‘Alien: Covenant’: el infierno original en un paraíso moderno


No hay nada como volver al principio para recuperar la esencia de algo. Al menos en parte. Por supuesto, eso no es garantía de nada, pero siempre es un buen comienzo para enderezar un barco que zozobra. La saga ‘Alien’ ha ido, indefectiblemente, de más a menos, y aunque soy partidario de defender lo que representa Prometheus (2012) en este universo, es indudable que no está a la altura de lo que el propio Ridley Scott logró en 1979. La nueva entrega, a medio camino entre el clásico y la modernidad, tiene las virtudes del primero y los vicios de la segunda, y es en esta combinación de ADNs donde el director logra crear un híbrido más que interesante.

Porque a pesar de los defectos de Alien: Covenant, sus aspectos positivos convierten a este film en una obra inquietante, eficaz en su relato y con un pulso narrativo firme y directo. Bueno, tal vez directo no sea el mejor apelativo a tenor de todo el trasfondo que posee, pero desde luego Scott vuelve a demostrar que es capaz de generar tensión dramática prácticamente con una pared. En este sentido, el film aprovecha un desarrollo dramático prácticamente calcado al original para explorar nuevas formas de terror, nuevas vías de crear estos monstruos que continúan evolucionando, esta vez de forma más coherente que en entregas anteriores y con una explicación tan eficaz como perturbadora.

De hecho, el film posee varias lecturas, algunas más interesantes que otras. Desde la mera y simple acción espacial hasta el trasfondo sociológico, filosófico e incluso religioso, la cinta explora en mayor o menor medida los diferentes aspectos que componen la complejidad del espíritu humano. Y esto es, a su vez, lo que juega en su contra. La cinta tarda en arrancar en lo que a trama se refiere, sus reflexiones rompen en muchos momentos el ritmo narrativo de la historia y, es cierto, aprovecha en demasía la estética y la estructura del primer film, hasta el punto de introducir personajes similares, entornos conocidos y, lo peor de todo, una previsibilidad en las decisiones de sus personajes y en las apuestas dramáticas que restan fuerza al film.

En realidad, Alien: Covenant es un puente casi perfecto entre lo que representó Prometheus y lo que ha sido la saga original. Aterradora, inquietante, dramática por momentos y espléndidamente rodada, la nueva película de Scott demuestra que la serie de terror espacial puede ofrecer todavía muchos y enriquecedores matices a este universo. Sí, es cierto que los aliens ahora se crean por otros medios, que se cambia una reunión en torno a una mesa por una camilla y que su desarrollo se desinfla un poco al final ante lo previsible del argumento. Sin embargo, todo eso no impide que sea una obra notable capaz de perturbar con el uso que el director hace de las sombras y de las posibilidades del guión. Y ojo a la labor de Michael Fassbender (La luz entre los océanos), auténtico héroe, villano y todo lo que se quiera decir de él. El resto del reparto, por suerte o por desgracia, no están a su altura. Más o menos como ocurre con su personaje y el resto de la tripulación.

Nota: 7,5/10

‘La cura del bienestar’: un malsano soplo de aire fresco


Existía un notable interés por ver lo que era capaz de hacer Gore Verbinski (Rango) en su regreso tras las cámaras después de las duras críticas recibidas con su último film. Alejado de grandes superproducciones y efectos millonarios, el director ha optado por un thriller de pura serie B, con doctores locos, curas milagrosas y conspiraciones centenarias. Una historia compleja visual y narrativamente hablando, una tela de araña delicadamente elaborada que obliga al espectador no solo a seguir atentamente la trama, sino a cuestionarse casi cada fotograma que ve en pantalla.

En este sentido, La cura del bienestar es un soplo de aire fresco, utilizando para ello una atmósfera malsana y decadente. La puesta en escena del director, perturbadora como pocas, pone a prueba la sensibilidad de cualquiera, optando por exponer ante los ojos del espectador las secuencias más duras sin cortes ni recursos de ningún tipo. Pero a la crudeza de algunas de las imágenes se suma un arco argumental sólido en líneas generales que plantea interrogantes de forma progresiva para evitar caer en el tedio, logrando un incremento de la intriga cuya resolución, sin embargo, no es la más adecuada.

Y es que ese es el gran problema del film. Bueno, de este y de muchos similares. El argumento se enreda de tal modo que su resolución resulta un tanto tosca, bruta si se prefiere, sobre todo si se compara con la sutileza de muchos de sus momentos a lo largo de las dos horas y media que dura. Metraje, por cierto, excesivo, con demasiados epílogos y conclusiones que, aunque es cierto que dan sentido a muchas de las tramas secundarias abiertas, alargan demasiado una historia que se podría haber resuelto en hora y media, sobre todo porque (y esto posiblemente sea otro fallo del guión) el espectador intuye quién es quién en esta historia desde los primeros minutos, por lo que alargar la intriga, al final, rompe con la buena marcha que había tenido el film.

Su resolución, aunque alargada, no impide disfrutar de La cura del bienestar, sobre todo porque deja en el espectador la necesidad de reflexionar sobre todo lo ocurrido, de unir todas las piezas del puzzle planteadas a lo largo de la trama. Una obra exigente psicológica y visualmente que atrapa al espectador en esos malsanos entornos de los hospitales antiguos tan dados a experimentos, que en este caso removerán algún que otro estómago. Y aunque pueda gustar más o menos, el hecho de que obligue a una reflexión posterior ya es de por sí un logro en los tiempos que corren.

Nota: 6,5/10

‘Múltiple’: el poder de la mente


Anya Taylor-Joy y James McAvoy son los principales protagonistas de 'Múltiple'.Somos lo que pensamos que somos. Así, con una frase tan sencilla como profunda, se podría definir el nuevo film de M. Night Shyamalan (El protegido), una propuesta tan original como aparentemente simple que esconde, como su protagonista, numerosas interpretaciones, algunas más interesantes que otras. De lo que no cabe duda es de que su máximo responsable ha abandonado fórmulas efectistas para centrarse en un mensaje más elaborado, más reflexivo.

En este sentido, Múltiple se puede entender como un sencillo thriller de supervivencia, pero sería simplificar en exceso los niveles interpretativos que ofrece la trama. Su desarrollo dramático, planteado con inteligencia, peca en algunas ocasiones de un ritmo algo lento, pero eso le permite evolucionar hacia terrenos nuevos casi a cada momento. Del secuestro de las jóvenes al tratamiento de la personalidad múltiple; de aquí al poder de la mente sobre el cuerpo; y de aquí a un final sin grandes giros argumentales pero indudablemente atractivo con los abusos como telón de fondo.

Y en medio de todo ello, el gran pilar de esta historia. James McAvoy (Expiación) da rienda suelta a todo su potencial poniéndose en la piel de casi una decena de personajes con sus manías y costumbres, con sus personalidades y sus problemas, con sus edades y sus diferentes sexualidades. El actor logra no una, sino múltiples interpretaciones brillantes, acaparando toda la atención de un modo casi mágico. Evidentemente, su cuerpo no cambia, por lo que resulta incluso más interesante comprobar cómo es capaz de mimetizarse con los diferentes personajes sencillamente con su rostro.

Posiblemente el mayor problema de Múltiple es que no tiene giros argumentales de especial relevancia. Más allá de sorpresas de última hora (más que sorpresa, lo que hay es un guiño a otro film del propio director), lo cierto es que la historia se desarrolla de forma bastante lineal, lo cual resta algo de tensión dramática en determinados momentos. Con todo, la forma de desarrollar el argumento, desvelando capas a medida que se ahonda en la complejidad del protagonista, supone un viaje tremendamente atractivo e interesante.

Nota: 7/10

‘La chica del tren’: juegos de memoria


Emily Blunt es 'La chica del tren' que presencia un asesinato.Si al terminar la nueva película de Tate Taylor (Criadas y señoras) uno empieza a recordar Perdida (2014), de David Fincher, es normal. Ambos films comparten una estructura narrativa, una temática y unos personajes cuyos caracteres se parecen vagamente, en algunos casos demasiado. Y evidentemente, la primera sale perdiendo respecto de la segunda. Pero el problema de La chica del tren no es parecerse a algo ya visto, sino su propio concepto de la historia.

Esta película, que adapta la famosa novela de Paula Hawkins, es en realidad un juego de memoria, una intriga basada en las lagunas de una alcohólica. Bajo esa premisa se construye una trama ciertamente débil, tópica como pocas que logra mantenerse a flote principalmente gracias a la labor de sus actores, sobre todo de Emily Blunt (Into the woods) y Justin Theroux (Zoolander 2), que aportan solidez a unos personajes ya de por sí bien construidos. Pero más allá de esto, la historia se revela excesivamente previsible, desvelando el principal secreto a mitad de metraje y, por tanto, dando pistas sobre la identidad del asesino.

Ahora bien, resulta interesante el arco dramático de la protagonista y cómo su mente se reconstruye poco a poco, no solo en los acontecimientos que centran este thriller, sino en un pasado que nos hace creer una cosa para luego revelarnos algo muy diferente. Es aquí donde más similitudes se pueden encontrar con la historia de David Fincher, y también donde la obra de Taylor tiene más debilidades. No en vano, a pesar del efectismo que supone dar un giro a la interpretación dramática de los acontecimientos, la realidad es que la historia deja algunas lagunas importantes que no pueden justificarse con la resolución de la historia.

