‘Ben-Hur (2106)’: Roma bajo el sino de los tiempos


Jack Huston y Toby Kebbell compiten en 'Ben-Hur', versión de 2016.El cine es, o debería ser, un reflejo de la situación política, social y económica en la que se realiza. Pero una cosa es eso y otra muy distinta tergiversar deliberadamente una historia para obligarla a cumplir con ese precepto. Esta última idea, demasiado presente en lo nuevo de Timur Bekmambetov (Wanted), es la que provoca que una película más o menos interesante derive en un sinsentido moralista de dudosa credibilidad.

En efecto, Ben-Hur (2016) es un remake intenso, visualmente impecable y con muchos aciertos, uno de ellos darle más presencia al personaje de Messala, interpretado por un irregular Toby Kebbell (El aprendiz de Brujo). Y es que con ello se da más presencia al Imperio Romano y, de paso, al aspecto conquistador, violento y criminal de la expansión romana. En este sentido, resultan interesantes los conflictos morales y humanos del personaje, representando la dualidad de un mundo que lucha por conseguir la paz a través de la violencia. Asimismo, la relación entre los protagonistas queda excepcionalmente bien desarrollada, ofreciendo al espectador una visión más profunda de sus motivaciones y del modo en que sus sentimientos cambian a lo largo de la trama.

El problema es la trama en sí, o mejor dicho el tratamiento dramático que se realiza. Y es que la historia parece desinflarse al introducir problemas innecesarios cada vez más abrumadores a medida que se acerca el final. Por supuesto, la resolución del conflicto entre Ben-Hur (notable Jack Huston, visto en la serie Boardwalk Empire) y Messala es algo tan disparatado como innecesario, pero hay más. La introducción de un personaje secundario totalmente anecdótico al que se le quiere dar más importancia de la que merece; la falta de tratamiento serio de la historia de Jesucristo; poco o nulo desarrollo de algunos secundarios más relevantes.

La pregunta que cabe hacerse es ¿por qué? ¿Por qué tergiversar una historia épica de odio, traición, venganza y perdón modificando la naturaleza de los personajes (y por extensión de lo que representan) con un milagro divino? La respuesta creo que hay que buscarla fuera de la pantalla. En un contexto mundial en el que los pueblos cada vez parecen odiarse cada vez más, la cinta trata de convertirse en una suerte de hermanamiento fraternal entre pueblos tan dispares como el musulmán, el judío y el romano. Y eso, por muy buena voluntad que pueda tener, parecía poco probable en la época romana, sobre todo después de suceder lo que sucede durante la trama. El resultado es el mencionado: se retuerce el desarrollo natural de una historia para forzar un final marcado por los tiempos actuales. Y eso, salvo que se trabaje desde el minuto uno, no suele salir bien.

En resumen, Ben-Hur (2016) comienza bien, posee algunos momentos realmente épicos (la carrera de cuadrigas es espléndida) y ofrece una interesante visión del Imperio Romano en la época de Jesucristo. Ahora bien, la cinta pierde fuelle hacia el final de la trama, y lo hace casi por voluntad propia, modificando no solo la historia que todo espectador con cierta edad tiene en la retina, sino transformando por obra y designio de Dios (y esto es casi literal) a dos personajes enfrentados en dos hermanos. Que Bekmambetov se sienta más o menos cómodo con esta cinta es algo casi secundario (aunque tiene su relevancia que solo parezca disfrutar con las secuencias de acción); el problema es de guión, flojo en demasiados momentos y con tendencia a la autodestrucción más ilógica que se pueda ver en una pantalla.

Nota: 6/10

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‘El renacido’: sobreviviendo a una experiencia fílmica excepcional


Leonardo DiCaprio es 'El renacido' de Alejandro G. Iñárritu.Se ha anunciado como la película del año, como el título que arrasará en la gala de los Oscar. No sé si finalmente eso llegará a ocurrir, pero desde luego lo nuevo de Alejandro G. Iñárritu después de Birman o (La inesperada virtud de la ignorancia) es uno de los proyectos más complejos, arriesgados, bellos e intensos que puede vivirse en una sala de cine. Y el principal motivo es que, aunque se ha vendido como una cinta de supervivencia, en realidad es mucho más, ofreciendo una complejidad emocional tan sutil que puede pasar desapercibida en un primer momento.

Desde la fotografía hasta la banda sonora, pasando por la interpretación o la puesta en escena, todo en El renacido (The revenant) está al servicio de un único fin: narrar la angustiosa búsqueda de venganza de un padre asediado por el dolor, los enemigos y un paraje inhóspito. Bajo esta premisa, por ejemplo, Iñárritu vuelve a recurrir a los planos secuencia en los momentos dramáticos más intensos, introduciendo al espectador no solo en la acción, sino en el miedo y la adrenalina de los personajes. Que el ataque inicial es una de las mejores secuencias del año es indudable, del mismo modo que el ataque del oso es imborrable una vez se ha tenido la suerte de verlo.

Pero de nuevo, la película es mucho más. Si Leonardo DiCaprio (La playa) se merece todos los premios habidos y por haber (y no por las exigencias físicas precisamente), lo de Tom Hardy (Warrior) empieza a resultar clamoroso. Su encarnación de un hombre asqueado con los nativos americanos y motivado únicamente por el dinero es excepcional, generando algunos de los instantes más interesantes desde un punto de vista puramente dramático. Y son solo los dos ejemplos más evidentes de un reparto sin parangón. Si a esto añadimos una fotografía con luz natural que aprovecha al máximo las posibilidades del paisaje, una banda sonora que incide en la angustia del protagonista, y algunos momentos realmente indigestos, lo que se obtiene es un film excepcional.

Habrá quien diga, como de hecho ya puede oírse, que El renacido (The revenant) es muy lineal, que su trama no afronta grandes giros argumentales ni posee un desarrollo de personajes excesivamente profundo. Y hasta cierto punto, podría ser cierto. Pero una reflexión algo más pausada de lo visto en esta historia de dos horas y media desmonta todo argumento posible. Su intensidad dramática, la venganza como hilo conductor tanto de héroes como de enemigos, y el perfecto y preciosista acabado formal hacen de esta obra una narración intensa, emocional y por momentos angustiosa. Y el cine al final es eso: hacer que el espectador viva una película.

Nota: 9/10

‘The Honourable Woman’, thriller político en una miniserie de cine


Maggie Gyllenhaal es 'The Honourable Woman' en las tramas de espionaje de la miniserie.A medida que pasan los años, y el peso de las series de televisión es mayor tanto en el imaginario colectivo como en la escena audiovisual, es más evidente que su éxito se debe no solo al formato, idóneo en una sociedad con un déficit de atención creciente, sino a la calidad de tramas y personajes. Pero cada vez es más habitual encontrar cine en las series. Si alguien se pregunta qué diantres significa eso, que se acerque a una joya del thriller político titulada The Honourable Woman, miniserie escrita y dirigida por Hugo Blick (serie The shadow line) que se ha convertido en una de las últimas revelaciones de este 2014. Y la verdad es que nada en ella deja indiferente.

La historia de 8 episodios, con numerosos saltos temporales hacia el pasado, narra fundamentalmente la relación de dos hermanos judíos que dirigen una de las más importantes compañías del mundo cuyo objetivo, a través de sus proyectos, es crear por fin un puente entre Israel y Palestina, de modo que las fronteras, los odios y los rencores se difuminen. Motivados por el asesinato de su padre, del que fueron testigos cuando eran muy pequeños, sus esfuerzos se verán rápidamente envueltos en una maraña de confabulaciones, intereses políticos y espionaje internacional que les situará, además, en el punto de mira de aquellos que claman venganza por las atrocidades cometidas por su padre, cuyas acciones eran totalmente contrarias a las de sus hijos.

Pero esto es únicamente una visión general de lo que realmente cuenta The Honourable Woman. Su trama principal, que se puede decir que gira en torno al secuestro de un niño, está en realidad compuesta por un sinfín de desarrollos secundarios que generan una estructura sólida y compleja de la que es imposible escapar. La tela de araña creada alrededor de los personajes interpretados notablemente bien por Maggie Gyllenhaal (Hysteria) y Andrew Buchan (serie Broadchurch) es tan densa que cada diálogo, cada mirada, posee un significado propio, único y, sobre todo, muy revelador. Nada está dejado al azar, y desde luego nada ocurre por casualidad, a pesar de que la magnífica estructura narrativa, potenciada por el montaje de la serie, pueda sugerir lo contrario en alguna ocasión.

Gracias a dicha estructura, por cierto, la serie encuentra su propia personalidad para erigirse como un thriller en el que la política y el drama personal se unen en una armonía casi hipnótica. Dicho en pocas palabras, es una de esas series que piden a gritos más y más después de cada episodio, lo cual suele ser buena señal. La forma en que Blick presenta las diferentes intrigas políticas, y cómo posteriormente las va uniendo poco a poco, no trata en ningún momento de desafiar al espectador (es más, algunas conclusiones se obtienen mucho antes de que se desvelen en pantalla), sino más bien de hacerle partícipe de la odisea sufrida por el personaje de Gyllenhaal, quien casi sin darse cuenta se ve envuelta en las corruptelas provocadas, casi sin saberlo, por su propio hermano. A través de sus ojos el espectador vive un proceso de caos y destrucción en el que las venganzas, las ambiciones personales y los servicios secretos de medio mundo se dan cita. Es ese viaje, y los descubrimientos que depara, lo realmente fascinante de esta miniserie.

Reducir al máximo las debilidades

Claro que si la estructura dramática es esencial, los diálogos no lo son menos. En realidad, The Honourable Woman basa la mayor parte de sus fortalezas en ellos y en el trabajo previo realizado por el guionista, pues es gracias a la solidez de la historia en su conjunto que las conversaciones entre los personajes adquieren especial relevancia. El hecho de que las mentiras y los secretos gobiernen las vidas de todos los personajes (porque no son ellos los que dominan los secretos) dota a las frases de una importancia capital, obligando a prestar una atención insólita en el panorama actual de la televisión, haciendo partícipe al espectador de ese desarrollo en otro sentido.

Por supuesto, los actores tienen mucho que ver en todo esto. Ya hemos dicho que los hermanos protagonistas conforman una pareja insólita, férrea en sus convicciones pero sustentada en mentiras y secretos. Y si bien es cierto que algunas de sus posiciones respecto al desarrollo dramático pueden resultar un tanto extremas (lo que se viene a llamar “concesión dramática”), no lo es menos que gracias a ello enriquecen el trasfondo emocional de las venganzas que, en el fondo, están detrás de todo lo que se cuenta. Mención especial merece el rol de Stephen Rea (serie Utopía), veterano espía del MI6 con el que el actor compone un personaje fascinante, inteligente y calculador a pesar de su evidente apariencia de hombre gris y apático.

Todo ello no quiere decir, sin embargo, que no posea aspectos negativos. O mejor dicho, que debilitan ligeramente el conjunto. Curiosamente, el punto de partida de la trama resulta un tanto esquemático, realizado incluso con un montaje abrupto que permite únicamente apreciar con brocha gorda los acontecimientos. Igualmente, algunas tramas secundarias (muy secundarias) relacionadas con el niño secuestrado están planteadas de forma extremadamente simplista, en cierto modo porque físicamente no queda espacio en la trama para darle más peso específico. Más notable es la falta de profundidad en el trío romántico que se crea en la casa del personaje de Buchan, que queda relegado a una mera anécdota con resolución violenta y brutal.

Pero eso son, en realidad, meras anécdotas en un conjunto que más que una serie o una miniserie, es una película muy larga. The Honourable Woman se convierte así en un thriller capaz de mantener a lo largo de unas 8 horas una tensión dramática que, todo sea dicho, es muy difícil de encontrar hoy en día en una sala de cine. La profundidad del conflicto palestino-israelí, los odios personales, y los intereses particulares de los gobiernos y de las personas se dan cita en una historia compleja, con muchas caras pero un único objetivo. Para los personajes desoír un diálogo, desviar la mirada o no prestar atención a un acontecimiento puede ser la diferencia entre vivir o morir. Para el espectador es la diferencia entre comprenderlo todo o nada. Es aquí donde la conexión entre ambos se establece. Es aquí donde el cine se hermana con la televisión.26

‘Big Hero 6’: programada para no herir a los humanos


Los protagonistas de 'Big Hero 6' se preparan para su primera aventura.No creo que nadie espere encontrar en una cinta de Disney una historia desgarradora con un final duro pero realista. La compañía es lo que es, y esos valores, gusten más o menos, son sus señas de identidad. Pero de un tiempo a esta parte sus mensajes han cambiado ligeramente. Con Frozen: El reino del hielo se cambiaron las tornas en lo que a héroes, villanos y damiselas en apuros se refiere. El resultado todavía lo estamos viendo. En esta primera colaboración con Marvel, casa que posee el cómic en el que se basa, ocurre algo parecido, aunque con la diferencia de que, en esta ocasión, los personajes y el desarrollo de la trama son algo más típicos, tópicos y previsibles.

Porque si algo se le puede achacar a Big Hero 6 es que tanto su historia como sus personajes secundarios carecen de grandes matices. El desarrollo dramático transcurre por cauces habituales, sin demasiados sobresaltos y con giros argumentales más o menos previsibles. Evidentemente, la historia está pensada para los más pequeños. Pero incluso en este marco hay espacio para algo ligeramente diferente que obliga a reflexionar sobre algunas ideas como la pérdida, la forma de afrontar el dolor, la ira o la venganza. En este sentido, el momento en que el joven protagonista modifica la programación de su robot para convertirlo en una máquina de matar es tan impactante como aterradora.

Y por supuesto, tenemos a Baymax, el achuchable robot médico que acompaña al joven protagonista y que se convierte en el alma de la historia por méritos propios desde el primer minuto. Su presencia en pantalla no solo da sentido al conjunto, sino que eleva el grado de entretenimiento, risas y diversión a cotas que no se alcanzan salvo en el tramo final, cuando tiene lugar la gran batalla, todo un alarde de dinamismo, colorido y frases manidas. Desde luego, sin esta especie de primo lejano del muñeco de Michelin la cinta no sería lo que es. Y desde luego, si la acción que tiene en su tramo final estaríamos ante una propuesta mucho más monótona y lenta, como demuestran sus primeros minutos hasta la llegada del mencionado robot.

Está claro que el éxito de Big Hero 6 está asegurado, así como el merchandising que acompañará a la cinta estas Navidades. Pero más allá de todo el envoltorio, la película presenta un mensaje y una moraleja muy interesantes, tal vez no apto para todos los niños pero indudablemente didáctico. Lástima que sus puntos débiles residan en sus secundarios y en un guión excesivamente simple. De haber dotado al conjunto de algo más de solidez narrativa y de unos secundarios con vida propia estaríamos hablando de un importante título de la animación moderna. De este modo, solo se puede decir que es una película muy entretenida que se pasa en un suspiro entre risas y acción. Que es más de lo que puede decirse de otras cintas, por cierto.

Nota: 6,5/10

‘The equalizer’: el cronómetro de la venganza


Denzel Washington es 'The equalizer', el protector en la película de Antoine Fuqua.Denzel Washington se está especializando en un tipo de personajes que le van como anillo al dedo, al menos de momento. Hombres duros, entrenados, con un sentido de la justicia muy arraigado y solitarios. Hombres como el de El fuego de la venganza (2004), El libro de Eli (2010) o lo último de Antoine Fuqua, con el que ya coincidió en Training Day (2001). De hecho, la colaboración de actor y director en este 2014 explota al máximo la presencia del primero, hasta el punto de llevar sobre sus hombros una carga en muchos momentos demasiado pesada y salir airoso del intento.

Porque más allá de la violencia y de la hábil mano de Fuqua, The equalizer (El protector) es simple y llanamente Denzel Washington. La facilidad del intérprete para intimidar con una simple mirada permite al film rememorar viejas glorias de ese subgénero dentro del cine de acción como es el de la venganza. Sin necesidad de gritos ni de grandes secuencias de lucha, la trama logra satisfacer los deseos más íntimos del espectador, quien no necesita mucho para ponerse de parte de este justiciero cuyo repertorio en lo que a formas de matar se refiere es interminable. De hecho, tampoco es conveniente esperar mucho más. La presencia del actor eclipsa prácticamente todos los elementos que le acompañan, desde los actores (ni siquiera el villano está a la altura de su gélida mirada) hasta el guión, cuyo ritmo es un tanto irregular.

Es más, posiblemente estaríamos ante un thriller interesante si no fuera porque esta adaptación de la serie de los años 80 del siglo pasado no logra encajar todas sus piezas de forma correcta. El inicio, en el que se define al protagonista, se alarga en exceso; el desarrollo trata de decantarse por la historia, pero lo cierto es que lo único que logra es retrasar lo inevitable. Y su conclusión, tan épica como previsible, tiene un epílogo un tanto reiterativo (la venganza siempre alcanza el origen). Si el film logra mantener el tipo es gracias a que su director saca mucho partido a las secuencias de acción gracias a esa manía del personaje de cronometrar absolutamente todo. Sobre todo al primer encuentro con los rusos, todo un alarde narrativo que no escatima en violencia explícita. Todo ello unido a la labor de Washington que, como decimos, es el alma de esta historia.

The equalizer (El protector) es, en definitiva, un thriller de acción al uso que se salva por sus dos figuras principales. Frases épicas, peleas antológicas y un final que, aunque se conoce de antemano, es la guinda del pastel. El resto, aunque interesante, aporta más bien poco, por no decir nada. La película trata de desmarcarse de lo que se espera de ella al incidir en el aspecto pausado y algo inquietante de la persecución del protagonista, pero al final esto juega en su contra al retrasar algo que todos, incluyendo los propios personajes, saben y esperan. Esto es lo que lleva al film a durar más de dos horas, metraje a todas luces excesivo. Tal vez con algo menos de reflexión y algo más de acción directa estaríamos ante un producto más ajustado a su propio planteamiento.

nota: 6/10

Tráiler de ‘Cymbeline’: destruidos por la traición, unidos por venganza


Anton Yelchin, Ed Harris y Milla Jovovich son algunos de los intérpretes de 'Cymbeline', nueva adaptación de Shakespeare.Una de las cosas que más se critican del cine actual es su alto número de adaptaciones, remakes y secuelas de obras ya realizadas. En este ámbito las obras teatrales de William Shakespeare han sido y son algunas de las utilizadas por actores y directores para tratar de demostrar un cierto nivel dramático en sus respectivas labores. Pero dentro de dichas adaptaciones hay incluso una segunda categoría, aquella que engloba a las reinterpretaciones en clave moderna de las historias atemporales de Shakespeare. El tráiler de la última incorporación a este grupo ya ha sido publicado. Se trata de Cymbeline, que traslada a la actualidad una de las últimas obras del dramaturgo y que se basa en el jefe tribal bretón Cunobelinus y con influencias directas del ‘Decamerón’ de Boccaccio y la crónica de Holinshed.

