‘Tenet’: la respuesta del futuro


Aviso a navegantes: lo último de Christopher Nolan (Origen) es la máxima expresión de todos los temas que le han obsesionado a lo largo de su carrera. El tiempo, cómo afecta de forma diferente a los personajes, las diferentes realidades y las leyes a las que obedecen, las relaciones humanas a través del espacio y del tiempo. Y como se menciona en el film, cómo lograr que el futuro, en lugar de escuchar lo que le cuenta el pasado, responda en una inversión temporal. Todo eso y más, mucho más, es Tenet, así que si no te gustaron sus anteriores obras, esta posiblemente la rechaces de plano. Si por el contrario las amaste, este thriller de espías y paradojas temporales va a lograr que te estalle la cabeza.

Dicho esto, entremos de lleno en la película. Lo que el director consigue con esta épica, inmensa y compleja obra es algo simplemente inaudito. Es cierto que este tipo de argumentos se han tratado en infinidad de ocasiones, pero nunca así y nunca con un trasfondo como este. Una lucha contra una amenaza que no procede de ningún país soviético o árabe, sino de otro tiempo. Una lucha que se debe desarrollar en, literalmente, los dos sentidos de la realidad. Viendo el film uno se pregunta, lo primero, cómo se han conseguido rodar algunas escenas, y lo segundo, cómo alguien es capaz de plasmar algo semejante en un guion para que todo un equipo sea capaz de rodarlo. Ahí está la genialidad de Nolan en una película sencillamente espectacular, imprescindible para entender no solo su trayectoria, sino el cine actual y, posiblemente, el que vendrá.

Porque el director de Memento (2000) es uno de los directores que marcarán a las futuras generaciones con historias como la de Tenet. Visualmente apabullante, conceptualmente imprescindible, el director maneja los tiempos de la trama de forma magistral, convirtiendo el relato, en un primer momento, en un viaje en busca de esa arma capaz de acabar con el mundo, para a continuación transformarla en una batalla contra el propio tiempo. Cuando digo que maneja los tiempos de forma magistral no me refiero a los evidentes efectos que ofrece el film, sino al modo en que se presentan. Primero una bala, luego una lucha, una persecución y, finalmente, ese clímax tan apoteósico que merece ser revisionado una y otra vez. Es la teoría del crescendo dramático aplicado al suspense de la ciencia ficción, y desde este punto de vista muchos guionistas podrían (y deberían) aprender de Nolan.

Personalmente, creo que estamos ante una extraordinaria película. ¿Obra maestra? Eso solo lo dirá el tiempo. Pero el film tiene un problema, o más bien adolece de lo que suelen adolecer estas historias. Y es que, cuando el espectador acepta las reglas del juego, hay costuras temporales que no terminan de encajar del todo bien. Dicho de otro modo, algunos momentos y paradojas temporales chocan frontalmente con la propia teoría que plantea el director. Repito: no es algo exclusivo de Nolan, sino de un concepto argumental tan complejo e intrincado que es difícil, muy difícil salir completamente airoso. Nolan, desde luego, saca una de las mejores notas que podrían obtenerse.

El consejo a la hora de afrontar Tenet es simple. Sentarse, estar atentos a los detalles de la primera media hora y disfrutar. Sobre todo disfrutar. Del viaje, de la espectacularidad, de la originalidad, de un reparto inconmensurable, de una puesta en escena soberbia, de una banda sonora extraordinaria, de una fotografía elegante y calculada. Tiene algunas debilidades, como la ya mencionada o algunos diálogos excesivamente crípticos. Pero en definitiva, es una obra sobresaliente, capaz de dejar al espectador con ganas de más, preguntándose todo tipo de conceptos filosóficos y hasta metafísicos solo para tratar de comprender una mínima parte de lo que ha visto. Por eso es recomendable, al menos, verla una segunda vez.

Nota: 9/10

‘Under the skin’: un viaje intimista narrado con la fotografía


Han tenido que pasar 7 años y casi un cambio de década para que veamos en los cines españoles la que es, posiblemente, la cinta más perturbadora y poéticamente bella de Jonathan Glazer (Sexy Beast). Y la espera merece la pena, aunque el resultado, desde luego, no es para todos los gustos. No por su visceralidad ni por los incómodos momentos que logra con un tempo narrativo pausado y casi autómata, sino porque su historia, cargada de simbolismo, puede que no termine de enganchar a todo tipo de públicos.

Y la verdad, no creo que fuera ese el objetivo de Glazer en Under the skin. Más bien al contrario, ha buscado una estética muy concreta para narrar la evolución de una protagonista interpretada magistralmente por Scarlett Johansson (Vicky Cristina Barcelona), quien se pone en la piel, nunca mejor dicho, de un personaje arriesgado, complejo y emocional a pesar de su apariencia casi robótica. Resulta muy interesante el uso que el director hace no solo de la estética de la protagonista, sino de la puesta en escena. El recurso de los colores, primero grises y apagados y luego, poco a poco, introduciendo tonos más cálidos hasta llegar a llenar toda una habitación de rojo, para a continuación recuperar el frío y la distancia, se convierte en una narrativa emocional de la protagonista mucho más poderosa que cualquier mirada, no digamos ya diálogo. La labor de la protagonista, en este contexto, refuerza ese lenguaje audiovisual del director, cuyas referencias iniciales a numerosos títulos de ciencia ficción son más que evidentes.

El principal problema de la película puede estar en el hermetismo y en el sentido enigmático de muchos de sus pasajes. Si bien es cierto que el relato se comprende en su marco general, y que el espectador puede interpretar las motivaciones y posiciones que ocupa cada personaje, no se puede obviar que hay determinados fragmentos de la historia que habrían requerido alguna explicación más. No tanto a través de secuencias o diálogos, sino más bien abordando el origen de los mismos, que permitan comprender mejor su papel en el delicado entramado emocional que construye el director. En todo caso, no son imprescindibles para comprender el mosaico global del film (de hecho, se pueden intuir muchas de las aristas de estos roles) y, de hecho, no interfieren en el mensaje final y en la moraleja del film, en la que un personaje frío que solo entiende las relaciones como un vehículo para cazar a sus presas recibe el mismo trato una vez baja la guardia y se vuelve más humana.

