‘Noche de bodas’: Tradiciones de la familia política


Los problemas de entrar a formar parte de la familia de tu pareja ha sido objeto cinematográfico desde siempre. A veces como comedia, otras como drama y otras, como es el caso que nos ocupa, como terror. Todas ellas, sin embargo, tienen como hándicap la poca capacidad de sorprender o de resultar novedosas. Saber esto de antemano puede resultar muy útil para no hacer una ficción tediosa y previsible… o al menos lo suficientemente original como para que entretenga.

Y ese es el caso de Noche de bodas. La película, en síntesis, no resulta diferente de lo que haya podido verse en otros relatos. Tan solo, y he aquí la seña de identidad, su toque irónico y autocrítico en la idea de que un juego como el escondite del lugar a una masacre nocturna. La labor interpretativa, en este caso, es fundamental, y tanto Adam Brody (Isabelle) como Henry Czerny (Remember) y Andie MacDowell (Instinto maternal) bordan ese toque casi paródico que impregna todo el relato, convirtiéndose en la punta de lanza de un reparto consciente de las limitaciones de sus personajes y pudiendo así explotar al máximo la libertad que otorga la poca definición de los mismos. Es la dinámica entre ellos la que sostiene la historia y, sobre todo, la que abre la puerta a apreciar algo más que la simple historia de terror, desarrollando los diferentes aspectos de una familia rica, desestructurada y destruida por una tradición salvaje.

Humor y sangre, mucha sangre, es lo que ofrece esta historia. Con todo, su carácter previsible no es lo peor del guión. El intento de giro argumental final acerca de ese fantasma, esa especie de maldición que pesa sobre toda la familia, lejos de aportar un toque fresco al relato lo que hace es quitar cierta dosis de terror humano y psicológico que había logrado gracias a esa visión sádica de la familia política y sus cuestionables tradiciones. Dicho de otro modo, lo que se plantea inicialmente como una salvaje tradición propia de unos asesinos en serie termina convirtiéndose en un acto justificado en la necesidad de evitar la muerte familiar. Esta especie de motivación a unos actos incalificables resta interés al conjunto, aunque también aporta una mayor ironía a ese final en el que la sangre, literalmente, estalla por toda la habitación.

Desde luego, Noche de bodas no es un referente del cine de terror. Ni siquiera del gore. Pero es una propuesta honesta en su concepción, consciente de su carácter de serie B y planteada con la intención de divertir al espectador. Y en este sentido, lo consigue. Puede que su historia sea previsible, que su guion peque de una explicación final innecesaria que le perjudica más que le beneficia, pero en todo caso la cinta deja momentos en la retina tan sádicos como surrealistas. Y sobre todo, permite ver a un reparto que disfruta con sus personajes, que sabe sacarles el máximo provecho dentro de sus posibilidades, y que pone en tela de juicio las tradiciones.

Nota: 6,5/10

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‘Infierno bajo el agua’: Superdepredadores de serie B


Para muchos, hablar de serie B posiblemente sea hablar de un cine mediocre, de segunda categoría en la que todo tiende a ser más bien pobre, tanto en personajes como en la propia historia y, según el caso, los efectos especiales. Pero nada más lejos de la realidad, y lo nuevo de Alexandre Aja (Horns) es la prueba fehaciente de que la serie B puede ser cine de calidad… dentro de sus propios límites, claro está.

Porque, en efecto, Infierno bajo el agua tiene muchos límites: una historia más bien simple, un desarrollo forzado por las necesidades de guión, unos hechos algo irreales, … Pero nada de eso impide que pueda disfrutarse como un gran blockbuster y, sobre todo, no impide que contenga algunos de los mejores momentos de tensión vividos en este tipo de cine. Aunque la pregunta más interesante sobre el film es, precisamente, ¿qué tipo de cine es? Por supuesto, es una monster movie, pero también contiene toques del cine de catástrofes, cine de supervivencia e, incluso, algo de drama familiar como trasfondo emocional. Todo ello convierte a esta historia en algo más complejo, permitiendo al director dar rienda suelta a su lenguaje narrativo para poder explotar al máximo las posibilidades de un relato bastante lineal.

De hecho, Aja construye momentos de tensión innegables, como esa primera set piece en el sótano (magistral el uso de los tiempos y de la iluminación) para dar paso, posteriormente, a minutos de auténtica acción y, para los amantes del gore, secuencias tan sangrientas y violentas que dejan poco margen a la imaginación de lo que son capaces de hacer los caimanes. Con claro homenajes al Tiburón (1975) de Steven Spielberg, el director galo demuestra que se ha convertido por derecho propio en un realizador de género y, a medida que avanza su carrera, en un nombre referente dentro del terror. Con esta cinta que atrapa al espectador gracias a su ritmo constante (encuentra un equilibrio perfecto entre los momentos más ágiles y los más pausados), Aja firma una obra bastante redonda, consciente de sus propias limitaciones pero capaz de sacar el máximo provecho a sus posibilidades.

