‘Watchmen’ amplía el universo de Alan Moore a través del racismo


El propio Damon Lindelof, una de las mentes detrás de la serie Perdidos, lo confesaba: Watchmen, la serie, no tenía para él más que una temporada. No tenía una idea mayor que la que se contaba en los 9 episodios. Y lo cierto es que es una trama tan compleja, tan cargada de matices, interpretaciones y significados, que funciona perfectamente como un complemento a la historia original ideada por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons, trasladada a la gran pantalla en 2009 de forma magistral por Zack Snyder (Liga de la Justicia). Pero curiosamente, esto tiene un problema, y es que deja al espectador con ganas de conocer más sobre ese mundo “post Watchmen”.

Para aquellos que todavía no la hayáis visto, la trama se sitúa décadas después de los acontecimientos de la novela gráfica. En un mundo donde cada cierto tiempo hay una lluvia de calamares, la policía va enmascarada, los antiguos héroes han desaparecido o se han reconvertido en agentes federales, y un nuevo crimen es el punto de partida de una conspiración mucho mayor para hacerse con el mayor poder del mundo. Como se desprende de ese escueto resumen, la serie es completamente deudora de la historia original, y eso tiene sus pros y sus contras. Evidentemente, los seguidores más fieles de las viñetas, e incluso aquellos que todavía tengan el recuerdo del film de Snyder, encontrarán numerosos detalles, personajes y acontecimientos que les resultarán familiares, algunos como simple homenaje y otros como recurso narrativo de mayor o menor calado. Pero esto, para aquellos que no conozcan nada de lo ocurrido previamente, es un hándicap difícil de superar.

Desde luego, Watchmen es una serie hecha, pensada y planificada para los fans. En general, la historia se puede seguir tanto si se conoce la obra original como si no, pero en este segundo caso habrá muchos momentos en los que el espectador no alcance a comprender lo que ocurre o sobre qué se habla. Ahora bien, lo que aquí nos importa es cómo está tratada la narrativa. Y en este sentido Lindelof demuestra una vez más un especial sentido para el suspense dramático, utilizando cada episodio para narrar las tres patas sobre las que se sustenta la historia con píldoras informativas que, a medida que avanza la temporada, van germinando en arcos argumentales sólidos y complejos que se alimentan entre sí para generar una trama con tantos matices como la obra de Moore y Gibbons. Con una salvedad, y es que mientras en las viñetas el motor argumental era la proximidad de una guerra y la destrucción de la Humanidad, aquí lo que hace avanzar la trama es una conspiración con claros tintes políticos, raciales y morales.

En este sentido, no es casualidad que la trama se ambiente en Tulsa, la primera secuencia de la serie sea una recreación de la matanza que tuvo lugar en 1921 y que el racismo esté presente de un modo u otro en cada episodio, casi en cada escena. Bajo este prisma, la serie crece vertiginosamente, nutriéndose de personajes a cada cual más complejo, con más caras ocultas que se van desvelando poco a poco en un thriller que Lindelof maneja de forma magistral. Lo cierto es que cada episodio se construye sobre estas tres líneas argumentales, algunas más protagonistas que otras en según qué capítulos, pero todas ellas igual de importantes para concluir en un clímax excepcional y ofrecer al espectador un cierre de temporada (y por ahora de serie) tan original como abierto, lo que no hace sino despertar el interés por conocer el verdadero sentido de ese plano final. Y sí, junto al racismo, el contenido político y la lucha entre el bien y el mal, existe un componente fantástico fuera de toda duda, planteado en su justa medida y aprovechando las posibilidades que ya daban los personajes originales, ahora consecuentemente envejecidos después de tantas décadas. Pero si algo es fundamental en esta serie son sus protagonistas.

Serie de personajes

Porque, ante todo, Watchmen es una serie de personajes. Más que la acción, priman los conflictos internos. Más que la fantasía, ante todo se desarrollan los trasfondos -pasado, presente e, incluso, un poco del futuro-. Y eso es lo que da a esta primera temporada una consistencia más próxima a la novela gráfica que a cualquiera de las series de superhéroes que hay hoy en día. Y eso permite, además, que Lindelof pueda ahondar no solo en estos nuevos héroes enmascarados, sino también en los originales, ampliando el arco argumental y dramático hasta convertirlo en una especie de precuela de la novela gráfica, y no solo en una secuela. El manejo de los cliffhanger por parte del guionista debería ser estudiado en las escuelas de guión como un ejemplo de preparación y desarrollo de la trama para mantener al espectador pegado a la pantalla episodio tras episodio, incluso cuando estos no parecen tener nada que ver uno con otro.

Si bien es cierto que los vínculos entre muchos de los nuevos héroes son un tanto previsibles, por no hablar de algunos giros argumentales que parecen casi anunciarse al inicio de cada episodio, el ritmo de estos episodios impide que el espectador se pare a pensar en la profundidad de los mismos, que por otro lado quedan equilibrados con otros nodos narrativos simplemente extraordinarios, como los vinculados a la trama protagonizada por Jeremy Irons (Gorrión rojo). Al igual que ocurriera en la historia original, los vínculos familiares son fundamentales para comprender la magnitud de la trama, sus implicaciones y sus consecuencias. Y aunque dichos vínculos son, en algunos instantes, un tanto superfluos y arquetípicos, funcionan a la perfección como motor dramático para dar pie a una trama mucho más grande de lo que aparentemente es en el comienzo.

Resulta especialmente interesante el trasfondo social y humano que se esconde en algunos de los detalles de la trama, construida de forma inteligente sobre un universo creado casi desde cero. Bajo la premisa de “¿Cómo sería el mundo años después de ese ataque alienígena?” de la obra original, la serie presenta un mundo atemorizado hasta de sí mismo, con policías enmascarados, villanos que utilizan a uno de los héroes originales como tapadera para una organización mucho más antigua. El miedo es, sin duda, el arma utilizada por Lindelof para definir a unos personajes diferentes -algunos violentos, otros vengativos, otros ávidos de poder-, pero con el mismo nexo de unión: el miedo. Ya sea miedo a lo desconocido, miedo a su propio pasado, miedo a una sociedad que quieren controlar, o miedo a la muerte, los personajes se definen y evolucionan afrontando ese sentimiento. Y es, en una palabra, lo que hace que la serie crezca hasta convertirse en una producción que no solo continúa la historia ya conocida, sino que la enriquece y la completa.

