‘Perversidad’, o cómo la obsesión puede destrozar una vida


Apenas un año separa Perversidad (1945) de La mujer del cuadro (1944). Y eso es algo que se aprecia mucho en la narrativa utilizada por el director de ambas, Fritz Lang. Pero incluso con las similitudes (hasta el trío protagonista es la misma), este clásico de la etapa norteamericana del director austríaco posee una entidad única en el que la obsesión se convierte en el motor narrativo de una historia algo más compleja que la del título anterior en la filmografía de Lang.

Para aquellos que no conozcan la trama, que adapta la novela de Georges de La Fouchardière y André Mouëzy-Éon, el protagonista es un gris y aburrido contable de un banco que, en plena crisis de la mediana edad, conoce a una joven cuando la salva de una agresión en plena calle. Este fortuito encuentro le llevará a enamorarse de ella, cuyo novio, un vividor de tres al cuarto, la convence para seguirle el juego y sacarle todo el dinero posible. La obsesión de él por servirla en todo le llevará cometer diversos crímenes hasta terminar enloquecido.

Lang aprovecha una historia relativamente sencilla en su concepción para ahondar en muchos de los elementos expresionistas que desarrolló en Alemania, elevando y potenciando el cine negro norteamericano hasta un nivel pocas veces visto, alejado de gángsteres y enfocado principalmente en hombres normales y corrientes cuya vida monótona se ve alterada por un elemento caótico en forma de mujer. Más allá de las lecturas machistas que puede tener esta idea (estamos hablando de los años 40, así que cualquier lectura hecha con los ojos de hoy en día puede distorsionar el sentido original), lo realmente interesante de la trama es comprobar cómo el protagonista, un extraordinario Edward G. Robinson (Cayo Largo), se involucra progresivamente en una espiral obsesiva con una mujer cuyo único fin es servirse de quien cree que es un exitoso artista. Que la mentira sea la base de esta relación no es casual, ni en un lado ni en el otro, y es de hecho el origen de muchos enredos que terminan en un trágico final.

Pero antes de llegar a eso es importante reseñar cómo la historia establece los dos ambientes en los que se moverá la trama constantemente. Por un lado, el mundo respetable y, en cierto modo, aburrido y monótono del protagonista, atrapado en una vida que le es incluso extraña junto a una mujer que, literalmente, le resulta conveniente. Su única vía de escape para ese mundo es la pintura, que es precisamente la conexión con el universo en el que se mueve el personaje de Joan Bennett (La máscara de hierro), más sórdido, marcado por los chanchullos de un novio que la utiliza para su beneficio personal y poder enriquecerse sin importarle ni ella ni la situación que pueda generar. Resulta interesante comprobar cómo Perversidad se mueve en todo momento en un terreno de máximos. Frente a la inocencia del protagonista, la picardía del estafador; frente a la monotonía de una vida, el constante trasiego de la otra; frente al mundo respetable, los bajos fondos y los timos de medio pelo. La cinta funciona gracias a esos contrastes, y es algo que Fritz Lang potencia con una puesta en escena sobria en la que la luz y la oscuridad juegan un papel tan fundamental como el arte.

Arte y expresionismo

Y precisamente el arte es, en cierto modo, el motor narrativo de la historia. Perversidad juega en todo momento con la dualidad antes mencionada, con los peligros que supone para un hombre anodino introducirse en un mundo que no entiende, lleno de maldad y picardía. Pero el leit motiv de la historia es, en todo momento, el arte. Es el origen de la relación que entablan los protagonistas, la base de una mentira que contiene, sin embargo, una pizca de verdad que termina convirtiéndose en un éxito inesperado, de nuevo con el engaño y la mentira como telón de fondo. Y como no podía ser de otro modo, el arte es también el contexto en el que se desarrolla el final del protagonista, abocado a una locura inimaginable por los crímenes cometidos, la ausencia de castigo y la obsesión de las palabras de la mujer de la que se había enamorado.

Este es, por tanto, un gran ejemplo de cómo utilizar un concepto narrativo y que pase de ser algo secundario a una parte fundamental de la trama. Lo que se presenta inicialmente como una afición se torna en profesión, y lo que comienza siendo una mentira se vuelve verdad, al menos para una parte de la historia. Paralelamente al ascenso de este recurso dramático se produce el descenso a los infiernos del protagonista, lo que podría verse, incluso, como los sacrificios que debemos realizar para lograr nuestras verdaderas pasiones. En el caso que nos ocupa, ese sacrificio le cuesta al protagonista absolutamente todo. Y esto me lleva a una conclusión de la historia donde Lang aprovecha su maestría en el expresionismo alemán para dotar de oscuridad, locura y tragedia el final del personaje.

El director recurre a prácticamente todos los elementos de esta corriente cinematográfica para describir en imágenes el proceso mental de un hombre incapaz de aceptar y comprender lo que ha hecho, pero sobre todo incapaz de asumir que las circunstancias de los crímenes le exoneran. Los juegos de sombras, las voces en off que resuenan en la cabeza del protagonista, las cortinas, los ángulos que parecen desdibujar la habitación,… todo ello transforma esa escena final en algo completamente diferente a lo visto hasta ahora, como si de hecho estuviéramos asistiendo a la fractura de la mente de una persona. La posterior elipsis para presentar al rol de Robinson varios años después, y la situación en la que vive, no hace sino fortalecer esa narrativa expresionista, esa idea de que la locura se ha apoderado del hombre y que, aunque suavizada con los años, sigue dominando su vida, que por cierto es diametralmente opuesta a la que tenía en el primer plano del film. Hay muy pocos viajes del héroe tan radicales, extremos y contundentes como este.

Fritz Lang convierte Perversidad, por tanto, en un extraordinario viaje por la mente y la sociología humanas. El magnífico guion es un perfecto ejemplo de cómo la historia se construye sobre los conflictos en cada secuencia, tanto los que vive el protagonista con su objeto de deseo, como los que afronta a consecuencia del mismo. Es un viaje a un mundo que le arrastra hacia el lado más oscuro de su psique, algo que queda patente en esa imprescindible secuencia final. Pero la película es mucho más. Visualmente poderosa, las lecturas de su trama son tantas como se pueda pensar, pues todos los elementos no solo tienen un significado propio, sino que interactúan entre ellos para enriquecerse mutuamente, mutar en su significado y hacer crecer la historia. El arte y los cuadros que pinta el protagonista son el mejor ejemplo. Pero hay más. Desde los personajes secundarios hasta ese epílogo que muestra a un rol que lo ha perdido absolutamente todo mientras el fruto de su talento enriquece a otros, este thriller de cine negro merece ser disfrutado de principio a fin.

