‘Arrow’ cierra ciclo aglutinando conceptos en su sexta temporada


Cuando una serie alcanza una determinada duración se plantea la duda de cómo mantener el interés con un crecimiento constante basado en giros de guión. Es algo que define este formato y que no ocurre en el cine. El caso de Arrow es cuanto menos curioso. El final de la quinta temporada fue, sin lugar a dudas, apoteósico, y dejaba abierto un futuro prometedor. Que esas promesas se hayan cumplido depende en buena medida de las expectativas de cada espectador, pero hay algo que puede considerarse relativamente objetivo: la ficción creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggeheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie The Flash) ya no es la misma.

Y no lo es por muchos motivos, pero fundamentalmente porque en esta sexta temporada se dan cita todos los miedos, todas las inseguridades y todos los conflictos planteados a lo largo de estos años en una suerte de puzzle de difícil solución (a tenor del final más bien imposible). Eso sí, lo hacen con una trama novedosa, diferente a lo visto hasta ahora y sumamente compleja. Posiblemente sea por ello que en varios momentos de estos 23 episodios el ritmo de la historia decae ante la imposibilidad de equilibrar correctamente los dos mundos en los que se mueve el protagonista, y ante la necesidad de poner punto y final a varias tramas secundarias que se han arrastrado durante demasiado tiempo.

Respecto al primer aspecto, es evidente que el principal motor narrativo de esta sexta temporada de Arrow se sustenta sobre la cara pública (y política) del héroe y su actividad nocturna. Una suerte de doble juego en el que el objetivo, en ambos casos, es salvar la ciudad, por la fuerza o por la ley. Sin duda, esta doble cara es idónea para albergar los principales conflictos de la trama, tanto el interior como el exterior. Las dudas del héroe sobre su actividad como Flecha Verde contrastan con la necesidad de enfundarse el traje y combatir a un enemigo que, sin tener grandes superpoderes, posiblemente sea uno de los más temibles de estos años. Un interesante conflicto con varias ramificaciones que luego abordaremos, pero que también deja varias irregularidades dramáticas y de ritmo.

En cuanto al segundo, la necesidad de destinar tiempo y recursos narrativos a diversas historias secundarias que habían quedado “colgadas” de la anterior temporada ha obligado a sus responsables a desviar la atención de lo realmente importante. El caso más evidente es el de la hermana del protagonista, interpretada de nuevo por Willa Holland (Legión). Su relevancia en la trama, si alguna vez fue alta, ha quedado en nada con la evolución de la historia, y su presencia se había convertido casi más en una molestia que en un apoyo dramático para el héroe. De ahí que se haya buscado una salida útil, recuperando para ello viejos amores que, aunque es un capítulo algo débil dentro del conjunto, se integra relativamente bien en el mismo.

División y fuerza

No es el único, claro está, y esa obligación de poner punto y final a varios de estos personajes obligaba a desviar la atención de lo verdaderamente importante, que no es otra cosa que los efectos de la dualidad del protagonista sobre el resto de elementos de la trama. De ahí que los instantes más atractivos e interesantes de esta sexta temporada de Arrow sean, precisamente, en los que los dos mundos en los que vive el arquero esmeralda chocan y se contaminan uno con otro. Independientemente de que todo obedezca a un plan magistral del villano al que da vida Kirk Acevedo (El amanecer del planeta de los simios), lo cierto es que los conflictos generados entre la política y la batalla en las calles son el verdadero motor de estos 23 capítulos, y los que aportan mayor dramatismo al conjunto.

Un dramatismo que, de nuevo, se traduce en dos niveles. Por un lado, el puramente personal y moral, en el que el héroe debe afrontar una decisión que marcará su futuro y, por extensión, el de la serie, al menos durante buena parte de la siguiente temporada. Este aspecto es, posiblemente, el más atractivo desde un punto de vista puramente dramático. Pero por otro, ese conflicto también tiene la lectura externa en forma de división de los héroes, de recelos, miedos y sospechas en un grupo hasta ahora más o menos cohesionado. Siendo este el aspecto más visual y narrativo, no cabe duda de que es el que mejor puede plasmar la batalla interna del héroe y, al mismo tiempo, las derrotas morales que sufre a manos de su enemigo. El equilibrio logrado entre ambos niveles es lo que convierte a esta etapa en un producto diferente a lo visto hasta ahora, y en el punto de partida de una cierta reinterpretación de la serie en un futuro no demasiado lejano.

Relacionado con esto, y no por casualidad, en esta sexta etapa asistimos a una suerte de resumen de todo lo que ha sido la serie. Desde ese primer villano ahora reconvertido en amigo a ese otro amigo reconvertido en villano con cierta conciencia de lealtad, pasando por el regreso a los orígenes del arquero y su lucha en solitario, estos episodios recuperan viejos elementos, antiguos iconos y clásicos conflictos para ofrecer un final cerrado de una etapa, una conclusión más o menos certera del periplo del héroe hasta ese momento. Y tampoco es coincidencia que la serie termine con el protagonista entre rejas, situación muy próxima a la que tenía al comenzar, presuntamente encerrado en una isla desierta. En este sentido, se puede interpretar esta temporada como circular tanto dentro de su propio desarrollo como enmarcada dentro del conjunto.

Dicho todo ello, la sexta temporada de Arrow ofrece muchas lecturas, pero no todas ellas bien expuestas. Sólida desde un punto de vista narrativo, dramáticamente hablando posee demasiados altibajos que no solo hacen que decaiga el ritmo, sino que pueden llevar al espectador a perder atención de lo narrado. Si se logra superar este punto, lo que nos encontramos es una inteligente propuesta a modo de resumen y reinicio de las peripecias del arquero esmeralda, con un desarrollo dramático de personajes tan intenso como angustioso en algunos momentos, y cuyo final supone el adiós de algún que otro personaje secundario de peso a lo largo de estos años. Lo dicho, esta etapa de Flecha Verde dice adiós a una época. ¿Lo que viene será igual de interesante?

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2ª T. de ‘Riverdale’, o el viaje al lado oscuro de los personajes


El cine es conflicto. Pero dentro de ese conflicto pueden existir muchos matices. Puede ser un conflicto arquetípico, héroes contra villanos sin claroscuros. Puede ser un conflicto interno entre dos opciones contrapuestas. O puede ser una mezcla de ambas, con todas las variaciones que puedan imaginarse. Y en cierto modo, eso es lo que propone la segunda temporada de Riverdale, la serie basada en los cómics de Archie que, lejos de seguir la estela del papel, ha optado por crear personajes y tramas algo más oscuros, con muchas caras ocultas. Lo que cabe preguntarse es si estos 22 episodios abordan correctamente esos contrapuntos, y es ahí donde encontramos ciertos desequilibrios.

Esta segunda etapa de la ficción creada por Roberto Aguirre-Sacasa (serie Glee) se revela como una trama mucho más oscura en todos sus aspectos, tanto narrativos como visuales. Con un asesino en serie como leit motiv principal, el arco dramático general se construye como un árbol a partir de sus historias secundarias, desde algunas más inocuas como la protagonizada por Cheryl Blossom (Madelaine Petsch, vista en F*&% the Prom) hasta otras más complejas como la de la heroína interpretada por Lili Reinhart (Alguien está vigilándote). Todo ello, manejado magistralmente por sus creadores, genera un desarrollo orgánico, capaz de apoyarse en una u otra trama según las necesidades y alimentándose de todas ellas para crear un final álgido y, aunque previsible para muchos, no por ello menos interesante.

Entonces, ¿dónde están los desequilibrios? Fundamentalmente en la evolución de los personajes, sobre todo del héroe de esta historia, al que da vida K.J. Apa (Altar Rock). Soy consciente de que su viaje al lado oscuro era más que necesario para poder dar a la serie un tono alejado de la clásica serie adolescente, pero el proceso vivido en esta segunda temporada de Riverdale genera más dudas que certezas. Bajo la teoría de que es un joven inocente que desconoce los entresijos y tejemanejes de los adultos, este ejemplo de hijo, amigo y novio que es Archie Andrews se deja manejar por los villanos de turno motivado, a su vez, por un deseo de justicia y venganza. Y aunque en alguna que otra ocasión la trama trata de jugar con la idea de que el manipulado pueda llegar a ser el manipulador, la realidad es que el personaje llega a unos extremos no solo poco coherentes con su propia naturaleza, sino del todo ilógicos para cualquier persona con cierto sentido común.

Por suerte o por desgracia, esta debilidad queda más o menos disimulada en el desarrollo con la fuerza dramática del resto de tramas secundarias. “Por suerte” porque la temporada, en líneas generales, logra salir airosa de la prueba, adquiriendo un tono más oscuro, más dramático. “Por desgracia” porque, en teoría, el mayor peso debería haberlo llevado el conflicto interno del protagonista, que debería haber luchado entre sus ansias de venganza y justicia y su educación, y no ha sido así. Sea como fuere, el resultado final es el que se busca: un perfil más trágico de la historia, desvelando no solo secretos del pasado (seña de identidad de estas dos temporadas) sino el lado más “peligroso” de unos personajes aparentemente planos dramáticamente hablando.

Un universo mayor

La segunda temporada de Riverdale también ha dejado constancia de que una serie, si quiere sobrevivir, necesita crecer, expandirse. Evidentemente, el apartado dramático de los protagonistas es esencial, pero es igualmente importante cuidar el contexto, el mundo en el que se mueven. Y en esto los 22 capítulos que componen esta etapa también aciertan al desarrollar muchos de los elementos planteados en la primera temporada y dotarlos de una vida propia. El caso más evidente es el del villano interpretado por Mark Consuelos (Todo lo que teníamos), personaje planteado en la anterior etapa y que ahora, como padre de Verónica Lodge y antagonista principal, ha adquirido una mayor y más interesante dimensión.

Aunque sin duda el más importante por cómo afecta al desarrollo de la trama es la presencia de los Serpientes. Planteados inicialmente como un grupo de moteros al más puro estilo Hijos de la Anarquía, esta segunda temporada se centra más en la versión adolescente de los mismos, en esa especie de familia formada en el instituto entre todos los pertenecientes a la banda. El modo en que se trata la evolución del rol de Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) para convertirse en líder del grupo es sencillamente ejemplar, contrastando notablemente con el tratamiento del rol de Apa. Durante la primera temporada Jughead ya fue uno de los personajes más interesantes del relato, puede que el más interesante, pero en esta continuación simplemente se convierte en el verdadero protagonista. Su historia, su forma de afrontar los retos y el carácter dramático de un joven que une dos mundos muy diferentes (periodismo y literatura con violencia y delitos) le destinan a convertirse en el motor de buena parte de la serie.

El final de esta etapa, al igual que ocurrió con la primera temporada, deja cerradas todas las líneas argumentales abiertas y plantea una nueva trama principal de cara a la tercera parte. Sin embargo, y a diferencia de lo ocurrido antes, en esta ocasión ninguno de los personajes se encuentra en el mismo punto en el que empezó, ni física ni dramáticamente hablando. Esto provoca que estos episodios sean, por necesidad, sumamente importantes para la serie, un punto de inflexión que, más allá del tratamiento o de los fallos que puedan existir, marca un antes y un después para todos los personajes psicológicamente hablando.

El modo en que esto se aborde queda ya en manos de la tercera temporada. De lo que no cabe duda es de que esta segunda etapa de Riverdale es, en líneas generales, más y mejor de lo que ofreció la temporada inicial. Más porque introduce nuevos personajes llamados a ser parte importante de la trama; mejor porque ofrece más intriga y explora las partes menos conocidas de unos personajes aparentemente arquetípicos que, poco a poco, van descubriendo que tienen más caras de las que podría pensarse en un primer momento. Es cierto que el tratamiento no ha sido igual para todos, que existen altibajos dramáticos y que algunas evoluciones dramáticas no son demasiado sólidas, pero el conjunto es capaz de sobreponerse a los errores siempre y cuando no se sigan arrastrando temporada tras temporada. Pero en líneas generales, esta serie adolescente confirma que todavía se pueden reinterpretar los géneros, en este caso la ficción adolescente.

‘The Terror’, una tripulación en el hielo como reflejo de la sociedad


Hay veces que la realidad supera la ficción, pero otras sirve más de inspiración para crear un relato que, aun siendo ficticio al menos en una parte, engrandece la historia original. Pero lo que ocurre con The Terror es algo completamente diferente. La historia real en la que se basa supera con creces los elementos fantásticos que nutren el relato y le otorgan un toque más angustioso del que ya tiene de por sí. A lo largo de los 10 episodios de esta primera temporada (una vez confirmada una segunda que convierte esta producción en una de antología), la serie creada por David Kajganich (Cegados por el sol) se revela como una odisea mortal ante la que ninguno de los marineros a bordo de los barcos The Terror y Erebus estaba preparado.

Dos barcos británicos que, como relata la trama, buscaban el paso del noroeste a través del Ártico. Su travesía se vio interrumpida por el hielo, que bloqueó los barcos durante años y obligó a la tripulación a enfrentarse con el hambre, la enfermedad, la locura y un ser que fue asesinándoles uno por uno. Resumido así, la historia se revela como un drama de supervivencia con dos contrastes claramente definidos. Por un lado, la corrección británica que lleva a los protagonistas a seguir la escala de mando y a mantener una compostura inusitadamente tranquila. Por otro, el salvaje entorno que empuja a los personajes a situaciones extremas. Ese contraste, amén de otros muchos elementos, es lo que realmente subyace en el fondo de esta serie.

O mejor dicho, The Terror se puede entender como un reflejo de la decadencia de la sociedad. Con un diseño de producción sencillamente impecable, el arco dramático reparte las diferentes fases de la trama de forma casi matemática a lo largo de sus capítulos, planteando inicialmente la travesía como una expedición aventurera, desarrollando un nudo dramático en forma de situación insuperable y amenaza mortal, y terminando por mostrar la desaparición de una sociedad en la que solo es capaz de sobrevivir aquel que ha abierto su mente más allá de los límites que marca su propia sociedad. En este sentido, esta obra se revela como una producción mucho más compleja que la mera angustia por la supervivencia, dotando al conjunto de una entidad que va más allá de lo visto a simple vista en pantalla.

Y eso que lo puramente visual es ya de por sí sobresaliente. Todos los elementos de la serie, desde su puesta en escena a sus actores, pasando por vestuario o efectos especiales, son espléndidos, y ante todo están al servicio de un relato que explora las complejas relaciones humanas en un entorno tan hostil como el que acoge esta historia. Aunque solo se vea la historia de supervivencia en esta obra con tantos niveles interpretativos, es tan sólida, tan contundente, que es capaz de sostener la serie sin ningún problema. El mejor ejemplo radica en los altos mandos de ambas embarcaciones. El modo en que evoluciona la relación entre ellos, se modifican las motivaciones y se afronta un destino aciago merecería todo un estudio en forma de libro.

¿Realidad o ficción?

Esta primera temporada de The Terror juega además con la idea de qué es realidad y qué es ficción. Qué se basa en hechos que realmente ocurrieron y qué tiene una base completamente inventada. Y digo que juega con la idea porque, más allá de elementos claramente distinguibles (esa especie de oso demoníaco, por ejemplo), lo cierto es que el guión de estos 10 episodios se construye sobre sólidas bases dramáticas amparadas en un realismo no solo creíble, sino completamente coherente. Y es que la idea anteriormente mencionada de una sociedad ante un entorno extremo adquiere su máxima expresión en este contexto de realismo.

