‘No dormirás’: puede que sí, puede que no, nunca lo sabremos


Suele decirse que hacer reír es más difícil que hacer llorar o asustar al espectador. Sobre eso se puede matizar y debatir mucho, pero hay algo seguro. Sea cual sea el género, siempre habrá niveles narrativos, interpretativos y formales. Y la nueva película de Gustavo Hernández (La casa muda) se encuentra en esa categoría del susto fácil, la ambientación prefabricada y la historia simple que pretende ser enrevesada. Y el resultado es lo que cabría esperar.

Lo más frustrante de No dormirás posiblemente sea que el punto de partida es interesante. Una directora de teatro obsesionada con que sus actores se introduzcan en el personaje, la frontera entre la vida y la muerte, el insomnio y una obra de teatro marcada por la locura, el dolor y la muerte. Pero lo que comienza siendo un relato sobre los límites de la mente termina convirtiéndose en una especie de psicosis colectiva en la que la trama pierde por completo el control de lo que quiere contar. Si bien es cierto que existen muchos arcos argumentales secundarios que ayudan a nutrir la historia principal, la resolución de todos ellos en un único final crea el efecto contrario, es decir, diluye lo visto hasta ese momento en un clímax con poco o ningún sentido.

Da la sensación de que ni el director ni el guionista han sido capaces de establecer una conclusión más o menos coherente a una historia en la que han mezclado (o querido mezclar) psicología y fantasmas. Y a esto no ayuda el hecho de que el envoltorio de la trama sea excesivamente manido. Un relato sobre locura y terror que transcurre en un psiquiátrico abandonado. Una protagonista con un historial familiar psicótico contratada para dar vida a una mujer encerrada por su locura. Todo lo que da forma al desarrollo dramático se plantea de forma tópica para crear, eso sí, una ambientación exquisita, pero que recurre al susto fácil y a un desarrollo excesivamente lineal.

Al final, y como ocurre con muchas historias de terror, No dormirás parece más de lo que es. Tiene una buena idea original que no se desarrolla adecuadamente, tal vez por un exceso de celo a la hora de hacer más compleja la trama. A pesar de que el reparto está correcto y la ambientación hace su trabajo de forma solvente, la falta de originalidad a medida que avanza la historia y la mezcla de elementos en un arco dramático que debería haber sido más simple de lo que es hacen que el film se pierda en su propio mundo, sin que al final sea capaz de definir, como ocurre con la protagonista, si lo que se ha visto en pantalla es fruto de la imaginación o realmente ha abierto la puerta a algo más. Y en la indefinición, por desgracia, no está la respuesta.

Nota: 5/10

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‘The Walking Dead’ se tambalea en el final de la 8ª temporada (y II)


The Walking Dead, la serie, hace mucho que tomó un camino propio con respecto a The Walking Dead, el cómic. Es más, desde la primera temporada siempre ha presentado elementos que la hacen tener vida propia, incluso aunque su estructura sea similar, en desarrollo y personajes, a la obra original de Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore. Pero el final de la mid season de la octava temporada supuso la verdadera ruptura con el desarrollo de la historia en las viñetas, y la segunda parte de esta última etapa ha sufrido las consecuencias.

Porque, aunque sigue manteniendo en cierto modo el sentido básico de la trama (una guerra entre colonias, un combate final, la decisión de cambiar la forma de hacer las cosas y volver a construir una sociedad), algo hay que no termina de cuadrar en esta reinterpretación de las viñetas. Estos ocho últimos episodios desprenden en todo momento la sensación de que algo no encaja, de que a pesar de ser algo lógico lo que se ve en pantalla, subyace algo incómodo en el tratamiento de la historia. Y ese algo es, precisamente, el tratamiento de los personajes.

Esta última parte de la temporada 8 de The Walking Dead no logra de asentarse sobre las bases que convirtieron a esta serie en lo que ha sido. Demasiados personajes, poco tiempo para desarrollarlos y una concatenación de decisiones a cada cual menos justificada han llevado a esta ficción a presentar la que posiblemente sea la etapa más débil y cuestionada de todas. Vayamos por partes. La presencia de tantas comunidades con tantos personajes relevantes ya empezó a plantear problemas en temporadas anteriores, pero al existir un denominador común bajo el nombre de Negan (Jeffrey Dean Morgan, visto en Proyecto Rampage) la definición de los mismos era relativamente fácil. Pero una vez que este denominador pierde fuerza los roles empiezan a actuar de forma individualizada, lo que obliga a dedicarles más tiempo. Y teniendo en cuenta que hay una guerra de por medio, ese tiempo se reduce considerablemente, con todo lo que eso implica para poder profundizar en los protagonistas.

A esto se suma la situación creada en el último episodio de mitad de temporada. La muerte de un personaje imprescindible como el de Carl Grimes no solo desequilibra todo lo que va a ocurrir a continuación (en la historia que continúa en el cómic es pieza clave para los acontecimientos), sino que provoca un auténtico estallido entre los protagonistas que da lugar a muchas irregularidades. Es cierto que su salida de la trama responde a la necesidad de paliar una debilidad del propio cómic y dar una motivación sólida al héroe interpretado por Andrew Lincoln (Pago justo) en su idea de construir un futuro alejado de la violencia, pero hay que preguntarse si realmente ha merecido la pena el precio a pagar en el resto de esta historia.

