos que corren.

Nota: 6,5/10

‘Melanie. The girl with all the gifts’: nuevos zombis, viejas historias


Unos zombis diferentes dominan el mundo en 'Melanie. The girl with all the gifts'.El cine de zombis ofrece tantas posibilidades como restricciones. El contenido de las historias puede ser sumamente original, pero su tratamiento narrativo tiende a ser, por regla general, lineal y algo previsible. Pero si hay algo que han demostrado los años es que el bajo presupuesto beneficia a estas historias. Y como resultado de todo ello surge la primera película para la pantalla grande de Colm McCarthy, una historia tan curiosa como carente de giros argumentales.

Desde luego, lo más atractivo de Melanie. The girl with all the gifts es el trasfondo de la enfermedad que convierte a los humanos en ‘hambrientos’ (se empiezan a agotar los calificativos para no llamarlos zombis), en esta ocasión un hongo que, lejos de matar para luego resucitar, provoca una transformación que continúa durante diferentes fases, en una especie de malsana interpretación de que la naturaleza siempre se abre camino. Sin duda, lo relevante reside en el personaje de la niña protagonista interpretada por Sennia Nanua, tan aparentemente dulce como violenta. En su figura quedan representados diferentes matices del género, desde la conciencia de los zombis hasta los híbridos.

El problema, y no es algo secundario, es que el desarrollo dramático de esta trama basada en la novela de Mike Carey carece de sorpresas. Los roles adultos, con un reparto de altura (Gemma Arterton, Glenn Close y Paddy Considine), son arquetípicos, respondiendo a los cánones de la serie B más tradicional. Las secuencias se suceden sin grandes sorpresas, salvo tal vez al final, cuando se introducen una serie de elementos novedosos en este tipo de tramas que aportan nuevos niveles interpretativos. Pero hasta entonces, ya sean las motivaciones, los diálogos, los miedos o los recelos, todo en la cinta resulta conocido, sobre todo si el espectador es un fiel seguidor de este tipo de cine.

Así, Melanie. The girl with all the gifts se convierte en un producto menor, en una aportación más a este subgénero del thriller y el terror que son los zombis. Y aunque la aportación, desde un punto de vista conceptual, tiene su interés y ofrece ideas frescas sobre las que apoyar futuras interpretaciones más elaboradas, su desarrollo carece del ritmo y la intensidad necesarios para que el film sea recordado como algo más que una sencilla cinta británica. Dicho de otro modo, entretiene y en algunos momentos incluso puede llegar a resultar sumamente interesante, pero la sensación final no logra llenar. Eso sí, siempre es de agradecer que se pueda disfrutar de un reparto como este, incluso cuando los personajes no tienen demasiada profundidad.

Nota: 6/10

‘Vivir de noche’: el pasado siempre vuelve


Ben Affleck dirige y protagoniza 'Vivir de noche'.Con cada película que hace, Ben Affleck (Argo) se confirma por partida doble. Se confirma con un director más que notable, con un lenguaje narrativo sobrio a la par que bello y sumamente expresivo. Y se confirma como un actor muy limitado, sobre todo si da vida a personajes con una expresividad relativamente alta. Su último film como director, guionista y actor confirman la máxima, lo que puede llegar a dejar un sabor agridulce en el paladar para los amantes del cine de gánsteres y, en general, para los amantes del buen cine.

En efecto, Vivir de noche es un film completo y complejo en el que más allá de la violencia del mundo en el que se desarrolla la trama, durante la Ley Seca de Estados Unidos, se aborda en realidad la evolución de una sociedad convulsa, marcada por una Gran Depresión y el miedo a lo diferente. En este marco, Affleck desarrolla una historia (basada en una novela de Dennis Lehane, autor de ‘Mystic River’ o ‘Shutter Island’) de un modo extremadamente lineal pero con muchas ramificaciones que enriquecen la aparente simplicidad de la propuesta. Con un reparto de altura y una factura técnica impecable, la cinta aborda temas como el racismo, la violencia y, sobre todo, el modo en que el pasado marca nuestras vidas incluso cuando parece que ha quedado definitivamente enterrado. El final, en este sentido, es tan impactante como esclarecedor. La historia, asimismo, está salpicada de secuencias de acción brillantemente ejecutadas, sobre todo el clímax final.

El problema es el propio Affleck. Si bien es cierto que su personaje adolece de cierta melancolía durante buena parte del metraje, el actor no logra imprimirle la naturalidad que debería, sobre todo en la segunda mitad de la trama. De hecho, contrasta sobremanera con el resto del reparto y, especialmente, con los personajes con los que comparte más planos. No son pocos los momentos en los que resta emotividad y dramatismo a las escenas compartidas, amén de un discurso pro igualdad racial que, aunque intenso, está enunciado con una falta de sentimiento bastante evidente. Todo ello termina por afectar a algunas partes del desarrollo dramático.

