‘Tyler Rake’: huyendo a golpes de una sencilla historia


Hay cine destinado a “nutrir el alma”, y hay cine que simple y llanamente busca entretener durante un par de horas. Y ni uno ni otro son positivo o negativo, ni está por encima. Todo depende de los ojos con los que se mire. Pero sea cual sea el caso, siempre debe estar basado en una historia sólida, bien construida y con personajes lo suficientemente interesantes como para mantener la atención. Algo de eso tiene Tyler Rake, título en español de Extraction, la nueva película producida por Netflix y con algunos nombres importantes del Universo Marvel.

Algo tiene, pero no lo suficiente. Es cierto que esta adaptación de la novela gráfica basada en la historia de Joe Russo (quien, junto a su hermano Anthony, escribe el guión después de revolucionar las adaptaciones de superhéroes) tiene un ritmo trepidante, unos personajes relativamente atractivos (al menos los principales) y una puesta en escena sumamente espectacular. Y en esto tiene mucho que ver Sam Hargrave, debutante en la dirección de largometrajes que deja algunos momentos brillantes, el principal esa persecución en un largo plano secuencia que llega a resultar agotador en el mejor sentido de la palabra. También resulta evidente la decidida apuesta del director por una crudeza visual habitual en estos tiempos, con una inusitada violencia explícita en los combates, sobre todo en el que protagonizan hasta la extenuación Chris Hemsworth (Men in Black: International) y Randeep Hooda (Shooter).

Pero todo esto es el apartado visual. ¿Qué ocurre con la historia? A pesar de que los personajes principales dejan claras sus motivaciones, sus miedos y sus fantasmas del pasado (sobre todo el rol de Hemsworth), la trama se muestra excesivamente simple y, lo que es más preocupante, carente de un cierto contexto dramático que permita identificarse algo más con el protagonista. Es cierto que la información dada del personaje es suficiente para empatizar con él, pero deja en el aire muchas preguntas que se quedan sin respuesta, desde el origen de su equipo hasta por qué se conocen las ubicaciones de sus maniobras si se supone que solo las sabe el equipo. A esto se suma una previsibilidad que puede ser buscada para permitir a la historia entregarse a la frenética narración, pero que resta interés a la historia. La secuencia con David Harbour (Hellboy) es el ejemplo más evidente de la falta de ideas de este thriller de acción.

Desde luego, Tyler Rake en pantalla grande habría lucido extraordinariamente bien. Con sonido envolvente su violencia y las constantes luchas cuerpo a cuerpo del protagonista para salir de una ciudad sitiada con la ayuda de sus puños y un pequeño arsenal se habrían vivido de un modo más intenso. Pero nada de eso importa si la historia es una mera excusa para ver a Thor repartiendo tiros y mamporros a diestro y siniestro. El protagonista es excesivamente sencillo, la historia se vuelve previsible, y eso que, una vez terminadas estas dos horas de ritmo constante, sigue habiendo muchas preguntas sin contestar en una trama lineal y poco trabajada. La verdad es que la película no reclama un guion más complejo, es cierto, pero un poco de explicación del contexto y el entorno que define al héroe no habría estado de más. En todo caso, se puede disfrutar sin hacerse demasiadas preguntas.

Nota: 6/10

‘Onward’: la magia de la fraternidad


Una de las mejores cosas que Pixar ha aportado al cine de animación, y a Disney en particular, es su capacidad para deshacerse de algunos mitos de las historias que siempre han caracterizado a la casa de Mickey Mouse, y de crear en su lugar historias con valores morales y sociales más actualizados, acordes a unos tiempos en los que príncipes y princesas, héroes y villanos, no tienen los papeles tan claramente definidos. Su última película les confirma como lo que son, auténticos pioneros de este género y una referencia para cualquiera que quiera hacer algo bueno en materia de animación.

Y eso que Onward, dentro de la cartera de títulos que tiene la productora, puede que no sea de lo mejor que se ha hecho. Es más, visualmente hablando no ofrece revolución ninguna, limitándose a potenciar los logros que ya se habían logrado con anterioridad, desde la textura del pelo hasta el funcionamiento de dinámicas como el agua, el fuego y, en el caso que nos ocupa, la magia. Eso no quiere decir, por supuesto, que no tenga un diseño de producción espectacular, muy por encima de la media de producciones de animación que pueden verse en la actualidad. Sus escenarios, el diseño de sus numerosos e increíbles personajes, el tratamiento de la luz y la oscuridad. Dan Scanlon (Tracy) dota de un colorido y una complejidad emocional enorme tanto a los personajes como al contexto en el que actúan.

Entonces, ¿qué aporta esta nueva aventura animada? Como decía al principio, una historia completamente diferente. Más allá de la originalidad que imprime al relato el universo en el que se desarrolla la historia, muy parecido al nuestro pero habitado por criaturas fantásticas, lo realmente interesante es comprobar cómo la historia dirige el relato hacia un objetivo para, en el punto de giro del tercer acto, cambiarlo por completo para otorgar a la historia un sentido fraternal, mostrando la importancia que tiene el vínculo formado entre dos hermanos y los sacrificios que hacen el uno por el otro. El modo en que se plantean la trama y las diferentes historias secundarias se asemeja más a una aventura de rol (al fin y al cabo, es la base sobre la que se construye el viaje de los protagonistas) que a un viaje de autodescubrimiento, y sin embargo ambos se funden en un único arco argumental que influye no solo en los protagonistas, sino en los secundarios que les rodean, dotando de un nuevo significado a toda una historia que funciona en varios niveles dramáticos.

Desde luego, Onward tal vez no sea de las obras más espectaculares de Disney-Pixar. Puede que ni siquiera pase a engrosar esa categoría de obras maestras de la productora. Pero no cabe duda de que estamos ante otra gran historia de animación, ante un relato que deja a un lado el interés romántico para centrarse en la aventura, en la relación de dos hermanos muy diferentes, en el valor de un vínculo mucho más fuerte que cualquier otro, y en un viaje marcado por un deseo que, finalmente, se cumple de un modo inesperado. Al fin y al cabo, eso es la vida, incluso en un mundo en el que elfos, cíclopes, mantícoras, centauros, hadas, faunos, magos y unicornios conviven y afrontan problemas tan reales como quedarse sin gasolina. Una película para los más jóvenes en la que, como siempre ocurre con la casa del ratón Mickey, los adultos pueden encontrar muchas lecturas de la moraleja.

Nota: 7/10

‘Bloodshot’: Venganza a todo gas


El avance de la tecnología está permitiendo que las historias imaginadas durante décadas en las viñetas de los cómics estén inundando las salas de cine con una calidad visual incuestionable, al menos en la mayor parte de los casos. Pero eso también está provocando otro efecto, y es que muchas de estas historias son excesivamente simples para explotar al máximo los recursos visuales. No es el caso exacto de la ópera prima de Dave Wilson, pero casi.

Lo cierto es que Bloodshot es una obra dirigida a un público muy concreto, con unas intenciones muy claras y con un desarrollo muy directo. Y bajo este prisma es bajo el que se debe analizar esta nueva superproducción de acción con un Vin Diesel (Fast & Furious 8) haciendo de… bueno, haciendo de Vin Diesel. Y es bajo este prisma bajo el que el espectador se puede sorprender del planteamiento narrativo. Porque lo que comienza como una historia lineal presenta en el comienzo de su segundo acto una serie de giros argumentales que dan la vuelta, en cierto modo, a lo visto hasta ese momento, convirtiendo esta historia de venganza en otra historia de venganza en la que el héroe pasa de ser protagonista a ser el arma utilizada. Lo malo es que una vez descubierto el pastel, la película se vuelve totalmente previsible en el peor sentido de la palabra, tanto en la ejecución de sus secuencias de acción como en la personalidad de sus personajes.

Aunque sin duda lo más destacable de esta producción es su apartado visual. Para lo bueno y para lo malo. Wilson compone algunas secuencias realmente extraordinarias, utilizando el color rojo, el humo y todo aquello que pueda enturbiar el aire para crear escenarios dantescos en los que sacar el máximo partido al invencible héroe. Secuencias magistralmente planteadas en su desarrollo y su definición, demostrando su buena mano en el apartado narrativo para este tipo de segmentos fílmicos. Otra cosa muy distinta es el uso que se hace de la digitalización de los personajes. La batalla final entre héroe y villanos deja ver claramente, tal vez demasiado, el truco, desmereciendo todo lo conseguido anteriormente. Dicho de otro modo, la creación por ordenador de los personajes es tan burda que ni siquiera se parece a los actores. La mejor noticia tal vez sea que solo son unos cuantos plantos. La peor, que esos planos contienen cámaras lentas que hacen más patente la mala calidad de esos efectos.

Pero como digo, todo eso pertenece al clímax final. En líneas generales, Bloodshot es una buena película de acción, en muchos aspectos al estilo más clásico del género. Claramente va de más a menos, con un planteamiento interesante, un desarrollo inicial cargado de giros que cambian por completo el sentido del film y un final entregado a la acción en estado puro que, salvo problemas de acabado visual, completa un film entretenido sobre la venganza vista desde otro punto de vista. Una venganza, por cierto, frenética, a todo gas, en la que el héroe no se para ante nada ni ante nadie con esos poderes tan extraordinarios que le otorgan.

Nota: 6/10

‘El hombre invisible’: ¿hay alguien ahí?


Aviso a navegantes. Esta historia basada en el personaje creado por H.G. Wells no tiene nada, pero nada que ver, con el contenido de ese clásico de la literatura fantástica. Bueno, tan solo que los objetos parecen moverse solos. El resto, incluido el título del film, es un relato propio que, todo hay que decirlo, contiene los alicientes suficientes para ser una obra de ciencia ficción y terror autónoma, sólida y por momentos brillante.

Porque tras El hombre invisible lo que encontramos es un relato bien construido, detallado y planteado para aumentar no solo la tensión del espectador, sino la locura y paranoia de una protagonista excelentemente interpretada por Elisabeth Moss (La gaviota). Gracias a las posibilidades que ofrece esa invisibilidad, la historia camina en todo momento entre dos aguas: la del terror, que se apodera del relato en los momentos de soledad de la protagonista, como si de una película de fantasmas se tratara, y la del suspense, que se desarrolla casi de forma paralela con unos secundarios a la altura que componen un contexto dramático sumamente atractivo, no tanto por las consecuencias que tiene la historia principal para cada uno de ellos como por las relaciones que establecen entre ellos y con la protagonista. Esos vínculos es lo que hace aún más dramáticos determinados pasajes del film, cuyo metraje de dos horas, a pesar de ciertos altibajos narrativos, se antoja muy ajustado a las necesidades de la obra.

Y esos altibajos es lo que hace que la película de Leigh Whannell (Upgrade) no sea un film extraordinario. El guión, a pesar de comenzar con una premisa más o menos original, cae en muchos momentos en un desarrollo previsible. Lo enrevesado de su resolución, palabra clave incluida, trata de compensar un tercer acto algo flojo, plagado de clichés previsibles y de una revelación que, en mayor o menor medida, se intuye desde mucho antes. En realidad, la historia se desinfla ligeramente desde el momento en que el suspense se deja a un lado y los personajes secundarios se convierten en carne de cañón para el villano de turno. El modo de plantearse esa recta final, entregándose a la acción y restando gravedad a todo lo ocurrido anteriormente (la presunta locura de la protagonista, su internamiento, los crímenes cometidos, etc.). Es cierto que el desenlace, aun teniendo demasiados giros argumentales, ofrece una visión de la heroína muy interesante recurriendo a las armas y tácticas de su enemigo, pero no logra compensar lo visto anteriormente, por no hablar de la sensación de reprobación que se aprecia en algunos secundarios.

En todo caso, El hombre invisible es un film sólido, resuelto con acierto por Whannell tanto en la parte interpretativa (la locura creciente de Moss es magnífica) como en la parte narrativa, sacando buen provecho de muchas de las secuencias en las que este hombre invisible hace acto de presencia. Una película que se disfruta, que ofrece interesantes lecturas más allá de la puramente cinematográfica, incluyendo una reflexión sobre la violencia de género, la obsesión y el acoso (y cómo el entorno puede no creer a la víctima). Su final se entrega a la acción pura y dura obviando algunos de los elementos previamente planteados, pero es algo que suele ocurrir en este tipo de historias. Quizá lo peor sean esa serie de giros argumentales finales para tratar de confundir al espectador y evitar así cierta previsibilidad. Pero en cualquier caso, es una interesante obra que da una nueva vuelta de tuerca al mito de la invisibilidad.

Nota: 7/10

‘The Gentlemen: Los señores de la mafia’: el rey de la selva


Hay directores que, como los actores, parecen desenvolverse bien únicamente en un género muy concreto, desarrollando en él un estilo muy particular que no son capaces de trasladar a otros films. Y eso es independiente de que sean mejores o peores autores. Viendo la última película de Guy Ritchie (Aladdín) queda patente que el personalísimo estilo del director y la frescura de su lenguaje encaja como un guante en esa comedia negra de bajos fondos británicos con la que tanto disfruta. Incluso aunque, con los años, se haya aburguesado igual que sus personajes.

Esto último no es algo necesariamente malo. Es cierto que The Gentlemen: Los señores de la mafia pierde algo de la brutalidad y ese carácter algo degradante y perdedor de sus personajes, pero gana en muchos otros aspectos. Para empezar, en un reparto de excepción (con unos extraordinarios Matthew McConaughey y Charlie Hunnam a la cabeza) que engrandecen unos protagonistas ya de por sí atractivos, elegantes hombres de negocios ilegales tan brutales en su interior como aparentemente calmados. La dualidad de ese universo criminal en el que el rey tiene que demostrar que es el rey es sin duda uno de los contrastes que mejor se plasman en el film, y que Ritchie sabe aprovechar para construir un relato audiovisual único. Pero además, la estructura a modo de relato de un personaje que intenta chantajear a los mafiosos de turno aporta un dinamismo único, diferente hoy en día, y que el director explota al máximo con saltos narrativos hacia adelante y hacia atrás.

El principal problema de la historia, y no es menor, es que resulta algo previsible, sobre todo si se conoce el cine de Ritchie. El juego del gato y el ratón que establecen todos los personajes en este mosaico de tramas, intrigas e intereses resulta conocido, y eso lleva a prever el final en líneas generales, e incluso algunas partes del desarrollo dramático. Cada escena, cada decisión, tiene una doble lectura, una segunda interpretación que permite ver la escena completa y, presuntamente, ofrece un giro inesperado. Es ese carácter inesperado el que falla en algunos momentos, y el hecho de que el director se haya “aburguesado” supone igualmente una pérdida de cierta agresividad, cierta valentía en la narrativa, optando por una violencia contenida y un cierto aire elegante que no existía previamente. Es cierto que al film le viene como anillo al dedo, pero también genera la duda de si Ritchie lo hace por estilo o por pérdida de esa frescura de juventud.

Sea como fuere, The Gentlemen: Los señores de la mafia es una película de Guy Ritchie, y por mucha pátina de acomodamiento que pueda tener, el espíritu y el particular estilo del director está patente en cada plano y en cada diálogo. Sobre todo en esto último. Las conversaciones son un auténtico derroche de originalidad, reflejando la máxima de que en todo diálogo debe existir un subtexto que sea el que realmente transmita la información. De este modo, humor y acción se mezclan para ofrecer al espectador una experiencia más que entretenida. Una experiencia de buen cine que demuestra que un director puede volver a sus orígenes con la madurez del camino aprendido. Tal vez no sea el mismo que en su juventud, pero lo que ha perdido por el camino lo gana en experiencia, y eso siempre es un grado. ¡Ah, y no obviemos la espléndida banda sonora!

Nota: 7,5/10

‘Queen & Slim’: un viaje inesperado contra el racismo


En un momento del debut en el largometraje de Melina Matsoukas un personaje se refiere a los protagonistas como “los Bonnie and Clyde negros”. Más allá de las similitudes que esta historia pueda tener con la de los famosos criminales (vida en la carretera, persecución de la policía, admiración de una parte de la sociedad), lo cierto es que la trama tiene poco o nada que ver, dejando a un lado la violencia y los crímenes y profundizando mucho más en las raíces de una sociedad clasista, racista y cargada de odio.

Porque esto es lo que ofrece en realidad Queen & Slim, una disección muy interesante de la sociedad actual norteamericana, del racismo que todavía puede verse en pequeños detalles y en grandes acciones, desde ese abuso de autoridad que hace un policía hasta la postura que adopta cada uno de los personajes con los que se cruzan estos dos forzados fugitivos, dos jóvenes sanos y con unas prometedoras vidas que se ven abocados a una huída hacia ninguna parte por el miedo a un sistema judicial que les prejuzga por el color de su piel. La cinta deja algunos momentos y varias reflexiones muy interesantes e impactantes gracias a una apuesta narrativa y visual que no suele verse en este tipo de historias. La cámara nunca abandona a la pareja protagonista, y esto genera dos efectos a estudiar por los estudiosos del guión. Por un lado, se sumerge al espectador en un viaje a ninguna parte en el que la persecución policial apenas se siente, pero se aprecia que va aumentando. Por otro, se asiste al crecimiento de la figura de esta pareja como iconos de la lucha racial, como líderes de un movimiento social por los derechos de una raza sin que ellos ni siquiera se lo hayan planteado así. La secuencia de la manifestación con el adolescente de por medio es, sin duda, el mejor ejemplo de todo ello.

Esta profundidad dramática y social es lo que convierte a este film en una obra diferente. Posiblemente su ritmo sea algo lento para este tipo de tramas, pero sin duda ofrece muchos alicientes que la hacen más atractiva. La relación entre los dos protagonistas interpretados por Daniel Kaluuya (Sicario) y Jodie Turner-Smith (serie The last ship), ambos actores realizando un trabajo soberbio, marca el desarrollo de la trama irremediablemente, pasando de ser simplemente dos fugitivos a amantes, explorando su pasado y su presente para comprender sus motivaciones y sus decisiones, y sobre todo para revelarles como dos jóvenes asustados obligados a huir. La película tiene puntos débiles, de eso no cabe duda (existen demasiados secundarios que parecen más una herramienta dramática, y la historia en determinados momentos carece demasiado de ritmo), pero ofrece al espectador la posibilidad de adentrarse en la sociedad norteamericana desde un punto de vista que no suele verse, mostrando la lucha contra el racismo lejos de los movimientos sociales y evidenciando lo que viven las víctimas de un sistema desigual.

Lo que Matsoukas logra en Queen & Slim es ahondar en los sentimientos no solo de sus dos protagonistas, jóvenes a los que un error fatal les cercena el futuro que tenían previsto, sino en los sentimientos que se generan a su alrededor y de los que ellos no son conscientes en la mayoría de los casos. El simbolismo de, por ejemplo, la manifestación montada en paralelo con la pareja en el coche, o esa imagen final de la fotografía ocupando toda una pared, son el reflejo del análisis que el film realiza de los males, de las bondades y de los problemas de la sociedad. Sí, como road movie y cinta de suspense no ofrece demasiados alicientes. Pero esas carencias permiten al film centrarse en otros aspectos igual de interesantes. Quienes busquen adrenalina e intriga posiblemente salgan decepcionados, pero acudir a la sala con la mente abierta y libre de prejuicios (de esto también habla bastante la trama) puede permitirnos descubrir algo más allá.

Nota: 7/10

‘Fantasy Island’: la fantasía de una serie B


El cine ha evolucionado. Sigue evolucionando cada día. Y la serie B ha evolucionado con él. Al menos en lo que se refiere a su acabado técnico, más elaborado y que impide ver el “truco” que se esconde tras bambalinas. Pero por mucho que una película presuma de envoltorio, si el contenido no funciona poco importa cómo se presente. Y esto es lo que le ocurre, en mayor o menor medida, a la nueva película de Jeff Wadlow (Rompiendo las reglas), una serie B con todos los ingredientes pero de desarrollo algo irregular.

Y eso siendo generosos. Lo cierto es que Fantasy Island tiene todo lo que un film de este tipo puede desear: protagonistas de diferentes niveles sociales, un mad doctor reconvertido en anfitrión de un hotel, un paraíso en medio del mar, deseos, pesadillas y un trasfondo fantástico. Y si bien el punto de partida y el desarrollo inicial son más que correctos, la película poco a poco se desmorona como un castillo de naipes, básicamente porque las historias individuales de cada uno de los personajes no es lo suficientemente sólida como para soportar el desenlace que se le ha querido dar al film. Es algo similar a lo que le ocurre a cada personaje. Lo que comienza siendo una serie B de fantasía termina convirtiéndose en una pesadilla de serie B. Más allá de las motivaciones de los personajes, que pueden tener más o menos profundidad dramática, lo que no termina de encajar es la resolución de la historia, basada en deseos y fantasías de los protagonistas que rompen con todo lo planteado hasta ese momento en la historia, sacándose de la manga un efecto argumental que sencillamente no funciona.

Es una lástima que no se haya optado por algo más elaborado, porque eso tiene una segunda consecuencia. La cinta deambula entre la comedia y el terror de un modo tan desganado que nunca se define por ninguno, por lo que sencillamente no hace ni gracia ni asusta lo suficiente. El hecho de que la historia de cada personaje tenga un tono diferente (prácticamente están todos los géneros ahí metidos, desde el drama familiar hasta la comedia gamberra, pasando por la acción, asesinos en serie, terroristas, …) impide a la película ubicarse correctamente, algo que juega en su contra. Curiosamente, lo que sí está muy bien planteado es cómo todas estas tramas terminan convergiendo en una única historia, uniendo a los personajes bajo una única fantasía. El modo en que todas ellas se integran en una, al tiempo que se explica el origen de la isla y su poder (un poco por encima, no le pidamos peras al olmo) es posiblemente de lo mejor de un film que podría haber sido mucho más de lo que finalmente es.

Porque Fantasy Island ofrece poco, muy poco. Y su planteamiento es muy superior a lo que finalmente termina siendo. Sí, distrae lo suficiente durante la primera mitad del film para no pensar demasiado en los unidimensionales personajes y para no plantearse qué hacen determinados actores en una cinta como esta. Pero una vez superado ese punto de no retorno la historia pierde el norte, se entrega por completo a un desarrollo algo anárquico para explicar no solo la motivación real de toda la trama, sino para concluir con un desenlace de lo más conveniente, ajeno incluso a la propia naturaleza del relato contado hasta ese momento. La fantasía de la serie B, en este caso, es una ilusión como la que se vive en la propia película. Y aunque tengamos que vivirla hasta el final, no está asegurado que vayamos a disfrutarla.

Nota: 5/10

‘Sonic: La película’: la velocidad del erizo


La verdad es que los antecedentes de la película no hacían presagiar nada bueno. Polémicas sobre el diseño del personaje aparte, el debut en el largometraje de Jeff Fowler contaba con predecesoras de calidad más o menos discutible. Pero una vez vista, la apuesta no ha sido nada mala, ofreciendo a pequeños y no tan pequeños (sobre todo aquellos que crecieron con los videojuegos) una propuesta con evidentes debilidades pero interesantes fortalezas.

Nadie duda, o no debería dudar, que Sonic: La película es un producto que no está pensado para plantear ningún debate o reflexión. Con un tratamiento absoluta y deliberadamente lineal, el film camina por terreno seguro y conocido, planteando secuencias mil veces vistas y una química entre el erizo supersónico y el personaje de James Marsden (Desvelando la verdad) que pivota sobre los principales argumentos cómicos y dramáticos de este tipo de relaciones. En este sentido, la cinta no ofrece nada nuevo al espectador, salvo tal vez ciertos recursos visuales del director, una dinámica fresca y ágil en las secuencias que hace avanzar la trama sin prisa pero sin pausa y, sobre todo, un Jim Carrey (Dark crimes) que da rienda suelta a ese humor que le hizo famoso allá por los 90, y que le permite hacerse con el control de todas las secuencias en las que aparece.

Pero la película ofrece algunas lecturas interesantes entre tanto chiste fácil, comentario sarcástico y gas visual. Más allá de la moraleja sobre la amistad y proteger a los que nos importan, la película plantea un debate interesante (siempre en los parámetros de una película familiar, claro está) sobre el ansia de poder, el control, la fuerza de una empresa privada sobre el ejército y los gobiernos, y el valor de las relaciones y las decisiones humanas en un mundo cada vez más mecanizado y controlado por máquinas. La contraposición de héroe y villano adquiere así una dimensión nueva, planteando incluso la lucha entre el valor y la fuerza del individuo frente al uso de herramientas para ganar. Dicho de otro modo, la naturaleza frente a la mano del hombre. Bajo este punto de vista adquiere una nueva interpretación ese final en el que los mayores fans del videojuego encontrarán a un Carrey caracterizado como el auténtico Dr. Robotnik.

Así, Sonic: La película es un entretenimiento para los más pequeños de la casa, una producción lineal, arquetípica, con personajes previsibles y secuencias que, más allá de su desarrollo visual, son capaces de ofrecer muy poco. Y con todas estas limitaciones, la cinta expone algunas reflexiones sobre el mundo moderno que pueden dar un nuevo sentido a algunas de las partes del film, al menos para los que tengan que acompañar al público potencial de esta adaptación. Los mayores conocedores del videojuego de SEGA sin duda podrán ver algunos homenajes a esas horas que emplearon jugando sus aventuras. No es una gran película, es cierto, pero sí un divertimento que conoce sus limitaciones, sabe lo que puede ofrecer y lo hace con eficacia. Y eso es más que muchas otras adaptaciones de videojuegos.

Nota: 6/10

‘El escándalo (Bombshell)’: las tres caras del abuso de poder


Coincide en el tiempo con la serie La voz más alta, aunque por motivos obvios de formato, la película se centra únicamente en la caída de Roger Ailes vista, eso sí, a través de la mirada de las trabajadoras, en concreto de tres personajes que vienen a representar a decenas de mujeres. Pero quizá lo más interesante de la nueva película de Jay Roach (La cena) no sea nada de lo explícito que se puede ver en pantalla, sino de las reflexiones a las que invita el relato.

De hecho, El escándalo (Bombshell) es una obra previsible y hasta cierto punto arquetípica, construida sobre personajes reales que, sin embargo, se han podido ver en infinidad de films sobre temáticas similares en las que el poder, la ambición y la humillación del sexo opuesto son los principales ingredientes. Es más, el lenguaje visual de Roach es excesivamente academicista, en el peor sentido de la palabra. Sin fuerza, su narrativa se limita a exponer los hechos, apelando únicamente a la labor de sus tres actrices principales para salvar la función. Y vaya si lo hacen, por cierto. Charlize Theron (Tully), Nicole Kidman (The upside) y Margot Robbie (Dreamland) no solo componen unos personajes atractivos, sino que de forma conjunta vienen a representar tres caras muy diferentes de una misma lacra.

Y es aquí donde entramos en lo más interesante del film. La película reflexiona sobre el poder en un mundo de hombres, sobre la denigración de la mujer y el abuso de la posición que algunos directivos ejercen sobre ellas, considerándolas meros objetos de los que valerse a cambio de otorgarles una carrera construida sobre la mayor de las mentiras y el peor de los secretos. Todo eso con la campaña política de Donald Trump, sus constantes ataques a la mujer y la vinculación tan estrecha del polémico personaje con la cadena Fox. En cierto modo, y a diferencia de la serie, el personaje de Ailes es casi un secundario. Sí, es cierto que es el leit motiv de toda la historia, el motor que la hace avanzar, pero poco a poco la película se desvincula de él para convertirse en un relato sobre la situación de la mujer (y su lucha) en un mundo dominado por hombres retrógrados, misóginos y de cuestionables valores morales. Es en este contexto donde los personajes de Theron, Kidman y Robbie se revelan como símbolos, más que como roles. Y es en este contexto donde la película adquiere su mayor potencial, incluso aunque lo haga un poco tarde.

Lo más indignante de El escándalo (Bombshell) es, sin embargo, el texto final que señala cómo una cadena de televisión pagó más por la indemnización a un hombre que ha acosado a decenas de mujeres durante décadas, que por la indemnización a todas esas víctimas. Es la guinda de un relato que, en cierto sentido, resulta aterrador. Por lo demás, la película de Roach se puede entender casi como un telefilm basado en hechos reales, sin la fuerza narrativa que debería tener el relato desde su inicio (por cierto, un comienzo prometedor que rápidamente deja paso a un clasicismo formal que no encaja con la época en la que se desarrolla). En cualquier caso, su trasfondo dramático y moral, las reflexiones a las que invita y, sobre todo, sus tres actrices protagonistas, son motivos suficientes para disfrutarla.

Nota: 6,5/10

‘Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn)’: empoderamiento femenino del crimen


El mundo del cómic, al igual que le ocurre al cine, está dominado por hombres. Personajes masculinos suelen ser los que se llevan toda la atención, relegando a los femeninos a un segundo plano salvo honrosas excepciones. Por eso películas como este regreso de Margot Robbie (Una cuestión de tiempo) al personaje que ya interpretó en Escuadrón suicida (2016) resultan un soplo de aire fresco, sobre todo cuando están planteadas como una transgresión formal y narrativa desde el primer minuto.

Y es que, con sus errores y sus problemas, que no son pocos, Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) es un festival no solo de color en una ciudad tradicionalmente gris, sino todo un grito contra el orden establecido. Lejos de definir a las heroínas con las características de los héroes masculinos, la historia presenta a este grupo como un grupo de mujeres luchando por sobrevivir con sus propias armas en un mundo de hombres. Hombres que, por cierto, son caricaturizados hasta resultar patéticos, algo a lo que contribuye de forma magistral Ewan McGregor (Zoe). Con un relato algo caótico al principio, acorde precisamente al caos emocional que vive la protagonista, la directora aprovecha para dar rienda suelta a una iconografía y a un lenguaje visual sumamente atractivo.

El principal problema de la película es que no se atreve a ir más allá. Sí, es cierto que el guión está planteado como un grito feminista de independencia respecto a los hombres no solo en el ámbito físico, sino también social y conceptual (la pregunta ‘¿por qué una mujer tiene que actuar igual que un hombre?’ sobrevuela casi todo el relato). Y sí, el humor combina estupendamente con el tono general del film, quitando peso dramático a muchos momentos. Pero Cathy Yan (Dead pigs) se queda en la superficie. El guión no ahonda en el pasado de algunos personajes y, sobre todo, las relaciones que se plantean durante el relato, perdiendo interés paulatinamente. La frescura narrativa de la directora en sus minutos iniciales parece ir perdiéndose poco a poco hasta llegar a un clímax en el que el montaje más tradicional se adueña del conjunto. Esto va de la mano con el propio desarrollo dramático del guión, que termina siendo excesivamente lineal. Es curioso, y a la vez una pena, porque la pelea final contiene algunos planos que parecen ser un intento infructuoso de desmarcarse de los estándares, cuando esto habría sido, precisamente, lo que hubiera encajado a la perfección.

Sin duda, Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) va de más a menos. La fuerza visual y dramática, la locura de sus primeros compases, se va diluyendo poco a poco hasta terminar convirtiéndose en una producción con poca personalidad, salvada fundamentalmente por la labor de su protagonista (Margot Robbie vuelve a demostrar que no hay personaje que se le resista) y su antagonista, un Ewan McGregor disfrutando con un personaje tan salvaje como patético (el momento en el que piensa que se están riendo de él es sencillamente extraordinario). Fuera de eso, la película ofrece poco, salvo el colorido y cierta intriga en su primera media hora. Logra su objetivo, que no es otro que entretener, adaptar los cómics de forma bastante fiel y trasladar un mensaje muy claro sobre la mujer, pero da la sensación de que podría haber sido algo más grande.

Nota: 6,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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