Lo cierto es que es una lástima que Damon Lindelof se haya desvinculado de Watchmen tras la primera temporada. A pesar de las intenciones que pudiera haber de continuarlo, la visión que le ha otorgado el guionista a estos episodios es única. Con su manejo de las líneas argumentales, jugando con las posibilidades que le da un personaje como el Dr. Manhattan, Lindelof construye una obra tan compleja como atractiva, con personajes profundos, definidos en su gran mayoría a partir de la tragedia y, sobre todo, el miedo. La verdad es que el plano que cierra la temporada deja abierto un futuro prometedor para la historia, pero tal vez precisamente por cómo termina es mejor dejarlo como está, permitiendo al espectador completar en su imaginación lo que ha ocurrido realmente en esa conclusión. Pero como suele decirse, lo importante en este caso no es el final, sino el camino, y en este caso estamos ante un sendero fascinante que explora temáticas tan dispares como el racismo, la culpabilidad, la venganza o el odio.

4ª T. de ‘Preacher’, o cómo terminar una serie siendo fiel al cómic


Cualquiera que se haya acercado a las páginas de Preacher habrá podido comprobar el contenido irreverente y transgresor que esconde su historia. Ángeles y demonios haciendo el amor, un reverendo que prefiere el puño a la palabra, un Dios cobarde que se escapa del cielo, un vampiro irlandés, un Santo de los Asesinos capaz de acabar con todo el Cielo, un heredero de Dios con severos problemas,… Y la lista de decadencia, pecado y degradación podría seguir. Y la serie basada en el cómic de Garth Ennis y Steve Dillon no se queda atrás. Pero si algo confirma su cuarta y última temporada es que, aun siguiendo a pies juntillas el espíritu de la serie, hay cabida para una reinterpretación original, divertida, igualmente desafiante y, si eso es posible, mucho más violenta y sangrienta.

Porque eso ha sido, en esencia, esta serie llevada a la pantalla por Sam Catlin (serie Breaking bad), Evan Goldberg (Malditos vecinos 2) y Seth Rogen (Los amos del barrio). Estos 10 últimos episodios son, literalmente, un viaje al infierno en la tierra en el que héroes y villanos se mezclan en una religión que está más presente que nunca. Con esa conclusión de la búsqueda del protagonista la serie aprovecha para dar rienda suelta a mucho de su humor más ácido y negro, como esa reunión entre Jesucristo y Hitler para acordar el desarrollo del Apocalipsis. Y si al humor lo acompañamos de una violencia bastante explícita en muchos de sus pasajes, lo que nos encontramos es ante una producción visceral, fresca y diferente que ha sabido mantener su tono desde la primera temporada y ser fiel a la esencia del cómic pero dándole una nueva vida a su conveniencia, enfocando algunos personajes desde otro punto de vista (es el caso del Dios interpretado por Mark Harelik –La batalla de los sexos-) o dando más protagonismo a otros, como son los padres de la criatura que el protagonista lleva en su interior.

El problema de esta reinterpretación es que algunos aspectos de la obra original se pierden, o quedan reducidos a la mínima expresión. Claro que, por otro lado, introduce nuevas ideas que son tanto o más transgresoras y delirantes que las del cómic de Ennis y Dillon. Sobre lo primero, Preacher, la serie, deja de lado muchas historias secundarias que, aunque es cierto que no llevaban a ninguna parte, ni siquiera en el cómic, sí permitían dotar al conjunto de un aspecto decadente, casi paródico e indudablemente perturbador. Estoy hablando, por ejemplo, de la meteórica carrera musical del personaje interpretado por Ian Colletti (Windsor), que aquí queda en poco menos que un sueño. Diferente es el caso de la secuencia en esa mansión de perversión que, aunque narrada a modo de flashback, sí permite un hermoso y brutal homenaje a Oldboy (2003). Aunque corta, y aparentemente menos profunda que en las ilustraciones en papel, es lo suficientemente interesante como para plantear varios dilemas morales y dejar sobre la mesa interesantes propuestas narrativas.

Respecto a lo segundo, esas nuevas ideas que introduce la serie, esta cuarta y última temporada se centra en la feroz crítica al catolicismo y a un Dios que hace planes con los hombres para lograr un beneficio personal y, hasta cierto punto, cobarde. De hecho, este último aspecto es lo que marca buena parte de la personalidad de este omnipresente y todopoderoso personaje (lo que, por definición, le hace menos poderoso). Sus pactos con esa organización secreta, que domina el mundo a través de la religión, para evitar aquello que le aterra son tan simples como reveladores del origen de sus motivaciones. Pero no es lo único, ni mucho menos. La reunión para definir los términos del Apocalipsis y las almas que se llevan el Cielo y el Infierno es tan irónica como divertida (por cierto, la concepción del Infierno, planteada desde los primeros compases de la serie, es sencillamente extraordinaria), y el viaje del héroe al Cielo para afrontar la lucha que le espera desprende igualmente un aire de crítica ácida que completa una atractiva imagen de la producción.

Menos secundario, más desarrollo principal

Como todo buen final de serie que se precie, la cuarta temporada de Preacher se centra en los protagonistas, sobre todo en el rol interpretado por Dominic Cooper (Warcraft: El origen). Y como todo final de serie que se precie, también cierra los cabos sueltos de las tramas secundarias que todavía quedaban pendientes. El único “pero” que se le puede poner a estos 10 capítulos es, precisamente, que el tratamiento de sus secundarios, sobre todo de aquellos menos determinantes, resulta algo difuso, casi testimonial. Esto es algo aparentemente anecdótico en el desarrollo del argumento principal, pero sin embargo sí se aprecia, y mucho, en personajes con cierta relevancia a lo largo de varios momentos de la historia, pues ahora quedan relegados a una resolución dramática apresurada. En realidad, es algo que tenía que pasar, y en este sentido no es algo necesariamente negativo. Pero la sensación de haber estado presenciando un desarrollo durante tres años para tener finales algo apresurados resulta incómoda.

