‘American Gods’ explora los mitos divinos en su 2ª temporada


Puede parecer de perogrullo, pero una de las principales diferencias entre películas y series es que las segundas tienen una duración mucho mayor que las primeras. Y esto permite, a su vez, realizar un tratamiento mucho más profundo de los personajes, logrando a su vez un diseño narrativo más complejo, en el que la historia se puede detener para analizar a uno o varios personajes, ofreciendo al espectador en todo momento una cantidad de información que no solo le permite conocer e identificarse mejor con los personajes, sino que le sumerge mucho más en la historia. Y eso es, a grandes rasgos, lo que ha hecho la segunda temporada de American Gods, esa serie basada en la novela de Neil Gaiman en la que mitología, dioses, tecnología y nuevos medios se enfrentan en una batalla por la supervivencia.

Los 8 episodios de esta segunda etapa creada por Bryan Fuller (serie Hannibal) y Michael Green (serie Reyes) no suponen una pausa en el desarrollo de la trama, pero sí permiten a sus autores y al espectador ahondar en el pasado, en las motivaciones y en los miedos de muchos personajes secundarios, lo que sienta las bases para lo que vendrá en la tercera temporada. El resultado, dramáticamente hablando, es un viaje por el interior de los personajes, más que el viaje externo que ya hicieron en la primera temporada. No es casual, por tanto, que el primer capítulo arranque con ese viaje al tiovivo y la reunión en la mente de Odín. Una secuencia que sienta las bases de lo que será el resto de este arco argumental, tanto en ese tratamiento introspectivo de los objetivos y los conflictos internos de cada rol, como en el desarrollo más en profundidad de la mitología detrás de cada dios que aparece en pantalla.

En este sentido, American Gods se convierte casi más en un análisis de las historias que han acompañado a estos mitológicos personajes durante toda la historia, adaptándolos a un contexto narrativo más actual y complejo. Y no me refiero con esto a la guerra con los nuevos dioses, epicentro argumental de toda la serie, sino al modo en que la trama les presenta adaptándose a una sociedad que evoluciona, que tiende a olvidarles para centrarse en otros referentes a los que adorar. Las secuencias del pasado, el modo en que viven y sobreviven a través de las épocas, permite apreciar muchos matices de sus personalidades que, aunque en realidad ya estaban planteados desde el principio, adquieren ahora un mayor significado al hacer comprensibles algunas de sus decisiones en el presente. Y al mismo tiempo, esta segunda temporada explica algunas relaciones entre los secundarios, desvelando cierto misterio que se mantenía oculto. Curiosamente, esta decisión, lejos de restar interés a la serie, aporta una mayor profundidad dramática, pues abre la puerta a nuevas motivaciones y, sobre todo, a nuevos conflictos entre los dos principales protagonistas.

Entrando en lo que representa esta temporada, desde un punto de vista narrativo la historia sienta las bases en la que podría entenderse como la segunda fase de la batalla. Si la primera temporada presentaba a los personajes, introducía al protagonista en un mundo que no entendía y planteaba los bandos condenados a enfrentarse, en esta continuación se sientan las bases en cada uno de los lados del conflicto. Miedos, venganzas, traiciones, armas,… Todo lo que se genera en los compases previos a cualquier lucha aparece aquí con un marcado carácter mitológico, lo que no solo sirve al espectador para prepararse para lo que viene, sino que se introduce un poco más, como de hecho hace el personaje interpretado por Ricky Whittle (serie Los 100) a lo largo de este extraño viaje. Y esto es algo que no solo ocurre en el lado de los viejos dioses. El bando de esas nuevas deidades que el ser humano adora ahora (tecnología, nuevos medios, el Gran Hermano,…) queda representado como un grupo en el que sus miembros, por aquello de ser jóvenes, todavía están descubriendo parte de sus capacidades.

Secundarios incompletos

Pero estos 8 capítulos presentan algunas deficiencias. No es que sea algo que impida el desarrollo de la trama, o que conduzca la acción en un sentido completamente incoherente. No, el problema es, como es habitual en este tipo de tramas, que muchos personajes secundarios quedan relegados a un mero papel instrumental, cuando no desaparecen directamente. Y es una lástima, porque si algo tiene American Gods es una complejidad argumental y psicológica bastante alta, lo que implica que todo personaje, por pequeño que sea, tiene un trasfondo dramático que, al dejar de seguirlo, termina perdiéndose en un mar de roles con sus claroscuros. Al final, visto en global, no es un gran problema, pues la historia es tan contundente que termina llevándose por delante esas pequeñas historias, pero sí permanece la sensación de que podrían haber aportado algo más a la trama principal para potenciar ese universo en el que se ambienta.

En todo caso, estas historias secundarias incompletas contrastan, y mucho, con los secundarios más importantes, que no solo enriquecen la historia (en algunos casos son determinantes, como es el papel de Pablo Schreiber –El rascacielos-), sino que tienen un arco argumental propio que se desarrolla de forma paralela y que, de un modo u otro, permiten al espectador evadirse por un momento de esa guerra para centrarse en otros aspectos de la serie sin abandonar, en ningún caso, ese universo fantástico. El ejemplo más evidente es el de Emily Browning (Pompeya), con objetivos y motivaciones propios que viene a representar la otra pata de la trama, el love interest que siempre suele existir en la construcción de las narraciones. Curiosamente, su presencia en la historia es más bien anodina, al no aportar gran cosa a la trama principal, pero tiene el poder suficiente para influir en las decisiones del héroe, lo que en último término convierte a este personaje en una pieza clave para el desarrollo dramático.

Aunque sin duda, una de las cosas más interesantes y atractivas que ofrece la serie es su tratamiento de los dioses, sean del bando que sean. El modo en que se representan, la estética de los lugares que frecuentan, la iluminación utilizada para cada uno de los personajes,… Todo está perfectamente medido no solo para mostrar la diferencia entre lo nuevo y lo viejo, entre el futuro y el pasado, sino para evidenciar cómo son ambos mundos. Mientras que los antiguos dioses se mueven en viejos coches, ambientes con sabor tradicional y espacios algo “retro”, los nuevos dioses, representados con rasgos juveniles, viven en entornos tecnológicos en los que cables, pantallas y luces fluorescentes son la tónica general. Incluso las armas a utilizar y el vestuario son diametralmente opuestos. A esto se suma incluso el carácter del que hacen gala cada uno de ellos. Frente a la calma, la pausa y la reflexión que parecen mostrar Odín y compañía, el modo en que se mueven y se comportan los Nuevos Media y la Tecnología responde más a la personalidad de adolescentes que creen saber todo. La interpretación de esto lleva la guerra mucho más allá de las deidades, planteando la serie como una lucha entre la madurez y la juventud en la que se ve en medio un personaje cuya vida tras su paso por la cárcel, tal y como la recordaba, parece haberse terminado.

