‘Baby Driver’: fotogramas musicales


Hay cine que tiene como contexto la música. Hay cine musical, que no es exactamente lo mismo. Y luego está lo nuevo de Edgar Wright (Arma fatal), cuya definición, al menos una de ellas, podría ser el cine hecho música… o la música hecha cine. Porque si algo destaca en esta cinta de acción para melómanos es precisamente lo que el director logra hacer no solo con una planificación milimétrica, sino con un montaje tan poético, frenético y complejo que reduce las casi dos horas de metraje a un puñado de canciones que ya deben formar parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Lo peor de Baby Driver puede que sea, curiosamente, su trama. No porque no sea buena, sino porque aporta más bien poco al género. Lineal y hasta cierto punto previsible, esta historia de ladrones sin corazón y jóvenes corazones robados para una malvada causa recuerda muchas otras grandes películas en lo que a su desarrollo dramático se refiere. Hasta aquí, una película más. Es a partir de entonces cuando la obra adquiere dimensiones casi épicas. Wright demuestra su manejo del montaje, del ritmo y de la cultura musical con una apuesta visual tan rica en referentes como divertida en las interpretaciones de sus solventes y notables actores.

La cinta es música. Y la banda sonora es cine. Su director logra algo sumamente complicado: fusionar hasta hacer uno notas musicales y fotogramas, elaborando una íntima relación que no puede ser destruida. Ya sea con canciones escuchadas en un iPod, ya sea con el ritmo creado por el sonido ambiente, todo en esta historia de amor, velocidad y atracos es una partitura. Incluso algunos momentos protagonizados por Kevin Spacey (Elvis & Nixon) son, literalmente, poéticos, aportando al conjunto un toque tan irónico como lírico. Y junto a todo esto, el tratamiento visual, con secuencias de acción que son pura adrenalina y un uso cromático que adquiere un elevado significado hacia el final del metraje.

En definitiva, Baby Driver es una obra diferente, fresca, no apta para aquellos a los que no les guste la música. Una historia de robos a ritmo de volante, de auriculares y de sueños frustrados que atrapa al espectador en su asiento para llevarle en un viaje por la música de toda una vida. Poco importa en este caso que la historia pueda carecer de demasiada originalidad en lo que a desarrollo y personajes se refiere. Poco importan algunas licencias necesarias para hacer que la acción tenga sentido. Lo que Edgar Wright propone, además de un contundente golpe en la mesa de Hollywood (si es que no lo había dado ya), es un viaje divertido, tanto visual como sonoro, que solo puede disfrutarse. Abróchense el cinturón y, sobre todo, estén atentos a la luz roja.

Nota: 7/10

‘Daredevil’ amplía su universo con más dramatismo en la 2ª T.


'Daredevil' se enfrenta a Punisher en la segunda temporada.La serie sobre Daredevil creada por Drew Goddard (Marte) acerca del famoso superhéroe de Marvel fue una de las sorpresas más gratas de 2015. Y lo fue porque, al igual que en otras producciones superheróicas, presentaba al héroe no solo en base a sus valores, sino como contraposición de un mal mayor al que derrotar. Y como toda gran producción sobre estos personajes, su segunda temporada debía doblar la apuesta. Sin embargo, esta especie de salto de fe es arriesgado si no se sabe sobre qué pilares realizar dicha apuesta. Por fortuna, Goddard es consciente de que, más allá de la acción o la violencia, esta trama se basa en personajes, en sus traumas y en sus dilemas, y es ahí donde estos nuevos 13 episodios logran un crecimiento dramático más que notable.

Porque sí, la segunda temporada de la serie cuenta con dos nuevos y relevantes personajes, cada uno enemigo del héroe a su manera. Y en cierto modo, la aparición de uno y otro divide esta etapa en dos partes, aunque finalmente se fundan en una única historia más grande. Pero es esa introducción escalonada lo que permite, por un lado, desarrollar de forma más sólida las motivaciones de estos nuevos roles, y por otro las tramas secundarias que se derivan de ellos. Sin ir más lejos, la evolución del personaje de Deborah Ann Woll (serie True blood) es sencillamente brillante, aprovechando el desarrollo de la historia de Punisher (espléndido Jon Bernthal –El contable-) para llevar este rol a un nuevo terreno, más maduro y mucho más arriesgado.

Y esto es únicamente un ejemplo. En realidad, lo más interesante de estos capítulos de Daredevil radica en el desarrollo orgánico del arco argumental. Goddard es capaz de crear algo literalmente vivo, que evoluciona, propone y reacciona ante el más mínimo detalle, y en el que ningún personaje, aunque sea el más secundario, queda al azar o desconectado de la evolución de la trama. Esta fórmula convierte a la serie en un producto extraño y complejo, alejado de otras ficciones similares (sobre todo de un tiempo a esta parte) y más próximo a dramas oscuros en los que la introspección de los personajes cuenta más que la acción que se desarrolla en muchas escenas.

Dicho de otro modo, y aunque las secuencias de lucha dejarán a más de uno con la boca abierta (incluyendo un nuevo plano secuencia similar al de la primera temporada pero mucho más complejo), la realidad es que lo más interesante de este superhéroe ciego son los conflictos morales de sus decisiones y las consecuencias que las mismas tienen en su entorno. Como decía antes, nada queda al azar, y desde luego toda frase, toda decisión, tiene su reacción, algunas más esperadas que otras, pero en cualquier caso todas ellas de una coherencia incuestionable. De ahí que al final se genere un mayor interés en saber cómo afrontan los secundarios las mentiras y los secretos del héroe que en cómo van a terminar las peleas de turno. Eso por no hablar de la trama principal, un motor que hace avanzar la historia en una dirección muy definida y que apenas deja tiempo de reflexión, imprimiendo al conjunto un ritmo idóneo.

Allanando el camino

Es importante hacer hincapié en el “apenas deja tiempo de reflexión”. Porque sí, sus secuencias de acción son impecables, numerosas y, hasta cierto punto, agobiantes. Y sí, estas peleas, unido al desarrollo de la trama, provocan una evolución tanto del protagonista (ahora sí es Daredevil) como de los secundarios. Pero nada de esto impide que exista un tratamiento reflexivo sobre el rol protagonista, al que por cierto Charlie Cox (La teoría del todo) dota de una entidad que ya habría querido Ben Affleck en la versión cinematográfica. De hecho, ya sea a través de flashbacks o de elaborados diálogos, el argumento aborda la dualidad de este personaje y, sobre todo, los límites de su moral, enfrentándole no solo con sus enemigos, sino con un personaje como Punisher, que en cierto modo podría considerarse el carácter extremo de la cruzada del héroe.

Pero esta segunda temporada también ha servido, como de hecho le ha ocurrido a Arrow, para abrir la puerta y allanar el camino a otros personajes superheróicos de Marvel. De hecho, en estos episodios no solo se mencionan roles como el de Jessica Jones, sino que aparecen personajes de estas producciones. Todo ello con la intención más que evidente de empezar a crear un nuevo mundo en la pequeña pantalla, similar al que ya existe en los cines pero con personajes, digamos, con menos tirón entre el gran público aunque con un tratamiento más dramático y algo alejado de la espectacularidad de las películas. No por casualidad, el Demonio de la Cocina del Infierno no vuelve hasta 2018, aprovechando su peso en las series para impulsar otras historias en las que, o bien influye formalmente (la apuesta visual de todas estas series es similar), o bien colabora presencialmente.

Con todo y con eso, esta segunda temporada pone de manifiesto un problema del personaje que, más tarde o más temprano, va a influir en el desarrollo de la historia. Y es que al igual que le ocurre a la versión televisiva del Arquero Esmeralda, el delicado equilibrio entre acción y drama de este superhéroe neoyorquino ha permitido que crezca en todos los sentidos, pero también que empiece a acercarse a un techo difícil de rebasar, al menos de forma coherente. Dicho de otro modo, la historia ha alcanzado tales cotas que solo le queda superarse, y para ello es necesario encontrar no solo historias mejores, sino aplicar un tratamiento que no ponga en riesgo el equilibrio del que hablamos. No son pocos los ejemplos de producciones que abandonan la acción en favor de la trama, y viceversa.

Hasta que eso llegue, y con la confianza que generan las dos temporadas de Daredevil, solo queda disfrutar de este personaje, del modo en que es presentado y de su evolución, sencillamente brillante y apasionante. La labor de guionistas, directores, actores y el resto del equipo es un evidente testimonio de que este tipo de producciones pueden tener un futuro, que no son meros entretenimientos para fans adictos a las viñetas y a un mundo de fantasía. La clave está, como se ha demostrado en varias ocasiones, en tratar a estos personajes como… pues eso, como personajes, situando sus poderes como algo casi anecdótico que puede resultar útil en un momento dado, y no como el epicentro del que dependa absolutamente todo. Mientras eso siga siendo una máxima, la serie seguirá siendo una de las mejores realizadas.

‘Show me a hero’, la espiral autodestructiva de la adicción al poder


Oscar Isaac protagoniza la miniserie 'Show me a hero'.Es muy difícil ver entre las series actuales un producto como Show me a hero, miniserie basada en el libro de Lisa Belkin que han escrito David Simon y William F. Zorzi, cerebros detrás de The aire, y que ha dirigido Paul Haggis (Crash). Esa dificultad no radica en su temática, ni siquiera en su estructura, sino en el enfoque que sus responsables aportan a un tema tan actual como antiguo: la tolerancia, la lucha de clases y, sobre todo, la adicción. Porque sí, a lo largo de sus seis episodios la trama trata sobre muchas, muchísimas cosas (uno de sus mayores atractivos), pero lo que subyace en el fondo es una historia de adicción. Curiosamente, las drogas son lo de menos.

Aquellos que no conozcan la historia de Nick Wasicsko (interpretado maravillosamente por Oscar Isaac –Las dos caras de enero-) posiblemente se sorprendan de que los problemas de integración que pueden verse hoy en día en muchas ciudades y barrios del mundo ya se daban en los años 80. La lucha de algunos concejales y alcaldes por lograr una mejor calidad de vida para todos sus ciudadanos se encontró no solo con la oposición de políticos, sino con el rechazo social, hasta el punto de pagar las decisiones sociales y morales con toda una carrera política. Sin desvelar el final de este personaje, protagonista de un particular infierno, sí es importante dejar claro que el título de la serie es un claro homenaje a lo que logró y, como ya he dicho, al precio que tuvo que pagar para ello.

Pero volviendo a la idea de la adicción, auténtico meollo de Show me a hero, cabe destacar la labor realizada por Simon y Zorzi en calidad de guionistas. Su forma de impregnar el desarrollo dramático de esa pátina autodestructiva que supone cualquier adicción hace que la trama se mueva en todo momento por senderos previsibles aunque no por ello menos interesantes. En realidad, lo que se consigue con la sutileza aportada por ambos guionistas es una sensación de estar ante un inevitable precipicio que, sin embargo, solo empieza a atisbarse a partir del cuarto episodio, cuando la espiral en la que entra el protagonista se torna evidente. Casualidad o no (me inclino a pensar que no), los acontecimientos a los que se enfrentan muchos de los personajes secundarios terminan por disimular la verdadera adicción que explica la serie, y que en algún que otro momento se llega a explicar.

Una adicción al poder, a ser reconocido, a tener esa posición social y política que genere toda una serie de corrientes de comunicación y de actuación que permitan, en una palabra, sentir utilidad y notoriedad. Da igual si la adicción se trae de casa o si se adquiere una vez se prueban las mieles del éxito. Lo interesante, y en esto la serie acierta de lleno, es asistir al proceso de descubrimiento, comprender que lejos del drama social que narra, esta miniserie adquiere un mayor significado al desarrollar una complejidad sin igual en su protagonista. La inocencia con la que inicia el camino, ya sea real o ficticia, desaparece en los compases finales de la producción, revelando un rol ambicioso, capaz de lo que sea por catar de nuevo las mieles del poder. Esa desesperación, esa pérdida de control de nuestra propia conciencia y moral, es lo que termina definiendo esa adicción.

Reparto de campanillas

Y eso, más allá de aspectos formales y narrativos, es el gran acierto de Show me a hero, que escapa del drama social al uso para exponer un arco dramático apasionante, fascinante y, por último, compasivo. No cabe duda de que el triángulo formado por Haggis, Simon y Zorzi, e Isaac es el alma de esta serie. La apuesta narrativa de Haggis, director habituado y aficionado a las historias corales con tramas interconectadas, es tan sobria como sugerente. De la estructura creada por Simon y Zorzi poco más se puede decir, salvo que adentra al espectador en un drama para terminar mostrándole otro relativamente diferente. E Isaac… bueno, simplemente se convierte en su personaje.

Pero en la serie brillan con luz propia muchos otros elementos. Comenzando por un reparto de campanillas en estado de gracia (en el que destacan nombres como Alfred Molina, James Belushi o Catherine Keener), y terminando por un diseño de producción, vestuario y maquillaje imprescindible (las imágenes finales de la época así lo confirman), este biopic trata en todo momento de acercarse a la realidad de una época convulsa en sus ideales y dramática en su día a día. Posiblemente esto sea, al mismo tiempo, una ventaja y un inconveniente, pues en este caso la realidad tiene muchos momentos de tedio, de estática, lo que juega en contra de un desarrollo fluido.

Un análisis posterior, sin embargo, permite apreciar que incluso en los momentos en los que parece que la historia se estanca lo que existen en realidad es un desarrollo de, precisamente, dichas adicciones. Por supuesto, existen las consecuencias directas de las drogas y del poder, pero hay muchas adicciones más, entre ellas al amor (lo que lleva a una joven a perder su casa). Evidentemente, esto queda algo diluido en el desarrollo, que también se ve lastrado por la necesidad de narrar muchas historias personales, tal vez demasiadas, en un periodo de tiempo muy largo. Esto exige del espectador algo más que sentarse delante de una pantalla, y en cierto modo eso también enlaza con la idea inicial de que esta serie no es algo habitual en las parrillas.

El resumen de este análisis podría ser que Show me a hero es una miniserie notable, con un interés que va más allá de lo dramático. Un biopic que permite al espectador ahondar en la figura de un político que terminó siendo adicto al poder (que lo fuera antes es algo que queda a discreción de cada uno). Pero también es una producción difícil que no tolera un primer acercamiento ligero. Exige mucho, pero también aporta mucho. Socialmente hablando ofrece interesantes conclusiones sobre la sociedad en la que vivimos, incluso cuando la historia se retrotrae más de 20 años. Psicológicamente hablando creo que no hace falta decir más. Una serie recomendable para paladares exigentes.

‘Sicario’: territorio de lobos sin fronteras


Emily Blunt, Josh Brolin y Benicia Del Toro en 'Sicario', de Denis Villeneuve.Decir que hay muchas películas sobre la lucha contra la droga en la frontera entre Estados Unidos y México sería quedarse corto. Todas ellas, sea cual el tono de la trama, suelen tener en común un desarrollo dramático que se desarrolla en los mismos escenarios, con personajes muy parecidos y con motivaciones casi idénticas. Por eso, la obra de Denis Villeneuve (Enemy) sorprende sobremanera. Sus personajes, aunque vagamente conocidos, están espoleados por otro tipo de motivaciones, y por un contexto moral y ético que cambia radicalmente el objetivo de la historia.

No cabe duda de que, aunque todo gira inicialmente alrededor de Emily Blunt (El hombre lobo), el verdadero protagonista de Sicario es Benicio Del Toro (El juramento). Y lo es no solo porque el actor engrandece (una vez más) un buen personaje, sino porque el trasfondo emocional de este asesino a sueldo es tan humano que el espectador logra sentir el conflicto interno entre el bien y el mal, desdibujados en una frontera dominada por los cárteles de la droga. Y aunque Del Toro está excepcionalmente brillante, sería injusto no reconocer la labor de un reparto impecable, cada uno midiendo en todo momento las capacidades de sus personajes para ofrecer más caras de las que aparentemente podrían tener los personajes.

Pero a estos personajes y a esta historia tan conocida como diferente es necesario dotarlos de algo más, de una vitalidad narrativa que Villeneuve logra con un movimiento de cámara personal, sutil y elegante. El modo en que el director aprovecha los planos aéreos es simplemente indescriptible, dotando de tensión momentos que, aparentemente, carecen de interés. Por supuesto, su capacidad para medir los tiempos en las secuencias de acción es igualmente loable, fundamentalmente porque recrudece la violencia y la tensión dramática de dichos momentos. Gracias a su puesta en escena, la intranquilidad del personaje de Blunt se traslada a todo el metraje, manteniendo al espectador en una constante alerta ante lo que pueda ocurrir, impidiéndole prever un claro final.

De este modo, Sicario se convierte en un film más que notable en el que todos sus elementos, desde la puesta en escena hasta la música, desde la estructura del guión hasta la interpretación de los actores, están al servicio de la historia, pero al mismo tiempo la engrandecen. Villeneuve vuelve a demostrar el amplio abanico de recursos narrativos que posee, y aunque es Benicio Del Toro quien se lleva la palma, sería injusto no reconocer la calidad de la fotografía (ese final de noche con las cámaras de visión nocturna es brillante), de su banda sonora o del diseño de producción. Uno de esos films que dan una nueva vuelta de tuerca a un tema ya conocido, y que lo hacen de forma espléndida.

Nota: 8/10

‘Birdman’, o la favorita para los Oscar, llega a la cartelera española


Estrenos 9enero2015Tan solo se han consumido dos fines de semana de enero en este 2015, pero la calidad de los títulos, sobre todo de los que están en cabeza en la carrera por las nominaciones, es indiscutible. Si la semana pasada era The imitation game, hoy viernes, 9 de enero, llega a las pantallas españolas la que muchos críticos aseguran será la gran triunfadora. Junto a ella cuatro títulos americanos y europeos que son serias alternativas para acudir a las salas de cine, incluyendo un estreno adelantado al pasado martes, Día de Reyes en España.

Pero comencemos por Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia), principal estreno de la semana nominado a 7 Globos de Oro y que parte con ventaja en la entrega de los Oscar. Dirigida por Alejandro González Iñárritu (21 gramos), la historia gira en torno a un actor venido a menos cuyo mayor éxito profesional se lo debe a un superhéroe que interpretó en su juventud. Sus intentos por estrenar una obra de teatro se ven entorpecidos por su propio ego, que trata de recuperar las viejas glorias conseguidas por su famoso personaje. Un drama con ciertos toques de fantasía y humor negro que ha cosechado magníficas críticas allá donde se ha estrenado, y que cuenta en su reparto con Michael Keaton (Batman), Emma Stone (The amazing Spider-Man 2: El poder de Electro), Zach Galifianakis (Resacón en Las Vegas), Edward Norton (El gran hotel Budapest), Naomi Watts (St. Vincent) y Andrea Riseborough (Oblivion).

Muy distinto es el drama bélico Corazones de acero, título en español para Fury, lo nuevo de David Ayer (Sabotage) como director y guionista. Protagonizada por Brad Pitt (Guerra Mundial Z), la cinta se enmarca en los últimos combates de la II Guerra Mundial, cuando un tanque aliado con cinco soldados en su interior debe hacer frente a una misión casi suicida: mantener la posición en un punto estratégico contra un amplio número de soldados alemanes. El reparto se completa con un puñado de actores conocidos, entre los que destacan Shia LaBeouf (Transformers), Logan Lerman (Noé), Scott Eastwood (Golpe de efecto), Xavier Samuel (Anonymous), Michael Peña (Sin tregua), Jon Bernthal (El lobo de Wall Street), Jason Isaacs (Dawn) y Jim Parrack (serie True Blood).

El único estreno europeo, que nos llega desde Gran Bretaña y Francia, es Paddington, estrenada el pasado 6 de enero y basada en el personaje creado por Michael Bond, por cierto autor del argumento del film, que narra el viaje que realiza un pequeño oso peruano a Londres, donde espera empezar a vivir la vida que siempre soñó. Sin embargo, nada es lo que esperaba en la gran ciudad hasta que conoce a una familia que le acoge y que deberá defenderle de los intereses de una taxidermista que pretende disecarle para el museo en el que trabaja. Paul King (Benny and the bull) se encarga de dirigir esta cinta familiar que cuenta con Ben Whishaw (Skyfall) como la voz del oso protagonista y con Nicole Kidman (Grace de Mónaco) como la villana. Junto a ellos encontramos un puñado de actores conocidos, entre ellos Hugh Bonneville (serie Downton Abbey), Sally Hawkins (Blue Jasmine), Julie Walters (Mamma Mia!), Michael Gambon (El cuarteto), Jim Broadbent (La dama de hierro) e Imelda Staunton (Maléfica).

En cuanto al resto de estrenos, uno de ellos es Luna en Brasil, adaptación de la novela Flores raras de Carmen L. Oliveira realizada en 2013 que narra la relación de amor entre la poetisa norteamericana Elizabeth Bishop, ganadora del Pulitzer, y la arquitecta brasileña Lota de Macedo, quien diseñó el Flamengo Park. Ambientada en los años 50, la cinta sigue los primeros y tensos encuentros que desembocaron en una historia romántica que modificó el mundo que las rodeaba de forma irreversible. Dirigida por Bruno Barreto (Amor en el aire), la película está protagonizada por Gloria Pires (Si yo fuera tú), Miranda Otto (In her skin), Tracy Middendorf (Boy wonder), Treat Williams (Un pedacito de cielo) y Lola Kirke (Another happy day).

Por último, con algo de retraso llega desde Canadá Quédate conmigo, drama estrenado en su país en 2013 escrito y dirigido por Michael McGowan (One week) que gira en torno a la relación de una pareja casada durante más de 60 años. A pesar de haber superado todo tipo de adversidades, la mujer ha caído enferma, e incluso subir las escaleras de su casa supone un riesgo. Decidido a no perderla, su marido empieza a construir una casa en la que ella se sienta cómoda, pero las leyes urbanísticas han cambiado, y podría terminar en la cárcel si no ceja en su empeño. En el reparto encontramos a James Cromwell (The artist), Geneviève Bujold (Las mansiones de Jericó), Campbell Scott (The amazing Spider-Man) y Julie Stewart (Snow cake).

‘Mob city’, clásico cine negro y contexto verídico de una temporada


Milo Ventimiglia y Jon Bernthal protagonizan 'Mob City', creada por Frank Darabont.Resulta muy frustrante, sobre toco como espectador, comprobar cómo un producto, ya sea una serie, una película, … se queda a medias. Sobre todo si tiene la calidad narrativa suficiente para prometer algo diferente y apasionante. Por eso cuesta entender cómo es posible que Mob city, el nuevo proyecto televisivo de Frank Darabont después de abandonar The Walking Dead, se haya quedado en una única temporada de 6 episodios que, para colmo, finaliza dando pie a una más que interesante segunda temporada que, como decimos, no verá la luz. Los motivos pueden ser varios (falta de la audiencia suficiente, no haber cubierto las expectativas de éxito, …), pero ninguno justifica realmente la falta de compromiso de los productores de cara a continuar desarrollando la trama en nuevos episodios.

Sobre todo con una serie de semejante calidad técnica y con una ambientación excepcional. La trama, ambientada en la ciudad de Los Ángeles durante los años 40, narra la batalla que se entabló entre el cuerpo de policía y, en concreto, William Parker (Neal McDonough), y la mafia que dominaba la ciudad, liderada por Bugsy Siegel (Edward Burns). Y lo hace de la mejor manera posible, es decir, de forma indirecta. En realidad, esta historia basada en la novela L. A. Noir de John Buntin centra su atención en la relación de dos amigos, uno abogado de la mafia y otro inspector de policía, que se ven envueltos en una lucha que se convierte, por tanto, en el escenario de una intriga de traición, amor y violencia.

Si hubiese que definir con una palabra a Mob city, esa sería “clásico”. Todo en ella desprende el aroma que poseía el cine negro de las décadas doradas del cine. Darabont, que dirige buena parte de los episodios, logra recrear no solo la época en la que se mueven los personajes, sino el ambiente cinematográfico que definió a todo un género. Y la mejor prueba de ello es su episodio piloto, algo desconcertante si se ve de forma aislada pero imprescindible para comprender las relaciones, las debilidades y los conflictos que van apareciendo a lo largo de su temporada. Con la narración del protagonista, interpretado con solvencia por Jon Bernthal (El lobo de Wall Street), este primer episodio se asemeja más a una película corta que al inicio de una serie. Investigador, crimen, mujer fatal, criminales, luces que cortan las sombras como si fueran cuchillos, … incluso existe ese componente tan aparentemente inexistente como es el espeso humo de los locales.

Por si fuera poco, su estructura narrativa se aleja conscientemente de la que suelen tener los capítulos. Tal vez por eso desconcierta un poco al inicio, sin llegar a saber nunca qué es lo que ocurre exactamente. Una incertidumbre que sienta las bases para el resto de los episodios, de desarrollo más tradicional, y que engancha al espectador para obligarle a asistir a un viaje por la violencia y las extrañas normas éticas de un mundo en el que la vida no valía nada. La serie se revela, por tanto, como una historia de suspense, un arco dramático que convierte al héroe en el antihéroe que conocemos de films como El halcón maltés (1941), es decir, un hombre que se rige por sus propias leyes (y al que se suma, en esta ocasión, su cargo en la policía).

Unos actores de época

Mob city es uno de esos productos que escasean en la pequeña pantalla. Su factura técnica es impecable; sus guiones combinan de forma inteligente intriga y violencia, drama policial y romance; y sus actores son, en líneas generales, de un alto nivel. Por poner un ejemplo similar en lo que a género se refiere, se asemeja a Boardwalk Empire, aunque aborda el mundo de los gangsters desde un punto de vista muy diferente y los personajes no alcanzan el interés que pueden tener aquellos. Eso no impide, sin embargo, que existan algunos nombres que merecen ser destacados. Y no son los personajes históricos que vivieron dicha batalla, pues estos quedan definidos de una forma somera, sin profundizar demasiado en sus motivaciones más allá de su definición como “buenos” y “malos”.

No, los personajes más interesantes son los dos amigos protagonistas. Tanto Bernthal como Milo Ventimiglia (serie Héroes) crean un vínculo que va más allá de la ley o la mafia, del bien y del mal. Ambos se mueven en el mundo de luces y sombras que es Los Ángeles en aquella época, y ante todo buscan sus propios intereses, que no siempre coinciden con los del bando en el que militan. Enemigos por necesidad, amigos por lealtad. Esto permite a la trama adentrarse en una serie de matices que de otro modo se perderían, como es el hecho de que sus motivaciones muchas veces lleven a unas acciones más que cuestionables, ya sea desde el punto de vista policial o mafioso. En concreto, Ventimiglia compone el que posiblemente sea el mejor personaje de la serie, un “consigliere” joven y ambicioso que es capaz de salir de la situación más complicada. Su discurso final, en el que analiza la estructura de poder de una ciudad corrupta, es uno de los momentos más señalados.

Al comienzo decía que esta primera y única temporada termina de la mejor manera posible para la siguiente parte. Claro que visto de otro modo es la peor manera posible de terminar. Visualmente, su último episodio es impactante, brutal y estremecedoramente veraz si se conoce un poco la historia de Bugsy Siegel (basta con entrar en Internet para enterarse). Su resolución, empero, arroja la idea de que, en realidad, estamos ante lo que podría ser un primer acto de una obra mucho mayor. Una especie de presentación de personajes con un conflicto inicial que, en su desarrollo, se encuentra con un punto de giro drástico que trastoca la idea inicial que tenía el espectador. La teoría dice que esto debe generar interés para atrapar al espectador al inicio del segundo acto. En la práctica, la serie lo consigue… salvo porque no habrá segundo acto.

Una lástima. Mob city se postulaba como una de esas producciones que, aunque no tengan un éxito masivo entre el público, iba a ganar enteros a medida que su desarrollo dramático evolucionase. Su primera temporada, desde luego, lo promete firmemente. Desde su vestuario, con esas corbatas cortas tan llamativas, hasta sus decorados, pasando por los actores y algunas secuencias realmente logradas (el tiroteo en el tiovivo es un ejercicio de suspense con mayúsculas), la serie es una obra magníficamente inacabada, soberbiamente interrumpida. Al menos podremos disfrutar de estos 6 capítulos e imaginar lo que podría haber sido.

‘El lobo de Wall Street’: los excesos de la adicción al dinero


Leonardo DiCaprio y Jonah Hill en 'El lobo de Wall Street', de Martin Scorsese.Dice Jordan Belfort, el personaje de Leonardo DiCaprio (El aviador) en su nueva película, que Wall Street es una selva en la que conviven todo tipo de animales. Y si bien adquirió el sobrenombre de ‘lobo’ gracias a un artículo, el imperio de estafadores que creó prácticamente de la nada podría definirse de muchas formas, pero no creo que una de ellas sea “manada”. Es desde este punto de vista, desde el carácter salvaje y desmedido que puede tener a veces la naturaleza, desde el que se acerca a la historia un Martin Scorsese (Casino) que vuelve a demostrar todo aquello que le convierte en uno de los más grandes del séptimo arte.

La película, excesivamente larga, es un fresco caótico y divertidísimo sobre un mundo vetado para el común de los mortales. Un mundo en el que el ser humano consume drogas y alcohol a todas horas sin resentirse físicamente. Un mundo en el que la depravación, el exceso y la desmesura están a la orden del día. El lobo de Wall Street cuenta todo esto, sí, pero lo hace desde un prisma original. Lejos de caer en el drama que podría haber sido (corrupción, infidelidades, drogadicción, …), Scorsese opta por dotar al conjunto de una comicidad, a veces muy ácida, que hace más llevadero lo que se ve en imágenes. Gracias a una narrativa ágil y eficaz el director logra que las tres horas de duración se disfruten en un suspiro, sin perder de vista en ningún momento el drama que subyace y que finalmente florece en su tercio final.

En este sentido hay que alabar el guión de Terence Winter (serie Los Soprano), que salvo algún bache en su ritmo (inevitable, por otro lado), es una sucesión ininterrumpida y frenética de momentos fantásticos. En esa marabunta de fiestas, orgías y engaños bursátiles destacan sobre todo dos momentos sencillamente brillantes: la primera conversación entre el protagonista y el FBI, y la sutileza con la que mezcla el sonido inmortal de la serie Popeye el marino con un acto heroico marcado por las drogas. Una ironía un tanto malsana que define a la perfección el tono general del film, una historia trágica si no fuera por el envoltorio cómico que la presenta. En este contraste es donde la película triunfa, y lo hace a lo grande. Los actores, todos sin excepción, están soberbios. DiCaprio vuelve a demostrar que va camino de ser uno de los grandes, aunque el que se lleva la palma es Jonah Hill (Supersalidos), quien con los años se convertirá, casi con toda probabilidad, en uno de esos secundarios que roban las escenas a los protagonistas mediocres.

No cabe duda de que estamos ante una de las mejores películas del año. La facilidad que tiene El lobo de Wall Street de narrar una estafa tan grande con un humor irónico y ácido es lo que la define como lo que es: un relato sobre la condición humana y sobre una forma de vida dominada por la mayor droga de todas: el dinero. Todo es grave, pero nada importa. Los medios son ilegales, pero se toleran mientras el resultado sea satisfactorio. Siguiendo esta idea, la película de Scorsese y DiCaprio logra un resultado muy bueno con los mejores medios posibles. Tal vez su duración sea innecesaria. Incluso habrá quién considere que existe un abuso de la narración. Pero todo eso forma parte del espectáculo. Es, en sí misma, un exceso con el que uno solo puede dejarse llevar y disfrutar.

Nota: 8,5/10

Un lobo y un mito acaparan la atención de los estrenos


Estrenos 17enero2014Las productoras y distribuidoras no han perdido el tiempo en España. Apenas han transcurrido tres semanas desde que se consumó la tradición de las 12 uvas y ya se han presentado varias películas con numerosas candidaturas a los Oscar. Sin embargo, hoy viernes, 17 de enero, llega a las pantallas una de las que más posibilidades tiene de triunfar en la gala. Y no llega sola, lo cual es una novedad con respecto a las anteriores fechas de estreno. Muchos nombres propios, muchos premios y, sobre todo, mucha calidad, es lo que promete el fin de semana.

Y como no podría ser de otro modo, comenzamos con El lobo de Wall Street, nuevo proyecto de Martin Scorsese (La invención de Hugo) y Leonardo DiCaprio (El gran Gatsby) que recoge la historia real de Jordan Belfort, quien amasó una tremenda fortuna y un enorme éxito en el mundo empresarial y financiero con poco más de 20 años. Un éxito sostenido por estafas y corrupción en un momento en el que el miedo a la ley no parecía existir, por lo que la discreción y el control nunca formaron parte de su forma de vida. Un drama basado en el libro del propio Belfort y adaptado por Terence Winter (creador de Boardwalk Empire) que le ha valido al actor un Globo de Oro, y que cuenta además con Jonah Hill (Juerga hasta el fin), Margot Robbie (serie Pan Am), Matthew McConaughey (Mud), Kyle Chandler (Argo), Jon Favreau (Iron Man 3), Jon Bernthal (La gran revancha), Jean Dujardin (The artist), Rob Reiner (Historia de lo nuestro) y Shea Whigham (Take Shelter).

Otra biografía es la base de Mandela: Del mito al hombre, reconstrucción de la vida de uno de los hombres más importantes del último siglo que recoge desde los años de su infancia hasta su elección como el primer presidente elegido democráticamente en Sudáfrica. Protagonizada por Idris Elba (serie Luther), tras las cámaras se encuentra Justin Chadwick (Las hermanas Bolena), mientras que William Nicholson (Gladiator) es el encargado de adaptar la autobiografía del propio Mandela. El reparto se completa con Naomie Harris (Skyfall), Tony Kgoroge (Invictus), Riaad Moosa (Material), Deon Lotz (Sleeper’s Wake) y Jamie Barlett (Tierra de sangre).

La producción española de ficción queda representada por El futuro, drama dirigido por Luis López Carrasco que, enmarcado en la sociedad de 1982, aborda la visión del futuro que tienen un grupo de jóvenes que han vivido el fin de una dictadura, la llegada al poder del socialismo o el fallido golpe de Estado. Un futuro que provoca euforia y nerviosismo a partes iguales. La película, que ha cosechado éxito en los festivales por los que ha pasado, cuenta con actores desconocidos o casi desconocidos como Lucía Alonso, Rafael Ayuso (serie Pulseras rojas), Marta Bassols (True Love), Marina Blanco o Manuel Calvo.

Siguiendo en Europa, desde Italia nos llega Todo el santo día, comedia romántica de 2012 que muestra los problemas de una pareja que solo puede verse unas horas por la mañana, cuando él llega de trabajar y ella se marcha a su puesto de trabajo. Una situación complicada además por unos gustos y formas de pensar muy diferentes, y que se agrava cuando se plantean intentar tener un hijo. Paolo Virzì (La prima cosa bella) es el encargado de dirigir esta adaptación de la novela de Simone Lenzi, mientras que Luca Marinelli (La soledad de los números primos), Federica Victoria Caiozzo, Micol Azzurro (Good as you), Claudio Pallitto, Stefania Felicioli y Franco Gargia (Così è la cita) forman el elenco principal.

España también está muy presente en la adaptación a la pantalla de la novela de Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes, película realizada en 2011 y que ve, por fin, la luz. Co producida con México y Dinamarca, la historia sigue la vida de un columnista en un periódico provincial que pasa los días de su soltería pagando a toda mujer con quien tiene relaciones sexuales. Con dosis dramáticas y románticas a partes iguales, esta cinta dirigida por Henning Carlsen (Oviri), cuenta con un reparto internacional encabezado por Emilio Echevarría (Babel), Geraldine Chaplin (El hombre lobo), Ángela Molina (Los abrazos rotos), Olivia Molina (Dieta mediterránea) y Alejandra Barros (Viento en contra).

Del 2011 es también Oslo, 31 de agosto, drama noruego que sigue el viaje de un día realizado por un joven en proceso de desintoxicación que logra un permiso para acudir a una entrevista de trabajo. Esta excusa le permitirá pasar una noche en la ciudad, visitando viejos amigos y comprendiendo todo aquello que ha perdido y desperdiciado, lo cual no le impedirá soñar con una vida mejor a sus 34 años. Joachim Trier (Reprise) es el encargado de poner en imágenes la historia, mientras que sus principales intérpretes son Anders Danielsen Lie (Herman), Hans Olav Brenner, Johanne Kjellevik Ledang e Ingrid Olava (Varg Veum – Kalde Hjerter).

En cuanto al género documental, dos son las novedades que llegan este fin de semana. Por un lado tenemos Asier y yo, cinta dirigida por Aitor Merino (visto en la serie Hay alguien ahí) y Amaia Merino que trata de explicar el cambio que se produce en un joven Asier Aranguren para que llegue a integrarse en la banda terrorista ETA. Todo a través de los ojos de su amigo de la infancia, el propio Aitor Merino.

La otra es Sigo siendo, cinta peruana que combina diversas historias de personajes unidas, entre otras cosas, por la música. Historias que, aunque pueden parecer lejanas, poseen muchos puntos en común, principalmente porque sus protagonistas buscan encontrarse y definir sus identidades. La película está dirigida por Javier Corcuera (Invierno en Bagdag).

‘La gran revancha’: nadie pierde, pero no todos ganan


Robert De Niro y Sylvester Stallone, cara a cara en 'La gran revancha'.La sensación de nostalgia que genera ver a un actor tratar de recuperar las emociones de un personaje que supuso para su carrera un antes y un después es, en algunos casos, directamente proporcional al ridículo que provoca el film con el que intenta hacerlo. O lo que es lo mismo, ver a dos actores como Sylvester Stallone y Robert De Niro, los boxeadores Rocky Balboa y Jake La Motta respectivamente, interpretar a dos boxeadores rivales que se reencuentran en el ring 30 años después es al mismo tiempo evocador y algo vergonzoso.

Evocador porque, para cualquier aficionado al cine, tanto Rocky (1976) como Toro salvaje (1980) son dos iconos del séptimo arte y del boxeo cinematográfico, y poder ver a dos mitos como estos subirse a un ring y luchar no deja de entrañar cierta nostalgia. Sin embargo, ése es el único aliciente. Bueno, y Alan Arkin (Pequeña Miss Sunshine), que ha encontrado en los personajes cascarrabias y algo excéntricos un filón con el que explotar su talento. El resto es un compendio de chistes malos, de diálogos que llevan a pocos o a ningún sitio, y de un metraje que llega a hacerse algo largo, lo que viene a demostrar que con algunos minutos menos la historia de La gran revancha habría ganado en frescura.

La película, en realidad, siempre se mueve por arenas movedizas. Desde luego, no es una historia que encandile, ni mucho menos. Con todo, los homenajes a momentos clave de los dos clásicos que interpretan sus estrellas hacen más llevaderos determinados momentos, convirtiéndose de hecho en lo verdaderamente interesante del conjunto. Da la sensación de que Peter Segal (50 primeras citas), quien como director no logra sacar todo el jugo posible a la situación que se ve en pantalla (la banda sonora de Rocky en algún que otro momento se antojaba necesaria), podría haber tenido más margen de maniobra si el argumento se hubiera limitado a una especie de parodia realista de estos dos púgiles tres décadas más viejos.

Pero bueno, es lo que hay. No creo que nadie, ni siquiera los más fieles seguidores, esperen de La gran revancha una película que sitúe a sus estrellas en el lugar que les corresponde. En definitiva, ninguno de los implicados pierde. Los actores logran lo mínimo para arrancar una sonrisa (algunos como Arkin sencillamente se convierten en héroes), Kim Basinger (Cellular) demuestra que ha encontrado la fuente de la eterna juventud y el combate final es, en líneas generales correcto. Pero poco más allá. El peor parado de todos es el espectador, que debe esperar casi dos horas para el verdadero meollo de todo esto. Casi dos horas en las que, salvo momentos puntuales, ocurre bastante poco.

Nota: 5/10

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