‘Los Médici’ finaliza con una 3ª T. marcada por la lucha por el poder


Muchas veces, menos es más. Y en el arte cinematográfico eso es casi una máxima que hay que seguir a pies juntillas. Las series, como cualquier historia, tienen su duración, y extenderla más allá de lo que dicta el sentido común puede ser contraproducente. La serie Los Médici es un ejemplo de que con unas pocas temporadas y menos de 25 episodios no solo se puede narrar una gran historia, sino hacerlo con eficacia, sobriedad y, sobre todo, una claridad narrativa y formal que no tienen muchas series históricas. Su tercera temporada que ahora abordamos es, posiblemente, una de las mejores de esta ficción creada por Nicholas Meyer (Elegy) y Frank Spotnitz (serie The man in the high castle).

Y lo es porque, a diferencia de Señores de Florencia y la primera parte de El Magnífico, en estos 8 episodios absolutamente todo está vinculado con las luchas por el poder en sus diferentes expresiones. El tramo final en la vida de Lorenzo de Médici estuvo marcado por una constante tensión política con otras ciudades estado, con la iglesia y con las familias de la propia ciudad de Florencia. Y ese clima se traslada a cada plano, a cada aspecto de una historia en la que apenas hay lugar para la felicidad que sí desprendieron las dos anteriores temporadas, al menos en algunos episodios. A través de un tratamiento sencillamente brillante, sus creadores ahondan en la batalla interna de un hombre que busca el poder para enriquecerse, en efecto, pero bajo unos ideales de darle al pueblo una cultura, una vida enriquecida con arte y valores humanísticos. Frente a eso, los deseos de controlar la ciudad, su patrimonio, establecer alianzas y lograr establecer una relación de igual a igual (por lo menos) con la Iglesia.

Ese conflicto interno tiene su reflejo en un conflicto externo en forma de enfrentamientos con diferentes personajes, todos ellos definidos por una avidez de poder, incluso en aquellos aparentemente dóciles. Este paralelismo es lo que nutre tanto la trama como a los personajes para lograr no solo esa tensión constante que antes mencionaba, sino un crecimiento dramático que define el viaje del protagonista sorteando dificultades mientras intenta, en sí mismo, convertirse en un mejor hombre haciendo lo que considera mejor para su familia, para su ciudad y para él mismo. El dilema, y es ahí donde la serie se diferencia de muchas otras producciones, es que aunque mantiene el foco del relato en el arco dramático del personaje interpretado por Daniel Sharman (Immortals), en ningún momento le define como un héroe inmaculado frente a un grupo de antagonistas a cada cual más malvado, sino como a un hombre que, incapaz de separarse de su personalidad, cae en una espiral que le lleva al límite de la destrucción de todo aquello que ama.

Todo ello se enmarca en una serie de acontecimientos históricos que, sin duda, ayudan a concretar el desarrollo de esta tercera temporada de Los Médici. Más allá de enfrentamientos con la Iglesia, con ciudades estado cercanas o con personajes históricos como Girolamo Savonarola o Girolamo Riario, lo realmente interesante es el contraste que marca la serie entre el carácter más humanista y el más estadista de un personaje complejo, dinámico, en constante evolución y al que le llegó la muerte de forma prematura. Porque a la parte más belicista de la historia se suman las iniciativas para fomentar el arte, el encuentro con nombres como Boticcelli, Da Vinci o un jovencísimo Miguel Ángel, cuyos pocos minutos bastan para dejar intuir el talento que luego tendría el artista. Si bien es cierto que el arte ha estado siempre presente, en estos capítulos adquiere una mayor relevancia, o si se prefiere un mayor contraste al existir una línea argumental mucho más entregada a la política y la estrategia de los estados. Y es en este aspecto donde la serie aprovecha un interesante recurso narrativo.

Bruno Bernardi, el consejero

Dicho recurso es la creación de un personaje que represente la otra cara del protagonista, que asuma en su ser, confrontado con el héroe, la dualidad de sus emociones, de sus decisiones y de sus actos. Dicho de otro modo, y esto se vincula con lo mencionado al inicio, se pone rostro y estructura física externa a los conflictos internos de Lorenzo de Médici, en este caso a través de un consejero cuya existencia no ha sido acreditada, pero que vendría a representar a los consejeros que sí debió de tener el banquero en su momento. En todo caso, las estrategias políticas y sibilinas de este Bruno Bernardi, interpretado magistralmente por Johnny Harris (Jawbone), vienen a representar la deriva autoritaria que adquiere la política y las actuaciones del cabeza de la familia Médici, en contra de lo que representan el resto de miembros del clan de banqueros.

Esta fórmula permite, además, componer una evolución dramática de lo más interesante en esta temporada de Los Médici. Por un lado, el espectador asiste a la transformación del protagonista de forma gradual desde la aparición del personaje de Harris, comprobando cómo vierte su veneno en el oído del héroe, cómo este intenta rebelarse a lo que está ocurriendo y cómo al final se ve arrastrado por ese lado “oscuro” que le empieza a consumir. Pero por otro, los personajes secundarios actúan como espectadores y jueces de lo que le ocurre al rol de Sharman. Los diálogos apuntan siempre en esa dirección, y las escenas en las que alguno de ellos interactúa con el consejero de forma independiente pone de manifiesto que es sobre él sobre el que recaen todos los recelos del camino emprendido por el líder de Florencia. En este sentido se comprende mejor, por ejemplo, el final de este Bruno Bernardi, ajusticiado por el pueblo después de que Lorenzo salve a su máximo rival.

