‘Noche de bodas’: Tradiciones de la familia política


Los problemas de entrar a formar parte de la familia de tu pareja ha sido objeto cinematográfico desde siempre. A veces como comedia, otras como drama y otras, como es el caso que nos ocupa, como terror. Todas ellas, sin embargo, tienen como hándicap la poca capacidad de sorprender o de resultar novedosas. Saber esto de antemano puede resultar muy útil para no hacer una ficción tediosa y previsible… o al menos lo suficientemente original como para que entretenga.

Y ese es el caso de Noche de bodas. La película, en síntesis, no resulta diferente de lo que haya podido verse en otros relatos. Tan solo, y he aquí la seña de identidad, su toque irónico y autocrítico en la idea de que un juego como el escondite del lugar a una masacre nocturna. La labor interpretativa, en este caso, es fundamental, y tanto Adam Brody (Isabelle) como Henry Czerny (Remember) y Andie MacDowell (Instinto maternal) bordan ese toque casi paródico que impregna todo el relato, convirtiéndose en la punta de lanza de un reparto consciente de las limitaciones de sus personajes y pudiendo así explotar al máximo la libertad que otorga la poca definición de los mismos. Es la dinámica entre ellos la que sostiene la historia y, sobre todo, la que abre la puerta a apreciar algo más que la simple historia de terror, desarrollando los diferentes aspectos de una familia rica, desestructurada y destruida por una tradición salvaje.

Humor y sangre, mucha sangre, es lo que ofrece esta historia. Con todo, su carácter previsible no es lo peor del guión. El intento de giro argumental final acerca de ese fantasma, esa especie de maldición que pesa sobre toda la familia, lejos de aportar un toque fresco al relato lo que hace es quitar cierta dosis de terror humano y psicológico que había logrado gracias a esa visión sádica de la familia política y sus cuestionables tradiciones. Dicho de otro modo, lo que se plantea inicialmente como una salvaje tradición propia de unos asesinos en serie termina convirtiéndose en un acto justificado en la necesidad de evitar la muerte familiar. Esta especie de motivación a unos actos incalificables resta interés al conjunto, aunque también aporta una mayor ironía a ese final en el que la sangre, literalmente, estalla por toda la habitación.

Desde luego, Noche de bodas no es un referente del cine de terror. Ni siquiera del gore. Pero es una propuesta honesta en su concepción, consciente de su carácter de serie B y planteada con la intención de divertir al espectador. Y en este sentido, lo consigue. Puede que su historia sea previsible, que su guion peque de una explicación final innecesaria que le perjudica más que le beneficia, pero en todo caso la cinta deja momentos en la retina tan sádicos como surrealistas. Y sobre todo, permite ver a un reparto que disfruta con sus personajes, que sabe sacarles el máximo provecho dentro de sus posibilidades, y que pone en tela de juicio las tradiciones.

Nota: 6,5/10

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‘It: Capítulo 2’: superar los miedos originales


Se supone que toda secuela, para ser buena, debe ofrecer más de lo que ofreció la primera parte. Más en todo aquello que dio el éxito a la historia original. Y bajo esa premisa se ha construido esta segunda entrega de una de las tramas de terror más famosas de todos los tiempos. Pero con matices, porque a pesar de ofrecer más terror, más sangre y más argumento, también cambia el punto de vista del argumento para mostrar que el miedo es siempre algo que se puede controlar.

Porque a diferencia de la primera parte, donde los niños afrontaban una lucha contra esta criatura como un enfrentamiento en el que tenían que estar unidos, en esta It: Capítulo 2 lo que se hace es explorar los miedos individuales y originales de cada uno de los personajes. Así, durante buena parte de su largo metraje (que se hace más bien corto, todo sea dicho) Andy Muschietti (Mamá) dedica toda su atención a abordar la historia de cada niño ahora convertido en adulto, y cómo sus traumas infantiles, sobre todo aquellos vinculados a ese macabro payaso, les han condicionado a lo largo de su vida. La cinta adquiere, de este modo, un tono más adulto, introspectivo y psicológicamente complejo, aderezado en todo momento por sus ‘yos’ infantiles, que vuelven a tener un interesante protagonismo en la cinta y que hacen de los saltos temporales todo un arte de transición narrativa en el tiempo.

Puede que esto sea un inconveniente para muchos. La primera It era una aventura preadolescente, monstruo incluido, que abordaba la amistad de ese grupo de niños inadaptados y poco populares en el colegio. El hecho de que su continuación les sitúe en la edad adulta elimina, por necesidad, ese componente. Pero en lugar de eso, la historia se adentra en aspectos mucho más oscuros, llevando a los personajes a situaciones límite. La labor de los actores (todos ellos magníficamente elegidos), en este aspecto, es sencillamente brillante, pues no solo consiguen mantener la esencia de la interpretación de los niños, sino que ahondan en matices emocionales muy interesantes, sobre todo en su tercio final. Por supuesto, no es una película perfecta. Existen algunos fallos (incluso de raccord) e irregularidades, y desde luego explicar con todo lujo de detalles el origen de la criatura nunca ayuda al aspecto terrorífico de una historia. Pero con todo y con eso, estamos ante una más que digna continuación.

