‘The Flash’ pierde ligeramente el rumbo en su sexta temporada


Una vez terminada la serie Arrow, quedan sus “retoños”, que deberían de haberse visto más afectados por las consecuencias de ese final de lo que realmente ha terminado siendo. Eso, unido a las consecuencias que provoca la pandemia de coronavirus y una apuesta por blanquear a los personajes, ha dado como resultado temporadas muy irregulares. Y por mucho que corra, The Flash no se libra de este efecto en su sexta temporada. El cúmulo de circunstancias ajenas a la ficción es evidente, pero como en todo, hay una parte de desgracia externa y otra de responsabilidad interna. Y esta última debería ser la que más preocupara a Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (ambos creadores de la serie del arquero esmeralda) y Geoff Johns, autor de la serie Titans.

Aun reconociendo los problemas sobrevenidas de la serie, tanto la pandemia como el embarazo de una de sus protagonistas (lo que ha obligado a reducir la presencia del personaje en pantalla y a calcular muy bien cómo narrar sus apariciones), esta tanda de 19 episodios (reducida por la COVID-19) tiene sus propios problemas a resolver. Problemas no solo dramáticos, sino narrativos e, incluso argumentales. Para empezar, el modo en que la trama utiliza los acontecimientos del crossover, más determinantes que nunca, resulta cuanto menos irrisorio, por no decir ridículo. En realidad, no afecta prácticamente nada a pesar del impacto que tiene en la vida de los protagonistas. Su mundo sigue igual antes que después. Emocionalmente hablando, sus personajes pasan un duelo y un dolor en cuestión de minutos. Y desde un punto de vista argumental, lejos de dirigir la serie en una dirección fresca y novedosa, se ha pasado por encima como lo que es, una isla en medio de todas las series que conforman este universo televisivo de DC, conocido como el Arrowverse.

Da la sensación de que el desarrollo de The Flash en esta sexta temporada estaba ya planificado con o sin esos episodios que narran una aventura entre las diferentes series, lo cual demostraría que estas ficciones están pensadas sobre un concepto concreto e inamovible da igual los acontecimientos que en ella ocurran. Y en el caso del velocista escarlata, ese concepto es la familia, el equipo y el sacrificio por aquellos que nos importan. Lo llamativo es que todo eso podría haberse mantenido exactamente igual pero introduciendo al personaje en un mundo más oscuro a raíz de los acontecimientos, pero en lugar de eso se opta por un desarrollo más blanco, con conflictos morales y retos externos a superar, eso sí, sin la preciada velocidad, o al menos no toda la que tiene. Más allá de todo lo dicho anteriormente, este conflicto es posiblemente el más interesante de toda la serie desde que comenzará allá por 2015. Un héroe que debe enfrentarse a su sacrificio, su lucha y su deber sin las armas que le pueden permitir ganar. Sin duda, es un leit motiv extraordinario.

Ahora bien, ¿cómo se desarrolla esa idea? Desde un punto de vista narrativo, la temporada presenta muchos altibajos. Existen demasiados villanos de peso en una sola temporada. Mientras que en etapas anteriores siempre ha habido un gran antagonista y “malos” menores con los que lidiar episodio a episodio (más o menos como en un videojuego en el que ir superando pruebas), aquí se presentan enemigos con mucha carga dramática, muy elaborados como para durar un puñado de episodios. Desconozco si la razón ha venido motivada por el coronavirus, aunque por el diseño argumental no lo parece, pero en cualquier caso nos encontramos ante un problema muy propio de algunas producciones. Básicamente, tener menos capítulos para cada antagonista implica menos desarrollo, motivaciones más toscas, planes menos elaborados. Esto, a su vez, genera un doble efecto, pues mientras que el espectador identifica al villano como el principal rival a derrotar, su poco desarrollo hace que se quede en solo un intento. Tal vez con una temporada completa, este cambio de “malos” no habría tenido tanta repercusión, pero la pandemia ha provocado que la segunda parte de la trama se quede a medias para tratar de cerrar la historia. Con un solo villano habría ocurrido lo mismo, pero el bagaje dramático de toda una temporada habría paliado un poco la frustración, amén de haber permitido que el cierre de temporada fuera más completo.

Espejito, espejito

Con todo, esta sexta temporada de The Flash deja algunas ideas interesantes que la falta de tiempo obliga a desarrollar en la siguiente etapa. Para empezar, ese universo al más puro estilo ‘Alicia a través del espejo’, en el que los personajes allí encerrados empiezan a sufrir las consecuencias de un confinamiento en un reflejo de la realidad. No es la primera vez que la serie se adentra en universos paralelos o planos de la existencia diferentes, pero sí es la primera, o al menos de las pocas ocasiones en que ese universo se nos muestra y, sobre todo, se puede desarrollar dramáticamente hablando, aunque sea dentro de los parámetros de una serie tan blanca y aparentemente inofensiva como esta. Extraño sería que esta línea argumental derivase en algo más oscuro de lo que suele ser en esta producción superheroica.

Y si esto es, por decirlo de algún modo, el reto externo al que se enfrenta el héroe, en el otro extremo de la ecuación nos encontramos con los desafíos internos en forma de pérdida de poderes. Es cierto que en esta etapa, más concretamente en el tramo final, esta variable argumental ha servido únicamente para aportar algo de dramatismo, pero no ha sido un condicionante realmente contundente para el desarrollo argumental. Dicho de otro modo, aunque el personaje interpretado por Grant Gustin (Krystal) no cuenta con su poder al máximo nivel, sigue siendo capaz de derrotar a los villanos de segundo nivel. Lo cierto es que esa indefinición dramática no le hace ningún bien a la serie, aunque al menos sí introduce un nuevo reto a superar en la próxima temporada, lo que unido a la villana y a ese universo tras el espejo podría generar, si se elabora en profundidad, una interesante trama en el comienzo de los próximos episodios.

El otro gran problema de la serie, consecuencia de esa falta de objetivo claro en su tratamiento, son los secundarios. Ya sean nuevos o veteranos, todos ellos tienen una definición más bien débil, algunos quedando completamente deslavazados y relegados a meros apoyos argumentales y narrativos sin una historia propia. Lejos quedan aquellas tramas secundarias que, además de definir mejor a estos roles, aportaban algo de frescura y humor a la trama. En la temporada que nos ocupa, todo eso ha sido sustituido por tratar de abordar la relación entre dos de esos secundarios (sin demasiado éxito) y por intentar desarrollar, aunque mínimamente, algunos aspectos de otros personajes que, aunque llamados a tener algo más de peso en la trama, se han ido descolgando de la historia hasta convertirse casi en meros testigos. Da la impresión de que, con tanto personaje de calado o con superpoderes, los creadores no han tenido claro qué dirección tomar, optando por la más sencilla pero a la vez la más dañina para la ficción, y que no es otra que dejar morir en el olvido a estos personajes. Eso, o que los actores han optado por ir apareciendo cada vez menos en la producción.

Sea como fuere, la sexta temporada de The Flash se convierte en una de las más pobres desde un punto de vista narrativo, argumental y dramático. La pandemia mundial ha tenido parte de responsabilidad, sin duda, pero el peso de la culpa recae en un tratamiento con pocas ideas, en unos personajes que se han perdido poco a poco en la historia, centrada ahora en los problemas del héroe. Es cierto que esta adaptación de cómic no ha sido nunca de una profundidad emocional y dramática excesiva, pero siempre ha mantenido una dinámica, un equilibrio entre humor, drama y acción que ahora se ha roto. Y es importante que se restituya, con los secundarios actuales o con otros nuevos, pero desde luego el velocista no es capaz de cargar sobre sus hombros todo el peso de la serie. Como si de un episodio se tratara, estos episodios han demostrado que la fuerza está en el apoyo de los amigos, en los secundarios. Y en un rumbo claro, porque correr hacia adelante sin un objetivo no sirve de nada.

6ª T. de ‘Silicon Valley’, o cómo ser fiel a la esencia hasta el final


Seis temporadas ha durado Silicon Valley. Seis años y menos de 60 episodios bastan para aplaudir y disfrutar una de las series más irónicas, transgresoras y originales de la comedia moderna. La historia creada por John Altschuler (serie Lopez), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie The Goode family) ha terminado casi como empezó, es decir, con sus protagonistas y siendo fiel a ellos. Dicho así puede parecer una obviedad, casi hasta algo anecdótico. Pero en un mundo audiovisual en el que muchos personajes cambian y evolucionan para que la historia avance, en el caso de esta ficción es más bien al contrario. O mejor dicho, todo cambia salvo los protagonistas.

