1ª T. de ‘Legión’, o cómo lograr una serie inusual basada en cómics


El mundo de las adaptaciones de cómics a la pequeña pantalla está siendo tan exitosa como repetitiva. La estructura narrativa de las diferentes series que han surgido a lo largo de estos últimos años comparten la base de enfrentar al héroe contra un enemigo externo, salir derrotado varias veces, replantearse sus propios miedos y motivaciones y, finalmente, vencer la mencionada amenaza en un heroico acto que represente su cambio psicológico y emocional. Es por eso que un producto como Legión, surgido de la mente de Noah Hawley (serie The unusuals), no solo es un soplo de aire fresco en este mundo superheroico, sino que aprovecha al propio protagonista para ofrecer una historia completamente diferente en su forma, compleja y retorcida, que obliga al espectador a prestar una inusual atención a la historia y los personajes, habitualmente de lo más flojo en estas ficciones.

Para aquellos que no conozcan la historia, un breve resumen. El protagonista es un joven y poderoso mutante encerrado en un psiquiátrico por considerar que está enfermo. Sin embargo, un grupo formado por mutantes y no mutantes decide rescatarle junto a otra mutante para que se una a su grupo, explicándole que lo que muchos consideran una enfermedad (incluso él mismo lo ha llegado a creer) es en realidad un increíble poder telépata. Sin embargo, sí existe algo dentro de él que trata de poseerle y robarle su poder, una entidad que ansía vengarse del padre del joven, al que este nunca llegó a conocer.

Narrado así, el argumento de esta primera temporada de 8 episodios puede resultar algo sencillo, e incluso similar al de series ya vistas. Pero Legión dista mucho de ser una serie convencional. Hawley aprovecha las posibilidades que ofrece el mundo de la mente, los recuerdos y los poderes mutantes para construir una narrativa tan fragmentada como la mente del protagonista, con constantes saltos en el tiempo dramático y con numerosas líneas argumentales paralelas que vienen a explicar lo que ocurre en el mundo real y lo que ocurre en el plano psíquico. La combinación es tal que, salvo por algunos tratamientos formales con sutiles diferencias (en algunos casos mucho más evidentes), puede llegar a confundirse el espacio en el que se desarrolla la acción.

Y aunque esto pueda considerarse una debilidad, pues sin duda muchos espectadores pueden dejar de lado la serie, en realidad es su mayor fortaleza. La serie es sumamente compleja, es cierto, pero al mismo tiempo copa todas las expectativas. De hecho, las supera. El que la trama se articule de un modo más o menos lineal, con el héroe luchando contra una amenaza externa y una interna, dota al conjunto de una coherencia que, de otro modo, se perdería. Por otro lado, el caos que puede parecer a simple vista su tratamiento formal termina, una vez superados los primeros capítulos, por ser algo enriquecedor, pues permite apreciar una amplia variedad de matices que aportan una mayor profundidad dramática a los personajes, sobre todo al protagonista, del que se desvelan poco a poco aspectos que deberán ser tratados en las siguientes temporadas.

Más allá de los poderes

De hecho, y aunque a priori es una serie sobre mutantes con extraordinarios poderes, Legión logra su máximo esplendor precisamente en el tratamiento de los personajes y en el modo en que presenta el enfrentamiento entre el bien y el mal dejando esos poderes a un lado, y recurriendo a ellos únicamente como herramienta para desarrollar aspectos de la trama mucho más profundos desde un punto de vista dramático. Esto hace que la primera temporada se distancie, y mucho, de producciones similares, convirtiéndola por ende en algo casi único en su forma y su contenido. Asimismo, la aportación cromática del diseño de producción es simplemente brillante, abordando la evolución del protagonista a través de una paleta de colores enriquecedora en todos los sentidos posibles.

Por su parte, el reparto, espectacular del primero al último, aporta a los personajes una entidad y una sobriedad sin igual. Incluso aquellos definidos más por su ironía logran engrandecer sus respectivos papeles gracias a una apuesta por llevar todo al extremo, siempre considerando unos límites. Evidentemente, esto convierte en muchas ocasiones a los protagonistas en arquetípicos, limitando en cierto modo la versatilidad y los diversos rostros que todos ellos tienen. Sin embargo, estas debilidades, que en realidad son puntuales, se compensan con el tratamiento argumental, con esa apuesta por los mundos de la mente, los recuerdos y la psicología, que ponen a los héroes ante situaciones tan complejas como peligrosas.

Y por si el camino recorrido en esta primera temporada no fuese lo suficientemente interesante, el episodio final deja en el aire muchas preguntas y tramas secundarias abiertas, amén de dar a la principal una futura segunda oportunidad que, esperemos, llegue más pronto que tarde. El hecho de que Hawley explore durante estos capítulos el pasado del protagonista interpretado por Dan Stevens (La Bella y la Bestia) enriquece los matices de este joven acusado de estar loco. De nuevo, sus poderes son algo casi secundario, dando más relevancia a sus todavía desconocidos orígenes (al menos para aquellos que no conozcan su trayectoria en los cómics) y generando la expectación necesaria para demandar más sobre él en la siguiente temporada.

El mejor resumen de Legión podría ser que es una serie de superhéroes muy, muy inusual. Alejada de formatos tradicionales y recurriendo a un personaje relativamente poco conocido entre el gran público, esta primera temporada absorbe todas las potencialidades de las capacidades y las explota al máximo, generando un universo único, colorido y fragmentado en el que realidad y ficción, mente y espacio físico se confunden para contar una compleja historia de miedos internos, amenazas externas y remordimientos arrastrados durante décadas. Una serie, en definitiva, en la que los mutantes son más bien personajes que deben afrontar sus problemas como cualquier otro. Una serie en la que los poderes no tienen el protagonismo. El problema es que esto puede cambiar a medida que se desarrollen esas capacidades sobrehumanas, pero esperemos que eso tarde en llegar, si es que llega alguna vez. Por lo pronto, solo se puede disfrutar de este debut.

‘Arma letal’ desata la acción y la adrenalina en su primera temporada


La relación entre cine y televisión ha sido, desde que la segunda llegó a los hogares de todo el mundo, muy fructífera. Las adaptaciones están a la orden del día, aunque el resultado no siempre es el idóneo, sobre todo si hablamos de una serie reconvertida en película de dos horas. Uno de los últimos casos (agradablemente sorprendente) es el de Arma Letal, incursión en la pequeña pantalla de aquellos personajes interpretados en cuatro ocasiones por Mel Gibson (Los mercenarios 3) y Danny Glover (Diablo) durante 11 años. Ahora, y bajo la batuta narrativa de Matthew Miller (serie Forever), la primera temporada de 18 episodios trata de recuperar la esencia de aquella historia. Y la pregunta evidente es: ¿lo consigue?

Definitivamente sí. Aunque la huella dejada por Gibson y Glover es indeleble, estos primeros capítulos ofrecen al espectador todo lo que cabría esperar de la trama, es decir, humor ácido, contrapuntos dramáticos y, sobre todo, mucha, muchísima acción. En efecto, uno de los puntos fuertes de esta producción es su apuesta decidida por la adrenalina y la violencia “blanca”, sin mostrar demasiada sangre, con las muertes justas y la espectacularidad desmedida. Ya sea lanzarse desde un tejado a una piscina, atravesar paredes y cristaleras, o perseguir un camión con una moto por las calles de Los Ángeles, todo vale para que, capítulo tras capítulo, el nivel de agresividad se mantenga más o menos igual. Todo ello aderezado con las dosis justas de humor, fundamentalmente entre los protagonistas, que ayudan a restar dramatismo a algunas secuencias y acentúan aún más, si cabe, los momentos realmente importantes de la trama.