Y no es que It: Capítulo 2 no supere a It. Más bien, son dos conceptos diferentes sobre una misma historia. Porque la verdad es que la dinámica narrativa de ambos films es similar, enfrentamiento final incluido. Pero mientras una es vista desde el punto de vista de los niños, la otra tiene a los adultos como protagonistas. Personalmente creo que esta segunda parte es mucho más compleja, más completa dramáticamente hablando, con unos actores brillantes y algunos momentos tan incómodamente terroríficos como sangrientos y violentos (sin ir más lejos, la escena del laberinto de espejos o las pesadillas finales a las que tienen que hacer frente cada uno de los héroes). Todo ello convierte a esta continuación en una notable película, y al díptico en una obra a revisionar de forma conjunta.

Nota: 7,5/10

‘Infierno bajo el agua’: Superdepredadores de serie B


Para muchos, hablar de serie B posiblemente sea hablar de un cine mediocre, de segunda categoría en la que todo tiende a ser más bien pobre, tanto en personajes como en la propia historia y, según el caso, los efectos especiales. Pero nada más lejos de la realidad, y lo nuevo de Alexandre Aja (Horns) es la prueba fehaciente de que la serie B puede ser cine de calidad… dentro de sus propios límites, claro está.

Porque, en efecto, Infierno bajo el agua tiene muchos límites: una historia más bien simple, un desarrollo forzado por las necesidades de guión, unos hechos algo irreales, … Pero nada de eso impide que pueda disfrutarse como un gran blockbuster y, sobre todo, no impide que contenga algunos de los mejores momentos de tensión vividos en este tipo de cine. Aunque la pregunta más interesante sobre el film es, precisamente, ¿qué tipo de cine es? Por supuesto, es una monster movie, pero también contiene toques del cine de catástrofes, cine de supervivencia e, incluso, algo de drama familiar como trasfondo emocional. Todo ello convierte a esta historia en algo más complejo, permitiendo al director dar rienda suelta a su lenguaje narrativo para poder explotar al máximo las posibilidades de un relato bastante lineal.

De hecho, Aja construye momentos de tensión innegables, como esa primera set piece en el sótano (magistral el uso de los tiempos y de la iluminación) para dar paso, posteriormente, a minutos de auténtica acción y, para los amantes del gore, secuencias tan sangrientas y violentas que dejan poco margen a la imaginación de lo que son capaces de hacer los caimanes. Con claro homenajes al Tiburón (1975) de Steven Spielberg, el director galo demuestra que se ha convertido por derecho propio en un realizador de género y, a medida que avanza su carrera, en un nombre referente dentro del terror. Con esta cinta que atrapa al espectador gracias a su ritmo constante (encuentra un equilibrio perfecto entre los momentos más ágiles y los más pausados), Aja firma una obra bastante redonda, consciente de sus propias limitaciones pero capaz de sacar el máximo provecho a sus posibilidades.

Sí, es una historia más bien simplona. Y sí, los personajes que interpretan Kaya Scodelario (El corredor del laberinto: La cura mortal) y Barry Pepper (Cosecha amarga) serían capaces de sobrevivir a un apocalipsis con una mano atada a la espalda y las piernas rotas por varios sitios. Pero incluso con esos elementos poco realistas la cinta funciona gracias a la dinámica entre los protagonistas, al pulso narrativo de Aja y a un guión que maneja magistralmente los tiempos, narrando de forma directa y sin miramientos. De hecho, salvo esa primera secuencia para explicar por qué luego la joven heroína es capaz de hacer lo que hace, el resto del relato se muestra descarnadamente sincero y directo a impactar al espectador. Tanto es así que termina cuando, sencillamente, ya nada tiene que contar sobre esta odisea. Estamos ante una serie B, es cierto, pero una serie B de las mejores. Y eso muchas veces es bastante mejor que cualquier producción con aires de grandeza.

Nota: 7/10

‘Midsommar’: normalizar lo macabro


Allá por 1980 Stanley Kubrick revolucionó el género de terror. Lo había hecho antes con otros géneros, y lo haría después. Desde entonces el terror ha evolucionado mucho hacia un formato más efectista, más centrado en el susto fácil con imágenes apabullantes y sonidos estridentes. Por eso la obra de Ari Aster es un soplo de aire fresco dentro del género. Una apuesta visualmente cautivadora que esconde el horror a plena luz del día, remitiendo en muchas ocasiones a ese lenguaje tan exclusivo que tenía Kubrick y que jugaba con el color, la iluminación, el montaje y el sonido… o la ausencia del mismo.

Para muchos Midsommar será una obra caótica, desordenada, inconexa. Dicho vulgarmente, una tontería. Y puede que parte de esto haya, lo que sin duda juega en su contra. Pero esta perturbadora visión de las tradiciones del norte de Europa esconde algo mucho más profundo en un montaje delicadamente escogido, con una fotografía exquisita y unos actores que, sin ser extraordinarios, sí son capaces de dar lo máximo de ellos en los momentos necesarios. Todo esto convierte a esta segunda película de Aster en una obra compleja, con numerosas lecturas tanto sociológicas como psicológicas. Aviso a navegantes: no es una obra terrorífica, pero sí muy perturbadora. Tanto que posiblemente no se borre de nuestra mente en varios días. No porque contenga imágenes macabras (alguna que otra sí que hay); ni siquiera por una atmósfera opresiva en la oscuridad. No, si esta película tiene algo digno de alabar es la capacidad del director para generar una angustia y un ambiente malsano a plena luz del día.

Y todo pasa, como de hecho hace el film, por normalizar lo macabro. Suicidios, sacrificios humanos, coitos en medio de un círculo al más puro estilo aquelarre, … Todo ello se muestra sin necesidad de juegos de sombras ni notas sonoras que hagan daño a los oídos. Simple y llanamente, se muestran como algo natural de una tradición tan antigua como el hombre. Y bajo esta premisa, Aster aprovecha las posibilidades que le otorga la cámara para narrar con la misma naturalidad, ajeno por completo a los cánones del terror y tratando en todo momento de que la locura que se apodera de los protagonistas no sea más que eso, una locura en medio de una pacífica comunidad que no hace nada malo. Esta suerte de cambio de roles dramáticos (los locos son los extranjeros que no entienden unas macabras tradiciones) no hace sino aportar mayor dramatismo al conjunto.

Puede que Midsommar no guste al gran público que busque gritos, sustos fáciles y fantasmas de rostro pálido y pelo muy negro. Pero con esta cinta Aster recupera un tipo de cine, y en concreto un cine de terror, capaz de ofrecer algo más profundo, algo que indaga y rebusca en las raíces mismas del terror subconsciente. El viaje que realiza la protagonista es el más claro ejemplo de cómo el ser humano reacciona ante los estímulos en base a su experiencia vital. Tiene sus altibajos, eso es innegable, sin ir más lejos el poco recorrido de algunos secundarios. Pero son problemas menores. Con un montaje perturbador y una fotografía que se acerca más a la composición pictórica que a una sucesión de fotogramas, la película se convierte en un viaje sensorial en el que la tragedia se entiende como algo natural, en el que la violencia y lo macabro forman parte de una tradición ancestral que se acepta como parte de algo mayor. Y nada hay más terrorífico que convertir en normal algo que no lo es.

Nota: 7,5/10

‘El sótano de Ma’: este sótano es de cartón piedra


Hay películas cuyo truco se ve a kilómetros. Películas en las que el cartón piedra es tan evidente que se convierte en el centro de todas las miradas, restando peso a otros elementos como los actores o el lenguaje que utiliza el director. Pues bien, a la última película de Tate Taylor (Pretty ugly people) le ocurre exactamente eso, solo que en lugar de un decorado excesivamente falso lo que se descubre casi antes de entrar en la sala es el meollo de la intriga, lo que destruye por completo el sentido final de la trama.

Así, El sótano de Ma solo ofrece al espectador algún que otro susto con efecto sonoro incluido, un final algo desagradable (tampoco mucho, que tiene que tener clasificación para adolescentes) y, eso sí, unos actores adultos que aportan la entereza que necesita la película incluso cuando ya está todo al descubierto. Y lo cierto es que no son pocos estos elementos, pero desde luego no suficientes para sostener el interés de la película, que por otro lado se desarrolla con una corrección formal envidiable, introduciendo los elementos del pasado de forma inteligente y transitando por todas las fases de los personajes que suelen poblar estas historias.

Pero nada de eso impide que el espectador deduzca en apenas unos minutos el sentido de toda esta pantomima montada por el rol de Octavia Spencer (Familia al instante), que por cierto vuelve a demostrar la extraordinaria actriz que es con un rol muy alejado de su registro habitual. El gran problema de la cinta, y es fundamental, radica en el supuesto suspense que rodea a la protagonista es destruido por el propio planteamiento de los elementos dramáticos. Desde el momento en que la protagonista busca el pasado de los jóvenes (es más, desde que ve la furgoneta en la que viajan), ya es de suponer, a grandes rasgos cuál será el desarrollo posterior. Esto resta peso dramático al conjunto de la historia, convirtiendo un potencial thriller en una mera propuesta de terror suave. Muy suave.

Estamos, por tanto, ante un quiero y no puedo de Taylor. El sótano de Ma pasa a convertirse en un título menor, en una curiosidad cinematográfica en tanto en cuanto tiene un reparto de altura pero un guión fallido en el que, eso sí, los efectos sonoros y la violencia final son indispensables. Pero eso no es suficiente, al menos no para lo que plantea inicialmente. Octavia Spencer logra aportar a su papel la profundidad suficiente como para que el espectador se pregunte si todo es por venganza, por deseo de un amor no correspondido o por un trauma adolescente. Pero esa es la única intriga del metraje, que para ser de unos ajustados 99 minutos tiene momentos de depresión narrativa y dramática. Una lástima, porque el planteamiento de la historia ofrece muchas posibilidades, incluyendo una versión más gore o algo más al estilo de Carrie (1976). Pero el camino elegido ha terminado por restar credibilidad a todo.

Nota: 5,5/10

‘El hijo’: ¿es un pájaro? ¿es un avión? ¿pero qué es?


¿Un Superman villano? Pues la idea ya es de por sí sugerente, sobre todo para aquellos que conozcan los orígenes del personaje narrados en los cómics o en el clásico de 1978. Pero la película que nos ocupa es de todo menos sugerente. Y eso es casi lo más interesante del film de David Yarovesky (The hive), porque lo cierto es que en ningún momento llegamos a saber qué género estamos viendo.

Y es una lástima, porque El hijo tiene todos los elementos necesarios para ser una apasionante cinta de ciencia ficción o una terrorífica apuesta de suspense y angustia. Sin embargo, el desarrollo dramático de la historia, y de los propios personajes, se queda en tierra de nadie. Comienza como una combinación de intriga y ciencia ficción para adentrarse levemente en el género del humor y terminar en una suerte de terror con epílogo informativo. Tanto género para una película con un argumento tan sencillo y directo, amén de una ajustadísima duración, impide asentar una interpretación de esta historia que, además, plantea varias ideas sin llegar a desarrollar ninguna. Para muestra un botón. Da la sensación por momentos de que el guión pretende jugar con el suspense de saber quién se esconde bajo la máscara, mostrando casi una doble personalidad en el personaje del joven Jackson A. Dunn (serie Legendary Dudas), quien por cierto es de lo mejor de la cinta. Sin embargo, esta suerte de apuesta por el suspense se queda en nada al ir mostrando poco a poco la transformación del adolescente, terminando por lastrar a la cinta.

Eso no impide que el film sea entretenido, ni que contenga algunos momentos especialmente desagradables y, según se mire, gore. Yarovesky poco puede aportar a la simpleza de la trama, pero su mano se deja ver en la narrativa de los crímenes que comete el joven extraterrestre que asume sus poderes, cual avispa en un nido de abejas (y la referencia no es casual, como tampoco lo es en la cinta), con la adolescencia. Pero nada de esto logra que el espectador se sumerja completamente en la película. Y eso se debe, fundamentalmente, a ciertos desequilibrios de guión, dando mucha prioridad a diálogos que dan vueltas sobre el mismo tema y dejando a un lado la evolución del adolescente. Es cierto que su transformación tiene un origen exógeno más que endógeno (cambios hormonales, comprensión del mundo, …), pero no son pocos los momentos en los que parece mostrar una cierta bondad en su interior. Ya sea una lucha interna entre el bien y el mal o una forma de manipular a los que le rodean (opto por lo segundo), falta un desarrollo más profundo de esta idea para conocer mejor al personaje más allá del símil con avispas y abejas.

De este modo, El hijo es un producto a medio camino de todas partes. Su indefinición en el género es casi lo de menos. La película plantea varias ideas que no termina de desarrollar, por no hablar de unos interesantes personajes que se dibujan con trazo grueso. El joven protagonista parece moverse en algunos momentos por impulsos de rabia adolescente, mientras que en otros parece estar dominado por una fuerza superior. La relación entre padres e hijo, fundamentalmente la de la madre, se mueve en unas arenas movedizas dramáticas que por momentos parecen consolidarse y por momentos hunden lo logrado hasta ese momento. Como entretenimiento no es una mala propuesta, sobre todo para los amantes del gore y la violencia. Sus momentos de acción, sobre todo en su clímax, son espectaculares. Pero una película no puede vivir solo de esto, sobre todo cuando plantea componentes dramáticos mucho más complejos.

Nota: 6/10

‘La Llorona’: terror con sello de fábrica


Cada generación ha tenido su modelo de cine de terror. Desde el slasher hasta el gótico, pasando por el gore o el de fantasmas. Todos ellos tienen al menos un film que los define, una cinta modelo sobre la que se construyen el resto, normalmente con menor fortuna. Y muchas de ellas dirigidas por autores debutantes. Pues uniendo todas estas piezas obtenemos La Llorona, una producción con claro sello de fábrica, hecha en cadena y aportando más bien pocos elementos novedosos, salvo tal vez llevar a la gran pantalla un mito latinoamericano.

La primera película de Michael Chaves contiene todos los elementos para generar sustos. De hecho, su desarrollo dramático está tan bien medido que prácticamente se pueden prever los sobresaltos que vivirá el espectador. Bajo este prisma, la cinta sí aporta algo interesante, y es el hecho de que la lucha entre víctima y espíritu acosador se muestra en su máximo esplendor, obteniendo con ello una narrativa más sincera, más física, y por lo tanto un poco alejada de rezos, juegos de luces y sombras y palabras en latín (que algo de todo esto tiene, no obstante). El problema, y no es un problema menor, es que ni los personajes están bien definidos, ni la historia resulta lo suficientemente interesante como para sumergir al espectador en un viaje al corazón del mal.

Más bien al contrario. Sus similitudes con otras cintas ambientadas en este mismo universo, el que se inició con Expediente Warren: The Conjuring, convierten a esta nueva aventura terrorífica en un producto visto una y mil veces, en una propuesta que depende en buena medida de la voluntad del espectador para poder atraparle. Dicho de otro modo, es necesario entrar en la sala con una predisposición muy alta. Más que una ambientación, lo que propone son sustos puntuales, algunos muy previsibles, lo que da lugar a una cierta sensación de déjà vu y, lo que es peor, una comparación con producciones similares, con las que por cierto sale muy mal parada. El ejercicio de análisis es bien sencillo: si se cambia el mal que acecha, los miembros de la familia y el nombre del cura, curandero, medium o lo que sea, obtendremos el título de más de una película reciente de terror.

Y todo eso es La Llorona. Ni más ni menos. Y la verdad es que tampoco pretende ser otra cosa. Es una producción que sabe lo que ofrece, lo que busca y lo que pide. Eso no la hace ni mejor ni peor, pero sí confirma esa idea con la que comenzaba este texto, y es que estamos en una nueva generación de terror que necesita renovarse con urgencia. Los productos empiezan a tener ese aroma a diseño de fábrica, a cadena de montaje. El primer susto en el minuto 10, el siguiente en el 20, el tercero alrededor del 25, etc.; una familia, preferiblemente madre soltera; unos niños con sensibilidad especial/sentido muy desarrollado de la curiosidad; un personaje que ayude a la familia y que esté vinculado, de un modo u otro, con la fe; y un lenguaje visual en el que primen la poca iluminación y los movimientos de cámara acompañados de estridentes ruidos o notas musicales. Puede que todo esto sea efectivo (como ocurre con muchos otros productos de consumo), pero aporta muy poco.

Nota: 6/10

‘The Walking Dead’ confronta civilización y brutalidad en su T. 9 (y II)


El último episodio de la novena temporada de The Walking Dead lleva por título ‘La tormenta’, y no podría ser más apropiado, no solo por lo acontecido en la segunda mitad de esta etapa, sino porque lo que está por venir se antoja eso, una tormenta que dejará la historia y a los personajes mucho más golpeados de lo que actualmente están. Pero no adelantemos acontecimientos. Por lo pronto, estos 8 últimos episodios no solo continúan esa recuperación dramática y narrativa iniciada a principio de temporada, sino que eleva la trama a un nuevo nivel, explotando al máximo las posibilidades de los nuevos antagonistas y, sobre todo, cuadrando perfectamente la historia del cómic con la situación en la serie, muy distinta ya al original en papel.

Comenzando por los Susurradores, ese nuevo grupo enemigo, la ficción creada por Frank Darabont (serie Mob city) hace gala de todo el dramatismo del que es capaz a través tanto de la situación que se genera tras la primera mitad de esta etapa, como de los pasos que se van produciendo para llegar a ese final con frontera física incluida entre los dos principales grupos de humanos. Aunque precisamente lo que genera una mayor profundidad emocional es, precisamente, el carácter casi inhumano de ese nuevo grupo, capaz de vivir entre los zombis utilizando pieles de muertos. Quizá lo más interesante sea que el enfrentamiento es entre la civilización y un grupo humano que ha cambiado hasta mimetizarse con los muertos vivientes. En cierto modo, se puede entender casi como el siguiente grado en la evolución dramática de la serie. Y me explico.

Las primeras temporadas de The Walking Dead tuvieron como eje principal el conflicto interno dentro de un grupo de supervivientes, ahondando en los problemas que generan sentimientos como los celos, la ira, la rabia o el miedo. A continuación se extendió dicha confrontación a otros grupos de humanos, produciéndose guerras encarnizadas por el control de territorios o por la defensa de un estilo de vida. En todos los casos, sin embargo, los zombies eran un contexto dramático que permitía acentuar determinadas situaciones, pero en ningún caso eran los verdaderos protagonistas. En este final de la novena temporada, sin embargo, humanos y muertos vivientes se funden en uno, creando un antagonista único no solo por esa idea de unir los dos mundos (vivos y muertos), sino porque a diferencia de años anteriores, también se confronta un modo de vivir en el mundo postapocalíptico: o bien recuperando lo que nos hizo humanos, o bien deshumanizándonos por completo.

Este trasfondo sociológico puede pasar desapercibido, pero está ahí, ya sea en el modo en el que se muestran los dos mundos tan diferentes, ya sea en los diálogos y en cómo los personajes defienden una u otra forma de pensar. Esto provoca algunos de los momentos más intensos dramáticamente hablando, desde ese rescate de un bebé de las manos de los zombies hasta esa frontera hecha con estacas para delimitar los territorios (y no mencionaré nada más por si alguien no lo ha visto o no ha leído el cómic). La brutalidad de unos contrasta mucho con lo civilizados que intentan ser los otros. Y en ese contraste es donde la serie logra encontrar sus mejores momentos, creciendo desde un punto de vista dramático y, como ya ocurriera en el pasado, eliminando muchos personajes por el camino. La única diferencia podría estar en que, en esta ocasión, dichos personajes tenían poco más que aportar a la serie.

Narrativa paralela

Lo cierto es que The Walking Dead, la serie, ha logrado en esta novena temporada una narrativa paralela al cómic digna de análisis. La ficción televisiva ha logrado narrar, en mayor o menor medida, los acontecimientos de las páginas de papel, pero utilizando para ello su propia estructura dramática y a otros personajes que logran el objetivo deseado. Pero esta producción ha logrado mucho más. Dado que necesita crear más tramas secundarias para completar la duración de cada episodio, sus creadores han optado por ahondar en los conflictos internos de los héroes, estando ahora más torturados que nunca por sus decisiones. No es de extrañar, por tanto, que nos encontremos ante un grupo fragmentado, poco conexionado y carcomido por lo que podrían haber hecho y no han logrado, amén de la pérdida de personajes como Rick o Maggie.

A diferencia de la temporada anterior, este análisis moral de los protagonistas en esta etapa está acompañado por secuencias de acción impactante, ya sea contra el nuevo grupo o contra muertos vivientes. Pero lo más interesante es que el conflicto interno tiene una base sólida. Muy sólida, en mi opinión. No se trata ahora de enfrentarse a un enemigo aparentemente imbatible, o no es solo eso al menos. La pérdida de personajes importantes es utilizada por los guionistas para dar un giro de timón al dramatismo de la serie. Ahora existe una verdadera motivación para las decisiones de todos los personajes, y si a esto añadimos una narrativa que juega con las líneas temporales y los saltos en las mismas, lo que tenemos es una mitad de temporada con un lenguaje propio, que recupera la esencia vista en las primeras temporadas y que, además, comienza a jugar con la dualidad de los personajes, evidenciando que aunque la ficción tiende a polarizar el mundo en héroes y villanos, en vivos y muertos, esa línea se está difuminando cada vez más. Y aquí vuelve otra vez la idea de los vivos con piel de muertos, por cierto encabezados por una espléndida Samantha Morton (Animales fantásticos y dónde encontrarlos).

Uno de los ejemplos más claros de esto es el rol de Jeffrey Dean Morgan (Proyecto Rampage), que a pesar de ser un enemigo encarcelado para dar ejemplo se está convirtiendo casi en la voz de la conciencia de una comunidad que lucha por sobrevivir y recuperar la civilización. Sin duda está llamado a ocupar un protagonismo cada vez mayor, y habrá que ver qué papel juega en la batalla que se avecina. En ese proceso de difuminación también juegan un papel primordial los líderes de las diferentes colonias. El modo en que dudan acerca de sus decisiones, en que actúan separándose primero y luego volviendo a reunirse, desvela una complejidad dramática y emocional que les eleva por encima de la simple categoría de héroes y villanos. Que no se me entienda mal, los buenos son los buenos y los malos son los malos. Pero a diferencia de lo que ocurría con Rick Grimes, ahora ninguno parece tener claro el camino a seguir, y eso no hace sino añadir un mayor interés al conjunto.

De este modo, la novena temporada de The Walking Dead termina con un proceso de mayor complejidad que no ha terminado. Ese último episodio deja en el recuerdo muchos elementos que jugarán un papel fundamental en el futuro inmediato. Para empezar, esa diferencia entre “los buenos” (saben que para sobrevivir tendrán que dialogar, unirse y recuperar su esencia) y “los malos” (golpeándose para demostrar que no son débiles), que marcará la pauta dramática a explorar en la próxima temporada. Además, los conflictos internos de los protagonistas, puestos ante el espejo de sus propias dudas. Y sobre todo, ese mensaje de radio final que vuelve a recuperar algo que ya se vio en esta temporada y que podría dar un giro completo a la serie. Habrá que esperar para eso, pero por ahora la ficción ha sido capaz de volver a sus orígenes, y lo ha hecho como mejor sabe: explorando las posibilidades sociológicas, humanas y sociales de un mundo gobernado por muertos vivientes.