‘El hombre invisible’: ¿hay alguien ahí?


Aviso a navegantes. Esta historia basada en el personaje creado por H.G. Wells no tiene nada, pero nada que ver, con el contenido de ese clásico de la literatura fantástica. Bueno, tan solo que los objetos parecen moverse solos. El resto, incluido el título del film, es un relato propio que, todo hay que decirlo, contiene los alicientes suficientes para ser una obra de ciencia ficción y terror autónoma, sólida y por momentos brillante.

Porque tras El hombre invisible lo que encontramos es un relato bien construido, detallado y planteado para aumentar no solo la tensión del espectador, sino la locura y paranoia de una protagonista excelentemente interpretada por Elisabeth Moss (La gaviota). Gracias a las posibilidades que ofrece esa invisibilidad, la historia camina en todo momento entre dos aguas: la del terror, que se apodera del relato en los momentos de soledad de la protagonista, como si de una película de fantasmas se tratara, y la del suspense, que se desarrolla casi de forma paralela con unos secundarios a la altura que componen un contexto dramático sumamente atractivo, no tanto por las consecuencias que tiene la historia principal para cada uno de ellos como por las relaciones que establecen entre ellos y con la protagonista. Esos vínculos es lo que hace aún más dramáticos determinados pasajes del film, cuyo metraje de dos horas, a pesar de ciertos altibajos narrativos, se antoja muy ajustado a las necesidades de la obra.

Y esos altibajos es lo que hace que la película de Leigh Whannell (Upgrade) no sea un film extraordinario. El guión, a pesar de comenzar con una premisa más o menos original, cae en muchos momentos en un desarrollo previsible. Lo enrevesado de su resolución, palabra clave incluida, trata de compensar un tercer acto algo flojo, plagado de clichés previsibles y de una revelación que, en mayor o menor medida, se intuye desde mucho antes. En realidad, la historia se desinfla ligeramente desde el momento en que el suspense se deja a un lado y los personajes secundarios se convierten en carne de cañón para el villano de turno. El modo de plantearse esa recta final, entregándose a la acción y restando gravedad a todo lo ocurrido anteriormente (la presunta locura de la protagonista, su internamiento, los crímenes cometidos, etc.). Es cierto que el desenlace, aun teniendo demasiados giros argumentales, ofrece una visión de la heroína muy interesante recurriendo a las armas y tácticas de su enemigo, pero no logra compensar lo visto anteriormente, por no hablar de la sensación de reprobación que se aprecia en algunos secundarios.

En todo caso, El hombre invisible es un film sólido, resuelto con acierto por Whannell tanto en la parte interpretativa (la locura creciente de Moss es magnífica) como en la parte narrativa, sacando buen provecho de muchas de las secuencias en las que este hombre invisible hace acto de presencia. Una película que se disfruta, que ofrece interesantes lecturas más allá de la puramente cinematográfica, incluyendo una reflexión sobre la violencia de género, la obsesión y el acoso (y cómo el entorno puede no creer a la víctima). Su final se entrega a la acción pura y dura obviando algunos de los elementos previamente planteados, pero es algo que suele ocurrir en este tipo de historias. Quizá lo peor sean esa serie de giros argumentales finales para tratar de confundir al espectador y evitar así cierta previsibilidad. Pero en cualquier caso, es una interesante obra que da una nueva vuelta de tuerca al mito de la invisibilidad.

Nota: 7/10

‘Puñales por la espalda’: el agujero del donut


Las novelas de Agatha Christie han dado numerosas y magníficas películas de intriga y cierto toque de humor. Superarlas suele ser un ejercicio banal que no lleva a ningún sitio. Por eso muchos directores tratan de refrescar el género utilizando los mismos parámetros pero introduciendo ciertos componentes que acentúen el humor, la intriga o ciertos conflictos. Lo que no es tan habitual es conocer la identidad del asesino al comienzo de la historia y conocer, sobre todo, cómo se perpetró el crimen.

Eso es lo que propone Rian Johnson (Looper), y lo hace con una agilidad narrativa y una eficacia poco habituales en el cine. Porque a partir de ese momento, Puñales por la espalda cambia ligeramente su sentido para dejar de ser una producción al uso sobre un asesinato y descubrir la identidad del criminal, y pasar a convertirse en un juego del ratón y el gato entre un investigador, el culpable de la muerte, y un caso mucho más complejo de lo que cabría esperar inicialmente. Bajo esta premisa, la trama sabe crecer y ofrecer al espectador un espectáculo fascinante e interesante, con unos personajes complejos en su definición y magníficamente interpretados por un reparto de lujo. Y lo hace sobre una narrativa que se construye en base a flashbacks que, como piezas de un puzzle, ofrecen una fotografía de lo que ocurrió… o mejor dicho, de lo que ocurrió pero no se vio. Y este es uno de los grandes aciertos del film.

La película, como todas las historias de este tipo, se construye sobre los recuerdos de cada personaje sobre los momentos previos a la muerte. Pero son recuerdos distorsionados, manipulados por los auténticos acontecimientos. Y una vez conocidos, el resto de la historia se centra en aquello que no aparece inicialmente en la trama, y que se revela como una línea argumental alternativa que, si el espectador está atento, puede desvelarse, o al menos intuirse, por una única frase. Lo cierto es que la resolución final, cargada de giros dramáticos, explica gráficamente las motivaciones, acontecimientos y decisiones que llevaron al crimen que se investiga, pero es el camino lo verdaderamente gratificante. A todo ello habría que sumar, en menor medida, la crítica social que contiene la historia, con una familia rica y clasista, una enfermera inmigrante y un servicio invisible a los ojos de la clase alta. En este sentido, la imagen final de la película es totalmente gráfica.

De este modo, Puñales por la espalda se revela como un thriller con tintes de comedia fresco y original, con un mensaje que va más allá de la mera intriga criminal y que, sobre todo, transgrede lo suficiente las normas del género para distanciarse de otras producciones y tener un alma propia. Tiene algunos problemas, como el hecho de que algunos secundarios no están lo suficientemente desarrollados, pero son problemas menores que quedan reducidos ante la magnitud que adquiere la trama, cuya resolución, por cierto, es la guinda a todo un proceso de investigación digno de la reina del misterio.

Nota: 8/10

Temporada 8 de ‘Juego de Tronos’, un gran final para los Siete Reinos


Ya está. Lo que hace ocho años comenzó como la adaptación de una serie de novelas de corte fantástico medieval ha llegado a su fin como el fenómeno televisivo de las últimas décadas. Un fenómeno que ha trascendido su propia dimensión de puro entretenimiento seriéfilo para convertirse en un estudio de estrategias políticas y una confrontación de pasiones encontradas. Y si bien es cierto que esto da buena muestra del grado de relevancia que ha adquirido Juego de tronos, también ha jugado en contra de la octava y última temporada creada por David Benioff (Troya) y D.B. Weiss, ya conocidos como D&D. Personalmente, creo que con sus errores y sus prisas por terminar, que los tiene, estos seis episodios finales son la conclusión sobresaliente a una historia desarrollada en casi una década.

Y sí, digo sobresaliente porque en realidad estos capítulos vienen a ser lo que el tercer acto es a una película, es decir, la conclusión a todas las tramas abiertas a lo largo de los años. Sobre todo las principales. Esto ha provocado que el desarrollo dramático se haya centrado fundamentalmente en los conflictos bélicos largamente esperados, ambos con consecuencias catastróficas tanto visual como sociológicamente. En este aspecto, sus creadores aprovechan las oportunidades que ofrecen las propias características de la serie para componer una huída hacia adelante, un constante recorrido a marchas forzadas para solventar algunos de los conflictos planteados, madurados e incluso enquistados a lo largo de estas temporadas. Habrá quien piense que todo ha sido muy rápido, que solo ha interesado lo visual por encima de la intriga política. No falta razón, pero es que si hubiera sido de otra manera no estaríamos ante el final, sino ante una transición a otra historia diferente.

Las dos principales batallas de esta temporada, desarrolladas no por casualidad en las dos grandes ciudades de Juego de tronos, son un ejemplo de pulso narrativo. La primera, en Invernalia, juega de forma magistral con la iluminación, con el terror de la noche y las características de los muertos. Los movimientos de cámara permiten en todo momento conocer la ubicación de todos los personajes allí citados aunque la historia solo se centra en los principales. Y me explico. El episodio está estructurado de tal manera que la trama solo necesita seguir a los protagonistas para poder narrar cada detalle de la batalla. Y esto, teniendo en cuenta la complejidad de la narrativa, es algo que todo realizador debería estudiar si tiene que enfrentarse a algo similar. La segunda, en Desembarco del Rey, es más bien un derroche de tensión dramática, con ese tañer de campanas que debería marcar un final y, sin embargo, marca un inicio. Y aunque este episodio tiene algunos de los momentos más irregulares de la serie, no deja de evidenciar la fuerza narrativa de una serie construida a fuego lento… nunca mejor dicho.

No cabe duda de que estos seis episodios (algunos de ellos de una duración similar a una película) se han planteado única y exclusivamente para cerrar tramas. Algunas de ellas quedan ligeramente abiertas en el último episodio. Otras se cierran de forma coherente y otras, sencillamente, se antojan algo apresuradas en su resolución. Todas ellas, con sus altibajos, forman sin embargo un mosaico narrativo y visual espléndido, con una serie de discursos y argumentaciones finales que demuestran, por un lado, el peso dramático del rol de Peter Dinklage (Vengadores: Infinity War), diluido un poco entre tanta guerra, y por otro, que la serie ha sido y siempre será un estudio político de los intereses y luchas de poder entre facciones, se llamen familias o con cualquier otro nombre que se les quiera dar. Es cierto que esta última temporada peca en exceso de una cierta aceleración de acontecimientos, sobre todo tras la batalla de Invernalia, y eso es posiblemente lo más censurable del conjunto, pero en todo caso la evolución de los personajes encuentra su encaje en su desarrollo de temporadas pasadas.

Dictadores y demócratas

De hecho, la serie recupera de nuevo esa idea de tiranos dictadores y nobles demócratas que tan bien ha funcionado en el pasado. Para muchos el problema radicará en las figuras que representan cada uno de los bandos. Estoy hablando del rol de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), que ha pasado de ser libertadora a convertirse poco menos que en una versión femenina de Hitler. Sus discursos e ideas en el episodio final de esta temporada de Juego de tronos confirman un viraje moral que podría considerarse inconsistente, pero que analizado fríamente tiene una más que clara justificación. Para empezar, durante toda la serie se ha hablado en varias ocasiones del legado familiar de locura y megalomanía; y aunque siempre ha atacado a tiranos y esclavistas, lo cierto es que todo aquel que se ha opuesto a sus designios ha tenido un final poco benévolo. Es cierto que en estos seis episodios su evolución parece precipitarse con demasiada urgencia, pero eso no es óbice para que la base sobre la que se sustenta exista realmente y se haya fraguado durante las siete temporadas previas.

Hay que señalar, en este sentido, la estética dictatorial de esos planos del último episodio, con grandes banderas ondeando sobre ruinas, ejércitos uniformados y discursos más propios de la época más oscura de Europa. Las palabras del personaje de Dinklage despejan las posibles dudas que pudiera haber. Como decía antes, este episodio ocho viene a confirmar que la serie nunca ha abandonado ese cariz puramente político y estratégico, por mucho que haya tenido descansos dramáticos favoreciendo la acción pura y dura. Las tensiones entre los personajes de Clarke y Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) son el mejor ejemplo de ello. Con todo, la serie deja decisiones dramáticas cuestionables. Dado que es necesario acentuar el carácter conquistador de la Madre de Dragones, Benioff y Weiss convierten el rol de Lena Headey (300) en una mujer vulnerable, alejada por completo de la tirana y déspota reina que fue antaño. Algo con poca justificación, ya que la masacre de hombres, mujeres y niños indefensos ya es de por sí suficiente argumento para convertir a una salvadora en una tirana. Su muerte es, posiblemente, el momento más innecesariamente melodramático de toda la serie, amén de no corresponder con la evolución del personaje durante toda la serie.

Ahora bien, la resolución de todas las tramas y del futuro de cada uno de los personajes supervivientes es sencillamente brillante. La argumentación con la que se corona al nuevo rey viene a confirmar un cambio mínimo para que todo siga igual. Dejando a un lado la cuestionable presencia de algunos personajes en esa especie de concilio final en torno al rey (¿de verdad era necesario recuperar personajes que no aparecían desde hacía varias temporadas?), cada uno de los protagonistas termina donde tiene que terminar, el lugar al que pertenece en cuerpo y, sobre todo, alma. Una nueva generación de personajes, cada uno retomando papeles interpretados por veteranos en las anteriores temporadas, que viene a introducir sangre nueva en una historia que perfectamente podría continuar con intrigas políticas, recelos, ambiciones y luchas de poder. Un final continuista para una trama marcada por la destrucción de una guerra que ha dejado muchos, muchísimos cadáveres por el camino. Un final que comienza con la reconstrucción de un mundo arrasado por el hielo y el fuego.

Juego de tronos termina como debería terminar. Al menos la serie de televisión. Habrá que ver si tiene algo en común con las novelas que deba publicar George R. R. Martin. Pero como producto audiovisual esta octava temporada ha demostrado que la pequeña pantalla es capaz de ofrecer tensión dramática, un lenguaje visual complejo y bello, una evolución compleja de sus personajes y un final que, casi con toda probabilidad, no dejará indiferente a nadie. Como dice el personaje de Dinklage (en uno de sus muchos y brillantes momentos del último episodio), nada une más que una buena historia. Una historia no puede ser derrotada, y si crece lo suficiente puede llegar a ser incontrolable. Algo de todo eso tiene esta última tanda de episodios. Y dado su éxito, es evidente que no gustará a todo el mundo, que cada uno de los espectadores tendrá su versión de lo ocurrido. Eso es lo más atractivo de la serie. Personalmente, y con las irregularidades evidentes que tiene esta etapa, creo que estamos ante una conclusión más que digna de una trama tan compleja como esta. Pero ante todo hemos llegado al final de una era. Nada volverá a ser lo mismo después de esta guerra de Poniente. La televisión ha cambiado, abriendo la puerta a nuevas y complejas producciones. Solo el tiempo dirá si ha sido para bien o para mal. Y de nuevo, como dice Tyrion Lannister, preguntadme dentro de diez años.

‘Malos tiempos en El Royale’: Una última noche en la frontera


Drew Goddard, autor de guiones de algunas de las series más importantes de unos años para acá y director de La cabaña en el bosque (2012), posiblemente solo necesite una historia contundente y dramática para hacerse un nombre. Pero lo que está fuera de toda duda es de que estamos ante uno de los jóvenes autores con más talento de las nuevas generaciones de directores y guionistas. Su última película es un ejemplo en todos los sentidos, aunque todavía evidencia una necesidad de afinar algunos aspectos.

Porque si algo tiene Malos tiempos en El Royale es originalidad. Originalidad en su guión, en el tratamiento del mismo y en su puesta en escena. Con evidentes influencias al cine de Tarantino, el director compone una obra que, como si de una cebolla se tratara, se desprende capa a capa de su planteamiento inicial para desvelar los secretos de unos personajes a cada cual más complejo. Es cierto que en este proceso se deja algunas cosas de cierta relevancia por el camino, pero eso no impide que la cinta se comprenda y se disfrute. El hecho de que la historia se construya sobre los secretos del pasado de cada personaje y los propios secretos del hotel permite al film crecer dramáticamente hasta alcanzar un clímax un tanto atípico en el que la frontera entre héroes y villanos se diluye para ofrecer una pequeña muestra de la sociedad en la que cada uno lucha contra sus propios demonios y persigue sus propios intereses.

Visualmente hablando, estamos ante un film tan clásico como original, que a través de esa frontera entre California y Nevada construye toda una imaginería pocas veces vista. Los contrastes entre los diferentes escenarios, desde ese aparcamiento en el que la lluvia no para de caer hasta el pasillo en el que se espía a los huéspedes, pasando por la recepción o las propias habitaciones, ayudan a crear un ambiente malsano en toda la ficción, que de nuevo recuerda a Tarantino por su uso cromático de los diferentes ambientes y el contraste no solo entre ellos, sino con los propios personajes, todos ellos sumamente atractivos y todos ellos interpretados notablemente por los actores.

Entre sus puntos más débiles quedan algunas motivaciones poco explicadas y cierta falta de ambición en algunas secuencias, no solo en la narración utilizada sino en el propio guión. Pero en todo caso, Malos tiempos en El Royale es una obra notable, entretenida, con personajes apasionantes y una puesta en escena impecable. Habrá quienes la tachen de copia a obras como Pulp Fiction (1994) o Four Rooms (1995), pero nada más lejos de la realidad. Puede que la estética evoque en determinados momentos a la obra y el estilo de Tarantino, pero Goddard tiene personalidad propia, y su segunda película como director nos sitúa ante un autor a tener en cuenta.

Nota:7,5/10

‘Misión: Imposible. Fallout’: más imposible que nunca


Creo que nadie auguraba en 1996 que la adaptación de Brian de Palma (Misión a Marte) de la famosa serie de televisión Misión: Imposible daría, más de 20 años después, hasta cinco continuaciones y millones de euros en ingresos para una franquicia que, a diferencia de muchas otras, ha sabido reinventarse cuando ha sido necesario pero siempre manteniéndose fiel a un estilo y unos elementos básicos. Esta sexta entrega es la última evidencia de lo bueno y lo malo de esta saga.

La cinta dirigida por Christopher McQuarrie, director de la anterior entrega, continúa en cierto modo los acontecimientos de esta con un estilo áspero en su narrativa y espectacular en su puesta en escena. Con secuencias de acción brillantemente ejecutadas (la pelea en el baño deja sin palabras), la trama vuelve a recurrir al engaño y la intriga para construir toda una persecución en la que, por momentos, no se sabe si los protagonistas son perseguidores o perseguidos. El hecho de que se recupere un villano como el interpretado por Sean Harris (Un lugar solitario para morir) ya da una idea del tono sombrío de la historia, de nuevo con agentes infiltrados y traiciones a las más altas instancias de la inteligencia mundial.

En este sentido, esta nueva ‘Misión: Imposible’ hace honor a su nombre, estructurando milimétricamente la trama para dosificar los giros argumentales en un exitoso intento por hacer que el ritmo no decaiga. Sin embargo, un elemento falla, y es la presunta sorpresa por conocer la identidad del villano que acompaña a Harris en esta historia. Si uno es un poco atento a los planos utilizados por el director, la identidad queda revelada casi al final del primer acto, lo que deja alrededor de dos horas de metraje en las que las presuntas sorpresas quedan completamente anuladas. De ahí que la apuesta por la acción sea tan importante, pues sin ella posiblemente la cinta se desinflaría a marchas forzadas. Acción, por cierto, que se descontrolada en su tramo final, persecución aérea y combate posterior incluidos. Todo un alarde de lo peor que puede ofrecer la saga, algo que se vio en la segunda entrega.