Desde luego, Under the skin es una obra compleja, un viaje emocional que, como su propio título indica, se encuentra debajo de la piel. A diferencia de su protagonista, que prácticamente mantiene el mismo rictus durante todo el film, el director aprovecha el escenario, las frías calles y los grises cielos para narrar un arco dramático sumamente interesante a través de la fotografía, sin grandes giros argumentales (reducidos estos a la mínima expresión, lo que puede ser un inconveniente en algunos casos) pero con una profundidad que marcan el devenir de la historia irremediablemente. Intimista, calculadora, perturbadora en algunos momentos, poética en muchos otros, la obra de Glazer es una de esas películas que con los años, no solo los que han pasado ya, puede convertirse en un referente para próximas generaciones. En cierto modo, ya lo es. Y eso, guste más o menos, sea mejor o peor film, la convierte en una obra clave.

Nota: 7/10

3ª T. de ‘Westworld’, o cómo los humanos se parecen a los robots


Confieso que sentía curiosidad por el modo en que Westworld iba a desarrollarse después de abandonar el parque, es decir, la esencia de su historia, para adentrarse en el avanzado mundo tecnológico que se intuía en las primeras temporadas. Estando detrás del proyecto Lisa Joy (serie Último aviso) y, sobre todo, un genio como Jonathan Nolan (creador de Person of interest y de muchos de los films dirigidos por su hermano, Christopher Nolan), el resultado no ha decepcionado, aunque desde luego se aleja mucho del sentido original para dar una vuelta de tuerca al concepto de humanidad, alma, libre albedrío y sociedad, plasmando en pantalla un complejo laberinto de intereses que, todo hay que decirlo, toma algunos elementos ya utilizados en la serie que protagonizó Jim Caviezel (La pasión de Cristo).

Lo cierto es que estos 8 episodios (una temporada un poco más corta que las anteriores) plantean una estética, un diseño de producción y un concepto narrativo completamente diferente. Si las anteriores etapas eran laberinto en el que presente y pasado se mezclaban como si de la mente de uno de los robots se tratara, en esta tercera parte el lenguaje es mucho más directo, más lineal si se prefiere, aunque cargado de giros argumentales que dirigen la trama en un sentido muy concreto y mucho más profundo de lo que podría parecer en un primer momento. Así, lo que en el inicio de la historia se plantea como una venganza del personaje de Evan Rachel Wood (En el bosque) se termina revelando como toda una revolución contra un mundo controlado, tecnificado y en el que la libertad de elección ha desaparecido sin ni siquiera habernos dado cuenta. Este último aspecto termina por conectar y ser hilo conductor del ideario básico de esta ficción, toda vez que robots y humanos se parecen más de lo que nos gustaría aceptar (algo parecido se planteó en la segunda temporada, aunque desde el punto de vista de la paranoia por no poder distinguir huéspedes de anfitriones).

Eso no quiere decir que esa venganza no exista, o que sea simplemente una justificación para arrancar la trama. El personaje de Wood, ahora mucho más complejo de lo que se planteó en el inicio de Westworld, busca en todo momento sus motivaciones personales, saciar una sed de sangre por años y años en los que fue violada, torturada y asesinada. La acumulación de recuerdos es la motivación principal del personaje, pero en ese camino hay más, mucho más. Su vendetta personal termina motivando toda una revolución humana en un mundo irreconocible, controlado por una mega inteligencia artificial (al más puro estilo Person of interest, por cierto) y en el que nuestras vidas están determinadas desde que nacemos hasta que morimos, con fecha, hora y causa de la muerte incluidas. Bajo este prisma, Joy y Nolan construyen un thriller de acción incomparable, complejo, denso en algunos momentos y más ligero en otros, en el que los giros argumentales, perfectamente dosificados, elevan el sentido de la historia con algunos momentos sencillamente magistrales.

Si en la primera temporada la magia radicaba en los paralelismos temporales, en esta dicha magia se transforma para plantear la historia de un modo y terminar resolviéndola de otro mucho mayor y con consecuencias más complejas para todos los personajes. Y si en la segunda temporada el vehículo narrativo era la revolución de las máquinas frente al ser humano, en este la guerra se difumina mucho más para convertirse en una lucha personalista, en un conflicto entre individuos y no tanto entre razas. Es más, lo que hace más atractivo al personaje que interpreta Wood es el hecho de que, en la consecución de su objetivo, no duda en acabar con todo aquel que se ponga en medio, ya sea humano o máquina. La genialidad de los creadores de la serie radica en que esta dualidad la hace más humana de lo que nunca ha sido, pero también la aleja de una concepción arquetípica de héroes y villanos, siendo simplemente un personaje con un objetivo que no atiende a estirpes, amistades o cualquier otro concepto dramático.

La chispa de la revolución

Lo cierto es que la tercera temporada de Westworld es una revolución en todos los sentidos. Es una revolución respecto a lo visto en las anteriores tandas de capítulos. Es una revolución conceptual, visual y narrativa. Y ante todo, lo que cuenta, en último término, es cómo se prende la chispa de una revolución. Ahora bien, lo que hay que preguntarse es si esta revolución tiene o no tiene sentido, y aquí es donde puede haber más diferencias de opiniones. Partiendo de la base de que lo atractivo de la serie, en un primer momento, era ese ambiente temático del Lejano Oeste (con su particular incursión en Oriente en un momento dado), dejar atrás ese mundo es un paso arriesgado que a muchos les puede hacer perder el interés, sobre todo a los más nostálgicos de la novela y el film de Michael Crichton. Este paso al nuevo mundo, además, ha tenido daños colaterales no solo en la narrativa, sino en la propia importancia de algunos personajes carismáticos y fundamentales para el éxito de la trama.

Poniendo su mirada como la pone en la evolución de Dolores y en su relación con un nuevo personaje interpretado por Aaron Paul (serie Breaking Bad), la trama deja un poco de lado ciertos aspectos dramáticos personificados en roles como el de Ed Harris (Geostorm), fundamental para comprender el universo en el que se desarrolla la acción pero que aquí queda algo más desdibujado. No es necesariamente un error; ni siquiera es un problema de la trama. El hecho de que su historia se limite a volver a meterle en este juego de humanos y robots hace presuponer que contará con mayor peso narrativo en la cuarta temporada ya anunciada. Pero no deja de resultar un poco llamativo que su papel en la historia sea algo casi anecdótico (un leit motiv para una trama secundaria) cuando venía de ser el epicentro de todo un universo argumental.

