‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ termina ciclo en su quinta temporada


Parece una regla narrativa, pero en realidad es más bien una idea aceptada a base de práctica y de miles de series realizadas a lo largo de los años. Aunque lo importante es que una ficción tenga la duración planteada para contar bien la historia (es decir, sin intereses comerciales de ningún tipo), lo cierto es que muchas de las grandes series parecen plantearse para tener cinco temporadas, como mucho una o dos más. Y esto es lo que le ocurre a Agentes de S.H.I.E.L.D. Sin ser una serie inolvidable ganadora de infinidad de premios, esta ficción con superhéroes, acción y humor integrada en el Universo Marvel ha sabido no solo mantenerse en plena forma dramática y narrativa, sino que en su quinta temporada cierra ciclo de forma más que correcta, dejando un pequeño epílogo a modo de sexta y última temporada ya confirmada.

Y como no podía ser de otro modo, dicho cierre tiene como principal motor al Agente Coulson, rol que Clark Gregg lleva interpretando 10 años desde que apareciera por primera vez en Iron Man (2008). La serie creada por Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse), Jed Whedon y Joss Whedon (Los Vengadores) ha pivotado desde el primer momento sobre este personaje, y aunque a lo largo de los años ha crecido en complejidad dramática y ha incorporado interesantes personajes, el epicentro de toda la trama siempre ha sido ese agente con fe ciega en la causa que defiende. Todo esto viene a cuento porque los 22 episodios de esta penúltima temporada representan el viaje final del héroe, un recorrido que más allá de la acción es una especie de cesión del testigo para que un nuevo líder tome el control. El problema, y de ahí el final inminente de la serie, es que ninguno de los otros protagonistas, aún con su evidente interés, tiene madera de protagonista.

Esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., al igual que las anteriores, divide su trama en dos partes diferenciadas claramente. Sin embargo, y a diferencia de años atrás, en esta ocasión ambas historias están intrínsecamente relacionadas por la causa y efecto que generan los saltos temporales. La idea del bucle temporal adquiere una fuerza dramática inusitada que no solo provoca una tendencia creciente del drama e incluso cierto suspense, sino que da lugar a un clímax final y a una resolución de la historia tan interesante como compleja, trastocando el tratamiento de los protagonistas realizado hasta ese momento al tener que enfrentarles con sus propios miedos, sus fobias y sus secretos más escondidos. El hecho de presenciar el futuro e intentar cambiarlo a pesar de repetir siempre los mismos actos (sin darse cuenta de ello, claro está), aporta una complejidad dramática única a la temporada, pero también un cierto desasosiego al tener en todo momento la sensación de estar asistiendo a un destino inevitable.

Evidentemente, los héroes logran su misión, pero a diferencia de otro tipo de series, no es un final feliz. Más bien la resolución de esta etapa es agridulce. Durante los 22 capítulos la trama gira en torno, ya sea directa o indirectamente, la salvación del rol de Gregg. Resulta muy interesante analizar cómo funciona a la perfección esta premisa en el tratamiento de toda la temporada, fruto de una construcción de personajes coherente y sólida. En efecto, la lucha de todos los personajes por su líder no solo se antoja lógica, sino incluso necesaria. Y la evolución orgánica de todas las tramas alrededor de este desencadenante no podría ser más exquisita, toda vez que son varios los momentos en los que el espectador, aun teniendo en mente una idea aproximada de lo que puede ocurrir, se encuentra ante un abismo dramático cuyo final no puede vislumbrar. Dicho de otro modo, aunque la victoria de los protagonistas es obligada, las consecuencias de dicha victoria, tanto personales como materiales, son totalmente inesperadas. Y este es uno de los principales atractivos de esta etapa.

Cerrando flecos

Todo ello no quiere decir que esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no tenga ‘peros’. En demasiados momentos la trama recurre a ciertos Deus ex machina que, aunque bien encajados en la evolución dramática, se antojan irreales (y hablamos de una producción puramente fantástica), demasiado milagrosos. Y eso no es únicamente por el modo en que se presentan dichos momentos, sino porque para resolver determinadas situaciones aparentemente irresolubles se recupera la presencia de personajes de temporadas anteriores que, de un modo u otro, solucionan la papeleta narrativa que en ese momento tienen los creadores de la serie. Todo ello juega en perjuicio de algo fundamental de esta producción, que es la capacidad del equipo de superar cualquier situación.

Asimismo, y aunque la temporada vuelve a dividirse en dos partes bien diferenciadas, el desarrollo de ambas ha tenido muchas historias secundarias, y según como se mire puede que demasiadas. El intento de rizar el rizo de una historia y unos personajes ya de por sí complejos lleva a esta etapa a convertirse en una espiral constante de situaciones casi insostenibles, de desafíos que van más allá de las capacidades mentales y físicas de los protagonistas. Y aunque este viaje hay momentos que resta credibilidad al relato, también es cierto que ahonda en las múltiples caras de los protagonistas, enriqueciéndolos a ellos y a la trama, que se llena con todo tipo de matices, algo poco habitual para este tipo de producciones. En este sentido, es interesante estudiar el delicado equilibrio que manejan los guionistas entre el crecimiento natural y orgánico de la historia, nutriéndose de las historias secundarias y los conflictos entre los personajes, y las dificultades que tienen para resolver determinadas situaciones, llegando al extremo de utilizar esos Deus ex machina que antes mencionaba.

Pero esta temporada es también la del cierre de flecos secundarios que pudieran quedar sueltos, lo que es una prueba más que evidente de que su final está próximo. El caso más evidente es el del coronel interpretado por Adrian Pasdar (Run), personaje que ha vivido un largo viaje en el que ha pasado de ser enemigo de los héroes a su aliado, para terminar convertido en un supervillano cuyo giro dramático podría ubicarse a medio camino entre esa evolución natural y los cambios forzados por las necesidades de guión. Pero en cualquier caso, la labor de Pasdar convierte a este personaje en uno de los más interesantes de la temporada, si no el que más, creando un villano complejo, marcado por un sentido del deber corrompido por un poder que cree dominar pero que en realidad le domina. Su figura, aunque secundaria, resume a la perfección el espíritu dramático de esta temporada.

Tal vez esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no sea la mejor de todas, pero sin duda se encuentra entre los referentes de la serie. Y lo es porque, a pesar de sus limitaciones y de sus puntos débiles, se atreve a ir más allá, a explorar nuevos terrenos dramáticos jugando con el espacio y el tiempo para desarrollar una historia autosuficiente que, en realidad, no necesitaría del trasfondo dramático que arrastra de las anteriores temporadas. Los personajes se enfrentan a su presente no tanto conociendo su pasado como, ante todo, conociendo el futuro y la tragedia a la que se enfrentan. Y ese conocimiento único es el motor del drama y cierto suspense que nutre toda esta etapa. La resolución, tan emotiva como trágica, no deja indiferente. Ahora tan solo queda poner el punto final con una sexta temporada que sitúe a los protagonistas ante su futuro.

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‘Érase una vez’ se pierde definitivamente en su sexta temporada


Han sido seis años, pero la verdad es que la sensación es de un tiempo mucho mayor. Érase una vez llega a su fin, al menos de la historia y los personajes originales, en una sexta temporada que evidencia la transformación que ha sufrido esta original serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (TRON: Legacy). Una transformación que, aunque ha ganado en originalidad, ha perdido mucho en consistencia dramática y, sobre todo, en coherencia. Porque si algo demuestran estos 22 episodios es que, incluso en una fantasía de cuento de hadas, no todo vale.

En unos días analizaremos la séptima y última temporada, una vez finalizada la serie, pero por ahora centrémonos en el contenido de esta conclusión de la trama original. Y sin duda lo que más llama la atención es el tratamiento de los personajes y de las historias que protagonizan. Da la sensación de que, en un intento de hacer el equilibrismo imposible, sus creadores introducen todos los elementos habidos y por haber en los cuentos de hadas para componer una sinfonía de fantasía donde todos los héroes y villanos están relacionados de algún modo, bien por parentesco, bien por encuentros más o menos fortuitos en el pasado. De ahí que, por ejemplo, se junten en una única historia Aladdin, Jasmine, la Sirenita, Blancanieves, Frankenstein, Jekyll, Hyde y un largo etcétera de personajes.

El principal problema es que muchos de ellos están incorporados casi por obligación, como si fuera necesario aportar al conjunto la historia de todos los personajes de cuento o literarios, incluso aunque esto se haga únicamente en un episodio a modo de contexto dramático para ese momento puntual dentro de una historia mayor. Es el paso definitivo de una evolución que, atendiendo a los índices de audiencia, no ha sido la más acertada. Dicho de otro modo, Érase una vez ha intentado abarcar más de lo que podía, lo que curiosamente ha hecho perder al conjunto lo que le daba la magia con la que comenzó su andadura. A lo largo de las temporadas la serie ha pasado de tener una estructura de héroes contra villanos a otra que dividía cada temporada en dos partes diferenciadas, para terminar siendo una amalgama de historias con un villano final y varios intermedios.

No es el único problema de la trama, claro está. De hecho, puede que no sea el mayor, pues hay que reconocer que la introducción de tantos personajes expande el universo de fantasía hasta límites que no se habían visto, amén de reinterpretar los cuentos más famosos de un modo incontestablemente original. En este sentido, no cabe duda de que esta sexta temporada es un alarde visual y de ingenio que, con sus evidentes pegas, termina enganchando gracias a un ritmo narrativo y dramático lo suficientemente sólido como para que el espectador se deje llevar, al menos en varios de sus tramos. Es por esto que posiblemente lo más débil de esta etapa, dramáticamente hablando, sea algo que la serie viene arrastrando desde años atrás, y es esa necesidad de que los villanos se conviertan en héroes y las consecuencias que eso conlleva.

¿Héroes o villanos?

En efecto, el principal escollo de Érase una vez para su correcto desarrollo argumental ha sido qué hacer con los villanos, fundamentalmente con los interpretados por Lana Parrilla (One last ride) y Robert Carlyle (T2: Trainspotting). Curiosamente, ambos son los principales atractivos de la serie y sus verdaderos protagonistas, lo que reafirma la idea de que un buen villano hace mejor cualquier trama. Pero volviendo al origen, estos dos villanos fueron, desde el principio, el motor de esta ficción, incluso cuando sus acciones comenzaron a tornarse en las de héroes. Ese proceso ocurrió de forma natural, motivado entre otras cosas por un tratamiento muy profundo y complejo de unos personajes cuyas motivaciones tenían un largo pasado y cuyo objetivo parecía sencillo y a la vez inalcanzable: tener un final feliz.

Esta sexta temporada viene a confirmar la deriva sin rumbo fijo de la serie, algo que también se pudo ver en las anteriores etapas. Una vez convertidos en héroes, integrados en el grupos de los “buenos” aunque con sus respectivos matices, era necesario encontrar otros enemigos a los que hacer frente. Estos 22 capítulos rizan el rizo y aprovechan la compleja trama familiar para introducir a la villana definitiva, el origen de todo mal. Más allá de que esto pueda resultar más o menos congruente con lo narrado a lo largo de estos años, el problema radica en los efectos secundarios que esto tiene, y que de nuevo tiene que ver con héroes y villanos. Por ejemplo, el doble malvado de la Reina Malvada se vuelve una heroína, como ya había hecho el rol original; la bruja mala de Oz también encuentra su forma de hacer el bien; y muchos otros secundarios menores que comienzan siendo enemigos se tornan en aliados tan rápido que apenas hay tiempo de explorar la evolución dramática.

Todo ello genera un concepto dramático impropio tanto para lo visto hasta este momento como para el desarrollo que cualquier historia debiera seguir. Precisamente si algo bueno tenían los roles interpretados por Parrilla y Carlyle es que su tratamiento permitía comprenderles, explorar sus fortalezas y sus debilidades dramáticas, sus motivaciones y sus objetivos, y eso no solo les hacía más complejos, sino que redundaba en la calidad dramática de la serie. Ahora, sin embargo, lo que nos encontramos es un compendio de personajes, cuantos más mejor, cuyas historias se reinterpretan en un intento de tapar con originalidad la falta de criterio dramático. Por todo ello, esta sexta temporada es sin duda la consecuencia lógica de la evolución de la ficción, pues los numerosos personajes (y sus respectivas historias) introducidos durante las etapas anteriores han tenido que encontrar su resolución en estos episodios. Y dado el alto número y la limitación de tiempo y espacio dramático que existe, era imposible no acelerar algunos de los procesos dramáticos, con las consecuencias evidentes.

Érase una vez es el mejor ejemplo de cómo una producción puede perder interés a pasos agigantados si la historia no tiene un tratamiento controlado y calculado. Su sexta temporada es la prueba palpable de que no por introducir más y más elementos, ya sean personajes, escenarios o tramas, la historia gana en complejidad y atractivo. Puede que de lo primero sí, pero de lo segundo difícilmente ocurrirá si no se sigue una lógica. La necesidad de incorporar más héroes, más villanos y más cuentos de hadas ha terminado por asfixiar una historia sumamente original, capaz de dar un giro coherente a las historias que conocemos desde niños, y relacionar a muchos de los héroes y villanos en un único universo plagado de magia y fantasía. Al contrario de la protagonista interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad), el espectador comenzó la historia creyendo en la magia y los cuentos de hadas para terminar perdiendo la fe. Aunque en este caso no es porque nos hayamos hecho adultos después de seis años.

‘Predator (2018)’: regresa el cine de los 80


Es difícil enfrentarse a un clásico. Ya sea dirigiendo un remake o una secuela, cuando un film alcanza esa categoría el resultado de continuar su estela no suele ser demasiado satisfactorio. Las numerosas películas con el Depredador como protagonista son un buen ejemplo, de ahí que esta nueva secuela pueda generar, en principio, cierto recelo. Pero solo en principio.

De hecho, las dudas quedan resueltas en los primeros minutos de Predator gracias a un guión que tampoco se toma a sí mismo demasiado en serio y a un director, Shane Black (Kiss Kiss, Bang Bang) que vuelve a demostrar su pericia tras las cámaras dotando al conjunto de un dinamismo incomparable y constante, equilibrando perfectamente las secuencias de acción (algunas realmente espectaculares) con la mínima trama que sostiene la cinta. Sin embargo, nada funcionaría si la película no conociera al dedillo su lugar dentro de la saga. Esto permite al guión constantes referencias al film original de 1987, pero también homenajear un tipo de cine que parece extinguido, y que en cierto modo se recupera con la ironía suficiente como para que no se convierta en una amalgama de clichés.

Dicho de otro modo, la película entretiene, es dinámica y divertida, y contiene una violencia acorde a los nuevos tiempos. Todo ello, evidentemente, deja agujeros relativamente importantes en el guión que el espectador puede optar por engrandecerlos o por dejarse llevar y superarlos sin mayores problemas. Asimismo, la película introduce elementos un tanto fuera de lugar que no terminan de encajar del todo en el concepto original de la criatura. Pero dejando a un lado esas ideas, que por otro lado se pueden achacar a la evolución de los tiempos, lo cierto es que la cinta se revela como una digna secuela.

Desde luego, Predator es la mejor de las secuelas modernas, una historia sencilla pero bien construida, que introduce al espectador de forma directa en una espiral de acción, humor y violencia en la que los actores, todos ellos sin excepción, disfrutan como nunca, y eso se traslada no solo a sus personajes, sino al conjunto del relato. Con especial mención a Sterling K. Brown (Marshall) como villano de turno; sencillamente impecable. Se puede decir que la nueva cinta de Black es una regresión a un tipo de cine perdido, un cine de puro entretenimiento, de tramas lineales, con pocos puntos de giro pero bien construidas, y que a pesar de ciertas incongruencias de guión terminan dejando un buen sabor de boca.

Nota: 7/10

2ª T. de ‘Westworld’, magistral cambio de sentido dentro del laberinto


Los grandes directores y guionistas, presentes y pasados, suelen ser recordados no solo por sus películas, sino por especializarse en un tipo de relatos, en unos valores narrativos, conceptuales y artísticos muy concretos. La historia del séptimo arte está repleta de estos casos. Y aunque habrá quien diga que todavía es pronto para decirlo, en esa categoría de inmortales del cine se encuentran por derecho propio los hermanos Jonathan y Christopher Nolan, guionista y director de Interstellar (2014) respectivamente. En esta ocasión toca hablar del primero, tal vez menos conocido que el segundo pero verdadero cerebro autor de un estilo inconfundible definido por su uso y la combinación de las líneas temporales de la trama. Y la segunda temporada de Westworld es el último gran ejemplo.

Porque si la primera parte fue un ejercicio magistral del manejo de los tempos narrativos, alternando pasado y presente para construir un relato apasionante de redención, búsqueda y liberación, estos nuevos 10 episodios no solo mantienen ese espíritu, sino que dan una vuelta más de tuerca a una historia ya de por sí compleja, cambiando por completo el sentido de lo visto hasta ese momento y convirtiendo lo que parecía una rebelión de las máquinas contra sus creadores en algo más, en una búsqueda del sentido de la vida, en un intento por sobrevivir a su propia materia física. Y no estoy hablando únicamente de los robots. Lo cierto es que esta continuación debería interpretarse más bien como una reinterpretación de lo visto hasta ahora, en todos y cada uno de los aspectos.

En medio de esta revolución, Nolan, creador de la serie junto a Lisa Joy (serie Criando malvas), hace gala de su ingenio para estructurar cada episodio no ya en dos líneas temporales totalmente independientes, sino en tres, añadiendo complejidad y retando al espectador a permanecer atento a la historia y los detalles. Lo cierto es que el reto es fácil de aceptar, pues los personajes adquieren una mayor profundidad dramática. Lo que al principio parecía una mera diversión en un parque temático poco usual se convierte en una búsqueda de la inmortalidad. Aquellos personajes que parecían máquinas rebeldes se convierten en realidad en una suerte de seres mortales que solo desean justicia para años y años de tortura que ahora pueden recordar con total claridad. Lo cierto es que la riqueza de las líneas argumentales de los protagonistas es tal que cada uno daría para varios análisis.

Por lo pronto, lo que queda patente en esta segunda temporada de Westworld es que la idea original de Michael Crichton, autor de la película homónima de 1973, ha quedado empequeñecida. Ya no estamos ante una mera revolución de las máquinas. La idea de que el ser humano que se expone a tecnología para la que no está preparado puede terminar consumido por ella ha dado paso a algo mayor, a la idea de utilizar esa tecnología para alcanzar la inmortalidad, para que el alma permanezca siempre y pueda pasar de un cuerpo artificial a otro. Adquiere ahora más sentido que nunca el título en español de la película original: Almas de metal.

El subtexto, siempre el subtexto

También adquieren sentido muchas de las cosas aparentemente incongruentes de la primera temporada. La búsqueda del laberinto que protagoniza el rol de Ed Harris (Madre!), por ejemplo. También da un nuevo y mucho más interesante sentido a otras secuencias, como la puesta a punto del personaje de Evan Rachel Wood (Allure) por parte de otro protagonista, un magistral Jeffrey Wright (The public) que en esta segunda temporada logra altas cotas interpretativas. Para muchos espectadores posiblemente esto pueda parecer un intento de los creadores de dar continuación a una trama que parecía tener fin en una única temporada, en un intento de alargar la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, la mera complejidad de la historia ya rebate cualquier posible argumento en este sentido.

En cinematografía se suele hablar mucho del subtexto, aunque su uso no es tan habitual. Cualquier escena, cualquier diálogo, debe contar algo que no se ve en pantalla, debe mostrar las intenciones ocultas de los personajes. Los grandes hitos del séptimo arte suelen construirse sobre esto. Y Westworld es subtexto puro y duro. Dicho de otro modo, las dos primeras temporadas se pueden entender como texto y subtexto: la primera contaría lo que el espectador ve y la segunda lo que en realidad se esconde tras el parque temático y las motivaciones de los personajes. Y es aquí donde radica la belleza y la magistral labor de Nolan. Estos 10 capítulos se convierten así en una auténtica montaña rusa dramática, calculada milimétricamente para construirse sobre puntos de giro que no solo dan nuevo sentido a las lagunas que, inevitablemente, se forman durante la historia (todas ellas explicadas al final de la temporada), sino que aportan una nueva comprensión al conjunto de la serie, obligando a revisionar no solo los episodios, también los conceptos que hasta ahora se manejaban.

El problema de esta segunda temporada está, sin embargo, en cómo continuar en el futuro. Estando Jonathan Nolan detrás del proyecto es fácil suponer que todo está atado y bien atado, pero el final de esta etapa abre muchas incógnitas, por no hablar de los numerosos personajes que dicen adiós después del fantástico episodio 10. La pregunta más importante es si el espíritu de la serie podrá mantenerse, si las ideas planteadas a lo largo de esta temporada podrán germinar en la siguiente, o si se volverá a dar un giro. Parece evidente que la idea de que los robots se muevan en el mundo real confundiéndose entre los humanos será la base de la historia, pero a partir de aquí las posibilidades son casi infinitas.

Pero hasta que eso llegue, que según parece no será hasta 2020, se puede disfrutar una y otra vez de estas dos temporadas de Westworld. Y digo de las dos porque deben verse casi como una única historia en la que todo tiene un doble sentido, en la que nada es lo que parece. Esta idea subyace en cada uno de los aspectos, desde el primer y clásico primer episodio hasta el último. Si en la primera temporada eso se narraba en las relaciones entre humanos y robots, en esta segunda se produce entre lo visto en aquellos episodios y las verdaderas intenciones mostradas en estos nuevos capítulos. Todo ello en un ejercicio soberbio y magistral que debería estudiarse en las escuelas de guión, con un manejo de los tiempos narrativos sencillamente perfecto, unas interpretaciones impecables y una puesta en escena fascinante. Poco más se puede pedir, salvo que pase rápido el tiempo hasta el siguiente episodio.

La 3ª T. de ‘Gotham’ consolida a sus villanos para crear a Batman


Hay una ley no escrita que establece que toda buena película debe tener un extraordinario villano. Evidentemente, no todas las grandes historias cuentan con grandes villanos… o con villanos propiamente dichos. Pero desde luego, un gran villano sí eleva de categoría cualquier historia. Y partiendo de esa base, la tercera temporada de Gotham ha optado por hacer avanzar la trama a pasos bastante agigantados para confirmar el giro dramático que está dando la serie y convertirla en una historia de superhéroes más que detectivesca. Para ello se ha apoyado en su cartera de villanos, dotándoles de una mayor entidad y aprovechando eso para desarrollar, a su vez, a un joven Bruce Wayne magníficamente interpretado por David Mazouz (serie Touch).

En efecto, estos 22 episodios de la serie creada por Bruno Heller (serie Roma) ahonda notablemente en la personalidad de todos y cada uno de los villanos que a lo largo de los episodios anteriores han ido apareciendo en la trama, amén de incorporar otros nuevos. Con más o menos acierto según sea el caso, el resultado final es que la complejidad que han adquirido no solo estos antagonistas, sino también su forma de relacionarse con el resto de personajes, hacen que la serie haya dejado de ser una original producción policíaca ambientada en la ciudad que da nombre a la ficción para convertirse en un mosaico criminal de intereses contrapuestos, de motivaciones enriquecidas por el odio, la venganza y el poder. Todo eso convierte a Gotham en esa ciudad del crimen que necesita de un salvador, de un héroe al margen de una limitada ley que no puede hacer frente a todas esas amenazas.

Se puede decir, en este sentido, que Gotham (la serie) empieza a ser realmente Gotham (la ciudad). Más allá de la impecable ambientación, el escenario en el que se desarrollan todas las tramas toma forma y se prepara para recibir al caballero oscuro, que en cierto modo hace acto de presencia en el plano final de esta tercera temporada. Y todo ello, como decimos, es gracias precisamente a que los villanos comienzan a tomar conciencia de sí mismos, a dejar de ser meros secundarios para dar un paso al frente y ser protagonistas de historias que no solo discurren paralelas a la principal, sino que influyen de un modo más o menos notable en la misma. A pesar de los errores, que los tiene principalmente en la construcción de algunas tramas, el resultado final es el de una composición de intereses, antagonistas, violencia y caos que resulta de lo más sugerente. Y ante esa amenaza, apenas dos nombres.

El arco argumental del detective Gordon, interpretado de nuevo por Ben McKenzie (El marido de mi hermana), ha ido perdiendo interés en favor no solo de los villanos, sino del propio Mazouz y su viaje para encontrar a Batman. A pesar de seguir llevando sobre sus hombros el principal peso de la historia, su personaje en esta etapa realiza un recorrido cuanto menos cuestionable, que le hace ser detective privado, policía, infiltrado en una organización secreta, superar una droga que nadie más es capaz de controlar y salvar una ciudad. El hecho de que su trayectoria de redención no le convierta en el principal atractivo de la serie debería ser argumento suficiente para comprender que no está funcionando, que se está convirtiendo en un secundario, en un nexo de unión entre otras historias más interesantes. Si a esto añadimos el espléndido crecimiento del personaje de Bruce Wayne, con un prometedor futuro por delante como auténtico protagonista, lo que tenemos es un cambio de foco dramático sabiamente elaborado y disimulado con un contexto cada vez mejor.

Porque sí, porque hay que hacerlo

Todo ello no impide, sin embargo, que esta tercera temporada de Gotham no presente algunos puntos débiles. Y como es lógico, si son los villanos los que más crecen en esta serie, también son ellos los que registran algunas de las mayores flaquezas. Los problemas de estos últimos episodios podrían resumirse en un Deus ex machina constante a lo largo de la trama, si bien en esta ocasión ni hay un dios ni hay una máquina. Es más bien, el poder puntual de la ciencia. Eso y las conspiraciones que se desarrollan a lo largo del arco argumental. Pero vayamos por partes. Los aspectos más “mundanos” de la serie, aunque estructurados correctamente (lo que da facilidades para el desarrollo de personajes), han necesitado en no pocas ocasiones de giros argumentales cuanto menos cuestionables. No por su falta de coherencia; no por ser algo inconexo con el resto de la historia. Más bien, porque se han forzado situaciones que para crear conflictos que de otro modo habrían sido difíciles de explicar.

Desde el hecho de que el personaje de McKenzie sea capaz de vencer una droga que ningún otro personaje es capaz de controlar, hasta el camino oscuro que emprende el joven Bruce Wayne, las tramas han tenido un recorrido algo accidentado. Cabe pensar que en algunos casos, como el de esa especie de conspiración para acabar con la ciudad y utilizar el rol de Mazouz como arma, las incógnitas se resolverán poco a poco en los siguientes episodios de la cuarta temporada. Pero otros casos son más llamativos. La incorporación de nuevos secundarios cuya única función es la de ser detonante de un elemento desequilibrante en la historia es alarmante, lo que genera un doble problema. Por un lado, la proliferación de personajes relativamente insustanciales complica la posibilidad de estar atentos a todas las ramificaciones que posteriormente se desarrollan. Y por otro, su presencia resta tiempo y espacio al desarrollo de otras tramas, lo que obliga a condensar motivaciones, decisiones y acciones en un periodo más corto, derivando en esa sensación de que en los arcos argumentales hay momentos en los que todo ocurre casi “porque sí”.

Aunque no cabe duda de que uno de los casos más sonados es el de Ivy Pepper, que ya va camino de convertirse en Poison Ivy. Y en esta ocasión sí que es la ciencia la que tiene mucho que ver con esa idea de que todo ocurre “porque tiene que ser así”. Ya sea por cuestiones narrativas, ya sea por cuestiones dramáticas, el cambio de actriz, crecimiento del personaje incluido, genera más dudas que certezas. Partiendo de la base de que se produce casi por un accidente científico, queda plantearse porqué logra los poderes y conocimientos sobre plantas que logra, amén de los motivos para ese crecimiento en cuestión de segundos del personaje, que ahora está interpretado por Maggie Geha (¿Cómo se escribe amor?). En efecto, y según lo visto en esta tercera temporada, parece que hay dos motivos para esta evolución. Por un lado, dramático: el personaje no se estaba desarrollando adecuadamente y era necesario explicar sus poderes. Por otro, narrativo: es necesario sumar a un villano de esta categoría al plantel de adultos de la trama y darle un mayor protagonismo del que tenía hasta ahora.

El problema es el modo en que se ha hecho. Y eso se puede aplicar a muchos aspectos de la tercera temporada de Gotham. Es cierto que son aspectos secundarios, al menos respecto al desarrollo principal y al modo en que ha terminado esta etapa, pero sí desvelan algo arriesgado: el uso de recursos poco o nada narrativos que no tienen justificación alguna en el resto de las tramas. A priori no debería de ser motivo de alarma teniendo en cuenta la sólida construcción de los principales personajes, sean héroes o villanos, pero el hecho de que el rol de McKenzie haya perdido parte de su interés y que se estén introduciendo más y más villanos invita a pensar que esos detalles secundarios podrían adquirir la categoría de relevantes. Por suerte Batman también está empezando a hacer acto de presencia, y si eso se trabaja como hasta ahora, es garantía de éxito.

 

‘Proyecto Rampage’: de gorilas, lobos y cocodrilos mutantes


Nadie sabe cuál es el secreto del éxito de una película, pero desde luego lo que el espectador detecta al instante es si lo que está viendo es algo sincero o un mero truco de manos. Me explico. Una película que trata de ser más de lo que en realidad es siempre será vista como pretenciosa, como algo irreal. En cambio, una propuesta que conoce sus limitaciones, que se ajusta a sus necesidades y que ofrece todo lo que puede dentro de esos límites, incluso con sus debilidades, dejará un recuerdo más o menos bueno. Y esto, en cierto modo, es lo que le pasa a lo nuevo de Dwayne Johnson (Un espía y medio).

Siendo completamente sinceros, Proyecto Rampage es una obra más bien simplona, con un guión previsible casi desde el primer minuto, un desarrollo lineal que camina por escenarios ya explorados y con unos personajes arquetípicos que no se salen de su definición ni un solo milímetro. En definitiva, un film sin grandes atractivos dramáticos y, si se rasca un poco sobre su superficie, sin grandes contenidos argumentales. Y ni siquiera la labor de los actores, encomiable en el intento de dar consistencia a unos roles más bien endebles, es capaz de hacer olvidar esa sensación de cierto desasosiego.

Ahora bien, comprendiendo todo esto, su director Brad Peyton (El exterminador) opta por lo fácil y directo, es decir, potenciar al máximo los elementos espectaculares del film. Sin que los efectos especiales sean, valga la redundancia, especiales, la apuesta visual y narrativa del director imprimen un ritmo al conjunto que no frena nunca, ni siquiera en esos momentos en los que es necesario tomar aire para contar, aunque sea someramente, el poco guión que tiene. Esto, unido al carisma de Johnson y a ciertos toques de humor (algunos más logrados que otros) convierten a esta cinta en un entretenimiento aséptico, en una evasión de casi dos horas en la que monstruos, héroes y villanos se dan cita para destruir medio mundo y parte del espacio.

Y funciona. La verdad es que Proyecto Rampage funciona, al menos en este sentido. El humor que desprenden Johnson y el gorila gigante creado digitalmente suponen el contrapeso perfecto para las intensas secuencias de acción. La falta de guión se suple con el carisma del protagonista, al menos en parte, y la ausencia de un argumento sólido se disimula con el ritmo que el director imprime al film y con un final, todo hay que decirlo, espectacular. Así las cosas, lo nuevo de Johnson es lo que es, y no trata de engañar a nadie. Buscar algo más que el entretenimiento sería algo ingenuo. Esperar que no haya una secuela en un plazo de tiempo razonable también.

Nota: 6/10

‘Ready Player One’: el Oasis de la cultura pop


Aviso a navegantes. Lo nuevo de Steven Spielberg (Minority report) es una experiencia visual y nostálgica inigualable, pero también esconde una notable crítica social. Y esta dualidad es lo que convierte a esta aventura de ciencia ficción en una obra espléndida. Puede que no guste a aquellos que hayan sido ajenos a la cultura de los años 80 y 90, pero aunque solo se conozcan algunos de los personajes que han poblado la imaginación de generaciones durante estas décadas la película se disfrutará de un modo que cada vez resulta más difícil experimentar.

Por supuesto, Ready Player One es ante todo un entretenimiento en su máxima expresión. El guión, perfectamente estructurado aunque algo carente de importantes giros dramáticos, presenta en apenas unos pocos segundos el contexto social en el que se desarrolla la trama, pasando rápidamente a introducirse en lo más relevante de la acción y aprovechando las impecables secuencias de acción para hacer avanzar un argumento que a muchos les recordará a algún videojuego que les dejó huella en su infancia. Con una música inolvidable y unos efectos visuales que ya quisieran muchas películas, Spielberg se da un festín referencial de una cultura que necesita ser reivindicada como una parte fundamental de todo lo que actualmente vivimos. A esto se suma un reparto notable y una estructura dramática bien construida, con pilares sólidos sobre los que asentar posteriormente el importante mensaje (una suerte de huevo de Pascua) que esconde el film.

Siempre he pensado que la ciencia ficción es el mejor género para mostrar y contar los problemas de la sociedad, y por eso este film basado en la novela de Ernest Cline es capaz de sobrepasar el mero entretenimiento. La verdad es que no podría esperarse menos de Spielberg. Sus efectos especiales, la agilidad del lenguaje visual del director o las constantes referencias no impiden apreciar que la cinta, en realidad, habla de un mundo incapaz de vivir en el mundo real, obsesionado con escapar de una rutina que le asquea y que busca una salida en una realidad virtual en la que nadie es quien dice ser y todos se ocultan detrás de una identidad falsa. Un videojuego a escala global que permite interactuar con personas de todo el planeta, hacer amigos y enamorarse sin ni siquiera conocerse físicamente. La idea de que lo único que se vive realmente es la vida real resume a la perfección no solo la moraleja de esta historia, sino el camino que está tomando una sociedad cuya visión está dirigida hacia una pantalla de móvil y no hacia quienes están junto a nosotros.

Aunque a Ready Player One puede faltarle algo de fuerza en algunos momentos clave, lo cierto es que su carácter juvenil y aventurero, amén del espectáculo visual que supone ver y escuchar tantos referentes de la cultura pop en ese Oasis, convierten a esta aventura en algo diferente, fresco, dinámico y, ante todo, digno de disfrutar. Una película que invita a reflexionar sobre el camino que toma la sociedad mientras nuestros sentidos se deleitan con la música, los personajes y las criaturas que han nutrido la imaginación de la sociedad y de muchas generaciones durante décadas. A muchos su estructura de videojuego les puede resultar extraña, pero lo cierto es que no deja de ser la misma que la de cualquier otro relato con el que nos hemos maravillado cuando éramos más jóvenes. Y conseguir que volvamos a nuestra juventud siempre es algo admirable.

Nota: 8/10

‘Pacific Rim: Insurrección’: Más evasión que victoria


Más efectos, más acción, monstruos más grandes y… ¿menos historia? Es un mal habitual en muchas secuelas, y en esta cinta dirigida por Steven S. DeKnight, creador de la serie Spartacus, hay bastante de eso, lo que hace preguntarse si esta segunda parte del film de 2013 dirigido por el oscarizado Guillermo del Toro (La forma del agua) era realmente necesaria. ¿Necesaria? No. ¿Disfrutable? Si se busca evasión sí; si se busca victoria puede que no tanto.

El principal problema de Pacific Rim: Insurrección es que su argumento se pierde entre una maraña de historias secundarias que poco o nada tienen que ver con el verdadero sentido del film. Con una trama principal relativamente interesante (traición, una nueva generación de robots, el uso de órganos alienígenas, …) el desarrollo argumental se reduce a la mínima expresión para dar protagonismo a, por ejemplo, el pasado de un personaje, el conflicto entre dos roles secundarios o una suerte de sana enemistad entre los protagonistas que nada aporta al resultado final. DA la sensación de que se han pretendido reproducir algunos de los mejores aspectos de la historia original, pero se ha quedado en eso, en una mera pretensión. Y todo ello con un reparto más que correcto en el que destaca la pareja formada por John Boyega (Detroit) y Scott Eastwood (Snowden), capaces de salvar ellos solos los momentos más críticos del guión.

Efectos y acción a raudales, es cierto, introduciendo nuevos elementos en los combates que harán las delicias de los fans del género. Y aunque DeKnight no es Del Toro, lo que se nota fundamentalmente en su lenguaje visual durante los combates, la incorporación de nuevos y más dinámicos robots capaces de hacer prácticamente de todo ofrece un mundo de posibilidades que se explotan con bastante acierto. Atrás quedan, por tanto, las luchas a puñetazo limpio como si de un combate de lucha libre se tratara, introduciendo saltos, giros en el aire y nuevas armas con las que luchar contra unos monstruos que, en efecto, vienen de otra dimensión… al menos en parte.

Así que si la pregunta es si Pacific Rim: Insurrección permite evadirse de la realidad durante casi dos horas, la respuesta es sí. Sin pensar en su historia y dejándose llevar por las ironías de sus personajes, una trama más bien plana y unos combates que introducen nuevos escenarios además del mar y las ciudades, el espectador puede terminar pasando un buen rato. Si la pregunta es si se continúa la historia original de un modo sincero y explorando los matices que ofrece su trama, lo que puede ser un buen rato terminará siendo un cúmulo de críticas e, incluso, una búsqueda de los fallos narrativos, que alguno que otro hay. Lo más esperanzador, y lo más aterrador, es que se deja la puerta abierta para una tercera parte que ya fue confirmada por el propio Guillermo del Toro.

Nota: 6/10

La fantasía y las mujeres protagonizan las nominaciones de los Oscar


La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos parece moverse por impulsos o, al menos, por el sentir social y popular. En cierto modo, no es mala estrategia, pues acerca a los académicos y profesionales al público, su sustento película tras película. Pero esto puede provocar que cada año se produzcan nominaciones (y en consecuencia premiados) un tanto tendenciosas que dejen fuera auténticas joyas o, por lo menos, títulos merecedores de algún reconocimiento. Si el año pasado fue el musical y el cine afroamericano, este año es el turno de la fantasía y, sobre todo, de las mujeres. Un más que merecido reconocimiento, por cierto, aunque muy tardío si tenemos en cuenta que este 2018 se cumplen 90 años desde aquel primer ‘Y el Oscar es para…’.

A estas alturas todo el mundo conocerá la lista de nominados, que encontraréis en un enlace más abajo, así que centrémonos en el análisis de los títulos incluidos en las principales categorías. Un primer vistazo general permite apreciar que, por primera vez desde hace más de una década, la fantasía, la ciencia ficción y el terror tienen las principales nominaciones. Es más, La forma del agua acapara un total de 13, siendo la gran favorita. Más allá de lo evidente, otros detalles llaman la atención de una edición que está marcada por notables ausencias y grandes sorpresas. Y esos detalles tienen un denominador común: las mujeres profesionales y artistas que hacen posible el cine. Y es que más allá de que haya directoras, directoras de fotografía, productoras y, por supuesto, actrices, lo realmente importante es que buena parte de los títulos nominados narran historias de mujeres o, al menos, contadas desde el punto de vista del género femenino. Es el caso de la cinta de Guillermo del Toro (Pacific Rim), sin ir más lejos, pero no es el único.

Habría que preguntarse los motivos por los que Hollywood ha tardado tanto en reunir en una única edición tanto cine hecho y protagonizado por mujeres. Greta Gerwig, directora de Lady Bird, se ha convertido en la quinta mujer nominada en esa categoría en estos 90 años. Más extraordinario es el caso de Rachel Morrison, directora de fotografía de Mudbound que ha logrado entrar en una categoría que durante casi un siglo ha parecido estar reservada solo a los hombres. Y junto a esto, tres películas protagonizadas por mujeres entre las nominadas a la principal categoría. Todo ello en un año en el que los escandalosos casos de acoso sexual a actrices han saltado a la primera línea informativa, amén de los llamativos casos de desigualdades salariales entre actores y actrices por roles que deberían incluirse en la misma categoría. Así, esta 90 edición pasará a la historia por ser la primera en lograr algunos hitos, pero también destacará por algunas sorpresas entre los nominados.

Para empezar, que una película como Déjame salir haya logrado estar en las categorías más importantes es cuanto menos llamativo (tiene cuatro nominaciones). No seré yo quien reniegue de un film fresco, original y dinámico, pero su desarrollo dramático, sus actores y su director no componen un film imprescindible, sino más bien un entretenimiento que invita a la reflexión. Teniendo esto en cuenta, resulta aún más sorprendente que El gran showman no se encuentre, al menos, en alguna de las categorías principales, y no solo en Mejor Canción. También es destacable la ausencia de Steven Spielberg en la categoría de Mejor Director por Los archivos del Pentágono… y de nuevo, considerar que Jordan Peele, realizador de Déjame salir, ha hecho una mejor labor que Spielberg es cuanto menos cuestionable. En la categoría de sorpresas también podría enmarcarse la presencia de Logan como Mejor Guión Adaptado o la ausencia de Tom Hanks por la citada película de Spielberg.

Lo que no es una son algunos nominados que parecen tener un hueco reservado cada vez que hacen un papel. Meryl Streep es el caso más evidente, por supuesto, pero no el único. Christopher Nolan también repite, en esta ocasión con Dunkerque, aunque todo apunta a que otro año más no será reconocido el talento del que posiblemente sea el mejor director de los últimos tiempos. Tampoco sorprende la presencia de Daniel Day-Lewis por El hilo invisible, y aquí es necesario preguntarse si el actor, que ha anunciado su retiro, terminará su carrera con un nuevo Oscar en el bolsillo. Los ganadores se conocerán el 4 de marzo en una gala presentada por el humorista Jimmy Kimmel por segundo año consecutivo, y teniendo en cuenta los casos de acosos sexuales que están salpicando Hollywood en los últimos meses, todo apunta a que será una gala cuanto menos interesante en lo que a discursos se refiere.

Si queréis conocer en detalle todos los nominados de la 90 edición de los Oscar podéis hacerlo en este enlace.

2ª temporada de ‘Stranger things’, más personajes y ciencia ficción


Una de las máximas de cualquier serie es que tiene que evolucionar. Sea como sea, tienen que existir cambios suficientes para que la ficción crezca. En algunos casos es introduciendo nuevos personajes y, con ellos, nuevas tramas. En otros, situando a los protagonistas ante nuevos retos personificados en villanos. Y en otros, como ocurre con la segunda temporada de Stranger things, profundizando más en los elementos que ya fueron planteados en la primera temporada. Y esto tiene su lado positivo y su lado negativo, y el éxito o fracaso de estos 9 episodios nuevos radica no solo en los ojos con los que los vea el espectador, sino en la habilidad de los hermanos Matt y Ross Duffer (serie Wayward Pines) para inclinar la balanza hacia los aspectos más positivos del relato.

Una habilidad que queda patente al ver el resultado de este nuevo homenaje al cine de ciencia ficción de los años 80. Superado el elemento sorpresa de su ambientación, la trama se ha vuelto más adulta para adentrarse en el mundo Del Revés planteado en su primera etapa y en la amenaza que suponen las criaturas de este otro lado. Y aunque la trama vuelve a utilizar el mismo desarrollo (al menos de forma esquemática) que tan buen resultado obtuvo en los primeros episodios, lo cierto es que el peso dramático que adquieren personajes adultos como el sheriff interpretado por David Harbour (Escuadrón Suicida) dota al conjunto de una visión más global y más compleja de lo planteado inicialmente.

Y es que aunque pueda parecer excesivamente simple, la trama ya no se centra en la búsqueda de un niño desaparecido, sino en la lucha directa y sin cuartel contra la amenaza de las criaturas de ese otro mundo. Mientras que la primera temporada tenía un carácter más aventurero adolescente (y que cada cual lo asocie a la película que crea oportuno), esta segunda etapa de Stranger things se entrega por completo a la ciencia ficción, a la lucha contra algo de otro mundo al que cuesta derrotar y no se llega a entender nunca. El cambio de concepto es evidente, pero eso no implica que sea peor. Sencillamente, era necesario buscar una salida a un planteamiento que no podía repetirse, y dado que el elemento sorpresa de la ambientación ya ha caducado (aunque sigue siendo espléndido), la opción elegida ha sido la de enfocar la trama hacia ese formato.

Para gustos los colores, por supuesto, pero personalmente creo que es acertado. Para empezar, ha permitido a la serie mantener buena parte de su esencia al tiempo que ha agrandado sus miras y sus objetivos, abriendo la puerta a nuevas posibilidades narrativas. Y lo más importante, ha introducido nuevos personajes que, a su vez, ha sido catalizadores de importantes cambios en los protagonistas, adultos y niños, que les ha permitido crecer dramáticamente hablando. Desde los problemas amorosos de unos preadolescentes hasta los conflictos románticos de adolescentes y adultos, pasando por el modo en que cada uno de ellos se enfrentan a esa amenaza procedente de otro mundo. Todo ello, aunque de forma sutil, hace que la visión de esta serie cambie. Desde un punto de vista narrativo, la apuesta de los hermanos Duffer no podría ser más idónea.

Referencias, más referencias

Y dado que mencionamos los nuevos personajes, es conveniente señalar que no todos los secundarios introducidos en esta nueva temporada tienen el mismo peso. De hecho, algunos resultan un tanto anodinos. Es el caso, por ejemplo, de todo el periplo de Eleven, el rol interpretado por Millie Bobby Brown (serie Intruders). Aunque necesario para explorar los orígenes de este personaje, lo cierto es que esa especie de viaje al Lado Oscuro se antoja poco elaborada. Sí, explica muchos elementos que definen a esta niña con poderes, pero al mismo tiempo plantea ciertas dudas sobre la necesidad de volverse, aunque sea por un instante, una delincuente.

Posiblemente este sea uno de los conceptos de Stranger things más cuestionables, amén de la aparición de una chica en el grupo de niños que causa una cierta revolución romántica en los protagonistas. Carente de originalidad, esta dinámica solo podrá tener justificación si se desarrolla de forma coherente en la próxima temporada, y sobre todo si no cae en los arquetipos vistos en miles de historias de este tipo. Eso sí, la presencia de esta joven interpretada por Sadie Sink (The Bleeder) convierte al grupo en un reflejo del que protagoniza It. Y precisamente las referencias al cine de terror y ciencia ficción más emblemático es uno de los elementos a aplaudir en esta segunda temporada.

En efecto, la trama está plagada de momentos que homenajean a grandes e inmortales títulos del género. La inclusión de Sean Astin, Sam en la saga ‘El Señor de los Anillos’ y uno de los protagonistas de Los Goonies (1985) así lo confirma. Pero hay mucho más. El final que se desarrolla en las instalaciones militares desiertas y plagadas de criaturas es una evidente referencia a Parque Jurásico (1993); la referencia a Los cazafantasmas (1984) ni siquiera es necesario analizarla; la secuencia que comparten en una casa los personajes de Charlie Heaton (El secreto de Marrowbone) y Natalia Dyer (After Darkness) antes de acostarse es un claro homenaje a Indiana Jones y el templo maldito (1984). Y como ellas, numerosos detalles, algunos más evidentes que otros, que confirman esta serie como una referencia constante a clásicos del cine y, sobre todo, a los directores que los hicieron posibles.

Puede parecer que Stranger things ha dejado de ser Stranger things. Pero lo cierto es que, como toda buena serie, ha evolucionado. ¿Hacia dónde? Por el momento, hacia una trama mucho más rica, compleja y abierta de lo que fue la primera temporada. El peso dramático de los adultos ha pasado de meros secundarios en la órbita de unos jóvenes que buscan a su amigo desaparecido a protagonistas de pleno derecho en una lucha contra un mal mayor. Si a esto se une la complejidad que adquiere ese enemigo y el cambio producido en los arcos argumentales de los jóvenes protagonistas, lo que nos encontramos es una segunda temporada que ofrece más en todos los sentidos. Y hasta cierto punto, ese es el objetivo de toda continuación, aunque en este caso la introducción de nuevos personajes y las consecuentes nuevas tramas secundarias generan un doble fenómeno. Por un lado, esa riqueza dramática y de ciencia ficción ya mencionada. Pero por otro, se expande el tanto el mundo presentado en los primeros episodios que se diluye el tratamiento de algunos protagonistas, provocando una cierta sensación de abandono de los mismos. Sea como fuere, con una tercera temporada confirmada existe margen para continuar desarrollando y profundizando en este universo, potenciando todo lo bueno que lo define y tratando de minimizar los problemas de ese crecimiento dramático.

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