‘Las aventuras del doctor Dolittle’: de viaje con las mascotas


Hay películas que solo con plantearse ya parecen una idea cuanto menos cuestionable. Y aunque se vistan con las mejores galas, la realidad demuestra que por mucho que puedan funcionar en taquilla, su impacto en la memoria colectiva es más bien escaso. Lo nuevo de Robert Downey Jr. (Salidos de cuentas) tras dejar una década de superhéroes vendría a incluirse en esta categoría: mucho bombo, muchos nombres propios, pero un escaso y limitado recorrido dramático.

Y como digo, no es algo que pueda sorprender. Por mucho aspecto novedoso que se le quiera dar al proyecto, lo cierto es que Las aventuras del doctor Dolittle juega con algo en su contra, y es esa idea ya utilizada de un hombre que es capaz de entenderse con los animales. La fórmula parece haber agotado buena parte de su fuerza, dejando únicamente como atractivos esa idea de que el protagonista pueda contar con un aprendiz y que, lejos de ser una habilidad innata, se pueda aprender a hablar con osos, loros, gorilas, tigres o ballenas. Más allá de eso, la película de Stephen Gaghan (Syriana) es una aventura excesivamente lineal, sin giros inesperados en una trama que camina por territorios ya explorados para evitar sorpresas desagradables.

Es el gran problema, que no el único, de una película que, más allá de su carácter infantil o de sus mensajes morales acerca de la responsabilidad, de seguir adelante y de imponer el bien sobre el mal, podría haber dado algo más de sí si se hubieran aprovechado los potenciales con los que cuenta, ya sea en materia interpretativa (el reparto es de auténtico lujo) o en materia narrativa. Sin embargo, Gaghan opta por limitar su propio trabajo, por quedarse en una sencilla propuesta infantil en el peor sentido de la palabra, dejando a actores y personajes a su suerte y centrándose en sacar todo el partido que puede (y sabe) a algunas de las secuencias de acción y aventura. Puede que esto, en manos de otro director y con un guión algo más consistente, hubiese derivado en algo más atractivo para todo tipo de públicos.

Con todo, Las aventuras del doctor Dolittle hará las delicias de los más pequeños, que sin duda disfrutarán con los parlanchines animales y sus problemas físicos y psicológicos que solo este personaje interpretado por Downey Jr. es capaz de curar. Para los demás puede que sean casi dos horas de distracción a secas, puede que sin llegar a considerar que se ha perdido el tiempo pero desde luego tampoco a pensar que estamos ante una gran obra infantil. El director no logra aportar una personalidad propia al relato ni sacar provecho de un reparto de campanillas, y eso es sin duda lo más grave de una película con más problemas que aciertos.

Nota: 5,5/10

‘Jojo Rabbit’: crecer en los tiempos de la guerra


Es muy difícil huir de determinados preceptos y planteamientos argumentales, éticos y morales cuando se cuenta una guerra a través de los ojos de los niños. En mayor o menor medida, todas las películas con esta estructura tienden a contener un mensaje muy similar, un desarrollo más o menos idéntico en su base y unos puntos de giro argumentales más o menos comunes. Eso no implica que carezcan de interés, al contrario, pero sí que siempre dejarán la impronta de cierto déjà vu en el espectador.

Y eso es lo que ocurre con Jojo Rabbit, la por otro lado magnífica comedia dramática de Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras). Dejando a un lado esa premisa, esta adaptación de la novela de Christine Leunens es un alarde de originalidad formal e interpretativa que deja muchas y muy interesantes reflexiones. Lo cierto es que la historia ya resulta hilarante con ese trío formado por los dos jóvenes protagonistas y el Hitler imaginario, pero a ello se unen una serie de historias secundarias que dan buena cuenta de una sociedad que vive con miedo en todos sus estamentos, incluidos los más altos. A través de los ojos del protagonista asistimos a una evolución desde un mundo marcado por las férreas convicciones del pequeño a otro en el que los sentimientos y lo correcto priman por encima de cualquier otra cosa. En este sentido es reveladora la forma en que avanza la relación con su amigo imaginario, todo un reflejo de lo que somos y cómo podemos cambiar.

