‘Sharknado 3: Oh Hell No!’, el espacio… la última frontera


Los tiburones llegan al espacio en 'Sharknado 3'.No hay nada peor que una película (o una serie, puesto el caso) que se tome en serie una trama risible. Y da igual que tenga un presupuesto de millones de dólares o que sea una pequeña producción. Suele decirse que lo mejor es que un film conozca sus propias limitaciones. Por eso la saga de Sharknado ha llegado a donde ha llegado… que es al espacio. Porque la tercera parte, subtitulada para la ocasión Oh Hell No! (algo así como “Oh, demonios, no!”) es todo lo que se le puede pedir a una serie Z capaz de hacer reír con un tema que parece no dar para más, pero que en manos de Anthony C. Ferrante, director de las dos anteriores, adquiere dimensiones estratosféricas.

Lo cierto es que tratar de ver esta nueva entrega (que no la última) de las “terroríficas” aventuras de Ian Ziering (serie Sensación de vivir) contra los tornados de tiburones es una extraña mezcla de sufrimiento y deleite. Sufrimiento porque todas las secuencias de transición, en las que los personajes hablan y, en teoría, se desarrolla una trama, duelen en el alma. Y no solo porque los diálogos tengan menos sentido que la propia historia, sino porque los personajes son más planos que un folio en blanco. Y digo en blanco porque, en efecto, ningún protagonista, secundario o de los que pasan por allí tiene contenido alguno.

Pero por otro lado, y siempre que Sharknado 3 se entienda como lo que es (y como, de hecho, ella misma se presenta), la película produce un pequeño placer culpable al crear las situaciones más absurdas, irónicas y paródicas que puedan encontrarse en una pantalla, ya sea grande o pequeña. Los ataques de tiburones responden a esa teoría no escrita en el cine que afirma que cada continuación debe ser más de lo mismo. Literalmente más. Así, la tercera parte tiene más tiburones, más tornados, más ciudades devastadas y, sobre todo más altura.

Como se apreciará en la imagen que acompaña este texto, los tiburones llegan al espacio. Sin escafandra ni otro tipo de protección. El motivo de que sigan vivos y sean capaces de morder y comerse una nave espacial queda perfectamente explicado en la propia película: si son capaces de sobrevivir a un tornado, ¿por qué no van a poder hacerlo en el espacio? Ya puestos… Es bajo esta premisa autoparódica que lo permite todo donde la película es capaz de sobrevivir. Eso, y las magníficas sentencias que se escuchan bajo el ataque de los tiburones, algunas de las cuales no tienen desperdicio por su grado de estupidez.

Un producto consolidado

Desde luego, ya desde el comienzo Sharknado 3: Oh Hell No! marca una línea muy clara. Ese pseudo homenaje a James Bond, algunas referencias al gore más vulgar y el comienzo en Washington, con destrucción de la Casa Blanca incluida y ese Presidente de los Estados Unidos destrozando escualos mano a mano con el héroe sientan unas bases muy concretas. Por supuesto, el espectador es libre de tomarse en serio esta película, pero desde luego lo que señalan los primeros minutos es un tono opuesto a la seriedad. Es más, sobrepasa con mucho la autoparodia para convertirse, simple y llanamente, en un ejercicio de humor macabro.

Considerarla una cinta de terror sería equivocado. Ni hay miedo, ni hay sangre. Por no haber, no hay ni secuencias desagradables, pues la propia mediocridad de los efectos digitales impide que algunas muertes, ya sean de humanos o tiburones, se tomen en serio. Pero esta tercera parte deja también una reflexión cuanto menos curiosa, y es la de la consolidación que ha adquirido esta saga, no tanto por el tremendo éxito que supone haber llegado a tres entregas (que se dice pronto), sino por la cantidad de rostros conocidos que se pasean por sus fotogramas.

Sin duda los más llamativos son los de Bo Derek (10, la mujer perfecta) y David Hasselhoff (serie El coche fantástico), sobre todo por ser dos actores que marcaron una época para algunas generaciones. Pero no son los únicos. El apoyo más inesperado es el que hace George R. R. Martin, el creador de ‘Juego de Tronos’, en una pequeña secuencia en la que, como no, hay tiburones de por medio. Su presencia, teniendo en cuenta el éxito tanto de sus libros como de la serie que se inspira en ellos, da buena cuenta del alcance que tienen estas cintas de serie Z producidas por The Asylum.

Espero que de este análisis no se desprenda una valoración positiva de Sharknado 3: Oh Hell No!. La película es mala, muy mala. Pero lo es a conciencia, sabiendo en todo momento los absurdo de su trama, la cantidad de incongruencias que tiene y lo limitado de sus actores, sus personajes y sus efectos especiales. Y en este sentido, se podría decir que la cinta incluso se marca algún tanto, si es que eso es remotamente posible. Si alguien quiere acercarse a un film como este, un único consejo: dejen los análisis de cualquier tipo en un rincón de su mente porque la cinta no los va a pasar. Solo así podrá disfrutarse mínimamente (y a través de la risa) de una historia tan descabellada como esta.

[REC], o la apuesta por el suspense en una historia de zombis


Manuela Velasco vive una pesadilla en [REC].Cuando en 1999 se estrenó El proyecto de la bruja de Blair nadie, o casi nadie, podía ser consciente de la corriente formal y narrativa que se iniciaba. Y no precisamente porque la película fuera buena o generase una serie de momentos inolvidables para el espectador. El motivo por el que ha pasado a formar parte de la Historia del cine no es otro que su estilo amateur, su forma de transmitir la sensación de que estamos ante un documento veraz y, sobre todo, por la forma en que supo aprovechar las por entonces incipientes técnicas digitales de promoción y difusión. Unos años después, en 2007, llegaba la que es, sin duda, una de las mejores representantes de dicho estilo, denominado en Estados Unidos ‘found footage‘. Se trata de la española [REC], dirigida por Jaume Balagueró (Frágiles) y Paco Plaza (Romasanta, la caza de la bestia), título que supuso el pistoletazo de salida para una de las mejores sagas que ha dado el género de terror español en años (hasta tuvo su remake americano, Quarantine) y que llega a su fin en su cuarta entrega estrenada estos días.

Su argumento, como suele suceder con estos falsos documentos audiovisuales, comienza de forma inocente e incluso tediosa. Una reportera de una canal de televisión realiza un trabajo de corte social siguiendo la vida de un grupo de bomberos durante una noche. La rutina se interrumpe cuando reciben el aviso de acudir a un edificio. Al llegar allí vecinos y policía alertan de unos gritos en uno de los pisos en el que vive una anciana. La situación cambia radicalmente cuando la anciana les ataca. Será a partir de entonces cuando el caos se adueñe poco a poco de los inquilinos del edificio, que pronto es sellado por las autoridades ante la alerta de un brote químico o biológico que pueda infectar la ciudad. A medida que pasa la noche los inquilinos se irán infectando con un extraño virus que les mata y les resucita convirtiéndoles en seres rabiosos. La única solución parece encontrarse en el ático donde, según los vecinos, no vive nadie.

Dejando a un lado el carácter fantástico y terrorífico de la propuesta, una de las mejores bazas de [REC] fue el realismo que supo imprimirle a su historia, contada casi siempre a través de la cámara de televisión que acompaña a la protagonista, una por entonces poco conocida Manuela Velasco (El club de los suicidas) que se convirtió de este modo en una de las reinas del terror español. Un realismo que puede apreciarse en el desarrollo de la trama ajena por completo al carácter puramente fantástico de la propuesta. La forma en que los personajes afrontan su ignorancia de los acontecimientos es lo que realmente permite un crecendo en la tensión dramática que se apodera de las secuencias, generando mayores conflictos entre los personajes y, por extensión, una mayor angustia que, todo hay que decirlo, se nutre de acontecimientos como el aislamiento o los pocos y confusos momentos en que se ve a los infectados.

El manejo del suspense por parte de Plaza y Balagueró es lo que convierte al film en un modelo dentro del género, y sin duda es lo que lo distingue del resto de secuelas, que inciden en otros aspectos de este artificial microcosmos menos dramáticos y más visuales. En este sentido es importante señalar que el uso de la cámara en mano y de ese estilo subjetivo y poco académico potencia notablemente el sentido de la película. El espectador solo ve lo que la cámara permite ver, por lo que los acontecimientos que se suceden en otras localizaciones solo pueden llegar a oírse o suponerse. Esto remite, una vez más, a esa idea ampliamente analizada de que el mayor terror lo produce aquello que no podemos ver, o lo que es lo mismo, la imaginación es la mejor forma para meter el miedo en el cuerpo. Por supuesto, en este caso la imaginación tiene una inestimable ayuda en forma de infectados que, aunque entre penumbras, gritos y movimientos de cámara bruscos, logran verse lo suficiente como para impactar al espectador.

La clave Medeiros

Decir que [REC] es una película de zombis se ajustaría poco a la realidad, tanto por el tratamiento de los infectados como por el propio estilo audiovisual del film. Y es que a diferencia de otros films modernos del género, su apuesta decidida por generar una atmósfera opresiva, malsana y notablemente angustiosa a medida que avanza la trama recuerda más a los inicios de este tipo de cine, si bien es cierto que los componentes de denuncia social desaparecen casi en su totalidad. Más que los ataques de esos zombis, lo realmente relevante del film reside en los conflictos que se crean entre los que sobreviven, condenados a estar encerrados en el vestíbulo de su propio edificio. Los recelos que surgen entre ellos, los problemas derivados de los roces de la convivencia y la molesta presencia de una cámara que, como siempre se la ha definido, es un testigo que refleja lo mejor y lo peor del ser humano, hacen que la película se olvide en muchos momentos de la verdadera amenaza, que adquiere un papel secundario o, si se prefiere, de ambiente.

Ya he dicho antes que la película es un constante viaje en el que la tensión va en aumento, motivado tanto por los acontecimientos narrados como por la visión única y limitada de una cámara al hombro. Empero, la verdadera clave del éxito de la película estriba en un clímax tan impactante como indescriptible. Prueba de ello es que la criatura que lo protagoniza, la niña Medeiros (Javier Botet, quien también se puso bajo el maquillaje de Mamá en 2013), ya forma parte del imaginario colectivo. Su papel, limitado prácticamente a los últimos minutos del relato, da un giro fundamental a la trama, que hasta ese momento especulaba siempre con una infección de origen animal. Las revelaciones que se encuentran en el ático, escenario de dicha conclusión, revierten por completo el sentido de la historia, lo que no hace sino consolidar la idea de suspense que se había mantenido a lo largo de los minutos anteriores.

Pero es que además Balagueró y Plaza se reservan para ese clímax el que es el momento más impactante del film; una de esas secuencias con mucho ruido y muchas nueces que en su momento hizo a muchos saltar de sus butacas, yo entre ellos. Y la forma de lograrlo es de lo más sencilla: dar el siguiente paso en el estilo que hasta ese momento se venía trabajando. Esto quiere decir que si la cámara había sido la única ventana que el espectador tenía a lo que estaba sucediendo dentro del edificio, ahora dicha cámara se veía limitada por la ausencia de luz, recurriendo a la visión nocturna que, ya de por sí, genera inquietud suficiente aunque lo que se vea sea una película de dibujos animados. Ese final en verde, con ojos brillantes y un foco mucho más concreto en el centro de la cámara dota a todo, escenario y protagonistas, de un cariz antinatural, como si los personajes se adentrasen en un mundo distinto regido por esa niña Medeiros cuya primera aparición deja sin aliento. Este giro formal al más difícil todavía otorga al film un carácter distinto, más tétrico e indudablemente más trágico, sobre todo por el modo en que termina la historia.

Desde luego, [REC] puede y debe ser considerada como un film imprescindible dentro del cine de género en España, y no por convertirse en un film de zombis nacional, sino por su capacidad para llevar más allá ese nuevo estilo de found footage gracias al uso inteligente de la cámara y de la iluminación, manejando en todo momento las claves del suspense por encima del terror más visceral. Lo que realmente sobrecoge no son los infectados o quien muere antes o después, sino la situación que viven los personajes encerrados en ese edificio y condenados a vivir juntos para sobrevivir, algo que como deja clara la película es harto complicado. El giro formal de su último cuarto es la prueba más palpable de esa apuesta por el suspense, que adquiere su máxima expresión al nutrirse del miedo más visual posible. Tal vez sea pronto para considerarla un clásico, pero su influencia sobre el imaginario colectivo y el cine posterior es innegable.

‘Sharknado 2: The second one’, autoparodia para ver sin exigencias


Ian Ziering protagoniza 'Sharknado 2: The second one'.Si alguien dudaba de la relevancia que tienen las redes sociales en nuestra moderna sociedad de la información solo tiene que fijarse en el fenómeno Sharknado, y sobre todo en su continuación, Sharknado 2, cuyo subtítulo es un muy apropiado ‘El segundo’. Su estreno, que tuvo lugar el pasado 30 de julio, fue el más importante para la cadena de televisión SyFy con 1,6 millones de espectadores, y según la cadena tuvo unos 1.000 millones de comentarios en Twitter. No cabe duda de que su éxito ha sido rotundo, y si estas cifras pudiesen medirse de forma proporcional en dinero posiblemente su productora, The Asylum, habría engordado sus arcas de forma notable. Productora, por cierto, que va camino de convertirse en el Ed Wood (Plan 9 from outer space) de las productoras. ¿Realmente esta segunda parte merece tanta atención? Me imagino que la respuesta sigue la estela de la opinión que se tenga del original, pero en cualquier caso hay que reconocer que la continuación es, al menos, más autoparódica y consciente de sus propias limitaciones.

Tratar de analizar de forma seria la película de Anthony C. Ferrante, director de ambos títulos, es trabajo para Tom Cruise y su Mission: Impossible. Porque si alguien intenta encontrar en esta aventura neoyorquina con tiburones que salen de la nada y homenajes paródicos a clásicos del género una película, que se olvide. Su guión es simplemente absurdo, plagado de incoherencias y de clichés que tratan de aportar espectacularidad cuando lo que realmente hacen es provocar imposibles. La factura técnica deja mucho que desear, y no solo en el plano de los efectos digitales, deliberadamente pobres. Su montaje, sobre todo en las secuencias que requieren una mayor presencia de líneas de diálogo, es abrupto e irregular, creando saltos narrativos de lo más innecesarios. Y eso por no hablar de los propios diálogos o de la definición de personajes.

En líneas generales, sí, es una mala película. Y este debe ser uno de los pocos casos en los que poco importa si la película gusta o no. Desde un punto de vista puramente técnico, que es lo más objetivo que puede existir en el cine, existen tantos errores que es imposible pasarlos por alto. Pero precisamente en este punto es donde se produce la inflexión, o al menos donde uno debería darse cuenta de que está ante una pseudoparodia del género de catástrofes en la que todo puede ser, sobre todo si es imposible. Comenzando por ese subtítulo al que antes hacía referencia y que, es verdad, es muy apropiado. Sí, ya sé que es una obviedad que una película titulada Sharknado 2 se subtitule ‘El segundo’, pero es que es esa obviedad la que marca el camino que luego seguirá el resto del film, que por cierto no pierde el tiempo en florituras ni presentaciones de personajes, como sí hacía su predecesora (lo que sin duda la perjudicó), aprovechando el metraje para entregarse a sus propios excesos.

Excesos que nacen en el viaje que realizan los protagonistas, interpretados de nuevo por Ian Ziering (serie Sensación de vivir) y Tara Reid (American Pie), a Nueva York en un avión que se ve envuelto en una tormenta de tiburones. Que él se convierta en el héroe realizando un aterrizaje forzoso con un 747 es indescriptible (para los que no lo sepan, su personaje es un surfista de Nueva York afincado en Los Ángeles), aunque más inverosímil es el hecho de que una mujer de vida acomodada se líe a tiros con los tiburones mientras tiene medio cuerpo fuera del avión. Toda esta secuencia, que parece una parodia de películas como Aeropuerto 75 (1974) o Serpientes en el avión (2006), permite al espectador situarse en la trama a todos los niveles, modificando consecuentemente su humor y su grado de exigencia, fuese éste cual fuese.

Entre homenajes y tópicos

Claro que no es este el único homenaje, ni mucho menos. Puede que sea por el amor al género, o simplemente porque la película tiene menos giros argumentales que un largo plano de un estanque en calma, pero juntar a un personaje sin mano y una motosierra en un mismo film es señal inequívoca de que antes o después la referencia a Terroríficamente muertos (1987) hará acto de presencia. Ferrante lo sabe. El espectador lo sabe. Vaya, hasta los personajes parecen saberlo. Y así ocurre. Eso sí, en lugar de demonios son tiburones que vuelan por el skyline de Nueva York, lo que ofrece una oportunidad única para alzar las manos, digo las motosierras, y partir escualos por unas mitades perfectas (fruto sin duda de las limitaciones técnicas). Y así sucesivamente. Si el comienzo de la película, salvando esa especie de preludio que es el ataque al avión, es algo pobre en referencias cinematográficas, a partir de la segunda mitad el relato es una sucesión de homenajes o parodias de la Historia del cine y del género.

Lo mejor es tomarse todo con humor, sobre todo si tenemos en cuenta que ver Sharknado 2: The second one no supone un gasto económico, al menos no directo. Lo cierto es que la película, cuando trata de ponerse mínimamente seria, pierde todo el terreno que pudiera haber ganado con la paródica autocomplacencia que desprende el conjunto. Ver cómo sus responsables intentan que los actores, de los cuales es mejor no decir nada, encarnen el lado más humano, maduro y sensible de sus personajes es poco menos que una tortura. Y la imposibilidad de que la película se ría de sí misma durante la hora y media que dura obliga a tener varios de estos momentos que no hacen sino ridiculizar aún más su propia condición. Que a una mujer le entren celos de una antigua novia en medio de un tornado de tiburones es poco menos que absurdo. Y esto solo por poner un ejemplo.

Aunque puede que la mayor y mejor evidencia de que estamos ante un producto que solo es soportable cuando no se toma en serio a sí mismo (la mayoría de las veces, por fortuna) es su conclusión, con el protagonista haciendo una especie de rodeo volador sobre un tiburón que da vueltas dentro de un tornado y que aterriza empalado en la antena del Empire State Building, y con los habitantes de Nueva York jugando al béisbol, al tiro al plato y a los dardos (con grandes lanzas, eso sí) con los tiburones que caen del cielo. Todo un final épico se mire por donde se mire. Y si tenemos en cuenta todo lo visto en los minutos anteriores, con discursos motivadores incluídos (el del alcalde de la ciudad es de lo más ridículo), el resultado es un incremento progresivo de la ironía, lo cual no es algo necesariamente malo.

Desde luego, Sharknado 2: The second one solo puede ser vista bajo la premisa de que el espectador va a reírse. Cualquier otro enfoque, incluido el miedo, la angustia o la empatía con los personajes, debe quedar descartado antes de que en pantalla aparezca ese título (y su subtítulo). Por tanto, y como decía al inicio, un sesudo análisis de esta producción de serie Z (no sé si habrá algo más bajo) es inviable, lo cual no quiere decir que no existan irregularidades y que todo pueda permitirse. Viendo esta continuación queda más patente que la primera parte pecó de ingenua al intentar narrar una historia, pues sin duda esta segunda parte es mejor gracias a su mayor entrega en el exceso sin sentido. También puede ser que uno ya se espera lo que está a punto de llegar. En cualquier caso, y por si queda alguna duda, sigue siendo una mala, muy mala película. Disfrutar con ella depende del cristal con el que se mire.

‘Sharknado’, despropósito sin criterios cinematográficos mínimos


Ian Ziering lucha por su vida contra los tiburones de 'Sharknado'.Hay películas que poseen numerosos defectos narrativos de forma consciente. Muchos films pertenecientes a la llamada serie B suelen pecar de lugares conocidos, personajes manidos y diálogos y situaciones carentes de dinamismo y originalidad. Pero siempre suelen tener un alma. Algo que permite identificarlas y, por lo tanto, atenernos a las consecuencias de lo que estamos viendo. Y luego está el caso de Sharknado. La producción de la compañía The Asylum, especializada en un tipo de películas que todavía no tengo claro cómo calificarlas, tiene todos los elementos anteriores salvo uno: el alma. Porque si de algo peca este relato sobre unos tornados que recogen del agua a la mitad de la población mundial de tiburones para soltarlos por las calles de Los Ángeles es de un exceso de celo en hacer las cosas mal.

Es evidente que la película, dirigida por Anthony C. Ferrante (Boo) y protagonizada por Ian Ziering (Steve Sanders en Melrose Place) y Tara Reid (American Pie), comete numerosos errores formales y de contenido de forma consciente. Algunos por la falta de medios, como los efectos especiales o la resolución formal de determinadas secuencias a base de planos cortos sobre los que trabajar luego digitalmente, y otros simplemente porque el guión de Thunder Levin (Atlantic Rim) simplemente no da más de sí. Pero incluso en este contexto, incluso con los parámetros prefijados tanto por la fama que precede al film (su éxito en Internet ha sido abrumador, pero de eso hablamos más adelante) como por las características del producto, hay un límite. Siempre hay un límite.

En esta ocasión, dicha frontera la marca el raccord, esa teoría que afirma que entre planos consecutivos debe existir una continuidad entre los elementos que aparecen en ellos. Sharknado es un despropósito desde este punto de vista. Entendiendo, como digo, que la película rezuma poca calidad por los cuatro costados casi por imperativo comercial de su productora, es incomprensible que en medio de una tormenta haya planos donde el cielo está totalmente despejado, o que se utilicen diversos planos de recurso una y otra vez. Sí, es cierto que el presupuesto es alarmantemente bajo, pero estos errores no son un problema económico.

Dejando esto a un lado, la película solo puede ser abordada como una curiosidad social y cultural, como el resultado de un fenómeno que parece haber encontrado en el mundo de Internet un nicho de mercado que, por desgracia, no encuentran otras películas igualmente mediocres pero mucho mejor realizadas. Y eso que la labor de Ferrante no es de lo peor del film, aunque sin duda define el resultado final. En conjunto, la labor del director se antoja algo limitada creativamente hablando, recurriendo a planos estáticos y sin demasiada expresividad. Algunos por limitaciones de presupuesto, como mencionaba antes, pero otras simplemente por sus propias limitaciones como realizador.

Entre el éxito y el fracaso

Aunque el premio a la labor más surrealista debería llevárselo Levin, cuya labor en la escritura del guión es tan impactante como increíble. El relato, además de estar plagado de esos lugares y personajes comunes a los que hacía referencia al inicio (un bar, surf, una padre de familia preocupado por sus hijos y su ex mujer, la casa de esta, un amigo gracioso, …), posee un desarrollo tan sencillo y previsible como plagado de fenómenos paranormales. Esto no es a priori un defecto, salvo si se ve con los ojos equivocados. Teniendo en cuenta que la premisa consiste en unos tiburones volando por los aires gracias a varios tornados, el hecho de que el héroe sea un surfista capaz de rescatar a todo un autobús de un colegio o que mate a tiros a tiburones que vuelan por los aires a varios metros de altura no es algo descabellado. Ni siquiera su resolución final, a la que pertenece la imagen que acompaña el texto y que habla por sí sola.

La verdad es que su éxito viral en la red es comprensible. Es un producto pensado para el consumo masivo, rápido y ligero por parte de los jóvenes, sin demasiado que analizar y como vía de liberación de tensiones y risas nerviosas. Lo que realmente sorprende es que haya personas y medios de comunicación que tomaran como noticia el hecho de que Sharknado fuese un fiasco en su estreno en circuito comercial. ¿Realmente alguien pensaba que cualquier aficionado al cine, independientemente de la edad que tenga, pagaría el precio de una entrada por ver un producto de semejantes características? Una cosa es disfrutarlo en la intimidad del salón o de una habitación de un colegio mayor de forma gratuita, y otra muy distinta gastarse entre 7 y 10 euros en verla en pantalla grande, con la consecuente pérdida de calidad que indudablemente tendría.

La película, posiblemente el mayor éxito hasta la fecha de su productora, debe ser entendida única y exclusivamente en este contexto. Sus evidentes limitaciones a todos los niveles encuentran justificación en la idea de que es un producto pensado para eso, y solo para eso. Tal vez pueda parecer un contrasentido el hecho de intentar analizar desde un punto de vista profesional una producción tan informal. Y lo es, al menos en cierto modo. Pero el cine es cine, al igual que la literatura es literatura o la música es música. Y en toda disciplina que requiera creatividad existen unos elementos comunes que la definen independientemente de la calidad de sus obras. Por ejemplo, toda película debe tener un planteamiento, un nudo y un desenlace. El héroe debe enfrentarse a retos que le permitan superarse y mostrarse tal y como es. Y sobre todo, debe tener una narrativa coherente con lo que se está contando.

Sharknado posee algunos elementos, pero carece de muchos otros. Es por eso que es un despropósito incluso en el ámbito en el que se mueve. Para aquellos que se acerquen a ella por curiosidad, como ha sido mi caso (la película se estrenó en septiembre en España, pero hasta ahora no había tenido la suerte de verla), solo decirles que traten de superar los primeros minutos, tiempo que necesita el cuerpo humano para acostumbrarse a lo que está presenciando. Una vez aceptadas las reglas del juego, la película se convierte en una sucesión de despropósitos a cada cual más surrealista, culminando con ese giro argumental tan inesperado como imposible. Un final que, la verdad, define a la perfección lo que es este éxito de Internet y fiasco de taquilla.

Zombis: 45 años devorando el miedo social en constante evolución


Los zombis han cambiado con la sociedad a lo largo de los últimos 40 años.Entre las dos imágenes que acompañan este texto han pasado 45 años. Cuatro décadas y media en la que los monstruos protagonistas de estas historias, los zombis, no han dejado de evolucionar. Es más, lo han hecho tan rápido como la propia sociedad. Se ha dicho hasta la saciedad, y en este mismo espacio lo hemos recogido, que los muertos vivientes son el reflejo de los miedos sociales, de las inquietudes y de todo aquello que sobrevuela el imaginario popular de la época en la que se realizan. Algunas es evidente que sí, y otras simplemente los convierten en una excusa para desarrollar el gore más violento posible. En ambos casos, sin embargo, los zombis han cambiado mucho hasta convertirse en algo distinto a lo que fueron originalmente, lo que no es necesariamente malo.

Los seguidores de este subgénero ya habrán identificado las películas de las que están sacados los fotogramas. De La noche de los muertos vivientes (1968) ya hablamos hace algún tiempo. En aquella época estos muertos que se levantaban de sus tumbas lo hacían con motivo de vertidos químicos y de fallidas pruebas con determinados productos. Con el paso de los años se ha hecho cada vez más evidente el mensaje de miedo a un posible tercer conflicto mundial del que se temía, ante todo, los efectos que las armas atómicas podrían tener en el ser humano. No era lo único, claro está, pues la presencia de estos cadáveres que se alimentan de humanos permitió a George A. Romero (Amanecer de los muertos) plasmar la tensión racial y social que alimentaba el subconsciente norteamericano.

Una vez superado el miedo, los zombis se convirtieron en la excusa perfecta para dar rienda suelta al descontrol de una criatura a la que se le auguraron muchos y fructíferos hijos. Más allá de la saga del propio Romero, que pasó de la noche al amanecer, del amanecer al día, y de ahí a la Tierra y a diarios audiovisuales de dudosa calidad, los directores empezaron a experimentar con otras formas de zombis, por decirlo de alguna manera. Propuestas como las de Posesión infernal (1981) o Re-animator (1985) son ejemplos palpables de la necesidad social de experimentar cada vez más con el nuevo producto, tal vez un poco agotado por las limitaciones narrativas de unos seres lentos e implacables. Experimentos, por cierto, que no solo indagaban en los orígenes y formas de estas criaturas, sino en los géneros con los que se las envolvía. Muchos puritanos pondrán el grito en el cielo por convertir en cinta de acción historias que deberían ser de terror, pero… ¿qué hay de comedias como Braindead (1992) o la propia Re-animator?

En cualquier caso, y dejando a un lado ese extraño experimento que fue Memorias de un zombi adolescente (que contenía, sin embargo, algunos apuntes interesantes a incorporar a la mitología zombi), el gran evento del año ha sido Guerra Mundial Z. En la crítica ya avancé algunos de los aspectos más interesantes. En efecto, estos muertos vivientes han dejado de ser cadáveres reanimados para convertirse en infectados, una de las vías de desarrollo experimentadas en los años anteriores (como el díptico formado por 28 días después y 28 semanas después). Más que infectados, los zombis son la representación física y a tamaño natural de una enfermedad, de una pandemia que lo único que busca es reproducirse en huéspedes sanos. Poco importa ahora el hambre de carne humana que existían en aquellos primigenios monstruos. Lo relevante es, ante todo, infectar a través de los mordiscos, propagarse como un virus. Por cierto, algo que se refleja en su forma de moverse cuando atisban un objetivo humano.

Pero, ¿qué representa esto a nivel social? Más allá del contenido del libro en el que se basa, el film de 2013 refleja uno de los mayores miedos a nivel mundial de los últimos años: las nuevas enfermedades. No hace falta remontarse mucho en el tiempo para recordar cómo el mundo se estremeció ante virus como el de las vacas locas o la gripe aviar (por cierto, alguno de ellos mencionado en la película). Y no son pocos los testimonios de expertos que afirman que las próximas guerras que se libren, sean por el motivo que sean, tendrán un importante componente biológico, algo que parece estar latente en el subconsciente social. Todo esto compone un contexto en el que la película de Brad Pitt (12 monos) encaja como un guante, ofreciendo además una radiografía bastante inquietante del comportamiento humano en momentos de crisis y solidaridad como los que se viven en la película.

El miedo a los espacios abiertos

Claro que todos estos aspectos no dejan de ser componentes del subtexto social que rodean a este tipo de historias. Lo que sí está claro para cualquier seguidor de este subgénero son los cambios físicos que se han experimentado en las películas, entre los que destacan sobre todo los espacios abiertos y la movilidad de los muertos. Este segundo siempre ha sido el más polémico, principalmente por la falta de información acerca de estas criaturas. Y me explico. Al comienzo de cada película casi siempre se ofrece una escueta información de los acontecimientos que dan lugar al levantamiento de los muertos. Durante los primeros minutos quedan patentes sus cualidades físicas y sus preferencias alimenticias. Pero lo que no suele abordarse es qué es lo que les hace moverse.

El cine ha pasado de presentarles como seres que tienen las funciones básicas para subsistir a criaturas que son capaces de cazar, violentas, rápidas e implacables. Decir que una versión es mejor que otra sería algo muy osado, pues normalmente cada una se adecua a las necesidades de la historia. El caso más reciente de los velocistas es la ya mencionada Guerra Mundial Z, mientras que de los impasibles tenemos la serie The Walking Dead. El hecho de que ambos casos convivan armónicamente me lleva a pensar que todavía estamos en un proceso de exploración y evolución de este tipo de historias que lo único que puede conseguir es una mayor riqueza mitológica.

El otro factor, el de los espacios abiertos, tal vez sea menos evidente pero mucho más significativo del cambio producido en el subgénero y en la sociedad. Por supuesto, los zombis siempre se han movido en espacios abiertos, pero las tramas de las películas más clásicas (y de algunos remakes como el de Amanecer de los muertos en 2004) transcurrían en espacios muy acotados: una casa, un centro comercial, una cabaña, … Las características de estos espacios, unido a la diversidad social y moral que se refugiaba en sus muros, permitía a guionista y director crear un microcosmos de denuncia social que destapase todas las miserias, miedos y envidias del ser humano. Los muertos vivientes se convertían así en una barrera infranqueable externa que obligaba a los protagonistas a enfrentarse a sus propios fueros internos.

Sin embargo, cada vez es más frecuente que los protagonistas se enfrente en campo abierto a estos seres. Casos como los de la serie basada en los cómics homónimos o el último ejemplo cinematográfico sitúan a los seres humanos en igualdad de condiciones que los zombis, es decir, a campo abierto y muchas veces sin armas. El miedo a lo que hay fuera, por tanto, desaparece (de nuevo, al igual que ha desaparecido el miedo a las amenazas externas) para convertirse en supervivencia. Supervivencia en un mundo donde todo, zombis y humanos, es hostil; donde cualquier debilidad, cualquier mala decisión, puede suponer la muerte o, aún peor, la conversión. En cierto modo, los zombis representan ahora los peligros de una sociedad en la que hay que ser el mejor para poder sobrevivir. O tal vez simplemente el que tenga más ganas de conseguirlo.

Casi medio siglo ha pasado desde que estos muertos vivientes comenzaran a poblar las pesadillas del imaginario colectivo. Al igual que otros monstruos, ha sabido evolucionar para no quedarse obsoleto. Una evolución que siempre ha estado marcada por las tendencias, miedos e inquietudes sociales de la época. Asegurar hacia dónde caminan estos seres es un ejercicio absurdo de elucubración, pues ni siquiera la sociedad sabe hacia dónde va en estos momentos. Lo que parece claro es que seguirá manteniendo ese afán por morder las pesadillas del ser humano para reflejar todo aquello que teme y que él mismo desconoce.

La primera película de… Rob Zombie: ‘La casa de los 1.000 cadáveres’


El sireno, una de las criaturas de 'La casa de los 1.000 cadáveres', de Rob Zombie.Aseverar que se pueden contar con los dedos de una mano los músicos, escritores, artistas, etc., que han triunfado en su salto a la dirección cinematográfica puede que sea tan arriesgado como falso. Sin embargo, no es común que alguien ajeno al mundo del séptimo arte triunfe de forma tan contundente como lo hizo en 2003 Rob Zombie, alma mater del grupo musical White Zombie, con La casa de los 1.000 cadáveres, al menos dentro de los límites del género de terror y gore. Cuando la película llegó a los circuitos comerciales sorprendió a propios y extraños por su fascinante combinación de temáticas tan clásicas como las familias asesinas del interior de Estados Unidos y los cultos satánicos. La mezcla, explosiva y no apta para todos los estómagos, supuso el descubrimiento de un narrador ajeno a la delicadeza dentro del mundo del terror que ahora nos presenta su última apuesta, The lords of Salem.

La trama, en realidad, es extremadamente simple y previsible. Dos parejas de universitarios deciden recorrer los rincones más desconocidos de Estados Unidos en busca de la leyenda del Dr. Satán, un excéntrico científico que se hizo famoso por sus experimentos con seres humanos. Cuando llegan al lugar indicado no solo no logran encontrar una pista clara acerca de su existencia, sino que se topan con una familia de psicópatas y asesinos en serie que iniciarán una caza en la que las presas no son otros que los jóvenes. ¿Conocida, verdad? Analizado desde varios puntos de vista, el argumento guarda mucha relación con La matanza de Texas (1974) o con Las colinas tienen ojos (1977). ¿Qué es lo que la ha convertido, entonces, en un film de culto en tan poco tiempo entre los fans?

La respuesta reside, sin duda, en su director y en la frescura visual, por decirlo de algún modo, que le imprime al conjunto. Ajeno a censuras y a limitaciones morales (uno de los motivos por los que tuvo dificultades para ser distribuida), Zombie compone un relato macabro hasta la extenuación, un retrato deforme y agónico de los lazos familiares que unen a unos padres desquiciados con unos hijos con unas vocaciones artísticas algo extrañas. Gracias a un desarrollo del guión muy directo que pierde poco tiempo en los preliminares, el músico se permite el lujo de desarrollar a fondo todo un mito como el del Dr. Satán, encarnado no solo en los sádicos miembros familiares, sino en una secuencia final tan dantesca como grotesca.

Su uso del color es uno de los pilares del conjunto, aunque tal vez no sea el más impactante. A lo largo de la película las escenas se suceden con predominancias de verdes, de grises y de rojos, sobre todo de rojos. Gracias a esta herramienta el film adquiere un aura de cuento para adultos y de fantasía reconvertida en pesadilla, pero también permite un desarrollo narrativo de las emociones latentes dentro de cada una de las situaciones límite que se viven en la trama. No tanto las de los cuatro desafortunados jóvenes, las cuales son más que evidentes y, en cierto modo, tópicas, como las del clan familiar, auténtico meollo del asunto y protagonistas de una secuela diametralmente opuesta en lo que a formato se refiere: Los renegados del diablo (2005)

Artistas del cuerpo humano

En efecto, lo más interesante de esta historia son los miembros de la psicópata familia. Todos y cada uno de ellos representa, en una especie de parodia malsana, los cánones de la familia modelo norteamericana. Es evidente que en este aspecto fueron fundamentales los actores elegidos, entre los que destacan Sid Haig (Mimesis), cuyo Capitán Spaulding es ya un referente en el cine gore, y Bill Moseley (The tortured), en uno de los personajes más complejos emocionalmente hablando de los últimos años dentro del género y autor de una macabra criatura como es el sireno que acompaña este texto.

Ambos, acompañados por la mujer del director, Sheri Moon Zombie (Halloween. El origen), y por Karen Black (Mi vida es mi vida), aportan una mayor atmósfera insana a una casa ya de por sí asfixiante en su diseño y en su iluminación. La forma de abordar no solo la naturaleza psicótica de los personajes, sino las viciadas relaciones entre ellos, es lo que compone un cuadro mucho más terrorífico que la propia persecución en sí o la resolución de los asesinatos. Esta línea, desarrollada ya por films similares anteriores, adquiere de la mano de Zombie una dimensión nueva y extraña, entre otras cosas por el poco miedo que parece tener al uso de recursos propios del gore.

Este es, posiblemente, lo más llamativo de La casa de los 1.000 cadáveres. Su uso de vísceras, de sangre y de la opresiva atmósfera de los bosques estadounidenses no parece tener fin, ni siquiera con la dramática resolución de la trama. La película termina por convertirse en una montaña rusa de emociones al límite, un viaje a los infiernos más desagradables del ser humano, que demuestra en el film de Zombie que puede superarse una vez más. No hay que olvidar señalar que la película es uno de los títulos que a principios del siglo XXI modificaron la forma de entender el terror y el gore, de ahí también su carácter de culto. Sin embargo, y a diferencia de otros como Amanecer de los muertos (2003), deja a un lado el clasicismo formal para entregarse por completo a una deformación de los encuadres y de las violentas secuelas, aportando ese aire fresco que antes mencionábamos.

Lo cierto es que La casa de los 1.000 cadáveres es un espectáculo que debe ser visto y vivido para poder comprenderlo. La simbología de buena parte de sus escenas, las alusiones referenciales a mitos y leyendas o la propia mirada del director enriquecen hasta límites insospechados una historia que, por lo demás, es previsible en exceso. Es este un buen ejemplo de que la trama no siempre necesita ser compleja o dramáticamente intensa. Si se cuenta con unos personajes icónicos y una forma de narrar diferente y propia se puede alcanzar un notable grado de calidad. Han pasado 10 años y ya se ha convertido en un film de culto entre los fans. Parece indudable que, con los años, superará estas barreras para convertirse en un clásico.

 

La primera película de… Zack Snyder: ‘Amanecer de los muertos’


Adaptar un cómic como 300 y hacerlo de una forma tan fiel como atractiva visualmente en lo que se refiere a la narrativa cinematográfica no es fácil. El film que dirigió Zack Snyder en 2006 marcó un antes y un después, algo que es más que evidente si se atiende a una serie como Spartacus. Pero antes de este éxito, y por supuesto mucho antes de que el año que viene llegue la nueva versión de Superman titulada Hombre de acero, el director debutó en el largometraje en 2004 con un film que, a priori, podría parecer menor, pero que también ha sido una más que interesante aportación al género de terror. Nos referimos al remake de Amanecer de los muertos, segunda entrega de la saga sobre zombies dirigida por George A. Romero (La noche de los muertos vivientes).

Para algunos, entre los que me encuentro, este es uno de los mejores trabajos del director de Watchmen (2009), si no el mejor. Cierto es que no cuenta con los efectismos visuales ni la digitalización que tanto ha caracterizado a sus trabajos tras las cámaras, pero todo el conjunto desprende un aroma de autenticidad y cierto clasicismo que convierte a esta propuesta sobre muertos vivientes en algo más que un mero remake. Es una película en sí misma, con una historia tan personal como autónoma que no necesita de otros títulos para tener sentido propio. Buena culpa de esto tiene su prólogo, una de las pequeñas joyas del género. En él se cuenta como la joven protagonista, enfermera en un hospital, asiste sin dar demasiada importancia a unos acontecimientos algo extraños en los que las fiebres y los mordiscos están muy presentes. A la mañana siguiente, cuando se despierta junto a su marido, la hija de sus vecinos se ha colado en su casa convertido en un monstruo hambriento de carne humana. Tras ver cómo su marido muere al ser mordido por la pequeña, la joven huye en coche en medio del caos, terminando por estrellarse contra un árbol. Cuando despierta, un rudo policía la rescata y, junto a un grupo reducido de supervivientes, se encierra en un centro comercial, que pronto es rodeado por los muertos vivientes.

Sin duda, uno de los elementos que más llama la atención desde el principio es el reparto elegido por Snyder, compuesto por rostros más o menos conocidos pero en ningún caso iconos del género (algo similar a lo ocurrido en la primera entrega zombi de Romero). Así, la principal protagonista es Sarah Polley, vista en El peso del agua (2000) o La vida secreta de las palabras (2005), mientras que el policía está interpretado por Ving Rhames (Misión imposible). Junto a ellos encontramos, entre otros, a Jake Weber (U-571), Mekhi Phifer (8 millas), Ty Burrell (serie Modern Family) o Michael Kelly (Caza a la espía). Claro que un plantel de actores de géneros tan diversos no debería de sorprender si tenemos en cuenta cuál es el alma de la película.

Lejos de lo que pueda parecer, Amanecer de los muertos no es una excusa para mostrar vísceras a granel o violencia extrema. Más bien al contrario. La plaga de zombies, al igual que ocurrió en La noche de los muertos vivientes, no es más que un recurso para impedir que un grupo dispar de personas salga de un espacio reducido, llevando al límite la confrontación de sus puntos de vista y generando todo un microcosmos en el que, de algún modo, el propio ser humano se convierte en un peligro mayor que los muertos vivientes a raíz de su egoísmo, su soberbia y una maldad innata que parece surgir en determinados momentos. La evolución de los personajes, muchos de ellos ajenos a la violencia de las armas de fuego pero en cualquier caso todos desconcertados ante una situación inimaginable, es uno de los pilares del guión de James Gunn (Slither: la plaga) y, sin duda, lo que convierte al film de Snyder en algo más que un subproducto slasher.

Un nuevo estilo visual para el desconsuelo

En cierto modo, si se compara este film con el que dio origen a todo el fenómeno zombi se encuentran muchos puntos en común que, a pesar de los años, no han pasado de moda. Es cierto que en la era actual los teléfonos móviles y el consumismo están a la orden del día (lo que aporta mayor desesperación y frustración a la situación que viven los protagonistas), pero atrasos sociales como el racismo, el uso de la violencia como recurso ante la falta de argumentos, o la ignorancia de unos individuos que se creen una posición social ya inexistente, están más de moda que nunca, y Zack Snyder los explota hasta consecuencias realmente dramáticas.

Pero esto es solo su aspecto dramático y los elementos de una trama hilada sobriamente y sin remilgos, consciente del fatalismo que rodea a unos personajes condenados casi desde el primer minuto de metraje. El otro gran descubrimiento fue el lenguaje visual de un director visionario en muchos aspectos de la imagen, y no me refiero exclusivamente a los efectos especiales o al maquillaje empleado en los muertos vivientes. Antes mencionaba el prólogo como ejemplo. A lo largo de su hora y media larga los personajes se enfrentan a situaciones angustiosas, a una huida desesperada y sin control y a dramas sociales casi más aterradores que lo que les espera fuera, pero pocos momentos más sobrecogedores existen en la película que esos primeros minutos en los que la protagonista, desconcertada y desubicada, debe huir de su propia casa en una zona residencial hacia ninguna parte con la esperanza de que ninguno de sus vecinos la mate.

La solvencia con la que mantiene el pulso narrativo y la tensión durante dichos minutos, culminados con un plano cenital inolvidable, hacen contener la respiración más de lo que es aconsejable, efecto que ayuda a la sensación de estar ante una historia lúgubre y pesimista en la que los buenos tienen pocas o ninguna posibilidad de sobrevivir, no tanto por la amenaza externa como por los villanos dentro del grupo, capaces de arrojar a sus madres a esas garras muertas con tal de sobrevivir. Pero, como decimos, no es el único caso. La huida, por ejemplo, es otro de esos momentos inolvidables de caos y confusión donde cualquier personaje puede morir, y no precisamente a manos de los zombis.

A esto cabría sumar la carga emocional con la que se nutre la historia, y que está representada sobre todo por una mujer embarazada y mordida, uno de los momentos más sorprendentes del film y un homenaje en toda regla a Braindead, tu madre se ha comido a mi perro (1992), otro clásico del género. Suele ocurrir que las nuevas versiones de títulos antiguos bastante conocidos tengan una recepción más bien negativa. No fue el caso de este Amanecer de los muertos. Y no lo fue porque el guión dirigido por Snyder abandona la idea del remake para convertirse en un producto único, propio, capaz de abordar con el terror las carencias sociales de la actualidad y mostrarlo todo con una creatividad narrativa nueva y fresca en aquel momento.

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