‘Noche de bodas’: Tradiciones de la familia política


Los problemas de entrar a formar parte de la familia de tu pareja ha sido objeto cinematográfico desde siempre. A veces como comedia, otras como drama y otras, como es el caso que nos ocupa, como terror. Todas ellas, sin embargo, tienen como hándicap la poca capacidad de sorprender o de resultar novedosas. Saber esto de antemano puede resultar muy útil para no hacer una ficción tediosa y previsible… o al menos lo suficientemente original como para que entretenga.

Y ese es el caso de Noche de bodas. La película, en síntesis, no resulta diferente de lo que haya podido verse en otros relatos. Tan solo, y he aquí la seña de identidad, su toque irónico y autocrítico en la idea de que un juego como el escondite del lugar a una masacre nocturna. La labor interpretativa, en este caso, es fundamental, y tanto Adam Brody (Isabelle) como Henry Czerny (Remember) y Andie MacDowell (Instinto maternal) bordan ese toque casi paródico que impregna todo el relato, convirtiéndose en la punta de lanza de un reparto consciente de las limitaciones de sus personajes y pudiendo así explotar al máximo la libertad que otorga la poca definición de los mismos. Es la dinámica entre ellos la que sostiene la historia y, sobre todo, la que abre la puerta a apreciar algo más que la simple historia de terror, desarrollando los diferentes aspectos de una familia rica, desestructurada y destruida por una tradición salvaje.

Humor y sangre, mucha sangre, es lo que ofrece esta historia. Con todo, su carácter previsible no es lo peor del guión. El intento de giro argumental final acerca de ese fantasma, esa especie de maldición que pesa sobre toda la familia, lejos de aportar un toque fresco al relato lo que hace es quitar cierta dosis de terror humano y psicológico que había logrado gracias a esa visión sádica de la familia política y sus cuestionables tradiciones. Dicho de otro modo, lo que se plantea inicialmente como una salvaje tradición propia de unos asesinos en serie termina convirtiéndose en un acto justificado en la necesidad de evitar la muerte familiar. Esta especie de motivación a unos actos incalificables resta interés al conjunto, aunque también aporta una mayor ironía a ese final en el que la sangre, literalmente, estalla por toda la habitación.

Desde luego, Noche de bodas no es un referente del cine de terror. Ni siquiera del gore. Pero es una propuesta honesta en su concepción, consciente de su carácter de serie B y planteada con la intención de divertir al espectador. Y en este sentido, lo consigue. Puede que su historia sea previsible, que su guion peque de una explicación final innecesaria que le perjudica más que le beneficia, pero en todo caso la cinta deja momentos en la retina tan sádicos como surrealistas. Y sobre todo, permite ver a un reparto que disfruta con sus personajes, que sabe sacarles el máximo provecho dentro de sus posibilidades, y que pone en tela de juicio las tradiciones.

Nota: 6,5/10

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‘The Big Bang Theory’ llega tarde al final esperado en la 12ª T.


No es habitual que una serie supere las 10 temporadas. Cuando eso ocurre lo normal es que surjan dudas. ¿Es necesaria una duración tan larga? ¿Realmente los personajes tienen tanto interés? Y sobre todo, ¿se podría haber contado lo mismo con menos capítulos? Las respuestas dependen del formato, la frescura y la concepción inicial de la ficción. El caso de The Big Bang Theory es una buena muestra de que una buena serie es mucho mejor si es directa, sencilla y corta. O al menos, no alargada de forma artificial. Su última temporada, la número 12, es la prueba palpable.

Los 24 episodios de esta etapa final de la serie creada por Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Brady (serie The Muppets) oscilan entre el humor original de esta ficción que ha puesto a los frikis en el mapa y el cansancio narrativo y creativo que han evidenciado las últimas tandas de capítulos. Porque hay cansancio, y mucho. Los personajes han llegado a un punto en el que, sencillamente, no pueden evolucionar más sin cambiar el sentido de la serie. Las situaciones cómicas, en muchas ocasiones, han dejado de tener gracia porque, de tanto repetirse, han perdido la frescura que las caracterizaba al inicio. Y los diálogos, siendo sinceros, tampoco es que hayan sabido adaptarse a las nuevas demandas de los espectadores. En cierto modo, la serie ha colapsado en un intento de evolucionar manteniendo sus rasgos iniciales (que no su esencia).

Y me explico. Muchos espectadores, yo entre ellos, defenderán que toda historia tiene que evolucionar si quiere resultar atractiva. Y es cierto. La mayor amenaza de cualquier relato es el inmovilismo. Pero… ¿qué significa evolucionar? En realidad, significa enfrentar a los protagonistas ante retos externos e internos que les obliguen a modificar su forma de entender el mundo y a sí mismos para poder superarlos, de modo que sean personajes diferentes a lo que comenzaron siendo. Pero con un matiz: nunca se debe cambiar tanto que cambie por completo el concepto dramático de la trama. Del mismo modo que nunca debe mantener demasiado de ese origen del que procede. Pues bien, The Big Bang Theory ha evolucionado tanto que el aspecto inicial de la serie se ha perdido. Los personajes han madurado, tienen una vida en pareja, familia, objetivos y retos diferentes. Sin embargo, sus creadores tratan de seguir presentándoles como aquellos científicos frikis aficionados a cómics, videojuegos y películas de ciencia ficción que se presentaron en sociedad hace ya tantos años.

El problema es que eso ya es inviable, y esa dualidad interna en todos los protagonistas no termina de resolverse. Hay momentos en que vuelven a ser esos niños grandes, pero en otros parecen unos jóvenes adultos asentados en una nueva etapa de sus vidas. Esto genera que algunos de los gags que en otras ocasiones podían resultar hilarantes ahora simplemente arranquen una sonrisa como mucho. Curiosamente, algunos de los mejores momentos los siguen protagonizando los secundarios que participan en la serie, muestra del interés que han ido perdiendo los protagonistas poco a poco. Los episodios, igual de cortos, se hacen más largos. Y hasta puede dar la sensación de que algunos personajes, a pesar de seguir siendo prácticamente iguales, han perdido algo de su esencia, precisamente por esa cierta falta de ritmo y humor que desprenden estos 24 episodios.

Al César lo que es del César

Todo esto, aunque evidentemente perjudica el desarrollo y la impresión general de The Big Bang Theory como serie, no impide sin embargo que el final de temporada y de serie sea bueno. Yo diría notable. Y es que a pesar de alargarse innecesariamente, la última etapa presenta una conclusión coherente con sus personajes, con los anhelos y deseos que han mostrado en la recta final de la ficción. Por ello, y aunque presente momentos que directamente se podrían suprimir sin que afecte al desarrollo de la historia, los últimos episodios se utilizan para cerrar todos los arcos argumentales de los protagonistas, respondiendo con un final feliz a cada uno de ellos. Al César lo que es del César, y a este grupo de amigos le corresponde una recompensa de la que, posiblemente, ni ellos mismos sean conscientes.

Sin desvelar absolutamente ningún detalle (salvo tal vez el que se ve en la fotografía, con los dos personajes recibiendo el Premio Nobel), sí se puede decir que el cierre de tramas principales y secundarias resulta interesante, sobre todo para ser una comedia de situación que comenzó de forma algo transgresora y ha terminado siendo un producto común aderezado con chistes científicos y el mayor de los frikismos. A pesar de los vaivenes de algunos personajes (uno de los motivos para que la serie haya bajado en interés), en líneas generales nos encontramos ante un cierre dramático tan previsible como bien ejecutado. Evidentemente, que nadie espere algo que no sea un ‘… y vivieron felices’, porque la serie no busca otra cosa, pero incluso ese final tan blanco como positivo hay que saber ejecutarlo, y los guionistas salen airosos de intentar levantar ligeramente, aunque solo sea para su final, el nivel dramático, cómico y de interés de la serie.

Lo que representa esta última temporada, en pocas palabras, es lo que ha ocurrido con toda la serie. Es decir, ha pasado por buenos momentos, por otros más tediosos, algunos brillantes y un desarrollo dramático y de personajes sin un objetivo claro, al menos no de antemano. La incorporación de secundarios, sin duda, es un claro aliciente que no solo insufla aire fresco al conjunto, sino que evidencia la fuerza mediática que ha adquirido esta sitcom. Pero ni siquiera ellos son capaces de eliminar esa sensación de estar viendo pocas novedades en la relación entre personajes y en la evolución de las tramas, más allá de momentos puntuales que es necesario modificar por ‘obligaciones de guión’. En este sentido, por tanto, lo que tenemos es una temporada 12 divertida a ratos (más que las dos inmediatamente anteriores), con desarrollo de algunas tramas y con una cierta incongruencia en algunas situaciones que viven los personajes.

Y eso es lo que ha sido The Big Bang Theory. En realidad, la serie fue toda una sorpresa y un fenómeno durante las primeras temporadas. La serie supo evolucionar correctamente durante un tiempo, introduciendo a los protagonistas en la edad adulta de forma progresiva y pausada, lo que además provocó numerosas situaciones cómicas y gags por los diferentes ritmos narrativos de cada uno de ellos. Pero la historia se estiró demasiado. Las situaciones comenzaron a parecer algo repetitivas; los personajes, todos ellos ya en la vida adulta, parecían perder frescura al tiempo que sus creadores querían mantenerlos jóvenes; y el humor se fue diluyendo ligeramente. No cabe duda de que esta comedia es el referente del género del siglo XXI, como Friends lo fue en su momento. Pero le sobran temporadas, y eso lastra ligeramente al conjunto. En todo caso, es innegable que, con sus fallos y sus aciertos, ese plano final de todos los personajes en ese salón que tantas cosas ha vivido es el broche de oro a una importante etapa televisiva. Y para muchos espectadores, es el final de toda una vida.

‘Érase una vez… en Hollywood’: aquellos maravillosos 60


Tarantino es de los pocos directores que crean opiniones muy enfrentadas. A algunos les encanta y otros le odian. No hay término medio. Por eso su novena película va a ser, casi con toda probabilidad, objeto de un duro debate. Y es que, como ya ocurriera en Los odiosos ocho (2015), el director ha perdido algo de ritmo en sus films. O más bien, lo ha dejado de lado momentáneamente. Pero todo tiene un motivo.

Y en el caso de Érase una vez… en Hollywood ese motivo no es otro que transportar al espectador a una época diferente. Una época en la que los grandes directores y los grandes actores eran los protagonistas de una historias en las que los efectos especiales eran accesorios. Y ese viaje atrás en el tiempo no es solo con una historia tan sólida como original y fascinante, sino que también afecta al lenguaje audiovisual que utiliza Tarantino, aprovechando largos planos, movimientos de personajes en la profundidad de campo y captando las emociones de los personajes hasta niveles poco vistos en el cine actual. Y, por supuesto, la música, de nuevo impecable. Todo ello conforma un relato mágico, puede que a veces lento pero indudablemente divertido. Un viaje al corazón de Hollywood a través de los ojos de unos personajes en la órbita de los grandes nombres del séptimo arte.

Pero a pesar de ese cambio en el lenguaje y de una cierta falta de ritmo, el estilo Tarantino sigue estando ahí, y más fresco que nunca. Sus constantes saltos temporales vuelven a ser una seña de identidad, en esta ocasión como si se tratara de un Quijote que relata anécdotas pasadas en lugar de historias (algunas tan largas que pueden generar algo de confusión cuando se retoma la historia principal). Sus actores sencillamente están perfectos (el reparto es un desfile de grandes estrellas), en particular el dúo formado por Leonardo DiCaprio (Origen) y Brad Pitt (Máquina de guerra), dos personajes en un momento de transición en sus vidas que se aferran a un pasado glorioso mientras tratan de comprender y aceptar su nuevo lugar en el mundo del celuloide. Y por si alguien dudaba de la agilidad y brutalidad del director, esa secuencia final tan salvaje como irónica y divertida que viene a imponer justicia en un trágico suceso histórico, al más puro estilo Malditos bastardos (2009).

Así que sí, Érase una vez… en Hollywood es una película de Tarantino. Con todas las letras. Y es una gran película de Tarantino. Puede que guste más a los más cinéfilos, pero desde luego que la película debería de estudiarse como un gran ejemplo de mimetismo audiovisual. Actores y director asumen lenguaje, posición corporal y narrativa audiovisual para, literalmente, transportarse a ese final de los años 60 en el que el cine y la televisión todavía no estaban a la misma altura, en el que el movimiento hippie seguía estando en las calles y en el que Charles Manson todavía andaba en libertad. Un homenaje a otra época, a nuestros padres y abuelos, a todos aquellos actores, directores, guionistas y productores que nos han dejado obras maestras de la Historia del Cine. En definitiva, una obra con constantes referencias al pasado que debería ser un referente para el cine del futuro, al menos para ese cine que no necesita de efectos digitales para causar sensación.

Nota: 8,5/10

‘Un verano en Ibiza’: típicas vacaciones en familia


Las diferencias generacionales y los contrastes entre diferentes personalidades es una constante en la comedia, no solo en la francesa. Y la última película de Christian Clavier (Con los brazos abiertos) tiene mucho de eso y poco de desarrollo de personajes. De ahí que la cinta camine por terrenos previsibles para ofrecer un producto casi tan blanco como el color de los edificios de la isla balear, y que ofrezca un humor, digamos, entretenido.

En efecto, Un verano en Ibiza es todo lo que puede esperarse de un film de estas características. Arnaud Lemort (Dépression et des potes) compone una historia sin grandes giros argumentales, construyendo un relato en base a los conflictos entre padres e hijos, entre dos generaciones muy muy distantes, y entre dos formas diferentes de entender el entretenimiento. Partiendo de estos contrastes, la película ofrece una visión interesante sobre la velocidad a la que vive la juventud actual y los ritmos que manejan las generaciones de nuestros padres. Si a esto añadimos la crítica que se hace a ese entretenimiento basado en la droga y la música hasta altas horas de la mañana, así como al esnobismo de ridiculizar a los demás por considerarles poco menos que salvajes, lo que tenemos es una historia sencilla con ciertos toques de ese humor puramente francés que siempre arranca una sonrisa, aunque pocas veces una carcajada.

Puede que el principal problema de que no se oigan risas en la sala de cine radique en su guión y en esa historia sencilla. Excesivamente sencilla. Y es que la trama no ofrece nada diferente a lo que haya podido verse miles de veces en una pantalla. Personajes arquetípicos, conflictos previsibles (entre padres e hijos, entre los miembros de la pareja, …) y unos escenarios que, aunque hermosos por el propio contexto de la isla, no dejan de resultar conocidos. Aunque todo ello permite a la cinta centrarse en la comedia y en la labor de sus actores (correctos a secas), termina provocando cierto desinterés en la historia, haciendo que el espectador simplemente se deje llevar en muchos momentos sin prestar verdadera atención a lo que ocurre ante sus ojos. Y esa falta de interés es lo peor que le puede ocurrir a un film.

De este modo, Un verano en Ibiza no ofrece nada nuevo al espectador… y es consciente de ello. Su falta de novedad o, si se prefiere, de originalidad, perjudica a la historia en tanto en cuanto su desarrollo va de más a menos, con una conclusión y un mensaje finales que no resultan novedosos. Pero ni Lemort ni Clavier pretenden otra cosa más que ofrecer un producto blanco, sencillo, marcado por los clichés pero tratando de sacar partido a todas sus limitaciones. Dicho de otro modo, es una historia simple, simpática y graciosa, que no pretende más que lo que puede desprenderse de su tráiler y de su sinopsis. Así las cosas, si entramos a la sala de cine sabiendo a lo que vamos, posiblemente se disfrute más que si se busca una comedia con la que reírse a carcajadas.

Nota: 5,5/10

‘Padre no hay más que uno’: micromachismos familiares


Vaya por delante que hacía mucho tiempo que no me reía tanto en una sala de cine. Puede que esto ya condicione mucho esta crítica, pero lo cierto es que Santiago Segura (Sin rodeos) es uno de los pocos actores que son capaces no solo de arrancar una carcajada, sino de mantenerla casi constante durante hora y media. Dicho esto, su nueva película pone el foco sobre situaciones que muchos hemos presenciado o vivido, situando ante un espejo las relaciones de pareja, los vínculos con los hijos y, sobre todo, esos micromachismos de andar por casa que la sociedad necesita desterrar de una vez por todas.

En efecto, Padre no hay más que uno es una buena comedia. Una gran comedia, si tenemos en cuenta el listón en el que se sitúan ahora las producciones. A través de situaciones cotidianas el protagonista (el propio Segura) experimenta una evolución dramática interesante en su concepción, porque discurre de forma paralela a la de su esposa. Mientras que él comprende el esfuerzo y sacrificio de su esposa, ella confirma que el amor por sus hijos está por encima de cualquier cosa. Y como en cualquier film de estas características, la dinámica que imprimen los niños al conjunto de la serie es espléndida, sobre todo en aquellas secuencias desarrolladas en la casa y donde los pequeños entran y salen como si de una caótica coreografía se tratara.

Es cierto, con todo, que tiene sus puntos débiles. Para empezar, algunos de los secundarios parecen un poco encorsetados en sus papeles, sin imprimirles algo diferente, fresco y dinámico que les convirtiera en algo más que meros espectadores del espectáculo. Pero sin duda lo que más debilita al conjunto es su dibujo de roles protagonistas, tan arquetípicos que la historia se puede prever casi desde el principio. A esto tampoco ayuda un planteamiento por parte de Segura tan conocido que resulta ya un poco repetitivo. Curiosamente, el arte del director, lo que le hace tan bueno en lo suyo, está en lograr que estos problemas afecten lo mínimo posible a la historia y, sobre todo al humor. Dicho de otro modo, la historia se plantea con unas herramientas y unos pilares dramáticos más bien simples, pero que permiten dar rienda suelta a las situaciones más cómicas y explotar al máximo ese humor tan irónico, natural y muchas veces sutil de Segura.

Padre no hay más que uno es, por derecho propio, una comedia fresca, muy divertida, incapaz de aburrir en ningún momento y con una dinámica padre/hijas (e hijo) muy bien elaborada. Sí, su guión es muy lineal. Y sí, sus personajes son arquetípicos, sobre todo algunos secundarios poco dibujados. Pero esa sencillez de planteamiento es lo que permite al resto de elementos que construyen esta historia brillar con luz propia. Desde esa evolución del protagonista, plagada de micromachismos familiares (no tanto porque el personaje sea machista, sino por vivir ajeno a una realidad mucho más compleja de lo que creía), hasta esos niños que conforman todo un universo en sí mismos, la película logra algo muy difícil: que el espectador no pare de reír ni un momento y que la narrativa sea capaz de mantener el ritmo durante todo el metraje.

Nota: 7,5/10

‘El rey león’: realismo animal y deshumanizador


Son varias ya las películas que Disney ha revisionado ya en imagen real, pero la nueva versión del que posiblemente sea su mayor clásico moderno (si es que 25 años de vida puede considerarse moderno) ha dejado ver los aciertos y errores de esta estrategia con una claridad meridiana. No se trata de comparar un film con otro, sino más bien de comprobar cómo una misma historia varía en función de las herramientas utilizadas.

Porque siendo sinceros, la historia de este El rey león sigue teniendo la fuerza, interés y dramatismo de siempre. Una trama atemporal que encandila generación tras generación y que invita a revisionarse siempre que se puede. Sus conceptos shakesperianos, sus inmortales giros argumentales, su combinación de humor y drama, y sobre todo unos personajes perfectamente definidos y con una profundidad dramática fuera de toda duda siguen siendo los elementos que definen esta historia, y bajo ese prisma esta versión dirigida con inteligencia por Jon Favreau (El libro de la selva) se revela como un film sólido. De hecho, el director logra salir airoso de algunos de los momentos más complejos del relato, como son la canción ‘Yo voy a ser el rey león’ (magistral el modo en que utiliza los movimientos de cámara y los animales) y esa pelea final entre leones y hienas, todo un derroche de elegancia y belleza visual.

Ahora bien, la película peca en algo fundamental. Algo que, por otro lado, es comprensible si tenemos en cuenta su apuesta visual y su concepto de película realista con animales generados por ordenador. El clásico de animación humanizaba a los animales. Sonreían, lloraban, expresaban dolor, alegría, rabia, … Todo eso se pierde desde el momento en que los leones, sencillamente, no expresan muchos de esos sentimientos; o desde el momento en que los pájaros no pueden sonreír. Esto impide al espectador, por ejemplo, identificarse al máximo con los personajes. Si bien es cierto que el desarrollo dramático no se ve dificultado en ningún momento, también es cierto que muchas de las situaciones más complejas desde un punto de vista emocional no terminan de resolverse correctamente. Bajo este punto de vista, aunque es un film visualmente impecable el trasfondo de la historia queda algo suavizado.

De este modo, este realista El rey león es… muy realista. Tal vez demasiado para la historia tan compleja que se quiere contar. Favreau compone un relato sólido, espléndido en el apartado visual y muy original a la hora de afrontar algunos de los retos narrativos (en otros casos, como esa visión en las nubes de Mufasa, queda algo desdibujado). Un relato con una alta carga dramática que, sin embargo, en muchas ocasiones no logra trasladarse bien al film ante ese alarde de realismo animal que muestra en cada plano. La soberbia del joven Simba se pierde en esa tierna mirada de cachorro. Las dudas del Simba adulto tampoco logran encontrar salida en el rostro impasible del león. Tan solo la fiereza del combate final saca a relucir una inusitada fuerza. Esto es un problema para el film, es evidente, pero no es necesariamente algo malo que convierta la película en un fallido proyecto. Simplemente, es una nueva visión de una historia ya conocida. Y es una versión que maravilla por su calidad técnica y que contiene algunos momentos a tener en cuenta.

Nota: 7/10

‘Los hermanos Sisters’: conflicto de modelos sociales


El género western posee unos elementos definitorios muy concretos más allá de vestuarios, épocas y escenarios. Tal vez por eso la nueva película de Jacques Audiard (De óxido y hueso), aunque ambientada en el Lejano Oeste, ofrece al espectador muchas más lecturas a todos los niveles, desde el visual al puramente sociológico, componiendo una sinfonía muy entretenida que, además, obliga necesariamente a reflexionar durante varias horas.

Porque la premisa inicial de estos dos bandoleros a sueldo realizando un trabajo pronto da paso a una interpretación mucho más profunda y compleja tanto de los personajes como del mundo en el que se desarrolla la serie. Con un tono marcadamente crepuscular, la historia ahonda en las diferencias de un mundo marcado por la violencia y la codicia y otro muy diferente en el que la educación, el respeto a la ley y la convivencia definen a los individuos. Esta dualidad se haya en cada aspecto del film, desde las diferencias entre Los hermanos Sisters, a los que dan vida de forma espléndida John C. Reilly (Convención en Cedar Rapids) y Joaquin Phoenix (Irrational man) hasta los contrastes entre el polvo del camino y la elegancia de San Francisco, por no hablar de la utopía que menciona el rol de Riz Ahmed (Circuito cerrado) hacia el final del metraje.

A todo ello se suma una puesta en escena que aprovecha al máximo las posibilidades de la historia. Audiard vuelve a demostrar su amplio registro formal con escenas como la inicial, con una oscura noche solo iluminada por el fuego de los disparos, o la iluminación tenue de las calles de pueblos y ciudades. El director francés pone al servicio de la historia y sus actores tanto imagen, música (magnífica banda sonora de Alexandre Desplat, dicho sea de paso) y lenguaje para desarrollar y captar el sentido de las miradas, de los diálogos e incluso de las penurias que pasa la pareja protagonista para alcanzar su destino, retornándoles al final al que fuera el inicio de sus vidas.

Lo que nos encontramos en Los hermanos Sisters es un western atípico, alejado de heroicas gestas o desafíos casi imposibles. En realidad, los dos protagonistas son más bien decadentes, y la historia reflexiona sobre el modelo social y la lucha entre la violencia y la armonía. Y por ello, amén de un director con personalidad capaz de atrapar al espectador con su capacidad para generar belleza, es por lo que el film se descubre como una obra diferente, enriquecedora, capaz de sobrevivir a su propio metraje para dejar su poso en la conciencia una vez se encienden las luces de la sala. Puede que algunos de sus tramos carezcan del ritmo necesario, pero tanto si se es aficionado al género como si no, es una película que nadie debería perderse.

Nota: 8/10

‘Dumbo’: de vuelta a la niñez


Dejando a un lado las críticas que se le pueden hacer a Disney por el modo en que endulza todo tipo de historias y personajes, lo cierto es que la casa de Mickey Mouse ha nutrido la imaginación de varias generaciones con la magia que desprenden sus historias. Su apuesta por los remakes en imagen real está logrando un doble efecto: que muchos niños se acerquen a las historias clásicas de la productora de un modo más moderno, y que los millones de adultos que crecieron viendo estas fantasías vuelvan a ser niños. Y la última de estas versiones cumple con lo establecido.

Porque desde luego, Dumbo es todo lo que puede esperarse de ella. Divertida, mágica, enternecedora, y ante todo una lección de cómo hacer el bien y tomar las decisiones correctas siempre se impondrá al mal. En este sentido, uno de los retos superados con nota es el de trasladar la acción de la cinta de animación a una con personajes de carne y hueso. El guión opta con acierto por hacer que la trama se apoye en los personajes humanos no solo para que asuman el tono dramático de la historia, sino para que se conviertan en vehículo de los sentimientos del pequeño paquidermo protagonista. En este proceso, por ejemplo, destacan sobremanera momentos tan inolvidables como la vista de Dumbo a su madre encarcelada y, sobre todo, esa alucinación de elefantes rosas que Tim Burton (Eduardo Manostijeras) tan bien ha sabido plasmar en pantalla.

El problema puede estar, precisamente, en el director y en un protagonista encarnado por Colin Farrell (Noche de miedo) que está definido con brocha un poco gorda. Dado que Burton se pone tras las cámaras posiblemente podría esperarse algo más de transgresión narrativa, algo más de oscuridad en una historia muy “pulcra” a todos los niveles. Lo cierto es que aquello que convirtió al director en el maestro de la fantasía queda ya muy lejos, y solo en algunos detalles pueden verse todavía destellos de aquel realizador. Al fin y al cabo, es un producto Disney, y como tal debe entenderse. Más allá de eso, la historia se desarrolla sin distracciones, rellenando los momentos de depresiones narrativas con tramas secundarias que dotan de algo más de complejidad al conjunto, convirtiendo el film en una producción que puede leerse en muchos niveles.

Dumbo es, por tanto, magia en estado puro. Los adultos que recuerden con cariño la historia de este pequeño elefante capaz de volar gracias a una pluma encontrarán en esta nueva versión las claves para volver a ser niños, y aunque la historia pueda resultar previsible, a estas alturas no creo que nadie entre en una sala de cine buscando algo diferente, ni siquiera estando el nombre de Tim Burton tras las cámaras. Es, en definitiva, un paso más en el camino de remakes que prepara la productora, y que tiene como próximas citas AladdinEl Rey León. Puede que no sea de las mejores, y desde luego no está a la altura del clásico de 1941, pero sin duda hemos vuelto a nuestra niñez.

Nota: 6,5/10

‘El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie)’: ¿qué más podemos hacer?


Los biopics, sobre todo si es de personajes muy conocidos, tienen el riesgo inherente no solo de contar con un final ya conocido, sino de no alcanzar ni representar fielmente al protagonista de turno. Por eso una cinta como la nueva de Jon S. Baird (Filth, el sucio) resulta tan gratificante. Por eso y porque más allá de lo que se ve en pantalla, la obra ahonda en una serie de temas universales que la convierten automáticamente en una cinta más que recomendable.

Para empezar, El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie) toma como premisa la relación de los dos famoso actores cómicos de la primera mitad del siglo XX para ofrecer una radiografía precisa sobre la amistad, la traición, el fin de una era y, sobre todo, cómo el ser humano afronta el final de su vida cuando sabe que se acerca, ya sea profesional o vital. En este sentido, el guión logra un equilibrio perfecto entre el drama que viven dos personajes en el ocaso de sus carreras y el humor que siempre desprendieron Stan Laurel y Oliver Hardy, marcando el contraste entre amistad y profesión, entre la cara personal y pública de ambos actores, incluso cuando la frontera entre ambas se difumina. Así, el espectador asiste al trasfondo de las bambalinas, a la cara más amarga de la fama y a una amistad rota por una disputa de hace lustros que se recompone poco a poco sencillamente por la perspectiva que da el paso del tiempo.

En todo esto la labor de Baird, con un lenguaje visual sencillo pero eficaz que retrotrae en varios momentos a la época del cine mudo, es fundamental. Su pulso firme saca el máximo partido y ofrece una belleza admirable a los números cómicos, acentuando esa sensación agridulce de ver a dos actores en las que son sus últimas funciones y, en algunas ocasiones, arriesgando su salud sencillamente porque “¿qué otra cosa iban a hacer?”, como apunta uno de ellos en un momento dado. Y si hay que destacar algo, eso es la labor inconmensurable de John C. Reilly (Un dios salvaje) y Steve Coogan (Ideal home), que asumen sus personajes hasta mimetizarse con ellos, en un ejercicio interpretativo sencillamente impecable. Es gracias a ellos que la película, en cierto sentido, se convierte en el último trabajo, la última función que la pareja cómica no pudo realizar. Y hablando de actores, no puedo dejar pasar la mención a Rufus Jones (El extranjero), quien da vida al promotor de la gira por Reino Unido y cuyo personaje es el contrapunto perfecto al resto de roles.

El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie) no es, por tanto, un film para nostálgicos ni cinéfilos. Más bien, es una obra que profundiza en unos personajes y una época marcados por la comedia, descubriendo en el camino el drama y los conflictos emocionales de ambos protagonistas. La principal carencia del film es su previsibilidad, y puede que una cierta falta de ritmo habitual en films de estas características. Pero ambos son conceptos con los que estas historias conviven, y consciente de ello el guión logra elevarse por encima y ofrecer una historia íntima de entrega, de amistad, de sacrificio. Esto no es solo un biopic, es un canto de cisne.

Nota: 7,5/10

33 edición de los Goya: ‘Campeones’ reina, pero ‘El reino’ gobierna


Una vez realizados todos los análisis, comentarios, estadísticas y demás información sobre la 33 edición de los Premios Goya, es momento de detenerse en el balance cinematográfico que ofrece el reparto de premios y, sobre todo, lo que pueden significar en el futuro del cine español. Y ya que hay que comenzar por algún aspecto, lo haremos por ese reparto de estatuillas entre CampeonesEl reino, dos películas diametralmente opuestas que reflejan muy bien las dos vertientes sociales y políticas del séptimo arte en España, y que vienen a representar a los ganadores en las principales categorías.

Porque, como dice el título de este texto, la película de Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone) ha gobernado en estos Goya, pero la comedia de Javier Fesser (Camino) ha sido la clara y justa vencedora al premio principal. Personalmente creo que cualquier de los dos films lo hubiera merecido, pues cada uno en su género son dos obras sencillamente impecables. Sin embargo, el hecho de que el thriller político se haya impuesto con siete premios indica la preferencia de una Academia que, aunque sea de forma un poco incipiente, ha abierto la puerta a la inclusión de personas con diferentes capacidades, como muy bien y emotivamente señaló Jesús Vidal en su discurso al recibir el premio al Mejor Actor Revelación por su papel en Campeones.

Más allá de quien se mereciera más o menos los premios, el reparto deja un interesante panorama cinematográfico. El cine, como cualquier arte, siempre se ve influido por el contexto social en el que surge, y esta 33 edición de los Goya es un claro ejemplo. Las películas premiadas en las principales categorías tienen una importante carga de denuncia política y social. No hace falta decir que El reino aborda los innumerables casos de corrupción política de España, pero es que La noche de 12 años, premio al Mejor Guión Adaptado, también señala un caso de tortura por cuestiones políticas. Y si Campeones pone el foco en la necesidad de formar una sociedad más tolerante e integradora, Carmen y Lola (Mejor Dirección Novel y Mejor Actriz de Reparto) hace lo propio con la homosexualidad. En la hemeroteca queda para siempre el discurso de Arantxa Echevarría, su directora, con claras alusiones al nuevo gobierno de Andalucía (estos Goya se celebraron en Sevilla) y al riesgo de que haya partidos homófobos en las instituciones o con capacidad de influir en las mismas.

Y por si esto fuera poco, los premios a cortometrajes y documentales ratifican esta idea reivindicativa en unos Goya, por lo demás, que se desarrollaron sin grandes sorpresas, pero que sí dejaron alguna que otra ausencia. Para empezar, Todos lo saben se fue con las manos vacías a pesar de sus numerosas nominaciones, prueba de la alta competitividad que existía en todas ellas. También llama la atención que El hombre que mató a Don Quijote no lograra algún premio técnico más, aunque solo fuera por la dificultad que ha arrastrado esa película y todo lo que se ha generado a su alrededor.

Sea como fuere, esta 33 edición de los Premios Goya, aunque previsible en muchas de sus categorías, arroja algo de luz sobre el camino a seguir de nuestro séptimo arte. El hecho de premiar como Mejor Película a una obra tan completa y emotiva como la de Javier Fesser, y que además con ello se ponga del lado del público que ha apoyado este film, dice mucho de la Academia. En el cine, como en una sociedad sana, hay espacio para todos los géneros, incluido el terror, y estos Goya son un fiel reflejo de esa diversidad.

Ganadores de la XXXIII edición de los Premios Goya

Mejor Película: Campeones.

Mejor Dirección: Rodrigo Sorogoyen, por El reino.

Mejor Dirección Novel: Arantxa Echevarría, por Carmen y Lola.

Mejor Guión Original: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen, por El reino.

Mejor Guion Adaptado: Álvaro Brechner, por La noche de 12 años.

Mejor Música Original: Olivier Arson, por El reino.

Mejor Canción Original: ‘Este es el momento’, de Coque Malla, por Campeones.

Mejor Actor Protagonista: Antonio de la Torre, por El reino.

Mejor Actriz Protagonista: Susi Sánchez, por La enfermedad del domingo.

Mejor Actor de Reparto: Luis Zahera, por El reino.

Mejor Actriz de Reparto: Carolina Yuste, por Carmen y Lola.

Mejor Actor Revelación: Jesús Vidal, por Campeones.

Mejor Actriz Revelación: Eva Llorach, por Quién te cantará.

Mejor Dirección de Producción: Yousaf Bokhari, por El hombre que mató a Don Quijote.

Mejor Dirección de Fotografía: Jose Incháustegui, por La sombra de la ley.

Mejor Montaje: Alberto del Campo, por El reino.

Mejor Dirección Artística: Juan Pedro de Gaspar, por La sombra de la ley.

Mejor Diseño de Vestuario: Clara Bilbao, por La sombra de la ley.

Mejor Maquillaje y/o Peluquería: Sylvie Imbert, Amparo Sánchez y Pablo Perona, por El hombre que mató a Don Quijote.

Mejor Sonido: Roberto Fernández y Alfonso Raposo, por El reino.

Mejores Efectos Especiales: Lluís Rivera y Laura Pedro, por Superlópez.

Mejor Película de Animación: Un día más con vida, de Damian Nenow y Raúl de la Fuente.

Mejor Película Documental: El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Robert Bahar.

Mejor Película Iberoamericana: Roma, de Alfonso Cuarón.

Mejor Película Europea: Cold War, de Pawel Pawlikowsky.

Mejor Cortometraje Documental: Gaza, de Carles Bover Martínez y Julio Pérez del Campo.

Mejor Cortometraje de Ficción: Cerdita, de Carlota Pereda.

Mejor Cortometraje de Animación: Cazatalentos, de José Herrera.

Diccineario

Cine y palabras

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