‘Escape Room’: un puzzle sin sangre y demasiado sencillo


El fenómeno cada vez más creciente de las ‘Escape Room’ no podía ser obviado por el séptimo arte. Y cómo no, la apuesta ha sido una producción de terror con reminiscencias lejanas (muy lejanas) a Cube (1997) y Saw (2004). Y digo muy lejanas porque la cinta dirigida por Adam Robitel (The taking) es una obra descafeinada y aséptica que pretende ser el inicio de una nueva saga y se queda en un pulcro ejercicio de… bueno, de algo.

Lo cierto es que Escape Room no ofrece nada al espectador, salvo la idea de resolver puzzles para sobrevivir que, además, están relacionados en cierto modo con el pasado de cada uno de los protagonistas. Y no es una mala idea, sobre todo porque ofrece algunos hallazgos visuales como esa sala del revés que genera algunos de los momentos de mayor tensión del relato. Sin embargo, ya sea por miedo o por falta de olfato dramático, la película se queda a mitad de todo. Sin llegar a ser un thriller que explore en profundidad el pasado de cada uno de los personajes, tampoco es una cinta que se entregue a la violencia más descarnada, más bien al contrario. Salvo alguna escena al final, el resto de muertes ocurren siempre fuera de cámara o son suavizadas por algún elemento en plano.

Y a pesar de todo, la historia podría haber funcionado si no fuera por un final que, en un intento por dejarlo todo atado y bien atado para una continuación ya confirmada, termina por quitar efectividad al conjunto. Se suele decir que en el cine de terror es mejor insinuar que mostrar claramente, pero la película de Robitel opta por lo segundo, sin dejar margen a la imaginación y mostrando claramente toda una organización dedicada a estas salas de escape mortales al servicio de los poderosos. Sin sangre, sin intriga, la película además no ofrece al espectador el aliciente de desconocer la identidad de los villanos, lo que sin duda sería un gancho para la segunda parte.

Al final, Escape Room es un quiero y no puedo, un carrusel de trampas mortales en el que el único interés es ver el orden en el que los personajes van desapareciendo. Diría incluso que el interés está en ver cómo mueren, pero la apuesta visual del director elimina cualquier atisbo posible. Sí, es dinámica. Y sí, el trasfondo dramático de los personajes aporta la suficiente entidad como para no ser una simple película de terror adolescente descafeinada. Pero más allá de eso, aporta poco, por no decir nada, salvo el interés que pueda despertar entre los espectadores para acudir a una auténtica Sala de Escape y probar a resolver los acertijos. Eso sí, sin que las vidas estén en juego.

Nota: 6/10

1ª T. de ‘Castle Rock’, idónea carta de presentación del universo King


Stephen King es el maestro del terror, de eso no cabe la más mínima duda. Pero el autor de novelas como ‘El Resplandor’, ‘Carrie’ o ‘It’ es mucho más. De hecho, quien haya leído alguno de sus libros puede que haya percibido dos constantes muy claras (amén de otros muchos elementos, por supuesto). Por un lado, el manejo de pasado y presente en sus historias; por otro, que el desarrollo no responde tanto al terror puro y duro como a la intriga, gracias al juego que realiza con las diferentes tramas y los elementos de suspense que siempre están presentes. Y todo ello está presente en la primera temporada de Castle Rock, un alarde narrativo sencillamente espléndido ambientado en el universo King que, al igual que las novelas, juega al despiste con el espectador para terminar por revelarle algo mucho más interesante y complejo de lo que podría imaginar en un principio.

Y todo ello en apenas 10 episodios. Sus creadores, Sam Shaw y Dustin Thomason, autores de la serie Manhattan, parten de un acontecimiento tan concreto como un suicidio para hilvanar todo un complejo mundo en el que el caos, la violencia y la locura parecen entremezclarse solo para arrojar luz sobre un fenómeno aún más enriquecedor. En este sentido, la trama crece, y de qué modo, a lo largo de cada capítulo, incluso en aquellos en los que todo parece derivar en un absurdo o en los que se narran acontecimientos aparentemente independientes de todo el arco argumental. Pero no, al igual que cualquier novela de King, cada acontecimiento tiene un motivo, cada suceso está relacionado con el resto, y cada personaje tiene su motivación. Y por supuesto, algunas referencias a personajes y acontecimientos de sus obras, lo que hará las delicias de los fans.

De ahí que esta primera temporada de Castle Rock sea puro Stephen King sin necesidad de adaptar una novela. De hecho, captura su esencia bastante mejor que muchas de las películas o series que sobre su obra se han hecho a lo largo de los años. Y en esto tiene mucho que ver esa idea de utilizar el terror más como un concepto que sobrevuela la trama que como algo tangible (aunque tiene sus momentos). En su lugar, estos capítulos exploran temas tan interesantes como la locura, la incomprensión de la mente de acontecimientos nunca antes vistos, o los equilibrios existentes entre nuestro mundo y otras realidades. Todo ello, por supuesto, sustentado no solo en una trama más que notable, sino en un reparto en estado de gracia capaz de enriquecer sus personajes con unos matices que ofrecen al espectador, en algunas ocasiones, pistas sobre lo que está ocurriendo. Aunque, al igual que a los protagonistas, nos costará comprenderlo un poco al principio.

Porque, en efecto, esta serie es un auténtico rompecabezas en el que el espectador se sumerge primero para nadar a contracorriente y luego para dejarse llevar por el desarrollo. Y en ese cambio de postura frente a la ficción tienen mucho que ver los actores, como mencionaba antes. Fundamentalmente André Holland (Moonlight), Bill Skarsgård (It) y Sissy Spacek (Criadas y señoras). Los dos primeros porque establecen un duelo interpretativo profundo, primero como un abogado que lucha por un cliente y, más adelante, como las dos caras de una misma moneda, uno sin comprender lo ocurrido y otro instando a la acción. Y la tercera porque se convierte en eje fundamental de buena parte del relato. Es el anclaje para los diferentes espacios temporales y las diferentes realidades que se dan cita en la trama. En cierto modo, Spacek asume como propio el papel que en la ficción juegan las piezas de ajedrez, aportando mayor dramatismo si cabe a la condición particular de su rol y a la intriga del conjunto.

Henry Matthew Deaver

Pero evidentemente, el peso de la historia recae en los cuatro hombros de los dos protagonistas. Lo más interesante de esta primera temporada de Castle Rock es la evolución que viven ambos roles, sobre todo el de Holland. Lo que comienza siendo un misterio con tintes casi satánicos termina convirtiéndose en una reflexión sobre los mundos paralelos, las realidades alternativas y cómo eso genera unos efectos devastadores en la realidad en que nos encontremos. Curiosamente, todo comienza con el nombre que los dos protagonistas comparten, Henry Matthew Deaver, y con el modo en que los personajes secundarios afrontan, desde la ignorancia, lo que ocurre con el personaje de Skarsgård, ya sea con el suicidio inicial o las numerosas situaciones de caos y violencia que desata el desequilibrio entre universos.

Porque bajo la premisa de una obra de ciencia ficción con dosis de terror, lo que la trama esconde es una interesante reflexión acerca de los efectos y las consecuencias de modificar el equilibrio que existe en el universo (lo que, a su vez, se puede extrapolar a nuestro día a día) cuando se introduce un elemento externo que no tiene cabida en una realidad ya conformada. A lo largo de sus episodios esta etapa inicial plantea una serie de interrogantes que, aunque inicialmente pueden no tener nada que ver con la trama principal, terminan adquiriendo sentido cuando se resuelve dicha incógnita central. Dicho de otro modo, la ficción presenta numerosas ramificaciones, líneas argumentales secundarias y secuencias aparentemente inconexas que terminan por confluir en una línea argumental conjunta y global, desvelando al espectador el verdadero mapa dramático al que está asistiendo.

Esto, como ocurre con muchas historias de Stephen King, tiene un problema, y es que en no pocas ocasiones la trama se desvía demasiado de su objetivo principal. Y al ser una historia narrada en capítulos se corre el riesgo, como de hecho ocurre en alguna que otra ocasión, de que el espectador pierda el hilo de lo que se estaba contando o, lo que es más grave, el interés en una historia ciertamente original. Posiblemente este sea el mayor hándicap de la producción: su planteamiento narrativo resulta muchas veces rupturista, algo quebradizo. Es cierto que esto ayuda a crear un universo inclusivo, fascinante y rico dramáticamente hablando, pero también impide seguir el ritmo del arco dramático principal, obligando a prestar atención durante demasiado tiempo a situaciones y personajes secundarios que aportan poco o nada al conjunto, salvo tal vez asentar la conclusión final más de lo que ya estaría sin esas breves tramas secundarias.

Pero si el espectador queda atrapado en la red de Castle Rock la realidad es que se sumergirá en un universo apasionante, visualmente poderoso y dramáticamente inesperado. Terror, fantasía y drama se dan la mano en una historia que es puro Stephen King aunque no se base en ninguna novela ni relato concreto. El modo en que sus creadores utilizan los tiempos narrativos y dosifican la información para dirigir la historia por donde desean en todo momento es digno de estudio. Y si a todo ello sumamos un reparto excepcional, lo que nos encontramos es con una historia diferente, fresca, intrigante y capaz de demostrar que en televisión todavía queda margen para la originalidad y, sobre todo, que es posible enriquecer el universo de un escritor que lleva décadas perfeccionándolo y desgranándolo.

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Cine y palabras

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