Y es que los 7 episodios que conforman esta última temporada (la más corta de todas) vienen a ser la guinda de un pastel que los espectadores han podido disfrutar, pero que los protagonistas nunca han llegado a terminar del todo bien. Resulta interesante analizar, con la perspectiva que dan los años y el avance de la producción, cómo los protagonistas, sobre todo el que interpreta de forma magistral Thomas Middleditch (Zombieland: Mata y remata), siempre terminan tropezando con la misma piedra, haciendo gala de una consabida mala suerte, inocencia, desgracia divina o el término que se prefiera utilizar. Sea como sea, lo cierto es que los objetivos de este grupo de extraños personajes nunca, o casi nunca, terminan cumpliéndose, y cuando lo hacen no es como ellos esperan. En este sentido, por tanto, el desarrollo dramático del guión se estructura sobre pilares que responden a la idea del conflicto, cómo lo afronta el héroe y, en este caso, cómo siempre termina derrotado.

En el caso que nos ocupa, la sexta temporada de Silicon Valley viene a confirmar que, por mucho que nos esforcemos, no podemos cambiar nuestro sino ni nuestra forma de ser. Y esto invita a una reflexión mucho más profunda e interesante. El hecho de que se aborde desde un punto de vista cómico no resta relevancia al planteamiento de sus creadores, que utilizan ese punto de partida para analizar lo difícil que puede ser salir adelante para determinadas personas, incapaces de cambiar su comportamiento a pesar de las circunstancias, e incluso cuando lo hacen todo parece ponerse en su contra para que no se salgan del camino establecido. Esto, que en otro contexto resultaría excesivamente forzado (al fin y al cabo, el objetivo de cualquier historia es que el héroe termine siendo muy distinto a como empezó), en esta serie es un interesante recurso dramático que aporta una mayor ironía y comicidad al conjunto.

La pregunta que cabría hacerse es ¿por qué se consigue este efecto con personajes que no cambian? La respuesta es algo sutil pero relativamente sencilla. Y es que los personajes se mantienen fieles a sus ideales y a su personalidad, pero eso les lleva a un recorrido apasionante en el que superan prácticamente todas las fases de la evolución de una empresa. El hecho de verles afrontar etapas a pesar de sus traspiés, de comprobar que tienen éxito en sus proyectos aunque siempre terminen cayendo en algún error, es lo que hace irresistible esta ficción. Porque eso les hace humanos, mucho más humanos que otros famosos personajes. Los héroes no luchan únicamente contra un mundo lleno de tiburones tecnológicos, sino contra su propia naturaleza, intentando salir adelante sin renunciar a su forma de comportarse, o al menos no demasiado. Esta lucha interna, en estos 7 capítulos, tiene su manifestación física en el personaje de Kumail Nanjiani (Stuber express) y, sobre todo, en ese final con ratas incluidas, que por cierto ponen la guinda de la empresa conocida como El Falutista.

Secundarios fundamentales

Todo lo dicho hasta ahora de Silicon Valley podría ser, en líneas generales, su tratamiento básico. La línea de trabajo principal. Pero a ello tenemos que sumar algo igualmente imprescindible, y es la cartera de secundarios que ofrece la historia. Y es que, independientemente de la importancia de cada rol, todos ellos están llevados hasta el extremo de la autoparodia, tratando de sacar provecho de numerosos perfiles que, teniendo en cuenta el contexto de la serie, es presumible que puedan encontrarse en ese mundo tecnológico. Esta suerte de ecosistema lleno de arribistas, locos hombres de negocios, mujeres incapaces de mostrar un solo sentimiento de empatía o magnates más preocupados por su imagen que por su producto, presenta nuevos personajes en esta sexta temporada, y lejos de encasillarse en un estilo, superan en muchos aspectos a los ya habituales, lo que viene a consolidar esta conclusión como un claro ejemplo de que el clímax de cualquier historia ha de ser mayor que lo visto hasta ese momento.

En esta categoría de secundarios juegan un papel sobresaliente, como no podía ser de otro modo, los que han acompañado a los protagonistas desde la primera temporada. Estén del lado que estén, estos personajes adquieren en esta última fase de la serie un carácter diferente. Por un lado, están aquellos que se suman definitivamente a la historia para enriquecerla. Por otro, están aquellos cuyo desarrollo se muestra algo más intermitente, inconexo, dejando a un lado su presencia periódica en la trama y convirtiéndose más en un apoyo narrativo y dramático cuya presencia, eso sí, nunca abandona el corazón de la ficción, estando presentes aunque sin llegar nunca a incidir demasiado en el desarrollo salvo cuando se les necesita para la historia principal.

Y este podría ser uno de los “peros” más importantes que tiene la serie en su recta final. La trama se centra tanto en los protagonistas y en su objetivo que se olvida un poco de algunos secundarios y los utiliza únicamente como agentes narrativos al servicio de la historia principal, sin dotarles, como sí tenían hasta entonces, de unos objetivos propios. Con todo, no es algo que afecte demasiado al argumento, fundamentalmente porque esta última temporada funciona a modo de clímax de la historia, por lo que es lógico que se centre en los héroes, su mayor reto y el modo en que salen de ese enfrentamiento. De hecho, el interés que suscita no solo esta trama principal, sino el tratamiento que se le da y, sobre todo, el desenlace tan acorde que tiene, oculta las debilidades de la historia, que pasan en su mayoría por el modo en que queda construido el árbol argumental.

El final de Silicon Valley es, en resumen, lo que debería ser cualquier última temporada de cualquier serie: una conclusión acorde a la historia, que potencia sus virtudes y disminuye sus defectos. Una sexta temporada que no se aleja ni un ápice de lo que cómo son sus personajes, de la esencia que no solo nos ha hecho disfrutar con sus aventuras y desventuras estos años, sino que los define como únicos, incapaces de adaptarse a un mundo voraz y despiadado al que, curiosamente, intentan cambiar con su forma de ser. Si lo consiguen o no es algo que queda para aquellos que vean y rían con un último episodio sencillamente sublime que recoge todo, absolutamente todo lo que representa la serie. Un modelo a seguir que evidencia que si la historia se construye sobre cimientos sólidos (léase, personajes bien definidos), el final siempre será el que tiene que ser independientemente de que sea o no un final feliz.

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ se enmienda a sí misma en su 6ª T.


Siempre he considerado que eso de traer personajes de entre los muertos, por muy original que sea la causa, es algo que debilita cualquier historia. Primero porque parece un recurso pobre de los guionistas, y segundo porque resta dramatismo y elimina el desarrollo de los acontecimientos que llevaron a este momento. Y con la sexta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no voy a cambiar dicha opinión. De hecho, reafirma con bastante contundencia ambos extremos por mucha originalidad que le impriman al conjunto sus creadores, los hermanos Joss Whedon (Los Vengadores) y Jed Whedon (serie Dollhouse) y Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse).

Porque, en efecto, estos 13 episodios vienen a demostrar que aunque la originalidad campe a sus anchas y que la historia no solo encaje a la perfección en lo visto hasta ahora, sino que la desarrolle hacia un nuevo terreno, recuperar a personajes ya fallecidos no termina de funcionar del todo bien. No solo eso, sino que debilita notablemente el conjunto. Tras el final de la quinta temporada, que como dijimos en este mismo espacio cerraba un ciclo, se abría un camino con fecha de caducidad que podría haber permitido no solo incorporar nuevos personajes, sino ahondar en los protagonistas a través de su duelo, su forma de afrontar una ausencia y una pérdida de semejante magnitud. Y aunque en los primeros compases de esta etapa es lo que plantea, la trama pronto entra de lleno en una espiral que aunque entretenida, no termina de ajustarse como debería al tono que ha tenido la serie hasta ahora.