En efecto, todo el relato se construye sobre los pilares de la cadena de mando, sobre unos capitanes que dirigen y unos marineros que obedecen. Y lo más curioso es comprobar cómo eso se mantiene en todas las situaciones que se suceden a lo largo del relato, ya sea un motín o los intentos de supervivencia en una tierra hostil en la que muchos se muestran convencidos de estar caminando hacia su muerte. Ese contraste entre la obediencia y el miedo, entre el orden y el instinto de supervivencia, es la base para un conflicto que va más allá de los amotinados o de la lucha contra enemigos aparentemente invencibles. Un conflicto que, en realidad, aborda la naturaleza humana dentro y fuera de la sociedad, y lo que el hombre está dispuesto a hacer para sobrevivir. La consecuencia más palpable de esto son algunas explícitas escenas que no dejan indiferente a nadie.

Y no puedo terminar este análisis sin hacer mención expresa al reparto, sencillamente espléndido en todos los aspectos. No hace falta decir que actores principales como Jared Harris (serie The crown), Tobias Menzies (serie Juego de tronos), Paul Ready (serie Utopía) o Ciarán Hinds (Gorrión rojo) echan sobre sus hombros el grueso de la historia, pero del mismo modo lo hacen los secundarios, en especial Adam Nagaitis (El hombre del corazón de hierro), quien es capaz de potenciar los aspectos más sádicos y tétricos de su personaje hasta convertirlo en una de las revelaciones de la serie. Su labor, unida a una construcción de personajes compleja, marcada por los matices y, sobre todo, por el pasado común que muchos de ellos tienen y que lastra en cierto modo las relaciones narradas en la trama, convierte a estos marineros en un interés añadido a la ya de por sí hipnótica aventura.

Dicho de otro modo, los conflictos planteados en The Terror, tanto internos como externos, tienen la entidad suficiente como para ser autónomos al contexto en el que se encuentran los personajes. Ello es gracias a una labor de definición de personajes sobresaliente. Su integración en esta odisea de hielo, muerte y angustia logra un doble efecto. Por un lado, acentuar la fuerza dramática de un entorno tan hostil como bello en el que todo parece susceptible de convertirse en una trampa mortal. Por otro, acrecienta el carácter de todos y cada uno de los personajes, que evolucionan ante los acontecimientos sacando lo que realmente son en su interior. Al final, esta primera temporada se convierte en la brillante producción que es gracias a que todos sus elementos funcionan por sí solos y son capaces de interactuar entre ellos para engrandecer su dimensión y, en consecuencia, hacer que la obra crezca con cada minuto que pasa. Imprescindible.

‘Homeland’ cambia de enemigo y une familia y espionaje en la 7ª T.


El final de la sexta temporada de Homeland supuso toda una revolución en muchos aspectos. La serie sentaba unas bases cuanto menos interesantes para su desarrollo futuro. Y una vez vista y disfrutada la séptima etapa, solo cabe rendirse ante lo evidente: esta ficción creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant) es una de las más completas, complejas y enriquecedoras que existen en la actualidad. Y lo es porque aprovecha los acontecimientos reales para crear todo un mundo ficticio paralelo, dotándolo así de un realismo inusualmente alto, algo imprescindible en este tipo de tramas.

Al igual que ya ocurriera al final de la anterior etapa, el argumento transcurre en Estados Unidos. Pero a diferencia de lo visto hasta ahora, el islamismo ha dejado paso a la amenaza rusa, al delicado equilibrio entre dos potencias mundiales históricamente enfrentadas. Casualidad o no (más bien lo segundo), la injerencia rusa ha sido una de las constantes en los primeros meses de Donald Trump en la Casa Blanca, del mismo modo que ocurre en la serie. Claro que en estos 12 capítulos  la trama va más allá. Mucho más allá si se analizan la sucesión de acontecimientos que han nutrido el arco dramático de la temporada. Porque, en efecto, son muchos los matices dignos de analizar en esta etapa, al igual que ocurre en la serie en general.

Si bien es cierto que todo vuelve a girar en torno a Carrie Mathison (Claire Danes –El caso Wells-, de nuevo inmensa en el papel), como no podría ser de otro modo, Homeland es capaz de encontrar tramas secundarias lo suficientemente importantes como para ampliar su campo narrativo, elevando el grado de complejidad de la historia y terminando con un gancho que, posiblemente, sea el mejor de toda la serie. Pero sobre eso hablaremos luego. Uno de los aspectos más interesantes de la historia es, precisamente, el peso que han ganado muchos secundarios. No hace falta mencionar que el rol al que da vida Mandy Patinkin (Wonder) es imprescindible ya en esta historia, pero a él se han sumado otros de presencia intermitente en esta historia.

Me refiero fundamentalmente a la familia de Mathison. En anteriores temporadas el tratamiento de su relación con su hija, sobre todo en los primeros años, y con su familia más directa ha sido cuanto menos cuestionable. Ya fuera por falta de espacio o por entenderse como una carga dramática innecesaria, lo cierto es que los roles de la hermana y de la hija han sido utilizados más como una muleta en la que apoyarse en diferentes momentos de la narración que como un trasfondo dramático. En esta séptima etapa, sin embargo, adquieren un peso notable, convirtiéndose en motor dramático para el desarrollo de la protagonista, interfiriendo de forma activa en el aspecto que, hasta ahora, siempre había sido el epicentro de la historia: el trabajo de una mujer para defender Estados Unidos. La unión de ambos mundos, muy diferenciados hasta ahora, transforma la historia para dotarla de una mayor profundidad dramática y, por tanto, una mayor y enriquecedora complejidad. Complejidad, por cierto, que se traduce en una espléndida deriva emocional de la protagonista, incapaz de manejar todos los aspectos de su vida a la vez.

Árabes por rusos

Aunque sin duda el cambio más interesante está en el enemigo al que debe enfrentarse la protagonista. La pasada temporada trasladó la amenaza al interior de Estados Unidos, y en esta se rompe, al igual que se hizo en la tercera etapa, con lo visto hasta ahora para plantear un nuevo enemigo, como decía al principio tomando como punto de partida la situación actual de las relaciones políticas internacionales. Bajo este prisma, la trama aborda, en primer lugar una amenaza interna marcada por teorías de la conspiración, y en segundo lugar una amenaza externa con influencias de la Guerra Fría.

Respecto a la primera, heredera directa del final de la sexta temporada, los creadores de Homeland aprovechan igualmente la realidad. O mejor dicho, las emociones actuales. La serie localiza buena parte de los sentimientos de rechazo que genera Trump para articular toda una lucha clandestina contra la presidenta a la que da vida Elizabeth Marvel (serie House of cards), primero a través de un comunicador de masas y luego a través de los propios movimientos políticos en el Congreso. Dos líneas aparentemente independientes que, sin embargo, tienen mucho en común y, lo que es más relevante, ofrecen un reflejo de la sociedad americana, al menos de una parte de ella. El tiroteo en una finca particular y las consecuencias del mismo es posiblemente uno de los momentos más dramáticos vistos en esta serie, y ha habido muchos. Pero a diferencia de otros, este se podría haber evitado, lo que aporta si cabe un mayor impacto emocional.

Ambos elementos de esta amenaza interna están unidos por algo mucho mayor, que es la amenaza externa. El cambio de enemigo a Rusia genera también un cambio en el desarrollo dramático muy particular. A diferencia de temporadas anteriores, donde el enemigo se escondía y era necesario encontrarle, en estos 12 episodios el enemigo juega las mismas cartas que la protagonista, lo que eleva la dificultad del juego y, por lo tanto, el interés. El mejor momento que define esta idea es la conversación entre los roles de Danes y Patinkin, donde la primera comprende el alcance de la conspiración rusa y el segundo se pone tras una pista que hasta ese momento solo era una teoría. Punto de inflexión de manual, dicha conversación modifica en apenas unos minutos todo el planteamiento narrativo precedente y posterior, en un ejercicio dramático sencillamente brillante en todos sus aspectos.

Pero si Homeland deja algo grabado a fuego en la memoria es su gancho de final de temporada. Esos meses con la protagonista prisionera, esa mirada perdida al ser rescatada y la certeza de que su mente tardará en recuperarse, si es que alguna vez lo logra, son ingredientes suficientes para que una futura temporada desarrolle una trama sumamente interesante, potenciando los aspectos personales y profesionales del personaje y dotando de un mayor protagonismo a secundarios menos importantes en todos estos años. Pero eso es el futuro. Por lo pronto, la séptima etapa no solo confirma que la serie es de lo mejor en intriga y espionaje que se hace hoy en día, sino que sabe adaptarse y reinventarse a cada paso, aprovechando los acontecimientos de la actualidad política para crear toda una conspiración que evoluciona constantemente.

‘Predicador’ explora la importancia del miedo y la falta de fe en su 2ª T.


Si algo bueno tienen las adaptaciones literarias, de cómics o de cualquier otro producto cultural es poder apreciar las diferentes narrativas y argumentales entre el cine (o la televisión) con el original. No se trata de decir si uno es mejor que otro; ni siquiera consiste en intentar adivinar lo que va a ocurrir a continuación, utilizando la ventaja de conocer el original. En realidad, lo más interesantes es comprobar cómo una historia puede contarse de muchas formas diferentes aunque tenga, en esencia, el mismo desarrollo. Y eso es lo que, con éxito, está logrando Preacher (Predicador), que en su segunda temporada continúa esa incansable búsqueda de Dios, pero con muchos e imprescindibles matices.

Ahora que queda poco más de un mes para que comience la tercera temporada en Estados Unidos, es importante comprender que esta segunda etapa de la serie creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Supersalidos) y Seth Rogen (The interview) difiere notablemente del cómic creado por Garth Ennis y Steve Dillon en su desarrollo, pero no en su esencia. Más allá de la búsqueda divina, ‘leit motiv’ de esta trama, lo interesante se encuentra en los matices y, sobre todo, en la perfecta conjunción entre personajes y escenarios, entre dramatismo y humor negro. Bajo este prisma, la serie se convierte en algo único, un deleite para los sentidos que explora las miserias del ser humano… y de aquellos que no son del todo humanos.

De nuevo, la dinámica generada entre los tres protagonistas es lo que sustenta todo el relato. Esta segunda temporada de Predicador demuestra, y esto es algo a tener muy en cuenta para un guionista iniciado, que dicha dinámica no tiene que ser, necesariamente, positiva. Ni siquiera estar en el mismo nivel dramático en todo momento. Si en la primera etapa los tres personajes estaban íntimamente ligados por diferentes tipos de relaciones (creando un triángulo sólido), en estos 13 episodios dichas relaciones quedan fracturadas por los intereses y los problemas personales, que chocan unos con otros y alejan a los protagonistas. Así, la búsqueda del predicador interpretado por Dominic Cooper (Warcraft: El origen) deja de lado el miedo al que debe enfrentarse el rol de Ruth Negga (Loving) por El Santo de los Asesinos. Y en medio de todo esto, un vampiro que trata primero de ser el padre que nunca fue y, después, afrontar sus propios errores como hombre y como vampiro.

Y aunque pueda parecer contradictorio, tres arcos argumentales tan diferentes, tan propios, son los que hacen avanzar la trama de un modo sólido y único. Y es que, a pesar de líneas narrativas independientes, todo se desarrolla bajo el mismo paraguas, que no es otro que la falta de fe. Ya sea en Dios o en uno mismo, esta temporada aborda precisamente eso, la pérdida de nosotros mismos, de nuestra verdadera forma de ser. Da igual cual sea el origen (errores propios, miedo a la muerte, un camino que parece llevar a ninguna parte), lo cierto es que el resultado termina siendo el mismo para cada uno de los protagonistas. Y el modo en que lo afrontan, en solitario y alejados del resto, es lo que permite explorar sus debilidades de un modo que, de otro modo, no se podría.

Infierno y El Grial

En medio de esa búsqueda de la fe, la confianza y el sentido a nuestros actos, Predicador logra la máxima expresión de lo que comentábamos al inicio de este texto: las diferencias y similitudes entre el original y la adaptación. Entre las primeras destaca sobremanera el tratamiento que la serie hace del infierno. Muy en la línea de lo creado por Ennis y Dillon, ese infierno condena a las almas a revivir una y otra vez su recuerdo más doloroso, el que más les aterra. Y de nuevo, el humor más negro que pueda pensarse. Evidentemente, en un lugar tan malvado solo pueden estar los personajes más perversos de la Historia, entre ellos el propio Hitler. Este pequeño espacio de relato propio es utilizado por la ficción para volver a demostrar que en el relato nada es lo que parece, que todo se tergiversa hasta hacerlo más perverso bajo una imagen de cotidianidad. Así, ese infierno planteado como una cárcel casi militar sitúa a Hitler ante un infierno propio cuanto menos sorprendente, y a todas luces divertido.

En contraposición, la organización de El Grial está planteada casi como un calco de lo visto en los cómics, incluido el carácter de Herr Starr (Pip Torrens, visto en La chica danesa). Es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de esta segunda temporada, básicamente porque su presencia en el desarrollo dramático posterior es imprescindible para comprender el viaje del héroe. De ahí que los guionistas aprovechen esa falta de fe del protagonista a la hora de buscar a Dios para introducir esta organización, establecer las relaciones dramáticas entre ellos y sentar las bases del posterior conflicto que se vaya a desarrollar. Y aquí puede verse, en su máximo esplendor, la estructura argumental de esta temporada, construida de forma orgánica para que todas las líneas narrativas se nutran unas de otras. Lejos de plantear historias secundarias que corran de forma paralela a la principal (que también hay algo de esto), los creadores aprovechan los conflictos aparentemente secundarios para influir, en mayor o menor medida, en la historia principal protagonizada por Jesse Custer.

De este modo, la trama es capaz de crecer. Si antes hablábamos de la diferencia entre la primera y la segunda temporada en lo que a las relaciones entre los tres protagonistas se refiere, ahora es conveniente señalar que esto no deja de ser una forma de trasladar la dinámica que debe existir en una secuencia, en un acto y en un episodio (o una película) a un concepto mayor como es una serie de varias temporadas. Del éxito logrado en la primera temporada se pasa a las decepciones que se viven en esta segunda etapa. Y lo más probable es que la tercera temporada ahonde en estas diferencias y en el pasado de los protagonistas, a tenor de algunos datos ofrecidos en estos 13 capítulos. Pero eso es adelantar acontecimientos. La realidad es que la estructura dramática de esta entrega logra crecer en la adversidad, construyendo con mimo y cuidado los conflictos tanto internos de cada personaje como externos (ya sea entre amigos o enemigos).

Lo cierto es que la segunda temporada de Predicador confirma a esta serie como una de las más irreverentes que existen actualmente. Nada en ella está dejado al azar, ya sea por seguir la línea argumental del cómic, ya sea incorporando sus propios escenarios y tramas. El humor negro, la ironía y la violencia que roza el absurdo siguen siendo, por suerte, las señas de identidad de la serie, pero hay algo más. Algo que hace que la trama crezca, que los personajes adquieran más complejidad. Y en este caso, ese algo son sus miedos, sus errores del pasado y su frustración por no poder solventarlos como, hasta ahora, habían podido afrontar todos los conflictos. En definitiva, ponerles ante sus debilidades para que puedan crecer en la adversidad. Así las cosas, la serie afronta ahora, de continuar la estela del cómic original, los momentos más oscuros y dramáticos de todos. Teniendo en cuenta la originalidad y la frescura que aportan los guionistas, la expectación es máxima.

La 3ª T. de ‘Gotham’ consolida a sus villanos para crear a Batman


Hay una ley no escrita que establece que toda buena película debe tener un extraordinario villano. Evidentemente, no todas las grandes historias cuentan con grandes villanos… o con villanos propiamente dichos. Pero desde luego, un gran villano sí eleva de categoría cualquier historia. Y partiendo de esa base, la tercera temporada de Gotham ha optado por hacer avanzar la trama a pasos bastante agigantados para confirmar el giro dramático que está dando la serie y convertirla en una historia de superhéroes más que detectivesca. Para ello se ha apoyado en su cartera de villanos, dotándoles de una mayor entidad y aprovechando eso para desarrollar, a su vez, a un joven Bruce Wayne magníficamente interpretado por David Mazouz (serie Touch).

En efecto, estos 22 episodios de la serie creada por Bruno Heller (serie Roma) ahonda notablemente en la personalidad de todos y cada uno de los villanos que a lo largo de los episodios anteriores han ido apareciendo en la trama, amén de incorporar otros nuevos. Con más o menos acierto según sea el caso, el resultado final es que la complejidad que han adquirido no solo estos antagonistas, sino también su forma de relacionarse con el resto de personajes, hacen que la serie haya dejado de ser una original producción policíaca ambientada en la ciudad que da nombre a la ficción para convertirse en un mosaico criminal de intereses contrapuestos, de motivaciones enriquecidas por el odio, la venganza y el poder. Todo eso convierte a Gotham en esa ciudad del crimen que necesita de un salvador, de un héroe al margen de una limitada ley que no puede hacer frente a todas esas amenazas.

Se puede decir, en este sentido, que Gotham (la serie) empieza a ser realmente Gotham (la ciudad). Más allá de la impecable ambientación, el escenario en el que se desarrollan todas las tramas toma forma y se prepara para recibir al caballero oscuro, que en cierto modo hace acto de presencia en el plano final de esta tercera temporada. Y todo ello, como decimos, es gracias precisamente a que los villanos comienzan a tomar conciencia de sí mismos, a dejar de ser meros secundarios para dar un paso al frente y ser protagonistas de historias que no solo discurren paralelas a la principal, sino que influyen de un modo más o menos notable en la misma. A pesar de los errores, que los tiene principalmente en la construcción de algunas tramas, el resultado final es el de una composición de intereses, antagonistas, violencia y caos que resulta de lo más sugerente. Y ante esa amenaza, apenas dos nombres.

El arco argumental del detective Gordon, interpretado de nuevo por Ben McKenzie (El marido de mi hermana), ha ido perdiendo interés en favor no solo de los villanos, sino del propio Mazouz y su viaje para encontrar a Batman. A pesar de seguir llevando sobre sus hombros el principal peso de la historia, su personaje en esta etapa realiza un recorrido cuanto menos cuestionable, que le hace ser detective privado, policía, infiltrado en una organización secreta, superar una droga que nadie más es capaz de controlar y salvar una ciudad. El hecho de que su trayectoria de redención no le convierta en el principal atractivo de la serie debería ser argumento suficiente para comprender que no está funcionando, que se está convirtiendo en un secundario, en un nexo de unión entre otras historias más interesantes. Si a esto añadimos el espléndido crecimiento del personaje de Bruce Wayne, con un prometedor futuro por delante como auténtico protagonista, lo que tenemos es un cambio de foco dramático sabiamente elaborado y disimulado con un contexto cada vez mejor.

Porque sí, porque hay que hacerlo

Todo ello no impide, sin embargo, que esta tercera temporada de Gotham no presente algunos puntos débiles. Y como es lógico, si son los villanos los que más crecen en esta serie, también son ellos los que registran algunas de las mayores flaquezas. Los problemas de estos últimos episodios podrían resumirse en un Deus ex machina constante a lo largo de la trama, si bien en esta ocasión ni hay un dios ni hay una máquina. Es más bien, el poder puntual de la ciencia. Eso y las conspiraciones que se desarrollan a lo largo del arco argumental. Pero vayamos por partes. Los aspectos más “mundanos” de la serie, aunque estructurados correctamente (lo que da facilidades para el desarrollo de personajes), han necesitado en no pocas ocasiones de giros argumentales cuanto menos cuestionables. No por su falta de coherencia; no por ser algo inconexo con el resto de la historia. Más bien, porque se han forzado situaciones que para crear conflictos que de otro modo habrían sido difíciles de explicar.

Desde el hecho de que el personaje de McKenzie sea capaz de vencer una droga que ningún otro personaje es capaz de controlar, hasta el camino oscuro que emprende el joven Bruce Wayne, las tramas han tenido un recorrido algo accidentado. Cabe pensar que en algunos casos, como el de esa especie de conspiración para acabar con la ciudad y utilizar el rol de Mazouz como arma, las incógnitas se resolverán poco a poco en los siguientes episodios de la cuarta temporada. Pero otros casos son más llamativos. La incorporación de nuevos secundarios cuya única función es la de ser detonante de un elemento desequilibrante en la historia es alarmante, lo que genera un doble problema. Por un lado, la proliferación de personajes relativamente insustanciales complica la posibilidad de estar atentos a todas las ramificaciones que posteriormente se desarrollan. Y por otro, su presencia resta tiempo y espacio al desarrollo de otras tramas, lo que obliga a condensar motivaciones, decisiones y acciones en un periodo más corto, derivando en esa sensación de que en los arcos argumentales hay momentos en los que todo ocurre casi “porque sí”.

Aunque no cabe duda de que uno de los casos más sonados es el de Ivy Pepper, que ya va camino de convertirse en Poison Ivy. Y en esta ocasión sí que es la ciencia la que tiene mucho que ver con esa idea de que todo ocurre “porque tiene que ser así”. Ya sea por cuestiones narrativas, ya sea por cuestiones dramáticas, el cambio de actriz, crecimiento del personaje incluido, genera más dudas que certezas. Partiendo de la base de que se produce casi por un accidente científico, queda plantearse porqué logra los poderes y conocimientos sobre plantas que logra, amén de los motivos para ese crecimiento en cuestión de segundos del personaje, que ahora está interpretado por Maggie Geha (¿Cómo se escribe amor?). En efecto, y según lo visto en esta tercera temporada, parece que hay dos motivos para esta evolución. Por un lado, dramático: el personaje no se estaba desarrollando adecuadamente y era necesario explicar sus poderes. Por otro, narrativo: es necesario sumar a un villano de esta categoría al plantel de adultos de la trama y darle un mayor protagonismo del que tenía hasta ahora.

El problema es el modo en que se ha hecho. Y eso se puede aplicar a muchos aspectos de la tercera temporada de Gotham. Es cierto que son aspectos secundarios, al menos respecto al desarrollo principal y al modo en que ha terminado esta etapa, pero sí desvelan algo arriesgado: el uso de recursos poco o nada narrativos que no tienen justificación alguna en el resto de las tramas. A priori no debería de ser motivo de alarma teniendo en cuenta la sólida construcción de los principales personajes, sean héroes o villanos, pero el hecho de que el rol de McKenzie haya perdido parte de su interés y que se estén introduciendo más y más villanos invita a pensar que esos detalles secundarios podrían adquirir la categoría de relevantes. Por suerte Batman también está empezando a hacer acto de presencia, y si eso se trabaja como hasta ahora, es garantía de éxito.

 

‘The Walking Dead’ se tambalea en el final de la 8ª temporada (y II)


The Walking Dead, la serie, hace mucho que tomó un camino propio con respecto a The Walking Dead, el cómic. Es más, desde la primera temporada siempre ha presentado elementos que la hacen tener vida propia, incluso aunque su estructura sea similar, en desarrollo y personajes, a la obra original de Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore. Pero el final de la mid season de la octava temporada supuso la verdadera ruptura con el desarrollo de la historia en las viñetas, y la segunda parte de esta última etapa ha sufrido las consecuencias.

Porque, aunque sigue manteniendo en cierto modo el sentido básico de la trama (una guerra entre colonias, un combate final, la decisión de cambiar la forma de hacer las cosas y volver a construir una sociedad), algo hay que no termina de cuadrar en esta reinterpretación de las viñetas. Estos ocho últimos episodios desprenden en todo momento la sensación de que algo no encaja, de que a pesar de ser algo lógico lo que se ve en pantalla, subyace algo incómodo en el tratamiento de la historia. Y ese algo es, precisamente, el tratamiento de los personajes.

Esta última parte de la temporada 8 de The Walking Dead no logra de asentarse sobre las bases que convirtieron a esta serie en lo que ha sido. Demasiados personajes, poco tiempo para desarrollarlos y una concatenación de decisiones a cada cual menos justificada han llevado a esta ficción a presentar la que posiblemente sea la etapa más débil y cuestionada de todas. Vayamos por partes. La presencia de tantas comunidades con tantos personajes relevantes ya empezó a plantear problemas en temporadas anteriores, pero al existir un denominador común bajo el nombre de Negan (Jeffrey Dean Morgan, visto en Proyecto Rampage) la definición de los mismos era relativamente fácil. Pero una vez que este denominador pierde fuerza los roles empiezan a actuar de forma individualizada, lo que obliga a dedicarles más tiempo. Y teniendo en cuenta que hay una guerra de por medio, ese tiempo se reduce considerablemente, con todo lo que eso implica para poder profundizar en los protagonistas.

A esto se suma la situación creada en el último episodio de mitad de temporada. La muerte de un personaje imprescindible como el de Carl Grimes no solo desequilibra todo lo que va a ocurrir a continuación (en la historia que continúa en el cómic es pieza clave para los acontecimientos), sino que provoca un auténtico estallido entre los protagonistas que da lugar a muchas irregularidades. Es cierto que su salida de la trama responde a la necesidad de paliar una debilidad del propio cómic y dar una motivación sólida al héroe interpretado por Andrew Lincoln (Pago justo) en su idea de construir un futuro alejado de la violencia, pero hay que preguntarse si realmente ha merecido la pena el precio a pagar en el resto de esta historia.

Todos contra todos

Esa pregunta puede contestarse desde dos puntos de vista diferentes. Por un lado, es evidente que el coste de sacrificar un personaje con tanto futuro no compensa todo lo ocurrido a continuación. Para empezar, el viaje emocional del rol de Lincoln, complejo y bien planteado, no tiene un desarrollo correcto, en parte por lo mencionado anteriormente acerca de la proliferación de personajes. Y en cierto modo, la deriva que han tenido otros personajes a partir de este acontecimiento de mitad de temporada no ha sido la mejor. Prueba de ello es, por ejemplo, la salida “honrosa” que se ha dado al atormentado personaje de Lennie James (Blade Runner 2049), que pasa a jugar en esa especie de segunda división que es, al menos por ahora, Fear the walking dead.

Aunque sin duda el giro más inesperado es el gancho que cierra esta octava temporada de The Walking Dead, una especie de declaración de intenciones de sus creadores de hacer un futuro en el que todos se vuelvan contra todos, en el que los amigos se ataquen entre ellos y en el que, en definitiva, el caos vuelva a adueñarse de la trama. Este giro narrativo deja sensaciones encontradas. La primera reacción es la de rechazo a que el grupo protagonista se fragmente y que personajes que se han apoyado se enfrenten. Pero por otro lado, el planteamiento de odio que se ha hecho durante toda esta etapa justifica sobradamente el giro, ofreciendo un nuevo aliciente a una serie que esta temporada había perdido ritmo e intensidad dramática (salvo honrosas excepciones). Y este es el segundo punto de vista desde el que se puede analizar esta segunda parte de la temporada. Este final vendría a justificar la muerte de Carl Grimes, pues lejos de generar esa utopía parece que podría terminar siendo más bien una pesadilla. Y todo eso con los Susurradores llamando a las puertas, como parece intuirse en algunos de los planos.

Resulta curioso analizar cómo la serie parece estar optando por las limitaciones presupuestarias antes que por un correcto tratamiento dramático. Si la indefinición ha sido el rasgo definitorio en buena parte de la temporada, las dificultades técnicas parecen estar detrás de algunas decisiones. La muerte de la mid season es un buen ejemplo. La pelea final entre Rick y Negan es otro. De hecho, puede que sea el más claro. Y de nuevo, aunque toma la esencia de la obra que adapta a la pequeña pantalla, la resolución resulta pobre, huérfana de dramatismo o de intensidad emocional. Dos hombres alrededor de un árbol que dejan a un lado la brutal pelea en la que el héroe de esta historia termina teniendo que utilizar un bastón. Es cierto que la decisión final de Rick adquiere dramatismo gracias al desarrollo de la historia que lleva a ese instante, pero no hay que obviar el hecho de que un protagonista herido físicamente y de gravedad que perdona la vida a su enemigo es una imagen mucho más impactante.

Así las cosas, el final de esta octava temporada de The Walking Dead deja, como el resto de los 16 episodios, un sabor agridulce. La presencia de tantos personajes y algunas decisiones narrativas ponen de manifiesto que la serie necesita un cierto impulso. La llegada de Negan, tan impactante como espléndida, no se ha sabido explotar en un desarrollo posterior adecuado. Sí, ha habido guerra. Sí, la crueldad del antagonista parecía no tener límites. Pero llegado el clímax esperado, todo eso parece haberse desvanecido. La muerte de un personaje clave como el hijo de Rick, con todo lo polémico que puede llegar a ser, y la continuidad de otro como Negan abre las puertas a unas posibilidades dramáticas casi infinitas que podrían compensar esta octava etapa.

4ª T. de ‘Silicon Valley’, competitivos hasta las últimas consecuencias


Para considerar como exitosa a una ficción como Silicon Valley, a estas alturas la serie debería haberse convertido en un fenómeno que, sea por el motivo que sea, no es. Sin embargo, eso no quiere decir que esta producción creada por John Altschuler (serie The good family), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie Lopez) no sea una de las más frescas, desenfadadas y dinámicas de la parrilla actual. Y lo es porque, tomando como punto de partida el mundo tecnológico, analiza en realidad las relaciones y los comportamientos humanos y sociales que pueden encontrarse en cualquier otro ámbito de la sociedad, lo que infiere al resultado final una visión mucho más extensa y compleja de lo que aparentemente puede parecer. Y su cuarta temporada ahonda más si cabe en esta complejidad.

Y es que bajo la apariencia de comedia gamberra estos 10 episodios exploran ideas como la lucha por el poder dentro de una empresa, la consecución del éxito a cualquier precio o la traición de la amistad en los negocios. Lo hace, por supuesto, con los extremos personajes que protagonizan esta historia, pero incluso así es fácil apreciar situaciones, diálogos e incluso actitudes fácilmente identificables con algún momento de la vida real. Lo interesante, lo que hace de esta serie algo diferente, es precisamente el contraste que generan los personajes y las peculiaridades que les convierten en únicos.

No cabe duda de que el protagonista interpretado por Thomas Middleditch (Joshy) es la joya de la corona. Sobre sus hombros recae todo el peso narrativo (y casi todo el peso cómico) de Silicon Valley. Y en esta cuarta temporada no lo es menos. El viaje al éxito de este personaje choca de lleno con su personalidad, y eso genera algunas de las situaciones más surrealistas no solo de la temporada, sino de toda la serie. Pero como decía antes, también es el origen de los conflictos que dotan a esta ficción de algo más que las clásicas comedias de situación. En esta ocasión, la aparente falta de escrúpulos, las traiciones a los que son sus amigos o la obsesión por lograr su objetivo contrastan con su personalidad inocente, por momentos tímida, que siempre le han catalogado como el clásico pardillo.

Aunque los mejores elementos que definen a la serie, al menos en lo que a construcción dramática se refiere, son sus secundarios. Con entidad propia, los personajes que se mueven en la órbita del protagonista son capaces de desarrollar sus propias historias más allá de la trama principal. No mucho, porque al fin y al cabo es una comedia de poca duración, pero sí lo suficiente como para crear un mundo casi único en la serie. En algunos casos han llegado a tener más relevancia en esta temporada que el propio protagonista, una estrategia que ha permitido liberar ligeramente el arco argumental principal y nutrirlo con historias y personajes que sirven de apoyo a momentos puntuales de la acción. Y aunque parezca contradictorio, este es precisamente uno de los problemas que empieza a arrastrar la serie.

Regreso al ostracismo

En efecto, Silicon Valley está adquiriendo una dimensión que, para empezar, tiene difícil ajuste en una sitcom de corta duración como es el formato actual. Las historias de los protagonistas que dan pie a las situaciones más hilarantes del arco argumental se empiezan a sumar a tramas secundarias que apenas tienen importancia en el argumentario principal. La suma de todo ello está impidiendo que las decisiones de los protagonistas y algunas de las situaciones se basen en un correcto desarrollo, supeditando todo a una serie de momentos en los que, cada vez más, se deben introducir todo tipo de elementos para tratar de hacer avanzar todas las tramas creadas.

Lo bueno es que esta cuarta temporada ha sabido aprovechar eso en un desarrollo todavía más histriónica y surrealista de lo visto hasta ahora. El caos que parece generar la suma de tramas deriva en un caos en los propios personajes, llevando al límite de la moral, e incluso físico, al protagonista y sus compañeros. En cierto modo, una vuelta al ostracismo inicial de unos personajes que, a pesar de la experiencia obtenida en estos años de serie, siguen mostrando un cierto aire pardillo e inocente en muchos aspectos, lo que les obliga a luchar contra su propia ineptitud y sus propios demonios. El mejor ejemplo de esto es el final de esta etapa, con ese camión vacío al haber dejado un reguero de piezas, cables y material informático, amén de un nuevo enfrentamiento que parece avecinarse entre los dos antagonistas principales de la serie.

Lo malo, por poner una nota negativa al conjunto, es que si se siguen sumando más tramas sin dar solución a las ya iniciadas la serie no va a ser capaz de comprimir en los pocos y cortos episodios que dura cada temporada toda la complejidad dramática que se está construyendo. Es necesario, por tanto, ir solucionando algunas historias (como de hecho ya se ha hecho en algunos casos en esta etapa) para poder hacer que la serie avance, que los protagonistas logren finalmente el objetivo marcado en la primera temporada y que, en cierto modo, ha cambiado ya, al menos en su forma, que no en su fondo. De esta evolución depende, por tanto, no solo el carácter hilarante y divertido de la serie, sino su capacidad dinámica y su frescura, así como el correcto desarrollo de los personajes y, en el fondo, que el toque alocado y algo surrealista del conjunto no acabe por engullir a la calidad narrativa y dramática que tiene.

Por lo pronto, la cuarta temporada de Silicon Valley ha sabido aprovechar el caos que generan tantas tramas para situar a unos extraordinarios personajes en una situación extraordinaria, al menos para ellos. Y eso ha llevado a la historia a un nuevo nivel de histrionismo y de surrealismo, enfrentado a los protagonistas con sus propios miedos, sus propias limitaciones y sus propias fronteras morales. Resulta interesante comprobar cómo estas situaciones hacen crecer la trama, convirtiéndola en un producto más maduro y al mismo tiempo afrontando el riesgo de transformarse en algo que deje de ser la magnífica serie que es. Estos 10 episodios son para disfrutar de esa transformación; los peligros deberán afrontarse en la próxima etapa.

‘Ray Donovan’ muestra la importancia de los secundarios en su 5ª T.


En líneas generales, Ray Donovan es una serie más que notable. Dramáticamente intensa, con un reparto espléndido y unas tramas sólidas, esta serie creada por Ann Biderman (Smila: Misterio en la nieve) es un claro ejemplo de que una buena ficción, sea en cine o televisión, siempre deberá sustentarse en los mismos principios antes mencionados. Pero por si esto no fuera suficiente, la quinta temporada es todo un ejercicio digno de estudiar en las clases de guión. Los 12 episodios que conforman esta etapa demuestran que toda historia, para ser completa, necesita de unos secundarios extraordinarios.

La trama de esta temporada viene a confirmar, además, algo que se intuía desde el comienzo de la serie: que el personaje de Paula Malcomson (Los juegos del hambre) era la piedra angular no solo de las interacciones entre personajes, sino del desarrollo dramático y de los conflictos que han nutrido a esta ficción desde sus primeros episodios. El modo en que Biderman trata a este personaje y toda su línea argumental en esta etapa es sencillamente perfecto, alternando pasado y presente sin más indicaciones que los personajes y sus diferentes representaciones físicas. Eso, y el impacto que tiene en el protagonista, un Liev Schreiber (El caso Fischer) inmenso al que los Globos de Oro, un año más, han dejado de lado en los premios (suma cinco nominaciones seguidas por este papel).

Precisamente el modo en que estos dos personajes afrontan el conflicto es lo que genera el contraste dramático y la profundidad emocional a la que posiblemente sea la mejor temporada de la serie. A través de flashbacks, el relato compone un puzzle del que hace partícipe al espectador, que más allá de los problemas laborales de Donovan debe prestar especial atención a los saltos temporales constantes en cada episodio. El arco argumental, por tanto, se nutre a cada paso, jugando con precisión con la información que tiene el espectador. Se genera de este modo un suspense único, una intriga por conocer los detalles de lo acontecido y narrado en el primer episodio de esta etapa de Ray Donovan. Y mientras algunas cosas se desvelan con cierta celeridad, otras se antojan casi un misterio que reta al espectador a resolverlo antes de verlo en pantalla.

Un delicado equilibrio que tiene como principal problema la debilidad del resto de tramas secundarias, amén del tratamiento que se da a algunos de los personajes habituales de la serie. Empero, y aunque de esto hablaremos más adelante, es importante señalar que a pesar del protagonismo del personaje de Schreiber, cada temporada ha tratado de poner el foco sobre alguno de los miembros de la familia Donovan. En mayor o menor medida, cada bloque de episodios ha narrado la historia con un secundario diferente como apoyo dramático a los problemas laborales del protagonista, idea que culmina de forma apabullante en esta quinta temporada y que obliga a plantearse no solo cómo continuará la trama sin un rol clave, sino si será capaz de superar el pico dramático de esta etapa.

Problemas secundarios

Como decía antes, uno de los problemas de Ray Donovan en esta tanda de episodios es la debilidad de las tramas secundarias que tienen poco o nada que ver con el epicentro dramático de la acción. A diferencia de anteriores temporadas, donde todo tenía una mejor y mayor integración, en estos 12 capítulos la relevancia y la intensidad de los principales acontecimientos obligan a quitar tiempo de desarrollo a otras historias, que se convierten casi en un trasfondo narrativo para enmarcar el arco argumental principal, siendo utilizadas solo como apoyo en determinadas ocasiones y, eso sí, aprovechadas para plantear conflictos dramáticos para la sexta temporada.

Uno de los casos más curiosos es el de los hijos, interpretados por Kerris Dorsey (Moneyball: Rompiendo las reglas) y Devon Bagby (Broken Ghost). Por un lado, en esta temporada se ha intentado integrar más en la trama a la joven, introduciéndola de lleno en la historia principal y siendo, en cierto modo, motor de cambio de muchas de las secuencias a lo largo de los episodios. En este sentido, ha venido a sustituir al rol de Malcomson como el contrapunto femenino a una historia eminentemente masculina. Pero por otro, el papel del adolescente ha tomado una deriva cuanto menos cuestionable. El personaje parece alejarse cada vez más del interés dramático de la serie, y eso queda más que patente en las situaciones en las que se le ubica. No solo no tienen un nexo de unión claro con el resto del argumento, sino que podrían interpretarse como una forma sutil y progresiva de dejarle fuera de esta ficción definitivamente. Habrá que ver si se le intenta integrar en un futuro cercano o si, por el contrario, se convertirá en un personaje episódico que aparezca cuando sea necesario un apoyo dramático.

Aunque lo más interesante ocurre con el rol de Jon Voight (Más allá). Si durante todas las temporadas anteriores ha sido un punto de inflexión en la historia, un contrapunto a medio camino entre la comedia y el drama para la trama principal, en esta quinta temporada su influencia parece haber quedado en un segundo plano. Su arco argumental, aunque sigue siendo el contrapunto cómico de la serie, se aleja mucho de la influencia que sí tuvo en etapas previas. Tanto que camina de forma paralela durante buena parte de la temporada, siendo integrada en el resto únicamente para explicar algún matiz del pasado o, y esto es sumamente importante, para sentar las bases de los nudos dramáticos que están a punto de venir, y que a todas luces volverán a tener el conflicto padre-hijo como telón de fondo.

Cómo será que el mundo de Ray Donovan ha sido sacudido desde sus cimientos que ni siquiera la trama relacionada con su trabajo que habitualmente tiene un peso específico más que notable en esta quinta temporada solo sirve para plantear la trama principal y para generar ciertas situaciones anómalas en la vida del protagonista. Y todo ello es, ni más ni menos, porque lo relevante en esta temporada de inflexión es la vida personal de este fascinante personaje. Cómo cambia su día a día, las relaciones con hermanos, hijos y resto de la familia y, sobre todo, la fragilidad de un hombre aparentemente irrompible ante la pérdida del amor de su vida, por mucho que durante toda la duración de la serie se haya podido poner en duda. En cierto modo, esta ha sido la temporada más humana y más íntima de toda la serie, ofreciendo una faceta del héroe nunca antes vista. Personalmente, ha sido la mejor etapa de toda la ficción a pesar de ciertas irregularidades en el contexto dramático y en los secundarios. A partir de ahora se abre un nuevo escenario que revitaliza una serie que, en realidad, no necesitaba ningún empujón para seguir siendo uno de los productos más frescos, dinámicos, apasionantes e interesantes de la televisión.

‘Nashville’ acepta con honradez su inminente final en la 5ª T.


Una serie no es únicamente una buena historia, un buen reparto o una factura técnica impecable. A menudo las producciones para la pequeña pantalla pecan de un desarrollo que desvirtúa por completo el sentido inicial de la trama. Eso por no hablar de finales poco adecuados a lo visto durante los años que dure la ficción. Ya sea por exigencias de las audiencias, de la productora o de otros “factores externos”, las series terminan muchas veces de un modo incoherente. Por eso cuando una ficción como Nashville encarrila su evidente final con la humildad, la seriedad y la honradez que ha mostrado a lo largo de todas sus temporadas, debe ser admirada o, al menos reconocida.

Su quinta temporada, de nuevo con 22 episodios, es la prueba fehaciente de que una serie puede terminar sin grandes aspavientos, sin conclusiones forzadas o sin incongruencias dramáticas. Esto no quiere decir que la serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) haya perdido su esencia, al contrario. Posiblemente sea más dramática que nunca. Pero precisamente por el desarrollo y los acontecimientos que se relatan en esta etapa, y el modo en que se tratan las diferentes tramas que componen este universo country, el argumento se ha vuelto mucho más sincero con el espectador de lo que podría haberlo sido hasta ahora.

En realidad, lo que ha hecho Nashville es dar rienda suelta a su dramatismo, pero utilizando para ello el cierre de todas y cada una de las historias secundarias, amén de la trama principal. A estas alturas, y con la sexta temporada ya empezada, los seguidores sabrán del giro de mitad de temporada tan impactante como determinante. Este punto de inflexión es el que marca el camino a seguir hacia el final, utilizando ese momento para iniciar el cierre paulatino y gradual de todas las historias. Y lo hace fiel a su estilo, es decir, generando una escalada dramática que explora todos los sentimientos habidos y por haber en una relación y en la vida misma.

Por supuesto, esto no quiere decir que la serie mejore o empeore. Simplemente esta quinta temporada sabe aprovechar lo construido hasta ahora para concretar un final para sus personajes sin transformarlos hasta hacerlos irreconocibles. Evidentemente, si la serie no ha gustado hasta ahora esto no hará que gane seguidores, pero aquellos que sigan sus tramas encontrarán en estos capítulos un comienzo del fin sumamente enriquecedor. Fundamentalmente porque ese punto de inflexión de mitad de temporada ha permitido a la serie hacer crecer a sus personajes, volverlos más maduros al enfrentarlos con sus propios miedos. En cierto modo, por primera vez en toda la serie los roles evolucionan y dejan de tener un comportamiento cíclico, lo que podría entenderse como una mejora dramática de la ficción.

Rellenar el vacío

Visto así, la ausencia del personaje de Connie Britton (American Ultra) se puede entender como la llave que ha desbloqueado algunos problemas de construcción de Nashville. Por un lado, ha sido el motor dramático de la mitad de esta quinta temporada. El Acontecimiento (así, en mayúsculas, porque pocas veces una serie afronta algo de semejante envergadura antes de su episodio final) se halla detrás de prácticamente todas las motivaciones del resto de personajes. En mayor o menor medida, la pérdida de este rol determina las frustraciones, las decisiones, los anhelos, los miedos y, por qué no, las alegrías que llenan el vacío de la segunda mitad de esta etapa. El hecho de que este importante personaje no vuelva a aparecer en la serie facilita que otros secundarios adquieran entidad propia, más de la que habían tenido hasta ese momento, ahondando en su personalidad y en su arco dramático.

Por otro lado, y está muy relacionado con los dicho anteriormente, el hecho de que se corte de raíz con esta trama personal obliga a Khouri a completar los espacios que hasta ahora ocupaba, ya fuera directa o indirectamente. Y para ello, además de incluir nuevas canciones (personalmente el tema ‘Saved’ cantado por Lennon Stella es el mejor de toda la serie), ha sido necesario introducir nuevos secundarios, potenciar el carácter dramático de otros y hacer avanzar las tramas del resto. Es a esto a lo que me refería al mencionar que la serie crece dramáticamente. Las historias circulares de muchos secundarios, con constantes idas y venidas sobre los mismos conflictos sin lograr un avance real, podían tener un cierto sentido como contexto argumental, pero una vez que dan el paso a la primera línea dramática no son coherentes.

Ahora bien, en esta parte final de la quinta temporada se aprecia un cierto aire a recta final. El hecho de que estas tramas secundarias hayan adquirido más protagonismo solo tiene sentido, y así parece plantearse en la serie, como epílogo a una historia que ya no da más de sí. Esto es algo que se confirma en el hecho de que la sexta etapa es al última, es cierto, pero la realidad es que sus personajes, y por extensión los actores, son conscientes de que la historia es, en realidad, la vida de Rayna Jaymes, y sin ella no puede subsistir mucho más tiempo. Pero a diferencia de otras ficciones, en lugar de apostar por un abrupto final se ha optado por cerrar todas las historias, siempre con la sombra de la protagonista como telón de fondo, y poder así poner el broche perfecto a la serie.

Desde luego, esta quinta etapa de Nashville es, con diferencia, la más dramática de todas. Sin un gancho final como en anteriores ocasiones, la serie ha optado por un punto de inflexión dramática como nunca se había intentado hasta ahora en esta ficción. El resultado no podría ser más interesante, al menos a la hora de analizar el tratamiento. La ausencia de la protagonista facilita la progresión del resto de secundarios, cohibidos tras la figura inmensa del rol de Britton. Así que sí, la producción crece y evoluciona. Esto no quiere decir que sea extraordinaria o que no siga presentando importantes problemas en su concepción, pero sí implica que mejora, al menos dentro de su forma de tratar las tramas y las relaciones entre personajes. Y sobre todo afronta con naturalidad que ha llegado su final. Y eso es algo digno de alabar, sobre todo porque no todas las series son capaces de llegar hasta ese punto.

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