‘Fargo’, más drama y un humor negro irregular en la 3ª temporada


Se conoce como serie de antología a aquella producción en la que cada episodio o temporada tiene una historia diferente con personajes diferentes. En los últimos tiempos son varios los ejemplos, desde American Horror StoryTrue Detective. Los atractivos de este formato son evidentes: historias autoconclusivas, tratamiento concentrado, personajes que se renuevan cada poco tiempo, tramas dinámicas, etc. Pero también tiene sus inconvenientes, y es el hecho de que no todas las historias tengan el mismo nivel dramático. Ha pasado en prácticamente todas estas producciones, y Fargo no es ajena. La ficción creada por Noah Hawley (serie Bones) e inspirada en la homónima película de los hermanos Coen (¡Ave, César!) alcanza su tercera temporada con diferencias sustanciales en su tratamiento, a pesar de querer mantener la misma estructura que en etapas anteriores.

Unas diferencias que, aunque puedan parecer sutiles y podo determinantes, la realidad es que han provocado que estos 10 nuevos capítulos no hayan causado la misma sensación que las dos temporadas previas, que por cierto sí tenían algo en común, aunque fuera de un modo muy indirecto. Dichas diferencias se hayan en el peso dramático de los personajes y, sobre todo, en la carga de humor negro de la historia, más dramática que las anteriores o, si se prefiere, menos irónica. A esto se añaden algunos personajes secundarios algo irregulares, introducidos casi por necesidad más que por una auténtica construcción del relato. Eso por no hablar de ese personaje con toques divinos que se cuela en mitad de la historia en varias ocasiones.

Pero volviendo al tratamiento de la historia, esta tercera temporada de Fargo carga mucho las tintas sobre la relación de los hermanos gemelos interpretados por un espléndido Ewan McGregor (La Bella y la Bestia). Tanto que se olvida de definir algo mejor no solo a los secundarios, sino al otro personaje principal de este tipo de historias: el o la policía encargada del crimen que centra la trama, en esta ocasión interpretada por Carrie Coon (serie The Leftovers). Mientras que los roles de McGregor cargan sobre sus hombros el peso dramático y cómico del argumento, el de Coon se limita a potenciar la inocencia y, hasta cierto punto ingenuidad, característica de estos personajes, obviando el necesario toque cómico que siempre han tenido.

Y al perder esa ironía esta pata de la estructura dramática queda coja. En efecto, la investigación policial se vuelve un tanto anodina, sin interés más allá de que se resuelva cuanto antes para poder ver qué ocurre con los culpables y con los secundarios involucrados en el crimen. Dicho de otro modo, este tipo de personaje, que en temporadas anteriores había tenido un papel protagonista, queda aquí relegado a un secundario importante cuya historia, dicho sea de paso, carece del interés necesario para soportar el peso de su historia. Esto provoca un desequilibrio dramático que se aprecia en el ritmo y el interés de las secuencias, y que termina por generar una irregularidad que puede hacer muy cuesta arriba el seguimiento del argumento.

Secundarios, siempre los secundarios

El personaje de Coon, al poder compararse con temporadas anteriores, puede que sea el caso más evidente, pero no es ni mucho menos el único. De hecho, la trama está cargada de secundarios que entran y salen de la trama sin aportar gran cosa al conjunto, salvo tal vez acentuar más si cabe el carácter surrealista y absurdo de buena parte de una historia que, vista en su conjunto, tiene menos humor del que podría esperarse y más drama del que sin duda tuvieron las anteriores etapas (y eso que algunas fueron sumamente dramáticas).

Pero estas irregularidades no convierten esta tercera temporada de Fargo en una producción mediocre. De hecho, sigue estando muy por encima de la media que suele verse en la pequeña pantalla. Y ello es fundamentalmente gracias a unos personajes y unos actores que, salvo los casos ya comentados, son simplemente brillantes. Entre ellos destaca, como también es habitual en todas las temporadas de esta ficción, el villano, interpretado ahora por David Thewlis (Wonder Woman). Misterioso y desagradable como pocos, este personaje logra hacerse con el control de la trama casi al instante, tanto dramática como figuradamente. Su presencia en pantalla es, literalmente, tan cautivadora como repugnante, absorbiendo la atención del espectador de forma casi hipnótica. Es sin duda el gran atractivo de esta etapa, y con él dos roles secundarios cuyo valor es mejor que se compruebe por uno mismo.

De hecho, tiene tal relevancia en el desarrollo de la historia que, a diferencia de temporadas anteriores, el episodio final termina precisamente con cerrando el arco argumental de su particular trama, enfrentándole con el rol interpretado por Coon en un final, todo hay que decirlo, tan hermoso y simbólico como sencillo. El hecho de que ambos personajes terminen enfrentándose cara a cara, así como el final que tiene uno de los protagonistas interpretado por McGregor, viene a convertirse en el broche perfecto entre los dos extremos de esta ficción. Villano y policía se enfrentan cara a cara en un diálogo que aúna los diferentes elementos del irregular desarrollo de la trama, amén de cerrar la historia de una forma original y eficaz.

El mejor resumen de esta tercera temporada de Fargo podría ser que, aun sin alcanzar las cotas dramáticas e irónicas e sus predecesoras, es una ficción muy superior a lo que puede verse en la televisión. De nuevo con esos incomparables parajes nevados como telón de fondo, la historia, con sus numerosas irregularidades, ofrece de nuevo una enrevesada historia en la que asesinato, culpabilidad, crimen organizado y humor absurdo se combinan para mostrar un mundo tan surrealista como las situaciones que viven sus personajes. Es cierto que sobran secundarios, que hay secuencias innecesarias y que el peso dramático de los protagonistas es tan irregular que termina perjudicando el desarrollo dramático, pero con todo y con eso sigue arrancando una sonrisa sarcástica. Y lo más importante, sigue siendo Fargo.

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‘Fear the Walking Dead’ aclara sus ideas en la 3ª temporada


La evolución que ha tenido Fear the Walking Dead durante sus tres primeras temporadas ha sido, cuanto menos, irregular. Con un notable comienzo, el desarrollo dramático de la historia ha sido errático, en buena medida determinado por el gran número de personajes, sus excesivamente diferentes historias secundarias y la sensación de que el arco argumental todavía se estaba tratando de encontrar a sí mismo. Pues bien, buena parte de sus problemas parecen haberse solucionado en estos 16 episodios que componen la tercera entrega de esta ficción nacida bajo la sombra de The walking dead. Buena parte, pero no todos.

En cierto modo, esta nueva temporada de la serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) y el autor del cómic en el que se basa la serie original, Robert Kirkman, es una purga de todos aquellos elementos innecesarios en la historia, tanto dramáticos como narrativos. Y entre ellos, por supuesto, destacan los personajes. Para empezar, las tramas de los diferentes personajes se han unificado en un único elemento. Se acabó, por tanto, el ubicar a cada rol protagonista en un escenario diferente. Más allá de los beneficios económicos y de producción que eso conlleva, dramáticamente hablando permite a la serie centrar la atención no solo en un grupo de supervivientes muy concreto, sino que potencia el desarrollo de las relaciones entre personajes, de sus conflictos y el modo en que reaccionan juntos (o separados) ante la adversidad.

A esto se suma la eliminación de muchos roles que, siendo sinceros, se habían vuelto anodinos o eran, casi desde el principio, totalmente innecesarios. El ejemplo más evidente es el de Cliff Curtis (Resucitado), cuyo papel desde el comienzo de Fear the Walking Dead ha estado marcado por una alarmante indefinición ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor. Y aunque se le ha intentado integrar, lo cierto es que su personalidad no tenía cabida en una serie de este tipo, al menos no como el presunto líder que debería ser. De ahí su desaparición. Otra cuestión es el modo en que desaparece, bastante criticable por lo ridículo que resulta. A él se añaden otros, tanto principales que habían participado desde el principio como secundarios incorporados en esta tercera temporada. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo la serie está empezando a adquirir la estructura dramática de su modelo a seguir, con villanos humanos diferentes en cada temporada y concentrando la atención en un pequeño grupo de personajes.

Porque sí, la serie tiene muchos secundarios, pero al igual que en la serie original, el peso de la trama recae en unos pocos, que además se han reducido ostensiblemente en esta etapa, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la historia como en el escenario en el que se desarrolla la trama. El hecho de que todo se haya concentrado en apenas cinco personajes ha permitido, además, desarrollar más en profundidad la personalidad de los mismos, ahondando en sus miedos, en sus capacidades y, sobre todo, en su pasado. Esto ha permitido algunos momentos sumamente interesantes, como el regreso a las drogas del rol de Frank Dillane (En el corazón del mar), una situación tan dramática como surrealista si se tiene en cuenta el mundo apocalíptico en el que ocurre todo. En definitiva, esta tercera temporada se ha librado de lastres para concentrar el foco en los aspectos más interesantes, potenciándolos a su vez al tener más tiempo para poder realizar un mejor tratamiento.

Problemas zombis

Con todo, esta etapa de Fear the Walking Dead sigue arrastrando numerosos problemas de las anteriores temporadas, como si de los muertos vivientes a los hace referencia el título se tratara. Para empezar, una cierta indefinición en su trama. Mientras que su serie matriz muestra un claro objetivo del grupo protagonista, en esta ficción apocalíptica los protagonistas se dispersan tanto física como psicológicamente, sin un sendero claro ni, aparentemente, un objetivo a alcanzar, salvo tal vez el de sobrevivir, que no es poco en este tipo de ficciones. No es poco, pero no es suficiente, sobre todo porque la serie provoca una y otra vez la sensación de estar ante algo inacabado, como si se hubiera iniciado la trama sin tener claro hacia donde dirigirla. Y eso termina afectando, en cierto modo, a los personajes.

Y es que, aunque el hecho de centrar la trama en un puñado de roles ha beneficiado al desarrollo dramático de la historia, esta todavía sigue presentando irregularidades en su tratamiento debido, precisamente, a esa aparente falta de objetivo. Los personajes no parecen dispuestos a luchar por nada salvo ellos mismos, por sobrevivir un día más en lugar de intentar establecer una zona de seguridad. Sí, hay intentos, pero dado que ninguno de ellos termina por tener éxito, el balance final es el de arcos argumentales marcados por la llegada a un lugar y su posterior destrucción. Y ello sin contar con villanos realmente relevantes, lo que hace aún más complicado aceptar algunas de las premisas que se han planteado, por ejemplo, en esta tercera temporada.

Estos nuevos 16 episodios tampoco logran librarse de la definición de algunos de los supervivientes. A pesar de la evidente evolución que han sufrido los protagonistas, algunos de ellos todavía mantienen ciertas reminiscencias de una personalidad anodina, a medio camino entre la inocencia, la pasividad o la incomprensión de lo que ocurre. Y esto, aunque en determinados momentos puede ser provechoso para acentuar el contraste entre los roles, en muchos otros se convierte en un lastre para que la acción avance, al menos de forma progresiva. En este sentido, y unido a esa idea de supervivencia día a día que antes mencionaba, la serie parece moverse en círculos constantes con los que los personajes, por fortuna, están evolucionando, pero que les sume en una espiral que les lleva a vivir similares situaciones una y otra vez.

Solo cabe esperar que Fear the Walking Dead pueda librarse de esta estructura circular para seguir avanzando hacia un futuro que, con la eliminación de personajes y el final de esta tercera temporada, promete ser sumamente interesante. Porque el gancho final de temporada de esta entrega es, posiblemente, de los mejores que ha tenido la serie desde sus inicios, situando a los personajes en un escenario complejo, marcado por la muerte y la destrucción. En cierto modo, estos 16 capítulos marcan un cambio de tendencia; no radical, pero sí lo suficiente como para que se aprecie algo diferente. Los problemas siguen ahí, pero se suavizan. Si se logran eliminar, o al menos sí cambiar progresivamente, la serie podría deparar un mundo apocalíptico apasionante.

‘Tyrant’ se deja llevar en una última temporada de final ambiguo


Cómo se convierte un líder en un tirano? ¿Y cómo una serie con un planteamiento puede derivar en un producto sin un objetivo claro? Los motivos son muchos, y la tercera temporada de Tyrant es un ejemplo idóneo de cómo una ficción puede terminar siendo algo ficticio, valga la redundancia. Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una especie de thriller familiar que gira en torno al poder, la traición y la violencia termina siendo… pues lo mismo, pero transformando a sus personajes de tal modo que se vuelven irreconocibles, dejándose llevar por una narrativa incontrolada para terminar en un final ambiguo y abierto como pocos. Y todo ello en 10 episodios.

Y es que la serie creada por Howard Gordon (serie Homeland), Gideon Raff (serie Prisoners of war, en la que se basa Homeland) y Craig Wright (serie Sexy money) ha evolucionado de forma irregular e intermitente. Con una trama principal realmente sólida e interesante, los primeros compases sentaron las bases de un drama y thriller político, social y familiar en Oriente Medio, planteando todos los actores posibles, desde los intereses de un país como Estados Unidos hasta los deseos de la sociedad de una libertad que no les otorga una dictadura militar. Todo eso se sigue manteniendo en esta última etapa, y puede que ese sea el gran problema. La ficción, aunque ha sufrido una evidente evolución, no ha cambiado en esencia su dinámica. Da la sensación de que ha sustituido unos personajes por otros, introduciendo por el camino elementos anexos para regular tramas secundarias como el ‘love interest’ o las historias de familiares y amigos.

