’13 reasons why’, estructura dramática ejemplar contra el bullying


Ha sido una de las series más comentadas y polémicas de los últimos meses, por lo que me imagino que hablar sobre 13 reasons why a estas alturas puede aportar poco. Pero como intento hacer siempre desde este rincón de internet, voy a analizar esta adaptación de la novela de Jay Asher realizada por Brian Yorkey desde un punto de vista puramente cinematográfico y narrativo. Y bajo esta premisa, lo primero que habría que decir de esta temporada inicial de 13 episodios es que posee una estructura argumental digna de estudio, aprovechando los puntos de giro más interesantes para romper con una trayectoria lineal y evitando además el principal escollo de una historia como esta: conocer el final antes incluso de saber de qué va exactamente la historia.

De hecho, la estructura es tan exacta que se pueden diferenciar los episodios en función del arco argumental. Así, los primeros compases, cuando se realiza la presentación de personajes y el planteamiento de esta historia de acoso escolar, abusos sexuales y un dramático suicidio, pueden parecer algo inconexos, incluso repetitivos en su tratamiento, con un protagonista escuchando las cintas dejadas por la chica de la que estaba enamorada y comprendiendo todo el daño que le hicieron los que en ellas aparecen. Sin embargo, el grueso de la temporada, lo que vendría a ser un segundo acto, aborda algo mucho más interesante, relegando las cintas casi a un segundo plano. Durante este tramo del desarrollo dramático la historia se centra en el personaje de Dylan Minnette (No respires) de un modo absoluto. No quiere esto decir que hasta ese momento no fuera el protagonista, sino más bien que a partir de este momento algo cambia en la perspectiva de la historia.

Y lo que cambia es, precisamente, que el joven deja de ser un mero espectador que amenaza una suerte de pacto de silencio entre los responsables de conducir a la muerte a la chica interpretada por Katherine Langford. Esta transformación provoca una doble consecuencia. Por un lado, el ritmo de 13 reasons why cambia por completo, desvelando poco a poco el misterio que rodea no solo a la joven protagonista, sino a los que aparecen en las cintas, desvelando en última instancia un acto repulsivo que involucra a una de las compañeras de ese personaje ya icónico de la televisión que es Hannah Baker. Pero por otro, rompe el modo de presentar la historia. Las cintas, punto de partida original donde los haya, pierden presencia en pantalla para que la trama pueda ahondar en la psicología de los personajes principales y el modo en que el suicidio y las cassettes impactan en las relaciones familiares y sociales de este pequeño universo.

Por supuesto, en ningún momento esas cintas desaparecen. De hecho, de un modo u otro siguen formando parte de la trama, como es lógico, pero mientras buena parte de la acción de los primeros episodios pivota sobre ellas, en los siguientes se convierten más en un complemento, en un trasfondo dramático necesario e imprescindible para comprender los acontecimientos. De hecho, la imagen de Minnette con los auriculares puestos se sustituye en muchas ocasiones por esa fusión entre pasado y presente realizada en los espacios que la joven menciona en sus audios, lo cual no deja de ser uno de los recursos más sencillos e interesantes de esta primera temporada. Una primera temporada que, en efecto, posee una estructura dramática ejemplar, pero que alcanza su máximo esplendor en su recta final, lo que vendría a ser el tercer acto de este drama.

Un futuro incierto

En efecto, toda la temporada está planteada para enganchar al espectador en una red en cuyo centro se halla la pregunta relacionada con la decisión que tomará el protagonista. A lo largo de todos los episodios el espectador asiste a la evolución del personaje de Minnette a través de las cintas, de su propia culpabilidad (en el que posiblemente sea el mejor episodio de toda la serie) y de la sensación de rabia, impotencia e injusticia que se desarrolla en la trama. Todo ello crea un combinado indescriptible en los últimos episodios, destacando un final que no solo crea uno de los ganchos más impactantes de la televisión, sino que deja una incómoda sensación en el aire, abriendo las puertas a un futuro incierto en muchos aspectos.

Volviendo a la estructura dramática de 13 reasons why, es importante señalar también el modo en que se plantean los numerosos puntos de giro a lo largo de esta primera temporada. Quiero pensar que para aquellos que hayan leído la novela el desarrollo haya sido el previsto, pero como trama audiovisual hay que destacar su capacidad para modificar el recorrido establecido con auténticos impactos dramáticos. Si la historia comienza con el suicidio y las cintas grabadas por la joven, pronto se desvelan una serie de datos que modifican para siempre el contenido de esta grabaciones. Y cuando dicha información parece atascarse, se revelan diversos secretos que ahondan en el dramatismo del conjunto, reinterpretando hechos ya conocidos o desvelando otros que cambian por completo el sentido de la trama. Por supuesto, y esto es algo a tener en cuenta, todo esto desmorona el mundo presentado en el primer episodio, generando consecuencias en todos y cada uno de los personajes hasta un final de temporada sumamente dramático. Es algo lógico en realidad, pero que no siempre ocurre en un guión.

Con todo, hay algo en esta temporada que amenaza al futuro de la serie, y es precisamente la incuestionable calidad dramática de esta producción. Más allá de su importancia social, del impacto que puede tener entre la juventud o de que refleje una problemática que se registra todos los años en los centros educativos, la solidez de su desarrollo, unido a elementos tan determinantes como las cintas de audio y los secretos que desvelan, generan una dinámica única que, a tenor del final de temporada, no parece probable que se pueda mantener en la segunda etapa. Esto obliga a la serie a evolucionar mientras intenta mantener algo de la esencia que la ha definido hasta ahora. Y no será fácil. La historia de la televisión está plagada de producciones con un inicio impactante por su premisa inicial que, o bien se han perdido tratando de evolucionar hacia otra cosa, o bien se han convertido en eventos repetitivos que cada temporada ofrecen si no lo mismo, sí algo muy parecido.

La verdad es que personalmente espero que no sea así. 13 reasons why tiene, valga la redundancia, muchas razones para convertirse en una serie fundamental de la televisión. Para los amantes del drama y el suspense, es una de las obras más completas e interesantes del panorama actual, capaz de sobreponerse a un inicio que puede parecer dubitativo para convertirse en una obra compleja que logra definir a sus personajes de forma más o menos objetiva a través del relato de una fallecida (el más claro ejemplo es el protagonista y su sentimiento de culpa ante lo que, en teoría, le ha hecho a la chica que quiere). Pero dado el tema que aborda, la serie de Brian Yorkey es un testimonio contra un problema muy actual, tratado de una forma adulta, sensible y sumamente trágica que no puede dejar indiferente a nadie. En resumen, una serie que trasciende su propia naturaleza como producto de entretenimiento.

‘Empire’ le canta al drama en su tercera temporada


El fenómeno de las series con la música como elemento definitorio es digno de estudio. Sobre todo porque ninguna de ellas parece ser capaz de mantener el equilibrio entre canciones y drama (o comedia, según sea el caso). O mejor dicho, entre el concepto que las define y la trama que las nutre. Todas ellas parecen abocadas, en mayor o menor medida, a terminar eligiendo por una u otra, perdiendo al final la esencia con la que nacieron. En el caso de Empire, esa inclinación por uno u otro factor se ha notado más que nunca en los 18 capítulos de la tercera temporada, y a pesar de los intentos por encontrar el equilibrio, la música parece ser la perdedora en esa pugna.