Aunque repito, es algo habitual, y hasta cierto punto normal, llegar a este punto. Esta cuarta y última temporada pone toda la carne en el asador para afrontar la lucha del Predicador que da nombre a la serie. Una lucha que, además, sus creadores se encargan de acentuar con violencia, sangre y un humor aún más negro del visto hasta este momento. Todas las historias secundarias, y todos los personajes, se ponen al servicio de esta resolución con tintes épicos que, aunque sigue de forma bastante fiel el cómic, decide ir un paso más allá en el tono transgresor de la historia. De ahí que el villano principal, interpretado magistralmente por Pia Torrens (serie Poldark) sufra todo tipo de tragedias físicas para, después, quedar convertido en una especie de parodia de Adonis. O que el Apocalipsis, como comentábamos antes, sea abordado casi más como una negociación entre empresas que como la ira divina. Eso por no hablar de la personalidad de Dios, la cual creo que es mejor descubrir para poder disfrutar de la serie en su conjunto.

Los creadores de la serie, como guinda del pastel, optan por dar a todos los supervivientes un final feliz. Lo cual no significa que sea un final feliz para los espectadores. Porque a diferencia del cómic, esta producción narra el final para cada uno de los personajes, héroes o villanos. El hecho de que estas imágenes finales planteen que el mal y el bien siguen existiendo entre nosotros es una extraordinaria conclusión para una historia en la que la frontera entre ambas ha quedado muchas veces algo difusa, y en la que no se duda en ningún momento en recurrir a la violencia para defender ambas posturas. Eso sí, el final para el trío protagonista no podría ser mejor, con ese sacrificio del personaje de Joseph Gilgun (Infiltrado) una vez que su vida, aquella que formó con los únicos a los que pudo llamar amigos, llega a su fin. Y por si algún fan de las viñetas de Ennis y Dillon se lo pregunta, El Santo de los Asesinos no podría tener un final más adecuado y fiel al cómic.

La cuarta temporada de Preacher desde luego que cumple con las expectativas que se esperan de esta historia. De hecho, puede que en algunos aspectos hasta las supere. Y desde luego, es un final más que notable para una serie diferente, irreverente, por momentos escatológica, fresca y dinámica en la que religión, pecado, vampiros, ángeles y demonios se dan cita. Lo malo es que se acabe. Y no solo porque es un producto altamente recomendable, sino porque estos últimos episodios evidencian que habría sido necesario, al menos, alargar la duración para darle un final adecuado a muchas tramas secundarias que quedan un poco comprimidas en su resolución. Pero es el peso con el que cargan las últimas temporadas habitualmente, fruto de presiones de producción, de audiencia o, incluso, creativas. Con todo, estamos ante una de las ficciones más rompedoras de la televisión.

‘Bloodshot’: Venganza a todo gas


El avance de la tecnología está permitiendo que las historias imaginadas durante décadas en las viñetas de los cómics estén inundando las salas de cine con una calidad visual incuestionable, al menos en la mayor parte de los casos. Pero eso también está provocando otro efecto, y es que muchas de estas historias son excesivamente simples para explotar al máximo los recursos visuales. No es el caso exacto de la ópera prima de Dave Wilson, pero casi.

Lo cierto es que Bloodshot es una obra dirigida a un público muy concreto, con unas intenciones muy claras y con un desarrollo muy directo. Y bajo este prisma es bajo el que se debe analizar esta nueva superproducción de acción con un Vin Diesel (Fast & Furious 8) haciendo de… bueno, haciendo de Vin Diesel. Y es bajo este prisma bajo el que el espectador se puede sorprender del planteamiento narrativo. Porque lo que comienza como una historia lineal presenta en el comienzo de su segundo acto una serie de giros argumentales que dan la vuelta, en cierto modo, a lo visto hasta ese momento, convirtiendo esta historia de venganza en otra historia de venganza en la que el héroe pasa de ser protagonista a ser el arma utilizada. Lo malo es que una vez descubierto el pastel, la película se vuelve totalmente previsible en el peor sentido de la palabra, tanto en la ejecución de sus secuencias de acción como en la personalidad de sus personajes.

Aunque sin duda lo más destacable de esta producción es su apartado visual. Para lo bueno y para lo malo. Wilson compone algunas secuencias realmente extraordinarias, utilizando el color rojo, el humo y todo aquello que pueda enturbiar el aire para crear escenarios dantescos en los que sacar el máximo partido al invencible héroe. Secuencias magistralmente planteadas en su desarrollo y su definición, demostrando su buena mano en el apartado narrativo para este tipo de segmentos fílmicos. Otra cosa muy distinta es el uso que se hace de la digitalización de los personajes. La batalla final entre héroe y villanos deja ver claramente, tal vez demasiado, el truco, desmereciendo todo lo conseguido anteriormente. Dicho de otro modo, la creación por ordenador de los personajes es tan burda que ni siquiera se parece a los actores. La mejor noticia tal vez sea que solo son unos cuantos plantos. La peor, que esos planos contienen cámaras lentas que hacen más patente la mala calidad de esos efectos.

Pero como digo, todo eso pertenece al clímax final. En líneas generales, Bloodshot es una buena película de acción, en muchos aspectos al estilo más clásico del género. Claramente va de más a menos, con un planteamiento interesante, un desarrollo inicial cargado de giros que cambian por completo el sentido del film y un final entregado a la acción en estado puro que, salvo problemas de acabado visual, completa un film entretenido sobre la venganza vista desde otro punto de vista. Una venganza, por cierto, frenética, a todo gas, en la que el héroe no se para ante nada ni ante nadie con esos poderes tan extraordinarios que le otorgan.

