‘Joker’: todos somos pobres payasos


Comenzaba la década de los años 40 del pasado siglo cuando Batman presentaba el primer número de su propia serie. En aquellas viñetas ya aparecía un villano vinculado irremediablemente al Hombre Murciélago: el Joker. El origen de ambos personajes quedaba intrínsecamente relacionado. Menciono todo esto porque la nueva película de Todd Phillips (Salidos de cuentas) sobre cómo este villano se convierte en lo que todos conocemos tiene un giro dramático final que recupera esa idea que muchas veces se ha planteado sobre el destino entrelazado de héroe y antihéroe.

Pero en realidad eso es solo la guinda del pastel. Lo que Phillips (cuya labor tras las cámaras deja algunos momentos brillantes y sobrecogedores), y sobre todo Joaquin Phoenix (Irrational man), ofrecen en Joker va mucho más allá del cómic. En realidad, es difícil clasificar esta película más allá del drama. El magistral guión ahonda, despacio pero sin pausa, en muchos de los males sociales actuales, en la lucha de clases, en la locura y, finalmente, en las consecuencias de nuestras decisiones, personales y políticas. Lo que comienza siendo simplemente la historia de un pobre hombre marcado por una enfermedad mental bajo control gracias a un sinfín de medicamentos termina derivando en una locura con la guerra de clases como telón de fondo. Resulta fascinante apreciar la deriva que toma el personaje de Phoenix y cómo poco a poco construye esa personalidad que, aunque nada tiene que ver con la batalla que se desata al final, la utiliza en su propio beneficio para lograr esa admiración, ese protagonismo que siempre se le ha negado.

En realidad, la película cuenta con multitud de referentes cinematográficos, lo cual ayuda a profundizar en la mente de este personaje tan complejo e interesante que Phoenix eleva a la categoría de leyenda (sería todo un acierto que dos actores lograran Oscars por este mismo personaje). A través de giros argumentales perfectamente estudiados el guión construye un descenso a los infiernos de la mente de un hombre al tiempo que vincula irremediablemente el destino de este Joker con la familia Wayne. Este es, sin duda, otro de los aciertos del film: aunque el trasfondo del cómic siempre está presente, en realidad la historia va más allá de las viñetas. Y como muchas buenas historias, todo se construye más con el relato (algo muy de moda hoy en día) que con la verdad. El primer punto de giro se plantea como algo casi fortuito, defensivo, casi hasta patético. Pero es a partir de ese punto cuando se empieza a edificar todo un entramado en el que la realidad y la ficción se mezclan en la pantalla como una proyección de la mente del protagonista, llevando al espectador por un viaje tan apasionante como inquietante. Una evolución dramática que va de la mano con la evolución del personaje, que pasa de ser un hombre timorato, asustadizo y triste a una figura con tanta seguridad que es capaz de confesar y cometer lo que comete al final del film.

Desde luego, la película es inquietante. La risa histérica que logra Phoenix, con la que en cierto modo se abre y se cierra Joker, acompaña al espectador como la banda sonora de esta locura con crítica social, trasfondo dramático y una lucha de clases que, como no podía ser de otro modo, no viene motivada por este Payaso, sino por el modo en que los ricos tratan a las clases más desfavorecidas (el desprecio de Wayne a las clases pobres llamándoles payasos es el mejor ejemplo). Todo ello compone un complejo mosaico que invita a revisionar el film una y otra vez en busca de referencias cinematográficas, de conceptos morales y sociales y, sobre todo, de esa magistral actuación. Y aquí vuelvo al comienzo. Phoenix hace suyos los papeles de los dos Joker cinematográficos previos para unirlos en uno solo, tanto visualmente como dramáticamente, fusionando en este definitivo rol ambos conceptos de villano. Que estamos ante una gran película es algo incuestionable a tenor de todas las ramificaciones, interpretaciones y lecturas que ofrece esta historia. Pero es que posiblemente estemos ante una de las mejores películas del año.

Nota: 9/10

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‘Mientras dure la guerra’: el templo de la inteligencia


Hay que reconocerle a Alejandro Amenábar (Tesis) su valentía a la hora de escoger proyectos. O más bien, su capacidad para afrontar producciones que tratan de ahondar en los entresijos que se esconden detrás de cada historia, sea real o ficticia. Las motivaciones, el desarrollo de acontecimientos, los giros argumentales que cambian por completo el sentido de una trama, … Todo ello, unido a un lenguaje visual que sabe adaptarse a cada relato, le convierte en uno de los mejores directores del panorama español.

Eso, y mucho más, es lo que desprende Mientras dure la guerra. Su forma de encarar el inicio de la Guerra Civil en España y la relación del escritor Miguel de Unamuno con el bando sublevado y la República es sencillamente brillante. Puede parecer simple, incluso un poco academicista, pero en un país tan polarizado como este es un soplo de aire fresco que alguien tome la suficiente distancia para tratar de aportar una visión objetiva de los acontecimientos. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que no despierte sentimientos de muy diversa índole, pero sí permite al espectador acercarse a este momento vital de la historia reciente de España. A través de un desarrollo marcado por los giros argumentales en forma de muertes y disparos en la madrugada, Amenábar construye el cambio de paradigma que se produce en el protagonista (magistral Karra Elejalde –La higuera de los bastardos-) de una forma natural, evidenciando el error inicial que se traduce, finalmente, en ese discurso histórico en la Universidad de Salamanca el Día de la Raza (ahora Día de la Hispanidad).

Pero la película va mucho más allá. En realidad, los acontecimientos acaecidos en 1936 no dejan de ser un reflejo de lo que el director en realidad quiere contar, y es el carácter de una sociedad condenada a enfrentarse, condenada a no entenderse. La breve secuencia del protagonista y su joven amigo en una carretera a Zamora discutiendo por ideas contrarias (con una clara referencia al Duelo a garrotazos de Goya) es posiblemente el momento más clarificador de un film cuya puesta en escena, vestuario y reparto son simplemente soberbios. Y si la historia de Unamuno resulta atractiva por cuanto viene a representar ese cambio de mentalidad, no lo es menos el modo en que Francisco Franco desarrolla su estrategia para terminar convirtiéndose en el dictador que gobernó España durante casi 40 años.

Habrá quienes critiquen a Mientras dure la guerra por plantear la historia tan solo desde el punto de vista de un bando. Habrá quienes consideren que evita mostrar la violencia. Pero la realidad es que Amenábar construye el que posiblemente sea el relato más fiel de esos primeros meses de contienda. No es necesario mostrar disparos en la nuca, ni conflictos bélicos en el frente. Basta con evidenciar la virulencia con la que se defienden las ideas para hacerse una idea del enconamiento social y político existente en 1936. Y es aquí donde subyace el verdadero interés y la extraordinaria visión de la película. Su retrato de aquellos meses, de los intelectuales, las cazas de brujas, los fusilamientos y el golpe de Estado (no solo en la sublevación militar, sino también de Franco dentro de sus propias filas) es brillante, elegante y tan complejo como la sociedad que describe. Un reflejo de muchas cosas que se pueden ver y sentir hoy en día.

Nota: 9/10

4ª temporada de ‘Billions’, o cómo lograr el éxito sin escrúpulos


Lucha, caída y ascenso de dos titanes. Ese podría ser el resumen, a grandes rasgos, de la evolución dramática de Billions, la serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos guionistas de Runner Runner) y Andrew Ross Sorkin. Pero en realidad, es mucho más. La cuarta temporada deja patente que este drama sobre la justicia, la Bolsa, la ética y los valores morales es algo más que un mero reflejo de unos personajes corruptos por sus propias ambiciones. De hecho, es mucho más.

Los 12 episodios que componen esta etapa suponen todo un juego intelectual y dialéctico no solo entre los diferentes personajes que pueblan esta ficción, sino de la propia trama con el espectador. Planteada como ese ascenso a la cima que mencionaba al principio, su final da un sentido completamente diferente a una historia ya de por sí compleja y perfectamente estructurada. Un giro argumental al que la serie, en cierto modo, ya nos tiene acostumbrados, pero que en este caso adquiere una mayor relevancia porque, literalmente, define a los protagonistas como dos ‘tiburones’ sin escrúpulos capaces de sacrificar aquello que aman con tal de lograr sus objetivos. Dicho esto, la labor de los guionistas resulta más espléndida si cabe, toda vez que estamos hablando de personajes objetivamente detestables, pero dramáticamente atractivos. Encontrar ese equilibrio es lo que convierte a cualquier historia en una gran historia.

En realidad, el giro argumental final lo que hace es confirmar algo con lo que trabaja toda la cuarta temporada de Billions, y es el hecho de anteponer la venganza y las ansias de poder a cualquier otra cosa. Y el personaje de Paul Giamatti (Morgan) es el que mejor representa esta idea. El momento en que anuncia ante el mundo sus afinidades sexuales es sin duda uno de los más importantes de toda la serie, y eso que ha tenido unos cuantos. Pero este supera todo lo visto hasta ahora por varios motivos. Para empezar, la fuerza dramática y narrativa de revelar un secreto ante el mundo. Segundo, el modo en que esto condiciona y modifica, hasta cierto punto, las relaciones del protagonista con los personajes que le rodean. Pero sobre todo, el momento representa lo que representa por el daño colateral que tiene en el rol interpretado por Maggie Siff (serie Hijos de la Anarquía), y cómo afecta a la relación de pareja. Precisamente porque esos efectos se habían avisado previamente el destrozo dramático que provoca es mayor, modificando para siempre el devenir de esa línea argumental. El modo en que se afronta en el guión, y el modo en que Giamatti compone esta faceta de su personaje, hacen que este jurista crezca emocionalmente hasta cotas impensables.

Lo mismo ocurre, aunque en menor medida, con su némesis/amigo. El personaje de Damian Lewis (Érase una vez… en Hollywood) actúa motivado por un odio nacido, a su vez, de la traición. Como ya quedó patente al final de la anterior temporada, la venganza es el objetivo final de los dos protagonistas, y aunque ambos la plantean en términos similares (incluyendo colaboraciones esporádicas), el rol de Lewis parece movido más por la ‘sed de sangre’ que por un planteamiento frío y calculador. Esta diferencia entre ambos personajes, lejos de socavar el atractivo de alguno de ellos, les sitúa como dos caras de una misma moneda, como dos formas de entender un mismo viaje que lleva, inexorablemente, a un mismo final. No es casual. Este planteamiento permite a los creadores de la serie jugar con diferentes situaciones dramáticas para construir dos líneas argumentales que transcurren de forma paralela y que, de vez en cuando, encuentran puntos comunes. Pero el resultado, como digo, es el mismo. El rol de Lewis (quien, por cierto, hace una labor extraordinaria) termina por destruir todo aquello que, en teoría, ama. Todo para terminar con aquel que le traicionó.

Un ‘árbol’ dramático

Y aquí es donde se halla la principal diferencia de esta cuarta temporada de Billions con respecto a las anteriores. Los dos protagonistas dejan de ser enemigos para centrar sus miradas en otros antagonistas que, a su vez, tratan de jugar el mismo juego de estrategia e intriga política y financiera. Esto genera una estructura que se va ramificando hasta crear un complejo entramado dramático tan atractivo como interesante, enriqueciendo notablemente una serie ya de por sí rica y compleja. Las historias secundarias de estos personajes no solo complementan a las de los protagonistas, sino que originan sinergias entre ellas, estableciendo un diálogo de tú a tú con las historias principales. Esto es lo realmente importante, pues la ficción en ningún momento se plantea siquiera el hecho de utilizar alguna de estas líneas argumentales como meros apoyos narrativos, sino que se establecen como motores independientes de desarrollo.

En cierto modo, puede entenderse que la producción pasa de tener dos tramas principales a cuatro, más un buen número de secundarias. Esto explicaría, por ejemplo, los finales de las dos historias protagonizadas por Giamatti y Lewis y esos giros argumentales finales que mencionaba antes. Solo estableciendo en un mismo nivel dramático todos los arcos de los personajes se puede lograr un efecto como ese, teniendo siempre claro quienes son los “buenos” y los “malos” (conceptos que en este caso pueden tener una connotación diferente). Dicho de otro modo, para que una trama sea buena es fundamental que tenga villanos a la altura, o al menos antagonistas capaces de dar la batalla y poner en apuros a los protagonistas, de modo que su victoria sea más satisfactoria.

La pregunta que se plantea en esta etapa de la serie es si, realmente, esa victoria es satisfactoria. No solo porque la catadura moral de los dos personajes principales quede muy en entredicho, sino por el modo en que vencen en sus respectivos campos. No dudan en destrozar a su adversario con tal de conseguir la victoria, y sobre todo no dudan en arrasar con todo a su paso para lograr el objetivo. El personaje de Maggie Siff es la gran víctima en todo esto. Y lo es porque su propio arco argumental lleva a este rol a sufrir en sus carnes los daños de ambos protagonistas, por un lado en su vida personal y por otro en su vida profesional. Esto la convierte en uno de los nexos más fuertes de toda esta estructura dramática, y también en uno de los personajes más interesantes, complejos y de más largo recorrido de toda la serie.

En pocas palabras, Billions crece dramáticamente hablando en su cuarta temporada. Y en contra de lo que se pueda pensar, no lo hace ahondando en los conflictos entre los protagonistas, sino desviando la mirada hacia otros secundarios, explorando así la personalidad de cada uno de ellos en situaciones diferentes a las vistas hasta ahora. Esto expande el universo de la serie, dota de un mayor peso narrativo a algunos secundarios y sitúa a los protagonistas ante un espejo que les enseña (y nos enseña) todo lo que son capaces de hacer por sus ansias de poder. Pero ante todo, lleva la trama por un camino por el que no se puede volver hacia un futuro apasionante y prometedor.

‘En mil pedazos’: recomponiendo vidas


Existen tantas películas sobre el proceso de desintoxicación que vive un adicto como pedazos menciona el título de lo nuevo de Sam Taylor-Johnson (Cincuenta sombras de Grey). Entonces, ¿qué hace diferente a esta historia para merecer ser contada? En realidad, muy poco… y bastante a la vez. Puede que desde el punto de vista puramente argumental tenga poco de novedoso, pero visualmente la película ofrece algo que muy pocos títulos son capaces de ofrecer.

Porque sí, la historia ya es conocida. De hecho, uno de los personajes de En mil pedazos viene a corroborar esta afirmación con un argumento sobre el proceso que deben superar los adictos para desengancharse. Sin embargo, eso no resta efectividad a su contenido. Sin llegar a ser impactante visualmente hablando, Taylor-Johnson recurre al lirismo visual para narrar un proceso visceral, dramático y duro. A través de su narrativa, la directora saca el máximo provecho a las emociones del protagonista y a esa lucha contra unos demonios internos que personifica en varias ocasiones en aquellos que le rodean. Un proceso, como digo, archiconocido en el séptimo arte, pero que en esta ocasión viene a añadir algunos componentes que lo convierten en atractivo y, hasta cierto punto, diferente.

Para empezar, esa poesía visual traducida en una elegancia única para narrar los momentos más difíciles del relato, desde el comienzo del protagonista hasta la tragedia final (interesante el paralelismo entre lo que ocurre y la visión del protagonista). Detalles como los personajes secundarios, que todos los roles sean o hayan sido adictos, aumenta la sensación de grupo, de formar una familia propia en la que todos saben lo que ocurre dentro y fuera de cada uno. Pero ante todo, la película es lo que es gracias a los actores, comenzando por Aaron Taylor-Johnson (The Wall) y continuando por un elenco sencillamente brillante a pesar de aparecer tan solo algunos minutos en la mayoría de ocasiones. La sobriedad de las interpretaciones, la sencillez con la que se afrontan las escenas, permiten al espectador centrarse en el drama que se esconde detrás de cada diálogo y cada acción, acentuando el proceso vivido por el protagonista.

El mayor problema de En mil pedazos es, básicamente, que su historia no aporta grandes novedades. Eso y que algunos tramos del relato pierden cierto ritmo y están demasiado condensados. Pero la película funciona, y lo hace gracias a la mano de su directora, capaz de ofrecer una mirada propia a un relato ya contado con anterioridad, y de unos actores capaces de dar vida a un complejo mosaico de personajes, emociones y situaciones a cada cual más dramática. Todo ello convierte a este film en una obra tal vez menor pero sumamente interesante y recomendable, amén de un alegato contra las adicciones y la destrucción que siembran a su alrededor y en el propio enfermo/adicto (la explicación de por qué una adicción es una enfermedad es perfecta). No atraerá masas, pero es una de las pequeñas joyas que merece la pena descubrir.

Nota: 7/10

‘Objetivo: Washington D.C.’: habrá bajas, pero serás tú


Los espectadores más jóvenes, aquellos que han crecido con la saga ‘Transformers’ o ‘Fast & Furious’, tal vez solo conozcan por referencias, o como cine “clásico”, que hubo una época en la que el cine de acción era más artesanal que digital, en el que lo importante eran los personajes y una buena ejecución visual más que la espectacularidad de los efectos. Hoy en día es difícil encontrarlo, y precisamente por eso la saga protagonizada por Gerard Butler (Un hombre de familia) resulta tan refrescante en el panorama cinematográfico actual.

No es un alarde de originalidad. De hecho, Objetivo: Washington D.C. es bastante previsible (al villano “activo” se le identifica casi desde el principio, y al villano “en la sombra” un poco más tarde). Y sin duda, si alguien quiere buscarle la lógica a algunas de sus secuencias sencillamente va a fracasar. Pero eso es algo que va implícito en este tipo de historias. Superado eso, lo que nos encontramos es un relato sencillo, directo, cargado de humor, acción y efectividad que explota al máximo las posibilidades de sus actores y de sus escenarios, construyendo un crescendo dramático que utiliza buena parte de los recursos que ya se han demostrado efectivos en estas historias.

En este sentido, esta tercera parte de la saga tiene el aroma de otras cintas de aventuras y de acción de los años 80 y 90. Desde la traición del amigo hasta la presencia del padre que todavía puede enseñar algo a su hijo, la película bebe de numerosos referentes para revelarse como un entretenimiento puro, sin más ambición que la que puede tener cualquiera de las tres películas que conforman esta trilogía. Simplemente, sabe lo que es, ofrece lo que puede ofrecer y lo hace con honestidad y calidad en su propuesta. Tal vez no sea mucho para los estándares de hoy en día, pero desde luego logra dejar un buen sabor de boca con sus aciertos y sus fallos, que son muchos en ambos lados de la ecuación.

Desde luego, Objetivo: Washington D.C. tiene muchos errores, tanto en su desarrollo como en su planteamiento de guión. Y por supuesto, que nadie exija realismo. Pero Butler vuelve a demostrar el interés que despierta, cómo es capaz de acaparar toda la atención de cualquier historia por muy buenos actores que le rodeen. Carga sobre sus hombros el peso del relato, y es él el que es capaz de elevar el tono y la calidad del mismo en muchas ocasiones gracias a ese equilibrio que encuentra entre la ironía, la chulería y la gravedad de las situaciones que vive su personaje. La historia es simple, arquetípica y previsible. Pero es el tratamiento que necesita (en su gran mayoría al menos) para permitir que brillen otros aspectos de la trama. Y lograr ese delicado punto intermedio sigue siendo un arte al alcance de pocos. Como dice el personaje de Butler en un momento dado: “Habrá bajas, pero no serás tú”.

Nota: 7/10

‘Chernobyl’, o cómo dramatizar un pasado trágico sin caer en excesos


Da igual los años que pasen. Lo ocurrido en la central nuclear de Chernobyl es y seguirá siendo uno de los sucesos más trágicos e impactantes del imaginario colectivo europeo. Posiblemente se deba a los efectos que ha tenido en las generaciones inmediatamente posteriores a aquellos que vivieron una tragedia de esas magnitudes. Por eso una miniserie como esta Chernobyl se ha convertido por derecho propio en un producto imprescindible. Más allá de su calidad técnica y artística, lo que realmente convierte a esta historia adaptada a la pequeña pantalla por Craig Mazin (R3sacón) en una joya televisiva es, precisamente, la Historia.

Tan solo son necesarios 5 episodios para narrar lo ocurrido en aquellos días de abril de 1986. Y tan solo es necesario uno para mostrar los devastadores efectos de la radiación directa en aquellos trabajadores de la central nuclear, bomberos, fuerzas de seguridad y familiares que estuvieron expuestos durante la explosión. Con una inteligencia y un desarrollo impecables, Mazin establece perfectamente los tiempos narrativos y dramáticos para impactar al espectador desde el primer momento. Si ya genera incomodidad observar la dolorosa muerte de muchos de esos personajes gracias a un lenguaje tan sobrio como descarnado, el hecho de ser conscientes del hecho histórico que se está narrando acentúa ese sentimiento que muchas veces puede llevar a querer retirar la mirada. Es tan solo un episodio (el resto es la investigación de lo ocurrido), pero sienta las bases dramáticas de lo que luego vendrá, destacando aún más las incomprensibles posturas de los dirigentes, el comportamiento de vecinos y familiares, y los riesgos que asumen las personas encargadas de la investigación en un terreno en el que la muerte campa a sus anchas.

Porque de hecho, la fuerza de Chernobyl reside en esa investigación posterior, en esos trabajos en los que participaron hombres y mujeres que, tiempo más tarde, sufrieron los efectos de la radiación. El espectador, omnipresente y omnisciente, asiste al desarrollo de unos acontecimientos que, por un lado, ponen de manifiesto el poco conocimiento que en aquella época se tenía de lo que podía ocurrir, y por otro evidencia una gestión política muy poco humana. En este sentido, es de aplaudir la labor que realiza Stellan Skarsgård (Mamma Mia! Una y otra vez) como el vicepresidente encargado de gestionar la crisis. El actor realiza una labor extraordinaria en un claro proceso de transformación psicológica y casi física pocas veces visto en pantalla, pasando de la soberbia de un político ajeno a los problemas del pueblo a un hombre que solo quiere utilizar el poco poder que en realidad tiene para tratar de frenar algo que se le escapaba de las manos. Él personifica, en el fondo, lo que representa esta serie, y lo hace con la maestría que le caracteriza.

Es cierto que la serie recurre en ciertos momentos a efectismos dramáticos que buscan impactar al espectador, algunos basados en hechos reales y otros, posiblemente, incorporados por exigencias del guión. La secuencia de los perros, sin ir más lejos, es un ejemplo. También el papel de Emily Watson (En la playa de Chesil), explicado al final de la serie y que tiene su lógica narrativa. Puede que estos elementos resten algo de realismo al sobrio conjunto, pero lo cierto es que tampoco creo que sobren. La serie logra un equilibrio perfecto entre el desarrollo de unas labores de investigación y contención que muchas veces transcurren sin más dinamismo que una conversación, y la dureza de una tragedia vista a través de los efectos de la radiación (la mencionada secuencia de los perros, el parto de la mujer de uno de los bomberos, …). Este contraste no hace sino acentuar el dramatismo de lo que estamos viendo en un ejercicio ejemplar de narración en paralelo de varias historias que terminan por converger, de un modo u otro, en ese juicio final tan revelador como indignante.

El juicio

De hecho, su peso en la trama es tan importante que Chernobyl dedica un único episodio a todo el proceso judicial. Y como el resto de la serie, lo hace de forma magistral por dos motivos fundamentalmente. El primero, más político, es por mostrar cómo un grupo de hombres y mujeres se enfrentó a un sistema que no les creía, arriesgando sus carreras, sus reputaciones y sus propias vidas, si bien muchos de ellos sabían que habían firmado su sentencia de muerte cuando se acercaron a la central nuclear. De nuevo, Skarsgård carga sobre sus hombros todo este arco dramático para mostrar a un hombre derrotado en su salud y en sus creencias, un hombre que ahora lucha por defender aquello que en un primer momento atacaba, en un soberbio giro dramático fraguado a lo largo de sus cinco episodios. Aquellos que quieran escribir un personaje que necesite modificar sus creencias sin que parezca irreal deberían anotarse a este personaje. La clave está en enfrentar al rol ante una realidad que solo acepta cuando la vive en sus propias carnes.

El segundo aspecto relevante de este juicio, y no menos importante, es el científico. Al igual que la inmensa mayoría de las personas que vean la serie, no tengo conocimientos avanzados de ciencia, mucho menos de física nuclear. Por eso la explicación a cargo del rol de Jared Harris (serie The Terror) resulta tan clarividente. A través de un sistema de cartulinas el personaje explica al tribunal, y por extensión al espectador, todos y cada uno de los pasos que se fueron dando para desencadenar semejante tragedia. Y mientras esta explicación se desarrolla Mazin intercala las secuencias de aquel fatídico día, punto por punto y personaje por personaje, ubicando al espectador en una especie de plano tridimensional en el que ver lo que falló, la falta de conocimientos de los operarios y el desconocimiento con el que se actuó al comienzo del proceso. Una explicación que pone, en realidad, el broche de oro a una serie extraordinaria, manteniendo en todo momento el tono sobrio del conjunto, sin dirigir la mirada a ningún culpable (aunque evidenciando las responsabilidades) e indagando en el trasfondo de la tragedia más allá de las víctimas y los efectos de la radiación en aquellas personas.

Con todo esto quiero decir que nos encontramos ante un ejercicio milimétricamente medido y diseñado para narrar un acontecimiento histórico sin aburrir al espectador ni resultar demasiado didáctico o documental. Es evidente, y eso se desprende de varias secuencias, que existe un trasfondo histórico que se respeta, pero las licencias dramáticas necesarias en cualquier historia están escogidas con una inteligencia que se ve poco en la pequeña o la gran pantalla. Capítulo tras capítulo, secuencia tras secuencia, lo que se nos narra no solo es la lucha contra una catástrofe externa, sino la lucha interna de una serie de personajes que en todo momento deben decidir entre su propia vida y la de los demás. Eso es lo que convierte a esta mini serie en un ejemplo de dramatismo contenido. Resulta fundamental comprender el vínculo entre el conflicto externo y el interno, entre los antagonistas externos e internos. Al final, y aunque estamos ante un hecho histórico, la prueba externa que deben superar es un reflejo de sus cuestionamientos morales. La vinculación entre ambos conceptos se encuentra en la base del desarrollo de la serie.

De este modo, Chernobyl se revela no solo como una de las producciones del año, sino como una de las mejores mini series de los últimos tiempos. Sencilla, directa y planteada con respeto, la creación de Mazin no pretende en ningún momento recrearse en la tragedia, aunque tampoco la rehúye. El primer episodio es ejemplo de esto último; el resto de capítulos, de lo primero. Ese delicado equilibrio fruto de un gusto dramático exquisito es lo que dota a esta producción de su maravillosa forma. La lucha interna y externa de los protagonistas, con un extraordinario Skarsgård a la cabeza, se encuentra en la base sobre la que se construye el fondo. En definitiva, una obra imprescindible desde un punto de vista histórico, social y audiovisual. Por mucho que puedan criticar los rusos.

‘Érase una vez… en Hollywood’: aquellos maravillosos 60


Tarantino es de los pocos directores que crean opiniones muy enfrentadas. A algunos les encanta y otros le odian. No hay término medio. Por eso su novena película va a ser, casi con toda probabilidad, objeto de un duro debate. Y es que, como ya ocurriera en Los odiosos ocho (2015), el director ha perdido algo de ritmo en sus films. O más bien, lo ha dejado de lado momentáneamente. Pero todo tiene un motivo.

Y en el caso de Érase una vez… en Hollywood ese motivo no es otro que transportar al espectador a una época diferente. Una época en la que los grandes directores y los grandes actores eran los protagonistas de una historias en las que los efectos especiales eran accesorios. Y ese viaje atrás en el tiempo no es solo con una historia tan sólida como original y fascinante, sino que también afecta al lenguaje audiovisual que utiliza Tarantino, aprovechando largos planos, movimientos de personajes en la profundidad de campo y captando las emociones de los personajes hasta niveles poco vistos en el cine actual. Y, por supuesto, la música, de nuevo impecable. Todo ello conforma un relato mágico, puede que a veces lento pero indudablemente divertido. Un viaje al corazón de Hollywood a través de los ojos de unos personajes en la órbita de los grandes nombres del séptimo arte.

Pero a pesar de ese cambio en el lenguaje y de una cierta falta de ritmo, el estilo Tarantino sigue estando ahí, y más fresco que nunca. Sus constantes saltos temporales vuelven a ser una seña de identidad, en esta ocasión como si se tratara de un Quijote que relata anécdotas pasadas en lugar de historias (algunas tan largas que pueden generar algo de confusión cuando se retoma la historia principal). Sus actores sencillamente están perfectos (el reparto es un desfile de grandes estrellas), en particular el dúo formado por Leonardo DiCaprio (Origen) y Brad Pitt (Máquina de guerra), dos personajes en un momento de transición en sus vidas que se aferran a un pasado glorioso mientras tratan de comprender y aceptar su nuevo lugar en el mundo del celuloide. Y por si alguien dudaba de la agilidad y brutalidad del director, esa secuencia final tan salvaje como irónica y divertida que viene a imponer justicia en un trágico suceso histórico, al más puro estilo Malditos bastardos (2009).

Así que sí, Érase una vez… en Hollywood es una película de Tarantino. Con todas las letras. Y es una gran película de Tarantino. Puede que guste más a los más cinéfilos, pero desde luego que la película debería de estudiarse como un gran ejemplo de mimetismo audiovisual. Actores y director asumen lenguaje, posición corporal y narrativa audiovisual para, literalmente, transportarse a ese final de los años 60 en el que el cine y la televisión todavía no estaban a la misma altura, en el que el movimiento hippie seguía estando en las calles y en el que Charles Manson todavía andaba en libertad. Un homenaje a otra época, a nuestros padres y abuelos, a todos aquellos actores, directores, guionistas y productores que nos han dejado obras maestras de la Historia del Cine. En definitiva, una obra con constantes referencias al pasado que debería ser un referente para el cine del futuro, al menos para ese cine que no necesita de efectos digitales para causar sensación.

Nota: 8,5/10

‘Midsommar’: normalizar lo macabro


Allá por 1980 Stanley Kubrick revolucionó el género de terror. Lo había hecho antes con otros géneros, y lo haría después. Desde entonces el terror ha evolucionado mucho hacia un formato más efectista, más centrado en el susto fácil con imágenes apabullantes y sonidos estridentes. Por eso la obra de Ari Aster es un soplo de aire fresco dentro del género. Una apuesta visualmente cautivadora que esconde el horror a plena luz del día, remitiendo en muchas ocasiones a ese lenguaje tan exclusivo que tenía Kubrick y que jugaba con el color, la iluminación, el montaje y el sonido… o la ausencia del mismo.

Para muchos Midsommar será una obra caótica, desordenada, inconexa. Dicho vulgarmente, una tontería. Y puede que parte de esto haya, lo que sin duda juega en su contra. Pero esta perturbadora visión de las tradiciones del norte de Europa esconde algo mucho más profundo en un montaje delicadamente escogido, con una fotografía exquisita y unos actores que, sin ser extraordinarios, sí son capaces de dar lo máximo de ellos en los momentos necesarios. Todo esto convierte a esta segunda película de Aster en una obra compleja, con numerosas lecturas tanto sociológicas como psicológicas. Aviso a navegantes: no es una obra terrorífica, pero sí muy perturbadora. Tanto que posiblemente no se borre de nuestra mente en varios días. No porque contenga imágenes macabras (alguna que otra sí que hay); ni siquiera por una atmósfera opresiva en la oscuridad. No, si esta película tiene algo digno de alabar es la capacidad del director para generar una angustia y un ambiente malsano a plena luz del día.

Y todo pasa, como de hecho hace el film, por normalizar lo macabro. Suicidios, sacrificios humanos, coitos en medio de un círculo al más puro estilo aquelarre, … Todo ello se muestra sin necesidad de juegos de sombras ni notas sonoras que hagan daño a los oídos. Simple y llanamente, se muestran como algo natural de una tradición tan antigua como el hombre. Y bajo esta premisa, Aster aprovecha las posibilidades que le otorga la cámara para narrar con la misma naturalidad, ajeno por completo a los cánones del terror y tratando en todo momento de que la locura que se apodera de los protagonistas no sea más que eso, una locura en medio de una pacífica comunidad que no hace nada malo. Esta suerte de cambio de roles dramáticos (los locos son los extranjeros que no entienden unas macabras tradiciones) no hace sino aportar mayor dramatismo al conjunto.

Puede que Midsommar no guste al gran público que busque gritos, sustos fáciles y fantasmas de rostro pálido y pelo muy negro. Pero con esta cinta Aster recupera un tipo de cine, y en concreto un cine de terror, capaz de ofrecer algo más profundo, algo que indaga y rebusca en las raíces mismas del terror subconsciente. El viaje que realiza la protagonista es el más claro ejemplo de cómo el ser humano reacciona ante los estímulos en base a su experiencia vital. Tiene sus altibajos, eso es innegable, sin ir más lejos el poco recorrido de algunos secundarios. Pero son problemas menores. Con un montaje perturbador y una fotografía que se acerca más a la composición pictórica que a una sucesión de fotogramas, la película se convierte en un viaje sensorial en el que la tragedia se entiende como algo natural, en el que la violencia y lo macabro forman parte de una tradición ancestral que se acepta como parte de algo mayor. Y nada hay más terrorífico que convertir en normal algo que no lo es.

Nota: 7,5/10

‘El rey león’: realismo animal y deshumanizador


Son varias ya las películas que Disney ha revisionado ya en imagen real, pero la nueva versión del que posiblemente sea su mayor clásico moderno (si es que 25 años de vida puede considerarse moderno) ha dejado ver los aciertos y errores de esta estrategia con una claridad meridiana. No se trata de comparar un film con otro, sino más bien de comprobar cómo una misma historia varía en función de las herramientas utilizadas.

Porque siendo sinceros, la historia de este El rey león sigue teniendo la fuerza, interés y dramatismo de siempre. Una trama atemporal que encandila generación tras generación y que invita a revisionarse siempre que se puede. Sus conceptos shakesperianos, sus inmortales giros argumentales, su combinación de humor y drama, y sobre todo unos personajes perfectamente definidos y con una profundidad dramática fuera de toda duda siguen siendo los elementos que definen esta historia, y bajo ese prisma esta versión dirigida con inteligencia por Jon Favreau (El libro de la selva) se revela como un film sólido. De hecho, el director logra salir airoso de algunos de los momentos más complejos del relato, como son la canción ‘Yo voy a ser el rey león’ (magistral el modo en que utiliza los movimientos de cámara y los animales) y esa pelea final entre leones y hienas, todo un derroche de elegancia y belleza visual.

Ahora bien, la película peca en algo fundamental. Algo que, por otro lado, es comprensible si tenemos en cuenta su apuesta visual y su concepto de película realista con animales generados por ordenador. El clásico de animación humanizaba a los animales. Sonreían, lloraban, expresaban dolor, alegría, rabia, … Todo eso se pierde desde el momento en que los leones, sencillamente, no expresan muchos de esos sentimientos; o desde el momento en que los pájaros no pueden sonreír. Esto impide al espectador, por ejemplo, identificarse al máximo con los personajes. Si bien es cierto que el desarrollo dramático no se ve dificultado en ningún momento, también es cierto que muchas de las situaciones más complejas desde un punto de vista emocional no terminan de resolverse correctamente. Bajo este punto de vista, aunque es un film visualmente impecable el trasfondo de la historia queda algo suavizado.

De este modo, este realista El rey león es… muy realista. Tal vez demasiado para la historia tan compleja que se quiere contar. Favreau compone un relato sólido, espléndido en el apartado visual y muy original a la hora de afrontar algunos de los retos narrativos (en otros casos, como esa visión en las nubes de Mufasa, queda algo desdibujado). Un relato con una alta carga dramática que, sin embargo, en muchas ocasiones no logra trasladarse bien al film ante ese alarde de realismo animal que muestra en cada plano. La soberbia del joven Simba se pierde en esa tierna mirada de cachorro. Las dudas del Simba adulto tampoco logran encontrar salida en el rostro impasible del león. Tan solo la fiereza del combate final saca a relucir una inusitada fuerza. Esto es un problema para el film, es evidente, pero no es necesariamente algo malo que convierta la película en un fallido proyecto. Simplemente, es una nueva visión de una historia ya conocida. Y es una versión que maravilla por su calidad técnica y que contiene algunos momentos a tener en cuenta.

Nota: 7/10

‘The Flash’ ahonda en el drama familiar en su quinta temporada


A pesar de que su estructura dramática es similar, The Flash se distanció desde el primer momento de su “progenitor” televisivo, Arrow, para dar una imagen algo más limpia, blanca, estéril. Su quinta temporada, aunque introduce algo más de dramatismo y una cierta oscuridad, mantiene en esencia esta apuesta pero introduciendo un nuevo elemento. O mejor dicho, reforzando en todos los frentes abiertos la idea de familia y todos los valores que ello conlleva.

En efecto, los 22 episodios de esta etapa de la serie creada por Greg Berlanti (El club de los corazones rotos), Geoff Johns y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Eli Stone) abordan en cada una de sus líneas dramáticas las tensiones en el seno de una familia, los conflictos y el modo en que cada miembro afronta dichas situaciones. En realidad, es algo que se viene trabajando desde los propios orígenes del personaje, pero en esta ocasión existe un matiz diferente, y es que los secundarios también viven ese concepto en sus propias historias, influyendo de forma más o menos directa en el resultado final y en el desarrollo de la trama principal. Incluso el villano está motivado por los vínculos familiares, recurriendo a la venganza por un accidente en el que su sobrina queda en coma. Todo ello, en efecto, refuerza el mensaje, e incluso lo hace más profundo, más consistente e interesante para los estándares que suele ofrecer esta ficción.

Ahora bien, esa reiteración conceptual también da al traste con la riqueza dramática y emocional del nutrido grupo de protagonistas. El hecho de que todos sus conflictos estén vinculados a padres que son villanos, a hijas engañadas o a la forma en que se relacionan unos y otros impide explorar nuevos conflictos, nuevos arcos argumentales capaces de aportar algo más a la trama. Por ejemplo, en etapas anteriores personajes como los de Danielle Panabaker (Time lapse) y Carlos Valdes descubrían sus poderes y se enfrentaban a sus propios demonios. Y aunque en estos capítulos se sigue manteniendo esa duda interna acerca de sus capacidades, queda relegada a un segundo plano, más como una consecuencia de algo superior que como una motivación en sí misma. En este sentido, por tanto, da la sensación de que cada aspecto previo de la trama queda supeditado a esa pátina de conflicto paterno filial que impregna absolutamente todo.

Y es una lástima. Es cierto que The Flash nunca ha sido una serie compleja. Más bien al contrario, su tratamiento siempre ha sido bastante lineal y, por qué no decirlo, previsible. Con todo, se mantenía siempre un pequeño as bajo la manga en forma de giros argumentales que pudieran producir, al menos, alguna sorpresa o imprevisto menor. Pero lo que nos encontramos en esta quinta temporada es una simplificación llevada al extremo de todas las historias. Ni siquiera los elementos externos que, en principio, deberían haber enriquecido la trama principal resultan interesantes. Al contrario, se convierten únicamente en meras muletas narrativas de la historia del héroe, sin tener recorrido ni vida propia más allá de servir al desarrollo del arco dramático protagonizado por Grant Gustin (Krystal), lo que hace que la serie pierda fuerza e interés, y que termine por ser un producto sin mayor recorrido que derrotar al villano de turno, quien por cierto, por muy poderoso que pueda parecer, siempre es derrotado sin grandes costes personales.

Gran familia feliz

Todo esto no impide, sin embargo, que esta ficción superheroica resulte entretenida. Al menos lo suficiente como para verla sin necesidad de reflexionar demasiado acerca de lo que sucede en pantalla. Los cada vez más elaborados efectos especiales, unido al tono irónico que tiene en general el tratamiento de personajes y a un villano que, con sus irregularidades, resulta interesante en su dibujo y puesta en escena, permiten que la serie se desarrolle de un modo bastante correcto (lo que no quiere decir apasionante). Y al igual que pasara con Arrow, el universo del hombre más rápido de la Tierra sigue expandiéndose en lo que a personajes se refiere, explorando presente, pasado y futuro para introducir nuevos roles que integran esta gran familia feliz que representa el Equipo Flash y su entorno.

En este contexto es necesario señalar lo que ocurre con Tom Cavanagh (El inventor de juegos) y los múltiples personajes que interpreta no solo en esta quinta temporada de The Flash, sino en toda la serie. De ser el primer villano de la historia (rol que, por cierto, vuelve a interpretar en estos episodios) ha pasado a dar vida al mismo personaje de universos diferentes, cada uno con sus particularidades y siempre un apoyo para el resto de personajes. En esta ocasión, una suerte de versión francesa de Sherlock Holmes especializado en seguir la pista y capturar al villano de la temporada en cada una de las realidades en las que existe. Más allá de la mejor o peor definición del rol, es digno de mención el trabajo tan diferente que hace el actor en cada temporada, dotando a cada personaje de una entidad y profundidad diferente, pero siempre siendo pieza importante no solo para derrotar al antagonista, sino para hacer avanzar la acción. Lástima que su distinta presencia en cada temporada impida ahondar algo más en el trasfondo, motivaciones, miedos y secretos de cada uno de los personajes.

De hecho, la diferente presencia del actor en cada temporada es uno de los alicientes de la serie, aportando siempre el mismo trabajo pero bajo prismas diferentes. Una pequeña originalidad de una serie que cada vez parece más entregada a la repetición de conceptos, de recursos narrativos, sin ofrecer giros interesantes que sean capaces de renovar el tono de la serie o, al menos de hacerlo parecer algo diferente a lo que se ha visto en estos cinco años. La originalidad inicial, así como el impacto de los efectos visuales, ha dejado paso a un retorno constante a las mismas ideas, incluyendo los viajes en el tiempo. La historia necesita de nuevos retos narrativos, incluso diría que de nuevos personajes capaces de aportar algo diferente a la dinámica del grupo. Pero mientras eso llega, lo que queda es una temporada simpática, entretenida en algunos momentos pero bastante condescendiente con sus propias limitaciones.

No quiere esto decir que no haya futuro. Esta quinta temporada de The Flash deja algunas ideas realmente interesantes, como esas modificaciones en el periódico que marca la desaparición del protagonista, la creación de la cabecera digital en la que se publica la noticia y algunas otras ideas que comienzan a vertebrar ese evento con el desarrollo de la serie. Ha sido algo incipiente, es cierto, pero al igual que ocurriera en etapas anteriores, se plantean varios hitos dramáticos que, si se saben explotar en la siguiente tanda de episodios, podría llevar la ficción por un camino interesante. Habrá que ver cómo se compagina eso con el nuevo villano, y sobre todo con esa idea de poder quitar los poderes con una mera inyección. Por el momento, esta temporada se queda más bien como un producto que puede verse y, en algunos momentos, disfrutarse, pero que en ningún caso hace avanzar realmente la acción en una dirección clara, plantando sin embargo la semilla de varias ideas que podrían germinar de forma muy atractiva.

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