‘La forma del agua’: el cuento de la princesa sin voz


Dice Guillermo del Toro (El laberinto del fauno) que su última película es en realidad la primera que él considera como completamente suya. Esta afirmación, viniendo de quien viene, tiene una doble lectura que puede inducir a engaño. En efecto, la trama es puramente ‘Del Toro’: fantasía, drama, romance, trasfondo bélico, intolerancia, belleza, muerte, … Todos los elementos que definen su filmografía están ahí en una combinación hermosa, lírica, casi poética. Pero también es una obra muy personal en la que el director da rienda suelta a muchas de sus obsesiones, y esto afecta en cierto modo al ritmo dramático y a la definición de los personajes.

No cabe duda de que La forma del agua es una obra más que notable. Desde sus primeros compases el lenguaje visual elegido por Guillermo del Toro se afana en consolidar los elementos definitorios de la trama, los personajes y el contexto social y dramático del film. La voz narradora de Richard Jenkins (Lullaby), quien da vida a uno de los personajes más entrañables de la obra, predispone al espectador ante lo que está a punto de ver, un cuento de hadas en el que los papeles están cambiados, y en el que todos los personajes tienen algo que aportar. Visualmente impecable, la fuerza del film radica en la solidez de su trama, desarrollada milimétricamente para ofrecer un espectáculo bello, cargado de simbolismo y capaz de combinar romance, humor y drama a partes iguales. Es, en este sentido, una obra impecable.

Ahora bien, la apuesta por este lenguaje visual y por un desarrollo directo deja de lado algo fundamental en una historia de estas características, y es la definición de los personajes. No es que no estén definidos, al contrario, los roles arquetípicos están perfectamente marcados. El problema es que los principales protagonistas están definidos con trazo excesivamente grueso. Las pinceladas del pasado y la personalidad de la heroína (espléndida Sally Hawkins –Paddington-), del villano o de la criatura solo permiten sustentar la acción para desarrollar una huída hacia adelante que no permita demasiado parar a pensar en lo que ocurre. La consecuencia más inmediata es que los momentos en los que la trama levanta el pie del acelerador narrativo para tomarse un respiro los personajes no logran encandilar como sí lo hace el apartado visual o el desarrollo de algunas secuencias.

De este modo, La forma del agua genera una doble sensación. Por un lado, la belleza y espectacularidad visual, con muchas y reconocibles influencias del cine clásico que harán las delicias de los cinéfilos, amén de un ritmo que apenas decae. Pero por otro, la frustración ante unos personajes algo burdos, excesivamente arquetípicos, incapaces de aportar una complejidad emocional que la historia pide a gritos en algunos pasajes del metraje. A todo esto se suma una cierta previsibilidad en su desarrollo y en algunos puntos de giro, eliminando el factor sorpresa en una historia como esta, de criaturas, monstruos y princesas sin voz. La cinta puede gustar o no gustar, pero habrá pocos a los que Guillermo del Toro deje indiferentes con esta historia de amor.

Nota: 7/10

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’15:17 Tren a París’: unos héroes sin historia


Estados Unidos es un país de héroes. O al menos eso es lo que siempre trata de vender en sus historias. Gente corriente, cuya vida pasaría desapercibida en cualquier otro país, que se convierte en todo un icono al lograr salvar vidas, superar obstáculos o enfrentarse al sistema. Una forma de presentar el sueño americano. Pero este sueño puede ser, literalmente, somnoliento, y eso ocurre cuando detrás de ese héroe no hay historia. Al menos no una interesante cinematográficamente hablando.

Y eso es lo que les ocurre a los protagonistas de 15:17 Ten a París. Los jóvenes norteamericanos, dos de ellos militares, que lograron detener, junto a un cuarto pasajero, a un terrorista islamista que amenazaba la vida de cientos de personas, son presentados en este film como lo que son: héroes. Pero héroes cuya vida carece de interés alguno. De ahí que el guión del nuevo film de Clint Eastwood (Invictus) destaque, curiosamente, por no destacar absolutamente nada. Pocas veces puede verse un relato tan falto de giros dramáticos, de puntos de inflexión en la historia. Los protagonistas, que se interpretan a sí mismos, deambulan por el desarrollo dramático recordando sus años previos a ese viaje por Europa que, este sí, supuso un plot point.

