‘Watchmen’ amplía el universo de Alan Moore a través del racismo


El propio Damon Lindelof, una de las mentes detrás de la serie Perdidos, lo confesaba: Watchmen, la serie, no tenía para él más que una temporada. No tenía una idea mayor que la que se contaba en los 9 episodios. Y lo cierto es que es una trama tan compleja, tan cargada de matices, interpretaciones y significados, que funciona perfectamente como un complemento a la historia original ideada por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons, trasladada a la gran pantalla en 2009 de forma magistral por Zack Snyder (Liga de la Justicia). Pero curiosamente, esto tiene un problema, y es que deja al espectador con ganas de conocer más sobre ese mundo “post Watchmen”.

Para aquellos que todavía no la hayáis visto, la trama se sitúa décadas después de los acontecimientos de la novela gráfica. En un mundo donde cada cierto tiempo hay una lluvia de calamares, la policía va enmascarada, los antiguos héroes han desaparecido o se han reconvertido en agentes federales, y un nuevo crimen es el punto de partida de una conspiración mucho mayor para hacerse con el mayor poder del mundo. Como se desprende de ese escueto resumen, la serie es completamente deudora de la historia original, y eso tiene sus pros y sus contras. Evidentemente, los seguidores más fieles de las viñetas, e incluso aquellos que todavía tengan el recuerdo del film de Snyder, encontrarán numerosos detalles, personajes y acontecimientos que les resultarán familiares, algunos como simple homenaje y otros como recurso narrativo de mayor o menor calado. Pero esto, para aquellos que no conozcan nada de lo ocurrido previamente, es un hándicap difícil de superar.

Desde luego, Watchmen es una serie hecha, pensada y planificada para los fans. En general, la historia se puede seguir tanto si se conoce la obra original como si no, pero en este segundo caso habrá muchos momentos en los que el espectador no alcance a comprender lo que ocurre o sobre qué se habla. Ahora bien, lo que aquí nos importa es cómo está tratada la narrativa. Y en este sentido Lindelof demuestra una vez más un especial sentido para el suspense dramático, utilizando cada episodio para narrar las tres patas sobre las que se sustenta la historia con píldoras informativas que, a medida que avanza la temporada, van germinando en arcos argumentales sólidos y complejos que se alimentan entre sí para generar una trama con tantos matices como la obra de Moore y Gibbons. Con una salvedad, y es que mientras en las viñetas el motor argumental era la proximidad de una guerra y la destrucción de la Humanidad, aquí lo que hace avanzar la trama es una conspiración con claros tintes políticos, raciales y morales.

En este sentido, no es casualidad que la trama se ambiente en Tulsa, la primera secuencia de la serie sea una recreación de la matanza que tuvo lugar en 1921 y que el racismo esté presente de un modo u otro en cada episodio, casi en cada escena. Bajo este prisma, la serie crece vertiginosamente, nutriéndose de personajes a cada cual más complejo, con más caras ocultas que se van desvelando poco a poco en un thriller que Lindelof maneja de forma magistral. Lo cierto es que cada episodio se construye sobre estas tres líneas argumentales, algunas más protagonistas que otras en según qué capítulos, pero todas ellas igual de importantes para concluir en un clímax excepcional y ofrecer al espectador un cierre de temporada (y por ahora de serie) tan original como abierto, lo que no hace sino despertar el interés por conocer el verdadero sentido de ese plano final. Y sí, junto al racismo, el contenido político y la lucha entre el bien y el mal, existe un componente fantástico fuera de toda duda, planteado en su justa medida y aprovechando las posibilidades que ya daban los personajes originales, ahora consecuentemente envejecidos después de tantas décadas. Pero si algo es fundamental en esta serie son sus protagonistas.

Serie de personajes

Porque, ante todo, Watchmen es una serie de personajes. Más que la acción, priman los conflictos internos. Más que la fantasía, ante todo se desarrollan los trasfondos -pasado, presente e, incluso, un poco del futuro-. Y eso es lo que da a esta primera temporada una consistencia más próxima a la novela gráfica que a cualquiera de las series de superhéroes que hay hoy en día. Y eso permite, además, que Lindelof pueda ahondar no solo en estos nuevos héroes enmascarados, sino también en los originales, ampliando el arco argumental y dramático hasta convertirlo en una especie de precuela de la novela gráfica, y no solo en una secuela. El manejo de los cliffhanger por parte del guionista debería ser estudiado en las escuelas de guión como un ejemplo de preparación y desarrollo de la trama para mantener al espectador pegado a la pantalla episodio tras episodio, incluso cuando estos no parecen tener nada que ver uno con otro.

Si bien es cierto que los vínculos entre muchos de los nuevos héroes son un tanto previsibles, por no hablar de algunos giros argumentales que parecen casi anunciarse al inicio de cada episodio, el ritmo de estos episodios impide que el espectador se pare a pensar en la profundidad de los mismos, que por otro lado quedan equilibrados con otros nodos narrativos simplemente extraordinarios, como los vinculados a la trama protagonizada por Jeremy Irons (Gorrión rojo). Al igual que ocurriera en la historia original, los vínculos familiares son fundamentales para comprender la magnitud de la trama, sus implicaciones y sus consecuencias. Y aunque dichos vínculos son, en algunos instantes, un tanto superfluos y arquetípicos, funcionan a la perfección como motor dramático para dar pie a una trama mucho más grande de lo que aparentemente es en el comienzo.

Resulta especialmente interesante el trasfondo social y humano que se esconde en algunos de los detalles de la trama, construida de forma inteligente sobre un universo creado casi desde cero. Bajo la premisa de “¿Cómo sería el mundo años después de ese ataque alienígena?” de la obra original, la serie presenta un mundo atemorizado hasta de sí mismo, con policías enmascarados, villanos que utilizan a uno de los héroes originales como tapadera para una organización mucho más antigua. El miedo es, sin duda, el arma utilizada por Lindelof para definir a unos personajes diferentes -algunos violentos, otros vengativos, otros ávidos de poder-, pero con el mismo nexo de unión: el miedo. Ya sea miedo a lo desconocido, miedo a su propio pasado, miedo a una sociedad que quieren controlar, o miedo a la muerte, los personajes se definen y evolucionan afrontando ese sentimiento. Y es, en una palabra, lo que hace que la serie crezca hasta convertirse en una producción que no solo continúa la historia ya conocida, sino que la enriquece y la completa.

Lo cierto es que es una lástima que Damon Lindelof se haya desvinculado de Watchmen tras la primera temporada. A pesar de las intenciones que pudiera haber de continuarlo, la visión que le ha otorgado el guionista a estos episodios es única. Con su manejo de las líneas argumentales, jugando con las posibilidades que le da un personaje como el Dr. Manhattan, Lindelof construye una obra tan compleja como atractiva, con personajes profundos, definidos en su gran mayoría a partir de la tragedia y, sobre todo, el miedo. La verdad es que el plano que cierra la temporada deja abierto un futuro prometedor para la historia, pero tal vez precisamente por cómo termina es mejor dejarlo como está, permitiendo al espectador completar en su imaginación lo que ha ocurrido realmente en esa conclusión. Pero como suele decirse, lo importante en este caso no es el final, sino el camino, y en este caso estamos ante un sendero fascinante que explora temáticas tan dispares como el racismo, la culpabilidad, la venganza o el odio.

1ª T. de ‘The Mandalorian’, una extensa película clásica de Star Wars


Me imagino que todavía tendrán que pasar varios años, pero espero que algún día se reconozca a Jon Favreau como el gran director que es. Tal vez nunca llegue a convertirse en un referente a la altura de, por ejemplo, Martin Scorsese (El Irlandés), pero sin duda su labor tras las cámaras ha servido para reorientar la industria. O al menos, para alimentar el fenómeno de masas en el que se ha convertido una parte del séptimo arte. Suyo es el éxito de Iron Man allá por 2008, y que fue la primera piedra del evento cinematográfico más grande de los últimos años (si no de la historia). Y suyo es también The Mandalorian, al primera serie de Disney+ que ha logrado algo que parecía imposible: que los fans de Star Wars recuperaran la fe en el universo creado por George Lucas y que, de un tiempo a esta parte, se había dejado llevar.

Estos primeros 8 episodios cuentan con todo lo que la saga clásica siempre había tenido. Como si de una extensa película se tratara, el arco narrativo de cada capítulo se plantea casi como una secuencia de cualquiera de los films, viajando de planeta en planeta defendiendo a ese pequeño Yoda que tan famoso se ha hecho en muy poco tiempo. Y sí, visualmente hablando la serie tiene todo lo que se puede esperar de una producción galáctica como esta. Ambientada en un momento entre El retorno del JediEl despertar de la fuerza, en la historia aparecen soldados imperiales, cazarrecompensas, personajes que utilizan la Fuerza, planetas muy conocidos por los fans, batallas de naves. Todo con un acabado impecable que, sin duda, convierten a esta producción en una de las más caras de la televisión. Pero evidentemente, lo más interesante de la serie está debajo de toda esa capa de efectos especiales.

Si algo convierte a The Mandalorian en la ficción que es, y que evoca mucho, muchísimo, el espíritu de la trilogía original, es el tratamiento de su historia y de sus personajes. Prácticamente cada episodio tiene como referente un género cinematográfico diferente, desde el western hasta el cine bélico, pasando por la ciencia ficción más kubrickiana o, incluso, la comedia familiar. Pero más allá de cómo se cuente cada historia individual, lo que prevalece es ese ambiente de un hombre en busca de su destino, enfrentándose a fuerzas que no llega a conocer del todo bien y contando para ello con un puñado de recursos y aliados a su alcance. Si en lugar de pistolas láser y naves espaciales tuviésemos revólveres y diligencias, estaríamos hablando de uno de los mejores western de la televisión. Pero no, es ciencia ficción, y es de la mejor ciencia ficción que puede verse actualmente.

Favreau crea unos episodios amenos, diferentes unos de otros, dinámicos y a su vez cargados de un dramatismo que solo se consiguió en las películas originales (y algo en la segunda trilogía). Y lo más interesante de todo es cómo logra que no sea necesario conocer la historia previa. A través de los diálogos y de una clara estética decadente la serie es capaz de situar al espectador en una postguerra cuyas secuelas dejaron unas heridas que no han cicatrizado. De este modo, así como la historia es un vehículo para abordar conceptos como lo correcto, el sacrificio, la amistad o la lucha por la supervivencia, el tratamiento narrativo sirve para narrar, valga la redundancia, más allá de diálogos o personajes a cada cual más curioso, utilizando el propio desarrollo argumental para avanzar tanto en el marco en el que se desarrolla la acción como en el futuro de la misma, sirviendo como puente entre las dos películas a las que hacía referencia más arriba. Un puente que, a tenor de cómo finaliza el último capítulo de la temporada, permitirá explicar en futuras entregas (hay confirmada ya una tercera sin ni siquiera haberse estrenado, a fecha de este artículo, la segunda parte) el origen de nuevos órdenes con los que los fans ya se han familiarizado.

Que la Fuerza te acompañe

The Mandalorian es puro Star Wars. Pero también es mucho más. Acostumbrados como estamos a abordar este universo siempre dentro de unos parámetros muy concretos (lo que ha venido llamándose la saga Skywalker), la serie creada por Favreau, aunque tiene conexiones más que evidentes con esa saga, se desvía notablemente de la misma para mostrar una galaxia mucho más rica, más compleja. Y esto pone el foco sobre algo muy interesante que hace a esta historia más humana todavía. Los protagonistas desconocen lo que ha ocurrido. Sí, saben de la derrota del Imperio, de rebeldes y, posiblemente, de algún que otro soldado. Pero, como se menciona en algún que otro momento, los Jedi son una leyenda, la Fuerza un mito, y los personajes que protagonizaron las aventuras fílmicas, posiblemente un susurro en el viento.

Dicho de otro modo, y aunque hay claras referencias que permiten situar la acción, la trama es completamente independiente de la línea argumental que todos conocemos. Esto no solo es arriesgado, sino que abre un abanico de posibilidades narrativas único, capaz de ofrecer una libertad casi infinita a la hora de construir la historia. La apuesta de los creadores de esta ficción les sale bien, extraordinariamente bien. Porque además de recuperar la esencia de la obra de George Lucas mira en otra dirección, lejos de Jedi, Sith y demás personajes, para centrarse en gente “de la calle”, en gente común y corriente que trata de sobrevivir en un mundo devastado. Es especialmente interesante, en este sentido, cómo se plantean algunos hitos dramáticos, en especial los que tienen que ver con el origen del protagonista, el clan al que pertenece y el mundo de los cazarrecompensas.

Narrativamente hablando, ya hemos mencionado que esta primera temporada se podría entender casi como una extensa película en la que cada episodio equivale a una escena. Pero lo más interesante es cómo se construyen esas escenas/capítulos. Aunque con puntos en común (al fin y al cabo, es una serie de Star Wars), lo cierto es que cada uno cuenta con una esencia diferente, única. Al comienzo asociaba esto a los géneros, y es evidente que eso existe, pero va más allá. Se trata de la apuesta visual de cada director, de su modo de narrar las secuencias de acción, ya sean en tierra o en el espacio. Se trata de una visión diferente casi cada vez con la que, lejos de generar confusión, se consigue una visión más completa de los personajes. Porque, en efecto, esta serie no sería nada sin unos protagonistas extraordinarios, sólidos, magistralmente definidos dentro de unos arquetipos muy conocidos por el gran público (el héroe con corazón, la enemiga reconvertida en aliada, los inesperados amigos,…). Son ellos los cimientos que permiten construir todo lo demás.

Desde luego, The Mandalorian ha sabido ser lo que la última trilogía no ha podido. Lejos de grandes efectos (que los tiene, y muy buenos), la trama de esta primera temporada se presenta como un viaje de redención de un héroe que se rebela contra el destino para emprender un camino contra los restos de un imperio. Jon Favreau compone una historia cargada de emoción, drama, acción e, incluso, algo de suspense, presentando en sociedad a ese “baby Yoda” que ya se ha hecho famoso. Lo cierto es que se le pueden sacar pocos “peros” a una producción tan sólida en todos sus aspectos. Tal vez su hándicap sea que es una historia de Star Wars, y eso puede generar recelos en muchos espectadores. Pero en el caso que nos ocupa es conveniente dejar a un lado las reticencias y entregarse a un espectáculo narrativo y visual brillante. ¡Ah! y atentos a la banda sonora y los títulos de créditos finales de cada episodio. Son auténticas joyas.

1ª T. de ‘The Witcher’, estructura diferente para una fantasía diferente


Que los relatos de medievo fantástico están de moda es algo incuestionable. Pero como todo lo que se convierte en tendencia, puede terminar saturando al espectador si lo que se ofrece no tiene ni la calidad ni la originalidad suficientes. La serie The Witcher, que adapta los libros escritos por Andrzej Sapkowski, ha sido calificada en muchos artículos como “la nueva Juego de tronos“. Y sí, esta producción creada por Lauren Schmidt (autora de varios episodios de El ala oeste de la Casa Blanca) tiene una ambientación similar, e incluso, muy en el fondo, comparte la temática de la lucha entre reinos por el dominio de un continente. Pero comparar ambas producciones sería muy injusto, además de limitar mucho la percepción de esta interesante trama.

Trama que, por cierto, hay que reconocer que en estos primeros 8 episodios se ha abordado de un modo un tanto peculiar… por decirlo de algún modo. La primera temporada de esta serie de Netflix se plantea como una suerte de puzzle en el que se presenta a los tres personajes protagonistas y los inquebrantables vínculos de magia, destino y violencia que les unen a través de los años e, incluso, de los siglos. Un brujo, una hechicera y una niña destinada a cambiar el mundo son los tres héroes de una historia que tiene como telón de fondo el avance imparable y la invasión de un reino sobre el resto. Reconozco que conocer la historia, los personajes, los reinos y todos los detalles de este universo facilita mucho la comprensión del argumento, cuya narrativa desordenada, además, puede suponer un punto más de complejidad. Sin embargo, esto no es, o no debería ser, inconveniente para disfrutar de un relato plagado de matices, de una riqueza conceptual y narrativa únicas. Basta con prestar algo de atención a personajes, diálogos y diseño de producción para ordenar, de forma aproximada, estos capítulos en el orden correcto.

Una vez superado ese “problema”, The Witcher se revela como una aventura plagada de intriga, acción y romance, en la que las traiciones políticas y las luchas de poder tanto entre pueblos como entre individuos marcan el devenir de cada arco argumental. Desde el punto de vista del guión, y esta es en cierto modo la magia de la serie, la temporada se estructura de forma inteligente en tres partes bien diferenciadas. La primera, la presentación del trío protagonista; la segunda, el desarrollo de los vínculos que les unen; y la tercera, la que tiene una narrativa más lineal y, por tanto, la que gustará a más gente, se centra en unir todos los puntos planteados con anterioridad. Para los amantes y estudiosos del guion esta ficción de Schmidt es una obra única en tanto en cuanto, aunque tiene la habitual estructura formal, la plantea y desarrolla de forma total y absolutamente arbitraria… ¿O no es tan arbitraria? El hecho de que, al terminar el último episodio, el espectador tenga una visión clara y precisa de todo lo ocurrido debería de responder por sí solo a la pregunta.

Esta ausencia de una narrativa lineal tiene, además, un beneficio que se va a perder en la segunda temporada si, como está anunciado, se optará por una estructura algo más clásica y enmarcada en la sucesión temporal. Dicho beneficio es que a través de los episodios el espectador puede apreciar cada personaje casi en su pleno esplendor, de forma casi virgen, sin condicionantes argumentales o de personalidad que limiten la comprensión de los roles. La falta de conexión inicial entre los personajes provoca que podamos conocerlos y comprenderlos en un entorno casi aséptico de condicionantes narrativos y dramáticos, y esto es algo que, aunque para muchos sea secundario, tiene un interesante efecto en la historia. Conociendo sus relatos individuales, sus aventuras hasta llegar al punto final, el espectador percibe cada matiz de su personalidad, por lo que al llegar el último episodio es capaz de analizar más en profundidad las motivaciones, los miedos y el deseo de cada uno de los protagonistas.

Medievo fantástico

El principal problema de The Witcher sea, probablemente, que es un producto muy pensado para aquellos que conozcan la saga literaria o los videojuegos basados en sus historias. No quiero decir que no se pueda comprender si no se conoce el universo del personaje, al contrario, la labor de Schmidt en este sentido es impecable. Pero el medievo fantástico que relata es tan rico en matices, con tantas criaturas, tantos personajes y tantas facciones que puede terminar resultando contraproducente para la comprensión de aquellos que no conozcan absolutamente nada de Geralt de Rivia, Yennefer o Ciri. Pero bueno, eso no es algo necesariamente malo, pues algo similar ocurrió con la primera temporada de Juego de tronos, serie con la que, como mencionaba al inicio, es comparada constantemente.

Lo cierto es que, salvo una estética algo similar en algunos momentos, esta ficción tiene más bien poco que ver con la obra de George R.R. Martin. Más entregada a las criaturas mitológicas, con hechiceras, magos, brujos y poderes místicos, esta primera temporada se antoja mucho más compleja en varios sentidos. Más allá de su narrativa, la riqueza del universo en el que se ambienta obliga a prestar atención a numerosos detalles que se suman a las intrigas palaciegas, las guerras por los territorios y las traiciones. El hecho de que el héroe (con los rasgos de un notable Henry Cavill –Misión: Imposible. Fallout-) trate de mantenerse ajeno a las batallas de los hombres, aunque luego termine participando en ellas, aporta al conjunto una perspectiva diferente, más objetiva, en la que no hay buenos ni malos, sino una disección de la avaricia, las ansias de poder y el odio entre los hombres. Todo ello aderezado, eso sí, con unas secuencias de acción, tanto individuales como colectivas, bien coreografiadas y que sacan el máximo provecho de la fuerza visual de la historia y sus personajes.

Así, se puede decir que estos primeros 8 capítulos presentan una estructura diferente a lo visto habitualmente para narrar una historia diferente en muchos aspectos a lo que cabría esperar. Una estructura que aborda el viaje de tres personajes condenados a encontrarse, cuyas vidas están íntimamente ligadas por magia y destino. En realidad, la narrativa de la serie, salvo por los saltos temporales que pueden despistar un poco al inicio, no se diferencia tanto de otras series con muchos personajes, salvo que en el caso que nos ocupa esa técnica de destinar un episodio a cada personaje se aprovecha para abordar diferentes momentos de la vida del trío protagonista, ahondando más en su tratamiento, en los diferentes aspectos de sus personalidades y, sobre todo, en hacerlos mucho más cercanos al espectador. Es cierto que en esta narrativa, sobre todo viendo el desenlace de la temporada, existen unas lagunas que perfectamente podrían haber sido completadas, lo que hace que el desarrollo flaquee en algunos momentos. El hecho de que existan es una buena muestra de la complejidad de abordar esta serie.

Pero con sus problemas, The Witcher ofrece una primera temporada atractiva, interesante, por momentos fascinante y sumamente entretenida si nos acercamos a ella sin prejuicios, dispuestos a prestar atención a los detalles y a los personajes para evitar perdernos en los saltos temporales (y aun así es posible que nos perdamos en algún pasaje). Sus ocho episodios permiten una presentación de personajes, del universo en el que se desarrolla y, sobre todo, de una historia mucho más grande de la que se ha narrado hasta ahora. Todo eso visto a través de los ojos de los tres protagonistas, situados en medio de una guerra que ni les va ni les viene, pero en la que tendrán un papel relevante. Una serie entretenida, que atrapa por su poderoso apartado visual, la riqueza de su universo y unos personajes aparentemente sólidos pero marcados por el trauma, el dolor y la tragedia. La segunda temporada se ha anunciado mucho más tradicional en lo que a estructura narrativa se refiere, por lo que habrá que esperar para comprobar si la apuesta de esta primera etapa es mejor o peor que un relato más convencional.

1ª T. de ‘American Gods’, el viaje del héroe en la guerra de los dioses


Puede que para muchos el nombre de Neil Gaiman no tenga especial interés, pero el autor británico no solo es uno de los creadores de fantasía más interesantes de las últimas décadas, sino que su interpretación de los mitos y los dioses clásicos invita a una reflexión sobre el mundo, el ser humano y la sociedad que muy pocos escritores consiguen. Y eso es precisamente lo que se esconde tras la primera temporada de American Gods, adaptación en formato de serie de una de sus novelas más conocidas. Recién estrenada la segunda etapa, es obligado revisar algunos de los pilares narrativos de los primeros ocho episodios de la ficción creada por Bryan Fuller (serie Hannibal) y Michael Green (guionista de Blade Runner 2049).

Para aquellos que no conozcan su argumento, la historia arranca cuando un hombre sale de prisión. Ese mismo día se entera que su novia y su mejor amigo han muerto en un accidente de tráfico que apunta a que estaban teniendo una aventura. El expresidiario conoce además a un misterioso hombre que responde al nombre de Sr. Miércoles, quien le contrata para iniciar un viaje que le llevará a ser protagonista en una guerra en la que los antiguos y los nuevos dioses y mitos luchan por el favor y el control de los hombres. Visto así la serie podría entenderse como una propuesta de ciencia ficción al estilo más clásico, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, Fuller y Green realizan un planteamiento completamente diferente, optando más por el drama y la intriga y, sobre todo, por un desarrollo de personajes muy arriesgado en los tiempos que corren.

Porque al igual que los antiguos dioses de American Gods, esta primera temporada recurre a algo que ya no suele verse, y es dedicar toda una temporada, episodio tras episodio, a desarrollar los orígenes, motivaciones y posicionamiento de cada uno de los personajes secundarios que aparecen en la historia. De este modo, esta etapa se convierte más en un escaparate de seres míticos, de dioses en la tierra que pasan desapercibidos entre nosotros pero a los que se les rinde, o se les ha rendido alguna vez, culto de un modo u otro. Y es algo completamente gratificante. Como ocurre con los nuevos dioses (los nuevos media, los media, la tecnología, …), el actual ritmo de la sociedad parece impedir una cierta pausa y reflexión, y que una serie de estas características sea capaz de desafiar esto para presentar algo más pausado y tradicional es, a la vez que admirable, una suerte de vínculo metalingüístico entre realidad y ficción que hace aún más compleja la serie.

Para muchos tal vez esta estructura narrativa de esta primera etapa sea algo negativo para la propia ficción, y hasta cierto punto es cierto, pues centrar la atención en los personajes secundarios muchas veces distrae del objetivo principal, e incluso impide un seguimiento natural de la trama. Sin embargo, enriquece notablemente el universo en el que se desarrolla la acción, y teniendo en cuenta la complejidad que se antoja va a tener el argumento, resulta gratificante poder conocer las motivaciones y la posición de cada uno de los roles. Esto permite, además, una reinterpretación de muchos seres mitológicos y divinos de diferentes culturas y épocas de la civilización, una seña de identidad de Gaiman que los creadores de esta ficción televisiva logran captar a la perfección.

Composición de las tramas

Todo ello genera, por otro lado, algo muy interesante para cualquier profesional y aficionado a las complejas historias, y es la construcción de un “árbol” de tramas en el que cada arco argumental secundario es una rama que se une al resto en un tronco central que no es otro que la guerra que se avecina. Vista así, esta primera temporada de American Gods se convierte en un interesante compendio de detalles y líneas dramáticas que se entrelazan, se nutren y modifican unas a otras, y sobre todo se hacen crecer entre ellas. El viaje de los dos protagonistas permite al espectador asomarse a una visión de las creencias religiosas antiguas (y modernas, aunque en menor medida) tan particular como acertada, pero ante todo le permite descubrir los vínculos de esas antiguas deidades, de su devenir durante siglos en una tierra en la que la fe parece haber desaparecido. A través del Sr. Miércoles, rol magistralmente interpretado por Ian McShane (John Wick: Pacto de sangre), se va desenmarañando una intrincada madeja de viejos rencores, de encuentros pasados y de traiciones presentes.

Aunque la parte dramática no sería nada sin un apartado visual espléndido que no solo saca el máximo provecho a la historia en sí, sino que capta la esencia estética de la obra de Gaiman. A medio camino entre la belleza y la visceralidad, la complejidad dramática de los personajes se nutre con una puesta en escena única que oscila entre la road movie y el viaje del héroe para encontrar su sentido en el mundo. Asimismo, la serie aprovecha para presentar los ambientes en los que se mueven los secundarios, cada uno de ellos definiéndoles de una forma muy precisa que contribuye, además, a esa reinterpretación de los mitos que realiza Gaiman. Todo ello, fondo y forma, crea una obra diferente, no apta para todos los públicos y capaz de poner a prueba la paciencia de muchos espectadores. Pero no hay atajos para poder afrontar la complejidad de una historia de estas características, y al igual que ocurre con otras series de dimensiones tan grandes, la paciencia al final tiene su recompensa.

Esta primera temporada nos deja, por tanto, el viaje iniciativo de un héroe que se adentra en un mundo de dioses, mitos y seres mágicos. Un mundo que convive con el nuestro a plena vista y que, sin embargo, el común de los mortales es incapaz de ver. Bajo este prisma, esta ficción se convierte en una versión moderna de clásicas historias, lo que aporta al conjunto un sentido mucho mayor, engrandeciendo su propia esencia y trascendiendo sus propias limitaciones televisivas para revelarse como una historia atemporal, única y brillante. Serían necesarias muchas entradas en este rincón de Internet para analizar todos y cada uno de los matices que representan a los dioses, así como cada interpretación que de sus mitos se realiza. Baste decir que, por ejemplo, los personajes de Anubis e Ibis son sencillamente perfectos, cada uno convertido en una versión moderna de su función en el Antiguo Egipto, balanza del juicio de Osiris incluida.

Lo que representa este comienzo de American Gods es el punto de partida de un complejo juego en el que los intereses y los conflictos se contraponen unos con otros. La belleza formal de su propuesta, la profundidad de sus personajes y de sus arcos dramáticos, y el toque de humor característico de Gaiman (la escena con todos los Jesús provocados por las ramificaciones de la religión católica es tan hilarante como cierta) componen ocho episodios no solo recomendables, sino sumamente interesantes para todo aquel aficionado a la historia, a los mitos clásicos y, sobre todo, al contraste que generan con una sociedad de consumo como la actual. Fuller y Green componen una sinfonía en la que cada paso del viaje, cada dios o ser mitológico que aparece, queda representado por una nota característica que enriquece el conjunto hasta dotarlo de una vida única, propia y diferente a lo visto habitualmente en televisión.

1ª T. de ‘Castle Rock’, idónea carta de presentación del universo King


Stephen King es el maestro del terror, de eso no cabe la más mínima duda. Pero el autor de novelas como ‘El Resplandor’, ‘Carrie’ o ‘It’ es mucho más. De hecho, quien haya leído alguno de sus libros puede que haya percibido dos constantes muy claras (amén de otros muchos elementos, por supuesto). Por un lado, el manejo de pasado y presente en sus historias; por otro, que el desarrollo no responde tanto al terror puro y duro como a la intriga, gracias al juego que realiza con las diferentes tramas y los elementos de suspense que siempre están presentes. Y todo ello está presente en la primera temporada de Castle Rock, un alarde narrativo sencillamente espléndido ambientado en el universo King que, al igual que las novelas, juega al despiste con el espectador para terminar por revelarle algo mucho más interesante y complejo de lo que podría imaginar en un principio.

Y todo ello en apenas 10 episodios. Sus creadores, Sam Shaw y Dustin Thomason, autores de la serie Manhattan, parten de un acontecimiento tan concreto como un suicidio para hilvanar todo un complejo mundo en el que el caos, la violencia y la locura parecen entremezclarse solo para arrojar luz sobre un fenómeno aún más enriquecedor. En este sentido, la trama crece, y de qué modo, a lo largo de cada capítulo, incluso en aquellos en los que todo parece derivar en un absurdo o en los que se narran acontecimientos aparentemente independientes de todo el arco argumental. Pero no, al igual que cualquier novela de King, cada acontecimiento tiene un motivo, cada suceso está relacionado con el resto, y cada personaje tiene su motivación. Y por supuesto, algunas referencias a personajes y acontecimientos de sus obras, lo que hará las delicias de los fans.

De ahí que esta primera temporada de Castle Rock sea puro Stephen King sin necesidad de adaptar una novela. De hecho, captura su esencia bastante mejor que muchas de las películas o series que sobre su obra se han hecho a lo largo de los años. Y en esto tiene mucho que ver esa idea de utilizar el terror más como un concepto que sobrevuela la trama que como algo tangible (aunque tiene sus momentos). En su lugar, estos capítulos exploran temas tan interesantes como la locura, la incomprensión de la mente de acontecimientos nunca antes vistos, o los equilibrios existentes entre nuestro mundo y otras realidades. Todo ello, por supuesto, sustentado no solo en una trama más que notable, sino en un reparto en estado de gracia capaz de enriquecer sus personajes con unos matices que ofrecen al espectador, en algunas ocasiones, pistas sobre lo que está ocurriendo. Aunque, al igual que a los protagonistas, nos costará comprenderlo un poco al principio.

Porque, en efecto, esta serie es un auténtico rompecabezas en el que el espectador se sumerge primero para nadar a contracorriente y luego para dejarse llevar por el desarrollo. Y en ese cambio de postura frente a la ficción tienen mucho que ver los actores, como mencionaba antes. Fundamentalmente André Holland (Moonlight), Bill Skarsgård (It) y Sissy Spacek (Criadas y señoras). Los dos primeros porque establecen un duelo interpretativo profundo, primero como un abogado que lucha por un cliente y, más adelante, como las dos caras de una misma moneda, uno sin comprender lo ocurrido y otro instando a la acción. Y la tercera porque se convierte en eje fundamental de buena parte del relato. Es el anclaje para los diferentes espacios temporales y las diferentes realidades que se dan cita en la trama. En cierto modo, Spacek asume como propio el papel que en la ficción juegan las piezas de ajedrez, aportando mayor dramatismo si cabe a la condición particular de su rol y a la intriga del conjunto.

Henry Matthew Deaver

Pero evidentemente, el peso de la historia recae en los cuatro hombros de los dos protagonistas. Lo más interesante de esta primera temporada de Castle Rock es la evolución que viven ambos roles, sobre todo el de Holland. Lo que comienza siendo un misterio con tintes casi satánicos termina convirtiéndose en una reflexión sobre los mundos paralelos, las realidades alternativas y cómo eso genera unos efectos devastadores en la realidad en que nos encontremos. Curiosamente, todo comienza con el nombre que los dos protagonistas comparten, Henry Matthew Deaver, y con el modo en que los personajes secundarios afrontan, desde la ignorancia, lo que ocurre con el personaje de Skarsgård, ya sea con el suicidio inicial o las numerosas situaciones de caos y violencia que desata el desequilibrio entre universos.

Porque bajo la premisa de una obra de ciencia ficción con dosis de terror, lo que la trama esconde es una interesante reflexión acerca de los efectos y las consecuencias de modificar el equilibrio que existe en el universo (lo que, a su vez, se puede extrapolar a nuestro día a día) cuando se introduce un elemento externo que no tiene cabida en una realidad ya conformada. A lo largo de sus episodios esta etapa inicial plantea una serie de interrogantes que, aunque inicialmente pueden no tener nada que ver con la trama principal, terminan adquiriendo sentido cuando se resuelve dicha incógnita central. Dicho de otro modo, la ficción presenta numerosas ramificaciones, líneas argumentales secundarias y secuencias aparentemente inconexas que terminan por confluir en una línea argumental conjunta y global, desvelando al espectador el verdadero mapa dramático al que está asistiendo.

Esto, como ocurre con muchas historias de Stephen King, tiene un problema, y es que en no pocas ocasiones la trama se desvía demasiado de su objetivo principal. Y al ser una historia narrada en capítulos se corre el riesgo, como de hecho ocurre en alguna que otra ocasión, de que el espectador pierda el hilo de lo que se estaba contando o, lo que es más grave, el interés en una historia ciertamente original. Posiblemente este sea el mayor hándicap de la producción: su planteamiento narrativo resulta muchas veces rupturista, algo quebradizo. Es cierto que esto ayuda a crear un universo inclusivo, fascinante y rico dramáticamente hablando, pero también impide seguir el ritmo del arco dramático principal, obligando a prestar atención durante demasiado tiempo a situaciones y personajes secundarios que aportan poco o nada al conjunto, salvo tal vez asentar la conclusión final más de lo que ya estaría sin esas breves tramas secundarias.

Pero si el espectador queda atrapado en la red de Castle Rock la realidad es que se sumergirá en un universo apasionante, visualmente poderoso y dramáticamente inesperado. Terror, fantasía y drama se dan la mano en una historia que es puro Stephen King aunque no se base en ninguna novela ni relato concreto. El modo en que sus creadores utilizan los tiempos narrativos y dosifican la información para dirigir la historia por donde desean en todo momento es digno de estudio. Y si a todo ello sumamos un reparto excepcional, lo que nos encontramos es con una historia diferente, fresca, intrigante y capaz de demostrar que en televisión todavía queda margen para la originalidad y, sobre todo, que es posible enriquecer el universo de un escritor que lleva décadas perfeccionándolo y desgranándolo.

‘The Terror’, una tripulación en el hielo como reflejo de la sociedad


Hay veces que la realidad supera la ficción, pero otras sirve más de inspiración para crear un relato que, aun siendo ficticio al menos en una parte, engrandece la historia original. Pero lo que ocurre con The Terror es algo completamente diferente. La historia real en la que se basa supera con creces los elementos fantásticos que nutren el relato y le otorgan un toque más angustioso del que ya tiene de por sí. A lo largo de los 10 episodios de esta primera temporada (una vez confirmada una segunda que convierte esta producción en una de antología), la serie creada por David Kajganich (Cegados por el sol) se revela como una odisea mortal ante la que ninguno de los marineros a bordo de los barcos The Terror y Erebus estaba preparado.

Dos barcos británicos que, como relata la trama, buscaban el paso del noroeste a través del Ártico. Su travesía se vio interrumpida por el hielo, que bloqueó los barcos durante años y obligó a la tripulación a enfrentarse con el hambre, la enfermedad, la locura y un ser que fue asesinándoles uno por uno. Resumido así, la historia se revela como un drama de supervivencia con dos contrastes claramente definidos. Por un lado, la corrección británica que lleva a los protagonistas a seguir la escala de mando y a mantener una compostura inusitadamente tranquila. Por otro, el salvaje entorno que empuja a los personajes a situaciones extremas. Ese contraste, amén de otros muchos elementos, es lo que realmente subyace en el fondo de esta serie.

O mejor dicho, The Terror se puede entender como un reflejo de la decadencia de la sociedad. Con un diseño de producción sencillamente impecable, el arco dramático reparte las diferentes fases de la trama de forma casi matemática a lo largo de sus capítulos, planteando inicialmente la travesía como una expedición aventurera, desarrollando un nudo dramático en forma de situación insuperable y amenaza mortal, y terminando por mostrar la desaparición de una sociedad en la que solo es capaz de sobrevivir aquel que ha abierto su mente más allá de los límites que marca su propia sociedad. En este sentido, esta obra se revela como una producción mucho más compleja que la mera angustia por la supervivencia, dotando al conjunto de una entidad que va más allá de lo visto a simple vista en pantalla.

Y eso que lo puramente visual es ya de por sí sobresaliente. Todos los elementos de la serie, desde su puesta en escena a sus actores, pasando por vestuario o efectos especiales, son espléndidos, y ante todo están al servicio de un relato que explora las complejas relaciones humanas en un entorno tan hostil como el que acoge esta historia. Aunque solo se vea la historia de supervivencia en esta obra con tantos niveles interpretativos, es tan sólida, tan contundente, que es capaz de sostener la serie sin ningún problema. El mejor ejemplo radica en los altos mandos de ambas embarcaciones. El modo en que evoluciona la relación entre ellos, se modifican las motivaciones y se afronta un destino aciago merecería todo un estudio en forma de libro.

¿Realidad o ficción?

Esta primera temporada de The Terror juega además con la idea de qué es realidad y qué es ficción. Qué se basa en hechos que realmente ocurrieron y qué tiene una base completamente inventada. Y digo que juega con la idea porque, más allá de elementos claramente distinguibles (esa especie de oso demoníaco, por ejemplo), lo cierto es que el guión de estos 10 episodios se construye sobre sólidas bases dramáticas amparadas en un realismo no solo creíble, sino completamente coherente. Y es que la idea anteriormente mencionada de una sociedad ante un entorno extremo adquiere su máxima expresión en este contexto de realismo.

En efecto, todo el relato se construye sobre los pilares de la cadena de mando, sobre unos capitanes que dirigen y unos marineros que obedecen. Y lo más curioso es comprobar cómo eso se mantiene en todas las situaciones que se suceden a lo largo del relato, ya sea un motín o los intentos de supervivencia en una tierra hostil en la que muchos se muestran convencidos de estar caminando hacia su muerte. Ese contraste entre la obediencia y el miedo, entre el orden y el instinto de supervivencia, es la base para un conflicto que va más allá de los amotinados o de la lucha contra enemigos aparentemente invencibles. Un conflicto que, en realidad, aborda la naturaleza humana dentro y fuera de la sociedad, y lo que el hombre está dispuesto a hacer para sobrevivir. La consecuencia más palpable de esto son algunas explícitas escenas que no dejan indiferente a nadie.

Y no puedo terminar este análisis sin hacer mención expresa al reparto, sencillamente espléndido en todos los aspectos. No hace falta decir que actores principales como Jared Harris (serie The crown), Tobias Menzies (serie Juego de tronos), Paul Ready (serie Utopía) o Ciarán Hinds (Gorrión rojo) echan sobre sus hombros el grueso de la historia, pero del mismo modo lo hacen los secundarios, en especial Adam Nagaitis (El hombre del corazón de hierro), quien es capaz de potenciar los aspectos más sádicos y tétricos de su personaje hasta convertirlo en una de las revelaciones de la serie. Su labor, unida a una construcción de personajes compleja, marcada por los matices y, sobre todo, por el pasado común que muchos de ellos tienen y que lastra en cierto modo las relaciones narradas en la trama, convierte a estos marineros en un interés añadido a la ya de por sí hipnótica aventura.

Dicho de otro modo, los conflictos planteados en The Terror, tanto internos como externos, tienen la entidad suficiente como para ser autónomos al contexto en el que se encuentran los personajes. Ello es gracias a una labor de definición de personajes sobresaliente. Su integración en esta odisea de hielo, muerte y angustia logra un doble efecto. Por un lado, acentuar la fuerza dramática de un entorno tan hostil como bello en el que todo parece susceptible de convertirse en una trampa mortal. Por otro, acrecienta el carácter de todos y cada uno de los personajes, que evolucionan ante los acontecimientos sacando lo que realmente son en su interior. Al final, esta primera temporada se convierte en la brillante producción que es gracias a que todos sus elementos funcionan por sí solos y son capaces de interactuar entre ellos para engrandecer su dimensión y, en consecuencia, hacer que la obra crezca con cada minuto que pasa. Imprescindible.

‘Tin Star’ explora la delgada línea entre policía y criminal en su 1ª T.


Al igual que ocurre con el cine, existen series menores que, aunque no posean la profundidad dramática o la factura narrativa de los grandes títulos, son capaces de ofrecer algo original, algo, por lo menos, alejado de la fórmula clásica del éxito. Es, por ejemplo, el caso de Tin Star, ficción escrita por Rowan Joffe (28 semanas después) que, aunque con un comienzo titubeante y un desarrollo algo inconexo, concluye su primera temporada de 10 episodios con un gancho que abre la puerta a unas posibilidades narrativas amplias y cargadas de matices dramáticos. Eso sí, siempre y cuando sea capaz de superar varios e importantes problemas que presenta.

La trama arranca con una familia huyendo de madrugada de su casa. Poco tiempo después, un enmascarado dispara con la intención de matar al padre, sheriff del pueblo y exalcohólico, pero termina matando al hijo pequeño. La historia da un salto temporal para narrar cómo esa familia llegó a esa localidad casi al mismo tiempo que una importante compañía industrial que promete trabajo a los habitantes de la localidad. Empiezan entonces a sucederse varios crímenes, entre ellos el del hijo del policía, que parecen apuntar a la empresa. A medida que avance la investigación para encontrar al culpable de la muerte de su hijo, el jefe de policía volverá a caer en viejos hábitos y tendrá que ajustar cuentas con su pasado.

Posiblemente lo que más destaque de Tin Star sea su reparto. Con un soberbio Tim Roth (Los odiosos ocho) a la cabeza, los intérpretes adoptan no solo sus respectivos roles, sino que los dotan de una complejidad dramática lo suficientemente sólida para no caer en el ridículo. Porque, y no es incompatible una cosa con la otra, buena parte de los problemas de la serie son las relaciones de algunos personajes y, sobre todo, su forma de afrontar las revelaciones y los giros argumentales de la trama. De ahí que la labor de los actores sea, en muchas ocasiones, fundamental. La culpabilidad del personaje de Roth, el modo en que se aleja de su familia para hacer lo que tiene que hacer y la violencia creciente que utiliza en su búsqueda de venganza es sin duda el motor de la trama, pero junto a ello se desarrollan varias historias secundarias que ayudan a crear un contexto dramático interesante, aunque como ya he dicho, sumamente irregular.

El caso más evidente puede que sea el de Christina Hendricks (serie Mad Men), cuyo rol parece el más desaprovechado, posiblemente porque la historia de la compañía con oscuras intenciones queda en un segundo plano ante la fuerza del protagonista y de su antagonista. En efecto, el juego entre los personajes de Roth y Oliver Coopersmith (serie Dickensian) es sin duda lo mejor de esta primera temporada, principalmente porque su enfrentamiento evoluciona desde una mera animadversión hasta un conflicto con raíces dramáticas tan antiguas como arraigadas. Esto permite a la ficción crecer en intensidad emocional, pero también introducir diferentes aspectos y elementos a su alrededor que permiten plantear, durante el desarrollo dramático, las bases para elaborar la verdadera idea de la serie: la delgada línea entre el bien y el mal, entre un policía y un criminal.

Daños colaterales

El principal problema, y la principal virtud, es que con esta apuesta por una trama principal tan potente el resto de elementos de Tin Star quedan eclipsados. Problema porque se intuyen historias secundarias y personajes cuanto menos interesantes para contar con un desarrollo mínimo. Virtud porque se centra en explorar esa especie de doble faceta del protagonista, que personifica ese reflejo entre policía y criminal, dos roles que en este caso solo están separados por esa estrella de hojalata a la que hace referencia el nombre de la serie. Y relacionado con ello, como mencionaba, encontramos el rol de Coopersmith, capaz de aportar intriga y complejidad dramática a la trama; al menos la suficiente como para ahondar en esa espiral de violencia y alcohol en la que se sume el personaje de Roth. De inicial novio de la hija, correcto y educado, a ser un personaje con muchas sombras para terminar generando un desenlace con tantos daños colaterales que es difícil de cuantificar. En realidad, y puede que eso sea lo más atractivo del personaje, es la viva imagen del suspense según lo definía Hitchcock, pero también de la sorpresa, algo que lo convierte en motor dramático en el tercio final de la serie.

Dejando a un lado a estos dos personajes, y hablando de daños colaterales, esta primera temporada pierde fuelle siempre que dirige su atención a elementos que nada tienen que ver con esta historia principal. Ya he mencionado todo lo que rodea a la historia y los personajes de la industria que se instala en el pueblo. En este caso, sin embargo, su falta de peso radica en que esta trama secundaria, aunque comienza estando relacionada con la principal en cierto sentido, pronto se desvía para tratar de caminar sola… y termina tropezando, pese a los vanos intentos de unirla, aunque sea de forma casi anecdótica, con los personajes principales. La falta de interés que genera la historia protagonizada por el personaje de Hendricks (que esperemos tenga más importancia en la segunda temporada) hace que las secuencias que protagoniza tengan cada vez menos relevancia, lo que deriva en una desconexión y algo de irregularidad en el ritmo de la serie.

Pero no es el único caso. La presencia de secundarios que aportan más bien poco, por no decir nada, es más bien alta. El caso más evidente es el del personaje interpretado por Ryan Kennedy (serie Defiance), un joven policía con valores y principios que choca con un jefe que se toma la justicia por su mano. Aunque en un principio pueda resultar atractiva la premisa de este conflicto secundario, el tratamiento y el modo en que se desarrolla es más bien inocuo, sin generar realmente ningún giro dramático interesante, convirtiendo este rol en una caricatura de lo que podría ser, y dejándolo solamente como una especie de pardillo que no es capaz de ver lo que ocurre a su alrededor. A él se suman toda una serie de roles que, en efecto, ayudan a crear el contexto de la trama, pero que no tienen más recorrido que el necesario para, en un momento dado, hacer avanzar la acción en uno u otro sentido. Este constante goteo de secundarios sin demasiado que aportar termina por robar espacio dramático a lo realmente interesante, desviando así la atención y rompiendo el ritmo de una trama principal que va in crescendo de forma notable.

Dicho todo esto, Tin Star se convierte en su primera temporada en una producción que ofrece muchos elementos interesantes y, sobre todo, diferentes a lo que se suele ver en la pequeña pantalla. Una ficción que camina constantemente entre los dos lados de la ley para terminar dejando sobre la mesa la idea de que la línea entre el criminal y el policía se difumina cuando todo adquiere un carácter personal. Elementos interesantes, sí, pero también muchos aspectos que lastran el correcto funcionamiento de esta trama. Rowan Joffe apuesta, sin demasiado éxito, por crear todo un universo de historias secundarias que, al final, terminan por ser un impedimento para desarrollar lo verdaderamente importante e interesante. Existe potencial, y mucho, sobre todo en un reparto espléndido y en algunos personajes tan complejos como atractivos, pero la serie necesita desprenderse de elementos superfluos. Algunos es evidente que terminarán por desaparecer; otros, como la historia protagonizada por Hendricks, deberían integrarse más para no perder relevancia.

1ª T. de ‘El cuento de la criada’, una colorida distopía gris


Ha sido sin lugar a dudas una de las series de este año 2017. Y méritos no le faltan. The Handmaid’s Tale, o El cuento de la criada en español, la adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Margaret Atwood, es un interesante trabajo visual, interpretativo y conceptual, de obligado visionado tanto para estudiantes del lenguaje audiovisual como para aquellos que quieran entender, aunque sea mínimamente, cuáles pueden ser los sentimientos de la mujer en una sociedad dominada por los hombres. Y aunque es evidente que esta distopía no deja de reflejar una situación llevada al extremo, este tipo de historias siempre suelen reflejar aspectos de la sociedad actual, lo que añade un elementos realmente inquietante a la trama de esta primera temporada de 10 episodios creada por Bruce Miller (serie Los 100).

Una trama que comienza cuando una mujer es capturada para convertirse en criada de un matrimonio. Lo que comienza siendo un acto atroz pronto se desvela simplemente como el comienzo de algo más brutal. Y es que en un futuro la Humanidad se ha vuelto estéril, y solo un grupo de mujeres son fértiles. En este contexto, la sociedad norteamericana ha sido tomada, en su mayoría, por una autocracia religiosa que somete a las mujeres a diferentes tareas; la de las criadas contempla, entre otras cosas, la de tener hijos para los líderes de la comunidad, que una vez al mes las violan bajo la excusa de realizar un rito contenido en las escrituras. La serie se centra en la historia de una de estas criadas.

Si el argumento de The Handmaid’s Tale ya es de por sí sumamente interesante, lo más llamativo, y al mismo tiempo más sutil, es el tratamiento visual de esta sociedad. Basado en un código de colores, el lenguaje visual utilizado explota al máximo las posibilidades expresivas de dicho código. Planos cenitales que muestran cómo el rojo de las criadas se mueve en bloque; movimientos de cámara que combinan rojo, verde, gris y negro de un modo casi armónico; y así sucesivamente. Sin embargo, lo más llamativo es que toda esta gama cromática se muestra ante el espectador de un modo apagado, sin el brillo que cabría esperar y siempre con una tonalidad gris en el ambiente, cuando no directamente oscura. Este contraste de colores vivos con la frialdad y la tristeza que transmiten los tonos grises viene a reflejar, en última instancia, el contraste interno de una sociedad presuntamente ordenada en la que las mujeres son sometidas, en la que la apariencia de felicidad y tranquilidad esconde una verdad mucho más atroz. En definitiva, el contraste que esconde una distopía.

La combinación de la apuesta visual con el contenido dramático de esta primera temporada conforma un todo extraordinario. Y es que más allá de la fuerza narrativa, el trasfondo de la serie es sin duda uno de los elementos más perturbadores de la pequeña pantalla. No me refiero tanto al diseño de la sociedad en sí; ni siquiera a la influencia religiosa o a determinados momentos de la trama, como aquellos en los que se planean los atentados terroristas que dieron lugar a esa nueva sociedad. No, lo perturbador es cómo todo ello no deja de ser una excusa para someter a las mujeres, para violarlas y utilizarlas como complace a los hombres, algunas para tener hijos, otras para ser sus cocineras, sus siervas o sus esclavas. Escenarios como el burdel al que solo tienen acceso los hombres y, sobre todo, el modo en que se va descomponiendo la careta de perfección de muchos personajes son sin duda los mayores hallazgos del relato.

Actrices y actores ante todo

Claro que todo ello no sería lo mismo sin un reparto en estado de gracia. Sobre todo de unos secundarios que sostienen, en buena medida, todo el contexto político, social y religioso que convierte a The Handmaid’s Tale en lo que es. Curiosamente, tanto Elisabeth Moss (serie Mad Men) como Joseph Fiennes (Hércules) resultan los menos atractivos del conjunto, al menos analizados de forma separada. Ella se convierte en el vehículo narrativo para exponer el mundo en el que vive, mientras que él representa, con todos sus matices, los contrastes de esa sociedad distópica, que se muestra de un modo pero que, de puertas adentro, es de otro totalmente diferente. Sin embargo, los momentos que ambos comparten juntos se convierten en los más reveladores del relato, evidenciando que ambos roles se necesitan el uno al otro no solo para crecer dramáticamente, sino para establecer la dinámica que necesita la serie.

Asimismo, es importante señalar el uso de la narrativa paralela que se establece con la voz en off del personaje de Moss. A través de esta especie de proyección de sus pensamientos sobre los acontecimientos que vive el espectador se adentra no solo en su personalidad, sino en el corazón de una sociedad corrupta, lo que ayuda a comprender mejor la dinámica de clases y la hipocresía de los líderes.

Mencionaba antes a los secundarios. En verdad, todos ellos son capaces de componer, por un lado, un mosaico clasista bajo un código de colores que enriquece la ya de por sí interesante historia del personaje de Moss. Pero es que, además, cada uno de forma individual define maravillosamente el estamento al que pertenece y los contrastes que en él se producen a medida que avanza la trama. Desde Yvonne Strahovski (serie Dexter) hasta Max Minghella (Ágora), todos los personajes son un reflejo de los debates morales y éticos que provoca la doble vara de medir de una sociedad creada solo para el dominio del hombre sobre la mujer. En este sentido, resulta especialmente destacable la labor de Madeline Brewer (serie Orange is the new black), cuyo rol como criada llevado a sus últimas consecuencias se puede considerar el detonante de un futuro apasionante para esta serie. La evolución de este rol es cuanto menos aplaudible, y desde luego es un modelo en el que fijarse para crear y hacer evolucionar un personaje.

No cabe duda de que The Handmaid’s Tale es una de las series del año, y si se mantiene el tono dramático y visual de esta primera temporada, terminará siendo una de las producciones más complejas e interesantes de los últimos años. Todo indica que así va a ser, pues el final de estos primeros 10 capítulos deja abiertas las líneas argumentales necesarias para desarrollar lo que cabe esperar de una historia como esta, es decir, profundizar más en las miserias y corruptelas de un sistema social y político aparentemente perfecto, y desarrollar la rebelión de estas criadas que una vez al mes son violadas para intentar dejarlas embarazadas. Una serie con muchas capas, a cada cual más compleja, que crean una historia capaz de atrapar al espectador en un mundo tan increíble como plausible.

Un personaje, dos historias en la primera temporada de ‘The Son’


La serie que ahora nos ocupa, The Son, es posiblemente el caso más evidente en los últimos años de una producción dual, de una historia diferenciada en dos partes claras que, para colmo, generan un interés diferente y provocan, en definitiva, casi dos historias independientes unidas por un nexo en forma de protagonista. La primera temporada de esta adaptación de la novela de Philipp Meyer, realizada a cuatro manos por Brian McGreevy y Lee Shipman (serie Hemlock Grove), se convierte así en una producción compleja, en algunos momentos irregular pero con un potencial prometedor gracias, fundamentalmente, a ese atractivo personaje que es Eli McCullough.

Para aquellos que no hayan visto estos primeros 10 episodios, la trama se mueve a caballo entre la madurez y la adolescencia de un personaje marcado por la muerte de su familia a manos de los indios, que le secuestran primero como esclavo y que le aceptan luego como uno de los suyos. Décadas después, a comienzos del siglo XX, este joven convertido en un exitoso hombre de negocios busca agrandar su fortuna y la de su familia con el petróleo al sur de Texas, todo ello con una escalada de enfrentamientos con México como telón de fondo. Con este argumento como base, la trama se construye con constantes saltos de una época a otra que pretenden, al menos en teoría, buscar un paralelismo y una explicación a las decisiones y acciones del protagonista. Y curiosamente, la parte más interesante suele ser la de su adolescencia, que en principio está tratada como un mero apoyo dramático y narrativo.

Posiblemente se deba al hecho de que esa historia de la adolescencia de este personaje cuenta con muchos más aspectos dramáticos y conflictivos que la parte en la que es adulto, donde es interpretado por Pierce Brosnan (Mejor otro día). En efecto, el calvario que sufre el joven en esta primera temporada de The Son, primero como esclavo al que maltratan y luego como un miembro más de la tribu que no es aceptado por todos, le convierte casi sin querer en el foco de toda la atención del espectador. Y si a esto sumamos el proceso de integración que vive y las consecuencias dramáticas que eso conlleva, entre ellas enfrentarse a los que, en principio, son de su raza, lo que obtenemos es un relato complejo, cargado de matices emocionales y con múltiples lecturas que se enriquecen con los actos de la otra trama que sostiene a la serie.

Curiosamente debería de ser al revés. La trama en la que el protagonista es adulto, en principio, aprovecha los acontecimientos de su etapa adolescente para que el espectador entienda mejor sus motivaciones, sus miedos y sus reacciones. Y hasta cierto punto, así es. Con todo, el proceso inverso adquiere un mayor interés, es decir, la historia termina por generar una mayor interés en lo que ocurre en el pasado, que es complementado con los actos del presente. En este proceso de cambio que se da a lo largo de la primera temporada también influyen, y mucho, los secundarios que se dan cita en cada rama del argumento. Son mucho más atractivos, más profundos desde un punto de vista dramático, los miembros de la tribu, destacando los personajes de Zahn McClarnon (serie Fargo) y Elizabeth Frances (Ghost forest), que los roles que acompañan a Brosnan.

La locura del petróleo

Todo esto no quiere decir que la historia protagonizada por Pierce Brosnan no sea capaz de ofrecer nada en esta primera temporada de The Son. Al contrario, podría entenderse como un reflejo de las tensiones sociales, políticas y culturales que convivían en una época convulsa marcada por la locura del petróleo y la riqueza. Es más, el modo en que los guionistas funden los diferentes aspectos en esta parte de la trama resulta notable, toda vez que logran una progresión orgánica de la trama que explota al máximo las posibilidades dramáticas que establecen todos los secundarios que aparecen. De la lucha por el poder al juego político y judicial para robar tierras; de la guerra por intereses personales a los amores prohibidos y el racismo. La trama, en este sentido, crece a medida que las verdaderas intenciones de muchos personajes van saliendo a la luz, y eso es algo a destacar.

El problema de esta parte de los 10 capítulos es que los secundarios no quedan bien definidos, o al menos no al mismo nivel que la intensidad de la trama. Por ejemplo, los hijos del protagonista parecen dibujados con línea gruesa, tendiendo a convertirlos en arquetipos cuyas decisiones y reacciones a los acontecimientos se antojan previsibles. Algo parecido ocurre con la familia amiga/enemiga encabezada por Carlos Bardem (Assassin’s Creed). Su presencia en la trama es irregular, adquiriendo relevancia en algunos momentos y quedando casi relegada a un mero elemento ornamental de fondo en otras. El hecho de que ande entre dos tierras dramáticamente hablando tampoco termina de ayudar a mostrar claramente la postura de cada uno de los personajes que integran este clan familiar, aunque es justo reconocer que logra el objetivo final de mostrar al personaje de Brosnan como un ambicioso hombre para quien los amigos significan más bien poco.

Y he aquí el meollo de esta serie. Hasta ahora he hablado de estas dos historias como algo independiente, y hasta cierto punto lo son ante la diferente definición del protagonista en sus años de adolescente y en sus años de adulto. Pero la magia de esta ficción radica en el camino que ha convertido a uno en otro, en aquellas vivencias y decisiones que le han llevado hasta donde está, tanto física como psicológicamente. Y es un viaje sumamente interesante. En esta primera temporada ya pueden intuirse algunos matices, algunas ideas que traspasan ambos arcos argumentales. La mayor evidencia es la secuencia en la que Brosnan ve a su ‘yo’ adolescente, un momento en el que, más allá de las connotaciones románticas que pueda tener, se aprecian ciertos reproches velados de su pasado ante las decisiones que ha tomado en su vida. Hay algo más que deberá ser explorado en sucesivas temporadas, y no hay nada más intrigante que conocer la historia de un personaje con tantos claroscuros.

En cierto modo, se puede decir que esta primera temporada de The Son es una presentación de algo mucho mayor. Una presentación algo inconexa en algunos momentos, con dos grandes líneas argumentales que discurren de forma paralela con diversas conexiones entre ellas. Esto puede llevar al espectador a elegir centrar su atención en una antes que en otra (personalmente, en la de juventud), pero es algo que debe intentar evitarse. Porque la serie ofrece bajo esta capa algo más, algo complejo y llamado a captar la atención si es que se aborda con sensatez. Por lo pronto, esta ficción promete un intenso drama que relata una época de la Historia compleja y marcada por la ambición y la guerra. La principal asignatura pendiente es un mejor tratamiento de los secundarios, sobre todo en la época de adulto. Pero eso es algo para lo que todavía hay tiempo.

’13 reasons why’, estructura dramática ejemplar contra el bullying


Ha sido una de las series más comentadas y polémicas de los últimos meses, por lo que me imagino que hablar sobre 13 reasons why a estas alturas puede aportar poco. Pero como intento hacer siempre desde este rincón de internet, voy a analizar esta adaptación de la novela de Jay Asher realizada por Brian Yorkey desde un punto de vista puramente cinematográfico y narrativo. Y bajo esta premisa, lo primero que habría que decir de esta temporada inicial de 13 episodios es que posee una estructura argumental digna de estudio, aprovechando los puntos de giro más interesantes para romper con una trayectoria lineal y evitando además el principal escollo de una historia como esta: conocer el final antes incluso de saber de qué va exactamente la historia.

De hecho, la estructura es tan exacta que se pueden diferenciar los episodios en función del arco argumental. Así, los primeros compases, cuando se realiza la presentación de personajes y el planteamiento de esta historia de acoso escolar, abusos sexuales y un dramático suicidio, pueden parecer algo inconexos, incluso repetitivos en su tratamiento, con un protagonista escuchando las cintas dejadas por la chica de la que estaba enamorada y comprendiendo todo el daño que le hicieron los que en ellas aparecen. Sin embargo, el grueso de la temporada, lo que vendría a ser un segundo acto, aborda algo mucho más interesante, relegando las cintas casi a un segundo plano. Durante este tramo del desarrollo dramático la historia se centra en el personaje de Dylan Minnette (No respires) de un modo absoluto. No quiere esto decir que hasta ese momento no fuera el protagonista, sino más bien que a partir de este momento algo cambia en la perspectiva de la historia.

Y lo que cambia es, precisamente, que el joven deja de ser un mero espectador que amenaza una suerte de pacto de silencio entre los responsables de conducir a la muerte a la chica interpretada por Katherine Langford. Esta transformación provoca una doble consecuencia. Por un lado, el ritmo de 13 reasons why cambia por completo, desvelando poco a poco el misterio que rodea no solo a la joven protagonista, sino a los que aparecen en las cintas, desvelando en última instancia un acto repulsivo que involucra a una de las compañeras de ese personaje ya icónico de la televisión que es Hannah Baker. Pero por otro, rompe el modo de presentar la historia. Las cintas, punto de partida original donde los haya, pierden presencia en pantalla para que la trama pueda ahondar en la psicología de los personajes principales y el modo en que el suicidio y las cassettes impactan en las relaciones familiares y sociales de este pequeño universo.

Por supuesto, en ningún momento esas cintas desaparecen. De hecho, de un modo u otro siguen formando parte de la trama, como es lógico, pero mientras buena parte de la acción de los primeros episodios pivota sobre ellas, en los siguientes se convierten más en un complemento, en un trasfondo dramático necesario e imprescindible para comprender los acontecimientos. De hecho, la imagen de Minnette con los auriculares puestos se sustituye en muchas ocasiones por esa fusión entre pasado y presente realizada en los espacios que la joven menciona en sus audios, lo cual no deja de ser uno de los recursos más sencillos e interesantes de esta primera temporada. Una primera temporada que, en efecto, posee una estructura dramática ejemplar, pero que alcanza su máximo esplendor en su recta final, lo que vendría a ser el tercer acto de este drama.

Un futuro incierto

En efecto, toda la temporada está planteada para enganchar al espectador en una red en cuyo centro se halla la pregunta relacionada con la decisión que tomará el protagonista. A lo largo de todos los episodios el espectador asiste a la evolución del personaje de Minnette a través de las cintas, de su propia culpabilidad (en el que posiblemente sea el mejor episodio de toda la serie) y de la sensación de rabia, impotencia e injusticia que se desarrolla en la trama. Todo ello crea un combinado indescriptible en los últimos episodios, destacando un final que no solo crea uno de los ganchos más impactantes de la televisión, sino que deja una incómoda sensación en el aire, abriendo las puertas a un futuro incierto en muchos aspectos.

Volviendo a la estructura dramática de 13 reasons why, es importante señalar también el modo en que se plantean los numerosos puntos de giro a lo largo de esta primera temporada. Quiero pensar que para aquellos que hayan leído la novela el desarrollo haya sido el previsto, pero como trama audiovisual hay que destacar su capacidad para modificar el recorrido establecido con auténticos impactos dramáticos. Si la historia comienza con el suicidio y las cintas grabadas por la joven, pronto se desvelan una serie de datos que modifican para siempre el contenido de esta grabaciones. Y cuando dicha información parece atascarse, se revelan diversos secretos que ahondan en el dramatismo del conjunto, reinterpretando hechos ya conocidos o desvelando otros que cambian por completo el sentido de la trama. Por supuesto, y esto es algo a tener en cuenta, todo esto desmorona el mundo presentado en el primer episodio, generando consecuencias en todos y cada uno de los personajes hasta un final de temporada sumamente dramático. Es algo lógico en realidad, pero que no siempre ocurre en un guión.

Con todo, hay algo en esta temporada que amenaza al futuro de la serie, y es precisamente la incuestionable calidad dramática de esta producción. Más allá de su importancia social, del impacto que puede tener entre la juventud o de que refleje una problemática que se registra todos los años en los centros educativos, la solidez de su desarrollo, unido a elementos tan determinantes como las cintas de audio y los secretos que desvelan, generan una dinámica única que, a tenor del final de temporada, no parece probable que se pueda mantener en la segunda etapa. Esto obliga a la serie a evolucionar mientras intenta mantener algo de la esencia que la ha definido hasta ahora. Y no será fácil. La historia de la televisión está plagada de producciones con un inicio impactante por su premisa inicial que, o bien se han perdido tratando de evolucionar hacia otra cosa, o bien se han convertido en eventos repetitivos que cada temporada ofrecen si no lo mismo, sí algo muy parecido.

La verdad es que personalmente espero que no sea así. 13 reasons why tiene, valga la redundancia, muchas razones para convertirse en una serie fundamental de la televisión. Para los amantes del drama y el suspense, es una de las obras más completas e interesantes del panorama actual, capaz de sobreponerse a un inicio que puede parecer dubitativo para convertirse en una obra compleja que logra definir a sus personajes de forma más o menos objetiva a través del relato de una fallecida (el más claro ejemplo es el protagonista y su sentimiento de culpa ante lo que, en teoría, le ha hecho a la chica que quiere). Pero dado el tema que aborda, la serie de Brian Yorkey es un testimonio contra un problema muy actual, tratado de una forma adulta, sensible y sumamente trágica que no puede dejar indiferente a nadie. En resumen, una serie que trasciende su propia naturaleza como producto de entretenimiento.

Diccineario

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