3ª T. de ‘The following’, final adecuado para un desarrollo forzado


La tercera temporada de 'The Following' es un final digno para la serieA Kevin Williamson siempre habrá que reconocerle el mérito de resucitar el cine de terror con Scream (1996) y Sé lo que hicisteis el último verano (1997). Incluso marcó a toda una generación con ese drama adolescente sobrecargado de filosofía que fue la serie Dawson Crece. Pero todas esas obras pecan de algo que también ha sufrido su última creación, The following, cuya tercera y última temporada ha sido, por decirlo de algún modo, un correcto broche a un desarrollo que adquiría por momentos tintes casi irreales. Estos últimos 15 episodios son el perfecto resumen de lo mejor y lo peor que ha ofrecido esta serie.

La tendencia de Williamson a situar a sus personajes en situaciones límite es, posiblemente, el mayor pecado de sus creaciones. No es que sea algo necesariamente malo, pues muchas de sus tramas se han beneficiado de ello. Pero por lo general, y si no está acompañado de un desarrollo coherente, suele crear situaciones cuanto menos cuestionables. El caso de la serie protagonizada por Kevin Bacon (X-Men: Primera generación) pertenece a esa categoría general. En efecto, la tercera temporada, que planteaba un escenario relativamente nuevo, recae en la obsesión del guionista de colocar a su protagonista en una evolución narrativa cuyos giros argumentales no dan tregua al espectador, en una escalada dramática que alcanza cotas poco lógicas.

En este sentido, The following llega a coquetear con la posibilidad de que el héroe encuentre a su alter ego en la que siempre había sido su némesis. Vamos, que el policía se convierta en asesino. Y si bien es cierto que los episodios que protagonizan este conato evolutivo son de los mejores, también es cierto que resulta una situación un tanto extraña. Además, la necesidad de dar un final a personajes como el de James Purefoy (Templario) y Gregg Henry (Any day now) obliga a la historia a desviarse un poco de lo verdaderamente relevante, lo que termina por convertir a esta tercera temporada en una suerte de cajón de sastre que pueda dar respuesta a todas, o casi todas, las preguntas.

El principal problema de esto es que no está estructurado como un proceso orgánico. A pesar de que la persecución de un nuevo villano (muy bien interpretado por Michael Ealy, visto en la serie Almost human) permite a la trama focalizar la atención sobre un nuevo interés dramático, la necesidad de cerrar historias secundarias abiertas obliga a desviar dicha atención en favor de algo más urgente, que es precisamente dar un final a los asesinos en serie que han sobrevivido a lo largo de las anteriores temporadas. El resultado, en líneas generales, es una temporada final irregular, con buenos momentos generados por los nuevos personajes y la evolución del protagonista, y con momentos más forzados dramáticamente hablando motivados por los viejos conocidos. ¡Ah!, y tratando de recuperar la inspiración de Edgar Allan Poe que dio pie a la primera temporada.

El amor al trabajo

'The Following' presenta a un variado grupo de villanos en su 3ª T.Pero como decía, The following presenta un episodio final correcto. Más que correcto. El destino del personaje de Bacon no solo es lógico, esperado y satisfactorio, sino que convierte al héroe en un antihéroe, en un personaje que debe luchar contra el mundo desde las sombras, todo con el fin de proteger a los que considera su familia. En este sentido, Ryan Hardy termina la serie como la empieza, es decir, como un hombre solitario, que ha dejado todo y a todos de lado por su obsesión con los criminales, con cazar a los culpables de una vida que, aunque aparentemente no desea, en realidad no es capaz de evitarla.

El significado de ese final en el hospital es, quizá, lo mejor de toda la serie, ofreciendo un sentido a la ficción y permitiendo al espectador encontrar un sentido al viaje iniciado hace tres años, aunque para ello haya tenido que soportar algunos momentos verdaderamente pasados de vueltas. De hecho, uno de los más surrealistas es el que se produce justo antes de ese final, en un puente que vive una resurrección al más puro estilo zombie única y exclusivamente para servir de excusa a las necesidades narrativas que componen la conclusión de la serie. Es tan absurdo como hilarante, pero puede perdonarse si lo único que interesa es el final de la serie.

Con todo y con eso, uno de los aspectos más interesantes de esta última entrega episódica es la evolución de sus personajes. Mejor dicho, de sus héroes. Porque junto a los cambios que sufre el personaje de Bacon es importante señalar los que sufre el rol de Shawn Ashmore (X-Men 2) y Jessica Stroud (Ted), esta última en una medida mucho menor. Todos ellos, ya sea por pérdidas o por ataques contra su pasado más íntimo, presentan unos cambios que les llevan a modificar sus patrones de conducta hacia un carácter más reservado e individualista. Vamos, más parecidos al héroe. El problema es que sus respectivas definiciones a lo largo de los episodios han sido tan débiles (sobre todo la de ella) que dichos cambios no tienen una justificación clara, lo que a la larga impide una identificación con dichas decisiones.

Dicho esto, y sin que esta tercera y última temporada pueda considerarse notable, The following pone un broche más que digno a su corta existencia. Dejando a un lado las concesiones dramáticas, algunas más absurdas que otras, la serie termina como debe, con un héroe marcado para siempre y condenado a vivir en el anonimato en busca de una organización criminal que, a todas luces, es demasiado grande como para derrocarla. Como ya he dicho, que el recorrido para llegar hasta allí haya sido más o menos irregular queda mitigado por esa conclusión, pero no por ello debe ser olvidado. Kevin Williamson vuelve a demostrar que maneja bien los elementos del thriller, pero también que le cuesta mucho controlar el desarrollo de sus tramas.

Anuncios

‘Tomorrowland: El mundo del mañana’: el futuro comienza despacio


Britt Robertson y George Clooney protagonizan 'Tomorrowland: El mundo del mañana'.Cinco largometrajes conforman la trayectoria cinematográfica de Brad Bird (Los increíbles), amén de varios episodios de televisión y algún que otro corto. Y la mayoría de ellos son de animación, algo que se nota en este nuevo intento de Disney de explotar una atracción/espacio de atracciones de sus famosos parques. Porque si algo tiene esta aventura futurista protagonizada por George Clooney (Solaris) y Britt Robertson (Madres e hijas) es un marcado tono animado que aprovecha las posibilidades de una cámara que se mueve desafiando todos los límites de la gravedad y de la narrativa convencional.

Bajo este prisma, Tomorrowland: El mundo del mañana es un film sumamente entretenido, fascinante en su concepción visual y de diseño artístico y con un interesante mensaje que debería hacer reflexionar a grandes y pequeños. Con un reparto cómodo en unos personajes con un cierto toque autoparódico (sobre todo la pequeña Raffey Cassidy, de lo mejor del film), la cinta aprovecha grandes iconos de la historia de la ciencia para encajar una historia que bebe de numerosas fuentes y que, además, sirve para homenajear a clásicos personajes de la ciencia ficción, amén de atracciones ya clásicas de los parques antes mencionados.

Pero todo lo que tiene de entretenido lo tiene también de irregular. Es cierto que su mensaje final es notable, que su clímax es un derroche de acción e imaginación y que la apuesta por el humor y la aventura convierte a esta cinta en un vehículo de disfrute para toda la familia, pero el problema es que todo eso no ocurre hasta bien avanzada la trama. De hecho, no ocurre hasta aproximadamente la mitad del guión, lo cual es indicativo del gran problema que presenta la obra. En efecto, su primera mitad resulta tediosa, irritantemente repetitiva y con una peligrosa tendencia a resultar aburrida. Esto provoca que la evolución posterior, a pesar de estar sólidamente estructurada, no alcance el objetivo deseado, dejando al film a medio gas.

La impresión general, por tanto, es que Tomorrowland: El mundo del mañana podría haber sido más de lo que finalmente es. Independientemente de que tenga una clara vocación familiar, su irregular comienzo impide al espectador identificarse con los personajes y con la historia, y le lleva a adoptar una postura más bien conservadora ante las maravillas que presencia. Solo cuando el film entra en una dinámica aventurera, con los viajes a ese mundo del mañana y las consecuencias que tiene la acción del ser humano sobre cualquier mundo, la historia gana muchos enteros. El problema es que debe destinar sus esfuerzos a reparar el daño previo, por lo que sus posibilidades se reducen.

Nota: 6,5/10

‘Caza al asesino’: un engaño de vida o muerte


Javier Bardem y Sean Penn protagonizan 'Caza al asesino'.No sé si será por el atractivo del reparto. No sé si será por los tráilers, que no tienen reparos en engañar al público con tal de que eso se traduzca en más ingresos. Ni siquiera sé si será por el género cinematográfico. El caso es que hay películas que generan en el espectador unas expectativas muy distintas a las que realmente es capaz de satisfacer. Cuando dichas expectativas son bajas, el resultado es más que satisfactorio. Cuando dichas expectativas son altas, la decepción es directamente proporcional.

Toda esta reflexión viene a cuento de Caza al asesino, thriller de acción que, podría pensarse, es un vehículo para que actores de la talla de Sean Penn (Mi nombre es Harvey Milk) o Javier Bardem (Come Reza Ama) puedan dar el máximo y crear una intriga sólida, plagada de recovecos narrativos y con un desenlace apasionante. Pero ni lo uno ni lo otro. Sí, los actores, todos en su conjunto, están espléndidos. Lo cierto es que no se esperaba menos. El problema es que la historia es tan endeble que ni siquiera ellos son capaces de sustentarla.

El desarrollo dramático de la cinta dirigida por Pierre Morel (Venganza) es sumamente irregular. Sus intentos por equilibrar acción con historia resultan fallidos desde el momento en que la trama se afana en resolver de la forma más larga e innecesaria posible el triángulo amoroso en el que se ven envueltos Penn y Bardem. Este punto de inflexión, unido a otros fenómenos como unos diálogos poco creíbles o una intermitencia en el ritmo, es indicativo del carácter del film, al que le sobran muchos minutos y le faltan muchas más secuencias de acción.

Que lo más interesante de Caza al asesino sea un diálogo que transcurre poco antes de que comience el tercer acto es muy sintomático. Sus errores no se constriñen, por tanto, a un problema formal, a una mala realización o a un guión con personajes excesivamente tópicos. No, el verdadero problema de la cinta de Morel es de fondo, de concepto. El guión es incapaz de dotar de realismo a los personajes, algo que por desgracia se filtra a la labor del reparto, que hace lo que puede. Y para colmo, las historias secundarias apenas influyen en el devenir de la historia principal, lo que crea un vacío narrativo que no se completa con nada. No sé si será cosa de las expectativas, pero lo cierto es que la cinta no caza al espectador.

Nota: 4/10

‘Exodus: Dioses y reyes’: las lagunas de Egipto


Joel Edgerton y Christian Bale dan vida a Ramsés y a Moisés en 'Exodus: Dioses y reyes', de Ridley Scott.Ridley Scott, director de joyas como Blade Runner (1982) es víctima de su propio legado. Sus primeros films han alcanzado tal grado de grandeza que prácticamente todo lo que hace actualmente es mirado bajo ese mismo prisma. Lo que los espectadores parecen olvidar es que aquellos films que tanto impactaron no lo hicieron por unos sólidos guiones (que también), sino por una puesta en escena y un diseño de producción apabullantes. Y esto, sobre todo esto, es lo que su última película deja en el recuerdo.

En efecto, si algo destaca de Exodus: Dioses y reyes es el cuidado diseño de producción, sobre todo en lo referente al mundo egipcio. El vestuario y la recreación de los templos y carros trasladan al espectador a un Egipto faraónico que, aunque con sus errores históricos, algunos provocados por auténtica desidia, fascina y dota al conjunto de una magia única. La apuesta por la tonalidad grisácea, una seña de identidad de las grandes superproducciones de Scott, crea además un nexo de unión con la imagen que se tiene hoy en día de ese mundo antiguo que, todo hay que decirlo, era más colorido de lo que se presenta en el film.

Y si el diseño de producción es hermoso, su condición de blockbuster hace que la cinta tenga algunos momentos simplemente espectaculares. Momentos todos ellos que, por cierto, se apartan en cierto modo de la intervención divina para dotarlos de un cierto realismo teológico. En realidad, todo el guión contiene una interesante carga política y social, revolución incluida, que trata de restar relevancia a la presencia de un Dios vengativo y, hasta cierto punto, infantil. Sin embargo, la mayor debilidad reside, precisamente, en el texto de base. El desarrollo dramático se antoja intermitente, plagado de secundarios que aparecen y desaparecen como por arte de magia y con unos protagonistas estereotipados en exceso, sobre todo el faraón interpretado por Joel Edgerton (Warrior), quien hace lo que puede con un rol maniqueo, odioso y débil.

Al final, la sensación que deja Exodus: Dioses y reyes es la de un film con una puesta en escena espectacular que trata de abarcar demasiado y que no se define mucho. Su evidente vocación política (el Moisés de Christian Bale –El maquinista– es un hombre que organiza una revolución) y su poco afán por defender la obra de Dios hacen que el film resulte interesante desde un punto de vista meramente interpretativo. Ahora bien, la cinta peca en exceso de irregularidad, tanto en su ritmo como en su definición de los personajes, demasiado estereotipados incluso para el tipo de relato que es. Entretiene, desde luego, pero da la sensación de que podría haber sido algo mucho mejor en su contenido, que no en su forma. En definitiva, Scott dota de vida un guión con muchas lagunas.

Nota: 5,5/10

‘Serena’: una mujer de pasiones simbólicas y ritmo intermitente


Jennifer Lawrence es 'Serena', la esposa de Bradley Cooper en el film de Susanne Bier.Que Susanne Bier (Después de la boda) es una directora de sentimientos es algo que certifican todos sus films. Pero la clave aquí no está en la emotividad de las historias, sino en la palabra “directora”. Su última película, tercera colaboración entre Jennifer Lawrence y Bradley Cooper, protagonistas de El lado bueno de las cosas (2012), es un claro ejemplo de que la emoción a flor de piel no sirve para sustentar cualquier historia. No hay que olvidar que un relato audiovisual es un delicado equilibrio de varios elementos que deben tener una cierta solidez de forma individual, algo de lo que carece este drama de época ambientado en plena crisis del 29.

Aunque más que un problema de dirección, Serena cojea desde lo más básico: su guión. El desarrollo dramático de la historia es intermitente, por no decir irregular. Su comienzo se alarga en exceso y revela demasiado poco de sus personajes protagonistas, quienes asumen unos determinados roles que el espectador debe aceptar sin replicar demasiado. Esto provoca que, a medida que la trama avanza, las reacciones y las actitudes de los roles principales entren en una espiral de difícil justificación y aún más compleja comprensión. Eso por no hablar de que Bier mueve la cámara de forma algo tosca en determinadas secuencias, restando gravedad y violencia a algunos momentos de auténtico drama. El elemento que mejor define la película es la relación entre Lawrence y Rhys Ifans (Radio encubierta), que posee un planteamiento interesante para luego resolverse de forma algo burda y a todas luces incongruente con lo visto anteriormente.

En un marco como este, el bote salvavidas lo representa el reparto al completo, desde los dos protagonistas hasta secundarios como Toby Jones (El velo pintado) o el mencionado Ifans. Todos ellos, sobre todo la pareja protagonista, dotan a sus personajes de una entidad mayor de lo que desprenden sobre el papel, asumiendo como propia una tarea que debería haber sido, en primera instancia, del guionista. Gracias a ellos se hacen más comprensibles algunas evoluciones dramáticas y los sentimientos de los que hace gala el film. Empero, no son capaces de armonizar algunos de los subtextos que se intuyen a lo largo del relato, como es la manipulación de la mujer hacia su marido o los conflictos emocionales que provoca la pérdida de un hijo y la presencia de un bastardo.

Lo cierto es que Serena es una cinta de sentimientos, de pasiones incontrolables y de difícil explicación. Tan difícil que ni siquiera el guionista trata de ahondar demasiado en ellas, dejando toda la responsabilidad a los actores. El carácter simbólico y aleccionador de muchos de sus momentos no logran elevar el film a otro nivel, más bien lo contrario. Su conclusión deja una sensación agridulce al intuirse una historia más grande de la que realmente se cuenta. Es por eso que no siempre los sentimientos son capaces de lograrlo todo en un film. A veces requiere de la ayuda del resto de elementos, como la planificación o una buena solidez narrativa sobre el papel. La película de Bier carece de muchas de esas cosas, y el resultado, de algo más de hora y media, parece alargarse sin sentido.

Nota: 5,5/10

‘Los que matan’, una serie distinta de irregular y difícil comienzo


Chloë Sevigny y James D'Arcy protagonizan la primera y única temporada de 'Los que matan'.Tal vez no nos demos cuenta, pero hay producciones que son sumamente reveladoras. Ocurre sobre todo en la televisión, donde el nivel alcanzado por las series es extremadamente alto. Esto ha generado dos fenómenos contrapuestos pero muy relacionados. Por un lado, las buenas ficciones son admiradas como obras de arte; por otro, aquellas producciones que no enganchan desde el primer momento están abocadas, más tarde o más temprano, al fracaso. Una de las pruebas más evidentes es Los que matan, adaptación norteamericana de una serie danesa que se ha encargado de realizar Glen Morgan (Willard) y cuyo planteamiento, tanto formal como narrativo, es extraño y complejo, situado en los puntos comunes de diversas series policíacas o con asesinos como protagonistas. No obstante, el principal motivo de que solo haya durado una temporada es que su comienzo es excesivamente misterioso.

Uno de los pilares en la creación de las historias es que los personajes crezcan con la trama. Sus luces y sus sombras deben presentarse a medida que el arco dramático se desarrolla y a través de sus decisiones ante los retos que afrontan. Pero para ello debe existir una cierta base previa, lo que se conoce como la presentación de los personajes. El problema de la serie es que dicha presentación es extremadamente parca, casi inexistente. El episodio piloto sitúa a cada protagonista en un momento de su vida que el espectador no es capaz de identificar. El caso más llamativo es el del rol interpretado por Chloë Sevigny (Zodiac), policía protagonista atormentada por un pasado de abusos sexuales hacia su hermano por parte de su padrastro. Más allá de que su definición sobre el papel es un tanto radical, lo que despista es el hecho de que su introvertida venganza no se desvela hasta pasados varios episodios, por lo que todas sus decisiones hasta ese momento no logran explicarse claramente.

Esto, unido a los traumas del pasado del personaje de James D’Arcy (Hitchcock), que también tardan en explicar su verdadera naturaleza, convierte los primeros compases de este thriller en un rompecabezas de difícil aceptación. Sobre todo en un panorama televisivo con una oferta tan amplia y competitiva. Posiblemente aquellos que logren superar los primeros tres capítulos se encuentren ante un producto fascinante que encuentra giros argumentales prácticamente a cada paso, con unos personajes que, una vez comprendidos, resultan de lo más atractivo. Pero el problema es soportar y respetar la incomprensión de esos primeros episodios en los que el caso policial se convierte en una especie de catarsis del resto de la trama. Dicho asesino en serie se convierte en la chispa que activa no solo a los personajes, sino a esa investigación paralela que hacen los protagonistas. Es, por tanto, un planteamiento diferente al que la gran mayoría de la gente está poco acostumbrada, pero que termina derivando en una producción notable.

De hecho, y a pesar de las numerosas referencias a otras series que se pueden encontrar a lo largo de la primera temporada de Los que matan, todo en esta ficción tiene una estética sobria, malsana e incluso aterradora, pero con un estilo propio y único. Su estructura, que abordaré a continuación, equilibra las tramas episódicas con el formato de temporada. Sus enganches de final de episodio se fundamentan en las revelaciones de una investigación que en todo momento juega con la idea de estar ante una obsesión desquiciante de una mujer traumatizada. Por cierto, la labor de Sevigny en este sentido es más que notable, aportando a su rol un aire triste y torturado que justifica, en buena medida, algunas de las decisiones más polémicas que presenta esta temporada. Es, por tanto, una producción que busca en todo momento sorprender al espectador sin filigranas o recursos del tipo deus ex machina, sino con un argumento elaborado, plagado de sombras y con un pasado lo suficientemente sólido como para justificar los actos de los protagonistas.

Asesinos seriados

Como decía al inicio, la serie adaptada por Morgan es uno de los productos más extraños que se pueden ver en la televisión. Desconozco cómo será el original, aunque si la adaptación es fiel no es difícil hacerse una idea aproximada. Si los personajes arrastran ya de por sí un pasado turbulento que les ha convertido en unos seres incluso más peligrosos que los asesinos que persiguen (algo que la serie maneja con cierta irregularidad, lo cual es una lástima), la forma de narrar por parte de los responsables es si cabe más compleja. En líneas generales, la serie maneja dos grandes tramas que, al igual que otras series similares, corren de forma paralela. Por un lado, los casos policiales; por otro, la investigación de la protagonista para reparar un error del pasado que la atormenta. Hasta aquí todo normal.

La novedad llega al analizar cada una de ellas. La investigación personal del rol de Sevigny, con sus luces y sus sombras transcurre por derroteros más o menos habituales. Es cierto que su obsesión genera algunas situaciones demasiado forzadas (caso del final del episodio 9), pero tienen su resolución es sólida. Empero, los asesinos en serie que debe perseguir son de todo menos habituales, no solo en sus formas de matar, todo un compendio de imaginación criminal, sino en su desarrollo. Los que matan utiliza entre dos y tres capítulos para cada uno de los asesinos que persigue la protagonista, utilizando algún caso episódico a modo de transición que permita, a su vez, centrar más la atención en la turbada personalidad de la policía y su colaborador. Más allá de que las reflexiones del personaje de D’Arcy surgen casi de la nada (algunas incluso antes de que se vea al asesino en acción), lo llamativo es que estos asesinos seriados generan violencia y rechazo en el espectador, pero no duran el tiempo suficiente como para que apoyen la identificación con los “buenos”.

Esto, en definitiva, lo que provoca es que el tono general de la serie tenga un cierto descontrol. Cuando el espectador empieza a comprender a los personajes en un contexto este cambia y se adapta a un nuevo criminal que, todo hay que decirlo, aporta su grano de arena a la investigación paralela. En total se dan cita unos cuatro asesinos a lo largo de la temporada, algo cuanto menos diferente en la estructura a la que el thriller policial nos tiene acostumbrados. No es algo negativo, ni mucho menos, pero sin duda es un elemento más que engrandece la imagen de que esta producción es un producto extraño al que solo los espectadores más curiosos y ávidos por historias frescas estarán dispuestos a investigar. La recompensa, dicho sea de paso, es bastante justa. A medida que la mente se acostumbra a esta estructura es capaz de disfrutar más de la complejidad de personajes y trama, llegando al clímax con ese final de temporada que deja el interrogante planteado a lo largo de los episodios en el aire de la mejor (y peor) forma posible.

El balance general de Los que matan debería ser positivo. Es una serie interesante, con personajes muy elaborados y unos asesinos en serie que ya querría tener Dexter Morgan en su mesa de operaciones. El tono bucólico, sobrio y algo deprimente de la serie aporta además un fatalismo ideal a cada decisión y cada acción. Pero todo ello solo podrá experimentarse si se asume un cierto caos en los primeros episodios. Un caos producido por un intento de sus responsables de mostrar un producto misterioso y enigmático que lo que provoca en realidad es cansancio y un cierto rechazo. A tenor de los resultados que ha tenido es de suponer que buena parte de sus espectadores abandonaron en favor de otras ficciones. Reitero que esto posiblemente se deba a los tiempos que corren y no a la propia serie, pero eso es algo que también hay que valorar. Superados los primeros compases, los amantes del thriller encontrarán una atractiva propuesta. Eso sí, que nadie se ponga cómodo. Los 10 episodios de su primera temporada son los únicos de la serie.

‘Amanece en Edimburgo’: un nuevo día musical e irregular


La vida de los protagonistas de 'Amanece en Edimburgo' se verá alterada por un secreto del pasado.Inspirarse en un musical de éxito es un arma de doble filo. Sobre todo si el éxito es duradero lejos de las luces y el espectáculo de Broadway. Hay ejemplos tanto a favor como en contra de estas adaptaciones; ejemplos que no dejan lugar para posibles interpretaciones contradictorias. El caso de la nueva película de Dexter Fletcher (Wild Bill) es uno de los pocos que se quedan en tierra de nadie, principalmente por un cúmulo de factores que dan como resultado una obra irregular, con ritmo intermitente y aportaciones visuales sin demasiado entusiasmo. Aunque lo más curioso de todo son las sensaciones que deja en el espectador.

Me imagino que cualquiera que se acerque a Amanece en Edimburgo lo hará sin la convicción de ver un intenso drama con giros argumentales a cada cual más trágico. Evidentemente, el carácter musical de la obra resta gravedad a los acontecimientos de la historia, pero con todo y con eso el film adolece de ciertos altibajos en su desarrollo que, además, son más o menos previsibles. Las rupturas de las parejas, los secretos del pasado o los conflictos de identidad quedan diluidos en una serie de giros argumentales sin demasiada fuerza. Y esto no se debe únicamente al formato musical, sino a un planteamiento que busca sobre todo hacer evolucionar a unos personajes poco propensos al cambio, lo que a la larga repercute en la historia.

A pesar de ello, el conjunto termina siendo amable y entretenido, entre otras cosas por la presencia de algunos actores (sobre todo Antonia Thomas y Peter Mullan) y por la planificación de numerosos fragmentos musicales que, todo hay que decirlo, sacan mucho partido de los escenarios en los que se desarrollan. Poco importa si las canciones del grupo The Proclaimers son conocidas o no por el espectador (la mayoría puede que sólo tengan en la cabeza la que cierra el film), pues muchas de ellas se erigen como importantes temas musicales gracias a las coreografías que los acompañan. Y si bien es cierto que en líneas generales mantienen un nivel notable, algunas canciones, sobre todo por la combinación de voces, quedan reducidas a la mínima expresión, lastrando el ritmo de un film cuyo argumento tiene poco ritmo ya de por si.

En cualquier caso, los amantes de este género encontrarán e Amanece en Edimburgo una propuesta interesante. Tal vez no esté a la altura de, por ejemplo, Mamma Mia! (2008), con la que pretende compararse incluso en sus frases promocionales, pero desde luego es una obra agradable de ver, que no emociona en exceso pero tampoco desagrada. Ese punto de equilibrio favorecerá o perjudicará en función de las expectativas con las que se acuda a ver la película. La mejor recomendación que se puede hacer es dejarse llevar por la música, las coreografías y las voces de algunos de sus protagonistas. Tratar de buscar algo más no solo es complicado, sino que puede generar una visión demasiado negativa de este musical.

Nota: 6/10

‘Malditos vecinos’: la irregular fiesta de la inmadurez


Zac Efron y Seth Rogen, enfrentados en 'Malditos vecinos', de Nicholas Stoller.La comedia norteamericana está evolucionando en una dirección cuanto menos curiosa. Si la llegada de Adam Sandler (El aguador) y compañía dio un inusitado protagonismo al gag escatológico, la presencia de Seth MacFarlane, creador de la serie Padre de familia, ha generado toda una hornada de nuevos cómicos que se definen, entre otras cosas, por alargar los chistes hasta que estos pierden la gracia. Guionistas como Andrew J. Cohen y Brendan O’Brien, autores del libreto del film que nos ocupa, parecen alumnos aventajados de esta doctrina, lo que unido a su inexperiencia en largometrajes les obliga a firmar un relato irregular pero divertido.

Lo cierto es que Malditos vecinos es una película que gustará más o menos en función de la gracia que hagan esos gaga interminables en los que los actores tratan de lucirse sin demasiado éxito. El problema de esta técnica, más allá de gustos personales, es que alarga la trama en demasía, restando ritmo al desarrollo y convirtiendo el film en una sucesión de paradas y acelerones que al final no terminan de encajar como deberían. Secuencias como la de la fiesta de Robert De Niro o la decisión acerca de cómo decir a los miembros de la Hermandad que bajen el volumen son claros ejemplos de que un chiste puede tener gracia una o dos veces, no cinco. Los autores del guión pagan de este modo el ser novatos en esto del largometraje, obligando al film (y por extensión al espectador) a asistir a momentos que terminan por resultar absurdos. Habrá quien encuentre la gracia en este sin sentido y habrá quien ni siquiera se ría.

Esto contrasta, y bastante, con los momentos más divertidos e irónicos de la película, muchos de ellos relacionados con ese conflicto que subyace en todo momento en torno a la madurez y la necesidad de quemar etapas de la vida. Gracias a unos actores notables los personajes, bastante planos por otro lado, adquieren cierta consistencia en momentos como el protagonizado por los airbags o las fiestas organizadas por los universitarios. Gracias a estas escenas el relato logra desprenderse un poco de esa sensación de estar ante algo que no hace más que repetirse, permitiendo al reparto lucirse física e interpretativamente. Lo que implica inevitablemente que se echen en falta más situaciones rocambolescas como estas, pues sin duda el desarrollo dramático habría sido mucho más dinámico.

No es la peor comedia de los últimos tiempos, está claro, pero Malditos vecinos podría haber dado más de sí. Tal vez con algo más de locura en unos personajes constreñidos por diálogos que no van a ninguna parte y con una profundización mayor en el dilema de la madurez el film habría tenido más personalidad. Posiblemente hubiera sido algo más maduro, es cierto, pero su evolución sería más natural y homogénea. Eso, o derivar directamente hacia las últimas consecuencias de esta lucha entre unos jóvenes padres que empiezan en la madurez y un universitario que trata por todos los medios de quedarse anclado en la despreocupación. El caso es que la película se queda en tierra de nadie, y eso es lo más peligroso que puede ocurrirle.

Nota: 5/10

Un botones sustenta las irregulares historias de ‘Four rooms’


Tim Roth es el protagonista de los cuatro fragmentos de 'Four rooms'.Los hoteles, ya sea a modo de excusa argumental o como verdaderos protagonistas de la trama, han estado muy presentes en el cine a lo largo de toda su historia. Puede que una de las películas más surrealistas realizadas en estos lugares sea Four rooms (1995), un irregular experimento en el que cuatro directores realizaron cada uno una especie de cortometraje o, mejor dicho, una historia ambientada en un extraño hotel durante Nochevieja. Cuatro historias, por tanto, unidas por la presencia de un botones que empieza a trabajar ese mismo día y que se verá envuelto en todo tipo de desventuras, desde un aquelarre hasta una peligrosa apuesta. Allison Anders (Mi vida loca), Alexandre Rockwell (En la sopa), Robert Rodriguez (Desperado) y Quentin Tarantino (Pulp Fiction) son los nombres propios tras esta idea.

Una idea que, como decimos, terminó siendo algo irregular. Como suele ocurrir con cualquier creación, el tiempo ha sido la que ha puesto en su sitio la obra, y sobre todo a sus realizadores. La película va de menos a más en todos los sentidos, desde el ritmo hasta el surrealismo, pasando incluso por el número de estrellas que participan en el film. Y no por casualidad los segmentos de historia dirigidos por los dos directores más conocidos de este cuarteto son los que más se recuerdan tras casi 20 años de existencia. Dejando a un lado el interés que puedan generar un aquelarre de brujas o un hombre apuntando a su mujer amordazada con un arma, lo que realmente impide que los dos primeros fragmentos estén al mismo nivel que los dos últimos es el estilo visual utilizado, mucho más comedido, más académico y con un ritmo mucho menor.

Tanto ‘El ingrediente que faltaba’ como ‘El hombre equivocado’, títulos de esas primeras aventuras del botones interpretado magistralmente por Tim Roth (Funny games), no logran aprovechar al máximo sus opciones narrativas, revelándose como relatos lineales dentro de un proyecto que, por su propia definición, posee un arco dramático quebrado. Son, por así decirlo, historias que preparan tanto al protagonista como al espectador para lo que está por venir, lo cual juega a favor de Rodriguez y Tarantino, pero en detrimento de Anders y Rockwell. Sí, cada uno posee un estilo único y muy definido, pero precisamente eso es lo que demuestra el talento de unos y la manufactura de otros. En cierto modo, lo que sostiene la primera mitad del metraje es el propio Roth, quien aprovecha esos instantes para sentar las bases de la psicosis de un personaje sobrepasado por las circunstancias que intenta, por encima de todo, sobrevivir sin volverse loco.

Como decía antes, es curioso comprobar cómo estas cuatro historias reflejan no solo las narrativas de cada director, sino también la capacidad de convocatoria y atractivo de cada una de ellas. En efecto, los primeros dos episodios de Four rooms cuentan con algunos nombres conocidos, mientras que los dos siguientes están protagonizados por estrellas de Hollywood. Y eso en un film dirigido por directores en sus inicios por aquel entonces. Claro que la película pudo contar con muchos de ellos porque tanto Rodriguez como Tarantino acababan de terminar dos de sus éxitos más importantes protagonizados, precisamente, por los mismos actores que participan en sus segmentos.

Violencia ‘in crescendo’

En cierto modo, esta película dividida en cuatro partes tiene, además, una división más general en dos fragmentos. Si el primero está marcado por un tono algo monótono, sin grandes sobresaltos y con una visión más bien artesanal, el segundo peca precisamente de los contrario, imprimiendo un ritmo enloquecido que aumenta de forma exponencial hasta derivar en una surrealista apuesta que representa, en cierto modo, la vía de escape de un hombre frente a la locura y la sin razón de un mundo plagado de mafiosos, brujas y psicópatas encubiertos. Me refiero al botones, por supuesto. Y si antes decía que tanto Anders como Rockwell imprimen sus estilos personales a sus historias, Rodriguez y Tarantino no se quedan atrás. Es más, al igual que pasó en ese otro experimento titulado Grindhouse (2007), ambos directores dan rienda suelta a sus instintos y a todos los conceptos que les definen.

Bajo el título ‘Los niños malos’ el director de Abierto hasta el amanecer (1996) compone un fresco de lo más salvaje visualmente hablando, a medio camino entre la locura y lo apocalíptico (esa imagen de Roth con una muerta en la cama, los niños a su lado y el fuego de fondo es inimitable) que, curiosamente, comienza de la forma más anodina. Es este el verdadero punto de inflexión del film, aquel en el que adquiere verdadera hilaridad y ácida ironía al tomarse a broma todo lo visto con anterioridad (y lo que se verá con posterioridad). Es aquí también donde el botones protagonista toca fondo, donde el personaje supera con creces todas sus limitaciones morales para encontrarse en medio de una locura sin sentido de la que solo quiere escapar. Me atrevería a decir que ocurre desde el momento en que el personaje de Antonio Banderas (La máscara del zorro), un mafioso, deja a sus hijos, verdaderos diablos, a cargo del botones, quien debe multiplicarse en sus dos funciones.

Evidentemente, el devenir de la historia convierte esas ganas de dejar su trabajo en verdadero instinto de supervivencia, no solo por la presencia de Banderas, una especie de parodia de otros personajes similares, sino porque el hotel se revela en ese momento como una especie de caja de Pandora en el que todos los males se hallan ocultos en los rincones más insospechados. Pero si Rodriguez deja su sello en este fragmento, el corto titulado ‘El hombre de Hollywood’ solo podría estar firmado por Tarantino (quien, por cierto, aprovecha para hacer su habitual cameo). No tanto por la violencia implícita y explícita de lo que en él ocurre, sino por la inteligencia de los diálogos y la determinación a la hora de resolver la secuencia, un ejemplo más de que sus personajes, si bien tienden a ser poco complejos, actúan siempre conforme a su naturaleza, incluso en sus últimas consecuencias. Por no hablar de su apuesta por el plano secuencia, una muestra más de su genialidad.

Four rooms queda en la memoria, por tanto, como un interesante experimento que, como suele ocurrir en estos casos, no logra toda la repercusión que podría obtener. Buena parte se debe al desequilibrio entre los directores, dos de ellos convertidos en referentes de un tipo de cine con el paso de los años y los otros dos reciclados en televisión o en cintas de poca difusión, pero no toda la responsabilidad es de ellos. El propio formato impide que el espectador se identifique completamente con la historia, asistiendo a las desgracias de un botones cuyo techo moral se va resquebrajando hasta desaparecer. Sí, su decadencia, mostrada con un tono irónico y ácido, genera comicidad y lástima a partes iguales, pero no logra conectar. Al final lo que se recuerdan son las historias, y entre ellas las de Rodriguez y Tarantino.

‘La bella y la bestia’: la belleza de un corazón vacío


Léa Seydoux y Vincent Cassel son 'La bella y la bestia' en la adaptación de Christophe Gans.Ocho años han pasado desde que Christophe Gans se pusiera tras las cámaras para dirigir Silent Hill (2006). 8 años de sequía cuyo fruto es la adaptación del famoso cuento sobre una dulce joven que se enamora de una bestia cuyo corazón noble es más poderoso que su aterrador aspecto. El resultado, más allá de comparaciones odiosas, es una bella fábula sobre el amor, los errores y la ambición de los hombres. Curiosamente, la cinta posee las dos caras que representan sus protagonistas: es muy bella en su aspecto pero algo tosca en su forma de comunicarse con el espectador.

El director demuestra, una vez más, que es capaz de componer visualmente historias complejas y cargadas de fantasía. Los decorados, a pesar del croma utilizado, resultan espectaculares, aunando de forma armónica luz y oscuridad, belleza y tragedia. Del mismo modo, el uso de los reflejos en el agua, los espejos, etc., para narrar a modo de flashbacks los acontecimientos que llevaron al príncipe a convertirse en una bestia es, en cierto modo, poético por lo que tiene de trágico, sobre todo teniendo en cuenta que la maldición que cae sobre el castillo y sus integrantes se produce por la ambición de un hombre para conseguir un trofeo prohibido.

Sin embargo, la película carece de la emoción que podría suponerse. Nada en ella resulta ridículo o insultante, pero no logra conectar con el espectador, y eso es fundamentalmente por un desarrollo pobre e inconexo del verdadero corazón del film: la relación entre sus protagonistas. Y no es algo que pueda achacarse a Vincent Cassel (Promesas del este) y a Léa Seydoux (Sister), ambos más que correctos en sus respectivos roles. No, el problema se encuentra, como casi siempre, en el propio texto, pues carece de las secuencias suficientes para hacer creíble el cambio que se produce en ambos personajes. Es presumible pensar que los constantes viajes al pasado en los sueños de Bella son el aliciente para el romance, pero nunca llega a traspasar esa frontera de los sueños para tener un efecto palpable en el resto de la historia. Esta ausencia de corazón, por decirlo de algún modo, desvirtúa el conjunto hasta hacerlo simplemente un producto que narra una historia ya conocida. Sin más.

Al final, ninguno de los muchos aciertos que tiene La bella y la bestia logra arrancar algo de dramatismo o de comicidad de la historia. Aquellos que conocen la historia encontrarán una nueva forma de narrarla, con conceptos interesantes como el recurso de los reflejos, las motivaciones de Bestia o ese final con grandes estatuas de piedra. Para los que se acerquen a esta historia por primera vez o esperando algo más saldrán decepcionados, pues aporta poco o nada. Es, simple y llanamente, una bella película con un contenido afeado por el irregular desarrollo de su arco dramático principal.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: