‘Un don excepcional’: una normalidad extraordinaria


Hay historias tan simples y tan conocidas que contarlas puede ser un ejercicio mucho más difícil que cualquier superproducción de Hollywood. Historias en las que prima, ante todo, los personajes, la sensibilidad y eso tan complejo y a la vez necesario que es el equilibrio entre drama y comedia. Lo nuevo de Marc Webb ((500) Días juntos) es el último ejemplo de una lista de feel good movies que suelen dejar en el espectador una enternecedora y algo ñoña sonrisa durante varios días.

Desde luego, si lo que se busca es algo original, diferente y con giros argumentales profundos que se abstenga siquiera de comenzar a ver el ajustado metraje de Un don excepcional. Su argumento, lineal y previsible, apenas busca ofrecer algo nuevo con respecto a otras historias similares. Es más, si no fuera por el director y el reparto posiblemente estaríamos ante algún telefilm de sobremesa con ínfulas de película comercial. Pero algo tiene, y algo importante: es consciente de lo que es y lo explota hasta sus últimas consecuencias.

Y es aquí donde marca las diferencias. La labor de Webb tras las cámaras y con el excelente reparto con el que cuenta es brillante, aprovechando el academicismo formal para exponer una historia de la forma más clásica y efectiva posible. Todos los actores, incluido un Chris Evans que deja a un lado el traje del Capitán América y que parece mostrar un registro algo más amplio que el puro músculo, son conscientes de su lugar en la trama y aprovechan ese espacio para mostrar lo mejor de sí mismos. Pero ante todo está la trama, capaz de utilizar los cánones más tópicos de este tipo de historias para ofrecer al espectador algunos rincones irónicos y un personaje, el de la niña interpretada por Mckenna Grace (Russell Madness), tan encantador como entrañable.

Así, Un don excepcional logra no solo no aburrir con un desarrollo cuyo final parece conocerse de antemano, sino que logra sacar un rédito extraordinario a los pocos huecos para la originalidad que deja la historia. Huecos rellenados con la ironía de unos personajes que parecen estar de vuelta de todo; huecos rellenados con un cierto trasfondo emocional de los protagonistas que explica algunos aspectos de la trama poco claros; y huecos rellenados, en definitiva, con esa conciencia fílmica de ser una producción para hacer sentir bien al espectador. Nada más y nada menos, que en los tiempos que corren no es precisamente poco. Tal vez no sea la película del año, pero desde luego que es una de las obras más sinceras, divertidas, enternecedoras y atractivas de las últimas semanas.

Nota: 7/10

‘Fences’: a las duras y a las maduras


Denzel Washington y Viola Davis protagonizan 'Fences'.Las adaptaciones de obras de teatro pueden ser un arma de doble filo. Si están bien realizadas se convierten automáticamente en grandes films, pero una deficiente adaptación puede resultar en un producto tedioso repleto de diálogos interminables sin un objetivo claro. Por suerte para todos, la adaptación de la obra de August Wilson dirigida y protagonizada por Denzel Washington (John Q) pertenece a la primera categoría. Y digo “por suerte” porque, a pesar de todo, tiene ciertos momentos pertenecientes a la segunda categoría.

Narrativamente hablando, Fences es una historia medida al milímetro. La presentación de personajes, la exposición de conflictos, los puntos de giro, … todo está planificado para conducir al espectador por un drama que, más que lacrimógeno, es un auténtico proceso de reflexión sobre la vida y la madurez, hacia dónde nos llevan nuestras decisiones y la capacidad que tenemos de aceptar lo que nos toca o lo que elegimos vivir. Desde luego, la evolución de la historia es simplemente magistral, ahondando poco a poco en los problemas de esta familia y derribando esas vallas de las que habla el título y que, en el fondo, representan el muro que se construye (y se ha construido) entre los personajes. En este sentido, y aunque el trabajo de Washington es excepcional, destaca el papel de Viola Davis (Hermosas criaturas), magistral en todos y cada uno de los registros y asumiendo el cambio que se produce en su personaje como lo que es: un proceso de sinceridad con ella misma.

El problema, si es que se quiere buscar uno, es el habitual en este tipo de films. Sus largos diálogos pueden invitar a la evasión de la mente, con el consecuente riesgo de perder el hilo de los acontecimientos. Y es inevitable el bache de ritmo que sufre hacia el comienzo de su segundo acto. Por suerte, Washington, en su faceta de director, es capaz de solventar buena parte de estos problemas gracias a una puesta en escena que busca, ante todo, evitar siempre que puede un encopetado academicismo para ofrecer movimientos de cámara tan elegantes como sumamente expresivos, dotando al film de algo más que una mera traslación del teatro a la gran pantalla.

Desde luego, Fences es una de las películas del año. Con un reparto excepcional dando vida a unos personajes tan fuertes como débiles, tan carismáticos como miserables, la película bucea en los sentimientos encontrados que genera el hecho de conocer poco a poco las diferentes caras de un relato que comienza como la historia de una familia normal y corriente para convertirse en una explosión de miedos, medias verdades y mezquindades, principalmente de un hombre incapaz de ver todo lo bueno a su alrededor y con tendencia a la destrucción de aquellos que le quieren. Una película densa, es cierto, pero sumamente enriquecedora.