Con todo esto en cuenta, Misión: Imposible. Fallout se convierte en el espectáculo que cabría esperar. Una producción marcada por la acción bien ejecutada, por una trama sólida que retoma una historia precedente y que, salvo ciertos inconvenientes en su manejo de los secretos y de la intriga. En cierto modo, esta nueva aventura contiene lo mejor y lo peor de la saga. Lo mejor, sin duda, los juegos de identidades, los engaños y los constantes giros argumentales en los que nada es lo que parece, e incluso lo que realmente es muchas veces puede reinterpretarse. Lo peor es esa tendencia a la acción sin sentido, a la espectacularidad que haga gala del título en su sentido más extremo, cuando algo más sencillo tiene el mismo o mejor efecto. Pero desde luego, para pasar un buen rato disfrutando de los escenarios, la intriga y la acción, esta es la elección perfecta.

Nota: 7,5/10

2ª T. de ‘Riverdale’, o el viaje al lado oscuro de los personajes


El cine es conflicto. Pero dentro de ese conflicto pueden existir muchos matices. Puede ser un conflicto arquetípico, héroes contra villanos sin claroscuros. Puede ser un conflicto interno entre dos opciones contrapuestas. O puede ser una mezcla de ambas, con todas las variaciones que puedan imaginarse. Y en cierto modo, eso es lo que propone la segunda temporada de Riverdale, la serie basada en los cómics de Archie que, lejos de seguir la estela del papel, ha optado por crear personajes y tramas algo más oscuros, con muchas caras ocultas. Lo que cabe preguntarse es si estos 22 episodios abordan correctamente esos contrapuntos, y es ahí donde encontramos ciertos desequilibrios.

Esta segunda etapa de la ficción creada por Roberto Aguirre-Sacasa (serie Glee) se revela como una trama mucho más oscura en todos sus aspectos, tanto narrativos como visuales. Con un asesino en serie como leit motiv principal, el arco dramático general se construye como un árbol a partir de sus historias secundarias, desde algunas más inocuas como la protagonizada por Cheryl Blossom (Madelaine Petsch, vista en F*&% the Prom) hasta otras más complejas como la de la heroína interpretada por Lili Reinhart (Alguien está vigilándote). Todo ello, manejado magistralmente por sus creadores, genera un desarrollo orgánico, capaz de apoyarse en una u otra trama según las necesidades y alimentándose de todas ellas para crear un final álgido y, aunque previsible para muchos, no por ello menos interesante.

Entonces, ¿dónde están los desequilibrios? Fundamentalmente en la evolución de los personajes, sobre todo del héroe de esta historia, al que da vida K.J. Apa (Altar Rock). Soy consciente de que su viaje al lado oscuro era más que necesario para poder dar a la serie un tono alejado de la clásica serie adolescente, pero el proceso vivido en esta segunda temporada de Riverdale genera más dudas que certezas. Bajo la teoría de que es un joven inocente que desconoce los entresijos y tejemanejes de los adultos, este ejemplo de hijo, amigo y novio que es Archie Andrews se deja manejar por los villanos de turno motivado, a su vez, por un deseo de justicia y venganza. Y aunque en alguna que otra ocasión la trama trata de jugar con la idea de que el manipulado pueda llegar a ser el manipulador, la realidad es que el personaje llega a unos extremos no solo poco coherentes con su propia naturaleza, sino del todo ilógicos para cualquier persona con cierto sentido común.

Por suerte o por desgracia, esta debilidad queda más o menos disimulada en el desarrollo con la fuerza dramática del resto de tramas secundarias. “Por suerte” porque la temporada, en líneas generales, logra salir airosa de la prueba, adquiriendo un tono más oscuro, más dramático. “Por desgracia” porque, en teoría, el mayor peso debería haberlo llevado el conflicto interno del protagonista, que debería haber luchado entre sus ansias de venganza y justicia y su educación, y no ha sido así. Sea como fuere, el resultado final es el que se busca: un perfil más trágico de la historia, desvelando no solo secretos del pasado (seña de identidad de estas dos temporadas) sino el lado más “peligroso” de unos personajes aparentemente planos dramáticamente hablando.

Un universo mayor

La segunda temporada de Riverdale también ha dejado constancia de que una serie, si quiere sobrevivir, necesita crecer, expandirse. Evidentemente, el apartado dramático de los protagonistas es esencial, pero es igualmente importante cuidar el contexto, el mundo en el que se mueven. Y en esto los 22 capítulos que componen esta etapa también aciertan al desarrollar muchos de los elementos planteados en la primera temporada y dotarlos de una vida propia. El caso más evidente es el del villano interpretado por Mark Consuelos (Todo lo que teníamos), personaje planteado en la anterior etapa y que ahora, como padre de Verónica Lodge y antagonista principal, ha adquirido una mayor y más interesante dimensión.

Aunque sin duda el más importante por cómo afecta al desarrollo de la trama es la presencia de los Serpientes. Planteados inicialmente como un grupo de moteros al más puro estilo Hijos de la Anarquía, esta segunda temporada se centra más en la versión adolescente de los mismos, en esa especie de familia formada en el instituto entre todos los pertenecientes a la banda. El modo en que se trata la evolución del rol de Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) para convertirse en líder del grupo es sencillamente ejemplar, contrastando notablemente con el tratamiento del rol de Apa. Durante la primera temporada Jughead ya fue uno de los personajes más interesantes del relato, puede que el más interesante, pero en esta continuación simplemente se convierte en el verdadero protagonista. Su historia, su forma de afrontar los retos y el carácter dramático de un joven que une dos mundos muy diferentes (periodismo y literatura con violencia y delitos) le destinan a convertirse en el motor de buena parte de la serie.

El final de esta etapa, al igual que ocurrió con la primera temporada, deja cerradas todas las líneas argumentales abiertas y plantea una nueva trama principal de cara a la tercera parte. Sin embargo, y a diferencia de lo ocurrido antes, en esta ocasión ninguno de los personajes se encuentra en el mismo punto en el que empezó, ni física ni dramáticamente hablando. Esto provoca que estos episodios sean, por necesidad, sumamente importantes para la serie, un punto de inflexión que, más allá del tratamiento o de los fallos que puedan existir, marca un antes y un después para todos los personajes psicológicamente hablando.

El modo en que esto se aborde queda ya en manos de la tercera temporada. De lo que no cabe duda es de que esta segunda etapa de Riverdale es, en líneas generales, más y mejor de lo que ofreció la temporada inicial. Más porque introduce nuevos personajes llamados a ser parte importante de la trama; mejor porque ofrece más intriga y explora las partes menos conocidas de unos personajes aparentemente arquetípicos que, poco a poco, van descubriendo que tienen más caras de las que podría pensarse en un primer momento. Es cierto que el tratamiento no ha sido igual para todos, que existen altibajos dramáticos y que algunas evoluciones dramáticas no son demasiado sólidas, pero el conjunto es capaz de sobreponerse a los errores siempre y cuando no se sigan arrastrando temporada tras temporada. Pero en líneas generales, esta serie adolescente confirma que todavía se pueden reinterpretar los géneros, en este caso la ficción adolescente.

‘Homeland’ cambia de enemigo y une familia y espionaje en la 7ª T.


El final de la sexta temporada de Homeland supuso toda una revolución en muchos aspectos. La serie sentaba unas bases cuanto menos interesantes para su desarrollo futuro. Y una vez vista y disfrutada la séptima etapa, solo cabe rendirse ante lo evidente: esta ficción creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant) es una de las más completas, complejas y enriquecedoras que existen en la actualidad. Y lo es porque aprovecha los acontecimientos reales para crear todo un mundo ficticio paralelo, dotándolo así de un realismo inusualmente alto, algo imprescindible en este tipo de tramas.

Al igual que ya ocurriera al final de la anterior etapa, el argumento transcurre en Estados Unidos. Pero a diferencia de lo visto hasta ahora, el islamismo ha dejado paso a la amenaza rusa, al delicado equilibrio entre dos potencias mundiales históricamente enfrentadas. Casualidad o no (más bien lo segundo), la injerencia rusa ha sido una de las constantes en los primeros meses de Donald Trump en la Casa Blanca, del mismo modo que ocurre en la serie. Claro que en estos 12 capítulos  la trama va más allá. Mucho más allá si se analizan la sucesión de acontecimientos que han nutrido el arco dramático de la temporada. Porque, en efecto, son muchos los matices dignos de analizar en esta etapa, al igual que ocurre en la serie en general.

Si bien es cierto que todo vuelve a girar en torno a Carrie Mathison (Claire Danes –El caso Wells-, de nuevo inmensa en el papel), como no podría ser de otro modo, Homeland es capaz de encontrar tramas secundarias lo suficientemente importantes como para ampliar su campo narrativo, elevando el grado de complejidad de la historia y terminando con un gancho que, posiblemente, sea el mejor de toda la serie. Pero sobre eso hablaremos luego. Uno de los aspectos más interesantes de la historia es, precisamente, el peso que han ganado muchos secundarios. No hace falta mencionar que el rol al que da vida Mandy Patinkin (Wonder) es imprescindible ya en esta historia, pero a él se han sumado otros de presencia intermitente en esta historia.

Me refiero fundamentalmente a la familia de Mathison. En anteriores temporadas el tratamiento de su relación con su hija, sobre todo en los primeros años, y con su familia más directa ha sido cuanto menos cuestionable. Ya fuera por falta de espacio o por entenderse como una carga dramática innecesaria, lo cierto es que los roles de la hermana y de la hija han sido utilizados más como una muleta en la que apoyarse en diferentes momentos de la narración que como un trasfondo dramático. En esta séptima etapa, sin embargo, adquieren un peso notable, convirtiéndose en motor dramático para el desarrollo de la protagonista, interfiriendo de forma activa en el aspecto que, hasta ahora, siempre había sido el epicentro de la historia: el trabajo de una mujer para defender Estados Unidos. La unión de ambos mundos, muy diferenciados hasta ahora, transforma la historia para dotarla de una mayor profundidad dramática y, por tanto, una mayor y enriquecedora complejidad. Complejidad, por cierto, que se traduce en una espléndida deriva emocional de la protagonista, incapaz de manejar todos los aspectos de su vida a la vez.

Árabes por rusos

Aunque sin duda el cambio más interesante está en el enemigo al que debe enfrentarse la protagonista. La pasada temporada trasladó la amenaza al interior de Estados Unidos, y en esta se rompe, al igual que se hizo en la tercera etapa, con lo visto hasta ahora para plantear un nuevo enemigo, como decía al principio tomando como punto de partida la situación actual de las relaciones políticas internacionales. Bajo este prisma, la trama aborda, en primer lugar una amenaza interna marcada por teorías de la conspiración, y en segundo lugar una amenaza externa con influencias de la Guerra Fría.

Respecto a la primera, heredera directa del final de la sexta temporada, los creadores de Homeland aprovechan igualmente la realidad. O mejor dicho, las emociones actuales. La serie localiza buena parte de los sentimientos de rechazo que genera Trump para articular toda una lucha clandestina contra la presidenta a la que da vida Elizabeth Marvel (serie House of cards), primero a través de un comunicador de masas y luego a través de los propios movimientos políticos en el Congreso. Dos líneas aparentemente independientes que, sin embargo, tienen mucho en común y, lo que es más relevante, ofrecen un reflejo de la sociedad americana, al menos de una parte de ella. El tiroteo en una finca particular y las consecuencias del mismo es posiblemente uno de los momentos más dramáticos vistos en esta serie, y ha habido muchos. Pero a diferencia de otros, este se podría haber evitado, lo que aporta si cabe un mayor impacto emocional.

Ambos elementos de esta amenaza interna están unidos por algo mucho mayor, que es la amenaza externa. El cambio de enemigo a Rusia genera también un cambio en el desarrollo dramático muy particular. A diferencia de temporadas anteriores, donde el enemigo se escondía y era necesario encontrarle, en estos 12 episodios el enemigo juega las mismas cartas que la protagonista, lo que eleva la dificultad del juego y, por lo tanto, el interés. El mejor momento que define esta idea es la conversación entre los roles de Danes y Patinkin, donde la primera comprende el alcance de la conspiración rusa y el segundo se pone tras una pista que hasta ese momento solo era una teoría. Punto de inflexión de manual, dicha conversación modifica en apenas unos minutos todo el planteamiento narrativo precedente y posterior, en un ejercicio dramático sencillamente brillante en todos sus aspectos.

Pero si Homeland deja algo grabado a fuego en la memoria es su gancho de final de temporada. Esos meses con la protagonista prisionera, esa mirada perdida al ser rescatada y la certeza de que su mente tardará en recuperarse, si es que alguna vez lo logra, son ingredientes suficientes para que una futura temporada desarrolle una trama sumamente interesante, potenciando los aspectos personales y profesionales del personaje y dotando de un mayor protagonismo a secundarios menos importantes en todos estos años. Pero eso es el futuro. Por lo pronto, la séptima etapa no solo confirma que la serie es de lo mejor en intriga y espionaje que se hace hoy en día, sino que sabe adaptarse y reinventarse a cada paso, aprovechando los acontecimientos de la actualidad política para crear toda una conspiración que evoluciona constantemente.

‘American Horror Story’ es grande de nuevo con ‘Cult’


Es difícil poder comparar las temporadas de American Horror Story. Bueno, en realidad es difícil hacerlo con cualquier serie antológica. El hecho de que cada temporada tenga su historia propia e independiente (a pesar de los detalles que tratan de relacionar de algún modo los universos de cada etapa) hace más compleja la tarea de analizar en un contexto general el tratamiento y el desarrollo de las tramas. Pero teniendo esto en cuenta, la séptima temporada, titulada Cult, posiblemente sea la más compleja de todas, con una historia cuyo tratamiento puede resultar algo inconexo en algunos momentos pero que, no cabe duda, posee un amplio abanico de matices y connotaciones que van más allá de la propia trama.

Partiendo de la elección de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, los creadores Brad Falchuk y Ryan Murphy, autores de Glee, crean todo un universo en el que los remordimientos, la culpa, el odio, los intereses personales y el rencor se adueñan del relato de forma progresiva para exponer el proceso de creación de una secta personalista. En estos 11 episodios la trama muestra, de este modo, los motivos por los que los diferentes protagonistas deciden sumarse a la causa del rol interpretado espléndidamente por Evan Peters (El efecto Lázaro), así como el modo en que se desarrolla este culto a un personaje capaz de embaucar a los que están a su alrededor. Posiblemente esto sea lo más terrorífico de unos capítulos que huyen del terror de temporadas anteriores y apuesta más por el thriller, pues las connotaciones y el paralelismo con lo ocurrido durante las elecciones norteamericanas es más que notable. No en vano, el último episodio lleva por título ‘Great Again’ (grande de nuevo), el mensaje de campaña de Trump.

En cierto modo, American Horror Story: Cult es un reflejo de la sociedad norteamericana actual y, sobre todo, de la radicalización de una sociedad que parece haberse dividido entre los defensores de Trump y sus detractores. Y no hay término medio, como también ocurre en la serie. Desde el primer episodio, y a través de la transformación de los personajes que se narra con saltos temporales, la trama aborda ese proceso de radicalización partiendo de la base, precisamente, del miedo o del apoyo a lo que Trump representa, evidentemente llevado hasta el extremo. Este aspecto conecta la historia con el mundo real de un modo como nunca antes se había logrado, pero también logra mucho más.

Y es que este punto de partida es también la excusa para abordar algunas de las sectas y los cultos más violentos de Estados Unidos, incluyendo el de Charles Manson. A lo largo de varios episodios la serie aprovecha no solo para narrar cómo evoluciona el plan del personaje de Peters para llegar a la Casa Blanca desde un humilde ayuntamiento, sino el paralelismo y las diferencias entre todos estos cultos a la persona liderados siempre por una persona carismática capaz de ver las debilidades de sus seguidores para poder aprovecharse de lo que puedan aportar a su plan. Resulta sumamente interesante, en este sentido, poder comprobar cómo mezcla violencia y política, sobre todo porque invita a imaginar y fantasear con las motivaciones ocultas de algunas de las decisiones que toman los dirigentes reales.

Demasiados personajes para la narrativa

Con todo, y aunque el argumento traspasa muchas veces la frontera entre realidad y ficción, la narrativa de esta American Horror Story: Cult tiende a ser inconexa, muchas veces algo caótica. Y el problema radica en la enorme cantidad de personajes que habitan este mundo de política, violencia y manipulación. Muchos personajes que, además, tienen un peso específico en la trama más que notable. El hecho de que los principales protagonistas tengan una relación bastante estrecha obliga a los creadores, al menos, a explicar parte de su pasado, y por extensión de sus motivaciones. Y a su vez, esto impone la necesidad de dedicar minutos de historia a ellos.

El resultado de todo ello es que estos 11 capítulos no solo deben dar constantes saltos en el tiempo narrativo, algo habitual en esta serie, sino que en numerosas ocasiones narra acontecimientos sin un claro nexo de unión con lo expuesto anteriormente. Es evidente la confusión que puede generar esto (algo que tampoco sienta mal al resultado final, por cierto), y aunque en último término todo tenga un sentido y una explicación, la falta de una relación clara tanto temporal como espacial de algunas secuencias puede hacer que el espectador pierda el hilo de la narrativa, e incluso el interés. Con todo, este es un problema que se resuelve solo a medida que la trama avanza. Superados los primeros episodios de la temporada, la trama se revela como un complejo puzzle de objetivos y motivaciones personales en el que se hace grande Sarah Paulson (Los archivos del Pentágono), que hace suyo un personaje que pasa de la debilidad a la fortaleza más absoluta y al que dota de una entidad extraordinaria, potenciando tanto la fragilidad inicial como la maquiavélica venganza final, acentuada incluso más por una conclusión sumamente interesante.

No es, por supuesto, el único ‘pero’ que se le puede poner a esta séptima historia de la serie antológica. Algunos roles no terminan de resultar sólidos en sus motivaciones para unirse a la secta, del mismo modo que muchos secundarios resultan un tanto redundantes, posiblemente en un afán de potenciar el carisma del protagonista. Pero al fin y al cabo, son problemáticas de la trama que pueden considerarse menores, incluso anecdóticas. En realidad, la fuerza del relato termina por superar las dificultades para imponerse gracias no solo al modo en que evoluciona esta secta, sino también, y sobre todo, a sus actores. De la frustración o la euforia iniciales por la victoria de Trump a los ataques y los asesinatos para terminar por relacionar política y crimen, poder y control emocional. La evolución de los personajes, acorde a la de la trama, abre una ventana a un mundo de emociones que, como decía al comienzo, reflejan lo que debe sentir la sociedad norteamericana a tenor de las imágenes que llegan desde Estados Unidos.

Decir que esta es la mejor temporada de American Horror Story es, como decía al inicio, muy aventurado. Habrá quien prefiera un relato más sangriento, otro más tétrico u otro más fantástico. Pero de lo que no cabe duda es de que esta séptima etapa es la que tiene más relación con la situación real de la sociedad. En este sentido, los episodios que conforman Cult se revelan como unos de los más complejos de la serie, tanto por los matices que introduce su relación con la actualidad política como los paralelismos que parecen establecerse de forma subconsciente en el espectador. A esto se suma una trama sutil y brutal dependiendo del momento, con una conclusión muy sugerente que, al igual que el resto de la historia, da pie a todo tipo de interpretaciones. Y todo ello coronado con un reparto de lujo en el que destacan los intérpretes tradicionales de la serie, capaces de dotar de versatilidad y profundidad a unos personajes ya de por sí complejos. Sin duda una de las temporadas más recomendables de esta ficción.

‘Tyrant’ se deja llevar en una última temporada de final ambiguo


Cómo se convierte un líder en un tirano? ¿Y cómo una serie con un planteamiento puede derivar en un producto sin un objetivo claro? Los motivos son muchos, y la tercera temporada de Tyrant es un ejemplo idóneo de cómo una ficción puede terminar siendo algo ficticio, valga la redundancia. Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una especie de thriller familiar que gira en torno al poder, la traición y la violencia termina siendo… pues lo mismo, pero transformando a sus personajes de tal modo que se vuelven irreconocibles, dejándose llevar por una narrativa incontrolada para terminar en un final ambiguo y abierto como pocos. Y todo ello en 10 episodios.

Y es que la serie creada por Howard Gordon (serie Homeland), Gideon Raff (serie Prisoners of war, en la que se basa Homeland) y Craig Wright (serie Sexy money) ha evolucionado de forma irregular e intermitente. Con una trama principal realmente sólida e interesante, los primeros compases sentaron las bases de un drama y thriller político, social y familiar en Oriente Medio, planteando todos los actores posibles, desde los intereses de un país como Estados Unidos hasta los deseos de la sociedad de una libertad que no les otorga una dictadura militar. Todo eso se sigue manteniendo en esta última etapa, y puede que ese sea el gran problema. La ficción, aunque ha sufrido una evidente evolución, no ha cambiado en esencia su dinámica. Da la sensación de que ha sustituido unos personajes por otros, introduciendo por el camino elementos anexos para regular tramas secundarias como el ‘love interest’ o las historias de familiares y amigos.

Esto genera una doble y extraña sensación. Por un lado, la historia de Tyrant evoluciona en una especie de espiral que solo evoluciona hacia más violencia, pero que siempre vuelve a la situación inicial recrudecida por la sangre y la muerte. Y por otro, los personajes principales dan un giro radical a sus personalidades de un modo tosco, algunas veces motivado por un suceso extremo, otras simplemente por la necesidad de la trama, cuando debería de ser al revés o, al menos, una sincronía entre personajes e historia. El mejor ejemplo es el protagonista interpretado por Adam Rayner (Tracers). Cuesta creer que un hombre que ha liderado una revolución y una rebelión contra su hermano asuma el mando de un país de forma temporal, sea incapaz de enfrentarse a sus consejeros y termine haciendo aquello que más odia solo porque está obligado.

A ello se añaden algunos elementos propios de una telenovela destinada a durar cientos de episodios. Hijos secretos, amores pasados que regresan para volver a irse, intrigas familiares, etc. Todo ello envuelve una historia que, por si sola, tiene el suficiente peso dramático como para poder ser desarrollada de forma íntegra, sobre todo en esta tercera temporada, donde el apartado político y social adquiere un mayor protagonismo. Con todo lo que supone una convocatoria electoral, la amenaza del terrorismo, las protestas ciudadanas, los presos políticos y el resto de elementos parece poco necesario centrar la atención en elementos superfluos que solo hacen enrevesar dramáticamente la historia pero que aportan más bien poco a su desarrollo real. Todo ello invita a pensar que esta última temporada, en realidad, iba a tener una continuación. Si no, la serie tendría uno de los finales menos acabados que se recuerdan.Falsas elecciones

Con todo, esta tercera y última temporada de Tyrant ofrece una visión muy interesante sobre cómo el poder corrompe, sobre cómo la venganza consume al ser humano y sobre el modo en que podemos llegar a aprovechar una situación para tratar de salir indemnes de nuestros delitos anteriores. Y todo ello con la sencilla premisa de celebrar unas elecciones democráticas en un país dominado por una dictadura. Esta decisión, más allá del modo en que luego se desarrolla en pantalla, es el desencadenante de toda una serie de consecuencias que componen un interesante mosaico de ideas que, en conjunto, dibujan un desolador panorama acerca de la libertad en un país tradicionalmente controlado con tiranía.

Unas elecciones, falsas al fin y al cabo como se desprende del final de la serie, que a pesar de querer ser democráticas sirven, en definitiva, para los intereses personales de cada personaje que, en mayor o menor medida, participa en ellas. Desde la mujer del dictador que las usa a modo de redención, hasta el amigo crítico del dictador que las utiliza para desmarcarse de esa amistad, todos los personajes encuentran en esta promesa una vía para desarrollar sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Poco parece importar, por tanto, el interés del pueblo, y es este uno de los aspectos más interesantes de esta etapa final. Porque, en efecto, la batalla entre dictadura y democracia se traduce en realidad en un conflicto entre personalismos y sociedad en el que siempre pierden aquellos que defienden lo segundo. Y aquí no tienen cabida ni el amor ni la amistad.

El problema, como he dicho antes, no radica tanto en la trama principal, bien planteada y con hitos dramáticos interesantes. No, el problema está en el desarrollo de dicha trama, en el modo en que se plantean las líneas argumentales secundarias (muchas a modo de telenovela que concuerda poco con el espíritu que pretende tener la serie) y, sobre todo, en algunos puntos de giro obligados para poder mantener un formato poco natural o, por lo menos, en el que los personajes no solo no parecen encajar, sino en el que se les obliga a cambiar su personalidad y su definición según conviene. A priori, estos cambios podrían considerarse una suerte de debate moral (y hasta cierto punto lo es), pero el modo en que se realiza, toscamente y sin asentar previamente las bases de esas dudas éticas, es lo que termina por no encajar correctamente.

Que no exista ese trabajo previo es fruto, precisamente, de que Tyrant introduce líneas secundarias innecesarias que quitan tiempo y protagonismo a lo realmente interesante. Esta tercer y última temporada confirma que en esta serie han existido dos interpretaciones muy diferentes, aquella que pretendía ser un thriller sobrio sobre la dictadura, el poder, el terrorismo y la lucha por la libertad, y otra que pretendía otorgar más dramatismo, más giros argumentales enfocados a enrevesado la parte personal de los personajes. Por desgracia, no es capaz de encontrar el equilibrio, y el final de la serie lo confirma, dejando inacabado el desarrollo de la historia, sin explicar el futuro de los protagonistas y sin cesar ninguna de las principales tramas que se dan cita en esta tercera etapa. Al final, lo que pretendía ser un relato sobre un país de Oriente Medio dominado por la tiranía y el modo en que la libertad se abre camino se queda, precisamente, a medio camino.

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