Las mujeres protagonizan la 75 edición de los Globos de Oro


A diferencia de la pasada edición, los Globos de Oro de este 2018 han dejado unos premios muy repartidos entre los principales títulos de las diferentes categorías de cine y televisión. Con todo, en esta 75 edición ha habido vencedores y vencidos, sorpresas y grandes olvidados, sobre todo en lo que a cine se refiere. Por empezar por estos últimos, sin duda Los archivos del Pentágono ha sido la gran derrotada. El film de Steven Spielberg (Lincoln) optaba prácticamente a todas las categorías cinematográficas a las que podía optar, incluyendo banda sonora, pero tras la gala de este pasado domingo 7 de enero el palmarés de premios ha quedado en blanco. Su gran ausencia ha sido similar a la de La forma del agua, si bien es cierto que esta ha logrado dos premios, uno para Guillermo del Toro (Pacific Rim) como director y otro para Alexandre Desplat (Valerian y la ciudad de los mil planetas) como compositor de la banda sonora.

Y después de los olvidados, los vencedores. En estos Globos de Oro marcados por la reivindicación y la denuncia de la violencia y los abusos contra las mujeres, han sido precisamente producciones protagonizadas por actrices las que han acaparado la práctica totalidad de los premios, principalmente en televisión. Es el caso de Tres anuncios en las afueras, principal vencedor de esta edición cuya protagonista, Frances McDormand (Tierra prometida) ha logrado el premio como Mejor Actriz Dramática. Esta película, sin embargo, ha permitido reivindicar y reconocer el trabajo de Martin McDonagh, director y guionista del film, quien con apenas tres películas a sus espaldas ha logrado dejar su impronta personal en un sistema de producción cinematográfica que tiende cada vez más a parecerse a una cadena de montaje. Personalmente creo que Escondidos en Brujas (2008) y Siete psicópatas (2012) son dos joyas a reivindicar siempre que surja la ocasión, y el hecho de que la tercera película escrita y dirigida por McDonagh haya sido reconocida con los premios a Mejor Película Dramática y Mejor Guión confirma que estamos ante un autor de peso.

En cuanto al resto de premiados en cine, muy repartidos entre algunos esperados y algunas sorpresas. Entre los primeros podríamos incluir el premio a Coco como Mejor cinta de animación o el de Gary Oldman por su recreación de Winston Churchill en El instante más oscuro (este tipo de papeles siempre son del agrado de la Academia, por lo que no es extraño que termine siendo el ganador del Oscar). Y entre las sorpresas podría estar la de James Franco como Mejor Actor de Comedia en The disaster artist; sorpresa relativa, pues la realidad es que buena parte del éxito de esa película radica en la fidelidad de las interpretaciones y de los planos de la película The room (2003), y en este aspecto la labor de Franco es inigualable.

La criada y las mentiras

En lo que a los premios de televisión se refiere, menos sorpresas y menos Globos de Oro repartidos entre los candidatos. Y de nuevo, las mujeres como protagonistas. A pesar de la calidad de los títulos candidatos a Mejor Serie Dramática, parecía evidente que The Handmaid’s Tale iba a lograr el galardón, y las previsiones se cumplieron. No debería ser una sorpresa. Para empezar, es la única serie nueva de las cinco candidatas, lo que ya de por sí aporta un elemento diferenciador a lo que se puede ver en el resto de producciones. Pero es que además, como producto audiovisual, ofrece muchos más niveles interpretativos y conceptuales que sus rivales, amén de una factura técnica, interpretativa y narrativa espléndidas. Sus actores, su fotografía, la temática que aborda y el modo en que se desarrolla la trama son, en líneas generales, muy superiores a los de sus competidoras. De ahí también el premio recogido por su protagonista, Elisabeth Moss (serie Mad Men).

Aunque en este apartado televisivo sin duda la gran triunfadora ha sido Big Little Lies, que ha acaparado la práctica totalidad de los premios relativos a la Mejor Miniserie. Premios no solo a la producción como tal, sino a casi todos sus actores. Y digo casi porque sus actrices competían de dos en dos en las categorías Principal y Secundaria, por lo que una de ellas tenía que irse a casa sin el premio. Finalmente, Nicole Kidman (La seducción) y Laura Dean (Star Wars: Episodio VIII – Los últimos jedi) fueron las agraciadas. Y el hecho de que esta ficción se haya llevado tantos premios invita a analizar la única categoría en la que no competía, la de Mejor Actor de Miniserie o TV Movie, que ha ido a parar a Ewan McGregor (American Pastoral) por su papel en la tercera temporada de Fargo. Baste señalar que él, junto a David Thewlis (Teorema Zero), es uno de los grandes atractivos de una temporada más floja que sus predecesoras.

En líneas generales, por tanto, los Globos de Oro entregados en este 2018 han dejado, al menos en televisión, menos variedad de la que podría esperarse, muy al contrario de lo que ha ocurrido en las categorías cinematográficas, que por cierto ya dejan entrever cuál puede ser la quiniela de los Oscar, sobre todo si se tiene en cuenta lo ocurrido el año pasado. En cualquier caso, lo cierto es que la calidad de los títulos que competían en esta edición era alta, muy alta, por lo que el destino de las estatuillas podría haber sido cualquiera. A continuación encontraréis la relación de los ganadores de la 75 edición de los Globos de Oro.

CATEGORÍAS CINEMATOGRÁFICAS

Mejor Película Dramática: Tres anuncios en las afueras.

Mejor Película Comedia/Musical: Lady Bird.

