‘Transformers’, el éxito de la colaboración entre humanos y robots


Optimus Prime es la gran estrella de 'Transformers', dirigida por Michael Bay.Hace unos días saltaba la noticia de que Transformers: La era de la extinción se ha convertido en la primera película del 2014 en superar los 1.000 millones de dólares de recaudación a nivel mundial. Y dado que el próximo 8 de agosto llega a los cines españoles, es un buen momento para repasar Transformers (2007), la película que dio origen a una de las sagas cinematográficas más rentables de los últimos tiempos, lo cual no significa que sea de las mejores. De hecho, esta nueva entrega, la cuarta en total, puede entenderse como un reinicio en muchos sentidos, lo cual da una idea del desgaste físico, artístico y creativo que han sufrido las aventuras de estos robots gigantes capaces de transformarse en todo tipo de aparatos eléctricos, principalmente vehículos.

A simple vista puede parecer que en líneas generales todas las películas, que por cierto cuentan con Michael Bay (La Roca) como director, son iguales, entregadas por completo a la acción y la destrucción desmedidas. Sin embargo, el original de hace siete años posee una serie de características que la convierten, con diferencia, en la mejor de todas. Y la primera de ellas es el guión escrito por Roberto Orci y Alex Kurtzman, guionistas de la serie Fringe y Star Trek (2009). Su libreto es un ejemplo perfecto de equilibrio entre trama, acción y humor, o lo que es lo mismo, los guionistas tratan de contar una historia entre las explosiones, la adrenalina y los cuerpos esculturales que suelen caracterizar las obras de Bay. Una historia que recoge el origen de la serie animada basada en estos juguetes de Hasbro y que aporta un trasfondo moral y humano a las máquinas protagonistas, acercando su naturaleza a algo comprensible para el espectador que desconozca estos juguetes de los años 80 del siglo XX.

Con una estructura dramática ajustada en su desarrollo, Orci y Kurtzman aprovechan dos tramas principales (militares y civiles) para sustentar la pesada carga de narrar una lucha intergaláctica entre dos grupos de robots gigantes. El hecho de introducir ambas líneas argumentales permite enriquecer el conjunto, en primer lugar, con los problemas corrientes del ser humano, representados por un Shia LaBeouf (Pacto de silencio) en estado de gracia; y en segundo lugar, con la relación entre humanos y robots, ésta basada tanto en la relación del protagonista con su coche como en la colaboración militar en la batalla final. Todo ello genera la sensación de estar ante una película en la que los humanos no son meros espectadores, sino que tienen una participación activa en el devenir de los acontecimientos, lo que al final no hace sino redundar en el resultado positivo del film.

Evidentemente, en este resultado también influye, y mucho, la labor de los actores, todos ellos magníficos en unos roles que nunca llegan a tomarse demasiado en serio a sí mismos y que, en consecuencia, aportan cierta comicidad al conjunto y restan gravedad o un exceso de seriedad a los acontecimientos que narra Transformers. Desde el propio LaBeouf hasta un histriónico John Turturro (Aprendiz de gigoló), todos los actores encuentran un cierto equilibrio en la dinámica de sus personajes, convirtiéndolos en iconos de personalidad que si bien no tienen demasiada gravedad dramática, sí son lo suficientemente completos como para encajar entre ellos y con los robots creados digitalmente. Puede que la única que desentone sea Megan Fox (Nueva York para principiantes), cuya labor no termina de resultar creíble en algunos momentos. Y esto no es únicamente un problema de la actriz.

Novedad digital

Aunque sin duda lo más relevante del film son sus efectos digitales. Unos meses antes de su estreno existía bastante expectación por comprobar si realmente podía resultar creíble que unos robots gigantes se transformaran en coches de tamaño corriente, tal y como se veía en la serie de televisión y en los juguetes con los que muchos de los espectadores, servidor entre ellos, habían crecido. El resultado salta a la vista. El realismo de dichas transformaciones, sobre todo el momento épico en el que Optimus Prime deja de ser un camión para convertirse en robot, es simplemente brillante. Aquí habría que hacer un pequeño paréntesis para hablar sobre la labor de Michael Bay en todo esto. El director de Dolor y dinero podrá ser muchas cosas. Es cierto que no destaca precisamente por historias de personajes, e incluso podría decirse que su cine es tan visual que elimina por completo el resto de componentes de una historia audiovisual. Pero incluso en esto hay que ser bueno, y Bay es el mejor.

Su forma de plantear la historia de Transformers en lo que a planificación se refiere es notablemente espectacular. Su uso de la cámara lenta en determinados momentos de la trama, principalmente en su batalla final, no solo permite una exhibición mayor de la calidad visual de los efectos, sino que aportan un mayor dramatismo y espectacularidad a los acontecimientos, que no por ello pierden un ápice de interés. Al fin y al cabo, y como decía al comienzo, esta primera entrega basa su éxito en que todos los elementos se supeditan a la historia. Una historia de acción, aventura y poca reflexión, es cierto, pero historia al fin y al cabo. Por poner un ejemplo, las dos continuaciones directas que tuvo esta película perdieron parte de esa esencia en favor de más efectos, más robots y combates más espectaculares.

No se trata, por tanto, de entrar a valorar si Bay es mejor o peor director que cualquier otro. Eso dependerá de quién sea el espejo en el que se mire. Pero lo que es innegable es su calidad como director de cine de acción, creando incluso una marca propia que patentó junto al productor Jerry Bruckheimer en varias de sus películas. Las persecuciones de coches, el uso de una notable banda sonora compuesta por Steve Jablonsky (serie Mujeres desesperadas) o ese maquillaje único que convierte a los actores en “personajes Bay” son algunas de sus señas de identidad. Y todos ellos, a pesar de repetirse película tras película, funcionan de tal modo que son capaces de convertir el guión más inverosímil en una épica aventura que incrusta al espectador en sus asientos.

Por desgracia, la evolución de la saga ha demostrado que tanto director como actores y equipo técnico no han tenido la energía necesaria para mantener el nivel, produciéndose una progresiva decadencia en las tramas y un aumento del número de efectos, sin que ello conlleve una mejora directamente proporcional. Puede que sea porque esta primera Transformers ofrecía novedad, pero eso no es motivo suficiente para que las demás películas pierdan calidad narrativa. De ahí la necesidad de “reiniciar” la saga con nuevos actores y personajes. En cualquier caso, la película de 2007 se revela como una épica aventura en la que todos los elementos son imprescindibles, y cuya trama es tan sencilla como directa. Su factura técnica es impecable, es cierto, pero incluso en este aspecto está al servicio de una historia cuyo trasfondo va más allá de un simple espectáculo.

‘El origen del planeta de los simios’, distanciarse del original para mantener la esencia


César dirige la revolución de los monos en 'El origen del Planeta de los Simios', dirigida por Rupert Wyatt.Uno de los pilares fundamentales de la ciencia ficción cinematográfica está representado por la saga ‘El planeta de los simios’, fundamentalmente gracias al original de 1968 protagonizado por Charlton Heston (El último hombre…vivo) que adaptaba la novela de Pierre Boulle. El amplio número de referencias culturales que aquel film aportó a la sociedad, así como el complejo y elaborado mensaje que transmitía, lo convierten en un clásico imprescindible y en objeto de numerosas secuelas y remakes que no siempre han tenido la calidad esperada. El inminente estreno de El amanecer del planeta de los simios devuelve a la actualidad no solo al film original, sino también a la película que se atrevió a contar los inicios de la dominación de los monos sobre los humanos: El origen del planeta de los simios (2011).

