‘Fantasy Island’: la fantasía de una serie B


El cine ha evolucionado. Sigue evolucionando cada día. Y la serie B ha evolucionado con él. Al menos en lo que se refiere a su acabado técnico, más elaborado y que impide ver el “truco” que se esconde tras bambalinas. Pero por mucho que una película presuma de envoltorio, si el contenido no funciona poco importa cómo se presente. Y esto es lo que le ocurre, en mayor o menor medida, a la nueva película de Jeff Wadlow (Rompiendo las reglas), una serie B con todos los ingredientes pero de desarrollo algo irregular.

Y eso siendo generosos. Lo cierto es que Fantasy Island tiene todo lo que un film de este tipo puede desear: protagonistas de diferentes niveles sociales, un mad doctor reconvertido en anfitrión de un hotel, un paraíso en medio del mar, deseos, pesadillas y un trasfondo fantástico. Y si bien el punto de partida y el desarrollo inicial son más que correctos, la película poco a poco se desmorona como un castillo de naipes, básicamente porque las historias individuales de cada uno de los personajes no es lo suficientemente sólida como para soportar el desenlace que se le ha querido dar al film. Es algo similar a lo que le ocurre a cada personaje. Lo que comienza siendo una serie B de fantasía termina convirtiéndose en una pesadilla de serie B. Más allá de las motivaciones de los personajes, que pueden tener más o menos profundidad dramática, lo que no termina de encajar es la resolución de la historia, basada en deseos y fantasías de los protagonistas que rompen con todo lo planteado hasta ese momento en la historia, sacándose de la manga un efecto argumental que sencillamente no funciona.

Es una lástima que no se haya optado por algo más elaborado, porque eso tiene una segunda consecuencia. La cinta deambula entre la comedia y el terror de un modo tan desganado que nunca se define por ninguno, por lo que sencillamente no hace ni gracia ni asusta lo suficiente. El hecho de que la historia de cada personaje tenga un tono diferente (prácticamente están todos los géneros ahí metidos, desde el drama familiar hasta la comedia gamberra, pasando por la acción, asesinos en serie, terroristas, …) impide a la película ubicarse correctamente, algo que juega en su contra. Curiosamente, lo que sí está muy bien planteado es cómo todas estas tramas terminan convergiendo en una única historia, uniendo a los personajes bajo una única fantasía. El modo en que todas ellas se integran en una, al tiempo que se explica el origen de la isla y su poder (un poco por encima, no le pidamos peras al olmo) es posiblemente de lo mejor de un film que podría haber sido mucho más de lo que finalmente es.

Porque Fantasy Island ofrece poco, muy poco. Y su planteamiento es muy superior a lo que finalmente termina siendo. Sí, distrae lo suficiente durante la primera mitad del film para no pensar demasiado en los unidimensionales personajes y para no plantearse qué hacen determinados actores en una cinta como esta. Pero una vez superado ese punto de no retorno la historia pierde el norte, se entrega por completo a un desarrollo algo anárquico para explicar no solo la motivación real de toda la trama, sino para concluir con un desenlace de lo más conveniente, ajeno incluso a la propia naturaleza del relato contado hasta ese momento. La fantasía de la serie B, en este caso, es una ilusión como la que se vive en la propia película. Y aunque tengamos que vivirla hasta el final, no está asegurado que vayamos a disfrutarla.

Nota: 5/10

‘American Horror Story: 1984’, un revival de los 80 con estilo propio


Ahora que está tan de moda la cultura de los años 80 gracias, entre otras cosas, a series como Stranger things, la producción de antología creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie The politician) no podía faltar a su cita anual con una trama muy propia de estos tiempos. Y lo hace a su estilo, con una historia aparentemente sencilla que se va complicando poco a poco durante los 9 episodios de American Horror Story: 1984, que por cierto es la temporada más corta de toda la serie.

En realidad, esta novena temporada son varias historias en una, lo que puede verse como una ventaja y como un gran inconveniente a la vez. La ventaja es que, por ejemplo, la trama va más allá de la simple historia de adolescentes que son asesinados uno a uno por un asesino en serie. Varios son los giros argumentales que enriquecen notablemente el argumento, hasta el punto de convertirlo más en un juego del ratón y el gato no solo entre asesinos y víctimas, sino entre los propios asesinos por un lado y entre las propias víctimas por otro. Los secretos, las mentiras, los pasados ocultos de cada personaje. Todo ello, desvelado a su debido tiempo, permite al espectador evolucionar con la historia y quedar atrapado en un universo que bebe de los grandes clásicos del género y les da una vuelta de tuerca. Incluso va más allá del propio género slasher al derivar en una suerte de cinta de fantasmas que necesitan reconciliarse con su pasado, permitiendo este punto de partida hacer que la historia se mueva por décadas posteriores a la que da título a esta etapa, abordando qué ocurre con estos personajes tan arquetípicos y a la vez tan atípicos.