Y a toda esta irregularidad se suma una narrativa algo pesada y reiterativa de Donovan. Durante muchos momentos La chica del tren quiere incidir en el alcoholismo de la protagonista, en los problemas que eso le genera con todos los que la rodean y en sus propias dudas morales. Y todo ese tiempo se quita de, por ejemplo, desarrollar más la relación con algunos secundarios que podría haber dotado de más carga dramática al giro interpretativo que pretende dar. Al final, la película se hace entretenida, puede que interesante para muchos espectadores, pero tiene más humo que fuego, y la sensación que produce es que pretende jugar más con la memoria que con los hechos ocurridos.

Nota: 6/10

‘Inferno’: el infierno cinematográfico de Dan Brown


Tom Hanks vuelve a ser Robert Landgdon en 'Inferno'.El éxito de Dan Brown como escritor es un fiel reflejo de lo que es la sociedad actual. Novelas como El código Da VinciÁngeles y demonios son tan fáciles y atractivas de consumir como obras mediocres y rápidamente olvidables. Y por desgracia, las películas que se han hecho de estas historias pecan exactamente de los mismos problemas, sobre todo porque la propia novela es un guión cinematográfico en sí mismo que no necesita mucha adaptación. Y la tercera de sus historias llevada al cine no es una excepción, con el inconveniente añadido de conocer tanto a su autor como a los personajes y la estructura narrativa.

El efecto sorpresa que pudo tener la primera novela y su consecuente película se pierden en Inferno de forma irremediable. Ni Ron Howard (Una mente maravillosa) ni Tom Hanks (El atlas de las nubes) son capaces de mantener el ritmo y el interés de una trama que pierde fuelle de forma progresiva y, en algunos casos, a marchas forzadas. El guión, excesivamente largo, peca de previsibilidad casi desde el inicio, sobre todo para cualquier espectador que tenga en mente las anteriores adaptaciones. Como siempre, los giros argumentales se basan en un amigo que resulta ser un traidor, en una especie de sicario que persigue al protagonista, en un código que se desvela con relativa facilidad y, cómo no, en un nombre fundamental de la historia de la cultura.

Con todo, hay que reconocer que el inicio de la cinta es lo más interesante de todo, cuando se recrean en forma de sueños y pesadillas los anillos del infierno de Dante. Las imágenes, de una fuerza arrolladora, se convierten en el empuje necesario para la historia, y puede llevar a pensar a aquellos que no han leído la novela que están ante algo diferente. A esto se suma esa amnesia del protagonista que, aunque no sea tratada de forma seria, sí aporta el suficiente misterio como para alargar el interés algunos minuto más. El problema es cuando todo esto se acaba, entrando en una dinámica de diálogos muy débiles, de situaciones con poco o ningún sentido, y de personajes ya conocidos.

Al final, Inferno es más de lo mismo, un infierno cinematográfico se mire por donde se mire que se hace más llevadero gracias a los nombres que sustentan esta historia, cuya calidad es incuestionable y dan al espectador la sensación de que está ante algo mejor de lo que realmente es. Para aquellos que quieran distraerse un par de horas, posiblemente lo consigan si son capaces de pasar por alto los momentos más débiles del argumento y aceptan que los giros argumentales que se imaginan llegarán antes o después. Para los que busquen una intriga sólida, mejor que lean al propio Dante.

Nota: 6/10

3ª T. de ‘Penny Dreadful’, un final idóneo para una serie de culto


'Penny Dreadful' llega a su última temporada de la mano de Drácula.Cualquier historia está pensada para una determinada duración. Tiene su comienzo, su desarrollo y su final. Una vida, en definitiva. Pero es muy común que si funciona trate de alargarse lo máximo posible. En el cine es en forma de secuelas (algunas mejores que otras); en televisión se trata de introducir temporadas que, en el 90% de los casos, desvirtúan por completo el sentido original de la trama. Por suerte para los fans, y para el mundo audiovisual en general, el caso de Penny Dreadful ha sido extraordinario en todos los sentidos, incluido este, finalizando en una tercera temporada tan brillante como las anteriores y, al mismo tiempo, tan coherente como cabría esperar.

Y eso es así porque su creador, John Logan (Skyfall), planteó esta serie para que tuviera su final en estos 9 episodios. Ni más ni menos. Una historia sustentada en tres temporadas a cada cual más interesante, más oscura, con un tratamiento de personajes simplemente perfecto y un respeto pocas veces visto por los clásicos de la literatura. Respeto, que no adoración, lo que en última instancia le ha permitido jugar con el origen, la personalidad y el futuro de muchos de estos iconos del terror literario, aunque manteniendo en todo momento su esencia.

En este sentido, la tercera temporada de Penny Dreadul ha permitido cerrar en mayor o menor medida todas las tramas secundarias abiertas a lo largo de las anteriores temporadas. Teniendo en cuenta cuál fue el final de la segunda etapa, el desarrollo dramático ha sido más que notable, aunque ha adolecido de la necesidad de introducir personajes secundarios posiblemente necesarios para anclar la historia pero de dudosa relevancia. Su presencia no ha impedido, sin embargo, que roles realmente atractivos como el Dorian Gray interpretado por Reeve Carney (The tempest) hayan alcanzado una plenitud que ya les gustaría a otros protagonistas de series interminables.

A esto se suma, por otro lado, la impecable puesta en escena y el magnífico diseño de producción y vestuario, que recrean el Londres victoriano de una forma notable, sobre todo en lo que a contrastes sociales se refiere. Abriendo como abre el abanico a otros escenarios, la ficción no pierde en ningún momento el gusto por el toque inquietante, por ese elemento sobrenatural que tanto define su desarrollo y que adquiere aquí explicaciones en muchos sentidos, lo cual permite al espectador responder a muchas preguntas que, aunque puedan parecer menores, aportan a la serie el necesario broche de oro.

Vampiros y hombres lobo

'Penny Dreadful' termina de la forma más coherente posible.En lo que a la tercera temporada se refiere, Penny Dreadful retoma la idea de la primera temporada para explotar aquellos aspectos insinuados o no explicados del todo y narrar toda una épica que va más allá de la propia naturaleza de los acontecimientos. Se puede entender así que la trama recoge elementos explicados a lo largo de la historia para abordar un final casi apoteósico, batalla final incluida, en el que no hay héroes o villanos, no hay vencedores ni vencidos, pero donde sí hay víctimas.

Y es aquí donde la serie adopta su tono más serio y sincero. Lejos de finales felices o de épicos sacrificios para acabar con un mal superior, la trama recurre a ese tono lúgubre que tanto bien hace al aspecto visual para mostrar que las guerras entre el bien y el mal no se ganan, produciéndose batalla tras batalla en las que los sacrificios solo dan tregua hasta el siguiente enfrentamiento. En este sentido, esta tercera temporada se desarrolla de algún modo así, con una lucha detrás de otra en las que la línea entre el bien y el mal queda difuminada.

Con todo, posiblemente esta sea la temporada más floja de las tres, que en este caso quiere decir que es una temporada muy superior a cualquier producto similar que pueda verse en la pequeña pantalla. El problema de estos últimos 9 capítulos radica, por un lado, en la necesidad de centrar la trama en el pasado de muchos personajes, lo cual resta espacio narrativo a la trama principal (con todo, el momento en el que el personaje de Eva Green –Sombras tenebrosas– es hipnotizado es magistral) y desvía la atención de lo realmente importante. A esto se suma lo ya dicho acerca de personajes secundarios de poca relevancia, amén de que parece inapelable que cuando las criaturas de la noche se disputan el amor de una mujer tengan que ser siempre vampiros y hombres lobo. Pero sobre eso se podría escribir un libro, y no es el momento.

Todo esto deriva en una división del tratamiento episódico que anula la intensidad dramática que tuvieron temporadas anteriores. Pero como he dicho, aunque sea la temporada más débil de Penny Dreadful sigue siendo de lo mejor que se puede ver en televisión. En realidad, toda la serie es un producto de culto casi automático. Su tratamiento visual, la labor de los actores, el mimo con el que se trata el argumento y la coherencia de la evolución dramática de los protagonistas (con alguna que otra salvedad) convierten a esta serie en una ficción indispensable, a disfrutar de carrerilla ahora que, por desgracia, ha llegado a su fin.

‘El hombre de las mil caras’: el tuerto en el país de los ciegos


'El hombre de las mil caras', la historia de Paesa y Roldán dirigida por Alberto Rodríguez.Como película, técnicamente hablando, no es extraordinaria. Y desde luego su historia podría haber aprovechado mucho mejor algunos elementos narrativos. Pero lo nuevo de Alberto Rodríguez (La isla mínima) no es una gran película por el aspecto técnico, sino por el trasfondo dramático y reflexivo que contiene, y sobre todo por la radiografía de un país y sus debilidades.

Porque sí, como reza la frase promocional, El hombre de las mil caras es la historia del hombre que engañó a todo un país. Pero también es la historia de cómo un país ha permitido a lo largo de los años que los altos cargos sean corruptos con aparente impunidad. Y es la historia de cómo un gobierno puede llegar a caer si traiciona al hombre equivocado. Con todo esto, la historia de Paesa y Roldán adquiere un nuevo significado, más profundo que el mero thriller político y mucho más interesante que la simple exposición de hechos o, en este caso, del punto de vista del personaje magistralmente interpretado por Eduard Fernández (Marsella).

