La fantasía y las mujeres protagonizan las nominaciones de los Oscar


La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos parece moverse por impulsos o, al menos, por el sentir social y popular. En cierto modo, no es mala estrategia, pues acerca a los académicos y profesionales al público, su sustento película tras película. Pero esto puede provocar que cada año se produzcan nominaciones (y en consecuencia premiados) un tanto tendenciosas que dejen fuera auténticas joyas o, por lo menos, títulos merecedores de algún reconocimiento. Si el año pasado fue el musical y el cine afroamericano, este año es el turno de la fantasía y, sobre todo, de las mujeres. Un más que merecido reconocimiento, por cierto, aunque muy tardío si tenemos en cuenta que este 2018 se cumplen 90 años desde aquel primer ‘Y el Oscar es para…’.

A estas alturas todo el mundo conocerá la lista de nominados, que encontraréis en un enlace más abajo, así que centrémonos en el análisis de los títulos incluidos en las principales categorías. Un primer vistazo general permite apreciar que, por primera vez desde hace más de una década, la fantasía, la ciencia ficción y el terror tienen las principales nominaciones. Es más, La forma del agua acapara un total de 13, siendo la gran favorita. Más allá de lo evidente, otros detalles llaman la atención de una edición que está marcada por notables ausencias y grandes sorpresas. Y esos detalles tienen un denominador común: las mujeres profesionales y artistas que hacen posible el cine. Y es que más allá de que haya directoras, directoras de fotografía, productoras y, por supuesto, actrices, lo realmente importante es que buena parte de los títulos nominados narran historias de mujeres o, al menos, contadas desde el punto de vista del género femenino. Es el caso de la cinta de Guillermo del Toro (Pacific Rim), sin ir más lejos, pero no es el único.

Habría que preguntarse los motivos por los que Hollywood ha tardado tanto en reunir en una única edición tanto cine hecho y protagonizado por mujeres. Greta Gerwig, directora de Lady Bird, se ha convertido en la quinta mujer nominada en esa categoría en estos 90 años. Más extraordinario es el caso de Rachel Morrison, directora de fotografía de Mudbound que ha logrado entrar en una categoría que durante casi un siglo ha parecido estar reservada solo a los hombres. Y junto a esto, tres películas protagonizadas por mujeres entre las nominadas a la principal categoría. Todo ello en un año en el que los escandalosos casos de acoso sexual a actrices han saltado a la primera línea informativa, amén de los llamativos casos de desigualdades salariales entre actores y actrices por roles que deberían incluirse en la misma categoría. Así, esta 90 edición pasará a la historia por ser la primera en lograr algunos hitos, pero también destacará por algunas sorpresas entre los nominados.

Para empezar, que una película como Déjame salir haya logrado estar en las categorías más importantes es cuanto menos llamativo (tiene cuatro nominaciones). No seré yo quien reniegue de un film fresco, original y dinámico, pero su desarrollo dramático, sus actores y su director no componen un film imprescindible, sino más bien un entretenimiento que invita a la reflexión. Teniendo esto en cuenta, resulta aún más sorprendente que El gran showman no se encuentre, al menos, en alguna de las categorías principales, y no solo en Mejor Canción. También es destacable la ausencia de Steven Spielberg en la categoría de Mejor Director por Los archivos del Pentágono… y de nuevo, considerar que Jordan Peele, realizador de Déjame salir, ha hecho una mejor labor que Spielberg es cuanto menos cuestionable. En la categoría de sorpresas también podría enmarcarse la presencia de Logan como Mejor Guión Adaptado o la ausencia de Tom Hanks por la citada película de Spielberg.

Lo que no es una son algunos nominados que parecen tener un hueco reservado cada vez que hacen un papel. Meryl Streep es el caso más evidente, por supuesto, pero no el único. Christopher Nolan también repite, en esta ocasión con Dunkerque, aunque todo apunta a que otro año más no será reconocido el talento del que posiblemente sea el mejor director de los últimos tiempos. Tampoco sorprende la presencia de Daniel Day-Lewis por El hilo invisible, y aquí es necesario preguntarse si el actor, que ha anunciado su retiro, terminará su carrera con un nuevo Oscar en el bolsillo. Los ganadores se conocerán el 4 de marzo en una gala presentada por el humorista Jimmy Kimmel por segundo año consecutivo, y teniendo en cuenta los casos de acosos sexuales que están salpicando Hollywood en los últimos meses, todo apunta a que será una gala cuanto menos interesante en lo que a discursos se refiere.

Si queréis conocer en detalle todos los nominados de la 90 edición de los Oscar podéis hacerlo en este enlace.

Anuncios

2ª temporada de ‘Stranger things’, más personajes y ciencia ficción


Una de las máximas de cualquier serie es que tiene que evolucionar. Sea como sea, tienen que existir cambios suficientes para que la ficción crezca. En algunos casos es introduciendo nuevos personajes y, con ellos, nuevas tramas. En otros, situando a los protagonistas ante nuevos retos personificados en villanos. Y en otros, como ocurre con la segunda temporada de Stranger things, profundizando más en los elementos que ya fueron planteados en la primera temporada. Y esto tiene su lado positivo y su lado negativo, y el éxito o fracaso de estos 9 episodios nuevos radica no solo en los ojos con los que los vea el espectador, sino en la habilidad de los hermanos Matt y Ross Duffer (serie Wayward Pines) para inclinar la balanza hacia los aspectos más positivos del relato.

