7ª T. de ‘Orange is the new black’, un final adecuado a los personajes


Siete años han pasado desde aquel primer episodio de Orange is the new black. Y pocas series hay que evidencien mejor cómo una historia puede comerse a su protagonista para dar más presencia a unas secundarias con mucho más interés. La serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) ha pasado en este tiempo por muchos altibajos, perdiendo interés en algunas temporadas y recuperándolo en otras tantas. Esta séptima y última tanda de episodios es, posiblemente, el mejor reflejo de esa irregularidad, pero también de cómo algunos personajes han terminado por tener una mayor peso en la trama.

Planteada como una temporada de cierre de arcos dramáticos, los 13 capítulos que conforman este final sitúan al grupo de presas totalmente ramificado, reflejo de la ruptura de unas amistades que se ha ido fraguando a lo largo de todos estos años. Pero también, y esto es posiblemente lo más interesante, ofrecen unas conclusiones adecuadas a cada una de las presas, en algunos casos extremadamente dramáticas. El hecho de que no todas sobrevivan, y de que para algunas el final de la historia sea el momento más trágico de sus vidas, hace que esta conclusión carezca de sentimentalismos baratos o de finales tergiversados para hacer sentir bien al espectador. Más bien al contrario, el tratamiento de algunos de los personajes es extremadamente difícil, evidenciando algo que muchas veces se olvida: que por mucho cariño que se coja a un personaje a pesar de su maldad, su incompetencia o sus tendencias autodestructivas, no deja de tener cualidades negativas.

Bajo esta premisa, Kohan estructura esta séptima etapa de Orange is the new black más como una sinfonía en la que cada instrumento va a su ritmo que como una orquesta bien coordinada. Pero en el caos y la independencia de cada instrumento la música suena bien. ¡Qué digo bien! Suena mejor que muchas temporadas anteriores. Tal vez sea porque es el final; tal vez porque, tras varias decepciones, todo lo que nos cuentan ahora nos parece correcto. Pero tal vez sea porque esta conclusión está bien planteada y estructurada, combinando diferentes historias que poco o nada tienen que ver entre ellas de forma armónica para componer un mosaico aparentemente caótico pero bien calculado. Sin entrar a desvelar demasiados detalles para aquellos que no hayan visto el final cuando lean estas líneas, las conclusiones de los personajes de Kate Mulgrew (Drawing home) y Taryn Manning (La bóveda) son sencillamente perfectos, combinando tanto sus trayectorias durante toda la serie como el impacto de los acontecimientos en sus decisiones. Son los mejores ejemplos de cómo abordar finales adecuados para personajes complejos, por supuesto siempre dentro de las limitaciones que tiene esta serie.

Y curiosamente, la que comenzó como protagonista, Taylor Schilling (The public) es el ejemplo de cómo un personaje puede perder interés hasta niveles inimaginables. No es que su tratamiento no haya sido correcto… o bueno, en parte sí. Pero lo realmente importante es el punto de partida de esta mujer que entra en la cárcel por un error de su pasado. Lo que tendría que haber sido un contraste entre su personalidad y el mundo carcelario ha terminado con este universo devorando por completo al rol de Schilling. Esta última etapa ha querido recuperar ese papel protagonista, aunque sin demasiado éxito, mostrando, una vez superados los problemas de la cárcel, cómo es para una expresidiaria enfrentarse al mundo. En esto el personaje también falla, tanto por el modo de afrontar esta parte del relato como por todo el bagaje dramático de años atrás. Es evidente que su historia es la que más necesitaba cerrarse, pero viendo el conjunto da la sensación de que es relleno para cubrir los huecos que dejan arcos dramáticos mucho más interesantes.

Entrar y salir

Aunque en líneas generales esta última temporada de Orange is the new black presenta un balance positivo para lo que suelen ser este tipo de finales de serie, la ficción de Kohan sigue presentando algunas deficiencias. Uno de los problemas que había arrastrado durante las etapas anteriores era la proliferación de personajes, de los que, en la mayoría de los casos, se contaba su pasado. Aunque interesante, la propuesta corría el riesgo, y de hecho así fue, de que esta acumulación de historias terminara por restar peso dramático a todas en general. Si bien eso se ha ido corrigiendo poco a poco (sobre todo cuando se separaron a las presas allá por el final de la quinta temporada), todavía han quedado vestigios de ese problema, y eso se ha traducido en que algunos personajes han evolucionado en estos episodios a trompicones, o directamente se han quedado como un elemento más del paisaje para las principales protagonistas. Sin ser un gran problema, sí provoca que el panorama general sea irregular, y que el desarrollo presente demasiados altibajos en su planteamiento dramático.

Por poner algunos ejemplos de esa irregularidad, en la cara “negativa”, por decirlo de algún modo, tendríamos el personaje de Danielle Brooks (Sadie), quien por cierto ha asumido, en cierto modo, parte de los valores que debería haber representado la protagonista. Mujer buena en su interior que ha cometido un error, y condenada a una pena perpetua por un delito del que no es culpable, su tratamiento en estos episodios ha sido intermitente, comenzando con una relevancia inexistente y asumiendo después una suerte de papel salvador para el resto de presas. Su crisis existencial, su forma de afrontar su futuro, es interesante por momentos, sobre todo en su tramo final, pero está presentada de un modo algo tosco, previsible y arquetípico. Es cierto que su actitud concuerda bastante con la evolución a lo largo de la serie, sobre todo en el modo de relacionarse con el resto de personajes, pero no termina de adquirir el dramatismo de otros arcos dramáticos de la trama.

Mucho más impactante es la evolución del rol de Yael Stone (Falling), posiblemente por aquello de que sus problemas psicológicos terminan por apoderarse del personaje hasta un extremo enfermizo. El modo en que la actriz refleja la evolución hacia un mundo que solo su personaje conoce es simplemente extraordinario. En realidad, es posiblemente el final más previsible de todos los que se muestran en esta última temporada, pero también uno de los más dramáticos, pues el personaje no solo no llega a tener su final soñado, sino que más bien termina viviendo una pesadilla totalmente opuesta a lo que buscaba. Eso, unido a sus problemas psicológicos y sus obsesiones, la llevan a una espiral autodestructiva magistralmente mostrada en el tercio final de la serie, con una conclusión tan devastadora como la de otras reclusas protagonistas. En realidad, y a pesar de ciertas irregularidades en el tratamiento individual, se logra el efecto buscado, que no es otro que una sensación amarga en el espectador, un final para nada feliz que muestra de un modo bastante descarnado el final de una vida marcada por la cárcel.

Y como colofón, esta temporada final de Orange is the new black suma al drama carcelario el infierno de los centros para inmigrantes que van a ser deportados. Con el toque habitual de humor y drama de esta serie se muestra una situación mucho peor incluso que la de la prisión, denunciando el modo en que viven estas personas a las que se priva de la mayoría de sus derechos y se las expulsa en plena noche, despertándolas y tratándolas con menos humanidad que a muchos animales. Es la guinda de un pastel que no siempre ha sido dulce en estos años, pero que deja muy buenas sensaciones en muchas de sus temporadas. Sin duda, lo más interesante que deja esta serie es esa evolución que han sufrido los personajes, ese cambio a lo largo de los años que ha convertido esta ficción en una obra coral. Lo peor… posiblemente sus problemas para equilibrar tantas historias personales.

‘Empire’ se entrega al drama más rebuscado en su 5ª temporada


Ahora que está a punto de terminar la última temporada de Empire, la sexta (aunque por su duración podría considerarse más bien un epílogo), analizaremos lo que ha sido la quinta parte de esta serie musical que, como muchas producciones similares, ha terminado dejando la música un poco de lado (no tanto como otras) y entregándose por completo al drama (puede que más que muchas otras). Y lo hace, además, llevando a sus personajes por caminos complejos, muchas veces extraños e incapaces de encontrar una justificación del todo correcta en la definición de los protagonistas.

Los 18 capítulos de esta etapa creados, como el resto de la serie, por Lee Daniels (serie Star) y Danny Strong (Rebelde entre el centeno) confirman además una evolución notable hacia un conflicto alejado de la música y próximo a la estructura de un thriller en algunos momentos y de una telenovela en la mayoría de casos. En este sentido, el tratamiento de esta temporada resulta irregular, no tanto por una evolución dramática de los personajes poco constante, que también, sino por la cantidad de giros argumentales que tiene el arco dramático. Giros, por cierto, que terminan por deslucir una historia que podría prometer. El caso más evidente es la historia de ese hijo inesperado del personaje interpretado por Terrence Howard (St. Vincent). El tratamiento que se da a este personaje, primero como villano, luego como miembro no aceptado por la familia y, por último, sacrificándole por un bien mayor para ser aceptado, responde a los cánones más conocidos del cine, pero también evidencia una falta de objetivo a la hora de afrontar el desarrollo.

De hecho, Empire parece haber perdido un poco su rumbo en esta quinta temporada. O al menos, parte de su esencia. Es cierto que en las primeras temporadas el peso del relato lo sustentaban fundamentalmente Howard y Taraji P. Henson (Figuras ocultas), o al menos ellos tendían a llevarse toda la atención. Sin embargo, poco a poco los hijos han ido adquiriendo más relevancia más allá de los números musicales. Es a través de ellos que la ficción ha ido ganando en dramatismo y perdiendo música. Pero en esta etapa los hijos, por decirlo de algún modo, han volado fuera del nido. En parte ya lo hicieron en la anterior temporada, pero en estos episodios es más evidente y, por desgracia, menos interesante. Y es que sus tramas particulares no alcanzan a tener una relevancia real, quedándose como recursos narrativos para rellenar una falta de contenido de la trama principal (la recuperación de la empresa) y para ser motores de avance en ocasiones puntuales.

La única historia algo más relevante, la del personaje interpretado por Trai Byers (Selma), es uno de los aspectos positivos de la parte dramática de la serie. Su evolución, no solo en esta temporada sino durante toda la historia, le ha convertido en uno de los roles más interesantes a pesar de su constante comportamiento en espiral. Sin embargo, en esta etapa asume su verdadero papel dentro de la trama, pasando a heredar, en parte, el papel que Howard perdió hace ya un par de temporadas. A esto se suma esa enfermedad contra la que tiene que luchar constantemente y el empeoramiento de su estado. Todo ello pone el foco sobre él, cargando con un peso dramático sorprendente y demostrando que, aunque alcanza algunos extremos un poco innecesarios, es un pilar fundamental de esta historia. Dicho de otro modo, aúna en su interior los diferentes aspectos de la serie, desde el drama hasta la violencia, pasando incluso por la música (no canta, pero su aportación a ese universo es imprescindible).

Música, por favor

Y hablando de música, esta quinta temporada de Empire certifica lo que comentaba al arrancar este texto: el espectáculo en los escenarios ha dejado paso al drama más rebuscado posible. Y esto queda evidenciado no solo por el tratamiento que se da a un aspecto en comparación con el otro, sino al modo en que se afronta el apartado musical en sí mismo. Frente a las canciones de las primeras temporadas, cuando el espectador podía disfrutar de temas completos, ahora todo se reduce a fragmentos cantados cada vez por más personajes. Esta reducción de tiempos y este aumento de personajes acentúa la sensación de estar ante un producto que tiene la música más como complemento que como epicentro dramático, y eso que esta temporada centra buena parte de su atención en la recuperación de ese Imperio al que hace referencia el título de la serie.

Ahí está, en cierto modo, la contradicción de esta tanda de episodios. Trata de tener como eje vertebrador de la trama el universo musical, con esa guerra por el control del imperio y con las iniciativas para ponerlo en marcha de nuevo. Sin embargo, el tratamiento de toda la temporada es más bien telenovelesco, con dramas personales en cada uno de los protagonistas, con secretos y con conflictos que poco o nada tienen que ver con la música. Al final este segundo aspecto termina pesando más que el primero, pero no porque resulte más interesante, sino porque el aspecto musical ha perdido buena parte de su esencia. Se puede recordar a este respecto que algunos de los títulos cantados en las anteriores temporadas contenían, además de buenos ritmos y un marcado estilo, una suerte de expresión de sentimientos que ayudaban a comprender mejor lo que vivía cada personaje en cada momento.

Todo eso ha desaparecido. Como si de un daño colateral se tratara, las canciones no solo han dejado de interpretarse en su totalidad (o casi), sino que también han dejado de ser ese vehículo emocional y dramático que permitía poner en pantalla buena parte de lo que ocurría dentro de los personajes, convirtiéndose únicamente en un simple entretenimiento que aporta color y dinamismo al resto de historias. Evidentemente, esto tiene como principales damnificados a los dos protagonistas con más minutos musicales, y eso se nota en el desarrollo y el tono general de la serie. Eso por no hablar de la cantidad de personajes secundarios que aparecen para tratar de suplir las ausencias de estos dos protagonistas, impidiendo el desarrollo de ninguno de ellos y manteniéndoles casi como meros recursos para hacer más atractivos los números musicales.

En cierto modo, Empire está confirmando una caída que ya se intuía en la temporada anterior. Abandonando la música cada vez más, se ha visto obligada a cubrir los huecos dejados por las canciones con más drama. Sin embargo, en lugar de ahondar en muchos de los conflictos y los traumas de los personajes, en líneas generales se ha limitado a entrar en una espiral de dramatismo excesivo sin objetivo concreto, llevando a los protagonistas a situaciones muchas veces incomprensibles, además de los giros argumentales innecesarios. Ahora quedan únicamente un puñado de episodios a modo de epílogo que, sin duda, tratarán de cerrar esta trama de la mejor forma posible. Pero sea como fuere, la serie ha cambiado para siempre, y lo ha hecho sin un criterio claro.

‘Stranger Things’ crece y madura con sus protagonistas en su 3ª T.


Que Stranger Things es un referente de la cultura popular actual es algo incuestionable. Más allá de que recupere la vida, la cultura y la sociedad de los años 80, la serie creada por los hermanos Duffer (Matt y Ross) se ha convertido en un referente para otras producciones, abriendo un camino narrativo único y rico en matices. Pero lo realmente interesante de la serie, formal y dramáticamente hablando, es su capacidad para reinventarse, para adaptarse a las necesidades del relato, evolucionando constantemente y ofreciendo al espectador nuevas perspectivas dentro de este mismo universo, explorándolo hasta sus rincones más lejanos.

Y esto es precisamente lo que hace la tercera temporada. Para muchos la segunda parte de la serie no estuvo a la altura de las expectativas, tratando dar continuidad a una trama que, en principio, había terminado en la temporada inicial. Personalmente no creo que sea así, y viendo estos ocho episodios desde luego que adquiere mucho más sentido como una historia de transición hacia algo mucho mayor. En esta ocasión, la serie se plantea como una batalla en toda regla, más que una intriga de suspense con monstruo de por medio. Esto conlleva una simplificación de la estructura dramática, lo que sumado a unos personajes ya presentados deja mucho espacio libre para ahondar en otros aspectos. Y eso es precisamente lo que utiliza la serie, logrando un equilibrio perfecto entre aventura, acción, drama y conflicto adolescente.

Porque este es otro de los aspectos más interesantes de la tercera temporada de Stranger things. El espacio que deja la presentación de personajes permite no solo más acción, también abordar en profundidad uno de los problemas que suelen tener todas las producciones con niños como protagonistas: su crecimiento y madurez. Con una mezcla de ironía y drama, estos 8 episodios sitúan a los protagonistas en una nueva fase de su vida en la que las chicas son más interesantes que los juegos de rol, los cómics o las películas. El modo en que se afronta esta evolución es sencillamente brillante, pues como pasa con el resto de elementos de la serie, toca todas las tramas secundarias posibles: la reacción de los adultos protectores, la amistad, los celos, la diferente visión del mundo de chicos y chicas, etc. Todo ello no solo aporta un toque divertido y entrañable al argumento, sino que permite al espectador crecer con los héroes, sentirse identificado con una etapa de la vida que todos hemos superado. En definitiva, lo que consigue es mantener ese espíritu de realidad dentro de la fantasía.

Y si los adolescentes son una parte fundamental de la trama, los adultos no se quedan atrás. Su rol de secundario importante cada vez está evolucionando más hacia un protagonismo autónomo, ajeno por completo a las aventuras de los muchachos. Y en esa evolución el personaje de David Harbour (Escuadrón suicida) es sin duda el más interesante, pues no solo afronta su papel de padre inesperado, sino que su papel en la resolución de la historia cada vez es más determinante. Habrá que ver cuál ha sido su verdadero final, aunque quien haya visto el epílogo de ese último episodio podrá hacerse una idea. Sea como fuere, la presencia de los adultos se consolida como una línea argumental paralela a la de los niños, con sus propios puntos de giro, sus conflictos y sus complejas relaciones. La incorporación de los rusos a la historia, además, aporta una vuelta de tuerca más al relato, aumentando de paso esa nostalgia marca de la casa de la serie acerca de las películas de los años 80 con la Guerra Fría como telón de fondo.

Uso de los personajes

De este modo, la trama de Stranger things se vuelve más compleja, o por lo menos con más ramificaciones. Sí, es cierto que el planteamiento básico es relativamente simple, fundamentalmente porque sigue la estela de temporadas anteriores, pero las consecuencias y las líneas argumentales secundarias enriquecen notablemente el conjunto hasta hacerlo mucho más completo de lo que era hasta ahora. La presencia de soviéticos, esa criatura que se construye a partir de seres humanos, la incorporación de nuevos personajes (a los que, por cierto, se les da un tratamiento totalmente diferente a lo que podría esperarse en un principio), etc. Todo ello conforma un relato más propio del cine que constantemente homenajean los hermanos Duffer, lo que convierte a esta temporada, posiblemente, en la mejor realizada hasta el momento.

Sobre esos personajes secundarios, una puntualización. Todos y cada uno de ellos han jugado un papel fundamental en la trama, ya sea como activos en el desarrollo de la historia principal, ya sea como herramientas para desbloquear situaciones, ya sea como contrapunto cómico a la gravedad de la historia. Y todos ellos, como decía antes, han tenido un tratamiento poco habitual, más realista y, sobre todo, más sincero con la propia historia y con las características de la trama. Uno de los ejemplos más claros es el de Dacre Montgomery (Power Rangers). Su presencia en la serie parecía condenada a un futuro mediocre, más bien como herramienta puntual para hacer avanzar la trama en una dirección o como contrapunto irónico en determinadas situaciones. Su reconversión en esta etapa es magistral, no solo por su nueva posición dentro de la historia, sino porque su final es ejemplar, alejándose de una resolución amable y demostrando que incluso los personajes con aparente poco futuro pueden tener una nueva y brillante alternativa.

Así las cosas, esta tercera temporada se puede entender como una reinterpretación de lo visto hasta ahora en la serie. El argumento se abre a más personajes, implica por tanto muchas más tramas secundarias, e incluso la principal se presenta con más ramificaciones. Es, en definitiva, una serie más adulta, más madura. La verdad es que no podía ser de otro modo, pues un estancamiento en su planteamiento inicial no habría llevado a nada. Al contrario, habría mermado la calidad de la ficción. Habrá quien piense que la temporada anterior ha sido una especie de transición. Y puede que fuera así, pero desde luego estos 8 capítulos confirman que cada aspecto del pasado cuenta, que cada decisión narrativa tiene su efecto en el futuro de la serie. Por eso, además de todo lo explicado anteriormente, es por lo que esta temporada engrandece una producción ya de por sí enorme.

Dicho esto, y confirmada la cuarta temporada, solo queda esperar el siguiente paso de Stranger things. Porque habrá un paso. Esta tercera etapa demuestra que la serie continúa hacia adelante en un camino que la permite crecer tanto en profundidad dramática como en complejidad formal, expandiendo el universo e incorporando nuevos personajes de forma muy calculada. Existe el riesgo de caer en su propia trampa, de que la incorporación de nuevos personajes termine por abarcar más de lo que pueda apretar la historia, pero no parece probable. De hecho, y a tenor del teaser de la cuarta parte, parece que se va a dirigir la mirada hacia ese otro lado, lo cual abre una puerta a infinitas posibilidades. La pregunta de verdad es si se podrá superar el nivel de esta tercera parte.

4ª temporada de ‘Billions’, o cómo lograr el éxito sin escrúpulos


Lucha, caída y ascenso de dos titanes. Ese podría ser el resumen, a grandes rasgos, de la evolución dramática de Billions, la serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos guionistas de Runner Runner) y Andrew Ross Sorkin. Pero en realidad, es mucho más. La cuarta temporada deja patente que este drama sobre la justicia, la Bolsa, la ética y los valores morales es algo más que un mero reflejo de unos personajes corruptos por sus propias ambiciones. De hecho, es mucho más.

Los 12 episodios que componen esta etapa suponen todo un juego intelectual y dialéctico no solo entre los diferentes personajes que pueblan esta ficción, sino de la propia trama con el espectador. Planteada como ese ascenso a la cima que mencionaba al principio, su final da un sentido completamente diferente a una historia ya de por sí compleja y perfectamente estructurada. Un giro argumental al que la serie, en cierto modo, ya nos tiene acostumbrados, pero que en este caso adquiere una mayor relevancia porque, literalmente, define a los protagonistas como dos ‘tiburones’ sin escrúpulos capaces de sacrificar aquello que aman con tal de lograr sus objetivos. Dicho esto, la labor de los guionistas resulta más espléndida si cabe, toda vez que estamos hablando de personajes objetivamente detestables, pero dramáticamente atractivos. Encontrar ese equilibrio es lo que convierte a cualquier historia en una gran historia.

En realidad, el giro argumental final lo que hace es confirmar algo con lo que trabaja toda la cuarta temporada de Billions, y es el hecho de anteponer la venganza y las ansias de poder a cualquier otra cosa. Y el personaje de Paul Giamatti (Morgan) es el que mejor representa esta idea. El momento en que anuncia ante el mundo sus afinidades sexuales es sin duda uno de los más importantes de toda la serie, y eso que ha tenido unos cuantos. Pero este supera todo lo visto hasta ahora por varios motivos. Para empezar, la fuerza dramática y narrativa de revelar un secreto ante el mundo. Segundo, el modo en que esto condiciona y modifica, hasta cierto punto, las relaciones del protagonista con los personajes que le rodean. Pero sobre todo, el momento representa lo que representa por el daño colateral que tiene en el rol interpretado por Maggie Siff (serie Hijos de la Anarquía), y cómo afecta a la relación de pareja. Precisamente porque esos efectos se habían avisado previamente el destrozo dramático que provoca es mayor, modificando para siempre el devenir de esa línea argumental. El modo en que se afronta en el guión, y el modo en que Giamatti compone esta faceta de su personaje, hacen que este jurista crezca emocionalmente hasta cotas impensables.

Lo mismo ocurre, aunque en menor medida, con su némesis/amigo. El personaje de Damian Lewis (Érase una vez… en Hollywood) actúa motivado por un odio nacido, a su vez, de la traición. Como ya quedó patente al final de la anterior temporada, la venganza es el objetivo final de los dos protagonistas, y aunque ambos la plantean en términos similares (incluyendo colaboraciones esporádicas), el rol de Lewis parece movido más por la ‘sed de sangre’ que por un planteamiento frío y calculador. Esta diferencia entre ambos personajes, lejos de socavar el atractivo de alguno de ellos, les sitúa como dos caras de una misma moneda, como dos formas de entender un mismo viaje que lleva, inexorablemente, a un mismo final. No es casual. Este planteamiento permite a los creadores de la serie jugar con diferentes situaciones dramáticas para construir dos líneas argumentales que transcurren de forma paralela y que, de vez en cuando, encuentran puntos comunes. Pero el resultado, como digo, es el mismo. El rol de Lewis (quien, por cierto, hace una labor extraordinaria) termina por destruir todo aquello que, en teoría, ama. Todo para terminar con aquel que le traicionó.

Un ‘árbol’ dramático

Y aquí es donde se halla la principal diferencia de esta cuarta temporada de Billions con respecto a las anteriores. Los dos protagonistas dejan de ser enemigos para centrar sus miradas en otros antagonistas que, a su vez, tratan de jugar el mismo juego de estrategia e intriga política y financiera. Esto genera una estructura que se va ramificando hasta crear un complejo entramado dramático tan atractivo como interesante, enriqueciendo notablemente una serie ya de por sí rica y compleja. Las historias secundarias de estos personajes no solo complementan a las de los protagonistas, sino que originan sinergias entre ellas, estableciendo un diálogo de tú a tú con las historias principales. Esto es lo realmente importante, pues la ficción en ningún momento se plantea siquiera el hecho de utilizar alguna de estas líneas argumentales como meros apoyos narrativos, sino que se establecen como motores independientes de desarrollo.

En cierto modo, puede entenderse que la producción pasa de tener dos tramas principales a cuatro, más un buen número de secundarias. Esto explicaría, por ejemplo, los finales de las dos historias protagonizadas por Giamatti y Lewis y esos giros argumentales finales que mencionaba antes. Solo estableciendo en un mismo nivel dramático todos los arcos de los personajes se puede lograr un efecto como ese, teniendo siempre claro quienes son los “buenos” y los “malos” (conceptos que en este caso pueden tener una connotación diferente). Dicho de otro modo, para que una trama sea buena es fundamental que tenga villanos a la altura, o al menos antagonistas capaces de dar la batalla y poner en apuros a los protagonistas, de modo que su victoria sea más satisfactoria.

La pregunta que se plantea en esta etapa de la serie es si, realmente, esa victoria es satisfactoria. No solo porque la catadura moral de los dos personajes principales quede muy en entredicho, sino por el modo en que vencen en sus respectivos campos. No dudan en destrozar a su adversario con tal de conseguir la victoria, y sobre todo no dudan en arrasar con todo a su paso para lograr el objetivo. El personaje de Maggie Siff es la gran víctima en todo esto. Y lo es porque su propio arco argumental lleva a este rol a sufrir en sus carnes los daños de ambos protagonistas, por un lado en su vida personal y por otro en su vida profesional. Esto la convierte en uno de los nexos más fuertes de toda esta estructura dramática, y también en uno de los personajes más interesantes, complejos y de más largo recorrido de toda la serie.

En pocas palabras, Billions crece dramáticamente hablando en su cuarta temporada. Y en contra de lo que se pueda pensar, no lo hace ahondando en los conflictos entre los protagonistas, sino desviando la mirada hacia otros secundarios, explorando así la personalidad de cada uno de ellos en situaciones diferentes a las vistas hasta ahora. Esto expande el universo de la serie, dota de un mayor peso narrativo a algunos secundarios y sitúa a los protagonistas ante un espejo que les enseña (y nos enseña) todo lo que son capaces de hacer por sus ansias de poder. Pero ante todo, lleva la trama por un camino por el que no se puede volver hacia un futuro apasionante y prometedor.

‘The Big Bang Theory’ llega tarde al final esperado en la 12ª T.


No es habitual que una serie supere las 10 temporadas. Cuando eso ocurre lo normal es que surjan dudas. ¿Es necesaria una duración tan larga? ¿Realmente los personajes tienen tanto interés? Y sobre todo, ¿se podría haber contado lo mismo con menos capítulos? Las respuestas dependen del formato, la frescura y la concepción inicial de la ficción. El caso de The Big Bang Theory es una buena muestra de que una buena serie es mucho mejor si es directa, sencilla y corta. O al menos, no alargada de forma artificial. Su última temporada, la número 12, es la prueba palpable.

Los 24 episodios de esta etapa final de la serie creada por Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Brady (serie The Muppets) oscilan entre el humor original de esta ficción que ha puesto a los frikis en el mapa y el cansancio narrativo y creativo que han evidenciado las últimas tandas de capítulos. Porque hay cansancio, y mucho. Los personajes han llegado a un punto en el que, sencillamente, no pueden evolucionar más sin cambiar el sentido de la serie. Las situaciones cómicas, en muchas ocasiones, han dejado de tener gracia porque, de tanto repetirse, han perdido la frescura que las caracterizaba al inicio. Y los diálogos, siendo sinceros, tampoco es que hayan sabido adaptarse a las nuevas demandas de los espectadores. En cierto modo, la serie ha colapsado en un intento de evolucionar manteniendo sus rasgos iniciales (que no su esencia).

Y me explico. Muchos espectadores, yo entre ellos, defenderán que toda historia tiene que evolucionar si quiere resultar atractiva. Y es cierto. La mayor amenaza de cualquier relato es el inmovilismo. Pero… ¿qué significa evolucionar? En realidad, significa enfrentar a los protagonistas ante retos externos e internos que les obliguen a modificar su forma de entender el mundo y a sí mismos para poder superarlos, de modo que sean personajes diferentes a lo que comenzaron siendo. Pero con un matiz: nunca se debe cambiar tanto que cambie por completo el concepto dramático de la trama. Del mismo modo que nunca debe mantener demasiado de ese origen del que procede. Pues bien, The Big Bang Theory ha evolucionado tanto que el aspecto inicial de la serie se ha perdido. Los personajes han madurado, tienen una vida en pareja, familia, objetivos y retos diferentes. Sin embargo, sus creadores tratan de seguir presentándoles como aquellos científicos frikis aficionados a cómics, videojuegos y películas de ciencia ficción que se presentaron en sociedad hace ya tantos años.

El problema es que eso ya es inviable, y esa dualidad interna en todos los protagonistas no termina de resolverse. Hay momentos en que vuelven a ser esos niños grandes, pero en otros parecen unos jóvenes adultos asentados en una nueva etapa de sus vidas. Esto genera que algunos de los gags que en otras ocasiones podían resultar hilarantes ahora simplemente arranquen una sonrisa como mucho. Curiosamente, algunos de los mejores momentos los siguen protagonizando los secundarios que participan en la serie, muestra del interés que han ido perdiendo los protagonistas poco a poco. Los episodios, igual de cortos, se hacen más largos. Y hasta puede dar la sensación de que algunos personajes, a pesar de seguir siendo prácticamente iguales, han perdido algo de su esencia, precisamente por esa cierta falta de ritmo y humor que desprenden estos 24 episodios.

Al César lo que es del César

Todo esto, aunque evidentemente perjudica el desarrollo y la impresión general de The Big Bang Theory como serie, no impide sin embargo que el final de temporada y de serie sea bueno. Yo diría notable. Y es que a pesar de alargarse innecesariamente, la última etapa presenta una conclusión coherente con sus personajes, con los anhelos y deseos que han mostrado en la recta final de la ficción. Por ello, y aunque presente momentos que directamente se podrían suprimir sin que afecte al desarrollo de la historia, los últimos episodios se utilizan para cerrar todos los arcos argumentales de los protagonistas, respondiendo con un final feliz a cada uno de ellos. Al César lo que es del César, y a este grupo de amigos le corresponde una recompensa de la que, posiblemente, ni ellos mismos sean conscientes.

Sin desvelar absolutamente ningún detalle (salvo tal vez el que se ve en la fotografía, con los dos personajes recibiendo el Premio Nobel), sí se puede decir que el cierre de tramas principales y secundarias resulta interesante, sobre todo para ser una comedia de situación que comenzó de forma algo transgresora y ha terminado siendo un producto común aderezado con chistes científicos y el mayor de los frikismos. A pesar de los vaivenes de algunos personajes (uno de los motivos para que la serie haya bajado en interés), en líneas generales nos encontramos ante un cierre dramático tan previsible como bien ejecutado. Evidentemente, que nadie espere algo que no sea un ‘… y vivieron felices’, porque la serie no busca otra cosa, pero incluso ese final tan blanco como positivo hay que saber ejecutarlo, y los guionistas salen airosos de intentar levantar ligeramente, aunque solo sea para su final, el nivel dramático, cómico y de interés de la serie.

Lo que representa esta última temporada, en pocas palabras, es lo que ha ocurrido con toda la serie. Es decir, ha pasado por buenos momentos, por otros más tediosos, algunos brillantes y un desarrollo dramático y de personajes sin un objetivo claro, al menos no de antemano. La incorporación de secundarios, sin duda, es un claro aliciente que no solo insufla aire fresco al conjunto, sino que evidencia la fuerza mediática que ha adquirido esta sitcom. Pero ni siquiera ellos son capaces de eliminar esa sensación de estar viendo pocas novedades en la relación entre personajes y en la evolución de las tramas, más allá de momentos puntuales que es necesario modificar por ‘obligaciones de guión’. En este sentido, por tanto, lo que tenemos es una temporada 12 divertida a ratos (más que las dos inmediatamente anteriores), con desarrollo de algunas tramas y con una cierta incongruencia en algunas situaciones que viven los personajes.

Y eso es lo que ha sido The Big Bang Theory. En realidad, la serie fue toda una sorpresa y un fenómeno durante las primeras temporadas. La serie supo evolucionar correctamente durante un tiempo, introduciendo a los protagonistas en la edad adulta de forma progresiva y pausada, lo que además provocó numerosas situaciones cómicas y gags por los diferentes ritmos narrativos de cada uno de ellos. Pero la historia se estiró demasiado. Las situaciones comenzaron a parecer algo repetitivas; los personajes, todos ellos ya en la vida adulta, parecían perder frescura al tiempo que sus creadores querían mantenerlos jóvenes; y el humor se fue diluyendo ligeramente. No cabe duda de que esta comedia es el referente del género del siglo XXI, como Friends lo fue en su momento. Pero le sobran temporadas, y eso lastra ligeramente al conjunto. En todo caso, es innegable que, con sus fallos y sus aciertos, ese plano final de todos los personajes en ese salón que tantas cosas ha vivido es el broche de oro a una importante etapa televisiva. Y para muchos espectadores, es el final de toda una vida.

‘Supergirl’ se convierte en el corazón de la diversidad en su 4ª T.


En algún momento, con la reflexión que permite la distancia de los años, se debería abordar en profundidad el trato que la televisión está dando a los superhéroes, sobre todo a ese llamado Arrowverse con personajes de DC Cómics. Porque lo visto en la cuarta temporada de Supergirl es tan interesante en su concepción dramática como fallida en su desarrollo. Y es que los 22 episodios de esta etapa no solo no logran enganchar al espectador, sino que pierden fuerza a medida que entremezcla tramas como si de una amalgama narrativa se tratara.

Pero vayamos por partes. La serie creada por Ali Adler (serie The new normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos responsables de ArrowThe Flash) se ha confirmado en esta parte de la historia como el “corazón” de la diversidad en el mundo DC, algo que tendrá su continuidad dentro de poco con la llegada de Batwoman. La serie ha dedicado buena parte de su tiempo, a mi modo de ver con acierto dramático, a explorar los conflictos personales y sociales que aún hoy sigue generando la diversidad sexual. Y digo con acierto porque eso se suma a los conflictos racistas que siempre han estado latentes en el personaje (tanto en este como en Superman) sobre los miedos que genera lo desconocido. De hecho, sus creadores se han esmerado en plantear los alienígenas como una versión fantástica de la inmigración en Estados Unidos, lo que adquiere aún más importancia a tenor de las medidas tomadas desde la Casa Blanca.

En esta cuarta temporada de Supergirl todo eso se agudiza hasta el punto de elevarlo, precisamente, hasta la Casa Blanca, con ese personaje interpretado por Sam Witwer (serie Érase una vez) que se convierte en una suerte de líder de una secta al más puro estilo Ku Klux Klan. Este villano protagoniza buena parte de un arco argumental que comienza de un modo relativamente sólido pero que termina por ser casi una autoparodia. A todo ello se añaden nuevos personajes llamados a quedarse (al menos un tiempo) y que aportan un carácter de diversidad sexual sumamente interesante y reflexivo. De hecho, los autores de la serie no dudan en vincular directamente el odio racial con el odio homofóbico, estableciendo vínculos que van más allá del entretenimiento y la fantasía que ofrece esta ficción.

Esta mayor complejidad emocional de la serie se suma, y encaja bastante bien, a los planteamientos iniciales de la superheroína, que la verdad es que no han cambiado prácticamente nada desde la primera temporada. Los secundarios siguen llenando un cierto vacío de la protagonista, cuya dualidad entre su identidad secreta y su figura de Supergirl sigue siendo el motor de la serie, alcanzando en esta ocasión cotas mucho mayores de lo visto hasta ahora. Se puede decir que la cuarta etapa lleva todos los planteamientos iniciales a límites mucho mayores, obligando al espectador a plantearse muchas cuestiones al tiempo que es capaz de distraer durante los tres cuartos de hora que dura cada episodio aproximadamente. El problema está en el formato elegido, en cómo han vestido todo este trasfondo dramático y emocional. Y sobre todo en cómo han desarrollado los arcos dramáticos de cada personaje y cómo han planteado la sucesión de tramas secundarias.

Rusos y fascistas

Y es un gran problema, porque la sensación final que deja la cuarta temporada de Supergirl es la de una serie para adolescentes muy blanca, con pocas luces y sombras, en la que los buenos son muy buenos y los malos son muy malos, sin sacrificios, dudas o errores de por medio. Esto, desde un punto de vista cinematográfico, hace que la serie sea completamente plana, sin giros argumentales de relevancia ni conflictos dramáticos atractivos. Y lo que es peor, diluye en buena medida el mensaje de tolerancia que plantea desde un inicio, reduciéndolo a un mero complemento para las aventuras de la Chica de Acero que, por cierto, abandona la idea de estar a la sombra de Superman para, directamente, convertirse en él, asumiendo de paso a sus villanos.

De aquí se deriva, en cierto modo, el otro gran problema de la historia. La entrada en escena de Lex Luthor (serie Dos hombres y medio), aunque atractiva por lo que aporta el personaje, deja de lado buena parte de lo construido hasta ese momento. Mejor o peor, la serie se había enfocado hacia la intolerancia y el fascismo. La presencia del archienemigo de Superman, aunque bien integrada en el conjunto de la trama, absorbe absolutamente todos los elementos anteriores de la trama, fagocitándolos en su propio beneficio para narrar algo totalmente diferente. Algo que no tiene que ser necesariamente negativo si no fuera porque, en lugar de buscar un desarrollo más o menos coherente, se opta por la vía rusa, esa Hija Roja cuyo recorrido es más bien corto y una suerte de plan maquiavélico que, de rebuscado, no termina de ser creíble.

Las tramas secundarias, además, no acaban de encajar demasiado bien. No tanto en el desarrollo de la temporada, donde sí se integran bastante bien unas con otras, sino en el impacto que pueden tener a futuro en los personajes. Da la sensación de que todo el periplo dramático que viven los secundarios es única y exclusivamente una excusa para desarrollar otros conceptos, sin que luego existan verdaderas consecuencias sobre ellos. Esto, evidentemente, no se sabrá hasta que avance la serie en las siguientes temporadas, donde posiblemente se recuperen algunos de los conflictos que se han quedado sin resolver en esta etapa, pero en cualquier caso poner a cualquier personaje ante un desafío externo (o interno) y que después de superarlo no se vea ninguna evolución dramática siempre es un fallo narrativo importante.

La cuarta temporada de Supergirl, por tanto, se revela como un producto incompleto. Por un lado, se consolida como la ficción más diversa de este universo televisivo. Racismo, homofobia, xenofobia, … son conceptos subyacentes a la fantasía, los efectos especiales y las aventuras superheróicaso. Y en este sentido es digno de alabar el esfuerzo de sus creadores por integrar todas estas historias bajo un mismo paraguas. Pero estos 22 capítulos adolecen de falta de ritmo narrativo. Ni las historias secundarias logran tener entidad propia, ni la historia principal del personaje interpretado por Melissa Benoist (Día de patriotas) resulta lo suficientemente atractiva, lastrada por un exceso de formalidad y una falta de complejidad dramática del personaje. Esto deriva en una serie sumamente lineal en la que los episodios, cargados de dinamismo, se suceden y se consumen tan rápido como se olvidan.

‘The Flash’ ahonda en el drama familiar en su quinta temporada


A pesar de que su estructura dramática es similar, The Flash se distanció desde el primer momento de su “progenitor” televisivo, Arrow, para dar una imagen algo más limpia, blanca, estéril. Su quinta temporada, aunque introduce algo más de dramatismo y una cierta oscuridad, mantiene en esencia esta apuesta pero introduciendo un nuevo elemento. O mejor dicho, reforzando en todos los frentes abiertos la idea de familia y todos los valores que ello conlleva.

En efecto, los 22 episodios de esta etapa de la serie creada por Greg Berlanti (El club de los corazones rotos), Geoff Johns y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Eli Stone) abordan en cada una de sus líneas dramáticas las tensiones en el seno de una familia, los conflictos y el modo en que cada miembro afronta dichas situaciones. En realidad, es algo que se viene trabajando desde los propios orígenes del personaje, pero en esta ocasión existe un matiz diferente, y es que los secundarios también viven ese concepto en sus propias historias, influyendo de forma más o menos directa en el resultado final y en el desarrollo de la trama principal. Incluso el villano está motivado por los vínculos familiares, recurriendo a la venganza por un accidente en el que su sobrina queda en coma. Todo ello, en efecto, refuerza el mensaje, e incluso lo hace más profundo, más consistente e interesante para los estándares que suele ofrecer esta ficción.

Ahora bien, esa reiteración conceptual también da al traste con la riqueza dramática y emocional del nutrido grupo de protagonistas. El hecho de que todos sus conflictos estén vinculados a padres que son villanos, a hijas engañadas o a la forma en que se relacionan unos y otros impide explorar nuevos conflictos, nuevos arcos argumentales capaces de aportar algo más a la trama. Por ejemplo, en etapas anteriores personajes como los de Danielle Panabaker (Time lapse) y Carlos Valdes descubrían sus poderes y se enfrentaban a sus propios demonios. Y aunque en estos capítulos se sigue manteniendo esa duda interna acerca de sus capacidades, queda relegada a un segundo plano, más como una consecuencia de algo superior que como una motivación en sí misma. En este sentido, por tanto, da la sensación de que cada aspecto previo de la trama queda supeditado a esa pátina de conflicto paterno filial que impregna absolutamente todo.

Y es una lástima. Es cierto que The Flash nunca ha sido una serie compleja. Más bien al contrario, su tratamiento siempre ha sido bastante lineal y, por qué no decirlo, previsible. Con todo, se mantenía siempre un pequeño as bajo la manga en forma de giros argumentales que pudieran producir, al menos, alguna sorpresa o imprevisto menor. Pero lo que nos encontramos en esta quinta temporada es una simplificación llevada al extremo de todas las historias. Ni siquiera los elementos externos que, en principio, deberían haber enriquecido la trama principal resultan interesantes. Al contrario, se convierten únicamente en meras muletas narrativas de la historia del héroe, sin tener recorrido ni vida propia más allá de servir al desarrollo del arco dramático protagonizado por Grant Gustin (Krystal), lo que hace que la serie pierda fuerza e interés, y que termine por ser un producto sin mayor recorrido que derrotar al villano de turno, quien por cierto, por muy poderoso que pueda parecer, siempre es derrotado sin grandes costes personales.

Gran familia feliz

Todo esto no impide, sin embargo, que esta ficción superheroica resulte entretenida. Al menos lo suficiente como para verla sin necesidad de reflexionar demasiado acerca de lo que sucede en pantalla. Los cada vez más elaborados efectos especiales, unido al tono irónico que tiene en general el tratamiento de personajes y a un villano que, con sus irregularidades, resulta interesante en su dibujo y puesta en escena, permiten que la serie se desarrolle de un modo bastante correcto (lo que no quiere decir apasionante). Y al igual que pasara con Arrow, el universo del hombre más rápido de la Tierra sigue expandiéndose en lo que a personajes se refiere, explorando presente, pasado y futuro para introducir nuevos roles que integran esta gran familia feliz que representa el Equipo Flash y su entorno.

En este contexto es necesario señalar lo que ocurre con Tom Cavanagh (El inventor de juegos) y los múltiples personajes que interpreta no solo en esta quinta temporada de The Flash, sino en toda la serie. De ser el primer villano de la historia (rol que, por cierto, vuelve a interpretar en estos episodios) ha pasado a dar vida al mismo personaje de universos diferentes, cada uno con sus particularidades y siempre un apoyo para el resto de personajes. En esta ocasión, una suerte de versión francesa de Sherlock Holmes especializado en seguir la pista y capturar al villano de la temporada en cada una de las realidades en las que existe. Más allá de la mejor o peor definición del rol, es digno de mención el trabajo tan diferente que hace el actor en cada temporada, dotando a cada personaje de una entidad y profundidad diferente, pero siempre siendo pieza importante no solo para derrotar al antagonista, sino para hacer avanzar la acción. Lástima que su distinta presencia en cada temporada impida ahondar algo más en el trasfondo, motivaciones, miedos y secretos de cada uno de los personajes.

De hecho, la diferente presencia del actor en cada temporada es uno de los alicientes de la serie, aportando siempre el mismo trabajo pero bajo prismas diferentes. Una pequeña originalidad de una serie que cada vez parece más entregada a la repetición de conceptos, de recursos narrativos, sin ofrecer giros interesantes que sean capaces de renovar el tono de la serie o, al menos de hacerlo parecer algo diferente a lo que se ha visto en estos cinco años. La originalidad inicial, así como el impacto de los efectos visuales, ha dejado paso a un retorno constante a las mismas ideas, incluyendo los viajes en el tiempo. La historia necesita de nuevos retos narrativos, incluso diría que de nuevos personajes capaces de aportar algo diferente a la dinámica del grupo. Pero mientras eso llega, lo que queda es una temporada simpática, entretenida en algunos momentos pero bastante condescendiente con sus propias limitaciones.

No quiere esto decir que no haya futuro. Esta quinta temporada de The Flash deja algunas ideas realmente interesantes, como esas modificaciones en el periódico que marca la desaparición del protagonista, la creación de la cabecera digital en la que se publica la noticia y algunas otras ideas que comienzan a vertebrar ese evento con el desarrollo de la serie. Ha sido algo incipiente, es cierto, pero al igual que ocurriera en etapas anteriores, se plantean varios hitos dramáticos que, si se saben explotar en la siguiente tanda de episodios, podría llevar la ficción por un camino interesante. Habrá que ver cómo se compagina eso con el nuevo villano, y sobre todo con esa idea de poder quitar los poderes con una mera inyección. Por el momento, esta temporada se queda más bien como un producto que puede verse y, en algunos momentos, disfrutarse, pero que en ningún caso hace avanzar realmente la acción en una dirección clara, plantando sin embargo la semilla de varias ideas que podrían germinar de forma muy atractiva.

‘Arrow’ descarrila en su final cambiando futuro por pasado en la 7ª T.


Apenas faltan diez episodios para que el origen del Universo DC en televisión llegue a su fin. Con una última temporada corta ya confirmada, presumiblemente para cerrar algunos cabos sueltos, Arrow ha concluido su séptima etapa (y en cierto modo, se podría decir que concluye la trama principal) con esa sensación de estar en el inicio del fin. Un sentimiento sin duda con cierta carga emotiva. Pero también con una sensación de agotamiento dramático en muchas de sus tramas secundarias, e incluso en varios aspectos de la principal. Y eso, por desgracia, no solo no es emotivo, sino que empaña un poco el buen trabajo realizado con anterioridad.

La verdad es que, viendo el desarrollo de estos 22 episodios, la serie creada por Greg Berlanti (serie You), Marc Guggenheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Boston Legal) plantea la duda sobre un hipotético y adecuado final allá por la quinta temporada. Y es que, una vez alcanzados los cinco años de pasado ficticio en la isla, sus creadores han optado por mostrar el futuro de los personajes en lugar del pasado del protagonista. Una estrategia arriesgada que funciona por momentos, y que plantea el diálogo entre presente y futuro como dos acontecimientos relativamente vinculados, en lugar de ser uno explicación de los comportamientos del otro. Cabe señalar que es interesante comprobar la evolución de los secundarios, y de hecho es prácticamente el único aliciente de esos flashforward que ofrece la trama. Porque lo cierto es que la historia de esta etapa en ningún momento logra tener un claro objetivo final. Y esto se ve claramente en los villanos.

Al igual que otras ficciones televisivas, Arrow ha optado en esta etapa por dividir su estructura dramática en dos mitades claramente diferenciadas, cada una con un villano al que derrotar. Tal vez por aquello de tener que terminar de forma urgente, tal vez por falta de ideas, lo cierto es que este doble antagonismo impide, como de hecho se hacía en fases anteriores, explorar en profundidad los conflictos personales del héroe interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) y cómo las relaciones entre los miembros del equipo sufrían alteraciones. En esta séptima temporada todo parece producirse de forma mucho más acelerada, perdiendo de vista el trasfondo de los personajes y dando vía libre al avance de la trama a base de secuencias de acción. Cierto es que, estando al final del arco argumental completo de toda la serie, centrarse en el drama sería dar vueltas sobre lo mismo hasta no llegar a ningún sitio, pero en cualquier caso se echan en falta ciertos alicientes dramáticos en las líneas argumentales secundarias.

Dicho de otro modo, el rol interpretado por Amell queda en esta temporada relegado a un mero apoyo dramático para dar un contexto a las historias secundarias, verdaderas protagonistas de este ciclo (al fin y al cabo, son las que protagonizan la historia en el futuro). Y aunque esto debería haber permitido explorar mejor cierta complejidad dramática en los tira y afloja de los miembros del equipo Arrow, contando para ello con un importante bagaje dramático de seis temporadas, lo cierto es que sencillamente se convierten en una especie de equipo bien avenido en el que no hay problemas, y en el que el pasado parece haber desaparecido. Esto provoca que mucha de la fuerza de algunos personajes se diluya de forma ostensible. Por no hablar del hecho de que algunos secundarios directamente se han borrado de la partida, abandonando la serie o limitando su aportación a capítulos muy puntuales. No cabe duda de que estamos ante un final, pero como en muchas ocasiones, dicho final no logra cuadrar de forma exacta todos sus caminos narrativos abiertos.

De la cárcel… ¿al espacio?

Lo más llamativo de esta séptima temporada de Arrow tal vez sea su capacidad para mezclar todo tipo de líneas argumentales que afectan al protagonista, llevándole de la cárcel a terminar yéndose a un viaje por el espacio. Tal vez si esto se hubiera desarrollado de forma más pausada a lo largo de, digamos, dos temporadas, todo habría encajado mejor, pero la urgencia de condensar en 22 capítulos tanto giro argumental ha terminado por afectar al conjunto. Si el rol de Amell se convierte esta etapa en una especie de contexto dramático para desarrollar y finalizar las tramas secundarias, la falta de objetivo claro convierte dicho contexto en una burbuja explosiva que termina por dificultar el desarrollo de lo que interesa. Los constantes cambios en el viaje del héroe impide al resto del equipo asentarse en una idea o concepto, cambiando según las necesidades y luchando contra corriente.

Incluso la presencia de una villana como la interpretada por Sea Shimooka, que tiene su primer gran papel en esta serie, no termina de funcionar a pesar de la fuerza que de hecho tiene sobre el papel. El problema radica, posiblemente, en que sus motivaciones son algo endebles, modificando los orígenes del héroe hasta sus raíces más profundas de un modo demasiado irregular. A esto hay que sumar esa organización criminal que, de nuevo por cuestiones de tiempo, no termina de ser tan amenazante como cabría esperar. Se puede decir que el gran problema de esta temporada es el tratamiento argumental. Aunque los personajes ya están de vuelta de todo, lo que hace comprensible menos desarrollo de sus historias, eso no es motivo para que se pierdan en un mar de conflictos superheróicos resueltos de un modo cuanto menos simplista.

Esta penúltima temporada, aunque entretenida y con un diseño de las secuencias de acción mucho más elaborado y complejo, pierde sin embargo cierta fuerza dramática en un desarrollo argumental que no se decanta por nada en concreto, afanado en mostrar antagonistas y en llevar la historia en una dirección muy concreta sin preocuparse demasiado de cómo es el camino recorrido. Y en este contexto, aunque los personajes son las víctimas, también destacan algunas evoluciones demasiado forzadas de roles como el de Emily Bett Rickards (Brooklyn), quien pasa de inocente a violenta, y de agresiva de nuevo a damisela en apuros en apenas un suspiro. Eso por no hablar, como mencionaba anteriormente, de ausencias de personajes o, lo que es más grave, de la recuperación intermitente de otros para la conveniencia dramática de la serie. Cuando esto se produce es que existe una falta de coherencia importante. Por fortuna, ha ocurrido en el tramo final de la ficción, por lo que podría llegar a encontrarse una justificación en las necesidades de guión.

El resultado es que esta séptima temporada de Arrow se deja muchas cosas por el camino. Pierde efectividad dramática, cierta oscuridad emocional, deja a sus personajes en una cierta deriva narrativa y trata de comprimir en un puñado de episodios algo que en otras ocasiones ha durado varias temporadas. Todo ello da buena cuenta de que el final de la serie debería, al menos, haberse planteado con algo más de previsión. Eso si no pensamos que podría haberse terminado perfectamente tras la quinta temporada, sexta a lo sumo. Ahora solo nos queda esperar un último epílogo en forma de mini temporada que, en base al final de esta etapa, no contará con varios personajes importantes (puede que incluyendo el protagonista), lo que permite hacerse una idea de lo que podría ser. Son los riesgos de alargar en exceso una historia.

‘Riverdale’ se pierde entre demasiadas tramas en su 3ª temporada


Riverdale se ha caracterizado, desde sus inicios, en su poco miedo a reinventarse constantemente. La serie creada por Roberto Aguirre-Sacasa (Carrie) ha sabido alejarse del tono limpio de los cómics en los que se basa para reconvertir las historias de este grupo de adolescentes en una mezcla de intriga, romance adolescente y aventura de instituto. Pero en su tercera temporada esta ficción ha llevado esta máxima hasta un límite que ha roto la magia que unía todo, convirtiendo la producción en una sucesión de giros argumentales a cada cual más inexplicable, en algunos casos absurdos y, en la mayoría de ellos, carentes de demasiado interés.

El porqué de esto es sencillo. Las primeras temporadas de la serie tenían un arco argumental principal muy bien definido. En él participaban todos los protagonistas, en mayor o menor medida. Y las pocas historias secundarias existentes no solo estaban a la sombra de la principal, sino que se limitaban a un par de personajes, siendo el resto componentes de un mosaico de fondo enriquecedor y, por momentos, capaz de robar algo de protagonismo a los cuatro héroes de turno. Pero en los 22 episodios que ahora nos ocupan todo eso ha cambiado. Los protagonistas no tienen un rumbo fijo y, lo que es más preocupante, las historias principales y secundarias se confunden hasta el punto de coexistir en un mismo grado de relevancia dramática, generando un caos argumental innecesario en el que los personajes no encuentran un sendero claro por el que avanzar. Dicho de otro modo, la existencia de tantas historias impide al espectador discernir el objetivo principal de esta etapa, y con ello los personajes abandonan sus metas y motivaciones para convertirse en meros peones de una partida de rol fallida (y esto, para aquellos que hayáis visto la serie, os sonará de algo).

La prueba más evidente de esto está en el protagonista interpretado por K.J. Apa (Nuestro último verano). La labor del actor en esta tercera temporada de Riverdale es encomiable, sobre todo por ser capaz de aguantar el tipo con un rol incapaz de definirse. Posiblemente haya pocos personajes que hayan pasado por tantas fases dramáticas como Archie Andrews, que en apenas un puñado de episodios pasa de ser presidiario a prófugo, de prófugo a estudiante y de ahí a boxeador. Eso por no hablar de su participación en esa macropartida de rol que abordaremos más adelante. Al final, el espectador se encuentra con la misma sensación de desorientación que el héroe, es cierto, pero eso no beneficia al conjunto dramático, más bien al contrario, resta interés al devenir de un personaje que parece incluirse en un ámbito diferente cada dos por tres solo por exigencias del guión (eso sí, sin camiseta).

Y luego nos encontramos con la trama supuestamente principal. La partida de rol que deben desentrañar los jóvenes héroes de esta ficción tiene todos los elementos para ser un juego psicológico tan sádico como tétrico. Y de hecho lo es en muchos episodios. El problema es que a lo largo de la misma se van introduciendo tantos elementos disuasorios que terminan por echarse a perder, eso por no hablar del uso nada disimulado de los personajes secundarios, que tan pronto están sumergidos de lleno en esta espiral de locura que es ‘Grifos y gárgolas’ como se dedican a otros menesteres, como si el juego de rol dejara de tener relevancia en una ciudad inmersa a todos los niveles en la obsesión que genera este juego. Es esa falta de continuidad en determinados episodios lo que crea desconexión, no tanto del desarrollo general de la serie como de sus personajes y de ciertas tramas secundarias que tienden a ocupar más espacio narrativo del que teóricamente deberían.

El Rey y la Capucha

La resolución de esta temporada de Riverdale es igualmente… extraña, por decirlo de algún modo. Si bien las motivaciones que se esconden detrás tienen una interesante carga dramática, vinculando además todas las temporadas y convirtiendo la serie en un producto global (no únicamente en aventuras que empiezan y finalizan con cada etapa), el modo de resolverlo cuenta con unos giros argumentales algo excesivos, recuperando personajes presuntamente muertos y creando una especie de clímax de pesadilla en el que los acontecimientos se convierten en una sucesión de puntos de giro a cada cual más irreal (incluso bajo la premisa de esa última partida de rol que comienza de un modo ciertamente atractivo). En realidad, es un final acorde a la temporada; el problema es que la temporada ha sido, de por sí, un delirio constante de idas y venidas dramáticas muchas veces desvinculadas unas de otras.

Un claro ejemplo es todo ese arco argumental centrado en el personaje de Lili Reinhart (Alguien está vigilándote) y esa comunidad sectaria en la que se introducen familiares y amigos. A pesar de los intentos por incluirla y vincularla con el resto de tramas, en ningún momento logra ser parte de la historia de la serie, convertida más en una suerte de apéndice con vida propia al que recurrir en determinados y necesarios momentos. El hecho de que los personajes se vayan introduciendo en ese universo paralelo cada vez más y que, sin embargo, no parezca tener efectos en la vida de la serie más allá de secuencias puntuales es algo que termina por debilitar al conjunto, que parece temeroso de explorar esta historia y ver sus posibilidades dramáticas reales. Solo al final del trayecto, cuando todo se precipita, adquiere interés. El hecho de que hayan quedado las puertas abiertas a continuar este arco dramático en la cuarta temporada da una idea de que tal vez, y solo tal vez, habría sido mejor dejar los tejemanejes de esta secta para otro momento, y destinar todos los esfuerzos a la partida de rol en vivo que los personajes son obligados a jugar.

La serie deja varios momentos muy interesantes. Sin ir más lejos, esa recreación de la vida de los personajes adultos durante su etapa de instituto, utilizando para ello a los actores jóvenes (que, por cierto, adquieren notablemente bien los gestos y rasgos definitorios de los adultos) y vistiéndoles, al menos en un primer momento, de forma muy parecida al cómic, en especial a Jughead. Asimismo, el desarrollo de la vida personal del rol al que da vida Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) también permite ampliar la mirada sobre este universo adolescente, y aunque es víctima del tratamiento errático de la serie a todos sus elementos, no deja de ofrecer aspectos enriquecedores que, esperemos, tengan continuidad en el futuro de esta ficción. De hecho, no es únicamente esta trama secundaria la que resulta interesante, lo que invita a pensar que sus creadores siguen haciendo crecer el trasfondo sobre el que se dibujan las tramas principales, aunque en este caso lo hacen de un modo algo irregular.

El principal problema de la tercera temporada de Riverdale es la excesiva carga de líneas argumentales. Para que cualquier ficción funcione de forma orgánica es necesario que exista una trama principal y varias secundarias, eso es indudable. Pero a esta definición hay que añadir que el peso dramático de cada una de ellas tiene que ser diferente. Tienen que complementarse. Y en esto es en lo que ha fallado la serie en esta etapa, planteando varios arcos dramáticos con un mismo peso específico, lo que obliga a destinar tiempo y metraje para su desarrollo, restándoselo a otros elementos que, por desgracia, hacen que la serie cojee en muchos momentos, perdiendo algo de interés y, lo que posiblemente sea la peor parte, presentando una evolución errática y sin consolidar las motivaciones de los personajes. Solo cabe esperar que la serie vuelva a una senda algo más pausada, manteniendo ese espíritu de reinventarse constantemente pero sin los excesos de estos episodios.

‘Gotham’ llega a un final caótico en su quinta temporada


En este fenómeno superheroico en el que vivimos las nuevas producciones tratan de ofrecer algo diferente, ya sea en el tratamiento de los personajes, en la estética o en el apartado visual. Bajo esta idea nació hace cinco años Gotham, serie que buscaba narrar los orígenes de Batman a través de la figura del Comisario Gordon, uno de los secundarios más importantes e icónicos del universo del Caballero Oscuro. Pero lo que comenzó con esta idea pronto derivó en algo notablemente diferente, hasta el punto de ser una reinterpretación de los cómics en formato más… digamos adolescente. Y fruto de eso es esta quinta y última temporada, entregada por completo al caos y la destrucción para tratar de justificar y, ante todo, encajar el diferente desarrollo de los personajes con el inicio de las aventuras de Bruce Wayne como el Hombre Murciélago.

La labor de Bruno Heller (serie Roma) como creador, y del resto de guionistas y responsables de la serie, queda completamente difuminada en el intento de encajar más villanos en una trama que ya no daba mucho más de sí. La falta de objetivo claro se apreció ya en el tratamiento de un enemigo tan importante como el Joker durante la temporada pasada, con algunos Deus ex machina que no encajaban con el desarrollo hasta ese momento. Ahora el descontrol se extiende a otros personajes, haciendo que algunos de ellos queden completamente caricaturizados, que otros desaparezcan por necesidades dramáticas y que otros, simplemente, experimenten giros argumentales cogidos con pinzas. El motivo de esto no es otro que la necesidad de contar mucho en muy poco tiempo. Los 12 episodios de esta etapa, casi la mitad de lo habitual, y la complejidad de la historia que se presenta obligan a tomar decisiones un tanto cuestionables, llevando a los personajes a un límite dramático con poca coherencia. Y no digo con esto que la serie haya sido un alarde de sentido común, pero si por algo se ha caracterizado siempre ha sido por unos personajes bien construidos.

Nada de esto significa que Gotham pierda ritmo, más bien al contrario. Su frenético desarrollo imprime al conjunto una dinámica única pocas veces vista en la serie. Por decirlo de otro modo, es el clímax de cualquier historia. Sus secuencias de acción, ese planteamiento de gran flashback respecto de un punto de partida ya de por sí impactante, y ese episodio final con Batman haciendo acto de presencia son algunos de los elementos que denotan que estamos en la recta final de la historia. Y sí, resulta muy entretenido, pero única y exclusivamente si no se reflexiona sobre lo que ha llevado a los personajes hasta esa situación. De hacerlo, es fácil encontrar no pocas incongruencias y situaciones encajadas a la fuerza para tratar de que el final (que es también el comienzo de la leyenda del superhéroe) pueda justificar, de algún modo, las historias más conocidas de Batman.

En este proceso de simplificación final sin duda los mayores perjudicados son los villanos que, para qué negarlo, han sido el alma de la serie durante varias temporadas. Papeles como el de Robin Lord Taylor (En el frío de la noche) o Cory Michael Smith (First Man) quedan reducidos a una caricatura de lo que eran; el rol de Erin Richards (El estigma del mal) evoluciona de un modo que parece casi imposible. Y no hablemos de lo que ocurre con el Joker, que comenzó sus andanzas como un grandísimo y psicópata villano, cambió de rumbo con el cambio de hermano y ha terminado siendo una extraña criatura a medio camino de ninguna parte, tratando de justificar así, en teoría, la dualidad y la psicopatía del principal archienemigo del Caballero Oscuro. A todo ello se suman dos nuevos villanos, el motor de esta temporada que, sin embargo, son dibujados de un modo algo simple, motivados únicamente por una sed de venganza tan básica como directamente resuelta.

Una nueva Gotham

Lo cierto es que todo ello compone una nueva Gotham, tanto en el concepto de serie como en la propia ciudad en sí. Quizá por ello el objetivo último de esta quinta temporada haya sido la destrucción de los edificios como símbolo de una ruptura con el pasado, con todo lo que se había construido hasta ese momento narrativa y conceptualmente. En este sentido, esta conclusión de 12 capítulos (bueno, en realidad es más bien 11+1) se puede interpretar como un apéndice para cerrar algunas tramas secundarias, dejar abiertas para el futuro otras tantas y, sobre todo, dar pie a la transformación definitiva del protagonista interpretado por David Mazouz (serie Touch), quien por cierto ha alcanzado la mayoría de edad mientras se emitía esta última etapa.

Pero esta interpretación no puede obviar el hecho de que todos los acontecimientos se han precipitado. La evolución de los villanos ha sido, como explicaba anteriormente, excesivamente acelerada, tanto para los ya conocidos como para los nuevos. Eso por no hablar de algunos giros de guión tan forzados que cuesta mucho aceptarlos, no digamos ya encajarlos dentro de la narrativa de un modo natural y orgánico. Y en esta sucesión de tropiezos dramáticos de la serie se encuentra también el final del que, en teoría, tendría que haber sido el protagonista. El personaje de Jim Gordon ha quedado relegado por completo a una suerte de vehículo narrativo para contar el proceso de madurez de Bruce Wayne, amén de ser el nexo de unión entre secundarios mucho más interesantes que él. En esta última etapa adquiere algo más de protagonismo, es cierto, retomando el rol que se le presumió en sus orígenes.

Posiblemente lo más interesante de la temporada, con sus aciertos y sus fallos, sea el episodio final, que se aleja sensiblemente del espíritu de la serie para sumergirse en el lenguaje narrativo propio de Batman, evitando mostrar al personaje en todo momento salvo ese último plano con el que la serie conecta con el universo del superhéroe. Un capítulo en el que se sientan las bases de las relaciones que los aficionados ya conocen y que, en mayor o menor medida, habían sido modificadas para desarrollar las historias de la serie. Y aunque esta conclusión pueda ser, objetivamente hablando, sumamente interesante, su encaje en la serie queda un poco en entredicho. El problema no es tanto de lo narrado en esos últimos minutos, sino de la evolución de las tramas, que parecen haber crecido sin el necesario control para ajustarse a ese final que, en mayor o menor medida, estaba previsto. Posiblemente si esta temporada hubiera durado algo más ese ajuste entre desarrollo y final habría sido mayor.

En cualquier caso, Gotham es una serie diferente, con una extraordinaria estética que bebe de las influencias de cómic y películas y con un diseño de personajes, sobre todo villanos, más que notable. El problema que ha tenido toda esta ficción ha sido el camino seguido por las historias, tanto principales como secundarias, sobre todo a partir de la tercera temporada. Es algo que ha tenido su cúlmen en esta quinta y última etapa, en la que la falta de tiempo narrativo y la poco coherencia de la trama han obligado a precipitar los acontecimientos sin dotarlos de evolución interna, lo que termina generando un cierto caos que, aunque ayuda en cierto modo al sentido final de la temporada (con esa especie de guerra en las calles de la ciudad), no hace justicia al resto de la producción. Eso sí, se agradece el esfuerzo para encajar todo lo narrado con el origen de Batman en ese último episodio.

Diccineario

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