‘House of cards’ aparca momentáneamente la política en su 5ª T.


Habrá quien diga que la quinta temporada de House of cards ha alcanzado un exagerado nivel de maldad, introduciéndose de lleno en la ficción política que, a diferencia de etapas anteriores, tiene poco que ver con la realidad. Bueno, puede ser cierto hasta un determinado punto, pero personalmente considero que la serie ha sabido asumir parte de la actualidad política estadounidense actual, con las protestas iniciales contra Donald Trump como uno de los elementos más visibles, para abordar un cambio dramático de cara a la siguiente temporada. El problema, si es que existe, es cómo se ha hecho esto.

Y es que, como cualquier serie, esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y basada en la novela de Michael Dobbs, necesita crecer, evolucionar. Sin embargo, cuando se trata de una ficción como esta, donde los pasos, por muy arriesgados o violentos que sean, están medidos al milímetro, resulta problemático mostrar a unos personajes tan fríos y calculadores como fieras enjauladas incapaces de actuar como les gustaría. En este sentido, pueden entenderse los acontecimientos  de estos 13 episodios como una huída hacia adelante, como el último ataque de un animal herido que se lleva por delante a aquellos que quieren acabar con él.

Visto así, la evolución del personaje de Frank Underwood, al que vuelve a dar vida de forma magistral Kevin Spacey (Baby driver), no solo resulta coherente con lo narrado en la trama, sino que incluso permite justificar, aunque cogido con pinzas muy delicadas, el giro argumental del último episodio que viene a ser una suerte de ‘Deus ex machina’ político, convirtiendo a este zorro en lo más parecido a una deidad omnisciente capaz de prever todos y cada uno de los pasos del resto de roles que le rodean en House of cards. A pesar de ser un giro dramático un tanto desesperado, funciona gracias a un factor que durante toda la temporada (y buena parte de la serie) ha podido pasar desapercibido: la ambición y crueldad de Claire Underwood (decir que Robin Wright Wonder Woman– es extraordinaria sería quedarse corto).

Y es que esta es la temporada, por fin, en que la gran mujer detrás del gran hombre pide de forma fehaciente la palabra. O mejor dicho, la toma de la única forma que sabe hacerlo, es decir, con movimientos delicados pero letales capaces de descolocar incluso a un curtido marido como el que tiene. El modo en que afronta los acontecimientos ensalza una figura que, como digo, ha estado en las sombras demasiado tiempo. Si el final de la cuarta temporada ya dejaba entrever que la complicidad con el espectador no era algo exclusivo del rol de Spacey, en esta juega en todo momento con la duda de si realmente es capaz de sortear la pantalla y dar el salto. Y efectivamente, lo es, y no evito dar más detalles para no desvelar el extraordinario momento en el que lo hace. Ese juego que se establece entre personajes, trama y espectadores es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta quinta etapa.

Sin política, ¿qué queda?

El problema de la temporada, como decía al comienzo, no radica tanto en el apartado político, y mucho menos en cómo los personajes se mueven en este ámbito. No, el problema está en aquellos momentos en que se abandona la política y se da rienda suelta al instinto de supervivencia de los dos protagonistas. Y no por casualidad, eso tiene lugar en la segunda mitad de esta quinta temporada, precisamente cuando la trama parece irse de las manos de sus creadores, que imprimen al conjunto un tono cruel y despiadado fuera de toda duda. Depende de cada uno, claro está, aceptar esto como parte inherente a la naturaleza de los personajes (algo que ha quedado demostrado a lo largo de las temporadas), pero incluso teniendo en cuenta los hitos pasados, siempre había habido una motivación política detrás de toda acción o decisión, incluso las mortales.

Sin embargo, en esta etapa de House of cards, una vez eliminados los principales rivales políticos a través de tretas legales y del funcionamiento de la democracia norteamericana (incluidos algunos detalles simplemente surrealistas), la serie da paso a una deriva un tanto caótica, con secundarios atacando a los protagonistas sin demasiado sentido y con líneas argumentales secundarias que parecen avanzar hacia ninguna parte, y que como consecuencia terminan de la forma más abrupta, innecesaria y, sobre todo, irreal posible. En concreto me refiero al romance entre Claire Underwood y el periodista/escritor Thomas Yates (al que da vida Paul Sparks –Buried child-), cuya resolución no solo resulta un tanto desagradable, sino que convierte a la Primera Dama en un ser que para nada concuerda con la imagen dada en todos los capítulos previos, desvirtuando en buena medida el sentido de todo lo visto hasta ahora.

Se podría decir que la temporada pierde fuelle cuando se olvida de la política, de las decisiones de dos personajes que solo se mueven por la ambición y que son capaces de hacer cualquier cosa por lograr su objetivo. Dicho así, este quinto periodo se antoja similar a los anteriores, pero existen matices. El primero radica en que buena parte de lo que ocurre se aleja de la política para adentrarse en el terreno personal de los protagonistas, acentuando la lucha interna entre ambos. Hasta cierto punto, es lógico que dos roles tan parecidos terminen chocando en sus particulares caminos, pero el problema es que lo hacen dejando la política en un segundo plano. También hay que destacar la presencia de secundarios cuya relevancia en el desarrollo de la historia es, cuanto menos, anecdótica. Y por último, la segunda mitad de la temporada parece haberse planteado como un puente hacia la siguiente tanda de episodios, que habrá que ver cómo se afrontan.

Por todo ello, la quinta temporada de House of cards es posiblemente la más radical en todos los sentidos. Manipulación de elecciones, tretas en el funcionamiento democrático, perpetuidad en el poder muy cuestionable, intereses particulares mezclados con los políticos, terrorismo. Todo esto y mucho más es lo que están dispuestos a hacer los Underwood para seguir despertándose en la Casa Blanca. Y desde luego, el modo en que utilizan el sistema estadounidense es tan brillante como aterrador. El problema está cuando la trama se olvida de esto para adentrarse en las arenas movedizas del conflicto matrimonial entre Frank y Claire. Ya lo hizo en temporadas anteriores, aunque en aquella ocasión con la política de fondo. Ahora eso queda al margen. Sí, el objetivo último es el Despacho Oval, pero lo cierto es que el camino está plagado de decisiones y acciones que nada tienen que ver con el juego político. Eso sí, todo está preparado para una sexta temporada que se antoja, al menos, épica. La pregunta que queda por resolver es sí realmente se volverá a la estrategia política o se entregará por completo a los problemas internos de esta pareja de personajes que se han convertido en todo un referente.

‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Érase una vez’ utiliza cualquier historia para sobrevivir en su 5ª T.


Los héroes de 'Érase una vez' viajan a Camelot en la quinta temporada.Si algo debe reconocerse a Adam Horowitz y Edward Kitsis (serie Dead of summer) es su capacidad para lograr que todas las historias y personajes de Érase una vez adquieran sentido en la mezcolanza que se ha formado después de cinco temporadas. Por el camino se han quedado personajes, algunos más interesantes que otros, pero en líneas generales el núcleo duro ha persistido. ¿El secreto? Ofrecer al espectador aspectos diferentes de los héroes y villanos con los que creció, generando un contraste tan original como atractivo. Pero todo tiene su límite, y a tenor de lo visto en estos 23 episodios parece que esta ficción de aventura y fantasía está cerca de alcanzarlo… si es que no lo ha superado ya.

Narrativamente hablando, el desarrollo dramático de esta temporada es más que correcto, aprovechando el gancho final de la anterior etapa para abordar un nuevo mundo con la protagonista como presunta villana. De nuevo dividida en dos partes claramente diferenciadas, la trama obliga a varios personajes a evolucionar, lo que unido a la incorporación de nuevos héroes y villanos de la mitología, la literatura y Disney (sí, las películas de Disney están más presentes que nunca) hace que esta última tanda de episodios adquiera dinamismo y atractivo, enganchando al espectador rápidamente con técnicas, porqué no decirlo, algo sencillas.

Y aunque resulte gratificante comprender la relación entre Merlin, el Rey Arturo, Excalibur y la Daga del Ser Oscuro, eso no debe ser impedimento para ver que Érase una vez no deja de dar vueltas sobre los mismos conceptos una y otra vez. Mientras que roles como el interpretado por el joven Jared Gilmore (A nana for Christmas) sí han sabido evolucionar y encontrar un hueco en la historia que cambia en función de los acontecimientos, el grueso de los protagonistas parecen seguir una única senda ocurra lo que ocurra, lo que les lleva a superar el mismo conflicto bajo la apariencia de diferentes villanos. Y si eso se produjera una sola vez por temporada podría tener cierto margen de desarrollo, pero al dividir los episodios en dos grupos, la celeridad de los acontecimientos resta credibilidad a lo visto en pantalla.

Dicho de otro modo, tanto la heroína interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad) como el resto de sus amigos siempre parecen actuar del mismo modo aunque se enfrenten a la Reina Malvada, a un Ser Oscuro, a un mediocre rey o al Señor del Inframundo. Y lo que es más preocupante, todos estos villanos, cada uno en su estilo, parecen buscar el mismo objetivo, lo que al final genera una extraña sensación agridulce que combina la originalidad de la reinterpretación de historias mundialmente conocidas con la reiteración de fórmulas que cada vez se antojan más agotadas.

Vuelta a los orígenes

Existen muchos motivos para lo que le ocurre a Érase una vez. Puede achacarse a una saturación de personajes, tantos que es imposible desarrollar correctamente una historia para cada uno. Puede ser, por otro lado, que la fantasía poco a poco se va apagando al perder el factor de la originalidad. Pero ambos argumentos pueden ser rebatidos, el primero porque dichas historias, quien más quien menos, las conoce, y el segundo porque hay pocas series que sean tan originales como esta. En realidad, el problema estriba en que los personajes, sobre todo los protagonistas, han evolucionado a una velocidad excesiva, consumiendo por el camino un proceso dramático que ha obligado a buscar nuevos villanos, y con ello historias a cada cual más compleja y hasta cierto punto irreal (que ya es decir en esta producción).

Los casos más evidentes son los de los personajes interpretados por Robert Carlyle (28 semanas después) y Lana Parrilla (Frozen stars), aunque curiosamente representan dos extremos diferentes. El primero ofrece una visión derrotista del cambio que puede experimentar un personaje. Cobarde que se convierte en villano, villano que quiere ser héroe, en realidad es un ser ávido de poder que hace todo lo posible por dominar a los que le rodean, lo que le lleva a repetir engaños una y otra vez. La cuestión es que su rol no es en sí mismo un problema, pues es de los que mejor definición e interpretación tiene, sino que los que le rodean parecen caer siempre en la misma trampa. Y una vez puede ser; dos es probable; tres, cuatro o cinco veces ya resulta irrisorio.

Lo de la Reina Malvada interpretada con notable fuerza por Parrilla es otro cantar. Si bien es cierto que durante las primeras temporadas el cambio sufrido en su personaje ha llevado buena parte del peso narrativo de la historia, el hecho de que se haya pasado al bando de los héroes hace que pierda fuerza dramática. Su presunta lucha interior entre el bien y el mal ha sido la excusa perfecta para introducir a un nuevo personaje literario, el famoso Doctor Jekyll y su alter ego, Mister Hyde, pero también ha permitido a los creadores recurrir a un truco tan simple como antiguo: recuperar a la villana original. El modo de hacerlo, con ese gancho de final de temporada, evidencia dos cosas: que se quitó demasiado pronto a la antagonista natural de la trama y que es necesario regresar a los orígenes para intentar recuperar un norte que en esta última temporada parece perdido.

Se puede decir que la quinta temporada de Érase una vez ha sido un catalizador para comprender que la serie había tomado una deriva algo caótica. Sin grandes villanos en las dos partes de esta última etapa, y con unos personajes que parecen dar tumbos por la trama sin un objetivo claro más allá del inmediato, la serie se ha entregado a los fantásticos mundos de la literatura, los cuentos y las películas de la Disney para tratar de suplir las carencias narrativas que tenía. Y hasta cierto punto la estrategia resulta, pero a poco que se rasque en esa superficie de fantasía puede apreciarse claros problemas en el tratamiento de los personajes. La historia necesita calma, respirar hondo y recuperar su esencia. Y ese parece el objetivo de la próxima temporada.

‘House of Lies’, apuesta doble de humor y drama en la temporada final


Don Cheadle y Kristen Bell terminan 'House of Lies' bailando.Si algo hay que reconocer a Matthew Carnahan (serie Dirt) y a su comedia House of Lies es que han muerto fieles a su estilo. O al menos han cerrado un ciclo sin traicionar la esencia de la dinámica dramática y cómica que ha sustentado esta historia de asesores despiadados, de romances casi imposibles y de amistades cuanto menos curiosas. La quinta y última temporada de la serie protagonizada por un extraordinario Don Cheadle (Capitán América: Civil War) deja un buen sabor de boca, la satisfacción de haber visto algo coherente y acorde a lo esperado, incluso aunque esto conlleve ciertas irregularidades en la narrativa.

Los 10 episodios que conforman esta conclusión, menos que los de temporadas anteriores, tienen el habitual gusto cinematográfico de la conclusión de una historia. Todas las tramas, principales, secundarias e incluso anecdóticas, están enfocadas a cerrar posibles flecos que queden en la narrativa, y que se han ido fraguando a lo largo de las etapas precedentes. Por supuesto, la principal es la de la compañía, su futuro y su lucha contra los enemigos. Es aquí donde la serie consigue, como ha sido hasta ahora, sus mayores éxitos tanto dramáticos como humorísticos. Las dinámicas que se establecen entre los cuatro protagonistas son simplemente excepcionales (pocas veces se puede ver en la pequeña pantalla un grupo tan integrado), ya sea por la comodidad por los actores o por la definición tan precisa de los personajes.

Posiblemente esta última temporada de House of Lies contenga algunos de los momentos más surrealistas de la serie, desde la fiesta protagonizada por leones y cobras (metafóricos) hasta el intento de vender al mejor postor, ojo al dato, un país como Cuba. En cierto modo, se puede decir que ese intento de cerrar las historias que siempre se aprecia en estas conclusiones está combinado con una apuesta por todo lo alto a echar el resto en lo que a negocios se refiere. Y desde luego, logra su objetivo, sobre todo porque introduce de forma completa algunos aspectos que habían sido relegados a un segundo plano en la trama principal de la serie, como son la relación entre el personaje de Cheadle y el de Kristen Bell (Malas madres) o las dudas que parecen rondar siempre a los roles de Ben Schwartz (The intervention) y Josh Lawson (Los amos de la noticia) en relación a su puesto dentro de Kaan y Asociados.

Pero la fidelidad a la esencia dramática no es lo único que permanece en esta conclusión. La apuesta narrativa de la historia, más patente en unas temporadas que en otras, sigue siendo una constante que recuerda al espectador el carácter transgresor de la historia, si es que el desarrollo de la misma no es ya de por sí lo suficientemente transgresor. Imagen congelada, el protagonista convirtiendo al espectador en cómplice de sus más íntimos pensamientos, e incluso visiones propias de un viaje alucinógeno sin igual dejan su huella en el fondo dramático de la trama para confirmar que el producto ha sido, es y será uno de los más frescos, dinámicos y diferentes que se puedan encontrar en televisión. Y por si fuera poco, un detalle puramente técnico: las comedias de este tipo y con esta duración por episodio (unos 25 minutos) suelen tener temporadas de 24 episodios. Esta se ha quedado en la mitad o menos.

Secundarios en segundo plano

Los protagonistas de 'House of Lies' viven sus últimas aventuras en la quinta temporada.El problema de esta quinta temporada de House of Lies es que se olvida en buena medida de sus secundarios más prescindibles pero que conforman el sustento del mundo en el que se desarrolla la serie. En realidad no es algo exclusivo de este final, pues durante toda la vida de esta producción ha ocurrido en mayor o menor medida, pero sí resulta llamativo cómo se ha tratado el problema en este tramo final. Sin duda el caso más notorio es el de Donis Leonard Jr. (Now here), que da vida al hijo del protagonista y cuya trayectoria ha sido un tanto errante. Esta última temporada confirma que a pesar del potencial que podía haber tenido en el desarrollo de la trama (y que de hecho ha tenido en algún momento), sus creadores no han sabido qué hacer con él, o no han podido afrontar el terreno al que les podía llevar un rol tan complejo como este.

Pero como él existen varios. Algunos, como el de Dawn Olivieri (Supremacy), han sido utilizados simple y llanamente para hacer avanzar la acción hasta donde era necesario, lo cual no deja de restar peso específico a su presencia dentro de la historia y por lo tanto debilita mucho su estructura. Otros, como el del padre interpretado por Glynn Turman (El héroe de Berlín), sencillamente concluyen su rol como espectadores del espectáculo que dan Cheadle y compañía, dejando en el recuerdo algunos de los momentos en los que sí han tenido especial relevancia. Todo esto indica, en realidad, que la quinta y última temporada se ha centrado, casi en exclusiva, en concluir todo lo concerniente a la historia de los cuatro protagonistas, dejando a un lado como algo residual lo que pueda ocurrir con el resto de personajes.

Esto, en principio, no es algo malo viendo el resultado final, pero sí que resulta digno de mención que Carnahan opte por desprenderse del peso muerto (narrativamente hablando) de una forma tan tosca, dejando prácticamente que las historias mueran por puro tedio para centrar todo el foco narrativo en lo que sabe que interesa más a la serie y al espectador. Dicho de otro modo, en lugar de integrar las tramas secundarias en la principal o darles un broche final completo, se opta por introducirlas cada vez menos en la estructura narrativa hasta que se convierten en algo residual e intrascendente, llevándolas casi al olvido por falta de presencia.

Pero ese es un mal menor en la quinta temporada de House of Lies. En realidad, esta última etapa es el reflejo de lo que ha sido toda esta producción: un festival de humor negro, inteligencia y dinamismo que posiblemente no enganche al gran público, pero que sin duda ofrece una visión muy diferente de cómo puede ser el género hoy en día. Y no hay que olvidar el final del último episodio, toda una oda al buen rollo que ha primado a lo largo de la serie. Tal vez haya sido un producto menor, una historia en muchos casos difícil de seguir, pero desde luego el recorrido, una vez visto el camino realizado, ha merecido la pena y obliga a una encarecida recomendación.

‘Person of interest’, final lógico y a la altura para una gran serie


La quinta temporada de 'Person of interest' presenta la lucha definitiva entre inteligencias artificiales.La profusión de series y el nuevo fenómeno que han generado han puesto de manifiesto algo que muchas veces puede pasar desapercibido: es muy difícil lograr que una producción aguante en un mismo nivel dramático, artístico y narrativo durante toda su existencia. Muchas veces es culpa de los productores, que quieren alargar más de lo debido una historia; otras veces es simplemente que la idea, aunque sea buena, tiene difícil recorrido. Por eso ficciones como Person of interest deberían ser analizadas y apreciadas como algo no solo fresco y diferente en un mundo televisivo dominado por policías, médicos y abogados, sino como algo diferente por la coherencia y la capacidad de evolución que tienen. Su quinta y última temporada es testimonio de ello.

Los últimos 13 episodios de la serie, con una temporada notablemente más corta que las anteriores, tienen el inconfundible sello de Jonathan Nolan (Memento), y quienes sigan la filmografía de su hermano Christopher (Interstellar) saben a qué me refiero. A pesar de la evidente sensación de final de ciclo que tienen estos capítulos, el desarrollo dramático de la historia sigue siendo la prioridad, tal vez más acelerado de lo debido pero en cualquier caso contundente y descarnado, presentando ante el espectador una guerra entre el bien y el mal en un sentido casi literal. Y como en toda guerra, hay víctimas. Quizá sea esto lo más destacable de esta última etapa, pues la serie no permite sentimentalismos de ningún tipo, haciendo honor a lo acontecido en temporadas anteriores.

No solo eso. La quinta temporada de Person of interest es todo un ejemplo de cómo debe finalizarse una trama, o mejor dicho de cómo hay que afrontar dicho final. Los guionistas, y en general los autores de cualquier historia, tienden a modificar el curso natural de los acontecimientos para evitar que sus personajes, a los que inevitablemente se coge cariño, afronten grandes e insalvables males. De ahí que la estructura de conflictos crecientes hasta llegar al clímax siempre termine con el héroe victorioso. Sin embargo, Nolan opta aquí por una estrategia diferente, o al menos por una resolución diferente. En efecto, estos últimos capítulos posiblemente sean los más angustiosos de toda la serie, situando a los protagonistas en una espiral de violencia incontrolada en la que siempre están un paso por detrás.

Sin embargo, el final no es feliz, o al menos no todo lo que cabría esperar. No hay lugar para heroicidades sin consecuencias, por lo que el tratamiento apenas deja espacio para la reflexión o para los buenos sentimientos. Tal vez este sea el motivo por el que el personaje interpretado por Jim Caviezel (Plan de escape) da un giro más que notable en su personalidad en esta etapa, algo que no queda del todo explicado y que chirría un poco en algunos momentos. Pero volviendo al tratamiento narrativo, la conclusión de la serie es todo lo que un tercer acto debería ser. Una vez explicada la historia y con un desarrollo previo consolidado, solo queda la resolución, y esta no puede por menos que ser tan espectacular como descarnada.

Una serie para el recuerdo

Los héroes afrontan su último desafío en la quinta temporada de 'Person of interest'.Y vaya si lo es. Si bien es cierto que algunos de los mejores episodios de Person of interest pertenecen a la tercera temporada, esta última etapa deja en el recuerdo algunos de los momentos más importantes de la ficción. Me refiero, por ejemplo, al protagonizado casi en exclusiva por el rol de Sarah Shahi (Una bala en la cabeza), viviendo un bucle infinito que recuerda poderosamente a otras historias contadas por Nolan. Y por supuesto el final, capaz de aunar en pocos segundos sensaciones tan dispares como angustia, tristeza, orgullo o satisfacción. A riesgo de repetirme, eso solo es posible gracias al desarrollo de todas las temporadas y a una conclusión que, aunque esperada y lógica, es fiel a lo que el espectador ha visto a lo largo de estos 103 episodios.

Precisamente el desarrollo de la serie es lo que más se recuerda durante los episodios y momentos finales de esta quinta etapa. Atrás quedan las sensaciones de estar ante un producto tópico y típico que dejaron los primeros compases de la serie. Sus dubitativos comienzos con una estructura repetitiva y algo similar a otros productos de corte policíaco terminaron convirtiéndose en pasos firmes por una senda más compleja y complicada pero indudablemente más interesante. De los números que emitía la máquina (y que de hecho se han mantenido durante toda la serie como un referente), con poca o ninguna relación entre ellos, se ha pasado a situar la acción en auténticos arcos argumentales en los que la idea inicial se integra en guerras de bandas, policías corruptos y, finalmente, una lucha entre inteligencias artificiales.

El final de la serie, además, contempla una interesante y hasta ahora inexplorada idea que, dada la conclusión de la secuencia con la que se cierra esta magnífica producción, podría llevarse a cabo, aunque habría que ver si con la misma eficacia que hasta ahora. En efecto, limitar el dominio de una máquina al acotado mundo de la ciudad de Nueva York ha permitido a la ficción no desviarse de su objetivo final, pero es evidente que resulta poco creíble en una trama de estas características. De ahí que, aunque sea de forma testimonial, se haya planteado la posibilidad de historias paralelas en otras ciudades. Si a esto sumamos que el testigo es recogido por uno de los protagonistas, el futuro de posibilidades es tan grande que solo la inteligencia artificial protagonista sería capaz de contemplarlas todas.

Pero es adelantarse mucho al presente. Por lo pronto, Person of interest termina con una quinta temporada simplemente notable, tal vez no a la altura de la calidad conseguida en sus momentos más álgidos pero en cualquier caso sí en el mismo nivel que el conjunto de todas las etapas por las que ha pasado el producto. Y eso, en definitiva, convierte a la serie en algo excepcional, en una ficción que, aunque no pertenezca a ese reducido grupo de grandes títulos, sí tiene todo lo necesario para ser una obra de culto. Desde su trama hasta sus personajes, pasando por el tratamiento dramático o por la crudeza y seriedad de muchas de sus propuestas, la obra de Jonathan Nolan confirma no solo que estamos ante algo más que notable, sino que su autor es uno de los creadores más en forma del panorama actual.

‘American Horror Story: Hotel’ recupera el espíritu de la serie


Evan Peters y Wes Bentley protagonizan 'American Horror Story: Hotel'.Tras varios altibajos en la serie, American Horror Story ha logrado, en su quinta historia, algo que muy pocas producciones consigue: devolver al formato las ideas iniciales en lo que a suspense, ambientación, personajes y trama se refiere. Sin el impacto ni la novedad que supuso aquella primera temporada, Hotel es sin duda una de las mejores temporadas de esta ficción creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie Glee).

Y si bien es cierto que Coven ya supuso una recuperación de ese espíritu, estos 12 capítulos representan lo que podría denominarse como una continuación directa de la historia de la casa encantada. No por los personajes, sino por el concepto general de la trama. Un hotel plagado de fantasmas, vampiros y asesinos es lo que da pie a una historia que, sin embargo, se centra más en el concepto del amor. Tal vez eso sea lo que le ha faltado a la serie en otras etapas; tal vez no. Lo cierto es que el delicado equilibrio entre ese sentimiento y la violencia característica de la producción crean un espectáculo incomparable.

Un padre atormentado por la pérdida de un hijo, una madre condenada a vivir en un hotel lleno de fantasmas para estar junto a un hijo que la odia y una vampiresa que una vez experimentó el amor verdadero son solo algunos de los ejemplos. Desde un punto de vista conceptual, American Horror Story: Hotel se revela más bien como una historia de búsqueda, de añoranza por lo perdido y por un pasado que, aunque dentro de esos muros parece no cambiar, en realidad se dejó atrás hace mucho tiempo.