Una habilidad que queda patente al ver el resultado de este nuevo homenaje al cine de ciencia ficción de los años 80. Superado el elemento sorpresa de su ambientación, la trama se ha vuelto más adulta para adentrarse en el mundo Del Revés planteado en su primera etapa y en la amenaza que suponen las criaturas de este otro lado. Y aunque la trama vuelve a utilizar el mismo desarrollo (al menos de forma esquemática) que tan buen resultado obtuvo en los primeros episodios, lo cierto es que el peso dramático que adquieren personajes adultos como el sheriff interpretado por David Harbour (Escuadrón Suicida) dota al conjunto de una visión más global y más compleja de lo planteado inicialmente.

Y es que aunque pueda parecer excesivamente simple, la trama ya no se centra en la búsqueda de un niño desaparecido, sino en la lucha directa y sin cuartel contra la amenaza de las criaturas de ese otro mundo. Mientras que la primera temporada tenía un carácter más aventurero adolescente (y que cada cual lo asocie a la película que crea oportuno), esta segunda etapa de Stranger things se entrega por completo a la ciencia ficción, a la lucha contra algo de otro mundo al que cuesta derrotar y no se llega a entender nunca. El cambio de concepto es evidente, pero eso no implica que sea peor. Sencillamente, era necesario buscar una salida a un planteamiento que no podía repetirse, y dado que el elemento sorpresa de la ambientación ya ha caducado (aunque sigue siendo espléndido), la opción elegida ha sido la de enfocar la trama hacia ese formato.

Para gustos los colores, por supuesto, pero personalmente creo que es acertado. Para empezar, ha permitido a la serie mantener buena parte de su esencia al tiempo que ha agrandado sus miras y sus objetivos, abriendo la puerta a nuevas posibilidades narrativas. Y lo más importante, ha introducido nuevos personajes que, a su vez, ha sido catalizadores de importantes cambios en los protagonistas, adultos y niños, que les ha permitido crecer dramáticamente hablando. Desde los problemas amorosos de unos preadolescentes hasta los conflictos románticos de adolescentes y adultos, pasando por el modo en que cada uno de ellos se enfrentan a esa amenaza procedente de otro mundo. Todo ello, aunque de forma sutil, hace que la visión de esta serie cambie. Desde un punto de vista narrativo, la apuesta de los hermanos Duffer no podría ser más idónea.

Referencias, más referencias

Y dado que mencionamos los nuevos personajes, es conveniente señalar que no todos los secundarios introducidos en esta nueva temporada tienen el mismo peso. De hecho, algunos resultan un tanto anodinos. Es el caso, por ejemplo, de todo el periplo de Eleven, el rol interpretado por Millie Bobby Brown (serie Intruders). Aunque necesario para explorar los orígenes de este personaje, lo cierto es que esa especie de viaje al Lado Oscuro se antoja poco elaborada. Sí, explica muchos elementos que definen a esta niña con poderes, pero al mismo tiempo plantea ciertas dudas sobre la necesidad de volverse, aunque sea por un instante, una delincuente.

Posiblemente este sea uno de los conceptos de Stranger things más cuestionables, amén de la aparición de una chica en el grupo de niños que causa una cierta revolución romántica en los protagonistas. Carente de originalidad, esta dinámica solo podrá tener justificación si se desarrolla de forma coherente en la próxima temporada, y sobre todo si no cae en los arquetipos vistos en miles de historias de este tipo. Eso sí, la presencia de esta joven interpretada por Sadie Sink (The Bleeder) convierte al grupo en un reflejo del que protagoniza It. Y precisamente las referencias al cine de terror y ciencia ficción más emblemático es uno de los elementos a aplaudir en esta segunda temporada.

En efecto, la trama está plagada de momentos que homenajean a grandes e inmortales títulos del género. La inclusión de Sean Astin, Sam en la saga ‘El Señor de los Anillos’ y uno de los protagonistas de Los Goonies (1985) así lo confirma. Pero hay mucho más. El final que se desarrolla en las instalaciones militares desiertas y plagadas de criaturas es una evidente referencia a Parque Jurásico (1993); la referencia a Los cazafantasmas (1984) ni siquiera es necesario analizarla; la secuencia que comparten en una casa los personajes de Charlie Heaton (El secreto de Marrowbone) y Natalia Dyer (After Darkness) antes de acostarse es un claro homenaje a Indiana Jones y el templo maldito (1984). Y como ellas, numerosos detalles, algunos más evidentes que otros, que confirman esta serie como una referencia constante a clásicos del cine y, sobre todo, a los directores que los hicieron posibles.

Puede parecer que Stranger things ha dejado de ser Stranger things. Pero lo cierto es que, como toda buena serie, ha evolucionado. ¿Hacia dónde? Por el momento, hacia una trama mucho más rica, compleja y abierta de lo que fue la primera temporada. El peso dramático de los adultos ha pasado de meros secundarios en la órbita de unos jóvenes que buscan a su amigo desaparecido a protagonistas de pleno derecho en una lucha contra un mal mayor. Si a esto se une la complejidad que adquiere ese enemigo y el cambio producido en los arcos argumentales de los jóvenes protagonistas, lo que nos encontramos es una segunda temporada que ofrece más en todos los sentidos. Y hasta cierto punto, ese es el objetivo de toda continuación, aunque en este caso la introducción de nuevos personajes y las consecuentes nuevas tramas secundarias generan un doble fenómeno. Por un lado, esa riqueza dramática y de ciencia ficción ya mencionada. Pero por otro, se expande el tanto el mundo presentado en los primeros episodios que se diluye el tratamiento de algunos protagonistas, provocando una cierta sensación de abandono de los mismos. Sea como fuere, con una tercera temporada confirmada existe margen para continuar desarrollando y profundizando en este universo, potenciando todo lo bueno que lo define y tratando de minimizar los problemas de ese crecimiento dramático.

‘Fear the Walking Dead’ aclara sus ideas en la 3ª temporada


La evolución que ha tenido Fear the Walking Dead durante sus tres primeras temporadas ha sido, cuanto menos, irregular. Con un notable comienzo, el desarrollo dramático de la historia ha sido errático, en buena medida determinado por el gran número de personajes, sus excesivamente diferentes historias secundarias y la sensación de que el arco argumental todavía se estaba tratando de encontrar a sí mismo. Pues bien, buena parte de sus problemas parecen haberse solucionado en estos 16 episodios que componen la tercera entrega de esta ficción nacida bajo la sombra de The walking dead. Buena parte, pero no todos.

En cierto modo, esta nueva temporada de la serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) y el autor del cómic en el que se basa la serie original, Robert Kirkman, es una purga de todos aquellos elementos innecesarios en la historia, tanto dramáticos como narrativos. Y entre ellos, por supuesto, destacan los personajes. Para empezar, las tramas de los diferentes personajes se han unificado en un único elemento. Se acabó, por tanto, el ubicar a cada rol protagonista en un escenario diferente. Más allá de los beneficios económicos y de producción que eso conlleva, dramáticamente hablando permite a la serie centrar la atención no solo en un grupo de supervivientes muy concreto, sino que potencia el desarrollo de las relaciones entre personajes, de sus conflictos y el modo en que reaccionan juntos (o separados) ante la adversidad.

A esto se suma la eliminación de muchos roles que, siendo sinceros, se habían vuelto anodinos o eran, casi desde el principio, totalmente innecesarios. El ejemplo más evidente es el de Cliff Curtis (Resucitado), cuyo papel desde el comienzo de Fear the Walking Dead ha estado marcado por una alarmante indefinición ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor. Y aunque se le ha intentado integrar, lo cierto es que su personalidad no tenía cabida en una serie de este tipo, al menos no como el presunto líder que debería ser. De ahí su desaparición. Otra cuestión es el modo en que desaparece, bastante criticable por lo ridículo que resulta. A él se añaden otros, tanto principales que habían participado desde el principio como secundarios incorporados en esta tercera temporada. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo la serie está empezando a adquirir la estructura dramática de su modelo a seguir, con villanos humanos diferentes en cada temporada y concentrando la atención en un pequeño grupo de personajes.

Porque sí, la serie tiene muchos secundarios, pero al igual que en la serie original, el peso de la trama recae en unos pocos, que además se han reducido ostensiblemente en esta etapa, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la historia como en el escenario en el que se desarrolla la trama. El hecho de que todo se haya concentrado en apenas cinco personajes ha permitido, además, desarrollar más en profundidad la personalidad de los mismos, ahondando en sus miedos, en sus capacidades y, sobre todo, en su pasado. Esto ha permitido algunos momentos sumamente interesantes, como el regreso a las drogas del rol de Frank Dillane (En el corazón del mar), una situación tan dramática como surrealista si se tiene en cuenta el mundo apocalíptico en el que ocurre todo. En definitiva, esta tercera temporada se ha librado de lastres para concentrar el foco en los aspectos más interesantes, potenciándolos a su vez al tener más tiempo para poder realizar un mejor tratamiento.

Problemas zombis

Con todo, esta etapa de Fear the Walking Dead sigue arrastrando numerosos problemas de las anteriores temporadas, como si de los muertos vivientes a los hace referencia el título se tratara. Para empezar, una cierta indefinición en su trama. Mientras que su serie matriz muestra un claro objetivo del grupo protagonista, en esta ficción apocalíptica los protagonistas se dispersan tanto física como psicológicamente, sin un sendero claro ni, aparentemente, un objetivo a alcanzar, salvo tal vez el de sobrevivir, que no es poco en este tipo de ficciones. No es poco, pero no es suficiente, sobre todo porque la serie provoca una y otra vez la sensación de estar ante algo inacabado, como si se hubiera iniciado la trama sin tener claro hacia donde dirigirla. Y eso termina afectando, en cierto modo, a los personajes.

Y es que, aunque el hecho de centrar la trama en un puñado de roles ha beneficiado al desarrollo dramático de la historia, esta todavía sigue presentando irregularidades en su tratamiento debido, precisamente, a esa aparente falta de objetivo. Los personajes no parecen dispuestos a luchar por nada salvo ellos mismos, por sobrevivir un día más en lugar de intentar establecer una zona de seguridad. Sí, hay intentos, pero dado que ninguno de ellos termina por tener éxito, el balance final es el de arcos argumentales marcados por la llegada a un lugar y su posterior destrucción. Y ello sin contar con villanos realmente relevantes, lo que hace aún más complicado aceptar algunas de las premisas que se han planteado, por ejemplo, en esta tercera temporada.

Estos nuevos 16 episodios tampoco logran librarse de la definición de algunos de los supervivientes. A pesar de la evidente evolución que han sufrido los protagonistas, algunos de ellos todavía mantienen ciertas reminiscencias de una personalidad anodina, a medio camino entre la inocencia, la pasividad o la incomprensión de lo que ocurre. Y esto, aunque en determinados momentos puede ser provechoso para acentuar el contraste entre los roles, en muchos otros se convierte en un lastre para que la acción avance, al menos de forma progresiva. En este sentido, y unido a esa idea de supervivencia día a día que antes mencionaba, la serie parece moverse en círculos constantes con los que los personajes, por fortuna, están evolucionando, pero que les sume en una espiral que les lleva a vivir similares situaciones una y otra vez.

Solo cabe esperar que Fear the Walking Dead pueda librarse de esta estructura circular para seguir avanzando hacia un futuro que, con la eliminación de personajes y el final de esta tercera temporada, promete ser sumamente interesante. Porque el gancho final de temporada de esta entrega es, posiblemente, de los mejores que ha tenido la serie desde sus inicios, situando a los personajes en un escenario complejo, marcado por la muerte y la destrucción. En cierto modo, estos 16 capítulos marcan un cambio de tendencia; no radical, pero sí lo suficiente como para que se aprecie algo diferente. Los problemas siguen ahí, pero se suavizan. Si se logran eliminar, o al menos sí cambiar progresivamente, la serie podría deparar un mundo apocalíptico apasionante.

‘Star Wars: Los últimos Jedi’: una nueva generación


Habrá quien acuse a la saga de Star Wars de repetir esquemas, de que no ha habido un giro narrativo importante desde El imperio contraataca, allá por 1980. Y es cierto, todo en estas películas huele y sabe conocido. Pocas sorpresas en lo que a guión se refiere, por tanto. Ahora bien, eso no impide que no se puedan disfrutar, sobre todo si la fórmula se sigue paso a paso y se añaden las dosis necesarias de espectáculo, humor y drama.

Y eso es lo que hace Ryan Johnson (Los hermanos Bloom) en esta octava entrega de la saga, segunda de la tercera trilogía. Visualmente poderosa (el combate final es de lo más hermoso de la saga), esta nueva aventura galáctica es un deleite para los sentidos, con una notable y apasionante batalla inicial que sienta las bases de lo que va a ser todo el desarrollo posterior. Y si bien el arco argumental es bastante simple (los rebeldes huyendo de la Primera Orden), las diferentes tramas secundarias que se dan cita, así como la historia de Rey (de nuevo con los rasgos de Daisy Ridley –Scrawl-), nutren sobradamente la sencillez de su planteamiento.

Con todo, esta sencillez en el argumento permite ahondar en algunos aspectos ya planteados en la anterior parte. Para empezar, el viaje de la protagonista y el modo en que debe elegir entre luz y oscuridad, algo que recuerda mucho al viaje que ya hizo Luke Skywalker en la cinta de 1980. Pero posiblemente lo más interesante sea la personalidad de Kylo Ren y su entrega por completo al Lado Oscuro. Con Adam Driver (serie Girls) explotando los matices del personaje, el rol toma las riendas de los villanos de la saga al menos durante la próxima película, protagonizando algunos de los momentos más interesantes de esta entrega.

Pero si por algo destaca esta Star Wars: Episodio VIII – Los últimos Jedi es por mostrar el cambio de generación de la saga galáctica. Los nuevos y jóvenes personajes dan un paso al frente para cargar sobre sus hombros el peso narrativo y el futuro de la historia. Atrás quedan Luke Skywalker, Han Solo o Leia, cuya participación, si es que se produce, quedará reducida a algo meramente testimonial. El futuro parece asegurado ante el carisma que presentan muchos secundarios y el interés que despierta el pasado y el futuro de los protagonistas. Posiblemente la historia siga sin deparar grandes sorpresas, pero a estas alturas nadie debería de esperar más que espectáculo, un desarrollo correcto y mucha diversión. Y eso esta película lo cumple con creces.

Nota: 7,5/10

4ª T. de ‘Sleepy Hollow’, o como intentar concluir de algún modo


El final de la tercera temporada de Sleepy Hollow ya hacía prever que la siguiente temporada, anunciada como la última, iba a ser más bien un epílogo de una historia ya contada que algo nuevo. Y en efecto, así ha sido. La ausencia de la principal protagonista ha obligado a los creadores de la serie a realizar equilibrismos dramáticos para tratar de dar un final relativamente correcto a esta historia de criaturas, mitología y literatura que comenzó siendo prometedora y se ha desinflado hasta quedarse en un producto más bien mediocre.

Los 13 episodios de esta cuarta temporada vienen a confirmar una de las ideas que parecen haber sido la única constante en la serie creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman (Star Trek: En la oscuridad), Roberto Orci (serie Fringe) y Len Wiseman (saga ‘Underworld’): que ningún personaje secundario es lo suficientemente relevante como para mantenerle más de una temporada. La incorporación de un nuevo reparto en esta recta final de esta ficción evidencia una falta de objetivos en lo que a construir un tejido de personajes lo suficientemente sólido y atractivo se refiere. Eso, o que los personajes creados nunca han tenido el carisma necesario para ser del agrado del público, obligando a buscar unos nuevos.

Sea como sea, lo cierto es que esta variedad de secundarios tiene un aspecto positivo y otro negativo. Lo bueno es que han sido catalizador de nuevas aventuras relativamente ajenas a lo anterior, ofreciendo una visión inocente del mundo de monstruos y demonios en el que viven los protagonistas. Esta cuarta temporada de Sleepy Hollow es buena prueba de ello. Sin embargo, esto también provoca que el espectador nunca pueda llegar a identificarse con nadie, salvo el personaje de Ichabod Crane (de nuevo con Tom Mison –La pesca de salmón en Yemen– para darle vida), perdiendo interés no solo en el devenir de los secundarios, sino en las historias que protagonizan. Curiosamente, el modo en que se abandonan estos personajes no es por muerte en el combate (salvo contadas excepciones) entre el bien y el mal; simplemente dejan de aparecer.

Y curiosamente también, esta forma de tratar a los “buenos” contrasta mucho con la forma de definir a los villanos, mucho más interesantes en el cómputo general de la serie. En esta temporada final, a pesar de que el antagonista (al que da vida Jeremy Davies –Una historia casi divertida-) tiene el peso dramático suficiente como para aguantar él solo esa parte del tratamiento, los creadores han decidido traer de vuelta a los que posiblemente sean los dos mejores personajes de toda la serie: el jinete sin cabeza y ese hijo brujo del protagonista. La conjunción de estos tres villanos debería, al menos en teoría, conformar un interesante cuadro, pero el resultado es muy diferente, posiblemente porque los dos segundos, con todo el poder mostrado durante toda la serie, quedan relegados a meros acólitos, como si su función no fuera otra que la de juntar viejos amigos en el final de la historia. Una lástima.

Testigos sin control

Como menciono en el título de este texto, la cuarta y última temporada de Sleepy Hollow parece más bien un intento algo desesperado por concluir una historia que debería haber finalizado en la tercera etapa. Lejos de ser un conjunto homogéneo de episodios, las aventuras de estos 13 capítulos se convierten en un viaje marcado por un cierto descontrol. Atrás queda la complicidad creada entre los protagonistas, que aquí trata de suplirse con un buen puñado de héroes que, en cierto modo, tienen diferentes aspectos de la personalidad del rol interpretado por Nicole Beharie (El expreso de Elmira). Y este tipo de intentos salen, en su inmensa mayoría, bastante mal, como es el caso.

No voy a entrar a valorar la idoneidad o no de convertir a la que presuntamente debe ser compañera de aventuras de Crane en una niña preadolescente. Lo que sí parece evidente es que la apuesta no aporta toda la fuerza dramática que cabría esperar. En este sentido, la serie ahonda en esta etapa final en su carácter más aventurero, dejando a un lado los aspectos más presuntamente terroríficos que podrían haberse dado cita en temporadas anteriores. El problema es que dicho aspecto aventurero lleva a sus creadores a introducir en la trama situaciones de lo más rocambolescas, dotando de un humor en ocasiones algo innecesario secuencias que antes tendían a tomarse más en serio, lo que a su vez genera que el tono de la serie pierda dramatismo.

Con todo, esta última temporada deja algunas ideas sumamente interesantes. Más allá de introducir enemigos de todas las culturas, épocas, religiones y condiciones, la serie adquiere su mayor interés en el tramo final, cuando el sacrificio del héroe dota al conjunto de un dramatismo que solo se había podido vislumbrar en la primera y parte de la segunda temporada. Dicho sacrificio, unido a una visión del futuro en caso de triunfar el mal, generan un marco tan diferente a lo visto hasta ese momento, tan trágico y tan desolador que la serie pierde, por un momento, el tono algo infantil mantenido hasta entonces para comportarse como la aventura fantástica y dramática que se presupone debe ser, y que de hecho fue en sus inicios.

Desde luego, la cuarta temporada de Sleepy Hollow es un fiel reflejo de la evolución tan irregular que ha tenido la serie. Su final, visiblemente forzado por las circunstancias (pérdida de interés, ausencia de la protagonista, etc.), trata de ser una salida digna a la caída progresiva de la calidad dramática y narrativa de esta ficción. Caída provocada, entre otras cosas, por una falta de objetivos claros. Y es que la serie, aunque planteada como tramas episódicas, ofrecía un potencial notable para ser tener arcos argumentales de temporadas completas. El problema es que para ello habrían sido necesarios buenos villanos autoconclusivos y unos secundarios sólidos que sustentasen a unos héroes carismáticos. Y salvo contadas ocasiones, el resultado no ha sido el esperado. Un ejemplo claro de cómo una serie con posibilidades puede derivar en un mediocre producto.

‘Enganchados a la muerte’: el Destino Final de los remakes


Cuando Joel Schumacher estrenaba en 1990 Línea mortal el cine no había visto nada similar. O al menos, no estaba acostumbrado a una historia en la que jugar con la vida más allá de la muerte traer consecuencias similares. Fue, en cierto modo, pionera en un subgénero que luego ha sido explotado hasta la saciedad. Por eso un remake de aquel film, cuyos protagonistas han terminado siendo auténticas estrellas del séptimo arte, se antoja poco necesario. Porque, ¿puede ofrecer algo nuevo, algo diferente?

Evidentemente, lo único que ofrece Enganchados a la muerte es la modernidad de sus técnicas visuales, de sus efectos especiales y de la narrativa audiovisual. Eso y un reparto joven pero irregular en su presencia y peso dramático en pantalla. Sin duda, lo más atractivo del film son los viajes al otro lado que realizan los protagonistas, cada uno afrontando sus miedos, sus remordimientos y sus errores, vestido todo ello como una experiencia agradable al comienzo y terrorífica al final. De esto se deriva el gran trasfondo dramático del film, que puede tener varias interpretaciones pero que, en mayor o menor medida, todas vienen a coincidir en que es necesario que uno mismo se perdone sus errores y se acepte tal y como es.

El problema de todo esto es que el desarrollo de la trama carece de interés alguno. Se conozca o no la historia original (peor si se conoce, la verdad), el argumento camina por terreno muy manido, por unos lugares comunes que no dejan lugar a la originalidad. El regreso del más allá comienza con una serie de ventajas físicas y psicológicas que derivan rápidamente en terror y visiones mortales. El guión apuesta, como suele ser habitual, por presentar de forma algo tosca esas ventajas y pasar rápidamente a los inconvenientes, en los que ceba de tal forma que se vuelven reiterativos y pierden interés poco a poco, toda vez que se intuye el final casi desde el principio. Y es que, como también suele ser habitual, aquellos personajes con mayores y más evidentes remordimientos son los que terminan pagando su osadía. Vamos, una de las leyes del género.

En resumidas cuentas, Enganchados a la muerte no deja de ser otra apuesta más de terror adolescente que repite patrones y evita el riesgo de ofrecer algo nuevo. Podría pensarse que el hecho de que unos estudiantes de medicina jueguen con la muerte tiene algo de novedoso, pero el problema es que es un remake, y eso no puede pasarse por alto. Distraída, sí. Algún que otro susto de manual con juegos de luces y sombras y efectos sonoros, también. Pero ni los personajes están tratados en profundidad ni el desarrollo de la trama tiene un equilibrio correcto. Se pasa del cielo al infierno casi sin prestar atención a los detalles, que podrían aportar un mayor peso dramático. Al final, una historia de terror como otra cualquiera con el más allá persiguiendo a los incautos (¿no recuerda esto a la saga ‘Destino Final’?)

Nota: 5,5/10

‘Geostorm’: los fallos de una tormenta planetaria


El productor Dean Devlin sabe de catástrofes cinematográficas. Tanto en sentido figurado como en el contenido de sus films. De ahí que su primera incursión en la silla del director en una película para la gran pantalla potencie los aspectos positivos y reduzca al máximo los negativos para ofrecer un entretenimiento puro y duro que, todo sea dicho, no puede (y tampoco quiere) evitar sus limitaciones.

Y ahí está la clave de Geostorm, en sus propias limitaciones. Acercarse a un film de estas características, incluyendo el título, ya debería de ser aviso suficiente como para saber lo que se espera de ella, algo con lo que director y actores saben jugar, ofreciendo un producto capaz de reírse de sí mismo, con frases lapidarias en momentos de máxima tensión y un ritmo que no decae en ningún momento, desarrollando la trama en un metraje ajustado, algo de agradecer en tiempos en los que la máxima parece ser apabullar al espectador con innecesarios minutos de efectos digitales. Así, la historia deambula por terrenos conocidos y previsibles, pero suple esta carencia de efectividad dramática con unos personajes que funcionan bien como arquetipos y con una espectacularidad en algunas secuencias sencillamente fascinante.

Pero el problema es ese, que todo ese envoltorio se utiliza para tratar de disimular las carencias. ‘Tratar’ es la palabra clave en este caso, pues lo cierto es que el film es lo que es. Dramáticamente hablando, su previsibilidad lleva a conocer el villano de turno varios minutos antes de que se desvele su identidad. Y aunque la trama está bien tratada desde el punto de vista de la coherencia, tiene demasiadas concesiones dramáticas que permiten hacer avanzar la acción. Eso, en este tipo de films, se convierte en importantes agujeros en el desarrollo de la historia. Quizá lo más interesante de todo sea la moraleja del conjunto, con el cambio climático como principal aliciente y con la unión de pueblos como mensaje final, si bien es cierto que se diluye entre tanta tormenta de rayos, entre tanta granizada y entre tantas olas gigantes.

El mejor resumen de Geostorm es que es lo que es desde el principio. No engaña, pero tampoco apasiona. No tiene ínfulas de algo más grande, pero tampoco logra desprenderse de sus numerosos fallos. Una tormenta imperfectamente perfecta que se apoya, y de un modo nada disimulado, en su reparto (todos ellos pasándoselo en grande) y en sus efectos especiales. La mano de Devlin, a falta de ofrecer un punto de vista propio, logra disimular las imperfecciones. Pero como si de los fallos que afectan a los satélites del film se tratara, por mucho que el director trate de corregir, al final las catástrofes se producen.

Nota: 6/10

‘Blade Runner 2049’: el milagro de los replicantes


El dicho ‘Segundas partes nunca fueron buenas’ suele basarse en la idea de que, para una continuación, lo que se requiere es potenciar todo aquello que llamó la atención en la primera parte. Y por regla general esto se traduce en más acción, más efectos y, en resumen, más ruido. Pero hay ocasiones en que un director es capaz de ver más allá, de comprender bien una historia y completarla con otra igualmente interesante sin hundirla en el lodo de los intereses comerciales. Y ese director, en esta ocasión, es Denis Villeneuve (Enemy).

Su visión de esta Blade Runner 2049 es sencillamente brillante. Sin grandes alardes visuales, el realizador aprovecha el mundo creado por Ridley Scott allá por 1982 para potenciar al máximo el tono sombrío, frío y carente de contacto humano del primer film. Visualmente fascinante, la cinta ahonda aún más en ese mundo donde humanos y replantes conviven sin que, en el fondo, existan grandes diferencias entre ellos, ni siquiera emocionales. Con todo, Villeneuve es capaz de aportar su particular visión en momentos clave, ofreciendo eso tan difícil que es el toque personal en una continuación con vida propia al tiempo que respeta la estética tan exclusiva del original.

Con todo, el envoltorio no es lo único destacable. La historia de esta continuación, por definirla de algún modo, es totalmente independiente, con una estructura narrativa similar al original pero capaz de subsistir sin necesidad de conocer la primera historia. Su trama, aunque toma referentes del clásico de la ciencia ficción, explora sus propios dramas y su propia intriga para ofrecer al espectador un relato ágil, cargado de reflexión moral y social, con giros argumentales brillantes y unas pocas secuencias de acción perfectamente integradas en este viaje de autodescubrimiento del protagonista, que muchos compararán con el papel que tuvo Harrison Ford (Morning Glory) pero que, personalmente, creo que también tiene mucho, sobre todo en su tramo final, del rol de Rutger Hauer (El rito). Y eso sin hablar de un reparto más que notable en su conjunto.

Dicho esto, habrá quien se pregunta si es necesaria una continuación de Blade Runner. La respuesta, evidentemente, es no. Pero esa no es la cuestión. Blade Runner 2049 es una obra tan atemporal como el original, tan independiente, fuerte, con carga filosófica, sociológica y moral como su predecesora. No es una secuela, es una ampliación del universo creado hace ya tantos años. Y bajo este prisma es una obra notable, inmensa en algunos momentos. Villeneuve no solo se confirma como uno de los mejores directores actuales, sino que demuestra que es posible abrir el abanico de este universo futurista. No voy a decir que estemos ante un clásico moderno o una obra maestra, básicamente porque no crea nada nuevo ni revolucionario, pero desde luego debería ser un referente actual de cómo hacer cine. Buen cine.

Nota: 8,5/10

‘Valerian y la ciudad de los mil planetas’: aventuras galácticas


Si hay un director que merece ser considerado como uno de los pilares de la ciencia ficción moderna es Luc Besson. Su estilo podrá gustar más o menos, sus historias podrán ser más o menos interesantes, pero muchos de sus films ya se han hecho un hueco en la cultura popular, y han traspasado la barrera del entretenimiento para convertirse en iconos. Uno de los más claros ejemplos es El quinto elemento (1997), y con el tiempo puede que Valerian y la ciudad de los mil planetas siga esta estela, pues no solo cuenta con los elementos necesarios para ello, sino que es una de las cintas más completas del director en lo que a ciencia ficción se refiere.

Besson aprovecha al máximo las posibilidades narrativas y visuales de los cómics creados por Pierre Christin y Jean-Claude Mézières no solo para narrar una épica cinta de aventuras en la que el ritmo rara vez se detiene, sino para introducir al espectador en todo un universo en constante creación. Para ello, el director francés monta, a través de planos idénticos pero con diferentes protagonistas, una secuencia inicial sencillamente brillante, capaz de explicar en pocos minutos y sin necesidad de diálogos el origen y la relevancia de esa ‘ciudad de los mil planetas’ a la que hace referencia el título. A partir de esta puerta de entrada, todo un mundo de color, diversidad de especies y secuencias de acción, algunas de ellas rodadas con la característica habilidad del creador de El profesional (León) (1994) que, como todo buen relato de ciencia ficción, alberga un interesante reflejo de la sociedad actual y un mensaje a tener en cuenta sobre el comportamiento humano.

Posiblemente el mayor problema de este entretenidísimo film sea precisamente su duración, excesivamente larga y con momentos que podrían haberse resuelto de forma mucho más breve, por no decir que se podrían haber eliminado directamente. Esto afecta, además, a la dinámica de los protagonistas. Si bien es cierto que la labor de Dane DeHaan (Condenados) y Cara Delevingne (Ciudades de papel) es impecable, demostrando una química insuperable entre ambos, la duración lleva a los personajes a caer en una constante repetición de todo aquello que define su dinámica romántica, perdiendo algo de fuerza ese juego que se establece entre ambos. Asimismo, dicha duración obliga a alargar el misterio de la trama principal de forma algo innecesaria, sobre todo teniendo en cuenta que a partir de un determinado punto es fácil intuir quién es el villano en la trama, por lo que alargar posteriormente el misterio resulta inútil.

Y a pesar de estos problemas, Valerian y la ciudad de los mil planetas es, sin duda, una de las propuestas más frescas, interesantes y entretenidas de la ciencia ficción actual. Con un guión bien estructurado que es capaz de introducir de forma progresiva la trama principal y que combina con inteligencia comedia, acción e intriga, Besson compone una épica fantasía gracias a una narrativa que potencia los aspectos más positivos de la cinta y trata de contrarrestar las evidentes deficiencias de la misma, sobre todo las referidas a su duración. Una narrativa que deja momentos inolvidables como la secuencia en un mercado de otra dimensión, la persecución a través de los diferentes mundos de la ciudad o un curioso baile de la cantante Rihanna. Hay películas que simplemente distraen y otras que son capaces de alimentar la imaginación, y esta pertenece a la segunda categoría.

Nota: 7/10

‘Transformers: El último caballero’: robots de destrucción masiva


Mantener el interés en una saga cinematográfica (o de cualquier otro tipo), sea del género que sea, es todo un reto. Pero hacerlo con el mismo director una y otra vez tras las cámaras parece casi tarea imposible. Y la saga Transformers es un buen ejemplo, por desgracia para muchos que, como un servidor, ha crecido con estos robots capaces de adoptar formas de todo tipo de objetos, principalmente vehículos. Que Michael Bay siga ejecutando la parte visual de estos proyectos empieza a evidenciar un cansancio alarmante de ideas, utilizando siempre los mismos recursos narrativos para una batalla que, al final, termina siendo la misma film tras film. Y lo peor de todo es que los guiones cada vez tienen menos efectividad.

En esta ocasión, y con la excusa de la historia secreta de estos robots gigantes en la Tierra, la historia nos retrotrae a la época de Arturo y la Mesa Redonda. Más allá de lo idóneo o no de esta idea, el principal escollo que no logra superar Transformers: El último caballero es una narrativa con demasiados personajes secundarios luchando en diversos frentes, amén de la presencia de roles que no aportan absolutamente nada al conjunto, salvo metraje innecesario que alargan este espectáculo audiovisual y pirotécnico hasta las dos horas y media. Que las películas hayan crecido en complejidad visual y dramática es, hasta cierto punto, normal. Que lo hagan incorporando personajes autoparódicos sin relevancia ninguna no solo no es normal, sino que no aporta el toque de humor que podría presuponerse, e incluso resta credibilidad a un conjunto que, por lo demás, entretiene los suficiente como para no mirar demasiado el reloj.

Porque sí, al igual que sus predecesoras, la cinta entretiene. Tal vez no durante todo su metraje (una razón más para quitar minutos innecesarios), pero en líneas generales ofrece lo que promete: acción, aventura y mucha adrenalina. Ahora bien, nada más. La historia secreta de los Transformers se explica en los primeros instantes, y a pesar de algún que otro giro argumental a lo largo del desarrollo, la narrativa visual en los momentos en que los robots no se lían a tortazos es más bien deficiente, con diálogos que en algunos momentos rozan el absurdo en un intento de ser divertidos (que lo consigan o no depende, me imagino, de la predisposición de cada uno). Eso por no hablar del hecho de que en muchas ocasiones se solventa de un plumazo los momentos más relevantes de la trama. Y esta es la principal diferencia. Los primeros films, con sus defectos, narraban una historia con una cierta coherencia, con unos límites autoimpuestos para poder crecer.

Tras esta Transformers: El último caballero todo en la saga parece desmoronarse. El guionista abandona, el director parece dejar la silla, y se busca un cambio de sentido dramático y argumental. Desde luego, la saga necesita de un lavado de cara urgente, aunque la clave está en saber cómo debe ser dicho lavado. Por lo pronto, habrá que pensar qué hacer con un planeta, la Tierra, que ya no tiene Luna, cuya superficie se ha visto atacada por otro planeta y en la que, ahora sí, se han destruido definitivamente las pirámides de Egipto. Bueno, sea como sea, la puerta para las siguientes entregas queda abierta con el final de este film, así que todo es posible. Solo queda la esperanza de que estas películas vuelvan a demostrar, como dice su ‘slogan’, que hay más de los que los ojos ven.

Nota: 5/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: