4ª temporada de ‘Billions’, o cómo lograr el éxito sin escrúpulos


Lucha, caída y ascenso de dos titanes. Ese podría ser el resumen, a grandes rasgos, de la evolución dramática de Billions, la serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos guionistas de Runner Runner) y Andrew Ross Sorkin. Pero en realidad, es mucho más. La cuarta temporada deja patente que este drama sobre la justicia, la Bolsa, la ética y los valores morales es algo más que un mero reflejo de unos personajes corruptos por sus propias ambiciones. De hecho, es mucho más.

Los 12 episodios que componen esta etapa suponen todo un juego intelectual y dialéctico no solo entre los diferentes personajes que pueblan esta ficción, sino de la propia trama con el espectador. Planteada como ese ascenso a la cima que mencionaba al principio, su final da un sentido completamente diferente a una historia ya de por sí compleja y perfectamente estructurada. Un giro argumental al que la serie, en cierto modo, ya nos tiene acostumbrados, pero que en este caso adquiere una mayor relevancia porque, literalmente, define a los protagonistas como dos ‘tiburones’ sin escrúpulos capaces de sacrificar aquello que aman con tal de lograr sus objetivos. Dicho esto, la labor de los guionistas resulta más espléndida si cabe, toda vez que estamos hablando de personajes objetivamente detestables, pero dramáticamente atractivos. Encontrar ese equilibrio es lo que convierte a cualquier historia en una gran historia.

En realidad, el giro argumental final lo que hace es confirmar algo con lo que trabaja toda la cuarta temporada de Billions, y es el hecho de anteponer la venganza y las ansias de poder a cualquier otra cosa. Y el personaje de Paul Giamatti (Morgan) es el que mejor representa esta idea. El momento en que anuncia ante el mundo sus afinidades sexuales es sin duda uno de los más importantes de toda la serie, y eso que ha tenido unos cuantos. Pero este supera todo lo visto hasta ahora por varios motivos. Para empezar, la fuerza dramática y narrativa de revelar un secreto ante el mundo. Segundo, el modo en que esto condiciona y modifica, hasta cierto punto, las relaciones del protagonista con los personajes que le rodean. Pero sobre todo, el momento representa lo que representa por el daño colateral que tiene en el rol interpretado por Maggie Siff (serie Hijos de la Anarquía), y cómo afecta a la relación de pareja. Precisamente porque esos efectos se habían avisado previamente el destrozo dramático que provoca es mayor, modificando para siempre el devenir de esa línea argumental. El modo en que se afronta en el guión, y el modo en que Giamatti compone esta faceta de su personaje, hacen que este jurista crezca emocionalmente hasta cotas impensables.

Lo mismo ocurre, aunque en menor medida, con su némesis/amigo. El personaje de Damian Lewis (Érase una vez… en Hollywood) actúa motivado por un odio nacido, a su vez, de la traición. Como ya quedó patente al final de la anterior temporada, la venganza es el objetivo final de los dos protagonistas, y aunque ambos la plantean en términos similares (incluyendo colaboraciones esporádicas), el rol de Lewis parece movido más por la ‘sed de sangre’ que por un planteamiento frío y calculador. Esta diferencia entre ambos personajes, lejos de socavar el atractivo de alguno de ellos, les sitúa como dos caras de una misma moneda, como dos formas de entender un mismo viaje que lleva, inexorablemente, a un mismo final. No es casual. Este planteamiento permite a los creadores de la serie jugar con diferentes situaciones dramáticas para construir dos líneas argumentales que transcurren de forma paralela y que, de vez en cuando, encuentran puntos comunes. Pero el resultado, como digo, es el mismo. El rol de Lewis (quien, por cierto, hace una labor extraordinaria) termina por destruir todo aquello que, en teoría, ama. Todo para terminar con aquel que le traicionó.

Un ‘árbol’ dramático

Y aquí es donde se halla la principal diferencia de esta cuarta temporada de Billions con respecto a las anteriores. Los dos protagonistas dejan de ser enemigos para centrar sus miradas en otros antagonistas que, a su vez, tratan de jugar el mismo juego de estrategia e intriga política y financiera. Esto genera una estructura que se va ramificando hasta crear un complejo entramado dramático tan atractivo como interesante, enriqueciendo notablemente una serie ya de por sí rica y compleja. Las historias secundarias de estos personajes no solo complementan a las de los protagonistas, sino que originan sinergias entre ellas, estableciendo un diálogo de tú a tú con las historias principales. Esto es lo realmente importante, pues la ficción en ningún momento se plantea siquiera el hecho de utilizar alguna de estas líneas argumentales como meros apoyos narrativos, sino que se establecen como motores independientes de desarrollo.

En cierto modo, puede entenderse que la producción pasa de tener dos tramas principales a cuatro, más un buen número de secundarias. Esto explicaría, por ejemplo, los finales de las dos historias protagonizadas por Giamatti y Lewis y esos giros argumentales finales que mencionaba antes. Solo estableciendo en un mismo nivel dramático todos los arcos de los personajes se puede lograr un efecto como ese, teniendo siempre claro quienes son los “buenos” y los “malos” (conceptos que en este caso pueden tener una connotación diferente). Dicho de otro modo, para que una trama sea buena es fundamental que tenga villanos a la altura, o al menos antagonistas capaces de dar la batalla y poner en apuros a los protagonistas, de modo que su victoria sea más satisfactoria.

La pregunta que se plantea en esta etapa de la serie es si, realmente, esa victoria es satisfactoria. No solo porque la catadura moral de los dos personajes principales quede muy en entredicho, sino por el modo en que vencen en sus respectivos campos. No dudan en destrozar a su adversario con tal de conseguir la victoria, y sobre todo no dudan en arrasar con todo a su paso para lograr el objetivo. El personaje de Maggie Siff es la gran víctima en todo esto. Y lo es porque su propio arco argumental lleva a este rol a sufrir en sus carnes los daños de ambos protagonistas, por un lado en su vida personal y por otro en su vida profesional. Esto la convierte en uno de los nexos más fuertes de toda esta estructura dramática, y también en uno de los personajes más interesantes, complejos y de más largo recorrido de toda la serie.

En pocas palabras, Billions crece dramáticamente hablando en su cuarta temporada. Y en contra de lo que se pueda pensar, no lo hace ahondando en los conflictos entre los protagonistas, sino desviando la mirada hacia otros secundarios, explorando así la personalidad de cada uno de ellos en situaciones diferentes a las vistas hasta ahora. Esto expande el universo de la serie, dota de un mayor peso narrativo a algunos secundarios y sitúa a los protagonistas ante un espejo que les enseña (y nos enseña) todo lo que son capaces de hacer por sus ansias de poder. Pero ante todo, lleva la trama por un camino por el que no se puede volver hacia un futuro apasionante y prometedor.

‘Supergirl’ se convierte en el corazón de la diversidad en su 4ª T.


En algún momento, con la reflexión que permite la distancia de los años, se debería abordar en profundidad el trato que la televisión está dando a los superhéroes, sobre todo a ese llamado Arrowverse con personajes de DC Cómics. Porque lo visto en la cuarta temporada de Supergirl es tan interesante en su concepción dramática como fallida en su desarrollo. Y es que los 22 episodios de esta etapa no solo no logran enganchar al espectador, sino que pierden fuerza a medida que entremezcla tramas como si de una amalgama narrativa se tratara.

Pero vayamos por partes. La serie creada por Ali Adler (serie The new normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos responsables de ArrowThe Flash) se ha confirmado en esta parte de la historia como el “corazón” de la diversidad en el mundo DC, algo que tendrá su continuidad dentro de poco con la llegada de Batwoman. La serie ha dedicado buena parte de su tiempo, a mi modo de ver con acierto dramático, a explorar los conflictos personales y sociales que aún hoy sigue generando la diversidad sexual. Y digo con acierto porque eso se suma a los conflictos racistas que siempre han estado latentes en el personaje (tanto en este como en Superman) sobre los miedos que genera lo desconocido. De hecho, sus creadores se han esmerado en plantear los alienígenas como una versión fantástica de la inmigración en Estados Unidos, lo que adquiere aún más importancia a tenor de las medidas tomadas desde la Casa Blanca.

En esta cuarta temporada de Supergirl todo eso se agudiza hasta el punto de elevarlo, precisamente, hasta la Casa Blanca, con ese personaje interpretado por Sam Witwer (serie Érase una vez) que se convierte en una suerte de líder de una secta al más puro estilo Ku Klux Klan. Este villano protagoniza buena parte de un arco argumental que comienza de un modo relativamente sólido pero que termina por ser casi una autoparodia. A todo ello se añaden nuevos personajes llamados a quedarse (al menos un tiempo) y que aportan un carácter de diversidad sexual sumamente interesante y reflexivo. De hecho, los autores de la serie no dudan en vincular directamente el odio racial con el odio homofóbico, estableciendo vínculos que van más allá del entretenimiento y la fantasía que ofrece esta ficción.

Esta mayor complejidad emocional de la serie se suma, y encaja bastante bien, a los planteamientos iniciales de la superheroína, que la verdad es que no han cambiado prácticamente nada desde la primera temporada. Los secundarios siguen llenando un cierto vacío de la protagonista, cuya dualidad entre su identidad secreta y su figura de Supergirl sigue siendo el motor de la serie, alcanzando en esta ocasión cotas mucho mayores de lo visto hasta ahora. Se puede decir que la cuarta etapa lleva todos los planteamientos iniciales a límites mucho mayores, obligando al espectador a plantearse muchas cuestiones al tiempo que es capaz de distraer durante los tres cuartos de hora que dura cada episodio aproximadamente. El problema está en el formato elegido, en cómo han vestido todo este trasfondo dramático y emocional. Y sobre todo en cómo han desarrollado los arcos dramáticos de cada personaje y cómo han planteado la sucesión de tramas secundarias.

Rusos y fascistas

Y es un gran problema, porque la sensación final que deja la cuarta temporada de Supergirl es la de una serie para adolescentes muy blanca, con pocas luces y sombras, en la que los buenos son muy buenos y los malos son muy malos, sin sacrificios, dudas o errores de por medio. Esto, desde un punto de vista cinematográfico, hace que la serie sea completamente plana, sin giros argumentales de relevancia ni conflictos dramáticos atractivos. Y lo que es peor, diluye en buena medida el mensaje de tolerancia que plantea desde un inicio, reduciéndolo a un mero complemento para las aventuras de la Chica de Acero que, por cierto, abandona la idea de estar a la sombra de Superman para, directamente, convertirse en él, asumiendo de paso a sus villanos.

De aquí se deriva, en cierto modo, el otro gran problema de la historia. La entrada en escena de Lex Luthor (serie Dos hombres y medio), aunque atractiva por lo que aporta el personaje, deja de lado buena parte de lo construido hasta ese momento. Mejor o peor, la serie se había enfocado hacia la intolerancia y el fascismo. La presencia del archienemigo de Superman, aunque bien integrada en el conjunto de la trama, absorbe absolutamente todos los elementos anteriores de la trama, fagocitándolos en su propio beneficio para narrar algo totalmente diferente. Algo que no tiene que ser necesariamente negativo si no fuera porque, en lugar de buscar un desarrollo más o menos coherente, se opta por la vía rusa, esa Hija Roja cuyo recorrido es más bien corto y una suerte de plan maquiavélico que, de rebuscado, no termina de ser creíble.

Las tramas secundarias, además, no acaban de encajar demasiado bien. No tanto en el desarrollo de la temporada, donde sí se integran bastante bien unas con otras, sino en el impacto que pueden tener a futuro en los personajes. Da la sensación de que todo el periplo dramático que viven los secundarios es única y exclusivamente una excusa para desarrollar otros conceptos, sin que luego existan verdaderas consecuencias sobre ellos. Esto, evidentemente, no se sabrá hasta que avance la serie en las siguientes temporadas, donde posiblemente se recuperen algunos de los conflictos que se han quedado sin resolver en esta etapa, pero en cualquier caso poner a cualquier personaje ante un desafío externo (o interno) y que después de superarlo no se vea ninguna evolución dramática siempre es un fallo narrativo importante.

La cuarta temporada de Supergirl, por tanto, se revela como un producto incompleto. Por un lado, se consolida como la ficción más diversa de este universo televisivo. Racismo, homofobia, xenofobia, … son conceptos subyacentes a la fantasía, los efectos especiales y las aventuras superheróicaso. Y en este sentido es digno de alabar el esfuerzo de sus creadores por integrar todas estas historias bajo un mismo paraguas. Pero estos 22 capítulos adolecen de falta de ritmo narrativo. Ni las historias secundarias logran tener entidad propia, ni la historia principal del personaje interpretado por Melissa Benoist (Día de patriotas) resulta lo suficientemente atractiva, lastrada por un exceso de formalidad y una falta de complejidad dramática del personaje. Esto deriva en una serie sumamente lineal en la que los episodios, cargados de dinamismo, se suceden y se consumen tan rápido como se olvidan.

4ª T. de ‘Gotham’, o el nacimiento de Batman en un mundo de villanos


La serie sobre el origen de Batman está llegando a su fin. La duda que se plantea es si ese fin se debe a que el desarrollo dramático de la historia no da para más, o más bien porque la ficción ha entrado en terrenos algo peligrosos y difíciles de solucionar, y es mejor terminar con todo antes de que sea demasiado tarde. Los 22 episodios de su cuarta temporada, ahora que la última etapa ha comenzado su andadura, son en este sentido ciertamente reveladores, pues mientras que por un lado la serie mantiene un estilo visual e interés dramático relativamente sofisticado, por otro se incorporan personajes y, sobre todo, se utilizan recursos narrativos algo cuestionables para forzar algunos de los giros argumentales.

Y es que la serie creada por Bruno Heller (serie Roma) ha llevado hasta el extremo la idea de que una historia es tan buena como lo son sus villanos. Más allá de la transformación del joven Bruce Wayne en el Caballero Oscuro de Gotham, lo más interesante de la producción siguen siendo los malos de turno, encabezados por un Pingüino que ya ha convertido en un referente el actor Robin Lord Taylor (En el frío de la noche). La amplia selección de criminales que se adueñan (o lo intentan) de las calles de esta oscura ciudad crece casi de forma exponencial a medida que avanza una trama, por otro lado, algo irregular al no tener muy claro en qué arco dramático debe centrarse. Y en este crecimiento, como suele ocurrir, hay luces y sombras, no tanto por la definición y reinterpretación de algunos personajes como por los recursos utilizados para crearlos o, mejor dicho, hacerlos evolucionar.

Estos claroscuros se producen, en líneas generales, precisamente por esa proliferación de villanos en Gotham. Son tantos, casi todos ellos interesantes, que dedicarles el tiempo necesario para desarrollar sus motivaciones y sus personalidades es sencillamente inviable, incluso para una serie de esta duración. Esto obliga a sus creadores no solo a reducir procesos narrativos, lo cual es ya de por sí arriesgado, sino a utilizar elementos narrativos cuanto menos cuestionables. Uno de ellos es ese presunto romance que vive Enigma (espléndido Cory Michael Smith –First Man (El primer hombre)– ahondando en la bipolaridad del personaje), un motor dramático que, aunque encaja, resulta algo forzado en su desarrollo y, sobre todo, en una resolución con una escalada de presunta inteligencia. Menos coherencia tiene lo que le ocurre a Poison Ivy, personaje que ya fue evolucionado con un Deus ex machina y que ahora vuelve a utilizar el proceso para resurgir como el personaje definitivo, con el rostro de Peyton List (serie Mad Men). Que todo se deba a un cambio de actriz o a una necesidad dramática es indiferente, este rol es posiblemente el que menos se ha tratado en el guión, y es algo que se nota en cada paso que da.

