‘Fear the Walking Dead’ trata de enderezar su rumbo en la 5ª T.


El universo de The Walking Dead sigue expandiéndose con nuevas historias, pero el impacto de las mismas parece estar disminuyendo, al menos en lo que a Fear the Walking Dead se refiere. Podríamos buscar muchos motivos por los que el spin off no termina de despegar a pesar de los claros intentos en esta quinta temporada, pero lo cierto es que todo se basa en una falta clara de objetivo. A diferencia del original, esta serie creada por Robert Kirkman, autor del cómic original, y Dave Erickson (serie Canterbury’s law) no solo no tiene un núcleo protagonista central, que ha ido cambiando personajes clave casi en cada temporada. Es que tampoco posee un hilo conductor en los antagonistas, estando todo excesivamente desperdigado como para identificarlo.

Es algo que se intenta corregir en estos 16 episodios, sobre todo en su tramo final, dejando la puerta abierta a un nuevo camino narrativo y dramático con un interesante conflicto. Pero el problema es que ha sido, precisamente, en su tramo final. El resto de la historia se ha convertido en una suerte de reflejo de cómo la vida en ese entorno cambia a la gente, de cómo se pueden afrontar situaciones cada vez más complejas contra los muertos. Y en este sentido, logra su objetivo, pues la ficción refleja extraordinariamente bien las carencias, los peligros a los que se enfrenta ese nuevo mundo y que, en el viejo preapocalíptico, habrían tenido una solución relativamente sencilla. Sin embargo, esto desvirtúa, y mucho, el sentido general de este universo zombi. Porque sí, los muertos vivientes del título son el contexto y una amenaza contra la que siempre tienen que luchar los protagonistas, pero en realidad nunca son, al menos hasta ahora, auténticos protagonistas. No, lo interesante siempre ha sido el componente humano.

Cabe señalar que las primeras temporadas de Fear the Walking Dead sí contaban con ese elemento humano. El miedo a lo desconocido, la necesidad de unir fuerzas, la lucha contra los problemas personales, las traiciones, los egos,… Todo ello, con sus irregularidades, estaba implícito en los personajes. Ahora, por el contrario, todos parecen remar a una sin un enemigo claro, aunque con los suficientes antagonistas humanos como para haber podido mostrar una lucha realmente interesante. En lugar de eso, el tratamiento convierte a estos antagonistas en personajes episódicos que son utilizados en determinados momentos y cuando resulta conveniente. Sin una buena definición, se convierten en roles unidimensionales, sin los matices que han hecho famoso este universo seriéfilo y gráfico. A su vez, esto repercute en la propia historia, pues durante muchos tramos de la temporada el argumento se estanca en una dinámica con poco desarrollo, si bien es cierto que sirve de base para lo que llega después. Pero eso se podría haber resuelto en menos episodios.

El otro gran problema es el de los protagonistas. Ya desde la primera temporada la serie nunca ha sido capaz de encontrar un núcleo de personajes interesante que pudiera servir de nexo de unión durante toda la serie, o al menos durante buena parte de la misma. No es que Kirkman sea de los que evita matar a un protagonista si la historia lo requiere, pero es que durante todas las temporadas los personajes que parecían llevar la voz cantante han terminado desapareciendo de la historia en un constante goteo de idas y venidas de actores. El resultado ha sido una pérdida progresiva de efectividad dramática, curiosamente el efecto contrario al que, presumiblemente, se buscaba. Con todo, durante las dos últimas temporadas eso parece haberse enderezado, manteniendo un bloque unido de personajes a los que se suman otros (algunos de ellos de la serie original en un intento de darle impulso a la trama). Y la conclusión final, al menos en este aspecto concreto, no puede ser sino positiva, incluso teniendo en cuenta el final de la temporada.

Mejor futuro

En cierto modo, esta quinta temporada de Fear the Walking Dead presenta algunos planteamientos comunes a la serie original, como esa división de los protagonistas en varios escenarios diferentes, el uso de los muertos vivientes para afrontar necesidades muy humanas (la defensa de territorio, en este caso) y varios enemigos a superar. El problema es cómo desarrolla esos planteamientos, y aquí es donde la serie ha ido claramente de menos a más. Lo que comienza siendo una especie de organización de ayuda y cooperación termina siendo una lucha por la supervivencia, de nuevo, entre humanos. Los zombis terminan relegados a un segundo e importante plano, utilizados más como arma que como un personaje. Al fin y al cabo, es lo que se espera de esta saga postapocalíptica. Pero hay algo más en ese final de etapa que plantea un futuro prometedor.

La presencia de personajes de The Walking Dead logra un efecto algo inesperado, o por lo menos no relacionado con esa idea de vincular ambas historias y, sobre todo, de generar un mayor interés en los personajes originales de este spin off. Lo segundo, en cierto modo, se logra. Pero lo que terminan logrando estos roles es centrar en ellos buena parte de la atención, permitiendo crecer al resto en un entorno más seguro, menos expuesto al protagonismo y, por lo tanto, con un manejo algo menos complejo de sus arcos argumentales. Esto permite, por ejemplo, dotar a algunos de ellos de un cierto misterio (caso del interpretado por Maggie Grace -serie Perdidos-), así como generar todo un microcosmos en torno a estas dos figuras, que ganan protagonismo hasta el extremo de convertirse en los líderes que se sacrifican por el grupo, al menos uno de ellos. Y muy relacionado con este sacrificio está el otro gran aspecto del final de esta temporada, de esa conclusión del arco argumental que eleva el nivel de estos 16 capítulos mucho más de lo que cabría esperar.

Y eso es la presencia de ese gran grupo antagonista presentado como aliados con un modo muy particular de hacer las cosas. Más allá del impacto que tiene en la serie la presencia de este nuevo grupo, dejando algunas secuencias realmente importantes (la del puente y la del pueblo invadido por zombis son, sin duda, dos de las más recordadas), lo que lo convierte en un gran aliciente para una trama algo alicaída es el modo en que influyen sobre los protagonistas, en cómo son capaces de manipular la acción a su antojo para poder, a su vez, manipular las decisiones del grupo de héroes. En este sentido, el final de esta etapa deja abierto el futuro de la serie en dos caminos evidentes: o luchar contra ellos desde dentro de la organización, o unirse a ellos y afrontar el futuro contra otras amenazas. Personalmente, y viendo cómo se ha desarrollado todo, me inclino más por la primera, fuera aparte de ser la que más dramatismo aportaría al conjunto de la serie. Pero sea como fuere, la presencia de este nuevo grupo supone un punto y aparte y relanza el contenido dramático de la ficción.

El resumen de esta quinta temporada de Fear the Walking Dead podría ser que los episodios van de menos a más. Es cierto que, como en todo desarrollo, hay altibajos dramáticos, pero en general el arco argumental ha ido ganando enteros conforme ha evolucionado, sobre todo en su tercio final. La trama deja momentos de extraordinaria tensión dramática, explora las motivaciones y las obsesiones de muchos protagonistas y logra la introducción de una nueva e interesante amenaza. Es cierto que todo eso lo hace casi exclusivamente en los últimos 8 episodios, y eso es algo que lastra irremediablemente el conjunto, pero sus creadores son capaces de enderezar el rumbo y volver a una senda más propia de este universo postapocalíptico.

‘The Walking Dead’ siembra la semilla del caos en la T. 10 (I)


Con los años The Walking Dead se ha ido especializando en una estructura dramática a la que, aunque no siempre ha sido efectiva, se ha aferrado como si fuera la Biblia del desarrollo argumental. En el caso de la primera parte de la décima temporada el resultado se podría decir que es exitoso, toda vez que logra algo pocas veces visto en la serie: que la etapa de calma y planteamiento del conflicto sea, a su vez, un vehículo para desarrollar un caos en el seno de los protagonistas que deriva en un episodio final con uno de los mayores ganchos de esta ficción postapocalíptica, con permiso de Negan, claro está.

Estos ocho episodios de la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) y Angela Kang (serie Terriers) son tan irregulares como apasionantes. Sé que puede parecer contradictorio, pero en realidad toda la serie basada en la novela gráfica de Robert Kirkman, Charlie Adlar y Tony Moore tiene ese mismo punto contradictorio. Pero me explico. Esta temporada la serie pierde buena parte de su fuerza dramática porque divide al grupo protagonista, repartido por las diferentes ciudades que conforman esa suerte de primera civilización tras el apocalipsis zombi. Si bien esto produce nuevas sinergias dramáticas y narrativas, también hace que la producción pierda fuerza dramática. Los protagonistas afrontan nuevos desafíos en solitario, sin poder compartir secuencias con otros personajes, y cuando lo hacen es de un modo limitado al no existir esa facilidad de reunir a todos los héroes bajo un mismo techo. Esto produce, por ejemplo, que muchos personajes no tengan presencia durante varios episodios, o que sea algo meramente testimonial, lo que termina por romper el interés del espectador.

Pero son cosas previsibles y derivadas de la amplia dimensión que ha adquirido The Walking Dead. Por eso, sus creadores han aprovechado estos problemas para convertirlos en oportunidades, y vaya si lo han hecho. De hecho, han localizado su mirada en los villanos, desarrollando todo un complejo esquema de secuencias que ayudan a explicar cómo funciona ese grupo de Susurradores encabezado por una extraordinaria Samantha Morton (Two for Joy). Algo que, de hecho, ha ocurrido muy pocas veces, por no decir ninguna. El hecho de narrar los orígenes de la villana principal a lo largo de varios episodios (dedicándole uno plenamente a ella) enriquece de tal modo la trama que vuelve la historia mucho más compleja emocionalmente hablando, pues permite comprender las motivaciones del otro bando y lo que les lleva a ser como son. Si a esto sumamos la presencia de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-) y de otros personajes que juegan a dos bandas entre el bien y el mal, lo que obtenemos es un interesante reflejo de cómo una comunidad se desestructura poco a poco, y de cómo el ser humano es capaz de renunciar a sus principios con las consecuencias que eso conlleva.

Dicho de otro modo, esta primera mitad de la décima temporada es un ejemplo de cómo dinamitar por dentro lo construido previamente. A través de varios personajes, sorpresa final incluida (el episodio 7 posiblemente sea de los mejores de toda la serie), la trama ahonda en los miedos, en los problemas, en las suspicacias entre unos y otros mientras confiamos aquellos dichos de “la unión hace la fuerza” y “divide y vencerás”. Efectivamente, la división entre los principales protagonistas, principalmente física aunque en parte también emocional, provoca situaciones que hacen evolucionar la historia hacia lugares que habitualmente no se han tocado en esta serie, especialmente en sus dos últimos episodios. Sin desvelar grandes spoilers se puede decir que personajes definidos por su recia moral terminan sucumbiendo a sus ansias de venganza, y que roles que comienzan una vida en familia… bueno, eso es mejor descubrirlo por uno mismo.

Héroes, villanos y antihéroes

Y esto entronca directamente con otro de los grandes aciertos de esta temporada de The Walking Dead. Su planteamiento del bien y del mal, de los héroes y los villanos, queda difuminado en numerosas ocasiones. A diferencia de temporadas anteriores, donde los villanos eran más que evidentes y no tenían, digamos, una interpretación moral que justificase sus actos, en esta ocasión no solo existe dicha explicación, como comentaba antes, sino que los héroes toman decisiones y actúan de modos muchas veces cuestionables. Comprensibles por el dolor que han sufrido, pero en cualquier caso cuestionables. La sed de venganza hacia esos Susurradores es el detonante de muchos conflictos internos en el grupo, pero también de muchos dilemas morales en cada uno de los héroes.

A esto deberíamos sumar, además, la complejidad que aporta al conjunto el rol de Dean Morgan. Tal vez sea mucho decir, pero posiblemente estemos ante el personajes más interesante y enigmático de toda la serie, y el actor engrandece el viaje de este villano reconvertido en antihéroe hasta hacerlo más indispensable de lo que ya es. El camino que emprende no solo permite al espectador conocer más en profundidad a Negan, sino que además obliga a repensar muchas de sus actitudes y sus decisiones, sobre todo la relativa a los Susurradores. El que fuera archienemigo de Rick Grames demuestra, con sus actuaciones, que se ha pasado a ese oscuro mundo del antihéroe, considerado por muchos como el villano pero capaz de hacer cosas buenas para salvar a la gente. Habrá que esperar a la siguiente tanda de episodios para averiguar los verdaderos planes de este hombre.

Más allá de los cambios respecto a la novela gráfica (algunos muy muy significativos, como es habitual), lo que esta primera mitad de temporada aporta es, desde el punto de vista dramático, una disección muy interesante del funcionamiento de una sociedad, de cómo sus miembros quieren regirse por unas normas que, sin embargo, no pueden evitar ignorar cuando les consume la ira. Pero es que desde el punto de vista audiovisual la temporada es un ejemplo de cómo narrar en el silencio, utilizando los sonidos en numerosas ocasiones para hacer avanzar la acción. Muchos verán en estos episodios una muestra de esa lentitud que se achaca muchas veces a esta ficción. Y puede que sea así. Pero en esa calma, en ese silencio, la serie encuentra una poderosa arma narrativa que ofrece muchas posibilidades de interpretación y complejidad emocional. Ese silencio, que siempre acompaña a los Susurradores, termina por llegar a los héroes, algo que en cierto modo también es una forma de consolidar la idea de que estos villanos tienen una enorme influencia.

Desde luego, el final de esta primera mitad de la décima temporada de The Walking Dead tiene uno de los mejores ganchos de toda la serie, pero es solo el colofón a un arco dramático que, aunque irregular en algunos episodios, ha llevado a los personajes a otro nivel. El impacto de los acontecimientos de la novena temporada, unido a esa división del grupo de héroes y al tratamiento que se da a los antihéroes, convierten a estos 8 episodios en una tanda interesante, apasionante por momentos y tediosa en otros tantos, pero que lleva la historia hasta puntos realmente críticos, sobre todo en su clímax de los dos últimos capítulos. Es la tormenta que precede a la calma, eso es más que evidente, pero también es un ejercicio de tratamiento dramático y de estudio del caos imprescindible en una serie que, durante varias temporadas, había caído en una dinámica de buenos y malos sin luces ni sombras. Lo planteado en esta primera etapa es, en muchos sentidos, un soplo de aire fresco aunque pueda no parecerlo.

‘Fear the Walking Dead’ revoluciona sus cimientos en la 4ª T.


Lo que ocurre con el mundo de ‘The Walking Dead’ merece un estudio pormenorizado en algún extenso libro. Y no me refiero al fenómeno fan, sino al tratamiento dramático tanto de la serie matriz como de su “retoño”, Fear the Walking Dead, que ha heredado poco de lo mucho bueno que tiene el original y mucho de lo poco malo que se ha ido arrastrando temporada tras temporada. La cuarta etapa de esta serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s law) y Robert Kirkman, autor de este universo postapocalíptico, evidencia una falta de rumbo narrativo alarmante. Eso o que ha revolucionado sus cimientos para reinventarse y construir algo mejor. Todo depende de si el vaso está medio lleno o medio vacío.

Una idea esta, la de tener esperanza o ser derrotista, que se desarrolla de un modo más o menos interesante a lo largo de estos 16 episodios de irregular ritmo. El principal problema de esta temporada, no cabe duda, es la indefinición de un objetivo claro en muchos aspectos. Para empezar, los personajes. Si el final de la anterior temporada abría la puerta a una historia sumamente interesante, la primera mitad de esta etapa construye lo que podría entenderse como un futuro para esta ficción, con un núcleo de protagonistas que deben luchar contra su entorno para reconstruir la civilización. Hasta aquí todo correcto, incluso el hecho de que sus enemigos terminen derrotándoles. Lo que no queda tan claro es el destino de los héroes. El constante cambio de protagonismo, pasando de personajes más complejos e interesantes a otros más prototípicos, termina por jugar en contra de la serie, que no encuentra su motor dramático prácticamente hasta el final.

Dicho de otro modo, Fear the Walking Dead pone en práctica algo que ya planteaba la serie original, y es el hecho de que ningún personaje tiene asegurada la supervivencia. Y esto es una magnífica idea que debería aplicarse en cualquier trama, pero no a cualquier coste. El problema es que esto se desarrolla en la serie de forma anárquica, sin acentuar el dramatismo de esos momentos y, por lo tanto, restando credibilidad a la historia. Lo que es más grave, desconecta al espectador de una trama que tiene demasiados recovecos narrativos y dramáticos como para poder identificarse con otros personajes y otras historias. De ahí la incorporación del rol que Lennie James (Blade Runner 2049) interpreta en la serie original; un traspaso de ficciones para dotar a este personaje de más protagonismo y, al mismo tiempo, tratar de integrar en esta trama algo conocido por los fans, siendo en definitiva un personajes que puede actuar a modo de anclaje para muchos elementos.

A pesar de sus notables irregularidades dramáticas y narrativas, la serie ofrece un diversos contenidos a tener en cuenta. Para empezar, las numerosas reflexiones acerca de la violencia y el egoísmo en el ser humano y los titánicos esfuerzos que es necesario hacer para luchar contra ello. En este sentido, es espléndida la presencia del personaje interpretado por Tonya Pinkins (serie Gotham), que ofrece a la serie una villana efímera pero sumamente atractiva, capaz de poner en jaque no solo físicamente a los protagonistas, sino moralmente al espectador. Si a esto se suman las consecuencias de determinados actos de los protagonistas, la sensación de culpabilidad que se deja sentir a lo largo de todo el arco dramático y algunas secuencias realmente intensas en lo que a emociones se refiere, lo que nos encontramos es una temporada que, con todos sus problemas (y después de haber destruido lo logrado en la anterior), parece querer construir algo perdurable.

Nuevos personajes

Ahora la pregunta que se plantea es ¿qué es eso que se está intentando construir? Y no es fácil contestarla. Porque Fear the Walking Dead, a diferencia de la serie matriz, no tiene una coherencia lineal a la que aferrarse. Las anteriores temporadas, con sus más y sus menos, sí tenían un cierto arco argumental en el que, con todo, era lo suficientemente flexible como para permitir ciertos giros argumentales imprevistos. La revolución que ha supuesto esta cuarta temporada, sin embargo, impide intuir cuál es el futuro de la serie al ser imposible saber qué personajes pueden sobrevivir episodio tras episodio. Esto, a priori, es algo más bien positivo, en tanto en cuanto la serie puede adquirir una madurez que no tuvo en su primera temporada, y que desde luego ha faltado en varios fragmentos de las siguientes etapas. Pero como con todo, existen matices.

Y esos matices es que es fundamental calcular de forma inteligente los personajes que abandonan la trama y, sobre todo, el momento. Esta temporada es un claro ejemplo. La ausencia de dos roles tan importantes como los de Frank Dillane (En el corazón del mar) y Kim Dickens (A cualquier precio) ha sido, sin duda, un revulsivo importante para la serie, que rompe prácticamente todos los lazos con lo narrado hasta ahora. Pero la diferencia entre ambos ha sido el momento y el modo de salir de la serie. Mientras que la segunda ha tenido un final épico bien encajado en el momento preciso, el primero ha sido más bien tosco, acelerado e impreciso. Es cierto que la segunda ha inspirado y el primero sencillamente ha sido motor de venganza, pero ambos podrían haber logrado igualmente esos efectos planteando sus muertes de un modo algo más inteligente.

Digo esto porque tanto esta serie como la original tienen la tendencia de eliminar los mayores atractivos de sus respectivas tramas. Sobre todo la que ahora analizamos. Y sí, eso provoca que se produzcan giros argumentales sin igual en una ficción caracterizada por un ritmo narrativo tan lento como los zombis que son aniquilados episodio tras episodio, pero también impide a la serie asentarse, y sobre todo impide crear personajes carismáticos que aporten fuerza dramática al conjunto. Y es aquí donde entran los nuevos personajes. Esta temporada, como no podía ser de otro modo, está cargado de ellos, y lo cierto es que algunos son cuanto menos interesantes. El pasado que arrastra cada uno, así como los traumas y los sentimientos de culpabilidad o de venganza, enriquecen la historia, aunque habrá que estar atentos a su evolución en la próxima temporada.

Vista en su conjunto, no cabe duda de que la cuarta temporada de Fear the Walking Dead es toda una revolución de conceptos y una declaración de intenciones. La práctica desaparición de los principales personajes ha hecho que recaiga sobre los secundarios el protagonismo de una trama obligada a incorporar nuevos personajes. El tratamiento dado a algunos arcos argumentales resulta algo burdo en diversos compases de esta etapa, pero en líneas generales logra su propósito de realizar una transición hacia otro concepto de serie, tal vez con roles más asentados y con una cierta consistencia dramática en forma de trama única. Pero eso es adelantar acontecimientos que, además, desconocemos. Por ahora, lo importante es que la serie está obligada a reinventarse (y parece que está en ello) y a corregir determinados errores dramáticos y de definición de personajes, algo que también parece haber conseguido en estos episodios.

‘Fear the Walking Dead’ aclara sus ideas en la 3ª temporada


La evolución que ha tenido Fear the Walking Dead durante sus tres primeras temporadas ha sido, cuanto menos, irregular. Con un notable comienzo, el desarrollo dramático de la historia ha sido errático, en buena medida determinado por el gran número de personajes, sus excesivamente diferentes historias secundarias y la sensación de que el arco argumental todavía se estaba tratando de encontrar a sí mismo. Pues bien, buena parte de sus problemas parecen haberse solucionado en estos 16 episodios que componen la tercera entrega de esta ficción nacida bajo la sombra de The walking dead. Buena parte, pero no todos.

En cierto modo, esta nueva temporada de la serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) y el autor del cómic en el que se basa la serie original, Robert Kirkman, es una purga de todos aquellos elementos innecesarios en la historia, tanto dramáticos como narrativos. Y entre ellos, por supuesto, destacan los personajes. Para empezar, las tramas de los diferentes personajes se han unificado en un único elemento. Se acabó, por tanto, el ubicar a cada rol protagonista en un escenario diferente. Más allá de los beneficios económicos y de producción que eso conlleva, dramáticamente hablando permite a la serie centrar la atención no solo en un grupo de supervivientes muy concreto, sino que potencia el desarrollo de las relaciones entre personajes, de sus conflictos y el modo en que reaccionan juntos (o separados) ante la adversidad.

