‘Fantasy Island’: la fantasía de una serie B


El cine ha evolucionado. Sigue evolucionando cada día. Y la serie B ha evolucionado con él. Al menos en lo que se refiere a su acabado técnico, más elaborado y que impide ver el “truco” que se esconde tras bambalinas. Pero por mucho que una película presuma de envoltorio, si el contenido no funciona poco importa cómo se presente. Y esto es lo que le ocurre, en mayor o menor medida, a la nueva película de Jeff Wadlow (Rompiendo las reglas), una serie B con todos los ingredientes pero de desarrollo algo irregular.

Y eso siendo generosos. Lo cierto es que Fantasy Island tiene todo lo que un film de este tipo puede desear: protagonistas de diferentes niveles sociales, un mad doctor reconvertido en anfitrión de un hotel, un paraíso en medio del mar, deseos, pesadillas y un trasfondo fantástico. Y si bien el punto de partida y el desarrollo inicial son más que correctos, la película poco a poco se desmorona como un castillo de naipes, básicamente porque las historias individuales de cada uno de los personajes no es lo suficientemente sólida como para soportar el desenlace que se le ha querido dar al film. Es algo similar a lo que le ocurre a cada personaje. Lo que comienza siendo una serie B de fantasía termina convirtiéndose en una pesadilla de serie B. Más allá de las motivaciones de los personajes, que pueden tener más o menos profundidad dramática, lo que no termina de encajar es la resolución de la historia, basada en deseos y fantasías de los protagonistas que rompen con todo lo planteado hasta ese momento en la historia, sacándose de la manga un efecto argumental que sencillamente no funciona.

Es una lástima que no se haya optado por algo más elaborado, porque eso tiene una segunda consecuencia. La cinta deambula entre la comedia y el terror de un modo tan desganado que nunca se define por ninguno, por lo que sencillamente no hace ni gracia ni asusta lo suficiente. El hecho de que la historia de cada personaje tenga un tono diferente (prácticamente están todos los géneros ahí metidos, desde el drama familiar hasta la comedia gamberra, pasando por la acción, asesinos en serie, terroristas, …) impide a la película ubicarse correctamente, algo que juega en su contra. Curiosamente, lo que sí está muy bien planteado es cómo todas estas tramas terminan convergiendo en una única historia, uniendo a los personajes bajo una única fantasía. El modo en que todas ellas se integran en una, al tiempo que se explica el origen de la isla y su poder (un poco por encima, no le pidamos peras al olmo) es posiblemente de lo mejor de un film que podría haber sido mucho más de lo que finalmente es.

Porque Fantasy Island ofrece poco, muy poco. Y su planteamiento es muy superior a lo que finalmente termina siendo. Sí, distrae lo suficiente durante la primera mitad del film para no pensar demasiado en los unidimensionales personajes y para no plantearse qué hacen determinados actores en una cinta como esta. Pero una vez superado ese punto de no retorno la historia pierde el norte, se entrega por completo a un desarrollo algo anárquico para explicar no solo la motivación real de toda la trama, sino para concluir con un desenlace de lo más conveniente, ajeno incluso a la propia naturaleza del relato contado hasta ese momento. La fantasía de la serie B, en este caso, es una ilusión como la que se vive en la propia película. Y aunque tengamos que vivirla hasta el final, no está asegurado que vayamos a disfrutarla.

Nota: 5/10

‘Sonic: La película’: la velocidad del erizo


La verdad es que los antecedentes de la película no hacían presagiar nada bueno. Polémicas sobre el diseño del personaje aparte, el debut en el largometraje de Jeff Fowler contaba con predecesoras de calidad más o menos discutible. Pero una vez vista, la apuesta no ha sido nada mala, ofreciendo a pequeños y no tan pequeños (sobre todo aquellos que crecieron con los videojuegos) una propuesta con evidentes debilidades pero interesantes fortalezas.

Nadie duda, o no debería dudar, que Sonic: La película es un producto que no está pensado para plantear ningún debate o reflexión. Con un tratamiento absoluta y deliberadamente lineal, el film camina por terreno seguro y conocido, planteando secuencias mil veces vistas y una química entre el erizo supersónico y el personaje de James Marsden (Desvelando la verdad) que pivota sobre los principales argumentos cómicos y dramáticos de este tipo de relaciones. En este sentido, la cinta no ofrece nada nuevo al espectador, salvo tal vez ciertos recursos visuales del director, una dinámica fresca y ágil en las secuencias que hace avanzar la trama sin prisa pero sin pausa y, sobre todo, un Jim Carrey (Dark crimes) que da rienda suelta a ese humor que le hizo famoso allá por los 90, y que le permite hacerse con el control de todas las secuencias en las que aparece.

Pero la película ofrece algunas lecturas interesantes entre tanto chiste fácil, comentario sarcástico y gas visual. Más allá de la moraleja sobre la amistad y proteger a los que nos importan, la película plantea un debate interesante (siempre en los parámetros de una película familiar, claro está) sobre el ansia de poder, el control, la fuerza de una empresa privada sobre el ejército y los gobiernos, y el valor de las relaciones y las decisiones humanas en un mundo cada vez más mecanizado y controlado por máquinas. La contraposición de héroe y villano adquiere así una dimensión nueva, planteando incluso la lucha entre el valor y la fuerza del individuo frente al uso de herramientas para ganar. Dicho de otro modo, la naturaleza frente a la mano del hombre. Bajo este punto de vista adquiere una nueva interpretación ese final en el que los mayores fans del videojuego encontrarán a un Carrey caracterizado como el auténtico Dr. Robotnik.

Así, Sonic: La película es un entretenimiento para los más pequeños de la casa, una producción lineal, arquetípica, con personajes previsibles y secuencias que, más allá de su desarrollo visual, son capaces de ofrecer muy poco. Y con todas estas limitaciones, la cinta expone algunas reflexiones sobre el mundo moderno que pueden dar un nuevo sentido a algunas de las partes del film, al menos para los que tengan que acompañar al público potencial de esta adaptación. Los mayores conocedores del videojuego de SEGA sin duda podrán ver algunos homenajes a esas horas que emplearon jugando sus aventuras. No es una gran película, es cierto, pero sí un divertimento que conoce sus limitaciones, sabe lo que puede ofrecer y lo hace con eficacia. Y eso es más que muchas otras adaptaciones de videojuegos.

Nota: 6/10

‘Jojo Rabbit’: crecer en los tiempos de la guerra


Es muy difícil huir de determinados preceptos y planteamientos argumentales, éticos y morales cuando se cuenta una guerra a través de los ojos de los niños. En mayor o menor medida, todas las películas con esta estructura tienden a contener un mensaje muy similar, un desarrollo más o menos idéntico en su base y unos puntos de giro argumentales más o menos comunes. Eso no implica que carezcan de interés, al contrario, pero sí que siempre dejarán la impronta de cierto déjà vu en el espectador.

Y eso es lo que ocurre con Jojo Rabbit, la por otro lado magnífica comedia dramática de Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras). Dejando a un lado esa premisa, esta adaptación de la novela de Christine Leunens es un alarde de originalidad formal e interpretativa que deja muchas y muy interesantes reflexiones. Lo cierto es que la historia ya resulta hilarante con ese trío formado por los dos jóvenes protagonistas y el Hitler imaginario, pero a ello se unen una serie de historias secundarias que dan buena cuenta de una sociedad que vive con miedo en todos sus estamentos, incluidos los más altos. A través de los ojos del protagonista asistimos a una evolución desde un mundo marcado por las férreas convicciones del pequeño a otro en el que los sentimientos y lo correcto priman por encima de cualquier otra cosa. En este sentido es reveladora la forma en que avanza la relación con su amigo imaginario, todo un reflejo de lo que somos y cómo podemos cambiar.

Waititi aprovecha la historia y las numerosas lecturas que ofrece al espectador para narrar, a veces de forma sutil, a veces más evidente, el mundo de los adultos a través de los ojos de un niño que quiere ser adulto sin saber ni siquiera qué es eso. La relación con su mejor amigo, con el oficial que se encarga de él (magistral Sam Rockwell, aunque eso empieza a dejar de ser una novedad), con su madre (una Scarlett Johansson correcta) y, sobre todo, con la joven judía que se esconde en su casa, conforman todo un universo visualmente bello dentro de la crudeza de la guerra. El director saca partido al relato a través de un lenguaje que, sin mostrar demasiado, lo muestra todo, desde el impacto de la muerte hasta una relación prohibida, pasando por el horror de la guerra o la ayuda desinteresada de personajes que arriesgan su propia vida.

Todo ello es lo que convierte a Jojo Rabbit en la obra notable que es, creando ese mundo infantil en un contexto bélico, o mejor dicho, ese conflicto bélico a través de la mirada de un niño que no entiende el mundo en el que vive, pero que quiere ser como los que cree que son los ejemplos a seguir, entre ellos la figura distorsionada de su padre. Lo cierto es que si la película tuviera un trasfondo algo más complejo y alejado de cierta familiaridad con otras películas de temática similar podríamos estar hablando de una cinta extraordinaria. Esto no es algo necesariamente negativo, pero sin duda lastra la labor de Waititi y las posibilidades de una historia que, si se hubiera abordado más en profundidad, tal vez podría haber dado más de sí.

Nota: 7,5/10

‘This is us’ mira al futuro desde el pasado en su tercera temporada


Ahora que la cuarta temporada de This is us está llegando a su ecuador resulta interesante echar la vista atrás para comprender cómo la serie creada por Dan Fogelman (Como la vida misma) ha sabido reinventarse en su tercera etapa dentro de unos parámetros muy concretos que, a tenor de lo anunciado, va a permitir a este drama con tintes de humor alcanzar, al menos, seis temporadas. Y cuando hablo de reinventarse me refiero al modo en que esta ficción ha logrado desprenderse de su estructura narrativa más tradicional para introducir de forma progresiva nuevos aspectos que han enriquecido la historia para darle un futuro más allá de su constante mirada al pasado.

Y es que ese es el elemento más importante de los 18 episodios que abordamos ahora. A lo largo de toda esta temporada sus creadores han introducido de forma más o menos sutil diferentes “flashes” del futuro de esta familia tan común como única. Algo de eso ya se había visto en la segunda temporada, pero se puede decir que esta tanda de capítulos ha sido el punto de inflexión. Esta proyección hacia el futuro no solo abre un nuevo plano narrativo para la serie, permitiendo al espectador jugar con las diferentes posibilidades narrativas y plantearse los diferentes escenarios que permite cada escena, sino que otorga al conjunto una nueva dimensión, más amplia, compleja y dramática. Y lo más interesante de todo es que lo logra manteniendo la misma esencia estructural que la ha caracterizado desde el principio, es decir, alternar pasado y presente (ahora pasado, presente y futuro) como si de diferentes líneas argumentales se tratara, con todo lo que eso conlleva.

¿Y qué es lo que conlleva? Para empezar, una profundidad emocional, narrativa y explicativa fuera de lo normal. Esta estructura paralela de los diferentes momentos en la vida de los tres hermanos protagonistas permite al espectador acercarse a los personajes de un modo como nunca antes se había logrado, pues es capaz de comprender sus reacciones, sus decisiones, sus miedos y sus deseos de un modo casi omnipresente, como si hubiera sido parte de esas vidas desde el primer minuto (hasta cierto punto, así ha sido) o, si se prefiere, como si fuera uno de los protagonistas. Lo cierto es que, más allá de sus concesiones dramáticas (pocas, pero las hay) o del extraordinario trabajo de los actores, el guión y el modo en que se estructura cada episodio debería ser estudiado en las escuelas de guión como un modelo de lo que se puede lograr con un complejo pero equilibrado desarrollo dramático.

Pero además, esta forma de narrar logra algo que recogen varios manuales de escritura de guión pero que no resulta fácil de conseguir. Para lograr la tensión dramática es fundamental manejar dos tipos de información: la que conoce el espectador y la que conoce el personaje. Lo que Fogelman consigue con esta serie es manipular por completo la teoría narrativa y plantear al espectador un juego en el que pasado, presente y futuro se complementan para componer un puzzle cuyas piezas van encajando poco a poco, pero que el espectador no logra ver completo hasta que no se ha puesto la última pieza. O dicho de otro modo, las diferentes líneas temporales ofrecen al espectador información sesgada que le invita a hacerse una imagen general de lo que ocurre para, en un último punto de giro, revelar la escena completa. El ejemplo más claro en esta tercera temporada lo ha protagonizado el rol interpretado por Sterling K. Brown (Predator) y su familia.

Conociendo el pasado

No ha sido el único, está claro, pero desde luego ha sido el más evidente, más que nada porque el grueso de las secuencias que transcurren en ese futuro de los tres hermanos protagonistas son las vinculadas a él y su familia. La crisis del presente unida a esas imágenes es lo que provoca ese juego de composición dramática que lleva al espectador por un camino notablemente diferente al que finalmente se desvela. Pero esa última secuencia del episodio final de esta temporada abre todo un mundo de posibilidades narrativas para This is us. Es cierto que cierra ese arco argumental, pero abre los del resto de personajes. Con esas pocas imágenes y los diálogos que se escuchan se crean uno de los más interesantes cliffhanger de los últimos tiempos, demostrando que ese “gancho” no solo se basa en efectismos visuales.

Y del mismo modo que la serie viaja al futuro de los tres protagonistas, también viaja al pasado de los padres, sobre todo del personaje interpretado por Milo Ventimiglia (Jefa por accidente). Más concretamente, a esa guerra de Vietnam de la que siempre se ha rehuido hablar durante las temporadas anteriores y que ahora aquí se empieza a vislumbrar, sobre todo en lo relativo a su hermano. De nuevo, la serie ejecuta un giro más o menos inesperado que da buena cuenta no solo de la complejidad dramática de esta ficción, sino de las relaciones humanas independientemente del grado de parentesco o cercanía que se tenga. Es cierto, y esto es algo que Fogelman debe vigilar, que el tratamiento de esta trama secundaria tiende un poco al melodrama excesivo, carente en algunos casos de justificación adecuada. Y es una debilidad. Pero en todo caso, la trama se abre a nuevos personajes y a nuevas vidas, es decir, expande su universo dramático hacia el pasado, del mismo modo que lo hace hacia el futuro.

Esto también plantea una interesante reflexión que planea sobre toda la serie, y que posiblemente acompañe al espectador hasta la última temporada. Y es que, por mucho que se sucedan los episodios, y por mucho que se vaya conociendo a los personajes, en realidad esta familia Pearson es todavía desconocida. La combinación de las diferentes líneas temporales demuestra no solo que todavía quedan muchas facetas por descubrir del núcleo principal de protagonistas, sino que existen muchos personajes secundarios desconocidos hasta ahora cuya relevancia puede ser fundamental. En una palabra, la serie puede entenderse como un reflejo de una realidad muy conocida para todos, de ahí su éxito. No me refiero a los acontecimientos que se narran en esta tercera temporada o en las etapas anteriores, sino al concepto global de familia, sus avatares, las relaciones humanas y los conflictos familiares. Todo eso genera un marco narrativo en el que los espectadores pueden identificarse de un modo u otro, y ahí está una de las claves de su éxito.

No cabe duda, tras ver la tercera temporada de This is us, que estamos ante una de las producciones más interesantes, completas y complejas de la televisión actual. En su contra se puede argumentar un cierto exceso de dramatismo, una tendencia a derivar las diferentes tramas de los personajes en una espiral de complejidad innecesaria. Sin embargo, ese es parte de su encanto, al menos mientras no se exceda en sus intenciones. Y lo es precisamente por el tratamiento que se da a cada historia, con unos saltos temporales que ayudan a comprender mucho mejor a los personajes, sus decisiones, sus miedos y sus motivaciones. Todo ello, en definitiva, ofrece una imagen global de algo mucho mayor que ellos mismos, de algo tan difícil de plasmar y de entender como la vida misma. Y es por eso que la serie de Dan Fogelman alcanza los niveles tan altos de calidad que logra con cada episodio.

‘Puñales por la espalda’: el agujero del donut


Las novelas de Agatha Christie han dado numerosas y magníficas películas de intriga y cierto toque de humor. Superarlas suele ser un ejercicio banal que no lleva a ningún sitio. Por eso muchos directores tratan de refrescar el género utilizando los mismos parámetros pero introduciendo ciertos componentes que acentúen el humor, la intriga o ciertos conflictos. Lo que no es tan habitual es conocer la identidad del asesino al comienzo de la historia y conocer, sobre todo, cómo se perpetró el crimen.

Eso es lo que propone Rian Johnson (Looper), y lo hace con una agilidad narrativa y una eficacia poco habituales en el cine. Porque a partir de ese momento, Puñales por la espalda cambia ligeramente su sentido para dejar de ser una producción al uso sobre un asesinato y descubrir la identidad del criminal, y pasar a convertirse en un juego del ratón y el gato entre un investigador, el culpable de la muerte, y un caso mucho más complejo de lo que cabría esperar inicialmente. Bajo esta premisa, la trama sabe crecer y ofrecer al espectador un espectáculo fascinante e interesante, con unos personajes complejos en su definición y magníficamente interpretados por un reparto de lujo. Y lo hace sobre una narrativa que se construye en base a flashbacks que, como piezas de un puzzle, ofrecen una fotografía de lo que ocurrió… o mejor dicho, de lo que ocurrió pero no se vio. Y este es uno de los grandes aciertos del film.

La película, como todas las historias de este tipo, se construye sobre los recuerdos de cada personaje sobre los momentos previos a la muerte. Pero son recuerdos distorsionados, manipulados por los auténticos acontecimientos. Y una vez conocidos, el resto de la historia se centra en aquello que no aparece inicialmente en la trama, y que se revela como una línea argumental alternativa que, si el espectador está atento, puede desvelarse, o al menos intuirse, por una única frase. Lo cierto es que la resolución final, cargada de giros dramáticos, explica gráficamente las motivaciones, acontecimientos y decisiones que llevaron al crimen que se investiga, pero es el camino lo verdaderamente gratificante. A todo ello habría que sumar, en menor medida, la crítica social que contiene la historia, con una familia rica y clasista, una enfermera inmigrante y un servicio invisible a los ojos de la clase alta. En este sentido, la imagen final de la película es totalmente gráfica.

De este modo, Puñales por la espalda se revela como un thriller con tintes de comedia fresco y original, con un mensaje que va más allá de la mera intriga criminal y que, sobre todo, transgrede lo suficiente las normas del género para distanciarse de otras producciones y tener un alma propia. Tiene algunos problemas, como el hecho de que algunos secundarios no están lo suficientemente desarrollados, pero son problemas menores que quedan reducidos ante la magnitud que adquiere la trama, cuya resolución, por cierto, es la guinda a todo un proceso de investigación digno de la reina del misterio.

Nota: 8/10

‘Estafadoras de Wall Street’: robando al sistema corrupto


Poco se puede decir de la nueva película de Lorene Scafaria (Una madre imperfecta) que no se haya dicho de cientos de películas similares. Sí, es una historia de mujeres que luchan por salir adelante, que tienen que recurrir a cosas que jamás harían por lograr sus sueños y dejar atrás una vida que no disfrutan. Y eso lo hacen robando a personas que previamente se habían enriquecido con un robo mucho más complejo que dejó a miles de personas en una situación crítica. Sí, son argumentos ya conocidos, en mayor o menor medida parecidos. Entonces, ¿qué aporta de novedoso?

Para muchos, Estafadoras de Wall Street tiene como principal reclamo a una Jennifer Lopez (Ángel de venganza) que podría conseguir una nominación en los Oscar por este papel. Más allá del trasfondo social del mismo y del carácter casi redentor del mismo hacia el final del film, lo cierto es que ni siquiera su rol logra sacar de cierta mediocridad y previsibilidad a la cinta, y eso es fundamentalmente porque, en este caso, la realidad no supera a la ficción. El guión explora terrenos ya conocidos, situaciones que tienen cierto aire de déjà vu y que no logran atrapar al espectador en una historia que nunca llega a definirse de forma concreta. Es cierto que el tono cómico dramático funciona muy bien en varios pasajes del metraje, pero en su segunda mitad, cuando la historia entra de lleno en los delitos que cometen, no termina de reflejar cómo estas mujeres afrontan lo que están haciendo, entrando en una dinámica hacia el clímax.

Eso no impide que la historia no deje buenos momentos, algunos de ellos realmente notables, y sobre todo que deje en el espectador la misma sensación que expresa el personaje de Julia Stiles (La gran Gilly Hopkins): la de que ellas, a pesar del delito que cometen, realmente parecen más víctimas de un sistema que convierte a la mujer en objeto y luego la tira como un pañuelo de usar y tirar. Es algo que sobrevuela toda la trama de principio a fin y que adquiere una mayor relevancia en su tercio final, pero que no termina de explotarse de la mejor manera. Sí, la película muestra las dificultades de estas mujeres de integrarse en las capas más “respetables” de la sociedad y abandonar ese mundo reservado para las perversiones de los hombres. Y sí, hay algún que otro momento en que se aborda la duda moral de lo que hacen. Pero en líneas generales, se plantea como un relato con menos carga dramática y menos mensaje social, optando por un estilo narrativo más cercano al mero desarrollo de los hechos.

Dicho de otra manera, a Estafadoras de Wall Street le falta definir exactamente la posición que juega cada personaje. Ellas son planteadas como víctimas que tratan de alcanzar la riqueza por la vía rápida. Sus víctimas, como lobos con piel de hombres. Pero en el conflicto que se debería generar, tanto interno como externo, es donde la cinta de Scafaria se desinfla, no llegando a profundizar demasiado en según qué aspectos de la trama. Esta cierta indefinición en el estilo y en la apuesta dramática es lo que termina por convertir esta historia en una más, con la salvedad de tener una historia real como base. Eso sí, la degradación de ese mundo sórdido en el que los hombres gastan cantidades ingentes de dinero queda reflejada de un modo único, evidenciando una ausencia completa de moral por parte de una clase social acostumbrada a hacer y tener lo que desea.

Nota: 6,5/10

‘Noche de bodas’: Tradiciones de la familia política


Los problemas de entrar a formar parte de la familia de tu pareja ha sido objeto cinematográfico desde siempre. A veces como comedia, otras como drama y otras, como es el caso que nos ocupa, como terror. Todas ellas, sin embargo, tienen como hándicap la poca capacidad de sorprender o de resultar novedosas. Saber esto de antemano puede resultar muy útil para no hacer una ficción tediosa y previsible… o al menos lo suficientemente original como para que entretenga.

Y ese es el caso de Noche de bodas. La película, en síntesis, no resulta diferente de lo que haya podido verse en otros relatos. Tan solo, y he aquí la seña de identidad, su toque irónico y autocrítico en la idea de que un juego como el escondite del lugar a una masacre nocturna. La labor interpretativa, en este caso, es fundamental, y tanto Adam Brody (Isabelle) como Henry Czerny (Remember) y Andie MacDowell (Instinto maternal) bordan ese toque casi paródico que impregna todo el relato, convirtiéndose en la punta de lanza de un reparto consciente de las limitaciones de sus personajes y pudiendo así explotar al máximo la libertad que otorga la poca definición de los mismos. Es la dinámica entre ellos la que sostiene la historia y, sobre todo, la que abre la puerta a apreciar algo más que la simple historia de terror, desarrollando los diferentes aspectos de una familia rica, desestructurada y destruida por una tradición salvaje.

Humor y sangre, mucha sangre, es lo que ofrece esta historia. Con todo, su carácter previsible no es lo peor del guión. El intento de giro argumental final acerca de ese fantasma, esa especie de maldición que pesa sobre toda la familia, lejos de aportar un toque fresco al relato lo que hace es quitar cierta dosis de terror humano y psicológico que había logrado gracias a esa visión sádica de la familia política y sus cuestionables tradiciones. Dicho de otro modo, lo que se plantea inicialmente como una salvaje tradición propia de unos asesinos en serie termina convirtiéndose en un acto justificado en la necesidad de evitar la muerte familiar. Esta especie de motivación a unos actos incalificables resta interés al conjunto, aunque también aporta una mayor ironía a ese final en el que la sangre, literalmente, estalla por toda la habitación.

Desde luego, Noche de bodas no es un referente del cine de terror. Ni siquiera del gore. Pero es una propuesta honesta en su concepción, consciente de su carácter de serie B y planteada con la intención de divertir al espectador. Y en este sentido, lo consigue. Puede que su historia sea previsible, que su guion peque de una explicación final innecesaria que le perjudica más que le beneficia, pero en todo caso la cinta deja momentos en la retina tan sádicos como surrealistas. Y sobre todo, permite ver a un reparto que disfruta con sus personajes, que sabe sacarles el máximo provecho dentro de sus posibilidades, y que pone en tela de juicio las tradiciones.

Nota: 6,5/10

‘The Big Bang Theory’ llega tarde al final esperado en la 12ª T.


No es habitual que una serie supere las 10 temporadas. Cuando eso ocurre lo normal es que surjan dudas. ¿Es necesaria una duración tan larga? ¿Realmente los personajes tienen tanto interés? Y sobre todo, ¿se podría haber contado lo mismo con menos capítulos? Las respuestas dependen del formato, la frescura y la concepción inicial de la ficción. El caso de The Big Bang Theory es una buena muestra de que una buena serie es mucho mejor si es directa, sencilla y corta. O al menos, no alargada de forma artificial. Su última temporada, la número 12, es la prueba palpable.

Los 24 episodios de esta etapa final de la serie creada por Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Brady (serie The Muppets) oscilan entre el humor original de esta ficción que ha puesto a los frikis en el mapa y el cansancio narrativo y creativo que han evidenciado las últimas tandas de capítulos. Porque hay cansancio, y mucho. Los personajes han llegado a un punto en el que, sencillamente, no pueden evolucionar más sin cambiar el sentido de la serie. Las situaciones cómicas, en muchas ocasiones, han dejado de tener gracia porque, de tanto repetirse, han perdido la frescura que las caracterizaba al inicio. Y los diálogos, siendo sinceros, tampoco es que hayan sabido adaptarse a las nuevas demandas de los espectadores. En cierto modo, la serie ha colapsado en un intento de evolucionar manteniendo sus rasgos iniciales (que no su esencia).

Y me explico. Muchos espectadores, yo entre ellos, defenderán que toda historia tiene que evolucionar si quiere resultar atractiva. Y es cierto. La mayor amenaza de cualquier relato es el inmovilismo. Pero… ¿qué significa evolucionar? En realidad, significa enfrentar a los protagonistas ante retos externos e internos que les obliguen a modificar su forma de entender el mundo y a sí mismos para poder superarlos, de modo que sean personajes diferentes a lo que comenzaron siendo. Pero con un matiz: nunca se debe cambiar tanto que cambie por completo el concepto dramático de la trama. Del mismo modo que nunca debe mantener demasiado de ese origen del que procede. Pues bien, The Big Bang Theory ha evolucionado tanto que el aspecto inicial de la serie se ha perdido. Los personajes han madurado, tienen una vida en pareja, familia, objetivos y retos diferentes. Sin embargo, sus creadores tratan de seguir presentándoles como aquellos científicos frikis aficionados a cómics, videojuegos y películas de ciencia ficción que se presentaron en sociedad hace ya tantos años.

El problema es que eso ya es inviable, y esa dualidad interna en todos los protagonistas no termina de resolverse. Hay momentos en que vuelven a ser esos niños grandes, pero en otros parecen unos jóvenes adultos asentados en una nueva etapa de sus vidas. Esto genera que algunos de los gags que en otras ocasiones podían resultar hilarantes ahora simplemente arranquen una sonrisa como mucho. Curiosamente, algunos de los mejores momentos los siguen protagonizando los secundarios que participan en la serie, muestra del interés que han ido perdiendo los protagonistas poco a poco. Los episodios, igual de cortos, se hacen más largos. Y hasta puede dar la sensación de que algunos personajes, a pesar de seguir siendo prácticamente iguales, han perdido algo de su esencia, precisamente por esa cierta falta de ritmo y humor que desprenden estos 24 episodios.

Al César lo que es del César

Todo esto, aunque evidentemente perjudica el desarrollo y la impresión general de The Big Bang Theory como serie, no impide sin embargo que el final de temporada y de serie sea bueno. Yo diría notable. Y es que a pesar de alargarse innecesariamente, la última etapa presenta una conclusión coherente con sus personajes, con los anhelos y deseos que han mostrado en la recta final de la ficción. Por ello, y aunque presente momentos que directamente se podrían suprimir sin que afecte al desarrollo de la historia, los últimos episodios se utilizan para cerrar todos los arcos argumentales de los protagonistas, respondiendo con un final feliz a cada uno de ellos. Al César lo que es del César, y a este grupo de amigos le corresponde una recompensa de la que, posiblemente, ni ellos mismos sean conscientes.

Sin desvelar absolutamente ningún detalle (salvo tal vez el que se ve en la fotografía, con los dos personajes recibiendo el Premio Nobel), sí se puede decir que el cierre de tramas principales y secundarias resulta interesante, sobre todo para ser una comedia de situación que comenzó de forma algo transgresora y ha terminado siendo un producto común aderezado con chistes científicos y el mayor de los frikismos. A pesar de los vaivenes de algunos personajes (uno de los motivos para que la serie haya bajado en interés), en líneas generales nos encontramos ante un cierre dramático tan previsible como bien ejecutado. Evidentemente, que nadie espere algo que no sea un ‘… y vivieron felices’, porque la serie no busca otra cosa, pero incluso ese final tan blanco como positivo hay que saber ejecutarlo, y los guionistas salen airosos de intentar levantar ligeramente, aunque solo sea para su final, el nivel dramático, cómico y de interés de la serie.

Lo que representa esta última temporada, en pocas palabras, es lo que ha ocurrido con toda la serie. Es decir, ha pasado por buenos momentos, por otros más tediosos, algunos brillantes y un desarrollo dramático y de personajes sin un objetivo claro, al menos no de antemano. La incorporación de secundarios, sin duda, es un claro aliciente que no solo insufla aire fresco al conjunto, sino que evidencia la fuerza mediática que ha adquirido esta sitcom. Pero ni siquiera ellos son capaces de eliminar esa sensación de estar viendo pocas novedades en la relación entre personajes y en la evolución de las tramas, más allá de momentos puntuales que es necesario modificar por ‘obligaciones de guión’. En este sentido, por tanto, lo que tenemos es una temporada 12 divertida a ratos (más que las dos inmediatamente anteriores), con desarrollo de algunas tramas y con una cierta incongruencia en algunas situaciones que viven los personajes.

Y eso es lo que ha sido The Big Bang Theory. En realidad, la serie fue toda una sorpresa y un fenómeno durante las primeras temporadas. La serie supo evolucionar correctamente durante un tiempo, introduciendo a los protagonistas en la edad adulta de forma progresiva y pausada, lo que además provocó numerosas situaciones cómicas y gags por los diferentes ritmos narrativos de cada uno de ellos. Pero la historia se estiró demasiado. Las situaciones comenzaron a parecer algo repetitivas; los personajes, todos ellos ya en la vida adulta, parecían perder frescura al tiempo que sus creadores querían mantenerlos jóvenes; y el humor se fue diluyendo ligeramente. No cabe duda de que esta comedia es el referente del género del siglo XXI, como Friends lo fue en su momento. Pero le sobran temporadas, y eso lastra ligeramente al conjunto. En todo caso, es innegable que, con sus fallos y sus aciertos, ese plano final de todos los personajes en ese salón que tantas cosas ha vivido es el broche de oro a una importante etapa televisiva. Y para muchos espectadores, es el final de toda una vida.

‘Érase una vez… en Hollywood’: aquellos maravillosos 60


Tarantino es de los pocos directores que crean opiniones muy enfrentadas. A algunos les encanta y otros le odian. No hay término medio. Por eso su novena película va a ser, casi con toda probabilidad, objeto de un duro debate. Y es que, como ya ocurriera en Los odiosos ocho (2015), el director ha perdido algo de ritmo en sus films. O más bien, lo ha dejado de lado momentáneamente. Pero todo tiene un motivo.

Y en el caso de Érase una vez… en Hollywood ese motivo no es otro que transportar al espectador a una época diferente. Una época en la que los grandes directores y los grandes actores eran los protagonistas de una historias en las que los efectos especiales eran accesorios. Y ese viaje atrás en el tiempo no es solo con una historia tan sólida como original y fascinante, sino que también afecta al lenguaje audiovisual que utiliza Tarantino, aprovechando largos planos, movimientos de personajes en la profundidad de campo y captando las emociones de los personajes hasta niveles poco vistos en el cine actual. Y, por supuesto, la música, de nuevo impecable. Todo ello conforma un relato mágico, puede que a veces lento pero indudablemente divertido. Un viaje al corazón de Hollywood a través de los ojos de unos personajes en la órbita de los grandes nombres del séptimo arte.

Pero a pesar de ese cambio en el lenguaje y de una cierta falta de ritmo, el estilo Tarantino sigue estando ahí, y más fresco que nunca. Sus constantes saltos temporales vuelven a ser una seña de identidad, en esta ocasión como si se tratara de un Quijote que relata anécdotas pasadas en lugar de historias (algunas tan largas que pueden generar algo de confusión cuando se retoma la historia principal). Sus actores sencillamente están perfectos (el reparto es un desfile de grandes estrellas), en particular el dúo formado por Leonardo DiCaprio (Origen) y Brad Pitt (Máquina de guerra), dos personajes en un momento de transición en sus vidas que se aferran a un pasado glorioso mientras tratan de comprender y aceptar su nuevo lugar en el mundo del celuloide. Y por si alguien dudaba de la agilidad y brutalidad del director, esa secuencia final tan salvaje como irónica y divertida que viene a imponer justicia en un trágico suceso histórico, al más puro estilo Malditos bastardos (2009).

Así que sí, Érase una vez… en Hollywood es una película de Tarantino. Con todas las letras. Y es una gran película de Tarantino. Puede que guste más a los más cinéfilos, pero desde luego que la película debería de estudiarse como un gran ejemplo de mimetismo audiovisual. Actores y director asumen lenguaje, posición corporal y narrativa audiovisual para, literalmente, transportarse a ese final de los años 60 en el que el cine y la televisión todavía no estaban a la misma altura, en el que el movimiento hippie seguía estando en las calles y en el que Charles Manson todavía andaba en libertad. Un homenaje a otra época, a nuestros padres y abuelos, a todos aquellos actores, directores, guionistas y productores que nos han dejado obras maestras de la Historia del Cine. En definitiva, una obra con constantes referencias al pasado que debería ser un referente para el cine del futuro, al menos para ese cine que no necesita de efectos digitales para causar sensación.

Nota: 8,5/10

‘Un verano en Ibiza’: típicas vacaciones en familia


Las diferencias generacionales y los contrastes entre diferentes personalidades es una constante en la comedia, no solo en la francesa. Y la última película de Christian Clavier (Con los brazos abiertos) tiene mucho de eso y poco de desarrollo de personajes. De ahí que la cinta camine por terrenos previsibles para ofrecer un producto casi tan blanco como el color de los edificios de la isla balear, y que ofrezca un humor, digamos, entretenido.

En efecto, Un verano en Ibiza es todo lo que puede esperarse de un film de estas características. Arnaud Lemort (Dépression et des potes) compone una historia sin grandes giros argumentales, construyendo un relato en base a los conflictos entre padres e hijos, entre dos generaciones muy muy distantes, y entre dos formas diferentes de entender el entretenimiento. Partiendo de estos contrastes, la película ofrece una visión interesante sobre la velocidad a la que vive la juventud actual y los ritmos que manejan las generaciones de nuestros padres. Si a esto añadimos la crítica que se hace a ese entretenimiento basado en la droga y la música hasta altas horas de la mañana, así como al esnobismo de ridiculizar a los demás por considerarles poco menos que salvajes, lo que tenemos es una historia sencilla con ciertos toques de ese humor puramente francés que siempre arranca una sonrisa, aunque pocas veces una carcajada.

Puede que el principal problema de que no se oigan risas en la sala de cine radique en su guión y en esa historia sencilla. Excesivamente sencilla. Y es que la trama no ofrece nada diferente a lo que haya podido verse miles de veces en una pantalla. Personajes arquetípicos, conflictos previsibles (entre padres e hijos, entre los miembros de la pareja, …) y unos escenarios que, aunque hermosos por el propio contexto de la isla, no dejan de resultar conocidos. Aunque todo ello permite a la cinta centrarse en la comedia y en la labor de sus actores (correctos a secas), termina provocando cierto desinterés en la historia, haciendo que el espectador simplemente se deje llevar en muchos momentos sin prestar verdadera atención a lo que ocurre ante sus ojos. Y esa falta de interés es lo peor que le puede ocurrir a un film.

De este modo, Un verano en Ibiza no ofrece nada nuevo al espectador… y es consciente de ello. Su falta de novedad o, si se prefiere, de originalidad, perjudica a la historia en tanto en cuanto su desarrollo va de más a menos, con una conclusión y un mensaje finales que no resultan novedosos. Pero ni Lemort ni Clavier pretenden otra cosa más que ofrecer un producto blanco, sencillo, marcado por los clichés pero tratando de sacar partido a todas sus limitaciones. Dicho de otro modo, es una historia simple, simpática y graciosa, que no pretende más que lo que puede desprenderse de su tráiler y de su sinopsis. Así las cosas, si entramos a la sala de cine sabiendo a lo que vamos, posiblemente se disfrute más que si se busca una comedia con la que reírse a carcajadas.

Nota: 5,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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