Aunque sin duda lo más sorprendente es lo que ocurre con el Joker. El caos, la dualidad moral y la locura de este personaje lo han convertido sin duda en el gran referente del universo Batman, y la labor de Cameron Monaghan (serie Shameless) en los primeros compases de su presencia en la serie fue sencillamente perfecta, dotando al rol de una maldad que ha ido evolucionando a pasos agigantados. El problema es que llegó un punto en que era difícil de controlar la escalada de destrucción de un personaje que, aunque parezca lo contrario, es sumamente inteligente y calculador. De ahí que fuera necesario modificar sustancialmente su definición, para lo que se ha recurrido, nada más y nada menos, a un gemelo mucho más inteligente pero en el que la maldad estaba igualmente instalada. Dicho de otro modo, sin necesidad de recurrir a otro actor se sustituye un personaje por otro, similar en el fondo pero diferente en sus formas. Para gustos los colores, pero este intento de cambio de personalidad cambiando el personaje y manteniendo el actor no termina de encajar, sobre todo porque este gemelo parece haber salido de la nada después de que el Joker hiciera acto de presencia hace ya tanto tiempo.

Batman begins

Más allá de estos problemas en su narración, lo cierto es que la cuarta temporada de Gotham ahonda en el nacimiento de Batman como héroe, y en este sentido la serie crece notablemente. Es cierto que lo hace sosteniéndose en algunos pilares dramáticos cuanto menos cuestionables (la historia con Ra’s al Ghul, sus problemas con Alfred, su etapa de fiesta constante, …), pero en líneas generales logra el propósito para el que nació esta ficción, que no es otro que mostrar cómo surge el héroe, cómo empieza Batman, y cómo se forja la relación con James Gordon, al que vuelve a dar vida Ben McKenzie (El marido de mi hermana). Y mientras que en temporadas anteriores estos elementos parecían ir por caminos independientes, en esta ocasión empiezan a confluir antes de la temporada final.

En efecto, aunque las historias de Bruce Wayne y Gordon discurren de forma casi paralela, cada vez son más los momentos en que se cruzan y, lo que es más importante, empiezan a tener un cariz más dramático y más intenso, toda vez que se produce la transformación del héroe y debe mantener esa doble identidad en secreto. Por cierto, es importante señalar la labor de David Mazouz (serie Touch) y cómo asume poco a poco los cambios que se producen en el protagonista. He de reconocer que el actor siempre me ha parecido que estaba en formación, y que necesitaba mucho recorrido. Pero en esta cuarta temporada demuestra una gran capacidad para expresar multitud de emociones y situaciones que vive el protagonista, y sobre todo para sostener sobre sus hombros las diferentes identidades que debe asumir según el entorno en el que se encuentra.

Todo ello conforma una etapa interesante, que conecta con las raíces de este personaje y con lo que los aficionados en general han podido encontrar en las películas y las historias más conocidas del Hombre Murciélago. Soy consciente de que la serie se toma licencias en muchos momentos, del mismo modo que como producción audiovisual asume riesgos y decisiones dramáticas que son muy cuestionables y que debilitan el conjunto. Pero la mayoría de esas decisiones se toman, de forma acertada, en arcos argumentales secundarios, en historias que, aunque nutren el conjunto, tienen poco o ningún efecto sobre la principal. Esto genera un doble efecto. Por un lado, debilita el desarrollo general, pero por otro permite a la historia del héroe elevarse ajena al resto, sin verse perjudicada.

En líneas generales, por tanto, esta cuarta temporada de Gotham no solo mantiene el desarrollo dramático presentado en anteriores etapas, sino que ofrece un ligero giro argumental en el protagonista, acorde a lo visto hasta ahora pero profundizando en sus raíces. Dicho de otro modo, Batman hace sus primeras apariciones, aunque todavía no sea digno de ese nombre. Y todo ello con una cartera de villanos sencillamente impecable, a pesar de la evolución y definición de muchos de ellos. De hecho, no es difícil realizar varias categorías de criminales, lo que da buena cuenta no solo de la amplia variedad, sino del diferente tratamiento que da la serie a estos personajes. Es cierto que muchos de sus elementos son cuestionables, pero no impactan tanto en el conjunto como para que se vea afectado.

La 4ª T. de ‘Empire’ ahonda en las consecuencias de la violencia


El género musical en las series no suele terminar con final feliz en lo que a tratamiento y desarrollo se refiere. Son muchos los ejemplos en los que, o bien se opta por reducir cada vez más el papel de las canciones y los números musicales en la trama, o bien directamente la producción se cancela. Por eso el fenómeno Empire resulta tan interesante. Con su cuarta temporada se reafirma como una ficción en la que la música mueve absolutamente todo, y en la que el carácter casi telenovelesco se convierte en un trasfondo dramático que añadir a las notas y las letras de rap, R’n’B y hip hop que nutren cada episodio. El problema tal vez sea, precisamente, esa cierta tendencia al tratamiento telenovelesco de la historia.

Los 18 episodios de esta temporada vuelven a poner de relieve la labor de los actores, de todos ellos, pero también ahonda en los conflictos dramáticos entre ellos y, sobre todo, pone el foco sobre un aspecto que siempre ha estado sobrevolando esta serie creada por Lee Daniels (El mayordomo) y Danny Strong (Rebelde entre el centeno), y es el papel que juega la violencia en todo el desarrollo. Partiendo de la amnesia del rol interpretado por Terrence Howard (St. Vincent), la temporada explora cómo el mundo violento en el que siempre se han movido los protagonistas les marca en todas sus decisiones y su forma de mirar el mundo, haciendo siempre lo que sea necesario para sobrevivir. La dualidad en el personaje de Howard y cómo sus dos personalidades mantienen ese debate interno es un comienzo interesante que, aunque tratado de forma un tanto irregular, sí cumple su función de introducir ciertas dudas y generar el debate en torno a algo que parecía instalado en el ADN de la serie y sobre lo que no parecía querer cuestionarse nada en absoluto.

De hecho, este comienzo de Empire, más allá de otras consideraciones, viene a explorar también cómo la violencia engendra violencia, e incluso cómo un personaje aparentemente bondadoso (como es el protagonista cuando sufre amnesia) se ve arrastrado a todo tipo de violencia, ya no solo procedente de la familia sino de factores externos. En este sentido es destacable el personaje de Demi Moore (Como reinas) como catalizador y como vehículo dramático de esa catarsis del protagonista, aunque hay que mencionar igualmente que el desarrollo dramático de este pequeño arco argumental resulta algo incompleto, por no decir apresurado, lo que provoca que el trabajo evolutivo del personaje de Howard, aunque eficiente, quede un poco cojo en su profundidad dramática. Dicho de otro modo, todo parece hacerse a gran velocidad para poder volver al camino emprendido en las anteriores temporadas.

A partir de este momento, esta cuarta temporada retoma sus orígenes, volviendo a narrar la lucha por este imperio musical y mediático. Y aunque en cierto modo siguen siendo luchas familiares, lo cierto es que la trama evoluciona para mostrar un núcleo familiar más cohesionado (dentro de sus rupturas habituales) en contra de amenazas externas. Así, la serie cambia el paso para introducirse en algo más que la violencia pura y dura, explorando territorios algo más desconocidos para los protagonistas como la lucha comercial y las intrigas políticas. Todo ello, como no podía ser de otro modo, con una música exquisita como telón de fondo, y con una evolución de los personajes apasionante, algunos tomando el testigo de la violencia, otros huyendo y otros siendo víctimas de los tejemanejes mafiosos.

Venganzas y reconciliaciones

La segunda mitad, aproximadamente, de esta cuarta temporada de Empire se presenta como algo totalmente diferente a lo visto en la primera parte. Si el debate sobre la violencia copaba el arco dramático principal de los primeros episodios, el pasado y cómo influye en nuestro presente y nuestro futuro es la gran temática del tramo final. La introducción en la trama del personaje de Forest Whitaker (Redención) supone un revulsivo interesante a la dinámica establecida en temporadas anteriores. Como mencionaba antes, la violencia tradicional de esta ficción da paso a una encarnizada lucha por el poder en territorios más políticos, más comerciales, y por lo tanto en los que la violencia física desaparece o, al menos, se disimula más.

A través de la gran labor de Whitaker la serie se adentra en un pasado desconocido hasta el momento, en unas relaciones humanas y profesionales nuevas para el espectador que ayudan a comprender algo mejor el devenir de los protagonistas y, sobre todo, las ansias de poder y venganza de muchos secundarios. En este sentido, y relacionado con el pasado, cabe destacar el final de uno de los secundarios de estas temporadas. Un final marcado, cómo no, por la violencia, pero también con elementos diferentes en tanto en cuanto, y a diferencia de ocasiones anteriores, el crimen es utilizado en su contra por ese pasado que vuelve para golpear a los protagonistas donde más les duele, destruyendo las relaciones creadas durante las temporadas anteriores. Resulta sumamente interesante comprobar la evolución de este enemigo y su arco dramático durante la temporada, y cómo los creadores de la serie han introducido los elementos necesarios para construir una traición a fuego lento que, por cierto, tiene el éxito que no han tenido las anteriores.

Dicho de otro modo, mientras que en etapas anteriores la trama abordaba los conflictos de una forma algo más directa (siempre con cierto grado de intriga familiar), en esta ocasión los movimientos son más sutiles, ocultos como están en estrategias financieras e, incluso, en el manejo y la manipulación de artistas. Y obtienen el resultado que no habían obtenido los ataques frontales. Eso no quiere decir, por supuesto, que la violencia no haga acto de presencia, sobre todo el último episodio. Pero incluso esa violencia con la que termina la serie combina igualmente la brutalidad con la sutileza, abriendo la puerta a una nueva forma de entender esta ficción o, al menos, a un nuevo estilo a combinar con el que hasta ahora se había visto.

Se puede decir que la cuarta temporada de Empire cambia en cierto modo algunos aspectos de su tratamiento visto hasta ahora. La introducción de la amnesia del protagonista y la presencia de Whitaker aportan al conjunto un punto de vista diferente, arrojando cierta luz sobre diferentes aspectos de la trama. Sin embargo, existe un cierto carácter apresurado que perjudica al desarrollo de la historia. Tal vez sea por el hecho de que la temporada se divide en dos partes bastante diferenciadas, pero lo cierto es que, sobre todo la primera mitad, tiene un tratamiento algo burdo, sin ahondar demasiado en las motivaciones de los secundarios que son el verdadero motor de la historia. Esto se soluciona o bien desarrollando mejor esta estructura o volviendo a la anterior, donde todas las historias secundarias se aunaban bajo un único paraguas. Pero en cualquier caso, el Imperio sigue dejando buenas sensaciones y buena música.

‘Fear the Walking Dead’ revoluciona sus cimientos en la 4ª T.


Lo que ocurre con el mundo de ‘The Walking Dead’ merece un estudio pormenorizado en algún extenso libro. Y no me refiero al fenómeno fan, sino al tratamiento dramático tanto de la serie matriz como de su “retoño”, Fear the Walking Dead, que ha heredado poco de lo mucho bueno que tiene el original y mucho de lo poco malo que se ha ido arrastrando temporada tras temporada. La cuarta etapa de esta serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s law) y Robert Kirkman, autor de este universo postapocalíptico, evidencia una falta de rumbo narrativo alarmante. Eso o que ha revolucionado sus cimientos para reinventarse y construir algo mejor. Todo depende de si el vaso está medio lleno o medio vacío.

Una idea esta, la de tener esperanza o ser derrotista, que se desarrolla de un modo más o menos interesante a lo largo de estos 16 episodios de irregular ritmo. El principal problema de esta temporada, no cabe duda, es la indefinición de un objetivo claro en muchos aspectos. Para empezar, los personajes. Si el final de la anterior temporada abría la puerta a una historia sumamente interesante, la primera mitad de esta etapa construye lo que podría entenderse como un futuro para esta ficción, con un núcleo de protagonistas que deben luchar contra su entorno para reconstruir la civilización. Hasta aquí todo correcto, incluso el hecho de que sus enemigos terminen derrotándoles. Lo que no queda tan claro es el destino de los héroes. El constante cambio de protagonismo, pasando de personajes más complejos e interesantes a otros más prototípicos, termina por jugar en contra de la serie, que no encuentra su motor dramático prácticamente hasta el final.

Dicho de otro modo, Fear the Walking Dead pone en práctica algo que ya planteaba la serie original, y es el hecho de que ningún personaje tiene asegurada la supervivencia. Y esto es una magnífica idea que debería aplicarse en cualquier trama, pero no a cualquier coste. El problema es que esto se desarrolla en la serie de forma anárquica, sin acentuar el dramatismo de esos momentos y, por lo tanto, restando credibilidad a la historia. Lo que es más grave, desconecta al espectador de una trama que tiene demasiados recovecos narrativos y dramáticos como para poder identificarse con otros personajes y otras historias. De ahí la incorporación del rol que Lennie James (Blade Runner 2049) interpreta en la serie original; un traspaso de ficciones para dotar a este personaje de más protagonismo y, al mismo tiempo, tratar de integrar en esta trama algo conocido por los fans, siendo en definitiva un personajes que puede actuar a modo de anclaje para muchos elementos.

A pesar de sus notables irregularidades dramáticas y narrativas, la serie ofrece un diversos contenidos a tener en cuenta. Para empezar, las numerosas reflexiones acerca de la violencia y el egoísmo en el ser humano y los titánicos esfuerzos que es necesario hacer para luchar contra ello. En este sentido, es espléndida la presencia del personaje interpretado por Tonya Pinkins (serie Gotham), que ofrece a la serie una villana efímera pero sumamente atractiva, capaz de poner en jaque no solo físicamente a los protagonistas, sino moralmente al espectador. Si a esto se suman las consecuencias de determinados actos de los protagonistas, la sensación de culpabilidad que se deja sentir a lo largo de todo el arco dramático y algunas secuencias realmente intensas en lo que a emociones se refiere, lo que nos encontramos es una temporada que, con todos sus problemas (y después de haber destruido lo logrado en la anterior), parece querer construir algo perdurable.

Nuevos personajes

Ahora la pregunta que se plantea es ¿qué es eso que se está intentando construir? Y no es fácil contestarla. Porque Fear the Walking Dead, a diferencia de la serie matriz, no tiene una coherencia lineal a la que aferrarse. Las anteriores temporadas, con sus más y sus menos, sí tenían un cierto arco argumental en el que, con todo, era lo suficientemente flexible como para permitir ciertos giros argumentales imprevistos. La revolución que ha supuesto esta cuarta temporada, sin embargo, impide intuir cuál es el futuro de la serie al ser imposible saber qué personajes pueden sobrevivir episodio tras episodio. Esto, a priori, es algo más bien positivo, en tanto en cuanto la serie puede adquirir una madurez que no tuvo en su primera temporada, y que desde luego ha faltado en varios fragmentos de las siguientes etapas. Pero como con todo, existen matices.

Y esos matices es que es fundamental calcular de forma inteligente los personajes que abandonan la trama y, sobre todo, el momento. Esta temporada es un claro ejemplo. La ausencia de dos roles tan importantes como los de Frank Dillane (En el corazón del mar) y Kim Dickens (A cualquier precio) ha sido, sin duda, un revulsivo importante para la serie, que rompe prácticamente todos los lazos con lo narrado hasta ahora. Pero la diferencia entre ambos ha sido el momento y el modo de salir de la serie. Mientras que la segunda ha tenido un final épico bien encajado en el momento preciso, el primero ha sido más bien tosco, acelerado e impreciso. Es cierto que la segunda ha inspirado y el primero sencillamente ha sido motor de venganza, pero ambos podrían haber logrado igualmente esos efectos planteando sus muertes de un modo algo más inteligente.

Digo esto porque tanto esta serie como la original tienen la tendencia de eliminar los mayores atractivos de sus respectivas tramas. Sobre todo la que ahora analizamos. Y sí, eso provoca que se produzcan giros argumentales sin igual en una ficción caracterizada por un ritmo narrativo tan lento como los zombis que son aniquilados episodio tras episodio, pero también impide a la serie asentarse, y sobre todo impide crear personajes carismáticos que aporten fuerza dramática al conjunto. Y es aquí donde entran los nuevos personajes. Esta temporada, como no podía ser de otro modo, está cargado de ellos, y lo cierto es que algunos son cuanto menos interesantes. El pasado que arrastra cada uno, así como los traumas y los sentimientos de culpabilidad o de venganza, enriquecen la historia, aunque habrá que estar atentos a su evolución en la próxima temporada.

Vista en su conjunto, no cabe duda de que la cuarta temporada de Fear the Walking Dead es toda una revolución de conceptos y una declaración de intenciones. La práctica desaparición de los principales personajes ha hecho que recaiga sobre los secundarios el protagonismo de una trama obligada a incorporar nuevos personajes. El tratamiento dado a algunos arcos argumentales resulta algo burdo en diversos compases de esta etapa, pero en líneas generales logra su propósito de realizar una transición hacia otro concepto de serie, tal vez con roles más asentados y con una cierta consistencia dramática en forma de trama única. Pero eso es adelantar acontecimientos que, además, desconocemos. Por ahora, lo importante es que la serie está obligada a reinventarse (y parece que está en ello) y a corregir determinados errores dramáticos y de definición de personajes, algo que también parece haber conseguido en estos episodios.

4ª temporada de ‘The Flash’, o cómo narrar desde la derrota del héroe


Con sus más y sus menos, The Flash ha logrado encontrar un hueco narrativa y dramáticamente hablando. Un hueco definido por un delicado equilibrio entre el humor y el drama, en el que el primero sirve de “desengrasante” para el segundo sin llegar a convertir en una burla el concepto de este producto. Sin embargo, en dicho equilibrio existen fluctuaciones, y la cuarta temporada es, posiblemente, una de las más dramáticas vistas hasta ahora. Posiblemente no para los protagonistas, pero sí en el tratamiento de la serie creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (autores de Arrow) y Geoff Johns.

Y es que estos 23 episodios ofrecen un interesante análisis del tratamiento de la narración. A diferencia de etapas anteriores en las que las historias episódicas entroncaban de forma tangencial con la trama principal, en esta ocasión el grueso del argumento se encuentra bajo el paraguas del villano al que da vida con notable acierto Neil Sandilands (Proteus). Salvo los capítulos destinados a crossovers entre las series de DC Cómics, en términos generales nos encontramos ante una dedicación exclusiva de toda la trama al enfrentamiento entre héroe y villano. Eso no impide que existan historias autoconclusivas en muchos episodios, pero todas ellas están, de algún modo, relacionadas con la trama principal.

El principal efecto de esta apuesta es que la cuarta temporada de The Flash es un constante crecimiento dramático, generando tensión a cada paso y sentando las bases del clímax del último episodio. Y aunque es cierto que el héroe siempre debe enfrentarse a retos mayores que él mismo para superarlos y superar sus propias limitaciones, en esta ocasión la constante es el fracaso, la idea de luchar contra un destino ya escrito del que no se puede escapar. Más allá de la resolución final y el concepto empleado para que el bien se imponga al mal (el amor, la amistad, ser fiel a uno mismo), lo más relevante es el viaje por esta tanda de episodios, en el que todos y cada uno de los personajes pierde algo realmente importante, en una constante derrota que va más allá de la simple dinámica que mueve todo conflicto.

Dicho de otro modo, en esta ocasión no hay una perspectiva de que las victorias tengan más peso que las derrotas. Es evidente que el resultado final siempre será positivo, al menos en términos generales, pero durante toda la temporada lo que se plantea es llevar hasta límites fuera de lo común al héroe, que debe enfrentarse a la derrota no solo física, sino también emocional (la muerte de su amigo), intelectual y de sus propios poderes. Contrariamente a lo que pueda parecer, esta estrategia narrativa lo que provoca es una mayor identificación con el héroe. Es cierto que la trama presenta altibajos, en buena medida provocados por la falta de interés de algunos personajes y algunas tramas secundarias, pero en líneas generales lo que nos encontramos es ante un constante desafío para el velocista.

Un problema de DC

Ahora bien, esta cuarta temporada de The Flash está empezando a presentar un problema que parece común a todas las producciones de DC, y es la acumulación de secundarios que aportan poco o nada a la historia del héroe. Es cierto que muchos de ellos, puede que la mayoría, crean un contexto dramático que, al fin y al cabo, define toda la serie, pero el problema de incluir tantos secundarios, algunos con más importancia que otros, algunos con poderes, es que todos ellos necesitan de cierto tiempo para desarrollarse, para evolucionar y participar activamente en la historia. Y eso se traduce en más minutos, más dedicación y, por tanto, más espacio robado a la trama principal.

Esta etapa ha podido resolverlo con acierto en muchas ocasiones, como es el caso del nuevo superhéroe interpretado por Hartley Sawyer (Thursday), pero en otros la participación de los secundarios se ha vuelto, digamos, satélite, quedando como recurso de apoyo cuando fuera necesario, por mucho que su rol tuviera, en teoría, mayor peso dramático. Posiblemente la mejor prueba de esta acumulación de héroes sea el final, donde algunos personajes parecen llamados a desaparecer (al menos de momento) para aligerar y simplificar tanto la trama como las relaciones entre los personajes. Sea como fuere, lo cierto es que se empieza a ver muchos personajes que entran y salen de la trama sin demasiada influencia, únicamente para expandir el universo ‘Flash’, y esta intermitencia puede jugar en contra de la historia si no se lleva por el buen camino. De hecho, Arrow ya se ha visto obligada a aligerar su historia de personajes.

Aunque como siempre ocurre en esta serie, posiblemente el punto de giro más interesante sea el gancho final para la siguiente temporada. Y es aquí donde entra en juego otro de los elementos más indentificables de esta ficción que, curiosamente, no han tenido demasiado protagonismo en esta etapa. Me refiero a los viajes en el tiempo. Mientras que años atrás los cambios en el espacio-tiempo han dado pie a historias, cambios y villanos, en esta ocasión todo ha transcurrido en el campo de la mente y el presente físico. De ahí que el final de esta temporada abra una interesante puerta a una trama que requerirá de un minucioso tratamiento, y que sin duda será objeto de muchos análisis por parte de los fans más acérrimos del personaje.

En cierto modo, se puede decir que la cuarta temporada de The Flash viene a demostrar que la serie puede ser extremadamente dramática si se lo propone, pero sobre todo confirma una madurez que no tenía al principio. Con un héroe atormentado por los errores que comete y el sufrimiento que eso causa, un villano que parece no poder ser derrotado y unos protagonistas que afrontan pérdidas de todo tipo, estos episodios suponen un constante giro dramático hacia un abismo que, no por tener un final previsiblemente feliz, es menos angustioso. Curiosamente, las constantes derrotas del héroe provocan un doble y contradictorio efecto: por un lado permiten una interesante narración desde el punto de vista de la derrota, pero por otro genera cierto desapego en algunos momentos de la historia. En cualquier caso, esta es posiblemente la etapa más oscura y dramática hasta la fecha.

4ª T. de ‘Mozart in the jungle’, un inesperado y sobresaliente final


Uno de los efectos secundarios habituales de las series es que dejan una sensación casi de orfandad cuando llegan a su fin. Una sensación de haber terminado una etapa de nuestras vidas que no volveremos a recuperar, al menos no del mismo modo. Y cuanto más dura la serie, más acentuada es esa sensación. Pero cuando una producción de este tipo se cancela casi sin previo aviso y, por lo tanto, no es posible llegar a terminar su historia de forma correcta, lo que el espectador puede llegar a sentir es algo muy diferente, a medio camino entre la pérdida y la indignación, entre la frustración y la pena. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con la cuarta temporada de Mozart in the jungle.

Y es que esta comedia con la música como telón de fondo ha finalizado, y curiosamente no lo ha hecho con un final abierto. Más bien, la trama que ha centrado estos 10 episodios ha tenido un arco dramático completo, situando a los personajes ante nuevos retos de futuro. Y eso es precisamente lo que genera más frustración. La serie creada por Alex Timbers, Roman Coppola (Moonrise kingdom), Jason Schwartzman (Viaje a Darjeeling) y Paul Weitz (El circo de los extraños) termina planteando nuevos hilos conductores que ahora se quedarán sin resolver, como si sus autores tuvieran la esperanza de retomar la historia de estos personajes en un futuro no muy lejano, lo que crea un delicado equilibrio de emociones y de estructuras dramáticas.

Por un lado, esta cuarta y última temporada se revela como, posiblemente, la más original de las cuatro. Durante todos sus capítulos Mozart in the jungle ha hecho gala de una transgresión narrativa, visual y sonora sin igual, pero es en esta última etapa cuando apuesta por echar toda la carne en el asador. Desde inteligencias artificiales creadas para poder componer música y dirigir orquestas, hasta un viaje de autoconocimiento o, sobre todo, una interpretación de la vida del protagonista a través de la danza, el arco argumental ha dejado algunos de los momentos más bellos de la serie, amén de ahondar en las motivaciones y los objetivos de la pareja protagonista interpretada por Lola Kirke (Barry Seal: El traficante) y Gael García Bernal (Me estás matando Susana) hasta un punto pocas veces visto, lo que por extensión convierte a esta temporada en la más dramática de todas.

Por otro, el final deja un sabor agridulce. Y no precisamente porque su resolución busque ese efecto, que en cierto modo también lo hace. Más bien, lo que se genera es la sensación de estar ante una etapa que termina y otra que comienza en la trama, con la salvedad de que la segunda parte nunca va a ocurrir. El tsunami dramático que se produce en el tercio final de esta temporada es de tal magnitud que no hay ni un solo personaje que no modifique su situación dentro de la trama. En mayor o menor medida, cada rol con cierto protagonismo en esta musical historia evoluciona personalmente, algo que se traduce en su posición laboral y en su búsqueda de nuevos retos profesionales. Y aunque el tratamiento de estos arcos argumentales sea irregular (a algunos secundarios no se les da el espacio suficiente), en líneas generales todos han cambiado desde sus inicios, lo que añade valor a esta temporada y la convierte, posiblemente, en la mejor de las cuatro, tanto musical como visual y dramáticamente hablando.

La importancia de los secundarios

Y aquí entra en juego el otro gran aspecto de esta cuarta temporada de Mozart in the jungle y de toda la serie en general. Si bien es cierto que la pareja protagonista, sus tira y afloja, sus éxitos y sus fracasos, son el motor fundamental de la trama, la presencia de unos secundarios con entidad propia ha permitido al argumento crecer en complejidad, ser mucho más transversal y, por tanto, menos lineal. Con sus fobias, sus esperanzas y su bagaje dramático propio y ajeno al resto, cada uno de estos roles menos relevantes en la trama ha crecido hasta hacerse un hueco propio en el desarrollo del arco dramático principal, enriqueciéndolo y aportando matices tanto humorísticos como reflexivos.

Esta producción viene a confirmar algo fundamental en cine y televisión que, sin embargo, muchas veces se ignora. Un buen plantel de secundarios puede convertir una serie mediocre en una producción aceptable, y una obra notable en algo fuera de lo común. Y eso es en lo que se ha convertido en apenas cuatro temporadas esta obra de música, romance, humor y algo de locura. Asimismo, esto ha provocado una dinámica sumamente interesante en toda la serie. Mientras que el peso narrativo comenzó estando más sobre los hombros de García Bernal que de Kirke, en la última parte de la historia ha sido al revés, algo que no solo se ve en la fuerza que ha adquirido el personaje, sino en algo tan palpable y a la vez identificativo como las conversaciones con los compositores muertos que tiene inicialmente el Maestro y que luego asume la joven oboísta.

La última temporada de esta original serie, por tanto, es el canto de cisne de una historia que apuntaba al futuro. Porque aunque es cierto que estos 10 capítulos cierran argumentos, también abren otros muy interesantes y, a raíz de esos secundarios capaces de evolucionar y crecer de forma independiente, plantea un escenario completamente nuevo que renovaría la serie. Dicho de otro modo, esta cuarta temporada podría ser, hasta cierto punto, el fin de un ciclo, y como tal permite la posibilidad de finalizar la producción en este punto. Pero la capacidad de renovarse de forma autosuficiente hace que se abran nuevas expectativas, nuevas posibilidades tanto o más interesantes de lo visto hasta ahora. Y ahí radican los sentimientos encontrados de esta obra.

Sentimientos que, en cualquier caso, no restan calidad a Mozart in the jungle. Más bien al contrario, esta serie es una de las pocas que pueden presumir de haber crecido y mejorado con cada temporada, de haber explorado los rincones más interesantes de sus personajes, principales o secundarios, capítulo a capítulo y con el humor y la ironía por bandera. Es cierto que su narrativa puede resultar en algunos momentos un tanto confusa. Y no es menos cierto que con tantos personajes algunos roles menos importantes han tenido un desarrollo intermitente. Pero nada de eso debería de ser un impedimento para disfrutar de una comedia fresca, dinámica y diferente con una banda sonora, evidentemente, fuera de lo común. ¿La única pega? Que se haya acabado antes de tiempo.

4ª T. de ‘Silicon Valley’, competitivos hasta las últimas consecuencias


Para considerar como exitosa a una ficción como Silicon Valley, a estas alturas la serie debería haberse convertido en un fenómeno que, sea por el motivo que sea, no es. Sin embargo, eso no quiere decir que esta producción creada por John Altschuler (serie The good family), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie Lopez) no sea una de las más frescas, desenfadadas y dinámicas de la parrilla actual. Y lo es porque, tomando como punto de partida el mundo tecnológico, analiza en realidad las relaciones y los comportamientos humanos y sociales que pueden encontrarse en cualquier otro ámbito de la sociedad, lo que infiere al resultado final una visión mucho más extensa y compleja de lo que aparentemente puede parecer. Y su cuarta temporada ahonda más si cabe en esta complejidad.

Y es que bajo la apariencia de comedia gamberra estos 10 episodios exploran ideas como la lucha por el poder dentro de una empresa, la consecución del éxito a cualquier precio o la traición de la amistad en los negocios. Lo hace, por supuesto, con los extremos personajes que protagonizan esta historia, pero incluso así es fácil apreciar situaciones, diálogos e incluso actitudes fácilmente identificables con algún momento de la vida real. Lo interesante, lo que hace de esta serie algo diferente, es precisamente el contraste que generan los personajes y las peculiaridades que les convierten en únicos.

No cabe duda de que el protagonista interpretado por Thomas Middleditch (Joshy) es la joya de la corona. Sobre sus hombros recae todo el peso narrativo (y casi todo el peso cómico) de Silicon Valley. Y en esta cuarta temporada no lo es menos. El viaje al éxito de este personaje choca de lleno con su personalidad, y eso genera algunas de las situaciones más surrealistas no solo de la temporada, sino de toda la serie. Pero como decía antes, también es el origen de los conflictos que dotan a esta ficción de algo más que las clásicas comedias de situación. En esta ocasión, la aparente falta de escrúpulos, las traiciones a los que son sus amigos o la obsesión por lograr su objetivo contrastan con su personalidad inocente, por momentos tímida, que siempre le han catalogado como el clásico pardillo.

Aunque los mejores elementos que definen a la serie, al menos en lo que a construcción dramática se refiere, son sus secundarios. Con entidad propia, los personajes que se mueven en la órbita del protagonista son capaces de desarrollar sus propias historias más allá de la trama principal. No mucho, porque al fin y al cabo es una comedia de poca duración, pero sí lo suficiente como para crear un mundo casi único en la serie. En algunos casos han llegado a tener más relevancia en esta temporada que el propio protagonista, una estrategia que ha permitido liberar ligeramente el arco argumental principal y nutrirlo con historias y personajes que sirven de apoyo a momentos puntuales de la acción. Y aunque parezca contradictorio, este es precisamente uno de los problemas que empieza a arrastrar la serie.

Regreso al ostracismo

En efecto, Silicon Valley está adquiriendo una dimensión que, para empezar, tiene difícil ajuste en una sitcom de corta duración como es el formato actual. Las historias de los protagonistas que dan pie a las situaciones más hilarantes del arco argumental se empiezan a sumar a tramas secundarias que apenas tienen importancia en el argumentario principal. La suma de todo ello está impidiendo que las decisiones de los protagonistas y algunas de las situaciones se basen en un correcto desarrollo, supeditando todo a una serie de momentos en los que, cada vez más, se deben introducir todo tipo de elementos para tratar de hacer avanzar todas las tramas creadas.

Lo bueno es que esta cuarta temporada ha sabido aprovechar eso en un desarrollo todavía más histriónica y surrealista de lo visto hasta ahora. El caos que parece generar la suma de tramas deriva en un caos en los propios personajes, llevando al límite de la moral, e incluso físico, al protagonista y sus compañeros. En cierto modo, una vuelta al ostracismo inicial de unos personajes que, a pesar de la experiencia obtenida en estos años de serie, siguen mostrando un cierto aire pardillo e inocente en muchos aspectos, lo que les obliga a luchar contra su propia ineptitud y sus propios demonios. El mejor ejemplo de esto es el final de esta etapa, con ese camión vacío al haber dejado un reguero de piezas, cables y material informático, amén de un nuevo enfrentamiento que parece avecinarse entre los dos antagonistas principales de la serie.

Lo malo, por poner una nota negativa al conjunto, es que si se siguen sumando más tramas sin dar solución a las ya iniciadas la serie no va a ser capaz de comprimir en los pocos y cortos episodios que dura cada temporada toda la complejidad dramática que se está construyendo. Es necesario, por tanto, ir solucionando algunas historias (como de hecho ya se ha hecho en algunos casos en esta etapa) para poder hacer que la serie avance, que los protagonistas logren finalmente el objetivo marcado en la primera temporada y que, en cierto modo, ha cambiado ya, al menos en su forma, que no en su fondo. De esta evolución depende, por tanto, no solo el carácter hilarante y divertido de la serie, sino su capacidad dinámica y su frescura, así como el correcto desarrollo de los personajes y, en el fondo, que el toque alocado y algo surrealista del conjunto no acabe por engullir a la calidad narrativa y dramática que tiene.

Por lo pronto, la cuarta temporada de Silicon Valley ha sabido aprovechar el caos que generan tantas tramas para situar a unos extraordinarios personajes en una situación extraordinaria, al menos para ellos. Y eso ha llevado a la historia a un nuevo nivel de histrionismo y de surrealismo, enfrentado a los protagonistas con sus propios miedos, sus propias limitaciones y sus propias fronteras morales. Resulta interesante comprobar cómo estas situaciones hacen crecer la trama, convirtiéndola en un producto más maduro y al mismo tiempo afrontando el riesgo de transformarse en algo que deje de ser la magnífica serie que es. Estos 10 episodios son para disfrutar de esa transformación; los peligros deberán afrontarse en la próxima etapa.

‘The Blacklist’ da un giro dramático fundamental en su 4ª temporada


No sé si habrá sido algo premeditado, algo circunstancial o simplemente fruto de la casualidad, pero lo cierto es que la cuarta temporada de The Blacklist ha sufrido un giro argumental que, a su vez, ha provocado un crecimiento exponencial en la calidad dramática de esta serie creada por Jon Bokenkamp (Preston Tylk). No significa esto que este thriller policial se haya convertido en una producción del más alto nivel, pero sí implica que ha habido una mejora notable con respecto al desarrollo de la trama en las anteriores etapas.

Y dicho cambio, que viene a producirse más o menos hacia la mitad de estos 22 episodios, no es otro que el cambio de mirada. Dicho de otro modo, hasta ahora la serie pivotaba sobre dos protagonistas fundamentales, James Spader (Lincoln) y Megan Boone (Bienvenido a la jungla), siendo ella la que llevaba el peso dramático y él un aliciente más a la intriga. Sin embargo, es evidente que durante estas temporadas la calidad interpretativa de Spader y la mejor definición de su personaje le han dotado de un mayor interés, dramatismo y peso narrativo. Y eso ha tenido su traducción en que la segunda mitad de esta cuarta etapa la serie se ha centrado en él, en su relación con el pasado y en la traición de sus colaboradores.

El resultado es más que evidente. The Blacklist pasa de un desarrollo algo anodino marcado por los casos episódicos y un drama personal con poco o ningún interés a un thriller que comienza siendo un ataque a una organización criminal y termina convirtiéndose en una venganza personal por un hecho del pasado. Puro thriller de espionaje, en resumidas cuentas. Y aunque todo sigue teniendo relación con Elizabeth Keen, el rol interpretado por Boone, esta queda ahora en un segundo plano para dar todo el protagonismo a Spader, quien aprovecha la ocasión para ahondar en su personaje, llenarlo de matices y, en una palabra, engrandecerlo.

A esto se añade, además, algunas decisiones narrativas y dramáticas bastante acertadas (otras, como explicaremos a continuación, son poco lógicas). Para empezar, limitar la presencia en escena del personaje al que da vida Ryan Eggold (De padres a hijas), el marido de la protagonista cuya relevancia en la trama se volvió casi anecdótica desde el momento en que perdió su verdadera función allá por el final de la primera temporada. Su trayectoria ha sido no solo inconsistente, sino innecesaria en muchos momentos, convirtiéndose en una especie de Deus ex machina que regresaba siempre que era necesario hacer algo y no había personaje adecuado.

¿Errores o allanando el terreno?

También es interesante el modo en que se está dando cada vez más peso narrativo al papel de Amir Arison (Navidades y otras fiestas a evitar), en esta ocasión siendo protagonista de algunas tramas secundarias que han tenido cierta repercusión posterior en la principal. Su rol de informático, unido a la buena definición de sus matices emocionales, convierten a este secundario en uno de los mejores de la serie, o al menos en uno de los más carismáticos. Introducirle en la historia, dotarle de protagonismo y hacerle partícipe del devenir del arco argumental principal puede ser un buen sustento dramático para la nueva temporada que está comenzando ahora mismo.

Ahora bien, la serie sigue pecando de muchos errores que arrastra de las temporadas anteriores. Para empezar, el tratamiento de la unidad del FBI no termina de encontrar su camino, siempre dudando entre situar a los agentes en el punto de mira de la justicia por sus tratos con criminales o convertirles en héroes. Y a esto habría que sumar la irregularidad en sus tramas episódicas, sobre todo en la primera mitad de esta cuarta temporada de The Blacklist, cuando el objetivo de las mismas no estaba muy claro. Y como colofón, un detalle sobre el personaje interpretado por Diego Klattenhoff (Pacific Rim) que, o bien es un error notable, o bien una forma de plantear un dilema moral y profesional de cara al futuro más inmediato.

Sea como sea, lo cierto es que lo que ocurre con este personaje viene a definir muy bien lo que es esta serie en general, y esta temporada en particular. No son pocas las ocasiones en que la trama plantea diversos dilemas morales, sobre todo para la protagonista, que se resuelven de un modo, digamos, particular. Sin consecuencias dramáticas posteriores, la trama termina por justificar determinadas decisiones y acciones “por el bien de la seguridad”. Y aunque es cierto que este es el fondo de la cuestión en esta serie, el modo en que se aborda, sin una profundidad dramática y tendiendo a complicar en exceso el desarrollo narrativo (una historia de misterio no tiene necesariamente que ser enrevesada), terminan por convertir esta ficción en un producto más bien mediocre, obligado por situaciones poco creíbles y con una apuesta formal excesivamente simple (salvo contadas y aplaudidas excepciones).

Así las cosas, la cuarta temporada de The Blacklist puede haberse convertido en el punto de inflexión que necesitaba la serie para poder seguir creciendo. Una vez conocido prácticamente todo de la heroína, toca centrar la atención en el verdadero motor de este thriller. Raymond Reddington, con todos los problemas de definición dramática que tiene la serie, se ha convertido por méritos propios en el mejor personaje de la historia, en el más interesante. Y lo ha hecho porque, a diferencia del resto, tiene muchas caras, muchas luces y sombras. Poner el foco de atención en su figura es el punto de partida para empezar a construir algo sensiblemente diferente, si es que es posible y hay interés en hacerlo. Eso habrá que verlo en la quinta temporada. Por lo pronto, la cuarta etapa deja un sabor agridulce, una sensación que mejora conforme avanza el arco argumental y que termina casi haciendo olvidar el mediocre inicio del que provenía.

4ª T. de ‘Sleepy Hollow’, o como intentar concluir de algún modo


El final de la tercera temporada de Sleepy Hollow ya hacía prever que la siguiente temporada, anunciada como la última, iba a ser más bien un epílogo de una historia ya contada que algo nuevo. Y en efecto, así ha sido. La ausencia de la principal protagonista ha obligado a los creadores de la serie a realizar equilibrismos dramáticos para tratar de dar un final relativamente correcto a esta historia de criaturas, mitología y literatura que comenzó siendo prometedora y se ha desinflado hasta quedarse en un producto más bien mediocre.

Los 13 episodios de esta cuarta temporada vienen a confirmar una de las ideas que parecen haber sido la única constante en la serie creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman (Star Trek: En la oscuridad), Roberto Orci (serie Fringe) y Len Wiseman (saga ‘Underworld’): que ningún personaje secundario es lo suficientemente relevante como para mantenerle más de una temporada. La incorporación de un nuevo reparto en esta recta final de esta ficción evidencia una falta de objetivos en lo que a construir un tejido de personajes lo suficientemente sólido y atractivo se refiere. Eso, o que los personajes creados nunca han tenido el carisma necesario para ser del agrado del público, obligando a buscar unos nuevos.

Sea como sea, lo cierto es que esta variedad de secundarios tiene un aspecto positivo y otro negativo. Lo bueno es que han sido catalizador de nuevas aventuras relativamente ajenas a lo anterior, ofreciendo una visión inocente del mundo de monstruos y demonios en el que viven los protagonistas. Esta cuarta temporada de Sleepy Hollow es buena prueba de ello. Sin embargo, esto también provoca que el espectador nunca pueda llegar a identificarse con nadie, salvo el personaje de Ichabod Crane (de nuevo con Tom Mison –La pesca de salmón en Yemen– para darle vida), perdiendo interés no solo en el devenir de los secundarios, sino en las historias que protagonizan. Curiosamente, el modo en que se abandonan estos personajes no es por muerte en el combate (salvo contadas excepciones) entre el bien y el mal; simplemente dejan de aparecer.

Y curiosamente también, esta forma de tratar a los “buenos” contrasta mucho con la forma de definir a los villanos, mucho más interesantes en el cómputo general de la serie. En esta temporada final, a pesar de que el antagonista (al que da vida Jeremy Davies –Una historia casi divertida-) tiene el peso dramático suficiente como para aguantar él solo esa parte del tratamiento, los creadores han decidido traer de vuelta a los que posiblemente sean los dos mejores personajes de toda la serie: el jinete sin cabeza y ese hijo brujo del protagonista. La conjunción de estos tres villanos debería, al menos en teoría, conformar un interesante cuadro, pero el resultado es muy diferente, posiblemente porque los dos segundos, con todo el poder mostrado durante toda la serie, quedan relegados a meros acólitos, como si su función no fuera otra que la de juntar viejos amigos en el final de la historia. Una lástima.

Testigos sin control

Como menciono en el título de este texto, la cuarta y última temporada de Sleepy Hollow parece más bien un intento algo desesperado por concluir una historia que debería haber finalizado en la tercera etapa. Lejos de ser un conjunto homogéneo de episodios, las aventuras de estos 13 capítulos se convierten en un viaje marcado por un cierto descontrol. Atrás queda la complicidad creada entre los protagonistas, que aquí trata de suplirse con un buen puñado de héroes que, en cierto modo, tienen diferentes aspectos de la personalidad del rol interpretado por Nicole Beharie (El expreso de Elmira). Y este tipo de intentos salen, en su inmensa mayoría, bastante mal, como es el caso.

No voy a entrar a valorar la idoneidad o no de convertir a la que presuntamente debe ser compañera de aventuras de Crane en una niña preadolescente. Lo que sí parece evidente es que la apuesta no aporta toda la fuerza dramática que cabría esperar. En este sentido, la serie ahonda en esta etapa final en su carácter más aventurero, dejando a un lado los aspectos más presuntamente terroríficos que podrían haberse dado cita en temporadas anteriores. El problema es que dicho aspecto aventurero lleva a sus creadores a introducir en la trama situaciones de lo más rocambolescas, dotando de un humor en ocasiones algo innecesario secuencias que antes tendían a tomarse más en serio, lo que a su vez genera que el tono de la serie pierda dramatismo.

Con todo, esta última temporada deja algunas ideas sumamente interesantes. Más allá de introducir enemigos de todas las culturas, épocas, religiones y condiciones, la serie adquiere su mayor interés en el tramo final, cuando el sacrificio del héroe dota al conjunto de un dramatismo que solo se había podido vislumbrar en la primera y parte de la segunda temporada. Dicho sacrificio, unido a una visión del futuro en caso de triunfar el mal, generan un marco tan diferente a lo visto hasta ese momento, tan trágico y tan desolador que la serie pierde, por un momento, el tono algo infantil mantenido hasta entonces para comportarse como la aventura fantástica y dramática que se presupone debe ser, y que de hecho fue en sus inicios.

Desde luego, la cuarta temporada de Sleepy Hollow es un fiel reflejo de la evolución tan irregular que ha tenido la serie. Su final, visiblemente forzado por las circunstancias (pérdida de interés, ausencia de la protagonista, etc.), trata de ser una salida digna a la caída progresiva de la calidad dramática y narrativa de esta ficción. Caída provocada, entre otras cosas, por una falta de objetivos claros. Y es que la serie, aunque planteada como tramas episódicas, ofrecía un potencial notable para ser tener arcos argumentales de temporadas completas. El problema es que para ello habrían sido necesarios buenos villanos autoconclusivos y unos secundarios sólidos que sustentasen a unos héroes carismáticos. Y salvo contadas ocasiones, el resultado no ha sido el esperado. Un ejemplo claro de cómo una serie con posibilidades puede derivar en un mediocre producto.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: