La 4ª T. de ‘Empire’ ahonda en las consecuencias de la violencia


El género musical en las series no suele terminar con final feliz en lo que a tratamiento y desarrollo se refiere. Son muchos los ejemplos en los que, o bien se opta por reducir cada vez más el papel de las canciones y los números musicales en la trama, o bien directamente la producción se cancela. Por eso el fenómeno Empire resulta tan interesante. Con su cuarta temporada se reafirma como una ficción en la que la música mueve absolutamente todo, y en la que el carácter casi telenovelesco se convierte en un trasfondo dramático que añadir a las notas y las letras de rap, R’n’B y hip hop que nutren cada episodio. El problema tal vez sea, precisamente, esa cierta tendencia al tratamiento telenovelesco de la historia.

Los 18 episodios de esta temporada vuelven a poner de relieve la labor de los actores, de todos ellos, pero también ahonda en los conflictos dramáticos entre ellos y, sobre todo, pone el foco sobre un aspecto que siempre ha estado sobrevolando esta serie creada por Lee Daniels (El mayordomo) y Danny Strong (Rebelde entre el centeno), y es el papel que juega la violencia en todo el desarrollo. Partiendo de la amnesia del rol interpretado por Terrence Howard (St. Vincent), la temporada explora cómo el mundo violento en el que siempre se han movido los protagonistas les marca en todas sus decisiones y su forma de mirar el mundo, haciendo siempre lo que sea necesario para sobrevivir. La dualidad en el personaje de Howard y cómo sus dos personalidades mantienen ese debate interno es un comienzo interesante que, aunque tratado de forma un tanto irregular, sí cumple su función de introducir ciertas dudas y generar el debate en torno a algo que parecía instalado en el ADN de la serie y sobre lo que no parecía querer cuestionarse nada en absoluto.

De hecho, este comienzo de Empire, más allá de otras consideraciones, viene a explorar también cómo la violencia engendra violencia, e incluso cómo un personaje aparentemente bondadoso (como es el protagonista cuando sufre amnesia) se ve arrastrado a todo tipo de violencia, ya no solo procedente de la familia sino de factores externos. En este sentido es destacable el personaje de Demi Moore (Como reinas) como catalizador y como vehículo dramático de esa catarsis del protagonista, aunque hay que mencionar igualmente que el desarrollo dramático de este pequeño arco argumental resulta algo incompleto, por no decir apresurado, lo que provoca que el trabajo evolutivo del personaje de Howard, aunque eficiente, quede un poco cojo en su profundidad dramática. Dicho de otro modo, todo parece hacerse a gran velocidad para poder volver al camino emprendido en las anteriores temporadas.

A partir de este momento, esta cuarta temporada retoma sus orígenes, volviendo a narrar la lucha por este imperio musical y mediático. Y aunque en cierto modo siguen siendo luchas familiares, lo cierto es que la trama evoluciona para mostrar un núcleo familiar más cohesionado (dentro de sus rupturas habituales) en contra de amenazas externas. Así, la serie cambia el paso para introducirse en algo más que la violencia pura y dura, explorando territorios algo más desconocidos para los protagonistas como la lucha comercial y las intrigas políticas. Todo ello, como no podía ser de otro modo, con una música exquisita como telón de fondo, y con una evolución de los personajes apasionante, algunos tomando el testigo de la violencia, otros huyendo y otros siendo víctimas de los tejemanejes mafiosos.

Venganzas y reconciliaciones

La segunda mitad, aproximadamente, de esta cuarta temporada de Empire se presenta como algo totalmente diferente a lo visto en la primera parte. Si el debate sobre la violencia copaba el arco dramático principal de los primeros episodios, el pasado y cómo influye en nuestro presente y nuestro futuro es la gran temática del tramo final. La introducción en la trama del personaje de Forest Whitaker (Redención) supone un revulsivo interesante a la dinámica establecida en temporadas anteriores. Como mencionaba antes, la violencia tradicional de esta ficción da paso a una encarnizada lucha por el poder en territorios más políticos, más comerciales, y por lo tanto en los que la violencia física desaparece o, al menos, se disimula más.

A través de la gran labor de Whitaker la serie se adentra en un pasado desconocido hasta el momento, en unas relaciones humanas y profesionales nuevas para el espectador que ayudan a comprender algo mejor el devenir de los protagonistas y, sobre todo, las ansias de poder y venganza de muchos secundarios. En este sentido, y relacionado con el pasado, cabe destacar el final de uno de los secundarios de estas temporadas. Un final marcado, cómo no, por la violencia, pero también con elementos diferentes en tanto en cuanto, y a diferencia de ocasiones anteriores, el crimen es utilizado en su contra por ese pasado que vuelve para golpear a los protagonistas donde más les duele, destruyendo las relaciones creadas durante las temporadas anteriores. Resulta sumamente interesante comprobar la evolución de este enemigo y su arco dramático durante la temporada, y cómo los creadores de la serie han introducido los elementos necesarios para construir una traición a fuego lento que, por cierto, tiene el éxito que no han tenido las anteriores.

Dicho de otro modo, mientras que en etapas anteriores la trama abordaba los conflictos de una forma algo más directa (siempre con cierto grado de intriga familiar), en esta ocasión los movimientos son más sutiles, ocultos como están en estrategias financieras e, incluso, en el manejo y la manipulación de artistas. Y obtienen el resultado que no habían obtenido los ataques frontales. Eso no quiere decir, por supuesto, que la violencia no haga acto de presencia, sobre todo el último episodio. Pero incluso esa violencia con la que termina la serie combina igualmente la brutalidad con la sutileza, abriendo la puerta a una nueva forma de entender esta ficción o, al menos, a un nuevo estilo a combinar con el que hasta ahora se había visto.

Se puede decir que la cuarta temporada de Empire cambia en cierto modo algunos aspectos de su tratamiento visto hasta ahora. La introducción de la amnesia del protagonista y la presencia de Whitaker aportan al conjunto un punto de vista diferente, arrojando cierta luz sobre diferentes aspectos de la trama. Sin embargo, existe un cierto carácter apresurado que perjudica al desarrollo de la historia. Tal vez sea por el hecho de que la temporada se divide en dos partes bastante diferenciadas, pero lo cierto es que, sobre todo la primera mitad, tiene un tratamiento algo burdo, sin ahondar demasiado en las motivaciones de los secundarios que son el verdadero motor de la historia. Esto se soluciona o bien desarrollando mejor esta estructura o volviendo a la anterior, donde todas las historias secundarias se aunaban bajo un único paraguas. Pero en cualquier caso, el Imperio sigue dejando buenas sensaciones y buena música.

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9ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), un salto temporal para recuperar su esencia


La octava temporada de The Walking Dead dejó más dudas que certezas acerca del futuro de la serie. No tanto por la desaparición de personajes claves o porque tras su finalización se anunciara que el protagonista al que da vida Andrew Lincoln (Pago justo) iba a abandonar la ficción. No, las dudas se crearon porque su desarrollo dramático fue caótico, sin encontrar un buen hilo conductor que sustentara todo el conjunto. Pero dichas dudas se han despejado, y de qué modo, con la primera parte de la novena temporada; ocho episodios que recuperan la esencia de la serie, el ritmo dramático y, sobre todo, un cierto toque de suspense que parecía haberse agotado.

Y todo ha sido gracias a los saltos temporales. La serie creada por Frank Darabont (La niebla) arranca esta etapa tiempo después de los acontecimientos de la octava, lo que permite no solo realizar ajustes dramáticos en las relaciones personales de los protagonistas, algo viciadas ante el frenético ritmo de los últimos acontecimientos. También ofrece la posibilidad de eliminar de la ecuación ciertos aspectos que no funcionaban en la trama, y potenciar otros tantos sin tener que dar demasiadas explicaciones y jugando con la idea de que ha pasado un tiempo (con sus respectivos hechos) y la dinámica de la narrativa es diferente. Todo ello permite afrontar determinados conflictos bajo otro prisma, dando al conjunto una frescura única.

Aunque sin duda el mayor salto temporal es el que se produce a mitad de esta primera parte de la novena temporada. Y es el mayor no solo por el tiempo que transcurre, varios años, sino por los acontecimientos que dan lugar a él. Como comentaba al comienzo, el rol de Rick Grimes abandona The Walking Dead, y lo hace como no podía ser de otro modo, es decir, salvando a sus seres queridos en un episodio épico y plagado de nostalgia. La labor de Lincoln alcanza en estos minutos un nivel sencillamente brillante, evidenciando que a pesar de los sustitutos que cubran su hueco nunca podrán llegar a compararse con este sheriff que quiere reconstruir la sociedad en un mundo de muertos vivientes. El episodio de su despedida conforma también un punto de inflexión en la trama, no tanto por su ausencia como por el impacto que tiene sobre el resto, y por una serie de revelaciones que ahora mismo no es conveniente revelar.

A partir de aquí la serie se reconstruye por completo. Si el comienzo de la temporada permitió solventar algunos problemas dramáticos arrastrados de etapas anteriores, con este salto se reconfigura absolutamente todo, desde la situación de los personajes hasta los arcos dramáticos que protagonizan, pasando por los escenarios y los nuevos personajes que se incorporan. Todo para impulsar el sentido dramático hacia una especie de orígenes renovados en los que los héroes cargan con la culpa y el recuerdo, pero que siguen adelante construyendo un futuro mejor y lidiando con los fantasmas del pasado. Esto permite generar una serie de contrastes emocionales y dramáticos que dejan algunos momentos brillantes, como al personaje de Danai Gurira (Black Panther) manteniendo una conversación imaginaria con Rick, o el juicio a los nuevos visitantes para decidir si son aceptados. Son momentos marcados por el dolor pasado pero que potencian dramáticamente la historia hacia adelante, aportando mayor complejidad al relato.

Susurradores

Aunque sin duda lo más interesante de esta novena temporada de The Walking Dead es la introducción en la trama de los conocidos como ‘Susurradores’. La serie recupera algunos conceptos del thriller que ya se planteó en la presentación de Negan para ir introduciendo la incertidumbre y la tensión dramática a lo largo de los episodios, primero como algo anecdótico y luego como una especie de locura que afecta poco a poco a los personajes, hasta un clímax final en un cementerio que, en pocas palabras, es magistral. A lo largo de apenas cuatro episodios sus creadores plantean la que sin duda será la trama principal en la siguiente tanda de capítulos, y al igual que estos nuevos villanos, lo hacen escondiéndose entre los muertos vivientes.

A lo largo de toda la serie los zombies han sido un contexto dramático y narrativo, ya sea como amenaza de la naturaleza, como trampas para los humanos o como barrera infranqueable. Pero hasta este momento no se habían utilizado como herramienta en todos los sentidos, desde arma hasta modo de transporte, pasando por disfraz. Curiosamente, en este contexto la idea que siempre ha sobrevolado la serie -los humanos son mayor amenaza que los zombies- adquiere un sentido completo uniendo los dos extremos de dicha afirmación en una única amenaza no solo física, sino también psicológica. La forma que tiene esta ficción de trasladar a imagen los cómics creados por Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore es espléndida, sobre todo en el impacto que supone oír hablar por primera vez a los zombies. Ese plano de los dos personajes ocultos entre el barro y el ojo de uno de ellos marcado por un miedo indescriptible se queda grabado a fuego en la memoria.

Con todo, la serie presenta ciertas debilidades dramáticas que están muy relacionadas con los nuevos personajes y con los nuevos roles de algunos que ya habían tenido presencia en episodios anteriores. En teoría, se irán fortaleciendo a medida que se vaya desarrollando esta nueva etapa de la ficción. Pero por el momento, cierto contexto dramático para la trama principal queda deslucido por la nimiedad de sus tramas secundarias y por unos personajes carentes de la fuerza y el dramatismo que se espera de esta serie. Es de suponer que a lo largo de la siguiente etapa se integren más en la historia principal, pero por el momento se han convertido más en una suerte de apoyos narrativos y dramáticos para determinadas situaciones que en un motor de desarrollo como tal.

En cualquier caso, este comienzo de la novena temporada de The Walking Dead es un soplo de aire fresco y un cambio radical en la tendencia que marcó la anterior etapa. En este caso, la ausencia de personajes y los cambios narrativos respecto al cómic no perjudican demasiado el desarrollo dramático, más bien al contrario, sirven para dotar a algunos protagonistas de una mayor profundidad (caso del rol de Norma Reedus –Triple 9-) y para situar a los personajes ante nuevos retos dramáticos. Pero posiblemente la mejor noticia es que recupera un tono narrativo que se había perdido, más oscuro, más trágico y menos dado a la acción pura y dura. Algo que esperemos se mantenga durante, al menos, el resto de la temporada.

‘House of cards’ pierde el norte en una última temporada innecesaria


El caso de la serie House of cards va a ser objeto de estudio con el paso de los años, y por varios motivos. Esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) es el mejor ejemplo de que una historia no debe alargarse por motivos ajenos a los puramente creativos. Estoy hablando, claro está, de la salida de Kevin Spacey (American Beauty) por los casos de abusos y la consecuente sexta temporada, muy lejos del nivel que tuvieron las anteriores y, sobre todo, ajena completamente a una coherencia narrativa propia de cualquier serie. Habrá quienes hayan puesto en cuestión si los acontecimientos narrados hasta ahora son más o menos fantasiosos, si son más o menos creíbles en un contexto de falsa realidad como el que expone la serie. Personalmente, viendo a algunos presidentes que han dirigido la Casa Blanca en las últimas décadas creo que la serie encaja perfectamente en el realismo, pero de lo que no cabe duda es de que estos últimos 8 episodios dejan una mala e indeleble huella en el conjunto.

Y lo más alarmante de todo es que no habría sido necesaria esta sexta y última temporada. El final de la anterior etapa, aunque algo abierto, cerraba un ciclo de forma más que notable, con una suerte de golpe de estado encubierto de una esposa a su marido, tomando el control de la Casa Blanca y demostrando que ella es, si cabe, más sibilina que él. La ausencia de Spacey, unida a una falta completa de un plan para esta circunstancia, hacen que estos capítulos carezcan de un sentido dramático y argumental. Es lo que suele ocurrir cuando se quiere narrar mucho en muy poco tiempo. A la reducción de episodios con respecto a temporadas anteriores se une la presencia de nuevos personajes cuyo papel en este castillo de naipes apenas queda aclarado, y desde luego no llega nunca a desarrollarse como debería.

Y sobrevolando todo esto, la figura de Spacey. Su ausencia absoluta de la serie alcanza cotas ridículas. Sus fotografías aparecen sutilmente sin la cabeza en el plano, y los pocos audios en los que pudiera escucharse su voz se presentan a través de artimañas narrativas que, dicho sea de paso, resultan un tanto absurdas tanto en el contexto dramático en el que se encuentran como en el tono serio y oscuro de toda la serie. Y a pesar de los intentos por no tenerle en imagen, su figura está constantemente presente en toda la temporada. Si bien es cierto que esta última etapa pertenece al rol interpretado por Robin Wright (Wonder Woman), en realidad el grueso de la trama principal de House of cards está motivado constante por ese Frank Underwood que tanto ha fascinado durante años gracias, entre otras cosas, a la extraordinaria labor de Spacey.

Puede que este sea uno de los motivos por los que la trama no termina de funcionar correctamente. Demasiadas historias secundarias, demasiados personajes que no aportan demasiado, y sobre todo una necesidad de resolver la ausencia de Spacey de la forma más lógica posible. Todo eso genera una mezcla que sus creadores no son capaces de equilibrar, entregándose por completo a un desarrollo marcado por el extremo, por el histrionismo contenido en esos caros trajes y esos elegantes despachos. El final de la temporada, y consecuentemente de la serie, es la mejor evidencia de la deriva absurda que toma la trama, que busca sin éxito una explicación racional a algo completamente ilógico. Y no estoy hablando del desarrollo del arco argumental, que también, sino al hecho de que esta temporada no era necesaria, al menos no en estos términos.

Embarazos embarazosos

Pero entremos en el detalle. Estos 8 episodios ponen el foco y la complicidad con el espectador en la figura de Claire Underwood. Y aunque Wright vuelve a demostrar la increíble actriz que es, lo cierto es que la temporada evidencia que este personaje es único… como un secundario. Ya sea por una narrativa sin un objetivo claro, o porque el personaje realmente no da para tanto, lo cierto es que el protagonismo de esta Primera Dama reconvertida en primera Presidenta de Estados Unidos carece de la fuerza de su predecesor. Y a ello contribuye sobremanera la definición de su personaje que hacen a lo largo del relato o, mejor dicho, la resolución del mismo a los planteamientos inicialmente expuestos.

Y me explico. Durante los primeros compases de esta temporada asistimos a un planteamiento que, con sus más y sus menos, anuncia un cierto suspense político en el que se puede apreciar una estrategia de la protagonista. Sin embargo, a medida que transcurren los episodios dicha estrategia se diluye poco a poco hasta quedar en nada, no tanto por la inacción de la protagonista como por los acontecimientos que se suceden a su alrededor, amén de algunos hitos dramáticos cuestionables como esa presunta crisis que sume a la Presidenta en una depresión. La suma de elementos lleva la serie por un camino no solo ajeno a lo visto hasta ahora, sino alejado de la realidad, apostando más por una suerte de drama personal que perfectamente habría encajado en otro tipo de ficción algo menos elaborada y a todas luces de menor calidad dramática y artística que House of cards.

Aunque sin duda el aspecto dramático más polémico es el embarazo de la protagonista, que irrumpe en el desarrollo argumental como un Deus ex machina para tratar de dar un giro a la trama. Giro que, por cierto, provoca el efecto contrario, pues no solo no aporta el pretendido dramatismo a la historia, sino que aporta a la trama un carácter aún más incomprensible y ridículo al plantear más preguntas y dar pocas de las respuestas que cabría esperar. Esto sumado a la resolución de la trama principal en torno a lo que realmente ha ocurrido con el personaje de Frank Underwood convierte el final de temporada en casi una parodia de sí mismo, enrevesando innecesariamente un final que podría haber sido mucho más sencillo si se hubiera dejado ir del todo al rol de Spacey. Baste decir que los argumentos finales de los dos personajes implicados en la última escena son el reflejo de lo que ha sido esta temporada en todos los sentidos.

Lo cierto es que apena mucho comprobar cómo una producción puede dar al traste con una seña de identidad construida durante años en tan solo un puñado de episodios. House of cards, con sus posibles excesos según se mire, es una serie adulta, sobria, oscura y tremendamente inteligente, en la que ni un solo personaje sobra y en la que toda trama, sea principal o secundaria, tiene influencia sobre cualquier detalle del conjunto. Pero eso es hasta esta sexta y última temporada. El desarrollo dramático, limitado por falta de espacio, la presencia de nuevos personajes sin el trasfondo necesario, y sobre todo una falta de objetivo en la resolución de esta compleja historia convierten esta etapa en un mal reflejo de lo que alguna vez fue la serie. Entiendo la decisión de la productora de apartar a Spacey, pero había muchas y mejores soluciones que la adoptada para dar un final con sentido a una ficción de estas características. Los Underwood nos dejan con mal sabor de boca.

2ª T. de ‘This is us’, o cómo profundizar en los personajes


Pocas series hay que planteen tan bien y de forma tan precisa lo que ofrece This is us. Y no solo porque este drama con toques de comedia lleve al espectador por un viaje emocional en continuo crecimiento que parece imposible conseguir, sino porque es capaz de jugar con varias líneas temporales integradas, a su vez, por varios protagonistas con sus propios arcos dramáticos. Si la primera temporada fue un ejercicio narrativo ejemplar, la segunda etapa de esta ficción creada por Dan Fogelman (serie Pitch) es el ejemplo perfecto de cómo manejar los tiempos dramáticos y la información que se ofrece a cada momento. Y lo hace con la elegancia formal que le caracteriza.

Analizar los 18 episodios que integran esta segunda temporada habiendo comenzado la tercera puede parecer jugar con ventaja, pero nada más lejos de la realidad. El desarrollo de la historia de esta familia resulta sencillamente impecable en cada uno de sus pasos, ahondando no solo en el pasado y el presente de los tres protagonistas, sino en los sentimientos de culpa y responsabilidad con los que cargan a raíz de la pérdida del personaje de Milo Ventimiglia (Puertas al infierno), momento que, por cierto, está tratado de un modo tan exquisito, tan sobrio, tan humano, que penetra en las emociones del espectador y acentúa notablemente el tratamiento de cada uno de los hijos en lo que a los sentimientos de culpabilidad se refiere.

De hecho, es algo que planea sobre toda esta etapa de This is us. Sea del modo que sea, los personajes interpretados por Sterling K. Brown (Predator), Chrissy Metz (Loveless in Los Angeles) y Justin Hartley (A way with murder) se ven envueltos en esos sentimientos casi en cada episodio, mostrando los efectos de algo que parece haberse cronificado en sus vidas. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo afronta cada uno de ellos esa situación, abarcando las diversas consecuencias posibles, desde el alcoholismo y la adicción que terminan por afectar a la carrera profesional y a la vida personal de uno de ellos, hasta la necesidad de emular a su padre en algunas de las cosas que más le caracterizaban. Por supuesto, todo ello se ha ido construyendo desde el principio, pero la estructura dramática que presenta esta temporada debería estudiarse en los cursos de guión, pues permite comprender cómo se desarrollan los personajes y los puntos de giro hasta alcanzar el clímax dramático en una constante escalada emocional que, cuando parece haber tocado techo, ofrece algo nuevo al espectador.

La genialidad de esta ficción es que es capaz de presentar estos retos dramáticos de la forma más natural posible. El hecho de que el relato esté estructurado en tres épocas que discurren de forma paralela logra no solo dotar de más información al espectador, con lo que ahonda en cada personaje hasta niveles pocas veces vistos, sino también plantear todo el argumento como si de tres historias se tratara. Contrariamente a lo que pueda pensarse, esto no genera confusión. La capacidad de separar personalidades e historias pero al mismo tiempo aunar bajo el paraguas de la figura paterna todo un universo dramático es sencillamente admirable, y en este sentido esta segunda temporada ha alcanzado un nuevo nivel con esa trilogía de episodios a mitad de etapa titulados ‘Número 1’, ‘Número 2’ y ‘Número 3’, los mejores ejemplos de lo que, en el fondo, es esta ficción y esta segunda parte en concreto.

De hermanos y padres

Esta reflexión acerca de cómo un acontecimiento marca el modo en que vivimos nuestra vida a partir de ese momento tiene otra lectura interesante, y es el modo en que los hijos se relacionan con los padres. Más allá de las diferentes etapas por las que pasan los protagonistas, esta segunda temporada de This is us aborda con inteligencia los conflictos internos y externos de los tres hijos con sus padres, ya sea una relación presencial o a través de la memoria. Es evidente que en este caso el ejemplo más claro es el que protagonizan Metz y Mandy Moore (A 47 metros), reflejando cómo el trato de hijos a padres muchas veces está motivado por complejos propios carentes de motivación externa, al menos no una motivación activa. Este sutil juego de emociones, relaciones y motivaciones permite que la trama gane en relevancia dramática, construyendo todo un relato únicamente en torno a un aspecto de la narración y en base a pequeños diálogos y sutiles miradas que terminan estallando en un conflicto que, a su vez, genera un giro dramático. Una especie de cuadratura del círculo que logra con acierto esta serie.

En este sentido, es especialmente relevante cómo se ponen las cartas sobre la mesa en las diferentes secuencias que transcurren en ese centro de retiro al que acude el rol de Hartley, donde todos los aspectos antes mencionados hacen acto de presencia de un modo impactante. Es en ese mismo episodio donde, por cierto, se plantea algo que siempre ha estado sobrevolando la serie, y es el hecho de que todos los roles que rodean a los miembros de esta familia son eso, personajes complementarios que luchan por cierto protagonismo en una trama muy centrada en el devenir de padres e hijos. El hecho de que se revelen de forma activa todos estos aspectos dramáticos otorga un nuevo significado a muchas de las cosas expuestas a lo largo de la temporada, pero también a lo visto hasta ahora y, sobre todo, a lo que está por venir, si es que se aborda de un modo correcto e inteligente como hasta ahora.

Aunque uno de los elementos más interesantes de esta etapa está, sin duda, en el final. Lejos de limitarse a una etapa cerrada en la vida de estos personajes, sus creadores siguen innovando dentro de ese formato tan característico que alterna diferentes líneas temporales, e incorpora a la siguiente generación de Pearson para mostrar cómo sus vivencias de la infancia les define como adultos. Y no contentos con un giro argumental de estas características (por inesperado e interesante), los autores de esta historia comienzan a introducir lo que, presumiblemente, serán conflictos y giros dramáticos que nutrirán aún más la serie.

Esto significa que This is us es una serie orgánica, capaz de crecer exponencialmente gracias a su manejo de los tiempos dramáticos y narrativos. Esta segunda temporada ahonda más en la introspección de los protagonistas, en sus sentimientos de culpa y en cómo un hecho tan trágico como una muerte cambia y condiciona para siempre el futuro de las personas, como no podría ser de otro modo. La magia de esta ficción está en su universalidad emocional, en su belleza formal y en un reparto sencillamente perfecto. Pero su inteligencia, aquello que la convierte en la gran serie que es, radica en la honradez y la sencillez con la que aborda la escalada dramática, sin entrar nunca en recursos manidos ni en la lágrima fácil. Y tal vez sea por eso que habrá más de uno que no pueda dejar de llorar. Esto no lo consiguen todas las producciones.

6ª T. de ‘Orange is the new black’, el cansancio de la cárcel


Hay series que se alargan innecesariamente por motivos ajenos a la propia historia. Pero hay series cuya historia llega un punto en el que se hace del todo irrelevante y obliga a replantearse muchas cosas, dramáticamente hablando. Este último caso es el de Orange is the new black. La serie comenzó con una clara protagonista para derivar en una producción coral. Pero una vez conocido el trasfondo emocional de los principales personajes, tocaba evolucionar de nuevo. El problema es que esta ficción de Jenji Kohan (serie Weeds) lo ha intentado hacer en su sexta temporada sin demasiado éxito, acentuando sus puntos débiles y perdiendo buena parte del interés generado por estas chicas en las anteriores etapas.

Y eso se deba, posiblemente, a que los cambios producidos en estos 13 episodios vienen motivados únicamente por un cambio de escenario a una cárcel de mayor seguridad, todo ello tras los acontecimientos del motín de la quinta temporada. Más allá de los nuevos personajes, sobre los que hablaremos más adelante, resulta especialmente llamativo cómo la trama construida sobre los miedos, las sospechas y los remordimientos de este grupo de presas queda en un segundo plano ante otras historias a priori más secundarias, pero que terminan por acaparar toda la atención. Esta extraña dinámica dramática desequilibra por completo la estructura de la serie, que en muchos momentos no parece tener un objetivo claro. En el fondo, lo que hace es jugar contra los sentimientos del espectador y, lo más importante, contra sus propios planteamientos, pues tras exponer varios conflictos decide resolverlos por la vía rápida, sin ahondar muchas veces en las consecuencias reales que pueden tener.

Esto se traduce en que la sexta temporada de Orange is the new black no logra emocionar ni entretener tanto como podría esperarse. El grupo de presas protagonista pierde fuerza dramática, diluyéndose en un grupo mucho mayor en el que, eso sí, hay algunos roles de lo más interesantes, entre ellos esa rivalidad casi ancestral entre dos hermanas que llevan toda su vida entre rejas. Si a esto sumamos otra serie de líneas argumentales secundarias planteadas casi como si de los preparativos de una guerra se trataran, obtenemos un panorama en el que las reclusas ya no se dividen por razas, sino por zonas y por las líderes que escogen. Con todo, el tratamiento de este aspecto en ningún momento ahonda en los sentimientos, las motivaciones o los objetivos de las implicadas, lo que al final termina quedándose como una suerte de contexto dramático para una trama protagonista carente de garra.

Esta penúltima temporada (la anunciada séptima finalizará esta historia carcelaria) demuestra además algo que podía haber pasado desapercibido previamente, y es el papel que juegan el resto de personajes alrededor de las presas. Me refiero, evidentemente, a los vigilantes y los gestores de la prisión. La relevancia de los primeros queda patente ante la suerte de parodia en la que se convierten los nuevos personajes, alejados del cierto dramatismo y fatalidad, incluso dentro de su comicidad, que desprendían los primeros. Ni siquiera esa idea de que juegan con la vida y el destino de las reclusas logra eliminar la sensación de estar ante una versión suavizada de lo visto previamente, sobre todo de esa cuarta temporada más radical. Y respecto a los segundos, la dinámica establecida al quedar integrados en las principales tramas se elimina al convertirse más bien en una especie de vehículo muy secundario para algunos de los arcos argumentales, quedando patente que sus propias historias, de forma independiente, no resultan demasiado atractivas.

Nuevas caras

A pesar de todo, la serie ofrece nuevos rostros que nutren notablemente la historia. Al duelo de las dos hermanas ya mencionado, que termina por fagocitar al resto de tramas, se suman otros secundarios que, en realidad, llevan buena parte del peso dramático de la historia. Y es que la estructura narrativa, caracterizada en sus inicios por dedicar cada episodio al pasado de una de las presas, ha ido perdiendo esa frescura poco a poco, sin duda por el conocimiento de los personajes. Por eso, la presencia de nuevas actrices, nuevos personajes y nuevos pasados que narrar ofrece un renovado punto de vista a la trama, definiendo claramente los nuevos comportamientos y estatus que se manejan en esa cárcel. Y ofrece también, por tanto, una nueva dinámica entre las protagonistas, que deben hacer frente a los hechos pasados más recientes y a su nueva situación.

Esta dualidad es posiblemente la más interesante de toda la sexta temporada de Orange is the new black. El problema es que su desarrollo es tan intermitente que termina perdiendo interés, y solo hacia el tercio final de estos 13 capítulos adquiere especial relevancia. En efecto, las traiciones entre las presas, amigas de años entre las paredes de una prisión, aporta al tratamiento dramático un aliciente muy atractivo, pues genera un punto de inflexión en lo visto hasta ahora, donde los grupos formados parecían ser familias que luchan juntas. Ahora, los peligros personales de cada reclusa a raíz del motín son la brecha que divide estos clanes, poniendo al descubierto las debilidades de cada una y el modo en que actúan ante la adversidad. Todo ello puede entenderse como un gran punto de giro dramático en el análisis global de toda la serie, y en el caso concreto de la temporada es un motor narrativo que, sin embargo, no termina de aprovecharse en toda su magnitud.

Y este es precisamente el gran problema de esta etapa. A pesar de contar con ingredientes a priori atractivos, el tratamiento en su conjunto es sumamente irregular, centrándose en demasiadas ocasiones en elementos que podrían ser secundarios y obviando el potencial de muchas tramas y personajes. Tal vez todo se deba al hecho de que, en producciones corales de este tipo, dividir y dispersar a los personajes obliga a abarcar más espacio no solo físico, sino también dramático (cada uno de ellos necesita de una historia propia, y es difícil que compartan arco argumental con el resto de protagonistas), lo que a la larga impide un seguimiento adecuado de cada historia. La mejor evidencia de todo ello es que existen varios personajes interesantes que, ante la poca fuerza de las protagonistas, se hacen con el control de la trama. Eso no impide, claro está, que no haya momentos dramáticamente intensos, pero en líneas generales se confirma una tendencia descendente en la fuerza de los personajes y el tratamiento del argumento.

Dicho esto, Orange is the new black afronta su última temporada con muchas dificultades. El último episodio de la etapa que aquí analizamos deja a los personajes que hasta ahora habían protagonizado la serie mucho más separados, con todo lo que eso conlleva. Será necesario, por tanto, encontrar un arco narrativo lo suficientemente sólido como para sostenerlo. Eso, y abordar con más intensidad el devenir de algunos de los personajes, algunos de ellos perdidos en esta temporada en una intrascendencia que resulta alarmante. El caso más evidente es el de la protagonista interpretada por Taylor Schilling (Take me). No es que la labor de la actriz sea mala, sino que su personaje es tan limitado que se ha convertido casi más en un secundario que en motor de crecimiento narrativo, como demuestra la trama que se le ha dado en estos episodios en un intento de reintegrarla en los elementos más relevantes de la serie. La ficción de Kohan entra en su recta final, y lo hace con un cansancio evidente.

