‘The Walking Dead’ se tambalea en el final de la 8ª temporada (y II)


The Walking Dead, la serie, hace mucho que tomó un camino propio con respecto a The Walking Dead, el cómic. Es más, desde la primera temporada siempre ha presentado elementos que la hacen tener vida propia, incluso aunque su estructura sea similar, en desarrollo y personajes, a la obra original de Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore. Pero el final de la mid season de la octava temporada supuso la verdadera ruptura con el desarrollo de la historia en las viñetas, y la segunda parte de esta última etapa ha sufrido las consecuencias.

Porque, aunque sigue manteniendo en cierto modo el sentido básico de la trama (una guerra entre colonias, un combate final, la decisión de cambiar la forma de hacer las cosas y volver a construir una sociedad), algo hay que no termina de cuadrar en esta reinterpretación de las viñetas. Estos ocho últimos episodios desprenden en todo momento la sensación de que algo no encaja, de que a pesar de ser algo lógico lo que se ve en pantalla, subyace algo incómodo en el tratamiento de la historia. Y ese algo es, precisamente, el tratamiento de los personajes.

Esta última parte de la temporada 8 de The Walking Dead no logra de asentarse sobre las bases que convirtieron a esta serie en lo que ha sido. Demasiados personajes, poco tiempo para desarrollarlos y una concatenación de decisiones a cada cual menos justificada han llevado a esta ficción a presentar la que posiblemente sea la etapa más débil y cuestionada de todas. Vayamos por partes. La presencia de tantas comunidades con tantos personajes relevantes ya empezó a plantear problemas en temporadas anteriores, pero al existir un denominador común bajo el nombre de Negan (Jeffrey Dean Morgan, visto en Proyecto Rampage) la definición de los mismos era relativamente fácil. Pero una vez que este denominador pierde fuerza los roles empiezan a actuar de forma individualizada, lo que obliga a dedicarles más tiempo. Y teniendo en cuenta que hay una guerra de por medio, ese tiempo se reduce considerablemente, con todo lo que eso implica para poder profundizar en los protagonistas.

A esto se suma la situación creada en el último episodio de mitad de temporada. La muerte de un personaje imprescindible como el de Carl Grimes no solo desequilibra todo lo que va a ocurrir a continuación (en la historia que continúa en el cómic es pieza clave para los acontecimientos), sino que provoca un auténtico estallido entre los protagonistas que da lugar a muchas irregularidades. Es cierto que su salida de la trama responde a la necesidad de paliar una debilidad del propio cómic y dar una motivación sólida al héroe interpretado por Andrew Lincoln (Pago justo) en su idea de construir un futuro alejado de la violencia, pero hay que preguntarse si realmente ha merecido la pena el precio a pagar en el resto de esta historia.

Todos contra todos

Esa pregunta puede contestarse desde dos puntos de vista diferentes. Por un lado, es evidente que el coste de sacrificar un personaje con tanto futuro no compensa todo lo ocurrido a continuación. Para empezar, el viaje emocional del rol de Lincoln, complejo y bien planteado, no tiene un desarrollo correcto, en parte por lo mencionado anteriormente acerca de la proliferación de personajes. Y en cierto modo, la deriva que han tenido otros personajes a partir de este acontecimiento de mitad de temporada no ha sido la mejor. Prueba de ello es, por ejemplo, la salida “honrosa” que se ha dado al atormentado personaje de Lennie James (Blade Runner 2049), que pasa a jugar en esa especie de segunda división que es, al menos por ahora, Fear the walking dead.

Aunque sin duda el giro más inesperado es el gancho que cierra esta octava temporada de The Walking Dead, una especie de declaración de intenciones de sus creadores de hacer un futuro en el que todos se vuelvan contra todos, en el que los amigos se ataquen entre ellos y en el que, en definitiva, el caos vuelva a adueñarse de la trama. Este giro narrativo deja sensaciones encontradas. La primera reacción es la de rechazo a que el grupo protagonista se fragmente y que personajes que se han apoyado se enfrenten. Pero por otro lado, el planteamiento de odio que se ha hecho durante toda esta etapa justifica sobradamente el giro, ofreciendo un nuevo aliciente a una serie que esta temporada había perdido ritmo e intensidad dramática (salvo honrosas excepciones). Y este es el segundo punto de vista desde el que se puede analizar esta segunda parte de la temporada. Este final vendría a justificar la muerte de Carl Grimes, pues lejos de generar esa utopía parece que podría terminar siendo más bien una pesadilla. Y todo eso con los Susurradores llamando a las puertas, como parece intuirse en algunos de los planos.

Resulta curioso analizar cómo la serie parece estar optando por las limitaciones presupuestarias antes que por un correcto tratamiento dramático. Si la indefinición ha sido el rasgo definitorio en buena parte de la temporada, las dificultades técnicas parecen estar detrás de algunas decisiones. La muerte de la mid season es un buen ejemplo. La pelea final entre Rick y Negan es otro. De hecho, puede que sea el más claro. Y de nuevo, aunque toma la esencia de la obra que adapta a la pequeña pantalla, la resolución resulta pobre, huérfana de dramatismo o de intensidad emocional. Dos hombres alrededor de un árbol que dejan a un lado la brutal pelea en la que el héroe de esta historia termina teniendo que utilizar un bastón. Es cierto que la decisión final de Rick adquiere dramatismo gracias al desarrollo de la historia que lleva a ese instante, pero no hay que obviar el hecho de que un protagonista herido físicamente y de gravedad que perdona la vida a su enemigo es una imagen mucho más impactante.

Así las cosas, el final de esta octava temporada de The Walking Dead deja, como el resto de los 16 episodios, un sabor agridulce. La presencia de tantos personajes y algunas decisiones narrativas ponen de manifiesto que la serie necesita un cierto impulso. La llegada de Negan, tan impactante como espléndida, no se ha sabido explotar en un desarrollo posterior adecuado. Sí, ha habido guerra. Sí, la crueldad del antagonista parecía no tener límites. Pero llegado el clímax esperado, todo eso parece haberse desvanecido. La muerte de un personaje clave como el hijo de Rick, con todo lo polémico que puede llegar a ser, y la continuidad de otro como Negan abre las puertas a unas posibilidades dramáticas casi infinitas que podrían compensar esta octava etapa.

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8ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), o cómo narrar con saltos temporales


Una de las mayores críticas que se puede hacer a The Walking Dead es su irregularidad en el ritmo dramático y narrativo. Me considero un fiel defensor tanto de esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) como del cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore, que toma como referencia para hacer avanzar la acción pero al que, en líneas generales, cada vez tiende más a ignorar en los detalles dramáticos. Volviendo al ritmo, la primera mitad de esta octava temporada es posiblemente el ejemplo más claro de que en esta serie siempre parece que no pasa nada aunque termina pasando de todo.

De hecho, estos primeros 8 episodios, salvo un comienzo frenético y brutal en el que los combates entre las diferentes facciones humanas copan prácticamente toda la narrativa, el resto se vuelve excesivamente contemplativo, tratando de ahondar en cada uno de los personajes de forma individual y cómo se enfrentan a la guerra abierta contra los Salvadores de Negan (al que vuelve a dar vida un espléndido Jeffrey Dean Morgan –Premonición-). Esto, en cierto modo, impide que se pueda seguir el hilo argumental principal, no solo por los numerosos saltos espaciales que existen, sino porque esta ficción postapocalíptica tiene ya tantos personajes que abordar las emociones de todos ellos resulta una tarea ardua y, por momentos, imposible de realizar.

A eso se suma que muchos de los roles secundarios han adquirido un protagonismo algo innecesario. Bueno, innecesario no, pero desde luego sí excesivo para lo que se puede esperar de ellos. Este ascenso a la primera línea dramática obliga a restar minutos de otros protagonistas de The Walking Dead, y a su vez por tanto se resta interés y profundidad a algunas decisiones, conversaciones y reacciones. Posiblemente una de los elementos que más se ven afectados sea la relación padre hijo entre los roles de Andrew Lincoln (Pago justo) y Chandler Riggs (Piedad), olvidada por necesidades dramáticas obvias y que, en esta parte de la temporada, parece querer recuperarse, aunque de forma un poco tosca. Se podría decir, en este sentido, que este comienzo de temporada tal vez sea uno de los más débiles en su conjunto, aunque eso no quiere decir que sea necesariamente malo, al contrario. La serie sigue manteniendo un alto nivel interpretativo, narrativo y visual, con algunos momentos no aptos para estómagos sensibles.

Con todo, lo más llamativo y sorprendente de esta primera mitad de la octava temporada son los constantes saltos temporales en la narrativa, desde el ya inolvidable comienzo en el que Rick Grimes, envejecido y dolorido, se mueve por una sociedad casi utópica, hasta los momentos en que un personaje se halla en una situación extrema a la que se llega con el desarrollo del episodio. Dichos saltos, más allá de acentuar el caos en el que viven los protagonistas, logran un efecto dramático impecable, situando al espectador en la posición de conocer la situación de los personajes antes de que vivan los acontecimientos. Se juega así con la doble sensación de algo conocido y de peligro ante lo que todavía no se conoce. Dicho de otro modo, es la definición más exacta de tensión dramática que se ha visto en esta serie.

Personajes sin futuro

Todo ello ayuda a paliar, en cierto modo, las carencias de este comienzo de temporada de The Walking Dead en lo que a ritmo e intensidad dramática se refiere. Aunque como es habitual en esta producción, la narrativa se mueve a golpe de martillo. O de bate de baseball, si se prefiere. Después de la tormenta siempre llega la calma, es cierto, pero… ¿y detrás de la calma? Bajo esta premisa, estos 8 episodios vienen a ser un compendio reducido de las diferentes fases de una guerra, desde el conflicto directo hasta los movimientos de espionaje, pasando por la preparación de una contraofensiva o la destrucción de la retaguardia.

En este contexto bélico, los saltos temporales adquieren especial relevancia. Ver al personaje de Lincoln, por ejemplo, llamar a unos puestos avanzados sin obtener respuesta para comprender, minutos más tarde y con un sinfín de acontecimientos entre medias, que los vigilantes de dichos puestos han desaparecido. Escuchar una arenga a las tropas para, minutos después, comprender lo que ha motivado dicha arenga. Y así sucesivamente. Este juego con el tiempo dramático no solo aporta un interesante recurso narrativo a estudiar, sino que genera en el espectador la doble sensación de caos visual e intensidad emocional. Y eso es algo que en una serie en la que en muchos episodios parece no ocurrir nada resulta muy valorado.

Con todo, lo que vuelve a definir a esta ficción es el poco apego que se tiene a los personajes. Poco importa que sean héroes o villanos, protagonistas o secundarios. Si un rol tiene que desaparecer por necesidades dramáticas, desaparece. Y hago especial mención a este elemento porque el gancho de mid season es posiblemente el más impactante, abrumador e inesperado de todos estos años. No desvelaré aquí lo que ocurre en los últimos minutos del episodio 8; tan solo mencionaré que, de confirmarse lo que a todas luces parece evidente, sería el mayor cambio con respecto al cómic, pero es que además trastocaría las dinámicas dramáticas de un modo que pocas veces se ha visto en televisión. Un cambio tan brutal como apasionante, pues abriría las puertas a un nuevo mundo en el tratamiento dramático de esta serie.

En resumidas cuentas, esta primera mitad de la octava temporada de The Walking Dead podría ser uno de los más débiles en muchos aspectos, pero sin duda uno de los más interesantes desde el punto de vista narrativo. El protagonismo que adquieren algunos personajes resulta algo innecesario, es cierto, pero el modo en que se narra la historia, el juego de sus creadores con los tiempos dramáticos y la aportación de los actores compensa la falta de ritmo que tiene en algunos momentos. Eso y un final que dejará con al boca abierta a cualquier fan. La espera para la segunda parte se hará eterna.

7ª T. de ‘The Walking Dead’ (y II), la determinante función del villano


Era difícil mantener el buen ritmo narrativo y dramático de la primera parte de la temporada, y en cierto modo The Walking Dead no lo ha conseguido. Los últimos ocho episodios de la séptima temporada son, posiblemente, los más pausados de toda la serie, muy centrados (tal vez en exceso) en el desarrollo de los personajes, en sus dudas, sus miedos y sus remordimientos. Y si eso hubiera ocurrido con, por ejemplo, el protagonista al que da vida Andrew Lincoln (Los seductores) habría podido ser interesante, pero el problema es que ha ocurrido con muchos secundarios de relativa importancia, lo que ha provocado que la trama se haya dispersado en muchos momentos. Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente.

Y lo valiente en este caso es que la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) siempre ha sido consciente de que, para lograr la espectacularidad o la angustia, es necesario asentar muy bien las bases dramáticas. Es por ello que durante esta segunda parte de esta etapa todo aquello que parece no avanzar, que parece simplemente narrar la vida en cada uno de los asentamientos que protagonizan la trama, en realidad allana el terreno para un final épico marcado por la violencia, la sangre y la muerte. Y esta es, al fin y al cabo, la máxima expresión tanto de la serie como de los cómics creados por Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore: un desarrollo aparentemente tedioso y sin demasiada información que desemboca en un clímax tan impactante como gratificante, capaz de dar respuesta no solo a las expectativas del espectador, sino a todas las preguntas planteadas durante la acción previa.

El problema de esta segunda parte de la séptima temporada es la profusión de personajes. En realidad, es algo que ha ocurrido en otros momentos de The Walking Dead, pero en esta ocasión, con los protagonistas divididos hasta en cuatro escenarios clave y con nuevos e interesantes roles secundarios, se evidencian mucho más los conflictos a los que se enfrentan los creadores. El hecho de tener que combinar tantas tramas secundarias en un espacio tan limitado es todo un reto narrativo que se resuelve mejor o peor, depende del episodio. Con todo y con eso, el verdadero problema radica en los debates morales de muchos secundarios, sus dudas y sus reacciones ante lo que ocurre a su alrededor. Es, en cierto modo, como si el viaje catártico que el personaje de Lincoln hace en la primera parte lo vivan ahora otros roles, alargando unos preparativos bélicos que, personalmente, creo que podrían haberse resuelto de forma más directa.

Claro que esto arroja otra reflexión sumamente interesante acerca del alcance del poder y el daño que ejerce el villano de la función. El impacto de la presentación de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-, cada vez más cómodo y espléndido en el personaje) no solo ha tenido efecto en el héroe, sino en todos. Y un efecto a cada cual más distinto, lo que a su vez provoca una división interna acerca del modo de afrontar la pérdida. Ya sea con una destrucción de la voluntad, ya sea movidos por el odio y la ira, o simplemente por la cobardía, las reacciones de cada uno de los personajes es única, conformando así un mosaico de personalidades que se definen en una situación de mayor brutalidad si cabe. O dicho de otro modo, cada uno responde como puede a una amenaza mayor que los zombis, y que siempre llega de la mano de los vivos.

Esto es la guerra

Es cierto que muchas de las tramas secundarias podrían haberse acortado. Y también es cierto que una vez que el personaje de Rick Grimes sufre su particular catarsis y decide combatir, ver cómo los secundarios viven las mismas dudas en su viaje interior es algo innecesario, aunque sumamente enriquecedor para la trama. Pero todo ello ha permitido conformar un escenario dramático de auténtico sentido bélico, casi como si varias naciones tuvieran que luchar para defenderse de un enemigo común. Con todo, lo más interesante es lo que se esconde detrás de este pausado ritmo de The Walking Dead: la guerra sucia que desarrollan los personajes.

Traiciones, cambios de bando, muertes. Todo lo que pueda pensarse ocurre a un mayor o menor nivel. Cualquier recurso es bueno para ganar una batalla contra la tiranía. Y es en medio de esta guerra sucia (en algunos casos Guerra Fría) donde mayores cotas dramáticas alcanza la parte final de esta séptima temporada, pues no solo ofrece la posibilidad de comprender el verdadero carácter de muchos secundarios; también ofrece puntos de giro inesperados que enriquecen el desarrollo dramático de la serie, caminando con paso firme hacia un conflicto directo en el último episodio, posiblemente uno de los más intensos que se recuerdan en lo que a acción se refiere junto a los que tuvieron lugar en la cárcel. Gracias a los mencionados giros argumentales la trama se retuerce hasta puntos insospechados, sacrificios necesarios y esperados incluidos.

Y como siempre ha ocurrido desde su presencia en la serie, Dean Morgan es el verdadero atractivo de la serie. Su forma de afrontar un personaje tan siniestro y complejo como Negan es sencillamente ejemplar, dotándolo de una presencia física única, de una crueldad y una violencia inigualables. Es el verdadero faro de la temporada, sobre todo cuando el resto de personajes parecen haber perdido un poco el rumbo, precisamente a consecuencia de los actos de este villano. Todo tiene lugar por él, y nada ocurre sin que él no lo provoque. El final es uno de los mejores ejemplos. Todo en ese clímax tan espectacular como esperanzador tiene sentido única y exclusivamente porque Negan así lo quiere, incluyendo una de las muertes tan necesaria como esperadas. Es el objetivo a abatir, pero también el contexto y las circunstancias que promueven toda la acción. Un personaje así no se ve todos los días. Es más, no se ve casi nunca.

Puede entenderse de este breve análisis que esta segunda etapa de la séptima temporada de The Walking Dead tenga una calidad inferior al resto de la serie. Desde luego, a los que esperen ver muerte, vísceras y violencia les decepcionará. Pero como ocurre en esta serie, en medio de la calma siempre se intuye la tormenta, y en esta ocasión es una tormenta perfecta. El problema no es falta de ritmo, sino las vueltas que los guionistas dan sobre los mismos temas, ya sea con uno u otro personaje. Y dado que son tantos (cada vez más), la trama obliga a repartir los minutos cada vez más. Por fortuna, todo esto tiene un objetivo claro y bien definido en cada momento. Un objetivo que lleva a una conclusión épica, marcada por la acción y la tensión dramática. Y es esa conclusión la que, además, pone las bases para una octava temporada que se antoja espectacular.

7ª temporada de ‘The Walking Dead’ (I), el viaje catártico del héroe


Jeffrey Dean Morgan da vida a Negan en la séptima temporada de 'The walking dead'.El final de la sexta temporada de The walking dead fue, posiblemente, el mayor gancho que haya dado la televisión en los últimos años. La aparición de un villano como Negan (un magistral Jeffrey Dean Morgan –Premonición-) no solo hacía presagiar un futuro prometedor para esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city), sino que ese sonido de golpes y cráneos reventados puso en tela de juicio la cordura de muchos fans durante meses. Una vez resuelto el dilema de los muertos a manos de este villano inigualable, toca analizar lo que ha sido esta primera etapa de la séptima temporada, y como es habitual hay más evolución de personajes que violencia, sangre y zombis.

Si algo define el arco dramático de estos ocho episodios es precisamente el viaje catártico del personaje interpretado por Andrew Lincoln (Pago justo). Es cierto que esta serie basada en el cómic creado por Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard se puede considerar una obra coral, pero la realidad es que el peso de la narrativa recae fundamentalmente en este líder de un grupo de personas que trata de sobrevivir. De ahí que esta primera mitad, con sus más y sus menos, haya versado acerca de su particular descenso a los infiernos, de cómo un hombre fuerte y capaz de enfrentarse a lo que se ha enfrentado queda totalmente destruido ante la crueldad y el sadismo de un antagonista tan excepcional como apasionante.

En este sentido, el primer episodio es una lección de narrativa. Más allá de la tensión de sus primeros minutos, en los que se desvela el nombre de los muertos a manos de ese bate llamado Lucille, lo realmente interesante es comprobar cómo la moral del personaje de Lincoln es destruida lentamente, ya sea a base de poner su vida en peligro, ya sea jugando con el futuro de su hijo. De hecho, el carácter pausado es la clave para entender lo que ocurre en esta primera mitad de la séptima temporada de The walking dead. Se acusa muchas veces a la serie de tener momentos muertos, sin acción, pero he defendido y siempre defenderé que es en esos momentos cuando más ocurre, y estos episodios son el mejor ejemplo.

La tensión que imprime Dean Morgan a su entorno, el miedo que siembra Negan en todos aquellos que le rodean, es algo indescriptible. Su capacidad para provocar incomodidad allá donde va queda patente en cada plano, en cada frase de diálogo que sale de sus labios. Y todo ello sin apenas violencia, o al menos no violencia explícita, porque si algo caracteriza al personaje es su sadismo. La anulación que hace del héroe es tal que le convierte en una mera marioneta hasta la catarsis final, cuando Rick Grimes vuelve a tomar las riendas de su vida y de la de los que le rodean, avanzando una guerra sin cuartel que, de parecerse en algo a lo que se recoge en los cómics, se antoja apasionante.

Tres contra uno

El viaje catártico del personaje de Lincoln no es lo único interesante en la séptima temporada de The walking dead. Si bien es cierto que es el hilo conductor que vertebra toda la acción (incluyendo las muertes que se producen a lo largo de los capítulos), esta primera parte también sienta las bases para el futuro más inmediato de la serie, y que pasa por la unión de fuerzas contra un enemigo común. De este modo, estos episodios en los que aparentemente no ocurre nada sitúan a todas las piezas sobre el tablero, tanto las ya conocidas como las nuevas, tanto las que van a morir como las que van a sobrevivir. Así, este primer ciclo se convierte en una estructura dramática mucho más compleja e interesante que la mera destrucción de muertos vivientes con armas a cada cual más curiosa.

No, en realidad esta etapa permite al espectador conocer las posiciones de, por ejemplo, la comunidad de El Reino (tigre incluido), o las debilidades de Hilltop, ya planteadas en la temporada anterior. Si bien es cierto que los episodios centrados en estas comunidades resultan un tanto inconexos con respecto al resto de la temporada, no lo es menos que sirven para hacerse una idea del papel que cada uno va a jugar en el futuro de la serie. Y sí, dedicar mucho tiempo a estas historias evidencia aún más la dependencia que tiene esta ficción del personaje interpretado por Lincoln, pero sin esa reflexión e insistencia sobre el carácter de estos secundarios no tendría sentido, por ejemplo, el plano final de esta primera parte, con el grupo de Rick encaminándose a hablar con uno de los nuevos líderes desarrollados durante estos episodios.

Desde luego, ha sido una de las mitades más interesantes por su riqueza narrativa, su proliferación de personajes interesantes y, sobre todo, por Negan. Porque del mismo modo que tres comunidades parecen condenadas a entenderse, la presencia del villano por excelencia de la serie (a su lado El Gobernador parece una girl scout ofreciendo galletas a la puerta de una cárcel) eclipsa absolutamente todo, fruto entre otras cosas de la combinación perfecta entre personaje y actor. Es más, su impacto es tal que buena parte de la narrativa no logra sobreponerse a las muertes de dos personajes importantes que provoca en el primer episodio, sobre todo a la de Glenn, interpretado por Steven Yeun (Orígenes) en ese ya inolvidable episodio.

Así que se puede decir que esta primera parte de la séptima temporada de The walking dead ha sido una de las más complejas de la serie. Dramáticamente hablando es, posiblemente, la más intensa y estructura de toda la ficción. Narrativamente hablando, su complejidad, aunque está bien desarrollada, pone de manifiesto la dependencia de la trama de ciertos personajes. Y al mismo tiempo que la serie deja ver sus luces y sus sombras, el villano que ya emergió al final de la temporada anterior confirma que es, posiblemente, uno de los mejores personajes de toda la producción, si no el mejor. Y todo eso únicamente en ocho episodios que, para colmo, han servido de preparativo para la guerra que se avecina. Lucille ya se está relamiendo.

6ª T. de ‘The Walking Dead’ (y II), ¿quién caza a quién?


Jeffrey Dean Morgan pone en serios aprietos a los protagonistas de la sexta temporada de 'The walking dead'.Como parecía lógico, la segunda parte de la sexta temporada de The Waling Dead se ha convertido, por derecho propio, en una de las mejores etapas de la serie. Lógico porque, conociendo un poco la narrativa del cómic, la producción tenía que afrontar definitivamente al mejor villano que ha salido de la mente de Robert Kirkman. Pero también porque los primeros ocho episodios sientan las bases de un futuro que, aunque con breves pinceladas, se antoja difícil, trágico y violento. La duda que podía quedar era el modo en que esto se llevaría a cabo y, sobre todo, si sería efectivo.

El resultado es un crescendo dramático sin parangón. El contraste entre el final de la primera parte y el comienzo de esta segunda es el mejor ejemplo. Estos nuevos ocho capítulos dejan sin respiración casi desde el comienzo, afrontando uno de los momentos más trágicos de toda la historia y que, personalmente, nunca llegué a pensar que fuese a realizarse en televisión. Un acontecimiento que, en realidad, marca la pauta de todo el desarrollo posterior, dejando a un lado el desarrollo de personajes para centrarse en los aspectos más violentos, gore y salvajes de esta compleja producción.

Desde este punto de vista, la sexta temporada de The Walking Dead diferencia, posiblemente más que ninguna otra etapa, las dos partes en su historia. Frente a los dilemas morales y sociales que implica juntar a personajes transformados por las circunstancias con otros engañados por una falsa seguridad, esta nueva etapa ahonda en la lucha entre grupos sociales, en la necesidad de sobrevivir a toda costa luchando por lo que uno cree que le pertenece.

Esto permite, por supuesto, un cierto desarrollo dramático que abre las puertas a un mundo mucho mayor, más rico en personajes e indudablemente más interesante. Sin embargo, el estudio de dichos personajes queda relegado a un segundo plano, ya sea porque no hay tiempo para explorarlos más a fondo o, simplemente, porque esa es una tarea que se afrontará más adelante. En cualquier caso, esa cierta “carencia” se suple con la tensión dramática que aumenta episodio a episodio y que, al final, llega a ser casi insoportable.

Entre salvajes anda el juego

Pero sin duda lo mejor que ofrece esta sexta temporada de The Walking Dead es su capacidad para introducir poco a poco, como si de un tratamiento médico se tratara, los nuevos enemigos del grupo protagonista. Y lo hace, a diferencia de lo que ocurrió con el Gobernador o con otros villanos, de forma sutil, casi casual, como si la coincidencia quisiera que se encontraran en una carretera.

A través de secuencias más o menos cortas, el guión inicia un patrón que sitúa a los personajes interpretados por Andrew Lincoln (Pago justo), Norman Reedus (Sky), Steven Yeun (Orígenes), Danai Gurira (Almas condenadas) y el resto de protagonistas en el centro de una telaraña en la que los papeles de cazador y presa se intercambian lenta pero inexorablemente. Un pequeño encuentro con tres personajes a los que salvar, un cruce en una carretera, un breve ataque, … Todos y cada uno de esos momentos generan una corriente que desemboca en ese espléndido final no apto para cardíacos que, en efecto, genera frustración, pero que confirma a Jeffrey Dean Morgan (Watchmen) como un Negan irremplazable.

Claro que al igual que se introduce a este nuevo grupo de salvajes (por cierto, palabra clave de aquí en adelante en esta serie), la trama aprovecha esa necesidad de huir hacia adelante en la historia para presentar nuevos héroes y dejar abierta la puerta a los que están por llegar. Aunque el impacto de esta segunda historia, que corre en paralelo con la principal, queda relegada a mera sombra ante el impacto que supone la presentación de los ‘Salvajes’ de Negan, entre otras cosas porque estos últimos parecen carecer de piedad o de una organización social que no esté marcada por la violencia y el sadismo.

Sin duda, el final de la sexta temporada de The Walking Dead es polémico y deja un gancho que debe ser bien manejado por los creadores de la serie para mantener el nivel conseguido en esta segunda parte de la temporada. Dicho de otro modo, la paliza mortal que propina Negan, rodada de forma magistral, por cierto, debe eliminar del reparto a un personaje relativamente importante, tal y como ocurre en el cómic. Pero eso centrará otro análisis. Por ahora, es posible que estemos ante una de las mejores etapas de esta magnífica ficción.

6ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), la necesidad de un primer acto


Andrew Lincoln vuelve a convertirse en Rick Grimes en la sexta temporada de 'The Walking Dead'.Ahora que comienza la segunda parte de la sexta temporada de The walking dead es un buen momento para repasar lo que ha sido esa primera mitad de temporada con los ya tradicionales 8 episodios. Y como dice el título de este texto, la trama de estos capítulos podría entenderse como el primer acto de algo, presumiblemente algo gordo, que está por llegar. Los que hayan leído el cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore sabrán que ese “algo” tiene por nombre Negan, por lo que esto podría entenderse como la calma antes de la tormenta. Sin embargo, y como suele pasar en la serie, esa calma es mucho más.

Una de las principales características de la serie, y también uno de los aspectos que más críticas levanta, es la necesidad que tiene la trama de estar constantemente presentando conflictos internos de los individuos ante un contexto que les ha convertido en seres absolutamente desconfiados. El final de la quinta temporada evidenció el extremo al que había llegado su protagonista, un Andrew Lincoln (Los seductores) que ha hecho suyo un personaje complejo y lleno de claroscuros. Y el comienzo de esta sexta lo que viene a demostrar es la necesidad del ser humano de confiar los unos en los otros para poder sobrevivir, incluso cuando eso ponga en peligro nuestras vidas.

Y es precisamente esto lo que se aborda en esta primera parte de The walking dead. No se trata de volver a ver a un grupo acomodado dentro de un perímetro; no se busca un enfrentamiento interno por celos o luchas de poder (aunque algo hay). Es, simple y llanamente, volver a empezar, crear una familia más grande de lo que estábamos acostumbrados. Esa línea argumental, explicada claramente en el octavo episodio, sustenta tanto los conflictos que se desarrollan como las decisiones que toman los personajes, algunos más débiles y otros más fuertes, como es lógico.

Ahora bien, habría que preguntarse cuál es el objetivo de establecer esta línea argumental en una mitad de temporada, cuando es algo que podría abordarse a lo largo de toda una temporada, e incluso de varias. La respuesta está, de nuevo, en Negan, ese personaje que, aunque no se menciona por su nombre, ya parece tener presencia en varios episodios. La presencia futura de este enemigo obliga a la trama a resolver los problemas internos del grupo, al menos los más llamativos. Una especie de primer acto dramático en el que los personajes son presentados, en el que se sientan las bases del posterior desarrollo y en el que ya se establece un primer punto de giro, como demuestra ese octavo episodio.

De lobos y hombres, otra vez

Y si el final de la quinta temporada de The walking dead ponía de manifiesto que el protagonista y su grupo habían cambiado, convirtiéndose en una suerte de lobos para el resto de individuos, en estos ocho episodios se incide cada vez más en otro tipo de lobos humanos, aquellos que precisamente llevan la W (wolf, lobo en inglés) en su frente. Un grupo despiadado, acostumbrado a matar y a coger todo lo que quieren o necesitan. Su presencia, aunque excesivamente arbitraria e intermitente, sí es una forma de introducir poco a poco a los enemigos más importantes de esta serie de zombis, que no son otros que los propios humanos.

Su presencia, unido al gran arco dramático de esta primera parte (el rebaño de zombis dirigiéndose a la ciudad), es el auténtico desencadenante de todos los aspectos de la historia. Algo que también es habitual en la serie, por cierto. El ataque a la ciudad, sin ir más lejos, es lo que provoca tanto nuevas alturas de miras en varios personajes como la aparición de miedos, iras o desconfianzas. Es decir, de una mayor carga dramática. Unido a la incógnita de conocer a quién obedecen, la ignorancia sobre la identidad de los atacantes incrementa el carácter desconcertante y aterrador de su aparición en escena.

Pero no hay que olvidar que es una serie de zombis, y como tal debe tener zombis. Y sé que suena redundante y hasta absurdo, pero muchas veces puede dar la sensación de que es más importante lo que ocurre entre los personajes que lo que ocurre a su alrededor. Y en cierta medida, ese es el gran atractivo de esta serie. Pero los momentos más violentos, viscerales y sangrientos de la ficción también tienen su relevancia, y en esta primera parte alcanzan cotas notables. Baste mencionar la aparente muerte de Glenn (un cada vez más sólido Steven Yeunn, visto en Orígenes) como uno de los momentos más salvajes, o el final del último episodio, todo un ejemplo de tensión dramática y de gancho narrativo.

A primera vista, a muchos les parecerá que la primera etapa de la sexta temporada de The walking dead es, como argumentarán, tan lenta como muchos pasajes de la serie. Pero un vistazo más en profundidad permite apreciar algo más. Mucho más, mejor dicho. El desarrollo dramático de las relaciones entre los nuevos y los conocidos personajes posee algunos de los mejores momentos vistos en esta ficción, y ofrece una vía de trabajo narrativo muy interesante al conjugar la transformación de Rick (más salvaje y dispuesto a todo) con los todavía neófitos habitantes de Alejandría. El pasado y el presente de Rick Grimes parecen fundirse en uno entre los muros de esta ciudad. Todo para esperar el infierno que está por llegar.

1ª T. de ‘Fear the Walking Dead’, el tambaleante comienzo de los muertos vivientes


La primera temporada de 'Fear the Walking Dead' nos narra cómo nació el mundo de los zombies.A pesar de los años transcurridos desde aquella joya titulada La noche de los muertos vivientes (1968), a pesar de la evolución de los zombies, el género sigue teniendo unas reglas muy claras y delimitadas que, en caso de no seguirlas, el fallo está casi asegurado. Y no estoy hablando de cosas absurdas o de pequeños detallas, sino de estructuras dramáticas y conceptuales de este tipo de cine. Por eso el spin off de The Walking Dead, titulado sin demasiada originalidad Fear the Walking Dead, camina constantemente entre dos tierras muy difíciles de conjugar. Y por eso el resultado final es tan interesante como incompleto.

La primera temporada de esta nueva serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s law) y Robert Kirkman, la mente detrás de este mundo originario de los cómics, es un claro ejemplo de cómo todo debe tener un equilibrio en cualquier producción audiovisual. Esto no quiere decir que todos y cada uno de los elementos deban ser excepcionales, sino que la interpretación debe ser acorde al género de la trama; que el lenguaje visual utilizado se acomode a lo que la historia requiere. Y eso no es algo que ocurra en estos primeros seis episodios. De hecho, posiblemente la mayor debilidad de la producción sea la definición de los personajes sobre el papel, a lo que se suman unos actores que no terminan de encajar en sus respectivos roles.

Es difícil achacar este problema a una única causa. Posiblemente lo primordial sea que los protagonistas tratan de mantener su personalidad en un contexto que evoluciona rápidamente. La incapacidad de los personajes de Kim Dickens (serie House of cards) y Cliff Curtis (Mil palabras) para actuar en base a lo que sucede a su alrededor es uno de los aspectos menos comprensibles de la trama, a lo que se suman los personajes adolescentes, de lejos los más débiles de toda la ficción. Curiosamente, en Fear the Walking Dead son los secundarios los roles más interesantes, con un bagaje cultural más atractivo y con una coherencia dramática mucho mayor.

Esto invita a pensar que la serie trata de llevar las claves de The Walking Dead a un contexto inicial. Dicho de otro modo, los conflictos internos y externos que se dan en la serie original entre la humanidad y la violencia tratan de ser aquí un punto de partida de algo mucho mayor. Pero ni el mundo en el que viven los personajes es igual, ni los propios personajes son iguales. Por ello, tratar de adaptar esa estructura a algo sensiblemente distinto es una ardua tarea que no siempre funciona, provocando una cierta irregularidad cuyo efecto más inmediato es que la serie no logra nunca desprenderse de la sensación de ser un producto menor, nacido para ampliar algo ya existente. Y aunque pueda ser esa su función, la serie tiene potencial para ser algo independiente.

Futuro prometedor

Y aquí es donde entramos en el verdadero atractivo de la serie. Si hay algo que Fear the Walking Dead retrate con sumo cuidado es el proceso de cambio que sufre la sociedad en apenas unos días. A través de pequeñas píldoras, la mayoría vistas con los ojos de los protagonistas, Kirkman y Erickson construyen un mundo nuevo a medio camino entre la civilización que conocemos y el apocalipsis zombie al que se enfrentan los protagonistas de la serie original. Primero a modo de sucesos aislados, luego con revueltas sociales y más tarde con control militar, esta primera temporada narra las diferentes etapas por las que pasa la desaparición de la sociedad tal y como la conocemos, algo que no deja de ser sumamente enriquecedor.

Pero no es lo único. Como decía al inicio, la presencia de los personajes secundarios es más interesante que la de los protagonistas, y en este sentido también lo son las tramas que protagonizan. Así, es gracias a ellos que la trama da pasos de gigante hacia un futuro prometedor que pone su primera piedra con la muerte que cierra el episodio final, y que a todas luces debe significar un cambio de mentalidad en los protagonistas y un cambio de sentido en el desarrollo dramático de la serie, que se adentra en un terreno más oscuro, similar al de The Walking Dead. Y es una muerte de un secundario, posiblemente uno de los mejores y menos desarrollados de toda la temporada.

Es importante destacar también el secretismo con el que se desarrollan los acontecimientos. Esa estructura en forma de píldoras es un caldo de cultivo idóneo para desarrollar la idea de que el poder siempre oculta la verdad a la sociedad, ya sea por con el argumento de la seguridad, ya sea por el miedo al caos que podría generarse. Pero esa sensación de una falsa protección, que en cierto modo también experimenta el espectador, es lo que termina convirtiéndose en el detonante del cambio, en un punto de inflexión que deriva en el primer uso bélico de los muertos vivientes cuyo resultado, como no podía ser de otro modo, es catastrófico. Sin duda, es en este momento cuando la serie alcanza sus mayores cotas de entretenimiento, interés y complejidad. Y es en este momento cuando realmente empieza a sacudirse, aunque sea de forma mínima, la pesada carga que supone tener una serie de culto como referente.

Todo esto se puede resumir en que la primera temporada de Fear the Walking Dead podría haber dado más de lo que finalmente ha dado. Podría haber sido más compleja, más profunda desde un punto de vista dramático. Y podría haber tenido unos personajes más adecuados al contexto personal y familiar que se plantea. Pero eso no quiere decir que no sea un comienzo interesante. Desde luego, los fans de The Walking Dead no pueden, ni deben, establecer comparaciones. Lo mejor es adentrarse en ella como algo nuevo y diferente, iniciando así un viaje hacia la desaparición de la Humanidad que, como todo viaje, tiene momentos buenos y momentos malos. Lo importante es que lo que se atisba en el horizonte es algo prometedor.

Quinta temporada de ‘The Walking Dead’ (II), de hombres y lobos


Rick Grimes pierde los papeles en la segunda parte de la quinta temporada de 'The Walking Dead'.Hay pocas series que generen sensaciones tan contradictorias como The walking dead. Su desarrollo dramático en 16 episodios divididos en dos etapas se pasa literalmente en un suspiro, dejando con ganas de saber más, de conocer el porvenir de unos personajes que se han ganado a pulso estar entre los mejores de la ficción moderna. Pero al mismo tiempo, en cada capítulo se desarrollan y se plantean tantas ideas que es necesario prestar atención a cada minuto de metraje. Y desde luego la segunda etapa de esta quinta temporada no lo es menos. Habrá quien tal vez crea que no ha habido un avance significativo en lo visto anteriormente, y que incluso crea que se ha perdido algo de violencia con respecto a temporadas previas. Bueno, pues para eso está este final de temporada.

Porque sí, los 8 episodios que ahora analizamos tienen de todo, desde desarrollo dramático hasta vísceras y, desde mi punto de vista, el momento más tenso, salvaje y violento visto en la serie. Pero sobre eso incidiré más adelante. Y es que si algo caracteriza a la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city), y al cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore en el que se basa, es el tratamiento de sus personajes, el modo en que evolucionan y, sobre todo, cómo su entorno les cambia hasta hacerles parecer otra persona. Y destaco la palabra “parecer”, pues en el fondo el espectador, compañero infatigable de sus desventuras, cambia con ellos, lo que le otorga un punto de vista único y privilegiado.

Todo ello queda representado en los últimos episodios de esta temporada de The walking dead. El contraste entre el grupo de Rick Grimes (de nuevo un soberbio Andrew Lincoln, visto en Love Actually) y la comunidad de Alejandría a la que llegan no solo refleja el cambio experimentado por los protagonistas, sino que genera una especie de salto temporal en el que pasado y presente se mezclan para encaminarse a un futuro común. O lo que es lo mismo, basta únicamente un repaso mental a las actitudes de la primera y segunda temporada para comprender que las decisiones de ese pueblo están muy próximas a las que habría tomado el propio Grimes en sus comienzos, antes de experimentar todo lo experimentado. Este contraste, no por casualidad, no crea animadversión hacia la violencia desarrollada en el protagonista, más bien al contrario: genera incomprensión hacia la actitud de un grupo de personajes que parecen vivir ajenos a la realidad de la ficción.

Aunque si hay que hablar de cambio es imprescindible mencionar lo ocurrido en el episodio 8, o lo que es lo mismo, en el primero de esta segunda etapa. Sin entrar en demasiados detalles, simplemente hay que destacar que es una de las pocas veces, si no la primera, en que una ficción muestra lo que experimenta un infectado por un mordisco de zombie. Y lo hace de la mejor forma posible. El cambio que se produce en el personaje es fundamentalmente psíquico, aprovechando todos los traumas, toda la muerte y la violencia desarrollada a lo largo de la serie para ofrecer un debate sobre la bondad, la crudeza y el instinto de supervivencia del ser humano. Una reflexión que impacta por el resultado final, pero que pone sobre la mesa interesantes propuestas que encuentran cierto eco en el resto de la temporada.

Puertas giratorias

El final de esta temporada de The walking dead pone de manifiesto que el grupo encabezado por el personaje de Lincoln ha dejado de ser inocente. Se ha convertido, en cierto modo, en lobos capaces no solo de defenderse, sino de tomar por la fuerza algo que consideran que debe ser salvado. Objetivamente, esto les convertiría en villanos, pero por supuesto es una idea que en ningún momento puede llegar a plantearse. Dicho esto, estos 8 capítulos están lejos de terminar de forma pacífica. El gancho utilizado, en esta ocasión, se ha desarrollado a lo largo de toda esta segunda parte, primero con esos zombies con W grabada en la frente, y luego con los primeros indicios de un grupo, posiblemente mayor, que se autodenominan “lobos”. La presencia de esta nueva amenaza, unido a la violencia de algunos momentos, plantea un futuro prometedor para la serie (aquellos que hayan leído la novela gráfica ya se hacen una idea).

Pero no puedo dejar pasar el momento más impactante de la temporada, y puede que de toda The walking dead. Me refiero a la secuencia desarrollada en esa puerta giratoria en la que tres personajes se ven acorralados por muertos vivientes a ambos lados de la misma. La tensión desarrollada está al nivel de otras muchas secuencias, es cierto, pero el grado de violencia es muy alto, diría incluso que extremo. Desmembramientos, mordiscos y explosiones de sangre se dan cita frente a los ojos de un aterrado Steven Yeun (Orígenes), quien compone una de las mejores interpretaciones de su personaje Glenn. Ambos conceptos, tensión y violencia, crean una de las mejores piezas en cuanto a intensidad dramática se refiere, y modifican sustancialmente el desarrollo posterior.

Claro que no es la única secuencia violenta, aunque es algo que solo los fans de la serie pueden “disfrutar”. Lo cierto es que la evolución del arco dramático principal, aquel que implica al rol de Lincoln, va en paralelo a la evolución del protagonista. Si en la primera parte se apreciaba el claro cambio experimentado en el personaje, en esta segunda parte dicho cambio no solo es manifiesto por el contraste con la comunidad de Alejandría, sino que se convierte en parte intrínseca de los argumentos narrativos. Ya no se trata de recurrir a la violencia para sobrevivir (matar para subsistir), sino que la violencia es parte del mundo en el que viven y debe ser utilizada para proteger a aquellos que la rechazan, incluso aunque no comprendan el verdadero significado de esa actitud (matar para salvar). En este sentido es muy significativo el final de la temporada, tanto lo que ocurre en la reunión junto al fuego como el renovado protagonismo de la katana.

Personalmente, The walking dead logra evolucionar definitivamente hacia un estado de violencia innata, lo que no solo hace que avance dramáticamente sino que mejora sustancialmente lo visto hasta ahora. Pero más allá de interpretaciones lo que está claro es que esta quinta temporada ha sabido sobreponerse a su carácter nómada para sentar las bases no solo de una narrativa más sedentaria (al menos desde la localización), sino del equilibrio entre profundidad dramática y violencia explícita. Unas bases necesarias para lo que está por llegar, que en palabras de su protagonista es una tormenta en toda regla. Lo bueno es que en octubre regresa. Lo malo es que hasta entonces tendremos que vagar como los muertos vivientes de esta magnífica serie.

Quinta temporada de ‘The Walking Dead’ (I), de la Terminal al inicio


Los protagonistas de 'The Walking Dead' comienzan la quinta temporada contra las cuerdas.Una de las críticas que suele recibir The walking dead es que es una serie en la que la acción va por etapas, teniendo momentos de gran dinamismo y otros de excesiva calma. Y aunque esto pueda ser cierto, es una crítica un tanto injustificada, pues incluso en esos momentos en los que supuestamente no ocurre nada el trasfondo dramático dota a los siguientes acontecimientos de una trascendencia aun mayor. Eso es algo que ha podido verse en esta primera etapa de la quinta temporada, que terminó hace dos semanas y de la que todavía muchos nos estamos recuperando. Y es que si algo define estos primeros 8 episodios no es precisamente su pausa narrativa.

Más bien al contrario. El final de la cuarta temporada dejó en el aire absolutamente todo, con esa emboscada en la Terminal y la amenaza al aire del protagonista, un Andrew Lincoln (Love Actually) cada vez más espléndido en su personaje. La serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) a partir del cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlar y Tony Moore generó unas expectativas que necesitaban ser cubiertas por este inicio de la nueva etapa. Las impresiones serán muy variopintos, pero en líneas generales se superaron con nota. Las consecuencias de lo visto en ese último episodio, que por cierto exige una revisión a cámara lenta, adquieren en el primer episodio de esta temporada un cariz épico, casi apocalíptico dentro del propio Apocalipsis en el que viven los personajes. El ritmo frenético, la acción sin descanso y esa sensación de estar en un campo de batalla suponen un inicio que permite acallar buena parte de las voces contrarias al desarrollo dramático de los personajes y que apoyan una apuesta por la acción más visual.

Pero como decía antes, The walking dead necesita, puede que de forma indispensable, abordar las relaciones entre sus personajes para poder avanzar. Prueba de ello es, precisamente, ese primer episodio, en el que el desarrollo dramático de capítulos anteriores tiene una relevancia fundamental. Es más, esta primera etapa, más allá de sus secuencias de acción y de sus momentos de tensión zombi (que los tiene, y mucho) hay una clara apuesta por situar al espectador con respecto al momento que viven los protagonistas, tanto los veteranos como los debutantes. Con una estructura dramática que puede resultar confusa, sus responsables aprovechan algunas lagunas en el desarrollo de la acción presente para abordar el pasado de personajes como el de Melissa McBride (La peligrosa vida de los altar boys), al que se perdió la pista durante la primera parte de la cuarta temporada.

Es este repaso al pasado de los personajes el que nutre la serie para el futuro más inmediato, demostrando una vez más que la ficción es tan sólida y tan amplia que da cobijo a la acción, el drama, la tensión e incluso el miedo, si bien es cierto que los zombis son, cada vez más, una excusa para abordar las miserias del ser humano y la evolución que viven este grupo de supervivientes. Dicho eso, resulta interesante comprobar cómo la historia ha vuelto a sus inicios, dejando la Terminal para volver a Atlanta, ciudad en la que se encuentra el grupo por primera vez. Un regreso que, evidentemente, no es casual, pues lo que ocurre en esa ciudad no solo certifica el paso del tiempo, sino el cambio de los personajes.

Rick Grames vs. Rick Grames

Claro que si hay un cambio llamativo es el del protagonista, Rick Grimes. La labor de Lincoln en este sentido es simplemente soberbia, digna de reconocimiento en forma de premios pero que, como es de suponer, nunca llegará. Pero volviendo a lo que nos ocupa, este inicio de la quinta temporada de The walking dead, con ese viaje del “término del camino” al comienzo del mismo, se convierte en una especie de broche de ciclo que deja reflexiones sumamente interesantes. La más importante es la influencia del mundo que rodea al grupo en la conducta de Grimes, algo que ya se dejaba ver a lo largo de los últimos capítulos pero que ahora, y a raíz de una serie de acontecimientos que no desvelaré, adquiere un grado de relevancia mucho mayor.

Por poner un ejemplo que todos los seguidores recordarán, su actitud respecto al enemigo de Atlanta es diametralmente opuesta a la que tuvo con el Gobernador, inolvidable papel interpretado por David Morrissey (Centurión). La ausencia de empatía, de escrúpulos y de bondad, unido a la obsesión por salvar a los que integran su grupo, le convierten en un ser peligroso, cada vez más inestable y menos reflexivo de lo que fue en los inicios de la serie. Una evolución interesante, magistralmente elaborada y cuyas consecuencias todavía no se han llegado a ver del todo, aunque poco a poco parecen vislumbrarse. Esto es, sin duda, el aspecto más interesante de la ficción desde un punto de vista dramático.

Estos primeros 8 episodios de la quinta temporada han servido, como digo, para cerrar en cierto modo el ciclo iniciado en aquella primera temporada. Sobre todo si atendemos al modo en que finaliza esta etapa, con un acontecimiento trágico donde los haya y acentuado por esa imagen final de la ciudad asolada por la muerte, como si la esperanza hubiera abandonado definitivamente el futuro de los personajes. Si a esto sumamos el hecho de que buena parte de los objetivos se esfuman con una de las confesiones más sorprendentes y cómicas de la serie (no tan sorprendente si se conoce el cómic), el resultado es ese reinicio para los personajes y para los espectadores. Reinicio representado por esa ciudad fantasma que antes era Atlanta.

Desde luego, este inicio de la quinta temporada de The walking dead ha sido un cóctel de emociones de lo más interesante. Puede que su desarrollo haya generado algo de confusión por esa necesidad de abordar, casi en cada episodio, el recorrido de los personajes hasta el momento presente de la serie, pero viendo la forma en que acaba el octavo episodio merece la pena. Personalmente esta ha sido una de las mejores etapas desde su inicio, no solo por el calado dramático que han adquirido los personajes (sobre todo el protagonista y su evolución moral), sino por la inteligente forma en que se ha vuelto a la casilla de salida. Habrá que esperar para comprobar cuál es el futuro de este grupo, pero una cosa parece clara: el ser humano sigue siendo más peligroso que los muertos vivientes.

‘The Walking Dead’ T. 4 ( y II), menos acción y más personajes


Andrew Lincoln, Norman Reedus y Danai Gurira se enfrentan a sus propios demonios en la segunda parte de la cuarta temporada de 'The Walking Dead'.Si hay alguien que a estas alturas todavía se pregunte de qué va una serie como The Walking Dead, que vea los últimos 8 episodios de su cuarta temporada, cuya emisión finalizó el pasado domingo en Estados Unidos, y un día después en España. Puede que muchos de los fans más fieles piensen que esta segunda parte de la temporada ha sido, en comparación con los capítulos anteriores, una decepción en cuestión de ritmo, intensidad y violencia, pero a esa idea habría que dotarla de muchos matices. Es evidente que después de lo ocurrido en la cárcel, con un ataque que quita el aliento y una huída caótica y desesperada, era complicado mantener el listón tanto de villanos como de intensidad emocional. Los responsables del cómic (porque esto es algo que ocurre, a grandes rasgos, de forma idéntica a la obra en papel) eran conscientes de ello, y la serie ha seguido, a su modo, los mismos pasos. Sí, la forma de abordarlo ha sido muy distinta, pero el resultado es el mismo: una profundización mayor en la naturaleza de cada personaje.

Ya lo dije cuando escribí sobre esa primera tanda de episodios de la temporada: la serie ha sabido aprovechar el parón en la emisión para diferenciar claramente sus dos partes. Ha pasado de mostrar la convivencia en un lugar seguro a volver a desarrollar el instinto de supervivencia de sus protagonistas; ha dejado a un lado los enemigos del exterior para centrarse en el interior de los personajes; y sobre todo ha abandonado el dinamismo de algunas de las mejores secuencias de la serie para volver a la tensa calma, al desarrollo de un terror más propio de zombis. Irónicamente, este último aspecto es lo de menos. Porque si alguien espera que en estos episodios los zombis adquieran más protagonismo, mejor será que no desespere. Tras todas estas tempodas a nadie se le escapa que la creación de Frank Darabont (serie Mob City) utiliza a estos muertos vivientes como una mera excusa para situar a los personajes en un entorno extremo en el que aflore la verdadera naturaleza del ser humano.

Como decía al inicio, posiblemente The Walking Dead haya definido su temática mejor que nunca en esta segunda parte de la temporada. Y no ha sido nada fácil teniendo en cuenta que los protagonistas estaban dispersos, lo que ha obligado a una narrativa escalonada, dedicando un episodio o dos a cada uno de los grupos que se forman, y exigiendo al espectador hacerse un cuadro mental de la situación en la que se encuentra cada uno. Sin embargo, y a pesar de la dificultad, el desarrollo dramático ha sido bueno. Personalmente, ha estado por encima de otros momentos de la serie. A través de las crisis que vive cada uno de los personajes el espectador logra comprender un poco mejor las motivaciones de todos ellos. En algunos casos incluso puede llegar a generar desconcierto. Los casos más interesantes, como no podía ser de otro modo, son los de los tres mejores roles de la producción: Rick, Daryl y Michonne, que se revelan como los verdaderos pilares de la serie junto con, y estos ya en un segundo plano, Glenn, Maggie y Carl.

Curiosamente, entre los tres primeros se produce una especie de flujo narrativo que los lleva a ocupar posiciones contrapuestas respecto a lo que se venía viendo en la trama. Y me explico. Mientras que el personaje interpretado por Andrew Lincoln (Los seductores) inicia esta andadura apocalíptica como un personaje íntegro que busca, ante todo, evitar confrontaciones, los otros dos (de nuevo con los rasgos de Norman Reedus y Danai Gurira) se antojaban en un inicio personalidades conflictivas, solitarias y con ciertos rasgos violentos. A lo largo de estos 8 capítulos el shérif, cuya única obsesión es proteger a su hijo, se ha transformado en un ser mucho más oscuro, más decidido, e incluso más salvaje. Desde luego, la prueba más evidente es el encuentro con un grupo en plena carretera en el último episodio, pero en general su forma de afrontar el día a día evoluciona notablemente desde la huída de la cárcel.

Terminus no es más que el principio

Del mismo modo, la cuarta temporada de The Walking Dead ha servido para conocer mejor el pasado tanto del personaje de Reedus como del de Gurira. Ambos personajes fueron presentados al espectador como individuos duros, capaces de hacer lo que sea para sobrevivir y con una cierta tendencia al individualismo que, todo sea dicho, en ellos no es necesariamente una debilidad. Pero en estos episodios asistimos a una evolución hacia un polo moral totalmente distinto. Sobre todo en la implacable samurai, cuyos sueños/flashbacks de lo que ocurrió durante los primeros días de la epidemia zombi son a la par reveladores y trágicos. Su vuelta a la casilla de partida, con esos dos muertos vivientes mutilados y atados con cuerdas, la define ahora como una mujer cuya coraza no es más que una herramienta para sobrevivir, una vía de protegerse no solo de sus agresores, sino del caos que la rodea. El hecho de que haya bajado sus defensas emocionales no la hace menos peligrosa, pero sí supone una oportunidad única para desarrollar mucho más al personaje.

Claro que toda esta evolución dramática solo puede lograrse con cierta calma formal y narrativa. Los numerosos huecos en el argumento que deja la ausencia de secuencias de mutilaciones y de combates cuerpo a cuerpo (lo cual no quiere decir que no haya) obliga no solo a profundizar, sino a encontrar nuevos personajes. La aparición del grupo militar con el científico que cree conocer el origen de los zombis supone una incorporación interesante, pero en el fondo poco desarrollada para las posibilidades que podría tener. Eso no impide, sin embargo, que dichas incorporaciones al elenco principal no carguen con la promesa de un interesante trasfondo emocional, al menos por lo poco que se ha podido ver. Será interesante comprobar cómo se enfrentan todos a esa nueva amenaza que, al menos a priori, es Terminus, esa ciudad-terminal que, en un sentido algo más amplio, supone también el final del viaje iniciado en la cárcel… aunque no sea un final necesariamente bueno.

Un viaje que, por cierto, no es solo físico, sino también psicológico. Es ciertos que los personajes que más evolucionan son los que ya hemos comentado, pero todos, en mayor o menor medida, han modificado su forma de ver el mundo que les rodea. Pero volviendo a esa terminal con la que finaliza la serie, no quiero dejar pasar la ocasión para señalar algunos aspectos realmente interesantes. Lo más evidente es que en uno de esos espléndidos finales a los que la serie nos tiene acostumbrados faltan muchos personajes que han sido protagonistas a lo largo de la temporada y cuyos arcos dramáticos todavía no han sido cerrados, si es que ese es su destino. También es destacable la forma de manejar los tiempos, la fusión entre calma y peligro, o la forma de presentar a los que, a priori, serán los próximos villanos. Lo menos evidente, y eso es algo que viene a corroborar la evolución de los personajes, es la cantidad de matices que esconde la frase con la que se cierra el arco argumental de esta entrega; frase que también se encuentra en el cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlard, Tony Moore y Cliff Rathburn y que en ambos casos marca un antes y un después en el personaje de Andrew Lincoln. En el caso que nos ocupa no solo promete una quinta temporada apasionante, sino que por extensión define a todo el grupo que se encuentra encerrado.

No me cabe duda de que muchos se habrán sentido decepcionados con la conclusión de esta cuarta temporada, pero eso puede ser debido a que estábamos acostumbrados a un ritmo de acción bastante alto cuya culminación llegó, precisamente, al final de la primera parte. Pero vista en perspectiva, The Walking Dead nunca ha sido una serie de acción, sino de tensión, de personajes sometidos a un mundo en el que el mayor peligro, sobre todo ahora que todos estamos acostumbrados a los muertos vivientes, es el propio ser humano. La capacidad de evolución de los protagonistas, sobre todo de ese sheriff que ha pasado de héroe a antihéroe, es de lo mejor que puede ofrecer esta serie, más allá de satisfacer los deseos de los fans del gore. En cierto modo, la finalización de la temporada es el broche de oro a la mejor entrega de las cuatro hasta ahora, pues en su conjunto supone todo un viaje. La seguridad de la cárcel se puso en entredicho por una enfermedad; el ataque destruyó todo aquello por lo que habían trabajado; la vuelta a la carretera reveló una naturaleza desconocida en los protagonistas; y la Terminal ha sido todo menos un refugio. Si después de la tormenta siempre llega la calma… ¿qué ocurre cuando se termina la calma? La siguiente temporada tiene las respuestas.

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