La 2ª T. de ‘Billions’ confirma que en la guerra todo vale para ganar


Posiblemente Billions sea uno de los mejores ejemplos actuales en los que la relación antagonista entre dos personajes es capaz de nutrir y sostener una trama de 12 episodios. La primera temporada dejó claro que la lucha entre estos dos protagonistas iba a ser encarnizada, pero la segunda tanda de capítulos que ahora nos ocupa es capaz no solo de llevar esta particular guerra entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, objetivo principal de la continuación, sino que lo hace evolucionando las tramas secundarias e integrándolas de forma consciente en la principal, ofreciendo un mosaico dramático mucho más complejo y desarrollando algunas de las ideas ya planteadas en la primera parte hasta alcanzar un grado excepcional en su calidad.

A todo ello se suma, en varios episodios, un tratamiento formal original, alejado de la narrativa tradicional que suele ofrecer esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del libreto de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin. En efecto, la trama no solo juega con el duelo moral y legal que se plantea entre estos dos personajes, sino que aprovecha diversos puntos de inflexión en el desarrollo de la temporada para ofrecer al espectador una visión diferente de la historia, ya sea en forma de flashback, ya sea con una rápida reinterpretación final de todo lo acontecido en un capítulo que aporta una visión nueva y fresca de lo ocurrido. Dichos recursos aportan, además, mayor profundidad a los antagonistas y a sus motivaciones, confirmando algo que ya parecía claro en la primera temporada: que están dispuestos a llegar a donde sea con tal de destruir a su adversario.

En este sentido, lo más interesante de Billions radica en el hecho, precisamente, de que no existen límites a esta obsesión. Y cuando digo que no existen, es que realmente no existen. Un ejemplo claro es el que protagoniza el fiscal interpretado por Paul Giamatti (San Andrés), que es capaz de perder millones de dólares de un fondo personal y arruinar a los que llama amigos con tal de tender una elaborada trampa al gestor al que vuelve a dar vida Damian Lewis (Un traidor como los nuestros), en el que sin duda es el giro más impactante de la temporada tanto por el cambio de rumbo de la trama como por las implicaciones morales y sociales que plantea a la mayoría de personajes, sobre todo para un fiscal capaz de cruzar todas las fronteras. Pero no es el único caso. Esta guerra deja en esta segunda etapa una escalada de ataques que llevan la trama hasta un nivel que va a ser difícil de superar en sucesivas entregas, aunque visto lo visto cualquier cosa puede pasar.

Y ya que mencionamos a Giamatti y Lewis, es imprescindible hacer hincapié en la labor de ambos actores. Como ya ocurriera en la primera temporada, los dos son capaces de aportar a sus roles un mayor dramatismo, mayor fanatismo y, en definitiva, dotarlos de muchas más dimensiones y matices de los que a priori se muestran sobre el papel. En concreto, estos últimos episodios cargan más la narración sobre los hombros del primero, que no solo sale victorioso, sino que es capaz de revelar facetas hasta ahora ocultas del fiscal. Su plan para atrapar a su archienemigo, su forma de tejer tramas con sus subordinados e, incluso, el modo en que maneja la situación con su esposa, demuestran tanto la verdadera naturaleza de este rol como la excepcional labor de Giamatti en los momentos clave.

Las mujeres, a escena

Antes apuntaba que las tramas secundarias en la segunda temporada de Billions han adquirido mayor relevancia. Bueno, lo justo sería decir que sin ellas posiblemente sería imposible articular la evolución dramática de estos capítulos. En efecto, mientras que en la primera parte de la serie las historias ajenas a la lucha entre los protagonistas parecían servir únicamente como herramienta dramática a utilizar en el momento clave para ofrecer un giro argumental, en esta nueva tanda de episodios se convierten en ramificaciones fundamentales para llevar la historia hasta donde sus guionistas desean. Muchos son los ejemplos, desde esa extraña joven interpretada por Asia Kate Dillon (Hitting the wall) que debería tener, y esperemos que así sea, mayor protagonismo en el futuro, hasta la investigación a la que es sometido el fiscal interpretado por Giamatti.

Pero entre todas ellas destacan dos, las dos que afectan a las mujeres de los protagonistas, de nuevo interpretadas por Maggie Siff (serie Hijos de la Anarquía) y Malin Akerman (Sácame del paraíso). Si bien es cierto que estos roles son fundamentales para entender la dinámica antagonista que sustenta todo el relato, también hay que reconocer que hasta ahora eran casi testimoniales, sobre todo el de Akerman, limitándose a ser daños colaterales en una guerra en la que se ven inmersas casi sin comerlo ni beberlo. Sin embargo, en estos capítulos las tornas cambian, adquiriendo un papel más activo y, sobre todo, determinante en la forma de afrontar los desafíos de los héroes (o antihéroes) de turno. Es cierto que la presencia de Siff siempre ha sido muy activa, pero es ahora cuando aporta un mayor peso e influencia a la relación entre los papeles de Giamatti y Lewis, siendo determinante en algunas decisiones y, sobre todo, poniendo la relación con su marido, el fiscal, en un punto cuanto menos comprometido.

Mayor cambio es el que experimenta el papel de Akerman, sobre todo porque su influencia no solo se extiende a la trama principal, sino incluso a la secundaria que protagoniza Siff. Su desaparición durante varios días, su fuerza a la hora de tomar determinadas decisiones o el modo en que afronta las mentiras de su marido la convierten en un factor determinante para entender la temporada. Pero es que además los creadores de la serie la dibujan con un trazo mucho más definido para convertirla en una suerte de archienemiga del personaje de Siff, es decir, creando una segunda línea de confrontación entre las esposas de los respectivos maridos involucrados en una guerra sin cuartel para destruirse mutuamente. El paralelismo es evidente, lo que abre una serie de posibilidades apasionantes, sobre todo si se logra dotar de autonomía esta segunda trama y se consigue que ambas se nutran mutuamente.

La segunda temporada de Billions es, por tanto, todo lo que puede esperarse de la continuación de una historia. Todo lo bueno, quiero decir. El desarrollo dramático envuelve la trama de un carácter más oscuro, la confrontación entre los antagonistas permite un mayor conocimiento de los personajes, y la complejidad aumenta a medida que nuevas tramas secundarias con nuevos o conocidos personajes se incorporan a la principal, nutriéndola y ampliando el abanico de caminos narrativos. Es, en definitiva, una aplicación de la fórmula ‘más y mejor’ realizada con coherencia, sin caer en el histrionismo o el exceso que perfectamente podrían haber sido seña de identidad en estos episodios. Y lo más atractivo es que la temporada termina con un final ejemplar que deja todo listo para que la partida entre el fiscal de dudosas prácticas y el gestor de fondos con una actividad sospechosamente ilegal continúe.

1ª T. de ‘Billions’, una incomparable guerra intelectual y legal


Todo guión debería tener como pilares fundamentales una historia sólida y unos personajes bien definidos. Dicho así, suena tan sencillo como teórico. El trabajo posterior, por supuesto, siempre es mucho más complicado. Pero cuando se logra, cuando realmente se consigue una armonía entre trama y personajes, es cuando una historia crece casi de forma orgánica, lo cual por cierto puede ser un problema si no se controla correctamente. La serie Billions es el último ejemplo de que se puede lograr. Es más, de que a cualquier ficción le pueden faltar el resto de elementos y aún así convertirse en una auténtica joya dramática.

Para quienes no se hayan acercado todavía a la primera temporada de esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del guión de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin, la serie aborda la batalla intelectual y legal entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, en medio de la cual se encuentran la mujer del primero, que trabaja para el segundo. Resumido así, el argumento puede parecer excesivamente simple o soporífero, depende de a quién se pregunte. Pero ahí reside precisamente la magia de estos primeros 12 episodios. No voy a negar que exige mucho del espectador, tanto en lo que se refiere a atención como en conocimientos financieros o legales, pero la recompensa es extraordinaria.

Para empezar, la trama está construida sobre los miedos y las propias miserias de cada personaje. A pesar de que todos, aparentemente, son triunfadores, los protagonistas recurren a artimañas y subterfugios, a influencias y cauces de dudosa legalidad para lograr sus respectivos objetivos. Es evidente que eso se aprecia mejor en el fiscal interpretado por un excepcional Paul Giamatti (San Andrés), pero también se aprecia, sobre todo hacia el final de esta primera temporada de Billions, en su enemigo, al que da vida un espléndido Damian Lewis (serie Homeland). Esto permite a la serie abordar los diferentes conflictos desde una perspectiva diferente, aportando matices e interpretaciones diferentes y mucho más enriquecedoras de lo que inicialmente podría pensarse de la acción propia de cada secuencia.

Asimismo, el desarrollo dramático, a diferencia de otras ficciones, tiene siempre un único objetivo que, en cierto modo, podría entenderse que es la conversación entre los protagonistas en su episodio final. Para poder llegar a ese maravilloso cara a cara los creadores construyen un relato creciente de ataques mutuos, de sibilinos golpes bajos y de decisiones cuestionables que, además de enrarecer el contexto en el que se mueven los personajes, enriquece la aparentemente sencilla trama que plantea. A todo esto se suma, aunque no es lo más determinante, una narrativa visual que juega en muchos momentos con los tiempos dramáticos, despistando al espectador hasta el punto de identificarse con los protagonistas según necesidades dramáticas.

Entre actores anda el juego

Pero como decimos, lo relevante en Billions son los personajes, y más concretamente los actores. Dejando a un lado el duelo dramático entre ambos personajes, posiblemente lo más relevante sea el modo en que el tratamiento desgrana progresivamente el trasfondo emocional de cada uno de los roles. Esta información, ofrecida con cuenta gotas, genera un doble efecto, primero de cierta sorpresa e incluso choque emocional, y luego de comprensión y hasta tristeza. Sea como fuera, el caso es que poder comprender el pasado y los aspectos más íntimos de los dos protagonistas permite al espectador no solo anticipar ciertos movimientos (algo complicado en este tipo de series), sino aceptar determinadas decisiones poco comprensibles sin dicha información.

A todo ello contribuyen de forma imprescindible los actores, Tanto Lewis como Giamatti componen dos enemigos íntimos tan sólidos como inigualables. Si la definición de los personajes sobre el papel es compleja, ambos intérpretes acentúan los valores dramáticos hasta cotas insospechadas. Posiblemente donde más se aprecie sea en sus momentos de mayor bajeza moral, cuando recurren a todo tipo de estratagemas para poder salir vencedores en esta especie de partida de ajedrez que se establece entre ellos. Es en los rincones más oscuros de los personajes donde más disfrutan los actores, y donde logran sacar el máximo partido dramático de sus decisiones y sus acciones, repercutiendo en el resto de las tramas.

Precisamente las tramas secundarias pueden ser uno de los puntos más débiles de la serie, y no porque no estén bien estructuradas. Más bien, la lucha principal entre estos personajes y todo lo que ello conlleva (investigación, estrategias, traiciones, etc.) está construida de tal modo que el resto de líneas argumentales pensadas para complementar parecen menos brillantes. Y aunque es cierto que ciertos romances de personajes secundarios resultan algo irrelevante (al igual que episodios protagonizados por tramas anexas), una reflexión posterior permite apreciar el conjunto como un complejo puzzle en el que las piezas están en un delicado equilibrio que pivota sobre la complejidad del mundo en el que se mueven los personajes.

Billions es, a todas luces, una de las mejores producciones de la televisión. La primera temporada es un perfecto juego del gato y el ratón en el que, curiosamente, no se termina de tener demasiado claro quién representa a uno y a otro. La lucha entre estos personajes alcanza cotas sobresalientes, terminando con un diálogo en el último episodio simplemente memorable. A su alrededor se construye todo un mundo de traiciones, mentiras e intereses que supera con creces la mera investigación judicial, afectando de diferente forma a todos y cada uno de los personajes. Una obra construida al milímetro desde sus cimientos, sumamente recomendable para todo aquel que disfrute con la interpretación.

Daños colaterales de la violencia en la 6ª T de ‘Hijos de la Anarquía’


Los 'Hijos de la Anarquía' deben encontrar una nueva sede en la sexta temporada.Hay pocas series capaces de mantener un alto nivel dramático temporada tras temporada. Y son muchas menos las que dejan al espectador pegado al asiento con una sensación de tensión del modo en que lo hace Hijos de la Anarquía. Su sexta temporada ha sido, en todos los sentidos, una joya de la televisión que, como viene siendo habitual en la producción creada por Kurt Sutter (serie The Shield), no tendrá el reconocimiento que pide a gritos etapa tras etapa. Y es que si algo se ha conseguido en estos nuevos 13 episodios es encaminar la brutalidad de la que siempre ha hecho gala la serie hacia un ocaso brillantemente planificado y mejor ejecutado que elimina del tablero flecos que lastraban la acción y dirige su futuro hacia un dramatismo que augura una venganza incluso más salvaje de lo visto hasta ahora. ¡Ah¡, y para aquellos que todavía no hayan podido ver la temporada, encontrarán en este análisis diversos spoilers que no pueden ignorarse.

A pesar de ese ocaso, de esa evidente luz al final del túnel que se percibe en buena parte de la temporada, la estructura narrativa sigue intacta. Sus responsables vuelven a jugar con la intriga de los planes elaborados por el personaje de Charlie Hunnam (Pacific Rim) y el resto de miembros del club, cuyas crisis internas siempre quedan apartadas ante los problemas que les llegan desde el exterior. La forma en que SAMCRO aborda su salida del negocio de las armas se antoja algo menos elaborada que las maquinaciones ideadas en temporadas anteriores, pero como compensación se vuelven más brutales, demostrando una vez más que un golpe sobre la mesa muchas veces surte más efecto que días de conversaciones. El episodio en el que todo se desarrolla, que no por casualidad coincide con el comienzo del tercer acto del arco dramático de la temporada, es tan salvaje como brillante, tan liberador como coherente con el devenir de los personajes y la serie. La muerte del personaje de Clay, de nuevo con los rasgos de Ron Perlman (Hellboy), es uno de esos momentos delicados para cualquier guionista por la relevancia que posee dramáticamente hablando. Su resolución no podría haber sido mejor, equilibrando el odio y el respeto hacia un rey caído.

Una de las mejores bazas que siempre ha exhibido Hijos de la Anarquía es la relación que todos los acontecimientos tienen entre sí. En la anterior temporada se plantearon una serie de nuevos secretos que en esta ocasión, más que resolverse, generan nuevas controversias que llevan a varios personajes al límite. Sin ir más lejos, la unión con el personaje de Jimmy Smits (Madres e hijas) se basa cada vez más en las decisiones personales del club, lo que provoca una de las líneas argumentales de la próxima y última temporada. Empero, posiblemente el personaje que mejor represente dichos secretos sea el de Theo Rossi (Kill theory), cuya evolución a lo largo de las últimas etapas ha sido de las más dramáticas e interesantes de la serie. Su pasado afroamericano y su traición al club le llevan a una tortura personal e interna que genera toda una oleada de traumas, malas decisiones y peores consecuencias. Puede que se haya alargado en exceso su tratamiento, pero sin duda ha sido eso lo que permite que la conclusión de la temporada sea, al menos para él, lo suficientemente siniestra como para convertirle en un muerto andante.

Y aunque en esta ocasión son menos evidentes, las referencias a la obra de William Shakespeare siguen nutriendo el conjunto para convertirlo en una obra diferente que no permite ni un segundo de descanso o distracción. Cualquier conversación, cualquier mirada o detalle, se convierten en determinantes para entender el futuro. Ahí está, por ejemplo, la confesión que hace el personaje de Rossi en un intento de suicidio, algo que precipita los acontecimientos hacia un final que se antoja trágico. Y ahí está, por supuesto, la confidencia por la que el rol interpretado por Katey Sagal (Jack and the beanstalk) termina dando un giro inesperado a esta temporada. Esta secuencia de pocos minutos remite directamente a diferentes obras del dramaturgo inglés, lo que en último lugar consolida el carácter dramático de la serie casi por encima de la violencia que utiliza para resolver los conflictos.

El final de los finales

Hijos de la Anarquía le queda una temporada, pero todo apunta a que será una temporada para resolver ciertos flecos que todavía quedan colgando de esta sexta entrega. La verdad es que el episodio final, con el brutal asesinato de Tara (Maggie Siff, vista en Hazme reír), es la verdadera conclusión de una serie definida por la muerte y la violencia. Es lo que suele ocurrir cuando un personaje que se define como “intocable” no solo es tocado, sino mutilado. Independientemente del vacío que deja en la serie, su ausencia es lo que podríamos definir como un totum revolutum, un clímax que pone patas arriba todo el mundo que rodea a la serie. Sobre todo si tenemos en cuenta que junto a su cuerpo aparece el de otro rol secundario de relativa importancia. Esa estampa final enrojecida por el color de la sangre es el colofón perfecto para una ficción en la que los daños colaterales siempre han estado muy presentes, como demuestra el hecho de introducir en esta etapa a una chica cuya madre murió en el accidente del padre del protagonista, o los acontecimientos del primer episodio, uno de los mejores de la temporada narrativamente hablando.

De hecho, y aunque pueda resultar chocante y hasta irritante, la decisión de terminar con el personaje se ajusta a esa idea de los efectos secundarios. Un grupo de personajes que viven en y de la violencia pueden morir. Es su ley de vida, y el espectador lo acepta como algo factible y lógico. Pero que desaparezcan personajes en principio inocentes es algo que deja una huella mayor y genera un mayor daño a los protagonistas. Parece lógico pensar que el rol de Hunnam debe sobrevivir a todo lo que le ocurra, pero sería imperdonable que un hombre con tantos claroscuros no sufra algún tipo de castigo. Ya lo vivió con la muerte de su mejor amigo, y ahora le toca el turno a alguien más cercano. Con esto, Sutter cierra el principal arco dramático de la serie para resolver en los últimos episodios las venganzas y traiciones que todavía puedan quedar pendientes.

Todo esto me lleva a un concepto nuevo en esta temporada. Los que sigan la serie con asiduidad habrán comprobado que los planes de este club de moteros siempre se resuelven con un golpe maestro que les coloca en la cúspide de los diferentes reinos que luchan por el poder. Ahora bien, lo que nunca se había planteado es que se intrigase de forma paralela. El hecho de que el personaje de Siff elabore un intrincado plan para alejarse de SAMCRO es algo que hasta ahora se había mantenido, en mayor o menor medida, al margen. El espectador, como buen miembro del club, asiste un tanto ignorante a lo que planea la mujer del protagonista hasta que ya es demasiado tarde. Sus recursos, adquiridos en cierto modo por su convivencia con el personaje de Sagal, reflejan no solo sus deseos de romper lazos con ese mundo de violencia, sino el grado de integración que tiene con dicho entorno. Una dualidad que la actriz logra expresar con acierto y que enriquece y hace más complejas las relaciones humanas entre los personajes.

La anterior temporada de Hijos de la Anarquía presentó al protagonista con un líder implacable y violento que contrastaba con la imagen previa que se tenía de él. Esta temporada ahonda en dicho carácter para evidenciar los problemas que surgen y las consecuencias imprevistas que tiene el salvaje mundo en el que vive. Gracias al equilibrio entre intriga, acción y drama que derrocha, esta etapa se convierte en una de las mejores de toda la ficción, y posiblemente en la más sangrienta de todas. Una temporada, eso sí, con un cierto sabor amargo en el fondo del paladar. No es que algo chirríe en el conjunto (si acaso algunas actitudes de Maggie Siff, necesarias por otro lado para hacer avanzar la acción). El problema es que se acaba. Sobre estos 13 episodios planea la sensación de que una etapa termina. Eso sí, la conclusión se anuncia épica.

‘Hijos de la Anarquía’, de reflexivo príncipe a brutal rey en su 5ª T


Jimmy Smits se une a Charlie Hunnam y Tommy Flanagan en la quinta temporada de 'Hijos de la Anarquía'.Una de las drogas más potentes y peligrosas que existen es el poder. Si se controla puede llegar a convertir a un hombre en una leyenda, pero si por el contrario dejamos que nos controle destruye todo aquello que nos define. Decir que esta es la base de la quinta temporada de Hijos de la anarquía, que en Estados Unidos terminó en diciembre del año pasado y en España hemos terminado de ver hace unos días, sería limitar el análisis a lo que se ha visto en el resto de entregas. En realidad, y bajo este prisma de poder, lo que ofrece esta nueva tanda de episodios es una de las mejores evoluciones dramáticas que se han visto en la pantalla, y que encuentra su mejor reflejo en el plano final del último episodio.

Para aquellos que no lo recuerden, el final de la anterior temporada dejaba la puerta abierta a un futuro incierto en el que el protagonista se posicionaba del lado de su pareja para abandonar el club de moteros del que pasaba a ser presidente. La imagen era impactante, entre otras cosas porque suponía una actualización de una vieja foto de vital importancia para el héroe de esta ficción. Empero, lo que se creía iba a ser una lucha por dejar su estilo de vida y buscar otro alejado de su club se ha tornado en estos últimos 13 episodios en una espiral de violencia y abuso de poder que han puesto de manifiesto la verdadera naturaleza del joven Jackson Teller. Una espiral que ha tenido muchos puntos de inflexión, como la brutal muerte de su mejor amigo, las intrigas del personaje de Ron Perlman (Hellboy) o la resolución de todo el drama que se venía arrastrando con el miembro del club en la cárcel. Por supuesto, todo esto es una compleja combinación de tramas y subtramas que es difícil definir en pocas palabras, pero Kurt Sutter (serie The Shield) lo logra en ese último plano que antes mencionábamos: el protagonista se encuentra en la misma posición que al final de la anterior temporada, pero esta vez es su madre y su hijo los que le acompañan.

Este aparente plano sencillo y escueto recoge toda una evolución. Algunos dirán que simplemente ha vuelto a sus orígenes. Sí y no. Es cierto que en las primeras temporadas de Hijos de la Anarquía este joven príncipe, como si de un Hamlet sobre ruedas se tratara, mostraba un carácter violento que se ha ido diluyendo poco a poco con la presencia cada vez mayor de su interés romántico. Pero no es menos cierto que durante esas temporadas el fantasma del padre le hablaba a través de unos diarios que le instaban a dejar el club y buscar una vida mejor. En esta quinta temporada, sin embargo, el príncipe convertido en rey ha dado rienda suelta a su brutalidad, tanto física como moral, en un intento por controlar un entorno que se mueve sin su consentimiento. Y curiosamente, se ha convertido en su padre, escribiendo diarios para sus hijos en los que confiesa sus verdaderos pensamientos y demostrando que el poder, a pesar de los intentos, corrompe.

Pero todo sin dejar el club y las intrigas. El final de la temporada evidencia claramente que el protagonista va a seguir por el único camino que conoce y, porqué no, que adora. El principal cambio que existe en estos capítulos es que mientras que antes sentía algunos escrúpulos a la hora de tomar decisiones, ahora importa poco cuántos tengan que caer para conseguir sus objetivos. Y son muchos los que caen, por cierto, incluyendo su propia esposa y madre de sus hijos, y el vicepresidente de su club. Todo ello mostrado en uno de los mejores finales de temporada que ha tenido la serie.

Nuevos socios y secretos

Toda esta evolución, a pesar de ser uno de los elementos más destacables de la temporada, no sería posible sin el apoyo de una trama que recuerda mucho a la de la tercera temporada, tanto en su desarrollo como en su resolución, engañando a personajes secundarios y espectadores por igual. Sutter demuestra con estos 13 capítulos dos cosas importantes en toda serie: uno, que no le preocupa eliminar personajes de cierta relevancia para que la trama pueda seguir su curso natural; y dos, que una ficción debe conseguir la atención con sus propias armas, no con efectos de artificio que distraigan de lo verdaderamente relevante.

En este sentido, esta quinta temporada es ejemplar. De hecho, comienza introduciendo a un personaje que crece a medida que avanza el argumento hasta convertirse en un nuevo aliado que viene a sustituir a los veteranos grupos y asociaciones ya conocidos. Y es un personaje muy interesante. Encarnado por Jimmy Smits (Conociendo a Jane Austen), es un hombre que trata de huir de su pasado, pero al igual que el protagonista, lo hace sin las convicción suficiente para resultar creíble. Y a pesar de su aspecto afable y su predisposición a ayudar, algo oculta. Al menos eso parece, pues pocos personajes (por no decir ninguno) de Hijos de la Anarquía muestran sus verdaderas intenciones.

Hablando de secretos, no puedo dejar pasar una llamada de atención sobre el personaje de Perlman, uno de los más interesantes de la trama y que en esta quinta temporada ha estado un poco desubicado, por decirlo de algún modo. Tras la brutal resolución de su corrupción en la temporada anterior, con descubrimientos de traiciones, asesinatos y pactos ocultos (vamos, algo parecido a lo que le ocurre al joven heredero en esta entrega), ‘Clay’ Morrow volvía con fuerza, moviéndose en las múltiples sombras del club para recuperar el poder. Empero, a medida que se suceden los episodios dichas intrigas pierden fuerza hasta convertirle en una especie de corderito, de alma bondadosa y reformada que lo único que busca es terminar sus días en paz. Siendo sincero, en todo momento se alberga la esperanza de que su actitud forme parte de un plan mayor, pero al terminar la temporada da la sensación de que en realidad su personaje ha cambiado. Sería una lástima no volver a recuperarle para la causa.

En cualquier caso, esta quinta temporada de Hijos de la Anarquía mantiene el alto nivel general de la producción, e incluso fortalece determinados aspectos dramáticos. Si anteriores entregas se han centrado en la evolución de personajes secundarios, esta gira en torno casi en exclusiva al protagonista. Su forma de actuar y el endurecimiento de su alma (sobre todo a raíz de la muerte de su amigo, como señalaba más arriba) han dado un giro radical a la serie, generando una serie de escisiones y de intrigas que, lejos de sacar al club de su forma de vida habitual, lo han sumergido aún más. Su frenético ritmo y la cantidad de acontecimientos que suceden en apenas una hora dan cuenta de la profundidad de su trama, y la convierten en una de las mejores series de la parrilla actual.

La intriga familiar acapara la 4ª temporada de ‘Hijos de la anarquía’


Si algo ha definido a Hijos de la anarquía durante las tres últimas temporadas ha sido su violencia, tanto implícita como explícita. Sus negocios con el tráfico de armas, sus luchas por el territorio con otros clubes o sus encontronazos con la ley son buena prueba de ello. Sin embargo, la cuarta temporada ha supuesto una bocanada de aire nuevo que, a tenor de lo ocurrido en el último episodio de la temporada, no va a definir el resto de arcos narrativos. Con un tono mucho más sobrio y calculado, y con menos propensión a los actos sin control o a las venganzas rápidas, las aventuras de este club de moteros han dado, con todo, un vuelco casi mayor que en anteriores entregas.

No quiere esto decir que no exista violencia, más bien al contrario. Lo que ocurre, empero, es que dichos actos violentos quedan reducidos prácticamente a tiroteos, lo que aleja a los miembros del club de actos más personales como la venganza de la agente de la ATF al final de la tercera temporada. El motivo principal por el que ocurre esto es que, a diferencia de otras temporadas donde varias tramas se sucedían de forma paralela para confluir en una resolución casi apoteósica, la cuarta temporada se toma mucho más tiempo en desarrollar el necesario hilo conductor de la intriga familiar, lo que es de agradecer y da nuevas alas para el próximo desarrollo de la serie, que vuelve el 11 de septiembre a Estados Unidos.

Pero junto a esta trama familiar, sobre la que volveremos más adelante, se encuentra el único arco narrativo de los 14 episodios (salvo alguna pequeña trama que, en el fondo, está incluida dentro de esta) centrado en el negocio de las drogas con un cartel internacional. Más allá del riesgo que supone dicha relación, que a todas luces es excesivamente grande para los intereses de un club pequeño como los Hijos, la decisión de ganar dinero con las drogas genera un fractura interna de tal magnitud que ha definido el resto de la historia, continuando en la quinta temporada y, quién sabe, en las siguientes; una ruptura que, además, crece con los problemas internos de los propios miembros.

Que nadie piense, sin embargo, que Hijos de la anarquía ha perdido ese estilo tan particular en su desarrollo narrativo definido por una intriga que se resuelve en los últimos episodios con giros argumentales a cada cual más inesperado. En este sentido, posiblemente la cuarta temporada acoja uno de los más impactantes de la serie. Su creador, Kurt Sutter (The Shield), propone al espectador el peligroso juego del gato y el ratón para tratar de descubrir quién es quién en la trama. Dicho esto, y junto al guionista Chris Collins (Los Soprano), reservan para el último episodio una sorpresa mayúscula en la que los personajes se descubren para mostrar una naturaleza que cambia todas las reglas del juego y obliga a un cambio de decisiones no solo necesario, sino obligado para el buen funcionamiento de la serie. Hay creadores que hacen esto de forma tosca y excesivamente sencilla; Sutter ha demostrado que se puede hacer bien si las bases están puestas desde el comienzo.

Más Shakespeare que nunca

Una de las cosas más atractivas de las tres primeras temporadas fue la adaptación de Hamlet de Shakespeare a un mundo tan violento y alejado de la obra como puede ser un club de moteros. Con un presidente que ha usurpado el poder y tiene a la mujer del presidente original (que murió en extrañas circunstancias), un joven heredero que aspira a convertirse en el futuro líder y un legado en forma de manuscrito, la influencia de la obra clásica parecía notarse en muchos aspectos. Sin embargo, la necesidad de desarrollar el mundo que rodea a los Hijos obligaba a posponer un desarrollo aún mayor de esta intriga familiar.

Es posible que ese sea uno de los motivos por los que esta cuarta temporada ha dejado de lado las múltiples tramas y ha dado más presencia a las cartas que ya revelaban, al final de la tercera, un futuro preocupante para la unidad familiar que dirige el club. Cartas, por cierto, que se convierten en el principal ‘leit motiv’ de los acontecimientos, incluso de algunos que se toman en la trama de las drogas. Y cartas, además, que suponen una forma de conversación entre el fallecido padre y el dubitativo hijo, que busca la forma de abandonar todo su mundo para poder dar a sus hijos una vida legal.

En este marco, esta nueva temporada deja las piezas colocadas para una nueva batalla, con unos personajes cuya evolución solo puede calificarse de extraordinariamente lógica y arriesgada. Más allá de la brecha, tanto generacional como emocional, que se produce entre los miembros del club, el cambio que se produce en Jackson ‘Jacks’ Teller (con una muy buena interpretación de Charlie Hunnam) hacia el final de la temporada, cuando los secretos más oscuros salen a la luz, es soberbio. Con todo, puede que el personaje que mantiene una evolución más fascinante siga siendo el de Maggie Siff, la otrora doctora enamorada de un motero y que en esta temporada asume definitivamente su rol de “chica de…”, con todo lo que eso conlleva.

Desde luego, Hijos de la anarquía se confirma en esta cuarta temporada como uno de los títulos más completos de la televisión en el que el espectador debe estar atento a la más mínima mirada. Puede que algunos consideren que ha perdido algo de esencia al dar más protagonismo a toda la trama del pasado de Teller, pero no ha sido más que una forma de hacer avanzar la historia y, además, sanear un poco un estilo que podría caer en lo repetitivo. A tenor del final (por cierto, con un capítulo doble titulado ‘Ser…’), la violencia y el drama internos están asegurados para la próxima entrega.

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