‘This is us’ mira al futuro desde el pasado en su tercera temporada


Ahora que la cuarta temporada de This is us está llegando a su ecuador resulta interesante echar la vista atrás para comprender cómo la serie creada por Dan Fogelman (Como la vida misma) ha sabido reinventarse en su tercera etapa dentro de unos parámetros muy concretos que, a tenor de lo anunciado, va a permitir a este drama con tintes de humor alcanzar, al menos, seis temporadas. Y cuando hablo de reinventarse me refiero al modo en que esta ficción ha logrado desprenderse de su estructura narrativa más tradicional para introducir de forma progresiva nuevos aspectos que han enriquecido la historia para darle un futuro más allá de su constante mirada al pasado.

Y es que ese es el elemento más importante de los 18 episodios que abordamos ahora. A lo largo de toda esta temporada sus creadores han introducido de forma más o menos sutil diferentes “flashes” del futuro de esta familia tan común como única. Algo de eso ya se había visto en la segunda temporada, pero se puede decir que esta tanda de capítulos ha sido el punto de inflexión. Esta proyección hacia el futuro no solo abre un nuevo plano narrativo para la serie, permitiendo al espectador jugar con las diferentes posibilidades narrativas y plantearse los diferentes escenarios que permite cada escena, sino que otorga al conjunto una nueva dimensión, más amplia, compleja y dramática. Y lo más interesante de todo es que lo logra manteniendo la misma esencia estructural que la ha caracterizado desde el principio, es decir, alternar pasado y presente (ahora pasado, presente y futuro) como si de diferentes líneas argumentales se tratara, con todo lo que eso conlleva.

¿Y qué es lo que conlleva? Para empezar, una profundidad emocional, narrativa y explicativa fuera de lo normal. Esta estructura paralela de los diferentes momentos en la vida de los tres hermanos protagonistas permite al espectador acercarse a los personajes de un modo como nunca antes se había logrado, pues es capaz de comprender sus reacciones, sus decisiones, sus miedos y sus deseos de un modo casi omnipresente, como si hubiera sido parte de esas vidas desde el primer minuto (hasta cierto punto, así ha sido) o, si se prefiere, como si fuera uno de los protagonistas. Lo cierto es que, más allá de sus concesiones dramáticas (pocas, pero las hay) o del extraordinario trabajo de los actores, el guión y el modo en que se estructura cada episodio debería ser estudiado en las escuelas de guión como un modelo de lo que se puede lograr con un complejo pero equilibrado desarrollo dramático.

Pero además, esta forma de narrar logra algo que recogen varios manuales de escritura de guión pero que no resulta fácil de conseguir. Para lograr la tensión dramática es fundamental manejar dos tipos de información: la que conoce el espectador y la que conoce el personaje. Lo que Fogelman consigue con esta serie es manipular por completo la teoría narrativa y plantear al espectador un juego en el que pasado, presente y futuro se complementan para componer un puzzle cuyas piezas van encajando poco a poco, pero que el espectador no logra ver completo hasta que no se ha puesto la última pieza. O dicho de otro modo, las diferentes líneas temporales ofrecen al espectador información sesgada que le invita a hacerse una imagen general de lo que ocurre para, en un último punto de giro, revelar la escena completa. El ejemplo más claro en esta tercera temporada lo ha protagonizado el rol interpretado por Sterling K. Brown (Predator) y su familia.

Conociendo el pasado

No ha sido el único, está claro, pero desde luego ha sido el más evidente, más que nada porque el grueso de las secuencias que transcurren en ese futuro de los tres hermanos protagonistas son las vinculadas a él y su familia. La crisis del presente unida a esas imágenes es lo que provoca ese juego de composición dramática que lleva al espectador por un camino notablemente diferente al que finalmente se desvela. Pero esa última secuencia del episodio final de esta temporada abre todo un mundo de posibilidades narrativas para This is us. Es cierto que cierra ese arco argumental, pero abre los del resto de personajes. Con esas pocas imágenes y los diálogos que se escuchan se crean uno de los más interesantes cliffhanger de los últimos tiempos, demostrando que ese “gancho” no solo se basa en efectismos visuales.

Y del mismo modo que la serie viaja al futuro de los tres protagonistas, también viaja al pasado de los padres, sobre todo del personaje interpretado por Milo Ventimiglia (Jefa por accidente). Más concretamente, a esa guerra de Vietnam de la que siempre se ha rehuido hablar durante las temporadas anteriores y que ahora aquí se empieza a vislumbrar, sobre todo en lo relativo a su hermano. De nuevo, la serie ejecuta un giro más o menos inesperado que da buena cuenta no solo de la complejidad dramática de esta ficción, sino de las relaciones humanas independientemente del grado de parentesco o cercanía que se tenga. Es cierto, y esto es algo que Fogelman debe vigilar, que el tratamiento de esta trama secundaria tiende un poco al melodrama excesivo, carente en algunos casos de justificación adecuada. Y es una debilidad. Pero en todo caso, la trama se abre a nuevos personajes y a nuevas vidas, es decir, expande su universo dramático hacia el pasado, del mismo modo que lo hace hacia el futuro.

Esto también plantea una interesante reflexión que planea sobre toda la serie, y que posiblemente acompañe al espectador hasta la última temporada. Y es que, por mucho que se sucedan los episodios, y por mucho que se vaya conociendo a los personajes, en realidad esta familia Pearson es todavía desconocida. La combinación de las diferentes líneas temporales demuestra no solo que todavía quedan muchas facetas por descubrir del núcleo principal de protagonistas, sino que existen muchos personajes secundarios desconocidos hasta ahora cuya relevancia puede ser fundamental. En una palabra, la serie puede entenderse como un reflejo de una realidad muy conocida para todos, de ahí su éxito. No me refiero a los acontecimientos que se narran en esta tercera temporada o en las etapas anteriores, sino al concepto global de familia, sus avatares, las relaciones humanas y los conflictos familiares. Todo eso genera un marco narrativo en el que los espectadores pueden identificarse de un modo u otro, y ahí está una de las claves de su éxito.

No cabe duda, tras ver la tercera temporada de This is us, que estamos ante una de las producciones más interesantes, completas y complejas de la televisión actual. En su contra se puede argumentar un cierto exceso de dramatismo, una tendencia a derivar las diferentes tramas de los personajes en una espiral de complejidad innecesaria. Sin embargo, ese es parte de su encanto, al menos mientras no se exceda en sus intenciones. Y lo es precisamente por el tratamiento que se da a cada historia, con unos saltos temporales que ayudan a comprender mucho mejor a los personajes, sus decisiones, sus miedos y sus motivaciones. Todo ello, en definitiva, ofrece una imagen global de algo mucho mayor que ellos mismos, de algo tan difícil de plasmar y de entender como la vida misma. Y es por eso que la serie de Dan Fogelman alcanza los niveles tan altos de calidad que logra con cada episodio.

‘Richard Jewell’: un hombre tranquilo contra el sistema


El caso de Richard Jewell es como el de muchos otros nombres más o menos conocidos de la historia de cualquier país. Un hombre, un buen hombre, acusado injustamente por un sistema que no funciona como debería. Entonces, ¿qué hace de esta trama algo diferente? Bueno, para empezar los nombres que encontramos delante y detrás de la pantalla. Pero ante todo, lo que tenemos es un complejo reflejo de cómo las creencias de un hombre pueden verse destruidas por la corrupción de los hombres.

Y como suele ser habitual en el cine de Clint Eastwood (Invictus), buena parte de ese trasfondo social y moral se encuentra en los últimos minutos de Richard Jewell. Pero no es algo exclusivo de su final. Lo cierto es que la historia construye poco a poco, paso a paso, una espiral de decisiones a cada cual más absurda que lleva a un hombre a pasar de ser un héroe real a un villano construido por medios y Estado. El calvario se agudiza aún más al comprobar la falta de escrúpulos de un sistema incapaz de encontrar una sola prueba que incrimine al presunto sospechoso y, aún así, seguir construyendo un relato (ahora que está tan de moda este concepto) tan falso como las modernas fake news, que de modernas solo tienen el nombre, por cierto. Eastwood, con su maestría, se adueña de un guión bastante sencillo y previsible, narrando la historia con mano firma, sobria, academicista y, sin embargo, dejando espacio para cierto lenguaje que le sigue definiendo como el gran director que es (los planos contrapicados del atentado son de lo más expresivo del film).

Y esa es la magia de este director. Sus historias, al menos algunas de ellas, son relatos mundanos, más bien simples, con desarrollos dramáticos excesivamente lineales y de resolución previsible. Sin embargo, en manos de Eastwood adquieren otro significado, otra dimensión, otro trasfondo social, político, ético y moral. El discurso final del protagonista al que da vida de forma magistral Paul Walter Hauser (Yo, Tonya) es el resumen idóneo de todo lo que se cuece en el film a fuego lento. La lucha por su inocencia de un hombre que cree y siente que el sistema es lo que separa el bien del mal se transforma en una interesante reflexión sobre qué ocurre cuando ese sistema se corrompe y no permite hacer esa distinción. No cabe duda de que a esta labor contribuyen unos actores sencillamente brillantes, con Sam Rockwell (Blaze) y Kathy Bates (Una cuestión de género) a la cabeza. El discurso de esta última hacia el final del film es tan conmovedor que deja sin palabras.

En realidad, Richard Jewell podría haber sido perfectamente un telefilm de sobremesa sobre la lucha de un individuo contra todo un aparato político y mediático. Pero el guión contiene algo más, y eso es lo que Eastwood logra explotar al máximo, redefiniendo la trama y convirtiéndola en todo un análisis de los mecanismos que llevan a convertir a un hombre en héroe y al instante transformarle en un villano. Con una premisa aparentemente simple, la película adquiere en la manos del director y de un reparto de altura una complejidad sumamente interesante, construyendo la historia en base a capas argumentales y dramáticas que obligan al espectador a pensar en el mundo en el que vive. Y eso, al fin y al cabo, es lo que hace toda buena película.

Nota: 7,5/10

‘Star Wars: El ascenso de Skywalker’: un final dominado por el miedo


Algo ha cambiado en la saga ‘Star Wars’. En 42 años es normal que la forma de hacer cine, los efectos especiales y las historias evolucionen. Pero no se trata de eso. No sé si será, como muchos defienden, por la influencia de Disney y sus parámetros morales y éticos. En cualquier caso, esta tercera y última entrega de la, a su vez, última trilogía del arco argumental de Skywalker, tiene todo lo bueno y todo lo malo de una historia que ya forma parte de la cultura popular.

Y puede que esto sea lo más perjudicial para Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker. La cinta bebe constantemente de las referencias y el universo cinematográfico que ha dejado durante estas décadas George Lucas. Prácticamente cada plano, cada secuencia, cada diálogo, hace referencia a diferentes momentos de la saga, por no hablar de la presencia de personajes inolvidables. En cierto modo, la cinta dirigida por J.J. Abrams (Super 8), con su habitual habilidad narrativa pero sin la emoción que sí tuvo en el Episodio VII, es un viaje a la nostalgia, un recorrido por todo aquello que hace de Star Wars algo único. El viaje de la protagonista en busca de sus orígenes al tiempo que aprende los secretos de los jedi posiblemente sea lo mejor de la cinta, amén de unas batallas tan espectaculares como bellamente ejecutadas.

El problema de la película llega en su tercio final, y es ahí donde más se nota la mano Disney. Si el desarrollo de la historia, con ciertos altibajos, en líneas generales contiene los suficientes elementos para resultar atractivo (la lucha de la protagonista contra su lado oscuro, los orígenes secretos, el enfrentamiento con su antagonista en los restos de la Estrella de la Muerte, …), la resolución del arco dramático es sencillamente nefasta. Dejando a un lado la justificación que trae de vuelta al Emperador Palpatine, el tercer acto del film tiene más puntos de giro que el la resolución de Romeo y Julieta, con el problema añadido de introducir en este mundo de fantasía un exceso de milagros y poderes. Tanto giro argumental, tanto final en falso, provoca una sensación de conclusión forzada, obligando a los personajes a unas decisiones y actuaciones que simplemente no son creíbles. Eso por no hablar de los cambios en algunos personajes secundarios de toda la saga y de un beso final que… pues eso, mejor no hablar de ello.

Y es una pena, porque la película, en líneas generales, contiene los suficientes elementos como para haber sido, al menos, una notable entrega de la saga. Pero al igual que a los personajes, a sus responsables parece dominarles el miedo. La mano de Abrams se nota en prácticamente cada aspecto. Sus constantes referencias a momentos del pasado, cierto toque de humor, un lenguaje audiovisual dinámico que hace avanzar la acción sin descanso. Todo ello se aprecia y se disfruta. Pero la película no sabe como terminar, y lo que es peor, lo hace con unas concesiones que poco o nada tienen que ver con la tradicional saga galáctica, haciendo un flaco favor a lo que se había construido hasta ahora. De haber sido más directa y más sincera, de haber tenido menos miedo, posiblemente estaríamos ante una película a la altura de las anteriores.

Sin embargo, lo que nos encontramos es una amalgama de décadas de cine. En Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker hay oscuridad, hay lucha de la heroína contra su dolor y su ira, hay grandes batallas espaciales, hay aventura, incluso se demuestra que del lado oscuro de la fuerza también se puede salir. Todos ellos, además de detalles como el control mental o las voces de personajes pasados, están muy presentes en la cinta de Abrams. Pero a medida que se acerca a su final se pierde en su propio homenaje, incapaz de encontrar una salida digna que, con todo, se maquilla con ese final que explica definitivamente el título de la película. Se puede decir que pierde parte de la esencia de este universo cinematográfico y parte de la magia con la que han crecido generaciones. Puede mejorarse, desde luego, pero eso no quiere decir que no se pueda disfrutar.

Nota: 6,5/10

Una espiral innecesaria alarga la 3ª T. de ‘El cuento de la criada’


Las producciones futuristas, distópicas o visualmente espectaculares tienen que luchar contra algo que otro tipo de historias no tienen, y es superar el impacto visual inicial. Ya sea una serie de películas o en una serie, una vez asumida esa primera impresión lo único que queda es la historia, y si esta es endeble, nos encontramos ante una ficción inaguantable. Esto no es exactamente lo que le ocurre a la tercera temporada de El cuento de la criada, pero esta serie creada por Bruce Miller (En manos del asesino) a partir de la novela de Margaert Atwood presenta en esta tanda de episodios varios problemas muy relacionados con eso, alargando la trama de forma innecesaria y, lo que es más importante, desconectando al espectador con ese universo tan único que ha creado esta ficción.

Pero vayamos por partes. El planteamiento de estos 13 capítulos se mantiene intacto respecto a la anterior temporada, es decir, la premisa básica sigue siendo la lucha de la protagonista en un mundo en el que las mujeres se consideran… bueno, desde luego no iguales a los hombres. Su arranque exactamente en el mismo momento en que termina la anterior etapa plantea la idea de desarrollar la lucha de un modo mucho más directo, boicoteando desde dentro el funcionamiento de una sociedad podrida por unos valores tan hipócritas como retrógrados y machistas. Y si atendemos a esto, en esta ocasión la trama avanza y crece de forma notable, situando a los personajes al final del episodio final en una posición muy diferente a la que tenían al inicio, no digamos ya al comienzo de la primera temporada. Teniendo todo esto en cuenta, es importante analizar ese viaje a lo largo de todo el arco dramático, y es aquí donde flaquea.

Sea cual sea el motivo, lo cierto es que El cuento de la criada, en esta tercera entrega, da vueltas sobre el mismo concepto una y otra vez sin desarrollar consecuencias claras hasta el tercio final de la temporada. La lucha de la protagonista, una Elisabeth Moss (The old man & the gun) que, por cierto, no parece encontrar del todo la esencia del personaje que sí se vio en las anteriores temporadas (y no es responsabilidad suya, sino del guión), se vuelve cada vez más evidente, con unos efectos mucho más notables y visibles. Pero es una lucha que parece volver en cada episodio al punto de partida, como si a los responsables del desarrollo argumental les diese miedo entregarse a las consecuencias de estos actos de la heroína. Dicho de otro modo, a pesar del impacto en esta sociedad distópica, las acciones y decisiones de la protagonista nunca parecen lograr el efecto deseado, pero tampoco provocan una reacción en su contra. Nadie parece sospechar nunca de ella, y aquellos que la identifican parecen querer protegerla a pesar de creer firmemente en el sistema. Son todas ellas decisiones argumentales que, aunque comprensibles hasta cierto punto, carecen de una justificación clara.

Todo ello hace que la trama se desarrolle de forma artificial. Los pasos que da, los puntos de giro que plantea, no son regulares, y en algunos casos se podrían cuestionar mucho los motivos para incluirlos en la historia. Sobre todo por las bases argumentales que plantea la serie. Suele decirse que, incluso la producción más fantástica que pueda imaginarse, debe ajustarse a sus propias leyes para mantener una coherencia. Por eso resulta poco creíble que la espiral cada vez mayor de acciones por parte de la protagonista no llegue nunca a descubrirse de forma generalizada en una sociedad férreamente vigilada por un cuerpo de seguridad que tiene “ojos” por todas partes. Sea como fuere, esto ralentiza sobremanera el desarrollo de la trama principal, alargando innecesariamente unos acontecimientos que posiblemente podrían haberse narrado en la mitad de tiempo y que podrían haber permitido a esta temporada llegar algo más lejos en esta lucha.

Criminales de guerra

Curiosamente, lo más interesante de esta tercera temporada de El cuento de la criada se halla en sus secundarios, o mejor dicho en el matrimonio interpretado por Yvonne Strahovski (Predator) y Joseph Fiennes (Resucitado). La evolución de estos antagonistas, con el poder y la obsesión por su hija como principales motores dramáticos, no solo es espléndida, sino que tiene un final que abre todo un abanico de posibilidades de marcado contenido social y político, con esa declaración de criminales de guerra como telón de fondo. De su mano llegan algunos de los mejores momentos de la temporada, como esa visita a Washington (y los símbolos de esta nueva sociedad que se presentan en pantalla) o las visitas de Strahovski a su pequeña, todo un arco argumental en sí mismo que deriva posteriormente en lo que deriva. Más allá del devenir de la protagonista, son ellos los que hacen avanzar la historia, convirtiéndose así en los impulsores de la trama que discurre paralela a la protagonizada por Moss.

Es importante señalar que estos episodios tienen también unos efectos colaterales a tener en cuenta. Por un lado, varios personajes secundarios simplemente desaparecen de la trama, algunos de ellos con una presencia notable en las anteriores temporadas, como es el caso del rol de Max Minghella (En el bosque). Su historia, solventada de un modo cuanto menos apresurado, se ha convertido no ya en un recurso a utilizar cuando sea conveniente, sino en un vago recuerdo, cuando su papel en toda esta trama ha sido, y podría continuar siendo, bastante relevante. Y como él, muchos otros personajes parecen haber perdido relevancia. Pero por otro, han surgido en su lugar nuevos roles que aportan a la historia algo de profundidad dramática, política y social. Sin ir más lejos, el interpretado por Bradley Whitford (Los archivos del Pentágono), toda una muestra de que la visión mostrada hasta ahora en la serie puede tener muchos matices para enriquecerse. Su complejidad y su culpa abren un nuevo panorama dentro del tratamiento de este universo conservador y machista.

A este respecto cabe señalar que, y eso es un importante acierto de la serie, la carga política, social y moral crece exponencialmente en este arco argumental. Independientemente del tratamiento de las tramas, cada capítulo muestra la decadencia de una sociedad en la que las mujeres están condenadas a un segundo plano, a ser esclavas, sirvientas, objetos sexuales, … Pero también ahonda en cómo cada personaje asume su rol en este contexto, desde las propias criadas, algunas extrañamente solícitas, hasta las mujeres de los mandamases, pasando por los propios líderes y el resto de secundarios importantes de la trama. Y a todo ello se suma, en esta ocasión, un importante desarrollo del aspecto político, tanto interno (con las cábalas de un Estado para tomar decisiones que beneficien a sus intereses de dudosa moral) como externo, con la ya mencionada relación con los países limítrofes y el efecto en el matrimonio Waterford.

Todo ello, a priori, debería convertir a esta tercera etapa de El cuento de la criada en una mejor tanda de episodios que sus predecesoras, y desde el prisma sociológico así es. El problema radica en su forma, en el desarrollo argumental de una trama principal que parece enrocarse en sí misma para alargar innecesariamente los acontecimientos. El hecho de que, con todo lo que ocurre, nunca haya consecuencias para la heroína a pesar de conocerse su implicación es algo que termina por desgastar la historia, perdiendo interés en lo que pueda ocurrir porque, sencillamente, no llega a ocurrir nada salvo en el tercio final de la temporada. Eso sí, los ganchos del episodio final dejan un planteamiento muy atractivo para la cuarta parte ya confirmada.

‘The Walking Dead’ siembra la semilla del caos en la T. 10 (I)


Con los años The Walking Dead se ha ido especializando en una estructura dramática a la que, aunque no siempre ha sido efectiva, se ha aferrado como si fuera la Biblia del desarrollo argumental. En el caso de la primera parte de la décima temporada el resultado se podría decir que es exitoso, toda vez que logra algo pocas veces visto en la serie: que la etapa de calma y planteamiento del conflicto sea, a su vez, un vehículo para desarrollar un caos en el seno de los protagonistas que deriva en un episodio final con uno de los mayores ganchos de esta ficción postapocalíptica, con permiso de Negan, claro está.

Estos ocho episodios de la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) y Angela Kang (serie Terriers) son tan irregulares como apasionantes. Sé que puede parecer contradictorio, pero en realidad toda la serie basada en la novela gráfica de Robert Kirkman, Charlie Adlar y Tony Moore tiene ese mismo punto contradictorio. Pero me explico. Esta temporada la serie pierde buena parte de su fuerza dramática porque divide al grupo protagonista, repartido por las diferentes ciudades que conforman esa suerte de primera civilización tras el apocalipsis zombi. Si bien esto produce nuevas sinergias dramáticas y narrativas, también hace que la producción pierda fuerza dramática. Los protagonistas afrontan nuevos desafíos en solitario, sin poder compartir secuencias con otros personajes, y cuando lo hacen es de un modo limitado al no existir esa facilidad de reunir a todos los héroes bajo un mismo techo. Esto produce, por ejemplo, que muchos personajes no tengan presencia durante varios episodios, o que sea algo meramente testimonial, lo que termina por romper el interés del espectador.

Pero son cosas previsibles y derivadas de la amplia dimensión que ha adquirido The Walking Dead. Por eso, sus creadores han aprovechado estos problemas para convertirlos en oportunidades, y vaya si lo han hecho. De hecho, han localizado su mirada en los villanos, desarrollando todo un complejo esquema de secuencias que ayudan a explicar cómo funciona ese grupo de Susurradores encabezado por una extraordinaria Samantha Morton (Two for Joy). Algo que, de hecho, ha ocurrido muy pocas veces, por no decir ninguna. El hecho de narrar los orígenes de la villana principal a lo largo de varios episodios (dedicándole uno plenamente a ella) enriquece de tal modo la trama que vuelve la historia mucho más compleja emocionalmente hablando, pues permite comprender las motivaciones del otro bando y lo que les lleva a ser como son. Si a esto sumamos la presencia de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-) y de otros personajes que juegan a dos bandas entre el bien y el mal, lo que obtenemos es un interesante reflejo de cómo una comunidad se desestructura poco a poco, y de cómo el ser humano es capaz de renunciar a sus principios con las consecuencias que eso conlleva.

Dicho de otro modo, esta primera mitad de la décima temporada es un ejemplo de cómo dinamitar por dentro lo construido previamente. A través de varios personajes, sorpresa final incluida (el episodio 7 posiblemente sea de los mejores de toda la serie), la trama ahonda en los miedos, en los problemas, en las suspicacias entre unos y otros mientras confiamos aquellos dichos de “la unión hace la fuerza” y “divide y vencerás”. Efectivamente, la división entre los principales protagonistas, principalmente física aunque en parte también emocional, provoca situaciones que hacen evolucionar la historia hacia lugares que habitualmente no se han tocado en esta serie, especialmente en sus dos últimos episodios. Sin desvelar grandes spoilers se puede decir que personajes definidos por su recia moral terminan sucumbiendo a sus ansias de venganza, y que roles que comienzan una vida en familia… bueno, eso es mejor descubrirlo por uno mismo.

Héroes, villanos y antihéroes

Y esto entronca directamente con otro de los grandes aciertos de esta temporada de The Walking Dead. Su planteamiento del bien y del mal, de los héroes y los villanos, queda difuminado en numerosas ocasiones. A diferencia de temporadas anteriores, donde los villanos eran más que evidentes y no tenían, digamos, una interpretación moral que justificase sus actos, en esta ocasión no solo existe dicha explicación, como comentaba antes, sino que los héroes toman decisiones y actúan de modos muchas veces cuestionables. Comprensibles por el dolor que han sufrido, pero en cualquier caso cuestionables. La sed de venganza hacia esos Susurradores es el detonante de muchos conflictos internos en el grupo, pero también de muchos dilemas morales en cada uno de los héroes.

A esto deberíamos sumar, además, la complejidad que aporta al conjunto el rol de Dean Morgan. Tal vez sea mucho decir, pero posiblemente estemos ante el personajes más interesante y enigmático de toda la serie, y el actor engrandece el viaje de este villano reconvertido en antihéroe hasta hacerlo más indispensable de lo que ya es. El camino que emprende no solo permite al espectador conocer más en profundidad a Negan, sino que además obliga a repensar muchas de sus actitudes y sus decisiones, sobre todo la relativa a los Susurradores. El que fuera archienemigo de Rick Grames demuestra, con sus actuaciones, que se ha pasado a ese oscuro mundo del antihéroe, considerado por muchos como el villano pero capaz de hacer cosas buenas para salvar a la gente. Habrá que esperar a la siguiente tanda de episodios para averiguar los verdaderos planes de este hombre.

Más allá de los cambios respecto a la novela gráfica (algunos muy muy significativos, como es habitual), lo que esta primera mitad de temporada aporta es, desde el punto de vista dramático, una disección muy interesante del funcionamiento de una sociedad, de cómo sus miembros quieren regirse por unas normas que, sin embargo, no pueden evitar ignorar cuando les consume la ira. Pero es que desde el punto de vista audiovisual la temporada es un ejemplo de cómo narrar en el silencio, utilizando los sonidos en numerosas ocasiones para hacer avanzar la acción. Muchos verán en estos episodios una muestra de esa lentitud que se achaca muchas veces a esta ficción. Y puede que sea así. Pero en esa calma, en ese silencio, la serie encuentra una poderosa arma narrativa que ofrece muchas posibilidades de interpretación y complejidad emocional. Ese silencio, que siempre acompaña a los Susurradores, termina por llegar a los héroes, algo que en cierto modo también es una forma de consolidar la idea de que estos villanos tienen una enorme influencia.

Desde luego, el final de esta primera mitad de la décima temporada de The Walking Dead tiene uno de los mejores ganchos de toda la serie, pero es solo el colofón a un arco dramático que, aunque irregular en algunos episodios, ha llevado a los personajes a otro nivel. El impacto de los acontecimientos de la novena temporada, unido a esa división del grupo de héroes y al tratamiento que se da a los antihéroes, convierten a estos 8 episodios en una tanda interesante, apasionante por momentos y tediosa en otros tantos, pero que lleva la historia hasta puntos realmente críticos, sobre todo en su clímax de los dos últimos capítulos. Es la tormenta que precede a la calma, eso es más que evidente, pero también es un ejercicio de tratamiento dramático y de estudio del caos imprescindible en una serie que, durante varias temporadas, había caído en una dinámica de buenos y malos sin luces ni sombras. Lo planteado en esta primera etapa es, en muchos sentidos, un soplo de aire fresco aunque pueda no parecerlo.

‘Le Mans ’66’: Dos hombres y su destino


El mundo del motor y la velocidad siempre ha tenido en el cine un romanticismo y un atractivo muy definidos. La rivalidad entre pilotos y compañías, las tensiones en los equipos, la adrenalina de ver el marcador de la velocidad llegar al máximo posible. Todos ellos son elementos que definen a este género. Pero la nueva película de James Mangold (Logan) tiene algo más. Un algo más que se sustenta en un reparto extraordinario.

Porque Le Mans ’66, más que una película de velocidad o la rivalidad de las compañías Ford y Ferrari por ganar las 24 horas de Le Mans, es una historia de dos hombres enfrentándose a todo y a todos para lograr no solo ganar a Ferrari, sino construir el coche más rápido de ese momento. En este sentido, Mangold construye un relato casi épico sustentado en el conflicto entre dos amigos que, a pesar de sus diferencias, se respetan, se aprecian y, sobre todo, se enfrentan juntos a un poder que está por encima de sus posibilidades. Los tira y afloja en su lucha personal trasladados al conflicto con los mandamases representan una de las mejores muestras del delicado equilibrio entre el desarrollo del futuro y el conservadurismo del pasado, pero sobre todo la lucha entre aquellos expertos en un determinado campo y los que tienen otros intereses.

Curiosamente, las carreras no son lo más atractivo del film. Es cierto que son parte fundamental y aportan un añadido muy interesante al conjunto, sobre todo la brutalidad y espectacularidad de algunas de ellas, pero Mangold no apuesta por ellas de una forma evidente. Es más, hay varios momentos de las pruebas deportivas que se narran más como una parte ínfima de esa relación entre los dos protagonistas (inmensos Christian Bale –La gran apuesta– y Matt Damon –Suburbicón-) que como un punto fundamental del relato. Y eso se nota en el lenguaje narrativo, espectacular por necesidad pero no apasionante. Y esto no debería de verse como algo negativo, o al menos no como algo demasiado negativo. La película no es un carrusel de veloces vehículos y motores al máximo, sino, como digo, es la historia de una amistad y de dos hombres queriendo hacer historia.

Dicho de otro modo, Le Mans ’66 no es una historia sobre pilotos. No es un relato sobre una rivalidad sobre una pista y cómo eso se traslada a velocidades de vértigo. Y puede que esto para muchos sea ya una decepción, pero nada más lejos de la realidad. Mangold construye un interesante relato sobre dos hombres que hicieron historia luchando contra la adversidad interpretados por dos actores extraordinarios acompañados de un reparto en estado de gracia. Sí, el film se hace un poco largo en sus dos horas y media. Posiblemente le sobren algunos momentos del metraje, y esto tal vez es lo que no lo convierte en una obra sobresaliente. Pero en todo caso estamos ante una historia que relata la Historia desde un punto de vista diferente, más humano.

Nota: 7,5/10

‘Estafadoras de Wall Street’: robando al sistema corrupto


Poco se puede decir de la nueva película de Lorene Scafaria (Una madre imperfecta) que no se haya dicho de cientos de películas similares. Sí, es una historia de mujeres que luchan por salir adelante, que tienen que recurrir a cosas que jamás harían por lograr sus sueños y dejar atrás una vida que no disfrutan. Y eso lo hacen robando a personas que previamente se habían enriquecido con un robo mucho más complejo que dejó a miles de personas en una situación crítica. Sí, son argumentos ya conocidos, en mayor o menor medida parecidos. Entonces, ¿qué aporta de novedoso?

Para muchos, Estafadoras de Wall Street tiene como principal reclamo a una Jennifer Lopez (Ángel de venganza) que podría conseguir una nominación en los Oscar por este papel. Más allá del trasfondo social del mismo y del carácter casi redentor del mismo hacia el final del film, lo cierto es que ni siquiera su rol logra sacar de cierta mediocridad y previsibilidad a la cinta, y eso es fundamentalmente porque, en este caso, la realidad no supera a la ficción. El guión explora terrenos ya conocidos, situaciones que tienen cierto aire de déjà vu y que no logran atrapar al espectador en una historia que nunca llega a definirse de forma concreta. Es cierto que el tono cómico dramático funciona muy bien en varios pasajes del metraje, pero en su segunda mitad, cuando la historia entra de lleno en los delitos que cometen, no termina de reflejar cómo estas mujeres afrontan lo que están haciendo, entrando en una dinámica hacia el clímax.

Eso no impide que la historia no deje buenos momentos, algunos de ellos realmente notables, y sobre todo que deje en el espectador la misma sensación que expresa el personaje de Julia Stiles (La gran Gilly Hopkins): la de que ellas, a pesar del delito que cometen, realmente parecen más víctimas de un sistema que convierte a la mujer en objeto y luego la tira como un pañuelo de usar y tirar. Es algo que sobrevuela toda la trama de principio a fin y que adquiere una mayor relevancia en su tercio final, pero que no termina de explotarse de la mejor manera. Sí, la película muestra las dificultades de estas mujeres de integrarse en las capas más “respetables” de la sociedad y abandonar ese mundo reservado para las perversiones de los hombres. Y sí, hay algún que otro momento en que se aborda la duda moral de lo que hacen. Pero en líneas generales, se plantea como un relato con menos carga dramática y menos mensaje social, optando por un estilo narrativo más cercano al mero desarrollo de los hechos.

Dicho de otra manera, a Estafadoras de Wall Street le falta definir exactamente la posición que juega cada personaje. Ellas son planteadas como víctimas que tratan de alcanzar la riqueza por la vía rápida. Sus víctimas, como lobos con piel de hombres. Pero en el conflicto que se debería generar, tanto interno como externo, es donde la cinta de Scafaria se desinfla, no llegando a profundizar demasiado en según qué aspectos de la trama. Esta cierta indefinición en el estilo y en la apuesta dramática es lo que termina por convertir esta historia en una más, con la salvedad de tener una historia real como base. Eso sí, la degradación de ese mundo sórdido en el que los hombres gastan cantidades ingentes de dinero queda reflejada de un modo único, evidenciando una ausencia completa de moral por parte de una clase social acostumbrada a hacer y tener lo que desea.

Nota: 6,5/10

‘Terminator: Destino oscuro’: las mujeres del nuevo futuro


Los tiempos han cambiado. El futuro, desde luego, va a ser diferente del que habíamos imaginado. Y eso, con sus pros y sus contras, es lo que plantea la nueva película de Tim Miller (Deadpool), una continuación directa de aquel Terminator 2: El juicio final (1991) que, evidentemente, no alcanza el nivel dramático, emocional y visualmente impactante de su predecesora, pero que sí es capaz de hacer reflexionar sobre algunos conceptos.

Curiosamente, lo más interesante de Terminator: Destino oscuro tiene que ver con sus nuevos personajes y con el tratamiento de ese futuro apocalíptico en el que las máquinas persiguen y exterminan a los humanos. Dejando a un lado la curiosidad de que, aunque el futuro ha cambiado de protagonistas las máquinas y el entorno se mantienen intactos, la película acierta dando el protagonismo completo a las mujeres, que pasan de ser meras víctimas a tomar el control y luchar en primera línea de batalla. Si bien el desarrollo argumental es idéntico al de películas anteriores, los matices introducidos, incluyendo esa especie de Terminator dual que combina lo mejor de cada casa, aportan al conjunto un tono algo más desesperante que las historias previas, completando una historia en la que, de nuevo, la necesidad de salvar el futuro pesa más que los miedos, los odios o las rencillas personales.

El problema, y esto es algo que puede provocar desasosiego a los fans más acérrimos de la saga, es la recuperación de los personajes de Linda Hamilton (Curvature) y Arnold Schwarzenegger (Asesinos internacionales). O mejor dicho, el modo en que vuelven a este universo futurista. La película arranca con la continuación inmediata de los acontecimientos de aquella segunda parte de los 90 para permitir luego la introducción de estos míticos roles durante la trama. Su presencia, sin embargo, parte de una premisa algo forzada, sobre todo la de Schwarzenegger, buscando dotarle de esa falsa humanidad que tenía programada en anteriores films de un modo excesivamente… humano. Todo ello, por fortuna, es solo una premisa que se olvida, o se intenta hacer olvidar, bastante rápido, pasando luego a la acción pura y dura en un clímax que, este sí, es un claro homenaje a los tradicionales finales de la saga.

Desde luego, Terminator: Destino oscuro no es una continuación a la altura de las dos primeras entregas. Intenta serlo, pero es deudora de los tiempos que corren y de algunos usos y abusos característicos de otras películas de la saga. El reiterado recurso de la cámara lenta acentúa la espectacularidad, es cierto, pero también termina por restar efectividad al conjunto. Lo mejor, sin duda, es la reinterpretación de la historia, con las mujeres tomando el control y dejando de ser víctimas o “madres de…” para ser luchadoras de igual a igual con máquinas cada vez más letales. Que Hamilton y Schwarzenegger se hayan vuelto a encontrar en esta historia siempre será un motivo de aplauso, incluso aunque lo hagan bajo unas circunstancias como las que se utilizan. Pero algo tiene esta película que no termina de funcionar. Puede que sea su historia, demasiado parecida a las anteriores. O su villano, una mezcla de enemigos anteriores. O simplemente, que trata de homenajear excesivamente a sus clásicos sin darse cuenta de que necesita caminar sola.

Nota: 6,5/10

‘Empire’ se entrega al drama más rebuscado en su 5ª temporada


Ahora que está a punto de terminar la última temporada de Empire, la sexta (aunque por su duración podría considerarse más bien un epílogo), analizaremos lo que ha sido la quinta parte de esta serie musical que, como muchas producciones similares, ha terminado dejando la música un poco de lado (no tanto como otras) y entregándose por completo al drama (puede que más que muchas otras). Y lo hace, además, llevando a sus personajes por caminos complejos, muchas veces extraños e incapaces de encontrar una justificación del todo correcta en la definición de los protagonistas.

Los 18 capítulos de esta etapa creados, como el resto de la serie, por Lee Daniels (serie Star) y Danny Strong (Rebelde entre el centeno) confirman además una evolución notable hacia un conflicto alejado de la música y próximo a la estructura de un thriller en algunos momentos y de una telenovela en la mayoría de casos. En este sentido, el tratamiento de esta temporada resulta irregular, no tanto por una evolución dramática de los personajes poco constante, que también, sino por la cantidad de giros argumentales que tiene el arco dramático. Giros, por cierto, que terminan por deslucir una historia que podría prometer. El caso más evidente es la historia de ese hijo inesperado del personaje interpretado por Terrence Howard (St. Vincent). El tratamiento que se da a este personaje, primero como villano, luego como miembro no aceptado por la familia y, por último, sacrificándole por un bien mayor para ser aceptado, responde a los cánones más conocidos del cine, pero también evidencia una falta de objetivo a la hora de afrontar el desarrollo.

De hecho, Empire parece haber perdido un poco su rumbo en esta quinta temporada. O al menos, parte de su esencia. Es cierto que en las primeras temporadas el peso del relato lo sustentaban fundamentalmente Howard y Taraji P. Henson (Figuras ocultas), o al menos ellos tendían a llevarse toda la atención. Sin embargo, poco a poco los hijos han ido adquiriendo más relevancia más allá de los números musicales. Es a través de ellos que la ficción ha ido ganando en dramatismo y perdiendo música. Pero en esta etapa los hijos, por decirlo de algún modo, han volado fuera del nido. En parte ya lo hicieron en la anterior temporada, pero en estos episodios es más evidente y, por desgracia, menos interesante. Y es que sus tramas particulares no alcanzan a tener una relevancia real, quedándose como recursos narrativos para rellenar una falta de contenido de la trama principal (la recuperación de la empresa) y para ser motores de avance en ocasiones puntuales.

La única historia algo más relevante, la del personaje interpretado por Trai Byers (Selma), es uno de los aspectos positivos de la parte dramática de la serie. Su evolución, no solo en esta temporada sino durante toda la historia, le ha convertido en uno de los roles más interesantes a pesar de su constante comportamiento en espiral. Sin embargo, en esta etapa asume su verdadero papel dentro de la trama, pasando a heredar, en parte, el papel que Howard perdió hace ya un par de temporadas. A esto se suma esa enfermedad contra la que tiene que luchar constantemente y el empeoramiento de su estado. Todo ello pone el foco sobre él, cargando con un peso dramático sorprendente y demostrando que, aunque alcanza algunos extremos un poco innecesarios, es un pilar fundamental de esta historia. Dicho de otro modo, aúna en su interior los diferentes aspectos de la serie, desde el drama hasta la violencia, pasando incluso por la música (no canta, pero su aportación a ese universo es imprescindible).

Música, por favor

Y hablando de música, esta quinta temporada de Empire certifica lo que comentaba al arrancar este texto: el espectáculo en los escenarios ha dejado paso al drama más rebuscado posible. Y esto queda evidenciado no solo por el tratamiento que se da a un aspecto en comparación con el otro, sino al modo en que se afronta el apartado musical en sí mismo. Frente a las canciones de las primeras temporadas, cuando el espectador podía disfrutar de temas completos, ahora todo se reduce a fragmentos cantados cada vez por más personajes. Esta reducción de tiempos y este aumento de personajes acentúa la sensación de estar ante un producto que tiene la música más como complemento que como epicentro dramático, y eso que esta temporada centra buena parte de su atención en la recuperación de ese Imperio al que hace referencia el título de la serie.

Ahí está, en cierto modo, la contradicción de esta tanda de episodios. Trata de tener como eje vertebrador de la trama el universo musical, con esa guerra por el control del imperio y con las iniciativas para ponerlo en marcha de nuevo. Sin embargo, el tratamiento de toda la temporada es más bien telenovelesco, con dramas personales en cada uno de los protagonistas, con secretos y con conflictos que poco o nada tienen que ver con la música. Al final este segundo aspecto termina pesando más que el primero, pero no porque resulte más interesante, sino porque el aspecto musical ha perdido buena parte de su esencia. Se puede recordar a este respecto que algunos de los títulos cantados en las anteriores temporadas contenían, además de buenos ritmos y un marcado estilo, una suerte de expresión de sentimientos que ayudaban a comprender mejor lo que vivía cada personaje en cada momento.

Todo eso ha desaparecido. Como si de un daño colateral se tratara, las canciones no solo han dejado de interpretarse en su totalidad (o casi), sino que también han dejado de ser ese vehículo emocional y dramático que permitía poner en pantalla buena parte de lo que ocurría dentro de los personajes, convirtiéndose únicamente en un simple entretenimiento que aporta color y dinamismo al resto de historias. Evidentemente, esto tiene como principales damnificados a los dos protagonistas con más minutos musicales, y eso se nota en el desarrollo y el tono general de la serie. Eso por no hablar de la cantidad de personajes secundarios que aparecen para tratar de suplir las ausencias de estos dos protagonistas, impidiendo el desarrollo de ninguno de ellos y manteniéndoles casi como meros recursos para hacer más atractivos los números musicales.

En cierto modo, Empire está confirmando una caída que ya se intuía en la temporada anterior. Abandonando la música cada vez más, se ha visto obligada a cubrir los huecos dejados por las canciones con más drama. Sin embargo, en lugar de ahondar en muchos de los conflictos y los traumas de los personajes, en líneas generales se ha limitado a entrar en una espiral de dramatismo excesivo sin objetivo concreto, llevando a los protagonistas a situaciones muchas veces incomprensibles, además de los giros argumentales innecesarios. Ahora quedan únicamente un puñado de episodios a modo de epílogo que, sin duda, tratarán de cerrar esta trama de la mejor forma posible. Pero sea como fuere, la serie ha cambiado para siempre, y lo ha hecho sin un criterio claro.

‘Secretos de Estado’: la espía con conciencia


Aunque la realidad supera muchas veces la ficción, no siempre es así. Y desde luego, el modo en que ocurren los acontecimientos normalmente no es mejor que un buen relato. La nueva película de Gavin Hood (Espías desde el cielo) tiene un poco de todo, lo que a muchos les entusiasmará y a otros, sin embargo, les aburrirá. Un poco de todo.

Posiblemente el aspecto más débil de Secretos de Estado es, precisamente, la historia real que se encuentra detrás de este drama. No porque no sea interesante, sino porque, como evidencia el desarrollo argumental, tiene muchos momentos de espera en los que la acción apenas avanza, en los que los tiempos de la justicia se imponen a los ritmos del relato. En este punto, la labor de Hood es encomiable al intentar (no siempre lo consigue) amenizar la historia con un interesante montaje y con algunos personajes secundarios cuya función se limita a ser meros agentes del cambio, que no es poco. Si a eso le sumamos la rápida resolución de la historia, como de hecho ocurrió en realidad, nos encontramos con un film al que se le podría pedir más de lo que ofrece.

Pero esta impresión no es del todo real. La película es un relato contundente acerca de las prácticas corruptas de un gobierno, el de Estados Unidos, y la complicidad de otro, el británico, para ir a una guerra manifiestamente ilegal, amparada en información falsa y para la que no se duda en manipular no solo informes, sino a la opinión pública y al resto de estados. Bajo este prisma, Hood compone un relato paralelo al oficial a través de la protagonista, una joven espía a la que Keira Knightley (Colette) aporta, como en todos sus trabajos, un grado más de complejidad y dramatismo. Con la combinación de imagen real de declaraciones de dirigentes con los acontecimientos narrados el espectador cuenta con una visión distinta de lo que pudo conocerse allá en 2003. Es en este punto, así como en la interesante investigación periodística, donde la película crece en todos sus aspectos, convirtiéndose en un relato más complejo acerca del abuso de poder, la conciencia y el desafío a las instituciones cuando se cometen errores.

Así, Secretos de Estado ofrece poco más de lo que promete. En otro contexto, con otro director y otros actores, posiblemente ni siquiera hubiera llegado a las salas de cine, condenándola a algún horario de sobremesa en una de las televisiones en abierto. Pero por fortuna no ha sido así. Y digo “por fortuna” no porque la historia ofrezca al espectador un relato inolvidable, sino porque la mano de Hood, la fotografía y la labor de los actores, todos ellos más que notables, dan la oportunidad de reinterpretar algunos de los acontecimientos de este siglo XXI, de comprender cómo se gestaron algunos hitos históricos basados en mentiras interesadas del poder. Y eso no siempre es fácil de narrar.

Nota: 7/10

Diccineario

Cine y palabras

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