Todos contra todos

Esa pregunta puede contestarse desde dos puntos de vista diferentes. Por un lado, es evidente que el coste de sacrificar un personaje con tanto futuro no compensa todo lo ocurrido a continuación. Para empezar, el viaje emocional del rol de Lincoln, complejo y bien planteado, no tiene un desarrollo correcto, en parte por lo mencionado anteriormente acerca de la proliferación de personajes. Y en cierto modo, la deriva que han tenido otros personajes a partir de este acontecimiento de mitad de temporada no ha sido la mejor. Prueba de ello es, por ejemplo, la salida “honrosa” que se ha dado al atormentado personaje de Lennie James (Blade Runner 2049), que pasa a jugar en esa especie de segunda división que es, al menos por ahora, Fear the walking dead.

Aunque sin duda el giro más inesperado es el gancho que cierra esta octava temporada de The Walking Dead, una especie de declaración de intenciones de sus creadores de hacer un futuro en el que todos se vuelvan contra todos, en el que los amigos se ataquen entre ellos y en el que, en definitiva, el caos vuelva a adueñarse de la trama. Este giro narrativo deja sensaciones encontradas. La primera reacción es la de rechazo a que el grupo protagonista se fragmente y que personajes que se han apoyado se enfrenten. Pero por otro lado, el planteamiento de odio que se ha hecho durante toda esta etapa justifica sobradamente el giro, ofreciendo un nuevo aliciente a una serie que esta temporada había perdido ritmo e intensidad dramática (salvo honrosas excepciones). Y este es el segundo punto de vista desde el que se puede analizar esta segunda parte de la temporada. Este final vendría a justificar la muerte de Carl Grimes, pues lejos de generar esa utopía parece que podría terminar siendo más bien una pesadilla. Y todo eso con los Susurradores llamando a las puertas, como parece intuirse en algunos de los planos.

Resulta curioso analizar cómo la serie parece estar optando por las limitaciones presupuestarias antes que por un correcto tratamiento dramático. Si la indefinición ha sido el rasgo definitorio en buena parte de la temporada, las dificultades técnicas parecen estar detrás de algunas decisiones. La muerte de la mid season es un buen ejemplo. La pelea final entre Rick y Negan es otro. De hecho, puede que sea el más claro. Y de nuevo, aunque toma la esencia de la obra que adapta a la pequeña pantalla, la resolución resulta pobre, huérfana de dramatismo o de intensidad emocional. Dos hombres alrededor de un árbol que dejan a un lado la brutal pelea en la que el héroe de esta historia termina teniendo que utilizar un bastón. Es cierto que la decisión final de Rick adquiere dramatismo gracias al desarrollo de la historia que lleva a ese instante, pero no hay que obviar el hecho de que un protagonista herido físicamente y de gravedad que perdona la vida a su enemigo es una imagen mucho más impactante.

Así las cosas, el final de esta octava temporada de The Walking Dead deja, como el resto de los 16 episodios, un sabor agridulce. La presencia de tantos personajes y algunas decisiones narrativas ponen de manifiesto que la serie necesita un cierto impulso. La llegada de Negan, tan impactante como espléndida, no se ha sabido explotar en un desarrollo posterior adecuado. Sí, ha habido guerra. Sí, la crueldad del antagonista parecía no tener límites. Pero llegado el clímax esperado, todo eso parece haberse desvanecido. La muerte de un personaje clave como el hijo de Rick, con todo lo polémico que puede llegar a ser, y la continuidad de otro como Negan abre las puertas a unas posibilidades dramáticas casi infinitas que podrían compensar esta octava etapa.

‘Winchester: La casa que construyeron lo espíritus’: mansión sin alma


Hubo una época en la que las historias de casas encantadas eran capaces de aportar algo diferente al género de terror. Habitualmente, los espíritus servían (y sirven) como vehículo para explorar el pasado de los personajes, para abordar su relación con el otro mundo, redimir sus pecados y aceptar los hechos traumáticos de su vida para poder continuar con su futuro. Y aunque esto resulta interesante, el problema es que esta modalidad del género de terror no ha sabido, salvo honrosas excepciones, evolucionar hacia algo más.

Y ese es el principal hándicap de Winchester: La casa que construyeron los espíritus. El film, que parte de la leyenda en torno a  la viuda del creador de los rifles y armas de repetición Winchester, se desinfla a medida que va enseñando sus cartas, en un desarrollo dramático que tiene como único atractivo el reparto de actores. La cinta, a pesar de un inicio interesante, no es capaz de ofrecer al espectador un mínimo de originalidad, salvo tal vez la idea de que cada habitación de esa surrealista mansión es una recreación del espacio en el que murieron personas por una bala disparada por un Winchester.

Sin embargo, esta premisa queda rápidamente enterrada bajo un arco argumental previsible, carente de giros argumentales interesantes y, sobre todo, sin un desarrollo de personajes coherente o claro. Salvo el personaje interpretado por Jason Clarke (Mudbound), cuyo pasado es necesario conocer para poder dar cierto sentido al film, el resto de personajes están simplemente delineados con trazo grueso, sin llegar a explicar nunca por qué, por ejemplo, el pequeño es el único poseído por los espíritus. Da la sensación de que la cinta da por sentados determinados comportamientos precisamente por ser heredera de muchos otros films anteriores de similares características, pretendiendo que esto sea justificación suficiente para superar unos agujeros narrativos notables.

Aunque parezca contradictorio, todo esto no convierte a Winchester: La casa que construyeron los espíritus en una mala película. Lo que hace es catalogarla como un film más bien irrelevante, que encierra en sí mismo muchas posibilidades pero que no es capaz de explorarlas. El guión se limita a recorrer escenarios y situaciones conocidas. La apuesta visual de The Spierig Brothers (Daybreakers) es plana, sin espíritu. Tan solo los actores salvan un producto que no aporta nada.

Nota: 5,5/10

‘American Horror Story’ es grande de nuevo con ‘Cult’


Es difícil poder comparar las temporadas de American Horror Story. Bueno, en realidad es difícil hacerlo con cualquier serie antológica. El hecho de que cada temporada tenga su historia propia e independiente (a pesar de los detalles que tratan de relacionar de algún modo los universos de cada etapa) hace más compleja la tarea de analizar en un contexto general el tratamiento y el desarrollo de las tramas. Pero teniendo esto en cuenta, la séptima temporada, titulada Cult, posiblemente sea la más compleja de todas, con una historia cuyo tratamiento puede resultar algo inconexo en algunos momentos pero que, no cabe duda, posee un amplio abanico de matices y connotaciones que van más allá de la propia trama.

Partiendo de la elección de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, los creadores Brad Falchuk y Ryan Murphy, autores de Glee, crean todo un universo en el que los remordimientos, la culpa, el odio, los intereses personales y el rencor se adueñan del relato de forma progresiva para exponer el proceso de creación de una secta personalista. En estos 11 episodios la trama muestra, de este modo, los motivos por los que los diferentes protagonistas deciden sumarse a la causa del rol interpretado espléndidamente por Evan Peters (El efecto Lázaro), así como el modo en que se desarrolla este culto a un personaje capaz de embaucar a los que están a su alrededor. Posiblemente esto sea lo más terrorífico de unos capítulos que huyen del terror de temporadas anteriores y apuesta más por el thriller, pues las connotaciones y el paralelismo con lo ocurrido durante las elecciones norteamericanas es más que notable. No en vano, el último episodio lleva por título ‘Great Again’ (grande de nuevo), el mensaje de campaña de Trump.

En cierto modo, American Horror Story: Cult es un reflejo de la sociedad norteamericana actual y, sobre todo, de la radicalización de una sociedad que parece haberse dividido entre los defensores de Trump y sus detractores. Y no hay término medio, como también ocurre en la serie. Desde el primer episodio, y a través de la transformación de los personajes que se narra con saltos temporales, la trama aborda ese proceso de radicalización partiendo de la base, precisamente, del miedo o del apoyo a lo que Trump representa, evidentemente llevado hasta el extremo. Este aspecto conecta la historia con el mundo real de un modo como nunca antes se había logrado, pero también logra mucho más.

Y es que este punto de partida es también la excusa para abordar algunas de las sectas y los cultos más violentos de Estados Unidos, incluyendo el de Charles Manson. A lo largo de varios episodios la serie aprovecha no solo para narrar cómo evoluciona el plan del personaje de Peters para llegar a la Casa Blanca desde un humilde ayuntamiento, sino el paralelismo y las diferencias entre todos estos cultos a la persona liderados siempre por una persona carismática capaz de ver las debilidades de sus seguidores para poder aprovecharse de lo que puedan aportar a su plan. Resulta sumamente interesante, en este sentido, poder comprobar cómo mezcla violencia y política, sobre todo porque invita a imaginar y fantasear con las motivaciones ocultas de algunas de las decisiones que toman los dirigentes reales.

Demasiados personajes para la narrativa

Con todo, y aunque el argumento traspasa muchas veces la frontera entre realidad y ficción, la narrativa de esta American Horror Story: Cult tiende a ser inconexa, muchas veces algo caótica. Y el problema radica en la enorme cantidad de personajes que habitan este mundo de política, violencia y manipulación. Muchos personajes que, además, tienen un peso específico en la trama más que notable. El hecho de que los principales protagonistas tengan una relación bastante estrecha obliga a los creadores, al menos, a explicar parte de su pasado, y por extensión de sus motivaciones. Y a su vez, esto impone la necesidad de dedicar minutos de historia a ellos.

El resultado de todo ello es que estos 11 capítulos no solo deben dar constantes saltos en el tiempo narrativo, algo habitual en esta serie, sino que en numerosas ocasiones narra acontecimientos sin un claro nexo de unión con lo expuesto anteriormente. Es evidente la confusión que puede generar esto (algo que tampoco sienta mal al resultado final, por cierto), y aunque en último término todo tenga un sentido y una explicación, la falta de una relación clara tanto temporal como espacial de algunas secuencias puede hacer que el espectador pierda el hilo de la narrativa, e incluso el interés. Con todo, este es un problema que se resuelve solo a medida que la trama avanza. Superados los primeros episodios de la temporada, la trama se revela como un complejo puzzle de objetivos y motivaciones personales en el que se hace grande Sarah Paulson (Los archivos del Pentágono), que hace suyo un personaje que pasa de la debilidad a la fortaleza más absoluta y al que dota de una entidad extraordinaria, potenciando tanto la fragilidad inicial como la maquiavélica venganza final, acentuada incluso más por una conclusión sumamente interesante.

No es, por supuesto, el único ‘pero’ que se le puede poner a esta séptima historia de la serie antológica. Algunos roles no terminan de resultar sólidos en sus motivaciones para unirse a la secta, del mismo modo que muchos secundarios resultan un tanto redundantes, posiblemente en un afán de potenciar el carisma del protagonista. Pero al fin y al cabo, son problemáticas de la trama que pueden considerarse menores, incluso anecdóticas. En realidad, la fuerza del relato termina por superar las dificultades para imponerse gracias no solo al modo en que evoluciona esta secta, sino también, y sobre todo, a sus actores. De la frustración o la euforia iniciales por la victoria de Trump a los ataques y los asesinatos para terminar por relacionar política y crimen, poder y control emocional. La evolución de los personajes, acorde a la de la trama, abre una ventana a un mundo de emociones que, como decía al comienzo, reflejan lo que debe sentir la sociedad norteamericana a tenor de las imágenes que llegan desde Estados Unidos.

Decir que esta es la mejor temporada de American Horror Story es, como decía al inicio, muy aventurado. Habrá quien prefiera un relato más sangriento, otro más tétrico u otro más fantástico. Pero de lo que no cabe duda es de que esta séptima etapa es la que tiene más relación con la situación real de la sociedad. En este sentido, los episodios que conforman Cult se revelan como unos de los más complejos de la serie, tanto por los matices que introduce su relación con la actualidad política como los paralelismos que parecen establecerse de forma subconsciente en el espectador. A esto se suma una trama sutil y brutal dependiendo del momento, con una conclusión muy sugerente que, al igual que el resto de la historia, da pie a todo tipo de interpretaciones. Y todo ello coronado con un reparto de lujo en el que destacan los intérpretes tradicionales de la serie, capaces de dotar de versatilidad y profundidad a unos personajes ya de por sí complejos. Sin duda una de las temporadas más recomendables de esta ficción.

‘Fear the Walking Dead’ aclara sus ideas en la 3ª temporada


La evolución que ha tenido Fear the Walking Dead durante sus tres primeras temporadas ha sido, cuanto menos, irregular. Con un notable comienzo, el desarrollo dramático de la historia ha sido errático, en buena medida determinado por el gran número de personajes, sus excesivamente diferentes historias secundarias y la sensación de que el arco argumental todavía se estaba tratando de encontrar a sí mismo. Pues bien, buena parte de sus problemas parecen haberse solucionado en estos 16 episodios que componen la tercera entrega de esta ficción nacida bajo la sombra de The walking dead. Buena parte, pero no todos.

En cierto modo, esta nueva temporada de la serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) y el autor del cómic en el que se basa la serie original, Robert Kirkman, es una purga de todos aquellos elementos innecesarios en la historia, tanto dramáticos como narrativos. Y entre ellos, por supuesto, destacan los personajes. Para empezar, las tramas de los diferentes personajes se han unificado en un único elemento. Se acabó, por tanto, el ubicar a cada rol protagonista en un escenario diferente. Más allá de los beneficios económicos y de producción que eso conlleva, dramáticamente hablando permite a la serie centrar la atención no solo en un grupo de supervivientes muy concreto, sino que potencia el desarrollo de las relaciones entre personajes, de sus conflictos y el modo en que reaccionan juntos (o separados) ante la adversidad.

A esto se suma la eliminación de muchos roles que, siendo sinceros, se habían vuelto anodinos o eran, casi desde el principio, totalmente innecesarios. El ejemplo más evidente es el de Cliff Curtis (Resucitado), cuyo papel desde el comienzo de Fear the Walking Dead ha estado marcado por una alarmante indefinición ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor. Y aunque se le ha intentado integrar, lo cierto es que su personalidad no tenía cabida en una serie de este tipo, al menos no como el presunto líder que debería ser. De ahí su desaparición. Otra cuestión es el modo en que desaparece, bastante criticable por lo ridículo que resulta. A él se añaden otros, tanto principales que habían participado desde el principio como secundarios incorporados en esta tercera temporada. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo la serie está empezando a adquirir la estructura dramática de su modelo a seguir, con villanos humanos diferentes en cada temporada y concentrando la atención en un pequeño grupo de personajes.

Porque sí, la serie tiene muchos secundarios, pero al igual que en la serie original, el peso de la trama recae en unos pocos, que además se han reducido ostensiblemente en esta etapa, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la historia como en el escenario en el que se desarrolla la trama. El hecho de que todo se haya concentrado en apenas cinco personajes ha permitido, además, desarrollar más en profundidad la personalidad de los mismos, ahondando en sus miedos, en sus capacidades y, sobre todo, en su pasado. Esto ha permitido algunos momentos sumamente interesantes, como el regreso a las drogas del rol de Frank Dillane (En el corazón del mar), una situación tan dramática como surrealista si se tiene en cuenta el mundo apocalíptico en el que ocurre todo. En definitiva, esta tercera temporada se ha librado de lastres para concentrar el foco en los aspectos más interesantes, potenciándolos a su vez al tener más tiempo para poder realizar un mejor tratamiento.

Problemas zombis

Con todo, esta etapa de Fear the Walking Dead sigue arrastrando numerosos problemas de las anteriores temporadas, como si de los muertos vivientes a los hace referencia el título se tratara. Para empezar, una cierta indefinición en su trama. Mientras que su serie matriz muestra un claro objetivo del grupo protagonista, en esta ficción apocalíptica los protagonistas se dispersan tanto física como psicológicamente, sin un sendero claro ni, aparentemente, un objetivo a alcanzar, salvo tal vez el de sobrevivir, que no es poco en este tipo de ficciones. No es poco, pero no es suficiente, sobre todo porque la serie provoca una y otra vez la sensación de estar ante algo inacabado, como si se hubiera iniciado la trama sin tener claro hacia donde dirigirla. Y eso termina afectando, en cierto modo, a los personajes.

Y es que, aunque el hecho de centrar la trama en un puñado de roles ha beneficiado al desarrollo dramático de la historia, esta todavía sigue presentando irregularidades en su tratamiento debido, precisamente, a esa aparente falta de objetivo. Los personajes no parecen dispuestos a luchar por nada salvo ellos mismos, por sobrevivir un día más en lugar de intentar establecer una zona de seguridad. Sí, hay intentos, pero dado que ninguno de ellos termina por tener éxito, el balance final es el de arcos argumentales marcados por la llegada a un lugar y su posterior destrucción. Y ello sin contar con villanos realmente relevantes, lo que hace aún más complicado aceptar algunas de las premisas que se han planteado, por ejemplo, en esta tercera temporada.

Estos nuevos 16 episodios tampoco logran librarse de la definición de algunos de los supervivientes. A pesar de la evidente evolución que han sufrido los protagonistas, algunos de ellos todavía mantienen ciertas reminiscencias de una personalidad anodina, a medio camino entre la inocencia, la pasividad o la incomprensión de lo que ocurre. Y esto, aunque en determinados momentos puede ser provechoso para acentuar el contraste entre los roles, en muchos otros se convierte en un lastre para que la acción avance, al menos de forma progresiva. En este sentido, y unido a esa idea de supervivencia día a día que antes mencionaba, la serie parece moverse en círculos constantes con los que los personajes, por fortuna, están evolucionando, pero que les sume en una espiral que les lleva a vivir similares situaciones una y otra vez.

Solo cabe esperar que Fear the Walking Dead pueda librarse de esta estructura circular para seguir avanzando hacia un futuro que, con la eliminación de personajes y el final de esta tercera temporada, promete ser sumamente interesante. Porque el gancho final de temporada de esta entrega es, posiblemente, de los mejores que ha tenido la serie desde sus inicios, situando a los personajes en un escenario complejo, marcado por la muerte y la destrucción. En cierto modo, estos 16 capítulos marcan un cambio de tendencia; no radical, pero sí lo suficiente como para que se aprecie algo diferente. Los problemas siguen ahí, pero se suavizan. Si se logran eliminar, o al menos sí cambiar progresivamente, la serie podría deparar un mundo apocalíptico apasionante.

8ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), o cómo narrar con saltos temporales


Una de las mayores críticas que se puede hacer a The Walking Dead es su irregularidad en el ritmo dramático y narrativo. Me considero un fiel defensor tanto de esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) como del cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore, que toma como referencia para hacer avanzar la acción pero al que, en líneas generales, cada vez tiende más a ignorar en los detalles dramáticos. Volviendo al ritmo, la primera mitad de esta octava temporada es posiblemente el ejemplo más claro de que en esta serie siempre parece que no pasa nada aunque termina pasando de todo.

De hecho, estos primeros 8 episodios, salvo un comienzo frenético y brutal en el que los combates entre las diferentes facciones humanas copan prácticamente toda la narrativa, el resto se vuelve excesivamente contemplativo, tratando de ahondar en cada uno de los personajes de forma individual y cómo se enfrentan a la guerra abierta contra los Salvadores de Negan (al que vuelve a dar vida un espléndido Jeffrey Dean Morgan –Premonición-). Esto, en cierto modo, impide que se pueda seguir el hilo argumental principal, no solo por los numerosos saltos espaciales que existen, sino porque esta ficción postapocalíptica tiene ya tantos personajes que abordar las emociones de todos ellos resulta una tarea ardua y, por momentos, imposible de realizar.

A eso se suma que muchos de los roles secundarios han adquirido un protagonismo algo innecesario. Bueno, innecesario no, pero desde luego sí excesivo para lo que se puede esperar de ellos. Este ascenso a la primera línea dramática obliga a restar minutos de otros protagonistas de The Walking Dead, y a su vez por tanto se resta interés y profundidad a algunas decisiones, conversaciones y reacciones. Posiblemente una de los elementos que más se ven afectados sea la relación padre hijo entre los roles de Andrew Lincoln (Pago justo) y Chandler Riggs (Piedad), olvidada por necesidades dramáticas obvias y que, en esta parte de la temporada, parece querer recuperarse, aunque de forma un poco tosca. Se podría decir, en este sentido, que este comienzo de temporada tal vez sea uno de los más débiles en su conjunto, aunque eso no quiere decir que sea necesariamente malo, al contrario. La serie sigue manteniendo un alto nivel interpretativo, narrativo y visual, con algunos momentos no aptos para estómagos sensibles.

Con todo, lo más llamativo y sorprendente de esta primera mitad de la octava temporada son los constantes saltos temporales en la narrativa, desde el ya inolvidable comienzo en el que Rick Grimes, envejecido y dolorido, se mueve por una sociedad casi utópica, hasta los momentos en que un personaje se halla en una situación extrema a la que se llega con el desarrollo del episodio. Dichos saltos, más allá de acentuar el caos en el que viven los protagonistas, logran un efecto dramático impecable, situando al espectador en la posición de conocer la situación de los personajes antes de que vivan los acontecimientos. Se juega así con la doble sensación de algo conocido y de peligro ante lo que todavía no se conoce. Dicho de otro modo, es la definición más exacta de tensión dramática que se ha visto en esta serie.

Personajes sin futuro

Todo ello ayuda a paliar, en cierto modo, las carencias de este comienzo de temporada de The Walking Dead en lo que a ritmo e intensidad dramática se refiere. Aunque como es habitual en esta producción, la narrativa se mueve a golpe de martillo. O de bate de baseball, si se prefiere. Después de la tormenta siempre llega la calma, es cierto, pero… ¿y detrás de la calma? Bajo esta premisa, estos 8 episodios vienen a ser un compendio reducido de las diferentes fases de una guerra, desde el conflicto directo hasta los movimientos de espionaje, pasando por la preparación de una contraofensiva o la destrucción de la retaguardia.

En este contexto bélico, los saltos temporales adquieren especial relevancia. Ver al personaje de Lincoln, por ejemplo, llamar a unos puestos avanzados sin obtener respuesta para comprender, minutos más tarde y con un sinfín de acontecimientos entre medias, que los vigilantes de dichos puestos han desaparecido. Escuchar una arenga a las tropas para, minutos después, comprender lo que ha motivado dicha arenga. Y así sucesivamente. Este juego con el tiempo dramático no solo aporta un interesante recurso narrativo a estudiar, sino que genera en el espectador la doble sensación de caos visual e intensidad emocional. Y eso es algo que en una serie en la que en muchos episodios parece no ocurrir nada resulta muy valorado.

Con todo, lo que vuelve a definir a esta ficción es el poco apego que se tiene a los personajes. Poco importa que sean héroes o villanos, protagonistas o secundarios. Si un rol tiene que desaparecer por necesidades dramáticas, desaparece. Y hago especial mención a este elemento porque el gancho de mid season es posiblemente el más impactante, abrumador e inesperado de todos estos años. No desvelaré aquí lo que ocurre en los últimos minutos del episodio 8; tan solo mencionaré que, de confirmarse lo que a todas luces parece evidente, sería el mayor cambio con respecto al cómic, pero es que además trastocaría las dinámicas dramáticas de un modo que pocas veces se ha visto en televisión. Un cambio tan brutal como apasionante, pues abriría las puertas a un nuevo mundo en el tratamiento dramático de esta serie.

En resumidas cuentas, esta primera mitad de la octava temporada de The Walking Dead podría ser uno de los más débiles en muchos aspectos, pero sin duda uno de los más interesantes desde el punto de vista narrativo. El protagonismo que adquieren algunos personajes resulta algo innecesario, es cierto, pero el modo en que se narra la historia, el juego de sus creadores con los tiempos dramáticos y la aportación de los actores compensa la falta de ritmo que tiene en algunos momentos. Eso y un final que dejará con al boca abierta a cualquier fan. La espera para la segunda parte se hará eterna.

‘Musa’: la inspiración fallida del thriller


La opinión generalizada es que el cine actual carece de originalidad, motivo por el cual recurre en parte a las adaptaciones de libros, cómics, series y demás productos culturales. Y aunque puedo compartir hasta cierto punto esta idea, la realidad es que en el resto de la cultura tampoco es que exista mucha originalidad entre la que escoger. Y la nueva película de Jaume Balagueró (Frágiles) viene a ser la prueba de que el cine y la literatura tienden a repetir patrones.

Porque aunque el punto de partida y la trama de Musa pueden ser originales, el tratamiento al final resulta algo manido, excesivamente lineal y con poco espacio para la sorpresa. Su comienzo, sumamente interesante, da paso a un desarrollo dramático algo previsible, con puntos de giro poco sorprendentes y sin querer entrar demasiado en motivaciones de personajes y limitándose a ser una aventura de suspense sencilla y efectiva.

Todo esto no implica que sea una mala película. Es sencillamente una película más, enfocada a ofrecer al espectador un thriller al uso con unas interpretaciones correctas y un mundo, el de la literatura y las musas, con más interés en su significado que en lo que finalmente se relata en el film. Entre todo esto, la mano experta de Balagueró imprime algo de vida a momentos del guión sin demasiado brillo, aprovechando el tratamiento gris de la imagen para ofrecer una perversión, una transgresión del mundo bello y hermoso de la poesía y las musas. En este sentido, el aspecto formal supera con mucho el fondo de la historia.

Dicho esto, Musa es una historia que entretiene, que construye un thriller correcto sobre uno de los mitos más antiguos de la literatura y la poesía. Y lo hace sobre la base literaria de la novela de José Carlos Somoza para terminar superando la historia desde un punto de vista visual. A pesar del ritmo imprimido por Balagueró, el guión adolece de cierto tratamiento de personajes y de giros argumentales diferenciadores, lo que termina convirtiendo a esta cinta en un thriller más. En este caso, la inspiración no parece haber sido la correcta.

Nota: 6/10

‘Feliz día de tu muerte’: atrapada en el tiempo


Que la nueva película de Christopher Landon (Zombie Camp) tomo como referente el clásico atemporal de Bill Murray, Atrapado en el tiempo (1993), es algo más que evidente. De hecho, el epílogo de la propia película se permite el lujo de hacer una referencia explícita al film. Y ese detalle, aunque puede parecer insignificante, permite asumir con naturalidad el tono de esta cinta de terror adolescente que no pretende nada más que distraer, y lo consigue tomándose bastante a broma su propia premisa de partida.

Y ese es el gran atractivo de Feliz día de tu muerte. El tono irónico de la protagonista, interpretada por Jessica Rothe (The tribe), convierte esta historia en una eficaz (y en algunos casos inteligente) combinación de humor, terror y violencia (sin demasiada sangre, eso sí) sobre las posibilidades que ofrece vivir una y otra vez el mismo día, incluso si es el día en que un asesino decide matarte. Más allá de poder conocer la identidad del verdugo en cuestión, lo interesante es el proceso con el que la heroína comienza a cambiar su actitud, más o menos como el que vivió Murray en el clásico antes citado. Claro está, salvando una enorme distancia y entendiendo en todo momento que este guión ni cuenta con el reparto del film de los 90 ni tiene la misma profundidad dramática.

Precisamente este es uno de los puntos más débiles de la trama. La historia está tan preocupada en su despreocupado tratamiento que pasa por alto algunos detalles que habrían dotado al conjunto de un mayor peso dramático y, en última instancia, de un mayor interés. Para empezar, el hecho de que las sucesivas muertes realmente sí matan, aunque poco a poco, a la protagonista. Dar más relevancia a este detalle habría abierto un sinfín de posibilidades dramáticas y obligarían a la protagonista a tomar otras decisiones. Y luego está el detalle de la historia de amor, toscamente narrada, por no mencionar el modo en que la protagonista cambia su forma de ser al darse cuenta de sus errores. Se podría decir que todo el apartado dramático puramente hablando se deja a un lado para centrar la atención en el humor y las muertes. Y aunque no es algo necesariamente malo, sí resulta perjudicial si se deja entrever la posibilidad de que habría sido posible algo más.

Así que sí, Feliz día de tu muerte entretiene, divierte y en algún momento, pocos, asusta. Más o menos como cualquier film adolescente de asesinos en serie. En este sentido, podría ser digna sucesora de este tipo de films de los 80 y 90. Pero exige poco y ofrece poco a pesar de dejar sobre la mesa algunos conceptos claramente más interesantes que habrían dado otro sentido a la historia, imponiendo unos límites dramáticos a la heroína y obligando a buscar otras soluciones narrativas. Sin embargo, ya sea por miedo, por buscar la simplicidad o por falta de interés, la película apuesta por quedarse en la mera propuesta de terror adolescente sin consecuencias. Es una opción tan legítima como cualquier otra, y funciona, pero no entusiasma.

Nota: 6/10

‘Enganchados a la muerte’: el Destino Final de los remakes


Cuando Joel Schumacher estrenaba en 1990 Línea mortal el cine no había visto nada similar. O al menos, no estaba acostumbrado a una historia en la que jugar con la vida más allá de la muerte traer consecuencias similares. Fue, en cierto modo, pionera en un subgénero que luego ha sido explotado hasta la saciedad. Por eso un remake de aquel film, cuyos protagonistas han terminado siendo auténticas estrellas del séptimo arte, se antoja poco necesario. Porque, ¿puede ofrecer algo nuevo, algo diferente?

Evidentemente, lo único que ofrece Enganchados a la muerte es la modernidad de sus técnicas visuales, de sus efectos especiales y de la narrativa audiovisual. Eso y un reparto joven pero irregular en su presencia y peso dramático en pantalla. Sin duda, lo más atractivo del film son los viajes al otro lado que realizan los protagonistas, cada uno afrontando sus miedos, sus remordimientos y sus errores, vestido todo ello como una experiencia agradable al comienzo y terrorífica al final. De esto se deriva el gran trasfondo dramático del film, que puede tener varias interpretaciones pero que, en mayor o menor medida, todas vienen a coincidir en que es necesario que uno mismo se perdone sus errores y se acepte tal y como es.

El problema de todo esto es que el desarrollo de la trama carece de interés alguno. Se conozca o no la historia original (peor si se conoce, la verdad), el argumento camina por terreno muy manido, por unos lugares comunes que no dejan lugar a la originalidad. El regreso del más allá comienza con una serie de ventajas físicas y psicológicas que derivan rápidamente en terror y visiones mortales. El guión apuesta, como suele ser habitual, por presentar de forma algo tosca esas ventajas y pasar rápidamente a los inconvenientes, en los que ceba de tal forma que se vuelven reiterativos y pierden interés poco a poco, toda vez que se intuye el final casi desde el principio. Y es que, como también suele ser habitual, aquellos personajes con mayores y más evidentes remordimientos son los que terminan pagando su osadía. Vamos, una de las leyes del género.

En resumidas cuentas, Enganchados a la muerte no deja de ser otra apuesta más de terror adolescente que repite patrones y evita el riesgo de ofrecer algo nuevo. Podría pensarse que el hecho de que unos estudiantes de medicina jueguen con la muerte tiene algo de novedoso, pero el problema es que es un remake, y eso no puede pasarse por alto. Distraída, sí. Algún que otro susto de manual con juegos de luces y sombras y efectos sonoros, también. Pero ni los personajes están tratados en profundidad ni el desarrollo de la trama tiene un equilibrio correcto. Se pasa del cielo al infierno casi sin prestar atención a los detalles, que podrían aportar un mayor peso dramático. Al final, una historia de terror como otra cualquiera con el más allá persiguiendo a los incautos (¿no recuerda esto a la saga ‘Destino Final’?)

Nota: 5,5/10

‘El secreto de Marrowbone’: secretillos de hermanos


El thriller español con dosis de terror parece haberse estancado en un formato y una fórmula que no tienen visos de poder evolucionar mucho más allá de las historias más o menos complejas que narra. Sergio G. Sánchez, guionista de films como El orfanato (2007), se pone ahora tras las cámaras en un producto que, con sus elementos positivos, no es capaz de alejarse de un cierto déjà vu, de una sensación de haber visto, al menos en parte, esta historia.

Y eso es fundamentalmente porque su estructura narrativa recuerda poderosamente a las de otras historias previas, con un comienzo esperanzador, un acontecimiento rupturista y un salto temporal que permite jugar con la idea que el espectador puede tener sobre la verdadera condición de los personajes. A partir de aquí, la forma de vestirlo. En El secreto de Marrowbone dichos ropajes juegan en todo momento al despiste, creando una trama notable en sus inicios que tiende a desinflarse una vez se descubre, o al menos se intuye, parte de ese secreto que da nombre al título. Con todo, el pequeño universo creado en torno a estos cuatro hermanos ayuda a consolidar el desarrollo dramático, desvelando las piezas en los momentos precisos de la trama para aportar un tono más trágico al conjunto.

El principal problema al que se enfrenta la trama es el propio espectador. O mejor dicho, la cultura y el bagaje audiovisual que tenga. Porque este thriller, visto sin otros films de referencia como el escrito por el propio Sánchez, puede resultar convincente, sólido y apasionante en algunos momentos, sobre todo una vez se desvela el misterio y se conocen los entresijos de lo ocurrido en la casa en la que transcurre el grueso de la acción. Sin embargo, tener en mente la narrativa de todas las historias previas hace prever prácticamente cada uno de los giros argumentales del guión, lo que deja poco margen para la originalidad salvo, en todo caso, un formato algo diferente en lo que a motivaciones y sucesos se refiere.

Todo esto provoca sentimientos encontrados en El secreto de Marrowbone. La obra, como tal, es un thriller correcto, interesante por momentos, con un reparto solvente y una trama bien construida sobre unos puntos de giro sorprendentes. El problema es que todo eso ya se ha visto antes. La cinta aporta poco a historias ya contadas incluso por el propio director, cuya labor tras las cámaras tampoco resulta sorprendente. Esto provoca un cierto desasosiego, una sensación de previsibilidad que no debería existir, y la idea de que, en el fondo, estamos ante un producto poco original en un mundo que tiende a explotar los géneros y las tramas hasta que ya no tienen más jugo que sacar.

Nota: 6/10

Diccineario

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