‘El rey león’: realismo animal y deshumanizador


Son varias ya las películas que Disney ha revisionado ya en imagen real, pero la nueva versión del que posiblemente sea su mayor clásico moderno (si es que 25 años de vida puede considerarse moderno) ha dejado ver los aciertos y errores de esta estrategia con una claridad meridiana. No se trata de comparar un film con otro, sino más bien de comprobar cómo una misma historia varía en función de las herramientas utilizadas.

Porque siendo sinceros, la historia de este El rey león sigue teniendo la fuerza, interés y dramatismo de siempre. Una trama atemporal que encandila generación tras generación y que invita a revisionarse siempre que se puede. Sus conceptos shakesperianos, sus inmortales giros argumentales, su combinación de humor y drama, y sobre todo unos personajes perfectamente definidos y con una profundidad dramática fuera de toda duda siguen siendo los elementos que definen esta historia, y bajo ese prisma esta versión dirigida con inteligencia por Jon Favreau (El libro de la selva) se revela como un film sólido. De hecho, el director logra salir airoso de algunos de los momentos más complejos del relato, como son la canción ‘Yo voy a ser el rey león’ (magistral el modo en que utiliza los movimientos de cámara y los animales) y esa pelea final entre leones y hienas, todo un derroche de elegancia y belleza visual.

Ahora bien, la película peca en algo fundamental. Algo que, por otro lado, es comprensible si tenemos en cuenta su apuesta visual y su concepto de película realista con animales generados por ordenador. El clásico de animación humanizaba a los animales. Sonreían, lloraban, expresaban dolor, alegría, rabia, … Todo eso se pierde desde el momento en que los leones, sencillamente, no expresan muchos de esos sentimientos; o desde el momento en que los pájaros no pueden sonreír. Esto impide al espectador, por ejemplo, identificarse al máximo con los personajes. Si bien es cierto que el desarrollo dramático no se ve dificultado en ningún momento, también es cierto que muchas de las situaciones más complejas desde un punto de vista emocional no terminan de resolverse correctamente. Bajo este punto de vista, aunque es un film visualmente impecable el trasfondo de la historia queda algo suavizado.

De este modo, este realista El rey león es… muy realista. Tal vez demasiado para la historia tan compleja que se quiere contar. Favreau compone un relato sólido, espléndido en el apartado visual y muy original a la hora de afrontar algunos de los retos narrativos (en otros casos, como esa visión en las nubes de Mufasa, queda algo desdibujado). Un relato con una alta carga dramática que, sin embargo, en muchas ocasiones no logra trasladarse bien al film ante ese alarde de realismo animal que muestra en cada plano. La soberbia del joven Simba se pierde en esa tierna mirada de cachorro. Las dudas del Simba adulto tampoco logran encontrar salida en el rostro impasible del león. Tan solo la fiereza del combate final saca a relucir una inusitada fuerza. Esto es un problema para el film, es evidente, pero no es necesariamente algo malo que convierta la película en un fallido proyecto. Simplemente, es una nueva visión de una historia ya conocida. Y es una versión que maravilla por su calidad técnica y que contiene algunos momentos a tener en cuenta.

Nota: 7/10

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‘The Flash’ ahonda en el drama familiar en su quinta temporada


A pesar de que su estructura dramática es similar, The Flash se distanció desde el primer momento de su “progenitor” televisivo, Arrow, para dar una imagen algo más limpia, blanca, estéril. Su quinta temporada, aunque introduce algo más de dramatismo y una cierta oscuridad, mantiene en esencia esta apuesta pero introduciendo un nuevo elemento. O mejor dicho, reforzando en todos los frentes abiertos la idea de familia y todos los valores que ello conlleva.

En efecto, los 22 episodios de esta etapa de la serie creada por Greg Berlanti (El club de los corazones rotos), Geoff Johns y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Eli Stone) abordan en cada una de sus líneas dramáticas las tensiones en el seno de una familia, los conflictos y el modo en que cada miembro afronta dichas situaciones. En realidad, es algo que se viene trabajando desde los propios orígenes del personaje, pero en esta ocasión existe un matiz diferente, y es que los secundarios también viven ese concepto en sus propias historias, influyendo de forma más o menos directa en el resultado final y en el desarrollo de la trama principal. Incluso el villano está motivado por los vínculos familiares, recurriendo a la venganza por un accidente en el que su sobrina queda en coma. Todo ello, en efecto, refuerza el mensaje, e incluso lo hace más profundo, más consistente e interesante para los estándares que suele ofrecer esta ficción.

Ahora bien, esa reiteración conceptual también da al traste con la riqueza dramática y emocional del nutrido grupo de protagonistas. El hecho de que todos sus conflictos estén vinculados a padres que son villanos, a hijas engañadas o a la forma en que se relacionan unos y otros impide explorar nuevos conflictos, nuevos arcos argumentales capaces de aportar algo más a la trama. Por ejemplo, en etapas anteriores personajes como los de Danielle Panabaker (Time lapse) y Carlos Valdes descubrían sus poderes y se enfrentaban a sus propios demonios. Y aunque en estos capítulos se sigue manteniendo esa duda interna acerca de sus capacidades, queda relegada a un segundo plano, más como una consecuencia de algo superior que como una motivación en sí misma. En este sentido, por tanto, da la sensación de que cada aspecto previo de la trama queda supeditado a esa pátina de conflicto paterno filial que impregna absolutamente todo.

Y es una lástima. Es cierto que The Flash nunca ha sido una serie compleja. Más bien al contrario, su tratamiento siempre ha sido bastante lineal y, por qué no decirlo, previsible. Con todo, se mantenía siempre un pequeño as bajo la manga en forma de giros argumentales que pudieran producir, al menos, alguna sorpresa o imprevisto menor. Pero lo que nos encontramos en esta quinta temporada es una simplificación llevada al extremo de todas las historias. Ni siquiera los elementos externos que, en principio, deberían haber enriquecido la trama principal resultan interesantes. Al contrario, se convierten únicamente en meras muletas narrativas de la historia del héroe, sin tener recorrido ni vida propia más allá de servir al desarrollo del arco dramático protagonizado por Grant Gustin (Krystal), lo que hace que la serie pierda fuerza e interés, y que termine por ser un producto sin mayor recorrido que derrotar al villano de turno, quien por cierto, por muy poderoso que pueda parecer, siempre es derrotado sin grandes costes personales.

Gran familia feliz

Todo esto no impide, sin embargo, que esta ficción superheroica resulte entretenida. Al menos lo suficiente como para verla sin necesidad de reflexionar demasiado acerca de lo que sucede en pantalla. Los cada vez más elaborados efectos especiales, unido al tono irónico que tiene en general el tratamiento de personajes y a un villano que, con sus irregularidades, resulta interesante en su dibujo y puesta en escena, permiten que la serie se desarrolle de un modo bastante correcto (lo que no quiere decir apasionante). Y al igual que pasara con Arrow, el universo del hombre más rápido de la Tierra sigue expandiéndose en lo que a personajes se refiere, explorando presente, pasado y futuro para introducir nuevos roles que integran esta gran familia feliz que representa el Equipo Flash y su entorno.

En este contexto es necesario señalar lo que ocurre con Tom Cavanagh (El inventor de juegos) y los múltiples personajes que interpreta no solo en esta quinta temporada de The Flash, sino en toda la serie. De ser el primer villano de la historia (rol que, por cierto, vuelve a interpretar en estos episodios) ha pasado a dar vida al mismo personaje de universos diferentes, cada uno con sus particularidades y siempre un apoyo para el resto de personajes. En esta ocasión, una suerte de versión francesa de Sherlock Holmes especializado en seguir la pista y capturar al villano de la temporada en cada una de las realidades en las que existe. Más allá de la mejor o peor definición del rol, es digno de mención el trabajo tan diferente que hace el actor en cada temporada, dotando a cada personaje de una entidad y profundidad diferente, pero siempre siendo pieza importante no solo para derrotar al antagonista, sino para hacer avanzar la acción. Lástima que su distinta presencia en cada temporada impida ahondar algo más en el trasfondo, motivaciones, miedos y secretos de cada uno de los personajes.

De hecho, la diferente presencia del actor en cada temporada es uno de los alicientes de la serie, aportando siempre el mismo trabajo pero bajo prismas diferentes. Una pequeña originalidad de una serie que cada vez parece más entregada a la repetición de conceptos, de recursos narrativos, sin ofrecer giros interesantes que sean capaces de renovar el tono de la serie o, al menos de hacerlo parecer algo diferente a lo que se ha visto en estos cinco años. La originalidad inicial, así como el impacto de los efectos visuales, ha dejado paso a un retorno constante a las mismas ideas, incluyendo los viajes en el tiempo. La historia necesita de nuevos retos narrativos, incluso diría que de nuevos personajes capaces de aportar algo diferente a la dinámica del grupo. Pero mientras eso llega, lo que queda es una temporada simpática, entretenida en algunos momentos pero bastante condescendiente con sus propias limitaciones.

No quiere esto decir que no haya futuro. Esta quinta temporada de The Flash deja algunas ideas realmente interesantes, como esas modificaciones en el periódico que marca la desaparición del protagonista, la creación de la cabecera digital en la que se publica la noticia y algunas otras ideas que comienzan a vertebrar ese evento con el desarrollo de la serie. Ha sido algo incipiente, es cierto, pero al igual que ocurriera en etapas anteriores, se plantean varios hitos dramáticos que, si se saben explotar en la siguiente tanda de episodios, podría llevar la ficción por un camino interesante. Habrá que ver cómo se compagina eso con el nuevo villano, y sobre todo con esa idea de poder quitar los poderes con una mera inyección. Por el momento, esta temporada se queda más bien como un producto que puede verse y, en algunos momentos, disfrutarse, pero que en ningún caso hace avanzar realmente la acción en una dirección clara, plantando sin embargo la semilla de varias ideas que podrían germinar de forma muy atractiva.

‘Riverdale’ se pierde entre demasiadas tramas en su 3ª temporada


Riverdale se ha caracterizado, desde sus inicios, en su poco miedo a reinventarse constantemente. La serie creada por Roberto Aguirre-Sacasa (Carrie) ha sabido alejarse del tono limpio de los cómics en los que se basa para reconvertir las historias de este grupo de adolescentes en una mezcla de intriga, romance adolescente y aventura de instituto. Pero en su tercera temporada esta ficción ha llevado esta máxima hasta un límite que ha roto la magia que unía todo, convirtiendo la producción en una sucesión de giros argumentales a cada cual más inexplicable, en algunos casos absurdos y, en la mayoría de ellos, carentes de demasiado interés.

El porqué de esto es sencillo. Las primeras temporadas de la serie tenían un arco argumental principal muy bien definido. En él participaban todos los protagonistas, en mayor o menor medida. Y las pocas historias secundarias existentes no solo estaban a la sombra de la principal, sino que se limitaban a un par de personajes, siendo el resto componentes de un mosaico de fondo enriquecedor y, por momentos, capaz de robar algo de protagonismo a los cuatro héroes de turno. Pero en los 22 episodios que ahora nos ocupan todo eso ha cambiado. Los protagonistas no tienen un rumbo fijo y, lo que es más preocupante, las historias principales y secundarias se confunden hasta el punto de coexistir en un mismo grado de relevancia dramática, generando un caos argumental innecesario en el que los personajes no encuentran un sendero claro por el que avanzar. Dicho de otro modo, la existencia de tantas historias impide al espectador discernir el objetivo principal de esta etapa, y con ello los personajes abandonan sus metas y motivaciones para convertirse en meros peones de una partida de rol fallida (y esto, para aquellos que hayáis visto la serie, os sonará de algo).

La prueba más evidente de esto está en el protagonista interpretado por K.J. Apa (Nuestro último verano). La labor del actor en esta tercera temporada de Riverdale es encomiable, sobre todo por ser capaz de aguantar el tipo con un rol incapaz de definirse. Posiblemente haya pocos personajes que hayan pasado por tantas fases dramáticas como Archie Andrews, que en apenas un puñado de episodios pasa de ser presidiario a prófugo, de prófugo a estudiante y de ahí a boxeador. Eso por no hablar de su participación en esa macropartida de rol que abordaremos más adelante. Al final, el espectador se encuentra con la misma sensación de desorientación que el héroe, es cierto, pero eso no beneficia al conjunto dramático, más bien al contrario, resta interés al devenir de un personaje que parece incluirse en un ámbito diferente cada dos por tres solo por exigencias del guión (eso sí, sin camiseta).

Y luego nos encontramos con la trama supuestamente principal. La partida de rol que deben desentrañar los jóvenes héroes de esta ficción tiene todos los elementos para ser un juego psicológico tan sádico como tétrico. Y de hecho lo es en muchos episodios. El problema es que a lo largo de la misma se van introduciendo tantos elementos disuasorios que terminan por echarse a perder, eso por no hablar del uso nada disimulado de los personajes secundarios, que tan pronto están sumergidos de lleno en esta espiral de locura que es ‘Grifos y gárgolas’ como se dedican a otros menesteres, como si el juego de rol dejara de tener relevancia en una ciudad inmersa a todos los niveles en la obsesión que genera este juego. Es esa falta de continuidad en determinados episodios lo que crea desconexión, no tanto del desarrollo general de la serie como de sus personajes y de ciertas tramas secundarias que tienden a ocupar más espacio narrativo del que teóricamente deberían.

El Rey y la Capucha

La resolución de esta temporada de Riverdale es igualmente… extraña, por decirlo de algún modo. Si bien las motivaciones que se esconden detrás tienen una interesante carga dramática, vinculando además todas las temporadas y convirtiendo la serie en un producto global (no únicamente en aventuras que empiezan y finalizan con cada etapa), el modo de resolverlo cuenta con unos giros argumentales algo excesivos, recuperando personajes presuntamente muertos y creando una especie de clímax de pesadilla en el que los acontecimientos se convierten en una sucesión de puntos de giro a cada cual más irreal (incluso bajo la premisa de esa última partida de rol que comienza de un modo ciertamente atractivo). En realidad, es un final acorde a la temporada; el problema es que la temporada ha sido, de por sí, un delirio constante de idas y venidas dramáticas muchas veces desvinculadas unas de otras.

Un claro ejemplo es todo ese arco argumental centrado en el personaje de Lili Reinhart (Alguien está vigilándote) y esa comunidad sectaria en la que se introducen familiares y amigos. A pesar de los intentos por incluirla y vincularla con el resto de tramas, en ningún momento logra ser parte de la historia de la serie, convertida más en una suerte de apéndice con vida propia al que recurrir en determinados y necesarios momentos. El hecho de que los personajes se vayan introduciendo en ese universo paralelo cada vez más y que, sin embargo, no parezca tener efectos en la vida de la serie más allá de secuencias puntuales es algo que termina por debilitar al conjunto, que parece temeroso de explorar esta historia y ver sus posibilidades dramáticas reales. Solo al final del trayecto, cuando todo se precipita, adquiere interés. El hecho de que hayan quedado las puertas abiertas a continuar este arco dramático en la cuarta temporada da una idea de que tal vez, y solo tal vez, habría sido mejor dejar los tejemanejes de esta secta para otro momento, y destinar todos los esfuerzos a la partida de rol en vivo que los personajes son obligados a jugar.

La serie deja varios momentos muy interesantes. Sin ir más lejos, esa recreación de la vida de los personajes adultos durante su etapa de instituto, utilizando para ello a los actores jóvenes (que, por cierto, adquieren notablemente bien los gestos y rasgos definitorios de los adultos) y vistiéndoles, al menos en un primer momento, de forma muy parecida al cómic, en especial a Jughead. Asimismo, el desarrollo de la vida personal del rol al que da vida Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) también permite ampliar la mirada sobre este universo adolescente, y aunque es víctima del tratamiento errático de la serie a todos sus elementos, no deja de ofrecer aspectos enriquecedores que, esperemos, tengan continuidad en el futuro de esta ficción. De hecho, no es únicamente esta trama secundaria la que resulta interesante, lo que invita a pensar que sus creadores siguen haciendo crecer el trasfondo sobre el que se dibujan las tramas principales, aunque en este caso lo hacen de un modo algo irregular.

El principal problema de la tercera temporada de Riverdale es la excesiva carga de líneas argumentales. Para que cualquier ficción funcione de forma orgánica es necesario que exista una trama principal y varias secundarias, eso es indudable. Pero a esta definición hay que añadir que el peso dramático de cada una de ellas tiene que ser diferente. Tienen que complementarse. Y en esto es en lo que ha fallado la serie en esta etapa, planteando varios arcos dramáticos con un mismo peso específico, lo que obliga a destinar tiempo y metraje para su desarrollo, restándoselo a otros elementos que, por desgracia, hacen que la serie cojee en muchos momentos, perdiendo algo de interés y, lo que posiblemente sea la peor parte, presentando una evolución errática y sin consolidar las motivaciones de los personajes. Solo cabe esperar que la serie vuelva a una senda algo más pausada, manteniendo ese espíritu de reinventarse constantemente pero sin los excesos de estos episodios.

‘Aladdín’: una colorida fachada


Viendo la nueva apuesta de Disney para revitalizar en imagen real sus clásicos más conocidos, y sobre todo viendo la reacción del público de diferentes edades en la sala, la película debe ser entendida no solo desde la nostalgia de aquellos que crecimos con la magia de estas cintas animadas, sino desde aquellos nuevos espectadores de corta edad que descubren aquello que muchos otros conocimos hace décadas. Y aunque la calidad de la cinta puede que no varíe, sí es importante comprender que las comparaciones suelen ser odiosas, sobre todo en casos como este.

Por eso, Aladdín no puede compararse con el original de 1992. No porque no esté a su altura, sino porque es otro concepto adaptado a los nuevos tiempos. Y bajo este prisma, la cinta de Guy Ritchie (Sherlock Holmes) es un portento visual, una aventura musical y dinámica que aprovecha bastante bien las posibilidades de la historia para alejarse un poco del lenguaje visual del original y narrar con sus propias palabras la conocida historia del joven ladrón que terminó convirtiéndose en príncipe. Ahora bien, la producción tiene en sí misma unas posibilidades que no se explotan lo suficiente y que limitan mucho, en algunos casos muchísimo, la propia narrativa de la historia, que no profundiza en los parámetros dramáticos y morales que ella misma apunta.

El caso más evidente es el del empoderamiento de la princesa (a la que interpreta con acierto Naomi Scott -Power Rangers-), un elemento nuevo en una historia de estas características que, sin embargo, no da el paso de convertirse en un motor narrativo. Dicho de otro modo, el feminismo con el que se dota a la historia parece más de postín, limitándolo a un personaje femenino diciendo que se ha preparado para ser sultana y que no la van a callar, pero siendo siempre salvada por el héroe de turno. Es evidente que, en un intento de mantener la esencia del cuento original pero introduciendo los actuales conceptos sociales, lo que surge es una mezcla que no funciona. No es el único caso. La evolución del protagonista no termina de generar el interés esperado, los efectos digitales se antojan un tanto acartonados, y secundarios como Abu o Iago tienen un protagonismo intermitente que revela un intento infructuoso de dotarles de una presencia determinante en la trama.

Todo ello convierte a Aladdín en un entretenimiento para los más pequeños que en muchos casos no terminará de convencer a los mayores. Un colorido espectáculo en el que, al igual que la moraleja de la historia, termina por importar poco la fachada y primar lo que hay en el interior. Y ese interior se revela irregular, con buenos e interesantes momentos pero con demasiados argumentos planteados sin desarrollo posterior. Eso por no hablar de la ausencia completa del lenguaje de Guy Ritchie tras las cámaras, entregado a una mera manufactura de un producto comercial. Eso sí, la magia sigue existiendo, y mientras hay magia hay esperanza… al menos para afrontar la siguiente cita con un clásico Disney de carne, hueso y ordenador.

Nota: 6,5/10

‘Los hermanos Sisters’: conflicto de modelos sociales


El género western posee unos elementos definitorios muy concretos más allá de vestuarios, épocas y escenarios. Tal vez por eso la nueva película de Jacques Audiard (De óxido y hueso), aunque ambientada en el Lejano Oeste, ofrece al espectador muchas más lecturas a todos los niveles, desde el visual al puramente sociológico, componiendo una sinfonía muy entretenida que, además, obliga necesariamente a reflexionar durante varias horas.

Porque la premisa inicial de estos dos bandoleros a sueldo realizando un trabajo pronto da paso a una interpretación mucho más profunda y compleja tanto de los personajes como del mundo en el que se desarrolla la serie. Con un tono marcadamente crepuscular, la historia ahonda en las diferencias de un mundo marcado por la violencia y la codicia y otro muy diferente en el que la educación, el respeto a la ley y la convivencia definen a los individuos. Esta dualidad se haya en cada aspecto del film, desde las diferencias entre Los hermanos Sisters, a los que dan vida de forma espléndida John C. Reilly (Convención en Cedar Rapids) y Joaquin Phoenix (Irrational man) hasta los contrastes entre el polvo del camino y la elegancia de San Francisco, por no hablar de la utopía que menciona el rol de Riz Ahmed (Circuito cerrado) hacia el final del metraje.

A todo ello se suma una puesta en escena que aprovecha al máximo las posibilidades de la historia. Audiard vuelve a demostrar su amplio registro formal con escenas como la inicial, con una oscura noche solo iluminada por el fuego de los disparos, o la iluminación tenue de las calles de pueblos y ciudades. El director francés pone al servicio de la historia y sus actores tanto imagen, música (magnífica banda sonora de Alexandre Desplat, dicho sea de paso) y lenguaje para desarrollar y captar el sentido de las miradas, de los diálogos e incluso de las penurias que pasa la pareja protagonista para alcanzar su destino, retornándoles al final al que fuera el inicio de sus vidas.

Lo que nos encontramos en Los hermanos Sisters es un western atípico, alejado de heroicas gestas o desafíos casi imposibles. En realidad, los dos protagonistas son más bien decadentes, y la historia reflexiona sobre el modelo social y la lucha entre la violencia y la armonía. Y por ello, amén de un director con personalidad capaz de atrapar al espectador con su capacidad para generar belleza, es por lo que el film se descubre como una obra diferente, enriquecedora, capaz de sobrevivir a su propio metraje para dejar su poso en la conciencia una vez se encienden las luces de la sala. Puede que algunos de sus tramos carezcan del ritmo necesario, pero tanto si se es aficionado al género como si no, es una película que nadie debería perderse.

Nota: 8/10

‘Bumblebee’: Primer contacto


Que la saga ‘Transformers’ estaba agotada creativamente hablando es algo incuestionable. La deriva de las películas, a cada cual más espectacular y con mayores destrucciones del planeta, terminó por distanciarse mucho del espíritu de aquel primer film en el que, ante todo, la historia giraba en torno a un chico, su primer coche y cómo se veía envuelto en un conflicto de dimensiones galácticas. Por eso esta cinta sobre uno de los personajes más icónicos de este grupo de robots se puede entender como un primer contacto, un regreso a los orígenes no solo de esta saga, sino de lo que siempre fueron los Transformers.

Y todo eso es Bumblebee. Con sus debilidades, que las tiene, la cinta combina a la perfección espectáculo con un tratamiento bastante elaborado de las relaciones entre humanos y robots más allá de la guerra que siempre es un telón de fondo. Un vínculo que se pudo ver en la primera entrega y en la serie de animación original que, además, está homenajeada en varios momentos de este film de Travis Knight (Kubo y las dos cuerdas mágicas), quien sin ser Michael Bay (ni lo pretende), ofrece al espectador un relato bien narrado, huyendo de efectismos habituales en este tipo de cintas. El guión, por tanto, se sustenta más en los personajes que en los puntos álgidos de la acción, planteando más una historia de amistad que una batalla, una lucha por comprender aquello que es diferente más que un conflicto entre buenos y malos.

Por tanto, y con efectos especiales de por medio, nos encontramos ante un film algo más personal de lo que pudieron ser las últimas entregas de la saga, si es que algo así es posible con una cinta de robots alienígenas. Con todo, la historia sigue siendo excesivamente simple. El cambio de chico por chica en el rol protagonista no evita que exista la sensación de estar ante un desarrollo prácticamente igual al del film original, incluyendo algunos toques cómicos que pueden extrapolarse de una cinta a otra. Esto resta cierta originalidad al relato, lo que unido al hecho de ser un spin-off de la taquillera saga hace que el conjunto pierda algo de brillo propio, eclipsado siempre por el recuerdo de todas las películas anteriores, sea bueno o malo.

Esto, sin embargo, no es, o no debería, ser óbice para disfrutar de una aventura sumamente entretenida que devolverá a la infancia a más de uno, sobre todo con ese inicio en Cybertron. Bumblebee tiene todo los que debería tener un film de estas características, pero carece de algo fundamental: originalidad. Lo más trágico de todo es que no es algo de lo que pueda huir, teniendo en cuenta la cantidad de películas con estos seres de protagonistas. Que ahora el protagonista sea este escarabajo amarillo sin duda es un soplo de aire fresco y supone un buen primer contacto para un posible reinicio de la saga, pero en ningún momento este relato logra desprenderse de la sensación de ser un producto más de una producción en serie. Pero un buen producto al fin y al cabo.

Nota: 6,5/10

‘Aquaman’: la punta del tridente


La estrategia de DC Cómics para llevar a la gran pantalla a sus principales superhéroes es cuanto menos curiosa. Sin un orden claro, ha preferido mostrar primero las aventuras en común que las historias personales de cada uno. Aunque lo más llamativo es, sin duda, que están siendo los personajes que rodean a Superman y Batman, principales baluartes de la casa de cómics, los que están dotando a este nuevo universo de mayor consistencia. El último en sumarse es el rey de los mares, y lo hace con un entretenimiento puro y clásico que aprovecha las últimas tecnologías para dar rienda suelta a la imaginación.

Porque otra cosa no, pero Aquaman desprende imaginación por las cuatro esquinas de cada fotograma. Tampoco es que su historia no diera pie a ello. El diseño de producción de Atlantis y de las criaturas que habitan en las profundidades alcanza su máxima expresión en los planos generales, donde el director James San (Sentencia de muerte) dan rienda suelta a su capacidad de aprovechar las posibilidades que ofrecen los grandes espacios en lo que a movimiento y trasfondo visual se refiere. Pero acompañando este lenguaje visual el espectador encuentra una historia íntima, de búsqueda y superación de los miedos y limitaciones propias del héroe, con una trama planteada a modo de pruebas de Hércules a cada cual más complicada y en la que el trofeo es un tridente para controlar los mares.

Y bajo este prisma, la cinta se revela como un viaje que recuerda las clásicas producciones de los mitos griegos o romanos. Mezclando acción y humor a partes iguales, al final lo más interesante es el buen sabor de boca del viaje, más que el viaje en sí o las fases por las que pasa. Y también en este aspecto más, digamos, introspectivo, Wan demuestra un manejo de la cámara y de la narración fuera de toda duda, tanto en las impecables secuencias de acción (que sacan el máximo partido al entorno acuático) como en los diálogos, algunos de ellos ciertamente interesantes e, incluso, con un mensaje medioambiental y social que aporta una crítica pocas veces vista en este tipo de producciones. A la historia podría habérsele pedido algo más, puede que mucho más. Mayor complejidad emocional de los personajes, mayor intriga, algo más de desafío tanto externo como interno para el héroe. Pero eso no quita para que no pueda disfrutarse.

Con todo ello, Aquaman es la última punta de un tridente que inició El hombre de acero en 2013 y continúa Wonder Woman en 2017. Y ya están anunciadas próximas entregas individuales de los superhéroes. Entre medias, por supuesto, producciones conjuntas con mayor o menor atractivo. Pero lo que pone de manifiesto esta aventura del rey de Atlantis es que una buena película de superhéroes nunca, jamás, debe nacer con pretensiones mayores que el entretenimiento. Para muchos esto siempre será una desventaja, pero personalmente creo que es lo que aporta la magia. En el caso que nos ocupa, un entretenimiento con un sabor clásico, sostenido con una trama de pura aventura y envuelto con unos efectos digitales modernos pero de concepción antigua. Esa unión entre pasado y presente es similar a la planteada en el film entre tierra y mar. Y en ambos casos el personaje al que da vida Jason Momoa (Sugar mountain) es la punta de lanza, o en este caso del tridente.

Nota: 7/10

‘Mortal Engines’: devorados por el pasado


Muchos especialistas critican la falta de ideas en el cine, donde secuelas, precuelas, remakes y adaptaciones parecen proliferar más cada año. Pero lo que se comenta menos es la falta de ideas en la literatura, sobre todo en la adolescente, donde las historias parecen ser siempre las mismas pero vestidas con diferente disfraz. Algo así le ocurre a la primera película de Christian Rivers como director. Visualmente espectacular, se desinfla con un contenido sin brillo.

Y es que Mortal Engines, a pesar de tener una base conceptual interesante, no desarrolla absolutamente nada las posibilidades dramáticas del conjunto. El desarrollo del guión se vuelve predecible desde su primer punto de giro, el modo en que la información se ofrece al espectador es totalmente inadecuado, revelando posibles hitos dramáticos antes de tiempo o de un modo que resta, precisamente, dramatismo. A esto se suman unos personajes poco interesantes y excesivamente arquetípicos: una joven que clama venganza, un joven inocente que se convierte en héroe, un villano que anhela el pasado para dominar el futuro, … De hecho, se podría decir que al film le ocurre un poco lo que le sucede al malo de turno, interpretado por Hugo Weaving (Jasper Jones), por cierto lo mejor de la cinta: que termina siendo devorado por un pasado que no ha entendido y, sobre todo, no ha respetado.

Porque si lo hubiera hecho posiblemente la sensación de estar ante algo que tiende a “tomar prestado” todo tipo de elementos de otras películas no existiría, o al menos no sería tan acentuado. Porque lo cierto es que bajo este tratamiento irregular de la trama se esconden algunas reflexiones interesantes, como el modo en que la sociedad puede llegar a autodestruirse y cómo no conocer bien el pasado puede terminar por provocar un nuevo mal. Pero todo ello, como lo realmente importante en este film, se queda únicamente como algo anecdótico, una puntualización a pie de página de un relato que tiende a la espectacularidad por la vía más directa, es decir, la que no necesita de una mínima reflexión por parte del espectador.

Así, Mortal Engines es un vehículo, nunca mejor dicho, de entretenimiento puro y duro, que a pesar de la originalidad de algunas de sus premisas (ciudades que se mueven, hombres inmortales, …) no ofrece nada más que eso, imágenes apabullantes, efectos especiales y digitales a cada cual más elaborado y una puesta en escena algo sencilla pero efectiva. Pero una vez desenvuelto este proyecto, dentro no hay nada o muy poco. Desde luego no todo lo que se supone que debe rellenar las más de dos horas de metraje. El cine postapocalíptico adolescente, una vez superadas las sagas iniciales, no parece ser capaz de ofrecer nada nuevo.

Nota: 6/10

‘Jurassic World: El reino caído’: de vuelta a los orígenes


Como cualquier género o subgénero, el cine de dinosaurios debe ofrecer con cada película algo nuevo, diferente. Y en esta ocasión esa diferencia no es otra que nuevas criaturas creadas genéticamente a partir de otros dinosaurios. En realidad, la fórmula no es nueva, porque ya ocurrió en la primera entrega de esta nueva serie de films, pero sí es nuevo el enfoque que aporta J. A. Bayona (Lo imposible), o al menos lo suficientemente fresco y respetuoso con el original como para superar a su predecesora.

Porque es la labor del director la que marca la diferencia. Y curiosamente, lo hace homenajeando al maestro Spielberg y ese film que ahora cumple 25 años y que, como queda patente con este Jurassic World: El reino caído, está más en forma que muchas otras historias. Desde el tratamiento de los personajes hasta la iluminación y los juegos con las sombras de los dinosaurios, pasando por detalles como la herida en la pierna de la heroína o esa suerte de extraña familia formada por las necesidades del momento, Bayona opta por mirar en el espejo del film que lo inició todo y aprovechar los recursos narrativos en su propio beneficio para conformar un relato fresco, dinámico, por momentos intenso y cargado con parte de la magia que, por ejemplo, no tenía el film de 2015.

Su labor, sin embargo, no oculta un guión más bien deficiente en lo que a narrativa se refiere. Si bien es cierto que el tratamiento de personajes es correcto (y la labor de todo el reparto es espléndida), el desarrollo del arco argumental es excesivamente lineal, recurriendo a lugares comunes y giros argumentales previsibles, sin dar pie a la sorpresa o a una cierta intriga en una trama, por otro lado, entregada al entretenimiento en estado puro. Y esto no es algo necesariamente malo, al contrario: consciente de las dificultades de aportar algo nuevo y diferente, opta por una historia que para muchos será “más de lo mismo” y vestirla de forma elegante y sobresaliente con la firma de Bayona.

Este Jurassic World: El reino caído es lo que toda secuela debe ser: más acción, más diversión, más adrenalina y, en pocas palabras, mejor que su predecesora. Con una fuerza visual que no es veía en la saga desde el primer film, Bayona imprime un toque imprescindible para entender la calidad del film, que recurre a temas del film original como la familia, las dudas sobre la ética de crear dinosaurios o el poder y la avaricia de aquellos que desean sacar rédito económico a una fuerza de la naturaleza de este calibre. En este sentido, posiblemente lo mejor del film sea su final, abriendo la puerta a una tercera entrega con posibilidades infinitas.

Nota: 7/10

‘Han Solo: Una historia de Star Wars’: el sino de los tiempos


Según los datos de la taquilla, la nueva aventura galáctica, dirigida en esta ocasión por Ron Howard (Ángeles y demonios), no está teniendo la repercusión ni el éxito esperados. Habrá quien lo achaque a factores externos, pero la realidad es que esta historia sobre la juventud de uno de los personajes más icónicos de la saga creada por George Lucas (American Graffiti) no termina de encajar del todo bien en el imaginario galáctico. Y por muchos motivos.

Para empezar, las líneas temporales. Cuesta identificar claramente el momento en el que transcurre esta trama con respecto a la saga principal, a diferencia de lo que ocurre con Rogue One. Y la cinta parece quedar un poco ‘coja’ de algo tan importante como las batallas espaciales, seña de identidad de la saga cinematográfica. Se antoja más, por tanto, como una especie de aventura futurista que como una obra propiamente de Star Wars. A todo ello se suman, por ende, la ausencia de muchos de los elementos que siempre han acompañado esta mega historia cinematográfica, desde la banda sonora a detalles y escenarios icónicos.

Así, salvo Chewbacca, el propio Solo, al que da vida con acierto Alden Ehrenreich (Hermosas criaturas), Lando Calrissian (sin duda lo mejor de la trama con un Donald Glover –Magic Mike XXL– inmenso) y el Halcón Milenario, la película no ofrece un contexto galáctico capaz de permitir al espectador medio identificarlo con el resto de películas. Pero eso es el contexto. En realidad el problema, como en cualquier otra película, es el contenido. Sí, la película es dinámica, divertida, con dosis de humor, acción y drama adecuadas. Pero el tratamiento de los personajes es algo tosco, definidos todos ellos con trazo excesivamente grueso y arquetípico. Apenas hay giros argumentales interesantes, salvo esa decisión final de Han Solo que choca un poco con su comportamiento en el resto de la saga. Esto implica que las decisiones de los personajes parecen tener poca base dramática, y como consecuencia el desarrollo de la cinta se produce casi más por inercia que por motivaciones argumentales.

Todo ello sitúa a Han Solo: Una historia de Star Wars más como una historia futurista que como una obra dentro de un conjunto. De hecho, da la sensación de que los elementos de Star Wars que aparecen están introducidos después de plantear una historia genérica. O dicho de otro modo, todo lo que ocurre en la cinta podría haber transcurrido en otro universo, en otra galaxia, y haber sido una película totalmente independiente. Y habría seguido teniendo los mismos problemas narrativos y estructurales porque es el sino de los tiempos que corren: más espectáculo, más diversión, pero menos tratamiento dramático. Solo se merecía algo más.

Nota: 6,5/10

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