‘It’: Todos flotamos con la coulrofobia


Diversos estudios han demostrado que el miedo a los payasos, la coulrofobia, tiene un origen psicológico muy concreto. No es algo irracional, dicho de otro modo. La famosa novela de Stephen King, como el resto de obras del autor, ahonda sin embargo en muchos otros aspectos sociales, y la nueva versión cinematográfica potencia todo esto para ofrecer al espectador toda una experiencia visual y emocional en la que destaca, por encima de cualquier otra cosa, un Bill Skarsgård (Victoria) excepcional.

Con todo, sería injusto defender un film como It únicamente por la interpretación del terrorífico payaso Pennywise. Realmente, todo el conjunto es una notable interpretación de conceptos habituales en la obra de King, desde la amistad, la unidad, el poder del miedo y la valentía y, sobre todo, el mal que acecha con la forma de aquello que puede parecer más inocente. Relegado a un segundo plano queda, por tanto, el componente sangriento o efectista, al que es cierto que se recurre en momentos puntuales pero que no copa toda la atención de la trama, lo cual es de agradecer tanto a los guionistas, entre los que se encuentra Cary Fukunaga (serie True detective), y al director.

Una trama que en manos de Andrés Muschietti (Mamá) adquiere una ambientación fría y violenta marcada por la soledad de un grupo de niños que tiene que enfrentarse a sus miedos sin la ayuda de unos adultos que parecen más preocupados en sus propias necesidades que en las de sus hijos. Con un lenguaje visual a caballo entre el thriller psicológico y el gore más explícito, el director explota al máximo la labor interpretativa tanto de Skarsgård como de los niños que protagonizan esta primera parte, la mayoría de estos últimos prácticamente debutantes en un largometraje.

El único ‘pero’ que podría ponerse al film es una duración excesiva que obliga al relato a introducir secuencias, lo que aunque refuerza la idea de terror, tampoco aporta mucho más al desarrollo dramático de la relación o los miedos de estos chicos en su lucha contra un mal que se alimenta de ellos. A pesar de ello, la cinta se revela como un desafío terrorífico, una prueba de amistad marcada por algunos momentos violentos, otros aterradores y otros sangrientos, con un final que viene a explicar aquello de “Todos flotamos aquí abajo”. Pennywise vuelve a hacer de las suyas 27 años después, tal y como Stephen King ha dejado escrito.

Nota: 7,5/10

Anuncios

‘Verónica’: ¿Hay alguien ahí?


He de confesar que considero a Paco Plaza uno de los directores más interesantes del cine español en lo que a terror y thriller se refiere. Desde luego, su trabajo en la saga [REC] es incuestionable, pero posiblemente su última película sea la más completa y compleja de todas las realizadas hasta ahora. Más allá de los elementos personales que el propio director asegura haber volcado en la cinta, lo realmente atractivo de esta historia es, por un lado, el hecho verídico que toma como referencia, y por otro las numerosas y muy diferentes lecturas que tiene el guión.

Un guión, por cierto, elaborado con precisión milimétrica para jugar con las emociones del espectador, al que tan pronto provoca ternura con la relación de los hermanos como auténtico pavor con los efectos de esa presencia sobre la joven protagonista. El arco dramático de Verónica explora mil y un conceptos de la infancia y la juventud a través del prisma del terror atmosférico. Tan solo al final se permite alguna concesión al susto fácil, necesario por otro lado para dar el último giro de guión, pero el relato se construye firmemente sobre la claustrofobia de una casa en la que los fenómenos paranormales se convierten en el pan nuestro de cada día… bueno, de cada noche. Y ya que menciono a la protagonista, la debutante Sandra Escacena ofrece un trabajo espléndido, explotando al máximo todos los matices de una adolescente que ha tenido que crecer demasiado rápido y que, en cierto modo, ansía seguir siendo una joven que no necesita preocuparse por nada, volver a una época en la que era más feliz. Una actriz con un brillante futuro por delante.

Lo cierto es que a la película se le pueden achacar pocas cosas. Habrá quien diga que el trasfondo dramático de la historia, con esa acosadora presencia como pilar básico, está poco explicada. Personalmente creo que la falta de información es el gran aliciente y lo que aporta un plus de terror a este film. Posiblemente lo más reprochable sea la sensación, en algunos momentos, de estar ante una serie de referencias a otras producciones similares, sean de cine o televisión, sobre todo porque algunos de los momentos de su desarrollo se enmarcan en el más clásico estilo del género, algo que por otro lado ayuda a consolidar la trama y a evitar que se desvíe de su verdadero objetivo. Pero esto puede llevar, y de hecho lo hace, a un tratamiento algo previsible y ya conocido, sobre todo para los amantes de estas películas.

Pero como digo, son males menores en una película que sitúa el terror español en un alto nivel. Verónica es una película que habla sobre la infancia, sobre la responsabilidad, sobre la soledad de la adolescencia y sobre los problemas de comunicación entre padres e hijos. No habla, y esto puede parecer paradójico, de posesiones demoníacas o de presencias malignas. Esto, en realidad, es el envoltorio (un atractivo y terrorífico envoltorio) para algo mucho más profundo. Y es aquí donde la labor de Fernando Navarro como guionista y Paco Plaza como director adquiere su máximo potencial. La película aterra e inquieta mucho, posiblemente más que ningún otro film del cine español en los últimos años. Pero perdura en la memoria porque cuenta algo más y mucho más importante. Y es esta combinación la que hace de Verónica una obra muy recomendable.

Nota: 7,5/10

‘La Momia’: la maldición de las malas decisiones


Debería ser relativamente sencillo hacer una película de aventuras sobre Egipto, sus maldiciones y toda la mitología que conlleva. No hablo de una película espléndida en todos sus aspectos, pero sí al menos entretenida y con ritmo trepidante. Pero lo que han creado entre Alex Kurtzman (Así somos) y Tom Cruise (Collateral) se antoja decidida y conscientemente mediocre. Es difícil poder explicar, si no, tal cúmulo de incongruencias narrativas y equivocadas decisiones artísticas. Y todo ello sin tener en cuenta los errores que muchos apasionados de los faraones sin duda encontrarán en un metraje de casi dos horas que, en algunas ocasiones, puede hacerse un poco lento.

En realidad, para comprender lo que ocurre con esta La Momia es fundamental prestar atención al logo inicial del film: Dark Universe. La apuesta de Universal por resucitar a todos sus monstruos clásicos en una especie de mundo en el que conviven sin demasiada paz ni armonía ha llevado a los responsables de este primer relato a mezclar churras con merinas. Demasiados personajes innecesarios, demasiadas referencias a otros monstruos y demasiada historia de fondo que posiblemente sirva para hilar el resto de películas, pero que para lo que cuenta esta trama es totalmente innecesario. Eso por no hablar de secuencias poco acertadas.

Pero el verdadero problema de esta cinta no es el concepto en el que se basa, sino su tratamiento. Para empezar, elegir a Cruise para semejante papel es cuanto menos cuestionable. Ni tiene la gracia que exige el personaje ni la química con su compañera de reparto. Y para continuar, la base sobre la que se sustenta todo el relato, la maldición egipcia, está tan cogida con pinzas que plantea más interrogantes que respuestas. Y para finalizar, las continuas referencias no solo a otros monstruos clásicos, sino a la película que Stephen Sommers (Van Helsing) dirigió en 1999 y que se ha convertido en todo un referente visual. Todo ello provoca la sensación de estar ante una producción sin un objetivo claro, más allá de la construcción de un universo posterior en el que se puedan desarrollar mejores historias. El problema es que si no se asientan bien los pilares todo se tambalea.

Podría haberse optado por una sencilla película de aventuras. Podría haberse optado por una cinta de acción. Incluso por algo más terrorífico con referencias a la mitología egipcia. Pero en lugar de todo eso, La Momia trata de ser una mala copia de su predecesora de hace 18 años, introduciendo para la ocasión personajes que pintan poco o nada en una historia que debería tener a Egipto en el centro de su ideario, pero que en realidad relega al país del Nilo a una simple excusa a la que recurrir cuando conviene. Incluso aceptando esto como algo positivo para que la historia pueda avanzar por otros senderos, la película se pierde en su propia ausencia de objetivo, dejando un desarrollo irregular, unos personajes poco sólidos y un final abierto que, sinceramente, crea más incógnitas sobre el futuro de las que responde.

Nota: 4/10

‘Déjame salir’: el negro está de moda


No sé si la frase que da nombre a esta crítica, escuchada en uno de los diálogos de la película en cuestión, es acertada o no, pero de lo que no cabe duda es de lo que representa, tanto dentro como fuera del film. Y en este sentido, el debut en la dirección de Jordan Peele puede considerarse un éxito, ahondando en los conflictos raciales y en la sensibilidad de los espectadores. Otra cosa, sin embargo, es el producto cinematográfico en sí.

Porque, en efecto, en lo que a contenido social, moral, sociológico e incluso cinematográfico Déjame salir es una cinta cuanto menos interesante, que aprovecha con acierto la tensión dramática que generan los incongruentes detalles que percibe el protagonista y, por ende, el espectador. El trasfondo racial que se percibe casi en cada plano queda acentuado por una dirección un tanto simple de Peele, que se aleja de efectismos (más allá de los estrictamente necesarios) para optar por una sobriedad que contrasta, y mucho, con una banda sonora demasiado amiga de las estridencias. Si a esto sumamos un reparto notable, sobre todo los secundarios, nos encontramos con una historia que camina por la delgada frontera entre el thriller más oscuro y el terror más adolescente, dejando para el recuerdo algunos hallazgos visuales.

El problema es que la carga y el análisis social que el film hace del racismo termina perdiéndose por un tratamiento previsible, plagado de tópicos y secuencias reutilizadas. Antes o después, el espectador es capaz de anticiparse a los acontecimientos, a los giros de guión e, incluso, a la naturaleza de los personajes. Y una vez ocurre, el desarrollo de la trama se vuelve monótono, aderezado por algunas ideas racistas que dan cuenta de la crueldad de la sociedad, pero monótono al fin y al cabo. Dado que una película debe ser entendida como un todo en el que cada parte funciona de forma coordinada con el resto, la irregularidad de su desarrollo termina lastrando las buenas ideas que traspasan la pantalla para quedarse grabadas en el subconsciente.

Una vez se encienden las luces, Déjame salir muestra todas sus caras, las mejores y las peores, y se define como un film irregular, con un interesante contenido que invita a la reflexión pero un tratamiento poco arriesgado, más interesado en recorrer los caminos que cientos de films ya han marcado antes en lugar de llevar la trama por territorios más ignotos. Puede que esa sea la clave para que el espectador se centre en el mensaje y la visión sobre el racismo que emana de la historia, pero también es la clave para entender que la cinta, como producto, podría haber sido mejor.

Nota: 6,5/10

‘Alien: Covenant’: el infierno original en un paraíso moderno


No hay nada como volver al principio para recuperar la esencia de algo. Al menos en parte. Por supuesto, eso no es garantía de nada, pero siempre es un buen comienzo para enderezar un barco que zozobra. La saga ‘Alien’ ha ido, indefectiblemente, de más a menos, y aunque soy partidario de defender lo que representa Prometheus (2012) en este universo, es indudable que no está a la altura de lo que el propio Ridley Scott logró en 1979. La nueva entrega, a medio camino entre el clásico y la modernidad, tiene las virtudes del primero y los vicios de la segunda, y es en esta combinación de ADNs donde el director logra crear un híbrido más que interesante.

Porque a pesar de los defectos de Alien: Covenant, sus aspectos positivos convierten a este film en una obra inquietante, eficaz en su relato y con un pulso narrativo firme y directo. Bueno, tal vez directo no sea el mejor apelativo a tenor de todo el trasfondo que posee, pero desde luego Scott vuelve a demostrar que es capaz de generar tensión dramática prácticamente con una pared. En este sentido, el film aprovecha un desarrollo dramático prácticamente calcado al original para explorar nuevas formas de terror, nuevas vías de crear estos monstruos que continúan evolucionando, esta vez de forma más coherente que en entregas anteriores y con una explicación tan eficaz como perturbadora.

De hecho, el film posee varias lecturas, algunas más interesantes que otras. Desde la mera y simple acción espacial hasta el trasfondo sociológico, filosófico e incluso religioso, la cinta explora en mayor o menor medida los diferentes aspectos que componen la complejidad del espíritu humano. Y esto es, a su vez, lo que juega en su contra. La cinta tarda en arrancar en lo que a trama se refiere, sus reflexiones rompen en muchos momentos el ritmo narrativo de la historia y, es cierto, aprovecha en demasía la estética y la estructura del primer film, hasta el punto de introducir personajes similares, entornos conocidos y, lo peor de todo, una previsibilidad en las decisiones de sus personajes y en las apuestas dramáticas que restan fuerza al film.

En realidad, Alien: Covenant es un puente casi perfecto entre lo que representó Prometheus y lo que ha sido la saga original. Aterradora, inquietante, dramática por momentos y espléndidamente rodada, la nueva película de Scott demuestra que la serie de terror espacial puede ofrecer todavía muchos y enriquecedores matices a este universo. Sí, es cierto que los aliens ahora se crean por otros medios, que se cambia una reunión en torno a una mesa por una camilla y que su desarrollo se desinfla un poco al final ante lo previsible del argumento. Sin embargo, todo eso no impide que sea una obra notable capaz de perturbar con el uso que el director hace de las sombras y de las posibilidades del guión. Y ojo a la labor de Michael Fassbender (La luz entre los océanos), auténtico héroe, villano y todo lo que se quiera decir de él. El resto del reparto, por suerte o por desgracia, no están a su altura. Más o menos como ocurre con su personaje y el resto de la tripulación.

Nota: 7,5/10

7ª T. de ‘The Walking Dead’ (y II), la determinante función del villano


Era difícil mantener el buen ritmo narrativo y dramático de la primera parte de la temporada, y en cierto modo The Walking Dead no lo ha conseguido. Los últimos ocho episodios de la séptima temporada son, posiblemente, los más pausados de toda la serie, muy centrados (tal vez en exceso) en el desarrollo de los personajes, en sus dudas, sus miedos y sus remordimientos. Y si eso hubiera ocurrido con, por ejemplo, el protagonista al que da vida Andrew Lincoln (Los seductores) habría podido ser interesante, pero el problema es que ha ocurrido con muchos secundarios de relativa importancia, lo que ha provocado que la trama se haya dispersado en muchos momentos. Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente.

Y lo valiente en este caso es que la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) siempre ha sido consciente de que, para lograr la espectacularidad o la angustia, es necesario asentar muy bien las bases dramáticas. Es por ello que durante esta segunda parte de esta etapa todo aquello que parece no avanzar, que parece simplemente narrar la vida en cada uno de los asentamientos que protagonizan la trama, en realidad allana el terreno para un final épico marcado por la violencia, la sangre y la muerte. Y esta es, al fin y al cabo, la máxima expresión tanto de la serie como de los cómics creados por Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore: un desarrollo aparentemente tedioso y sin demasiada información que desemboca en un clímax tan impactante como gratificante, capaz de dar respuesta no solo a las expectativas del espectador, sino a todas las preguntas planteadas durante la acción previa.

El problema de esta segunda parte de la séptima temporada es la profusión de personajes. En realidad, es algo que ha ocurrido en otros momentos de The Walking Dead, pero en esta ocasión, con los protagonistas divididos hasta en cuatro escenarios clave y con nuevos e interesantes roles secundarios, se evidencian mucho más los conflictos a los que se enfrentan los creadores. El hecho de tener que combinar tantas tramas secundarias en un espacio tan limitado es todo un reto narrativo que se resuelve mejor o peor, depende del episodio. Con todo y con eso, el verdadero problema radica en los debates morales de muchos secundarios, sus dudas y sus reacciones ante lo que ocurre a su alrededor. Es, en cierto modo, como si el viaje catártico que el personaje de Lincoln hace en la primera parte lo vivan ahora otros roles, alargando unos preparativos bélicos que, personalmente, creo que podrían haberse resuelto de forma más directa.

Claro que esto arroja otra reflexión sumamente interesante acerca del alcance del poder y el daño que ejerce el villano de la función. El impacto de la presentación de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-, cada vez más cómodo y espléndido en el personaje) no solo ha tenido efecto en el héroe, sino en todos. Y un efecto a cada cual más distinto, lo que a su vez provoca una división interna acerca del modo de afrontar la pérdida. Ya sea con una destrucción de la voluntad, ya sea movidos por el odio y la ira, o simplemente por la cobardía, las reacciones de cada uno de los personajes es única, conformando así un mosaico de personalidades que se definen en una situación de mayor brutalidad si cabe. O dicho de otro modo, cada uno responde como puede a una amenaza mayor que los zombis, y que siempre llega de la mano de los vivos.

Esto es la guerra

Es cierto que muchas de las tramas secundarias podrían haberse acortado. Y también es cierto que una vez que el personaje de Rick Grimes sufre su particular catarsis y decide combatir, ver cómo los secundarios viven las mismas dudas en su viaje interior es algo innecesario, aunque sumamente enriquecedor para la trama. Pero todo ello ha permitido conformar un escenario dramático de auténtico sentido bélico, casi como si varias naciones tuvieran que luchar para defenderse de un enemigo común. Con todo, lo más interesante es lo que se esconde detrás de este pausado ritmo de The Walking Dead: la guerra sucia que desarrollan los personajes.

Traiciones, cambios de bando, muertes. Todo lo que pueda pensarse ocurre a un mayor o menor nivel. Cualquier recurso es bueno para ganar una batalla contra la tiranía. Y es en medio de esta guerra sucia (en algunos casos Guerra Fría) donde mayores cotas dramáticas alcanza la parte final de esta séptima temporada, pues no solo ofrece la posibilidad de comprender el verdadero carácter de muchos secundarios; también ofrece puntos de giro inesperados que enriquecen el desarrollo dramático de la serie, caminando con paso firme hacia un conflicto directo en el último episodio, posiblemente uno de los más intensos que se recuerdan en lo que a acción se refiere junto a los que tuvieron lugar en la cárcel. Gracias a los mencionados giros argumentales la trama se retuerce hasta puntos insospechados, sacrificios necesarios y esperados incluidos.

Y como siempre ha ocurrido desde su presencia en la serie, Dean Morgan es el verdadero atractivo de la serie. Su forma de afrontar un personaje tan siniestro y complejo como Negan es sencillamente ejemplar, dotándolo de una presencia física única, de una crueldad y una violencia inigualables. Es el verdadero faro de la temporada, sobre todo cuando el resto de personajes parecen haber perdido un poco el rumbo, precisamente a consecuencia de los actos de este villano. Todo tiene lugar por él, y nada ocurre sin que él no lo provoque. El final es uno de los mejores ejemplos. Todo en ese clímax tan espectacular como esperanzador tiene sentido única y exclusivamente porque Negan así lo quiere, incluyendo una de las muertes tan necesaria como esperadas. Es el objetivo a abatir, pero también el contexto y las circunstancias que promueven toda la acción. Un personaje así no se ve todos los días. Es más, no se ve casi nunca.

Puede entenderse de este breve análisis que esta segunda etapa de la séptima temporada de The Walking Dead tenga una calidad inferior al resto de la serie. Desde luego, a los que esperen ver muerte, vísceras y violencia les decepcionará. Pero como ocurre en esta serie, en medio de la calma siempre se intuye la tormenta, y en esta ocasión es una tormenta perfecta. El problema no es falta de ritmo, sino las vueltas que los guionistas dan sobre los mismos temas, ya sea con uno u otro personaje. Y dado que son tantos (cada vez más), la trama obliga a repartir los minutos cada vez más. Por fortuna, todo esto tiene un objetivo claro y bien definido en cada momento. Un objetivo que lleva a una conclusión épica, marcada por la acción y la tensión dramática. Y es esa conclusión la que, además, pone las bases para una octava temporada que se antoja espectacular.

‘Crudo’: esas oscuras ansias de carne


Es difícil definir qué caracteriza a una buena película, pero si quiere tener algo de relevancia debe ofrecer al espectador, al menos, algo sobre lo que reflexionar, algo que permita que perdure más allá del encendido de luces en una sala de cine. Es algo complicado de encontrar hoy en día. Por eso cuando ocurre es digno de mención, y si lo consigue una debutante directora con un film tan perturbador como inteligente sin duda merece ser ensalzados tanto creador como creación.

Es lo que ocurre con Crudo, cinta catalogada como terror que va mucho más allá para analizar, lejos de efectismos baratos y de sustos gratuitos, el descubrimiento de uno mismo en un entorno tan propicio para ello como la Universidad. Se podría decir que Julia Ducournau utiliza esa idea para abordar un cambio mucho más profundo, una reflexión sobre quiénes somos, cómo nos condiciona la familia y qué llegamos a ser cuando nos alejamos de ese entorno protegido en el que hemos vivido durante toda nuestra vida. Y lo hace con un guión elaborado cuyos giros argumentales, aunque no demasiado destacables, generan una creciente intensidad dramática que estalla de forma inesperada con un clímax y una resolución que cambian irremediablemente la visión que hasta ese momento se tenía de la historia.

De este modo, el arco dramático adquiere un mayor peso específico, confirmando la idea de que siempre es mejor una sólida trama que la violencia o los sustos gratuitos. Claro que eso no impide que la cinta tenga ciertos momentos perturbadores… muy perturbadores. Acentuados por una banda sonora tan estridente como perfecta, los momentos en los que la protagonista (espléndida Garance Marillier, que también debuta en el largometraje) comienza a descubrir su verdadera naturaleza pueden contarse con los dedos de una mano, pero qué dedos. Y nunca mejor dicho, por cierto. Puede que no haga las delicias de aquellos que se aproximen a ella buscando vísceras, sangre y gore, pero desde luego ofrece una perspectiva diferente del canibalismo, entendido este como algo más profundo, más arraigado en la naturaleza humana.

La primera película de Ducournau se revela, por tanto, como un testimonio inquietante a la par que bello, violento a la par que inteligente. Crudo es, ante todo, una historia sumamente dramática, planteada como recorrido por la evolución de un personaje que descubre su verdadera naturaleza. Visto en perspectiva, y una vez el giro final da un nuevo y revelador sentido a la trama, la película posee numerosas lecturas, casi tantas como espectadores. Desde la concepción sociológica de que el paso a la Universidad abre la mente a nuevas realidades, hasta la perspectiva más familiar y la protección de los hijos ante el mundo, pasando por la pura violencia de un instinto animal. En definitiva, una obra compleja, completa y recomendable incluso para aquellos que no estén habituados a este tipo de cine.

Nota: 7,5/10

‘Rings’: más fotogramas para el mismo vídeo


Aquel que vea el vídeo de 'Rings' morirá en siete días.Cuando una saga tiene cierto éxito debe ser explotada comercialmente hasta sus últimas consecuencias. Es una máxima de Hollywood que parece estar evolucionando hacia la idea de esperar un tiempo para recuperar historias que en su día fueron un éxito. El caso de esta niña tirada en un pozo y que ataca a través de una cinta de VHS es el último caso de una tendencia que, por regla general, ofrece más de lo mismo con nuevos personajes y alguna que otra novedad menor. Y desde luego, este nuevo film no es diferente.

Con un director español que está comenzando su carrera tras las cámaras, Rings es una apuesta más ostentosa de una historia que, por regla general, siempre ha sido minimalista. Las nuevas tecnologías ofrecen asimismo un nuevo mundo en el que la pequeña Samara, epicentro de todos los males de este mundo, pueda hacer de las suyas de forma mucho más rápida. La incorporación de nuevos personajes y ciertas variaciones en la historia original logran que esta trama adquiera cierto interés, no tanto en su desarrollo como en las posibilidades que abre de cara a un hipotético futuro, incluyendo esa especie de posesión/renacimiento final.

Sin embargo, en ningún momento se desprende del carácter repetitivo, de la sensación de haber visto esto antes, sobre todo si se es fan de la saga desde su original japonés. Que ver el vídeo mate a los siete días es algo inherente a esta trama, pero que una joven entienda el vídeo como una visión con la que inicia una búsqueda para encontrar el cuerpo de la joven, que sufre por un pasado tormentoso y una muerte horrible, es algo que podría haberse, al menos, modificado sustancialmente para ofrecer algo diferente o, al menos, evolucionado respecto a las historias previas. Que se introduzcan nuevas escenas en el vídeo no representa, en sí mismo, un cambio significativo para el resultado final, entre otras cosas porque la conclusión viene a ser la misma.

Los fans de la saga encontrarán en Rings una nueva forma de extender el mal de la pequeña ahogada en el pozo. Del VHS se pasa ahora a los ordenadores y los archivos digitales. De la pantalla de televisión a los ordenadores, los móviles e incluso los circuitos internos de aviones. Pero por mucha tecnología que se aporte, la búsqueda es la búsqueda, la chica es la chica y el misterio es el misterio. Y eso, por suerte o por desgracia, no cambia. Así que sí, nuevos sustos, nuevos personajes y nueva tecnología, pero el mismo desarrollo, la misma historia y el mismo final.

Nota: 6/10

‘Melanie. The girl with all the gifts’: nuevos zombis, viejas historias


Unos zombis diferentes dominan el mundo en 'Melanie. The girl with all the gifts'.El cine de zombis ofrece tantas posibilidades como restricciones. El contenido de las historias puede ser sumamente original, pero su tratamiento narrativo tiende a ser, por regla general, lineal y algo previsible. Pero si hay algo que han demostrado los años es que el bajo presupuesto beneficia a estas historias. Y como resultado de todo ello surge la primera película para la pantalla grande de Colm McCarthy, una historia tan curiosa como carente de giros argumentales.

Desde luego, lo más atractivo de Melanie. The girl with all the gifts es el trasfondo de la enfermedad que convierte a los humanos en ‘hambrientos’ (se empiezan a agotar los calificativos para no llamarlos zombis), en esta ocasión un hongo que, lejos de matar para luego resucitar, provoca una transformación que continúa durante diferentes fases, en una especie de malsana interpretación de que la naturaleza siempre se abre camino. Sin duda, lo relevante reside en el personaje de la niña protagonista interpretada por Sennia Nanua, tan aparentemente dulce como violenta. En su figura quedan representados diferentes matices del género, desde la conciencia de los zombis hasta los híbridos.

El problema, y no es algo secundario, es que el desarrollo dramático de esta trama basada en la novela de Mike Carey carece de sorpresas. Los roles adultos, con un reparto de altura (Gemma Arterton, Glenn Close y Paddy Considine), son arquetípicos, respondiendo a los cánones de la serie B más tradicional. Las secuencias se suceden sin grandes sorpresas, salvo tal vez al final, cuando se introducen una serie de elementos novedosos en este tipo de tramas que aportan nuevos niveles interpretativos. Pero hasta entonces, ya sean las motivaciones, los diálogos, los miedos o los recelos, todo en la cinta resulta conocido, sobre todo si el espectador es un fiel seguidor de este tipo de cine.

Así, Melanie. The girl with all the gifts se convierte en un producto menor, en una aportación más a este subgénero del thriller y el terror que son los zombis. Y aunque la aportación, desde un punto de vista conceptual, tiene su interés y ofrece ideas frescas sobre las que apoyar futuras interpretaciones más elaboradas, su desarrollo carece del ritmo y la intensidad necesarios para que el film sea recordado como algo más que una sencilla cinta británica. Dicho de otro modo, entretiene y en algunos momentos incluso puede llegar a resultar sumamente interesante, pero la sensación final no logra llenar. Eso sí, siempre es de agradecer que se pueda disfrutar de un reparto como este, incluso cuando los personajes no tienen demasiada profundidad.

Nota: 6/10

‘Black Mirror’ se centra en la ciencia ficción de la tecnología en su 3ª T


Bryce Dallas Howard protagoniza uno de los episodios de la tercera temporada de 'Black Mirar'.Tras dos temporadas y un especial navideño, Black Mirror se ha consolidado como la crítica más ácida a la tecnología y la dependencia social de ella. Sin embargo, la serie de Charlie Brooker (serie Dead set) ha evolucionado en su tercera temporada hacia un carácter más fantástico, centrándose en la ciencia ficción más que en la crítica o en la denuncia social. Tal vez sea por el hecho de que son seis episodios en lugar de tres, o simplemente porque era el camino a seguir natural para una ficción de estas características. El caso es que estos capítulos, algunos de ellos de una factura impecable en todos sus aspectos, comparten más puntos en común que el trasfondo social y humano que ha caracterizado a la serie. Que esto sea algo positivo o negativo es decisión personal de cada uno.

Quizá la mayor evidencia de esto es que, salvo el episodio titulado ‘Cállate y baila’ (‘Shut up and dance’ en versión original), el componente tecnológico tiene un peso más que notable en la historia, en muchas ocasiones jugando con los aspectos futuristas o con una hipótesis sobre la evolución que tendrán campos como los videojuegos o los drones. ‘Caída en picado’ y ‘Playtesting’ son claros ejemplos. El primero, protagonizado por Bryce Dallas Howard (Jurassic World), representa una reflexión del mundo que puede crear la dependencia cada vez mayor de las redes sociales y del reconocimiento que, en teoría, dan al individuo dentro de un entorno globalizado. El segundo, con los videojuegos como contexto, alerta de los riesgos de un mundo del entretenimiento cada vez más personalizado e inclusivo.

En este sentido, es evidente que los episodios mantienen el componente social, pero lo hacen con una apuesta por el futurismo, por la ciencia ficción más que por los peligros de una sociedad dependiente de una tecnología que ya existe. Si bien es cierto que en temporadas anteriores ya existía ese equilibrio entre realidad y ficción, en estos seis episodios la balanza parece inclinarse más por la ficción, narrando historias en algunos casos sumamente fantásticas que, aunque con un trasfondo de crítica o denuncia, no dejan de ser modelos de entretenimiento sin demasiado contenido. Tal vez sea por eso que ‘La ciencia de matar’ es uno de los episodios más flojos no solo de la tercera temporada de Black Mirror, sino de toda la serie.

Ahora bien, esta apuesta deja también uno de los episodios más románticos y bellos de esta producción. ‘San Junipero’ se convierte en un canto al amor eterno e inmortal, a la libertad de poder encontrar a la persona idónea esté donde esté gracias a un terreno neutral en forma de mundo digital. De nuevo, la serie va un paso más allá y aborda un futuro de ciencia ficción que desarrolla, en cierto modo, una realidad ya existente pero mucho menos sofisticada. En este caso, sin embargo, la trama está planteada de forma tan sutil y entrelazada que termina por alternar drama romántico con un cierto suspense, amén de obligar al espectador a prestar atención al más mínimo detalle para tratar de comprender cómo y dónde se desarrolla la acción.

Realidad de las tramas

'San Junipero' es uno de los episodios más recordados de la tercera temporada de 'Black Mirar'.Nada de esto impide, sin embargo, que Black Mirror siga inquietando conciencias con su tercera temporada. A pesar de contener episodios sin excesiva trascendencia más allá de la trama en sí, en su conjunto se puede entender como un estudio del comportamiento humano en el más amplio espectro. Desde ese primer episodio con las redes sociales como indicador de las clases sociales (tener pocos ‘Me gusta’ te convierte en un paria), hasta el último en el que, simple y llanamente, se ha acabado con las abejas reales y se ha tenido que buscar una alternativa cibernética, todos los episodios, y en esto sí que no hay excepción, están planteados para obligar al espectador a reflexionar sobre su propia realidad.

Y eso se consigue gracias a unas tramas notablemente estructuradas, capaces de seguir una senda marcada mientras libran una batalla intelectual con el que está al otro lado de esa “espejo negro” al que hace referencia el título de la serie. Al existir argumentos independientes, cada episodio está narrado de forma propia, aunque todos mantienen en común la idea de que nada es lo que parece, de que la realidad es mucho más terrible de lo que en un principio pueda parecer. De este modo, verdad y mentira, realidad y ficción, se funden en un único mensaje dominado por esas nuevas tecnologías que parecen adueñarse poco a poco de la serie y que, por suerte o por desgracia, ya se han adueñado de nuestras vidas.

Incluso aunque algunos capítulos posean un argumento sin demasiado interés, es de justicia reconocer los puntos de giro tan interesantes que ofrecen todos ellos gracias, precisamente, a esa idea de que nada es lo que parece. Otra cosa muy diferente es que el contexto en el que se desarrollan esas historias y el modo en que se narran sea el adecuado. Personalmente creo que la narrativa es, como suele ser habitual en esta serie, ejemplar, pero ese contexto peca, en algunos casos, de una ingenuidad manifiesta, lastrando tanto las ideas que maneja como la dinámica visual. No ocurre en todos, es cierto, pero sí en los suficientes como para identificar un patrón, y es el hecho de que parece no haber ideas suficientes (o suficientemente trabajadas) como para completar una temporada de seis episodios.

Dicho de otro modo, la tercera temporada de Black Mirror posiblemente satisfaga a los seguidores, y desde luego mantiene la senda ideológica y narrativa de las anteriores etapas, pero en su conjunto puede que tenga algunos de los episodios más flojos de la serie. Ya sea por su extensión, por la complejidad de crear estas tramas o por su apuesta decidida por la ciencia ficción por encima de otros factores, lo cierto es que estas seis historias no logran despertar la admiración que sí despertaron las anteriores, posiblemente también porque el impacto poco a poco se va superando. En cualquier caso, con estos problemas que parecen empezar a surgir la serie sigue siendo una de las más frescas, dinámicas, transgresoras y provocativas de la televisión moderna, lo cual ya debería dar una idea de la calidad que atesora.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: