‘El hoyo’: La panna cotta es el mensaje


El cine español, como concepto, tiene un problema importante. Y no es por sus directores o sus actores, sino por unos productores a los que muchas veces el miedo les lleva a repetir una fórmula hasta desgastarla. Pero para repetir algo hasta la saciedad es necesario que haya habido primero un original, esa historia que haya encandilado o impactado al espectador. Por eso de vez en cuando nos encontramos con pequeñas joyas refrescantes y sorprendentes, capaces no solo de narrar algo poco habitual, sino esconder además una reflexión sobre la sociedad, sobre nuestro lugar y nuestra forma de relacionarnos con los demás.

Todo esto y mucho más es lo que ofrece Galder Gaztelu-Urrutia en El hoyo, una ópera prima que, como ya se ha comparado, recuerda poderosamente a Cube, esa joya del fantástico de 1997. Y lo hace no solo en su diseño de producción o en su vestuario, sino en su análisis del ser humano. Sin necesidad de dar demasiadas explicaciones al contexto (alguna más tampoco habría estado mal, todo sea dicho), la cinta plantea una estructura vertical de cientos de pisos, dos personas por cada uno de ellos y una plataforma que baja con comida. Este símbolo, verdadero motor de este mundo, refleja a la perfección cómo los de arriba, los poderosos, son incapaces de compartir nada con los de abajo, los pobres, entregándose a la opulencia y al desenfreno y, lo que es más grave, destruyendo aquello que no pueden consumir únicamente por maldad o indiferencia.

Algo tan sencillo como esto da pie a toda una reflexión personal acerca de cómo el hombre es un lobo para el hombre, de cómo las buenas acciones y las buenas intenciones en una sociedad cruel y autodestructiva terminan por lanzar un mensaje que no sabremos si será escuchado adecuadamente. “La panna costa es el mensaje”, se repite obsesivamente en un momento dado. En realidad, poco importa si es este postre italiano, una asustada niña o cualquier otra idea. La película, acertadamente, finaliza sin revelar si dicho mensaje será escuchado, porque en un mundo sin esperanza eso importa poco, dejando al espectador la responsabilidad de saber si ese final es bueno o malo. A la fuerza de este mensaje se une la labor de unos actores más que correctos y de un director que demuestra personalidad, pues aunque en algún momento el relato se le escapa ligeramente de las manos con una narrativa algo estática, lo cierto es que aprovecha al máximo la tensión, al locura y la radicalidad de un mundo de hormigón sin ventanas ni salidas.

Posiblemente lo más notable de El hoyo es que Gaztelu-Urrutia ha convertido esa plataforma de comida en un símbolo de la fantasía y la ciencia ficción moderna. Una metáfora de cómo el primer mundo derrocha recursos mientras el tercer mundo se muere. Y mientras tanto, los que mueven los hilos (representados acertadamente en unos breves flashes durante el metraje), esa Administración, vive ajena al mundo que controla. Habrá quienes no vean más allá de sus imágenes, a quienes posiblemente la película les parezca lenta, carente de lógica o con un final sin sentido. Pero todo tiene un trasfondo. Más allá de los problemas habituales de cualquier relato (falta de ritmo en algunos momentos, una aceleración de los acontecimientos hacia el final del metraje, …), lo cierto es que estamos ante una obra más que recomendable. Un reflejo de un mundo que necesitamos arreglar, y para eso los de arriba tienen que escuchar.

Nota: 8/10

‘Stranger Things’ crece y madura con sus protagonistas en su 3ª T.


Que Stranger Things es un referente de la cultura popular actual es algo incuestionable. Más allá de que recupere la vida, la cultura y la sociedad de los años 80, la serie creada por los hermanos Duffer (Matt y Ross) se ha convertido en un referente para otras producciones, abriendo un camino narrativo único y rico en matices. Pero lo realmente interesante de la serie, formal y dramáticamente hablando, es su capacidad para reinventarse, para adaptarse a las necesidades del relato, evolucionando constantemente y ofreciendo al espectador nuevas perspectivas dentro de este mismo universo, explorándolo hasta sus rincones más lejanos.

Y esto es precisamente lo que hace la tercera temporada. Para muchos la segunda parte de la serie no estuvo a la altura de las expectativas, tratando dar continuidad a una trama que, en principio, había terminado en la temporada inicial. Personalmente no creo que sea así, y viendo estos ocho episodios desde luego que adquiere mucho más sentido como una historia de transición hacia algo mucho mayor. En esta ocasión, la serie se plantea como una batalla en toda regla, más que una intriga de suspense con monstruo de por medio. Esto conlleva una simplificación de la estructura dramática, lo que sumado a unos personajes ya presentados deja mucho espacio libre para ahondar en otros aspectos. Y eso es precisamente lo que utiliza la serie, logrando un equilibrio perfecto entre aventura, acción, drama y conflicto adolescente.

Porque este es otro de los aspectos más interesantes de la tercera temporada de Stranger things. El espacio que deja la presentación de personajes permite no solo más acción, también abordar en profundidad uno de los problemas que suelen tener todas las producciones con niños como protagonistas: su crecimiento y madurez. Con una mezcla de ironía y drama, estos 8 episodios sitúan a los protagonistas en una nueva fase de su vida en la que las chicas son más interesantes que los juegos de rol, los cómics o las películas. El modo en que se afronta esta evolución es sencillamente brillante, pues como pasa con el resto de elementos de la serie, toca todas las tramas secundarias posibles: la reacción de los adultos protectores, la amistad, los celos, la diferente visión del mundo de chicos y chicas, etc. Todo ello no solo aporta un toque divertido y entrañable al argumento, sino que permite al espectador crecer con los héroes, sentirse identificado con una etapa de la vida que todos hemos superado. En definitiva, lo que consigue es mantener ese espíritu de realidad dentro de la fantasía.

Y si los adolescentes son una parte fundamental de la trama, los adultos no se quedan atrás. Su rol de secundario importante cada vez está evolucionando más hacia un protagonismo autónomo, ajeno por completo a las aventuras de los muchachos. Y en esa evolución el personaje de David Harbour (Escuadrón suicida) es sin duda el más interesante, pues no solo afronta su papel de padre inesperado, sino que su papel en la resolución de la historia cada vez es más determinante. Habrá que ver cuál ha sido su verdadero final, aunque quien haya visto el epílogo de ese último episodio podrá hacerse una idea. Sea como fuere, la presencia de los adultos se consolida como una línea argumental paralela a la de los niños, con sus propios puntos de giro, sus conflictos y sus complejas relaciones. La incorporación de los rusos a la historia, además, aporta una vuelta de tuerca más al relato, aumentando de paso esa nostalgia marca de la casa de la serie acerca de las películas de los años 80 con la Guerra Fría como telón de fondo.

Uso de los personajes

De este modo, la trama de Stranger things se vuelve más compleja, o por lo menos con más ramificaciones. Sí, es cierto que el planteamiento básico es relativamente simple, fundamentalmente porque sigue la estela de temporadas anteriores, pero las consecuencias y las líneas argumentales secundarias enriquecen notablemente el conjunto hasta hacerlo mucho más completo de lo que era hasta ahora. La presencia de soviéticos, esa criatura que se construye a partir de seres humanos, la incorporación de nuevos personajes (a los que, por cierto, se les da un tratamiento totalmente diferente a lo que podría esperarse en un principio), etc. Todo ello conforma un relato más propio del cine que constantemente homenajean los hermanos Duffer, lo que convierte a esta temporada, posiblemente, en la mejor realizada hasta el momento.

Sobre esos personajes secundarios, una puntualización. Todos y cada uno de ellos han jugado un papel fundamental en la trama, ya sea como activos en el desarrollo de la historia principal, ya sea como herramientas para desbloquear situaciones, ya sea como contrapunto cómico a la gravedad de la historia. Y todos ellos, como decía antes, han tenido un tratamiento poco habitual, más realista y, sobre todo, más sincero con la propia historia y con las características de la trama. Uno de los ejemplos más claros es el de Dacre Montgomery (Power Rangers). Su presencia en la serie parecía condenada a un futuro mediocre, más bien como herramienta puntual para hacer avanzar la trama en una dirección o como contrapunto irónico en determinadas situaciones. Su reconversión en esta etapa es magistral, no solo por su nueva posición dentro de la historia, sino porque su final es ejemplar, alejándose de una resolución amable y demostrando que incluso los personajes con aparente poco futuro pueden tener una nueva y brillante alternativa.

Así las cosas, esta tercera temporada se puede entender como una reinterpretación de lo visto hasta ahora en la serie. El argumento se abre a más personajes, implica por tanto muchas más tramas secundarias, e incluso la principal se presenta con más ramificaciones. Es, en definitiva, una serie más adulta, más madura. La verdad es que no podía ser de otro modo, pues un estancamiento en su planteamiento inicial no habría llevado a nada. Al contrario, habría mermado la calidad de la ficción. Habrá quien piense que la temporada anterior ha sido una especie de transición. Y puede que fuera así, pero desde luego estos 8 capítulos confirman que cada aspecto del pasado cuenta, que cada decisión narrativa tiene su efecto en el futuro de la serie. Por eso, además de todo lo explicado anteriormente, es por lo que esta temporada engrandece una producción ya de por sí enorme.

Dicho esto, y confirmada la cuarta temporada, solo queda esperar el siguiente paso de Stranger things. Porque habrá un paso. Esta tercera etapa demuestra que la serie continúa hacia adelante en un camino que la permite crecer tanto en profundidad dramática como en complejidad formal, expandiendo el universo e incorporando nuevos personajes de forma muy calculada. Existe el riesgo de caer en su propia trampa, de que la incorporación de nuevos personajes termine por abarcar más de lo que pueda apretar la historia, pero no parece probable. De hecho, y a tenor del teaser de la cuarta parte, parece que se va a dirigir la mirada hacia ese otro lado, lo cual abre una puerta a infinitas posibilidades. La pregunta de verdad es si se podrá superar el nivel de esta tercera parte.

1ª T. de ‘American Gods’, el viaje del héroe en la guerra de los dioses


Puede que para muchos el nombre de Neil Gaiman no tenga especial interés, pero el autor británico no solo es uno de los creadores de fantasía más interesantes de las últimas décadas, sino que su interpretación de los mitos y los dioses clásicos invita a una reflexión sobre el mundo, el ser humano y la sociedad que muy pocos escritores consiguen. Y eso es precisamente lo que se esconde tras la primera temporada de American Gods, adaptación en formato de serie de una de sus novelas más conocidas. Recién estrenada la segunda etapa, es obligado revisar algunos de los pilares narrativos de los primeros ocho episodios de la ficción creada por Bryan Fuller (serie Hannibal) y Michael Green (guionista de Blade Runner 2049).

Para aquellos que no conozcan su argumento, la historia arranca cuando un hombre sale de prisión. Ese mismo día se entera que su novia y su mejor amigo han muerto en un accidente de tráfico que apunta a que estaban teniendo una aventura. El expresidiario conoce además a un misterioso hombre que responde al nombre de Sr. Miércoles, quien le contrata para iniciar un viaje que le llevará a ser protagonista en una guerra en la que los antiguos y los nuevos dioses y mitos luchan por el favor y el control de los hombres. Visto así la serie podría entenderse como una propuesta de ciencia ficción al estilo más clásico, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, Fuller y Green realizan un planteamiento completamente diferente, optando más por el drama y la intriga y, sobre todo, por un desarrollo de personajes muy arriesgado en los tiempos que corren.

Porque al igual que los antiguos dioses de American Gods, esta primera temporada recurre a algo que ya no suele verse, y es dedicar toda una temporada, episodio tras episodio, a desarrollar los orígenes, motivaciones y posicionamiento de cada uno de los personajes secundarios que aparecen en la historia. De este modo, esta etapa se convierte más en un escaparate de seres míticos, de dioses en la tierra que pasan desapercibidos entre nosotros pero a los que se les rinde, o se les ha rendido alguna vez, culto de un modo u otro. Y es algo completamente gratificante. Como ocurre con los nuevos dioses (los nuevos media, los media, la tecnología, …), el actual ritmo de la sociedad parece impedir una cierta pausa y reflexión, y que una serie de estas características sea capaz de desafiar esto para presentar algo más pausado y tradicional es, a la vez que admirable, una suerte de vínculo metalingüístico entre realidad y ficción que hace aún más compleja la serie.

Para muchos tal vez esta estructura narrativa de esta primera etapa sea algo negativo para la propia ficción, y hasta cierto punto es cierto, pues centrar la atención en los personajes secundarios muchas veces distrae del objetivo principal, e incluso impide un seguimiento natural de la trama. Sin embargo, enriquece notablemente el universo en el que se desarrolla la acción, y teniendo en cuenta la complejidad que se antoja va a tener el argumento, resulta gratificante poder conocer las motivaciones y la posición de cada uno de los roles. Esto permite, además, una reinterpretación de muchos seres mitológicos y divinos de diferentes culturas y épocas de la civilización, una seña de identidad de Gaiman que los creadores de esta ficción televisiva logran captar a la perfección.

Composición de las tramas

Todo ello genera, por otro lado, algo muy interesante para cualquier profesional y aficionado a las complejas historias, y es la construcción de un “árbol” de tramas en el que cada arco argumental secundario es una rama que se une al resto en un tronco central que no es otro que la guerra que se avecina. Vista así, esta primera temporada de American Gods se convierte en un interesante compendio de detalles y líneas dramáticas que se entrelazan, se nutren y modifican unas a otras, y sobre todo se hacen crecer entre ellas. El viaje de los dos protagonistas permite al espectador asomarse a una visión de las creencias religiosas antiguas (y modernas, aunque en menor medida) tan particular como acertada, pero ante todo le permite descubrir los vínculos de esas antiguas deidades, de su devenir durante siglos en una tierra en la que la fe parece haber desaparecido. A través del Sr. Miércoles, rol magistralmente interpretado por Ian McShane (John Wick: Pacto de sangre), se va desenmarañando una intrincada madeja de viejos rencores, de encuentros pasados y de traiciones presentes.

Aunque la parte dramática no sería nada sin un apartado visual espléndido que no solo saca el máximo provecho a la historia en sí, sino que capta la esencia estética de la obra de Gaiman. A medio camino entre la belleza y la visceralidad, la complejidad dramática de los personajes se nutre con una puesta en escena única que oscila entre la road movie y el viaje del héroe para encontrar su sentido en el mundo. Asimismo, la serie aprovecha para presentar los ambientes en los que se mueven los secundarios, cada uno de ellos definiéndoles de una forma muy precisa que contribuye, además, a esa reinterpretación de los mitos que realiza Gaiman. Todo ello, fondo y forma, crea una obra diferente, no apta para todos los públicos y capaz de poner a prueba la paciencia de muchos espectadores. Pero no hay atajos para poder afrontar la complejidad de una historia de estas características, y al igual que ocurre con otras series de dimensiones tan grandes, la paciencia al final tiene su recompensa.

Esta primera temporada nos deja, por tanto, el viaje iniciativo de un héroe que se adentra en un mundo de dioses, mitos y seres mágicos. Un mundo que convive con el nuestro a plena vista y que, sin embargo, el común de los mortales es incapaz de ver. Bajo este prisma, esta ficción se convierte en una versión moderna de clásicas historias, lo que aporta al conjunto un sentido mucho mayor, engrandeciendo su propia esencia y trascendiendo sus propias limitaciones televisivas para revelarse como una historia atemporal, única y brillante. Serían necesarias muchas entradas en este rincón de Internet para analizar todos y cada uno de los matices que representan a los dioses, así como cada interpretación que de sus mitos se realiza. Baste decir que, por ejemplo, los personajes de Anubis e Ibis son sencillamente perfectos, cada uno convertido en una versión moderna de su función en el Antiguo Egipto, balanza del juicio de Osiris incluida.

Lo que representa este comienzo de American Gods es el punto de partida de un complejo juego en el que los intereses y los conflictos se contraponen unos con otros. La belleza formal de su propuesta, la profundidad de sus personajes y de sus arcos dramáticos, y el toque de humor característico de Gaiman (la escena con todos los Jesús provocados por las ramificaciones de la religión católica es tan hilarante como cierta) componen ocho episodios no solo recomendables, sino sumamente interesantes para todo aquel aficionado a la historia, a los mitos clásicos y, sobre todo, al contraste que generan con una sociedad de consumo como la actual. Fuller y Green componen una sinfonía en la que cada paso del viaje, cada dios o ser mitológico que aparece, queda representado por una nota característica que enriquece el conjunto hasta dotarlo de una vida única, propia y diferente a lo visto habitualmente en televisión.

‘Aladdín’: una colorida fachada


Viendo la nueva apuesta de Disney para revitalizar en imagen real sus clásicos más conocidos, y sobre todo viendo la reacción del público de diferentes edades en la sala, la película debe ser entendida no solo desde la nostalgia de aquellos que crecimos con la magia de estas cintas animadas, sino desde aquellos nuevos espectadores de corta edad que descubren aquello que muchos otros conocimos hace décadas. Y aunque la calidad de la cinta puede que no varíe, sí es importante comprender que las comparaciones suelen ser odiosas, sobre todo en casos como este.

Por eso, Aladdín no puede compararse con el original de 1992. No porque no esté a su altura, sino porque es otro concepto adaptado a los nuevos tiempos. Y bajo este prisma, la cinta de Guy Ritchie (Sherlock Holmes) es un portento visual, una aventura musical y dinámica que aprovecha bastante bien las posibilidades de la historia para alejarse un poco del lenguaje visual del original y narrar con sus propias palabras la conocida historia del joven ladrón que terminó convirtiéndose en príncipe. Ahora bien, la producción tiene en sí misma unas posibilidades que no se explotan lo suficiente y que limitan mucho, en algunos casos muchísimo, la propia narrativa de la historia, que no profundiza en los parámetros dramáticos y morales que ella misma apunta.

El caso más evidente es el del empoderamiento de la princesa (a la que interpreta con acierto Naomi Scott -Power Rangers-), un elemento nuevo en una historia de estas características que, sin embargo, no da el paso de convertirse en un motor narrativo. Dicho de otro modo, el feminismo con el que se dota a la historia parece más de postín, limitándolo a un personaje femenino diciendo que se ha preparado para ser sultana y que no la van a callar, pero siendo siempre salvada por el héroe de turno. Es evidente que, en un intento de mantener la esencia del cuento original pero introduciendo los actuales conceptos sociales, lo que surge es una mezcla que no funciona. No es el único caso. La evolución del protagonista no termina de generar el interés esperado, los efectos digitales se antojan un tanto acartonados, y secundarios como Abu o Iago tienen un protagonismo intermitente que revela un intento infructuoso de dotarles de una presencia determinante en la trama.

Todo ello convierte a Aladdín en un entretenimiento para los más pequeños que en muchos casos no terminará de convencer a los mayores. Un colorido espectáculo en el que, al igual que la moraleja de la historia, termina por importar poco la fachada y primar lo que hay en el interior. Y ese interior se revela irregular, con buenos e interesantes momentos pero con demasiados argumentos planteados sin desarrollo posterior. Eso por no hablar de la ausencia completa del lenguaje de Guy Ritchie tras las cámaras, entregado a una mera manufactura de un producto comercial. Eso sí, la magia sigue existiendo, y mientras hay magia hay esperanza… al menos para afrontar la siguiente cita con un clásico Disney de carne, hueso y ordenador.

Nota: 6,5/10

Temporada 8 de ‘Juego de Tronos’, un gran final para los Siete Reinos


Ya está. Lo que hace ocho años comenzó como la adaptación de una serie de novelas de corte fantástico medieval ha llegado a su fin como el fenómeno televisivo de las últimas décadas. Un fenómeno que ha trascendido su propia dimensión de puro entretenimiento seriéfilo para convertirse en un estudio de estrategias políticas y una confrontación de pasiones encontradas. Y si bien es cierto que esto da buena muestra del grado de relevancia que ha adquirido Juego de tronos, también ha jugado en contra de la octava y última temporada creada por David Benioff (Troya) y D.B. Weiss, ya conocidos como D&D. Personalmente, creo que con sus errores y sus prisas por terminar, que los tiene, estos seis episodios finales son la conclusión sobresaliente a una historia desarrollada en casi una década.

Y sí, digo sobresaliente porque en realidad estos capítulos vienen a ser lo que el tercer acto es a una película, es decir, la conclusión a todas las tramas abiertas a lo largo de los años. Sobre todo las principales. Esto ha provocado que el desarrollo dramático se haya centrado fundamentalmente en los conflictos bélicos largamente esperados, ambos con consecuencias catastróficas tanto visual como sociológicamente. En este aspecto, sus creadores aprovechan las oportunidades que ofrecen las propias características de la serie para componer una huída hacia adelante, un constante recorrido a marchas forzadas para solventar algunos de los conflictos planteados, madurados e incluso enquistados a lo largo de estas temporadas. Habrá quien piense que todo ha sido muy rápido, que solo ha interesado lo visual por encima de la intriga política. No falta razón, pero es que si hubiera sido de otra manera no estaríamos ante el final, sino ante una transición a otra historia diferente.

Las dos principales batallas de esta temporada, desarrolladas no por casualidad en las dos grandes ciudades de Juego de tronos, son un ejemplo de pulso narrativo. La primera, en Invernalia, juega de forma magistral con la iluminación, con el terror de la noche y las características de los muertos. Los movimientos de cámara permiten en todo momento conocer la ubicación de todos los personajes allí citados aunque la historia solo se centra en los principales. Y me explico. El episodio está estructurado de tal manera que la trama solo necesita seguir a los protagonistas para poder narrar cada detalle de la batalla. Y esto, teniendo en cuenta la complejidad de la narrativa, es algo que todo realizador debería estudiar si tiene que enfrentarse a algo similar. La segunda, en Desembarco del Rey, es más bien un derroche de tensión dramática, con ese tañer de campanas que debería marcar un final y, sin embargo, marca un inicio. Y aunque este episodio tiene algunos de los momentos más irregulares de la serie, no deja de evidenciar la fuerza narrativa de una serie construida a fuego lento… nunca mejor dicho.

No cabe duda de que estos seis episodios (algunos de ellos de una duración similar a una película) se han planteado única y exclusivamente para cerrar tramas. Algunas de ellas quedan ligeramente abiertas en el último episodio. Otras se cierran de forma coherente y otras, sencillamente, se antojan algo apresuradas en su resolución. Todas ellas, con sus altibajos, forman sin embargo un mosaico narrativo y visual espléndido, con una serie de discursos y argumentaciones finales que demuestran, por un lado, el peso dramático del rol de Peter Dinklage (Vengadores: Infinity War), diluido un poco entre tanta guerra, y por otro, que la serie ha sido y siempre será un estudio político de los intereses y luchas de poder entre facciones, se llamen familias o con cualquier otro nombre que se les quiera dar. Es cierto que esta última temporada peca en exceso de una cierta aceleración de acontecimientos, sobre todo tras la batalla de Invernalia, y eso es posiblemente lo más censurable del conjunto, pero en todo caso la evolución de los personajes encuentra su encaje en su desarrollo de temporadas pasadas.

Dictadores y demócratas

De hecho, la serie recupera de nuevo esa idea de tiranos dictadores y nobles demócratas que tan bien ha funcionado en el pasado. Para muchos el problema radicará en las figuras que representan cada uno de los bandos. Estoy hablando del rol de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), que ha pasado de ser libertadora a convertirse poco menos que en una versión femenina de Hitler. Sus discursos e ideas en el episodio final de esta temporada de Juego de tronos confirman un viraje moral que podría considerarse inconsistente, pero que analizado fríamente tiene una más que clara justificación. Para empezar, durante toda la serie se ha hablado en varias ocasiones del legado familiar de locura y megalomanía; y aunque siempre ha atacado a tiranos y esclavistas, lo cierto es que todo aquel que se ha opuesto a sus designios ha tenido un final poco benévolo. Es cierto que en estos seis episodios su evolución parece precipitarse con demasiada urgencia, pero eso no es óbice para que la base sobre la que se sustenta exista realmente y se haya fraguado durante las siete temporadas previas.

Hay que señalar, en este sentido, la estética dictatorial de esos planos del último episodio, con grandes banderas ondeando sobre ruinas, ejércitos uniformados y discursos más propios de la época más oscura de Europa. Las palabras del personaje de Dinklage despejan las posibles dudas que pudiera haber. Como decía antes, este episodio ocho viene a confirmar que la serie nunca ha abandonado ese cariz puramente político y estratégico, por mucho que haya tenido descansos dramáticos favoreciendo la acción pura y dura. Las tensiones entre los personajes de Clarke y Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) son el mejor ejemplo de ello. Con todo, la serie deja decisiones dramáticas cuestionables. Dado que es necesario acentuar el carácter conquistador de la Madre de Dragones, Benioff y Weiss convierten el rol de Lena Headey (300) en una mujer vulnerable, alejada por completo de la tirana y déspota reina que fue antaño. Algo con poca justificación, ya que la masacre de hombres, mujeres y niños indefensos ya es de por sí suficiente argumento para convertir a una salvadora en una tirana. Su muerte es, posiblemente, el momento más innecesariamente melodramático de toda la serie, amén de no corresponder con la evolución del personaje durante toda la serie.

Ahora bien, la resolución de todas las tramas y del futuro de cada uno de los personajes supervivientes es sencillamente brillante. La argumentación con la que se corona al nuevo rey viene a confirmar un cambio mínimo para que todo siga igual. Dejando a un lado la cuestionable presencia de algunos personajes en esa especie de concilio final en torno al rey (¿de verdad era necesario recuperar personajes que no aparecían desde hacía varias temporadas?), cada uno de los protagonistas termina donde tiene que terminar, el lugar al que pertenece en cuerpo y, sobre todo, alma. Una nueva generación de personajes, cada uno retomando papeles interpretados por veteranos en las anteriores temporadas, que viene a introducir sangre nueva en una historia que perfectamente podría continuar con intrigas políticas, recelos, ambiciones y luchas de poder. Un final continuista para una trama marcada por la destrucción de una guerra que ha dejado muchos, muchísimos cadáveres por el camino. Un final que comienza con la reconstrucción de un mundo arrasado por el hielo y el fuego.

Juego de tronos termina como debería terminar. Al menos la serie de televisión. Habrá que ver si tiene algo en común con las novelas que deba publicar George R. R. Martin. Pero como producto audiovisual esta octava temporada ha demostrado que la pequeña pantalla es capaz de ofrecer tensión dramática, un lenguaje visual complejo y bello, una evolución compleja de sus personajes y un final que, casi con toda probabilidad, no dejará indiferente a nadie. Como dice el personaje de Dinklage (en uno de sus muchos y brillantes momentos del último episodio), nada une más que una buena historia. Una historia no puede ser derrotada, y si crece lo suficiente puede llegar a ser incontrolable. Algo de todo eso tiene esta última tanda de episodios. Y dado su éxito, es evidente que no gustará a todo el mundo, que cada uno de los espectadores tendrá su versión de lo ocurrido. Eso es lo más atractivo de la serie. Personalmente, y con las irregularidades evidentes que tiene esta etapa, creo que estamos ante una conclusión más que digna de una trama tan compleja como esta. Pero ante todo hemos llegado al final de una era. Nada volverá a ser lo mismo después de esta guerra de Poniente. La televisión ha cambiado, abriendo la puerta a nuevas y complejas producciones. Solo el tiempo dirá si ha sido para bien o para mal. Y de nuevo, como dice Tyrion Lannister, preguntadme dentro de diez años.

‘Dumbo’: de vuelta a la niñez


Dejando a un lado las críticas que se le pueden hacer a Disney por el modo en que endulza todo tipo de historias y personajes, lo cierto es que la casa de Mickey Mouse ha nutrido la imaginación de varias generaciones con la magia que desprenden sus historias. Su apuesta por los remakes en imagen real está logrando un doble efecto: que muchos niños se acerquen a las historias clásicas de la productora de un modo más moderno, y que los millones de adultos que crecieron viendo estas fantasías vuelvan a ser niños. Y la última de estas versiones cumple con lo establecido.

Porque desde luego, Dumbo es todo lo que puede esperarse de ella. Divertida, mágica, enternecedora, y ante todo una lección de cómo hacer el bien y tomar las decisiones correctas siempre se impondrá al mal. En este sentido, uno de los retos superados con nota es el de trasladar la acción de la cinta de animación a una con personajes de carne y hueso. El guión opta con acierto por hacer que la trama se apoye en los personajes humanos no solo para que asuman el tono dramático de la historia, sino para que se conviertan en vehículo de los sentimientos del pequeño paquidermo protagonista. En este proceso, por ejemplo, destacan sobremanera momentos tan inolvidables como la vista de Dumbo a su madre encarcelada y, sobre todo, esa alucinación de elefantes rosas que Tim Burton (Eduardo Manostijeras) tan bien ha sabido plasmar en pantalla.

El problema puede estar, precisamente, en el director y en un protagonista encarnado por Colin Farrell (Noche de miedo) que está definido con brocha un poco gorda. Dado que Burton se pone tras las cámaras posiblemente podría esperarse algo más de transgresión narrativa, algo más de oscuridad en una historia muy “pulcra” a todos los niveles. Lo cierto es que aquello que convirtió al director en el maestro de la fantasía queda ya muy lejos, y solo en algunos detalles pueden verse todavía destellos de aquel realizador. Al fin y al cabo, es un producto Disney, y como tal debe entenderse. Más allá de eso, la historia se desarrolla sin distracciones, rellenando los momentos de depresiones narrativas con tramas secundarias que dotan de algo más de complejidad al conjunto, convirtiendo el film en una producción que puede leerse en muchos niveles.

Dumbo es, por tanto, magia en estado puro. Los adultos que recuerden con cariño la historia de este pequeño elefante capaz de volar gracias a una pluma encontrarán en esta nueva versión las claves para volver a ser niños, y aunque la historia pueda resultar previsible, a estas alturas no creo que nadie entre en una sala de cine buscando algo diferente, ni siquiera estando el nombre de Tim Burton tras las cámaras. Es, en definitiva, un paso más en el camino de remakes que prepara la productora, y que tiene como próximas citas AladdinEl Rey León. Puede que no sea de las mejores, y desde luego no está a la altura del clásico de 1941, pero sin duda hemos vuelto a nuestra niñez.

Nota: 6,5/10

‘Da Vinci’s Demons’ se entrega al exceso sin sentido en su última 3ª T.


He de confesar que no tenía intención de finalizar Da Vinci’s Demons. Más allá del carácter fantástico de su propuesta, el desarrollo irregular de sus personajes, la tosca definición de las intrigas palaciegas y la poca coherencia de algunas de sus premisas habían hecho que me replanteara continuar con su historia. Pero la necesidad de completar una serie, sea más o menos acertada, me ha llevado a retomar, varios años después, su tercera y última temporada, emitida en 2015. Y lo cierto es que estos 10 episodios confirman esa idea de estar ante un producto original en su idea pero excesivo en su definición final.

En efecto, la serie creada por David S. Goyer (serie Constantine) se entrega por completo a sus excesos, aprovechando de nuevo los hitos históricos como base para una trama con tintes fantásticos que, sin embargo, no conjuga del todo bien con la realidad de los personajes. Y en esta ocasión el motivo no es otro que la necesidad de poner punto final a todas las tramas secundarias abiertas. Para ello, Goyer recurre a una estructura aglutinadora en la que personajes secundarios que han tenido más o menos peso en la trama se dan cita en un final en el que el bien y el mal se enfrentan, y en el que los integrantes de cada bando, curiosamente, también se encuentran divididos en ambas categorías, aunque unidos por las necesidades. Y si bien la teoría señala que esta es una apuesta acertada, el resultado no termina de ser satisfactorio, y eso es básicamente porque los personajes y sus arcos dramáticos no resultan convincentes.

En otras palabras, el hecho de que Da Vinci utilice su ingenio para ayudar a derrotar a los invasores de Italia sería algo sumamente interesante, amén de las intrigas y las decisiones políticas que nutren Da Vinci’s Demons. Pero que todo eso tenga lugar mientras una orden secreta quiere dominar el mundo, mientras un libro que muestra a cada uno algo diferente es la clave de la victoria, y mientras Drácula hace acto de presencia para ayudar en la lucha, resulta cuanto menos irreal, incluso para una serie de estas características. Si a esto añadimos el extraño periplo que viven algunos secundarios, cuyo devenir resulta ciertamente irregular, lo que surge es un final de serie que, en efecto, cierra por completo la trama, pero que lo hace de forma apresurada, sin abordar en profundidad algunos de los conflictos que se plantean. Más o menos como han sido todas las temporadas.

Con todo, si se aíslan algunas tramas secundarias estas resultan muy interesantes. El desarrollo, por ejemplo, del personaje interpretado por Blake Ritson (Serena) se convierte en un viaje a los infiernos de un rol ya de por sí siniestro. La ambigüedad de sus acciones, las múltiples caras que presenta este antagonista a lo largo de todas las temporadas y las evidentes luces y sombras de sus acciones encuentran en esta última etapa una conclusión ciertamente atractiva (con sus altibajos dramáticos, todo sea dicho). Y eso es gracias a que se ha ido construyendo de forma progresiva, sin incidir demasiado en sus contrastes pero sí lo suficiente como para dotar al personaje, y por extensión a una parte importante de la trama, de una sugerente oscuridad. De nuevo, la importancia de trabajar este arco secundario a lo largo de todas las temporadas es la clave de la calidad dramática.

Secundarios de última hora

A los problemas de concepto y narrativos que Da Vinci’s Demons ha arrastrado desde su primera temporada se suma en esta ocasión una práctica muy extendida en un determinado y muy concreto tipo de series: la incorporación de secundarios de última hora. Su presencia suele tener dos motivos: o bien sirven como catalizador para determinados momentos de la ficción, a modo de Deus ex machina, o bien son el modo de los guionistas de rellenar los huecos dramáticos que no son capaces de resolver de un modo algo más elaborado. En este caso hay un poco de ambos, pero sobre todo del segundo.

Y es que la presencia de Sabrina Bartlett (serie The passing bells) responde un poco a ambas respuestas. Sacarse de la manga un personaje como este ha permitido a esta tercera temporada ahondar en algunos conflictos dramáticos tanto del protagonista como de algunos secundarios, haciéndoles avanzar. Pero al mismo tiempo ha jugado una parte fundamental en la trama al ser una parte de la resolución de la serie. La fusión de ambos conceptos, sin embargo, no hace que su participación en la historia tenga más sentido. En realidad, aunque bien integrado tanto con el resto de personajes como con el argumento en sí, lo cierto es que en todo momento da la sensación de que se ha introducido de un modo forzado. No tanto el personaje en sí, que bien podría haber sido un secundario más de los muchos que se han incorporado en esta tercera temporada (puede que incluso más interesante), sino la relación familiar que la une con el protagonista, algo innecesario a estas alturas de la historia y, sobre todo, cuando no se han tenido en cuenta los hermanos y hermanas que el personaje histórico sí tuvo.

Querer establecer estos vínculos solo evidencia la necesidad de sus creadores de hacer más compleja la trama, y al mismo tiempo tratar de reforzar esa idea de la familia que rodea a Da Vinci, formada por personajes de lo más variopintos. Sea como fuere, lo cierto es que es un arco dramático a todas luces innecesario, que perfectamente podría haber desaparecido y habría tenido el mismo efecto. Y esta es una de las premisas fundamentales a la hora de desarrollar una historia: si no es fundamental para el avance de la acción, ¿para qué incluirlo? Lo cierto es que la pregunta se podría haber hecho en muchos momentos de toda la serie, pero en esta última temporada, ante la necesidad de cerrar todos los arcos narrativos abiertos, adquiere una especial relevancia.

El caso de este personaje no es el único, pero sin duda es el más llamativo. La tercera temporada de Da Vinci’s Demons no solo no endereza el irregular desarrollo previo, sino que parece entregarse por completo a un exceso conceptual sin control aparente. Y esto, aunque en determinados momentos puede entretener, termina por saturar al espectador. Y es una lástima, porque la premisa inicial de la serie era más que prometedora. El problema ha sido, y esto es algo puramente personal, que sus impulsores no han encontrado un buen equilibrio entre los hechos históricos y la fantasía, entre la parte más realista y aquella más fantástica. A cada capítulo que pasaba se entregaba más a la segunda que a la primera, y esta falta de estabilidad es la que ha terminado por convertir en parodia un producto que bien podría haber sido algo diferente.

‘El cascanueces y los cuatro reinos’: sin nueces que cascar


Cuesta creer que una película con los actores, directores y diseño de producción que tiene esta nueva propuesta de Disney sea, sin embargo, tan anodina, tan falta de contenido. Tal vez sea por una indefinición en su arco narrativo, por el uso y abuso de los efectos digitales o por el carácter infantil que se imprime a una historia que podría haber dado mucho más de sí con un enfoque un poco más adulto, pero la realidad es que esta obra de fantasía, moraleja y paso a la madurez se queda a medio camino de ninguna parte.

Y fundamentalmente es porque El cascanueces y los cuatro reinos no contiene una historia desarrollada. Más bien, su argumento parece una excusa para mostrar unos mundos fantásticos y poder justificar el gasto de millones en efectos digitales. Los personajes, salvo contadas excepciones, apenas tienen recorrido dramático; la trama es lineal, sin giros argumentales significativos (salvo un único cambio de roles que se convierte en lo más interesante de la historia) y, sobre todo, se generan unos vacíos argumentales que para los más pequeños pueden pasar desapercibidos, pero para los adultos resultan un tanto alarmantes.

A su favor juega el hecho de que va de menos a más, lo cual tampoco es algo de admirar dado el arranque del film. Su comienzo, sospechosamente similar al de ‘Alicia en el País de las Maravillas’, está marcado por una falta absoluta de interés, tanto en los personajes como en los conflictos que viven. Tan solo en su tramo final, cuando protagonista y antagonista se enfrentan, la cinta adquiere algo más de interés, aunque tampoco demasiado. La falta de fuerza dramática a cada paso de la historia genera una frustración mayúscula, entre otras cosas porque la historia sí permite apreciar elementos que podrían haber sido mucho más dramáticos, pero que se suavizan en pos de una inocencia que roza el ridículo.

Y es una lástima, porque el trasfondo de El cascanueces y los cuatro reinos es interesante, así como la moraleja que se sustrae del mismo, con la madurez, la responsabilidad y la inteligencia como grandes argumentos. Pero ni el guión ahonda en eso ni sus directores son capaces de ofrecer algo más que una visión estandarizada de las secuencias. Tampoco ayuda que los personajes no tengan una definición más profunda. En el aire quedan preguntas sobre el origen de muchos de los protagonistas, sus motivaciones, las relaciones surgidas a raíz de los conflictos internos y externos, y un extenso etcétera. Que una película para toda la familia plantee tantas preguntas de calado y las deje sin respuesta ya es un síntoma de que sus carencias superan con creces el poco interés que pueden tener sus aspectos más positivos.

Nota: 5/10

‘Érase una vez’ termina con una 7ª T. que ahonda en sus debilidades


He de reconocer que viendo la séptima y última temporada de Érase una vez se plantea la duda de qué sería mejor, si cerrar una serie deprisa y corriendo sin demasiada coherencia en su desarrollo, o afrontar dicho final con una suerte de epílogo que termine bien y que alargue la historia de forma artificial. Todo ello, claro está, en una serie que ha ido perdiendo interés a marchas forzadas por una falta de previsión en su conclusión definitiva. Y lo cierto es que estos 21 episodios de la serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (autores de la serie Dead of summer) son la prueba más evidente de que una falta de objetivo puede dar lugar a algo original y a la vez auto destructivo.

Porque desde luego, a esta ficción se la puede acusar de muchas cosas menos de falta de imaginación. El hecho de que esta última etapa repita estructuras narrativas permite a sus creadores un doble efecto. Por un lado, dotar al conjunto de una imagen cíclica, de recuperar el punto de partida; por otro, abre la posibilidad a introducir nuevos personajes e historias que enriquecen el conjunto, y a los que se puede dedicar algo más de tiempo al no tener que plantear desde el principio el punto de partida. Pero al mismo tiempo, esto juega en su contra. La serie trata de aprovechar algunas de las líneas argumentales planteadas en la anterior temporada para crear todo un universo nuevo, pero falla al querer unirlas todas en una especie de trama única con final común a todas ellas.

El problema no es tanto esa intención, tan válida y correcta como cualquier otra que permitiera cerrar las líneas dramáticas abiertas, sino en la sensación de estar ante una improvisación constante. Soy consciente de que no existe tal improvisación, pero el hecho de que aparezcan personajes cuando se les necesita para hacer avanzar la trama o que el desarrollo de la historia sea intermitente, con un comienzo que se regodea demasiado en las similitudes con la temporada original (con las evidentes diferencias) y que luego intenta recurrir a todo tipo de artimañas dramáticas para dar sentido a lo mostrado previamente, denota un cansancio creativo y narrativo evidente, reforzando la idea de que la serie debería haber tenido el ansiado final feliz hace ya varios años.

Y por si todo ello fuera poco, la fusión de historias y cuentos de hadas alcanza su máximo esplendor. La reinterpretación de las historias de Pixar, que ya se había planteado en anteriores temporadas, es aquí más que evidente, no solo por el tratamiento de algunos personajes, sino por los decorados elegidos. El papel que juega Up (2009) es más que evidente, lo que acentúa la idea de estar ante la necesidad de recurrir a todas las historias posibles que aporten ese toque mágico al conjunto pero que tengan poco que ver con los cuentos de hadas. En este sentido, se podría decir que Érase una vez ha evolucionado como serie, abarcando más y más historias. La pregunta que cabe hacerse es si lo ha hecho por enriquecer su relato o porque la historia, sin recurrir a esto, se habría desinflado rápidamente en las primeras temporadas. Visto lo visto, parece que es más lo segundo que lo primero.

El hermano del tío del primo de la hija de…

La prueba más evidente de ello son los parentescos que se han establecido entre los protagonistas, y que en esta última temporada alcanzan ya un grado de complejidad que bien podríamos estar ante una telenovela. Las relaciones familiares entre los personajes de cuentos de hadas en los primeros compases de la serie aportaron un cierto toque irónico y, por qué no decirlo, original, siendo una herramienta más para enlazar en un único universo a personajes como Blancanieves, Rumpelstilskin, Bella y Bestia, Maléfica y un largo etcétera. Sirvió, por tanto, como nexo de unión de muchas historias. Sin embargo, una vez establecida esa base dramática y habiendo ampliado notablemente el universo de la serie, las nuevas relaciones que se establecen pecan de excesivas y, sobre todo, innecesarias desde un punto de vista dramático, pues su finalidad dentro de la trama queda en entredicho. No me refiero al papel que cada personaje juega, sino a las relaciones entre ellos. A la pregunta “¿si no tuvieran el parentesco que tienen la trama seguiría funcionando?” la respuesta es sí, por lo que la siguiente pregunta es “¿para qué?”.

El grado de complejidad que ha alcanzado la serie en esta última temporada es tal que sus creadores han tenido que recurrir a una especie de Deus ex machina para poder cerrar de un modo más o menos lógico todo lo planteado hasta ese momento. La necesidad de ampliar el universo de Érase una vez, como comentábamos antes, ha derivado en una amplitud de mundos, personajes e historias que a lo largo de las temporadas han quedado en un segundo plano, pero siempre presentes. En un intento de dar el final feliz que todo cuento de hadas (y con sus más y sus menos, esta ficción lo es) necesita, los guionistas han optado por una resolución cuanto menos cuestionable, integrando todos esos mundos en una suerte de ciudad/continente en el que tienen cabida todos ellos (con las consecuentes incongruencias y duplicidades de personajes), y en el que todos están regidos por la que sin duda es la auténtica protagonista de esta serie.

En efecto, el rol de Lana Parrilla (One last ride) es el auténtico motor de este drama, ya sea como villana o como personaje redentor. En ambos casos, siempre buscando un final feliz que se escapa durante demasiadas temporadas. De ahí que este final tenga que pasar necesariamente por ella. La reunión de los actores y personajes principales de la serie en ese último y bien intencionado episodio, así como el discurso final de la Reina Malvada, es buena muestra de que la serie tenía que terminar con un final feliz sí o sí, independientemente de que eso pueda dejar la estructura narrativa más debilitada de lo que ya estaba tras siete temporadas perdiendo calidad dramática e interés.

De este modo, Érase una vez tiene el final que cabría esperar, pero lo tiene con demasiadas temporadas de retraso. Es cierto que ver la reinterpretación de los cuentos resulta interesante, toda vez que ayuda a comprender algunos aspectos de los personajes con los que han crecido millones de personas, pero la serie ha alargado en demasía algunos conflictos, recurriendo muchas veces para ello a tramas poco sólidas y a un tratamiento de los personajes algo toscos. Posiblemente de haberla terminado hace tiempo estaríamos hablando en otro sentido, pero alargar algo de forma artificial suele tener estos efectos en las historias. Curiosamente, el único personaje que parece ajeno a todo, manteniendo siempre su atractivo e interés dramático, es el interpretado por Robert Carlyle (T2: Trainspotting), pero ni siquiera Rumpelstilskin es capaz de dar la vuelta a la situación. Un epílogo en la línea del resto de la serie que pone de manifiesto la poca necesidad del mismo.

‘Érase una vez’ se pierde definitivamente en su sexta temporada


Han sido seis años, pero la verdad es que la sensación es de un tiempo mucho mayor. Érase una vez llega a su fin, al menos de la historia y los personajes originales, en una sexta temporada que evidencia la transformación que ha sufrido esta original serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (TRON: Legacy). Una transformación que, aunque ha ganado en originalidad, ha perdido mucho en consistencia dramática y, sobre todo, en coherencia. Porque si algo demuestran estos 22 episodios es que, incluso en una fantasía de cuento de hadas, no todo vale.

En unos días analizaremos la séptima y última temporada, una vez finalizada la serie, pero por ahora centrémonos en el contenido de esta conclusión de la trama original. Y sin duda lo que más llama la atención es el tratamiento de los personajes y de las historias que protagonizan. Da la sensación de que, en un intento de hacer el equilibrismo imposible, sus creadores introducen todos los elementos habidos y por haber en los cuentos de hadas para componer una sinfonía de fantasía donde todos los héroes y villanos están relacionados de algún modo, bien por parentesco, bien por encuentros más o menos fortuitos en el pasado. De ahí que, por ejemplo, se junten en una única historia Aladdin, Jasmine, la Sirenita, Blancanieves, Frankenstein, Jekyll, Hyde y un largo etcétera de personajes.

El principal problema es que muchos de ellos están incorporados casi por obligación, como si fuera necesario aportar al conjunto la historia de todos los personajes de cuento o literarios, incluso aunque esto se haga únicamente en un episodio a modo de contexto dramático para ese momento puntual dentro de una historia mayor. Es el paso definitivo de una evolución que, atendiendo a los índices de audiencia, no ha sido la más acertada. Dicho de otro modo, Érase una vez ha intentado abarcar más de lo que podía, lo que curiosamente ha hecho perder al conjunto lo que le daba la magia con la que comenzó su andadura. A lo largo de las temporadas la serie ha pasado de tener una estructura de héroes contra villanos a otra que dividía cada temporada en dos partes diferenciadas, para terminar siendo una amalgama de historias con un villano final y varios intermedios.

No es el único problema de la trama, claro está. De hecho, puede que no sea el mayor, pues hay que reconocer que la introducción de tantos personajes expande el universo de fantasía hasta límites que no se habían visto, amén de reinterpretar los cuentos más famosos de un modo incontestablemente original. En este sentido, no cabe duda de que esta sexta temporada es un alarde visual y de ingenio que, con sus evidentes pegas, termina enganchando gracias a un ritmo narrativo y dramático lo suficientemente sólido como para que el espectador se deje llevar, al menos en varios de sus tramos. Es por esto que posiblemente lo más débil de esta etapa, dramáticamente hablando, sea algo que la serie viene arrastrando desde años atrás, y es esa necesidad de que los villanos se conviertan en héroes y las consecuencias que eso conlleva.

¿Héroes o villanos?

En efecto, el principal escollo de Érase una vez para su correcto desarrollo argumental ha sido qué hacer con los villanos, fundamentalmente con los interpretados por Lana Parrilla (One last ride) y Robert Carlyle (T2: Trainspotting). Curiosamente, ambos son los principales atractivos de la serie y sus verdaderos protagonistas, lo que reafirma la idea de que un buen villano hace mejor cualquier trama. Pero volviendo al origen, estos dos villanos fueron, desde el principio, el motor de esta ficción, incluso cuando sus acciones comenzaron a tornarse en las de héroes. Ese proceso ocurrió de forma natural, motivado entre otras cosas por un tratamiento muy profundo y complejo de unos personajes cuyas motivaciones tenían un largo pasado y cuyo objetivo parecía sencillo y a la vez inalcanzable: tener un final feliz.

Esta sexta temporada viene a confirmar la deriva sin rumbo fijo de la serie, algo que también se pudo ver en las anteriores etapas. Una vez convertidos en héroes, integrados en el grupos de los “buenos” aunque con sus respectivos matices, era necesario encontrar otros enemigos a los que hacer frente. Estos 22 capítulos rizan el rizo y aprovechan la compleja trama familiar para introducir a la villana definitiva, el origen de todo mal. Más allá de que esto pueda resultar más o menos congruente con lo narrado a lo largo de estos años, el problema radica en los efectos secundarios que esto tiene, y que de nuevo tiene que ver con héroes y villanos. Por ejemplo, el doble malvado de la Reina Malvada se vuelve una heroína, como ya había hecho el rol original; la bruja mala de Oz también encuentra su forma de hacer el bien; y muchos otros secundarios menores que comienzan siendo enemigos se tornan en aliados tan rápido que apenas hay tiempo de explorar la evolución dramática.

Todo ello genera un concepto dramático impropio tanto para lo visto hasta este momento como para el desarrollo que cualquier historia debiera seguir. Precisamente si algo bueno tenían los roles interpretados por Parrilla y Carlyle es que su tratamiento permitía comprenderles, explorar sus fortalezas y sus debilidades dramáticas, sus motivaciones y sus objetivos, y eso no solo les hacía más complejos, sino que redundaba en la calidad dramática de la serie. Ahora, sin embargo, lo que nos encontramos es un compendio de personajes, cuantos más mejor, cuyas historias se reinterpretan en un intento de tapar con originalidad la falta de criterio dramático. Por todo ello, esta sexta temporada es sin duda la consecuencia lógica de la evolución de la ficción, pues los numerosos personajes (y sus respectivas historias) introducidos durante las etapas anteriores han tenido que encontrar su resolución en estos episodios. Y dado el alto número y la limitación de tiempo y espacio dramático que existe, era imposible no acelerar algunos de los procesos dramáticos, con las consecuencias evidentes.

Érase una vez es el mejor ejemplo de cómo una producción puede perder interés a pasos agigantados si la historia no tiene un tratamiento controlado y calculado. Su sexta temporada es la prueba palpable de que no por introducir más y más elementos, ya sean personajes, escenarios o tramas, la historia gana en complejidad y atractivo. Puede que de lo primero sí, pero de lo segundo difícilmente ocurrirá si no se sigue una lógica. La necesidad de incorporar más héroes, más villanos y más cuentos de hadas ha terminado por asfixiar una historia sumamente original, capaz de dar un giro coherente a las historias que conocemos desde niños, y relacionar a muchos de los héroes y villanos en un único universo plagado de magia y fantasía. Al contrario de la protagonista interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad), el espectador comenzó la historia creyendo en la magia y los cuentos de hadas para terminar perdiendo la fe. Aunque en este caso no es porque nos hayamos hecho adultos después de seis años.

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