‘Ray Donovan’ cierra su violenta espiral en una 7ª temporada final


Lo cierto es que nadie lo esperaba. Ray Donovan nunca ha sido una serie que haya acaparado millones de seguidores ni innumerables premios, pero su calidad narrativa, dramática y de producción hacía que siempre estuviera entre las nominadas a casi todo. Sin embargo, ha sido cancelada tras una séptima temporada que, es cierto, cierra la espiral de violencia planteada durante todos estos años, pero todavía deja muchos cabos sueltos que, lamentablemente, ya nunca podrán resolverse.

Estos últimos 10 episodios de la ficción creada por Ann Biderman (serie Southland) no solo abordan cómo la familia protagonista vive sus peores momentos, sino también el origen de toda una violencia y un mundo de autodestrucción a través de esos maravillosos flashbacks sobre la juventud del personaje que ya ha inmortalizado Jon Voight (La búsqueda: El diario secreto), verdadero motor de todos los conflictos y puntos de giro de la temporada y, en cierto modo, de la serie. Pero ante todo, la temporada vuelve a abordar la moralidad de los actos del protagonista, aunque con un matiz que no es menor: ahora sus acciones tienen un impacto no solo en su familia más cercana, sino en prácticamente todo el universo dramático de la serie. Y me explico. A diferencia de lo que ocurría en etapas anteriores, ahora el protagonista interpretado por Liev Schreiber (La quinta ola) -¿para cuando un premio para este actor?- está completamente solo, sin la protección de ningún mecenas y expuesto a personajes sin los escrúpulos que tiene él. De ahí que se vea obligado a afrontar situaciones nunca antes vistas, policía incluida.

La introducción en la trama de este matiz convierte la séptima y última temporada de Ray Donovan en una carrera contrarreloj en la que el espectador es capaz de ver cómo se aproxima la tragedia. Así como en etapas anteriores el drama se apoderó de la historia hasta impregnar prácticamente cada plano, aquí la dualidad entre el bien y el mal, la toma de decisiones y el carácter de los personajes impactan de lleno en el desarrollo de la trama principal hasta redefinirla sobre la marcha en varias ocasiones. A esto se suman varias historias secundarias que, esta vez sí, no solo tienen una vida propia lejos de la protagonizada por Raymond Donovan, sino que su impacto en el conjunto de la serie es tal que deja un final de violencia y muerte que afecta de lleno a cada uno de los personajes. Lo cierto es que el final de la temporada deja abierto todo un mundo de posibilidades, amén de señalar el camino del interesante arco dramático de muchos personajes, en especial el interpretado por Kerris Dorsey (Don’t tell Kim), cuya evolución a lo largo de la serie, y en esta etapa final en especial, ha sido de las más interesantes de toda la producción, pasando de convertirse en una joven idealista a una mujer que comprende, acepta y desarrolla su papel como miembro de la familia.

Antes de finalizar este apartado, es necesario destacar el tratamiento que los creadores de la serie dan a los secundarios de la familia. El viaje existencial del hermano interpretado por Eddie Marsan (The Gentlemen: Los señores de la mafia) ahonda aún más, si cabe, en su complejidad psicológica, marcada por su enfermedad y sus sentimientos encontrados con respecto a su familia y a sí mismo. Pero en esta temporada adquieren incluso más relevancia el resto de hermanos, golpeados por los actos del padre y por sus malas decisiones, consolidando la idea que se ha planteado siempre durante toda la serie acerca del camino que siempre toman estos personajes, incluso cuando se pone ante ellos la posibilidad de hacer lo correcto. Mención especial merece el personaje de Graham Rogers (serie Quantico), rol que nunca ha parecido encajar en la familia y que viene a representar la conciencia olvidada de todos y cada uno de los integrantes del clan Donovan. Su final es tan trágico como previsible por la falta de recorrido a la que estaba llegando, pero eso no impide sentir cierta lástima por un papel al que se termina cogiendo cariño.

Pasado y presente sin futuro

Aunque sin duda, lo más relevante de esta temporada de Ray Donovan, y lo que la hace diferente a todo lo visto anteriormente, es que resuelve el acontecimiento del pasado que ha marcado el devenir de los personajes de un modo u otro. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la muerte de la hermana del clan Donovan, mencionada prácticamente en cada etapa y que, por fin, se aborda de frente. Y como no podía ser de otro modo, lo hace con un flashback sencillamente magistral, en el que no solo se analizan los motivos por los que se produce la muerte, sino la desestructuración de una familia abocada al crimen y la ausencia de un padre que siempre ha sido un criminal de tres al cuarto manipulado, despreciado y traicionado por el resto. Comprender el modo en que empezó todo no solo ahonda en los conflictos familiares del protagonista con su padre, sino que permite apreciar mucho mejor los matices de la personalidad tan sobria del rol de Schreiber, amén de conocer sus inicios en el mundo del crimen.

La serie aprovecha su habitual estructura narrativa para generar el paralelismo necesario entre pasado y presente, incluso sabiendo que no existe un futuro más allá del episodio 10 de esta temporada final. Al igual que ha ocurrido en otras etapas, un encargo es el detonante de la acción principal en estos capítulos, aunque con un matiz. En esta ocasión el encargo procede del hombre que le introdujo en el mundo del crimen. La narración en paralelo permite al espectador conocer tanto las diferencias como las similitudes que vive el protagonista, pero también genera algo que nunca antes se había visto en la serie: todas las tramas están relacionadas a través de ese motor dramático que es la presencia de la familia (socia y enemiga al mismo tiempo) que, en cierto modo, ha marcado el devenir de casi todos los personajes. A diferencia de lo ocurrido años antes, las historias, en mayor o menor medida, están condicionadas por las traiciones, los secretos y los errores del pasado. Esto, lejos de implicar la historia, la engrandece, pues el espectador tiene acceso a un hecho contado pero nunca mostrado anteriormente.

Todo ello haciendo frente a las consecuencias de sus actos en la anterior temporada, lo que eleva el grado de complejidad no solo de la trama principal, sino de los personajes. En cierto modo, esta séptima temporada se antoja como conclusión de muchas historias, pero también abre la puerta a muchos otros tratamientos nuevos que se van a quedar sin desarrollar. El final tan impactante con el que se cierra esta etapa deja una sensación incómoda, necesitando saber el siguiente paso de una lucha que, como plantean estos episodios, va a extenderse más allá en todos los sentidos, tanto en tiempo como en personajes. Sí es cierto, y es algo que hay que mencionar, que la serie deja a un lado a algunos personajes que, en mayor o menor medida, han tenido un impacto significativo en la trama, pero independientemente de que pueda gustar más o menos, es un signo claro de que la historia evoluciona manteniendo, a pesar de todo, su esencia más pura.

¿Y cuál es esa esencia? La séptima y última temporada de Ray Donovan posiblemente sea la mejor respuesta. Violencia, familia, los pecados del pasado, las traiciones y la muerte son el pan nuestro de cada día de unos personajes (todos ellos extraordinarios) que buscan su felicidad y conseguir una vida mejor por la vía rápida, sufriendo las consecuencias del fracaso constante. Tan solo el protagonista que da nombre a la serie parece comprender que el camino es otro, pero dado que ha crecido y vive en un mundo al margen de la ley, siempre termina por verse envuelto en una espiral de crimen (cuando no la inicia él mismo, claro está). La inesperada conclusión de la serie deja muchos interrogantes, y este es sin duda su mayor debilidad, pero también es, posiblemente, una de las etapas más completas, complejas e interesantes de estos siete años.

‘Arrow’ finaliza con un ‘Deus Ex Machina’ para reiniciar todas las series


Ocho años. Ese ha sido el recorrido de Flecha Verde en la pequeña pantalla. Ocho temporadas con sus más y sus menos pero que, guste o no, han creado todo un universo audiovisual en televisión que ha permitido a DC Comics hacerse con el control de un mercado que en salas de cine ha copado su principal rival, Marvel. Los últimos 10 episodios de Arrow vienen a ser un resumen de todo lo vivido hasta ahora, una especie de epílogo que encaja como un guante con lo visto hasta ahora, tanto en lo bueno como en lo malo, pero que deja algo de lo que, personalmente, nunca he sido demasiado partidario, y es el Deus ex machina que reiniciar por completo no solo esta serie, sino todas las que componen el ya conocido como Arrowverse.

Pero vayamos por partes. Esta última temporada de la serie creada por Greg Berlanti, Marc Guggenheim (ambos autores de la serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie Boston Legal) es un vehículo única y exclusivamente pensado para cerrar todas las líneas argumentales abiertas que quedaran en la ficción, amén de resolver la insostenible situación dramática desarrollada en todos estos años que había llevado al personaje, en algunos aspectos, a unos extremos algo incoherentes con la propia naturaleza de la serie. En base a esto, toda esta etapa final está centrada en un único macro evento cuya resolución viene a reflejar lo que muchas veces se ve en las páginas de los cómics: un recurso narrativo tan enorme como casi sacado de la manga que vuelve a poner todas las bases dramáticas en orden, restableciendo aquello que se había vuelto injustificable dentro de la serie. Y digo “casi sacado de la manga” porque los creadores de la serie han sido lo suficientemente inteligentes como para ir presentando este gran conflicto narrativo durante las últimas temporadas, lo que integra un poco más y mejor este hito dramático en todo el conjunto de episodios.

La pregunta que cabe hacerse es si realmente merece la pena todo este espectáculo. Personalmente creo que podría haberse resuelto de muchas formas diferentes sin recurrir a esa figura del teatro griego de introducir algo completamente ajeno a los personajes y mucho más poderoso que cambia el sentido de la historia “porque sí”. Pero con todo y con eso, hay que reconocer que este gran evento que es ‘Crisis en Tierras Infinitas’ ofrece algunas lecturas interesantes tanto en el tratamiento del protagonista como en el de la serie, que en las últimas temporadas ha pasado de narrar presente y pasado para abordar el presente y el futuro. En este sentido, la integración de ambas líneas temporales en una sola resulta interesante desde el punto de vista de los vínculos y las escalas de valores de los protagonistas, que se ven obligados a redefinir sus prioridades ante el nuevo escenario. Es cierto que narrativamente hablando estos 10 capítulos de Arrow puede que no sean de los mejores de toda la serie, salvo contadas excepciones, pero cumplen su función sobradamente, tanto la propia como la ajena.

Dicho de otro modo, esta conclusión refleja prácticamente todos los problemas, las dudas, los valores y los sacrificios de los personajes principales, no solo del héroe al que ha interpretado durante estos años Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras), quien por cierto creo que no podrá quitarse nunca la capucha haga el papel que haga, sino de los secundarios que le han acompañado en los últimos años. El problema de esto, desde la estructura de guión, es que muchos roles han quedado relegados a una especie de nota a pie de página, solventando sus ausencias o su nueva presencia con una simple frase y bajo el paraguas, siempre, de esa crisis que funciona como detonante de toda la acción. El hecho de centrarse tanto en esa necesidad de cerrar tramas con un evento tan mastodóntico lleva a que muchos personajes que habrían merecido algo más de atención se queden casi en una anécdota y, lo que es quizá más perjudicial para la serie, que sus historias se resuman en apenas un diálogo que no es capaz de cubrir todas las lagunas generadas durante capítulos y capítulos de ausencia.

El comienzo de una saga

Pero esta octava y última temporada de Arrow tiene algo que pocas, por no decir ninguna serie, es capaz de conseguir. Me refiero al hecho de servir de punto de partida para todo un nuevo universo construido a su alrededor a lo largo de estos años. En efecto, los pocos episodios de esta conclusión están planteados, en realidad, como homenaje al sacrificio del héroe, el mayor que se haya visto en una ficción de este tipo (si exceptuamos Vengadores: Endgame). Todo en la serie gira en torno a ese final anunciado y a las consecuencias que tiene no solo en la serie, sino en todas las series creadas bajo su verde paraguas. Bajo este prisma, el final de esta ficción es en realidad el inicio de toda una nueva saga de superhéroes llamados a nutrir la televisión en los próximos años. Que tengan más o menos calidad ya será otro cantar.

Es cierto que muchos de los héroes ya se habían presentado hace años, pero la serie del justiciero encapuchado abre la puerta a nuevas producciones que, sin duda, tratarán de aprovechar el tirón del original para seguir relatando el devenir de unos personajes que, para muchos espectadores, se han convertido en habituales de su día a día. Y es aquí donde interviene un riesgo que tal vez ni sus creadores han calculado. El éxito de Flecha Verde y todo su equipo se basa en algo que no ha tenido ninguno de los otros superhéroes que han ido naciendo en televisión en los últimos años, y es un carácter algo más oscuro de lo habitual. Ahora que termina la series es conveniente recordar que el personaje comenzó matando, y durante este tiempo siempre ha tenido que enfrentarse a sus demonios. Es cierto que la reiteración del recurso dramático ha terminado por saturar la serie, pero es igualmente cierto que la dualidad de la historia, caminando siempre entre el bien y el mal, entre la ley y la justicia individual, es lo que ha permitido a sus creadores profundizar en personajes, historia e, incluso, diseño de producción.

Eso es algo que no tiene ningún otro personaje, y si se crean nuevas historias sin tener ese trasfondo emocional, moral y ético posiblemente terminen siendo productos “blancos”, con personajes prácticamente planos y un tratamiento que buscará más la denuncia social de problemas modernos que una auténtica y propia historia. Pero eso, por el momento, es adelantar acontecimientos. Lo que tenemos entre manos es un final de serie más que notable, tal vez sin la fuerza de sus inicios pero indudablemente original, dramática y consecuente con sus planteamientos. Las pocas concesiones que tiene quedan justificadas por necesidades dramáticas, y prueba de su coherencia narrativa es que, en lugar de amoldarse a las necesidades de otras series o de otros personajes, logra que todo se adapte a la resolución que desde hace algunos años ya se había anunciado.

Desde luego, Arrow ha sido la punta de lanza del fenómeno fan que ha venido después. Ocho años de historia, con sus más y sus menos, que dejan un sabor de boca más que aceptable, fundamentalmente porque, a pesar del cansancio que puede provocar ver a un justiciero repartir mamporros durante tantas temporadas, se ha mantenido fiel a su historia, permitiendo a otros personajes nacer en sus episodios y tener posteriormente historias propias. Esta última temporada, planteada más como epílogo que como arco argumental sólido, es un final que refleja los tiempos que corren. El protagonista ha pasado de luchar contra villanos de carne y hueso únicamente con un arco y unas flechas a salvar el universo con poderes cósmicos. Es el sino de los tiempos. Pero con todo y con eso, Flecha Verde ha seguido manteniendo sus dilemas morales, sus conflictos entre personajes y su oscuridad. Y de eso deberían aprender muchas series de este tipo.

‘Fear the Walking Dead’ trata de enderezar su rumbo en la 5ª T.


El universo de The Walking Dead sigue expandiéndose con nuevas historias, pero el impacto de las mismas parece estar disminuyendo, al menos en lo que a Fear the Walking Dead se refiere. Podríamos buscar muchos motivos por los que el spin off no termina de despegar a pesar de los claros intentos en esta quinta temporada, pero lo cierto es que todo se basa en una falta clara de objetivo. A diferencia del original, esta serie creada por Robert Kirkman, autor del cómic original, y Dave Erickson (serie Canterbury’s law) no solo no tiene un núcleo protagonista central, que ha ido cambiando personajes clave casi en cada temporada. Es que tampoco posee un hilo conductor en los antagonistas, estando todo excesivamente desperdigado como para identificarlo.

Es algo que se intenta corregir en estos 16 episodios, sobre todo en su tramo final, dejando la puerta abierta a un nuevo camino narrativo y dramático con un interesante conflicto. Pero el problema es que ha sido, precisamente, en su tramo final. El resto de la historia se ha convertido en una suerte de reflejo de cómo la vida en ese entorno cambia a la gente, de cómo se pueden afrontar situaciones cada vez más complejas contra los muertos. Y en este sentido, logra su objetivo, pues la ficción refleja extraordinariamente bien las carencias, los peligros a los que se enfrenta ese nuevo mundo y que, en el viejo preapocalíptico, habrían tenido una solución relativamente sencilla. Sin embargo, esto desvirtúa, y mucho, el sentido general de este universo zombi. Porque sí, los muertos vivientes del título son el contexto y una amenaza contra la que siempre tienen que luchar los protagonistas, pero en realidad nunca son, al menos hasta ahora, auténticos protagonistas. No, lo interesante siempre ha sido el componente humano.

Cabe señalar que las primeras temporadas de Fear the Walking Dead sí contaban con ese elemento humano. El miedo a lo desconocido, la necesidad de unir fuerzas, la lucha contra los problemas personales, las traiciones, los egos,… Todo ello, con sus irregularidades, estaba implícito en los personajes. Ahora, por el contrario, todos parecen remar a una sin un enemigo claro, aunque con los suficientes antagonistas humanos como para haber podido mostrar una lucha realmente interesante. En lugar de eso, el tratamiento convierte a estos antagonistas en personajes episódicos que son utilizados en determinados momentos y cuando resulta conveniente. Sin una buena definición, se convierten en roles unidimensionales, sin los matices que han hecho famoso este universo seriéfilo y gráfico. A su vez, esto repercute en la propia historia, pues durante muchos tramos de la temporada el argumento se estanca en una dinámica con poco desarrollo, si bien es cierto que sirve de base para lo que llega después. Pero eso se podría haber resuelto en menos episodios.

El otro gran problema es el de los protagonistas. Ya desde la primera temporada la serie nunca ha sido capaz de encontrar un núcleo de personajes interesante que pudiera servir de nexo de unión durante toda la serie, o al menos durante buena parte de la misma. No es que Kirkman sea de los que evita matar a un protagonista si la historia lo requiere, pero es que durante todas las temporadas los personajes que parecían llevar la voz cantante han terminado desapareciendo de la historia en un constante goteo de idas y venidas de actores. El resultado ha sido una pérdida progresiva de efectividad dramática, curiosamente el efecto contrario al que, presumiblemente, se buscaba. Con todo, durante las dos últimas temporadas eso parece haberse enderezado, manteniendo un bloque unido de personajes a los que se suman otros (algunos de ellos de la serie original en un intento de darle impulso a la trama). Y la conclusión final, al menos en este aspecto concreto, no puede ser sino positiva, incluso teniendo en cuenta el final de la temporada.

Mejor futuro

En cierto modo, esta quinta temporada de Fear the Walking Dead presenta algunos planteamientos comunes a la serie original, como esa división de los protagonistas en varios escenarios diferentes, el uso de los muertos vivientes para afrontar necesidades muy humanas (la defensa de territorio, en este caso) y varios enemigos a superar. El problema es cómo desarrolla esos planteamientos, y aquí es donde la serie ha ido claramente de menos a más. Lo que comienza siendo una especie de organización de ayuda y cooperación termina siendo una lucha por la supervivencia, de nuevo, entre humanos. Los zombis terminan relegados a un segundo e importante plano, utilizados más como arma que como un personaje. Al fin y al cabo, es lo que se espera de esta saga postapocalíptica. Pero hay algo más en ese final de etapa que plantea un futuro prometedor.

La presencia de personajes de The Walking Dead logra un efecto algo inesperado, o por lo menos no relacionado con esa idea de vincular ambas historias y, sobre todo, de generar un mayor interés en los personajes originales de este spin off. Lo segundo, en cierto modo, se logra. Pero lo que terminan logrando estos roles es centrar en ellos buena parte de la atención, permitiendo crecer al resto en un entorno más seguro, menos expuesto al protagonismo y, por lo tanto, con un manejo algo menos complejo de sus arcos argumentales. Esto permite, por ejemplo, dotar a algunos de ellos de un cierto misterio (caso del interpretado por Maggie Grace -serie Perdidos-), así como generar todo un microcosmos en torno a estas dos figuras, que ganan protagonismo hasta el extremo de convertirse en los líderes que se sacrifican por el grupo, al menos uno de ellos. Y muy relacionado con este sacrificio está el otro gran aspecto del final de esta temporada, de esa conclusión del arco argumental que eleva el nivel de estos 16 capítulos mucho más de lo que cabría esperar.

Y eso es la presencia de ese gran grupo antagonista presentado como aliados con un modo muy particular de hacer las cosas. Más allá del impacto que tiene en la serie la presencia de este nuevo grupo, dejando algunas secuencias realmente importantes (la del puente y la del pueblo invadido por zombis son, sin duda, dos de las más recordadas), lo que lo convierte en un gran aliciente para una trama algo alicaída es el modo en que influyen sobre los protagonistas, en cómo son capaces de manipular la acción a su antojo para poder, a su vez, manipular las decisiones del grupo de héroes. En este sentido, el final de esta etapa deja abierto el futuro de la serie en dos caminos evidentes: o luchar contra ellos desde dentro de la organización, o unirse a ellos y afrontar el futuro contra otras amenazas. Personalmente, y viendo cómo se ha desarrollado todo, me inclino más por la primera, fuera aparte de ser la que más dramatismo aportaría al conjunto de la serie. Pero sea como fuere, la presencia de este nuevo grupo supone un punto y aparte y relanza el contenido dramático de la ficción.

El resumen de esta quinta temporada de Fear the Walking Dead podría ser que los episodios van de menos a más. Es cierto que, como en todo desarrollo, hay altibajos dramáticos, pero en general el arco argumental ha ido ganando enteros conforme ha evolucionado, sobre todo en su tercio final. La trama deja momentos de extraordinaria tensión dramática, explora las motivaciones y las obsesiones de muchos protagonistas y logra la introducción de una nueva e interesante amenaza. Es cierto que todo eso lo hace casi exclusivamente en los últimos 8 episodios, y eso es algo que lastra irremediablemente el conjunto, pero sus creadores son capaces de enderezar el rumbo y volver a una senda más propia de este universo postapocalíptico.

‘Queen & Slim’: un viaje inesperado contra el racismo


En un momento del debut en el largometraje de Melina Matsoukas un personaje se refiere a los protagonistas como “los Bonnie and Clyde negros”. Más allá de las similitudes que esta historia pueda tener con la de los famosos criminales (vida en la carretera, persecución de la policía, admiración de una parte de la sociedad), lo cierto es que la trama tiene poco o nada que ver, dejando a un lado la violencia y los crímenes y profundizando mucho más en las raíces de una sociedad clasista, racista y cargada de odio.

Porque esto es lo que ofrece en realidad Queen & Slim, una disección muy interesante de la sociedad actual norteamericana, del racismo que todavía puede verse en pequeños detalles y en grandes acciones, desde ese abuso de autoridad que hace un policía hasta la postura que adopta cada uno de los personajes con los que se cruzan estos dos forzados fugitivos, dos jóvenes sanos y con unas prometedoras vidas que se ven abocados a una huída hacia ninguna parte por el miedo a un sistema judicial que les prejuzga por el color de su piel. La cinta deja algunos momentos y varias reflexiones muy interesantes e impactantes gracias a una apuesta narrativa y visual que no suele verse en este tipo de historias. La cámara nunca abandona a la pareja protagonista, y esto genera dos efectos a estudiar por los estudiosos del guión. Por un lado, se sumerge al espectador en un viaje a ninguna parte en el que la persecución policial apenas se siente, pero se aprecia que va aumentando. Por otro, se asiste al crecimiento de la figura de esta pareja como iconos de la lucha racial, como líderes de un movimiento social por los derechos de una raza sin que ellos ni siquiera se lo hayan planteado así. La secuencia de la manifestación con el adolescente de por medio es, sin duda, el mejor ejemplo de todo ello.

Esta profundidad dramática y social es lo que convierte a este film en una obra diferente. Posiblemente su ritmo sea algo lento para este tipo de tramas, pero sin duda ofrece muchos alicientes que la hacen más atractiva. La relación entre los dos protagonistas interpretados por Daniel Kaluuya (Sicario) y Jodie Turner-Smith (serie The last ship), ambos actores realizando un trabajo soberbio, marca el desarrollo de la trama irremediablemente, pasando de ser simplemente dos fugitivos a amantes, explorando su pasado y su presente para comprender sus motivaciones y sus decisiones, y sobre todo para revelarles como dos jóvenes asustados obligados a huir. La película tiene puntos débiles, de eso no cabe duda (existen demasiados secundarios que parecen más una herramienta dramática, y la historia en determinados momentos carece demasiado de ritmo), pero ofrece al espectador la posibilidad de adentrarse en la sociedad norteamericana desde un punto de vista que no suele verse, mostrando la lucha contra el racismo lejos de los movimientos sociales y evidenciando lo que viven las víctimas de un sistema desigual.

Lo que Matsoukas logra en Queen & Slim es ahondar en los sentimientos no solo de sus dos protagonistas, jóvenes a los que un error fatal les cercena el futuro que tenían previsto, sino en los sentimientos que se generan a su alrededor y de los que ellos no son conscientes en la mayoría de los casos. El simbolismo de, por ejemplo, la manifestación montada en paralelo con la pareja en el coche, o esa imagen final de la fotografía ocupando toda una pared, son el reflejo del análisis que el film realiza de los males, de las bondades y de los problemas de la sociedad. Sí, como road movie y cinta de suspense no ofrece demasiados alicientes. Pero esas carencias permiten al film centrarse en otros aspectos igual de interesantes. Quienes busquen adrenalina e intriga posiblemente salgan decepcionados, pero acudir a la sala con la mente abierta y libre de prejuicios (de esto también habla bastante la trama) puede permitirnos descubrir algo más allá.

Nota: 7/10

‘El escándalo (Bombshell)’: las tres caras del abuso de poder


Coincide en el tiempo con la serie La voz más alta, aunque por motivos obvios de formato, la película se centra únicamente en la caída de Roger Ailes vista, eso sí, a través de la mirada de las trabajadoras, en concreto de tres personajes que vienen a representar a decenas de mujeres. Pero quizá lo más interesante de la nueva película de Jay Roach (La cena) no sea nada de lo explícito que se puede ver en pantalla, sino de las reflexiones a las que invita el relato.

De hecho, El escándalo (Bombshell) es una obra previsible y hasta cierto punto arquetípica, construida sobre personajes reales que, sin embargo, se han podido ver en infinidad de films sobre temáticas similares en las que el poder, la ambición y la humillación del sexo opuesto son los principales ingredientes. Es más, el lenguaje visual de Roach es excesivamente academicista, en el peor sentido de la palabra. Sin fuerza, su narrativa se limita a exponer los hechos, apelando únicamente a la labor de sus tres actrices principales para salvar la función. Y vaya si lo hacen, por cierto. Charlize Theron (Tully), Nicole Kidman (The upside) y Margot Robbie (Dreamland) no solo componen unos personajes atractivos, sino que de forma conjunta vienen a representar tres caras muy diferentes de una misma lacra.

Y es aquí donde entramos en lo más interesante del film. La película reflexiona sobre el poder en un mundo de hombres, sobre la denigración de la mujer y el abuso de la posición que algunos directivos ejercen sobre ellas, considerándolas meros objetos de los que valerse a cambio de otorgarles una carrera construida sobre la mayor de las mentiras y el peor de los secretos. Todo eso con la campaña política de Donald Trump, sus constantes ataques a la mujer y la vinculación tan estrecha del polémico personaje con la cadena Fox. En cierto modo, y a diferencia de la serie, el personaje de Ailes es casi un secundario. Sí, es cierto que es el leit motiv de toda la historia, el motor que la hace avanzar, pero poco a poco la película se desvincula de él para convertirse en un relato sobre la situación de la mujer (y su lucha) en un mundo dominado por hombres retrógrados, misóginos y de cuestionables valores morales. Es en este contexto donde los personajes de Theron, Kidman y Robbie se revelan como símbolos, más que como roles. Y es en este contexto donde la película adquiere su mayor potencial, incluso aunque lo haga un poco tarde.

Lo más indignante de El escándalo (Bombshell) es, sin embargo, el texto final que señala cómo una cadena de televisión pagó más por la indemnización a un hombre que ha acosado a decenas de mujeres durante décadas, que por la indemnización a todas esas víctimas. Es la guinda de un relato que, en cierto sentido, resulta aterrador. Por lo demás, la película de Roach se puede entender casi como un telefilm basado en hechos reales, sin la fuerza narrativa que debería tener el relato desde su inicio (por cierto, un comienzo prometedor que rápidamente deja paso a un clasicismo formal que no encaja con la época en la que se desarrolla). En cualquier caso, su trasfondo dramático y moral, las reflexiones a las que invita y, sobre todo, sus tres actrices protagonistas, son motivos suficientes para disfrutarla.

Nota: 6,5/10

‘Jojo Rabbit’: crecer en los tiempos de la guerra


Es muy difícil huir de determinados preceptos y planteamientos argumentales, éticos y morales cuando se cuenta una guerra a través de los ojos de los niños. En mayor o menor medida, todas las películas con esta estructura tienden a contener un mensaje muy similar, un desarrollo más o menos idéntico en su base y unos puntos de giro argumentales más o menos comunes. Eso no implica que carezcan de interés, al contrario, pero sí que siempre dejarán la impronta de cierto déjà vu en el espectador.

Y eso es lo que ocurre con Jojo Rabbit, la por otro lado magnífica comedia dramática de Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras). Dejando a un lado esa premisa, esta adaptación de la novela de Christine Leunens es un alarde de originalidad formal e interpretativa que deja muchas y muy interesantes reflexiones. Lo cierto es que la historia ya resulta hilarante con ese trío formado por los dos jóvenes protagonistas y el Hitler imaginario, pero a ello se unen una serie de historias secundarias que dan buena cuenta de una sociedad que vive con miedo en todos sus estamentos, incluidos los más altos. A través de los ojos del protagonista asistimos a una evolución desde un mundo marcado por las férreas convicciones del pequeño a otro en el que los sentimientos y lo correcto priman por encima de cualquier otra cosa. En este sentido es reveladora la forma en que avanza la relación con su amigo imaginario, todo un reflejo de lo que somos y cómo podemos cambiar.

Waititi aprovecha la historia y las numerosas lecturas que ofrece al espectador para narrar, a veces de forma sutil, a veces más evidente, el mundo de los adultos a través de los ojos de un niño que quiere ser adulto sin saber ni siquiera qué es eso. La relación con su mejor amigo, con el oficial que se encarga de él (magistral Sam Rockwell, aunque eso empieza a dejar de ser una novedad), con su madre (una Scarlett Johansson correcta) y, sobre todo, con la joven judía que se esconde en su casa, conforman todo un universo visualmente bello dentro de la crudeza de la guerra. El director saca partido al relato a través de un lenguaje que, sin mostrar demasiado, lo muestra todo, desde el impacto de la muerte hasta una relación prohibida, pasando por el horror de la guerra o la ayuda desinteresada de personajes que arriesgan su propia vida.

Todo ello es lo que convierte a Jojo Rabbit en la obra notable que es, creando ese mundo infantil en un contexto bélico, o mejor dicho, ese conflicto bélico a través de la mirada de un niño que no entiende el mundo en el que vive, pero que quiere ser como los que cree que son los ejemplos a seguir, entre ellos la figura distorsionada de su padre. Lo cierto es que si la película tuviera un trasfondo algo más complejo y alejado de cierta familiaridad con otras películas de temática similar podríamos estar hablando de una cinta extraordinaria. Esto no es algo necesariamente negativo, pero sin duda lastra la labor de Waititi y las posibilidades de una historia que, si se hubiera abordado más en profundidad, tal vez podría haber dado más de sí.

Nota: 7,5/10

‘This is us’ mira al futuro desde el pasado en su tercera temporada


Ahora que la cuarta temporada de This is us está llegando a su ecuador resulta interesante echar la vista atrás para comprender cómo la serie creada por Dan Fogelman (Como la vida misma) ha sabido reinventarse en su tercera etapa dentro de unos parámetros muy concretos que, a tenor de lo anunciado, va a permitir a este drama con tintes de humor alcanzar, al menos, seis temporadas. Y cuando hablo de reinventarse me refiero al modo en que esta ficción ha logrado desprenderse de su estructura narrativa más tradicional para introducir de forma progresiva nuevos aspectos que han enriquecido la historia para darle un futuro más allá de su constante mirada al pasado.

Y es que ese es el elemento más importante de los 18 episodios que abordamos ahora. A lo largo de toda esta temporada sus creadores han introducido de forma más o menos sutil diferentes “flashes” del futuro de esta familia tan común como única. Algo de eso ya se había visto en la segunda temporada, pero se puede decir que esta tanda de capítulos ha sido el punto de inflexión. Esta proyección hacia el futuro no solo abre un nuevo plano narrativo para la serie, permitiendo al espectador jugar con las diferentes posibilidades narrativas y plantearse los diferentes escenarios que permite cada escena, sino que otorga al conjunto una nueva dimensión, más amplia, compleja y dramática. Y lo más interesante de todo es que lo logra manteniendo la misma esencia estructural que la ha caracterizado desde el principio, es decir, alternar pasado y presente (ahora pasado, presente y futuro) como si de diferentes líneas argumentales se tratara, con todo lo que eso conlleva.

¿Y qué es lo que conlleva? Para empezar, una profundidad emocional, narrativa y explicativa fuera de lo normal. Esta estructura paralela de los diferentes momentos en la vida de los tres hermanos protagonistas permite al espectador acercarse a los personajes de un modo como nunca antes se había logrado, pues es capaz de comprender sus reacciones, sus decisiones, sus miedos y sus deseos de un modo casi omnipresente, como si hubiera sido parte de esas vidas desde el primer minuto (hasta cierto punto, así ha sido) o, si se prefiere, como si fuera uno de los protagonistas. Lo cierto es que, más allá de sus concesiones dramáticas (pocas, pero las hay) o del extraordinario trabajo de los actores, el guión y el modo en que se estructura cada episodio debería ser estudiado en las escuelas de guión como un modelo de lo que se puede lograr con un complejo pero equilibrado desarrollo dramático.

Pero además, esta forma de narrar logra algo que recogen varios manuales de escritura de guión pero que no resulta fácil de conseguir. Para lograr la tensión dramática es fundamental manejar dos tipos de información: la que conoce el espectador y la que conoce el personaje. Lo que Fogelman consigue con esta serie es manipular por completo la teoría narrativa y plantear al espectador un juego en el que pasado, presente y futuro se complementan para componer un puzzle cuyas piezas van encajando poco a poco, pero que el espectador no logra ver completo hasta que no se ha puesto la última pieza. O dicho de otro modo, las diferentes líneas temporales ofrecen al espectador información sesgada que le invita a hacerse una imagen general de lo que ocurre para, en un último punto de giro, revelar la escena completa. El ejemplo más claro en esta tercera temporada lo ha protagonizado el rol interpretado por Sterling K. Brown (Predator) y su familia.

Conociendo el pasado

No ha sido el único, está claro, pero desde luego ha sido el más evidente, más que nada porque el grueso de las secuencias que transcurren en ese futuro de los tres hermanos protagonistas son las vinculadas a él y su familia. La crisis del presente unida a esas imágenes es lo que provoca ese juego de composición dramática que lleva al espectador por un camino notablemente diferente al que finalmente se desvela. Pero esa última secuencia del episodio final de esta temporada abre todo un mundo de posibilidades narrativas para This is us. Es cierto que cierra ese arco argumental, pero abre los del resto de personajes. Con esas pocas imágenes y los diálogos que se escuchan se crean uno de los más interesantes cliffhanger de los últimos tiempos, demostrando que ese “gancho” no solo se basa en efectismos visuales.

Y del mismo modo que la serie viaja al futuro de los tres protagonistas, también viaja al pasado de los padres, sobre todo del personaje interpretado por Milo Ventimiglia (Jefa por accidente). Más concretamente, a esa guerra de Vietnam de la que siempre se ha rehuido hablar durante las temporadas anteriores y que ahora aquí se empieza a vislumbrar, sobre todo en lo relativo a su hermano. De nuevo, la serie ejecuta un giro más o menos inesperado que da buena cuenta no solo de la complejidad dramática de esta ficción, sino de las relaciones humanas independientemente del grado de parentesco o cercanía que se tenga. Es cierto, y esto es algo que Fogelman debe vigilar, que el tratamiento de esta trama secundaria tiende un poco al melodrama excesivo, carente en algunos casos de justificación adecuada. Y es una debilidad. Pero en todo caso, la trama se abre a nuevos personajes y a nuevas vidas, es decir, expande su universo dramático hacia el pasado, del mismo modo que lo hace hacia el futuro.

Esto también plantea una interesante reflexión que planea sobre toda la serie, y que posiblemente acompañe al espectador hasta la última temporada. Y es que, por mucho que se sucedan los episodios, y por mucho que se vaya conociendo a los personajes, en realidad esta familia Pearson es todavía desconocida. La combinación de las diferentes líneas temporales demuestra no solo que todavía quedan muchas facetas por descubrir del núcleo principal de protagonistas, sino que existen muchos personajes secundarios desconocidos hasta ahora cuya relevancia puede ser fundamental. En una palabra, la serie puede entenderse como un reflejo de una realidad muy conocida para todos, de ahí su éxito. No me refiero a los acontecimientos que se narran en esta tercera temporada o en las etapas anteriores, sino al concepto global de familia, sus avatares, las relaciones humanas y los conflictos familiares. Todo eso genera un marco narrativo en el que los espectadores pueden identificarse de un modo u otro, y ahí está una de las claves de su éxito.

No cabe duda, tras ver la tercera temporada de This is us, que estamos ante una de las producciones más interesantes, completas y complejas de la televisión actual. En su contra se puede argumentar un cierto exceso de dramatismo, una tendencia a derivar las diferentes tramas de los personajes en una espiral de complejidad innecesaria. Sin embargo, ese es parte de su encanto, al menos mientras no se exceda en sus intenciones. Y lo es precisamente por el tratamiento que se da a cada historia, con unos saltos temporales que ayudan a comprender mucho mejor a los personajes, sus decisiones, sus miedos y sus motivaciones. Todo ello, en definitiva, ofrece una imagen global de algo mucho mayor que ellos mismos, de algo tan difícil de plasmar y de entender como la vida misma. Y es por eso que la serie de Dan Fogelman alcanza los niveles tan altos de calidad que logra con cada episodio.

‘Richard Jewell’: un hombre tranquilo contra el sistema


El caso de Richard Jewell es como el de muchos otros nombres más o menos conocidos de la historia de cualquier país. Un hombre, un buen hombre, acusado injustamente por un sistema que no funciona como debería. Entonces, ¿qué hace de esta trama algo diferente? Bueno, para empezar los nombres que encontramos delante y detrás de la pantalla. Pero ante todo, lo que tenemos es un complejo reflejo de cómo las creencias de un hombre pueden verse destruidas por la corrupción de los hombres.

Y como suele ser habitual en el cine de Clint Eastwood (Invictus), buena parte de ese trasfondo social y moral se encuentra en los últimos minutos de Richard Jewell. Pero no es algo exclusivo de su final. Lo cierto es que la historia construye poco a poco, paso a paso, una espiral de decisiones a cada cual más absurda que lleva a un hombre a pasar de ser un héroe real a un villano construido por medios y Estado. El calvario se agudiza aún más al comprobar la falta de escrúpulos de un sistema incapaz de encontrar una sola prueba que incrimine al presunto sospechoso y, aún así, seguir construyendo un relato (ahora que está tan de moda este concepto) tan falso como las modernas fake news, que de modernas solo tienen el nombre, por cierto. Eastwood, con su maestría, se adueña de un guión bastante sencillo y previsible, narrando la historia con mano firma, sobria, academicista y, sin embargo, dejando espacio para cierto lenguaje que le sigue definiendo como el gran director que es (los planos contrapicados del atentado son de lo más expresivo del film).

Y esa es la magia de este director. Sus historias, al menos algunas de ellas, son relatos mundanos, más bien simples, con desarrollos dramáticos excesivamente lineales y de resolución previsible. Sin embargo, en manos de Eastwood adquieren otro significado, otra dimensión, otro trasfondo social, político, ético y moral. El discurso final del protagonista al que da vida de forma magistral Paul Walter Hauser (Yo, Tonya) es el resumen idóneo de todo lo que se cuece en el film a fuego lento. La lucha por su inocencia de un hombre que cree y siente que el sistema es lo que separa el bien del mal se transforma en una interesante reflexión sobre qué ocurre cuando ese sistema se corrompe y no permite hacer esa distinción. No cabe duda de que a esta labor contribuyen unos actores sencillamente brillantes, con Sam Rockwell (Blaze) y Kathy Bates (Una cuestión de género) a la cabeza. El discurso de esta última hacia el final del film es tan conmovedor que deja sin palabras.

En realidad, Richard Jewell podría haber sido perfectamente un telefilm de sobremesa sobre la lucha de un individuo contra todo un aparato político y mediático. Pero el guión contiene algo más, y eso es lo que Eastwood logra explotar al máximo, redefiniendo la trama y convirtiéndola en todo un análisis de los mecanismos que llevan a convertir a un hombre en héroe y al instante transformarle en un villano. Con una premisa aparentemente simple, la película adquiere en la manos del director y de un reparto de altura una complejidad sumamente interesante, construyendo la historia en base a capas argumentales y dramáticas que obligan al espectador a pensar en el mundo en el que vive. Y eso, al fin y al cabo, es lo que hace toda buena película.

Nota: 7,5/10

‘Star Wars: El ascenso de Skywalker’: un final dominado por el miedo


Algo ha cambiado en la saga ‘Star Wars’. En 42 años es normal que la forma de hacer cine, los efectos especiales y las historias evolucionen. Pero no se trata de eso. No sé si será, como muchos defienden, por la influencia de Disney y sus parámetros morales y éticos. En cualquier caso, esta tercera y última entrega de la, a su vez, última trilogía del arco argumental de Skywalker, tiene todo lo bueno y todo lo malo de una historia que ya forma parte de la cultura popular.

Y puede que esto sea lo más perjudicial para Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker. La cinta bebe constantemente de las referencias y el universo cinematográfico que ha dejado durante estas décadas George Lucas. Prácticamente cada plano, cada secuencia, cada diálogo, hace referencia a diferentes momentos de la saga, por no hablar de la presencia de personajes inolvidables. En cierto modo, la cinta dirigida por J.J. Abrams (Super 8), con su habitual habilidad narrativa pero sin la emoción que sí tuvo en el Episodio VII, es un viaje a la nostalgia, un recorrido por todo aquello que hace de Star Wars algo único. El viaje de la protagonista en busca de sus orígenes al tiempo que aprende los secretos de los jedi posiblemente sea lo mejor de la cinta, amén de unas batallas tan espectaculares como bellamente ejecutadas.

El problema de la película llega en su tercio final, y es ahí donde más se nota la mano Disney. Si el desarrollo de la historia, con ciertos altibajos, en líneas generales contiene los suficientes elementos para resultar atractivo (la lucha de la protagonista contra su lado oscuro, los orígenes secretos, el enfrentamiento con su antagonista en los restos de la Estrella de la Muerte, …), la resolución del arco dramático es sencillamente nefasta. Dejando a un lado la justificación que trae de vuelta al Emperador Palpatine, el tercer acto del film tiene más puntos de giro que el la resolución de Romeo y Julieta, con el problema añadido de introducir en este mundo de fantasía un exceso de milagros y poderes. Tanto giro argumental, tanto final en falso, provoca una sensación de conclusión forzada, obligando a los personajes a unas decisiones y actuaciones que simplemente no son creíbles. Eso por no hablar de los cambios en algunos personajes secundarios de toda la saga y de un beso final que… pues eso, mejor no hablar de ello.

Y es una pena, porque la película, en líneas generales, contiene los suficientes elementos como para haber sido, al menos, una notable entrega de la saga. Pero al igual que a los personajes, a sus responsables parece dominarles el miedo. La mano de Abrams se nota en prácticamente cada aspecto. Sus constantes referencias a momentos del pasado, cierto toque de humor, un lenguaje audiovisual dinámico que hace avanzar la acción sin descanso. Todo ello se aprecia y se disfruta. Pero la película no sabe como terminar, y lo que es peor, lo hace con unas concesiones que poco o nada tienen que ver con la tradicional saga galáctica, haciendo un flaco favor a lo que se había construido hasta ahora. De haber sido más directa y más sincera, de haber tenido menos miedo, posiblemente estaríamos ante una película a la altura de las anteriores.

Sin embargo, lo que nos encontramos es una amalgama de décadas de cine. En Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker hay oscuridad, hay lucha de la heroína contra su dolor y su ira, hay grandes batallas espaciales, hay aventura, incluso se demuestra que del lado oscuro de la fuerza también se puede salir. Todos ellos, además de detalles como el control mental o las voces de personajes pasados, están muy presentes en la cinta de Abrams. Pero a medida que se acerca a su final se pierde en su propio homenaje, incapaz de encontrar una salida digna que, con todo, se maquilla con ese final que explica definitivamente el título de la película. Se puede decir que pierde parte de la esencia de este universo cinematográfico y parte de la magia con la que han crecido generaciones. Puede mejorarse, desde luego, pero eso no quiere decir que no se pueda disfrutar.

Nota: 6,5/10

Una espiral innecesaria alarga la 3ª T. de ‘El cuento de la criada’


Las producciones futuristas, distópicas o visualmente espectaculares tienen que luchar contra algo que otro tipo de historias no tienen, y es superar el impacto visual inicial. Ya sea una serie de películas o en una serie, una vez asumida esa primera impresión lo único que queda es la historia, y si esta es endeble, nos encontramos ante una ficción inaguantable. Esto no es exactamente lo que le ocurre a la tercera temporada de El cuento de la criada, pero esta serie creada por Bruce Miller (En manos del asesino) a partir de la novela de Margaert Atwood presenta en esta tanda de episodios varios problemas muy relacionados con eso, alargando la trama de forma innecesaria y, lo que es más importante, desconectando al espectador con ese universo tan único que ha creado esta ficción.

Pero vayamos por partes. El planteamiento de estos 13 capítulos se mantiene intacto respecto a la anterior temporada, es decir, la premisa básica sigue siendo la lucha de la protagonista en un mundo en el que las mujeres se consideran… bueno, desde luego no iguales a los hombres. Su arranque exactamente en el mismo momento en que termina la anterior etapa plantea la idea de desarrollar la lucha de un modo mucho más directo, boicoteando desde dentro el funcionamiento de una sociedad podrida por unos valores tan hipócritas como retrógrados y machistas. Y si atendemos a esto, en esta ocasión la trama avanza y crece de forma notable, situando a los personajes al final del episodio final en una posición muy diferente a la que tenían al inicio, no digamos ya al comienzo de la primera temporada. Teniendo todo esto en cuenta, es importante analizar ese viaje a lo largo de todo el arco dramático, y es aquí donde flaquea.

Sea cual sea el motivo, lo cierto es que El cuento de la criada, en esta tercera entrega, da vueltas sobre el mismo concepto una y otra vez sin desarrollar consecuencias claras hasta el tercio final de la temporada. La lucha de la protagonista, una Elisabeth Moss (The old man & the gun) que, por cierto, no parece encontrar del todo la esencia del personaje que sí se vio en las anteriores temporadas (y no es responsabilidad suya, sino del guión), se vuelve cada vez más evidente, con unos efectos mucho más notables y visibles. Pero es una lucha que parece volver en cada episodio al punto de partida, como si a los responsables del desarrollo argumental les diese miedo entregarse a las consecuencias de estos actos de la heroína. Dicho de otro modo, a pesar del impacto en esta sociedad distópica, las acciones y decisiones de la protagonista nunca parecen lograr el efecto deseado, pero tampoco provocan una reacción en su contra. Nadie parece sospechar nunca de ella, y aquellos que la identifican parecen querer protegerla a pesar de creer firmemente en el sistema. Son todas ellas decisiones argumentales que, aunque comprensibles hasta cierto punto, carecen de una justificación clara.

Todo ello hace que la trama se desarrolle de forma artificial. Los pasos que da, los puntos de giro que plantea, no son regulares, y en algunos casos se podrían cuestionar mucho los motivos para incluirlos en la historia. Sobre todo por las bases argumentales que plantea la serie. Suele decirse que, incluso la producción más fantástica que pueda imaginarse, debe ajustarse a sus propias leyes para mantener una coherencia. Por eso resulta poco creíble que la espiral cada vez mayor de acciones por parte de la protagonista no llegue nunca a descubrirse de forma generalizada en una sociedad férreamente vigilada por un cuerpo de seguridad que tiene “ojos” por todas partes. Sea como fuere, esto ralentiza sobremanera el desarrollo de la trama principal, alargando innecesariamente unos acontecimientos que posiblemente podrían haberse narrado en la mitad de tiempo y que podrían haber permitido a esta temporada llegar algo más lejos en esta lucha.

Criminales de guerra

Curiosamente, lo más interesante de esta tercera temporada de El cuento de la criada se halla en sus secundarios, o mejor dicho en el matrimonio interpretado por Yvonne Strahovski (Predator) y Joseph Fiennes (Resucitado). La evolución de estos antagonistas, con el poder y la obsesión por su hija como principales motores dramáticos, no solo es espléndida, sino que tiene un final que abre todo un abanico de posibilidades de marcado contenido social y político, con esa declaración de criminales de guerra como telón de fondo. De su mano llegan algunos de los mejores momentos de la temporada, como esa visita a Washington (y los símbolos de esta nueva sociedad que se presentan en pantalla) o las visitas de Strahovski a su pequeña, todo un arco argumental en sí mismo que deriva posteriormente en lo que deriva. Más allá del devenir de la protagonista, son ellos los que hacen avanzar la historia, convirtiéndose así en los impulsores de la trama que discurre paralela a la protagonizada por Moss.

Es importante señalar que estos episodios tienen también unos efectos colaterales a tener en cuenta. Por un lado, varios personajes secundarios simplemente desaparecen de la trama, algunos de ellos con una presencia notable en las anteriores temporadas, como es el caso del rol de Max Minghella (En el bosque). Su historia, solventada de un modo cuanto menos apresurado, se ha convertido no ya en un recurso a utilizar cuando sea conveniente, sino en un vago recuerdo, cuando su papel en toda esta trama ha sido, y podría continuar siendo, bastante relevante. Y como él, muchos otros personajes parecen haber perdido relevancia. Pero por otro, han surgido en su lugar nuevos roles que aportan a la historia algo de profundidad dramática, política y social. Sin ir más lejos, el interpretado por Bradley Whitford (Los archivos del Pentágono), toda una muestra de que la visión mostrada hasta ahora en la serie puede tener muchos matices para enriquecerse. Su complejidad y su culpa abren un nuevo panorama dentro del tratamiento de este universo conservador y machista.

A este respecto cabe señalar que, y eso es un importante acierto de la serie, la carga política, social y moral crece exponencialmente en este arco argumental. Independientemente del tratamiento de las tramas, cada capítulo muestra la decadencia de una sociedad en la que las mujeres están condenadas a un segundo plano, a ser esclavas, sirvientas, objetos sexuales, … Pero también ahonda en cómo cada personaje asume su rol en este contexto, desde las propias criadas, algunas extrañamente solícitas, hasta las mujeres de los mandamases, pasando por los propios líderes y el resto de secundarios importantes de la trama. Y a todo ello se suma, en esta ocasión, un importante desarrollo del aspecto político, tanto interno (con las cábalas de un Estado para tomar decisiones que beneficien a sus intereses de dudosa moral) como externo, con la ya mencionada relación con los países limítrofes y el efecto en el matrimonio Waterford.

Todo ello, a priori, debería convertir a esta tercera etapa de El cuento de la criada en una mejor tanda de episodios que sus predecesoras, y desde el prisma sociológico así es. El problema radica en su forma, en el desarrollo argumental de una trama principal que parece enrocarse en sí misma para alargar innecesariamente los acontecimientos. El hecho de que, con todo lo que ocurre, nunca haya consecuencias para la heroína a pesar de conocerse su implicación es algo que termina por desgastar la historia, perdiendo interés en lo que pueda ocurrir porque, sencillamente, no llega a ocurrir nada salvo en el tercio final de la temporada. Eso sí, los ganchos del episodio final dejan un planteamiento muy atractivo para la cuarta parte ya confirmada.

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