‘Escuadrón Suicida’, unos buenos malos… ¿o eran malos buenos?


Will Smith y Margot Robbie lideran el 'Escuadrón Suicida' de David Ayer.A tenor de las críticas recibidas, debo de ser de los pocos que defienden Escuadrón Suicida. Y la verdad es que no me arrepiento. Argumentos a su favor tiene, como también los tiene en su contra. Vamos, lo que le viene a pasar al 80% de las películas, y lo que prácticamente ocurre en todas las cintas de superhéroes. El problema, o al menos uno de los más importantes, de la cinta de David Ayer (Corazones de acero), no radica en la propia historia, sino en algo que va más allá de la película, y que tiene un nombre: DC Cómics. La reciente obsesión por juntar en pantalla a un grupos de personajes conocidos por los amantes de los cómics está llevando a esta compañía a hacer películas irregulares, de difícil narrativa, pero con mucha espectacularidad.

La verdad es que esta película con un plantel de actores más que notable merece un análisis más profundo que el de la mera crítica, de ahí este extenso texto. A David Ayer se le puede acusar de muchas cosas, pero desde luego no de lo principal en cualquier película de superhéroes/supervillanos: entretenimiento. Porque esta reunión de malos no tan malos (hay buenos que son peores) es eso, puro y sencillo entretenimiento. El que quiera buscar algo más puede que lo encuentre, pero saldrá mayormente decepcionado. Y la verdad es que la película no busca nada más. Secuencias brillantemente ejecutadas, un humor algo irregular pero efectivo, sobre todo cuando recae sobre Margot Robbie (La leyenda de Tarzán) y su ya imprescindible Harley Quinn, y algunos diálogos que permiten hacer avanzar la acción son las señas de identidad. Vamos, lo mismo que ocurre en Los Vengadores y cintas similares.

Quizá la mejor defensa para este argumento es que Escuadrón Suicida dura dos horas y apenas se nota, logrando superar los baches propios de la narrativa de forma más o menos solvente. Pero volvamos sobre el reparto, o mejor dicho sobre esa pareja formada por Robbie y Jared Leto (El señor de la guerra), un Joker menos alocado y más psicópata que sin duda eleva el tono del film cada vez que aparece… y se hace poco. Ambos personajes, sin duda los mejor definidos e interpretados, son el mejor ejemplo de cómo los secundarios (o protagonistas con menor peso en la trama) pueden terminar por arrebatar el protagonismo de una historia. Y este sí es un punto débil de la película, que abordaré a continuación.

Pero junto a ellos hay todo un grupo de actores solventes, disfrutando de sus respectivos papeles y demostrando que la película puede funcionar en todos sus aspectos. El desarrollo dramático conseguido por Ayer, aunque claramente diferenciado en dos partes, es lo suficientemente sólido como para componer un mosaico de aventura, acción y humor en el que cada personaje, al menos los principales, está definido no solo por sus motivaciones, sino por su pasado y por su personalidad. Otra cosa es lo que ocurre con el resto de secundarios y lo que cabría esperar de la cinta. En cualquier caso, no se puede negar que esta cinta es una pieza más en la construcción de ese mundo cinematográfico de DC, y personalmente creo que es una pieza interesante y atractiva.

Al humo de las velas

Pero seamos sinceros. Escuadrón Suicida no es una película perfecta. De hecho, posiblemente no sea de las mejores de superhéroes. Y varios son sus problemas, que en principio no afectan al disfrute de estas aventuras, pero que sí pueden resultar determinantes para un tipo de público, sobre todo el más especializado. Para empezar, y como comentaba al inicio, DC Cómics llega tarde. Más bien, llega al humo de las velas a esta especie de fiesta en que se han convertido las películas de superhéroes. Con un tono más oscuro que su eterno rival, Marvel Cómics, la compañía ha querido resumir en un par de películas los años de trabajo en la pantalla grande que lleva su competidora. Y eso pasa factura, en algunos casos más grande que en otros.

En la película que nos ocupa, esto se traduce en una necesidad de presentar a demasiados personajes en una sola historia. Si algo han demostrado este tipo de films es que presentar a más de un personaje en la trama (además del héroe, claro está) tiende a ser un problema narrativo más que evidente. Ha pasado con todos, desde Spider-Man a Batman. Y si eso es así, ¿qué puede ocurrir cuando son 10 los roles a desarrollar? Aunque la opción elegida por Ayer no es la peor de todas, desde luego deja muchas lagunas. Para empezar, divide claramente la historia en dos, impidiendo un desarrollo más o menos profundo de la trama principal y su respectiva amenaza. Además, el director y guionista se ve obligado a desarrollar únicamente a los principales, dejando al resto a su suerte y a tratar de resumir su historia en una sola frase, con suerte en una mínima secuencia. Esta idea, aunque efectiva, termina por desdibujar a este grupo de villanos, convirtiendo a muchos de ellos en arquetipos lineales con poca o ninguna diferencia entre ellos, salvo sus habilidades y su aspecto, claro está.

Y precisamente los villanos es otro punto débil de la cinta. Puede parecer irónico que una cinta que se basa en un grupo de malos tenga como debilidad precisamente eso, pero así es. El problema es la necesaria humanización de los personajes. Todos ellos, sobre todo los principales, deben tener un aspecto con el que se puedan identificar los espectadores. Y esto termina siendo un problema, amén de escoger a actor como Will Smith (La verdad duele), héroe por antonomasia del cine de aventuras moderno, para un asesino a sueldo que parece más una figura paternal para el resto de supervillanos. La película utiliza dos herramientas para esa humanización, a cada cual más peligrosa. Por un lado, convertir a los presuntamente buenos, y en general a todos los que les rodean, en más malos que los propios villanos. Y por otro, demostrar que todos los malos lo que buscan, en realidad, es una vida tranquila, sencilla y en paz.

Eso es algo que no funciona, al menos no como vehículo para demostrar que son villanos sin escrúpulos que pueden lograr la redención con sus buenas acciones por un bien mayor. Y no funciona porque, además de que parecen héroes en lugar de antihéroes, los buenos parecen demasiado inocentes. Algo que representa a la perfección el personaje de Joel Kinnaman (serie House of cards), quien comienza la cinta aparentando un desprecio hacia su escuadrón de villanos y termina por ser amigo de asesinos, psicópatas y monstruos. Y ni siquiera la muerte inicial de un miembro del grupo puede eliminar la sensación de que estos antihéroes son héroes; para eso ya se cuidan mucho de que el único que muere es aquel que no tiene casi ni presentación. El resultado final es que Escuadrón Suicida funciona como película de superhéroes, no de supervillanos obligados a hacer el bien. Funciona por su entretenimiento, aunque falla en algunos aspectos que para muchos pueden ser fundamentales. Ahora bien, se disfruta mucho, tanto de la acción como del humor, de su banda sonora y de la locura que imprimen al conjunto Leto y Robbie. Al final, como todo, la película funciona porque se encuentra en un punto intermedio. Y puede que ese sea el problema.

Snyder va mucho más allá del cómic en su adaptación de ‘300’


Un momento de '300' en el que los espartanos fabrican un muro de cadáveres.El reciente estreno de 300: El origen de un imperio ha devuelto a la actualidad la película de 2006 de la que toma nombre: 300. Este tipo de acontecimientos son perfectos para echar la vista atrás y poder analizar, con la perspectiva que da la distancia temporal, un film de las características del dirigido por Zack Snyder (El hombre de acero), pero en esta ocasión se revela incluso imprescindible dada la enorme deuda que aquella película tiene con el original. Una deuda formal, por supuesto, pero también narrativa y argumental, hasta el punto de que se puede considerar un complemento. Que sea un producto necesario o no es algo discutible, pero de lo que no cabe duda es del enorme impacto que tuvo hace 8 años el film basado en la novela gráfica de Frank Miller (Sin City).

Para aquellos que no hayan visto el film o no sepan qué historia narra, la película de Snyder es una recreación de la batalla de las Temópilas, uno de los conflictos enmarcados dentro de las II Guerras Médicas, en las que el dios rey persa Jerjes trató de invadir lo que hoy conocemos como Grecia. Dicha batalla enfrentó en un angosto paso flanqueado por dos grandes muros de piedra el enorme ejército persa contra un grupo de espartanos liderados por su rey Leónidas. La fiereza en el combate de los soldados espartanos y las ventajas del terreno les permitieron aguantar los ataques, pero finalmente fueron derrotados cuando Jerjes les rodeó gracias a las confidencias de un traidor. Su sacrificio, sin embargo, permitió al resto de pueblos aunarse y prepararse para repeler al enemigo.

Esto, narrado de forma tan genérica, puede dar pie a pensar en un tradicional peplum. Nada más lejos de la realidad. Sin duda, el mayor acierto de Snyder a la hora de adaptar el cómic de Miller fue seguir a pies juntillas el estilo del dibujante, cargado de contraluces, contrastes entre blancos y negros, trágicas siluetas y un uso del color muy particular. La genialidad del director de Amanecer de los muertos (2004) fue lograr que las viñetas del papel cobraran vida propia, conformando un film único hasta entonces y capaz de erigirse como independiente a pesar de no olvidar sus orígenes. Gracias a los numerosos cambios de ritmo entre las cámaras lentas y rápidas las batallas, sangrientas donde las haya, adquieren un grado superlativo de dramatismo, apelando al mismo tiempo a la tragedia y el sadismo de este tipo de conflictos. A este estilo formal contribuyó de forma determinante el uso de escenarios ficticios que pudieran recrear todo el mundo imaginario plasmado en la novela gráfica.

Porque sí, el mundo al que Snyder da vida en 300 es de todo menos histórico. Tampoco se pretende, la verdad. Una de las principales críticas que se le hizo al film es el alegato tan descarado en favor de la testosterona y el machismo generalizado de sus secuencias (de ahí que algunas secuencias hayan quedado para la posteridad como irónicas, como la conversación entre Jerjes y Leónidas). Puede que algo de todo eso exista en el film, pero lo cierto es que la película va mucho más allá en todos los sentidos. Entre su acción desmesurada, el uso y abuso de efectos visuales (algo que le ha pasado factura al propio director) y de sangre digital, y las frases que ya forman parte de la historia del cine, existen muchos conceptos que convierten a esta película en todo un ejercicio narrativo que supera su propia condición de entretenimiento.

Músculo rojo

El principal es la predominancia de una paleta cromática cálida liderada por el rojo. Salvo escenas nocturnas (y alguna que otra también se antoja bañada por ese color), la tendencia del film es impregnar de rojos, amarillos y naranjas todo el entorno en el que se desarrolla la acción. Gracias a esto, el espectador percibe con mayor claridad la pasión de una cultura entregada al combate cuya máxima en la vida era morir en la batalla. Unos colores, por cierto, asociados tradicionalmente no solo a la pasión, sino a la sangre. Este último elemento muy presente, incluso sin tener en cuenta la presencia explícita. Ese último plano de los espartanos caídos y atravesados con flechas es muy significativo. Si uno lo ve tiene la sensación de estar ante un cuadro en el que la sangre baña todos y cada uno de los recovecos que dejan los cuerpos. Empero, apenas existe sangre como tal. Todo, absolutamente todo, esta provocado por las capas de los soldados, colocadas de forma muy concreta.

Una paleta cromática que, no por casualidad, está en el polo opuesto a la utilizada en 300: El origen de un imperio, en la que la predominancia de azules no solo permite diferenciar a espartanos de atenienses, sino que define los diferentes caracteres de ambas sociedades. Pero más allá de todo esto, 300 destaca por una banda sonora excepcional (de la que hablaremos en otro momento) y por unas interpretaciones que, dentro de los parámetros de la propia historia, son sencillamente perfectas. Gerard Butler (Objetivo: La Casa Blanca) resulta, con los años, un Leónidas único, capaz de captar la dicotomía entre el guerrero que no acepta una retirada y el padre y marido cariñoso en un mundo definido por la violencia. Igualmente, Snyder logra que el grupo de espartanos enviados a su sacrificio no sea únicamente un conjunto de músculos y cuerpos perfectos (que, dicho sea de paso, sufrieron un entrenamiento bastante duro). Todos y cada uno de ellos, al menos los principales protagonistas, muestran las diferentes caras de unos hombres formados para la guerra pero humanos al fin y al cabo.

La épica del film, lograda como hemos dicho por esa combinación de velocidades de cámara, la estética cromática y los efectos visuales, se completa con un ritmo que no decae prácticamente nunca. En comparación con la novela gráfica, además, la película introduce una trama secundaria tan interesante como es la de la traición en el propio seno de Esparta, que corre de forma paralela a la traición del ejército por Efialtes (aquí un espartano deforme que clama venganza interpretado por Andrew Tiernan) y que enriquece más el, por otro lado, algo insulso personaje de Jerjes (Rodrigo Santoro), presentado como un simple villano que no hace más que destruir todo a su paso. El hecho de que sus estrategias ofrezcan algo más que la acción directa no solo se antoja lógico y plausible, sino que incluso refleja las intrigas y conspiraciones entre la élite de los pueblos de la Grecia antigua.

Desde luego, 300 no es un film que busque una aproximación histórica a la batalla de las Termópilas. Ni siquiera lo intenta. Es un entretenimiento, es cierto, pero más allá de todo eso, de su parafernalia y de su épica, de su estética digital y de la anunciada tragedia, es una película que ha creado un punto de inflexión en la forma de entender la narrativa audiovisual. Su legado, más allá de su continuación, puede verse en la serie Spartacus. Pero a diferencia de todas ellas, la película de Zack Snyder es capaz de narrar en diferentes planos, desde el cromático hasta el sonoro, desde el dramático hasta el cómico. Un relato completo en todos los sentidos que, con los años, ha adquirido más y más peso, siguiendo su camino hacia el estatus de imprescindible en la tradición cinematográfica.

Antes de ser Batman Ben Affleck se enfundó el traje de ‘Daredevil’


Michael Clarke Duncanse enfrenta a Ben Affleck en 'Daredevil'.Es indudable que la noticia cinematográfica del fin de semana ha sido la elección de Ben Affleck (Argo) como el nuevo Batman/Bruce Wayne en la secuela de El hombre de acero y, según parece, en la cacareada adaptación de ‘La Liga de la Justicia’, que reuniría a varios superhéroes de DC Cómics. El anuncio ha generado una controversia que sin duda alguna aporta más importancia si cabe a la contratación. Y es que muchos fans están buscando todos los medios posibles para evitar que el actor se enfunde el traje negro. Con motivo de la noticia vamos a analizar la principal causa por la que ha surgido toda esta ola en contra: Daredevil (2003), la anterior y hasta ahora única incursión de Affleck en el mundo de los superhéroes.

Personalmente soy de los que considero que Ben Affleck no rinde lo suficiente como actor. Al menos no como actor de cine de acción. La película de Mark Steven Johnson (Ghost Rider), más allá de sus evidentes carencias narrativas y visuales, es una prueba clara de que el protagonista de Pearl Harbor (2001) no termina de comprender los procesos emocionales de unos personajes que se nutren más de su carcasa externa que de las motivaciones internas, incluso siendo estas tan sólidas como las de su personaje, un hombre que desarrolló un sentido del oído especial cuando de pequeño perdió la vista tras un accidente. El hecho de que el actor aporte más bien poco a la ya de por sí floja definición del personaje sobre el papel confirma que o bien no estaba preparado para interpretarlo, o bien no era el actor adecuado.

Claro que la película no fue un despropósito únicamente por su labor como protagonista. De hecho, es solo la punta de un iceberg que ha terminado hundiéndose con los años. Por seguir la estela de los personajes, ninguno de los que pueblan el mundo de los cómics del hombre sin miedo, como se conoce a Daredevil, queda bien reflejado en pantalla. Todos son, por así decirlo, una parodia de sí mismos, un reflejo plano de toda la historia que acreditan. Los motivos por los que actúan como actúan quedan en un segundo plano para mostrar, simple y llanamente, cómo lucen los actores con las mallas de turno. Por ejemplo, Colin Farrell (Alejandro Magno) da vida a un Bullseye pasado de vueltas, a medio camino entre la psicopatía y el histrionismo que convierten a este letal asesino en una especie de enfermo mental con dotes para lanzar objetos. Lo poco que habría que salvar es la labor del fallecido Michael Clarke Duncan (La milla verde) como Kingpin, grueso y enorme personaje de puro músculo al que sólo podría representar el actor, por mucho que su color de piel no fuese el mismo.

Ya he dicho en alguna que otra ocasión que en el mundo de las adaptaciones de cómics existen dos niveles claros: aquel que sitúa a estos films como verdaderas obras a tener en cuenta (en la que El caballero oscuro ocupa un lugar privilegiado) y aquel que denigra no solo a los personajes, sino al propio género del cómic, representándolo como una obra infantil y mediocre. Este podría ser el caso de Daredevil. Como suele ser habitual en estos casos, la mala definición de los personajes, uno de los pilares de este tipo de cintas, está estrechamente ligado al desarrollo dramático del guión, plagado de previsibles nudos narrativos y de relaciones emocionales demasiado lineales. Tal vez uno de los momentos más llamativos es aquel en el que Elektra (Jennifer Garner) aparece entrenándose al ritmo de una canción que en su momento fue todo un éxito. Una secuencia que aporta poco (por no decir nada) al conjunto y cuyo único fin es entretener al público masculino y rellenar algunos segundos más de metraje. Al menos eso es lo que parece.

Una acción sin control

Pero como decíamos antes, la labor de Affleck es una de las muchas debilidades que posee la película, aunque es una de peso. El otro gran problema reside en su director, quien debutaba de esta forma en el cine de acción (antes había dirigido El inolvidable Simon Birch). Este tipo de tramas encuentran uno de sus sustentos en las secuencias de acción. Si éstas están realizadas con firmeza, soltura y atractivo las carencias emocionales y narrativas pueden pasarse por alto. El caso de Daredevil es para analizar en profundidad. Johnson se muestra como un realizador voluntarioso que busca aportar un nuevo punto de vista a un género que en aquella época estaba floreciendo. El resultado puede calificarse de muchas formas, pero poca gente diría que es novedoso.

Dejando a un lado la forma de mostrar el sentido de radar que posee el protagonista (y que recuerda un poco a lo visto en Matrix unos años antes), las secuencias de acción se antojan un poco caóticas, frenéticas y con un montaje abrupto. El uso de las sombras, además, acentúa la sensación de estar ante algo incomprensible y difícil de seguir con la mirada, perdiendo una de las cosas más importante en este tipo de secuencias: la noción del espacio. No quiero decir con esto que el personaje tenga que moverse de forma imperativa bajo un foco constante. Baste con ver otras cintas de superhéroes para entender que hay muchas formas de rodar secuencias de acción en plena noche o en escenarios con poca luz, y la mayoría permiten explotar al máximo las características formales del director y de los personajes. Casualidad o no, Mark Steven Johnson se embarcó cuatro años más tarde en la adaptación de Ghost Rider (2007) con un resultado más o menos similar, siendo esta su última incursión hasta la fecha en el cine de acción de este tipo.

Parece lógico pensar que con este antecedente la llegada de Ben Affleck al mundo de Gotham City se vea con cierto recelo. Desde luego, si tuviésemos que guiarnos por Daredevil no volvería a enfundarse unas mallas (o un traje de cuero, que parece ser que da lo mismo). Pero todo esto tuvo lugar hace 10 años. Desde entonces, Affleck ha demostrado que es algo más que un taquillero actor. Su carrera como director le convierte en uno de los talentos tras las cámaras más importantes del momento (tres películas, tres éxitos de crítica y un Oscar) y, lo más importante, parece que le han hecho madurar como actor, si bien es cierto que sigue teniendo importantes carencias. Habrá que ver cómo se ajusta a la visión de Zack Snyder, diametralmente opuesta, y a un personaje tan oscuro como es Batman. La tarea es muy complicada, sobre todo después del buen sabor de boca de la trilogía protagonizada por Christian Bale.

Zhang Yimou y la poesía de la guerra de ‘Héroe’


Jet Li protagoniza 'Héroe'.A pesar de las dificultades habituales, tanto culturales como de distribución, que tienen las películas asiáticas para llegar a España, siempre resulta enriquecedor acercarse a producciones de este tipo, ya sean de terror, dramáticas o de acción, como es el caso que nos ocupa. Evidentemente, los directores que logran dar el salto más allá de sus fronteras suelen tener algo diferente, una forma de narrar y de comprender las historias que les diferencia del resto, quizá de forma más acentuada que en otros países. Así, si Takashi Miike (Audition) y Takeshi Kitano (Zatoichi) se caracterizan por sus diferentes visiones de la violencia humana, Zhang Yimou destaca principalmente por la poesía que es capaz de imprimir a cada plano, unidad básica del lenguaje narrativo que termina siendo casi un cuadro, un mural donde el más mínimo detalle tiene relevancia. Quizá la máxima expresión de esto sea Héroe (2002), nominada al Oscar a la Mejor Película Extranjera.

Una belleza formal, por cierto, que se aprecia en su nuevo trabajo, Las flores de la guerra, ya desde su trailer. Una belleza que se traduce en un uso apabullante de la amplia paleta de colores que le permite la historia. Curiosamente, una historia a priori tan poco dada a la profusión cromática como Héroe se convierte en todo un decálogo de lo que se debe hacer con esa herramienta muchas veces ignorada o menospreciada. Y es que la trama, que transcurre durante las guerras que dieron origen a la unificación de China (al menos a la parte que fue delimitada por la Gran Muralla), narra la historia de un guerrero que se presenta ante el emperador con las espadas de tres asesinos sobre los que hay proclamadas sendas recompensas. Sorprendido por la noticia, el emperador pide al guerrero que le cuente semejante hazaña.

A diferencia de las cintas similares del género de acción y artes marciales, la fuerza del film de Yimou no reside tanto en sus escenas de acción, que las tiene y son realmente espectaculares, como en las relaciones de sus personajes y, sobre todo, en la forma de mostrar cada uno de los relatos del guerrero, interpretado para la ocasión por Jet Li (Los mercenarios 2) en uno de sus mejores roles. En efecto, si muchas de las llamadas películas de artes marciales dejan de lado diálogos y desarrollo de personajes para centrarse en la espectacularidad de los combates cuerpo a cuerpo (más o menos lo que ocurre en occidente), en esta ocasión cuenta más lo que se dice, y lo que no se dice, que lo que se golpea. A través de los relatos del protagonista el espectador asiste a un drama de personajes derrotados por el paso del tiempo, de infidelidades, amorosas y de otras índoles, y de esperanzas por conseguir una venganza largamente ansiada.

Gracias a este enriquecimiento, el arco narrativo adquiere una relevancia mayor que la mera excusa entre combate y combate. De hecho, se vuelve fundamental para la resolución de la trama, que ofrece un giro final realmente interesante. En este sentido, el film recuerda a Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, solo que en este caso los diferentes puntos de vista afectan a varias historias que, mediante detalles y pequeñas inexactitudes introducidas a conciencia, crean la sensación de asistir a relatos que maquillan la verdad, algo que tendrá mucho que ver con ese giro final antes mencionado.

Tres historias, tres colores

Y si tan importante es el uso de los diálogos y el desarrollo de los personajes, más lo es el ya comentado uso del color. Héroe no solo es una de las mejores en plasmar el cromatismo en pantalla, sino que supera a muchos de los films posteriores en dicha tarea gracias a la inteligencia con la que se combinan y se aprovechan. Yimou se basa de colores tan básicos como el azul, el rojo o el blanco para exponer cada una de las historias y, sobre todo, el sentimiento que en ellas se potencia. Si el relato de este guerrero Sin Nombre se centra en explicar cómo derrotó a cada uno de los asesinos, el color de cada fragmento pone en imágenes las emociones con las que se juega. Hay que aclarar, empero, que dichos colores no abruman la imagen.

A diferencia de films como Traffic (2000), el director chino impregna únicamente la ropa y determinados elementos del entorno del color correspondiente, haciendo hincapié en el hecho de que la historia es sobre los personajes, no sobre la acción. Aunque puede resultar confuso asistir a los cambios de ropa de los personajes cada pocos minutos, dicha confusión desaparece desde el momento en el que se comprende que no estamos ante un producto al uso, sino ante una obra diferente, de referencia.

Porque sí, es una cinta que ha marcado un antes y un después. Tal vez no de forma evidente, pero sin duda ha influido en el moderno cine de acción. Por desgracia, no lo ha hecho con su aspecto narrativo, sino con su aspecto formal. Si ya hemos hablado de la importancia de los personajes en la historia y del cromatismo utilizado, no hay que olvidar el tercer gran pilar de la película: la forma de rodar la acción. Zhang Yimou, en sintonía con el resto de los componentes, convierte las luchas cuerpo a cuerpo en auténtica poesía, muy en la línea de Tigre y dragón (2000). Los combates se elevan por encima del mero reparto de bofetadas para alcanzar el status de fatalidad, nutridos en buena medida por las revelaciones previas de los secretos y engaños de los personajes.

En el recuerdo quedará para siempre la impactante escena del ataque a un centro de escritura donde se esconden dos de los asesinos, con una lluvia de flechas que oculta el sol del cielo. En un momento de la historia se menciona que el arte de la escritura es tan difícil como el arte de la espada. Si es así, los personajes del film se convierten en auténticos poetas capaces de desviar los proyectiles escribiendo palabras en el aire con sus espadas. Si es así, Zhang Yimmou es un virtuoso del lenguaje, en este caso cinematográfico. Esta película, al igual que muchas otras de su carrera, da fe de ello.

‘Imparable’, la última aportación de Tony Scott al cine de acción


El mundo del séptimo arte ha perdido a uno de los directores más influyentes del moderno cine de acción. Tony Scott, hermano pequeño de Ridley Scott, falleció en la mañana de ayer a los 68 años tras lanzarse al vacío desde el puente Vincent Thomas, en el puerto de Los Ángeles. Según diversas fuentes, todo apunta a un suicidio motivado, tal vez, por el diagnóstico de un tumor cerebral inoperable que el director recibió hacía poco. Sea como fuere, termina la carrera de un realizador que supo combinar como nadie la acción y la comedia en sus primeros años para luego evolucionar hacia una estética que combina los movimientos de cámara rápidos y caóticos con una fotografía fría y de tonos pálidos. Uno de los ejemplos más claros es su última película, Imparable, realizada en 2010.

El film, protagonizado por el que fue su actor fetiche durante los últimos años, Denzel Washington (realizaron juntos Asalto al tren Pelham 1 2 3 El fuego de la venganza), y por Chris Pine (Star Trek) aborda una trama inspirada en un suceso real sobre un tren fuera de control que va directo a una ciudad y está cargado con material tóxico, y como dos hombres se enfrentan a la tarea de intentar detenerlo antes de que se produzca la catástrofe. A priori, la historia puede resultar un tanto sencilla, y en cierto modo el guión así lo atestigua. Los dramas personales que se suceden a lo largo de su ajustada hora y media no generan excesiva empatía, más por ser tópicos que por carecer de los componentes necesarios.

De hecho, puede que sin la mano de Scott la película no hubiera sido la distracción veraniega en la que se convirtió. La fuerza visual de las secuencias, tanto aquellas protagonizadas por los actores, como las que incluyen otros trenes o el propio diseño de la vía, unido a su corta duración, convierten a Imparable en un disfrute adrenalítico que provoca alguna que otra inquietud en el espectador, a pesar de conocer de antemano el final.

Si algo define al cine del menor de los hermanos Scott es su fuerza gracias a unos movimientos de cámara muchas veces imperceptibles debido a su rapidez. Eso, y la facilidad para hacer grandilocuente lo más sencillo. A diferencia de Ridley, cuyo estilo se podría definir como más tradicional (incluso en cintas como Gladiator), Tony siempre ha tratado de innovar, de evolucionar en un estilo que ha marcado una época y a directores como Quentin Tarantino (Pulp Fiction). En el caso de Imparable, el director maneja con eficacia la calma que precede a la tormenta, componiendo una tensión entre los personajes que estallará al mismo tiempo que la velocidad llega a su máximo.

La historia es, por tanto, un aumento progresivo de la tensión dramática generada por el contraste de los elementos más grandes (trenes, vías, ciudades) con los detalles más insignificantes, y que tienen su máxima expresión en los fallos que llevan al tren a estar sin control y en las decisiones de los dos hombres, quienes buscan más salvar sus vidas que impedir una catástrofe (aunque, en realidad, ambas decisiones se convierten en una sola).

A la sombra de un hermano

Guste o no, la carrera de Tony Scott siempre estuvo algo eclipsada por la de su hermano, autor de auténticas obras maestras del cine como Alien, el octavo pasajero (1979) o Blade Runner (1982). Sin embargo, sería injusto calificar las películas del director de El último Boy Scout (1991) como inferiores a las de Ridley. Puede que no lleguen a ser revolucionarias, pero sin duda más de una pueden ser consideradas auténticos clásicos de sus respectivos géneros. Cintas como Top Gun (1986), El ansia (1983), Revenge (1990) o Marea roja (1995) son buena muestra de ello.

En el caso de Imparable, la labor de Scott con un guión irregular que deja caer la acción en muchos momentos en favor de un desarrollo dramático algo tópico es inmejorable. Su continua búsqueda de la velocidad, del ritmo frenético tanto en el tren como en las oficinas desde las que se intenta controlar todo, convierten al film en una cinta de acción mejor de lo que a priori podría suponerse. En la memoria quedan algunos momentos álgidos como los protagonizados por Washington y Pine para intentar frenar el tren, o uno de los momentos finales en los que el vehículo casi descarrila en medio de una ciudad.

La historia suele poner en su sitio a todo el mundo. Tal vez Tony Scott no será recordado como un revolucionario, pero desde luego sí será considerado como un maestro. Su cine, en mayor o menor medida, ha influenciado los estilos narrativos de muchos autores posteriores y coetáneos del cine de acción y la intriga, y ha mantenido siempre un nivel de entretenimiento superior al de muchos directores actuales cuyo lenguaje audiovisual viene determinado más por el productor que por sus propias inquietudes.

‘El ultimátum de Bourne’, broche de oro para recuperar la memoria


Si algo ha definido a la saga de Jason Bourne durante sus tres primeras películas es que todas las persecuciones, conspiraciones y revelaciones terminaban cuando comenzaban los títulos de crédito. Poco importa lo rebuscado de su intriga, los riesgos a los que se enfrente el protagonista o los remotos países a los que le lleve su aventura; siempre existía un final cerrado a una trama autoconclusiva. En este sentido, El ultimátum de Bourne, dirigido de nuevo por Paul Greengrass (United 93) en 2007 es la esencia de la trilogía elevada a la máxima potencia, aunque también sirve de broche a una historia mucho mayor que las tres películas y que, en cierto modo, se deja ver en todas ellas.

Porque, en efecto, cada película mostraba la lucha del personaje interpretado por Matt Damon (Green Zone) por alcanzar una vida tranquila alejada del que años atrás fue su trabajo (que ahora ni siquiera recuerda tras una amnesia sufrida durante una misión), pero al mismo tiempo dejaba en el subconsciente la sensación de que había algo más, que siempre quedaría algún problema relacionado con Treadstone que tendría que resolver. En la trama de esta tercera película confluyen, como decimos, tanto una historia propia como el final de dicha sensación oculta. En sí misma, la historia no presenta demasiadas diferencias con otras: en esta ocasión, todo comienza cuando un periodista que sigue la pista de una operación encubierta se topa con Treadstone y con el nombre de Bourne, con quien contacta. Sin embargo, durante la reunión el periodista es asesinado, no sin antes revelar al protagonista algunos detalles de su pasado, lo que le llevará a una nueva búsqueda.

Greengrass compone en este final de trilogía posiblemente una de las obras más difíciles de su carrera. Como buena continuación, la acción se vuelve mucho más física, más eléctrica y más constante, por lo que la trama adquiere mucha más presencia en dichas secuencias, alternándolas con diálogos que, en algunas ocasiones, hacen referencia a hechos de films anteriores. Pero más allá de eso, lo que convierte a este El ultimátum de Bourne es un título a la altura de los demás es que los personajes, tanto el protagonista como los secundarios, adquieren una presencia mucho más significativa en la trama. Muchos de ellos evolucionan de forma atractiva y acorde a la información que el espectador va recibiendo, convirtiendo a villanos en aliados, y a secundarios en auténticos antagonistas.

Dicho esto, y tras ver otros títulos del director, no es descabellado afirmar que es el de mayor libertad creativa. Algunas de las frenéticas secuencias, con saltos de una ventana a otra, persecuciones por callejuelas o luchas cuerpo a cuerpo tan confusas como hipnóticas, no se han vuelto a repetir en ninguna otra, ni siquiera en la bélica Green Zone (2010). Greengrass da en esta conclusión de las aventuras de Bourne todo un recital de buen cine de acción enmarcado en la que posiblemente sea la trama más compleja de las tres. Un cine de acción que huye todo lo que puede de los efectos digitales al más puro estilo Bond para retomar esos orígenes de El caso Bourne (2002) y ensalzarlos para superar lo visto en El mito de Bourne (2004).

¿Quién es Jason Bourne?

Siguiendo esa estela sobre los orígenes del primer título, esta conclusión también toma prestado uno de los elementos más representativos de dicho film: el realismo. No tanto en su aspecto más físico o en el desarrollo de la trama, sino en el carácter de los personajes. Cierto es que las tres películas no habrían sido lo mismo sin el plantel de actores que han desfilado por ellas, algunos más conocidos que otros pero todos ellos realizando un trabajo que supera con mucho la mera profesionalidad, pero en el caso de El ultimátum de Bourne dicha labor alcanza las cotas de la realidad más mundana.

Y es que, a diferencia de otros personajes protagonistas de sagas como Rambo o el propio Bond, Jason Bourne en ningún momento, y más en esta película, parece tener esa aureola de nombre imborrable de la faz de la Tierra. Sí, posee conocimientos que el resto de los mortales apenas vislumbramos; sí, su entrenamiento le permite salir airoso de casi cualquier lucha en la que se ve envuelto. Pero una bala puede hacerle, y de hecho en alguna ocasión lo consigue, muy vulnerable ante aquellos que le persiguen.

El utlimátum de Bourne presenta así a un personaje más cercano que busca desesperadamente encontrar su verdadera identidad. Si en la primera película necesitaba saber de dónde venía, y en la segunda clamaba venganza, en esta última busca, ante todo, recuperarse a sí mismo a través de su nombre y el resto de sus datos, aunque eso le cueste la vida. Curiosamente, el film desvela en este ámbito dos importantes datos: que Jason Bourne no es su verdadero nombre y que un héroe de acción como este puede morir… aunque solo sea para huir de su pasado.

‘El mito de Bourne’, la instauración definitiva de un nuevo estilo


El rotundo éxito que cosechó en todo el mundo El caso Bourne (2002) hizo que los estudios plantearan una continuación unos días después del estreno. Aunque en un principio la película protagonizada por Matt Damon (Destino oculto) se planificó como una alternativa a las aventuras algo fantásticas de James Bond, las continuaciones no siguieron ese patrón. De hecho, señalaron el camino otra vez. Este tipo de productos suelen tener historias autoconclusivas que poco o nada tienen que ver de una película a otra. Sin embargo, El mito de Bourne, estrenada en 2004 y dirigida por Paul Greengrass (Extraña petición), rompe con esa tendencia para contar una historia continuista tanto en trama y personajes como en formas… bueno, en este último caso, superó las expectativas generadas por la primera parte.

En esta ocasión, y tras unos años viviendo alejado de todo, Bourne debe volver a sus actividades anteriores a la amnesia después de que un intento de asesinato contra él termine con la vida de su novia. Decidido a conocer la verdad de una persecución que creía haber dejado atrás, su periplo le lleva a ciudades de medio mundo y a solicitar la ayuda de otros enlaces de Treadstone, pero lo que descubre va mucho más allá de sus expectativas. La trama, como puede apreciarse, vuelve a integrar los elementos más característicos del cine de espionaje: escenarios exóticos por medio mundo, secuencias de acción, una intriga muy elaborada…

De hecho, es este último punto el que conforma una de las mayores diferencias con su predecesora. Desde luego, el cine de Jason Bourne nunca ha sido de comprensión fácil. No es que sea una película de David Lynch (Mulholland Drive), pero requiere del espectador algo más que la mera contemplación de patadas, puñetazos y carreras por los tejados. En este sentido, El caso Bourne ofrecía una historia mucho más lineal, más clara, en la que la motivación de unos y otros se dibujaba sobre trazas que estaban a la luz.

Mucho de lo que ocurre en esta segunda parte, empero, transcurre en la oscuridad. Lo único que tiene claro el espectador es lo que mueve al protagonista, que sucede en los primeros minutos y que considero como una de las mejores secuencias de acción de los últimos años. Sin embargo, los motivos que llevan a la inteligencia norteamericana a seguir persiguiendo a Bourne, aunque explicados en algún momento del metraje, parecen ocultar algo más; y ese algo más, compuesto por intereses que a priori pueden parecer secundarios, es lo que aporta un mayor calado.

Greengrass, el revolucionario

Esta primera continuación, al igual que la siguiente, fue dirigida por el británico Greengrass, cuya experiencia hasta entonces se limitaba a un par de films para la pantalla grande y un puñado de trabajos para la televisión. Desconozco si fue por continuar con el estilo señalado por su predecesor, Doug Liman (Jumper) por imposición de los productores, o si pertenece a su estilo personal (a tenor del resto de títulos, me inclino por lo segundo), pero el trabajo del director en este El mito de Bourne es, en pocas palabras, brillante en todos los sentidos.

En realidad, se puede considerar que el denominado ‘estilo Bourne’ le pertenece a él más que a Liman. Esa forma tan caótica de rodar los combates y ese aire de pseudorealidad que imprime a las persecuciones o a los debates de despacho se han convertido en las señas de identidad más claras de la saga. En este sentido, El caso Bourne era un título más calmado cuyo equilibrio entre historia y acción, entre intriga y adrenalina, estaba medido con detalle preciso. En el caso de esta segunda entrega, el ritmo es más frenético, dejando apenas un momento de reflexión para comprender la vorágine en la que se encuentra el protagonista.

Pero ello no quita para que el film mantenga el grado de intriga necesario. Más bien al contrario, lo potencia, pues todas las pesquisas y todos los descubrimientos se realizan en el proceso de la persecución, lo que imprime un mayor grado de sorpresa a determinadas revelaciones, y obliga al espectador a estar atento a cualquier detalle que pueda aparecer durante esos frenéticos momentos. El mito de Bourne es, en cierto modo, un superlativo de la original que potencia los mejores elementos y define de forma definitiva este tipo de tramas.

El realismo que ‘El caso Bourne’ aportó al espionaje y al cine de acción


Ahora que llega a las pantallas de medio mundo las intrigas y conspiraciones de Treadstone, la trama en torno a la que giran las novelas y películas de Jason Bourne, no está de más hacer un repaso por las anteriores entregas protagonizadas por Matt Damon (Salvar al soldado Ryan), tanto por la relación que guardan todas las tramas entre sí como por la importancia que tuvieron para el moderno cine de acción, sobre todo la segunda y tercera entrega. Sea como fuere, cuando en 2002 se estrenó El caso Bourne todavía no existía un universo en torno al personaje, aunque sí numerosos fans que conocían las novelas de Robert Ludlum.

La idea de realizar otra adaptación de estas novelas (ya hubo una para televisión en 1988 con Richard Chamberlain como protagonista) llegó en el mejor momento. Ya entonces se habló de que estaba planteada como una alternativa a la saga de James Bond, el cual presentaba preocupantes signos de agotamiento tras su Muere otro día (2002). Sin embargo, no se quería dotar al nuevo espía de una estética tan manida y clásica como la puede tener 007, por lo que se buscó a un director capaz de aportar otro punto de vista. El elegido fue Doug Liman (Viviendo sin límites), y aunque muchos consideran esta obra la más inferior de las tres, su valor como punto de partida es incuestionable.

En efecto, Liman sienta las bases de lo que será el mundo de Jason Bourne desde entonces y, lo que es más importante, el mundo del espionaje en general. Con un tono más realista, frío y calculado, en la trama existe lugar para los excesos y las situaciones límites, pero todo está narrado de una forma tan sencilla y al mismo tiempo efectiva que resulta creíble cualquier acción que lleve a cabo el protagonista, un Damon que encontró aquí el definitivo salto a la fama gracias a un personaje complejo y atormentado al que supo humanizar.

El caso Bourne supuso en su momento un soplo de aire fresco a un género que parecía quedarse estancado en un estilo elegante, luminoso e infatigable donde pasara lo que pasara, el protagonista no se despeinaba. La cinta de Liman presentaba a un protagonista opuesto en todo, salvo en su formación, al espía más famoso del mundo. Es un joven asustado, incapaz de recordar quién es o a qué se dedica, que actúa casi por instinto y cuyo único modo de supervivencia es su formación en el combate y la inteligencia.

El espía que me amó

A esta búsqueda de identidad se suma el ya citado programa Treastone, auténtico hilo conductor de la saga que queda reflejado casi como una secta cuyos objetivos pasan por crear auténticas máquinas de matar al servicio de intereses secretos de Estados Unidos (y de los que muchas veces ni los más altos cargos tienen constancia). Esta idea, explotada en infinidad de ocasiones, adquiere una entidad propia gracias sobre todo a la labor de los actores secundarios, todos ellos enmarcados en unos límites sobrios y realistas que evitan cualquier tipo de autoparodia. Rostros como el de Chris Cooper (American Beauty), Brian Cox (Troya), Clive Owen (Hijos de los hombres) o Julia Stiles (Espera al último baile) aportan un plus de seriedad a las situaciones y decisiones que se suceden en la trama. Aquí no hay lugar para enfrentamientos finales en los que el villano muere de forma espectacular. Más bien al contrario, el villano nunca termina de morir… entre otras cosas porque es un organismo secreto en el que está implicada mucha, muchísima gente.

Para lo que sí hay tiempo, aunque no demasiado, es para la relación sentimental surgida de la persecución. En este sentido, incluso este componente, que a primera vista puede parecer que no encaja con el resto de la trama, está tratado con una frialdad tal que resulta creíble. De nuevo, todo se desarrolla de forma calculada, con decisiones no solo coherentes, sino sinceras desde un punto de vista emocional, reservando momentos muy contados para el romance, algo a lo que contribuye una Franka Potente (Corre, Lola, corre) en un papel tan delicado como importante.

Lo cierto es que esta primera aventura de Jason Bourne presenta una trama muy lineal. Plagada de momentos interesantes, pero lineal al fin y al cabo, pues todo consiste en conocer la verdadera identidad del protagonista y saber cuál es su pasado para poder comprender de dónde surgen sus habilidades. Sin embargo, gracias a esta sencillez aparente (la trama de espionaje que hay detrás es muy elaborada), el director logra establecer una estética muy concreta, con secuencias de acción desnudas de cualquier acompañamiento musical y una fotografía repleta de colores fríos que completan ese sentimiento de soledad, de causa perdida.

Gracias a esto, El caso Bourne se ha convertido con los años en uno de los mejores títulos de acción e intriga de comienzos de siglo, influyendo no solo en sus posteriores secuelas, sino incluso en la saga de James Bond, cuyo reinicio con Casino Royale (2006) tuvo muy presente esa estética fría, solitaria y desnuda de adornos visuales. Puede que no alcance el estatus de clásico, pero sin duda su firma se ha dejado ver en muchos productos de estos últimos 10 años.

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