‘Érase una vez’ termina con una 7ª T. que ahonda en sus debilidades


He de reconocer que viendo la séptima y última temporada de Érase una vez se plantea la duda de qué sería mejor, si cerrar una serie deprisa y corriendo sin demasiada coherencia en su desarrollo, o afrontar dicho final con una suerte de epílogo que termine bien y que alargue la historia de forma artificial. Todo ello, claro está, en una serie que ha ido perdiendo interés a marchas forzadas por una falta de previsión en su conclusión definitiva. Y lo cierto es que estos 21 episodios de la serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (autores de la serie Dead of summer) son la prueba más evidente de que una falta de objetivo puede dar lugar a algo original y a la vez auto destructivo.

Porque desde luego, a esta ficción se la puede acusar de muchas cosas menos de falta de imaginación. El hecho de que esta última etapa repita estructuras narrativas permite a sus creadores un doble efecto. Por un lado, dotar al conjunto de una imagen cíclica, de recuperar el punto de partida; por otro, abre la posibilidad a introducir nuevos personajes e historias que enriquecen el conjunto, y a los que se puede dedicar algo más de tiempo al no tener que plantear desde el principio el punto de partida. Pero al mismo tiempo, esto juega en su contra. La serie trata de aprovechar algunas de las líneas argumentales planteadas en la anterior temporada para crear todo un universo nuevo, pero falla al querer unirlas todas en una especie de trama única con final común a todas ellas.

El problema no es tanto esa intención, tan válida y correcta como cualquier otra que permitiera cerrar las líneas dramáticas abiertas, sino en la sensación de estar ante una improvisación constante. Soy consciente de que no existe tal improvisación, pero el hecho de que aparezcan personajes cuando se les necesita para hacer avanzar la trama o que el desarrollo de la historia sea intermitente, con un comienzo que se regodea demasiado en las similitudes con la temporada original (con las evidentes diferencias) y que luego intenta recurrir a todo tipo de artimañas dramáticas para dar sentido a lo mostrado previamente, denota un cansancio creativo y narrativo evidente, reforzando la idea de que la serie debería haber tenido el ansiado final feliz hace ya varios años.

Y por si todo ello fuera poco, la fusión de historias y cuentos de hadas alcanza su máximo esplendor. La reinterpretación de las historias de Pixar, que ya se había planteado en anteriores temporadas, es aquí más que evidente, no solo por el tratamiento de algunos personajes, sino por los decorados elegidos. El papel que juega Up (2009) es más que evidente, lo que acentúa la idea de estar ante la necesidad de recurrir a todas las historias posibles que aporten ese toque mágico al conjunto pero que tengan poco que ver con los cuentos de hadas. En este sentido, se podría decir que Érase una vez ha evolucionado como serie, abarcando más y más historias. La pregunta que cabe hacerse es si lo ha hecho por enriquecer su relato o porque la historia, sin recurrir a esto, se habría desinflado rápidamente en las primeras temporadas. Visto lo visto, parece que es más lo segundo que lo primero.

El hermano del tío del primo de la hija de…

La prueba más evidente de ello son los parentescos que se han establecido entre los protagonistas, y que en esta última temporada alcanzan ya un grado de complejidad que bien podríamos estar ante una telenovela. Las relaciones familiares entre los personajes de cuentos de hadas en los primeros compases de la serie aportaron un cierto toque irónico y, por qué no decirlo, original, siendo una herramienta más para enlazar en un único universo a personajes como Blancanieves, Rumpelstilskin, Bella y Bestia, Maléfica y un largo etcétera. Sirvió, por tanto, como nexo de unión de muchas historias. Sin embargo, una vez establecida esa base dramática y habiendo ampliado notablemente el universo de la serie, las nuevas relaciones que se establecen pecan de excesivas y, sobre todo, innecesarias desde un punto de vista dramático, pues su finalidad dentro de la trama queda en entredicho. No me refiero al papel que cada personaje juega, sino a las relaciones entre ellos. A la pregunta “¿si no tuvieran el parentesco que tienen la trama seguiría funcionando?” la respuesta es sí, por lo que la siguiente pregunta es “¿para qué?”.

El grado de complejidad que ha alcanzado la serie en esta última temporada es tal que sus creadores han tenido que recurrir a una especie de Deus ex machina para poder cerrar de un modo más o menos lógico todo lo planteado hasta ese momento. La necesidad de ampliar el universo de Érase una vez, como comentábamos antes, ha derivado en una amplitud de mundos, personajes e historias que a lo largo de las temporadas han quedado en un segundo plano, pero siempre presentes. En un intento de dar el final feliz que todo cuento de hadas (y con sus más y sus menos, esta ficción lo es) necesita, los guionistas han optado por una resolución cuanto menos cuestionable, integrando todos esos mundos en una suerte de ciudad/continente en el que tienen cabida todos ellos (con las consecuentes incongruencias y duplicidades de personajes), y en el que todos están regidos por la que sin duda es la auténtica protagonista de esta serie.

En efecto, el rol de Lana Parrilla (One last ride) es el auténtico motor de este drama, ya sea como villana o como personaje redentor. En ambos casos, siempre buscando un final feliz que se escapa durante demasiadas temporadas. De ahí que este final tenga que pasar necesariamente por ella. La reunión de los actores y personajes principales de la serie en ese último y bien intencionado episodio, así como el discurso final de la Reina Malvada, es buena muestra de que la serie tenía que terminar con un final feliz sí o sí, independientemente de que eso pueda dejar la estructura narrativa más debilitada de lo que ya estaba tras siete temporadas perdiendo calidad dramática e interés.

De este modo, Érase una vez tiene el final que cabría esperar, pero lo tiene con demasiadas temporadas de retraso. Es cierto que ver la reinterpretación de los cuentos resulta interesante, toda vez que ayuda a comprender algunos aspectos de los personajes con los que han crecido millones de personas, pero la serie ha alargado en demasía algunos conflictos, recurriendo muchas veces para ello a tramas poco sólidas y a un tratamiento de los personajes algo toscos. Posiblemente de haberla terminado hace tiempo estaríamos hablando en otro sentido, pero alargar algo de forma artificial suele tener estos efectos en las historias. Curiosamente, el único personaje que parece ajeno a todo, manteniendo siempre su atractivo e interés dramático, es el interpretado por Robert Carlyle (T2: Trainspotting), pero ni siquiera Rumpelstilskin es capaz de dar la vuelta a la situación. Un epílogo en la línea del resto de la serie que pone de manifiesto la poca necesidad del mismo.

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‘First Man (El primer hombre)’: un pequeño paso para el cine


¿Podría Damien Chazelle (Whiplash) realizar una película sin la música como eje principal? Esa pregunta se planteó tras el anuncio de que el viaje a la Luna de Neil Armstrong iba a ser su nuevo proyecto. Ahora, dicha duda queda resuelta en un relativo ‘No’. Porque la realidad es que la música sigue teniendo un papel fundamental en la historia, pero el pulso narrativo y dramático que el joven director demostró en sus dos anteriores films se diluye en exceso en el intimismo que imprime al relato.

Lo que sí vuelve a demostrar Chazelle es un lenguaje audiovisual único, bello, magistralmente ejecutado para transportar al espectador al universo que crea en cada film. En este sentido, First Man (El primer hombre) nos convierte en astronautas por un día, metiéndonos en la piel de Armstrong y compartiendo su punto de vista, sus sentimientos, sus miedos y sus logros. En este sentido, la práctica ausencia de planos generales combinada con planos cortos y subjetivos crean esa sensación de angustia en muchos momentos del relato. Bajo esta premisa, resulta interesante analizar la narrativa de los despegues o el alunizaje, así como los viajes espaciales, alejados de espectaculares planos en la inmensidad del universo para situarnos en lo poco que se ve desde el interior de un traje de astronauta.

El principal problema se halla, por tanto, en el propio guión. El pulso narrativo es sumamente irregular, incapaz de abordar los verdaderos sentimientos de fondo del protagonista, presentado como un hombre frío con sentimientos muy encerrados en su interior. La cinta, aunque plantea algunos conflictos emocionales, no ahonda demasiado en ellos, limitándose a relatar la carrera espacial y el trabajo de los astronautas sin dedicar demasiado tiempo, por ejemplo, al impacto de la prematura muerte en el seno familiar, siempre presente pero nunca analizada en detalle. Asimismo, las diferentes historias secundarias sencillamente se quedan en una suerte de contexto a la del protagonista.

Desde luego, First Man (El primer hombre) podría dar más de sí… o tal vez no. La sensación de estar ante una historia sin mayor épica que la de poner un pie en la Luna y escuchar la histórica frase se agranda a medida que pasan los minutos. Ni la labor maravillosa de Chazelle tras las cámaras ni la de los actores delante de ellas (el reparto está sencillamente perfecto) pueden disimular la falta de garra dramática de la historia, que se limita a relatar hechos sin entrar demasiado en los aspectos más polémicos y conflictivos del relato (los muertos del programa espacial, los conflictos personales y familiares, la competición espacial con la URSS, etc.). La cinta lo mira todo desde un punto de vista personal, pero parece olvidarse que en esa perspectiva también tienen cabida el resto de elementos que conforman el mundo que nos rodea. Lo que hizo Armstrong fue un gran paso para la Humanidad; lo que ha hecho Chazelle es un pequeño paso para el cine.

Nota: 6,5/10

Chazelle lleva a Ryan ‘El primer hombre’ Gosling a la Luna


Los estrenos se adelantan en este segundo fin de semana de octubre. La Fiesta de la Hispanidad del viernes traslada la llegada de las novedades al jueves 11, lo que permitirá a muchos tener más tiempo para disfrutar de los títulos que llegan, y que se definen por su amplia variedad y, sobre todo, porque empiezan a tener en común sus posibilidades de obtener nominaciones en los premios de principios de año.

Es el caso, por ejemplo, de First man (El primer hombre), nueva película como director de Damien Chazelle (La ciudad de las estrellas) que adapta el libro de James R. Hansen y que, en esta ocasión, se aleja del género musical para narrar la historia de Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna. La trama, narrada en primera persona, aborda el peligroso viaje y los sacrificios que tuvo que hacer tanto este astronauta como todo Estados Unidos. Ryan Gosling (Blade Runner 2049) se pone en la piel de Armstrong, estando acompañado en el reparto por Claire Foy (serie The crown), Jason Clarke (Everest), Kyle Chandler (Manchester frente al mar), Ciarán Hinds (serie The Terror), Patrick Fugit (Queen of Earth), Pablo Schreiber (El rascacielos), Ethan Embry (Convergence), Corey Stoll (Café Society), Shea Whigham (Kong: La Isla Calavera), Lukas Haas (El renacido) y Cory Michael Smith (serie Gotham).

Muy diferente es La casa del reloj en la pared, aventura familiar de corte fantástico y con dosis de humor basada en el libro de John Bellairs cuyo argumento transcurre en 1948, cuando un joven que pierde a sus padres en un accidente de tráfico va a vivir con su tío, una persona que le resulta extraña en su comportamiento. Sin embargo, pronto descubre que tanto él como su vecina son magos, y deberá ayudarles a localizar un reloj que puede impedir el fin del mundo. Eli Roth (El justiciero) abandona el terror y la acción para ponerse tras las cámaras en esta historia para toda la familia protagonizada por Jack Black (Jumanji: Bienvenidos a la jungla), Cate Blanchett (Thor: Ragnarok), Kyle MacLachlan (Paz, amor y malentendidos), Colleen Camp (Siempre amigas), Owen Vaccaro (Dos padres por desigual), Renée Elise Goldsberry (Hermanísimas) y Sunny Suljic (1915).

Dos cintas de animación también llegan este viernes a las salas. Smallfoot es el título de una aventura cómica con capital estadounidense que arranca cuando un joven Yeti se encuentra con algo que no pensaba que pudiera existir: un ser humano. El incidente le trae fama en su comunidad yeti, pero también plantea la pregunta de qué otras cosas habrá más allá de la aldea nevada. Karey Kirkpatrick (Imagine) y Jason Reisig dirigen esta cinta basada en el libro de Sergio Pablos y que cuenta con las voces originales de Channing Tatum (Kingsman: El círculo de oro), James Corden (Into the woods), Zendaya (Spider-Man: Homecoming), Common (Blue night), Danny DeVito (House broken), Gina Rodriguez (serie Jane the virgin) y el jugador de baloncesto LeBron James.

De 2017 es El reino de los elfos, coproducción animada entre Estados Unidos y China dirigida a cuatro manos por Yi Ge, para quien es su ópera prima, y Yuefeng Song (Dragon Nest: Warriors’ Dawn). El punto de partida de la cinta es una boda en el reino élfico al que es invitado un humano que está enamorado de la hermana de la reina. Pero cuando los elfos oscuros atacan el feliz evento y retienen a la reina, el joven humano y los elfos deberán luchar por recuperar su mundo. Ashley Boettcher (Pequeños invasores), G.K. Bowes (Norman del norte), Gavin Hammon, Julie Nathanson y Ryan Potter (Underdog kids).

La producción española está representada por La sombra de la ley, thriller dirigido por Dani de la Torre (El desconocido) y ambientado en 1921, cuando los enfrentamientos entre anarquistas y matones se suceden constantemente. En este clima de violencia un policía es enviado a Barcelona para investigar el atraco a un tren militar, pero sus formas no encuentran mucho apoyo entre unos compañeros recelosos, y pronto comienzan los enfrentamientos con un superior corrupto. El policía deberá entrar en contacto con los bajos fondos y con el mundo anarquista más radical. Luis Tosar (Toro) da vida al protagonista, completando el reparto Michelle Jenner (Julieta), William Miller (Ruta Madre), Ernesto Alterio (Perfectos desconocidos) y Fernando Cayo (La punta del iceberg).

Desde Italia llega Donde caen las sombras, drama producido en 2017 e inspirado en la historia real de cientos de personas. La cinta es una dramatización de una investigación de cuatro años en torno a un proyecto eugenésico en un geriátrico que antiguamente fue un orfanato, y donde los personajes parecen vivir fuera del espacio y del tiempo. Valentina Pedicini debuta en el largometraje con esta cinta protagonizada por Elena Cotta (Buscando a Alibrandi), Federica Rosellini, Josafat Vagni (Pecore in erba), Lucrezia Guidone (Noi 4), Danilo Di Simio y Federico Maria Martini.

Otro de los estrenos puramente europeos es Clímax, nuevo film escrito y dirigido por Gaspar Noé (Enter the void) que, a medio camino entre el drama, el terror y el musical, arranca cuando un grupo de bailarines de danza urbana se reúne en un internado abandonado en medio de un bosque para pasar tres días de ensayo. Tras su último baile en común deciden festejarlo con una fiesta en la que les atrapa una extraña locura. Todo parece indicar que han sido drogados, aunque no saben por quién. Entre los principales actores de esta cinta francesa destacan Sofia Boutella (La Momia), Romain Guillermic (Elektro Mathematrix), Souheila Yacoub, Kiddy Smile y Giselle Palmer.

También francesa es Un héroe singular, cinta dirigida por Hubert Charuel en lo que supone su debut en el largometraje. La trama de este drama gira en torno a un joven ganadero cuya vida está íntimamente relacionada con su granja, pues su hermana es veterinaria y sus padres habían sido propietarios de una lechería. Su vida cambia cuando se detecta en Francia una epidemia y descubre que uno de sus animales está infectado. Desde ese momento hará todo lo posible para no perder sus vacas. Swann Arlaud (Baden Baden), Sara Giraudeau (Vendeur), Isabelle Candelier (Cézanne y yo), Bouli Lanners (Reparar a los vivos) y Valentin Lespinasse encabezan el reparto.

En cuanto al resto de propuestas de ficción, Pequeño secreto es una coproducción de 2016 entre Brasil y Nueva Zelanda que, basada en una historia real, narra las vidas de una niña y tres mujeres que comparten un secreto que cambiará para siempre su futuro una vez salga a la luz. David Schurmann (Desaparecidos) se pone tras las cámaras para dirigir a Fionnula Flanagan (Trash fire), Erroll Shand (Deathgasm), Júlia Lemmertz (Amor?), Maria Flor (360 – Juego de destinos) y Marcello Antony (A guerra dos Rocha), entre otros.

Respecto al documental, Lucha de gigantes es una producción española que aborda, con testimonios directos, la lucha contra el hambre de numerosas personas en todo el mundo. Un viaje a través de la rabia y la incoherencia en el que también participan periodistas, escritores y catedráticos. La cinta está dirigida por Hernán Zin (Nacido en Siria).

Terminamos el repaso con El pueblo soy yo. Venezuela en populismo, film dirigido por Carlos Oteyza (Roraima) que aborda, con imágenes inéditas y el análisis de intelectuales, periodistas e historiadores, la evolución de un país que fue el de mayor crecimiento económico del mundo y actualmente vive una situación de pobreza y colapso.

‘Venom’: el simbionte se independiza de Spider-Man


Tratar de separar el origen del simiente conocido como Venom de Spider-Man parece una tarea harto difícil, sobre todo si se hace de cara a fans de los cómics poco tolerantes a los cambios. Y la verdad es que la nueva película de Ruben Fleischer (Bienvenidos a Zombieland) es una buena prueba de ello, no tanto por las críticas de acérrimos seguidores de los personajes como por la necesidad de crear una historia paralela que justifique buena parte de la naturaleza de un villano/antihéroe que imita los poderes del hombre araña.

En este sentido, la historia de Venom se encuentra a medio camino entre lo interesante del tratamiento del personaje y las incoherencias de algunos de sus tramos narrativos. Un equilibrio que es el origen de algunas de sus irregularidades. Mientras que el rol protagonista al que da vida espléndidamente bien Tom Hardy (London Road) evoluciona de forma compleja a través de esa dualidad en su mente que representa la lucha entre el bien y el mal, lo que en definitiva aporta un trasfondo dramático sólido para toda la historia, el desarrollo dramático tanto del villano como de las tramas secundarias quedan poco definidos, por no hablar de algunas de las motivaciones de este antihéroe en el tercio final del film, que sencillamente no tienen un trasfondo lógico o, al menos, sustentado claramente con lo narrado anteriormente.

Sus debilidades son más que evidentes, es cierto, y los más puritanos posiblemente pongan el grito en el cielo ante los orígenes de este personaje y cómo se ha contado la historia. Pero con todo y con eso, el metraje apenas pierde el pulso. A las secuencias de acción (espectaculares aunque algo caóticas en algún momento) se suman ciertos toques de humor que ayudan a aligerar la carga dramática del protagonista, lo que aporta al conjunto un tono perfecto de entretenimiento sin más objetivo que el de distraer durante casi dos horas que en ningún momento llegan a hacerse pesadas gracias fundamentalmente al trabajo de sus actores.

Desde luego, nadie debería esperar de Venom más de lo que es a simple vista. Su falta de encaje en el Universo Cinematográfico Marvel juega a favor y en contra de esta película. A favor porque le da libertad para explorar una historia completamente diferente, con nuevos orígenes, nuevos personajes y un tono a medio camino entre la oscuridad del simbionte, la bondad del reportero interpretado por Hardy y el humor que desprende el relato. En contra porque esa falta de marco hace que la combinación de historias y personajes termine por generar ciertos problemas narrativos y de definición de personajes. En cualquier caso, es una producción entretenida y que se disfruta en prácticamente todo su metraje. ¡Y atentos a la escena post créditos, primera piedra de una posible secuela!

Nota: 7/10

‘Ha nacido una estrella’: Ha nacido un director


Es sumamente complicado llevar a la gran pantalla una historia que ya ha sido adaptada en varias ocasiones. La comparación con las anteriores versiones es inevitable. Tal vez por eso sea tan interesante el primer trabajo de Bradley Cooper (Aloha) como director y guionista, porque es capaz de, a partir de una historia conocida, imprimir matices que enriquecen, y mucho, tanto los personajes como la trama. Y que eso se logre en una primera película hace que esta sea aún más interesante.

Porque, en efecto, la premisa básica de Ha nacido una estrella es conocida. Pero no así sus personajes. Cooper construye un universo complejo en torno a la pareja protagonista, sobre todo en lo referente al personaje que él mismo interpreta. A la premisa base de que la decadencia de este rol se mezcla con los celos y el ascenso de su pareja se suman un pasado complejo, marcado por un cierto sentimiento de abandono, un presente ahogado en alcohol y, en cierto modo, un atisbo de coherencia disfrazada por la brutalidad de sus borracheras que le permite comprender que su pareja, aquella chica a la que él descubre, está perdiendo su identidad por lograr algo efímero.

Todo ello convierte a este personaje en el verdadero motor de la trama, robando cierto protagonismo a una Lady Gaga (Machete Kills) cuya voz brilla en todo su esplendor en un personaje igualmente sólido pero algo más arquetípico. A todo ello se suma una puesta en escena intimista casi desde el primer plano, recurriendo a movimientos de cámara que capten los sentimientos de los personajes para marcar una evolución dramática más detallada, y huyendo todo lo posible de los previsibles planos generales (que también existen) en los macroconciertos que se suceden a lo largo de la cinta. Cooper sustenta así a unos personajes marcados por la tragedia intensificando los buenos y los malos momentos, las decisiones y un final cuya elegancia está fuera de toda duda. Todo ello define a un director con un futuro brillante.

Ha nacido una estrella es ante todo un brillante drama en el que los miedos, las fobias y el amor se muestran detrás de un manto de alcohol, celos y música. Su mayor punto débil es el ritmo, que decae en varios momentos y alargan la historia de un modo innecesario, sobre todo la trama ya está en pleno desarrollo. Pero con todo y con eso, el espectador asiste a una introspección pocas veces vista en pantalla, en la que una única mirada es capaz de revelar todo, en la que la música es vehículo narrativo perfecto para exponer conflictos, romances, recelos y odios. Y desde luego, esa falta de ritmo no impide disfrutar de un notable drama realizada por un interesante director.

Nota: 8/10

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ termina ciclo en su quinta temporada


Parece una regla narrativa, pero en realidad es más bien una idea aceptada a base de práctica y de miles de series realizadas a lo largo de los años. Aunque lo importante es que una ficción tenga la duración planteada para contar bien la historia (es decir, sin intereses comerciales de ningún tipo), lo cierto es que muchas de las grandes series parecen plantearse para tener cinco temporadas, como mucho una o dos más. Y esto es lo que le ocurre a Agentes de S.H.I.E.L.D. Sin ser una serie inolvidable ganadora de infinidad de premios, esta ficción con superhéroes, acción y humor integrada en el Universo Marvel ha sabido no solo mantenerse en plena forma dramática y narrativa, sino que en su quinta temporada cierra ciclo de forma más que correcta, dejando un pequeño epílogo a modo de sexta y última temporada ya confirmada.

Y como no podía ser de otro modo, dicho cierre tiene como principal motor al Agente Coulson, rol que Clark Gregg lleva interpretando 10 años desde que apareciera por primera vez en Iron Man (2008). La serie creada por Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse), Jed Whedon y Joss Whedon (Los Vengadores) ha pivotado desde el primer momento sobre este personaje, y aunque a lo largo de los años ha crecido en complejidad dramática y ha incorporado interesantes personajes, el epicentro de toda la trama siempre ha sido ese agente con fe ciega en la causa que defiende. Todo esto viene a cuento porque los 22 episodios de esta penúltima temporada representan el viaje final del héroe, un recorrido que más allá de la acción es una especie de cesión del testigo para que un nuevo líder tome el control. El problema, y de ahí el final inminente de la serie, es que ninguno de los otros protagonistas, aún con su evidente interés, tiene madera de protagonista.

Esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., al igual que las anteriores, divide su trama en dos partes diferenciadas claramente. Sin embargo, y a diferencia de años atrás, en esta ocasión ambas historias están intrínsecamente relacionadas por la causa y efecto que generan los saltos temporales. La idea del bucle temporal adquiere una fuerza dramática inusitada que no solo provoca una tendencia creciente del drama e incluso cierto suspense, sino que da lugar a un clímax final y a una resolución de la historia tan interesante como compleja, trastocando el tratamiento de los protagonistas realizado hasta ese momento al tener que enfrentarles con sus propios miedos, sus fobias y sus secretos más escondidos. El hecho de presenciar el futuro e intentar cambiarlo a pesar de repetir siempre los mismos actos (sin darse cuenta de ello, claro está), aporta una complejidad dramática única a la temporada, pero también un cierto desasosiego al tener en todo momento la sensación de estar asistiendo a un destino inevitable.

Evidentemente, los héroes logran su misión, pero a diferencia de otro tipo de series, no es un final feliz. Más bien la resolución de esta etapa es agridulce. Durante los 22 capítulos la trama gira en torno, ya sea directa o indirectamente, la salvación del rol de Gregg. Resulta muy interesante analizar cómo funciona a la perfección esta premisa en el tratamiento de toda la temporada, fruto de una construcción de personajes coherente y sólida. En efecto, la lucha de todos los personajes por su líder no solo se antoja lógica, sino incluso necesaria. Y la evolución orgánica de todas las tramas alrededor de este desencadenante no podría ser más exquisita, toda vez que son varios los momentos en los que el espectador, aun teniendo en mente una idea aproximada de lo que puede ocurrir, se encuentra ante un abismo dramático cuyo final no puede vislumbrar. Dicho de otro modo, aunque la victoria de los protagonistas es obligada, las consecuencias de dicha victoria, tanto personales como materiales, son totalmente inesperadas. Y este es uno de los principales atractivos de esta etapa.

Cerrando flecos

Todo ello no quiere decir que esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no tenga ‘peros’. En demasiados momentos la trama recurre a ciertos Deus ex machina que, aunque bien encajados en la evolución dramática, se antojan irreales (y hablamos de una producción puramente fantástica), demasiado milagrosos. Y eso no es únicamente por el modo en que se presentan dichos momentos, sino porque para resolver determinadas situaciones aparentemente irresolubles se recupera la presencia de personajes de temporadas anteriores que, de un modo u otro, solucionan la papeleta narrativa que en ese momento tienen los creadores de la serie. Todo ello juega en perjuicio de algo fundamental de esta producción, que es la capacidad del equipo de superar cualquier situación.

Asimismo, y aunque la temporada vuelve a dividirse en dos partes bien diferenciadas, el desarrollo de ambas ha tenido muchas historias secundarias, y según como se mire puede que demasiadas. El intento de rizar el rizo de una historia y unos personajes ya de por sí complejos lleva a esta etapa a convertirse en una espiral constante de situaciones casi insostenibles, de desafíos que van más allá de las capacidades mentales y físicas de los protagonistas. Y aunque este viaje hay momentos que resta credibilidad al relato, también es cierto que ahonda en las múltiples caras de los protagonistas, enriqueciéndolos a ellos y a la trama, que se llena con todo tipo de matices, algo poco habitual para este tipo de producciones. En este sentido, es interesante estudiar el delicado equilibrio que manejan los guionistas entre el crecimiento natural y orgánico de la historia, nutriéndose de las historias secundarias y los conflictos entre los personajes, y las dificultades que tienen para resolver determinadas situaciones, llegando al extremo de utilizar esos Deus ex machina que antes mencionaba.

Pero esta temporada es también la del cierre de flecos secundarios que pudieran quedar sueltos, lo que es una prueba más que evidente de que su final está próximo. El caso más evidente es el del coronel interpretado por Adrian Pasdar (Run), personaje que ha vivido un largo viaje en el que ha pasado de ser enemigo de los héroes a su aliado, para terminar convertido en un supervillano cuyo giro dramático podría ubicarse a medio camino entre esa evolución natural y los cambios forzados por las necesidades de guión. Pero en cualquier caso, la labor de Pasdar convierte a este personaje en uno de los más interesantes de la temporada, si no el que más, creando un villano complejo, marcado por un sentido del deber corrompido por un poder que cree dominar pero que en realidad le domina. Su figura, aunque secundaria, resume a la perfección el espíritu dramático de esta temporada.

Tal vez esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no sea la mejor de todas, pero sin duda se encuentra entre los referentes de la serie. Y lo es porque, a pesar de sus limitaciones y de sus puntos débiles, se atreve a ir más allá, a explorar nuevos terrenos dramáticos jugando con el espacio y el tiempo para desarrollar una historia autosuficiente que, en realidad, no necesitaría del trasfondo dramático que arrastra de las anteriores temporadas. Los personajes se enfrentan a su presente no tanto conociendo su pasado como, ante todo, conociendo el futuro y la tragedia a la que se enfrentan. Y ese conocimiento único es el motor del drama y cierto suspense que nutre toda esta etapa. La resolución, tan emotiva como trágica, no deja indiferente. Ahora tan solo queda poner el punto final con una sexta temporada que sitúe a los protagonistas ante su futuro.

‘Ha nacido una estrella’ cinematográfica… y podría ser ‘Venom’


Octubre comienza fuerte cinematográficamente hablando. Si hace unas semanas hablábamos sobre la importancia de los títulos de esta época de cara a los grandes premios, las novedades de este viernes día 5 confirman no solo esta hipótesis, sino la de que estos meses de otoño/invierno se han convertido en el momento idóneo para estrenos más comerciales.

Y en esta categoría entra, sin duda, Venom, adaptación a la gran pantalla del antihéroe de Marvel Comics que nació como villano de ‘Spider-Man’ y que ya tuvo presencia en cines en Spider-Man 3. Ahora, el director Ruben Fleischer (Gangster Squad. Brigada de élite) dirige esta historia de ciencia ficción, acción y ciertas dosis de terror que arranca cuando un periodista obsesionado con desenmascarar al líder de una Fundación termina fusionándose con un simbionte en los laboratorios que estaba investigando. La unión le otorga nuevos e increíbles poderes, pero también una ira y una rabia que le impulsan a cometer crímenes, lo que obligará al reportero a luchar contra sus propios demonios y a encontrar el equilibrio entre él mismo y Venom. Tom Hardy (Dunkerque) da vida al antihéroe, mientras que Michelle Williams (El gran showman), Riz Ahmed (Jason Bourne), Reid Scott (De vuelta a casa), Jenny Slate (Un don excepcional), Scott Haze (Héroes en el infierno) y Woody Harrelson (Tres anuncios en las afueras) completan el reparto principal.

Este fin de semana también es el debut como director del actor Bradley Cooper (El francotirador) con Ha nacido una estrella, nueva versión de este drama musical que él mismo protagoniza junto a la cantante Lady Gaga (American Horror Story: Hotel). La trama gira en torno a un veterano cantante que descubre a una joven artista de la que también se enamora. Ella, a punto de darse por vencida, se pone bajo los focos animada por el entusiasmo de él, logrando triunfar. Pero a medida que la carrera de la joven asciende la relación entre ambos se deteriora, y él deberá luchar contra sus propios demonios para salvar su futuro. Entre el resto de intérpretes destacan Sam Elliott (Volverás en mis sueños), Dave Chappelle (Reventado), Michael Harney (serie Orange is the new black) y Andrew Dice Clay (Blue Jasmine).

Fantasía y aventura para toda la familia es lo que propone Christopher Robin, film basado en los personajes creados por A.A. Milne y Ernest Shepard que cuenta cómo el niño que vivió innumerables aventuras en el bosque de los Cien Acres con su banda de animales de peluche se ha convertido en un adulto, y ha perdido el rumbo. Es por eso que ahora serán sus amigos los que viajarán al mundo real para ayudarle y hacerle recordar el niño que lleva dentro. Marc Foster (Guerra Mundial Z) es el encargado de poner en imágenes esta historia protagonizada por Ewan McGregor (La bella y la bestia), Hayley Atwell (Vengadores: La era de Ultrón), Bronte Carmichael (En la playa de Chesil), Mark Gatiss (Negación), Brad Garrett (Not fade away) y Toby Jones (El muñeco de nieve).

Pasamos a los estrenos europeos, entre los que destaca Cold war, nueva película de Pawel Pawlikowski (Ida) que aborda una historia de amor imposible durante la Guerra Fría entre un hombre y una mujer de origen y temperamento diferentes pero que su destino les condena a estar juntos. Drama, romance y música son los ingredientes de este film con capital polaco, francés y británico en cuyo reparto encontramos a Joanna Kulig (Las inocentes), Tomasz Kot (Dioses), Borys Szyc (Sugihara chiune), Agata Kulesza (Dark crimes) y Cédric Kahn (Una vida mejor).

Puramente francesa es Gauguin, viaje a Tahití, adaptación del libro con los relatos del pintor. Este drama biográfico aborda las experiencias que vivió el artista, la enfermedad y la soledad, y la influencia de una joven nativa que se convertirá en el centro de sus obras más memorables. Dirigida por Edouard Deluc (Boda en Mendoza), la cinta está protagonizada por Vincent Cassel (Una semana en Córcega), Tuheï Adams, Malik Zidi (Objetivo: París), Pua-Taï Hikutini, Pernille Bergendorff y Marc Barbé (7 giorni).

La producción española tiene como principal representante a Ola de Crímenes, comedia negra dirigida por Gracia Querejeta (Felices 140) cuyo punto de partida es un asesinato. Concretamente el que comete el hijo de una divorciada acomodada al matar a su padre. Ella, para proteger a su hijo, intenta ocultar el delito, pero en lugar de eso desata una ola de crímenes por Bilbao. Y mientras tanto, la nueva esposa del difunto y su implacable abogada tratan de ocultar toda una trama de corrupción mientras son investigadas por dos tenaces inspectores. Maribel Verdú (Abracadabra), Luis Tosar (1898. Los últimos de Filipinas), Paula Echevarría (Vulnerables), Juana Acosta (Perfectos desconocidos), Raúl Arévalo (Cien años de perdón), Antonio Resines (La reina de España), Javier Cámara (Es por tu bien) y Nora Navas (El ciudadano ilustre) son los principales actores.

También española es Viaje al cuarto de mi madre, intenso drama que aborda el momento en el que una hija abandona el hogar en el que ha crecido. En concreto, la historia se centra en la relación entre una madre y su hija, la segunda con la intención de irse pero que no sabe cómo decírselo a su madre. En ese contexto ambas tendrán que afrontar que el mundo que habían construido en común se tambalea. Celia Rico Clavellino escribe y dirige el que es su debut en el largometraje, en cuyo reparto encontramos a Anna Castillo (La Llamada), Lola Dueñas (No sé decir adiós), Pedro Casablanc (Bajo la Rosa), Adelfa Calvo (La isla mínima) y Marisol Membrillo (Magical girl).

Al thriller pertenece Ánimas, cinta escrita y dirigida a cuatro manos por Laura Alvea y Jose F. Ortuño (The extraordinary tale of the times table) cuya trama se centra en dos amigos, ella una chica segura de sí misma y él un joven tímido y retraído. Sus vidas cambian cuando el padre del chico fallece en extrañas circunstancias, pues ella iniciará un viaje en el que realidad y pesadilla se confunden, y en el que se llegará a cuestionar su propia existencia. El plantel de actores está integrado por Clare Durant (I love her), Liz Lobato (The birthday), Ángela Molina (El otro hermano), Luis Bermejo (Fe de etarras), Iván Pellicer (serie Fugitiva) y Chacha Huang (El hombre de las mil caras).

Este fin de semana es también del debut en el largometraje de ficción de David Gutiérrez Camps (Hollywood contra Franco) con Sotobosque, drama que narra la vida de una mujer en la Cataluña interior, donde sobrevive vendiendo piñas y que intenta integrarse sin éxito en una sociedad que solo le da sonrisas condescendientes. El limitado y anónimo reparto está compuesto por Musa Camara, Samba Diallo y Deborah Marin.

El último de los estrenos en imagen real es Aprendiendo a vivir, drama que cuenta con capital israelí y polaco cuya trama se centra en un joven de 17 años con un carácter impulsivo y algo violento que, sin embargo, es apreciado por su comunidad. Su padre le ve como el heredero del negocio de construcción que tiene, pero el adolescente encuentra un modelo a seguir en su profesor de literatura. Dividido entre dos mundos, deberá encontrar su nueva identidad y la oportunidad para una nueva vida. Matan Yair escribe y dirige el que es su debut en el largometraje de ficción, que está protagonizado por Asher Lax, Ami Smolartchik (Atomic falafel), Yaacov Cohen (Encirclements) y Keren Berger (Cupcakes).

La única producción de animación es la española Black is Beltza, dirigida por Fermín Muguruza (Nola?). El argumento, ambientado en 1965, se basa en el hecho real que protagonizó la comparsa de gigantes de Pamplona, imagen típica de San Fermín que en ese año fue invitada a Nueva York para desfilar por la Quinta Avenida. Sin embargo, no todos pudieron salir, pues se prohibió la presencia de dos gigantes negros. El mozo encargado de portar uno de ellos vivirá en primera persona los acontecimientos de esa época como los disturbios raciales provocados por el asesinato de Malcolm X y los primeros hippies. Entre las voces originales encontramos las de Unax Ugalde (Lasa y Zabala), Sergi López (Río arriba), Maria de Medeiros (100 metros), Jorge Perugorría (Vientos de la Habana), Emma Suárez (Julieta) y Ramón Barea (La higuera de los bastardos).

En cuanto al documental, Querido Fotogramas es un repaso a los 70 años de la icónica revista cinematográfica española a través de las cartas que los lectores han enviado a lo largo de las décadas. Un viaje que homenajea al cine y a todos los que lo hacen posible, a los espectadores, a los periodistas y, por supuesto, a los lectores. El film está escrito y dirigido por Sergio Oksman (Goodbye, America).

También española, y también documental, es Mudar la piel, cinta dirigida a cuatro manos por Cristóbal Fernández y Ana Schulz en la que es, para ambos, su ópera prima. El film aborda la relación de amistad entre un mediador de ETA y el gobierno español y un espía de los servicios secretos que se infiltró en su vida durante años.

Por último, el documental Barbacana, la huella del lobo aborda el conflicto entre el lobo y los ganaderos a través del seguimiento de una manada de lobos, recorriendo localizaciones que van desde diferentes sierras en Andalucía hasta el norte cantábrico. Arturo Menor (WildMed. El último bosque mediterráneo) es su director.

‘Érase una vez’ se pierde definitivamente en su sexta temporada


Han sido seis años, pero la verdad es que la sensación es de un tiempo mucho mayor. Érase una vez llega a su fin, al menos de la historia y los personajes originales, en una sexta temporada que evidencia la transformación que ha sufrido esta original serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (TRON: Legacy). Una transformación que, aunque ha ganado en originalidad, ha perdido mucho en consistencia dramática y, sobre todo, en coherencia. Porque si algo demuestran estos 22 episodios es que, incluso en una fantasía de cuento de hadas, no todo vale.

En unos días analizaremos la séptima y última temporada, una vez finalizada la serie, pero por ahora centrémonos en el contenido de esta conclusión de la trama original. Y sin duda lo que más llama la atención es el tratamiento de los personajes y de las historias que protagonizan. Da la sensación de que, en un intento de hacer el equilibrismo imposible, sus creadores introducen todos los elementos habidos y por haber en los cuentos de hadas para componer una sinfonía de fantasía donde todos los héroes y villanos están relacionados de algún modo, bien por parentesco, bien por encuentros más o menos fortuitos en el pasado. De ahí que, por ejemplo, se junten en una única historia Aladdin, Jasmine, la Sirenita, Blancanieves, Frankenstein, Jekyll, Hyde y un largo etcétera de personajes.

El principal problema es que muchos de ellos están incorporados casi por obligación, como si fuera necesario aportar al conjunto la historia de todos los personajes de cuento o literarios, incluso aunque esto se haga únicamente en un episodio a modo de contexto dramático para ese momento puntual dentro de una historia mayor. Es el paso definitivo de una evolución que, atendiendo a los índices de audiencia, no ha sido la más acertada. Dicho de otro modo, Érase una vez ha intentado abarcar más de lo que podía, lo que curiosamente ha hecho perder al conjunto lo que le daba la magia con la que comenzó su andadura. A lo largo de las temporadas la serie ha pasado de tener una estructura de héroes contra villanos a otra que dividía cada temporada en dos partes diferenciadas, para terminar siendo una amalgama de historias con un villano final y varios intermedios.

No es el único problema de la trama, claro está. De hecho, puede que no sea el mayor, pues hay que reconocer que la introducción de tantos personajes expande el universo de fantasía hasta límites que no se habían visto, amén de reinterpretar los cuentos más famosos de un modo incontestablemente original. En este sentido, no cabe duda de que esta sexta temporada es un alarde visual y de ingenio que, con sus evidentes pegas, termina enganchando gracias a un ritmo narrativo y dramático lo suficientemente sólido como para que el espectador se deje llevar, al menos en varios de sus tramos. Es por esto que posiblemente lo más débil de esta etapa, dramáticamente hablando, sea algo que la serie viene arrastrando desde años atrás, y es esa necesidad de que los villanos se conviertan en héroes y las consecuencias que eso conlleva.

¿Héroes o villanos?

En efecto, el principal escollo de Érase una vez para su correcto desarrollo argumental ha sido qué hacer con los villanos, fundamentalmente con los interpretados por Lana Parrilla (One last ride) y Robert Carlyle (T2: Trainspotting). Curiosamente, ambos son los principales atractivos de la serie y sus verdaderos protagonistas, lo que reafirma la idea de que un buen villano hace mejor cualquier trama. Pero volviendo al origen, estos dos villanos fueron, desde el principio, el motor de esta ficción, incluso cuando sus acciones comenzaron a tornarse en las de héroes. Ese proceso ocurrió de forma natural, motivado entre otras cosas por un tratamiento muy profundo y complejo de unos personajes cuyas motivaciones tenían un largo pasado y cuyo objetivo parecía sencillo y a la vez inalcanzable: tener un final feliz.

Esta sexta temporada viene a confirmar la deriva sin rumbo fijo de la serie, algo que también se pudo ver en las anteriores etapas. Una vez convertidos en héroes, integrados en el grupos de los “buenos” aunque con sus respectivos matices, era necesario encontrar otros enemigos a los que hacer frente. Estos 22 capítulos rizan el rizo y aprovechan la compleja trama familiar para introducir a la villana definitiva, el origen de todo mal. Más allá de que esto pueda resultar más o menos congruente con lo narrado a lo largo de estos años, el problema radica en los efectos secundarios que esto tiene, y que de nuevo tiene que ver con héroes y villanos. Por ejemplo, el doble malvado de la Reina Malvada se vuelve una heroína, como ya había hecho el rol original; la bruja mala de Oz también encuentra su forma de hacer el bien; y muchos otros secundarios menores que comienzan siendo enemigos se tornan en aliados tan rápido que apenas hay tiempo de explorar la evolución dramática.

Todo ello genera un concepto dramático impropio tanto para lo visto hasta este momento como para el desarrollo que cualquier historia debiera seguir. Precisamente si algo bueno tenían los roles interpretados por Parrilla y Carlyle es que su tratamiento permitía comprenderles, explorar sus fortalezas y sus debilidades dramáticas, sus motivaciones y sus objetivos, y eso no solo les hacía más complejos, sino que redundaba en la calidad dramática de la serie. Ahora, sin embargo, lo que nos encontramos es un compendio de personajes, cuantos más mejor, cuyas historias se reinterpretan en un intento de tapar con originalidad la falta de criterio dramático. Por todo ello, esta sexta temporada es sin duda la consecuencia lógica de la evolución de la ficción, pues los numerosos personajes (y sus respectivas historias) introducidos durante las etapas anteriores han tenido que encontrar su resolución en estos episodios. Y dado el alto número y la limitación de tiempo y espacio dramático que existe, era imposible no acelerar algunos de los procesos dramáticos, con las consecuencias evidentes.

Érase una vez es el mejor ejemplo de cómo una producción puede perder interés a pasos agigantados si la historia no tiene un tratamiento controlado y calculado. Su sexta temporada es la prueba palpable de que no por introducir más y más elementos, ya sean personajes, escenarios o tramas, la historia gana en complejidad y atractivo. Puede que de lo primero sí, pero de lo segundo difícilmente ocurrirá si no se sigue una lógica. La necesidad de incorporar más héroes, más villanos y más cuentos de hadas ha terminado por asfixiar una historia sumamente original, capaz de dar un giro coherente a las historias que conocemos desde niños, y relacionar a muchos de los héroes y villanos en un único universo plagado de magia y fantasía. Al contrario de la protagonista interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad), el espectador comenzó la historia creyendo en la magia y los cuentos de hadas para terminar perdiendo la fe. Aunque en este caso no es porque nos hayamos hecho adultos después de seis años.

‘El reino’: corrupción a todos los niveles


Todo conduce al final. Y ese final resume a la perfección no solo lo que narra la nueva película de Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone), sino lo que ha sido España durante décadas. Y todavía es. Los poderes que realmente controlan el país, las corrupciones, los intereses partidistas, … todo queda reflejado en ese duelo magistral entre Antonio de la Torre (El autor) y Bárbara Lennie (Las furias), libros de cuentas de por medio. Pero hasta llegar a ese momento lo que tenemos entre manos es una obra tan intensa como esclarecedora.

Porque si algo logra El reino es hacer comprender algo mejor al espectador cómo ha funcionado la corrupción en un partido como el PP. El director, con mano firme, crea un relato sobrio, tenso, por momentos siniestro, en el que no hace falta dar nombres para identificar a ciertos personajes protagonistas de los últimos años. A través de conversaciones veladas, de miradas y de titulares informativos Sorogoyen se adentra lenta pero inexorablemente en la mentalidad de un grupo de personas que en ningún momento pensaron en lo bueno o malo de sus actos (de nuevo nos remitimos al final del film), pero que en todo momento actúan por su propio interés disfrazado por convicción propia de luchar por su familia. En este sentido, el relato muestra claramente las contradicciones en las que cae no solo el protagonista, sino todos los que le rodean.

Quizás el único hándicap del conjunto sea su duración, algo excesiva en determinados fragmentos del relato que hace que el ritmo decaiga ligeramente. Sin embargo, la fuerza de sus actores, todos ellos magistrales, y el hecho de saber que la cinta es una dramatización de algo que ocurrió realmente (o al menos con una base importante de realidad) ayudan a sobrellevar los momentos más pausados de una historia, por otro lado, sumamente gratificante. Así, la cinta invita constantemente a reflexionar, ya sea sobre el funcionamiento de una corrupción institucionalizada a la que el protagonista llega una vez entra en el partido (aquello de “siempre se ha hecho”), sobre el papel de los medios de comunicación en el tratamiento de este tipo de informaciones (los consejos de administración cuentan con personas afines a los políticos) o sobre la responsabilidad que tienen o creen tener los autores de dichas corruptelas.

Al final, El reino se convierte en un thriller político en el que no hay buenos ni malos. Eso lo deja claro el diálogo final al que hacía referencia al comienzo. Un diálogo en el que la culpa se reparte, pero no para hacer menos culpable al protagonista, más bien al contrario. De la Torre construye un rol único, magistral en sus matices y su desesperación, cuya única motivación es salvar su cuello aunque sea haciendo caer a todos los que alguna vez fueron presuntamente sus amigos. Pero su responsabilidad no queda eclipsada por la que tienen el resto de roles de la trama, desde empresarios a periodistas. Más bien al contrario, lo que hace es evidenciar un sistema social enfermo, corrupto hasta límites que solo se pueden intuir. Es por eso que la frase final de Lennie mirando a cámara adquiere tanta relevancia: ¿Es usted consciente de que lo que ha hecho está mal? Lo que cabe preguntarse es a quién va dirigida esa pregunta, si al político corrupto o a una sociedad que ha permitido y albergado eso.

Nota: 8/10

Thriller, terror y acción en el último fin de semana de septiembre


Terminamos un mes más y entramos, poco a poco, en la temporada de títulos con aspiraciones a premios. Y aunque este viernes, 28 de septiembre, todavía no llegan a las pantallas españolas novedades con esas intenciones, sí se aprecia un cambio de tendencia al presentarse numerosas novedades procedentes de Hollywood, muchas de ellas con nombres propios capaces de atraer un alto número de espectadores a las salas.

Y entre ellos destaca Mark Wahlberg (Todo el dinero del mundo), quien vuelve a las salas de cine con Milla 22, thriller de acción dirigido por Peter Berg (Día de patriotas) cuya trama sigue a un experimentado agente de la CIA que, junto a un equipo especializado en operaciones de alto riesgo, debe escoltar a un funcionario de un país sospechoso de actividades nucleares ilegales a cambio de que este entregue a Estados Unidos información sobre material radioactivo robado. El reparto se completa con Lauren Cohan (serie The walking dead), Ronda Rousey (Los mercenarios 3), Iko Uwais (The Raid), John Malkovich (Entre dos maridos) y Poorna Jagannathan (El círculo).

También procede de Estados Unidos El reverendo (First reformed), thriller dramático de 2017 escrito y dirigido por Paul Schrader (Caza al terrorista) cuyo argumento se centra en un párroco de una pequeña iglesia de Nueva York. Con una congregación menguante, este solitario hombre de Dios recibe un día la visita de una joven embarazada que le pide que aconseje a su marido, un ecologista radical. A partir de ese momento el párroco comenzará a cuestionarse su pasado, su función presente y su futuro, intentando que todo su mundo escape a su control. Ethan Hawke (Los siete magníficos) y Amanda Seyfried (Mi última palabra) son los principales protagonistas, estando acompañados por Philip Ettinger (La poesía del duelo), Michael Gaston (El puente de los espías), Cedric the Entertainer (Top five) y Victoria Hill (Soul).

Muy diferente es Hell fest, cinta de terror cuyo punto de partida es la visita de una joven universitaria a sus amigas de la infancia. Las chicas, junto a sus novios, deciden acudir a un parque de atracciones conocido por sus juegos y laberintos de pesadilla. Pero lo que comienza siendo una noche de diversión y sustos se convierte en un auténtico horror cuando un asesino aproveche el ambiente y empiece a matar uno por uno a los visitantes, muchos de los cuales piensan que todo forma parte del espectáculo. Gregory Plotkin (Paranormal activity: Dimensión fantasma) se pone tras las cámaras de esta historia protagonizada por Amy Forsyth (Torment), Reign Edwards (serie Belleza y poder), Bex Taylor-Klaus (El último cazador de brujas), Christian James (The killing secret), Roby Attal (serie El largo camino a casa), Matt Mercurio (Getaway) y Tony Todd (Agoraphobia).

Thriller y suspense son los ingredientes de Searching, producción dirigida por Aneesh Chaganty, quien debuta en el largometraje con una historia cuyo punto de partida es la desaparición de una joven de 16 años. Su padre comienza a buscarla colaborando con la policía, pero después de 37 horas siguen sin tener pistas, por lo que el hombre decide buscar donde nadie más ha buscado, siguiendo el rastro digital que dejó la adolescente. John Cho (Star Trek: Más allá), Debra Messing (serie Los misterios de Laura), Joseph Lee (Lion), Michelle La y Sara Sohn (Fast & Furious 7) encabezan el reparto.

El último de los estrenos norteamericanos es Un pequeño favor, adaptación de la novela de Darcey Bell que, en clave de comedia dramática, arranca cuando una joven madre le pide a su amiga el favor de cuidar de su hijo durante una tarde. Pero cuando no regresa a recoger a su pequeño las cosas se complican y la amiga comenzará una investigación para saber los motivos de la repentina desaparición de la madre. Paul Feig (Cazafantasmas) es el encargado de poner en imágenes esta historia protagonizada por Anna Kendrick (El contable), Blake Lively (Infierno azul), Henry Golding (Crazy rich asians), Andrew Rannells (serie The new normal), Linda Cardellini (Dos padres por desigual) y Rupert Friend (serie Homeland).

La producción española tiene su principal representante en El reino, thriller político dirigido por Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone) que se centra en un político querido en su comunidad autónoma pero que se ha enriquecido a lo largo de los años con dinero público. Cuando la justicia empieza a investigar a un amigo suyo y compañero de partido por un caso de corrupción decide ignorar las directrices del partido y encubrirle. Sin embargo, algo sale mal y él se convierte en el centro de otra investigación sobre los muchos chanchullos de su partido, que tiene intención no solo de dejarle caer, sino de convertirle en el cabecilla de la trama, algo que no está dispuesto a consentir. Llegará  hasta donde tenga que llegar por salvarse. Antonio de la Torre (El autor), Josep Maria Pou (Las leyes de la termodinámica), Bárbara Lennie (Todos lo saben), Nacho Fresneda (Legionario), Ana Wagener (Contratiempo), Francisco Reyes (serie Vergüenza) y Mónica López (Amanecer de un sueño) son los principales actores.

El otro estreno español es Oreina (Ciervo), primer largometraje de ficción de Koldo Almandoz (Plague). La trama gira en torno a un joven desarraigado que vive en un barrio periférico junto a polígonos industriales y una marisma. Se busca la vida como puede y pasa los días con un viejo furtivo que comparte una casa con su hermano, con el que no se habla desde hace años. El oleaje de la marisma marca el devenir del tiempo, el amor y el desamor que experimenta este joven. Este drama está protagonizado por Laulad Ahmed Saleh, Patxi Bisquert (Celda 211), Ramón Agirre (Operación concha), Iraia Elías (Amama) y Erika Olaizola (Los tontos y los estúpidos).

Los estrenos europeos se completan con Girl, drama con capital belga y de los Países Bajos que tiene como protagonista a una joven de 15 años que sueña con ser bailarina. Su padre es su principal apoyo para lanzarse en busca de ese objetivo, pero su cuerpo no es tan flexible como cabría esperar, porque cuando nació era un niño. Dirigida por Lukas Dhont, quien debuta de este modo en el largometraje, la cinta está protagonizada por Victor Polster, Arieh Worthalter (Marie Curie), Katelijne Damen (Primer ministro), Valentijn Dhaenens (Waldstille) y Oliver Bodart.

Este fin de semana también llega a la cartelera Colao, comedia romántica procedente de República Dominicana cuyo punto de partida es el cambio que un hombre de 40 años le da a su vida. Y es que durante toda su vida se ha dedicado a lo único que realmente sabe hacer: cultivar el fruto del café como le enseñaron de pequeño. Pero abrir estos nuevos horizontes después de tantos años viviendo en el seno familiar no será fácil. Ópera prima del actor Frank Perozo (Todos los hombres son iguales), esta producción de 2017 cuenta entre sus principales actores con Manny Perez (Verdad o reto), Anthony Alvarez (Detective Willy), Celines Toribio (América), Raymond Pozo (Lotoman), Shailyn Sosa (Dinero fácil) y Evelyna Rodriguez (Los Super).

Desde India nos llega Made in India: Sui Dhaaga, comedia dramática escrita y dirigida por Sharat Katariya (10ml LOVE) que se centra en dos hermanos cuyas vidas no atraviesan por el mejor momento. En una familia en paro, él sueña con encontrar su pasión, mientras que ella, una joven bordadora, sueña con hacerse un nombre y conseguir el respeto de la sociedad. Sus vidas dan un giro cuando deciden emprender un taller textil y crean el sentimiento de orgullo del producto Made in India. Anushka Sharma (Sultan), Varun Dhawan (Dishoom), Raghuvir Yadav (Newton) y Govind Pandey (Bhoomi) integran el reparto principal.

En lo que respecta a los documentales, El Papa Francisco: Un hombre de palabra aborda, como su propio título indica, la figura del actual pontífice desde un punto de vista íntimo y cómo su trabajo está modificando la Iglesia. La cinta está dirigida por Wim Wenders (Inmersión).

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