Y poco importa que uno de los actores interprete ahora a un villano para reconvertirse, como gancho final, en una suerte de inteligencia artificial. Poco importa también que se viaje a través del espacio y del tiempo para recuperar a otro de los personajes antes de que fallezca. El proceso para llegar a esos puntos de giro dramáticos es lo verdaderamente relevante, y es aquí donde también falla la serie. Posiblemente se deba a la compresión de la historia en apenas 13 capítulos, la mitad de lo que suelen tener las temporadas de Agentes de S.H.I.E.L.D. Bueno, en realidad es evidente que es por eso. Es cierto que hasta ahora cada etapa contenía dos grandes arcos argumentales que ocupaban una mitad de los capítulos, pero una y otra se nutrían de forma orgánica, por lo que muchos personajes secundarios pivotaban sobre una y otra parte de la temporada para crecer dramáticamente y, sobre todo, poder explicar muchos de los acontecimientos que se desarrollaban. Todo eso aquí se pierde, limitándose a contar rápidamente una trama que, en cierto modo, parece hecha más para recuperar a actores que parecían perdidos que para desarrollar la historia.

La verdad es que esta premisa da un poco al traste con todo el trabajo realizado hasta este momento. Es cierto que la serie nunca ha sido un modelo a seguir en composiciones dramáticas, pero sí había logrado alcanzar un estilo narrativo propio basado en una fusión de acción, tramas de ciencia ficción con mayor o menor complejidad, y sobre todo con unos personajes que, a pesar de lo fantástico de las tramas, siempre se atenían a unas normas dramáticas básicas. Sin embargo, esta sexta temporada rompe por completo con todo esto, al menos a partir de mitad de temporada. A pesar de contar con una premisa interesante (de la que hablaremos a continuación), sus creadores optan por una evolución cuanto menos infantil, con los personajes reuniéndose en una especie de lucha final apocalíptica en la que algunos mueren pero sobreviven (y sí, es una incongruencia, pero así ha sido esta tanda de episodios). Entre medias, unos villanos sin demasiado trasfondo dramático que solo sirven para recuperar al personaje de Clark Gregg (Falsa evidencia) en un proceso cuanto menos cuestionable.

Mariposas

Y este último punto ha sido uno de los que posiblemente afecte en mayor medida a la calidad dramática de la historia, muy relacionado a su vez con la corta duración de esta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. En efecto, el hecho de que sean únicamente 13 capítulos obliga a una economía narrativa que no afecta en nada a los protagonistas, pero que sí tiene cierto impacto en los antagonistas. En realidad, es una consecuencia lógica. Tras los acontecimientos de la quinta temporada, y por mucho que se recuperen personajes aparentemente perdidos, los héroes ya se conocen, tienen un trasfondo dramático, humano y social construido durante varios años. Eso permite, a estas alturas de la historia (que en una tradicional película de tres actos vendría a ser el clímax), que sus creadores vayan directos al grano en lo que a sus tramas individuales y colectivas se refiere.

Pero no ocurre así con los villanos. Es cierto que la historia de los dos principales antagonistas se explica hacia el final de esta etapa en una conclusión que, dicho claramente, parece un poco forzada para que los acontecimientos deriven en lo que derivan posteriormente. Pero más allá de ellos, el resto de personajes a los que deben hacer frente los héroes tienen un trasfondo dramático cuanto menos escaso, en algunos casos inexistente. Esto provoca, a diferencia de años anteriores, que no se comprendan motivaciones, objetivos ni anhelos o miedos. Y todo eso, en definitiva, resta interés al conjunto, planteándose la trama como “buenos contra malos” en una definición tan binaria que se convierte en arquetípica y previsible. No es que esta serie Marvel sea un alarde de complejidad moral o dramática, es cierto, pero todos los personajes, en mayor o menor medida, desarrollaban una personalidad que ayudaba a comprender sus acciones aunque no se estuviera de acuerdo. Aquí, simple y llanamente, hacen lo que hacen porque tienen que hacerlo.

Con todo, esta tanda de episodios logra generar el suficiente interés como para aguantar hasta el final. Y lo hace porque, a pesar de todos los problemas que arrastra, parte de la premisa de continuar narrando lo ocurrido con los protagonistas tras los acontecimientos de la anterior temporada. Es por eso que quizá la parte más interesante sea la primera mitad, al ver a un grupo de héroes teniendo que lidiar con la pena de una gran pérdida mientras afrontan una nueva amenaza. El modo en que cada uno asume el dolor construye una complejidad emocional y dramática muy interesante que, por desgracia, poco a poco se va perdiendo para que la acción y esa extraña explicación alienígena se hagan un hueco. No es que haya un punto en el que todo cambia, sino que es un proceso progresivo hacia una conclusión que, curiosamente, abre la puerta a un nuevo universo narrativo… o mejor dicho, un nuevo tiempo narrativo.

En cierto modo, la sexta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. tiene una doble interpretación. Por un lado, es el comienzo de un epílogo a una historia que debería haber terminado hace un año. Por otro, es una etapa de transición hacia un final que podría ser prometedor. En ambos casos, sin embargo, estamos hablando de una etapa menos intensa dramáticamente hablando, igual de espectacular en lo que a acción se refiere, y que apunta maneras en su intensidad emocional. La historia va de más a menos en esto último, y de menos a más en cuanto a forma. A la espera de ver cómo finaliza la serie, se puede decir que la penúltima temporada no ha alcanzado la complejidad de las anteriores. Tampoco se pretendía, es cierto, pero se podría haber buscado otra fórmula que no fuera “resucitar” a personajes cuyas muertes habían dado un giro dramático espectacular a una ficción de estas características.

‘Ray Donovan’ toca fondo en una espiral autodestructiva en su 6ª T.


La evolución de Ray Donovan en su tratamiento dramático podría dar libros enteros de análisis cinematográfico. Desde el crecimiento de sus personajes hasta el modo en que los conflictos, sin cambiar demasiado, hacen avanzar la trama por terrenos de lo más interesantes, la serie creada por Ann Biderman (Enemigos públicos) da un nuevo giro en su sexta temporada, después del impacto dramático que tuvo la anterior etapa. Y es un giro en todos los sentidos, incluyendo el escenario en el que se desarrolla la acción. Pero a pesar de todo, nada parece cambiar en el mundo de este personaje.

Y esta es, precisamente, una de las claves de su calidad dramática. A pesar de todas las vicisitudes por las que pasa el rol interpretado por Liev Schreiber (La quinta ola), y de que el argumento evoluciona considerablemente en distintos niveles, existe una sensación de quietud casi permanente motivada, entre otros motivos, por ese carácter casi impertérrito del protagonista. Su modo de afrontar los problemas le convierten en una suerte de versión moderna de esos héroes del cine clásico capaces de enfrentarse a los mayores villanos sin mover un músculo. E incluso en esto, esta etapa que ahora analizamos también supone un cambio.

Cambio que llega de la mano del acontecimiento de la quinta temporada que lo cambió todo. En cierto sentido, estos 12 episodios de Ray Donovan se pueden entender como un viaje del héroe a los infiernos, tanto internos como externos. Un nuevo escenario (Nueva York) que perfectamente puede entenderse como un purgatorio de cemento, asfalto y metal en el que expiar unos pecados y una culpa que le torturan. La presencia de nuevos personajes no hace sino acentuar esa sensación de necesidad de devolver a una senda correcta (al menos todo lo correcta que puede permitirse este personaje) la historia de Ray, a pesar de que sus propias decisiones siempre tienden a llevarle por mal camino. Si a esto se suman los ya conocidos secundarios y sus respectivas historias, nos encontramos ante una etapa de auténtica redención, una etapa en la que todos los personajes, o al menos los principales, tocan fondo en una espiral autodestructiva que parece no tener fin.

Para terminar con el análisis del viaje del héroe, es importante señalar que esa dualidad de impresiones (el cambio dramático y la narrativa estática) se debe precisamente a un recurso narrativo muy interesante. La serie no avanza porque el protagonista se vea obligado a resolver nuevos retos que le lleven, a su vez, a plantear nuevas preguntas. Más bien, el personaje de Schreiber se mantiene impasible ante los nuevos conflictos, tendiendo una y otra vez a actuar siempre del mismo modo. Entonces, ¿cómo hacer que una historia evolucione? En el caso que nos ocupa, ello se debe a que con cada paso que da el héroe se va conociendo un poco más de su pasado y de su personalidad. Esto, a su vez, permite al espectador adquirir nueva conciencia de las motivaciones, los deseos y los miedos del protagonista. Y esto ofrece un punto de vista diferente de las secuencias. Incluso en una temporada como esta, en la que Donovan llora o se angustia por sus hijos, tiende siempre al pétreo rostro, por lo que la trama busca y encuentra otros caminos dramáticos para sostener la historia.

La familia es lo primero

Pero la evolución dramática también llega por otros derroteros. La sexta temporada de Ray Donovan también presenta una mayor independencia de los personajes secundarios. Independencia coherente y esperada, por otro lado, ya que el daño generado por las decisiones del protagonista no permitía por más tiempo una conexión directa de los personajes de esta serie. Por ello, se ha reforzado muchas de sus historias, haciéndolas más interesantes o, al menos, más sólidas. Para ello, y aprovechando todo el trabajo previo, Biderman construye todo un universo ajeno al rol de Schreiber, casi como si fuera ajeno a una realidad que está ante sus ojos. Soy consciente de que es un concepto buscado tanto en el tratamiento como en el desarrollo de personajes, por lo que solo puede calificarse de éxito.

Con todo, y si es necesario poner algún “pero” a esta serie, hay que señalar que algunas de estas historias secundarias quedan definidas por trazos excesivamente gruesos. La distancia puesta entre el protagonista y el resto de su familia hace que algunas de esas historias se narren con secuencias que son casi flashes visuales, planteando únicamente los puntos dramáticos necesarios para sostener la historia principal. Los que más sufren este fenómeno son los dos hijos, interpretados de nuevo por Kerris Dorsey (Don’t tell Kim) y Devon Bagby (Broken ghost), y su ayudante (Katherine Moennig –Sin rastro-), esta última quedando relegada casi a un punto de apoyo a utilizar cuando es conveniente para enrevesar la trama.

La impresión general, sin embargo, es de una espiral autodestructiva general, cuyo motor principal es el propio Ray y que tiene como potenciadores de daño a la familia que le rodea. Esto evidencia no solo la temática general de estos 12 capítulos, sino la necesidad de hacer que todos los personajes toquen fondo de un modo u otro para impulsar la historia hacia otras cotas dramáticas. Ejemplos claros son los de los personajes de Eddie Marsan (Atómica) y Dash Mihok (Car dogs). No quiere decir esto que vaya a haber una renovación completa, pero posiblemente sí que la situación de algunos personajes cambie, e incluso que el argumento pueda dar un giro sin que resulte inverosímil. Lo que en todo caso parece claro es que la familia seguirá siendo lo primero, y que Ray Donovan mantendrá ese carácter adusto, frío y un poco distante que le ha llevado a perder todo lo que tenía, ya sea real o figuradamente.

Y lo que también está claro es que Ray Donovan está sabiendo evolucionar, adaptarse a nuevas situaciones y mantener en ese proceso su espíritu. Su sexta temporada llega después de un importante cambio en el que los personajes secundarios dieron un paso al frente. Ahora, estos episodios demuestran que la trama tiene espacio para dar cabida a todos los miembros de la familia Donovan, cada uno con sus historias y cada uno influyendo en el desarrollo dramático de los demás. Puede que alguno tenga más peso que otro, que algunos arcos argumentales sean más débiles que otros, pero eso es inevitable en una ficción con tantos personajes. Lo importante es que todos suman para, en el caso que nos ocupan, narrar ese viaje a los infiernos, esa senda de autodestrucción. Y lo importante es que con todo ello la serie sigue manteniendo el alto nivel que presenta desde sus inicios.

‘House of cards’ pierde el norte en una última temporada innecesaria


El caso de la serie House of cards va a ser objeto de estudio con el paso de los años, y por varios motivos. Esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) es el mejor ejemplo de que una historia no debe alargarse por motivos ajenos a los puramente creativos. Estoy hablando, claro está, de la salida de Kevin Spacey (American Beauty) por los casos de abusos y la consecuente sexta temporada, muy lejos del nivel que tuvieron las anteriores y, sobre todo, ajena completamente a una coherencia narrativa propia de cualquier serie. Habrá quienes hayan puesto en cuestión si los acontecimientos narrados hasta ahora son más o menos fantasiosos, si son más o menos creíbles en un contexto de falsa realidad como el que expone la serie. Personalmente, viendo a algunos presidentes que han dirigido la Casa Blanca en las últimas décadas creo que la serie encaja perfectamente en el realismo, pero de lo que no cabe duda es de que estos últimos 8 episodios dejan una mala e indeleble huella en el conjunto.

Y lo más alarmante de todo es que no habría sido necesaria esta sexta y última temporada. El final de la anterior etapa, aunque algo abierto, cerraba un ciclo de forma más que notable, con una suerte de golpe de estado encubierto de una esposa a su marido, tomando el control de la Casa Blanca y demostrando que ella es, si cabe, más sibilina que él. La ausencia de Spacey, unida a una falta completa de un plan para esta circunstancia, hacen que estos capítulos carezcan de un sentido dramático y argumental. Es lo que suele ocurrir cuando se quiere narrar mucho en muy poco tiempo. A la reducción de episodios con respecto a temporadas anteriores se une la presencia de nuevos personajes cuyo papel en este castillo de naipes apenas queda aclarado, y desde luego no llega nunca a desarrollarse como debería.

Y sobrevolando todo esto, la figura de Spacey. Su ausencia absoluta de la serie alcanza cotas ridículas. Sus fotografías aparecen sutilmente sin la cabeza en el plano, y los pocos audios en los que pudiera escucharse su voz se presentan a través de artimañas narrativas que, dicho sea de paso, resultan un tanto absurdas tanto en el contexto dramático en el que se encuentran como en el tono serio y oscuro de toda la serie. Y a pesar de los intentos por no tenerle en imagen, su figura está constantemente presente en toda la temporada. Si bien es cierto que esta última etapa pertenece al rol interpretado por Robin Wright (Wonder Woman), en realidad el grueso de la trama principal de House of cards está motivado constante por ese Frank Underwood que tanto ha fascinado durante años gracias, entre otras cosas, a la extraordinaria labor de Spacey.

Puede que este sea uno de los motivos por los que la trama no termina de funcionar correctamente. Demasiadas historias secundarias, demasiados personajes que no aportan demasiado, y sobre todo una necesidad de resolver la ausencia de Spacey de la forma más lógica posible. Todo eso genera una mezcla que sus creadores no son capaces de equilibrar, entregándose por completo a un desarrollo marcado por el extremo, por el histrionismo contenido en esos caros trajes y esos elegantes despachos. El final de la temporada, y consecuentemente de la serie, es la mejor evidencia de la deriva absurda que toma la trama, que busca sin éxito una explicación racional a algo completamente ilógico. Y no estoy hablando del desarrollo del arco argumental, que también, sino al hecho de que esta temporada no era necesaria, al menos no en estos términos.

Embarazos embarazosos

Pero entremos en el detalle. Estos 8 episodios ponen el foco y la complicidad con el espectador en la figura de Claire Underwood. Y aunque Wright vuelve a demostrar la increíble actriz que es, lo cierto es que la temporada evidencia que este personaje es único… como un secundario. Ya sea por una narrativa sin un objetivo claro, o porque el personaje realmente no da para tanto, lo cierto es que el protagonismo de esta Primera Dama reconvertida en primera Presidenta de Estados Unidos carece de la fuerza de su predecesor. Y a ello contribuye sobremanera la definición de su personaje que hacen a lo largo del relato o, mejor dicho, la resolución del mismo a los planteamientos inicialmente expuestos.

Y me explico. Durante los primeros compases de esta temporada asistimos a un planteamiento que, con sus más y sus menos, anuncia un cierto suspense político en el que se puede apreciar una estrategia de la protagonista. Sin embargo, a medida que transcurren los episodios dicha estrategia se diluye poco a poco hasta quedar en nada, no tanto por la inacción de la protagonista como por los acontecimientos que se suceden a su alrededor, amén de algunos hitos dramáticos cuestionables como esa presunta crisis que sume a la Presidenta en una depresión. La suma de elementos lleva la serie por un camino no solo ajeno a lo visto hasta ahora, sino alejado de la realidad, apostando más por una suerte de drama personal que perfectamente habría encajado en otro tipo de ficción algo menos elaborada y a todas luces de menor calidad dramática y artística que House of cards.

Aunque sin duda el aspecto dramático más polémico es el embarazo de la protagonista, que irrumpe en el desarrollo argumental como un Deus ex machina para tratar de dar un giro a la trama. Giro que, por cierto, provoca el efecto contrario, pues no solo no aporta el pretendido dramatismo a la historia, sino que aporta a la trama un carácter aún más incomprensible y ridículo al plantear más preguntas y dar pocas de las respuestas que cabría esperar. Esto sumado a la resolución de la trama principal en torno a lo que realmente ha ocurrido con el personaje de Frank Underwood convierte el final de temporada en casi una parodia de sí mismo, enrevesando innecesariamente un final que podría haber sido mucho más sencillo si se hubiera dejado ir del todo al rol de Spacey. Baste decir que los argumentos finales de los dos personajes implicados en la última escena son el reflejo de lo que ha sido esta temporada en todos los sentidos.

Lo cierto es que apena mucho comprobar cómo una producción puede dar al traste con una seña de identidad construida durante años en tan solo un puñado de episodios. House of cards, con sus posibles excesos según se mire, es una serie adulta, sobria, oscura y tremendamente inteligente, en la que ni un solo personaje sobra y en la que toda trama, sea principal o secundaria, tiene influencia sobre cualquier detalle del conjunto. Pero eso es hasta esta sexta y última temporada. El desarrollo dramático, limitado por falta de espacio, la presencia de nuevos personajes sin el trasfondo necesario, y sobre todo una falta de objetivo en la resolución de esta compleja historia convierten esta etapa en un mal reflejo de lo que alguna vez fue la serie. Entiendo la decisión de la productora de apartar a Spacey, pero había muchas y mejores soluciones que la adoptada para dar un final con sentido a una ficción de estas características. Los Underwood nos dejan con mal sabor de boca.

6ª T. de ‘Orange is the new black’, el cansancio de la cárcel


Hay series que se alargan innecesariamente por motivos ajenos a la propia historia. Pero hay series cuya historia llega un punto en el que se hace del todo irrelevante y obliga a replantearse muchas cosas, dramáticamente hablando. Este último caso es el de Orange is the new black. La serie comenzó con una clara protagonista para derivar en una producción coral. Pero una vez conocido el trasfondo emocional de los principales personajes, tocaba evolucionar de nuevo. El problema es que esta ficción de Jenji Kohan (serie Weeds) lo ha intentado hacer en su sexta temporada sin demasiado éxito, acentuando sus puntos débiles y perdiendo buena parte del interés generado por estas chicas en las anteriores etapas.

Y eso se deba, posiblemente, a que los cambios producidos en estos 13 episodios vienen motivados únicamente por un cambio de escenario a una cárcel de mayor seguridad, todo ello tras los acontecimientos del motín de la quinta temporada. Más allá de los nuevos personajes, sobre los que hablaremos más adelante, resulta especialmente llamativo cómo la trama construida sobre los miedos, las sospechas y los remordimientos de este grupo de presas queda en un segundo plano ante otras historias a priori más secundarias, pero que terminan por acaparar toda la atención. Esta extraña dinámica dramática desequilibra por completo la estructura de la serie, que en muchos momentos no parece tener un objetivo claro. En el fondo, lo que hace es jugar contra los sentimientos del espectador y, lo más importante, contra sus propios planteamientos, pues tras exponer varios conflictos decide resolverlos por la vía rápida, sin ahondar muchas veces en las consecuencias reales que pueden tener.

Esto se traduce en que la sexta temporada de Orange is the new black no logra emocionar ni entretener tanto como podría esperarse. El grupo de presas protagonista pierde fuerza dramática, diluyéndose en un grupo mucho mayor en el que, eso sí, hay algunos roles de lo más interesantes, entre ellos esa rivalidad casi ancestral entre dos hermanas que llevan toda su vida entre rejas. Si a esto sumamos otra serie de líneas argumentales secundarias planteadas casi como si de los preparativos de una guerra se trataran, obtenemos un panorama en el que las reclusas ya no se dividen por razas, sino por zonas y por las líderes que escogen. Con todo, el tratamiento de este aspecto en ningún momento ahonda en los sentimientos, las motivaciones o los objetivos de las implicadas, lo que al final termina quedándose como una suerte de contexto dramático para una trama protagonista carente de garra.

Esta penúltima temporada (la anunciada séptima finalizará esta historia carcelaria) demuestra además algo que podía haber pasado desapercibido previamente, y es el papel que juegan el resto de personajes alrededor de las presas. Me refiero, evidentemente, a los vigilantes y los gestores de la prisión. La relevancia de los primeros queda patente ante la suerte de parodia en la que se convierten los nuevos personajes, alejados del cierto dramatismo y fatalidad, incluso dentro de su comicidad, que desprendían los primeros. Ni siquiera esa idea de que juegan con la vida y el destino de las reclusas logra eliminar la sensación de estar ante una versión suavizada de lo visto previamente, sobre todo de esa cuarta temporada más radical. Y respecto a los segundos, la dinámica establecida al quedar integrados en las principales tramas se elimina al convertirse más bien en una especie de vehículo muy secundario para algunos de los arcos argumentales, quedando patente que sus propias historias, de forma independiente, no resultan demasiado atractivas.

Nuevas caras

A pesar de todo, la serie ofrece nuevos rostros que nutren notablemente la historia. Al duelo de las dos hermanas ya mencionado, que termina por fagocitar al resto de tramas, se suman otros secundarios que, en realidad, llevan buena parte del peso dramático de la historia. Y es que la estructura narrativa, caracterizada en sus inicios por dedicar cada episodio al pasado de una de las presas, ha ido perdiendo esa frescura poco a poco, sin duda por el conocimiento de los personajes. Por eso, la presencia de nuevas actrices, nuevos personajes y nuevos pasados que narrar ofrece un renovado punto de vista a la trama, definiendo claramente los nuevos comportamientos y estatus que se manejan en esa cárcel. Y ofrece también, por tanto, una nueva dinámica entre las protagonistas, que deben hacer frente a los hechos pasados más recientes y a su nueva situación.

Esta dualidad es posiblemente la más interesante de toda la sexta temporada de Orange is the new black. El problema es que su desarrollo es tan intermitente que termina perdiendo interés, y solo hacia el tercio final de estos 13 capítulos adquiere especial relevancia. En efecto, las traiciones entre las presas, amigas de años entre las paredes de una prisión, aporta al tratamiento dramático un aliciente muy atractivo, pues genera un punto de inflexión en lo visto hasta ahora, donde los grupos formados parecían ser familias que luchan juntas. Ahora, los peligros personales de cada reclusa a raíz del motín son la brecha que divide estos clanes, poniendo al descubierto las debilidades de cada una y el modo en que actúan ante la adversidad. Todo ello puede entenderse como un gran punto de giro dramático en el análisis global de toda la serie, y en el caso concreto de la temporada es un motor narrativo que, sin embargo, no termina de aprovecharse en toda su magnitud.

Y este es precisamente el gran problema de esta etapa. A pesar de contar con ingredientes a priori atractivos, el tratamiento en su conjunto es sumamente irregular, centrándose en demasiadas ocasiones en elementos que podrían ser secundarios y obviando el potencial de muchas tramas y personajes. Tal vez todo se deba al hecho de que, en producciones corales de este tipo, dividir y dispersar a los personajes obliga a abarcar más espacio no solo físico, sino también dramático (cada uno de ellos necesita de una historia propia, y es difícil que compartan arco argumental con el resto de protagonistas), lo que a la larga impide un seguimiento adecuado de cada historia. La mejor evidencia de todo ello es que existen varios personajes interesantes que, ante la poca fuerza de las protagonistas, se hacen con el control de la trama. Eso no impide, claro está, que no haya momentos dramáticamente intensos, pero en líneas generales se confirma una tendencia descendente en la fuerza de los personajes y el tratamiento del argumento.

Dicho esto, Orange is the new black afronta su última temporada con muchas dificultades. El último episodio de la etapa que aquí analizamos deja a los personajes que hasta ahora habían protagonizado la serie mucho más separados, con todo lo que eso conlleva. Será necesario, por tanto, encontrar un arco narrativo lo suficientemente sólido como para sostenerlo. Eso, y abordar con más intensidad el devenir de algunos de los personajes, algunos de ellos perdidos en esta temporada en una intrascendencia que resulta alarmante. El caso más evidente es el de la protagonista interpretada por Taylor Schilling (Take me). No es que la labor de la actriz sea mala, sino que su personaje es tan limitado que se ha convertido casi más en un secundario que en motor de crecimiento narrativo, como demuestra la trama que se le ha dado en estos episodios en un intento de reintegrarla en los elementos más relevantes de la serie. La ficción de Kohan entra en su recta final, y lo hace con un cansancio evidente.