Por supuesto, a todo esto se suma el incomparable espacio elegido, un edificio decadente, ajeno al tiempo o a las modas y en el que cada sala, cada rincón, es una trampa mortal para los visitantes. Desde su dueño, un espléndido Evan Peters (X-Men: Días del futuro pasado), al que es más necesario que nunca ver en versión original, hasta el ya famoso papel de la cantante Lady Gaga, Globo de Oro incluido, todos los habitantes de ese edificio parecen condenados, lo quieran o no, a matar a los visitantes, litros y litros de sangre mediante, claro está.

Lady Gaga logró un Globo de Oro por su rol en 'American Horror Story: Hotel'

Regreso a la narrativa de personajes

Y a pesar del espectáculo visual que supone esta quinta temporada, American Horror Story: Coven es sobre todo una historia de personajes. Al igual que ya ocurrió en algunas temporadas anteriores, que no en todas, el origen de los protagonistas, sus obsesiones, sus fobias y sus motivaciones, quedan patentes en sendos episodios a través de una narrativa de sus respectivos pasados para terminar confluyendo, de un modo u otro, en finales comunes. En esta ocasión, además, con la dificultad añadida de tener dos grandes protagonistas (la ya mencionada Gaga y el policía al que da vida Wes Bentley –American beauty-) como principales pilares, lo que obliga a dividir en dos el tiempo de la historia. ¿Cómo se logra mantener unido el desarrollo dramático sin que parezca, como ocurrió en Asylum, que cada cosa ocurre por su cuenta? La respuesta es Evan Peters.

Su personaje, tan sádico como enigmático, se termina por convertir en una suerte de nexo de unión de todas las historias, tal vez porque es el corazón de ese hotel, o tal vez porque, simplemente, es un personaje muy humano dentro de su violencia. Su caso, posiblemente, sea el mejor ejemplo del entramado dramático que logra crearse entre todos los personajes, ya sean secundarios, principales e, incluso, episódicos. De ahí que sea tan importante el pasado de los mismos, y de ahí que cobren especial relevancia aquellos momentos en los que se abordan las claves de su llegada a ese hotel maldito.

Pero si el contenido dramático es importante, la forma que se le da a todas esas historias es simplemente hipnótica. Elegante, fascinante, visceral, sangrienta, atemporal. Cualquier calificativo puede servir para definir un entorno único, una apuesta escénica en la que la sangre emana a borbotones para dar paso a una nueva vida en la que, no por casualidad, los implicados deben encontrar un motivo para enderezar sus fantasmagóricas vidas, que habitualmente, por no decir siempre, tiene que ver con el asesinato. La presencia, además, de personajes aparecidos en temporadas anteriores otorga al conjunto un halo de continuidad interesante que, en cierto modo, cierra un círculo iniciado con la primera y maravillosa temporada.

Así las cosas, American Horror Story: Hotel es, posiblemente, la etapa de esta serie que más se aproxima a lo vivido en aquella casa encantada hace ya varios años. Por su ambientación, el trauma de sus personajes e incluso la definición de muchos de ellos, esta historia es digna heredera de aquella. Pero es mucho más. Falchuk y Murphy parecen haber aprendido de algunos errores cometidos en el pasado y han sido capaces de crear muchos historias independientes bajo un mismo techo que, aparentemente, no tienen nada en común, pero cuyo desarrollo termina irremediablemente unido a las habitaciones de este macabro hotel. O a su dueño, que para el caso viene a ser lo mismo. Sin duda, una de las mejores temporadas de la serie.

5ª T de ‘Falling Skies’, un final épico lejos del tono general de la serie


La quinta temporada de 'Falling Skifs' narra el enfrentamiento final entre humanos y aliens.Falling Skies, la serie creada por Robert Rodat (El patriota) y amparada por Steven Spielberg (El puente de los espías) es una producción extraña y diferente en la parrilla televisiva actual. Extraña porque la ciencia ficción, salvo la destinada a adolescentes con las hormonas revolucionadas, no suele funcionar más de una o dos temporadas (y los ejemplos son innumerables). Y diferente porque su equilibrio entre extraterrestres e Historia ha supuesto un soplo de aire fresco para unas tramas que, de otro modo, se habrían vuelto tediosas.

Pero curiosamente, su quinta y última temporada ha apostado por alejarse de ese carácter histórico de muchas líneas argumentales y centrarse directamente en el aspecto más fantástico, exponiendo la crueldad de la guerra alienígena en toda su magnitud. Desconozco si es algo premeditado o si han sido necesidades de una conclusión precipitada, pero lo cierto es que estos 10 episodios dejan un sabor agridulce en el espectador.

El arco narrativo principal de esta última temporada de Falling Skies es un ataque directo a los pilares formales de la serie, al menos en lo que a definición de personajes y tono se refiere. Los humanos, con Tom Mason a la cabeza (interesante Noah Wyle -serie Urgencias– en el cambio de registro) se vuelven mucho más agresivos y directos, cambiando por completo las tornas del combate que ha durado cinco años en televisión. La presencia de varias razas alienígenas y de más grupos de humanos convierte a la serie en un auténtico campo de batalla, más que en una historia de supervivencia, como se había definido hasta ahora.

Esto no impide, por supuesto, que no haya lugar para explorar los diferentes aspectos de la guerra, desde los rincones más aislados del conflicto, en los que parece que el dolor no ha llegado nunca, hasta la conversión de humanos para dinamitar el bando de los héroes desde dentro. El problema es que, dada la necesidad de finalizar la historia en esos 10 capítulos, estas situaciones se limitan a unos pocos episodios, impidiendo un desarrollo dramático adecuado que permita conocer el trasfondo de los personajes implicados y sus decisiones.

Explicación muy humana

Aunque puede parecer que la conclusión de Falling Skies no tiene mucho que ver con el resto de la serie, nada más lejos de la realidad. De hecho, la evolución de esta última temporada se sustenta en varios pilares con los que los espectadores se pueden identificar, en línea con lo narrado en anteriores etapas. La evolución del protagonista y de otros personajes obedece a las pérdidas y el dolor de estos años, lo que a su vez genera conflictos dentro del grupo.

Las decisiones, más militares y menos “humanas”, permiten explorar nuevas facetas de los héroes, pero también argumentar nuevos enfrentamientos dentro de los humanos, enriqueciendo las enemistades que ya existían y que, en realidad, se habían ido disolviendo poco a poco con la evolución dramática de la serie. En este sentido, es interesante comprobar el final que cada personaje tiene, acorde a su forma de vivir y a su forma de evolucionar durante estos episodios.

Pero sin duda lo más humano es la explicación de la invasión extraterrestre que centra la serie. Y este es el aspecto que más controversia puede generar. Sin desvelar demasiados detalles, los motivos que llevan a esta raza a destruir a la humanidad son, cuanto menos, muy humanos, y desde luego alejados de lo que suele verse en este tipo de producciones, ya sean en televisión o en pantalla grande. Ni recursos minerales, ni raza conquistadora. Ni siquiera una guerra interplanetaria que, por casualidad, llega a nuestro planeta. Los motivos son más mundanos, más vengativos, y desde luego más dramáticos. Personalmente, y aunque pueden parecer algo excesivos, suponen un soplo de aire fresco que, en cierto modo, son el broche adecuado para una serie basada en la familia y los lazos afectivos.

Falling Skies termina igual que empieza, con un relato de cómo se originó la guerra y de cómo terminó. Un relato que servirá, en un futuro, a las generaciones de los humanos supervivientes. Un relato que tiene su grueso en una serie capaz de aguantar cinco temporadas siendo fiel a su planteamiento inicial de unificar fantasía y conceptos históricos que han definido al ser humano. La impresión general, aunque esta última temporada haya podido parecer algo apresurada, es la de una serie que ha sabido crecer en complejidad e interés, que ha sabido introducir nuevos matices e integrarlos en un todo armónico. Y eso, en una ficción de estas características, es todo un logro. Tal vez no sea una excepcional producción, pero desde luego es muy recomendable.

‘Homeland’ continúa evolucionando dramáticamente en la 5ª T


Claire Danes viaja a Alemania en la quinta temporada de 'Homeland'.Desconozco si Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24), autores de Homeland, tienen algún tipo de conocimiento sobre los movimientos geoestratégicos en Oriente Medio, pero lo cierto es que han logrado que la serie protagonizada por Claire Danes (Stardust) sea una interpretación al menos actual de lo que ocurre en el panorama internacional. Con la quinta temporada, que finalizó el pasado 20 de diciembre en Estados Unidos, han confirmado no solo que la ficción todavía está tomando forma dramática, sino que es una de las producciones más apasionantes de la parrilla actual.

Y lo es precisamente por el componente de realismo que se imprime a la trama. Con esto no quiero decir que no se tomen ciertas licencias dramáticas (el personaje interpretado por Rupert Friend –Hitman: Agente 47– es un claro ejemplo), sino que sus acontecimientos están rodeados de un halo de veracidad tan complejo y sutil que convierte a la serie en una suerte de punto de vista de lo que ocurre realmente con el terrorismo en Oriente Medio. A esto se suman los terribles atentados de París, acaecidos en plena emisión y que se antojan un spin off real y cruel de lo narrado en estos 12 episodios.

Pero más allá de coincidencias o de reflexiones que aportan más bien poco, la quinta temporada de Homeland ha dejado claro que el “reinicio” de la serie en la cuarta temporada todavía está creciendo desde un punto de vista dramático, y todo apunta a que lo hace para lograr una mayor complejidad sin perder un ápice de intriga, acción y drama. Así, a los arcos dramáticos de la lucha contra el terrorismo y la situación personal de la protagonista se suma ahora la traición dentro de la CIA y el contraespionaje. Tres pilares que, aunque ayudan a sustentar más sólidamente la historia, también generan alguna complicación narrativa.

En realidad, la aparición de esta tercera trama no deja de ser una transformación de lo que siempre ha abordado esta ficción: la presencia en las organizaciones norteamericanas de activos enemigos. La novedad, y tal vez lo mejor que tiene esta nueva tanda de episodios, es que en este caso ese espionaje dentro de la agencia de espías más famosa del mundo no tiene nada que ver con el yihadismo, sino con el otro gran enemigo de Estados Unidos: Rusia. La conformación de dos frentes abiertos es, desde un punto de vista dramático, más enriquecedora para la trama, que combina esas dos grandes líneas argumentales de forma armónica para introducir más personajes (lo que nutre a los protagonistas de nuevos conflictos) y nuevos giros dramáticos.

Personajes sin cariño

Y si algo ha confirmado la quinta temporada de Homeland es que los personajes, salvo tal vez los dos principales, no son demasiado queridos. Al menos no lo suficiente como para modificar los acontecimientos para su comodidad. Y me explico. La tercera temporada de la serie fue, en pocas palabras, un terremoto. Que el principal protagonista, aquel con el que no solo había arrancado la serie sino que era el pilar fundamental de su argumento, muriera de forma violenta fue un giro tan impensable y arriesgado que muchos asumieron el final de esta ficción. Sin embargo, supo rehacerse con nuevos protagonistas, nuevas tramas y un cambio de foco bastante evidente.

Estos nuevos episodios vienen a ser algo parecido, a menor escala pero igualmente violento, desagradable y determinante. La presunta desaparición de algunos personajes clave en el desarrollo de los acontecimientos pone de manifiesto que nada ni nadie parece intocable en esta producción, algo que sin duda es positivo siempre y cuando la trama, como ha ocurrido hasta ahora, esté dominada por la coherencia dramática. La falta de miedo a explorar los territorios a los que llevan las decisiones de los personajes es uno de los aspectos más apasionantes de este thriller, y desde luego aporta un cariz más serio que el que se pueda encontrar en otros productos con la CIA o el FBI de por medio.

Mencionaba antes la falta de cariño a los personajes. Bueno, eso depende del cristal con el que se mire. Personalmente considero que la mayor muestra de amor que se puede hacer en un guión a sus protagonistas es anteponer la trama a sus propios intereses, ofreciéndoles siempre una salida acorde a su naturaleza. Eso es lo que logra esta quinta temporada, aunque para ello tenga que sacrificar parte de su desarrollo narrativo y no logre aunar en un único final las dos líneas argumentales que nutren esta última etapa. Es un problema menor, en realidad, pero sí provoca la sensación de presenciar un epílogo en el último episodio más que estar ante un final de temporada como tal.

Pero repito, es un mal menor. Mucho menor. La quinta temporada de Homeland ha demostrado que la serie está en plena forma, que es capaz de afrontar todo tipo de retos narrativos con una solidez asombrosa, y sobre todo que no tiene miedo a lo que pueda llegar. La duda que empieza a generar, y ahí está parte de su genialidad, es si se nutre de la realidad o si la realidad ha tomado prestadas algunas ideas de la ficción. Ironías aparte, el desarrollo dramático, la presencia de sus actores y la coherencia con la que aborda las tramas son incuestionables, y devuelven la posible salud perdida en temporadas anteriores. Y la sexta es en Nueva York… ¡agárrense a sus asientos!

5ª T de ‘Juego de Tronos’, el arte de lograr que menos sea más


Peter Dinklage y Emilia Clarke, en un momento de la quinta temporada de 'Juego de Tronos'.Uno de los comentarios que más se han oído durante la quinta temporada de Juego de tronos ha sido que no ocurre nada, que su trama no avanza y que sus personajes se mantienen en una constante tensión que no lleva al argumento a ninguna parte. Personalmente soy de la opinión de que eso, en una serie como la creada por David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss, no puede ocurrir ni aunque se intente. Pero incluso aunque eso fuera verdad, aunque su historia se hubiera anquilosado levemente, su final ha sido, con diferencia, el más impactante de toda la serie. Y no me refiero solo al episodio 10. Ni siquiera al ya famoso episodio 9.

En realidad, esta última temporada es un ejercicio minuciosamente medido para llevar al espectador en un viaje cuyo final le resulta inesperado (salvo para aquellos que hayan leído los libros, claro está). El desarrollo dramático de sus tramas principales responde a la teoría de los tres actos de forma casi milimétrica. Así, durante los tres primeros episodios se plantean las posiciones de los principales personajes. Los cuatro siguientes desarrolla los conflictos planteados, llevando a muchos de los protagonistas a situaciones límite. Y el tercer acto, o los tres últimos episodios, es un festival de emociones, de giros argumentales impactantes y de clímax indescriptibles. Repasando mentalmente el camino que han tomado estos 10 nuevos episodios la pregunta que nos debe asaltar es si realmente es cierto eso de que no ha pasado nada.

Si algo caracteriza a Juego de tronos casi desde el comienzo es que menos es más. Salvo contadas excepciones, la serie siempre se ha sentido más cómoda entre intrigas palaciegas, luchas de poder en la sombra y traiciones familiares que entre impactantes revelaciones, normalmente limitadas al episodio 9. Y desde luego la quinta temporada es uno de los mejores ejemplos, como demuestra la conversación entre los roles de Peter Dinklage (X-Men: Días del futuro pasado) y Emilia Clarke (Dom Hemingway), uno de los mejores momentos de la temporada. El magistral desenlace que ha tenido esta entrega invita a reflexionar sobre el papel que han jugado todos los acontecimientos previos. Un papel imprescindible para comprender no solo el futuro de muchos de los personajes, sino los cambios emocionales, morales y físicos que sufren casi todos. Es, en este sentido, una temporada de transición, después de ese giro dramático que supuso la cuarta temporada. Una transición necesaria pero para nada aséptica.

Desde luego, lo más interesante son las lecturas que se hacen de las decisiones y las motivaciones de los principales personajes. Estamos tan acostumbrados a ver cómo los personajes de George R. R. Martin logran más o menos los objetivos más inmediatos que nunca nos hemos parado a pensar en las consecuencias de sus actos. Y eso, en definitiva, es el argumento de esta serie. Si el clan Lannister está acostumbrado a gobernar pisoteando a los demás, en esta temporada sus acciones tienen consecuencias imprevistas. Cuando la Khaleesi cree que puede gobernar simplemente liberando esclavos, una rebelión se alza contra ella. Y si los Stark creen que pueden seguir adelante sin pagar un alto precio, bueno… en este tema es mejor no entrar demasiado.

Tramas insustanciales

El resumen de todo el análisis anterior podría ser que, aunque no lo parezca, la trama avanza de forma notable, e incluso se producen cambios mucho más profundos en los personajes de lo que había podido verse hasta ahora. Sin embargo, eso no impide que hayan existido, casi por primera vez, tramas que no han aportado mucho, al menos a lo largo de la temporada (parece evidente que algo desencadenarán en la sexta entrega). Una de ellas es la historia ambientada en Dorne, ciudad a la que España ha dado vida y que, todo sea dicho, no ha sabido explotar más que la belleza de los escenarios. Su trama, un rescate secreto que se tuerce y que tiene como protagonista a Jaime Lannister (de nuevo Nikolaj Coster-Waldau, visto en Oblivion), se desarrolla con más pena que gloria, sin generar demasiado interés y preocupada más en mostrar los rasgos de esta nueva casa, intuidos en la temporada anterior, que por ofrecer algo consistente al espectador. Al menos hasta el último episodio.

También resulta sorprendente el tratamiento dado al personaje de Sophie Turner (Mi otro yo), una Sansa Stark que parecía haber madurado al final de la cuarta temporada y que, de nuevo, vuelve a ser esa niña atemorizada y traumatizada por el mundo de violencia y sangre en el que vive. Un giro que no logra funcionar demasiado bien en la definición de su personaje pero que, por otro lado, ayuda a consolidar la historia de Invernalia como una de las mejores, permitiendo además que otro personaje recoja el testigo de rol más odiado de la ficción. Sentimientos aparte, lo cierto es que su indefinición no hace sino jugar en su contra, no solo porque convierte a ese personaje en un ser débil y manipulable, sino porque no logra evolucionar, algo que en Juego de tronos no puede mantenerse por demasiado tiempo.

Y no puedo dejar de mencionar, aunque sea sutilmente, el final de esta quinta temporada. Como decía a más arriba, no se trata solo del último episodio, sino de todo el tercer acto de esta etapa. Tres finales de episodio simplemente indescriptibles, cada uno magistral en su concepción. Todos ellos han revelado aspectos muy significativos de la historia, más allá de la espectacularidad que puedan presentar en sendas batallas que superan, en muchos aspectos, a las mostradas hasta ahora. Aunque si hay algo que dejará sin palabras a los espectadores será la conclusión del episodio 10, un auténtico gancho dramático que, casualidad o no, tiene una clara influencia de uno de los episodios más conocidos de la Roma Clásica. Un final que, de ser cierto, cambia las reglas del juego por completo, obligando a tomar una nueva dirección que puede ser tan interesante como peligrosa.

Tal vez no sea la mejor temporada de Juego de tronos. La verdad es que la tercera y la cuarta entregas han sido insuperables. Pero desde luego mantiene el altísimo nivel dramático y técnico de toda la serie. De nuevo, sus creadores demuestran que no es necesario que ocurran grandes acontecimientos para que una producción sea capaz de crear expectación. La sensación de vivir una calma antes de una violenta tormenta, de que en ese remanso de paz todo se mueve para producir un terremoto que sacuda los cimientos dramáticos de la serie, está presente en todo momento. Benioff, Weiss y R. R. Martin vuelven a demostrar que menos es más. Y lograr que eso sea tan eficaz como lo es en esta serie es todo un arte.

Quinta temporada de ‘The Walking Dead’ (II), de hombres y lobos


Rick Grimes pierde los papeles en la segunda parte de la quinta temporada de 'The Walking Dead'.Hay pocas series que generen sensaciones tan contradictorias como The walking dead. Su desarrollo dramático en 16 episodios divididos en dos etapas se pasa literalmente en un suspiro, dejando con ganas de saber más, de conocer el porvenir de unos personajes que se han ganado a pulso estar entre los mejores de la ficción moderna. Pero al mismo tiempo, en cada capítulo se desarrollan y se plantean tantas ideas que es necesario prestar atención a cada minuto de metraje. Y desde luego la segunda etapa de esta quinta temporada no lo es menos. Habrá quien tal vez crea que no ha habido un avance significativo en lo visto anteriormente, y que incluso crea que se ha perdido algo de violencia con respecto a temporadas previas. Bueno, pues para eso está este final de temporada.

Porque sí, los 8 episodios que ahora analizamos tienen de todo, desde desarrollo dramático hasta vísceras y, desde mi punto de vista, el momento más tenso, salvaje y violento visto en la serie. Pero sobre eso incidiré más adelante. Y es que si algo caracteriza a la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city), y al cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore en el que se basa, es el tratamiento de sus personajes, el modo en que evolucionan y, sobre todo, cómo su entorno les cambia hasta hacerles parecer otra persona. Y destaco la palabra “parecer”, pues en el fondo el espectador, compañero infatigable de sus desventuras, cambia con ellos, lo que le otorga un punto de vista único y privilegiado.

Todo ello queda representado en los últimos episodios de esta temporada de The walking dead. El contraste entre el grupo de Rick Grimes (de nuevo un soberbio Andrew Lincoln, visto en Love Actually) y la comunidad de Alejandría a la que llegan no solo refleja el cambio experimentado por los protagonistas, sino que genera una especie de salto temporal en el que pasado y presente se mezclan para encaminarse a un futuro común. O lo que es lo mismo, basta únicamente un repaso mental a las actitudes de la primera y segunda temporada para comprender que las decisiones de ese pueblo están muy próximas a las que habría tomado el propio Grimes en sus comienzos, antes de experimentar todo lo experimentado. Este contraste, no por casualidad, no crea animadversión hacia la violencia desarrollada en el protagonista, más bien al contrario: genera incomprensión hacia la actitud de un grupo de personajes que parecen vivir ajenos a la realidad de la ficción.

Aunque si hay que hablar de cambio es imprescindible mencionar lo ocurrido en el episodio 8, o lo que es lo mismo, en el primero de esta segunda etapa. Sin entrar en demasiados detalles, simplemente hay que destacar que es una de las pocas veces, si no la primera, en que una ficción muestra lo que experimenta un infectado por un mordisco de zombie. Y lo hace de la mejor forma posible. El cambio que se produce en el personaje es fundamentalmente psíquico, aprovechando todos los traumas, toda la muerte y la violencia desarrollada a lo largo de la serie para ofrecer un debate sobre la bondad, la crudeza y el instinto de supervivencia del ser humano. Una reflexión que impacta por el resultado final, pero que pone sobre la mesa interesantes propuestas que encuentran cierto eco en el resto de la temporada.

Puertas giratorias

El final de esta temporada de The walking dead pone de manifiesto que el grupo encabezado por el personaje de Lincoln ha dejado de ser inocente. Se ha convertido, en cierto modo, en lobos capaces no solo de defenderse, sino de tomar por la fuerza algo que consideran que debe ser salvado. Objetivamente, esto les convertiría en villanos, pero por supuesto es una idea que en ningún momento puede llegar a plantearse. Dicho esto, estos 8 capítulos están lejos de terminar de forma pacífica. El gancho utilizado, en esta ocasión, se ha desarrollado a lo largo de toda esta segunda parte, primero con esos zombies con W grabada en la frente, y luego con los primeros indicios de un grupo, posiblemente mayor, que se autodenominan “lobos”. La presencia de esta nueva amenaza, unido a la violencia de algunos momentos, plantea un futuro prometedor para la serie (aquellos que hayan leído la novela gráfica ya se hacen una idea).

Pero no puedo dejar pasar el momento más impactante de la temporada, y puede que de toda The walking dead. Me refiero a la secuencia desarrollada en esa puerta giratoria en la que tres personajes se ven acorralados por muertos vivientes a ambos lados de la misma. La tensión desarrollada está al nivel de otras muchas secuencias, es cierto, pero el grado de violencia es muy alto, diría incluso que extremo. Desmembramientos, mordiscos y explosiones de sangre se dan cita frente a los ojos de un aterrado Steven Yeun (Orígenes), quien compone una de las mejores interpretaciones de su personaje Glenn. Ambos conceptos, tensión y violencia, crean una de las mejores piezas en cuanto a intensidad dramática se refiere, y modifican sustancialmente el desarrollo posterior.

Claro que no es la única secuencia violenta, aunque es algo que solo los fans de la serie pueden “disfrutar”. Lo cierto es que la evolución del arco dramático principal, aquel que implica al rol de Lincoln, va en paralelo a la evolución del protagonista. Si en la primera parte se apreciaba el claro cambio experimentado en el personaje, en esta segunda parte dicho cambio no solo es manifiesto por el contraste con la comunidad de Alejandría, sino que se convierte en parte intrínseca de los argumentos narrativos. Ya no se trata de recurrir a la violencia para sobrevivir (matar para subsistir), sino que la violencia es parte del mundo en el que viven y debe ser utilizada para proteger a aquellos que la rechazan, incluso aunque no comprendan el verdadero significado de esa actitud (matar para salvar). En este sentido es muy significativo el final de la temporada, tanto lo que ocurre en la reunión junto al fuego como el renovado protagonismo de la katana.

Personalmente, The walking dead logra evolucionar definitivamente hacia un estado de violencia innata, lo que no solo hace que avance dramáticamente sino que mejora sustancialmente lo visto hasta ahora. Pero más allá de interpretaciones lo que está claro es que esta quinta temporada ha sabido sobreponerse a su carácter nómada para sentar las bases no solo de una narrativa más sedentaria (al menos desde la localización), sino del equilibrio entre profundidad dramática y violencia explícita. Unas bases necesarias para lo que está por llegar, que en palabras de su protagonista es una tormenta en toda regla. Lo bueno es que en octubre regresa. Lo malo es que hasta entonces tendremos que vagar como los muertos vivientes de esta magnífica serie.

Diccineario

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