‘Ad Astra’: en los confines de la galaxia


De un tiempo a esta parte, y con permiso de la saga ‘Star Wars’, el cine espacial ha retomado 2001: Una odisea en el espacio (1968) como su referente principal para adentrarse en la naturaleza del ser humano, en sus miedos y sus desafíos ante un futuro desconocido. La última película de James Gray (El sueño de Ellis) no solo confirma esta tendencia, sino también el interés y atractivo de estas historias.

El espacio, por sus propias características, ofrece posibilidades narrativas casi infinitas. Pero todas ellas suelen tener relación con la soledad, con el vacío y con esa fortaleza física y mental de los viajeros de las estrellas para afrontar desafíos en un lugar en el que nadie puede oír tus gritos. Ad Astra, en este sentido, ahonda en estos sentimientos para obligar al espectador a reflexionar sobre una sociedad que parece cada vez más aislada, más obsesionada con el avance científico y tecnológico, olvidándose por el camino de que lo realmente importante está al otro lado de la ventana. Es por eso que, desde un punto de vista dramático, la cinta se convierte en un interesante relato acerca de cómo la soledad puede hacernos perder el norte social para introducirnos en una espiral autodestructiva y dañina para aquellos que nos rodean, pero sobre todo establece que poner fin a esa situación solo está en nuestra mano.

La referencia inicial a la película de Stanley Kubrick no es casual. Gray aprovecha el lenguaje visual de este clásico del maestro para abordar el desarrollo de su propia película desde un punto de vista más introspectivo, con un uso de la imagen y el sonido cada vez más frecuente en este tipo de films. Con una belleza evidente, el director plantea el contraste entre los primeros planos de un Brad Pitt (Frente al mar) sobrio y en un constante diálogo con su ‘yo’ interior, con los grandes planos generales de un negro e imponente espacio. Esta dualidad genera precisamente la disrupción narrativa del intimismo enmarcado en la grandiosidad, de lo pequeño dentro de un marco gigantesco. En definitiva, de la importancia de lo que tenemos cerca frente a lo inalcanzable de aquello más lejano. El mayor problema de esta historia será, para muchos, su ritmo algo lento y el hecho de que la película no ofrezca más contenido que el viaje de ida y vuelta del protagonista, sin apenas historias secundarias que enriquezcan la trama.

Y puede que esto, al menos la segunda parte, sea el principal inconveniente de Ad Astra. No es algo menor, es cierto, pero lo relevante del film de Gray es esa dualidad que plantea. Más allá de una cinta de ciencia ficción, es una reflexión sobre la importancia de las cosas cercanas (que no pequeñas) frente a objetivos más lejanos y, a priori, inalcanzables. Dicho de otro modo, plantea al espectador la necesidad de cuidar lo más próximo y el riesgo de perderse buscando logros fuera de nuestro alcance, en un intento de determinar esto como el verdadero sentido de la existencia. Bajo este prisma, la obra contiene una profundidad dramática enorme, acompañada por un estilo visual potente a la par que conocido. Lo malo, sin duda, es esa falta de contenido secundario y la sensación de estar ante un homenaje demasiado evidente al clásico de Kubrick.

Nota: 6,75/10

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‘Serenity’: atrapado en la isla


Un hombre atormentado por su pasado, un viejo amor, la propuesta de un crimen a cambio de dinero y una pequeña isla que parece perfecta. Los ingredientes no son nuevos si se quiere construir un thriller de corte un poco exótico. De ahí que el director y guionista Steven Knight (Redención) haya querido introducir algo más, un elemento distorsionador que dote al conjunto de un nuevo sentido y de algún que otro giro argumental inesperado. Pero esta no es siempre una buena idea.

De hecho, Serenity es el ejemplo de lo que no se debería hacer. Es cierto que la cinta plantea de forma bastante sólida e inteligente los elementos que transgreden un poco la marcha de la historia, obligando al espectador a preguntarse si lo que está viendo es, en realidad, lo que está viendo. Y de hecho, el suspense que genera el componente de ciencia ficción que tiene el film es lo suficientemente elaborado como para provocar algo del impacto buscado. Pero la palabra clave es algo, porque el problema de la historia es… la propia historia. Es excesivamente simple, lineal, arquetípica, sin contar con otros aspectos dramáticos que puedan vestir la trama. Y dado que la parte más fantástica del guión no llega nunca a tomar el control del desarrollo, la historia se queda a medio camino de ninguna parte, planteando algunas ideas interesantes pero sin desarrollarlas.

A todo ello se suman unos personajes no demasiado bien definidos. De hecho, habrá quien se plantee qué han encontrado en esta historia actores como Matthew McConaughey (Magic Mike), Anne Hathaway (Amor y otras drogas) o Jason Clarke (Knight of cups), este último por cierto de lo mejor del conjunto. Y eso solo por poner tres nombres. Si la historia es bastante plana en materia dramática, los personajes se revelan como seres de una sola cara, sin claroscuros. El pasado del protagonista, por ejemplo, apenas sale a relucir a pesar de lo que podría aportar a la historia. La dualidad del villano, un presunto seductor con una inusitada violencia, queda eclipsada por su agresividad. Y sobre la chica de la historia mejor no comentar nada, reducida a mero agente desencadenante.

Todo esto hace de Serenity un producto fallido, un film menor incapaz de encontrar su objetivo. Es cierto que la definición algo tosca de los personajes puede tener su justificación en la explicación final, pero el problema es que Knight nunca termina de apostar definitivamente por ella, manteniendo incluso en ese último plano ese concepto de trama dramática con toques de ciencia ficción. Su falta de definición perjudica de tal modo que habrá quien desconecte por no entender nada o por considerarlo poco interesante. El sentido de todo se logra al final, pero ni siquiera eso justifica algunos problemas estructurales, de tratamiento y de indefinición.

Nota: 5/10

‘El hijo’: ¿es un pájaro? ¿es un avión? ¿pero qué es?


¿Un Superman villano? Pues la idea ya es de por sí sugerente, sobre todo para aquellos que conozcan los orígenes del personaje narrados en los cómics o en el clásico de 1978. Pero la película que nos ocupa es de todo menos sugerente. Y eso es casi lo más interesante del film de David Yarovesky (The hive), porque lo cierto es que en ningún momento llegamos a saber qué género estamos viendo.

Y es una lástima, porque El hijo tiene todos los elementos necesarios para ser una apasionante cinta de ciencia ficción o una terrorífica apuesta de suspense y angustia. Sin embargo, el desarrollo dramático de la historia, y de los propios personajes, se queda en tierra de nadie. Comienza como una combinación de intriga y ciencia ficción para adentrarse levemente en el género del humor y terminar en una suerte de terror con epílogo informativo. Tanto género para una película con un argumento tan sencillo y directo, amén de una ajustadísima duración, impide asentar una interpretación de esta historia que, además, plantea varias ideas sin llegar a desarrollar ninguna. Para muestra un botón. Da la sensación por momentos de que el guión pretende jugar con el suspense de saber quién se esconde bajo la máscara, mostrando casi una doble personalidad en el personaje del joven Jackson A. Dunn (serie Legendary Dudas), quien por cierto es de lo mejor de la cinta. Sin embargo, esta suerte de apuesta por el suspense se queda en nada al ir mostrando poco a poco la transformación del adolescente, terminando por lastrar a la cinta.

Eso no impide que el film sea entretenido, ni que contenga algunos momentos especialmente desagradables y, según se mire, gore. Yarovesky poco puede aportar a la simpleza de la trama, pero su mano se deja ver en la narrativa de los crímenes que comete el joven extraterrestre que asume sus poderes, cual avispa en un nido de abejas (y la referencia no es casual, como tampoco lo es en la cinta), con la adolescencia. Pero nada de esto logra que el espectador se sumerja completamente en la película. Y eso se debe, fundamentalmente, a ciertos desequilibrios de guión, dando mucha prioridad a diálogos que dan vueltas sobre el mismo tema y dejando a un lado la evolución del adolescente. Es cierto que su transformación tiene un origen exógeno más que endógeno (cambios hormonales, comprensión del mundo, …), pero no son pocos los momentos en los que parece mostrar una cierta bondad en su interior. Ya sea una lucha interna entre el bien y el mal o una forma de manipular a los que le rodean (opto por lo segundo), falta un desarrollo más profundo de esta idea para conocer mejor al personaje más allá del símil con avispas y abejas.

De este modo, El hijo es un producto a medio camino de todas partes. Su indefinición en el género es casi lo de menos. La película plantea varias ideas que no termina de desarrollar, por no hablar de unos interesantes personajes que se dibujan con trazo grueso. El joven protagonista parece moverse en algunos momentos por impulsos de rabia adolescente, mientras que en otros parece estar dominado por una fuerza superior. La relación entre padres e hijo, fundamentalmente la de la madre, se mueve en unas arenas movedizas dramáticas que por momentos parecen consolidarse y por momentos hunden lo logrado hasta ese momento. Como entretenimiento no es una mala propuesta, sobre todo para los amantes del gore y la violencia. Sus momentos de acción, sobre todo en su clímax, son espectaculares. Pero una película no puede vivir solo de esto, sobre todo cuando plantea componentes dramáticos mucho más complejos.

Nota: 6/10

‘Mortal Engines’: devorados por el pasado


Muchos especialistas critican la falta de ideas en el cine, donde secuelas, precuelas, remakes y adaptaciones parecen proliferar más cada año. Pero lo que se comenta menos es la falta de ideas en la literatura, sobre todo en la adolescente, donde las historias parecen ser siempre las mismas pero vestidas con diferente disfraz. Algo así le ocurre a la primera película de Christian Rivers como director. Visualmente espectacular, se desinfla con un contenido sin brillo.

Y es que Mortal Engines, a pesar de tener una base conceptual interesante, no desarrolla absolutamente nada las posibilidades dramáticas del conjunto. El desarrollo del guión se vuelve predecible desde su primer punto de giro, el modo en que la información se ofrece al espectador es totalmente inadecuado, revelando posibles hitos dramáticos antes de tiempo o de un modo que resta, precisamente, dramatismo. A esto se suman unos personajes poco interesantes y excesivamente arquetípicos: una joven que clama venganza, un joven inocente que se convierte en héroe, un villano que anhela el pasado para dominar el futuro, … De hecho, se podría decir que al film le ocurre un poco lo que le sucede al malo de turno, interpretado por Hugo Weaving (Jasper Jones), por cierto lo mejor de la cinta: que termina siendo devorado por un pasado que no ha entendido y, sobre todo, no ha respetado.

Porque si lo hubiera hecho posiblemente la sensación de estar ante algo que tiende a “tomar prestado” todo tipo de elementos de otras películas no existiría, o al menos no sería tan acentuado. Porque lo cierto es que bajo este tratamiento irregular de la trama se esconden algunas reflexiones interesantes, como el modo en que la sociedad puede llegar a autodestruirse y cómo no conocer bien el pasado puede terminar por provocar un nuevo mal. Pero todo ello, como lo realmente importante en este film, se queda únicamente como algo anecdótico, una puntualización a pie de página de un relato que tiende a la espectacularidad por la vía más directa, es decir, la que no necesita de una mínima reflexión por parte del espectador.

Así, Mortal Engines es un vehículo, nunca mejor dicho, de entretenimiento puro y duro, que a pesar de la originalidad de algunas de sus premisas (ciudades que se mueven, hombres inmortales, …) no ofrece nada más que eso, imágenes apabullantes, efectos especiales y digitales a cada cual más elaborado y una puesta en escena algo sencilla pero efectiva. Pero una vez desenvuelto este proyecto, dentro no hay nada o muy poco. Desde luego no todo lo que se supone que debe rellenar las más de dos horas de metraje. El cine postapocalíptico adolescente, una vez superadas las sagas iniciales, no parece ser capaz de ofrecer nada nuevo.

Nota: 6/10

‘Overlord’: el ejército de los mil años


La idea de Hitler antes y durante la II Guerra Mundial era construir un imperio de mil años que no tuviera oposición alguna. Partiendo de esa base y de los experimentos nazis que se revelaron al término del conflicto bélico, el nuevo film de Julius Avery (Son of a gun) compone un relato en el que soldados, zombis y superhombres se dan cita para ofrecer un entretenimiento puro y duro en el que la acción apenas tiene descanso. Y todo eso partiendo del origen histórico de la Operación Overlord (más comúnmente conocido como el Desembarco de Normandía).

No es casualidad, por tanto, que el inicio de Overlord sea una suerte de homenaje al inicio de Salvar al soldado Ryan (1998), en lugar de por mar por aire. Evidentemente, ni este film es el clásico de Spielberg ni los directores son comparables, pero ya avanza el ritmo que va a tener posteriormente la cinta. A partir de ese momento la trama desarrolla con acierto tanto a personajes como el argumento, planteando los puntos de giro de forma pausada, tomándose el tiempo para explorar los arquetipos que se presentan en la historia y para abordar la revelación de la información. En este sentido, es especialmente reseñable la secuencia en la que el protagonista descubre los experimentos nazis que se desarrollan bajo el objetivo de su misión, todo un ejercicio de tensión dramática.

En su contra juega el hecho de que estamos ante una serie B notable, y por lo tanto puede no ser tomada demasiado en serio. Pero no hay que confundirse. Avery desarrolla un film sencillo en el fondo (para muchos puede que demasiado sencillo) pero bien elaborado, con personajes prototipo que permiten un desarrollo de la acción sin intermitencia alguna. Es cierto que los personajes apenas tienen trasfondo dramático; es cierto que en varias ocasiones el desarrollo es demasiado previsible. Pero en este caso las carencias se suplen con un tratamiento entregado a la ciencia ficción y a la acción, amén de algunos toques de humor y, por supuesto, unos momentos de lo más sangriento.

Overlord es puro entretenimiento para los amantes de la ciencia ficción y la acción. Con un guión sencillo y directo, y unos personajes más bien planos pero que funcionan a las mil maravillas tanto dentro de la trama como entre ellos, Avery desarrolla una trama que apenas se detiene, evitando así que se planteen dudas en el espectador. Los puntos de giro hacen avanzar la acción por un camino que en muchos momentos es previsible, pero que en este caso no por eso deja de funcionar. Y eso es gracias fundamentalmente a que la película utiliza sus armas con inteligencia, conociendo sus limitaciones y explotando sus ventajas. El consejo de J.J. Abrams (Super 8) se aprecia en cada plano.

Nota: 7/10

‘Da Vinci’s Demons’ se entrega al exceso sin sentido en su última 3ª T.


He de confesar que no tenía intención de finalizar Da Vinci’s Demons. Más allá del carácter fantástico de su propuesta, el desarrollo irregular de sus personajes, la tosca definición de las intrigas palaciegas y la poca coherencia de algunas de sus premisas habían hecho que me replanteara continuar con su historia. Pero la necesidad de completar una serie, sea más o menos acertada, me ha llevado a retomar, varios años después, su tercera y última temporada, emitida en 2015. Y lo cierto es que estos 10 episodios confirman esa idea de estar ante un producto original en su idea pero excesivo en su definición final.

En efecto, la serie creada por David S. Goyer (serie Constantine) se entrega por completo a sus excesos, aprovechando de nuevo los hitos históricos como base para una trama con tintes fantásticos que, sin embargo, no conjuga del todo bien con la realidad de los personajes. Y en esta ocasión el motivo no es otro que la necesidad de poner punto final a todas las tramas secundarias abiertas. Para ello, Goyer recurre a una estructura aglutinadora en la que personajes secundarios que han tenido más o menos peso en la trama se dan cita en un final en el que el bien y el mal se enfrentan, y en el que los integrantes de cada bando, curiosamente, también se encuentran divididos en ambas categorías, aunque unidos por las necesidades. Y si bien la teoría señala que esta es una apuesta acertada, el resultado no termina de ser satisfactorio, y eso es básicamente porque los personajes y sus arcos dramáticos no resultan convincentes.

En otras palabras, el hecho de que Da Vinci utilice su ingenio para ayudar a derrotar a los invasores de Italia sería algo sumamente interesante, amén de las intrigas y las decisiones políticas que nutren Da Vinci’s Demons. Pero que todo eso tenga lugar mientras una orden secreta quiere dominar el mundo, mientras un libro que muestra a cada uno algo diferente es la clave de la victoria, y mientras Drácula hace acto de presencia para ayudar en la lucha, resulta cuanto menos irreal, incluso para una serie de estas características. Si a esto añadimos el extraño periplo que viven algunos secundarios, cuyo devenir resulta ciertamente irregular, lo que surge es un final de serie que, en efecto, cierra por completo la trama, pero que lo hace de forma apresurada, sin abordar en profundidad algunos de los conflictos que se plantean. Más o menos como han sido todas las temporadas.

Con todo, si se aíslan algunas tramas secundarias estas resultan muy interesantes. El desarrollo, por ejemplo, del personaje interpretado por Blake Ritson (Serena) se convierte en un viaje a los infiernos de un rol ya de por sí siniestro. La ambigüedad de sus acciones, las múltiples caras que presenta este antagonista a lo largo de todas las temporadas y las evidentes luces y sombras de sus acciones encuentran en esta última etapa una conclusión ciertamente atractiva (con sus altibajos dramáticos, todo sea dicho). Y eso es gracias a que se ha ido construyendo de forma progresiva, sin incidir demasiado en sus contrastes pero sí lo suficiente como para dotar al personaje, y por extensión a una parte importante de la trama, de una sugerente oscuridad. De nuevo, la importancia de trabajar este arco secundario a lo largo de todas las temporadas es la clave de la calidad dramática.

Secundarios de última hora

A los problemas de concepto y narrativos que Da Vinci’s Demons ha arrastrado desde su primera temporada se suma en esta ocasión una práctica muy extendida en un determinado y muy concreto tipo de series: la incorporación de secundarios de última hora. Su presencia suele tener dos motivos: o bien sirven como catalizador para determinados momentos de la ficción, a modo de Deus ex machina, o bien son el modo de los guionistas de rellenar los huecos dramáticos que no son capaces de resolver de un modo algo más elaborado. En este caso hay un poco de ambos, pero sobre todo del segundo.

Y es que la presencia de Sabrina Bartlett (serie The passing bells) responde un poco a ambas respuestas. Sacarse de la manga un personaje como este ha permitido a esta tercera temporada ahondar en algunos conflictos dramáticos tanto del protagonista como de algunos secundarios, haciéndoles avanzar. Pero al mismo tiempo ha jugado una parte fundamental en la trama al ser una parte de la resolución de la serie. La fusión de ambos conceptos, sin embargo, no hace que su participación en la historia tenga más sentido. En realidad, aunque bien integrado tanto con el resto de personajes como con el argumento en sí, lo cierto es que en todo momento da la sensación de que se ha introducido de un modo forzado. No tanto el personaje en sí, que bien podría haber sido un secundario más de los muchos que se han incorporado en esta tercera temporada (puede que incluso más interesante), sino la relación familiar que la une con el protagonista, algo innecesario a estas alturas de la historia y, sobre todo, cuando no se han tenido en cuenta los hermanos y hermanas que el personaje histórico sí tuvo.

Querer establecer estos vínculos solo evidencia la necesidad de sus creadores de hacer más compleja la trama, y al mismo tiempo tratar de reforzar esa idea de la familia que rodea a Da Vinci, formada por personajes de lo más variopintos. Sea como fuere, lo cierto es que es un arco dramático a todas luces innecesario, que perfectamente podría haber desaparecido y habría tenido el mismo efecto. Y esta es una de las premisas fundamentales a la hora de desarrollar una historia: si no es fundamental para el avance de la acción, ¿para qué incluirlo? Lo cierto es que la pregunta se podría haber hecho en muchos momentos de toda la serie, pero en esta última temporada, ante la necesidad de cerrar todos los arcos narrativos abiertos, adquiere una especial relevancia.

El caso de este personaje no es el único, pero sin duda es el más llamativo. La tercera temporada de Da Vinci’s Demons no solo no endereza el irregular desarrollo previo, sino que parece entregarse por completo a un exceso conceptual sin control aparente. Y esto, aunque en determinados momentos puede entretener, termina por saturar al espectador. Y es una lástima, porque la premisa inicial de la serie era más que prometedora. El problema ha sido, y esto es algo puramente personal, que sus impulsores no han encontrado un buen equilibrio entre los hechos históricos y la fantasía, entre la parte más realista y aquella más fantástica. A cada capítulo que pasaba se entregaba más a la segunda que a la primera, y esta falta de estabilidad es la que ha terminado por convertir en parodia un producto que bien podría haber sido algo diferente.

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ termina ciclo en su quinta temporada


Parece una regla narrativa, pero en realidad es más bien una idea aceptada a base de práctica y de miles de series realizadas a lo largo de los años. Aunque lo importante es que una ficción tenga la duración planteada para contar bien la historia (es decir, sin intereses comerciales de ningún tipo), lo cierto es que muchas de las grandes series parecen plantearse para tener cinco temporadas, como mucho una o dos más. Y esto es lo que le ocurre a Agentes de S.H.I.E.L.D. Sin ser una serie inolvidable ganadora de infinidad de premios, esta ficción con superhéroes, acción y humor integrada en el Universo Marvel ha sabido no solo mantenerse en plena forma dramática y narrativa, sino que en su quinta temporada cierra ciclo de forma más que correcta, dejando un pequeño epílogo a modo de sexta y última temporada ya confirmada.

Y como no podía ser de otro modo, dicho cierre tiene como principal motor al Agente Coulson, rol que Clark Gregg lleva interpretando 10 años desde que apareciera por primera vez en Iron Man (2008). La serie creada por Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse), Jed Whedon y Joss Whedon (Los Vengadores) ha pivotado desde el primer momento sobre este personaje, y aunque a lo largo de los años ha crecido en complejidad dramática y ha incorporado interesantes personajes, el epicentro de toda la trama siempre ha sido ese agente con fe ciega en la causa que defiende. Todo esto viene a cuento porque los 22 episodios de esta penúltima temporada representan el viaje final del héroe, un recorrido que más allá de la acción es una especie de cesión del testigo para que un nuevo líder tome el control. El problema, y de ahí el final inminente de la serie, es que ninguno de los otros protagonistas, aún con su evidente interés, tiene madera de protagonista.

Esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., al igual que las anteriores, divide su trama en dos partes diferenciadas claramente. Sin embargo, y a diferencia de años atrás, en esta ocasión ambas historias están intrínsecamente relacionadas por la causa y efecto que generan los saltos temporales. La idea del bucle temporal adquiere una fuerza dramática inusitada que no solo provoca una tendencia creciente del drama e incluso cierto suspense, sino que da lugar a un clímax final y a una resolución de la historia tan interesante como compleja, trastocando el tratamiento de los protagonistas realizado hasta ese momento al tener que enfrentarles con sus propios miedos, sus fobias y sus secretos más escondidos. El hecho de presenciar el futuro e intentar cambiarlo a pesar de repetir siempre los mismos actos (sin darse cuenta de ello, claro está), aporta una complejidad dramática única a la temporada, pero también un cierto desasosiego al tener en todo momento la sensación de estar asistiendo a un destino inevitable.

Evidentemente, los héroes logran su misión, pero a diferencia de otro tipo de series, no es un final feliz. Más bien la resolución de esta etapa es agridulce. Durante los 22 capítulos la trama gira en torno, ya sea directa o indirectamente, la salvación del rol de Gregg. Resulta muy interesante analizar cómo funciona a la perfección esta premisa en el tratamiento de toda la temporada, fruto de una construcción de personajes coherente y sólida. En efecto, la lucha de todos los personajes por su líder no solo se antoja lógica, sino incluso necesaria. Y la evolución orgánica de todas las tramas alrededor de este desencadenante no podría ser más exquisita, toda vez que son varios los momentos en los que el espectador, aun teniendo en mente una idea aproximada de lo que puede ocurrir, se encuentra ante un abismo dramático cuyo final no puede vislumbrar. Dicho de otro modo, aunque la victoria de los protagonistas es obligada, las consecuencias de dicha victoria, tanto personales como materiales, son totalmente inesperadas. Y este es uno de los principales atractivos de esta etapa.

Cerrando flecos

Todo ello no quiere decir que esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no tenga ‘peros’. En demasiados momentos la trama recurre a ciertos Deus ex machina que, aunque bien encajados en la evolución dramática, se antojan irreales (y hablamos de una producción puramente fantástica), demasiado milagrosos. Y eso no es únicamente por el modo en que se presentan dichos momentos, sino porque para resolver determinadas situaciones aparentemente irresolubles se recupera la presencia de personajes de temporadas anteriores que, de un modo u otro, solucionan la papeleta narrativa que en ese momento tienen los creadores de la serie. Todo ello juega en perjuicio de algo fundamental de esta producción, que es la capacidad del equipo de superar cualquier situación.

Asimismo, y aunque la temporada vuelve a dividirse en dos partes bien diferenciadas, el desarrollo de ambas ha tenido muchas historias secundarias, y según como se mire puede que demasiadas. El intento de rizar el rizo de una historia y unos personajes ya de por sí complejos lleva a esta etapa a convertirse en una espiral constante de situaciones casi insostenibles, de desafíos que van más allá de las capacidades mentales y físicas de los protagonistas. Y aunque este viaje hay momentos que resta credibilidad al relato, también es cierto que ahonda en las múltiples caras de los protagonistas, enriqueciéndolos a ellos y a la trama, que se llena con todo tipo de matices, algo poco habitual para este tipo de producciones. En este sentido, es interesante estudiar el delicado equilibrio que manejan los guionistas entre el crecimiento natural y orgánico de la historia, nutriéndose de las historias secundarias y los conflictos entre los personajes, y las dificultades que tienen para resolver determinadas situaciones, llegando al extremo de utilizar esos Deus ex machina que antes mencionaba.

Pero esta temporada es también la del cierre de flecos secundarios que pudieran quedar sueltos, lo que es una prueba más que evidente de que su final está próximo. El caso más evidente es el del coronel interpretado por Adrian Pasdar (Run), personaje que ha vivido un largo viaje en el que ha pasado de ser enemigo de los héroes a su aliado, para terminar convertido en un supervillano cuyo giro dramático podría ubicarse a medio camino entre esa evolución natural y los cambios forzados por las necesidades de guión. Pero en cualquier caso, la labor de Pasdar convierte a este personaje en uno de los más interesantes de la temporada, si no el que más, creando un villano complejo, marcado por un sentido del deber corrompido por un poder que cree dominar pero que en realidad le domina. Su figura, aunque secundaria, resume a la perfección el espíritu dramático de esta temporada.

Tal vez esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no sea la mejor de todas, pero sin duda se encuentra entre los referentes de la serie. Y lo es porque, a pesar de sus limitaciones y de sus puntos débiles, se atreve a ir más allá, a explorar nuevos terrenos dramáticos jugando con el espacio y el tiempo para desarrollar una historia autosuficiente que, en realidad, no necesitaría del trasfondo dramático que arrastra de las anteriores temporadas. Los personajes se enfrentan a su presente no tanto conociendo su pasado como, ante todo, conociendo el futuro y la tragedia a la que se enfrentan. Y ese conocimiento único es el motor del drama y cierto suspense que nutre toda esta etapa. La resolución, tan emotiva como trágica, no deja indiferente. Ahora tan solo queda poner el punto final con una sexta temporada que sitúe a los protagonistas ante su futuro.

‘Érase una vez’ se pierde definitivamente en su sexta temporada


Han sido seis años, pero la verdad es que la sensación es de un tiempo mucho mayor. Érase una vez llega a su fin, al menos de la historia y los personajes originales, en una sexta temporada que evidencia la transformación que ha sufrido esta original serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (TRON: Legacy). Una transformación que, aunque ha ganado en originalidad, ha perdido mucho en consistencia dramática y, sobre todo, en coherencia. Porque si algo demuestran estos 22 episodios es que, incluso en una fantasía de cuento de hadas, no todo vale.

En unos días analizaremos la séptima y última temporada, una vez finalizada la serie, pero por ahora centrémonos en el contenido de esta conclusión de la trama original. Y sin duda lo que más llama la atención es el tratamiento de los personajes y de las historias que protagonizan. Da la sensación de que, en un intento de hacer el equilibrismo imposible, sus creadores introducen todos los elementos habidos y por haber en los cuentos de hadas para componer una sinfonía de fantasía donde todos los héroes y villanos están relacionados de algún modo, bien por parentesco, bien por encuentros más o menos fortuitos en el pasado. De ahí que, por ejemplo, se junten en una única historia Aladdin, Jasmine, la Sirenita, Blancanieves, Frankenstein, Jekyll, Hyde y un largo etcétera de personajes.

El principal problema es que muchos de ellos están incorporados casi por obligación, como si fuera necesario aportar al conjunto la historia de todos los personajes de cuento o literarios, incluso aunque esto se haga únicamente en un episodio a modo de contexto dramático para ese momento puntual dentro de una historia mayor. Es el paso definitivo de una evolución que, atendiendo a los índices de audiencia, no ha sido la más acertada. Dicho de otro modo, Érase una vez ha intentado abarcar más de lo que podía, lo que curiosamente ha hecho perder al conjunto lo que le daba la magia con la que comenzó su andadura. A lo largo de las temporadas la serie ha pasado de tener una estructura de héroes contra villanos a otra que dividía cada temporada en dos partes diferenciadas, para terminar siendo una amalgama de historias con un villano final y varios intermedios.

No es el único problema de la trama, claro está. De hecho, puede que no sea el mayor, pues hay que reconocer que la introducción de tantos personajes expande el universo de fantasía hasta límites que no se habían visto, amén de reinterpretar los cuentos más famosos de un modo incontestablemente original. En este sentido, no cabe duda de que esta sexta temporada es un alarde visual y de ingenio que, con sus evidentes pegas, termina enganchando gracias a un ritmo narrativo y dramático lo suficientemente sólido como para que el espectador se deje llevar, al menos en varios de sus tramos. Es por esto que posiblemente lo más débil de esta etapa, dramáticamente hablando, sea algo que la serie viene arrastrando desde años atrás, y es esa necesidad de que los villanos se conviertan en héroes y las consecuencias que eso conlleva.

¿Héroes o villanos?

En efecto, el principal escollo de Érase una vez para su correcto desarrollo argumental ha sido qué hacer con los villanos, fundamentalmente con los interpretados por Lana Parrilla (One last ride) y Robert Carlyle (T2: Trainspotting). Curiosamente, ambos son los principales atractivos de la serie y sus verdaderos protagonistas, lo que reafirma la idea de que un buen villano hace mejor cualquier trama. Pero volviendo al origen, estos dos villanos fueron, desde el principio, el motor de esta ficción, incluso cuando sus acciones comenzaron a tornarse en las de héroes. Ese proceso ocurrió de forma natural, motivado entre otras cosas por un tratamiento muy profundo y complejo de unos personajes cuyas motivaciones tenían un largo pasado y cuyo objetivo parecía sencillo y a la vez inalcanzable: tener un final feliz.

Esta sexta temporada viene a confirmar la deriva sin rumbo fijo de la serie, algo que también se pudo ver en las anteriores etapas. Una vez convertidos en héroes, integrados en el grupos de los “buenos” aunque con sus respectivos matices, era necesario encontrar otros enemigos a los que hacer frente. Estos 22 capítulos rizan el rizo y aprovechan la compleja trama familiar para introducir a la villana definitiva, el origen de todo mal. Más allá de que esto pueda resultar más o menos congruente con lo narrado a lo largo de estos años, el problema radica en los efectos secundarios que esto tiene, y que de nuevo tiene que ver con héroes y villanos. Por ejemplo, el doble malvado de la Reina Malvada se vuelve una heroína, como ya había hecho el rol original; la bruja mala de Oz también encuentra su forma de hacer el bien; y muchos otros secundarios menores que comienzan siendo enemigos se tornan en aliados tan rápido que apenas hay tiempo de explorar la evolución dramática.

Todo ello genera un concepto dramático impropio tanto para lo visto hasta este momento como para el desarrollo que cualquier historia debiera seguir. Precisamente si algo bueno tenían los roles interpretados por Parrilla y Carlyle es que su tratamiento permitía comprenderles, explorar sus fortalezas y sus debilidades dramáticas, sus motivaciones y sus objetivos, y eso no solo les hacía más complejos, sino que redundaba en la calidad dramática de la serie. Ahora, sin embargo, lo que nos encontramos es un compendio de personajes, cuantos más mejor, cuyas historias se reinterpretan en un intento de tapar con originalidad la falta de criterio dramático. Por todo ello, esta sexta temporada es sin duda la consecuencia lógica de la evolución de la ficción, pues los numerosos personajes (y sus respectivas historias) introducidos durante las etapas anteriores han tenido que encontrar su resolución en estos episodios. Y dado el alto número y la limitación de tiempo y espacio dramático que existe, era imposible no acelerar algunos de los procesos dramáticos, con las consecuencias evidentes.

Érase una vez es el mejor ejemplo de cómo una producción puede perder interés a pasos agigantados si la historia no tiene un tratamiento controlado y calculado. Su sexta temporada es la prueba palpable de que no por introducir más y más elementos, ya sean personajes, escenarios o tramas, la historia gana en complejidad y atractivo. Puede que de lo primero sí, pero de lo segundo difícilmente ocurrirá si no se sigue una lógica. La necesidad de incorporar más héroes, más villanos y más cuentos de hadas ha terminado por asfixiar una historia sumamente original, capaz de dar un giro coherente a las historias que conocemos desde niños, y relacionar a muchos de los héroes y villanos en un único universo plagado de magia y fantasía. Al contrario de la protagonista interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad), el espectador comenzó la historia creyendo en la magia y los cuentos de hadas para terminar perdiendo la fe. Aunque en este caso no es porque nos hayamos hecho adultos después de seis años.

‘Predator (2018)’: regresa el cine de los 80


Es difícil enfrentarse a un clásico. Ya sea dirigiendo un remake o una secuela, cuando un film alcanza esa categoría el resultado de continuar su estela no suele ser demasiado satisfactorio. Las numerosas películas con el Depredador como protagonista son un buen ejemplo, de ahí que esta nueva secuela pueda generar, en principio, cierto recelo. Pero solo en principio.

De hecho, las dudas quedan resueltas en los primeros minutos de Predator gracias a un guión que tampoco se toma a sí mismo demasiado en serio y a un director, Shane Black (Kiss Kiss, Bang Bang) que vuelve a demostrar su pericia tras las cámaras dotando al conjunto de un dinamismo incomparable y constante, equilibrando perfectamente las secuencias de acción (algunas realmente espectaculares) con la mínima trama que sostiene la cinta. Sin embargo, nada funcionaría si la película no conociera al dedillo su lugar dentro de la saga. Esto permite al guión constantes referencias al film original de 1987, pero también homenajear un tipo de cine que parece extinguido, y que en cierto modo se recupera con la ironía suficiente como para que no se convierta en una amalgama de clichés.

Dicho de otro modo, la película entretiene, es dinámica y divertida, y contiene una violencia acorde a los nuevos tiempos. Todo ello, evidentemente, deja agujeros relativamente importantes en el guión que el espectador puede optar por engrandecerlos o por dejarse llevar y superarlos sin mayores problemas. Asimismo, la película introduce elementos un tanto fuera de lugar que no terminan de encajar del todo en el concepto original de la criatura. Pero dejando a un lado esas ideas, que por otro lado se pueden achacar a la evolución de los tiempos, lo cierto es que la cinta se revela como una digna secuela.

Desde luego, Predator es la mejor de las secuelas modernas, una historia sencilla pero bien construida, que introduce al espectador de forma directa en una espiral de acción, humor y violencia en la que los actores, todos ellos sin excepción, disfrutan como nunca, y eso se traslada no solo a sus personajes, sino al conjunto del relato. Con especial mención a Sterling K. Brown (Marshall) como villano de turno; sencillamente impecable. Se puede decir que la nueva cinta de Black es una regresión a un tipo de cine perdido, un cine de puro entretenimiento, de tramas lineales, con pocos puntos de giro pero bien construidas, y que a pesar de ciertas incongruencias de guión terminan dejando un buen sabor de boca.

Nota: 7/10

2ª T. de ‘Westworld’, magistral cambio de sentido dentro del laberinto


Los grandes directores y guionistas, presentes y pasados, suelen ser recordados no solo por sus películas, sino por especializarse en un tipo de relatos, en unos valores narrativos, conceptuales y artísticos muy concretos. La historia del séptimo arte está repleta de estos casos. Y aunque habrá quien diga que todavía es pronto para decirlo, en esa categoría de inmortales del cine se encuentran por derecho propio los hermanos Jonathan y Christopher Nolan, guionista y director de Interstellar (2014) respectivamente. En esta ocasión toca hablar del primero, tal vez menos conocido que el segundo pero verdadero cerebro autor de un estilo inconfundible definido por su uso y la combinación de las líneas temporales de la trama. Y la segunda temporada de Westworld es el último gran ejemplo.

Porque si la primera parte fue un ejercicio magistral del manejo de los tempos narrativos, alternando pasado y presente para construir un relato apasionante de redención, búsqueda y liberación, estos nuevos 10 episodios no solo mantienen ese espíritu, sino que dan una vuelta más de tuerca a una historia ya de por sí compleja, cambiando por completo el sentido de lo visto hasta ese momento y convirtiendo lo que parecía una rebelión de las máquinas contra sus creadores en algo más, en una búsqueda del sentido de la vida, en un intento por sobrevivir a su propia materia física. Y no estoy hablando únicamente de los robots. Lo cierto es que esta continuación debería interpretarse más bien como una reinterpretación de lo visto hasta ahora, en todos y cada uno de los aspectos.

En medio de esta revolución, Nolan, creador de la serie junto a Lisa Joy (serie Criando malvas), hace gala de su ingenio para estructurar cada episodio no ya en dos líneas temporales totalmente independientes, sino en tres, añadiendo complejidad y retando al espectador a permanecer atento a la historia y los detalles. Lo cierto es que el reto es fácil de aceptar, pues los personajes adquieren una mayor profundidad dramática. Lo que al principio parecía una mera diversión en un parque temático poco usual se convierte en una búsqueda de la inmortalidad. Aquellos personajes que parecían máquinas rebeldes se convierten en realidad en una suerte de seres mortales que solo desean justicia para años y años de tortura que ahora pueden recordar con total claridad. Lo cierto es que la riqueza de las líneas argumentales de los protagonistas es tal que cada uno daría para varios análisis.

Por lo pronto, lo que queda patente en esta segunda temporada de Westworld es que la idea original de Michael Crichton, autor de la película homónima de 1973, ha quedado empequeñecida. Ya no estamos ante una mera revolución de las máquinas. La idea de que el ser humano que se expone a tecnología para la que no está preparado puede terminar consumido por ella ha dado paso a algo mayor, a la idea de utilizar esa tecnología para alcanzar la inmortalidad, para que el alma permanezca siempre y pueda pasar de un cuerpo artificial a otro. Adquiere ahora más sentido que nunca el título en español de la película original: Almas de metal.

El subtexto, siempre el subtexto

También adquieren sentido muchas de las cosas aparentemente incongruentes de la primera temporada. La búsqueda del laberinto que protagoniza el rol de Ed Harris (Madre!), por ejemplo. También da un nuevo y mucho más interesante sentido a otras secuencias, como la puesta a punto del personaje de Evan Rachel Wood (Allure) por parte de otro protagonista, un magistral Jeffrey Wright (The public) que en esta segunda temporada logra altas cotas interpretativas. Para muchos espectadores posiblemente esto pueda parecer un intento de los creadores de dar continuación a una trama que parecía tener fin en una única temporada, en un intento de alargar la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, la mera complejidad de la historia ya rebate cualquier posible argumento en este sentido.

En cinematografía se suele hablar mucho del subtexto, aunque su uso no es tan habitual. Cualquier escena, cualquier diálogo, debe contar algo que no se ve en pantalla, debe mostrar las intenciones ocultas de los personajes. Los grandes hitos del séptimo arte suelen construirse sobre esto. Y Westworld es subtexto puro y duro. Dicho de otro modo, las dos primeras temporadas se pueden entender como texto y subtexto: la primera contaría lo que el espectador ve y la segunda lo que en realidad se esconde tras el parque temático y las motivaciones de los personajes. Y es aquí donde radica la belleza y la magistral labor de Nolan. Estos 10 capítulos se convierten así en una auténtica montaña rusa dramática, calculada milimétricamente para construirse sobre puntos de giro que no solo dan nuevo sentido a las lagunas que, inevitablemente, se forman durante la historia (todas ellas explicadas al final de la temporada), sino que aportan una nueva comprensión al conjunto de la serie, obligando a revisionar no solo los episodios, también los conceptos que hasta ahora se manejaban.

El problema de esta segunda temporada está, sin embargo, en cómo continuar en el futuro. Estando Jonathan Nolan detrás del proyecto es fácil suponer que todo está atado y bien atado, pero el final de esta etapa abre muchas incógnitas, por no hablar de los numerosos personajes que dicen adiós después del fantástico episodio 10. La pregunta más importante es si el espíritu de la serie podrá mantenerse, si las ideas planteadas a lo largo de esta temporada podrán germinar en la siguiente, o si se volverá a dar un giro. Parece evidente que la idea de que los robots se muevan en el mundo real confundiéndose entre los humanos será la base de la historia, pero a partir de aquí las posibilidades son casi infinitas.

Pero hasta que eso llegue, que según parece no será hasta 2020, se puede disfrutar una y otra vez de estas dos temporadas de Westworld. Y digo de las dos porque deben verse casi como una única historia en la que todo tiene un doble sentido, en la que nada es lo que parece. Esta idea subyace en cada uno de los aspectos, desde el primer y clásico primer episodio hasta el último. Si en la primera temporada eso se narraba en las relaciones entre humanos y robots, en esta segunda se produce entre lo visto en aquellos episodios y las verdaderas intenciones mostradas en estos nuevos capítulos. Todo ello en un ejercicio soberbio y magistral que debería estudiarse en las escuelas de guión, con un manejo de los tiempos narrativos sencillamente perfecto, unas interpretaciones impecables y una puesta en escena fascinante. Poco más se puede pedir, salvo que pase rápido el tiempo hasta el siguiente episodio.

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