A esto se suma la eliminación de muchos roles que, siendo sinceros, se habían vuelto anodinos o eran, casi desde el principio, totalmente innecesarios. El ejemplo más evidente es el de Cliff Curtis (Resucitado), cuyo papel desde el comienzo de Fear the Walking Dead ha estado marcado por una alarmante indefinición ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor. Y aunque se le ha intentado integrar, lo cierto es que su personalidad no tenía cabida en una serie de este tipo, al menos no como el presunto líder que debería ser. De ahí su desaparición. Otra cuestión es el modo en que desaparece, bastante criticable por lo ridículo que resulta. A él se añaden otros, tanto principales que habían participado desde el principio como secundarios incorporados en esta tercera temporada. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo la serie está empezando a adquirir la estructura dramática de su modelo a seguir, con villanos humanos diferentes en cada temporada y concentrando la atención en un pequeño grupo de personajes.

Porque sí, la serie tiene muchos secundarios, pero al igual que en la serie original, el peso de la trama recae en unos pocos, que además se han reducido ostensiblemente en esta etapa, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la historia como en el escenario en el que se desarrolla la trama. El hecho de que todo se haya concentrado en apenas cinco personajes ha permitido, además, desarrollar más en profundidad la personalidad de los mismos, ahondando en sus miedos, en sus capacidades y, sobre todo, en su pasado. Esto ha permitido algunos momentos sumamente interesantes, como el regreso a las drogas del rol de Frank Dillane (En el corazón del mar), una situación tan dramática como surrealista si se tiene en cuenta el mundo apocalíptico en el que ocurre todo. En definitiva, esta tercera temporada se ha librado de lastres para concentrar el foco en los aspectos más interesantes, potenciándolos a su vez al tener más tiempo para poder realizar un mejor tratamiento.

Problemas zombis

Con todo, esta etapa de Fear the Walking Dead sigue arrastrando numerosos problemas de las anteriores temporadas, como si de los muertos vivientes a los hace referencia el título se tratara. Para empezar, una cierta indefinición en su trama. Mientras que su serie matriz muestra un claro objetivo del grupo protagonista, en esta ficción apocalíptica los protagonistas se dispersan tanto física como psicológicamente, sin un sendero claro ni, aparentemente, un objetivo a alcanzar, salvo tal vez el de sobrevivir, que no es poco en este tipo de ficciones. No es poco, pero no es suficiente, sobre todo porque la serie provoca una y otra vez la sensación de estar ante algo inacabado, como si se hubiera iniciado la trama sin tener claro hacia donde dirigirla. Y eso termina afectando, en cierto modo, a los personajes.

Y es que, aunque el hecho de centrar la trama en un puñado de roles ha beneficiado al desarrollo dramático de la historia, esta todavía sigue presentando irregularidades en su tratamiento debido, precisamente, a esa aparente falta de objetivo. Los personajes no parecen dispuestos a luchar por nada salvo ellos mismos, por sobrevivir un día más en lugar de intentar establecer una zona de seguridad. Sí, hay intentos, pero dado que ninguno de ellos termina por tener éxito, el balance final es el de arcos argumentales marcados por la llegada a un lugar y su posterior destrucción. Y ello sin contar con villanos realmente relevantes, lo que hace aún más complicado aceptar algunas de las premisas que se han planteado, por ejemplo, en esta tercera temporada.

Estos nuevos 16 episodios tampoco logran librarse de la definición de algunos de los supervivientes. A pesar de la evidente evolución que han sufrido los protagonistas, algunos de ellos todavía mantienen ciertas reminiscencias de una personalidad anodina, a medio camino entre la inocencia, la pasividad o la incomprensión de lo que ocurre. Y esto, aunque en determinados momentos puede ser provechoso para acentuar el contraste entre los roles, en muchos otros se convierte en un lastre para que la acción avance, al menos de forma progresiva. En este sentido, y unido a esa idea de supervivencia día a día que antes mencionaba, la serie parece moverse en círculos constantes con los que los personajes, por fortuna, están evolucionando, pero que les sume en una espiral que les lleva a vivir similares situaciones una y otra vez.

Solo cabe esperar que Fear the Walking Dead pueda librarse de esta estructura circular para seguir avanzando hacia un futuro que, con la eliminación de personajes y el final de esta tercera temporada, promete ser sumamente interesante. Porque el gancho final de temporada de esta entrega es, posiblemente, de los mejores que ha tenido la serie desde sus inicios, situando a los personajes en un escenario complejo, marcado por la muerte y la destrucción. En cierto modo, estos 16 capítulos marcan un cambio de tendencia; no radical, pero sí lo suficiente como para que se aprecie algo diferente. Los problemas siguen ahí, pero se suavizan. Si se logran eliminar, o al menos sí cambiar progresivamente, la serie podría deparar un mundo apocalíptico apasionante.

8ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), o cómo narrar con saltos temporales


Una de las mayores críticas que se puede hacer a The Walking Dead es su irregularidad en el ritmo dramático y narrativo. Me considero un fiel defensor tanto de esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) como del cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore, que toma como referencia para hacer avanzar la acción pero al que, en líneas generales, cada vez tiende más a ignorar en los detalles dramáticos. Volviendo al ritmo, la primera mitad de esta octava temporada es posiblemente el ejemplo más claro de que en esta serie siempre parece que no pasa nada aunque termina pasando de todo.

De hecho, estos primeros 8 episodios, salvo un comienzo frenético y brutal en el que los combates entre las diferentes facciones humanas copan prácticamente toda la narrativa, el resto se vuelve excesivamente contemplativo, tratando de ahondar en cada uno de los personajes de forma individual y cómo se enfrentan a la guerra abierta contra los Salvadores de Negan (al que vuelve a dar vida un espléndido Jeffrey Dean Morgan –Premonición-). Esto, en cierto modo, impide que se pueda seguir el hilo argumental principal, no solo por los numerosos saltos espaciales que existen, sino porque esta ficción postapocalíptica tiene ya tantos personajes que abordar las emociones de todos ellos resulta una tarea ardua y, por momentos, imposible de realizar.

A eso se suma que muchos de los roles secundarios han adquirido un protagonismo algo innecesario. Bueno, innecesario no, pero desde luego sí excesivo para lo que se puede esperar de ellos. Este ascenso a la primera línea dramática obliga a restar minutos de otros protagonistas de The Walking Dead, y a su vez por tanto se resta interés y profundidad a algunas decisiones, conversaciones y reacciones. Posiblemente una de los elementos que más se ven afectados sea la relación padre hijo entre los roles de Andrew Lincoln (Pago justo) y Chandler Riggs (Piedad), olvidada por necesidades dramáticas obvias y que, en esta parte de la temporada, parece querer recuperarse, aunque de forma un poco tosca. Se podría decir, en este sentido, que este comienzo de temporada tal vez sea uno de los más débiles en su conjunto, aunque eso no quiere decir que sea necesariamente malo, al contrario. La serie sigue manteniendo un alto nivel interpretativo, narrativo y visual, con algunos momentos no aptos para estómagos sensibles.

Con todo, lo más llamativo y sorprendente de esta primera mitad de la octava temporada son los constantes saltos temporales en la narrativa, desde el ya inolvidable comienzo en el que Rick Grimes, envejecido y dolorido, se mueve por una sociedad casi utópica, hasta los momentos en que un personaje se halla en una situación extrema a la que se llega con el desarrollo del episodio. Dichos saltos, más allá de acentuar el caos en el que viven los protagonistas, logran un efecto dramático impecable, situando al espectador en la posición de conocer la situación de los personajes antes de que vivan los acontecimientos. Se juega así con la doble sensación de algo conocido y de peligro ante lo que todavía no se conoce. Dicho de otro modo, es la definición más exacta de tensión dramática que se ha visto en esta serie.