Nota: 6/10

‘The Walking Dead’ siembra la semilla del caos en la T. 10 (I)


Con los años The Walking Dead se ha ido especializando en una estructura dramática a la que, aunque no siempre ha sido efectiva, se ha aferrado como si fuera la Biblia del desarrollo argumental. En el caso de la primera parte de la décima temporada el resultado se podría decir que es exitoso, toda vez que logra algo pocas veces visto en la serie: que la etapa de calma y planteamiento del conflicto sea, a su vez, un vehículo para desarrollar un caos en el seno de los protagonistas que deriva en un episodio final con uno de los mayores ganchos de esta ficción postapocalíptica, con permiso de Negan, claro está.

Estos ocho episodios de la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) y Angela Kang (serie Terriers) son tan irregulares como apasionantes. Sé que puede parecer contradictorio, pero en realidad toda la serie basada en la novela gráfica de Robert Kirkman, Charlie Adlar y Tony Moore tiene ese mismo punto contradictorio. Pero me explico. Esta temporada la serie pierde buena parte de su fuerza dramática porque divide al grupo protagonista, repartido por las diferentes ciudades que conforman esa suerte de primera civilización tras el apocalipsis zombi. Si bien esto produce nuevas sinergias dramáticas y narrativas, también hace que la producción pierda fuerza dramática. Los protagonistas afrontan nuevos desafíos en solitario, sin poder compartir secuencias con otros personajes, y cuando lo hacen es de un modo limitado al no existir esa facilidad de reunir a todos los héroes bajo un mismo techo. Esto produce, por ejemplo, que muchos personajes no tengan presencia durante varios episodios, o que sea algo meramente testimonial, lo que termina por romper el interés del espectador.

Pero son cosas previsibles y derivadas de la amplia dimensión que ha adquirido The Walking Dead. Por eso, sus creadores han aprovechado estos problemas para convertirlos en oportunidades, y vaya si lo han hecho. De hecho, han localizado su mirada en los villanos, desarrollando todo un complejo esquema de secuencias que ayudan a explicar cómo funciona ese grupo de Susurradores encabezado por una extraordinaria Samantha Morton (Two for Joy). Algo que, de hecho, ha ocurrido muy pocas veces, por no decir ninguna. El hecho de narrar los orígenes de la villana principal a lo largo de varios episodios (dedicándole uno plenamente a ella) enriquece de tal modo la trama que vuelve la historia mucho más compleja emocionalmente hablando, pues permite comprender las motivaciones del otro bando y lo que les lleva a ser como son. Si a esto sumamos la presencia de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-) y de otros personajes que juegan a dos bandas entre el bien y el mal, lo que obtenemos es un interesante reflejo de cómo una comunidad se desestructura poco a poco, y de cómo el ser humano es capaz de renunciar a sus principios con las consecuencias que eso conlleva.

Dicho de otro modo, esta primera mitad de la décima temporada es un ejemplo de cómo dinamitar por dentro lo construido previamente. A través de varios personajes, sorpresa final incluida (el episodio 7 posiblemente sea de los mejores de toda la serie), la trama ahonda en los miedos, en los problemas, en las suspicacias entre unos y otros mientras confiamos aquellos dichos de “la unión hace la fuerza” y “divide y vencerás”. Efectivamente, la división entre los principales protagonistas, principalmente física aunque en parte también emocional, provoca situaciones que hacen evolucionar la historia hacia lugares que habitualmente no se han tocado en esta serie, especialmente en sus dos últimos episodios. Sin desvelar grandes spoilers se puede decir que personajes definidos por su recia moral terminan sucumbiendo a sus ansias de venganza, y que roles que comienzan una vida en familia… bueno, eso es mejor descubrirlo por uno mismo.

Héroes, villanos y antihéroes

Y esto entronca directamente con otro de los grandes aciertos de esta temporada de The Walking Dead. Su planteamiento del bien y del mal, de los héroes y los villanos, queda difuminado en numerosas ocasiones. A diferencia de temporadas anteriores, donde los villanos eran más que evidentes y no tenían, digamos, una interpretación moral que justificase sus actos, en esta ocasión no solo existe dicha explicación, como comentaba antes, sino que los héroes toman decisiones y actúan de modos muchas veces cuestionables. Comprensibles por el dolor que han sufrido, pero en cualquier caso cuestionables. La sed de venganza hacia esos Susurradores es el detonante de muchos conflictos internos en el grupo, pero también de muchos dilemas morales en cada uno de los héroes.

A esto deberíamos sumar, además, la complejidad que aporta al conjunto el rol de Dean Morgan. Tal vez sea mucho decir, pero posiblemente estemos ante el personajes más interesante y enigmático de toda la serie, y el actor engrandece el viaje de este villano reconvertido en antihéroe hasta hacerlo más indispensable de lo que ya es. El camino que emprende no solo permite al espectador conocer más en profundidad a Negan, sino que además obliga a repensar muchas de sus actitudes y sus decisiones, sobre todo la relativa a los Susurradores. El que fuera archienemigo de Rick Grames demuestra, con sus actuaciones, que se ha pasado a ese oscuro mundo del antihéroe, considerado por muchos como el villano pero capaz de hacer cosas buenas para salvar a la gente. Habrá que esperar a la siguiente tanda de episodios para averiguar los verdaderos planes de este hombre.

Más allá de los cambios respecto a la novela gráfica (algunos muy muy significativos, como es habitual), lo que esta primera mitad de temporada aporta es, desde el punto de vista dramático, una disección muy interesante del funcionamiento de una sociedad, de cómo sus miembros quieren regirse por unas normas que, sin embargo, no pueden evitar ignorar cuando les consume la ira. Pero es que desde el punto de vista audiovisual la temporada es un ejemplo de cómo narrar en el silencio, utilizando los sonidos en numerosas ocasiones para hacer avanzar la acción. Muchos verán en estos episodios una muestra de esa lentitud que se achaca muchas veces a esta ficción. Y puede que sea así. Pero en esa calma, en ese silencio, la serie encuentra una poderosa arma narrativa que ofrece muchas posibilidades de interpretación y complejidad emocional. Ese silencio, que siempre acompaña a los Susurradores, termina por llegar a los héroes, algo que en cierto modo también es una forma de consolidar la idea de que estos villanos tienen una enorme influencia.

Desde luego, el final de esta primera mitad de la décima temporada de The Walking Dead tiene uno de los mejores ganchos de toda la serie, pero es solo el colofón a un arco dramático que, aunque irregular en algunos episodios, ha llevado a los personajes a otro nivel. El impacto de los acontecimientos de la novena temporada, unido a esa división del grupo de héroes y al tratamiento que se da a los antihéroes, convierten a estos 8 episodios en una tanda interesante, apasionante por momentos y tediosa en otros tantos, pero que lleva la historia hasta puntos realmente críticos, sobre todo en su clímax de los dos últimos capítulos. Es la tormenta que precede a la calma, eso es más que evidente, pero también es un ejercicio de tratamiento dramático y de estudio del caos imprescindible en una serie que, durante varias temporadas, había caído en una dinámica de buenos y malos sin luces ni sombras. Lo planteado en esta primera etapa es, en muchos sentidos, un soplo de aire fresco aunque pueda no parecerlo.

‘Joker’: todos somos pobres payasos


Comenzaba la década de los años 40 del pasado siglo cuando Batman presentaba el primer número de su propia serie. En aquellas viñetas ya aparecía un villano vinculado irremediablemente al Hombre Murciélago: el Joker. El origen de ambos personajes quedaba intrínsecamente relacionado. Menciono todo esto porque la nueva película de Todd Phillips (Salidos de cuentas) sobre cómo este villano se convierte en lo que todos conocemos tiene un giro dramático final que recupera esa idea que muchas veces se ha planteado sobre el destino entrelazado de héroe y antihéroe.

Pero en realidad eso es solo la guinda del pastel. Lo que Phillips (cuya labor tras las cámaras deja algunos momentos brillantes y sobrecogedores), y sobre todo Joaquin Phoenix (Irrational man), ofrecen en Joker va mucho más allá del cómic. En realidad, es difícil clasificar esta película más allá del drama. El magistral guión ahonda, despacio pero sin pausa, en muchos de los males sociales actuales, en la lucha de clases, en la locura y, finalmente, en las consecuencias de nuestras decisiones, personales y políticas. Lo que comienza siendo simplemente la historia de un pobre hombre marcado por una enfermedad mental bajo control gracias a un sinfín de medicamentos termina derivando en una locura con la guerra de clases como telón de fondo. Resulta fascinante apreciar la deriva que toma el personaje de Phoenix y cómo poco a poco construye esa personalidad que, aunque nada tiene que ver con la batalla que se desata al final, la utiliza en su propio beneficio para lograr esa admiración, ese protagonismo que siempre se le ha negado.

En realidad, la película cuenta con multitud de referentes cinematográficos, lo cual ayuda a profundizar en la mente de este personaje tan complejo e interesante que Phoenix eleva a la categoría de leyenda (sería todo un acierto que dos actores lograran Oscars por este mismo personaje). A través de giros argumentales perfectamente estudiados el guión construye un descenso a los infiernos de la mente de un hombre al tiempo que vincula irremediablemente el destino de este Joker con la familia Wayne. Este es, sin duda, otro de los aciertos del film: aunque el trasfondo del cómic siempre está presente, en realidad la historia va más allá de las viñetas. Y como muchas buenas historias, todo se construye más con el relato (algo muy de moda hoy en día) que con la verdad. El primer punto de giro se plantea como algo casi fortuito, defensivo, casi hasta patético. Pero es a partir de ese punto cuando se empieza a edificar todo un entramado en el que la realidad y la ficción se mezclan en la pantalla como una proyección de la mente del protagonista, llevando al espectador por un viaje tan apasionante como inquietante. Una evolución dramática que va de la mano con la evolución del personaje, que pasa de ser un hombre timorato, asustadizo y triste a una figura con tanta seguridad que es capaz de confesar y cometer lo que comete al final del film.

Desde luego, la película es inquietante. La risa histérica que logra Phoenix, con la que en cierto modo se abre y se cierra Joker, acompaña al espectador como la banda sonora de esta locura con crítica social, trasfondo dramático y una lucha de clases que, como no podía ser de otro modo, no viene motivada por este Payaso, sino por el modo en que los ricos tratan a las clases más desfavorecidas (el desprecio de Wayne a las clases pobres llamándoles payasos es el mejor ejemplo). Todo ello compone un complejo mosaico que invita a revisionar el film una y otra vez en busca de referencias cinematográficas, de conceptos morales y sociales y, sobre todo, de esa magistral actuación. Y aquí vuelvo al comienzo. Phoenix hace suyos los papeles de los dos Joker cinematográficos previos para unirlos en uno solo, tanto visualmente como dramáticamente, fusionando en este definitivo rol ambos conceptos de villano. Que estamos ante una gran película es algo incuestionable a tenor de todas las ramificaciones, interpretaciones y lecturas que ofrece esta historia. Pero es que posiblemente estemos ante una de las mejores películas del año.

Nota: 9/10

‘Spider-Man: Lejos de casa’: resolviendo el misterio del cómic


Spider-Man ha vuelto a casa. No lo hizo en la anterior película en solitario. Curiosamente, lo logra en esta segunda aventura, y lo hace lejos de su Nueva York natal. Habrá quien achaque a este regreso a la esencia del personaje al cambio de localización, pero la realidad es que el cambio se encuentra en el guión, que aprovecha al máximo las posibilidades dramáticas del personaje y, sobre todo, del villano.

Porque la historia, en efecto, ahonda por completo en los dramas que siempre han acompañado al Hombre Araña. Lejos de dotarle de una gran responsabilidad ante grandes eventos intergalácticos, Spider-Man: Lejos de casa sitúa al protagonista en los clásicos dilemas entre su interés personal y su responsabilidad como héroe, haciéndole crecer en pantalla en las dos horas que dura el film. El rol al que vuelve a dar vida con extraordinario acierto Tom Holland (Edge of winter) comienza siendo un adolescente enamoradizo para terminar asumiendo sus errores, las consecuencias de los mismos y los sacrificios para enmendarlo. Tal vez era necesario ver una vez más esto en pantalla (al fin y al cabo, es la misma estructura dramática que el incidente que le lleva a ser un héroe), pero la verdad es que funciona como un engranaje preciso, convirtiendo la historia en una mezcla perfecta entre drama, humor adolescente, acción y una espectacularidad fuera de toda duda.

Buena parte de la responsabilidad del éxito radica en su villano, un Jake Gyllenhaal (Okja) que engrandece a Mysterio no solo para consolidar sus motivaciones, sino para hacer mucho más dura la madurez que alcanza el héroe en esta historia. Sin necesidad de muertes impactante o de giros argumentales inesperados (salvo el de la primera escena post-créditos, que deja el futuro en una gran incógnita y recupera a uno de los mejores personajes y actores de las primeras películas), el villano construye un plan que obliga al héroe a asumir sus errores y, sobre todo, a ser consciente de todas sus capacidades y poderes, en concreto de ese “cosquilleo” de Peter Parker, como lo llaman en el film. Los fans de los cómics posiblemente puedan prever de antemano el desarrollo de la historia, pero eso no impide disfrutar de unas secuencias de acción tan espectaculares como bien diseñadas, sobre todo la de Londres y ese primer encuentro de Spider-Man con la fuerza del villano, todo un alarde de traslación a imagen en movimiento de las pesadillas que vive en los cómics y que resuelve el misterio de cómo hacer una buena adaptación al séptimo arte. Jon Watts, director de la primera entrega, parece haber solventado algunos errores narrativos para sacar todo el partido a la dinámica que genera el héroe arácnido.

Desde luego, Spider-Man: Lejos de casa no solo es una extraordinaria película de superhéroes, bien rodada y con personajes sólidos. Es, ante todo, un tratamiento minucioso y preciso de un personaje complejo, en constante lucha entre sus deseos personales y sus obligaciones, y siempre con temor a perder a sus seres queridos. Son ideas que se repiten, y que incluso utiliza el villano de turno para su propio beneficio. Incidir reiteradamente en estos conceptos dota al conjunto de una profundidad dramática que hacía tiempo que no se veía en las historias del personaje. Puede resultar algo infantil en algunos momentos, pero esto no es impedimento para disfrutar de una obra muy muy completa, un broche de oro a esta etapa del Universo Cinematográfico Marvel y una declaración de intenciones en toda regla.

Nota: 8/10

‘Alita: Ángel de combate’: ciberpunk rediseñado


Después de varios años de animación asiática, parece que Occidente ha decidido coger las riendas y adaptar historias clásicas de las viñetas orientales a imagen real, contando para ello, además, con actores mundialmente conocidos. Y nadie mejor para rediseñar la estética ciberpunk de la serie de novelas gráficas creadas por Yukito Kishiro que Robert Rodriguez, quien ya tuvo su contacto con el cómic con el díptico de Sin city. Lo que ahora ofrece es menos profundo, menos oscuro, pero indudablemente es puro entretenimiento.

Los más fieles seguidores de la serie manga posiblemente se rasguen las vestiduras con esta versión de Alita: Ángel de combate, muy occidentalizada y, desde luego, muy simplificada en su desarrollo. La búsqueda de identidad de la protagonista discurre de forma paralela con la persecución a la que es sometida por la tecnología que contiene su cuerpo, pero más allá de reflexiones morales o de análisis sociológicos, la cinta opta por un dinamismo fuera de toda duda, por una acción casi constante que, además, permite aprovechar al máximo la tecnología de captura de movimiento y el impecable acabado digital de la innumerable cantidad de personajes que nutren esta historia. Y es una lástima que la película no vaya más allá del mero planteamiento (necesario para desarrollar la acción), pues precisamente por eso, por abrir la puerta a algo mucho más interesante que los movimientos de cámara, hay momentos en los que parece quedarse a medio camino.

Lo que sí queda claro es que detrás de esta historia están las expertas manos de Rodriguez en los movimientos de cámara (con el abuso de los planos ralentizados tan de moda últimamente) y de James Cameron (Avatar) en el guión. Juntos logran crear una historia de entretenimiento puro en un mundo postapocalíptico en el que hay más ciborgs que humanos, y en el que sobrevivir es ya de por sí un logro. Bajo este prisma, la cinta ofrece pocas novedades que no se hayan visto ya en mil y un películas anteriores, salvo por el detalle de cómo esos ciborgs son capaces de someterse a todo tipo de mejoras de forma voluntaria como quien pasa por un quirófano a arreglarse una parte del cuerpo que no le gusta. Esto refleja, una vez más, que estamos ante una trama que ofrece algunos apuntes y reflexiones sobre la sociedad actual, sobre la moralidad de determinadas decisiones y sobre la redención de unos personajes condenados. Ahora bien, se queda en eso, en apuntes, optando más por la acción y la espectacularidad que por algunos momentos de cierta intimidad dramática.

Y aunque pueda parecer lo contrario, esto no es necesariamente malo. Alita: Ángel de combate es lo que se espera de ella. Lo que se espera de las adaptaciones que Hollywood está haciendo de la cultura del Extremo Oriente. Más acción que carga filosófica, más dinamismo que estudio de los personajes o de cómo el futuro es un reflejo de nuestro presente. En realidad, todo depende de lo que se vaya buscando al entrar en la sala. Si lo que se quiere es una película de Robert Rodriguez, no cabe duda de que se acertará de pleno. Si lo que se busca es una adaptación fiel al manga, muchos saldrán decepcionados. Pero en cualquier caso, dos horas divertidas en las que cabe todo, desde el humor hasta cierto toque dramático, pasando incluso por una estética gótica y de terror.

