‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

‘Grimm’ ata todos sus cabos sueltos en un final apresurado


No es algo infrecuente en las series de televisión, pero eso no lo convierte en una decisión precisamente acertada. La necesidad de muchas productoras de dar a sus creaciones un final más corto y, por tanto, más condensado, obliga a los ‘show runners’ a condensar en pocos episodios las historias que habitualmente desarrolla en un espacio narrativo más amplio. La serie Grimm es un nuevo caso, aunque en esta ocasión el resultado es relativamente satisfactorio, siempre y cuando no tengamos en cuenta el final feliz de cuento de hadas que proponen Stephen Carpenter (El jefe), David Greenwalt (serie Ángel) y Jim Kouf (Hora punta).

Porque, aunque se ajuste a esa idea de un cuento en el mundo real, lo cierto es que la conclusión de esta sexta y última temporada deja un sabor agridulce, básicamente porque su desarrollo dramático es mucho más complejo, oscuro y desasosegante de lo que ha sido cualquier otra etapa anterior, poniendo a los protagonistas ante un enemigo imposible de vencer. Esto, unido a los 13 episodios que contiene la temporada, hace que la trama adquiera una fuerza inusitada, entre otras cosas también porque no es necesario desarrollar prácticamente ningún nuevo personaje, salvo el villano de turno, dejando más tiempo para llevar a los personajes hasta situaciones extremas.

El problema es que todo eso se destruye como por arte de magia. Bueno, según se mire es literalmente por arte de magia. Todo lo que se había construido, todo el viaje que realiza el espectador, queda en nada. Y para ello se utiliza, por si fuera poco, un ‘deus ex machina’ cuanto menos cuestionable que deja todo atado y bien atado en un final amable, azucarado y plagado de emociones, con un epílogo que resulta incluso más interesante y acertado que el recurso resolutivo de esta temporada de Grimm. La pregunta que se plantea es si una temporada más larga habría sido más o menos beneficiosa, o si al menos habría cambiado el modo de afrontar el final, aunque lo más probable es que no.

De ahí el sabor agridulce. A pesar de que el modo en que se aborda la trama resulta interesante (con sus matices, que analizaré a continuación), la conclusión de la serie resulta un poco tosca en tanto en cuanto se intercambia el equilibrio de fuerzas entre héroe y villano casi por arte de magia, sin una explicación (al menos no una lo suficientemente convincente, incluso para el mundo de fantasía en el que transcurre) y deshaciendo todo lo visto hasta ese momento. Da la sensación, y es solo eso, una sensación, de que la decidida apuesta por un final tan dramático como apocalíptico que se mantiene a lo largo de toda la temporada no gustaba demasiado y hubo que cambiarla en un giro final. Como digo, es solo una sensación, pues lo más normal es que estuviera planificado de este modo a tenor de cómo se desarrollan los acontecimientos.

Combinación extrema

Pero decía que en esta última temporada de Grimm existen varios matices en el desarrollo del arco dramático. A pesar de la fuerza que exhibe, fundamentalmente porque sus creadores no tienen miramientos a la hora de mostrar las consecuencias de los actos de sus protagonistas, existe en estos 13 capítulos una necesidad imperiosa de cerrar las tramas secundarias en una especie de final argumental común. De ahí que aparezcan personajes casi de la nada que ayudan a cerrar algunos hilos, amén de una serie de situaciones que, aunque perfectamente integradas en la historia, vistas en perspectiva resultan un poco forzadas. En cualquier caso, son problemas menores de una combinación extrema de factores que pone el broche a una serie que ha sabido crecer a medida que lo hacían sus personajes y sus tramas.

Y es que, aunque es cierto que esta temporada final puede resultar algo forzada en muchos de sus giros argumentales, algo que ya ocurrió en menor medida en la anterior, e incluso estuvo personificado en el rol que interpreta Elizabeth Tulloch (The Artist), el balance general de la serie solo puede ser positivo. A lo largo de estas seis entregas esta ficción dramática y fantástica ha sabido aprovechar los mejores recursos narrativos y artísticos y los ha potenciado para crear una trama compleja, alejada cada vez más del formato episódico de caso policial y entregándose a algo superior, con una mayor repercusión a nivel emocional y aprovechando las posibilidades que ofrecía el desarrollo y los giros dramáticos planteados a lo largo de los años, evidentemente salvo contadas excepciones como la expuesta aquí o en análisis previos.

En lo que a estos 13 capítulos se refiere, la limitación en la duración de la serie no ha impedido componer una línea argumental coherente, a diferencia de otras series. Y eso es, en buena medida, porque sus creadores han sabido aprovechar los pilares dramáticos creados en las temporadas anteriores. Desde las relaciones entre los personajes, cuyas modificaciones han dejado un mosaico de sentimientos de lo más interesante, hasta aspectos como el palo que obtiene el protagonista o los poderes de algunos roles, todo se ha aprovechado para una conclusión a la que se le quieren dar tintes épicos y que, hasta cierto punto, los tiene. El problema, reitero, es precisamente que esa fusión de cabos sueltos no es tan orgánica como debería en algunos momentos, sobre todo en su tramo final, los que deja esa sensación agridulce que mencionaba al principio.

En líneas generales, Grimm ha sido una serie para disfrutar de la fantasía, una producción policíaca diferente, fresca y original como pocas que ha sabido reinventarse a cada paso. Valiente con muchas de sus decisiones y cobarde en otras (sobre todo en lo referente a los protagonistas), la ficción logra en su última temporada un broche que ejemplifica a la perfección lo que han sido estas seis etapas: sólidas en su planteamiento inicial, algo más endebles en los riesgos que debe tomar y en el dramatismo que le quiere dar al conjunto. El balance solo puede ser positivo, y aunque no sea uno de los grandes títulos de la pequeña pantalla, sí es algo sumamente recomendable para los fans del género. Ver crecer a una serie en todos sus aspectos siempre es gratificante, incluso cuando en ese crecimiento se arrastran algunos problemas.

1ª T. de ‘Legión’, o cómo lograr una serie inusual basada en cómics


El mundo de las adaptaciones de cómics a la pequeña pantalla está siendo tan exitosa como repetitiva. La estructura narrativa de las diferentes series que han surgido a lo largo de estos últimos años comparten la base de enfrentar al héroe contra un enemigo externo, salir derrotado varias veces, replantearse sus propios miedos y motivaciones y, finalmente, vencer la mencionada amenaza en un heroico acto que represente su cambio psicológico y emocional. Es por eso que un producto como Legión, surgido de la mente de Noah Hawley (serie The unusuals), no solo es un soplo de aire fresco en este mundo superheroico, sino que aprovecha al propio protagonista para ofrecer una historia completamente diferente en su forma, compleja y retorcida, que obliga al espectador a prestar una inusual atención a la historia y los personajes, habitualmente de lo más flojo en estas ficciones.

Para aquellos que no conozcan la historia, un breve resumen. El protagonista es un joven y poderoso mutante encerrado en un psiquiátrico por considerar que está enfermo. Sin embargo, un grupo formado por mutantes y no mutantes decide rescatarle junto a otra mutante para que se una a su grupo, explicándole que lo que muchos consideran una enfermedad (incluso él mismo lo ha llegado a creer) es en realidad un increíble poder telépata. Sin embargo, sí existe algo dentro de él que trata de poseerle y robarle su poder, una entidad que ansía vengarse del padre del joven, al que este nunca llegó a conocer.

Narrado así, el argumento de esta primera temporada de 8 episodios puede resultar algo sencillo, e incluso similar al de series ya vistas. Pero Legión dista mucho de ser una serie convencional. Hawley aprovecha las posibilidades que ofrece el mundo de la mente, los recuerdos y los poderes mutantes para construir una narrativa tan fragmentada como la mente del protagonista, con constantes saltos en el tiempo dramático y con numerosas líneas argumentales paralelas que vienen a explicar lo que ocurre en el mundo real y lo que ocurre en el plano psíquico. La combinación es tal que, salvo por algunos tratamientos formales con sutiles diferencias (en algunos casos mucho más evidentes), puede llegar a confundirse el espacio en el que se desarrolla la acción.

Y aunque esto pueda considerarse una debilidad, pues sin duda muchos espectadores pueden dejar de lado la serie, en realidad es su mayor fortaleza. La serie es sumamente compleja, es cierto, pero al mismo tiempo copa todas las expectativas. De hecho, las supera. El que la trama se articule de un modo más o menos lineal, con el héroe luchando contra una amenaza externa y una interna, dota al conjunto de una coherencia que, de otro modo, se perdería. Por otro lado, el caos que puede parecer a simple vista su tratamiento formal termina, una vez superados los primeros capítulos, por ser algo enriquecedor, pues permite apreciar una amplia variedad de matices que aportan una mayor profundidad dramática a los personajes, sobre todo al protagonista, del que se desvelan poco a poco aspectos que deberán ser tratados en las siguientes temporadas.

Más allá de los poderes

De hecho, y aunque a priori es una serie sobre mutantes con extraordinarios poderes, Legión logra su máximo esplendor precisamente en el tratamiento de los personajes y en el modo en que presenta el enfrentamiento entre el bien y el mal dejando esos poderes a un lado, y recurriendo a ellos únicamente como herramienta para desarrollar aspectos de la trama mucho más profundos desde un punto de vista dramático. Esto hace que la primera temporada se distancie, y mucho, de producciones similares, convirtiéndola por ende en algo casi único en su forma y su contenido. Asimismo, la aportación cromática del diseño de producción es simplemente brillante, abordando la evolución del protagonista a través de una paleta de colores enriquecedora en todos los sentidos posibles.

Por su parte, el reparto, espectacular del primero al último, aporta a los personajes una entidad y una sobriedad sin igual. Incluso aquellos definidos más por su ironía logran engrandecer sus respectivos papeles gracias a una apuesta por llevar todo al extremo, siempre considerando unos límites. Evidentemente, esto convierte en muchas ocasiones a los protagonistas en arquetípicos, limitando en cierto modo la versatilidad y los diversos rostros que todos ellos tienen. Sin embargo, estas debilidades, que en realidad son puntuales, se compensan con el tratamiento argumental, con esa apuesta por los mundos de la mente, los recuerdos y la psicología, que ponen a los héroes ante situaciones tan complejas como peligrosas.

Y por si el camino recorrido en esta primera temporada no fuese lo suficientemente interesante, el episodio final deja en el aire muchas preguntas y tramas secundarias abiertas, amén de dar a la principal una futura segunda oportunidad que, esperemos, llegue más pronto que tarde. El hecho de que Hawley explore durante estos capítulos el pasado del protagonista interpretado por Dan Stevens (La Bella y la Bestia) enriquece los matices de este joven acusado de estar loco. De nuevo, sus poderes son algo casi secundario, dando más relevancia a sus todavía desconocidos orígenes (al menos para aquellos que no conozcan su trayectoria en los cómics) y generando la expectación necesaria para demandar más sobre él en la siguiente temporada.

El mejor resumen de Legión podría ser que es una serie de superhéroes muy, muy inusual. Alejada de formatos tradicionales y recurriendo a un personaje relativamente poco conocido entre el gran público, esta primera temporada absorbe todas las potencialidades de las capacidades y las explota al máximo, generando un universo único, colorido y fragmentado en el que realidad y ficción, mente y espacio físico se confunden para contar una compleja historia de miedos internos, amenazas externas y remordimientos arrastrados durante décadas. Una serie, en definitiva, en la que los mutantes son más bien personajes que deben afrontar sus problemas como cualquier otro. Una serie en la que los poderes no tienen el protagonismo. El problema es que esto puede cambiar a medida que se desarrollen esas capacidades sobrehumanas, pero esperemos que eso tarde en llegar, si es que llega alguna vez. Por lo pronto, solo se puede disfrutar de este debut.

‘Arma letal’ desata la acción y la adrenalina en su primera temporada


La relación entre cine y televisión ha sido, desde que la segunda llegó a los hogares de todo el mundo, muy fructífera. Las adaptaciones están a la orden del día, aunque el resultado no siempre es el idóneo, sobre todo si hablamos de una serie reconvertida en película de dos horas. Uno de los últimos casos (agradablemente sorprendente) es el de Arma Letal, incursión en la pequeña pantalla de aquellos personajes interpretados en cuatro ocasiones por Mel Gibson (Los mercenarios 3) y Danny Glover (Diablo) durante 11 años. Ahora, y bajo la batuta narrativa de Matthew Miller (serie Forever), la primera temporada de 18 episodios trata de recuperar la esencia de aquella historia. Y la pregunta evidente es: ¿lo consigue?

Definitivamente sí. Aunque la huella dejada por Gibson y Glover es indeleble, estos primeros capítulos ofrecen al espectador todo lo que cabría esperar de la trama, es decir, humor ácido, contrapuntos dramáticos y, sobre todo, mucha, muchísima acción. En efecto, uno de los puntos fuertes de esta producción es su apuesta decidida por la adrenalina y la violencia “blanca”, sin mostrar demasiada sangre, con las muertes justas y la espectacularidad desmedida. Ya sea lanzarse desde un tejado a una piscina, atravesar paredes y cristaleras, o perseguir un camión con una moto por las calles de Los Ángeles, todo vale para que, capítulo tras capítulo, el nivel de agresividad se mantenga más o menos igual. Todo ello aderezado con las dosis justas de humor, fundamentalmente entre los protagonistas, que ayudan a restar dramatismo a algunas secuencias y acentúan aún más, si cabe, los momentos realmente importantes de la trama.

Porque existe una trama. Poca, y muy centrada en el personaje de Martin Riggs, interpretado excepcionalmente bien por Clayne Crawford (Convergence), pero existe. Este es posiblemente el talón de Aquiles de Arma letal, no tanto porque no exista un hilo conductor excesivamente sólido, sino porque puede terminar afectando en un futuro al tratamiento dramático de la serie, como de hecho ha ocurrido en innumerables ocasiones. El delicado equilibrio de esta ‘buddy movie’ reconvertida en ‘buddy serie’ se basa en la mezcla exacta de humor, argumentos episódicos cargados de acción y una historia de fondo ligada a los personajes. Y esto, por suerte o por desgracia, siempre tiene un techo en lo que a número de temporadas se refiere, por lo que estirar el chicle de esta fórmula que, para ser sinceros, es casi idéntica en este tipo de producciones, solo perjudicará a la imagen que desprende la producción.

Pero volviendo al argumento, esta primera temporada es capaz de profundizar en algo más que simples casos policiales a resolver gracias al personaje de Riggs. Sobre él pivota la práctica totalidad de la evolución dramática de la serie, tanto por el dramático pasado como por el futuro y las relaciones con otros personajes. Es, sin duda, el rol más profundo dramáticamente hablando, y desde luego el motor de la acción en un amplio sentido de la palabra. A través de sus ojos el espectador aborda el dolor, el miedo a nuevas relaciones, la amistad inesperada o la traición, y son estas píldoras las que ofrecen algo más que el simple entretenimiento. Si además de todo ello el tratamiento es notable e introduce de forma milimétrica la información en la trama para alargar durante los 18 capítulos el interés, lo que nos encontramos es una inesperada y grata sorpresa en este tipo de producciones.

Ante todo, personaje(s)

Y a pesar de las numerosas virtudes de Arma letal, si la serie es capaz de sostenerse y, en cierto modo, diferenciarse de otros productos similares es gracias a la labor de sus actores y de unos personajes construidos frente al espejo de la historia original. De hecho, los seguidores de las películas no tendrán dificultades en identificar a algunos de los roles que pasan por la trama y que, o bien pertenecen a alguno de los films, o bien se pueden identificar con ciertos rostros más o menos conocidos que tuvieron participación en las diferentes entregas.

En realidad, lo más destacado es la labor de Crawford como el ‘alocado’ Martin Riggs. Su rol, algo menos histriónica que el interpretado por Gibson pero igualmente extremo, es tan complejo psicológicamente hablando, es tan rico en matices, que sin su participación esta primera temporada posiblemente no funcionaría. Más allá de la relación con su compañero de aventuras (un Damon Wayans –Major Payne– bastante más lineal en su definición), es sumamente interesante el modo en que afronta el duelo y el modo en que la vida continúa a pesar del dolor. Algo que más o menos se abordó en alguna de las películas, pero que ahora, y gracias a las posibilidades del formato, adquiere una trascendencia notable, hasta el punto de ser protagonista en muchos de los episodios.

El peso tanto del personaje como de la labor del actor son imprescindibles, es cierto, pero la serie logra también ampliar algo su repertorio gracias a unos secundarios que, en mayor o menor medida, aportan al conjunto diversos tratamientos de una misma historia. Desde la pareja interracial de compañeros que ayudan a los héroes, hasta el capitán de la policía, la psicóloga y, sobre todo, un personaje fundamental para entender el devenir de la trama y que aquí no desvelaremos. Todos ellos ayudan a crear un contexto dramático y cómico lo suficientemente interesante como para que la trama pueda centrarse en los dos protagonistas, si bien es cierto que muchas veces peca en exceso de prototípico.

Desde luego, Arma letal, la serie, no será recordada como una producción única, compleja o superior desde un punto de vista dramático. Su estructura narrativa no solo es idéntica a la de otras ficciones del mismo género, sino que sus roles son arquetípicos y sus casos pueden llegar a ser familiares. Pero ofrece algo diferente, algo entretenido que pasa, en primer lugar, por la acción a raudales y la diversión que desprenden todas sus escenas. Y en segundo lugar, el papel de Martin Riggs, auténtica alma de esta historia que, en contraste con el de Roger Murtaugh, vuelven a formar esa pareja inolvidable. Puede que ahí esté la clave: se ha sabido trasladar de la pantalla grande a la pequeña la dinámica de estos personajes tan dispares. La cuestión es si existe recorrido para explorar en el pasado y la historia que sustenta tanto entretenimiento. El tiempo lo dirá.

