‘True Detective’ crece en dramatismo volviendo a su origen en su 3ª T.


Después de una segunda temporada cuanto menos diferente (en formato y contenido) y cuatro años de descanso, Nic Pizzolatto ha regresado a los orígenes de True Detective en su tercera historia, independiente por completo de las anteriores pero con un claro regusto a la primera, con la que por cierto crea puentes dramáticos que permiten ubicar las historias en un mismo universo narrativo. El también guionista de Los siete magníficos (2016) vuelve a componer un relato en tres partes para abordar de nuevo abusos y posibles relaciones con ritos de diversa índole. Sin embargo, en esta ocasión eso es casi lo de menos.

Porque a diferencia de la primera temporada, estos 8 episodios resultan mucho más interesantes si la mirada se dirige hacia el otro lado, es decir, hacia los policías que investigan la desaparición de dos niños. En efecto, vuelven a ser dos roles complejos, con tantos matices que es casi imposible mencionarlos todos, pero con un aliciente añadido: más allá de sus personalidades, los roces que puedan tener y el modo en que evolucionan, lo interesante es el trasfondo emocional de ambos, los traumas que les impulsan a actuar y, sobre todo, cómo afrontan la realidad. En este sentido, el papel interpretado por Mahershala Ali (Green Book), que lleva el peso de la narración, es todo un ejemplo de complejidad emocional. Marcado por los horrores de la guerra y los problemas de memoria que cada vez se agudizan más, su recuerdo de los acontecimientos del caso, de los detalles y de los pasos dados quedan en cuestión constantemente, jugando su creador con la idea de que lo que podríamos estar viendo es fruto de su mente, y no lo que realmente ocurrió.

Este grado mayor de complejidad en la tercera temporada de True Detective se complementa, y de qué modo, con el papel de Stephen Dorff (Bajo un sol abrasador), un hombre práctico, algo rudo pero de buen corazón cuya evolución en la trama es, simple y llanamente, de lo mejor de toda la serie. Si bien en los primeros compases de la trama se antoja un secundario interesante, a medida que se desvelan sus diferentes capas dramáticas, sobre todo en su etapa más anciana, va adquiriendo una mayor profundidad emocional que, además, permite a la historia jugar con un doble final representado en dos hombres con visiones muy diferentes del caso que llevaron hace tantos años, y de la vida en general. Y es este el verdadero corazón de estos capítulos. Por mucho que la realidad sea una, cada uno de nosotros tendemos a quedarnos con la verdad que nos interesa, aquella que nos ofrece algo que comprendemos y, en el caso de este crimen, aquella que ofrece la serenidad que los personajes llevan buscando durante décadas.

De hecho, esta idea subyace prácticamente en todas las líneas argumentales y en cada uno de los secundarios que aparecen a lo largo de los tres tiempos dramáticos en los que se divide la temporada. Mientras que unos optan por enterrar lo ocurrido buscando una solución capaz de dar sentido a su teoría del crimen, otros vuelven una y otra vez a los hechos en busca de algo más, ya sea por morbo, interés o, como le ocurre al protagonista, la sensación de que hay algo más. En realidad, esta dualidad suele estar muy presente siempre en el thriller policíaco, sobre todo si hay una pareja protagonista. Pero en el caso de la serie de Pizzolatto no es un mero recurso narrativo para hacer avanzar la trama, sino que se convierte en el leit motiv que permite al argumento explorar nuevos caminos dramáticos. Ese es el éxito y lo que aporta esta notable temporada.

Secundarios en la imagen

Ahora bien, esta tercera etapa de True Detective no solo ofrece al espectador una base narrativa y dramática compleja y próxima al impacto que generó la primera. Si algo tienen de diferencial estos episodios es el tratamiento visual de cada episodio y, sobre todo, unos secundarios tanto o más sólidos que los protagonistas, algunos de ellos con unas tramas capaces de sustentar los momentos más débiles de los arcos argumentales principales. Respecto al aspecto puramente formal, la serie vuelve a recurrir a un cierto ambiente malsano promovido por la presencia de iconos sectarios o que remiten a códigos secretos de carácter violento o delictivo. Pero hay mucho más. El cambio en la iluminación de cada época narrativa va acompañado de un lenguaje formal también algo diferente de una etapa a otra. A esto se añade el modo en que relaciona unos años con otros a través de los recuerdos, lo que está intrínsecamente unido a los saltos temporales que permiten explicar algunas de las motivaciones y de los orígenes de muchos acontecimientos.

Todo ello conforma un trasfondo complejo, vivo, dinámico y en constante evolución en el que los dos policías protagonistas crecen en dramatismo al ir mostrando su forma de enfrentarse a los hechos, descubriendo así su personalidad llena de matices, traumas y miedos. Pero no solo les permite evolucionar a ellos. Los personajes secundarios también guardan ciertos ases bajo la manga que les lleva, al menos en los casos más importantes, a adquirir un peso específico en la trama muy alto. El caso más significativo es, evidentemente, el de Carmen Ejogo (Alien: Covenant), esa esposa/profesora/escritora cuyo rol, aunque desaparece en algunas de las épocas de la trama, sigue comunicándose con el protagonista, siendo una suerte de guía espiritual en el camino del héroe hacia la redención y la verdad. Y es solo un ejemplo, pues prácticamente todos los personajes contienen una gran cantidad de caras dramáticas que, gracias a la estructura narrativa de la serie, se van desvelando de forma desordenada para hacer más intensa la intriga.

Y este es posiblemente uno de los aspectos más interesantes de la serie en su conjunto. Más allá de la espléndida definición de los personajes, dotados de una complejidad marcada no solo por su propio pasado y su forma de ser, sino por la sociedad en la que se desenvuelven en cada instante, es importante estudiar el modo en que se construye la trama. Su desarrollo lineal se forma a través de fragmentos desordenados, armónicos en su caos, capaces de nutrirse unos de otros para revelar información fundamental en el momento preciso. Ese equilibrio entre orden y desorden se basa en que cada parte de la trama, cada época, posee un desarrollo dramático coherente, salpicado de vez en cuando por algún recurso narrativo rupturista, mientras que los diferentes bloques de la trama se desarrollan, en conjunto, de forma totalmente irregular, sin seguir necesariamente un paralelismo natural. Esto permite, por ejemplo, que información conocida en el presente revele, de repente, algún hecho desconocido del pasado, y esa revelación permita, a su vez, comprender algo que se lea posteriormente en otra época.

Explicado así puede que resulte algo confuso, pero la realidad es que al final de la tercera temporada de True Detective, al igual que ocurrió en las anteriores, lo que nos encontramos es con un intenso thriller y, sobre todo, un profundo y complejo estudio de la psicología de unos personajes traumatizados no tanto por un caso por resolver como por los traumas de un pasado que ha condicionado irremediablemente su vida, sus relaciones y su modo de entender el mundo. Los 8 capítulos de esta etapa confirman a la serie como un producto único, una obra con muchos niveles de interpretación y, en esta ocasión, con un final que abre un sinfín de posibilidades interpretativas, no tanto sobre el sentido de la temporada como de la propia realidad del ser humano y el modo en que se enfrenta a su mundo y su realidad. Y cuando el cine o la televisión son capaces de eso, de trascender su propia dimensión para convertirse en una reflexión y un reflejo de nuestro entorno, es cuando nos encontramos ante algo indispensable.

‘Feedback’: mensaje sin retorno


El thriller psicológico, por sus propias características, es un género que puede resultar tan apasionante como decepcionante. Apasionante porque la intriga que plantea, los giros argumentales que se suceden y el modo en que se va desvelando la información atrapan al espectador. Y decepcionante porque todos los misterios y preguntas planteadas durante su desarrollo pueden no tener una explicación satisfactoria. O pueden sencillamente dejar indiferente, que tal vez sea peor. El caso de la primera película de Pedro C. Alonso se encuentra a medio camino de ambos extremos.

La premisa de Feedback es de lo más interesante, con un locutor de radio a punto de desvelar un secreto que puede remover los cimientos de la sociedad y dos asaltantes que secuestran el estudio para obligarle a confesar un terrible crimen de su pasado que él desconoce. Durante buena parte del metraje Alonso dirige con pulso firme el suspense y los momentos más violentos del relato para poner a los personajes, y de paso al espectador, en una situación límite. Su apuesta visual y el lenguaje que emplea no solo dan cuenta de un director con personalidad, sino que acentúan en muchos momentos la sensación de angustia extrema que vive el protagonista, al que da vida un Eddie Marsan (serie Ray Donovan) en estado de gracia.

Sin embargo, como suele ocurrir con estas historias, una vez reveladas las identidades de los asaltantes y, sobre todo, una vez conocida la verdad detrás de todo este suspense, la película tiende a perderse en su propio planteamiento, entregándose a la violencia sin control y perdiendo Alonso, precisamente, el control del relato que hasta ese momento había mantenido con inteligencia. Esto permite, sin embargo, plantear la reflexión de que nunca llegamos a conocer a alguien hasta que se encuentra en una encrucijada realmente trágica, en la que tenga que elegir entre la vida y la muerte, ya sea física, profesional o de cualquier otro tipo. Pero incluso para plantear este debate no era necesario llegar a los extremos de violencia, en algunos casos poco justificada, a los que llega.

Así, Feedback se plantea como un interesante thriller, puede que con premisas más que conocidas y un planteamiento algo arquetípico. Pero su desarrollo desde luego está marcado por momentos inesperados que pretenden romper, al menos momentáneamente, con los estándares del género (otra cosa es que el resultado sea efectivo). El problema, sin embargo, es responder a las expectativas creadas, y ahí es donde falla, como muchos otros films del género. No es una mala película, al contrario. Visualmente hipnótica, con un uso de la luz y los colores sencillamente maravilloso, con un reparto más que notable y una música que ayuda al caos que se crea en el relato. Pero el guión, con algunos diálogos un poco débiles, crece demasiado para el final que plantea. No decepciona, pero tampoco termina de satisfacer.

Nota: 6,5/10

‘Destroyer: Una mujer herida’: la importancia del tiempo


El tiempo no lo cura todo. Hay heridas que permanecen, que parecen cicatrizadas pero que pueden volver a abrirse con un pequeño roce. Bajo esta premisa se construye la nueva película de Karyn Kusama (Jennifer’s body), y es precisamente el tiempo el que acapara toda la atención de una trama con una Nicole Kidman (El sacrificio de un ciervo sagrado) sencillamente inmensa.

La historia de Destroyer: Una mujer herida, en realidad, podría considerarse más bien simple si no fuera por el manejo de los tiempos narrativos del guión, que siguiendo el ejemplo de películas previas juega con el antes y el después en el orden narrativo para ofrecer al espectador un giro argumental final que cambia por completo la perspectiva de todo lo visto hasta ese momento. Al menos modifica en cierto modo parte de la interpretación que da el espectador a los acontecimientos. De otro modo, es decir, si la historia se desarrollara de forma lineal, posiblemente estaríamos ante una obra más mediocre de lo que es, amén de que cuenta con un reparto en buen estado de forma. La labor de Kusama, por otro lado, tampoco ofrece demasiado a la cinta, toda vez que se limita a narrar de un modo aséptico, sin ninguna huella personal y sin demasiada garra en los momentos más tensos de la trama.

En realidad, junto al manejo de los tiempos dramáticos la película se sostiene gracias a la labor de Kidman, quien sostiene sobre sus hombros el paso de un tiempo que ha destrozado a su personaje. Un tiempo en el que el arrepentimiento, la culpa y la venganza han consumido su vida hasta el punto de destruir sus relaciones, su trabajo y su salud. En esta situación, y ante el regreso de sus demonios después de tantos años, la actriz asume el viaje sin retorno de su personaje y lo nutre con matices gracias a los saltos temporales que se dosifican con acierto a lo largo de un metraje algo excesivo pero en cierto modo necesario. Así, lo que en principio no es más que una investigación con conexiones pasadas se convierte en una forma de exorcizar demonios, en una viaje de aceptación de unos errores que han pesado durante demasiado tiempo, y en una venganza disfrazada de justicia en la que todo sacrificio es poco para lograr el ansiado final.

De este modo, Destroyer: Una mujer herida se aleja de las motivaciones de películas similares protagonizadas por hombres para ofrecer una visión relativamente nueva sobre el tiempo y el efecto que tiene en nuestras vidas. Y lo hace con crudeza, con algunos momentos de violencia descarnada que, aunque rodados con mano excesivamente simple, no dejan de generar un impacto en el espectador. El giro final aporta un sentido completamente distinto al conjunto, pero no impide que la labor de Kidman brille por sí sola. Un personaje complejo, atormentado, destruido por sus decisiones y sin nada que perder que la actriz eleva de categoría dramática en un film, por otro lado, demasiado lineal hasta sus minutos finales.

Nota: 7/10

La 4ª T. de ‘Empire’ ahonda en las consecuencias de la violencia


El género musical en las series no suele terminar con final feliz en lo que a tratamiento y desarrollo se refiere. Son muchos los ejemplos en los que, o bien se opta por reducir cada vez más el papel de las canciones y los números musicales en la trama, o bien directamente la producción se cancela. Por eso el fenómeno Empire resulta tan interesante. Con su cuarta temporada se reafirma como una ficción en la que la música mueve absolutamente todo, y en la que el carácter casi telenovelesco se convierte en un trasfondo dramático que añadir a las notas y las letras de rap, R’n’B y hip hop que nutren cada episodio. El problema tal vez sea, precisamente, esa cierta tendencia al tratamiento telenovelesco de la historia.

Los 18 episodios de esta temporada vuelven a poner de relieve la labor de los actores, de todos ellos, pero también ahonda en los conflictos dramáticos entre ellos y, sobre todo, pone el foco sobre un aspecto que siempre ha estado sobrevolando esta serie creada por Lee Daniels (El mayordomo) y Danny Strong (Rebelde entre el centeno), y es el papel que juega la violencia en todo el desarrollo. Partiendo de la amnesia del rol interpretado por Terrence Howard (St. Vincent), la temporada explora cómo el mundo violento en el que siempre se han movido los protagonistas les marca en todas sus decisiones y su forma de mirar el mundo, haciendo siempre lo que sea necesario para sobrevivir. La dualidad en el personaje de Howard y cómo sus dos personalidades mantienen ese debate interno es un comienzo interesante que, aunque tratado de forma un tanto irregular, sí cumple su función de introducir ciertas dudas y generar el debate en torno a algo que parecía instalado en el ADN de la serie y sobre lo que no parecía querer cuestionarse nada en absoluto.

De hecho, este comienzo de Empire, más allá de otras consideraciones, viene a explorar también cómo la violencia engendra violencia, e incluso cómo un personaje aparentemente bondadoso (como es el protagonista cuando sufre amnesia) se ve arrastrado a todo tipo de violencia, ya no solo procedente de la familia sino de factores externos. En este sentido es destacable el personaje de Demi Moore (Como reinas) como catalizador y como vehículo dramático de esa catarsis del protagonista, aunque hay que mencionar igualmente que el desarrollo dramático de este pequeño arco argumental resulta algo incompleto, por no decir apresurado, lo que provoca que el trabajo evolutivo del personaje de Howard, aunque eficiente, quede un poco cojo en su profundidad dramática. Dicho de otro modo, todo parece hacerse a gran velocidad para poder volver al camino emprendido en las anteriores temporadas.

A partir de este momento, esta cuarta temporada retoma sus orígenes, volviendo a narrar la lucha por este imperio musical y mediático. Y aunque en cierto modo siguen siendo luchas familiares, lo cierto es que la trama evoluciona para mostrar un núcleo familiar más cohesionado (dentro de sus rupturas habituales) en contra de amenazas externas. Así, la serie cambia el paso para introducirse en algo más que la violencia pura y dura, explorando territorios algo más desconocidos para los protagonistas como la lucha comercial y las intrigas políticas. Todo ello, como no podía ser de otro modo, con una música exquisita como telón de fondo, y con una evolución de los personajes apasionante, algunos tomando el testigo de la violencia, otros huyendo y otros siendo víctimas de los tejemanejes mafiosos.

Venganzas y reconciliaciones

La segunda mitad, aproximadamente, de esta cuarta temporada de Empire se presenta como algo totalmente diferente a lo visto en la primera parte. Si el debate sobre la violencia copaba el arco dramático principal de los primeros episodios, el pasado y cómo influye en nuestro presente y nuestro futuro es la gran temática del tramo final. La introducción en la trama del personaje de Forest Whitaker (Redención) supone un revulsivo interesante a la dinámica establecida en temporadas anteriores. Como mencionaba antes, la violencia tradicional de esta ficción da paso a una encarnizada lucha por el poder en territorios más políticos, más comerciales, y por lo tanto en los que la violencia física desaparece o, al menos, se disimula más.

A través de la gran labor de Whitaker la serie se adentra en un pasado desconocido hasta el momento, en unas relaciones humanas y profesionales nuevas para el espectador que ayudan a comprender algo mejor el devenir de los protagonistas y, sobre todo, las ansias de poder y venganza de muchos secundarios. En este sentido, y relacionado con el pasado, cabe destacar el final de uno de los secundarios de estas temporadas. Un final marcado, cómo no, por la violencia, pero también con elementos diferentes en tanto en cuanto, y a diferencia de ocasiones anteriores, el crimen es utilizado en su contra por ese pasado que vuelve para golpear a los protagonistas donde más les duele, destruyendo las relaciones creadas durante las temporadas anteriores. Resulta sumamente interesante comprobar la evolución de este enemigo y su arco dramático durante la temporada, y cómo los creadores de la serie han introducido los elementos necesarios para construir una traición a fuego lento que, por cierto, tiene el éxito que no han tenido las anteriores.

Dicho de otro modo, mientras que en etapas anteriores la trama abordaba los conflictos de una forma algo más directa (siempre con cierto grado de intriga familiar), en esta ocasión los movimientos son más sutiles, ocultos como están en estrategias financieras e, incluso, en el manejo y la manipulación de artistas. Y obtienen el resultado que no habían obtenido los ataques frontales. Eso no quiere decir, por supuesto, que la violencia no haga acto de presencia, sobre todo el último episodio. Pero incluso esa violencia con la que termina la serie combina igualmente la brutalidad con la sutileza, abriendo la puerta a una nueva forma de entender esta ficción o, al menos, a un nuevo estilo a combinar con el que hasta ahora se había visto.

Se puede decir que la cuarta temporada de Empire cambia en cierto modo algunos aspectos de su tratamiento visto hasta ahora. La introducción de la amnesia del protagonista y la presencia de Whitaker aportan al conjunto un punto de vista diferente, arrojando cierta luz sobre diferentes aspectos de la trama. Sin embargo, existe un cierto carácter apresurado que perjudica al desarrollo de la historia. Tal vez sea por el hecho de que la temporada se divide en dos partes bastante diferenciadas, pero lo cierto es que, sobre todo la primera mitad, tiene un tratamiento algo burdo, sin ahondar demasiado en las motivaciones de los secundarios que son el verdadero motor de la historia. Esto se soluciona o bien desarrollando mejor esta estructura o volviendo a la anterior, donde todas las historias secundarias se aunaban bajo un único paraguas. Pero en cualquier caso, el Imperio sigue dejando buenas sensaciones y buena música.

‘Viudas’: ¿víctima o verdugo?


Cinco años. Ese es el tiempo que ha pasado desde que Steve McQueen (Hunger) se puso tras las cámaras de un largometraje. Eso no quiere decir que haya estado parado, pero sí indica el tiempo que se ha tomado para madurar su siguiente film, un thriller clásico en su desarrollo pero atípico en su concepción, con numerosos giros argumentales finales que construyen un relato crudo, frío y poco dado a concesiones.

Porque, en efecto, Viudas tiene todos los ingredientes que una buena cinta de suspense puede tener. Un golpe que sale mal, una venganza, una amenaza de muerte y un segundo golpe para resarcir una deuda, todo ello mezclando la política con los bajos fondos. En este sentido, puede que el guión sea poco ambicioso en sus primeros instantes, limitándose a plasmar con elegancia los conceptos vistos en infinidad de títulos similares. Y puede que esta sea la mayor de sus debilidades, toda vez que hay momentos en los que es ciertamente previsible. Sin embargo, esto queda equilibrado con la concepción del relato, que pone el foco en algo que hasta ahora siempre formaba parte de las tramas secundarias.

El hecho de que sean las mujeres de los ladrones las que se pongan manos a la obra, ninguna de ellas metida en el mundo delictivo de sus maridos, aporta no solo originalidad, sino un interés muy concreto y un dramatismo con el que el director juega en todo momento. Con este punto de partida McQueen compone una historia de redención cuyo final, en contra de lo que pueda parecer, es de todo menos previsible. Si bien es cierto que el primer gran punto de giro se produce más bien pronto en el desarrollo, eso lejos de ser un problema se convierte en una oportunidad de introducir nuevos giros que, aunque no resultan tan impactantes, aportan un mayor grado de complejidad al sentido final de los acontecimientos.

Un final que eleva, y mucho, la por otro lado notable labor realizada durante todo el metraje de Viudas. Metraje largo y a veces previsible pero que en manos de McQueen se convierte en un viaje dramático de primer orden, con algunos hallazgos visuales sencillamente apabullantes, como el comienzo en la furgoneta o una conversación durante un trayecto en coche. El director aprovecha los recursos que le ofrece la narración para crear un relato único, duro y calculado en el que los actores ofrecen una labor espléndida y en la que los héroes y los villanos se confunden para dejar claro que las víctimas, en este caso las mujeres, toman las riendas de sus historias.

Nota: 7/10

2ª T. de ‘Riverdale’, o el viaje al lado oscuro de los personajes


El cine es conflicto. Pero dentro de ese conflicto pueden existir muchos matices. Puede ser un conflicto arquetípico, héroes contra villanos sin claroscuros. Puede ser un conflicto interno entre dos opciones contrapuestas. O puede ser una mezcla de ambas, con todas las variaciones que puedan imaginarse. Y en cierto modo, eso es lo que propone la segunda temporada de Riverdale, la serie basada en los cómics de Archie que, lejos de seguir la estela del papel, ha optado por crear personajes y tramas algo más oscuros, con muchas caras ocultas. Lo que cabe preguntarse es si estos 22 episodios abordan correctamente esos contrapuntos, y es ahí donde encontramos ciertos desequilibrios.

Esta segunda etapa de la ficción creada por Roberto Aguirre-Sacasa (serie Glee) se revela como una trama mucho más oscura en todos sus aspectos, tanto narrativos como visuales. Con un asesino en serie como leit motiv principal, el arco dramático general se construye como un árbol a partir de sus historias secundarias, desde algunas más inocuas como la protagonizada por Cheryl Blossom (Madelaine Petsch, vista en F*&% the Prom) hasta otras más complejas como la de la heroína interpretada por Lili Reinhart (Alguien está vigilándote). Todo ello, manejado magistralmente por sus creadores, genera un desarrollo orgánico, capaz de apoyarse en una u otra trama según las necesidades y alimentándose de todas ellas para crear un final álgido y, aunque previsible para muchos, no por ello menos interesante.

Entonces, ¿dónde están los desequilibrios? Fundamentalmente en la evolución de los personajes, sobre todo del héroe de esta historia, al que da vida K.J. Apa (Altar Rock). Soy consciente de que su viaje al lado oscuro era más que necesario para poder dar a la serie un tono alejado de la clásica serie adolescente, pero el proceso vivido en esta segunda temporada de Riverdale genera más dudas que certezas. Bajo la teoría de que es un joven inocente que desconoce los entresijos y tejemanejes de los adultos, este ejemplo de hijo, amigo y novio que es Archie Andrews se deja manejar por los villanos de turno motivado, a su vez, por un deseo de justicia y venganza. Y aunque en alguna que otra ocasión la trama trata de jugar con la idea de que el manipulado pueda llegar a ser el manipulador, la realidad es que el personaje llega a unos extremos no solo poco coherentes con su propia naturaleza, sino del todo ilógicos para cualquier persona con cierto sentido común.

Por suerte o por desgracia, esta debilidad queda más o menos disimulada en el desarrollo con la fuerza dramática del resto de tramas secundarias. “Por suerte” porque la temporada, en líneas generales, logra salir airosa de la prueba, adquiriendo un tono más oscuro, más dramático. “Por desgracia” porque, en teoría, el mayor peso debería haberlo llevado el conflicto interno del protagonista, que debería haber luchado entre sus ansias de venganza y justicia y su educación, y no ha sido así. Sea como fuere, el resultado final es el que se busca: un perfil más trágico de la historia, desvelando no solo secretos del pasado (seña de identidad de estas dos temporadas) sino el lado más “peligroso” de unos personajes aparentemente planos dramáticamente hablando.

Un universo mayor

La segunda temporada de Riverdale también ha dejado constancia de que una serie, si quiere sobrevivir, necesita crecer, expandirse. Evidentemente, el apartado dramático de los protagonistas es esencial, pero es igualmente importante cuidar el contexto, el mundo en el que se mueven. Y en esto los 22 capítulos que componen esta etapa también aciertan al desarrollar muchos de los elementos planteados en la primera temporada y dotarlos de una vida propia. El caso más evidente es el del villano interpretado por Mark Consuelos (Todo lo que teníamos), personaje planteado en la anterior etapa y que ahora, como padre de Verónica Lodge y antagonista principal, ha adquirido una mayor y más interesante dimensión.

Aunque sin duda el más importante por cómo afecta al desarrollo de la trama es la presencia de los Serpientes. Planteados inicialmente como un grupo de moteros al más puro estilo Hijos de la Anarquía, esta segunda temporada se centra más en la versión adolescente de los mismos, en esa especie de familia formada en el instituto entre todos los pertenecientes a la banda. El modo en que se trata la evolución del rol de Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) para convertirse en líder del grupo es sencillamente ejemplar, contrastando notablemente con el tratamiento del rol de Apa. Durante la primera temporada Jughead ya fue uno de los personajes más interesantes del relato, puede que el más interesante, pero en esta continuación simplemente se convierte en el verdadero protagonista. Su historia, su forma de afrontar los retos y el carácter dramático de un joven que une dos mundos muy diferentes (periodismo y literatura con violencia y delitos) le destinan a convertirse en el motor de buena parte de la serie.

El final de esta etapa, al igual que ocurrió con la primera temporada, deja cerradas todas las líneas argumentales abiertas y plantea una nueva trama principal de cara a la tercera parte. Sin embargo, y a diferencia de lo ocurrido antes, en esta ocasión ninguno de los personajes se encuentra en el mismo punto en el que empezó, ni física ni dramáticamente hablando. Esto provoca que estos episodios sean, por necesidad, sumamente importantes para la serie, un punto de inflexión que, más allá del tratamiento o de los fallos que puedan existir, marca un antes y un después para todos los personajes psicológicamente hablando.

El modo en que esto se aborde queda ya en manos de la tercera temporada. De lo que no cabe duda es de que esta segunda etapa de Riverdale es, en líneas generales, más y mejor de lo que ofreció la temporada inicial. Más porque introduce nuevos personajes llamados a ser parte importante de la trama; mejor porque ofrece más intriga y explora las partes menos conocidas de unos personajes aparentemente arquetípicos que, poco a poco, van descubriendo que tienen más caras de las que podría pensarse en un primer momento. Es cierto que el tratamiento no ha sido igual para todos, que existen altibajos dramáticos y que algunas evoluciones dramáticas no son demasiado sólidas, pero el conjunto es capaz de sobreponerse a los errores siempre y cuando no se sigan arrastrando temporada tras temporada. Pero en líneas generales, esta serie adolescente confirma que todavía se pueden reinterpretar los géneros, en este caso la ficción adolescente.

‘La primera purga: La noche de las bestias’: tradiciones americanas


El fenómeno de la serie ‘La noche de las bestias’ es cuanto menos curioso. Con una premisa tan interesante como novedosa (una noche al año el crimen es legal), el desarrollo de todas y cada una de las películas siempre ha sido un tanto decepcionante respecto a las expectativas creadas. Consecuencia de esto, a medida que han pasado los años el espectador se acostumbra, sabe lo que va a ver y, por lo tanto, espera lo que debe esperar de estas historias. Eso, sumado a que cada film explora diferentes aspectos sociales y sociológicos, han convertido esta saga en un loable experimento. Y la última entrega es la mejor prueba de ello.

A diferencia de las anteriores películas, La primera purga: La noche de las bestias aborda los orígenes de este universo ya conocido. Esa combinación entre lo conocido y el inicio de esta “tradición americana” provoca un fenómeno pocas veces visto en una película. Con una estructura idéntica a las últimas entregas, esta historia es posiblemente la más profunda en lo que a contenido sociológico se refiere. Planteado todo como un experimento, el desarrollo dramático termina revelando que dicho experimento, además de estar manipulado, es en realidad una herramienta política para controlar a la sociedad, y sobre todo para someter, atacar y destruir las clases bajas y marginales de las ciudades.

Desde ese punto de vista, la película ofrece multitud de reflexiones, tanto históricas como actuales (referencia implícita a Donald Trump incluida) sobre el modo en que se forjan determinados hitos. Pero más allá de eso y de cierta violencia bien ejecutada desde un punto de vista cinematográfico, el film ofrece pocos alicientes, más o menos como toda la serie. Los personajes, arquetípicos, apenas ofrecen cambios dramáticos, salvo el hecho de que en el último momento se ven obligados a sobrevivir. Los giros argumentales son más bien escasos y previsibles. Y el modo en que se desarrollan algunos aspectos de la trama no termina de ser consciente, recurriendo a que los personajes conozcan, casi de forma divina, lo que está ocurriendo hasta el más mínimo detalle sin que exista un tratamiento previo acorde.

Por tanto, La primera purga: La noche de las bestias puede ser vista de dos formas. Por un lado, como un producto más que trata de explotar una serie de películas de relativo éxito e interés con una historia idéntica para narrar los orígenes del universo mostrado. Por otro, como un film que complementa y supera, en muchos aspectos, a sus predecesores, cargando la narrativa con un ideario sociológico no visto hasta ahora. En el equilibrio de ambos extremos se encuentra este film que, sin ser notable, sí entretiene lo suficiente como para no resultar tedioso en ningún momento.

Nota: 6/10

‘Ray Donovan’ muestra la importancia de los secundarios en su 5ª T.


En líneas generales, Ray Donovan es una serie más que notable. Dramáticamente intensa, con un reparto espléndido y unas tramas sólidas, esta serie creada por Ann Biderman (Smila: Misterio en la nieve) es un claro ejemplo de que una buena ficción, sea en cine o televisión, siempre deberá sustentarse en los mismos principios antes mencionados. Pero por si esto no fuera suficiente, la quinta temporada es todo un ejercicio digno de estudiar en las clases de guión. Los 12 episodios que conforman esta etapa demuestran que toda historia, para ser completa, necesita de unos secundarios extraordinarios.

La trama de esta temporada viene a confirmar, además, algo que se intuía desde el comienzo de la serie: que el personaje de Paula Malcomson (Los juegos del hambre) era la piedra angular no solo de las interacciones entre personajes, sino del desarrollo dramático y de los conflictos que han nutrido a esta ficción desde sus primeros episodios. El modo en que Biderman trata a este personaje y toda su línea argumental en esta etapa es sencillamente perfecto, alternando pasado y presente sin más indicaciones que los personajes y sus diferentes representaciones físicas. Eso, y el impacto que tiene en el protagonista, un Liev Schreiber (El caso Fischer) inmenso al que los Globos de Oro, un año más, han dejado de lado en los premios (suma cinco nominaciones seguidas por este papel).

Precisamente el modo en que estos dos personajes afrontan el conflicto es lo que genera el contraste dramático y la profundidad emocional a la que posiblemente sea la mejor temporada de la serie. A través de flashbacks, el relato compone un puzzle del que hace partícipe al espectador, que más allá de los problemas laborales de Donovan debe prestar especial atención a los saltos temporales constantes en cada episodio. El arco argumental, por tanto, se nutre a cada paso, jugando con precisión con la información que tiene el espectador. Se genera de este modo un suspense único, una intriga por conocer los detalles de lo acontecido y narrado en el primer episodio de esta etapa de Ray Donovan. Y mientras algunas cosas se desvelan con cierta celeridad, otras se antojan casi un misterio que reta al espectador a resolverlo antes de verlo en pantalla.

Un delicado equilibrio que tiene como principal problema la debilidad del resto de tramas secundarias, amén del tratamiento que se da a algunos de los personajes habituales de la serie. Empero, y aunque de esto hablaremos más adelante, es importante señalar que a pesar del protagonismo del personaje de Schreiber, cada temporada ha tratado de poner el foco sobre alguno de los miembros de la familia Donovan. En mayor o menor medida, cada bloque de episodios ha narrado la historia con un secundario diferente como apoyo dramático a los problemas laborales del protagonista, idea que culmina de forma apabullante en esta quinta temporada y que obliga a plantearse no solo cómo continuará la trama sin un rol clave, sino si será capaz de superar el pico dramático de esta etapa.

Problemas secundarios

Como decía antes, uno de los problemas de Ray Donovan en esta tanda de episodios es la debilidad de las tramas secundarias que tienen poco o nada que ver con el epicentro dramático de la acción. A diferencia de anteriores temporadas, donde todo tenía una mejor y mayor integración, en estos 12 capítulos la relevancia y la intensidad de los principales acontecimientos obligan a quitar tiempo de desarrollo a otras historias, que se convierten casi en un trasfondo narrativo para enmarcar el arco argumental principal, siendo utilizadas solo como apoyo en determinadas ocasiones y, eso sí, aprovechadas para plantear conflictos dramáticos para la sexta temporada.

Uno de los casos más curiosos es el de los hijos, interpretados por Kerris Dorsey (Moneyball: Rompiendo las reglas) y Devon Bagby (Broken Ghost). Por un lado, en esta temporada se ha intentado integrar más en la trama a la joven, introduciéndola de lleno en la historia principal y siendo, en cierto modo, motor de cambio de muchas de las secuencias a lo largo de los episodios. En este sentido, ha venido a sustituir al rol de Malcomson como el contrapunto femenino a una historia eminentemente masculina. Pero por otro, el papel del adolescente ha tomado una deriva cuanto menos cuestionable. El personaje parece alejarse cada vez más del interés dramático de la serie, y eso queda más que patente en las situaciones en las que se le ubica. No solo no tienen un nexo de unión claro con el resto del argumento, sino que podrían interpretarse como una forma sutil y progresiva de dejarle fuera de esta ficción definitivamente. Habrá que ver si se le intenta integrar en un futuro cercano o si, por el contrario, se convertirá en un personaje episódico que aparezca cuando sea necesario un apoyo dramático.

Aunque lo más interesante ocurre con el rol de Jon Voight (Más allá). Si durante todas las temporadas anteriores ha sido un punto de inflexión en la historia, un contrapunto a medio camino entre la comedia y el drama para la trama principal, en esta quinta temporada su influencia parece haber quedado en un segundo plano. Su arco argumental, aunque sigue siendo el contrapunto cómico de la serie, se aleja mucho de la influencia que sí tuvo en etapas previas. Tanto que camina de forma paralela durante buena parte de la temporada, siendo integrada en el resto únicamente para explicar algún matiz del pasado o, y esto es sumamente importante, para sentar las bases de los nudos dramáticos que están a punto de venir, y que a todas luces volverán a tener el conflicto padre-hijo como telón de fondo.

Cómo será que el mundo de Ray Donovan ha sido sacudido desde sus cimientos que ni siquiera la trama relacionada con su trabajo que habitualmente tiene un peso específico más que notable en esta quinta temporada solo sirve para plantear la trama principal y para generar ciertas situaciones anómalas en la vida del protagonista. Y todo ello es, ni más ni menos, porque lo relevante en esta temporada de inflexión es la vida personal de este fascinante personaje. Cómo cambia su día a día, las relaciones con hermanos, hijos y resto de la familia y, sobre todo, la fragilidad de un hombre aparentemente irrompible ante la pérdida del amor de su vida, por mucho que durante toda la duración de la serie se haya podido poner en duda. En cierto modo, esta ha sido la temporada más humana y más íntima de toda la serie, ofreciendo una faceta del héroe nunca antes vista. Personalmente, ha sido la mejor etapa de toda la ficción a pesar de ciertas irregularidades en el contexto dramático y en los secundarios. A partir de ahora se abre un nuevo escenario que revitaliza una serie que, en realidad, no necesitaba ningún empujón para seguir siendo uno de los productos más frescos, dinámicos, apasionantes e interesantes de la televisión.

‘Tin Star’ explora la delgada línea entre policía y criminal en su 1ª T.


Al igual que ocurre con el cine, existen series menores que, aunque no posean la profundidad dramática o la factura narrativa de los grandes títulos, son capaces de ofrecer algo original, algo, por lo menos, alejado de la fórmula clásica del éxito. Es, por ejemplo, el caso de Tin Star, ficción escrita por Rowan Joffe (28 semanas después) que, aunque con un comienzo titubeante y un desarrollo algo inconexo, concluye su primera temporada de 10 episodios con un gancho que abre la puerta a unas posibilidades narrativas amplias y cargadas de matices dramáticos. Eso sí, siempre y cuando sea capaz de superar varios e importantes problemas que presenta.

La trama arranca con una familia huyendo de madrugada de su casa. Poco tiempo después, un enmascarado dispara con la intención de matar al padre, sheriff del pueblo y exalcohólico, pero termina matando al hijo pequeño. La historia da un salto temporal para narrar cómo esa familia llegó a esa localidad casi al mismo tiempo que una importante compañía industrial que promete trabajo a los habitantes de la localidad. Empiezan entonces a sucederse varios crímenes, entre ellos el del hijo del policía, que parecen apuntar a la empresa. A medida que avance la investigación para encontrar al culpable de la muerte de su hijo, el jefe de policía volverá a caer en viejos hábitos y tendrá que ajustar cuentas con su pasado.

Posiblemente lo que más destaque de Tin Star sea su reparto. Con un soberbio Tim Roth (Los odiosos ocho) a la cabeza, los intérpretes adoptan no solo sus respectivos roles, sino que los dotan de una complejidad dramática lo suficientemente sólida para no caer en el ridículo. Porque, y no es incompatible una cosa con la otra, buena parte de los problemas de la serie son las relaciones de algunos personajes y, sobre todo, su forma de afrontar las revelaciones y los giros argumentales de la trama. De ahí que la labor de los actores sea, en muchas ocasiones, fundamental. La culpabilidad del personaje de Roth, el modo en que se aleja de su familia para hacer lo que tiene que hacer y la violencia creciente que utiliza en su búsqueda de venganza es sin duda el motor de la trama, pero junto a ello se desarrollan varias historias secundarias que ayudan a crear un contexto dramático interesante, aunque como ya he dicho, sumamente irregular.

El caso más evidente puede que sea el de Christina Hendricks (serie Mad Men), cuyo rol parece el más desaprovechado, posiblemente porque la historia de la compañía con oscuras intenciones queda en un segundo plano ante la fuerza del protagonista y de su antagonista. En efecto, el juego entre los personajes de Roth y Oliver Coopersmith (serie Dickensian) es sin duda lo mejor de esta primera temporada, principalmente porque su enfrentamiento evoluciona desde una mera animadversión hasta un conflicto con raíces dramáticas tan antiguas como arraigadas. Esto permite a la ficción crecer en intensidad emocional, pero también introducir diferentes aspectos y elementos a su alrededor que permiten plantear, durante el desarrollo dramático, las bases para elaborar la verdadera idea de la serie: la delgada línea entre el bien y el mal, entre un policía y un criminal.

Daños colaterales

El principal problema, y la principal virtud, es que con esta apuesta por una trama principal tan potente el resto de elementos de Tin Star quedan eclipsados. Problema porque se intuyen historias secundarias y personajes cuanto menos interesantes para contar con un desarrollo mínimo. Virtud porque se centra en explorar esa especie de doble faceta del protagonista, que personifica ese reflejo entre policía y criminal, dos roles que en este caso solo están separados por esa estrella de hojalata a la que hace referencia el nombre de la serie. Y relacionado con ello, como mencionaba, encontramos el rol de Coopersmith, capaz de aportar intriga y complejidad dramática a la trama; al menos la suficiente como para ahondar en esa espiral de violencia y alcohol en la que se sume el personaje de Roth. De inicial novio de la hija, correcto y educado, a ser un personaje con muchas sombras para terminar generando un desenlace con tantos daños colaterales que es difícil de cuantificar. En realidad, y puede que eso sea lo más atractivo del personaje, es la viva imagen del suspense según lo definía Hitchcock, pero también de la sorpresa, algo que lo convierte en motor dramático en el tercio final de la serie.

Dejando a un lado a estos dos personajes, y hablando de daños colaterales, esta primera temporada pierde fuelle siempre que dirige su atención a elementos que nada tienen que ver con esta historia principal. Ya he mencionado todo lo que rodea a la historia y los personajes de la industria que se instala en el pueblo. En este caso, sin embargo, su falta de peso radica en que esta trama secundaria, aunque comienza estando relacionada con la principal en cierto sentido, pronto se desvía para tratar de caminar sola… y termina tropezando, pese a los vanos intentos de unirla, aunque sea de forma casi anecdótica, con los personajes principales. La falta de interés que genera la historia protagonizada por el personaje de Hendricks (que esperemos tenga más importancia en la segunda temporada) hace que las secuencias que protagoniza tengan cada vez menos relevancia, lo que deriva en una desconexión y algo de irregularidad en el ritmo de la serie.

Pero no es el único caso. La presencia de secundarios que aportan más bien poco, por no decir nada, es más bien alta. El caso más evidente es el del personaje interpretado por Ryan Kennedy (serie Defiance), un joven policía con valores y principios que choca con un jefe que se toma la justicia por su mano. Aunque en un principio pueda resultar atractiva la premisa de este conflicto secundario, el tratamiento y el modo en que se desarrolla es más bien inocuo, sin generar realmente ningún giro dramático interesante, convirtiendo este rol en una caricatura de lo que podría ser, y dejándolo solamente como una especie de pardillo que no es capaz de ver lo que ocurre a su alrededor. A él se suman toda una serie de roles que, en efecto, ayudan a crear el contexto de la trama, pero que no tienen más recorrido que el necesario para, en un momento dado, hacer avanzar la acción en uno u otro sentido. Este constante goteo de secundarios sin demasiado que aportar termina por robar espacio dramático a lo realmente interesante, desviando así la atención y rompiendo el ritmo de una trama principal que va in crescendo de forma notable.

Dicho todo esto, Tin Star se convierte en su primera temporada en una producción que ofrece muchos elementos interesantes y, sobre todo, diferentes a lo que se suele ver en la pequeña pantalla. Una ficción que camina constantemente entre los dos lados de la ley para terminar dejando sobre la mesa la idea de que la línea entre el criminal y el policía se difumina cuando todo adquiere un carácter personal. Elementos interesantes, sí, pero también muchos aspectos que lastran el correcto funcionamiento de esta trama. Rowan Joffe apuesta, sin demasiado éxito, por crear todo un universo de historias secundarias que, al final, terminan por ser un impedimento para desarrollar lo verdaderamente importante e interesante. Existe potencial, y mucho, sobre todo en un reparto espléndido y en algunos personajes tan complejos como atractivos, pero la serie necesita desprenderse de elementos superfluos. Algunos es evidente que terminarán por desaparecer; otros, como la historia protagonizada por Hendricks, deberían integrarse más para no perder relevancia.

‘Fargo’, más drama y un humor negro irregular en la 3ª temporada


Se conoce como serie de antología a aquella producción en la que cada episodio o temporada tiene una historia diferente con personajes diferentes. En los últimos tiempos son varios los ejemplos, desde American Horror StoryTrue Detective. Los atractivos de este formato son evidentes: historias autoconclusivas, tratamiento concentrado, personajes que se renuevan cada poco tiempo, tramas dinámicas, etc. Pero también tiene sus inconvenientes, y es el hecho de que no todas las historias tengan el mismo nivel dramático. Ha pasado en prácticamente todas estas producciones, y Fargo no es ajena. La ficción creada por Noah Hawley (serie Bones) e inspirada en la homónima película de los hermanos Coen (¡Ave, César!) alcanza su tercera temporada con diferencias sustanciales en su tratamiento, a pesar de querer mantener la misma estructura que en etapas anteriores.

Unas diferencias que, aunque puedan parecer sutiles y podo determinantes, la realidad es que han provocado que estos 10 nuevos capítulos no hayan causado la misma sensación que las dos temporadas previas, que por cierto sí tenían algo en común, aunque fuera de un modo muy indirecto. Dichas diferencias se hayan en el peso dramático de los personajes y, sobre todo, en la carga de humor negro de la historia, más dramática que las anteriores o, si se prefiere, menos irónica. A esto se añaden algunos personajes secundarios algo irregulares, introducidos casi por necesidad más que por una auténtica construcción del relato. Eso por no hablar de ese personaje con toques divinos que se cuela en mitad de la historia en varias ocasiones.

Pero volviendo al tratamiento de la historia, esta tercera temporada de Fargo carga mucho las tintas sobre la relación de los hermanos gemelos interpretados por un espléndido Ewan McGregor (La Bella y la Bestia). Tanto que se olvida de definir algo mejor no solo a los secundarios, sino al otro personaje principal de este tipo de historias: el o la policía encargada del crimen que centra la trama, en esta ocasión interpretada por Carrie Coon (serie The Leftovers). Mientras que los roles de McGregor cargan sobre sus hombros el peso dramático y cómico del argumento, el de Coon se limita a potenciar la inocencia y, hasta cierto punto ingenuidad, característica de estos personajes, obviando el necesario toque cómico que siempre han tenido.

Y al perder esa ironía esta pata de la estructura dramática queda coja. En efecto, la investigación policial se vuelve un tanto anodina, sin interés más allá de que se resuelva cuanto antes para poder ver qué ocurre con los culpables y con los secundarios involucrados en el crimen. Dicho de otro modo, este tipo de personaje, que en temporadas anteriores había tenido un papel protagonista, queda aquí relegado a un secundario importante cuya historia, dicho sea de paso, carece del interés necesario para soportar el peso de su historia. Esto provoca un desequilibrio dramático que se aprecia en el ritmo y el interés de las secuencias, y que termina por generar una irregularidad que puede hacer muy cuesta arriba el seguimiento del argumento.

Secundarios, siempre los secundarios

El personaje de Coon, al poder compararse con temporadas anteriores, puede que sea el caso más evidente, pero no es ni mucho menos el único. De hecho, la trama está cargada de secundarios que entran y salen de la trama sin aportar gran cosa al conjunto, salvo tal vez acentuar más si cabe el carácter surrealista y absurdo de buena parte de una historia que, vista en su conjunto, tiene menos humor del que podría esperarse y más drama del que sin duda tuvieron las anteriores etapas (y eso que algunas fueron sumamente dramáticas).

Pero estas irregularidades no convierten esta tercera temporada de Fargo en una producción mediocre. De hecho, sigue estando muy por encima de la media que suele verse en la pequeña pantalla. Y ello es fundamentalmente gracias a unos personajes y unos actores que, salvo los casos ya comentados, son simplemente brillantes. Entre ellos destaca, como también es habitual en todas las temporadas de esta ficción, el villano, interpretado ahora por David Thewlis (Wonder Woman). Misterioso y desagradable como pocos, este personaje logra hacerse con el control de la trama casi al instante, tanto dramática como figuradamente. Su presencia en pantalla es, literalmente, tan cautivadora como repugnante, absorbiendo la atención del espectador de forma casi hipnótica. Es sin duda el gran atractivo de esta etapa, y con él dos roles secundarios cuyo valor es mejor que se compruebe por uno mismo.

De hecho, tiene tal relevancia en el desarrollo de la historia que, a diferencia de temporadas anteriores, el episodio final termina precisamente con cerrando el arco argumental de su particular trama, enfrentándole con el rol interpretado por Coon en un final, todo hay que decirlo, tan hermoso y simbólico como sencillo. El hecho de que ambos personajes terminen enfrentándose cara a cara, así como el final que tiene uno de los protagonistas interpretado por McGregor, viene a convertirse en el broche perfecto entre los dos extremos de esta ficción. Villano y policía se enfrentan cara a cara en un diálogo que aúna los diferentes elementos del irregular desarrollo de la trama, amén de cerrar la historia de una forma original y eficaz.

El mejor resumen de esta tercera temporada de Fargo podría ser que, aun sin alcanzar las cotas dramáticas e irónicas e sus predecesoras, es una ficción muy superior a lo que puede verse en la televisión. De nuevo con esos incomparables parajes nevados como telón de fondo, la historia, con sus numerosas irregularidades, ofrece de nuevo una enrevesada historia en la que asesinato, culpabilidad, crimen organizado y humor absurdo se combinan para mostrar un mundo tan surrealista como las situaciones que viven sus personajes. Es cierto que sobran secundarios, que hay secuencias innecesarias y que el peso dramático de los protagonistas es tan irregular que termina perjudicando el desarrollo dramático, pero con todo y con eso sigue arrancando una sonrisa sarcástica. Y lo más importante, sigue siendo Fargo.

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Cine y palabras

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