Pero decía que esto puede ser también una desventaja. Más bien, la desventaja de American Horror Story: 1984 es su duración. En apenas 9 capítulos pueden explicarse, a grandes rasgos, las líneas maestras de los principales arcos dramáticos, pero las tramas secundarias quedan parcialmente desarrolladas, lo que obliga al espectador a completar varios de los espacios en blanco con sus propias teorías o, simplemente, dejarlo pasar. En ambos casos la trama se resiente, sobre todo en su recta final, cuando surgen algunos personajes que parecen más bien sacados de la manga para enriquecer el número de muertos o rizar el rizo de asesinos en serie. No existen motivaciones, apenas se dan desarrollos dramáticos más allá de los estrictamente necesarios, y su presencia en la historia es excesivamente conveniente, es decir, se presentan en escena por primera vez en el momento preciso para lo que se requiere de ellos. Un par de episodios más habría permitido, sin duda, una mejor presentación de personajes, un desarrollo algo más interesante y, sin duda, una conclusión realmente atractiva.

Y no es algo secundario. La temporada, a pesar de dejar un buen sabor de boca, va de más a menos. No en materia de asesinatos o el humor macabro que suele acompañar a este tipo de historias (del que hablaremos más adelante), sino en su historia. Con un gran comienzo y un desarrollo del primer acto y buena parte del segundo sobresaliente, la trama empieza a perder fuerza a medida que avanza en el tiempo, como si salir del campo acotado de ese 1984 debilitara paulatinamente una historia con mucha fuerza. Este efecto se debe, principalmente, a ese corto desarrollo de menos de una decena de episodios, pero también al desinterés en profundizar en el mosaico de personajes que van apareciendo poco a poco. La historia tiende a centrarse siempre en el grupo protagonista inicial, lo cual es lógico, pero una vez presentados, desarrollados y asesinados, la presencia de otros secundarios con mayor o menor peso dramático se vuelve indefinida, como si formaran parte de un paisaje.

Sangre, gritos y lágrimas

Ahora bien, a pesar de ciertas irregularidades en su desarrollo, algunas de ellas por causas ajenas a la propia trama, lo cierto es que American Horror Story: 1984 capta a la perfección la esencia de ese cine slasher de los 80 y 90, dando rienda suelta a la imaginación más visceral, violenta y sangrienta de toda la serie. Desde luego, la secuencia inicial ya sienta las bases de lo que posteriormente se verá, con imágenes explícitas de asesinatos a cada cual más salvaje, y con ese entorno tan propicio para el terror adolescente como es un campamento de verano (las referencias a Viernes 13 son tan evidentes que convierten esta temporada en el homenaje perfecto). De igual modo, los 9 episodios, al menos los más centrados en este subgénero de asesinos en serie, tratan de llevar al extremo todos los tópicos y normas de este tipo de cine, añadiendo ese trasfondo moral, ético y personal de cada uno de los roles, lo que le otorga un mayor interés al desarrollo argumental inicial.

Posiblemente el momento álgido de esta violencia sea el protagonizado hacia el final de la temporada, con todos los personajes turnándose para matar una y otra vez a otro de ellos. Es cierto que la secuencia está vestida con ese halo de bondad y responsabilidad de unos roles que han asumido su papel para con el mundo, evitando que un mal mayor salga de ese fantasmagórico camping. Pero con todo y con eso, no deja de ser una muestra de la violencia y la imaginación de sus creadores, torturando a un personaje y dejando volar su imaginación en lo que a asesinatos, mutilaciones y sangre se refiere. Y aquí se unen dos de los elementos más icónicos de esta temporada. La crueldad de los asesinatos se combina ágilmente con un humor negro. Tan negro como el alma de los villanos que aparecen en la trama, y que no siempre tienen los rasgos de terroríficas figuras con el rostro cubierto.

De hecho, la serie no juega al despiste en ningún momento, al menos no de la forma a la que nos tiene acostumbrados el cine. Los asesinos van a cara descubierta, sus identidades se conocen antes o después (lo que permite, por cierto, algún giro argumental de lo más sugerente), y sus motivaciones son más que evidentes. Quitando este componente de suspense, ¿qué queda entonces? Sus creadores optan por ese humor al que hacía referencia antes, que se suma a ese desarrollo que abarca varias décadas y que habría tenido un mayor impacto si se hubiera dedicado, al menos, un par de capítulos más a algunos secundarios. Resulta sumamente interesante comprobar cómo la ausencia de ese suspense durante casi toda la temporada es aprovechada por los responsables para desarrollar otros aspectos, creando una historia más compleja de lo habitual y dejando algunos instantes para el recuerdo.

Todos estos valores y componentes narrativos convierten a American Horror Story: 1984 en un digno homenaje y en una novena temporada más que disfrutable, con personajes capaces de reunir en sus carnes lo arquetípico y lo sorpresivo, lo clásico y lo moderno. Bajo este prisma, esta etapa va claramente de más a menos, o mejor dicho, del psycho killer más tradicional a una historia de fantasmas cuya redención pasa por proteger al mundo de los males de ese campamento de verano. Una evolución que podría haber sido interesante con otro tratamiento, pero que queda excesivamente comprimida en los escasos 9 episodios. Con todo, no solo no es de las peores historias de esta serie de antología, sino que resulta gratamente satisfactoria en el tono escogido, a medio camino entre el terror y el humor, dándole un estilo propio a un género muy transitado durante décadas.

‘Doctor Sueño’: menos Resplandor en el mundo


La mayor evidencia de que El resplandor (1980) sigue completamente vigente es esta secuela tardía, adaptación a su vez de la novela que continuaba los acontecimientos del primer libro. Pero la cinta dirigida por Mike Flanagan (El juego de Gerald) demuestra también que los tiempos han cambiado, y con ellos la forma de entender un relato cinematográfico. No me refiero únicamente a la estructura dramática, marcada por la obra de Stephen King, sino el modo en que el director afronta algunos de los puntos más relevantes de la historia.

Porque, siendo como es un claro homenaje al film original (en su música, sus planos, e incluso los actores que tratan de parecerse a los del film de Stanley Kubrick), este Doctor Sueño trata de aportar nuevos puntos de vista sobre ese universo del “resplandor” a través de fórmulas visualmente poderosas y conceptualmente más complejas. Sin embargo, los efectos visuales más elaborados terminan por restar fuerza al relato, convirtiéndose más en una historia dramática con toques casi de intriga que en un relato de terror. Incluso el tratamiento de su tercio final en ese desvencijado Hotel Overlook no adquiere el grado de intensidad emocional que tenía el original, posiblemente porque los espíritus son abordados más como una herramienta o como seres ávidos de alma que como impulsores de la locura. Eso por no hablar del hecho de que el hotel posea a un personaje, algo que no termina de encajar y que únicamente permite a esta secuela reproducir (fielmente, eso sí) planos y secuencias de la cinta original.

Con todo, ofrece al espectador numerosos momentos a tener en cuenta, amén de un tratamiento de personajes bastante interesante en lo relativo a cómo ha evolucionado aquel niño asustadizo de la primera película hasta el protagonista que es ahora. La trama, mucho más compleja y cargada con muchos más detalles que hacen de este universo un lugar más interesante, se mueve en todo momento por un camino en el que realidad, mente y sueños se mezclan para ofrecer al espectador una mayor profundidad dramática más allá de la superficie en la que demonios, personajes con capacidades especiales, fantasmas y telequinesis van de la mano. Esto, sin embargo, tiene también un lado negativo, y es un metraje algo excesivo que tiende a dar demasiadas vueltas sobre un mismo concepto, cuando el relato podría haberse desarrollado de un modo mucho más directo y, posiblemente, efectivo.

Como se dice en un momento de la película, en este mundo moderno hay menos vapor. Y Doctor Sueño tiene menos Resplandor, es cierto, y desde luego no es más intenso que el de que predecesora. Pero tiene algo, mantiene parte de esa esencia que convirtió en clásico al film de 1980. Puede que sea porque literalmente copia muchos momentos y reproduce otros tantos del film original con nuevos actores, pero no es únicamente eso. El viaje del protagonista, tanto interior como exterior, resulta fascinante. Y esa relación entre diferentes personajes con resplandor queda mucho más desarrollada que en la historia inicial, aportando mayor profundidad y una mayor comprensión. Con algo menos de duración y un tratamiento algo menos tópico de algunos conceptos del terror y del mundo fantasmagórico posiblemente estaríamos ante una obra mucho más completa.

Nota: 7/10

‘Noche de bodas’: Tradiciones de la familia política


Los problemas de entrar a formar parte de la familia de tu pareja ha sido objeto cinematográfico desde siempre. A veces como comedia, otras como drama y otras, como es el caso que nos ocupa, como terror. Todas ellas, sin embargo, tienen como hándicap la poca capacidad de sorprender o de resultar novedosas. Saber esto de antemano puede resultar muy útil para no hacer una ficción tediosa y previsible… o al menos lo suficientemente original como para que entretenga.

Y ese es el caso de Noche de bodas. La película, en síntesis, no resulta diferente de lo que haya podido verse en otros relatos. Tan solo, y he aquí la seña de identidad, su toque irónico y autocrítico en la idea de que un juego como el escondite del lugar a una masacre nocturna. La labor interpretativa, en este caso, es fundamental, y tanto Adam Brody (Isabelle) como Henry Czerny (Remember) y Andie MacDowell (Instinto maternal) bordan ese toque casi paródico que impregna todo el relato, convirtiéndose en la punta de lanza de un reparto consciente de las limitaciones de sus personajes y pudiendo así explotar al máximo la libertad que otorga la poca definición de los mismos. Es la dinámica entre ellos la que sostiene la historia y, sobre todo, la que abre la puerta a apreciar algo más que la simple historia de terror, desarrollando los diferentes aspectos de una familia rica, desestructurada y destruida por una tradición salvaje.

Humor y sangre, mucha sangre, es lo que ofrece esta historia. Con todo, su carácter previsible no es lo peor del guión. El intento de giro argumental final acerca de ese fantasma, esa especie de maldición que pesa sobre toda la familia, lejos de aportar un toque fresco al relato lo que hace es quitar cierta dosis de terror humano y psicológico que había logrado gracias a esa visión sádica de la familia política y sus cuestionables tradiciones. Dicho de otro modo, lo que se plantea inicialmente como una salvaje tradición propia de unos asesinos en serie termina convirtiéndose en un acto justificado en la necesidad de evitar la muerte familiar. Esta especie de motivación a unos actos incalificables resta interés al conjunto, aunque también aporta una mayor ironía a ese final en el que la sangre, literalmente, estalla por toda la habitación.

Desde luego, Noche de bodas no es un referente del cine de terror. Ni siquiera del gore. Pero es una propuesta honesta en su concepción, consciente de su carácter de serie B y planteada con la intención de divertir al espectador. Y en este sentido, lo consigue. Puede que su historia sea previsible, que su guion peque de una explicación final innecesaria que le perjudica más que le beneficia, pero en todo caso la cinta deja momentos en la retina tan sádicos como surrealistas. Y sobre todo, permite ver a un reparto que disfruta con sus personajes, que sabe sacarles el máximo provecho dentro de sus posibilidades, y que pone en tela de juicio las tradiciones.

Nota: 6,5/10

‘It: Capítulo 2’: superar los miedos originales


Se supone que toda secuela, para ser buena, debe ofrecer más de lo que ofreció la primera parte. Más en todo aquello que dio el éxito a la historia original. Y bajo esa premisa se ha construido esta segunda entrega de una de las tramas de terror más famosas de todos los tiempos. Pero con matices, porque a pesar de ofrecer más terror, más sangre y más argumento, también cambia el punto de vista del argumento para mostrar que el miedo es siempre algo que se puede controlar.

Porque a diferencia de la primera parte, donde los niños afrontaban una lucha contra esta criatura como un enfrentamiento en el que tenían que estar unidos, en esta It: Capítulo 2 lo que se hace es explorar los miedos individuales y originales de cada uno de los personajes. Así, durante buena parte de su largo metraje (que se hace más bien corto, todo sea dicho) Andy Muschietti (Mamá) dedica toda su atención a abordar la historia de cada niño ahora convertido en adulto, y cómo sus traumas infantiles, sobre todo aquellos vinculados a ese macabro payaso, les han condicionado a lo largo de su vida. La cinta adquiere, de este modo, un tono más adulto, introspectivo y psicológicamente complejo, aderezado en todo momento por sus ‘yos’ infantiles, que vuelven a tener un interesante protagonismo en la cinta y que hacen de los saltos temporales todo un arte de transición narrativa en el tiempo.

Puede que esto sea un inconveniente para muchos. La primera It era una aventura preadolescente, monstruo incluido, que abordaba la amistad de ese grupo de niños inadaptados y poco populares en el colegio. El hecho de que su continuación les sitúe en la edad adulta elimina, por necesidad, ese componente. Pero en lugar de eso, la historia se adentra en aspectos mucho más oscuros, llevando a los personajes a situaciones límite. La labor de los actores (todos ellos magníficamente elegidos), en este aspecto, es sencillamente brillante, pues no solo consiguen mantener la esencia de la interpretación de los niños, sino que ahondan en matices emocionales muy interesantes, sobre todo en su tercio final. Por supuesto, no es una película perfecta. Existen algunos fallos (incluso de raccord) e irregularidades, y desde luego explicar con todo lujo de detalles el origen de la criatura nunca ayuda al aspecto terrorífico de una historia. Pero con todo y con eso, estamos ante una más que digna continuación.

Y no es que It: Capítulo 2 no supere a It. Más bien, son dos conceptos diferentes sobre una misma historia. Porque la verdad es que la dinámica narrativa de ambos films es similar, enfrentamiento final incluido. Pero mientras una es vista desde el punto de vista de los niños, la otra tiene a los adultos como protagonistas. Personalmente creo que esta segunda parte es mucho más compleja, más completa dramáticamente hablando, con unos actores brillantes y algunos momentos tan incómodamente terroríficos como sangrientos y violentos (sin ir más lejos, la escena del laberinto de espejos o las pesadillas finales a las que tienen que hacer frente cada uno de los héroes). Todo ello convierte a esta continuación en una notable película, y al díptico en una obra a revisionar de forma conjunta.

Nota: 7,5/10

‘Infierno bajo el agua’: Superdepredadores de serie B


Para muchos, hablar de serie B posiblemente sea hablar de un cine mediocre, de segunda categoría en la que todo tiende a ser más bien pobre, tanto en personajes como en la propia historia y, según el caso, los efectos especiales. Pero nada más lejos de la realidad, y lo nuevo de Alexandre Aja (Horns) es la prueba fehaciente de que la serie B puede ser cine de calidad… dentro de sus propios límites, claro está.

Porque, en efecto, Infierno bajo el agua tiene muchos límites: una historia más bien simple, un desarrollo forzado por las necesidades de guión, unos hechos algo irreales, … Pero nada de eso impide que pueda disfrutarse como un gran blockbuster y, sobre todo, no impide que contenga algunos de los mejores momentos de tensión vividos en este tipo de cine. Aunque la pregunta más interesante sobre el film es, precisamente, ¿qué tipo de cine es? Por supuesto, es una monster movie, pero también contiene toques del cine de catástrofes, cine de supervivencia e, incluso, algo de drama familiar como trasfondo emocional. Todo ello convierte a esta historia en algo más complejo, permitiendo al director dar rienda suelta a su lenguaje narrativo para poder explotar al máximo las posibilidades de un relato bastante lineal.

De hecho, Aja construye momentos de tensión innegables, como esa primera set piece en el sótano (magistral el uso de los tiempos y de la iluminación) para dar paso, posteriormente, a minutos de auténtica acción y, para los amantes del gore, secuencias tan sangrientas y violentas que dejan poco margen a la imaginación de lo que son capaces de hacer los caimanes. Con claro homenajes al Tiburón (1975) de Steven Spielberg, el director galo demuestra que se ha convertido por derecho propio en un realizador de género y, a medida que avanza su carrera, en un nombre referente dentro del terror. Con esta cinta que atrapa al espectador gracias a su ritmo constante (encuentra un equilibrio perfecto entre los momentos más ágiles y los más pausados), Aja firma una obra bastante redonda, consciente de sus propias limitaciones pero capaz de sacar el máximo provecho a sus posibilidades.

Sí, es una historia más bien simplona. Y sí, los personajes que interpretan Kaya Scodelario (El corredor del laberinto: La cura mortal) y Barry Pepper (Cosecha amarga) serían capaces de sobrevivir a un apocalipsis con una mano atada a la espalda y las piernas rotas por varios sitios. Pero incluso con esos elementos poco realistas la cinta funciona gracias a la dinámica entre los protagonistas, al pulso narrativo de Aja y a un guión que maneja magistralmente los tiempos, narrando de forma directa y sin miramientos. De hecho, salvo esa primera secuencia para explicar por qué luego la joven heroína es capaz de hacer lo que hace, el resto del relato se muestra descarnadamente sincero y directo a impactar al espectador. Tanto es así que termina cuando, sencillamente, ya nada tiene que contar sobre esta odisea. Estamos ante una serie B, es cierto, pero una serie B de las mejores. Y eso muchas veces es bastante mejor que cualquier producción con aires de grandeza.

Nota: 7/10

‘Midsommar’: normalizar lo macabro


Allá por 1980 Stanley Kubrick revolucionó el género de terror. Lo había hecho antes con otros géneros, y lo haría después. Desde entonces el terror ha evolucionado mucho hacia un formato más efectista, más centrado en el susto fácil con imágenes apabullantes y sonidos estridentes. Por eso la obra de Ari Aster es un soplo de aire fresco dentro del género. Una apuesta visualmente cautivadora que esconde el horror a plena luz del día, remitiendo en muchas ocasiones a ese lenguaje tan exclusivo que tenía Kubrick y que jugaba con el color, la iluminación, el montaje y el sonido… o la ausencia del mismo.

Para muchos Midsommar será una obra caótica, desordenada, inconexa. Dicho vulgarmente, una tontería. Y puede que parte de esto haya, lo que sin duda juega en su contra. Pero esta perturbadora visión de las tradiciones del norte de Europa esconde algo mucho más profundo en un montaje delicadamente escogido, con una fotografía exquisita y unos actores que, sin ser extraordinarios, sí son capaces de dar lo máximo de ellos en los momentos necesarios. Todo esto convierte a esta segunda película de Aster en una obra compleja, con numerosas lecturas tanto sociológicas como psicológicas. Aviso a navegantes: no es una obra terrorífica, pero sí muy perturbadora. Tanto que posiblemente no se borre de nuestra mente en varios días. No porque contenga imágenes macabras (alguna que otra sí que hay); ni siquiera por una atmósfera opresiva en la oscuridad. No, si esta película tiene algo digno de alabar es la capacidad del director para generar una angustia y un ambiente malsano a plena luz del día.

Y todo pasa, como de hecho hace el film, por normalizar lo macabro. Suicidios, sacrificios humanos, coitos en medio de un círculo al más puro estilo aquelarre, … Todo ello se muestra sin necesidad de juegos de sombras ni notas sonoras que hagan daño a los oídos. Simple y llanamente, se muestran como algo natural de una tradición tan antigua como el hombre. Y bajo esta premisa, Aster aprovecha las posibilidades que le otorga la cámara para narrar con la misma naturalidad, ajeno por completo a los cánones del terror y tratando en todo momento de que la locura que se apodera de los protagonistas no sea más que eso, una locura en medio de una pacífica comunidad que no hace nada malo. Esta suerte de cambio de roles dramáticos (los locos son los extranjeros que no entienden unas macabras tradiciones) no hace sino aportar mayor dramatismo al conjunto.

Puede que Midsommar no guste al gran público que busque gritos, sustos fáciles y fantasmas de rostro pálido y pelo muy negro. Pero con esta cinta Aster recupera un tipo de cine, y en concreto un cine de terror, capaz de ofrecer algo más profundo, algo que indaga y rebusca en las raíces mismas del terror subconsciente. El viaje que realiza la protagonista es el más claro ejemplo de cómo el ser humano reacciona ante los estímulos en base a su experiencia vital. Tiene sus altibajos, eso es innegable, sin ir más lejos el poco recorrido de algunos secundarios. Pero son problemas menores. Con un montaje perturbador y una fotografía que se acerca más a la composición pictórica que a una sucesión de fotogramas, la película se convierte en un viaje sensorial en el que la tragedia se entiende como algo natural, en el que la violencia y lo macabro forman parte de una tradición ancestral que se acepta como parte de algo mayor. Y nada hay más terrorífico que convertir en normal algo que no lo es.

Nota: 7,5/10

‘El sótano de Ma’: este sótano es de cartón piedra


Hay películas cuyo truco se ve a kilómetros. Películas en las que el cartón piedra es tan evidente que se convierte en el centro de todas las miradas, restando peso a otros elementos como los actores o el lenguaje que utiliza el director. Pues bien, a la última película de Tate Taylor (Pretty ugly people) le ocurre exactamente eso, solo que en lugar de un decorado excesivamente falso lo que se descubre casi antes de entrar en la sala es el meollo de la intriga, lo que destruye por completo el sentido final de la trama.