‘Da Vinci’s Demons’ se entrega al exceso sin sentido en su última 3ª T.


He de confesar que no tenía intención de finalizar Da Vinci’s Demons. Más allá del carácter fantástico de su propuesta, el desarrollo irregular de sus personajes, la tosca definición de las intrigas palaciegas y la poca coherencia de algunas de sus premisas habían hecho que me replanteara continuar con su historia. Pero la necesidad de completar una serie, sea más o menos acertada, me ha llevado a retomar, varios años después, su tercera y última temporada, emitida en 2015. Y lo cierto es que estos 10 episodios confirman esa idea de estar ante un producto original en su idea pero excesivo en su definición final.

En efecto, la serie creada por David S. Goyer (serie Constantine) se entrega por completo a sus excesos, aprovechando de nuevo los hitos históricos como base para una trama con tintes fantásticos que, sin embargo, no conjuga del todo bien con la realidad de los personajes. Y en esta ocasión el motivo no es otro que la necesidad de poner punto final a todas las tramas secundarias abiertas. Para ello, Goyer recurre a una estructura aglutinadora en la que personajes secundarios que han tenido más o menos peso en la trama se dan cita en un final en el que el bien y el mal se enfrentan, y en el que los integrantes de cada bando, curiosamente, también se encuentran divididos en ambas categorías, aunque unidos por las necesidades. Y si bien la teoría señala que esta es una apuesta acertada, el resultado no termina de ser satisfactorio, y eso es básicamente porque los personajes y sus arcos dramáticos no resultan convincentes.

En otras palabras, el hecho de que Da Vinci utilice su ingenio para ayudar a derrotar a los invasores de Italia sería algo sumamente interesante, amén de las intrigas y las decisiones políticas que nutren Da Vinci’s Demons. Pero que todo eso tenga lugar mientras una orden secreta quiere dominar el mundo, mientras un libro que muestra a cada uno algo diferente es la clave de la victoria, y mientras Drácula hace acto de presencia para ayudar en la lucha, resulta cuanto menos irreal, incluso para una serie de estas características. Si a esto añadimos el extraño periplo que viven algunos secundarios, cuyo devenir resulta ciertamente irregular, lo que surge es un final de serie que, en efecto, cierra por completo la trama, pero que lo hace de forma apresurada, sin abordar en profundidad algunos de los conflictos que se plantean. Más o menos como han sido todas las temporadas.

Con todo, si se aíslan algunas tramas secundarias estas resultan muy interesantes. El desarrollo, por ejemplo, del personaje interpretado por Blake Ritson (Serena) se convierte en un viaje a los infiernos de un rol ya de por sí siniestro. La ambigüedad de sus acciones, las múltiples caras que presenta este antagonista a lo largo de todas las temporadas y las evidentes luces y sombras de sus acciones encuentran en esta última etapa una conclusión ciertamente atractiva (con sus altibajos dramáticos, todo sea dicho). Y eso es gracias a que se ha ido construyendo de forma progresiva, sin incidir demasiado en sus contrastes pero sí lo suficiente como para dotar al personaje, y por extensión a una parte importante de la trama, de una sugerente oscuridad. De nuevo, la importancia de trabajar este arco secundario a lo largo de todas las temporadas es la clave de la calidad dramática.

Secundarios de última hora

A los problemas de concepto y narrativos que Da Vinci’s Demons ha arrastrado desde su primera temporada se suma en esta ocasión una práctica muy extendida en un determinado y muy concreto tipo de series: la incorporación de secundarios de última hora. Su presencia suele tener dos motivos: o bien sirven como catalizador para determinados momentos de la ficción, a modo de Deus ex machina, o bien son el modo de los guionistas de rellenar los huecos dramáticos que no son capaces de resolver de un modo algo más elaborado. En este caso hay un poco de ambos, pero sobre todo del segundo.

Y es que la presencia de Sabrina Bartlett (serie The passing bells) responde un poco a ambas respuestas. Sacarse de la manga un personaje como este ha permitido a esta tercera temporada ahondar en algunos conflictos dramáticos tanto del protagonista como de algunos secundarios, haciéndoles avanzar. Pero al mismo tiempo ha jugado una parte fundamental en la trama al ser una parte de la resolución de la serie. La fusión de ambos conceptos, sin embargo, no hace que su participación en la historia tenga más sentido. En realidad, aunque bien integrado tanto con el resto de personajes como con el argumento en sí, lo cierto es que en todo momento da la sensación de que se ha introducido de un modo forzado. No tanto el personaje en sí, que bien podría haber sido un secundario más de los muchos que se han incorporado en esta tercera temporada (puede que incluso más interesante), sino la relación familiar que la une con el protagonista, algo innecesario a estas alturas de la historia y, sobre todo, cuando no se han tenido en cuenta los hermanos y hermanas que el personaje histórico sí tuvo.

Querer establecer estos vínculos solo evidencia la necesidad de sus creadores de hacer más compleja la trama, y al mismo tiempo tratar de reforzar esa idea de la familia que rodea a Da Vinci, formada por personajes de lo más variopintos. Sea como fuere, lo cierto es que es un arco dramático a todas luces innecesario, que perfectamente podría haber desaparecido y habría tenido el mismo efecto. Y esta es una de las premisas fundamentales a la hora de desarrollar una historia: si no es fundamental para el avance de la acción, ¿para qué incluirlo? Lo cierto es que la pregunta se podría haber hecho en muchos momentos de toda la serie, pero en esta última temporada, ante la necesidad de cerrar todos los arcos narrativos abiertos, adquiere una especial relevancia.

El caso de este personaje no es el único, pero sin duda es el más llamativo. La tercera temporada de Da Vinci’s Demons no solo no endereza el irregular desarrollo previo, sino que parece entregarse por completo a un exceso conceptual sin control aparente. Y esto, aunque en determinados momentos puede entretener, termina por saturar al espectador. Y es una lástima, porque la premisa inicial de la serie era más que prometedora. El problema ha sido, y esto es algo puramente personal, que sus impulsores no han encontrado un buen equilibrio entre los hechos históricos y la fantasía, entre la parte más realista y aquella más fantástica. A cada capítulo que pasaba se entregaba más a la segunda que a la primera, y esta falta de estabilidad es la que ha terminado por convertir en parodia un producto que bien podría haber sido algo diferente.

‘Fear the Walking Dead’ revoluciona sus cimientos en la 4ª T.


Lo que ocurre con el mundo de ‘The Walking Dead’ merece un estudio pormenorizado en algún extenso libro. Y no me refiero al fenómeno fan, sino al tratamiento dramático tanto de la serie matriz como de su “retoño”, Fear the Walking Dead, que ha heredado poco de lo mucho bueno que tiene el original y mucho de lo poco malo que se ha ido arrastrando temporada tras temporada. La cuarta etapa de esta serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s law) y Robert Kirkman, autor de este universo postapocalíptico, evidencia una falta de rumbo narrativo alarmante. Eso o que ha revolucionado sus cimientos para reinventarse y construir algo mejor. Todo depende de si el vaso está medio lleno o medio vacío.

Una idea esta, la de tener esperanza o ser derrotista, que se desarrolla de un modo más o menos interesante a lo largo de estos 16 episodios de irregular ritmo. El principal problema de esta temporada, no cabe duda, es la indefinición de un objetivo claro en muchos aspectos. Para empezar, los personajes. Si el final de la anterior temporada abría la puerta a una historia sumamente interesante, la primera mitad de esta etapa construye lo que podría entenderse como un futuro para esta ficción, con un núcleo de protagonistas que deben luchar contra su entorno para reconstruir la civilización. Hasta aquí todo correcto, incluso el hecho de que sus enemigos terminen derrotándoles. Lo que no queda tan claro es el destino de los héroes. El constante cambio de protagonismo, pasando de personajes más complejos e interesantes a otros más prototípicos, termina por jugar en contra de la serie, que no encuentra su motor dramático prácticamente hasta el final.

