‘Drácula’ reinterpreta el mito fusionando clasicismo y modernidad


Cada vez resulta más complejo abordar figuras clásicas del terror como los vampiros. Ya sea por la cantidad de visiones que hay sobre estos mitos o por la complejidad de adaptarlos a los tiempos modernos, lo cierto es que la figura de estos no-muertos ha sido objeto de grandes versiones, pero también de aproximaciones desastrosas. Una de las últimas incursiones es la miniserie Drácula, creada para Netflix por Mark Gatiss y Steven Moffat (autores de la serie Sherlock), una mirada cuanto menos diferente del mito creado por Bram Stoker y, personalmente, de las más gratificantes que se han visto en los últimos tiempos.

Tres episodios, cada uno de una hora y media, permiten contar la historia que todo el mundo conoce desde un prisma notablemente diferente, no solamente en el desarrollo de los acontecimientos, sino en la propia visión del vampiro, sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Gatiss y Moffat ahondan en el famoso personaje para reinterpretar algunos de los conceptos más característicos que han acompañado a los vampiros desde el inicio de los tiempos (miedo a la cruz, al sol, necesidad de que le dejen entrar,…), dándoles un motivo más mundano, un significado. Desaparece, por tanto, el componente religioso de la historia para reconvertir estas limitaciones cristianas en algo mucho más humano, dotando así al personaje de unas emociones que, en un principio, no tiene (ni siquiera en la serie, donde se muestra mucho más violento y salvaje que en la novela). Por supuesto, esta reconversión del conde en un ser más terrenal tenía que ir acompañada de conceptos más humanos, y de ahí nace, por ejemplo, el verdadero significado de las novias que tiene encerradas en su castillo, o la función que realiza el personaje de Jonathan Harker (John Heffernan, visto en Espías desde el cielo), más condenado de lo que se muestra en la obra original.

Entrando de lleno en la narrativa de los episodios, lo cierto es que hay una gran diferencia entre los dos primeros y el último, tal vez porque el tercero traslada la acción al presente, mientras que los otros dos sí mantienen, aunque sea mínimamente, la estética y el concepto clásico de la obra. Planteados ambos como relatos de un personaje, esos dos primeros episodios juegan en todo momento con la perspicacia del espectador, planteando la historia casi más como un thriller que como un drama romántico cargado de terror. A través de estos relatos y los diálogos en tiempo presente, la trama traslada al espectador a los acontecimientos anteriores para ir sembrando el camino de giros argumentales y de datos que, hacia la mitad del segundo acto, precipitan los acontecimientos en un devenir inesperado. Dicho de otro modo, el relato llega un punto en el que termina para dar paso al presente de la trama, desatando en los dos episodios unas conclusiones llenas de sangre y violencia.

Pero, ¿esta reinterpretación realmente merece la pena? La respuesta es sí. Incluso con un último episodio algo menos interesante, la obra plantea numerosos dilemas morales y sociales de lo mas interesantes. Más allá de convertir en mujer al archienemigo de Drácula, y de eliminar su título de ‘Doctor’ para transformarla en una monja muy particular, el personaje de Van Helsing, interpretado por Dolly Wells (Sin límites), es más una investigadora que un cazavampiros. Las ansias de conocimiento, de sabiduría de ese personaje, chocan frontalmente con la brutalidad y la sed de sangra del conde, generando un contraste muy interesante que da pie, con esa personalidad tan provocativa del rol de Wells, a momentos de auténtica tensión dramática, como el que tiene lugar frente al convento o en el propio barco. En realidad, esta redefinición de los personajes les hace más cercanos de lo que podría parecer. Mientras ella busca conocer la verdad detrás de los mitos de los vampiros, y descubrir así las debilidades de la criatura, Drácula también busca conocer cómo funciona su mal, cómo crear muertos con voluntad y cómo transmitir su sed de sangre a otros seres humanos, incluso a bebés.

Clásicos modernos

Aunque sin duda lo más relevante de este Drácula es el modo en que une clasicismo y modernidad. Si bien es cierto que los actores no son capaces de sacar el máximo provecho a unos complejos personajes, la labor de Claes Bang (The Square) como el vampiro sí logra ese delicado equilibrio entre una mirada moderna del mito y los aspectos más tradicionales del mismo. Sin duda, a esto se suman unos efectos visuales y una puesta en escena que bebe directamente de referentes como la Hammer, pero también de la que posiblemente sea la mejor y más fiel adaptación de la obra, Drácula de Bram Stoker (1992). Pero independientemente de esto, Bang compone un personaje marcado por conceptos clásicos en sus movimientos, en su lenguaje corporal, en su interacción con el mundo que le rodea, desinhibiéndose de ese corsé cuando desata la parte más salvaje y animal de su naturaleza.

Quizá una de las diferencias más significativas de esta miniserie sea el hecho de que al protagonista no le mueve en ningún momento el amor perdido. De hecho, no se abordan los orígenes del personaje ni se introduce en modo alguno el interés romántico (salvo tal vez al final, aunque de un modo algo forzado). Más bien, queda retratado como un ser egocéntrico que busca, en todo momento, el poder sobre los demás, manipulándoles para lograr un objetivo de lo más básico: enriquecerse y saciar su sed. La presencia de Mina Harper en la trama se reduce a algo meramente testimonial, y la labor de Lucy en el último episodio es más bien de transición para poder definir lo que se esconde realmente tras las limitaciones que tienen los vampiros. Curiosamente, y esto es algo que hay que aplaudir en la labor que hacen sus creadores, ninguno de estos cambios modifica significativamente el desarrollo de la historia (al menos hasta su último episodio), lo que significa que la novela de Stoker va mucho más allá del mero significado romántico de un personaje prácticamente inmortal.