 Mejor Director: Guillermo del Toro, por La forma del agua.

Mejor Actor Dramático: Gary Oldman, por El instante más oscuro.

Mejor Actor Comedia/Musical: James Franco, por The disaster artist.

Mejor Actriz Dramática: Frances McDormand, por Tres anuncios en las afueras.

Mejor Actriz Comedia/Musical: Saoirse Ronan, por Lady Bird.

 Mejor Actor Secundario: Sam Rockwell, por Tres anuncios en las afueras.

Mejor Actriz Secundaria: Allison Janney, por Yo, Tonya.

Mejor Guión: Martin McDonagh, por Tres anuncios en las afueras.

Mejor Banda Sonora: Alexandre Desplat, por La forma del agua.

Mejor Canción: Justin Paul & Benj Pasek, por ‘This is me’, de El gran showman.

Mejor Película en Lengua Extranjera: En la sombra (Francia y Alemania).

Mejor Película de Animación: Coco.

 

 CATEGORÍAS DE TELEVISIÓN

Mejor Serie Drama: The Handmaid’s Tale.

Mejor Actor Drama: Sterling K. Brown, por This is us.

Mejor Actriz Drama: Elisabeth Moss, por The Handmaid’s Tale.

Mejor Serie Comedia: The Marvelous Mrs. Maisel.

Mejor Actor Comedia/Musical: Aziz Ansari, por Master of none.

Mejor Actriz Comedia/Musical: Rachel Brosnahan, por The Marvelous Mrs. Maisel.

Mejor Miniserie/Telefilme: Big Little Lies.

Mejor Actor Miniserie/Telefilme: Ewan McGregor, por Fargo.

Mejor Actriz Miniserie/Telefilme: Nicole Kidman, por Big Little Lies.

Mejor Actor Secundario Serie/Miniserie/Telefilme: Alexander Skarsgård, por Big Little Lies.

Mejor Actriz Secundaria Serie/Miniserie/Telefilme: Laura Dern, por Big Little Lies.

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‘Fargo’, más drama y un humor negro irregular en la 3ª temporada


Se conoce como serie de antología a aquella producción en la que cada episodio o temporada tiene una historia diferente con personajes diferentes. En los últimos tiempos son varios los ejemplos, desde American Horror StoryTrue Detective. Los atractivos de este formato son evidentes: historias autoconclusivas, tratamiento concentrado, personajes que se renuevan cada poco tiempo, tramas dinámicas, etc. Pero también tiene sus inconvenientes, y es el hecho de que no todas las historias tengan el mismo nivel dramático. Ha pasado en prácticamente todas estas producciones, y Fargo no es ajena. La ficción creada por Noah Hawley (serie Bones) e inspirada en la homónima película de los hermanos Coen (¡Ave, César!) alcanza su tercera temporada con diferencias sustanciales en su tratamiento, a pesar de querer mantener la misma estructura que en etapas anteriores.

Unas diferencias que, aunque puedan parecer sutiles y podo determinantes, la realidad es que han provocado que estos 10 nuevos capítulos no hayan causado la misma sensación que las dos temporadas previas, que por cierto sí tenían algo en común, aunque fuera de un modo muy indirecto. Dichas diferencias se hayan en el peso dramático de los personajes y, sobre todo, en la carga de humor negro de la historia, más dramática que las anteriores o, si se prefiere, menos irónica. A esto se añaden algunos personajes secundarios algo irregulares, introducidos casi por necesidad más que por una auténtica construcción del relato. Eso por no hablar de ese personaje con toques divinos que se cuela en mitad de la historia en varias ocasiones.

Pero volviendo al tratamiento de la historia, esta tercera temporada de Fargo carga mucho las tintas sobre la relación de los hermanos gemelos interpretados por un espléndido Ewan McGregor (La Bella y la Bestia). Tanto que se olvida de definir algo mejor no solo a los secundarios, sino al otro personaje principal de este tipo de historias: el o la policía encargada del crimen que centra la trama, en esta ocasión interpretada por Carrie Coon (serie The Leftovers). Mientras que los roles de McGregor cargan sobre sus hombros el peso dramático y cómico del argumento, el de Coon se limita a potenciar la inocencia y, hasta cierto punto ingenuidad, característica de estos personajes, obviando el necesario toque cómico que siempre han tenido.

Y al perder esa ironía esta pata de la estructura dramática queda coja. En efecto, la investigación policial se vuelve un tanto anodina, sin interés más allá de que se resuelva cuanto antes para poder ver qué ocurre con los culpables y con los secundarios involucrados en el crimen. Dicho de otro modo, este tipo de personaje, que en temporadas anteriores había tenido un papel protagonista, queda aquí relegado a un secundario importante cuya historia, dicho sea de paso, carece del interés necesario para soportar el peso de su historia. Esto provoca un desequilibrio dramático que se aprecia en el ritmo y el interés de las secuencias, y que termina por generar una irregularidad que puede hacer muy cuesta arriba el seguimiento del argumento.

Secundarios, siempre los secundarios

El personaje de Coon, al poder compararse con temporadas anteriores, puede que sea el caso más evidente, pero no es ni mucho menos el único. De hecho, la trama está cargada de secundarios que entran y salen de la trama sin aportar gran cosa al conjunto, salvo tal vez acentuar más si cabe el carácter surrealista y absurdo de buena parte de una historia que, vista en su conjunto, tiene menos humor del que podría esperarse y más drama del que sin duda tuvieron las anteriores etapas (y eso que algunas fueron sumamente dramáticas).

Pero estas irregularidades no convierten esta tercera temporada de Fargo en una producción mediocre. De hecho, sigue estando muy por encima de la media que suele verse en la pequeña pantalla. Y ello es fundamentalmente gracias a unos personajes y unos actores que, salvo los casos ya comentados, son simplemente brillantes. Entre ellos destaca, como también es habitual en todas las temporadas de esta ficción, el villano, interpretado ahora por David Thewlis (Wonder Woman). Misterioso y desagradable como pocos, este personaje logra hacerse con el control de la trama casi al instante, tanto dramática como figuradamente. Su presencia en pantalla es, literalmente, tan cautivadora como repugnante, absorbiendo la atención del espectador de forma casi hipnótica. Es sin duda el gran atractivo de esta etapa, y con él dos roles secundarios cuyo valor es mejor que se compruebe por uno mismo.

De hecho, tiene tal relevancia en el desarrollo de la historia que, a diferencia de temporadas anteriores, el episodio final termina precisamente con cerrando el arco argumental de su particular trama, enfrentándole con el rol interpretado por Coon en un final, todo hay que decirlo, tan hermoso y simbólico como sencillo. El hecho de que ambos personajes terminen enfrentándose cara a cara, así como el final que tiene uno de los protagonistas interpretado por McGregor, viene a convertirse en el broche perfecto entre los dos extremos de esta ficción. Villano y policía se enfrentan cara a cara en un diálogo que aúna los diferentes elementos del irregular desarrollo de la trama, amén de cerrar la historia de una forma original y eficaz.

El mejor resumen de esta tercera temporada de Fargo podría ser que, aun sin alcanzar las cotas dramáticas e irónicas e sus predecesoras, es una ficción muy superior a lo que puede verse en la televisión. De nuevo con esos incomparables parajes nevados como telón de fondo, la historia, con sus numerosas irregularidades, ofrece de nuevo una enrevesada historia en la que asesinato, culpabilidad, crimen organizado y humor absurdo se combinan para mostrar un mundo tan surrealista como las situaciones que viven sus personajes. Es cierto que sobran secundarios, que hay secuencias innecesarias y que el peso dramático de los protagonistas es tan irregular que termina perjudicando el desarrollo dramático, pero con todo y con eso sigue arrancando una sonrisa sarcástica. Y lo más importante, sigue siendo Fargo.

‘Jumanji: Bienvenidos a la jungla’: pulse ‘Start’ si se atreve


Cuando en 1995 se presentaba Jumanji se hacía como una aventura familiar, un entretenimiento en torno a algo tan tradicional como un juego de mesa. Pero después de dos décadas, aquel film se ha convertido en una película de culto para varias generaciones, en un derroche de imaginación, humor, drama y acción con varias lecciones a aprender. Por eso se antojaba algo innecesario este remake/secuela que, en esta ocasión, se traslada a la jungla en lugar de traer la jungla a nuestro mundo.

Los tiempos cambian, y con ellos las formas de entretenimiento. Y por extensión, la de este juego de supervivencia selvático. Sin una explicación clara de los motivos por los que se convierte en videojuego, la mecánica de la película viene a ser la misma, salvo por detalles que restan la magia que sí tuvo la original: esa necesidad de jugar con dados, las consecuencias de hacer trampas y, sobre todo, las amenazas a las que se enfrentan los protagonistas. Es el contexto en realidad lo que convierte a esta aventura en una mera producción sin más recorrido que la distracción durante dos horas, amén de unos efectos especiales más correctos que otra cosa.

La cinta, desde luego, cumple con su función. El ritmo y las secuencias de acción se equilibran con el relato de la trama y un tratamiento que los aficionados a los videojuegos reconocerán al instante. Si a esto sumamos que los héroes tienen la mentalidad de unos adolescentes que no comprenden lo que ocurre, la combinación es hilarante por momentos, dejando vía libre a los actores para dar rienda suelta a un contraste entre físico y personalidad, entre el personaje de videojuego y el personaje en la vida real. Contraste que muchas veces salva un tratamiento más bien pobre de la historia, que tiende a olvidarse de los riesgos de la selva (como en la original) y se queda solo con los grandes animales que habitan entre los árboles.

Así, Jumanji: Bienvenidos a la jungla ofrece y confirma lo que se espera de ella, es decir, vivir una aventura durante las dos horas que dura esta historia. Con momentos divertidos y otros cargados de adrenalina, la película deja al margen el drama familiar o los problemas de los jóvenes para contar un relato cargado de acción, héroes y villanos de videojuego y PNJ. Y ese es precisamente lo que la convierte en una cinta que se olvida tan rápido como se consume. La falta de trasfondo, o al menos de un mensaje capaz de calar más que los músculos de Dwayne Johnson (serie Ballers), cuyo carisma por cierto salva buena parte del film, es lo que hace cuestionable esta adaptación, sobre todo para aquellos que vivieron y crecieron con el recuerdo del niño convertido en mono por hacer trampas en un juego de mesa.

Nota: 5,5/10

‘Suburbicon’: lo que se esconde bajo el racismo


Una de las primeras cosas que se explica a la hora de escribir un guión es que el subtexto es fundamental. Los personajes, y por extensión la película, deben contar algo que no sea lo que se ve a simple vista. Conseguir esto es todo un arte, no tanto porque sea complicado encontrar el equilibrio entre lo que se cuenta y lo que realmente se quiere contar, sino porque lo que se ve en pantalla muchas veces no va acorde al verdadero contenido de la trama. Todo esto es lo que se puede descubrir bajo la cándida apariencia de lo nuevo de George Clooney (Buenas noches, y buena suerte) como director, aunque al igual que el pueblo en el que se desarrolla la acción, todo en la cinta parezca prefabricado.