Del mismo modo, muchos personajes interesantes de las anteriores temporadas han desaparecido, y su ausencia no se ha cubierto con nada. Ya se anunció que tras la segunda temporada los cambios en el reparto iban a ser notables, y desde luego no se exageraba. Tan solo tres mujeres y tres hombres han sobrevivido a esta criba artística, que se ha producido no solo en el arranque de esta tercera etapa, sino a lo largo de la misma. Esto tiene dos problemas que se han solventado más o menos bien. Por un lado, la riqueza del universo temático desaparece. No me refiero a la estética, sino a la riqueza argumental de los personajes, sus creadores, los trabajadores del parque, etc. Todo eso trata de suplirse con este nuevo mundo de vehículos automatizados, y en parte se consigue. Por otro, la complejidad narrativa se reduce, se hace más lineal y menos compleja en el relato, aunque se equilibra de algún modo con el trasfondo moral y ético de la libertad y la ilusión de la misma. Personalmente creo que cada mundo tiene sus pros y sus contras, pero el movimiento ha sido arriesgado, y muchos, como ha ocurrido con los personajes, sin duda se habrán quedado en el camino.

Pero a pesar de este salto de fe, la tercera temporada de Westworld mantiene a la serie como una de las producciones más atractivas, diferentes, dinámicas y complejas de la televisión. Abandonando el Oeste y adentrándose en una futurista ciudad, la trama da un paso más en su reflexión sobre el hombre y la máquina, sobre la relación que les une, sobre la vida y lo que nosotros creemos que es la libertad. Pero ante todo pone la mirada en las pocas diferencias que pueden existir entre humano y robot desde un punto de vista ético y moral. Los primeros juegan a ser Dios con los segundos, pero… ¿hay algo superior que juegue con el ser humano? Y sobre todo, ¿qué reacción tendría el hombre? Las respuestas a esas dos preguntas se resuelven en unos últimos episodios extraordinarios, en un evidente paralelismo con el final de la segunda temporada que desdibuja más, si es que es posible, la línea que separa la carne del metal.

1ª T. de ‘The Mandalorian’, una extensa película clásica de Star Wars


Me imagino que todavía tendrán que pasar varios años, pero espero que algún día se reconozca a Jon Favreau como el gran director que es. Tal vez nunca llegue a convertirse en un referente a la altura de, por ejemplo, Martin Scorsese (El Irlandés), pero sin duda su labor tras las cámaras ha servido para reorientar la industria. O al menos, para alimentar el fenómeno de masas en el que se ha convertido una parte del séptimo arte. Suyo es el éxito de Iron Man allá por 2008, y que fue la primera piedra del evento cinematográfico más grande de los últimos años (si no de la historia). Y suyo es también The Mandalorian, al primera serie de Disney+ que ha logrado algo que parecía imposible: que los fans de Star Wars recuperaran la fe en el universo creado por George Lucas y que, de un tiempo a esta parte, se había dejado llevar.

Estos primeros 8 episodios cuentan con todo lo que la saga clásica siempre había tenido. Como si de una extensa película se tratara, el arco narrativo de cada capítulo se plantea casi como una secuencia de cualquiera de los films, viajando de planeta en planeta defendiendo a ese pequeño Yoda que tan famoso se ha hecho en muy poco tiempo. Y sí, visualmente hablando la serie tiene todo lo que se puede esperar de una producción galáctica como esta. Ambientada en un momento entre El retorno del JediEl despertar de la fuerza, en la historia aparecen soldados imperiales, cazarrecompensas, personajes que utilizan la Fuerza, planetas muy conocidos por los fans, batallas de naves. Todo con un acabado impecable que, sin duda, convierten a esta producción en una de las más caras de la televisión. Pero evidentemente, lo más interesante de la serie está debajo de toda esa capa de efectos especiales.

Si algo convierte a The Mandalorian en la ficción que es, y que evoca mucho, muchísimo, el espíritu de la trilogía original, es el tratamiento de su historia y de sus personajes. Prácticamente cada episodio tiene como referente un género cinematográfico diferente, desde el western hasta el cine bélico, pasando por la ciencia ficción más kubrickiana o, incluso, la comedia familiar. Pero más allá de cómo se cuente cada historia individual, lo que prevalece es ese ambiente de un hombre en busca de su destino, enfrentándose a fuerzas que no llega a conocer del todo bien y contando para ello con un puñado de recursos y aliados a su alcance. Si en lugar de pistolas láser y naves espaciales tuviésemos revólveres y diligencias, estaríamos hablando de uno de los mejores western de la televisión. Pero no, es ciencia ficción, y es de la mejor ciencia ficción que puede verse actualmente.

Favreau crea unos episodios amenos, diferentes unos de otros, dinámicos y a su vez cargados de un dramatismo que solo se consiguió en las películas originales (y algo en la segunda trilogía). Y lo más interesante de todo es cómo logra que no sea necesario conocer la historia previa. A través de los diálogos y de una clara estética decadente la serie es capaz de situar al espectador en una postguerra cuyas secuelas dejaron unas heridas que no han cicatrizado. De este modo, así como la historia es un vehículo para abordar conceptos como lo correcto, el sacrificio, la amistad o la lucha por la supervivencia, el tratamiento narrativo sirve para narrar, valga la redundancia, más allá de diálogos o personajes a cada cual más curioso, utilizando el propio desarrollo argumental para avanzar tanto en el marco en el que se desarrolla la acción como en el futuro de la misma, sirviendo como puente entre las dos películas a las que hacía referencia más arriba. Un puente que, a tenor de cómo finaliza el último capítulo de la temporada, permitirá explicar en futuras entregas (hay confirmada ya una tercera sin ni siquiera haberse estrenado, a fecha de este artículo, la segunda parte) el origen de nuevos órdenes con los que los fans ya se han familiarizado.

Que la Fuerza te acompañe

The Mandalorian es puro Star Wars. Pero también es mucho más. Acostumbrados como estamos a abordar este universo siempre dentro de unos parámetros muy concretos (lo que ha venido llamándose la saga Skywalker), la serie creada por Favreau, aunque tiene conexiones más que evidentes con esa saga, se desvía notablemente de la misma para mostrar una galaxia mucho más rica, más compleja. Y esto pone el foco sobre algo muy interesante que hace a esta historia más humana todavía. Los protagonistas desconocen lo que ha ocurrido. Sí, saben de la derrota del Imperio, de rebeldes y, posiblemente, de algún que otro soldado. Pero, como se menciona en algún que otro momento, los Jedi son una leyenda, la Fuerza un mito, y los personajes que protagonizaron las aventuras fílmicas, posiblemente un susurro en el viento.

Dicho de otro modo, y aunque hay claras referencias que permiten situar la acción, la trama es completamente independiente de la línea argumental que todos conocemos. Esto no solo es arriesgado, sino que abre un abanico de posibilidades narrativas único, capaz de ofrecer una libertad casi infinita a la hora de construir la historia. La apuesta de los creadores de esta ficción les sale bien, extraordinariamente bien. Porque además de recuperar la esencia de la obra de George Lucas mira en otra dirección, lejos de Jedi, Sith y demás personajes, para centrarse en gente “de la calle”, en gente común y corriente que trata de sobrevivir en un mundo devastado. Es especialmente interesante, en este sentido, cómo se plantean algunos hitos dramáticos, en especial los que tienen que ver con el origen del protagonista, el clan al que pertenece y el mundo de los cazarrecompensas.

Narrativamente hablando, ya hemos mencionado que esta primera temporada se podría entender casi como una extensa película en la que cada episodio equivale a una escena. Pero lo más interesante es cómo se construyen esas escenas/capítulos. Aunque con puntos en común (al fin y al cabo, es una serie de Star Wars), lo cierto es que cada uno cuenta con una esencia diferente, única. Al comienzo asociaba esto a los géneros, y es evidente que eso existe, pero va más allá. Se trata de la apuesta visual de cada director, de su modo de narrar las secuencias de acción, ya sean en tierra o en el espacio. Se trata de una visión diferente casi cada vez con la que, lejos de generar confusión, se consigue una visión más completa de los personajes. Porque, en efecto, esta serie no sería nada sin unos protagonistas extraordinarios, sólidos, magistralmente definidos dentro de unos arquetipos muy conocidos por el gran público (el héroe con corazón, la enemiga reconvertida en aliada, los inesperados amigos,…). Son ellos los cimientos que permiten construir todo lo demás.

Desde luego, The Mandalorian ha sabido ser lo que la última trilogía no ha podido. Lejos de grandes efectos (que los tiene, y muy buenos), la trama de esta primera temporada se presenta como un viaje de redención de un héroe que se rebela contra el destino para emprender un camino contra los restos de un imperio. Jon Favreau compone una historia cargada de emoción, drama, acción e, incluso, algo de suspense, presentando en sociedad a ese “baby Yoda” que ya se ha hecho famoso. Lo cierto es que se le pueden sacar pocos “peros” a una producción tan sólida en todos sus aspectos. Tal vez su hándicap sea que es una historia de Star Wars, y eso puede generar recelos en muchos espectadores. Pero en el caso que nos ocupa es conveniente dejar a un lado las reticencias y entregarse a un espectáculo narrativo y visual brillante. ¡Ah! y atentos a la banda sonora y los títulos de créditos finales de cada episodio. Son auténticas joyas.

‘Bloodshot’: Venganza a todo gas


El avance de la tecnología está permitiendo que las historias imaginadas durante décadas en las viñetas de los cómics estén inundando las salas de cine con una calidad visual incuestionable, al menos en la mayor parte de los casos. Pero eso también está provocando otro efecto, y es que muchas de estas historias son excesivamente simples para explotar al máximo los recursos visuales. No es el caso exacto de la ópera prima de Dave Wilson, pero casi.

Lo cierto es que Bloodshot es una obra dirigida a un público muy concreto, con unas intenciones muy claras y con un desarrollo muy directo. Y bajo este prisma es bajo el que se debe analizar esta nueva superproducción de acción con un Vin Diesel (Fast & Furious 8) haciendo de… bueno, haciendo de Vin Diesel. Y es bajo este prisma bajo el que el espectador se puede sorprender del planteamiento narrativo. Porque lo que comienza como una historia lineal presenta en el comienzo de su segundo acto una serie de giros argumentales que dan la vuelta, en cierto modo, a lo visto hasta ese momento, convirtiendo esta historia de venganza en otra historia de venganza en la que el héroe pasa de ser protagonista a ser el arma utilizada. Lo malo es que una vez descubierto el pastel, la película se vuelve totalmente previsible en el peor sentido de la palabra, tanto en la ejecución de sus secuencias de acción como en la personalidad de sus personajes.

Aunque sin duda lo más destacable de esta producción es su apartado visual. Para lo bueno y para lo malo. Wilson compone algunas secuencias realmente extraordinarias, utilizando el color rojo, el humo y todo aquello que pueda enturbiar el aire para crear escenarios dantescos en los que sacar el máximo partido al invencible héroe. Secuencias magistralmente planteadas en su desarrollo y su definición, demostrando su buena mano en el apartado narrativo para este tipo de segmentos fílmicos. Otra cosa muy distinta es el uso que se hace de la digitalización de los personajes. La batalla final entre héroe y villanos deja ver claramente, tal vez demasiado, el truco, desmereciendo todo lo conseguido anteriormente. Dicho de otro modo, la creación por ordenador de los personajes es tan burda que ni siquiera se parece a los actores. La mejor noticia tal vez sea que solo son unos cuantos plantos. La peor, que esos planos contienen cámaras lentas que hacen más patente la mala calidad de esos efectos.