No quiero decir con esto que la ficción creada por Lee Daniels, director de El mayordomo (2013), y Danny Strong (guionista del mismo film) haya dejado de mostrar algunas de las mejores canciones de este género para la pequeña pantalla. Al contrario, la producción de nuevos temas para ser interpretados por los protagonistas ha aumentado. El problema es que mientras que en la segunda temporada se ha dedicado tiempo y esfuerzo a temas completos, en esta ocasión ese espacio ha quedado reducido a la mínima expresión, señalando simplemente la creación de discos, la grabación de los mismos, etc. Esto se ha traducido consecuentemente en una mayor presencia del drama familiar, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Entre los aspectos más positivos, sin lugar a dudas, la lucha por el control de esta mega productora musical y el componente familiar de esas intrigas, todo al más puro estilo telenovelesco que logra desprenderse de un cierto aire rancio gracias a los extraordinarios personajes que habitan este universo, destacando una vez más a Terrence Howard (serie Wayward Pines) y Taraji P. Henson (Figuras ocultas).

Dicha guerra por el poder deja algunos de los mejores momentos de la temporada, de eso no cabe duda, pero también aporta una nueva visión sumamente interesante con respecto a la trama, y es la amenaza externa a esta especie de familia mafiosa. Mientras que en episodios anteriores el arco dramático se ha centrado en los tejemanejes de hijos y padres para robar una compañía de miles de millones y un poder sin igual, en esta ocasión se introducen elementos ajenos que se convierten en una amenaza real para la extraña estabilidad que existe entre los protagonistas. De este modo, el apartado dramático de Empire gana peso específico en la trama, situando a los protagonistas ante nuevos retos que, por suerte o por desgracia y como ya he mencionado, también restan protagonismo a la música.

Cabe señalar que esta inclinación por el desarrollo dramático ha permitido también hacer avanzar algunos conflictos que parecían encallados, dando lugar a un final tan prometedor como peligroso, pues el recurso escogido para dotar a la serie de algo fresco y novedoso en la próxima temporada no solo es algo muy manido, sino que un mal tratamiento puede dar al traste con lo conseguido hasta ahora. Volviendo a la apuesta por la trama, también hay que destacar la solución algo tosca de varios conflictos heredados de la anterior temporada, el más importante el que tiene que ver con la muerte de un personaje relativamente importante hasta ese momento, lo que por otro lado ha dado lugar a la introducción de nuevos secundarios que pueden aportar mucho a la trama. Da la sensación de que la serie ha tratado de avanzar por un camino en el que no se ha tenido en cuenta, al menos no demasiado, la influencia de determinados conflictos y el modo en que estos se resuelven, como si de una huída hacia adelante se tratara.

No somos nada sin la música

Del mismo modo, la lucha de esta familia de músicos contra las amenazas exteriores se resuelve, al menos en uno de sus pilares narrativos, de una forma cuanto menos algo increíble. Si bien es cierto que el personaje de Lucious Lyon es capaz de cualquier cosa, el giro argumental final a su comportamiento durante buena parte de esta tercera temporada invita a pensar más en una necesidad dramática (sobre todo con lo que ocurre en el último episodio) que en una calculada estrategia empresarial y, en cierto modo, romántica, lo que en último término convierte a dicho giro argumental en algo un tanto irreal, complejo tanto por todo lo que se ha producido previamente como por el alto número de roles y acontecimientos que involucra. Eso sí, como detonante dramático funciona a la perfección, dejando una conclusión de temporada impactante y con un alto número de ramificaciones secundarias con un importante potencial de desarrollo.

Pero como decía al comienzo, una de las principales víctimas de esta apuesta por el drama es la música. Música que no solo queda en un segundo plano, a modo de contexto social y familiar para esas luchas intestinas entre los protagonistas, sino que se relega a algo casi anecdótico en muchos de los episodios de esta temporada de Empire. Si bien es cierto que no es un problema, pues al fin y al cabo la música sigue estando muy presente, sí resulta sintomático y es una posible brújula que señala el camino a seguir por esta ficción en un futuro cercano. Quizá la mejor prueba es que en la anterior temporada se lograron algunas de las más espectaculares colaboraciones entre músicos y actores, y entre los propios actores, de toda la serie, y posiblemente del panorama actual del género en la pequeña pantalla. Ahora, sin embargo, las interpretaciones completas se limitan a un puñado en momentos puntuales que, en algunos casos, son además telón de fondo para un conflicto mucho mayor, algo que por cierto debería haber sido una constante.

Sé que puede dar la sensación de que se ha producido un cambio radical en la serie, pero nada más lejos de la realidad. Viendo con perspectiva esta temporada la sensación que queda es, más bien, la de la gestación de un cambio dramático, la de una evolución hacia un formato que podrá gustar más o menos al público, y que será mejor o peor en función del grado de abandono de los valores con los que nació este drama. En realidad, a lo largo de estos 18 episodios el cambio se aprecia poco a poco, en algunos capítulos más que en otros, pero tiene su máximo exponente en ese epílogo final en el que, de nuevo, está únicamente la familia, el núcleo duro de esta ficción, lo que también manda un mensaje muy claro al espectador si tenemos en cuenta lo acontecido anteriormente.

En cualquier caso, Empire parece que no va a volver a ser la misma serie que comenzó hace ya tres temporadas. El cambio, sutil en algunos momentos y más brusco en otros, ya ha comenzado, y en la mano de sus creadores está el que sea algo orgánico o algo brusco. Por lo pronto, esta producción musical parece haber decidido cantarle al drama al más puro estilo Empire, esto es, con el rap y el hip-hop como telón de fondo y la violencia como seña de identidad. La pregunta es si la música va a seguir perdiendo protagonismo, una decisión que personalmente creo que sería equivocada a tenor del resultado que ha tenido en otras producciones similares. La respuesta, a partir de finales de septiembre en Estados Unidos.

‘Riverdale’, intriga policíaca con tintes adolescentes en su 1ª T.


Las adaptaciones de cómics de superhéroes en cine y televisión se han convertido en algo tan habitual, rutinario incluso, que cuando se produce un salto de las viñetas a la pantalla de un personaje sin superpoderes resulta cuanto menos intrigante. Y si es de unos cómics tan conocidos como los de Archie (de los que han salido personajes como la bruja Sabrina o ‘Josie y las Pussycats’), la intriga se convierte en curiosidad, sobre todo si se hace una ficción capaz de combinar el sentido original de estos personajes con una trama puramente policíaca, con asesinato de por medio y con numerosos sospechosos a los que apuntar. Todo eso y más es Riverdale, serie creada por Roberto Aguirre-Sacasa (Carrie), cuya primera temporada de 13 capítulos es un ejercicio de equilibrismo entre el espíritu adolescente y el drama adulto.

Porque, en efecto, la esencia de los cómics de Archie se mantiene, con un joven pelirrojo envuelto en una especie de triángulo amoroso con dos chicas, una rubia y otra morena. Pero a partir de esta premisa, que se deja caer a lo largo del arco argumental de estos primeros episodios para no olvidarla en ningún momento, la serie toma un sendero muy diferente, convirtiendo este pacífico pueblo en una especie de escenario propio de Agatha Christie en el que todos los personajes, o casi todos, tienen un interés oculto y, por lo tanto, son potenciales asesinos del joven cuyo cadáver desencadena la acción. Un ‘Twin Peaks’ adolescente que ofrece algo más a los espectadores que la simple problemática de este tipo de series, lo que permite además que la trama avance en una dirección muy concreta, algo que siempre es de agradecer.

