‘Redención’: sangre, sudor y lágrimas


Pocos subgéneros acogen mejor las historias de superación personal que el pugilístico. La lucha física y mental de un hombre enfrentado a un rival (que suele representar la sociedad y sus propios miedos) al que tiene que derrotar con sus puños y su fuerza de voluntad tiene algo redentor, como el propio título de esta película refleja. Es fácil identificarse con ellos. Y si la historia además está bien construida y cuenta con auténticos maestros delante y detrás de las cámaras, el resultado, aunque mejorable, suele ser inolvidable.

Y eso es precisamente lo que ocurre con Redención. Si bien es cierto que el guión de Kurt Sutter, creador de la serie Hijos de la Anarquía, puede ser previsible en sus planteamientos y su desarrollo, no por ello deja de ofrecer una serie de conflictos dramáticos inteligentemente planteados, introducidos en la trama de forma precisa para impedir que el ritmo decaiga. A ello se suma una realización brillante de Antoine Fuqua (Training Day), quien vuelve a demostrar que es capaz de exprimir al máximo las posibilidades de todos sus films, explorando el dramatismo a través de planos arriesgados y sumamente emocionales (viscerales en este caso). Lo cierto es que todo en este film encaja casi a la perfección, creando un armonioso conjunto en el que brilla con luz propia Jake Gyllenhaal (Enemy), uno de esos pocos actores capaces de dotar de mayor dramatismo a un personaje a priori mas simple.

El mayor problema, y no es algo anecdótico, está precisamente en el guión. La trama, aunque bien desarrollada, deja por el camino algunas historias secundarias que podrían haber nutrido mucho más (y mucho mejor) el contexto de violencia y arribismo en el que se mueve el protagonista. Centrada como se centra en la historia del boxeador y su hija, la historia deja a un lado a ciertos personajes secundarios que aportan mucho en los pocos momentos en los que tienen cierta presencia, planteando la duda acerca de la idoneidad de que hubieran tenido más peso dramático en el desarrollo argumental.

En cualquier caso, es algo que suele achacarse a estas historias. El boxeo es lo que tiene, y lo cierto es que el espectador tiende a esperar poco más de este tipo de tramas. Lo importante siempre es si estos films son capaces de superar las expectativas, y en el caso de Redención lo consigue con creces. Desde un espléndido reparto hasta un director con un lenguaje visual propio y apasionante, pasando por una banda sonora idónea y una fotografía que explota al máximo las posibilidades del cuadrilátero, el film ofrece al espectador todo y más, aunque lo hace desde un punto de partida previsible y algo lineal.

Nota: 7/10

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Los fantasmas del pasado de ‘Ray Donovan’ surgen en su 1ª T


Liev Schreiber y Jon Voight en un momento de la primera temporada de 'Ray Donovan'.He de confesar que hacía tiempo que no veía una producción de las características de Ray Donovan en la pequeña pantalla. Bueno, ni en la pequeña ni en la grande. Estamos tan acostumbrados a personajes con tan pocos secretos que cada vez más nos entregamos a una narrativa fluida, constante y basada en el impacto de una resolución inesperada. Pero en sí mismos, los protagonistas tienden a presentarse de forma frontal, directa y sin grandes misterios para el espectador. Incluso aquellos que son villanos por definición. Es por eso que esta serie creada por Ann Biderman (Enemigos públicos) es tan interesante. Si bien es cierto que su planteamiento es bastante corriente, sus personajes, auténtico corazón del conjunto, tienen más sombras que luces, convirtiéndolo en un auténtico juego de conflictos y pecados sin perdonar.

Su trama, como decimos, es bastante corriente. Un hombre que trabaja en Holllywood arreglando los problemas de famosos (y no me refiero a un publicista precisamente) ve cómo su relativamente tranquila vida se tuerce cuando su padre sale de la cárcel después de 20 años y decide ir a la ciudad. Se destaparán entonces toda una serie de secretos familiares que tienen sus raíces en Boston y que están marcados por la violencia, los abusos y el engaño. En definitiva, un thriller tradicional que perfectamente habrían firmado alguno de los maestros del género de los años 90. Lo interesante de esta primera temporada de 12 episodios reside, empero, en la forma que tiene Biderman de plantear la trama, a medio camino entre la acción y el diálogo, y no dejando nunca que uno enturbie la labor del otro.

En efecto, en Ray Donovan, que toma el nombre del protagonista, hay lugar para la violencia. Alguna realmente brutal, como es el asesinato de un agente del FBI. Al fin y al cabo, es una historia ambientada en un mundo brutal y despiadado que trata de hacerse un hueco en la élite de una ciudad que no entiende otra forma de vida que no sea el exceso de riqueza. Pero más allá de eso, lo destacable es el intrincado entramado que se forma alrededor del protagonista cuando los secretos, poco a poco, salen a la luz. Unos secretos que, afortunadamente, se narran de forma tradicional, es decir, a través de diálogos, de comportamientos y de decisiones, algunas tan erróneas que generan problemas mayores.

Podría decirse que es una serie con numerosas tramas principales y pocas secundarias. O con muchas secundarias pero casi ninguna principal, como se prefiera. En realidad, el desarrollo dramático está planteado de tal modo que importa poco. Todo gira en torno al protagonista (magnífico Liev Schreiber, visto en El mayordomo) y todo está, al final, relacionado. El secreto que pesa sobre su conciencia y la de su jefe directo, el conflicto con su padre, la persecución del FBI, sus problemas familiares. Todo gira en torno a un único concepto, o al menos eso se intuye a lo largo de la temporada. Un concepto que queda revelado, en parte, en unos muy buenos últimos episodios que modifican notablemente la percepción de todo lo ocurrido con anterioridad, y sobre todo definen claramente las motivaciones del protagonista, bastante oscuras durante todo el arco narrativo, lo que no hace sino agrandar el interés por conocer los porqués de muchas de sus decisiones.

Un núcleo poco interesante

Desde luego, si hubiese que dar un calificativo a Ray Donovan sería “oscuro”. Sí, es una serie oscura, plagada de intrigas, de secretos y de corrupción. La forma de mostrarlo, siempre con medias tintas y sin llegar nunca a mostrar del todo sus cartas, es lo que la convierte en interesante. Curiosamente, su núcleo es lo menos relevante de todo. El diseño del mundo en el que vive Donovan, a medio camino entre el lujo y la violencia, entre la élite y la clandestinidad, es simplemente perfecto, pero no así la forma de presentar a su mujer y sus hijos.

Es más, de algún modo la serie pierde interés en esta primera temporada cuando el protagonismo de la trama recae sobre las historias secundarias de la mujer (Paula Malcomson) y los hijos, interpretados por Kerris Dorsey (En la cuerda floja) y Devon Bagby. No tanto por sus interpretaciones, correctas si se compara con el resto, como por el tratamiento que se hace de sus personalidades. Mientras que los más jóvenes asisten al descenso a los infiernos de un padre que ve cómo su pasado vuelve para pedir una segunda oportunidad, la mujer simplemente se convierte en una especie de histérica psicótica cuyos cambios de humor son, en muchos momentos, injustificados. Da la sensación de que no existe una definición clara de su papel en toda la trama, ofreciendo bandazos dramáticos que no llevan a ninguna parte.

Afortunadamente, su presencia es más o menos secundaria. Salvo por algún episodio en el que toman relevancia (y que ralentiza notablemente el devenir de la trama), en general la serie apuesta más por el pasado bostoniano del protagonista, sus hermanos y su padre. Y es todo un acierto, tanto por la profusión de elementos que contiene, y que ya hemos comentado, como por los actores. Dejando a un lado una magistral interpretación de Jon Voight (Mission: Impossible) que le ha dejado un Globo de Oro, la labor de Eddie Marsan (Jack el caza gigantes) y Dash Mihok (El lado bueno de las cosas) es brillante. Ambos logran transmitir los problemas físicos y psicológicos que arrastran unos personajes marcados por la violencia y los abusos, el primero a través del boxeo y el segundo de carácter sexual y religioso. Tal vez la mejor prueba resida en el último episodio, cuando ambos cambian sutilmente su presencia física en pantalla, evidenciando sin palabras que han logrado superar un traumático pasado a pesar de las secuelas que les deja.

Esta primera temporada es, en definitiva, un muy buen ejercicio de intriga y violencia. Los pecados del pasado que acosan a Ray Donovan y su familia adquieren un protagonismo progresivo hasta convertirse en el leit motiv del desarrollo dramático, en el auténtico motor de la serie. Lo bueno es que el espectador no descubre nada de esto hasta el último episodio, intuyendo siempre que hay algo más de lo que se muestra. Lo peor es que no todos los elementos dramáticos e interpretativos están equilibrados. El final de esta entrega deja, además, pocas vías de desarrollo. Sí, hay algunos caminos por explorar, pero el primero ha sido tan impactante, tan profundo y dramático, que es complicado alcanzar el mismo nivel en la segunda temporada ya proyectada.

‘La gran revancha’: nadie pierde, pero no todos ganan


Robert De Niro y Sylvester Stallone, cara a cara en 'La gran revancha'.La sensación de nostalgia que genera ver a un actor tratar de recuperar las emociones de un personaje que supuso para su carrera un antes y un después es, en algunos casos, directamente proporcional al ridículo que provoca el film con el que intenta hacerlo. O lo que es lo mismo, ver a dos actores como Sylvester Stallone y Robert De Niro, los boxeadores Rocky Balboa y Jake La Motta respectivamente, interpretar a dos boxeadores rivales que se reencuentran en el ring 30 años después es al mismo tiempo evocador y algo vergonzoso.

Evocador porque, para cualquier aficionado al cine, tanto Rocky (1976) como Toro salvaje (1980) son dos iconos del séptimo arte y del boxeo cinematográfico, y poder ver a dos mitos como estos subirse a un ring y luchar no deja de entrañar cierta nostalgia. Sin embargo, ése es el único aliciente. Bueno, y Alan Arkin (Pequeña Miss Sunshine), que ha encontrado en los personajes cascarrabias y algo excéntricos un filón con el que explotar su talento. El resto es un compendio de chistes malos, de diálogos que llevan a pocos o a ningún sitio, y de un metraje que llega a hacerse algo largo, lo que viene a demostrar que con algunos minutos menos la historia de La gran revancha habría ganado en frescura.

La película, en realidad, siempre se mueve por arenas movedizas. Desde luego, no es una historia que encandile, ni mucho menos. Con todo, los homenajes a momentos clave de los dos clásicos que interpretan sus estrellas hacen más llevaderos determinados momentos, convirtiéndose de hecho en lo verdaderamente interesante del conjunto. Da la sensación de que Peter Segal (50 primeras citas), quien como director no logra sacar todo el jugo posible a la situación que se ve en pantalla (la banda sonora de Rocky en algún que otro momento se antojaba necesaria), podría haber tenido más margen de maniobra si el argumento se hubiera limitado a una especie de parodia realista de estos dos púgiles tres décadas más viejos.

Pero bueno, es lo que hay. No creo que nadie, ni siquiera los más fieles seguidores, esperen de La gran revancha una película que sitúe a sus estrellas en el lugar que les corresponde. En definitiva, ninguno de los implicados pierde. Los actores logran lo mínimo para arrancar una sonrisa (algunos como Arkin sencillamente se convierten en héroes), Kim Basinger (Cellular) demuestra que ha encontrado la fuente de la eterna juventud y el combate final es, en líneas generales correcto. Pero poco más allá. El peor parado de todos es el espectador, que debe esperar casi dos horas para el verdadero meollo de todo esto. Casi dos horas en las que, salvo momentos puntuales, ocurre bastante poco.

Nota: 5/10

‘Snatch, cerdos y diamantes’, o los personajes como base narrativa


Guy Ritchie, Brad Pitt y Stephen Graham en 'Snatch, cerdos y diamantes', de Guy Ritchie.Me atrevería a decir casi sin miedo a equivocarme que a todo el mundo le ha sorprendido el hecho de ver a Brad Pitt (Troya) en una película de zombis. A algunos más y a otros menos, pero la idea de ver a una estrella de este calibre luchando contra una horda de muertos vivientes con ganas de cerebro es, cuanto menos, diferente. Cierto es que la inminente Guerra Mundial Z no es “una de zombis al uso”, pero en cualquier caso es algo pocas veces visto. Y a pesar de todo, no es la primera vez que el protagonista de El árbol de la vida (2011) se involucra en un proyecto tan extraño. Uno de los casos más representativos de estas inquietudes, por llamarlo de alguna manera, es Snatch, cerdos y diamantes, la película que puso al director inglés Guy Ritchie (Sherlock Holmes) en el mapa de Hollywood en 2000.

Planteada como una especie de remake/secuela, esta película coral tiene como protagonista un enorme diamante que pasa de unas manos a otras en una búsqueda protagonizada por mafiosos, matones y boxeadores de tres al cuarto. Si hubiese que buscar unos protagonistas posiblemente serían los personajes de Jason Statham (Transporter) y Stephen Graham (serie Boardwalk Empire), un entrenador de boxeo/promotor y su ayudante que ven cómo sus vidas peligran al perder al boxeador que iba a enfrentarse al luchador de un mafioso. El culpable de todo es un gitano al que convencen para que se deje ganar.

Desde luego, lo más interesante y atractivo de Snatch es la frescura que emanan tanto su guión como su realización, ambos de Ritchie. Por un lado, el texto es una sucesión de situaciones y personajes a cada cual más extraño, un cúmulo de despropósitos sin motivo aparente que encuentran su resolución en un final algo sorprendente pero, ante todo, acorde a la locura que suponen sus diálogos y sus secuencias de acción. Por otro, la firmeza visual del director no solo descubre una mirada distinta al mundo de los bajos fondos ingleses, sino que aporta por momentos algunas de las secuencias más bellas y simbólicas de unos años para acá. Planos como los del combate de boxeo final o el doble punto de vista utilizado para contar un tiroteo muestran que una historia puede alcanzar cotas mayores si existe libertad para narrar.

El estilo decadente y suburbial del film queda acrecentado, qué duda cabe, por la iluminación de la Gran Bretaña, cuya luz y colorido son casi tan representativos como algunos de sus espacios, tanto rurales como urbanos. Los tonos ocres y grises que acompañan a los personajes enmarcan la acción en un entorno del que todos pretenden salir si logran hacerse con el diamante. Da igual que sean propietarios de una joyería, mafiosos aficionados a las peleas de perros o boxeadores de bajo nivel. El ambiente deprimente y gris que les envuelve a través de los escenarios, la fotografía y hasta la ropa les convierte en potenciales fugitivos del único mundo que conocen. Mención especial habría que hacer al campamento gitano, prácticamente única nota discordante del resto que supone no solo un cambio de colores, sino también un cambio de emociones y de forma de afrontar la historia.

Cuanto más extravagante, mejor

Pero Snatch, cerdos y diamantes no sería nada sin sus personajes. La historia por sí sola no aporta nada (o casi nada) a la película en sí. Lo realmente interesante es la definición de cada uno de los personajes que hace Ritchie en los primeros minutos que tienen en pantalla. Más que por la descripción que se hace de ellos, por las decisiones que toman en esos instantes. A cada cual más extremo, posiblemente quede representado todo el abanico criminal posible, aunque siempre visto desde un punto de vista cómico, casi ridículo. Cualquier persona que se esté introduciendo al guión sabrá que una de las primeras cosas a realizar es una biografía de cada uno de los personajes principales. Pues bien, da la sensación de que los protagonistas de esta cinta de cine negro cómico han plasmado dichas biografías en los minutos que tienen en pantalla.

El resultado es una obra mucho más completa que centra sus esfuerzos en las relaciones entre los personajes, en sus reacciones a las situaciones que se les plantean. En el fondo, el diamante que pasa de mano en mano no deja de ser un McGuffin, una mera excusa para mantener una cierta intriga que relacione a todos los protagonistas y secundarios, entre los que se encuentra Brad Pitt. En efecto, su personaje, ese gitano que debe enfrentarse al boxeador de un mafioso en un combate amañado es un secundario. Al menos a priori, porque lo cierto es que termina adquiriendo un cierto protagonismo, en parte por el carisma del actor y en parte por las propias necesidades de la historia.

En la pequeña introducción inicial trataba de poner en palabras la idea de que Pitt, más allá de su imagen y de su aura de estrella, es un actor que ha buscado siempre papeles extravagantes, extremos. El caso del film de Ritchie se ajusta como un guante a ese perfil. Además de tener un rol menos protagonista que el resto, su forma de afrontarlo es, dicho coloquialmente, desternillante. Tanto en su versión original como en su versión doblada, la velocidad y el argot con el que habla Pitt convierten a este boxeador gitano en uno de los iconos del relato más representativos. Por supuesto, buena parte de su labor estaba plasmada ya en el papel, pero el lenguaje corporal, más frenético incluso que su vocabulario, otorgan al personaje un estilo único.

Puede que considerar Snatch, cerdos y diamantes como un clásico moderno todavía sea prematuro. En determinados círculos ya lo será, sin duda. Sea como sea, la película es un reflejo del alma de su director, un testimonio audiovisual de la forma de pensar y de narrar. Y es una prueba fehaciente de que los personajes son una parte imprescindible de cualquier historia. Si esta es buena, la película será un punto y aparte en el cine. Si no es tan buena ofrecen una salida narrativa que muchas veces es más interesante que cualquier otro factor.

‘Million Dollar Baby’, el boxeo como excusa del desarrollo dramático


Es conocida la afición de Clint Eastwood de rodar como director aquellos guiones que le convencen en una primera lectura. Da igual que sea un primer borrador o el resultado de varias revisiones: si le gusta, lo pondrá en imágenes sin quitar una coma. Esto ha dado, como es lógico, un resultado irregular, desde joyas modernas del cine hasta obras minoritarias que se han visto beneficiadas por la maestría del protagonista de El bueno, el feo y el malo (1966). Una de sus mejores películas es, sin ningún género de dudas, Million Dollar Baby, drama ambientado en el mundo del boxeo que en 2004 conmovió a todos los espectadores, aficionados o no a este deporte.

Puede que para muchos sea demasiado pronto para considerarla un clásico, pero desde luego el film posee todos los elementos para serlo. Más allá de un guión impecable escrito por Paul Haggis (Crash), el trabajo formal de todos los aspectos de la historia refleja no solo una preocupación por poner al servicio de la historia cada elemento, sino en narrar con la luz, la música o el color cada emoción y cada subtexto que se esconde bajo los diálogos y las decisiones de los personajes. Esto refleja una idea básica: que Million Dollar Baby no habla de boxeo, sino que lo utiliza para hacer avanzar a unos personajes complejos, frustrados y tercos hasta un punto de encuentro del que no podrán escapar hasta ese último plano del relato. No es la única vez que Eastwood, ya sea como director o como actor, aborda el mundo del deporte. Puede, empero, que sea la única vez en la que este no termine acaparando la atención (Invictus también tiene algo de esto).

Como decimos, la película, que narra la relación que surge entre un entrenador de boxeo que añora sus tiempos de gloria y una joven que ansía poder competir profesionalmente bajo sus órdenes a pesar de ser algo mayor para luchar, no habla de boxeo. Sí, es cierto que la trama apenas se traslada fuera del gimnasio o de los rings, pero es que ni siquiera allí se habla de boxeo. En realidad, la piedra angular de todo es el trasfondo de los personajes. El pasado de todos y cada uno de ellos, incluso el de los más secundarios, es tan rico y complejo que sus frustraciones, sus miedos y sus errores toman la palabra para acaparar toda la atención.

Y de todo ello, lo más interesante es la relación entre el viejo entrenador y la joven púgil, papeles a cargo del propio Eastwood y de una Hilary Swank que obtuvo su segundo Oscar por este personaje (el anterior fue por Boys don’t cry). La necesidad familiar de ambos, él de una hija que le aprecie y ella de un padre que la quiera tal y como es, genera un vínculo mucho mayor y más fuerte del que se podría crear entre entrenador y boxeador. En este sentido, el metraje permite a ambos (a él más que a ella) evolucionar hasta una plaza común de sentimientos correspondidos, a pesar de la reticencia del personaje masculino. Aunque no es lo único. Como espectador activo hallamos a un veterano boxeador, antiguo pupilo del personaje de Eastwood y amigo suyo, interpretado por Morgan Freeman (Cadena perpetua). A modo de conciencia desdoblada del entrenador, es el conductor de la trama, el que inicia el relato y el que lo finaliza. Una especie de narrador influyente que, en no pocas ocasiones, es el que hace avanzar la trama ante la ofuscación emocional del protagonista.

La importancia del punto de giro

Todos aquellos que se hayan acercado alguna vez a la teoría de la escritura de guión sabrán que la división en tres partes de cualquier historia viene determinada por lo que se denomina “punto de giro”, un acontecimiento tan impactante e importante que modifica el devenir de los personajes, haciéndoles tomar un rumbo radicalmente distinto al que se podía prever. Bueno, en este aspecto Million Dollar Baby posiblemente se estudie en un futuro no muy lejano (si no se hace ya) como un ejemplo realmente claro. Es verdad que esa relación entre los personajes surge y se desarrolla a lo largo del film, pero no es hasta el paso del segundo al tercer acto cuando realmente se revela en todo su esplendor, aunque para ello entre de lleno en el dramatismo más puro.

No hay que engañarse. El final es lacrimógeno, sí, pero huye en todo momento de la lágrima fácil. Si el final emociona tanto es gracias al equilibrio emocional que el guionista y el director logran aplicar a toda la historia. El espectador, aun sin conocer el mundo del boxeo, puede identificarse con los protagonistas, gracias entre otras cosas a esos pasados tan comunes y universales. En base a esto, la película nos hace partícipes de la crudeza del camino, de los éxitos y las derrotas, de la oscuridad en la que viven los personajes y de su lento camino hacia la luz. Es por eso que el punto de giro final se convierte en inesperado. Es por eso que la conclusión de la historia conmueve sobremanera. Incluso cuando llegan los títulos de crédito cuesta creer que la trama concluya como concluye. Y eso solo se consigue con un guión, en líneas generales, perfecto.

La referencia a la oscuridad no es casual. Al comienzo mencionábamos que los diferentes aspectos de la película trabajaban por apoyar la labor de los actores y el subtexto de la trama. Así, es necesario señalar el uso de la fotografía por parte de Tom Stern, colaborador habitual de Eastwood. Los marcados contrastes entre las luces y las sombras dentro del gimnasio o en las viviendas de los personajes, unido a que buena parte de las secuencias transcurren de noche, envuelven al conjunto en un manto silencioso y lúgubre que refleja tanto el interior de unos personajes acosados por sus decisiones del pasado como el solitario mundo en el que viven. Gracias a su fotografía, la película de Eastwood traslada la acción a un mundo único, a medio camino entre la realidad y lo onírico. Una especie de cuento (al fin y al cabo, la historia es un relato del personaje de Freeman) sin final feliz en el que, repetimos, los personajes tratan de salir de la oscuridad que les rodea sin llegar a conseguirlo. Por supuesto, la labor de Stern aporta al conjunto una belleza inigualable que deja en la retina algunos de los planos más bellos de los últimos años.

No vamos a descubrir aquí que Clint Eastwood es un gran director. Su carrera lo atestigua sin necesidad de analizarla. Pero Million Dollar Baby es, junto a otras películas próximas en el tiempo dirigidas por él, uno de los mejores trabajos que dejará para la historia. El tiempo pondrá en el sitio que corresponda a este drama deportivo, pero la perfección en todos sus aspectos técnicos y dramáticos la convierten en una pieza fundamental, en un modelo a estudiar por iniciados y aficionados que quieran aprender a narrar con una cámara. Pocas películas son capaces de lograr eso; ni siquiera muchas de las consideradas clásicos.

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