Puede que Vivir de noche no sea una película intensa, pero sin duda es una obra muy rica en matices. Tanto que es importante no perder detalle del desarrollo de la trama. Con un equilibrio espléndido entre drama y acción, entre el bien y el mal, Affleck logra como director una cinta compleja que reflexiona sobre el modo en que nuestras acciones tienen consecuencias, sobre cómo el pasado nos acosa hasta encontrarnos en el momento que menos se espera. Todo ello en un contexto social que muchas veces se pasa por alto en este tipo de films. El problema es, como suele ocurrir en sus películas, que él mismo se pone delante de las cámaras. Aunque, hay que reconocerlo, no es algo insalvable en este caso.

Nota: 7,5/10

‘Múltiple’: el poder de la mente


Anya Taylor-Joy y James McAvoy son los principales protagonistas de 'Múltiple'.Somos lo que pensamos que somos. Así, con una frase tan sencilla como profunda, se podría definir el nuevo film de M. Night Shyamalan (El protegido), una propuesta tan original como aparentemente simple que esconde, como su protagonista, numerosas interpretaciones, algunas más interesantes que otras. De lo que no cabe duda es de que su máximo responsable ha abandonado fórmulas efectistas para centrarse en un mensaje más elaborado, más reflexivo.

En este sentido, Múltiple se puede entender como un sencillo thriller de supervivencia, pero sería simplificar en exceso los niveles interpretativos que ofrece la trama. Su desarrollo dramático, planteado con inteligencia, peca en algunas ocasiones de un ritmo algo lento, pero eso le permite evolucionar hacia terrenos nuevos casi a cada momento. Del secuestro de las jóvenes al tratamiento de la personalidad múltiple; de aquí al poder de la mente sobre el cuerpo; y de aquí a un final sin grandes giros argumentales pero indudablemente atractivo con los abusos como telón de fondo.

Y en medio de todo ello, el gran pilar de esta historia. James McAvoy (Expiación) da rienda suelta a todo su potencial poniéndose en la piel de casi una decena de personajes con sus manías y costumbres, con sus personalidades y sus problemas, con sus edades y sus diferentes sexualidades. El actor logra no una, sino múltiples interpretaciones brillantes, acaparando toda la atención de un modo casi mágico. Evidentemente, su cuerpo no cambia, por lo que resulta incluso más interesante comprobar cómo es capaz de mimetizarse con los diferentes personajes sencillamente con su rostro.

Posiblemente el mayor problema de Múltiple es que no tiene giros argumentales de especial relevancia. Más allá de sorpresas de última hora (más que sorpresa, lo que hay es un guiño a otro film del propio director), lo cierto es que la historia se desarrolla de forma bastante lineal, lo cual resta algo de tensión dramática en determinados momentos. Con todo, la forma de desarrollar el argumento, desvelando capas a medida que se ahonda en la complejidad del protagonista, supone un viaje tremendamente atractivo e interesante.

Nota: 7/10

‘Black Mirror’ se centra en la ciencia ficción de la tecnología en su 3ª T


Bryce Dallas Howard protagoniza uno de los episodios de la tercera temporada de 'Black Mirar'.Tras dos temporadas y un especial navideño, Black Mirror se ha consolidado como la crítica más ácida a la tecnología y la dependencia social de ella. Sin embargo, la serie de Charlie Brooker (serie Dead set) ha evolucionado en su tercera temporada hacia un carácter más fantástico, centrándose en la ciencia ficción más que en la crítica o en la denuncia social. Tal vez sea por el hecho de que son seis episodios en lugar de tres, o simplemente porque era el camino a seguir natural para una ficción de estas características. El caso es que estos capítulos, algunos de ellos de una factura impecable en todos sus aspectos, comparten más puntos en común que el trasfondo social y humano que ha caracterizado a la serie. Que esto sea algo positivo o negativo es decisión personal de cada uno.

Quizá la mayor evidencia de esto es que, salvo el episodio titulado ‘Cállate y baila’ (‘Shut up and dance’ en versión original), el componente tecnológico tiene un peso más que notable en la historia, en muchas ocasiones jugando con los aspectos futuristas o con una hipótesis sobre la evolución que tendrán campos como los videojuegos o los drones. ‘Caída en picado’ y ‘Playtesting’ son claros ejemplos. El primero, protagonizado por Bryce Dallas Howard (Jurassic World), representa una reflexión del mundo que puede crear la dependencia cada vez mayor de las redes sociales y del reconocimiento que, en teoría, dan al individuo dentro de un entorno globalizado. El segundo, con los videojuegos como contexto, alerta de los riesgos de un mundo del entretenimiento cada vez más personalizado e inclusivo.