En efecto, Aguirre-Sacasa aprovecha la intriga principal de Riverdale para deshacer el triángulo amoroso, al menos en esta primera temporada, y dar salida a una situación que podría haberse encallado fácilmente desde el primer momento. A través de esta conexión entre los diferentes aspectos del argumento, la serie compone un mosaico de personajes a través de diferentes generaciones que se auto enriquece a medida que se va tirando del enmarañado hilo que compone el misterio que rodea a este típico pueblo estadounidense. Es precisamente la investigación de los jóvenes lo que, por ejemplo, pone al descubierto varias mentiras y secretos ocultados durante años, logrando de esta forma solventar también varias de las tramas secundarias que amenazaban con enredar de forma innecesaria una historia bien construida.

Que esta serie adolescente se desmarque notablemente del carácter que suelen tener este tipo de producciones se debe fundamentalmente a esa apuesta por un suspense más propio de un thriller policíaco, lo cual no solo redunda en su beneficio, sino que abre muchas más posibilidades dramáticas para un futuro que llegará a Estados Unidos en octubre. Un futuro, por cierto, que ya planta su semilla en el último episodio de esta primera tanda de capítulos, lo que me lleva a otro acierto en la trama: resolver el caso policial en una única temporada permite, por un lado, explorar nuevas historias, nuevos dramas y, en caso de ser necesario, viejos triángulos amorosos. Pero por otro, evita que la serie caiga en su propia trampa y se quede girando sobre los mismos pilares narrativos una y otra vez.

Adolescentes nuevos y veteranos

Posiblemente otro de los atractivos de Riverdale sea su reparto. En lugar de optar por caras famosas o conocidas que pudieran atraer al gran público (y deslucir algo el resto de interesantes elementos de esta ficción), sus responsables han optado por combinar caras semidesconocidas para los roles principales con rostros más asentados entre los espectadores para los personajes que rodean a los cuatro protagonistas. Actores algunos de ellos, por cierto, que tuvieron su momento de fama adolescente hace años, lo que añade un plus de interés para una parte del público que pueda acercarse a este drama de suspense.

De hecho, de los cuatro protagonistas el único más conocido es Cole Sprouse, el hijo de Ross en Friends y uno de los gemelos de las series protagonizadas por Zack y Cody para Disney Channel. Para el resto se puede decir que es su primer papel relevante, y desde luego aprueban con nota el reto. Ya sea Archie Andrews (K.J. Apa, visto en la serie The Cul de Sac), Betty Cooper (Lili Reinhard -Los reyes del verano) o Veronica Lodge (Camila Mendes, para la que literalmente es su primera incursión ante las cámaras), todos ellos quedan definidos como personajes poliédricos, más complejos de lo que inicialmente parecen ser. Su complejidad se va desarrollando a medida que avanza la serie, creciendo con ella y aportando una profundidad mayor a algunas de las decisiones y actuaciones que se producen en la segunda mitad de la trama.

Aunque posiblemente el personaje interpretado por Sprouse sea el más interesante. Narrador de esta compleja y dramática historia, el rol de Jughead pasa de ser espectador a implicarse en la acción, de ser el amigo de… a un activo fundamental para entender buena parte de los acontecimientos que se narran. Y el joven actor no solo se encuentra a la altura del reto, sino que es capaz de dotar a su personaje de una perturbadora mirada que encuentra su justificación en un final de arco dramático tan esperado como interesante por el modo en que cambia las reglas del juego tanto para él como para los que le rodean. Sin duda será uno de los elementos más difíciles de abordar en los capítulos que están por venir, sobre todo porque posiblemente de él dependa buena parte de la coherencia de toda la serie.

Sea como fuere, y sin adelantar acontecimientos, la primera temporada de Riverdale trata de alejarse del rol de producción adolescente para adentrarse en el thriller dramático al más puro estilo de las series policíacas. Y el intento ha sido un éxito. A pesar de algunos matices secundarios que pueden chirriar ligeramente en el desarrollo normal de la serie (algunas historias secundarias, como la de Archie con una de las Pussycat, es poco menos que innecesaria), lo cierto es que estos 13 episodios son un buen ejemplo de que se puede hacer algo para el público adolescente sin recurrir a los romances imposibles, a problemas de instituto o a conflictos con los padres. En mayor o menor medida, todo esto está presente en esta ficción, pero de un modo casi secundario, complementario a una intriga principal cuya resolución no solo resulta impactante, sino que deja una puerta abierta a una segunda temporada igual de interesante.

‘Mozart in the jungle’ equilibra protagonismos en su 3ª temporada


La serie Mozart in the jungle está siendo una de las producciones más transgresoras y más divertidas de la actual oferta televisiva. Y lo está logrando con una apuesta de lo más sencilla y, a la vez, difícil de lograr en una industria que tiende a ir sobre seguro. El secreto radica en la libertad para desarrollar una historia con personajes a cada cual más extravagante, con tramas cuya evolución no es del todo lineal, y con un trasfondo, el de la música, que lo impregna absolutamente todo. Lejos de lo que pueda parecer a primera vista, esta ficción creada por Roman Coppola (guionista de Moonrise Kingdom), Jason Schwartzman (Big Eyes), Paul Weitz (guionista de Un niño grande) y Alex Timbers es capaz de evolucionar, de aprender de sus errores y sus limitaciones para expandir su particular universo sonoro más allá del indiscutible protagonista al que da vida cada vez con más solvencia Gael García Bernal (Rosewater).

Y es precisamente en esta evolución en la que se centran los 10 episodios que componen la tercera temporada de esta serie basada en la novela de Blair Tindall, con una trama que pivota fundamentalmente sobre tres personajes que a lo largo de la trama han tenido su peso (relativo o no) en los acontecimientos. De este modo, mientras en la segunda temporada el argumento parecía más enfocado a los problemas internos y externos del “Maestro” interpretado por García Bernal, en este arco argumental se aprecia una transformación más clara del interés dramático de la ficción, lograda además tomando como punto de partida los acontecimientos finales de la etapa anterior. Esto, en otras palabras, se traduce en un cambio de protagonismo dentro de la serie, o al menos de peso específico dentro de la historia global.

Sin duda, esto se aprecia en los dos ambientes principales en los que se desarrolla el argumento de Mozart in the jungle en esta temporada. En primer lugar Italia, con Monica Bellucci (Spectre) como invitada principal en un papel que no solo concuerda a la perfección con el tono de la serie, sino que acentúa aún más la locura que rodea a estos personajes. En esta primera parte, más o menos la mitad de la etapa, es García Bernal el que centra la mayor parte de la atención, tanto por sus tribulaciones como por lo que representa el concierto que da en Venecia. Pero esta primera parte de la historia permite a sus creadores introducir de forma más consciente al personaje de Lola Kirke (Fallen), cuyo paso por la serie, a pesar de ser la protagonista, parecía haberse relegado casi a un secundario importante a la sombra de la fuerza del ‘Maestro’.

A través de esos primeros compases en Venecia los guionistas son capaces de desviar la atención de la hipnótica presencia de García Bernal para dotar de una mayor fuerza e independencia a la joven oboísta que interpreta Kirke, que toma las riendas de la historia para convertirse, en cierto modo, en la nueva ‘Maestra’ de la serie. Es evidente que su papel está llamado a ser fundamental en la trama, tanto por ser para el espectador el vehículo de presentación de este universo musical como por protagonizar línea argumental romántica de esta ficción. Con todo, parecía haber caído un poco en un olvido activo, siendo un personaje al que recurrir para presentar a otro que finalmente se ha llevado los laureles durante las pasadas temporadas. Todo eso cambia, o apunta al cambio, en la segunda mitad de estos 10 capítulos. Y por si a alguien le queda alguna duda, la joven empieza a mantener conversaciones con grandes compositores de la música clásica, rasgo asociado siempre al papel de García Bernal.

Secundarios imprescindibles

Evidentemente, este significativo cambio en la trama principal de Mozart in the jungle no implica, a priori, un cambio de status en la dinámica de los personajes. Es, más bien, un cambio en el enfoque del protagonismo dentro de la trama, devolviendo al personaje femenino un valor que parecía diluirse conforme el rol masculino adquiría fuerza. La duda que se plantea ahora es si realmente este equilibrio podrá mantenerse en el futuro, y el modo en que eso se llevará a cabo. Sea como fuere, esta evolución dramática no ha impedido que una de las señas de identidad de la serie se mantenga intacta: el plantel de imprescindibles secundarios, a cada cual más irónicamente surrealista. De hecho, uno de los mejores momentos de la serie lo protagonizan dos de estos roles, encerrados en una iglesia para negociar un conflicto laboral y terminando completamente borrachas. Sencillamente irrepetible.

Antes mencionaba un tercer pilar sobre el que se basa esta trama, y ese es precisamente el secundario al que da vida Malcolm McDowell (El marido de mi hermana), anterior ‘Maestro’ de la Orquesta que, por fortuna para todos, se ha reciclado en una suerte de consejero con entidad propia que no solo sirve de apoyo para la trama principal cuando es necesario, sino que protagoniza una propia trama secundaria capaz de aportar algo de profundidad al tratamiento de la serie, además de algunos de los momentos más cómicos de la temporada. Se puede decir, en este sentido, que es la definición perfecta de un secundario, sustento de los dos protagonistas, con historia propia y satélite de muchas de las tramas que centran los músicos, entre los que vuelven a destacar algunos personajes pero que cada vez se ve más como un ente único.

Que los secundarios son algo fundamental en la serie es algo que ha quedado patente desde la primera temporada. La fuerza que ha ganado esta ficción con el paso de los años, sin embargo, no se aprecia únicamente en estos personajes y en los actores escogidos para interpretarlos. Cabe destacar la colaboración de importantes personalidades de la música clásica, tanto intérpretes como compositores y directores, que se han dejado ver en los diferentes episodios de esta tercera etapa. Al igual que ha ocurrido con otras ficciones musicales, el respaldo de estos nombres a una producción como esta no hace sino elevar su categoría, amén de confirmar esta extraña comedia como una de las más frescas, dinámicas y diferentes de la parrilla televisiva.

Y desde luego, parece que fuerza no le falta a Mozart in the jungle para continuar narrando las desventuras de este grupo de músicos liderados por Gael García Bernal y Lola Kirke. Confirmada su cuarta temporada, solo cabe esperar que la libertad creativa en el plano narrativo (hay que reconocer que visualmente es algo más tradicional de lo que podría esperarse) se mantenga intacta, permitiendo a sus creadores explorar las vías ya abiertas en el final de esta tercera temporada. De ser así, de permitir a la serie crecer, equivocarse, rectificar y situar a sus protagonistas ante nuevos retos, seguiremos estando ante una de las comedias más recomendables de un tiempo a esta parte. ¡Qué la orquesta siga tocando!

‘House of cards’ aparca momentáneamente la política en su 5ª T.


Habrá quien diga que la quinta temporada de House of cards ha alcanzado un exagerado nivel de maldad, introduciéndose de lleno en la ficción política que, a diferencia de etapas anteriores, tiene poco que ver con la realidad. Bueno, puede ser cierto hasta un determinado punto, pero personalmente considero que la serie ha sabido asumir parte de la actualidad política estadounidense actual, con las protestas iniciales contra Donald Trump como uno de los elementos más visibles, para abordar un cambio dramático de cara a la siguiente temporada. El problema, si es que existe, es cómo se ha hecho esto.

Y es que, como cualquier serie, esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y basada en la novela de Michael Dobbs, necesita crecer, evolucionar. Sin embargo, cuando se trata de una ficción como esta, donde los pasos, por muy arriesgados o violentos que sean, están medidos al milímetro, resulta problemático mostrar a unos personajes tan fríos y calculadores como fieras enjauladas incapaces de actuar como les gustaría. En este sentido, pueden entenderse los acontecimientos  de estos 13 episodios como una huída hacia adelante, como el último ataque de un animal herido que se lleva por delante a aquellos que quieren acabar con él.

Visto así, la evolución del personaje de Frank Underwood, al que vuelve a dar vida de forma magistral Kevin Spacey (Baby driver), no solo resulta coherente con lo narrado en la trama, sino que incluso permite justificar, aunque cogido con pinzas muy delicadas, el giro argumental del último episodio que viene a ser una suerte de ‘Deus ex machina’ político, convirtiendo a este zorro en lo más parecido a una deidad omnisciente capaz de prever todos y cada uno de los pasos del resto de roles que le rodean en House of cards. A pesar de ser un giro dramático un tanto desesperado, funciona gracias a un factor que durante toda la temporada (y buena parte de la serie) ha podido pasar desapercibido: la ambición y crueldad de Claire Underwood (decir que Robin Wright Wonder Woman– es extraordinaria sería quedarse corto).

Y es que esta es la temporada, por fin, en que la gran mujer detrás del gran hombre pide de forma fehaciente la palabra. O mejor dicho, la toma de la única forma que sabe hacerlo, es decir, con movimientos delicados pero letales capaces de descolocar incluso a un curtido marido como el que tiene. El modo en que afronta los acontecimientos ensalza una figura que, como digo, ha estado en las sombras demasiado tiempo. Si el final de la cuarta temporada ya dejaba entrever que la complicidad con el espectador no era algo exclusivo del rol de Spacey, en esta juega en todo momento con la duda de si realmente es capaz de sortear la pantalla y dar el salto. Y efectivamente, lo es, y no evito dar más detalles para no desvelar el extraordinario momento en el que lo hace. Ese juego que se establece entre personajes, trama y espectadores es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta quinta etapa.

Sin política, ¿qué queda?

El problema de la temporada, como decía al comienzo, no radica tanto en el apartado político, y mucho menos en cómo los personajes se mueven en este ámbito. No, el problema está en aquellos momentos en que se abandona la política y se da rienda suelta al instinto de supervivencia de los dos protagonistas. Y no por casualidad, eso tiene lugar en la segunda mitad de esta quinta temporada, precisamente cuando la trama parece irse de las manos de sus creadores, que imprimen al conjunto un tono cruel y despiadado fuera de toda duda. Depende de cada uno, claro está, aceptar esto como parte inherente a la naturaleza de los personajes (algo que ha quedado demostrado a lo largo de las temporadas), pero incluso teniendo en cuenta los hitos pasados, siempre había habido una motivación política detrás de toda acción o decisión, incluso las mortales.

Sin embargo, en esta etapa de House of cards, una vez eliminados los principales rivales políticos a través de tretas legales y del funcionamiento de la democracia norteamericana (incluidos algunos detalles simplemente surrealistas), la serie da paso a una deriva un tanto caótica, con secundarios atacando a los protagonistas sin demasiado sentido y con líneas argumentales secundarias que parecen avanzar hacia ninguna parte, y que como consecuencia terminan de la forma más abrupta, innecesaria y, sobre todo, irreal posible. En concreto me refiero al romance entre Claire Underwood y el periodista/escritor Thomas Yates (al que da vida Paul Sparks –Buried child-), cuya resolución no solo resulta un tanto desagradable, sino que convierte a la Primera Dama en un ser que para nada concuerda con la imagen dada en todos los capítulos previos, desvirtuando en buena medida el sentido de todo lo visto hasta ahora.

Se podría decir que la temporada pierde fuelle cuando se olvida de la política, de las decisiones de dos personajes que solo se mueven por la ambición y que son capaces de hacer cualquier cosa por lograr su objetivo. Dicho así, este quinto periodo se antoja similar a los anteriores, pero existen matices. El primero radica en que buena parte de lo que ocurre se aleja de la política para adentrarse en el terreno personal de los protagonistas, acentuando la lucha interna entre ambos. Hasta cierto punto, es lógico que dos roles tan parecidos terminen chocando en sus particulares caminos, pero el problema es que lo hacen dejando la política en un segundo plano. También hay que destacar la presencia de secundarios cuya relevancia en el desarrollo de la historia es, cuanto menos, anecdótica. Y por último, la segunda mitad de la temporada parece haberse planteado como un puente hacia la siguiente tanda de episodios, que habrá que ver cómo se afrontan.

Por todo ello, la quinta temporada de House of cards es posiblemente la más radical en todos los sentidos. Manipulación de elecciones, tretas en el funcionamiento democrático, perpetuidad en el poder muy cuestionable, intereses particulares mezclados con los políticos, terrorismo. Todo esto y mucho más es lo que están dispuestos a hacer los Underwood para seguir despertándose en la Casa Blanca. Y desde luego, el modo en que utilizan el sistema estadounidense es tan brillante como aterrador. El problema está cuando la trama se olvida de esto para adentrarse en las arenas movedizas del conflicto matrimonial entre Frank y Claire. Ya lo hizo en temporadas anteriores, aunque en aquella ocasión con la política de fondo. Ahora eso queda al margen. Sí, el objetivo último es el Despacho Oval, pero lo cierto es que el camino está plagado de decisiones y acciones que nada tienen que ver con el juego político. Eso sí, todo está preparado para una sexta temporada que se antoja, al menos, épica. La pregunta que queda por resolver es sí realmente se volverá a la estrategia política o se entregará por completo a los problemas internos de esta pareja de personajes que se han convertido en todo un referente.

1ª T. de ‘This is us’, así somos, así éramos y así se hace una serie


En mayor o menor medida, todas las generaciones han tenido una serie de televisión que las define, una producción que habla sobre el modo en que afrontan los problemas y en que se relacionan los diferentes miembros que integran la familia. Suelen ser series que han pasado a la historia y han dejado grabadas a fuego en el imaginario colectivo algunas de sus escenas.Creo que todavía es pronto para considerar a This is us como el miembro más reciente de este grupo, pero desde luego va camino de convertirse en una gran producción. Su primera temporada, desde luego, ha dejado algunos de los mejores episodios de televisión gracias a su perfecta combinación de drama y comedia cortesía de su creador, Dan Fogelman (Crazy, Stupid, Love.).

Para aquellos que todavía no se hayan podido acercar a la historia de esta gran familia narrada de forma paralela en dos épocas muy diferentes, sus primeros 18 episodios son dignos de estudio para cualquier amante o estudiante del guión cinematográfico. Sobre todo si está interesado en los juegos temporales y en cómo manejar la información que el espectador conoce y la que saben los personajes, que no siempre tiene que ser la misma. Es más, aquí radica uno de los elementos más originales, interesantes y apasionantes de esta ficción, pues durante este debut en la pequeña pantalla asistimos a una evolución dramática con la que no solo evolucionamos también, sino a la que intentamos anticiparnos sin conseguirlo, al menos en los giros dramáticos más importantes (en concreto, en el último y fundamental punto de inflexión de la temporada).

Gracias al desarrollo de dos líneas temporales, This is us ofrece una visión panorámica de los acontecimientos. A pesar de que la historia de los padres (interpretados magistralmente por Milo Ventimiglia -serie Mob city– y Mandy Moore –A 47 metros-) no apoya necesariamente la narración de sus hijos en edad adulta, el transcurso de ambas líneas argumentales permite al espectador comprender a unos y a otros en sus respectivas decisiones, acentuando de este modo los conflictos paterno-filiales, los conflictos internos de cada rol y, sobre todo, por qué son como son y a qué se deben las relaciones que tienen entre ellos. Todo ello, al estar narrado de una forma, digamos, “objetiva”, hace crecer no solo el carácter de comedia dramática en el que enmarca el conjunto, sino que permite explorar, de un modo casi orgánico, la sociedad de cada una de las épocas y los retos a los que se enfrentan los personajes.

Sin ir más lejos, los problemas raciales durante la infancia del hijo adoptado interpretado por Sterling K. Brown (Spaceman), que parecen mantenerse en algunos aspectos incluso en su etapa adulta. O los problemas de sobrepeso de Kate, a la que da vida Chrissy Metz (Loveless in Los Angeles) y que, aunque se desarrollan desde que es pequeña, parecen tener algún tipo de relación con su padre. Y eso por no hablar de los intentos por convertirse en actor de carácter de un joven triunfador por una serie más bien cutre. Los tres personajes componen un mosaico tan interesante como nutrido capaz de reflejar buena parte de la sociedad. De ahí posiblemente provenga el éxito de la serie, amén de otros elementos puramente cinematográficos o audiovisuales que hacen de esta producción una de las más atractivas de los últimos años.

Cómo hemos cambiado

En efecto, cómo hemos cambiado… o tal vez no. Esa es una de las múltiples reflexiones que This is us realiza a lo largo de sus primeros capítulos. O al menos intenta trasladar al espectador. Porque en efecto, las décadas que transcurren entre una y otra línea temporal obligan a destacar las inevitables diferencias entre ambas, pero también arrojan determinadas similitudes entre ellas. Miedos similares, problemas parecidos y soluciones abiertamente familiares son algunos de los aspectos que el espectador puede encontrar entre ambas historias, tan independientes como relacionadas. Y ahí está, precisamente, la magia de Fogelman. El primer episodio, sin ir más lejos, juega con el desarrollo en paralelo de las dos historias sin tener constancia de su relación, y aunque elementos como el vestuario, el decorado o la peluquería pueden sugerir la distancia temporal entre ambas, en realidad todo parece desarrollarse al tiempo. Y dado que se desconoce la relación entre todos los personajes, se crea la falsa ilusión de estar ante un mosaico de historias sin relación entre ellas salvo, tal vez, por algún nexo de unión. Nada más lejos de la realidad, claro está, y de ahí que la conclusión del episodio piloto genere esa sensación de sorpresa, ternura e intriga que se mantiene a lo largo de la temporada.

Y a partir de aquí, una reflexión sobre la familia, los sacrificios que hacemos por aquellos que queremos y las mochilas que todos arrastramos con el paso de los años. Resulta sumamente enriquecedor el modo en que su creador articula la acción de tal modo que los personajes se definen no solo por sus actos, sino por los actos de los demás. Volviendo al desarrollo paralelo de las dos líneas temporales, estas permiten apreciar una innumerable cantidad de matices en las decisiones y las reflexiones de los protagonistas, sobre todo de esos tres hermanos a los que, presumiblemente, veremos crecer para comprobar cuáles son sus rencillas, sus traumas y sus pasiones. Lo cierto es que la primera temporada ya ha dejado pinceladas de lo que ocurre en el seno de esta familia, o al menos de lo que podría ocurrir, pero a tenor de cómo se ha desarrollado todo a lo largo de estos 18 episodios, lo cierto es que cuesta imaginar por dónde irán los tiros en el futuro.