El gran problema del film, por tanto, es ese. Hasta el final del relato no ocurre absolutamente nada. El espectador asiste impasible a la juventud de estos amigos en el colegio para, a continuación, suprimir años de amistad y ubicarles en ese viaje a Europa previa muestra de sus respectivas situaciones vitales. Ni la labor de Eastwood tras las cámaras ni el montaje intentando introducir saltos temporales entre pasado y presente logran aportar un mínimo de interés a una historia carente del mismo y vacía de contenido en la que los presuntos dramas se eliminan de un plumazo. Eso por no hablar del hecho de que el meollo de todo este relato dura apenas unos segundos.

Así, el problema de 15:17 Tren a París no es su patriotismo o esa necesidad de ensalzar la labor de los jóvenes y los militares estadounidenses. En un momento del film se menciona que los americanos no derrotaron a Hitler por mucho que lo digan sus libros de historia o sus películas. Irónicamente, la película muestra a estos tres héroes pero se olvida del cuarto condecorado por Francia, que sí aparece en las escenas finales y que, no por casualidad, no era norteamericano. Pero lecturas políticas o socioculturales aparte, la realidad es que esta historia solo genera curiosidad por el hecho de que los protagonistas se dan vida a sí mismos, lo que aporta cierto grado de veracidad en algunos momentos. El resto no es más que una ventana a la vida normal y corriente de cualquiera de nosotros. La normalidad de un héroe puede tener su grado de atractivo, pero en este caso, la realidad no superó a la ficción. Ni siquiera estuvo cerca.

Nota: 5,5/10

‘El hilo invisible’: intoxicados de amor


Paul Thomas Anderson (Boogie Nights) nunca ha sido un director al uso. Su narrativa tiende a ser intimista, a explorar las emociones contenidas en una mirada, en un silencio. Y aunque decir esto de sus historias es una obviedad, es importante tenerlo en cuenta a la hora de entender el desarrollo de su último film, de una belleza visual sublime y con el mundo de la moda como excusa para abordar las relaciones humanas y cómo el amor cambia a las personas.

Porque más allá de patrones, medidas y telas, El hilo invisible es un testimonio sobre la influencia de nuestras emociones y de aquellos que nos importan. El protagonista, un extraordinario Daniel Day-Lewis (Mi pie izquierdo) en el que es su último papel, cambia poco a poco, de un modo sutil y tan solo en algunos detalles, al conocer a la mujer de su vida. Pero lo realmente interesante es el lenguaje narrativo entre la introspección de sus reflexiones y la representación física de esa relación. Y me explico. A lo largo del relato se desarrolla una confrontación, una especie de lenguaje entre la lucha interna del protagonista por no mantener su esencia y la influencia externa de su joven amor, materializada en esas setas que se convierten en un símbolo de cómo los sentimientos nos pueden llegar a afectar.

La narrativa de Anderson, como es habitual, hace que el desarrollo del relato sea arduo, intenso emocionalmente y aséptico en su montaje. Sin embargo, ofrece al espectador numerosas reflexiones que convierten al conjunto en una obra tan interesante como atractiva visualmente. Vestida de historia de la alta costura, la trama en realidad aborda el amor y las relaciones con un afán casi enfermizo. Al igual que su rol principal, la película solo desnuda su alma en muy contadas ocasiones, dejando en la retina algunas de las mejores y más intensas secuencias, todas ellas con Day-Lewis y Vicky Krieps (Colonia) como protagonistas. Y es en esos momentos cuando el espectador puede comprender realmente el meollo de lo que se relata.

Así, El hilo invisible ofrece al espectador tantas lecturas como niveles dramáticos posee. Habrá quien se quede en un tormentoso relato de amor en el mundo de la alta costura. Habrá quien vea la historia de un hombre que sucumbe al amor y el caos que este trae. Y la obra de Paul Thomas Anderson es todo eso y más. El director hace gala de su talento para adentrarse en los entresijos de las relaciones y su influencia sobre el comportamiento humano, y es ahí donde la película y un reparto sublime se hacen enormes. Como todo el cine del director, no es apta para todas las sensibilidades, pero sin duda es una de las películas del año.

Nota: 8/10

‘Call me by your name’: el arte de descubrir nuestra sexualidad


La nueva película de Luca Guadagnino (Cegados por el sol) ha sido una de las sorpresas en las nominaciones de los Oscar. Motivos no le faltan. El despertar sexual de un o una adolescente puede tratarse de numerosas formas en el cine, desde una entrega salvaje a los deseos hasta una introspección malsana en una lucha contra los sentimientos. Pero hacerlo con la elegancia, la sutileza y la intimidad con el que lo hace este film no está al alcance de todos, principalmente porque, aquí más que nunca, el resultado final no es obra de una única persona.

Para empezar, el guión de James Ivory (Lo que queda del día) es una delicada estructura de emociones adolescentes que todos los espectadores, en mayor o menor medida, pueden recordar. Desde ese odio adolescente a alguien que despierta en nosotros sentimientos que no entendemos, hasta el primer corazón roto o el primer flirteo con esa amiga que pudo y nunca llegó a ser una pareja. A través de la mirada del joven interpretado de forma extraordinaria por Timothée Chalamet (One and Two) la historia de Call me by your name hace un recorrido por todas y cada una de las emociones de ese primer amor, del despertar sexual a un mundo desconocido y, en ese verano de 1983, todavía prohibido en público. En este sentido, y aunque en algún momento pueda existir una carencia de ritmo, la trama se revela como una estructura sólida, distribuyendo con precisión los giros dramáticos para situar al protagonista en una vorágine que ni él mismo llega a comprender del todo.

Pero decía que el resultado final depende de muchos factores. En efecto, al espléndido guión se suma un lenguaje visual casi amateur en algunos momentos, como si la cámara fuera un personaje más en ese verano inolvidable. A eso contribuye la fotografía, natural como pocas veces se puede ver ya en pantalla. Y por supuesto, el reparto. Más allá de la labor indescriptible de Chalamet (atentos al plano que acompaña los títulos de crédito), todos los actores dotan a sus personajes de una sobriedad digna de ser aplaudida, en especial un Armie Hammer (El nacimiento de una nación) alejado de los papeles que le han hecho famoso y demostrando que tiene mucho que aportar. Es más, su personaje es posiblemente uno de los más complejos y atractivos del film, y Hammer logra dotarle, si cabe, de un sinfín de matices.

En el fondo, Call me by your name es la vida de todos. Porque todos, en algún momento, hemos pasado por la mezcla de emociones que vive el joven protagonista. Al igual que ocurre con el idioma en su familia (en el film se habla italiano, francés, inglés y alemán), la película combina y explora emociones de un modo indiscriminado, pasando de un sentimiento a otro sin mediar palabra y siempre, y ante todo, con una sutileza ejemplar. Para muchos el film puede que no diga absolutamente nada en determinados momentos, que se convierta en una historia meramente contemplativa de la belleza. Pero al igual que el personaje de Michael Stuhlbarg (El caso Sloane), el espectador es eso, un espectador de lo que ocurre, valga la redundancia. Y lo que ocurre es tan íntimo que muchas veces puede pasar desapercibido. Lo importante, en este caso, es el resultado, las emociones con las que se sale de la sala. Y en este sentido, el film se hace grande.

Nota: 8/10

‘Los archivos del Pentágono’: Spielberg transforma el cine sobre periodismo


Que Steven Spielberg (Minority report) es un maestro es algo que ya pocos dudan. Pero que sea un director capaz de demostrarlo película tras película, da igual el género o la calidad del guión, eso es algo que pocas veces puede verse. Pocas películas tiene en su filmografías que no alcancen un alto nivel narrativo y visual, amén de un entretenimiento incuestionable. Aunque su último trabajo puede ser, para muchos, una historia algo tediosa cuyo final ya se conoce, no deja de ser una de las mejores obras sobre periodismo, libertad de prensa y debate entre los intereses personales y la moral de los últimos años.

Es evidente que el mayor problema de Los archivos del Pentágono radica en su guión, un texto que, aunque con un interesante desarrollo que analiza la historia desde diferentes puntos de vista, no deja de narrar algo ya conocido en mayor o menor medida, lo que resta la capacidad de generar puntos de giro necesarios para dotar de fuerza al relato. Ante este hándicap, la trama recurre, como digo, primero a la intriga y, hasta cierto punto, el espionaje para pasar a continuación a la investigación periodística y terminar, por último, con un relato en el que prensa, justicia e intereses económicos se combinan. Todo ello permite al film salvar gran parte de sus debilidades inherentes. Gran parte, en efecto, pero no todo. Lo bueno es que lo que el guión no logra solventar, básicamente las irregularidades en el ritmo de la historia, lo solucionan los cuatro grandes nombres que están detrás de este film.