Nota: 7,5/10

‘Los Medici: Señores de Florencia’, ficción histórica de impecable factura


Richard Madden, Stuart Martin y Dustin Hoffman protagonizan 'Los Medici: Señores de Florencia'.Si ya resulta complicado encontrar un equilibrio en cualquier historia para lograr su éxito, hacerlo en una de corte histórico tiende a ser casi misión imposible. Si se opta por ser fiel a la realidad, se puede perder el pulso dramático y caer en el tedio. Si se elige la opción de una fantasía, el resultado puede ser una invención entretenida que no solo no se ajuste a la realidad, sino que desvirtúe el carácter de los personajes tal y como se conoce. De ahí que lo logrado por Nicholas Meyer (Elegy) y Frank Spotnitz (serie Hunted) con Los Medici: Señores de Florencia tenga tanto mérito. Porque, en efecto, la serie tiene un marcado carácter histórico en todos sus aspectos, pero en su trama principal subyace un thriller que nada tiene que ver con la realidad.

Y esto es lo más interesante de esta ficción. Toda la trama de asesinatos, sospechas, engaños y manipulaciones queda perfectamente integrada con los acontecimientos históricos que sí vivió Cosme de Medici, interpretado con sobriedad por Richard Madden (Robb Stark en Juego de tronos). Se produce, por tanto, un desarrollo dramático casi paralelo entre ambos aspectos de la trama, pero nutriéndose uno de otro hasta desembocar en un final tan inesperado como satisfactorio. Ahora bien, dicho desarrollo no es del todo perfecto. A lo largo de los 8 episodios que componen esta primera temporada, la historia cuenta en muchas ocasiones, tal vez demasiadas, con oscilaciones hacia una u otra línea argumental, si bien esto no supone un gran problema narrativo en sí mismo.

Es digno de mención igualmente el recurso de los flashbacks a lo largo de la trama, sobre todo en los primeros episodios. Ya sea por la presencia de un brillante Dustin Hoffman (El coro) o por la posibilidad de comprender la evolución de algunos protagonistas, la introducción de estas secuencias no solo ayuda a sostener la definición de personajes, sino que es un soplo de aire fresco a una trama que en ocasiones puede ser pesada dramáticamente hablando, nutrida de numerosos conflictos de diversa índole que enriquecen el conjunto pero pueden llegar a saturar al espectador. De ahí que, cuando el desarrollo se centra más en el carácter histórico de los personajes, los recuerdos de juventud sean una herramienta más que útil para aliviar la carga y dibujar más claramente a los protagonistas.

A todo ello se suma una cuidada puesta en escena, alejada de efectismos pero que tampoco cae en la sobriedad más absoluta, recurriendo en muchas ocasiones a movimientos que cámara capaces de acaparar toda la belleza de los decorados y, sobre todo, la fuerza de las secuencias más determinantes. Aunque posiblemente puede considerarse que la serie carece de un ritmo idóneo en las secuencias de acción (algunas narradas de forma un poco tosca), es indudable que este lenguaje visual embellece el conjunto y es capaz de ofrecer varios matices que, de otro modo, podrían escaparse a la atención del espectador, ya sea en las intrigas palaciegas o en las secuencias en exterior.

De actores y hombres

Con todo, si algo destaca de Los Medici: señores de Florencia es la definición de sus personajes y los actores elegidos para interpretarlos. Curiosamente, el que menos destaca es el protagonista, no tanto por el modo en que se le presenta como por Madden, que aunque sobrio, en demasiados momentos parece más bien una de las muchas esculturas de las que se rodea Cosme de Medici. Si bien es cierto que la gravedad del rol que interpreta invita a una mínima expresividad, no lo es menos que hay varias situaciones que exigen una mayor muestra de emociones, aunque solo sea por el contexto en el que se desarrollan. Con todo, esta apuesta interpretativa permite apreciar con mayor evidencia el cambio en el carácter del protagonista con respecto a sus años de juventud.

Aunque si hay un personaje que destaca sobremanera es el de Contessina, mujer de Cosme y auténtico espíritu de la familia. Mujer fuerte e inteligente, es presentada como un rol capaz de dominar toda una estirpe a pesar de ocupar un lugar que, para la época, podía considerarse secundario. Su entereza para afrontar los desaires del marido, las humillaciones e incluso los desprecios en algunas miradas es admirable. Y a todo ello contribuye, y de qué modo, Annabel Scholey (Walking on sunshine), actriz que no solo da vida a esta mujer, sino que la engrandece hasta convertirla en un referente para todos y cada uno de los personajes. Desde luego, los momentos que protagoniza se cuentan entre los mejores de estos 8 capítulos, y aquellos que comparte con Madden son magistrales.

En realidad, estos son solo dos ejemplos de que esta historia, con sus intrigas y su recreación histórica, es una historia de personajes, de hombres y mujeres y de los actores y actrices que les interpretan. El modo en que se desarrollan muchos de los diálogos da buena cuenta de que estamos ante una ficción en la que nada es lo que parece, o al menos no lo que el espectador espera. La revelación final sobre la identidad del asesino es el colofón a un desarrollo dramático que desafía la inteligencia en diferentes niveles y que, a lo largo de sus episodios, desgrana los entresijos no solo de la familia más poderosa de Florencia, sino del sistema social, político y económico de la época, incluyendo esa especie de Parlamento de la ciudad o los cambiantes apoyos del Papa en base a sospechas, informaciones o, simplemente, dinero.

Habrá quienes consideren que Los Medici: señores de Florencia no es una serie histórica, sino una ficción que utiliza un trasfondo histórico como excusa. Bueno, es cierto. Pero eso no impide que no se pueda disfrutar a partes iguales de su fidelidad a los acontecimientos que vivió Cosme de Médici y de su elaborada intriga que planea durante toda la serie. Dos elementos que, además, se integran perfectamente en determinados momentos, lo que aporta una especial gravedad a algunos de los hechos históricos que se narran en la trama. Una producción rica en detalles, de una factura técnica muy alta y con un desarrollo dramático muy bien medido, con algunos altibajos pero en cualquier caso muy recomendable, sobre todo para los amantes de este tipo de ficciones.

La 2ª T. de ‘Tyrant’ mejora a pesar de los problemas que arrastra


Adam Rayner vuelve a luchar por el poder en 'Tyrant'Cuando una serie apuesta por un tipo de estructura y por, digamos, un nivel dramático concreto, es muy difícil que pueda desprenderse de esos límites auto impuestos. Los casos más evidentes de éxito suelen coincidir en un golpe de efecto en la primera temporada o, al menos, en la introducción paulatina de cambios a lo largo de los primeros episodios. Por eso el caso de Tyrant es un buen ejemplo de un querer y no poder, de tratar de profundizar en la idea pero manteniendo al mismo tiempo un tratamiento ligero, casi telenovelesco.

La segunda temporada de esta serie creada por Howard Gordon, Gideon Raff (autores ambos de Homeland) y Craig Wright (serie Greenleaf) evidencia los intentos de la trama por dar el paso a la edad adulta y abordar temas como las dictaduras, el terrorismo islamista o la traición de forma más profunda, más seria. Lo cierto es que el final de la anterior etapa daba pié a ello, y hasta cierto punto eso ha sido lo que ha permitido que en muchos momentos del desarrollo de estos 12 capítulos la serie haya alcanzado notables resultados, sobre todo cuando se ha centrado en el conflicto interno de un país árabe con el ISIS.

Es en esta guerra, con todas las decisiones que conlleva, lo que realmente acapara la atención en la segunda temporada de Tyrant, pues permite diversificar los efectos dramáticos de los acontecimientos. Dicho de otro modo, es el catalizador para que la trama adquiera un verdadero significado dramático, alejado de conceptos que habían sido poco o nada explicados en los anteriores episodios. Se puede decir que se ha producido una simplificación de la historia, poniendo el foco en un tema de actualidad que, además, genera a su vez otras ideas que se abordan, con mayor o menor fortuna, en las tramas secundarias.

El problema de esto es que el intento de madurar se queda a medio camino. Vaya por delante que ninguno de los actores, ninguno, tiene el carisma suficiente como para cargar sobre sus hombros con el tratamiento dramático que podría esperarse para esta historia, pero en este caso el problema no es el reparto, sino el arco narrativo y su desarrollo. A lo largo de toda esta temporada la serie deambula entre dos aguas, entre el cariz más melodramático y el más maduro, y eso termina por generar una indefinición inconveniente para el resultado final y para la resolución de esta etapa, tan impactante como inesperada.

Familia feliz

Quizá el mejor ejemplo de esta dualidad está en el cisma que se genera en la presunta “familia feliz” del protagonista. Mientras que el personaje de Adam Rayner (The task) adquiere un tono más sombrío de un hombre capaz de todo por lograr lo que considera justo y salvar a los que le importan, el resto de su núcleo familiar (mujer e hijos) se convierte casi en una rémora de la trama general. Poco interés tiene el fallido affair de la mujer con un abogado. Y mucho menos lo que ocurre con la hija, que directamente desaparece de la trama de forma tan brusca como calculada. El único que parece salvarse de la quema es el hijo interpretado por Noah Silver (Los últimos caballeros), que parece tener algo más de relevancia como futuro heredero.

El tiempo que Tyrant dedica en su segunda temporada a abordar la paulatina destrucción de esta familia es tiempo perdido que no se destina a conceptos mucho más interesantes, como la locura y la obsesión que se adueñan poco a poco del rol de Ashraf Barhom (Ágora), posiblemente uno de los mejores de la serie pero que, al no ahondar en su evolución hacia la locura conspiranoica, queda desdibujado y, en muchos casos, injustificado en sus decisiones. Una lástima, porque habría sido muy interesante poder comparar con solvencia los caminos tan diferentes que toman los dos hermanos protagonistas, sugeridos pero poco trabajados.