Dirigida por Rupert Wyatt (The escapist), la trama desarrolla la relación de un científico que busca una cura para el alzheimer con un simio al que adopta y que, por una serie de experimentos, ha adquirido un coeficiente intelectual similar al de un humano. Una relación que termina derivando en una revolución de un amplio grupo de simios cuyo único propósito es buscar la libertad de la que los humanos les privan al encerrarlos en zoos y laboratorios. A grandes rasgos esta podría ser la sinopsis, pero incluso en esta breve reseña puede encontrarse ya una de las características más importantes del film: su independencia. No la de los simios, que también, sino la de la propia historia respecto al original y al resto de versiones y secuelas que se han realizado. Tal vez sea porque no necesita tener demasiado en cuenta lo narrado en otros films, pero lo cierto es que dicha libertad permite a la película de Wyatt desarrollarse de forma autónoma, encontrando su propia historia y sus propios recursos narrativos.

Y es que a diferencia de la saga, en la que la lucha entre hombres y simios por la supervivencia es más patente, El origen del planeta de los simios se antoja más como un estudio acerca de la violenta condición humana, de la ausencia total de compasión de una sociedad alentada por los resultados y por su mal entendida superioridad intelectual. La forma en que la trama desarrolla el arco dramático del simio protagonista, que vuelve a contar con la magistral interpretación de Andy Serkis, quien ya estaba familiarizado con los monos gracias a King Kong (2005), hace hincapié en todo momento en la indefensión de una criatura que no encuentra su sitio ni entre los humanos ni entre sus semejantes. Esta evolución deja algunos de los mejores momentos del film, como es ese primer momento en que César, nombre clave en la historia original, descubre que puede utilizar su intelecto para derrotar a gorilas mucho más grandes y fuertes que él. En cierto modo, y salvando las distancias, es un homenaje a ese primer fragmento de 2001: Una odisea en el espacio (1968).

La película no es, por tanto, un producto más que trate de exprimir el poco jugo que le queda a la historia original, sino que parte de lo ya conocido para preguntarse qué ocurrió para que se llegara a dicha situación. En este sentido, además, no se deja llevar por la acción desmedida o por la relativamente sencilla idea de que los monos conquistan el mundo. La complejidad que adquieren los simios les convierte en personajes incluso más interesantes que algunos de los roles humanos, pues les dota de unos objetivos mucho más elaborados. No tratan de vengarse o de responder con violencia lo que a todas luces es una tortura, sino que buscan un lugar al que llamar hogar. Esa inteligencia al servicio de una naturaleza tan “inocente” como la animal es otro de los aspectos a destacar del film, que por cierto contiene algunas secuencias de acción espléndidamente realizadas.

Dueños de nuestro destino

Narrativamente hablando, El origen del planeta de los simios comparte con sus predecesoras algunos aspectos que la vinculan de forma ineludible con la historia que todo el mundo conoce. El primero y más relevante es la idea de que el ser humano se convierte en su propio verdugo. Aunque es cierto que se aleja notablemente de ese giro dramático del film original que deja atónito a todo aquel que se acerca sin saber nada de la historia, la película mantiene el mismo espíritu. En esta ocasión, a través de la relación que el simio establece con el personaje de James Franco (Juerga hasta el fin), prácticamente el único que comprende los riesgos a futuro que conlleva tratar a los animales de esa forma. Las interacciones entre ambos personajes, simio y humano, crean un núcleo dramático y emotivo que impulsa en muchos momentos la trama, sobre todo cuando esta tiende a estancarse. Una relación, por cierto, que adquiere su máxima expresión cuando César logra articular una palabra. Un momento tan sencillo como como cargado de significado.

No por casualidad, esa idea de que el ser humano es dueño de su fatídico destino, presa a su vez de sus ansias de conocimiento y de su desprecio por los animales, se desarrolla de forma casi paralela al hecho de que los simios adquieren conciencia de su propia naturaleza, y por lo tanto también toman las riendas de su futuro. Ambos procesos, representados en cierto modo por los roles de Franco y Serkis, se convierten en las dos caras de una misma moneda. El ascenso del planeta de los simios supone la caída del planeta de los humanos. La genialidad del film, o al menos lo más loable, es que logra dejar patente dicha dualidad sin mostrar enfrentamientos directos entre ambas razas, centrándose en el trasfondo emocional de los personajes y en la evolución de los animales. El hecho de dotar al simio César de una personalidad con la que cualquier individuo puede identificarse no hace sino acrecentar la sensación de abuso y maltrato, encontrando en ello una justificación más que razonable a sus ansias de libertad.

En definitva, y esto es algo que también mantiene con el original, la película aborda a los primates como si de seres humanos se tratara. No busca simplemente mostrarlos como animales que inician una guerra ante unas criaturas de similar intelecto pero mucha menos fuerza física, sino como criaturas cuya naturaleza siempre les guía a vivir en libertad y en paz. Y esta idea, si bien es cierto que acerca a esta precuela al resto de films, también la distancia notablemente de todas. Mientras que en el original (y en el resto) los simios son mostrados como una sociedad que, en líneas generales, se comporta como la humana, aquí no adquieren todavía ese grado de organización, permitiendo al director abordar muchos más matices en todos los ámbitos, desde la ya mencionada moralidad humana hasta las motivaciones de César y del resto de simios.

El origen del planeta de los simios, por tanto, se puede entender como una historia notable en la que todos los elementos, desde los efectos hasta la acción, están al servicio de una trama sólida que sabe encontrar su equilibrio entre el homenaje al original (al fin y al cabo, se nutre de ella) y la personalidad propia, creando un híbrido que, al igual que el simio protagonista, posee lo mejor de los dos mundos. La ausencia de miedo en Rupert Wyatt y el resto de responsables a la hora de afrontar el reto de enfrentarse a la sombra de un gran clásico como el film de 1968 es lo mejor que le podría ocurrir a una trama que no tiene reparos en huir de concesiones para revelarse como una reflexión sobre las relaciones, sobre la naturaleza humana y sobre el futuro de la sociedad.

‘Underworld’, la definición de un estilo tradicionalmente moderno


Kate Beckinsale es la absoluta protagonista de la saga 'Underworld'.El inminente estreno de Yo, Frankenstein ha devuelto al candelero, aunque solo sea de una forma referencial, una de las películas que poco a poco han adquirido la categoría de culto entre los aficionados al fantástico. Se trata de Underworld, producción del 2003 dirigida por Len Wiseman (Total Recall) que abordaba las mitologías de vampiros y hombres lobo desde un punto de vista bastante novedoso aunque sin perder nunca el respeto por los orígenes y los elementos definitorios de cada una de las criaturas. El resultado obtenido fue lo suficientemente bueno como para dar origen a una saga con altibajos que, en líneas generales, nunca ha logrado estar a la altura del original.

No quiere decir esto que esta primera película de hace más de 10 años sea una obra maestra del género, pero sí debería incluirse entre lo mejor que ha dado el cambio de siglo en lo que a criaturas de la noche se refiere. Y como no podía ser de otro modo, su mejor baza es su argumento y el desarrollo dramático del mismo. Wiseman, auténtico motor de la saga, elaboró una trama que encontraba sus raíces en el pasado, en una lucha ancestral entre dos criaturas surgidas de la sangre de dos hermanos. El conflicto se remonta a la esclavitud que los vampiros ejercen sobre los hombres lobo y la forma en que éstos se liberan a raíz del romance vivido entre un licántropo y una vampiresa al más puro estilo Romeo y Julieta. Esto, unido a un futuro tecnológico con estética punk y a una profecía, genera un marco incomparable para dar rienda suelta a una lucha que se desarrolla, al menos en esta primera entrega, al margen de la Humanidad.

Más allá de que su diseño visual sea más o menos acertado, lo realmente interesante de Underworld reside en un aspecto tan antiguo y utilizado como el amor. Contrariamente a lo que se pueda pensar, la película protagonizada por Kate Beckinsale (Contraband) utiliza la idea del ‘love interest’ como piedra angular de venganzas, traiciones y sacrificios. Y lo hace, además, en las dos tramas principales que se desarrollan de forma paralela a lo largo del film. Nutriéndose una de otra, ambos arcos dramáticos terminan confluyendo en el clímax y en el personaje de Scott Speedman (Todos los días de mi vida), pero tienen la suficiente personalidad como para no ser dependientes. Por supuesto, esto tendría poco sentido sin unos personajes que, aunque algo arquetípicos, funcionan lo suficientemente bien como para hacer que la acción avance sin complicarla demasiado, permitiendo a las secuencias de acción desarrollarse plenamente.

Éste es el otro pilar fundamental de la obra. Ya sea por las limitaciones de presupuesto con las que contó, ya sea por la novedad que supuso su estreno, el caso es que el film presenta una acción víctima de su época (cámaras lentas, efectos digitales más que evidentes, …) con notables momentos algo más, digamos, a la antigua usanza. A diferencia de muchas de sus secuelas, en las que la historia se limita a ser un vehículo para la acción (sí, narra un aspecto del mundo creado, pero su relevancia es mínima), esta entrega original equilibra perfectamente ese cierto aire tradicional de las criaturas con las técnicas más modernas. Y no solo en lo referente a narrativa visual o efectos especiales. Ese mundo futuro en el que ambas razas libran una guerra posee un diseño interesante y sencillo que combina sabiamente conceptos tan modernos como las armas de fuego y las municiones utilizadas con conceptos largamente utilizados en la mitología popular (la plata, la luz solar, la sangre, etc.).

Una noche muy americana

Puede que lo más llamativo, que al mismo tiempo es una de las señas de identidad de la saga, sean esos vestuarios de cuero negro que definen a los personajes, sobre todo a los vampiros. Víctimas igualmente de su época (a nadie se le escapan las influencias de Matrix), posiblemente sea este elemento que más desentona en lo que respecta a la definición de los personajes, si bien no se puede negar que unido al diseño de los escenarios y a la tecnología de las armas conforma un todo orgánico que ha sabido erigirse como un estilo propio.

Aunque si algo destaca, y mucho, en Underworld es el uso deliberado de lo que se conoce como “noche americana”, o mejor dicho de la iluminación azulada para representar la noche en la que se mueven los personajes la mayor parte del tiempo. Por supuesto, no todo el film utiliza esta paleta cromática, pero su predominancia genera en el espectador la idea de estar ante una historia oscura (cuando lo cierto es que no deja de ser una aventura de acción). El hecho de que Wiseman optará por esta estética en un film de estas características aporta al conjunto un sentido único: la identificación con los personajes. Más allá de idilios románticos, más allá de traiciones o de figuras paternales ante las que nos rebelamos, la película encuentra uno de los mejores puntos de conexión con el público en esa tónica azulada que lo impregna todo.

Puede que los espectadores no lo aprecien de forma consciente, pero los elementos comunes que se revelan a lo largo de la trama generan una red de conexiones que les permiten introducirse en un mundo del que el ser humano no tiene noticias. El hecho de que la protagonista tenga los ojos de un azul tan irreal genera la idea de estar ante una historia vista a través de la mirada de un vampiro, lo que a la larga instala la sensación de formar parte de ese mundo. De este modo, el film utiliza su fotografía para explorar de forma paralela a la acción el mundo en el que todo se enmarca, ayudando a su vez a definir un marco narrativo único que se ha mantenido a lo largo de todas las películas.

Como decía al inicio, Underworld no es una obra maestra. Tal vez adquiera la categoría de clásico dentro del género con el paso de los años, pero en ningún caso debería compararse con grandes títulos protagonizados por ambas criaturas. Esto no implica que no puedan valorarse sus virtudes, principalmente su capacidad para crear un mundo nuevo y una estética única. Todo ello sin perder nunca la esencia de sus personajes (sus fortalezas y debilidades nacidas de siglos de mitología) y utilizando unas temáticas tan clásicas como eficaces. La mejor prueba de su relevancia no son tanto las secuelas a las que dio lugar como las numerosas obras que han seguido su estela. Y eso es algo que no todas las obras, sean mejores o peores, consiguen.

‘X-Men: Primera generación’, amistad como eje de la espectacularidad


'X-Men. Primera generación' se centra en los orígenes de los mutantes.Cuando en 2006 la saga de los X-Men llegó a su fin la pregunta que tocaba hacerse era: ¿y ahora qué? Tras tres películas taquilleras, algunas con más calidad que otras, los responsables estaban más interesados que nunca en explotar todo lo posible una fuente de ingresos tan prometedora. El problema era que las aventuras mutantes parecían haber llegado a un punto muerto con X-Men: La decisión final, cuya conclusión era una especie de punto y aparte en las aventuras. Así las cosas, y hasta que se encontrara una solución, se optó por centrar la atención en el personaje de Lobezno, lo que produjo un film sobre los orígenes de Lobezno, de nuevo interpretado por Hugh Jackman (Acero puro). Volviendo a la saga mutante, esta encontró dicha solución en un reinicio de la historia, o mejor dicho en una época distinta de todo el arco dramático de los cómics. El resultado se pudo ver en 2011 bajo el título X-Men: Primera generación. Y el resultado no pudo ser más prometedor.

La película, dirigida para la ocasión por el siempre interesante Matthew Vaughn (Kick-Ass) recupera prácticamente todos los elementos que definieron la saga allá por el año 2000. Con un mayor desarrollo de personajes, una trama que encontraba el equilibrio entre la intriga y la acción, y una puesta en escena notablemente mejor que la de sus predecesoras, esta historia centrada en los primeros años de Charles Xavier y Magneto (ahora interpretados por James McAvoy y Michael Fassbender respectivamente) se convertía en un entretenimiento capaz de aportar frescura y novedad a una franquicia que parecía condenada a un cierto tedio. Posiblemente lo mejor que pudieron hacer sus responsables es borrar de un plumazo a todos aquellos personajes protagonistas en las anteriores películas y aportar caras nuevas al mundo de los mutantes. Incluso aquellos roles que tienen una versión rejuvenecida en el film se muestran distintos a como habían sido presentados en un inicio.

Consciente de esto, el desarrollo dramático elegido por los guionistas centra su atención, precisamente, en los papeles de McAvoy y Fassbender, en esa enemistad surgida de la amistad y en la relación que empieza a forjarse entre ellos. La idea de presentar los orígenes del amo del magnetismo ofrece a los fans un nexo de unión tan sutil como loable, pues conecta directamente con el film original, estableciendo más paralelismos si cabe. Aunque sin duda lo más interesante de esta primera generación de mutantes reside en cómo evolucionan todos sus personajes. En este sentido el guión juega con la idea que tienen los espectadores de dichos roles, aprovechando sus definiciones clásicas de héroes o villanos para moverlos de un extremo a otro sin resultar previsible o monótono. Lo más relevante es que los personajes tienen una definición tan sólida que la historia funciona sin necesidad de conocer previamente las posturas de cada uno, ofreciendo por tanto una trama de amistad, redención y conflictos morales clásica y rica en matices.

Puede resultar un poco extraño, y para cierto sector del público incluso erróneo, el que los dos principales enemigos de la saga participen aquí de una amistad que les une y al mismo tiempo les separa (detalle, por cierto, que enriquece notablemente la acción). Sin embargo, en este aspecto la película también toma como referencia a una de sus predecesoras, X-Men 2. Al igual que ocurría en la película de Bryan Singer (Sospechosos habituales), la presencia de un enemigo común, en este caso interpretado por Kevin Bacon (serie The following), es el elemento que obliga al resto de personajes a unirse. Y al igual que entonces, las decisiones de los personajes una vez lograda la victoria les define más que cualquier otra tomada a lo largo de la trama. Unas decisiones que, por cierto, tienen unas consecuencias traumáticas para el desarrollo de los personajes en sucesivas películas.

Efectos en lugar de carisma

En cierto modo, X-Men: Primera generación se podría considerar un compendio de lo mejor de todas las películas sobre los superhéroes mutantes. Posee una trama interesante, un desarrollo amplio y complejo de sus personajes, y sus efectos especiales son los más espectaculares de las cuatro películas. Este último elemento, por cierto, eleva al film a una categoría distinta a la de sus predecesores, pues ninguna de ellas fue capaz de combinar con el acierto de ésta todos los elementos. Es cierto que la segunda parte es la que más se acerca en este sentido, pero algunos momentos de la película dirigida por Vaughn son sencillamente magníficos, logrando generar en el espectador emociones encontradas ante, por ejemplo, el momento en que Magneto levanta un submarino. La grandeza del momento se mezcla con el intimísimo de un personaje que descubre, por fin, las capacidades de su poder.

Aunque si algo se puede, y se debe, achacar al film es la falta de carisma de sus personajes, algo en lo que los actores, la mayoría correctos, poco pueden hacer. No hablamos ahora de los dos protagonistas, cuya labor tomando el testigo de Patrick Stewart (Dad Savage) e Ian McKellen (El señor de los anillos: Las dos torres) completando sus aportaciones a los roles es indiscutible. No, el problema reside fundamentalmente en el grupo de jóvenes que integran esa primera clase a la que hace referencia el título en su versión original. Prácticamente ninguno de ellos (la excepción sería Jennifer Lawrence) es capaz de hacer que sus papeles se demarquen un poco del arquetipo, ofreciendo una imagen bastante plana, con motivaciones algo tópicas y sin sorpresa alguna en el desarrollo dramático de cada uno. Y si bien es cierto que nada de eso afecta demasiado a la visión global de la historia, también hay que señalar que de haber logrado algo más de implicación de dichos secundarios el film hubiera ganado en calidad.

La parte positiva de esta ausencia de carisma es que el peso narrativo recae sobre los hombros de McAvoy y Fassbender, lo que ambos aprovechan (sobre todo el segundo) para profundizar en el conflicto personal que nace entre ellos. Posiblemente todo esto estuviera contemplado desde un primer momento, pero eso no impide que se produzcan altibajos emocionales en la historia, que gana interés cuando el deterioro de la amistad hace acto de presencia y pierde enteros cuando son los secundarios los que deben asumir roles más protagonistas. Una lástima, pues ni siquiera la buena labor de Vaughn tras las cámaras logra ocultar esa sensación de que algo no encaja del todo bien en un conjunto, por otro lado, que tiene unas piezas perfectamente diseñadas.

En resumen, se puede entender que X-Men: Primera generación es una de las mejores películas de la saga mutante. No puede considerarse una secuela de la trilogía anterior, es evidente, y eso es lo que permite a sus responsables tener más libertad a la hora de plantear la historia. La ausencia de actores que habían saturado sus personajes es un soplo de aire fresco al dinamismo de la trama, que a pesar de poseer altibajos recuerda, y para bien, a lo visto en las primeras incursiones cinematográficas de estos superhéroes. Se pierde el conflicto racial, pero se gana en la enemistad de dos amigos condenados a entenderse. Ahora toca comprobar si tanto esta historia, ambientada años antes de los anteriores films, y las películas originales son capaces de convivir bajo un mismo techo.

‘X-Men: La decisión final’ sustituye la trama por el entretenimiento


'X-Men: La decisión final' reduce el conflicto mutante a buenos y malos.La primera fase de las aventuras mutantes en el cine llegó a su fin en 2006 con una decisión ciertamente extraña. Su director y alma mater Bryan Singer abandonó la franquicia para dirigir Superman Returns (2006), mientras que Brett Ratner se puso tras las cámaras de la última entrega de la saga gracias al éxito de Hora Punta (1998) y su secuela. Para gustos los colores, por supuesto, pero personalmente creo que el cambio salió mal en todos los sentidos. Fue malo para Singer, cuya versión de Superman dejó mucho que desear, y fue malo para Ratner y los mutantes, pues optó por un entretenimiento con menos contenido y más artificio.

No quiere decir esto que X-Men: La decisión final sea una mala película, pero indudablemente no alcanza el nivel de las anteriores. Desde luego, su gran problema fue estrenarse apenas tres años después de la mejor entrega de la trilogía, lo que por un lado avivó los recuerdos de X-Men 2 y por otro empeoró su propia imagen. La realidad, como suele ocurrir, se halla en un punto intermedio, pues aunque es cierto que la película de Ratner se entrega más a la espectacularidad, decir que no aporta nada sería excesivamente injusto. Sobre todo por las repercusiones que ha tenido a posteriori en las aventuras de Lobezno en solitario.

Pero entremos de lleno en el análisis. A nivel dramático el film se mueve siempre por terrenos conocidos. Tal vez demasiado conocidos. El hecho de apostar por el entretenimiento y el gran público llevó a sus responsables a crear una trama carente de las sutilezas que sí tenían las dos anteriores. Los puntos clave del desarrollo carecen, por tanto, de sorpresa, evidenciando un proceso que, dicho de un modo claro, es simple y lineal. Evidentemente, los más perjudicados en todo esto son los personajes, cuyos pasados, traumas y conflictos quedan relegados a un segundo plano para explotar sus respectivas imágenes de héroes y villanos.

La que mejor representa este proceso es Jean Grey, personaje interpretado por Famke Janssen (GoldenEye) que, tras una supuesta muerte en la segunda parte, regresa en este X-Men: La decisión final como un ser malvado, mucho más poderoso de lo que nunca imaginó y consumido por la ira y la venganza. Más allá de que su tratamiento se asemeje mucho o poco al original de los cómics (al fin y al cabo, son dos medios distintos y la capacidad de desarrollo no es la misma), lo más llamativo es que este cambio carece por completo de matices. Es un villano totalmente plano, sin motivaciones complejas ni decisiones que puedan influir en la trama. Y teniendo en cuenta las posibilidades narrativas, es sin duda una gran pérdida.

Poco interés de los nuevos mutantes

Esta idea de personajes carentes del interés que existía anteriormente en la saga se consolida con la presencia de los nuevos mutantes, algunos de ellos realmente atractivos tanto a nivel visual como narrativo. Que el rol interpretado por Ben Foster (El único superviviente) tenga apenas tres momentos en toda la trama evidencia un desarrollo dramático intermitente, incapaz de dar cabida a todos los personajes y preocupado más por mostrar ligeramente los poderes de cada uno de ellos para, eso sí, explotarlos en un espectacular clímax bélico. Lo mismo podría decirse de los personajes de Vinnie Jones (Snatch: Cerdos y diamantes) y Kelsey Grammer (serie Boss).

La sensación de estar ante un producto puramente comercial es lo que puede llevar a la conclusión de que es la más mediocre de las tres. Y no es que las anteriores no tuviesen un claro objetivo comercial, pero poseían la suficiente personalidad como para aportar algo distinto, más emocional y emocionante. El caso de X-Men: La decisión final confirma la idea de que los estudios tomaron los mandos de la franquicia y de que, una vez Singer desapareció de la ecuación, no hubo nadie capaz de interponerse. Como resultado, la película adquiere un tono menos oscuro y más inocente.

Un tono que, por cierto, trata de disimularse a lo largo de la trama con secuencias ciertamente espectaculares y espléndidas, como es la muerte de Charles Xavier (Patrick Stewart), la posibilidad de “curar” a los mutantes y la batalla final ya comentada, cuya conclusión es tan dramática como apoteósica. La inclusión de momentos dramáticos otorga al film un aire más trágico, fatalista incluso, pero que en ningún caso sirve para contrarrestar el resto del metraje. Aunque como digo al comienzo, no significa que sea un mal film. Puede que si se aborda con la idea de una continuación lógica de la saga el resultado decepcione un poco, pero en ningún caso aburre.

Al final, lo mejor que le puede ocurrir a X-Men: La decisión final es que sea vista como lo que es: un producto destinado al consumo masivo, al puro entretenimiento con pocos interrogantes y muchos efectos especiales que harán las delicias de los aficionados al cine de acción. Empero, no hay que olvidar nunca que los mutantes llegaron al cine con otros objetivos y mucho más que aportar desde un punto de vista dramático. La conclusión es que sí, es muy entretenida y divertida, pero en el resto de elementos es la más floja de las tres.

‘X-Men 2’, más acción y efectos al servicio de un drama más complejo


Lobezno, interpretado por Hugh Jackman, adquiere más protagonismo en 'X-Men 2'.Ayer hablábamos de la que posiblemente sea la primera piedra en el exitoso camino de las modernas adaptaciones al cine de superhéroes e historias de cómic y novelas gráficas. El éxito que tuvo X-Men en el año 2000 permitió a muchos otros superhéroes dar el salto a la gran pantalla, pero también obligó a sus responsables a continuar con una historia que dejaba muchos cabos sueltos. Evidentemente, el motivo económico fue determinante, pero el hecho de que X-Men 2 (2003) fuese mejor en todos los aspectos que su predecesora indica que al menos su director, Bryan Singer (Valkiria), tenía algo más que contar.

Creo que tras todos estos años de reflexión nadie duda de que la primera continuación de la saga mutante es la mejor de la trilogía original, y por extensión una de las mejores adaptaciones de superhéroes que se han hecho. El motivo principal, como decimos, es una correcta comprensión del “más y mejor” que debe predominar en cualquier secuela, pero lo cierto es que solo con esto el film no habría adquirido con el tiempo la categoría que ahora tiene. La pregunta que cabe hacerse, por tanto, es qué aporta de novedoso a lo ya expuesto por su predecesora.

La respuesta hay que buscarla, como no podía ser de otro modo, es su argumento, en una trama que vuelve a repetir formato y divide su tiempo en dos líneas de desarrollo que avanzan de forma paralela para unirse en un clímax tan espectacular como emotivo. X-Men 2 acentúa los dos grandes dramas de la primera parte para erigirse como un producto mucho más completo, más dinámico y con mayor profundidad en las motivaciones de sus personajes. A través de un lenguaje audiovisual que juega con la intriga y la información aportada, la historia vuelve a optar por el oscurantismo bien entendido de la primera parte, en el sentido de no ofrecer al espectador un producto masticado, digerido y regurgitado.

El hecho de apostar de forma clara y contundente por la historia de Lobezno, de nuevo con un Hugh Jackman (Los miserables) sensacional, aporta solidez narrativa al conjunto, permitiendo un mayor desarrollo del personaje y, por extensión, una visión más amplia del mundo de los mutantes y su lucha por la supervivencia ante la intolerancia y el miedo de gobiernos y ejércitos. La presencia de William Stryker (Brian Cox) es la que articula el pasado y el presente en la historia, y es el que vincula el desarrollo de las dos tramas. Resulta interesante comprobar cómo un único personaje, cuando está bien diseñado desde el comienzo, es capaz de modificar los parámetros de toda una historia mucho más compleja.

Más mutantes, más poderes

Desde luego, la presencia de Jackman genera en el film algunos de los mejores momentos de toda la saga, como es el ataque a la mansión y la respuesta de Lobezno, o ese final en la presa. Pero como decía al comienzo, X-Men 2 supo aprovechar su apuesta por el desarrollo de la trama para integrar en ella más acción, más espectacularidad y más mutantes, que se sumaron a los ya presentados en la anterior entrega (los más destacados son los interpretados por Shawn Ashmore y Alan Cumming) y que, en líneas generales, modificaron notablemente sus puntos de partida. Ahí está, por ejemplo, el cambio que sufre Lobezno, marcado en todo momento por el traumático pasado.

Aunque sin duda esa evolución está representada por el personaje de Famke Janssen (Ni una palabra), rol que siempre ha sido objeto de profundos cambios y que en esta segunda parte encuentra una vía para explorar todos los aspectos del personaje. De forma sutil la trama introduce los cambios que se producen en Jean Grey y que la llevan a sacrificarse por el grupo en uno de los momentos más emotivos de la cinta (sacrificio que para los seguidores exploraba un nuevo camino con esa imagen final del ave sobrevolando el agua). Curiosamente, el triángulo amoroso pasa a un segundo plano en beneficio de los conflictos personales de cada uno de los integrantes, amén de otras tramas secundarias que ganan importancia, como es la constante lucha entre mutantes (aquí unidos por fuerza mayor) o la huida de la mansión para sobrevivir.

Lo más interesante del film es que todo esto, a pesar de generar más acción y más efectos, nunca llega a imponerse a la trama, siendo un recurso más de los utilizados por el director para narrar la historia. Hago hincapié en esto porque, aunque pueda parecer simple y lógico, es algo que se perdió en la tercera parte, de ahí su importancia. El arco dramático de los personajes está marcado por un sinfín de detalles, de percepciones y de motivaciones. Ninguno de ellos puede definirse en esta película como “buenos” y “malos”. Las fronteras, aunque más o menos claras, nunca llegan a definirse totalmente, llegando incluso a fundirse al final de la historia. Es eso lo que aporta a la saga, y lo que la convierte en la gran película que es: no todo es blanco o negro; no todo está bien o mal. Ese realismo, incluso narrando lo que se está narrando, es el “más y mejor” de la segunda parte.

Por tanto, X-Men 2 es en todos los sentidos un film mucho más completo y más atractivo. Dejando a un lado las comparaciones, hay que aclarar que el film tiene puntos débiles de gran relevancia, como es el hecho de que algunos secundarios pecan demasiado de arquetípicos. Su trama, además, posee los altibajos habituales de este tipo de cintas, en las que tras grandes secuencias de acción es necesario pararse a plantear los interrogantes. Pero en cualquier caso es una notable propuesta que expone sus intenciones desde el primer momento y que apuesta, por fortuna, por una historia compleja y trágica que en todo momento controla, como ocurre en el film con los mutantes, sus herramientas narrativas.

‘X-Men’, los personajes por encima de los efectos digitales


Hugh Jackman interpretó por primera vez a Lobezno en 'X-Men', de Bryan Singer.El fenómeno de los superhéroes llegó al cine con el nuevo siglo. Es cierto que siempre han estado relacionados de un modo u otro, pero hace exactamente 14 años el subgénero alcanzó un grado de sofisticación y seriedad que lo ha llevado a generar algunos de los mejores films de acción y ciencia ficción de los últimos años, como es el caso de la trilogía sobre Batman de Christopher Nolan (Memento). Ahora mismo, con los efectos digitales campando a sus anchas por las historias de los justicieros enmascarados, parece quedar muy lejos aquella película que, en cierto modo, abrió definitivamente la veda a la adaptación cinematográfica de los cómics. Pero dado que esta semana se estrena X-Men: Días del futuro pasado, en Toma Dos vamos a repasar la evolución de la saga de mutantes, comenzando por el origen de todo el fenómeno: X-Men (2000), dirigida por un entonces relativamente novato Bryan Singer (Sospechosos habituales).

Más allá de su valor como punto de partida, la obra de Singer ha ganado peso con los años gracias fundamentalmente a su guión, un texto elaborado a partir de los elementos más conocidos por el gran público de estos seres humanos con habilidades especiales debidas a mutaciones genéticas y, sobre todo, por saber absorber perfectamente la esencia del cómic creado por Stan Lee y Jack Kirby, que no es otra que la lucha contra la intolerancia, el racismo y el miedo a lo desconocido. Unos conceptos que pueden encontrarse casi desde el inicio del film con esas secuencias aparentemente inconexas que poco a poco van confluyendo hacia una trama única. Ahí está, por ejemplo, la huída de casa del personaje interpretado por Anna Paquin (serie True Blood) o el discurso del personaje de Famke Janssen (Venganza) y la reacción que provoca. De hecho, la idea del racismo es la que mueve toda la historia, tanto para generar el conflicto entre los dos bandos mutantes (uno apoya la integración y el otro la lucha) como para desarrollar toda la intriga en torno al senador que aboga por perseguir a esta nueva raza de seres humanos.

Desde luego, su apuesta por el desarrollo dramático de los personajes es lo que mejor define a esta primera X-Men. La definición de los mismos a través de sus acciones, de sus gestos y de sus miradas demuestra que en cualquier cinta de acción hay espacio para más aspectos que los puramente físicos. Sin ir más lejos, la película logra establecer casi en un suspiro el trío amoroso entre Lobezno, Jean Grey y Cíclope (Hugh Jackman, Janssen y James Marsden, respectivamente). Y ni siquiera es necesario un diálogo explicativo. Esta sutileza, además, es capaz de generar cierta intriga en las motivaciones de muchos de los roles, tanto héroes como villanos, y logra que el punto de giro que da pie al tercer acto tenga la suficiente fuerza como para resultar inesperado y apasionante (las verdaderas intenciones del villano). No hay que dejar pasar, sin embargo, la debilidad de algunos secundarios como el interpretado por Halle Berry (Cosas que perdimos en el fuego). Su rol, uno de los más importantes de las viñetas, queda aquí relegado a un segundo plano muy plano, y perdón por el juego de palabras. No solo aporta poco a la historia, sino que lo hace de forma algo tosca, burda y hasta ridícula. Por fortuna, esto fue algo que quedó solventado en aventuras posteriores.

Y como suele ocurrir en estos casos, el desarrollo de la historia y de los personajes corre en sentido contrario al desarrollo de los efectos especiales. No quiere decir esto que sean malos, al contrario. El director logra algunos momentos inolvidables, como ese primer plano de las garras del personaje de Jackman saliendo de los puños o los rayos emitidos por Cíclope. Pero dichas secuencias son tan escasas como logradas. No existe, por tanto, un abuso innecesario de los recursos digitales. Es más, algunos momentos son más bien mecánicos. Las secuencias de acción, excelentes, se someten a las necesidades de la historia, y no al revés. En definitiva, y siempre dentro de los parámetros de un film de estas características, el tratamiento es más realista, definiendo perfectamente las posiciones de cada uno de los personajes y estableciendo unas líneas de actuación comedidas, sin excesos audiovisuales e, incluso, con un sentimiento más intimista y entrañable. Quizá una de las mejores secuencias que ejemplifican esta idea es aquella en la que Magneto, interpretado magistralmente por Ian McKellen (El señor de los anillos: La comunidad del anillo), mantiene una disputa con Charles Xavier (Patrick Stewart) mientras amenaza a un buen número de policías con sus propias armas.

Un oscuro dominante

Aunque sin duda el mayor acierto de Singer en X-Men fue dar el protagonismo a Lobezno y a un Hugh Jackman (Prisioneros) por entonces desconocido. Desde luego, el éxito del personaje ha encumbrado a este magnífico actor, pero sería injusto no reconocer que el beneficio ha sido mutuo. El intérprete ha sabido dotar al rol (actualmente algo desgastado) de una entidad única, tanto física como psicológicamente. Jackman es capaz de aunar la fortaleza física, la violencia y la ira de un personaje turbado por un pasado traumático, la pérdida y el dolor. Hasta tal punto es imprescindible su participación que actor y personaje se han fusionado hasta confundirse, siendo prácticamente imposible que nadie se imagine a este mutante con esqueleto de adamantium con otros rasgos que no sean los del actor.

Pero más allá de todo eso, el director logra equilibrar con bastante acierto su arco dramático personal con el desarrollo de la historia, ofreciendo pinceladas del tortuoso pasado al tiempo que ubica al personaje en una lucha de la que no quiere formar parte. Ese espíritu libre, unido a la lealtad y sentido de la justicia que lleva incorporados de serie el personaje, convierten a Lobezno en el verdadero atractivo de la cinta. Su protagonismo es más que evidente, incrementándose a medida que han ido pasando los años. De hecho, es el único que cuenta con films propios. Y su carácter es lo que hace avanzar la trama en muchas ocasiones, ya sea de forma directa o indirecta, y ya sea como centro de atención de la intriga o como uno de los vértices del triángulo amoroso.

Esta oscuridad, empero, no se ciñe únicamente a su personaje. Si algo generó controversia hace 14 años fue la forma en que Singer iba a abordar el tema de los trajes que lucen los héroes. Para aquellos que no estén familiarizados, digamos que cada rol presenta una paleta cromática que les define, lo que en pantalla podría ser, literalmente, un desastre. Al principio mencionaba la seriedad que esta película aportó a las adaptaciones de superhéroes. Bueno, pues buena parte del éxito radica, aunque no lo parezca, en el diseño de vestuario. La apuesta por unos uniformes negros, alejados de las mallas multicolor, termina resultando hasta coherente en el contexto general de la trama, superando el primer contraste de ver a todos los personajes uniformados para el combate. El director se permite incluso hacer un guiño a esa “licra amarilla” que luce el personaje de Jackman en los cómics. La ausencia de color surgió de la necesidad (no es lo mismo ver a Spider-Man o a Iron Man que a seis personajes cada uno de un color), pero su diseño sentó las bases del resto de la saga.

Tal vez X-Men no sea la mejor de las películas sobre superhéroes. Desde luego, no es la mejor de toda la saga. Hay momentos de su guión en los que se echa en falta algo más de garra. Algunos personajes, como el de Tormenta o los villanos secundarios, dejan mucho que desear. Pero en líneas generales el film evidencia una apuesta por un estilo narrativo y visual alejado de estridencias o de concesiones al gran público. Tal vez por eso la historia busca ante todo acercarse a los personajes y hacerlos accesibles para todos los espectadores. Tal vez el hecho de no saber cómo iba a resultar este primer experimento es lo mejor que le pudo pasar al film. Sea como fuere, los mutantes llegaron para quedarse, y gracias a esta primera historia con más desarrollo y menos efectos el público aceptó aquello que era diferente.

El miedo racial a los alienígenas de ‘Distrito 9’ y su crítica social


Sharlto Copley protagoniza 'Distrito 9', primera película de Neill Blomkamp.No es esta la primera vez que me reafirmo en la idea de que la ciencia ficción es uno de los mejores vehículos para denunciar determinados aspectos de la sociedad moderna. El reciente estreno de Elysium es un muy buen ejemplo de esto, pero es superado por el primer film del propio director, Distrito 9 (2009). Sin grandes actores pero con una carga emocional y social apabullante, Neill Blomkamp compone una crítica al sistema de clases sociales y al problema racial de Sudáfrica (con una fuerte referencia al apartheid) en una película que casi con toda probabilidad se convertirá en un clásico del género.

Lo más importante de la película, al igual que le ocurre a la protagonizada por Matt Damon (El caso Bourne), es que su historia, a pesar de los componentes fantásticos, es cercana, directa y sencilla. Los alienígenas han llegado a la Tierra, pero lejos de conquistarla se han visto atrapados como una especie de inmigrantes ilegales en Johannesburgo. En esta situación los gobiernos han creado unos campos de refugiados para que puedan vivir y reproducirse hasta que vuelvan a su planeta. Se les controla, se les vigila y se les tolera poco. En medio de todo esto un empleado público se ve envuelto en una situación que le abrirá los ojos ante las actitudes de una y otra especie.

Antes mencionaba que no tiene grandes actores. Y es cierto. Pero eso no impide que no haya grandes nombres apoyando el proyecto. Peter Jackson (El señor de los anillos. La comunidad del anillo) fue el peso pesado que le abrió muchas puertas al proyecto, al menos de forma inicial. La realidad es que la película posee argumentos propios para defenderse solita sin necesidad de apoyos o de famosos avalistas. Su dramatismo, cuyo pilar fundamental es el desarrollo argumental, se agudiza con cada uno de los elementos formales del conjunto, desde una realización pseudo documental (que tuvo un importante aliado en la campaña viral iniciada en Internet) hasta unos efectos digitales maravillosos, pasando por una fotografía que sabe captar las emociones del protagonista en su proceso de transformación.

Suele decirse en todo manual de guión que el personaje principal no puede terminar el viaje exactamente igual que lo empieza. En el caso del protagonista, interpretado por un entonces desconocido Sharlto Copley (y bendito descubrimiento, la verdad), dicha transformación se produce en dos claros niveles muy relacionados. Por un lado su transformación moral, en la que la intolerancia, el miedo a lo desconocido y ese rechazo inconsciente generado por el entorno social dan paso a la comprensión, la necesidad de ayuda y, porqué no, el miedo a lo que es capaz de hacer el ser humano cuando no comprende algo. Esta transformación, y ese es otro de los aciertos del film, también tiene lugar en el espectador, quien encuentra muchos momentos extrañamente familiares, más o menos como ocurre en Elysium.

Pero por otro hay una transformación física. No voy a contar aquí en qué consiste ni cómo se produce. Simplemente señalar que esa transformación es, por así decirlo, similar a lo que podría ocurrirle a un ciudadano medio que se vea de repente perdido en un lugar donde sus habituales recursos han desaparecido, en el que se le confunde con uno más de esos “indeseables” y se le trata como tal. Consiste, en pocas palabras, en sufrir en carne propia la actitud que se tiene con el prójimo, ese miedo racial que en esta ocasión consiste en evitar convertirse en algo que siempre se ha tratado como una amenaza. Y eso que el personaje de Copley no es necesariamente malo, sino simplemente incapaz de denunciar injusticias por un miedo social extrañamente instaurado.

Un drama muy humano

Acabo de darme cuenta de que, a pesar de ser una cinta sobre alienígenas, no les he mencionado prácticamente nada. Tampoco es extraño, Distrito 9 es de todo menos una cinta de alienígenas al uso. Si se ha elegido este contexto es porque el contraste entre humanos y extraterrestres es más evidente que entre humanos con distinto tono de piel. En este sentido, se podría decir que la cinta es en realidad un drama humano y social, una historia de desesperación y soledad, de supervivencia y esperanza, que podría encuadrarse en cualquier época y situación. No debería pasarse por alto tampoco el hecho de que los aliens se parezcan a los insectos, sin duda una representación de la mentalidad de muchos individuos de épocas oscuras la lucha por la tolerancia.

Es en esta línea en la que hay que interpretar la película de Blomkamp. El acabado técnico es impecable, no cabe duda, pero su fortaleza estriba en el desarrollo dramático de ese cambio, de ese proceso de abandono y rechazo por una sociedad a la que se consideraba propia y que sin embargo devora y ataca todo aquello que es incapaz de entender o respetar. Es soberbia la forma en la que el personaje de Copley, quien por cierto está inmenso en el rol, comprende poco a poco que está solo y que su única salida es ayudar a aquellos a los que antes vigilaba. No tanto en las secuencias de acción o de investigación como en los momentos más íntimos de su soledad, aquellos en los que su reflejo en un espejo le devuelve la cruda realidad de que su vida nunca volverá a ser la misma.

Empero, hay esperanza. Ese es otro de los múltiples mensajes que atesora el film. A pesar de todo lo que le sucede, a pesar de sobrevivir a ataques y persecuciones, la esperanza de que logre su objetivo siempre prevalece. Incluso cuando ese impactante plano final deja poco margen para ese tipo de emociones, Neill Blomkamp se las ingenia para aportar luz a ese oscuro túnel. En cierto modo, es lo que se desprende en todo momento de la raza alienígena, y lo que sin duda se respira en las zonas de Johannesburgo representadas en el relato. Con esa forma de narrar tan directa y sencilla, aquí con el formato de falso documental, el realizador logra transmitir todo aquello que queda plasmado sobre el papel y lo que subyace de muchos de los diálogos.

Todo ello convierte a Distrito 9 en una película perfecta, descubriendo a un director con una visión crítica y una capacidad de entretenimiento muy poco comunes. Su aspecto documental otorga a la historia un mayor dramatismo, incluso contrarrestando el hecho de que los alienígenas estén en medio de todo. Sin embargo, y como decíamos antes, esta no es una historia de invasiones y luchas. Es un drama humano, la búsqueda de una solución que no parece existir o que no se quiere aplicar. Es la comprensión de lo que hay al otro lado, de ese miedo a lo desconocido que solo provoca una innecesaria escisión cuya ausencia podría solucionar muchos de los problemas en el mundo. Entender la película como una más de ciencia ficción sería un error. Su valor, y por lo que se convertirá en un clásico, reside en comprender los absurdos motivos del conflicto racial que asola a la raza humana desde que el mundo es mundo.

‘Equilibrium’, la ausencia emocional como solución del conflicto social


Puede que muchos de los consumidores de cine en España no hayan oído hablar de una película llamada Equilibrium, que este año cumple sus primeros 10 años. No es para menos, pues no llegó a estrenarse aquí, aunque atractivos no le faltaban: actores muy conocidos y de moda, una historia futurista sólida y convincente y un diseño de producción y conceptual que se acercaba, en cierto modo, a Matrix (1999). Un título muy recomendable que, aunque no sea un clásico del género, sí se ha ganado el estatus de película de culto en círculos muy concretos.

De hecho, el argumento toma diversos elementos de muchas obras literarias que abordan hipotéticos futuros donde la sociedad vive completamente alienada. En el film, dirigido por Kurt Wimmer, autor del guión de la reciente Total Recall (Desafío total), la sociedad ha logrado erradicar la fuente de todos sus males, los sentimientos, y lo hace a través de una droga que inhibe emociones como el odio o la rabia, pero también el amor o la sensibilidad por la belleza. En este sentido, el Padre de todos, una especie de líder gubernamental, ha prohibido toda expresión artística. Para vigilar el orden existe un cuerpo de élite integrado por clérigos, hombres adiestrados en artes marciales con armas de fuego y en el cuerpo a cuerpo.

Sin duda, lo más llamativo del relato son, precisamente, estos clérigos y las secuencias que protagonizan, comenzando por el protagonista, un Christian Bale (El caballero oscuro: La leyenda renace) que se mete en la piel de un hombre insensible que, por una serie de decisiones, termina convirtiéndose en el principal baluarte de una resistencia clandestina. En efecto, las secuencias de acción son, visualmente, lo más impactante, tanto aquellas protagonizadas por unos disparos casi imposibles como las que involucran combates cuerpo a cuerpo con espadas.

Un mundo feliz

Sin embargo, la cinta de Wimmer deja en la memoria un poso mucho mayor que el de un mero entretenimiento. Equilibrium se revela como una propuesta crítica y concienciada con la libertad de expresión y la emocional, mostrando una sociedad donde cualquier atisbo de emoción, sea por el motivo que sea, es tratado casi como un acto de terrorismo; todo con la excusa de mantener un mundo feliz y equilibrado donde las guerras quedan erradicadas.

Así, la película es una defensa de todo aquello que define al ser humano, y que no es otra que el libre albedrío para decidir y elegir los gustos personales o el punto de vista que se quiere defender, es decir, la capacidad de que exista más de una opinión y más de una forma de afrontar los problemas, algo que cada día parece estar más en boca de la sociedad.

Gracias a esto, el relato contiene algunos momentos realmente bellos en su concepción y, sobre todo, en el trabajo actoral más allá de las peleas o de los decorados, muchos de ellos digitales (lo que no quiere decir que algunos no sean sorprendentes). Ver la frustración de Bale al empezar a sentir de nuevo para luego pasar al llanto de felicidad por volver a sentir es magnífico, aunque no es lo único. A pesar de su corto papel, Sean Bean (Soldiers of fortune) consolida a un personaje casi imprescindible en la trama, un desencadenante de todos los acontecimientos que se suceden hasta el clímax.

No hay que engañarse. Equilibrium es una película menor en las filmografías de todos sus responsables. Como ópera prima de Kurt Wimmer, contiene la mayor parte de los aciertos y errores que suelen tener estas obras, pero sería injusto no reconocer que posee muchos más de los primeros que de los segundos. Existen muchas películas de este tipo que abordan un conflicto similar. Unas se centran más en la intriga o en la investigación policíaca; la protagonizada por Christian Bale lo hace en la acción a través de un nuevo concepto de combate. Y eso suele marcar una diferencia que ensalza al film por encima de los demás.

Calor humano frente a la frialdad social en ‘El quinto elemento’


Para muchos será un clásico moderno de la ciencia ficción. Para otros, solo un título destacable del género. Por eso, y por algunos elementos que apuntaremos más adelante, he decidido no incluirla como un clásico en este blog. En cualquiera de los casos, El quinto elemento (1997) debe ser considerada como una película notable, una mezcla de humor y fantasía al más puro estilo Luc Besson, autor de la historia, del guión y de la dirección. Nada en ella resulta insulso o desmedido, e incluso las secuencias de acción están abordadas con una fuerza narrativa tal que encajan a la perfección en esta historia casi romántica protagonizada por Bruce Willis (Moonrise Kingdom) y Milla Jovovich (Stone).

Y digo lo de romántica porque la historia gira en torno a un antihéroe (como muchos de los personajes en la carrera de Willis) que es elegido para salvar el planeta de una amenaza exterior a través de la protección de una joven en la que se ha encarnado el quinto elemento de la Tierra. Más allá de los elementos originales introducidos en su trama (muchos de ellos tienen que ver con la visión europea de Estados Unidos) como el ya mencionado quinto elemento o los personajes secundarios, lo que más llama la atención es el imaginativo mundo civilizado del futuro y, sobre todo, la estructura casi militar de su sociedad y de sus infraestructuras.

Todo en ella, desde los cubículos a los que se llama apartamentos hasta la forma en la que se realizan identificaciones o compras de billetes recuerdan en cierto modo al férreo control que en otros films de corte menos fantástico y más histórico se refleja. La originalidad de este ambiente diseñado por Besson queda completada por su visión fresca y viva de todos los elementos de la historia, desde los decorados hasta el villano, un nuevo trabajo sobresaliente de Gary Oldman (El topo). En este sentido, el director recupera con acierto el sentido de la aventura sin fisuras, evitando en todo momento el tono sombrío o lúgubre de otras cintas apocalípticas.

Pieza clave del conjunto son, sin lugar a dudas, los actores, comenzando por un Willis en estado de gracia que recupera la esencia de muchos de sus personajes gracias a, como hemos dicho, ese aire de antihéroe, de hombre involucrado en una aventura que no ha buscado pero de la que debe salir por su propia seguridad. Aunque tal vez el verdadero descubrimiento de la cinta sea Jovovich, actriz que por aquel entonces comenzaba a ganar renombre gracias a títulos como Regreso al lago azul (1991) o Chaplin (1992). Su labor como quinto elemento, reuniendo en un solo ente el candor de la inocencia y la efectividad mortífera de una máquina de matar, unido a la extravagancia en su expresividad y en su forma de entender el mundo (por otro lado, lógicas con su personaje) lanzaron al estrellato a esta actriz que, curiosamente, el pasado fin de semana llegaba a la cartelera española al mismo tiempo que el director de este film.

El mensaje dentro del fantástico

Ya he afirmado en varias ocasiones que el género fantástico y la ciencia ficción son caldos de cultivo excelentes para desarrollar críticas agudas de la sociedad actual o del camino que puede tomar la Humanidad si se siguen tomando las decisiones que se toman. El quinto elemento no pierde ese elemento, aunque para ser justos lo minimiza en favor del entretenimiento más palpable. Y es que Luc Besson nunca ha sido un creador que guste de mensajes grandilocuentes o de historias muy profundas o metafísicas. De hecho, es más que probable que tuviera dificultades en narrarlas, lo cual no quiere decir que no sea un buen artista en su género.

En el caso del film con Willis, el director de Juana de Arco (1999), por cierto también protagonizada por Jovovich, aborda tanto con el diseño de producción como con la propia trama un conflicto que, curiosamente, cada vez se está mostrando más evidente, y que no es otro que la falta de calor humano en un mundo más y más mecanizado. Es gracias a esta idea que los caracteres de los dos protagonistas contrastan tanto en su forma y en su fondo. Si él se muestra frío, monótono y rodeado de un mundo donde el espacio es aprovechado hasta el más mínimo milímetro y todo se sirve de máquinas y computadoras, ella se mueve más por el conocimiento tanto de la historia como de las relaciones humanas.

Dicho contraste, que como decimos queda reducido muchas veces a la mínima expresión por las necesidades de un guión donde predomina la acción y la aventura (muy bien rodadas, todo hay que decirlo), es el que mantiene buena parte de la tensión dramática del argumento. El espectador “sufre” con el dolor de un ser solo agrede cuando se le ataca, y se pone de su parte desde su aparición en el primer acto, actitud que comparte con el personaje de Willis. En cierto modo, el foco de esperanza que representa el personaje de Jovovich y la resolución del film representan la mayor y mejor lección del relato, y que no es otro que la Tierra no es nada sin un quinto elemento imprescindible para unir a los hombres y poder salvar el planeta.

Comenzábamos diciendo que El quinto elemento puede que sea un clásico moderno. Y en cierto modo es así, pero su apuesta decidida por el entretenimiento más puro la convierten, por ahora, en un título destacable dentro del género. Posiblemente con el paso de los años alcance el grado de título imprescindible. De lo que no cabe duda es de que Besson firma una de sus mejores obras, una combinación de humor y acción que, desde Francia, bebe del estilo norteamericano.

Diccineario

Cine y palabras

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