Personajes sin futuro

Todo ello ayuda a paliar, en cierto modo, las carencias de este comienzo de temporada de The Walking Dead en lo que a ritmo e intensidad dramática se refiere. Aunque como es habitual en esta producción, la narrativa se mueve a golpe de martillo. O de bate de baseball, si se prefiere. Después de la tormenta siempre llega la calma, es cierto, pero… ¿y detrás de la calma? Bajo esta premisa, estos 8 episodios vienen a ser un compendio reducido de las diferentes fases de una guerra, desde el conflicto directo hasta los movimientos de espionaje, pasando por la preparación de una contraofensiva o la destrucción de la retaguardia.

En este contexto bélico, los saltos temporales adquieren especial relevancia. Ver al personaje de Lincoln, por ejemplo, llamar a unos puestos avanzados sin obtener respuesta para comprender, minutos más tarde y con un sinfín de acontecimientos entre medias, que los vigilantes de dichos puestos han desaparecido. Escuchar una arenga a las tropas para, minutos después, comprender lo que ha motivado dicha arenga. Y así sucesivamente. Este juego con el tiempo dramático no solo aporta un interesante recurso narrativo a estudiar, sino que genera en el espectador la doble sensación de caos visual e intensidad emocional. Y eso es algo que en una serie en la que en muchos episodios parece no ocurrir nada resulta muy valorado.

Con todo, lo que vuelve a definir a esta ficción es el poco apego que se tiene a los personajes. Poco importa que sean héroes o villanos, protagonistas o secundarios. Si un rol tiene que desaparecer por necesidades dramáticas, desaparece. Y hago especial mención a este elemento porque el gancho de mid season es posiblemente el más impactante, abrumador e inesperado de todos estos años. No desvelaré aquí lo que ocurre en los últimos minutos del episodio 8; tan solo mencionaré que, de confirmarse lo que a todas luces parece evidente, sería el mayor cambio con respecto al cómic, pero es que además trastocaría las dinámicas dramáticas de un modo que pocas veces se ha visto en televisión. Un cambio tan brutal como apasionante, pues abriría las puertas a un nuevo mundo en el tratamiento dramático de esta serie.

En resumidas cuentas, esta primera mitad de la octava temporada de The Walking Dead podría ser uno de los más débiles en muchos aspectos, pero sin duda uno de los más interesantes desde el punto de vista narrativo. El protagonismo que adquieren algunos personajes resulta algo innecesario, es cierto, pero el modo en que se narra la historia, el juego de sus creadores con los tiempos dramáticos y la aportación de los actores compensa la falta de ritmo que tiene en algunos momentos. Eso y un final que dejará con al boca abierta a cualquier fan. La espera para la segunda parte se hará eterna.

7ª T. de ‘The Walking Dead’ (y II), la determinante función del villano


Era difícil mantener el buen ritmo narrativo y dramático de la primera parte de la temporada, y en cierto modo The Walking Dead no lo ha conseguido. Los últimos ocho episodios de la séptima temporada son, posiblemente, los más pausados de toda la serie, muy centrados (tal vez en exceso) en el desarrollo de los personajes, en sus dudas, sus miedos y sus remordimientos. Y si eso hubiera ocurrido con, por ejemplo, el protagonista al que da vida Andrew Lincoln (Los seductores) habría podido ser interesante, pero el problema es que ha ocurrido con muchos secundarios de relativa importancia, lo que ha provocado que la trama se haya dispersado en muchos momentos. Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente.

Y lo valiente en este caso es que la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) siempre ha sido consciente de que, para lograr la espectacularidad o la angustia, es necesario asentar muy bien las bases dramáticas. Es por ello que durante esta segunda parte de esta etapa todo aquello que parece no avanzar, que parece simplemente narrar la vida en cada uno de los asentamientos que protagonizan la trama, en realidad allana el terreno para un final épico marcado por la violencia, la sangre y la muerte. Y esta es, al fin y al cabo, la máxima expresión tanto de la serie como de los cómics creados por Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore: un desarrollo aparentemente tedioso y sin demasiada información que desemboca en un clímax tan impactante como gratificante, capaz de dar respuesta no solo a las expectativas del espectador, sino a todas las preguntas planteadas durante la acción previa.

El problema de esta segunda parte de la séptima temporada es la profusión de personajes. En realidad, es algo que ha ocurrido en otros momentos de The Walking Dead, pero en esta ocasión, con los protagonistas divididos hasta en cuatro escenarios clave y con nuevos e interesantes roles secundarios, se evidencian mucho más los conflictos a los que se enfrentan los creadores. El hecho de tener que combinar tantas tramas secundarias en un espacio tan limitado es todo un reto narrativo que se resuelve mejor o peor, depende del episodio. Con todo y con eso, el verdadero problema radica en los debates morales de muchos secundarios, sus dudas y sus reacciones ante lo que ocurre a su alrededor. Es, en cierto modo, como si el viaje catártico que el personaje de Lincoln hace en la primera parte lo vivan ahora otros roles, alargando unos preparativos bélicos que, personalmente, creo que podrían haberse resuelto de forma más directa.

Claro que esto arroja otra reflexión sumamente interesante acerca del alcance del poder y el daño que ejerce el villano de la función. El impacto de la presentación de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-, cada vez más cómodo y espléndido en el personaje) no solo ha tenido efecto en el héroe, sino en todos. Y un efecto a cada cual más distinto, lo que a su vez provoca una división interna acerca del modo de afrontar la pérdida. Ya sea con una destrucción de la voluntad, ya sea movidos por el odio y la ira, o simplemente por la cobardía, las reacciones de cada uno de los personajes es única, conformando así un mosaico de personalidades que se definen en una situación de mayor brutalidad si cabe. O dicho de otro modo, cada uno responde como puede a una amenaza mayor que los zombis, y que siempre llega de la mano de los vivos.

Esto es la guerra

Es cierto que muchas de las tramas secundarias podrían haberse acortado. Y también es cierto que una vez que el personaje de Rick Grimes sufre su particular catarsis y decide combatir, ver cómo los secundarios viven las mismas dudas en su viaje interior es algo innecesario, aunque sumamente enriquecedor para la trama. Pero todo ello ha permitido conformar un escenario dramático de auténtico sentido bélico, casi como si varias naciones tuvieran que luchar para defenderse de un enemigo común. Con todo, lo más interesante es lo que se esconde detrás de este pausado ritmo de The Walking Dead: la guerra sucia que desarrollan los personajes.

Traiciones, cambios de bando, muertes. Todo lo que pueda pensarse ocurre a un mayor o menor nivel. Cualquier recurso es bueno para ganar una batalla contra la tiranía. Y es en medio de esta guerra sucia (en algunos casos Guerra Fría) donde mayores cotas dramáticas alcanza la parte final de esta séptima temporada, pues no solo ofrece la posibilidad de comprender el verdadero carácter de muchos secundarios; también ofrece puntos de giro inesperados que enriquecen el desarrollo dramático de la serie, caminando con paso firme hacia un conflicto directo en el último episodio, posiblemente uno de los más intensos que se recuerdan en lo que a acción se refiere junto a los que tuvieron lugar en la cárcel. Gracias a los mencionados giros argumentales la trama se retuerce hasta puntos insospechados, sacrificios necesarios y esperados incluidos.

Y como siempre ha ocurrido desde su presencia en la serie, Dean Morgan es el verdadero atractivo de la serie. Su forma de afrontar un personaje tan siniestro y complejo como Negan es sencillamente ejemplar, dotándolo de una presencia física única, de una crueldad y una violencia inigualables. Es el verdadero faro de la temporada, sobre todo cuando el resto de personajes parecen haber perdido un poco el rumbo, precisamente a consecuencia de los actos de este villano. Todo tiene lugar por él, y nada ocurre sin que él no lo provoque. El final es uno de los mejores ejemplos. Todo en ese clímax tan espectacular como esperanzador tiene sentido única y exclusivamente porque Negan así lo quiere, incluyendo una de las muertes tan necesaria como esperadas. Es el objetivo a abatir, pero también el contexto y las circunstancias que promueven toda la acción. Un personaje así no se ve todos los días. Es más, no se ve casi nunca.

