8ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), o cómo narrar con saltos temporales


Una de las mayores críticas que se puede hacer a The Walking Dead es su irregularidad en el ritmo dramático y narrativo. Me considero un fiel defensor tanto de esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) como del cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore, que toma como referencia para hacer avanzar la acción pero al que, en líneas generales, cada vez tiende más a ignorar en los detalles dramáticos. Volviendo al ritmo, la primera mitad de esta octava temporada es posiblemente el ejemplo más claro de que en esta serie siempre parece que no pasa nada aunque termina pasando de todo.

De hecho, estos primeros 8 episodios, salvo un comienzo frenético y brutal en el que los combates entre las diferentes facciones humanas copan prácticamente toda la narrativa, el resto se vuelve excesivamente contemplativo, tratando de ahondar en cada uno de los personajes de forma individual y cómo se enfrentan a la guerra abierta contra los Salvadores de Negan (al que vuelve a dar vida un espléndido Jeffrey Dean Morgan –Premonición-). Esto, en cierto modo, impide que se pueda seguir el hilo argumental principal, no solo por los numerosos saltos espaciales que existen, sino porque esta ficción postapocalíptica tiene ya tantos personajes que abordar las emociones de todos ellos resulta una tarea ardua y, por momentos, imposible de realizar.

A eso se suma que muchos de los roles secundarios han adquirido un protagonismo algo innecesario. Bueno, innecesario no, pero desde luego sí excesivo para lo que se puede esperar de ellos. Este ascenso a la primera línea dramática obliga a restar minutos de otros protagonistas de The Walking Dead, y a su vez por tanto se resta interés y profundidad a algunas decisiones, conversaciones y reacciones. Posiblemente una de los elementos que más se ven afectados sea la relación padre hijo entre los roles de Andrew Lincoln (Pago justo) y Chandler Riggs (Piedad), olvidada por necesidades dramáticas obvias y que, en esta parte de la temporada, parece querer recuperarse, aunque de forma un poco tosca. Se podría decir, en este sentido, que este comienzo de temporada tal vez sea uno de los más débiles en su conjunto, aunque eso no quiere decir que sea necesariamente malo, al contrario. La serie sigue manteniendo un alto nivel interpretativo, narrativo y visual, con algunos momentos no aptos para estómagos sensibles.

Con todo, lo más llamativo y sorprendente de esta primera mitad de la octava temporada son los constantes saltos temporales en la narrativa, desde el ya inolvidable comienzo en el que Rick Grimes, envejecido y dolorido, se mueve por una sociedad casi utópica, hasta los momentos en que un personaje se halla en una situación extrema a la que se llega con el desarrollo del episodio. Dichos saltos, más allá de acentuar el caos en el que viven los protagonistas, logran un efecto dramático impecable, situando al espectador en la posición de conocer la situación de los personajes antes de que vivan los acontecimientos. Se juega así con la doble sensación de algo conocido y de peligro ante lo que todavía no se conoce. Dicho de otro modo, es la definición más exacta de tensión dramática que se ha visto en esta serie.

Personajes sin futuro

Todo ello ayuda a paliar, en cierto modo, las carencias de este comienzo de temporada de The Walking Dead en lo que a ritmo e intensidad dramática se refiere. Aunque como es habitual en esta producción, la narrativa se mueve a golpe de martillo. O de bate de baseball, si se prefiere. Después de la tormenta siempre llega la calma, es cierto, pero… ¿y detrás de la calma? Bajo esta premisa, estos 8 episodios vienen a ser un compendio reducido de las diferentes fases de una guerra, desde el conflicto directo hasta los movimientos de espionaje, pasando por la preparación de una contraofensiva o la destrucción de la retaguardia.

En este contexto bélico, los saltos temporales adquieren especial relevancia. Ver al personaje de Lincoln, por ejemplo, llamar a unos puestos avanzados sin obtener respuesta para comprender, minutos más tarde y con un sinfín de acontecimientos entre medias, que los vigilantes de dichos puestos han desaparecido. Escuchar una arenga a las tropas para, minutos después, comprender lo que ha motivado dicha arenga. Y así sucesivamente. Este juego con el tiempo dramático no solo aporta un interesante recurso narrativo a estudiar, sino que genera en el espectador la doble sensación de caos visual e intensidad emocional. Y eso es algo que en una serie en la que en muchos episodios parece no ocurrir nada resulta muy valorado.

Con todo, lo que vuelve a definir a esta ficción es el poco apego que se tiene a los personajes. Poco importa que sean héroes o villanos, protagonistas o secundarios. Si un rol tiene que desaparecer por necesidades dramáticas, desaparece. Y hago especial mención a este elemento porque el gancho de mid season es posiblemente el más impactante, abrumador e inesperado de todos estos años. No desvelaré aquí lo que ocurre en los últimos minutos del episodio 8; tan solo mencionaré que, de confirmarse lo que a todas luces parece evidente, sería el mayor cambio con respecto al cómic, pero es que además trastocaría las dinámicas dramáticas de un modo que pocas veces se ha visto en televisión. Un cambio tan brutal como apasionante, pues abriría las puertas a un nuevo mundo en el tratamiento dramático de esta serie.

En resumidas cuentas, esta primera mitad de la octava temporada de The Walking Dead podría ser uno de los más débiles en muchos aspectos, pero sin duda uno de los más interesantes desde el punto de vista narrativo. El protagonismo que adquieren algunos personajes resulta algo innecesario, es cierto, pero el modo en que se narra la historia, el juego de sus creadores con los tiempos dramáticos y la aportación de los actores compensa la falta de ritmo que tiene en algunos momentos. Eso y un final que dejará con al boca abierta a cualquier fan. La espera para la segunda parte se hará eterna.

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‘Liga de la Justicia’: en busca de la unidad


Puede que la estrategia de Warner Bros.DC Cómics con las adaptaciones de los superhéroes a la gran pantalla no sea clara, pero si algo puede asegurarse casi con rotundidad es que Zack Snyder (Watchmen) ha conseguido unirlos a los principales personajes en una obra fresca, entretenida, dinámica y narrativamente sólida, al menos lo suficiente como para no derivar en un producto extenso y carente de ritmo.

Y el reto no era precisamente sencillo, teniendo en cuenta que a diferencia de Marvel, tan solo tienen película propia algunos de los protagonistas. Sin embargo, el desarrollo dramático de Liga de la Justicia, lejos de apostar por una consecución de diálogos innecesarios o secuencias de acción apabullantes sin demasiada narrativa, opta por presentar a los protagonistas en su ambiente, con una sencilla acción o algún diálogo enfocado a desarrollar la trama. A esto se suma la presentación del conflicto, con un villano al que son incapaces de derrotar de forma individual, sentando a su vez las bases de todo el desarrollo posterior y de las decisiones tomadas que se convierten, por extensión, en interesantes puntos de giro. Por supuesto, esto no quiere decir que estemos hablando de una película que pueda ser considerada sobresaliente. Existen varios puntos débiles en su guión, entre ellos las motivaciones de algunos personajes, que quedan definidas de forma algo esquemática, o la falta de profundidad en las relaciones entre los personajes, que debilitan a su vez algunas partes del desarrollo.

Con todo, esto puede que no debiera ser considerado como una debilidad. Porque la realidad es que esta cinta no pretende erigirse como un referente. Al contrario, parece planteada como un entretenimiento. Muy bueno, pero entretenimiento al fin y al cabo. Y en esto Snyder es un maestro. Alejado del abuso que ha hecho en los últimos films de sus más característicos recursos (cambios de ritmo, cámaras lentas, etc.), el director apuesta por un aspecto formal más sobrio, en el que deja su personal huella pero que permite respirar al espectador. A pesar de las carencias del apartado de efectos digitales, lo cierto es que la labor tras las cámaras ofrece, por ejemplo, un final digno de un film de estas características, amén de varios momentos dramáticos brillantes en los que se aprovechan todos los elementos, desde los efectos hasta la fotografía o el sonido.

Desde luego, Liga de la Justicia no es una obra cúlmen del género superheróico, pero cumple su objetivo. Es más, lo hace brillantemente. Snyder logra quitarse ciertas obsesiones para narrar una historia sólida, fresca y dinámica en la que el humor hace de puente entre la acción y el drama. Su reparto, aunque irregular en sus interpretaciones (Gal Gadot vuelve a ser la mejor con mucha diferencia), desprende una comodidad pocas veces vista, lo que ayuda a que la historia adquiera un ritmo propio en las diferentes historias secundarias que se dan cita en esta aventura. No es perfecta, pero sí sienta las bases, en la línea que ya lo hizo Wonder Woman, para el futuro de las adaptaciones de esta casa.

Nota: 7/10

‘Atómica’: La espía que destrozó Berlín en 1989


Que actores como Charlize Theron (Lugares oscuros), James McAvoy (Trance) o John Goodman (Día de patriotas) decidan trabajar en la primera película de un director como David Leitch debería ser suficiente para, al menos, despertar la curiosidad del más incrédulo. La combinación de estos nombres, con todo lo que eso conlleva artística y visualmente hablando, han dado lugar a un producto que, si bien es cierto que bebe de muchos films similares anteriores, ofrece un espectáculo único, un complejo puzzle de espionaje, acción y drama que deja algunos de los momentos más interesantes del panorama cinematográfico actual, al menos en lo que a apartado formal se refiere.

Puede que Atómica sea, desde el punto de vista del argumento, algo enrevesada. Basándose en la novela gráfica escrita por Antony Johnston, el film tiende, sobre todo en su tercio final, a rizar el rizo del espionaje, a situar la trama en un nivel de complejidad que no termina de encajar con el tono previo que ha tenido la narración, obligando a una especie de final triple que alarga innecesariamente la historia y que, aunque da un sentido muy distinto a todo lo visto durante las casi dos horas de metraje, también plantea otras dudas que no quedan resueltas como deberían. Eso por no hablar de que la definición de algunos secundarios se realiza de forma tan esquemática que tiende a perderse en la maraña de personajes y tramas que suelen definir este tipo de historias.

Con todo, y aunque parezca increíble, este es un mal relativamente menor. La película de Leitch es un espectáculo visual en todos sus sentidos, desde una puesta en escena que juega con inteligencia con los colores y la calidez o frialdad de la luz, hasta algunos hallazgos visuales sencillamente perfectos, como es ese largo plano secuencia que comienza en la calle, pasa por varias peleas dentro de un edificio y termina en el agua. Eso por no hablar de la intensidad de las secuencias de acción, cortesía de un director curtido en este tipo de situaciones (ha sido especialista y director de segunda unidad de este tipo de secuencias en otros films). Todo ello aporta a esta historia un sabor único, a medio camino entre la decadencia y el kitsch, que se acentúa por una banda sonora imprescindible para melómanos.

La verdad es que Atómica apenas da respiro al espectador para acomodarse en su butaca. Y entre medias, las suficientes secuencias narrativas para explicar el contexto, la trama y la doble moral de muchos de los personajes. Una cinta de espionaje que sin duda evocará varios héroes masculinos del género, y que en esta ocasión tiene a una belleza como Theron repartiendo mamporros con cualquier objeto a su alcance. Espectacularidad, adrenalina y mucha intriga, aunque esta última puede terminar por resultar algo irreal según se acepten o no los falsos finales que presenta. En cualquier caso, es un mal que puede poner una mancha en el expediente de esta espía en el Berlín de 1989, pero que no resta valor al resto de su historia.

Nota: 7/10

‘Superman/Batman/Wonder Woman: Metropolis’, fusión de cómic y expresionismo alemán


He de reconocer que la idea inicial de esta sección era la de abordar volúmenes que analizaran los diferentes aspectos del cine, ya fuera en su parte más técnica o en lo referente a géneros, historia o entrevistas. Por eso puede resultar extraño hablar aquí de un cómic, pero sus implicaciones cinematográficas y la calidad de su relato es tal que es conveniente hacer un breve análisis de lo que puede aportar al séptimo arte, o de lo que el cine aporta a las viñetas de Superman/Batman/Wonder Woman: Metropolis, un recopilatorio de tres volúmenes creados por RAndy Lofficier, Jean-Marc Lofficier y Ted McKeever, y que enmarcan los orígenes de estos tres superhéroes de DC Cómics en un relato marcado por el expresionismo alemán.

Cada lector que se acerque a este recomendable ejemplar decidirá cuál de las tres historias es la mejor, pero sin duda la que afecta al hombre de acero es la más fiel a la que posiblemente sea la cinta más icónica del movimiento cinematográfico surgido en los años 20. La utopía futurista de Metrópolis (1927) creada por Fritz Lang adquiere en estas páginas una interpretación cuanto menos interesante que obliga a una reflexión sobre el bien y el mal, sobre el perdón y la venganza, que enriquece la ya de por sí completa obra del director alemán. Resulta sorprendente comprobar cómo encaja la historia de Clark Kent (rebautizado como Clarc Kent-son) en la trama original. A pesar de los cambios de nombres y de ciertas licencias dramáticas, los creadores de este cómic logran una fusión perfecta entre ambos relatos, entre ambos lenguajes, y la mejor evidencia son las primeras viñetas, que narran casi exactamente igual el comienzo de la película

Y es que si la historia deja sin palabras, el dibujo de McKeever resulta casi apabullante. Con un trazado que rememora en todo momento el arte de comienzos del siglo XX, el autor imprime un dramatismo único al trágico relato de este joven que quiere construir una ciudad mejor en la que amos y obreros convivan sin someterse los segundos a los primeros. Un dramatismo acentuado además por el recurso del color, puramente expresionista (aunque menos que la historia de Batman, de la que hablamos a continuación). Por supuesto, y como mencionaba antes, existen ciertas licencias dramáticas necesarias en un relato de superhéroes, sobre todo en lo referente al modo de derrotar al villano de turno. Y aunque para muchos pueda resultar algo forzado, en líneas generales encaja perfectamente en el tratamiento del resto de la trama, lo que evidencia la grandeza y universalidad de una obra como Metrópolis, capaz de acoger en su seno dramático cambios notablemente marcados.

Batman, el Nosferatu

Posiblemente el relato más fiel a una película del expresionismo alemán sea el de Superman, pero sin duda el que mejor capta el espíritu visual de este movimiento cinematográfico es el que tiene como protagonista a Batman. Tomando como referencia dos obras clave como Nosferatu (1922) y El Gabinete del Dr. Caligari (1920), la historia se adentra en las sombras para abordar un relato mucho más lúgubre, marcado por la muerte, la desesperación y la manipulación. Sobre estos tres pilares narrativos el cómic construye un relato en el que los juegos de sombras son fundamentales, siguiendo la estela de las dos películas que toma como referencia y proyectando este expresionismo en un nuevo lenguaje.

De nuevo, y más allá de las necesarias concesiones al mundo de los superhéroes, combate entre Batman y Superman incluido, las referencias cinematográficas parecen impregnar todas y cada una de las viñetas. Con unos personajes mucho más retorcidos física y moralmente hablando, el relato de este Hombre Murciélago/Nosferatu acoge en su seno igualmente buena parte del significado que este movimiento cinematográfico tuvo en su momento. La lucha contra el dominio de un hombre sobre el resto de hombres, la locura que afecta a unos personajes que poco a poco se acercan más a monstruos que a seres humanos, e incluso la idea de controlar el destino se asoman en estas páginas en las que la noche se impone al día, y las sombras a la luz.

Wonder Woman, la Amazona Azul

El tercer relato, centrado en el personaje de Wonder Woman, es sin duda el más “tradicional”, si es que dicho término se puede aplicar en el caso que analizamos aquí. Los motivos son varios, entre ellos que las películas que toma como referencia, El ángel azul (1930) y El Dr. Mabuse (1922), aunque encajan dentro del expresionismo alemán, se alejan notablemente de los conceptos y características que definieron este movimiento, sobre todo la primera. Es cierto que se mantienen algunos de los conceptos ya mencionados, destacando la idea de que un individuo sea capaz de ejercer un control físico y psicológico sobre el resto, pero el tratamiento visual se aleja ostensiblemente de lo visto en los dos anteriores volúmenes, al igual que ocurre, en cierto modo, en la apuesta visual de las películas.

Y desde luego, es la historia más “superheróica” y menos “expresionista” de las tres. Dicho de otro modo, el relato de esta Mujer Maravilla se sumerge de forma más evidente en los parámetros e iconos tradicionales del relato de este tipo de superhéroes, alejándose al mismo tiempo de todo aquello que aporta el movimiento cinematográfico alemán. Desde un punto de vista puramente visual también destaca esta apuesta, con un trazo más definido y un tratamiento del color más rico, abandonando los contrastes de luces y sombras, algo que destaca sobremanera en el tramo final de esta historia, donde por cierto se da cita la versión expresionista de muchos personajes de DC Cómics.

En cualquier caso, este último relato es el colofón de una trilogía apasionante, tanto para los amantes del cómic como para los apasionados del expresionismo alemán. Las conexiones entre las viñetas y los fotogramas de las películas mencionadas son tan evidentes en algunos casos que las fronteras entre uno y otro lenguaje desaparecen, evocando en sus páginas el movimiento de las máquinas de esa ciudad de obreros y amos, las sombras del primer vampiro del cine o la seducción de un ángel azul. Y aun siendo superhéroes, los personajes quedan relegados muchas veces a un mero hilo conductor de una historia que les supera y en la que los géneros se mezclan para ofrecer un producto único, una fusión entre cine y cómic que inevitablemente obliga a revisionar las películas casi al tiempo que se leen las páginas. No es un libro de cine, pero pocos libros de cine son capaces de lograr esto.