Waititi aprovecha la historia y las numerosas lecturas que ofrece al espectador para narrar, a veces de forma sutil, a veces más evidente, el mundo de los adultos a través de los ojos de un niño que quiere ser adulto sin saber ni siquiera qué es eso. La relación con su mejor amigo, con el oficial que se encarga de él (magistral Sam Rockwell, aunque eso empieza a dejar de ser una novedad), con su madre (una Scarlett Johansson correcta) y, sobre todo, con la joven judía que se esconde en su casa, conforman todo un universo visualmente bello dentro de la crudeza de la guerra. El director saca partido al relato a través de un lenguaje que, sin mostrar demasiado, lo muestra todo, desde el impacto de la muerte hasta una relación prohibida, pasando por el horror de la guerra o la ayuda desinteresada de personajes que arriesgan su propia vida.

Todo ello es lo que convierte a Jojo Rabbit en la obra notable que es, creando ese mundo infantil en un contexto bélico, o mejor dicho, ese conflicto bélico a través de la mirada de un niño que no entiende el mundo en el que vive, pero que quiere ser como los que cree que son los ejemplos a seguir, entre ellos la figura distorsionada de su padre. Lo cierto es que si la película tuviera un trasfondo algo más complejo y alejado de cierta familiaridad con otras películas de temática similar podríamos estar hablando de una cinta extraordinaria. Esto no es algo necesariamente negativo, pero sin duda lastra la labor de Waititi y las posibilidades de una historia que, si se hubiera abordado más en profundidad, tal vez podría haber dado más de sí.

Nota: 7,5/10

‘1917’: el viaje contrarreloj de un clásico moderno


Hay películas que parecen llamadas a convertirse en referentes o en clásicos casi al instante. Sam Mendes (American Beauty) es uno de los pocos directores que pueden presumir de lograr esa categoría con muchas de sus historias, incluyendo aquel primer drama de 1999. Su última película, independientemente de los premios que obtenga, es un ejercicio fílmico extraordinario, apasionante, capaz de sumergir al espectador en el horror de la guerra como pocos relatos logran. Y todo ello con la complejidad formal del plano secuencia, en este caso ligeramente falseado por motivos obvios.

Aquellos que alguna vez se hayan enfrentado a un rodaje de este tipo comprenderán todo lo que conlleva. Estudio de los movimientos de cámara, de todos los personajes, del decorado, la dinámica de los movimientos dentro y fuera de plano, etc. Pero en el caso de 1917 existe un componente adicional, y es el contexto bélico en el que se desarrolla. Muchos de los momentos exigen de una preparación aún mayor, no solo para dotar de realismo al conjunto, sino para no provocar accidentes y por las evidentes necesidades de una única toma. Todo esto, dicho de una forma menos técnica, implica un trabajo cinematográfico extraordinario que perfectamente podría haber derivado en una película tediosa, sin ritmo, carente de interés por el devenir de los personajes. Por el contrario, Mendes sumerge al espectador en la acción casi sin darle tiempo de saber dónde se encuentra en un ejercicio de composición visual, sonora y narrativa sencillamente perfecto.

Pero la película ofrece algo más que un espectáculo visual. El relato de la odisea que viven los dos protagonistas está estructurado de forma milimétrica para plantear constantes giros argumentales en los que la vida y la muerte se mezclan para reflejar el horror de una guerra en la que la lucha cuerpo a cuerpo y la constante huída hacia adelante eran el día a día. En este sentido, es cierto que los actores, muchos de ellos muy conocidos, se diluyen en el absorbente marcho que crea Mendes, pero no por ello su labor es menos importante, pues todos ellos logran generar tanto la urgencia del punto de partida como el intenso clímax en el comienzo de una batalla. Así, fondo y forma se dan la mano en una película que el director maneja con mano firme, en la que nada está dejado al azar aunque pueda parecer lo contrario, y en la que la angustia acompaña al espectador, que también es capaz de vivir el descanso final con el que cierra el film.

Así, 1917 se convierte en una obra extraordinaria, diferente, compleja en la forma y en el tratamiento de un fondo, por otro lado, bastante sencillo. Es cierto que la premisa inicial y la motivación que sustenta toda la historia es simple y directa, pero esto permite construir todo un mundo de horrores a cada cual más impactante. La I Guerra Mundial nunca se había vivido de forma tan cercana, y posiblemente en una película nunca habían ocurrido tantas situaciones como las que narra Mendes. Es lo que ofrece el plano secuencia. La imposibilidad de cortar para cambiar a otra secuencia obliga a completar los evidentes momentos narrativos más pausados con movimiento. Y eso, a su vez, minimiza esas pausas para acentuar la sensación de tensión constante, de peligro inminente que se cierne sobre los protagonistas y los espectadores. Una película imprescindible que si no se ha convertido ya en un clásico, lo hará dentro de poco.

Nota: 10/10

‘Richard Jewell’: un hombre tranquilo contra el sistema


El caso de Richard Jewell es como el de muchos otros nombres más o menos conocidos de la historia de cualquier país. Un hombre, un buen hombre, acusado injustamente por un sistema que no funciona como debería. Entonces, ¿qué hace de esta trama algo diferente? Bueno, para empezar los nombres que encontramos delante y detrás de la pantalla. Pero ante todo, lo que tenemos es un complejo reflejo de cómo las creencias de un hombre pueden verse destruidas por la corrupción de los hombres.

Y como suele ser habitual en el cine de Clint Eastwood (Invictus), buena parte de ese trasfondo social y moral se encuentra en los últimos minutos de Richard Jewell. Pero no es algo exclusivo de su final. Lo cierto es que la historia construye poco a poco, paso a paso, una espiral de decisiones a cada cual más absurda que lleva a un hombre a pasar de ser un héroe real a un villano construido por medios y Estado. El calvario se agudiza aún más al comprobar la falta de escrúpulos de un sistema incapaz de encontrar una sola prueba que incrimine al presunto sospechoso y, aún así, seguir construyendo un relato (ahora que está tan de moda este concepto) tan falso como las modernas fake news, que de modernas solo tienen el nombre, por cierto. Eastwood, con su maestría, se adueña de un guión bastante sencillo y previsible, narrando la historia con mano firma, sobria, academicista y, sin embargo, dejando espacio para cierto lenguaje que le sigue definiendo como el gran director que es (los planos contrapicados del atentado son de lo más expresivo del film).

Y esa es la magia de este director. Sus historias, al menos algunas de ellas, son relatos mundanos, más bien simples, con desarrollos dramáticos excesivamente lineales y de resolución previsible. Sin embargo, en manos de Eastwood adquieren otro significado, otra dimensión, otro trasfondo social, político, ético y moral. El discurso final del protagonista al que da vida de forma magistral Paul Walter Hauser (Yo, Tonya) es el resumen idóneo de todo lo que se cuece en el film a fuego lento. La lucha por su inocencia de un hombre que cree y siente que el sistema es lo que separa el bien del mal se transforma en una interesante reflexión sobre qué ocurre cuando ese sistema se corrompe y no permite hacer esa distinción. No cabe duda de que a esta labor contribuyen unos actores sencillamente brillantes, con Sam Rockwell (Blaze) y Kathy Bates (Una cuestión de género) a la cabeza. El discurso de esta última hacia el final del film es tan conmovedor que deja sin palabras.

En realidad, Richard Jewell podría haber sido perfectamente un telefilm de sobremesa sobre la lucha de un individuo contra todo un aparato político y mediático. Pero el guión contiene algo más, y eso es lo que Eastwood logra explotar al máximo, redefiniendo la trama y convirtiéndola en todo un análisis de los mecanismos que llevan a convertir a un hombre en héroe y al instante transformarle en un villano. Con una premisa aparentemente simple, la película adquiere en la manos del director y de un reparto de altura una complejidad sumamente interesante, construyendo la historia en base a capas argumentales y dramáticas que obligan al espectador a pensar en el mundo en el que vive. Y eso, al fin y al cabo, es lo que hace toda buena película.

Nota: 7,5/10

‘Star Wars: El ascenso de Skywalker’: un final dominado por el miedo


Algo ha cambiado en la saga ‘Star Wars’. En 42 años es normal que la forma de hacer cine, los efectos especiales y las historias evolucionen. Pero no se trata de eso. No sé si será, como muchos defienden, por la influencia de Disney y sus parámetros morales y éticos. En cualquier caso, esta tercera y última entrega de la, a su vez, última trilogía del arco argumental de Skywalker, tiene todo lo bueno y todo lo malo de una historia que ya forma parte de la cultura popular.

Y puede que esto sea lo más perjudicial para Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker. La cinta bebe constantemente de las referencias y el universo cinematográfico que ha dejado durante estas décadas George Lucas. Prácticamente cada plano, cada secuencia, cada diálogo, hace referencia a diferentes momentos de la saga, por no hablar de la presencia de personajes inolvidables. En cierto modo, la cinta dirigida por J.J. Abrams (Super 8), con su habitual habilidad narrativa pero sin la emoción que sí tuvo en el Episodio VII, es un viaje a la nostalgia, un recorrido por todo aquello que hace de Star Wars algo único. El viaje de la protagonista en busca de sus orígenes al tiempo que aprende los secretos de los jedi posiblemente sea lo mejor de la cinta, amén de unas batallas tan espectaculares como bellamente ejecutadas.

El problema de la película llega en su tercio final, y es ahí donde más se nota la mano Disney. Si el desarrollo de la historia, con ciertos altibajos, en líneas generales contiene los suficientes elementos para resultar atractivo (la lucha de la protagonista contra su lado oscuro, los orígenes secretos, el enfrentamiento con su antagonista en los restos de la Estrella de la Muerte, …), la resolución del arco dramático es sencillamente nefasta. Dejando a un lado la justificación que trae de vuelta al Emperador Palpatine, el tercer acto del film tiene más puntos de giro que el la resolución de Romeo y Julieta, con el problema añadido de introducir en este mundo de fantasía un exceso de milagros y poderes. Tanto giro argumental, tanto final en falso, provoca una sensación de conclusión forzada, obligando a los personajes a unas decisiones y actuaciones que simplemente no son creíbles. Eso por no hablar de los cambios en algunos personajes secundarios de toda la saga y de un beso final que… pues eso, mejor no hablar de ello.

Y es una pena, porque la película, en líneas generales, contiene los suficientes elementos como para haber sido, al menos, una notable entrega de la saga. Pero al igual que a los personajes, a sus responsables parece dominarles el miedo. La mano de Abrams se nota en prácticamente cada aspecto. Sus constantes referencias a momentos del pasado, cierto toque de humor, un lenguaje audiovisual dinámico que hace avanzar la acción sin descanso. Todo ello se aprecia y se disfruta. Pero la película no sabe como terminar, y lo que es peor, lo hace con unas concesiones que poco o nada tienen que ver con la tradicional saga galáctica, haciendo un flaco favor a lo que se había construido hasta ahora. De haber sido más directa y más sincera, de haber tenido menos miedo, posiblemente estaríamos ante una película a la altura de las anteriores.