El problema de la película, si es que tiene alguno, es que la historia deja fuera de foco a personajes que podrían haber tenido más relevancia en la trama. Evidentemente, esto no es un problema de guión, de dirección o montaje, sino de la propia veracidad de los hechos, que obliga a mantener una fidelidad en el desarrollo. Asimismo, sus dos horas de metraje pueden parecer excesivas en algunos momentos en los que el argumento parece encallar (y solo parece, porque la resolución deja claro que este hombre ha engañado incluso a los espectadores actuales).

Pero todo ello son cuestiones menores en El hombre de las mil caras. En realidad, Alberto Rodríguez se confirma, si es que era necesario, como uno de los grandes directores de thriller de España. Su manejo de los tiempos, de la cámara y de los actores es brillante y poco dado a efectismos. Es interesante comprobar cómo un simple plano de Eduard Fernández con la mirada perdida en el infinito es capaz de transmitir tanto. Una película imprescindible tanto para aquellos que siguieron la persecución de Luis Roldán con interés como para aquellos que quieran conocer su historia un poco mejor.

Nota: 8/10

4ª T. de ‘Elementary’, o cómo un personaje da vida a la monotonía


John Noble se incorpora a la cuarta temporada de 'Elementary'.No descubro nada nuevo si digo que Elementary es una de esas series que tienden a ser tediosas. Repetitivas en su aspecto más básico, las diferentes tramas secundarias no ofrecen ni una continuidad ni un interés suficiente como para rebelarse contra el desarrollo preestablecido. De ahí que recurra a una suerte de personaje cuya historia se desenvuelva a lo largo de una temporada. El problema, de nuevo, es la falta de continuidad. Pero algo ha cambiado en la cuarta temporada. Y ese algo es, precisamente, este aspecto. No por casualidad, solo con este leve giro la serie ha vuelto a latir.

Y lo ha hecho porque los casos criminales a resolver, aunque tendentes a resultar repetitivos, han tenido un fin último, una conexión que los ha convertido, en muchos casos, interesantes, y en otros irrelevantes pero necesarios para un bien mayor. Ese nexo de unión tiene nombre y apellido: John Noble (serie Fringe). O si se prefiere, Morland Holmes. La aparición de este rol al final de la tercera temporada abría un interesante abanico de posibilidades. De todas ellas, Robert Doherty (serie Médium), creador de esta ficción, ha elegido la que posiblemente sea la mejor: utilizar al personaje como herramienta de cambio, como llave para desbloquear una situación dramática estancada y anodina y hacerla evolucionar. Y a tenor de lo visto en estos 24 episodios, el cambio es notable.

Desde luego, contar con un actor de la categoría de Noble es todo un lujo para Elementary… pero contar con el personaje que interpreta es igualmente loable. Posiblemente sea el rol más interesante de esta serie desde sus inicios y ese contraste en la relación Holmes/Watson que supone ver a un hombre y a una mujer. La labor de Noble como padre del protagonista no se limita simplemente a eso, a ser acompañante, sino que engrandece un personaje ya de por sí interesante, con muchas (tal vez demasiadas) caras y aún más secretos. El suspense que aporta, poniendo a prueba la pericia investigadora de los protagonistas, es gratificante por dos motivos: por un lado, rompe la monotonía de los casos investigados; por otro, genera una trama secundaria tan relevante como la principal que, además, se sostiene durante prácticamente todos los episodios.

Esto, como es de imaginar, es totalmente opuesto a lo ocurrido hasta ahora en esta producción. Frente a historias que iban y venían en el arco argumental de la temporada (muchas veces en función de las necesidades), en esta cuarta temporada nos encontramos con una dualidad sumamente atractiva, al menos en lo que a concepto dramático y narrativo se refiere. Frente a la estructura episódica habitual en esta adaptación moderna del personaje de Sir Arthur Conan Doyle, el espectador tiene ahora la posibilidad de centrar su atención en algo más, en una trama que planea durante toda la temporada y que ofrece además un final a la serie simplemente brillante, cerrando un ciclo y abriendo la puerta a un nuevo escenario intrigante.

Problemas arrastrados

Todo ello convierte a esta cuarta temporada de Elementary en, posiblemente, la mejor de la serie. Sobre todo porque el final, aunque en cierto modo esperado, no deja de tener diversas implicaciones dramáticas, narrativas e incluso morales que deberían de hacer replantear muchos aspectos de la serie. Para empezar, mantener muchos de los problemas que ha venido arrastrando hasta ahora, y que en esta tanda de capítulos siguen estando presentes, en algunos casos de forma exageradamente evidente.

Es el caso de despreciar el potencial de dos secundarios como Aidan Quinn (Stay) y Jon Michael Hill (Falling overnight). Si bien es cierto que es algo que se ha tratado de remediar a lo largo de los episodios, lo cierto es que sus respectivos roles policíacos parecen condenados al ostracismo, a una suerte de presencia necesaria para el enriquecimiento interpretativo de la ficción, pero innecesaria para el aspecto dramático. Dicho de otro modo, sus personajes pueden ser sustituidos por otros dos policías con diferente personalidad y vendrían a tener el mismo efecto. Y es una lástima, porque además de realizar una labor más que notable, ambos actores reclaman capítulo a capítulo más presencia, más relevancia en el devenir de la historia, y no solo en tener más líneas de diálogo para explicar mejor los aspectos más personales de sus historias.

No es el único problema. Los casos policíacos, aunque originales y ciertamente diferentes, no dejan de tener un desarrollo casi idéntico, utilizando motivaciones similares y en muchos casos recurriendo a personajes que ya han aparecido en pantalla. Los síntomas de fatiga parecen cada vez más claros en este aspecto de la serie, y tal vez sea por eso que la presencia del personaje de Noble ha supuesto un cierto revulsivo en la estructura dramática. La pregunta que cabe hacerse es si dicho cambio, que en esta temporada ha sido parejo a lo ya conocido, ha llegado para quedarse o ha sido simplemente un recurso limitado a estos episodios.

Sea como fuere, la cuarta temporada de Elementary ha devuelto interés a una serie que se había acomodado en sus propios límites demasiado pronto. Con nuevos personajes, viejas estructuras narrativas y la despedida de algunos secundarios poco o nada necesarios, la serie parece haberse decidido por un cambio de rumbo. No quiere esto decir que la próxima temporada vaya a ser diferente, pero al menos se han sentado las bases para que se prosiga con la evolución. Eso convertiría a esta entrega episódica en una especie de bisagra entre dos conceptos narrativos, pero eso es pronto para decirlo. Por lo pronto, disfruten de John Noble y la ambigua moralidad de su personaje.

‘Gotham’ explora la oscuridad de Batman en su 2ª temporada


La locura y la oscuridad han protagonizado la segunda temporada de 'Gotham'.La primera temporada de Gotham fue un soplo de aire fresco en el subgénero de superhéroes. Primero porque ofrecía una visión diferente sobre personajes ya conocidos, y segundo porque exploraba las complejas relaciones entre los principales héroes y villanos en el mundo de Batman creado en las páginas de los cómics de DC. Pero la segunda temporada ha ido un paso más allá (como cabría esperar, por otro lado) y se ha revelado como una auténtica reinterpretación del mito, en clave adolescente pero con un notable sentido dramático que la aleja de productos sensibleros o tendentes al dramatismo más teatralizado.

Lo que ha logrado su creador, Bruno Heller (serie El mentalista) con estos 22 episodios es ampliar el mundo de la ciudad del murciélago hasta límites insospechados. Mientras la primera etapa se centró más en la relación entre Bruce Wayne y James Gordon, esta segunda apuesta por separar a estos personajes para enfrentarlos a sus propios miedos, a sus propias limitaciones. Por supuesto, esto es un análisis excesivamente genérico, pero en líneas generales, y teniendo en cuenta el final de temporada, la impresión que deja la serie es la de tratar de abarcar más conceptos, tramas y personajes conocidos por los fans.

Esto tiene algo bueno y algo malo. Lo bueno, y lo desarrollaré más adelante, es que los personajes han evolucionado de forma más que notable. Lo malo, y no es algo menor, es que la serie ha perdido parte de la esencia que tuvo en su comienzo, cuando se anunció que Gotham abordaría los orígenes de Batman. El hecho de que la mayor parte de los villanos más famosos del personaje (Joker, Enigma, Dr. Strange, Mr. Freeze, Pingüino, etc.) aparezcan en la historia sembrando el caos y el terror da al traste con esa idea, fundamentalmente porque desecha la línea argumental seguida en los cómics, películas y series de televisión anteriores. Esto siempre es peligroso, y me explico.

Mientras el peso de la historia siga cayendo sobre los hombros de Ben McKenzie (El marido de mi hermana) y la serie se mantenga como un thriller policíaco con dosis de ciencia ficción tiene capacidad para crecer. Sin embargo, si se opta por dirigir el argumento hacia un tono más adolescente, menos oscuro y trágico, la ficción podría derivar en algo tópico, carente del atractivo con el que comenzó y obligada a ofrecer algo más para suplir esa carencia. A priori, todo apunta a que Heller mantendrá el espíritu inicial, pero ya se han visto algunas concesiones en esta segunda temporada. Concesiones menores, es cierto, y algunas incluso necesarias, pero en cualquier caso sintomáticas.