Respecto a los episodios en sí, para gustos los colores, pero personalmente me quedo con el segundo, centrado en el viaje en barco a Inglaterra. Tal vez porque siempre ha sido un pasaje obviado en todas las adaptaciones, o tal vez por el formato a modo de suspense de Agatha Christie, lo cierto es que el tratamiento es posiblemente de lo mejor de toda la serie. Partiendo del final del anterior episodios, los guionistas construyen el relato del viaje en barco partiendo de la base de una conversación entre el vampiro y una capturada Van Helsing que, sin embargo, se comporta más como una huésped en el avejentado castillo. Bajo esta premisa, y con las muertes a bordo del navío, la trama no solo va desvelando el misterio entre la tripulación y los pasajeros (y la relación de todos ellos con el conde), sino que desvela también la verdadera situación de los antagonistas. Es un viaje en dos líneas argumentales cuyos giros dramáticos se alternan para construir un relato en constante crecimiento dramático hasta un desenlace y un cliffhanger que deja con ganas de más.

Desde luego, este Drácula podría mejorarse. Los actores, todos ellos más que correctos, no logran sin embargo sacar todo el potencial de unos personajes extraordinarios. Y el último episodio trata de adaptar a la actualidad el tramo final de la historia original, lo que termina siendo un experimento algo fallido que se reconduce de forma inteligente con la revelación de la verdadera mortalidad de un ser aparentemente inmortal. Pero dejando a un lado esto, la miniserie se revela como una producción inteligente, fresca, con una visión lo suficientemente original del mito vampírico como para ser diferente sin caer en el absurdo. Lograr, como logra, el equilibrio entre la visión más clásica del personaje y los tiempos modernos que corren (tanto en la definición del personaje como en la narrativa audiovisual) es uno de los ejercicios cinematográficos más complicados que puede haber, y se supera con éxito.

‘Castle Rock’ ahonda en el universo de Stephen King en su 2ª T.


Hay algo en la obra literaria de Stephen King que la convierte en única. No se trata del escenario en el que se desarrollan la mayor parte de sus historias. Tampoco de sus personajes, habitualmente complejos, construidos a partir de secretos, caras ocultas y dobles intenciones. No, lo realmente interesante de su obra es su capacidad para construir un relato a través del tiempo, de modo que pasado y presente encuentran, cada uno en el otro, un sentido mucho mayor de lo que lo hacen por separado. Esto fue algo que ya mencionamos con la primera temporada de Castle Rock, y en esta segunda tanda de episodios, con una historia completamente nueva, se desarrolla mucho más, hasta el punto de crear todo un vínculo entre cine, televisión y novelas.

Y es que los 10 capítulos de esta temporada no solo utilizan personajes de novelas en un contexto totalmente nuevo, sino que en esta ocasión utilizan estas historias como una forma de precuela a lo vivido en algunos de los relatos del maestro del terror. Lo hace, además, jugando con el espectador a través de un desarrollo dramático cuanto menos sorpresivo, planteando la historia inicialmente en un sentido puramente dramático para, a continuación, introducir conceptos fantásticos que aportan gravedad y complejidad a la serie creada por Sam Shaw (serie Manhattan) y Dustin Thomason (serie The evidence). El modo en que se construye el arco narrativo de esta etapa es lo realmente interesante de esta ficción: el desarrollo de la trama principal, protagonizada por el personaje femenino de la novela ‘Misery’ (1987) años antes de los acontecimientos de esa obra, da pie a la segunda gran línea argumental. Ambas se desarrollan de forma independiente hasta que entran en conflicto, generando un clímax y una conclusión global simplemente extraordinaria.

Hasta aquí la segunda temporada de Castle Rock podría entenderse dentro de los parámetros habituales de cualquier ficción. Pero es en el desarrollo de cada una de las líneas argumentales principales donde se diferencia del resto. La trama protagonizada por Lizzy Caplan (The disaster artist), quien por cierto hace un extraordinario trabajo en el papel que inmortalizó Kathy Bates (Richard Jewell) allá por 1990 (y que le valió un Oscar, por cierto) se plantea como la huída de una mujer con su hija para ir desvelando fragmentos de una terrible verdad que, además, terminan de la peor manera posible, potenciando aún más si cabe la historia de la novela que todo el mundo conoce. La serie, en lugar de limitarse a situar al personaje ante su propio espejo de locura, lo que hace es indagar en su psicología, en las numerosas facetas de un rol complejo en su aparente sencillez. Los creadores aprovechan cada matiz, cada insinuación de locura, para construir ese pasado que mencionaba al principio y desarrollar su impacto en el presente no solo del personaje de Caplan, sino de los secundarios sobre los que influye.

Se puede decir que esta trama es la parte racional de esta producción. El otro arco argumental representa la parte fantástica del conjunto. Ese misterios de Salem’s Lot que dista mucho de los vampiros originales de la novela… o tal vez no. Lo cierto es que la serie construye un relato a través de los siglos en el que magia, fantasía y algo de terror se dan cita para desarrollar una venganza centenaria de la que nada ni nadie parece poder librarse. Los ingredientes de esta línea dramática contrastan notablemente con los de la historia principal más allá del carácter fantástico de los mismos. Para empezar, no gira en torno a un único personaje, sino a toda una comunidad. Y lejos de centrarse en los esfuerzos por la supervivencia, lo que aborda es toda una estrategia para devolver a la vida a unos personajes malditos. El contraste entre ambas tramas, lejos de chirriar en el desarrollo, permite reforzar cada aspecto de ellas, haciéndolas más interesantes y permitiéndolas crecer en un sentido muchas veces inesperado.

Entramado de secundarios

Ahora bien, para comprender la complejidad y el interés de esta segunda temporada de Castle Rock es fundamental el entramado de personajes secundarios que enriquecen las dos tramas, y que de hecho hacen las veces de refuerzo de todo aquello que une ambas líneas argumentales. El caso más evidente es la familia formada por Tim Robbins (Aguas oscuras), Barkhad Abdi (Blade Runner 2049) y Yusra Warsama (Los últimos días en Marte), verdaderos motores dramáticos de muchos pasajes en cada episodio. Cada uno en su parcela, aunque asisten como espectadores a algo mucho más grande que ellos mismos, en realidad se convierten, con sus decisiones, en principales desencadenantes de algunos desenlaces dramáticos, lo que sin duda les define como influencia directa en el desarrollo de las líneas argumentales.

Pero no son el único caso. La joven hija del personaje de Caplan, interpretada por Elsie Fisher (McFarland), aunque puede considerarse casi más como protagonista, en realidad es un secundario que influye de forma determinante en el universo de esta serie, hasta el punto de ser elemento de acción tanto si está presente como si no. Por ella se toman decisiones, es ella el objeto de deseo de esa comunidad que vuelve a la vida, y es ella, en definitiva, la que marca el devenir de esa enfermera con brotes psicóticos. El tratamiento de estos personajes secundarios es cuanto menos interesante. Para empezar, tienen una entidad propia tan compleja y profunda como la de los protagonistas, ya sea por decisiones que han marcado sus vidas, o por situaciones que les han llegado impuestas, muchas veces precisamente de otros personajes secundarios. Sin embargo, esa complejidad no les permite ser independientes, sufriendo las consecuencias de la historia principal en la que participan en cada momento.

En cierto modo, lo que nos encontramos en esta serie es una compleja ingeniería dramática que construye todo el universo de Stephen King, que dota a todos y cada uno de sus personajes de una entidad única, elaborada y compleja. Y a pesar de ello, la ficción tiene como historias principales solo dos tramas, permitiendo que el resto de secundarias nutran a estas. El problema, si es que se puede considerar como tal, es que el espectador puede identificarse con los problemas, los anhelos y los objetivos de los roles secundarios, pero el devenir de estos queda en manos de otros personajes, lo que genera un conflicto de intereses y de composición. Sin embargo, lejos de producir incongruencias, termina por elevar la calidad dramática del conjunto. La clave habría que buscarla en el grado de definición de estos personajes secundarios, que no llegan a tener tanta profundidad como los protagonistas aunque pueda parecerlo durante el desarrollo de esta tanda de episodios.

Con este planteamiento y su magistral desarrollo, Castle Rock ofrece una segunda temporada superior a la primera, que por cierto ya fue un gran punto de partida para introducirse en el universo de Stephen King. Ahora sus creadores van un paso más allá, vinculando con ese final de temporada novela, película y ficción televisiva. Lo importante, como en las buenas historias, no está en cómo acaba, sino en el viaje durante estos 10 episodios. Y ese viaje tiene todos los ingredientes para ser una experiencia audiovisual única. Sus complejos personajes (incluso aquellos aparentemente sencillos ofrecen múltiples lecturas) llevan la historia hasta un grado de intensidad dramática, de intriga y de cierto terror simplemente brillante. Puede que para muchos el desenlace final sea algo excesivo, y puede que sea una concesión innecesaria, pero desde luego pone la guinda a un desarrollo muy medido en el que los actores, por cierto, ofrecen la mejor versión de sí mismos.

‘El hombre invisible’: ¿hay alguien ahí?


Aviso a navegantes. Esta historia basada en el personaje creado por H.G. Wells no tiene nada, pero nada que ver, con el contenido de ese clásico de la literatura fantástica. Bueno, tan solo que los objetos parecen moverse solos. El resto, incluido el título del film, es un relato propio que, todo hay que decirlo, contiene los alicientes suficientes para ser una obra de ciencia ficción y terror autónoma, sólida y por momentos brillante.

Porque tras El hombre invisible lo que encontramos es un relato bien construido, detallado y planteado para aumentar no solo la tensión del espectador, sino la locura y paranoia de una protagonista excelentemente interpretada por Elisabeth Moss (La gaviota). Gracias a las posibilidades que ofrece esa invisibilidad, la historia camina en todo momento entre dos aguas: la del terror, que se apodera del relato en los momentos de soledad de la protagonista, como si de una película de fantasmas se tratara, y la del suspense, que se desarrolla casi de forma paralela con unos secundarios a la altura que componen un contexto dramático sumamente atractivo, no tanto por las consecuencias que tiene la historia principal para cada uno de ellos como por las relaciones que establecen entre ellos y con la protagonista. Esos vínculos es lo que hace aún más dramáticos determinados pasajes del film, cuyo metraje de dos horas, a pesar de ciertos altibajos narrativos, se antoja muy ajustado a las necesidades de la obra.

Y esos altibajos es lo que hace que la película de Leigh Whannell (Upgrade) no sea un film extraordinario. El guión, a pesar de comenzar con una premisa más o menos original, cae en muchos momentos en un desarrollo previsible. Lo enrevesado de su resolución, palabra clave incluida, trata de compensar un tercer acto algo flojo, plagado de clichés previsibles y de una revelación que, en mayor o menor medida, se intuye desde mucho antes. En realidad, la historia se desinfla ligeramente desde el momento en que el suspense se deja a un lado y los personajes secundarios se convierten en carne de cañón para el villano de turno. El modo de plantearse esa recta final, entregándose a la acción y restando gravedad a todo lo ocurrido anteriormente (la presunta locura de la protagonista, su internamiento, los crímenes cometidos, etc.). Es cierto que el desenlace, aun teniendo demasiados giros argumentales, ofrece una visión de la heroína muy interesante recurriendo a las armas y tácticas de su enemigo, pero no logra compensar lo visto anteriormente, por no hablar de la sensación de reprobación que se aprecia en algunos secundarios.

En todo caso, El hombre invisible es un film sólido, resuelto con acierto por Whannell tanto en la parte interpretativa (la locura creciente de Moss es magnífica) como en la parte narrativa, sacando buen provecho de muchas de las secuencias en las que este hombre invisible hace acto de presencia. Una película que se disfruta, que ofrece interesantes lecturas más allá de la puramente cinematográfica, incluyendo una reflexión sobre la violencia de género, la obsesión y el acoso (y cómo el entorno puede no creer a la víctima). Su final se entrega a la acción pura y dura obviando algunos de los elementos previamente planteados, pero es algo que suele ocurrir en este tipo de historias. Quizá lo peor sean esa serie de giros argumentales finales para tratar de confundir al espectador y evitar así cierta previsibilidad. Pero en cualquier caso, es una interesante obra que da una nueva vuelta de tuerca al mito de la invisibilidad.

Nota: 7/10

‘Fantasy Island’: la fantasía de una serie B


El cine ha evolucionado. Sigue evolucionando cada día. Y la serie B ha evolucionado con él. Al menos en lo que se refiere a su acabado técnico, más elaborado y que impide ver el “truco” que se esconde tras bambalinas. Pero por mucho que una película presuma de envoltorio, si el contenido no funciona poco importa cómo se presente. Y esto es lo que le ocurre, en mayor o menor medida, a la nueva película de Jeff Wadlow (Rompiendo las reglas), una serie B con todos los ingredientes pero de desarrollo algo irregular.

Y eso siendo generosos. Lo cierto es que Fantasy Island tiene todo lo que un film de este tipo puede desear: protagonistas de diferentes niveles sociales, un mad doctor reconvertido en anfitrión de un hotel, un paraíso en medio del mar, deseos, pesadillas y un trasfondo fantástico. Y si bien el punto de partida y el desarrollo inicial son más que correctos, la película poco a poco se desmorona como un castillo de naipes, básicamente porque las historias individuales de cada uno de los personajes no es lo suficientemente sólida como para soportar el desenlace que se le ha querido dar al film. Es algo similar a lo que le ocurre a cada personaje. Lo que comienza siendo una serie B de fantasía termina convirtiéndose en una pesadilla de serie B. Más allá de las motivaciones de los personajes, que pueden tener más o menos profundidad dramática, lo que no termina de encajar es la resolución de la historia, basada en deseos y fantasías de los protagonistas que rompen con todo lo planteado hasta ese momento en la historia, sacándose de la manga un efecto argumental que sencillamente no funciona.

Es una lástima que no se haya optado por algo más elaborado, porque eso tiene una segunda consecuencia. La cinta deambula entre la comedia y el terror de un modo tan desganado que nunca se define por ninguno, por lo que sencillamente no hace ni gracia ni asusta lo suficiente. El hecho de que la historia de cada personaje tenga un tono diferente (prácticamente están todos los géneros ahí metidos, desde el drama familiar hasta la comedia gamberra, pasando por la acción, asesinos en serie, terroristas, …) impide a la película ubicarse correctamente, algo que juega en su contra. Curiosamente, lo que sí está muy bien planteado es cómo todas estas tramas terminan convergiendo en una única historia, uniendo a los personajes bajo una única fantasía. El modo en que todas ellas se integran en una, al tiempo que se explica el origen de la isla y su poder (un poco por encima, no le pidamos peras al olmo) es posiblemente de lo mejor de un film que podría haber sido mucho más de lo que finalmente es.

Porque Fantasy Island ofrece poco, muy poco. Y su planteamiento es muy superior a lo que finalmente termina siendo. Sí, distrae lo suficiente durante la primera mitad del film para no pensar demasiado en los unidimensionales personajes y para no plantearse qué hacen determinados actores en una cinta como esta. Pero una vez superado ese punto de no retorno la historia pierde el norte, se entrega por completo a un desarrollo algo anárquico para explicar no solo la motivación real de toda la trama, sino para concluir con un desenlace de lo más conveniente, ajeno incluso a la propia naturaleza del relato contado hasta ese momento. La fantasía de la serie B, en este caso, es una ilusión como la que se vive en la propia película. Y aunque tengamos que vivirla hasta el final, no está asegurado que vayamos a disfrutarla.

Nota: 5/10

‘American Horror Story: 1984’, un revival de los 80 con estilo propio


Ahora que está tan de moda la cultura de los años 80 gracias, entre otras cosas, a series como Stranger things, la producción de antología creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie The politician) no podía faltar a su cita anual con una trama muy propia de estos tiempos. Y lo hace a su estilo, con una historia aparentemente sencilla que se va complicando poco a poco durante los 9 episodios de American Horror Story: 1984, que por cierto es la temporada más corta de toda la serie.