Nota: 6,75/10

‘Glass’: héroes (y villanos) de carne y hueso


Diferenciarse en el mundo de los superhéroes en el cine es cada vez más complejo. La proliferación de adaptaciones, personajes e historias ha llevado a este subgénero a repetirse en muchas ocasiones, y por lo tanto a debilitar las tramas y los superhéroes y supervillanos que las protagonizan. Por eso la nueva película de M. Night Shyamalan (El incidente) resulta gratificante a pesar de sus evidentes limitaciones.

Más allá del hecho de unir dos historias totalmente diferentes bajo un mismo arco dramático, Glass es una reflexión no solo sobre la estructura argumental de los cómics y de las historias que nutren sus páginas, sino sobre el efecto y el impacto que este elemento de la cultura popular tiene en la sociedad y en el imaginario colectivo. Con una historia sencilla a la par que directa, el director y también guionista desgrana algunos ejes dramáticos y recursos narrativos de este arte, fundiendo cine y tebeo a través de un metalenguaje ya utilizado en una de las historias sobre las que pivota el film. Y lo hace, además, controlando al milímetro los giros argumentales, marca de la casa Shyamalan, con una profundidad en los personajes que, aunque irregular, termina por dotar al conjunto de una suerte de equiparación entre cómic y realidad.

El problema del film, y no es un problema menor, es un final que retuerce la trama, que trata de dar hasta un triple sentido a lo que se ha narrado. Y a diferencia de otras historias del director, la historia en este caso no ofrece el trasfondo necesario para tanto giro dramático. Esto termina por convertir la historia en una parodia de sí misma, intentado explicar que los superhombres existen entre nosotros pero haciéndolo con quiebros finales para, presuntamente, despistar al espectador de algo que, en realidad, se sabe desde el principio. A esto se suma una cierta ralentización en el ritmo narrativo en varios momentos, algo que se trata de compensar, fundamentalmente, con la labor de James McAvoy (Inmersión), aunque sin conseguirlo del todo.

En definitiva, Glass es un film que va de más a menos, que sienta unas buenas bases dramáticas y ofrece al espectador una reflexión acerca de nuestra sociedad, nuestra cultura y, por qué no, el cine de superhéroes. Pero lo hace con el inconfundible estilo de Shyamalan, para bien y para mal. La necesidad de incorporar giros argumentales que transformen la historia en algo más, en algo diferente, termina por tener el efecto opuesto. Menos sorpresas finales posiblemente habrían dejado un relato más lineal y simple, pero habrían reafirmado este film como un entretenimiento visual para completar una suerte de trilogía. En lugar de eso, da la sensación de que pretende ser más de lo que ya es de por sí, limitando su propio potencial.

Nota: 7/10

‘Preacher’ da prioridad a los personajes sobre el desarrollo en la 3ª T.


La tercera temporada de Preacher empieza a mostrar, aunque sea en algunos minutos, una cierta normalización de lo que fue su transgresión inicial. Esto no tiene que ser algo necesariamente negativo, pero sí podría indicar una posible reiteración de fórmulas que terminen por convertir esta diferente producción en una obra común… Bueno, siendo sinceros eso no creo que pueda ocurrir nunca conociendo el cómic en el que se basa, pero sí podría dejarse llevar sin ofrecer nada diferente. Pero todo eso es apostar a futuro. La realidad es que estos 10 episodios, aun con un desarrollo algo menos surrealista que las anteriores temporadas, siguen dejando algunos de los momentos más rompedores de la televisión.

Posiblemente la sensación de continuismo que ofrece esta ficción creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Los tres reyes malos) y Seth Rogen (The disaster artist) se deba, precisamente, a que al menos una de las tramas planteadas en esta etapa se mantiene de la anterior, y seguirá así durante al menos otra temporada, ya confirmada. Una continuidad que, aunque planteada de un modo algo irregular en sus inicios, presenta un desarrollo sencillamente hilarante, trasladando a la pantalla algunas de las viñetas más irónicas de la historia creada por Garth Ennis y Steve Dillon (pienso en las pruebas de los sombreros de Herr Starr, por ejemplo) y alguno de los momentos más brutales, salvajes y gore de la serie, y eso que ha tenido secuencias muy viscerales.

Sin embargo, a pesar de todo la trama de Preacher en esta tercera temporada pierde algo de fuerza en este ámbito, toda vez que se introducen elementos ajenos a la propia búsqueda del protagonista. Estos elementos secundarios, que en último término se intentan fusionar con la trama principal para dotarles de una mayor relevancia, desvían la atención y el tiempo narrativo de otros elementos más relevantes del argumento, impidiendo desarrollarlos de forma correcta o con una mayor profundidad. El hecho de que los tres protagonistas se separen, además, genera una división narrativa y dramática que en la obra de Ennis y Dillon ofrece al lector una variedad argumental interesante, pero que en la serie de televisión sencillamente no alcanzan el mismo nivel narrativo, y dado que cada episodio tiene que desarrollar todas ellas a la vez, al final el resultado es una cierta irregularidad en varios momentos.

Es muy probable igualmente que, una vez superado el impacto inicial de una serie de estas características, el espectador se acostumbre a algunas de las barbaridades que se muestran en la misma. Sin embargo, hay algunos aspectos que sugieren otra posibilidad, como el hecho de que la búsqueda de Dios parece posponerse en mayor o menor grado para abordar el pasado del protagonista, la presencia del vudú, las luchas clandestinas, el mundo de los vampiros o la lucha por el poder religioso. Todo ello, aunque enriquece sobremanera el mundo de esta serie, también desvía mucho la atención del meollo del argumento, y eso por no hablar de la ausencia casi constante de ese poder sobrenatural conocido como Génesis que tan buenos resultados dio en las primeras temporadas, y que aquí se limita tan solo a algunos momentos.

