3ª T. de ‘Westworld’, o cómo los humanos se parecen a los robots


Confieso que sentía curiosidad por el modo en que Westworld iba a desarrollarse después de abandonar el parque, es decir, la esencia de su historia, para adentrarse en el avanzado mundo tecnológico que se intuía en las primeras temporadas. Estando detrás del proyecto Lisa Joy (serie Último aviso) y, sobre todo, un genio como Jonathan Nolan (creador de Person of interest y de muchos de los films dirigidos por su hermano, Christopher Nolan), el resultado no ha decepcionado, aunque desde luego se aleja mucho del sentido original para dar una vuelta de tuerca al concepto de humanidad, alma, libre albedrío y sociedad, plasmando en pantalla un complejo laberinto de intereses que, todo hay que decirlo, toma algunos elementos ya utilizados en la serie que protagonizó Jim Caviezel (La pasión de Cristo).

Lo cierto es que estos 8 episodios (una temporada un poco más corta que las anteriores) plantean una estética, un diseño de producción y un concepto narrativo completamente diferente. Si las anteriores etapas eran laberinto en el que presente y pasado se mezclaban como si de la mente de uno de los robots se tratara, en esta tercera parte el lenguaje es mucho más directo, más lineal si se prefiere, aunque cargado de giros argumentales que dirigen la trama en un sentido muy concreto y mucho más profundo de lo que podría parecer en un primer momento. Así, lo que en el inicio de la historia se plantea como una venganza del personaje de Evan Rachel Wood (En el bosque) se termina revelando como toda una revolución contra un mundo controlado, tecnificado y en el que la libertad de elección ha desaparecido sin ni siquiera habernos dado cuenta. Este último aspecto termina por conectar y ser hilo conductor del ideario básico de esta ficción, toda vez que robots y humanos se parecen más de lo que nos gustaría aceptar (algo parecido se planteó en la segunda temporada, aunque desde el punto de vista de la paranoia por no poder distinguir huéspedes de anfitriones).

Eso no quiere decir que esa venganza no exista, o que sea simplemente una justificación para arrancar la trama. El personaje de Wood, ahora mucho más complejo de lo que se planteó en el inicio de Westworld, busca en todo momento sus motivaciones personales, saciar una sed de sangre por años y años en los que fue violada, torturada y asesinada. La acumulación de recuerdos es la motivación principal del personaje, pero en ese camino hay más, mucho más. Su vendetta personal termina motivando toda una revolución humana en un mundo irreconocible, controlado por una mega inteligencia artificial (al más puro estilo Person of interest, por cierto) y en el que nuestras vidas están determinadas desde que nacemos hasta que morimos, con fecha, hora y causa de la muerte incluidas. Bajo este prisma, Joy y Nolan construyen un thriller de acción incomparable, complejo, denso en algunos momentos y más ligero en otros, en el que los giros argumentales, perfectamente dosificados, elevan el sentido de la historia con algunos momentos sencillamente magistrales.

Si en la primera temporada la magia radicaba en los paralelismos temporales, en esta dicha magia se transforma para plantear la historia de un modo y terminar resolviéndola de otro mucho mayor y con consecuencias más complejas para todos los personajes. Y si en la segunda temporada el vehículo narrativo era la revolución de las máquinas frente al ser humano, en este la guerra se difumina mucho más para convertirse en una lucha personalista, en un conflicto entre individuos y no tanto entre razas. Es más, lo que hace más atractivo al personaje que interpreta Wood es el hecho de que, en la consecución de su objetivo, no duda en acabar con todo aquel que se ponga en medio, ya sea humano o máquina. La genialidad de los creadores de la serie radica en que esta dualidad la hace más humana de lo que nunca ha sido, pero también la aleja de una concepción arquetípica de héroes y villanos, siendo simplemente un personaje con un objetivo que no atiende a estirpes, amistades o cualquier otro concepto dramático.

La chispa de la revolución

Lo cierto es que la tercera temporada de Westworld es una revolución en todos los sentidos. Es una revolución respecto a lo visto en las anteriores tandas de capítulos. Es una revolución conceptual, visual y narrativa. Y ante todo, lo que cuenta, en último término, es cómo se prende la chispa de una revolución. Ahora bien, lo que hay que preguntarse es si esta revolución tiene o no tiene sentido, y aquí es donde puede haber más diferencias de opiniones. Partiendo de la base de que lo atractivo de la serie, en un primer momento, era ese ambiente temático del Lejano Oeste (con su particular incursión en Oriente en un momento dado), dejar atrás ese mundo es un paso arriesgado que a muchos les puede hacer perder el interés, sobre todo a los más nostálgicos de la novela y el film de Michael Crichton. Este paso al nuevo mundo, además, ha tenido daños colaterales no solo en la narrativa, sino en la propia importancia de algunos personajes carismáticos y fundamentales para el éxito de la trama.

Poniendo su mirada como la pone en la evolución de Dolores y en su relación con un nuevo personaje interpretado por Aaron Paul (serie Breaking Bad), la trama deja un poco de lado ciertos aspectos dramáticos personificados en roles como el de Ed Harris (Geostorm), fundamental para comprender el universo en el que se desarrolla la acción pero que aquí queda algo más desdibujado. No es necesariamente un error; ni siquiera es un problema de la trama. El hecho de que su historia se limite a volver a meterle en este juego de humanos y robots hace presuponer que contará con mayor peso narrativo en la cuarta temporada ya anunciada. Pero no deja de resultar un poco llamativo que su papel en la historia sea algo casi anecdótico (un leit motiv para una trama secundaria) cuando venía de ser el epicentro de todo un universo argumental.

Del mismo modo, muchos personajes interesantes de las anteriores temporadas han desaparecido, y su ausencia no se ha cubierto con nada. Ya se anunció que tras la segunda temporada los cambios en el reparto iban a ser notables, y desde luego no se exageraba. Tan solo tres mujeres y tres hombres han sobrevivido a esta criba artística, que se ha producido no solo en el arranque de esta tercera etapa, sino a lo largo de la misma. Esto tiene dos problemas que se han solventado más o menos bien. Por un lado, la riqueza del universo temático desaparece. No me refiero a la estética, sino a la riqueza argumental de los personajes, sus creadores, los trabajadores del parque, etc. Todo eso trata de suplirse con este nuevo mundo de vehículos automatizados, y en parte se consigue. Por otro, la complejidad narrativa se reduce, se hace más lineal y menos compleja en el relato, aunque se equilibra de algún modo con el trasfondo moral y ético de la libertad y la ilusión de la misma. Personalmente creo que cada mundo tiene sus pros y sus contras, pero el movimiento ha sido arriesgado, y muchos, como ha ocurrido con los personajes, sin duda se habrán quedado en el camino.

Pero a pesar de este salto de fe, la tercera temporada de Westworld mantiene a la serie como una de las producciones más atractivas, diferentes, dinámicas y complejas de la televisión. Abandonando el Oeste y adentrándose en una futurista ciudad, la trama da un paso más en su reflexión sobre el hombre y la máquina, sobre la relación que les une, sobre la vida y lo que nosotros creemos que es la libertad. Pero ante todo pone la mirada en las pocas diferencias que pueden existir entre humano y robot desde un punto de vista ético y moral. Los primeros juegan a ser Dios con los segundos, pero… ¿hay algo superior que juegue con el ser humano? Y sobre todo, ¿qué reacción tendría el hombre? Las respuestas a esas dos preguntas se resuelven en unos últimos episodios extraordinarios, en un evidente paralelismo con el final de la segunda temporada que desdibuja más, si es que es posible, la línea que separa la carne del metal.

2ª T. de ‘Westworld’, magistral cambio de sentido dentro del laberinto


Los grandes directores y guionistas, presentes y pasados, suelen ser recordados no solo por sus películas, sino por especializarse en un tipo de relatos, en unos valores narrativos, conceptuales y artísticos muy concretos. La historia del séptimo arte está repleta de estos casos. Y aunque habrá quien diga que todavía es pronto para decirlo, en esa categoría de inmortales del cine se encuentran por derecho propio los hermanos Jonathan y Christopher Nolan, guionista y director de Interstellar (2014) respectivamente. En esta ocasión toca hablar del primero, tal vez menos conocido que el segundo pero verdadero cerebro autor de un estilo inconfundible definido por su uso y la combinación de las líneas temporales de la trama. Y la segunda temporada de Westworld es el último gran ejemplo.

Porque si la primera parte fue un ejercicio magistral del manejo de los tempos narrativos, alternando pasado y presente para construir un relato apasionante de redención, búsqueda y liberación, estos nuevos 10 episodios no solo mantienen ese espíritu, sino que dan una vuelta más de tuerca a una historia ya de por sí compleja, cambiando por completo el sentido de lo visto hasta ese momento y convirtiendo lo que parecía una rebelión de las máquinas contra sus creadores en algo más, en una búsqueda del sentido de la vida, en un intento por sobrevivir a su propia materia física. Y no estoy hablando únicamente de los robots. Lo cierto es que esta continuación debería interpretarse más bien como una reinterpretación de lo visto hasta ahora, en todos y cada uno de los aspectos.

En medio de esta revolución, Nolan, creador de la serie junto a Lisa Joy (serie Criando malvas), hace gala de su ingenio para estructurar cada episodio no ya en dos líneas temporales totalmente independientes, sino en tres, añadiendo complejidad y retando al espectador a permanecer atento a la historia y los detalles. Lo cierto es que el reto es fácil de aceptar, pues los personajes adquieren una mayor profundidad dramática. Lo que al principio parecía una mera diversión en un parque temático poco usual se convierte en una búsqueda de la inmortalidad. Aquellos personajes que parecían máquinas rebeldes se convierten en realidad en una suerte de seres mortales que solo desean justicia para años y años de tortura que ahora pueden recordar con total claridad. Lo cierto es que la riqueza de las líneas argumentales de los protagonistas es tal que cada uno daría para varios análisis.

Por lo pronto, lo que queda patente en esta segunda temporada de Westworld es que la idea original de Michael Crichton, autor de la película homónima de 1973, ha quedado empequeñecida. Ya no estamos ante una mera revolución de las máquinas. La idea de que el ser humano que se expone a tecnología para la que no está preparado puede terminar consumido por ella ha dado paso a algo mayor, a la idea de utilizar esa tecnología para alcanzar la inmortalidad, para que el alma permanezca siempre y pueda pasar de un cuerpo artificial a otro. Adquiere ahora más sentido que nunca el título en español de la película original: Almas de metal.

El subtexto, siempre el subtexto

También adquieren sentido muchas de las cosas aparentemente incongruentes de la primera temporada. La búsqueda del laberinto que protagoniza el rol de Ed Harris (Madre!), por ejemplo. También da un nuevo y mucho más interesante sentido a otras secuencias, como la puesta a punto del personaje de Evan Rachel Wood (Allure) por parte de otro protagonista, un magistral Jeffrey Wright (The public) que en esta segunda temporada logra altas cotas interpretativas. Para muchos espectadores posiblemente esto pueda parecer un intento de los creadores de dar continuación a una trama que parecía tener fin en una única temporada, en un intento de alargar la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, la mera complejidad de la historia ya rebate cualquier posible argumento en este sentido.

En cinematografía se suele hablar mucho del subtexto, aunque su uso no es tan habitual. Cualquier escena, cualquier diálogo, debe contar algo que no se ve en pantalla, debe mostrar las intenciones ocultas de los personajes. Los grandes hitos del séptimo arte suelen construirse sobre esto. Y Westworld es subtexto puro y duro. Dicho de otro modo, las dos primeras temporadas se pueden entender como texto y subtexto: la primera contaría lo que el espectador ve y la segunda lo que en realidad se esconde tras el parque temático y las motivaciones de los personajes. Y es aquí donde radica la belleza y la magistral labor de Nolan. Estos 10 capítulos se convierten así en una auténtica montaña rusa dramática, calculada milimétricamente para construirse sobre puntos de giro que no solo dan nuevo sentido a las lagunas que, inevitablemente, se forman durante la historia (todas ellas explicadas al final de la temporada), sino que aportan una nueva comprensión al conjunto de la serie, obligando a revisionar no solo los episodios, también los conceptos que hasta ahora se manejaban.

El problema de esta segunda temporada está, sin embargo, en cómo continuar en el futuro. Estando Jonathan Nolan detrás del proyecto es fácil suponer que todo está atado y bien atado, pero el final de esta etapa abre muchas incógnitas, por no hablar de los numerosos personajes que dicen adiós después del fantástico episodio 10. La pregunta más importante es si el espíritu de la serie podrá mantenerse, si las ideas planteadas a lo largo de esta temporada podrán germinar en la siguiente, o si se volverá a dar un giro. Parece evidente que la idea de que los robots se muevan en el mundo real confundiéndose entre los humanos será la base de la historia, pero a partir de aquí las posibilidades son casi infinitas.

Pero hasta que eso llegue, que según parece no será hasta 2020, se puede disfrutar una y otra vez de estas dos temporadas de Westworld. Y digo de las dos porque deben verse casi como una única historia en la que todo tiene un doble sentido, en la que nada es lo que parece. Esta idea subyace en cada uno de los aspectos, desde el primer y clásico primer episodio hasta el último. Si en la primera temporada eso se narraba en las relaciones entre humanos y robots, en esta segunda se produce entre lo visto en aquellos episodios y las verdaderas intenciones mostradas en estos nuevos capítulos. Todo ello en un ejercicio soberbio y magistral que debería estudiarse en las escuelas de guión, con un manejo de los tiempos narrativos sencillamente perfecto, unas interpretaciones impecables y una puesta en escena fascinante. Poco más se puede pedir, salvo que pase rápido el tiempo hasta el siguiente episodio.

1ª T. de ‘Westworld’, magistral laberinto de la inteligencia artificial


El Lejano Oeste es el protagonista en la serie 'Westworld'.Con todo lo que se ha hablado de la primera temporada de Westworld, decir que esta serie es una de las nuevas joyas de la televisión es no decir nada, y además quedarse muy corto. Lo más llamativo, desde luego, es su factura técnica y el mundo creado alrededor de este parque temático ambientado en el Lejano Oeste con robots tan idénticos a los humanos que es imposible reconocerlos. Pero la primera temporada es mucho más, y ello se debe al desarrollo narrativo planteado por Lisa Joy (serie Criando malvas) y Jonathan Nolan (serie Person of interest), autores de esta especie de adaptación/continuación de la película escrita y dirigida por Michael Crichton (autor a su vez de novelas como Parque Jurásico o La amenaza de Andrómeda) en 1973.

Y es que estos primeros 10 episodios son el ejemplo perfecto de cómo estructurar una narrativa para, como si de una cebolla se tratara, desvelar los secretos capa a capa hasta encajar todas las piezas de un puzzle apasionante y complejo. Lo que comienza siendo una especie de bucle episodio tras episodio en el que se van introduciendo pequeños y distintos elementos termina por convertirse en un relato de venganza, de obsesión y, en cierto modo, de proteger un legado. En dicha evolución los personajes, secundarios o protagonistas, se integran de forma armónica para componer una historia coral que, más allá de la violencia, lo que aborda es la humanidad y los riesgos de la tecnología, algo muy presente en la obra de Crichton. Y todo ello manteniendo un misterio que se resuelve con cuentagotas en los últimos episodios.

Aunque posiblemente lo más interesante de esta primera temporada de Westworld sea la capacidad de Nolan y Joy para relacionar líneas argumentales que no solo se narran de forma paralela, sino que discurren en tiempos diferentes. El hecho de que este mundo del Oeste no envejezca, no cambie, permite a sus creadores jugar con el presente, el pasado y el futuro. Bajo el paraguas de ese “juego” que quiere resolver el personaje de Ed Harris (Retales de una vida), la historia aborda desde diferentes prismas el concepto de la evolución psicológica de los personajes, concepto presente en todas y cada una de las líneas argumentales que nutren estos primeros capítulos. Puede parecer que muchas de las historias son, sencillamente, elementos complementarios a la principal, pero la resolución de la temporada permite una visión tan amplia de la trama que todas las piezas terminan encajando en ese laberinto que el rol de Harris se afana por resolver.

Un laberinto, por cierto, en el que también se introduce al espectador, con el que se establece un juego de inteligencia y perspicacia basado no solo en los detalles visuales, sino en los conceptos sobre los que reflexionan los personajes. Ideas como que los robots solo ven lo que sus creadores quieren que vean, o su incapacidad para hacer daño, terminan siendo ideas fundamentales que no solo sostienen la coherencia de este universo, sino que provocan puntos de giro tan inesperados como impactantes, elevando la historia hasta niveles insospechados en un primer momento. La serie, que cuenta con el apoyo de J.J. Abrams (Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza) como productor, se revela así como una producción compleja, impecable en su factura técnica y con un trasfondo moral, humano y social sumamente sólido.

Actores y actrices

En efecto, esta primera temporada de Westworld es capaz de sobreponerse a sus fallos (si es que los tiene son menores) gracias a una constante reflexión en torno a la idea de lo que nos convierte en humanos, de esa capacidad para tomar decisiones. En este caso, a diferencia de la película original, no hay fallos mecánicos o de energía, sino una presencia en forma de código informático que abre la puerta al libre albedrío de las máquinas. A través de pequeños y aparentes fallos en su comportamiento, la trama cambia el prisma poco a poco para mostrar la verdadera realidad de una situación mucho más compleja, plagada de intereses y en la que pocos personajes terminan siendo lo que inicialmente fueron; es decir, la serie evoluciona, que al fin y al cabo es lo que se pide a toda historia.

Y en esta evolución tienen buena parte de responsabilidad los actores. Sostener una trama tan compleja, con tantas aristas y tantas lecturas, sería complicado si el reparto no está a la altura. Y lo cierto es que no solo asumen sus respectivos roles, sino que aportan algo más, ya sea físicamente o psicológicamente. Desde Anthony Hopkins (Noé), que comienza siendo una suerte de padre bondadoso para revelar su verdadera naturaleza, hasta Ed Harris (Una noche para sobrevivir), cuyo final no revelaremos por ser clave en la comprensión final de la trama, todos los actores acometen la difícil tarea de dotar de profundidad a los personajes, incluso aquellos definidos de una forma algo más burda y arquetípica.

En este sentido, destacan Thandie Newton (Huge), Jeffrey Wright (serie Boardwalk Empire) y Evan Rachel Wood (Los idus de marzo). La primera porque se convierte en el vehículo transformador de toda la historia, en la cara visible de un cambio que se produce a muchos niveles. A través de su personaje no solo se narra la revolución de las máquinas, sino que se descubre el dolor y la tortura a la que se somete a estos personajes. Tortura, por cierto, que se amplifica con el rol de Wright, cuyos giros argumentales en el tramo final son sencillamente abrumadores. En cuanto a Wood, su personaje es el epicentro de la trama, y a pesar de no desempeñar un papel fundamental en el desarrollo de la historia, es evidente que será clave en el futuro de la trama. Es, por así decirlo, el objetivo de todo lo narrado en estos episodios.

La primera temporada de Westworld se convierte, por tanto, en una de las producciones imprescindibles de la temporada. La espectacularidad y precisión de su factura técnica, posiblemente lo más llamativo del conjunto, es simplemente el envoltorio adecuado para una historia compleja que aprovecha los puntos de giro dramáticos para derribar las pretensiones del espectador de comprender algo de lo que ocurre. Y lo más fascinante de todo es que en apenas dos episodios todas las piezas de este parque temático encajan a la perfección para descubrir el fantasma dentro de la máquina, el mensaje que se nos transmite desde el principio y que no hemos podido, o no hemos sabido, ver. La guinda del pastel es que el final de estos 10 episodios deja la puerta abierta a un futuro mucho más apasionante.

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