Y en medio de todo esto, una guerra, mujeres y el mundo islámico. Lo cierto es que posiblemente lo mejor de estos episodios sea precisamente ese contexto, a medio camino entre la opulencia de un palacio y las polvorientas calles de los pueblos. A pesar de que el tratamiento visual deja que desear (iluminación con poco contraste, planificación estándar incluso para las secuencias bélicas, etc.), el mundo árabe, con los problemas de terrorismo islámico que llegan en cada telediario, encuentra un notable reflejo en esta trama, lo que a su vez ayuda a mejorar la imagen algo alicaída de la primera temporada.

El mejor resumen de esta segunda temporada de Tyrant es que mejora respecto a la primera, pero todavía tiene mucho camino por recorrer. Por ahora, una tercera etapa en la que deberá solventar muchos problemas, algunos de ellos congénitos, para poder convertirse en un producto sumamente interesante. Puede que no sea ese su objetivo, y eso es tan loable como cualquier otra apuesta dramática, pero lo cierto es que algunos de sus pilares narrativos indican lo contrario, sobre todo si tenemos en cuenta el final de su último episodio, tan inesperado como impactante y que abre todo un mundo de posibilidades para ese futuro más inmediato. El futuro de este tirano al que hace referencia el título está, más que nunca, en el aire.

‘La habitación’: no es la mejor mamá, pero es mamá


Brie Larson y el pequeño Jacob Tremblay protagonizan 'La habitación'.Saber qué convierte a una película en una obra excepcional es algo imposible, entre otras cosas porque cada film es único, está planteado de un modo y debe ser analizado en base a su naturaleza. Pero precisamente por esto, por el modo en que aborda la historia y respecta las emociones de los personajes, lo nuevo de Lenny Abrahamson (Frank) se convierte en uno de los mejores relatos del año.

El hecho de que La habitación esté relatada desde el punto de vista del pequeño Jack, al que da vida un sorprendente e incalificable Jacob Tremblay (atentos a su carrera), genera una dinámica que coge al espectador casi por sorpresa, pues el film narra indirectamente los momentos más desagradables vividos entre esas cuatro paredes (con una elegancia exquisita, por cierto) y ahonda en las primeras experiencias de un niño que no conoce más que el mundo que se concentra en ese pequeño espacio. Así, el momento en que logra salir al exterior se convierte en todo un punto de inflexión que Tremblay y el director logran transmitir en todo su esplendor.

En cierto modo, la cinta se divide en dos partes: dentro y fuera de la mencionada habitación. Y en todo momento el guión, escrito por la propia autora de la novela en la que se basa, Emma Donoghue, trata de respetar a todos y cada uno de los personajes, consolidando ese punto de vista de un personaje que no ha vivido lo suficiente como para poder distinguir entre el bien y el mal. Esto permite a la historia adquirir una sinceridad única y un realismo apabullante que obliga, casi por necesidad, a comprender las emociones de todos y cada uno de los personajes, al menos en lo que respecta a la familia destrozada durante siete años. Y para muestra un botón: la relación entre Brie Larson (Y de repente tú) y Joan Allen (Un buen matrimonio), madre e hija en la ficción, es simplemente magistral.

Desde luego, La habitación es uno de los grandes títulos del año pasado. Y lo es porque la suma de todos sus elementos da como resultado un conjunto impecable. Narrativamente hablando la visión de Abrahamsson es sobria y coherente, y en ningún momento censura a unos personajes interpretados por un reparto sobresaliente. La banda sonora es brillante. La carga dramática va creciendo a medida que los personajes se van hundiendo cada vez más en sus problemas. Y el final es tan sencillo como revelador. Los premios dirán si Brie Larson es o no la mejor mamá, si esta cinta es o no la mejor película… pero es Película.

Nota: 9/10

‘Joy’: siempre positivo, nunca negativo


Jennifer Lawrence es 'Joy'.David O. Russell, director de cintas como El lado bueno de las cosas (2012) o The fighter (2010) se está especializando en un tipo de cine que puede terminar resultando contraproducente. Un tipo de cine satisfactorio y de buenas vibraciones, pero que en el fondo no termina de funcionar, básicamente porque no existen conflictos notables que permitan a la trama dar esa vuelta de tuerca que, por otro lado, es tan necesaria en sus películas. Y su último trabajo, en el que vuelve a colaborar con su musa particular, no es una excepción.

De hecho, Joy es el mejor ejemplo de cómo desarrollar una historia, entretener durante dos horas y ofrecer una feel-good movie sin demasiados altibajos dramáticos. La estrategia de Russell es, simple y llanamente, situar a sus protagonistas en contextos extremos para, a continuación, sacar a relucir la fuerza que tenían oculta. No existe, por tanto, margen para la decepción o la derrota, salvo que sea un artificio que aporte el consabido aderezo momentáneo de desazón. Sin embargo, basta haber visto alguna de sus películas para saber que el final feliz siempre se impone, y que sus historias son ejemplos de superación.

Eso no quita para que la cinta protagonizada por Jennifer Lawrence (El castor) no arroje algunas reflexiones interesantes, desde la toxicidad de algunas familias hasta las extrañas amistades que pueden darse entre determinados individuos. Aunque sin duda lo que destaca de la cinta es la labor de Lawrence, alejada de roles heroicos y más próxima a esos papeles de mujer fuerte en los que se encuentra tan cómoda. La actriz logra asumir como propia la variedad de emociones por las que pasa su personaje, y lo que es más importante, es capaz de transmitir las difíciles relaciones que mantiene con el resto de protagonistas, todos ellos espléndidos en sus respectivos papeles.

La sensación que deja Joy es agridulce. Es un film entretenido que despierta emociones positivas en el espectador. Y los actores se entregan por completo a unos personajes que, en muchos casos, son prácticamente indefendibles. Pero el resultado final es demasiado parecido a otras cintas, sobre todo a otras del propio director. Y el desarrollo dramático de la trama principal, basado en machacar a la protagonista hasta una jugada maestra final, es excesivamente lineal, lo que resta intriga a una resolución final algo previsible.

Nota: 6/10

‘Gracepoint’, intrascendente thriller por mal uso del género


David Tennant, Anna Gunn  y Nick Nolte son tres de los protagonistas de 'Gracepoint'.Un asesinato es el detonante para que los secretos de varios personajes, incluso un pueblo entero, salgan a la luz. La premisa argumental es casi tan vieja como el cine, y sin embargo ha funcionado muy bien en sus distintas adaptaciones. Al menos casi siempre. He de confesar que no he visto la serie Broadchurch, creada por Chris Chibnall (serie Camelot), pero tampoco creo que sea necesario para analizar Gracepoint, remake norteamericano escrito por el propio Chibnall y que cuenta también con David Tennant (serie Doctor Who) como protagonista. Es cierto que una comparación ayudaría a apreciar algunos detalles, pero lo cierto es que los trazos generales de la trama no requieren de referencias previas. En todo caso, solo serviría para confirmar que es peor que el original o que, como mucho, comete los mismos errores que el modelo británico.

Porque lo cierto es que esta nueva versión flaquea en casi todos sus aspectos. Desconozco si es por su intento de ser igual que el original hasta en la planificación (¿de verdad nadie se ha dado cuenta de que eso no funciona?) o simplemente porque el desarrollo dramático no está bien sustentado, pero lo cierto es que este thriller en el que todo un pueblo se ve golpeado por la muerte de un pequeño de 11 años no logra lo que se le presupone a todo thriller, y es una tensión narrativa que aproveche los ganchos de cada episodio para poner el listón un poco más alto. Más bien al contrario, la historia plantea una serie de premisas en su primer episodio, incluyendo a todos los sospechosos que irán pasando por el caso, que se resuelven en función de las necesidades de los creadores, y no de la propia historia.

Y para ejemplo un botón. Que una investigación policial no revise en sus primeros compases las comunicaciones del fallecido con amigos y gente cercana (vamos, que no se apoderen del ordenador y móvil del mejor amigo de la víctima) es algo no solo ilógico, sino que pone al espectador sobre una pista que no se resolverá hasta el final. Esto, en lugar de provocar la tensión dramática que ya explicó Alfred Hitchcock en su libro con Truffaut, lo que genera es cierto tedio, pues los sospechosos van pasando ante los ojos del espectador, quien sabe que los auténticos detonantes del caso policial no apuntan hacia ellos. De ahí que la sucesión de estos 10 episodios se haga excesivamente larga, obligando a una espera innecesaria que podría haberse resuelto de un modo más coherente.

Curiosamente, la resolución final de la serie deja una serie de conceptos dramáticos muy interesantes. La forma en la que se resuelve el crimen, los paralelismos familiares entre un sospechoso y el verdadero culpable, y las implicaciones sociales que tiene la verdad del caso en la pequeña comunidad (pequeña, sí, pero tiene hasta un periódico), dejan un remanente de reflexiones a cada cual más atractiva, desde el concepto de juez, jurado y verdugo que tiene el ser humano ante determinadas situaciones, hasta la repulsa que genera descubrir los secretos más oscuros de aquellos a los que amamos y creemos conocer. Ideas que, por desgracia, solo se explotan en los últimos compases de la trama, dejando para el grueso de la temporada un concepto más tradicional y manido de este tipo de thriller.

Lo que hace un buen reparto… y uno malo

Pero la apuesta dramática de Gracepoint no es lo único que se tambalea en la serie, cancelada después de una temporada. El reparto es igualmente responsable. En líneas generales, los actores seleccionados, sobre todo los principales, han dado sobradas muestras de su capacidad interpretativa en otros trabajos. Sin embargo, una historia como esta, con la carga emocional que conlleva y los conflictos personales que genera, exige otra cosa. No más, ni mejor; simplemente, otra cosa. Y eso es lo que no se consigue, al menos no siempre. Desde luego ni Tennant ni Anna Gunn (serie Breaking Bad) salen mal parados, aunque ambos parecen sometidos a personajes manidos, ya vistos en otras series (incluida la propia Broadchurch).

Quizá lo que menos encaja en el conjunto sea la pareja formada por Virginia Kull (serie Boardwalk Empire) y Michael Peña (Marte), a la sazón padres del pequeño asesinado. Ni su química en pantalla permite hacer creíble la familia formada, ni ellos mismos poseen las herramientas adecuadas para explotar al máximo estos roles. No quiero decir con esto que sean malos actores, sino simplemente que su elección tal vez no hay sido la más adecuada (o no han sido bien dirigidos, que también es posible). Las limitaciones dramáticas de Peña, unidas a la situación que vive su personaje, generan una suerte de contraste que no termina de encajar en el contexto, aunque es justo reconocer que a medida que sus secretos se desvelan adquiere algo, no mucho, de significado.

En realidad, el problema con el reparto está muy relacionado con el principal problema de la serie, que es la forma en que se desarrollan los acontecimientos. En todo momento da la sensación de que la historia debería ir por otros derroteros, abandonados en favor de una teórica necesidad de mantener el suspense en torno a esos tradicionales secundarios que sirven únicamente para distraer al espectador. Esto obliga a los protagonistas a actuar muchas veces en contra de su propia naturaleza, o al menos en contra de aquello que se les presupone. Y si añadimos el hecho de que la trama ofrece información que luego ignora durante la mayoría de los episodios, el resultado es una cierta frustración.

Frustración porque Gracepoint insinúa una muy buena historia detrás del tratamiento, que podría ser algo más de lo que finalmente es. La versión norteamericana de Broadchurch viene a confirmar que los remakes no pueden, en ningún caso, ser iguales que el original, mucho menos en su forma de contar la historia. Posiblemente sea por esto que la serie ha sido cancelada tras su primera temporada, mientras que el original británico ya va por su tercera entrega. Pero el problema no es solo el remake en sí. La ficción no trata como debería los pilares del género, llevando la historia por caminos que muchas veces no parecen ser los correctos. Y eso termina por convertir esta serie en algo convencional, tan correcto como intrascendente.

‘Transparent’ presenta una familia normalmente diferente en su 1ª T.


Jeffrey Tambor, en un momento de la primera temporada de 'Transparent'.Para aquellos que todavía no se hayan acercado a Transparent, la serie creada por Jill Soloway (Afeternoon delight), un aviso previo: no debe ser vista como una comedia dramática sobre el modo en que una familia afronta el travestismo del patriarca. Digo esto porque, aunque sea la premisa inicial, la ganadora de los últimos Globos de Oro a la Mejor Serie comedia y al Mejor Actor es mucho más, lo cual puede terminar siendo incluso contraproducente. Por supuesto, eso no implica que su primera temporada, de 10 episodios, no sea de alta calidad, ni mucho menos.

En realidad, el desarrollo dramático de esta ficción deja una serie de reflexiones a tener en cuenta que van más allá del mero entretenimiento e, incluso, de lo que a priori podría esperarse de la serie atendiendo a su premisa inicial. En efecto, ideas como la tolerancia, la aceptación personal o las diferentes facetas que puede tener la sexualidad son abordadas con una naturalidad que se agradece, sobre todo porque se ve poco, muy poco en televisión o en pantalla grande. Con ello, Soloway logra crear un universo interesante desde todos los puntos de vista, que se nutre no solo de sus personajes, todos ellos interesantes por las múltiples facetas que son capaces de mostrar, sino también de la propia historia, cuyas raíces alcanzan una profundidad más que notable.

En todo este espectáculo destaca un Jeffrey Tambor (R3sacón) espléndido, cuya valentía no se limita al hecho de vestirse de mujer delante de una cámara (de ser así estaríamos hablando, posiblemente, de un producto más corriente). Más bien, si Transparent funciona es en buena medida porque el actor, más que hacerse con el personaje, se somete a sus necesidades emocionales, explorando rincones dramáticos algunas veces inesperados. El estilo narrativo de la ficción, con esas conversaciones superpuestas que tratan en todo momento de dotar de mayor realismo al relato, ayuda a plasmar en imágenes el caos que es la vida de este hombre coartado durante casi toda su vida. Y es esa necesidad de libertad, de aceptación personal y familiar, lo que impulsa la serie, y lo que Tambor explota hasta sus últimas consecuencias.

Y aunque es considerada una comedia, lo cierto es que la primera temporada tiene más de drama que de humor. Ya sea por la presentación de los personajes y sus conflictos internos y externos, ya sea por la ironía negra, muy negra, que se gasta en algunas ocasiones, lo cierto es que estos primeros episodios arrancan pocas risas, alguna que otra sonrisa, y desde luego ninguna carcajada. Tampoco lo pretende. Y desde luego, tampoco le sentaría bien. Es en esa tierra de nadie que queda entre el drama y la comedia donde mejor utiliza sus armas, y donde mejores resultados obtiene. Sin embargo, esto no siempre da un buen resultado al tono general de la ficción.

Noticia sin novedad

Ahora bien, aunque dramática y narrativamente hablando Transparent tiene muchos y muy interesantes aciertos, existen varios aspectos que pueden resultar, cuanto menos, abusivos. Y recalco el carácter de posibilidad de la afirmación, pues es algo que depende más de los gustos personales y de lo que el espectador esté acostumbrado a ver. Para empezar, el estilo superpuesto de los diálogos puede llegar a resultar excesivamente caótico, en tanto en cuanto buena parte de las conversaciones no llegan a entenderse ante la maraña de información que se percibe.

Con todo, el principal problema de la serie es el tratamiento de sus personajes. Comenzaba este análisis avisando de que la premisa inicial, aunque interesante, queda rápidamente obsoleta. Y eso es porque el resto de personajes protagonistas, los integrantes de la familia que deben aceptar los gustos del patriarca, se revelan como roles mucho más complejos incluso que el padre interpretado por Tambor. Que un hombre confiese ser travesti cuando una de las hijas es homosexual, otro hijo mantiene una relación desde que era menor de edad con la que fue su niñera, y otra todavía está explorando su sexualidad, no parece ser motivo excesivo de sobresalto, al menos no por parte de una progenie que debería mostrarse más comprensiva de lo que realmente se muestra en pantalla.

El hecho de que muchos personajes, en mayor o menor medida, pertenezcan a colectivos que han sufrido, y sufren todavía, algún grado de discriminación, invita a pensar que los conflictos emocionales y morales que supuestamente se exponen en la serie no deberían alcanzar los grados que finalmente alcanzan. Dicho de otro modo, esta producción trata de introducir una serie de parámetros en sus personajes que no terminan de encajar del todo en la propia definición de los mismos, lo que termina por jugar en su contra, obligando al espectador a aceptar una serie de ideas, matices y situaciones que pueden resultar forzadas.

Es por ello que Transparent, como ocurre con su trama, presenta luces y sombras en esta primera temporada. Sus intentos de introducir conflictos entre los personajes pierden fuerza a medida que la serie descubre la normalidad de una familia muy peculiar. Es de suponer que los problemas planteados en estos episodios, dado que era necesario presentar a los protagonistas, quedarán resueltos en la siguiente etapa. Pero más allá de estas debilidades, la serie logra con éxito mostrar el complicado mundo en el que se mueve el personaje de Tambor, más que por las constricciones sociales, por sus propios miedos personales. Y en este sentido, la producción exige que se le preste algo de atención.

‘Ted 2’: aburrimiento por insistencia


Amanda Seyfried y Mark Wahlberg protagonizan 'Ted 2'.No cabe duda de que es uno de los reyes de la comedia norteamericana actual. De un subgénero muy concreto, pero rey al fin y al cabo. Y como todos los reyes, tiene defensores acérrimos y detractores aún más radicales. Lo que ha logrado Seth MacFarlane, creador de series como Padre de familia, es digno de reconocimiento independientemente del gusto por su forma de entender el humor. Ahora bien, su particular estilo mantiene la convicción de que para divertir es necesario reincidir en ideas, bromas o personajes que asienten una estructura sólida en el formato. Y a medida que se suceden sus productos la teoría cae por su propio peso.

El nuevo intento, titulado Ted 2, no deja de ser una extensión del humor que ha poblado sus historias desde sus comienzos. Sexo, drogas, excesos y situaciones absurdas en contextos cotidianos siguen componiendo el desarrollo dramático de sus películas. Y hasta cierto punto, la diversión está asegurada. Desde luego, la nueva aventura del osito de peluche más gamberro del cine tiene algunas situaciones hilarantes, algunas reflexiones interesantes (sobre todo en lo relacionado con los derechos civiles) y algunos chistes realmente divertidos. La palabra clave aquí es “algunos/as”, pues para una película de casi dos horas de metraje se antoja muy poco.

Ya ocurrió con la primera entrega, pero en esta continuación el problema se agrava. La cinta tiende siempre, incluso desde sus títulos de crédito al más puro estilo Padre de familia, a caer en la repetición, en la saturación de chistes e ideas supuestamente hilarantes que no hacen sino poner impedimentos al buen desarrollo de la historia. Gags como el de la búsqueda de cualquier término por internet, los abusos de dos personajes a los asistentes a la Comic-Con de Nueva York o las continuas referencias sexuales no solo alargan innecesariamente la trama, sino que llevan al espectador a desconectar del desarrollo, convirtiendo al film en un producto que debe ser tolerado durante demasiado tiempo.

Lo cierto es que Ted 2 confirma dos ideas ampliamente aceptadas. Una, que el humor de Seth MacFarlane es extremadamente particular, por lo que si el espectador no disfruta con Padre de familiaPadre Made in USA difícilmente encontrará diversión en esta secuela. Más bien al contrario, lo que percibirá será una sucesión de situaciones, algunas demasiado conocidas, que le interesarán en mayor o menor medida, pero que en pocas ocasiones le resultarán divertidas. Dos, que cualquier película que cuente con Morgan Freeman (Plan en Las Vegas) en su reparto gana enteros de forma automática. Su presencia en los últimos compases de la historia ofrece bastante más atractivo que la mayoría del resto del metraje. Pero ni siquiera él es capaz de compensar del todo una película de estas características.

Nota: 4/10

‘Empire’, música y familia en una 1ª temporada de débiles personajes


La familia Lyon es el centro de las intrigas de la primera temporada de 'Empire'.Algo tienen los musicales que no dejan indiferente a nadie. Los detractores son enemigos declarados de un formato que consideran irreal. Los defensores encuentran en ellos una vía de entretenimiento que combina música, imagen, baile y coreografía. Pero lograr el equilibrio entre trama y música es uno de los retos más difíciles de conseguir, y prueba de ello es que las producciones de este género pocas veces se convierten en éxito en los últimos años, sobre todo si lo que se intenta es crear un drama musical. El último intento es Empire, serie creada por Lee Daniels y Danny Strong, director y guionista respectivamente de El mayordomo, cuya trama se centra en un sello musical familiar y las luchas internas por el poder de la compañía.

Y si algo deja claro su primera temporada de 12 episodios, cuya exitosa emisión en Estados Unidos terminó en marzo, es que es necesario tomar partido por uno de los dos aspectos, el dramático o el musical. En este caso la balanza se inclina hacia la música, con algunos números realmente brillantes y con voces como la de Jussie Smollett (Un muchacho llamado Norte), toda una revelación. En realidad, la música no solo adquiere protagonismo con las canciones, sino también con el propio desarrollo de la trama. A diferencia de otras producciones como Nashville, con la que guarda cierto parecido, los conflictos y los puntos de giro están irremediablemente ligados a la música como concepto general, desde el negocio propiamente dicho hasta la composición.

Esto genera toda una corriente que arrastra a personajes y trama hacia un terreno más suave, menos dramático. Que eso sea algo positivo o negativo depende del cristal con el que se mire y de los gustos de cada espectador. Lo que no es tan subjetivo es el efecto que esta apuesta tiene sobre dichos personajes y, fundamentalmente, sobre las tensas relaciones que existen entre ellos. Quizá lo más llamativo de Empire sea el vaivén de posiciones que adoptan los protagonistas, que se mueven en un amplio espectro de decisiones y emociones para tratar de conducir la trama por unos derroteros que, al final, no hacen sino generar un bucle constante del que se distrae al espectador gracias a la música.

La consecuencia más directa de este fenómeno es una debilitación gradual de los personajes. Los impactantes acontecimientos del episodio piloto, sobre todo en lo referente al rol de Terrence Howard (St. Vincent), sirven como hilo conductor y detonante de prácticamente todos los acontecimientos de la primera temporada. Empero, mientras la enfermedad del protagonista planea sobre las cabezas del resto de personajes como una amenazante nube de discordia, el asesinato del primer episodio es más bien un recurso intermitente que parece tener repercusión únicamente cuando se necesita que la trama adquiera un mayor grado de dramatismo. El problema de todo ello es que el desarrollo pierde consistencia, convirtiéndose en algo cada vez más previsible y con un interés menor que se sustenta, fundamentalmente, en la música y en los ganchos utilizados al final de cada episodios… y de la temporada.

Timbaland, el productor

A pesar de sus irregularidades, la apuesta de Empire por conceptos como la familia y la música tiene premio. El interés se mantiene durante buena parte del desarrollo dramático, los actores logran una buena labor y la parte musical es impecable. En este último aspecto se aprecia, sobre todo en determinados temas compuestos para la serie, la mano del productor musical Timbaland, cuyo trabajo con cantantes como Justin Timberlake recuerda, y mucho, al estilo musical del personaje de Smollett. Desconozco cuál ha sido su papel en el resultado final, aunque no es difícil de imaginar. Más allá de la música, la presencia de conocidos cantantes en papeles ficticios o interpretándose a ellos mismos da una idea del poder de convocatoria que ha tenido esta producción.

Y ya que he mencionado al reparto es conveniente destacar la labor de Taraji P. Henson (serie Person of interest), uno de los grandes atractivos de la producción. Tal vez sea por las diferentes características de este rol respecto a su papel previo, pero lo cierto es que su labor como acicate del resto de personajes es ejemplar. En buena medida es ella la que salva muchas situaciones, y desde luego es este personaje el que logra hacer avanzar la acción en muchos momentos de la temporada. Los problemas antes señalados también terminan lastrando a este rol, pero eso no hace sino destacar aún más la labor de Henson.

Sin duda el gran problema de la serie radica en la poca libertad de la que gozan sus personajes. Con unas personalidades tan marcadas como las de los roles de Howard y Henson la trama ha tendido hacia caminos algo más conflictivos en varios momentos de la temporada, pero siempre ha vuelto a los mismos derroteros. Esta constante rectificación de la naturaleza de los personajes ha impedido explorar nuevas situaciones, nuevas vías dramáticas que perfectamente podrían haber llevado a la serie a otro terreno, aunque con la más que evidente posibilidad de perder el alma musical que tanto caracteriza a esta ficción.

Así, Empire se revela en su primera temporada como un producto entretenido ideal para los amantes de la música (sobre todo del rap, el hip hop y el R&B). No exige demasiado a los espectadores, pero tampoco ofrece demasiado. La fórmula de drama familiar musical logra el éxito en aquellos momentos en los que mejor combina todos sus elementos, rebajando sus expectativas cuando se trata de explorar, aunque sea mínimamente, las relaciones entre los personajes. Es una consecuencia habitual y natural del género elegido. El éxito ha asegurado una segunda temporada, pero la pregunta que cabe hacerse es si mantendrá las debilidades que convierten a esta serie en lo que es y, sobre todo, si no se perderá parte de la esencia al tratar de corregir los defectos.

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