1ª T. de ‘Emerald City’, de la mediocridad a la promesa de algo mejor


El impacto de Juego de Tronos en la cultura popular es innegable. Cada vez es más habitual escuchar por la calle frases características de esta fantasía o referencias a algunos de sus personajes. Su influencia ha llegado incluso a la propia televisión en forma de otro proyecto que, en esta ocasión, intenta trasladar algunas de sus características a una historia ya conocida. Se trata de Emerald City, versión “oscura” de la historia de ‘El Mago de Oz’ que han adaptado Matthew Arnold (serie Siberia) y Josh Friedman (serie Terminator: Las crónicas de Sarah Connor) en una especie de lucha entre diferentes facciones donde la magia y la ciencia, lo real y lo fantástico, se mezclan. Su primera temporada, de 10 episodios, podría entenderse como un intento irregular por crear algo épico, quedándose a las puertas de algo mayor que podría no llegar a ver la luz nunca.

La historia arranca tomando como punto de partida el mismo que el de la novela de L. Frank Baum: una joven llega a Oz a través de un tornado y desea volver a casa, para lo que deberá visitar al Mago, que reina en esa tierra. Sin embargo, y aunque comparte algunos personajes, a partir de aquí la trama es totalmente diferente, en algunos casos con leves cambios que adaptan el contenido de la historia original, y en otros creando tramas y personajes nuevos que enriquecen este mundo de fantasía dotado de una poderosa fuerza visual gracias a la labor del director Tarsem Singh (La celda), sin duda uno de los autores más creativos del panorama actual y responsable de ponerse tras las cámaras de todos y cada uno de los capítulos.

Y es precisamente en esas diferencias donde Emerald City gana enteros a medida que avanza la historia, sobre todo en el tramo final de la temporada. A través de los cambios el espectador se adentra en un mundo en el que, en efecto, la fantasía está presente, pero de un modo más siniestro y mucho más adulto. Que le camino de baldosas amarillo sea una trampa casi mortal, que el ‘espantapájaros’ sea un soldado sin memoria, o que el ‘hombre de hojalata’ sea un joven mitad humano mitad metal son solo algunos de los matices que ofrece la ficción. De hecho, se podría decir que son casi los menos interesantes, pues atañen a personajes que ofrecen más bien poco. No, lo realmente relevante se halla en los, a priori, roles secundarios, que nutren con sus tramas una historia que comienza de forma algo tosca y poco a poco evoluciona hasta ofrecer una complejidad cuanto menos llamativa.

Si algo bueno tiene la serie es que en ella nada es lo que parece. De nuevo, los episodios que exploran el origen de algunos personajes clave para entender el verdadero significado de la trama se convierten en los mejores de la historia, no solo porque reinterpretan una historia ya conocida, sino porque dotan a los personajes de diferentes caras, generando a su vez nuevos puntos de vista tanto en el desarrollo dramático como en las relaciones entre personajes. Destaca por encima de todos Vincent D’Onofrio (Rings), cuyo Mago de Oz resulta más y más inquietante a medida que avanza la trama, y cuyo pasado ayuda a explicar muchas de las cosas que la serie es incapaz de narrar de forma correcta en sus primeros compases. De hecho, todas las escenas que hacen referencia al pasado de los personajes, un pasado marcado por la lucha de facciones y la guerra entre la ciencia y la magia, resulta mucho más interesante que los acontecimientos que en teoría narra la serie, lo cual ya debería ser indicativo de que algo no encaja como debería.

Tramas sin corazón

Y eso que no encaja son, precisamente, las tramas. Como si de un reflejo de algunos personajes de la historia se tratara, Emerald City discurre por un mundo de tramas sin demasiada sustancia, carentes del corazón y la valentía que se podría esperar de este tipo de producción, con un diseño notablemente elaborado y unos actores que, en mayor o menor medida, dotan a sus personajes de una presencia mayor que la definición que tienen sobre el papel. Desde que Dorothy, la protagonista interpretada por Adria Arjona (serie True Detective), llega a Oz hasta que realmente empiezan a moverse todas las piezas de este elaborado puzzle la serie tiende a perderse en idas y venidas sin demasiado sentido. Prueba de ello es que muchos de los personajes que más relevancia tienen en la trama al final de la temporada son introducidos de forma progresiva, y cada uno con su propia historia que poco o nada tiene que ver con la heroína.

Esto genera una sensación inicial de caos que desaparece a medida que las piezas encajan, finalizando todo en un clímax tan espectacular como relevante y dejando abiertas una serie de historias para una hipotética segunda temporada. Es por esto que la primera temporada va de menos a más, creciendo a medida que la complejidad de este mundo de Oz crece con los nuevos personajes, creando una especie de conflicto bélico con muchos frentes que representan, cada uno en su estilo, los diferentes mundos que conviven en este universo. La magia, la ciencia, la tecnología, el mal o la realeza terminan por descubrirse en lo que, de continuar la historia, se convertiría en una lucha por el poder que requerirá una modificación de los pilares dramáticos y narrativos de la serie, transformándose en una producción más coral donde el protagonismo no recaiga, al menos no en exclusiva, en un único personajes.

Me imagino que muchos, al leer esto, hayan tenido breves destellos de fragmentos de Juego de Tronos. Como decía al comienzo, la serie bebe en cierto modo de algunas ideas formales, estructurales y dramáticas de la famosa serie, sobre todo en lo referente a la lucha de facciones, el uso de magia y el recurso de la ciencia. Pero la diferencia, la gran diferencia, es que esta ficción diseñada por Arnold y Friedman introduce al espectador en la trama a través de un único personaje, acercándose al resto de roles y tramas secundarias tomando como referencia siempre a esta joven heroína. Y aunque puede ser comprensible hasta cierto punto, esto provoca que el desarrollo dramático tenga unos comienzos intermitentes, y obliga a que algunas líneas argumentales como el ‘love interest’ se resuelvan de forma algo precipitada. Dicho de otro modo, la evolución de la temporada deja claramente una serie a dos ritmos en la que las tramas, aunque al final encajan, parecen abordarse de forma independiente.