Esta secuencia del final de la serie viene a representar el arrepentimiento de Lorenzo, la aceptación del pueblo, que le libra de ese camino oscuro que había emprendido, y su opción de morir en paz, en su lecho, perdonando al que en ese momento es su enemigo, un Girolamo Savonarola al que da vida de forma espléndida Francesco Montanari (Sole cuero amore). La reacción de este predicador, que terminaría controlando Florencia durante algún tiempo, ante la actitud de Lorenzo en su lecho de muerte pone de manifiesto el vacío mensaje de sus palabras, preludio de la que luego será su muerte, diametralmente opuesta a la del banquero amante del arte y la cultura. Pero eso ya forma parte de la historia. En lo que respecta a la serie propiamente dicha, lo que nos encontramos es un descenso a los infiernos de un hombre que pierde el norte de su poder, abusando del mismo no por un afán absolutista, sino más bien por una pérdida de perspectiva de lo que necesitaba el pueblo.

El final de Los Médici con esta tercera temporada, la segunda sobre El Magnífico, pone de manifiesto lo que supuso la figura de Lorenzo para Florencia, para Italia y para el mundo. Sus contactos con Botticelli, Da Vinci o Miguel Ángel, y su defensa del arte en todas sus expresiones, permitió un florecimiento de la cultura como nunca antes había ocurrido. Estos últimos episodios lo reflejan tan bien como narran las luchas, los conflictos y las ansias de poder de todos los personajes. La serie aborda todos los acontecimientos de la forma más neutral posible, e incluso con las concesiones dramáticas de su conclusión para lavar la imagen de Lorenzo, la trama se sigue manteniendo sólida, compleja y extraordinariamente bien trabajada. En este sentido, la última etapa es un fiel reflejo de lo visto en estas tres temporadas, que abarcan algunos de los años más apasionantes de la historia de Europa. Sin duda una de las series más recomendables para los amantes de la Historia.

‘El escándalo (Bombshell)’: las tres caras del abuso de poder


Coincide en el tiempo con la serie La voz más alta, aunque por motivos obvios de formato, la película se centra únicamente en la caída de Roger Ailes vista, eso sí, a través de la mirada de las trabajadoras, en concreto de tres personajes que vienen a representar a decenas de mujeres. Pero quizá lo más interesante de la nueva película de Jay Roach (La cena) no sea nada de lo explícito que se puede ver en pantalla, sino de las reflexiones a las que invita el relato.

De hecho, El escándalo (Bombshell) es una obra previsible y hasta cierto punto arquetípica, construida sobre personajes reales que, sin embargo, se han podido ver en infinidad de films sobre temáticas similares en las que el poder, la ambición y la humillación del sexo opuesto son los principales ingredientes. Es más, el lenguaje visual de Roach es excesivamente academicista, en el peor sentido de la palabra. Sin fuerza, su narrativa se limita a exponer los hechos, apelando únicamente a la labor de sus tres actrices principales para salvar la función. Y vaya si lo hacen, por cierto. Charlize Theron (Tully), Nicole Kidman (The upside) y Margot Robbie (Dreamland) no solo componen unos personajes atractivos, sino que de forma conjunta vienen a representar tres caras muy diferentes de una misma lacra.

Y es aquí donde entramos en lo más interesante del film. La película reflexiona sobre el poder en un mundo de hombres, sobre la denigración de la mujer y el abuso de la posición que algunos directivos ejercen sobre ellas, considerándolas meros objetos de los que valerse a cambio de otorgarles una carrera construida sobre la mayor de las mentiras y el peor de los secretos. Todo eso con la campaña política de Donald Trump, sus constantes ataques a la mujer y la vinculación tan estrecha del polémico personaje con la cadena Fox. En cierto modo, y a diferencia de la serie, el personaje de Ailes es casi un secundario. Sí, es cierto que es el leit motiv de toda la historia, el motor que la hace avanzar, pero poco a poco la película se desvincula de él para convertirse en un relato sobre la situación de la mujer (y su lucha) en un mundo dominado por hombres retrógrados, misóginos y de cuestionables valores morales. Es en este contexto donde los personajes de Theron, Kidman y Robbie se revelan como símbolos, más que como roles. Y es en este contexto donde la película adquiere su mayor potencial, incluso aunque lo haga un poco tarde.

Lo más indignante de El escándalo (Bombshell) es, sin embargo, el texto final que señala cómo una cadena de televisión pagó más por la indemnización a un hombre que ha acosado a decenas de mujeres durante décadas, que por la indemnización a todas esas víctimas. Es la guinda de un relato que, en cierto sentido, resulta aterrador. Por lo demás, la película de Roach se puede entender casi como un telefilm basado en hechos reales, sin la fuerza narrativa que debería tener el relato desde su inicio (por cierto, un comienzo prometedor que rápidamente deja paso a un clasicismo formal que no encaja con la época en la que se desarrolla). En cualquier caso, su trasfondo dramático y moral, las reflexiones a las que invita y, sobre todo, sus tres actrices protagonistas, son motivos suficientes para disfrutarla.