Pero como digo, todo eso pertenece al clímax final. En líneas generales, Bloodshot es una buena película de acción, en muchos aspectos al estilo más clásico del género. Claramente va de más a menos, con un planteamiento interesante, un desarrollo inicial cargado de giros que cambian por completo el sentido del film y un final entregado a la acción en estado puro que, salvo problemas de acabado visual, completa un film entretenido sobre la venganza vista desde otro punto de vista. Una venganza, por cierto, frenética, a todo gas, en la que el héroe no se para ante nada ni ante nadie con esos poderes tan extraordinarios que le otorgan.

Nota: 6/10

‘Star Wars: El ascenso de Skywalker’: un final dominado por el miedo


Algo ha cambiado en la saga ‘Star Wars’. En 42 años es normal que la forma de hacer cine, los efectos especiales y las historias evolucionen. Pero no se trata de eso. No sé si será, como muchos defienden, por la influencia de Disney y sus parámetros morales y éticos. En cualquier caso, esta tercera y última entrega de la, a su vez, última trilogía del arco argumental de Skywalker, tiene todo lo bueno y todo lo malo de una historia que ya forma parte de la cultura popular.

Y puede que esto sea lo más perjudicial para Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker. La cinta bebe constantemente de las referencias y el universo cinematográfico que ha dejado durante estas décadas George Lucas. Prácticamente cada plano, cada secuencia, cada diálogo, hace referencia a diferentes momentos de la saga, por no hablar de la presencia de personajes inolvidables. En cierto modo, la cinta dirigida por J.J. Abrams (Super 8), con su habitual habilidad narrativa pero sin la emoción que sí tuvo en el Episodio VII, es un viaje a la nostalgia, un recorrido por todo aquello que hace de Star Wars algo único. El viaje de la protagonista en busca de sus orígenes al tiempo que aprende los secretos de los jedi posiblemente sea lo mejor de la cinta, amén de unas batallas tan espectaculares como bellamente ejecutadas.

El problema de la película llega en su tercio final, y es ahí donde más se nota la mano Disney. Si el desarrollo de la historia, con ciertos altibajos, en líneas generales contiene los suficientes elementos para resultar atractivo (la lucha de la protagonista contra su lado oscuro, los orígenes secretos, el enfrentamiento con su antagonista en los restos de la Estrella de la Muerte, …), la resolución del arco dramático es sencillamente nefasta. Dejando a un lado la justificación que trae de vuelta al Emperador Palpatine, el tercer acto del film tiene más puntos de giro que el la resolución de Romeo y Julieta, con el problema añadido de introducir en este mundo de fantasía un exceso de milagros y poderes. Tanto giro argumental, tanto final en falso, provoca una sensación de conclusión forzada, obligando a los personajes a unas decisiones y actuaciones que simplemente no son creíbles. Eso por no hablar de los cambios en algunos personajes secundarios de toda la saga y de un beso final que… pues eso, mejor no hablar de ello.

Y es una pena, porque la película, en líneas generales, contiene los suficientes elementos como para haber sido, al menos, una notable entrega de la saga. Pero al igual que a los personajes, a sus responsables parece dominarles el miedo. La mano de Abrams se nota en prácticamente cada aspecto. Sus constantes referencias a momentos del pasado, cierto toque de humor, un lenguaje audiovisual dinámico que hace avanzar la acción sin descanso. Todo ello se aprecia y se disfruta. Pero la película no sabe como terminar, y lo que es peor, lo hace con unas concesiones que poco o nada tienen que ver con la tradicional saga galáctica, haciendo un flaco favor a lo que se había construido hasta ahora. De haber sido más directa y más sincera, de haber tenido menos miedo, posiblemente estaríamos ante una película a la altura de las anteriores.

Sin embargo, lo que nos encontramos es una amalgama de décadas de cine. En Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker hay oscuridad, hay lucha de la heroína contra su dolor y su ira, hay grandes batallas espaciales, hay aventura, incluso se demuestra que del lado oscuro de la fuerza también se puede salir. Todos ellos, además de detalles como el control mental o las voces de personajes pasados, están muy presentes en la cinta de Abrams. Pero a medida que se acerca a su final se pierde en su propio homenaje, incapaz de encontrar una salida digna que, con todo, se maquilla con ese final que explica definitivamente el título de la película. Se puede decir que pierde parte de la esencia de este universo cinematográfico y parte de la magia con la que han crecido generaciones. Puede mejorarse, desde luego, pero eso no quiere decir que no se pueda disfrutar.

Nota: 6,5/10

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ se enmienda a sí misma en su 6ª T.


Siempre he considerado que eso de traer personajes de entre los muertos, por muy original que sea la causa, es algo que debilita cualquier historia. Primero porque parece un recurso pobre de los guionistas, y segundo porque resta dramatismo y elimina el desarrollo de los acontecimientos que llevaron a este momento. Y con la sexta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no voy a cambiar dicha opinión. De hecho, reafirma con bastante contundencia ambos extremos por mucha originalidad que le impriman al conjunto sus creadores, los hermanos Joss Whedon (Los Vengadores) y Jed Whedon (serie Dollhouse) y Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse).

Porque, en efecto, estos 13 episodios vienen a demostrar que aunque la originalidad campe a sus anchas y que la historia no solo encaje a la perfección en lo visto hasta ahora, sino que la desarrolle hacia un nuevo terreno, recuperar a personajes ya fallecidos no termina de funcionar del todo bien. No solo eso, sino que debilita notablemente el conjunto. Tras el final de la quinta temporada, que como dijimos en este mismo espacio cerraba un ciclo, se abría un camino con fecha de caducidad que podría haber permitido no solo incorporar nuevos personajes, sino ahondar en los protagonistas a través de su duelo, su forma de afrontar una ausencia y una pérdida de semejante magnitud. Y aunque en los primeros compases de esta etapa es lo que plantea, la trama pronto entra de lleno en una espiral que aunque entretenida, no termina de ajustarse como debería al tono que ha tenido la serie hasta ahora.

Y poco importa que uno de los actores interprete ahora a un villano para reconvertirse, como gancho final, en una suerte de inteligencia artificial. Poco importa también que se viaje a través del espacio y del tiempo para recuperar a otro de los personajes antes de que fallezca. El proceso para llegar a esos puntos de giro dramáticos es lo verdaderamente relevante, y es aquí donde también falla la serie. Posiblemente se deba a la compresión de la historia en apenas 13 capítulos, la mitad de lo que suelen tener las temporadas de Agentes de S.H.I.E.L.D. Bueno, en realidad es evidente que es por eso. Es cierto que hasta ahora cada etapa contenía dos grandes arcos argumentales que ocupaban una mitad de los capítulos, pero una y otra se nutrían de forma orgánica, por lo que muchos personajes secundarios pivotaban sobre una y otra parte de la temporada para crecer dramáticamente y, sobre todo, poder explicar muchos de los acontecimientos que se desarrollaban. Todo eso aquí se pierde, limitándose a contar rápidamente una trama que, en cierto modo, parece hecha más para recuperar a actores que parecían perdidos que para desarrollar la historia.

La verdad es que esta premisa da un poco al traste con todo el trabajo realizado hasta este momento. Es cierto que la serie nunca ha sido un modelo a seguir en composiciones dramáticas, pero sí había logrado alcanzar un estilo narrativo propio basado en una fusión de acción, tramas de ciencia ficción con mayor o menor complejidad, y sobre todo con unos personajes que, a pesar de lo fantástico de las tramas, siempre se atenían a unas normas dramáticas básicas. Sin embargo, esta sexta temporada rompe por completo con todo esto, al menos a partir de mitad de temporada. A pesar de contar con una premisa interesante (de la que hablaremos a continuación), sus creadores optan por una evolución cuanto menos infantil, con los personajes reuniéndose en una especie de lucha final apocalíptica en la que algunos mueren pero sobreviven (y sí, es una incongruencia, pero así ha sido esta tanda de episodios). Entre medias, unos villanos sin demasiado trasfondo dramático que solo sirven para recuperar al personaje de Clark Gregg (Falsa evidencia) en un proceso cuanto menos cuestionable.

Mariposas

Y este último punto ha sido uno de los que posiblemente afecte en mayor medida a la calidad dramática de la historia, muy relacionado a su vez con la corta duración de esta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. En efecto, el hecho de que sean únicamente 13 capítulos obliga a una economía narrativa que no afecta en nada a los protagonistas, pero que sí tiene cierto impacto en los antagonistas. En realidad, es una consecuencia lógica. Tras los acontecimientos de la quinta temporada, y por mucho que se recuperen personajes aparentemente perdidos, los héroes ya se conocen, tienen un trasfondo dramático, humano y social construido durante varios años. Eso permite, a estas alturas de la historia (que en una tradicional película de tres actos vendría a ser el clímax), que sus creadores vayan directos al grano en lo que a sus tramas individuales y colectivas se refiere.

Pero no ocurre así con los villanos. Es cierto que la historia de los dos principales antagonistas se explica hacia el final de esta etapa en una conclusión que, dicho claramente, parece un poco forzada para que los acontecimientos deriven en lo que derivan posteriormente. Pero más allá de ellos, el resto de personajes a los que deben hacer frente los héroes tienen un trasfondo dramático cuanto menos escaso, en algunos casos inexistente. Esto provoca, a diferencia de años anteriores, que no se comprendan motivaciones, objetivos ni anhelos o miedos. Y todo eso, en definitiva, resta interés al conjunto, planteándose la trama como “buenos contra malos” en una definición tan binaria que se convierte en arquetípica y previsible. No es que esta serie Marvel sea un alarde de complejidad moral o dramática, es cierto, pero todos los personajes, en mayor o menor medida, desarrollaban una personalidad que ayudaba a comprender sus acciones aunque no se estuviera de acuerdo. Aquí, simple y llanamente, hacen lo que hacen porque tienen que hacerlo.

Con todo, esta tanda de episodios logra generar el suficiente interés como para aguantar hasta el final. Y lo hace porque, a pesar de todos los problemas que arrastra, parte de la premisa de continuar narrando lo ocurrido con los protagonistas tras los acontecimientos de la anterior temporada. Es por eso que quizá la parte más interesante sea la primera mitad, al ver a un grupo de héroes teniendo que lidiar con la pena de una gran pérdida mientras afrontan una nueva amenaza. El modo en que cada uno asume el dolor construye una complejidad emocional y dramática muy interesante que, por desgracia, poco a poco se va perdiendo para que la acción y esa extraña explicación alienígena se hagan un hueco. No es que haya un punto en el que todo cambia, sino que es un proceso progresivo hacia una conclusión que, curiosamente, abre la puerta a un nuevo universo narrativo… o mejor dicho, un nuevo tiempo narrativo.

En cierto modo, la sexta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. tiene una doble interpretación. Por un lado, es el comienzo de un epílogo a una historia que debería haber terminado hace un año. Por otro, es una etapa de transición hacia un final que podría ser prometedor. En ambos casos, sin embargo, estamos hablando de una etapa menos intensa dramáticamente hablando, igual de espectacular en lo que a acción se refiere, y que apunta maneras en su intensidad emocional. La historia va de más a menos en esto último, y de menos a más en cuanto a forma. A la espera de ver cómo finaliza la serie, se puede decir que la penúltima temporada no ha alcanzado la complejidad de las anteriores. Tampoco se pretendía, es cierto, pero se podría haber buscado otra fórmula que no fuera “resucitar” a personajes cuyas muertes habían dado un giro dramático espectacular a una ficción de estas características.

‘El hoyo’: La panna cotta es el mensaje


El cine español, como concepto, tiene un problema importante. Y no es por sus directores o sus actores, sino por unos productores a los que muchas veces el miedo les lleva a repetir una fórmula hasta desgastarla. Pero para repetir algo hasta la saciedad es necesario que haya habido primero un original, esa historia que haya encandilado o impactado al espectador. Por eso de vez en cuando nos encontramos con pequeñas joyas refrescantes y sorprendentes, capaces no solo de narrar algo poco habitual, sino esconder además una reflexión sobre la sociedad, sobre nuestro lugar y nuestra forma de relacionarnos con los demás.

Todo esto y mucho más es lo que ofrece Galder Gaztelu-Urrutia en El hoyo, una ópera prima que, como ya se ha comparado, recuerda poderosamente a Cube, esa joya del fantástico de 1997. Y lo hace no solo en su diseño de producción o en su vestuario, sino en su análisis del ser humano. Sin necesidad de dar demasiadas explicaciones al contexto (alguna más tampoco habría estado mal, todo sea dicho), la cinta plantea una estructura vertical de cientos de pisos, dos personas por cada uno de ellos y una plataforma que baja con comida. Este símbolo, verdadero motor de este mundo, refleja a la perfección cómo los de arriba, los poderosos, son incapaces de compartir nada con los de abajo, los pobres, entregándose a la opulencia y al desenfreno y, lo que es más grave, destruyendo aquello que no pueden consumir únicamente por maldad o indiferencia.

Algo tan sencillo como esto da pie a toda una reflexión personal acerca de cómo el hombre es un lobo para el hombre, de cómo las buenas acciones y las buenas intenciones en una sociedad cruel y autodestructiva terminan por lanzar un mensaje que no sabremos si será escuchado adecuadamente. “La panna costa es el mensaje”, se repite obsesivamente en un momento dado. En realidad, poco importa si es este postre italiano, una asustada niña o cualquier otra idea. La película, acertadamente, finaliza sin revelar si dicho mensaje será escuchado, porque en un mundo sin esperanza eso importa poco, dejando al espectador la responsabilidad de saber si ese final es bueno o malo. A la fuerza de este mensaje se une la labor de unos actores más que correctos y de un director que demuestra personalidad, pues aunque en algún momento el relato se le escapa ligeramente de las manos con una narrativa algo estática, lo cierto es que aprovecha al máximo la tensión, al locura y la radicalidad de un mundo de hormigón sin ventanas ni salidas.

Posiblemente lo más notable de El hoyo es que Gaztelu-Urrutia ha convertido esa plataforma de comida en un símbolo de la fantasía y la ciencia ficción moderna. Una metáfora de cómo el primer mundo derrocha recursos mientras el tercer mundo se muere. Y mientras tanto, los que mueven los hilos (representados acertadamente en unos breves flashes durante el metraje), esa Administración, vive ajena al mundo que controla. Habrá quienes no vean más allá de sus imágenes, a quienes posiblemente la película les parezca lenta, carente de lógica o con un final sin sentido. Pero todo tiene un trasfondo. Más allá de los problemas habituales de cualquier relato (falta de ritmo en algunos momentos, una aceleración de los acontecimientos hacia el final del metraje, …), lo cierto es que estamos ante una obra más que recomendable. Un reflejo de un mundo que necesitamos arreglar, y para eso los de arriba tienen que escuchar.

Nota: 8/10

‘Terminator: Destino oscuro’: las mujeres del nuevo futuro


Los tiempos han cambiado. El futuro, desde luego, va a ser diferente del que habíamos imaginado. Y eso, con sus pros y sus contras, es lo que plantea la nueva película de Tim Miller (Deadpool), una continuación directa de aquel Terminator 2: El juicio final (1991) que, evidentemente, no alcanza el nivel dramático, emocional y visualmente impactante de su predecesora, pero que sí es capaz de hacer reflexionar sobre algunos conceptos.

Curiosamente, lo más interesante de Terminator: Destino oscuro tiene que ver con sus nuevos personajes y con el tratamiento de ese futuro apocalíptico en el que las máquinas persiguen y exterminan a los humanos. Dejando a un lado la curiosidad de que, aunque el futuro ha cambiado de protagonistas las máquinas y el entorno se mantienen intactos, la película acierta dando el protagonismo completo a las mujeres, que pasan de ser meras víctimas a tomar el control y luchar en primera línea de batalla. Si bien el desarrollo argumental es idéntico al de películas anteriores, los matices introducidos, incluyendo esa especie de Terminator dual que combina lo mejor de cada casa, aportan al conjunto un tono algo más desesperante que las historias previas, completando una historia en la que, de nuevo, la necesidad de salvar el futuro pesa más que los miedos, los odios o las rencillas personales.

El problema, y esto es algo que puede provocar desasosiego a los fans más acérrimos de la saga, es la recuperación de los personajes de Linda Hamilton (Curvature) y Arnold Schwarzenegger (Asesinos internacionales). O mejor dicho, el modo en que vuelven a este universo futurista. La película arranca con la continuación inmediata de los acontecimientos de aquella segunda parte de los 90 para permitir luego la introducción de estos míticos roles durante la trama. Su presencia, sin embargo, parte de una premisa algo forzada, sobre todo la de Schwarzenegger, buscando dotarle de esa falsa humanidad que tenía programada en anteriores films de un modo excesivamente… humano. Todo ello, por fortuna, es solo una premisa que se olvida, o se intenta hacer olvidar, bastante rápido, pasando luego a la acción pura y dura en un clímax que, este sí, es un claro homenaje a los tradicionales finales de la saga.

Desde luego, Terminator: Destino oscuro no es una continuación a la altura de las dos primeras entregas. Intenta serlo, pero es deudora de los tiempos que corren y de algunos usos y abusos característicos de otras películas de la saga. El reiterado recurso de la cámara lenta acentúa la espectacularidad, es cierto, pero también termina por restar efectividad al conjunto. Lo mejor, sin duda, es la reinterpretación de la historia, con las mujeres tomando el control y dejando de ser víctimas o “madres de…” para ser luchadoras de igual a igual con máquinas cada vez más letales. Que Hamilton y Schwarzenegger se hayan vuelto a encontrar en esta historia siempre será un motivo de aplauso, incluso aunque lo hagan bajo unas circunstancias como las que se utilizan. Pero algo tiene esta película que no termina de funcionar. Puede que sea su historia, demasiado parecida a las anteriores. O su villano, una mezcla de enemigos anteriores. O simplemente, que trata de homenajear excesivamente a sus clásicos sin darse cuenta de que necesita caminar sola.

Nota: 6,5/10

‘Stranger Things’ crece y madura con sus protagonistas en su 3ª T.


Que Stranger Things es un referente de la cultura popular actual es algo incuestionable. Más allá de que recupere la vida, la cultura y la sociedad de los años 80, la serie creada por los hermanos Duffer (Matt y Ross) se ha convertido en un referente para otras producciones, abriendo un camino narrativo único y rico en matices. Pero lo realmente interesante de la serie, formal y dramáticamente hablando, es su capacidad para reinventarse, para adaptarse a las necesidades del relato, evolucionando constantemente y ofreciendo al espectador nuevas perspectivas dentro de este mismo universo, explorándolo hasta sus rincones más lejanos.

Y esto es precisamente lo que hace la tercera temporada. Para muchos la segunda parte de la serie no estuvo a la altura de las expectativas, tratando dar continuidad a una trama que, en principio, había terminado en la temporada inicial. Personalmente no creo que sea así, y viendo estos ocho episodios desde luego que adquiere mucho más sentido como una historia de transición hacia algo mucho mayor. En esta ocasión, la serie se plantea como una batalla en toda regla, más que una intriga de suspense con monstruo de por medio. Esto conlleva una simplificación de la estructura dramática, lo que sumado a unos personajes ya presentados deja mucho espacio libre para ahondar en otros aspectos. Y eso es precisamente lo que utiliza la serie, logrando un equilibrio perfecto entre aventura, acción, drama y conflicto adolescente.

Porque este es otro de los aspectos más interesantes de la tercera temporada de Stranger things. El espacio que deja la presentación de personajes permite no solo más acción, también abordar en profundidad uno de los problemas que suelen tener todas las producciones con niños como protagonistas: su crecimiento y madurez. Con una mezcla de ironía y drama, estos 8 episodios sitúan a los protagonistas en una nueva fase de su vida en la que las chicas son más interesantes que los juegos de rol, los cómics o las películas. El modo en que se afronta esta evolución es sencillamente brillante, pues como pasa con el resto de elementos de la serie, toca todas las tramas secundarias posibles: la reacción de los adultos protectores, la amistad, los celos, la diferente visión del mundo de chicos y chicas, etc. Todo ello no solo aporta un toque divertido y entrañable al argumento, sino que permite al espectador crecer con los héroes, sentirse identificado con una etapa de la vida que todos hemos superado. En definitiva, lo que consigue es mantener ese espíritu de realidad dentro de la fantasía.

Y si los adolescentes son una parte fundamental de la trama, los adultos no se quedan atrás. Su rol de secundario importante cada vez está evolucionando más hacia un protagonismo autónomo, ajeno por completo a las aventuras de los muchachos. Y en esa evolución el personaje de David Harbour (Escuadrón suicida) es sin duda el más interesante, pues no solo afronta su papel de padre inesperado, sino que su papel en la resolución de la historia cada vez es más determinante. Habrá que ver cuál ha sido su verdadero final, aunque quien haya visto el epílogo de ese último episodio podrá hacerse una idea. Sea como fuere, la presencia de los adultos se consolida como una línea argumental paralela a la de los niños, con sus propios puntos de giro, sus conflictos y sus complejas relaciones. La incorporación de los rusos a la historia, además, aporta una vuelta de tuerca más al relato, aumentando de paso esa nostalgia marca de la casa de la serie acerca de las películas de los años 80 con la Guerra Fría como telón de fondo.

Uso de los personajes

De este modo, la trama de Stranger things se vuelve más compleja, o por lo menos con más ramificaciones. Sí, es cierto que el planteamiento básico es relativamente simple, fundamentalmente porque sigue la estela de temporadas anteriores, pero las consecuencias y las líneas argumentales secundarias enriquecen notablemente el conjunto hasta hacerlo mucho más completo de lo que era hasta ahora. La presencia de soviéticos, esa criatura que se construye a partir de seres humanos, la incorporación de nuevos personajes (a los que, por cierto, se les da un tratamiento totalmente diferente a lo que podría esperarse en un principio), etc. Todo ello conforma un relato más propio del cine que constantemente homenajean los hermanos Duffer, lo que convierte a esta temporada, posiblemente, en la mejor realizada hasta el momento.

Sobre esos personajes secundarios, una puntualización. Todos y cada uno de ellos han jugado un papel fundamental en la trama, ya sea como activos en el desarrollo de la historia principal, ya sea como herramientas para desbloquear situaciones, ya sea como contrapunto cómico a la gravedad de la historia. Y todos ellos, como decía antes, han tenido un tratamiento poco habitual, más realista y, sobre todo, más sincero con la propia historia y con las características de la trama. Uno de los ejemplos más claros es el de Dacre Montgomery (Power Rangers). Su presencia en la serie parecía condenada a un futuro mediocre, más bien como herramienta puntual para hacer avanzar la trama en una dirección o como contrapunto irónico en determinadas situaciones. Su reconversión en esta etapa es magistral, no solo por su nueva posición dentro de la historia, sino porque su final es ejemplar, alejándose de una resolución amable y demostrando que incluso los personajes con aparente poco futuro pueden tener una nueva y brillante alternativa.

Así las cosas, esta tercera temporada se puede entender como una reinterpretación de lo visto hasta ahora en la serie. El argumento se abre a más personajes, implica por tanto muchas más tramas secundarias, e incluso la principal se presenta con más ramificaciones. Es, en definitiva, una serie más adulta, más madura. La verdad es que no podía ser de otro modo, pues un estancamiento en su planteamiento inicial no habría llevado a nada. Al contrario, habría mermado la calidad de la ficción. Habrá quien piense que la temporada anterior ha sido una especie de transición. Y puede que fuera así, pero desde luego estos 8 capítulos confirman que cada aspecto del pasado cuenta, que cada decisión narrativa tiene su efecto en el futuro de la serie. Por eso, además de todo lo explicado anteriormente, es por lo que esta temporada engrandece una producción ya de por sí enorme.

Dicho esto, y confirmada la cuarta temporada, solo queda esperar el siguiente paso de Stranger things. Porque habrá un paso. Esta tercera etapa demuestra que la serie continúa hacia adelante en un camino que la permite crecer tanto en profundidad dramática como en complejidad formal, expandiendo el universo e incorporando nuevos personajes de forma muy calculada. Existe el riesgo de caer en su propia trampa, de que la incorporación de nuevos personajes termine por abarcar más de lo que pueda apretar la historia, pero no parece probable. De hecho, y a tenor del teaser de la cuarta parte, parece que se va a dirigir la mirada hacia ese otro lado, lo cual abre una puerta a infinitas posibilidades. La pregunta de verdad es si se podrá superar el nivel de esta tercera parte.

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