7ª T. de ‘The Walking Dead’ (y II), la determinante función del villano


Era difícil mantener el buen ritmo narrativo y dramático de la primera parte de la temporada, y en cierto modo The Walking Dead no lo ha conseguido. Los últimos ocho episodios de la séptima temporada son, posiblemente, los más pausados de toda la serie, muy centrados (tal vez en exceso) en el desarrollo de los personajes, en sus dudas, sus miedos y sus remordimientos. Y si eso hubiera ocurrido con, por ejemplo, el protagonista al que da vida Andrew Lincoln (Los seductores) habría podido ser interesante, pero el problema es que ha ocurrido con muchos secundarios de relativa importancia, lo que ha provocado que la trama se haya dispersado en muchos momentos. Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente.

Y lo valiente en este caso es que la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) siempre ha sido consciente de que, para lograr la espectacularidad o la angustia, es necesario asentar muy bien las bases dramáticas. Es por ello que durante esta segunda parte de esta etapa todo aquello que parece no avanzar, que parece simplemente narrar la vida en cada uno de los asentamientos que protagonizan la trama, en realidad allana el terreno para un final épico marcado por la violencia, la sangre y la muerte. Y esta es, al fin y al cabo, la máxima expresión tanto de la serie como de los cómics creados por Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore: un desarrollo aparentemente tedioso y sin demasiada información que desemboca en un clímax tan impactante como gratificante, capaz de dar respuesta no solo a las expectativas del espectador, sino a todas las preguntas planteadas durante la acción previa.

El problema de esta segunda parte de la séptima temporada es la profusión de personajes. En realidad, es algo que ha ocurrido en otros momentos de The Walking Dead, pero en esta ocasión, con los protagonistas divididos hasta en cuatro escenarios clave y con nuevos e interesantes roles secundarios, se evidencian mucho más los conflictos a los que se enfrentan los creadores. El hecho de tener que combinar tantas tramas secundarias en un espacio tan limitado es todo un reto narrativo que se resuelve mejor o peor, depende del episodio. Con todo y con eso, el verdadero problema radica en los debates morales de muchos secundarios, sus dudas y sus reacciones ante lo que ocurre a su alrededor. Es, en cierto modo, como si el viaje catártico que el personaje de Lincoln hace en la primera parte lo vivan ahora otros roles, alargando unos preparativos bélicos que, personalmente, creo que podrían haberse resuelto de forma más directa.

Claro que esto arroja otra reflexión sumamente interesante acerca del alcance del poder y el daño que ejerce el villano de la función. El impacto de la presentación de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-, cada vez más cómodo y espléndido en el personaje) no solo ha tenido efecto en el héroe, sino en todos. Y un efecto a cada cual más distinto, lo que a su vez provoca una división interna acerca del modo de afrontar la pérdida. Ya sea con una destrucción de la voluntad, ya sea movidos por el odio y la ira, o simplemente por la cobardía, las reacciones de cada uno de los personajes es única, conformando así un mosaico de personalidades que se definen en una situación de mayor brutalidad si cabe. O dicho de otro modo, cada uno responde como puede a una amenaza mayor que los zombis, y que siempre llega de la mano de los vivos.

Esto es la guerra

Es cierto que muchas de las tramas secundarias podrían haberse acortado. Y también es cierto que una vez que el personaje de Rick Grimes sufre su particular catarsis y decide combatir, ver cómo los secundarios viven las mismas dudas en su viaje interior es algo innecesario, aunque sumamente enriquecedor para la trama. Pero todo ello ha permitido conformar un escenario dramático de auténtico sentido bélico, casi como si varias naciones tuvieran que luchar para defenderse de un enemigo común. Con todo, lo más interesante es lo que se esconde detrás de este pausado ritmo de The Walking Dead: la guerra sucia que desarrollan los personajes.

Traiciones, cambios de bando, muertes. Todo lo que pueda pensarse ocurre a un mayor o menor nivel. Cualquier recurso es bueno para ganar una batalla contra la tiranía. Y es en medio de esta guerra sucia (en algunos casos Guerra Fría) donde mayores cotas dramáticas alcanza la parte final de esta séptima temporada, pues no solo ofrece la posibilidad de comprender el verdadero carácter de muchos secundarios; también ofrece puntos de giro inesperados que enriquecen el desarrollo dramático de la serie, caminando con paso firme hacia un conflicto directo en el último episodio, posiblemente uno de los más intensos que se recuerdan en lo que a acción se refiere junto a los que tuvieron lugar en la cárcel. Gracias a los mencionados giros argumentales la trama se retuerce hasta puntos insospechados, sacrificios necesarios y esperados incluidos.

Y como siempre ha ocurrido desde su presencia en la serie, Dean Morgan es el verdadero atractivo de la serie. Su forma de afrontar un personaje tan siniestro y complejo como Negan es sencillamente ejemplar, dotándolo de una presencia física única, de una crueldad y una violencia inigualables. Es el verdadero faro de la temporada, sobre todo cuando el resto de personajes parecen haber perdido un poco el rumbo, precisamente a consecuencia de los actos de este villano. Todo tiene lugar por él, y nada ocurre sin que él no lo provoque. El final es uno de los mejores ejemplos. Todo en ese clímax tan espectacular como esperanzador tiene sentido única y exclusivamente porque Negan así lo quiere, incluyendo una de las muertes tan necesaria como esperadas. Es el objetivo a abatir, pero también el contexto y las circunstancias que promueven toda la acción. Un personaje así no se ve todos los días. Es más, no se ve casi nunca.

Puede entenderse de este breve análisis que esta segunda etapa de la séptima temporada de The Walking Dead tenga una calidad inferior al resto de la serie. Desde luego, a los que esperen ver muerte, vísceras y violencia les decepcionará. Pero como ocurre en esta serie, en medio de la calma siempre se intuye la tormenta, y en esta ocasión es una tormenta perfecta. El problema no es falta de ritmo, sino las vueltas que los guionistas dan sobre los mismos temas, ya sea con uno u otro personaje. Y dado que son tantos (cada vez más), la trama obliga a repartir los minutos cada vez más. Por fortuna, todo esto tiene un objetivo claro y bien definido en cada momento. Un objetivo que lleva a una conclusión épica, marcada por la acción y la tensión dramática. Y es esa conclusión la que, además, pone las bases para una octava temporada que se antoja espectacular.

‘Logan’: en busca del Edén… y la redención


La pequeña Dafne Keen da vida a la hija de 'Logan'La trilogía en solitario de Lobezno, el famoso mutante de Marvel, es posiblemente una de las más irregulares del mundo cinematográfico marvelita. De menos a más, la trayectoria de este personaje refleja una máxima del séptimo arte que ningún film, ni siquiera los de este tipo, debería olvidar: que cuanto más se profundiza en un personaje más interesante se vuelve la trama, incluso cuando esta tiene notables lagunas.

Logan es un claro ejemplo. La debilidad del personaje principal, magníficamente interpretada por última vez (al menos oficialmente) por Hugh Jackman (Butter), dota al conjunto de una valentía y un poderío narrativo inusitado en este tipo de historias. El tratamiento argumental abandona las espectaculares secuencias de acción para bajar a la tierra y abordar la última lucha contra un enemigo que, aunque externo, no deja de ser un reflejo de los propios miedos y la impotencia de un personaje casi indestructible que ve próximo su final.

Esa dualidad, unido al carácter salvaje y al tiempo compasivo del protagonista, aporta una complejidad al desarrollo dramático sumamente interesante que convierte a este último film en algo diferente a lo que suelen ser los finales de trilogías, habitualmente más espectaculares y grandilocuentes. Eso no impide, sin embargo, que estemos ante una cinta puramente comercial, y como tal se entrega a incongruencias que solo pueden ser pasadas por alto si se quiere disfrutar del conjunto. Incongruencias que, por cierto, vienen dadas por la necesidad de dotar de acción y violencia a una trama, por lo demás, puramente dramática.

En cierto modo, Logan pone toda la carne en el asador en esa búsqueda del Edén que protagoniza la pequeña heroína de la historia. Búsqueda que se solapa con la redención de un personaje entregado por completo a su lucha interior. Sin duda, es la obra más interesante, completa y violenta (muy violenta) de la trilogía, y a pesar de pecar de exceso en algunas concesiones puramente comerciales, es el film que más explora las diferentes caras de un Lobezno al que Jackman ha engrandecido en pantalla.

Nota: 7/10

1ª T. de ‘Predicador’, transgresión para una historia diferente al cómic


Dominic Cooper, Ruth Negga y Joseph Gilgun dan vida a los tres protagonistas de 'Predicador'.Si algo positivo tienen las adaptaciones de cómics de superhéroes al cine y la televisión es que abren la puerta a un mundo mucho más amplio, más oscuro y más adulto. Me refiero a esas historias gráficas que se han convertido en auténticas obras de culto y referentes para los amantes de este elemento de la cultura. A esto ha contribuido también, claro está, el éxito de The Walking Dead. Todo esto viene a cuento de la primera temporada de Predicador, versión televisiva de la obra creada por Garth Ennis y Steve Dillon que han adaptado Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Malditos vecinos 2) y Seth Rogen (Juerga hasta el fin) en una historia que, aunque ligeramente diferente, mantiene la esencia gamberra y transgresora de su argumento.

Para aquellos que no lo conozcan, la trama se centra en Jesse Custer, un joven predicador de Texas en una parroquia en medio de ninguna parte que es poseído por una entidad cuyo poder se equipara al de Dios. Capaz de ordenar a la gente que haga aquello que no quiere, inicia un viaje acompañado de su antigua novia y de un vampiro irlandés para encontrar a Dios y pedirle explicaciones por haber abandonado el Cielo. Y aunque esta es la historia, en líneas generales, del cómic, esta temporada aborda sin embargo el modo en que el protagonista afronta su nuevo poder, todo ello con un hilo argumental totalmente nuevo, al menos con respecto a la línea regular de la historia gráfica.

Y es precisamente por esa libertad que Predicador logra una dinámica única, a medio camino entre las referencias de las páginas originales y el humor negro que aportan el trío de creadores. A pesar de la presencia de personajes conocidos, la introducción de roles secundarios que encajan perfectamente en el mundo creado por Ennis y Dillon no hace sino enriquecer la trama, cuya narrativa, por cierto, es algo inconexa al inicio pero coherente en su resolución. A lo largo de los 10 episodios el tratamiento se centra en desarrollar tanto el poder del protagonista (con algunos momentos tan hilarantes como inquietantes) como el triángulo que se forma con los que serán los otros grandes personajes de la trama. Aunque es cierto que hay algunos momentos en que su relación no se sustenta demasiado bien (los acontecimientos ocurren demasiado rápido, perdiendo justificación), en líneas generales componen sólidamente las bases de la dinámica que, presumiblemente, se explotará más adelante, dejando para ello algunas pinceladas de los sentimientos, del pasado y de los caracteres de cada uno.

No es extraño que en este tipo de producciones los elementos novedosos se terminen convirtiendo en lo realmente atractivo. Y como he mencionado, la diferente historia y los personajes secundarios son los que marcan realmente el tono de esta ficción, amén de una puesta en escena tan ácida como malsana en algunos momentos. En este sentido, destaca la labor de Jackie Earle Haley (Watchmen) con un rol tan intrigante como desagradable, cuya falta de fe y de sentimientos roza lo monstruoso. En cierto modo podría entenderse como un preludio de lo que está por llegar, pues sea fiel o no a las páginas del cómic, parece evidente que los personajes de este tipo van a ser una constante. La pregunta es si los demás estarán a la altura de semejante villano, porque de no ser así posiblemente la serie decaiga.

Ángeles y demonios

De este modo, la primera temporada de Predicador desprende la esencia de la saga original en todos y cada uno de sus fotogramas. La combinación de drama y acción otorga a la trama el equilibrio perfecto entre humor y violencia, entre intriga y comedia. Curiosamente, sus creadores apuestan por una espectacularidad que no se desprende, al menos no siempre, de las páginas del cómic, que afronta desde el comienzo una búsqueda más terrenal. La forma de presentar a Cassidy (un idóneo Joseph Gilgun –Pride-) es tan inesperada como salvaje, definiendo casi en una única secuencia la mayoría de matices de su personalidad. Algo similar ocurre con el rol de Tulip O’Hare, un papel que Ruth Negga (Loving) ha hecho suyo hasta niveles insospechados.

Evidentemente, el protagonista es el que se lleva un mayor desarrollo dramático. Más allá de la labor de Dominic Cooper (Warcraft. El origen), lo realmente interesante es el proceso que vive el predicador una vez recibe a Génesis. Proceso en el que ángeles y demonios tienen mucho que ver, y en el que tienen lugar algunas de las mejores y más hilarantes secuencias de esta temporada, desde la lucha en la iglesia hasta esa habitación de un motel llena de cadáveres repetidos de los mismos ángeles. Esto, además, confirma la necesidad de los guionistas de alejarse deliberadamente de la historia original en algunos de sus aspectos. Posiblemente lo único que se le pueda echar en cara a la trama es una cierta inconexión en la forma de abordar el pasado y las relación de este predicador con el rol de Negga. No es que no se explique, sino que su forma de enfocarlo puede desorientar a algunos espectadores durante los primeros compases de la historia.

Y en medio de todo esto, el Santo de los Asesinos. Este imprescindible personaje de la trama, interpretado por Graham McTavish (La hora decisiva), es introducido en la temporada casi como un elemento diferenciador, sin demasiada conexión con el resto de la trama pero que, poco a poco y a base de repetir su única y corta línea argumental una y otra vez, va adquiriendo relevancia dramática para, en el último episodio, confirmar no solo su pasado o su presente, sino el futuro que va a tener en el argumento. Y como no podía ser de otro modo, protagoniza una de las secuencias más violentas de la serie rodada, por cierto, aprovechando el fuera de campo de un modo pocas veces visto en televisión.

Se puede decir que la primera temporada de Predicador, a pesar de sus diferencias con el cómic original, se mantiene fiel al espíritu tan transgresor y gamberro que tienen las viñetas. Poco importan, por tanto, que el pasado o la presentación de los personajes se ajuste a la idea de Garth Ennis y Steve Dillon. Poco importa que la trama se desarrolle de forma totalmente diferente. Al final, lo que cuenta es si realmente esta serie puede enmarcarse en el mundo de este predicador con una entidad todopoderosa en su interior. La respuesta es un rotundo sí, por lo que solo se puede disfrutar del humor ácido que desprenden sus secuencias. Y sobre todo, mostrar la esperanza en que las siguientes temporadas entrarán de lleno en la búsqueda de Dios que ha iniciado Jesse Custer.

‘Doctor Strange’: la magia del ‘toque Marvel’


Benedict Cumberbatch da vida al 'Doctor Strange' de Marvel.Pocos personajes van quedando del extenso Universo Marvel que no tengan su adaptación a la gran o a la pequeña pantalla. Y a medida que se van sucediendo los superhéroes la saturación y el cansancio narrativo, que no visual, se va notando. La película que dirige Scott Derrickson (Sinister) es una evidencia de que siempre es mejor una buena historia que los orígenes de un personaje, por muy dramáticos que sean. Mejor aún: es infinitamente más interesante ver cómo se forja un héroe con una buena trama.

Y como le ocurre al protagonista de Doctor Strange al comienzo de la cinta, la película parece un quiero y no puedo, un intento de contar algo sumamente interesante que se solventa con minutos frenéticos cargados de efectos en el último tercio del film. Hasta entonces, esta historia protagonizada magníficamente por Benedict Cumberbatch (Amazing Grace) aborda de forma excesivamente larga el surgimiento de un hechicero y su viaje por las artes místicas. Más allá de críticas culturales o religiosas con poco fundamento, el verdadero problema del film es que está descompensado.

Descompensado en todos sus aspectos. Narrativamente hablando, es demasiado parsimoniosa al comienzo para acelerarse sin demasiado sentido al final. Interpretativamente hablando, el extraordinario elenco de actores está muy por encima de lo que puede ofrecer la cinta. Y visualmente, la historia saca mucho partido de sus escenas, pero la puesta en escena de Derrickson, más especializado en tenebrosos sustos y atmósferas agobiantes, es ciertamente limitada y en algunos momentos caótica.

Por fortuna, existe eso que se llama ‘toque Marvel’, y que podríamos entender como el entretenimiento sin daño ni maldad que permite al espectador pasar dos horas entretenidas. El problema es que cuando se compara Doctor Strange con otras grandes superproducciones similares no termina de funcionar correctamente. Lejos parecen quedar las épocas de Iron Man, Capitán América o Spider-man, tres personajes cuyas historias en el cine han sabido explicarse de forma mucho más orgánica. La magia de La Casa de las Ideas funciona en este caso, pero solo para salvar al espectador de una historia irregular.

Nota: 6,5/10

‘Escuadrón Suicida’, unos buenos malos… ¿o eran malos buenos?


Will Smith y Margot Robbie lideran el 'Escuadrón Suicida' de David Ayer.A tenor de las críticas recibidas, debo de ser de los pocos que defienden Escuadrón Suicida. Y la verdad es que no me arrepiento. Argumentos a su favor tiene, como también los tiene en su contra. Vamos, lo que le viene a pasar al 80% de las películas, y lo que prácticamente ocurre en todas las cintas de superhéroes. El problema, o al menos uno de los más importantes, de la cinta de David Ayer (Corazones de acero), no radica en la propia historia, sino en algo que va más allá de la película, y que tiene un nombre: DC Cómics. La reciente obsesión por juntar en pantalla a un grupos de personajes conocidos por los amantes de los cómics está llevando a esta compañía a hacer películas irregulares, de difícil narrativa, pero con mucha espectacularidad.

La verdad es que esta película con un plantel de actores más que notable merece un análisis más profundo que el de la mera crítica, de ahí este extenso texto. A David Ayer se le puede acusar de muchas cosas, pero desde luego no de lo principal en cualquier película de superhéroes/supervillanos: entretenimiento. Porque esta reunión de malos no tan malos (hay buenos que son peores) es eso, puro y sencillo entretenimiento. El que quiera buscar algo más puede que lo encuentre, pero saldrá mayormente decepcionado. Y la verdad es que la película no busca nada más. Secuencias brillantemente ejecutadas, un humor algo irregular pero efectivo, sobre todo cuando recae sobre Margot Robbie (La leyenda de Tarzán) y su ya imprescindible Harley Quinn, y algunos diálogos que permiten hacer avanzar la acción son las señas de identidad. Vamos, lo mismo que ocurre en Los Vengadores y cintas similares.

Quizá la mejor defensa para este argumento es que Escuadrón Suicida dura dos horas y apenas se nota, logrando superar los baches propios de la narrativa de forma más o menos solvente. Pero volvamos sobre el reparto, o mejor dicho sobre esa pareja formada por Robbie y Jared Leto (El señor de la guerra), un Joker menos alocado y más psicópata que sin duda eleva el tono del film cada vez que aparece… y se hace poco. Ambos personajes, sin duda los mejor definidos e interpretados, son el mejor ejemplo de cómo los secundarios (o protagonistas con menor peso en la trama) pueden terminar por arrebatar el protagonismo de una historia. Y este sí es un punto débil de la película, que abordaré a continuación.

Pero junto a ellos hay todo un grupo de actores solventes, disfrutando de sus respectivos papeles y demostrando que la película puede funcionar en todos sus aspectos. El desarrollo dramático conseguido por Ayer, aunque claramente diferenciado en dos partes, es lo suficientemente sólido como para componer un mosaico de aventura, acción y humor en el que cada personaje, al menos los principales, está definido no solo por sus motivaciones, sino por su pasado y por su personalidad. Otra cosa es lo que ocurre con el resto de secundarios y lo que cabría esperar de la cinta. En cualquier caso, no se puede negar que esta cinta es una pieza más en la construcción de ese mundo cinematográfico de DC, y personalmente creo que es una pieza interesante y atractiva.

Al humo de las velas

Pero seamos sinceros. Escuadrón Suicida no es una película perfecta. De hecho, posiblemente no sea de las mejores de superhéroes. Y varios son sus problemas, que en principio no afectan al disfrute de estas aventuras, pero que sí pueden resultar determinantes para un tipo de público, sobre todo el más especializado. Para empezar, y como comentaba al inicio, DC Cómics llega tarde. Más bien, llega al humo de las velas a esta especie de fiesta en que se han convertido las películas de superhéroes. Con un tono más oscuro que su eterno rival, Marvel Cómics, la compañía ha querido resumir en un par de películas los años de trabajo en la pantalla grande que lleva su competidora. Y eso pasa factura, en algunos casos más grande que en otros.

En la película que nos ocupa, esto se traduce en una necesidad de presentar a demasiados personajes en una sola historia. Si algo han demostrado este tipo de films es que presentar a más de un personaje en la trama (además del héroe, claro está) tiende a ser un problema narrativo más que evidente. Ha pasado con todos, desde Spider-Man a Batman. Y si eso es así, ¿qué puede ocurrir cuando son 10 los roles a desarrollar? Aunque la opción elegida por Ayer no es la peor de todas, desde luego deja muchas lagunas. Para empezar, divide claramente la historia en dos, impidiendo un desarrollo más o menos profundo de la trama principal y su respectiva amenaza. Además, el director y guionista se ve obligado a desarrollar únicamente a los principales, dejando al resto a su suerte y a tratar de resumir su historia en una sola frase, con suerte en una mínima secuencia. Esta idea, aunque efectiva, termina por desdibujar a este grupo de villanos, convirtiendo a muchos de ellos en arquetipos lineales con poca o ninguna diferencia entre ellos, salvo sus habilidades y su aspecto, claro está.

Y precisamente los villanos es otro punto débil de la cinta. Puede parecer irónico que una cinta que se basa en un grupo de malos tenga como debilidad precisamente eso, pero así es. El problema es la necesaria humanización de los personajes. Todos ellos, sobre todo los principales, deben tener un aspecto con el que se puedan identificar los espectadores. Y esto termina siendo un problema, amén de escoger a actor como Will Smith (La verdad duele), héroe por antonomasia del cine de aventuras moderno, para un asesino a sueldo que parece más una figura paternal para el resto de supervillanos. La película utiliza dos herramientas para esa humanización, a cada cual más peligrosa. Por un lado, convertir a los presuntamente buenos, y en general a todos los que les rodean, en más malos que los propios villanos. Y por otro, demostrar que todos los malos lo que buscan, en realidad, es una vida tranquila, sencilla y en paz.

Eso es algo que no funciona, al menos no como vehículo para demostrar que son villanos sin escrúpulos que pueden lograr la redención con sus buenas acciones por un bien mayor. Y no funciona porque, además de que parecen héroes en lugar de antihéroes, los buenos parecen demasiado inocentes. Algo que representa a la perfección el personaje de Joel Kinnaman (serie House of cards), quien comienza la cinta aparentando un desprecio hacia su escuadrón de villanos y termina por ser amigo de asesinos, psicópatas y monstruos. Y ni siquiera la muerte inicial de un miembro del grupo puede eliminar la sensación de que estos antihéroes son héroes; para eso ya se cuidan mucho de que el único que muere es aquel que no tiene casi ni presentación. El resultado final es que Escuadrón Suicida funciona como película de superhéroes, no de supervillanos obligados a hacer el bien. Funciona por su entretenimiento, aunque falla en algunos aspectos que para muchos pueden ser fundamentales. Ahora bien, se disfruta mucho, tanto de la acción como del humor, de su banda sonora y de la locura que imprimen al conjunto Leto y Robbie. Al final, como todo, la película funciona porque se encuentra en un punto intermedio. Y puede que ese sea el problema.

1ª T. de ‘Daredevil’, una oscuridad pocas veces vista en Marvel


Charlie Cox da vida a Matt Murdock, 'Daredevil' en la primera temporada.Habrá quien ponga el grito, pero la serie sobre Daredevil, el superhéroe ciego de Marvel, es lo más cercano que ha estado esta casa del Batman de Christopher Nolan (Origen). Y si tenemos en cuenta que su trilogía es lo mejor del género, es decir mucho. Evidentemente hay muchas distancias que salvar, pero lo que ha hecho Drew Goddard (La cabaña en el bosque) con este personaje es más que notable, alejando la trama de infantilismos y puro entretenimiento marca de la casa para ofrecer un mundo adulto, ajeno a maquillajes innecesarios y con una de las mejores atmósferas creadas para la pequeña pantalla. Y eso solo en la primera temporada.

Lo cierto es que estos 13 episodios son un gran ejemplo de cómo lograr el equilibrio entre todos los elementos de una ficción, tanto narrativos como visuales. Desde el punto de vista más superficial posible, la apuesta visual y formal resulta apabullante. El apagado color de las secuencias, ya sea de día o de noche, aporta al relato una tosquedad única, un aire malsano de violencia y decadencia que ahonda en el contexto en el que se mueve el protagonista interpretado estupendamente por Charlie Cox (serie Boardwalk Empire). Esa oscuridad constante, así como los tonos rojizos que siempre están presentes, no solo sitúan al espectador en el punto de vista del héroe, sino que oprimen las líneas argumentales hasta eliminar el poco aire que tienen.

Esto, lejos de generar angustia, lo que provoca es un constante crecimiento en la tensión dramática de Daredevil. Tensión que se libera, y de qué modo, con unas coreografías de combate simplemente indescriptibles. Ya sea con armas o con puños desnudos, el carácter violento de este personaje que no tiene remordimientos en lanzar a villanos desde azoteas, o en romper tantos huesos como sea necesario, se traslada a la crudeza de su cruzada particular, que tiene como máximo exponente ese plano secuencia en un pasillo en el que, mostrando muy poco, se narra mucho. En cierto modo, esta es también una forma de mostrar el mundo de un personaje ciego que, sin embargo, es capaz de percibir más que el resto del mundo.

Sin duda, el realismo de esta lucha es uno de los grandes atractivos y de los mayores aciertos de la serie. Tan habituales como los golpes son las suturas que después deben parar las hemorragias. Dicho de otro modo, es un personaje que sangra, que a pesar de contar con un superpoder, su cuerpo es machacado una y otra vez por golpes, cortes y fracturas. Y no se esconde. Es esta crudeza, esta necesidad de mostrar el color rojo de la sangre, lo que convierte a esta primera temporada en un producto muy alejado de Marvel, sobre todo de lo que habitualmente ha hecho en cine. Precisamente esto es lo que genera el soplo de aire fresco que aportan Matt Murdock y el resto de personajes.

De actores y trama

Claro que su apartado técnico y visual no es lo más atractivo de Daredevil. La verdadera sustancia de la serie se halla sobre el papel, en el desarrollo de sus diferentes líneas argumentales y en la definición de sus personajes. A pesar de que la trama principal está claramente definida (a algunos podría parecerles algo burdo) como el héroe contra el villano, son las líneas argumentales secundarias las que aportan riqueza al conjunto, sobre todo porque, aunque corren de forma paralela, terminan por incidir en el desarrollo de la principal. El secreto del héroe a sus amigos, la violencia que guarda el villano interpretado por Vincent D’Onofrio (Jurassic World) o la investigación periodística son algunos ejemplos.

A esto hay que sumar, sin duda, el dibujo de los personajes. A través de los flashbacks que se viven en muchos momentos de la temporada el espectador es capaz de apreciar la trayectoria de cada uno, tanto héroes como villanos, pero el verdadero interés radica en sus relaciones presentes. El modo en que, por ejemplo, afrontan el secreto de Murdock es tan significativo como impactante en la trama, que se ve obligada a evolucionar de un modo sensiblemente diferente. Aunque tal vez el mejor elogio que se puede hacer a los personajes es, precisamente, que pueden morir. Sus reacciones, sus puntos de vista y sus decisiones se basan en todo momento en el miedo a lo que pueda ocurrir, en la imposibilidad de luchar contra algo más grande (principal argumento transversal de la serie, por cierto), lo que aporta un halo de realismo y veracidad que, evidentemente, es evitado en puntuales momentos para poder desarrollar algunos aspectos de la historia.

Es destacable también la labor de los actores, sobre todo de los principales. A las magníficas actuaciones de Cox y D’Onofrio se suma un reparto que, en mayor o menor medida, engrandecen unos perfiles que sobre el papel podrían parecer poco definidos. Sin ir más lejos, el grupo de villanos manejados por ese archienemigo del mundo marvelita que es Wilson Fisk, alias ‘Kingpin’, alternan una pose meramente decorativa con un auténtico perfil determinante, lo que sugiere una irregularidad en el guión, aunque solo sea en el tratamiento. Lo mismo ocurre, aunque en menor medida, con el bando de los héroes, donde algunos personajes parecen entrar y salir de escena por necesidades de la acción, y no porque su historia no tenga más recorrido. Este, que podría ser un lastre importante de la primera temporada, queda minimizado gracias precisamente a la labor de los actores, amén del ritmo que imprime el desarrollo de la trama principal.

El mejor resumen que se puede hacer de la primera temporada de Daredevil es que logra un equilibrio perfecto entre todos sus elementos. La trama se desarrolla de forma fluida a lo largo de los episodios hasta lograr un clímax espléndido. Los actores, en este sentido, ofrecen un trabajo ejemplar, conscientes de su lugar en la trama y adaptándose a ciertos baches que puede tener la historia. Y la apuesta formal, con siluetas, sombras y luchas tan realistas como espectaculares, es el envoltorio ideal para una historia sobre un hombre que lucha para hacer de su ciudad un lugar mejor. Y lucha tanto en los tribunales como en las calles. La oscuridad que desprende en cada plano convierte a este superhéroe en una creación más adulta de lo que cabría esperar, y hace que la producción sea uno de los productos más recomendables de la nueva hornada televisiva.

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