Nota: 6,5/10

‘El vicio del poder’: un poder ejecutivo individual… y efectivo


A medio camino entre el documental, la comedia y el drama. Ese es el delicado equilibrio, y buena base del éxito, que logra Adam McKay (La gran apuesta) con su film sobre la vida y cuestionable obra de Dick Cheney. Una película compleja narrativamente hablando, irónica a cada paso que analiza y terriblemente trágica por cuanto expone unos hechos que cambiaron el rumbo del mundo de un modo tan crudo y desnudo que es difícil no plantearse muchas cuestiones sobre los dirigentes que nos gobiernan.

Pero vayamos a lo que nos importa, y es que este El vicio del poder es una cinta diferente, notablemente superior a casi todas las que pueden verse actualmente en una sala de cine. Y lo es porque su director logra conjugar de forma magistral todos y cada uno de los elementos de cualquier película, desde una caracterización y una interpretación sencillamente impecables hasta una banda sonora minuciosamente escogida que ensalza el verdadero significado de las escenas (ese final con la banda sonora de West Side Story es el mejor ejemplo). Todo ello compone un relato en el que el montaje es clave, pues no solo aporta ese toque documental al conjunto, sino que permite al espectador apreciar el subtexto que muchas veces puede no identificarse en este tipo de historias políticas. Un montaje que, por ejemplo, juega con la posibilidad de un final feliz para el planeta si Cheney se hubiera retirado a tiempo de su carrera política. Por cierto, a aquellos que hayan seguido la serie House of cards puede que les resulten familiares ciertos aspectos de la carrera de este político.

Posiblemente el mayor problema de este film sea su excesiva duración. La vida de Cheney, por muchos intensos momentos que tuviera, no aguanta un relato de más de dos horas, y ni siquiera la extraordinaria interpretación de Christian Bale (La promesa), más allá de sus 18 kilos de más, logra sostener el relato en muchos tramos. Por cierto, que Bale es en realidad la punta de lanza de un reparto en estado de gracia. Pero volviendo al ritmo narrativo de la cinta, McKay, a pesar de su extraordinaria labor, no es capaz de equilibrar adecuadamente los cambios de interés dramático que tiene el film. Y es algo que se nota incluso en el lenguaje visual. Las secuencias más importantes e interesantes están abordadas con un ritmo casi frenético, mientras que las más irrelevantes se afrontan casi con un lenguaje academicista, carente de la personalidad que caracteriza al film.

Esta irregularidad es la que impide que El vicio del poder sea una obra brillante, aunque no tanto como para que no estemos hablando de una película más que notable. Su montaje, el humor con el que afronta algunos de los hechos más oscuros de la reciente historia de Estados Unidos, la labor del reparto (más allá de transformaciones o caracterizaciones), el narrador y su relación con los hechos o la música componen un relato que no solo entretiene en su mayoría, sino que invita a reflexionar sobre lo que ha ocurrido en el mundo en los últimos 20 años. Que una película ofrezca al espectador la base para un debate, aunque sea interno, y le obligue a mirar los acontecimientos más recientes con otros ojos es ya de por sí algo por lo que merece la pena revisionar varias veces esta cinta. Y si lo hace con el estilo personal y transgresor de McKay, el interés se multiplica.

Nota: 8,5/10

‘House of cards’ pierde el norte en una última temporada innecesaria


El caso de la serie House of cards va a ser objeto de estudio con el paso de los años, y por varios motivos. Esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) es el mejor ejemplo de que una historia no debe alargarse por motivos ajenos a los puramente creativos. Estoy hablando, claro está, de la salida de Kevin Spacey (American Beauty) por los casos de abusos y la consecuente sexta temporada, muy lejos del nivel que tuvieron las anteriores y, sobre todo, ajena completamente a una coherencia narrativa propia de cualquier serie. Habrá quienes hayan puesto en cuestión si los acontecimientos narrados hasta ahora son más o menos fantasiosos, si son más o menos creíbles en un contexto de falsa realidad como el que expone la serie. Personalmente, viendo a algunos presidentes que han dirigido la Casa Blanca en las últimas décadas creo que la serie encaja perfectamente en el realismo, pero de lo que no cabe duda es de que estos últimos 8 episodios dejan una mala e indeleble huella en el conjunto.

Y lo más alarmante de todo es que no habría sido necesaria esta sexta y última temporada. El final de la anterior etapa, aunque algo abierto, cerraba un ciclo de forma más que notable, con una suerte de golpe de estado encubierto de una esposa a su marido, tomando el control de la Casa Blanca y demostrando que ella es, si cabe, más sibilina que él. La ausencia de Spacey, unida a una falta completa de un plan para esta circunstancia, hacen que estos capítulos carezcan de un sentido dramático y argumental. Es lo que suele ocurrir cuando se quiere narrar mucho en muy poco tiempo. A la reducción de episodios con respecto a temporadas anteriores se une la presencia de nuevos personajes cuyo papel en este castillo de naipes apenas queda aclarado, y desde luego no llega nunca a desarrollarse como debería.

Y sobrevolando todo esto, la figura de Spacey. Su ausencia absoluta de la serie alcanza cotas ridículas. Sus fotografías aparecen sutilmente sin la cabeza en el plano, y los pocos audios en los que pudiera escucharse su voz se presentan a través de artimañas narrativas que, dicho sea de paso, resultan un tanto absurdas tanto en el contexto dramático en el que se encuentran como en el tono serio y oscuro de toda la serie. Y a pesar de los intentos por no tenerle en imagen, su figura está constantemente presente en toda la temporada. Si bien es cierto que esta última etapa pertenece al rol interpretado por Robin Wright (Wonder Woman), en realidad el grueso de la trama principal de House of cards está motivado constante por ese Frank Underwood que tanto ha fascinado durante años gracias, entre otras cosas, a la extraordinaria labor de Spacey.

Puede que este sea uno de los motivos por los que la trama no termina de funcionar correctamente. Demasiadas historias secundarias, demasiados personajes que no aportan demasiado, y sobre todo una necesidad de resolver la ausencia de Spacey de la forma más lógica posible. Todo eso genera una mezcla que sus creadores no son capaces de equilibrar, entregándose por completo a un desarrollo marcado por el extremo, por el histrionismo contenido en esos caros trajes y esos elegantes despachos. El final de la temporada, y consecuentemente de la serie, es la mejor evidencia de la deriva absurda que toma la trama, que busca sin éxito una explicación racional a algo completamente ilógico. Y no estoy hablando del desarrollo del arco argumental, que también, sino al hecho de que esta temporada no era necesaria, al menos no en estos términos.

Embarazos embarazosos

Pero entremos en el detalle. Estos 8 episodios ponen el foco y la complicidad con el espectador en la figura de Claire Underwood. Y aunque Wright vuelve a demostrar la increíble actriz que es, lo cierto es que la temporada evidencia que este personaje es único… como un secundario. Ya sea por una narrativa sin un objetivo claro, o porque el personaje realmente no da para tanto, lo cierto es que el protagonismo de esta Primera Dama reconvertida en primera Presidenta de Estados Unidos carece de la fuerza de su predecesor. Y a ello contribuye sobremanera la definición de su personaje que hacen a lo largo del relato o, mejor dicho, la resolución del mismo a los planteamientos inicialmente expuestos.

Y me explico. Durante los primeros compases de esta temporada asistimos a un planteamiento que, con sus más y sus menos, anuncia un cierto suspense político en el que se puede apreciar una estrategia de la protagonista. Sin embargo, a medida que transcurren los episodios dicha estrategia se diluye poco a poco hasta quedar en nada, no tanto por la inacción de la protagonista como por los acontecimientos que se suceden a su alrededor, amén de algunos hitos dramáticos cuestionables como esa presunta crisis que sume a la Presidenta en una depresión. La suma de elementos lleva la serie por un camino no solo ajeno a lo visto hasta ahora, sino alejado de la realidad, apostando más por una suerte de drama personal que perfectamente habría encajado en otro tipo de ficción algo menos elaborada y a todas luces de menor calidad dramática y artística que House of cards.

Aunque sin duda el aspecto dramático más polémico es el embarazo de la protagonista, que irrumpe en el desarrollo argumental como un Deus ex machina para tratar de dar un giro a la trama. Giro que, por cierto, provoca el efecto contrario, pues no solo no aporta el pretendido dramatismo a la historia, sino que aporta a la trama un carácter aún más incomprensible y ridículo al plantear más preguntas y dar pocas de las respuestas que cabría esperar. Esto sumado a la resolución de la trama principal en torno a lo que realmente ha ocurrido con el personaje de Frank Underwood convierte el final de temporada en casi una parodia de sí mismo, enrevesando innecesariamente un final que podría haber sido mucho más sencillo si se hubiera dejado ir del todo al rol de Spacey. Baste decir que los argumentos finales de los dos personajes implicados en la última escena son el reflejo de lo que ha sido esta temporada en todos los sentidos.

Lo cierto es que apena mucho comprobar cómo una producción puede dar al traste con una seña de identidad construida durante años en tan solo un puñado de episodios. House of cards, con sus posibles excesos según se mire, es una serie adulta, sobria, oscura y tremendamente inteligente, en la que ni un solo personaje sobra y en la que toda trama, sea principal o secundaria, tiene influencia sobre cualquier detalle del conjunto. Pero eso es hasta esta sexta y última temporada. El desarrollo dramático, limitado por falta de espacio, la presencia de nuevos personajes sin el trasfondo necesario, y sobre todo una falta de objetivo en la resolución de esta compleja historia convierten esta etapa en un mal reflejo de lo que alguna vez fue la serie. Entiendo la decisión de la productora de apartar a Spacey, pero había muchas y mejores soluciones que la adoptada para dar un final con sentido a una ficción de estas características. Los Underwood nos dejan con mal sabor de boca.

‘Múltiple’: el poder de la mente


Anya Taylor-Joy y James McAvoy son los principales protagonistas de 'Múltiple'.Somos lo que pensamos que somos. Así, con una frase tan sencilla como profunda, se podría definir el nuevo film de M. Night Shyamalan (El protegido), una propuesta tan original como aparentemente simple que esconde, como su protagonista, numerosas interpretaciones, algunas más interesantes que otras. De lo que no cabe duda es de que su máximo responsable ha abandonado fórmulas efectistas para centrarse en un mensaje más elaborado, más reflexivo.

En este sentido, Múltiple se puede entender como un sencillo thriller de supervivencia, pero sería simplificar en exceso los niveles interpretativos que ofrece la trama. Su desarrollo dramático, planteado con inteligencia, peca en algunas ocasiones de un ritmo algo lento, pero eso le permite evolucionar hacia terrenos nuevos casi a cada momento. Del secuestro de las jóvenes al tratamiento de la personalidad múltiple; de aquí al poder de la mente sobre el cuerpo; y de aquí a un final sin grandes giros argumentales pero indudablemente atractivo con los abusos como telón de fondo.

Y en medio de todo ello, el gran pilar de esta historia. James McAvoy (Expiación) da rienda suelta a todo su potencial poniéndose en la piel de casi una decena de personajes con sus manías y costumbres, con sus personalidades y sus problemas, con sus edades y sus diferentes sexualidades. El actor logra no una, sino múltiples interpretaciones brillantes, acaparando toda la atención de un modo casi mágico. Evidentemente, su cuerpo no cambia, por lo que resulta incluso más interesante comprobar cómo es capaz de mimetizarse con los diferentes personajes sencillamente con su rostro.

Posiblemente el mayor problema de Múltiple es que no tiene giros argumentales de especial relevancia. Más allá de sorpresas de última hora (más que sorpresa, lo que hay es un guiño a otro film del propio director), lo cierto es que la historia se desarrolla de forma bastante lineal, lo cual resta algo de tensión dramática en determinados momentos. Con todo, la forma de desarrollar el argumento, desvelando capas a medida que se ahonda en la complejidad del protagonista, supone un viaje tremendamente atractivo e interesante.

Nota: 7/10

‘Supergirl’, o cómo convertir una 1ª T. en un cúmulo de referencias


Melissa Benoist da vida a 'Supergirl' en su primera temporada.Si Arrow fue la punta de flecha del mundo DC en la televisión, The Flash se ha convertido en el producto irónico y destinado a distraer al espectador. Y con estas referencias, la nueva superheroína necesitaba diferenciarse de algún modo de sus predecesores. Es por eso que Supergirl ha tenido que recurrir a una fórmula ya conocida aunque no por ello menos eficaz. Ali Adler (serie The new normal) y los creadores de este mundo superheroico en televisión, Greg Berlanti y Andrew Kreisberg, optan por el humor adaptado a una serie de referencias cinéfilas, seriéfilas y de los cómics originales que buscan en todo momento hacer las delicias de los más fieles seguidores, pero que pierden por el camino una importante máxima narrativa.

Dicha máxima es, precisamente, que cualquier historia tiene que intentar llegar al máximo número de receptores posible. Ahí estuvo, por ejemplo, el éxito del arquero verde. El problema de esta prima del hombre de acero es que en su primera temporada de 20 episodios apenas ha tenido una definición propia. Todo en ella recuerda a algo, sobre todo si se tiene cierto conocimiento del universo en el que transcurre la historia. El dibujo de la heroína principal, a cargo de Melissa Benoist (Whiplash), no tiene grandes dilemas internos y presenta unos valores rectos que la convierten en una “niña buena”. Los villanos, ya sean terrícolas o extraterrestres, la atacan por miedo, por ignorancia o por venganza. Y ella al final salva el mundo aunque el mundo no quiera ser salvado.

El arco dramático de la protagonista y de estos primeros pasos de Supergirl se convierte, de este modo, en un refrito de historias, en una sucesión de aventuras que, aunque tiene un cierto hilo conductor dramático relacionado con el pasado de los protagonistas, en el fondo no ofrece ninguna carga dramática añadida a un presunto trasfondo moral o personal de la heroína. Dicho de otro modo, con roles más o menos planos las historias se vuelven, pues eso, planas, y en consecuencias las aventuras, recurriendo a notables efectos digitales, buscan únicamente un entretenimiento sencillo, directo e intrascendente.

Con todo, esta primera temporada logra en su tercio final ofrecer al espectador algo más, una cierta complejidad dramática que desvela ciertas caras ocultas hasta ese momento de muchos de los personajes principales. Esto, unido a decisiones poco ajustadas a la recta moral de la heroína, hacen que la trama apunte a algo diferente que habrá que descubrir en su segunda etapa, estrenada hace algunas semanas y que, aunque es evidente que no modificará sustancialmente su esencia, sí podría aportar algo más de entramado narrativo a un desarrollo excesivamente lineal y deliberadamente carente de conflictos reales más allá del malo de turno al que derrotar.

Secundarios al poder

Curiosamente, y esto empieza a ser algo habitual en este tipo de producciones, los personajes más interesantes son los secundarios. Frente a la debilidad inherente del personaje de Supergirl (debilidad dramática, claro está), roles como el de Calista Flockhart (serie Cinco hermanos) o el villano/aliado interpretado por Peter Facinelli (Crepúsculo) se convierten muchas veces en auténticos protagonistas de la trama por encima de la mujer de acero. Y esto, en cierta medida, también es una traslación de lo que le ocurre al personaje de Superman, lo que no deja de confirmar que esta serie es una suerte de reinterpretación de sus aventuras en clave femenina, cuando en realidad debería ser algo diferente.

Y me explico. Frente a la ausencia de Lois Lane o de Lex Luthor, los creadores de la serie se han buscado a una periodista con garra y que lucha por lo que considera correcto que interpreta magníficamente Flockhart, no sin ciertas referencias a aquel rol que plasmó para la eternidad Margot Kidder en Superman (1978), y que al final se convierte en un modelo para la joven heroína tanto dentro como fuera de la redacción en la que trabaja. Del mismo modo, aunque de forma menos evidente, la interpretación de Gene Hackman (Sin perdón) en aquel film también está presente en la labor de Facinelli, a medio camino entre el odio a lo que no conoce y la necesidad de hacer el bien. Por supuesto, la influencia de Lex Luthor se aprecia más en el aspecto del odio.

Ambos personajes son, sin embargo, solo un ejemplo de lo que ocurre en esta serie. En realidad, la historia sobre esa organización secreta que protege al planeta de los extraterrestres o todo lo que tiene que ver con el pasado de la protagonista son los grandes pilares narrativos en los que se sustenta esta primera temporada. Y en mayor o menor medida, aunque todos ellos cuentan con la heroína como nexo de unión, en realidad el personaje de Benoist no deja de ser eso, un nexo que podría cambiarse o sustituirse y no pasaría nada, o al menos no demasiado. Dicho de otro modo, su influencia en las diferentes historias que aparecen en la trama es mínima, en algunos casos nula.

Todo ello convierte a esta primera temporada de Supergirl en un producto excesivamente limpio, sin conflictos dramáticos excesivamente complejos y con una clara apuesta por el entretenimiento más simple y directo. Y es una apuesta tan legítima como cualquier otra, pero el problema es que los personajes carecen de dimensión y tienden a convertirse en estereotipos. Eso por no hablar del desarrollo plano de las tramas. La esperanza se encuentra en el final de la temporada, más agresivo y marcado por el impacto dramático de algunas decisiones que, esperemos, abra una nueva vía narrativa en la segunda temporada. Por supuesto, no espero que sea un cambio radical, pero sí al menos una modificación de la tendencia que se sigue hasta ahora.

‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

‘Cien años de perdón’: quien roba a un ladrón…


El robo de 'Cien años de perdón' tiene un motivo oculto.Puede que se haya presentado como un thriller al más puro estilo hollywoodiense, pero la verdad es que lo nuevo de Daniel Calparsoro (Guerreros) tiene mucho de sentimiento patrio y poco de influencia norteamericana. Tal vez en las formas, más que en otra cosa. Y precisamente es esa cercanía con España y la convulsa realidad política y social que vive el país la que convierte a este film en un ejercicio dramático interesante.

De hecho, llega un punto de Cien años de perdón en el que resulta más interesante el contexto político y las intrigas entre agentes del Gobierno que el propio futuro del grupo de ladrones. En este sentido, la evolución dramática de la historia cambia claramente el peso de la acción convirtiendo a los criminales en víctimas, casi héroes, y a los dirigentes en titiriteros que se enredan con sus propios hilos hasta formarse una soga de la que no pueden escapar. No existen, por tantos, grandes giros argumentales al estilo Hollywood. Ni siquiera hay sorpresa final, al menos no con un clímax como cabría esperar de un thriller de este tipo.

Pero es que tampoco se busca. La trama aborda en todo momento las relaciones de poder entre las clases dirigentes que todo lo pueden y los individuos obligados a actuar casi a ciegas. Significativo es el comienzo en el banco, con esos ciudadanos que buscan desesperadamente una solución a sus problemas en una entidad que, precisamente, solo busca su propio interés. Ese paralelismo se extrapola hasta magnitudes mucho mayores a lo largo del desarrollo dramático, obteniendo una radiografía más que notable de la situación política y social del país. A todo ello se suma una puesta en escena sobria y alejada de ocurrencias formales y un reparto impecable, con especial mención a Luis Tosar (También la lluvia) y Rodrigo De la Serna (Diarios de motocicleta).

Lo cierto es que Cien años de perdón se revela como un thriller muy completo, alejado de recursos convencionales (al menos en sus momentos clave) y con una clara apuesta por el equilibrio entre drama, suspense y comedia. Sí, comedia, porque uno de sus momentos más recordados solo logra arrancar carcajadas. Y es esta capacidad para introducir el humor en la situación dramática que se vive (tanto la que narra la historia como la que hace referencia implícita a la corrupción de la política española) lo que más puede llegar a agradecerse. En definitiva, un film muy completo que confirma que en España se puede hacer cine serio, complejo e interesante.

