‘Sleepy Hollow’ afronta un futuro incierto en una 3ª T. de transición


Tom Mison y Nicole Beharie continúan su lucha en la tercera temporada de 'Sleepy Hollow'.Cuando una serie pierde su objetivo, cuando su desarrollo, aunque coherente, parece no seguir una dirección concreta, se nota. Y se nota en una película, en una serie de televisión y, en general, en cualquier narrativa. El caso de Sleepy Hollow es muy significativo. Después de dos temporadas que, aunque gusten más o menos, han tenido una coherencia dramática más que notable, su tercera etapa se ha entregado a una serie de pilares dramáticos cuanto menos cuestionables, introduciendo nuevos roles cuya función es más bien presencial y eliminando otros fundamentales para el buen funcionamiento de esta ficción creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman (The Amazing Spider-man 2: El poder de Electro), Roberto Orci (serie Fringe) y Len Wiseman (Underworld: El despertar).

Y todo ello con unos villanos creados para la ocasión que no solo no tienen nada que ver con lo narrado hasta ahora, sino que su participación en la trama se limita a los 18 episodios que componen este arco dramático. Esta amalgama de componentes, es cierto, permite a la serie generar algunos momentos interesantes, situando a los protagonistas ante retos y situaciones al menos tan fantásticos como los vividos en la segunda temporada, pero también provoca la sensación de estar ante un desarrollo quebrado, sin demasiado sentido más allá de derrotar al villano de turno. Es algo que ya se empezó a ver en los capítulos de la anterior etapa y que ahora se puede incluso palpar.

El mejor modo de apreciar estos problemas es analizar la presencia de los nuevos personajes secundarios. Más allá del núcleo duro de protagonistas de Sleepy Hollow, en esta tercera temporada han tomado relevancia una serie de roles que orbitan en torno a los héroes con mayor o menor fortuna, pero todos ellos simple y llanamente son meras excusas y recursos para generar giros argumentales, en algunos casos algo forzados. Que una lucha secreta contra criaturas y monstruos mitológicos comience a tener tantos implicados ya resulta algo extraño, pero si además resulta que personajes secundarios que apenas aparecen tienen conocimiento de ello el secretismo empieza a ser casi un espejismo. Me refiero, por supuesto, al rol interpretado por James McDaniel (Sacrifice), padre de las hermanas protagonistas cuyo pasado resulta estar íntimamente ligado a los fenómenos fantásticos que se suceden episodio tras episodio.

A todo esto se suma un cierto descontrol en criaturas y villanos. El irregular devenir de los protagonistas deja en evidencia la falta de un objetivo claro no solo en el futuro de la serie, sino en el de los propios héroes. Y eso, al final, lo que lleva es a una desconexión con la historia, que pierde interés a pasos agigantados. Ni las muertes relevantes ni el final de la temporada logran giros argumentales atractivos, sobre todo porque la propia ficción ya se encarga de anunciar sustitutos, lo cual, por cierto, suele salir mal cuando se ha intentado. Y es que el problema no es de carisma de sus protagonistas o de sus actores. No, el problema es mucho más profundo, conceptual si se prefiere, y está sujeto a las deficiencias arrastradas de temporadas previas que no se han solucionado o, al menos, no se han minimizado.

¿Y ahora qué?

Todo esto deja en una situación complicada a Sleepy Hollow. No solo ha descendido su calidad y el consecuente interés del público en la serie (ha registrado algunos de los datos más bajos de la temporada televisiva), sino que ha engrandecido algunos problemas de calado, lo que dificulta en gran medida el desarrollo normal de la trama. La solución habitual para este tipo de encrucijadas suele ser hacer borrón y cuenta nueva. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con Homeland en su tercera temporada, logrando un más que notable éxito. Pero el problema de esta serie era la deriva que habían tomado sus personajes. En el caso que nos ocupa es un problema argumental.

Habiendo perdido, como parece que ha perdido, el sentido final, esta ficción no puede mantener su carácter fantástico simplemente con recursos a elementos de la mitología o de las actuales religiones para ofrecer una nueva retahíla de criaturas a las que tienen que combatir los héroes. La serie todavía duda entre una estructura episódica al más puro estilo policíaco, o una trama estructurada por temporadas en la que cada acción tiene su consecuencia al final. La tercera temporada ha puesto de manifiesto, más que nunca, esa dualidad, y aunque su conclusión parece optar por la segunda opción, la sensación final que deja es la de una aventura de corte fantástico en la que cada caso corresponde a un episodio, sin que en muchas ocasiones tenga una influencia directa sobre el resto de la trama.

Cambiar personas, como de hecho se va a hacer en la próxima etapa, parece más una huída hacia adelante motivada por un desarrollo de los acontecimientos que no ha podido controlarse, o al menos preverse. Y puede salir bien. De hecho, puede ser la solución, pero siempre y cuando esté acompañada por una mejor definición de la trama, abandonando algunos vicios inherentes a su historia y recuperando, si es que es posible, la frescura de su primera temporada con historias nuevas con un calado y un trasfondo emocional lo suficientemente profundo para hacer que los personajes no se conviertan en unidimensionales, como ha ocurrido en estos episodios.

La tercera temporada de Sleepy Hollow, por tanto, puede verse desde varios puntos de vista diferentes. Por un lado, como una historia de transición, como un desarrollo algo desorientado pero necesario para reconducirlo el barco con nuevos personajes al frente. Por otro, como un descontrol del desarrollo argumental que ha obligado a redefinir algunos conceptos y a eliminar por el camino aquello que se consideraba un lastre. Y por otro, como una temporada que perfectamente podría haber puesto fin a la serie, aunque no habría hecho justicia con lo que se ofreció en los primeros episodios de la temporada inicial. Y hay muchas más interpretaciones, claro está, pero todas invitan a pensar que el futuro de la serie es incierto, pues incluso aunque se puedan solventar los problemas, recuperar la confianza de los espectadores es otro cantar.

‘Érase una vez’ utiliza cualquier historia para sobrevivir en su 5ª T.


Los héroes de 'Érase una vez' viajan a Camelot en la quinta temporada.Si algo debe reconocerse a Adam Horowitz y Edward Kitsis (serie Dead of summer) es su capacidad para lograr que todas las historias y personajes de Érase una vez adquieran sentido en la mezcolanza que se ha formado después de cinco temporadas. Por el camino se han quedado personajes, algunos más interesantes que otros, pero en líneas generales el núcleo duro ha persistido. ¿El secreto? Ofrecer al espectador aspectos diferentes de los héroes y villanos con los que creció, generando un contraste tan original como atractivo. Pero todo tiene su límite, y a tenor de lo visto en estos 23 episodios parece que esta ficción de aventura y fantasía está cerca de alcanzarlo… si es que no lo ha superado ya.

Narrativamente hablando, el desarrollo dramático de esta temporada es más que correcto, aprovechando el gancho final de la anterior etapa para abordar un nuevo mundo con la protagonista como presunta villana. De nuevo dividida en dos partes claramente diferenciadas, la trama obliga a varios personajes a evolucionar, lo que unido a la incorporación de nuevos héroes y villanos de la mitología, la literatura y Disney (sí, las películas de Disney están más presentes que nunca) hace que esta última tanda de episodios adquiera dinamismo y atractivo, enganchando al espectador rápidamente con técnicas, porqué no decirlo, algo sencillas.

Y aunque resulte gratificante comprender la relación entre Merlin, el Rey Arturo, Excalibur y la Daga del Ser Oscuro, eso no debe ser impedimento para ver que Érase una vez no deja de dar vueltas sobre los mismos conceptos una y otra vez. Mientras que roles como el interpretado por el joven Jared Gilmore (A nana for Christmas) sí han sabido evolucionar y encontrar un hueco en la historia que cambia en función de los acontecimientos, el grueso de los protagonistas parecen seguir una única senda ocurra lo que ocurra, lo que les lleva a superar el mismo conflicto bajo la apariencia de diferentes villanos. Y si eso se produjera una sola vez por temporada podría tener cierto margen de desarrollo, pero al dividir los episodios en dos grupos, la celeridad de los acontecimientos resta credibilidad a lo visto en pantalla.

Dicho de otro modo, tanto la heroína interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad) como el resto de sus amigos siempre parecen actuar del mismo modo aunque se enfrenten a la Reina Malvada, a un Ser Oscuro, a un mediocre rey o al Señor del Inframundo. Y lo que es más preocupante, todos estos villanos, cada uno en su estilo, parecen buscar el mismo objetivo, lo que al final genera una extraña sensación agridulce que combina la originalidad de la reinterpretación de historias mundialmente conocidas con la reiteración de fórmulas que cada vez se antojan más agotadas.

Vuelta a los orígenes

Existen muchos motivos para lo que le ocurre a Érase una vez. Puede achacarse a una saturación de personajes, tantos que es imposible desarrollar correctamente una historia para cada uno. Puede ser, por otro lado, que la fantasía poco a poco se va apagando al perder el factor de la originalidad. Pero ambos argumentos pueden ser rebatidos, el primero porque dichas historias, quien más quien menos, las conoce, y el segundo porque hay pocas series que sean tan originales como esta. En realidad, el problema estriba en que los personajes, sobre todo los protagonistas, han evolucionado a una velocidad excesiva, consumiendo por el camino un proceso dramático que ha obligado a buscar nuevos villanos, y con ello historias a cada cual más compleja y hasta cierto punto irreal (que ya es decir en esta producción).

Los casos más evidentes son los de los personajes interpretados por Robert Carlyle (28 semanas después) y Lana Parrilla (Frozen stars), aunque curiosamente representan dos extremos diferentes. El primero ofrece una visión derrotista del cambio que puede experimentar un personaje. Cobarde que se convierte en villano, villano que quiere ser héroe, en realidad es un ser ávido de poder que hace todo lo posible por dominar a los que le rodean, lo que le lleva a repetir engaños una y otra vez. La cuestión es que su rol no es en sí mismo un problema, pues es de los que mejor definición e interpretación tiene, sino que los que le rodean parecen caer siempre en la misma trampa. Y una vez puede ser; dos es probable; tres, cuatro o cinco veces ya resulta irrisorio.

Lo de la Reina Malvada interpretada con notable fuerza por Parrilla es otro cantar. Si bien es cierto que durante las primeras temporadas el cambio sufrido en su personaje ha llevado buena parte del peso narrativo de la historia, el hecho de que se haya pasado al bando de los héroes hace que pierda fuerza dramática. Su presunta lucha interior entre el bien y el mal ha sido la excusa perfecta para introducir a un nuevo personaje literario, el famoso Doctor Jekyll y su alter ego, Mister Hyde, pero también ha permitido a los creadores recurrir a un truco tan simple como antiguo: recuperar a la villana original. El modo de hacerlo, con ese gancho de final de temporada, evidencia dos cosas: que se quitó demasiado pronto a la antagonista natural de la trama y que es necesario regresar a los orígenes para intentar recuperar un norte que en esta última temporada parece perdido.

Se puede decir que la quinta temporada de Érase una vez ha sido un catalizador para comprender que la serie había tomado una deriva algo caótica. Sin grandes villanos en las dos partes de esta última etapa, y con unos personajes que parecen dar tumbos por la trama sin un objetivo claro más allá del inmediato, la serie se ha entregado a los fantásticos mundos de la literatura, los cuentos y las películas de la Disney para tratar de suplir las carencias narrativas que tenía. Y hasta cierto punto la estrategia resulta, pero a poco que se rasque en esa superficie de fantasía puede apreciarse claros problemas en el tratamiento de los personajes. La historia necesita calma, respirar hondo y recuperar su esencia. Y ese parece el objetivo de la próxima temporada.

‘Dioses de Egipto’: demasiada fantasía para tan poca mitología


Nikolaj Coster-Waldau da vida a Horus en 'Dioses de Egipto'.La nueva película de Alex Proyas (Yo, Robot) es el mejor ejemplo de lo que Hollywood tiende a hacer con historias que tienen un base sólida. Los amantes de Egipto posiblemente encuentren la esencia de la mitología que rodea la historia de Osiris, Isis, Seth y Horus, incluyendo las luchas diarias de Ra por volver a salir cada mañana o el Juicio de Osiris, aunque un poco pervertido en su esencia. Sin embargo, la parafernalia que rodea a estos elementos, incluyendo un Egipto mágico y un tanto extraño, desvirtúan por completo lo que podría ser una cinta de aventuras mucho más humilde y sincera.

Sin entrar en el fondo de la elección de actores (algunos un tanto cuestionables), lo cierto es que Dioses de Egipto arranca con fuerza, asesinato fratricida y usurpación de poder incluidos. Y aunque los primeros compases de la trama, aproximadamente hasta el comienzo del segundo acto, sientan unas sólidas bases, la historia trata de abarcar tantos elementos de la mitología egipcia que termina por crear una amalgama de subtramas que perjudica el ritmo narrativo. Es entonces cuando el interés decae, los diálogos se tornan esposos y las secuencias de acción, espectaculares, introducen un lenguaje formal un tanto extraño.

A todo ello se suma, además, la necesidad de productores, director y guionista de introducir monstruos y amenazas de dimensiones apocalípticas para justificar un clímax que los egipcios narraron de forma mucho más sencilla y, a todas luces, menos caótica. Y aun siendo conscientes de la necesidad y el tono fantástico de la propuesta, dicho final no deja de poseer una grandilocuencia excesiva para el carácter aventurero y mágico que tiene el desarrollo en muchos compases del metraje. Dicho de otro modo, es demasiado final para tan poco aperitivo.

Así, Dioses de Egipto no es ni tan mediocre como muchos auguraban ni es una aventura humilde que permita explorar la magia del Egipto mitológico. Es, simple y llanamente, una cinta de fantasía que toma como justificación la lucha entre Horus y Seth para dar rienda suelta a una imaginación que muchas veces excede los límites que se marca la propia película. El problema de esto no es que no resulte creíble (hablamos de dioses con forma animal), sino que traiciona las reglas que parece plantear al comienzo, lo que llevará a mucha gente a desconectar de la trama. Aunque, con un poco de suerte, despertará la curiosidad por las relaciones entre los Dioses de Egipto. Y eso, al menos, ya es algo.

Nota: 6/10

‘Troya’, o la obra de Homero bajo un prisma realista de la guerra


Brad Pitt acabará con la vida de Eric Bana en el duelo que ambos protagonizan en 'Troya'.En unos días llegará a España Hércules, nueva superproducción de corte épico que trata de poner al día personajes e historias de la Grecia y Roma clásicas. En estos días he tenido la oportunidad de revisar un film que hace justamente 10 años llegaba a las pantallas de todo el mundo no exenta de cierta polémica. Se trata de Troya, la adaptación de La Ilíada de Homero dirigida por Wolfgang Petersen (Estallido) y adaptada por David Benioff, el mismo que está ahora mismo tras el éxito de Juego de Tronos. Una película que, más allá de su apartado técnico y de una serie de concesiones a la épica y el dramatismo, supone un acercamiento bastante fiel a la obra clásica y, porqué no, a los acontecimientos históricos que en teoría narra.

De hecho, salvo detalles como el arco temporal en el que transcurre la acción o la presencia de los dioses griegos en la historia, la película de Petersen es un reflejo de las pasiones, los ideales y las motivaciones que se recogen en la obra literaria. Benioff logra eliminar todos aquellos aspectos fantásticos del desarrollo dramático para convertir la trama en algo realista que se mueve al son de objetivos de lo más terrenales. Objetivos que, como digo, están presentes en los versos de Homero aunque maquillados por la influencia divina. El personaje que mejor representa esto es, como no podía ser de otro modo, Aquiles, al que da vida un incomparable Brad Pitt (Guerra Mundial Z). Más allá de su condición de estrella; más allá de su forma física o de su belleza, el actor logra convertirse en el famoso héroe griego entre otras cosas porque sobre el papel el rol está definido como un guerrero consciente de su trágico final, que acepta de forma crítica y consciente de las consecuencias.

Tanto guionista como director conforman en torno a la figura del personaje una historia que apenas posee descanso, creando un guión casi perfecto desde un punto de vista teórico que, a pesar de todo, comete algunos errores de carácter más dramático. Ambas ideas son consecuencia directa del contenido de La Ilíada. Si uno lee entre los versos de la obra comprenderá rápidamente que todos los conceptos de la moderna teoría del guión se encuentran donde deben estar, o lo que es lo mismo, planteamiento, nudo y desenlace avanzan con los puntos de giro y las incorporaciones de las tramas secundarias que tanto se buscan hoy en día, muchas veces sin conseguirlo. Pero del mismo modo, desde un punto de vista dramático la obra de Homero introduce la presencia divina de forma tan arraigada en la trama que el hecho de eliminarla en Troya provoca que sus huecos deban ser rellenados con ideas secundarias que pueden resultar algo débiles.

En otro orden de cosas, y por si acaso alguien no ha tenido la oportunidad de acercarse a la historia original, la película recoge acontecimientos que no aparecen en la epopeya, entre ellos el propio rapto o huída de Helena (a la que da vida Diane Kruger, ahora disfrutando del éxito de The bridge) o el ataque a la ciudad con el famoso caballo de madera como figura representativa. Dichos acontecimientos, muchos de ellos pertenecientes a otras obras, completan una historia de una forma un tanto particular, modificando el futuro de muchos personajes y ofreciendo una visión más coherente y realista de muchos otros, como es el propio Aquiles. Todas estas modificaciones son, lejos de artimañas de cara al público masivo, una herramienta necesaria para definir de forma mucho más clara el carácter de cada personaje, su semblante y su papel dentro de la épica batalla por la ciudad inexpugnable.

Personajes semidivinos sin divinidad

Ese es el motivo de que, por ejemplo, los villanos de la función no sean los troyanos, sino el líder de los griegos, interpretado por Brian Cox (Templario). Del mismo modo, el papel de Héctor se modifica lo suficiente para destacar su honorabilidad, su templanza y su inteligencia, aspectos todos ellos que quedan potenciados con la interpretación de Eric Bana (Hulk). Incluso un papel tan secundario en esta obra como el de Sean Bean (GoldenEye), Ulises en la ficción, queda perfectamente definido en momentos muy puntuales de la trama, evidenciando una historia en la que la línea que separa héroes de villanos es extremadamente fina. La verdad es que si uno analiza las obras de Benioff rápidamente puede encontrar ciertos paralelismos entre ellas en este aspecto.

Pero como decía al comienzo, uno de los elementos más atractivos de Troya es su capacidad para narrar los acontecimientos de forma “aséptica”, eliminando por completo la presencia física y real de los dioses, quienes tienen una papel determinante en la epopeya de Homero. Es más, su valor puede considerarse como contraproducente, pues se les trata como meras creencias encarnadas en ídolos cuya fuerza es nula. Esto obliga a Benioff a dar un nuevo sentido a algunos de los mitos más conocidos de esta historia, como la idea de la invulnerabilidad de Aquiles o ese aura de grandes guerreros de todos los héroes que participan en la contienda. En líneas generales, el guionista sale airoso de la tarea al encontrar una justificación que encaja en cada uno de los mitos, como es la muerte de Aquiles por un flechazo en el talón o el estilo de combate de éste y de Héctor, quienes por cierto protagonizan una lucha frente a las murallas de Troya muy bien desarrollada.

Mención aparte merecen los efectos especiales, algunos de ellos ciertamente toscos. Si bien es cierto que la película gana bastantes enteros en los momentos bélicos y los planos cortos, las secuencias que requieren de una magnitud mayor tienden a quedar resueltas de forma rápida y poco detallada, como si no fuese necesario cuidar un aspecto en el que, siendo sinceros, cada vez es más fácil encontrar el fallo. Que las naves griegas se repitan cada cierto número o que las multitudes no reaccionen como deberían ante algunos acontecimientos son muestra de que Petersen siempre ha sido un director que se ha encontrado más cómodo en el apartado físico y real de un rodaje que en el digital. Afortunadamente, no es esta película una obra que base su grueso dramático en esta técnica, por lo que al final su influencia queda reducida a una serie de momentos puntuales que, eso sí, deslucen algo el conjunto.

En cualquier caso, Troya no puede ni debe verse como una traslación a imágenes de la obra de Homero, sino como una adaptación que bucea en los aspectos más humanos y reales de la contienda. Las reflexiones de Aquiles o los intereses personales y ambiciosos de Agamenón son pruebas de que los personajes persiguen, ante todo, su propia gloria, situando a los dioses como meros referentes en los que, curiosamente, pocos personajes creen. Todo esto lleva a una visión de los acontecimientos más próxima a lo que debió ser la realidad que se esconde tras La Ilíada, en la que los intereses estratégicos fueron justificados por una mujer. Puede que el guión flaquee en algunos momentos, sobre todo en los aspectos más románticos. Y sin duda el apartado digital no posee la calidad que podría esperarse de una superproducción. Pero supone un buen ejercicio fílmico de adaptación y reinterpretación de una de las obras más importantes de la Historia.

‘Thor’, descompensada muestra de egocentrismo infantil


Los personajes que protagonizan las aventuras de Marvel tienen una cosa en común más allá de los superpoderes o las mallas. Sus historias, sus buenos y malos momentos, están muy arraigados en la realidad cotidiana de la sociedad. Esa fue una de las pautas que instauró el gran cerebro de la editorial, Stan Lee, y es lo que le ha dado buena parte de su fuerza entre los seguidores. Bajo este prisma, no es descabellado que los equipos creativos se fijaran en la mitología y los dioses a los que la Humanidad ha adorado a lo largo de la historia para incluirlos en sus historias. De entre ellos, el más importante es Thor, dios del trueno en la mitología nórdica, hijo de Odín y futuro rey de Asgard, la ciudad de los dioses.

Pero la historia, cómo no, tuvo que ser adaptada para las viñetas y, consecuentemente, para la película, que resulta muy similar a las tramas urdidas en las páginas de los cómics. Basándose en los caracteres de los personajes, transmitidos a lo largo de generaciones, la cinta muestra una historia harto conocida: la de un hijo castigado por su padre al demostrar una vanidad y soberbia que ponen en peligro su futuro. Claro que, como tiene que ser a lo grande, dicho castigo es un destierro a otro reino, en este caso La Tierra. En efecto, en la versión fílmica Asgard no es más que uno de los muchos reinos que existen, por lo que sus habitantes no son exactamente dioses (al menos ellos no se consideran así).

A pesar de que la trama, con traiciones familiares, espectaculares decorados y secuencias de acción impactantes, tiene un potencial interesante, Thor (2011) no termina de convencer una vez vistos los créditos finales (y su consecuente escena “oculta”). Y eso que cuenta con unos nombres sobre el papel que quitan el hipo. Kenneth Branagh (Mi semana con Marilyn), actor y director de reputado prestigio especializado en Shakespeare, se pone a los mandos de la propuesta. Chris Hemsworth (Una escapada perfecta) interpreta al protagonista, mientras que Anthony Hopkins (El dragón rojo) interpreta a Odín. La protagonista femenina recae en Natalie Portman (Cisne negro), y el resto del reparto son caras más o menos conocidas: Stellan Skarsgård (Mamma mía!), Tom Hiddleston (War Horse), Idris Elba (Los perdedores), Ray Stevenson (El rey Arturo) y Rene Russo (Arma Letal 3) son algunos de los actores que se pasean por las secuencias.

Entonces, si existe una buena historia, unos buenos actores y un director con conocimiento de causa, ¿qué ocurrió? Lo cierto es que la historia, en definitiva, no es tan buena. O, por lo menos, no está tan bien contada como cabría esperar. Con un comienzo prometedor en el que Thor desafía a su padre y acude a un reino helado para luchar junto a sus amigos (en una de las escenas más espectaculares y absorbentes del último cine de acción), la historia pronto pasa a ser una búsqueda de la verdadera identidad, del perdón a través de un acto heroico, y de la lucha entre el bien y el mal encarnado en dos hermanos al más puro estilo bíblico.

Da la sensación de que toda la espectacularidad pasa a concentrarse al comienzo y al final del metraje, dejando la mayor parte para diálogos (algunos con poco o ningún sentido de la oportunidad) y a una serie de pruebas que el protagonista, con el que apenas hay tiempo de identificarse, debe superar. No es este un elemento banal, pues un personaje tan egocéntrico como infantil que es capaz de arriesgar la vida de sus amigos por tratar de ser más que los demás genera pocas simpatías por mucho que luego se le vea derrotado e, incluso, ridiculizado.

Loki, el gran villano

Sea como fuere, la cinta cuenta con algunos elementos que han dejado huella y que, a buen seguro, se mantendrán en la segunda parte ya programada (y que no dirigirá Branagh, sino Alan Taylor, responsable de varios capítulos de series como Rubicón, Juego de Tronos Mad Men). Por un lado, los impactantes decorados de Asgard, todo un mundo por explorar y explotar. Por otro, sus personajes secundarios, muchos de ellos misteriosos e interesantes que solicitan casi a gritos algo más de protagonismo. Pero sobre todo, el villano de la función, Loki, hermanastro de Thor interpretado por Hiddleston y que, en la mitología, era el dios del engaño.

No en vano, la fuerza del personaje y la fantástica labor de su intérprete han permitido que sea igualmente el villano de Los Vengadores, al frente de un ejército que, a pesar de los numerosos intentos de fans y profesionales del sector, todavía no se ha podido revelar con claridad. El papel de Loki en la trama de Thor es más que fundamental, llegando a resultar odioso a la par que admirado, y generando toda una cadena de acontecimientos que, como cualquier película, termina en una espectacular lucha.

Junto con la primera entrega de Hulk, tal vez sea esta la cinta más irregular de todas las realizadas hasta la fecha, pero eso no significa que no esté a la altura. Si por algo se caracterizan todas las películas de estos superhéroes es por una línea narrativa y de calidad más o menos similar, con unos enfoques dirigidos, en primer lugar, a dar a conocer al personaje y, en segundo lugar, a mostrar la espectacularidad de sus hazañas. Thor cumple con esa premisa, aunque lo hace con algo menos de encanto que otros de sus compañeros.

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