En este sentido, es evidente que los episodios mantienen el componente social, pero lo hacen con una apuesta por el futurismo, por la ciencia ficción más que por los peligros de una sociedad dependiente de una tecnología que ya existe. Si bien es cierto que en temporadas anteriores ya existía ese equilibrio entre realidad y ficción, en estos seis episodios la balanza parece inclinarse más por la ficción, narrando historias en algunos casos sumamente fantásticas que, aunque con un trasfondo de crítica o denuncia, no dejan de ser modelos de entretenimiento sin demasiado contenido. Tal vez sea por eso que ‘La ciencia de matar’ es uno de los episodios más flojos no solo de la tercera temporada de Black Mirror, sino de toda la serie.

Ahora bien, esta apuesta deja también uno de los episodios más románticos y bellos de esta producción. ‘San Junipero’ se convierte en un canto al amor eterno e inmortal, a la libertad de poder encontrar a la persona idónea esté donde esté gracias a un terreno neutral en forma de mundo digital. De nuevo, la serie va un paso más allá y aborda un futuro de ciencia ficción que desarrolla, en cierto modo, una realidad ya existente pero mucho menos sofisticada. En este caso, sin embargo, la trama está planteada de forma tan sutil y entrelazada que termina por alternar drama romántico con un cierto suspense, amén de obligar al espectador a prestar atención al más mínimo detalle para tratar de comprender cómo y dónde se desarrolla la acción.

Realidad de las tramas

'San Junipero' es uno de los episodios más recordados de la tercera temporada de 'Black Mirar'.Nada de esto impide, sin embargo, que Black Mirror siga inquietando conciencias con su tercera temporada. A pesar de contener episodios sin excesiva trascendencia más allá de la trama en sí, en su conjunto se puede entender como un estudio del comportamiento humano en el más amplio espectro. Desde ese primer episodio con las redes sociales como indicador de las clases sociales (tener pocos ‘Me gusta’ te convierte en un paria), hasta el último en el que, simple y llanamente, se ha acabado con las abejas reales y se ha tenido que buscar una alternativa cibernética, todos los episodios, y en esto sí que no hay excepción, están planteados para obligar al espectador a reflexionar sobre su propia realidad.

Y eso se consigue gracias a unas tramas notablemente estructuradas, capaces de seguir una senda marcada mientras libran una batalla intelectual con el que está al otro lado de esa “espejo negro” al que hace referencia el título de la serie. Al existir argumentos independientes, cada episodio está narrado de forma propia, aunque todos mantienen en común la idea de que nada es lo que parece, de que la realidad es mucho más terrible de lo que en un principio pueda parecer. De este modo, verdad y mentira, realidad y ficción, se funden en un único mensaje dominado por esas nuevas tecnologías que parecen adueñarse poco a poco de la serie y que, por suerte o por desgracia, ya se han adueñado de nuestras vidas.

Incluso aunque algunos capítulos posean un argumento sin demasiado interés, es de justicia reconocer los puntos de giro tan interesantes que ofrecen todos ellos gracias, precisamente, a esa idea de que nada es lo que parece. Otra cosa muy diferente es que el contexto en el que se desarrollan esas historias y el modo en que se narran sea el adecuado. Personalmente creo que la narrativa es, como suele ser habitual en esta serie, ejemplar, pero ese contexto peca, en algunos casos, de una ingenuidad manifiesta, lastrando tanto las ideas que maneja como la dinámica visual. No ocurre en todos, es cierto, pero sí en los suficientes como para identificar un patrón, y es el hecho de que parece no haber ideas suficientes (o suficientemente trabajadas) como para completar una temporada de seis episodios.

Dicho de otro modo, la tercera temporada de Black Mirror posiblemente satisfaga a los seguidores, y desde luego mantiene la senda ideológica y narrativa de las anteriores etapas, pero en su conjunto puede que tenga algunos de los episodios más flojos de la serie. Ya sea por su extensión, por la complejidad de crear estas tramas o por su apuesta decidida por la ciencia ficción por encima de otros factores, lo cierto es que estas seis historias no logran despertar la admiración que sí despertaron las anteriores, posiblemente también porque el impacto poco a poco se va superando. En cualquier caso, con estos problemas que parecen empezar a surgir la serie sigue siendo una de las más frescas, dinámicas, transgresoras y provocativas de la televisión moderna, lo cual ya debería dar una idea de la calidad que atesora.

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Cine y palabras

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