De este modo, la segunda temporada de American Gods se plantea más como un análisis en profundidad de los personajes, de la mitología que les rodea y de sus miedos y objetivos. Los preparativos que realizan para la batalla que está por venir permiten a los creadores de la serie ahondar en los conflictos que viven, tanto internos como externos. Pero sobre todo, esta etapa es una reflexión sobre el viaje del héroe, sobre su madurez, sus creencias y su capacidad (o incapacidad) de dejar marchar el amor de su vida, quien le traicionó justo antes de morir. El trasfondo dramático e interpretativo del conflicto divino no deja de ser muy humano, y eso es lo que ofrecen estos episodios, más allá de lecturas modernizadas de personajes de diferentes culturas por todo el mundo (lo que, por cierto, nos permite aprender un poco más de las creencias de los diferentes pueblos). Es cierto que hay altibajos narrativos, y que algunos personajes podrían haber dado más de sí antes de desaparecer por completo, pero eso no impide disfrutar de unos notables capítulos.

1ª T. de ‘The Witcher’, estructura diferente para una fantasía diferente


Que los relatos de medievo fantástico están de moda es algo incuestionable. Pero como todo lo que se convierte en tendencia, puede terminar saturando al espectador si lo que se ofrece no tiene ni la calidad ni la originalidad suficientes. La serie The Witcher, que adapta los libros escritos por Andrzej Sapkowski, ha sido calificada en muchos artículos como “la nueva Juego de tronos“. Y sí, esta producción creada por Lauren Schmidt (autora de varios episodios de El ala oeste de la Casa Blanca) tiene una ambientación similar, e incluso, muy en el fondo, comparte la temática de la lucha entre reinos por el dominio de un continente. Pero comparar ambas producciones sería muy injusto, además de limitar mucho la percepción de esta interesante trama.

Trama que, por cierto, hay que reconocer que en estos primeros 8 episodios se ha abordado de un modo un tanto peculiar… por decirlo de algún modo. La primera temporada de esta serie de Netflix se plantea como una suerte de puzzle en el que se presenta a los tres personajes protagonistas y los inquebrantables vínculos de magia, destino y violencia que les unen a través de los años e, incluso, de los siglos. Un brujo, una hechicera y una niña destinada a cambiar el mundo son los tres héroes de una historia que tiene como telón de fondo el avance imparable y la invasión de un reino sobre el resto. Reconozco que conocer la historia, los personajes, los reinos y todos los detalles de este universo facilita mucho la comprensión del argumento, cuya narrativa desordenada, además, puede suponer un punto más de complejidad. Sin embargo, esto no es, o no debería ser, inconveniente para disfrutar de un relato plagado de matices, de una riqueza conceptual y narrativa únicas. Basta con prestar algo de atención a personajes, diálogos y diseño de producción para ordenar, de forma aproximada, estos capítulos en el orden correcto.

Una vez superado ese “problema”, The Witcher se revela como una aventura plagada de intriga, acción y romance, en la que las traiciones políticas y las luchas de poder tanto entre pueblos como entre individuos marcan el devenir de cada arco argumental. Desde el punto de vista del guión, y esta es en cierto modo la magia de la serie, la temporada se estructura de forma inteligente en tres partes bien diferenciadas. La primera, la presentación del trío protagonista; la segunda, el desarrollo de los vínculos que les unen; y la tercera, la que tiene una narrativa más lineal y, por tanto, la que gustará a más gente, se centra en unir todos los puntos planteados con anterioridad. Para los amantes y estudiosos del guion esta ficción de Schmidt es una obra única en tanto en cuanto, aunque tiene la habitual estructura formal, la plantea y desarrolla de forma total y absolutamente arbitraria… ¿O no es tan arbitraria? El hecho de que, al terminar el último episodio, el espectador tenga una visión clara y precisa de todo lo ocurrido debería de responder por sí solo a la pregunta.

Esta ausencia de una narrativa lineal tiene, además, un beneficio que se va a perder en la segunda temporada si, como está anunciado, se optará por una estructura algo más clásica y enmarcada en la sucesión temporal. Dicho beneficio es que a través de los episodios el espectador puede apreciar cada personaje casi en su pleno esplendor, de forma casi virgen, sin condicionantes argumentales o de personalidad que limiten la comprensión de los roles. La falta de conexión inicial entre los personajes provoca que podamos conocerlos y comprenderlos en un entorno casi aséptico de condicionantes narrativos y dramáticos, y esto es algo que, aunque para muchos sea secundario, tiene un interesante efecto en la historia. Conociendo sus relatos individuales, sus aventuras hasta llegar al punto final, el espectador percibe cada matiz de su personalidad, por lo que al llegar el último episodio es capaz de analizar más en profundidad las motivaciones, los miedos y el deseo de cada uno de los protagonistas.

Medievo fantástico

El principal problema de The Witcher sea, probablemente, que es un producto muy pensado para aquellos que conozcan la saga literaria o los videojuegos basados en sus historias. No quiero decir que no se pueda comprender si no se conoce el universo del personaje, al contrario, la labor de Schmidt en este sentido es impecable. Pero el medievo fantástico que relata es tan rico en matices, con tantas criaturas, tantos personajes y tantas facciones que puede terminar resultando contraproducente para la comprensión de aquellos que no conozcan absolutamente nada de Geralt de Rivia, Yennefer o Ciri. Pero bueno, eso no es algo necesariamente malo, pues algo similar ocurrió con la primera temporada de Juego de tronos, serie con la que, como mencionaba al inicio, es comparada constantemente.

Lo cierto es que, salvo una estética algo similar en algunos momentos, esta ficción tiene más bien poco que ver con la obra de George R.R. Martin. Más entregada a las criaturas mitológicas, con hechiceras, magos, brujos y poderes místicos, esta primera temporada se antoja mucho más compleja en varios sentidos. Más allá de su narrativa, la riqueza del universo en el que se ambienta obliga a prestar atención a numerosos detalles que se suman a las intrigas palaciegas, las guerras por los territorios y las traiciones. El hecho de que el héroe (con los rasgos de un notable Henry Cavill –Misión: Imposible. Fallout-) trate de mantenerse ajeno a las batallas de los hombres, aunque luego termine participando en ellas, aporta al conjunto una perspectiva diferente, más objetiva, en la que no hay buenos ni malos, sino una disección de la avaricia, las ansias de poder y el odio entre los hombres. Todo ello aderezado, eso sí, con unas secuencias de acción, tanto individuales como colectivas, bien coreografiadas y que sacan el máximo provecho de la fuerza visual de la historia y sus personajes.

Así, se puede decir que estos primeros 8 capítulos presentan una estructura diferente a lo visto habitualmente para narrar una historia diferente en muchos aspectos a lo que cabría esperar. Una estructura que aborda el viaje de tres personajes condenados a encontrarse, cuyas vidas están íntimamente ligadas por magia y destino. En realidad, la narrativa de la serie, salvo por los saltos temporales que pueden despistar un poco al inicio, no se diferencia tanto de otras series con muchos personajes, salvo que en el caso que nos ocupa esa técnica de destinar un episodio a cada personaje se aprovecha para abordar diferentes momentos de la vida del trío protagonista, ahondando más en su tratamiento, en los diferentes aspectos de sus personalidades y, sobre todo, en hacerlos mucho más cercanos al espectador. Es cierto que en esta narrativa, sobre todo viendo el desenlace de la temporada, existen unas lagunas que perfectamente podrían haber sido completadas, lo que hace que el desarrollo flaquee en algunos momentos. El hecho de que existan es una buena muestra de la complejidad de abordar esta serie.

Pero con sus problemas, The Witcher ofrece una primera temporada atractiva, interesante, por momentos fascinante y sumamente entretenida si nos acercamos a ella sin prejuicios, dispuestos a prestar atención a los detalles y a los personajes para evitar perdernos en los saltos temporales (y aun así es posible que nos perdamos en algún pasaje). Sus ocho episodios permiten una presentación de personajes, del universo en el que se desarrolla y, sobre todo, de una historia mucho más grande de la que se ha narrado hasta ahora. Todo eso visto a través de los ojos de los tres protagonistas, situados en medio de una guerra que ni les va ni les viene, pero en la que tendrán un papel relevante. Una serie entretenida, que atrapa por su poderoso apartado visual, la riqueza de su universo y unos personajes aparentemente sólidos pero marcados por el trauma, el dolor y la tragedia. La segunda temporada se ha anunciado mucho más tradicional en lo que a estructura narrativa se refiere, por lo que habrá que esperar para comprobar si la apuesta de esta primera etapa es mejor o peor que un relato más convencional.

‘Fantasy Island’: la fantasía de una serie B


El cine ha evolucionado. Sigue evolucionando cada día. Y la serie B ha evolucionado con él. Al menos en lo que se refiere a su acabado técnico, más elaborado y que impide ver el “truco” que se esconde tras bambalinas. Pero por mucho que una película presuma de envoltorio, si el contenido no funciona poco importa cómo se presente. Y esto es lo que le ocurre, en mayor o menor medida, a la nueva película de Jeff Wadlow (Rompiendo las reglas), una serie B con todos los ingredientes pero de desarrollo algo irregular.

Y eso siendo generosos. Lo cierto es que Fantasy Island tiene todo lo que un film de este tipo puede desear: protagonistas de diferentes niveles sociales, un mad doctor reconvertido en anfitrión de un hotel, un paraíso en medio del mar, deseos, pesadillas y un trasfondo fantástico. Y si bien el punto de partida y el desarrollo inicial son más que correctos, la película poco a poco se desmorona como un castillo de naipes, básicamente porque las historias individuales de cada uno de los personajes no es lo suficientemente sólida como para soportar el desenlace que se le ha querido dar al film. Es algo similar a lo que le ocurre a cada personaje. Lo que comienza siendo una serie B de fantasía termina convirtiéndose en una pesadilla de serie B. Más allá de las motivaciones de los personajes, que pueden tener más o menos profundidad dramática, lo que no termina de encajar es la resolución de la historia, basada en deseos y fantasías de los protagonistas que rompen con todo lo planteado hasta ese momento en la historia, sacándose de la manga un efecto argumental que sencillamente no funciona.

Es una lástima que no se haya optado por algo más elaborado, porque eso tiene una segunda consecuencia. La cinta deambula entre la comedia y el terror de un modo tan desganado que nunca se define por ninguno, por lo que sencillamente no hace ni gracia ni asusta lo suficiente. El hecho de que la historia de cada personaje tenga un tono diferente (prácticamente están todos los géneros ahí metidos, desde el drama familiar hasta la comedia gamberra, pasando por la acción, asesinos en serie, terroristas, …) impide a la película ubicarse correctamente, algo que juega en su contra. Curiosamente, lo que sí está muy bien planteado es cómo todas estas tramas terminan convergiendo en una única historia, uniendo a los personajes bajo una única fantasía. El modo en que todas ellas se integran en una, al tiempo que se explica el origen de la isla y su poder (un poco por encima, no le pidamos peras al olmo) es posiblemente de lo mejor de un film que podría haber sido mucho más de lo que finalmente es.

Porque Fantasy Island ofrece poco, muy poco. Y su planteamiento es muy superior a lo que finalmente termina siendo. Sí, distrae lo suficiente durante la primera mitad del film para no pensar demasiado en los unidimensionales personajes y para no plantearse qué hacen determinados actores en una cinta como esta. Pero una vez superado ese punto de no retorno la historia pierde el norte, se entrega por completo a un desarrollo algo anárquico para explicar no solo la motivación real de toda la trama, sino para concluir con un desenlace de lo más conveniente, ajeno incluso a la propia naturaleza del relato contado hasta ese momento. La fantasía de la serie B, en este caso, es una ilusión como la que se vive en la propia película. Y aunque tengamos que vivirla hasta el final, no está asegurado que vayamos a disfrutarla.

Nota: 5/10

‘Star Wars: El ascenso de Skywalker’: un final dominado por el miedo


Algo ha cambiado en la saga ‘Star Wars’. En 42 años es normal que la forma de hacer cine, los efectos especiales y las historias evolucionen. Pero no se trata de eso. No sé si será, como muchos defienden, por la influencia de Disney y sus parámetros morales y éticos. En cualquier caso, esta tercera y última entrega de la, a su vez, última trilogía del arco argumental de Skywalker, tiene todo lo bueno y todo lo malo de una historia que ya forma parte de la cultura popular.

Y puede que esto sea lo más perjudicial para Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker. La cinta bebe constantemente de las referencias y el universo cinematográfico que ha dejado durante estas décadas George Lucas. Prácticamente cada plano, cada secuencia, cada diálogo, hace referencia a diferentes momentos de la saga, por no hablar de la presencia de personajes inolvidables. En cierto modo, la cinta dirigida por J.J. Abrams (Super 8), con su habitual habilidad narrativa pero sin la emoción que sí tuvo en el Episodio VII, es un viaje a la nostalgia, un recorrido por todo aquello que hace de Star Wars algo único. El viaje de la protagonista en busca de sus orígenes al tiempo que aprende los secretos de los jedi posiblemente sea lo mejor de la cinta, amén de unas batallas tan espectaculares como bellamente ejecutadas.

El problema de la película llega en su tercio final, y es ahí donde más se nota la mano Disney. Si el desarrollo de la historia, con ciertos altibajos, en líneas generales contiene los suficientes elementos para resultar atractivo (la lucha de la protagonista contra su lado oscuro, los orígenes secretos, el enfrentamiento con su antagonista en los restos de la Estrella de la Muerte, …), la resolución del arco dramático es sencillamente nefasta. Dejando a un lado la justificación que trae de vuelta al Emperador Palpatine, el tercer acto del film tiene más puntos de giro que el la resolución de Romeo y Julieta, con el problema añadido de introducir en este mundo de fantasía un exceso de milagros y poderes. Tanto giro argumental, tanto final en falso, provoca una sensación de conclusión forzada, obligando a los personajes a unas decisiones y actuaciones que simplemente no son creíbles. Eso por no hablar de los cambios en algunos personajes secundarios de toda la saga y de un beso final que… pues eso, mejor no hablar de ello.

Y es una pena, porque la película, en líneas generales, contiene los suficientes elementos como para haber sido, al menos, una notable entrega de la saga. Pero al igual que a los personajes, a sus responsables parece dominarles el miedo. La mano de Abrams se nota en prácticamente cada aspecto. Sus constantes referencias a momentos del pasado, cierto toque de humor, un lenguaje audiovisual dinámico que hace avanzar la acción sin descanso. Todo ello se aprecia y se disfruta. Pero la película no sabe como terminar, y lo que es peor, lo hace con unas concesiones que poco o nada tienen que ver con la tradicional saga galáctica, haciendo un flaco favor a lo que se había construido hasta ahora. De haber sido más directa y más sincera, de haber tenido menos miedo, posiblemente estaríamos ante una película a la altura de las anteriores.

Sin embargo, lo que nos encontramos es una amalgama de décadas de cine. En Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker hay oscuridad, hay lucha de la heroína contra su dolor y su ira, hay grandes batallas espaciales, hay aventura, incluso se demuestra que del lado oscuro de la fuerza también se puede salir. Todos ellos, además de detalles como el control mental o las voces de personajes pasados, están muy presentes en la cinta de Abrams. Pero a medida que se acerca a su final se pierde en su propio homenaje, incapaz de encontrar una salida digna que, con todo, se maquilla con ese final que explica definitivamente el título de la película. Se puede decir que pierde parte de la esencia de este universo cinematográfico y parte de la magia con la que han crecido generaciones. Puede mejorarse, desde luego, pero eso no quiere decir que no se pueda disfrutar.

Nota: 6,5/10

‘El hoyo’: La panna cotta es el mensaje


El cine español, como concepto, tiene un problema importante. Y no es por sus directores o sus actores, sino por unos productores a los que muchas veces el miedo les lleva a repetir una fórmula hasta desgastarla. Pero para repetir algo hasta la saciedad es necesario que haya habido primero un original, esa historia que haya encandilado o impactado al espectador. Por eso de vez en cuando nos encontramos con pequeñas joyas refrescantes y sorprendentes, capaces no solo de narrar algo poco habitual, sino esconder además una reflexión sobre la sociedad, sobre nuestro lugar y nuestra forma de relacionarnos con los demás.

Todo esto y mucho más es lo que ofrece Galder Gaztelu-Urrutia en El hoyo, una ópera prima que, como ya se ha comparado, recuerda poderosamente a Cube, esa joya del fantástico de 1997. Y lo hace no solo en su diseño de producción o en su vestuario, sino en su análisis del ser humano. Sin necesidad de dar demasiadas explicaciones al contexto (alguna más tampoco habría estado mal, todo sea dicho), la cinta plantea una estructura vertical de cientos de pisos, dos personas por cada uno de ellos y una plataforma que baja con comida. Este símbolo, verdadero motor de este mundo, refleja a la perfección cómo los de arriba, los poderosos, son incapaces de compartir nada con los de abajo, los pobres, entregándose a la opulencia y al desenfreno y, lo que es más grave, destruyendo aquello que no pueden consumir únicamente por maldad o indiferencia.

Algo tan sencillo como esto da pie a toda una reflexión personal acerca de cómo el hombre es un lobo para el hombre, de cómo las buenas acciones y las buenas intenciones en una sociedad cruel y autodestructiva terminan por lanzar un mensaje que no sabremos si será escuchado adecuadamente. “La panna costa es el mensaje”, se repite obsesivamente en un momento dado. En realidad, poco importa si es este postre italiano, una asustada niña o cualquier otra idea. La película, acertadamente, finaliza sin revelar si dicho mensaje será escuchado, porque en un mundo sin esperanza eso importa poco, dejando al espectador la responsabilidad de saber si ese final es bueno o malo. A la fuerza de este mensaje se une la labor de unos actores más que correctos y de un director que demuestra personalidad, pues aunque en algún momento el relato se le escapa ligeramente de las manos con una narrativa algo estática, lo cierto es que aprovecha al máximo la tensión, al locura y la radicalidad de un mundo de hormigón sin ventanas ni salidas.

Posiblemente lo más notable de El hoyo es que Gaztelu-Urrutia ha convertido esa plataforma de comida en un símbolo de la fantasía y la ciencia ficción moderna. Una metáfora de cómo el primer mundo derrocha recursos mientras el tercer mundo se muere. Y mientras tanto, los que mueven los hilos (representados acertadamente en unos breves flashes durante el metraje), esa Administración, vive ajena al mundo que controla. Habrá quienes no vean más allá de sus imágenes, a quienes posiblemente la película les parezca lenta, carente de lógica o con un final sin sentido. Pero todo tiene un trasfondo. Más allá de los problemas habituales de cualquier relato (falta de ritmo en algunos momentos, una aceleración de los acontecimientos hacia el final del metraje, …), lo cierto es que estamos ante una obra más que recomendable. Un reflejo de un mundo que necesitamos arreglar, y para eso los de arriba tienen que escuchar.

Nota: 8/10

‘Stranger Things’ crece y madura con sus protagonistas en su 3ª T.


Que Stranger Things es un referente de la cultura popular actual es algo incuestionable. Más allá de que recupere la vida, la cultura y la sociedad de los años 80, la serie creada por los hermanos Duffer (Matt y Ross) se ha convertido en un referente para otras producciones, abriendo un camino narrativo único y rico en matices. Pero lo realmente interesante de la serie, formal y dramáticamente hablando, es su capacidad para reinventarse, para adaptarse a las necesidades del relato, evolucionando constantemente y ofreciendo al espectador nuevas perspectivas dentro de este mismo universo, explorándolo hasta sus rincones más lejanos.

Y esto es precisamente lo que hace la tercera temporada. Para muchos la segunda parte de la serie no estuvo a la altura de las expectativas, tratando dar continuidad a una trama que, en principio, había terminado en la temporada inicial. Personalmente no creo que sea así, y viendo estos ocho episodios desde luego que adquiere mucho más sentido como una historia de transición hacia algo mucho mayor. En esta ocasión, la serie se plantea como una batalla en toda regla, más que una intriga de suspense con monstruo de por medio. Esto conlleva una simplificación de la estructura dramática, lo que sumado a unos personajes ya presentados deja mucho espacio libre para ahondar en otros aspectos. Y eso es precisamente lo que utiliza la serie, logrando un equilibrio perfecto entre aventura, acción, drama y conflicto adolescente.

Porque este es otro de los aspectos más interesantes de la tercera temporada de Stranger things. El espacio que deja la presentación de personajes permite no solo más acción, también abordar en profundidad uno de los problemas que suelen tener todas las producciones con niños como protagonistas: su crecimiento y madurez. Con una mezcla de ironía y drama, estos 8 episodios sitúan a los protagonistas en una nueva fase de su vida en la que las chicas son más interesantes que los juegos de rol, los cómics o las películas. El modo en que se afronta esta evolución es sencillamente brillante, pues como pasa con el resto de elementos de la serie, toca todas las tramas secundarias posibles: la reacción de los adultos protectores, la amistad, los celos, la diferente visión del mundo de chicos y chicas, etc. Todo ello no solo aporta un toque divertido y entrañable al argumento, sino que permite al espectador crecer con los héroes, sentirse identificado con una etapa de la vida que todos hemos superado. En definitiva, lo que consigue es mantener ese espíritu de realidad dentro de la fantasía.

Y si los adolescentes son una parte fundamental de la trama, los adultos no se quedan atrás. Su rol de secundario importante cada vez está evolucionando más hacia un protagonismo autónomo, ajeno por completo a las aventuras de los muchachos. Y en esa evolución el personaje de David Harbour (Escuadrón suicida) es sin duda el más interesante, pues no solo afronta su papel de padre inesperado, sino que su papel en la resolución de la historia cada vez es más determinante. Habrá que ver cuál ha sido su verdadero final, aunque quien haya visto el epílogo de ese último episodio podrá hacerse una idea. Sea como fuere, la presencia de los adultos se consolida como una línea argumental paralela a la de los niños, con sus propios puntos de giro, sus conflictos y sus complejas relaciones. La incorporación de los rusos a la historia, además, aporta una vuelta de tuerca más al relato, aumentando de paso esa nostalgia marca de la casa de la serie acerca de las películas de los años 80 con la Guerra Fría como telón de fondo.

Uso de los personajes

De este modo, la trama de Stranger things se vuelve más compleja, o por lo menos con más ramificaciones. Sí, es cierto que el planteamiento básico es relativamente simple, fundamentalmente porque sigue la estela de temporadas anteriores, pero las consecuencias y las líneas argumentales secundarias enriquecen notablemente el conjunto hasta hacerlo mucho más completo de lo que era hasta ahora. La presencia de soviéticos, esa criatura que se construye a partir de seres humanos, la incorporación de nuevos personajes (a los que, por cierto, se les da un tratamiento totalmente diferente a lo que podría esperarse en un principio), etc. Todo ello conforma un relato más propio del cine que constantemente homenajean los hermanos Duffer, lo que convierte a esta temporada, posiblemente, en la mejor realizada hasta el momento.

Sobre esos personajes secundarios, una puntualización. Todos y cada uno de ellos han jugado un papel fundamental en la trama, ya sea como activos en el desarrollo de la historia principal, ya sea como herramientas para desbloquear situaciones, ya sea como contrapunto cómico a la gravedad de la historia. Y todos ellos, como decía antes, han tenido un tratamiento poco habitual, más realista y, sobre todo, más sincero con la propia historia y con las características de la trama. Uno de los ejemplos más claros es el de Dacre Montgomery (Power Rangers). Su presencia en la serie parecía condenada a un futuro mediocre, más bien como herramienta puntual para hacer avanzar la trama en una dirección o como contrapunto irónico en determinadas situaciones. Su reconversión en esta etapa es magistral, no solo por su nueva posición dentro de la historia, sino porque su final es ejemplar, alejándose de una resolución amable y demostrando que incluso los personajes con aparente poco futuro pueden tener una nueva y brillante alternativa.

Así las cosas, esta tercera temporada se puede entender como una reinterpretación de lo visto hasta ahora en la serie. El argumento se abre a más personajes, implica por tanto muchas más tramas secundarias, e incluso la principal se presenta con más ramificaciones. Es, en definitiva, una serie más adulta, más madura. La verdad es que no podía ser de otro modo, pues un estancamiento en su planteamiento inicial no habría llevado a nada. Al contrario, habría mermado la calidad de la ficción. Habrá quien piense que la temporada anterior ha sido una especie de transición. Y puede que fuera así, pero desde luego estos 8 capítulos confirman que cada aspecto del pasado cuenta, que cada decisión narrativa tiene su efecto en el futuro de la serie. Por eso, además de todo lo explicado anteriormente, es por lo que esta temporada engrandece una producción ya de por sí enorme.

Dicho esto, y confirmada la cuarta temporada, solo queda esperar el siguiente paso de Stranger things. Porque habrá un paso. Esta tercera etapa demuestra que la serie continúa hacia adelante en un camino que la permite crecer tanto en profundidad dramática como en complejidad formal, expandiendo el universo e incorporando nuevos personajes de forma muy calculada. Existe el riesgo de caer en su propia trampa, de que la incorporación de nuevos personajes termine por abarcar más de lo que pueda apretar la historia, pero no parece probable. De hecho, y a tenor del teaser de la cuarta parte, parece que se va a dirigir la mirada hacia ese otro lado, lo cual abre una puerta a infinitas posibilidades. La pregunta de verdad es si se podrá superar el nivel de esta tercera parte.

1ª T. de ‘American Gods’, el viaje del héroe en la guerra de los dioses


Puede que para muchos el nombre de Neil Gaiman no tenga especial interés, pero el autor británico no solo es uno de los creadores de fantasía más interesantes de las últimas décadas, sino que su interpretación de los mitos y los dioses clásicos invita a una reflexión sobre el mundo, el ser humano y la sociedad que muy pocos escritores consiguen. Y eso es precisamente lo que se esconde tras la primera temporada de American Gods, adaptación en formato de serie de una de sus novelas más conocidas. Recién estrenada la segunda etapa, es obligado revisar algunos de los pilares narrativos de los primeros ocho episodios de la ficción creada por Bryan Fuller (serie Hannibal) y Michael Green (guionista de Blade Runner 2049).

Para aquellos que no conozcan su argumento, la historia arranca cuando un hombre sale de prisión. Ese mismo día se entera que su novia y su mejor amigo han muerto en un accidente de tráfico que apunta a que estaban teniendo una aventura. El expresidiario conoce además a un misterioso hombre que responde al nombre de Sr. Miércoles, quien le contrata para iniciar un viaje que le llevará a ser protagonista en una guerra en la que los antiguos y los nuevos dioses y mitos luchan por el favor y el control de los hombres. Visto así la serie podría entenderse como una propuesta de ciencia ficción al estilo más clásico, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, Fuller y Green realizan un planteamiento completamente diferente, optando más por el drama y la intriga y, sobre todo, por un desarrollo de personajes muy arriesgado en los tiempos que corren.

Porque al igual que los antiguos dioses de American Gods, esta primera temporada recurre a algo que ya no suele verse, y es dedicar toda una temporada, episodio tras episodio, a desarrollar los orígenes, motivaciones y posicionamiento de cada uno de los personajes secundarios que aparecen en la historia. De este modo, esta etapa se convierte más en un escaparate de seres míticos, de dioses en la tierra que pasan desapercibidos entre nosotros pero a los que se les rinde, o se les ha rendido alguna vez, culto de un modo u otro. Y es algo completamente gratificante. Como ocurre con los nuevos dioses (los nuevos media, los media, la tecnología, …), el actual ritmo de la sociedad parece impedir una cierta pausa y reflexión, y que una serie de estas características sea capaz de desafiar esto para presentar algo más pausado y tradicional es, a la vez que admirable, una suerte de vínculo metalingüístico entre realidad y ficción que hace aún más compleja la serie.

Para muchos tal vez esta estructura narrativa de esta primera etapa sea algo negativo para la propia ficción, y hasta cierto punto es cierto, pues centrar la atención en los personajes secundarios muchas veces distrae del objetivo principal, e incluso impide un seguimiento natural de la trama. Sin embargo, enriquece notablemente el universo en el que se desarrolla la acción, y teniendo en cuenta la complejidad que se antoja va a tener el argumento, resulta gratificante poder conocer las motivaciones y la posición de cada uno de los roles. Esto permite, además, una reinterpretación de muchos seres mitológicos y divinos de diferentes culturas y épocas de la civilización, una seña de identidad de Gaiman que los creadores de esta ficción televisiva logran captar a la perfección.

Composición de las tramas

Todo ello genera, por otro lado, algo muy interesante para cualquier profesional y aficionado a las complejas historias, y es la construcción de un “árbol” de tramas en el que cada arco argumental secundario es una rama que se une al resto en un tronco central que no es otro que la guerra que se avecina. Vista así, esta primera temporada de American Gods se convierte en un interesante compendio de detalles y líneas dramáticas que se entrelazan, se nutren y modifican unas a otras, y sobre todo se hacen crecer entre ellas. El viaje de los dos protagonistas permite al espectador asomarse a una visión de las creencias religiosas antiguas (y modernas, aunque en menor medida) tan particular como acertada, pero ante todo le permite descubrir los vínculos de esas antiguas deidades, de su devenir durante siglos en una tierra en la que la fe parece haber desaparecido. A través del Sr. Miércoles, rol magistralmente interpretado por Ian McShane (John Wick: Pacto de sangre), se va desenmarañando una intrincada madeja de viejos rencores, de encuentros pasados y de traiciones presentes.

Aunque la parte dramática no sería nada sin un apartado visual espléndido que no solo saca el máximo provecho a la historia en sí, sino que capta la esencia estética de la obra de Gaiman. A medio camino entre la belleza y la visceralidad, la complejidad dramática de los personajes se nutre con una puesta en escena única que oscila entre la road movie y el viaje del héroe para encontrar su sentido en el mundo. Asimismo, la serie aprovecha para presentar los ambientes en los que se mueven los secundarios, cada uno de ellos definiéndoles de una forma muy precisa que contribuye, además, a esa reinterpretación de los mitos que realiza Gaiman. Todo ello, fondo y forma, crea una obra diferente, no apta para todos los públicos y capaz de poner a prueba la paciencia de muchos espectadores. Pero no hay atajos para poder afrontar la complejidad de una historia de estas características, y al igual que ocurre con otras series de dimensiones tan grandes, la paciencia al final tiene su recompensa.

Esta primera temporada nos deja, por tanto, el viaje iniciativo de un héroe que se adentra en un mundo de dioses, mitos y seres mágicos. Un mundo que convive con el nuestro a plena vista y que, sin embargo, el común de los mortales es incapaz de ver. Bajo este prisma, esta ficción se convierte en una versión moderna de clásicas historias, lo que aporta al conjunto un sentido mucho mayor, engrandeciendo su propia esencia y trascendiendo sus propias limitaciones televisivas para revelarse como una historia atemporal, única y brillante. Serían necesarias muchas entradas en este rincón de Internet para analizar todos y cada uno de los matices que representan a los dioses, así como cada interpretación que de sus mitos se realiza. Baste decir que, por ejemplo, los personajes de Anubis e Ibis son sencillamente perfectos, cada uno convertido en una versión moderna de su función en el Antiguo Egipto, balanza del juicio de Osiris incluida.

Lo que representa este comienzo de American Gods es el punto de partida de un complejo juego en el que los intereses y los conflictos se contraponen unos con otros. La belleza formal de su propuesta, la profundidad de sus personajes y de sus arcos dramáticos, y el toque de humor característico de Gaiman (la escena con todos los Jesús provocados por las ramificaciones de la religión católica es tan hilarante como cierta) componen ocho episodios no solo recomendables, sino sumamente interesantes para todo aquel aficionado a la historia, a los mitos clásicos y, sobre todo, al contraste que generan con una sociedad de consumo como la actual. Fuller y Green componen una sinfonía en la que cada paso del viaje, cada dios o ser mitológico que aparece, queda representado por una nota característica que enriquece el conjunto hasta dotarlo de una vida única, propia y diferente a lo visto habitualmente en televisión.

‘Aladdín’: una colorida fachada


Viendo la nueva apuesta de Disney para revitalizar en imagen real sus clásicos más conocidos, y sobre todo viendo la reacción del público de diferentes edades en la sala, la película debe ser entendida no solo desde la nostalgia de aquellos que crecimos con la magia de estas cintas animadas, sino desde aquellos nuevos espectadores de corta edad que descubren aquello que muchos otros conocimos hace décadas. Y aunque la calidad de la cinta puede que no varíe, sí es importante comprender que las comparaciones suelen ser odiosas, sobre todo en casos como este.

Por eso, Aladdín no puede compararse con el original de 1992. No porque no esté a su altura, sino porque es otro concepto adaptado a los nuevos tiempos. Y bajo este prisma, la cinta de Guy Ritchie (Sherlock Holmes) es un portento visual, una aventura musical y dinámica que aprovecha bastante bien las posibilidades de la historia para alejarse un poco del lenguaje visual del original y narrar con sus propias palabras la conocida historia del joven ladrón que terminó convirtiéndose en príncipe. Ahora bien, la producción tiene en sí misma unas posibilidades que no se explotan lo suficiente y que limitan mucho, en algunos casos muchísimo, la propia narrativa de la historia, que no profundiza en los parámetros dramáticos y morales que ella misma apunta.

El caso más evidente es el del empoderamiento de la princesa (a la que interpreta con acierto Naomi Scott -Power Rangers-), un elemento nuevo en una historia de estas características que, sin embargo, no da el paso de convertirse en un motor narrativo. Dicho de otro modo, el feminismo con el que se dota a la historia parece más de postín, limitándolo a un personaje femenino diciendo que se ha preparado para ser sultana y que no la van a callar, pero siendo siempre salvada por el héroe de turno. Es evidente que, en un intento de mantener la esencia del cuento original pero introduciendo los actuales conceptos sociales, lo que surge es una mezcla que no funciona. No es el único caso. La evolución del protagonista no termina de generar el interés esperado, los efectos digitales se antojan un tanto acartonados, y secundarios como Abu o Iago tienen un protagonismo intermitente que revela un intento infructuoso de dotarles de una presencia determinante en la trama.

Todo ello convierte a Aladdín en un entretenimiento para los más pequeños que en muchos casos no terminará de convencer a los mayores. Un colorido espectáculo en el que, al igual que la moraleja de la historia, termina por importar poco la fachada y primar lo que hay en el interior. Y ese interior se revela irregular, con buenos e interesantes momentos pero con demasiados argumentos planteados sin desarrollo posterior. Eso por no hablar de la ausencia completa del lenguaje de Guy Ritchie tras las cámaras, entregado a una mera manufactura de un producto comercial. Eso sí, la magia sigue existiendo, y mientras hay magia hay esperanza… al menos para afrontar la siguiente cita con un clásico Disney de carne, hueso y ordenador.

Nota: 6,5/10

Temporada 8 de ‘Juego de Tronos’, un gran final para los Siete Reinos


Ya está. Lo que hace ocho años comenzó como la adaptación de una serie de novelas de corte fantástico medieval ha llegado a su fin como el fenómeno televisivo de las últimas décadas. Un fenómeno que ha trascendido su propia dimensión de puro entretenimiento seriéfilo para convertirse en un estudio de estrategias políticas y una confrontación de pasiones encontradas. Y si bien es cierto que esto da buena muestra del grado de relevancia que ha adquirido Juego de tronos, también ha jugado en contra de la octava y última temporada creada por David Benioff (Troya) y D.B. Weiss, ya conocidos como D&D. Personalmente, creo que con sus errores y sus prisas por terminar, que los tiene, estos seis episodios finales son la conclusión sobresaliente a una historia desarrollada en casi una década.

Y sí, digo sobresaliente porque en realidad estos capítulos vienen a ser lo que el tercer acto es a una película, es decir, la conclusión a todas las tramas abiertas a lo largo de los años. Sobre todo las principales. Esto ha provocado que el desarrollo dramático se haya centrado fundamentalmente en los conflictos bélicos largamente esperados, ambos con consecuencias catastróficas tanto visual como sociológicamente. En este aspecto, sus creadores aprovechan las oportunidades que ofrecen las propias características de la serie para componer una huída hacia adelante, un constante recorrido a marchas forzadas para solventar algunos de los conflictos planteados, madurados e incluso enquistados a lo largo de estas temporadas. Habrá quien piense que todo ha sido muy rápido, que solo ha interesado lo visual por encima de la intriga política. No falta razón, pero es que si hubiera sido de otra manera no estaríamos ante el final, sino ante una transición a otra historia diferente.

Las dos principales batallas de esta temporada, desarrolladas no por casualidad en las dos grandes ciudades de Juego de tronos, son un ejemplo de pulso narrativo. La primera, en Invernalia, juega de forma magistral con la iluminación, con el terror de la noche y las características de los muertos. Los movimientos de cámara permiten en todo momento conocer la ubicación de todos los personajes allí citados aunque la historia solo se centra en los principales. Y me explico. El episodio está estructurado de tal manera que la trama solo necesita seguir a los protagonistas para poder narrar cada detalle de la batalla. Y esto, teniendo en cuenta la complejidad de la narrativa, es algo que todo realizador debería estudiar si tiene que enfrentarse a algo similar. La segunda, en Desembarco del Rey, es más bien un derroche de tensión dramática, con ese tañer de campanas que debería marcar un final y, sin embargo, marca un inicio. Y aunque este episodio tiene algunos de los momentos más irregulares de la serie, no deja de evidenciar la fuerza narrativa de una serie construida a fuego lento… nunca mejor dicho.

No cabe duda de que estos seis episodios (algunos de ellos de una duración similar a una película) se han planteado única y exclusivamente para cerrar tramas. Algunas de ellas quedan ligeramente abiertas en el último episodio. Otras se cierran de forma coherente y otras, sencillamente, se antojan algo apresuradas en su resolución. Todas ellas, con sus altibajos, forman sin embargo un mosaico narrativo y visual espléndido, con una serie de discursos y argumentaciones finales que demuestran, por un lado, el peso dramático del rol de Peter Dinklage (Vengadores: Infinity War), diluido un poco entre tanta guerra, y por otro, que la serie ha sido y siempre será un estudio político de los intereses y luchas de poder entre facciones, se llamen familias o con cualquier otro nombre que se les quiera dar. Es cierto que esta última temporada peca en exceso de una cierta aceleración de acontecimientos, sobre todo tras la batalla de Invernalia, y eso es posiblemente lo más censurable del conjunto, pero en todo caso la evolución de los personajes encuentra su encaje en su desarrollo de temporadas pasadas.

Dictadores y demócratas

De hecho, la serie recupera de nuevo esa idea de tiranos dictadores y nobles demócratas que tan bien ha funcionado en el pasado. Para muchos el problema radicará en las figuras que representan cada uno de los bandos. Estoy hablando del rol de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), que ha pasado de ser libertadora a convertirse poco menos que en una versión femenina de Hitler. Sus discursos e ideas en el episodio final de esta temporada de Juego de tronos confirman un viraje moral que podría considerarse inconsistente, pero que analizado fríamente tiene una más que clara justificación. Para empezar, durante toda la serie se ha hablado en varias ocasiones del legado familiar de locura y megalomanía; y aunque siempre ha atacado a tiranos y esclavistas, lo cierto es que todo aquel que se ha opuesto a sus designios ha tenido un final poco benévolo. Es cierto que en estos seis episodios su evolución parece precipitarse con demasiada urgencia, pero eso no es óbice para que la base sobre la que se sustenta exista realmente y se haya fraguado durante las siete temporadas previas.

Hay que señalar, en este sentido, la estética dictatorial de esos planos del último episodio, con grandes banderas ondeando sobre ruinas, ejércitos uniformados y discursos más propios de la época más oscura de Europa. Las palabras del personaje de Dinklage despejan las posibles dudas que pudiera haber. Como decía antes, este episodio ocho viene a confirmar que la serie nunca ha abandonado ese cariz puramente político y estratégico, por mucho que haya tenido descansos dramáticos favoreciendo la acción pura y dura. Las tensiones entre los personajes de Clarke y Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) son el mejor ejemplo de ello. Con todo, la serie deja decisiones dramáticas cuestionables. Dado que es necesario acentuar el carácter conquistador de la Madre de Dragones, Benioff y Weiss convierten el rol de Lena Headey (300) en una mujer vulnerable, alejada por completo de la tirana y déspota reina que fue antaño. Algo con poca justificación, ya que la masacre de hombres, mujeres y niños indefensos ya es de por sí suficiente argumento para convertir a una salvadora en una tirana. Su muerte es, posiblemente, el momento más innecesariamente melodramático de toda la serie, amén de no corresponder con la evolución del personaje durante toda la serie.

Ahora bien, la resolución de todas las tramas y del futuro de cada uno de los personajes supervivientes es sencillamente brillante. La argumentación con la que se corona al nuevo rey viene a confirmar un cambio mínimo para que todo siga igual. Dejando a un lado la cuestionable presencia de algunos personajes en esa especie de concilio final en torno al rey (¿de verdad era necesario recuperar personajes que no aparecían desde hacía varias temporadas?), cada uno de los protagonistas termina donde tiene que terminar, el lugar al que pertenece en cuerpo y, sobre todo, alma. Una nueva generación de personajes, cada uno retomando papeles interpretados por veteranos en las anteriores temporadas, que viene a introducir sangre nueva en una historia que perfectamente podría continuar con intrigas políticas, recelos, ambiciones y luchas de poder. Un final continuista para una trama marcada por la destrucción de una guerra que ha dejado muchos, muchísimos cadáveres por el camino. Un final que comienza con la reconstrucción de un mundo arrasado por el hielo y el fuego.

Juego de tronos termina como debería terminar. Al menos la serie de televisión. Habrá que ver si tiene algo en común con las novelas que deba publicar George R. R. Martin. Pero como producto audiovisual esta octava temporada ha demostrado que la pequeña pantalla es capaz de ofrecer tensión dramática, un lenguaje visual complejo y bello, una evolución compleja de sus personajes y un final que, casi con toda probabilidad, no dejará indiferente a nadie. Como dice el personaje de Dinklage (en uno de sus muchos y brillantes momentos del último episodio), nada une más que una buena historia. Una historia no puede ser derrotada, y si crece lo suficiente puede llegar a ser incontrolable. Algo de todo eso tiene esta última tanda de episodios. Y dado su éxito, es evidente que no gustará a todo el mundo, que cada uno de los espectadores tendrá su versión de lo ocurrido. Eso es lo más atractivo de la serie. Personalmente, y con las irregularidades evidentes que tiene esta etapa, creo que estamos ante una conclusión más que digna de una trama tan compleja como esta. Pero ante todo hemos llegado al final de una era. Nada volverá a ser lo mismo después de esta guerra de Poniente. La televisión ha cambiado, abriendo la puerta a nuevas y complejas producciones. Solo el tiempo dirá si ha sido para bien o para mal. Y de nuevo, como dice Tyrion Lannister, preguntadme dentro de diez años.

‘Dumbo’: de vuelta a la niñez


Dejando a un lado las críticas que se le pueden hacer a Disney por el modo en que endulza todo tipo de historias y personajes, lo cierto es que la casa de Mickey Mouse ha nutrido la imaginación de varias generaciones con la magia que desprenden sus historias. Su apuesta por los remakes en imagen real está logrando un doble efecto: que muchos niños se acerquen a las historias clásicas de la productora de un modo más moderno, y que los millones de adultos que crecieron viendo estas fantasías vuelvan a ser niños. Y la última de estas versiones cumple con lo establecido.

Porque desde luego, Dumbo es todo lo que puede esperarse de ella. Divertida, mágica, enternecedora, y ante todo una lección de cómo hacer el bien y tomar las decisiones correctas siempre se impondrá al mal. En este sentido, uno de los retos superados con nota es el de trasladar la acción de la cinta de animación a una con personajes de carne y hueso. El guión opta con acierto por hacer que la trama se apoye en los personajes humanos no solo para que asuman el tono dramático de la historia, sino para que se conviertan en vehículo de los sentimientos del pequeño paquidermo protagonista. En este proceso, por ejemplo, destacan sobremanera momentos tan inolvidables como la vista de Dumbo a su madre encarcelada y, sobre todo, esa alucinación de elefantes rosas que Tim Burton (Eduardo Manostijeras) tan bien ha sabido plasmar en pantalla.

El problema puede estar, precisamente, en el director y en un protagonista encarnado por Colin Farrell (Noche de miedo) que está definido con brocha un poco gorda. Dado que Burton se pone tras las cámaras posiblemente podría esperarse algo más de transgresión narrativa, algo más de oscuridad en una historia muy “pulcra” a todos los niveles. Lo cierto es que aquello que convirtió al director en el maestro de la fantasía queda ya muy lejos, y solo en algunos detalles pueden verse todavía destellos de aquel realizador. Al fin y al cabo, es un producto Disney, y como tal debe entenderse. Más allá de eso, la historia se desarrolla sin distracciones, rellenando los momentos de depresiones narrativas con tramas secundarias que dotan de algo más de complejidad al conjunto, convirtiendo el film en una producción que puede leerse en muchos niveles.

Dumbo es, por tanto, magia en estado puro. Los adultos que recuerden con cariño la historia de este pequeño elefante capaz de volar gracias a una pluma encontrarán en esta nueva versión las claves para volver a ser niños, y aunque la historia pueda resultar previsible, a estas alturas no creo que nadie entre en una sala de cine buscando algo diferente, ni siquiera estando el nombre de Tim Burton tras las cámaras. Es, en definitiva, un paso más en el camino de remakes que prepara la productora, y que tiene como próximas citas AladdinEl Rey León. Puede que no sea de las mejores, y desde luego no está a la altura del clásico de 1941, pero sin duda hemos vuelto a nuestra niñez.

Nota: 6,5/10

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