Esto genera una doble y extraña sensación. Por un lado, la historia de Tyrant evoluciona en una especie de espiral que solo evoluciona hacia más violencia, pero que siempre vuelve a la situación inicial recrudecida por la sangre y la muerte. Y por otro, los personajes principales dan un giro radical a sus personalidades de un modo tosco, algunas veces motivado por un suceso extremo, otras simplemente por la necesidad de la trama, cuando debería de ser al revés o, al menos, una sincronía entre personajes e historia. El mejor ejemplo es el protagonista interpretado por Adam Rayner (Tracers). Cuesta creer que un hombre que ha liderado una revolución y una rebelión contra su hermano asuma el mando de un país de forma temporal, sea incapaz de enfrentarse a sus consejeros y termine haciendo aquello que más odia solo porque está obligado.

A ello se añaden algunos elementos propios de una telenovela destinada a durar cientos de episodios. Hijos secretos, amores pasados que regresan para volver a irse, intrigas familiares, etc. Todo ello envuelve una historia que, por si sola, tiene el suficiente peso dramático como para poder ser desarrollada de forma íntegra, sobre todo en esta tercera temporada, donde el apartado político y social adquiere un mayor protagonismo. Con todo lo que supone una convocatoria electoral, la amenaza del terrorismo, las protestas ciudadanas, los presos políticos y el resto de elementos parece poco necesario centrar la atención en elementos superfluos que solo hacen enrevesar dramáticamente la historia pero que aportan más bien poco a su desarrollo real. Todo ello invita a pensar que esta última temporada, en realidad, iba a tener una continuación. Si no, la serie tendría uno de los finales menos acabados que se recuerdan.Falsas elecciones

Con todo, esta tercera y última temporada de Tyrant ofrece una visión muy interesante sobre cómo el poder corrompe, sobre cómo la venganza consume al ser humano y sobre el modo en que podemos llegar a aprovechar una situación para tratar de salir indemnes de nuestros delitos anteriores. Y todo ello con la sencilla premisa de celebrar unas elecciones democráticas en un país dominado por una dictadura. Esta decisión, más allá del modo en que luego se desarrolla en pantalla, es el desencadenante de toda una serie de consecuencias que componen un interesante mosaico de ideas que, en conjunto, dibujan un desolador panorama acerca de la libertad en un país tradicionalmente controlado con tiranía.

Unas elecciones, falsas al fin y al cabo como se desprende del final de la serie, que a pesar de querer ser democráticas sirven, en definitiva, para los intereses personales de cada personaje que, en mayor o menor medida, participa en ellas. Desde la mujer del dictador que las usa a modo de redención, hasta el amigo crítico del dictador que las utiliza para desmarcarse de esa amistad, todos los personajes encuentran en esta promesa una vía para desarrollar sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Poco parece importar, por tanto, el interés del pueblo, y es este uno de los aspectos más interesantes de esta etapa final. Porque, en efecto, la batalla entre dictadura y democracia se traduce en realidad en un conflicto entre personalismos y sociedad en el que siempre pierden aquellos que defienden lo segundo. Y aquí no tienen cabida ni el amor ni la amistad.

El problema, como he dicho antes, no radica tanto en la trama principal, bien planteada y con hitos dramáticos interesantes. No, el problema está en el desarrollo de dicha trama, en el modo en que se plantean las líneas argumentales secundarias (muchas a modo de telenovela que concuerda poco con el espíritu que pretende tener la serie) y, sobre todo, en algunos puntos de giro obligados para poder mantener un formato poco natural o, por lo menos, en el que los personajes no solo no parecen encajar, sino en el que se les obliga a cambiar su personalidad y su definición según conviene. A priori, estos cambios podrían considerarse una suerte de debate moral (y hasta cierto punto lo es), pero el modo en que se realiza, toscamente y sin asentar previamente las bases de esas dudas éticas, es lo que termina por no encajar correctamente.

Que no exista ese trabajo previo es fruto, precisamente, de que Tyrant introduce líneas secundarias innecesarias que quitan tiempo y protagonismo a lo realmente interesante. Esta tercer y última temporada confirma que en esta serie han existido dos interpretaciones muy diferentes, aquella que pretendía ser un thriller sobrio sobre la dictadura, el poder, el terrorismo y la lucha por la libertad, y otra que pretendía otorgar más dramatismo, más giros argumentales enfocados a enrevesado la parte personal de los personajes. Por desgracia, no es capaz de encontrar el equilibrio, y el final de la serie lo confirma, dejando inacabado el desarrollo de la historia, sin explicar el futuro de los protagonistas y sin cesar ninguna de las principales tramas que se dan cita en esta tercera etapa. Al final, lo que pretendía ser un relato sobre un país de Oriente Medio dominado por la tiranía y el modo en que la libertad se abre camino se queda, precisamente, a medio camino.

3ª T. de ‘The Leftovers’, o cómo concluir sin dar demasiados detalles


Hay producciones que parecen prefabricadas por un programa informático. Otras tratan de aprovechar el tirón de algún otro producto de éxito. Y otras sencillamente son tan extrañas que en ocasiones hay que hacer un notable esfuerzo para comprender lo que se está contando. The Leftovers ha pertenecido a esta última categoría. La serie basada en la novela de Tom Perrotta y adaptada a la pequeña pantalla por Damon Lindelof (serie Perdidos) es una de esas producciones que, por su temática y su tratamiento, pueden generar casi tanta locura como la que se narra en su argumento. Su tercera y última temporada, sin embargo, ha optado por una narración algo más lineal, más coherente, tratando de dar un broche final adecuado a lo visto en estos casi 30 episodios.

Personalmente creo que lo consigue. En apenas 8 episodios esta etapa final da rienda suelta a algunos de los aspectos más importantes de la trama, entre ellos el religioso, el fanático y, sobre todo, las desapariciones de esos millones de personas que han sido el impulso dramático de la serie durante toda su duración. Y para poder explicarlo Lindelof y Perrotta optan por un tratamiento más clásico, con un desarrollo más lineal, sin demasiados saltos temporales ni apariciones y desapariciones de personajes en la escena. La historia, por resumir, se centra por completo en los personajes de Justin Theroux (La chica del tren) y Carrie Coon (Perdida), y lo hace no solo para encontrar una justificación a su trama, sino porque sobre sus hombros carga el verdadero significado y la moraleja de toda esta compleja historia.

En realidad, ambos personajes vienen a representar los dos grandes aspectos dramáticos de The Leftovers a lo largo de estas tres temporadas. Por un lado, la angustia existencial que generan las preguntas “¿por qué yo?” y “¿a dónde fueron?” los desaparecidos. Y al menos una de ellas sí encuentra respuesta, de ahí que el final de esta serie genere una satisfacción incompleta. En efecto, esta tercera temporada desvela qué ha ocurrido con aquellos que desaparecieron hace tantos años. A través de un final brillante que intercala imágenes y relato oral, el último episodio se convierte en una especie de epílogo, en la clásica conclusión que cierra la historia de los personajes años después, cuando todo lo relevante ha ocurrido sin necesidad de mostrarse en pantalla. Ese paso del tiempo, unido a la intensidad dramática habitual en la serie y al carácter del otro pilar argumental de la serie, genera un caldo de cultivo perfecto para aclarar buena parte de las ideas planteadas hasta ese momento en apenas unos minutos de metraje, evitando de este modo posibles complicaciones futuras con nuevas tramas en hipotéticas nuevas temporadas.

Y esto es algo relevante. Uno de los principales problemas que ha tenido la serie, y del que tampoco termina de librarse en su tercera entrega de episodios, es la falta de peso dramático de secundarios que, a priori, deberían de tener algo más de interés. Los hijos del personaje de Theroux son un buen ejemplo. Sus historias, aunque con conexiones con la trama principal, han sido demasiado independientes, lo que ha llevado en ocasiones a abandonar sus historias durante varios episodios para centrar el desarrollo en los protagonistas o en otros secundarios. La tercera temporada, en este sentido, directamente opta por dejar su presencia en este universo a una mera referencia residual, lo cual por otro lado aporta un mayor interés y dinamismo al conjunto. Y como ellos, varios secundarios más que no han terminado de cuajar en el extraño puzzle que es esta serie, aportando si cabe más complejidad y originalidad al conjunto pero complicando la comprensión de esta elaborada historia con un final relativamente simple.

El nuevo mesías

El otro gran elemento dramático es la religión. O mejor dicho, el fanatismo en todas sus formas. Y si bien este aspecto toma como epicentro el rol de Theroux, en realidad es algo muy presente en prácticamente todos los personajes que le rodean. Aunque ha sido el argumento de fondo para prácticamente toda la serie, con la secta o el personaje de Christopher Eccleston (Amelia) como recordatorios constantes, lo cierto es que en esta última temporada de The Leftovers adquiere ya una dimensión casi bíblica, toda vez que el protagonista se convierte, o más bien le convierten, en una especie de mesías capaz de resucitar y de guiar los pasos de la sociedad después del incidente.

Bajo este prisma pivota todo el desarrollo dramático de la serie, integrando en él a la perfección el otro gran pilar narrativo casi como un complemento necesario para aportar globalidad de conjunto. El final, sin ir más lejos, es el colofón a esta unión de contenidos, tanto por el hecho de que los dos personajes representan esas bases dramáticas como porque tiene como telón de fondo, al menos durante un tiempo, una boda, lo cual no es algo casual. Como toda buena conclusión, los aspectos que se habían ido planteando a lo largo de la trama tanto en el aspecto religioso como en el existencial tienen su resolución en esta temporada, algunos mejor tratados que otros, pero cerrando un ciclo de forma sólida y compacta.

Cosa muy distinta es que se queden algunas preguntas sin respuesta que, en el fondo, no impiden la comprensión de lo ocurrido. La principal sin duda es el motivo de las desapariciones. En efecto, se da respuesta a prácticamente todo menos al ‘por qué’, a ese motor dramático de la historia. Y aunque parezca contradictorio, esto en realidad tampoco es un obstáculo para entender, interpretar o disfrutar de la serie, al contrario, aporta más misterio y envuelve el modélico final en un halo de misterio que genera más interés si cabe en ese diálogo final entre los dos protagonistas. Con todo, este tratamiento dividido en dos partes también provoca cierta incongruencia dramática al introducir personajes secundarios algo innecesarios, y centrar en exceso la atención en ellos, en su pasado y en sus motivaciones. Da la sensación de haber querido contar una historia nueva con los mismos protagonistas pero otros secundarios que, al mismo tiempo, pudiera continuar la trama previa. Una combinación peligrosa que sale bien, pero que deja algunos momentos algo innecesarios.

Sea como fuere, la realidad es que The Leftovers finaliza como debería terminar cualquier serie. Su tercera y última temporada es el broche perfecto a un tratamiento atípico de la trama, a una narrativa quebrada en casi todos sus episodios, capaz de poner el foco en uno u otro personaje sin miedo a perder la coherencia o la atención del espectador. Si bien estos últimos 8 capítulos presentan un formato más tradicional (entendido esto dentro de lo que ha sido esta serie, claro está), lo cierto es que deja espacio siempre para jugar con la inteligencia y la perspicacia del espectador. Casi olvidándose de secundarios innecesarios, sus responsables optan por centrarse en los protagonistas para dar salida a una compleja trama, y lo consiguen con creces, conformando una serie tan misteriosa como interesante, tan dramática como compleja. Un producto dramático atípico muy a tener en cuenta.

‘Empire’ le canta al drama en su tercera temporada


El fenómeno de las series con la música como elemento definitorio es digno de estudio. Sobre todo porque ninguna de ellas parece ser capaz de mantener el equilibrio entre canciones y drama (o comedia, según sea el caso). O mejor dicho, entre el concepto que las define y la trama que las nutre. Todas ellas parecen abocadas, en mayor o menor medida, a terminar eligiendo por una u otra, perdiendo al final la esencia con la que nacieron. En el caso de Empire, esa inclinación por uno u otro factor se ha notado más que nunca en los 18 capítulos de la tercera temporada, y a pesar de los intentos por encontrar el equilibrio, la música parece ser la perdedora en esa pugna.

No quiero decir con esto que la ficción creada por Lee Daniels, director de El mayordomo (2013), y Danny Strong (guionista del mismo film) haya dejado de mostrar algunas de las mejores canciones de este género para la pequeña pantalla. Al contrario, la producción de nuevos temas para ser interpretados por los protagonistas ha aumentado. El problema es que mientras que en la segunda temporada se ha dedicado tiempo y esfuerzo a temas completos, en esta ocasión ese espacio ha quedado reducido a la mínima expresión, señalando simplemente la creación de discos, la grabación de los mismos, etc. Esto se ha traducido consecuentemente en una mayor presencia del drama familiar, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Entre los aspectos más positivos, sin lugar a dudas, la lucha por el control de esta mega productora musical y el componente familiar de esas intrigas, todo al más puro estilo telenovelesco que logra desprenderse de un cierto aire rancio gracias a los extraordinarios personajes que habitan este universo, destacando una vez más a Terrence Howard (serie Wayward Pines) y Taraji P. Henson (Figuras ocultas).

Dicha guerra por el poder deja algunos de los mejores momentos de la temporada, de eso no cabe duda, pero también aporta una nueva visión sumamente interesante con respecto a la trama, y es la amenaza externa a esta especie de familia mafiosa. Mientras que en episodios anteriores el arco dramático se ha centrado en los tejemanejes de hijos y padres para robar una compañía de miles de millones y un poder sin igual, en esta ocasión se introducen elementos ajenos que se convierten en una amenaza real para la extraña estabilidad que existe entre los protagonistas. De este modo, el apartado dramático de Empire gana peso específico en la trama, situando a los protagonistas ante nuevos retos que, por suerte o por desgracia y como ya he mencionado, también restan protagonismo a la música.

Cabe señalar que esta inclinación por el desarrollo dramático ha permitido también hacer avanzar algunos conflictos que parecían encallados, dando lugar a un final tan prometedor como peligroso, pues el recurso escogido para dotar a la serie de algo fresco y novedoso en la próxima temporada no solo es algo muy manido, sino que un mal tratamiento puede dar al traste con lo conseguido hasta ahora. Volviendo a la apuesta por la trama, también hay que destacar la solución algo tosca de varios conflictos heredados de la anterior temporada, el más importante el que tiene que ver con la muerte de un personaje relativamente importante hasta ese momento, lo que por otro lado ha dado lugar a la introducción de nuevos secundarios que pueden aportar mucho a la trama. Da la sensación de que la serie ha tratado de avanzar por un camino en el que no se ha tenido en cuenta, al menos no demasiado, la influencia de determinados conflictos y el modo en que estos se resuelven, como si de una huída hacia adelante se tratara.

No somos nada sin la música

Del mismo modo, la lucha de esta familia de músicos contra las amenazas exteriores se resuelve, al menos en uno de sus pilares narrativos, de una forma cuanto menos algo increíble. Si bien es cierto que el personaje de Lucious Lyon es capaz de cualquier cosa, el giro argumental final a su comportamiento durante buena parte de esta tercera temporada invita a pensar más en una necesidad dramática (sobre todo con lo que ocurre en el último episodio) que en una calculada estrategia empresarial y, en cierto modo, romántica, lo que en último término convierte a dicho giro argumental en algo un tanto irreal, complejo tanto por todo lo que se ha producido previamente como por el alto número de roles y acontecimientos que involucra. Eso sí, como detonante dramático funciona a la perfección, dejando una conclusión de temporada impactante y con un alto número de ramificaciones secundarias con un importante potencial de desarrollo.

Pero como decía al comienzo, una de las principales víctimas de esta apuesta por el drama es la música. Música que no solo queda en un segundo plano, a modo de contexto social y familiar para esas luchas intestinas entre los protagonistas, sino que se relega a algo casi anecdótico en muchos de los episodios de esta temporada de Empire. Si bien es cierto que no es un problema, pues al fin y al cabo la música sigue estando muy presente, sí resulta sintomático y es una posible brújula que señala el camino a seguir por esta ficción en un futuro cercano. Quizá la mejor prueba es que en la anterior temporada se lograron algunas de las más espectaculares colaboraciones entre músicos y actores, y entre los propios actores, de toda la serie, y posiblemente del panorama actual del género en la pequeña pantalla. Ahora, sin embargo, las interpretaciones completas se limitan a un puñado en momentos puntuales que, en algunos casos, son además telón de fondo para un conflicto mucho mayor, algo que por cierto debería haber sido una constante.

Sé que puede dar la sensación de que se ha producido un cambio radical en la serie, pero nada más lejos de la realidad. Viendo con perspectiva esta temporada la sensación que queda es, más bien, la de la gestación de un cambio dramático, la de una evolución hacia un formato que podrá gustar más o menos al público, y que será mejor o peor en función del grado de abandono de los valores con los que nació este drama. En realidad, a lo largo de estos 18 episodios el cambio se aprecia poco a poco, en algunos capítulos más que en otros, pero tiene su máximo exponente en ese epílogo final en el que, de nuevo, está únicamente la familia, el núcleo duro de esta ficción, lo que también manda un mensaje muy claro al espectador si tenemos en cuenta lo acontecido anteriormente.

En cualquier caso, Empire parece que no va a volver a ser la misma serie que comenzó hace ya tres temporadas. El cambio, sutil en algunos momentos y más brusco en otros, ya ha comenzado, y en la mano de sus creadores está el que sea algo orgánico o algo brusco. Por lo pronto, esta producción musical parece haber decidido cantarle al drama al más puro estilo Empire, esto es, con el rap y el hip-hop como telón de fondo y la violencia como seña de identidad. La pregunta es si la música va a seguir perdiendo protagonismo, una decisión que personalmente creo que sería equivocada a tenor del resultado que ha tenido en otras producciones similares. La respuesta, a partir de finales de septiembre en Estados Unidos.

‘Mozart in the jungle’ equilibra protagonismos en su 3ª temporada


La serie Mozart in the jungle está siendo una de las producciones más transgresoras y más divertidas de la actual oferta televisiva. Y lo está logrando con una apuesta de lo más sencilla y, a la vez, difícil de lograr en una industria que tiende a ir sobre seguro. El secreto radica en la libertad para desarrollar una historia con personajes a cada cual más extravagante, con tramas cuya evolución no es del todo lineal, y con un trasfondo, el de la música, que lo impregna absolutamente todo. Lejos de lo que pueda parecer a primera vista, esta ficción creada por Roman Coppola (guionista de Moonrise Kingdom), Jason Schwartzman (Big Eyes), Paul Weitz (guionista de Un niño grande) y Alex Timbers es capaz de evolucionar, de aprender de sus errores y sus limitaciones para expandir su particular universo sonoro más allá del indiscutible protagonista al que da vida cada vez con más solvencia Gael García Bernal (Rosewater).

Y es precisamente en esta evolución en la que se centran los 10 episodios que componen la tercera temporada de esta serie basada en la novela de Blair Tindall, con una trama que pivota fundamentalmente sobre tres personajes que a lo largo de la trama han tenido su peso (relativo o no) en los acontecimientos. De este modo, mientras en la segunda temporada el argumento parecía más enfocado a los problemas internos y externos del “Maestro” interpretado por García Bernal, en este arco argumental se aprecia una transformación más clara del interés dramático de la ficción, lograda además tomando como punto de partida los acontecimientos finales de la etapa anterior. Esto, en otras palabras, se traduce en un cambio de protagonismo dentro de la serie, o al menos de peso específico dentro de la historia global.

Sin duda, esto se aprecia en los dos ambientes principales en los que se desarrolla el argumento de Mozart in the jungle en esta temporada. En primer lugar Italia, con Monica Bellucci (Spectre) como invitada principal en un papel que no solo concuerda a la perfección con el tono de la serie, sino que acentúa aún más la locura que rodea a estos personajes. En esta primera parte, más o menos la mitad de la etapa, es García Bernal el que centra la mayor parte de la atención, tanto por sus tribulaciones como por lo que representa el concierto que da en Venecia. Pero esta primera parte de la historia permite a sus creadores introducir de forma más consciente al personaje de Lola Kirke (Fallen), cuyo paso por la serie, a pesar de ser la protagonista, parecía haberse relegado casi a un secundario importante a la sombra de la fuerza del ‘Maestro’.

A través de esos primeros compases en Venecia los guionistas son capaces de desviar la atención de la hipnótica presencia de García Bernal para dotar de una mayor fuerza e independencia a la joven oboísta que interpreta Kirke, que toma las riendas de la historia para convertirse, en cierto modo, en la nueva ‘Maestra’ de la serie. Es evidente que su papel está llamado a ser fundamental en la trama, tanto por ser para el espectador el vehículo de presentación de este universo musical como por protagonizar línea argumental romántica de esta ficción. Con todo, parecía haber caído un poco en un olvido activo, siendo un personaje al que recurrir para presentar a otro que finalmente se ha llevado los laureles durante las pasadas temporadas. Todo eso cambia, o apunta al cambio, en la segunda mitad de estos 10 capítulos. Y por si a alguien le queda alguna duda, la joven empieza a mantener conversaciones con grandes compositores de la música clásica, rasgo asociado siempre al papel de García Bernal.

Secundarios imprescindibles

Evidentemente, este significativo cambio en la trama principal de Mozart in the jungle no implica, a priori, un cambio de status en la dinámica de los personajes. Es, más bien, un cambio en el enfoque del protagonismo dentro de la trama, devolviendo al personaje femenino un valor que parecía diluirse conforme el rol masculino adquiría fuerza. La duda que se plantea ahora es si realmente este equilibrio podrá mantenerse en el futuro, y el modo en que eso se llevará a cabo. Sea como fuere, esta evolución dramática no ha impedido que una de las señas de identidad de la serie se mantenga intacta: el plantel de imprescindibles secundarios, a cada cual más irónicamente surrealista. De hecho, uno de los mejores momentos de la serie lo protagonizan dos de estos roles, encerrados en una iglesia para negociar un conflicto laboral y terminando completamente borrachas. Sencillamente irrepetible.

Antes mencionaba un tercer pilar sobre el que se basa esta trama, y ese es precisamente el secundario al que da vida Malcolm McDowell (El marido de mi hermana), anterior ‘Maestro’ de la Orquesta que, por fortuna para todos, se ha reciclado en una suerte de consejero con entidad propia que no solo sirve de apoyo para la trama principal cuando es necesario, sino que protagoniza una propia trama secundaria capaz de aportar algo de profundidad al tratamiento de la serie, además de algunos de los momentos más cómicos de la temporada. Se puede decir, en este sentido, que es la definición perfecta de un secundario, sustento de los dos protagonistas, con historia propia y satélite de muchas de las tramas que centran los músicos, entre los que vuelven a destacar algunos personajes pero que cada vez se ve más como un ente único.

Que los secundarios son algo fundamental en la serie es algo que ha quedado patente desde la primera temporada. La fuerza que ha ganado esta ficción con el paso de los años, sin embargo, no se aprecia únicamente en estos personajes y en los actores escogidos para interpretarlos. Cabe destacar la colaboración de importantes personalidades de la música clásica, tanto intérpretes como compositores y directores, que se han dejado ver en los diferentes episodios de esta tercera etapa. Al igual que ha ocurrido con otras ficciones musicales, el respaldo de estos nombres a una producción como esta no hace sino elevar su categoría, amén de confirmar esta extraña comedia como una de las más frescas, dinámicas y diferentes de la parrilla televisiva.

Y desde luego, parece que fuerza no le falta a Mozart in the jungle para continuar narrando las desventuras de este grupo de músicos liderados por Gael García Bernal y Lola Kirke. Confirmada su cuarta temporada, solo cabe esperar que la libertad creativa en el plano narrativo (hay que reconocer que visualmente es algo más tradicional de lo que podría esperarse) se mantenga intacta, permitiendo a sus creadores explorar las vías ya abiertas en el final de esta tercera temporada. De ser así, de permitir a la serie crecer, equivocarse, rectificar y situar a sus protagonistas ante nuevos retos, seguiremos estando ante una de las comedias más recomendables de un tiempo a esta parte. ¡Qué la orquesta siga tocando!

‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

‘Sleepy Hollow’ afronta un futuro incierto en una 3ª T. de transición


Tom Mison y Nicole Beharie continúan su lucha en la tercera temporada de 'Sleepy Hollow'.Cuando una serie pierde su objetivo, cuando su desarrollo, aunque coherente, parece no seguir una dirección concreta, se nota. Y se nota en una película, en una serie de televisión y, en general, en cualquier narrativa. El caso de Sleepy Hollow es muy significativo. Después de dos temporadas que, aunque gusten más o menos, han tenido una coherencia dramática más que notable, su tercera etapa se ha entregado a una serie de pilares dramáticos cuanto menos cuestionables, introduciendo nuevos roles cuya función es más bien presencial y eliminando otros fundamentales para el buen funcionamiento de esta ficción creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman (The Amazing Spider-man 2: El poder de Electro), Roberto Orci (serie Fringe) y Len Wiseman (Underworld: El despertar).

Y todo ello con unos villanos creados para la ocasión que no solo no tienen nada que ver con lo narrado hasta ahora, sino que su participación en la trama se limita a los 18 episodios que componen este arco dramático. Esta amalgama de componentes, es cierto, permite a la serie generar algunos momentos interesantes, situando a los protagonistas ante retos y situaciones al menos tan fantásticos como los vividos en la segunda temporada, pero también provoca la sensación de estar ante un desarrollo quebrado, sin demasiado sentido más allá de derrotar al villano de turno. Es algo que ya se empezó a ver en los capítulos de la anterior etapa y que ahora se puede incluso palpar.

El mejor modo de apreciar estos problemas es analizar la presencia de los nuevos personajes secundarios. Más allá del núcleo duro de protagonistas de Sleepy Hollow, en esta tercera temporada han tomado relevancia una serie de roles que orbitan en torno a los héroes con mayor o menor fortuna, pero todos ellos simple y llanamente son meras excusas y recursos para generar giros argumentales, en algunos casos algo forzados. Que una lucha secreta contra criaturas y monstruos mitológicos comience a tener tantos implicados ya resulta algo extraño, pero si además resulta que personajes secundarios que apenas aparecen tienen conocimiento de ello el secretismo empieza a ser casi un espejismo. Me refiero, por supuesto, al rol interpretado por James McDaniel (Sacrifice), padre de las hermanas protagonistas cuyo pasado resulta estar íntimamente ligado a los fenómenos fantásticos que se suceden episodio tras episodio.

A todo esto se suma un cierto descontrol en criaturas y villanos. El irregular devenir de los protagonistas deja en evidencia la falta de un objetivo claro no solo en el futuro de la serie, sino en el de los propios héroes. Y eso, al final, lo que lleva es a una desconexión con la historia, que pierde interés a pasos agigantados. Ni las muertes relevantes ni el final de la temporada logran giros argumentales atractivos, sobre todo porque la propia ficción ya se encarga de anunciar sustitutos, lo cual, por cierto, suele salir mal cuando se ha intentado. Y es que el problema no es de carisma de sus protagonistas o de sus actores. No, el problema es mucho más profundo, conceptual si se prefiere, y está sujeto a las deficiencias arrastradas de temporadas previas que no se han solucionado o, al menos, no se han minimizado.

¿Y ahora qué?

Todo esto deja en una situación complicada a Sleepy Hollow. No solo ha descendido su calidad y el consecuente interés del público en la serie (ha registrado algunos de los datos más bajos de la temporada televisiva), sino que ha engrandecido algunos problemas de calado, lo que dificulta en gran medida el desarrollo normal de la trama. La solución habitual para este tipo de encrucijadas suele ser hacer borrón y cuenta nueva. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con Homeland en su tercera temporada, logrando un más que notable éxito. Pero el problema de esta serie era la deriva que habían tomado sus personajes. En el caso que nos ocupa es un problema argumental.

Habiendo perdido, como parece que ha perdido, el sentido final, esta ficción no puede mantener su carácter fantástico simplemente con recursos a elementos de la mitología o de las actuales religiones para ofrecer una nueva retahíla de criaturas a las que tienen que combatir los héroes. La serie todavía duda entre una estructura episódica al más puro estilo policíaco, o una trama estructurada por temporadas en la que cada acción tiene su consecuencia al final. La tercera temporada ha puesto de manifiesto, más que nunca, esa dualidad, y aunque su conclusión parece optar por la segunda opción, la sensación final que deja es la de una aventura de corte fantástico en la que cada caso corresponde a un episodio, sin que en muchas ocasiones tenga una influencia directa sobre el resto de la trama.

Cambiar personas, como de hecho se va a hacer en la próxima etapa, parece más una huída hacia adelante motivada por un desarrollo de los acontecimientos que no ha podido controlarse, o al menos preverse. Y puede salir bien. De hecho, puede ser la solución, pero siempre y cuando esté acompañada por una mejor definición de la trama, abandonando algunos vicios inherentes a su historia y recuperando, si es que es posible, la frescura de su primera temporada con historias nuevas con un calado y un trasfondo emocional lo suficientemente profundo para hacer que los personajes no se conviertan en unidimensionales, como ha ocurrido en estos episodios.

La tercera temporada de Sleepy Hollow, por tanto, puede verse desde varios puntos de vista diferentes. Por un lado, como una historia de transición, como un desarrollo algo desorientado pero necesario para reconducirlo el barco con nuevos personajes al frente. Por otro, como un descontrol del desarrollo argumental que ha obligado a redefinir algunos conceptos y a eliminar por el camino aquello que se consideraba un lastre. Y por otro, como una temporada que perfectamente podría haber puesto fin a la serie, aunque no habría hecho justicia con lo que se ofreció en los primeros episodios de la temporada inicial. Y hay muchas más interpretaciones, claro está, pero todas invitan a pensar que el futuro de la serie es incierto, pues incluso aunque se puedan solventar los problemas, recuperar la confianza de los espectadores es otro cantar.

‘Black Mirror’ se centra en la ciencia ficción de la tecnología en su 3ª T


Bryce Dallas Howard protagoniza uno de los episodios de la tercera temporada de 'Black Mirar'.Tras dos temporadas y un especial navideño, Black Mirror se ha consolidado como la crítica más ácida a la tecnología y la dependencia social de ella. Sin embargo, la serie de Charlie Brooker (serie Dead set) ha evolucionado en su tercera temporada hacia un carácter más fantástico, centrándose en la ciencia ficción más que en la crítica o en la denuncia social. Tal vez sea por el hecho de que son seis episodios en lugar de tres, o simplemente porque era el camino a seguir natural para una ficción de estas características. El caso es que estos capítulos, algunos de ellos de una factura impecable en todos sus aspectos, comparten más puntos en común que el trasfondo social y humano que ha caracterizado a la serie. Que esto sea algo positivo o negativo es decisión personal de cada uno.

Quizá la mayor evidencia de esto es que, salvo el episodio titulado ‘Cállate y baila’ (‘Shut up and dance’ en versión original), el componente tecnológico tiene un peso más que notable en la historia, en muchas ocasiones jugando con los aspectos futuristas o con una hipótesis sobre la evolución que tendrán campos como los videojuegos o los drones. ‘Caída en picado’ y ‘Playtesting’ son claros ejemplos. El primero, protagonizado por Bryce Dallas Howard (Jurassic World), representa una reflexión del mundo que puede crear la dependencia cada vez mayor de las redes sociales y del reconocimiento que, en teoría, dan al individuo dentro de un entorno globalizado. El segundo, con los videojuegos como contexto, alerta de los riesgos de un mundo del entretenimiento cada vez más personalizado e inclusivo.

En este sentido, es evidente que los episodios mantienen el componente social, pero lo hacen con una apuesta por el futurismo, por la ciencia ficción más que por los peligros de una sociedad dependiente de una tecnología que ya existe. Si bien es cierto que en temporadas anteriores ya existía ese equilibrio entre realidad y ficción, en estos seis episodios la balanza parece inclinarse más por la ficción, narrando historias en algunos casos sumamente fantásticas que, aunque con un trasfondo de crítica o denuncia, no dejan de ser modelos de entretenimiento sin demasiado contenido. Tal vez sea por eso que ‘La ciencia de matar’ es uno de los episodios más flojos no solo de la tercera temporada de Black Mirror, sino de toda la serie.

Ahora bien, esta apuesta deja también uno de los episodios más románticos y bellos de esta producción. ‘San Junipero’ se convierte en un canto al amor eterno e inmortal, a la libertad de poder encontrar a la persona idónea esté donde esté gracias a un terreno neutral en forma de mundo digital. De nuevo, la serie va un paso más allá y aborda un futuro de ciencia ficción que desarrolla, en cierto modo, una realidad ya existente pero mucho menos sofisticada. En este caso, sin embargo, la trama está planteada de forma tan sutil y entrelazada que termina por alternar drama romántico con un cierto suspense, amén de obligar al espectador a prestar atención al más mínimo detalle para tratar de comprender cómo y dónde se desarrolla la acción.

Realidad de las tramas

'San Junipero' es uno de los episodios más recordados de la tercera temporada de 'Black Mirar'.Nada de esto impide, sin embargo, que Black Mirror siga inquietando conciencias con su tercera temporada. A pesar de contener episodios sin excesiva trascendencia más allá de la trama en sí, en su conjunto se puede entender como un estudio del comportamiento humano en el más amplio espectro. Desde ese primer episodio con las redes sociales como indicador de las clases sociales (tener pocos ‘Me gusta’ te convierte en un paria), hasta el último en el que, simple y llanamente, se ha acabado con las abejas reales y se ha tenido que buscar una alternativa cibernética, todos los episodios, y en esto sí que no hay excepción, están planteados para obligar al espectador a reflexionar sobre su propia realidad.

Y eso se consigue gracias a unas tramas notablemente estructuradas, capaces de seguir una senda marcada mientras libran una batalla intelectual con el que está al otro lado de esa “espejo negro” al que hace referencia el título de la serie. Al existir argumentos independientes, cada episodio está narrado de forma propia, aunque todos mantienen en común la idea de que nada es lo que parece, de que la realidad es mucho más terrible de lo que en un principio pueda parecer. De este modo, verdad y mentira, realidad y ficción, se funden en un único mensaje dominado por esas nuevas tecnologías que parecen adueñarse poco a poco de la serie y que, por suerte o por desgracia, ya se han adueñado de nuestras vidas.

