‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Guardianes de la galaxia Vol. 2’: éxitos del pasado, errores del presente


La división cinematográfica de Marvel parece haber encontrado el camino para lograr el éxito casi con cada nueva película que hace. Da igual que sea un superhéroe o varios, que sean muy conocidos o casi clandestino. Combinar ironía, algo de humor blanco, ciertas dosis de drama elaborado lo justo para no bajar el ritmo y, sobre todo mucha acción, parecen ser los pilares de los taquillazos que de un tiempo a esta parte está consiguiendo la compañía. Sin embargo, la base sobre la que construir todo ello es idéntica a cualquier film: una buena historia. Y es algo que no se debería perder de vista, pues la segunda aventura de estos defensores galácticos peca, precisamente, de esto.

Es innegable que Guardianes de la galaxia Vol. 2 es entretenida, hace reír (a algunos más que a otros) y tiene algunas escenas realmente espectaculares, sobre todo en sus primeros compases con ese plano secuencia en el que la acción, curiosamente, transcurre en segundo plano, lo que no deja de ser una idea diferente y loable. Y sí, la trama explora, aunque sea mínimamente, cómo evoluciona la relación de estos variopintos personajes en un grupo cuya unión se mantiene gracias a un frágil equilibrio entre el amor y la exasperación. En este sentido se podría decir que la cinta de James Gunn (Super), cuya labor tras las cámaras es intachable, ofrece más en todos los sentido, lo cual por cierto es lo que cabría esperar de una obra como esta.

Pero el problema es el trasfondo del asunto. Mientras que su predecesora tenía una historia relativamente compleja, que incluso encajaba dentro de los planes de desarrollo a nivel global de Marvel, esta segunda parte se desinfla a medida que pasan los minutos en lo que a argumento se refiere. Con la excusa de buscar los orígenes del protagonista, la cinta se pierde en un sinfín de caminos ya investigados en numerosas películas, cayendo en una previsibilidad que, por desgracia, termina restando frescura al conjunto. Da la sensación de que, en ese intento de superar el reto de más y mejor, la cinta se centra mucho en el “más” y se deja por el camino el “mejor”, recurriendo a herramientas manidas y algo arquetípicas. La ironía y mala leche de los personajes queda anulada, en parte, por esto, y es eso lo que termina por descafeinar una película que, por lo demás, mantiene el espíritu original.

Desde luego, Guardianes de la galaxia Vol. 2 no es mejor que la primera parte, ni mucho menos. Su falta de ambición a la hora de buscar una trama fresca y diferente hace que la cinta se vuelque por completo en los elementos que engalanaron la original historia de la cinta inicial. Dicho de otro modo, la saga parece encaminarse hacia un futuro vacío de contenido pero tan dinámico y espectacular que hará que dos horas se conviertan en dos minutos. Y eso es un peligro. Todavía se puede reconducir la situación, está claro, y prueba de ello son los minutos iniciales de esta continuación, todo un ejercicio de buen cine, narrado con originalidad y en el que la acción, el humor y la inteligencia se mezclan para dar unos minutos de auténtico oro. Hay esperanza, sí, pero sin el fondo la forma al final se pierde.

Nota: 6/10

‘Manchester frente al mar’: la culpa nunca abandona


Lucas Hedges y Casey Affleck, sobrino y tío en 'Manchester frente al mar'.Cualquier aficionado al cine, en algún que otro momento, habrá pensado aquello de que una película nominada a los Oscar no se merece tal reconocimiento. Y aunque no es el caso de la nueva película de Kenneth Lonergan (Margaret), hasta cierto punto debe tenerse en cuenta cuando comienzan los títulos de crédito. Este intenso drama acerca de la culpa, los errores del pasado y el modo en que afrontamos el futuro cuenta con valores extraordinarios, pero peca en exceso en la parte más fundamental de cualquier historia: la propia historia.

La forma en que se viste Manchester frente al mar es espléndida. Un reparto extraordinario, una fotografía sencilla pero efectiva, una narrativa eficaz que combina pasado y presente sin alardes visuales. Todo en la película está pensado para sumir al espectador en un cúmulo de emociones, a cada cual más dolorosa, que obligan irremediablemente a reflexionar sobre la vida. Su desarrollo dramático, simple y en muchas ocasiones excesivamente aséptico, tiene sin embargo numerosos momentos que convierten la trama en algo diferente, en algo más. El hecho de que se opte por mostrar el contraste del protagonista (un espléndido Casey Affleck –Adiós pequeña, adiós-) entre su feliz pasado y su taciturno presente no hace sino alertar de que algo ha ocurrido; el modo en que se muestra dicho suceso deja literalmente sin palabras, tanto por la brutalidad como por la naturalidad con la que se muestra.

El problema es que todo este recorrido dramático cojea por culpa de un único concepto, y no es algo nimio. La historia en sí misma tiende al dramatismo innecesario en muchos momentos. A pesar del equilibrio que logran Affleck y el joven Lucas Hedges (Arthur Newman), muchas de las secuencias desprenden un aroma excesivamente doloroso, como si todo en el film fuera una tragedia. Y aunque es cierto que esto beneficia al tono general de la cinta, también produce desasosiego y, en algunos casos, desconexión de la historia por reiterar sobre las mismas ideas una y otra vez. Eso por no hablar de secuencias que no terminan de encontrar un significado en el tono general de la cinta.

De este modo, Manchester frente al mar se mueve siempre entre dos aguas. Por un lado, la calidad de sus actores y la sobria puesta en escena elevan el tono de este intenso drama hacia cotas que, de otro modo, no habría siquiera sospechado. Pero junto a esto, transmite en todo momento la sensación de estar ante una producción menor, ante una historia que podría haber ido directamente a televisión de no contar con los nombres que la respaldan. Nadie podrá decir que es una mala película o que es incapaz de narrar con eficacia, pero desde luego podría haber aprovechado algo mejor el potencial de su historia y haber buscado giros argumentales más efectivos.

Nota: 7/10

‘Vivir de noche’: el pasado siempre vuelve


Ben Affleck dirige y protagoniza 'Vivir de noche'.Con cada película que hace, Ben Affleck (Argo) se confirma por partida doble. Se confirma con un director más que notable, con un lenguaje narrativo sobrio a la par que bello y sumamente expresivo. Y se confirma como un actor muy limitado, sobre todo si da vida a personajes con una expresividad relativamente alta. Su último film como director, guionista y actor confirman la máxima, lo que puede llegar a dejar un sabor agridulce en el paladar para los amantes del cine de gánsteres y, en general, para los amantes del buen cine.

En efecto, Vivir de noche es un film completo y complejo en el que más allá de la violencia del mundo en el que se desarrolla la trama, durante la Ley Seca de Estados Unidos, se aborda en realidad la evolución de una sociedad convulsa, marcada por una Gran Depresión y el miedo a lo diferente. En este marco, Affleck desarrolla una historia (basada en una novela de Dennis Lehane, autor de ‘Mystic River’ o ‘Shutter Island’) de un modo extremadamente lineal pero con muchas ramificaciones que enriquecen la aparente simplicidad de la propuesta. Con un reparto de altura y una factura técnica impecable, la cinta aborda temas como el racismo, la violencia y, sobre todo, el modo en que el pasado marca nuestras vidas incluso cuando parece que ha quedado definitivamente enterrado. El final, en este sentido, es tan impactante como esclarecedor. La historia, asimismo, está salpicada de secuencias de acción brillantemente ejecutadas, sobre todo el clímax final.

El problema es el propio Affleck. Si bien es cierto que su personaje adolece de cierta melancolía durante buena parte del metraje, el actor no logra imprimirle la naturalidad que debería, sobre todo en la segunda mitad de la trama. De hecho, contrasta sobremanera con el resto del reparto y, especialmente, con los personajes con los que comparte más planos. No son pocos los momentos en los que resta emotividad y dramatismo a las escenas compartidas, amén de un discurso pro igualdad racial que, aunque intenso, está enunciado con una falta de sentimiento bastante evidente. Todo ello termina por afectar a algunas partes del desarrollo dramático.

Puede que Vivir de noche no sea una película intensa, pero sin duda es una obra muy rica en matices. Tanto que es importante no perder detalle del desarrollo de la trama. Con un equilibrio espléndido entre drama y acción, entre el bien y el mal, Affleck logra como director una cinta compleja que reflexiona sobre el modo en que nuestras acciones tienen consecuencias, sobre cómo el pasado nos acosa hasta encontrarnos en el momento que menos se espera. Todo ello en un contexto social que muchas veces se pasa por alto en este tipo de films. El problema es, como suele ocurrir en sus películas, que él mismo se pone delante de las cámaras. Aunque, hay que reconocerlo, no es algo insalvable en este caso.

Nota: 7,5/10

‘Mozart in the jungle’ logra avanzar en su 2ª T gracias al pasado


Lola Kirke y Gael García Bernal acercan sus personajes en la segunda temporada de 'Mozart in the jungle'Series que parecen perpetuarse en la parrilla televisiva año tras año. Producciones cuyas temporadas a veces se hacen más largas que un día sin pan. Ficciones recurrentes que manejan las mismas claves con diferentes personajes. Con este panorama en la pequeña pantalla resulta aún más sorprendente que algo como Mozart in the jungle logre salir adelante, y es de admirar que lo haga además con la frescura y dinamismo con que lo hace, en apenas 10 episodios de media hora y con una originalidad que resulta tan atractiva como divertida. Su segunda temporada confirma lo que ya se sabía viendo la primera etapa, pero además logra algo más.

Y ese algo más es que la serie creada por Alex Timbers, Roman Coppola (guionista de Moonrise Kingdom), Jason Schwartzman (Big eyes) y Paul Weitz (El circo de los extraños) no es una sitcom al uso, o al menos no da vueltas sobre mismos conceptos una y otra vez. Más bien al contrario, esta nueva temporada ahonda en los problemas sindicales y laborales de la orquesta al tiempo que desarrolla de un modo tal vez sutil pero indudablemente sólido la relación de los dos protagonistas, Gael García Bernal (Eva no duerme), inmenso como el director de orquesta, y Lola Kirke (Perdida), cada vez más cómoda en su papel y adquiriendo más presencia.

El hecho de que ambas tramas discurran de forma paralela pero se nutran irremediablemente la una de la otra conforma un complejo puzzle de personajes, posiciones dramáticas y situaciones irónicas que más que arrancar la carcajada lo que hace es arrojar una visión cómica del mundo de los artistas, dejando el poso emocional de la constante sonrisa en la cara. Por supuesto, los amantes de la música pueden, y deben, seguir disfrutando de las obras que suenan a lo largo de los minutos, y que vuelven a ser una especie de oasis entre las historias personales de unos personajes que se distancian, esta vez de forma más evidente, del puro componente musical.

Quizá lo que pueda resultar algo más complejo de encajar en el conjunto es la evolución que sufre el personaje interpretado por el siempre espléndido Malcolm McDowell (La naranja mecánica). Su personaje, en principio la muleta sobre la que construir la relación entre Bernal y su orquesta, es recuperado de forma algo artificiosa, introduciendo problemas de consejos de administración de por medio. Las idas y venidas del personaje, condicionadas en buena medida por la presencia imprescindible del actor (que obliga a dotar a su personaje de mayor entidad), no hacen sino lastrar el desarrollo armónico de la trama, que parece querer ir en una dirección pero que siempre gira la cabeza hacia otra. Y si bien es cierto que la integración en el conjunto es más que correcta, la impresión final es que algo no está bien afinado.

Más pasado, más futuro

Por supuesto, esta ligera evolución de la serie (continuista más que rupturista) conlleva la aparición de nuevos personajes, algunos más interesantes que otros. Pero junto a ello, la trama ahonda en el pasado y, por extensión, en el futuro de los principales protagonistas, lo que a la postre convierte a esta segunda temporada en un punto de vista algo diferente con respecto a lo visto en la primera etapa de Mozart in the jungle.

Desde luego, el viaje a México es uno de los momentos más interesantes de toda la serie. Y no lo es por las aventuras del rol interpretado por Joel Bernstein con su violín, ni por las aventuras románticas de Saffron Burrows (El robo del siglo). En realidad, lo más interesante es descubrir el pasado del Maestro interpretado por García Bernal, tanto aquel que hace referencia a unas amistades cuestionables como al que es propiamente musical, amén de la familia que le crió en su juventud.

Todo ello permite al espectador comprender mejor diversos aspectos de este extraño personaje, sus filias y sus fobias, y poder por tanto apreciar mejor el final que se le da en el último episodio de la temporada. Puede que el modo de explicar este bagaje cultural sea excesivo en tanto en cuanto el tiempo que se destina a él se resta de otras historias que podrían desarrollarse mejor, pero el resultado final es lo suficientemente bueno (y está maravillosamente integrado en la trama) como para permitirlo.

Y, claro está, ahondar en el pasado de este personaje abre las puertas a un futuro interesante. La conclusión de la segunda temporada de Mozart in the jungle abre las puertas a otros 10 episodios que presentan un tablero diferente, incluso novedoso dentro de la trama, y que obliga a los personajes a afrontar una nueva etapa con cierta incertidumbre. El riesgo que corre la trama es caer en una espiral de giros narrativos que se repitan y salten de personaje a personaje. Dicho de otro modo, que Bernal y McDowell se alternen en el papel de director de orquesta. Pero eso es adelantar acontecimientos. Por lo pronto, hay que disfrutar de otros 10 episodios frescos, alegres y, sobre todo, musicales.

‘The Flash’ crece en la 1ª T gracias a su estructura dramática


Grant Gustin es el hombre más rápido del mundo en la primera temporada de 'The Flash'.El ‘boom’ superheroico que hace unos años invadió las salas de cine (y que ha provocado toda una mega estructura narrativa que durará varios años) se ha trasladado de forma definitiva a la pequeña pantalla. A los exitosos experimentos de ArrowAgentes de S.H.I.E.L.D. se suman muchos otros personajes que no solo tienen sus propias historias, algunas mejores que otras, sino que conforman un universo particular que, a menos que algo o alguien lo estropee, se terminará fusionando con el del cine. Pero no adelantemos acontecimientos. Por ahora, analicemos otro de los productos que más éxito han tenido, y cuya segunda temporada ya está emitiéndose. Me refiero a The Flash, personaje cuya presentación tuvo lugar, precisamente en la serie protagonizada por Stephen Amell (Cerrando el círculo).

Creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, responsables de la construcción del universo televisivo de DC Comics, la primera temporada de esta entretenida serie ejemplifica como pocas los problemas y las virtudes que suelen tener este tipo de producciones, así como las herramientas necesarias para superarlos o aprovecharlas, según sea el caso. Los primeros compases de estos 23 episodios son, en pocas palabras, una apuesta episódica cuyo valor no supera la simple presentación de personajes y sus respectivas tramas, así como una retahíla de villanos a cada cual más original que sirven al espectador para crecer junto al protagonista, al que da vida de forma notable Grant Gustin (serie Glee). De este modo, el trasfondo dramático de la historia, que no desvelaré por aquello de los spoilers, queda en un segundo plano.

O al menos eso puede parecer. Porque lo cierto es que es aquí donde se aprecia la elaboración dramática de la historia. En prácticamente cada episodio se dejan una serie de píldoras narrativas que aportan un nuevo grano de arena a la senda que conduce al espléndido final que tiene la temporada. Pequeñas dosis dramáticas, algunas como ganchos de final de episodio y otras como parte de la historia del capítulo, que permiten al espectador completar un puzzle y entender, al fin, lo que se trata de contar en esta primera etapa. Esta táctica, si bien no es novedosa, sí es el soporte fundamental para que The Flash no caiga en la autocomplacencia, limitándose a una sucesión de villanos. De hecho, y a medida que se acerca al final, los enemigos del velocista de Central City son cada vez menores, dejando más espacio para la auténtica e interesante trama principal.

A esta estrategia se suma un tono divertido, en algunos casos casi infantil, que ayuda a quitar mucha gravedad a lo visto en la pequeña pantalla. A diferencia de la ficción del arquero verde, los primeros episodios del rojo corredor son simplemente entretenimiento y diversión, sin grandes dramas y con mucha ironía. La gravedad que desprende Arrow, y que ha sido uno de sus éxitos, aquí brilla por su ausencia en la mayor parte del desarrollo dramático. Contrariamente a lo que pueda pensarse, esta apuesta se ajusta más tanto al carácter del personaje como a la propia dimensión de la serie, más fantástica. Dicho de otro modo, es un producto para pasar el rato más que para identificarse con los problemas y dudas morales del protagonista. Y si eso se entiende desde el principio, no debería haber ningún problema.

Pasado, presente y futuro

En este sentido, y que me disculpen los más fervientes seguidores de The Flash, la serie tiene más de una producción Marvel que de una producción DC. La primera siempre se ha caracterizado por productos más inocentes, con más acción y menos oscuridad en sus tramas, mientras que la segunda… bueno, no hay más que ver lo que representa la trilogía del Caballero Oscuro. De ahí que esta primera temporada pueda resultar un cuerpo extraño dentro de la estructura dramática que DC imprime a sus historias. Sin embargo, es solo una impresión. La resolución final de estos primeros 23 episodios deja claro que no estamos ante una producción al uso. Asimismo, la introducción de personajes de Arrow, que generan un flujo entre ambas series de lo más enriquecedor, dotan a la trama de la seriedad que podría faltarle en algunos momentos.

Aunque lo que mejor define a esta ficción es la unión entre pasado, presente y futuro que se mantiene a lo largo de todo el arco dramático, y que afecta a todos los personajes en mayor o menor medida. Ese juego entre ciencia, fantasía y superhéroes genera una serie de conexiones entre los diferentes espacios temporales que siempre influyen en el desarrollo de la trama, lo que a su vez crea una mayor complejidad en la narrativa. Nada ocurre por azar, y desde luego ninguna trama, por secundaria que sea, queda sin explicación, que es más o menos sólida. Esta complejidad y el humor que desprenden muchos de sus personajes logran ese delicado equilibrio que permiten a una serie no caer en la autoparodia o en la soberbia, y que la convierten en una producción a disfrutar.

Pero esta unión va más allá. A comienzos de los años 90 se produjo otra serie en torno a este personaje. Aquella ficción estaba protagonizada por John Wesley Shipp (serie Dawson crece) en el papel que ahora interpreta Grant, cuyo padre en la ficción es… el propio Shipp. Pero no es la única conexión. En aquella serie de hace 20 años Mark Hamill, el inolvidable Luke Skywalker de la saga ‘Star Wars’, daba vida al mismo villano que interpreta en esta nueva versión, y que ha pasado estas dos décadas en la cárcel preparando su “obra maestra”, como él mismo dice en un episodio. Y esos son solo dos ejemplos de la relación que los guionistas han tratado de establecer entre aquel Flash del pasado y el que ocupa nuestro presente y nuestro futuro más inmediato.

Lo que se desprende de la primera temporada de The Flash es puro entretenimiento. Sin las pretensiones dramáticas de Arrow, la serie busca en todo momento divertir sin preocupaciones, aunque contando para ello con una sólida trama principal y una cartera de villanos interpretados por rostros conocidos de la pequeña pantalla, desde Wentworth Miller y Dominic Purcell (protagonistas de Prison break) hasta Liam McIntyre (serie Spartacus). Desde luego, es una serie que va de menos a más hasta un clímax notable que deje una buen sabor de boca y que permite pensar en un futuro prometedor para esta producción, sobre todo si tenemos en cuenta que las flujos narrativos entre el arquero y el velocista de DC son cada vez más sólidos.

‘Spectre’: el futuro de Bond se reconcilia con su pasado


James Bond afronta su mayor desafío en 'Spectre'.Las aventuras de James Bond protagonizadas por Daniel Craig, cuatro por ahora, tenían como denominador común narrar los orígenes de un personaje archiconocido. Desde su forma de adquirir la licencia para matar, todas y cada una de las películas han ido dando forma al personaje que otros actores antes que él han interpretado con mayor o menor fortuna. Pero en estas intrigas siempre ha faltado la presencia de esa organización secreta que tan buenos villanos ha dejado: Spectre. Sin entrar en detalles acerca de los problemas con derechos de autor, el nuevo trabajo de Sam Mendes (porque la cinta, antes que otra cosa, es del director de Jarhead) no solo recupera al archivillano por definición, sino que cierra un círculo casi perfecto.

Visualmente hablando, esta vigesimocuarta película de Bond es, como lo fue Skyfall, simplemente brillante. La labor de Mendes tras las cámaras, desde ese plano secuencia inicial que solo un director de su categoría es capaz de hacer, hasta secuencias de acción como la pelea en el helicóptero o en el tren, es un soplo de aire fresco constante. Dinámico y seductor, el lenguaje empleado por el director interpreta en todo momento no solo al protagonista, sino al sentido mismo de sus acciones y decisiones, acompañando al espectador en el viaje por todo el mundo que realiza el espía secreto. A esto se suman, no cabe duda, un notable reparto que recupera buena parte del espíritu clásico de los primeros films.

Narrativamente hablando, sin embargo, es donde la cinta tiene su mayor talón de Aquiles. Aunque la historia está bien estructurada y logra aunar a la perfección pasado, presente y futuro del personaje, las concesiones a las necesidades dramáticas que realiza son, cuanto menos, cuestionables. Y aunque son problemas menores, sí logran un efecto discordante dentro del equilibrio entre humor, acción e intriga que logra la trama. Asimismo, hay algunos momentos del film en los que el ritmo decae considerablemente. Aunque esto no debería ser considerado un problema (al fin y al cabo, es algo natural), la realidad es que termina jugando en contra del espectáculo que, por otro lado, es este regreso a los orígenes.

Pero a pesar de los problemas, Spectre es algo único. Puede que al espectador medio le diga más bien poco y sea, por derecho propio, una entretenida cinta de acción y suspense narrada por un director espléndido. Para los seguidores del personaje, es un broche a toda una vida, el regreso al camino iniciado hace más de 50 años que, para colmo, es capaz de reunir bajo un mismo techo a los clásicos villanos con los tres enemigos a los que Craig ha tenido que hacer frente. Una vez puestas todas las piezas en su sitio, el agente secreto más famoso del cine inicia una nueva y prometedora etapa. Y cómo no, lo hace con un tema principal tan elegante como delicioso a cargo de Sam Smith.

Nota: 7/10

3ª T de ‘Ray Donovan’, vender el alma para lograr la mejor temporada


Liev Schreiber e Ian McShane marcan el desarrollo de la tercera temporada de 'Ray Donovan'.La serie creada por Ann Biderman (Las dos caras de la verdad) y protagonizada por Liev Schreiber (El mayordomo) ha mantenido un nivel más que aceptable en sus dos primeras temporadas, ahondando fundamentalmente en los problemas familiares, en el pasado y en el modo en que afectan a los personajes. Pero la tercera temporada de Ray Donovan ha sido, sencillamente, increíble. Y lo ha logrado, curiosamente, abandonando las tramas del pasado para centrarse en el futuro.

Estos nuevos 12 episodios sitúan al protagonista, hombre controlador donde los haya, ante situaciones que no controla, ante un mundo que, a priori, está fuera de su alcance y al que, sin embargo, quiere aferrarse desesperadamente para solventar su vida y la de su familia. En este contexto, los conflictos dramáticos de la temporada adquieren una mayor importancia, en tanto en cuanto el desarrollo obliga al personaje a algo a lo que no está acostumbrado: a vender su alma para poder salvar a los que quiere. A lo largo de los episodios ha sido tan habitual ver al héroe hacer y deshacer a su antojo, que verle atado de pies y manos por una familia más poderosa es algo sumamente atractivo.

Claro que no todo depende de la solidez dramática de esta tercera temporada. Las incorporaciones que presenta Ray Donovan en esta entrega tienen mucho que decir, fundamentalmente Ian McShane (El niño) y Katie Holmes (serie Dawson crece), brillantes en sus respectivos papeles. Más allá del héroe, el mundo creado por estos personajes, padre e hija, deja la violencia que desprende el rol de Schreiber como una mera anécdota. Y no porque sean viscerales, más bien al contrario. La capacidad de destruir con el poder y la influencia a quien quieran, de manipular los hechos para beneficiarse, y de controlar todo a su alrededor, les convierte en lobos con piel de cordero, algo a lo que todavía no estaba acostumbrada la serie.

Por ello, la temporada se torna mucho más atractiva de lo que fueron las anteriores etapas. Tal vez ha tenido mucho que ver el hecho de que la segunda entrega de episodios requirió de un análisis en profundidad del pasado de la familia Donovan, lo que terminó perjudicando el ritmo del conjunto. Sea como fuere, lo cierto es que la apuesta por hacer avanzar la acción a través de la introducción de nuevos personajes (y de retomar tramas abiertas anteriores) ha sido exitosa, hasta el punto de convertir esta tercera etapa en la mejor hasta la fecha.

Problemas del pasado

Pero la verdadera riqueza de Ray Donovan radica en su facilidad para integrar en un todo armónico todas las tramas, enriqueciéndose unas con otras para volver más complejas las relaciones entre los protagonistas. De hecho, es a raíz de una línea dramática heredada de la segunda temporada que el protagonista vende su alma. Pero es precisamente por eso por lo que, al final, se desencadenan una serie de acontecimientos que permiten ver, por primera y quizá última vez, al héroe de esta trama sin su coraza.

Y de nuevo es el personaje de Jon Voight (Cuestión de honor) el elemento perturbador de todo el desarrollo dramático. Lo cierto es que, sin su presencia, la serie no sería lo mismo. Tal vez porque es el único personaje que va por libre, tal vez porque es la verdadera némesis del héroe (y eso que es su padre), lo cierto es que ha recuperado con fuerza el carácter catalizador de los mayores dramas que presenta esta tercera temporada.

De hecho, sin él no habría tenido lugar el desenlace que se ha producido. No me refiero tanto a las acciones en sí mismas como al desarrollo de toda su trama, que termina como quería el personaje de Schreiber, aunque con una mayor carga trágica y dramática. La capacidad de Mickey Donovan para destruir todo y a todos los que le rodean se convierte, en definitiva, en el segundo motor de la serie, generando un notable contraste con el protagonista, cuyo fin es, precisamente, tratar de salvar todo y a todos los que le rodean.

Lo que deja en el recuerdo esta tercera temporada de Ray Donovan es a un héroe que afronta sus horas más bajas. A un hombre acostumbrado a controlar y a lograr el éxito que debe plegarse a las exigencias de otros para poder salvar a su familia. Y en esa debilidad, en ese conflicto interno y externo, es donde más crece la serie. ¡Ah!, y no hay que olvidar al personaje de Dash Mihok (El lado bueno de las cosas), el hermano pequeño de los Donovan. Su evolución en esta temporada es brillante, y el actor ha sabido estar a la altura. El broche de oro para una temporada impecable.

Matt LeBlanc centra todas las risas en la 4ª temporada de ‘Episodes’


Matt LeBlanc es el gran protagonista de la cuarta temporada de 'Episodes'.Tras un pequeño intento de dirigir la serie hacia el drama, David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie Half & Half), creadores de Episodes, han optado por afrontar el futuro con humor. Con mucho humor. Por ello la cuarta temporada de esta ácida crítica al mundo de la televisión en Los Ángeles ha explorado mantenido la línea iniciada en la tercera temporada, explorando ahora la delicada situación de guionistas y actores cuando deben afrontar no solo la transición de un proyecto a otro, sino los intereses personales de los directivos de las cadenas. Eso sí, estos 9 episodios se ríen de si mismos como no lo habían hecho hasta ahora ninguna de las anteriores temporadas.

Y eso se debe, sobre todo, a la capacidad de situar a los personajes en contextos, digamos, surrealistas. Si durante las anteriores etapas se abordaban situaciones relativamente más habituales (infidelidades, fracasos profesionales, amistades, etc.), en esta todo se pone a prueba para testar, entre otras cosas, el grado de solidez que tienen los propios personajes. El resultado es espléndido, lo que da buena cuenta de la definición de los protagonistas, en especial Matt LeBlanc (Perdidos en el espacio), quien supera con creces las expectativas de la temporada en comparación con el resto de roles. Así, el arco dramático por el que pasan todos los personajes en esta “temporada de transición”, lejos de cambiarles, lo que permite es llegar a conocerles mejor, lo que en última instancia mejora el carácter general de toda la serie.

Pero como decía al comienzo, la clave de esta cuarta temporada de Episodes está en el humor. Y personalmente creo que es el humor más inteligente que se ha podido ver en esta ficción. Quizá el mejor ejemplo sea el propio comienzo, con el desfalco que ha sufrido LeBlanc y que perfectamente podría haber dirigido la trama hacia un terreno algo más dramático. En lugar de ello, los creadores optan por dar rienda suelta a todas las características que definen al personaje. La comparación entre lo que le han robado y lo que tiene, entre lo que tiene que perder y lo que desea mantener, es simplemente hilarante, demostrando además que, al final, son los que menos tienen los que peor parados salen.

El arco dramático del protagonista de Friends (por cierto, que la temporada incluye un cameo de David Swichwimmer, ‘Ross’ en la famosa serie) es sin duda el más completo. A ese comienzo se suman los intentos por recuperar a su ex mujer (con motivaciones poco románticas, dicho sea de paso) y el orgullo herido de su condición de conquistador y de estrella de televisión. En este último aspecto destaca sobremanera la relación con la otra línea argumental, la de la pareja de guionistas protagonista, que da lugar a una de las situaciones más cómicas de la serie… en la que apenas se media palabra.

Errores del pasado

Claro que no todo es sentar las nuevas líneas de trabajo para la próxima temporada de Episodes. Estos 9 capítulos también saben nutrirse, y de qué modo, del pasado de los personajes. Sin duda el mayor atractivo lo presentan, en este sentido, los personajes de Tamzin Greig (El nuevo exótico hotel Marigold) y Stephen Mangan (Rush), los sufridos guionistas británicos que ven cómo el pasado que creían haber dejado atrás vuelve en forma de amenaza de demanda por propiedad intelectual. Esta línea de trabajo, quizá la más intermitente de toda la temporada, es sin embargo la que más diversión aporta a estos personajes.

Al menos, y no es un detalle menor, si la relacionamos con la “tercera pata” narrativa de la temporada, y que es la relación lésbica entre los personajes de Kathleen Rose Perkins (Perdida) y Andrea Savage (La cena), este último de nueva incorporación que, hasta cierto punto, es el auténtico punto de inflexión en la serie. En efecto, es gracias a ella que el personaje de LeBlanc termina donde termina. Y es gracias a ella que los roles de Greig y Mangan terminan como terminan. Su presencia, que crece a medida que se desarrolla el personaje, es el punto de partida para una serie de acontecimientos que hacen temblar los cimientos narrativos lo suficiente como para cambiar la situación.

No se trata, por tanto, de haber modificado los parámetros de esta ficción, sino de moldear su contexto para enfocar la trama hacia un nuevo futuro. Lo cierto es que el desarrollo de la temporada ya se preveía con el final de la tercera etapa, pero a pesar de ello la forma en que se ha desarrollado, que podría resumirse como ruptura en casi todos sus aspectos, ha sido muy gratificante. Es cierto que se pierde algo de frescura en muchas de las secuencias (algo que debe ser cuidado), y que en este proceso algunos secundarios parecen perder protagonismo, pero el resultado es más que notable, ofreciendo al espectador un viaje hilarante por los egos, las envidias y las ambiciones de un mundo tan irreal que resulta creíble.

Así las cosas, la cuarta temporada de Episodes logra mantener el ritmo narrativo y el nivel de anteriores temporadas, aunque en cierto modo es una temporada de transición, una temporada que entre la antigua serie de ‘Discos’ y la nueva producción, que ya nace con dificultades e inconvenientes. En medio de este proceso de cambio, el humor hace gala de todo su esplendor, lo que no deja de ser un reto. La pérdida de protagonismo de algunos personajes se compensa con el inmenso trabajo de LeBlanc, que demuestra una vez más por qué es el alma de esta producción. La quinta temporada promete risas sin descanso.

2ª T de ‘True detective’, historia más compleja en formato más clásico


Colin Farrell, Taylor Kitsch y Rachel McAdams protagonizan la segunda temporada de 'True Detective'.Más tradicional en su forma pero más compleja en su contenido. Ése es, a grandes rasgos, el resumen más aproximado que se me ocurre de la segunda temporada de True detective, la serie creada por Nic Pizzolatto (cuya experiencia previa eran un par de episodios de The killing) que aborda un nuevo caso con nuevos personajes en estos segundos 8 episodios. Habrá quien quiera compararla con esa joya del cine (y digo cine, no televisión) que es la primera parte, pero lo cierto es que sería como querer comparar El silencio de los corderos (1991) y Seven (1995). La verdad es que las comparaciones siempre son odiosas, y en el caso que nos ocupa muy, muy injustas.

Porque esta nueva trama, tan contemplativa, preciosista y fatalista como la primera, es en sí misma una auténtica obra de arte. Partiendo de la base de que es una historia sobre perdedores, sobre hombres y mujeres abocados a un futuro inexistente en el que el dolor, la muerte y la traición marcan un destino inevitable, esta temporada presenta unos engranajes extremadamente elaborados, con sutilezas que exigen del espectador algo más que sentarse delante de una pantalla y con una complejidad dramática notablemente alta. Basten como ejemplos los roles de Colin Farrell (La señorita Julia), quien vuelve a demostrar la amplia variedad de recursos que tiene, o Rachel McAdams (El hombre más buscado), sin duda uno de los grandes aciertos de la serie. Ambos representan, cada uno a su modo, el alto nivel psicológico y emocional que alcanzan los personajes.

Y hablando de personajes, la segunda temporada de True detective es, ante todo, una historia de personajes. Si la primera etapa utilizaba los saltos temporales para narrar una historia a lo largo de décadas, esta recurre a los atormentados protagonistas para hilvanar una trama que termina por unir el pasado, el presente y el futuro de absolutamente todos los personajes, incluso cuando no parecen tener relación ninguna. Y posiblemente lo más atractivo del conjunto es que no recurre a innovaciones formales, sino que se limita a construir una compleja historia a través de los impactos que tienen las decisiones en la vida del individuo, y cómo éstas definen lo que terminamos siendo. Una brillantez dramática que hipnotiza por sí sola y que engancha gracias a los giros dramáticos que se producen a lo largo del desarrollo.

Ahora bien, y dado que estamos hablando de los personajes, no es oro todo lo que reluce. Uno de los talones de Aquiles de estos 8 capítulos es Vince Vaughn (Los becarios), cuyo rol de mafioso traicionado y con un sentido de la moral muy concreto no colma las expectativas oportunas. No quiere esto decir que sea un mal personaje, ni siquiera que esté mal interpretado, pero desde luego no logra las cotas de complejidad que sí tiene, por ejemplo, el trío protagonista. Posiblemente se deba a las limitaciones del propio Vaughn, quien de este modo buscaba un vehículo para demostrar que sabe hacer algo más que comedia. Con todo, el final de su arco dramático lima muchas de las asperezas, ofreciendo una conclusión bella, simbólica y tremendamente emotiva.

Entre acción y reflexión

Si alguien quiere buscar un nexo de unión entre las dos temporadas de True detective, desde luego no lo encontrará en la historia o en la narrativa. Más bien, lo que une historias tan diferentes es la capacidad de Pizzolatto para combinar acción y psicología, dinamismo y reflexión. La segunda temporada, desde luego, hace gala de un contenido profundo, notablemente elaborado y con una exigencia cultural muy alta. El carácter trágico de los protagonistas aporta al conjunto una sensación casi derrotista, como la de un hombre obligado a destrozar una pared con los puños antes de perder las manos para siempre. Hombres y mujeres buenos marcados por un pasado equivocado, en el que los errores no perdonan y en el que los tormentos del rechazo de uno mismo termina por convertir en tragedia lo que podría haber sido un porvenir dichoso.

Pero al mismo tiempo, estos episodios dejan momentos de auténtica tensión, sobre todo el tiroteo en plena calle que termina con más muertos que vivos en todos los frentes, incluyendo varios inocentes. Es posiblemente el gran punto de inflexión de la trama, y desde luego uno de los mejores momentos de la temporada. Pero no es la única. El final de varios personajes es un auténtico tour de forcé en el que se ven abocados a una guerra personal contra fuerzas que tardan demasiado en comprender, lo que aporta a las secuencias de acción un carácter aún más dramático del que tienen de por sí. Posiblemente el único que no encaje demasiado, entre otras cosas porque está un poco forzado dentro de la trama, es el de Taylor Kitsch (El único superviviente), aunque entra dentro de las necesidades dramáticas del guión.

Es cierto, por tanto, que la trama es compleja, tal vez demasiado. Tiene muchas ramificaciones, muchas líneas secundarias de desarrollo que pueden generar algo de confusión. Pero al igual que ocurría con la primera temporada, lo importante no es tanto el viaje (que personalmente es sobresaliente) como las conclusiones que deja. Y en este sentido, con un repaso de todos los detalles de la historia, de cómo lo que ocurre en una trama influye en otra de forma incuestionable para terminar por unirse años después, la conclusión a la que se llega es que estamos ante uno de los productos más interesantes que existen en la televisión. Se ha acusado a Pizzolatto de diálogos que no llevan a ninguna parte, de trama excesivamente compleja y de verborrea incesante. Bueno, eso existió desde el principio y nadie criticó a Matthew McConaughey (Interstellar).

El problema que arrastra la segunda temporada de True detective, y que no es suyo por suerte o por desgracia, es la constante comparación con la primera historia. Lo que supusieron aquella narrativa y el personaje de McConaughey (no nos engañemos, es una obra maestra) hace sombra a cualquier cosa, incluso a una genialidad como estos 8 episodios. ¿Historia más compleja? Por supuesto, pero ahí está su gran atractivo. La forma en que su creador es capaz de aunar a todos los personajes en un caso policial que supone una revisión de sus pecados es simplemente brillante. Que guste más o menos es una cosa, pero siempre y cuando no salga a colación lo magnífica que fue la primera. Repito, querer compararlas es un trabajo fútil. Lo cierto es que la serie es una de las obras más interesantes, complejas y estimulantes de la televisión actual.

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