‘Nashville’ llega a su fin con el foco en los problemas de la sociedad


Echando la vista atrás durante estos seis años de Nashville se puede ver, en todo su esplendor, la evolución de esta serie, primero con toques de drama familiar y político y, posteriormente, entregándose por entero al drama más lacrimógeno, para lo cual se ha recurrido a todo tipo de recursos narrativos durante estas temporadas. Pero si algo deja patente la sexta y última entrega es que, por encima de todo, es un producto en el que todo debe acabar bien, en el que la familia es lo más importante y es capaz de vencer cualquier obstáculo, y en el que es importante comprender y aceptar el lugar que cada uno tiene en la vida, aunque no fuera el que inicialmente habíamos deseado.

Y todo ello siendo consciente de sus debilidades y los errores que ha arrastrado a lo largo de estas temporadas. En este sentido, los 16 episodios que cierran esta serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) representan posiblemente el final más honesto y coherente de los últimos meses en televisión. Si ya es difícil que una ficción tenga un final cerrado, que este se adecúe a lo narrado durante las etapas anteriores puede parecer misión imposible, pues muchas veces la necesidad de querer dar una conclusión concreta a una línea argumental choca frontalmente con lo contado previamente. No solo no es el caso de esta obra que mezcla música y lágrimas para tocar diversos problemas sociales de Estados Unidos (sobre lo que iremos más adelante), sino que la serie es consciente en todo momento de cuál es su sitio, y con esa humildad se presenta en su última temporada.

Dicho de otro modo, Nashville perdió un activo fundamental con la ausencia de la protagonista interpretada por Connie Britton (La tierra de las buenas costumbres). Conscientes de ello, sus creadores han optado por una fórmula narrativa y dramática interesante: mantener su recuerdo presente en prácticamente todos los episodios mientras el espacio que su personaje ocupaba se llenaba con otras historias, algunas más complejas que otras, pero todas con el único fin de ahondar en el dramatismo de una serie que alcanzó su clímax lacrimógeno con la partida del rol de Britton. Se intenta así mantener un cierto nivel de interés en la ficción a través de unos arcos argumentales que golpean de lleno los sentimientos del espectador mientras se atan los cabos sueltos que quedaron de la anterior temporada.

Por supuesto, esto no quiere decir que todo sea perfecto. Aunque es de admirar la honradez con la que se aborda el final, la serie sigue arrastrando muchos problemas, el más importante su tendencia a girar en torno a un mismo problema de forma constante durante episodios sin encontrar solución y, lo más alarmante, sin que los personajes implicados aprendan de sus errores. Es el caso, por ejemplo, de los roles de Lennon Stella, Sam Palladio (serie Episodes) o Clare Bowen (The clinic). Esto provoca una suerte de incoherencia dramática que, aunque sirve de clavo al que agarrarse en determinadas ocasiones, termina por impedir que la trama evolucione correctamente, reproduciendo en esta última temporada conflictos y situaciones vividas en la primera.

Conflictos sociales

Esta última temporada de Nashville también ha servido para introducir nuevos personajes que permitieran cerrar algunos aspectos de las tramas. Y curiosamente, estos elementos son algunos de los que mejor funcionan dramáticamente hablando. Es cierto que su presencia puede estar un poco obligada por las circunstancias (la ausencia de la protagonista, en otras palabras), pero al final terminan por ahondar en la personalidad de los protagonistas, lo que siempre es de agradecer. Me refiero, por ejemplo, al padre del protagonista o a ese criadero de caballos a modo de terapia para personas con importantes traumas. Todo ello, aunque sin demasiada relación con el resto de la serie, permite al espectador acercarse a aspectos de los personajes que antes solo se habían insinuado, y que ahora se hacen más presentes.

Y como decía antes, la ficción ha optado en estos últimos capítulos por incluir nuevas historias al resto de personajes. Historias que, por otro lado, sirven de base para realizar una importante crítica a diversos aspectos de la sociedad. Sobra decir que durante los años previos temas como el alcoholismo o la corrupción política ya se habían tocado, pero ahora la serie va más allá. Sectas, alcohol, adicción a los esteroides, acoso sexual y laboral, violencia de género, … Todos estos temas tienen diferente peso narrativo en la historia, lo que amplía notablemente el ámbito de trabajo de sus creadores, creando un mundo más complejo y, por qué no, más cercano a la realidad. Y aunque esto puede ser un aspecto positivo, es importante señalar que su integración en el desarrollo de la trama es algo irregular, pues mientras algunas de estas historias tienen su importancia en el desarrollo final del arco argumental, otras sencillamente parecen estar incluidas para rellenar tiempo con algo diferente. Y ese es el gran fallo que tiene esta temporada a nivel de guión.

Pero en líneas generales la temporada responde a las expectativas, es decir, sigue teniendo como núcleo la familia, los retos y las dificultades que se superan juntos. Y precisamente por eso el último episodio es todo un homenaje a estos conceptos y un regalo para los más acérrimos fans. Con la excusa de un concierto, los personajes que han tenido cierta relevancia a lo largo de estos seis años hacen acto de presencia, sumándose a la canción y ofreciendo una despedida por todo lo alto a la que se suma, también, el equipo técnico. Una secuencia que sale de la propia ficción y aproxima aún más a actores, personajes y espectadores.

En definitiva, un final emotivo para una serie que, con sus limitaciones y sus propios errores, ha sabido mantenerse con coherencia, con tramas que aunque llevadas al límite han funcionado con solvencia, y con unos personajes más que correctos para este tipo de historias. Nashville termina y con ella parece acabar una tendencia musical en la pequeña pantalla, con permiso de Empire. Atrás quedan su tendencia a caer en bucles argumentales que tenían a los personajes como cobayas en ruedas de ejercicios. Atrás quedan también momentos terriblemente dramáticos narrados con elegancia. Pero sobre todo, queda la música, con algunas canciones sencillamente maravillosas. El country nunca volverá a ser lo mismo.

‘Érase una vez’ se pierde definitivamente en su sexta temporada


Han sido seis años, pero la verdad es que la sensación es de un tiempo mucho mayor. Érase una vez llega a su fin, al menos de la historia y los personajes originales, en una sexta temporada que evidencia la transformación que ha sufrido esta original serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (TRON: Legacy). Una transformación que, aunque ha ganado en originalidad, ha perdido mucho en consistencia dramática y, sobre todo, en coherencia. Porque si algo demuestran estos 22 episodios es que, incluso en una fantasía de cuento de hadas, no todo vale.

En unos días analizaremos la séptima y última temporada, una vez finalizada la serie, pero por ahora centrémonos en el contenido de esta conclusión de la trama original. Y sin duda lo que más llama la atención es el tratamiento de los personajes y de las historias que protagonizan. Da la sensación de que, en un intento de hacer el equilibrismo imposible, sus creadores introducen todos los elementos habidos y por haber en los cuentos de hadas para componer una sinfonía de fantasía donde todos los héroes y villanos están relacionados de algún modo, bien por parentesco, bien por encuentros más o menos fortuitos en el pasado. De ahí que, por ejemplo, se junten en una única historia Aladdin, Jasmine, la Sirenita, Blancanieves, Frankenstein, Jekyll, Hyde y un largo etcétera de personajes.

El principal problema es que muchos de ellos están incorporados casi por obligación, como si fuera necesario aportar al conjunto la historia de todos los personajes de cuento o literarios, incluso aunque esto se haga únicamente en un episodio a modo de contexto dramático para ese momento puntual dentro de una historia mayor. Es el paso definitivo de una evolución que, atendiendo a los índices de audiencia, no ha sido la más acertada. Dicho de otro modo, Érase una vez ha intentado abarcar más de lo que podía, lo que curiosamente ha hecho perder al conjunto lo que le daba la magia con la que comenzó su andadura. A lo largo de las temporadas la serie ha pasado de tener una estructura de héroes contra villanos a otra que dividía cada temporada en dos partes diferenciadas, para terminar siendo una amalgama de historias con un villano final y varios intermedios.

No es el único problema de la trama, claro está. De hecho, puede que no sea el mayor, pues hay que reconocer que la introducción de tantos personajes expande el universo de fantasía hasta límites que no se habían visto, amén de reinterpretar los cuentos más famosos de un modo incontestablemente original. En este sentido, no cabe duda de que esta sexta temporada es un alarde visual y de ingenio que, con sus evidentes pegas, termina enganchando gracias a un ritmo narrativo y dramático lo suficientemente sólido como para que el espectador se deje llevar, al menos en varios de sus tramos. Es por esto que posiblemente lo más débil de esta etapa, dramáticamente hablando, sea algo que la serie viene arrastrando desde años atrás, y es esa necesidad de que los villanos se conviertan en héroes y las consecuencias que eso conlleva.

¿Héroes o villanos?

En efecto, el principal escollo de Érase una vez para su correcto desarrollo argumental ha sido qué hacer con los villanos, fundamentalmente con los interpretados por Lana Parrilla (One last ride) y Robert Carlyle (T2: Trainspotting). Curiosamente, ambos son los principales atractivos de la serie y sus verdaderos protagonistas, lo que reafirma la idea de que un buen villano hace mejor cualquier trama. Pero volviendo al origen, estos dos villanos fueron, desde el principio, el motor de esta ficción, incluso cuando sus acciones comenzaron a tornarse en las de héroes. Ese proceso ocurrió de forma natural, motivado entre otras cosas por un tratamiento muy profundo y complejo de unos personajes cuyas motivaciones tenían un largo pasado y cuyo objetivo parecía sencillo y a la vez inalcanzable: tener un final feliz.

Esta sexta temporada viene a confirmar la deriva sin rumbo fijo de la serie, algo que también se pudo ver en las anteriores etapas. Una vez convertidos en héroes, integrados en el grupos de los “buenos” aunque con sus respectivos matices, era necesario encontrar otros enemigos a los que hacer frente. Estos 22 capítulos rizan el rizo y aprovechan la compleja trama familiar para introducir a la villana definitiva, el origen de todo mal. Más allá de que esto pueda resultar más o menos congruente con lo narrado a lo largo de estos años, el problema radica en los efectos secundarios que esto tiene, y que de nuevo tiene que ver con héroes y villanos. Por ejemplo, el doble malvado de la Reina Malvada se vuelve una heroína, como ya había hecho el rol original; la bruja mala de Oz también encuentra su forma de hacer el bien; y muchos otros secundarios menores que comienzan siendo enemigos se tornan en aliados tan rápido que apenas hay tiempo de explorar la evolución dramática.

Todo ello genera un concepto dramático impropio tanto para lo visto hasta este momento como para el desarrollo que cualquier historia debiera seguir. Precisamente si algo bueno tenían los roles interpretados por Parrilla y Carlyle es que su tratamiento permitía comprenderles, explorar sus fortalezas y sus debilidades dramáticas, sus motivaciones y sus objetivos, y eso no solo les hacía más complejos, sino que redundaba en la calidad dramática de la serie. Ahora, sin embargo, lo que nos encontramos es un compendio de personajes, cuantos más mejor, cuyas historias se reinterpretan en un intento de tapar con originalidad la falta de criterio dramático. Por todo ello, esta sexta temporada es sin duda la consecuencia lógica de la evolución de la ficción, pues los numerosos personajes (y sus respectivas historias) introducidos durante las etapas anteriores han tenido que encontrar su resolución en estos episodios. Y dado el alto número y la limitación de tiempo y espacio dramático que existe, era imposible no acelerar algunos de los procesos dramáticos, con las consecuencias evidentes.

Érase una vez es el mejor ejemplo de cómo una producción puede perder interés a pasos agigantados si la historia no tiene un tratamiento controlado y calculado. Su sexta temporada es la prueba palpable de que no por introducir más y más elementos, ya sean personajes, escenarios o tramas, la historia gana en complejidad y atractivo. Puede que de lo primero sí, pero de lo segundo difícilmente ocurrirá si no se sigue una lógica. La necesidad de incorporar más héroes, más villanos y más cuentos de hadas ha terminado por asfixiar una historia sumamente original, capaz de dar un giro coherente a las historias que conocemos desde niños, y relacionar a muchos de los héroes y villanos en un único universo plagado de magia y fantasía. Al contrario de la protagonista interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad), el espectador comenzó la historia creyendo en la magia y los cuentos de hadas para terminar perdiendo la fe. Aunque en este caso no es porque nos hayamos hecho adultos después de seis años.

6ª T. de ‘The americans’, un final impecable para una serie sólida


Hay teorías narrativas que hablan de cinco temporadas como la duración perfecta de una serie. Personalmente creo que la clave está en encontrar los tiempos y plazos necesarios para contar lo que se quiere contar. De ahí que sea tan complicado lograr que una producción funcione, pues es difícil hallar el equilibrio y, por supuesto, es aún más difícil no alargar innecesariamente una historia cuando está tiene éxito. Por eso ficciones como The americans son tan necesarias como raras de encontrar. Su sexta y última temporada es la confirmación de que ha sido una serie sólida, compleja, atractiva, que ha sabido casi siempre hallar un ritmo coherente y, ante todo, ha tenido el final perfecto para la historia narrada. ¿Se puede pedir más?

Tal vez sí, pero no se puede pedir mucho más. Los 10 episodios de esta temporada final son una carrera contrarreloj creada con maestría por Joseph Weisberg y su equipo. Y hablo de maestría porque, después de los acontecimientos vividos en las anteriores etapas, esta temporada viene a ser una conclusión evidente y lógica de lo vivido con antelación, tanto en lo personal como en lo profesional. La trama viene a mostrar la decadencia de un sistema en franco retroceso, incapaz de asumir, al menos por algunos de sus miembros, que los tiempos han cambiado, que se buscan y se necesitan otras cosas. En este sentido es sencillamente espléndida la relación entre los roles de Keri Russell (El amanecer del planeta de los simios) y Matthew Rhys (Los archivos del Pentágono), la primera representando esa reticencia y el segundo esa mentalidad cambiada.

Aunque sin duda, lo que mejor resuelve The americans es la incógnita planteada desde el primer episodio, es decir, la amistad entre los espías soviéticos y el agente del FBI al que da vida Noah Emmerich (La venganza de Jane). Durante las cinco temporadas anteriores ha podido haber momentos en que la tensión entre ellos, ese tira y afloja sobre el que se ha construido buena parte de la tensión dramática de la serie, ha podido parecer excesivamente teatralizada (de ahí ese pequeño margen de mejora que antes mencionaba). Sin embargo, ha funcionado lo suficientemente bien como para que el dramatismo en esta última tanda de capítulos alcance cotas sencillamente brillantes. Más allá del modo en que el rol de Emmerich (por cierto, sobresaliente en su interpretación) empieza a sospechar de sus amigos y vecinos, lo realmente aplaudible es la escena en el garaje, ese cara a cara resuelto con pausa y sobriedad, manejando de forma ejemplar los tiempos y las emociones, buena muestra de una definición de personajes tan magistral que debería de ser estudiada en las escuelas de guión. Esa escena convertiría a muchas series mediocres en producciones a tener en cuenta. En esta lo que logra es un hito dramático tan solo igualado por lo sucedido a continuación.

Pero antes de llegar ahí es conveniente analizar el pormenor de este diálogo. Su fuerza no reside tanto en el modo en que se desarrolla, que también, como en los hechos de los episodios anteriores. Este clímax es en realidad la cumbre de una escalada dramática y de tensión construida primero sobre las sospechas de uno, segundo sobre ciertos diálogos velados entre los implicados, y por último sobre la amistad construida durante estos años. Así, se llega a un final en el que el espectador es capaz de identificarse con todos los implicados en esa escena. Con todos. Habrá más de uno (y me incluyo entre ellos) que discuta sobre la decisión final adoptada, y es esa discusión la que hace grande esta escena, pues implica que las dudas de los personajes son las mismas que tiene el espectador. Y lograr eso es sumamente difícil.

Un buen final no es un final feliz

Pero si por algo será recordada The americans es por no ser una serie edulcorada, en la que a los protagonistas todo les sale bien simplemente porque son los protagonistas. A lo largo de estas temporadas han tenido que afrontar todo tipo de desafíos, algunos resueltos con más pericia que otros, y en bastantes generando casi más problemas que soluciones. Esta dinámica ha permitido, por otro lado, que la tensión dramática haya ido en aumento. Y esta misma idea es la que ha predominado sobre uno de los mejores finales de serie de televisión de los últimos años.

La serie creada por Weisberg lleva hasta el extremo la teoría de que un buen final no tiene que ser un final feliz, sino el final que merecen sus personajes. Y lo cierto es que esta ficción podría haber tenido una amplia gama de finales, desde el más edulcorado (familia feliz se salva de ser detenida) hasta el más infeliz (los espías mueren). Pero lo que se ha optado es por el realismo más duro posible. Dos personajes que llegaron a Estados Unidos para espiar y robar secretos, que crearon una familia como tapadera y que terminan siendo perseguidos. ¿Cuál podría ser el mayor castigo? Visto el desarrollo dramático de la serie, los minutos finales de esta sexta temporada son sencillamente magistrales. Sin desvelar demasiado, tan solo decir que el manejo de los tiempos en ese tren con destino a la salvación es de una maestría difícilmente superable. El carrusel de emociones que provoca es tal que más de un espectador puede soltar una lágrima. Y todo ello sin derramarse una gota de sangre.

Al final, la conclusión de esta serie no deja de ser un reflejo de lo visto a lo largo de estos años. Con tres episodios menos que en temporadas anteriores, la trama deja de lado historias secundarias que habían lastrado un poco el desarrollo dramático para centrarse de lleno en los protagonistas, ahondando en sus dudas y miedos internos, en sus conflictos familiares y, por último y más importante, en el delicado equilibrio en el que viven. Es cierto que ha habido margen de mejora. La historia de la hija interpretada por Holly Taylor (The otherworld) se ha desarrollado de un modo algo irregular. Y el rol del hijo al que da vida Keidrich Sellati (Rockaway) sencillamente ha quedado como algo residual, si bien se le ha sabido sacar provecho en el tercio final de esta temporada. Y algunos secundarios habrían merecido algo más de peso específico en la trama, sobre todo a la hora de solucionar sus arcos dramáticos, como es el caso del papel de Costa Ronin (The midnighters), actor que por cierto debería de empezar a tener más presencia en la pequeña y la gran pantalla.

Pero a pesar de sus pequeñas irregularidades, The americans ha sido una de las mejores producciones de los últimos años. Fría, calculada, sobria y tensa, la sexta y última temporada es el ejemplo perfecto de lo que debería ser un final. Construido sin prisa pero sin pausa en una duración menor que en etapas anteriores, el argumento se centra finalmente en lo que parecía que podría haber sido toda la serie: la lucha entre el agente del FBI y los espías rusos. Pero lo hace sabiendo todo el bagaje dramático que lleva a cuestas, lo que aporta un plus de dramatismo al ya de por sí dramático desarrollo. Y los minutos finales del último episodio son, sencillamente, ejemplares. Se podría pedir más, en efecto, pero poco se puede echar en cara a una serie que ha sabido moverse dentro de sus límites, ha sabido construir unos personajes sólidos y complejos, y ante todo ha hecho de la contención dramática un arma con la que golpear de forma impecable en su clímax. En definitiva, tiene todo lo que cualquier drama podría desear.

‘Arrow’ cierra ciclo aglutinando conceptos en su sexta temporada


Cuando una serie alcanza una determinada duración se plantea la duda de cómo mantener el interés con un crecimiento constante basado en giros de guión. Es algo que define este formato y que no ocurre en el cine. El caso de Arrow es cuanto menos curioso. El final de la quinta temporada fue, sin lugar a dudas, apoteósico, y dejaba abierto un futuro prometedor. Que esas promesas se hayan cumplido depende en buena medida de las expectativas de cada espectador, pero hay algo que puede considerarse relativamente objetivo: la ficción creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggeheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie The Flash) ya no es la misma.

Y no lo es por muchos motivos, pero fundamentalmente porque en esta sexta temporada se dan cita todos los miedos, todas las inseguridades y todos los conflictos planteados a lo largo de estos años en una suerte de puzzle de difícil solución (a tenor del final más bien imposible). Eso sí, lo hacen con una trama novedosa, diferente a lo visto hasta ahora y sumamente compleja. Posiblemente sea por ello que en varios momentos de estos 23 episodios el ritmo de la historia decae ante la imposibilidad de equilibrar correctamente los dos mundos en los que se mueve el protagonista, y ante la necesidad de poner punto y final a varias tramas secundarias que se han arrastrado durante demasiado tiempo.

Respecto al primer aspecto, es evidente que el principal motor narrativo de esta sexta temporada de Arrow se sustenta sobre la cara pública (y política) del héroe y su actividad nocturna. Una suerte de doble juego en el que el objetivo, en ambos casos, es salvar la ciudad, por la fuerza o por la ley. Sin duda, esta doble cara es idónea para albergar los principales conflictos de la trama, tanto el interior como el exterior. Las dudas del héroe sobre su actividad como Flecha Verde contrastan con la necesidad de enfundarse el traje y combatir a un enemigo que, sin tener grandes superpoderes, posiblemente sea uno de los más temibles de estos años. Un interesante conflicto con varias ramificaciones que luego abordaremos, pero que también deja varias irregularidades dramáticas y de ritmo.

En cuanto al segundo, la necesidad de destinar tiempo y recursos narrativos a diversas historias secundarias que habían quedado “colgadas” de la anterior temporada ha obligado a sus responsables a desviar la atención de lo realmente importante. El caso más evidente es el de la hermana del protagonista, interpretada de nuevo por Willa Holland (Legión). Su relevancia en la trama, si alguna vez fue alta, ha quedado en nada con la evolución de la historia, y su presencia se había convertido casi más en una molestia que en un apoyo dramático para el héroe. De ahí que se haya buscado una salida útil, recuperando para ello viejos amores que, aunque es un capítulo algo débil dentro del conjunto, se integra relativamente bien en el mismo.

División y fuerza

No es el único, claro está, y esa obligación de poner punto y final a varios de estos personajes obligaba a desviar la atención de lo verdaderamente importante, que no es otra cosa que los efectos de la dualidad del protagonista sobre el resto de elementos de la trama. De ahí que los instantes más atractivos e interesantes de esta sexta temporada de Arrow sean, precisamente, en los que los dos mundos en los que vive el arquero esmeralda chocan y se contaminan uno con otro. Independientemente de que todo obedezca a un plan magistral del villano al que da vida Kirk Acevedo (El amanecer del planeta de los simios), lo cierto es que los conflictos generados entre la política y la batalla en las calles son el verdadero motor de estos 23 capítulos, y los que aportan mayor dramatismo al conjunto.

Un dramatismo que, de nuevo, se traduce en dos niveles. Por un lado, el puramente personal y moral, en el que el héroe debe afrontar una decisión que marcará su futuro y, por extensión, el de la serie, al menos durante buena parte de la siguiente temporada. Este aspecto es, posiblemente, el más atractivo desde un punto de vista puramente dramático. Pero por otro, ese conflicto también tiene la lectura externa en forma de división de los héroes, de recelos, miedos y sospechas en un grupo hasta ahora más o menos cohesionado. Siendo este el aspecto más visual y narrativo, no cabe duda de que es el que mejor puede plasmar la batalla interna del héroe y, al mismo tiempo, las derrotas morales que sufre a manos de su enemigo. El equilibrio logrado entre ambos niveles es lo que convierte a esta etapa en un producto diferente a lo visto hasta ahora, y en el punto de partida de una cierta reinterpretación de la serie en un futuro no demasiado lejano.

Relacionado con esto, y no por casualidad, en esta sexta etapa asistimos a una suerte de resumen de todo lo que ha sido la serie. Desde ese primer villano ahora reconvertido en amigo a ese otro amigo reconvertido en villano con cierta conciencia de lealtad, pasando por el regreso a los orígenes del arquero y su lucha en solitario, estos episodios recuperan viejos elementos, antiguos iconos y clásicos conflictos para ofrecer un final cerrado de una etapa, una conclusión más o menos certera del periplo del héroe hasta ese momento. Y tampoco es coincidencia que la serie termine con el protagonista entre rejas, situación muy próxima a la que tenía al comenzar, presuntamente encerrado en una isla desierta. En este sentido, se puede interpretar esta temporada como circular tanto dentro de su propio desarrollo como enmarcada dentro del conjunto.

Dicho todo ello, la sexta temporada de Arrow ofrece muchas lecturas, pero no todas ellas bien expuestas. Sólida desde un punto de vista narrativo, dramáticamente hablando posee demasiados altibajos que no solo hacen que decaiga el ritmo, sino que pueden llevar al espectador a perder atención de lo narrado. Si se logra superar este punto, lo que nos encontramos es una inteligente propuesta a modo de resumen y reinicio de las peripecias del arquero esmeralda, con un desarrollo dramático de personajes tan intenso como angustioso en algunos momentos, y cuyo final supone el adiós de algún que otro personaje secundario de peso a lo largo de estos años. Lo dicho, esta etapa de Flecha Verde dice adiós a una época. ¿Lo que viene será igual de interesante?

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