Este es el otro gran pilar de la serie. Sí, sus actores son todos brillantes. Sí, la narración en dos momentos diferentes es sencillamente inmejorable. Pero a todo ello se suma un desarrollo bastante inesperado, movido ante todo por la coherencia de unos personajes muy humanos, muy bien definidos tanto por ellos mismos como por el entorno en el que conviven. El modo en que se transmite la información y los momentos elegidos para ello marca una diferencia notable con otras series. Dicho de otro modo, la serie sugiere a lo largo de varios momentos vínculos a través de diálogos y planos que el propio desarrollo narrativo se encarga de destruir minutos después. En lugar de frustración, lo que provoca es un interés añadido al que ya puedan tener de por sí los personajes en base a su calidad. En pocas palabras, la serie puede, y debe, leerse en varios niveles, cada uno de ellos más complejo que el anterior, componiendo un puzzle en el que las piezas no solo encajan a la perfección, sino que dibuja una figura que siempre se vislumbra pero que, al menos por ahora, no llega a comprenderse del todo.

Con esta estrategia, This is us logra un doble objetivo (al menos) en su primera temporada. Por un lado, componer un fresco vivo, dinámico y único sobre la sociedad, sobre la familia y sobre la evolución de sus miembros a lo largo de las décadas. Pero por otro, rompe con la monotonía o la rutina que puede generar este tipo de formato, huyendo en todo momento de las claves de una sitcom o de una producción tragicómica. Es, simple y llanamente, This is us, y en efecto así somos. Verse reflejado en una u otra familia, en este o en aquel personaje, es cosa de cada uno, del mismo modo que elegir una línea argumental y temporal por delante de otra (porque sí, todos tenemos una favorita), pero lo que está claro es que esta extraordinaria primera temporada deja con un dulce sabor de boca y pidiendo a gritos más detalles de la familia Pearson.

‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

La 4ª T. de ‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ divide… ¿pero vence?


Es relativamente habitual que en los cómics de superhéroes una trama dure varios números. Un arco argumental que permite a la historia llevar al héroe de turno por un camino, presentando de paso un nuevo villano (o nuevos aspectos de uno conocido) y generando todo un terremoto en lo narrado anteriormente. Y aunque es algo positivo en las viñetas, encadenar estos arcos en una única temporada de televisión puede ser contraproducente. Ese trasfondo subyace en la cuarta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., cuyo argumento (o argumentos) lleva a los protagonistas a vivir muchas, tal vez demasiadas aventuras. En manos del espectador queda que eso sea algo bueno o malo, pero lo que está claro es lo que aporta y lo que resta.

Entre lo primero cabe destacar el modo en que esta serie creada por Maurissa Tancharoen, Jed Whedon y José Whedon, guionista y creadores de la serie Dollhouse, amplía el universo de Marvel tanto en la pequeña pantalla como en la grande. Si bien es cierto que la conexión entre largometrajes y capítulos es prácticamente nula en esta temporada, a lo largo de los 22 episodios se introducen nuevos personajes conocidos por los seguidores de la Casa de las Ideas, el más destacado El Motorista Fantasma, interpretado por Gabriel Luna (Transpecos) y cuya presencia en la trama termina por resultar clave. El hecho de que los héroes ya sean conocidos permite dedicar tiempo a explorar el trasfondo dramático tanto de este rol como de los villanos de turno, profundizando en cierto modo en una base narrativa que traspasa el mero espectáculo visual que, en efecto, ofrece.

Esta cuarta etapa de Agentes de S.H.I.E.L.D. ahonda además en las relaciones entre los protagonistas, planteando nuevos conflictos tanto internos como externos, tanto románticos como morales, que permiten al espectador conocer un poco mejor a sus héroes. La evolución de la trama, con ese arco argumental en un mundo alternativo, plantea la posibilidad de percibir a los héroes desde un prisma diferente, más oscuro si se prefiere, y cuyas consecuencias, vistas levemente al final de esta temporada, deberían tener más peso en los próximos episodios. El modo en que cada personaje afronta la realidad que cree vivir en ese mundo artificial ayuda a crear una brecha en un grupo que parecía demasiado unido, demasiado homogéneo, devolviendo algo de conflicto que, aunque termina resolviéndose de forma un tanto apresurada, debería dejar un rastro en la personalidad de cada rol.

La serie ha permitido también depurar la presencia de algunos secundarios que, aunque interesantes, aportaban poco o nada al conjunto. En este sentido, la serie termina con el núcleo duro de estos espías unido de nuevo, a diferencia del inicio de los capítulos y con un nuevo reto por delante que, esperemos, tenga un desarrollo algo más amplio que el de esta temporada. Porque sí, la presencia de dos grandes arcos argumentales (algo que, en mayor o menor medida, ya ocurrió en la tercera temporada) ha ayudado a la trama a profundizar en algunos personajes, en incorporar a otros nuevos y en dotar al conjunto, en general, de una mayor espectacularidad. Pero en el lado opuesto de la balanza hay aspectos que lastran al conjunto, y muchos tienen que ver precisamente con lo bueno que ofrece la temporada. Dicho de otro modo, son las dos caras de una misma moneda.

Menos tiempo, más prisas

Posiblemente lo más complejo de esta etapa de Agentes de S.H.I.E.L.D. radica precisamente en los dos arcos argumentales que presenta. Si bien es cierto que tienen un nexo de unión, éste parece recordarse y olvidarse según convengan, utilizándolo para plantear los conflictos y recuperándolo únicamente para un giro narrativo final que, literalmente, puede interpretarse como un ‘Deus ex machina’. Y esto no es casual. De hecho, es una consecuencia directa del poco tiempo narrativo que tienen sus creadores para utilizar los recursos a su alcance. El hecho de tener que plantear dos comienzos, dos nudos y dos desenlaces en poco más de 20 episodios obliga a economizar el espacio dramático, aportando por lo más evidente y dejando los elementos secundarios en un cajón hasta que sean necesarios. Es un poco lo que ocurre con algunas de las líneas dramáticas de los protagonistas que antes mencionaba: sí, es cierto que aportan mayor profundidad al conjunto, pero solo de forma temporal. Su resolución es tan rápida que apenas parece provocar mella en la personalidad de los héroes.

El gran problema, al menos narrativamente hablando, es que la temporada no da pie a poder ahondar demasiado en algunos personajes secundarios y en su modo de influir en la trama principal, ya sea en la primera o en la segunda. Esta cuarta etapa plantea así varios conflictos emocionales y varias relaciones amorosas que parecen quedarse simplemente en eso, en planteamientos que, si es necesario, se retomarán en el futuro. Y la palabra clave es “necesario”, porque la realidad es que, de mantenerse esta idea de dos arcos argumentales por temporada, lo cierto es que no quedará demasiado tiempo (entre nuevos villanos, nuevos peligros y nuevas aventuras) para retomar determinados asuntos donde se quedaron.

Tal vez haya sido una estrategia necesaria para recuperar de un modo más o menos coherente al grupo inicial de estos agentes, sobre todo tal y como terminó la anterior temporada. Y de hecho, a tenor del final, lo consiguen. Pero el problema sigue siendo el tiempo. El tiempo y las prisas por resolver ciertos conflictos, ciertos dramas secundarios que, siendo sinceros, consolidan la imagen general del desarrollo dramático del conjunto. El hecho de que algunas relaciones personales entre los protagonistas, con todo lo que arrastran detrás temporada tras temporada, planteen conflictos y los resuelvan en un puñado de episodios puede ser positivo para la dinámica de la narrativa, pero no encaja todo lo bien que debería con lo contado hasta ahora. Y ese es un problema (o una seña de identidad, según se mire) de la serie, que parece estar cada vez más introducida en una carrera hacia adelante que le beneficia cada vez menos, al menos en lo que a calidad dramática se refiere.

Porque sí, en espectacularidad hay pocas series que compitan ahora mismo con Agentes de S.H.I.E.L.D. Más allá de las secuencias de acción y de los efectos especiales, la serie ha logrado un nivel de complejidad conceptual y narrativa casi únicas. El problema es que lo ha hecho dejando por el camino demasiados cadáveres, y no me refiero a los villanos derrotados. Su apuesta por una narrativa directa, basada en la idea de que todo, absolutamente todo, está al servicio de la trama principal del momento y del villano de turno, está obligando a eliminar el peso de algunas historias secundarias. Ya sea el enemigo o algún aliado temporal, los nuevos personajes cada vez son definidos de un modo más esquemático, lo necesario para que tengan cierta consistencia. Retomar una única trama por temporada ayudaría a profundizar en estas ideas y dotarían de mayor peso a la serie, aunque habrá que esperar a ver cuál es la apuesta de la quinta temporada.

‘Supergirl’ se entrega a la comedia dramática adolescente en su 2ª T.


No voy a defender que Supergirl sea una gran serie de superhéroes. Más bien, un entretenimiento inocente con superpoderes y efectos especiales de por medio. Pero la primera temporada presentaba, en cierto modo, varios conceptos interesantes relacionados con el mundo de los cómics y, en concreto, de DC Cómics. Todo eso parece haberse perdido, o al menos atenuado, en los 22 episodios de la segunda parte, que terminaron de emitirse en Estados Unidos en mayo y que, durante su desarrollo, han pasado por todo tipo de cambios para reubicar a la heroína de la capa en un contexto más adolescente, más romántico si se prefiere, con problemáticas que, en el fondo, se alejan en su mayoría de los valores promulgados en la anterior etapa.

Posiblemente todo esto tenga algo que ver (o mucho) con el cambio de cadena, pero sea como fuere la serie creada por Ali Adler (serie The New Normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos autores de Arrow) ha dado un giro conceptual más que notable, tanto por el sentido que han adquirido las aventuras de la última hija de Krypton como por el tratamiento que los personajes, sobre todo los secundarios, han pasado a tener. Y este es el caso más llamativo. A lo largo de la primera temporada se construyeron una serie de relaciones y se presentaron diversas tramas secundarias que parecían estar llamadas a complementar los combates de la prima de Superman. De golpe y porrazo, o mejor dicho a golpe de teclado, sus responsables han eliminado buen parte de ese universo construido, han desaparecido personajes que tuvieron cierto impacto en la historia y se ha dado un nuevo sentido a algunos personajes. El caso más evidente es el de la hermana de la protagonista, interpretado por Chyler Leigh (Brake).

Muchos cambios, en efecto, pero lo relevante es si influyen, y cómo, en el desarrollo de Supergirl. Desde luego, la respuesta más inmediata y genérica es que sí, influyen y mucho. Y como en cualquier producción, la subjetividad juega un papel fundamental. Por un lado, todas estas modificaciones aportan al conjunto mayor dinamismo, incidiendo más en la aventura y en el carácter despreocupado y “blanco” de la serie. Dicho de otro modo, la segunda temporada acentúa el carácter más luminoso de la protagonista y, por ende, de la serie, acercándola a otras producciones como The flash en su primera temporada. Poco importa que el villano de turno sea más o menos poderoso; poco importan las dificultades de la heroína. Al final, todo sale bien, en algunos casos con ayuda (la incorporación de Superman, al que da vida Tyler Hoechlin -serie Teen wolf– es de lo más acertado de la trama) y en otros por su cuenta, lo que resta gravedad a la narración y la presenta como puro entretenimiento.

Pero por otro, convierten a la historia en una producción más de corte adolescente, con problemas amorosos que parecían superados, incluso, en algunos momentos de la primera temporada. Y esto, a priori, no sería algo negativo si no fuera porque el recorrido de estas tramas secundarias, al menos hasta el tercio final de la historia, es prácticamente inexistente, lo que evidencia la falta de fuerza de las mismas. Esto obliga a un tratamiento circular, es decir, a presentar un desarrollo positivo, un conflicto (si no el mismo, muy similar) que ponga en valor aún más la relación romántica, una disculpa (verbal o de acción) y vuelta a empezar. Posiblemente lo mejor de este caso es que, con el final que han tenido estos 22 capítulos, se ha apostado fuerte por hacer avanzar la acción y plantear una tercera temporada con nuevos retos. Al menos a tenor de las últimas imágenes.

Los Luthor, omnipresentes

Dejando a un lado el tratamiento dramático de la historia, la segunda temporada de Supergirl también confirma una idea que parecía entreverse en la primera tanda de episodios, y es el hecho de que sus creadores parecen haber hecho una apuesta clara por convertir este universo en la versión femenina de Superman, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Si en la anterior temporada se hizo a través de varios villanos tradicionalmente asociados al hombre de acero, en estos capítulos la presencia de la familia Luthor no hace sino confirmar ese aire de homenaje al superhéroe más icónico de DC. Y como no podía ser de otro modo, el nombre del archienemigo de Superman está representado por mujeres. No una, sino dos. Es evidente que su presencia en esta temporada, además de apoyar algunas tramas secundarias, tiene por objetivo crear toda una estructura que permita construir una auténtica confrontación héroe-villano capaz de perdurar en el tiempo y que sea ajena, en cierto modo, a las historias de cada temporada.

De este modo, el clan Luthor está llamado a convertirse en el otro pilar fundamental de la serie, una suerte de enemigo con el que jugar al gato y al ratón con el espectador. La labor en este caso de Katie McGrath (Jurassic World) y la química con Melissa Benoist (El viaje más largo) serán fundamentales para poder sostener el delicado equilibrio entre la amistad y la enemistad de ambos personajes, así como para decantar hacia un lado u otro en el momento exacto y con un desarrollo coherente.

Lo que también parece que va a aprovechar la serie es toda la iconografía cultural generada alrededor del héroe de la capa roja, lo que por cierto consolida esa versión femenina de Superman en que parece convertirse esta serie (y que personalmente considero que es un error). La presencia en esta temporada de Teri Hatcher, la Lois Lane de Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman, unida a la ya conocida de Dean Cain (Superman en la misma serie) crean todo un metalenguaje que los más fieles seguidores del personaje y sus diferentes adaptaciones en cine y televisión comprenderán mejor que nadie. El guiño de Kevin Sorbo, protagonista de otra conocida serie como es Hércules: Sus viajes legendarios, apoya además la teoría de que la serie contará con la presencia de actores a los que se asocia con clásicos personajes del cine o la televisión.

No se puede decir que Supergirl haya sido nunca una serie oscura, o al menos dramática, como puede serlo Arrow. Sin embargo, esta segunda temporada ha experimentado un giro hacia el drama adolescente que ha afectado significativamente al desarrollo de la trama. Primero porque han surgido personajes casi de la nada que han arrastrado con ellos una serie de historias secundarias cuyo encaje en el universo ya creado de la trama principal es cuanto menos cuestionable. Segundo porque ha habido secundarios que, o bien se han quitado de en medio de un plumazo, o bien se les ha dado una salida un tanto, digamos, increíble (que el fotógrafo James Olsen se convierta en justiciero es de lo más surrealista que puede existir). El final de la temporada, abierto como es habitual, deja la esperanza de que, una vez sentadas todas las bases del cambio experimentado en estos 22 episodios, la serie recupere cierta normalidad.

La 2ª T. de ‘Billions’ confirma que en la guerra todo vale para ganar


Posiblemente Billions sea uno de los mejores ejemplos actuales en los que la relación antagonista entre dos personajes es capaz de nutrir y sostener una trama de 12 episodios. La primera temporada dejó claro que la lucha entre estos dos protagonistas iba a ser encarnizada, pero la segunda tanda de capítulos que ahora nos ocupa es capaz no solo de llevar esta particular guerra entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, objetivo principal de la continuación, sino que lo hace evolucionando las tramas secundarias e integrándolas de forma consciente en la principal, ofreciendo un mosaico dramático mucho más complejo y desarrollando algunas de las ideas ya planteadas en la primera parte hasta alcanzar un grado excepcional en su calidad.

A todo ello se suma, en varios episodios, un tratamiento formal original, alejado de la narrativa tradicional que suele ofrecer esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del libreto de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin. En efecto, la trama no solo juega con el duelo moral y legal que se plantea entre estos dos personajes, sino que aprovecha diversos puntos de inflexión en el desarrollo de la temporada para ofrecer al espectador una visión diferente de la historia, ya sea en forma de flashback, ya sea con una rápida reinterpretación final de todo lo acontecido en un capítulo que aporta una visión nueva y fresca de lo ocurrido. Dichos recursos aportan, además, mayor profundidad a los antagonistas y a sus motivaciones, confirmando algo que ya parecía claro en la primera temporada: que están dispuestos a llegar a donde sea con tal de destruir a su adversario.

En este sentido, lo más interesante de Billions radica en el hecho, precisamente, de que no existen límites a esta obsesión. Y cuando digo que no existen, es que realmente no existen. Un ejemplo claro es el que protagoniza el fiscal interpretado por Paul Giamatti (San Andrés), que es capaz de perder millones de dólares de un fondo personal y arruinar a los que llama amigos con tal de tender una elaborada trampa al gestor al que vuelve a dar vida Damian Lewis (Un traidor como los nuestros), en el que sin duda es el giro más impactante de la temporada tanto por el cambio de rumbo de la trama como por las implicaciones morales y sociales que plantea a la mayoría de personajes, sobre todo para un fiscal capaz de cruzar todas las fronteras. Pero no es el único caso. Esta guerra deja en esta segunda etapa una escalada de ataques que llevan la trama hasta un nivel que va a ser difícil de superar en sucesivas entregas, aunque visto lo visto cualquier cosa puede pasar.

Y ya que mencionamos a Giamatti y Lewis, es imprescindible hacer hincapié en la labor de ambos actores. Como ya ocurriera en la primera temporada, los dos son capaces de aportar a sus roles un mayor dramatismo, mayor fanatismo y, en definitiva, dotarlos de muchas más dimensiones y matices de los que a priori se muestran sobre el papel. En concreto, estos últimos episodios cargan más la narración sobre los hombros del primero, que no solo sale victorioso, sino que es capaz de revelar facetas hasta ahora ocultas del fiscal. Su plan para atrapar a su archienemigo, su forma de tejer tramas con sus subordinados e, incluso, el modo en que maneja la situación con su esposa, demuestran tanto la verdadera naturaleza de este rol como la excepcional labor de Giamatti en los momentos clave.

Las mujeres, a escena

Antes apuntaba que las tramas secundarias en la segunda temporada de Billions han adquirido mayor relevancia. Bueno, lo justo sería decir que sin ellas posiblemente sería imposible articular la evolución dramática de estos capítulos. En efecto, mientras que en la primera parte de la serie las historias ajenas a la lucha entre los protagonistas parecían servir únicamente como herramienta dramática a utilizar en el momento clave para ofrecer un giro argumental, en esta nueva tanda de episodios se convierten en ramificaciones fundamentales para llevar la historia hasta donde sus guionistas desean. Muchos son los ejemplos, desde esa extraña joven interpretada por Asia Kate Dillon (Hitting the wall) que debería tener, y esperemos que así sea, mayor protagonismo en el futuro, hasta la investigación a la que es sometido el fiscal interpretado por Giamatti.

Pero entre todas ellas destacan dos, las dos que afectan a las mujeres de los protagonistas, de nuevo interpretadas por Maggie Siff (serie Hijos de la Anarquía) y Malin Akerman (Sácame del paraíso). Si bien es cierto que estos roles son fundamentales para entender la dinámica antagonista que sustenta todo el relato, también hay que reconocer que hasta ahora eran casi testimoniales, sobre todo el de Akerman, limitándose a ser daños colaterales en una guerra en la que se ven inmersas casi sin comerlo ni beberlo. Sin embargo, en estos capítulos las tornas cambian, adquiriendo un papel más activo y, sobre todo, determinante en la forma de afrontar los desafíos de los héroes (o antihéroes) de turno. Es cierto que la presencia de Siff siempre ha sido muy activa, pero es ahora cuando aporta un mayor peso e influencia a la relación entre los papeles de Giamatti y Lewis, siendo determinante en algunas decisiones y, sobre todo, poniendo la relación con su marido, el fiscal, en un punto cuanto menos comprometido.

Mayor cambio es el que experimenta el papel de Akerman, sobre todo porque su influencia no solo se extiende a la trama principal, sino incluso a la secundaria que protagoniza Siff. Su desaparición durante varios días, su fuerza a la hora de tomar determinadas decisiones o el modo en que afronta las mentiras de su marido la convierten en un factor determinante para entender la temporada. Pero es que además los creadores de la serie la dibujan con un trazo mucho más definido para convertirla en una suerte de archienemiga del personaje de Siff, es decir, creando una segunda línea de confrontación entre las esposas de los respectivos maridos involucrados en una guerra sin cuartel para destruirse mutuamente. El paralelismo es evidente, lo que abre una serie de posibilidades apasionantes, sobre todo si se logra dotar de autonomía esta segunda trama y se consigue que ambas se nutran mutuamente.

La segunda temporada de Billions es, por tanto, todo lo que puede esperarse de la continuación de una historia. Todo lo bueno, quiero decir. El desarrollo dramático envuelve la trama de un carácter más oscuro, la confrontación entre los antagonistas permite un mayor conocimiento de los personajes, y la complejidad aumenta a medida que nuevas tramas secundarias con nuevos o conocidos personajes se incorporan a la principal, nutriéndola y ampliando el abanico de caminos narrativos. Es, en definitiva, una aplicación de la fórmula ‘más y mejor’ realizada con coherencia, sin caer en el histrionismo o el exceso que perfectamente podrían haber sido seña de identidad en estos episodios. Y lo más atractivo es que la temporada termina con un final ejemplar que deja todo listo para que la partida entre el fiscal de dudosas prácticas y el gestor de fondos con una actividad sospechosamente ilegal continúe.

Diccineario

Cine y palabras

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