Así, El sótano de Ma solo ofrece al espectador algún que otro susto con efecto sonoro incluido, un final algo desagradable (tampoco mucho, que tiene que tener clasificación para adolescentes) y, eso sí, unos actores adultos que aportan la entereza que necesita la película incluso cuando ya está todo al descubierto. Y lo cierto es que no son pocos estos elementos, pero desde luego no suficientes para sostener el interés de la película, que por otro lado se desarrolla con una corrección formal envidiable, introduciendo los elementos del pasado de forma inteligente y transitando por todas las fases de los personajes que suelen poblar estas historias.

Pero nada de eso impide que el espectador deduzca en apenas unos minutos el sentido de toda esta pantomima montada por el rol de Octavia Spencer (Familia al instante), que por cierto vuelve a demostrar la extraordinaria actriz que es con un rol muy alejado de su registro habitual. El gran problema de la cinta, y es fundamental, radica en el supuesto suspense que rodea a la protagonista es destruido por el propio planteamiento de los elementos dramáticos. Desde el momento en que la protagonista busca el pasado de los jóvenes (es más, desde que ve la furgoneta en la que viajan), ya es de suponer, a grandes rasgos cuál será el desarrollo posterior. Esto resta peso dramático al conjunto de la historia, convirtiendo un potencial thriller en una mera propuesta de terror suave. Muy suave.

Estamos, por tanto, ante un quiero y no puedo de Taylor. El sótano de Ma pasa a convertirse en un título menor, en una curiosidad cinematográfica en tanto en cuanto tiene un reparto de altura pero un guión fallido en el que, eso sí, los efectos sonoros y la violencia final son indispensables. Pero eso no es suficiente, al menos no para lo que plantea inicialmente. Octavia Spencer logra aportar a su papel la profundidad suficiente como para que el espectador se pregunte si todo es por venganza, por deseo de un amor no correspondido o por un trauma adolescente. Pero esa es la única intriga del metraje, que para ser de unos ajustados 99 minutos tiene momentos de depresión narrativa y dramática. Una lástima, porque el planteamiento de la historia ofrece muchas posibilidades, incluyendo una versión más gore o algo más al estilo de Carrie (1976). Pero el camino elegido ha terminado por restar credibilidad a todo.

Nota: 5,5/10

‘El hijo’: ¿es un pájaro? ¿es un avión? ¿pero qué es?


¿Un Superman villano? Pues la idea ya es de por sí sugerente, sobre todo para aquellos que conozcan los orígenes del personaje narrados en los cómics o en el clásico de 1978. Pero la película que nos ocupa es de todo menos sugerente. Y eso es casi lo más interesante del film de David Yarovesky (The hive), porque lo cierto es que en ningún momento llegamos a saber qué género estamos viendo.

Y es una lástima, porque El hijo tiene todos los elementos necesarios para ser una apasionante cinta de ciencia ficción o una terrorífica apuesta de suspense y angustia. Sin embargo, el desarrollo dramático de la historia, y de los propios personajes, se queda en tierra de nadie. Comienza como una combinación de intriga y ciencia ficción para adentrarse levemente en el género del humor y terminar en una suerte de terror con epílogo informativo. Tanto género para una película con un argumento tan sencillo y directo, amén de una ajustadísima duración, impide asentar una interpretación de esta historia que, además, plantea varias ideas sin llegar a desarrollar ninguna. Para muestra un botón. Da la sensación por momentos de que el guión pretende jugar con el suspense de saber quién se esconde bajo la máscara, mostrando casi una doble personalidad en el personaje del joven Jackson A. Dunn (serie Legendary Dudas), quien por cierto es de lo mejor de la cinta. Sin embargo, esta suerte de apuesta por el suspense se queda en nada al ir mostrando poco a poco la transformación del adolescente, terminando por lastrar a la cinta.

Eso no impide que el film sea entretenido, ni que contenga algunos momentos especialmente desagradables y, según se mire, gore. Yarovesky poco puede aportar a la simpleza de la trama, pero su mano se deja ver en la narrativa de los crímenes que comete el joven extraterrestre que asume sus poderes, cual avispa en un nido de abejas (y la referencia no es casual, como tampoco lo es en la cinta), con la adolescencia. Pero nada de esto logra que el espectador se sumerja completamente en la película. Y eso se debe, fundamentalmente, a ciertos desequilibrios de guión, dando mucha prioridad a diálogos que dan vueltas sobre el mismo tema y dejando a un lado la evolución del adolescente. Es cierto que su transformación tiene un origen exógeno más que endógeno (cambios hormonales, comprensión del mundo, …), pero no son pocos los momentos en los que parece mostrar una cierta bondad en su interior. Ya sea una lucha interna entre el bien y el mal o una forma de manipular a los que le rodean (opto por lo segundo), falta un desarrollo más profundo de esta idea para conocer mejor al personaje más allá del símil con avispas y abejas.

De este modo, El hijo es un producto a medio camino de todas partes. Su indefinición en el género es casi lo de menos. La película plantea varias ideas que no termina de desarrollar, por no hablar de unos interesantes personajes que se dibujan con trazo grueso. El joven protagonista parece moverse en algunos momentos por impulsos de rabia adolescente, mientras que en otros parece estar dominado por una fuerza superior. La relación entre padres e hijo, fundamentalmente la de la madre, se mueve en unas arenas movedizas dramáticas que por momentos parecen consolidarse y por momentos hunden lo logrado hasta ese momento. Como entretenimiento no es una mala propuesta, sobre todo para los amantes del gore y la violencia. Sus momentos de acción, sobre todo en su clímax, son espectaculares. Pero una película no puede vivir solo de esto, sobre todo cuando plantea componentes dramáticos mucho más complejos.

Nota: 6/10

‘La Llorona’: terror con sello de fábrica


Cada generación ha tenido su modelo de cine de terror. Desde el slasher hasta el gótico, pasando por el gore o el de fantasmas. Todos ellos tienen al menos un film que los define, una cinta modelo sobre la que se construyen el resto, normalmente con menor fortuna. Y muchas de ellas dirigidas por autores debutantes. Pues uniendo todas estas piezas obtenemos La Llorona, una producción con claro sello de fábrica, hecha en cadena y aportando más bien pocos elementos novedosos, salvo tal vez llevar a la gran pantalla un mito latinoamericano.

La primera película de Michael Chaves contiene todos los elementos para generar sustos. De hecho, su desarrollo dramático está tan bien medido que prácticamente se pueden prever los sobresaltos que vivirá el espectador. Bajo este prisma, la cinta sí aporta algo interesante, y es el hecho de que la lucha entre víctima y espíritu acosador se muestra en su máximo esplendor, obteniendo con ello una narrativa más sincera, más física, y por lo tanto un poco alejada de rezos, juegos de luces y sombras y palabras en latín (que algo de todo esto tiene, no obstante). El problema, y no es un problema menor, es que ni los personajes están bien definidos, ni la historia resulta lo suficientemente interesante como para sumergir al espectador en un viaje al corazón del mal.

Más bien al contrario. Sus similitudes con otras cintas ambientadas en este mismo universo, el que se inició con Expediente Warren: The Conjuring, convierten a esta nueva aventura terrorífica en un producto visto una y mil veces, en una propuesta que depende en buena medida de la voluntad del espectador para poder atraparle. Dicho de otro modo, es necesario entrar en la sala con una predisposición muy alta. Más que una ambientación, lo que propone son sustos puntuales, algunos muy previsibles, lo que da lugar a una cierta sensación de déjà vu y, lo que es peor, una comparación con producciones similares, con las que por cierto sale muy mal parada. El ejercicio de análisis es bien sencillo: si se cambia el mal que acecha, los miembros de la familia y el nombre del cura, curandero, medium o lo que sea, obtendremos el título de más de una película reciente de terror.

Y todo eso es La Llorona. Ni más ni menos. Y la verdad es que tampoco pretende ser otra cosa. Es una producción que sabe lo que ofrece, lo que busca y lo que pide. Eso no la hace ni mejor ni peor, pero sí confirma esa idea con la que comenzaba este texto, y es que estamos en una nueva generación de terror que necesita renovarse con urgencia. Los productos empiezan a tener ese aroma a diseño de fábrica, a cadena de montaje. El primer susto en el minuto 10, el siguiente en el 20, el tercero alrededor del 25, etc.; una familia, preferiblemente madre soltera; unos niños con sensibilidad especial/sentido muy desarrollado de la curiosidad; un personaje que ayude a la familia y que esté vinculado, de un modo u otro, con la fe; y un lenguaje visual en el que primen la poca iluminación y los movimientos de cámara acompañados de estridentes ruidos o notas musicales. Puede que todo esto sea efectivo (como ocurre con muchos otros productos de consumo), pero aporta muy poco.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

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