4ª T. de ‘Sleepy Hollow’, o como intentar concluir de algún modo


El final de la tercera temporada de Sleepy Hollow ya hacía prever que la siguiente temporada, anunciada como la última, iba a ser más bien un epílogo de una historia ya contada que algo nuevo. Y en efecto, así ha sido. La ausencia de la principal protagonista ha obligado a los creadores de la serie a realizar equilibrismos dramáticos para tratar de dar un final relativamente correcto a esta historia de criaturas, mitología y literatura que comenzó siendo prometedora y se ha desinflado hasta quedarse en un producto más bien mediocre.

Los 13 episodios de esta cuarta temporada vienen a confirmar una de las ideas que parecen haber sido la única constante en la serie creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman (Star Trek: En la oscuridad), Roberto Orci (serie Fringe) y Len Wiseman (saga ‘Underworld’): que ningún personaje secundario es lo suficientemente relevante como para mantenerle más de una temporada. La incorporación de un nuevo reparto en esta recta final de esta ficción evidencia una falta de objetivos en lo que a construir un tejido de personajes lo suficientemente sólido y atractivo se refiere. Eso, o que los personajes creados nunca han tenido el carisma necesario para ser del agrado del público, obligando a buscar unos nuevos.

Sea como sea, lo cierto es que esta variedad de secundarios tiene un aspecto positivo y otro negativo. Lo bueno es que han sido catalizador de nuevas aventuras relativamente ajenas a lo anterior, ofreciendo una visión inocente del mundo de monstruos y demonios en el que viven los protagonistas. Esta cuarta temporada de Sleepy Hollow es buena prueba de ello. Sin embargo, esto también provoca que el espectador nunca pueda llegar a identificarse con nadie, salvo el personaje de Ichabod Crane (de nuevo con Tom Mison –La pesca de salmón en Yemen– para darle vida), perdiendo interés no solo en el devenir de los secundarios, sino en las historias que protagonizan. Curiosamente, el modo en que se abandonan estos personajes no es por muerte en el combate (salvo contadas excepciones) entre el bien y el mal; simplemente dejan de aparecer.

Y curiosamente también, esta forma de tratar a los “buenos” contrasta mucho con la forma de definir a los villanos, mucho más interesantes en el cómputo general de la serie. En esta temporada final, a pesar de que el antagonista (al que da vida Jeremy Davies –Una historia casi divertida-) tiene el peso dramático suficiente como para aguantar él solo esa parte del tratamiento, los creadores han decidido traer de vuelta a los que posiblemente sean los dos mejores personajes de toda la serie: el jinete sin cabeza y ese hijo brujo del protagonista. La conjunción de estos tres villanos debería, al menos en teoría, conformar un interesante cuadro, pero el resultado es muy diferente, posiblemente porque los dos segundos, con todo el poder mostrado durante toda la serie, quedan relegados a meros acólitos, como si su función no fuera otra que la de juntar viejos amigos en el final de la historia. Una lástima.

Testigos sin control

Como menciono en el título de este texto, la cuarta y última temporada de Sleepy Hollow parece más bien un intento algo desesperado por concluir una historia que debería haber finalizado en la tercera etapa. Lejos de ser un conjunto homogéneo de episodios, las aventuras de estos 13 capítulos se convierten en un viaje marcado por un cierto descontrol. Atrás queda la complicidad creada entre los protagonistas, que aquí trata de suplirse con un buen puñado de héroes que, en cierto modo, tienen diferentes aspectos de la personalidad del rol interpretado por Nicole Beharie (El expreso de Elmira). Y este tipo de intentos salen, en su inmensa mayoría, bastante mal, como es el caso.

No voy a entrar a valorar la idoneidad o no de convertir a la que presuntamente debe ser compañera de aventuras de Crane en una niña preadolescente. Lo que sí parece evidente es que la apuesta no aporta toda la fuerza dramática que cabría esperar. En este sentido, la serie ahonda en esta etapa final en su carácter más aventurero, dejando a un lado los aspectos más presuntamente terroríficos que podrían haberse dado cita en temporadas anteriores. El problema es que dicho aspecto aventurero lleva a sus creadores a introducir en la trama situaciones de lo más rocambolescas, dotando de un humor en ocasiones algo innecesario secuencias que antes tendían a tomarse más en serio, lo que a su vez genera que el tono de la serie pierda dramatismo.

Con todo, esta última temporada deja algunas ideas sumamente interesantes. Más allá de introducir enemigos de todas las culturas, épocas, religiones y condiciones, la serie adquiere su mayor interés en el tramo final, cuando el sacrificio del héroe dota al conjunto de un dramatismo que solo se había podido vislumbrar en la primera y parte de la segunda temporada. Dicho sacrificio, unido a una visión del futuro en caso de triunfar el mal, generan un marco tan diferente a lo visto hasta ese momento, tan trágico y tan desolador que la serie pierde, por un momento, el tono algo infantil mantenido hasta entonces para comportarse como la aventura fantástica y dramática que se presupone debe ser, y que de hecho fue en sus inicios.

Desde luego, la cuarta temporada de Sleepy Hollow es un fiel reflejo de la evolución tan irregular que ha tenido la serie. Su final, visiblemente forzado por las circunstancias (pérdida de interés, ausencia de la protagonista, etc.), trata de ser una salida digna a la caída progresiva de la calidad dramática y narrativa de esta ficción. Caída provocada, entre otras cosas, por una falta de objetivos claros. Y es que la serie, aunque planteada como tramas episódicas, ofrecía un potencial notable para ser tener arcos argumentales de temporadas completas. El problema es que para ello habrían sido necesarios buenos villanos autoconclusivos y unos secundarios sólidos que sustentasen a unos héroes carismáticos. Y salvo contadas ocasiones, el resultado no ha sido el esperado. Un ejemplo claro de cómo una serie con posibilidades puede derivar en un mediocre producto.

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‘La batalla de los sexos’: entrenamiento en igualdad


Se dice que la realidad supera la ficción. Y aunque hay casos en los que es más que evidente, en ocasiones la ficción no termina por hacer justicia a la realidad, o al menos no sabe como explotar las posibilidades de esos hechos verídicos. En mayor o menor medida, es lo que le ocurre a la cinta de Jonathan Dayton y Valerie Faris, directores de Pequeña Miss Sunshine (2006).

Posiblemente lo más llamativo de La batalla de los sexos sea comprobar cómo ciertos comportamientos machistas son objeto de aceptación, ya sea como una broma, como algo inherente a determinados hombres o como algo natural a un determinado ámbito social, deportivo o laboral. Y lo más sorprendente, sin duda, es reflexionar y comprender que, aunque esta historia de igualdad de género, tenis y homosexualidad transcurre en los años 70, muchas de las secuencias podrían tener lugar en la actualidad y no desentonarían en absoluto. En este sentido, el trasfondo moral y social del film es espléndido, a lo que contribuyen, sin ningún género de dudas, unos actores magníficos, destacando Emma Stone (Aloha), Steve Carell (La gran apuseta) y Bill Pullman (American Ultra).

El problema de la cinta, como suele ocurrir con estos biopics, es el tratamiento dramático y su ritmo narrativo. El cóctel que forman el feminismo, la igualdad, la homosexualidad y el tenis provoca una irregularidad evidente a lo largo de un excesivo metraje de dos horas (que parecen bastante más), patente sobre todo en la segunda mitad de la película. En concreto, la historia pierde fuerza en aquellos momentos en los que el tenis y la batalla de sexos quedan en un segundo plano para centrar su atención en los problemas maritales de la protagonista, sobre todo cuando el guión insiste en ello olvidándose, al menos por un momento, de la batalla de sexos que da nombre al film.

Al final, La batalla de los sexos se revela más como un entrenamiento en igualdad más que como un verdadero partido entre hombres y mujeres por tener los mismos derechos. Aunque su trasfondo y su mensaje son claros y piden a gritos una reflexión en profundidad sobre nuestra sociedad, el tratamiento cinematográfico aporta más bien poco, convirtiendo el film en una obra sin demasiado corazón, con un guión irregular sustentado por un reparto sobresaliente y algunos hallazgos visuales muy interesantes.

Nota: 6,5/10

3ª T. de ‘The Leftovers’, o cómo concluir sin dar demasiados detalles


Hay producciones que parecen prefabricadas por un programa informático. Otras tratan de aprovechar el tirón de algún otro producto de éxito. Y otras sencillamente son tan extrañas que en ocasiones hay que hacer un notable esfuerzo para comprender lo que se está contando. The Leftovers ha pertenecido a esta última categoría. La serie basada en la novela de Tom Perrotta y adaptada a la pequeña pantalla por Damon Lindelof (serie Perdidos) es una de esas producciones que, por su temática y su tratamiento, pueden generar casi tanta locura como la que se narra en su argumento. Su tercera y última temporada, sin embargo, ha optado por una narración algo más lineal, más coherente, tratando de dar un broche final adecuado a lo visto en estos casi 30 episodios.

Personalmente creo que lo consigue. En apenas 8 episodios esta etapa final da rienda suelta a algunos de los aspectos más importantes de la trama, entre ellos el religioso, el fanático y, sobre todo, las desapariciones de esos millones de personas que han sido el impulso dramático de la serie durante toda su duración. Y para poder explicarlo Lindelof y Perrotta optan por un tratamiento más clásico, con un desarrollo más lineal, sin demasiados saltos temporales ni apariciones y desapariciones de personajes en la escena. La historia, por resumir, se centra por completo en los personajes de Justin Theroux (La chica del tren) y Carrie Coon (Perdida), y lo hace no solo para encontrar una justificación a su trama, sino porque sobre sus hombros carga el verdadero significado y la moraleja de toda esta compleja historia.

En realidad, ambos personajes vienen a representar los dos grandes aspectos dramáticos de The Leftovers a lo largo de estas tres temporadas. Por un lado, la angustia existencial que generan las preguntas “¿por qué yo?” y “¿a dónde fueron?” los desaparecidos. Y al menos una de ellas sí encuentra respuesta, de ahí que el final de esta serie genere una satisfacción incompleta. En efecto, esta tercera temporada desvela qué ha ocurrido con aquellos que desaparecieron hace tantos años. A través de un final brillante que intercala imágenes y relato oral, el último episodio se convierte en una especie de epílogo, en la clásica conclusión que cierra la historia de los personajes años después, cuando todo lo relevante ha ocurrido sin necesidad de mostrarse en pantalla. Ese paso del tiempo, unido a la intensidad dramática habitual en la serie y al carácter del otro pilar argumental de la serie, genera un caldo de cultivo perfecto para aclarar buena parte de las ideas planteadas hasta ese momento en apenas unos minutos de metraje, evitando de este modo posibles complicaciones futuras con nuevas tramas en hipotéticas nuevas temporadas.

Y esto es algo relevante. Uno de los principales problemas que ha tenido la serie, y del que tampoco termina de librarse en su tercera entrega de episodios, es la falta de peso dramático de secundarios que, a priori, deberían de tener algo más de interés. Los hijos del personaje de Theroux son un buen ejemplo. Sus historias, aunque con conexiones con la trama principal, han sido demasiado independientes, lo que ha llevado en ocasiones a abandonar sus historias durante varios episodios para centrar el desarrollo en los protagonistas o en otros secundarios. La tercera temporada, en este sentido, directamente opta por dejar su presencia en este universo a una mera referencia residual, lo cual por otro lado aporta un mayor interés y dinamismo al conjunto. Y como ellos, varios secundarios más que no han terminado de cuajar en el extraño puzzle que es esta serie, aportando si cabe más complejidad y originalidad al conjunto pero complicando la comprensión de esta elaborada historia con un final relativamente simple.

El nuevo mesías

El otro gran elemento dramático es la religión. O mejor dicho, el fanatismo en todas sus formas. Y si bien este aspecto toma como epicentro el rol de Theroux, en realidad es algo muy presente en prácticamente todos los personajes que le rodean. Aunque ha sido el argumento de fondo para prácticamente toda la serie, con la secta o el personaje de Christopher Eccleston (Amelia) como recordatorios constantes, lo cierto es que en esta última temporada de The Leftovers adquiere ya una dimensión casi bíblica, toda vez que el protagonista se convierte, o más bien le convierten, en una especie de mesías capaz de resucitar y de guiar los pasos de la sociedad después del incidente.

Bajo este prisma pivota todo el desarrollo dramático de la serie, integrando en él a la perfección el otro gran pilar narrativo casi como un complemento necesario para aportar globalidad de conjunto. El final, sin ir más lejos, es el colofón a esta unión de contenidos, tanto por el hecho de que los dos personajes representan esas bases dramáticas como porque tiene como telón de fondo, al menos durante un tiempo, una boda, lo cual no es algo casual. Como toda buena conclusión, los aspectos que se habían ido planteando a lo largo de la trama tanto en el aspecto religioso como en el existencial tienen su resolución en esta temporada, algunos mejor tratados que otros, pero cerrando un ciclo de forma sólida y compacta.

Cosa muy distinta es que se queden algunas preguntas sin respuesta que, en el fondo, no impiden la comprensión de lo ocurrido. La principal sin duda es el motivo de las desapariciones. En efecto, se da respuesta a prácticamente todo menos al ‘por qué’, a ese motor dramático de la historia. Y aunque parezca contradictorio, esto en realidad tampoco es un obstáculo para entender, interpretar o disfrutar de la serie, al contrario, aporta más misterio y envuelve el modélico final en un halo de misterio que genera más interés si cabe en ese diálogo final entre los dos protagonistas. Con todo, este tratamiento dividido en dos partes también provoca cierta incongruencia dramática al introducir personajes secundarios algo innecesarios, y centrar en exceso la atención en ellos, en su pasado y en sus motivaciones. Da la sensación de haber querido contar una historia nueva con los mismos protagonistas pero otros secundarios que, al mismo tiempo, pudiera continuar la trama previa. Una combinación peligrosa que sale bien, pero que deja algunos momentos algo innecesarios.

Sea como fuere, la realidad es que The Leftovers finaliza como debería terminar cualquier serie. Su tercera y última temporada es el broche perfecto a un tratamiento atípico de la trama, a una narrativa quebrada en casi todos sus episodios, capaz de poner el foco en uno u otro personaje sin miedo a perder la coherencia o la atención del espectador. Si bien estos últimos 8 capítulos presentan un formato más tradicional (entendido esto dentro de lo que ha sido esta serie, claro está), lo cierto es que deja espacio siempre para jugar con la inteligencia y la perspicacia del espectador. Casi olvidándose de secundarios innecesarios, sus responsables optan por centrarse en los protagonistas para dar salida a una compleja trama, y lo consiguen con creces, conformando una serie tan misteriosa como interesante, tan dramática como compleja. Un producto dramático atípico muy a tener en cuenta.

5ª T. de ‘The americans’, o el principio del fin de la Guerra Fría


Con sus altibajos, The americans es posiblemente uno de los thrillers dramáticos más interesantes de la televisión. Esta ficción creada por Joseph Weisberg ha sido capaz de aunar en un difícil equilibrio el espionaje de la Guerra Fría, los conflictos familiares y las diatribas morales y personales de los protagonistas. Ahora, en su quinta temporada, todo parece estar a punto de terminar, sin duda un indicio de que la serie llega a su fin. Estos 13 episodios son la mejor prueba de que la serie funciona mejor cuando sus diferentes tramas se vertebran entre sí para crear un todo uniforme, pero también evidencian las dudas cada vez mayores que surgían en uno y otro bando de la Guerra Fría.

Una Guerra Fría que, al menos para la pareja protagonista, parece comenzar un declive que terminará en la próxima temporada. En realidad, esta sensación de decadencia se ha dejado notar a lo largo de las anteriores temporadas, si bien es cierto que solo a través de dudas morales de corto recorrido. Sin embargo, esta temporada, centrada sobremanera en el personaje al que da vida Matthew Rhys (Doble vida), ahonda en dichas dudas extendiendo el tratamiento dramático a prácticamente todos los personajes. Y lo hace de un modo que, aunque sencillo, requiere una elaboración a fuego lento a lo largo de todas las temporadas. Los personajes tienden en estos momentos a anteponer a las personas antes que a la ideología, un concepto que no se aprecia en los comienzos de la serie y que ahora tiene un peso más que importante.

La mejor prueba de esto es el trabajo con una familia procedente de Rusia a la que espían. Lo que comienza como una colaboración idónea entre dos sistemas de espionaje evoluciona poco a poco hacia una confrontación de ideas, no tanto sistemáticas como personales. El modo en que los personajes implicados en este arco dramático afrontan lo que tienen que hacer es sumamente revelador, toda vez que la pareja protagonista defiende una labor más humana y el tercer personaje en discordia aboga por un acatamiento completo de las órdenes, poniendo la misión por encima de cualquier otra variable. Y no es el único caso. De hecho, todas las decisiones que se toman tienen como base esa dualidad generadora de conflicto que es lo humano frente al conflicto. Posiblemente la línea argumental que mejor evidencia esta evolución sea la que involucra tanto la relación de los protagonistas con el agente del FBI al que da vida Noah Emmerich (La venganza de Jane) como las relaciones románticas que tienen que mantener con otros objetivos. El grado de intimidad que se aprecia en estos aspectos de la trama choca frontalmente con lo que pudo verse en la primera o la segunda temporadas, demostrando la madurez de un producto que ha sabido evolucionar de forma coherente.

Por supuesto, el otro gran elemento de la historia es la integración de Paige, la hija interpretada por Holly Taylor (The otherworld). Integración que ya comenzó en la anterior temporada y que ahora da sus primeros pasos firmes hacia… bueno, en realidad ese es uno de los grandes aciertos de The Americans. Porque, aunque se puede intuir cuál es el futuro de este rol, en realidad su tratamiento está siendo sumamente cauto, sin dejar pistas en ningún sentido, y centrándose exclusivamente en el modo en que una adolescente asume y acepta la verdadera condición de unos padres que le han ocultado un secreto durante toda su vida. Gracias a esta apuesta de los guionistas la historia particular de este personaje madura, al igual que el resto de la serie, poco a poco, introduciéndolo en el mundo de mentiras en el que viven sus padres. Lo que ocurra a partir de aquí con ella es una incógnita, pero su integración en la trama ya es definitiva. Y esos dos factores son precisamente los que convierten a esta joven en uno de los mayores atractivos dramáticos de la ficción.

De vuelta a Rusia

Quizá el aspecto menos elaborado del arco argumental de esta quinta temporada, o al menos el tratado de un modo menos profundo, sea Rusia. Y me explico. No me refiero al punto de vista soviético, que posiblemente esté presente más que nunca, sino al modo en que los protagonistas ven su hogar. Es cierto que, de un modo u otro, está presente en muchos diálogos protagonizados por Rhys y Keri Russell (Los hombres libres de Jones), pero su fuerza dramática dentro de la estructura parece limitarse más a un mero elemento contextual que a una verdadera motivación dramática. Su rol dentro de la trama adquiere más relevancia, no por casualidad, a medida que el personaje de Holly Taylor se introduce más conscientemente en la historia de espionaje, pero al final la relevancia del objetivo de la pareja protagonista se antoja excesivamente débil, como si fuera un aspecto dramático a potenciar cuando conviene. Esto genera, por ejemplo, que la historia no adquiera un peso dramático constante, moviéndose casi más por impulsos que por una evolución constante.

Curiosamente, y hablando de Rusia, esta etapa de The Americans ha centrado más su atención en la actividad soviética fuera de Estados Unidos de lo que hasta ahora había ocurrido, una evolución que debe ser bienvenida porque, entre otras cosas, ofrece una visión de ese otro bando de la Guerra Fría igualmente marcado por las emociones personales en constante conflicto con la ideología o el deber. De este modo, el contenido dramático principal que afecta sobremanera a los protagonistas se extiende también a secundarios como Emmerich o Costa Ronin (Red Dog), que ha ido ganando peso en la historia a pasos agigantados. El modo en que estos personajes afrontan su papel en esta guerra de espías evidencia un cambio sustancial en el modo de ver el conflicto que se extiende a un ámbito mucho mayor que el de una pareja de espías visiblemente cansados (y por momentos hastiados) de su labor.

Todo ello viene a confirmar la idea de que, al menos para estos personajes, la Guerra Fría está llegando a su fin. O al menos, un enfrentamiento con dos bandos bien diferenciados trabajando cada uno por destruir al otro y en el que los seres humanos y todo lo que conllevan no parecen tener voz ni voto. La evolución dramática de esta temporada deja muy claro que a medida que la moral y la conciencia personal de los que realmente actúan sobre el terreno adquiere protagonismo, la línea que separa un bando y otro del conflicto se difumina, toda vez que algunas decisiones “por el bien de la nación” chocan frontalmente con los sentimientos de aquellos que ejecutan las decisiones. Y esa complejidad dramática queda perfectamente reflejada en el entramado narrativo de esta temporada, haciendo que prácticamente todos los personajes, al menos los que forman el núcleo principal de la serie, afronten esa dualidad entre obligación y conciencia. Y el hecho de que, en mayor o menor medida, todos tomen una decisión similar mina, por necesidad, los cimientos de la Guerra Fría.

El modo en que se resuelva definitivamente todo esto habrá que verlo en la sexta y última temporada, pero por lo pronto The Americans ha confirmado que es una de las grandes series dramáticas de los últimos años. Esta quinta temporada, con sus defectos (la historia del hijo ruso del protagonista es algo que aporta más bien poco), señala el final de un camino complejo en el que sentimientos y deber, familia y nación, se mezclan hasta el punto de difuminarse en una compleja estructura dramática que, como buen producto audiovisual, parece aproximarse a la realidad más de lo que podría pensarse en un principio. Y esta quinta temporada confirma también que una historia, ante todo, son sus personajes. Sin ellos, sin sus relaciones ni sus tramas propias, cualquier ficción termina por desestabilizarse. Por fortuna, esta serie de Joseph Weisberg ha sabido enmendar los problemas de sus primeras temporadas para erigirse como lo que es actualmente: una de las ficciones más interesantes de la parrilla televisiva.

‘Madre!’: la destrucción del amor


Vaya por delante que Madre! es una película escrita y dirigida por Darren Aronofsky (Réquiem por un sueño). Y eso, en esencia, es decirlo casi todo de un obra de este director. Su último trabajo, una suerte de redención de aquella extraña y fallida apuesta que fue Noé (2014), es una historia compleja, interpretable en muchos niveles y con una profundidad moral, dramática y reflexiva que obliga al espectador a repasar las escenas mentalmente una y otra vez.

Bajo el paraguas de una casa, dos personajes y una serie de secundarios que entran y salen sin tener en principio demasiado sentido dentro de la trama, Aronofsky crea de la nada, como si de un Dios se tratara, una interpretación de la existencia del ser humano a través de la religión. Lo que el cristianismo es para los creyentes, la poesía es para todos los personajes que rodean a unos extraordinarios Javier Bardem (El consejero) y Jennifer Lawrence (El lado bueno de las cosas). Y dicho esto, la interpretación de esta extraña y por momentos surrealista historia debería de ser relativamente sencilla de comprender. Ahora bien, lo que representa la pareja protagonista lo dejaré a elección del espectador.

En efecto, la casa construida por Aronofsky para albergar esta historia viene a ser un mundo en el que la locura, la violencia, el amor, el egoísmo, la vida y la muerte se dan cita. El problema de la película, si es que tiene alguno, es el propio Aronofsky. No es un director sencillo, más bien al contrario, y eso posiblemente llevará a muchos a considerar esta obra una amalgama de propuestas con poco sentido, propia de un director que se considera por encima de todo y de todos. Nada más lejos de la realidad. La visión del autor de Pi, fe en el caos (1998) es una muestra más de la genialidad de un director capaz de comparar religión y poesía, de narrar cómo el hombre destruye lo que le es dado y separa a Dios del amor. Y todo ello con un relato caótico, hermoso, intrigante y apocalíptico que deja algunos momentos sumamente perturbadores.

Desde luego, Madre! no es una película para todos los públicos. Los amantes de Darren Aronofsky volverán a encontrarse con ese director que logra con cada plano narrar más allá de lo que ven los ojos, más allá de lo que interpretan los actores. Un regreso por todo lo alto que, sin embargo, posiblemente no guste a aquellos que solo quieran ver un drama con toques de intriga. Hay muchos más niveles dentro de esa casa, del mismo modo que hay muchos más niveles interpretativos dentro de esta película. Entregarse por completo a la reflexión que plantea es un desafío que merece mucho la pena.

Nota: 8/10

‘Detroit’: la intimidación en las manos del racismo


Hay una idea en la nueva película de Kathryn Bigelow (El peso del agua) que define a la perfección todo lo que en ella se narra y que es pronunciada por un par de personajes. Es algo así como el juego de la intimidación, una técnica de interrogatorio que, en las manos equivocadas, puede derivar en algo trágico. Y los conflictos raciales en la ciudad de Detroit tienen mucho de eso, aunque no solo de eso vive este drama.

En efecto, los acontecimientos narrados en Detroit fueron mucho más que lo ocurrido en el Motel Algiers, pero esos hechos ofrecen una visión compleja y detallada de todo lo vivido en esos días gracias a la mano imprescindible de Bigelow tanto en el tratamiento visual de la trama, con una cámara en mano angustiosa por momentos, como en la labor con los actores, todos ellos brillantes. A través de las horas que policías, guardia nacional y acusados pasan en este Motel la historia aborda todo tipo de complejos sentimientos, desde el racismo más absurdo hasta la incomprensión de unos jóvenes en una situación desconcertante, pasando por los traumas que dicha situación deja en muchos protagonistas.

Con un comienzo muy atractivo que explica la situación previa a los disturbios, la cinta viene a confirmar el odio de una policía conocida por su violencia. Odio hacia aquellos que son diferentes, a los que no dudan en disparar por la espalda. El racismo, por tanto, es el punto de partida de esta historia, peor hay mucho más. De hecho, uno de los elementos que merecen un análisis en profundidad es el proceso dramático de las víctimas, la tortura psicológica a la que son sometidas y las consecuencias que sufren por ello, así como el proceso judicial posterior que vuelve a poner en duda un sistema definido profundamente por el mismo racismo del que hacen gala los policías, aunque disfrazado con la serenidad de un jurado.

Así las cosas, Detroit se revela como un film complejo y coral en el que los detalles y las miradas, cómplices o amenazadoras, conforman un paisaje único capaz de definir la amalgama de sentimientos que durante esos días generaron unos conflictos cuyo balance fue de decenas de fallecidos y miles de heridos. De una parte de estos conflictos Bigelow es capaz de construir una imagen global que cambió la vida de los protagonistas de un modo inimaginable, y es precisamente en esta capacidad de definir algo tan grande con algo tan pequeño lo que convierte a este film, con sus defectos (una duración excesiva, para empezar), en una obra tan interesante.

Nota: 7,5/10

Un personaje, dos historias en la primera temporada de ‘The Son’


La serie que ahora nos ocupa, The Son, es posiblemente el caso más evidente en los últimos años de una producción dual, de una historia diferenciada en dos partes claras que, para colmo, generan un interés diferente y provocan, en definitiva, casi dos historias independientes unidas por un nexo en forma de protagonista. La primera temporada de esta adaptación de la novela de Philipp Meyer, realizada a cuatro manos por Brian McGreevy y Lee Shipman (serie Hemlock Grove), se convierte así en una producción compleja, en algunos momentos irregular pero con un potencial prometedor gracias, fundamentalmente, a ese atractivo personaje que es Eli McCullough.

Para aquellos que no hayan visto estos primeros 10 episodios, la trama se mueve a caballo entre la madurez y la adolescencia de un personaje marcado por la muerte de su familia a manos de los indios, que le secuestran primero como esclavo y que le aceptan luego como uno de los suyos. Décadas después, a comienzos del siglo XX, este joven convertido en un exitoso hombre de negocios busca agrandar su fortuna y la de su familia con el petróleo al sur de Texas, todo ello con una escalada de enfrentamientos con México como telón de fondo. Con este argumento como base, la trama se construye con constantes saltos de una época a otra que pretenden, al menos en teoría, buscar un paralelismo y una explicación a las decisiones y acciones del protagonista. Y curiosamente, la parte más interesante suele ser la de su adolescencia, que en principio está tratada como un mero apoyo dramático y narrativo.

Posiblemente se deba al hecho de que esa historia de la adolescencia de este personaje cuenta con muchos más aspectos dramáticos y conflictivos que la parte en la que es adulto, donde es interpretado por Pierce Brosnan (Mejor otro día). En efecto, el calvario que sufre el joven en esta primera temporada de The Son, primero como esclavo al que maltratan y luego como un miembro más de la tribu que no es aceptado por todos, le convierte casi sin querer en el foco de toda la atención del espectador. Y si a esto sumamos el proceso de integración que vive y las consecuencias dramáticas que eso conlleva, entre ellas enfrentarse a los que, en principio, son de su raza, lo que obtenemos es un relato complejo, cargado de matices emocionales y con múltiples lecturas que se enriquecen con los actos de la otra trama que sostiene a la serie.

Curiosamente debería de ser al revés. La trama en la que el protagonista es adulto, en principio, aprovecha los acontecimientos de su etapa adolescente para que el espectador entienda mejor sus motivaciones, sus miedos y sus reacciones. Y hasta cierto punto, así es. Con todo, el proceso inverso adquiere un mayor interés, es decir, la historia termina por generar una mayor interés en lo que ocurre en el pasado, que es complementado con los actos del presente. En este proceso de cambio que se da a lo largo de la primera temporada también influyen, y mucho, los secundarios que se dan cita en cada rama del argumento. Son mucho más atractivos, más profundos desde un punto de vista dramático, los miembros de la tribu, destacando los personajes de Zahn McClarnon (serie Fargo) y Elizabeth Frances (Ghost forest), que los roles que acompañan a Brosnan.

La locura del petróleo

Todo esto no quiere decir que la historia protagonizada por Pierce Brosnan no sea capaz de ofrecer nada en esta primera temporada de The Son. Al contrario, podría entenderse como un reflejo de las tensiones sociales, políticas y culturales que convivían en una época convulsa marcada por la locura del petróleo y la riqueza. Es más, el modo en que los guionistas funden los diferentes aspectos en esta parte de la trama resulta notable, toda vez que logran una progresión orgánica de la trama que explota al máximo las posibilidades dramáticas que establecen todos los secundarios que aparecen. De la lucha por el poder al juego político y judicial para robar tierras; de la guerra por intereses personales a los amores prohibidos y el racismo. La trama, en este sentido, crece a medida que las verdaderas intenciones de muchos personajes van saliendo a la luz, y eso es algo a destacar.

El problema de esta parte de los 10 capítulos es que los secundarios no quedan bien definidos, o al menos no al mismo nivel que la intensidad de la trama. Por ejemplo, los hijos del protagonista parecen dibujados con línea gruesa, tendiendo a convertirlos en arquetipos cuyas decisiones y reacciones a los acontecimientos se antojan previsibles. Algo parecido ocurre con la familia amiga/enemiga encabezada por Carlos Bardem (Assassin’s Creed). Su presencia en la trama es irregular, adquiriendo relevancia en algunos momentos y quedando casi relegada a un mero elemento ornamental de fondo en otras. El hecho de que ande entre dos tierras dramáticamente hablando tampoco termina de ayudar a mostrar claramente la postura de cada uno de los personajes que integran este clan familiar, aunque es justo reconocer que logra el objetivo final de mostrar al personaje de Brosnan como un ambicioso hombre para quien los amigos significan más bien poco.

Y he aquí el meollo de esta serie. Hasta ahora he hablado de estas dos historias como algo independiente, y hasta cierto punto lo son ante la diferente definición del protagonista en sus años de adolescente y en sus años de adulto. Pero la magia de esta ficción radica en el camino que ha convertido a uno en otro, en aquellas vivencias y decisiones que le han llevado hasta donde está, tanto física como psicológicamente. Y es un viaje sumamente interesante. En esta primera temporada ya pueden intuirse algunos matices, algunas ideas que traspasan ambos arcos argumentales. La mayor evidencia es la secuencia en la que Brosnan ve a su ‘yo’ adolescente, un momento en el que, más allá de las connotaciones románticas que pueda tener, se aprecian ciertos reproches velados de su pasado ante las decisiones que ha tomado en su vida. Hay algo más que deberá ser explorado en sucesivas temporadas, y no hay nada más intrigante que conocer la historia de un personaje con tantos claroscuros.

En cierto modo, se puede decir que esta primera temporada de The Son es una presentación de algo mucho mayor. Una presentación algo inconexa en algunos momentos, con dos grandes líneas argumentales que discurren de forma paralela con diversas conexiones entre ellas. Esto puede llevar al espectador a elegir centrar su atención en una antes que en otra (personalmente, en la de juventud), pero es algo que debe intentar evitarse. Porque la serie ofrece bajo esta capa algo más, algo complejo y llamado a captar la atención si es que se aborda con sensatez. Por lo pronto, esta ficción promete un intenso drama que relata una época de la Historia compleja y marcada por la ambición y la guerra. La principal asignatura pendiente es un mejor tratamiento de los secundarios, sobre todo en la época de adulto. Pero eso es algo para lo que todavía hay tiempo.

‘La niebla y la doncella’: La reina del mambo


Como en el cine, la literatura tiende a generar una saturación de productos cuando una fórmula funciona. Y en los últimos años el thriller policial parece ser el rey de las librerías. Y al igual que en el cine, esto tiene un inconveniente, y es que poco a poco todas las historias comienzan a parecerse o, al menos, a tener puntos en común. La nueva película escrita y dirigida por Andrés M. Koppel (Zona hostil), adaptación de una novela de Lorenzo Silva tiene algo de esto.

A pesar de una trama bastante bien construida y de un escenario incomparable para ese juego de mentiras, conspiraciones y secretos que suele protagonizar este tipo de historias, La niebla y la doncella tiende a anclarse en las claves del género sin tratar de sonsacar el máximo jugo posible a sus planteamientos. Los personajes, cuya definición es algo tosca, parecen avanzar en la trama más bien por una serie de momentos clave que por una investigación real que les lleve a tirar de un hilo concreto, si bien es cierto que el resultado final, culpable incluido, hace encajar todas las piezas en perfecta armonía.

La buena labor de los actores, todos más que correctos en líneas generales, no impide sin embargo que el desarrollo dramático no explique con detalle algunos de los puntos clave de este thriller, o al menos no de una forma que sea natural en el devenir de los acontecimientos. Si a esto sumamos varias secuencias algo innecesarias para el conjunto nos encontramos ante un film que, a pesar de su belleza y del suspense que genera, a pesar de sus actores y de su puesta en escena, tiende estancarse en situaciones que se resuelven casi por una mirada, un encuentro casual o una prueba inesperada.

Dicho esto, La niebla y la doncella es la película idónea para los amantes del thriller español, sobre todo si conocen la obra del autor literario. La estructura dramática de la cinta convierte la isla de La Gomera en una especie de pueblo enorme en el que todos tienen algo que callar, en el que los secretos parecen estar a la orden del día. El problema es que más allá de eso, la intriga es conocida, explorando territorios dramáticos ya vistos y con una resolución que, aunque encaja, plantea algunas dudas más sobre todo el proceso. Poca novedad en las Canarias.

Nota: 6,5/10

‘Verónica’: ¿Hay alguien ahí?


He de confesar que considero a Paco Plaza uno de los directores más interesantes del cine español en lo que a terror y thriller se refiere. Desde luego, su trabajo en la saga [REC] es incuestionable, pero posiblemente su última película sea la más completa y compleja de todas las realizadas hasta ahora. Más allá de los elementos personales que el propio director asegura haber volcado en la cinta, lo realmente atractivo de esta historia es, por un lado, el hecho verídico que toma como referencia, y por otro las numerosas y muy diferentes lecturas que tiene el guión.

Un guión, por cierto, elaborado con precisión milimétrica para jugar con las emociones del espectador, al que tan pronto provoca ternura con la relación de los hermanos como auténtico pavor con los efectos de esa presencia sobre la joven protagonista. El arco dramático de Verónica explora mil y un conceptos de la infancia y la juventud a través del prisma del terror atmosférico. Tan solo al final se permite alguna concesión al susto fácil, necesario por otro lado para dar el último giro de guión, pero el relato se construye firmemente sobre la claustrofobia de una casa en la que los fenómenos paranormales se convierten en el pan nuestro de cada día… bueno, de cada noche. Y ya que menciono a la protagonista, la debutante Sandra Escacena ofrece un trabajo espléndido, explotando al máximo todos los matices de una adolescente que ha tenido que crecer demasiado rápido y que, en cierto modo, ansía seguir siendo una joven que no necesita preocuparse por nada, volver a una época en la que era más feliz. Una actriz con un brillante futuro por delante.

Lo cierto es que a la película se le pueden achacar pocas cosas. Habrá quien diga que el trasfondo dramático de la historia, con esa acosadora presencia como pilar básico, está poco explicada. Personalmente creo que la falta de información es el gran aliciente y lo que aporta un plus de terror a este film. Posiblemente lo más reprochable sea la sensación, en algunos momentos, de estar ante una serie de referencias a otras producciones similares, sean de cine o televisión, sobre todo porque algunos de los momentos de su desarrollo se enmarcan en el más clásico estilo del género, algo que por otro lado ayuda a consolidar la trama y a evitar que se desvíe de su verdadero objetivo. Pero esto puede llevar, y de hecho lo hace, a un tratamiento algo previsible y ya conocido, sobre todo para los amantes de estas películas.

Pero como digo, son males menores en una película que sitúa el terror español en un alto nivel. Verónica es una película que habla sobre la infancia, sobre la responsabilidad, sobre la soledad de la adolescencia y sobre los problemas de comunicación entre padres e hijos. No habla, y esto puede parecer paradójico, de posesiones demoníacas o de presencias malignas. Esto, en realidad, es el envoltorio (un atractivo y terrorífico envoltorio) para algo mucho más profundo. Y es aquí donde la labor de Fernando Navarro como guionista y Paco Plaza como director adquiere su máximo potencial. La película aterra e inquieta mucho, posiblemente más que ningún otro film del cine español en los últimos años. Pero perdura en la memoria porque cuenta algo más y mucho más importante. Y es esta combinación la que hace de Verónica una obra muy recomendable.

Nota: 7,5/10

‘La seducción’: buena hospitalidad sureña


Tal vez sea porque la historia se basa en una novela de Thomas Cullinan, y por lo tanto no es un guión original, pero lo cierto es que la nueva película de Sofía Coppola (The Bling Ring) se distancia significativamente de algunos de los temas abordados en sus anteriores proyectos para adentrarse en una compleja trama con muy diversas interpretaciones en las que el bien y el mal se difuminan casi tanto como en la guerra que marca el contexto del film.

Y es que La seducción no es lo que parece a primera vista. De hecho, no es lo que parece ni siquiera con su parsimonioso y contemplativo comienzo. La trama, articulada en torno a una dualidad que puede interpretarse desde el punto de vista de la Guerra de Secesión norteamericana o desde la confrontación de géneros, siembra durante su primera mitad todos los elementos necesarios para un final tan trágico y brutal que es imposible no reaccionar ante él. La seducción a la que hace referencia el título parece desarrollarse muchas veces en un subtexto, en unas sencillas miradas que, en ningún caso, invitan a pensar en el aciago final para un Colin Farrell (La señorita Julia) brillante en su papel protagonista. Bueno, de hecho habría que destacar a todo el reparto.

Si bien es cierto que Coppola tarda un tiempo en dotar de ritmo a la trama (y este puede que sea el mayor problema de la historia), la directora imprime fuerza narrativa al relato una vez se pone en marcha el juego entre el hombre y las mujeres que habitan en la casa. Un juego en el que, y en esto Coppola acierta de pleno con una planificación espléndida, el espectador parece situarse junto al personaje de Farrell para terminar viendo una realidad muy diferente, un final desencadenado por la propia actitud del protagonista y el miedo al bando contrario que siempre subyace en un conflicto bélico.

De este modo, La seducción se convierte en una obra trágica, marcada en todo momento por el miedo y por la atracción que todos personajes femeninos sienten, de un modo u otro, hacia el rol masculino. La evolución del film, que pasa de ser tener un ambiente más bien tedioso a uno enrarecido y marcado por la tragedia, es sin duda el mayor atractivo de una historia cuyos actores sobresalen gracias a una complicidad potenciada por la labor de Coppola en la narrativa y en el aspecto visual, donde destaca el uso de las luces y las sombras. Puede que en sus primeros compases posea un ritmo lento y parsimonioso, pero el tratamiento posterior compensa sobradamente los primeros minutos.

Nota: 7/10

Diccineario

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