Sin embargo, lo que nos encontramos es una amalgama de décadas de cine. En Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker hay oscuridad, hay lucha de la heroína contra su dolor y su ira, hay grandes batallas espaciales, hay aventura, incluso se demuestra que del lado oscuro de la fuerza también se puede salir. Todos ellos, además de detalles como el control mental o las voces de personajes pasados, están muy presentes en la cinta de Abrams. Pero a medida que se acerca a su final se pierde en su propio homenaje, incapaz de encontrar una salida digna que, con todo, se maquilla con ese final que explica definitivamente el título de la película. Se puede decir que pierde parte de la esencia de este universo cinematográfico y parte de la magia con la que han crecido generaciones. Puede mejorarse, desde luego, pero eso no quiere decir que no se pueda disfrutar.

Nota: 6,5/10

‘Jumanji: siguiente nivel’: una aventura muy jugable


Ya antes de que se estrenara Jumanji: Bienvenidos a la jungla (2017) la pregunta que surgía era si es necesaria una continuación/remake del clásico de 1995. El resultado, con sus pros y sus contras, no fue del todo malo. Pero… ¿una secuela? Pues lo cierto es que, con esos pros y esos contras que sigue manteniendo, funciona mucho mejor esta nueva aventura, y lo hace precisamente porque conoce sus ventajas y las explota al máximo.

Los aficionados a los videojuegos sabrán que cualquier saga trata de mejorar diferentes aspectos en cada entrega, incorporando nuevos personajes, habilidades, escenarios, etc. Y eso es precisamente lo que hace Jumanji: siguiente nivel. La trama ahonda mucho más en la aventura en su más amplio sentido, no solo con las secuencias de acción sino con el desarrollo de la historia dentro de ese universo. En este sentido, pueden identificarse mucho mejor los momentos propios de todo videojuego, incluyendo esas aventuras de plataformas en forma de puentes colgantes con mandriles de por medio. Pero a todo esto se suma algo más de profundidad dramática. Las motivaciones de los protagonistas, aunque siguen siendo bastante simples, se rodean de un contexto más interesante. Y la incorporación de los personajes de Danny DeVito (Batman vuelve) y Danny Glover (Arma letal) es sencillamente perfecta.

De hecho, son ellos los que logran en buena medida suplir las carencias de un guión que, por lo demás, se desarrolla de forma excesivamente lineal. Tanto es así que no es difícil prever, por ejemplo, los momentos en que cada personaje va perdiendo sus vidas. Pero esa falta de ambición del guión se convierte en una ventaja gracias a un ritmo trepidante que apenas da tregua al espectador y, sobre todo, a los cuatro actores protagonistas, capaces de imitar gestos, expresiones y miradas de sus compañeros de reparto para poder ver siempre en ellos a un avatar interpretado por otro rol, lo que da una versatilidad única al conjunto. En cierto modo, el título de la película resume a la perfección el contenido de la misma. Un siguiente nivel que se disfruta y se juega más y mejor, con una historia igualmente sencilla pero a todas luces más efectiva.

Y todo apunta a que no será la última aventura. Jumanji: siguiente nivel desde luego mejora respecto al original. No es que sea una gran película, pero sabe lo que propone y lo que puede ofrecer, y es sincera tanto en sus intenciones como en sus posibilidades. Jake Kasdan, director de la primera parte, demuestra su habilidad y artesanía con unas secuencias de acción más que solventes, algunas con claras referencias a clásicos como Parque Jurásico (1993), aunque deja ver las costuras en los momentos más narrativos. La verdad es que todo funciona en este videojuego mejorado, y a tenor del final de la aventura, no hay dos sin tres.

Nota: 6,5/10

‘Midway’: una batalla a mitad de camino


El nombre de Roland Emmerich (El día de mañana) se asocia irremediablemente al cine de catástrofes y a la espectacularidad de la destrucción digital de ciudades, estados y, por qué no, del planeta entero. Y aunque el director ha demostrado ser capaz de realizar con éxito obras mucho más intimistas, lo cierto es que han pasado más bien desapercibidas en los últimos tiempos. Con su última película trata de unir esos dos universos, el del espectáculo visual y la profundidad dramática, con desigual fortuna.

En realidad, el problema de Midway, por llamarlo de algún modo, está en su guión. La película trata de abordar varios meses de conflicto bélico que explican cómo de la derrota de Pearl Harbor se llegó a esa batalla que cambió el curso de la historia de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. Y como relato global lo cierto es que la cinta logra el objetivo de mostrar la lucha aérea, naval y de espionaje que se desarrolló en esas semanas. A través de un reparto coral el espectador logra hacerse una idea de cómo se lograron gestar algunas de las estrategias que terminaron con el resultado ya conocido, intercalando durante el metraje algunas secuencias de acción a las que Emmerich saca provecho y demuestra, una vez más, su ágil lenguaje visual en los momentos épicos. Dejando a un lado un comienzo un poco irregular (si no es croma, se le parece demasiado, y mal hecho), la historia se plantea como una escalada de acción hasta esa batalla final en la que los planos subjetivos de los aviones marcan el relato.

El problema está en la parte dramática. O mejor dicho, en el reparto. No porque no esté bien elegido, más bien al contrario, todos los actores ofrecen una buena interpretación. Más bien porque son tantos personajes que es imposible identificarse con uno. Sí, es cierto que el grueso del relato se sustenta sobre los hombros de dos roles fundamentales, pero es que ni siquiera ellos ofrecen al espectador un trasfondo dramático lo suficientemente interesante como para resultar atractivos. Son, por decirlo de algún modo, excesivamente planos en su definición. A todo ello se suman unos secundarios que entran y salen de escena casi con la misma velocidad con la que se les olvida, lo que al final genera un mosaico de rostros que aportan poco o nada al conjunto de la historia. Eso por no hablar de la presencia de John Ford, que es mejor no comentar por mucho que sea un hecho histórico. Todo ello trastoca el relato, lo ralentiza, impide que el espectador llegue a introducirse de lleno en una trama que, en realidad, no existe, porque lo que se hace es plantear los acontecimientos uno detrás de otro.

Dicho de otro modo, Midway funciona muy bien como seudodocumental o documental ficcionado sobre los acontecimientos que acaecieron entre 1941 y 1942. Y ofrece unas batallas navales y aéreas lo suficientemente atractivas y bien rodadas, siempre con su componente patriota de por medio (lo de la bomba en la bandera de Japón como si se hiciese diana era algo que podía preverse desde la primera batalla). Pero la película falla en su componente dramático. No ofrece nada nuevo, y no solo eso. Existen tantos personajes con diferentes grados de protagonismo que el relato no puede sostenerlos a todos, por lo que el metraje entre conflicto y conflicto se vuelve tedioso, en algunos momentos innecesario, planteando una película a la que le podrían sobrar algunos minutos de metraje.

Nota: 6/10

‘Puñales por la espalda’: el agujero del donut


Las novelas de Agatha Christie han dado numerosas y magníficas películas de intriga y cierto toque de humor. Superarlas suele ser un ejercicio banal que no lleva a ningún sitio. Por eso muchos directores tratan de refrescar el género utilizando los mismos parámetros pero introduciendo ciertos componentes que acentúen el humor, la intriga o ciertos conflictos. Lo que no es tan habitual es conocer la identidad del asesino al comienzo de la historia y conocer, sobre todo, cómo se perpetró el crimen.

Eso es lo que propone Rian Johnson (Looper), y lo hace con una agilidad narrativa y una eficacia poco habituales en el cine. Porque a partir de ese momento, Puñales por la espalda cambia ligeramente su sentido para dejar de ser una producción al uso sobre un asesinato y descubrir la identidad del criminal, y pasar a convertirse en un juego del ratón y el gato entre un investigador, el culpable de la muerte, y un caso mucho más complejo de lo que cabría esperar inicialmente. Bajo esta premisa, la trama sabe crecer y ofrecer al espectador un espectáculo fascinante e interesante, con unos personajes complejos en su definición y magníficamente interpretados por un reparto de lujo. Y lo hace sobre una narrativa que se construye en base a flashbacks que, como piezas de un puzzle, ofrecen una fotografía de lo que ocurrió… o mejor dicho, de lo que ocurrió pero no se vio. Y este es uno de los grandes aciertos del film.

La película, como todas las historias de este tipo, se construye sobre los recuerdos de cada personaje sobre los momentos previos a la muerte. Pero son recuerdos distorsionados, manipulados por los auténticos acontecimientos. Y una vez conocidos, el resto de la historia se centra en aquello que no aparece inicialmente en la trama, y que se revela como una línea argumental alternativa que, si el espectador está atento, puede desvelarse, o al menos intuirse, por una única frase. Lo cierto es que la resolución final, cargada de giros dramáticos, explica gráficamente las motivaciones, acontecimientos y decisiones que llevaron al crimen que se investiga, pero es el camino lo verdaderamente gratificante. A todo ello habría que sumar, en menor medida, la crítica social que contiene la historia, con una familia rica y clasista, una enfermera inmigrante y un servicio invisible a los ojos de la clase alta. En este sentido, la imagen final de la película es totalmente gráfica.

De este modo, Puñales por la espalda se revela como un thriller con tintes de comedia fresco y original, con un mensaje que va más allá de la mera intriga criminal y que, sobre todo, transgrede lo suficiente las normas del género para distanciarse de otras producciones y tener un alma propia. Tiene algunos problemas, como el hecho de que algunos secundarios no están lo suficientemente desarrollados, pero son problemas menores que quedan reducidos ante la magnitud que adquiere la trama, cuya resolución, por cierto, es la guinda a todo un proceso de investigación digno de la reina del misterio.

Nota: 8/10

‘Frozen II’: sin miedo a las secuelas


No sé si alguien en Disney esperaba hace seis años el éxito de Frozen, una producción animada que ha generado un impacto social y económico como muy pocas han conseguido en los últimos años. Su calidad, pero sobre todo su argumento, la convirtieron en un referente clásico automático, y a sus personajes en un icono para todo tipo de públicos. Ante un fenómeno así, ¿cómo no hacer una secuela? Pero a diferencia de otras producciones, esto es algo más que una simple secuela.

En realidad, Frozen II es una película en sí misma, independiente en buena medida de los acontecimientos de su predecesora. Más épica, adulta y hasta oscura que la cinta original, la trama aborda, con mayor o menor acierto, la madurez y lo que eso implica para los personajes y, por extensión, para todos los adolescentes que a buen seguro acudirán a las salas. Si la primera parte ahondaba en la necesidad de conocerse uno mismo, de saber quiénes somos para poder aceptarnos, esta continuación se centra en cómo afrontamos el futuro y, sobre todo, en nuestra capacidad para enmendar los errores del pasado provocados por el miedo. Bajo este prisma, la película evoluciona constantemente sin abandonar nunca cierta inocencia y esa candidez que definió este universo desde el primer momento. Es cierto que la película puede tener ciertos problemas en su arranque, con una batería de canciones que perfectamente se podrían haber suprimido, pero al fin y al cabo, esto es una película Disney y hay cosas que no podrán cambiarse. Sin embargo, superados estos compases iniciales, la historia entra de lleno en el viaje de madurez de todos los personajes, aceptando su destino y asumiendo las responsabilidades que eso conlleva.

A todo esto tenemos que añadir, por supuesto, un acabado sencillamente impecable, tanto en las texturas como en la animación de los personajes. La película dirigida por Chris Buck y Jennifer Lee, autores de la primera parte (algo que, por cierto, se nota en muchos momentos del metraje), atrapa al espectador con una combinación extraordinaria de color, aventura y acción. El movimiento del aire y las hojas, los rasgos de los personajes, la imaginación para crear los espíritus (atentos al del agua y al movimiento de esas crines), … Cada detalle está cuidado al milímetro para ofrecer al espectador una experiencia única que va más allá del puro entretenimiento para invitarle a reflexionar sobre la vida y, por qué no, sobre uno mismo. Mención especial merece ese espíritu del fuego que parece creado para vender miles de muñecos, pero que encaja como un guante en una trama que une hábilmente drama y humor.

Frozen II es una secuela sin miedo a las secuelas. Y lo es por dos motivos. El primero porque se desprende de esa aura que tienen todas las continuaciones para revelarse como una obra única, autónoma, capaz de expresarse por sí misma e invitar al espectador a descubrir algo más que una simpática obra de animación. El segundo es porque esa expresión se traduce en un argumento serio, profundo, marcado por el miedo a ese futuro desconocido que es la madurez, y al que todos tenemos que hacer frente antes o después. Y lo afronta sin temor a no ser entendido. Una apuesta exitosa que permite a grandes y pequeños encontrar en la película algo enriquecedor. Puede que muchos no aguanten las canciones. Puede que otros solo vean animación, luz y color. Pero hay mucho más allá, y descubrirlo es parte del viaje.

Nota: 7,5/10

‘Le Mans ’66’: Dos hombres y su destino


El mundo del motor y la velocidad siempre ha tenido en el cine un romanticismo y un atractivo muy definidos. La rivalidad entre pilotos y compañías, las tensiones en los equipos, la adrenalina de ver el marcador de la velocidad llegar al máximo posible. Todos ellos son elementos que definen a este género. Pero la nueva película de James Mangold (Logan) tiene algo más. Un algo más que se sustenta en un reparto extraordinario.

Porque Le Mans ’66, más que una película de velocidad o la rivalidad de las compañías Ford y Ferrari por ganar las 24 horas de Le Mans, es una historia de dos hombres enfrentándose a todo y a todos para lograr no solo ganar a Ferrari, sino construir el coche más rápido de ese momento. En este sentido, Mangold construye un relato casi épico sustentado en el conflicto entre dos amigos que, a pesar de sus diferencias, se respetan, se aprecian y, sobre todo, se enfrentan juntos a un poder que está por encima de sus posibilidades. Los tira y afloja en su lucha personal trasladados al conflicto con los mandamases representan una de las mejores muestras del delicado equilibrio entre el desarrollo del futuro y el conservadurismo del pasado, pero sobre todo la lucha entre aquellos expertos en un determinado campo y los que tienen otros intereses.

Curiosamente, las carreras no son lo más atractivo del film. Es cierto que son parte fundamental y aportan un añadido muy interesante al conjunto, sobre todo la brutalidad y espectacularidad de algunas de ellas, pero Mangold no apuesta por ellas de una forma evidente. Es más, hay varios momentos de las pruebas deportivas que se narran más como una parte ínfima de esa relación entre los dos protagonistas (inmensos Christian Bale –La gran apuesta– y Matt Damon –Suburbicón-) que como un punto fundamental del relato. Y eso se nota en el lenguaje narrativo, espectacular por necesidad pero no apasionante. Y esto no debería de verse como algo negativo, o al menos no como algo demasiado negativo. La película no es un carrusel de veloces vehículos y motores al máximo, sino, como digo, es la historia de una amistad y de dos hombres queriendo hacer historia.

Dicho de otro modo, Le Mans ’66 no es una historia sobre pilotos. No es un relato sobre una rivalidad sobre una pista y cómo eso se traslada a velocidades de vértigo. Y puede que esto para muchos sea ya una decepción, pero nada más lejos de la realidad. Mangold construye un interesante relato sobre dos hombres que hicieron historia luchando contra la adversidad interpretados por dos actores extraordinarios acompañados de un reparto en estado de gracia. Sí, el film se hace un poco largo en sus dos horas y media. Posiblemente le sobren algunos momentos del metraje, y esto tal vez es lo que no lo convierte en una obra sobresaliente. Pero en todo caso estamos ante una historia que relata la Historia desde un punto de vista diferente, más humano.

Nota: 7,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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