Sí, es una historia más bien simplona. Y sí, los personajes que interpretan Kaya Scodelario (El corredor del laberinto: La cura mortal) y Barry Pepper (Cosecha amarga) serían capaces de sobrevivir a un apocalipsis con una mano atada a la espalda y las piernas rotas por varios sitios. Pero incluso con esos elementos poco realistas la cinta funciona gracias a la dinámica entre los protagonistas, al pulso narrativo de Aja y a un guión que maneja magistralmente los tiempos, narrando de forma directa y sin miramientos. De hecho, salvo esa primera secuencia para explicar por qué luego la joven heroína es capaz de hacer lo que hace, el resto del relato se muestra descarnadamente sincero y directo a impactar al espectador. Tanto es así que termina cuando, sencillamente, ya nada tiene que contar sobre esta odisea. Estamos ante una serie B, es cierto, pero una serie B de las mejores. Y eso muchas veces es bastante mejor que cualquier producción con aires de grandeza.

Nota: 7/10

‘Riverdale’ se pierde entre demasiadas tramas en su 3ª temporada


Riverdale se ha caracterizado, desde sus inicios, en su poco miedo a reinventarse constantemente. La serie creada por Roberto Aguirre-Sacasa (Carrie) ha sabido alejarse del tono limpio de los cómics en los que se basa para reconvertir las historias de este grupo de adolescentes en una mezcla de intriga, romance adolescente y aventura de instituto. Pero en su tercera temporada esta ficción ha llevado esta máxima hasta un límite que ha roto la magia que unía todo, convirtiendo la producción en una sucesión de giros argumentales a cada cual más inexplicable, en algunos casos absurdos y, en la mayoría de ellos, carentes de demasiado interés.

El porqué de esto es sencillo. Las primeras temporadas de la serie tenían un arco argumental principal muy bien definido. En él participaban todos los protagonistas, en mayor o menor medida. Y las pocas historias secundarias existentes no solo estaban a la sombra de la principal, sino que se limitaban a un par de personajes, siendo el resto componentes de un mosaico de fondo enriquecedor y, por momentos, capaz de robar algo de protagonismo a los cuatro héroes de turno. Pero en los 22 episodios que ahora nos ocupan todo eso ha cambiado. Los protagonistas no tienen un rumbo fijo y, lo que es más preocupante, las historias principales y secundarias se confunden hasta el punto de coexistir en un mismo grado de relevancia dramática, generando un caos argumental innecesario en el que los personajes no encuentran un sendero claro por el que avanzar. Dicho de otro modo, la existencia de tantas historias impide al espectador discernir el objetivo principal de esta etapa, y con ello los personajes abandonan sus metas y motivaciones para convertirse en meros peones de una partida de rol fallida (y esto, para aquellos que hayáis visto la serie, os sonará de algo).

La prueba más evidente de esto está en el protagonista interpretado por K.J. Apa (Nuestro último verano). La labor del actor en esta tercera temporada de Riverdale es encomiable, sobre todo por ser capaz de aguantar el tipo con un rol incapaz de definirse. Posiblemente haya pocos personajes que hayan pasado por tantas fases dramáticas como Archie Andrews, que en apenas un puñado de episodios pasa de ser presidiario a prófugo, de prófugo a estudiante y de ahí a boxeador. Eso por no hablar de su participación en esa macropartida de rol que abordaremos más adelante. Al final, el espectador se encuentra con la misma sensación de desorientación que el héroe, es cierto, pero eso no beneficia al conjunto dramático, más bien al contrario, resta interés al devenir de un personaje que parece incluirse en un ámbito diferente cada dos por tres solo por exigencias del guión (eso sí, sin camiseta).

Y luego nos encontramos con la trama supuestamente principal. La partida de rol que deben desentrañar los jóvenes héroes de esta ficción tiene todos los elementos para ser un juego psicológico tan sádico como tétrico. Y de hecho lo es en muchos episodios. El problema es que a lo largo de la misma se van introduciendo tantos elementos disuasorios que terminan por echarse a perder, eso por no hablar del uso nada disimulado de los personajes secundarios, que tan pronto están sumergidos de lleno en esta espiral de locura que es ‘Grifos y gárgolas’ como se dedican a otros menesteres, como si el juego de rol dejara de tener relevancia en una ciudad inmersa a todos los niveles en la obsesión que genera este juego. Es esa falta de continuidad en determinados episodios lo que crea desconexión, no tanto del desarrollo general de la serie como de sus personajes y de ciertas tramas secundarias que tienden a ocupar más espacio narrativo del que teóricamente deberían.

El Rey y la Capucha

La resolución de esta temporada de Riverdale es igualmente… extraña, por decirlo de algún modo. Si bien las motivaciones que se esconden detrás tienen una interesante carga dramática, vinculando además todas las temporadas y convirtiendo la serie en un producto global (no únicamente en aventuras que empiezan y finalizan con cada etapa), el modo de resolverlo cuenta con unos giros argumentales algo excesivos, recuperando personajes presuntamente muertos y creando una especie de clímax de pesadilla en el que los acontecimientos se convierten en una sucesión de puntos de giro a cada cual más irreal (incluso bajo la premisa de esa última partida de rol que comienza de un modo ciertamente atractivo). En realidad, es un final acorde a la temporada; el problema es que la temporada ha sido, de por sí, un delirio constante de idas y venidas dramáticas muchas veces desvinculadas unas de otras.

Un claro ejemplo es todo ese arco argumental centrado en el personaje de Lili Reinhart (Alguien está vigilándote) y esa comunidad sectaria en la que se introducen familiares y amigos. A pesar de los intentos por incluirla y vincularla con el resto de tramas, en ningún momento logra ser parte de la historia de la serie, convertida más en una suerte de apéndice con vida propia al que recurrir en determinados y necesarios momentos. El hecho de que los personajes se vayan introduciendo en ese universo paralelo cada vez más y que, sin embargo, no parezca tener efectos en la vida de la serie más allá de secuencias puntuales es algo que termina por debilitar al conjunto, que parece temeroso de explorar esta historia y ver sus posibilidades dramáticas reales. Solo al final del trayecto, cuando todo se precipita, adquiere interés. El hecho de que hayan quedado las puertas abiertas a continuar este arco dramático en la cuarta temporada da una idea de que tal vez, y solo tal vez, habría sido mejor dejar los tejemanejes de esta secta para otro momento, y destinar todos los esfuerzos a la partida de rol en vivo que los personajes son obligados a jugar.

La serie deja varios momentos muy interesantes. Sin ir más lejos, esa recreación de la vida de los personajes adultos durante su etapa de instituto, utilizando para ello a los actores jóvenes (que, por cierto, adquieren notablemente bien los gestos y rasgos definitorios de los adultos) y vistiéndoles, al menos en un primer momento, de forma muy parecida al cómic, en especial a Jughead. Asimismo, el desarrollo de la vida personal del rol al que da vida Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) también permite ampliar la mirada sobre este universo adolescente, y aunque es víctima del tratamiento errático de la serie a todos sus elementos, no deja de ofrecer aspectos enriquecedores que, esperemos, tengan continuidad en el futuro de esta ficción. De hecho, no es únicamente esta trama secundaria la que resulta interesante, lo que invita a pensar que sus creadores siguen haciendo crecer el trasfondo sobre el que se dibujan las tramas principales, aunque en este caso lo hacen de un modo algo irregular.

El principal problema de la tercera temporada de Riverdale es la excesiva carga de líneas argumentales. Para que cualquier ficción funcione de forma orgánica es necesario que exista una trama principal y varias secundarias, eso es indudable. Pero a esta definición hay que añadir que el peso dramático de cada una de ellas tiene que ser diferente. Tienen que complementarse. Y en esto es en lo que ha fallado la serie en esta etapa, planteando varios arcos dramáticos con un mismo peso específico, lo que obliga a destinar tiempo y metraje para su desarrollo, restándoselo a otros elementos que, por desgracia, hacen que la serie cojee en muchos momentos, perdiendo algo de interés y, lo que posiblemente sea la peor parte, presentando una evolución errática y sin consolidar las motivaciones de los personajes. Solo cabe esperar que la serie vuelva a una senda algo más pausada, manteniendo ese espíritu de reinventarse constantemente pero sin los excesos de estos episodios.

‘El hijo’: ¿es un pájaro? ¿es un avión? ¿pero qué es?


¿Un Superman villano? Pues la idea ya es de por sí sugerente, sobre todo para aquellos que conozcan los orígenes del personaje narrados en los cómics o en el clásico de 1978. Pero la película que nos ocupa es de todo menos sugerente. Y eso es casi lo más interesante del film de David Yarovesky (The hive), porque lo cierto es que en ningún momento llegamos a saber qué género estamos viendo.

Y es una lástima, porque El hijo tiene todos los elementos necesarios para ser una apasionante cinta de ciencia ficción o una terrorífica apuesta de suspense y angustia. Sin embargo, el desarrollo dramático de la historia, y de los propios personajes, se queda en tierra de nadie. Comienza como una combinación de intriga y ciencia ficción para adentrarse levemente en el género del humor y terminar en una suerte de terror con epílogo informativo. Tanto género para una película con un argumento tan sencillo y directo, amén de una ajustadísima duración, impide asentar una interpretación de esta historia que, además, plantea varias ideas sin llegar a desarrollar ninguna. Para muestra un botón. Da la sensación por momentos de que el guión pretende jugar con el suspense de saber quién se esconde bajo la máscara, mostrando casi una doble personalidad en el personaje del joven Jackson A. Dunn (serie Legendary Dudas), quien por cierto es de lo mejor de la cinta. Sin embargo, esta suerte de apuesta por el suspense se queda en nada al ir mostrando poco a poco la transformación del adolescente, terminando por lastrar a la cinta.

Eso no impide que el film sea entretenido, ni que contenga algunos momentos especialmente desagradables y, según se mire, gore. Yarovesky poco puede aportar a la simpleza de la trama, pero su mano se deja ver en la narrativa de los crímenes que comete el joven extraterrestre que asume sus poderes, cual avispa en un nido de abejas (y la referencia no es casual, como tampoco lo es en la cinta), con la adolescencia. Pero nada de esto logra que el espectador se sumerja completamente en la película. Y eso se debe, fundamentalmente, a ciertos desequilibrios de guión, dando mucha prioridad a diálogos que dan vueltas sobre el mismo tema y dejando a un lado la evolución del adolescente. Es cierto que su transformación tiene un origen exógeno más que endógeno (cambios hormonales, comprensión del mundo, …), pero no son pocos los momentos en los que parece mostrar una cierta bondad en su interior. Ya sea una lucha interna entre el bien y el mal o una forma de manipular a los que le rodean (opto por lo segundo), falta un desarrollo más profundo de esta idea para conocer mejor al personaje más allá del símil con avispas y abejas.

De este modo, El hijo es un producto a medio camino de todas partes. Su indefinición en el género es casi lo de menos. La película plantea varias ideas que no termina de desarrollar, por no hablar de unos interesantes personajes que se dibujan con trazo grueso. El joven protagonista parece moverse en algunos momentos por impulsos de rabia adolescente, mientras que en otros parece estar dominado por una fuerza superior. La relación entre padres e hijo, fundamentalmente la de la madre, se mueve en unas arenas movedizas dramáticas que por momentos parecen consolidarse y por momentos hunden lo logrado hasta ese momento. Como entretenimiento no es una mala propuesta, sobre todo para los amantes del gore y la violencia. Sus momentos de acción, sobre todo en su clímax, son espectaculares. Pero una película no puede vivir solo de esto, sobre todo cuando plantea componentes dramáticos mucho más complejos.

Nota: 6/10

1ª T. de ‘Castle Rock’, idónea carta de presentación del universo King


Stephen King es el maestro del terror, de eso no cabe la más mínima duda. Pero el autor de novelas como ‘El Resplandor’, ‘Carrie’ o ‘It’ es mucho más. De hecho, quien haya leído alguno de sus libros puede que haya percibido dos constantes muy claras (amén de otros muchos elementos, por supuesto). Por un lado, el manejo de pasado y presente en sus historias; por otro, que el desarrollo no responde tanto al terror puro y duro como a la intriga, gracias al juego que realiza con las diferentes tramas y los elementos de suspense que siempre están presentes. Y todo ello está presente en la primera temporada de Castle Rock, un alarde narrativo sencillamente espléndido ambientado en el universo King que, al igual que las novelas, juega al despiste con el espectador para terminar por revelarle algo mucho más interesante y complejo de lo que podría imaginar en un principio.

Y todo ello en apenas 10 episodios. Sus creadores, Sam Shaw y Dustin Thomason, autores de la serie Manhattan, parten de un acontecimiento tan concreto como un suicidio para hilvanar todo un complejo mundo en el que el caos, la violencia y la locura parecen entremezclarse solo para arrojar luz sobre un fenómeno aún más enriquecedor. En este sentido, la trama crece, y de qué modo, a lo largo de cada capítulo, incluso en aquellos en los que todo parece derivar en un absurdo o en los que se narran acontecimientos aparentemente independientes de todo el arco argumental. Pero no, al igual que cualquier novela de King, cada acontecimiento tiene un motivo, cada suceso está relacionado con el resto, y cada personaje tiene su motivación. Y por supuesto, algunas referencias a personajes y acontecimientos de sus obras, lo que hará las delicias de los fans.

De ahí que esta primera temporada de Castle Rock sea puro Stephen King sin necesidad de adaptar una novela. De hecho, captura su esencia bastante mejor que muchas de las películas o series que sobre su obra se han hecho a lo largo de los años. Y en esto tiene mucho que ver esa idea de utilizar el terror más como un concepto que sobrevuela la trama que como algo tangible (aunque tiene sus momentos). En su lugar, estos capítulos exploran temas tan interesantes como la locura, la incomprensión de la mente de acontecimientos nunca antes vistos, o los equilibrios existentes entre nuestro mundo y otras realidades. Todo ello, por supuesto, sustentado no solo en una trama más que notable, sino en un reparto en estado de gracia capaz de enriquecer sus personajes con unos matices que ofrecen al espectador, en algunas ocasiones, pistas sobre lo que está ocurriendo. Aunque, al igual que a los protagonistas, nos costará comprenderlo un poco al principio.

Porque, en efecto, esta serie es un auténtico rompecabezas en el que el espectador se sumerge primero para nadar a contracorriente y luego para dejarse llevar por el desarrollo. Y en ese cambio de postura frente a la ficción tienen mucho que ver los actores, como mencionaba antes. Fundamentalmente André Holland (Moonlight), Bill Skarsgård (It) y Sissy Spacek (Criadas y señoras). Los dos primeros porque establecen un duelo interpretativo profundo, primero como un abogado que lucha por un cliente y, más adelante, como las dos caras de una misma moneda, uno sin comprender lo ocurrido y otro instando a la acción. Y la tercera porque se convierte en eje fundamental de buena parte del relato. Es el anclaje para los diferentes espacios temporales y las diferentes realidades que se dan cita en la trama. En cierto modo, Spacek asume como propio el papel que en la ficción juegan las piezas de ajedrez, aportando mayor dramatismo si cabe a la condición particular de su rol y a la intriga del conjunto.

Henry Matthew Deaver

Pero evidentemente, el peso de la historia recae en los cuatro hombros de los dos protagonistas. Lo más interesante de esta primera temporada de Castle Rock es la evolución que viven ambos roles, sobre todo el de Holland. Lo que comienza siendo un misterio con tintes casi satánicos termina convirtiéndose en una reflexión sobre los mundos paralelos, las realidades alternativas y cómo eso genera unos efectos devastadores en la realidad en que nos encontremos. Curiosamente, todo comienza con el nombre que los dos protagonistas comparten, Henry Matthew Deaver, y con el modo en que los personajes secundarios afrontan, desde la ignorancia, lo que ocurre con el personaje de Skarsgård, ya sea con el suicidio inicial o las numerosas situaciones de caos y violencia que desata el desequilibrio entre universos.

Porque bajo la premisa de una obra de ciencia ficción con dosis de terror, lo que la trama esconde es una interesante reflexión acerca de los efectos y las consecuencias de modificar el equilibrio que existe en el universo (lo que, a su vez, se puede extrapolar a nuestro día a día) cuando se introduce un elemento externo que no tiene cabida en una realidad ya conformada. A lo largo de sus episodios esta etapa inicial plantea una serie de interrogantes que, aunque inicialmente pueden no tener nada que ver con la trama principal, terminan adquiriendo sentido cuando se resuelve dicha incógnita central. Dicho de otro modo, la ficción presenta numerosas ramificaciones, líneas argumentales secundarias y secuencias aparentemente inconexas que terminan por confluir en una línea argumental conjunta y global, desvelando al espectador el verdadero mapa dramático al que está asistiendo.

Esto, como ocurre con muchas historias de Stephen King, tiene un problema, y es que en no pocas ocasiones la trama se desvía demasiado de su objetivo principal. Y al ser una historia narrada en capítulos se corre el riesgo, como de hecho ocurre en alguna que otra ocasión, de que el espectador pierda el hilo de lo que se estaba contando o, lo que es más grave, el interés en una historia ciertamente original. Posiblemente este sea el mayor hándicap de la producción: su planteamiento narrativo resulta muchas veces rupturista, algo quebradizo. Es cierto que esto ayuda a crear un universo inclusivo, fascinante y rico dramáticamente hablando, pero también impide seguir el ritmo del arco dramático principal, obligando a prestar atención durante demasiado tiempo a situaciones y personajes secundarios que aportan poco o nada al conjunto, salvo tal vez asentar la conclusión final más de lo que ya estaría sin esas breves tramas secundarias.

Pero si el espectador queda atrapado en la red de Castle Rock la realidad es que se sumergirá en un universo apasionante, visualmente poderoso y dramáticamente inesperado. Terror, fantasía y drama se dan la mano en una historia que es puro Stephen King aunque no se base en ninguna novela ni relato concreto. El modo en que sus creadores utilizan los tiempos narrativos y dosifican la información para dirigir la historia por donde desean en todo momento es digno de estudio. Y si a todo ello sumamos un reparto excepcional, lo que nos encontramos es con una historia diferente, fresca, intrigante y capaz de demostrar que en televisión todavía queda margen para la originalidad y, sobre todo, que es posible enriquecer el universo de un escritor que lleva décadas perfeccionándolo y desgranándolo.

‘Misión: Imposible. Fallout’: más imposible que nunca


Creo que nadie auguraba en 1996 que la adaptación de Brian de Palma (Misión a Marte) de la famosa serie de televisión Misión: Imposible daría, más de 20 años después, hasta cinco continuaciones y millones de euros en ingresos para una franquicia que, a diferencia de muchas otras, ha sabido reinventarse cuando ha sido necesario pero siempre manteniéndose fiel a un estilo y unos elementos básicos. Esta sexta entrega es la última evidencia de lo bueno y lo malo de esta saga.

La cinta dirigida por Christopher McQuarrie, director de la anterior entrega, continúa en cierto modo los acontecimientos de esta con un estilo áspero en su narrativa y espectacular en su puesta en escena. Con secuencias de acción brillantemente ejecutadas (la pelea en el baño deja sin palabras), la trama vuelve a recurrir al engaño y la intriga para construir toda una persecución en la que, por momentos, no se sabe si los protagonistas son perseguidores o perseguidos. El hecho de que se recupere un villano como el interpretado por Sean Harris (Un lugar solitario para morir) ya da una idea del tono sombrío de la historia, de nuevo con agentes infiltrados y traiciones a las más altas instancias de la inteligencia mundial.

En este sentido, esta nueva ‘Misión: Imposible’ hace honor a su nombre, estructurando milimétricamente la trama para dosificar los giros argumentales en un exitoso intento por hacer que el ritmo no decaiga. Sin embargo, un elemento falla, y es la presunta sorpresa por conocer la identidad del villano que acompaña a Harris en esta historia. Si uno es un poco atento a los planos utilizados por el director, la identidad queda revelada casi al final del primer acto, lo que deja alrededor de dos horas de metraje en las que las presuntas sorpresas quedan completamente anuladas. De ahí que la apuesta por la acción sea tan importante, pues sin ella posiblemente la cinta se desinflaría a marchas forzadas. Acción, por cierto, que se descontrolada en su tramo final, persecución aérea y combate posterior incluidos. Todo un alarde de lo peor que puede ofrecer la saga, algo que se vio en la segunda entrega.

Con todo esto en cuenta, Misión: Imposible. Fallout se convierte en el espectáculo que cabría esperar. Una producción marcada por la acción bien ejecutada, por una trama sólida que retoma una historia precedente y que, salvo ciertos inconvenientes en su manejo de los secretos y de la intriga. En cierto modo, esta nueva aventura contiene lo mejor y lo peor de la saga. Lo mejor, sin duda, los juegos de identidades, los engaños y los constantes giros argumentales en los que nada es lo que parece, e incluso lo que realmente es muchas veces puede reinterpretarse. Lo peor es esa tendencia a la acción sin sentido, a la espectacularidad que haga gala del título en su sentido más extremo, cuando algo más sencillo tiene el mismo o mejor efecto. Pero desde luego, para pasar un buen rato disfrutando de los escenarios, la intriga y la acción, esta es la elección perfecta.

Nota: 7,5/10

‘Homeland’ cambia de enemigo y une familia y espionaje en la 7ª T.


El final de la sexta temporada de Homeland supuso toda una revolución en muchos aspectos. La serie sentaba unas bases cuanto menos interesantes para su desarrollo futuro. Y una vez vista y disfrutada la séptima etapa, solo cabe rendirse ante lo evidente: esta ficción creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant) es una de las más completas, complejas y enriquecedoras que existen en la actualidad. Y lo es porque aprovecha los acontecimientos reales para crear todo un mundo ficticio paralelo, dotándolo así de un realismo inusualmente alto, algo imprescindible en este tipo de tramas.

Al igual que ya ocurriera al final de la anterior etapa, el argumento transcurre en Estados Unidos. Pero a diferencia de lo visto hasta ahora, el islamismo ha dejado paso a la amenaza rusa, al delicado equilibrio entre dos potencias mundiales históricamente enfrentadas. Casualidad o no (más bien lo segundo), la injerencia rusa ha sido una de las constantes en los primeros meses de Donald Trump en la Casa Blanca, del mismo modo que ocurre en la serie. Claro que en estos 12 capítulos  la trama va más allá. Mucho más allá si se analizan la sucesión de acontecimientos que han nutrido el arco dramático de la temporada. Porque, en efecto, son muchos los matices dignos de analizar en esta etapa, al igual que ocurre en la serie en general.

Si bien es cierto que todo vuelve a girar en torno a Carrie Mathison (Claire Danes –El caso Wells-, de nuevo inmensa en el papel), como no podría ser de otro modo, Homeland es capaz de encontrar tramas secundarias lo suficientemente importantes como para ampliar su campo narrativo, elevando el grado de complejidad de la historia y terminando con un gancho que, posiblemente, sea el mejor de toda la serie. Pero sobre eso hablaremos luego. Uno de los aspectos más interesantes de la historia es, precisamente, el peso que han ganado muchos secundarios. No hace falta mencionar que el rol al que da vida Mandy Patinkin (Wonder) es imprescindible ya en esta historia, pero a él se han sumado otros de presencia intermitente en esta historia.

Me refiero fundamentalmente a la familia de Mathison. En anteriores temporadas el tratamiento de su relación con su hija, sobre todo en los primeros años, y con su familia más directa ha sido cuanto menos cuestionable. Ya fuera por falta de espacio o por entenderse como una carga dramática innecesaria, lo cierto es que los roles de la hermana y de la hija han sido utilizados más como una muleta en la que apoyarse en diferentes momentos de la narración que como un trasfondo dramático. En esta séptima etapa, sin embargo, adquieren un peso notable, convirtiéndose en motor dramático para el desarrollo de la protagonista, interfiriendo de forma activa en el aspecto que, hasta ahora, siempre había sido el epicentro de la historia: el trabajo de una mujer para defender Estados Unidos. La unión de ambos mundos, muy diferenciados hasta ahora, transforma la historia para dotarla de una mayor profundidad dramática y, por tanto, una mayor y enriquecedora complejidad. Complejidad, por cierto, que se traduce en una espléndida deriva emocional de la protagonista, incapaz de manejar todos los aspectos de su vida a la vez.

Árabes por rusos

Aunque sin duda el cambio más interesante está en el enemigo al que debe enfrentarse la protagonista. La pasada temporada trasladó la amenaza al interior de Estados Unidos, y en esta se rompe, al igual que se hizo en la tercera etapa, con lo visto hasta ahora para plantear un nuevo enemigo, como decía al principio tomando como punto de partida la situación actual de las relaciones políticas internacionales. Bajo este prisma, la trama aborda, en primer lugar una amenaza interna marcada por teorías de la conspiración, y en segundo lugar una amenaza externa con influencias de la Guerra Fría.

Respecto a la primera, heredera directa del final de la sexta temporada, los creadores de Homeland aprovechan igualmente la realidad. O mejor dicho, las emociones actuales. La serie localiza buena parte de los sentimientos de rechazo que genera Trump para articular toda una lucha clandestina contra la presidenta a la que da vida Elizabeth Marvel (serie House of cards), primero a través de un comunicador de masas y luego a través de los propios movimientos políticos en el Congreso. Dos líneas aparentemente independientes que, sin embargo, tienen mucho en común y, lo que es más relevante, ofrecen un reflejo de la sociedad americana, al menos de una parte de ella. El tiroteo en una finca particular y las consecuencias del mismo es posiblemente uno de los momentos más dramáticos vistos en esta serie, y ha habido muchos. Pero a diferencia de otros, este se podría haber evitado, lo que aporta si cabe un mayor impacto emocional.

Ambos elementos de esta amenaza interna están unidos por algo mucho mayor, que es la amenaza externa. El cambio de enemigo a Rusia genera también un cambio en el desarrollo dramático muy particular. A diferencia de temporadas anteriores, donde el enemigo se escondía y era necesario encontrarle, en estos 12 episodios el enemigo juega las mismas cartas que la protagonista, lo que eleva la dificultad del juego y, por lo tanto, el interés. El mejor momento que define esta idea es la conversación entre los roles de Danes y Patinkin, donde la primera comprende el alcance de la conspiración rusa y el segundo se pone tras una pista que hasta ese momento solo era una teoría. Punto de inflexión de manual, dicha conversación modifica en apenas unos minutos todo el planteamiento narrativo precedente y posterior, en un ejercicio dramático sencillamente brillante en todos sus aspectos.

Pero si Homeland deja algo grabado a fuego en la memoria es su gancho de final de temporada. Esos meses con la protagonista prisionera, esa mirada perdida al ser rescatada y la certeza de que su mente tardará en recuperarse, si es que alguna vez lo logra, son ingredientes suficientes para que una futura temporada desarrolle una trama sumamente interesante, potenciando los aspectos personales y profesionales del personaje y dotando de un mayor protagonismo a secundarios menos importantes en todos estos años. Pero eso es el futuro. Por lo pronto, la séptima etapa no solo confirma que la serie es de lo mejor en intriga y espionaje que se hace hoy en día, sino que sabe adaptarse y reinventarse a cada paso, aprovechando los acontecimientos de la actualidad política para crear toda una conspiración que evoluciona constantemente.

‘Basada en hechos reales’: obsesión sin objetivo


Es muy difícil mantener un alto nivel narrativo durante toda una carrera. Da igual que sea un director de cine, un escritor, un músico. Lo normal es que ni todas las creaciones sean iguales ni tengan el mismo atractivo para el público. Y Roman Polanski (Chinatown) es el último ejemplo de esto. El film que acaba de estrenar, una historia de obsesión, intriga y algo de locura (o bastante locura, según se mire) ofrece al espectador muchas y muy interesantes preguntas, pero pocas respuestas, y ello es fundamentalmente debido al guión y a un montaje y una dirección de actores algo toscos, posiblemente hecho a conciencia para destacar el carácter transgresor de la historia.

Y aunque esa puede ser una base del thriller (plantear preguntas y resolverlas, aunque siempre dejando un pequeño resquicio para la duda), en Basada en hechos reales ese delicado equilibrio no llega a conseguirse, al menos no en su tramo final. Bien planteada en un comienzo, la cinta de Polanski tiende a perderse en su propia obsesión, en su propia oscuridad sin llegar nunca a salir de la espiral que ella misma crea. En este sentido, el arco argumental se identifica claramente con el viaje de la protagonista, pero lejos de resolverlo opta por dejarlo llegar hasta sus últimas consecuencias sin que haya, precisamente, consecuencias. Dicho de otro modo, lo que se narra en pantalla no termina de encajar en ningún marco dramático. La relación entre las dos protagonistas, ambas espléndidas, queda totalmente indefinida, a medio camino entre la amistad, la obsesión, los celos y la locura.

Es esta indefinición la que termina por perjudicar, y mucho, al desarrollo normal de la trama. Si bien es cierto que todo parece caminar hacia una historia de obsesión y locura, la falta de definición del personaje de Eva Green (La brújula dorada) impide aclarar las motivaciones de este, por otro lado, perturbador rol. El final, por ende, podría querer sembrar la duda de que todo forma parte de un proceso mental del personaje de Emmanuelle Seigner (Reparar a los vivos). A lo largo del segundo acto existen numerosos momentos en que la obra podría haber optado por alguna de las muchas hipótesis que plantea, pero en su lugar el guión opta por mantener esa incertidumbre hasta que es demasiado tarde para poder tomar una decisión, y eso termina por jugar en su contra.

El resultado es una obra perturbadora, inquietante y por momentos casi hasta terrorífica que, sin embargo, no encuentra su verdadera esencia. Con algunos momentos que recuerdan a Misery, sobre todo en su tramo final, Basada en hechos reales se queda a medio camino de todo, desde la narrativa de Polanski al tratamiento del argumento y de los personajes. Lo mejor, sin duda, son sus protagonistas, pero ni siquiera su labor es capaz de compensar el vacío que dejan el resto de elementos que componen este thriller.

Nota: 6/10

‘The Blacklist’ da un giro dramático fundamental en su 4ª temporada


No sé si habrá sido algo premeditado, algo circunstancial o simplemente fruto de la casualidad, pero lo cierto es que la cuarta temporada de The Blacklist ha sufrido un giro argumental que, a su vez, ha provocado un crecimiento exponencial en la calidad dramática de esta serie creada por Jon Bokenkamp (Preston Tylk). No significa esto que este thriller policial se haya convertido en una producción del más alto nivel, pero sí implica que ha habido una mejora notable con respecto al desarrollo de la trama en las anteriores etapas.

Y dicho cambio, que viene a producirse más o menos hacia la mitad de estos 22 episodios, no es otro que el cambio de mirada. Dicho de otro modo, hasta ahora la serie pivotaba sobre dos protagonistas fundamentales, James Spader (Lincoln) y Megan Boone (Bienvenido a la jungla), siendo ella la que llevaba el peso dramático y él un aliciente más a la intriga. Sin embargo, es evidente que durante estas temporadas la calidad interpretativa de Spader y la mejor definición de su personaje le han dotado de un mayor interés, dramatismo y peso narrativo. Y eso ha tenido su traducción en que la segunda mitad de esta cuarta etapa la serie se ha centrado en él, en su relación con el pasado y en la traición de sus colaboradores.

El resultado es más que evidente. The Blacklist pasa de un desarrollo algo anodino marcado por los casos episódicos y un drama personal con poco o ningún interés a un thriller que comienza siendo un ataque a una organización criminal y termina convirtiéndose en una venganza personal por un hecho del pasado. Puro thriller de espionaje, en resumidas cuentas. Y aunque todo sigue teniendo relación con Elizabeth Keen, el rol interpretado por Boone, esta queda ahora en un segundo plano para dar todo el protagonismo a Spader, quien aprovecha la ocasión para ahondar en su personaje, llenarlo de matices y, en una palabra, engrandecerlo.

A esto se añade, además, algunas decisiones narrativas y dramáticas bastante acertadas (otras, como explicaremos a continuación, son poco lógicas). Para empezar, limitar la presencia en escena del personaje al que da vida Ryan Eggold (De padres a hijas), el marido de la protagonista cuya relevancia en la trama se volvió casi anecdótica desde el momento en que perdió su verdadera función allá por el final de la primera temporada. Su trayectoria ha sido no solo inconsistente, sino innecesaria en muchos momentos, convirtiéndose en una especie de Deus ex machina que regresaba siempre que era necesario hacer algo y no había personaje adecuado.

¿Errores o allanando el terreno?

También es interesante el modo en que se está dando cada vez más peso narrativo al papel de Amir Arison (Navidades y otras fiestas a evitar), en esta ocasión siendo protagonista de algunas tramas secundarias que han tenido cierta repercusión posterior en la principal. Su rol de informático, unido a la buena definición de sus matices emocionales, convierten a este secundario en uno de los mejores de la serie, o al menos en uno de los más carismáticos. Introducirle en la historia, dotarle de protagonismo y hacerle partícipe del devenir del arco argumental principal puede ser un buen sustento dramático para la nueva temporada que está comenzando ahora mismo.

Ahora bien, la serie sigue pecando de muchos errores que arrastra de las temporadas anteriores. Para empezar, el tratamiento de la unidad del FBI no termina de encontrar su camino, siempre dudando entre situar a los agentes en el punto de mira de la justicia por sus tratos con criminales o convertirles en héroes. Y a esto habría que sumar la irregularidad en sus tramas episódicas, sobre todo en la primera mitad de esta cuarta temporada de The Blacklist, cuando el objetivo de las mismas no estaba muy claro. Y como colofón, un detalle sobre el personaje interpretado por Diego Klattenhoff (Pacific Rim) que, o bien es un error notable, o bien una forma de plantear un dilema moral y profesional de cara al futuro más inmediato.

Sea como sea, lo cierto es que lo que ocurre con este personaje viene a definir muy bien lo que es esta serie en general, y esta temporada en particular. No son pocas las ocasiones en que la trama plantea diversos dilemas morales, sobre todo para la protagonista, que se resuelven de un modo, digamos, particular. Sin consecuencias dramáticas posteriores, la trama termina por justificar determinadas decisiones y acciones “por el bien de la seguridad”. Y aunque es cierto que este es el fondo de la cuestión en esta serie, el modo en que se aborda, sin una profundidad dramática y tendiendo a complicar en exceso el desarrollo narrativo (una historia de misterio no tiene necesariamente que ser enrevesada), terminan por convertir esta ficción en un producto más bien mediocre, obligado por situaciones poco creíbles y con una apuesta formal excesivamente simple (salvo contadas y aplaudidas excepciones).

Así las cosas, la cuarta temporada de The Blacklist puede haberse convertido en el punto de inflexión que necesitaba la serie para poder seguir creciendo. Una vez conocido prácticamente todo de la heroína, toca centrar la atención en el verdadero motor de este thriller. Raymond Reddington, con todos los problemas de definición dramática que tiene la serie, se ha convertido por méritos propios en el mejor personaje de la historia, en el más interesante. Y lo ha hecho porque, a diferencia del resto, tiene muchas caras, muchas luces y sombras. Poner el foco de atención en su figura es el punto de partida para empezar a construir algo sensiblemente diferente, si es que es posible y hay interés en hacerlo. Eso habrá que verlo en la quinta temporada. Por lo pronto, la cuarta etapa deja un sabor agridulce, una sensación que mejora conforme avanza el arco argumental y que termina casi haciendo olvidar el mediocre inicio del que provenía.

‘Musa’: la inspiración fallida del thriller


La opinión generalizada es que el cine actual carece de originalidad, motivo por el cual recurre en parte a las adaptaciones de libros, cómics, series y demás productos culturales. Y aunque puedo compartir hasta cierto punto esta idea, la realidad es que en el resto de la cultura tampoco es que exista mucha originalidad entre la que escoger. Y la nueva película de Jaume Balagueró (Frágiles) viene a ser la prueba de que el cine y la literatura tienden a repetir patrones.

Porque aunque el punto de partida y la trama de Musa pueden ser originales, el tratamiento al final resulta algo manido, excesivamente lineal y con poco espacio para la sorpresa. Su comienzo, sumamente interesante, da paso a un desarrollo dramático algo previsible, con puntos de giro poco sorprendentes y sin querer entrar demasiado en motivaciones de personajes y limitándose a ser una aventura de suspense sencilla y efectiva.

Todo esto no implica que sea una mala película. Es sencillamente una película más, enfocada a ofrecer al espectador un thriller al uso con unas interpretaciones correctas y un mundo, el de la literatura y las musas, con más interés en su significado que en lo que finalmente se relata en el film. Entre todo esto, la mano experta de Balagueró imprime algo de vida a momentos del guión sin demasiado brillo, aprovechando el tratamiento gris de la imagen para ofrecer una perversión, una transgresión del mundo bello y hermoso de la poesía y las musas. En este sentido, el aspecto formal supera con mucho el fondo de la historia.

Dicho esto, Musa es una historia que entretiene, que construye un thriller correcto sobre uno de los mitos más antiguos de la literatura y la poesía. Y lo hace sobre la base literaria de la novela de José Carlos Somoza para terminar superando la historia desde un punto de vista visual. A pesar del ritmo imprimido por Balagueró, el guión adolece de cierto tratamiento de personajes y de giros argumentales diferenciadores, lo que termina convirtiendo a esta cinta en un thriller más. En este caso, la inspiración no parece haber sido la correcta.

Nota: 6/10

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