Adaptada y dirigida por Michael Almereyda, quien ya adaptó en el año 2000 Hamlet, una historia eterna, la trama se centra en la relación romántica de dos jóvenes, él un joven acogido por un importante criminal y ella la hija de dicho criminal. Un amor que, como no podía ser de otro modo, es censurado, lo que les lleva a huir. Durante su exilio el joven entabla amistad con un hombre que le incita a apostar por la honradez de su amada, manipulando los acontecimientos y llevando al joven a creer en una traición falsa. Los acontecimientos se precipitarán cuando el capo criminal decida implantarse en la ciudad en la que los dos amantes intentan reconstruir sus vidas. La obra, desde luego, contiene todos los elementos propios del drama shakesperiano, y a todas luces ofrecen al director los pilares necesarios para construir un thriller sólido.

Empero, para eso habrá que esperar a su estreno. Lo que por ahora sí puede intuirse, al menos si nos basamos en lo que deja ver este primer avance, es un cierto estilo clásico o, si se prefiere, tradicional tanto en la narrativa como en la puesta en escena. Sin grandes alardes visuales o fotográficos, Almereyda parece optar más por una alternativa sosegada que permita a los actores desarrollar más su trabajo, el cual parece que no va a tratar de ser exactamente igual al de la obra en la que se basa, sobre todo en lo que a diálogo se refiere. Por contra, los pocos momentos de acción que se desprenden del tráiler se antojan algo exagerados, tal vez en un intento de trasladar la violencia y la fuerza de la guerra que presumiblemente centrará buena parte del desarrollo dramático.

Aunque sin duda, lo más atractivo de la película (y del tráiler) es el reparto que la protagoniza, y cuyos principales rostros pueden verse en este primer avance. Ed Harris (Snowpiercer) como Cimbelino, el capo criminal; Dakota Johnson (Need for speed) como la hija; Penn Badgley (Margin call) como el amante y protegido de Cimbelino; Ethan Hawke (The purgue: La noche de las bestias) como el amigo con el que se apuestan la honradez de la joven amante; y Milla Jovovich (Resident Evil) como la esposa de Cimbelino. Anton Yelchin (Star Trek: En la oscuridad), John Leguizamo (#Chef), Bill Pullman (Lola versus) y Delroy Lindo (serie Believe) completan el reparto. A continuación podéis encontrar este primer tráiler.

‘Revenge’ usa el dramatismo desmedido para redefinirse en su 3ª T


Madeleine Stowe y Emily VanCamp, en la conclusión de la tercera temporada de 'Revenge'.En español el término “telenovela” suele tener una connotación negativa (al menos en España), asociado normalmente a producciones televisivas de un dramatismo algo exagerado y con giros argumentales cada vez más forzados por las circunstancias de los propios personajes, cuyas evoluciones tienden a ser, dicho finamente, una montaña rusa de emociones. Este término encuentra su traducción más aproximada en “soap opera”, aunque este último engloba un concepto mucho mayor, considerando más bien las series como producciones cuyo final es indefinido e ignoto, alargando las tramas todo lo posible. Todo esto viene a cuento porque la tercera temporada de Revenge ha puesto todas las cartas de este género televisivo sobre la mesa, erigiéndose como un claro ejemplo de cómo enganchar al espectador con giros imposibles, secretos previsibles y una evolución que, en cierto modo, puede producir risa. Una apuesta que ha redefinido todo el planteamiento de la serie para sus próximas temporadas.

Y no es que las anteriores temporadas no dejaran claro que la serie creada por Mike Kelley (serie O.C.) es una soap opera, al contrario. Lo que ocurre es que en estos nuevos 22 episodios se ha entregado por completo al repudiado concepto de telenovela. Con un inicio que mantiene la esencia narrativa de la producción (es decir, un acontecimiento impactante que luego será explicado con un largo flashback), la temporada deriva en su segunda mitad hacia un caótico desarrollo en el que las relaciones imposibles y los secretos más tópicos hacen acto de presencia, convirtiendo la serie en una versión pobre de la intriga que debería definirla por derecho propio. Soy consciente de que esta apuesta evolutiva tiene mucho que ver con la conclusión de la temporada, por no decir que es fundamental, pero el balance final permite intuir que las cosas podrían haberse hecho de otro modo.

La aparición de hijos secretos, de madres biológicas huidas durante décadas o de personajes que todo el mundo daba por hecho que estaban muertos modifican sustancialmente el panorama de Revenge. Algunos de tal modo que dan un nuevo sentido a la ficción. El problema es que su introducción en la trama y la forma de presentar los secretos con los que todos ellos cargan sobre sus hombros es tan forzada que se dichos roles se vuelven previsibles y tópicos. No es extraño que uno empiece a jugar al detective con los nuevos personajes, y es mucho menos extraño que acierte. Me refiero, fundamentalmente, a los personajes de Justin Hartley (serie Smallville), el hijo secreto de Victoria (papel en el que Madeleine Stowe está cada vez más exagerada); de Gail O’Grady (Asesinato en un pequeño pueblo), la madre secreta de… bueno, de alguien importante; y Olivier Martinez (Infiel), cuya participación se limita a ser detonante en la conclusión de los acontecimientos.

El hecho de introducir nuevos personajes, a los que habría que sumar viejas caras que son recuperadas apropiadamente para dar un giro más a la historia, impide a la serie centrarse en lo realmente importante, que es la venganza de la protagonista, de nuevo con los rasgos de Emily VanCamp (serie Cinco hermanos). Hay que reconocer que la trayectoria de su personaje durante la primera parte de esta tercera temporada es directa y ascendente, pero es a partir de las heridas de bala cuando todo cambia, adquiriendo rasgos dramáticos que trastocan su personalidad notablemente. En cierto modo esto no es algo negativo, pero lejos de investigar las puertas que abre este nuevo planteamiento sus responsables optan por convertirla en una especie de vengadora sin control que amenaza con destruir todo a su alrededor, algo que por cierto choca significativamente con una planificación de décadas.

De muerte y resurrección

Claro que no es este personaje el que peor parado sale. Son las tramas secundarias del crisol de personalidades que pueblan Revenge las que más sufren el caos de una evolución sin demasiado sentido. Los personajes deambulan por las diferentes tramas que sustentan el arco dramático principal dando bandazos entre lo correcto y lo incorrecto, entre una forma de pensar y otra. Esto, independientemente de que pueda ser más o menos realista, lo que consigue es una indefinición notable en dichos secundarios, convirtiendo a algunos en simples peleles que se acomodan a la dirección en la que sopla el viento. Hay que reconocer, no obstante, que el trío de villanos principal es el mejor parado en esta tormenta de ideas en que se convierte la serie a partir del capítulo 11.

De hecho, el personaje de Stowe logra superar el siguiente peldaño al convertirse en asesina física y presencial, lo que modifica para siempre su estatus dentro de la serie. Por otro lado, el personaje de Henry Czerny (Mission: Impossible), de lejos lo mejor de la serie, protagoniza el final más impactante que podía tener la temporada, lo cual por cierto es una forma de honrar la importancia del actor y del personaje. Aunque si hay que destacar un rol es el de Joshua Bowman (Peligrosamente infiltrada), cuyo arco dramático le ha llevado a heredar, en cierto modo, el rol de Czerny, salvando las evidentes distancias que existen entre ambos actores. Estos tres personajes, núcleo de maldad de todo lo que ocurre en el universo de Emily Thorne (alias Amanda Clarke, o viceversa), son el mejor ejemplo del cambio que se produce en esta tercera temporada, que si algo tiene de bueno es la redefinición de los conceptos básicos de la serie.

Porque sí, a falta de saber si los muertos están realmente muertos, y si los vivos están realmente vivos (al fin y al cabo, la premisa fundamental de este tipo de producciones es que todo puede ocurrir), lo cierto es que los episodios, con sus numerosos defectos narrativos y sus innumerables exageraciones dramáticas, muchas de ellas innecesarias, han provocado un terremoto en lo que hasta ahora se entendía como básico en la serie. Los motivos de venganza de la protagonista cambian radicalmente, los héroes secundarios tienen cada vez más entidad propia y motivos para actuar por su cuenta, y los villanos sustituyen piezas en un intento por dar frescura a los planes de destrucción mutua que se gestan a lo largo de los episodios.

Es más, se podría decir que esta tercera temporada de Revenge ha sido un terremoto para la temporada en sí misma. Esta nueva entrega ha derivado en un drama obligado por unas circunstancias algo ficticias, lo que a su vez ha convertido a los personajes en auténticos esclavos de algo que no puede llamarse destino, ente superior o mala suerte. Son, simple y llanamente, decisiones cuestionables. Si el fin justificase los medios, esta apuesta debería ser loable dado que el final de la temporada marca de forma irremediable el futuro de todos los personajes. Pero el fin no justifica los medios, y mucho menos en la narrativa audiovisual, donde muchas veces el camino recorrido es más importante que el resultado final. Esta serie es un producto en el que tanto el recorrido como la conclusión son, o deberían ser, importantes. Solo cabe esperar que la cuarta temporada recupere algo de coherencia y de cordura en ese nuevo escenario que dibuja esta irregular etapa.

‘The Following’ cambia a Poe por la religión en su 2ª temporada


Los personajes de James Purefoy y Kevin Williamson evolucionan notablemente en la segunda temporada de 'The Following'.He de confesar que cuando comenzó la segunda temporada de The following no tenía muchas esperanzas puestas en la serie creada por Kevin Williamson (Dawson crece). Cuando en este mismo espacio analizaba lo que dio de sí la primera temporada destacaba la facilidad del guionista para crear historias con impactantes premisas iniciales que, por desgracia, luego se desinflaban ostensiblemente. Con estos antecedentes la nueva entrega de 15 capítulos se antojaba cuanto menos previsible. Pero en uno de esos giros argumentales a los que nos tiene tan acostumbrados Williamson ha planteado una continuación arriesgada, valiente y compleja que presenta un desarrollo algo más coherente para esta historia sobre un asesino en serie, su secta de seguidores y el hombre que le persigue, si bien es cierto que sigue cayendo en algunos de los vicios de su predecesora.

Lo cierto es que el último episodio de la anterior temporada dejaba el terreno abonado para una reinterpretación completa de la trama. Y así ha sido. Estos nuevos episodios ahondan en fenómenos como la admiración que despierta el asesino en serie al que da vida James Purefoy (serie Roma) o la obsesión del rol de Kevin Bacon (X-Men. Primera generación), dos de los pilares fundamentales de esta ficción. Un proceso que indudablemente pasa por una mayor complejidad moral de sus protagonistas, quienes no solo maduran respecto a la primera parte, sino que se vuelven más oscuros, menos previsibles, desdibujando la línea que separa el bien del mal de forma notable. De este modo, las motivaciones del asesino superan la idea inicial de la literatura para sumergirse en la religión, y todo ello a su vez para demostrar que el egocentrismo del personaje de Purefoy lo único que hace es aprovechar las debilidades de aquellos que le rodean para nutrirse. Es decir, que tanto Edgar Allan Poe como la Biblia no son más que meras excusas para dar rienda suelta a su necesidad de matar.

Es este un aspecto que puede pasar desapercibido o interpretarse en sentido contrario. Sea como fuere, la ausencia de Poe (al que, por cierto, se hace referencia en algún momento) queda justificada en esta evolución del personaje, quien a pesar de rodearse de unos fanáticos religiosos nunca llega a absorber dicha doctrina, siendo simplemente un medio para lograr un fin (en este caso, la inmortalidad). Y aunque este elemento es interesante, el verdadero corazón de esta segunda temporada es el cambio que sufren tanto el personaje de Bacon como el de Shawn Ashmore (X-Men 2), quienes presentan unas heridas emocionales y psicológicas mucho más profundas de lo que en un principio podría parecer. Traumatizados por lo vivido en la primera temporada, ambos defensores de la ley realizan en esta entrega de The Following un peligroso camino que les lleva a tomarse la justicia por su mano sin miramientos ni remordimientos. La facilidad con la que matan, así como las elecciones que hacen, les llevan a rebasar esa delgada línea que, en la teoría narrativa, separa a los buenos de los malos.

Y hay que decir que funciona. Gracias a ello el desarrollo dramático se convierte en una espiral de violencia y venganza personal que, curiosamente, cambia de protagonistas. Si en la primera temporada la venganza era del villano, ahora es de los héroes. Y mientras que en los primeros episodios las muertes se registraban sobre todo a manos de Purefoy y sus seguidores, ahora los que más se manchan las manos son los dos ex agentes del FBI. Williamson logra que dicha espiral no se le escape de las manos, es cierto, pero en todo momento planea la posibilidad de que los personajes superen el límite que les convierta en villanos. Incluso los riesgos de esta apuesta se resuelven de forma más o menos lógica, pues la solitaria persecución que inician los dos protagonistas queda justificada con las filtraciones dentro del FBI.

Una nueva familia

Ello no impide, sin embargo, que The Following no caiga de nuevo en algunos de los errores, o mejor dicho concesiones, que ya afearon la primera temporada. Me refiero a la necesidad de Williamson de presentar a sus héroes como… bueno, como héroes. Las venganzas de los personajes de Bacon y Ashmore, diferentes pero al mismo tiempo relacionadas, dibujan un interesante perfil psicológico, pero al mismo tiempo fuerzan la trama a situaciones un tanto incoherentes con el resto del desarrollo. La necesidad de los protagonistas de enfrentarse solos a sus demonios, incluso aunque tengan la bendición de todo el background dramático, no deja de ser un poco increíble, sobre todo si tenemos en cuenta que la forma de resolver las situaciones creadas es normalmente la misma.

Concesiones aparte, esta segunda temporada destaca también por la presencia de una nueva familia, y nunca mejor dicho. Su presencia en el primer episodio ya deja patente que no estamos ante una continuación al uso de la serie, sino ante una evolución notable. Solo hace falta ver que las máscaras utilizadas no son de Poe, sino de Joe Carroll, el personaje de Purefoy. Este detalle tan simple como eficaz define estos episodios como un estudio sobre la psicopatía del villano y su influencia en el resto de mentes que le siguen con una adoración inusitada. Precisamente en este aspecto es donde tiene más presencia este nuevo grupo, cuyos máximos representantes son los personajes de Connie Nielsen (Tres días para matar) y Sam Underwood (serie Dexter). Nacidos como unos seguidores de Carroll, su naturaleza va mucho más allá, convirtiéndoles en una especie de espacio de apoyo a psicópatas para que estos desarrollen sus fantasías y traumas.

Su labor dramática, por tanto, va mucho más allá de la mera comparsa. Gracias principalmente al doble trabajo de Underwood, que interpreta a gemelos, estos nuevos personajes adquieren entidad propia, primero dependiente del conflicto que centraba la primera temporada, luego como agentes independientes y objetivo de la venganza del personaje de Ashmore. La complejidad de sus decisiones y de sus traumas aporta a la trama un punto de vista distinto, creando un segundo arco argumental que nutre al principal y, al mismo tiempo, ofrece nuevas y autónomas posibilidades narrativas. El hecho de que vayan a tener presencia en la próxima temporada no hace sino reforzar la idea de que la serie ha evolucionado hacia algo más grande que mira hacia adelante en lugar de intentar recuperar el pasado.

En pocas palabras, The Following ha sabido reinventarse. Es cierto que sigue pecando de algunos excesos y de concesiones al dramatismo que pueden resultar innecesarios y hasta contraproducentes, pero en líneas generales esta segunda temporada ha sido un lavado de cara de la producción. Los héroes han madurado hacia un estado mucho más sombrío y radical, mientras que los villanos han dado rienda suelta a su violencia y radicalismo. Esta evolución de personajes, unido a una concepción algo más amplia de la trama original y a la incorporación de unos nuevos e interesantes personajes, lleva a la serie a un estado inesperado que deja atrás muchas de las premisas iniciales para proponer una alternativa fresca y más dinámica que, eso sí, sigue manteniendo los puntos de giro sorprendentes.

La 1ª T de ‘The Blacklist’ logra unir sus tramas en un final prometedor


James Spader es el absoluto protagonista de 'The Blacklist'.Algunas películas y series se caracterizan por tener un punto de partida espléndido. Le ocurrió a Perdidos, por ejemplo. Pero si hay algo fundamental en este mundo del séptimo arte, ya sea en la pequeña o en la gran pantalla, es saber cómo va a terminar la historia antes incluso de que se sepa cómo ha de empezar. Jon Bokenkamp, guionista de Vidas ajenas (2004), debuta en esto de los argumentos seriados con The Blacklist, una producción con buen inicio que puede generar tantas sensaciones favorables como contrarias a lo que narra. Y ello se debe, entre otras cosas, a que su desarrollo tarda en despegar, obligando al espectador a asistir a dos líneas argumentales paralelas que, a pesar de que confluyen hacia el final de la primera temporada, nunca son desarrolladas de forma conjunta, dividiendo cada uno de los 22 episodios en partes demasiado diferenciadas. Pero antes de nada, el argumento.

La serie da comienzo cuando un antiguo agente del Gobierno de los Estados Unidos acusado de diversos y graves delitos se entrega al FBI después de haber estado escondido durante décadas. Ofrece a las autoridades los nombres de los más peligrosos y despiadados criminales, pero a cambio solo quiere tener a una analista de perfiles como contacto. Lo que comienza siendo una caza y captura de la lista negra a la que hace referencia el título pronto desvela una serie de secretos que envuelven la vida de la agente del FBI y del agente del Gobierno. Con lo dicho hasta ahora cualquier aficionado al thriller habrá sufrido, al menos, un atisbo de curiosidad. Y lo cierto es que este último aspecto del argumento, aquel relacionado con el pasado de los personajes, es sin duda lo más relevante de la serie y el auténtico motor de que haya podido superar la primera temporada completa. Es más, el irregular desarrollo dramático gana enteros cuando se centra en este aspecto, perdiendo fuerza en aquellas situaciones centradas en los criminales que persigue el grupo especial del FBI. No quiere decir esto que los casos investigados no tengan relevancia (algunos son tan llamativos como espeluznantes), pero su presencia remite demasiado a las clásicas series policíacas que tanto abundan en la parrilla.

Dos líneas argumentales, como decía, que encuentran un nexo de unión hacia los últimos episodios de la temporada, sin duda lo mejor de The Blacklist. Quizá el mayor “pecado” de esta serie sea la descarada división que Bokenkamp hace en todos los episodios, destinando alrededor de 30 minutos al caso y unos 15 a generar intriga con el oscuro pasado de los dos protagonistas. Una división que se antoja antinatural, obligando a los personajes (y al espectador) a resolver un caso para poder tener acceso a algo de información mucho más interesante. La principal consecuencia de esto es, precisamente, el innecesario desgaste de la trama. El equipo del FBI es presentado como un grupo de marionetas bajo las órdenes de un hombre cuyos contactos, conocimientos y habilidades le permitirían perfectamente solucionar los casos sin ayuda de nadie. El corto desarrollo de los crímenes y sus precipitadas resoluciones no hacen sino confirmar la idea de que son una mera excusa de algo más interesante.

Y la verdad es que si atendemos a la conclusión de estos primeros episodios, es infinitamente más interesante. Hay que reconocer que la temporada posee su principal punto de giro hacia la mitad del desarrollo con el ataque a la sede secreta del FBI en un episodio doble. Es a partir de ese momento cuando las piezas del puzzle creador por sus autores cobra algo de sentido. La revelación paulatina de secretos, que concluye con un final abierto a una segunda temporada que se antoja muy distinta, dota al conjunto de un cariz mucho más relevante de lo presentado hasta ese momento. Los personajes, sobre todo los secundarios, crecen en importancia; la trama, hasta ese momento episódica, se torna más compleja, nutriéndose de todo lo vivido con anterioridad (los casos encajan entre ellos y muchas de las incógnitas encuentran sentido al unirse unas con otras) y abriendo la puerta a nuevos secretos producidos por una guerra cuyos primeros conflictos solo se han atisbado a ver. Esta promesa de algo distinto, más grande que lo anterior y sin tantas distracciones, es lo mejor que le podía ocurrir al futuro de la producción.

De actores y personajes

The Blacklist se podría definir como un intento por llevar las series episódicas de policías al nivel de las mejores series que actualmente se producen. No quiero hacer comparaciones con ninguna porque es inevitable que se produzca un agravio, pero presentar un arco dramático con tantas sombras y contar con personajes cuyos pasados influyen irremediablemente en las decisiones del resto es un ejemplo del futuro que podría aguardar a la serie. Y hablando de personajes, es inevitable hablar de la labor de su protagonista, un James Spader (serie Boston Legal) espléndido en un papel con infinitos matices que le mantienen siempre en un delicado equilibrio entre el héroe y el villano, entre el salvador y la víctima. Un rol moldeado por un pasado inmensamente rico y traumatizado en lo que a experiencias se refiere, capaz de una sensibilidad y de una brutalidad extremas. Sus constantes contrastes, unidos a los inevitables secretos que guarda y que no se preocupa en disimular, le convierten en el perfecto anfitrión de The Blacklist, contrastando mucho, curiosamente, con la protagonista femenina.

En efecto, si Spader es la piedra angular de la trama, el personaje de Megan Boone (San Valentín sangriento) es mediocre en exceso, o por lo menos no está a la altura de las expectativas generadas por su partenaire masculino. Tal vez sea porque su personaje tiene un desarrollo más irregular (sus bandazos en lo que a decisiones se refiere son incomprensibles), tal vez porque era necesario un personaje femenino, pero el caso es que ni su interés ni su presencia son demasiado relevantes. La labor de Boone tampoco ayuda, eso está claro, pero hay que reconocer que la joven actriz logra captar más atención a medida que su rol adquiere más presencia (de nuevo, cuando la trama se centra en los secretos del pasado), lo que hace pensar en que no todo es error del intérprete. El tratamiento de su personaje contrasta con el de algunos secundarios, sobre todo con el interpretado por Diego Klattenhoff (serie Homeland), quien comienza siendo un acompañante en la trama para gozar de varios momentos propios, algunos de los cuales determinantes para el desarrollo posterior de la trama. Un arco, en definitiva, mucho más concreto y sólido que eleva al rol algunos peldaños por encima del mero secundario.

Siendo sinceros, hay que reconocer que en líneas generales todos los personajes, incluyendo los villanos, adquieren una mayor presencia a medida que la trama se decanta por esa conspiración mundial para acabar con Raymond Reddington perpetrada por el villano conocido como Berlín. Ya decía que el giro de mitad de temporada es determinante para este cambio, pero son los últimos dos episodios, de nuevo planteados como un díptico (lo cual no creo que sea casual), los que terminan por redefinir la serie. ¿Es necesario todo el proceso? Eso depende de lo que se espere de una serie de estas características. Lo que sí está claro es que la serie, desde su estética a los personajes, pasando por los casos investigados, tiene unas intenciones y expectativas que van más allá de lo que en realidad se termina viendo en pantalla. De hecho, este tipo de cambios en su estructura narrativa a mitad de temporada suelen estar provocados por la necesidad de reenganchar al público, aunque en este caso concreto se antoja más como una ausencia de objetivo claro en los primeros compases de la serie.

Sea como fuere, The Blacklist es un producto que pide a gritos una segunda oportunidad, y lo hace a mitad de temporada. Indudablemente evoluciona de menos a más, integrando cada vez mejor todos sus elementos en un conjunto algo deslavazado en su primera parte. La presencia de un gran villano, la revelación de muchos de los secretos (algunos de ellos intuidos casi desde el principio) y los criminales presentados en la trama son sus grandes bazas, amén de un protagonista inclasificable. Si uno es capaz de superar los primeros capítulos se encontrará con un arco dramático cuyas caras conforman un poliedro que puede dar mucho juego. Eso sí, todo queda a expensas de lo que la segunda temporada ya confirmada nos depare. Por ahora, ha logrado una merecida segunda oportunidad.

Venganza, sexo y el poder de la mente lideran los estrenos


Estrenos 24enero2014Tercer viernes de estreno en España en 2014. Un viernes que retoma la tendencia del año anterior de estrenar numerosos y, a priori, interesantes films. Numerosos, sí, pero las novedades de este 24 de enero podrían no compartir aquello de interesantes. Al menos no para todos los espectadores. Remakes, secuelas, nuevas versiones, … todo eso y mucho más es lo que se ofrece. Películas para todos los gustos y de todos los géneros que, eso es indiscutible, abren el abanico de opciones con las que el espectador se encontrará este fin de semana.

Resulta difícil elegir cuál es el estreno más destacado. Desde luego, Oldboy tiene muchas posibilidades de ostentar ese título. El remake norteamericano de la cinta de Park Chan-Wook (Sympathy For Mr. Vengeance) estrenada en 2003 llega con la intención de, al menos, rememorar las buenas sensaciones que dejó el film de Corea del Sur. La historia es la misma. Un hombre es secuestrado una noche al volver a casa. Cuando despierta lo hace en una habitación aislada en la que el único contacto con el exterior es una televisión. A través de ella comprueba que su familia ha sido asesinada y que se le acusa a él del crimen. Tras 15 años encerrado el hombre es liberado con algo de dinero y un teléfono móvil, el cual recibe una llamada: tiene unos días para encontrar al responsable de arruinar su vida o morirá. Thriller, acción y mucha violencia son los ingredientes de esta versión dirigida por Spike Lee (Plan oculto) y protagonizada por rostros conocidos como Josh Brolin (Men In Black III), Elizabeth Olsen (Luces rojas), Sharlto Copley (Elysium), Samuel L. Jackson (Pulp Fiction), Michael Imperioli (serie Los Soprano), Linda Emond (Julie y Julia), James Ransone (La trama), Lance Reddick (serie Fringe) y Max Casella (Blue Jasmine).

Siguiendo con las películas producidas en Estados Unidos, toca hablar de Hércules: El origen de la leyenda, historia de acción y aventuras con marcado carácter fantástico. Planteada como una especie de historia previa a las grandes hazañas del semidiós que se conocen a través de los textos clásicos, la trama comienza cuando una reina pide ayuda a los dioses para detener a su cruel marido en la opresión que realiza sobre su pueblo. La respuesta es un hijo engendrado por el propio Zeus que, con el paso de los años, se convertirá en un poderoso guerrero que, por el amor de una mujer, terminará siendo enviado a la guerra y obligado a enfrentarse a su propio hermano para acabar con su tiranía y recuperar a la mujer que ama. Renny Harlin (Deep Blue Sea) vuelve tras las cámaras, mientras que Kellan Lutz (Immortals), Scott Adkins (Los mercenarios 2), Liam McIntyre (serie Spartacus), Liam Garrigan (serie Los Pilares de la Tierra), Johnathon Schaech (Ladrones), Roxanne McKee (Vendetta), Gaia Weiss (Mary Queen Of Scots) y Rade Serbedzija (Batman Begins) conforman el reparto principal.

Otro que regresa es Lars Von Trier (Dogville), quien presenta la segunda parte de su Nymphomaniac. Centrada en la etapa adulta de la protagonista, la historia retoma lo narrado en el primer volumen, es decir, el relato de la vida de la protagonista marcada por una afición al sexo que, con los años, ha derivado en ninfomanía. Dado que son dos partes de una misma película, el reparto cuenta con los mismos nombres de la entrega estrenada a finales de 2013, es decir, Charlotte Gainsbourg (Anticristo), Stellan Skarsgård (El médico), Stacy Martin, Willem Dafoe (Daybreakers), Shia LaBeouf (Pacto de silencio), Jamie Bell (La legión del águila), Connie Nielsen (serie Boss), Uma Thurman (Una mamá en apuros) y Christian Slater (El nombre de la rosa).

Con algo de retraso llega ¿Qué hacemos con Maisie?, intenso drama que gira en torno a las separaciones y las repercusiones que tienen en los hijos. Concretamente, la trama se centra en una niña que ve cómo su madre, una estrella del rock, se separa de su padre, un marchante de arte algo despistado. Todo con la presencia como testigo de excepción del nuevo marido de la mujer, un hombre más joven. Scott McGehee y David Siegel (La huella del silencio) son los encargados de poner en imágenes el guión, mientras que los papeles principales recaen en Julianne Moore (Carrie), Alexander Skarsgård (Battleship), Steve Coogan (Los otros dos), Onata Aprile (Yellow) y Joanna Vanderham (Blackwood).

En cuanto a la producción española hay que destacar Mindscape, si bien es conveniente aclarar que cuenta con colaboración norteamericana y francesa. La cinta narra, en clave de suspense psicológico, los esfuerzos de un hombre capaz de introducirse en los recuerdos de la gente para determinar si una joven con un pasado traumático es una sociópata. Lo que comienza siendo un trabajo más pronto se convierte en una persecución, en un juego del gato y el ratón en el que el hombre se verá atrapado sin saber si es perseguido o perseguidor. Ópera prima del español Jorge Dorado, la película cuenta con un reparto internacional en el que destacan Taissa Farmiga (serie American Horror Story), Mark Strong (La noche más oscura), Brian Cox (RED 2), Alberto Ammann (Tesis sobre un homicidio), Indira Varma (Bodas y prejuicios) y Noah Taylor (serie Juego de Tronos).

Por su parte, Santiago Tabernero vuelve a ponerse tras las cámaras de un largometraje después de unos 8 años trabajando en televisión. Y lo hace con un guión escrito a cuatro manos entre él y Eduardo Noriega (Una pistola en cada mano), a su vez protagonista de esta Presentimientos, basada a su vez en la novela de Clara Sánchez. A medio camino entre el thriller y el romance, la película comienza cuando una pareja que atraviesa una crisis decide irse de vacaciones a una urbanización cerca de la playa. Sin embargo, los problemas no cejan y, tras una discusión, ella se va en el coche. Tras un incidente en el que le roban el bolso y todo lo que lleva dentro, la mujer se encontrará sola y perdida en un lugar que le resulta extraño y peligroso, iniciándose la búsqueda de ambos por reencontrarse y desvelando secretos que creían incluso olvidados. El reparto lo completan Marta Etura (Los últimos días), Alfonso Bassave (serie Gran Hotel), Gloria Muñoz (Como estrellas fugaces), Irene Escolar (Al final del camino) y Jack Taylor (Agnosia).

También debuta en el largometraje Papick Lozano, directora de arte en películas como El prado de las estrellas (2007), y lo hace con Casi inocentes, drama sobre las relaciones humanas y los extraños vínculos que forma la vida. La acción se centra en una familia que ve cómo el hijo pequeño está a punto de morir en un trágico accidente. La parálisis del padre durante ese instante y el no poder salvar a su hijo le marcarán para siempre, pero la presencia de un inmigrante que intervino para rescatar al pequeño llevará al padre a volcarse en una deuda y una gratitud que cambiarán su forma de ver la vida para siempre. Fernando Cayo (La piel que habito), Ana Fernández (Muñeca), Jaroslaw Bielski (Valentín), Gabriel García Delgado (Todo es silencio), Alexandra Jiménez (Promoción fantasma) y José Antonio Gallego (Alatriste) forman el reparto principal.

Por último, y sin salir de la producción española, Hammudi Al-Rahmoun Font presenta su ópera prima, una obra rodada con un presupuesto muy bajo y en muy poco tiempo. Otel·lo es un drama que sigue las discutibles decisiones de un director de cine que trata de llevar a la gran pantalla la obra de William Shakespeare, Otelo. Empero, para transmitir las pasiones y emociones que se desprenden del texto busca en todo momento la confrontación en el reparto, los celos y las intrigas que definen la obra, utilizando para ello técnicas sibilinas que provocarán situaciones dramáticas pero de un marcado humor ácido. Protagonizada por el propio director, quien también escribe el guión, el plantel de actores se completa con nombres desconocidos como los de Ann M. Perelló (La manada), Youcef Allaoui, Kiko Fernández y Marc Montañés.

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