2ª temporada de ‘Stranger things’, más personajes y ciencia ficción


Una de las máximas de cualquier serie es que tiene que evolucionar. Sea como sea, tienen que existir cambios suficientes para que la ficción crezca. En algunos casos es introduciendo nuevos personajes y, con ellos, nuevas tramas. En otros, situando a los protagonistas ante nuevos retos personificados en villanos. Y en otros, como ocurre con la segunda temporada de Stranger things, profundizando más en los elementos que ya fueron planteados en la primera temporada. Y esto tiene su lado positivo y su lado negativo, y el éxito o fracaso de estos 9 episodios nuevos radica no solo en los ojos con los que los vea el espectador, sino en la habilidad de los hermanos Matt y Ross Duffer (serie Wayward Pines) para inclinar la balanza hacia los aspectos más positivos del relato.

Una habilidad que queda patente al ver el resultado de este nuevo homenaje al cine de ciencia ficción de los años 80. Superado el elemento sorpresa de su ambientación, la trama se ha vuelto más adulta para adentrarse en el mundo Del Revés planteado en su primera etapa y en la amenaza que suponen las criaturas de este otro lado. Y aunque la trama vuelve a utilizar el mismo desarrollo (al menos de forma esquemática) que tan buen resultado obtuvo en los primeros episodios, lo cierto es que el peso dramático que adquieren personajes adultos como el sheriff interpretado por David Harbour (Escuadrón Suicida) dota al conjunto de una visión más global y más compleja de lo planteado inicialmente.

Y es que aunque pueda parecer excesivamente simple, la trama ya no se centra en la búsqueda de un niño desaparecido, sino en la lucha directa y sin cuartel contra la amenaza de las criaturas de ese otro mundo. Mientras que la primera temporada tenía un carácter más aventurero adolescente (y que cada cual lo asocie a la película que crea oportuno), esta segunda etapa de Stranger things se entrega por completo a la ciencia ficción, a la lucha contra algo de otro mundo al que cuesta derrotar y no se llega a entender nunca. El cambio de concepto es evidente, pero eso no implica que sea peor. Sencillamente, era necesario buscar una salida a un planteamiento que no podía repetirse, y dado que el elemento sorpresa de la ambientación ya ha caducado (aunque sigue siendo espléndido), la opción elegida ha sido la de enfocar la trama hacia ese formato.

Para gustos los colores, por supuesto, pero personalmente creo que es acertado. Para empezar, ha permitido a la serie mantener buena parte de su esencia al tiempo que ha agrandado sus miras y sus objetivos, abriendo la puerta a nuevas posibilidades narrativas. Y lo más importante, ha introducido nuevos personajes que, a su vez, ha sido catalizadores de importantes cambios en los protagonistas, adultos y niños, que les ha permitido crecer dramáticamente hablando. Desde los problemas amorosos de unos preadolescentes hasta los conflictos románticos de adolescentes y adultos, pasando por el modo en que cada uno de ellos se enfrentan a esa amenaza procedente de otro mundo. Todo ello, aunque de forma sutil, hace que la visión de esta serie cambie. Desde un punto de vista narrativo, la apuesta de los hermanos Duffer no podría ser más idónea.

Referencias, más referencias

Y dado que mencionamos los nuevos personajes, es conveniente señalar que no todos los secundarios introducidos en esta nueva temporada tienen el mismo peso. De hecho, algunos resultan un tanto anodinos. Es el caso, por ejemplo, de todo el periplo de Eleven, el rol interpretado por Millie Bobby Brown (serie Intruders). Aunque necesario para explorar los orígenes de este personaje, lo cierto es que esa especie de viaje al Lado Oscuro se antoja poco elaborada. Sí, explica muchos elementos que definen a esta niña con poderes, pero al mismo tiempo plantea ciertas dudas sobre la necesidad de volverse, aunque sea por un instante, una delincuente.

Posiblemente este sea uno de los conceptos de Stranger things más cuestionables, amén de la aparición de una chica en el grupo de niños que causa una cierta revolución romántica en los protagonistas. Carente de originalidad, esta dinámica solo podrá tener justificación si se desarrolla de forma coherente en la próxima temporada, y sobre todo si no cae en los arquetipos vistos en miles de historias de este tipo. Eso sí, la presencia de esta joven interpretada por Sadie Sink (The Bleeder) convierte al grupo en un reflejo del que protagoniza It. Y precisamente las referencias al cine de terror y ciencia ficción más emblemático es uno de los elementos a aplaudir en esta segunda temporada.

En efecto, la trama está plagada de momentos que homenajean a grandes e inmortales títulos del género. La inclusión de Sean Astin, Sam en la saga ‘El Señor de los Anillos’ y uno de los protagonistas de Los Goonies (1985) así lo confirma. Pero hay mucho más. El final que se desarrolla en las instalaciones militares desiertas y plagadas de criaturas es una evidente referencia a Parque Jurásico (1993); la referencia a Los cazafantasmas (1984) ni siquiera es necesario analizarla; la secuencia que comparten en una casa los personajes de Charlie Heaton (El secreto de Marrowbone) y Natalia Dyer (After Darkness) antes de acostarse es un claro homenaje a Indiana Jones y el templo maldito (1984). Y como ellas, numerosos detalles, algunos más evidentes que otros, que confirman esta serie como una referencia constante a clásicos del cine y, sobre todo, a los directores que los hicieron posibles.

Puede parecer que Stranger things ha dejado de ser Stranger things. Pero lo cierto es que, como toda buena serie, ha evolucionado. ¿Hacia dónde? Por el momento, hacia una trama mucho más rica, compleja y abierta de lo que fue la primera temporada. El peso dramático de los adultos ha pasado de meros secundarios en la órbita de unos jóvenes que buscan a su amigo desaparecido a protagonistas de pleno derecho en una lucha contra un mal mayor. Si a esto se une la complejidad que adquiere ese enemigo y el cambio producido en los arcos argumentales de los jóvenes protagonistas, lo que nos encontramos es una segunda temporada que ofrece más en todos los sentidos. Y hasta cierto punto, ese es el objetivo de toda continuación, aunque en este caso la introducción de nuevos personajes y las consecuentes nuevas tramas secundarias generan un doble fenómeno. Por un lado, esa riqueza dramática y de ciencia ficción ya mencionada. Pero por otro, se expande el tanto el mundo presentado en los primeros episodios que se diluye el tratamiento de algunos protagonistas, provocando una cierta sensación de abandono de los mismos. Sea como fuere, con una tercera temporada confirmada existe margen para continuar desarrollando y profundizando en este universo, potenciando todo lo bueno que lo define y tratando de minimizar los problemas de ese crecimiento dramático.

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‘Fargo’, más drama y un humor negro irregular en la 3ª temporada


Se conoce como serie de antología a aquella producción en la que cada episodio o temporada tiene una historia diferente con personajes diferentes. En los últimos tiempos son varios los ejemplos, desde American Horror StoryTrue Detective. Los atractivos de este formato son evidentes: historias autoconclusivas, tratamiento concentrado, personajes que se renuevan cada poco tiempo, tramas dinámicas, etc. Pero también tiene sus inconvenientes, y es el hecho de que no todas las historias tengan el mismo nivel dramático. Ha pasado en prácticamente todas estas producciones, y Fargo no es ajena. La ficción creada por Noah Hawley (serie Bones) e inspirada en la homónima película de los hermanos Coen (¡Ave, César!) alcanza su tercera temporada con diferencias sustanciales en su tratamiento, a pesar de querer mantener la misma estructura que en etapas anteriores.

Unas diferencias que, aunque puedan parecer sutiles y podo determinantes, la realidad es que han provocado que estos 10 nuevos capítulos no hayan causado la misma sensación que las dos temporadas previas, que por cierto sí tenían algo en común, aunque fuera de un modo muy indirecto. Dichas diferencias se hayan en el peso dramático de los personajes y, sobre todo, en la carga de humor negro de la historia, más dramática que las anteriores o, si se prefiere, menos irónica. A esto se añaden algunos personajes secundarios algo irregulares, introducidos casi por necesidad más que por una auténtica construcción del relato. Eso por no hablar de ese personaje con toques divinos que se cuela en mitad de la historia en varias ocasiones.

Pero volviendo al tratamiento de la historia, esta tercera temporada de Fargo carga mucho las tintas sobre la relación de los hermanos gemelos interpretados por un espléndido Ewan McGregor (La Bella y la Bestia). Tanto que se olvida de definir algo mejor no solo a los secundarios, sino al otro personaje principal de este tipo de historias: el o la policía encargada del crimen que centra la trama, en esta ocasión interpretada por Carrie Coon (serie The Leftovers). Mientras que los roles de McGregor cargan sobre sus hombros el peso dramático y cómico del argumento, el de Coon se limita a potenciar la inocencia y, hasta cierto punto ingenuidad, característica de estos personajes, obviando el necesario toque cómico que siempre han tenido.

Y al perder esa ironía esta pata de la estructura dramática queda coja. En efecto, la investigación policial se vuelve un tanto anodina, sin interés más allá de que se resuelva cuanto antes para poder ver qué ocurre con los culpables y con los secundarios involucrados en el crimen. Dicho de otro modo, este tipo de personaje, que en temporadas anteriores había tenido un papel protagonista, queda aquí relegado a un secundario importante cuya historia, dicho sea de paso, carece del interés necesario para soportar el peso de su historia. Esto provoca un desequilibrio dramático que se aprecia en el ritmo y el interés de las secuencias, y que termina por generar una irregularidad que puede hacer muy cuesta arriba el seguimiento del argumento.

Secundarios, siempre los secundarios

El personaje de Coon, al poder compararse con temporadas anteriores, puede que sea el caso más evidente, pero no es ni mucho menos el único. De hecho, la trama está cargada de secundarios que entran y salen de la trama sin aportar gran cosa al conjunto, salvo tal vez acentuar más si cabe el carácter surrealista y absurdo de buena parte de una historia que, vista en su conjunto, tiene menos humor del que podría esperarse y más drama del que sin duda tuvieron las anteriores etapas (y eso que algunas fueron sumamente dramáticas).

Pero estas irregularidades no convierten esta tercera temporada de Fargo en una producción mediocre. De hecho, sigue estando muy por encima de la media que suele verse en la pequeña pantalla. Y ello es fundamentalmente gracias a unos personajes y unos actores que, salvo los casos ya comentados, son simplemente brillantes. Entre ellos destaca, como también es habitual en todas las temporadas de esta ficción, el villano, interpretado ahora por David Thewlis (Wonder Woman). Misterioso y desagradable como pocos, este personaje logra hacerse con el control de la trama casi al instante, tanto dramática como figuradamente. Su presencia en pantalla es, literalmente, tan cautivadora como repugnante, absorbiendo la atención del espectador de forma casi hipnótica. Es sin duda el gran atractivo de esta etapa, y con él dos roles secundarios cuyo valor es mejor que se compruebe por uno mismo.

De hecho, tiene tal relevancia en el desarrollo de la historia que, a diferencia de temporadas anteriores, el episodio final termina precisamente con cerrando el arco argumental de su particular trama, enfrentándole con el rol interpretado por Coon en un final, todo hay que decirlo, tan hermoso y simbólico como sencillo. El hecho de que ambos personajes terminen enfrentándose cara a cara, así como el final que tiene uno de los protagonistas interpretado por McGregor, viene a convertirse en el broche perfecto entre los dos extremos de esta ficción. Villano y policía se enfrentan cara a cara en un diálogo que aúna los diferentes elementos del irregular desarrollo de la trama, amén de cerrar la historia de una forma original y eficaz.

El mejor resumen de esta tercera temporada de Fargo podría ser que, aun sin alcanzar las cotas dramáticas e irónicas e sus predecesoras, es una ficción muy superior a lo que puede verse en la televisión. De nuevo con esos incomparables parajes nevados como telón de fondo, la historia, con sus numerosas irregularidades, ofrece de nuevo una enrevesada historia en la que asesinato, culpabilidad, crimen organizado y humor absurdo se combinan para mostrar un mundo tan surrealista como las situaciones que viven sus personajes. Es cierto que sobran secundarios, que hay secuencias innecesarias y que el peso dramático de los protagonistas es tan irregular que termina perjudicando el desarrollo dramático, pero con todo y con eso sigue arrancando una sonrisa sarcástica. Y lo más importante, sigue siendo Fargo.

‘Fear the Walking Dead’ aclara sus ideas en la 3ª temporada


La evolución que ha tenido Fear the Walking Dead durante sus tres primeras temporadas ha sido, cuanto menos, irregular. Con un notable comienzo, el desarrollo dramático de la historia ha sido errático, en buena medida determinado por el gran número de personajes, sus excesivamente diferentes historias secundarias y la sensación de que el arco argumental todavía se estaba tratando de encontrar a sí mismo. Pues bien, buena parte de sus problemas parecen haberse solucionado en estos 16 episodios que componen la tercera entrega de esta ficción nacida bajo la sombra de The walking dead. Buena parte, pero no todos.

En cierto modo, esta nueva temporada de la serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) y el autor del cómic en el que se basa la serie original, Robert Kirkman, es una purga de todos aquellos elementos innecesarios en la historia, tanto dramáticos como narrativos. Y entre ellos, por supuesto, destacan los personajes. Para empezar, las tramas de los diferentes personajes se han unificado en un único elemento. Se acabó, por tanto, el ubicar a cada rol protagonista en un escenario diferente. Más allá de los beneficios económicos y de producción que eso conlleva, dramáticamente hablando permite a la serie centrar la atención no solo en un grupo de supervivientes muy concreto, sino que potencia el desarrollo de las relaciones entre personajes, de sus conflictos y el modo en que reaccionan juntos (o separados) ante la adversidad.

A esto se suma la eliminación de muchos roles que, siendo sinceros, se habían vuelto anodinos o eran, casi desde el principio, totalmente innecesarios. El ejemplo más evidente es el de Cliff Curtis (Resucitado), cuyo papel desde el comienzo de Fear the Walking Dead ha estado marcado por una alarmante indefinición ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor. Y aunque se le ha intentado integrar, lo cierto es que su personalidad no tenía cabida en una serie de este tipo, al menos no como el presunto líder que debería ser. De ahí su desaparición. Otra cuestión es el modo en que desaparece, bastante criticable por lo ridículo que resulta. A él se añaden otros, tanto principales que habían participado desde el principio como secundarios incorporados en esta tercera temporada. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo la serie está empezando a adquirir la estructura dramática de su modelo a seguir, con villanos humanos diferentes en cada temporada y concentrando la atención en un pequeño grupo de personajes.

Porque sí, la serie tiene muchos secundarios, pero al igual que en la serie original, el peso de la trama recae en unos pocos, que además se han reducido ostensiblemente en esta etapa, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la historia como en el escenario en el que se desarrolla la trama. El hecho de que todo se haya concentrado en apenas cinco personajes ha permitido, además, desarrollar más en profundidad la personalidad de los mismos, ahondando en sus miedos, en sus capacidades y, sobre todo, en su pasado. Esto ha permitido algunos momentos sumamente interesantes, como el regreso a las drogas del rol de Frank Dillane (En el corazón del mar), una situación tan dramática como surrealista si se tiene en cuenta el mundo apocalíptico en el que ocurre todo. En definitiva, esta tercera temporada se ha librado de lastres para concentrar el foco en los aspectos más interesantes, potenciándolos a su vez al tener más tiempo para poder realizar un mejor tratamiento.

Problemas zombis

Con todo, esta etapa de Fear the Walking Dead sigue arrastrando numerosos problemas de las anteriores temporadas, como si de los muertos vivientes a los hace referencia el título se tratara. Para empezar, una cierta indefinición en su trama. Mientras que su serie matriz muestra un claro objetivo del grupo protagonista, en esta ficción apocalíptica los protagonistas se dispersan tanto física como psicológicamente, sin un sendero claro ni, aparentemente, un objetivo a alcanzar, salvo tal vez el de sobrevivir, que no es poco en este tipo de ficciones. No es poco, pero no es suficiente, sobre todo porque la serie provoca una y otra vez la sensación de estar ante algo inacabado, como si se hubiera iniciado la trama sin tener claro hacia donde dirigirla. Y eso termina afectando, en cierto modo, a los personajes.

Y es que, aunque el hecho de centrar la trama en un puñado de roles ha beneficiado al desarrollo dramático de la historia, esta todavía sigue presentando irregularidades en su tratamiento debido, precisamente, a esa aparente falta de objetivo. Los personajes no parecen dispuestos a luchar por nada salvo ellos mismos, por sobrevivir un día más en lugar de intentar establecer una zona de seguridad. Sí, hay intentos, pero dado que ninguno de ellos termina por tener éxito, el balance final es el de arcos argumentales marcados por la llegada a un lugar y su posterior destrucción. Y ello sin contar con villanos realmente relevantes, lo que hace aún más complicado aceptar algunas de las premisas que se han planteado, por ejemplo, en esta tercera temporada.

Estos nuevos 16 episodios tampoco logran librarse de la definición de algunos de los supervivientes. A pesar de la evidente evolución que han sufrido los protagonistas, algunos de ellos todavía mantienen ciertas reminiscencias de una personalidad anodina, a medio camino entre la inocencia, la pasividad o la incomprensión de lo que ocurre. Y esto, aunque en determinados momentos puede ser provechoso para acentuar el contraste entre los roles, en muchos otros se convierte en un lastre para que la acción avance, al menos de forma progresiva. En este sentido, y unido a esa idea de supervivencia día a día que antes mencionaba, la serie parece moverse en círculos constantes con los que los personajes, por fortuna, están evolucionando, pero que les sume en una espiral que les lleva a vivir similares situaciones una y otra vez.

Solo cabe esperar que Fear the Walking Dead pueda librarse de esta estructura circular para seguir avanzando hacia un futuro que, con la eliminación de personajes y el final de esta tercera temporada, promete ser sumamente interesante. Porque el gancho final de temporada de esta entrega es, posiblemente, de los mejores que ha tenido la serie desde sus inicios, situando a los personajes en un escenario complejo, marcado por la muerte y la destrucción. En cierto modo, estos 16 capítulos marcan un cambio de tendencia; no radical, pero sí lo suficiente como para que se aprecie algo diferente. Los problemas siguen ahí, pero se suavizan. Si se logran eliminar, o al menos sí cambiar progresivamente, la serie podría deparar un mundo apocalíptico apasionante.

8ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), o cómo narrar con saltos temporales


Una de las mayores críticas que se puede hacer a The Walking Dead es su irregularidad en el ritmo dramático y narrativo. Me considero un fiel defensor tanto de esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) como del cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore, que toma como referencia para hacer avanzar la acción pero al que, en líneas generales, cada vez tiende más a ignorar en los detalles dramáticos. Volviendo al ritmo, la primera mitad de esta octava temporada es posiblemente el ejemplo más claro de que en esta serie siempre parece que no pasa nada aunque termina pasando de todo.

De hecho, estos primeros 8 episodios, salvo un comienzo frenético y brutal en el que los combates entre las diferentes facciones humanas copan prácticamente toda la narrativa, el resto se vuelve excesivamente contemplativo, tratando de ahondar en cada uno de los personajes de forma individual y cómo se enfrentan a la guerra abierta contra los Salvadores de Negan (al que vuelve a dar vida un espléndido Jeffrey Dean Morgan –Premonición-). Esto, en cierto modo, impide que se pueda seguir el hilo argumental principal, no solo por los numerosos saltos espaciales que existen, sino porque esta ficción postapocalíptica tiene ya tantos personajes que abordar las emociones de todos ellos resulta una tarea ardua y, por momentos, imposible de realizar.

A eso se suma que muchos de los roles secundarios han adquirido un protagonismo algo innecesario. Bueno, innecesario no, pero desde luego sí excesivo para lo que se puede esperar de ellos. Este ascenso a la primera línea dramática obliga a restar minutos de otros protagonistas de The Walking Dead, y a su vez por tanto se resta interés y profundidad a algunas decisiones, conversaciones y reacciones. Posiblemente una de los elementos que más se ven afectados sea la relación padre hijo entre los roles de Andrew Lincoln (Pago justo) y Chandler Riggs (Piedad), olvidada por necesidades dramáticas obvias y que, en esta parte de la temporada, parece querer recuperarse, aunque de forma un poco tosca. Se podría decir, en este sentido, que este comienzo de temporada tal vez sea uno de los más débiles en su conjunto, aunque eso no quiere decir que sea necesariamente malo, al contrario. La serie sigue manteniendo un alto nivel interpretativo, narrativo y visual, con algunos momentos no aptos para estómagos sensibles.

Con todo, lo más llamativo y sorprendente de esta primera mitad de la octava temporada son los constantes saltos temporales en la narrativa, desde el ya inolvidable comienzo en el que Rick Grimes, envejecido y dolorido, se mueve por una sociedad casi utópica, hasta los momentos en que un personaje se halla en una situación extrema a la que se llega con el desarrollo del episodio. Dichos saltos, más allá de acentuar el caos en el que viven los protagonistas, logran un efecto dramático impecable, situando al espectador en la posición de conocer la situación de los personajes antes de que vivan los acontecimientos. Se juega así con la doble sensación de algo conocido y de peligro ante lo que todavía no se conoce. Dicho de otro modo, es la definición más exacta de tensión dramática que se ha visto en esta serie.

Personajes sin futuro

Todo ello ayuda a paliar, en cierto modo, las carencias de este comienzo de temporada de The Walking Dead en lo que a ritmo e intensidad dramática se refiere. Aunque como es habitual en esta producción, la narrativa se mueve a golpe de martillo. O de bate de baseball, si se prefiere. Después de la tormenta siempre llega la calma, es cierto, pero… ¿y detrás de la calma? Bajo esta premisa, estos 8 episodios vienen a ser un compendio reducido de las diferentes fases de una guerra, desde el conflicto directo hasta los movimientos de espionaje, pasando por la preparación de una contraofensiva o la destrucción de la retaguardia.

En este contexto bélico, los saltos temporales adquieren especial relevancia. Ver al personaje de Lincoln, por ejemplo, llamar a unos puestos avanzados sin obtener respuesta para comprender, minutos más tarde y con un sinfín de acontecimientos entre medias, que los vigilantes de dichos puestos han desaparecido. Escuchar una arenga a las tropas para, minutos después, comprender lo que ha motivado dicha arenga. Y así sucesivamente. Este juego con el tiempo dramático no solo aporta un interesante recurso narrativo a estudiar, sino que genera en el espectador la doble sensación de caos visual e intensidad emocional. Y eso es algo que en una serie en la que en muchos episodios parece no ocurrir nada resulta muy valorado.

Con todo, lo que vuelve a definir a esta ficción es el poco apego que se tiene a los personajes. Poco importa que sean héroes o villanos, protagonistas o secundarios. Si un rol tiene que desaparecer por necesidades dramáticas, desaparece. Y hago especial mención a este elemento porque el gancho de mid season es posiblemente el más impactante, abrumador e inesperado de todos estos años. No desvelaré aquí lo que ocurre en los últimos minutos del episodio 8; tan solo mencionaré que, de confirmarse lo que a todas luces parece evidente, sería el mayor cambio con respecto al cómic, pero es que además trastocaría las dinámicas dramáticas de un modo que pocas veces se ha visto en televisión. Un cambio tan brutal como apasionante, pues abriría las puertas a un nuevo mundo en el tratamiento dramático de esta serie.

En resumidas cuentas, esta primera mitad de la octava temporada de The Walking Dead podría ser uno de los más débiles en muchos aspectos, pero sin duda uno de los más interesantes desde el punto de vista narrativo. El protagonismo que adquieren algunos personajes resulta algo innecesario, es cierto, pero el modo en que se narra la historia, el juego de sus creadores con los tiempos dramáticos y la aportación de los actores compensa la falta de ritmo que tiene en algunos momentos. Eso y un final que dejará con al boca abierta a cualquier fan. La espera para la segunda parte se hará eterna.

1ª T. de ‘The Handmaid’s Tale’, una colorida distopía gris


Ha sido sin lugar a dudas una de las series de este año 2017. Y méritos no le faltan. The Handmaid’s Tale, la adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Margaret Atwood, es un interesante trabajo visual, interpretativo y conceptual, de obligado visionado tanto para estudiantes del lenguaje audiovisual como para aquellos que quieran entender, aunque sea mínimamente, cuáles pueden ser los sentimientos de la mujer en una sociedad dominada por los hombres. Y aunque es evidente que esta distopía no deja de reflejar una situación llevada al extremo, este tipo de historias siempre suelen reflejar aspectos de la sociedad actual, lo que añade un elementos realmente inquietante a la trama de esta primera temporada de 10 episodios creada por Bruce Miller (serie Los 100).

Una trama que comienza cuando una mujer es capturada para convertirse en criada de un matrimonio. Lo que comienza siendo un acto atroz pronto se desvela simplemente como el comienzo de algo más brutal. Y es que en un futuro la Humanidad se ha vuelto estéril, y solo un grupo de mujeres son fértiles. En este contexto, la sociedad norteamericana ha sido tomada, en su mayoría, por una autocracia religiosa que somete a las mujeres a diferentes tareas; la de las criadas contempla, entre otras cosas, la de tener hijos para los líderes de la comunidad, que una vez al mes las violan bajo la excusa de realizar un rito contenido en las escrituras. La serie se centra en la historia de una de estas criadas.

Si el argumento de The Handmaid’s Tale ya es de por sí sumamente interesante, lo más llamativo, y al mismo tiempo más sutil, es el tratamiento visual de esta sociedad. Basado en un código de colores, el lenguaje visual utilizado explota al máximo las posibilidades expresivas de dicho código. Planos cenitales que muestran cómo el rojo de las criadas se mueve en bloque; movimientos de cámara que combinan rojo, verde, gris y negro de un modo casi armónico; y así sucesivamente. Sin embargo, lo más llamativo es que toda esta gama cromática se muestra ante el espectador de un modo apagado, sin el brillo que cabría esperar y siempre con una tonalidad gris en el ambiente, cuando no directamente oscura. Este contraste de colores vivos con la frialdad y la tristeza que transmiten los tonos grises viene a reflejar, en última instancia, el contraste interno de una sociedad presuntamente ordenada en la que las mujeres son sometidas, en la que la apariencia de felicidad y tranquilidad esconde una verdad mucho más atroz. En definitiva, el contraste que esconde una distopía.

La combinación de la apuesta visual con el contenido dramático de esta primera temporada conforma un todo extraordinario. Y es que más allá de la fuerza narrativa, el trasfondo de la serie es sin duda uno de los elementos más perturbadores de la pequeña pantalla. No me refiero tanto al diseño de la sociedad en sí; ni siquiera a la influencia religiosa o a determinados momentos de la trama, como aquellos en los que se planean los atentados terroristas que dieron lugar a esa nueva sociedad. No, lo perturbador es cómo todo ello no deja de ser una excusa para someter a las mujeres, para violarlas y utilizarlas como complace a los hombres, algunas para tener hijos, otras para ser sus cocineras, sus siervas o sus esclavas. Escenarios como el burdel al que solo tienen acceso los hombres y, sobre todo, el modo en que se va descomponiendo la careta de perfección de muchos personajes son sin duda los mayores hallazgos del relato.

Actrices y actores ante todo

Claro que todo ello no sería lo mismo sin un reparto en estado de gracia. Sobre todo de unos secundarios que sostienen, en buena medida, todo el contexto político, social y religioso que convierte a The Handmaid’s Tale en lo que es. Curiosamente, tanto Elisabeth Moss (serie Mad Men) como Joseph Fiennes (Hércules) resultan los menos atractivos del conjunto, al menos analizados de forma separada. Ella se convierte en el vehículo narrativo para exponer el mundo en el que vive, mientras que él representa, con todos sus matices, los contrastes de esa sociedad distópica, que se muestra de un modo pero que, de puertas adentro, es de otro totalmente diferente. Sin embargo, los momentos que ambos comparten juntos se convierten en los más reveladores del relato, evidenciando que ambos roles se necesitan el uno al otro no solo para crecer dramáticamente, sino para establecer la dinámica que necesita la serie.

Asimismo, es importante señalar el uso de la narrativa paralela que se establece con la voz en off del personaje de Moss. A través de esta especie de proyección de sus pensamientos sobre los acontecimientos que vive el espectador se adentra no solo en su personalidad, sino en el corazón de una sociedad corrupta, lo que ayuda a comprender mejor la dinámica de clases y la hipocresía de los líderes.

Mencionaba antes a los secundarios. En verdad, todos ellos son capaces de componer, por un lado, un mosaico clasista bajo un código de colores que enriquece la ya de por sí interesante historia del personaje de Moss. Pero es que, además, cada uno de forma individual define maravillosamente el estamento al que pertenece y los contrastes que en él se producen a medida que avanza la trama. Desde Yvonne Strahovski (serie Dexter) hasta Max Minghella (Ágora), todos los personajes son un reflejo de los debates morales y éticos que provoca la doble vara de medir de una sociedad creada solo para el dominio del hombre sobre la mujer. En este sentido, resulta especialmente destacable la labor de Madeline Brewer (serie Orange is the new black), cuyo rol como criada llevado a sus últimas consecuencias se puede considerar el detonante de un futuro apasionante para esta serie. La evolución de este rol es cuanto menos aplaudible, y desde luego es un modelo en el que fijarse para crear y hacer evolucionar un personaje.

No cabe duda de que The Handmaid’s Tale es una de las series del año, y si se mantiene el tono dramático y visual de esta primera temporada, terminará siendo una de las producciones más complejas e interesantes de los últimos años. Todo indica que así va a ser, pues el final de estos primeros 10 capítulos deja abiertas las líneas argumentales necesarias para desarrollar lo que cabe esperar de una historia como esta, es decir, profundizar más en las miserias y corruptelas de un sistema social y político aparentemente perfecto, y desarrollar la rebelión de estas criadas que una vez al mes son violadas para intentar dejarlas embarazadas. Una serie con muchas capas, a cada cual más compleja, que crean una historia capaz de atrapar al espectador en un mundo tan increíble como plausible.

‘Orange is the new black’, reivindicación y denuncia en su 5ª T.


La evolución de Orange is the new black es cuanto menos interesante desde un punto de vista narrativo y de construcción de tramas. Lo que comenzó siendo una serie carcelaria de mujeres con una clara protagonista se ha convertido en una producción coral con muchos y atractivos personajes entre los que, curiosamente, se ha diluido por completo el personaje de Taylor Schilling (Noche infinita), con el que comenzó todo hace ya cinco temporadas. Y aunque en líneas generales siempre ha existido un tratamiento dramático con un trasfondo de denuncia social, en los 13 episodios de esta quinta etapa esa denuncia del sistema penitenciario y la reivindicación de los derechos de presos y presas es más acusado que nunca.

Y es que, con una historia concentrada en unos pocos días y con un motín como contexto narrativo, la creadora Jenji Kohan (serie Weeds) compone un universo en constante evolución en el que la tensión se nota en casi cada plano. Una tensión combinada con el ácido humor del que siempre ha hecho gala la serie pero que, en esta ocasión, dispara de forma indiscriminada contra cualquier personaje, tenga la condición que tenga. Así, los momentos más dramáticos, siempre en torno a la muerte del personaje que da pie al motín, se mezclan con situaciones de lo más irónicas y surrealistas, desde el secuestro de los rehenes y lo que hacen con ellos, hasta los problemas existentes entre los diferentes clanes dentro de la prisión. Este tratamiento cómico-dramático, al fin y al cabo presente durante toda la serie, genera algunos momentos sumamente divertidos a la par que preocupantes, manteniendo en definitiva el espíritu de esta producción.

Sin embargo, el carácter reivindicativo de Orange is the new black está mucho más presente, sobre todo en el tramo final de la temporada. Y lo está por muchos motivos. Más allá de la negociación entre presas y responsables de la penitenciaría, la serie pone el foco en diversos aspectos sociales que enriquecen el desarrollo de la historia como tal. Por un lado, el trato inhumano e insensible con el que se mantiene a las presas, no tanto por el poco espacio en el que conviven sino por la falta de tacto después de que una de ellas haya muerto aplastada por un guardia. Por otro, el hecho de que todo esté en manos privadas hace que solo interesen los beneficios, con el impacto que eso tiene en la vida entre rejas de estas mujeres. Pero es que además, y esto puede que sea más importante, se aprecia una falta de interés del sistema en reintegrar a estas personas. Los intentos de construir algo parecido a una sociedad dentro de la cárcel, en la que el intercambio entre productos fabricados por las presas sea la base del buen funcionamiento, se vienen abajo al no existir una integración real entre los diferentes grupos, lo que invita a pensar en las dificultades de reintegrarlas en la sociedad.

En este sentido, es interesante establecer el paralelismo entre los distintos comportamientos que se producen dentro de la prisión entre las internas, y cómo todos ellos derivan de un único acontecimiento en el que, eso sí, estuvieron todas unidas casi por primera vez en toda la serie. Desde aquellas que quieren evitar el conflicto a aquellas que quieren controlarlo; desde las presas que solo quieren paz en un rincón apartado hasta aquellas que provocan más y más caos. En este pequeño microcosmos están representados absolutamente todos los comportamientos, todos los modos de afrontar y aprovechar un motín como el que narra esta quinta temporada. Y tal vez sea por la falta de coordinación, o simplemente que era algo que tenía que pasar, pero lo cierto es que el desenlace es uno de los que más posibilidades de futuro ofrece a esta ficción si se sabe aprovechar.

Torre de Babel

Como mencionaba al comienzo, la desaparición del protagonismo de Schilling en la trama ha abierto las puertas a una verdadera “Torre de Babel” en la que varios personajes han ido asumiendo más y más peso dramático. Y si bien esto es algo positivo dado que la primera protagonista no es, ni de lejos, tan interesante como otros roles más o menos secundarios, también genera varios problemas narrativos que a lo largo de las cinco temporadas de Orange is the new black se han tratado de forma irregular.

En el caso de esta quinta etapa el tratamiento ha sido realmente interesante. A pesar de un ritmo intermitente, la trama se ha apoyado sobre los personajes más importantes, que han adquirido una mayor responsabilidad dramática y han salido airosos de la prueba. Asimismo, el hecho de que el argumento se haya desarrollado en varios núcleos claros en los que transcurre prácticamente toda la acción ayuda a ubicar tanto temporal como espacialmente el grueso de una trama mucho más condensada y con un objetivo más claro que el de temporadas anteriores. Todo ello conforma un arco argumental cuyo planteamiento, nudo y desenlace son más evidentes, más directos y, en cierto modo, más tradicionales de lo que esta serie nos tiene acostumbrados, lo cual no resta un ápice a la ironía ni al carácter de los personajes. Al contrario, los potencia, lo que debería hacer reflexionar sobre el rumbo que debe tomar la serie en lo que a tratamiento y estructura narrativa se refiere.

Y es que a diferencia de las anteriores temporadas, el hecho de desarrollar la trama en poco tiempo, siempre con un tema claro como telón de fondo y con la necesidad de encontrar una salida correcta al conflicto planteado, permite a su creadora centrar la atención y acotar la narrativa a las protagonistas de siempre, cuyas particularidades se potencian gracias a estas limitaciones espacio-temporales. Es evidente que la temporada puede tener (y de hecho tiene) altibajos de ritmo y de interés, sobre todo por la introducción de algunas tramas secundarias que, aunque divertidas, aportan poco al conjunto salvo definir algo mejor el universo de la serie. Pero con todo y con eso, la temporada se erige como una de las más completas.

De hecho, y aunque para gustos se hicieron los colores, esta quinta etapa de Orange is the new black posiblemente sea la más completa en lo que a contenido dramático se refiere. El acontecimiento que da lugar al motín, el desarrollo del mismo, los hitos dramáticos y los puntos de giro convierten a estos 13 capítulos en los más intensos de la serie. Tal vez no los mejores, pues parte de su tratamiento puede resultar algo caótico o irregular, pero sin duda los más complejos. Y su final, abierto como siempre pero con muchos más interrogantes, es la guinda perfecta de un pastel que ha cambiado su receta para tener un sabor más intenso. La duda que queda ahora es si esto tendrá una continuidad en el futuro o se volverá al caos resuelto en un puñado de episodios que venía siendo hasta ahora.

‘Tyrant’ se deja llevar en una última temporada de final ambiguo


Cómo se convierte un líder en un tirano? ¿Y cómo una serie con un planteamiento puede derivar en un producto sin un objetivo claro? Los motivos son muchos, y la tercera temporada de Tyrant es un ejemplo idóneo de cómo una ficción puede terminar siendo algo ficticio, valga la redundancia. Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una especie de thriller familiar que gira en torno al poder, la traición y la violencia termina siendo… pues lo mismo, pero transformando a sus personajes de tal modo que se vuelven irreconocibles, dejándose llevar por una narrativa incontrolada para terminar en un final ambiguo y abierto como pocos. Y todo ello en 10 episodios.

Y es que la serie creada por Howard Gordon (serie Homeland), Gideon Raff (serie Prisoners of war, en la que se basa Homeland) y Craig Wright (serie Sexy money) ha evolucionado de forma irregular e intermitente. Con una trama principal realmente sólida e interesante, los primeros compases sentaron las bases de un drama y thriller político, social y familiar en Oriente Medio, planteando todos los actores posibles, desde los intereses de un país como Estados Unidos hasta los deseos de la sociedad de una libertad que no les otorga una dictadura militar. Todo eso se sigue manteniendo en esta última etapa, y puede que ese sea el gran problema. La ficción, aunque ha sufrido una evidente evolución, no ha cambiado en esencia su dinámica. Da la sensación de que ha sustituido unos personajes por otros, introduciendo por el camino elementos anexos para regular tramas secundarias como el ‘love interest’ o las historias de familiares y amigos.

Esto genera una doble y extraña sensación. Por un lado, la historia de Tyrant evoluciona en una especie de espiral que solo evoluciona hacia más violencia, pero que siempre vuelve a la situación inicial recrudecida por la sangre y la muerte. Y por otro, los personajes principales dan un giro radical a sus personalidades de un modo tosco, algunas veces motivado por un suceso extremo, otras simplemente por la necesidad de la trama, cuando debería de ser al revés o, al menos, una sincronía entre personajes e historia. El mejor ejemplo es el protagonista interpretado por Adam Rayner (Tracers). Cuesta creer que un hombre que ha liderado una revolución y una rebelión contra su hermano asuma el mando de un país de forma temporal, sea incapaz de enfrentarse a sus consejeros y termine haciendo aquello que más odia solo porque está obligado.

A ello se añaden algunos elementos propios de una telenovela destinada a durar cientos de episodios. Hijos secretos, amores pasados que regresan para volver a irse, intrigas familiares, etc. Todo ello envuelve una historia que, por si sola, tiene el suficiente peso dramático como para poder ser desarrollada de forma íntegra, sobre todo en esta tercera temporada, donde el apartado político y social adquiere un mayor protagonismo. Con todo lo que supone una convocatoria electoral, la amenaza del terrorismo, las protestas ciudadanas, los presos políticos y el resto de elementos parece poco necesario centrar la atención en elementos superfluos que solo hacen enrevesar dramáticamente la historia pero que aportan más bien poco a su desarrollo real. Todo ello invita a pensar que esta última temporada, en realidad, iba a tener una continuación. Si no, la serie tendría uno de los finales menos acabados que se recuerdan.Falsas elecciones

Con todo, esta tercera y última temporada de Tyrant ofrece una visión muy interesante sobre cómo el poder corrompe, sobre cómo la venganza consume al ser humano y sobre el modo en que podemos llegar a aprovechar una situación para tratar de salir indemnes de nuestros delitos anteriores. Y todo ello con la sencilla premisa de celebrar unas elecciones democráticas en un país dominado por una dictadura. Esta decisión, más allá del modo en que luego se desarrolla en pantalla, es el desencadenante de toda una serie de consecuencias que componen un interesante mosaico de ideas que, en conjunto, dibujan un desolador panorama acerca de la libertad en un país tradicionalmente controlado con tiranía.

Unas elecciones, falsas al fin y al cabo como se desprende del final de la serie, que a pesar de querer ser democráticas sirven, en definitiva, para los intereses personales de cada personaje que, en mayor o menor medida, participa en ellas. Desde la mujer del dictador que las usa a modo de redención, hasta el amigo crítico del dictador que las utiliza para desmarcarse de esa amistad, todos los personajes encuentran en esta promesa una vía para desarrollar sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Poco parece importar, por tanto, el interés del pueblo, y es este uno de los aspectos más interesantes de esta etapa final. Porque, en efecto, la batalla entre dictadura y democracia se traduce en realidad en un conflicto entre personalismos y sociedad en el que siempre pierden aquellos que defienden lo segundo. Y aquí no tienen cabida ni el amor ni la amistad.

El problema, como he dicho antes, no radica tanto en la trama principal, bien planteada y con hitos dramáticos interesantes. No, el problema está en el desarrollo de dicha trama, en el modo en que se plantean las líneas argumentales secundarias (muchas a modo de telenovela que concuerda poco con el espíritu que pretende tener la serie) y, sobre todo, en algunos puntos de giro obligados para poder mantener un formato poco natural o, por lo menos, en el que los personajes no solo no parecen encajar, sino en el que se les obliga a cambiar su personalidad y su definición según conviene. A priori, estos cambios podrían considerarse una suerte de debate moral (y hasta cierto punto lo es), pero el modo en que se realiza, toscamente y sin asentar previamente las bases de esas dudas éticas, es lo que termina por no encajar correctamente.

Que no exista ese trabajo previo es fruto, precisamente, de que Tyrant introduce líneas secundarias innecesarias que quitan tiempo y protagonismo a lo realmente interesante. Esta tercer y última temporada confirma que en esta serie han existido dos interpretaciones muy diferentes, aquella que pretendía ser un thriller sobrio sobre la dictadura, el poder, el terrorismo y la lucha por la libertad, y otra que pretendía otorgar más dramatismo, más giros argumentales enfocados a enrevesado la parte personal de los personajes. Por desgracia, no es capaz de encontrar el equilibrio, y el final de la serie lo confirma, dejando inacabado el desarrollo de la historia, sin explicar el futuro de los protagonistas y sin cesar ninguna de las principales tramas que se dan cita en esta tercera etapa. Al final, lo que pretendía ser un relato sobre un país de Oriente Medio dominado por la tiranía y el modo en que la libertad se abre camino se queda, precisamente, a medio camino.

‘Episodes’ termina y cierra ciclo en su quinta temporada


Aunque muchas veces las comparaciones son odiosas, equiparar en algunos aspectos unas cosas con otras puede ayudarnos a tomar perspectiva. Por ejemplo, en el caso de Episodes, la serie creada por David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie The class), equipararlo a cualquier otra producción, ya sea drama o comedia, permite apreciar mejor la calidad de una serie sencilla, una sitcom correcta y ajustada en tiempo y formato que, sin embargo, está planteada de principio a fin como un todo. Y eso es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de series.

Y esto es algo que se aprecia sobremanera en la quinta y última temporada por muchos motivos. El más importante, evidentemente, el dramático. El arco argumental de esta etapa final viene a ser una vuelta a los inicios para los protagonistas, un regreso al punto de partida con el que comenzó esta divertida ficción. La pareja de guionistas interpretada por Stephen Mangan (Rush) y Tamsin Greig (Con la banca no se juega) se convierten en el punto de apoyo sobre el que la trama gira sobre sí misma para volver a situarles como al principio, es decir, construyendo una historia que no les termina de convencer para un actor, Matt LeBlanc (Los ángeles de Charlie) al que odian y aman casi a partes iguales.

Por supuesto, no es este el único elemento. Resulta también interesante el giro final de la serie, en el que los protagonistas convierten en episodio piloto del nuevo producto su propia experiencia con LeBlanc, una producción dentro de otra producción que acentúa el carácter cíclico de Episodes desde un punto de vista puramente formal y conceptual. Desconozco si esa era realmente la intención de sus creadores desde el comienzo o si ha sido algo obligado por las circunstancias, pero lo que sí parece claro, viendo el resultado final de la serie completa, es que alguna base debía existir, pues aunque en muchas ocasiones el desarrollo dramático ha podido parecer algo caótico, la realidad es que todo ha terminado encajando de forma armónica.

Y todo ello con humor ácido, con carcajadas blancas y sinceras, y con una cierta crítica profesional y social a un mundo, el de la televisión, marcado por las audiencias. Esta quinta temporada, en este sentido, también es ejemplar. Si durante etapas anteriores la trama se ha centrado fundamentalmente en el devenir de una pareja de guionistas ingleses y su calvario en Estados Unidos, en esta última parte (y que comenzó en la cuarta temporada) buena parte del peso también recae en el personaje de LeBlanc, al que se le enfrenta a situaciones que, en principio, ningún actor desea, como bien se encargan de demostrar en la trama. Y a su alrededor, todo un mundo movido por intereses personales, por rencillas y, por supuesto, por el dinero y la audiencia, capaz de perdonar todo. Y cuando digo todo, es todo.

El final deseado

Otro elemento que viene a confirmar el carácter circular de Episodes es el hecho de que esta última temporada cuenta con 7 episodios, los mismos que la primera allá por 2011 y dos menos que el resto de etapas. Puede parecer causalidad o una mera anécdota, pero lo cierto es que esta características de la conclusión de la serie condiciona en buena medida el desarrollo de la trama, mucho más directo y enfocado a cerrar las líneas argumentales todavía abiertas a lo largo de esta ficción. En este sentido, y a pesar de los problemas que puede ocasionar la falta de tiempo, se podría decir que es el final deseado.

Porque sí, la conclusión de la serie es lo que podría esperar y desear cualquier espectador de una producción tan blanca y limpia como esta. Nada de finales inesperados, nada de giros argumentales de última hora que puedan cambiar el destino de los protagonistas. Todo se desarrolla como estaba previsto, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y aunque es cierto que algunas historias secundarias pecan en exceso de un desarrollo y una resolución directa y simple, no lo es menos que la dinámica del trío protagonista es tan sólida que acapara toda la atención, por lo que las historias secundarias quedan, pues eso, en un segundo plano.

Y si bien es cierto que al final estos personajes secundarios, aunque divertidos y por momentos interesantes, no dejan de ser meras sombras en el fondo de la historia principal que permiten dar color al entorno en el que se desarrolla la trama, también lo es el hecho de que se echa en falta algo más de peso dramático y narrativo de los mismos en esta conclusión. Y es que ese es el principal problema de esta última temporada. Durante toda la serie varios secundarios habían disfrutado de un peso específico notable, siendo incluso determinantes en las decisiones de los protagonistas. Ahora, sin embargo, se convierten más bien en un contexto necesario, en una suerte de acompañamiento divertido al que se le tiene que dar un final, pero que no tiene demasiado impacto en el resto de la ficción.

En cualquier caso, es un problema menor de una sitcom diferente, fresca y dinámica, con un trío protagonista que, sin ser excepcional, sí evidencia una complicidad inusual. Esta quinta y última temporada de Episodes cierra por completo la serie de un modo pocas veces visto, y a pesar de ciertos problemas de equilibrio dramático entre la historia principal y los personajes secundarios, en líneas generales cumple lo que podría esperarse de una ficción de estas características. No es una obra cumbre de la comedia, ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente original como para ser una obra destacada, tanto por su argumento como por sus actores.

‘The Blacklist’ da un giro dramático fundamental en su 4ª temporada


No sé si habrá sido algo premeditado, algo circunstancial o simplemente fruto de la casualidad, pero lo cierto es que la cuarta temporada de The Blacklist ha sufrido un giro argumental que, a su vez, ha provocado un crecimiento exponencial en la calidad dramática de esta serie creada por Jon Bokenkamp (Preston Tylk). No significa esto que este thriller policial se haya convertido en una producción del más alto nivel, pero sí implica que ha habido una mejora notable con respecto al desarrollo de la trama en las anteriores etapas.

Y dicho cambio, que viene a producirse más o menos hacia la mitad de estos 22 episodios, no es otro que el cambio de mirada. Dicho de otro modo, hasta ahora la serie pivotaba sobre dos protagonistas fundamentales, James Spader (Lincoln) y Megan Boone (Bienvenido a la jungla), siendo ella la que llevaba el peso dramático y él un aliciente más a la intriga. Sin embargo, es evidente que durante estas temporadas la calidad interpretativa de Spader y la mejor definición de su personaje le han dotado de un mayor interés, dramatismo y peso narrativo. Y eso ha tenido su traducción en que la segunda mitad de esta cuarta etapa la serie se ha centrado en él, en su relación con el pasado y en la traición de sus colaboradores.

El resultado es más que evidente. The Blacklist pasa de un desarrollo algo anodino marcado por los casos episódicos y un drama personal con poco o ningún interés a un thriller que comienza siendo un ataque a una organización criminal y termina convirtiéndose en una venganza personal por un hecho del pasado. Puro thriller de espionaje, en resumidas cuentas. Y aunque todo sigue teniendo relación con Elizabeth Keen, el rol interpretado por Boone, esta queda ahora en un segundo plano para dar todo el protagonismo a Spader, quien aprovecha la ocasión para ahondar en su personaje, llenarlo de matices y, en una palabra, engrandecerlo.

A esto se añade, además, algunas decisiones narrativas y dramáticas bastante acertadas (otras, como explicaremos a continuación, son poco lógicas). Para empezar, limitar la presencia en escena del personaje al que da vida Ryan Eggold (De padres a hijas), el marido de la protagonista cuya relevancia en la trama se volvió casi anecdótica desde el momento en que perdió su verdadera función allá por el final de la primera temporada. Su trayectoria ha sido no solo inconsistente, sino innecesaria en muchos momentos, convirtiéndose en una especie de Deus ex machina que regresaba siempre que era necesario hacer algo y no había personaje adecuado.

¿Errores o allanando el terreno?

También es interesante el modo en que se está dando cada vez más peso narrativo al papel de Amir Arison (Navidades y otras fiestas a evitar), en esta ocasión siendo protagonista de algunas tramas secundarias que han tenido cierta repercusión posterior en la principal. Su rol de informático, unido a la buena definición de sus matices emocionales, convierten a este secundario en uno de los mejores de la serie, o al menos en uno de los más carismáticos. Introducirle en la historia, dotarle de protagonismo y hacerle partícipe del devenir del arco argumental principal puede ser un buen sustento dramático para la nueva temporada que está comenzando ahora mismo.

Ahora bien, la serie sigue pecando de muchos errores que arrastra de las temporadas anteriores. Para empezar, el tratamiento de la unidad del FBI no termina de encontrar su camino, siempre dudando entre situar a los agentes en el punto de mira de la justicia por sus tratos con criminales o convertirles en héroes. Y a esto habría que sumar la irregularidad en sus tramas episódicas, sobre todo en la primera mitad de esta cuarta temporada de The Blacklist, cuando el objetivo de las mismas no estaba muy claro. Y como colofón, un detalle sobre el personaje interpretado por Diego Klattenhoff (Pacific Rim) que, o bien es un error notable, o bien una forma de plantear un dilema moral y profesional de cara al futuro más inmediato.

Sea como sea, lo cierto es que lo que ocurre con este personaje viene a definir muy bien lo que es esta serie en general, y esta temporada en particular. No son pocas las ocasiones en que la trama plantea diversos dilemas morales, sobre todo para la protagonista, que se resuelven de un modo, digamos, particular. Sin consecuencias dramáticas posteriores, la trama termina por justificar determinadas decisiones y acciones “por el bien de la seguridad”. Y aunque es cierto que este es el fondo de la cuestión en esta serie, el modo en que se aborda, sin una profundidad dramática y tendiendo a complicar en exceso el desarrollo narrativo (una historia de misterio no tiene necesariamente que ser enrevesada), terminan por convertir esta ficción en un producto más bien mediocre, obligado por situaciones poco creíbles y con una apuesta formal excesivamente simple (salvo contadas y aplaudidas excepciones).

Así las cosas, la cuarta temporada de The Blacklist puede haberse convertido en el punto de inflexión que necesitaba la serie para poder seguir creciendo. Una vez conocido prácticamente todo de la heroína, toca centrar la atención en el verdadero motor de este thriller. Raymond Reddington, con todos los problemas de definición dramática que tiene la serie, se ha convertido por méritos propios en el mejor personaje de la historia, en el más interesante. Y lo ha hecho porque, a diferencia del resto, tiene muchas caras, muchas luces y sombras. Poner el foco de atención en su figura es el punto de partida para empezar a construir algo sensiblemente diferente, si es que es posible y hay interés en hacerlo. Eso habrá que verlo en la quinta temporada. Por lo pronto, la cuarta etapa deja un sabor agridulce, una sensación que mejora conforme avanza el arco argumental y que termina casi haciendo olvidar el mediocre inicio del que provenía.

4ª T. de ‘Sleepy Hollow’, o como intentar concluir de algún modo


El final de la tercera temporada de Sleepy Hollow ya hacía prever que la siguiente temporada, anunciada como la última, iba a ser más bien un epílogo de una historia ya contada que algo nuevo. Y en efecto, así ha sido. La ausencia de la principal protagonista ha obligado a los creadores de la serie a realizar equilibrismos dramáticos para tratar de dar un final relativamente correcto a esta historia de criaturas, mitología y literatura que comenzó siendo prometedora y se ha desinflado hasta quedarse en un producto más bien mediocre.

Los 13 episodios de esta cuarta temporada vienen a confirmar una de las ideas que parecen haber sido la única constante en la serie creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman (Star Trek: En la oscuridad), Roberto Orci (serie Fringe) y Len Wiseman (saga ‘Underworld’): que ningún personaje secundario es lo suficientemente relevante como para mantenerle más de una temporada. La incorporación de un nuevo reparto en esta recta final de esta ficción evidencia una falta de objetivos en lo que a construir un tejido de personajes lo suficientemente sólido y atractivo se refiere. Eso, o que los personajes creados nunca han tenido el carisma necesario para ser del agrado del público, obligando a buscar unos nuevos.

Sea como sea, lo cierto es que esta variedad de secundarios tiene un aspecto positivo y otro negativo. Lo bueno es que han sido catalizador de nuevas aventuras relativamente ajenas a lo anterior, ofreciendo una visión inocente del mundo de monstruos y demonios en el que viven los protagonistas. Esta cuarta temporada de Sleepy Hollow es buena prueba de ello. Sin embargo, esto también provoca que el espectador nunca pueda llegar a identificarse con nadie, salvo el personaje de Ichabod Crane (de nuevo con Tom Mison –La pesca de salmón en Yemen– para darle vida), perdiendo interés no solo en el devenir de los secundarios, sino en las historias que protagonizan. Curiosamente, el modo en que se abandonan estos personajes no es por muerte en el combate (salvo contadas excepciones) entre el bien y el mal; simplemente dejan de aparecer.

Y curiosamente también, esta forma de tratar a los “buenos” contrasta mucho con la forma de definir a los villanos, mucho más interesantes en el cómputo general de la serie. En esta temporada final, a pesar de que el antagonista (al que da vida Jeremy Davies –Una historia casi divertida-) tiene el peso dramático suficiente como para aguantar él solo esa parte del tratamiento, los creadores han decidido traer de vuelta a los que posiblemente sean los dos mejores personajes de toda la serie: el jinete sin cabeza y ese hijo brujo del protagonista. La conjunción de estos tres villanos debería, al menos en teoría, conformar un interesante cuadro, pero el resultado es muy diferente, posiblemente porque los dos segundos, con todo el poder mostrado durante toda la serie, quedan relegados a meros acólitos, como si su función no fuera otra que la de juntar viejos amigos en el final de la historia. Una lástima.

Testigos sin control

Como menciono en el título de este texto, la cuarta y última temporada de Sleepy Hollow parece más bien un intento algo desesperado por concluir una historia que debería haber finalizado en la tercera etapa. Lejos de ser un conjunto homogéneo de episodios, las aventuras de estos 13 capítulos se convierten en un viaje marcado por un cierto descontrol. Atrás queda la complicidad creada entre los protagonistas, que aquí trata de suplirse con un buen puñado de héroes que, en cierto modo, tienen diferentes aspectos de la personalidad del rol interpretado por Nicole Beharie (El expreso de Elmira). Y este tipo de intentos salen, en su inmensa mayoría, bastante mal, como es el caso.

No voy a entrar a valorar la idoneidad o no de convertir a la que presuntamente debe ser compañera de aventuras de Crane en una niña preadolescente. Lo que sí parece evidente es que la apuesta no aporta toda la fuerza dramática que cabría esperar. En este sentido, la serie ahonda en esta etapa final en su carácter más aventurero, dejando a un lado los aspectos más presuntamente terroríficos que podrían haberse dado cita en temporadas anteriores. El problema es que dicho aspecto aventurero lleva a sus creadores a introducir en la trama situaciones de lo más rocambolescas, dotando de un humor en ocasiones algo innecesario secuencias que antes tendían a tomarse más en serio, lo que a su vez genera que el tono de la serie pierda dramatismo.

Con todo, esta última temporada deja algunas ideas sumamente interesantes. Más allá de introducir enemigos de todas las culturas, épocas, religiones y condiciones, la serie adquiere su mayor interés en el tramo final, cuando el sacrificio del héroe dota al conjunto de un dramatismo que solo se había podido vislumbrar en la primera y parte de la segunda temporada. Dicho sacrificio, unido a una visión del futuro en caso de triunfar el mal, generan un marco tan diferente a lo visto hasta ese momento, tan trágico y tan desolador que la serie pierde, por un momento, el tono algo infantil mantenido hasta entonces para comportarse como la aventura fantástica y dramática que se presupone debe ser, y que de hecho fue en sus inicios.

Desde luego, la cuarta temporada de Sleepy Hollow es un fiel reflejo de la evolución tan irregular que ha tenido la serie. Su final, visiblemente forzado por las circunstancias (pérdida de interés, ausencia de la protagonista, etc.), trata de ser una salida digna a la caída progresiva de la calidad dramática y narrativa de esta ficción. Caída provocada, entre otras cosas, por una falta de objetivos claros. Y es que la serie, aunque planteada como tramas episódicas, ofrecía un potencial notable para ser tener arcos argumentales de temporadas completas. El problema es que para ello habrían sido necesarios buenos villanos autoconclusivos y unos secundarios sólidos que sustentasen a unos héroes carismáticos. Y salvo contadas ocasiones, el resultado no ha sido el esperado. Un ejemplo claro de cómo una serie con posibilidades puede derivar en un mediocre producto.

Diccineario

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