‘El muñeco de nieve’: No cuesta seguir el rastro de sangre


Las modas, sean del tipo que sean, suelen tener la ventaja de ofrecer algo conocido y que funciona. El gran problema es que, una vez conocidas sus claves, el contenido puede tornarse algo previsible, rutinario, incapaz de aportar algo nuevo a la corriente a la que pertenece. Y la última película de Tomas Alfredson (Déjame entrar) tiene algo de esto. Bueno, según a quién se pregunte puede que mucho.

Porque, en efecto, El muñeco de nieve explota al máximo las posibilidades dramáticas de una trama de intriga con asesino en serie de por medio, investigador borracho y personajes que tienen algo que ocultar. Y sí, la fotografía y la puesta en escena son impecables, al igual que la labor de su reparto. Y todo ello, con una narrativa sólida que construye sólidamente un relato directo, sin grandes distracciones y con puntos de giro más que correctos, debería ser suficiente para estar hablando de un thriller sin pretensiones pero notable.

Sin embargo, algo falla. Y ese algo no pertenece propiamente a la cinta, sino a la novela de Jo Nesbø en la que se basa. Para empezar, la estructura de la historia aporta muy poco a este tipo de relatos, contando con todas las claves de éxito de otros libros y películas anteriores, desde ese personaje poderoso con más sombras que luces, hasta casos sin resolver del pasado que vuelven a escena. Pero además, el argumento ofrece pistas, puede que demasiadas, que permiten al espectador adelantarse a los acontecimientos e, incluso, a la revelación final de la identidad del asesino, restando dramatismo y fuerza a la resolución de la cinta.

Con todos estos elementos, El muñeco de nieve se convierte en un film previsible que se desinfla dramáticamente hablando a medida que avanza su historia. Un thriller más de esa hornada de relatos del norte de Europa que, a pesar de tener todos los elementos para convertirse en una obra de suspense sumamente interesante, se queda en un quiero y no puedo, en un intento de ofrecer al espectador una investigación policial de varios crímenes con un toque original que, en realidad, es un relato previsible y carente de elementos inesperados.

Nota: 5,5/10

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‘Redención’: sangre, sudor y lágrimas


Pocos subgéneros acogen mejor las historias de superación personal que el pugilístico. La lucha física y mental de un hombre enfrentado a un rival (que suele representar la sociedad y sus propios miedos) al que tiene que derrotar con sus puños y su fuerza de voluntad tiene algo redentor, como el propio título de esta película refleja. Es fácil identificarse con ellos. Y si la historia además está bien construida y cuenta con auténticos maestros delante y detrás de las cámaras, el resultado, aunque mejorable, suele ser inolvidable.

Y eso es precisamente lo que ocurre con Redención. Si bien es cierto que el guión de Kurt Sutter, creador de la serie Hijos de la Anarquía, puede ser previsible en sus planteamientos y su desarrollo, no por ello deja de ofrecer una serie de conflictos dramáticos inteligentemente planteados, introducidos en la trama de forma precisa para impedir que el ritmo decaiga. A ello se suma una realización brillante de Antoine Fuqua (Training Day), quien vuelve a demostrar que es capaz de exprimir al máximo las posibilidades de todos sus films, explorando el dramatismo a través de planos arriesgados y sumamente emocionales (viscerales en este caso). Lo cierto es que todo en este film encaja casi a la perfección, creando un armonioso conjunto en el que brilla con luz propia Jake Gyllenhaal (Enemy), uno de esos pocos actores capaces de dotar de mayor dramatismo a un personaje a priori mas simple.

El mayor problema, y no es algo anecdótico, está precisamente en el guión. La trama, aunque bien desarrollada, deja por el camino algunas historias secundarias que podrían haber nutrido mucho más (y mucho mejor) el contexto de violencia y arribismo en el que se mueve el protagonista. Centrada como se centra en la historia del boxeador y su hija, la historia deja a un lado a ciertos personajes secundarios que aportan mucho en los pocos momentos en los que tienen cierta presencia, planteando la duda acerca de la idoneidad de que hubieran tenido más peso dramático en el desarrollo argumental.

En cualquier caso, es algo que suele achacarse a estas historias. El boxeo es lo que tiene, y lo cierto es que el espectador tiende a esperar poco más de este tipo de tramas. Lo importante siempre es si estos films son capaces de superar las expectativas, y en el caso de Redención lo consigue con creces. Desde un espléndido reparto hasta un director con un lenguaje visual propio y apasionante, pasando por una banda sonora idónea y una fotografía que explota al máximo las posibilidades del cuadrilátero, el film ofrece al espectador todo y más, aunque lo hace desde un punto de partida previsible y algo lineal.

Nota: 7/10

‘American Horror Story: Hotel’ recupera el espíritu de la serie


Evan Peters y Wes Bentley protagonizan 'American Horror Story: Hotel'.Tras varios altibajos en la serie, American Horror Story ha logrado, en su quinta historia, algo que muy pocas producciones consigue: devolver al formato las ideas iniciales en lo que a suspense, ambientación, personajes y trama se refiere. Sin el impacto ni la novedad que supuso aquella primera temporada, Hotel es sin duda una de las mejores temporadas de esta ficción creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie Glee).

Y si bien es cierto que Coven ya supuso una recuperación de ese espíritu, estos 12 capítulos representan lo que podría denominarse como una continuación directa de la historia de la casa encantada. No por los personajes, sino por el concepto general de la trama. Un hotel plagado de fantasmas, vampiros y asesinos es lo que da pie a una historia que, sin embargo, se centra más en el concepto del amor. Tal vez eso sea lo que le ha faltado a la serie en otras etapas; tal vez no. Lo cierto es que el delicado equilibrio entre ese sentimiento y la violencia característica de la producción crean un espectáculo incomparable.

Un padre atormentado por la pérdida de un hijo, una madre condenada a vivir en un hotel lleno de fantasmas para estar junto a un hijo que la odia y una vampiresa que una vez experimentó el amor verdadero son solo algunos de los ejemplos. Desde un punto de vista conceptual, American Horror Story: Hotel se revela más bien como una historia de búsqueda, de añoranza por lo perdido y por un pasado que, aunque dentro de esos muros parece no cambiar, en realidad se dejó atrás hace mucho tiempo.

Por supuesto, a todo esto se suma el incomparable espacio elegido, un edificio decadente, ajeno al tiempo o a las modas y en el que cada sala, cada rincón, es una trampa mortal para los visitantes. Desde su dueño, un espléndido Evan Peters (X-Men: Días del futuro pasado), al que es más necesario que nunca ver en versión original, hasta el ya famoso papel de la cantante Lady Gaga, Globo de Oro incluido, todos los habitantes de ese edificio parecen condenados, lo quieran o no, a matar a los visitantes, litros y litros de sangre mediante, claro está.

Lady Gaga logró un Globo de Oro por su rol en 'American Horror Story: Hotel'

Regreso a la narrativa de personajes

Y a pesar del espectáculo visual que supone esta quinta temporada, American Horror Story: Coven es sobre todo una historia de personajes. Al igual que ya ocurrió en algunas temporadas anteriores, que no en todas, el origen de los protagonistas, sus obsesiones, sus fobias y sus motivaciones, quedan patentes en sendos episodios a través de una narrativa de sus respectivos pasados para terminar confluyendo, de un modo u otro, en finales comunes. En esta ocasión, además, con la dificultad añadida de tener dos grandes protagonistas (la ya mencionada Gaga y el policía al que da vida Wes Bentley –American beauty-) como principales pilares, lo que obliga a dividir en dos el tiempo de la historia. ¿Cómo se logra mantener unido el desarrollo dramático sin que parezca, como ocurrió en Asylum, que cada cosa ocurre por su cuenta? La respuesta es Evan Peters.

Su personaje, tan sádico como enigmático, se termina por convertir en una suerte de nexo de unión de todas las historias, tal vez porque es el corazón de ese hotel, o tal vez porque, simplemente, es un personaje muy humano dentro de su violencia. Su caso, posiblemente, sea el mejor ejemplo del entramado dramático que logra crearse entre todos los personajes, ya sean secundarios, principales e, incluso, episódicos. De ahí que sea tan importante el pasado de los mismos, y de ahí que cobren especial relevancia aquellos momentos en los que se abordan las claves de su llegada a ese hotel maldito.

Pero si el contenido dramático es importante, la forma que se le da a todas esas historias es simplemente hipnótica. Elegante, fascinante, visceral, sangrienta, atemporal. Cualquier calificativo puede servir para definir un entorno único, una apuesta escénica en la que la sangre emana a borbotones para dar paso a una nueva vida en la que, no por casualidad, los implicados deben encontrar un motivo para enderezar sus fantasmagóricas vidas, que habitualmente, por no decir siempre, tiene que ver con el asesinato. La presencia, además, de personajes aparecidos en temporadas anteriores otorga al conjunto un halo de continuidad interesante que, en cierto modo, cierra un círculo iniciado con la primera y maravillosa temporada.

Así las cosas, American Horror Story: Hotel es, posiblemente, la etapa de esta serie que más se aproxima a lo vivido en aquella casa encantada hace ya varios años. Por su ambientación, el trauma de sus personajes e incluso la definición de muchos de ellos, esta historia es digna heredera de aquella. Pero es mucho más. Falchuk y Murphy parecen haber aprendido de algunos errores cometidos en el pasado y han sido capaces de crear muchos historias independientes bajo un mismo techo que, aparentemente, no tienen nada en común, pero cuyo desarrollo termina irremediablemente unido a las habitaciones de este macabro hotel. O a su dueño, que para el caso viene a ser lo mismo. Sin duda, una de las mejores temporadas de la serie.

6ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), la necesidad de un primer acto


Andrew Lincoln vuelve a convertirse en Rick Grimes en la sexta temporada de 'The Walking Dead'.Ahora que comienza la segunda parte de la sexta temporada de The walking dead es un buen momento para repasar lo que ha sido esa primera mitad de temporada con los ya tradicionales 8 episodios. Y como dice el título de este texto, la trama de estos capítulos podría entenderse como el primer acto de algo, presumiblemente algo gordo, que está por llegar. Los que hayan leído el cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore sabrán que ese “algo” tiene por nombre Negan, por lo que esto podría entenderse como la calma antes de la tormenta. Sin embargo, y como suele pasar en la serie, esa calma es mucho más.

Una de las principales características de la serie, y también uno de los aspectos que más críticas levanta, es la necesidad que tiene la trama de estar constantemente presentando conflictos internos de los individuos ante un contexto que les ha convertido en seres absolutamente desconfiados. El final de la quinta temporada evidenció el extremo al que había llegado su protagonista, un Andrew Lincoln (Los seductores) que ha hecho suyo un personaje complejo y lleno de claroscuros. Y el comienzo de esta sexta lo que viene a demostrar es la necesidad del ser humano de confiar los unos en los otros para poder sobrevivir, incluso cuando eso ponga en peligro nuestras vidas.

Y es precisamente esto lo que se aborda en esta primera parte de The walking dead. No se trata de volver a ver a un grupo acomodado dentro de un perímetro; no se busca un enfrentamiento interno por celos o luchas de poder (aunque algo hay). Es, simple y llanamente, volver a empezar, crear una familia más grande de lo que estábamos acostumbrados. Esa línea argumental, explicada claramente en el octavo episodio, sustenta tanto los conflictos que se desarrollan como las decisiones que toman los personajes, algunos más débiles y otros más fuertes, como es lógico.

Ahora bien, habría que preguntarse cuál es el objetivo de establecer esta línea argumental en una mitad de temporada, cuando es algo que podría abordarse a lo largo de toda una temporada, e incluso de varias. La respuesta está, de nuevo, en Negan, ese personaje que, aunque no se menciona por su nombre, ya parece tener presencia en varios episodios. La presencia futura de este enemigo obliga a la trama a resolver los problemas internos del grupo, al menos los más llamativos. Una especie de primer acto dramático en el que los personajes son presentados, en el que se sientan las bases del posterior desarrollo y en el que ya se establece un primer punto de giro, como demuestra ese octavo episodio.

De lobos y hombres, otra vez

Y si el final de la quinta temporada de The walking dead ponía de manifiesto que el protagonista y su grupo habían cambiado, convirtiéndose en una suerte de lobos para el resto de individuos, en estos ocho episodios se incide cada vez más en otro tipo de lobos humanos, aquellos que precisamente llevan la W (wolf, lobo en inglés) en su frente. Un grupo despiadado, acostumbrado a matar y a coger todo lo que quieren o necesitan. Su presencia, aunque excesivamente arbitraria e intermitente, sí es una forma de introducir poco a poco a los enemigos más importantes de esta serie de zombis, que no son otros que los propios humanos.

Su presencia, unido al gran arco dramático de esta primera parte (el rebaño de zombis dirigiéndose a la ciudad), es el auténtico desencadenante de todos los aspectos de la historia. Algo que también es habitual en la serie, por cierto. El ataque a la ciudad, sin ir más lejos, es lo que provoca tanto nuevas alturas de miras en varios personajes como la aparición de miedos, iras o desconfianzas. Es decir, de una mayor carga dramática. Unido a la incógnita de conocer a quién obedecen, la ignorancia sobre la identidad de los atacantes incrementa el carácter desconcertante y aterrador de su aparición en escena.

Pero no hay que olvidar que es una serie de zombis, y como tal debe tener zombis. Y sé que suena redundante y hasta absurdo, pero muchas veces puede dar la sensación de que es más importante lo que ocurre entre los personajes que lo que ocurre a su alrededor. Y en cierta medida, ese es el gran atractivo de esta serie. Pero los momentos más violentos, viscerales y sangrientos de la ficción también tienen su relevancia, y en esta primera parte alcanzan cotas notables. Baste mencionar la aparente muerte de Glenn (un cada vez más sólido Steven Yeunn, visto en Orígenes) como uno de los momentos más salvajes, o el final del último episodio, todo un ejemplo de tensión dramática y de gancho narrativo.

A primera vista, a muchos les parecerá que la primera etapa de la sexta temporada de The walking dead es, como argumentarán, tan lenta como muchos pasajes de la serie. Pero un vistazo más en profundidad permite apreciar algo más. Mucho más, mejor dicho. El desarrollo dramático de las relaciones entre los nuevos y los conocidos personajes posee algunos de los mejores momentos vistos en esta ficción, y ofrece una vía de trabajo narrativo muy interesante al conjugar la transformación de Rick (más salvaje y dispuesto a todo) con los todavía neófitos habitantes de Alejandría. El pasado y el presente de Rick Grimes parecen fundirse en uno entre los muros de esta ciudad. Todo para esperar el infierno que está por llegar.

‘Los odiosos ocho’: el lento azote de la ventisca


Tim Roth, Kurt Russell y Jennifer Jason Leigh son algunos de 'Los odiosos ocho' de Tarantino.Considero a Quentin Tarantino (Kill Bill) como uno de los maestros cinematográficos en lo que a manejo de tiempo narrativo se refiere. Es cierto que su verborrea incansable y su violencia es lo que más recuerda el gran público, pero su forma de manejar el desarrollo dramático es lo que verdaderamente le define. A esto se suma su pasión por un tipo muy concreto de cine. Y su octava película, como se publicita incluso en los títulos de crédito, es una mezcla de ambas facetas, aunque una mezcla desequilibrada.

Lo que más llama la atención de Los odiosos ocho es la distinción tan evidente entre las dos partes que componen el film. La primera, larga y tediosa, se define con esos diálogos interminables en un escenario inamovible que permite a los personajes establecer una suerte de escenografía teatral en la que la profundidad y el fuera de campo juegan un papel importante. Una primera parte que comienza de forma primorosa, con esa diligencia atravesando un paisaje blanco y con una música simplemente perfecta. El problema es que, una vez introducidos en la cabaña que les protege de la ventisca, los personajes parecen quedar suspendidos en un limbo dramático, sin poder avanzar o retroceder, y esperando con parsimonia a que algo o alguien azuce el avispero.

Y eso ocurre en la segunda parte, cuando los acontecimientos se precipitan, la acción toma forma y el Tarantino más sangriento y visceral entra en escena. Es lo más entretenido del film, aunque no por la violencia, sino porque realmente narra el trasfondo del film, y da respuesta a las sospechas que generan los primeros minutos. Precisamente este es el otro gran problema. La cinta plantea una serie de interrogantes al poco de comenzar que el espectador ansía conocer más pronto que tarde. Pero el guión se toma demasiado tiempo en contar la historia, perdiendo el gancho de la intriga. Y es una lástima, porque con el magnífico plantel de actores que tiene, se podrían haber aprovechado mucho mejor los recursos.

Al final, las más de tres horas que dura Los odiosos ocho se hacen muy largas, más de lo que lo son por si solas. El manejo del ritmo que siempre ha caracterizado a Tarantino brilla ahora por su ausencia, perdiendo de vista que lo realmente importante en un film como este es la tensión dramática generada por la sospecha y por un ramillete de personajes a cada cual más intrigante. En lugar de eso, el film se desvía hacia la caracterización, y se regodea en su autocomplacencia hasta que decide, en su segunda mitad, acelerar el proceso y explicar a toda prisa lo ocurrido. Es un film de Tarantino, y como tal siempre es capaz de ofrecer algo, pero desde luego no es lo mejor que ha hecho, ni mucho menos.

Nota: 6/10

‘Hannibal’ se adentra en las novelas de Harris en su 3ª temporada


'Hannibal' es encarcelado en su prisión de cristal en la tercera temporada.Bryan Fuller (serie Criando malvas), creador de la obra de arte que explora los orígenes del caníbal más famoso del cine, tenía un plan para desarrollar Hannibal en varias temporadas. Dicho plan, truncado sin explicación alguna por fuerzas ajenas a él, contemplaba que el personaje interpretado por Mads Mikkelsen (La caza) fuera incorporando a su historia las novelas de Thomas Harris. Personalmente espero que podamos llegar a ver el resto de temporadas, pero a falta de eso esta tercera y última entrega deja un avance de lo que podremos encontrarnos. Y desde luego no solo está a la altura de etapas anteriores, sino que es el puente natural y perfecto entre elegancia y sadismo, entre inteligencia y violencia.

Y es que estos 13 episodios contienen todo aquello que siempre ha caracterizado al personaje, desde la cárcel de cristal hasta la famosa máscara, aquí modificada ligeramente para la ocasión. Con dos partes perfectamente diferenciadas, esta nueva temporada se aleja sutilmente de los elementos más sugerentes de la trama para convertirse en algo más explícito, más salvaje y sangriento. Y aunque es cierto que en la segunda temporada ya se deja entrever la verdadera naturaleza de Hannibal Lecter, es en estos capítulos cuando el espectador debe afrontar realmente la crudeza de un animal extremadamente inteligente. La sangre, las vísceras y la acción se apoderan poco a poco de la trama para concluir con un final tan épico como abierto.

Y ese carácter evolutivo de la historia es lo que juega tanto a su favor como en su contra. Es evidente que la historia de este doctor necesitaba de una visceralidad mayor que dotara al personaje de las herramientas necesarias para su inclusión en la cárcel. Dicho de otro modo, tenía que cometer errores. En este sentido, Fuller aprovecha la relación de los personajes principales, sobre todo del que interpreta Hugh Dancy (Martha Marcy May Marlene), para mostrar ciertas debilidades en un rol que, por otro lado, es casi sobrehumano. Gracias a ello, Lecter adquiere una dimensión “mortal” que le hace más próximo, más reconocible. Y eso puede que sea lo que menos guste a aquellos que disfruten con la primera y segunda temporada y ese juego intelectual que aquí se diluye.

Sin embargo, la forma en que sus responsables reconvierten la historia es sumamente pedagógica. A través de unos primeros episodios más simbólicos, que exigen del espectador una atención y comprensión mucho mayores de lo visto hasta ahora, Fuller disecciona la compleja relación Lecter-Graham, hasta el punto de convertirlos en dos caras de una misma moneda, explotando al máximo, además, lo sembrado en las temporadas anteriores. Y es gracias a esa relación que la segunda parte de la temporada puede desarrollarse sin complejos, y que permite además la incorporación de nuevos personajes de las novelas, haciendo más reconocible si cabe al protagonista.

El Dragón Rojo

Independientemente de lo que ocurre en Italia, y que tiene muchas, muchísimas referencias a Hannibal (2001), lo más interesante es la introducción del asesino conocido como el Dragón Rojo, primera novela de Harris y que ha sido llevada al cine en varias ocasiones. Encarcelado el caníbal, la presencia de un nuevo asesino psicópata abre un nuevo mundo de interpretaciones, de secuencias casi oníricas y muy simbólicas que enriquecen la trama, y que aportan una especie de contrapunto al personaje de Lecter, más o menos como ocurrió con el asesino de la primera temporada. A esto se suma una más que lograda interpretación de Richard Armitage (En el ojo de la tormenta) como un hombre atormentado y entregado a sus más oscuros deseos.

La relación a distancia entre Hannibal y el Dragón Rojo, y la relación presencial entre Hannibal y Graham, compone un triángulo que mantiene en todo momento esa especie de amor-odio que se desprende en todo momento en la serie. La persecución entre el ratón y el gato adquiere en estos episodios, sobre todo en los últimos, una mayor incógnita, desconociendo en todo momento quién persigue a quién. El hecho de poder mantener esa esencia a pesar de los cambios en las situaciones de los personajes y de la introducción de nuevas tramas es, sin duda, el mayor logro de la tercera temporada.

Asimismo, el arco dramático de Lecter sirve como paraguas para proteger y llevar a buen término la mayoría de las tramas secundarias que quedaron abiertas con el final de la segunda temporada. Tramas que, en su mayoría, están bien integradas en el resto de la serie, aunque no en todos los casos, lo que genera cierta irregularidad en el ritmo. Así, esta última temporada se ve obligada a abandonar algunos personajes en beneficio del conjunto para retomarlos mucho más tarde, lo que crea una sensación de personajes comodín que en ningún caso beneficia a la imagen general de la trama, aunque dada la complejidad de la historia resulta comprensible.

Sea como fuere, la tercera y última temporada de Hannibal es una delicia a disfrutar para los amantes del personaje y de la serie. Combinación perfecta entre las novelas y el mundo creado por Bryan  Fuller, el cambio que registra el tono general de la ficción invita a pensar que la prematura cancelación ha obligado a un cambio de planes que, por fortuna, sale notablemente bien parado. El final abierto, épico y violentamente sangriento, es una promesa de que el futuro de Lecter no está, ni mucho menos, resuelto. Independientemente de que llegue o no ese futuro, las tres temporadas que deja tras de sí son, sencillamente, una obra de arte.

‘La novia’: unas bodas de sangre incalificables


Irma Cuesta es 'La novia', basada en las 'Bodas de Sangre' de Lorca.Escribo estas líneas apenas unas horas después de ver lo que a todas luces es la película española del año, y la que debería ser la gran triunfadora de los próximos premios Goya. Soy consciente de que lo que se lea a continuación tiene un alto grado de subyugación por la belleza, la emoción y la pasión que desprenden todos los fotogramas del film de Paula Ortiz (De tu ventana a la mía). No hay casi reflexión ni sesudo análisis de cada aspecto fílmico de esta obra. En realidad, no es necesario.

Porque La novia no necesita de mucho tiempo para enamorar al espectador. Y esa pasión con la que emociona permanecerá minutos, horas, días y semanas después de ser disfrutada. Y sí, solo puede disfrutarse. Disfrutar de su arrebatadora puesta en escena, con unos paisajes tan agrestes como cálidos, tan duros como atractivos. Disfrutar de su reparto, desde Inma Cuesta (La voz dormida), que vuelve a erigirse como una de las mejores actrices del momento, hasta los dos hombres que luchan por su amor, ambos en estado de gracia. Lo cierto es que todo en esta dramática historia inspirada en las ‘Bodas de sangre’ de Federico García Lorca es perfecto, lo que da lugar a una obra redonda, simplemente brillante y a la que cualquier calificativo, cualquier clasificación, se le queda corta.

Y es que más allá del aspecto visual está el narrativo. Simbólicamente enriquecedora, la directora se nutre de numerosas influencias pictóricas, musicales y literarias para expresar sentimientos que van más allá de lo que aparentemente puede verse en pantalla, que por cierto ya es mucho. Desde Goya hasta el rey Arturo, pasando por Leonard Cohen, todo en la cinta está encajado perfectamente para transportar al espectador a un mundo casi onírico en el que el expresionismo y algunos toques surrealistas narran aquello que el ojo no ve. Todo para explicar el doloroso debate emocional y moral al que se somete la joven novia aconsejada por una anciana que guarda el golpe maestro final de una obra maestra.

Dicho esto, habrá quienes tal vez no encuentren en La novia todo aquello que trata de expresar. Incluso muchos simplemente vean en la cinta de Paula Ortiz un triángulo amoroso bellamente envuelto, pero nada más. Sin embargo, sí hay más. Mucho más. Quizá la evidencia más clara sea la facilidad con la que poesía y narrativa se combinan en una historia de sangre, pasión y muerte. Pero eso es solo la punta de un iceberg emocional mucho más grande. Una película de obligado visionado.

Nota: 10/10

‘Penny Dreadful’ aprovecha la literatura de terror en su 1ª temporada


Los vampiros son los protagonistas de la primera temporada de 'Penny Dreadful'.Ver el nombre de John Logan, guionista de Gladiator (2000), La invención de Hugo (2011) o Skyfall (2012), en una serie ya debería ser aliciente más que de sobra para, al menos, prestar atención al producto. Si a esto le sumamos unos actores notables y una temática que bebe de la literatura clásica de terror, el atractivo es mucho mayor. Por eso la primera temporada de Penny Dreadful, de apenas 8 episodios, ha logrado el éxito que ha logrado, lo que no impide que la historia pueda mejorarse.

Puede que lo más misterioso de esta ficción sea, precisamente, que a pesar de su evidente carácter terrorífico, no está planteada como una trama de terror. El misterio, la intriga y, sobre todo, la ambientación de ese Londres victoriano juegan un papel más importante que la sangre, el susto fácil o la violencia, por otro lado presentes a lo largo de este primer arco dramático. Como si de una ‘Liga de los Hombres Extraordinarios’ se tratara, la confluencia de los extraños personajes protagonistas otorga a la serie un atractivo halo de misterio que no hace sino hipnotizar más que cualquier otro aspecto.

Eso no quiere decir, sin embargo, que sea una historia sorprendente. Cualquier amante de la literatura y de los monstruos clásicos del terror es capaz de averiguar con bastante antelación las debilidades, fortalezas y secretos de los principales protagonistas, más si cabe cuando la mayoría responden a nombres tan conocidos como Dorian Gray (Reeve Carney, visto en American Playboy) o Victor Frankenstein (Harry Treadaway, conocido por El llanero solitario). Tan solo el misterio de algunos, como el de Eva Green (Sombras tenebrosas), es capaz de mantener la fascinación por el conocimiento, aspecto que queda plenamente satisfecho al explicar sus pasados en no pocos episodios.

Pero sin duda lo mejor de Penny Dreadful es la integración de todos los personajes, de todas las tramas, en una historia mucho mayor. La búsqueda de Mina Harker, novia inmortal de Drácula, no es más que una excusa para explorar las relaciones humanas de un grupo de seres complejos, marcados por las oscuras caras de sus personalidades y que arrastran todo tipo de pecados. En este sentido, Logan aprovecha la fuerza literaria de los personajes para trasladarla a la propia trama, convirtiendo la serie en un drama manchado de sangre y dolor que sabe nutrirse de la influencia de las obras originales. Dicho de otro modo, el creador de la serie se aparta del recurso fácil para adentrarse en el lado más profundo de sus criaturas.

Luces y sombras

No cabe duda de que esta primera temporada de Penny Dreadful es un relato sobrio, construido de forma inteligente y que juega en todo momento con la duda, tanto la que tienen sus protagonistas con el mal al que se enfrentan como la que asalta al espectador con la verdadera naturaleza de algunos personajes, sugerida pero nunca revelada hasta el episodio final. En este sentido, la trama crea una espiral compleja que atrapa sin remedio a todo aquel que se acerca a este rico fresco literario y cinematográfico.

Pero no todo son luces en esta tenebrosa historia. La obra de Logan peca en todo momento de cierta ingenuidad, no tanto en las consecuencias de sus actos como en el hecho de que parece proponer algo más de lo que realmente termina ofreciendo. En efecto, estos personajes marcados por la culpa y el dolor de sus pecados siempre parecen poder superar los momentos más lúgubres sin que dejen demasiadas secuelas en su personalidad. Como si del cuadro de Dorian Gray se tratara, todos parecen seguir adelante a pesar del rastro de sangre y muerte que dejan a su paso.

Esto, aunque un mal menor en una serie más que notable, impide que se pueda hablar de una producción excepcional, quedándose en un mero entretenimiento (rico y culto, eso sí) que poco puede llegar a sorprender. Una mayor entrega a las consecuencias de sus actos, por ejemplo, generaría un conflicto interno más complejo, cuyas consecuencias externas podrían dar lugar, a su vez, a una mayor complejidad. Pero como digo, es un mal menor, pues entre otras cosas la propia serie no pretende en ningún momento, al menos en esta primera entrega, ser más que eso.

Puede parecer que Penny Dreadful, con sus elaborados diálogos y el carácter apesadumbrado de sus protagonistas, es una reflexión sesuda sobre el bien y el mal, sobre el pasado y los pecados de los hombres, pero en realidad es un entretenimiento no apto para todos los gustos. Aunque la serie puede disfrutarse de cualquier manera, el conocimiento de los relatos clásicos aportará, sin duda, una mejor apreciación de algunos matices. Sea como fuere, la serie es un magnífico relato sobre la tragedia, el dolor y la culpa. Sus bases literarias no hacen sino acentuar la espléndida ambientación que logra John Logan. Notable.

Quinta temporada de ‘The Walking Dead’ (II), de hombres y lobos


Rick Grimes pierde los papeles en la segunda parte de la quinta temporada de 'The Walking Dead'.Hay pocas series que generen sensaciones tan contradictorias como The walking dead. Su desarrollo dramático en 16 episodios divididos en dos etapas se pasa literalmente en un suspiro, dejando con ganas de saber más, de conocer el porvenir de unos personajes que se han ganado a pulso estar entre los mejores de la ficción moderna. Pero al mismo tiempo, en cada capítulo se desarrollan y se plantean tantas ideas que es necesario prestar atención a cada minuto de metraje. Y desde luego la segunda etapa de esta quinta temporada no lo es menos. Habrá quien tal vez crea que no ha habido un avance significativo en lo visto anteriormente, y que incluso crea que se ha perdido algo de violencia con respecto a temporadas previas. Bueno, pues para eso está este final de temporada.

Porque sí, los 8 episodios que ahora analizamos tienen de todo, desde desarrollo dramático hasta vísceras y, desde mi punto de vista, el momento más tenso, salvaje y violento visto en la serie. Pero sobre eso incidiré más adelante. Y es que si algo caracteriza a la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city), y al cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore en el que se basa, es el tratamiento de sus personajes, el modo en que evolucionan y, sobre todo, cómo su entorno les cambia hasta hacerles parecer otra persona. Y destaco la palabra “parecer”, pues en el fondo el espectador, compañero infatigable de sus desventuras, cambia con ellos, lo que le otorga un punto de vista único y privilegiado.

Todo ello queda representado en los últimos episodios de esta temporada de The walking dead. El contraste entre el grupo de Rick Grimes (de nuevo un soberbio Andrew Lincoln, visto en Love Actually) y la comunidad de Alejandría a la que llegan no solo refleja el cambio experimentado por los protagonistas, sino que genera una especie de salto temporal en el que pasado y presente se mezclan para encaminarse a un futuro común. O lo que es lo mismo, basta únicamente un repaso mental a las actitudes de la primera y segunda temporada para comprender que las decisiones de ese pueblo están muy próximas a las que habría tomado el propio Grimes en sus comienzos, antes de experimentar todo lo experimentado. Este contraste, no por casualidad, no crea animadversión hacia la violencia desarrollada en el protagonista, más bien al contrario: genera incomprensión hacia la actitud de un grupo de personajes que parecen vivir ajenos a la realidad de la ficción.

Aunque si hay que hablar de cambio es imprescindible mencionar lo ocurrido en el episodio 8, o lo que es lo mismo, en el primero de esta segunda etapa. Sin entrar en demasiados detalles, simplemente hay que destacar que es una de las pocas veces, si no la primera, en que una ficción muestra lo que experimenta un infectado por un mordisco de zombie. Y lo hace de la mejor forma posible. El cambio que se produce en el personaje es fundamentalmente psíquico, aprovechando todos los traumas, toda la muerte y la violencia desarrollada a lo largo de la serie para ofrecer un debate sobre la bondad, la crudeza y el instinto de supervivencia del ser humano. Una reflexión que impacta por el resultado final, pero que pone sobre la mesa interesantes propuestas que encuentran cierto eco en el resto de la temporada.

Puertas giratorias

El final de esta temporada de The walking dead pone de manifiesto que el grupo encabezado por el personaje de Lincoln ha dejado de ser inocente. Se ha convertido, en cierto modo, en lobos capaces no solo de defenderse, sino de tomar por la fuerza algo que consideran que debe ser salvado. Objetivamente, esto les convertiría en villanos, pero por supuesto es una idea que en ningún momento puede llegar a plantearse. Dicho esto, estos 8 capítulos están lejos de terminar de forma pacífica. El gancho utilizado, en esta ocasión, se ha desarrollado a lo largo de toda esta segunda parte, primero con esos zombies con W grabada en la frente, y luego con los primeros indicios de un grupo, posiblemente mayor, que se autodenominan “lobos”. La presencia de esta nueva amenaza, unido a la violencia de algunos momentos, plantea un futuro prometedor para la serie (aquellos que hayan leído la novela gráfica ya se hacen una idea).

Pero no puedo dejar pasar el momento más impactante de la temporada, y puede que de toda The walking dead. Me refiero a la secuencia desarrollada en esa puerta giratoria en la que tres personajes se ven acorralados por muertos vivientes a ambos lados de la misma. La tensión desarrollada está al nivel de otras muchas secuencias, es cierto, pero el grado de violencia es muy alto, diría incluso que extremo. Desmembramientos, mordiscos y explosiones de sangre se dan cita frente a los ojos de un aterrado Steven Yeun (Orígenes), quien compone una de las mejores interpretaciones de su personaje Glenn. Ambos conceptos, tensión y violencia, crean una de las mejores piezas en cuanto a intensidad dramática se refiere, y modifican sustancialmente el desarrollo posterior.

Claro que no es la única secuencia violenta, aunque es algo que solo los fans de la serie pueden “disfrutar”. Lo cierto es que la evolución del arco dramático principal, aquel que implica al rol de Lincoln, va en paralelo a la evolución del protagonista. Si en la primera parte se apreciaba el claro cambio experimentado en el personaje, en esta segunda parte dicho cambio no solo es manifiesto por el contraste con la comunidad de Alejandría, sino que se convierte en parte intrínseca de los argumentos narrativos. Ya no se trata de recurrir a la violencia para sobrevivir (matar para subsistir), sino que la violencia es parte del mundo en el que viven y debe ser utilizada para proteger a aquellos que la rechazan, incluso aunque no comprendan el verdadero significado de esa actitud (matar para salvar). En este sentido es muy significativo el final de la temporada, tanto lo que ocurre en la reunión junto al fuego como el renovado protagonismo de la katana.

Personalmente, The walking dead logra evolucionar definitivamente hacia un estado de violencia innata, lo que no solo hace que avance dramáticamente sino que mejora sustancialmente lo visto hasta ahora. Pero más allá de interpretaciones lo que está claro es que esta quinta temporada ha sabido sobreponerse a su carácter nómada para sentar las bases no solo de una narrativa más sedentaria (al menos desde la localización), sino del equilibrio entre profundidad dramática y violencia explícita. Unas bases necesarias para lo que está por llegar, que en palabras de su protagonista es una tormenta en toda regla. Lo bueno es que en octubre regresa. Lo malo es que hasta entonces tendremos que vagar como los muertos vivientes de esta magnífica serie.

[REC], o la apuesta por el suspense en una historia de zombis


Manuela Velasco vive una pesadilla en [REC].Cuando en 1999 se estrenó El proyecto de la bruja de Blair nadie, o casi nadie, podía ser consciente de la corriente formal y narrativa que se iniciaba. Y no precisamente porque la película fuera buena o generase una serie de momentos inolvidables para el espectador. El motivo por el que ha pasado a formar parte de la Historia del cine no es otro que su estilo amateur, su forma de transmitir la sensación de que estamos ante un documento veraz y, sobre todo, por la forma en que supo aprovechar las por entonces incipientes técnicas digitales de promoción y difusión. Unos años después, en 2007, llegaba la que es, sin duda, una de las mejores representantes de dicho estilo, denominado en Estados Unidos ‘found footage‘. Se trata de la española [REC], dirigida por Jaume Balagueró (Frágiles) y Paco Plaza (Romasanta, la caza de la bestia), título que supuso el pistoletazo de salida para una de las mejores sagas que ha dado el género de terror español en años (hasta tuvo su remake americano, Quarantine) y que llega a su fin en su cuarta entrega estrenada estos días.

Su argumento, como suele suceder con estos falsos documentos audiovisuales, comienza de forma inocente e incluso tediosa. Una reportera de una canal de televisión realiza un trabajo de corte social siguiendo la vida de un grupo de bomberos durante una noche. La rutina se interrumpe cuando reciben el aviso de acudir a un edificio. Al llegar allí vecinos y policía alertan de unos gritos en uno de los pisos en el que vive una anciana. La situación cambia radicalmente cuando la anciana les ataca. Será a partir de entonces cuando el caos se adueñe poco a poco de los inquilinos del edificio, que pronto es sellado por las autoridades ante la alerta de un brote químico o biológico que pueda infectar la ciudad. A medida que pasa la noche los inquilinos se irán infectando con un extraño virus que les mata y les resucita convirtiéndoles en seres rabiosos. La única solución parece encontrarse en el ático donde, según los vecinos, no vive nadie.

Dejando a un lado el carácter fantástico y terrorífico de la propuesta, una de las mejores bazas de [REC] fue el realismo que supo imprimirle a su historia, contada casi siempre a través de la cámara de televisión que acompaña a la protagonista, una por entonces poco conocida Manuela Velasco (El club de los suicidas) que se convirtió de este modo en una de las reinas del terror español. Un realismo que puede apreciarse en el desarrollo de la trama ajena por completo al carácter puramente fantástico de la propuesta. La forma en que los personajes afrontan su ignorancia de los acontecimientos es lo que realmente permite un crecendo en la tensión dramática que se apodera de las secuencias, generando mayores conflictos entre los personajes y, por extensión, una mayor angustia que, todo hay que decirlo, se nutre de acontecimientos como el aislamiento o los pocos y confusos momentos en que se ve a los infectados.

El manejo del suspense por parte de Plaza y Balagueró es lo que convierte al film en un modelo dentro del género, y sin duda es lo que lo distingue del resto de secuelas, que inciden en otros aspectos de este artificial microcosmos menos dramáticos y más visuales. En este sentido es importante señalar que el uso de la cámara en mano y de ese estilo subjetivo y poco académico potencia notablemente el sentido de la película. El espectador solo ve lo que la cámara permite ver, por lo que los acontecimientos que se suceden en otras localizaciones solo pueden llegar a oírse o suponerse. Esto remite, una vez más, a esa idea ampliamente analizada de que el mayor terror lo produce aquello que no podemos ver, o lo que es lo mismo, la imaginación es la mejor forma para meter el miedo en el cuerpo. Por supuesto, en este caso la imaginación tiene una inestimable ayuda en forma de infectados que, aunque entre penumbras, gritos y movimientos de cámara bruscos, logran verse lo suficiente como para impactar al espectador.

La clave Medeiros

Decir que [REC] es una película de zombis se ajustaría poco a la realidad, tanto por el tratamiento de los infectados como por el propio estilo audiovisual del film. Y es que a diferencia de otros films modernos del género, su apuesta decidida por generar una atmósfera opresiva, malsana y notablemente angustiosa a medida que avanza la trama recuerda más a los inicios de este tipo de cine, si bien es cierto que los componentes de denuncia social desaparecen casi en su totalidad. Más que los ataques de esos zombis, lo realmente relevante del film reside en los conflictos que se crean entre los que sobreviven, condenados a estar encerrados en el vestíbulo de su propio edificio. Los recelos que surgen entre ellos, los problemas derivados de los roces de la convivencia y la molesta presencia de una cámara que, como siempre se la ha definido, es un testigo que refleja lo mejor y lo peor del ser humano, hacen que la película se olvide en muchos momentos de la verdadera amenaza, que adquiere un papel secundario o, si se prefiere, de ambiente.

Ya he dicho antes que la película es un constante viaje en el que la tensión va en aumento, motivado tanto por los acontecimientos narrados como por la visión única y limitada de una cámara al hombro. Empero, la verdadera clave del éxito de la película estriba en un clímax tan impactante como indescriptible. Prueba de ello es que la criatura que lo protagoniza, la niña Medeiros (Javier Botet, quien también se puso bajo el maquillaje de Mamá en 2013), ya forma parte del imaginario colectivo. Su papel, limitado prácticamente a los últimos minutos del relato, da un giro fundamental a la trama, que hasta ese momento especulaba siempre con una infección de origen animal. Las revelaciones que se encuentran en el ático, escenario de dicha conclusión, revierten por completo el sentido de la historia, lo que no hace sino consolidar la idea de suspense que se había mantenido a lo largo de los minutos anteriores.

Pero es que además Balagueró y Plaza se reservan para ese clímax el que es el momento más impactante del film; una de esas secuencias con mucho ruido y muchas nueces que en su momento hizo a muchos saltar de sus butacas, yo entre ellos. Y la forma de lograrlo es de lo más sencilla: dar el siguiente paso en el estilo que hasta ese momento se venía trabajando. Esto quiere decir que si la cámara había sido la única ventana que el espectador tenía a lo que estaba sucediendo dentro del edificio, ahora dicha cámara se veía limitada por la ausencia de luz, recurriendo a la visión nocturna que, ya de por sí, genera inquietud suficiente aunque lo que se vea sea una película de dibujos animados. Ese final en verde, con ojos brillantes y un foco mucho más concreto en el centro de la cámara dota a todo, escenario y protagonistas, de un cariz antinatural, como si los personajes se adentrasen en un mundo distinto regido por esa niña Medeiros cuya primera aparición deja sin aliento. Este giro formal al más difícil todavía otorga al film un carácter distinto, más tétrico e indudablemente más trágico, sobre todo por el modo en que termina la historia.

Desde luego, [REC] puede y debe ser considerada como un film imprescindible dentro del cine de género en España, y no por convertirse en un film de zombis nacional, sino por su capacidad para llevar más allá ese nuevo estilo de found footage gracias al uso inteligente de la cámara y de la iluminación, manejando en todo momento las claves del suspense por encima del terror más visceral. Lo que realmente sobrecoge no son los infectados o quien muere antes o después, sino la situación que viven los personajes encerrados en ese edificio y condenados a vivir juntos para sobrevivir, algo que como deja clara la película es harto complicado. El giro formal de su último cuarto es la prueba más palpable de esa apuesta por el suspense, que adquiere su máxima expresión al nutrirse del miedo más visual posible. Tal vez sea pronto para considerarla un clásico, pero su influencia sobre el imaginario colectivo y el cine posterior es innegable.

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