El resultado de esta primera temporada de Emerald City es flojo en muchos de sus aspectos. Los actores, aunque correctos, afrontan en algunos casos personajes cuyas motivaciones y evolución dramática se abordan precipitadamente y sin un profundo tratamiento. Las tramas, sobre todo las principales, quedan por tanto planteadas sin demasiados argumentos, eclipsándose posteriormente con algunas líneas argumentales secundarias mucho más atractivas y complejas. Y aunque la factura visual es impecable, el modo en que se afronta el desarrollo de la serie no parece tener, al menos al principio, un objetivo claro, limitándose a plantear el contexto casi durante todos sus episodios. En cierto modo, es una especie de primer acto de algo mejor que está por llegar. El problema es que eso no vale en una serie, y menos en una de estas características. Y un problema aún más grande: deja con ganas de saber cuál es el futuro, lo que termina por generar una frustración que, según parece, no llegará a superarse.

La 4ª temporada de ‘Vikingos’ (II) sitúa la serie ante su mayor desafío


Decir a estas alturas que Vikingos es una de las series más completas de la televisión no es nada nuevo. Su evolución dramática ha sido pareja a la pérdida de pelo del protagonista (y a un aumento de su barba) y a la complejidad de sus personajes, enmarcados en una época de guerras, conquistas y traiciones por el ansiado poder. Pero lo que representa todo un reto, un desafío digno de los mismos dioses nórdicos, es lo que ha ocurrido en la cuarta temporada de esta ficción creada con elegancia y maestría por Michael Hirst (serie Los Tudor). Y es que si ya es un riesgo cambiar de actor protagonista, matar al personaje sobre el que ha girado toda la trama crea un vacío que necesita ser llenado. Si ese personaje es, además, tan determinante como el que interpreta Travis Fimmel (Warcraft: El origen), la labor puede resultar hercúlea.

Con todo, y a tenor de lo visto en estos 20 episodios, no solo hay lugar para la esperanza, sino que se podría decir que el tratamiento dramático es tan sólido que su ausencia va a ser aprovechada para alcanzar otras metas. Con dos partes perfectamente diferenciadas, esta cuarta temporada supone un punto de inflexión más que evidente. Por un lado, representa la decadencia de un héroe inigualable, de un líder nato que recibe el mayor golpe cuando más invencible se siente y a manos, además, de un personaje al que ha querido y que más le ha traicionado. El arco dramático de Ragnar Lothbrok es, en este sentido, ejemplar, desgranándose toda su evolución simplemente a través de miradas y actitudes de este personaje tan introspectivo. Quizá el mayor problema sea, como ya comenté en el artículo anterior, la introducción en la trama de una adicción a las drogas, pero lo cierto es que eso no enmascara el hecho de que estamos ante un personaje histórico en todos los sentidos.

Lo más interesante, sin embargo, se encuentra en la segunda parte de esta temporada. Hirst otorga al protagonista un final digno pero, al menos desde el punto de vista vikingo, denigrante. Todo el proceso que lleva hasta ese momento supone uno de los mejores momentos dramáticos de la serie, centrado en la relación de personajes, en sus conflictos internos y ahondando mucho en sus verdaderas personalidades. Esto permite, por un lado, que el autor de Vikingos pueda desarrollar con posterioridad la brutalidad y el dramatismo de la venganza por parte de los hijos, y por otro que el espectador alcance a comprender el verdadero significado de las decisiones que se toman. Una etapa, en definitiva, fundamental para esa inflexión dramática que antes mencionaba, y que cambia el sentido de la serie a pesar de que continúa con unos hechos, por otro lado, coherentes.

¿Y porqué este cambio? ¿Por qué no centrar la historia en el personaje de Ragnar Lothbrok y terminar la serie con él? La respuesta, a mi modo de ver, radica en el título y, sobre todo en los personajes y los actores que los interpretan. Para empezar, y aunque el héroe al que da vida Fimmel ha sido imprescindible, esta ficción es una obra coral en la que muchos secundarios han alcanzado casi más relevancia en algunos momentos que los protagonistas. En este sentido, esta cuarta temporada también es buen ejemplo de esto, centrando la trama muchas veces en roles y acontecimientos dramáticos ajenos completamente al héroe, dotando al desarrollo de un mayor interés y de una visión más amplia que enriquece el mundo en el que tiene lugar la acción.

Nuevos personajes

Lo verdaderamente importante, sin embargo, es el testigo que recogen los hijos de Ragnar Lothbrok. Con un salto temporal de años, alrededor de una década, Vikingos sitúa en el epicentro de la trama a todos estos vástagos liderando una venganza y una guerra tan vieja como su padre. En este sentido, lo relevante son las diferentes y conflictivas personalidades de estos personajes, lo que diferentes rostros en cierto modo a las dudas internas que tenía el rol de Fimmel. Aunque esta opción puede ser arriesgada, Hirst logra tejer con delicadeza y precisión un equilibrio dramático que, además, genera una tensión creciente que culmina con uno de los momentos más brutales e impactantes de la serie, no tanto por la violencia en sí misma como por el significado que puede llegar a tener.

Pasado, presente y futuro se unen, de este modo, en la segunda parte de la cuarta temporada a través de un desarrollo profundo e introspectivo de lo que han sido y son los principales personajes, de su evolución a lo largo de los años marcada por traiciones, ambiciones y remordimientos. El propio protagonista interpretado por Fimmel es el caso más evidente, ejerciendo de catalizador para el posterior trabajo argumental, pero no es el único. Los personajes de Clive Standen (Everest) y Linus Roache (Yonkers Joe), Rollo y rey Ecbert respectivamente, reflejan también el tono generalizado de esta parte de la trama, más reflexiva sobre el pasado, sobre las consecuencias de las decisiones y sobre el tormento que estas generan. Un tono que, aunque un tanto nostálgico, se combina con un aspecto básico para el futuro de la serie.

Como decía un poco más arriba, dicho futuro pasa por lograr que los hijos de Ragnar se repartan la elaborada personalidad de su padre, algo que parece haberse conseguido. Y en esto juegan un papel fundamental los actores elegidos a tal fin. La labor de Alexander Ludwig (El único superviviente) ha ido creciendo y mejorando junto al personaje de Bjorn en el que se ha convertido en uno de los roles más interesantes de la serie. He de confesar que este joven actor nunca ha sido santo de mi devoción, siendo su incipiente carrera algo irregular, pero parece haberse consolidado con este inteligente, reflexivo y duro personaje. Junto a él destaca, y de qué modo, la labor de Alex Høgh Andersen (Krigen), joven actor danés que da vida a uno de los hijos (y personaje en general) más violento y sádico, con una inteligencia potenciada por la discapacidad que tiene y que, en teoría, liderará el ejército vikingo en algunas de las batallas más épicas que están por venir. El duelo interpretativo entre estos actores está servido.

Lo cierto es que la muerte del protagonista de Vikingos puede llevar a pensar que el final de la serie está más bien cerca, previéndose un futuro poco halagüeño en lo que a calidad se refiere. Pero nada más lejos de la realidad. Michael Hirst demuestra, por si quedaba alguna duda, que es un maestro en este tipo de géneros, aprovechando esta cuarta temporada para dar un giro al concepto de esta ficción y enfocarla hacia un nuevo y prometedor futuro lejos de Ragnar Lothbrok, quien a pesar de todo parece que seguirá presente de algún modo. La lucha por el poder entre los hermanos parece cada vez más obvia, y a eso se añade la guerra en las islas británicas con la incorporación de un nuevo y apasionante personaje, ya introducido en el último episodio y al que da vida Jonathan Rhys Meyers (Albert Nobbs). Así que sí, la serie está ante un importante desafío, el mayor hasta el momento, pero todo apunta a que lo superará con la elegancia, la violencia y la inteligencia que siempre la ha caracterizado.

7ª T. de ‘The Walking Dead’ (y II), la determinante función del villano


Era difícil mantener el buen ritmo narrativo y dramático de la primera parte de la temporada, y en cierto modo The Walking Dead no lo ha conseguido. Los últimos ocho episodios de la séptima temporada son, posiblemente, los más pausados de toda la serie, muy centrados (tal vez en exceso) en el desarrollo de los personajes, en sus dudas, sus miedos y sus remordimientos. Y si eso hubiera ocurrido con, por ejemplo, el protagonista al que da vida Andrew Lincoln (Los seductores) habría podido ser interesante, pero el problema es que ha ocurrido con muchos secundarios de relativa importancia, lo que ha provocado que la trama se haya dispersado en muchos momentos. Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente.

Y lo valiente en este caso es que la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) siempre ha sido consciente de que, para lograr la espectacularidad o la angustia, es necesario asentar muy bien las bases dramáticas. Es por ello que durante esta segunda parte de esta etapa todo aquello que parece no avanzar, que parece simplemente narrar la vida en cada uno de los asentamientos que protagonizan la trama, en realidad allana el terreno para un final épico marcado por la violencia, la sangre y la muerte. Y esta es, al fin y al cabo, la máxima expresión tanto de la serie como de los cómics creados por Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore: un desarrollo aparentemente tedioso y sin demasiada información que desemboca en un clímax tan impactante como gratificante, capaz de dar respuesta no solo a las expectativas del espectador, sino a todas las preguntas planteadas durante la acción previa.

El problema de esta segunda parte de la séptima temporada es la profusión de personajes. En realidad, es algo que ha ocurrido en otros momentos de The Walking Dead, pero en esta ocasión, con los protagonistas divididos hasta en cuatro escenarios clave y con nuevos e interesantes roles secundarios, se evidencian mucho más los conflictos a los que se enfrentan los creadores. El hecho de tener que combinar tantas tramas secundarias en un espacio tan limitado es todo un reto narrativo que se resuelve mejor o peor, depende del episodio. Con todo y con eso, el verdadero problema radica en los debates morales de muchos secundarios, sus dudas y sus reacciones ante lo que ocurre a su alrededor. Es, en cierto modo, como si el viaje catártico que el personaje de Lincoln hace en la primera parte lo vivan ahora otros roles, alargando unos preparativos bélicos que, personalmente, creo que podrían haberse resuelto de forma más directa.

Claro que esto arroja otra reflexión sumamente interesante acerca del alcance del poder y el daño que ejerce el villano de la función. El impacto de la presentación de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-, cada vez más cómodo y espléndido en el personaje) no solo ha tenido efecto en el héroe, sino en todos. Y un efecto a cada cual más distinto, lo que a su vez provoca una división interna acerca del modo de afrontar la pérdida. Ya sea con una destrucción de la voluntad, ya sea movidos por el odio y la ira, o simplemente por la cobardía, las reacciones de cada uno de los personajes es única, conformando así un mosaico de personalidades que se definen en una situación de mayor brutalidad si cabe. O dicho de otro modo, cada uno responde como puede a una amenaza mayor que los zombis, y que siempre llega de la mano de los vivos.

Esto es la guerra

Es cierto que muchas de las tramas secundarias podrían haberse acortado. Y también es cierto que una vez que el personaje de Rick Grimes sufre su particular catarsis y decide combatir, ver cómo los secundarios viven las mismas dudas en su viaje interior es algo innecesario, aunque sumamente enriquecedor para la trama. Pero todo ello ha permitido conformar un escenario dramático de auténtico sentido bélico, casi como si varias naciones tuvieran que luchar para defenderse de un enemigo común. Con todo, lo más interesante es lo que se esconde detrás de este pausado ritmo de The Walking Dead: la guerra sucia que desarrollan los personajes.

Traiciones, cambios de bando, muertes. Todo lo que pueda pensarse ocurre a un mayor o menor nivel. Cualquier recurso es bueno para ganar una batalla contra la tiranía. Y es en medio de esta guerra sucia (en algunos casos Guerra Fría) donde mayores cotas dramáticas alcanza la parte final de esta séptima temporada, pues no solo ofrece la posibilidad de comprender el verdadero carácter de muchos secundarios; también ofrece puntos de giro inesperados que enriquecen el desarrollo dramático de la serie, caminando con paso firme hacia un conflicto directo en el último episodio, posiblemente uno de los más intensos que se recuerdan en lo que a acción se refiere junto a los que tuvieron lugar en la cárcel. Gracias a los mencionados giros argumentales la trama se retuerce hasta puntos insospechados, sacrificios necesarios y esperados incluidos.

Y como siempre ha ocurrido desde su presencia en la serie, Dean Morgan es el verdadero atractivo de la serie. Su forma de afrontar un personaje tan siniestro y complejo como Negan es sencillamente ejemplar, dotándolo de una presencia física única, de una crueldad y una violencia inigualables. Es el verdadero faro de la temporada, sobre todo cuando el resto de personajes parecen haber perdido un poco el rumbo, precisamente a consecuencia de los actos de este villano. Todo tiene lugar por él, y nada ocurre sin que él no lo provoque. El final es uno de los mejores ejemplos. Todo en ese clímax tan espectacular como esperanzador tiene sentido única y exclusivamente porque Negan así lo quiere, incluyendo una de las muertes tan necesaria como esperadas. Es el objetivo a abatir, pero también el contexto y las circunstancias que promueven toda la acción. Un personaje así no se ve todos los días. Es más, no se ve casi nunca.

Puede entenderse de este breve análisis que esta segunda etapa de la séptima temporada de The Walking Dead tenga una calidad inferior al resto de la serie. Desde luego, a los que esperen ver muerte, vísceras y violencia les decepcionará. Pero como ocurre en esta serie, en medio de la calma siempre se intuye la tormenta, y en esta ocasión es una tormenta perfecta. El problema no es falta de ritmo, sino las vueltas que los guionistas dan sobre los mismos temas, ya sea con uno u otro personaje. Y dado que son tantos (cada vez más), la trama obliga a repartir los minutos cada vez más. Por fortuna, todo esto tiene un objetivo claro y bien definido en cada momento. Un objetivo que lleva a una conclusión épica, marcada por la acción y la tensión dramática. Y es esa conclusión la que, además, pone las bases para una octava temporada que se antoja espectacular.

1ª T. de ‘Billions’, una incomparable guerra intelectual y legal


Todo guión debería tener como pilares fundamentales una historia sólida y unos personajes bien definidos. Dicho así, suena tan sencillo como teórico. El trabajo posterior, por supuesto, siempre es mucho más complicado. Pero cuando se logra, cuando realmente se consigue una armonía entre trama y personajes, es cuando una historia crece casi de forma orgánica, lo cual por cierto puede ser un problema si no se controla correctamente. La serie Billions es el último ejemplo de que se puede lograr. Es más, de que a cualquier ficción le pueden faltar el resto de elementos y aún así convertirse en una auténtica joya dramática.

Para quienes no se hayan acercado todavía a la primera temporada de esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del guión de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin, la serie aborda la batalla intelectual y legal entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, en medio de la cual se encuentran la mujer del primero, que trabaja para el segundo. Resumido así, el argumento puede parecer excesivamente simple o soporífero, depende de a quién se pregunte. Pero ahí reside precisamente la magia de estos primeros 12 episodios. No voy a negar que exige mucho del espectador, tanto en lo que se refiere a atención como en conocimientos financieros o legales, pero la recompensa es extraordinaria.

Para empezar, la trama está construida sobre los miedos y las propias miserias de cada personaje. A pesar de que todos, aparentemente, son triunfadores, los protagonistas recurren a artimañas y subterfugios, a influencias y cauces de dudosa legalidad para lograr sus respectivos objetivos. Es evidente que eso se aprecia mejor en el fiscal interpretado por un excepcional Paul Giamatti (San Andrés), pero también se aprecia, sobre todo hacia el final de esta primera temporada de Billions, en su enemigo, al que da vida un espléndido Damian Lewis (serie Homeland). Esto permite a la serie abordar los diferentes conflictos desde una perspectiva diferente, aportando matices e interpretaciones diferentes y mucho más enriquecedoras de lo que inicialmente podría pensarse de la acción propia de cada secuencia.

Asimismo, el desarrollo dramático, a diferencia de otras ficciones, tiene siempre un único objetivo que, en cierto modo, podría entenderse que es la conversación entre los protagonistas en su episodio final. Para poder llegar a ese maravilloso cara a cara los creadores construyen un relato creciente de ataques mutuos, de sibilinos golpes bajos y de decisiones cuestionables que, además de enrarecer el contexto en el que se mueven los personajes, enriquece la aparentemente sencilla trama que plantea. A todo esto se suma, aunque no es lo más determinante, una narrativa visual que juega en muchos momentos con los tiempos dramáticos, despistando al espectador hasta el punto de identificarse con los protagonistas según necesidades dramáticas.

Entre actores anda el juego

Pero como decimos, lo relevante en Billions son los personajes, y más concretamente los actores. Dejando a un lado el duelo dramático entre ambos personajes, posiblemente lo más relevante sea el modo en que el tratamiento desgrana progresivamente el trasfondo emocional de cada uno de los roles. Esta información, ofrecida con cuenta gotas, genera un doble efecto, primero de cierta sorpresa e incluso choque emocional, y luego de comprensión y hasta tristeza. Sea como fuera, el caso es que poder comprender el pasado y los aspectos más íntimos de los dos protagonistas permite al espectador no solo anticipar ciertos movimientos (algo complicado en este tipo de series), sino aceptar determinadas decisiones poco comprensibles sin dicha información.

A todo ello contribuyen de forma imprescindible los actores, Tanto Lewis como Giamatti componen dos enemigos íntimos tan sólidos como inigualables. Si la definición de los personajes sobre el papel es compleja, ambos intérpretes acentúan los valores dramáticos hasta cotas insospechadas. Posiblemente donde más se aprecie sea en sus momentos de mayor bajeza moral, cuando recurren a todo tipo de estratagemas para poder salir vencedores en esta especie de partida de ajedrez que se establece entre ellos. Es en los rincones más oscuros de los personajes donde más disfrutan los actores, y donde logran sacar el máximo partido dramático de sus decisiones y sus acciones, repercutiendo en el resto de las tramas.

Precisamente las tramas secundarias pueden ser uno de los puntos más débiles de la serie, y no porque no estén bien estructuradas. Más bien, la lucha principal entre estos personajes y todo lo que ello conlleva (investigación, estrategias, traiciones, etc.) está construida de tal modo que el resto de líneas argumentales pensadas para complementar parecen menos brillantes. Y aunque es cierto que ciertos romances de personajes secundarios resultan algo irrelevante (al igual que episodios protagonizados por tramas anexas), una reflexión posterior permite apreciar el conjunto como un complejo puzzle en el que las piezas están en un delicado equilibrio que pivota sobre la complejidad del mundo en el que se mueven los personajes.

Billions es, a todas luces, una de las mejores producciones de la televisión. La primera temporada es un perfecto juego del gato y el ratón en el que, curiosamente, no se termina de tener demasiado claro quién representa a uno y a otro. La lucha entre estos personajes alcanza cotas sobresalientes, terminando con un diálogo en el último episodio simplemente memorable. A su alrededor se construye todo un mundo de traiciones, mentiras e intereses que supera con creces la mera investigación judicial, afectando de diferente forma a todos y cada uno de los personajes. Una obra construida al milímetro desde sus cimientos, sumamente recomendable para todo aquel que disfrute con la interpretación.

‘Orange is the new black’ confirma su apuesta desordenada en la 4ª T.


Es justo reconocer que Orange is the new black ha sabido reinventar su fórmula para, con los mismos personajes y el mismo contexto dramático, convertirse en algo completamente diferente a lo que se planteó en su primera temporada. La llegada de la, en teoría, protagonista a la cárcel de mujeres ha dado paso a una ficción coral en la que cada vez más personajes tienen relevancia en la trama. Pero su cuarta temporada confirma otra idea que tal vez sea menos positiva, y es el hecho de que todos estos personajes provocan un errático avance argumental que puede jugar en contra de esta producción creada por Jenji Kohan (serie Weeds).

Ya ocurrió con la anterior temporada. Los 13 episodios que conforman esta cuarta etapa poseen el denominador común de no tener denominador común, salvo tal vez el hecho de transcurrir en una cárcel y la llegada de un grupo de guardias a cada cual más tirano. La ausencia de un desarrollo dramático con cierta continuidad de un episodio a otro provoca la sensación de estar ante una ficción sin un objetivo claro, sin una línea argumental que se nutra de otras secundarias y que el espectador pueda seguir de forma más o menos nítida.

El resultado más inmediato de esta apuesta por el caos que hace Kohan es la pérdida de interés. La cuarta temporada de Orange is the new black posee numerosas depresiones de ritmo y narrativas que invitan a desconectar demasiado a menudo de la trama principal, que existe escondida en un bosque de líneas argumentales secundarias. La falta de una conexión clara, unida a que algunos episodios se olvidan de conflictos planteados previamente solo porque hay que dar cabida a muchas historias, invita a perder el rastro de lo realmente importante, amén de que algunos personajes principales de anteriores etapas no hacen acto de presencia hasta bien entrada la temporada, lo que acentúa la sensación de desconexión con lo visto hasta ahora, sobre todo si no se recuerdan determinados detalles.

Todo ello, como digo, provoca un cierto vértigo y, en algunos casos, incluso hastío. Pero al igual que ocurriera en la anterior etapa, todo esto enmascara en realidad una línea argumental que resulta interesante si se observa con cierta distancia y de forma global. Y, como analizaremos a continuación, conduce a un final tan atractivo como complejo, tan significativo como indispensable para cambiar el futuro de la serie de un modo irrevocable. Es precisamente ese final el que revela que existe algo más que tramas secundarias unidas por los personajes, y es el que evidencia que tras todo el caos se esconde una historia profunda.

Drama, mucho drama

A pesar de las apariencias, y de que el humor ácido es una tónica habitual de la serie, Orange is the new black posiblemente haya alcanzado su techo dramático en esta cuarta temporada. Claro que con el episodio final se deja la puerta abierta a un tratamiento dramático mucho mayor, pero en líneas generales estos 13 capítulos se confirman como los más difíciles para los personajes protagonistas. Bandas raciales, torturas (entre presas y por parte de los vigilantes) e incluso una muerte son algunos de los hitos dramáticos de esta etapa. Muerte que, sin desvelar a quien afecta, debe ser entendida como un recurso narrativo necesario para dar un giro argumental a todo el planteamiento.

Incluso la pérdida de protagonismo del personaje de Taylor Schilling (Noche infinita) está mejor integrada en el conjunto de la serie, ya sea por el caos de tramas a su alrededor o porque ha encontrado su hueco entre tanto personaje mucho más interesante. Personalmente me decanto por la segunda opción. Sea como sea, lo cierto es que su falta de protagonismo (y de carisma en algunos casos) ha permitido a la trama centrarse en el pasado de muchos roles, continuando de este modo la estructura dramática que tanto define a esta ficción. Pero también ha permitido, y esto es más importante, abordar la evolución dramática de este amplio abanico de roles femeninos, lo que ha enriquecido notablemente la visión general de las relaciones entre personajes.

Vista en perspectiva, esta cuarta etapa confirma esa ausencia de una línea argumental única (o al menos principal) que se nutre de tramas secundarias. Más bien al contrario, cada historia de cada personaje tiene su importancia y camina de forma paralela al resto. Pero si algo diferencia a estos episodios es que esta estructura dramática se ha definido más y mejor, permitiendo apreciar un cierto sentido, aunque sea muy genérico, sobre lo que realmente aborda esta temporada. El problema es lo que se menciona al principio del párrafo: esto se aprecia con la perspectiva de haber superado los 13 capítulos. Durante ellos, y salvo el tramo final de la historia, puede resultar muy difícil seguir el hilo argumental, y por tanto mantener el interés.

Y aquí está la piedra angular de todos los problemas de Orange is the new black. A pesar de sus potentes personajes, a pesar de su valiente e inteligente tratamiento argumental, la serie tiene tantos y tan buenos personajes que darles a todos una cierta relevancia termina por difuminar en exceso lo que se quiere contar. Esto tiene difícil solución, pues al fin y al cabo es la esencia de la serie. Esta cuarta temporada demuestra que la ficción de Kohan ha alcanzado un delicado equilibrio que se rompe con demasiada facilidad. Dicho de otro modo, la serie puede resultar tediosa, pero siempre existen ciertos momentos de interés que se van agrandando conforme se llega a la resolución del arco dramático. Es algo que pasó en la tercera temporada y que aquí se acentúa. El final de esta etapa deja la puerta abierta a un cambio total, que según todas las informaciones se va a producir a nivel dramático y narrativo. Veremos, porque de no ser así puede ser consumida por su propia originalidad.

Diccineario

Cine y palabras

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