‘Keepers. El misterio del faro’: la espiral de la muerte


Allá por 1900 tres fareros de la isla de Eilean Mor, una de las que forman las islas de Flannan (Escocia), desaparecieron sin dejar rastro. En las instalaciones no se encontró ninguna pista sobre lo que podría haber ocurrido. De hecho, todo parecía perfectamente ordenado. Este misterio es la premisa para construir un thriller atípico, alejado del componente morboso o terrorífico y con una profundidad dramática poco habitual. Un thriller en el que la mayor parte del motor que mueve la trama se encuentra en las miradas y los pensamientos de los personajes, y no tanto en sus acciones, que sirven más bien como puntos de giro dramático.

Con esta idea Kristoffer Nyholm, director de un referente del thriller como es la serie Forbrydelsen (The killing), construye un viaje a las miserias del alma humana, a los confines del odio, el miedo y la venganza. Para ello aprovecha al máximo las características de sus tres personajes, a los que mina mental y físicamente hasta hacerlos caer, y con ellos la cordura en un ambiente tan solitario y gris como es una isla en el norte de Europa. Como si fuesen los tres pilares sobre los que se asienta una construcción, la fractura de cada uno de los personajes hace tambalear hasta su autodestrucción las relaciones entre ellos, pero lo que es más importante, acaba con su humanidad a pesar de sus intentos por preservarla. En este sentido, el lenguaje visual del director, aprovechando al máximo los primeros planos (y las posibilidades que le ofrecen los notables actores) y narrando con elegancia y fuera de plano algunos momentos más escabrosos, potencia esa sensación de que los protagonistas van perdiendo poco a poco aquello que les hace hombres para terminar siendo otra cosa.

Y aunque todo ello termina atrapando al espectador en una espiral de tragedia, Keepers. El misterio del faro peca en varios momentos de un ritmo algo lento, sobre todo en una primera parte en la que se narra el modo de vida de esta profesión. A mejorar el ritmo no contribuye, desde luego, que los aspectos más interesantes de la historia se desarrollen con miradas y sin palabras. La introspección de la cinta, algo deliberadamente buscado para consolidar el mensaje final del film, puede llevar a muchos espectadores a creer que no ocurre nada, o casi nada, durante sus poco más de 100 minutos. Desde luego, acción e intriga tiene poca, pero también hay actualmente pocas historias capaces de introducirse en la mente de los personajes, desgranarla y dar una coherencia a los sentimientos a los que nos enfrentaríamos cualquiera de nosotros en esa situación.

Por supuesto, Keepers. El misterio del faro da una respuesta a ese misterio, valga la redundancia. Pero eso es lo de menos. Lo verdaderamente atractivo del film es el viaje que hace cada uno de ellos una vez que se desencadenan unos acontecimientos que les introducen cada vez más en una trágica espiral de la que no logran salir. Es cierto que su ritmo visual es algo lento, del mismo modo que es cierto que algunos pasajes de la historia están narrados de forma algo esquemática y críptica (algo propio del estilo nórdico). Pero también estamos ante un interesante drama emocional, ante tres hombres que afrontan unos acontecimientos para los que no están preparados y que terminarán por destruirles en todos los sentidos. Es un film menor, de eso no cabe duda, pero no por ello es menos recomendable.

Nota: 6/10

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‘Enganchados a la muerte’: el Destino Final de los remakes


Cuando Joel Schumacher estrenaba en 1990 Línea mortal el cine no había visto nada similar. O al menos, no estaba acostumbrado a una historia en la que jugar con la vida más allá de la muerte traer consecuencias similares. Fue, en cierto modo, pionera en un subgénero que luego ha sido explotado hasta la saciedad. Por eso un remake de aquel film, cuyos protagonistas han terminado siendo auténticas estrellas del séptimo arte, se antoja poco necesario. Porque, ¿puede ofrecer algo nuevo, algo diferente?

Evidentemente, lo único que ofrece Enganchados a la muerte es la modernidad de sus técnicas visuales, de sus efectos especiales y de la narrativa audiovisual. Eso y un reparto joven pero irregular en su presencia y peso dramático en pantalla. Sin duda, lo más atractivo del film son los viajes al otro lado que realizan los protagonistas, cada uno afrontando sus miedos, sus remordimientos y sus errores, vestido todo ello como una experiencia agradable al comienzo y terrorífica al final. De esto se deriva el gran trasfondo dramático del film, que puede tener varias interpretaciones pero que, en mayor o menor medida, todas vienen a coincidir en que es necesario que uno mismo se perdone sus errores y se acepte tal y como es.

El problema de todo esto es que el desarrollo de la trama carece de interés alguno. Se conozca o no la historia original (peor si se conoce, la verdad), el argumento camina por terreno muy manido, por unos lugares comunes que no dejan lugar a la originalidad. El regreso del más allá comienza con una serie de ventajas físicas y psicológicas que derivan rápidamente en terror y visiones mortales. El guión apuesta, como suele ser habitual, por presentar de forma algo tosca esas ventajas y pasar rápidamente a los inconvenientes, en los que ceba de tal forma que se vuelven reiterativos y pierden interés poco a poco, toda vez que se intuye el final casi desde el principio. Y es que, como también suele ser habitual, aquellos personajes con mayores y más evidentes remordimientos son los que terminan pagando su osadía. Vamos, una de las leyes del género.

En resumidas cuentas, Enganchados a la muerte no deja de ser otra apuesta más de terror adolescente que repite patrones y evita el riesgo de ofrecer algo nuevo. Podría pensarse que el hecho de que unos estudiantes de medicina jueguen con la muerte tiene algo de novedoso, pero el problema es que es un remake, y eso no puede pasarse por alto. Distraída, sí. Algún que otro susto de manual con juegos de luces y sombras y efectos sonoros, también. Pero ni los personajes están tratados en profundidad ni el desarrollo de la trama tiene un equilibrio correcto. Se pasa del cielo al infierno casi sin prestar atención a los detalles, que podrían aportar un mayor peso dramático. Al final, una historia de terror como otra cualquiera con el más allá persiguiendo a los incautos (¿no recuerda esto a la saga ‘Destino Final’?)

Nota: 5,5/10

‘Les revenants’, o cómo acabar con la construcción dramática mediante explicaciones


La serie 'Les revenants' adapta a televisión la película homónima de 2004.Es conocido el principio narrativo de no explicar el origen de determinados personajes o criaturas. El cine está repleto de ejemplos que la sustentan, desde Alien, el octavo pasajero (1979) hasta los zombis. Los intentos de explicar su aparición han sido, cuanto menos, cuestionables. Y precisamente con los muertos vivientes nos quedamos, pues la serie Les revenants, que consta de dos temporadas, es un claro ejemplo. Adaptación televisiva del film homónimo de 2004 (en España titulado La resurrección de los muertos), la trama aborda el género zombi desde una perspectiva diferente, fresca y muy original, ahondando en los sentimientos encontrados, tanto individuales como sociales, que provoca la vuelta a la vida de una serie de personajes.

Dos temporadas de 8 episodios creadas por Fabrice Gobert (autora de la versión norteamericana de la serie) que huyen de sangre y vísceras para buscar sentimientos y explicar de dónde vienen y a dónde van esas personas resucitadas. En este sentido, su primera temporada desprende una belleza y una maestría narrativa más que notables, apoyándose en todo momento en unos pocos personajes para contar cómo la muerte ha afectado y afecta a los habitantes de un pequeño pueblo marcado por la tragedia. En este sentido, la labor de los actores (de algunos más que de otros) ayuda al espectador a identificarse con las emociones y el modo en que se afronta el regreso de personas una vez se ha rehecho la vida.

Pero la primera temporada de Les revenants también hace hincapié en otros aspectos como la maldad del ser humano y el odio que provoca el miedo. El hecho de que entre los resucitados haya psicópatas y criminales pone de manifiesto los propios problemas con los que convive la sociedad en su día a día, y no solo por los propios crímenes que cometen. Sin duda uno de los aspectos más interesantes de la serie en su conjunto es el fuerte componente de racismo que desprenden algunos personajes. La evolución que se produce en ese espacio que se llama ‘La mano tendida’ es muy significativo, en tanto en cuanto confirma que el ser humano tiende a combatir con la violencia aquello que es incapaz de entender.

Así, la primera temporada se revela como un fresco social, emocional y humano extremadamente rico, un producto coral que bucea en los sentimientos y en la lucha interna y externa que viven los personajes. Interna por tener que aceptar que sus seres queridos han vuelto, a pesar de que sus vidas han continuado sin ellos, y externa porque, literalmente, la sociedad lucha contra lo que considera un ataque. Los arcos narrativos de cada episodio, centrado en un nuevo resucitado, explican el pasado de los fallecidos, pero buscan ante todo narrar cómo se gesta su regreso. La suma de todos ellos ofrece un mural complejo, vivo y apasionante.

Explicación inexplicable

Pero buena parte de esta riqueza se pierde, o al menos queda aparcada, en la segunda temporada de Les revenants. Y eso a pesar del espectacular gancho de final de temporada que tuvo la etapa anterior, con esa inundación y el misterio que rodea a la lucha entre los muertos vivientes y los vivos. El principal problema, y aquí enlazamos con lo dicho al comienzo, es la necesidad de buscar una explicación a algo que tiene buena parte de su atractivo en lo inexplicable. Y no me refiero tanto a los orígenes de muchos personajes. Ni siquiera a las relaciones que tienen entre ellos, algunas de ellas verdaderamente interesantes.

Hablo simplemente de los motivos que llevan a los muertos a levantarse. La justificación ofrecida por Gobert es, cuanto menos, cuestionable, y desde luego deja muchos interrogantes que no se resolverán, entre otras cosas porque podrían complicar la trama y la imaginería del mundo creado de formas imprevisibles. De hecho, el desarrollo de esta segunda tanda de episodios va de más a menos desde el momento en que abandona la narrativa de los personajes para adentrarse en el territorio de los orígenes del fenómeno. Es decir, desde que abandona el carácter terrenal para adentrarse en lo místico.

Es entonces cuando comienzan a sucederse todo tipo de detalles y de apoyos narrativos que, en lugar de aclarar la trama, la complican de forma innecesaria. Los hombres en el fondo del pozo, los ataques de algunos muertos vivientes, las dudas de vivos y muertos ante lo que supuestamente tienen que hacer. Sin entrar en muchos detalles, los personajes dejan de afrontar sus miedos y sus dudas para, casi por arte de magia, saber cuál es su futuro y su misión antes de desaparecer. Aunque sin duda el mayor reto es el que presenta el niño llamado Victor (Swann Nambotin), evidente epicentro de la trama y cuyo origen es inexplicable.

Al final, Les revenants explica una serie de conceptos más o menos innecesarios (desde luego, poco apropiados para el libre albedrío del espectador) pero se deja en el tintero lo más importante: de donde sale ese primer muerto viviente. La comparación entre la primera y la segunda temporadas, que deben ser entendidas como un paisaje dramático y su distorsionado reflejo, evidencia la importancia de mantener siempre un carácter humano y social en este tipo de historias, huyendo en la medida de lo posible de grandes teorías filosóficas que, aunque puedan ser correctas, no hacen sino obligar al espectador a aceptar una teoría. Y en estos casos, más que en cualquier otro, la mente del espectador suele discurrir por senderos muy personales.

‘Hannibal’ se adentra en las novelas de Harris en su 3ª temporada


'Hannibal' es encarcelado en su prisión de cristal en la tercera temporada.Bryan Fuller (serie Criando malvas), creador de la obra de arte que explora los orígenes del caníbal más famoso del cine, tenía un plan para desarrollar Hannibal en varias temporadas. Dicho plan, truncado sin explicación alguna por fuerzas ajenas a él, contemplaba que el personaje interpretado por Mads Mikkelsen (La caza) fuera incorporando a su historia las novelas de Thomas Harris. Personalmente espero que podamos llegar a ver el resto de temporadas, pero a falta de eso esta tercera y última entrega deja un avance de lo que podremos encontrarnos. Y desde luego no solo está a la altura de etapas anteriores, sino que es el puente natural y perfecto entre elegancia y sadismo, entre inteligencia y violencia.

Y es que estos 13 episodios contienen todo aquello que siempre ha caracterizado al personaje, desde la cárcel de cristal hasta la famosa máscara, aquí modificada ligeramente para la ocasión. Con dos partes perfectamente diferenciadas, esta nueva temporada se aleja sutilmente de los elementos más sugerentes de la trama para convertirse en algo más explícito, más salvaje y sangriento. Y aunque es cierto que en la segunda temporada ya se deja entrever la verdadera naturaleza de Hannibal Lecter, es en estos capítulos cuando el espectador debe afrontar realmente la crudeza de un animal extremadamente inteligente. La sangre, las vísceras y la acción se apoderan poco a poco de la trama para concluir con un final tan épico como abierto.

Y ese carácter evolutivo de la historia es lo que juega tanto a su favor como en su contra. Es evidente que la historia de este doctor necesitaba de una visceralidad mayor que dotara al personaje de las herramientas necesarias para su inclusión en la cárcel. Dicho de otro modo, tenía que cometer errores. En este sentido, Fuller aprovecha la relación de los personajes principales, sobre todo del que interpreta Hugh Dancy (Martha Marcy May Marlene), para mostrar ciertas debilidades en un rol que, por otro lado, es casi sobrehumano. Gracias a ello, Lecter adquiere una dimensión “mortal” que le hace más próximo, más reconocible. Y eso puede que sea lo que menos guste a aquellos que disfruten con la primera y segunda temporada y ese juego intelectual que aquí se diluye.

Sin embargo, la forma en que sus responsables reconvierten la historia es sumamente pedagógica. A través de unos primeros episodios más simbólicos, que exigen del espectador una atención y comprensión mucho mayores de lo visto hasta ahora, Fuller disecciona la compleja relación Lecter-Graham, hasta el punto de convertirlos en dos caras de una misma moneda, explotando al máximo, además, lo sembrado en las temporadas anteriores. Y es gracias a esa relación que la segunda parte de la temporada puede desarrollarse sin complejos, y que permite además la incorporación de nuevos personajes de las novelas, haciendo más reconocible si cabe al protagonista.

El Dragón Rojo

Independientemente de lo que ocurre en Italia, y que tiene muchas, muchísimas referencias a Hannibal (2001), lo más interesante es la introducción del asesino conocido como el Dragón Rojo, primera novela de Harris y que ha sido llevada al cine en varias ocasiones. Encarcelado el caníbal, la presencia de un nuevo asesino psicópata abre un nuevo mundo de interpretaciones, de secuencias casi oníricas y muy simbólicas que enriquecen la trama, y que aportan una especie de contrapunto al personaje de Lecter, más o menos como ocurrió con el asesino de la primera temporada. A esto se suma una más que lograda interpretación de Richard Armitage (En el ojo de la tormenta) como un hombre atormentado y entregado a sus más oscuros deseos.

La relación a distancia entre Hannibal y el Dragón Rojo, y la relación presencial entre Hannibal y Graham, compone un triángulo que mantiene en todo momento esa especie de amor-odio que se desprende en todo momento en la serie. La persecución entre el ratón y el gato adquiere en estos episodios, sobre todo en los últimos, una mayor incógnita, desconociendo en todo momento quién persigue a quién. El hecho de poder mantener esa esencia a pesar de los cambios en las situaciones de los personajes y de la introducción de nuevas tramas es, sin duda, el mayor logro de la tercera temporada.

Asimismo, el arco dramático de Lecter sirve como paraguas para proteger y llevar a buen término la mayoría de las tramas secundarias que quedaron abiertas con el final de la segunda temporada. Tramas que, en su mayoría, están bien integradas en el resto de la serie, aunque no en todos los casos, lo que genera cierta irregularidad en el ritmo. Así, esta última temporada se ve obligada a abandonar algunos personajes en beneficio del conjunto para retomarlos mucho más tarde, lo que crea una sensación de personajes comodín que en ningún caso beneficia a la imagen general de la trama, aunque dada la complejidad de la historia resulta comprensible.

Sea como fuere, la tercera y última temporada de Hannibal es una delicia a disfrutar para los amantes del personaje y de la serie. Combinación perfecta entre las novelas y el mundo creado por Bryan  Fuller, el cambio que registra el tono general de la ficción invita a pensar que la prematura cancelación ha obligado a un cambio de planes que, por fortuna, sale notablemente bien parado. El final abierto, épico y violentamente sangriento, es una promesa de que el futuro de Lecter no está, ni mucho menos, resuelto. Independientemente de que llegue o no ese futuro, las tres temporadas que deja tras de sí son, sencillamente, una obra de arte.

‘La novia’: unas bodas de sangre incalificables


Irma Cuesta es 'La novia', basada en las 'Bodas de Sangre' de Lorca.Escribo estas líneas apenas unas horas después de ver lo que a todas luces es la película española del año, y la que debería ser la gran triunfadora de los próximos premios Goya. Soy consciente de que lo que se lea a continuación tiene un alto grado de subyugación por la belleza, la emoción y la pasión que desprenden todos los fotogramas del film de Paula Ortiz (De tu ventana a la mía). No hay casi reflexión ni sesudo análisis de cada aspecto fílmico de esta obra. En realidad, no es necesario.

Porque La novia no necesita de mucho tiempo para enamorar al espectador. Y esa pasión con la que emociona permanecerá minutos, horas, días y semanas después de ser disfrutada. Y sí, solo puede disfrutarse. Disfrutar de su arrebatadora puesta en escena, con unos paisajes tan agrestes como cálidos, tan duros como atractivos. Disfrutar de su reparto, desde Inma Cuesta (La voz dormida), que vuelve a erigirse como una de las mejores actrices del momento, hasta los dos hombres que luchan por su amor, ambos en estado de gracia. Lo cierto es que todo en esta dramática historia inspirada en las ‘Bodas de sangre’ de Federico García Lorca es perfecto, lo que da lugar a una obra redonda, simplemente brillante y a la que cualquier calificativo, cualquier clasificación, se le queda corta.

Y es que más allá del aspecto visual está el narrativo. Simbólicamente enriquecedora, la directora se nutre de numerosas influencias pictóricas, musicales y literarias para expresar sentimientos que van más allá de lo que aparentemente puede verse en pantalla, que por cierto ya es mucho. Desde Goya hasta el rey Arturo, pasando por Leonard Cohen, todo en la cinta está encajado perfectamente para transportar al espectador a un mundo casi onírico en el que el expresionismo y algunos toques surrealistas narran aquello que el ojo no ve. Todo para explicar el doloroso debate emocional y moral al que se somete la joven novia aconsejada por una anciana que guarda el golpe maestro final de una obra maestra.

Dicho esto, habrá quienes tal vez no encuentren en La novia todo aquello que trata de expresar. Incluso muchos simplemente vean en la cinta de Paula Ortiz un triángulo amoroso bellamente envuelto, pero nada más. Sin embargo, sí hay más. Mucho más. Quizá la evidencia más clara sea la facilidad con la que poesía y narrativa se combinan en una historia de sangre, pasión y muerte. Pero eso es solo la punta de un iceberg emocional mucho más grande. Una película de obligado visionado.

Nota: 10/10

‘Sicario’: territorio de lobos sin fronteras


Emily Blunt, Josh Brolin y Benicia Del Toro en 'Sicario', de Denis Villeneuve.Decir que hay muchas películas sobre la lucha contra la droga en la frontera entre Estados Unidos y México sería quedarse corto. Todas ellas, sea cual el tono de la trama, suelen tener en común un desarrollo dramático que se desarrolla en los mismos escenarios, con personajes muy parecidos y con motivaciones casi idénticas. Por eso, la obra de Denis Villeneuve (Enemy) sorprende sobremanera. Sus personajes, aunque vagamente conocidos, están espoleados por otro tipo de motivaciones, y por un contexto moral y ético que cambia radicalmente el objetivo de la historia.

No cabe duda de que, aunque todo gira inicialmente alrededor de Emily Blunt (El hombre lobo), el verdadero protagonista de Sicario es Benicio Del Toro (El juramento). Y lo es no solo porque el actor engrandece (una vez más) un buen personaje, sino porque el trasfondo emocional de este asesino a sueldo es tan humano que el espectador logra sentir el conflicto interno entre el bien y el mal, desdibujados en una frontera dominada por los cárteles de la droga. Y aunque Del Toro está excepcionalmente brillante, sería injusto no reconocer la labor de un reparto impecable, cada uno midiendo en todo momento las capacidades de sus personajes para ofrecer más caras de las que aparentemente podrían tener los personajes.

Pero a estos personajes y a esta historia tan conocida como diferente es necesario dotarlos de algo más, de una vitalidad narrativa que Villeneuve logra con un movimiento de cámara personal, sutil y elegante. El modo en que el director aprovecha los planos aéreos es simplemente indescriptible, dotando de tensión momentos que, aparentemente, carecen de interés. Por supuesto, su capacidad para medir los tiempos en las secuencias de acción es igualmente loable, fundamentalmente porque recrudece la violencia y la tensión dramática de dichos momentos. Gracias a su puesta en escena, la intranquilidad del personaje de Blunt se traslada a todo el metraje, manteniendo al espectador en una constante alerta ante lo que pueda ocurrir, impidiéndole prever un claro final.

De este modo, Sicario se convierte en un film más que notable en el que todos sus elementos, desde la puesta en escena hasta la música, desde la estructura del guión hasta la interpretación de los actores, están al servicio de la historia, pero al mismo tiempo la engrandecen. Villeneuve vuelve a demostrar el amplio abanico de recursos narrativos que posee, y aunque es Benicio Del Toro quien se lleva la palma, sería injusto no reconocer la calidad de la fotografía (ese final de noche con las cámaras de visión nocturna es brillante), de su banda sonora o del diseño de producción. Uno de esos films que dan una nueva vuelta de tuerca a un tema ya conocido, y que lo hacen de forma espléndida.

Nota: 8/10

‘Caza al asesino’: un engaño de vida o muerte


Javier Bardem y Sean Penn protagonizan 'Caza al asesino'.No sé si será por el atractivo del reparto. No sé si será por los tráilers, que no tienen reparos en engañar al público con tal de que eso se traduzca en más ingresos. Ni siquiera sé si será por el género cinematográfico. El caso es que hay películas que generan en el espectador unas expectativas muy distintas a las que realmente es capaz de satisfacer. Cuando dichas expectativas son bajas, el resultado es más que satisfactorio. Cuando dichas expectativas son altas, la decepción es directamente proporcional.

Toda esta reflexión viene a cuento de Caza al asesino, thriller de acción que, podría pensarse, es un vehículo para que actores de la talla de Sean Penn (Mi nombre es Harvey Milk) o Javier Bardem (Come Reza Ama) puedan dar el máximo y crear una intriga sólida, plagada de recovecos narrativos y con un desenlace apasionante. Pero ni lo uno ni lo otro. Sí, los actores, todos en su conjunto, están espléndidos. Lo cierto es que no se esperaba menos. El problema es que la historia es tan endeble que ni siquiera ellos son capaces de sustentarla.

El desarrollo dramático de la cinta dirigida por Pierre Morel (Venganza) es sumamente irregular. Sus intentos por equilibrar acción con historia resultan fallidos desde el momento en que la trama se afana en resolver de la forma más larga e innecesaria posible el triángulo amoroso en el que se ven envueltos Penn y Bardem. Este punto de inflexión, unido a otros fenómenos como unos diálogos poco creíbles o una intermitencia en el ritmo, es indicativo del carácter del film, al que le sobran muchos minutos y le faltan muchas más secuencias de acción.

Que lo más interesante de Caza al asesino sea un diálogo que transcurre poco antes de que comience el tercer acto es muy sintomático. Sus errores no se constriñen, por tanto, a un problema formal, a una mala realización o a un guión con personajes excesivamente tópicos. No, el verdadero problema de la cinta de Morel es de fondo, de concepto. El guión es incapaz de dotar de realismo a los personajes, algo que por desgracia se filtra a la labor del reparto, que hace lo que puede. Y para colmo, las historias secundarias apenas influyen en el devenir de la historia principal, lo que crea un vacío narrativo que no se completa con nada. No sé si será cosa de las expectativas, pero lo cierto es que la cinta no caza al espectador.

Nota: 4/10

Quinta temporada de ‘The Walking Dead’ (II), de hombres y lobos


Rick Grimes pierde los papeles en la segunda parte de la quinta temporada de 'The Walking Dead'.Hay pocas series que generen sensaciones tan contradictorias como The walking dead. Su desarrollo dramático en 16 episodios divididos en dos etapas se pasa literalmente en un suspiro, dejando con ganas de saber más, de conocer el porvenir de unos personajes que se han ganado a pulso estar entre los mejores de la ficción moderna. Pero al mismo tiempo, en cada capítulo se desarrollan y se plantean tantas ideas que es necesario prestar atención a cada minuto de metraje. Y desde luego la segunda etapa de esta quinta temporada no lo es menos. Habrá quien tal vez crea que no ha habido un avance significativo en lo visto anteriormente, y que incluso crea que se ha perdido algo de violencia con respecto a temporadas previas. Bueno, pues para eso está este final de temporada.

Porque sí, los 8 episodios que ahora analizamos tienen de todo, desde desarrollo dramático hasta vísceras y, desde mi punto de vista, el momento más tenso, salvaje y violento visto en la serie. Pero sobre eso incidiré más adelante. Y es que si algo caracteriza a la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city), y al cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore en el que se basa, es el tratamiento de sus personajes, el modo en que evolucionan y, sobre todo, cómo su entorno les cambia hasta hacerles parecer otra persona. Y destaco la palabra “parecer”, pues en el fondo el espectador, compañero infatigable de sus desventuras, cambia con ellos, lo que le otorga un punto de vista único y privilegiado.

Todo ello queda representado en los últimos episodios de esta temporada de The walking dead. El contraste entre el grupo de Rick Grimes (de nuevo un soberbio Andrew Lincoln, visto en Love Actually) y la comunidad de Alejandría a la que llegan no solo refleja el cambio experimentado por los protagonistas, sino que genera una especie de salto temporal en el que pasado y presente se mezclan para encaminarse a un futuro común. O lo que es lo mismo, basta únicamente un repaso mental a las actitudes de la primera y segunda temporada para comprender que las decisiones de ese pueblo están muy próximas a las que habría tomado el propio Grimes en sus comienzos, antes de experimentar todo lo experimentado. Este contraste, no por casualidad, no crea animadversión hacia la violencia desarrollada en el protagonista, más bien al contrario: genera incomprensión hacia la actitud de un grupo de personajes que parecen vivir ajenos a la realidad de la ficción.

Aunque si hay que hablar de cambio es imprescindible mencionar lo ocurrido en el episodio 8, o lo que es lo mismo, en el primero de esta segunda etapa. Sin entrar en demasiados detalles, simplemente hay que destacar que es una de las pocas veces, si no la primera, en que una ficción muestra lo que experimenta un infectado por un mordisco de zombie. Y lo hace de la mejor forma posible. El cambio que se produce en el personaje es fundamentalmente psíquico, aprovechando todos los traumas, toda la muerte y la violencia desarrollada a lo largo de la serie para ofrecer un debate sobre la bondad, la crudeza y el instinto de supervivencia del ser humano. Una reflexión que impacta por el resultado final, pero que pone sobre la mesa interesantes propuestas que encuentran cierto eco en el resto de la temporada.

Puertas giratorias

El final de esta temporada de The walking dead pone de manifiesto que el grupo encabezado por el personaje de Lincoln ha dejado de ser inocente. Se ha convertido, en cierto modo, en lobos capaces no solo de defenderse, sino de tomar por la fuerza algo que consideran que debe ser salvado. Objetivamente, esto les convertiría en villanos, pero por supuesto es una idea que en ningún momento puede llegar a plantearse. Dicho esto, estos 8 capítulos están lejos de terminar de forma pacífica. El gancho utilizado, en esta ocasión, se ha desarrollado a lo largo de toda esta segunda parte, primero con esos zombies con W grabada en la frente, y luego con los primeros indicios de un grupo, posiblemente mayor, que se autodenominan “lobos”. La presencia de esta nueva amenaza, unido a la violencia de algunos momentos, plantea un futuro prometedor para la serie (aquellos que hayan leído la novela gráfica ya se hacen una idea).

Pero no puedo dejar pasar el momento más impactante de la temporada, y puede que de toda The walking dead. Me refiero a la secuencia desarrollada en esa puerta giratoria en la que tres personajes se ven acorralados por muertos vivientes a ambos lados de la misma. La tensión desarrollada está al nivel de otras muchas secuencias, es cierto, pero el grado de violencia es muy alto, diría incluso que extremo. Desmembramientos, mordiscos y explosiones de sangre se dan cita frente a los ojos de un aterrado Steven Yeun (Orígenes), quien compone una de las mejores interpretaciones de su personaje Glenn. Ambos conceptos, tensión y violencia, crean una de las mejores piezas en cuanto a intensidad dramática se refiere, y modifican sustancialmente el desarrollo posterior.

Claro que no es la única secuencia violenta, aunque es algo que solo los fans de la serie pueden “disfrutar”. Lo cierto es que la evolución del arco dramático principal, aquel que implica al rol de Lincoln, va en paralelo a la evolución del protagonista. Si en la primera parte se apreciaba el claro cambio experimentado en el personaje, en esta segunda parte dicho cambio no solo es manifiesto por el contraste con la comunidad de Alejandría, sino que se convierte en parte intrínseca de los argumentos narrativos. Ya no se trata de recurrir a la violencia para sobrevivir (matar para subsistir), sino que la violencia es parte del mundo en el que viven y debe ser utilizada para proteger a aquellos que la rechazan, incluso aunque no comprendan el verdadero significado de esa actitud (matar para salvar). En este sentido es muy significativo el final de la temporada, tanto lo que ocurre en la reunión junto al fuego como el renovado protagonismo de la katana.

Personalmente, The walking dead logra evolucionar definitivamente hacia un estado de violencia innata, lo que no solo hace que avance dramáticamente sino que mejora sustancialmente lo visto hasta ahora. Pero más allá de interpretaciones lo que está claro es que esta quinta temporada ha sabido sobreponerse a su carácter nómada para sentar las bases no solo de una narrativa más sedentaria (al menos desde la localización), sino del equilibrio entre profundidad dramática y violencia explícita. Unas bases necesarias para lo que está por llegar, que en palabras de su protagonista es una tormenta en toda regla. Lo bueno es que en octubre regresa. Lo malo es que hasta entonces tendremos que vagar como los muertos vivientes de esta magnífica serie.

‘Las tres luces’, el romanticismo de una Muerte cansada según Lang


La Muerte es el eje narrativo de 'Las tres luces' de Fritz Lang.El expresionismo alemán suele asociarse siempre a una estética que enfatiza el carácter onírico y simbólico de historias que tienen, o al menos eso se ha interpretado con el paso del tiempo, un trasfondo político marcado por una época histórica convulsa. Uno de los máximos referentes fue Fritz Lang, director del que ya hemos hablado en más de una ocasión en Toma Dos. Pero antes de grandes obras como Metrópolis (1927) hubo películas tal vez menores pero de un incipiente expresionismo que, contrariamente a lo que pueda pensarse, huía del contenido político o social para desarrollar el romanticismo en su forma más pura, es decir, aquella que ensalza el verdadero amor como aquel que traspasa la vida y la muerte. Me estoy refiriendo a Las tres luces (1921).

También conocida como La muerte cansada, su trama narra la desesperada lucha de una novia contra el destino y la propia muerte para salvar el alma de su amado, al que esta última se ha llevado inesperadamente. A través de tres relatos de diferentes influencias culturales la joven deberá demostrar a una humanizada muerte que en el mundo existen motivos para poder salvar un alma bondadosa. Sin embargo, el repetitivo y fatídico resultado de esas tres historias no solo abrirá los ojos a la joven ante una realidad difícil de aceptar, sino que llevarán a la mujer a encontrar el camino del verdadero amor. De este argumento se desprenden numerosos atractivos dramáticos, aunque como suele ocurrir en la obra de Lang lo más destacable es la factura técnica y la capacidad simbólica de su narrativa.

En efecto, el título de Las tres luces hace referencia a esas tres vidas que la joven debe salvar en parajes exóticos. Tres vidas representadas por tres velas a punto de consumirse en una habitación plagada de llamas de diferentes alturas que, como la vida misma, están condenadas a consumirse. En este contexto, el otro título que recibe la película no hace sino destacar el carácter casi derrotista de un personaje, la Muerte (al que da vida Bernhard Goetzke, visto en El misterio del cuarto azul), hastiado de una responsabilidad que le ha convertido en un ser distante, frío e insensible. Los diálogos entre este y la joven, interpretada por Lili Dagover (El gabinete del Doctor Caligari), reflejan una profundidad emocional que dista mucho de las clásicas diatribas sobre el sentido de la muerte, acercándose más a la necesidad de que exista amor en el mundo.

A este concepto subyacente del amor por encima de la muerte se suman otras ideas más expresionistas, como ese muro sin puertas ni ventanas que representa la separación entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, al que solo puede accederse a través de una escalera, elemento recurrente del movimiento artístico y cuyas interpretaciones van desde la conexión entre mundos al carácter laberíntico de una estructura que, según la perspectiva, va en un sentido o en otro. Todos estos elementos juegan a favor de una historia compuesta, en realidad, por tres historias casi idénticas que no hacen sino reforzar la idea principal de que nada puede detener el “trabajo” de Muerte, pero sí existe algo que puede sobreponerse a ello.

Tres mundos

Lo cierto es que las historias que se narran en Las tres luces importan relativamente poco en el análisis fílmico de este clásico de Lang. Puede parecer un contrasentido, pero en realidad cada una de esas historias debe ser vista como una especie de cuento corto cuya utilidad, más que dramática, es narrativa y argumental. Así, cada una de esas historias supone un escalón más (de nuevo el concepto de escalera) hacia la comprensión final de la protagonista, cuya lucha comienza siendo física y termina por ser espiritual. Eso no quiere decir, en ningún caso, que las tres historias no posean alicientes visuales que analizar.

Sin ir más lejos, la última de ellas incorpora un interesante recurso de combinación de tamaños que luego se utilizaría en otras obras del director. La aparición de elementos de pequeño tamaño en una secuencia protagonizada por actores a su tamaño real en la China Imperial encuentra, a su vez, un significado interesante que confirma no solo la idea de que todo elemento ante la Muerte parece ínfimo, sino que es el colofón al proceso iniciado con la primera historia ambientada en las Mil y una Noches, en la que la joven está a punto de salvar al amado hasta que este es alcanzado por una flecha lanzada por ese destino inevitable.

La conclusión del film es, además, uno de los momentos más emotivos y dramáticos de esta historia. Independientemente de lo que ocurre en la secuencia, y que no desvelaré, lo interesante se encuentra, como es habitual en el cine de Fritz Lang y en el expresionismo en general, en la interpretación de los acontecimientos. En realidad, la moraleja evidencia que el punto de vista de la joven protagonista era erróneo, pues tiende a verlo desde la egoísta perspectiva de aquel que vive y pretende cambiar el mundo para hacerlo a su semejanza, cuando en realidad debe ser él (o ella, en este caso) quien cambie para adaptarse a un mundo que es incapaz de controlar. Es este contraste de ideas el que dota al conjunto de un carácter mucho más emotivo y dramático del que cabría esperar viendo el desarrollo casi aventurero y onírico de sus historias.

Gracias a todo ello, Fritz Lang compone una obra atemporal, mágica y fundamental. Las tres luces se revela así como un clásico cuyo mensaje, a diferencia del expresionismo que llegó después, aborda el tema del amor y la muerte recurriendo a la fantasía pero creando un desarrollo dramático cuya estructura se podría considerar clásica. El planteamiento, nudo y desenlace se encuentran representados en este caso por tres historias que, aunque puedan parecer similares, esconden un trasfondo que hace evolucionar a la protagonista hasta alcanzar la comprensión final de que para que el amor venza a la muerte no es necesario luchar contra ella, sino aceptarla. Una obra, en definitiva, compleja y completa en todos sus aspectos.

La complejidad de ‘El Padrino II’ como arma para superar al original


Al Pacino vuelve a ser Michael Corleone en 'El Padrino, Parte II'.Hace aproximadamente 40 años Francis Ford Coppola, autor de la que posiblemente sea la mejor trilogía de la historia del cine, lograba algo inaudito en los 87 años que llevan celebrándose los Oscar: que una secuela se hiciera con el galardón a la Mejor Película. Desde luego, fue el año de El Padrino, Parte II, estrenada en 1974, entre otras cosas porque además de convertirse en la única cinta en lograr igualar en este sentido a su predecesora (El Padrino logró el galardón dos años antes), superó al original en el número de premios: seis frente a tres. Cada uno podrá encontrar los motivos que quiera para este extraño fenómeno, pero en líneas generales todos los argumentos se pueden resumir en que la secuela fue mejor que la primera parte. Y eso es mucho decir.

En realidad, lo que mejor define al film de Coppola es su capacidad para no convertirse en un mero vehículo repetitivo de los quehaceres mafiosos de la familia Corleone. Mientras que la primera parte aborda el ascenso del personaje interpretado por Al Pacino (El precio del poder), esta continuación narra los problemas a los que se enfrenta como capo de la familia. Esto permite al director explorar una serie de líneas dramáticas que no pudieron tratarse en la primera parte, desde el conflicto puramente matrimonial hasta las traiciones en el seno familiar, sin duda uno de los momentos más impactantes del relato. Es esta intensidad dramática lo que ensalza la historia hasta convertirla en algo único, independiente de El Padrino pero que bebe de sus influencias y de sus acontecimientos.

Dicho de otro modo, no es necesario haber visto la primera parte para poder disfrutar de la segunda, aunque sí es conveniente. En esta reflexión juega un papel fundamental la narrativa de cómo un joven Vito Corleone (al que da vida un magistral Robert De Niro) llega a Estados Unidos y logra convertirse en jefe de la mafia. Los paralelismos que el director es capaz de plasmar en pantalla entre las historias de padre e hijo a edades similares son fascinantes. Como si de un bucle temporal se tratara, ambos deben hacer frente a amenazas externas, a venganzas del pasado y, en definitiva, a luchar por la posición social que han logrado adquirir. Lo que en la primera parte era un mero relato de un joven que se involucra poco a poco en los negocios familiares, en El Padrino II se convierte en un drama acerca de las amenazas que conlleva el poder, y cómo ni siquiera los lazos de sangre impiden las traiciones.

Todo ello bajo una estructura narrativa relativamente similar, lo que hace aún más complejo el equilibrio entre la novedad y la repetición de conceptos. Lo cierto es que esta continuación responde a esa idea de ofrecer más de todo sin perder la esencia. En efecto, la segunda parte aprovecha los hitos dramáticos más clásicos de la trama (un negocio en ciernes, una traición, una sospecha, una respuesta final) para erigirse como algo sensiblemente distinto, fundamentalmente por el alcance dramático de los acontecimientos y de las decisiones. En líneas generales, el original abordaba el conflicto desde el punto de vista de “buenos y malos”; la segunda entrega apuesta más bien por la sutileza y por no establecer los roles desde el primer momento.

Muchas historias para un final

Uno de los aspectos más notables de El Padrino II, y que también se encuentra en El Padrino, es su capacidad para hilvanar las diferentes tramas sin que esto provoque una desconexión de los acontecimientos por parte del espectador. Y en esta segunda parte no hay que olvidar que se introducen historias protagonizadas por dos personajes diferentes en épocas distintas. El motivo principal de que esto ocurra cabe buscarlo en que, precisamente, lo narrado en todas estas historias tiene un nexo común: los fantasmas que asaltan al personaje de Pacino. Todo lo narrado en el film, incluso aquellos momentos protagonizados por De Niro, tienen como objetivo abordar los conflictos emocionales a los que se enfrenta el protagonista, y que encuentran un reflejo físico en el desarrollo del arco dramático.

Así, la historia es en realidad un viaje personal por la mente de un hombre llamado a convertirse en un referente que nunca quiso ser, pero que acepta de buen grado. Sus intentos por sacar a su familia de negocios ilícitos contrastan con la brutalidad con que afronta, por ejemplo, la relación con el personaje de Diane Keaton (Annie Hall) y los hijos de ambos. Brutalidad emocional más que física, pero brutalidad al fin y al cabo. Quizá sea esto lo que más fascina del personaje de Michael Corleone, su incapacidad para afrontar los problemas sin utilizar la violencia. Sea como fuere, su forma de afrontar los retos dramáticos que se plantean y las decisiones que eso conlleva son lo que han convertido a este rol en uno de los inmortales del cine.

Pero antes mencionaba que esta continuación mantiene una estructura similar al original. Para poder comprobarlo solo hay que ver cómo resuelve Coppola todos los cabos sueltos que van quedando a lo largo de la trama. Ese final en el que mientras el piadoso protagonista está celebrando una ceremonia eclesiástica se suceden una serie de asesinatos ordenados por él es un clásico que resume a la perfección todos los contrastes de los que se nutre la trama para construir la complejidad que desprende. Y es la que permite explicar determinados comportamientos del protagonista, dispuesto a eliminar a todos sus enemigos.

Habrá muchos que no consideren a El Padrino II como un film superior al original. Y tal vez no solo sea desde un punto de vista artístico. Pero la construcción de su trama, apoyada en las diferentes líneas argumentales desarrolladas de forma conjunta, es mucho más compleja y más elaborada que la de El Padrino. Y eso es mucho decir si tenemos en cuenta que el original de 1972 no es precisamente un film sencillo. Es precisamente esa capacidad de superación lo que lleva a la continuación a convertirse en un relato único, independiente y con giros argumentales mucho más elaborados. Un clásico, en definitiva, que ha sabido encontrar su hueco en la historia sin tener que depender exclusivamente de una historia previa.

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