Incluso aunque algunos capítulos posean un argumento sin demasiado interés, es de justicia reconocer los puntos de giro tan interesantes que ofrecen todos ellos gracias, precisamente, a esa idea de que nada es lo que parece. Otra cosa muy diferente es que el contexto en el que se desarrollan esas historias y el modo en que se narran sea el adecuado. Personalmente creo que la narrativa es, como suele ser habitual en esta serie, ejemplar, pero ese contexto peca, en algunos casos, de una ingenuidad manifiesta, lastrando tanto las ideas que maneja como la dinámica visual. No ocurre en todos, es cierto, pero sí en los suficientes como para identificar un patrón, y es el hecho de que parece no haber ideas suficientes (o suficientemente trabajadas) como para completar una temporada de seis episodios.

Dicho de otro modo, la tercera temporada de Black Mirror posiblemente satisfaga a los seguidores, y desde luego mantiene la senda ideológica y narrativa de las anteriores etapas, pero en su conjunto puede que tenga algunos de los episodios más flojos de la serie. Ya sea por su extensión, por la complejidad de crear estas tramas o por su apuesta decidida por la ciencia ficción por encima de otros factores, lo cierto es que estas seis historias no logran despertar la admiración que sí despertaron las anteriores, posiblemente también porque el impacto poco a poco se va superando. En cualquier caso, con estos problemas que parecen empezar a surgir la serie sigue siendo una de las más frescas, dinámicas, transgresoras y provocativas de la televisión moderna, lo cual ya debería dar una idea de la calidad que atesora.

‘Silicon Valley’ combina tradición y novedad en su tercera temporada


Los protagonistas de 'Silicon Valley' afrontan nuevos retos en la tercera temporada.Después de tres temporadas, decenas de risas por episodio y una frescura que parece no terminar, se puede decir que Silicon Valley es el relevo perfecto de una fatigada The Big Bang Theory. Puede que muchos pongan el grito en el cielo, pero la serie creada por John Altschuler, Mike Judge y Dave Krinsky (responsables de la serie El rey de la colina) tiene todo lo necesario para convertirse en el nuevo referente de la comedia ‘friki’, salvo tal vez un éxito arrollador y masivo que la impulse hasta donde le corresponde estar. Pero no adelantemos acontecimientos y analicemos los últimos y desternillantes 10 episodios.

Con sus fallos, que los tiene, la serie ha sido capaz de consolidarse en su fórmula a través de la construcción de una historia con un claro objetivo. Desconozco si la producción tiene ya planteado su final y en qué temporada será o si, por el contrario, se extenderá el chicle hasta que se agote (como suele ocurrir, por cierto), pero la realidad es que, hasta ahora, ha sabido encontrar el equilibrio idóneo entre los pilares que definen la trama y la evolución necesaria de la misma. Así, en esta tercera etapa los personajes deben hacer frente a un nuevo conflicto dentro de su recién nacida empresa, pero al mismo tiempo se aborda el modo en que todos ellos evolucionan.

Y es aquí donde se hallan los mejores momentos de humor de la temporada. La inocencia y el carácter muchas veces pardillo del rol de Thomas Middleditch (Bronce) contrasta sobremanera en un mundo habitualmente dominado por tiburones, por personas capaces de cualquier cosa por lograr sus objetivos, y habitualmente con más experiencia en esa especie de gran pecera que es Silicon Valley. Este choque de realidades es el mejor ejemplo de cómo las inseguridades personales se trasladan a un contexto de ‘Yo contra el mundo’ que obliga a madurar al protagonista, quien al mismo tiempo sigue aferrado a una idea de hacer las cosas que le lleva a sufrir no pocas situaciones casi ridículas. Con todo, lo mejor es que al final siempre parece salirle bien.

A esto se suma, como no podía ser de otra manera en una sitcom de estas características, las dinámicas internas del grupo protagonista. Acentuándose la rivalidad entre los personajes de Martin Starr (Juerga hasta el fin) y Kumail Nanjiani (Loaded), que alcanza puntos realmente divertidos, destaca sobre todo lo que ocurre con el rol de T.J. Miller (Deadpool), cuyo arco dramático a lo largo de estos episodios es de los más completos, reubicándole dentro de la trama de una forma diferente pero manteniendo, como era de esperar, la esencia de su personalidad. Dicho de otro modo, y esto es algo que podría aplicarse a casi todos los protagonistas, los varapalos que sufren no les hacen ver las cosas de forma diferente. Al contrario, parece reafirmarles en sus posturas.

Secundarios

Ahora bien, Silicon Valley también ha demostrado en esta tercera temporada que tiende a acomodarse en la reiteración de algunas ideas. Se podría decir que es la parte más negativa de ese equilibrio entre la esencia de la serie y la evolución de los personajes. El problema, en realidad, se haya en algunos personajes secundarios que no terminan de encontrar su verdadero lugar dentro de la trama. El caso más evidente es el del rol al que da vida Matt Ross (serie Revolution), que se ha convertido en una suerte de reflejo deforme del protagonista, un vaticinio sobre lo que podría llegar a ser el papel de Middleditch si se deja seducir por el dinero.

La pérdida de relevancia dentro de la historia le ha llevado a convertirse en una parodia de la propia parodia que ya era, y con ello la trama pierde un antagonista interesante cuyo hueco no logran llenar ninguno de los demás roles secundarios creados a tal efecto. Es más, el efecto conseguido es irregular, reduciendo el interés no solo en las secuencias protagonizadas por este personaje, sino la calidad del desarrollo dramático, que se limita a utilizarle como contrapunto y vía de escape para el resto de la historia. Es de esperar que se recupere para futuras temporadas, pues representa la perfecta oposición entre la pasión por el trabajo y la pasión por el dinero a través de una lucha entre los David y Goliath del mundo de Internet.

Algo similar ocurre con el papel de Josh Brener (Los becarios), ‘Cabezón’ para los amigos, aunque en este caso el personaje ya había quedado relegado a la mínima expresión en la anterior temporada. Su desarrollo en estos episodios, aunque menor y a todas luces definido por las necesidades de otros personajes, resulta más interesante y divertido, sobre todo porque parece llevar el sentido opuesto al de Ross, es decir, en clara integración con el resto de la trama. Y eso, de confirmarse, sería una buena noticia en tanto en cuanto aporta un contrapunto irónico necesario al variopinto grupo protagonista, que alcanzaría un nuevo nivel de humor que la serie agradecería.

La sensación que deja la tercera temporada de Silicon Valley es doble. Por un lado consolida los pilares que han convertido la serie en lo que es, apostando por los protagonistas y las dinámicas entre estos personajes principales. Por otro, desarrolla algunas líneas argumentales secundarias para volver a distribuir el peso narrativo en algunos roles secundarios que, dicho sea de paso, necesitan más presencia en la historia. Esa sensación de evolución de la ficción es lo que hace que sea tan fresca, tan dinámica y tan divertida, y es lo que la convierte en una de las mejores comedias de la televisión.

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