En realidad, esta novena temporada son varias historias en una, lo que puede verse como una ventaja y como un gran inconveniente a la vez. La ventaja es que, por ejemplo, la trama va más allá de la simple historia de adolescentes que son asesinados uno a uno por un asesino en serie. Varios son los giros argumentales que enriquecen notablemente el argumento, hasta el punto de convertirlo más en un juego del ratón y el gato no solo entre asesinos y víctimas, sino entre los propios asesinos por un lado y entre las propias víctimas por otro. Los secretos, las mentiras, los pasados ocultos de cada personaje. Todo ello, desvelado a su debido tiempo, permite al espectador evolucionar con la historia y quedar atrapado en un universo que bebe de los grandes clásicos del género y les da una vuelta de tuerca. Incluso va más allá del propio género slasher al derivar en una suerte de cinta de fantasmas que necesitan reconciliarse con su pasado, permitiendo este punto de partida hacer que la historia se mueva por décadas posteriores a la que da título a esta etapa, abordando qué ocurre con estos personajes tan arquetípicos y a la vez tan atípicos.

Pero decía que esto puede ser también una desventaja. Más bien, la desventaja de American Horror Story: 1984 es su duración. En apenas 9 capítulos pueden explicarse, a grandes rasgos, las líneas maestras de los principales arcos dramáticos, pero las tramas secundarias quedan parcialmente desarrolladas, lo que obliga al espectador a completar varios de los espacios en blanco con sus propias teorías o, simplemente, dejarlo pasar. En ambos casos la trama se resiente, sobre todo en su recta final, cuando surgen algunos personajes que parecen más bien sacados de la manga para enriquecer el número de muertos o rizar el rizo de asesinos en serie. No existen motivaciones, apenas se dan desarrollos dramáticos más allá de los estrictamente necesarios, y su presencia en la historia es excesivamente conveniente, es decir, se presentan en escena por primera vez en el momento preciso para lo que se requiere de ellos. Un par de episodios más habría permitido, sin duda, una mejor presentación de personajes, un desarrollo algo más interesante y, sin duda, una conclusión realmente atractiva.

Y no es algo secundario. La temporada, a pesar de dejar un buen sabor de boca, va de más a menos. No en materia de asesinatos o el humor macabro que suele acompañar a este tipo de historias (del que hablaremos más adelante), sino en su historia. Con un gran comienzo y un desarrollo del primer acto y buena parte del segundo sobresaliente, la trama empieza a perder fuerza a medida que avanza en el tiempo, como si salir del campo acotado de ese 1984 debilitara paulatinamente una historia con mucha fuerza. Este efecto se debe, principalmente, a ese corto desarrollo de menos de una decena de episodios, pero también al desinterés en profundizar en el mosaico de personajes que van apareciendo poco a poco. La historia tiende a centrarse siempre en el grupo protagonista inicial, lo cual es lógico, pero una vez presentados, desarrollados y asesinados, la presencia de otros secundarios con mayor o menor peso dramático se vuelve indefinida, como si formaran parte de un paisaje.

Sangre, gritos y lágrimas

Ahora bien, a pesar de ciertas irregularidades en su desarrollo, algunas de ellas por causas ajenas a la propia trama, lo cierto es que American Horror Story: 1984 capta a la perfección la esencia de ese cine slasher de los 80 y 90, dando rienda suelta a la imaginación más visceral, violenta y sangrienta de toda la serie. Desde luego, la secuencia inicial ya sienta las bases de lo que posteriormente se verá, con imágenes explícitas de asesinatos a cada cual más salvaje, y con ese entorno tan propicio para el terror adolescente como es un campamento de verano (las referencias a Viernes 13 son tan evidentes que convierten esta temporada en el homenaje perfecto). De igual modo, los 9 episodios, al menos los más centrados en este subgénero de asesinos en serie, tratan de llevar al extremo todos los tópicos y normas de este tipo de cine, añadiendo ese trasfondo moral, ético y personal de cada uno de los roles, lo que le otorga un mayor interés al desarrollo argumental inicial.

Posiblemente el momento álgido de esta violencia sea el protagonizado hacia el final de la temporada, con todos los personajes turnándose para matar una y otra vez a otro de ellos. Es cierto que la secuencia está vestida con ese halo de bondad y responsabilidad de unos roles que han asumido su papel para con el mundo, evitando que un mal mayor salga de ese fantasmagórico camping. Pero con todo y con eso, no deja de ser una muestra de la violencia y la imaginación de sus creadores, torturando a un personaje y dejando volar su imaginación en lo que a asesinatos, mutilaciones y sangre se refiere. Y aquí se unen dos de los elementos más icónicos de esta temporada. La crueldad de los asesinatos se combina ágilmente con un humor negro. Tan negro como el alma de los villanos que aparecen en la trama, y que no siempre tienen los rasgos de terroríficas figuras con el rostro cubierto.

De hecho, la serie no juega al despiste en ningún momento, al menos no de la forma a la que nos tiene acostumbrados el cine. Los asesinos van a cara descubierta, sus identidades se conocen antes o después (lo que permite, por cierto, algún giro argumental de lo más sugerente), y sus motivaciones son más que evidentes. Quitando este componente de suspense, ¿qué queda entonces? Sus creadores optan por ese humor al que hacía referencia antes, que se suma a ese desarrollo que abarca varias décadas y que habría tenido un mayor impacto si se hubiera dedicado, al menos, un par de capítulos más a algunos secundarios. Resulta sumamente interesante comprobar cómo la ausencia de ese suspense durante casi toda la temporada es aprovechada por los responsables para desarrollar otros aspectos, creando una historia más compleja de lo habitual y dejando algunos instantes para el recuerdo.

Todos estos valores y componentes narrativos convierten a American Horror Story: 1984 en un digno homenaje y en una novena temporada más que disfrutable, con personajes capaces de reunir en sus carnes lo arquetípico y lo sorpresivo, lo clásico y lo moderno. Bajo este prisma, esta etapa va claramente de más a menos, o mejor dicho, del psycho killer más tradicional a una historia de fantasmas cuya redención pasa por proteger al mundo de los males de ese campamento de verano. Una evolución que podría haber sido interesante con otro tratamiento, pero que queda excesivamente comprimida en los escasos 9 episodios. Con todo, no solo no es de las peores historias de esta serie de antología, sino que resulta gratamente satisfactoria en el tono escogido, a medio camino entre el terror y el humor, dándole un estilo propio a un género muy transitado durante décadas.

‘Doctor Sueño’: menos Resplandor en el mundo


La mayor evidencia de que El resplandor (1980) sigue completamente vigente es esta secuela tardía, adaptación a su vez de la novela que continuaba los acontecimientos del primer libro. Pero la cinta dirigida por Mike Flanagan (El juego de Gerald) demuestra también que los tiempos han cambiado, y con ellos la forma de entender un relato cinematográfico. No me refiero únicamente a la estructura dramática, marcada por la obra de Stephen King, sino el modo en que el director afronta algunos de los puntos más relevantes de la historia.

Porque, siendo como es un claro homenaje al film original (en su música, sus planos, e incluso los actores que tratan de parecerse a los del film de Stanley Kubrick), este Doctor Sueño trata de aportar nuevos puntos de vista sobre ese universo del “resplandor” a través de fórmulas visualmente poderosas y conceptualmente más complejas. Sin embargo, los efectos visuales más elaborados terminan por restar fuerza al relato, convirtiéndose más en una historia dramática con toques casi de intriga que en un relato de terror. Incluso el tratamiento de su tercio final en ese desvencijado Hotel Overlook no adquiere el grado de intensidad emocional que tenía el original, posiblemente porque los espíritus son abordados más como una herramienta o como seres ávidos de alma que como impulsores de la locura. Eso por no hablar del hecho de que el hotel posea a un personaje, algo que no termina de encajar y que únicamente permite a esta secuela reproducir (fielmente, eso sí) planos y secuencias de la cinta original.

Con todo, ofrece al espectador numerosos momentos a tener en cuenta, amén de un tratamiento de personajes bastante interesante en lo relativo a cómo ha evolucionado aquel niño asustadizo de la primera película hasta el protagonista que es ahora. La trama, mucho más compleja y cargada con muchos más detalles que hacen de este universo un lugar más interesante, se mueve en todo momento por un camino en el que realidad, mente y sueños se mezclan para ofrecer al espectador una mayor profundidad dramática más allá de la superficie en la que demonios, personajes con capacidades especiales, fantasmas y telequinesis van de la mano. Esto, sin embargo, tiene también un lado negativo, y es un metraje algo excesivo que tiende a dar demasiadas vueltas sobre un mismo concepto, cuando el relato podría haberse desarrollado de un modo mucho más directo y, posiblemente, efectivo.

Como se dice en un momento de la película, en este mundo moderno hay menos vapor. Y Doctor Sueño tiene menos Resplandor, es cierto, y desde luego no es más intenso que el de que predecesora. Pero tiene algo, mantiene parte de esa esencia que convirtió en clásico al film de 1980. Puede que sea porque literalmente copia muchos momentos y reproduce otros tantos del film original con nuevos actores, pero no es únicamente eso. El viaje del protagonista, tanto interior como exterior, resulta fascinante. Y esa relación entre diferentes personajes con resplandor queda mucho más desarrollada que en la historia inicial, aportando mayor profundidad y una mayor comprensión. Con algo menos de duración y un tratamiento algo menos tópico de algunos conceptos del terror y del mundo fantasmagórico posiblemente estaríamos ante una obra mucho más completa.

Nota: 7/10

‘Noche de bodas’: Tradiciones de la familia política


Los problemas de entrar a formar parte de la familia de tu pareja ha sido objeto cinematográfico desde siempre. A veces como comedia, otras como drama y otras, como es el caso que nos ocupa, como terror. Todas ellas, sin embargo, tienen como hándicap la poca capacidad de sorprender o de resultar novedosas. Saber esto de antemano puede resultar muy útil para no hacer una ficción tediosa y previsible… o al menos lo suficientemente original como para que entretenga.

Y ese es el caso de Noche de bodas. La película, en síntesis, no resulta diferente de lo que haya podido verse en otros relatos. Tan solo, y he aquí la seña de identidad, su toque irónico y autocrítico en la idea de que un juego como el escondite del lugar a una masacre nocturna. La labor interpretativa, en este caso, es fundamental, y tanto Adam Brody (Isabelle) como Henry Czerny (Remember) y Andie MacDowell (Instinto maternal) bordan ese toque casi paródico que impregna todo el relato, convirtiéndose en la punta de lanza de un reparto consciente de las limitaciones de sus personajes y pudiendo así explotar al máximo la libertad que otorga la poca definición de los mismos. Es la dinámica entre ellos la que sostiene la historia y, sobre todo, la que abre la puerta a apreciar algo más que la simple historia de terror, desarrollando los diferentes aspectos de una familia rica, desestructurada y destruida por una tradición salvaje.

Humor y sangre, mucha sangre, es lo que ofrece esta historia. Con todo, su carácter previsible no es lo peor del guión. El intento de giro argumental final acerca de ese fantasma, esa especie de maldición que pesa sobre toda la familia, lejos de aportar un toque fresco al relato lo que hace es quitar cierta dosis de terror humano y psicológico que había logrado gracias a esa visión sádica de la familia política y sus cuestionables tradiciones. Dicho de otro modo, lo que se plantea inicialmente como una salvaje tradición propia de unos asesinos en serie termina convirtiéndose en un acto justificado en la necesidad de evitar la muerte familiar. Esta especie de motivación a unos actos incalificables resta interés al conjunto, aunque también aporta una mayor ironía a ese final en el que la sangre, literalmente, estalla por toda la habitación.

Desde luego, Noche de bodas no es un referente del cine de terror. Ni siquiera del gore. Pero es una propuesta honesta en su concepción, consciente de su carácter de serie B y planteada con la intención de divertir al espectador. Y en este sentido, lo consigue. Puede que su historia sea previsible, que su guion peque de una explicación final innecesaria que le perjudica más que le beneficia, pero en todo caso la cinta deja momentos en la retina tan sádicos como surrealistas. Y sobre todo, permite ver a un reparto que disfruta con sus personajes, que sabe sacarles el máximo provecho dentro de sus posibilidades, y que pone en tela de juicio las tradiciones.

Nota: 6,5/10

‘It: Capítulo 2’: superar los miedos originales


Se supone que toda secuela, para ser buena, debe ofrecer más de lo que ofreció la primera parte. Más en todo aquello que dio el éxito a la historia original. Y bajo esa premisa se ha construido esta segunda entrega de una de las tramas de terror más famosas de todos los tiempos. Pero con matices, porque a pesar de ofrecer más terror, más sangre y más argumento, también cambia el punto de vista del argumento para mostrar que el miedo es siempre algo que se puede controlar.

Porque a diferencia de la primera parte, donde los niños afrontaban una lucha contra esta criatura como un enfrentamiento en el que tenían que estar unidos, en esta It: Capítulo 2 lo que se hace es explorar los miedos individuales y originales de cada uno de los personajes. Así, durante buena parte de su largo metraje (que se hace más bien corto, todo sea dicho) Andy Muschietti (Mamá) dedica toda su atención a abordar la historia de cada niño ahora convertido en adulto, y cómo sus traumas infantiles, sobre todo aquellos vinculados a ese macabro payaso, les han condicionado a lo largo de su vida. La cinta adquiere, de este modo, un tono más adulto, introspectivo y psicológicamente complejo, aderezado en todo momento por sus ‘yos’ infantiles, que vuelven a tener un interesante protagonismo en la cinta y que hacen de los saltos temporales todo un arte de transición narrativa en el tiempo.

Puede que esto sea un inconveniente para muchos. La primera It era una aventura preadolescente, monstruo incluido, que abordaba la amistad de ese grupo de niños inadaptados y poco populares en el colegio. El hecho de que su continuación les sitúe en la edad adulta elimina, por necesidad, ese componente. Pero en lugar de eso, la historia se adentra en aspectos mucho más oscuros, llevando a los personajes a situaciones límite. La labor de los actores (todos ellos magníficamente elegidos), en este aspecto, es sencillamente brillante, pues no solo consiguen mantener la esencia de la interpretación de los niños, sino que ahondan en matices emocionales muy interesantes, sobre todo en su tercio final. Por supuesto, no es una película perfecta. Existen algunos fallos (incluso de raccord) e irregularidades, y desde luego explicar con todo lujo de detalles el origen de la criatura nunca ayuda al aspecto terrorífico de una historia. Pero con todo y con eso, estamos ante una más que digna continuación.

Y no es que It: Capítulo 2 no supere a It. Más bien, son dos conceptos diferentes sobre una misma historia. Porque la verdad es que la dinámica narrativa de ambos films es similar, enfrentamiento final incluido. Pero mientras una es vista desde el punto de vista de los niños, la otra tiene a los adultos como protagonistas. Personalmente creo que esta segunda parte es mucho más compleja, más completa dramáticamente hablando, con unos actores brillantes y algunos momentos tan incómodamente terroríficos como sangrientos y violentos (sin ir más lejos, la escena del laberinto de espejos o las pesadillas finales a las que tienen que hacer frente cada uno de los héroes). Todo ello convierte a esta continuación en una notable película, y al díptico en una obra a revisionar de forma conjunta.

Nota: 7,5/10

‘Infierno bajo el agua’: Superdepredadores de serie B


Para muchos, hablar de serie B posiblemente sea hablar de un cine mediocre, de segunda categoría en la que todo tiende a ser más bien pobre, tanto en personajes como en la propia historia y, según el caso, los efectos especiales. Pero nada más lejos de la realidad, y lo nuevo de Alexandre Aja (Horns) es la prueba fehaciente de que la serie B puede ser cine de calidad… dentro de sus propios límites, claro está.

Porque, en efecto, Infierno bajo el agua tiene muchos límites: una historia más bien simple, un desarrollo forzado por las necesidades de guión, unos hechos algo irreales, … Pero nada de eso impide que pueda disfrutarse como un gran blockbuster y, sobre todo, no impide que contenga algunos de los mejores momentos de tensión vividos en este tipo de cine. Aunque la pregunta más interesante sobre el film es, precisamente, ¿qué tipo de cine es? Por supuesto, es una monster movie, pero también contiene toques del cine de catástrofes, cine de supervivencia e, incluso, algo de drama familiar como trasfondo emocional. Todo ello convierte a esta historia en algo más complejo, permitiendo al director dar rienda suelta a su lenguaje narrativo para poder explotar al máximo las posibilidades de un relato bastante lineal.

De hecho, Aja construye momentos de tensión innegables, como esa primera set piece en el sótano (magistral el uso de los tiempos y de la iluminación) para dar paso, posteriormente, a minutos de auténtica acción y, para los amantes del gore, secuencias tan sangrientas y violentas que dejan poco margen a la imaginación de lo que son capaces de hacer los caimanes. Con claro homenajes al Tiburón (1975) de Steven Spielberg, el director galo demuestra que se ha convertido por derecho propio en un realizador de género y, a medida que avanza su carrera, en un nombre referente dentro del terror. Con esta cinta que atrapa al espectador gracias a su ritmo constante (encuentra un equilibrio perfecto entre los momentos más ágiles y los más pausados), Aja firma una obra bastante redonda, consciente de sus propias limitaciones pero capaz de sacar el máximo provecho a sus posibilidades.

Sí, es una historia más bien simplona. Y sí, los personajes que interpretan Kaya Scodelario (El corredor del laberinto: La cura mortal) y Barry Pepper (Cosecha amarga) serían capaces de sobrevivir a un apocalipsis con una mano atada a la espalda y las piernas rotas por varios sitios. Pero incluso con esos elementos poco realistas la cinta funciona gracias a la dinámica entre los protagonistas, al pulso narrativo de Aja y a un guión que maneja magistralmente los tiempos, narrando de forma directa y sin miramientos. De hecho, salvo esa primera secuencia para explicar por qué luego la joven heroína es capaz de hacer lo que hace, el resto del relato se muestra descarnadamente sincero y directo a impactar al espectador. Tanto es así que termina cuando, sencillamente, ya nada tiene que contar sobre esta odisea. Estamos ante una serie B, es cierto, pero una serie B de las mejores. Y eso muchas veces es bastante mejor que cualquier producción con aires de grandeza.

Nota: 7/10

‘Midsommar’: normalizar lo macabro


Allá por 1980 Stanley Kubrick revolucionó el género de terror. Lo había hecho antes con otros géneros, y lo haría después. Desde entonces el terror ha evolucionado mucho hacia un formato más efectista, más centrado en el susto fácil con imágenes apabullantes y sonidos estridentes. Por eso la obra de Ari Aster es un soplo de aire fresco dentro del género. Una apuesta visualmente cautivadora que esconde el horror a plena luz del día, remitiendo en muchas ocasiones a ese lenguaje tan exclusivo que tenía Kubrick y que jugaba con el color, la iluminación, el montaje y el sonido… o la ausencia del mismo.

Para muchos Midsommar será una obra caótica, desordenada, inconexa. Dicho vulgarmente, una tontería. Y puede que parte de esto haya, lo que sin duda juega en su contra. Pero esta perturbadora visión de las tradiciones del norte de Europa esconde algo mucho más profundo en un montaje delicadamente escogido, con una fotografía exquisita y unos actores que, sin ser extraordinarios, sí son capaces de dar lo máximo de ellos en los momentos necesarios. Todo esto convierte a esta segunda película de Aster en una obra compleja, con numerosas lecturas tanto sociológicas como psicológicas. Aviso a navegantes: no es una obra terrorífica, pero sí muy perturbadora. Tanto que posiblemente no se borre de nuestra mente en varios días. No porque contenga imágenes macabras (alguna que otra sí que hay); ni siquiera por una atmósfera opresiva en la oscuridad. No, si esta película tiene algo digno de alabar es la capacidad del director para generar una angustia y un ambiente malsano a plena luz del día.

Y todo pasa, como de hecho hace el film, por normalizar lo macabro. Suicidios, sacrificios humanos, coitos en medio de un círculo al más puro estilo aquelarre, … Todo ello se muestra sin necesidad de juegos de sombras ni notas sonoras que hagan daño a los oídos. Simple y llanamente, se muestran como algo natural de una tradición tan antigua como el hombre. Y bajo esta premisa, Aster aprovecha las posibilidades que le otorga la cámara para narrar con la misma naturalidad, ajeno por completo a los cánones del terror y tratando en todo momento de que la locura que se apodera de los protagonistas no sea más que eso, una locura en medio de una pacífica comunidad que no hace nada malo. Esta suerte de cambio de roles dramáticos (los locos son los extranjeros que no entienden unas macabras tradiciones) no hace sino aportar mayor dramatismo al conjunto.

Puede que Midsommar no guste al gran público que busque gritos, sustos fáciles y fantasmas de rostro pálido y pelo muy negro. Pero con esta cinta Aster recupera un tipo de cine, y en concreto un cine de terror, capaz de ofrecer algo más profundo, algo que indaga y rebusca en las raíces mismas del terror subconsciente. El viaje que realiza la protagonista es el más claro ejemplo de cómo el ser humano reacciona ante los estímulos en base a su experiencia vital. Tiene sus altibajos, eso es innegable, sin ir más lejos el poco recorrido de algunos secundarios. Pero son problemas menores. Con un montaje perturbador y una fotografía que se acerca más a la composición pictórica que a una sucesión de fotogramas, la película se convierte en un viaje sensorial en el que la tragedia se entiende como algo natural, en el que la violencia y lo macabro forman parte de una tradición ancestral que se acepta como parte de algo mayor. Y nada hay más terrorífico que convertir en normal algo que no lo es.

Nota: 7,5/10

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