Tal vez sea porque son los hermanos Coen (Fargo) dos de los firmantes del guión. Y es que más allá del interés del libreto, sobre todo en su tratamiento, el argumento está plagado de lugares comunes, sobre todo de la filmografía de estos directores. Eso termina por generar una sensación de estar ante algo conocido, ante unos personajes que aportan poco a una historia ya contada. Y lo que es peor, ante un final que se intuye y se puede prever con cierta antelación. Todo ello puede provocar que, a primera vista, este drama con tintes de comedia negra que se desarrolla en Suburbicon resulte un poco decepcionante, y hasta cierto punto lo es. A ello se suma que el desarrollo dramático tanto de la trama principal como del contexto social en el que se enmarca no son todo lo fluidos que cabría esperar, lo que genera unas depresiones en el ritmo narrativo que invitan a desconectar de la historia.

Sin embargo, este film tiene muchas lecturas. Para empezar, el paralelismo entre la sociedad racista y el protagonista al que da vida un espléndido Matt Damon (Tierra prometida). Ambos acusan siempre a elementos externos de sus propios errores, de sus propios complejos. Asimismo, la creciente violencia contra la familia afroamericana que se muda al barrio es directamente proporcional a la violencia que desencadenan las decisiones de este padre de familia. Y por último está la relación entre dos niños que no entienden el mundo de los adultos, ni sus odios infundados ni sus intrigas. Todo ello genera un trasfondo social sumamente interesante, una metáfora sobre ese odio al otro, ese miedo a lo externo que, en realidad, procede de nuestras propias debilidades y de nuestros propios complejos.

Se puede decir que Suburbicon, el pueblo, es el todo. Y Suburbicon, tan solo una parte que ejemplifica ese todo. Dicho de otro modo, la familia que protagoniza esta trama es el reflejo de una sociedad aparentemente perfecta que, en cuanto se introduce un elemento que, bajo su punto de vista, distorsiona esa perfección, saca a relucir los instintos más bajos y mediocres para atacar a lo que es diferente y disimular así sus propias mezquindades. Y aunque la narrativa y el tratamiento pueden resultar algo irregulares, el contenido es sumamente revelador. Se dice que una película debe ser capaz de ofrecer al espectador algo más de lo que ve a simple vista. Bueno, el tándem Clooney-Coen desvela lo que realmente se esconde tras el racismo.

Nota: 6/10

‘Orange is the new black’, reivindicación y denuncia en su 5ª T.


La evolución de Orange is the new black es cuanto menos interesante desde un punto de vista narrativo y de construcción de tramas. Lo que comenzó siendo una serie carcelaria de mujeres con una clara protagonista se ha convertido en una producción coral con muchos y atractivos personajes entre los que, curiosamente, se ha diluido por completo el personaje de Taylor Schilling (Noche infinita), con el que comenzó todo hace ya cinco temporadas. Y aunque en líneas generales siempre ha existido un tratamiento dramático con un trasfondo de denuncia social, en los 13 episodios de esta quinta etapa esa denuncia del sistema penitenciario y la reivindicación de los derechos de presos y presas es más acusado que nunca.

Y es que, con una historia concentrada en unos pocos días y con un motín como contexto narrativo, la creadora Jenji Kohan (serie Weeds) compone un universo en constante evolución en el que la tensión se nota en casi cada plano. Una tensión combinada con el ácido humor del que siempre ha hecho gala la serie pero que, en esta ocasión, dispara de forma indiscriminada contra cualquier personaje, tenga la condición que tenga. Así, los momentos más dramáticos, siempre en torno a la muerte del personaje que da pie al motín, se mezclan con situaciones de lo más irónicas y surrealistas, desde el secuestro de los rehenes y lo que hacen con ellos, hasta los problemas existentes entre los diferentes clanes dentro de la prisión. Este tratamiento cómico-dramático, al fin y al cabo presente durante toda la serie, genera algunos momentos sumamente divertidos a la par que preocupantes, manteniendo en definitiva el espíritu de esta producción.

Sin embargo, el carácter reivindicativo de Orange is the new black está mucho más presente, sobre todo en el tramo final de la temporada. Y lo está por muchos motivos. Más allá de la negociación entre presas y responsables de la penitenciaría, la serie pone el foco en diversos aspectos sociales que enriquecen el desarrollo de la historia como tal. Por un lado, el trato inhumano e insensible con el que se mantiene a las presas, no tanto por el poco espacio en el que conviven sino por la falta de tacto después de que una de ellas haya muerto aplastada por un guardia. Por otro, el hecho de que todo esté en manos privadas hace que solo interesen los beneficios, con el impacto que eso tiene en la vida entre rejas de estas mujeres. Pero es que además, y esto puede que sea más importante, se aprecia una falta de interés del sistema en reintegrar a estas personas. Los intentos de construir algo parecido a una sociedad dentro de la cárcel, en la que el intercambio entre productos fabricados por las presas sea la base del buen funcionamiento, se vienen abajo al no existir una integración real entre los diferentes grupos, lo que invita a pensar en las dificultades de reintegrarlas en la sociedad.

En este sentido, es interesante establecer el paralelismo entre los distintos comportamientos que se producen dentro de la prisión entre las internas, y cómo todos ellos derivan de un único acontecimiento en el que, eso sí, estuvieron todas unidas casi por primera vez en toda la serie. Desde aquellas que quieren evitar el conflicto a aquellas que quieren controlarlo; desde las presas que solo quieren paz en un rincón apartado hasta aquellas que provocan más y más caos. En este pequeño microcosmos están representados absolutamente todos los comportamientos, todos los modos de afrontar y aprovechar un motín como el que narra esta quinta temporada. Y tal vez sea por la falta de coordinación, o simplemente que era algo que tenía que pasar, pero lo cierto es que el desenlace es uno de los que más posibilidades de futuro ofrece a esta ficción si se sabe aprovechar.

Torre de Babel

Como mencionaba al comienzo, la desaparición del protagonismo de Schilling en la trama ha abierto las puertas a una verdadera “Torre de Babel” en la que varios personajes han ido asumiendo más y más peso dramático. Y si bien esto es algo positivo dado que la primera protagonista no es, ni de lejos, tan interesante como otros roles más o menos secundarios, también genera varios problemas narrativos que a lo largo de las cinco temporadas de Orange is the new black se han tratado de forma irregular.

En el caso de esta quinta etapa el tratamiento ha sido realmente interesante. A pesar de un ritmo intermitente, la trama se ha apoyado sobre los personajes más importantes, que han adquirido una mayor responsabilidad dramática y han salido airosos de la prueba. Asimismo, el hecho de que el argumento se haya desarrollado en varios núcleos claros en los que transcurre prácticamente toda la acción ayuda a ubicar tanto temporal como espacialmente el grueso de una trama mucho más condensada y con un objetivo más claro que el de temporadas anteriores. Todo ello conforma un arco argumental cuyo planteamiento, nudo y desenlace son más evidentes, más directos y, en cierto modo, más tradicionales de lo que esta serie nos tiene acostumbrados, lo cual no resta un ápice a la ironía ni al carácter de los personajes. Al contrario, los potencia, lo que debería hacer reflexionar sobre el rumbo que debe tomar la serie en lo que a tratamiento y estructura narrativa se refiere.

Y es que a diferencia de las anteriores temporadas, el hecho de desarrollar la trama en poco tiempo, siempre con un tema claro como telón de fondo y con la necesidad de encontrar una salida correcta al conflicto planteado, permite a su creadora centrar la atención y acotar la narrativa a las protagonistas de siempre, cuyas particularidades se potencian gracias a estas limitaciones espacio-temporales. Es evidente que la temporada puede tener (y de hecho tiene) altibajos de ritmo y de interés, sobre todo por la introducción de algunas tramas secundarias que, aunque divertidas, aportan poco al conjunto salvo definir algo mejor el universo de la serie. Pero con todo y con eso, la temporada se erige como una de las más completas.

De hecho, y aunque para gustos se hicieron los colores, esta quinta etapa de Orange is the new black posiblemente sea la más completa en lo que a contenido dramático se refiere. El acontecimiento que da lugar al motín, el desarrollo del mismo, los hitos dramáticos y los puntos de giro convierten a estos 13 capítulos en los más intensos de la serie. Tal vez no los mejores, pues parte de su tratamiento puede resultar algo caótico o irregular, pero sin duda los más complejos. Y su final, abierto como siempre pero con muchos más interrogantes, es la guinda perfecta de un pastel que ha cambiado su receta para tener un sabor más intenso. La duda que queda ahora es si esto tendrá una continuidad en el futuro o se volverá al caos resuelto en un puñado de episodios que venía siendo hasta ahora.

‘Perfectos desconocidos’: el eclipse telefónico de la verdad


Qué puede haber de malo en que un grupo de amigos que se conoce desde hace muchos años compartan sus llamadas y mensajes durante una cena? Pues a tenor de lo visto en la nueva película de Álex de la Iglesia (Los crímenes de Oxford), mucho. Y es que esta comedia negra, adaptación de la película italiana homónima de 2016, es un compendio de giros argumentales, algunos más previsibles que otros, dinámico y, sobre todo, autodestructivo.

Autodestructivo para los personajes, que no para la historia. Es más, la estructura argumental de Perfectos desconocidos, a modo de obra teatral, apenas tiene irregularidades en su ritmo narrativo, aprovechando las posibilidades que ofrecen siete personajes y sus respectivos secretos a lo largo de dos horas. Con inteligencia, el guión salta de uno a otro con frescura y naturalidad, teniendo como epicentro del drama tragicómico la tecnología y la fantasía que rodea un eclipse de luna como el que sirve de excusa para algunos de los momentos más hilarantes y surrealistas de la trama. Al buen tono del film contribuyen, en este caso más que nunca, un plantel de actores espléndido. Por supuesto, habrá quien prefiera a uno u a otro, pero en líneas generales la interpretación y el partido que saca de la misma De la Iglesia es sencillamente brillante.

Con todo, habrá quien piense que esta no es una historia de Álex de la Iglesia, y en cierto modo tiene razón. La historia a priori parece alejada de los cánones excesivos a los que nos tiene acostumbrados el director, pero eso es solo a priori. La realidad es que el desarrollo de la trama, incluyendo un final de corte fantástico con varias interpretaciones, es histriónico, con personajes al borde de sus posibilidades y con una realidad inicial destruida por la locura de unos roles con miedo a perder lo que tienen y a afrontar las consecuencias de sus actos, con los que por cierto provocan la concatenación de revelaciones que se ve en pantalla. Con todo, la trama peca a veces de demasiado teatral, con alegatos algo forzados a favor o en contra de un determinado tema, o con largos diálogos para tratar de desgranar la personalidad de los personajes.

Pero es un problema menor. La realidad es que Álex de la Iglesia utiliza un lenguaje visual dinámico y fresco, acorde con el propio desarrollo de la trama y con el que saca el máximo partido no solo al trasfondo social y dramático de esta comedia, sino a un grupo de actores a la altura de las circunstancias. Una película compleja en su sencillez, con numerosas capas interpretativas que invitan a pensar no solo en los secretos de aquellos a los que, en teoría, mejor conocemos, sino en los riesgos de las nuevas tecnologías y en cómo éstas han cambiado nuestra forma de relacionarnos. Y todo ello riéndonos a carcajada limpia.

Nota: 7/10

‘Episodes’ termina y cierra ciclo en su quinta temporada


Aunque muchas veces las comparaciones son odiosas, equiparar en algunos aspectos unas cosas con otras puede ayudarnos a tomar perspectiva. Por ejemplo, en el caso de Episodes, la serie creada por David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie The class), equipararlo a cualquier otra producción, ya sea drama o comedia, permite apreciar mejor la calidad de una serie sencilla, una sitcom correcta y ajustada en tiempo y formato que, sin embargo, está planteada de principio a fin como un todo. Y eso es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de series.

Y esto es algo que se aprecia sobremanera en la quinta y última temporada por muchos motivos. El más importante, evidentemente, el dramático. El arco argumental de esta etapa final viene a ser una vuelta a los inicios para los protagonistas, un regreso al punto de partida con el que comenzó esta divertida ficción. La pareja de guionistas interpretada por Stephen Mangan (Rush) y Tamsin Greig (Con la banca no se juega) se convierten en el punto de apoyo sobre el que la trama gira sobre sí misma para volver a situarles como al principio, es decir, construyendo una historia que no les termina de convencer para un actor, Matt LeBlanc (Los ángeles de Charlie) al que odian y aman casi a partes iguales.

Por supuesto, no es este el único elemento. Resulta también interesante el giro final de la serie, en el que los protagonistas convierten en episodio piloto del nuevo producto su propia experiencia con LeBlanc, una producción dentro de otra producción que acentúa el carácter cíclico de Episodes desde un punto de vista puramente formal y conceptual. Desconozco si esa era realmente la intención de sus creadores desde el comienzo o si ha sido algo obligado por las circunstancias, pero lo que sí parece claro, viendo el resultado final de la serie completa, es que alguna base debía existir, pues aunque en muchas ocasiones el desarrollo dramático ha podido parecer algo caótico, la realidad es que todo ha terminado encajando de forma armónica.

Y todo ello con humor ácido, con carcajadas blancas y sinceras, y con una cierta crítica profesional y social a un mundo, el de la televisión, marcado por las audiencias. Esta quinta temporada, en este sentido, también es ejemplar. Si durante etapas anteriores la trama se ha centrado fundamentalmente en el devenir de una pareja de guionistas ingleses y su calvario en Estados Unidos, en esta última parte (y que comenzó en la cuarta temporada) buena parte del peso también recae en el personaje de LeBlanc, al que se le enfrenta a situaciones que, en principio, ningún actor desea, como bien se encargan de demostrar en la trama. Y a su alrededor, todo un mundo movido por intereses personales, por rencillas y, por supuesto, por el dinero y la audiencia, capaz de perdonar todo. Y cuando digo todo, es todo.

El final deseado

Otro elemento que viene a confirmar el carácter circular de Episodes es el hecho de que esta última temporada cuenta con 7 episodios, los mismos que la primera allá por 2011 y dos menos que el resto de etapas. Puede parecer causalidad o una mera anécdota, pero lo cierto es que esta características de la conclusión de la serie condiciona en buena medida el desarrollo de la trama, mucho más directo y enfocado a cerrar las líneas argumentales todavía abiertas a lo largo de esta ficción. En este sentido, y a pesar de los problemas que puede ocasionar la falta de tiempo, se podría decir que es el final deseado.

Porque sí, la conclusión de la serie es lo que podría esperar y desear cualquier espectador de una producción tan blanca y limpia como esta. Nada de finales inesperados, nada de giros argumentales de última hora que puedan cambiar el destino de los protagonistas. Todo se desarrolla como estaba previsto, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y aunque es cierto que algunas historias secundarias pecan en exceso de un desarrollo y una resolución directa y simple, no lo es menos que la dinámica del trío protagonista es tan sólida que acapara toda la atención, por lo que las historias secundarias quedan, pues eso, en un segundo plano.

Y si bien es cierto que al final estos personajes secundarios, aunque divertidos y por momentos interesantes, no dejan de ser meras sombras en el fondo de la historia principal que permiten dar color al entorno en el que se desarrolla la trama, también lo es el hecho de que se echa en falta algo más de peso dramático y narrativo de los mismos en esta conclusión. Y es que ese es el principal problema de esta última temporada. Durante toda la serie varios secundarios habían disfrutado de un peso específico notable, siendo incluso determinantes en las decisiones de los protagonistas. Ahora, sin embargo, se convierten más bien en un contexto necesario, en una suerte de acompañamiento divertido al que se le tiene que dar un final, pero que no tiene demasiado impacto en el resto de la ficción.

En cualquier caso, es un problema menor de una sitcom diferente, fresca y dinámica, con un trío protagonista que, sin ser excepcional, sí evidencia una complicidad inusual. Esta quinta y última temporada de Episodes cierra por completo la serie de un modo pocas veces visto, y a pesar de ciertos problemas de equilibrio dramático entre la historia principal y los personajes secundarios, en líneas generales cumple lo que podría esperarse de una ficción de estas características. No es una obra cumbre de la comedia, ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente original como para ser una obra destacada, tanto por su argumento como por sus actores.

El cambio generacional llega a ‘The Big Bang Theory’ en su 10ª T.


No estoy particularmente en contra de una serie longeva. Cada producción debe tener las temporadas necesarias, sin alargar el chicle del éxito de forma innecesaria ni tampoco recortar en el desarrollo dramático de las historias para reducir su duración. Dicho esto, creo que The Big Bang Theory está empezando a sufrir el mal de las sitcoms que duran más de lo que deberían, o al menos cuyas tramas muestran signos de cansancio. Porque si su novena temporada ya inició el camino a la madurez de sus protagonistas, en esta décima etapa de 24 episodios se puede decir que estamos metidos de lleno en esa presunta vida adulta de estos jóvenes. Y esto tiene visos de alargarse.

Este cambio narrativo, al menos en lo que a su fondo se refiere, no debería ser algo negativo en la serie creada por Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (Los líos de Caroline). De hecho, y desde una cierta perspectiva, resulta interesante comprobar cómo los amigos protagonistas afrontan los problemas de una vida en pareja y de una madurez a la que no estaban acostumbrados hasta ahora, teniendo como momento culmen el final de esta temporada, que aquellos que hayan comenzado a ver la undécima ya sabrán cómo se resuelve. Esta apuesta por hacer avanzar la serie, sin lugar a dudas, es positivo por dos motivos evidentes. Por un lado, porque se aleja de la estructura clásica de este tipo de producciones en la que los protagonistas apenas evolucionan y los cambios se producen más por elementos externos. Y por otro, porque se abren nuevas posibilidades dramáticas y se amplía el abanico argumental.

Sin ir más lejos, en esta temporada se ha incidido más en la relación del grupo con varios personajes secundarios y episódicos, se han explorado tramas secundarias que se habían dejado un poco de lado por necesidades de guión, e incluso se han potenciado algunos aspectos de la personalidad de roles como el de Kunal Nayyar (Dr. Cabbie) que se habían quedado en un segundo plano. Todo ello es gracias a la nueva situación que viven los protagonistas. Los cambios de estatus en la trama principal afectan directamente a las líneas argumentales secundarias, que a su vez se renuevan para amoldarse y reaccionar ante las novedades en la principal. Se aprecia de este modo un tratamiento orgánico de la trama, algo que siempre es de agradecer porque fortalece el universo friki y cómico creado en The Big Bang Theory.

Pero esta evolución tiene dos caras, y es que los personajes están dejando, poco a poco, de ser aquellos que enamoraron a los espectadores al comienzo de la serie. Sí, resulta muy interesante ver a Leonard, a Sheldon, a Penny, a Howard y a Raj afrontar el matrimonio, la convivencia en pareja, el respeto por los gustos del otro, la paternidad, etc. Y precisamente la lucha entre sus diferentes formas de ser, sus pasados y sus futuros es lo que genera algunas de las situaciones más hilarantes y divertidas de la temporada. Pero como esta situación no puede sostenerse, poco a poco ese aspecto friki, que siempre seguirá existiendo, dejará paso, como de hecho ya hace en esta etapa, a una cierta responsabilidad. Y eso es lo que puede terminar por afectar al conjunto de la serie.

Sin problemas internos

Es más, en esta décima temporada de The Big Bang Theory ya se han ido perdiendo buena parte de los elementos que han definido a la serie durante estos años. Para empezar, han desaparecido casi por completo los problemas internos en el grupo. Tanto es así que lo único que parece generar algo de conflicto es el propio Sheldon Cooper (de nuevo con Jim Parsons –Figuras ocultas– en estado de gracia), cuya actitud con su novia es el catalizador de algunos de los momentos más dramáticos de estos episodios. Pero salvo esto, el resto de personajes parecen haber encontrado una estabilidad única, capaz de suprimir los problemas de pareja y de convertirles en un cúmulo de tolerancias hacia las excentricidades del otro. Y aunque es lógico, pues no van a estar peleando toda la vida, también resta dinamismo a buena parte del ritmo de la serie.

En este sentido, la ficción ha perdido fuerza de forma evidente. Se ha tratado de sustituir con agentes externos que incidan en la dinámica del grupo y haga aflorar cierta rivalidad entre ellos, cierto dinamismo que devuelva esa irritabilidad a Sheldon, esa inseguridad a Leonard. Y gracias a eso se ha logrado, pero de forma intermitente. No me malinterpreten. La serie sigue siendo una de las más divertidas de la televisión actual, con algunos gags hilarantes y con constantes referencias a la ciencia, los cómics y los videojuegos que harán las delicias de los espectadores más frikis. Pero mientras que antes existía una cierta satisfacción tras la carcajada en el sofá y la risa enlatada de las escenas, ahora esa carcajada parece esconder cierto anhelo por una dinámica dramática que se está perdiendo, y que dado que la serie está avanzando como está avanzando, parece que no va a ser posible recuperar.

Así las cosas, es necesario comprender que la serie empieza a ser algo diferente. En algunos casos incluso nuevo. Y tiene que ser entendido tanto por guionistas como por espectadores. Los primeros para poder sacar el máximo partido a las nuevas situaciones que viven los protagonistas partiendo de la base de que la dinámica detrás del éxito de las aventuras y desventuras de estos amigos se halla en las diferencias de carácter y en cómo afrontan la convivencia juntos. Y los segundos porque solo entendiendo estos cambios podrán disfrutar al máximo de esta producción como han hecho hasta ahora. La clave, de nuevo, está en el guión y en el tratamiento de los personajes, que a pesar de madurar y evolucionar deben seguir siendo capaces de mostrar sus diferencias como hasta ahora, y no perderse en la rutina de la madurez.

De ahí que esta décima temporada de The Big Bang Theory sea la mejor prueba de los riesgos que corre una serie cuando se ve obligada a evolucionar sin entender bien las bases de sus dinámicas dramáticas y cómicas. Es la mejor prueba porque, por suerte, la ficción ha perdido solo parte de su esencia, manteniendo intacta buena parte de su comicidad y de los aspectos que más la definen, entre ellos unos protagonistas que ya son parte de la historia de la televisión. El peligro está en el futuro y en el tiempo que se quiera estirar el éxito, pues de ello depende que el espectador mantenga en su cabeza la fantasía de unos personajes o los vea madurar y decaer en la pequeña pantalla. Por lo pronto, la evolución cada vez es más evidente, y aunque se está haciendo de forma orgánica a lo largo de varias temporadas, ya nunca volveremos a ver a ese grupo que comenzó hace tantos años. El cambio generacional de los personajes ha llegado.

‘Toc Toc’: la intrascendencia de los trastornos


El humor suele ser una buena terapia para casi todo. Y por eso tal vez la nueva película de Vicente Villanueva (Lo contrario al amor) funciona tan bien. Sí, es cierto que se basa en una obra de teatro, y con eso tiene buena parte del camino hecho al contar con una trama muy dinámica y acotada a pocos personajes y un único escenario. Pero más allá de eso, el director ofrece una particular visión principalmente a través de sus actores.

Y es que, como en cualquier obra de teatro, en Toc Toc lo fundamental son los actores. Todos ellos brillantes, cada uno con las manías de su personaje llevadas al máximo, los seis protagonistas conforman un mosaico único y caótico, un compendio de trastornos obsesivos compulsivos que terminarían con la paciencia de cualquiera, pero que gracias a esa sala de espera reconvertida en terapia de grupo logra crear un extraño y divertido equilibrio entre todos ellos. Desde luego, en el conjunto destaca un Paco León (Embarazados) inmenso, capaz de hacerse con la escena desde el primer minuto en que entra por la puerta.

Quizá el mayor problema, si quiere verse así, es su intrascendencia. En efecto, la cinta es un divertimento puro carente de nada más que una buena dinámica narrativa y una concatenación de gags que mantienen la sonrisa permanente en el espectador, arrancando en más de una ocasión la risa pura y dura. Esto, por supuesto, no es algo necesariamente malo. Al contrario, en determinadas situaciones es algo muy positivo. Pero el problema que esto provoca es que, cuando la trama necesita abordar el trasfondo de la historia más allá del humor, la cinta pierde de forma estrepitosa su ritmo y deja al descubierto sus carencias de fondo en cuestión de argumento o trasfondo de personajes.

Dicho esto, Toc Toc se puede definir simple y llanamente como una comedia al uso, una diversión en imágenes que distrae, y de qué modo, durante hora y media, pero que tiende a olvidarse tan rápido como se consume. Que esto sea algo bueno o malo depende del espectador y, sobre todo, de la predisposición que tenga a la hora de ver la cinta. Pero lo que es indudable es que puede haber momentos en que la risa no le deje oír los diálogos, sobre todo si esta historia de trastornos se ve en compañía.

Nota: 6/10

‘La Llamada’: Lo hacemos y ya vemos


Vaya por delante que no he tenido el placer de ver en directo la obra de teatro ‘La Llamada’, por lo que mi visión de esta adaptación cinematográfica realizada por sus autores e interpretada por los mismos actores es, digamos, virgen. Y no sé si eso será bueno o malo, pero facilita una visión más audiovisual de esta comedia musical.

Y bajo este prisma lo primero que hay que decir es que la película crece de forma progresiva conforme la trama avanza. Con un comienzo que puede resultar un poco titubeante, en tanto en cuanto los pilares dramáticos de la historia se presentan con un primer número y se mantienen latentes en un segundo plano durante buena parte del primer acto, una vez la trama se centra por completo en la relación del personaje de Macarena García (Villaviciosa de al lado) con Dios, y cómo esto afecta al resto de roles, la historia explota al máximo su potencial para convertirse en una comedia fresca, dinámica y con una reflexión que a priori no tiene moraleja, pero que sí un mensaje de libertad muy concreto.

A esto se suman unos números musicales tan sencillos como divertidos, bien dosificados a lo largo de la trama y con las canciones de Whitney Houston como grandes atractivos. Eso por no hablar de ese último tema electro latino con una coreografía tan divertida como surrealista por el contexto en el que se produce. Amén de un reparto que desprende diversión en cada plano y que, para bien o para mal, tiende a ser un poco teatral. Todo ello, en definitiva, genera ese aura de diversión sin maldad, de historia adolescente sobre el amor libre, sobre la tolerancia y sobre la amistad. Y conseguir eso en estos tiempos es sumamente difícil.

De este modo, independientemente de la obra de teatro, La Llamada es una obra alegre, fresca y divertida, con un comienzo que puede trastocar la idea preconcebida de aquellos que no hayan visto la obra sobre los escenarios. Y sí, sus inicios pueden tener una cierta carencia de ritmo, pero se compensa con creces cuando el meollo de la historia toma el control de todos los personajes y sus respectivas tramas secundarias, construyendo un relato único en torno a unos pocos conceptos que obligan a reflexionar más allá de la música o de la religión (que en el fondo no es su motivo principal).

Nota: 6,5/10

Diccineario

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