Reinterpretando la religión

Pero todo ello no implica que esta tercera temporada de Preacher sea peor que las anteriores. Puede que sí sea algo inferior narrativamente hablando, pero a lo largo de estos 10 capítulos queda patente que tanto el tratamiento dramático de los personajes como los pilares argumentales de la serie como producto están no solo intactos, sino que son mucho más profundos. Y me explico. La diversificación de tramas es indudable que obliga a desviar la atención de la trama principal, sin duda la más transgresora de todas, pero también permite dirigir la mirada hacia el resto de secundarios, y es ahí donde la ficción logra un resultado más óptimo. A través de los viajes de los personajes interpretados por Joseph Gilgun (Infiltrado) y Ruth Negga (Warcraft: El origen), uno más físico y otro más conceptual, los creadores de la serie reinterpretan todo tipo de mitos, incluidos los religiosos.

Esto no solo amplía visualmente el universo creado por Ennis y Dillon, sino que permite un estudio más en profundidad de las motivaciones, miedos y anhelos del trío protagonista, planteados en varias ocasiones a lo largo de las temporadas anteriores. Y como no podía ser de otro modo, dicho estudio llega de la mano del pasado de cada uno, de sus orígenes. Todo ello permite conocer al espectador quién es quién en este surrealista viaje en busca de Dios, pero también pone de manifiesto que no todos los personajes tienen la misma capacidad de recorrido dramático. Es por ello que, en teoría, las debilidades narrativas vistas en esta etapa quedarán solventadas en la próxima, toda vez que muchos de los problemas derivados de esta profundización en los personajes sencillamente no estarán.

Cabe destacar igualmente dos aspectos perfectamente trasladados desde el papel y la tinta de los cómics. Por un lado, el mundo del vudú en el que creció el protagonista, ahora ampliado en la pequeña pantalla. El modo en que el rol al que da vida Dominic Cooper (Mamma mia! Una y otra vez) se enfrenta a su pasado, ya sea con los puños o con la inteligencia de saber cuando actuar, deja posiblemente los mejores momentos de la temporada, amén del interés que pueden despertar el resto de personajes que habitan esa decrépita casa. Pero por otro, la serie sienta las bases de lo que será el futuro enfrentamiento con El Grial, esa organización que, en el tercio final de esta etapa, se presenta como una suerte de nuevo nazismo de blanco impoluto.

Ambos “mundos” representan el pasado y el presente de Preacher. Pero esta tercera temporada deja muchas cosas más, como ese infierno y ese paródico Satán con su Ángel de la Muerte; un Hitler que regresa a la Tierra para recuperar lo que es suyo (sin duda el elemento más transgresor respecto al cómic y el que más futuro tiene); y por supuesto, el Santo de los Asesinos o la presencia, finalmente, de Dios. Todo ello compone un universo único, como de hecho es la obra en papel. Un universo que a pesar de ciertas irregularidades sigue siendo un soplo de aire fresco, una salida a los habituales productos televisivos. Mientras el viaje de Jesse Custer siga por este camino solo se podrá disfrutar, incluso aunque puedan surgir complicaciones durante el trayecto.

‘Superlópez’: en España, la mediocridad es un grado


De un tiempo a esta parte las adaptaciones de los tebeos españoles a la gran pantalla están teniendo un éxito más que aceptable, y eso se debe fundamentalmente a que se ha logrado captar la base de sus historias. En el caso que nos ocupa, queda resumida perfectamente en una frase del guión: “En España, para triunfar hay que ser mediocre”. Y bajo esa premisa se presenta esta comedia de aventuras y acción, aunque no como podría esperarse.

Porque Superlópez cuenta, como no podía ser de otra manera, con un protagonista algo mediocre, patoso y, hasta cierto punto, patético, con un trabajo poco ambicioso y que siempre llega tarde. Que sea el elegido para salvar a la Humanidad parece el comienzo de un mal chiste. Pero la labor de Javier Ruiz Caldera (Anacleto: Agente secreto) tras las cámaras, unido a un guión sin demasiadas sorpresas pero solvente, convierten esta cinta en un relato entretenido, divertido, con una ácida crítica a nuestra sociedad, que por cierto es uno de sus puntos más fuertes. A lo largo de su metraje, ajustado y poco dado a la narrativa innecesaria, la cinta repasa todos y cada uno de los males de una España en la que la envidia es el deporte nacional y la posibilidad de que alguien destaque por méritos propios parece ciencia ficción.

Posiblemente lo peor del conjunto sea, precisamente, que la cinta ofrece un relato lineal, sin giros argumentales y siguiendo todos los pasos ya conocidos del cine de superhéroes, sobre todo de ‘Superman’. Y es cierto, no hay novedad ninguna, pero eso no hace que el film sea mediocre, al contrario. Es más, el aspecto algo cutre y simplón es intencionado. La cinta es un alarde de técnica y profesionalidad, con un reparto en estado de gracia, unos efectos especiales más que solventes y un humor que arranca más de una carcajada y que mantiene la sonrisa en todo momento. Poco más se puede pedir a una aventura de este tipo, que incluso deja el terreno allanado para una futura continuación.

Desde luego, Superlópez no es una obra culmen del cine de superhéroes, pero tampoco lo pretende. Sencillamente aglutina todos los conceptos del cómic creado por Jan a modo de parodia de Superman y los pasa por el filtro de la sociedad española actual para presentar un film solvente, divertido, entretenido y notable. Muchos se quedarán con la sencillez de su propuesta visual, con ese superhombre con disfraz hecho por su madre e incapaz de cumplir con todas sus obligaciones. Pero como en toda película de superhéroes, hay más de lo que se ve a simple vista, y en este caso es el subtexto social y la ácida crítica a una forma de ser que premia lo corriente por delante de lo sobresaliente. Y eso no es capaz de ofrecerlo cualquier película.

Nota: 7/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: