‘Liga de la Justicia’: en busca de la unidad


Puede que la estrategia de Warner Bros.DC Cómics con las adaptaciones de los superhéroes a la gran pantalla no sea clara, pero si algo puede asegurarse casi con rotundidad es que Zack Snyder (Watchmen) ha conseguido unirlos a los principales personajes en una obra fresca, entretenida, dinámica y narrativamente sólida, al menos lo suficiente como para no derivar en un producto extenso y carente de ritmo.

Y el reto no era precisamente sencillo, teniendo en cuenta que a diferencia de Marvel, tan solo tienen película propia algunos de los protagonistas. Sin embargo, el desarrollo dramático de Liga de la Justicia, lejos de apostar por una consecución de diálogos innecesarios o secuencias de acción apabullantes sin demasiada narrativa, opta por presentar a los protagonistas en su ambiente, con una sencilla acción o algún diálogo enfocado a desarrollar la trama. A esto se suma la presentación del conflicto, con un villano al que son incapaces de derrotar de forma individual, sentando a su vez las bases de todo el desarrollo posterior y de las decisiones tomadas que se convierten, por extensión, en interesantes puntos de giro. Por supuesto, esto no quiere decir que estemos hablando de una película que pueda ser considerada sobresaliente. Existen varios puntos débiles en su guión, entre ellos las motivaciones de algunos personajes, que quedan definidas de forma algo esquemática, o la falta de profundidad en las relaciones entre los personajes, que debilitan a su vez algunas partes del desarrollo.

Con todo, esto puede que no debiera ser considerado como una debilidad. Porque la realidad es que esta cinta no pretende erigirse como un referente. Al contrario, parece planteada como un entretenimiento. Muy bueno, pero entretenimiento al fin y al cabo. Y en esto Snyder es un maestro. Alejado del abuso que ha hecho en los últimos films de sus más característicos recursos (cambios de ritmo, cámaras lentas, etc.), el director apuesta por un aspecto formal más sobrio, en el que deja su personal huella pero que permite respirar al espectador. A pesar de las carencias del apartado de efectos digitales, lo cierto es que la labor tras las cámaras ofrece, por ejemplo, un final digno de un film de estas características, amén de varios momentos dramáticos brillantes en los que se aprovechan todos los elementos, desde los efectos hasta la fotografía o el sonido.

Desde luego, Liga de la Justicia no es una obra cúlmen del género superheróico, pero cumple su objetivo. Es más, lo hace brillantemente. Snyder logra quitarse ciertas obsesiones para narrar una historia sólida, fresca y dinámica en la que el humor hace de puente entre la acción y el drama. Su reparto, aunque irregular en sus interpretaciones (Gal Gadot vuelve a ser la mejor con mucha diferencia), desprende una comodidad pocas veces vista, lo que ayuda a que la historia adquiera un ritmo propio en las diferentes historias secundarias que se dan cita en esta aventura. No es perfecta, pero sí sienta las bases, en la línea que ya lo hizo Wonder Woman, para el futuro de las adaptaciones de esta casa.

Nota: 7/10

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‘Musa’: la inspiración fallida del thriller


La opinión generalizada es que el cine actual carece de originalidad, motivo por el cual recurre en parte a las adaptaciones de libros, cómics, series y demás productos culturales. Y aunque puedo compartir hasta cierto punto esta idea, la realidad es que en el resto de la cultura tampoco es que exista mucha originalidad entre la que escoger. Y la nueva película de Jaume Balagueró (Frágiles) viene a ser la prueba de que el cine y la literatura tienden a repetir patrones.

Porque aunque el punto de partida y la trama de Musa pueden ser originales, el tratamiento al final resulta algo manido, excesivamente lineal y con poco espacio para la sorpresa. Su comienzo, sumamente interesante, da paso a un desarrollo dramático algo previsible, con puntos de giro poco sorprendentes y sin querer entrar demasiado en motivaciones de personajes y limitándose a ser una aventura de suspense sencilla y efectiva.

Todo esto no implica que sea una mala película. Es sencillamente una película más, enfocada a ofrecer al espectador un thriller al uso con unas interpretaciones correctas y un mundo, el de la literatura y las musas, con más interés en su significado que en lo que finalmente se relata en el film. Entre todo esto, la mano experta de Balagueró imprime algo de vida a momentos del guión sin demasiado brillo, aprovechando el tratamiento gris de la imagen para ofrecer una perversión, una transgresión del mundo bello y hermoso de la poesía y las musas. En este sentido, el aspecto formal supera con mucho el fondo de la historia.

Dicho esto, Musa es una historia que entretiene, que construye un thriller correcto sobre uno de los mitos más antiguos de la literatura y la poesía. Y lo hace sobre la base literaria de la novela de José Carlos Somoza para terminar superando la historia desde un punto de vista visual. A pesar del ritmo imprimido por Balagueró, el guión adolece de cierto tratamiento de personajes y de giros argumentales diferenciadores, lo que termina convirtiendo a esta cinta en un thriller más. En este caso, la inspiración no parece haber sido la correcta.

Nota: 6/10

‘Feliz día de tu muerte’: atrapada en el tiempo


Que la nueva película de Christopher Landon (Zombie Camp) tomo como referente el clásico atemporal de Bill Murray, Atrapado en el tiempo (1993), es algo más que evidente. De hecho, el epílogo de la propia película se permite el lujo de hacer una referencia explícita al film. Y ese detalle, aunque puede parecer insignificante, permite asumir con naturalidad el tono de esta cinta de terror adolescente que no pretende nada más que distraer, y lo consigue tomándose bastante a broma su propia premisa de partida.

Y ese es el gran atractivo de Feliz día de tu muerte. El tono irónico de la protagonista, interpretada por Jessica Rothe (The tribe), convierte esta historia en una eficaz (y en algunos casos inteligente) combinación de humor, terror y violencia (sin demasiada sangre, eso sí) sobre las posibilidades que ofrece vivir una y otra vez el mismo día, incluso si es el día en que un asesino decide matarte. Más allá de poder conocer la identidad del verdugo en cuestión, lo interesante es el proceso con el que la heroína comienza a cambiar su actitud, más o menos como el que vivió Murray en el clásico antes citado. Claro está, salvando una enorme distancia y entendiendo en todo momento que este guión ni cuenta con el reparto del film de los 90 ni tiene la misma profundidad dramática.

Precisamente este es uno de los puntos más débiles de la trama. La historia está tan preocupada en su despreocupado tratamiento que pasa por alto algunos detalles que habrían dotado al conjunto de un mayor peso dramático y, en última instancia, de un mayor interés. Para empezar, el hecho de que las sucesivas muertes realmente sí matan, aunque poco a poco, a la protagonista. Dar más relevancia a este detalle habría abierto un sinfín de posibilidades dramáticas y obligarían a la protagonista a tomar otras decisiones. Y luego está el detalle de la historia de amor, toscamente narrada, por no mencionar el modo en que la protagonista cambia su forma de ser al darse cuenta de sus errores. Se podría decir que todo el apartado dramático puramente hablando se deja a un lado para centrar la atención en el humor y las muertes. Y aunque no es algo necesariamente malo, sí resulta perjudicial si se deja entrever la posibilidad de que habría sido posible algo más.

Así que sí, Feliz día de tu muerte entretiene, divierte y en algún momento, pocos, asusta. Más o menos como cualquier film adolescente de asesinos en serie. En este sentido, podría ser digna sucesora de este tipo de films de los 80 y 90. Pero exige poco y ofrece poco a pesar de dejar sobre la mesa algunos conceptos claramente más interesantes que habrían dado otro sentido a la historia, imponiendo unos límites dramáticos a la heroína y obligando a buscar otras soluciones narrativas. Sin embargo, ya sea por miedo, por buscar la simplicidad o por falta de interés, la película apuesta por quedarse en la mera propuesta de terror adolescente sin consecuencias. Es una opción tan legítima como cualquier otra, y funciona, pero no entusiasma.

Nota: 6/10

‘La batalla de los sexos’: entrenamiento en igualdad


Se dice que la realidad supera la ficción. Y aunque hay casos en los que es más que evidente, en ocasiones la ficción no termina por hacer justicia a la realidad, o al menos no sabe como explotar las posibilidades de esos hechos verídicos. En mayor o menor medida, es lo que le ocurre a la cinta de Jonathan Dayton y Valerie Faris, directores de Pequeña Miss Sunshine (2006).

Posiblemente lo más llamativo de La batalla de los sexos sea comprobar cómo ciertos comportamientos machistas son objeto de aceptación, ya sea como una broma, como algo inherente a determinados hombres o como algo natural a un determinado ámbito social, deportivo o laboral. Y lo más sorprendente, sin duda, es reflexionar y comprender que, aunque esta historia de igualdad de género, tenis y homosexualidad transcurre en los años 70, muchas de las secuencias podrían tener lugar en la actualidad y no desentonarían en absoluto. En este sentido, el trasfondo moral y social del film es espléndido, a lo que contribuyen, sin ningún género de dudas, unos actores magníficos, destacando Emma Stone (Aloha), Steve Carell (La gran apuseta) y Bill Pullman (American Ultra).

El problema de la cinta, como suele ocurrir con estos biopics, es el tratamiento dramático y su ritmo narrativo. El cóctel que forman el feminismo, la igualdad, la homosexualidad y el tenis provoca una irregularidad evidente a lo largo de un excesivo metraje de dos horas (que parecen bastante más), patente sobre todo en la segunda mitad de la película. En concreto, la historia pierde fuerza en aquellos momentos en los que el tenis y la batalla de sexos quedan en un segundo plano para centrar su atención en los problemas maritales de la protagonista, sobre todo cuando el guión insiste en ello olvidándose, al menos por un momento, de la batalla de sexos que da nombre al film.

Al final, La batalla de los sexos se revela más como un entrenamiento en igualdad más que como un verdadero partido entre hombres y mujeres por tener los mismos derechos. Aunque su trasfondo y su mensaje son claros y piden a gritos una reflexión en profundidad sobre nuestra sociedad, el tratamiento cinematográfico aporta más bien poco, convirtiendo el film en una obra sin demasiado corazón, con un guión irregular sustentado por un reparto sobresaliente y algunos hallazgos visuales muy interesantes.

Nota: 6,5/10

‘Enganchados a la muerte’: el Destino Final de los remakes


Cuando Joel Schumacher estrenaba en 1990 Línea mortal el cine no había visto nada similar. O al menos, no estaba acostumbrado a una historia en la que jugar con la vida más allá de la muerte traer consecuencias similares. Fue, en cierto modo, pionera en un subgénero que luego ha sido explotado hasta la saciedad. Por eso un remake de aquel film, cuyos protagonistas han terminado siendo auténticas estrellas del séptimo arte, se antoja poco necesario. Porque, ¿puede ofrecer algo nuevo, algo diferente?

Evidentemente, lo único que ofrece Enganchados a la muerte es la modernidad de sus técnicas visuales, de sus efectos especiales y de la narrativa audiovisual. Eso y un reparto joven pero irregular en su presencia y peso dramático en pantalla. Sin duda, lo más atractivo del film son los viajes al otro lado que realizan los protagonistas, cada uno afrontando sus miedos, sus remordimientos y sus errores, vestido todo ello como una experiencia agradable al comienzo y terrorífica al final. De esto se deriva el gran trasfondo dramático del film, que puede tener varias interpretaciones pero que, en mayor o menor medida, todas vienen a coincidir en que es necesario que uno mismo se perdone sus errores y se acepte tal y como es.

El problema de todo esto es que el desarrollo de la trama carece de interés alguno. Se conozca o no la historia original (peor si se conoce, la verdad), el argumento camina por terreno muy manido, por unos lugares comunes que no dejan lugar a la originalidad. El regreso del más allá comienza con una serie de ventajas físicas y psicológicas que derivan rápidamente en terror y visiones mortales. El guión apuesta, como suele ser habitual, por presentar de forma algo tosca esas ventajas y pasar rápidamente a los inconvenientes, en los que ceba de tal forma que se vuelven reiterativos y pierden interés poco a poco, toda vez que se intuye el final casi desde el principio. Y es que, como también suele ser habitual, aquellos personajes con mayores y más evidentes remordimientos son los que terminan pagando su osadía. Vamos, una de las leyes del género.

En resumidas cuentas, Enganchados a la muerte no deja de ser otra apuesta más de terror adolescente que repite patrones y evita el riesgo de ofrecer algo nuevo. Podría pensarse que el hecho de que unos estudiantes de medicina jueguen con la muerte tiene algo de novedoso, pero el problema es que es un remake, y eso no puede pasarse por alto. Distraída, sí. Algún que otro susto de manual con juegos de luces y sombras y efectos sonoros, también. Pero ni los personajes están tratados en profundidad ni el desarrollo de la trama tiene un equilibrio correcto. Se pasa del cielo al infierno casi sin prestar atención a los detalles, que podrían aportar un mayor peso dramático. Al final, una historia de terror como otra cualquiera con el más allá persiguiendo a los incautos (¿no recuerda esto a la saga ‘Destino Final’?)

Nota: 5,5/10

‘El secreto de Marrowbone’: secretillos de hermanos


El thriller español con dosis de terror parece haberse estancado en un formato y una fórmula que no tienen visos de poder evolucionar mucho más allá de las historias más o menos complejas que narra. Sergio G. Sánchez, guionista de films como El orfanato (2007), se pone ahora tras las cámaras en un producto que, con sus elementos positivos, no es capaz de alejarse de un cierto déjà vu, de una sensación de haber visto, al menos en parte, esta historia.

Y eso es fundamentalmente porque su estructura narrativa recuerda poderosamente a las de otras historias previas, con un comienzo esperanzador, un acontecimiento rupturista y un salto temporal que permite jugar con la idea que el espectador puede tener sobre la verdadera condición de los personajes. A partir de aquí, la forma de vestirlo. En El secreto de Marrowbone dichos ropajes juegan en todo momento al despiste, creando una trama notable en sus inicios que tiende a desinflarse una vez se descubre, o al menos se intuye, parte de ese secreto que da nombre al título. Con todo, el pequeño universo creado en torno a estos cuatro hermanos ayuda a consolidar el desarrollo dramático, desvelando las piezas en los momentos precisos de la trama para aportar un tono más trágico al conjunto.

El principal problema al que se enfrenta la trama es el propio espectador. O mejor dicho, la cultura y el bagaje audiovisual que tenga. Porque este thriller, visto sin otros films de referencia como el escrito por el propio Sánchez, puede resultar convincente, sólido y apasionante en algunos momentos, sobre todo una vez se desvela el misterio y se conocen los entresijos de lo ocurrido en la casa en la que transcurre el grueso de la acción. Sin embargo, tener en mente la narrativa de todas las historias previas hace prever prácticamente cada uno de los giros argumentales del guión, lo que deja poco margen para la originalidad salvo, en todo caso, un formato algo diferente en lo que a motivaciones y sucesos se refiere.

Todo esto provoca sentimientos encontrados en El secreto de Marrowbone. La obra, como tal, es un thriller correcto, interesante por momentos, con un reparto solvente y una trama bien construida sobre unos puntos de giro sorprendentes. El problema es que todo eso ya se ha visto antes. La cinta aporta poco a historias ya contadas incluso por el propio director, cuya labor tras las cámaras tampoco resulta sorprendente. Esto provoca un cierto desasosiego, una sensación de previsibilidad que no debería existir, y la idea de que, en el fondo, estamos ante un producto poco original en un mundo que tiende a explotar los géneros y las tramas hasta que ya no tienen más jugo que sacar.

Nota: 6/10

‘Thor: Ragnarok’: un señor del trueno psicodélico


Es curioso, pero en Marvel siempre hay algún personaje que, por el motivo que sea, se queda en un limbo incapaz de definirle en un marco concreto. El Dios del Trueno ha sido, desde el principio, uno de esos personajes. Tres son sus aventuras en solitario, y tres las diferentes visiones del personaje que se han dado. Que esta última vaya a ser la definitiva parece algo evidente a tenor del éxito que está teniendo, pero la pregunta es si realmente es la versión idónea de Thor.

Posiblemente no, pero a tenor del final de Thor: Ragnarok, eso no es algo demasiado importante. Y es que esta tercera entrega del personaje parece más un camino hacia la madurez que una mera representación algo cómica y autoparódica de este superhéroe de cómic. Con un estilo que recuerda poderosamente a la saga de Guardianes de la galaxia, el director Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras) imprime una fuerza visual algo psicodélica y deliberadamente colorida para este viaje del protagonista por medio universo. Un viaje que, como he dicho, le permite madurar al comprender tanto sus lazos familiares como el futuro que le espera como líder de su pueblo. En este sentido, la cinta ahonda notablemente en el héroe, pasando de un personaje arrogante y arquetípico a otro más dramático y poliédrico (tampoco mucho, que al fin y al cabo esto es una ‘peli’ de superhéroes de Marvel), utilizando para ello un diseño de producción espléndido como marco para el humor y ciertos chistes fáciles dirigidos al público adolescente.

El principal problema de esta tercera entrega es que ahonda en los problemas que siempre han tenido estas aventuras en solitario del personaje. Para empezar, Chris Hemsworth (Cazafantasmas), con toda su presencia en pantalla y su adecuado perfil divino, no termina de imprimir el carácter dramático al personaje, ni siquiera con el corte de pelo. Hay que reconocer, sin embargo, que sí es capaz de asumir la madurez de su rol, lo que abre las puertas a unas interesantes posibilidades dramáticas en un futuro no muy lejano. La cinta, además, adolece de una duración excesiva, algo que se aprecia en una serie de secuencias innecesarias destinadas a divertir a un público adolescente más interesando en la risa fácil y obscena que en la historia que le cuentan. Todo ello resta fuerza a una historia que, por lo demás, sabe apoyarse en unos notables secundarios para construir un relato que va más allá del Señor del Trueno, que tarda más de dos horas en ganarse el título de Dios.

Así las cosas, se podría decir que Thor: Ragnarok es la mejor de la trilogía. La apuesta visual del director, unido a una planificación que en algunos momentos sabe aprovechar al máximo las posibilidades narrativas de la historia y a una banda sonora brillante, ensalzan el viaje de madurez de un héroe que ha tardado mucho tiempo en encontrarse a sí mismo. Con todo, eso no quiere decir que esta película no peque de muchas irregularidades, fundamentalmente provocadas por una cierta sensación de necesitar autoparodiarse, como si el personaje de Thor no pudiera tomarse en serio como, por ejemplo, sí hace Capitán América. Habrá que ver cómo se presenta el rol en las próximas aventuras, pero por lo pronto el camino emprendido, con sus debilidades y dificultades, parece el adecuado.

Nota: 7,5/10

‘Geostorm’: los fallos de una tormenta planetaria


El productor Dean Devlin sabe de catástrofes cinematográficas. Tanto en sentido figurado como en el contenido de sus films. De ahí que su primera incursión en la silla del director en una película para la gran pantalla potencie los aspectos positivos y reduzca al máximo los negativos para ofrecer un entretenimiento puro y duro que, todo sea dicho, no puede (y tampoco quiere) evitar sus limitaciones.

Y ahí está la clave de Geostorm, en sus propias limitaciones. Acercarse a un film de estas características, incluyendo el título, ya debería de ser aviso suficiente como para saber lo que se espera de ella, algo con lo que director y actores saben jugar, ofreciendo un producto capaz de reírse de sí mismo, con frases lapidarias en momentos de máxima tensión y un ritmo que no decae en ningún momento, desarrollando la trama en un metraje ajustado, algo de agradecer en tiempos en los que la máxima parece ser apabullar al espectador con innecesarios minutos de efectos digitales. Así, la historia deambula por terrenos conocidos y previsibles, pero suple esta carencia de efectividad dramática con unos personajes que funcionan bien como arquetipos y con una espectacularidad en algunas secuencias sencillamente fascinante.

Pero el problema es ese, que todo ese envoltorio se utiliza para tratar de disimular las carencias. ‘Tratar’ es la palabra clave en este caso, pues lo cierto es que el film es lo que es. Dramáticamente hablando, su previsibilidad lleva a conocer el villano de turno varios minutos antes de que se desvele su identidad. Y aunque la trama está bien tratada desde el punto de vista de la coherencia, tiene demasiadas concesiones dramáticas que permiten hacer avanzar la acción. Eso, en este tipo de films, se convierte en importantes agujeros en el desarrollo de la historia. Quizá lo más interesante de todo sea la moraleja del conjunto, con el cambio climático como principal aliciente y con la unión de pueblos como mensaje final, si bien es cierto que se diluye entre tanta tormenta de rayos, entre tanta granizada y entre tantas olas gigantes.

El mejor resumen de Geostorm es que es lo que es desde el principio. No engaña, pero tampoco apasiona. No tiene ínfulas de algo más grande, pero tampoco logra desprenderse de sus numerosos fallos. Una tormenta imperfectamente perfecta que se apoya, y de un modo nada disimulado, en su reparto (todos ellos pasándoselo en grande) y en sus efectos especiales. La mano de Devlin, a falta de ofrecer un punto de vista propio, logra disimular las imperfecciones. Pero como si de los fallos que afectan a los satélites del film se tratara, por mucho que el director trate de corregir, al final las catástrofes se producen.

Nota: 6/10

‘El muñeco de nieve’: No cuesta seguir el rastro de sangre


Las modas, sean del tipo que sean, suelen tener la ventaja de ofrecer algo conocido y que funciona. El gran problema es que, una vez conocidas sus claves, el contenido puede tornarse algo previsible, rutinario, incapaz de aportar algo nuevo a la corriente a la que pertenece. Y la última película de Tomas Alfredson (Déjame entrar) tiene algo de esto. Bueno, según a quién se pregunte puede que mucho.

Porque, en efecto, El muñeco de nieve explota al máximo las posibilidades dramáticas de una trama de intriga con asesino en serie de por medio, investigador borracho y personajes que tienen algo que ocultar. Y sí, la fotografía y la puesta en escena son impecables, al igual que la labor de su reparto. Y todo ello, con una narrativa sólida que construye sólidamente un relato directo, sin grandes distracciones y con puntos de giro más que correctos, debería ser suficiente para estar hablando de un thriller sin pretensiones pero notable.

Sin embargo, algo falla. Y ese algo no pertenece propiamente a la cinta, sino a la novela de Jo Nesbø en la que se basa. Para empezar, la estructura de la historia aporta muy poco a este tipo de relatos, contando con todas las claves de éxito de otros libros y películas anteriores, desde ese personaje poderoso con más sombras que luces, hasta casos sin resolver del pasado que vuelven a escena. Pero además, el argumento ofrece pistas, puede que demasiadas, que permiten al espectador adelantarse a los acontecimientos e, incluso, a la revelación final de la identidad del asesino, restando dramatismo y fuerza a la resolución de la cinta.

Con todos estos elementos, El muñeco de nieve se convierte en un film previsible que se desinfla dramáticamente hablando a medida que avanza su historia. Un thriller más de esa hornada de relatos del norte de Europa que, a pesar de tener todos los elementos para convertirse en una obra de suspense sumamente interesante, se queda en un quiero y no puedo, en un intento de ofrecer al espectador una investigación policial de varios crímenes con un toque original que, en realidad, es un relato previsible y carente de elementos inesperados.

Nota: 5,5/10

‘Toc Toc’: la intrascendencia de los trastornos


El humor suele ser una buena terapia para casi todo. Y por eso tal vez la nueva película de Vicente Villanueva (Lo contrario al amor) funciona tan bien. Sí, es cierto que se basa en una obra de teatro, y con eso tiene buena parte del camino hecho al contar con una trama muy dinámica y acotada a pocos personajes y un único escenario. Pero más allá de eso, el director ofrece una particular visión principalmente a través de sus actores.

Y es que, como en cualquier obra de teatro, en Toc Toc lo fundamental son los actores. Todos ellos brillantes, cada uno con las manías de su personaje llevadas al máximo, los seis protagonistas conforman un mosaico único y caótico, un compendio de trastornos obsesivos compulsivos que terminarían con la paciencia de cualquiera, pero que gracias a esa sala de espera reconvertida en terapia de grupo logra crear un extraño y divertido equilibrio entre todos ellos. Desde luego, en el conjunto destaca un Paco León (Embarazados) inmenso, capaz de hacerse con la escena desde el primer minuto en que entra por la puerta.

Quizá el mayor problema, si quiere verse así, es su intrascendencia. En efecto, la cinta es un divertimento puro carente de nada más que una buena dinámica narrativa y una concatenación de gags que mantienen la sonrisa permanente en el espectador, arrancando en más de una ocasión la risa pura y dura. Esto, por supuesto, no es algo necesariamente malo. Al contrario, en determinadas situaciones es algo muy positivo. Pero el problema que esto provoca es que, cuando la trama necesita abordar el trasfondo de la historia más allá del humor, la cinta pierde de forma estrepitosa su ritmo y deja al descubierto sus carencias de fondo en cuestión de argumento o trasfondo de personajes.

Dicho esto, Toc Toc se puede definir simple y llanamente como una comedia al uso, una diversión en imágenes que distrae, y de qué modo, durante hora y media, pero que tiende a olvidarse tan rápido como se consume. Que esto sea algo bueno o malo depende del espectador y, sobre todo, de la predisposición que tenga a la hora de ver la cinta. Pero lo que es indudable es que puede haber momentos en que la risa no le deje oír los diálogos, sobre todo si esta historia de trastornos se ve en compañía.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

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