Más oscuridad, más adulto

Con todo, lo más destacable de la segunda temporada de Gotham es la oscuridad que ha adquirido en todos sus aspectos. Gracias a algunos villanos, pero sobre todo al tratamiento de los principales personajes, la serie ha evolucionado en un sentido casi inesperado, y desde luego imprevisto para una segunda temporada. En cierto modo, la serie tiene un punto de inflexión a mitad de temporada (más o menos como toda serie que se precie hoy en día) con la decisión tomada por el personaje de McKenzie. Su James Gordon, figura de la integridad policial y de la justicia por encima de cualquier otro valor, se quebranta ante un enemigo que logra sacar a relucir el carácter más violento y, en cierto modo, corrupto (al menos de sus valores) de su personalidad. Esto, que podría parecer secundario, permite ofrecer otra visión del personaje, más acorde con lo que se conoce de él en el mundo de los cómics que con la imagen de héroe que tenía en la primera temporada.

Aunque sin duda el giro más interesante es el de Bruce Wayne/David Mazouz (serie Touch). Mostrado como un niño en los primeros compases de la trama, en esta segunda etapa, sobre todo en su tercio final, se ha convertido en un personaje que empieza a mostrar todo aquello que le convierte en Batman. Y no me refiero al desarrollo de sus habilidades físicas, que también, sino al carácter y el razonamiento que definen a este superhéroe. Por primera vez el espectador ve cómo toma la iniciativa para sonsacar información; por primera vez, el miedo a la muerte desaparece de su rostro. Todo ello, unido a una impecable actuación del joven Mazouz, da un giro al niño algo mimado y traumatizado por la muerte de sus padres que se presentó en la primera parte. Y es una decisión que, en el fondo, define todo el sentido de la producción a partir de ahora, sobre todo si se quiere que el peso termine cayendo sobre sus hombros.

Este carácter más oscuro que tanto reitero en el análisis viene acompañado de una visión más adulta de la trama. Es cierto que hay varias decisiones enfocadas a los adolescentes; y es cierto también que de repetirse en el futuro pueden convertirse en un punto débil. Pero en líneas generales la historia, héroes, villanos y secundarios incluidos, ha dado un paso más hacia la madurez de su argumento. El arco dramático de cada personaje está marcado, más que nunca, por sus propias dualidades. Cierto es que uno de los que mejor representan este cambio es Cory Michael Smith (Carol) y su Enigma, pero todos han hecho gala de esa dualidad entre locura y cordura, entre lo correcto y lo incorrecto.

Se puede decir, en este sentido, que la segunda temporada de Gotham es la temporada de la dualidad. Y eso es algo que, en el caso que nos ocupa, resulta todo un acierto, pues permite a los responsables ofrecer un drama marcado por las dudas personales, por la traición a los que nos rodean y a nosotros mismos. Esa capacidad de la serie de trasladar la problemática moral a los conflictos externos (que al fin y al cabo es lo que debería ser todo buen conflicto) convierte a este thriller policíaco en un rara avis dentro de las producciones de superhéroes. El final de esta etapa, además, abre la puerta a un futuro aún más aciago, con poca o ninguna esperanza para una ciudad consumida por el crimen. ¿Veremos en la próxima los primeros pasos de un joven murciélago?

‘Banshee’ finaliza su última temporada fiel a su estilo


El protagonista de 'Banshee' será sospechoso en la última temporada.Puede parecer una obviedad, incluso algo insustancial, pero el final de Banshee ha sido uno de los más coherentes, serios y fieles al tono general de la producción que he visto en los últimos años. Puede que sea porque muchas series son obligadas a terminar antes de tiempo; o puede que sea porque no se ha plegado nunca a estándares televisivos al uso. El caso es que la ficción creada por David Schickler y Jonathan Tropper (Ahí os quedáis) termina como tiene que terminar en su última temporada, sin concesiones de ningún tipo y con un futuro para sus personajes que, aunque parece previsible, colma las expectativas. ¿La pega? Que deja con ganas de más.

Esta cuarta etapa, de ocho episodios, es una de las mejores muestras de que cualquier producción debe no solo plantearse en un periodo concreto de tiempo (cuatro años en nuestro caso), sino que debe respetarse. Si se consigue esto y se tiene buen material entre manos, como es el caso, buena parte del éxito ya está conseguido. Centrándonos en lo que a esta última temporada se refiere, la trama aprovecha los acontecimientos con los que terminaba la anterior para situar a los personajes rotos, muchos al borde del abismo y con más secretos de los que inicialmente aparentan. Esto, unido a la muerte de uno de los roles importantes en la trama, ha obligado a sus responsables a adquirir un tono más dramático, menos violento, y abordar a modo de thriller policíaco buena parte del desarrollo dramático.

El principal beneficio de esta opción es que la trama ahonda de forma notable en las emociones de los personajes, muchas veces dejadas a un lado en pos de la acción desenfrenada que tanto caracteriza a Banshee. Y no me refiero solo a los protagonistas, sino a los principales secundarios. Todos ellos muestran de forma mucho más evidente los conflictos internos que viven, sus anhelos y sus recelos, sus odios y sus esperanzas. Y como en muchos casos estos deseos se enfrentan, el resultado es una dramatización más compleja de las relaciones que se establecen entre roles ya conocidos para el espectador. Dicho de otro modo, la serie es capaz de ofrecer algo nuevo (o al menos algo que nos permite conocer mejor a los protagonistas). Puede que para muchos llegue tarde, pero personalmente creo que es una forma más que digna de poner el broche de oro a una historia que, si algo bueno tiene, es que nunca ha engañado a nadie en sus intenciones.

Asimismo, el cambio de status y roles de muchos de los personajes ofrece un panorama novedoso e interesante para la serie. Evidentemente, esto representa, como en muchas otras producciones, una forma de explicar que estamos ante una suerte de epílogo, pero en el caso de esta trama el mensaje es algo más complejo: el mal se ha impuesto al bien. Prueba de ello es el criminal al que se deben enfrentar los héroes en esta última etapa, que en principio representa al mismísimo diablo y que en su final se desinfla de forma notable, posiblemente por la falta de espacio para un mejor desarrollo y porque, con villanos como los mostrados a lo largo de estos años, es difícil estar a la altura.

Los villanos parecen haberse hecho con el poder en la cuarta temporada de 'Banshee'.

No sin violencia

Ahora bien, quien pueda pensar de lo dicho hasta ahora que Banshee ha traicionado su espíritu (al menos parte de él), se equivoca. Es cierto que la trama es, en cierto modo, más oscura, más centrada en el suspense que en la acción. E incluso se puede considerar algo menos esperanzadora, si es que alguna vez ha llegado a serla. Pero eso no implica que no sea violenta. Para aquellos que hayan seguido la historia desde el principio, simplemente decir que también en este ámbito se cumplen las expectativas. Tal vez no todas, y desde luego no del modo esperado, pero se cumplen, lo que reitera la idea de estar ante una serie completa.

Desde luego, uno de los personajes más atractivos que ha dejado la serie es el interpretado por Matthew Rauch (Sin frenos), cuya capacidad de intimidar únicamente con una pajarita y unas gafas es inmensa. El futuro de su rol, por si a alguien le cabían dudas, debía ser tan violento, salvaje y sangriento como la vida de su personaje, y desde luego que así es. Otro cantar son los motivos de su muerte. Son coherentes, sólidos y hasta cierto punto comprensibles, pero en el desarrollo de su arco dramático no deja de existir un cierto componente casi forzado, a medio camino entre el subordinado que quiere proteger a su jefe y que sabe que está haciendo algo mal. Y eso, visto lo visto a lo largo de estas temporadas, chirría un poco en el personaje; sobre todo si atendemos al modo de morir, en el que parece casi pedir clemencia o perdón.

Y aunque su final es sin duda el más espectacular, no es el único marcado por la violencia o la muerte. Es más, ese comienzo de la cuarta temporada en el que el mal parece haberse adueñado del pueblo termina justamente en el lado opuesto, extirpando dicho mal en todas sus formas (léase personajes) de forma brutal. Ya sea un amish reconvertido en mafioso o un neonazi con ansias de poder, el final evidencia que la serie quiere y necesita apuntar a un “final feliz” en el que el bien y el orden terminen por imponerse. Ahora bien, entrecomillo final feliz porque, en realidad, el final es el que tiene que ser, ni feliz ni triste, ni alegre ni catastrófico. Simplemente, la serie termina como es debido.

Y eso significa que los protagonistas, criminales al fin y al cabo, no pueden tener lo que el espectador podría esperar. Así, Banshee termina su cuarta y última temporada con unos personajes rotos en lo más profundo de su ser, destrozados por una lucha constante contra los demonios que les rodean y atormentados por las decisiones que les han llevado hasta donde están. Y terminan solos, lo cual resulta muy significativo acerca del tono general de esta ficción que se ha consolidado, en tan solo cuatro etapas, como un producto fresco, dinámico, apasionante y complejo dramática y visualmente. Una serie, en definitiva, recomendable e incluso obligada. Y termino como he comenzado: lo peor de todo es que deja con ganas de más.

Diccineario

Cine y palabras

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