‘Fear the Walking Dead’ revoluciona sus cimientos en la 4ª T.


Lo que ocurre con el mundo de ‘The Walking Dead’ merece un estudio pormenorizado en algún extenso libro. Y no me refiero al fenómeno fan, sino al tratamiento dramático tanto de la serie matriz como de su “retoño”, Fear the Walking Dead, que ha heredado poco de lo mucho bueno que tiene el original y mucho de lo poco malo que se ha ido arrastrando temporada tras temporada. La cuarta etapa de esta serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s law) y Robert Kirkman, autor de este universo postapocalíptico, evidencia una falta de rumbo narrativo alarmante. Eso o que ha revolucionado sus cimientos para reinventarse y construir algo mejor. Todo depende de si el vaso está medio lleno o medio vacío.

Una idea esta, la de tener esperanza o ser derrotista, que se desarrolla de un modo más o menos interesante a lo largo de estos 16 episodios de irregular ritmo. El principal problema de esta temporada, no cabe duda, es la indefinición de un objetivo claro en muchos aspectos. Para empezar, los personajes. Si el final de la anterior temporada abría la puerta a una historia sumamente interesante, la primera mitad de esta etapa construye lo que podría entenderse como un futuro para esta ficción, con un núcleo de protagonistas que deben luchar contra su entorno para reconstruir la civilización. Hasta aquí todo correcto, incluso el hecho de que sus enemigos terminen derrotándoles. Lo que no queda tan claro es el destino de los héroes. El constante cambio de protagonismo, pasando de personajes más complejos e interesantes a otros más prototípicos, termina por jugar en contra de la serie, que no encuentra su motor dramático prácticamente hasta el final.

Dicho de otro modo, Fear the Walking Dead pone en práctica algo que ya planteaba la serie original, y es el hecho de que ningún personaje tiene asegurada la supervivencia. Y esto es una magnífica idea que debería aplicarse en cualquier trama, pero no a cualquier coste. El problema es que esto se desarrolla en la serie de forma anárquica, sin acentuar el dramatismo de esos momentos y, por lo tanto, restando credibilidad a la historia. Lo que es más grave, desconecta al espectador de una trama que tiene demasiados recovecos narrativos y dramáticos como para poder identificarse con otros personajes y otras historias. De ahí la incorporación del rol que Lennie James (Blade Runner 2049) interpreta en la serie original; un traspaso de ficciones para dotar a este personaje de más protagonismo y, al mismo tiempo, tratar de integrar en esta trama algo conocido por los fans, siendo en definitiva un personajes que puede actuar a modo de anclaje para muchos elementos.

A pesar de sus notables irregularidades dramáticas y narrativas, la serie ofrece un diversos contenidos a tener en cuenta. Para empezar, las numerosas reflexiones acerca de la violencia y el egoísmo en el ser humano y los titánicos esfuerzos que es necesario hacer para luchar contra ello. En este sentido, es espléndida la presencia del personaje interpretado por Tonya Pinkins (serie Gotham), que ofrece a la serie una villana efímera pero sumamente atractiva, capaz de poner en jaque no solo físicamente a los protagonistas, sino moralmente al espectador. Si a esto se suman las consecuencias de determinados actos de los protagonistas, la sensación de culpabilidad que se deja sentir a lo largo de todo el arco dramático y algunas secuencias realmente intensas en lo que a emociones se refiere, lo que nos encontramos es una temporada que, con todos sus problemas (y después de haber destruido lo logrado en la anterior), parece querer construir algo perdurable.

Nuevos personajes

Ahora la pregunta que se plantea es ¿qué es eso que se está intentando construir? Y no es fácil contestarla. Porque Fear the Walking Dead, a diferencia de la serie matriz, no tiene una coherencia lineal a la que aferrarse. Las anteriores temporadas, con sus más y sus menos, sí tenían un cierto arco argumental en el que, con todo, era lo suficientemente flexible como para permitir ciertos giros argumentales imprevistos. La revolución que ha supuesto esta cuarta temporada, sin embargo, impide intuir cuál es el futuro de la serie al ser imposible saber qué personajes pueden sobrevivir episodio tras episodio. Esto, a priori, es algo más bien positivo, en tanto en cuanto la serie puede adquirir una madurez que no tuvo en su primera temporada, y que desde luego ha faltado en varios fragmentos de las siguientes etapas. Pero como con todo, existen matices.

Y esos matices es que es fundamental calcular de forma inteligente los personajes que abandonan la trama y, sobre todo, el momento. Esta temporada es un claro ejemplo. La ausencia de dos roles tan importantes como los de Frank Dillane (En el corazón del mar) y Kim Dickens (A cualquier precio) ha sido, sin duda, un revulsivo importante para la serie, que rompe prácticamente todos los lazos con lo narrado hasta ahora. Pero la diferencia entre ambos ha sido el momento y el modo de salir de la serie. Mientras que la segunda ha tenido un final épico bien encajado en el momento preciso, el primero ha sido más bien tosco, acelerado e impreciso. Es cierto que la segunda ha inspirado y el primero sencillamente ha sido motor de venganza, pero ambos podrían haber logrado igualmente esos efectos planteando sus muertes de un modo algo más inteligente.

Digo esto porque tanto esta serie como la original tienen la tendencia de eliminar los mayores atractivos de sus respectivas tramas. Sobre todo la que ahora analizamos. Y sí, eso provoca que se produzcan giros argumentales sin igual en una ficción caracterizada por un ritmo narrativo tan lento como los zombis que son aniquilados episodio tras episodio, pero también impide a la serie asentarse, y sobre todo impide crear personajes carismáticos que aporten fuerza dramática al conjunto. Y es aquí donde entran los nuevos personajes. Esta temporada, como no podía ser de otro modo, está cargado de ellos, y lo cierto es que algunos son cuanto menos interesantes. El pasado que arrastra cada uno, así como los traumas y los sentimientos de culpabilidad o de venganza, enriquecen la historia, aunque habrá que estar atentos a su evolución en la próxima temporada.

Vista en su conjunto, no cabe duda de que la cuarta temporada de Fear the Walking Dead es toda una revolución de conceptos y una declaración de intenciones. La práctica desaparición de los principales personajes ha hecho que recaiga sobre los secundarios el protagonismo de una trama obligada a incorporar nuevos personajes. El tratamiento dado a algunos arcos argumentales resulta algo burdo en diversos compases de esta etapa, pero en líneas generales logra su propósito de realizar una transición hacia otro concepto de serie, tal vez con roles más asentados y con una cierta consistencia dramática en forma de trama única. Pero eso es adelantar acontecimientos que, además, desconocemos. Por ahora, lo importante es que la serie está obligada a reinventarse (y parece que está en ello) y a corregir determinados errores dramáticos y de definición de personajes, algo que también parece haber conseguido en estos episodios.

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‘Fear the Walking Dead’ aclara sus ideas en la 3ª temporada


La evolución que ha tenido Fear the Walking Dead durante sus tres primeras temporadas ha sido, cuanto menos, irregular. Con un notable comienzo, el desarrollo dramático de la historia ha sido errático, en buena medida determinado por el gran número de personajes, sus excesivamente diferentes historias secundarias y la sensación de que el arco argumental todavía se estaba tratando de encontrar a sí mismo. Pues bien, buena parte de sus problemas parecen haberse solucionado en estos 16 episodios que componen la tercera entrega de esta ficción nacida bajo la sombra de The walking dead. Buena parte, pero no todos.

En cierto modo, esta nueva temporada de la serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) y el autor del cómic en el que se basa la serie original, Robert Kirkman, es una purga de todos aquellos elementos innecesarios en la historia, tanto dramáticos como narrativos. Y entre ellos, por supuesto, destacan los personajes. Para empezar, las tramas de los diferentes personajes se han unificado en un único elemento. Se acabó, por tanto, el ubicar a cada rol protagonista en un escenario diferente. Más allá de los beneficios económicos y de producción que eso conlleva, dramáticamente hablando permite a la serie centrar la atención no solo en un grupo de supervivientes muy concreto, sino que potencia el desarrollo de las relaciones entre personajes, de sus conflictos y el modo en que reaccionan juntos (o separados) ante la adversidad.

A esto se suma la eliminación de muchos roles que, siendo sinceros, se habían vuelto anodinos o eran, casi desde el principio, totalmente innecesarios. El ejemplo más evidente es el de Cliff Curtis (Resucitado), cuyo papel desde el comienzo de Fear the Walking Dead ha estado marcado por una alarmante indefinición ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor. Y aunque se le ha intentado integrar, lo cierto es que su personalidad no tenía cabida en una serie de este tipo, al menos no como el presunto líder que debería ser. De ahí su desaparición. Otra cuestión es el modo en que desaparece, bastante criticable por lo ridículo que resulta. A él se añaden otros, tanto principales que habían participado desde el principio como secundarios incorporados en esta tercera temporada. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo la serie está empezando a adquirir la estructura dramática de su modelo a seguir, con villanos humanos diferentes en cada temporada y concentrando la atención en un pequeño grupo de personajes.

Porque sí, la serie tiene muchos secundarios, pero al igual que en la serie original, el peso de la trama recae en unos pocos, que además se han reducido ostensiblemente en esta etapa, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la historia como en el escenario en el que se desarrolla la trama. El hecho de que todo se haya concentrado en apenas cinco personajes ha permitido, además, desarrollar más en profundidad la personalidad de los mismos, ahondando en sus miedos, en sus capacidades y, sobre todo, en su pasado. Esto ha permitido algunos momentos sumamente interesantes, como el regreso a las drogas del rol de Frank Dillane (En el corazón del mar), una situación tan dramática como surrealista si se tiene en cuenta el mundo apocalíptico en el que ocurre todo. En definitiva, esta tercera temporada se ha librado de lastres para concentrar el foco en los aspectos más interesantes, potenciándolos a su vez al tener más tiempo para poder realizar un mejor tratamiento.

Problemas zombis

Con todo, esta etapa de Fear the Walking Dead sigue arrastrando numerosos problemas de las anteriores temporadas, como si de los muertos vivientes a los hace referencia el título se tratara. Para empezar, una cierta indefinición en su trama. Mientras que su serie matriz muestra un claro objetivo del grupo protagonista, en esta ficción apocalíptica los protagonistas se dispersan tanto física como psicológicamente, sin un sendero claro ni, aparentemente, un objetivo a alcanzar, salvo tal vez el de sobrevivir, que no es poco en este tipo de ficciones. No es poco, pero no es suficiente, sobre todo porque la serie provoca una y otra vez la sensación de estar ante algo inacabado, como si se hubiera iniciado la trama sin tener claro hacia donde dirigirla. Y eso termina afectando, en cierto modo, a los personajes.

Y es que, aunque el hecho de centrar la trama en un puñado de roles ha beneficiado al desarrollo dramático de la historia, esta todavía sigue presentando irregularidades en su tratamiento debido, precisamente, a esa aparente falta de objetivo. Los personajes no parecen dispuestos a luchar por nada salvo ellos mismos, por sobrevivir un día más en lugar de intentar establecer una zona de seguridad. Sí, hay intentos, pero dado que ninguno de ellos termina por tener éxito, el balance final es el de arcos argumentales marcados por la llegada a un lugar y su posterior destrucción. Y ello sin contar con villanos realmente relevantes, lo que hace aún más complicado aceptar algunas de las premisas que se han planteado, por ejemplo, en esta tercera temporada.

Estos nuevos 16 episodios tampoco logran librarse de la definición de algunos de los supervivientes. A pesar de la evidente evolución que han sufrido los protagonistas, algunos de ellos todavía mantienen ciertas reminiscencias de una personalidad anodina, a medio camino entre la inocencia, la pasividad o la incomprensión de lo que ocurre. Y esto, aunque en determinados momentos puede ser provechoso para acentuar el contraste entre los roles, en muchos otros se convierte en un lastre para que la acción avance, al menos de forma progresiva. En este sentido, y unido a esa idea de supervivencia día a día que antes mencionaba, la serie parece moverse en círculos constantes con los que los personajes, por fortuna, están evolucionando, pero que les sume en una espiral que les lleva a vivir similares situaciones una y otra vez.

Solo cabe esperar que Fear the Walking Dead pueda librarse de esta estructura circular para seguir avanzando hacia un futuro que, con la eliminación de personajes y el final de esta tercera temporada, promete ser sumamente interesante. Porque el gancho final de temporada de esta entrega es, posiblemente, de los mejores que ha tenido la serie desde sus inicios, situando a los personajes en un escenario complejo, marcado por la muerte y la destrucción. En cierto modo, estos 16 capítulos marcan un cambio de tendencia; no radical, pero sí lo suficiente como para que se aprecie algo diferente. Los problemas siguen ahí, pero se suavizan. Si se logran eliminar, o al menos sí cambiar progresivamente, la serie podría deparar un mundo apocalíptico apasionante.

8ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), o cómo narrar con saltos temporales


Una de las mayores críticas que se puede hacer a The Walking Dead es su irregularidad en el ritmo dramático y narrativo. Me considero un fiel defensor tanto de esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) como del cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore, que toma como referencia para hacer avanzar la acción pero al que, en líneas generales, cada vez tiende más a ignorar en los detalles dramáticos. Volviendo al ritmo, la primera mitad de esta octava temporada es posiblemente el ejemplo más claro de que en esta serie siempre parece que no pasa nada aunque termina pasando de todo.

De hecho, estos primeros 8 episodios, salvo un comienzo frenético y brutal en el que los combates entre las diferentes facciones humanas copan prácticamente toda la narrativa, el resto se vuelve excesivamente contemplativo, tratando de ahondar en cada uno de los personajes de forma individual y cómo se enfrentan a la guerra abierta contra los Salvadores de Negan (al que vuelve a dar vida un espléndido Jeffrey Dean Morgan –Premonición-). Esto, en cierto modo, impide que se pueda seguir el hilo argumental principal, no solo por los numerosos saltos espaciales que existen, sino porque esta ficción postapocalíptica tiene ya tantos personajes que abordar las emociones de todos ellos resulta una tarea ardua y, por momentos, imposible de realizar.

A eso se suma que muchos de los roles secundarios han adquirido un protagonismo algo innecesario. Bueno, innecesario no, pero desde luego sí excesivo para lo que se puede esperar de ellos. Este ascenso a la primera línea dramática obliga a restar minutos de otros protagonistas de The Walking Dead, y a su vez por tanto se resta interés y profundidad a algunas decisiones, conversaciones y reacciones. Posiblemente una de los elementos que más se ven afectados sea la relación padre hijo entre los roles de Andrew Lincoln (Pago justo) y Chandler Riggs (Piedad), olvidada por necesidades dramáticas obvias y que, en esta parte de la temporada, parece querer recuperarse, aunque de forma un poco tosca. Se podría decir, en este sentido, que este comienzo de temporada tal vez sea uno de los más débiles en su conjunto, aunque eso no quiere decir que sea necesariamente malo, al contrario. La serie sigue manteniendo un alto nivel interpretativo, narrativo y visual, con algunos momentos no aptos para estómagos sensibles.

Con todo, lo más llamativo y sorprendente de esta primera mitad de la octava temporada son los constantes saltos temporales en la narrativa, desde el ya inolvidable comienzo en el que Rick Grimes, envejecido y dolorido, se mueve por una sociedad casi utópica, hasta los momentos en que un personaje se halla en una situación extrema a la que se llega con el desarrollo del episodio. Dichos saltos, más allá de acentuar el caos en el que viven los protagonistas, logran un efecto dramático impecable, situando al espectador en la posición de conocer la situación de los personajes antes de que vivan los acontecimientos. Se juega así con la doble sensación de algo conocido y de peligro ante lo que todavía no se conoce. Dicho de otro modo, es la definición más exacta de tensión dramática que se ha visto en esta serie.

Personajes sin futuro

Todo ello ayuda a paliar, en cierto modo, las carencias de este comienzo de temporada de The Walking Dead en lo que a ritmo e intensidad dramática se refiere. Aunque como es habitual en esta producción, la narrativa se mueve a golpe de martillo. O de bate de baseball, si se prefiere. Después de la tormenta siempre llega la calma, es cierto, pero… ¿y detrás de la calma? Bajo esta premisa, estos 8 episodios vienen a ser un compendio reducido de las diferentes fases de una guerra, desde el conflicto directo hasta los movimientos de espionaje, pasando por la preparación de una contraofensiva o la destrucción de la retaguardia.

En este contexto bélico, los saltos temporales adquieren especial relevancia. Ver al personaje de Lincoln, por ejemplo, llamar a unos puestos avanzados sin obtener respuesta para comprender, minutos más tarde y con un sinfín de acontecimientos entre medias, que los vigilantes de dichos puestos han desaparecido. Escuchar una arenga a las tropas para, minutos después, comprender lo que ha motivado dicha arenga. Y así sucesivamente. Este juego con el tiempo dramático no solo aporta un interesante recurso narrativo a estudiar, sino que genera en el espectador la doble sensación de caos visual e intensidad emocional. Y eso es algo que en una serie en la que en muchos episodios parece no ocurrir nada resulta muy valorado.

Con todo, lo que vuelve a definir a esta ficción es el poco apego que se tiene a los personajes. Poco importa que sean héroes o villanos, protagonistas o secundarios. Si un rol tiene que desaparecer por necesidades dramáticas, desaparece. Y hago especial mención a este elemento porque el gancho de mid season es posiblemente el más impactante, abrumador e inesperado de todos estos años. No desvelaré aquí lo que ocurre en los últimos minutos del episodio 8; tan solo mencionaré que, de confirmarse lo que a todas luces parece evidente, sería el mayor cambio con respecto al cómic, pero es que además trastocaría las dinámicas dramáticas de un modo que pocas veces se ha visto en televisión. Un cambio tan brutal como apasionante, pues abriría las puertas a un nuevo mundo en el tratamiento dramático de esta serie.

En resumidas cuentas, esta primera mitad de la octava temporada de The Walking Dead podría ser uno de los más débiles en muchos aspectos, pero sin duda uno de los más interesantes desde el punto de vista narrativo. El protagonismo que adquieren algunos personajes resulta algo innecesario, es cierto, pero el modo en que se narra la historia, el juego de sus creadores con los tiempos dramáticos y la aportación de los actores compensa la falta de ritmo que tiene en algunos momentos. Eso y un final que dejará con al boca abierta a cualquier fan. La espera para la segunda parte se hará eterna.

‘Melanie. The girl with all the gifts’: nuevos zombis, viejas historias


Unos zombis diferentes dominan el mundo en 'Melanie. The girl with all the gifts'.El cine de zombis ofrece tantas posibilidades como restricciones. El contenido de las historias puede ser sumamente original, pero su tratamiento narrativo tiende a ser, por regla general, lineal y algo previsible. Pero si hay algo que han demostrado los años es que el bajo presupuesto beneficia a estas historias. Y como resultado de todo ello surge la primera película para la pantalla grande de Colm McCarthy, una historia tan curiosa como carente de giros argumentales.

Desde luego, lo más atractivo de Melanie. The girl with all the gifts es el trasfondo de la enfermedad que convierte a los humanos en ‘hambrientos’ (se empiezan a agotar los calificativos para no llamarlos zombis), en esta ocasión un hongo que, lejos de matar para luego resucitar, provoca una transformación que continúa durante diferentes fases, en una especie de malsana interpretación de que la naturaleza siempre se abre camino. Sin duda, lo relevante reside en el personaje de la niña protagonista interpretada por Sennia Nanua, tan aparentemente dulce como violenta. En su figura quedan representados diferentes matices del género, desde la conciencia de los zombis hasta los híbridos.

El problema, y no es algo secundario, es que el desarrollo dramático de esta trama basada en la novela de Mike Carey carece de sorpresas. Los roles adultos, con un reparto de altura (Gemma Arterton, Glenn Close y Paddy Considine), son arquetípicos, respondiendo a los cánones de la serie B más tradicional. Las secuencias se suceden sin grandes sorpresas, salvo tal vez al final, cuando se introducen una serie de elementos novedosos en este tipo de tramas que aportan nuevos niveles interpretativos. Pero hasta entonces, ya sean las motivaciones, los diálogos, los miedos o los recelos, todo en la cinta resulta conocido, sobre todo si el espectador es un fiel seguidor de este tipo de cine.

Así, Melanie. The girl with all the gifts se convierte en un producto menor, en una aportación más a este subgénero del thriller y el terror que son los zombis. Y aunque la aportación, desde un punto de vista conceptual, tiene su interés y ofrece ideas frescas sobre las que apoyar futuras interpretaciones más elaboradas, su desarrollo carece del ritmo y la intensidad necesarios para que el film sea recordado como algo más que una sencilla cinta británica. Dicho de otro modo, entretiene y en algunos momentos incluso puede llegar a resultar sumamente interesante, pero la sensación final no logra llenar. Eso sí, siempre es de agradecer que se pueda disfrutar de un reparto como este, incluso cuando los personajes no tienen demasiada profundidad.

Nota: 6/10

‘Fear the Walking Dead’ avanza lastrado por sus problemas en su 2ª T.


Los personajes se adaptan poco a poco al mundo de los zombis de 'Fear the Walking Dead' en su segunda temporada.Es muy llamativo comprobar cómo una serie como Fear the Walking Dead puede ser tan diferente en todos los aspectos a su serie matriz The Walking Dead. Bueno, en todos tal vez no, porque los zombis son los mismos. Pero tanto el desarrollo dramático como la gestión del mundo en el que se desarrolla la acción son como la noche y el día. Y es curioso, porque ambas producciones han surgido de la mente de Robert Kirkman, autor del cómic original. Sin embargo, en esta especie de secuela en la que también colabora Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) como creador los problemas narrativos que pudiera presentar el producto original están sobredimensionados hasta definir por completo el carácter de la serie.

Los 15 episodios de su segunda temporada son buena muestra de ello. Mientras que dramáticamente hablando la serie trata no solo de avanzar, sino también de madurar, sus personajes siguen anclados a una concepción un tanto inocente de la realidad en la que viven. Da la sensación de que existe un miedo inherente a dejar que los protagonistas se adapten a su entorno, ya sea por no poder controlar sus acciones y, en consecuencia, llevarles hasta extremos no deseados, o porque si ocurriera se parecerían demasiado al grupo de Rick Grimes que protagoniza la serie original. Sea como fuera, el contraste entre personajes y acción es tan evidente, tan llamativo, que crea una fractura dramática más que notable.

Y esto, en sí mismo, es una incongruencia. ¿Puede ser que los personajes no estén en consonancia con la acción? Desde un punto de vista dramático, es evidente. La prueba más palpable es el personaje interpretado por Cliff Curtis (Resucitado). Más allá de su capacidad como actor, que personalmente me parece un poco limitada, lo cierto es que su personaje es irregular en sus acciones y sus decisiones, tratando de ser de una forma en un mundo que exige otro tipo de comportamiento. Y lo mismo ocurre con otros protagonistas, que en mayor o menor medida parecen no ser conscientes de la realidad que les rodea. Tan solo el personaje de Frank Dillane (En el corazón del mar) vuelve a demostrar, como ya hizo en la temporada anterior, que es digno de la evolución que está teniendo la trama. Tal vez por eso se haya decidido separarle del grupo y explorar con él el amplio mundo de muertos vivientes.

Pero esta desconexión de los personajes con la trama deja, en muchos casos, otras consecuencias más graves que la mera falta de coherencia dramática. En realidad, genera una incongruencia un tanto alarmante en lo que a diálogos se refiere, amén de lógica narrativa en muchas escenas que parecen obligadas por las circunstancias, derivadas a su vez de esa falta de unión entre dos aspectos del tratamiento dramático de la serie. Dicho de otro modo, los protagonistas (y con ellos los actores) no parecen tener claro lo que deben decir o cómo deben actuar ante determinadas situaciones. De hecho, no es extraño comprobar cómo una sensación agridulce se apodera de nuestras emociones al ver que un personaje actúa de forma diferente ante dos sucesos similares, sin seguir un patrón claro de comportamiento, ni siquiera en base a su evolución dramática.

Conflictos sociales

La mejor prueba de que Fear the Walking Dead no parece tener claro hacia donde avanza está en el personaje de Lorenzo James Henrie (Almost Kings), cuya evolución dramática es tan radical como poco explicada, introduciendo pautas de comportamiento que, incluso bajo el paraguas del cambio que experimenta su rol, resultan cuanto menos cuestionables, por no decir abiertamente incongruentes. Su periplo al final de la temporada sirve de justificación de una serie de situaciones a cada cual más dramática, es cierto, e incluso se puede decir que genera un punto de inflexión, pero la realidad es que los creadores parecían más interesados en buscar una excusa para eliminarlo de la ecuación que una forma de darle salida a este protagonista.

Ahora bien, junto a todos estos problemas conviven una serie de ideas prometedoras en esta segunda temporada, la más destacable los conflictos sociales a los que se enfrentan los protagonistas. Mientras la primera temporada se limitó a exponer cómo se afronta el comienzo de un apocalipsis zombi, en estos 15 episodios el arco dramático ofrece una serie de situaciones a cada cual más dramática y agresiva, evolucionando hacia ese mundo caótico y salvaje en el que conviven los héroes de la serie original. Dichos conflictos, que tienen su máxima expresión en un apasionante final de temporada, derivan a su vez en diversos pilares dramáticos sumamente interesantes, desde el que se plantea en el hotel en el que la plaga comienza con una boda (muy al estilo REC[3]: Génesis) hasta el que vive el personaje de Dillane en la comuna a la que llega, incluyendo un líder de dudoso ejemplo, pasando por una especie de adoración de los muertos vivientes.

Lo cierto es que estos momentos, unos cinco a lo largo de toda la temporada, es lo que mantiene a flote a unos personajes que hacen aguas por todas partes. Sin duda, la definición de los protagonistas no soportaría una estructura narrativa como la de la serie original, en la que durante varios episodios se abordan los conflictos internos de cada personaje. En este sentido, los creadores han sabido dar a la serie lo que necesita, algo que es de agradecer, pero siguen fallando en lo que, a priori, es más importante en producciones de este tipo. De ahí que la irregularidad sea la tónica general no solo del arco dramático general, sino de cada episodio en particular.

Decir que la segunda temporada de Fear the Walking Dead es mejor que la primera tal vez sea demasiado osado. Decir que es peor sería injusto. Pero tampoco es igual. Simplemente, se ha intentado ofrecer algo diferente al espectador fruto de la evolución de la trama. El problema es que esa evolución de los acontecimientos, lógica por otro lado, no está acompañada por un cambio necesario en los personajes. Que algunos sigan actuando como si el mundo se hubiera vuelto loco es simplemente incoherente. Hay una línea muy fina que separa la bondad en tiempos difíciles de la mera estupidez. Y ahí se encuentran muchos de los protagonistas, sin atreverse a dar el paso necesario a pesar de que los hechos les golpean en la cara una y otra vez. A juicio del espectador queda si son buenos o estúpidos.

7ª temporada de ‘The Walking Dead’ (I), el viaje catártico del héroe


Jeffrey Dean Morgan da vida a Negan en la séptima temporada de 'The walking dead'.El final de la sexta temporada de The walking dead fue, posiblemente, el mayor gancho que haya dado la televisión en los últimos años. La aparición de un villano como Negan (un magistral Jeffrey Dean Morgan –Premonición-) no solo hacía presagiar un futuro prometedor para esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city), sino que ese sonido de golpes y cráneos reventados puso en tela de juicio la cordura de muchos fans durante meses. Una vez resuelto el dilema de los muertos a manos de este villano inigualable, toca analizar lo que ha sido esta primera etapa de la séptima temporada, y como es habitual hay más evolución de personajes que violencia, sangre y zombis.

Si algo define el arco dramático de estos ocho episodios es precisamente el viaje catártico del personaje interpretado por Andrew Lincoln (Pago justo). Es cierto que esta serie basada en el cómic creado por Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard se puede considerar una obra coral, pero la realidad es que el peso de la narrativa recae fundamentalmente en este líder de un grupo de personas que trata de sobrevivir. De ahí que esta primera mitad, con sus más y sus menos, haya versado acerca de su particular descenso a los infiernos, de cómo un hombre fuerte y capaz de enfrentarse a lo que se ha enfrentado queda totalmente destruido ante la crueldad y el sadismo de un antagonista tan excepcional como apasionante.

En este sentido, el primer episodio es una lección de narrativa. Más allá de la tensión de sus primeros minutos, en los que se desvela el nombre de los muertos a manos de ese bate llamado Lucille, lo realmente interesante es comprobar cómo la moral del personaje de Lincoln es destruida lentamente, ya sea a base de poner su vida en peligro, ya sea jugando con el futuro de su hijo. De hecho, el carácter pausado es la clave para entender lo que ocurre en esta primera mitad de la séptima temporada de The walking dead. Se acusa muchas veces a la serie de tener momentos muertos, sin acción, pero he defendido y siempre defenderé que es en esos momentos cuando más ocurre, y estos episodios son el mejor ejemplo.

La tensión que imprime Dean Morgan a su entorno, el miedo que siembra Negan en todos aquellos que le rodean, es algo indescriptible. Su capacidad para provocar incomodidad allá donde va queda patente en cada plano, en cada frase de diálogo que sale de sus labios. Y todo ello sin apenas violencia, o al menos no violencia explícita, porque si algo caracteriza al personaje es su sadismo. La anulación que hace del héroe es tal que le convierte en una mera marioneta hasta la catarsis final, cuando Rick Grimes vuelve a tomar las riendas de su vida y de la de los que le rodean, avanzando una guerra sin cuartel que, de parecerse en algo a lo que se recoge en los cómics, se antoja apasionante.

Tres contra uno

El viaje catártico del personaje de Lincoln no es lo único interesante en la séptima temporada de The walking dead. Si bien es cierto que es el hilo conductor que vertebra toda la acción (incluyendo las muertes que se producen a lo largo de los capítulos), esta primera parte también sienta las bases para el futuro más inmediato de la serie, y que pasa por la unión de fuerzas contra un enemigo común. De este modo, estos episodios en los que aparentemente no ocurre nada sitúan a todas las piezas sobre el tablero, tanto las ya conocidas como las nuevas, tanto las que van a morir como las que van a sobrevivir. Así, este primer ciclo se convierte en una estructura dramática mucho más compleja e interesante que la mera destrucción de muertos vivientes con armas a cada cual más curiosa.

No, en realidad esta etapa permite al espectador conocer las posiciones de, por ejemplo, la comunidad de El Reino (tigre incluido), o las debilidades de Hilltop, ya planteadas en la temporada anterior. Si bien es cierto que los episodios centrados en estas comunidades resultan un tanto inconexos con respecto al resto de la temporada, no lo es menos que sirven para hacerse una idea del papel que cada uno va a jugar en el futuro de la serie. Y sí, dedicar mucho tiempo a estas historias evidencia aún más la dependencia que tiene esta ficción del personaje interpretado por Lincoln, pero sin esa reflexión e insistencia sobre el carácter de estos secundarios no tendría sentido, por ejemplo, el plano final de esta primera parte, con el grupo de Rick encaminándose a hablar con uno de los nuevos líderes desarrollados durante estos episodios.

Desde luego, ha sido una de las mitades más interesantes por su riqueza narrativa, su proliferación de personajes interesantes y, sobre todo, por Negan. Porque del mismo modo que tres comunidades parecen condenadas a entenderse, la presencia del villano por excelencia de la serie (a su lado El Gobernador parece una girl scout ofreciendo galletas a la puerta de una cárcel) eclipsa absolutamente todo, fruto entre otras cosas de la combinación perfecta entre personaje y actor. Es más, su impacto es tal que buena parte de la narrativa no logra sobreponerse a las muertes de dos personajes importantes que provoca en el primer episodio, sobre todo a la de Glenn, interpretado por Steven Yeun (Orígenes) en ese ya inolvidable episodio.

Así que se puede decir que esta primera parte de la séptima temporada de The walking dead ha sido una de las más complejas de la serie. Dramáticamente hablando es, posiblemente, la más intensa y estructura de toda la ficción. Narrativamente hablando, su complejidad, aunque está bien desarrollada, pone de manifiesto la dependencia de la trama de ciertos personajes. Y al mismo tiempo que la serie deja ver sus luces y sus sombras, el villano que ya emergió al final de la temporada anterior confirma que es, posiblemente, uno de los mejores personajes de toda la producción, si no el mejor. Y todo eso únicamente en ocho episodios que, para colmo, han servido de preparativo para la guerra que se avecina. Lucille ya se está relamiendo.

6ª T. de ‘The Walking Dead’ (y II), ¿quién caza a quién?


Jeffrey Dean Morgan pone en serios aprietos a los protagonistas de la sexta temporada de 'The walking dead'.Como parecía lógico, la segunda parte de la sexta temporada de The Waling Dead se ha convertido, por derecho propio, en una de las mejores etapas de la serie. Lógico porque, conociendo un poco la narrativa del cómic, la producción tenía que afrontar definitivamente al mejor villano que ha salido de la mente de Robert Kirkman. Pero también porque los primeros ocho episodios sientan las bases de un futuro que, aunque con breves pinceladas, se antoja difícil, trágico y violento. La duda que podía quedar era el modo en que esto se llevaría a cabo y, sobre todo, si sería efectivo.

El resultado es un crescendo dramático sin parangón. El contraste entre el final de la primera parte y el comienzo de esta segunda es el mejor ejemplo. Estos nuevos ocho capítulos dejan sin respiración casi desde el comienzo, afrontando uno de los momentos más trágicos de toda la historia y que, personalmente, nunca llegué a pensar que fuese a realizarse en televisión. Un acontecimiento que, en realidad, marca la pauta de todo el desarrollo posterior, dejando a un lado el desarrollo de personajes para centrarse en los aspectos más violentos, gore y salvajes de esta compleja producción.

Desde este punto de vista, la sexta temporada de The Walking Dead diferencia, posiblemente más que ninguna otra etapa, las dos partes en su historia. Frente a los dilemas morales y sociales que implica juntar a personajes transformados por las circunstancias con otros engañados por una falsa seguridad, esta nueva etapa ahonda en la lucha entre grupos sociales, en la necesidad de sobrevivir a toda costa luchando por lo que uno cree que le pertenece.

Esto permite, por supuesto, un cierto desarrollo dramático que abre las puertas a un mundo mucho mayor, más rico en personajes e indudablemente más interesante. Sin embargo, el estudio de dichos personajes queda relegado a un segundo plano, ya sea porque no hay tiempo para explorarlos más a fondo o, simplemente, porque esa es una tarea que se afrontará más adelante. En cualquier caso, esa cierta “carencia” se suple con la tensión dramática que aumenta episodio a episodio y que, al final, llega a ser casi insoportable.

Entre salvajes anda el juego

Pero sin duda lo mejor que ofrece esta sexta temporada de The Walking Dead es su capacidad para introducir poco a poco, como si de un tratamiento médico se tratara, los nuevos enemigos del grupo protagonista. Y lo hace, a diferencia de lo que ocurrió con el Gobernador o con otros villanos, de forma sutil, casi casual, como si la coincidencia quisiera que se encontraran en una carretera.

A través de secuencias más o menos cortas, el guión inicia un patrón que sitúa a los personajes interpretados por Andrew Lincoln (Pago justo), Norman Reedus (Sky), Steven Yeun (Orígenes), Danai Gurira (Almas condenadas) y el resto de protagonistas en el centro de una telaraña en la que los papeles de cazador y presa se intercambian lenta pero inexorablemente. Un pequeño encuentro con tres personajes a los que salvar, un cruce en una carretera, un breve ataque, … Todos y cada uno de esos momentos generan una corriente que desemboca en ese espléndido final no apto para cardíacos que, en efecto, genera frustración, pero que confirma a Jeffrey Dean Morgan (Watchmen) como un Negan irremplazable.

Claro que al igual que se introduce a este nuevo grupo de salvajes (por cierto, palabra clave de aquí en adelante en esta serie), la trama aprovecha esa necesidad de huir hacia adelante en la historia para presentar nuevos héroes y dejar abierta la puerta a los que están por llegar. Aunque el impacto de esta segunda historia, que corre en paralelo con la principal, queda relegada a mera sombra ante el impacto que supone la presentación de los ‘Salvajes’ de Negan, entre otras cosas porque estos últimos parecen carecer de piedad o de una organización social que no esté marcada por la violencia y el sadismo.

Sin duda, el final de la sexta temporada de The Walking Dead es polémico y deja un gancho que debe ser bien manejado por los creadores de la serie para mantener el nivel conseguido en esta segunda parte de la temporada. Dicho de otro modo, la paliza mortal que propina Negan, rodada de forma magistral, por cierto, debe eliminar del reparto a un personaje relativamente importante, tal y como ocurre en el cómic. Pero eso centrará otro análisis. Por ahora, es posible que estemos ante una de las mejores etapas de esta magnífica ficción.

Banderas descubre ‘Altamira’ mientras la obra de Austen se zombifica


Estrenos 1abril2016Con la resaca todavía (puede que durante varias semanas) del enfrentamiento entre los dos superhéroes más reconocibles de DC Cómics, la cartelera española inicia un nuevo mes de estrenos con una amplia oferta de títulos que contrasta mucho con lo ocurrido en la Semana Santa. Terror, drama, comedia, acción y documentales protagonizan la oferta de este 1 de abril, entre la que destaca la traslación a la gran pantalla de un importante descubrimiento acaecido en España y la adaptación de una de las novelas juveniles más exitosas de los últimos años.

Pero comencemos por Altamira, producción española con colaboración francesa que aborda el descubrimiento de las famosas cuevas ubicadas en Cantabria, conocidas como ‘La Capilla Sixtina del Arte Rupestre’. La cinta narra cómo Marcelino Sanz de Sautuola tuvo que enfrentarse contra una devota sociedad y contra una poderosa Iglesia para demostrar que esas pinturas confirmaban la existencia de antepasados del hombre en una Historia diferente a la que contaba la Biblia. Una oposición que, sorprendentemente, también llegó desde el mundo de la ciencia. Dirigida por Hugh Hudson (Carros de fuego), la película está protagonizada por Antonio Banderas (Los mercenarios 3), Golshifteh Farahani (Exodus: Dioses y reyes), Nicholas Farrell (Legend), Henry Goodman (La dama de oro), Pierre Niney (Yves Saint Laurent) y Rupert Everett (Hysteria).

Pasamos ahora a los estrenos estadounidenses, y entre ellos destaca Orgullo + Prejuicio + Zombis, adaptación de la novela de Seth Grahame-Smith que, a su vez, toma como base el famoso libro de Jean Austen. La trama, básicamente, vuelve a desarrollar los problemas románticos de una joven en la Inglaterra del siglo XIX, luchando contra su orgullo y los prejuicios de la sociedad. Sin embargo, la historia se enmarca en el contexto de una plaga de zombis contra la que los protagonistas deberán luchar para descubrir, por fin, el sentido del amor verdadero. Burr Steers (Siempre a mi lado) es el encargado de poner en imágenes este particular argumento que cuenta con capital inglés y que está protagonizado por Lily James (serie Downton Abbey), Sam Riley (Suite francesa), Douglas Booth (Noé), Jack Huston (La gran estafa americana), Bella Heathcote (Sombras tenebrosas), Lena Headey (serie Juego de Tronos) y Charles Dance (The imitación game), entre otros.

La comedia está presente en Hermanísimas, cinta dirigida por Jason Moore (Dando la nota) que narra el reencuentro de dos hermanas separadas hace tiempo. El motivo es que sus padres van a poner a la venta la casa en la que se criaron y en la que todavía tienen varias cosas de su infancia y adolescencia. Cuando por fin se reencuentran deciden organizar una fiesta con sus antiguos compañeros de instituto, lo que derivará en un desenfreno absoluto. El reparto está encabezado por Amy Poehler (Síndrome postdivorcio), Tina Fey (Ahí os quedáis), James Brolin (Burlesque), John Leguizamo (American ultra), Maya Rudolph (Puro vicio), John Cena (Padres por desigual) y Dianne West (La sombra del actor).

Con bastante retraso llega El infierno verde, nueva propuesta de horror y gore de Eli Roth (Hostel) producida en 2013 entre Estados Unidos, Chile y Canadá. Su trama arranca cuando un grupo de estudiantes activistas dejan su vida y las comodidades de Nueva York para adentrarse en la selva chilena y luchar contra la explotación de las grandes corporaciones de esa tierra virgen. En su viaje, sin embargo, darán por casualidad con una tribu de caníbales que les darán caza. La línea que separa la vida de la muerte dependerá de sus capacidad para matar por sobrevivir. Lorenza Izzo (Que pena tu familia), Ariel Levy (Aftershock), Daryl Sabara (John Carter) y Kirby Bliss Blanton (Project X) encabezan el reparto.

Nos alejamos de Hollywood para abordar el estreno de El inventor de juegos, aventura familiar de 2014 producida por Canadá, Argentina e Italia y basada en la novela de Pablo De Santis, que arranca cuando un niño entra a participar en un concurso de invención de juegos. Cuando el joven resulta ganador entre más de 10.000 participantes empieza a vivir cosas extrañas, desde aventuras con tintes mágicos hasta descubrimientos que le cambiarán para siempre. Comenzará, en definitiva, el juego de su vida. Dirigida por Juan Pablo Buscarini (El arca), la cinta está protagonizada por Joseph Fiennes (Adiós Bafana), Edward Asner (Let go), Tom Cavanagh (serie The Flash) y David Mazouz (serie Gotham).

El principal representante del cine español esta semana, con el permiso de Altamira, es Kiki, el amor se hace, nueva comedia dirigida por Paco León (Carmina o revienta), quien también participa en el guión y se pone delante de las cámaras. La película se compone de cinco historias de amor y curiosas filias sexuales que coinciden en un verano y a través de las cuales los protagonistas descubrirán sus pasiones y harán frente a sus miedos. El reparto se completa con Natalia de Molina (Techo y comida), Álex García (La novia), Alexandra Jiménez (Los miércoles no existen) y Belén Cuesta (El pregón), entre otros.

La cinta más europea, sin duda, es Madame Marguerite, drama coproducto entre Francia, República Checa y Bélgica que gira en torno a una fiesta organizada por la mujer que da nombre a la película. Una fiesta en la que se dan cita personas de las clases sociales más altas, que adulan y aplauden la pasión de la mujer: la música. Sin embargo, la dedicación exclusiva de toda su riqueza a cultivar este arte no impide que siempre cante fuera de tono, lo que acentúa la hipocresía de un mundo movido por los intereses y el dinero. Xavier Giannoli (Crónica de una mentira) es el encargado de dirigir esta propuesta protagonizada por Catherine Frot (La cocinera del presidente), Christa Théret (Renoir), André Marcon (Incompatibles) y Michel Fau (Foon).

Puramente europea es La pasión de Port Talbot, producción de 2012 que dirige Dave McKean (La máscara de cristal) y cuyo argumento es una actualización de la historia de la Pasión de Cristo. La trama se ambienta en Port Talbot, una ciudad en la que una fuerza autoritaria controla los recursos sin tener en cuenta a una sociedad cada vez más oprimida. La resistencia que trata de oponerse a este régimen encuentra en un hombre la motivación que necesita para seguir luchando, un líder carismático que las autoridades ven como una amenaza a destruir. La cinta, que adapta una obra teatral, está rodada en las calles de la ciudad y contando con la colaboración de los vecinos. El reparto está encabezado por Michael Sheen (serie Masters of sex), Francine Morgan (Las maletas de Tulse Luper), Darren Lawrence, Jordan Bernarde y Nigel Barrett.

Los más pequeños de la casa tienen una cita con el cine de animación gracias a Norman del Norte, comedia producida entre India y Estados Unidos que narra el viaje de un oso polar a Nueva York cuando su pequeño rincón del Ártico se ve saturado por la visita de turistas. Para evitar que se construya un complejo deberá tratar de convencer a la empresa constructora, aunque para ello tenga que hacer cosas que nunca se había atrevido a hacer. Ópera prima de Trevor Wall, en su versión original cuenta con las voces de Rob Schneider (Niños grandes), Heather Graham (R3sacón), Ken Jeong (Dolor y dinero) y Bill Nighy (El nuevo exótico Hotel Marigold).

Y en cuanto al documental, el único representante es Hitchcock/Truffaut, cinta que celebra los 50 años de la publicación de ‘El cine según Hitchcock’ de François Truffaut. A través de la mirada de algunos de los mejores directores de nuestro tiempo, el realizador Kent Jones (A letter to Elia) realiza un repaso de la figura del director de Psicosis (1960) y su influencia en la visión del séptimo arte que existe actualmente.

6ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), la necesidad de un primer acto


Andrew Lincoln vuelve a convertirse en Rick Grimes en la sexta temporada de 'The Walking Dead'.Ahora que comienza la segunda parte de la sexta temporada de The walking dead es un buen momento para repasar lo que ha sido esa primera mitad de temporada con los ya tradicionales 8 episodios. Y como dice el título de este texto, la trama de estos capítulos podría entenderse como el primer acto de algo, presumiblemente algo gordo, que está por llegar. Los que hayan leído el cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore sabrán que ese “algo” tiene por nombre Negan, por lo que esto podría entenderse como la calma antes de la tormenta. Sin embargo, y como suele pasar en la serie, esa calma es mucho más.

Una de las principales características de la serie, y también uno de los aspectos que más críticas levanta, es la necesidad que tiene la trama de estar constantemente presentando conflictos internos de los individuos ante un contexto que les ha convertido en seres absolutamente desconfiados. El final de la quinta temporada evidenció el extremo al que había llegado su protagonista, un Andrew Lincoln (Los seductores) que ha hecho suyo un personaje complejo y lleno de claroscuros. Y el comienzo de esta sexta lo que viene a demostrar es la necesidad del ser humano de confiar los unos en los otros para poder sobrevivir, incluso cuando eso ponga en peligro nuestras vidas.

Y es precisamente esto lo que se aborda en esta primera parte de The walking dead. No se trata de volver a ver a un grupo acomodado dentro de un perímetro; no se busca un enfrentamiento interno por celos o luchas de poder (aunque algo hay). Es, simple y llanamente, volver a empezar, crear una familia más grande de lo que estábamos acostumbrados. Esa línea argumental, explicada claramente en el octavo episodio, sustenta tanto los conflictos que se desarrollan como las decisiones que toman los personajes, algunos más débiles y otros más fuertes, como es lógico.

Ahora bien, habría que preguntarse cuál es el objetivo de establecer esta línea argumental en una mitad de temporada, cuando es algo que podría abordarse a lo largo de toda una temporada, e incluso de varias. La respuesta está, de nuevo, en Negan, ese personaje que, aunque no se menciona por su nombre, ya parece tener presencia en varios episodios. La presencia futura de este enemigo obliga a la trama a resolver los problemas internos del grupo, al menos los más llamativos. Una especie de primer acto dramático en el que los personajes son presentados, en el que se sientan las bases del posterior desarrollo y en el que ya se establece un primer punto de giro, como demuestra ese octavo episodio.

De lobos y hombres, otra vez

Y si el final de la quinta temporada de The walking dead ponía de manifiesto que el protagonista y su grupo habían cambiado, convirtiéndose en una suerte de lobos para el resto de individuos, en estos ocho episodios se incide cada vez más en otro tipo de lobos humanos, aquellos que precisamente llevan la W (wolf, lobo en inglés) en su frente. Un grupo despiadado, acostumbrado a matar y a coger todo lo que quieren o necesitan. Su presencia, aunque excesivamente arbitraria e intermitente, sí es una forma de introducir poco a poco a los enemigos más importantes de esta serie de zombis, que no son otros que los propios humanos.

Su presencia, unido al gran arco dramático de esta primera parte (el rebaño de zombis dirigiéndose a la ciudad), es el auténtico desencadenante de todos los aspectos de la historia. Algo que también es habitual en la serie, por cierto. El ataque a la ciudad, sin ir más lejos, es lo que provoca tanto nuevas alturas de miras en varios personajes como la aparición de miedos, iras o desconfianzas. Es decir, de una mayor carga dramática. Unido a la incógnita de conocer a quién obedecen, la ignorancia sobre la identidad de los atacantes incrementa el carácter desconcertante y aterrador de su aparición en escena.

Pero no hay que olvidar que es una serie de zombis, y como tal debe tener zombis. Y sé que suena redundante y hasta absurdo, pero muchas veces puede dar la sensación de que es más importante lo que ocurre entre los personajes que lo que ocurre a su alrededor. Y en cierta medida, ese es el gran atractivo de esta serie. Pero los momentos más violentos, viscerales y sangrientos de la ficción también tienen su relevancia, y en esta primera parte alcanzan cotas notables. Baste mencionar la aparente muerte de Glenn (un cada vez más sólido Steven Yeunn, visto en Orígenes) como uno de los momentos más salvajes, o el final del último episodio, todo un ejemplo de tensión dramática y de gancho narrativo.

A primera vista, a muchos les parecerá que la primera etapa de la sexta temporada de The walking dead es, como argumentarán, tan lenta como muchos pasajes de la serie. Pero un vistazo más en profundidad permite apreciar algo más. Mucho más, mejor dicho. El desarrollo dramático de las relaciones entre los nuevos y los conocidos personajes posee algunos de los mejores momentos vistos en esta ficción, y ofrece una vía de trabajo narrativo muy interesante al conjugar la transformación de Rick (más salvaje y dispuesto a todo) con los todavía neófitos habitantes de Alejandría. El pasado y el presente de Rick Grimes parecen fundirse en uno entre los muros de esta ciudad. Todo para esperar el infierno que está por llegar.

‘Les revenants’, o cómo acabar con la construcción dramática mediante explicaciones


La serie 'Les revenants' adapta a televisión la película homónima de 2004.Es conocido el principio narrativo de no explicar el origen de determinados personajes o criaturas. El cine está repleto de ejemplos que la sustentan, desde Alien, el octavo pasajero (1979) hasta los zombis. Los intentos de explicar su aparición han sido, cuanto menos, cuestionables. Y precisamente con los muertos vivientes nos quedamos, pues la serie Les revenants, que consta de dos temporadas, es un claro ejemplo. Adaptación televisiva del film homónimo de 2004 (en España titulado La resurrección de los muertos), la trama aborda el género zombi desde una perspectiva diferente, fresca y muy original, ahondando en los sentimientos encontrados, tanto individuales como sociales, que provoca la vuelta a la vida de una serie de personajes.

Dos temporadas de 8 episodios creadas por Fabrice Gobert (autora de la versión norteamericana de la serie) que huyen de sangre y vísceras para buscar sentimientos y explicar de dónde vienen y a dónde van esas personas resucitadas. En este sentido, su primera temporada desprende una belleza y una maestría narrativa más que notables, apoyándose en todo momento en unos pocos personajes para contar cómo la muerte ha afectado y afecta a los habitantes de un pequeño pueblo marcado por la tragedia. En este sentido, la labor de los actores (de algunos más que de otros) ayuda al espectador a identificarse con las emociones y el modo en que se afronta el regreso de personas una vez se ha rehecho la vida.

Pero la primera temporada de Les revenants también hace hincapié en otros aspectos como la maldad del ser humano y el odio que provoca el miedo. El hecho de que entre los resucitados haya psicópatas y criminales pone de manifiesto los propios problemas con los que convive la sociedad en su día a día, y no solo por los propios crímenes que cometen. Sin duda uno de los aspectos más interesantes de la serie en su conjunto es el fuerte componente de racismo que desprenden algunos personajes. La evolución que se produce en ese espacio que se llama ‘La mano tendida’ es muy significativo, en tanto en cuanto confirma que el ser humano tiende a combatir con la violencia aquello que es incapaz de entender.

Así, la primera temporada se revela como un fresco social, emocional y humano extremadamente rico, un producto coral que bucea en los sentimientos y en la lucha interna y externa que viven los personajes. Interna por tener que aceptar que sus seres queridos han vuelto, a pesar de que sus vidas han continuado sin ellos, y externa porque, literalmente, la sociedad lucha contra lo que considera un ataque. Los arcos narrativos de cada episodio, centrado en un nuevo resucitado, explican el pasado de los fallecidos, pero buscan ante todo narrar cómo se gesta su regreso. La suma de todos ellos ofrece un mural complejo, vivo y apasionante.

Explicación inexplicable

Pero buena parte de esta riqueza se pierde, o al menos queda aparcada, en la segunda temporada de Les revenants. Y eso a pesar del espectacular gancho de final de temporada que tuvo la etapa anterior, con esa inundación y el misterio que rodea a la lucha entre los muertos vivientes y los vivos. El principal problema, y aquí enlazamos con lo dicho al comienzo, es la necesidad de buscar una explicación a algo que tiene buena parte de su atractivo en lo inexplicable. Y no me refiero tanto a los orígenes de muchos personajes. Ni siquiera a las relaciones que tienen entre ellos, algunas de ellas verdaderamente interesantes.

Hablo simplemente de los motivos que llevan a los muertos a levantarse. La justificación ofrecida por Gobert es, cuanto menos, cuestionable, y desde luego deja muchos interrogantes que no se resolverán, entre otras cosas porque podrían complicar la trama y la imaginería del mundo creado de formas imprevisibles. De hecho, el desarrollo de esta segunda tanda de episodios va de más a menos desde el momento en que abandona la narrativa de los personajes para adentrarse en el territorio de los orígenes del fenómeno. Es decir, desde que abandona el carácter terrenal para adentrarse en lo místico.

Es entonces cuando comienzan a sucederse todo tipo de detalles y de apoyos narrativos que, en lugar de aclarar la trama, la complican de forma innecesaria. Los hombres en el fondo del pozo, los ataques de algunos muertos vivientes, las dudas de vivos y muertos ante lo que supuestamente tienen que hacer. Sin entrar en muchos detalles, los personajes dejan de afrontar sus miedos y sus dudas para, casi por arte de magia, saber cuál es su futuro y su misión antes de desaparecer. Aunque sin duda el mayor reto es el que presenta el niño llamado Victor (Swann Nambotin), evidente epicentro de la trama y cuyo origen es inexplicable.

Al final, Les revenants explica una serie de conceptos más o menos innecesarios (desde luego, poco apropiados para el libre albedrío del espectador) pero se deja en el tintero lo más importante: de donde sale ese primer muerto viviente. La comparación entre la primera y la segunda temporadas, que deben ser entendidas como un paisaje dramático y su distorsionado reflejo, evidencia la importancia de mantener siempre un carácter humano y social en este tipo de historias, huyendo en la medida de lo posible de grandes teorías filosóficas que, aunque puedan ser correctas, no hacen sino obligar al espectador a aceptar una teoría. Y en estos casos, más que en cualquier otro, la mente del espectador suele discurrir por senderos muy personales.

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