Puede entenderse de este breve análisis que esta segunda etapa de la séptima temporada de The Walking Dead tenga una calidad inferior al resto de la serie. Desde luego, a los que esperen ver muerte, vísceras y violencia les decepcionará. Pero como ocurre en esta serie, en medio de la calma siempre se intuye la tormenta, y en esta ocasión es una tormenta perfecta. El problema no es falta de ritmo, sino las vueltas que los guionistas dan sobre los mismos temas, ya sea con uno u otro personaje. Y dado que son tantos (cada vez más), la trama obliga a repartir los minutos cada vez más. Por fortuna, todo esto tiene un objetivo claro y bien definido en cada momento. Un objetivo que lleva a una conclusión épica, marcada por la acción y la tensión dramática. Y es esa conclusión la que, además, pone las bases para una octava temporada que se antoja espectacular.

‘Fear the Walking Dead’ avanza lastrado por sus problemas en su 2ª T.


Los personajes se adaptan poco a poco al mundo de los zombis de 'Fear the Walking Dead' en su segunda temporada.Es muy llamativo comprobar cómo una serie como Fear the Walking Dead puede ser tan diferente en todos los aspectos a su serie matriz The Walking Dead. Bueno, en todos tal vez no, porque los zombis son los mismos. Pero tanto el desarrollo dramático como la gestión del mundo en el que se desarrolla la acción son como la noche y el día. Y es curioso, porque ambas producciones han surgido de la mente de Robert Kirkman, autor del cómic original. Sin embargo, en esta especie de secuela en la que también colabora Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) como creador los problemas narrativos que pudiera presentar el producto original están sobredimensionados hasta definir por completo el carácter de la serie.

Los 15 episodios de su segunda temporada son buena muestra de ello. Mientras que dramáticamente hablando la serie trata no solo de avanzar, sino también de madurar, sus personajes siguen anclados a una concepción un tanto inocente de la realidad en la que viven. Da la sensación de que existe un miedo inherente a dejar que los protagonistas se adapten a su entorno, ya sea por no poder controlar sus acciones y, en consecuencia, llevarles hasta extremos no deseados, o porque si ocurriera se parecerían demasiado al grupo de Rick Grimes que protagoniza la serie original. Sea como fuera, el contraste entre personajes y acción es tan evidente, tan llamativo, que crea una fractura dramática más que notable.

Y esto, en sí mismo, es una incongruencia. ¿Puede ser que los personajes no estén en consonancia con la acción? Desde un punto de vista dramático, es evidente. La prueba más palpable es el personaje interpretado por Cliff Curtis (Resucitado). Más allá de su capacidad como actor, que personalmente me parece un poco limitada, lo cierto es que su personaje es irregular en sus acciones y sus decisiones, tratando de ser de una forma en un mundo que exige otro tipo de comportamiento. Y lo mismo ocurre con otros protagonistas, que en mayor o menor medida parecen no ser conscientes de la realidad que les rodea. Tan solo el personaje de Frank Dillane (En el corazón del mar) vuelve a demostrar, como ya hizo en la temporada anterior, que es digno de la evolución que está teniendo la trama. Tal vez por eso se haya decidido separarle del grupo y explorar con él el amplio mundo de muertos vivientes.

Pero esta desconexión de los personajes con la trama deja, en muchos casos, otras consecuencias más graves que la mera falta de coherencia dramática. En realidad, genera una incongruencia un tanto alarmante en lo que a diálogos se refiere, amén de lógica narrativa en muchas escenas que parecen obligadas por las circunstancias, derivadas a su vez de esa falta de unión entre dos aspectos del tratamiento dramático de la serie. Dicho de otro modo, los protagonistas (y con ellos los actores) no parecen tener claro lo que deben decir o cómo deben actuar ante determinadas situaciones. De hecho, no es extraño comprobar cómo una sensación agridulce se apodera de nuestras emociones al ver que un personaje actúa de forma diferente ante dos sucesos similares, sin seguir un patrón claro de comportamiento, ni siquiera en base a su evolución dramática.

Conflictos sociales

La mejor prueba de que Fear the Walking Dead no parece tener claro hacia donde avanza está en el personaje de Lorenzo James Henrie (Almost Kings), cuya evolución dramática es tan radical como poco explicada, introduciendo pautas de comportamiento que, incluso bajo el paraguas del cambio que experimenta su rol, resultan cuanto menos cuestionables, por no decir abiertamente incongruentes. Su periplo al final de la temporada sirve de justificación de una serie de situaciones a cada cual más dramática, es cierto, e incluso se puede decir que genera un punto de inflexión, pero la realidad es que los creadores parecían más interesados en buscar una excusa para eliminarlo de la ecuación que una forma de darle salida a este protagonista.

Ahora bien, junto a todos estos problemas conviven una serie de ideas prometedoras en esta segunda temporada, la más destacable los conflictos sociales a los que se enfrentan los protagonistas. Mientras la primera temporada se limitó a exponer cómo se afronta el comienzo de un apocalipsis zombi, en estos 15 episodios el arco dramático ofrece una serie de situaciones a cada cual más dramática y agresiva, evolucionando hacia ese mundo caótico y salvaje en el que conviven los héroes de la serie original. Dichos conflictos, que tienen su máxima expresión en un apasionante final de temporada, derivan a su vez en diversos pilares dramáticos sumamente interesantes, desde el que se plantea en el hotel en el que la plaga comienza con una boda (muy al estilo REC[3]: Génesis) hasta el que vive el personaje de Dillane en la comuna a la que llega, incluyendo un líder de dudoso ejemplo, pasando por una especie de adoración de los muertos vivientes.

Lo cierto es que estos momentos, unos cinco a lo largo de toda la temporada, es lo que mantiene a flote a unos personajes que hacen aguas por todas partes. Sin duda, la definición de los protagonistas no soportaría una estructura narrativa como la de la serie original, en la que durante varios episodios se abordan los conflictos internos de cada personaje. En este sentido, los creadores han sabido dar a la serie lo que necesita, algo que es de agradecer, pero siguen fallando en lo que, a priori, es más importante en producciones de este tipo. De ahí que la irregularidad sea la tónica general no solo del arco dramático general, sino de cada episodio en particular.

Decir que la segunda temporada de Fear the Walking Dead es mejor que la primera tal vez sea demasiado osado. Decir que es peor sería injusto. Pero tampoco es igual. Simplemente, se ha intentado ofrecer algo diferente al espectador fruto de la evolución de la trama. El problema es que esa evolución de los acontecimientos, lógica por otro lado, no está acompañada por un cambio necesario en los personajes. Que algunos sigan actuando como si el mundo se hubiera vuelto loco es simplemente incoherente. Hay una línea muy fina que separa la bondad en tiempos difíciles de la mera estupidez. Y ahí se encuentran muchos de los protagonistas, sin atreverse a dar el paso necesario a pesar de que los hechos les golpean en la cara una y otra vez. A juicio del espectador queda si son buenos o estúpidos.

7ª temporada de ‘The Walking Dead’ (I), el viaje catártico del héroe


Jeffrey Dean Morgan da vida a Negan en la séptima temporada de 'The walking dead'.El final de la sexta temporada de The walking dead fue, posiblemente, el mayor gancho que haya dado la televisión en los últimos años. La aparición de un villano como Negan (un magistral Jeffrey Dean Morgan –Premonición-) no solo hacía presagiar un futuro prometedor para esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city), sino que ese sonido de golpes y cráneos reventados puso en tela de juicio la cordura de muchos fans durante meses. Una vez resuelto el dilema de los muertos a manos de este villano inigualable, toca analizar lo que ha sido esta primera etapa de la séptima temporada, y como es habitual hay más evolución de personajes que violencia, sangre y zombis.

Si algo define el arco dramático de estos ocho episodios es precisamente el viaje catártico del personaje interpretado por Andrew Lincoln (Pago justo). Es cierto que esta serie basada en el cómic creado por Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard se puede considerar una obra coral, pero la realidad es que el peso de la narrativa recae fundamentalmente en este líder de un grupo de personas que trata de sobrevivir. De ahí que esta primera mitad, con sus más y sus menos, haya versado acerca de su particular descenso a los infiernos, de cómo un hombre fuerte y capaz de enfrentarse a lo que se ha enfrentado queda totalmente destruido ante la crueldad y el sadismo de un antagonista tan excepcional como apasionante.

En este sentido, el primer episodio es una lección de narrativa. Más allá de la tensión de sus primeros minutos, en los que se desvela el nombre de los muertos a manos de ese bate llamado Lucille, lo realmente interesante es comprobar cómo la moral del personaje de Lincoln es destruida lentamente, ya sea a base de poner su vida en peligro, ya sea jugando con el futuro de su hijo. De hecho, el carácter pausado es la clave para entender lo que ocurre en esta primera mitad de la séptima temporada de The walking dead. Se acusa muchas veces a la serie de tener momentos muertos, sin acción, pero he defendido y siempre defenderé que es en esos momentos cuando más ocurre, y estos episodios son el mejor ejemplo.

La tensión que imprime Dean Morgan a su entorno, el miedo que siembra Negan en todos aquellos que le rodean, es algo indescriptible. Su capacidad para provocar incomodidad allá donde va queda patente en cada plano, en cada frase de diálogo que sale de sus labios. Y todo ello sin apenas violencia, o al menos no violencia explícita, porque si algo caracteriza al personaje es su sadismo. La anulación que hace del héroe es tal que le convierte en una mera marioneta hasta la catarsis final, cuando Rick Grimes vuelve a tomar las riendas de su vida y de la de los que le rodean, avanzando una guerra sin cuartel que, de parecerse en algo a lo que se recoge en los cómics, se antoja apasionante.

Tres contra uno

El viaje catártico del personaje de Lincoln no es lo único interesante en la séptima temporada de The walking dead. Si bien es cierto que es el hilo conductor que vertebra toda la acción (incluyendo las muertes que se producen a lo largo de los capítulos), esta primera parte también sienta las bases para el futuro más inmediato de la serie, y que pasa por la unión de fuerzas contra un enemigo común. De este modo, estos episodios en los que aparentemente no ocurre nada sitúan a todas las piezas sobre el tablero, tanto las ya conocidas como las nuevas, tanto las que van a morir como las que van a sobrevivir. Así, este primer ciclo se convierte en una estructura dramática mucho más compleja e interesante que la mera destrucción de muertos vivientes con armas a cada cual más curiosa.

No, en realidad esta etapa permite al espectador conocer las posiciones de, por ejemplo, la comunidad de El Reino (tigre incluido), o las debilidades de Hilltop, ya planteadas en la temporada anterior. Si bien es cierto que los episodios centrados en estas comunidades resultan un tanto inconexos con respecto al resto de la temporada, no lo es menos que sirven para hacerse una idea del papel que cada uno va a jugar en el futuro de la serie. Y sí, dedicar mucho tiempo a estas historias evidencia aún más la dependencia que tiene esta ficción del personaje interpretado por Lincoln, pero sin esa reflexión e insistencia sobre el carácter de estos secundarios no tendría sentido, por ejemplo, el plano final de esta primera parte, con el grupo de Rick encaminándose a hablar con uno de los nuevos líderes desarrollados durante estos episodios.

Desde luego, ha sido una de las mitades más interesantes por su riqueza narrativa, su proliferación de personajes interesantes y, sobre todo, por Negan. Porque del mismo modo que tres comunidades parecen condenadas a entenderse, la presencia del villano por excelencia de la serie (a su lado El Gobernador parece una girl scout ofreciendo galletas a la puerta de una cárcel) eclipsa absolutamente todo, fruto entre otras cosas de la combinación perfecta entre personaje y actor. Es más, su impacto es tal que buena parte de la narrativa no logra sobreponerse a las muertes de dos personajes importantes que provoca en el primer episodio, sobre todo a la de Glenn, interpretado por Steven Yeun (Orígenes) en ese ya inolvidable episodio.

Así que se puede decir que esta primera parte de la séptima temporada de The walking dead ha sido una de las más complejas de la serie. Dramáticamente hablando es, posiblemente, la más intensa y estructura de toda la ficción. Narrativamente hablando, su complejidad, aunque está bien desarrollada, pone de manifiesto la dependencia de la trama de ciertos personajes. Y al mismo tiempo que la serie deja ver sus luces y sus sombras, el villano que ya emergió al final de la temporada anterior confirma que es, posiblemente, uno de los mejores personajes de toda la producción, si no el mejor. Y todo eso únicamente en ocho episodios que, para colmo, han servido de preparativo para la guerra que se avecina. Lucille ya se está relamiendo.

6ª T. de ‘The Walking Dead’ (y II), ¿quién caza a quién?


Jeffrey Dean Morgan pone en serios aprietos a los protagonistas de la sexta temporada de 'The walking dead'.Como parecía lógico, la segunda parte de la sexta temporada de The Waling Dead se ha convertido, por derecho propio, en una de las mejores etapas de la serie. Lógico porque, conociendo un poco la narrativa del cómic, la producción tenía que afrontar definitivamente al mejor villano que ha salido de la mente de Robert Kirkman. Pero también porque los primeros ocho episodios sientan las bases de un futuro que, aunque con breves pinceladas, se antoja difícil, trágico y violento. La duda que podía quedar era el modo en que esto se llevaría a cabo y, sobre todo, si sería efectivo.

El resultado es un crescendo dramático sin parangón. El contraste entre el final de la primera parte y el comienzo de esta segunda es el mejor ejemplo. Estos nuevos ocho capítulos dejan sin respiración casi desde el comienzo, afrontando uno de los momentos más trágicos de toda la historia y que, personalmente, nunca llegué a pensar que fuese a realizarse en televisión. Un acontecimiento que, en realidad, marca la pauta de todo el desarrollo posterior, dejando a un lado el desarrollo de personajes para centrarse en los aspectos más violentos, gore y salvajes de esta compleja producción.

Desde este punto de vista, la sexta temporada de The Walking Dead diferencia, posiblemente más que ninguna otra etapa, las dos partes en su historia. Frente a los dilemas morales y sociales que implica juntar a personajes transformados por las circunstancias con otros engañados por una falsa seguridad, esta nueva etapa ahonda en la lucha entre grupos sociales, en la necesidad de sobrevivir a toda costa luchando por lo que uno cree que le pertenece.

Esto permite, por supuesto, un cierto desarrollo dramático que abre las puertas a un mundo mucho mayor, más rico en personajes e indudablemente más interesante. Sin embargo, el estudio de dichos personajes queda relegado a un segundo plano, ya sea porque no hay tiempo para explorarlos más a fondo o, simplemente, porque esa es una tarea que se afrontará más adelante. En cualquier caso, esa cierta “carencia” se suple con la tensión dramática que aumenta episodio a episodio y que, al final, llega a ser casi insoportable.

Entre salvajes anda el juego

Pero sin duda lo mejor que ofrece esta sexta temporada de The Walking Dead es su capacidad para introducir poco a poco, como si de un tratamiento médico se tratara, los nuevos enemigos del grupo protagonista. Y lo hace, a diferencia de lo que ocurrió con el Gobernador o con otros villanos, de forma sutil, casi casual, como si la coincidencia quisiera que se encontraran en una carretera.

A través de secuencias más o menos cortas, el guión inicia un patrón que sitúa a los personajes interpretados por Andrew Lincoln (Pago justo), Norman Reedus (Sky), Steven Yeun (Orígenes), Danai Gurira (Almas condenadas) y el resto de protagonistas en el centro de una telaraña en la que los papeles de cazador y presa se intercambian lenta pero inexorablemente. Un pequeño encuentro con tres personajes a los que salvar, un cruce en una carretera, un breve ataque, … Todos y cada uno de esos momentos generan una corriente que desemboca en ese espléndido final no apto para cardíacos que, en efecto, genera frustración, pero que confirma a Jeffrey Dean Morgan (Watchmen) como un Negan irremplazable.

Claro que al igual que se introduce a este nuevo grupo de salvajes (por cierto, palabra clave de aquí en adelante en esta serie), la trama aprovecha esa necesidad de huir hacia adelante en la historia para presentar nuevos héroes y dejar abierta la puerta a los que están por llegar. Aunque el impacto de esta segunda historia, que corre en paralelo con la principal, queda relegada a mera sombra ante el impacto que supone la presentación de los ‘Salvajes’ de Negan, entre otras cosas porque estos últimos parecen carecer de piedad o de una organización social que no esté marcada por la violencia y el sadismo.

Sin duda, el final de la sexta temporada de The Walking Dead es polémico y deja un gancho que debe ser bien manejado por los creadores de la serie para mantener el nivel conseguido en esta segunda parte de la temporada. Dicho de otro modo, la paliza mortal que propina Negan, rodada de forma magistral, por cierto, debe eliminar del reparto a un personaje relativamente importante, tal y como ocurre en el cómic. Pero eso centrará otro análisis. Por ahora, es posible que estemos ante una de las mejores etapas de esta magnífica ficción.

1ª T. de ‘Fear the Walking Dead’, el tambaleante comienzo de los muertos vivientes


La primera temporada de 'Fear the Walking Dead' nos narra cómo nació el mundo de los zombies.A pesar de los años transcurridos desde aquella joya titulada La noche de los muertos vivientes (1968), a pesar de la evolución de los zombies, el género sigue teniendo unas reglas muy claras y delimitadas que, en caso de no seguirlas, el fallo está casi asegurado. Y no estoy hablando de cosas absurdas o de pequeños detallas, sino de estructuras dramáticas y conceptuales de este tipo de cine. Por eso el spin off de The Walking Dead, titulado sin demasiada originalidad Fear the Walking Dead, camina constantemente entre dos tierras muy difíciles de conjugar. Y por eso el resultado final es tan interesante como incompleto.

La primera temporada de esta nueva serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s law) y Robert Kirkman, la mente detrás de este mundo originario de los cómics, es un claro ejemplo de cómo todo debe tener un equilibrio en cualquier producción audiovisual. Esto no quiere decir que todos y cada uno de los elementos deban ser excepcionales, sino que la interpretación debe ser acorde al género de la trama; que el lenguaje visual utilizado se acomode a lo que la historia requiere. Y eso no es algo que ocurra en estos primeros seis episodios. De hecho, posiblemente la mayor debilidad de la producción sea la definición de los personajes sobre el papel, a lo que se suman unos actores que no terminan de encajar en sus respectivos roles.

Es difícil achacar este problema a una única causa. Posiblemente lo primordial sea que los protagonistas tratan de mantener su personalidad en un contexto que evoluciona rápidamente. La incapacidad de los personajes de Kim Dickens (serie House of cards) y Cliff Curtis (Mil palabras) para actuar en base a lo que sucede a su alrededor es uno de los aspectos menos comprensibles de la trama, a lo que se suman los personajes adolescentes, de lejos los más débiles de toda la ficción. Curiosamente, en Fear the Walking Dead son los secundarios los roles más interesantes, con un bagaje cultural más atractivo y con una coherencia dramática mucho mayor.

Esto invita a pensar que la serie trata de llevar las claves de The Walking Dead a un contexto inicial. Dicho de otro modo, los conflictos internos y externos que se dan en la serie original entre la humanidad y la violencia tratan de ser aquí un punto de partida de algo mucho mayor. Pero ni el mundo en el que viven los personajes es igual, ni los propios personajes son iguales. Por ello, tratar de adaptar esa estructura a algo sensiblemente distinto es una ardua tarea que no siempre funciona, provocando una cierta irregularidad cuyo efecto más inmediato es que la serie no logra nunca desprenderse de la sensación de ser un producto menor, nacido para ampliar algo ya existente. Y aunque pueda ser esa su función, la serie tiene potencial para ser algo independiente.

Futuro prometedor

Y aquí es donde entramos en el verdadero atractivo de la serie. Si hay algo que Fear the Walking Dead retrate con sumo cuidado es el proceso de cambio que sufre la sociedad en apenas unos días. A través de pequeñas píldoras, la mayoría vistas con los ojos de los protagonistas, Kirkman y Erickson construyen un mundo nuevo a medio camino entre la civilización que conocemos y el apocalipsis zombie al que se enfrentan los protagonistas de la serie original. Primero a modo de sucesos aislados, luego con revueltas sociales y más tarde con control militar, esta primera temporada narra las diferentes etapas por las que pasa la desaparición de la sociedad tal y como la conocemos, algo que no deja de ser sumamente enriquecedor.

Pero no es lo único. Como decía al inicio, la presencia de los personajes secundarios es más interesante que la de los protagonistas, y en este sentido también lo son las tramas que protagonizan. Así, es gracias a ellos que la trama da pasos de gigante hacia un futuro prometedor que pone su primera piedra con la muerte que cierra el episodio final, y que a todas luces debe significar un cambio de mentalidad en los protagonistas y un cambio de sentido en el desarrollo dramático de la serie, que se adentra en un terreno más oscuro, similar al de The Walking Dead. Y es una muerte de un secundario, posiblemente uno de los mejores y menos desarrollados de toda la temporada.

Es importante destacar también el secretismo con el que se desarrollan los acontecimientos. Esa estructura en forma de píldoras es un caldo de cultivo idóneo para desarrollar la idea de que el poder siempre oculta la verdad a la sociedad, ya sea por con el argumento de la seguridad, ya sea por el miedo al caos que podría generarse. Pero esa sensación de una falsa protección, que en cierto modo también experimenta el espectador, es lo que termina convirtiéndose en el detonante del cambio, en un punto de inflexión que deriva en el primer uso bélico de los muertos vivientes cuyo resultado, como no podía ser de otro modo, es catastrófico. Sin duda, es en este momento cuando la serie alcanza sus mayores cotas de entretenimiento, interés y complejidad. Y es en este momento cuando realmente empieza a sacudirse, aunque sea de forma mínima, la pesada carga que supone tener una serie de culto como referente.

Todo esto se puede resumir en que la primera temporada de Fear the Walking Dead podría haber dado más de lo que finalmente ha dado. Podría haber sido más compleja, más profunda desde un punto de vista dramático. Y podría haber tenido unos personajes más adecuados al contexto personal y familiar que se plantea. Pero eso no quiere decir que no sea un comienzo interesante. Desde luego, los fans de The Walking Dead no pueden, ni deben, establecer comparaciones. Lo mejor es adentrarse en ella como algo nuevo y diferente, iniciando así un viaje hacia la desaparición de la Humanidad que, como todo viaje, tiene momentos buenos y momentos malos. Lo importante es que lo que se atisba en el horizonte es algo prometedor.

Diccineario

Cine y palabras

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