Dicho de otro modo, Fear the Walking Dead pone en práctica algo que ya planteaba la serie original, y es el hecho de que ningún personaje tiene asegurada la supervivencia. Y esto es una magnífica idea que debería aplicarse en cualquier trama, pero no a cualquier coste. El problema es que esto se desarrolla en la serie de forma anárquica, sin acentuar el dramatismo de esos momentos y, por lo tanto, restando credibilidad a la historia. Lo que es más grave, desconecta al espectador de una trama que tiene demasiados recovecos narrativos y dramáticos como para poder identificarse con otros personajes y otras historias. De ahí la incorporación del rol que Lennie James (Blade Runner 2049) interpreta en la serie original; un traspaso de ficciones para dotar a este personaje de más protagonismo y, al mismo tiempo, tratar de integrar en esta trama algo conocido por los fans, siendo en definitiva un personajes que puede actuar a modo de anclaje para muchos elementos.

A pesar de sus notables irregularidades dramáticas y narrativas, la serie ofrece un diversos contenidos a tener en cuenta. Para empezar, las numerosas reflexiones acerca de la violencia y el egoísmo en el ser humano y los titánicos esfuerzos que es necesario hacer para luchar contra ello. En este sentido, es espléndida la presencia del personaje interpretado por Tonya Pinkins (serie Gotham), que ofrece a la serie una villana efímera pero sumamente atractiva, capaz de poner en jaque no solo físicamente a los protagonistas, sino moralmente al espectador. Si a esto se suman las consecuencias de determinados actos de los protagonistas, la sensación de culpabilidad que se deja sentir a lo largo de todo el arco dramático y algunas secuencias realmente intensas en lo que a emociones se refiere, lo que nos encontramos es una temporada que, con todos sus problemas (y después de haber destruido lo logrado en la anterior), parece querer construir algo perdurable.

Nuevos personajes

Ahora la pregunta que se plantea es ¿qué es eso que se está intentando construir? Y no es fácil contestarla. Porque Fear the Walking Dead, a diferencia de la serie matriz, no tiene una coherencia lineal a la que aferrarse. Las anteriores temporadas, con sus más y sus menos, sí tenían un cierto arco argumental en el que, con todo, era lo suficientemente flexible como para permitir ciertos giros argumentales imprevistos. La revolución que ha supuesto esta cuarta temporada, sin embargo, impide intuir cuál es el futuro de la serie al ser imposible saber qué personajes pueden sobrevivir episodio tras episodio. Esto, a priori, es algo más bien positivo, en tanto en cuanto la serie puede adquirir una madurez que no tuvo en su primera temporada, y que desde luego ha faltado en varios fragmentos de las siguientes etapas. Pero como con todo, existen matices.

Y esos matices es que es fundamental calcular de forma inteligente los personajes que abandonan la trama y, sobre todo, el momento. Esta temporada es un claro ejemplo. La ausencia de dos roles tan importantes como los de Frank Dillane (En el corazón del mar) y Kim Dickens (A cualquier precio) ha sido, sin duda, un revulsivo importante para la serie, que rompe prácticamente todos los lazos con lo narrado hasta ahora. Pero la diferencia entre ambos ha sido el momento y el modo de salir de la serie. Mientras que la segunda ha tenido un final épico bien encajado en el momento preciso, el primero ha sido más bien tosco, acelerado e impreciso. Es cierto que la segunda ha inspirado y el primero sencillamente ha sido motor de venganza, pero ambos podrían haber logrado igualmente esos efectos planteando sus muertes de un modo algo más inteligente.

Digo esto porque tanto esta serie como la original tienen la tendencia de eliminar los mayores atractivos de sus respectivas tramas. Sobre todo la que ahora analizamos. Y sí, eso provoca que se produzcan giros argumentales sin igual en una ficción caracterizada por un ritmo narrativo tan lento como los zombis que son aniquilados episodio tras episodio, pero también impide a la serie asentarse, y sobre todo impide crear personajes carismáticos que aporten fuerza dramática al conjunto. Y es aquí donde entran los nuevos personajes. Esta temporada, como no podía ser de otro modo, está cargado de ellos, y lo cierto es que algunos son cuanto menos interesantes. El pasado que arrastra cada uno, así como los traumas y los sentimientos de culpabilidad o de venganza, enriquecen la historia, aunque habrá que estar atentos a su evolución en la próxima temporada.

Vista en su conjunto, no cabe duda de que la cuarta temporada de Fear the Walking Dead es toda una revolución de conceptos y una declaración de intenciones. La práctica desaparición de los principales personajes ha hecho que recaiga sobre los secundarios el protagonismo de una trama obligada a incorporar nuevos personajes. El tratamiento dado a algunos arcos argumentales resulta algo burdo en diversos compases de esta etapa, pero en líneas generales logra su propósito de realizar una transición hacia otro concepto de serie, tal vez con roles más asentados y con una cierta consistencia dramática en forma de trama única. Pero eso es adelantar acontecimientos que, además, desconocemos. Por ahora, lo importante es que la serie está obligada a reinventarse (y parece que está en ello) y a corregir determinados errores dramáticos y de definición de personajes, algo que también parece haber conseguido en estos episodios.

‘Nashville’ llega a su fin con el foco en los problemas de la sociedad


Echando la vista atrás durante estos seis años de Nashville se puede ver, en todo su esplendor, la evolución de esta serie, primero con toques de drama familiar y político y, posteriormente, entregándose por entero al drama más lacrimógeno, para lo cual se ha recurrido a todo tipo de recursos narrativos durante estas temporadas. Pero si algo deja patente la sexta y última entrega es que, por encima de todo, es un producto en el que todo debe acabar bien, en el que la familia es lo más importante y es capaz de vencer cualquier obstáculo, y en el que es importante comprender y aceptar el lugar que cada uno tiene en la vida, aunque no fuera el que inicialmente habíamos deseado.

Y todo ello siendo consciente de sus debilidades y los errores que ha arrastrado a lo largo de estas temporadas. En este sentido, los 16 episodios que cierran esta serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) representan posiblemente el final más honesto y coherente de los últimos meses en televisión. Si ya es difícil que una ficción tenga un final cerrado, que este se adecúe a lo narrado durante las etapas anteriores puede parecer misión imposible, pues muchas veces la necesidad de querer dar una conclusión concreta a una línea argumental choca frontalmente con lo contado previamente. No solo no es el caso de esta obra que mezcla música y lágrimas para tocar diversos problemas sociales de Estados Unidos (sobre lo que iremos más adelante), sino que la serie es consciente en todo momento de cuál es su sitio, y con esa humildad se presenta en su última temporada.

Dicho de otro modo, Nashville perdió un activo fundamental con la ausencia de la protagonista interpretada por Connie Britton (La tierra de las buenas costumbres). Conscientes de ello, sus creadores han optado por una fórmula narrativa y dramática interesante: mantener su recuerdo presente en prácticamente todos los episodios mientras el espacio que su personaje ocupaba se llenaba con otras historias, algunas más complejas que otras, pero todas con el único fin de ahondar en el dramatismo de una serie que alcanzó su clímax lacrimógeno con la partida del rol de Britton. Se intenta así mantener un cierto nivel de interés en la ficción a través de unos arcos argumentales que golpean de lleno los sentimientos del espectador mientras se atan los cabos sueltos que quedaron de la anterior temporada.

Por supuesto, esto no quiere decir que todo sea perfecto. Aunque es de admirar la honradez con la que se aborda el final, la serie sigue arrastrando muchos problemas, el más importante su tendencia a girar en torno a un mismo problema de forma constante durante episodios sin encontrar solución y, lo más alarmante, sin que los personajes implicados aprendan de sus errores. Es el caso, por ejemplo, de los roles de Lennon Stella, Sam Palladio (serie Episodes) o Clare Bowen (The clinic). Esto provoca una suerte de incoherencia dramática que, aunque sirve de clavo al que agarrarse en determinadas ocasiones, termina por impedir que la trama evolucione correctamente, reproduciendo en esta última temporada conflictos y situaciones vividas en la primera.

Conflictos sociales

Esta última temporada de Nashville también ha servido para introducir nuevos personajes que permitieran cerrar algunos aspectos de las tramas. Y curiosamente, estos elementos son algunos de los que mejor funcionan dramáticamente hablando. Es cierto que su presencia puede estar un poco obligada por las circunstancias (la ausencia de la protagonista, en otras palabras), pero al final terminan por ahondar en la personalidad de los protagonistas, lo que siempre es de agradecer. Me refiero, por ejemplo, al padre del protagonista o a ese criadero de caballos a modo de terapia para personas con importantes traumas. Todo ello, aunque sin demasiada relación con el resto de la serie, permite al espectador acercarse a aspectos de los personajes que antes solo se habían insinuado, y que ahora se hacen más presentes.

Y como decía antes, la ficción ha optado en estos últimos capítulos por incluir nuevas historias al resto de personajes. Historias que, por otro lado, sirven de base para realizar una importante crítica a diversos aspectos de la sociedad. Sobra decir que durante los años previos temas como el alcoholismo o la corrupción política ya se habían tocado, pero ahora la serie va más allá. Sectas, alcohol, adicción a los esteroides, acoso sexual y laboral, violencia de género, … Todos estos temas tienen diferente peso narrativo en la historia, lo que amplía notablemente el ámbito de trabajo de sus creadores, creando un mundo más complejo y, por qué no, más cercano a la realidad. Y aunque esto puede ser un aspecto positivo, es importante señalar que su integración en el desarrollo de la trama es algo irregular, pues mientras algunas de estas historias tienen su importancia en el desarrollo final del arco argumental, otras sencillamente parecen estar incluidas para rellenar tiempo con algo diferente. Y ese es el gran fallo que tiene esta temporada a nivel de guión.

Pero en líneas generales la temporada responde a las expectativas, es decir, sigue teniendo como núcleo la familia, los retos y las dificultades que se superan juntos. Y precisamente por eso el último episodio es todo un homenaje a estos conceptos y un regalo para los más acérrimos fans. Con la excusa de un concierto, los personajes que han tenido cierta relevancia a lo largo de estos seis años hacen acto de presencia, sumándose a la canción y ofreciendo una despedida por todo lo alto a la que se suma, también, el equipo técnico. Una secuencia que sale de la propia ficción y aproxima aún más a actores, personajes y espectadores.

En definitiva, un final emotivo para una serie que, con sus limitaciones y sus propios errores, ha sabido mantenerse con coherencia, con tramas que aunque llevadas al límite han funcionado con solvencia, y con unos personajes más que correctos para este tipo de historias. Nashville termina y con ella parece acabar una tendencia musical en la pequeña pantalla, con permiso de Empire. Atrás quedan su tendencia a caer en bucles argumentales que tenían a los personajes como cobayas en ruedas de ejercicios. Atrás quedan también momentos terriblemente dramáticos narrados con elegancia. Pero sobre todo, queda la música, con algunas canciones sencillamente maravillosas. El country nunca volverá a ser lo mismo.

‘Érase una vez’ termina con una 7ª T. que ahonda en sus debilidades


He de reconocer que viendo la séptima y última temporada de Érase una vez se plantea la duda de qué sería mejor, si cerrar una serie deprisa y corriendo sin demasiada coherencia en su desarrollo, o afrontar dicho final con una suerte de epílogo que termine bien y que alargue la historia de forma artificial. Todo ello, claro está, en una serie que ha ido perdiendo interés a marchas forzadas por una falta de previsión en su conclusión definitiva. Y lo cierto es que estos 21 episodios de la serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (autores de la serie Dead of summer) son la prueba más evidente de que una falta de objetivo puede dar lugar a algo original y a la vez auto destructivo.

Porque desde luego, a esta ficción se la puede acusar de muchas cosas menos de falta de imaginación. El hecho de que esta última etapa repita estructuras narrativas permite a sus creadores un doble efecto. Por un lado, dotar al conjunto de una imagen cíclica, de recuperar el punto de partida; por otro, abre la posibilidad a introducir nuevos personajes e historias que enriquecen el conjunto, y a los que se puede dedicar algo más de tiempo al no tener que plantear desde el principio el punto de partida. Pero al mismo tiempo, esto juega en su contra. La serie trata de aprovechar algunas de las líneas argumentales planteadas en la anterior temporada para crear todo un universo nuevo, pero falla al querer unirlas todas en una especie de trama única con final común a todas ellas.

El problema no es tanto esa intención, tan válida y correcta como cualquier otra que permitiera cerrar las líneas dramáticas abiertas, sino en la sensación de estar ante una improvisación constante. Soy consciente de que no existe tal improvisación, pero el hecho de que aparezcan personajes cuando se les necesita para hacer avanzar la trama o que el desarrollo de la historia sea intermitente, con un comienzo que se regodea demasiado en las similitudes con la temporada original (con las evidentes diferencias) y que luego intenta recurrir a todo tipo de artimañas dramáticas para dar sentido a lo mostrado previamente, denota un cansancio creativo y narrativo evidente, reforzando la idea de que la serie debería haber tenido el ansiado final feliz hace ya varios años.

Y por si todo ello fuera poco, la fusión de historias y cuentos de hadas alcanza su máximo esplendor. La reinterpretación de las historias de Pixar, que ya se había planteado en anteriores temporadas, es aquí más que evidente, no solo por el tratamiento de algunos personajes, sino por los decorados elegidos. El papel que juega Up (2009) es más que evidente, lo que acentúa la idea de estar ante la necesidad de recurrir a todas las historias posibles que aporten ese toque mágico al conjunto pero que tengan poco que ver con los cuentos de hadas. En este sentido, se podría decir que Érase una vez ha evolucionado como serie, abarcando más y más historias. La pregunta que cabe hacerse es si lo ha hecho por enriquecer su relato o porque la historia, sin recurrir a esto, se habría desinflado rápidamente en las primeras temporadas. Visto lo visto, parece que es más lo segundo que lo primero.

El hermano del tío del primo de la hija de…

La prueba más evidente de ello son los parentescos que se han establecido entre los protagonistas, y que en esta última temporada alcanzan ya un grado de complejidad que bien podríamos estar ante una telenovela. Las relaciones familiares entre los personajes de cuentos de hadas en los primeros compases de la serie aportaron un cierto toque irónico y, por qué no decirlo, original, siendo una herramienta más para enlazar en un único universo a personajes como Blancanieves, Rumpelstilskin, Bella y Bestia, Maléfica y un largo etcétera. Sirvió, por tanto, como nexo de unión de muchas historias. Sin embargo, una vez establecida esa base dramática y habiendo ampliado notablemente el universo de la serie, las nuevas relaciones que se establecen pecan de excesivas y, sobre todo, innecesarias desde un punto de vista dramático, pues su finalidad dentro de la trama queda en entredicho. No me refiero al papel que cada personaje juega, sino a las relaciones entre ellos. A la pregunta “¿si no tuvieran el parentesco que tienen la trama seguiría funcionando?” la respuesta es sí, por lo que la siguiente pregunta es “¿para qué?”.

El grado de complejidad que ha alcanzado la serie en esta última temporada es tal que sus creadores han tenido que recurrir a una especie de Deus ex machina para poder cerrar de un modo más o menos lógico todo lo planteado hasta ese momento. La necesidad de ampliar el universo de Érase una vez, como comentábamos antes, ha derivado en una amplitud de mundos, personajes e historias que a lo largo de las temporadas han quedado en un segundo plano, pero siempre presentes. En un intento de dar el final feliz que todo cuento de hadas (y con sus más y sus menos, esta ficción lo es) necesita, los guionistas han optado por una resolución cuanto menos cuestionable, integrando todos esos mundos en una suerte de ciudad/continente en el que tienen cabida todos ellos (con las consecuentes incongruencias y duplicidades de personajes), y en el que todos están regidos por la que sin duda es la auténtica protagonista de esta serie.

En efecto, el rol de Lana Parrilla (One last ride) es el auténtico motor de este drama, ya sea como villana o como personaje redentor. En ambos casos, siempre buscando un final feliz que se escapa durante demasiadas temporadas. De ahí que este final tenga que pasar necesariamente por ella. La reunión de los actores y personajes principales de la serie en ese último y bien intencionado episodio, así como el discurso final de la Reina Malvada, es buena muestra de que la serie tenía que terminar con un final feliz sí o sí, independientemente de que eso pueda dejar la estructura narrativa más debilitada de lo que ya estaba tras siete temporadas perdiendo calidad dramática e interés.

De este modo, Érase una vez tiene el final que cabría esperar, pero lo tiene con demasiadas temporadas de retraso. Es cierto que ver la reinterpretación de los cuentos resulta interesante, toda vez que ayuda a comprender algunos aspectos de los personajes con los que han crecido millones de personas, pero la serie ha alargado en demasía algunos conflictos, recurriendo muchas veces para ello a tramas poco sólidas y a un tratamiento de los personajes algo toscos. Posiblemente de haberla terminado hace tiempo estaríamos hablando en otro sentido, pero alargar algo de forma artificial suele tener estos efectos en las historias. Curiosamente, el único personaje que parece ajeno a todo, manteniendo siempre su atractivo e interés dramático, es el interpretado por Robert Carlyle (T2: Trainspotting), pero ni siquiera Rumpelstilskin es capaz de dar la vuelta a la situación. Un epílogo en la línea del resto de la serie que pone de manifiesto la poca necesidad del mismo.

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ termina ciclo en su quinta temporada


Parece una regla narrativa, pero en realidad es más bien una idea aceptada a base de práctica y de miles de series realizadas a lo largo de los años. Aunque lo importante es que una ficción tenga la duración planteada para contar bien la historia (es decir, sin intereses comerciales de ningún tipo), lo cierto es que muchas de las grandes series parecen plantearse para tener cinco temporadas, como mucho una o dos más. Y esto es lo que le ocurre a Agentes de S.H.I.E.L.D. Sin ser una serie inolvidable ganadora de infinidad de premios, esta ficción con superhéroes, acción y humor integrada en el Universo Marvel ha sabido no solo mantenerse en plena forma dramática y narrativa, sino que en su quinta temporada cierra ciclo de forma más que correcta, dejando un pequeño epílogo a modo de sexta y última temporada ya confirmada.

Y como no podía ser de otro modo, dicho cierre tiene como principal motor al Agente Coulson, rol que Clark Gregg lleva interpretando 10 años desde que apareciera por primera vez en Iron Man (2008). La serie creada por Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse), Jed Whedon y Joss Whedon (Los Vengadores) ha pivotado desde el primer momento sobre este personaje, y aunque a lo largo de los años ha crecido en complejidad dramática y ha incorporado interesantes personajes, el epicentro de toda la trama siempre ha sido ese agente con fe ciega en la causa que defiende. Todo esto viene a cuento porque los 22 episodios de esta penúltima temporada representan el viaje final del héroe, un recorrido que más allá de la acción es una especie de cesión del testigo para que un nuevo líder tome el control. El problema, y de ahí el final inminente de la serie, es que ninguno de los otros protagonistas, aún con su evidente interés, tiene madera de protagonista.

Esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., al igual que las anteriores, divide su trama en dos partes diferenciadas claramente. Sin embargo, y a diferencia de años atrás, en esta ocasión ambas historias están intrínsecamente relacionadas por la causa y efecto que generan los saltos temporales. La idea del bucle temporal adquiere una fuerza dramática inusitada que no solo provoca una tendencia creciente del drama e incluso cierto suspense, sino que da lugar a un clímax final y a una resolución de la historia tan interesante como compleja, trastocando el tratamiento de los protagonistas realizado hasta ese momento al tener que enfrentarles con sus propios miedos, sus fobias y sus secretos más escondidos. El hecho de presenciar el futuro e intentar cambiarlo a pesar de repetir siempre los mismos actos (sin darse cuenta de ello, claro está), aporta una complejidad dramática única a la temporada, pero también un cierto desasosiego al tener en todo momento la sensación de estar asistiendo a un destino inevitable.

Evidentemente, los héroes logran su misión, pero a diferencia de otro tipo de series, no es un final feliz. Más bien la resolución de esta etapa es agridulce. Durante los 22 capítulos la trama gira en torno, ya sea directa o indirectamente, la salvación del rol de Gregg. Resulta muy interesante analizar cómo funciona a la perfección esta premisa en el tratamiento de toda la temporada, fruto de una construcción de personajes coherente y sólida. En efecto, la lucha de todos los personajes por su líder no solo se antoja lógica, sino incluso necesaria. Y la evolución orgánica de todas las tramas alrededor de este desencadenante no podría ser más exquisita, toda vez que son varios los momentos en los que el espectador, aun teniendo en mente una idea aproximada de lo que puede ocurrir, se encuentra ante un abismo dramático cuyo final no puede vislumbrar. Dicho de otro modo, aunque la victoria de los protagonistas es obligada, las consecuencias de dicha victoria, tanto personales como materiales, son totalmente inesperadas. Y este es uno de los principales atractivos de esta etapa.

Cerrando flecos

Todo ello no quiere decir que esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no tenga ‘peros’. En demasiados momentos la trama recurre a ciertos Deus ex machina que, aunque bien encajados en la evolución dramática, se antojan irreales (y hablamos de una producción puramente fantástica), demasiado milagrosos. Y eso no es únicamente por el modo en que se presentan dichos momentos, sino porque para resolver determinadas situaciones aparentemente irresolubles se recupera la presencia de personajes de temporadas anteriores que, de un modo u otro, solucionan la papeleta narrativa que en ese momento tienen los creadores de la serie. Todo ello juega en perjuicio de algo fundamental de esta producción, que es la capacidad del equipo de superar cualquier situación.

Asimismo, y aunque la temporada vuelve a dividirse en dos partes bien diferenciadas, el desarrollo de ambas ha tenido muchas historias secundarias, y según como se mire puede que demasiadas. El intento de rizar el rizo de una historia y unos personajes ya de por sí complejos lleva a esta etapa a convertirse en una espiral constante de situaciones casi insostenibles, de desafíos que van más allá de las capacidades mentales y físicas de los protagonistas. Y aunque este viaje hay momentos que resta credibilidad al relato, también es cierto que ahonda en las múltiples caras de los protagonistas, enriqueciéndolos a ellos y a la trama, que se llena con todo tipo de matices, algo poco habitual para este tipo de producciones. En este sentido, es interesante estudiar el delicado equilibrio que manejan los guionistas entre el crecimiento natural y orgánico de la historia, nutriéndose de las historias secundarias y los conflictos entre los personajes, y las dificultades que tienen para resolver determinadas situaciones, llegando al extremo de utilizar esos Deus ex machina que antes mencionaba.

Pero esta temporada es también la del cierre de flecos secundarios que pudieran quedar sueltos, lo que es una prueba más que evidente de que su final está próximo. El caso más evidente es el del coronel interpretado por Adrian Pasdar (Run), personaje que ha vivido un largo viaje en el que ha pasado de ser enemigo de los héroes a su aliado, para terminar convertido en un supervillano cuyo giro dramático podría ubicarse a medio camino entre esa evolución natural y los cambios forzados por las necesidades de guión. Pero en cualquier caso, la labor de Pasdar convierte a este personaje en uno de los más interesantes de la temporada, si no el que más, creando un villano complejo, marcado por un sentido del deber corrompido por un poder que cree dominar pero que en realidad le domina. Su figura, aunque secundaria, resume a la perfección el espíritu dramático de esta temporada.

Tal vez esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no sea la mejor de todas, pero sin duda se encuentra entre los referentes de la serie. Y lo es porque, a pesar de sus limitaciones y de sus puntos débiles, se atreve a ir más allá, a explorar nuevos terrenos dramáticos jugando con el espacio y el tiempo para desarrollar una historia autosuficiente que, en realidad, no necesitaría del trasfondo dramático que arrastra de las anteriores temporadas. Los personajes se enfrentan a su presente no tanto conociendo su pasado como, ante todo, conociendo el futuro y la tragedia a la que se enfrentan. Y ese conocimiento único es el motor del drama y cierto suspense que nutre toda esta etapa. La resolución, tan emotiva como trágica, no deja indiferente. Ahora tan solo queda poner el punto final con una sexta temporada que sitúe a los protagonistas ante su futuro.

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