Porque existe una trama. Poca, y muy centrada en el personaje de Martin Riggs, interpretado excepcionalmente bien por Clayne Crawford (Convergence), pero existe. Este es posiblemente el talón de Aquiles de Arma letal, no tanto porque no exista un hilo conductor excesivamente sólido, sino porque puede terminar afectando en un futuro al tratamiento dramático de la serie, como de hecho ha ocurrido en innumerables ocasiones. El delicado equilibrio de esta ‘buddy movie’ reconvertida en ‘buddy serie’ se basa en la mezcla exacta de humor, argumentos episódicos cargados de acción y una historia de fondo ligada a los personajes. Y esto, por suerte o por desgracia, siempre tiene un techo en lo que a número de temporadas se refiere, por lo que estirar el chicle de esta fórmula que, para ser sinceros, es casi idéntica en este tipo de producciones, solo perjudicará a la imagen que desprende la producción.

Pero volviendo al argumento, esta primera temporada es capaz de profundizar en algo más que simples casos policiales a resolver gracias al personaje de Riggs. Sobre él pivota la práctica totalidad de la evolución dramática de la serie, tanto por el dramático pasado como por el futuro y las relaciones con otros personajes. Es, sin duda, el rol más profundo dramáticamente hablando, y desde luego el motor de la acción en un amplio sentido de la palabra. A través de sus ojos el espectador aborda el dolor, el miedo a nuevas relaciones, la amistad inesperada o la traición, y son estas píldoras las que ofrecen algo más que el simple entretenimiento. Si además de todo ello el tratamiento es notable e introduce de forma milimétrica la información en la trama para alargar durante los 18 capítulos el interés, lo que nos encontramos es una inesperada y grata sorpresa en este tipo de producciones.

Ante todo, personaje(s)

Y a pesar de las numerosas virtudes de Arma letal, si la serie es capaz de sostenerse y, en cierto modo, diferenciarse de otros productos similares es gracias a la labor de sus actores y de unos personajes construidos frente al espejo de la historia original. De hecho, los seguidores de las películas no tendrán dificultades en identificar a algunos de los roles que pasan por la trama y que, o bien pertenecen a alguno de los films, o bien se pueden identificar con ciertos rostros más o menos conocidos que tuvieron participación en las diferentes entregas.

En realidad, lo más destacado es la labor de Crawford como el ‘alocado’ Martin Riggs. Su rol, algo menos histriónica que el interpretado por Gibson pero igualmente extremo, es tan complejo psicológicamente hablando, es tan rico en matices, que sin su participación esta primera temporada posiblemente no funcionaría. Más allá de la relación con su compañero de aventuras (un Damon Wayans –Major Payne– bastante más lineal en su definición), es sumamente interesante el modo en que afronta el duelo y el modo en que la vida continúa a pesar del dolor. Algo que más o menos se abordó en alguna de las películas, pero que ahora, y gracias a las posibilidades del formato, adquiere una trascendencia notable, hasta el punto de ser protagonista en muchos de los episodios.

El peso tanto del personaje como de la labor del actor son imprescindibles, es cierto, pero la serie logra también ampliar algo su repertorio gracias a unos secundarios que, en mayor o menor medida, aportan al conjunto diversos tratamientos de una misma historia. Desde la pareja interracial de compañeros que ayudan a los héroes, hasta el capitán de la policía, la psicóloga y, sobre todo, un personaje fundamental para entender el devenir de la trama y que aquí no desvelaremos. Todos ellos ayudan a crear un contexto dramático y cómico lo suficientemente interesante como para que la trama pueda centrarse en los dos protagonistas, si bien es cierto que muchas veces peca en exceso de prototípico.

Desde luego, Arma letal, la serie, no será recordada como una producción única, compleja o superior desde un punto de vista dramático. Su estructura narrativa no solo es idéntica a la de otras ficciones del mismo género, sino que sus roles son arquetípicos y sus casos pueden llegar a ser familiares. Pero ofrece algo diferente, algo entretenido que pasa, en primer lugar, por la acción a raudales y la diversión que desprenden todas sus escenas. Y en segundo lugar, el papel de Martin Riggs, auténtica alma de esta historia que, en contraste con el de Roger Murtaugh, vuelven a formar esa pareja inolvidable. Puede que ahí esté la clave: se ha sabido trasladar de la pantalla grande a la pequeña la dinámica de estos personajes tan dispares. La cuestión es si existe recorrido para explorar en el pasado y la historia que sustenta tanto entretenimiento. El tiempo lo dirá.

1ª T. de ‘Emerald City’, de la mediocridad a la promesa de algo mejor


El impacto de Juego de Tronos en la cultura popular es innegable. Cada vez es más habitual escuchar por la calle frases características de esta fantasía o referencias a algunos de sus personajes. Su influencia ha llegado incluso a la propia televisión en forma de otro proyecto que, en esta ocasión, intenta trasladar algunas de sus características a una historia ya conocida. Se trata de Emerald City, versión “oscura” de la historia de ‘El Mago de Oz’ que han adaptado Matthew Arnold (serie Siberia) y Josh Friedman (serie Terminator: Las crónicas de Sarah Connor) en una especie de lucha entre diferentes facciones donde la magia y la ciencia, lo real y lo fantástico, se mezclan. Su primera temporada, de 10 episodios, podría entenderse como un intento irregular por crear algo épico, quedándose a las puertas de algo mayor que podría no llegar a ver la luz nunca.

La historia arranca tomando como punto de partida el mismo que el de la novela de L. Frank Baum: una joven llega a Oz a través de un tornado y desea volver a casa, para lo que deberá visitar al Mago, que reina en esa tierra. Sin embargo, y aunque comparte algunos personajes, a partir de aquí la trama es totalmente diferente, en algunos casos con leves cambios que adaptan el contenido de la historia original, y en otros creando tramas y personajes nuevos que enriquecen este mundo de fantasía dotado de una poderosa fuerza visual gracias a la labor del director Tarsem Singh (La celda), sin duda uno de los autores más creativos del panorama actual y responsable de ponerse tras las cámaras de todos y cada uno de los capítulos.

Y es precisamente en esas diferencias donde Emerald City gana enteros a medida que avanza la historia, sobre todo en el tramo final de la temporada. A través de los cambios el espectador se adentra en un mundo en el que, en efecto, la fantasía está presente, pero de un modo más siniestro y mucho más adulto. Que le camino de baldosas amarillo sea una trampa casi mortal, que el ‘espantapájaros’ sea un soldado sin memoria, o que el ‘hombre de hojalata’ sea un joven mitad humano mitad metal son solo algunos de los matices que ofrece la ficción. De hecho, se podría decir que son casi los menos interesantes, pues atañen a personajes que ofrecen más bien poco. No, lo realmente relevante se halla en los, a priori, roles secundarios, que nutren con sus tramas una historia que comienza de forma algo tosca y poco a poco evoluciona hasta ofrecer una complejidad cuanto menos llamativa.

Si algo bueno tiene la serie es que en ella nada es lo que parece. De nuevo, los episodios que exploran el origen de algunos personajes clave para entender el verdadero significado de la trama se convierten en los mejores de la historia, no solo porque reinterpretan una historia ya conocida, sino porque dotan a los personajes de diferentes caras, generando a su vez nuevos puntos de vista tanto en el desarrollo dramático como en las relaciones entre personajes. Destaca por encima de todos Vincent D’Onofrio (Rings), cuyo Mago de Oz resulta más y más inquietante a medida que avanza la trama, y cuyo pasado ayuda a explicar muchas de las cosas que la serie es incapaz de narrar de forma correcta en sus primeros compases. De hecho, todas las escenas que hacen referencia al pasado de los personajes, un pasado marcado por la lucha de facciones y la guerra entre la ciencia y la magia, resulta mucho más interesante que los acontecimientos que en teoría narra la serie, lo cual ya debería ser indicativo de que algo no encaja como debería.

Tramas sin corazón

Y eso que no encaja son, precisamente, las tramas. Como si de un reflejo de algunos personajes de la historia se tratara, Emerald City discurre por un mundo de tramas sin demasiada sustancia, carentes del corazón y la valentía que se podría esperar de este tipo de producción, con un diseño notablemente elaborado y unos actores que, en mayor o menor medida, dotan a sus personajes de una presencia mayor que la definición que tienen sobre el papel. Desde que Dorothy, la protagonista interpretada por Adria Arjona (serie True Detective), llega a Oz hasta que realmente empiezan a moverse todas las piezas de este elaborado puzzle la serie tiende a perderse en idas y venidas sin demasiado sentido. Prueba de ello es que muchos de los personajes que más relevancia tienen en la trama al final de la temporada son introducidos de forma progresiva, y cada uno con su propia historia que poco o nada tiene que ver con la heroína.

Esto genera una sensación inicial de caos que desaparece a medida que las piezas encajan, finalizando todo en un clímax tan espectacular como relevante y dejando abiertas una serie de historias para una hipotética segunda temporada. Es por esto que la primera temporada va de menos a más, creciendo a medida que la complejidad de este mundo de Oz crece con los nuevos personajes, creando una especie de conflicto bélico con muchos frentes que representan, cada uno en su estilo, los diferentes mundos que conviven en este universo. La magia, la ciencia, la tecnología, el mal o la realeza terminan por descubrirse en lo que, de continuar la historia, se convertiría en una lucha por el poder que requerirá una modificación de los pilares dramáticos y narrativos de la serie, transformándose en una producción más coral donde el protagonismo no recaiga, al menos no en exclusiva, en un único personajes.

Me imagino que muchos, al leer esto, hayan tenido breves destellos de fragmentos de Juego de Tronos. Como decía al comienzo, la serie bebe en cierto modo de algunas ideas formales, estructurales y dramáticas de la famosa serie, sobre todo en lo referente a la lucha de facciones, el uso de magia y el recurso de la ciencia. Pero la diferencia, la gran diferencia, es que esta ficción diseñada por Arnold y Friedman introduce al espectador en la trama a través de un único personaje, acercándose al resto de roles y tramas secundarias tomando como referencia siempre a esta joven heroína. Y aunque puede ser comprensible hasta cierto punto, esto provoca que el desarrollo dramático tenga unos comienzos intermitentes, y obliga a que algunas líneas argumentales como el ‘love interest’ se resuelvan de forma algo precipitada. Dicho de otro modo, la evolución de la temporada deja claramente una serie a dos ritmos en la que las tramas, aunque al final encajan, parecen abordarse de forma independiente.

El resultado de esta primera temporada de Emerald City es flojo en muchos de sus aspectos. Los actores, aunque correctos, afrontan en algunos casos personajes cuyas motivaciones y evolución dramática se abordan precipitadamente y sin un profundo tratamiento. Las tramas, sobre todo las principales, quedan por tanto planteadas sin demasiados argumentos, eclipsándose posteriormente con algunas líneas argumentales secundarias mucho más atractivas y complejas. Y aunque la factura visual es impecable, el modo en que se afronta el desarrollo de la serie no parece tener, al menos al principio, un objetivo claro, limitándose a plantear el contexto casi durante todos sus episodios. En cierto modo, es una especie de primer acto de algo mejor que está por llegar. El problema es que eso no vale en una serie, y menos en una de estas características. Y un problema aún más grande: deja con ganas de saber cuál es el futuro, lo que termina por generar una frustración que, según parece, no llegará a superarse.

1ª T. de ‘Billions’, una incomparable guerra intelectual y legal


Todo guión debería tener como pilares fundamentales una historia sólida y unos personajes bien definidos. Dicho así, suena tan sencillo como teórico. El trabajo posterior, por supuesto, siempre es mucho más complicado. Pero cuando se logra, cuando realmente se consigue una armonía entre trama y personajes, es cuando una historia crece casi de forma orgánica, lo cual por cierto puede ser un problema si no se controla correctamente. La serie Billions es el último ejemplo de que se puede lograr. Es más, de que a cualquier ficción le pueden faltar el resto de elementos y aún así convertirse en una auténtica joya dramática.

Para quienes no se hayan acercado todavía a la primera temporada de esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del guión de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin, la serie aborda la batalla intelectual y legal entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, en medio de la cual se encuentran la mujer del primero, que trabaja para el segundo. Resumido así, el argumento puede parecer excesivamente simple o soporífero, depende de a quién se pregunte. Pero ahí reside precisamente la magia de estos primeros 12 episodios. No voy a negar que exige mucho del espectador, tanto en lo que se refiere a atención como en conocimientos financieros o legales, pero la recompensa es extraordinaria.

Para empezar, la trama está construida sobre los miedos y las propias miserias de cada personaje. A pesar de que todos, aparentemente, son triunfadores, los protagonistas recurren a artimañas y subterfugios, a influencias y cauces de dudosa legalidad para lograr sus respectivos objetivos. Es evidente que eso se aprecia mejor en el fiscal interpretado por un excepcional Paul Giamatti (San Andrés), pero también se aprecia, sobre todo hacia el final de esta primera temporada de Billions, en su enemigo, al que da vida un espléndido Damian Lewis (serie Homeland). Esto permite a la serie abordar los diferentes conflictos desde una perspectiva diferente, aportando matices e interpretaciones diferentes y mucho más enriquecedoras de lo que inicialmente podría pensarse de la acción propia de cada secuencia.

Asimismo, el desarrollo dramático, a diferencia de otras ficciones, tiene siempre un único objetivo que, en cierto modo, podría entenderse que es la conversación entre los protagonistas en su episodio final. Para poder llegar a ese maravilloso cara a cara los creadores construyen un relato creciente de ataques mutuos, de sibilinos golpes bajos y de decisiones cuestionables que, además de enrarecer el contexto en el que se mueven los personajes, enriquece la aparentemente sencilla trama que plantea. A todo esto se suma, aunque no es lo más determinante, una narrativa visual que juega en muchos momentos con los tiempos dramáticos, despistando al espectador hasta el punto de identificarse con los protagonistas según necesidades dramáticas.

Entre actores anda el juego

Pero como decimos, lo relevante en Billions son los personajes, y más concretamente los actores. Dejando a un lado el duelo dramático entre ambos personajes, posiblemente lo más relevante sea el modo en que el tratamiento desgrana progresivamente el trasfondo emocional de cada uno de los roles. Esta información, ofrecida con cuenta gotas, genera un doble efecto, primero de cierta sorpresa e incluso choque emocional, y luego de comprensión y hasta tristeza. Sea como fuera, el caso es que poder comprender el pasado y los aspectos más íntimos de los dos protagonistas permite al espectador no solo anticipar ciertos movimientos (algo complicado en este tipo de series), sino aceptar determinadas decisiones poco comprensibles sin dicha información.

A todo ello contribuyen de forma imprescindible los actores, Tanto Lewis como Giamatti componen dos enemigos íntimos tan sólidos como inigualables. Si la definición de los personajes sobre el papel es compleja, ambos intérpretes acentúan los valores dramáticos hasta cotas insospechadas. Posiblemente donde más se aprecie sea en sus momentos de mayor bajeza moral, cuando recurren a todo tipo de estratagemas para poder salir vencedores en esta especie de partida de ajedrez que se establece entre ellos. Es en los rincones más oscuros de los personajes donde más disfrutan los actores, y donde logran sacar el máximo partido dramático de sus decisiones y sus acciones, repercutiendo en el resto de las tramas.

Precisamente las tramas secundarias pueden ser uno de los puntos más débiles de la serie, y no porque no estén bien estructuradas. Más bien, la lucha principal entre estos personajes y todo lo que ello conlleva (investigación, estrategias, traiciones, etc.) está construida de tal modo que el resto de líneas argumentales pensadas para complementar parecen menos brillantes. Y aunque es cierto que ciertos romances de personajes secundarios resultan algo irrelevante (al igual que episodios protagonizados por tramas anexas), una reflexión posterior permite apreciar el conjunto como un complejo puzzle en el que las piezas están en un delicado equilibrio que pivota sobre la complejidad del mundo en el que se mueven los personajes.

Billions es, a todas luces, una de las mejores producciones de la televisión. La primera temporada es un perfecto juego del gato y el ratón en el que, curiosamente, no se termina de tener demasiado claro quién representa a uno y a otro. La lucha entre estos personajes alcanza cotas sobresalientes, terminando con un diálogo en el último episodio simplemente memorable. A su alrededor se construye todo un mundo de traiciones, mentiras e intereses que supera con creces la mera investigación judicial, afectando de diferente forma a todos y cada uno de los personajes. Una obra construida al milímetro desde sus cimientos, sumamente recomendable para todo aquel que disfrute con la interpretación.

1ª T. de ‘Westworld’, magistral laberinto de la inteligencia artificial


El Lejano Oeste es el protagonista en la serie 'Westworld'.Con todo lo que se ha hablado de la primera temporada de Westworld, decir que esta serie es una de las nuevas joyas de la televisión es no decir nada, y además quedarse muy corto. Lo más llamativo, desde luego, es su factura técnica y el mundo creado alrededor de este parque temático ambientado en el Lejano Oeste con robots tan idénticos a los humanos que es imposible reconocerlos. Pero la primera temporada es mucho más, y ello se debe al desarrollo narrativo planteado por Lisa Joy (serie Criando malvas) y Jonathan Nolan (serie Person of interest), autores de esta especie de adaptación/continuación de la película escrita y dirigida por Michael Crichton (autor a su vez de novelas como Parque Jurásico o La amenaza de Andrómeda) en 1973.

Y es que estos primeros 10 episodios son el ejemplo perfecto de cómo estructurar una narrativa para, como si de una cebolla se tratara, desvelar los secretos capa a capa hasta encajar todas las piezas de un puzzle apasionante y complejo. Lo que comienza siendo una especie de bucle episodio tras episodio en el que se van introduciendo pequeños y distintos elementos termina por convertirse en un relato de venganza, de obsesión y, en cierto modo, de proteger un legado. En dicha evolución los personajes, secundarios o protagonistas, se integran de forma armónica para componer una historia coral que, más allá de la violencia, lo que aborda es la humanidad y los riesgos de la tecnología, algo muy presente en la obra de Crichton. Y todo ello manteniendo un misterio que se resuelve con cuentagotas en los últimos episodios.

Aunque posiblemente lo más interesante de esta primera temporada de Westworld sea la capacidad de Nolan y Joy para relacionar líneas argumentales que no solo se narran de forma paralela, sino que discurren en tiempos diferentes. El hecho de que este mundo del Oeste no envejezca, no cambie, permite a sus creadores jugar con el presente, el pasado y el futuro. Bajo el paraguas de ese “juego” que quiere resolver el personaje de Ed Harris (Retales de una vida), la historia aborda desde diferentes prismas el concepto de la evolución psicológica de los personajes, concepto presente en todas y cada una de las líneas argumentales que nutren estos primeros capítulos. Puede parecer que muchas de las historias son, sencillamente, elementos complementarios a la principal, pero la resolución de la temporada permite una visión tan amplia de la trama que todas las piezas terminan encajando en ese laberinto que el rol de Harris se afana por resolver.

Un laberinto, por cierto, en el que también se introduce al espectador, con el que se establece un juego de inteligencia y perspicacia basado no solo en los detalles visuales, sino en los conceptos sobre los que reflexionan los personajes. Ideas como que los robots solo ven lo que sus creadores quieren que vean, o su incapacidad para hacer daño, terminan siendo ideas fundamentales que no solo sostienen la coherencia de este universo, sino que provocan puntos de giro tan inesperados como impactantes, elevando la historia hasta niveles insospechados en un primer momento. La serie, que cuenta con el apoyo de J.J. Abrams (Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza) como productor, se revela así como una producción compleja, impecable en su factura técnica y con un trasfondo moral, humano y social sumamente sólido.

Actores y actrices

En efecto, esta primera temporada de Westworld es capaz de sobreponerse a sus fallos (si es que los tiene son menores) gracias a una constante reflexión en torno a la idea de lo que nos convierte en humanos, de esa capacidad para tomar decisiones. En este caso, a diferencia de la película original, no hay fallos mecánicos o de energía, sino una presencia en forma de código informático que abre la puerta al libre albedrío de las máquinas. A través de pequeños y aparentes fallos en su comportamiento, la trama cambia el prisma poco a poco para mostrar la verdadera realidad de una situación mucho más compleja, plagada de intereses y en la que pocos personajes terminan siendo lo que inicialmente fueron; es decir, la serie evoluciona, que al fin y al cabo es lo que se pide a toda historia.

Y en esta evolución tienen buena parte de responsabilidad los actores. Sostener una trama tan compleja, con tantas aristas y tantas lecturas, sería complicado si el reparto no está a la altura. Y lo cierto es que no solo asumen sus respectivos roles, sino que aportan algo más, ya sea físicamente o psicológicamente. Desde Anthony Hopkins (Noé), que comienza siendo una suerte de padre bondadoso para revelar su verdadera naturaleza, hasta Ed Harris (Una noche para sobrevivir), cuyo final no revelaremos por ser clave en la comprensión final de la trama, todos los actores acometen la difícil tarea de dotar de profundidad a los personajes, incluso aquellos definidos de una forma algo más burda y arquetípica.

En este sentido, destacan Thandie Newton (Huge), Jeffrey Wright (serie Boardwalk Empire) y Evan Rachel Wood (Los idus de marzo). La primera porque se convierte en el vehículo transformador de toda la historia, en la cara visible de un cambio que se produce a muchos niveles. A través de su personaje no solo se narra la revolución de las máquinas, sino que se descubre el dolor y la tortura a la que se somete a estos personajes. Tortura, por cierto, que se amplifica con el rol de Wright, cuyos giros argumentales en el tramo final son sencillamente abrumadores. En cuanto a Wood, su personaje es el epicentro de la trama, y a pesar de no desempeñar un papel fundamental en el desarrollo de la historia, es evidente que será clave en el futuro de la trama. Es, por así decirlo, el objetivo de todo lo narrado en estos episodios.

La primera temporada de Westworld se convierte, por tanto, en una de las producciones imprescindibles de la temporada. La espectacularidad y precisión de su factura técnica, posiblemente lo más llamativo del conjunto, es simplemente el envoltorio adecuado para una historia compleja que aprovecha los puntos de giro dramáticos para derribar las pretensiones del espectador de comprender algo de lo que ocurre. Y lo más fascinante de todo es que en apenas dos episodios todas las piezas de este parque temático encajan a la perfección para descubrir el fantasma dentro de la máquina, el mensaje que se nos transmite desde el principio y que no hemos podido, o no hemos sabido, ver. La guinda del pastel es que el final de estos 10 episodios deja la puerta abierta a un futuro mucho más apasionante.

1ª T. de ‘Predicador’, transgresión para una historia diferente al cómic


Dominic Cooper, Ruth Negga y Joseph Gilgun dan vida a los tres protagonistas de 'Predicador'.Si algo positivo tienen las adaptaciones de cómics de superhéroes al cine y la televisión es que abren la puerta a un mundo mucho más amplio, más oscuro y más adulto. Me refiero a esas historias gráficas que se han convertido en auténticas obras de culto y referentes para los amantes de este elemento de la cultura. A esto ha contribuido también, claro está, el éxito de The Walking Dead. Todo esto viene a cuento de la primera temporada de Predicador, versión televisiva de la obra creada por Garth Ennis y Steve Dillon que han adaptado Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Malditos vecinos 2) y Seth Rogen (Juerga hasta el fin) en una historia que, aunque ligeramente diferente, mantiene la esencia gamberra y transgresora de su argumento.

Para aquellos que no lo conozcan, la trama se centra en Jesse Custer, un joven predicador de Texas en una parroquia en medio de ninguna parte que es poseído por una entidad cuyo poder se equipara al de Dios. Capaz de ordenar a la gente que haga aquello que no quiere, inicia un viaje acompañado de su antigua novia y de un vampiro irlandés para encontrar a Dios y pedirle explicaciones por haber abandonado el Cielo. Y aunque esta es la historia, en líneas generales, del cómic, esta temporada aborda sin embargo el modo en que el protagonista afronta su nuevo poder, todo ello con un hilo argumental totalmente nuevo, al menos con respecto a la línea regular de la historia gráfica.

Y es precisamente por esa libertad que Predicador logra una dinámica única, a medio camino entre las referencias de las páginas originales y el humor negro que aportan el trío de creadores. A pesar de la presencia de personajes conocidos, la introducción de roles secundarios que encajan perfectamente en el mundo creado por Ennis y Dillon no hace sino enriquecer la trama, cuya narrativa, por cierto, es algo inconexa al inicio pero coherente en su resolución. A lo largo de los 10 episodios el tratamiento se centra en desarrollar tanto el poder del protagonista (con algunos momentos tan hilarantes como inquietantes) como el triángulo que se forma con los que serán los otros grandes personajes de la trama. Aunque es cierto que hay algunos momentos en que su relación no se sustenta demasiado bien (los acontecimientos ocurren demasiado rápido, perdiendo justificación), en líneas generales componen sólidamente las bases de la dinámica que, presumiblemente, se explotará más adelante, dejando para ello algunas pinceladas de los sentimientos, del pasado y de los caracteres de cada uno.

No es extraño que en este tipo de producciones los elementos novedosos se terminen convirtiendo en lo realmente atractivo. Y como he mencionado, la diferente historia y los personajes secundarios son los que marcan realmente el tono de esta ficción, amén de una puesta en escena tan ácida como malsana en algunos momentos. En este sentido, destaca la labor de Jackie Earle Haley (Watchmen) con un rol tan intrigante como desagradable, cuya falta de fe y de sentimientos roza lo monstruoso. En cierto modo podría entenderse como un preludio de lo que está por llegar, pues sea fiel o no a las páginas del cómic, parece evidente que los personajes de este tipo van a ser una constante. La pregunta es si los demás estarán a la altura de semejante villano, porque de no ser así posiblemente la serie decaiga.

Ángeles y demonios

De este modo, la primera temporada de Predicador desprende la esencia de la saga original en todos y cada uno de sus fotogramas. La combinación de drama y acción otorga a la trama el equilibrio perfecto entre humor y violencia, entre intriga y comedia. Curiosamente, sus creadores apuestan por una espectacularidad que no se desprende, al menos no siempre, de las páginas del cómic, que afronta desde el comienzo una búsqueda más terrenal. La forma de presentar a Cassidy (un idóneo Joseph Gilgun –Pride-) es tan inesperada como salvaje, definiendo casi en una única secuencia la mayoría de matices de su personalidad. Algo similar ocurre con el rol de Tulip O’Hare, un papel que Ruth Negga (Loving) ha hecho suyo hasta niveles insospechados.

Evidentemente, el protagonista es el que se lleva un mayor desarrollo dramático. Más allá de la labor de Dominic Cooper (Warcraft. El origen), lo realmente interesante es el proceso que vive el predicador una vez recibe a Génesis. Proceso en el que ángeles y demonios tienen mucho que ver, y en el que tienen lugar algunas de las mejores y más hilarantes secuencias de esta temporada, desde la lucha en la iglesia hasta esa habitación de un motel llena de cadáveres repetidos de los mismos ángeles. Esto, además, confirma la necesidad de los guionistas de alejarse deliberadamente de la historia original en algunos de sus aspectos. Posiblemente lo único que se le pueda echar en cara a la trama es una cierta inconexión en la forma de abordar el pasado y las relación de este predicador con el rol de Negga. No es que no se explique, sino que su forma de enfocarlo puede desorientar a algunos espectadores durante los primeros compases de la historia.

Y en medio de todo esto, el Santo de los Asesinos. Este imprescindible personaje de la trama, interpretado por Graham McTavish (La hora decisiva), es introducido en la temporada casi como un elemento diferenciador, sin demasiada conexión con el resto de la trama pero que, poco a poco y a base de repetir su única y corta línea argumental una y otra vez, va adquiriendo relevancia dramática para, en el último episodio, confirmar no solo su pasado o su presente, sino el futuro que va a tener en el argumento. Y como no podía ser de otro modo, protagoniza una de las secuencias más violentas de la serie rodada, por cierto, aprovechando el fuera de campo de un modo pocas veces visto en televisión.

Se puede decir que la primera temporada de Predicador, a pesar de sus diferencias con el cómic original, se mantiene fiel al espíritu tan transgresor y gamberro que tienen las viñetas. Poco importan, por tanto, que el pasado o la presentación de los personajes se ajuste a la idea de Garth Ennis y Steve Dillon. Poco importa que la trama se desarrolle de forma totalmente diferente. Al final, lo que cuenta es si realmente esta serie puede enmarcarse en el mundo de este predicador con una entidad todopoderosa en su interior. La respuesta es un rotundo sí, por lo que solo se puede disfrutar del humor ácido que desprenden sus secuencias. Y sobre todo, mostrar la esperanza en que las siguientes temporadas entrarán de lleno en la búsqueda de Dios que ha iniciado Jesse Custer.

1ª T. de ‘Stranger things’, homenaje a una forma de entender el cine


Los chicos de 'Stranger things' buscarán a su amigo cueste lo que cueste.Hablar de series y cine por regla general es hablar de dos conceptos narrativos y visuales muy diferentes. Pero hay casos en los que ambos mundos, con sus particularidades, tienden a confundirse. Y uno de ellos es ese fenómeno titulado Stranger things, una de las obras maestras de la pequeña pantalla que homenajea un concepto de cine perdido hace ya muchas décadas pero que ha sentado las bases de mucho de lo que vemos hoy en día. Pero esta ficción de fantasía, amistad, valentía y amor creada por los hermanos Duffer (Matt y Ross, autores de algunos episodios de Wayward Pines) es más, mucho más que un mero homenaje, y eso es precisamente lo que la convierte, casi de forma automática, en uno de los referentes clásicos de la televisión moderna.

En efecto, los 8 episodios de la primera temporada están plagados de referencias a los años 80 y a las obras de Steven Spielberg (Tiburón) y Stephen King, autor de ItEl Resplandor. De hecho, los propios creadores han reconocido la influencia de ambos. Pero gracias a esas referencias los hermanos Duffer construyen todo un mundo en el que la inocencia deja paso a la madurez en unos personajes que todavía sueñan con juegos de rol, con llevarse a la chica o con salir con el “más guay” del instituto. En definitiva, sueñan con un mundo diferente al que viven. Ese trasfondo dramático dota a la trama de numerosos niveles interpretativos que, aunque tienen como nexo de unión la desaparición de un personaje y la presencia de una criatura de otro mundo, permiten enriquecer un mundo tan familiar como fascinante.

Las numerosas tramas secundarias que se dan cita a lo largo de esta primera etapa de Stranger things tienen, por otro lado, un notable desarrollo enfocado en todo momento a un único objetivo. Si bien la desaparición de un niño es el detonante de la historia, en muchos casos no deja de ser una sencilla pero eficaz justificación para mostrar aspectos mucho más humanos e íntimos de personajes que, a priori, nada tienen que ver con esa historia. Puede llegar a parecer, incluso, que sus historias poco tienen que ver con lo verdaderamente importante de la trama, pero nada más lejos de la realidad. En esta ficción todo cuenta, todo tiene un porqué y todo, absolutamente todo, está relacionado. ¿Y cuál es ese objetivo? Lo he mencionado antes: la madurez.

Las aventuras que viven los jóvenes protagonistas no dejan de ser un forma de abordar la desaparición de la niñez. Los problemas a los que deben enfrentarse para encontrar a su amigo desaparecido les lleva a experimentar el miedo, la rabia, la desconfianza o ese sentimiento de ruptura con lo que hasta entonces habían conocido. Todo ello enriquece un viaje aderezado con aventuras, con poderes mentales y con criaturas de otros mundos envuelto en una factura técnica simplemente impecable y con una coherencia narrativa aplastante, hasta el punto de que el último episodio, a pesar de tener un final feliz, deja un extraño sabor de boca al insinuarse que la realidad tras esa felicidad no es tan ideal como pudiera parecer.

Personajes fundamentales

En realidad, el final de la primera temporada de Stranger things es el broche de oro para una serie que asienta sus pilares sobre dos conceptos fundamentales. Por un lado, y como hemos analizado, el trasfondo dramático más allá del carácter fantástico, de criaturas o poderes psíquicos. Pero por otro, y no menos importante, están los personajes que habitan el mundo creado por los hermanos Duffer. Vaya por delante que los niños protagonistas, todos sin excepción, se han hecho un hueco en el imaginario colectivo de forma instantánea. Pero dado que este es el análisis habitual, me centraré en los personajes adultos, sobre todo en Winona Ryder (serie Show me a hero) y David Harbour (Caminando entre las tumbas). La labor de ambos es tan espléndida como ajustada al contexto general de la serie, sobre todo en el caso de Ryder.

Aunque nunca he rechazado su trabajo, Winona Ryder siempre me ha parecido una actriz menor, con cierto talento pero que necesitaba trabajar mucho varios aspectos para poder mejorar sus papeles. En el caso que nos ocupa, sin embargo, logra algo complicado: llevar a su personaje más allá de lo estrictamente recogido sobre el papel. La desesperación de la que hace gala la actriz, el punto de locura que imprime a las acciones de esa madre que ha perdido a su hijo pequeño, al que todos dan por muerto menos ella, es sencillamente magistral. Todo sin llegar a parecer neurótica o rozar el ridículo, lo cual es más difícil si cabe en un papel como el que afronta en la serie. El caso de Harbour tiene, si cabe, más contenido, pues el sheriff al que interpreta evoluciona con la propia serie, pasando de ser un borracho a recuperar la persona que era antes, narrando por el camino un pasado que ayuda no solo a comprenderle, sino a identificarse con él en la investigación del caso.

Y a pesar de que preferiría no hablar de ellos, analizar esta primera temporada sin mencionar, aunque sea brevemente, a los más pequeños de la ficción sería un trabajo incompleto. Los cinco personajes interpretados por los jóvenes Fin Wolhard, Millie Bobby Brown (serie Intruders), Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin (serie Shades of blue) y Noah Schnapp (El puente de los espías) son el mayor atractivo que se encuentra en la serie a primera vista. No solo por sus interpretaciones, todas ellas más que notables, sino por las relaciones tan naturales que parecen establecer entre sus personajes y que, dicho sea de paso, se antojan algo más que obligadas por un guión. Son ellos, con su interpretación de lo que ocurre y su pasión por la fantasía sin temer a lo que ocurra los que logran que el espectador vuelva a sentirse niño, al menos aquellos que ya tienen una cierta edad.

Personalmente creo que hay pocas series que puedan considerarse verdaderamente imprescindibles. Sí, algunas son recomendables, otras entretenidas y otras dignas de ver. Pero Stranger things entra en esa categoría superior en la que solo hay títulos que definen la forma que está tomando la ficción en la televisión actual. Diferente, fresca, dinámica y compleja, la serie de los hermanos Duffer es prácticamente perfecta. Habrá quien arranque defectos, y de hecho alguno tiene, pero no solo se pueden pasar por alto, sino que entran dentro de la lógica narrativa de cualquier historia, lo que en la práctica convierte a este regreso a los años 80 en un producto impecable.

‘Supergirl’, o cómo convertir una 1ª T. en un cúmulo de referencias


Melissa Benoist da vida a 'Supergirl' en su primera temporada.Si Arrow fue la punta de flecha del mundo DC en la televisión, The Flash se ha convertido en el producto irónico y destinado a distraer al espectador. Y con estas referencias, la nueva superheroína necesitaba diferenciarse de algún modo de sus predecesores. Es por eso que Supergirl ha tenido que recurrir a una fórmula ya conocida aunque no por ello menos eficaz. Ali Adler (serie The new normal) y los creadores de este mundo superheroico en televisión, Greg Berlanti y Andrew Kreisberg, optan por el humor adaptado a una serie de referencias cinéfilas, seriéfilas y de los cómics originales que buscan en todo momento hacer las delicias de los más fieles seguidores, pero que pierden por el camino una importante máxima narrativa.

Dicha máxima es, precisamente, que cualquier historia tiene que intentar llegar al máximo número de receptores posible. Ahí estuvo, por ejemplo, el éxito del arquero verde. El problema de esta prima del hombre de acero es que en su primera temporada de 20 episodios apenas ha tenido una definición propia. Todo en ella recuerda a algo, sobre todo si se tiene cierto conocimiento del universo en el que transcurre la historia. El dibujo de la heroína principal, a cargo de Melissa Benoist (Whiplash), no tiene grandes dilemas internos y presenta unos valores rectos que la convierten en una “niña buena”. Los villanos, ya sean terrícolas o extraterrestres, la atacan por miedo, por ignorancia o por venganza. Y ella al final salva el mundo aunque el mundo no quiera ser salvado.

El arco dramático de la protagonista y de estos primeros pasos de Supergirl se convierte, de este modo, en un refrito de historias, en una sucesión de aventuras que, aunque tiene un cierto hilo conductor dramático relacionado con el pasado de los protagonistas, en el fondo no ofrece ninguna carga dramática añadida a un presunto trasfondo moral o personal de la heroína. Dicho de otro modo, con roles más o menos planos las historias se vuelven, pues eso, planas, y en consecuencias las aventuras, recurriendo a notables efectos digitales, buscan únicamente un entretenimiento sencillo, directo e intrascendente.

Con todo, esta primera temporada logra en su tercio final ofrecer al espectador algo más, una cierta complejidad dramática que desvela ciertas caras ocultas hasta ese momento de muchos de los personajes principales. Esto, unido a decisiones poco ajustadas a la recta moral de la heroína, hacen que la trama apunte a algo diferente que habrá que descubrir en su segunda etapa, estrenada hace algunas semanas y que, aunque es evidente que no modificará sustancialmente su esencia, sí podría aportar algo más de entramado narrativo a un desarrollo excesivamente lineal y deliberadamente carente de conflictos reales más allá del malo de turno al que derrotar.

Secundarios al poder

Curiosamente, y esto empieza a ser algo habitual en este tipo de producciones, los personajes más interesantes son los secundarios. Frente a la debilidad inherente del personaje de Supergirl (debilidad dramática, claro está), roles como el de Calista Flockhart (serie Cinco hermanos) o el villano/aliado interpretado por Peter Facinelli (Crepúsculo) se convierten muchas veces en auténticos protagonistas de la trama por encima de la mujer de acero. Y esto, en cierta medida, también es una traslación de lo que le ocurre al personaje de Superman, lo que no deja de confirmar que esta serie es una suerte de reinterpretación de sus aventuras en clave femenina, cuando en realidad debería ser algo diferente.

Y me explico. Frente a la ausencia de Lois Lane o de Lex Luthor, los creadores de la serie se han buscado a una periodista con garra y que lucha por lo que considera correcto que interpreta magníficamente Flockhart, no sin ciertas referencias a aquel rol que plasmó para la eternidad Margot Kidder en Superman (1978), y que al final se convierte en un modelo para la joven heroína tanto dentro como fuera de la redacción en la que trabaja. Del mismo modo, aunque de forma menos evidente, la interpretación de Gene Hackman (Sin perdón) en aquel film también está presente en la labor de Facinelli, a medio camino entre el odio a lo que no conoce y la necesidad de hacer el bien. Por supuesto, la influencia de Lex Luthor se aprecia más en el aspecto del odio.

Ambos personajes son, sin embargo, solo un ejemplo de lo que ocurre en esta serie. En realidad, la historia sobre esa organización secreta que protege al planeta de los extraterrestres o todo lo que tiene que ver con el pasado de la protagonista son los grandes pilares narrativos en los que se sustenta esta primera temporada. Y en mayor o menor medida, aunque todos ellos cuentan con la heroína como nexo de unión, en realidad el personaje de Benoist no deja de ser eso, un nexo que podría cambiarse o sustituirse y no pasaría nada, o al menos no demasiado. Dicho de otro modo, su influencia en las diferentes historias que aparecen en la trama es mínima, en algunos casos nula.

Todo ello convierte a esta primera temporada de Supergirl en un producto excesivamente limpio, sin conflictos dramáticos excesivamente complejos y con una clara apuesta por el entretenimiento más simple y directo. Y es una apuesta tan legítima como cualquier otra, pero el problema es que los personajes carecen de dimensión y tienden a convertirse en estereotipos. Eso por no hablar del desarrollo plano de las tramas. La esperanza se encuentra en el final de la temporada, más agresivo y marcado por el impacto dramático de algunas decisiones que, esperemos, abra una nueva vía narrativa en la segunda temporada. Por supuesto, no espero que sea un cambio radical, pero sí al menos una modificación de la tendencia que se sigue hasta ahora.

1ª T. de ‘Jessica Jones’, thriller de superhéroes sin mostrar poderes


'Jessica Jones' deberá derrotar a Kilgrave en la primera temporada.Si hace no demasiado tiempo se hablaba del diferente trato que Marvel daba a sus superhéroes en el séptimo arte, ya fuera en cine o televisión, respecto al que estaba dando DC Cómics, ahora el sentido de esa reflexión ha cambiado. Como si de vasos comunicantes se tratara, el tratamiento juvenil y despreocupado de personajes como Spider-man, Capitán América o Iron Man está pasando a superhéroes como Flash o Supergirl, mientras que la madurez y el tono oscuro de las historias está llegando a producciones como Daredevil o la que ahora nos ocupa, Jessica Jones. La primera temporada de esta última es el claro ejemplo de que se pueden hacer producciones serias, descarnadas y con un ácido sentido del humor a pesar del componente fantástico que inevitablemente tienen que tener.

Los primeros 13 episodios de esta ficción creada por Melissa Rosenberg, guionista de la saga Crepúsculo, utilizan una estrategia narrativa que viene usándose desde los orígenes de la Humanidad. La trama aborda a la protagonista en mitad de una crisis personal marcada por un pasado turbulento que, alcoholismo y personalidad aparte, está definido a su vez por un trauma psicológico tan profundo como imposible de olvidar. Y es esta base emocional la que define todo un arco dramático espléndido que extiende sus raíces a todas las tramas secundarias que se dan cita en la temporada. En cierto modo, es la definición perfecta de que el pasado no solo nos define como personas, sino que siempre vuelve para atormentarnos.

Todo ello convierte a Jessica Jones en algo más que una entretenida serie de superhéroes capaces de hacer cosas extraordinarias. De hecho, y eso parece ser marca de la casa Netflix, los efectos son más bien sencillos, limitándose en su mayoría a elementos tangibles que aportan, si cabe, más veracidad al relato. Esta primera etapa convierte a esta investigadora privada en víctima de malos tratos, de un acoso psicológico que genera una agresividad y una especie de ansiedad por la autodestrucción que impregnan todo lo que se puede ver en las imágenes, incluyendo los decorados. En cierto modo, los poderes de la protagonista, que interpreta notablemente bien Krysten Ritter (Big eyes), quedan en un segundo plano en el tratamiento argumental, que se centra más en las emociones y en la lucha contra un pasado representado por un extraordinario David Tennant (serie Gracepoint).

Este interés por el aspecto más introspectivo del personaje de Ritter, unido a la ausencia en muchos episodios de muestras de fuerza o de violencia destructiva, convierten a la serie en un producto fresco, diferente, más cercano al thriller o al género policíaco que a la aventura o la acción. Por supuesto, el tratamiento de los personajes está unido a un diseño de producción impecable, capaz de diferenciar en todo momento los diferentes ambientes en los que se mueven los personajes, amén de la incomodidad que sugieren cuando se mezclan entre ellos. Dicho todo esto, la serie también deja espacio para los fans, pero el hecho de que ofrezca algo más para el público en general la convierte en una de esas producciones dignas de ver.

Crudeza superheróica

Así que sí, Jessica Jones se acerca más a un thriller policíaco que a una “peli de superhéroes”. Su tono oscuro y la ausencia de poderes en muchos de sus tramos la convierten en una producción atípica, casi tanto como su protagonista. Y aportan al conjunto, además, una crudeza conceptual pocas veces vista en televisión, y no digamos ya en un producto de este tipo. Crudeza que está ligada, por otro lado, a la presencia del villano. A medida que éste adquiere más protagonismo, la dureza de las escenas va en aumento, hasta el punto de mostrar algunas imágenes sencillamente escalofriantes, muertes incluidas.

Y eso es algo que no solo no suele verse en este tipo de cómics o en este tipo de series, sino que es difícil encontrarlo en productos ajenos al terror o al thriller más violento. No quiere esto decir que la ficción creada por Rosenberg sea una especie de salvaje intriga en clave superheróica, pero sí es indicativo del cariz que se ha querido imprimir al desarrollo dramático, ajeno a concesiones románticas o adolescentes y más entregado a un pesimismo y derrotismo que conduce a los personajes hasta sus propios límites, empujándoles en muchas ocasiones hacia un vacío del que tratan de huir constantemente.

Pero como decía antes, la serie también tiene espacio para el fenómeno fan. La presentación en sociedad de un personaje como Luke Cage, interpretado por Mike Colter (Brooklyn Lobster), es posiblemente la mejor prueba de que se pretende construir un universo similar al que ya existe en la gran pantalla. Su participación en la historia deja, además, interesantes aspectos no solo de cara al futuro, sino también para comprender mejor el desarrollo dramático de la protagonista. De nuevo, el personaje de Colter aúna ese carácter puramente superheróico con un trasfondo dramático notable, y cuyas consecuencias solo se comprenden a medida que se desarrolla la historia.

En definitiva, lo que ofrece Jessica Jones es una historia, un elaborado desarrollo dramático de los personajes para sustentar una historia tan oscura y trágica como los propios protagonistas. No se trata de crear un entretenimiento; ni siquiera de adaptar un nuevo cómic. Es más bien la necesidad de tomar como excusa a estos roles con poderes para abordar problemas reales con los que los espectadores se identifican. De ahí la ausencia de un despliegue de efectos especiales al uso, optando más por el minimalismo. Y de ahí también que vengan a la cabeza conceptos como violencia psicológica, autodestrucción personal o conflictos morales. Todo ello está ahí, y está narrado de tal modo que traspasa la frontera del clásico superhéroe. Es cierto que Jessica Jones es una antiheroína, pero es que su serie tampoco es tópica.

‘Heroes Reborn’, un producto víctima de su propia leyenda


Robbie Kay y Danika Yarosh son los héroes destinados a salvar el mundo en 'Héroes Reborn'.Desde que Toma Dos inició su andadura he analizado todo tipo de producciones, ya sean cinematográficas o seriadas. Pero creo que nunca había afrontado una ficción que fuera víctima de su propio mito, de la leyenda creada a su alrededor. Y es lo que le ha ocurrido a Heroes Reborn, una especie de reinicio/secuela del producto que allá por 2006 creó toda una corriente fan a su alrededor. Su creador, Tim Kring (serie Touch), ha tratado de recuperar el espíritu de aquella primera temporada (que no las siguientes, donde la trama descarriló notablemente), pero en su empeño ha cometido errores similares a los que presentaba aquella historia.

El primero y más relevante es que estos 13 episodios vuelven a contar con un amplio repertorio de personajes con poderes, todos ellos estratégicamente relacionados para un final apocalíptico en el que todo lo acontecido previamente encuentra un significado final. Más allá del mejor o peor desarrollo dramático de la historia, que analizaré más adelante, la historia ofrece pocos, por no decir ninguno, incentivos originales. En realidad, Kring aprovecha los mejores personajes de la trama original para que se conviertan en una suerte de mentores, en aquellos que entreguen el testigo a una nueva generación que, casualidad o no, tienen unos poderes similares, algunos incluso idénticos.

A esto se suma una estructura argumental parecida. Una misión para salvar el mundo, las visiones que sirven de guía, los protectores casi involuntarios de estos salvadores, los villanos de turno con poderes de todo tipo, etc. La combinación de unos y otros elementos convierte a Heroes Reborn en un reflejo demasiado nítido de aquella primera temporada, con la salvedad de que carece del halo de clasicismo que ya ha adquirido, a pesar de los pocos años transcurridos, esa historia. La pregunta que cabe hacerse es ¿por qué un reinicio de este tipo? La respuesta parece evidente, a tenor de los fans que siempre ha tenido este universo, pero el modo de responder es lo que ya no es tan lógico.

Si algo han demostrado las actuales series de superhéroes es que, en líneas generales, lo que funciona es una construcción de pirámide invertida, es decir, pivotar la acción sobre un único individuo, cuya trama se desarrolla sólidamente durante varios episodios (incluso temporadas) y, posteriormente, introducir otros roles que complementen y antagonicen con el héroe de turno. Así ha ocurrido en Arrow, en Flash, en Daredevil y en un sinfín de producciones. Y es este, precisamente, el conflicto irresoluble al que se ve abocada esta nueva serie y/o continuación. Dado que el universo ya es conocido, y que los poderes son tan variados, se puede realizar una apuesta por mostrarlos todos juntos, en una especie de festival de imaginación. El problema es que esto conlleva la presencia de muchos, posiblemente demasiados, personajes con cierto peso en la trama, lo que a la larga termina por generar el mismo número de tramas secundarias con una importancia similar y, en consecuencia, una pérdida del interés real de la historia.

Más efectos, menos desarrollo

La principal consecuencia que sufre Heroes Reborn de todo esto, además del constante paralelismo con el original, es que el desarrollo dramático de los personajes es excesivamente plano, y con ello la historia pierde fuerza de forma gradual. A pesar de la presencia de personajes como los de Jack Coleman (Beautiful loser), Greg Grunberg (Speed asesino) o Masi Oka (Jobs), todos ellos recuperados de la trama inicial, la historia cuenta con tantos roles nuevos y desconocidos, y con un bagaje dramático a sus espaldas tan complejo, que es imposible lograr un desarrollo adecuado de todos ellos. Y dado que la historia no se centra en ninguno en particular (al menos no en lo que a tiempo de metraje se refiere), el resultado es que sí, el espectador conoce el papel de cada uno en la historia, pero no les llega a conocer lo suficiente como para comprender algunas de sus reacciones, por mucho que posteriormente pretendan explicarse.

De hecho, dicha explicación, que llega a mitad de temporada, es posiblemente lo mejor de toda la serie, un giro argumental que ayuda no solo a comprender toda la historia, sino a los personajes con los que se lleva conviviendo durante tantos episodios. Y aunque es un buen recurso, su impacto en el desarrollo posterior de la historia es prácticamente nulo, por no decir inexistente, pues el único impacto aparente (esa mariposa de la que tanto hablan en la trama) termina siendo más bien un simple efecto dramático sin mayor trascendencia. En resumen, unos episodios que podrían haber servido para dar un nuevo punto de vista a la trama se utilizan, simple y llanamente, para explicar al espectador algo que debería haberse desarrollado a lo largo de los 13 capítulos en una estructura quizá más tradicional, pero posiblemente más efectiva.

Esto no quiere decir que la serie no esté bien estructurada, al contrario. Las diferentes tramas que presenta poseen un manifiesto atractivo, sobre todo la protagonizada por Robbie Kay (serie Érase una vez). Y desde luego la historia aprovecha el vertiginoso avance en efectos digitales para crear algunos poderes espectaculares, incluida la referencia a los videojuegos que tanta relación tiene en los últimos años con el mundo de los superhéroes. Pero el problema es la ficción en su conjunto. Dicho de otro modo, las partes tienen una solidez que no tiene el todo, lo cual debería ser motivo de análisis por parte tanto de la productora como de su creador, que tiende a reincidir en una propuesta que parece abocada al fracaso a tenor de las cancelaciones anticipadas de sus últimos productos.

Posiblemente si Heroes Reborn hubiera sido una serie original, sin el bagaje cultural y social que ya tiene el universo creado por Tim Kring, habría logrado un efecto similar al de aquella primera temporada de 2006. Similar, que no igual, pues el tono oscuro de aquella no lo tiene esta, y la complejidad moral de muchos de sus personajes aquí brilla por su ausencia. Pero a lo problemas propios de la historia se les añade otro, en parte ajeno. El mito que rodea a la serie hace inevitables las comparaciones, o al menos tener presente en el recuerdo las sensaciones que ya ha dejado en los fans, sean buenas o malas. Y ya se sabe, las comparaciones son odiosas.

Diccineario

Cine y palabras

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