‘The Flash’ ahonda en el drama familiar en su quinta temporada


A pesar de que su estructura dramática es similar, The Flash se distanció desde el primer momento de su “progenitor” televisivo, Arrow, para dar una imagen algo más limpia, blanca, estéril. Su quinta temporada, aunque introduce algo más de dramatismo y una cierta oscuridad, mantiene en esencia esta apuesta pero introduciendo un nuevo elemento. O mejor dicho, reforzando en todos los frentes abiertos la idea de familia y todos los valores que ello conlleva.

En efecto, los 22 episodios de esta etapa de la serie creada por Greg Berlanti (El club de los corazones rotos), Geoff Johns y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Eli Stone) abordan en cada una de sus líneas dramáticas las tensiones en el seno de una familia, los conflictos y el modo en que cada miembro afronta dichas situaciones. En realidad, es algo que se viene trabajando desde los propios orígenes del personaje, pero en esta ocasión existe un matiz diferente, y es que los secundarios también viven ese concepto en sus propias historias, influyendo de forma más o menos directa en el resultado final y en el desarrollo de la trama principal. Incluso el villano está motivado por los vínculos familiares, recurriendo a la venganza por un accidente en el que su sobrina queda en coma. Todo ello, en efecto, refuerza el mensaje, e incluso lo hace más profundo, más consistente e interesante para los estándares que suele ofrecer esta ficción.

Ahora bien, esa reiteración conceptual también da al traste con la riqueza dramática y emocional del nutrido grupo de protagonistas. El hecho de que todos sus conflictos estén vinculados a padres que son villanos, a hijas engañadas o a la forma en que se relacionan unos y otros impide explorar nuevos conflictos, nuevos arcos argumentales capaces de aportar algo más a la trama. Por ejemplo, en etapas anteriores personajes como los de Danielle Panabaker (Time lapse) y Carlos Valdes descubrían sus poderes y se enfrentaban a sus propios demonios. Y aunque en estos capítulos se sigue manteniendo esa duda interna acerca de sus capacidades, queda relegada a un segundo plano, más como una consecuencia de algo superior que como una motivación en sí misma. En este sentido, por tanto, da la sensación de que cada aspecto previo de la trama queda supeditado a esa pátina de conflicto paterno filial que impregna absolutamente todo.

Y es una lástima. Es cierto que The Flash nunca ha sido una serie compleja. Más bien al contrario, su tratamiento siempre ha sido bastante lineal y, por qué no decirlo, previsible. Con todo, se mantenía siempre un pequeño as bajo la manga en forma de giros argumentales que pudieran producir, al menos, alguna sorpresa o imprevisto menor. Pero lo que nos encontramos en esta quinta temporada es una simplificación llevada al extremo de todas las historias. Ni siquiera los elementos externos que, en principio, deberían haber enriquecido la trama principal resultan interesantes. Al contrario, se convierten únicamente en meras muletas narrativas de la historia del héroe, sin tener recorrido ni vida propia más allá de servir al desarrollo del arco dramático protagonizado por Grant Gustin (Krystal), lo que hace que la serie pierda fuerza e interés, y que termine por ser un producto sin mayor recorrido que derrotar al villano de turno, quien por cierto, por muy poderoso que pueda parecer, siempre es derrotado sin grandes costes personales.

Gran familia feliz

Todo esto no impide, sin embargo, que esta ficción superheroica resulte entretenida. Al menos lo suficiente como para verla sin necesidad de reflexionar demasiado acerca de lo que sucede en pantalla. Los cada vez más elaborados efectos especiales, unido al tono irónico que tiene en general el tratamiento de personajes y a un villano que, con sus irregularidades, resulta interesante en su dibujo y puesta en escena, permiten que la serie se desarrolle de un modo bastante correcto (lo que no quiere decir apasionante). Y al igual que pasara con Arrow, el universo del hombre más rápido de la Tierra sigue expandiéndose en lo que a personajes se refiere, explorando presente, pasado y futuro para introducir nuevos roles que integran esta gran familia feliz que representa el Equipo Flash y su entorno.

En este contexto es necesario señalar lo que ocurre con Tom Cavanagh (El inventor de juegos) y los múltiples personajes que interpreta no solo en esta quinta temporada de The Flash, sino en toda la serie. De ser el primer villano de la historia (rol que, por cierto, vuelve a interpretar en estos episodios) ha pasado a dar vida al mismo personaje de universos diferentes, cada uno con sus particularidades y siempre un apoyo para el resto de personajes. En esta ocasión, una suerte de versión francesa de Sherlock Holmes especializado en seguir la pista y capturar al villano de la temporada en cada una de las realidades en las que existe. Más allá de la mejor o peor definición del rol, es digno de mención el trabajo tan diferente que hace el actor en cada temporada, dotando a cada personaje de una entidad y profundidad diferente, pero siempre siendo pieza importante no solo para derrotar al antagonista, sino para hacer avanzar la acción. Lástima que su distinta presencia en cada temporada impida ahondar algo más en el trasfondo, motivaciones, miedos y secretos de cada uno de los personajes.

De hecho, la diferente presencia del actor en cada temporada es uno de los alicientes de la serie, aportando siempre el mismo trabajo pero bajo prismas diferentes. Una pequeña originalidad de una serie que cada vez parece más entregada a la repetición de conceptos, de recursos narrativos, sin ofrecer giros interesantes que sean capaces de renovar el tono de la serie o, al menos de hacerlo parecer algo diferente a lo que se ha visto en estos cinco años. La originalidad inicial, así como el impacto de los efectos visuales, ha dejado paso a un retorno constante a las mismas ideas, incluyendo los viajes en el tiempo. La historia necesita de nuevos retos narrativos, incluso diría que de nuevos personajes capaces de aportar algo diferente a la dinámica del grupo. Pero mientras eso llega, lo que queda es una temporada simpática, entretenida en algunos momentos pero bastante condescendiente con sus propias limitaciones.

No quiere esto decir que no haya futuro. Esta quinta temporada de The Flash deja algunas ideas realmente interesantes, como esas modificaciones en el periódico que marca la desaparición del protagonista, la creación de la cabecera digital en la que se publica la noticia y algunas otras ideas que comienzan a vertebrar ese evento con el desarrollo de la serie. Ha sido algo incipiente, es cierto, pero al igual que ocurriera en etapas anteriores, se plantean varios hitos dramáticos que, si se saben explotar en la siguiente tanda de episodios, podría llevar la ficción por un camino interesante. Habrá que ver cómo se compagina eso con el nuevo villano, y sobre todo con esa idea de poder quitar los poderes con una mera inyección. Por el momento, esta temporada se queda más bien como un producto que puede verse y, en algunos momentos, disfrutarse, pero que en ningún caso hace avanzar realmente la acción en una dirección clara, plantando sin embargo la semilla de varias ideas que podrían germinar de forma muy atractiva.

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‘Annabelle vuelve a casa’ para atormentar a McConaughey


Una vez confirmado que el fenómeno Marvel no terminó con la última entrega de ‘Vengadores’, la vida continúa, y entre blockbusterblockbuster llega el turno de un buen puñado de títulos algo menores pero igualmente interesantes. Comedia, terror, drama y varios documentales son las propuestas de este viernes 12 de julio.

Y comenzamos precisamente por el terror de Annabelle vuelve a casa, nueva entrega de la saga ambientada en el mundo de ‘Expediente Warren’ que supone el debut en el largometraje del guionista Gary Dauberman. La trama arranca cuando el matrimonio Warren, conocidos demonólogos, llevan a la poseída muñeca a la sala de objetos de su casa. La colocan en una vitrina sagrada bendecida por un sacerdote, donde en principio estará “a salvo”. Sin embargo, una noche la muñeca despierta a los espíritus malignos que se concentran en esa habitación, y que se fijan como objetivo la hija de 10 años del matrimonio y sus amigas. Patrick Wilson (Aquaman) y Vera Farmiga (Sin límites) repiten en los principales papeles, completándose el reparto con Mckenna Grace (Un don excepcional), Madison Iseman (Jumanji: Bienvenidos a la jungla), Steve Coulter (First Man) y Katie Sarife (Abel’s field).

Muy diferente es el drama con toques de ciencia ficción de Serenity, cinta con capital estadounidense y británico que narra cómo un misterioso capitán de barco de una pequeña isla que vive obsesionado con pescar un enorme pez recibe la visita de su ex mujer, ahora casada con un hombre poderoso que la maltrata. Por ello ella recurre a él, para que se deshaga de su marido y la salve no solo a ella, sino al hijo que ambos tienen en común. Sin embargo, no todo es lo que parece en esa isla, e incluso la realidad que cree vivir podría desmoronarse. Steven Knight (Locke) escribe y dirige esta historia protagonizada por Matthew McConaughey (La Torre Oscura), Anne Hathaway (Colossal), Diane Lane (Liga de la Justicia), Jason Clarke (Winchester: La casa que construyeron los espíritus), Djimon Hounsou (Rey Arturo: La leyenda de Excalibur) y Jeremy Strong (Detroit).

Puramente británica es Wild Rose, drama musical de 2018 que dirige Tom Harper (War book) y cuya trama gira en torno a una joven llena de talento que acaba de salir de la cárcel. Con dos hijos a su cargo, sueña con triunfar en el country en Nashville. Sin embargo, su madre la obliga a asumir su responsabilidad, por lo que la joven deberá empezar a trabajar como limpiadora para una mujer que podría abrirle las puertas a su sueño. Jessie Buckley (Beast) da vida a la protagonista, mientras que Julie Walters (Mamma Mia! Una y otra vez), Sophie Okonedo (After Earth), Jamie Sives (En el corazón del mar), Ashley Shelton (Wild woman), James Harkness (Macbeth) y Gemma McElhinney (El rey proscrito) completan el resto del reparto.

Continuando con los estrenos europeos, de 2018 es también Un amor imposible, drama romántico de corte biográfico y ambientado en los años 50 del pasado siglo. Una modesta oficinista conoce a un joven proveniente de una familia burguesa. De su breve relación nace una niña que será criada por ella ya que él se niega a casarse fuera de su clase social. Ella buscará que al menos dé su apellido a la pequeña a través de una batalla que durará más de diez años. Dirigida por Catherine Corsini (Un amor de verano) y basada en la novela de Christine Angot, la cinta está protagonizada por Virginie Efira (Elle), Niels Schneider (Diamant noir), Jehnny Beth (Sodium babies), Iliana Zabeth (Mercenaire) y Coralie Russier (120 pulsaciones por minuto), entre otros.

Antes de pasar a las películas puramente españolas, El cuento de las comadrejas es una coproducción entre España y Argentina dirigida por Juan José Campanella (El secreto de sus ojos). Remake de Los muchachos de antes no usaban arsénico (1976), esta comedia dramática narra cómo varios miembros del mundo del cine cuyas carreras han llegado a su fin hacen lo imposible por conservar el mundo que han creado en una vieja mansión ante la llegada de dos jóvenes que podrían poner en peligro todo lo que conocen. El reparto está integrado por Graciela Borges (Viudas), Oscar Martínez (Toc Toc), Luis Brandoni (Solo se vive una vez), Clara Lago (Al final del túnel), Marcos Mundstock (Señora Beba) y Nicolás Francella (Los padecieres).

Respecto a las novedades españolas, Lo nunca visto es el nuevo drama escrito y dirigido por Marina Seresesky (La puerta abierta) cuyo argumento se centra en una mujer que ve cómo la vida en la pequeña aldea de montaña en la que ha vivido toda su vida se va apagando. La llegada de un grupo de africanos conmociona la tranquila rutina de sus habitantes, y ella verá en esto una oportunidad de revitalizar el pueblo. Para ello, decide ocultar a los recién llegados y diseñar un plan que deberá poner patas arriba prejuicios y temores infundados. Los principales actores de esta cinta son Carmen Machi (El bar), Pepón Nieto (Perfectos desconocidos), Kiti Mánver (Las heridas del viento), Jon Kortajarena (Pieles), Paco Tous (Señor, dame paciencia) y Pepa Charro (Presentimientos).

También española, aunque en este caso en clave de comedia, es Bellezonismo, cuyo punto de partida es cuanto menos curioso. Una pareja de pilotos de rallys se pierde durante una competición y termina en un claro en medio de un monte. Allí descubren una mansión habitada por más de 50 mujeres, jóvenes y muy bellas. Uno de los pilotos se enamora de una de las mujeres, e intentará hacer todo lo posible para sacarla de allí, sea lo que sea ese lugar. Jordi Arencón escribe y dirige la que es su primera película, que está protagonizada por Armando del Río (Intrusos en Manasés), Yanet Garcia (Sharknado 5: Aletamiento global), Elvia Herrera, Raúl Herrera (Doppelsauger: El misterio de Sara), Miguel Cazorla (serie Amar es para siempre) y Coral González.

Otro de los estrenos procedentes de España es La vida sin Sara Amat, adaptación de la novela de Pep Puig con la que debuta en el largometraje Laura Jou. La trama arranca cuando un chico de 13 años encuentra escondida en su habitación a una chica del pueblo de sus abuelos de la que está completamente enamorado. Ella le cuenta que ha huido de casa y le pide quedarse con él unos días. Consciente de que todo el pueblo la está buscando, decide ayudarla y empezar a vivir una doble vida en la que las mentiras a todo el mundo se mezclarán con las demandas de la chica. Maria Morera y Biel Rossell Pelfort encabezan un reparto que completan Francesca Piñón (serie El ministerio del Tiempo), Isaac Alcayde (serie Merlí), Pau Escobar (Los niños salvajes) y Joan Amargós (Los inocentes).

La última de las novedades de ficción es Qué León (La vaina loca), comedia romántica de República Dominicana de 2018 que dirige Frank Perozo (Colao) y que aborda la historia de amor de dos personajes que, por coincidencia, se apellidan igual. De clases sociales muy distintas, tendrán que enfrentarse a sus padres, que se oponen a su romance, lo que generará numerosas situaciones a cada cual más imposible. Raymond Pozo (Cristiano de la secreta), Ozuna, Clarissa Molina, Miguel Céspedes (Al fin y al cabo), Christine Marzano (La excepción a la regla) y Celines Toribio (Mediterranean blue) son los principales actores.

En lo que a documentales se refiere, el principal estreno es Diego Maradona, cinta que aborda los siete años que el mítico jugador de fútbol militó en el Nápoles, equipo al que llegó en 1984 y en el que logró ganar el primer Scudetto de la historia del club. Pero mientras era un genio en el campo, fuera de él lo trataban como a un Dios. Con el paso del tiempo, la oscuridad terminó por cernirse sobre él. Asif Kapadia (Amy (la chica detrás del nombre)) es el encargado de dirigir este film británico que adelantó su estreno al día 11.

También procedente de Reino Unido es An accidental studio, que se centra en la productora británica HandMade Films, fundada por el ex beatle George Harrison y cuyo trampolín fue La vida de Brian (1975), mítica película de Monty Python a la que seguirían otros títulos de culto. La cinta, dirigida a tres bandas por Bill Jones (Autobiografía de un mentiroso), Kim Leggatt, que debuta como director, y Ben Timlett (Boom bust boom), cuenta con la participación de grandes actores y directores británicos.

Suecia, Alemania y Noruega colaboran en Hamada, documental dirigido por Eloy Domínguez Serén (No cow on the ice) cuyo relato gira en torno a un grupo de jóvenes amigos que viven en un campo de refugiados en el desierto del Sahara. Allí utilizan su imaginación y el juego para huir de la realidad que les rodea, al tiempo que sirve como denuncia de su situación.

‘Serenity’: atrapado en la isla


Un hombre atormentado por su pasado, un viejo amor, la propuesta de un crimen a cambio de dinero y una pequeña isla que parece perfecta. Los ingredientes no son nuevos si se quiere construir un thriller de corte un poco exótico. De ahí que el director y guionista Steven Knight (Redención) haya querido introducir algo más, un elemento distorsionador que dote al conjunto de un nuevo sentido y de algún que otro giro argumental inesperado. Pero esta no es siempre una buena idea.

De hecho, Serenity es el ejemplo de lo que no se debería hacer. Es cierto que la cinta plantea de forma bastante sólida e inteligente los elementos que transgreden un poco la marcha de la historia, obligando al espectador a preguntarse si lo que está viendo es, en realidad, lo que está viendo. Y de hecho, el suspense que genera el componente de ciencia ficción que tiene el film es lo suficientemente elaborado como para provocar algo del impacto buscado. Pero la palabra clave es algo, porque el problema de la historia es… la propia historia. Es excesivamente simple, lineal, arquetípica, sin contar con otros aspectos dramáticos que puedan vestir la trama. Y dado que la parte más fantástica del guión no llega nunca a tomar el control del desarrollo, la historia se queda a medio camino de ninguna parte, planteando algunas ideas interesantes pero sin desarrollarlas.

A todo ello se suman unos personajes no demasiado bien definidos. De hecho, habrá quien se plantee qué han encontrado en esta historia actores como Matthew McConaughey (Magic Mike), Anne Hathaway (Amor y otras drogas) o Jason Clarke (Knight of cups), este último por cierto de lo mejor del conjunto. Y eso solo por poner tres nombres. Si la historia es bastante plana en materia dramática, los personajes se revelan como seres de una sola cara, sin claroscuros. El pasado del protagonista, por ejemplo, apenas sale a relucir a pesar de lo que podría aportar a la historia. La dualidad del villano, un presunto seductor con una inusitada violencia, queda eclipsada por su agresividad. Y sobre la chica de la historia mejor no comentar nada, reducida a mero agente desencadenante.

Todo esto hace de Serenity un producto fallido, un film menor incapaz de encontrar su objetivo. Es cierto que la definición algo tosca de los personajes puede tener su justificación en la explicación final, pero el problema es que Knight nunca termina de apostar definitivamente por ella, manteniendo incluso en ese último plano ese concepto de trama dramática con toques de ciencia ficción. Su falta de definición perjudica de tal modo que habrá quien desconecte por no entender nada o por considerarlo poco interesante. El sentido de todo se logra al final, pero ni siquiera eso justifica algunos problemas estructurales, de tratamiento y de indefinición.

Nota: 5/10

‘Arrow’ descarrila en su final cambiando futuro por pasado en la 7ª T.


Apenas faltan diez episodios para que el origen del Universo DC en televisión llegue a su fin. Con una última temporada corta ya confirmada, presumiblemente para cerrar algunos cabos sueltos, Arrow ha concluido su séptima etapa (y en cierto modo, se podría decir que concluye la trama principal) con esa sensación de estar en el inicio del fin. Un sentimiento sin duda con cierta carga emotiva. Pero también con una sensación de agotamiento dramático en muchas de sus tramas secundarias, e incluso en varios aspectos de la principal. Y eso, por desgracia, no solo no es emotivo, sino que empaña un poco el buen trabajo realizado con anterioridad.

La verdad es que, viendo el desarrollo de estos 22 episodios, la serie creada por Greg Berlanti (serie You), Marc Guggenheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Boston Legal) plantea la duda sobre un hipotético y adecuado final allá por la quinta temporada. Y es que, una vez alcanzados los cinco años de pasado ficticio en la isla, sus creadores han optado por mostrar el futuro de los personajes en lugar del pasado del protagonista. Una estrategia arriesgada que funciona por momentos, y que plantea el diálogo entre presente y futuro como dos acontecimientos relativamente vinculados, en lugar de ser uno explicación de los comportamientos del otro. Cabe señalar que es interesante comprobar la evolución de los secundarios, y de hecho es prácticamente el único aliciente de esos flashforward que ofrece la trama. Porque lo cierto es que la historia de esta etapa en ningún momento logra tener un claro objetivo final. Y esto se ve claramente en los villanos.

Al igual que otras ficciones televisivas, Arrow ha optado en esta etapa por dividir su estructura dramática en dos mitades claramente diferenciadas, cada una con un villano al que derrotar. Tal vez por aquello de tener que terminar de forma urgente, tal vez por falta de ideas, lo cierto es que este doble antagonismo impide, como de hecho se hacía en fases anteriores, explorar en profundidad los conflictos personales del héroe interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) y cómo las relaciones entre los miembros del equipo sufrían alteraciones. En esta séptima temporada todo parece producirse de forma mucho más acelerada, perdiendo de vista el trasfondo de los personajes y dando vía libre al avance de la trama a base de secuencias de acción. Cierto es que, estando al final del arco argumental completo de toda la serie, centrarse en el drama sería dar vueltas sobre lo mismo hasta no llegar a ningún sitio, pero en cualquier caso se echan en falta ciertos alicientes dramáticos en las líneas argumentales secundarias.

Dicho de otro modo, el rol interpretado por Amell queda en esta temporada relegado a un mero apoyo dramático para dar un contexto a las historias secundarias, verdaderas protagonistas de este ciclo (al fin y al cabo, son las que protagonizan la historia en el futuro). Y aunque esto debería haber permitido explorar mejor cierta complejidad dramática en los tira y afloja de los miembros del equipo Arrow, contando para ello con un importante bagaje dramático de seis temporadas, lo cierto es que sencillamente se convierten en una especie de equipo bien avenido en el que no hay problemas, y en el que el pasado parece haber desaparecido. Esto provoca que mucha de la fuerza de algunos personajes se diluya de forma ostensible. Por no hablar del hecho de que algunos secundarios directamente se han borrado de la partida, abandonando la serie o limitando su aportación a capítulos muy puntuales. No cabe duda de que estamos ante un final, pero como en muchas ocasiones, dicho final no logra cuadrar de forma exacta todos sus caminos narrativos abiertos.

De la cárcel… ¿al espacio?

Lo más llamativo de esta séptima temporada de Arrow tal vez sea su capacidad para mezclar todo tipo de líneas argumentales que afectan al protagonista, llevándole de la cárcel a terminar yéndose a un viaje por el espacio. Tal vez si esto se hubiera desarrollado de forma más pausada a lo largo de, digamos, dos temporadas, todo habría encajado mejor, pero la urgencia de condensar en 22 capítulos tanto giro argumental ha terminado por afectar al conjunto. Si el rol de Amell se convierte esta etapa en una especie de contexto dramático para desarrollar y finalizar las tramas secundarias, la falta de objetivo claro convierte dicho contexto en una burbuja explosiva que termina por dificultar el desarrollo de lo que interesa. Los constantes cambios en el viaje del héroe impide al resto del equipo asentarse en una idea o concepto, cambiando según las necesidades y luchando contra corriente.

Incluso la presencia de una villana como la interpretada por Sea Shimooka, que tiene su primer gran papel en esta serie, no termina de funcionar a pesar de la fuerza que de hecho tiene sobre el papel. El problema radica, posiblemente, en que sus motivaciones son algo endebles, modificando los orígenes del héroe hasta sus raíces más profundas de un modo demasiado irregular. A esto hay que sumar esa organización criminal que, de nuevo por cuestiones de tiempo, no termina de ser tan amenazante como cabría esperar. Se puede decir que el gran problema de esta temporada es el tratamiento argumental. Aunque los personajes ya están de vuelta de todo, lo que hace comprensible menos desarrollo de sus historias, eso no es motivo para que se pierdan en un mar de conflictos superheróicos resueltos de un modo cuanto menos simplista.

Esta penúltima temporada, aunque entretenida y con un diseño de las secuencias de acción mucho más elaborado y complejo, pierde sin embargo cierta fuerza dramática en un desarrollo argumental que no se decanta por nada en concreto, afanado en mostrar antagonistas y en llevar la historia en una dirección muy concreta sin preocuparse demasiado de cómo es el camino recorrido. Y en este contexto, aunque los personajes son las víctimas, también destacan algunas evoluciones demasiado forzadas de roles como el de Emily Bett Rickards (Brooklyn), quien pasa de inocente a violenta, y de agresiva de nuevo a damisela en apuros en apenas un suspiro. Eso por no hablar, como mencionaba anteriormente, de ausencias de personajes o, lo que es más grave, de la recuperación intermitente de otros para la conveniencia dramática de la serie. Cuando esto se produce es que existe una falta de coherencia importante. Por fortuna, ha ocurrido en el tramo final de la ficción, por lo que podría llegar a encontrarse una justificación en las necesidades de guión.

El resultado es que esta séptima temporada de Arrow se deja muchas cosas por el camino. Pierde efectividad dramática, cierta oscuridad emocional, deja a sus personajes en una cierta deriva narrativa y trata de comprimir en un puñado de episodios algo que en otras ocasiones ha durado varias temporadas. Todo ello da buena cuenta de que el final de la serie debería, al menos, haberse planteado con algo más de previsión. Eso si no pensamos que podría haberse terminado perfectamente tras la quinta temporada, sexta a lo sumo. Ahora solo nos queda esperar un último epílogo en forma de mini temporada que, en base al final de esta etapa, no contará con varios personajes importantes (puede que incluyendo el protagonista), lo que permite hacerse una idea de lo que podría ser. Son los riesgos de alargar en exceso una historia.

‘Spider-Man: Lejos de casa’: resolviendo el misterio del cómic


Spider-Man ha vuelto a casa. No lo hizo en la anterior película en solitario. Curiosamente, lo logra en esta segunda aventura, y lo hace lejos de su Nueva York natal. Habrá quien achaque a este regreso a la esencia del personaje al cambio de localización, pero la realidad es que el cambio se encuentra en el guión, que aprovecha al máximo las posibilidades dramáticas del personaje y, sobre todo, del villano.

Porque la historia, en efecto, ahonda por completo en los dramas que siempre han acompañado al Hombre Araña. Lejos de dotarle de una gran responsabilidad ante grandes eventos intergalácticos, Spider-Man: Lejos de casa sitúa al protagonista en los clásicos dilemas entre su interés personal y su responsabilidad como héroe, haciéndole crecer en pantalla en las dos horas que dura el film. El rol al que vuelve a dar vida con extraordinario acierto Tom Holland (Edge of winter) comienza siendo un adolescente enamoradizo para terminar asumiendo sus errores, las consecuencias de los mismos y los sacrificios para enmendarlo. Tal vez era necesario ver una vez más esto en pantalla (al fin y al cabo, es la misma estructura dramática que el incidente que le lleva a ser un héroe), pero la verdad es que funciona como un engranaje preciso, convirtiendo la historia en una mezcla perfecta entre drama, humor adolescente, acción y una espectacularidad fuera de toda duda.

Buena parte de la responsabilidad del éxito radica en su villano, un Jake Gyllenhaal (Okja) que engrandece a Mysterio no solo para consolidar sus motivaciones, sino para hacer mucho más dura la madurez que alcanza el héroe en esta historia. Sin necesidad de muertes impactante o de giros argumentales inesperados (salvo el de la primera escena post-créditos, que deja el futuro en una gran incógnita y recupera a uno de los mejores personajes y actores de las primeras películas), el villano construye un plan que obliga al héroe a asumir sus errores y, sobre todo, a ser consciente de todas sus capacidades y poderes, en concreto de ese “cosquilleo” de Peter Parker, como lo llaman en el film. Los fans de los cómics posiblemente puedan prever de antemano el desarrollo de la historia, pero eso no impide disfrutar de unas secuencias de acción tan espectaculares como bien diseñadas, sobre todo la de Londres y ese primer encuentro de Spider-Man con la fuerza del villano, todo un alarde de traslación a imagen en movimiento de las pesadillas que vive en los cómics y que resuelve el misterio de cómo hacer una buena adaptación al séptimo arte. Jon Watts, director de la primera entrega, parece haber solventado algunos errores narrativos para sacar todo el partido a la dinámica que genera el héroe arácnido.

Desde luego, Spider-Man: Lejos de casa no solo es una extraordinaria película de superhéroes, bien rodada y con personajes sólidos. Es, ante todo, un tratamiento minucioso y preciso de un personaje complejo, en constante lucha entre sus deseos personales y sus obligaciones, y siempre con temor a perder a sus seres queridos. Son ideas que se repiten, y que incluso utiliza el villano de turno para su propio beneficio. Incidir reiteradamente en estos conceptos dota al conjunto de una profundidad dramática que hacía tiempo que no se veía en las historias del personaje. Puede resultar algo infantil en algunos momentos, pero esto no es impedimento para disfrutar de una obra muy muy completa, un broche de oro a esta etapa del Universo Cinematográfico Marvel y una declaración de intenciones en toda regla.

Nota: 8/10

‘Spider-Man: Lejos de casa’ redescubre a The Beattles en ‘Yesterday’


Con el reciente reestreno de Vengadores: Endgame todavía en la retina, el mes de julio comienza de la mejor forma posible. Pocos estrenos pero todos ellos muy interesantes por diferentes motivos se dan cita este viernes día 5, incluyendo una de las propuestas superheroicas más esperadas de los últimos meses y un nueva cinta con The Beattles como telón de fondo.

Pero comencemos por Spider-Man: Lejos de casa, segunda aventura en solitario del superhéroe arácnido con el rostro de Tom Holland (Z, la ciudad perdida) y que cierra oficialmente el ciclo en el Universo Cinematográfico Marvel. La trama se sitúa inmediatamente después de los acontecimientos de la última entrega de ‘Vengadores’, con un Spider-Man/Peter Parker que trata de buscar su lugar en el mundo. Entre tanto, decide realizar un viaje con sus amigos de instituto por Europa, pero lo que iban a ser unas vacaciones en las que declararse a MJ se convierten en una nueva misión a cargo de Nick Furia, que le pide que se enfrente a una criaturas elementales que están generando el caos, y a las que solo parece plantar cara Mysterio, un hombre llegado de otra realidad. Dirigida por Jon Watts, que ya se puso tras las cámaras de la primera entrega de esta etapa, la película propone humor, acción y algo de dramatismo, contando para ello con un reparto que se completa con Jake Gyllenhaal (Los hermanos Sisters), Samuel L. Jackson (Glass), Zendaya (El gran showman), Jon Favreau (#Chef), Marisa Tomei (La primera purga: La noche de las bestias), Cobie Smulders (Asesinos internacionales) y Angourice Rice (La seducción).

Muy diferente de este blockbuster de Hollywood es la británica Yesterday, comedia de corte algo fantástico que juega con la idea de un mundo sin la música de The Beattles… y en el que un solo hombre recuerda las canciones. Con esta premisa arranca el nuevo film de Danny Boyle (T2: Trainspotting), que tiene como protagonista a un cantautor de escaso éxito que, después de sufrir un accidente, despierta en una realidad en la que nadie sabe quiénes son los músicos que integran la banda británica, por lo que sus canciones solo las conoce él. Ante esto, ¿cómo resistir la tentación de sacar provecho? Entre los principales actores encontramos a Himesh Patel (serie Gente de barrio), Lily James (Mamma Mia! Una y otra vez), Kate McKinnon (Cazafantasmas), Ana de Armas (Blade Runner 2049), Lamorne Morris (serie New girl) y Meera Syal (Absolutamente todo), además de la presencia de conocidos personajes de la televisión o la música como James Corden o Ed Sheeran.

Volviendo a Estados Unidos nos encontramos con La (des)educación de Cameron Post, drama que adapta la novela de Emily M. Danforth cuya protagonista es una niña de 12 años cuyos padres mueren en un accidente de coche. En ese momento la joven está descubriendo su homosexualidad, algo que se interrumpe al irse a vivir con su anticuada abuela paterna y su ultraconservadora tía. Su enamoramiento de su mejor amiga solo empeorará las cosas, por lo que su tía la envía a un campamento de conversión religiosa para “curar” su homosexualidad. Dirigida por Desiree Akhavan (Appropiate behavior), la cinta está protagonizada por Chloë Grace Moretz (The equalizer), Quinn Shephard (serie Rehenes), Sasha Lane (American honey), Marin Ireland (In the radiant city), John Gallagher Jr. (Calle Cloverfield 10) y Owen Campbell (Super dark times).

La producción española tiene como representante a 522. Un gato, un chino y mi padre, drama escrito y dirigido por Paco R. Baños (Ali) que gira en torno a una enferma de agorafobia que vive junto con su gato sin poder dar más de 522 pasos más allá de su apartamento. Su vida social se limita a un vecino amante y al dependiente de una tienda oriental. La muerte del animal y su deseo de darle sepultura en Portugal, el país natal de la joven, obligan a la protagonista a tratar de luchar contra su enfermedad, para lo que contará con la ayuda del dependiente. Juntos montarán su “hogar” en una camioneta y emprenderán un viaje que harán a la mujer enfrentarse con su pasado. Natalia de Molina (Techo y comida), Alberto Jo Lee (Paella today), Miguel Borges (Nascido em Angola), Maya Murofushi (Seguimi), João Lagarto (Stefan Zweig: Adiós a Europa) y Nadia de Santiago (Parada en el infierno) encabezan el reparto.

También española, aunque en este caso en el ámbito de la animación, es Elcano y Magallanes, la primera vuelta al mundo, aventura que, como su propio título indica, está inspirada en el viaje que comenzó en 1519 en Sevilla y concluyó tres años después en el mismo sitio, lo que demostró que la Tierra era redonda por primera vez. El viaje comenzó con 5 naves y 240 hombres, y terminó solo con 18 marineros al borde de la muerte. Dirigida por Ángel Alonso (El ladrón de sueños), la cinta cuenta con las voces originales de Kiko Jáuregui (serie Hospital central), Iñaki Beraetxe (El final de la noche), Vito Rogado (serie Mi querido Klikowsky), Ander Vildósola Gala (Bon appétit) y Aintzane Krujeiras (Teresa eta Galtzagorri).

Terminamos este repaso a los estrenos con Varda por Agnès, documental francés que dirige la propia Agnès Varda (Jacquot de Nantes) y que repasa la experiencia de la directora en el séptimo arte, aportando luz y visión de lo que llamaba “escritura de cine”. La obra forma parte de una serie compuesta por seis películas documentales enfocadas a entender mejor el cine de la mano de personajes ilustres de esta profesión.

Los ‘Hombres de Negro’ regresan para proteger el mundo de ‘Tolkien’


La fantasía sigue siendo el denominador común de los principales estrenos. Este viernes, 14 de junio, llegan a la cartelera secuelas (o reinicios) y los orígenes de historias (o más bien de sus creadores) muy conocidas por el gran público durante los últimos años (o décadas). Pero no solo de blockbusters vive la cartelera española. Un buen puñado de títulos europeos y de otros rincones del mundo se dan cita para ofrecer una amplia variedad temática al espectador.

Pero comenzamos el repaso por Men in Black: International, nueva entrega de la saga iniciada en 1997 que, en cierto modo, es un reinicio de la historia. En esta ocasión es una mujer la que entra a formar parte de esta organización encargada de proteger la Tierra de la escoria del universo, y lo hace a las órdenes de otro agente algo más experimentado. Juntos deberán detener a una amenaza como nunca antes habían visto: una criatura capaz de adoptar cualquier forma, incluyendo la de los propios Hombres de Negro. F. Gary Gray (Fast & Furious 8) se pone tras las cámaras de esta aventura de acción, comedia y ciencia ficción con capital estadounidense y británico que está protagonizada por Tessa Thompson y Chris Hemsworth (que ya coincidieron en Vengadores: Endgame), a los que acompañan Rebecca Ferguson (El gran showman), Liam Neeson (Viudas), Emma Thompson (La Bella y la Bestia), Rafe Spall (Cuando yo no esté) y Kumail Nanjiani (serie Silicon Valley).

Muy diferente es el drama biográfico Tolkien, cinta puramente hollywoodiense que aborda la figura de J.R.R. Tolkien, autor de ‘El Señor de los Anillos’, ‘El Hobbit’ y numerosos libros en torno al universo de la Tierra Media. En concreto, la trama se centra en sus años de formación, cuando un joven huérfano busca amistad, amor e inspiración artística en el grupo de estudiantes del que forma parte. El grupo de amigos se verá inmerso en la I Guerra Mundial, donde el escritor encontrará la inspiración para sus famosas obras y personajes. Dirigida por Dome Karukoski (El gruñón), la película tiene un reparto encabezado por Nicholas Hoult (X-Men: Fénix Oscura), Lily Collins (La excepción a la regla), Colm Meaney (Halal Daddy), Patrick Gibson (Property of the State), Tom Glynn-Carney (Dunkerque), Craig Roberts (Los principios del cuidado), Laura Donnelly (Heart of lightness) y Derek Jacobi (Asesinato en el Orient Express).

También procede de Hollywood Kin, cinta de ciencia ficción, acción y drama que supone el debut en el largometraje de Jonathan y Josh Baker, con una historia basada, precisamente, en su cortometraje Bag Man. El argumento tiene como protagonista a un niño africano de 14 años que vive en Detroit con su padre adoptivo. El joven, que empieza a tener contacto con la delincuencia, hace un importante descubrimiento mientras explora un edificio abandonado: los restos de algo de otro mundo, y en concreto una extraña caja metálica que contiene lo que podría ser un arma de gran poder. Entre los principales actores encontramos a Myles Truitt (serie Queen sugar), Dennis Quaid (Tu mejor amigo), Jack Reynor (Detroit), Zoë Kravitz (Animales fantásticos y dónde encontrarlos), James Franco (The disaster artist) y Carrie Con (Los archivos del Pentágono).

Otro de los estrenos es Pequeño gran problema, comedia romántica con tintes de fantasía que arranca cuando una poderosa y temperamental ejecutiva de fuerte carácter se despierta volviendo a ser una adolescente de 13 años. Todo ello justo antes de la presentación más importante de su carrera profesional. Para no perder la oportunidad de negocio necesitará a su ayudante, la única que sabe lo ocurrido. Tina Gordon Chism (Peeples) dirige esta historia, en cuyo guión participa, mientras que Regina Hall (Plan de chicas), Issa Rae (A bitter lime), Marsai Martin (Juerga de mamis), Justin Hartley (serie This is us), Tone Bell (Implanted) y JD McCrary (serie The Paynes) son los principales actores.

La última de las novedades estadounidenses es El sol también es una estrella, drama romántico de corte adolescente que adapta la novela de Nicola Yoon. Dirigida Ry Russo-Young (Si no despierto), la trama tiene como protagonistas a un romántico universitario y a una joven pragmática que se enamoran en medio de la agitación que produce Nueva York. Los sentimientos surgen inmediatamente, pero también los conflictos y las dudas, sobre todo en ella, que lucha con todas sus fuerzas para que no deporten a su familia mientras él intenta convencerla de que están destinados a estar juntos. El reparto está encabezado por Yara Shahidi (En la mente del asesino), Charles Melton (serie Riverdale), Gbenga Akinnagbe (Independence Day: Contraataque), Jake Choi (La última apuesta), Cathy Shim (El gran colapso) y Anais Lee (Lazos de sangre).

Entre los estrenos europeos destaca La biblioteca de los libros rechazados, adaptación de la novela de David Foenkinos que cuenta cómo en un pueblo de Bretaña existe una peculiar biblioteca compuesta únicamente por libros rechazados por las editoriales. Una joven editora visita el lugar y descubre una novela que no solo le gusta, sino que está dispuesta a publicarla. Su autor, un cocinero de una pequeña pizzería, ya ha fallecido. El misterio en torno al autor aumenta cuando, al hablar con su viuda, descubre que jamás leyó un libro, y mucho menos escribió nada. Entonces, ¿quién es en realidad el misterioso escritor? Rémi Bezançon (Zarafa) se pone tras las cámaras de esta comedia dramática protagonizada por Fabrice Luchini (La alta sociedad), Camille Cottin (Una familia embarazosa), Alice Isaaz (Elle), Bastien Bouillon (Promesas al amanecer), Astrid Whettnall (Madame Marguerite) y Josiane Stoléru (Wild side), entre otros.

Ambos países colaboran también en Enemigos íntimos, coproducción de 2018 entre Francia y Bélgica que dirige David Oelhoffen (Lejos de los hombres) y cuyo argumento gira en torno a dos hombres que han crecido en el mismo y conflictivo barrio. Sus vidas, sin embargo, han sido muy diferentes: uno es policía y el otro criminal. Ambos se reencuentran tras uno de los mayores golpes del segundo que termina en un fiasco, recuperando una profunda e indisoluble relación. Entre los principales actores de este thriller dramático destacan Matthias Schoenaerts (Gorrión Rojo), Reda Kateb (Los últimos parisinos), Adel Bencherif (Objetivo: Londres), Sofiane Zermani (Mauvaises herbes), Sabrina Ouazani (Escuadrón de élite) y Gwendolyn Gourvenec (Open tables).

Puramente francesa es Sauvage, drama de 2018 que sigue la vida de un joven de 22 años que pasa sus días vendiendo su cuerpo por poco dinero. A través de este trabajo sexual el joven busca el afecto en cualquiera del que pueda obtenerlo, pero deberá plantearse si prefiere esa libertad y los peligros que plantea, o una vida estable y sus comodidades. Escrita y dirigida por Camille Vidal-Naquet, quien debuta así en el largometraje, la cinta está protagonizada por Félix Maritaud (120 pulsaciones por minuto), Eric Bernard (11.6), Nicolas Dibla y Philippe Ohrel (Aux yeux de tous).

La producción española tiene como representante La jaula, nueva cinta escrita y dirigida por Marcos Cabotá (Noctem) que, en clave de thriller, arranca cuando estalla una bomba en un coche de la Guardia Civil en 2009 cerca del puerto de Mallorca. Dos agentes mueren, y la policía activa la Operación Jaula, que impide a todo transporte entrar o salir de la isla. El reparto está encabezado por Xavier Nuñez (El cura y el veneno), Carolina Meijer (Truman), Antonia Payeras (Sesión 1.16), Javivi (Fuera de foco) y Miguel Ángel Jiménez.

Desde Rumanía nos llega A decent man (Un hombre como Dios manda), ópera prima escrita y dirigida por Hadrian Marcu que, en clave dramática, narra la situación que vive un ingeniero de perforación en la comunidad de trabajadores en la que vive. Está a punto de casarse con su novia, que está embarazada, pero mantiene una relación con la mujer de un compañero. El caos se apoderará de la historia cuando la novia se entere de la infidelidad. Los personajes principales están interpretados por Bogdan Dumitrache (Sieranevada), Madalina Constantin (Marussia), Ada Gales (In blue) y Valeriu Andriuta (Más allá de las colinas).

Suspense y drama se dan cita en Largo viaje hacia la noche, cinta de 2018 escrita y dirigida por Bi Gan (Kaili blues) que cuenta con capital francés y chino y cuyo argumento arranca cuando un hombre regresa a su ciudad natal, de la que huyó varios años atrás. Regresa para buscar a la mujer que amaba y a la que nunca ha podido olvidar. El reparto está encabezado por Wei Tang (Blackhat: Amenaza en la red), Jue Huang (Ash), Sylvia Chang (Más allá de las montañas), Hong-Chi Lee (Sui sheng meng si) y Yongzhong Chen.

Entre el resto de estrenos encontramos Memorias de un asesino, producción surcoreana de 2017 que traslada a la gran pantalla la novela de Young-ha Kim, que sigue la historia de un antiguo asesino en serie que es diagnosticado con Alzheimer. A pesar de que lleva 17 años sin cometer asesinatos, empiezan a producirse una serie de crímenes cerca de su ciudad de los que se considera responsable. Sin embargo, al encontrarse con el novio de su hija comprende instintivamente que él es el asesino en serie, pero necesitará evidencias concretas para salvar a su hija del psicópata. Dirigida por Shin-yeon Won (Gabal), la cinta está protagonizada por Kyung-gu Sol (Silmido), Nam-gil Kim (Dorihwaga), Seal-Hyun Kim (Gangman 1970) y Del-su Oh (Asesinos).

Sin duda la producción más internacional es The breadwinner (El pan de la guerra), cinta de animación de 2017 nominada al Oscar que adapta a la gran pantalla el libro de Deborah Ellis que, inspirado en hechos reales, narra la vida de una joven afgana que se ve obligada a disfrazarse de chico para mantener a su familia después de que su padre sea detenido durante la invasión estadounidense de su país. La película cuenta con capital procedente de Estados Unidos, Irlanda, Canadá y Luxemburgo, y está dirigida por Nora Twomey (El secreto del libro de Kells). Entre las principales voces del reparto encontramos las de Saara Chaudry (Isabelle dances into the spotlight), Soma Chhaya (Poltergeist), Noorin Gulamgaus (RoboCop), Laara Sadiq (Happily ever after) y Ali Badshah (Moon point).

Terminamos con el documental El Estado contra Mandela y los otros, obra dirigida a cuatro manos por Nicolas Champeaux, que debuta en la dirección, y Gilles Porte (Tantale). La cinta aborda el juicio histórico en el que Nelson Mandela y otras ocho personas se enfrentaron a la pena de muerte entre 1963 y 1964. Los acusados decidieron convertir el juicio en un altavoz contra el apartheid.

‘El sótano de Ma’: este sótano es de cartón piedra


Hay películas cuyo truco se ve a kilómetros. Películas en las que el cartón piedra es tan evidente que se convierte en el centro de todas las miradas, restando peso a otros elementos como los actores o el lenguaje que utiliza el director. Pues bien, a la última película de Tate Taylor (Pretty ugly people) le ocurre exactamente eso, solo que en lugar de un decorado excesivamente falso lo que se descubre casi antes de entrar en la sala es el meollo de la intriga, lo que destruye por completo el sentido final de la trama.

Así, El sótano de Ma solo ofrece al espectador algún que otro susto con efecto sonoro incluido, un final algo desagradable (tampoco mucho, que tiene que tener clasificación para adolescentes) y, eso sí, unos actores adultos que aportan la entereza que necesita la película incluso cuando ya está todo al descubierto. Y lo cierto es que no son pocos estos elementos, pero desde luego no suficientes para sostener el interés de la película, que por otro lado se desarrolla con una corrección formal envidiable, introduciendo los elementos del pasado de forma inteligente y transitando por todas las fases de los personajes que suelen poblar estas historias.

Pero nada de eso impide que el espectador deduzca en apenas unos minutos el sentido de toda esta pantomima montada por el rol de Octavia Spencer (Familia al instante), que por cierto vuelve a demostrar la extraordinaria actriz que es con un rol muy alejado de su registro habitual. El gran problema de la cinta, y es fundamental, radica en el supuesto suspense que rodea a la protagonista es destruido por el propio planteamiento de los elementos dramáticos. Desde el momento en que la protagonista busca el pasado de los jóvenes (es más, desde que ve la furgoneta en la que viajan), ya es de suponer, a grandes rasgos cuál será el desarrollo posterior. Esto resta peso dramático al conjunto de la historia, convirtiendo un potencial thriller en una mera propuesta de terror suave. Muy suave.

Estamos, por tanto, ante un quiero y no puedo de Taylor. El sótano de Ma pasa a convertirse en un título menor, en una curiosidad cinematográfica en tanto en cuanto tiene un reparto de altura pero un guión fallido en el que, eso sí, los efectos sonoros y la violencia final son indispensables. Pero eso no es suficiente, al menos no para lo que plantea inicialmente. Octavia Spencer logra aportar a su papel la profundidad suficiente como para que el espectador se pregunte si todo es por venganza, por deseo de un amor no correspondido o por un trauma adolescente. Pero esa es la única intriga del metraje, que para ser de unos ajustados 99 minutos tiene momentos de depresión narrativa y dramática. Una lástima, porque el planteamiento de la historia ofrece muchas posibilidades, incluyendo una versión más gore o algo más al estilo de Carrie (1976). Pero el camino elegido ha terminado por restar credibilidad a todo.

Nota: 5,5/10

‘X-Men: Fénix Oscura’: pocas cenizas de las que resucitar


Después de escribir los guiones de las últimas aventuras mutantes, Simon Kinberg ha decidido debutar en la dirección de largometrajes con esta historia que adapta una de las sagas más famosas de los X-Men. Y más allá de que la aproximación a las páginas de Marvel haya sido más o menos fiel, como película presenta dos debilidades demasiado contundentes como para obviarlas y no permitir que influyan en el resultado final.

Para empezar, el tratamiento de la historia es excesivamente lineal y simplista. X-Men: Fénix Oscura carece de giros argumentales que generen cierto interés en el espectador, convirtiendo a estos personajes cargados de habilidades sobrehumanas y traumas del pasado en meros vehículos para hacer que la historia avance a golpe de efecto especial. A diferencia de películas pasadas, los personajes apenas dejan aflorar algo del conflicto interno y externo que mantienen, y tan solo sale a relucir cuando conviene. En este sentido es importante matizar además que lo poco que el director (y también autor del guión) rasca de la superficie de los protagonistas se queda en eso, en una mera muestra de intenciones que no se desarrolla posteriormente, sirviendo únicamente como trampolín para una secuencia final espectacular, eso sí, en un tren en marcha.

El otro gran problema de la cinta es la falta de unos enemigos sólidos. La trama juega en todo momento con la delgada y difusa línea que separa el bien del mal. Algo que siempre ha estado presente en estos personajes y que es de agradecer que se mantenga. Pero una vez revelado el verdadero villano de la cinta (y ¡oh, sorpresa!, no es el personaje del título), la película pierde algo de interés tanto porque el villano carece de un trasfondo dramático atractivo como porque el personaje de Sophie Turner (serie Juego de Tronos) parece no desarrollar todo el poder que, en teoría, podría mostrar. A pesar de sus limitaciones, la película plantea la constante lucha entre el bien y el mal dibujada no solo en este personaje, sino en las decisiones de todos los mutantes que aparecen en el film, independientemente de su categoría como héroes o villanos, lo que aporta cierta complejidad (tampoco mucho) a una historia carente, por otro lado, de una gran espectacularidad, a excepción de su tercio final, donde se invierte todo el dinero que se había ahorrado previamente.

Desde luego, X-Men: Fénix Oscura es la cinta más débil de la nueva saga mutante. Curiosamente, igual que X-Men: La decisión final, que también abordaba la historia del mismo personaje. No sé si será casualidad o es que este arco narrativo tiene dificultades para dar su salto a la gran pantalla, pero en cualquier caso estamos ante un film con excesivas irregularidades, espectacular en su tratamiento visual pero carente de giros narrativos y con un desarrollo de personajes más bien plano en el que la dualidad entre el bien y el mal que siempre ha estado presente en estas historias, aunque sobrevuela prácticamente toda la cinta, solo se explora a fondo en los momentos en los que la trama lo necesita como recurso argumental. Es entretenida, es cierto, pero muestra síntomas de agotamiento mutante.

Nota: 6/10

‘Riverdale’ se pierde entre demasiadas tramas en su 3ª temporada


Riverdale se ha caracterizado, desde sus inicios, en su poco miedo a reinventarse constantemente. La serie creada por Roberto Aguirre-Sacasa (Carrie) ha sabido alejarse del tono limpio de los cómics en los que se basa para reconvertir las historias de este grupo de adolescentes en una mezcla de intriga, romance adolescente y aventura de instituto. Pero en su tercera temporada esta ficción ha llevado esta máxima hasta un límite que ha roto la magia que unía todo, convirtiendo la producción en una sucesión de giros argumentales a cada cual más inexplicable, en algunos casos absurdos y, en la mayoría de ellos, carentes de demasiado interés.

El porqué de esto es sencillo. Las primeras temporadas de la serie tenían un arco argumental principal muy bien definido. En él participaban todos los protagonistas, en mayor o menor medida. Y las pocas historias secundarias existentes no solo estaban a la sombra de la principal, sino que se limitaban a un par de personajes, siendo el resto componentes de un mosaico de fondo enriquecedor y, por momentos, capaz de robar algo de protagonismo a los cuatro héroes de turno. Pero en los 22 episodios que ahora nos ocupan todo eso ha cambiado. Los protagonistas no tienen un rumbo fijo y, lo que es más preocupante, las historias principales y secundarias se confunden hasta el punto de coexistir en un mismo grado de relevancia dramática, generando un caos argumental innecesario en el que los personajes no encuentran un sendero claro por el que avanzar. Dicho de otro modo, la existencia de tantas historias impide al espectador discernir el objetivo principal de esta etapa, y con ello los personajes abandonan sus metas y motivaciones para convertirse en meros peones de una partida de rol fallida (y esto, para aquellos que hayáis visto la serie, os sonará de algo).

La prueba más evidente de esto está en el protagonista interpretado por K.J. Apa (Nuestro último verano). La labor del actor en esta tercera temporada de Riverdale es encomiable, sobre todo por ser capaz de aguantar el tipo con un rol incapaz de definirse. Posiblemente haya pocos personajes que hayan pasado por tantas fases dramáticas como Archie Andrews, que en apenas un puñado de episodios pasa de ser presidiario a prófugo, de prófugo a estudiante y de ahí a boxeador. Eso por no hablar de su participación en esa macropartida de rol que abordaremos más adelante. Al final, el espectador se encuentra con la misma sensación de desorientación que el héroe, es cierto, pero eso no beneficia al conjunto dramático, más bien al contrario, resta interés al devenir de un personaje que parece incluirse en un ámbito diferente cada dos por tres solo por exigencias del guión (eso sí, sin camiseta).

Y luego nos encontramos con la trama supuestamente principal. La partida de rol que deben desentrañar los jóvenes héroes de esta ficción tiene todos los elementos para ser un juego psicológico tan sádico como tétrico. Y de hecho lo es en muchos episodios. El problema es que a lo largo de la misma se van introduciendo tantos elementos disuasorios que terminan por echarse a perder, eso por no hablar del uso nada disimulado de los personajes secundarios, que tan pronto están sumergidos de lleno en esta espiral de locura que es ‘Grifos y gárgolas’ como se dedican a otros menesteres, como si el juego de rol dejara de tener relevancia en una ciudad inmersa a todos los niveles en la obsesión que genera este juego. Es esa falta de continuidad en determinados episodios lo que crea desconexión, no tanto del desarrollo general de la serie como de sus personajes y de ciertas tramas secundarias que tienden a ocupar más espacio narrativo del que teóricamente deberían.

El Rey y la Capucha

La resolución de esta temporada de Riverdale es igualmente… extraña, por decirlo de algún modo. Si bien las motivaciones que se esconden detrás tienen una interesante carga dramática, vinculando además todas las temporadas y convirtiendo la serie en un producto global (no únicamente en aventuras que empiezan y finalizan con cada etapa), el modo de resolverlo cuenta con unos giros argumentales algo excesivos, recuperando personajes presuntamente muertos y creando una especie de clímax de pesadilla en el que los acontecimientos se convierten en una sucesión de puntos de giro a cada cual más irreal (incluso bajo la premisa de esa última partida de rol que comienza de un modo ciertamente atractivo). En realidad, es un final acorde a la temporada; el problema es que la temporada ha sido, de por sí, un delirio constante de idas y venidas dramáticas muchas veces desvinculadas unas de otras.

Un claro ejemplo es todo ese arco argumental centrado en el personaje de Lili Reinhart (Alguien está vigilándote) y esa comunidad sectaria en la que se introducen familiares y amigos. A pesar de los intentos por incluirla y vincularla con el resto de tramas, en ningún momento logra ser parte de la historia de la serie, convertida más en una suerte de apéndice con vida propia al que recurrir en determinados y necesarios momentos. El hecho de que los personajes se vayan introduciendo en ese universo paralelo cada vez más y que, sin embargo, no parezca tener efectos en la vida de la serie más allá de secuencias puntuales es algo que termina por debilitar al conjunto, que parece temeroso de explorar esta historia y ver sus posibilidades dramáticas reales. Solo al final del trayecto, cuando todo se precipita, adquiere interés. El hecho de que hayan quedado las puertas abiertas a continuar este arco dramático en la cuarta temporada da una idea de que tal vez, y solo tal vez, habría sido mejor dejar los tejemanejes de esta secta para otro momento, y destinar todos los esfuerzos a la partida de rol en vivo que los personajes son obligados a jugar.

La serie deja varios momentos muy interesantes. Sin ir más lejos, esa recreación de la vida de los personajes adultos durante su etapa de instituto, utilizando para ello a los actores jóvenes (que, por cierto, adquieren notablemente bien los gestos y rasgos definitorios de los adultos) y vistiéndoles, al menos en un primer momento, de forma muy parecida al cómic, en especial a Jughead. Asimismo, el desarrollo de la vida personal del rol al que da vida Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) también permite ampliar la mirada sobre este universo adolescente, y aunque es víctima del tratamiento errático de la serie a todos sus elementos, no deja de ofrecer aspectos enriquecedores que, esperemos, tengan continuidad en el futuro de esta ficción. De hecho, no es únicamente esta trama secundaria la que resulta interesante, lo que invita a pensar que sus creadores siguen haciendo crecer el trasfondo sobre el que se dibujan las tramas principales, aunque en este caso lo hacen de un modo algo irregular.

El principal problema de la tercera temporada de Riverdale es la excesiva carga de líneas argumentales. Para que cualquier ficción funcione de forma orgánica es necesario que exista una trama principal y varias secundarias, eso es indudable. Pero a esta definición hay que añadir que el peso dramático de cada una de ellas tiene que ser diferente. Tienen que complementarse. Y en esto es en lo que ha fallado la serie en esta etapa, planteando varios arcos dramáticos con un mismo peso específico, lo que obliga a destinar tiempo y metraje para su desarrollo, restándoselo a otros elementos que, por desgracia, hacen que la serie cojee en muchos momentos, perdiendo algo de interés y, lo que posiblemente sea la peor parte, presentando una evolución errática y sin consolidar las motivaciones de los personajes. Solo cabe esperar que la serie vuelva a una senda algo más pausada, manteniendo ese espíritu de reinventarse constantemente pero sin los excesos de estos episodios.

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