Spielberg y su director de fotografía habitual, Janusz Kaminski, ofrecen una visión del periodismo diferente, en algunos casos incluso novedosa. El recurso de las imprentas y la composición de las portadas en las linotipias adquiere nuevos matices en las manos del director, quien utiliza recursos ya conocidos para realizar una nueva narrativa alejada del clasicismo habitual de este tipo de relatos. A esto se suma el lenguaje visual empleado en momentos claves del relato, desde la decisión que debe tomar el personaje de Meryl Streep (Sufragistas) o la sentencia final pronunciada por Carrie Coon (serie The leftovers), narrada con un acercamiento a sus rostros tan sencillos como eficaces y extraordinarios, hasta el momento en el que los protagonistas trabajan sobre las páginas del informe sobre Vietnam, sin duda una de las escenas más dinámicas, intensas e interesantes del relato. Spielberg logra dotar a cada momento del film del ritmo necesario, manejando el relato para acentuar aquellos momentos realmente relevantes hasta convertirlos en instantes inolvidables. Y todo ello con un reparto extraordinario en el que destacan, como no podía ser de otro modo, Streep y Tom Hanks (Náufrago) en dos papeles espléndidos que ellos convierten en extraordinarios.

Es posible que para muchos esta no sea más que otra cinta histórica sobre periodismo, otro relato “basado en hechos reales” sobre la libertad, la lucha entre el poder y los medios, y cómo la moral y lo correcto se imponen a la manipulación. Incluso habrá quien diga que en algunos momentos es aburrida. Y puede que, en cierto modo, sea así. Pero Los archivos del Pentágono es mucho más. Es un reflejo de una época, de una sociedad que vivió engañada y de un grupo de personas y profesionales que optaron por una lucha que sabían de antemano que iba a ser difícil. Este relato, en manos de Spielberg, alcanza un grado extraordinario de emociones que transportan al espectador al meollo de un debate que perfectamente podría darse hoy en día a tenor de los dirigentes políticos que tenemos, entre ellos el que se sienta en el despacho oval de la Casa Blanca. El doble final del film, con los personajes alejándose por la imprenta para afrontar su trabajo como si nada hubiera pasado y esa llamada alertando de un robo en un edificio, demuestran que no estamos ante una película más. Estamos, posiblemente, ante una de las mejores obras del año.

Nota: 8/10

‘Molly’s Game’: El póker no es un juego de azar


Aaron Sorkin, creador de series como El ala oeste de la Casa Blanca y guionista de películas como La red social (2010), nunca ha sido un autor fácil. Más bien al contrario, su forma de narrar historias, con personajes complejos, cargados de matices y un bagaje cultural, social y político interminable, obliga a mantener una inusitada atención a lo que se narra, incluso aunque esto pueda parecer una tontería. Su primera película como director no es diferente, y aunque en este caso la realidad no supere a la ficción, su sello sigue dejando algunos momentos realmente extraordinarios.

Momentos que superan, con mucho, la propia historia. Porque más allá de un guión estándar y un desarrollo bastante lineal, sin grandes giros argumentales, el argumento de Molly’s Game, basado en la vida de Molly Bloom, tiende a perderse en su propio juego. El juicio al que se enfrenta la protagonista se convierte en una mera excusa para narrar la vida de esta ‘princesa del póker’, como se la llegó a denominar, una vida rodeada de personalidades y nombres (y hombres) importantes que, más allá del glamour y la sensación de estar siempre en el límite de la legalidad, aporta más bien poca profundidad dramática. Ese es el gran problema del film, que su base argumental, aunque pueda tener interés en un primer momento por los orígenes de la protagonista (magistralmente narrados, por cierto), pierde fuerza a medida que se adentra en la trama y no se generan los conflictos necesarios para que pueda crecer dramáticamente hablando.

El resultado es un film correcto, sin grandes giros pero que es capaz de ofrecer algo en compensación, y es la labor de Sorkin como guionista y unos actores extraordinarios. Curiosamente, es hacia el tercio final cuando todos ellos ofrecen lo mejor de sí mismos. El director y guionista compone un tour de force espléndido para mostrar la vulnerabilidad de un personaje aparentemente fuerte y abordar los orígenes de sus decisiones, en un diálogo entre Jessica Chastain (La casa de la esperanza) y Kevin Costner (Lo mejor para ella) que deja sin palabras. Aunque posiblemente el momento cumbre sea la defensa que hace Idris Elba (100 calles) de la protagonista, en uno de los mejores y más intensos monólogos de los últimos años. Posiblemente el final del film sea lo más atractivo del excesivo metraje, pero hay que reconocer que a lo largo de las dos horas y 20 minutos de duración hay momentos que juegan con la ironía, con el drama y sí, con el póker, que aderezan la por otro lado lineal historia.

En cierto sentido, Molly’s Game es un claro ejemplo de que una historia más bien sencilla puede adquirir peso dramático si los nombres encargados de contarla ofrecen su mejor versión. Claro que esta película, como todo lo que toca Sorkin, no es apta para todos los gustos. Diálogos densos, cargados de información, irónicos y rápidos, muy rápidos. Secuencias complejas, con argot del póker que a los profanos les sonará a chino. Y una duración innecesaria. Habrá quien no acepte estas premisas, pero aquellos que sí lo hagan disfrutarán de unos actores extraordinarios, de un desarrollo dramático sin grandes giros pero cargado de momentos interesantes, algunos brillantes. Como se menciona en un momento de la película, “el póker no es un juego de azar”. El cine tampoco, y el primer film dirigido por Aaron Sorkin es la prueba.

Nota: 6,75/10

‘El gran showman’: El arte de emocionar y entretener con cada plano


Es muy difícil que una película, un libro, una canción emocionen y apasionen durante toda su duración. Por eso cuando se encuentra se disfruta como nunca. Y eso es precisamente lo que ocurre con el debut en la dirección de Michael Gracey, un musical sobre el nacimiento del circo, el entretenimiento y la figura de P.T. Barnum que se aleja de controversias y sombras para apostar por la luminosidad de unos espectaculares y espléndidos números musicales acompañados de unas canciones que deberían de recibir algún que otro premio.

A decir verdad, El gran showman se puede considerar un musical clásico, una obra con un espíritu que evoca las grandes obras del género y que apuesta en todo momento por hacer avanzar a los personajes a golpe de nota musical y coreografía. Y la apuesta es todo un éxito. Las posibilidades que ofrecen tanto la historia como el escenario en el que se desarrolla son exprimidas al máximo por Gracey, quien se aleja de montajes atropellados y opta por grandes planos que permitan apreciar el movimiento de los personajes en pantalla, llenando a su vez de color y diversión una historia que, por otro lado, tiene un arco argumental algo sencillo pero incuestionablemente bien elaborado. En la retina quedan números como el protagonizado por Hugh Jackman (Australia) y Zac Efron (Malditos vecinos 2) en un bar (atentos al camarero, pieza fundamental del show), el de la pareja de jóvenes enamorados o el de los ‘freaks’ en plena fiesta de la alta sociedad.

Desde luego, el film es uno de los mejores del año, o al menos de los últimos meses. Sus nominaciones a los Globos de Oro, y sus más que probables nominaciones a los Oscar, así lo atestiguan. Pero eso no implica que la película no pueda dar más de sí. En ese intento por hacer un film brillante, alegre y luminoso la trama se aleja de los momentos más polémicos en la vida de este personaje al que da vida Jackman de forma magistral. A lo largo de la historia se mencionan aspectos como la manipulación de Barnum, su obsesión por entrar en las clases altas para demostrar su valía o, incluso, la utilización de esos ‘freaks’, como se les conocía entonces, para medrar. Son aspectos planteados en la trama, y aunque algunos de ellos dan pie a un cierto dramatismo, tienden a superarse de un modo más bien aséptico, sin generar excesivos conflictos y que sirvan únicamente para un nuevo y espléndido número musical.

Y aún teniendo en cuenta esto, El gran showman es capaz de sobreponerse a sus debilidades y revelarse como un film espléndido, un entretenimiento en estado puro cargado de color, diversión, romance, ciertas dosis de drama y, sobre todo, música, mucha música. Los amantes del género tienen una cita imprescindible, pero cualquier espectador que busque pasar unos ajustados 105 minutos inolvidables no debería pasar por alto esta alternativa. Con un reparto en estado de gracia en líneas generales, Gracey compone todo un espectáculo al más puro estilo P.T. Barnum. Habrá quienes consideren que no es arte, que no está al nivel cultural que se debería exigir. Tampoco lo pretende, pero incluso sin pretenderlo la belleza y el sentimiento de felicidad que desprende en cada plano es abrumador.

Nota: 8/10

‘Una vida a lo grande’: la increíble película menguante


Al igual que sus anteriores películas, la nueva historia dirigida por Alexander Payne (Entre copas) plantea un debate sobre diferentes aspectos sociales. Y al igual que las anteriores, el contenido tiende a ser mejor que la forma en que se narra esa historia. Uno de los principales efectos secundarios de esto es que su nuevo film tiene una duración excesiva para el viaje que este nuevo hombre menguante realiza para encontrarse a sí mismo.

Porque Una vida a lo grande es en realidad eso, un viaje a lo largo de años de un personaje mediocre, que sueña con una vida mejor que siempre busca en decisiones por motivos equivocados. En este sentido, el contexto utilizado para mostrar dicha aventura no podría ser más idóneo: un nuevo proceso científico-médico capaz de reducir el tamaño de la gente, creando una población menos contaminante y más respetuosa con el medio ambiente. Este último aspecto abre un interesante debate planteado a lo largo del metraje entre lo que lleva a la gente a reducir su tamaño, si la verdadera conciencia para salvar el planeta o el egoísmo de tener una vida mejor.

Es en ese debate en el que se sitúa siempre el personaje de Matt Damon (Un lugar para soñar), tendiendo siempre a cometer el mismo error una y otra vez, algo que incluso se menciona de forma explícita en algún momento del film. Y ese es el principal problema de la trama. Apenas existe evolución por parte del protagonista. A medida que avanza la historia, y una vez superado el espléndido momento de la reducción de tamaño, el arco argumental del héroe parece estancarse, como si no tuviera un objetivo claro. Y aunque ese es realmente el sentido de su viaje, las constantes dudas le llevan a plantearse siempre las mismas preguntas sin darlas respuesta, lo que termina siendo excesivamente repetitivo y resta relevancia tanto al ritmo de la narración como al interés por el argumento.

En cierto modo, Una vida a lo grande va de más a menos, como su protagonista. El comienzo, aunque pausado, es brillante en su exposición de los motivos que llevan al protagonista a reducir su tamaño. Y el proceso al que se somete está contado de un modo brillante. Pero a partir de ese momento la historia, como su personaje, parecen perder un sentido claro. Y con esto pierde ritmo, interés y fuerza dramática. Sí, el debate entre responsabilidad social y egoísmo se mantiene hasta el final. Sí, el viaje del héroe está marcado por sus dudas acerca de su verdadero yo. Pero carece de grandes conflictos, y eso termina, en último término, por perjudicarle.

Nota: 6,5/10

‘Jumanji: Bienvenidos a la jungla’: pulse ‘Start’ si se atreve


Cuando en 1995 se presentaba Jumanji se hacía como una aventura familiar, un entretenimiento en torno a algo tan tradicional como un juego de mesa. Pero después de dos décadas, aquel film se ha convertido en una película de culto para varias generaciones, en un derroche de imaginación, humor, drama y acción con varias lecciones a aprender. Por eso se antojaba algo innecesario este remake/secuela que, en esta ocasión, se traslada a la jungla en lugar de traer la jungla a nuestro mundo.

Los tiempos cambian, y con ellos las formas de entretenimiento. Y por extensión, la de este juego de supervivencia selvático. Sin una explicación clara de los motivos por los que se convierte en videojuego, la mecánica de la película viene a ser la misma, salvo por detalles que restan la magia que sí tuvo la original: esa necesidad de jugar con dados, las consecuencias de hacer trampas y, sobre todo, las amenazas a las que se enfrentan los protagonistas. Es el contexto en realidad lo que convierte a esta aventura en una mera producción sin más recorrido que la distracción durante dos horas, amén de unos efectos especiales más correctos que otra cosa.

La cinta, desde luego, cumple con su función. El ritmo y las secuencias de acción se equilibran con el relato de la trama y un tratamiento que los aficionados a los videojuegos reconocerán al instante. Si a esto sumamos que los héroes tienen la mentalidad de unos adolescentes que no comprenden lo que ocurre, la combinación es hilarante por momentos, dejando vía libre a los actores para dar rienda suelta a un contraste entre físico y personalidad, entre el personaje de videojuego y el personaje en la vida real. Contraste que muchas veces salva un tratamiento más bien pobre de la historia, que tiende a olvidarse de los riesgos de la selva (como en la original) y se queda solo con los grandes animales que habitan entre los árboles.

Así, Jumanji: Bienvenidos a la jungla ofrece y confirma lo que se espera de ella, es decir, vivir una aventura durante las dos horas que dura esta historia. Con momentos divertidos y otros cargados de adrenalina, la película deja al margen el drama familiar o los problemas de los jóvenes para contar un relato cargado de acción, héroes y villanos de videojuego y PNJ. Y ese es precisamente lo que la convierte en una cinta que se olvida tan rápido como se consume. La falta de trasfondo, o al menos de un mensaje capaz de calar más que los músculos de Dwayne Johnson (serie Ballers), cuyo carisma por cierto salva buena parte del film, es lo que hace cuestionable esta adaptación, sobre todo para aquellos que vivieron y crecieron con el recuerdo del niño convertido en mono por hacer trampas en un juego de mesa.

Nota: 5,5/10

‘Star Wars: Los últimos Jedi’: una nueva generación


Habrá quien acuse a la saga de Star Wars de repetir esquemas, de que no ha habido un giro narrativo importante desde El imperio contraataca, allá por 1980. Y es cierto, todo en estas películas huele y sabe conocido. Pocas sorpresas en lo que a guión se refiere, por tanto. Ahora bien, eso no impide que no se puedan disfrutar, sobre todo si la fórmula se sigue paso a paso y se añaden las dosis necesarias de espectáculo, humor y drama.

Y eso es lo que hace Ryan Johnson (Los hermanos Bloom) en esta octava entrega de la saga, segunda de la tercera trilogía. Visualmente poderosa (el combate final es de lo más hermoso de la saga), esta nueva aventura galáctica es un deleite para los sentidos, con una notable y apasionante batalla inicial que sienta las bases de lo que va a ser todo el desarrollo posterior. Y si bien el arco argumental es bastante simple (los rebeldes huyendo de la Primera Orden), las diferentes tramas secundarias que se dan cita, así como la historia de Rey (de nuevo con los rasgos de Daisy Ridley –Scrawl-), nutren sobradamente la sencillez de su planteamiento.

Con todo, esta sencillez en el argumento permite ahondar en algunos aspectos ya planteados en la anterior parte. Para empezar, el viaje de la protagonista y el modo en que debe elegir entre luz y oscuridad, algo que recuerda mucho al viaje que ya hizo Luke Skywalker en la cinta de 1980. Pero posiblemente lo más interesante sea la personalidad de Kylo Ren y su entrega por completo al Lado Oscuro. Con Adam Driver (serie Girls) explotando los matices del personaje, el rol toma las riendas de los villanos de la saga al menos durante la próxima película, protagonizando algunos de los momentos más interesantes de esta entrega.

Pero si por algo destaca esta Star Wars: Episodio VIII – Los últimos Jedi es por mostrar el cambio de generación de la saga galáctica. Los nuevos y jóvenes personajes dan un paso al frente para cargar sobre sus hombros el peso narrativo y el futuro de la historia. Atrás quedan Luke Skywalker, Han Solo o Leia, cuya participación, si es que se produce, quedará reducida a algo meramente testimonial. El futuro parece asegurado ante el carisma que presentan muchos secundarios y el interés que despierta el pasado y el futuro de los protagonistas. Posiblemente la historia siga sin deparar grandes sorpresas, pero a estas alturas nadie debería de esperar más que espectáculo, un desarrollo correcto y mucha diversión. Y eso esta película lo cumple con creces.

Nota: 7,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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