‘Spider-Man 2’, un superhéroe marcado por los problemas de la vida privada


El éxito sin discusión que obtuvo Spider-man (2002) a nivel mundial, unido a la fama del personaje y al hecho de que los principales implicados en el film habían firmado para participar en una trilogía, hicieron realidad una segunda entrega dos años después. Lo cierto es que Spider-man 2 responde a todos los cánones que cualquier continuación debe tener, pero al mismo tiempo posee varios elementos que la convierten en algo más, en un título independiente capaz, más o menos, de mantener una coherencia sin necesidad de conocer el antecedente, y en una historia mucho más compleja emocionalmente que la primera parte.

Desde luego, la clave para lograr ese equilibrio perfecto fue el guionista, Alvin Sargent, que junto a Miles Millar, Alfred Gough y Michael Chabon, autores de unas primeras versiones de la historia, introdujo un elemento que muy pocas veces se ha visto en este tipo de historias: la comunicación entre los problemas personales y la labor de héroe. En efecto, el arco narrativo principal, el más interesante y decisivo, es el que involucra las emociones del protagonista en su papel de estudiante y fotógrafo, no vestido con las mallas azules y rojas. Sus dudas, sus sentimientos encontrados, los problemas económicos, una carrera universitaria pendiente de un hilo, … todos esos problemas, en fin, influyen en diferentes aspectos de la vida de un individuo, y que aquí toman forma como pérdida de poderes.

Claro que la trama es mucho más compleja. A lo largo de sus aproximadamente dos horas de metraje las tramas secundarias viajan de forma paralela hasta encontrar un punto común a través de las necesidades de todos sus personajes. Las búsquedas de cada secundario parecen viajar en líneas independientes hasta un final provocado por uno de ellos donde la diatriba entre monstruo y genio, una constante en el mundo de Marvel, toma forma. Y, como no podía ser de otro modo, la precipitación de los acontecimientos viene provocada por el odio y la venganza de los acontecimientos ocurridos en la primera entrega, y que aquí se repiten en un alarde de coherencia y respeto para con el espectador.

Pero esta historia no se olvida de los seguidores más fieles. Si bien es cierto que la trama es comprensible gracias a la universalidad de sus componentes, no es menos cierto que existen muchos detalles capaces de deleitar a los fans. Sin ir más lejos, el detalle de introducir la reproducción en imagen real de una de las portadas más famosas del cómic (en la que Spider-Man deja su traje en una basura y se aleja) es todo un acierto. Además, los guionistas juegan con la idea de introducir a un futuro villano, el Dr. Curt Connors/Lagarto, profesor del protagonista y un rostro con el que se especuló como posible antagonista de la tercera entrega (al final será en el reinicio).

El resultado de todo ello es un film mucho más sólido que la primera película, marcado en todo momento por el dramatismo de un personaje que podría tenerlo todo pero que se ve golpeado por la realidad una y otra vez. No es de extrañar la decisión. Una vez inventado el mundo visual en su predecesora, era necesario algo más, y eso solo cabía encontrarlo en el texto, en el mayor protagonismo de los secundarios… y en su villano.

Más efectos, más espectacularidad

Siguiendo con la idea iniciada en Spider-Man, Raimi eligió para el villano de turno, el Dr. Otto Octavius (o Dr. Octopus), a un actor que suele ser ajeno a las grandes superproducciones. Alfred Molina, visto en Chocolat (2000) fue el encargado de dotar de emoción a este científico enloquecido tras un accidente en el que unos brazos metálicos se quedan adheridos a su espalda. Y, al igual que ocurrió con Willem Dafoe (Arde Mississipi), su trabajo supera con creces el texto en el que se basa, plagando de sutilezas, de detalles y de emociones a un personaje marcado por la locura y el dolor, obsesionado por recrear el experimento fallido. La maldad de sus miradas y las conversaciones silenciosas que mantiene en su mente con los tentáculos convierten a este villano en el mejor de toda la saga.

Más allá del apartado artístico, empero, Spider-Man 2 también destaca en su apartado técnico muy por encima de su predecesora. Si bien se beneficia de lo desarrollado dos años antes, el uso de los efectos digitales aumenta considerablemente, entre otras cosas por la presencia del antagonista. Sin embargo, Sam Raimi se mantiene fiel a esa idea de utilizar, en la medida de lo posible, los elementos reales, tangibles. Así, diversos momentos del Dr. Octopus (principalmente los planos más cercanos) son recreados con brazos reales movidos mediante cuerdas, mecanismos, etc.

Con todo, los combates exigían mucho más en todos los sentidos, y visto el resultado en la pantalla, no podría haber sido mejor. Además del orgánico movimiento de los tentáculos, los combates, sobre todo el que transcurre sobre un metro que viaja sin control por una vía que termina en el mar, suponen todo un reto narrativo en lo que a planificación se refiere. A diferencia del villano de la primera entrega, ahora hay dos personajes capaces de escalar paredes, lo que abre todo un mundo de posibilidades pero también de complejidades visuales.

El éxito del film deja claro que tanto Raimi como los actores (a destacar la labor de James Franco, todo un viaje hacia la oscuridad emocional) abordaron esta historia con una fuerza y una creatividad inusitadas, ofreciendo no solo todo un espectáculo visual, sino una de las mejores historias del hombre araña que se han hecho hasta la fecha.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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