Nota: 7,5/10

3ª T de ‘Ray Donovan’, vender el alma para lograr la mejor temporada


Liev Schreiber e Ian McShane marcan el desarrollo de la tercera temporada de 'Ray Donovan'.La serie creada por Ann Biderman (Las dos caras de la verdad) y protagonizada por Liev Schreiber (El mayordomo) ha mantenido un nivel más que aceptable en sus dos primeras temporadas, ahondando fundamentalmente en los problemas familiares, en el pasado y en el modo en que afectan a los personajes. Pero la tercera temporada de Ray Donovan ha sido, sencillamente, increíble. Y lo ha logrado, curiosamente, abandonando las tramas del pasado para centrarse en el futuro.

Estos nuevos 12 episodios sitúan al protagonista, hombre controlador donde los haya, ante situaciones que no controla, ante un mundo que, a priori, está fuera de su alcance y al que, sin embargo, quiere aferrarse desesperadamente para solventar su vida y la de su familia. En este contexto, los conflictos dramáticos de la temporada adquieren una mayor importancia, en tanto en cuanto el desarrollo obliga al personaje a algo a lo que no está acostumbrado: a vender su alma para poder salvar a los que quiere. A lo largo de los episodios ha sido tan habitual ver al héroe hacer y deshacer a su antojo, que verle atado de pies y manos por una familia más poderosa es algo sumamente atractivo.

Claro que no todo depende de la solidez dramática de esta tercera temporada. Las incorporaciones que presenta Ray Donovan en esta entrega tienen mucho que decir, fundamentalmente Ian McShane (El niño) y Katie Holmes (serie Dawson crece), brillantes en sus respectivos papeles. Más allá del héroe, el mundo creado por estos personajes, padre e hija, deja la violencia que desprende el rol de Schreiber como una mera anécdota. Y no porque sean viscerales, más bien al contrario. La capacidad de destruir con el poder y la influencia a quien quieran, de manipular los hechos para beneficiarse, y de controlar todo a su alrededor, les convierte en lobos con piel de cordero, algo a lo que todavía no estaba acostumbrada la serie.

Por ello, la temporada se torna mucho más atractiva de lo que fueron las anteriores etapas. Tal vez ha tenido mucho que ver el hecho de que la segunda entrega de episodios requirió de un análisis en profundidad del pasado de la familia Donovan, lo que terminó perjudicando el ritmo del conjunto. Sea como fuere, lo cierto es que la apuesta por hacer avanzar la acción a través de la introducción de nuevos personajes (y de retomar tramas abiertas anteriores) ha sido exitosa, hasta el punto de convertir esta tercera etapa en la mejor hasta la fecha.

Problemas del pasado

Pero la verdadera riqueza de Ray Donovan radica en su facilidad para integrar en un todo armónico todas las tramas, enriqueciéndose unas con otras para volver más complejas las relaciones entre los protagonistas. De hecho, es a raíz de una línea dramática heredada de la segunda temporada que el protagonista vende su alma. Pero es precisamente por eso por lo que, al final, se desencadenan una serie de acontecimientos que permiten ver, por primera y quizá última vez, al héroe de esta trama sin su coraza.

Y de nuevo es el personaje de Jon Voight (Cuestión de honor) el elemento perturbador de todo el desarrollo dramático. Lo cierto es que, sin su presencia, la serie no sería lo mismo. Tal vez porque es el único personaje que va por libre, tal vez porque es la verdadera némesis del héroe (y eso que es su padre), lo cierto es que ha recuperado con fuerza el carácter catalizador de los mayores dramas que presenta esta tercera temporada.

De hecho, sin él no habría tenido lugar el desenlace que se ha producido. No me refiero tanto a las acciones en sí mismas como al desarrollo de toda su trama, que termina como quería el personaje de Schreiber, aunque con una mayor carga trágica y dramática. La capacidad de Mickey Donovan para destruir todo y a todos los que le rodean se convierte, en definitiva, en el segundo motor de la serie, generando un notable contraste con el protagonista, cuyo fin es, precisamente, tratar de salvar todo y a todos los que le rodean.

Lo que deja en el recuerdo esta tercera temporada de Ray Donovan es a un héroe que afronta sus horas más bajas. A un hombre acostumbrado a controlar y a lograr el éxito que debe plegarse a las exigencias de otros para poder salvar a su familia. Y en esa debilidad, en ese conflicto interno y externo, es donde más crece la serie. ¡Ah!, y no hay que olvidar al personaje de Dash Mihok (El lado bueno de las cosas), el hermano pequeño de los Donovan. Su evolución en esta temporada es brillante, y el actor ha sabido estar a la altura. El broche de oro para una temporada impecable.

La 3ª T de ‘House of cards’ entrelaza matrimonio, ambición y poder


Las relaciones entre Estados Unidos y Rusia adquieren protagonismo en la tercera temporada de 'House of cards'.Después del final que tuvo la segunda temporada de House of cards parecía evidente que algo tenía que cambiar. No porque sea una mala serie, al contrario. Más bien, la anterior etapa fue tan buena que marcó un antes y un después en la serie, hasta el extremo de que su conclusión ponía punto final a las ambiciones que siempre se habían asociado al matrimonio Underwood. La expectación reside, por tanto, en descubrir si estos nuevos 13 episodios son capaces de mantener una historia de la complejidad y el atractivo de esta. Y habrá quien considere que ha sido mediocre; habrá quienes crean que es tan brillante como las anteriores. Sea cual sea la opinión, la clave hay que hallarla en la pareja formada por Kevin Spacey (Margin call) y Robin Wright (Moneyball: Rompiendo las reglas), sin duda los grandes pilares de la serie.

Porque si algo tiene de diferente esta nueva entrega de la serie es que centra buena parte de su desarrollo dramático en explorar los conflictos, los deseos y el pasado del matrimonio protagonista, y cómo una relación nutrida por la ambición puede llegar a dinamitarse una vez se han cumplido los objetivos. En este sentido, el arco que protagoniza la trama principal (que nadie se engañe, esta temporada ha sido de ellos en exclusiva; el resto han sido complementos) se revela como uno de los más complejos e interesantes de toda la ficción, sobre todo porque sabe beber de lo desarrollado en las etapas anteriores para generar un proceso plagado de giros dramáticos que deriva en un clímax tan simple como determinante.

Es más, a diferencia de lo que ocurre en otras temporadas, esta nueva etapa de House of cards simplemente ha cambiado las reglas del juego. Habrá que esperar a la cuarta temporada para descubrir el camino que toman sus responsables dramáticamente hablando, pero lo que está claro es que la situación no va a volver a ser la misma. Esto evidencia algo que puede pasarse por alto: que la evolución de los personajes es profunda, compleja y sin retorno posible, lo que convierte a la trama en algo más que un simple recorrido por los problemas de gobernar la Casa Blanca.

El tratamiento dado a la relación, nutrido por las numerosas tramas secundarias y el recurso (bendito recurso) de convertir al espectador en cómplice de las maquinaciones del rol de Spacey, es simplemente brillante. Todos y cada uno de los pasos que da la serie está planteado para separar las posiciones iniciales hasta hacerlas casi incompatibles. Por supuesto, esto encuentra su reflejo en un fenómeno que aparentemente no tiene relación, pero que está íntimamente conectado. Hasta ahora, los seguidores de la serie estaban acostumbrados a comprobar cómo Frank Underwood lograba el éxito en todas sus maquinaciones. Decir que todo sale mal en esta temporada sería quedarse corto.

La Rusia de V. P.

El ejemplo más evidente de que ambos conceptos, matrimonio y gobierno, están relacionados reside en los últimos minutos del episodio final de House of cards, cuando la única victoria que logra el personaje de Spacey no es compartida por el de Wright. Una victoria pírrica cuyo coste todavía no se ha llegado a atisbar. Es cierto que la temporada no ha contado con tantos momentos inolvidables como tuvo la segunda, e incluso la primera. Pero si algo ha dejado en la retina es esa crítica feroz, ácida y descarada al presidente de Rusia, Vladimír Putin.

De hecho, la relación entre Estados Unidos y Rusia centra buena parte del desarrollo dramático de la serie, con un tira y afloja en escenarios tan variados como el despacho oval o la ONU. El morbo, claro está, reside en apreciar los matices de unos diálogos en los que se palpa la tensión sin demasiado esfuerzo debido al carácter de los personajes y su paralelismo en la vida real. Pero la sorpresa está en que los responsables de la serie no dudan en ningún momento en atacar el tipo de liderazgo de Putin, incluyendo referencia directa al conflicto con el grupo de música Pussy Riot, y tomando como referencia sendas fotografías del líder ruso con George Bush.

Ni siquiera el nombre varía demasiado. Viktor Petrov (V. P.) alcanza su máxima expresión gracias a Lars Mikkelsen (serie Forbrydelsen), quien más allá de la caracterización crea un personaje casi tan indeseable como el propio Underwood. Sus duelos dialécticos, la frialdad en su trato o la dureza de las negociaciones es, desde un punto de vista puramente dramático, de lo mejor que ha dado la serie, demostrando que no solo se puede criticar el funcionamiento político de Norteamérica. Es más, los altibajos de esta relación van de la mano de los conflictos internacionales a los que se enfrenta el protagonista y de los problemas maritales que se gestan poco a poco en el seno de la Casa Blanca.

Una conexión que revela el que posiblemente sea el punto fuerte de la serie. House of cards es capaz de entrelazar todos y cada uno de sus aspectos para convertir las diferentes tramas en un único ser, en un único arco dramático que acompañe al espectador por los entresijos de la política y las relaciones personales. Si el Presidente de los Estados Unidos se enfrenta a una crisis internacional se debe, en buena medida, a las exigencias de su matrimonio. Y si el matrimonio se rompe, la causa hay que buscarla en la soledad del gobernante. Todos y cada uno de los elementos se nutre del resto, pero también los alimenta, creando un ser orgánico que evoluciona y reacciona de forma natural. Personalmente creo que ha sido una buena temporada, tal vez no a la altura de las anteriores pero indudablemente brillante.

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